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1146 - Lou Carrigan - Justos y Pecadores

muy buena historia

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1146 - Lou Carrigan - Justos y Pecadores

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CAPITULO PRIMERO

Ella lo vio nada más entrar en el bar, y talmente pareció


que fuese a quedar estupefacta para toda la vida. Se vio cla-
ro que titubeaba, y luego, por fin, fue a sentarse a uno de los
taburetes qué había ante la barra.
El parecer, él ni se había enterado de la llegada de ella.
Vamos, que ella no existía, no estaba en el mundo. Simple-
mente, él estaba sentado a una mesa del rincón, tomándose
un whisky, y eso era todo. O sea, que en la vida no había
nada más allá ni más acá del whisky. Y punto.
—¿Sí? —inquirió el camarero, mirando con expresión las-
civa muy mal disimulada a la muchacha.
—Cóctel de ron —dijo ella.
—Cóctel de ron —repitió el camarero, como fatigado—.
Hay muchos cócteles de ron.
—Pues uno de ésos.
—Creí que querría alguno especial.
—Si quisiera uno especial habría pedido un cóctel
especial de ron. Y si lo quisiera muy, muy especial, no habría
salido de casa, pues yo sé preparar cócteles muy especiales.
—¿Por ejemplo? — empezó a sonreír el camarero.
—¡A ti te lo voy a decir!
—Pero tal vez me invitaría a uno de esos cócteles.
—Cuando se te quite la joroba, amigo.
—No soy jorobado.
—Pues por eso: primero tendrías que ser jorobado, y lue-
go dejar de serlo. No sé si me explico.
—Bastante bien.
El camarero se alejó de mala gana a preparar un cóctel
de ron, mixtura que no presagiaba nada bueno. Pero allá
cada cual, con sus preferencias, por exóticas, sofisticadas o
extravagantes que sean. O explosivas, que nunca se sabe.
La muchacha estaba mirándolo ahora por medio del
espejo. Nada, que el guapetón aquel ni se enteraba de la
vida. Como si estuviera solo en el mundo. Ella encendió un
cigarrillo, y estuvo fumando entre pensativa y algo
interesada por el guapetón hasta que el camarero colocó la
bebida ante ella.
—Cóctel de ron.
—A saber qué porquería has inventado.
El camarero encogió los hombros. Si por él hubiera sido
se habría marchado en aquel mismo instante con la mucha-
cha. Era un bombón en plan bravío. Rubia y de ojos azules,
alta, con un cuerpo espléndido, una boca preciosa y un ino-
cultable estilo de hembra de clase, segura de sí misma, que
sabe adaptarse a todo y mantener a la gente en su sitio. Una
hembra de primera magnitud, que no tenía ni comparación
con los petardos que ocasionalmente se llevaba el camarero
a la cama
—¿Quién es el del rincón? — preguntó ella, moviendo la
cabeza hacia el solitario guapetón.
—Ni idea —volvió a encoger los hombros el camarero—.
Hace dos o tres días que viene por aquí.
—¿Solo?
—Hasta ahora, sí.
Ella asintió. El camarero se puso de mala uva. Cierto que
tampoco él podía compararse al tipo de la mesa del rincón,
pero no hay para excluir de modo tan desconsiderado a los
feos. Maldita sea, es que siempre eran los mismos los que se
llevaban a las mismas... Con seguridad, si él hubiera sido
como el sujeto solitario habría podido llevarse a la cama a la
rubia. Pero él no media más de metro ochenta, ni tenía cara
de guapo con mala leche, ni vestía como un deportista bien
pagado, ni tenía... ¡Bah, al demonio!
—¿Le gusta el cóctel? —se interesó, más que nada para
dejar de pensar en otras cosas.
—No — negó ella—. Es una porquería.
—En este lugar no servimos porquerías.
Ella sonrió. ¡Dios, si era hermosa...! Y segura de sí mis-
ma, vaya que sí. El bar estaba en Collins Avenue, la arteria
principal de la ya lujosa Miami Beach, y no era ni mucho
menos un cuchitril, sino que había gente de bastante tono...
Pues bien, ella había entrado allí como si se dispusiera a dar
órdenes de que aquel tugurio debía ser limpiado si querían
tenerla a ella como dienta...
—En este lugar —dijo ella, sin dejar de sonreír— se esta-
fa al público como en todos los lugares donde se sirven cóc-
teles. Y yo digo que este cóctel es una porquería. Y si te
pones valiente llamo por teléfono a un amigo que es químico,
le digo que venga acompañado por la policía y le hago
analizar esta asquerosidad. ¿Qué te parece?
—No tengo ganas de bronca, señorita. Y usted ha venido
buscando guerra. ¿Por qué no se mete con el tipo que le ha
gustado?
Ella airó las cejas, abrió la boca, la cerró, miró al sujeto
del rincón por medio del espejo, se volvió a mirarlo directa-
mente, miró al camarero, y de pronto sonrió de nuevo. Era
preciosa. Era un bombón. Estaba más buena que la vida que
podía darse uno en las Hawái con cinco mil dólares al día
para gastar.
—Buena idea —sonrió una vez más.
Tomó el vaso, descendió del taburete, y se fue directa
hacia la mesa del rincón. El camarero estaba convencido de
que la cosa no pasaría de broma, pero se equivocaba. Ella se
plantó frente a la mesa, y saludó:
—Hola, ¿qué tal?
El sujeto alzó los ojos, negros, grandes, fríos, penetran-
tes. Su boca era como un corte en una roca.
—Hola. Bien —contestó.
—Pues me alegro. ¿Está solo?
Apareció un gesto de extrañeza en la expresión del
sujeto. La muchacha lo captó perfectamente, y se echó a
reír. Algunos parroquianos se volvieron a mirarla y
sonrieron. Era una preciosidad.
—¿Qué es lo que le hace gracia? — preguntó él.
—Apuesto a que ha pensado que soy una buscona a la
caza de clientela para esta noche.
—Lo he pensado —aceptó él—, pero ha sido un mal mo-
mento. Todavía tengo buena vista, sé distinguir al personal.
—O sea, que usted sabe que no soy una prostituta.
—Si lo es me llevaré un chasco. De todos modos, sí, estoy
solo.
—Yo también.
—Para que luego digan que no existe la casualidad.
—Oiga, se me ocurre una cosa: ¿qué tal si juntamos nues-
tras soledades para hacer una confortable compañía?
—Siéntese, si quiere. La invitaría, pero ya veo que está
servida.
—Esto es una porquería —dijo ella, sentándose—. He pe-
dido ron combinado, pero no tienen ni idea. Por otra parte,
lo que a mí me gusta de verdad no es el ron, sino... ¿Lo
adivina?
—El champán —dijo él, divertido—. A ser posible,
francés.
—¡Usted sí que es listo! —rió ella—. Me llamo Berenice.
—Yo Marión.
—¿Me invita a champán, Marión?
Este asintió, miró hacia el camarero, que no les había
perdido de vista, y le hizo una seña. El camarero llegó a toda
prisa, el tal Marión le pidió una botella de champán francés,
encendió otro cigarrillo, y se quedó mirando especu-
lativamente a Berenice.
—¿Y qué? — preguntó—. ¿Cómo van las cosas?
—Ah, muy bien. Gracias.
—¿De veras? Pues no es poco sorprendente, que
digamos, en estos tiempos en que todo el mundo tiene
problemas. ¿Usted no los tiene?
—Mi único problema diario consiste en arreglármelas pa-
ra evitar a los imbéciles y a los libidinosos. Me tienen
traumatizada.
—No lo creo. Usted no tiene aspecto de tener traumas de
ninguna clase.
—Hombre, era un modo de hablar —sonrió ella—. Pero le
aseguro que estoy rodeada de imbéciles y libidinosos. Son
dos especies muy bien diferenciadas. Por ejemplo, los imbé-
ciles son los que se quedan mirándome embobados y ni se
les ocurre que podrían al menos intentar algo para
conquistarme y disfrutar conmigo. Los libidinosos son les
que me miran con cara de hambre sexual y mentalmente me
violan. ¿Capta la diferencia?
—Creo que sí. Y realmente yo catalogaría a ambos entre
los imbéciles en general. Pero el primero es menos ofensivo.
—Sí, eso es cierto.
—¿Y en qué categoría de imbéciles me ha catalogado a
mí?
—Ah, no, nada de eso... ¡Usted no es imbécil! Me gusta.
—Le gusto. Caray, qué suerte. A lo mejor va a resultar
que tomamos unas copas de champán, termino de caerle
bien charlando de todo un poco con un mínimo de
inteligencia, y luego se viene conmigo.
—No diría yo que eso es un imposible —rió de buena
gana Berenice—. En realidad, todo depende de que usted
tenga arte y gracia para caerme bien. Y le voy a dar
facilidades, para que vea: de entrada usted ya me gusta, así
que...

***

Marión cerró la puerta del bungalow, y se quedó mirando


a la rubia Berenice, que observaba el entorno con cierto aire
crítico. Bueno, no había ni para maravillarse ni para poner
cara de asco: el bungalow estaba francamente bien, y punto.
Y muy bien situado, en Flamingo Drive, a la orilla izquierda
del Indian Creek.
No era muy grande, desde luego. En seguida se veía la
amplia sala, y las puertas que cerraban cocina, aseo y un
dormitorio. Un lugar agradable, sin duda.
—¿Es tuyo? — preguntó Berenice.
—No. De un amigo. Estoy viviendo aquí temporalmente, a
la espera de la culminación de unos negocios.
—¿Te dedicas a los negocios? ¿Qué clase de negocios?
—Bueno, digamos... de compra y venta.
—¿Qué compras y qué vendes?
—Espero que no seas del Fisco.
Se echaron a reír los dos, él con cierta prevención, como
si le fastidiara que alguien pudiera hacerle reír, o sea, todo
lo contrario que ella, que evidentemente disfrutaba riendo.
De repente, Berenice le echó los brazos al cuello y lo besó en
la boca.
—¿Me creerás si te digo que estoy loca por ti? —susurró.
—No veo por qué has de mentirme, pero me sorprende
esa locura que se ha incubado en sólo un par de horas.
—Oh, es que me da la impresión de que hace siglos que
nos conocemos. Y a pesar de todo estoy excitadísima, ¿No es
chocante?
—Tú sí que eres chocante. Bien..., ¿quieres más
champán?
—No. Lo que quiero es que me hagas el amor.
Lo besó en la boca, ahora largamente. Marión la abrazó
por la cintura y la atrajo con fuerza, ocasionando un contac-
to pleno entre ambos cuerpos. Deslizó luego sus manos por
la espalda, metió una entre los cabellos de ella buscando la
nuca, y la otra la deslizó hacia uno de los magníficos pechos
de la rubia Berenice, que resopló por la nariz cálida y gracio-
samente, sin dejar de besarlo.
El beso duró una eternidad, mientras las caricias que
intercambiaban iban aumentando en intensidad y cantidad.
Berenice apartó por fin su boca, suspiró, y se apartó de Ma-
rión. Lo tomó de la mano y tiró de él hacia el dormitorio.
El encendió la luz. Ella se colocó junto a la cama, y pro-
cedió a desnudarse. Marión la contemplaba inexpresivamen-
te, pese a que la belleza del cuerpo de Berenice, una vez al
descubierto completamente, era de grandioso infarto. Tenía
el vello del sexo negrísimo, y sus formas parecían de fanta-
sía. Él se acercó, le puso las manos sobre los senos, y la besó
en la boca... Ella le acarició, susurrando:
—¿Qué estamos esperando?
Marión se desvistió también, la abrazó de nuevo, otra vez
la besó en la boca. La cosa se iba convirtiendo en una rela-
ción volcánica. Ella apartó la boca, rió sofocadamente, y se
dejó caer en la cama, arrastrándolo a él encima. Marión ma-
niobró rápidamente para que ambos quedaran bien en la ca-
ma, y cuando ella iba a decir algo la penetró. Berenice emi-
tió un gemido, puso los ojos en blanco, y se abrazó a él.

***

—Cielos —jadeó Berenice—. ¡Eres una apisonadora, mi


amor!
—¿Te he lastimado?
Ella abrió mucho los ojos, y acto seguido se echó a reír.
—¡Qué tontería! —exclamó—. ¡Has hecho precisamente
todo lo contrario de lastimarme! ¡Qué barbaridad, debería
ser pecado gozar así!
—Quizá sea pecado —casi rió él—. ¿Tengo que llevarte a
algún sitio?
—¿Llevarme? No comprendo... ¿Quieres decir que tengo
que marcharme ahora? ¿Sin el tercer asalto?
—No se trata de eso. Pensé que querrías marcharte, eso
es todo.
—Pues no quiero marcharme. ¿Me aceptas como
huésped?
Él sonrió un tanto hoscamente, acercó el rostro al seno
de ella, y le besó un pezón. Miel pura. Ternura infinita. Ella
suspiró..., y justo en aquel momento se oyó un leve ruido
fuera del dormitorio.
La reacción de Marión no pudo ser más veloz, sorpren-
dente y violenta. Salió de la cama tan de prisa que se llevó a
Berenice colgada del cuello, y no poco sobresaltada. Se des-
prendió de ella por el rudo procedimiento de aplicarle un
puñetazo en el estómago que la derribó sobre la cama,
corrió hacia una butaca, metió la mano entre el asiento y el
respaldo, y sacó una pistola provista de silenciador.
Berenice, que había gritado de dolor, pareció rebotar en
1a cama, junto a la cual quedó de pie, pero encogida, miran-
do con expresión desorbitada a Marión, y jadeando:
—¿Estás... loco? ¡Me has...!
Marión saltó hacia ella, la golpeó con el dorso de la mano
en la cara, derribándola girando sobre la cama, y la atrapó
allí metiéndole una mano en la nuca, pero ahora no para
acariciarla, sino para agarrarla por los cabellos.
En el momento en que los dos hombres aparecían en la
puerta del dormitorio Marión arrancaba de la cama a Bere-
nice, tirando de sus cabellos, y la colocaba ante él, metiéndo-
le la pistola en la nuca. Berenice, que había empezado a so-
llozar fuertemente, quedó muda al ver aparecer a los dos
hombres. Estos, a su vez, se quedaron mirándola fríamente,
sin que la belleza de la hermosísima Berenice pareciera
impresionarles en absoluto.
Uno de los sujetos miró a Marión y gruñó:
—¿Se puede saber qué pasa?
Marión parpadeó. Estaba evidentemente desconcertado.
Quedaba un rastro de furia en él, pero el desconcierto
predominaba ahora sobre cualquier actitud.
—Pensé que podía pasar algo —gruñó por fin.
—¿Como qué, por ejemplo?
—Por ejemplo, que no confiaras en mí y hubieras utiliza-
do a está pájara para tenderme una trampa.
El otro hizo un gesto de fastidio rozando 1a irritación. —
Te dije que te instalaras aquí y que esperaras un par de días
una entrevista —masculló—. ¿Quedamos así o no?
—Sí.
—Pues el memento ha llegado —dijo el otro, señalando al
que estaba a su lado—. ¿Quién es la chica?
—Creí que era amiga tuya —refunfuñó Marión—, Me
abordó en un bar, y pensé que la habías puesto para vigilar-
me. Y al oírte entrar tan sigilosamente he creído que tenía
que distraerme para que me pillaras desprevenido aquí den-
tro, con el fin de liquidarme con comodidad.
—Debes estar chiflado —se pasmó el otro—. A esta pre-
ciosidad no la he visto nunca antes de ahora.
—Pues yo tampoco.
—¿Y qué hace aquí? —el otro no salía de su pasmo—. Es
decir, ya sé lo que está haciendo aquí, pero... ¿de dónde la
has sacado?
—Ya te lo he dicho: me abordó en un bar, y se me puso
tan simpática y tan fácil que me dije que no podía ser ver-
dad. De modo que me dije: me la envía Lubbock para que me
vigile. Y cuando ella dijo de venir aquí a hacer el amor pensé
que no hay mal que por bien no venga. Jode de maravilla.
—Pero... ¿quién es? —insistió el pasmado Lubbock.
—¡Que no lo sé, coño! ¿Cuántas veces tengo que explicár-
telo? Ella me abordó, eso es todo. Se llama Berenice, y para
de contar.
Berenice, que iba mirando de uno a otro moviendo sólo
los ojos, pues la cabeza seguía casi completamente inmovili-
zada por la presa que Marión ejercía en sus cabellos gimió:
—¿Quieres hacer el favor... de soltarme..., so bruto...?
Marión la empujó hacia donde habían quedado las ropas
de ella, gruñendo:
—Recoge todo eso y entra en el baño a vestirte. ¡Y de
prisa!
—¡Escucha, si te crees que...! ¡Bestia! ¡Y eso de amena-
zarme con una pistola...! ¡Te las vas a cargar, amiguito, ya
verás! ¡En cuanto salga de aquí vas a ver tú!
—¿Qué voy a ver? —adelantó agresivamente su ya de por
sí agresiva barbilla Marión.
—Nada... ¡Animal!
Agarró sus ropas y se metió en el cuarto de baño.
CAPITULO II

—Es la cosa más idiota que he visto en mi vida —gruñó


Lubbock—. Y no te favorece precisamente, Karras. Meterse
en líos de faldas estando de por medio la petición de empleo
importante...
—No me he metido en ningún lío de faldas —dijo seca-
mente Marión Karras—. Te repito que creí que era una...
broma tuya, y por eso seguí el juego. Por lo demás, puedo
pasarme sin mujer el tiempo que sea. Me gustan, pero a su
debido tiempo.
—Ya. ¿Y por qué se te ocurrió que podía ser cosa mía?
—Me dijiste que esperase aquí un par de días, y ya han
pasado cuatro, ¿no es cierto? Me dio mala espina... Se me
ocurrió que quizá habías llegado a la conclusión de que ade-
más de no interesarte mi colaboración era más conveniente
liquidarme que dejarme marchar.
Lubbock parpadeó, y miró al hombre que había llegado
con él, y que se había limitado hasta el momento a mirar con
suma atención a Marión Karras. Al notar la mirada in-
terrogativa de Lubbock el sujeto silencioso asintió, y fue a
sentarse en una butaca del dormitorio, diciendo, sin mirar a
Lubbock:
—Ve a asegurarte de que la chica no se escapa.
—Sí, señor —salió Lubbock del dormitorio.
El desconocido esperó a que Marión se hubiera puesto
los pantalones para decir
—Me llamo Cari Aldeman. ¿Ha oído hablar de mí?
—No, señor.
—¿Seguro?
—¿Por qué habría de mentirle? —le miró sorprendido
Marión.
—Está bien. Veamos, usted llegó a Miami, buscó a
Lubbock, y le dijo que llegaba de parte de Jim Bentley, que
está en el penal de Leavenworth...
—No dije semejante cosa —gruñó Karras—. Dije que en
el penal había oído a Bentley hablar de Lubbock, y como al
salir libre yo no estaba precisamente en buena situación me
acordé de eso y vine aquí en busca de Lubbock, y tuve la
suerte de poder localizarlo.
—Pero usted no es amigo de Jim Bentley.
—Bueno... Éramos compañeros de penal, eso es todo. No
se puede decir que fuésemos amigos, pero tampoco éramos
enemigos.
—Si, de acuerdo —sonrió Aldeman—, eso es lo que nos ha
dicho Jim Bentley.
Marión Karras se detuvo bruscamente en sus
movimientos terminando de vestirse, y se quedó mirando
con fijeza hostil a Aldeman.
—¿Qué? —gruñó.
—Vamos, Karras, ¿qué esperaba? ¿Llegar a Miami, loca-
lizar a Lubbock y conseguir que éste le diera un buen traba-
jo, sin más? Como es lógico nosotros nos hemos interesado
cerca de Jim Bentley para saber si le conocía a usted, si era
cierto que había estado con él en el penal y todo lo demás.
Podemos comunicamos con Bentley cuando es necesario, y
lo hemos hecho. Pero nos ha costado cuatro días..., que son
los que usted ha tenido que esperar.
—Entiendo. No confiaban en mí.
—Claro que no. Pero ahora sí confiamos. Si Bentley dice
que usted es de confianza es que lo es.
—Ya. ¿Significa eso que van a darme trabajo?
—Es posible. Todo depende de la clase de trabajo que
usted sea capaz de hacer... Lo que trato de decirle es que no
necesitamos oficinistas ni fontaneros, por ejemplo.
—¿Qué clase de gente necesitan? —sonrió secamente
Karras.
—Usted dígame qué es capaz de hacer, y yo veré si
encaja en alguna de nuestras necesidades.
—Puedo hacer cualquier cosa. Y cuando digo cualquier
cosa quiero decir cualquier cosa.
—Entiendo. Y espero que usted entienda si le digo que
precisamente nosotros podemos encargarle que haga
cualquier cosa.
—Lo entiendo, desde luego.
—Bien. Bien, bien. ¿De dónde sacó esa pistola?
—Se la pedí prestada a un amigo cuando salí del penal.
Uno no puede ir por ahí sin herramientas de trabajo. Sería
como si un fontanero fuese a hacer reparaciones sin soplete
o taladro, ¿no le parece?
—Claro —sonrió como divertido Aldeman—. Tiene usted
buen sentido del humor, así que espero que todo irá bien
entre nosotros. ¿Conoce a un hombre llamado Winston
Jaynes?
—No. Al menos con ese nombre.
—Inteligente respuesta —Cari Aldeman sacó una fotogra-
fía de un bolsillo interior y se la tendió a Marión, que ya
había terminado de vestirse—. Este es Winston Jaynes. Díga-
me si su cara le es familiar.
Marión tomó la fotografía, la miró, y movió negativamen-
te la cabeza, sin el menor titubeo ni pérdida de tiempo.
—Nunca le he visto —aseguró.
—Pues ése es Winston Jaynes. Quiero que lo mate,
Karras.
—Muy bien.
—Se le proporcionarán armas, dinero, coche... De todo.
No se le vaya a ocurrir utilizar esa pistola, que puede estar
controlada.
—No creo —rechazó Marión—, pero me parece bien su
precaución... Ya he estado demasiado tiempo entre rejas, y si
vuelvo me gustaría que no fuese por una idiotez. ¿Dónde
puedo encontrar a Winston Jaynes?
Cari Aldeman recuperó la fotografía, la guardó, y con el
mismo gesto retiró de su bolsillo un sobre, que tendió a Ma-
rión Karras.
—Dentro encontrará instrucciones suficientes para locali-
zar a Jaynes, así como algunas de sus peculiaridades. Lo que
no se indica en esas instrucciones es que no le va a resultar
nada fácil eliminarlo.
—¿Por qué?
—No es un hombre al que se pueda llegar fácilmente, ya
se convencerá de eso.
Marión Karras entornó los ojos, ladeó la cabeza, y estuvo
mirando especulativamente unos segundos a Aldeman. Por
fin, de pronto, sonrió.
—De modo que me están endosando el caso difícil, ¿eh?
—Así es —sonrió también Aldeman—. ¿Para qué vamos a
engañamos? Si se trata de eliminar gente corriente, nosotros
ya tenemos personal capacitado para ello. Por tanto, es
lógico que si contratamos a alguien más le exijamos
servicios que nuestro personal ya contratado no puede
prestar.
—Claro. ¿Qué es Jaynes?
—Es un hombre muy rico que está molestando a determi-
nadas personas. Nada más.
—¿No es nada político ni cosas parecidas?
—No.
—Eso significa que ustedes forman una sociedad de
asesinatos por encargo, sin más complicaciones.
—Exactamente. Es por eso que tenemos personal
suficiente para todo..., o para casi todo. Y como nos falta ese
«casi» por eso estudiamos la conveniencia de contratar
personal nuevo, como usted. Si mata a Jaynes recibirá
veinticinco mil dólares y tendrá un puesto fijo en la...
Empresa.
—Veinticinco mil dólares no es ninguna fortuna.
—No, pero sí lo es estar contratado por nosotros y recibir
un sueldo fijo mensual de cinco mil dólares se trabaje o no.
—Tampoco es para morirse de alegría, pero ya es otra
cosa. ¿Cómo se llama la empresa, debo referirme a ella de
algún modo especial?
—Ya se lo he dicho: la Empresa.
—Ah... ¿Con mayúscula? Entiendo: la empresa se llama la
Empresa. Sí, entiendo. Eso tiene cierto parecido con la CIA,
a la que algunos llaman «la compañía».
—Le aseguro que no tenemos nada que ver con la CIA —
rió Cari Aldeman.
—Ya, ya. Bien, de acuerdo. ¿Tengo fecha límite para ma-
tar a ese Jaynes?
—No... No, no. Pero tampoco nos gustaría que convirtie-
se eso en el motivo de su vida, que la cuestión se eternizase.
Yo creo que si es usted capaz de hacerlo tendrá suficiente
con ocho o diez días. Lo demás ya seria... darle vueltas al
asunto, lo cual indicaría una cierta impotencia por su parte.
Y ya que hablamos de impotencia, recordemos a la mucha-
cha... Lo mejor será que la liquide, Karras.
—Hombre, no — gruñó éste.
—¿Por qué no?
—No veo la necesidad... Hace el amor que es una fiesta, y
a fin de cuentas todo lo que podría decir de mí es que le he
dado un par de golpes y tengo una pistola. Pero ni eso dirá,
pues sé que puedo convencerla. Le diré que ha sido un error,
simplemente. Además, quizá me acompañe a buscar a
Jaynes. Y siempre está mejor visto un hombre acompañado
de una chica bonita que un tipo solitario como yo y con esta
cara.
—¿Qué le pasa a su cara? —casi rió Aldeman.
—Bueno, no se puede decir que sea precisamente
amistosa.
—No, no lo es —admitió Aldeman—. Pero en cuanto a la
chica, no sé. Ni siquiera sabemos quién es y qué puede
hacer o dejar de hacer.
—Hemos charlado un poco ella y yo. Es una de esas chi-
cas a las que papá le dejó un montón de dinero y se dedica a
gastarlo viviendo alegremente. Y es una solitaria, como yo,
no una de esas estúpidas que van en rebaño de un lado a
otro del mundo, en yates y jets particulares, buscando cosas
«nuevas», y hartándose de joder con unos y otros.
—Tiene carácter, ¿eh?
—Pues sí... Sin exagerar, claro, pero tiene carácter. Diga-
mos que es una mujer con la que no me disgustaría pasar
una temporada..., sobre todo si además me ha de ser útil
—Comprendo. ¿Y cuando ya no sea útil y no resulte tan
novedosa en la cama?
—Bueno —sonrió Marión Karras—, quizá entonces haya
llegado el momento de darle billete de ida.
Cari Aldeman frunció el ceño, y quedó pensativo..., y así
estaba cuando Berenice regresó del cuarto de baño, seguida
por Lubbock, que sonreía irónicamente, esforzándose en di-
simular el brillo lúbrico de su mirada.
—Ustedes se las van a cargar —llegó diciendo Berenice
—: además de malos tratos están comportándose de modo
inmoral, pues este asqueroso se ha dedicado a mirarme
mientras yo hacía mis cosas en el cuarto de baño. No soy
una tonta remilgada, pero hay cosas que me gusta hacerlas a
solas. Y en cuanto a ti, bestia —miró coléricamente a Marión
—, te las cargaras, ya me ocuparé yo de eso... ¡Me has hecho
un hematoma horrible en el vientre!
—Bueno —sonrió Karras—, pero como solamente yo te lo
voy a ver, y a mí no me disgusta...
—¡Tú no vas a volver a verme ni...!
—Oye, tranquilízate, ¿quieres? —se le acercó Marión—.
Todo ha sido un error por mi parte, y créeme que lo siento,
pues eres la única mujer con la que me he acostado a gusto
y convencido desde hace años y años... Lo siento de verdad,
Berenice.
Ella titubeó. Miró a Aldeman, a Lubbock, de nuevo a
Karras...
—Pero no tenías por qué pegarme, ni amenazarme con
un arma —murmuró.
—Había un malentendido entre nosotros —Karras se se-
ñaló a sí mismo y a los otros dos—, y creí que tú formabas
parte de una trampa para darme una buena lección. Ellos y
yo somos detectives privados, y trabajamos para dos
agencias distintas... Estamos detrás de un asunto
importante, y vamos un poco quemados todos. Hay mucho
dinero y sucesivos contratos importantes de por medio.
—¿Estás hablando en serio? —exclamó por fin Berenice,
que le había escuchado como maravillada.
—Claro que sí —Karras se acercó a ella, la atrajo por la
nuca, y la besó en la boca—. Vamos, no seas rencorosa. ¿De
nuevo amigos?
—Eres muy bruto, ¿sabes? —todavía refunfuñó ella.
—Que sí, mujer, pero me cabreó que una fulana se me
hubiera metido en la cama para tomarme el pelo. Me equi-
voqué, lo siento, te pido perdón y te juro que me vas un
horror. ¿De acuerdo?
—Está bien —empezó a sonreír Berenice—. ¿Qué asunto
es ése tan importante?
—Precisamente tengo que seguir trabajando en él. Pero,
cariño —Marión volvió a besarla en la boca—, no me pre-
guntes tantas cosas. Tú sabes perfectamente que los detecti-
ves privados respetamos el secreto profesional.
—Como en el cine —se fastidió ella—. De acuerdo. ¿Qué
se supone que debo hacer ahora? ¿Largarme y dejaros
solos?
—Se me ha ocurrido que quizá te gustaría acompañarme
—sonrió Karras—. Podemos hacer un corto viajecito, pasarlo
bien, y al mismo tiempo yo haría mi trabajo. A lo mejor te
gustaría ayudarme en pequeñas cosas.
—¿De verdad me dejarías? —abrió mucho los ojos la
rubia.
—Claro. Seguro que esto es algo nuevo para ti.
—¡Ya lo creo! ¡Oh, qué emocionante...! ¡Podríamos...!
—Calma, calma. Nada de excitaciones de ese tipo. Y re-
cuerda que el jefe soy yo —guiñó un ojo Karras—. ¿De
acuerdo?
—¡De acuerdo! —exclamó ella, riendo y saludando a esti-
lo militar. ¡A la orden, jefe!
—Vaya —dijo Aldeman, sonriendo—, parece que todo va a
terminar bien, y me alegro. Por lo demás, Karras, lo mejor
sería que os marcharais esta misma noche hacia Houston.
Allá está el cliente.
—¡A Houston! —casi gritó Berenice—. ¡Eso está en
Texas!
—Y además sabe geografía —dijo festivamente Marión
Karras—. Yo creo que no se le puede pedir más a una chica,
amigos.
—Cuando está tan buena como ésta, no —rió Lubbock,
tendiéndole unas llaves—. Nosotros hemos venido en dos co-
ches. El más pequeño de los que hay ahí fuera es para ti.
Déjalo en el aeropuerto.
—Bien. Recojo mis cosas en un minuto.
—Pero... ¿nos vamos ahora? —se pasmó Berenice.
—Si hay vuelo, sí —la miró Karras—. Si no hay vuelo nos
alojaremos en un hotel del aeropuerto hasta mañana por la
mañana. ¿Tienes problemas? Porque si es así no hace falta
que me acompañes.
—No te enfades... ¡Claro que quiero acompañarte! ¡No lo
he pasado mejor en mi vida! Pero... tendré que pasar por mi
apartamento para recoger algunas cosas... ¡No voy a ir así
por el mundo!
—¿Por qué no? El mundo está lleno de tiendas con ropas,
calzado y todo cuanto puedas desear. Y yo tendré mucho
gusto en invitarte a todo —sacó el sobre con las instruccio-
nes, lo abrió, y miró acto seguido irónicamente a Aldeman—.
No está el anticipo que mencionó el cliente. ¿Algo va mal?
Lubbock frunció el ceño, pero Aldeman sonrió, sacó un
fajo de billetes de un bolsillo, y tendió unos cuantos a Marión
Karras. Este se guardó el dinero, metió sus cosas en una
pequeña maleta de tela de alfombra, miró a Lubbock, y dijo:
—Gracias por estos días de alojamiento. Ya nos veremos.
—Seguro — gruñó Lubbock.
—Vámonos, Berenice.
—Oh, sí —la muchacha miró a Aldeman y Lubbock—.
Adiós. ¡Encantada de haberlos conocido!
—Lo mismo digo —sonrió Aldeman.
Berenice y Marión salieron del bungalow, y al poco se
oyó el zumbido del motor de un automóvil al ser puesto en
marcha. Lubbock se acercó a una ventana, vio alejarse el
coche, y se volvió a mirar a Aldeman.
—¿Salimos ya tras ellos? — propuso. —Tenemos tiempo.
La radio que llevan en el coche tiene un alcance de más de
diez millas. No hay cuidado. Ahora retira la cámara.
—Lástima que no pensáramos en el dormitorio —refunfu-
ñó Lubbock—. ¡Sería una película de video divertidísima!
Pero... ¿a quién se le iba a ocurrir pensar que haría contacto
con una mujer? En todo caso esperábamos un hombre.
—Karras es demasiado listo —movió la cabeza Aldeman
—. En todos estos días no ha hecho contacto con nadie, salvo
con esa chica..., y la verdad es que la historia es verosímil: la
chica le habla en el bar, se la trae aquí, se la tira... Y por lo
que hemos estado escuchando él me ha dicho luego la
verdad: no se conocían de antes, ni había o hay más relación
entre ellos que la puramente de cama.
—Con una tía así ¡cualquiera no se lía! —explotó
Lubbock.
En el saloncito desplazó un sillón hacia un ángulo, y reti-
ró la pequeña cámara que estaba allí desde hacía cuatro
días, funcionando con mando a distancia y a voluntad de él.
No había servido para nada. En cuanto a los micrófonos
distribuidos en el bungalow, y que también retiró, no habían
servido tampoco de nada, pues Marión Karras no era de los
que hablan solos, y con Berenice solamente habían hablado
de cosas circunstanciales y de sexo.
Salieron del bungalow siete minutos después de que Ma-
rión y Berenice se habían marchado. Cari Aldeman fue quien
se puso a los mandos del automóvil grande aparcado cerca
del bungalow, mientras Lubbock accionaba la radio que les
permitiría escuchar lo que Berenice y Karras hablasen
dentro del coche en el que viajaban hacia el Miami
International Airport.
—...Emocionante! —oyeron en seguida la voz de Berenice
—. De todos modos, lo que me gustaría es poder volar esta
misma noche a Houston.
—¿Por qué? Ya es un poco tarde, ¿no te parece?
—¿Qué más da? No hay ni siquiera mil millas de Miami a
Houston, de modo que estaríamos allá lo más tarde a me-
dianoche. Podríamos pasar la noche en un hotel de allá, y
por la mañana ya podríamos empezar a investigar...
—Después de echar un par de polvos —dijo Karras.
—¡Eso también! —la risa de Berenice resonó, deliciosa,
en el interior del coche que conducía Aldeman—. ¡Pero para
mí, en estos momentos es más emocionante la investigación!
—Pues sí que me has fastidiado —gruñó Marión.
—Compréndelo... ¡El amor lo he hecho miles de veces, y
en cambio no he sido nunca detective privado...!
—Ayudante de detective privado —rezongó Karras—. Y
recuerda que el jefe soy yo, de modo que tú sólo harás las
pequeñas cosas que yo te iré diciendo, y sin molerme a pre-
guntas. ¿Comprendido?
—¡Esto no es justo! ¡Si somos socios...!
—Nada de socios. ¿De qué demonios estás hablando? Es-
cucha, vamos a dejar las cosas bien claras: yo no tengo so-
cios, yo mando aquí, yo diré lo que se ha de hacer, cómo y
cuándo, y tú callarás u obedecerás. Porque amiguita, una
cosa es que te diviertas haciendo de detective porque yo
quiero ser simpático contigo y otra cosa sería que me
arruinaras el trabajo. ¿Está claro el asunto?
—Tampoco hay para ponerse así —se lamentó Berenice.
—No me pongo de ninguna manera. Mira, encanto, me
parece bien que seas una niña de papá que vuela a su aire, y
que te diviertas lo mismo dándole gusto al cuerpo que
haciendo de detective, o escribiendo un libro sobre la
tuberculosis de las ladillas, ¿comprendes? ¡Pero nada de
hacer cualquier cosa que pueda fastidiarme un trabajo en el
que llevo ya invertidas varias semanas! Okay?
—Okay, okay...
—Este Karras es un tipo duro, ¿eh? —rió Lubbock—. Pero
con las mujeres hay que serlo, o cuando te das cuenta te han
afeitado el bigote y se lo han puesto ellas. ¿A que sí?
Cari Aldeman encogió los hombros. Era de noche, y no le
gustaba mucho charlar mientras conducía, ni siquiera a
plena luz del sol. De todos modos, no debía haber problemas
para que todos llegasen, unos tras otros, al Miami
International Airport.
CAPITULO III

—¿Ves cómo es más practico haber despertado ya en


Houston? — rió Berenice.
—Práctico y agradable —admitió Marión Karras—, siem-
pre y cuando no pretendas que nos pasemos el día en la
cama.
—¡Eres un exagerado! Solamente son las ocho y media
de la mañana.
—Sí, pero llevamos más de una hora despiertos, y
anoche, es decir, esta madrugada, era más de la una cuando
nos acostamos.
—No iras a decirme que no te ha gustado que te desper-
tara a las siete de la mañana. ¡Hasta hace un minuto tan sólo
me parecías el hombre más satisfecho del mundo! Ya sé, ya
sé, tampoco se puede decir que yo lo esté pasando mal.
—En cualquier caso —Karras besó a Berenice, tendida en
la cama junto a él, desnuda completamente, y le besó un
pecho lentamente, provocando estremecimientos en la piel
de ella— creo que debemos levantarnos y ponernos a
trabajar.
—No se puede decir que estés muy apasionado esta
mañana.
—¿Todavía quieres más pasión? ¿No te parece suficiente
dos... pasiones?
—Como el refrán dice no hay dos sin tres...
Marión Karras hizo girar a Berenice en la cama, le dio
una palmada en las hermosísimas nalgas, y saltó de la cama,
directo hacia el cuarto de baño. Ella se fue en seguida tras
él, riendo:
—¡Espera! ¡Nos ducharemos juntos...!
Eran cerca de las diez de la mañana cuando, ya
duchados, desayunados, y correctamente vestidos de calle,
ambos fumaban mientras leían las instrucciones que había
contenido el sobre que Karras recibiera en Miami. Y
efectivamente, todo estaba muy bien explicado en el sobre,
aunque se recomendaba que el «ejecutivo» encargado de
terminar la tarea se asegurase bien de los movimientos del
«cliente», antes de entrar en acción definitiva.
Había, además, un resguardo para retirar un paquete en
la estación de la Texas Railroad, y que no representó ningún
misterio para Marión Karras ni Berenice Landers.
—Deben ser las armas —dijo él—, pero tenemos tiempo
de recogerlas. Lo primero es asegurarnos de que el cliente
es adecuado.
—Eso puedo hacerlo yo fácilmente —dijo Berenice.
—De acuerdo. Yo iré a echarles un vistazo a las armas, a
ver si todo está en orden. ¿Nos encontramos aquí a la hora
del almuerzo?
—Okay —sonrió ella.
—Pues okay.
Se besaron, recogieron todo, lo guardaron, salieron de la
habitación, y un minuto más tarde salían a la calle, donde se
volvieron a besar y cada uno de fue por su lado...
—¿Y qué hicieron concreta y exactamente cada uno? —
preguntó Cari Aldeman.
—O’Hara siguió a Karras, y yo a la chica —explicó Morris
—. Ella se dedicó a pasear durante un rato, y luego entró en
unos grandes almacenes en Harrisburg Boulevar, donde
estuvo comprando ropa y una serie de cosas normales.
Mientras se lo empaquetaban todo entró en los servicios, re-
gresó, se hizo cargo del paquete, pagó y salió. Tomó un taxi
y se hizo llevar al hotel, al cual llegó Karras poco después,
con O’Hara tras él, claro.
Aldeman asintió, y miró a O’Hara, que proporcionó su
informe. Tanto Aldeman como el siniestro Lubbock, que le
había acompañado a Texas, escuchaba con sumo interés las
explicaciones sobre los movimientos de la pareja compuesta
por Marión y Berenice.
—El tipo se fue a la estación —explicó O’Hara—, y se fue
a la consigna, donde entregó el resguardo y se hizo cargo
del paquete con las armas y los artefactos de explosión. Con
todo eso se metió en unos lavabos, y salió cosa de quince
minutos más tarde...
—Debió meterse en un retrete a examinar todo el
material —murmuró Lubbock.
—Claro —asintió O’Hara—. Bueno, salió quince minutos
después, y alquiló un compartimiento para equipajes en la
misma estación, metió dentro el material, y se fue al hotel,
donde se reunió con la chica. Eso es todo.
—¿Ninguno de los dos hizo contacto con nadie, ni llamó
por teléfono, o algo así?
—Como no lo hicieran en los lavabos... —movió la cabeza
Morris.
Cari Aldeman quedó pensativo. Por fin murmuró:
—De momento su comportamiento es normal. Vamos a
dejarles seguir adelante, a ver hasta dónde llegan y qué se
inventan para seguir en este juego.
—Mucho tendrán que inventar para seguir —dijo Lub-
bock—. O eso, o cargarse a Winston Jaynes. Y no creo que se
atrevan a tanto. Y aunque se atreviesen..., ¿cómo podrían
conseguirlo?
—No sé por qué —sonrió torcidamente Aldeman— tengo
la impresión de que esa pareja puede conseguir toda una se-
rie de cosas poco corrientes de conseguir. Pero bueno, no
hace falta que hagamos más cábalas: vamos a dejarles que
sigan en el juego..., a ver qué hacen. Es muy simple.

***

Con sus treinta y seis pisos de altura el edificio de la


Electronic Enterprises, en el centro de Houston, destacaba
por su aspecto moderno y hermoso, refulgiendo al sol de
aquella espléndida mañana. En la planta veintitrés de este
edificio tenía su sede central Winston Jaynes, instalada en
unos despachos de superlujo y desde los cuales controlaba
muchas empresas y personas. Sin la menor duda el señor
Jaynes era un personaje importante y poderoso.
Es decir, todo lo contrario de las personas que aquella
mañana accedieron al amplísimo vestíbulo de la planta baja
del edificio, poco después de las diez de la mañana. Eran un
hombre y una mujer. Ella, una bonita enfermera pelirroja y
con lentes, de cuerpo sugestivo, un tanto macizo ya. El, un
anciano de blanca barba, gafas de cristales oscuros, aspecto
abatido, y, evidentemente, aquejado de alguna enfermedad
que le impedía caminar, ya que iba en una silla de ruedas
que empujaba la uniformada enfermera.
—¿Algo no va bien? —se interesó.
—No... Bueno, sí. Es que estamos esperando al doctor
Shepeard.
—El doctor Shepeard —reflexionó el policía—. No me
suena el nombre. Claro que hay tanta gente en este edificio.
Pero ustedes deben saber en qué piso tiene su consultorio.
—No, no. Él no tiene consultorio aquí. Verá, el señor
Craftston —la enfermera señaló al inválido— está en trata-
miento hace tiempo con el doctor Shepeard, pero la cosa no
va demasiado bien. Así que el doctor Shepeard decidió venir
a visitar a un colega que sí tiene consultorio en este edificio,
además de unas instalaciones de cobalto y láser que podrían
ser las adecuadas, porque...
—Ya, ya —se vio desbordado el policía de uniforme—, o
sea, que están esperando a su médico para que los lleve a un
especialista y todo eso.
—Sí, señor. Pero quedamos a las diez, y nos extraña que
el doctor Shepeard no esté aquí esperándonos.
El policía miró uno de los relojes digitales del vestíbulo.
Eren las diez y siete minutos.
—Bueno —dijo amablemente—, a veces el tráfico juega
estas malas pasadas. Seguramente el doctor Shepeard no
tardará en llegar... Mientras tanto creo que estarían mejor
allá —señaló un lado del vestíbulo— que aquí en medio. A
veces la gente pasa por aquí como enloquecida.
—Sí... Sí, gracias.
—Si necesitan algo llámenme —sonrió el policía.
—Gracias, gracias...
El policía se alejó, mientras hacían lo mismo la
enfermera y el inválido hacia el lugar que se les había
sugerido, aunque no se quedaron exactamente allí, sino en
otro lugar un poco más adecuado para ver perfectamente las
tres entradas al vestíbulo del edificio. «Lógico —pensó el
policía—: si están esperando a ese médico bien querrán
verlo entrar...»
Por supuesto había más policías en el vestíbulo, y en todo
el edificio, aparte de guardias de seguridad particular, pues
en el Electronic Enterprises Building no se hallaban
ubicadas solamente las oficinas centrales de esta compañía,
sino las de otras empresas, como bancos, compañías de
seguros, una editorial, una joyería, y multitud de
instalaciones de toda clase de negocios, todos ellos de alto
nivel, naturalmente. Cinco ascensores, en el fondo del
vestíbulo frente a las entradas, funcionaban
ininterrumpidamente desde las nueve de la mañana a las
cinco y cuarto de la tarde. El edificio era como un enorme
panal siempre en actividad...
A este edificio, y según costumbre, llegó Winston Jaynes
a las diez y media en punto de la mañana, acompañado de
sus tres «secretarios», es decir, de sus guardaespaldas, tres
sujetos altos, atléticos, atractivos, muy bien vestidos, y que
portaban portafolios, su aspecto y sus modales
correspondían a los de unos clásicos ejecutivos de
importancia, y posiblemente ninguna de las personas con las
que se cruzaban pensarían otra cosa de ellos.
La estrategia de Winston Jaynes y sus acompañantes era
siempre la misma, pues había sido estudiada y daba buenos
resultados. Llegaban los cinco en el coche «Continental» de
Jaynes (había que contar el chófer, que tras desembarcar a
sus cuatro pasajeros se alejaba con el coche), éste y sus tres
guardaespaldas se apeaban, entraba uno de ellos en el edifi-
cio, y de un vistazo se hacía cargo de la situación, pendiente
de alguna anormalidad que pudiera resultar inquietante.
Nunca sucedía nada.
Pero, además, la rutina era ya tan acusada que la vigilan-
cia, por fuerza, se relajaba. Esto aparte, dos de los guardias
de servicios privados que había en el vestíbulo esperaban
siempre la llegada de Jaynes y sus acompañantes, asimismo
atentos. Cuando el guardaespaldas adelantado entraba en el
vestíbulo y los miraba, ellos permanecían impasibles..., lo
cual quería decir que no había cuidado, que todo estaba en
orden, perfectamente normal.
Entonces, el guardaespaldas simplemente volvía la
cabeza, y el señor Jaynes y otros dos terminaban de entrar
en el edificio, cruzaban el vestíbulo, y se dirigían directos
hacia el ascensor número uno, que era el que transportaba a
los pasajeros directamente a las oficinas de dirección de las
empresas más importantes ubicadas en los diferentes pisos...
El señor Jaynes se metía en ese ascensor, y ya no había nada
que temer, pues el resto del trayecto estaba protegido por
unos sistemas de seguridad que comenzaba por el ascensor
y terminaban por los sistemas de alarma y avisos directos a
empleados de vigilancia y policía en general.
Y todo esto no se había instalado pensando exclusivamen-
te en el señor Jaynes, ni mucho menos, sino en los negocios
que había en el edificio, al que habían provisto de todo los
sistemas de seguridad. Por esto el señor Jaynes se había ins-
talado en él.
El policía que había interpelado a la enfermera pelirroja
fue el único que se dio cuenta de que ocurría «algo diferen-
te». Ni siquiera se enteró muy bien. De cuando en cuando
miraba a la enfermera y al inválido, recordando que llevaban
allá un buen rato esperando al tal doctor Shepeard, pero sin
conceder mayor importancia al asunto.
Fue en una de esas miradas a la especial pareja cuando
captó algo extraño, que lo dejó desconcertado un par de se-
gundos: el anciano barbudo, el inválido, metió la mano de-
recha bajo el periódico doblado que había dejado sobre sus
rodillas, y con la mano izquierda lo alzó un poco, y pareció
sostenerlo un instante ante él, como sopesándolo.
El policía ni siquiera vio fogonazo alguno. Sólo vio, eso sí,
cómo el periódico se agitaba en poco. En seguida, oyó un
grito, y a continuación más gritos de toda clase y rumor de
pies, ambiente de pánico... Al reaccionar, su mirada se des-
plazó, y todavía pudo ver al señor Winston Jaynes cayendo
girando al suelo.
Fue una visión que nunca olvidaría.
Winston Jaynes caía girando, y alrededor de su cabeza se
dispersaban pequeños corpúsculos rojos que brotaban de su
cabeza fuertemente impulsados. En cierto momento del giro
el policía pudo ver de frente y perfectamente el rostro de
Jaynes, y vio sus ojos desorbitados, su mueca de muerte, su
cabeza que estallaba por la sien izquierda debido al balazo...
Todo esto en dos segundos escasos, y como a cámara len-
ta. Fue una sensación extraña, como si el tiempo
transcurriera más lentamente para que él pudiera verlo todo
muy bien.
Y en seguida, los gritos de advertencia, los alaridos de
pánico, gente corriendo de un lado a otro, los acompañantes
del señor Jaynes sacando sus pistolas del respectivo portafo-
lios... Por supuesto, apenas iniciado el tumulto todas las
puertas del edificio fueron cerradas a la vez y
electrónicamente desde el control central de vigilancia del
edificio, cuya reacción a la menor señal de alarma era
fulminante. Puertas inexpugnables, incluso las de aparente
cristal que daban a la calle y permitían ver ésta
perfectamente.
Cuando el policía miró hacia donde había visto por última
vez al anciano inválido y su enfermera, los vio de espaldas.
Ella corría, empujando el carrito, que en aquel momento
impactaba con una puerta que daba a uno de les pasillos de
servicio, la puerta se abrió, y el coche rodante, el inválido y
la enfermera desaparecieron del vestíbulo...
—¡Por allí! —se oyó a si mismo gritando el policía.
Y echó a correr en pos de enfermera e inválido.
Estos se habían tropezado en el pasillo con otro policía,
que acudía hacia el vestíbulo al captar el jaleo que allí se
había organizado. Y este policía, que intentó sortear el coche
del inválido, se llevó el pasmo de su vida al ver cómo el
anciano se ponía de repente en pie ante él, y, sin más consi-
deraciones, le disparaba el puño a la cara.
Fue un impacto tremendo, sin remisión. El policía recibió
el trastazo en la barbilla, vio un millón de estrellas mientras
le parecía que un trueno retumbaba al mismo tiempo dentro
de su cabeza, y ya no se enteró de más, porque cuando salió
disparado hacia atrás con los pies hacia el techo estaba sin
sentido.
La enfermera corrió hacia este policía, se dejó caer de
rodillas junto a él, y sacando una botella de plástico la volcó
sobre el desvanecido agente, de la botella cayó un líquido
rojo en abundancia, manchando el rostro y el pecho del po-
licía. Mientras tanto, el «inválido» había abierto uno de los
montacargas, y había empujado dentro el carrito.
En el momento en que se disponía a quitarse la barba
aparecía en el pasillo el amable policía del vestíbulo, que lo
vio, se quedó pasmado sin saber qué hacer..., y recibió en los
testículos un patadón que lo fulminó a los pies del anciano.
Este agarró al policía cuando caía desvanecido, lo empujó
dentro del montacargas de cualquier manera, y entonces sí,
se quitó la barba y el holgado gabán, dejando al descubierto
su indumentaria camuflada hasta entonces, un uniforme de
agente de la policía, de debajo de cuya chaqueta sacó la
gorra y se la puso.
La enfermera corría ya hacia el montacargas quitándose
el blanco uniforme, y dejando también al descubierto el de
agente de la policía, que tiró dentro del montacargas..., jun-
to con la peluca pelirroja y los lentes. El ex anciano cerró el
montacargas y pulsó el botón del piso más alto, señalando
acto seguido al policía tendido en el suelo y profusamente
manchado de salsa de tomate.
Corrieron los dos hacia él, y se disponían a agarrarlo ella
por los pies y él por las axilas cuando la puerta del pasillo se
abrió de nuevo, violentamente, y aparecieron dos policías
más y dos de los guardaespaldas de Winston Jaynes, éstos
tan pálidos o más que su recién fallecido jefe...
—¡El montacargas! —gritó la rubia agente de policía—.
¡El anciano y la enfermera! ¡Están subiendo con el monta-
cargas! ¡Han herido a Mac!
Los dos guardaespaldas conferenciaron velozmente entre
ellos, y uno se metió en otro montacargas y el otro regresó a
toda prisa al vestíbulo, sin duda para utilizar uno de los as-
censores y subir más de prisa hasta el último piso... Los dos
policías hicieron intención de acercarse al «herido», pero el
ex anciano señaló el montacargas.
—¡Id con él! ¡Nosotros sacaremos al herido para que lo
recoja una ambulancia! ¡Y cuidado, están armados, no os
confiéis!
Los dos policías corrieron al montacargas con el
guardaespaldas, y éste maniobró impulsando la cabina hacia
arriba.
—Son como niños —dijo la rubia agente de policía.
—Calla y larguémonos.
Alzaron entre los dos al policía, y salieron cargados con
él al vestíbulo, donde todavía reinaba el caos y se veía, prác-
ticamente en el centro, al tercer guardaespaldas, arrodillado
junto al cadáver de Jaynes y pistola en mano. Ganas de per-
der el tiempo.
Tres policías corrieron hacia sus «compañeros» cargados
con el «herido», dispuestos a ayudar, naturalmente, pero
fueron rechazados airadamente:
—¡Que abran esas puertas! —gritó el ex anciano—. ¡Te-
nemos que sacarlo para que lo recoja la ambulancia!
¡Vamos, vamos...! ¡Ya nos encargamos nosotros de él!
Uno de los policías le gritó algo a uno de los guardias del
edificio, éste llamó rápidamente por el intercomunicador de
los servicios de seguridad, y las puertas de cristal fueron
desbloqueadas tres o cuatro segundos, sólo el tiempo
suficiente para que Marión Karras y Berenice Landers,
cargando con el policía empapado en salsa de tomate,
salieran a la calle. Aquí, otros dos policías se apresuraron a
acercarse a ellos, tensa la expresión, nerviosos...
—Haceros cargo de él —dijo Karras—. ¡Nosotros vamos a
la parte de atrás del edificio! ¡Y no lo mováis hasta que
llegue la ambulancia!
—Sí, de acuerdo...
El policía alto y con cara de mala uva, y la agente rubia,
preciosa, de grandes ojos azules, simplemente
desaparecieron del escenario del crimen...
El periódico cayó sobre el sofá junto a Cari Aldeman, el
cual lo tomó despaciosamente, miró los titulares en los que
se anunciaba la muerte del magnate Winston Jaynes,
asesinado aquella misma mañana en el Electronic
Enterprises Building, y luego miró a Lubbock, que era quien
le había traído el periódico a la «suite» que ocupaba en el
Amarillo Hotel.
—Puede ser un truco —murmuró.
—No —negó como de mala gana Lubbock—, nada de eso.
Me he enterado bien: el cadáver de Jaynes está en la
Morgue. No hay truco. Está muerto. Ese Karras le metió una
bala en la sien disparando de cualquier manera desde una
distancia superior a los veinte metros.
—O sea, que lo han hecho realmente —no salía de su
incredulidad y desconcierto Cari Aldeman.
—Lo han hecho. Jaynes está muerto.
—Bien... Entonces quizá estábamos equivocados con
ellos...
—Según nuestros informes no podemos estar
equivocados —dijo Lubbock—. Sería absurdo.
—Pues más absurdo es que si nos están engañando se ha-
yan cargado a un personaje como Winston Jaynes. No lo
entiendo.
—Ellos sabrán sus cosas —encogió los hombros Lubbock
—, pero si a nosotros nos llegó el informe de que tengamos
cuidado con ellos es que debemos tener cuidado con ellos.
De un modo u otro nos están engañando.
Cari Aldeman estuvo pensativo más de un minuto, entre
perplejo e irritado, por fin miró el teléfono, y murmuró:
—Voy a llamar al subdirector de la empresa, a ver qué
decide él. Mientras tanto, asegúrate de que Morris y O’Hara
no pierden de vista a Karras y la chica. Quiero que estén
cerca de ellos en todo momento, por si fuera necesario reco-
gerlos en un coche y llevarle a un lugar seguro donde poder
conversar tranquilamente con ellos.
CAPITULO IV

El automóvil se detuvo delante mismo del pequeño chalé


ubicado en una zona residencial alejada unos cuarenta kiló-
metros de Houston, y se apearon Marión, Berenice, y los
mosqueados O’Hara y Morris, que desde que abordaron a la
pareja y les indicaron que debían ir con ellos a ver al señor
Aldeman habían tenido la molesta impresión de que se les
estaban pitorreando.
—¡Qué sitio más bonito! —exclamó la rubísima Berenice,
¡Si hasta hay flores y todo...!
Morris y O’Hara le dirigieron una torva mirada, pero en-
cajaron la guasa evidente. O’Hara señaló hacia el chalé, en
efecto rodeado de un pequeño pero agradable jardín. Los
cuatro fueron hacia el porche, la puerta se abrió antes de
que llegaran, dejando visible a Lubbock.
—¿Algún problema? —preguntó éste, mirando a Morris y
O’Hara.
—Ninguno, salvo las guasitas —gruñó Morris—, Son muy
graciosos los dos. Sobre todo, ella, que le encuentra gracia a
todo.
Berenice Landers se limitó a sonreír encantadoramente.
Entraron en la casa, y Lubbock señaló hacia la puerta, cuyo
umbral cruzaron, encontrándose entonces en el saloncito.
Allá, en un sillón, vaso de whisky en la mano, estaba Cari
Aldeman, que alzó el vaso y dijo, sonriente:
—Buen trabajo. Felicidades.
—¿Y el dinero? — preguntó Marión Karras.
Aldeman se quedó mirándole amablemente. Luego, con
un gesto de la barbilla, indicó el sofá, esperó a que los recién
llegados lo ocuparan, uno junto a otro, y dijo:
—Una cosa que me sorprende mucho, Karras, es que una
señorita como ella —indicó con la barbilla a Berenice ahora
— se haya metido en esto. Porque está claro que fue ella
quien le ayudó.
—Por supuesto.
—¿Cómo explicaría eso? Conoce a una mujer en Miami,
ella es una chica hija de papá, o sea, que le sale el dinero por
las orejas..., y sin más se une a un asesino profesional y, en
efecto, colabora en el asesinato de una persona... ¿Cómo
explicaría esto usted misma, señorita...?
—Landers. Creí que ya lo sabía: Berenice Landers.
—Sí, nos interesamos un poco por los Landers de Miami,
y tuvimos una información rápida y corriente que nos pare-
ció suficiente. Pero no nos parece... normal que una chica
como usted se mezcle en un asesinato. ¿Por qué lo ha hecho?
—Me he divertido —sonrió ella—. ¡Ha sido muy emo-
cionante!
—Emocionante —repitió Aldeman—. Ya. Bueno, vamos a
esperar todos a un amigo que no puede tardar en llegar, y
tomaremos decisiones después de haber hablado con él.
¿Quieren beber algo?
—Yo bebería champán —dijo Berenice.
—Me temo que sólo tenemos whisky.
—Pues whisky.
—De acuerdo. ¿Y usted, Karras?
—Me da lo mismo.
Aldeman se puso en pie, y sirvió bebidas para los dos
asesinos, entregando acto seguido un vaso a cada uno.
Lubbock, O’Hara y Morris permanecían sumidos en sombrío
silencio, sin perder de vista a Marión Karras. Cari Aldeman,
evidentemente, era el más amable allí, el que tenía más cla-
se... Demasiada para andar metido en asesinatos por
encargo.
—Hemos leído en los periódicos diferentes versiones
sobre cómo mataron a Jaynes —dijo Aldeman—, pero nos
gustaría saber la verdad. Al menos me gustaría saberla a mí,
y creo que nadie mejor que usted para contarla... Así
hacemos tiempo esperando a nuestro amigo. Supongo que la
idea para el asesinato partió de usted, Karras...
***

El amigo que estaban esperando llegó casi una hora des-


pués de que hubieran llegado Marión y Berenice. Todos oye-
ron la llegada de un automóvil gracias al silencio que
reinaba en la tranquila zona residencial, pero, además, en
seguida, el claxon del vehículo sonó en breve señal
evidentemente convenida.
Cari Aldeman se puso en pie.
—Permanezcan en este salón —dijo.
—¿Significa eso que no vamos a conocer a su amigo? —
preguntó Marión Karras.
—Exactamente. Al menos, por ahora.
Salió del salón, y al poco oyeron batir la puerta de la
casa, y unos pasos dentro de ésta. Un hombre apareció en la
puerta del salón, encogió los hombros, y desapareció,
diciendo:
—Busco el lavabo.
Morris salió tras él, y ambos se adentraron en la casa.
Apenas tres minutos más tarde Morris regresó al salón, batió
de nuevo la puerta de la casa. Marión encendió dos cigarri-
llos, y le pasó uno a Berenice, que lo aceptó sonriente, fumó,
y miró su relojito de pulsera.
Cari Aldeman estuvo afuera unos diez minutos apenas.
Oyeron el motor del automóvil de antes, al ser puesto en
marcha, y por pocos segundos le oyeron alejarse. Estaba cla-
ro que la conferencia dentro del automóvil desconocido, en-
tre su propietario y Aldeman, había terminado, y éste apare-
ció al poco en el salón, y fue a sentarse al mismo sitio que
antes, contemplando con expectación por todos los
presentes excepto Karras. Aldeman bebió un sorbo de
whisky, encendió un cigarrillo, y luego sacó una fotografía
de un bolsillo y la tendió a Marión Karras en silencio. Karras
también la tomó en silencio, y la minó. Era un plano muy
cercano de una mujer: una chica joven, rubia, muy bonita.
—¿Quién es? — preguntó.
—Berenice Landers —sonrió amablemente Cari Aldeman
—. Quiero decir, claro, la verdadera Berenice Landers. Así
que me pregunto —su mirada se desplazó hacia Berenice—:
¿quién es usted?
Berenice se quedó mirando a Aldeman fijamente unos se-
gundos. Luego sonrió, y eso fue todo. Lubbock había sacado
su pistola, y apuntaba a Karras, siendo inmediatamente
imitado por O’Hara y Morris. Aldeman miraba de uno a otro
de sus «invitados», que a su vez le miraban ahora a él en
silencio.
—Veamos —murmuró Aldeman—. Como es natural, no-
sotros no nos creemos el primer cuento que nos explican, así
que cuando llegó usted con el suyo pusimos en marcha nues-
tro mecanismo de comprobación. Tal mecanismo funcionó
indicando que, en efecto, un tal Marión Karras había estado
en el penal donde todavía está James Bentley, así que la his-
toria podía ser cierta: usted había oído a Bentley hablar de
Lubbock, y cuando salió del penal se fue a Miami en busca
del modo de ganar unos dólares. Perfecto..., si no hubiera
sido porque quisimos aseguramos bien y conseguimos hacer-
le llegar a Bentley la petición de que nos informase sobre
usted. La respuesta de Bentley nos llegó, también por con-
ductos retorcidos, y decía que. sí, que el tal Karras había
estado allí hacía tiempo, pero que él, Bentley, no creía
haberle hablado a él ni a ningún otro dentro del penal de
Lubbock. Admitía como muy remota esa posibilidad. De
modo que nos dejó en una cierta duda...
—Para solventar la cual me encargaron el asesinato de
Jaynes —dijo fríamente Karras—. Si yo era lo que decía
mataría a Jaynes.
—Sí. Y tal vez ahora estaríamos convencidos de que
usted no nos había mentido si no fuera por la señorita
Landers..., que no es la señorita Landers, sino alguien que
ha ocupado su lugar. Y si la señorita Landers que tenemos
aquí con nosotros es falsa, me atrevo a pensar que usted
también es falso. Resumiendo: usted tomó la personalidad de
Marión Karras y ella la personalidad de Berenice Landers, y
está claro que detrás de ustedes hay alguien muy poderoso
que ha podido manipular a los Landers y a la dirección de la
penitenciaría en el sentido de... avalar las personalidades de
ambos. Pero nosotros también tenemos nuestros propios
recursos, y esta fotografía lo demuestra. Así pues, no son
ustedes quienes dicen ser. ¿Correcto? Y de aquí se derivan
dos preguntas. Una: ¿quiénes son realmente ustedes? Dos: si
no fue Jim Bentley quien le habló a usted de Lubbock...,
¿quién fue y qué le dijo, Karras?
—Respuesta a la primera pregunta —dijo Berenice—: yo
soy Alice Westmoreland, y él es Elvis North, ambos agentes
de la WWW, es decir, la Watch Wide Worlds, o Vigilancia
Universal.
Lubbock, Morris y O’Hara estaban estupefactos.
Aldeman se limitó a parpadear.
—¿Y la respuesta a la segunda pregunta? —inquirió.
—La dirección de la Vigilancia Universal recibió una lla-
mada de un hombre llamado Aldo Tillis que pedía cien mil
dólares por una información, pero dijo que sólo haría acla-
raciones cuando tuviera el dinero, y que todo lo que podía
decir por el momento era que sabía de buena tinta que se
estaba tramando algo en el Pentágono...
Alice Westmoreland dejó de hablar, pues, igual que Elvis
North, se dio cuenta de la impresión que sus palabras habían
causado en Lubbock. Este apenas pudo contener una excla-
mación, mientras miraba a Aldeman, que a su vez lo miró y
dijo:
—¿Te das cuenta? Ya te dijimos que Tillis estaba raro, y
que por eso lo habíamos sometido a vigilancia, y finalmente
había decidido eliminarlo precisamente porque nos
temíamos una traición o delación por su parte. Y ya lo ves:
iba a vendernos a la Vigilancia Universal por cien mil
dólares. Y aunque lo eliminamos está claro que no lo hicimos
a tiempo, pues ya les había hablado del Pentágono para
convencerles de que la cosa era importante.
—Pero no dijo qué cosa —intervino Alice Westmoreland
—. ¿Qué va a ocurrir en el Pentágono, señor Aldeman?
—Tal vez conteste a su pregunta —sonrió el interpelado
—, pero antes me gustaría saber, insisto, por qué Karras se
acercó a Lubbock.
—Naturalmente, Tillis fue investigado, y así la Vigilancia
Universal supo que había hecho algunas tonterías de poca
monta..., y que en un par de ocasiones se había relacionado
con un tal Ernest Lubbock y todavía más veces con Jim
Bentley. Así que Bentley y Lubbock fueron rastreados y
localizados al mismo tiempo que asimismo se buscaban sus
fichas policiales, que informaron que entre ellos también
había habido relaciones profesionales para pequeñas
tonterías, pero, sobre todo, que habían estado juntos en los
marines. Así pues, debían ser bastante buenos amigos
Lubbock y Bentley. A este no se le iba a poder sacar nada, ya
que estaba en la cárcel y nada debía saber de lo que se
tramaba fuera, pero quedaba Lubbock. La Vigilancia
Universal le endosó a Elvis la personalidad del tal Marión
Karras y lo enviaron a contactar con Lubbock con el cuento
chino bien montado.
—Ya —asintió Aldeman, mirando afablemente a la rubia
—. Entiendo. Y ustedes dos, para poder estar juntos en esto,
apoyándose el uno al otro, se inventaron todo el lío de
conocerse en un bar y todo eso..., y como son tan listos, y
presumieron que podíamos desconfiar de Karras hasta el
punto de vigilarlo directamente y por procedimientos más
sofisticados, tanto en el bungalow como fuera de éste,
actuaban en todo momento cornos si realmente fueran dos
desconocidos.
—Así es —sonrió de nuevo Alice Westmoreland—. Sole-
mos hacerlo con frecuencia, porque nos divierte. Nosotros
pensamos que un espía debe ser un buen comediante, y
siempre para apoyarnos uno al otro, señor Aldeman, sino
porque nos gusta estar juntos. Así de simple.
—Lo comprendo. Bien, para resumir, diremos que
ustedes se han metido en esto con el fin de intentar
averiguar lo que Tillis sabía y quería decirles sobre el
Pentágono a cambio de cien mil dólares. ¿Es así?
—Claro. Comprenderá usted que la WWW se interese por
algo que pueda afectar al Pentágono. Señor Aldeman: ¿por
qué no es usted amable y nos dice qué se está tramando en
el Pentágono? —¿Y por qué no son amables ustedes y nos
dicen qué coño es eso de la WWW exactamente? —gruñó
O’Hara.
—La WWW —se mostró amable Alice— es un organismo
dedicado a vigilar que no prosperen situaciones o planes de
cualquier clase que puedan dar lugar a acontecimientos
desagradables o desestabilizadores en el mundo. En cuanto
se entera de que algo provocador o peligroso de algún modo
se está fraguando moviliza a su personal para desbaratar la
jugada.
—Tonterías —dijo Morris—. Ustedes son de la CIA, eso es
todo.
—Si fueran de la CIA lo habríamos sabido —dijo Lubbock.
Se calló bruscamente, mirando como alarmado a Alde-
man, que le dirigió una mirada gélida, y luego miró al falso
Marión Karras.
—¿Dónde dejó su pistola, Karras?
—La llevo en la maleta, y ésta está en el coche.
—Espléndido. Y usted no lleva armas, ¿verdad, señorita
Landers?
—Westmoreland —corrigió Alice—. No, no llevo armas...
en este momento, se entiende.
—¿La habéis registrado? —preguntó Aldeman.
—No. Ni a él. Pero se ve que no llevan armas, señor
Aldeman.
Este miró a O’Hara, que era quien había hablado, y en-
cogió los hombros. Dio unos pasos hacia la puerta del salón,
y se volvió, como quien de pronto recuerda algo.
—Se me olvidaba —murmuró—. Lo de la muerte de Jay-
nes ha sido real, es decir, que ustedes han cometido un ase-
sinato. ¿Correcto?
—Claro que sí —aceptó Alice Westmoreland.
—¿Y todo ello para introducirse en la Empresa, para
saber qué quería decirles Aldo Tillis sobre el Pentágono?
¿Han asesinado a un hombre para eso?
—Usted sabe perfectamente que Winston Jaynes era un
canalla —dijo secamente Elvis North—. Nosotros no lo sa-
bíamos, pero pedimos informes sin que ustedes se
enterasen, pues no son muy listos, y nos dijeron que Jaynes
era un canalla manipulador de vidas y dineros que no
provocaría una sola lágrima con su muerte, sino todo lo
contrario, de modo que Alice y yo decidimos hacerle un bien
a la humanidad y al mismo tiempo convencerles a ustedes de
que podíamos serles útiles.
—Y una cosa nos tenía y nos tiene sorprendidos —dijo
Alice—: si Winston Jaynes era un canalla, y ustedes desea-
ban su muerte... ¿hemos de pensar que ustedes no son unos
canallas? ¿O es que son tan canallas como él pero que a la
Empresa le convenía su muerte por... cuestiones internas?
Cari Aldeman movió la cabeza, y continuó caminando ha-
cia la puerta. Se volvió allí, mirando a Lubbock.
—Cuando terminéis ven conmigo. Lo arreglaremos todo
para que desaparezcas de Estados Unidos una larga
temporada, pues no conviene que la... Vigilancia Universal
envíe a alguien a suceder al señor Karras.
—De acuerdo —asintió Lubbock.
—Adiós, señor Karras —le miró Aldeman—. Adiós, seño-
rita Westmoreland. Y gracias por hacernos el trabajo de li-
quidar a Jaynes... ¡De verdad que era una pieza difícil!
Cari Aldeman desapareció. Se oyó el golpe de la puerta
de la casa al ser cerrada.
—Lástima que tengas que marcharte tan de prisa, Lub-
bock — rió Morris.
—¿Por qué?
—Porque nos vamos a divertir con la chica después de
liquidar a Karras, y seguro que te habría gustado tomar par-
te en el juego.
—Dejaros de tonterías. El señor Aldeman ha salido a es-
perarme porque no le gustan estas cosas, y menos todavía lo
que estáis tramando. Así que terminemos de una vez y lar-
guémonos de aquí.
—Francamente —dijo Alice Westmoreland—, yo preferi-
ría que me violasen, Lubbock. Morir es lo último. Y puedo
asegurarles que se pierden algo bueno. No creo que en toda
su vida encuentre una mujer más apetitosa que yo. Fíjese
qué piernas...
Alice comenzó a subirse la falda, mientras Lubbock frun-
cía el ceño y O’Hara y Morris, lúbricamente risueños, mira-
ban las piernas femeninas que iban quedando al
descubierto...
Y así fue como cometieron dos errores. Uno, dejar de
vigilar con toda su atención a Elvis North, que no era preci-
samente un corderito. Dos, no sospechar, ni remotamente,
que Alice pudiera llevar un arma donde la llevaba. Pero la
llevaba. Adherida al muslo izquierdo por medio de una tira
de esparadrapo, la llevaba. Una pequeña pistola, que Alice
despegó y empuñó velozmente, y con la que disparó antes de
que tuvieran tiempo tan siquiera de comprender lo que
sucedía.
Plof, chascó la pistolita.
Lubbock, que estaba reaccionando con fuerte respingo,
todavía respingó más al recibir la bala en el centro de la
frente. Su cabeza apenas se movió, pero la bala se alojó en el
cerebro, matándolo en el acto y comenzando a arrugarse
lentamente...
Mientras tanto, por supuesto, ya nadie permanecía
quieto dentro de la casa: Alice se dejaba caer de rodillas y
disparaba ahora contra Morris, que recibió y disparó contra
Alice, que se tiraba ahora de costado al suelo y volvía a
disparar...
Tres cosas sucedieron simultáneamente: la bala
disparada por Morris rebotó en el suelo y fue a destrozar un
cristal de la ventana, la bala disparada por Alice reventó un
ojo de Morris y lo tiró de espaldas salpicando sangre y ya
muerto, y Elvis North alcanzaba de un puntapié en los
testículos a O’Hara en el momento en que éste se disponía a
disparar cómodamente contra la preciosa rubia.
El que reaccionó más espectacularmente fue O’Hara, que
dio un salto increíble, soltando la pistolita y llevándose las
manos al bajo vientre. El salto terminó con una caída de
rodillas al suelo, donde O’Hara rebotó de mala manera,
lívido y mudo de dolor, y cayó de costado. Sus desorbitados
ojos vieron entonces a su alcance la pistola de Morris, y alar-
gó una mano hacia ella, la empuñó, y, como entre brumas,
vio a Alice Westmoreland.
Plof, disparó de nuevo ésta.
O’Hara dejó de sufrir. Para siempre.
Afuera se oía ahora el rugir de un motor y el rechinar de
grava bajo los neumáticos de un coche.
—¡Se escapa Aldeman! —exclamó Alice.
Elvis recogió la pistola de Lubbock y saltó disparando del
salón, llevando detrás a Alice. Cuando ambos salieron de la
casa vieron el coche de Aldeman alejándose. Sin pensárselo
ni un segundo corrieron ambos hacia el coche en el que ha-
bían llegado antes ellos con Lubbock y los otros dos, se me-
tieron dentro, y Elvis lanzó una exclamación de alegría al ver
las llaves puestas. Dio el encendido, arrancó, y el coche pa-
reció arrastrarse.
—Oh, no — protestó Alice Westmoreland.
Elvis movió la cabeza, apagó el motor, y salió del coche.
Alice hizo lo mismo, y ambos comprobaron que las dos rue-
das delanteras habían sido desinfladas de sendos balazos.
—Pues la hemos hecho buena —refunfuñó Elvis North—,
porque puedes estar segura de que ese tipo, que sabemos
que no se llama Aldeman, no será fácil de localizar a partir
de ahora, ya que él sabe que hemos ganado la partida a sus
matones y que le conocemos... ¡si al menos hubiera quedado
vivo alguno de esos tres de ahí dentro!
—No —le quitó toda esperanza Alice—. Los tres han
muerto. Y se lo merecían. Eran gente de esa que nosotros
liquidamos sin reparo alguno, mi amor.
—Sí —asintió él—, pero nos hemos quedado sin pista al-
guna utilizable. El importante era Aldeman, y a ese no lo
vamos a encontrar ni buscándolo con detector de granujas.
—Sí, seguramente se esconderá, del mismo modo que ha-
bía pensado esconder a Lubbock. Y aunque debe ser alguien
un poquitín importante en alguna parte no creo que lo sea
tanto como para que se le pudiera localizar utilizando un
retrato robot que nosotros dictaríamos.
—Pero se puede probar.
—¿Para qué? —sonrió Alice—. Tenemos una pista mucho
mejor, mi amor.
—¿Qué pista? —se sorprendió Elvis North.
—Adivínala. Oh, vamos, no irás a decepcionarme, ¿ver-
dad? Tenemos una pista: ¿cuál puede ser?
El falso Marión Karras entornó los párpados, estuvo así
tres segundos, y por fin murmuró:
—¿El hombre que entró en la casa a orinar?
—Ajá. El chófer del amigo de Aldeman que no entró en la
casa.
—¿Cómo sabes que el hombre que entró a orinar era chó-
fer del otro?
—Bueno, sé que es chófer, porque lo he visto trabajar de
chófer. Lo que no recuerdo es al servicio de quién, pero sí
recuerdo perfectamente dónde le he visto una sola vez.
—¿Dónde?
—En la Casa Blanca.
CAPITULO V

Se llamaba Guy Crossman, tenía cuarenta y dos años, se


había casado hacía siete con una preciosa muchacha de ape-
nas veinticinco, alta, rubia y un poco jamona, y ahora ambos
tenían una niña de cinco años sencillamente encantadora.
Vivían en un pequeño apartamento en Washington, pero
estaban haciendo planes para trasladarse antes de un año a
una linda casita suburbial con jardín y hasta con una peque-
ña piscina. Milagros del ahorro.
Pero las cosas no siempre salen bien, y menos cuando
uno se mete en líos. Guy Crossman comprendió esto cuando,
aquella noche, mientras leía el periódico, su esposa apareció
en la salita diciendo:
—Es la señorita Landers, Guy. Dice que es amiga tuya.
Crossman quedó con la mente en blanco. Estaba tan
tranquilo en su casa enterándose de las mentiras del mundo,
con su hija cerca de él entretenida con un cuento, y lo que
menos esperaba era que la llamada que vagamente había
oído en la puerta del apartamento se relacionase con él.
Pero supo que sí cuando por detrás de su mujer vio a la
chica rubia. La había visto una sola vez y sólo un segundo,
pero era imposible de olvidar. Y Crossman palideció.
—Hola, Guy —saludó afablemente desde la puerta la se-
ñorita rubia—, Siento molestarte en tu casa, pero será sólo
cuestión de cinco minutos.
La mente de Crossman seguía en blanco, excepto aquella
imagen de la muchacha rubia sentada en un sofá junto a un
sujeto con cara de tener malas pulgas. Como un autómata,
Crossman se puso en pie. Luego recordaría que hasta había
conseguido una sonrisa.
—Si, está bien —oyó su voz en alguna parte—. Adelante,
adelante.
—¿Quiere tomar algo, señorita Landers? —ofreció la sim-
pática esposa de Crossman.
—Café, si no es molestia.
—¡Claro que no! —En seguida estoy aquí con él.
La niña había alzado la mirada del cuento y miraba con
sonriente curiosidad a la visitante, que le hizo un guiño tan
gracioso que ella se echó a reír, mostrando el hueco de un
diente. La visitante también rió. Y miró a Guy Crossman.
—Es una niña preciosa, Guy. ¿Cómo se llama?
—Me llamo Patty —dijo la niña—. ¿Y tú?
—Berenice —dijo ésta—. ¿No deberías estar ya acostada,
Patty?
—Sí, pero papá me deja ver cada semana este programa
de televisión antes de acostarme.
—¿Cuál programa? —se sorprendió Berenice, pues el
televisor estaba apagado.
—El que va a empezar dentro de cinco minutos.
—Ah... Entonces, para no molestarte, tu papá y yo iremos
a charlar a otro sitio. ¿Qué te parece?
—Bueno.
Berenice miró a Crossman, y éste, tras tragar saliva,
señaló hacia la puerta de la salita. Salieron ambos, y
entraron en el dormitorio del matrimonio. Crossman se sentó
en el borde de la cama, y Berenice en una butaquita de color
azul.
—No quiero perjudicarle, señor Crossman —susurró Be-
renice—, pero lo haré si no me deja otra alternativa. Le diré
cómo lo he encontrado, para que lo vea todo claro y no
perdamos tiempo con preguntas por su parte, como sabe, le
vi en aquella casa cerca de Houston, y le recordé como un
chófer que había visto alguna vez en la Casa Blanca. Cuando
mi compañero y yo escapamos de aquella situación
buscamos a unas personas que hicieron una foto—robot
perfecta de usted siguiendo nuestras indicaciones. Luego, y
sabiendo que usted era persona al servicio de alguien que
había visitado la Casa Blanca por lo menos una vez, fue
rápidamente rastreado y localizado e identificado, Guy
Crossman, casado, una hija, contratado como chófer
particular por el señor Richard Sewey, secretario personal
del presidente de los Estados Unidos. ¿Es correcto todo
esto?
—Sí —Crossman se pasó la lengua por los labios—. Sí, lo
es.
—Bien. Mi compañero no ha querido entrar a petición
mía, para no causar alarma en su casa, pero está muy cerca,
por lo que le sugiero que abandone toda idea de huir de mí.
Y no digamos de lastimarme — la rubia sonrió—, pues dejan-
do aparte que soy una mujer muy, muy peligrosa, mi com-
pañero le haría trizas si me arrancara un solo cabello. Señor
Crossman, le digo todo esto para que entienda que está per-
dido irremisiblemente, pues además, como es lógico,
tenemos muchos otros amigos que ya saben a qué atenerse
con respecto a usted, amigos que son los que han estado
trabajando estos días hasta localizarlo. ¿Lo entiende todo
bien?
—Sí.
—Perfecto. Y ahora, dígame: ¿quién iba en el coche aque-
lla noche?
—El subdirector de la Empresa.
—¿El subdirector?
—Sí, sí.
—¿Quién es?
—No puedo decírselo —jadeó Crossman—. ¡No puedo!
—De acuerdo. Dígame entonces quién es el director.
—¡Eso ni siquiera lo sé! —gimió Crossman.
—Me lo temía. Pero sí sabe quién es el subdirector, pues-
to que lo llevó allá. Veamos, ustedes salieron en avión de
Washington, llegaron a Houston, alquilaron un automóvil, y
fueron al chalé donde esperaba Cari Aldeman. Este habló
dentro del coche con el subdirector, y usted y éste
regresaron al aeropuerto, de éste a Washington otra vez en
avión, y.… aquí no ha pasado nada ¿Es así, señor Crossman?
—Sí... Sí, claro.
—De acuerdo. Repetiré la pregunta: ¿quién es el sub-
director?
—¡No puedo decírselo! —Crossman parecía a punto de
llorar.
—¿No? Bueno, se lo diré yo: lógicamente sólo puede ser
su jefe, o sea, el señor Richard Sewey, secretario personal
del presidente. Yo prefiero recibir esta información de usted,
pero si me obliga puedo movilizar un centenar de hombres
que investigaran los movimientos del señor Houston, ida y
vuelta. ¿Es eso lo que quiere, que levante una gran polvare-
da en tomo al señor Sewey?
—Dios mío...
—Lo mejor y más discreto para todos es que usted sea...
comunicativo conmigo, créame. Piénselo detenidamente, y
comprobara que así es en todos los aspectos. Uno de éstos, y
no poco importante, es evitarle disgustos innecesarios a
nuestro presidente, el señor Maxwellance. ¿De acuerdo? Y
ahora, ¿es el señor Sewey quien estuvo en Houston, es él el
subdirector de la Empresa?
—S... ¡Si, sí, sí!
—Tranquilícese. ¿Qué sabe usted del asunto del Pentágo-
no? ¿Qué va a pasar en el Pentágono?
—No lo sé... ¡Le juro que no sé nada de eso! No sé nada
de nada, sólo hago de chófer del señor Sewey, y sé que él es
quien casi siempre dirige la Empresa, pero no sé nada más.
—Pero sí sabrá que la Empresa se dedica a asesinatos
por encargo.
—¡Claro que no! —aulló Crossman—. ¡Nada de eso!
—¿No? ¿A qué se dedica la Empresa, entonces?
—No sé... ¡Le juro que no lo sé! Bueno, sé... sé que
intervienen personajes... muy importantes, pero no sé nada
más. El señor Sewey me., me advirtió que era mejor para mí
que no supiera demasiado, que me limitase a ayudarle acom-
pañándole en viajes secretos... Y eso hago.
—Pero usted sabe que se ha involucrado en un asunto
feo, ¿verdad?
—No... ¡No puede ser nada malo si interviene el señor
Sewey!
—Vamos, no sea ingenuo. Se está tramando algo en el
Pentágono, y usted tiene que comprenderlo. El señor Sewey,
como secretario del presidente Maxwellance, conoce a
muchos militares de alta graduación, así que algo está
tramando... a las órdenes de ese misterioso director de la
Empresa. Y una cosa relacionada con las interioridades del
Pentágono tiene que ser importante... Esto lo entiende,
¿verdad?
—Si... ¡Pero no sé nada de nada!
—¿Sabe que podría torturarlo a dragarlo hasta conseguir
que me dijera todo lo que sabe, señor Crossman?
—¡Le he dicho que no sé nada! ¡Nada! ¡Lo juro!
Berenice Landers se quedó mirando fijamente a
Crossman. En la puerta del dormitorio había aparecido la
rubia jamona, que miraba de uno a otro con expresión
asustada. Guy Crossman estaba sudando de angustia.
Berenice se puso en pie, mirando a la señora Crossman.
—Voy a hacer un trato con usted, señora Crossman, vaya
a reunirse con su hija, vean la televisión, y acuéstense. No
haga nada más. Si lo hacen así yo le garantizo que dentro de
pocos días su marido regresará a casa sano y salvo. No quie-
ro perjudicarle, sólo retirarlo de la circulación. Le aseguro
que es lo menos malo que les puede suceder. ¿De acuerdo?
La señora Crossman asintió con la cabeza, como hipnoti-
zada. Berenice también asintió. Ahora, desde la salita, llega-
ban los sonidos del programa de televisión que tanto
gustaba a Patty. Guy Crossman también se puso en pie,
agarró su chaqueta, y se dirigió hacia la puerta. Aquí se
detuvo, y su mirada se posó en Berenice, que movió la
cabeza.
—Le aconsejo que no lo haga —dijo dulcemente—. Soy
una enemiga que supera todas sus posibilidades, créame. No
me obligue a lastimarlo.
Guy Crossman claudicó. Dos minutos más tarde salían
del edificio donde vivía, y entraban en el coche que había
estacionado delante, y a cuyo volante se hallaba el hombre
con la cara de pocos amigos, vuelta hacia ellos para contem-
plarlos mientras ocupaban el asiento de atrás. Berenice Lan-
ders había sacado de su bolso una pequeña radio, que
accionó.
—¿Sí? —se oyó en el acto una voz masculina.
—Vengan detrás de nosotros, y cuando les hagamos una
señal con las luces de posición, acérquense. Quiero que se
hagan cargo de Crossman, que lo incomuniquen totalmente
y que se aseguren de que va a estar bien todo el tiempo que
sea necesario. Okay?
—Okay. ¿Qué van a hacer ustedes?
—Nos dijeron ustedes mismos que el señor Sewey asistía
esta noche a una fiesta diplomática, ¿no es así?
—Sí, así es. Está confirmado. La fiesta empezará a las
nueve.
—Pues eso: iremos a la fiesta.

***

La recepción diplomática era de escaso nivel, pero la ha-


bía ofrecido una de las embajadas acreditadas en la capital
norteamericana, y había ocasiones en que se debían cumplir
los compromisos mínimos. Este era el caso de Richard
Sewey aquella noche: había tenido que acudir a la recepción
como «relleno» de la representación estadounidense, que no
era precisamente maravillosa. Por eso le habían añadido a
él: a fin de cuentas, un secretario personal del presidente.
—Me parece que no se divierte usted, señor Sewey —oyó
éste.
Volvió la cabeza, y acto seguido tuvo que alzarla para
poder mirar a los ojos al hombre que le había hablado. Me-
día no menos de metro ochenta y cinco, y era un atleta im-
presionante, que llevaba el traje oscuro con una elegancia y
naturalidad impecables. Junto a él, Richard Sewey, gordito y
con apenas metro setenta, no ofrecía precisamente un aspec-
to envidiable.
—¿Por qué dice eso? — preguntó con cortés gesto de sor-
presa el secretario del presidente Maxwellance.
—Le veo apartado y solo. Luego, se aburre.
—Nada de eso. Simplemente, me he quedado solo unos
segundos por puro milagro... y me he abstraído. Me parece
que no le conozco a usted, señor. ¿A qué delegación
pertenece?
—A la de la Vigilancia Universal.
Sewey palideció y quedó como convertido en estatua. Co-
sa poco frecuente en él, pero Elvis North sonrió. Y eso fue
todo. La sonrisa desapareció pronto de su rostro, y sus ne-
gros ojos permanecieron fijos en el pálido Richard Sewey.
—¿La qué? —jadeó éste por fin.
—Vamos, señor Sewey, dejémonos de tonterías. Sé que
tras escapar de Alice y de mí, Cari Aldeman le advirtió a
usted de que estábamos libres, y él se puso a salvo. Usted
permaneció aquí considerando que no le habíamos visto, pe-
ro ya ve que le hemos localizado.
—¿Cómo han conseguido...?
—Creo preferible que hablemos en un sitio discreto
donde nadie pueda vernos. Más que nada para evitar que se
den cuenta de que está usted pasando un mal rato, está muy
pálido, señor Sewey.
—Sí... Bien, de acuerdo. Sí, es mejor que hablemos en
otro sitio. ¿Puedo pedirle que me espere en el jardín?
Elvis North frunció el ceño, y un gesto hosco se formó en
su viril rostro.
—Puede pedírmelo, y yo puedo concedérselo —asintió—,
pero lo que no debe hacer es intentar escapar. Sería una
idiotez, créame. Sé que es usted lo bastante inteligente para
darse cuenta de que si yo estoy aquí tan tranquilo es porque
estoy bien respaldado en todos los aspectos. Incluso he con-
seguido una invitación, espero que eso se lo diga todo.
—Sí, comprendo... Por favor, espéreme en el jardín.
—Está bien. Sólo una pregunta antes de separarnos:
¿quién es el director de la Empresa?
—¡No me presione aquí! —jadeó Sewey—. Sé que no ten-
go escapatoria, y sólo le estoy pidiendo que conversemos en
un sitio discreto. Puedo tardar dos, tres o diez minutos, pero
iré. Mientras tanto será mejor que no tome usted ninguna
iniciativa, pues luego podría arrepentirse.
—¿Me está amenazando... usted a mí? —se pasmó fría-
mente Elvis.
—Le estoy recomendando que no haga nada hasta haber
hablado conmigo.
—Muy bien. Es un trato. Le espero en el jardín, señor
Sewey.
Elvis North se alejó de Richard Sewey, que le estuvo mi-
rando hasta que desapareció por una de las amplias puerta-
ventanas que daban al jardín. Se pasó las manos por la cara
entonces, y miró a su alrededor. El salón era muy amplio,
adornado con grandes macetas que contenían exóticas
palmeras oriundas del país cuya embajada ofrecía la
recepción, parecía flotar en el ambiente un leve perfume
como de sándalo... Algunas mujeres vestían preciosos
atuendos de seda que les llegaban hasta los pies, y no pocos
caballeros de airosa barba retorcida se mostraban
magníficamente ufanos ataviados con bambachos...
Apostado en un lugar conveniente del jardín de la emba-
jada, Elvis North veía perfectamente la casa, ante él, blanca,
de dos pisos, con hermosas ventanas de arco. Todo el edifi-
cio resplandecía de luz, y llegaba música y voces. En la
explanada había no menos de veinte automóviles
estrechamente estacionados. La mayoría de los invitados
habían dejado sus coches fuera, en la avenida por la que la
circulación comenzaba a escasear, pero algunos habían
conseguido llegar en coche hasta la mismísima embajada.
Por cierto, que uno de los coches estacionados allí dentro
iba a marcharse: un criado había llegado procedente de la
embajada, y había dado un mensaje a uno de los chóferes.
Este asintió, se puso al volante, y fue a rodear la embajada...
Elvis North, o Marión Karras, miró de nuevo hacia el
lugar por donde esperaba ver aparecer a Richard Sewey. No
le parecía tan tonto como para querer jugarle una mala pa-
sada, pero a veces la gente desesperada comete auténticas
locuras...
Bajo su chaqueta sonó el suavísimo zumbido de la radio,
un apenas audible bip—bip—bip, y Elvis atendió en el acto la
llamada.
—¿Sí? —susurró.
—Soy yo, mi amor —sonó susurrante la dulce voz que
jamás confundiría con ninguna otra—. ¿Has visto el coche
que se ha desplazado a la parte de atrás de la embajada?
—Sí. No me digas que Sewey pretende escapar en él.
—Lo siento, pero tengo que decirlo, se ha metido en el
maletero. ¿No te parece una ordinariez?
—Y también una estupidez.
—Es cierto. No puedo abandonar la fiesta en este
momento, así que tendrás que seguir tú solo al coche de
Sewey... sí es que es de él. Yo voy a asegurarme de ello, y
me escaparé de aquí en cuanto pueda. Te llamaré por la
radio. Si a medianoche no he hecho contacto contigo es que
te has puesto fuera del alcance de nuestras radios, así que
llámame tú por teléfono al apartamento alquilado en cuanto
puedas, y me reuniré contigo a la mayor brevedad. ¿Te
parece bien?
—Claro.
—Besos, mi amor.
—Besos —gruñó Elvis North.
En el momento en que cerraba la radio aparecía el coche
que antes había visto rodar silenciosamente hacia la parte
de atrás de la embajada.
CAPITULO VI

Hacía muy poco que había amanecido cuando apareció el


automóvil al alcance de la vista de Elvis North, que estaba
fumando apaciblemente. Pocos segundos después el automó-
vil se detenía cerca de él, y la rubia señorita Alice Westmo-
reland se apeaba ágilmente, haciéndole un gracioso saludo
con la mano. Elvis frunció el ceño, salió de su coche, y se
acercó.
Se encontraron a mitad de camino entre ambos coches, y
Alice le besó en la boca, breve y dulcemente.
—Apuesto a que no has dormido esta noche —dijo.
—Puedo pasar sin ello. ¿Fue una fiesta divertida, en
definitiva?
—No —rió ella—, pero ya que había conseguido ser invi-
tada a ella no iba a marcharse abruptamente. Además, el
caviar y el té eran sencillamente magníficos.
—¿Quieres decir que no bebiste champán? —se maravilló
Elvis North.
—Solamente té. De cuando en cuando hay que purificar
la sangre, ¿no te parece?
—Tal vez, pero francamente, entre el té y el champán
prefiero el champán.
—¡Yo también! —rió la encantadora rubia—. Así que,
pensando que no te disgustaría desayunar conmigo, he
traído unos bocadillos y una botella de champán en una
bolsa con hielo. ¿Qué te parece?
—Absolutamente fascinante. Trabajar contigo es un pla-
cer.
—Eso es una grosería, mi amor... ¡Debe haber cosas más
placenteras que trabajar conmigo!
—He querido decir después de hacer el amor contigo —
refunfuñó él—. Lo sabes perfectamente.
—Pero me gusta que lo digas. Y otra cosa: ¿quién trabaja
con quién? ¿Tú conmigo o yo contigo?
—La solución en el próximo número. Vamos a desayunar,
y acto seguido iremos a echar un vistazo más detenido a ese
campamento militar. Es de suponer que además de champán
y bocadillos habrás traído prismáticos y demás elementos
previsiblemente necesarios.
—Tengo de todo en el coche. Tuve tiempo de conseguirlo
desde que me llamaste por teléfono desde no sé dónde... De
modo que un campamento militar.
—La verdad, no me pareces muy sorprendida.
—No lo estoy en absoluto. Y ello por dos razones. La
primera, que ya me dijiste anoche lo del campamento mili-
tar. La segunda que me pareció muy normal que el coche
hubiera venido a un campamento militar, considerando que
pertenece a un general del Ejército de los Estados Unidos.
Elvis North, que estaba tomando de manos de Alice
Westmoreland la cesta que ésta acababa de sacar del coche,
se irguió vivamente.
—No me habías dicho eso del general — protestó.
—No lo he sabido hasta esta madrugada, cuando me han
llamado a mí los muchachos para decirme que la matricula
tal, del coche tal, señala al general Lewis Barrows.
—Es decir, que el general Barrows puso su coche a dispo-
sición de Richard Sewey para que yo no lo cazase.
—Sí. Y eso no es todo. Después de ayudar a Sewey a
escapar, el general Barrows estuvo conferenciando muy
preocupado con el senador Clifford Welby. ¿Conoces al
senador Welby?
—No.
—Yo sí, un poco, de hace un tiempo. Es uno de los hom -
bres más... irascibles e intransigentes que he conocido
jamás, pero honrado. Al menos, ésa era la opinión que he
tenido de él hasta esta noche. Sin embargo, es evidente que
algo importante se está tramando. Fíjate que intervienen un
senador, un secretario del presidente de los Estados Unidos,
un general del Ejército... Y ahora todo un campamento
militar en el cual se ha refugiado Sewey... Bueno, no puede
tratarse de una chiquillada si, además, recordamos que todo
el asunto partió de la información del tal Tillis respecto a
que se relacionaba con algo que va a suceder en el
Pentágono.
—Parece... una conspiración a gran nivel, ciertamente —
titubeó Elvis North—. Tal vez deberíamos poner el asunto en
manos de otras personas. Nosotros ya hemos conseguido lo
difícil: localizar a los implicados. Incluso sabemos que el
subdirector de la Empresa es Richard Sewey... Podemos en-
tregar masticado el asunto, y que lo terminen en su amplitud
quienes puedan tomar decisiones sobre un general, un sena-
dor y un secretario del presidente de los Estados Unidos.
¿Por qué complicamos más la vida? Ya hemos hecho
suficiente.
—Estoy de acuerdo contigo —admitió Alice—, pero... ¿no
te gustaría enterarte de verdad y por ti mismo de qué se está
tramando..., y quién es el director absoluto de esta...
sorprendente Empresa?
—Lo que estás diciendo es que te gustaría a ti saber todo
esto.
—Pues sí —rió la rubia—. Para dejar el asunto en otras
manos siempre estamos a tiempo, ¿no te parece? De modo
que propongo que desayunemos y que luego vayamos a
echar un vistazo a ese campamento militar. Y si la cosa nos
interesa lo suficiente incluso podríamos... asaltarlo.
—¿Asaltar tú y yo solos un campamento militar? —excla-
mó Elvis.
—He traído equipo adecuado para ello.
—Ya. Equipo adecuado, ¿eh?
—Sabes que podemos hacerlo —se echó a reír Alice—.
¡Lo sabes perfectamente!
—Poder hacerlo, podemos, es decir, podemos entrar en
ese campamento militar..., pero lo seguro es que nos captu-
raran. Y no me sorprendería nada que nos fusilasen al ama-
necer. Pero —alzó las manos en petición de paz al captar el
gesto de ella— si tú dices que vamos a asaltar un campamen-
to militar, eso es lo que haremos.
—De todos modos —se mostró mínimamente razonable la
audaz Alice Westmoreland—, antes de tomar en firme esa
decisión será conveniente que analicemos las posibilidades...

***

Las posibilidades existían, para personas como ellos, se-


gún comprobaron examinando las instalaciones militares uti-
lizando los prismáticos y estudiando el campamento desde
distintos ángulos.
Por supuesto dicho campamento debía entrar en uno de
los grandes secretos militares, pues se hallaba rodeado de
una amplia franja de terreno profusamente señalizada en el
sentido de prohibir el paso a cualquier persona ajena a las
instalaciones. Dentro de este anillo batido continuamente
por parejas de soldados de vigilancia y algún que otro jeep
de la Military Police, se hallaba el campamento propiamente
dicho, al que Elvis y Alice se acercaron tras burlar la
primera línea de vigilancia.
Desde las ramas de un pino estuvieron contemplando el
campamento que ofrecía el aspecto usual, no parecía tener
nada diferente a los campamentos normales: soldados,
camiones, jeeps, barracones, puestos de vigilancia, un
campo de tiro, antena de televisión y radar, puesto de
mando...
—Yo no veo nada especial en parte alguna —murmuró
Alice, bajando los prismáticos y mirando a Elvis—, ¿Y tú?
—Nada. Es un campamento militar, eso es todo. Excepto
por el hecho de que esté prohibido acercarse a él, claro.
Pero eso no es nada excesivamente extraordinario. Quiero
decir que este campamento puede estar prohibido para el
público, de acuerdo, pero no puede ser clandestino: el
Pentágono, la CIA, el Servicio de Información Militar, el FBI,
el presidente Maxwellance, y, en fin, cualquier organismo
oficial tiene que saber que este campamento existe.
—Por supuesto. Y si está prohibida la entrada es que algo
fuera de lo corriente se está llevando a cabo ahí. Así que
tenemos que existe un determinado proyecto militar, del
cual forma parte indudablemente el general Lewis Barrows.
Y este general es cómplice de Richard Sewey, el cual es
subdirector de la Empresa. ¿Conclusión?
—Que el general Lewis Barrows y Richard Sewey son
unos traidores, a las órdenes de la Empresa, la cual debe
estar tramando algo en el Pentágono basándose en los
proyectos de este campamento militar..., y sin duda apoyada
por más traidores como el general Barrows y Richard Sewey.
Es decir, que se trata, sin la menor duda, de una
conspiración a gran escala., y de presumibles alcances muy
peligrosos.
—Ajá —la miró amablemente Elvis—, De modo que tú
dirás: ¿entramos ahí para que nos cacen, o vamos a decirle
al presidente Maxwellance lo que hemos descubierto, y que
él tome las medidas finales?
—Vamos a entrar ahí —dijo firmemente Alice.
—Me lo temía — gruñó Elvis North.
—Claro que si quieres negarme este capricho...
—Hablemos en serio —cortó él—: ¿cuándo te he negado
algo yo a ti?
—Nunca —sonrió luminosamente la bellísima rubia.
El silencio era tal que se oía el canto de unos grillos. En
el campamento quedaban las luces de vigilancia, si bien,
contra lo que habían temido, ningún reflector barría con su
luz la zona a recorrer. La vigilancia de tropas a pie persistía,
eso sí. Habían llegado a la conclusión de que si bien la
primera y más sencilla alambrada no estaba electrificada no
contenía alarma alguna, la segunda sí debía poseer ambos
dispositivos, de modo que, simplemente, mientras Elvis
había continuado vigilando el campamento Alice había ido
en busca de material adecuado.
Finalmente, poco después de las diez de la noche, y tras
salvar la primera alambrada sin problema, se acercaron a la
segunda, dentro de la cual estaba el campamento. En alguna
parte, de cuando en cuando, se oía una voz, o recias pisadas.
Habían visto ya un relevo de la guardia, exterior. Todos los
vehículos permanecían parados, ordenadamente
estacionados. Sólo de unas pocas ventanas de barracones
brotaba luz.
Alice y Elvis, ambos vestidos de negro y con la cara ma-
quillada asimismo de negro, llegaron ante la segunda alam-
brada, se arrodillaron, y Elvis descargó el pequeño macuto,
del cual sacó los pequeños cables eléctricos provistos de
ganchos de conexión que la CIA le había facilitado a Alice.
Esta empuñó los alicates, esperó a que Elvis colocara los
cables haciendo contacto con las alambradas, y comenzó a
cortar ésta. No se produjo alarma alguna, y en menos de un
minuto Alice había efectuado un recorte más que suficiente
para que uno tras otro, ambos pasaran al otro lado.
Segundos más tarde se metían entre los camiones
estacionados, a salvo, por el momento, de ser vistos.
—Muy bien —le susurró Elvis a Alice al oído—, ya esta-
mos aquí. Y ahora... ¿qué?
—Vamos a llegarnos al barracón de mando —susurró ella
—, a ver si encontramos algo allí dentro.
—Qué barbaridad. Acabarán por freímos a vulgares tiros
de metralleta. Lo que me parece una muerte de lo más indig-
na y vulgar para dos personas como nosotros.
—No seas ave de mal agüero —rió ella, le besó sorpresi-
vamente en los labios, volvió a reír, y dijo—: vamos allá.
—Espera un momento. Será mejor que antes dejemos
preparado el macuto. Lo colocaré junto al depósito de
combustible de este camión.
Durante un par de minutos, Alice quedó sola en la relati-
va oscuridad. Elvis reapareció, hizo un gesto indicando que
todo estaba en orden, y señaló con la barbilla hacia el edifi-
cio donde indudablemente estaba instalado el puesto de
mando del campamento. Tras calcular los movimientos de
los soldados de vigilancia se disponían a echar a correr hacia
allí cuando Alice puso una mano en un brazo de Elvis, que
quedó inmóvil.
Tan sólo un segundo más tarde comenzaba a oír él tam-
bién el rumor de motores... Helicópteros. Por lo menos tres
helicópteros se estaban acercando. Unas luces aparecieron
de pronto en la explanada, señalando la forma de ésta.
—Vamos a tener visita —susurró Alice—. Esos helicópte-
ros vienen aquí.
Permanecieron inmóviles, escuchando el cada vez más
audible rumor de los helicópteros, que resultaron ser cuatro,
y que apenas un par de minutos más tarde se habían posado
en la explanada, ahora bastante iluminada. Todo quedó nue-
vamente en silencio, y de los helicópteros comenzaron a des-
cender los pasajeros.
El primero que vieron Elvis y Alice fue un negro. Tras él,
del mismo helicóptero, saltó un japonés, y detrás de éste
otro japonés... De los restantes helicópteros descendían
personajes a cuál más interesantes: había más negros,
chinos, árabes..., y blancos, desde luego. Blancos que para la
experta mirada de Elvis y Alice no necesitaban presentación:
europeos en su mayor parte, aunque también los había
sudamericanos.
—Pero... ¿qué es esto? —no pudo contenerse Alice—.
¡Hay gente de todo el mundo!
—Y si te fijas bien en esas personas no parecen precisa-
mente delincuentes... ¡Mira eso!
Dos hombres se habían vuelto hacia el helicóptero del
cual habían descendido, y ayudaban ahora a hacerlo a una
mujer arrugada, de raza china, cuyo rostro parecía talmente
el de una simpática mona vieja. Uno de los japoneses se
acercó a ella, hizo un comentario, y provocó unas carcajadas
contenidas. El general Barrows había aparecido, y departía
con algunos de los recién llegados, cuyo número total no era
inferior a treinta. Treinta personas procedentes de todo el
mundo que habían llegado al campamento militar secreto en
helicóptero de la USA Air Force.
Apareció también Richard Sewey, que, como el general
Barrows, departía amablemente con los recién llegados. La
conversación se iba generalizando, se formaban pequeños
grupos...
—Santo Dios —jadeó de pronto Alice—, ¡Son los socios de
la Empresa! ¡Han venido todos, hay reunión...! Y posi-
blemente el director esté ahí, debe ser uno de ésos.
—No veo a nadie que sea conocido a nivel popular —mur-
muró Elvis—, ¿Y tú?
—Tampoco... ¡Pero tienen que ser los socios de la Empre-
sa! ¿Te parece que estoy chiflada, mi amor?
—No. Yo también lo estaba pensando. Y pensaba que si
hay reunión de socios de la Empresa será para hablar de sus
asuntos, así que... sería interesantísimo que pudiéramos
escuchar su conversación.
—Eso también está previsto —aseguró Alice, descolgando
ahora su macuto del hombro.
Habían aparecido más soldados que ahora empujaban los
helicópteros, retirándolos del centro de la explanada. Las lu-
ces comenzaban a apagarse, mientras los recién llegados se
dirigían al puesto de mando. Era un ambiente insólito, como
cordial, el que creaban aquellas personas. Incluso se oían ri-
sas. La vieja mujer china caminaba agarrándose
graciosamente al brazo de dos hombres... Por su parte, Alice
Westmoreland terminó de montar el pequeño fusil de tubo
de aluminio, metió dentro un micrófono-dardo de altísima
sensibilidad, y esperó a que todos los viajeros hubieran
entrado en el puesto de mando.
Entonces disparó el dardo hacia allá, tras apuntar
cuidadosamente. Junto a ella, Elvis North manipulaba ya el
receptor, de modo que se oyó el chasquido del dardo al
clavarse en el marco de una ventana, y en seguida un rumor
de voces, tantas que no se podía entender prácticamente
nada.
—Maldita sea —masculló Elvis—, ¡no vamos a enterarnos
de nada si se pasan el tiempo hablando todos a la vez!
—Ya se tranquilizarán — vaticinó Alice.
Y así, fue en efecto. Poco a poco comenzaron a distinguir
voces concretas, palabras, y hasta frases enteras. Se hablaba
en inglés exclusivamente, ahora. Destacó muy pronto la voz
de Richard Sewey reclamando atención.
—Dama y caballeros, muchas gracias por acudir a una
reunión más de la Empresa. En primer lugar, debo pedir dis-
culpas en nombre de nuestro amado director, cuyas ocupa-
ciones le han impedido esta vez...
No pudieron oír más, porque en todo el ámbito del cam-
pamento comenzó a oírse, con veloz intermitencia, el ulular
de una sirena, que terminó pronto. Acto seguido se
encendieron muchas luces en todo el campamento, y los
altavoces situados en puntos estratégicos dejaron oír una
voz clara y firme:
—Atención, intrusos: ha sido localizada su línea de entra-
da, y toda la guarnición de este campamento va a ser puesta
en pie de armas para acribillarlos allá donde los encuentren
si no aparecen en la explanada antes de diez segundos, de-
sarmados, y con los brazos en alto. No habrá más adverten-
cias. Empieza la cuenta atrás, diez segundos, nueve se-
gundos...
—Lo sabía —dijo Elvis North—. No podía ser de otro
modo.
—Sí —suspiró Alice—. Incluso es posible que nos hayan
dejado entrar para no complicar las cosas antes de la llegada
de los socios de la Empresa. En el fondo me alegro.
—No me digas. ¿Por qué?
—¡Sería terrible que en un campamento militar
norteamericano se pudiera entrar tan fácilmente, mi amor!
—Eso sí —admitió Elvis North—, ¿Por dónde va la
cuenta?
—Dos segundos —se oyó la voz por los altavoces—, un
seg...
—¡Eh, tranquilos! —gritó graciosamente Alice
Westmoreland—. ¡Ya salimos, ya salimos!
Segundos más tarde estaban en el centro de la explanada
bajo la intensa luz de todos los focos. Elvis North ni siquiera
mantenía los brazos en alto, y en cuanto a Alice había puesto
las manos sobre la cabeza, y miraba con los ojos muy
abiertos hacia todos lados, manifestando un cómico miedo
que no existía en modo alguno.
Se oyó el trepidar de botas contra el suelo. Las figuras de
numerosos soldados se perfilaron más allá de la luz que los
cegaba. La voz masculina les llegó ahora directamente:
—No intenten nada, o morirán.
—No vamos a intentar nada —aseguró Alice.
—Ustedes son prisioneros del Ejército de los Estados
Unidos, y van a ser juzgados como espías.
—Esta sí que es buena —exclamó la señorita Westmo-
reland.
Y se echó a reír.
CAPITULO VII

—Vengan los dos. ¡Pronto!


Alice y Elvis, que estaban sentados en el flamante camas-
tro de un calabozo no menos flamante y que, evidentemente,
nunca había albergado prisionero alguno, se pusieron en pie.
El capitán que les había dado la orden, el mismo que una
hora antes los llevara al calabozo, los miraba confundido y
todavía irritado.
Salieron a la explanada, custodiados por media docena
de soldados armados hasta los dientes. La calma reinaba de
nuevo en el campamento, la situación se había estabilizado.
Los prisioneros comprendieron muy pronto adónde los
llevaban: al puesto de mando. Y así fue. Llegaron allá, entra-
ron, cruzaron la pequeña oficina de recepción, y entraron en
lo que debía ser el despacho del comandante del fuerte, y
que era, simplemente, una gran sala que ocupaba el resto de
la edificación, con muchas sillas, sillones, sofás, y una mesa
escritorio al fondo.
Los personajes que habían llegado en helicópteros
estaban allí: negros, blancos, asiáticos, indios... Más de
treinta personas, repartidas en todo el salón, unos fumando,
otros bebiendo, se quedaron mirando a la impresionante
pareja de prisioneros..., los cuales vieron muy cerca de ellos
a Richard Sewey, y junto a él, sorprendidos en verdad, a Cari
Aldeman, que les sonrió burlonamente. El general Barrows
estaba sentado tras la mesa escritorio, y junto a él, de pie,
estaba el senador Clifford Welby. Cerca de éste había otro
senador...
—Ustedes dos —dijo Sewey— son realmente persistentes.
Y eso no les va a reportar nada bueno.
Alice señaló al general Barrows.
—¿Es él el director?
—No hagan preguntas que nadie les va a contestar —dijo
Aldeman—, Ya he convencido a mis amigos de que con us-
tedes no se pueden tener contemplaciones. Son
verdaderamente gente de cuidado, señorita Landers.
—Westmoreland. Alice Westmoreland. Él es Elvis North.
—Ya, ya. Sean quienes sean se han metido esta vez de
verdad en un buen lio.
—Pues si nosotros estamos metidos en un lío..., ¿qué pue-
de decirse de ustedes? Deben estar locos para hacer las
cosas de este modo, señor Aldeman. Elvis y yo hemos
conocido locos de toda clase, pero creo que ustedes son los
más desquiciados de todos: ¿a quién se le ocurre traicionar a
los Estados Unidos y tomar como base un campamento
militar auténtico? ¿O no es auténtico este campamento?
—Lo es.
—Entonces están todos locos. Y no debe ser menos
locura lo que sea que estén tramando hacer en el Pentágono.
—¿En el Pentágono? —alzó las cejas Sewey—. ¿Quién
está tramando hacer nada en el Pentágono?
—¿Qué significa esa matización? —entornó los ojos Elvis.
—Nadie ha dicho nunca que vayamos a hacer algo en el
Pentágono, señor North. Y es evidente que la comunicación
de Tillis fue mal interpretada.
—¿De qué está usted hablando? —exclamó Alice—. ¿Todo
este jaleo no está relacionado con el Pentágono?
—Si, sí, eso sí. Está relacionado con el Pentágono, pero
nunca se ha dicho que vayamos a hacer nada en el Pentágo-
no, sino con el Pentágono. No sé si ustedes captan la
diferencia.
Elvis y Alice se quedaron mirando a Richard Sewey, el
secretario personal de Jason Maxwellance, presidente éste
de los Estado Unidos de América... No podía ser que aquel
hombre menudo y regordito estuviera sugiriendo lo que ellos
creían entender... Los prisioneros miraron incrédulamente al
general Barrows, que permanecía tras la mesa, silencioso y
sombrío, miraron a los miembros de la empresa, ahora todos
silenciosos y contemplándolos entre curiosos y preocupados.
Y volvieron a mirar a Aldeman, y a Sewey, el subdirector de
la Empresa...
—Ustedes están locos —insistió Alice—. ¿Pretende decir-
me que van a atacar el Pentágono?
—¿Le parece imposible? —sonrió Sewey.
Alice y Elvis se miraron. Veamos: ¿qué era el Pentágono?
Pues, el más grande edificio de oficinas del mundo, sede de
la Defensa Nacional de los Estados Unidos. Ideado por el
general Somervell, diseñado por George Edwin Bergstrom,
edificado durante la Segunda Guerra Mundial para albergar
diversas agencias del Departamento de Guerra... Cinco edifi-
cios concéntricos pentagonales enlazados por corredores y
pintados de diferente color para evitar confusiones. Sede del
Departamento de Defensa y de los cuarteles generales del
Ejército, la US Navy, la US Air Force... Y también provisto de
restaurantes, bancos, tiendas... Todo ello en Arlington, todo
ello rodeado de terreno con capacidad para estacionar
cientos de automóviles...
¿Qué era el Pentágono?
Pues, simplemente, un objetivo como otro cualquiera, si
alguien se proponía atacarlo..., sobre todo conociéndolo
bien.
—Me parece —sonrió de nuevo Sewey, que no había per-
dido de vista el cambio operado en las expresiones de los
prisioneros— que no les parece imposible, ¿verdad?
—Depende de cómo lo hagan — murmuró Alice.
—Oh, por eso no se preocupe usted, estamos bien aseso-
rados y mejor dirigidos: el general Barrows es nuestro prin-
cipal consejero militar, y él ha planeado el ataque al Pentá-
gono. Un ataque tras el cual no quedará ni rastro de él,
señorita Westmoreland. Vea esto.
Sewey hizo una seña, y los miembros de la Empresa se
apartaron, dejando entonces visible colgado de la pared el
gran mapa topográfico que incluía el Pentágono. Una foto-
grafía tomada desde el aire, en cuyo centro destacaba el in-
confundible edificio.
—Tenemos diferentes opciones —dijo Sewey—, de entre
las cuales no se descarta la de, simplemente, asaltar el obje-
tivo con las tropas que tenemos aquí acuarteladas, y, si fuese
necesario, recurriendo a muchas más. Como usted compren-
derá el general Barrows no habría de tener dificultades para
conseguir un par de batallones, por ejemplo...
—Claro que tendría dificultades. ¡Nadie le secundaría en
una cosa así!
—Tal vez no —admitió Sewey—, Es por eso que ya está
decidido atacar de modo contundente y sin réplica posible,
es decir, por medio de proyectiles... adecuados, lanzados
desde vehículos asimismo adecuados y por personal
adecuado.
—Santo Dios... ¡No!
—¿Por qué no? Unos pocos proyectiles de cabeza atómi-
ca, señorita Westmoreland, y esa pesadilla habrá terminado.
—¡No pueden disparar proyectiles atómicos!
—¿Por qué no? —se sorprendió Sewey—. ¡Tenemos mu-
chos! El Ejército de los Estados Unidos de América tiene
muchos proyectiles atómicos... ¿No es cierto, Lewis?
—Por supuesto — gruñó el general Barrows.
—¡Pero no pueden utilizarlos contra los propios Estados
Unidos!
—¿Por qué no? —replicó vivamente Sewey—. ¿Cuál es la
diferencia entre dispararlos contra el Pentágono... o el
Kremlin, por ejemplo?
—¡Nosotros somos americanos!
—¿Nosotros? ¿A quiénes se refiere? ¿A usted, al señor
North, a mí, a Aldeman, al general Barrows y los senadores
Welby y Patterson, por ejemplo? Porque si se fija usted bien,
señorita Westmoreland, vera que en esta... reunión extraor-
dinaria de la Empresa no hay solamente miembros del conti-
nente americano y del país llamado Estados Unidos de Amé-
rica. ¿Usted no tiene nada que decir, señor North?
—Generalmente cuando se trata de conversar le cedo el
protagonismo a Alice.
—¿Ella se expresa mejor que usted, tal vez?
—A ella le gusta más hablar. Y, además, siempre se
resiste a admitir que la mayor parte de las veces hablar no
sirve de nada. Ella es... dada al diálogo, a las soluciones
verbales, a intentarlo todo antes de pasar a la acción
resolutiva. Tiene un corazón tan grande, en suma, que antes
de partirle la cabeza a usted intentara convencerle con
palabras de que no se debe ser malo en esta vida.
—Entiendo. Si de usted dependiera simplemente me
partiría la cabeza.
—Así es.
—En ese caso —rió Sewey— prefiero seguir tratando con
la señorita Westmoreland. Estábamos diciendo, señorita
Westmoreland, que sin duda habrá observado usted que en
esta reunión extraordinaria de la Empresa no hay solamente
miembros norteamericanos. Y tal vez se haya preguntado us-
ted qué significa esto.
—Sí, me lo he preguntado —aceptó la bella Alice.
—Significa, como es fácil comprender, que la Empresa
cuenta con... colaboraciones en todo el mundo.
—¿Gente de todo el mundo se ha... asociado para destruir
el Pentágono?
—El Pentágono de momento. Seguirán otros... edificios y
estamentos representantes de la guerra, el exterminio y el
abuso del poder. Por ejemplo, y ya que lo hemos mencionado
antes, el Kremlin. Y sucesivamente, las sedes que alberguen
el núcleo central del sistema bélico de diferentes países...
Me parece que su interés va creciendo. ¿Me equivoco?
—En absoluto. Pero tal vez no he entendido bien: ¿van a
destruir el Pentágono y luego el Kremlin, y luego otros edifi-
cios o sedes similares en todo el mundo?
—Así es. Y como puede comprobar —Sewey señaló a los
miembros de la Empresa con amplio gesto— disponemos de
personas de gran significado en muchos países. Estas perso-
nas que ve usted aquí son solamente los representantes de
diversos países o grupos, ellas, a su vez, tienen montada en
cada país una organización que se está preparando para ir
entrando en acción sucesivamente. Por ejemplo, tenemos al
camarada Gregori Chindasvilian —señaló a uno de los silen-
ciosos blancos— que será el encargado de organizar la
destrucción total del Kremlin... ¿No es así, Gregori?
—En efecto —dijo el ruso.
Alice parecía no poder salir de su asombro. Miró a Elvis,
que permanecía impasible, conforme era en él característico.
—¿Tú lo estás entendiendo? —susurró ella.
—Creo que sí. De un modo u otro pretenden desarticular
las fuentes, los origines de los conflictos militares, o, cuando
menos, la capacidad organizativa de guerras y conflictos ten-
dentes a provocarlas. Si no fuese porque me parece... increí-
ble casi diría que no me parece nada mal lo que pretenden.
—Ah, señor North, usted habla poco —exclamó Sewey—,
pero cuando lo hace vale la pena escucharle. Es cierto: lo
que nosotros pretendemos es darle al mundo una lección
muy severa. Y especialmente al sistema bélico
norteamericano... Es una lección que esperamos aprendan
los demás sistemas bélicos del mundo..., después de que
también el Kremlin sucumba bajo el ataque que dirigirá
nuestro querido Gregori Chindasvilian. Y así, tenemos la
esperanza de que todos comprendan que disponemos de
poder oculto suficientemente grande para terminar con el
sistema organizativo bélico de cualquier país. Creo que está
bien claro lo que pretendemos, señorita Westmoreland:
terminar de una vez por todas con las guerras y con el abuso
de poder.
—Pero eso... ¡eso es maravilloso! —exclamó Alice.
—¿Realmente se lo parece?
—¡Claro que sí! ¡Y para una cosa así tienen que contar
conmigo! ¡Tienen que contar con nosotros!
—Eso es formidable —amplió su sonrisa Sewey—. ¿Debe-
mos entender, pues, que está de acuerdo con nuestro plan
de convertir en ceniza y polvo el Pentágono, como primera
lección para el mundo?
—No... No, no, un momento... ¡Un momento! Yo no estoy
de acuerdo con eso del Pentágono. Se pueden hacer las
cosas de otra manera.
—¿Qué manera? Díganos una sola manera de demostrar
a los belicistas que disponemos de fuerza suficiente para
aplastarlos a todos y que ellos queden convencidos y
desistan de sus planeamientos y planteamientos bélicos.
—Bueno, no sé... Habría que estudiar detenidamente el
asunto...
—No —dijo el general Barrows—. Sé lo que me digo,
señorita Westmoreland. Sólo hay una cosa que la gente que
nos ocupa entienda a la primera y no la olvide: la fuerza. Y
eso es lo que vamos a utilizar vamos a convertir en ruinas el
Pentágono, y posteriormente disponemos de medios para
avisar al mundo entero que la Empresa se ha propuesto
hacer lo mismo con los... «Pentágonos» de todo el mundo si
en este no cesan YA, AHORA, las hostilidades.
—Pero esperen un momento, deberíamos...
—¡No deberíamos nada! —el general Barrows se
encolerizó de pronto y pegó un puñetazo a la mesa—. ¡No
vamos a esperar nada más! ¿A qué se cree que estamos
jugando? Aquí somos todos mayorcitos, y los juegos los
olvidamos hace tiempo. Mire, nos hemos agrupado...,
asociado en esta Empresa gente de todo el mundo que vive
en niveles altos de la política, la economía, la educación, la
alimentación, las artes... Obsérvenos usted bien, y se dará
cuenta de que empezando por Aldeman y terminando por la
señora Kai Ling no tenemos de malvados ni siquiera la
expresión. Tiene usted que entenderlo: no somos una
pandilla de criminales locos o ambiciosos que pretenden
dominar nada, ni humillar a nadie, ni someter pueblos o
razas... ¡Maldita sea mi estampa, yo soy militar, y estoy ya
harto de todo esto, quiero que terminen las guerras y las
masacres masivas ahora que he comprendido, que he visto la
luz! ¡Usted tiene que comprender esto!
Alice aspiró hondo, y murmuró:
—Desde luego que lo comprendo. Y les estoy diciendo
que pueden contar con nosotros para una cosa así. Pero,
general, no podemos lanzar proyectiles atómicos sobre el
Pentágono.
—¿Por qué no?
—Sería un asesinato en masa. Dentro del Pentágono, sea
cual sea el momento que se eligiera para bombardearlo, ha-
bría personas que no tienen culpa de nada en todo esto...
—¿Y qué culpa tienen los cientos de miles o millones de
personas a las que se somete a una guerra entre países veci-
nos, o una guerra civil? ¿Qué culpa tienen las gentes del
pueblo de que los retorcidos intereses económicos de dos
países los enfrenten y tengan que matarse unos a otros?
¿Qué culpa tienen los niños, los seres indefensos, de que un
general ruso o americano, o un ambicioso político japonés o
africano tengan ambiciones tales que no les importa pasar
por encima de los cadáveres de millones de seres...? Usted
me está hablando del Pentágono, donde quizá haya en el
momento del ataque cinco, seis, diez mil personas... ¿Y qué
es esa cantidad comparada con las cifras que proporciona
una guerra... que se organiza sin piedad alguna? ¿Acaso no
es cierto que son sacrificadas vidas por miles y cientos de
miles? Pues bien: ¿qué importan ahora diez mil vidas?
—Eso... es hacer pagar a justos por pecadores, general.
—Eso sería suponiendo que dentro del Pentágono haya
alguien que pueda ser considerado JUSTO, ya que, como es
fácil comprender, todas las personas que van allá son profe-
sionales de la guerra, de un modo u otro, así que me permito
dudar que haya algún justo... Pero, aunque así fuese, señori-
ta Westmoreland..., ¿qué le vamos a hacer? Es bien sabido
que con frecuencia pagan justos por pecadores..., sólo que
esta vez, al menos, habrá valido la pena.
—Yo no lo creo así, general.
—¿Y a quién le importa lo que usted crea? —sonrió seca-
mente el general Barrows.
—A mí —dijo Elvis North—. Siempre me ha importado
cuanto ella ha dicho, porque generalmente suele tener muy
buen juicio.
—De modo que se ha decidido a hablar. Ha podido
ahorrarse la molestia, señor North. Nosotros comprendemos
que por diversas causas a usted le importe lo que diga la
señorita Westmoreland, pero comprenda usted también que
los deseos, ideas u opiniones de ella a nosotros nos tengan
sin cuidado.
—Lo que ella intenta hacerles comprender es que
ustedes parten de una buena y loable idea, pero que están
utilizando medios equivocados para ponerla en práctica.
—Señor North: ni usted ni la señorita Westmoreland es-
tán cualificados para enseñarnos nada a ninguno de
nosotros. Ni para moralizamos, ni aconsejarnos..., y ni
siquiera necesitamos la ayuda de ustedes, ni de esa
organización a la que pertenecen, la Vigilancia Universal...
—Esa organización que usted desdeña hace lo mismo que
ustedes están pretendiendo hacer, pero sin asesinar masas
humanas, sino todo lo contrario, impidiendo asesinatos de
personas de valía y masacres de gentes inocentes. La WWW
nunca hará pagar a justos por pecadores, lo que significa
que cualquier comparación entre la Empresa y la WWW se-
ría considerada propia de mentes desquiciadas. En cuanto a
ustedes, mi opinión es que están todos locos...
Admirablemente locos, pero locos como cabras.
—Debió quedarse usted callado, señor North.
—Sí, lo sé. Por eso, siempre que puedo lo hago. No suelo
relacionarme con gente de su jaez, general, pero en esta
ocasión quisiera hacer un trato: déjenos ayudarle, y verá
cómo entre Alice y yo encontramos algo mejor que
bombardear con proyectiles atómicos el Pentágono, el
Kremlin o cualquier otro lugar.
—Richard —masculló Barrows mirando a Sewey—, ¿ten-
go que seguir soportando a este par de engreídos?
—No —dijo Sewey—, Los había hecho venir para intentar
convencerlos de que trabajasen para la Empresa, pero he
comprendido muy bien que habría sido un tremendo error
por mi parte. Lleváoslos.
Los soldados les hicieron un gesto a Elvis y Alice, y ésta,
mirando al general con expresión sorprendida, preguntó:
—Entonces..., ¿no es usted el director de la Empresa?
¿Quién es?
—Adiós, señorita Westmoreland.
—Está bien. ¿Qué piensan hacer con nosotros? ¿Amarrar-
nos a uno de esos proyectiles atómicos que piensan
disparar?
—Es una idea a considerar —sonrió divertido Richard Se-
wey—. Por el momento, mientras permanecen prisioneros,
disfruten de la vida de ese modo que según Cari saben
hacerlo. ¡Y que les dure!
—Es usted un chivato —le dijo amablemente Alice a Cari
Aldeman—. La próxima vez que esté a mi alcance se lo haré
pagar.
—Me temo, señorita Westmoreland, que no habrá
próxima vez.
—¿No? ¿De veras? ¡Pues muchas gracias por avisarme!
Alice Westmoreland se acercó más a Cari Aldeman, y le
encajó tal rodillazo entre las ingles que talmente pareció co-
mo si no hubiera ocurrido nada, pues Aldeman ni siquiera
gimió, sólo retrocedió un paso, encogiéndose, lívido hasta lo
cadavérico, fuera de las órbitas los ojos..., y, mientras dos
soldados sujetaban a Alice, comenzó a caer lentamente hacia
atrás, sin que nadie pudiera sujetarlo, de modo que rodó por
el suelo, de pronto sin sentido.
—Caray —sonrió Elvis North—. ¡No todo había de ser
aburrido en esta reunión!
—Provoquen tan sólo una molestia más —deslizó suave-
mente Richard Sewey—, y daré orden de que sean fusilados.
CAPITULO VIII

—Me temo que de todos modos acabarán por fusilarnos


—dijo Alice cuando salieron del puesto de mando rodeados
de la escolta de soldados—, y ya que no nos han quitado los
cigarrillos..., ¿qué tal si nos fumamos el último?
—¿Crees que es el momento? —se interesó Elvis, como
preocupado.
—No tiene objeto prolongar más esta situación, amor
mío, porque hagamos lo que hagamos y digamos lo que
digamos no los vamos a convencer. Así que terminemos con
la comedia.
—Tienes razón —asintió Elvis—, Terminemos.
Había sacado el paquete de cigarrillos, que en efecto no
le había sido requisado, y ofreció al joven y al parecer
malhumorado capitán que mandaba la escolta.
—No, gracias — rechazó secamente el capitán.
—Yo sí quiero — dijo dulcemente Alice.
Elvis le tendió el paquete, ella palpó con sus finos dedos,
eligió determinado cigarrillo, y tiró de él... A unos ochenta
metros, el macuto que contenía la carga explosiva conectada
al dispositivo del paquete de cigarrillos explosionó con una
violencia terrible, que a su vez hizo explotar el depósito de
combustible del camión... Un tremendo impacto de aire
caliente llegó al lugar donde se hallaba la pequeña comitiva
de soldados y prisioneros.
Sólo que, mientras los soldados ni remotamente
esperaban una cosa así, los prisioneros habían pensado
incluso sacar partido de ella, cosa lógica, pues había sido
preparada precisamente para eso. De modo que, mientras
los soldados se asustaban, tropezaban entre sí, y lanzaban
exclamaciones y gritos de alarma, Elvis y Alice actuaron con
toda precisión y contundencia: un escalofriante puñetazo de
Elvis en plena mandíbula lanzó al joven capitán por los aires
instantáneamente privado del conocimiento..., y al mismo
tiempo Alice derribaba a otro soldado con un golpe de karate
en un lado del cuello y le arrebataba la metralleta.
Un soldado gritó, giró hacia ella desentendiéndose del in-
cendio que se estaba formando en el estacionamiento de ve-
hículos militares, y comenzó a apuntarla con su arma. De un
puntapié entre las ingles Elvis North casi lo mató, y a segui-
do, girando, descargó un codazo en el rostro de otro solda-
do, derribándolo mientras se hacía con la metralleta del
anterior.
En un instante, la situación había cambiado en la expla-
nada. No sólo estaba todavía retumbando la explosión prime-
ra y la segunda encadenada, sino que los prisioneros eran
ahora quienes mandaban. Los soldados que permanecían en
pie estaban atónitos, petrificados... Hacia el cielo ascendían
largas lenguas de fuego y brochazos de negro huma La alar-
ma comenzó a sonar...
—Dejad caer las armas —ordenó Elvis, moviendo
amenazadoramente la metralleta—, ¡ahora!
Los soldados dejaron caer las armas, y Alice les indicó
por gestos que retrocedieran, cosa que hicieron. El campa-
mento militar parecía ahora un infierno total, pues otro ca-
mión acababa de incendiarse tras la explosión de su depósito
de combustible, alcanzado por el anterior... Elvis North re-
cogió las armas de los soldados, y Alice ordenó:
—¡Media vuelta! ¡Marchen!
Los soldados no sabían qué hacer. Miraban con
expresión desorbitada a los espías.
—¿No me han oído? —insistió Alice—. ¡Media vuelta!
¡Marchen!
—Hacedlo —amenazó Elvis—, u os lleno de plomo,
cretinos...
El fuego rugía con fuerza, el humo se estaba
extendiendo, soldados en paños menores, pero bien armados
salían de los barracones, del puesto de mando salían los
miembros de la Empresa, se encendían focos..., los soldados
de la escolta dieron la vuelta y echaron a correr, alejándose
de Elvis y Alice, que hicieron lo mismo..., pero en dirección a
los camiones.
—¡Podríamos coger un jeep! —gritó Alice.
—¡No! ¡Necesitamos un camión, o no saldremos de aquí!
—¡Tienes razón!
Los disparos comenzaron a sonar cuando ellos se habían
metido entre los camiones más alejados del fuego, donde, de
todos modos, reinaba un calor que no presagiaba nada bue-
no para la integridad de los camiones. Una voz estaba preci-
samente dando órdenes en este sentido, pero los soldados no
parecían muy dispuestos a correr hacia aquel infierno, a cu-
yo rojo resplandor Elvis y Alice parecían talmente estar al
rojo vivo.
—¡Me estoy abrasando! —gritó ella.
—¡Sube!
Escalaron a toda prisa un camión, y Elvis no se complicó
la vida en absoluto. Arrancó los hilos del contacto, los unió, y
el motor del vehículo se puso en marcha. En un instante,
dando marcha atrás, salió de su puesto en la bien ordenada
fila, giró, y emprendió rugiente y veloz carrera hacia la pri-
mera alambrada.
Era imposible oír otra cosa que el rugido del fuego..., o
eso parecía, porque los fugitivos pronto se convencieron de
que también los impactos de las balas resonaban con fuerza
en la plancha del camión. Por delante de ellos apareció una
luz, pero llegando de atrás. La alarma seguía sonando. Otro
depósito de combustible explosionó, y otra vez pedazos de
camión saltaron por el aire. El campamento militar, decidi-
damente, era un infierno del que cada cual procuraba esca-
par como podía y además a toda prisa.
Y de momento los que más de prisa escapaban eran Elvis
y Alice.
La alambrada apareció pronto ante ellos, y, sin más
consideraciones, Elvis lanzó el camión contra ella,
aumentando la velocidad a tope. El encontronazo fue
tremendo, pero uno y otra estaban preparados, de modo que
no sufrieron consecuencias preocupantes. Tras la fortísima
sacudida, el camión quedó atrapado en la alambrada como
una mosca en la telaraña, asomando el morro por entre los
partidos alambres del centro. Elvis dio marcha atrás, y de
nuevo hacia delante. El camión no pudo terminar de salir,
pero ahora quedó el hueco suficiente para los dos fugitivos,
que se apresuraron a abandonar el vehículo y meterse entre
los alambres.
Por detrás de ellos llegaban soldados corriendo. Por de-
lante, en alguna parte, debía haber también más soldados,
que ahora estarían corriendo hacia donde el camión había
perforado la alambrada. Esta quedó detrás de Elvis y Alice,
que corrieron hacia la segunda. Por detrás sonaron algunos
disparos, a los que ni siquiera hicieron caso. Corrían hacia la
oscuridad, donde sabían que podrían burlar a cualquier per-
seguidor, no sería ni muchos menos la primera vez que jun-
tos o por separado habían realizado fugas semejantes y
hasta más peligrosas...
Primero aparecieron dos soldados, corriendo hacia ellos
desde la derecha. Elvis simplemente giró hacia allá y
disparó. Oyó los gritos de los soldados, los vio caer, y miró a
Alice, que apretaba los labios...
—¿Qué otra cosa querías que hiciese? —gritó Elvis.
Llegaron a la segunda alambrada, que sabían era inofen-
siva y no presentaba ninguna otra clase de dificultades,
como la ya superada. Ambos se volvieron a mirar el
campamento..., y vieron los helicópteros elevándose,
convertidos en rojos espejos que reflejaban el fuego. El
incendio era cada vez más intenso, el humo negro se
arremolinaba ahora en todas direcciones... Había dejado de
sonar la alarma. A lo lejos vieron, a la luz del incendio, unos
pocos soldados corriendo hacia ellos.
—Pues vas a tener que dispararles tú también —jadeó El-
vis—, porque de lo contrario no saldremos de aquí.
Metió sus fuertes dedos entre los alambres, y Alicia se
colgó de su espalda con un brazo, sujetando la metralleta
con la otra mano. Como si todo su cuerpo fuese un puro
mecanismo de acero Elvis North comenzó a escalar la alam-
brada, mientras, colgada de él, Alice tuvo que disparar, en
efecto, para detener la marcha de los soldados que corrían
alocadamente. La ráfaga les rebotó cerca de los pies, hirió a
dos en las piernas, y provocó una auténtica desaparición de
enemigos, que se zambulleron como pudieron en busca de
protección.
Elvis llegó arriba, Alice se soltó de él tras tirar la metra-
lleta al otro lado y agarrarse con ambas manos al borde.
Rebasó la alambrada, se descolgó, y se soltó... Junto a ella,
como un felino, cayó Elvis, que la miró vivamente.
—¡Estoy bien! —gritó ella.
—¡Pues corre!
No tuvieron que correr demasiado para llegar al lugar
donde habían dejado escondido el coche. Se metieron
dentro, Elvis arrancó, salieron del escondrijo, circularon por
el camino, y tres minutos más tarde aparecían en la
carretera.
—Ahora con calma —jadeó Alice.
—Gracias por avisarme —jadeó también Elvis.
—¡Qué barbaridad, qué modo... de correr...! ¡Hemos per-
dido nuestra dignidad!
—¿De qué estás hablando?
—No sé qué filósofo dijo... que cuando el hombre corría...
perdía su dignidad.
—¡Menudo cretino!
—Mi amor, ¡que era un filósofo!
—Puede que fuese filósofo, pero además sería un creti-
no... ¿Estás bien?
—Lo suficientemente bien para solicitar inmediatamente
una entrevista con el señor Maxwellance, nuestro electo y
activo presidente de los Estados Unidos de América...
No hubo manera de conseguir que el presidente Jason
Maxwellance recibiera en su despacho de la Casa Blanca a la
señorita Westmoreland y al señor North antes de transcurri-
das treinta y seis horas.
Por supuesto, con anterioridad a esto se tomaron todas
las medidas para impedir los planes referidos al bombardeo
del Pentágono, y, discretamente, personal especializado blo-
queó los proyectiles atómicos y a quienes podían haberlos
manipulado en cualquier sentido.
También se procedió a la búsqueda del general Barrows,
el senador Welby, el senador Patterson, Cari Aldeman, Ri-
chard Sewey... No hubo resultado alguno en esta búsqueda,
pero, al menos, se tuvo la seguridad de que el Pentágono no
sería atacado.
Finalmente, casi a las once de la mañana, el señor Jason
Maxwellance recibió a sus visitantes, a los que miró con
seria y concentrada atención, muy superior a la que
mostraron Elvis y Alice, pues ellos, naturalmente, ya
conocían de sobra al presidente de los Estados Unidos, un
hombre alto, pelirrojo, de grandes ojos verdosos y gran boca
sensual y sonriente.
No había nadie más en el despacho.
—Señorita Westmoreland —le tendió la mano a Alice—.
Es un placer conocerla Y también a usted, señor North.
Ambos agentes de la WWW murmuraron unas palabras
mientras estrechaban uno tras otro la mano de Maxwellance,
que seguía contemplándolos con suma atención. Señaló los
sillones colocados ante su mesa, y se sentó él después que lo
hubieron hecho sus visitantes.
—En este gran país —dijo— no termina uno de sorpren-
derse nunca. La verdad es que había oído hablar de la Vigi-
lancia Universal, claro está, pero me pareció... un organismo
más bien... romántico.
—Me parece, señor —sonrió Alice— que iba a decir usted
inoperante.
Maxwellance forzó una sonrisa.
—Es usted muy perspicaz, señorita Westmoreland. Sí, es
cierto, algo así pensaba respecto a la WWW. Es más, ni si-
quiera se me ha ocurrido contar nunca con ese organismo.
—Siempre se está a tiempo de rectificar.
—Sí... Es cierto. Bueno, ustedes ya saben: hay tantos ser-
vicios digamos especiales, que uno pierde la cuenta y el sen-
tido del funcionamiento de cada uno. Generalmente esta cla-
se de problemas los ha resuelto siempre la CIA o el FBI.
—Esta vez no —dijo con tono seco Elvis North.
—Es más —añadió Alice—, por ciertas palabras oídas a
algunos empleados a miembros de la Empresa sabemos que
también en el seno de la CIA contaban con ayuda, cuando
menos informativa.
—Toda ira saliendo —asintió Maxwellance—, Mientras
tanto podemos estar tranquilos, pues, por lo que tengo
entendido, la Empresa se ha disuelto.
—Yo no lo creo así, señor presidente —rechazó Elvis—,
Es por eso que hemos solicitado esta entrevista personal y
privada. Estoy convencido de que la Empresa volverá a ope-
rar no tardando muchos..., a menos que sea innecesario.
—¿Innecesario? ¿Qué quiere decir?
—Que seamos nosotros, el poder visible y establecido,
quienes evitemos la programación y puesta en marcha de
una guerra tras otra.
—Eso es imposible, señor North.
—¿Por qué motivo? —saltó Alice.
—No lo sé. Tal vez usted recuerde que uno de los puntos
fuertes de mi programa electoral era la oferta de una conti-
nua búsqueda de paz... Por mi parte lo estoy intentando con
todas mis fuerzas, pero... no puedo hacer nada.
—¿Usted no puede hacer nada? ¡Es el presidente de los
Estados Unidos de América, señor!
—Sí, pero hay... tantas presiones de todas clases que yo
sólo soy en realidad... lo que me dejan ser, y sólo hago lo que
me dejan hacer.
—¿Quiénes?
—Evidentemente personas que estarían en el bando
totalmente opuesto a la Empresa. Créalo usted o no yo no
puedo evitar que se estudien, programen y pongan en
práctica guerras de más o menos importancia. No soy yo
quien controla el Pentágono, ni los ejércitos, ni las
relaciones totales con el resto del mundo... Un hombre solo,
por muy buena que sea su voluntad, no puede hacer nada...
Nada.
—¿Ni siquiera siendo el presidente de Estados Unidos? —
Ni así. —En ese caso, señor presidente, podemos empezar a
temer por los nuevos planes de la Empresa. Es cierto que co-
nocemos algunos de sus componentes, pero se esconderán
bien, y otros ocuparán su lugar. Y, a fin de cuentas, el gran
cerebro de la Empresa, su director, el creador de sus ideas y
planes, está libre y no sabemos quién es. Tiene que ser al-
guien importante, también poderoso de un modo u otro... Y
ese hombre volverá a intentarlo, pues estar seguro.
—No... No lo hará. Ya ha perjudicado bastante a sus
colaboradores.
—Nadie les obligó a ellos a colaborar con el director de
la Empresa y traicionarle a usted, señor presidente.
—Ustedes no tienen todavía una idea clara de este
asunto —casi sonrió Maxwellance, pero dando la impresión
de que hada una mueca de niño al borde del llanto—. A
veces, queriendo hacer un bien de gran magnitud, nos
ofuscamos y no tenemos en cuenta el mal que podemos
hacer por otro lado.
—¿A qué se refiere, señor? —murmuró Alice.
—A que ustedes tenían razón: no tenemos derecho a ha-
cer pagar a justos por pecadores. Habrá que buscar otro me-
dio. Mientras tanto, tendré que buscar el modo de que Dick
Sewey y los demás que han colaborado conmigo en la Em-
presa puedan recuperar sus derechos civiles y humanos. No
es justo que se les persiga por un ideal de paz..., aunque se
enfocara de modo equivocado. Ni sería honesto por mi parte
hacerlos perseguir después de tanto como me han estado
ayudando. ¿No están de acuerdo?
Elvis y Alice estaban sencillamente petrificados.
En blanco la mente, lívidos los rostros, inmóviles los ojos
fijos en aquel hombre que estaba ahora llorando ante ellos.
Llorando de verdad, con grandes y silenciosas lágrimas que
se deslizaban lentamente por sus mejillas.
—Dios mío —alentó por fin Alice—. ¡Oh, Dios mío!
—Veo que ya han comprendido quién es el director de la
Empresa.
—Pero esto... ¡es imposible!
—He reflexionado mucho antes de recibirlos porque no
sabía si decírselo o no a ustedes dos. Tampoco sabía si decir-
les que el presidente de los Estados Unidos de América no
puede hacer siempre lo que quiere o quisiera, pero sí
querría hacer lo que promete. Y yo prometí paz... Promesa
que no estoy cumpliendo. Entonces me dije..., me dije que
prefería mantenerme fiel a mí mismo fuese como fuese, y se
me ocurrió lo de la Empresa..., y lo del Pentágono. ¡Es que
no se me ocurriría nada más, no me dejaban hacer nada
más, ni como persona ni como presidente, tenía que
conseguir un poder que superara al del propio presidente de
los Estados Unidos para evitar más guerras...! Y encontré...
amigos, personas dispuestas a arriesgarse por la.
Empresa..., la gran empresa de mi vida. No volveré a idear
nada como lo del Pentágono y lo del Kremlin, pero necesito
conseguir victorias humanas, y para ellas necesito gentes
como el general Barrows, como Dick Sewey, Como Cari
Aldeman..., gente que me ayude, aunque sea utilizando en
ocasiones matones que hagan cosas desafortunadas pero
inevitables... Siempre cae alguien, pero una cosa es eso y
otra cosa es que paguen justos por pecadores. Ustedes me
han convencido de eso, pero díganme: ¿podré contar con
ustedes si más adelante se me ocurre... alguna idea que
pueda poner de nuevo en marcha la Empresa para disuadir
al mundo de guerrear?
Jason Maxwellance estaba llorando ya sin disimulos. Ali-
ce tragó saliva, y miró a Elvis North, que contemplaba fas-
cinado al presidente..., al director de la Empresa, al hombre
que no se había resignado a ser un muñeco en manos del
poder oculto, sino que había querido cumplir sus promesas
de paz hechas al electorado, a los Estados Unidos de Améri-
ca..., al mundo entero.
—Sí, señor presidente —murmuró por fin Alice Westmo-
reland—: podrá contar con nosotros.
ESTE ES EL FINAL

—¡Cómo que podrá contar con ustedes! —exclamó el


hombre con el que Elvis y Alice se habían encontrado en la
Avenida de los Cerezos de Washington—. ¡Cómo que podrá
contar con ustedes...!
—No creo que hayamos hablado en chino —dijo Alice
sosegadamente—, ¿Verdad, mi amor?
—Verdad —dijo Elvis—, Has hablado en perfecto inglés.
—Eso me parecía. Pero a lo peor nuestro jefe, además de
ser feo y viejo se nos está quedando sordo. Recuerdo que
aquella vez...
—¡No es momento de bromas! —estalló el hombre que
encargaba sus misiones a los invencibles Elvis y Alice—. ¡Es-
te es un asunto muy serio! ¡Maldita sea, nos la hemos estado
jugando nada menos que contra el mismísimo presidente de
los Estados Unidos! ¡Querían convertir en una tumba gigan-
tesca el Pentágono, no lo han conseguido gracias a ustedes
dos..., y precisamente ustedes dos me dicen que ese hombre
podrá contar con ustedes si se le ocurre alguna barbaridad
más!
—No le ayudaríamos en ninguna barbaridad —dijo Alice
—, sino en cualquier acción orientada a disuadir al mundo de
guerrear.
—¡Ese hombre no está en sus cabales! ¡No es adecuado
para el cargo que ocupa!
—Claro —dijo amablemente Alice—, Deberíamos poner
uno que aceptase sin rechistar todas las consignas bélicas y
económicas del gran poder oculto. Uno que acepte las
guerras, que envíe soldados a cualquier parte del mundo a
matar y morir, uno que sonría ante las cámaras de televisión
alzando los brazos, contentísimo porque lo han elegido..., y
que luego ni siquiera se le pase por la cabeza cumplir sus
promesas. Uno que no tenga jamás ni la más pequeña idea
tendente a un mínimo sacrificio para buscar verdaderamente
la paz. Uno que no llore, vamos. ¿No es eso lo que debería-
mos buscar?
—Santo Dios —jadeó el jefe.
—En cuanto a usted, escuche esto —te señaló Elvis al pe-
cho con un dedote—: aquí nadie ha conseguido saber quién
es el director de la Empresa, y el presidente nos llamó a
Alice y a mí para darnos las gracias personalmente y rogar-
nos que transmitamos su más elogioso saludo a todo el per-
sonal de la Vigilancia Universal. Y eso es todo.
—Pero... ¡ustedes también están locos!
—Se lo diremos de otra manera —sonrió dulcemente Ali-
ce—: si usted delata a ese hombre, si traiciona la confianza
que acabamos de demostrarle explicándole la verdad, noso-
tros le cortaremos el cuello a usted.
El hombre palideció, sus ojos saltaron de uno a otro
agente de la Vigilancia Universal. Por fin jadeó:
—No pueden amenazarme a mí...
—¿No podemos? —alzó las cejas Elvis.
—¡Soy su jefe!
—¿Qué? —se llevó Alice una mano a una deliciosa orejita
que Elvis se inclinó a simular morder.
El hombre sacó el pañuelo, se lo pasó por la frente, lo
guardó, y miró al cielo, a la tierra, a los estanques que refle-
jaban la luz del resplandeciente sol de aquel día insólito.
—Está bien —susurró finalmente—. ¿Podré seguir
contando con ustedes?
—Si se porta bien, sí. ¿Verdad, mi amor?
—Verdad —asintió Elvis, que casi se permitió una sonrisa
—. Pero no sólo ha de portarse bien, sino aprender a no
acudir a buscarnos cuando estamos haciendo el amor.
—Es verdad —aprobó Alice—. ¡Porque mira que es ino-
portuno este pobre hombre!
—Pero eso se acabó — lo miró aviesamente Elvis—, ¿Ver-
dad que se acabó..., «jefe»?
—Maldita sea mi estampa —jadeó el otro.
—Eso quiere decir —sonrió Alice, tomando del brazo a
Elvis— que podemos marcharnos con la seguridad de que,
por lo menos durante el resto del día de hoy, la Vigilancia
Universal y los problemas del mundo se tendrán que
arreglar sin nuestra ayuda. Y es que cuando nosotros
estamos tan tranquilos y a gusto haciendo el amor y viene
usted a buscarnos, también pagamos justos por pecadores,
¿sabe usted, «jefe»?

FIN

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