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Erasmo Rotterdan

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CATEDRA SAN MARTINIANA

YULIANA DEL CARME ESQUIAQUI CRISMATT

PROGRAMA ADMINISTRACION DE EMPRESAS

FUNDACION UNIVERSITARIA SAN MARTIN


Desiderio Erasmo nació en Rotterdam entre 1466 y 1469, de padre sacerdote y
madre de procedencia burguesa. Fue bautizado como Geert Geertsen.
Entre 1478 y 1483 estudió en la escuela de Saint Lebwin, en Deventer, bajo la
dirección de Alexander Hegius. Allí, recibió su primera formación humanista,
entrando en contacto con la devotio moderna, un movimiento religioso
bajomedieval que recomendaba la imitación de Cristo, la oración personal
como medio para llegar a Dios y el estudio e interpretación de las Sagradas
Escrituras, y cuyos principales representantes fueron Gert Groote, Florens
Radewijns y Tomás de Kempis.

Pensamiento
El holandés cree en las posibilidades del hombre y, por consiguiente, su obra
está concebida bajo el signo del optimismo y de la concordia, aunque se le
presente como a un escritor cáustico e irónico, que se dedica a criticar a los
clérigos de su época, por su laxitud moral y escasa formación teológica, en
el Elogio de la locura y en los Diálogos.

La obra de Erasmo, abundante y diversa, es una ilustración de las ambiciones


espirituales del Humanismo.

Toda una parte se dedica al humanismo literario y filológico:

 Recopilaciones de textos antiguos comentados (los Adagios,


especie de tesoro de la sabiduría antigua, enriquecido edición tras
edición, desde las 800 citas de la impresión original de 1500 hasta
las 4.251 de 1508).
 Ejercicios de latín para uso de los escolares (Coloquios).
 Innumerables ediciones de textos antiguos (Plauto Séneca, Platón,
Plutarco, Pausanias, etc.).
 Traducciones latinas de escritores griegos (Eurípides, Píndaro, etc.).
 Una traducción del Nuevo Testamento, más fiel que la Vulgata.
 Ediciones de las obras de los Padres de la Iglesia.
Es un “revolucionario” que no quiere una revolución, sino una renovación: lanza
la voz contra los abusos de esta institución abriendo así un camino que pronto
seguirá Lutero (aunque a él le conducirá a la Reforma).

En su pensamiento, al igual que en sus escritos, la filosofía de Cristo


(Philosophia Christi) ocupa el lugar central. Con este nombre denomina, en
palabras de Léon E. Halkin, a “una síntesis de la teología y de la espiritualidad,
síntesis hecha de conocimiento y de amor, alimentada por la meditación, y la
plegaria y la renunciación, coronada por la unión a Dios…”. Se trata de la única
filosofía que alcanza el fin que todo el mundo busca: la felicidad, meta a la que
sólo se puede llegar mediante una lucha espiritual, cuyas reglas da en
su Enchiridion.
Pero esta filosofía es, ante todo, un modo nuevo de entender la religión, de
forma más interior, menos ritualizada, más libre, menos eclesiástica. En este
sentido, Erasmo es contrario a la austeridad del claustro, al ayuno, a la
abstinencia… Para él, la auténtica perfección reside en los impulsos interiores
del alma, y no en el género de vida, la comida o el vestido. Esto le lleva a
anhelar una religión de adultos, ligera de equipaje, de dogmas, de ceremonias
y de reglas. Sin embargo, lo que encuentra en su tiempo es un cristianismo
encastillado, enrocado en certezas, empantanado en argucias de curia y en
discusiones escolásticas.

Esta situación será criticada en muchas de sus obras. En el Elogio de la


Locura, la que aquí nos ocupa, este pensador hace radicales afirmaciones,
atacando todo aquello que cree que hay que atacar. Para entender estas
críticas debemos situarnos en su contexto. Durante el Renacimiento, la Iglesia
presenta un estado lamentable: los religiosos, especialmente las órdenes
mendicantes, han olvidado hace tiempo las exigencias espirituales de sus
fundadores; la forma de vida de los sacerdotes, así como sus predicaciones (y
su formación en general) dejan mucho que desear; los altos cargos
eclesiásticos viven rodeados de lujos y de comodidades… Al mismo tiempo, la
gente del pueblo llano, los laicos de a pie, a causa de su ignorancia, se
encuentran sumidos en las más variopintas supersticiones. Así, Erasmo
arremete contra todo aquello que considera un abuso (la introducción de la
política y del espíritu mundano en la Iglesia, las ansias de riquezas de los
prelados, el fariseísmo hipócrita, la sustitución de la auténtica piedad por
devociones ridículas, la decadencia de la predicación, el abandono del ideal
misionero…), pero también contra todo lo irrazonable y lo puramente formal.
Por eso, detesta la hipocresía de los clérigos y teólogos, se burla de los monjes
que piensan que sus votos les colocan en un escalafón superior al resto de los
creyentes, critica las devociones irreflexivas, las invocaciones interesadas, las
peregrinaciones sin arrepentimiento, el culto a las reliquias y a los santos…
Ante todo, esto, Erasmo defiende una reforma interior, de mentalidad, de
verdadera comprensión del cristianismo. Lo que le interesa es la formación de
un cristiano nuevo, de acuerdo con una enseñanza dogmática sencilla, de
vivencias reales, alejada del formalismo impuesto por la tradición. Quiere, por
tanto, un retorno al cristianismo primitivo de Jesucristo, de los apóstoles y de
los Evangelios, borrando las alteraciones producidas a lo largo de los siglos.
Esto lleva a un retorno a las fuentes primitivas de las Escrituras. Erasmo es,
como ya hemos dicho, un humanista cristiano. El humanismo renacentista es
amor y dedicación a la sabiduría clásica, pero también es una firme voluntad de
restaurar la forma original de la misma. Los humanistas son, ante todo,
filólogos, amantes de las palabras. Este amor hace que vean como algo
imprescindible descubrir los textos y restablecerlos en su forma auténtica como
medio para alcanzar su verdadero significado. Así pues, partiendo de una
postura optimista, creen firmemente que pueden descubrir la realidad
descubriendo el manuscrito. Por ello, San Jerónimo entusiasma a nuestro autor
y a otros muchos por su defensa del estudio y por su exaltación de la
capacidad de aquellos que pueden beber directamente en las fuentes griegas.
Estas esperanzas del Humanismo se unifican en la figura de nuestro pensador
con la esperanza cristiana. Su argumento es claro: para un verdadero
humanista, la salvación está en la lectura; para un auténtico cristiano, en la
palabra de Dios. Es lógico, por tanto, cifrar la salvación en la lectura de las
Sagradas Escrituras. Sin embargo, antes es necesario liberarlas, pues se
encuentran secuestradas por clérigos y teólogos profesionales que se atribuyen
una especie de monopolio del cristianismo puro. Frente a esto, él opina que el
teólogo digno de este nombre bien puede ser un tejedor o un jornalero, pues la
Biblia debe convertirse en compañera de todos.

Otras concepciones suyas también interesantes hacen referencia a temas


aún de moda: Erasmo se muestra a favor del matrimonio de los sacerdotes que
lo deseen, aunque él personalmente prefiere el celibato. Rechaza también la
imagen de la Iglesia como una sociedad jerarquizada, pues desde su punto de
vista ésta debería ser la comunidad de los bautizados, el pueblo de Dios.

En todas estas ideas vemos muchas semejanzas con el pensamiento de


Lutero. Sin embargo, hay también varios puntos que los separan. Tal vez los
más significativos, sean dos: la autoridad soberana del sentido privado en la
interpretación de las Escrituras, y la justificación por la fe, independientemente
de las obras. Estos aspectos, defendidos por Lutero, serán puntos básicos de
la Reforma. Erasmo, en cambio, nunca tendrá el propósito de romper con la
Iglesia, aunque estas cuestiones las analizaremos con más detenimiento en
otros apartados.

Por otra parte, además de estas ideas relativas a la religión, debemos


referirnos también a la vertiente política de su pensamiento. En este aspecto,
Erasmo de Rotterdam es, ante todo, una pacifista ultranza y el primer teórico
literario del pacifismo. Ésta es la base sobre la que se asientan sus ideas
políticas, que se encuentran desparramadas en buena parte de sus obras,
entre ellas el Elogio de la Locura. En la Institutio Principis Christiani se habla de
los príncipes, mientras que la Querela pacis constituye un tratado de filosofía
política cristiana.

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