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SIMONDON - Introduccion

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Gilbert Simondcm nació en 1924 y

murió en 1989; pertenece por lo tanto a


una de las generaciones más in-
fluyentes del pensamiento francés del
siglo XX, que incluyó entre otros a
Roland Barthes, Gilles Deleuze,
Jacques Derrida, Michel Foucault y
Jean-Francois Lyotard. Sin embargo,
con una formación técnica y filosofica
especial, Simondon no participó de
los principales debates de los años 60
y 70, y se dedicó en cambio a cues-
tiones que no ocupaban el centro de la
escena en aquel entonces pero que sin
dudas están en el foco de preocu-
paciones actuales. En 1964 organizó
un coloquio internacional de filosofía
sobre la noción científica de infor-
mación y unos años después dictó
algunos cursos que fueron publicados
como Cursos sobre la per-cepción y
Dos lecciones sobre el ani-mal y el
hombre. Ha escrito muy pocas obras:
las dos más c o n o c i d a s son
L' individuation à la lumière des notions
de forme et d'information, su tesis
principal para acceder al Doctorado
de E s t a d o francés; y Du mode
d'existence des objets techniques, su tesis
secundaria, que es este libro que por
primera vez se edita en lengua
castellana. Se desempeñó como direc-
tor de un instituto de psicología en la
Universidad de Paris V desde 1969
hasta 1984.
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Simondon, Gilbert
El modo de existencia de los objetos técnicos - Ira. ed. - Buenos
Aires : Prometeo Libros, 2 0 0 7 .
2 8 0 p . ; 2 1 x 15 c m
ISBN 978-987-574-197-3
1. Filosofía de las artes. 2. Teoría de las bellas artes. 3. Filosofía
general

Título original: Du mode d'existence des objets techniques


Editions Flammarion, Paris, Francia.

La presente publicación ha sido realizada gracias al apoyo del


Ministerio de Asuntos Extranjeros de Francia.

Supervisión de la edición: Flavia Costa


Traducción: Margarita Martínez y Pablo Rodríguez

O De esta edición, Prometeo Libros, 2008


Pringles 521 (C11183AEJ), Buenos Aires, Argentina
Tel.: (54-11) 4862-6794 / Fax: (54-11) 4864-3297
[email protected]
www.prometeolibros.com
www.prometeoeditorial.com

Diseño y Diagramación: R&S

ISBN: 978-987-574-197-3
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Prohibida su reproducción total o parcial
Derechos reservados
índice

Prólogo. El modo de existencia de una filosofía nueva / Pablo Rodríguez .... 9

EL MODO DE EXISTENCIA DE LOS OBJETOS TÉCNICOS

INTRODUCCIÓN 31

PRIMERA PARTE. Génesis y evolución de los objetos técnicos


CAPÍTULO I. Génesis del objeto técnico: el proceso de concretización 41
I- Objeto técnico abstracto y objeto técnico concreto 41
II- Condiciones de la evolución técnica 45
III- Ritmo del progreso técnico; perfeccionamiento continúo y
menor, perfeccionamiento discontinuo y mayor 58
IV- Orígenes absolutos de un linaje técnico 61
CAPÍTULO II. Evolución de la realidad técnica; elemento, individuo,
conjunto 71
I- Hipertelia y autocondicionamiento en la evolución técnica 71
II- La invención técnica; fondo y forma en lo viviente y el
pensamiento inventivo 77
III- La individualización técnica 81
IV- Encadenamientos evolutivos y conservación de la tecnicidad.
Ley de relajación 87
V- Tecnicidad y evolución de las técnicas: la tecnicidad como
instrumento de la evolución técnica 90
SEGUNDA PARTE. El hombre y el objeto técnico
CAPÍTULO 1. Los dos modos fundamentales de relación del hombre
con el hecho técnico 105
I- Mayoría y minoría social de las técnicas 105
II- Técnica aprendida por el niño y técnica pensada por el adulto 108
III- Naturaleza común de las técnicas menores y de las técnicas
mayores. Significación del Enciclopedismo 114
IV- Necesidad de una síntesis en el nivel de la educación entre el
modo mayor y el modo menor de acceso a las técnicas 125
CAPÍTULO II. Función reguladora de la cultura en la relación entre el
hombre y el mundo de los objetos técnicos.-Problemas actuales 131
I- Las diferentes modalidades de la noción de progreso 131
II- Crítica de la relación del hombre y del objeto técnico tal como
la presenta la noción de progreso nacida de la termodinámica y
de la energética. Recurso a la teoría de la información 137
III- Límites de la noción tecnológica de información para dar
cuenta de la relación del hombre y del objeto técnico. El margen
de indeterminación en los individuos técnicos. El automatismo 151
IV- El pensamiento filosófico debe operar la integración de la
realidad técnica a la cultura universal fundando una tecnología 164

TERCERA PARTE. Génesis y evolución de los objetos técnicos


CAPÍTULO I. Génesis de la tecnicidad 177
I- La noción de fase aplicada al devenir: la tecnicidad como fase 177
II- El desfasaje de la unidad mágica primitiva 180
III- La divergencia entre el pensamiento técnico y el pensamiento
religioso 188
CAPÍTULO II. Relaciones entre el pensamiento técnico y otras
especies de pensamiento 197
I-Pensamiento técnico y pensamiento estético ,197
II- Pensamiento técnico, pensamiento teórico, pensamiento práctico 218

CAPÍTULO III. Pensamiento técnico y pensamiento filosófico 231

CONCLUSIÓN , 257

Léxico de términos técnicos (*) 273


EL MODO DE EXISTENCIA DE LOS
OBJETOS TÉCNICOS
INTRODUCCIÓN

Este estudio está animado por la intención de suscitar una toma de


conciencia del sentido de los objetos técnicos. La cultura se ha constitui-
do en sistema de defensa contra las técnicas; ahora bien, esta defensa se
presenta como una defensa del hombre, suponieñdo que los objetos téc-
nicos no contienen realidad humana. Querríamos mostrar que la cultura
ignora en la realidad técnica una realidad humana y que, para cumplir
su rol completo, la cultura debe incorporar los seres técnicos bajo la
forma de conocimiento y de sentido de los valores. La toma de concien-
cia de los modos de existencia de los objetos técnicos debe ser efectuada
por el pensamiento filosófico, que se encuentra en la posición de tener
que cumplir en esta obra un deber análogo al que cumplió en la aboli-
ción de la esclavitud y la afirmación del valor de la persona humana.
La oposición que se ha erigido entre la cultura y la técnica, entre el
hombre y la máquina, es falsa y sin fundamentos; sólo recubre igno-
rancia o resentimiento. Enmascara detrás de un humanismo fácil una
realidad rica en esfuerzos humanos y en fuerzas naturales, y que cons-
tituye el mundo de los objetos técnicos, mediadores entre la naturale-
za y el hombre.
La cultura se comporta con el objeto técnico como el hombre con el
extranjero cuando se deja llevar por la xenofobia primitiva. El misoneís-
mo orientado contra las máquinas no es tanto odio a lo nuevo como
negación de la realidad ajena. Ahora bien, este extranjero todavía es hu-
mano, y la cultura completa es lo que permite descubrir al extranjero
como humano. Del mismo modo, la máquina es el extranjero; es el ex-
tranjero en el cual está encerrado lo humano, desconocido, materializa-
do, vuelto servil, pero-mientras sigue siendo, sin embargo, lo humano.
La mayor causa de alienación en el mundo contemporáneo reside en este
desconocimiento de la máquina, que no es una alienación causada por la
máquina, sino por el no-conocimiento de su naturaleza y de su esencia,
32 GILBERT SIMONDON

por su ausencia del mundo de las significaciones, y por su omisión en la


tabla de valores y de conceptos que forman parte de la cultura.
La cultura está desequilibrada porque reconoce ciertos objetos, como
el objeto estético, y le acuerda derecho de ciudadanía en el mundo de las
significaciones, mientras que rechaza otros objetos, y en particular los
objetos técnicos, en el mundo sin estructura de lo que no posee significa-
ciones, sino solamente un uso, una función útil. Frente a este rechazo
defensivo, pronunciado por una cultura parcial, los hombres que cono-
cen los objetos técnicos y sienten su significación buscan justificar su
juicio otorgando al objeto técnico el único estatuto valorado actualmente
por fuera del de objeto estético, el de objeto sagrado. Entonces nace un
tecnicismo intemperante que no es más que una idolatría de la máquina,
y a través de esta idolatría, por medio de una identificación, una aspira-
ción tecnocrática al poder incondicional. El deseo de-potencia consagra
a la máquina como medio de supremacía, y hace de ella el filtro moder-
no. El hombre que quiere dominar a sus semejantes suscita la máquina
androide. Abdica entonces frente a ella y le delega su humanidad. Busca
construir la máquina de pensar, soñando con poder construir la máqui-
na de querer, la máquina de vivir, para quedarse detrás de ella sin angus-
tia, libre de todo peligro, exento de todo sentimiento de debilidad, y
triunfante de modo mediato por lo que ha inventado. Ahora bien, en
este caso, la máquina convertida por la imaginación en ese doble del
hombre que es el robot, desprovisto de interioridad, representa de modo
demasiado evidente e inevitable un ser puramente mítico e imaginario.
Querríamos mostrar precisamente que el robot no existe, que no es
una máquina, como no es un ser vivo una estatua, sino solamente un
producto de la imaginación y de la fabricación ficticia, del arte de la
ilusión. Sin embargo, la noción de máquina que existe en la cultura
actual incorpora en una medida lo suficientemente amplia esta represen-
tación mítica del robot. Un hombre cultivado no se permitiría hablar de
objetos o de personajes pintados sobre una tela como de verdaderas rea-
lidades que tienen una interioridad, una voluntad buena o mala. Este
mismo hombre habla sin embargo de máquinas que amenazan al hombre
como si atribuyera a esos objetos un alma y una existencia separada,
autónoma, que le confiere el uso de sentimientos e intenciones contra
el hombre.
La cultura conlleva de este modo dos actitudes contradictorias con res-
pecto a los objetos técnicos: por una parte, los trata como puros ensambla-
jes de materia, desprovistos de verdadera significación, y que presentan
solamente una utilidad. Por otra parte, supone que esos objetos son tam-
El modo de existencia de los objetos técnicos 33

bien robots y que están animados por intenciones hostiles para con el
hombre, o que representan para él un peligro permanente de agresión,
de insurrección. Al juzgar bueno conservar el primer carácter, quiere
impedir la manifestación del segundo y habla de poner a las máquinas al
servicio del hombre, creyendo encontrar de este modo, en la reducción a
la esclavitud, un medio seguro de impedir toda rebelión.
De hecho, esta contradicción inherente a la cultura proviene de la
ambigüedad de las ideas relativas al automatismo, en las cuales se escon-
de una verdadera falta lógica. Los idólatras de la máquina presentan en
general el grado de perfección de una máquina como proporcional al
grado de automatismo. Superando lo que muestra la experiencia, supo-
nen que, a través de un crecimiento y un perfeccionamiento del automa-
tismo, se llegará a reunir y a interconectar todas las máquinas entre ellas,
de manera de constituir una máquina de todas las máquinas.
Ahora bien, de hecho, el automatismo es un grado bastante bajo de
perfección técnica. Para convenir a una máquina en automática, es pre-
ciso sacrificar muchas posibilidades de funcionamiento y muchos usos
posibles. El automatismo, y su utilización bajo la forma de organización
industrial denominada automation, posee una significación económica o
social, más que una significación técnica. El verdadero perfeccionamien-
to de las máquinas, aquel del cual se puede decir que eleva el grado de
tecnicidad, corresponde no a un acrecentamiento del automatismo, sino,
por el contrario, al hecho de que el funcionamiento de una máquina
preserve un cierto margen de indeterminación. Es este margen lo que
permite a la máquina ser sensible a una información exterior. A través de
esta sensibilidad de las máquinas a la información se puede consumar
un conjunto técnico, y no por un aumento del automatismo. Una má-
quina puramente automática, completamente cerrada sobre ella misma
en un funcionamiento predeterminado, solamente podría ofrecer resul-
tados sumarios. |La máquina que está dotada de una alta tecnicidad es
una máquina abierta, y el conjunto de máquinas abiertas supone al hom-
bre como organizador permanente, como intérprete viviente de máqui-
nas, unas en relación con otras. |Lej os de ser el vigilante de una tropa de
esclavos, el hombre es el organizador permanente de una sociedad de
objetos técnicos que tienen necesidad de él como los músicos tienen
necesidad del director de orquesta. El director de orquesta solamente
puede dirigir a los músicos por el hecho de que toca como ellos, tan
intensamente como todos ellos, el fragmento ejecutado; los modera o los
apura, pero se ve igual de moderado o apurado que ellos; de hecho, a
través de él, el grupo de músicos modera y apura a cada integrante, y el
34 GxtSERT SlMONGON

director es para cada uno de ellos la forma en movimiento y actual del


grupo mientras existe; es el intérprete mutuo de todos en relación con
todos. Del mismo modo, el hombre tiene como función ser el coordina-
dor e inventor permanente de las máquinas que están alrededor de él.
Está entre las máquinas que operan con él.
La presencia del hombre en las máquinas es una invención perpetua-
da. Lo que reside en las máquinas es la realidad humana, el gesto huma-
no fijado y cristalizado en estructuras que funcionan. Estas estructuras
tienen necesidad de ser sostenidas en el transcurso de su funcionamien-
to, y la mayor perfección coincide con la mayor apertura, con la mayor
libertad del funcionamiento. Las calculadoras modernas no son puros
autómatas; son seres técnicos que, por sobre sus automatismos de adi-
ción (o de decisión por funcionamiento de basculadores elementales),
poseen vastísimas posibilidades de conmutación de circuitos, que per-
miten codificar el funcionamiento de la máquina restringiendo su mar-
gen de indeterminación. Gracias a este margen primitivo de indetermi-
nación, la máquina misma puede extraer raíces cúbicas o traducir un
texto simple, compuesto de un pequeño número de palabras y de giros,
de una lengua a otra.
Todavía más, a través de este margen de indeterminación, y no por los
automatismos, las máquinas pueden ser agrupadas en conjuntos cohe-
rentes, intercambiar información unas con otras por medio de un coor-
dinador, que es el intérprete humano. Incluso cuando el intercambio de
información es directo entre dos máquinas (como entre un oscilador
piloto y otro oscilador sincronizados mediante impulsos), el hombre in-
terviene como ser que regula el margen de indeterminación a fin de que
se adapte al mejor intercambio posible de información.
Ahora bien, nos podemos preguntar qué hombre puede realizar en él
la toma de conciencia de la realidad técnica, e introducirla en la cultura.
Esta toma de conciencia puede difícilmente ser realizada por aquel que
está ligado a una máquina única por el trabajo y la fijeza de los gestos
cotidianos; la relación de uso no es favorable a la toma de conciencia,
porque su recomienzo habitual difumina en la estereotipia de los gestos
adaptados la conciencia de las estructuras y de los funcionamientos. El
hecho de gobernar una empresa utilizando máquinas, o la relación de
propiedad, tampoco es más útil que el trabajo para esta toma de concien-
cia: crea puntos de vista abstractos sobre la máquina, que se juzga a través
de su precio y los resultados de su funcionamiento más que por sí mis-
ma. El conocimiento científico, que ve en el objeto técnico la aplicación
práctica de una ley teórica, no está tampoco al nivel del dominio técnico.
El modo de existencia de los objetos técnicos 35

Esta toma de conciencia parecería más bien poder ser una tarea para el
ingeniero en organización, que sería como el sociólogo y el psicólogo de
las máquinas, porque vive en el medio de esa sociedad de seres técnicos
ele los que es la conciencia responsable e inventiva.
i Una verdadera toma de conciencia de las realidades técnicas apre-
hendidas en su significación corresponde a una pluralidad abierta de
(técnicas. Por otra parte, no puede ser de otra manera, porque un conjun-
to técnico incluso poco extendido comprende máquinas cuyos princi-
pios de funcionamiento dependen de dominios científicos muy diferen-
tes. La especialización denominada técnica corresponde con frecuencia a
preocupaciones exteriores a los objetos técnicos propiamente dichos (re-
laciones con el público, forma particular de comerció) y no a una especie
de esquema de funcionamiento comprendido en los objetos técnicos. La
especialización según las direcciones exteriores a las técnicas crea la es-
trechez de miras que el hombre cultivado reprocha a los técnicos porque
cree distinguirse de ellos: se trata de una estrechez de intenciones, de
fines, más que de una estrechez de información o de intuición acerca de
las técnicas. Son muy raras en nuestros días las máquinas que no son en
alguna medida mecánicas, térmicas y eléctricas a la vez.
s» Para volver a dar a la cultura el carácter verdaderamente general que
ha perdido, es preciso poder volver a introducir en ella la conciencia de
la naturaleza de las máquinas, de sus relaciones mutuas, y de sus relacio-
nes con el hombre, y de los valores implicados en estas relaciones. Esta
toma de conciencia precisa de la existencia, junto con el psicólogo y el
sociólogo, del teenólogo o mecanólogo. Lo que es más, los esquemas fun-
damentales de causalidad y de regulación que constituyen una axiomáti-
ca de la tecnología deben ser enseñados de manera universal, como son
enseñados los fundamentos de la cultura literaria. La iniciación a las
técnicas se debe situar en el mismo plano que la educación científica; es
tan desinteresada como la práctica de las artes, y domina tanto las aplica-
ciones prácticas como la física teórica; puede alcanzar el mismo grado de
abstracción y de simbolización. Un niño debería saber qué es una auto-
rregulación o una reacción positiva, al igual que conoce los teoremas
matemáticos.
Esta reforma de la cultura, que procede por ampliación y no por
destrucción, podría volver a dar a la cultura actual el verdadero poder
regulador que ha perdido. Base de significaciones, de medios de expre-
sión, de justificaciones y de formas, una cultura establece entre aquellos
que la poseen una comunicación- reguladora; al salir de la vida del gru-
po, anima los gestos de aquellos que aseguran las funciones de comando,
36 GILBERT SIMONDON

proveyéndoles las formas y los esquemas. Ahora bien, antes del gran de-
sarrollo de las técnicas, la cultura incorporaba a título de esquemas, sím-
bolos, cualidades, analogías, los principales tipos de técnicas, dando lu-
gar a una experiencia vivida. Por el contrario, la cultura actual es la
cultura antigua, que incorpora como esquemas dinámicos el estado de
las técnicas artesanales y agrícolas de los siglos pasados. Y estos esquemas
sirven de mediadores entre los grupos y sus jefes, imponiendo, a causa
de su inadecuación a las técnicas, una distorsión fundamental. El poder
se convierte en literatura, arte de opinión, alegato sobre verosímiles, retó-
rica. Las funciones directivas son falsas porque ya no existe entre la rea-
lidad gobernada y los seres que gobiernan un código adecuado de rela-
ciones; la realidad gobernada implica a hombres y máquinas; el código
reposa sólo sobre la experiencia del hombre trabajando con herramien-
tas, experiencia debilitada y lejana porque aquellos que emplean dicho
código no levantan, como Cincinato, las manos del arado.1 El símbolo se
debilita en simple giro del lenguaje, lo real está ausente. Una relación
reguladora de causalidad circular no se puede establecer entre el con-
junto de la realidad gobernada y la función de autoridad: la información
no llega a su término porque el código se ha convertido en inadecuado
para el tipo de información que debería transmitir. Una información que
expresara la existencia simultánea y correlativa de los hombres y las má-
quinas debe llevar consigo los esquemas de funcionamiento de las má-
quinas y los valores que éstos implican. Es preciso que la cultura se con-
vierta en general, ya que hoy se ha especializado y empobrecido. Esta
extensión de la cultura, al suprimir una de las principales fuentes de
alienación, al reestablecer la información reguladora, posee un valor po-
lítico y social: puede dar al hombre medios para pensar su existencia y su
situación en función de la realidad que lo rodea. Esta obra de amplia-
ción y de profundización de la cultura tiene que cumplir también un rol
específicamente filosófico, porque conduce a la crítica de un cierto nú-
mero de mitos y de estereotipos, como el del robot, o el de los autómatas
perfectos al servicio de una humanidad perezosa y colmada.

' Lucio Quincio Cincinato (519 aC-439 aC) fue cónsul y general de Roma. Se lo suele citar
como un ejemplo de integridad y honradez. Según la anécdota a la que se refiere el autor,
Cincinato ya se había retirado de la política cuando lo llamaron para que volviera a hacerse
cargo de la ciudad frente a la invasión de los aqueos, con el título de dictador. Cuando
llegaron hasta él, tenía las manos sobre el arado. Y una vez que consiguió la victoria,
rechazó el ofrecimiento del Senado para que continuara como dictador y volvió a su campo
a trabajar la tierra (N. de los T.).
El modo de existencia de los objetos técnicos 37

Para operar esta toma de conciencia es preciso buscar definir el objeto


tecnico en si mismo, a través del proceso de concretización y de sobrede-
terminación funcional que le da su consistencia al término de una evolu-
ción, probando que no podría ser considerado como un puro utensilio.
Las modalidades de esta génesis permiten apresar los tres niveles del
objeto técnico y su coordinación temporal no dialéctica: el elemento, el
individuo, el conjunto.
Al estar el objeto técnico ticlinido por su génesis, es posible estudiar
las relaciones entre él y las otras realidades, en particular el hombre en
estado adulto y el niño.
Finalmente, considerado como objeto de un juicio de valores, el ob-
jeto técnico puede suscitar actitudes muy diferentes según sea tomado en
el nivel del elemento, en el nivel del individuo o en el nivel del conjun-
to. En eLniveLdgl,demento, su perfeccionamiento no introduce ningún
trastocamiento que engendre angustia por estar eñ conflicto con los hábi-
tos adquiridos: es el climax del optimismo del siglo XVIII, que introdu-
cía la idea de un progreso continuo e indefinido, aportando una mejora
constante de la suerte del hombre. Por el contrario, el individuo técnico
se convierte durante un tiempo en el adversario del hombre, en su com-
petidor, porque el hombre centralizaba en él la individualidad técnica
en un tiempo en donde solamente existían las herramientas; la máquina
toma el lugar del hombre porque el hombre cumplía una función de
máquina, de portador de herramientas. A esta fase corresponde una no-
ción dramática y apasionada del progreso, que se convierte en violación
de la naturaleza, conquista del mundo, captura de energías. Esta volun-
tad de poder se expresa a través de la desmesura tecnicista y tecnocràtica
de la era de la termodinámica, que tiene un giro a la vez profético y
cataclísmico. Finalmente, en el nivel de los conjuntos técnicos del siglo
XX, el energetismo termodinàmico se ve reemplazado por la teoría de la
información, cuyo contenido normativo es eminentemente regulador y
estabilizador: el desarrollo de las técnicas aparece como una garantía de
estabilidad. La máquina, como elemento del conjunto técnico, se con-
vierte en aquello que aumenta la cantidad de información, lo que acre-
cienta la neguentropía2, que es lo que se opone a la degradación de la
energía: la máquina, obra de organización, de información es, como la

a En ia terminología cibernética, la neguentropía o entropía negativa designa la propiedad de


las máquinas procesadoras de información de detener la entropía, comprendida desde la
termodinámica clásica como la tendencia del universo hacia su equilibrio térmico final,
que coincide con la muerte de los seres vivos (N. de los T.).
38 GILBERT SIMONDON

vida y con la vida, lo que se opone al desorden, al nivelamiento de toda


cosa que tienda a privar al universo de poderes de cambio. La máquina es
aquello por medio de lo cual el hombre se opone a la muerte del univer-
so; hace más lenta, como la vida, la degradación de la energía, y se con-
vierte en estabilizadora clel mundo.
Esta modificación de la mirada filosófica sobre el objeto técnico anun-
cia la posibilidad de una introducción del ser técnico en la cultura: esta
integración, que no se pudo operar de manera definitiva ni en el nivel de
los elementos ni en el nivel de los individuos, se podrá operar, con más
chances de estabilidad, en el nivel de los conjuntos; la realidad técnica,
convertida en reguladora, se podrá integrar a la cultura, reguladora por
esencia. Esta integración sólo podía producirse por agregación del tiem-
po en el que la tecnicidad residía en los elementos, por fractura y revolu-
ción del tiempo en el que la tecnicidad residía en los, nuevos individuos
técnicos; hoy, la tecnicidad tiende a residir en los conjuntos; puede en-
tonces convertirse en un fundamento de la cultura, a la cual aportará un
poder de unidad y estabilidad, volviéndola adecuada a la realidad que
expresa y que regula.

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