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6 ENSENANOS A ORAR Vivir El Ano de La Oracion 6

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01._Apuntes 6_PP.

indd 4 25/04/2024 [Link]


DICASTERIO PARA LA EVANGELIZACIÓN

APUNTES SOBRE
LA ORACIÓN
6

La Iglesia en oración
POR

MONJES CARTUJOS

INTRODUCCIÓN DEL PAPA FRANCISCO

BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS


MADRID • 2024

01._Apuntes 6_PP.indd 5 25/04/2024 [Link]


Título original: Appunti sulla preghiera, vol. 6: La Chiesa in preghiera
Traducido del original italiano por Sol Corcuera Urandurraga

Textos bíblicos tomados de Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia


­Episcopal Española.

Damos las gracias a la Fundación Terzo Piastro por su contribución a la


publicación de los volúmenes.

© Dicasterio para la Evangelización - Sección para las cuestiones fundamentales


de la evangelización en el mundo - Libreria Editrice Vaticana, 2024
00120 Ciudad del Vaticano
© de esta edición: Biblioteca de Autores Cristianos, 2024
Manuel Uribe, 4. 28033 Madrid
[Link]

Depósito legal: M-10942-2024


ISBN: 978-84-220-2340-1

Preimpresión: M.ª Teresa Millán Fernández


Impresión: Anebri, S.A., Pinto (Madrid)

Impreso en España. Printed in Spain

Diseño de cubierta: BAC

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transforma-


ción de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, sal-
vo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos
­Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.
[Link])

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ÍNDICE GENERAL

Nota del editor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . IX


Introducción del Santo Padre. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . XI

LA IGLESIA EN ORACIÓN

Capítulo I. El misterio y el don de la oración. . . . 3


El misterio de la oración. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3
El don de la oración . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6

Capítulo II. Mi casa es casa de oración . . . . . . . . . 9


El templo cósmico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 10
Su casa somos nosotros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 12
«Adán, ¿Dónde estás?». . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Dejarse construir como «casa de Dios». . . . . . . . . 16

Capítulo III. Aprender a orar. . . . . . . . . . . . . . . . . . 19


«No sabemos pedir como conviene» . . . . . . . . . . . 19
«Señor, enséñanos a orar». . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
La cítara de la Cruz. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23
El Espíritu, Maestro de oración. «Orad movidos
por el Espíritu Santo». . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25

Capítulo IV. El canto de la esposa . . . . . . . . . . . . . . 33


La liturgia: Déjame escuchar tu voz, amiga mía,
mi esposa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33
La eucaristía, banquete de bodas del Cordero . . . . 36
El Oficio divino. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 38

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VIII Índice general

Capítulo V. La liturgia del corazón: la vida de ora-


ción. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
El deseo de Dios. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
La sed. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45
La sed de los pobres. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48
La espera. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49
El silencio de Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
La purificación de la esperanza. . . . . . . . . . . . . . . . 58

Capítulo VI. El desierto. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 63


«La Iglesia del desierto». . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 63

Capítulo VII. La vida resucitada. . . . . . . . . . . . . . . 69


«Yo soy para mi amado y mi amado es para mí». . 69
«Es fuerte el amor como la muerte» . . . . . . . . . . . 72

Capítulo VIII. La Madre de la oración. . . . . . . . . . . 75


«He entrado en mi jardín, hermana mía, esposa». . 75

Conclusión. La oración, experiencia de Dios. . . . . . . . 81


La oración para el monje cartujo . . . . . . . . . . . . . . 81

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NOTA DEL EDITOR

La Biblioteca de Autores Cristianos asume gustosa-


mente el encargo de la Conferencia Episcopal Española
de publicar los Apuntes sobre la oración preparados
por el Dicasterio para la Evangelización con motivo
del J­ ubileo 2025, tal como hizo el año anterior con los
­Cuadernos del Concilio.
Estos Apuntes se presentan en forma de pequeños li-
bros, un total de ocho, que irán apareciendo progresiva-
mente durante los primeros meses del año, desde enero a
mayo de 2024. La colección Popular de la BAC ya aco-
gió en diversas ocasiones los subsidios y materiales para
las grandes celebraciones de la Iglesia universal y una
vez más colabora en la preparación espiritual y pastoral
para este gozoso acontecimiento del Jubileo Ordinario
2025.
Como propone la oficina del Jubileo, «las diócesis
están invitadas a promover la centralidad de la oración
individual y comunitaria». También nosotros, deseamos
contribuir editorialmente a «poner en el centro la relación
profunda con el Señor, a través de las múltiples formas
de oración contempladas en la rica tradición católica».

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INTRODUCCIÓN DEL SANTO PADRE

La oración es el respiro de la fe, es su expresión más


profunda. Como un grito silencioso que sale del corazón
de quien cree y se confía a Dios. No es fácil encontrar
palabras para expresar este misterio. ¡Cuántas definicio-
nes de oración podemos recoger de los santos y de los
maestros de espiritualidad, así como de las reflexiones de
los teólogos! Sin embargo, ella se deja describir siempre
y sólo en la sencillez de quienes la viven. Por otro lado,
el Señor nos advirtió que cuando oremos no debemos
desperdiciar palabras, creyendo que seremos escuchados
por esto. Nos enseñó a preferir más bien el silencio y a
confiarnos al Padre, el cual sabe qué cosas necesitamos
aun antes de que se las pidamos (cf. Mt 6,7-8).
El Jubileo Ordinario del 2025 está ya a la puerta.
¿Cómo prepararse a este evento tan importante para la
vida de la Iglesia si no a través de la oración? El año 2023
estuvo destinado al redescubrimiento de las enseñanzas
conciliares, contenidas sobre todo en las cuatro constitu-
ciones del Vaticano II. Es un modo para mantener viva la
encomienda que los Padres reunidos en el Concilio han
querido poner en nuestras manos, para que, a través de su
puesta en práctica, la Iglesia pudiera rejuvenecer su pro-
pio rostro y anunciar con un lenguaje adecuado la belleza
de la fe a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Ahora es el momento de preparar el año 2024, que esta-
rá dedicado íntegramente a la oración. En efecto, en nues-
tro tiempo se revela cada vez con más f­ uerza la n­ ecesidad
de una verdadera espiritualidad, capaz de responder a las

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XII Apuntes sobre la oración

grandes interrogantes que cada día se presentan en nuestra


vida, provocadas también por un escenario mundial cier-
tamente no sereno. La crisis ecológica-económica-social
agravada por la reciente pandemia; las guerras, especial-
mente la de Ucrania, que siembran muerte, destrucción y
pobreza; la cultura de la indiferencia y del descarte, tiende
a sofocar las aspiraciones de paz y solidaridad y a margi-
nar a Dios de la vida personal y social… Estos fenómenos
contribuyen a generar un clima adverso, que impide a tan-
ta gente vivir con alegría y serenidad. Por eso, necesita-
mos que nuestra oración se eleve con mayor insistencia al
Padre, para que escuche la voz de cuantos se dirigen a Él
con la confianza de ser atendidos.
Este año dedicado a la oración de ninguna manera pre-
tende interferir con las iniciativas que cada Iglesia particular
considere proyectar para su cotidiana dedicación pastoral.
Al contrario, nos remite al fundamento sobre el cual deben
elaborarse y encontrar consistencia los distintos planes pas-
torales. Es un tiempo para poder reencontrar la alegría de
orar en su variedad de formas y expresiones, ya sea perso-
nalmente o en forma comunitaria. Un tiempo significativo
para incrementar la certeza de nuestra fe y la confianza en la
intercesión de la Virgen María y de los Santos. En definiti-
va, un año para hacer experiencia casi de una «escuela de la
oración», sin dar nada por obvio o por sentado, sobre todo
en relación a nuestro modo de orar, pero haciendo nuestras
cada día las palabras de los discípulos cuando le pidieron a
Jesús: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1).
En este año estamos invitados a hacernos más humil-
des y a dejar espacio a la oración que surja del Espíritu
Santo. Es Él quien sabe poner en nuestros corazones y en
nuestros labios las palabras justas para ser escuchados por
el Padre. La oración en el Espíritu Santo es aquella que

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Introducción del Santo Padre XIII

nos une a Jesús y nos permite adherirnos a la voluntad


del Padre. El Espíritu es el Maestro interior que indica
el camino a recorrer; gracias a Él, la oración aun de uno
solo, se puede convertir en oración de la Iglesia entera, y
viceversa. Nada como la oración según el Espíritu Santo
hace que los cristianos se sientan unidos como familia de
Dios, el cual sabe reconocer las exigencias de cada uno
para convertirlas en invocación e intercesión de todos.
Estoy seguro de que los obispos, sacerdotes, diáco-
nos y catequistas encontrarán en este año las modalida-
des más adecuadas para poner la oración en la base del
anuncio de esperanza que el Jubileo 2025 quiere hacer
resonar en este tiempo turbulento. Para esto, será muy
valiosa la contribución de las personas consagradas,
en especial de las comunidades de vida contemplativa.
Deseo que, en todos los Santuarios del mundo, lugares
privilegiados para la oración, se incrementen las iniciati-
vas para que cada peregrino pueda encontrar un oasis de
serenidad y regrese con el corazón lleno de consolación.
Que la oración personal y comunitaria sea incesante, sin
interrupción, según la voluntad del Señor Jesús (cf. Lc
18,1), para que el reino de Dios se extienda y el Evange-
lio llegue a cada persona que pide amor y perdón.
Para favorecer este Año de la Oración se han rea-
lizado algunos breves textos que, en la sencillez de su
lenguaje, ayudarán a entrar en las diversas dimensiones
de la oración. Agradezco a los Autores por su colabora-
ción y pongo con gusto en vuestras manos estos «Apun-
tes», para que cada uno pueda redescubrir la belleza de
confiarse al Señor con humildad y con alegría. Y no se
olviden de orar también por mí.

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La Iglesia en oración

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Capítulo I
EL MISTERIO Y EL DON DE LA ORACIÓN

El Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza,


Jesucristo, al asumir la naturaleza humana, introdujo en
este exilio terrestre el himno que se canta por todos los
siglos en las moradas celestiales. Él mismo une a sí toda
la comunidad humana y la asocia con Él, entonando este
divino canto de alabanza que la Iglesia ha continuado
fiel y constantemente.

Estas palabras del Concilio 1 fueron recogidas por san


Pablo VI en la promulgación de la Liturgia de las Horas
reformada y describen en una síntesis admirable el don
y el misterio de la oración de la Iglesia y de cada uno de
los fieles cristianos.

El misterio de la oración

Este texto del Concilio puede permitirnos entrever


que la oración es un misterio ya que tiene su origen y
sus raíces en el mismo Corazón de Dios, en el himno de
alabanza que es cantado eternamente en la sede de los
cielos, que resuena eternamente en el mismo Misterio de
Dios y que solo conoce Él, el Dios Trino. Por este moti-
vo, solo Él puede cantarlo y enseñárnoslo.
En la Pascua de Cristo, el Padre nos abrió «las puer-
tas de la eternidad» y nos reveló el misterio de su vida
­íntima, nos reveló cuál es ese «eterno canto de ala­banza».
1
Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 83 [en ade-
lante: SC].

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4 La Iglesia en oración

Hasta donde nuestra pobreza llega a comprender


lo que se nos ha sido revelado, allí, en el silencio de
los siglos eternos que envuelve el misterio de Dios (cf.
Rom 16,25) resuena una única Palabra: la que dice el
Padre a su Hijo: «Tú eres mi hijo» (Sal 2,7). Esta es la
única Palabra que el Padre dice eternamente y profe-
rir esta Palabra consume toda la actividad del Padre. El
Padre no hace otra cosa, solo decir su única Palabra, su
Verbo unigénito: Una palabra habló el Padre, que fue
su Hijo y esta habla siempre en eterno silencio, y en
silencio ha de ser oída del alma, como dice maravillo-
samente san Juan de la Cruz.
Y el Hijo le responde a su vez con una única palabra:
Abba-Padre.
El Espíritu es el Silencio que permite al Padre profe-
rir la Palabra «Tú eres mi hijo» 2 y al Hijo escucharla y
por tanto reconocerse como tal, es decir, como Hijo del
Padre y responder a su vez: Padre-Abba.
A su vez, el Hijo es el silencio en el que el Padre
puede «decirse totalmente» 3 y sin reservas. El Verbo,
la Palabra eterna, es el «Amén» (Ap 3, 14), el «Sí» per-
fecto (cf. 2 Cor 1,19), la acogida sin límites de la Pa-
labra del Padre: «Tú eres mi hijo». Si dijera palabras
suyas no podría acoger con plenitud la palabra del Pa-
dre, no podría ser la Palabra del Padre: «La palabra que
estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió»
(Jn 14,24).
El Verbo no tiene palabras suyas. Él es solamen-
te la Palabra del Padre porque solo puede decir lo que

2
Cf. San Ignacio de Antioquía, «Carta a los Magnesios», VIII,
2, en D. Ruiz Bueno (ed.), Padres apostólicos y apologistas griegos
(s. II) (BAC, Madrid 2009) 392.
3
San Cirilo de Alejandría, In Epistolam II ad Corinthios: PG
74, 923-924.

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I. El misterio y el don de la oración 5

ha oído: «Yo comunico al mundo lo que he aprendido


de él […]. No hago nada por mi cuenta, sino que ha-
blo como el Padre me ha enseñado […]. La palabra que
estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió»
(Jn 8,26-27; 14,24).
El Hijo, la Palabra proferida, posee por sí solo el
puro silencio, es puro silencio, porque está delante del
Padre como un eco silencioso que refleja de manera
perfectamente pura lo que el Padre le dice: «Tú eres
mi hijo». Está delante del Padre como un espejo purí-
simo silencioso y apacible (Sab 7,26), que refleja per-
fectamente lo que es el Padre, lo que hace el Padre.
«En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer
nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre.
Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo»
(Jn 5,19).
Este diálogo entre el Padre y el Hijo en el Espíritu,
este eterno «hablarse», constituye toda la vida de Dios,
todo lo que existe in principio.
Abba-Padre es por tanto «el cántico de alabanza que
se canta por todos los siglos en las moradas celestiales».
Es «el himno de acción de gracias que eleva al Padre
Jesucristo, que vive eternamente» (Liturgia.).
Por este motivo, «¡Abba, Padre!» es la única y ver-
dadera oración que glorifica perfectamente al Padre. Y el
don que ha hecho Cristo a su Iglesia es la posibilidad de
poder cantarla con Él, por medio de Él y en Él.
A partir de estas sucintas reflexiones, podemos entre-
ver que la oración que Cristo dejó en herencia a su Igle-
sia y que ella custodia incesantemente, es su Misterio de
Hijo, es Él mismo… Dándonos a su Hijo, el Padre nos
dio el misterio mismo de la oración, de la posibilidad
de orar, es decir, de entrar en comunión real con Él, con
el Dios que nunca nadie ha visto ni puede ver, pero que

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6 La Iglesia en oración

ahora en Cristo, movidos por el Espíritu Santo, podemos


llamar con toda verdad: ¡Abba!.
Nuestra oración y la de la Iglesia es por tanto «unión
con la oración de Cristo en la medida en que ella nos
hace participar en su misterio» 4.
Pero cuando meditamos y hablamos de la oración
de la Iglesia, estamos hablando de nuestra propia ora-
ción porque la frontera entre la Iglesia y cada cristiano
es permeable y transparente. Hablar del misterio de la
Iglesia equivale a hablar del misterio de cada alma cris-
tiana.
En efecto, «cada alma, por el misterio del vínculo
sacramental, lleva plenamente en sí misma a toda la Igle-
sia, que es única en todos y toda en cada uno» 5.

El don de la oración

La oración es un don porque, con su encarnación,


Cristo entregó a su Iglesia y, por medio de la Iglesia, a
cada hombre, este «cántico de alabanza», «Abba-Padre»,
que Él canta a su Padre en las moradas celestiales.
Cristo lo «introdujo en este exilio terrestre» por-
que sus «delicias están con los hijos de los hombres»
(Prov 8,31). Por tanto, nuestra oración nace ante todo de
la nostalgia que siente Dios por el hombre, del deseo que
tiene Cristo de estar con nosotros.
No es el deseo de ser adorado, alabado y servido,
sino simplemente el deseo de «estar con nosotros», de
poder cantar con nosotros, como si casi tuviera «necesi-
dad» de nosotros, de nuestra voz, para que su cántico al
Padre sea completo y perfecto.
4
Catecismo de la Iglesia Católica = Catechismus Catholicae
Ecclesiae, 2718 [en adelante: CCE].
5
San Pedro Damiano, Dominus vobiscum: PL 145, 235.

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I. El misterio y el don de la oración 7

Cristo introdujo en este exilio terrestre el himno que


se canta por todos los siglos en las moradas celestiales
para ofrecernos la posibilidad de reanudar el diálogo con
el verdadero Padre, con el Padre que solo conoce Él, Je-
sús (cf. Mt 11,27).
Lo conoce y sabe que «delicias están con los hijos de
los hombres» (Prov 8,31).
Esta afirmación de la sabiduría increada encierra por
tanto el corazón del misterio de la oración. La oración,
en su núcleo más profundo, no es otra cosa que la aco-
gida por nuestra parte de ese deseo de Dios de estar con
nosotros, de estar con cada uno de nosotros personal-
mente, para darse a sí mismo, para hacernos partícipes
de su vida, de su realidad, de su «naturaleza», como dice
san Pedro (2 Pe 1,4). Su alegría es poder compartir su
vida con nosotros, vivir nuestra vida para podernos dar a
cambio la suya, para «beber nuestra amargura y darnos
la dulzura de su gracia», como decía san Am­brosio 6.
Este deseo de Dios de vivir con nosotros es la fuente
y el origen de la oración.

6
Cf. Expositio in psalmum 118: PL 15, 1463.

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Capítulo II
MI CASA ES CASA DE ORACIÓN (Is 56,7)

¿Es posible que Dios habite con los hombres en la


tierra? (2 Cron 6,18).
¿Qué casa me vais a construir —dice el Señor—, o qué
lugar para que descanse? (Hch 7,49; Is 66,1).

Sí, es realmente verdad que Dios quiere habitar con


los hombres en la tierra, pero solo Él puede construir la
Casa en la que quiere habitar con nosotros. En realidad,
«si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los
albañiles» (Sal 127,1).
La casa de Dios es la Iglesia del Dios vivo, dice san
Pablo (cf. 1 Tim 3,15). Y Dios mismo ha querido que su
Casa fuera una casa de oración (Is 56,7, Mc 11,15; Lc
19,45; Mt 21,12). Por lo tanto, la oración, el diálogo en-
tre Dios y el hombre, la unión entre Dios y el hombre, es
la esencia de la Iglesia, su razón de ser, fuera de la cual
no tendría sentido que existiera.
Hablar de la oración de la Iglesia es por tanto aso-
marse a su propio misterio, «es para nosotros como el lu-
gar de todos los misterios» 1. La Iglesia es el lugar en el
cual se encuentran todos los misterios, donde se unen y
se iluminan recíprocamente los misterios de la Trinidad,
la encarnación, la redención, la gracia y las realidades
últimas.

1
H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia (Encuentro, Madrid
2008) 41; cit. también en ibid., 11, nota 7.

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10 La Iglesia en oración

El templo cósmico

Dios comienza a construir esta casa cuando, en un


acto absolutamente libre de su Voluntad, quiso extender
y compartir con los demás seres el diálogo de amor que
se intercambian eternamente las tres Personas divinas en
el «silencio de los siglos eternos» que los envuelve (cf.
Rom 16, 25).
«Si el Padre celestial cesara de pronunciar su Ver-
bo, el efecto del Verbo, es decir el universo creado, no
subsistiría. En efecto, lo que da y conserva al ser en el
universo creado es la Palabra (locutio) de Dios Padre, es
decir, la Generación eterna e inmutable de su Verbo» 2.
Al haber sido creada a imagen del Hijo con un acto
de amor del Padre, cada criatura recibe según sus po-
sibilidades el don de alabar a Dios y, por eso mismo,
todo el cosmos se convierte en un primer esbozo de la
Iglesia.
Así, con la Creación del cosmos, Dios ha puesto los
fundamentos de la Iglesia, de la Casa donde vivir su his-
toria de amor con nosotros.
«No creáis que hablo de Esposa y de Iglesia solo a
partir de la venida del Salvador en la carne, sino que
hablo desde el inicio del género humano y de la propia
creación del mundo, es más, para ir más arriba en el ori-
gen de este misterio bajo la guía de Pablo, incluso antes
de la creación del mundo» 3.
La creación natural, todo el universo, esta Igle-
sia «cósmica», por llamarla de algún modo, celebra ya
­desde el primer instante de su existencia una verdadera
liturgia, ora porque el cosmos, creado a imagen del Hijo,
reverbera en su lenguaje silencioso el himno de acción
2
Juan Escoto Eriugena, Homélie sur le Prologue de Jean,
XVIII (Sources chrétiennes 151; Cerf, París 1969) 288.
3
Orígenes, In Canticum canticorum, II, 11: PG 13, 134.

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II. Mi casa es de oración 11

de gracias que el Hijo hace elevar eternamente al Padre


en el silencio del Espíritu.
Con esta «música silenciosa» 4 la creación canta «sin
que hablen, sin que pronuncien» (Sal 19,4), una oración
dirigida al Padre que reconoce en esta alabanza silencio-
sa un eco del silencio con el que el Hijo acoge la palabra
eterna que lo genera. Como canta san Gregorio Nacian-
ceno:
Todos los seres te celebran,
los que te hablan y los que callan [...].
El deseo universal,
el gemido de todos anhela hacia ti.
Todo lo que existe te reza.
Y hacia ti todo ser que sabe leer tu universo
eleva un himno de silencio 5.

Este himno de silencio de lo creado fue confiado a


Adán por Dios para que lo descifrase, le diera voz y lo
cantara dándole su verdadero nombre. Mientras las cria-
turas, «lo bendicen y le dan gloria por su simple existen-
cia» (CCE 2416), el hombre, creado de manera especial
a imagen del Hijo, aquel que tenía que venir, Cristo (cf.
Rom 5,14), podía y debía cantar este himno como acto
de amor, un acto de agradecimiento, de «eucaristía»,
«descifrando» en todas las criaturas la imagen de Cristo,
que es la verdad de lo creado.
«Con los sentidos del cuerpo admira la belleza de las
realidades sensibles y con el intelecto descubre en ellas
la imagen del Verbo de Dios» 6.

San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 15, en Íd., Obras


4

completas (BAC, Madrid r2023).


5
Hymnus ad Deum: PG 37, 507-508.
6
Juan Escoto Eriugena, Homélie sur le Prologue de Jean, XI,
en ibid., 254.

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12 La Iglesia en oración

Todo el universo es realmente la sombra del cuerpo


del Hijo (cf. Col 2,17), de aquel que, como dice san Pa-
blo, «plenitud del que llena todo en todos» (Ef 1,23).
Será en la liturgia donde la creación reencontrará su
sentido original de ser «cuerpo» de Cristo. Es en la li-
turgia donde las criaturas materiales, el pan, el agua, el
vino, el aceite, la luz, recuperan su transparencia original
y se convierten verdaderamente en «epifanía» de Cristo
y su gemido (Rom 8,22) se transforma al fin en un cán-
tico de alabanza al Creador unido al cántico eucarístico
de Cristo, en el cual habita «en él habita la plenitud de la
divinidad» (Col 2,9).

Su casa somos nosotros (Heb 3,6)

Iniciada con la creación, la construcción de esta Casa


de oración, alcanzará la etapa final cuando el Padre,
con la encarnación de su Hijo, pondrá «en Sion como
fundamento una piedra, una piedra probada, una piedra
angular preciosa, un fundamento sólido» (Is 28,16). La
«piedra angular» (Ef 2,20) que une inseparablemente las
dos paredes del templo: Dios y el hombre.
Y entonces, como escribe san Pedro: «Acercándoos
a él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida
y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras
vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual
para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios es-
pirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo»
(1 Pe 2,4-5).
Por tanto, será con la encarnación del Hijo, eterno
Cantante del Padre, que será finalmente cantado de ma-
nera perfecta también en nuestro mundo el mundo que
«se canta por todos los siglos en las moradas ­celestiales».
Entonces se cumplirá por fin el deseo de Dios de «vivir

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II. Mi casa es de oración 13

con los hijos de los hombres» (Prov 8,31) porque «me-


diante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cier-
to modo a todo hombre» 7, sin excepción, aunque este
no sea consciente de ello 8. En cada hombre, sin ninguna
excepción, más allá de sus «méritos» y de su conciencia,
el Padre hizo el don de unirse a Cristo, piedra viva, para
entrar así en la construcción del templo verdadero. De
este modo, con Cristo, por Cristo y en Cristo, cada hom-
bre podrá ahora decirle: «Abba-Padre» y participar de
ese modo en el eterno cántico de alabanza «que se canta
en las moradas celestiales».
Por esta unión estrechísima que Cristo establece
con cada hombre hasta el punto de ser: «cada uno es un
miembro» (1 Cor 12,27), cada hombre, cada uno de no-
sotros no solo está destinado a ser un «hombre de ora-
ción», sino a «ser oración», como se dijo de san Fran-
cisco: «Hecho todo él no ya solo orante, sino oración» 9.
Estamos destinados a compartir plenamente el Miste-
rio mismo del Hijo que, en su propia Persona es oración,
alabanza de la gloria del Padre: «En Cristo hemos hereda-
do también los que ya estábamos destinados por decisión
[…] para que seamos alabanza de la gloria del Padre»
(Ef 1,11-12). Ser «alabanza de la gloria del Padre» es el
único y último destino del cristiano y de toda la Iglesia.

«Adán, ¿Dónde estás?» (Gen 3,9)

El Padre está siempre velando por construir su Casa.


Incluso cuando nosotros no lo conocemos no pensamos

7
San Juan Pablo II, Redemptor hominis, 14.
8
Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22.
9
Tomás de Celano, Vida segunda, LXI, 95, en San Francisco
de Asís, Escritos. Biografías. Documentos de la época (BAC, Ma-
drid r2023) 304.

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14 La Iglesia en oración

en Él, no por ello Él deja de trabajar siempre por «pu-


lir a golpes de cincel las piedras adaptadas al lugar que
les corresponden por el cuidado de una mano experta; y
que quedarán colocadas para siempre dentro del templo
sagrado» 10. Él está presente en cada experiencia de nues-
tra vida para hacer de nosotros las piedras vivas para su
verdadero templo: el Cuerpo de Cristo (cf. Jn 2,21). A
través de los pequeños y grandes acontecimientos que te-
jen nuestra jornada y toda nuestra vida. Está haciendo de
nosotros miembros del Cuerpo de Cristo, está engendran-
do al Hijo en el mundo. Las experiencias de nuestra exis-
tencia cotidiana son «los talentos» que Él nos confía para
que los podamos hacer fructificar, dejándonos modelar
cada vez más por su Espíritu a imagen del Hijo único.
Como ya sabemos, con demasiada frecuencia nos re-
sistimos por desgracia a esta incesante y silenciosa obra
de Dios.
¿Cómo descubrir en nuestra vida cotidiana, tan a me-
nudo opaca, esta constante acción de Dios que quiere re-
galarnos la oración, que quiere transformarnos en piedras
vivas de su Casa de oración? Dios nos busca personal-
mente a cada uno de nosotros: «¿Dónde estás» (Gen 3,9)
porque «llamando a Adán, Dios te está llamando a ti» 11.
Pero demasiado a menudo nuestra respuesta es la misma
de Adán: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, y me
escondí» (Gen 3,10).
Sin embargo, Dios no se resigna a perder el amor del
hombre. Lo busca continuamente. Del mismo modo que
el pastor busca a la oveja que se ha perdido por barran-
cos y acantilados, así hace Dios: «Fue tras el hombre que
había huido lejos de Él. Y, después de haber ido tras él,
lo alcanzó y se lo llevó. Y lo hizo movido únicamente

10
Dedicación de una Iglesia. Himno de Vísperas.
11
Expositio in psalmum 118, I, 15: PL 15, 1206.

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II. Mi casa es de oración 15

por su bondad, su caridad y la preocupación que tiene


por nosotros» 12.
Pero con mucha frecuencia, nuestro miedo al Miste-
rio nos paraliza y nos hace renuentes ante la invitación
de Dios:
Querrías llevarme más allá, cada vez más allá, cada
vez más al centro, hasta las fronteras de tu reino des-
conocido. Lo comprendo y también sería hermoso.
Eres paciente, me esperas en las encrucijadas solita-
rias para enseñarme el camino, eres realmente discre-
to, das incluso muestras de huir de mí y no te atreves
ni siquiera a revelar tu rostro. Sería hermoso, lo sé,
incluso lo querría. Pero lamentablemente, mi alma
es tímida, la sermoneo en vano, sus alas tiemblan
en cuanto se le lleva hacia el umbral de las grandes
aventuras […] 13.
Pero he aquí que tú, pisando los talones a estos dos
fugitivos tuyos, Dios de las venganzas y fuente de las
misericordias, haces que volvamos a ti y te sirves de
medios sorprendentes 14.
En efecto, «nosotros buscamos a Dios cuando somos
nosotros los que somos buscados. Nuestra búsqueda
es el fruto de un malestar que deposita en nosotros la
persecución secreta e inagotable, gratuita y tenaz, de
una misericordia cuyo rostro ignoramos. Vivir de esta
certeza es haber cruzado el umbral del Evangelio, es
haber aceptado una vida teologal» 15.

12
San Juan Crisóstomo, In Epistolam ad Hebreos, V, 1: PG
63,46.
D. Buzzati, «Ombra del sud», en I sette messaggeri (Monda-
13

dori, Milán 1942) 74.


14
San Agustín, Confesiones, IV, 4, 7 (BAC, Madrid 22023) 83.
15
«Nous cherchons celui qui nous cherche»: La Vie Spirituelle
CVII (1962) 229-242, aquí 229.

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16 La Iglesia en oración

Dejarse construir como «casa de Dios»

Por este motivo, la síntesis de todo el camino espiritual


de cada hombre, el corazón del camino de cada oración es
dejarse alcanzar por Quien nos busca, dejarse tocar por la
mano del Padre que plasma en nosotros a su Hijo único.
Pero por nuestra falta de sensibilidad espiritual, a me-
nudo es difícil dejarse sorprender por este Dios que nos
busca constantemente y se acerca a nosotros de manera
inesperada y sorprendente. Nuestro Dios es el «Dios al
acecho» 16 que nos espera donde menos lo esperamos.
Así fue para Mateo, llamado mientras estaba sentado al
mostrador de impuestos ejerciendo una profesión infame
(Mt 9,9). O como fue para Pablo, cegado por el Resuci-
tado en la ruta hacia Damasco mientras estaba yendo a
perseguir a la Iglesia (Hch 9,3ss).
El único modo de descubrir esta acción transforma-
dora del Padre que nos busca continuamente es nutrir
nuestro deseo de Él. Jesús llora a menudo por nosotros
como lloró por Jerusalén: «¡Si reconocieras tú también
en este día lo que conduce a la paz!» (Lc 19,42). Y en
una frase transmitida por los papiros, expresa su lamento
por nuestra falta de sensibilidad: «Dijo Jesús: “Yo estuve
en medio del mundo y me manifesté a ellos en carne.
Los hallé a todos ebrios (y) no encontré entre ellos uno
siquiera con sed. Y mi alma sintió dolor por los hijos de
los hombres, porque son ciegos en su corazón y no se
percatan de que han venido vacíos al mundo […]”» 17.
«No encontré entre ellos uno siquiera con sed […]
son ciegos [y no pueden ver] […] si no tenemos sed de
Dios, no podremos verlo ni descubrir el don que quiere
ofrecernos».
F. Mauriac, Vie de Jésus (Flammarion, París 1944).
16

Evangelio de Tomás, n. 28, en A. de Santos Otero (ed.), Los


17

evangelios apócrifos (BAC, Madrid r2023) 376.

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II. Mi casa es de oración 17

Tener sed de Dios, tener sed de encontrarlo… Solo


este ardiente deseo de Él, de su cercanía, deseo que de-
bemos pedir como pobres mendigos a su Espíritu, solo
esto puede abrirnos los ojos, purificar nuestra mirada y
permitirnos así verlo, «acercarnos a Él» en el único lugar
donde podemos encontrarlo: en su casa de oración, en el
misterio de su cuerpo, en su Iglesia.
Es en el Cantar, en ese buscarse, esconderse y encon-
trarse del Esposo y la Esposa donde encontramos descri-
to todo el itinerario de la oración de la Iglesia. La oración
es el «lugar» donde el Esposo y la Esposa se unen, donde
ambos son «una sola cosa». La oración es el «banquete»
(Cant 2,4) donde el Esposo introduce a la Esposa para
darse a ella, donde la Iglesia puede decir con plena ver-
dad: «Yo soy para mi amado y mi amado es para mí»
(Cant 6,3; 2,16).
Solo con un gran pudor espiritual podemos contem-
plar e intentar hablar de lo que sucede en lo secreto de la
intimidad del Esposo y de la Esposa.

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Capítulo III
APRENDER A ORAR

«No sabemos pedir como conviene»


(cf. Rom 8,26)

Toda la creación estaba por tanto orientada a ser


«casa de Dios y casa de oración» y el sacerdote de esta
Iglesia era «Adán, hijo de Dios» (Lc 3,38), creado a ima-
gen y semejanza del Hijo para que pudiera ser como el
Hijo un cántico de alabanza y acción de gracias al Padre.
La respuesta de nuestros primeros padres que no qui-
sieron recibir el don de la vida divina, como la recibe el
Hijo, sino que quisieron obtenerlo de forma autónoma,
empañó terriblemente en ellos y en nosotros la luz que
les permitía ver y alabar a Dios en ellos mismos y en la
creación que les rodeaba. Perdieron casi completamen-
te la capacidad de dar voz al himno de alabanza de la
creación. Y este canto del universo que «proclamaba la
gloria de Dios» (Sal 19,2) se convirtió en una voz tenue,
imperceptible a los oídos del hombre que había preferido
escuchar otra voz, la del Adversario.
Y desde entonces, el cántico de la creación se trans-
formó en gemido (cf Rom 8,22).
Pero la peor consecuencia del primer pecado fue
la deformación de la imagen de Dios en los primeros
padres, deformación que creó un obstáculo casi infran-
queable para la oración. La intimidad con Dios, que
antes del ­pecado era la alegría del hombre, ahora se ha
transformado en miedo. Al acercarse Dios, Adán se es-
condió: «Me dio miedo y me escondí» (Gen 3,10) y no-
sotros con él.

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20 La Iglesia en oración

También ahora seguimos escondiéndonos, sin res-


ponder al deseo de Dios que estar con nosotros. Tene-
mos miedo a la intimidad con Él, porque es en la ora-
ción donde se nos revela a nosotros mismos la imagen
de Dios que tenemos en el corazón. Y esta imagen es
una caricatura esculpida en nosotros por la voz menti-
rosa del Adversario que insinuaba: «Dios no quiere que
seáis dioses, Dios no quiere que seáis como Él» (cf.
Gen 3,5). En el fondo, estaba dando a entender: «Dios
no es bueno como parece, Dios no es el que se os ha
mostrado. Tiene otro rostro. Su verdadero rostro es el
de un dueño». Y esta mentira se ha imprimido tan pro-
fundamente en nuestra mente y en nuestro espíritu que
ni siquiera nos damos cuenta de ella. Esta caricatura de
Dios es el ídolo al cual servimos a menudo con nuestra
oración.
Muchas veces, demasiadas, hemos pensado que la
oración es nuestro «deber», un deber de la criatura, del
hombre que ha de rendir culto a Dios, al Soberano de
todas las cosas, al Dueño de nuestras vidas, a un Dios
inaccesible, a un Dios sordo a nuestros sufrimientos y a
nuestros deseos, que manipula nuestras vidas a su gusto,
según su inescrutable designio.
Hemos de reconocer con dolorosa sinceridad que
esta es la imagen de Dios que acompaña desde siempre
nuestra oración y hace que sea tan costosa y «ajena» a
nuestro corazón. Por eso tiene razón san Pablo al afirmar
que «No sabemos pedir como conviene» (Rom 8,26). En
efecto, a menudo —incluso con demasiada frecuencia—
estamos orando a un ídolo que nos quiere esclavos.
Pero Dios no se dejó «desanimar» por todo esto…
y siguió buscando a Adán: «Adán, ¿dónde estás?»
(Gen 3,9). No quiso renunciar a su sueño de poder vi-
vir con él. Y siguió construyendo su casa donde poder
estar con él. Siguió construyendo su Iglesia:

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III. Aprender a orar 21

La santa Iglesia, que fue prometida como esposa


en el paraíso, al principio del mundo, fue prefigura-
da en el diluvio, fue anunciada por medio de la Ley,
fue llamada por medio de los profetas, esperó durante
mucho tiempo el esplendor del Evangelio, la reden-
ción de los hombres, la venida de su Amado 1.

«Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1)

Pero con la encarnación del Verbo, vino el Amado,


el Esposo descendió a su jardín (cf. Cant 5,1) y con Él
«Mira, el invierno ya ha pasado, las lluvias cesaron, se
han ido» (Cant 2,11-12). Ahora el Hijo «introdujo en
este exilio terrestre el himno que se canta por todos los
siglos en las moradas celestiales».
En nuestro universo y en el corazón del hombre que,
enmudecido por el pecado e incapaz de alabar al Padre
como conviene, Cristo introduce con toda su vida huma-
na el cántico eterno que Él, movido por el Espíritu, canta
«en las moradas celestiales»: «Abba-Padre».
Un cántico que solo Él puede cantar de verdad y que
solo los pequeños de la tierra pueden aprender: «Jesús
se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te doy
gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has
revelado a los pequeños”» (Lc 10,21).
Este cántico, Abba, era la nostalgia de Dios mismo:
«Quisiera contarte entre mis hijos […]. Pero lo mismo
que engaña una mujer a su marido, así me engañó Is-
rael». (Jer 3,19-20). «¿Por qué, cuando yo vine, no había
nadie, y nadie respondió cuando llamé? […] ¡Que haga
la paz conmigo! ¡Que conmigo haga la paz!» (Is 50,2;
27,5).
1
San Ambrosio, Expositio in Psalmum 118, 1: PL 15, 1201.

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22 La Iglesia en oración

Este cántico era la nostalgia de Adán, era el cántico


que, exiliado del paraíso, ya no podía cantar más.
Este cántico era el deseo de los profetas y del sal-
mista que podían escucharlo solo «de lejos», en la fe. En
efecto, «con fe murieron todos estos, sin haber recibi-
do las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos,
confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra»
(Heb 11,13).
Estos lo entrevieron porque, después del pecado de
Adán, este cántico del Hijo fue confiado por el Padre a
«su hijo» (Os 11,1; 2,1; Dt 14,1; Sal 82,6), al pueblo de
Israel. E Israel lo cantó y lo hizo resonar en los salmos, en
la Ley y en los profetas. Y la belleza de las palabras de la
Ley, de los profetas y los salmos les llegan por el hecho
de ser un eco de este cántico.
Pero era un cántico que se expresaba «como en un
espejo, confusamente» (1 Cor 13,12). Israel podía con-
templar a Dios en las palabras de este canto, «veía la
Palabra» (Ex 20,18) pero como «detrás de un velo» que
solo «se elimina en Cristo» (2 Cor 3,14).
Por eso, cuando le dijo uno de sus discípulos: «Se-
ñor, enséñanos a orar» (Lc 11,1), Jesús, dirigiéndose en
un aparte a sus discípulos, dijo: «¡Bienaventurados los
ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que
muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros
veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo
oyeron» (Lc 10,21-24).
En una página extraordinaria, Clemente de Alejan-
dría explica en qué consistía este cántico nuevo y quién
lo cantaba:
El Verbo de Dios que descendía de David, pero que
existía antes de David despreciando la lira y la cítara,
instrumentos sin alma, y por medio del Espíritu San-
to, ha llenado de armonía este universo y el pequeño

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III. Aprender a orar 23

universo que es el hombre, su alma y su cuerpo, y


sirviéndose de este instrumento de las mil voces, can-
ta a Dios Padre.
¿Qué quiere el instrumento, el Verbo de Dios, el
Señor, y su nuevo cántico?
Quiere abrir los ojos de los ciegos, los oídos de
los sordos, llevar de la mano a quienes son cojos y se
alejan de la justicia, mostrar a Dios a los insensatos,
poner fin a la corrupción, vencer a la muerte y recon-
ciliar a los hijos desobedientes con el Padre.
Él es el instrumento de Dios que ama a los hom-
bres.
Como dijo el apóstol divino del Señor: ahora «se
ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salva-
ción para todos los hombres (Tit 2,11).
Este es el cántico nuevo, la aparición que ahora
resplandece en medio de nosotros, la del Verbo que
existía entre nosotros, que existía en el principio y
desde antes. No es la primera vez que tuvo piedad
de nuestra errancia; ya lo hizo en el pasado, en el
inicio. Pero ahora, cuando ya estábamos perdidos,
apareciendo nos ha salvado 2.

La cítara de la cruz

Jesús cantó este «cántico nuevo» durante toda su


vida, pero de modo pleno y perfecto cuando, acompa-
ñándose con la cítara de la cruz dijo: «Padre, en tus ma-
nos encomiendo mi espíritu» 3.
«Cuando llega la hora de pasar de este mundo al Padre
(Jn 13,1), Jesús se eleva con todo su ser hacia Dios, se
convierte Él mismo en oración, Él, el Hijo que está total-

Clemente de Alejandría, Cohortatio ad gentes: PG 8, 55-62.


2

San Buenaventura, La vid mística, XIII, en Íd., Obras com-


3

pletas, II (BAC, Madrid 31967) 487.

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24 La Iglesia en oración

mente dirigido a Dios. La Pascua de la muerte y la resu-


rrección es el misterio de Jesús convertido en oración» 4.
Ahí, en ese acto de entrega sin reservas hasta la
muerte, el Hijo «dice» perfectamente, con categorías
humanas, con actos y palabras realmente humanos, lo
que dice inefablemente en el seno de la Trinidad eterna:
«Abba, Padre, me entrego a ti sin reservas, en tus manos
encomiendo mi Espíritu».
Es «en la cruz donde orar y entregarse son una sola
cosa» (CCE 2605). Por este motivo: «El misterio de la
cruz gloriosa es el misterio trinitario hecho interior en
el mundo. Solo en la muerte gloriosa de Jesús, y en nin-
gún otro lugar, donde está más presente el Espíritu en
el mundo; nunca antes fue dado el Espíritu del modo en
el que se derrama en la muerte gloriosa: “Todavía no se
había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glori-
ficado” (Jn 7,39)» 5.
Ahora que es «glorificado» Jesús (cf. Jn 12,23, por
ejemplo), es decir, con la entrega extrema de sí mismo
«hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8), ha mos-
trado quién es Él en realidad. Ha revelado plenamente el
misterio de su Persona, su ser Hijo que, «en virtud del Es-
píritu eterno, se ha ofrecido como sacrificio sin mancha»
(Heb 9,14), al Padre. Solo ahora, el Espíritu en el cual
Jesús dice eternamente Abba puede esparcirse en nuestro
mundo y enseñarnos la verdadera oración de Abba.
Este es el misterio que Juan contempló in symbolo
en el Calvario y que lo «conmocionó» tanto que le hizo
­afirmar solemnemente, casi con un juramento, que «el
que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdade-
ro, y él sabe que dice verdad, para que también voso-

F. X. Durrwell, Lo Spirito Santo alla luce del mistero pa-


4

squale (San Paolo, Roma 1985) 73.


5
Íd., El Espíritu Santo en la Iglesia (Sígueme, Salamanca
1990) 55-65.

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III. Aprender a orar 25

tros creáis» (Jn 19,35). Y este mismo misterio se le fue


mostrado luego en el Apocalipsis, donde vio «sin velo»
la realidad de todo lo que sucedió en el Gólgota: «Y vi la
ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cie-
lo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se
ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el
trono que decía: “He aquí la morada de Dios entre los
hombres. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del
agua de la vida gratuitamente. Yo seré Dios para él, y él
será para mí hijo”» (Ap 21,1-3.6-7).

El Espíritu, Maestro de oración. «Orad


movidos por el Espíritu Santo» (Jds 1,20)

El costado traspasado del cuerpo pascual de Jesús,


de su cuerpo crucificado y resucitado, del cual brotan
«inmediatamente» «agua y sangre» es la única fuente del
Espíritu. Y el Espíritu es Quien nos enseña a orar porque
«Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo,
que clama: “¡Abba, Padre!”» (Gal 4,6). Él, «intercede
por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26), suple
nuestra incapacidad de orar como conviene (ibíd).
El Espíritu, «flotando» (Gen 1,1) en el agua y la
sangre que han salido del lado derecho del verdadero
templo (cf. Ez 47,1; Jn 2,21;19,34), da inicio a la nueva
creación, a la Iglesia, la nueva Jerusalén, nacida del agua
del bautismo y de la sangre de la eucaristía.
«En el mismo momento en que un soldado abrió el
costado de Cristo salió sangre y agua que se esparció
para dar vida al mundo. El costado de Cristo es la vida
del mundo, el costado del segundo Adán (1 Cor 15,45).
El costado de Cristo es la vida de la Iglesia. […] He aquí
Eva, la madre de todos los seres vivos. La madre de los
seres vivos es la Iglesia que ha construido Dios ponien-

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26 La Iglesia en oración

do a Cristo como piedra angular (cf. Ef 2,20). Ahora la


mujer es creada, es formada, es edificada y toma forma.
Ahora la casa espiritual se eleva para un sacerdocio san-
to (1 Pe 2,5). Ven Señor, forma a esta mujer, construye
la ciudad. He aquí a la Mujer, madre de todos, he aquí la
casa espiritual, he aquí la Ciudad que vive eternamente
porque no conoce la muerte» 6.
De la cruz brota ahora el agua viva y: «El que tenga
sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37). «Oíd, sedien-
tos todos, acudid por agua; venid, también los que no
tenéis dinero» (Is 55,1) porque «Al que tenga sed yo
le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente»
(Ap 21,6). «Y todos hemos bebido de un solo Espíritu»
(1 Cor 12,13), porque la Fuente «tiene sed de nuestra
sed» 7, tiene sed de ser bebida.
Por tanto, el Espíritu, al hidratar a los creyentes,
uniéndolos a la oblación de Jesús en la cruz, hace de
ellos, por este mismo motivo, el don del culmen de
la oración, es decir, poder decir con Jesús y como Él:
«Abba, Padre». Le da el don de poder compartir la rela-
ción del Hijo con el Padre. Al darnos la oración de Jesús,
el Espíritu nos «sumerge», nos «bautiza» en la misma
vida de la Trinidad (cf. Mt 28,19).
«El Espíritu Santo, a manera de aspirar con aquella su
aspiración divina, muy subidamente levanta el alma y la in-
forma, para que ella aspire en Dios la misma aspiración de
amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre» 8.
En efecto, «como sois hijos, Dios envió a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Pa-
dre!”» (Gal 4,6).

San Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, II, 86-


6

88: PL 15, 1584-1585.


7
San Gregorio Nacianceno, Oratio XL: PG 36, 397.
8
San Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, canción 38, en Íd.,
Obras completas, 725.

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III. Aprender a orar 27

Como escribía un monje:


El descubrimiento de Dios como Padre nuestro es en
mi opinión una adquisición espiritual más allá de la
cual no se puede ir, ya que permite entrar de la ma-
nera más directa posible en la experiencia del mismo
Cristo, tanto como Hijo eterno que como Hombre y
Redentor. Siempre me ha parecido que no se puede ir
más lejos y que una paz tan grande (como la que bro-
ta al entregarse al Padre) no puede ser igualada por
nada más, ni siquiera por el matrimonio espiritual. Si
podemos de verdad decir «Padre mío» con una con-
fianza absoluta, entonces nos habremos encontrado
con nuestra identidad profunda, en cierto sentido, nos
volveremos «indiferentes» a todo lo demás. Porque
nada de lo que pueda suceder en la vida nos podrá
afectar más profundamente que esta palabra: «Padre
mío». A partir de entonces, cada oración solo puede
ser auténtica si se une a la de Jesús en la Cruz, y con
Él «grita»: «Abba, Padre, en tus manos encomiendo
mi Espíritu».

Pero decir «Padre» con Cristo y como Él lo dice su-


pone «la purificación de nuestras imágenes paternales o
maternales, correspondientes a nuestra historia personal
y cultural, y que impregnan nuestra relación con Dios.
Dios nuestro Padre transciende las categorías del mun-
do creado. Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en
este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler»
(CCE 2779).
Este camino de purificación, necesario para cada uno
de nosotros, es un camino de gran pobreza, pero sobre
todo de gran sinceridad y solo un verdadero deseo de «ver
el rostro de Dios» puede sostenernos en este camino de
purificación del corazón. La «visión» de Dios es la bien-
aventuranza prometida a los puros de corazón, pero la
imagen deformada de Dios que se nos revela en ­«nuestra»

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28 La Iglesia en oración

oración nos dice que nuestro corazón no es «puro», es


decir, no es capaz de recibir solo amor en la pobreza ni
de dar solo amor. Abandonado a sí mismo y a sus diná-
micas, nuestro corazón solo busca inevitablemente lo que
conoce, se construye relaciones, incluso la relación con
Dios (sobre todo esta) con el «material» que su historia
personal ha puesto a su disposición y no puede ser de otro
modo. Y las imágenes parentales son un elemento central
de este mundo interior nuestro, son el fundamento sobre
el que apoyamos la construcción de nuestras relaciones
con el mundo exterior: con los demás y con Dios mismo.
Por este motivo, es necesario que la gracia del Es-
píritu, que enseña a Jesús a decir «Padre», nos enseñe
también a nosotros a decirlo con Jesús, del mismo modo
y con el mismo significado. Mejor, que sea Él mismo, el
Espíritu, el que lo diga en nosotros, haciendo de nosotros
una sola cosa con Cristo: «Tened entre vosotros los sen-
timientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2,5).
Y los sentimientos de Cristo Jesús son los del Hijo,
sentimientos que, traducidos en lenguaje humano, co-
rresponden a lo que se llama «infancia». Porque la infan-
cia no es, como a menudo pensamos románticamente, la
edad de la inocencia. Los niños son a menudo crueles
y egoístas. Lo que es característico de la infancia es su
absoluta indigencia. Un niño pequeño no puede ser au-
tosuficiente. Abandonado a su suerte, muere. Tiene una
necesidad vital de los cuidados de los demás.
Por este motivo, Jesús afirma solemnemente que solo
«el que reciba el reino de Dios como un niño, entrará en
él» (cf. Lc 18,17; Mc,10,15).
Y un niño «sabe» que no puede hacer nada por sí
mismo, necesita todo y a todos.
Solo cuando el Espíritu transforme nuestro corazón
tan pobre para poder hacer nuestro el grito de súplica
del Hijo (Mc 14,36), para ser conscientes de tener una

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III. Aprender a orar 29

extrema necesidad de la gracia de Dios, solo entonces


podremos decir de verdad con Jesús y como Él: «Abba,
papá, te necesito. Sin ti no puedo hacer nada».
Por este motivo, solo seremos niños de verdad y po-
dremos acoger así el don del Reino de manera plena, el
don de la verdadera oración, cuando nos dejemos cruci-
ficar por la humillación de no saber y de no poder vivir
esta vida nueva del Reino con nuestras fuerzas. La acep-
tación de nuestra pobreza personal, física, psicológica y
moral es el único medio con el que podemos recibir la
Gloria divina y dar testimonio de su presencia en noso-
tros. Aceptada con humildad y confianza, esta pobreza
nuestra se convierte en el lugar y el medio para poder
decir a Dios ¡Abba! Se convierte en nuestra muerte, en
nuestra Pascua, en nuestro caminar cotidiano hacia el
Padre y ennuestra resurrección.
Precisamente por este motivo, la experiencia coti-
diana que hacemos de una debilidad que nunca termina,
nos dispone a vivir en una total dependencia de la mi-
sericordia del Padre, a recibir todo de Él, literalmente
todo. Ocurrirá con nosotros como le sucedió a Jesús, que
«presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de
la muerte, siendo escuchado» por su total abandono a
Él (cf. Heb 5,7), y fue salvado por la muerte precisa-
mente por medio de la muerte. El Padre nos salvará de
nuestra pobreza y miseria solo cuando aceptemos que
solos no podemos librarnos de ellas.
«Cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, tanto
más cerca se está de las operaciones de este Amor con-
sumidor y transformante [...] pero es necesario consentir
en permanecer siempre pobre y sin fuerza, y he ahí lo di-
fícil», escribe con audacia santa Teresa del Niño Jesús» 9.
9
«Carta a sor María del Sagrado Corazón, 17 de septiembre de
1896», en Santa Teresa de Liseux, Obras completas (BAC, Madrid
2017) 496.

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30 La Iglesia en oración

Como el Hijo, cordero inmolado y resucitado, tam-


bién nosotros llevaremos eternamente nuestras heridas,
signo de nuestra fragilidad y de nuestra muerte. Pero son
sobre todo signo de nuestra resurrección. Porque, como
fue para Él, también en nosotros, la gloria del Padre pudo
ser derramada en nuestra carne y en nuestra vida a través
de nuestras heridas.
«¿Cómo glorificaremos entonces a Dios por un don
tan insigne? Dios no puede ser glorificado por nosotros
de forma distinta a cómo fue glorificado por su Hijo. Las
vías por las que glorificó el Hijo al Padre son las mismas
por las que el Padre glorificó al Hijo. Estas vías pasan
por la cruz, es decir, por la muerte al mundo entero, por
las aflicciones, las tentaciones y los demás sufrimientos
de Cristo. Si soportamos todo esto con mucha pacien-
cia, imitaremos a Cristo sufriente y glorificaremos así a
nuestro Padre y Dios, como sus hijos que por la gracia
somos coherederos de Cristo» 10.
El amor hasta dar la vida, hasta «el extremo» (Jn 13,1)
es el «cántico nuevo» que el Esposo enseña a su Esposa.
Es el cántico que Cristo entregó a su Iglesia, como decía
san Pablo VI.
Este es el cántico que cantan quienes siguen al Cor-
dero allá donde vaya, que no le preguntan «a dónde» va,
sino que simplemente lo siguen, mirándolo solo a Él, con-
templándolo solo a Él, sin dejar que su mirada enamorada
se desvíe de Él: «No os pido que penséis en Él, ni saquéis
muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas con-
sideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más
de que le miréis. [...] Mirad que no está aguardando otra
cosa —como dice a la esposa— sino que le miremos» 11.

Simeón el Nuevo Teólogo, Capita practica et theologica,


10

101: PG 120, 658-659.


11
Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección (Códice de Val-
ladolid), 26, 3, en Íd., Obras completas (BAC, Madrid r2023) 341.

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III. Aprender a orar 31

«La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús.


“Yo le miro y él me mira” decía, en tiempos de su santo
cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario.
Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica
el corazón» (CCE 2715).
Esta mirada de fe y de amor es el cántico de la Es-
posa: «Me has robado el corazón, hermana mía, espo-
sa; me has robado el corazón con una sola mirada tuya»
(Cant 4,9).
Es el «cántico nuevo que los rescatados cantan de-
lante del trono, delante de los cuatro vivientes y los an-
cianos. Y solo podían comprender ese cántico los resca-
tados» (cf. Ap 14,3).

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Capítulo IV
EL CANTO DE LA ESPOSA

La liturgia: Déjame escuchar tu voz,


amiga mía, mi esposa (Cant 2,14)

El deseo del Cordero es cantar al unísono con noso-


tros su «cántico nuevo» al Padre, unirnos tan íntimamen-
te con Él que podamos escuchar su voz en nosotros y la
nuestra en Él 1.
Con el don de su Espíritu ha hecho de nosotros una
sola cosa con Él, un solo Cuerpo, «somos miembros
de su cuerpo» (Ef 5,30), como la esposa con el esposo.
Como en la unión nupcial, en la que «dejará el hombre
a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán
los dos una sola carne» (Gen 2,24; Ef 5,31), así hace
Cristo con los que se unen a Él por medio de la fe. Cristo
«abandonó» a su Padre, experimentando en la cruz su
silencio y su atroz ausencia, para poder unirse a su espo-
sa. Y desde la cruz Jesús atrae a todos y todo a Él para
formar con ellos una sola carne, un solo cuerpo que vive
una sola vida, la suya: por ello podrá afirmar san León
Magno que «el cuerpo del bautizado se convierte en car-
ne de Cristo» 2. «Es este un gran misterio: y yo lo refiero
a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,32).
La Iglesia nace en la cruz pascual y allí celebra su
unión nupcial con su Esposo.

1
Cf. San Agustín, Salmo 85, en Íd., Obras completas, XXI
(BAC, Madrid 22023) 835-881.
2
San León Magno, Sermo LXIII, 6: PL 54, 357.

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34 La Iglesia en oración

Como dote nupcial, como prenda de su amor y su


unión, Cristo se entregó a sí mismo en un acto de ofren-
da, su mismo acto de ofrenda, que glorifica perfectamen-
te al Padre. Le entregó su oración, se entregó a sí mismo
convertido en oración.
Este don lo recibimos en la liturgia porque esta es
«participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre
en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana en-
cuentra su fuente y su término» (CCE 1073), también la
más íntima y secreta, la más silenciosa y oculta, la que
solo puede escuchar el Padre «que está en lo secreto» (Mt
6,6). Porque si es realmente verdad que «la vida espiritual
no se agota solo con la participación en la sagrada litur-
gia. En efecto, el cristiano, […] debe, no obstante, entrar
también en su interior para orar al Padre en lo escondido»
(SC 12) tampoco es menos verdad que solo puede brotar
«nuestra» oración desde la unión con la oración de Cristo,
sacramentalmente presente en la l­iturgia.
En efecto, esta participación a la oración de Cristo,
a su ofrecimiento al Padre, no es un simple recuerdo de-
voto de Jesús. Si fuera así, en el fondo Jesús solo sería
un gran maestro de moral, un modelo admirable, un gran
santo y su presencia entre nosotros sería igual a la de un
gran filósofo entre sus discípulos…
«Si la resurrección fuera para nosotros un concepto,
una idea, un pensamiento; si el Resucitado fuera para
nosotros el recuerdo del recuerdo de otros, tan autoriza-
dos como los apóstoles, si no se nos diera también la po-
sibilidad de un verdadero encuentro con Él, sería como
declarar concluida la novedad del Verbo hecho carne. En
cambio, la encarnación, además de ser el único y no-
vedoso acontecimiento que la historia conozca, es tam-
bién el método que la Santísima Trinidad ha elegido para
abrirnos el camino de la comunión. La fe cristiana, o es
un encuentro vivo con Él, o no es. La liturgia nos garan-

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IV. El canto de la esposa 35

tiza la posibilidad de tal encuentro. No nos sirve un vago


recuerdo de la última Cena, necesitamos estar presentes
en aquella Cena, poder escuchar su voz, comer su cuerpo
y beber su sangre: lo necesitamos a Él» 3.
En efecto, en la liturgia, «Cristo está presente, hic et
nunc, no como una idea abstracta, sino como una persona
viva y una fuerza viva que emana de una persona viva:
“De ahí que puede salvar definitivamente a los que se
acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para
interceder a favor de ellos” (Heb 7,25), es más, para ac-
tuar en ellos, por medio de ellos y junto a ellos. Así, en la
realidad litúrgica, la acción sacerdotal en acto de Cristo,
se convierte en una realidad que nos alcanza real y presen-
cialmente. El tiempo es superado y queda como en sus-
penso: Cristo, su sacrificio, están allí presentes de manera
real y física, bajo el velo de los signos sensibles. Todos
los hombres a lo largo de los siglos pueden convertirse en
contemporáneos de Cristo participando individualmente,
uno a uno, en la realidad litúrgica. No es el hombre quien,
saltando por encima del espacio y del tiempo se traslada
a los tiempos de Cristo, sino que es Cristo, siempre vivo
y presente, quien atrae hacia sí a cada hombre en la órbita
de su acción sacerdotal, sacrificial y mediadora que tras-
ciende ya todo espacio y tiempo» 4.
Esto es posible porque la Pascua de Cristo es «el úni-
co acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús mue-
re, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta
a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rom 6,10;
Heb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en
nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los
3
Francisco, carta apostólica Desiderio desideravi, 10-11
(BAC, Madrid 2022) 11-12.
4
C. Vagaggini, Il senso teologico della liturgia (Paoline, Roma
4
1965) 261; en español: El sentido teológico de la liturgia (BAC,
Madrid 1965).

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36 La Iglesia en oración

demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan


y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de
Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente
en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte
[…]. El acontecimiento de la cruz y de la resurrección
permanece y atrae todo hacia la vida» (CCE 1085).

La eucaristía, banquete de bodas del Cordero


(Ap 19,9)

Esta unión e identificación con Cristo en su acto sa-


cerdotal de ofrecimiento de sí mismo a su Padre «como
oblación y víctima de suave olor» (Ef 5,2), alcanza su
culmen en la unión sacramental de la Eucaristía, en el
banquete de bodas que el Padre ha preparado para su
Hijo y al cual ha invitado a todos, pobres, «cojos, ciegos,
paralíticos, buenos y malos» (cf. Mt 22,2.10; Lc,14,21).
En ese discurso «difícil» que pronunció en la sina-
goga di Cafarnaúm, Jesús nos pide escucharlo y creerlo
literalmente, con sencillez de espíritu y con la fe de los
niños: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la
carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no te-
néis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último
día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es ver-
dadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha
enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el
que me come vivirá por mí» (Jn 6, 53-57).
«Quien me come vivirá por mí». En este banquete de
bodas, el Esposo se une tan íntimamente a su Esposa que
se hace su comida y bebida para convertirse en su vida,
para que los dos vivan en una única vida, la del Esposo.
Nicolás Cabasilas comenta con entusiasmo:

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IV. El canto de la esposa 37

Cuando lo lleva a la mesa sagrada y le da a comer su


cuerpo, Cristo cambia por completo al iniciado y cam-
bia su modo de ser. Cuando la arcilla recibe la forma
real, deja de ser arcilla y se convierte en el cuerpo del
Rey. ¡No se pudo concebir nada más feliz que esto!
En efecto, nuestra alma se une con su alma, nues-
tro cuerpo con el suyo y nuestra sangre con la suya.
Como comenta Pablo a propósito de la resurrección:
«La muerte ha sido absorbida en la victoria». Y añade:
«No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» 5.

Esta misteriosa incorporación, que ocurre de una vez


por todas en nuestro bautismo, con el que hemos sido he-
chos con-corpóreos con Cristo, se hace casi visible en la eu-
caristía porque, según las palabras del Señor: «El que come
mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,56).
Allí, como afirma un antiguo concilio: «Para acabar el mis-
terio de la unidad, recibimos nosotros de lo suyo lo que Él
recibió de lo nuestro» 6. Recibimos de Cristo el cuerpo que
Él recibió de la Virgen María. Allí su cuerpo se «completa»
uniendo el nuestro al suyo y, por tanto, en cierto sentido,
Cristo «nace» porque se hace cada vez más visible.
En la liturgia, sobre todo en la eucaristía, Cristo,
uniendo a Él la Iglesia, está completando misteriosa-
mente su cuerpo a medida que los hombres se unen a
Él por la fe: «Por esta misma comunicación del Espíritu
de Cristo [...] la Iglesia viene a ser como la plenitud y
el complemento del Redentor; y Cristo viene en cierto
modo a completarse del todo en la Iglesia» 7.
En la eucaristía, por Cristo, con Cristo y en Cristo, se
realiza por tanto nuestra unión perfecta con la Trinidad;
la Iglesia alcanza su plenitud y, según la audaz expre-
N. Cabasilas, De Vita in Christo, IV, I, [Link].8: PG 150,
5

583-586.
6
IV Concilio de Letrán, De la fe católica, c. 1.
7
Pío XII, encíclica Mystici corporis, 34.

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38 La Iglesia en oración

sión de Tertuliano, esta se convierte en «el cuerpo de los


Tres» 8, es decir, la manifestación visible del misterio de
amor que constituye la vida de Dios.

El Oficio divino

Por lo tanto, en la liturgia eucarística Cristo nos une


«corporalmente», de forma real, a su «cántico nuevo». La
Eucaristía es el culmen de nuestra unión con Cristo en su
oración de alabanza al Padre. Pero precisamente por ser
su culmen, configura al hombre a Cristo y se expande en
toda la vida del fiel. Existe un «lugar» donde esta influen-
cia de la eucaristía es particularmente intensa, donde se
prolonga y, por decirlo de algún modo, «plasma» la ora-
ción de la Iglesia. Es el Oficio divino, donde la voz de la
Esposa y la del Esposo se funden en una sola voz, donde
el cuerpo de Cristo al completo, cabeza y miembros, can-
ta a una sola voz su misma Palabra al Padre.
«Él mismo une a sí toda la comunidad humana y la
asocia con Él, entonando este divino canto de alabanza.
En efecto, esta función sacerdotal [de alabanza al Pa-
dre] se prolonga a través de su Iglesia, que no solo en
la celebración de la Eucaristía, sino también otros mo-
dos, sobre todo recitando el Oficio divino, alaba a Dios
sin interrupción e intercede por la salvación del mundo
entero. […] Realmente es la voz de la misma Esposa la
que habla al Esposo; más aún, es la oración que Cristo
con su mismo Cuerpo, eleva al Padre. Por eso, todos los
que ejercen esta función no solo cumplen el oficio de la
Iglesia, sino que también participan del sumo honor de la
Esposa de Cristo, porque, al alabar a Dios, están ante su
trono en nombre de la madre Iglesia» (SC 83-85).

8
Tertuliano, De Baptismo, VI: PL 1, 1206.

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IV. El canto de la esposa 39

Estos son la «muchedumbre inmensa, que nadie po-


dría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y len-
guas, de pie delante del trono y delante del Cordero,
vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus ma-
nos. Y cantan el cántico del Cordero, un cántico nuevo
delante del trono, delante de los cuatro vivientes y los
ancianos» (cf. Ap 7,9; 14,3; 15,3).
Como Cristo que no tiene palabras suyas, sino que
solo dice lo que ha oído del Padre (cf. Jn 12,50), del mis-
mo modo tampoco la Iglesia tiene palabras propias. Solo
puede cantar el cántico del Cordero inmolado y resucita-
do, el cántico que su Esposo le ha enseñado.
Es Cristo quien habla en las palabras de la Iglesia «por-
que en los miembros de Cristo está Cristo. Y para que se-
páis que su cabeza y su cuerpo constituyen un solo Cristo,
él mismo, al hablar del matrimonio, dice: “Serán dos en una
sola carne; por tanto, ya no son dos sino una sola carne” (Mt
19,5-6). […] También el profeta Isaías (61,10) […] se pre-
senta como esposo y como esposa. ¿Por qué es esposo y es-
posa, sino porque serán dos en una sola carne? Si son dos en
una sola carne, ¿por qué no dos en una sola voz? Que hable,
pues, Cristo, porque en Cristo habla la Iglesia y en la Iglesia
habla Cristo, y el cuerpo en la cabeza y la cabeza en el cuer-
po. […] Por eso nos dice Él mismo en el evangelio: “Yo soy
la vid, vosotros sois los sarmientos y mi padre es el viñador”,
y añade: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Señor,
si no podemos nada sin ti, en ti lo podemos todo. En efec-
to, todo lo que Él obra por medio de nosotros, parece que
somos nosotros quienes lo hacemos. Sin nosotros Él puede
mucho, lo puede todo; nosotros no podemos nada sin Él» 9.
Como explica Benedicto XVI: «En el bautismo nos
abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida
9
San Agustín, Salmo 30, 4, en Íd., Obras completas, XIX
(BAC, Madrid 22015) 372-374.

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40 La Iglesia en oración

en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo:


“Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”» 10.
«La oración de la Iglesia es, por tanto, la oración de
Cristo y la oración de Cristo es la oración de la Iglesia» 11.
Y poder ser asociados al cántico de alabanza que
el Hijo hace elevar al Padre en el eterno silencio de la
Trinidad es la felicidad de la Iglesia, nuestra felicidad:
«Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre»
(Sal 84,5).
En el cántico de la Liturgia de las Horas es la Iglesia
de todos los templos y de todos los lugares la que canta.
Como confesaba el beato cardenal Schuster:
[...] (cuando rezo el Oficio) cierro los ojos y, mientras
mis labios murmuran las palabras del Breviario que
me sé de memoria, abandono su significado literal
para sentirme en el páramo exterminado por donde
pasa la Iglesia peregrina y militante, de camino hacia
la patria prometida. Respiro con la Iglesia en su mis-
ma luz, de día, y en sus mismas tinieblas, de noche;
vislumbro de cada parte las huestes del mal que lo
acechan o asaltan; me encuentro en medio de sus ba-
tallas y sus victorias, de sus oraciones de angustia y
sus cánticos triunfales, de la opresión de los prisione-
ros, los gemidos de los moribundos, de las exultacio-
nes de los ejércitos y de los capitanes victoriosos. Me
encuentro en medio: pero no como espectador pasivo,
sino como actor, cuya vigilancia, destreza, fuerza y
valentía pueden tener un peso decisivo en el destino
de la lucha entre el bien y el mal y sus destinos eter-
nos de cada uno y de la muchedumbre 12.

10
Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual (7-4-2007).
11
C. Vagaggini, Il senso teologico della liturgia, 259.
12
G. Colombo, Novissima verba, en Scritti del Cardinale Alfre-
do Ildefonso Schuster, ed. G. Oggioni (La Scuola Cattolica, Venego-
no Inferiore 1959) 23-33.

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Capítulo V
LA LITURGIA DEL CORAZÓN:
LA VIDA DE ORACIÓN

El deseo de Dios

La oración incesante.
«Es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1)
«Sed constantes en orar» (1 Tes 5,17)

Las palabras de Jesús en san Lucas y las de san Pablo


a los Tesalonicenses son desde siempre el punto de refe-
rencia que ha indicado a la Iglesia y a cada cristiano la
necesidad de una oración incesante.
Una forma de esta oración incesante es sin duda la
Liturgia de las Horas, en la que, como ya hemos visto,
la Iglesia conserva con constancia y fidelidad el cántico
de alabanza que Jesucristo Sumo Sacerdote introdujo en
esta tierra de exilio.
Sin embargo, aunque es absolutamente necesaria, la
sola unión con Cristo en la liturgia no es suficiente si no
se convierte en la forma estable de toda nuestra vida.
Hemos de entregar a Cristo sin reservas toda nuestra per-
sona: alma y cuerpo, todos nuestros deseos y sentimien-
tos, buenos y malos, para recibir de Él lo que es nuestro,
transfigurado en lo que es suyo, para que nuestros sen-
timientos se transformen en los mismos sentimientos de
Cristo (Flp 2,5), como nos pide san Pablo. Por último,
hemos de entregarle toda nuestra vida para que Él pueda
seguir viviendo su vida en nosotros, para que Él pue-
da orar incesantemente en nosotros, repetir en nosotros:
Abba.

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42 La Iglesia en oración

Pero nuestro abandono en Él, aunque sinceramente


queramos que sea completo, por desgracia es siempre
parcial, siempre nos quedamos con algo, siempre hay en
nosotros una mezcla de verdadero amor por Dios y de
falta de voluntad a abandonarnos sin reservas a Él. Por
eso necesitamos toda nuestra vida y toda nuestra muerte
para que el Verbo tome plena posesión de nuestra per-
sona, nuestro cuerpo y nuestra alma, para que se pueda
convertir en nuestra carne.
El deseo de estar unidos a Jesús para que nuestra vida
se convierta, por decirlo de algún modo, en intercambia-
ble con la suya y la suya con la nuestra es lo único que
puede permitirnos vivir en una oración ininterrumpida.
Hemos de regresar constantemente a Él, hemos de mi-
rarlo de nuevo cuando nos demos cuenta de que hemos
desviado nuestra mirada de Él. Debemos aceptar morir a
nosotros mismos para que él pueda vivir en nosotros. Y
esta muerte ha de abrazar toda nuestra persona, también
los rincones más ocultos de nuestro corazón. Nada de
nuestra persona ha de evitar esta «invasión» de Cristo
si no quiere «permanecer en la muerte» (cf. 1 Jn 3,14)
porque, según las palabras de san Gregorio Naciance-
no: «Lo que no ha sido asumido (por Cristo) no ha sido
curado» 1.
Tenemos que darle todo, el poco de luz y las mu-
chas tinieblas, el bien y el mal que hay en nosotros para
que Cristo cure todo lo que es nuestro y para que todo
lo que es nuestro sea de Cristo. Es una verdadera muerte
que nos da miedo. Pero es el corazón de nuestra voca-
ción cristiana y monástica.
En Jeremías, Dios pronuncia una frase que describe
de forma realista todo esto. El Señor pregunta: «¿Quién
arriesgaría su vida por ponerse cerca de mí?» (Jer 30,21).

1
Epistolae 101: PG 37, 182-183.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 43

«El que está cerca de mí está cerca del fuego», dice


una frase de Jesús transmitida por los Padres 2. Por este
motivo, quien ora quiere estar cerca del fuego, aun sa-
biendo que el fuego lo quemará. Prefiere ser consumido
por esta cercanía, prefiere la humillación y el dolor de
estas quemaduras a estar lejos de Cristo, aunque sea muy
poco, porque sabe que «quien está lejos de mí está lejos
del Reino», como sigue diciendo Jesús en la misma frase
ya citada 3.
Aceptar que Jesús viva en nosotros su vida, su ofren-
da al Padre, su oración: Abba, significa aceptar arriesgar
la propia vida. María aceptó plenamente este riesgo y
por es este motivo la criatura que está más cerca de Dios.
También nosotros con el bautismo hemos aceptado ese
riesgo de «estar» con Él (cf. Mc 3,14).
Quizá no nos hemos dado cuenta ni hemos entendi-
do todas las consecuencias. Quizá no sabíamos que el
riesgo era tan grande. Pero lo hemos aceptado. Hemos
consentido estar cerca de Jesús.
No pensábamos que tendría que ser tan comple-
to el desplome de todo los que teníamos en nosotros,
de todas nuestras seguridades, de todas nuestras ideas, de
todos nuestros sueños. Pero poco a poco, Dios nos lo ha
ido revelando mientras vamos caminando. Solo el Es-
píritu nos da la fuerza de correr el riesgo que deriva de
la intimidad de la vida con Cristo. Para «abandonarse al
Evangelio» como decía Madeleine Delbrêl «es necesa-
rio zambullirse en la muerte, en la fragilidad universal,
en la descomposición actual de todos los valores, de los
grupos humanos y de nosotros mismos. […] Hace falta
saberse perdidos para querer ser salvados» 4.

Dídimo el Ciego, Expositio in Psalmos, 88, 8: PG 39, 1487.


2

Ibid.
3
4
Nous autres, gens des rues (Seuil, París 1966) 79; en
español: Nosotros, gente de la calle (Verbo Divino, Estella 1971).

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44 La Iglesia en oración

Y es por la gracia que ponemos lo que todavía que-


da de nosotros mismos en las manos del Señor día tras
día… deseando que cada vez haya menos de nosotros
para que Él sea cada vez más la totalidad de nuestra vida.
Este deseo de Él, que es una gracia suya, es nuestra
oración. Y si no se interrumpe el deseo, estaremos oran-
do siempre. En una conocida página, san Agustín habla
de esta oración de deseo:
Pon tu deseo en su presencia, y el Padre, que ve en lo
oculto, te recompensará (Mt 6,6). Tu deseo es tu ora-
ción, y si continuo es tu deseo, continua es tu oración.
No en vano dijo el apóstol: «Orad sin interrupción»
(1 Tes 5,17). Pero ¿acaso nos estamos arrodillando,
o postrando o levantando las manos sin interrupción,
para cumplir su mandato: Orad sin interrupción? Por-
que si decimos que nuestra oración es así, creo que no
lo podemos hacer sin interrupción. Hay otra oración
interior no interrumpida, que es el deseo. Hagas lo
que hagas, si estás deseando aquel sábado, no inte-
rrumpes tu oración. Si no quieres interrumpir la ora-
ción, no interrumpas tu deseo. Tu deseo continuado
es tu voz continuada. Callas si dejas de amar. [...] El
frío de la caridad es el silencio del corazón; el ardor
de la caridad es el clamor del corazón. Si la caridad
permanece siempre, estás clamando siempre; y si cla-
mas siempre, estás deseando siempre; y si está vivo
tu deseo, te acuerdas del deseado 5.

La oración de la Iglesia es incesante porque la Esposa


siempre, constantetemente, está deseando a su Esposo.

5
San Agustín, Salmo 37, 14, en Íd., Obras completas, XX
(BAC, Madrid 22018) 227-228.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 45

La sed
Mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada,
sin agua (Sal 63,2)

Sin embargo, a pesar de que nuestro corazón tiene


sed de vida, de una vida que no acaba nunca, de una vida
perfecta y «sabemos» dónde encontrarla, desde Adán
hemos buscado esta vida fuera de Dios y lejos de Dios.
Como dice Él mismo, lamentándose con el profeta Jere-
mías: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se
cavaron aljibes, aljibes agrietados que no retienen agua»
(Jer 2,13). Donde pensamos que hay agua, buscamos
aplacar nuestra sed de vida excavando aljibes agrieta-
dos. Pero siempre acabamos decepcionados y sedientos
porque, en la mejor de las hipótesis, lo que conseguimos
encontrar es solo agua estancada y amarga.
Pero Dios «tiene sed de nuestra sed» 6, mucho más
que la sed que podamos tener nosotros de Él porque sabe
que sin Él no podemos vivir. Creados a su imagen y se-
mejanza, a imagen de quien es la propia vida, hemos per-
dido esta semejanza y desde entonces nuestra vida solo
es una lenta muerte. Por eso, Dios mismo se ha puesto
en camino para buscarnos a nosotros, ovejas perdidas y
errantes. Dios sabe que solo su amor en persona puede
quitarnos la sed. Ha venido a ofrecernos la vida para que
tuviéramos su vida y la tuviéramos en abundancia (cf. Jn
10,10). Y esta vida es en el Hijo, «que vino por el agua y
la sangre» (1 Jn 5,6).
El profeta Ezequiel termina su libro con una impre-
sionante visión: «De debajo del umbral del templo co-
rría agua hacia el este […]. El agua corría por el lado

6
San Gregorio Nacianceno, Oratio XL: PG 36, 397.

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46 La Iglesia en oración

d­ erecho […]. El hombre que llevaba el cordel en la


mano […] me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la zona
oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el
mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas
serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde
desemboque la corriente, tendrá vida […]. Porque ape-
nas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado
el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente. […] En
ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles
frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus
frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas
del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible
y sus hojas medicinales» (Ez 47,1-12).
Este río de agua viva descendió del lado derecho del
verdadero templo cuando «uno de los soldados, con la
lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y
agua» (Jn 19,34). Desde la cruz, desde el trono donde el
Cordero, matado y glorificado, es perfectamente unido
al Padre (cf. Ap 5,6) surge este río (cf. Ap 22,1) para dar
la vida al mundo, para aplacar la sed de Dios y nuestra
sed. Y desde entonces este río no cesa de brotar ni de
derramarse sobre la tierra.
El Espíritu se derrama y actúa en lo íntimo de los
corazones, atrayéndolos secreta y poderosamente hacia
la Fuente de la que brota Él mismo, hacia el Corazón de
Cristo y el Corazón del Padre. Como decía san Ignacio
de Antioquía: «Sí, en cambio, un agua viva que murmura
dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: “Ven
al Padre”» 7.
El Espíritu suscita y mantiene viva en nuestros cora-
zones esta sed de agua viva, esta nostalgia del rostro del
verdadero Dios.
7
San Ignacio de Antioquía, «Carta a los Romanos», VII, 2,
en D. Ruiz Bueno (ed.), Padres apostólicos y apologistas griegos
(s. II), 403.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 47

Y hubo un instante en el cual «vimos» el rostro de


Dios, fue cuando, al crearnos con un acto de amor inex-
plicable, «alzó sobre nosotros la luz de su rostro» (Sal
4,7 Vg.). Creándonos a su imagen, dejó impreso en no-
sotros el «recuerdo» de su mirada. «Él mismo tocó nues-
tros ojos con un rayo en llamas de su belleza. La ampli-
tud de la herida revela ya cuál es la flecha y la intensidad
del deseo deja intuir Quién ha lanzado la saeta» 8.
Y desde ese momento nuestro corazón está inquieto
hasta que encuentre esta mirada, está sediento de este
rostro.
Por eso, de manera silenciosa, el Espíritu sigue irri-
gando la tierra árida y seca de nuestras almas. Como un
río subterráneo invisible, como una capa acuífera oculta,
el Espíritu no deja de fecundar la vida de los hombres,
de todos los hombres, hablando a cada uno según su len-
guaje, saneando las aguas saladas y amargas con las que
intentamos aplacar nuestra sed de vida y de amor, e irri-
gando en secreto las raíces de los árboles cuyos frutos y
hojas curan nuestras heridas.
Pero la corriente oculta de este río invisible sube a la
superficie de la tierra y se hace visible en la Iglesia.
Todos los apóstoles que se encontraban en el Cenácu-
lo habían traicionado y habían abandonado a Jesús. No
tenían ningún mérito; su deseo era el único título para
recibir al Espíritu. Vivían solo de la pobreza de la espera
y del deseo. Jesús, al prometerles su Espíritu, solo les ha-
bía pedido que «permanecieran»: «quedaos en la ciudad
hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto»
(Lc 24,49); «aguardad que se cumpla la promesa del Pa-
dre» (Hch 1,4). Cuando el Espíritu descendió sobre los
apóstoles, María y las mujeres, la promesa del Padre se
realizó y la Iglesia se hizo visible, la Esposa del Cordero

8
N. Cabasilas, De Vita in Christo, II: PG 150, 554.

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48 La Iglesia en oración

descendió con el resplandor de la misma gloria de Dios


(cf. Ap 21,11) porque es pobre como Dios mismo es po-
bre: el Dios Cordero, que se había manifestado como
Siervo del Padre y siervo nuestro (cf. Jn 13,4 ss).

La sed de los pobres

Los pobres y los indigentes


buscan agua, y no la encuentran;
su lengua está reseca por la sed.
Yo, el Señor, les responderé. (Is 41,17)

Hay dos lugares donde esta pobreza de la Iglesia res-


plandece de forma luminosa: la liturgia y la vida con-
templativa.
En la liturgia, la Iglesia se manifiesta en toda su pobreza
divina y resplandeciente porque allí se muestra en su rea-
lidad más profunda, como la Esposa que recibe todo de su
Esposo. En la liturgia, el río eterno es derramado sin medi-
da y podemos beber su agua directamente de la fuente.
El otro lugar en el que la Iglesia manifiesta claramen-
te su rostro de Esposa pobre es la vida contemplativa en
el desierto.
En el desierto la Iglesia experimenta su pobreza por-
que en la aridez del desierto no tiene recursos propios. Le
falta el agua y el pan. Debe confiar exclusivamente en la
fe en la promesa del Esposo: «Vengo pronto» (Ap 3,11;
22,7). Esta actitud espiritual, este deseo de que el Esposo
vaya pronto a besarla porque está enferma de amor (cf.
Cant 1,2; 2,5) es la misma con la que san Bruno describe
su vida en el desierto. «Vivo en vigilancia constante es-
perando al Señor» 9. «Espero suplicando que la mano de

9
Epistola ad Radulphum, 4, en Lettres des premiers chartreux
(Sources chretiénnes 88; Cerf, París 1962).

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 49

la misericordia divina cure todas mis flaquezas» 10. Esta


«espera en la súplica», este «vivir en una permanente
vigilia», este deseo de que venga Dios a curarnos con su
amor, con su Espíritu, es el corazón, el núcleo de la vida
en el desierto.
Poque, al fin y al cabo, solo hay una sed que nos ator-
menta, la sed de ser amados por el Padre. Solo hay una
herida que hace sangrar nuestro corazón: la duda de ser
amados. Solo el Espíritu, solo el amor de Dios en per-
sona puede curar nuestra herida y aplacar nuestra sed
porque solo el Padre nos ama de verdad, sin pedir nada
a cambio. Lo único que nos pide para saciar nuestra sed
con el agua viva de su Espíritu, es decir, con el mismo
amor que tiene por su Hijo unigénito, es tener sed de Él,
como Él tiene sed de nosotros (Jn 19,28). El agua de la
vida, el Espíritu, nos viene dada a la medida de nuestra
sed, a la medida de nuestro deseo, de nuestra pobreza.
«Quien tenga sed, que venga. Y quien quiera, que
tome el agua de la vida gratuitamente» (Ap 22,7).

La espera

¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?


¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? (Sal 13,2)
Ronda, amado mío (Cant 2,17)
… pero el Esposo tarda» (Mt 25,5).

Quedarse, perseverar, permanecer a pesar de todo pa-


rece significar que Él no vendrá nunca, que es difícil. Pero
es esta espera inmóvil del corazón lo que permite al río de
agua viva fluir con plenitud en nosotros porque: «El siervo
que será amado es aquel que esté de pie, inmóvil, cerca de
la puerta, despierto, atento, en espera, preocupado por abrir
10
Ibid., 3.

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50 La Iglesia en oración

nada más oír que llaman a la puerta. Ni el cansancio, ni el


hambre, ni las preocupaciones, ni las invitaciones amisto-
sas, las injurias, los golpes o las burlas, ni las voces que
pueden circular a su alrededor según las cuales su señor ha-
bría muerto o se habría irritado contra él o habría decidido
hacerle daño, en resumen, nada lo distraerá mínimamente
de su atenta inmovilidad [...]. El estado de espera recom-
pensado así es lo que ordinariamente llamamos “paciencia”
[...]: indica a uno que espera sin moverse, sin importar to-
dos los ataques y los golpes con los que se intenta moverlo.
“Dan fruto con perseverancia” (Lc 8,15)» 11.
Esta «paciencia» permite al río de agua viva que haga
nacer de nuestra pobre tierra árboles que dan fruto y ho-
jas medicinales. Este permanecer estables le permite curar
todas nuestras flaquezas porque nos hace experimentar la
gratuidad del amor de Dios por nosotros. Solo si estamos
realmente sedientos podemos acercarnos al Corazón de
Dios, la fuente de la que brota el río eterno del Espíritu.
En la última cena dijo Jesús a sus apóstoles: «No se
turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en
mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no,
os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar.
Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré
conmigo, para que donde estoy yo estéis también voso-
tros» (Jn 14,1-3). «Volveré y os llevaré conmigo».
Esta promesa del Señor sostiene toda la espera de
la Iglesia mientras dure el tiempo presente. Una espe-
ra respaldada por el amor y la esperanza, pero que no por
ello es menos dolorosa y, a veces, difícil.
Sin duda, «la Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor vie-
ne en su eucaristía y que está ahí en medio de nosotros.
Sin embargo, esta presencia está velada» (CCE 1404).
11
S. Weil, Pensées sans ordre concernant l’amour de Dieu
(Gallimard, París 1966) 144-145.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 51

«Hemos de arriesgar nuestra vida por una realidad de


la que no tenemos ninguna experiencia directa. A través
de esta fe entramos en un universo que escapa de todo lo
que el mundo nos enseña. Las consolaciones interiores,
las luces que recibimos en la oración, son también algo
transitorio y no son Dios. Además, esta fe no nos per-
tenece. No podemos dárnosla nosotros mismos. Es un
don del Señor que debemos pedir y recibir con agradeci-
miento, aun sabiendo que nos despojará cada vez más de
todos los apoyos sobre los que aún contamos».
Nos queda el deseo ardiente de ver el rostro del
Amado. Este deseo inunda toda la oración de los salmos:
«¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? ¿Cuándo en-
traré a ver el rostro de Dios?» (Sal 13,2; 27,8-9; 42,3).
¿Cuándo? ¿Hasta cuándo?
Como dice Job: «Si voy a Oriente, no está allí; si a
Occidente, no puedo distinguirlo; en el Norte se oculta
y no lo veo; escondido en el Sur, no lo vislumbro…»
(23,8-9), y, sin embargo, «aunque me mate, yo esperaré
en él» (Job 13,15 Vg.).
Solo la obra del Espíritu Santo puede hacernos vi-
vir en esta espera sin vacilar, sin perder la esperanza.
En nuestros corazones, «el Espíritu acude en ayuda de
nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como
conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros
con gemidos inefables» (Rom 8,26). Y estos «gemidos
inefables» no son otra cosa que la petición «Abba-Pa-
dre» (Rom 8,15; Gal 4,6).
Si Dios nos deja en la oscuridad y, al mismo tiempo,
nos hace ser conscientes de nuestros pecados, es ­porque
quiere hacernos comprender que su Bondad es más fuer-
te que nuestro mal. Nuestro único futuro es la infinita
misericordia de su Corazón, esta aceptación incondi-
cional que nos ofrece el «Padre de las misericordias y
Dios de todo consuelo» (2 Cor 1,3) y lo que nos permite

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52 La Iglesia en oración

seguir esperando en silencio una curación… que nunca


llega… o, al menos, que no llega nunca de la manera que
la estamos esperando.
Porque, al final, nuestra verdadera y definitiva cura-
ción es el abandono confiado de un niño en los brazos de
su madre (cf. Sal 130,2). Un abandono que fue la obra
maestra del Espíritu Santo en Jesús crucificado cuando
le hizo gritar sus últimas palabras terrenas: «Padre, en
tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Es este
abandono el que nos cura del desaliento, de la falta de es-
peranza. Como san Bruno, seguimos «esperando implo-
rantemente que la mano de la misericordia divina cure
nuestras miserias interiores y satisfaga nuestro deseo» 12.
Este abandono filial e implorante es la hendidura que
la gracia de Dios ha abierto en nuestro corazón de piedra
y a través del cual el Padre podrá soplar su espíritu sobre
el barro con el que hemos sido hechos (cf. Gen 2,7) y así
finalmente podrá transformarnos a su imagen y seme-
janza (cf. Gen 1,27). De este modo, la grieta se volverá
una herida que hará que nuestro corazón sea similar al de
Jesús, es decir, un corazón capaz de tener compasión por
los demás y, antes, por nosotros mismos.
Antes de sustraerse a su vista, el Señor dejó como res-
puesta a este deseo de su Esposa, a esta espera del alma,
sus últimas palabras sobre la tierra: «Yo estoy con vosotros
todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20).
Estas palabras son como el viático que quiso dejar
Jesús a su Iglesia para que no pierda su ánimo en el largo
peregrinar que, después de la Pascua, deberá afrontar a
diario en la oscuridad de la fe.
Esta promesa del Señor es solo el punto de apoyo de
la Iglesia que sabe y que cree que el Resucitado no la ha

12
San Bruno, Epistola ad Radulphum, 3, en Lettres des pre-
miers chartreux, 68.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 53

abandonado, sino que la acompaña y sostiene día tras


día con una secreta presencia que la anima y que nutre
su esperanza en la espera del encuentro definitivo con
su Esposo cuando, como le ha prometido, «vendrá de
nuevo y nos llevará con Él» (cf. Jn 14,14).
No ya en sentido figurado, sino en realidad, la Iglesia,
después de la Pascua, revive la experiencia del pueblo de Is-
rael cuando, después de cruzar el Mar Rojo, Dios lo acom-
pañaba continuamente con su presencia durante su paso por
el desierto, pero velado en la columna de nube y de fuego.
Ahora Dios acompaña el peregrinar de su pueblo con
su presencia en la Palabra y en los sacramentos, de modo
especialísimo en la celebración de la Eucaristía; sin em-
bargo, esta presencia está escondida.
Escondida en su corazón, la Iglesia custodia una se-
creta y continua nostalgia, la nostalgia de ver de nuevo el
rostro de su Esposo que ahora se ha ocultado a sus ojos.
Comentando el versículo del Salmo 118: «Mis ojos
se consumen ansiando tus promesas» (Sal 118,82), san
Ambrosio describe esta espera impaciente de la Iglesia
como la de una «joven esposa que espera con una espera
inagotable en la orilla, desde la duna, la llegada de su
esposo y, en cada nave que vislumbra se imagina que
a bordo de ella se encuentra su marido y teme que otro
tenga antes que ella el placer de ver a su amado y que no
sea ella la primera en decir: «¡Te he visto!» 13.

El silencio de Dios

Parece que a menudo (¿siempre?) la respuesta de


Dios a este deseo del encuentro, a esta incesante oración,
es su silencio.

13
San Ambrosio, Expositio in Psalmum 118, XI, 9: PL 15, 1351.

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54 La Iglesia en oración

Por la noche, buscaba


al amor de mi alma;
lo buscaba, y no lo encontraba (Cant 3,1).

Esta espera en la noche, este deseo insatisfecho de la


Presencia desvelada, es el sufrimiento de la Iglesia y de
todas las almas que buscan a Dios en la oración.
En efecto, aunque el cristiano esté seguro de la ve-
nida de su Señor porque «es imposible que Dios mien-
ta» (Heb 6,18), el silencio de Dios parece ser la única
respuesta a nuestro deseo de verlo, respuesta que hace
aumentar e incrementar el deseo. Pero esta espera vigi-
lante en la noche, una espera oscura y dolorosa en la
que vive la Iglesia, esta espera que parece no terminar
nunca, nos ayuda a comprender y a compartir desde el
interior la experiencia que a menudo viven tantos herma-
nos nuestros de la humanidad. Desilusionados que viven
sin sentido, pero que, sin embargo, siguen deseando, a
menudo inconscientemente, que suceda algo, que por fin
algo o alguien llegue a dar un sentido a su existencia, a
liberarlos del vacío.
«El impresionante misterio del Sábado Santo, su abis-
mo de silencio, ha adquirido, pues, en nuestra época un
tremendo realismo. Porque esto es el Sábado Santo: el
día del ocultamiento de Dios. [...] Sábado santo, día de la
sepultura de Dios: ¿No es éste, de forma especialmente
trágica, nuestro día? ¿No comienza a convertirse nuestro
siglo en un gran Sábado Santo, en un día de la ausencia
de Dios. [...] La tiniebla divina de este día, de este siglo,
que se convierte cada vez más en un sábado santo, habla
a nuestras conciencias. Se refiere también a nosotros» 14.
«Dios calla, y este silencio lacera el ánimo del orante,
que llama incesantemente, pero sin encontrar respuesta.
14
J. Ratzinger, Ser cristiano (Sígueme, Salamanca 1967) 88-
89.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 55

Los días y las noches se suceden en una búsqueda incan-


sable de una palabra, de una ayuda que no llega; Dios
parece tan distante, olvidadizo, tan ausente. La oración
pide escucha y respuesta, solicita un contacto, busca una
relación que pueda dar consuelo y salvación. Pero si
Dios no responde, el grito de ayuda se pierde en el vacío
y la soledad llega a ser insostenible» 15.
San Bruno veía su vida en soledad como una espera
perseverante, escudriñando como un centinela en la no-
che la llegada del Esposo para abrirle inmediatamente 16.
En su Cántico espiritual, san Juan de la Cruz tiene unos
versos maravillosos para describir esta espera y deseo de
la Esposa:
¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
Salí tras ti clamando y eras ido 17.

Pero mientras dure el tiempo, no habrá otra presencia


de Cristo que la que nos da la fe. La Iglesia lo sabe y, sin
embargo, hasta el final de los tiempos, el Espíritu y la Espo-
sa suplican al Señor sin desfallecer: «¡Ven!» (cf. Ap 22,17).
Pero la espera es larga y tarda en llegar (cf. Mt 25,5).
Es más, a menudo el Señor parece que está durmiendo
(cf. Mc 4,38) que se ha olvidado de su Esposa, de modo
que parece que la pequeña barca de la Iglesia, que está
intentando atravesar el mar «de noche» (cf. Jn 6,17) para
alcanzar «la otra orilla» (Mc 4,35), a veces se hunde por
15
Benedicto XVI, Audiencia general (14-9-2011).
16
Cf. Epistola ad Radulphum, 4, en Lettres des premiers char-
treux, 68.
17
San Juan de la Cruz, Cántico espiritual B, canción 1, en
Íd., Obras completas, 741-742.

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56 La Iglesia en oración

la tempestad (cf. Mt 8,24).


Pero esta dolorosa experiencia de la ausencia y del
silencio de Dios que hace la Iglesia no es algo «anóma-
lo» ni tendría por qué sorprendernos. No es otra cosa
que la participación en el transcurrir del tiempo de lo
que vivió el propio Señor cuando, «en los días de su
vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones
y súplicas al que podía salvarlo de la muerte» (Heb 5,7).
Esta experiencia del ocultamiento de Dios no es otra
cosa que la continuación en la Iglesia del misterio pas-
cual del Señor.
Por Él, con Él y en Él, a través de la oscuridad de la
cruz y del sepulcro, la Iglesia está pasando de este mundo
al Padre, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la
vida. Y como ya sabemos, la Pascua sucede «de noche».
Esta nostalgia de Cristo, este deseo de volver a verlo,
esta dolorosa espera en la noche, la Iglesia la vive de
modo especialmente intenso en los monjes, es decir, en
quienes han sido llamados por Cristo a ser de manera
especial signos vivos y transparentes de su Pascua para
todo su cuerpo místico.
Son quienes han sido llamados a vivir como centine-
las que escudriñan en la noche los primeros signos de la
aurora: «Vigía, ¿qué queda de la noche?» (Is 21,11).
La nostalgia y el deseo de «ver a Cristo», de «ver
el rostro del Señor» (cf. Sal 27,8), son la marca indele-
ble que el fuego del Espíritu ha imprimido en el corazón
de todos los buscadores de Dios, en el corazón de cada
uno de nosotros que estamos llamados por Él a vivir el
­misterio de «una perseverante vigilancia divina, espe-
rando su regreso, para abrirle en cuanto llame» 18.
Sin embargo, a veces todo esto parece ser una ilusión
18
San Bruno, Epistola ad Radulphum, 4, en Lettres des pre-
miers chartreux, 68.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 57

y nos parece que nos encontramos con las manos vacías,


o peor, que solo tenemos en las manos las ruinas de la
vida que habíamos soñado.
Cuando parece que todo se desmorona en nosotros y
a nuestro alrededor, cuando nuestra debilidad y nuestro
pecado resultan un peso que nunca podremos quitarnos
de encima, cuando los fantasmas que llevamos ocultos
en los pliegues secretos del corazón salen con violencia a
la superficie, cuando el fracaso parece que es ya el único
horizonte abierto ante nosotros, cuántas veces nos pre-
guntamos en lo secreto de nuestro corazón si esta espera
del Señor será algún día colmada, o si bien se trata solo
de una ilusión y quizá debemos admitir que nos hemos
equivocado. Cuántas veces «esperábamos la paz y, en
cambio, no hay ningún bienestar» (cf. Jer 14,19). Hemos
hecho lo posible por hacer la Voluntad de Dios, para serle
fieles. Hemos velado durante largo rato para estar prepa-
rados para acogerlo en cuanto hubiera llamado, aunque
hubiera sido levemente y, en cambio, no solo no ha llega-
do, sino que parece que incluso se ha alejado más…
Pero esto significa olvidar «que el amor del Padre ha
penetrado en nuestra vida a través del Corazón herido
de Cristo, sugiriendo así que quizá el Padre solo entra
en cada vida humana a través del corazón traspasado: el
corazón quebrantado por el dolor de los pecados, de los
males, de los fracasos, del “desastre” que ha reducido el
don de la vida, de lo absurdo y de la degradación a la que
se ha reducido a sí mismo» 19.
«Si no es a través de un corazón roto ¿cómo puede
nuestro Señor Jesucristo entrar?» 20.
Este perseverar en la espera, este consumir los ojos

J. Navone, sj, Teologia del fallimento (Paoline, Roma


19

1976) 12.
20
O. Wilde, La balada de la cárcel de Reading (Hiperión, Ma-
drid 1992).

04._Apuntes 6_Texto.indd 57 25/04/2024 [Link]


58 La Iglesia en oración

en la oscuridad de la noche para escudriñar la llegada


del Verbo (cf. Sal 118,82), esta obstinada esperanza en
la venida de Dios, a pesar de que todo parezca decir lo
contrario, en realidad es el único modo que tenemos para
decir al Padre nuestro deseo de comunión con Él, con
pobreza, pero con verdad. Esto es lo único que nos pide.
El Padre no puede resistirse a este deseo que, a pesar
de todo, persevera obstinadamente esperándolo. Porque
este deseo es obra del Espíritu de Cristo en nosotros.
El cántico de alabanza alcanza su mayor pureza en
el frio de esta noche, cuando todo parece estar perdido.
Paradójicamente, es de la profundidad de estos infiernos,
de ventre inferi (Gen 2,3) que sube al Padre el himno
más puro: «Nadie canta de forma más pura que quienes
están en el infierno más profundo; lo que creemos que es
el canto de los ángeles es su canto» 21.

La purificación de la esperanza

«El Señor los condujo seguros, sin alarmas» (Sal


78,53): en realidad, la Iglesia, y nosotros en ella, solo vi-
vimos en la esperanza esta intimidad con el Padre, fruto
de la Pascua de Cristo; en la esperanza participamos aho-
ra a su misterio pascual, a su «transición». Pero, a pesar
de vivirla solo en la esperanza, esta intimidad es ya real.
Por mucho que pueda ser oscuro el camino que el
Señor hace recorrer a su Iglesia y a nosotros dentro de
ella; por mucho que pueda ser incomprensible lo que
vivimos a diario, por mucho que parezca que no tenga
luz el futuro que nos espera, estamos seguros de que
estamos en las manos del Padre y que él nos está condu-
ciendo hacia la plenitud de la Pascua. Nos está guiando

21
F. Kafka, Lettere a Milena (Mondadori, Milán 1988) 186.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 59

hacia la Tierra prometida de la intimidad con Él a través


de nuestro desierto porque, como nos ha dicho: «Sé muy
bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz
y no de aflicción, daros un porvenir y una esperanza.
Me invocaréis e iréis a suplicarme, y yo os escucharé.
Me buscaréis y me encontraréis, si me buscáis de todo
corazón» (Jer 29,11-13). «Yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Pero
«estoy con vosotros en silencio». «Os hablo con “el su-
surro de una brisa suave”» (1 Re 19,12).
«El silencio de Dios puede ser intercambiado por
la ausencia o la muerte de Dios si se piensa que solo la
palabra sea signo de atención y de existencia. Pero en
el caso de Dios, la plenitud del amor, la espera de que el
hombre se libere de la prisión de lo finito y de los ído-
los, se expresa mediante ese silencio que no es inexis-
tencia o incomunicabilidad, sino palabra más allá de las
palabras, Palabra sin palabras» 22.
En efecto, más allá de lo que podamos «experimen-
tar», más allá de los sentimientos y de las emociones,
más allá de nuestra psique, existe un «lugar» escondido
en las profundidades de nuestro corazón donde somos
«tocados» inmediatamente por Él, donde estamos en
comunión con Él por medio de la fe, la esperanza y el
amor. Este «toque» divino se pasa «en silencio» porque
es Dios que está engendrando a Dios en nosotros: «Mi
Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él»
(Jn 14,23). Esto va más allá y está por encima de cual-
quier palabra posible.
En realidad, «en este silencio, insoportable para el hom-
bre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encar-
nado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos
hace partícipes de la oración de Jesús» (CCE 2717).

22
K. Rahner cit. en L’Osservatore Romano 70/3 (2005) 12.

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60 La Iglesia en oración

Este silencio como única respuesta de Dios a nuestra


oración nos permite purificar nuestra imagen de Dios,
como lo hizo Job, y poder así huir de la tentación de ha-
cer de la oración un «comercio» entre iguales. Como le
ocurrió a Job que, al final de su lucha con Dios, ante el
esplendor del misterio de Dios, tuvo que reconocer que
«te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis
ojos» (Job 42,5). Este silencio, esta «ausencia» de Dios
es la purificación necesaria de todos los orantes para que
puedan alcanzar la «visión» del Dios verdadero.
«La fe contiene los elementos de la firmeza, la con-
fianza absoluta, la entrega, pero también el de la oscuri-
dad. [...] El modelo de la “colaboración”, que tan caro
nos resulta, respecto a Dios falla, porque no permite ex-
presar suficientemente la sublimidad de Dios y lo oculto
de su actividad. Precisamente el ser humano abierto del
todo a Dios llega a aceptar la alteridad de Dios, lo oculto
de su voluntad, que puede convertirse para la nuestra en
espada que atraviesa» 23.
Es absolutamente necesaria esta experiencia del silen-
cio de Dios, del aparente «fracaso» de la oración. En efec-
to, todos, cada uno de nosotros y la Iglesia, estamos siem-
pre expuestos a la sutil tentación mundana de la utopía, es
decir, a la de creer que se pueda realizar la salvación en la
historia, en nuestra historia personal y en la de la Iglesia.
Más o menos conscientemente, estamos convencidos
de que el Reino nacerá del perfeccionamiento espiritual
de cada individuo y de la comunidad, de que «las mag-
níficas y progresivas suertes» son imparables y son el
camino seguro por el que llegará a nosotros el Reino.
Al contrario, como enseña el Catecismo de la Iglesia
Católica (n. 677): «El Reino no se realizará, por tanto,
23
J. Ratzinger, «Llena eres de gracia», en J. Ratzinger – H. U.
von Balthasar, María, Iglesia naciente (Encuentro, Madrid 41999)
52.

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V. La liturgia del corazón: la vida de oración 61

mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8)


en forma de un proceso creciente, sino por una victoria
de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf.
Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Es-
posa (Cf. Ap 21, 2-4)».
El silencio de Dios nos «obliga» a recordar que «sin
mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Nada»… quizá
no nos damos realmente cuenta de que «nada» significa
exactamente «nada de nada», no «poco».
Es necesario que el cuerpo de cada uno de los miem-
bros experimente y viva en sí mismo la debilidad radical
de la Cabeza crucificada, clavada e impotente. Porque
solo cuando la pobreza alcanzó en Cristo este abismo
insuperable, solo entonces pudo Él decir humanamente
«Abba, Padre» con plenitud. Y solo cuando cada uno de
nosotros, en la medida establecida por el Padre, comul-
gue realmente a esta pobreza de Cristo, solo entonces
cada uno de nosotros y, por tanto, la Iglesia entera será
plenamente lo que el Padre haya proyectado para noso-
tros desde la eternidad.
Quizá tendríamos que leer con esta luz las pruebas
humillantes que la Iglesia está viviendo y atravesan-
do en nuestro tiempo porque «antes del advenimiento
de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final
que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18,8;
Mt 24, 12)» (CCE 675).
«Es bueno que el ministerio pueda portar hoy esta faz
denigrada, que Judas lo traicione de nuevo en todos los
sentidos. [...] Cuanto más reconociblemente se trasluzca
a través de la faz del ministerio la cabeza llena de sangre
y heridas, tanto más pura interiormente será la existencia
ministerial» 24
24
H. U. von Balthasar, «Lo católico en la Iglesia», en ibid.,
138-139.

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62 La Iglesia en oración

Si, por un lado, la grave crisis actual que está viviendo


la Iglesia es una liberación de la tentación de la posibili-
dad utópica de una realización infrahistórica e intramun-
dana del Reino, por otro lado, los sufrimientos actuales
son «los dolores de parto» (Ap 12,2) con los cuales la
Iglesia está engendrando a Cristo en el mundo.
«La Iglesia solo puede entenderse en su Señor. No
existe autocomprensión alguna de la Iglesia [...]. Dejará
siempre que su Señor le regale su sentido y se percatará
cada vez más profundamente de dicho sentido, con amor
humilde, en el sí y en el servicio» 25
Y este don de sí misma que recibe del Señor nunca
falla. Es indefectible la fidelidad de Cristo a su Esposa,
a cada alma. Por esta razón, «a pesar de la hostilidad del
Dragón, la Iglesia siempre engendra a Cristo» 26.
Y de este modo, acogiéndose con pobreza a sí misma
por Cristo, con Él y por medio de Él, la Iglesia «se en-
gendra a sí misma cada día» 27.

25
Ibid., 139.
26
Beda el Venerable, Explanatio Apocalypsis, II, 12: PL 93,
166.
27
Ibid.

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Capítulo VI
EL DESIERTO

«La Iglesia del desierto» (cf. Hch 7,38)

Existe un «lugar» donde es colmada esta espera de


Dios en el silencio y la pobreza de espíritu. Existe un
«lugar» donde se da el encuentro entre el Esposo y la
Esposa, un encuentro que es el deseo eterno de Dios y la
inquietud del corazón humano.
En este «lugar», Dios revela en la fe su verdadero
rostro a quienes lo están deseando en la humillación de
su incurable pobreza. Este lugar es el desierto.
Etimológicamente, el desierto es un «lugar abando-
nado», un lugar del que todos han huido porque carece
de las condiciones para vivir. Por eso hay soledad en el
desierto. Nadie va al desierto, es más, el desierto lo es
porque todos lo han abandonado.
En efecto, el desierto es un lugar en el que el ser hu-
mano experimenta su propia vulnerabilidad y se encuen-
tra en una total impotencia, sin los habituales soportes,
de manera que ha de admitir y afrontar su propia mor-
talidad. El desierto es el signo de nuestra total impoten-
cia porque es allí donde se nos revela nuestra debilidad,
porque no se puede sobrevivir en el desierto. Allí falta el
pan, el agua, las normales relaciones con los demás que
nos permiten vivir. En el desierto, el hombre se descu-
bre en su verdad: «desgraciado, digno de lástima, pobre,
ciego y desnudo» (Ap 3,17). Por este motivo, el desierto
es un lugar al que nadie quiere ir, y mucho menos que-
darse. Nadie puede ir al desierto por propia iniciativa.

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64 La Iglesia en oración

Solo el Espíritu puede atraer al desierto, como sucedió


con Cristo (cf. Mt 4,1; Lc 4,1; san Marcos dice incluso
que el Espíritu «empujó» a Jesús al desierto, Mc 1,12).
Por eso, como afirma el mismo Señor, es Él quien
conduce al desierto a su esposa: «Yo la persuado, la llevo
al desierto, le hablo al corazón» (Os 2,16).
Allí, en la soledad, Dios ha preparado un refugio a la
Mujer para «hablarle al corazón», para alimentarla (cf.
Ap 12,6) con su Palabra. Allí será por fin destruida en
nosotros la imagen deformada de Dios que habían reci-
bido en herencia de nuestro primer padre y recibiremos
de Dios la revelación de su verdadero rostro: el de un es-
poso enamorado y no el de un déspota. Allí «me llamarás
“esposo mío”, y ya no me llamarás “mi amo”» (Os 2,18).
Solo en la expoliación del desierto donde se «se adquiere
esa mirada serena que hiere de amor al Esposo y por me-
dio de cuya transparencia y pureza se ve a Dios» 1.
Como la Iglesia, cada uno de nosotros es «atraído»
por el Espíritu al desierto. Él nos hace intuir que hay
algo en el desierto, Alguien, que lo hace fascinante. Y
esta atracción es más fuerte que el miedo que se siente
instintivamente por el desierto. «Lo bello del desierto —
dice el Principito— es que en algún lugar esconde un
pozo» 2. Es cierto, escondido en las profundidades del
desierto, hay un pozo y al borde de este pozo está senta-
do Jesús, solo, que nos espera para decirnos: «Dame de
beber» (Jn 4,8). Y esta mujer a la que Jesús pide que le
dé de beber «es figura de la Iglesia» 3.
Si el hombre experimenta la sed en el desierto, hasta
llegar a la muerte, en el desierto nos encontramos con

San Bruno, Epistola ad Radulphum, 6, en Lettres des pre-


1

miers chartreux, 70.


2
A. de Saint-Exupéry, El principito (Alianza, Madrid r1980).
3
San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de San Juan, XV,
10, en Íd., Obras completas, XIII (BAC, Madrid 32005) 350.

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VI. El desierto 65

Jesús que nos revela que también Dios tiene sed, una sed
de nosotros que lo llevará a la muerte, a la cruz, donde
morirá de sed (cf. Jn 19,28). La revelación de esta sed
de Dios será la realización de todas las Escrituras (ibid.).
Por tanto, también hay un desierto para Dios y este
desierto es la ausencia del hombre, el rechazo del hom-
bre que no quiere corresponder a su amor divino.
Pero Dios sigue deseando encontrar a alguien que
corresponda de verdad a su amor (cf. Jn 4,23), y, por
este motivo, seduce a la Iglesia, la atrae al desierto para
hablarle al corazón (cf. Os 2,16).
Solo en el desierto, cuando todos los ruidos y las
voces se callan, solo entonces Dios puede hablarnos al
corazón y mostrarnos su verdadero rostro, no el de un
faraón omnipotente, sino el de un enamorado sediento
del amor de su esposa.
En realidad, solo aquí, despojados por la misma fuer-
za del desierto de los débiles soportes que constituían
nuestra frágil seguridad y nos daban la ilusión de una
vida «buena», nos enfrentamos a «nuestros demonios» y
a las «bestias salvajes que hemos alimentado en nuestros
corazones desde tiempos inmemoriales» 4. Aquí salen a
la luz del sol sin posibilidad de ocultarlas nuestra maldad,
nuestros vicios y perversas inclinaciones. En el desierto
nos vemos despojados de todo. En el desierto, nuestro
orgullo, sobre todo el espiritual, es reducido al silencio.
De este modo, solo cuando se apaga en nosotros el
fragor del orgulloso esfuerzo que hacemos continuamen-
te para salvarnos con nuestras fuerzas, solo entonces, en
el silencio del desierto, podremos oír el susurro de Dios
que habla «con una brisa suave» (1 Re 19,12), con una
voz de silencio.

4
Guigo II, Meditatio, I, en Íd., Lettre sur la vie contemplative
(Sources chretiénnes 163; Cerf, París 2001) 126-127.

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66 La Iglesia en oración

En efecto, solo entonces podrá hablar a nuestro co-


razón y decirnos lo incomprensible y grande que es su
amor por cada uno de nosotros. Solo cuando en la sole-
dad hagamos la experiencia humillante de nuestra incu-
rable miseria, solo entonces podremos «ver» realmente
el verdadero rostro de Dios. Y entonces nos daremos
cuenta de verdad que el único motivo por el que Dios
nos ha guiado al desierto es «porque es eterna su mise-
ricordia» (Sal 136,16). Nos ha llevado a la soledad para
que pudiéramos hacer la experiencia concreta de que en
el desierto el hombre «espera todo de la misericordia de
Dios y nada de sus propios méritos» 5.
Solo si nos dejamos guiar por el Espíritu ad interiora
deserti (Ex 3,1), hasta las «profundidades del desierto»,
podremos descubrir el rostro ardiente desde el que nos
llama Dios desde siempre a cada individuo y a la Igle-
sia. Y allí, postrados en silencio, descalzos con la cara
cubierta, podremos recibir la revelación de su Nombre.
Y solo en la Pascua, es decir, en la revelación que Él
hace de sí mismo en la zarza ardiente de la cruz y de la
resurrección de su Hijo, donde Cristo arde sin consumir-
se en el fuego del Espíritu, en el fuego del amor por el
Padre y por nosotros, solo allí podremos «ver» a Dios en
su verdad.
Pero la Pascua de Cristo sucede en la más profunda
soledad y en el silencio más completo: ¿quién puede de-
cir de hecho en qué instante resucitó Cristo?
«¡Qué noche tan dichosa! —canta el Exultet— solo
ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abis-
mo».
Por esta razón, el desierto es el lugar donde se pue-
de celebrar de manera más perfecta la Pascua 6, y «en
5
Íd., Meditatio, IV, en ibid.
6
Cf. Euquerio de Lyon, Epistola de Laude eremi, 32: PL 50,
708.

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VI. El desierto 67

v­ erdad, la cruz de Cristo es llamada eremita y verdadero


eremita es Cristo Dios que lleva la cruz» 7.
Por eso, solo en la soledad y en el silencio de una
noche pascual la Iglesia, y nosotros en ella y con ella,
podremos vivir en plenitud y de manera definitiva nues-
tra comunión completa con la muerte y la resurrección
de Cristo, nuestra pascua. «La Iglesia solo entrará en la
gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que
seguirá a su Señor en su muerte y su resurrección (cf. Ap
19, 1-9)» (CCE 677). Y en el silencio nocturno de esta
pascua nuestra nos será revelado el verdadero rostro del
Padre en el rostro del Hijo crucificado y resucitado.
Por tanto, al final, toda la vida de oración se resume
y se concentra en dejar que Cristo viva en nosotros su
vida de alabanza y de ofrenda al Padre. Todo converge
en vivir con Él su Pascua. En compartir, ahora en la lu-
minosa oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la
luz deslumbrante de la resurrección, el silencio profundo
y la inmensa soledad de su «noche pascual».

7
Anónimo del s. xiii cit. por J. Leclercq, «Pétulance et spiri-
tualité dans le commentaire d’Hélinand sur le Cantique des Canti-
ques»: Archives d’Histoire Doctrinale et Littéraire du Moyen Âge
31 (1964) 41.

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Capítulo VII
LA VIDA RESUCITADA

«Yo soy para mi amado y mi amado


es para mí» (Cant 6,3)

Todo lo que hemos mencionado hasta ahora puede


parecer quizá muy «intimista», incluso «alienante», le-
jos de la realidad a menudo tan trágica de nuestro mundo
y de nuestra Iglesia.
Todo esto se parece a una fábula y, sin embargo, es
nuestra fe y la única razón de ser de los cristianos, de la
Iglesia es dar testimonio de esta verdad con la vida.
Todo esto solo puede parecer un cuento de hadas si
olvidamos que la Pascua es el único hecho que ha cam-
biado definitiva y radicalmente la historia.
Como ya hemos recordado, la Pascua es «el único
acontecimiento de la historia que no pasa. […]. Es un
acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero
absolutamente singular: todos los demás acontecimien-
tos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por
el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario,
no puede permanecer solamente en el pasado, pues por
su muerte destruyó a la muerte […]. El acontecimiento
de la cruz y de la resurrección permanece y atrae todo
hacia la vida» (CCE 1085).
Esta contemporaneidad de la Pascua en todos los
momentos de todos los tiempos es la razón por la cual
cualquier hombre puede vivir una real experiencia de la
Pascua, de la presencia real del Resucitado en su propia
vida.

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70 La Iglesia en oración

Y esta contemporaneidad del resucitado con todos


los hombres de todos los tiempos es lo que permite a
nuestra oración no ser una autoilusión, una vacía enso-
ñación o, peor, un delirio en el cual nos hablamos con
nosotros mismos o con la nada.
Por tanto, es en la oración donde Cristo resucitado,
vivo y presente, presente y activo, «aquí y ahora» sigue
atrayendo hacia sí a todos (Jn 12.32), atrayéndolos en su
Misterio.
San Bruno, en su carta a Raúl Le Verd, nos dejó una
descripción sobria, pero fascinante de su experiencia de
esta intervención del Resucitado en su vida, experiencia
que dictó una nueva dirección a su existencia:
¿Te acuerdas, amigo mío, del día en que nos en-
contrábamos juntos tú y yo con Fulcuyo le Borgne
en el jardincillo contiguo a la casa de Adam, donde
entonces me hospedaba? Hablamos, según creo, un
buen rato de los falsos atractivos del mundo, de sus
riquezas perecederas y de los goces de la vida eterna.
Entonces, ardiendo en amor divino, prometimos, hi-
cimos voto y decidimos abandonar en breve las som-
bras fugaces del siglo para captar los bienes eternos 1.
Por tanto, la oración es la «puerta» que permite a
Cristo entrar realmente en nuestra vida, para atraernos
al desierto y hablarnos al corazón (Os 2,16). La oración,
también la más pobre, es la única «puerta» a través de la
cual el resucitado puede irrumpir en nosotros y en nues-
tro mundo (Ap 4,1). E irrumpe en él sorprendiéndonos
siempre… porque Él, en la soberana libertad de su amor,
se reserva «sorprender» también a quien quizá no lo es-
pera o lo espera inconscientemente.

1
San Bruno, Epistola ad Radulphum, 13, en Lettres des pre-
miers chartreux, 74-76.

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VII. La vida resucitada 71

Para estar cerca de nosotros, cerca en el tiempo y


cerca de la inquietud de nuestra modernidad, ¿cómo no
recordar la conversión de Simone Weil? Así la relata ella
en A la espera de Dios. Fue en un momento en el que
estaba recitando un poema de George Herbert:

Creía que estaba recitándolo solo como una hermo-


sa poesía (el poema Love, del poeta inglés George
Herbert, †1633), mientras, sin saberlo, esa recitación
tenía la virtud de una oración.
Fue precisamente mientras la estaba recitando que
Cristo descendió y me tomó.
En mis razonamientos sobre la insolubilidad del pro-
blema de Dios no había previsto esta posibilidad de
un contacto real, de persona a persona, aquí abajo,
entre un ser humano y Dios.
Por otra parte, ni los sentidos, ni la imaginación ha-
bían tenido una mínima participación en esta con-
quista repentina de Cristo; solo sentido a través del
sufrimiento la presencia de un amor análogo al que
se lee en la sonrisa de un rostro amado 2.

En efecto, la oración, también la más costosa, la más


árida, la más distraída, la que parece que inexorablemen-
te cae siempre en el vacío, siempre es escuchada porque
Quien la escucha siempre está vivo y presente. Siempre
es un «contacto real, de persona a persona, aquí abajo,
entre un ser humano y Dios».
Por este motivo, una Iglesia que ora, un cristiano que
ora, es decir, que se dejan atraer realmente por Cristo,
que dejan que Él irrumpa en su vida y siga viviendo en
ellos su Pascua, son lo más «eficaz» que exista porque
hacen presente, aunque con una inmensa pobreza y limi-

2
S. Weil, Attente de Dieu (Albin Michel, París 1966) 75-76.

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72 La Iglesia en oración

tación, la única novedad que existe en nuestro universo,


el único acontecimiento que realmente importa: la entre-
ga de la misma vida de Dios a nosotros los hombres y,
por eso mismo, la destrucción de la muerte.

«Es fuerte el amor como la muerte» (Cant 8,6)

Porque la muerte, nuestra muerte, por mucho que sea


exorcizada, por mucho que sea acallada, ocultada, sigue
siendo el único verdadero problema de cada uno de no-
sotros.
Quizá quien cree en el Resucitado no se da cuenta
de que para un no creyente «es la propia vida la que
está herida de muerte. Porque “sabe” que todo lo que
es importante y de valor para él en el presente está con-
denado a muerte en el futuro. Cualquier cosa que ame,
tendrá que morir. La vida se transforma en la realiza-
ción de la muerte. Todo está invadido por la nada y lo
absurdo» 3.
Todo lo que hace el hombre es para intentar huir de
la angustia de su muerte que sabe que llegará a pesar de
todo.
«Solo Jesús puede decirnos a cada uno de nosotros:
“He resucitado y ahora estoy siempre contigo”. Mi mano
te sostiene. Dondequiera que tu caigas, caerás en mis
manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte.
Donde ya nadie puede acompañarte y donde tú no pue-
des llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las
tinieblas en luz» 4.
En efecto, «si la venida de Dios en el hombre no lle-
gase a esta profundidad, Dios se burlaría de él. Al ha-
cerse hombre, Dios se dirige hacia el seno de la muerte,
3
M. Dêlbrel, Nous autres, gens des rues, 208-209.
4
Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual (7-4-2007).

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VII. La vida resucitada 73

entra en ella, y este es el acontecimiento definitivo, el


único.
Jesús, vencedor con su muerte de la muerte y que nos
entrega su vida: este es el único Acontecimiento de la
historia, su cruz y su resurrección» 5.
Y este acontecimiento se hace cotidianamente «nues-
tro» en la oración. Porque la oración, o es comunión con
el resucitado o no es oración. Quien ora uniéndose a Je-
sús con la fe «tiene la vida eterna y no debe afrontar el
juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida», como
afirma el Señor (Jn 5,24).
Cuando ora, el cristiano «tiene la vida eterna»: la po-
see ya. Ha pasado ya con Cristo de la muerte a la vida
porque acoge en sí mismo al Cristo vivo, y vivo hoy, vivo
en el único Acto que le da vida: el recibir la vida del Pa-
dre y restituirla en la eucaristía. Con la oración pasamos
de una vida, que es para la muerte y tiene la muerte como
único horizonte, a la vida sin fin que brota del don de sí
mismo hasta el extremo, hasta la muerte.
Para quien ora, la Pascua de Cristo se ha convertido
en su propia vida hasta el punto de poder decir: «No soy
yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).
Para un cristiano no hay nada que pueda resultar extraño
a la vida nueva, a la vida pascual de Cristo con la cual
está en contacto íntimo con la oración, con los sacramen-
tos de la liturgia.
Por este motivo, Pablo puede preguntar a los bauti-
zados: «Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea
todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por
medio de él» (Col 3,17).
«Todo», es decir «cualquier cosa». En cada gesto,
en cada palabra, en cada actividad, en cada momento

5
J. Corbon, Liturgia alla sorgente (Ed. Qiqajon, Monasterio
de Bose 2003) 40-41.

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74 La Iglesia en oración

vivido con amor, en obediencia a la Voluntad de Dios,


«pasamos» con Cristo al Padre y en este «pasar», en este
«paso» atraemos todo y a todos con nosotros. Porque el
poder de la Pascua afecta y transforma todo. Y de este
modo, todo puede convertirse realmente en oración.
Cada palabra nuestra, cada gesto nuestro, incluso, y
quizá sobre todo, los más pequeños y banales, los más
naturales, como dormir o comer, respirar y caminar, lo
que hacemos por costumbre o por necesidad, pueden
convertirse en un eco del «sí» de Jesús al Padre, si con
una mirada de fe reconocemos en ellos la invitación del
Padre a cumplir su voluntad.
En nuestra jornada, a menudo tan «normal», tan «ba-
nal», podemos descubrir una infinidad de momentos en
los que poder decir al Padre con Jesús: «No aceptaste
holocaustos ni sacrificios por el pecado. En cambio, me
preparaste un cuerpo. Entonces yo dije: He aquí que ven-
go para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (cf. Heb 10,6-7).
Porque todas las cosas pequeñas de cada día son el
«material», el «cuerpo» que Dios nos ofrece para que
nuestro amor por Él no se quede en palabras, en un sen-
timiento vacío, sino que tome precisamente «cuerpo».
De este modo, nuestra persona en todas sus dimen-
siones podrá convertirse real y concretamente en una
prolongación de la encarnación, «una humanidad com-
plementaria en la que Él renueve todo su Misterio» 6. De
este modo, nuestra persona se convertirá en Iglesia.

6
Santa Isabel de la Trinidad, «Elevación a la Trinidad, 21 de no-
viembre de 1904», en Íd., Obras completas (BAC, Madrid 2020) 79.

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Capítulo VIII
LA MADRE DE LA ORACIÓN

«He entrado en mi jardín, hermana mía, esposa»


(Cant 5,1)

En la pobre historia de nuestro mundo, un día se pronun-


ció un «sí» tan completo y total que permitió a Dios tomar
realmente cuerpo en nuestro universo. Fue un «sí» sin reser-
vas que brotó de un corazón tan cristalino y sin ningún re-
torno sobre sí mismo que atrajo realmente a Dios a la tierra.
María.
Hubo un día en el que Dios llamó a la puerta de una pe-
queña casa de pueblo, llamó a la puerta de una muchacha
desconocida pidiéndole: «Ábreme, hermana mía, amada
mía, mi paloma sin tacha» (Cant 5,2), mi todo. Ábreme,
porque mi alegría es estar con los hijos de los hombres.
Y ella le abrió inmediatamente la puerta. Y entonces «el
Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).
Por medio de la fe silenciosa de María, la alabanza
que el Verbo canta eternamente al Padre, Abba, también se
empezó a cantar en nuestro mundo con palabras nuestras.
La oración se hacía carne, se hacía visible y tangible para
que todos pudiéramos cantar con el Hijo su canto eterno al
Padre. Porque fue ese «sí» de la Virgen lo que permitió fi-
nalmente a la humanidad «que desatara en oración dichosa
y veraz su lengua muda y sintiera el inefable poder regene-
rador de cantar con nosotros las alabanzas divinas y las es-
peranzas humanas, por Cristo Señor en el Espíritu Santo» 1.
1
San Pablo VI, Discurso en la clausura de la segunda sesión
del Concilio (4-12-1963).

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76 La Iglesia en oración

Y la Virgen fue la primera que se unió a este canto


con su Magníficat.
Canto que ha hecho suyo la Iglesia y que canta a dia-
rio en la puesta del sol, haciendo suya la invitación de
san Ambrosio: «que esté en cada uno el alma de María
para ensalzar al Señor, que en cada uno esté el espíritu de
María para exultar en Dios» 2. Así, es siempre ella, María
tympanistria nostra 3 la que todavía hoy guía el canto de
acción de gracias de la Iglesia, que guía el coro de voces
de los fieles que alaban en la oración a Dios por la salva-
ción que ha obrado en ellos.
«María guardaba todas estas cosas en su corazón y me-
ditaba en ellas» (Lc 2,19). [...] La memoria primero, la con-
ciencia luego, la comprensión después, el asombro, la con-
templación, finalmente, no son quizás las fases de la vida
espiritual de la Virgen, que se ha elevado, también desde
este aspecto, por ejemplo, a una especie de proceso inte-
rior que debería ¿Se cumplirá en cada seguidor de Cristo?
[...] Jesús está presente, ante todo, por la fe, en nosotros.
Al respecto lo dice todo una palabra de san Pablo: “Cristo
habita en vuestros corazones por la fe” (Ef 3,17). De esta
afirmación deriva toda la vida espiritual de nuestra reli-
gión (que luego estará integrada por otro elemento esen-
cial, la gracia, y otro coeficiente instrumental, la Iglesia)» 4
En el evangelio de Lucas, dice Jesús: «Mi madre y
mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de
Dios y la cumplen» (Lc 8,21). Y comenta san Ambrosio:
«Cada alma que cree, concibe y engendra al Verbo de
Dios […]. Si según la carne hay una única Madre de
Cristo, según la fe Cristo es engendrado por todos» 5.

San Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, II, 26:


2

PL 15, 1561.
3
San Agustín, Sermón 194, 2 (apócrifo): PL 39, 2105.
4
San Pablo VI, Audiencia general (9-1-1974).
5
San Ambrosio, loc. cit.

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VIII. La madre de la oración 77

María es, por tanto, Madre de la oración, la nuestra y


la de la Iglesia, porque es Madre del Único que puede y
sabe orar. En la medida de nuestra fe, María está siempre
engendrando silenciosamente en nosotros y con nosotros
a Cristo y por eso mismo está engendrando nuestra ora-
ción.
Y sobre todo engendra la oración de los pobres, de
aquellos que «no saben pedir como conviene» (Rom 8,26),
que no saben y no pueden recorrer los caminos intransita-
bles de la «gran» oración. A estas «pequeñas almas», Dios
ofrece a María como sencillo camino de oración, como
medio fácil para su transformación en Cristo.
«Alabada sea por siempre esta gran Madre majestuo-
sa, en cuyas rodillas he aprendido todo» 6. «¡Sí, alabada
sea esta gran Madre, en cuyas rodillas hemos aprendido
y seguimos aprendiendo efectivamente todo cada día!» 7.
Sí, con María somos como niños pequeños que bal-
bucean sus primeras oraciones en la rodillas de su mamá
que se las enseña…
Por eso, san Luis María Grignion de Montfort escri-
be en el Tratado de la verdadera devoción a la santísima
Virgen 8:
Existe una gran diferencia entre hacer una figura de
bulto a golpes de martillo y cincel, y sacar una esta-
tua vaciándola en un molde. [...] San Agustín llama a
la santísima Virgen molde de Dios, el molde propio
para formar y moldear dioses. Quien sea arrojado en
este molde divino, quedará muy pronto formado y
moldeado en Jesucristo, y Jesucristo en él; con po-
cos gastos y en poco tiempo, se convertirá en Dios,

P. Claudel, Ma conversion, cit. en H. de Lubac, Meditación


6

sobre la Iglesia (Encuentro, Madrid 2008) 295.


7
H. de Lubac, ibid.
8
Obras, ed. L. Salaün (BAC, Madrid 1984) 371-372.

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78 La Iglesia en oración

porque ha sido arrojado en el mismo molde que ha


formado a Dios.
Sin confiar en su propia astucia, sino solo en la
bondad del molde, se funde o se pierde en María,
para convertirse en una copia natural de Jesucristo»
(n. 219).
«Pero acuérdate que no se echa en el molde sino
lo que está fundido y líquido; es decir, que es nece-
sario destruir y fundir en ti al viejo Adán para trans-
formarte en el nuevo en María (n. 221).
Y cuando, por obra del Espíritu Santo y por la ora-
ción de María, Cristo sea perfectamente formado en to-
dos, cuando haya alcanzado su estatura plena, entonces
su canto será cantado perfectamente por su cuerpo, por
su Iglesia. Entonces, la nueva Jerusalén descenderá del
cielo resplandeciente de la gloria de Dios y ya no tendrá
necesidad de ningún lugar de oración, de ningún templo,
porque Dios mismo y Cristo serán su templo. En efec-
to, entonces la comunión de la Santa Trinidad, el canto
eterno que el Hijo canta al Padre en el Espíritu Santo se
difundirá incesante y plenamente en todos los miembros
glorificados del Resucitado 9.
Entonces la Iglesia irá al lugar de su reino, teniendo
con ella solo sus miembros espirituales, inconexos y
separados para siempre de todo lo que es impuro: una
ciudad verdaderamente santa, verdaderamente triun-
fante, el reino de Jesucristo y reinante con Jesucristo.
A la espera de ese día, esta gime aquí como un
exiliado: sentada, dice el santo Salmista, en los ríos
de Babilonia, llora y gime, recordando a Sion: senta-
da en los ríos, estable entre los cambios; no es trans-
portada por los ríos, sino que está suspirando en sus
orillas; viendo que todo se desplaza, y suspirando por

9
Cf. J. Corbon, Liturgia alla sorgente, 52.

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VIII. La madre de la oración 79

Sion, donde todo es permanente; llorando por encon-


trarse en medio de lo que pasa y no es, por el recuer-
do que tiene en el corazón de lo que dura y es: estos
son los gemidos de este exilio.
Entretanto, canta por consolarse, y canta el mis-
mo canto de la Jerusalén celeste: Aleluya, sea alabado
Dios; ¡Amén, así sea! Sea alabado Dios por su gran
gloria; este es el canto de la Iglesia. Esta parte de
ella, que ya está viva con Dios, lo canta en plenitud,
y la otra, eco fiel, lo repite en la impaciencia y en la
avidez de un santo deseo. Aleluya para la Iglesia, ala-
banza a Dios para la Iglesia: alabanza a Dios cuando
llama, alabanza a Dios cuando se entrega: amén, así
sea para la Iglesia que dice continuamente; ¡Él ha
hecho bien todo! 10.

10
J. B. Bossuet, Lettre (IV) à une Demoiselle de Metz, n. 20-
22.

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Conclusión
LA ORACIÓN, EXPERIENCIA DE DIOS

Somos conscientes de que los comentarios preceden-


tes, más que tratar detalladamente el tema que nos había-
mos propuesto, solo lo han evocado.
Sin embargo, ya que, como decía san Pablo VI, «el
hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que
dan testimonio que a los que enseñan» 1, concluyamos
estas pocas reflexiones con el testimonio de la vida de
oración de un monje que ha transcurrido su larga exis-
tencia en esta incesante búsqueda del rostro de Dios.

La oración para el monje cartujo

La definición clásica de oración es la de Juan Da-


masceno, «una elevación del alma a Dios» (CCE 2559).
Sin embargo, el cartujo preferirá quizá la definición del
monje Juan Clímaco, que denomina la oración una «fre-
cuentación» de Dios (La escalera del divino ascenso,
grado 28. Él añade también que la oración es unión con
Dios, ¡enôsis!). Usamos la palabra «frecuentación» para
traducir homilia, una palabra que designa el contacto ha-
bitual con una persona, un estar con alguien.
En la orden de los Cartujos, Guigo, el autor de la pri-
mera regla (en realidad una simple recopilación de cos-
tumbres) escribe, casi de pasada (es su estilo) una frase
fundamental: «Nuestra principal aplicación y nuestra
­vocación son vivir en el silencio y en la soledad de la
1
San Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 41.

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82 La Iglesia en oración

celda» 2. Sin embargo, hemos de recordar lo que dijo un


monje cisterciense, gran amigo de los cartujos, Guillaume
de Saint Thierry: «El monje nunca está menos solo que
cuando está solo», porque en la soledad, el monje está con
Dios. Por eso, la oración para él solo es vivir esta situa-
ción.
San Bruno, el fundador de los cartujos, en una de las
pocas cartas que tenemos de él, escribía ya: «Cuánta uti-
lidad y gozo divino traen consigo la soledad y el silencio
del desierto a quien los ame, solo lo conocen quienes lo
han experimentado» 3.
Es por tanto una cuestión de «experiencia». Pero
hemos de decir inmediatamente que esta «experiencia»
puede ser vivida en la más completa oscuridad, en la
ausencia de cualquier tipo de sentimiento. Esto es algo
muy difícil de entender para el hombre de la actualidad:
sin embargo, comprenderlo es la perla de gran valor es-
condida en la vocación cartuja.
A nivel de lo que se percibe, de lo que el monje ex-
perimenta muy a menudo, se dará simplemente el hecho
de que «resiste», de que, a pesar de todo, sigue viviendo
en la soledad. A pesar de las pruebas, a pesar de tener a
veces la tentación de huir, persevera porque lo profundo
de su corazón se ciñe a este modo de vida. Porque Dios
está presente en esta constancia. Es Él, solo Él, quien nos
da la fuerza de perseverar.
El propio Bruno lo enseña en otra carta a los Herma-
nos de Chartreuse. Decía que muchos habían deseado
esa soledad, pero no habían podido quedarse porque «no
habían recibido esa gracia de lo alto. Nulli eorum desu-
per concessum est».

Guigo I, Consuetudines Cartusiae, 14, 5.


2

San Bruno, Epistola ad Radulphum, 6, en Lettres des pre-


3

miers chartreux, 70.

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Conclusión. La oración, experiencia de Dios 83

A pesar de que en la actualidad algunos prefieren ha-


blar de las causas psicológicas de la vocación o de la
falta de vocación, esta observación de san Bruno es fun-
damental.
Esta es la realidad: podemos estar en la soledad por-
que hemos sido apoyados por Dios. Los factores huma-
nos, lo que sentimos, ya sean positivos o negativos, sin
duda existen; pero, después de una larga experiencia,
nos damos cuenta de que estos factores no alcanzan la
realidad profunda que está dentro de nosotros. No con-
seguimos sentirla.
Y la realidad profunda es que por la fe sé que Dios
está ahí, en mí, y es Él quien me lleva. Lo sé en la fe.
La fe no es solo un grito, es conocimiento. Porque exis-
ten muchas formas distintas de ciencia o conocimiento
humano. Pero en la cima está el «superconocimiento»
(epignôsis): es un neologismo acuñado por san Pablo
para describir la luz que pone Dios dentro de nosotros
(Ef 4,13; etc.). El conocimiento de la fe es una luz di-
vina secretamente presente en mi espíritu que me hace
ver con esa luz recibida y con ningún otro medio, que
«todo esto es verdadero» y, ante todo, que Dios está pre-
cisamente en mí. No puedo «apoderarme» de esta luz
para escrutarla, sino que está en mí.
Este rápido esbozo de lo que es la fe no nos ha des-
viado del tema de la oración. La oración es una «fre-
cuentación» de Dios porque consiste en vivir una rea-
lidad que ya me ha sido dada, es decir, Dios que está
presente, aquí, en mi propia fe.
¿Qué significa vivirla? La fe, al ser una Presencia
divina dentro de mí, «toca» a Dios en la oscuridad.
Quien quiere vivir de esto no podrá contentarse con las
representaciones que tiene de Dios en su mente, ni de
los pequeños movimientos emotivos que tiene en su
corazón. En su pequeño tratado Instrucciones espiri-

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84 La Iglesia en oración

tuales 4, Eckart describe estas decisivas palabras: «Lo


que buscamos no es a un Dios que se presenta a nues-
tra mente bajo forma de pensamientos y sentimientos
­porque cuando estos desaparecen, desaparece también
ese Dios. Lo que queremos es la misma realidad de
Dios, mucho más allá de cualquier pensamiento o sen-
timiento».
¿Cómo puede realizarse esto? Los estatutos de la
Orden de los Cartujos dicen que el camino del mon-
je consiste en ser «introducido por el Espíritu Santo
en las profundidades de su corazón» (St. 4.2). Es el eco
de una convicción muy profunda que ha estado presen-
te en todos los monjes solitarios. Los monjes solitarios
están seguros de llevar en lo más profundo de sí mismos
un abismo de luz. En la mayoría de las veces, esta luz
permanece para ellos completamente oculta. Pero esto
importa poco. Este abismo de luz le atrae; es la verdade-
ra fuente de esa «alegría divina» de la que hablaba san
Bruno.
Solo el Espíritu Santo puede movernos en esta direc-
ción. Por tanto, no hemos de hacer nada más que dejar
que Dios mismo actúe en nosotros. El monje es total-
mente receptivo en su oración.
Orar significa dejar que Dios actúe. Una consecuen-
cia de ello es que el monje está llamado a un despren-
dimiento total de sí mismo. Porque la auténtica recepti-
vidad, si no es solo un pío deseo, exige un largo y duro
aprendizaje. Decía Madre Teresa de Calcuta: «Amar
duele» (es decir, duele a quien ama, evidentemente).
No nos corresponde a nosotros decir al Señor cuán-
do ha de actuar. El monje vive fundamentalmente en un
estado de espera: espera el día en el que vendrá su Señor

4
Maestro Eckart, Die rede der underscheidunge, en Íd.,
Deutsche Werke, 5 (Kohlhammer, Stuttgart 1963).

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Conclusión. La oración, experiencia de Dios 85

(cf. Lc 12,26), es decir cuando el Señor se manifestará


como es plenamente.
«Bienaventurada el alma que, esperando la venida de
su Señor justo hoy, considera como nada todo el cansan-
cio del día y el cansancio de la noche porque sabe que
con las primeras luces del alba su Señor se le manifesta-
rá». Así hablaba el monje Elías el Ecdicos. Este monje
era casi contemporáneo de san Bruno. San Bruno tenía
exactamente el mismo pensamiento 5.
Pero existe otro aspecto de la oración. Aquí nuestra
humanidad vuelve a adquirir sus derechos. Para apro-
piarme como ser humano de esta realidad humana que
está en mí, también tengo que ejercer mis facultades:
mi inteligencia, mi voluntad, mis sentimientos. Jan van
Ruusbroec, cuyos escritos fueron la lectura preferida de
muchos cartujos en los siglos precedentes, explica:

La gracia brota de Dios mismo como un movimien-


to interior, un efecto del Espíritu Santo que actúa en
nuestro espíritu desde el interior, no desde el exterior.
Porque Dios es más íntimo a nosotros de lo que pode-
mos ser nosotros mismos y su movimiento está más
cerca de nosotros que nuestra acción. De este modo,
Dios obra en nosotros desde el interior hacia el exte-
rior, mientras que las cosas creadas obran en nosotros
desde el exterior hacia el interior 6.

Por lo tanto, orar significa simplemente permitir a


Dios actuar dentro de mí. Para que Dios actúe, puede
ser necesaria una determinada cantidad de actividad de
oración; por ejemplo, para algunas personas, el rezo pro-
longado del rosario, etc. Pero esta actividad solo tiene
5
Cf. Epistola ad Radulphum, 4, en Lettres des premiers char-
treux, 68.
6
J. van Ruusbroec, L’ornamento delle nozze spirituali, 1, 55.

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86 La Iglesia en oración

valor porque Dios ora en mí a través de ella. San Pablo


decía que nadie puede decir «¡Jesús es Señor!», si no es
movido por el Espíritu Santo (1 Cor 12,3). Esto es to-
davía más verdadero para todas las formas concretas de
oración que puede utilizar el monje. En cualquier caso,
lo que realmente cuenta es la homilía, estar con Dios.
Nuestro «segundo fundador» Guigo era muy cons-
ciente de todo esto. En su vocabulario personal, el en-
cuentro inmediato con Dios mismo, que es la razón de ser
de la vida en soledad, es expresado de preferencia con el
hecho de que «Dios nos revela sus secretos» (por ejemplo,
la manifestación de Dios a Jacob en la soledad, cf. Cons.
80 n.4). Pero, al mismo tiempo, este encuentro hace un
amplio uso de intermediarios: se realiza a través de una
serie de actividades concretas: el monje en su celda, si-
gue diciendo Guigo (St. 4.2), «se ocupará de una manera
ordenada y provechosa en la lectura, escritura, salmodia,
oración, meditación, contemplación y trabajo». A través
de todo esto, explican nuestros Estatutos (ibid.), el monje
desarrolla el hábito de «la escucha tranquila del corazón».
En esta vida secreta con Dios, el monje conocerá
momentos difíciles, pero también otros momentos en
los que percibirá su propia alegría. San Bruno no pasó
por alto estos momentos; se refirió a ellos en la frase
fundamental que hemos citado: «Cuánta utilidad y gozo
divino traen consigo la soledad y el silencio del desierto
a quien los ame, solo lo conocen quienes lo han expe-
rimentado». Y san Bruno dice a Raúl Le Verd que «la
recompensa por el esfuerzo del combate es la paz que el
mundo ignora y el gozo en el Espíritu Santo».
«Por el esfuerzo del combate»: notemos estas pa-
labras. El combate existe y no faltan los momentos de
prueba. J. B. Porion, un monje que fue maestro espiri-
tual, nos desvela su secreto en una carta a un hermano
que pasaba un momento de prueba:

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Conclusión. La oración, experiencia de Dios 87

Esta sensación de cansancio, este rápido agotamiento


de las fuerzas durante el día, esta falta de gusto por
todo lo que se presenta que hay que hacer en el marco
de vida cartujano, todo esto es una de las formas de la
prueba cartujana, de la agonía que hemos consentido
cuando nos hemos tirado a Dios como nos tiramos
al mar. La solución sería soportar todo esto, día tras
día, en unión con nuestro Señor; llevar esta paciente
consumación como una gloria oscura. En la Cartuja
sufrimos esta agonía de un modo u otro: y, esperando
contra toda esperanza, nos es dado concebir la vida
eterna en nosotros mismos, en lo secreto más íntimo
de nosotros mismos. A menudo, un secreto para no-
sotros mismos […].
Esta es otra forma de homilia, de frecuentación de
Dios. En realidad, sí contiene una alegría, pero es una
alegría secreta, la de estar unidos a Cristo.
Es delicado describir el lugar de Cristo en nuestra
oración. La cuestión central no es cuántos de nuestros
pensamientos de oración se den a Cristo y cuántos a la
Trinidad. Los pensamientos explícitos no son la cuestión
principal. En realidad, el carácter crístico de nuestra ora-
ción es expresado perfectamente por las palabras de san
Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en
mí» (Gal 2,20). Es una cuestión de vida.
El corazón de la vida de Cristo es el ofrecimiento de
sí mismo por amor al Padre. Esto es de por sí un misterio
insondable, infinito y, al mismo tiempo, un misterio que
gobierna toda la historia de la humanidad y de cada ser
humano.
Por la gracia, encontramos en nosotros mismos una
inclinación a la entrega total a Dios en alabanza de su
gloria. Esta no es otra cosa que la presencia en nosotros
de este Misterio de Cristo.
Esta presencia en nosotros encuentra su máxima ac-
tualización en la participación en el sacrificio de la misa.

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88 La Iglesia en oración

Pensemos en lo que M. Olier decía del sacerdote en ese


momento: «Hemos de aniquilarnos en esta acción y estar
allí puramente como miembros de Jesucristo». Miem-
bros vivos, llamados a vivir interiormente lo que vive
Cristo en este sacrificio.
Al mismo tiempo, la misa es el culmen de toda nues-
tra vida: todo lo que hacemos y, por tanto, cualquier otra
forma de oración está refiriéndose implícitamente a esta
unión en la misa y a lo que Cristo vive en ella. Esto es
verdad también cuando la Misa (o incluso Cristo) no es-
tán presentes en nuestros pensamientos.
Pero ya que el misterio de Cristo está inscrito de
forma tan profunda en nuestros corazones por la gracia,
es mucho más fácil pasar, si se presenta la ocasión, al
recuerdo de la cruz. De ninguna manera se siente esta
memoria como un cuerpo extraño en nuestra meditación.
Como último análisis, el «conocimiento» de Dios es
un acto de amor. Un episodio del final de la vida de la
pequeña Teresa nos lo dirá mejor que cualquier discurso.
Torturada por la enfermedad y por las pruebas interiores,
ya no conseguía moverse de la cama, cuando un día las
enfermeras la descubrieron de rodillas en la cama (¿cómo
lo había conseguido?), con los ojos intensamente fijos en
el Crucificado. Le preguntaron: «¿Qué le estás diciendo
a Jesús?». Y su respuesta: «No le hablo, lo amo».

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SE TERMINÓ DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN DE
«APUNTES SOBRE LA ORACIÓN, 6.», DE LA
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS,
EL DÍA 25 DE ABRIL DE 2024, FESTI-
VIDAD DE SAN MARCOS, EVAN-
EN LOS TALLERES DE
ANEBRI, S.A.
MADRID

L A U S D E O V I R G I N I Q U E M AT R I

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