CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS
Nada más común que la muerte y, sin embargo, nada más asombroso.
La muerte es un acontecimiento que, a pesar de su inevitabilidad, no entra en
nuestros cálculos. Su venida nos sorprende siempre y nos deja, si somos
sinceros, perplejos y enmudecidos. Yo creo que cuando nos enfrentamos con la
muerte es uno de esos momentos en los que el silencio es más elocuente que
las palabras. No es improbable que las palabras que pretendemos desgranar
para consolar al que se queda o para justificar ese tremendo acontecimiento
que es la muerte, suenen a vacío insoportable.
Naturalmente que toda persona es muy libre para adoptar su postura ante la
muerte y ante lo que puede suceder después de ella. Para muchos, lo
sabemos, la muerte es el fin, la nada, el abismo. Con la desaparición de la vida
acaba todo lo que a la vida la caracteriza: el amor y el odio, el trabajo y la
iniciativa, la ambición, la esperanza, el orgullo, la soberbia, la bondad. Se ha
llegado al final por completo. Para muchas personas el "más allá" no existe"
Nosotros, los cristianos, hemos hecho, por el contrario, una opción. La opción
por la VIDA ETERNA, una opción que, no olvidemos, se toma desde la fe y que
supone un salto, un inmenso salto dado con la mano puesta en la mano de
Cristo, por el que, en definitiva, hemos optado. Creo que no es ocioso repetir
constantemente que el cristianismo es una elección que el hombre, cada
hombre, debe tomar seria y conscientemente; que el cristianismo no puede ser
fruto de una herencia familiar o de un contexto social, porque, en ese caso,
carecería de contenido auténtico. Pues bien, en esa elección responsable y
reflexiva que el ser humano hace al interrogarse sobre los problemas más
importantes de su propia vida, está implícita la idea cristiana de que, tras la
muerte, está la vida.
Hoy el Evangelio nos dice, con toda rotundidad, que JC nos resucitará en el
último día, es decir, que nos dará una vida sin límites y sin final. A través de
todas las páginas del Evangelio en las que Jesús se encontró con la muerte
encontramos siempre la misma respuesta: el vencimiento de la muerte que
queda doblegada ante la palabra vivificante del Señor. ¡Levántate!, le dirá a
Lázaro ya hediondo en su tumba; y la misma palabra imperativa y operativa la
repetirá al hijo de la viuda de Naím y a la hija del centurión. Más tarde, su
propia resurrección será la respuesta más evidente a su señorío sobre la
muerte y la gran piedra angular en la que se apoyará nuestra esperanza
cristiana y nuestra seguridad en ese misterio (no lo olvidemos, es un misterio)
de la vida tras la muerte.
Por eso, los cristianos, al conmemorar hoy a todos los que están más allá de
nuestro mundo, a todos los que han convertido su fe en seguridad, junto al
dolor por su ausencia, a veces lacerante, otras ya atemperado por el paso del
tiempo, no podemos sacar una consecuencia angustiosa, desesperada e
impotente, sino una llamada a la vida, a esa vida que palpamos y tenemos, a
ésa que conocemos y con la que nos estamos fabricando esa otra vida en la
que esperamos y creemos. Porque aquí está la gran lección de la esperanza
cristiana en la vida eterna: la de enseñarnos a vivir ahora de modo que
podamos abrir los ojos con paz cuando los cerremos, a ser posible también con
paz, en el tiempo y en el espacio concreto. Y para ayudarnos a vivir como lo
quiere Cristo, hoy podríamos recordar cuáles van a ser sus palabras cuando
nos encontremos con Él más allá de nuestros límites terrenos. Son palabras
categóricas que señalan inequívocamente un camino a recorrer: Vengan,
benditos de mi Padre..., porque tuve hambre y me dieron de comer, estuve
enfermo y me visitaron, triste y me consolaron... Nuestra meditación serena
hoy, vayamos o no al cementerio, tiene que estar enfocada a la vida para
hacerla posible según la quiso Cristo: viviéndola para los demás, trabajando
para que la vida sea vida para todos los hombres; haciéndola grata, amable y
llevadera.
El mundo está necesitado de hombres que crean firmemente en la vida eterna,
que le den un sentido de trascendencia, de hondura y de espiritualidad a la
vida, a la vida del hombre sobre la tierra. Los cristianos deberíamos ser esos
hombres. Lo seríamos si creyéramos de verdad en Cristo resucitado y en todo
cuanto dijo e hizo en su vida y en su muerte. Qué duda cabe que una manera
de predicar en silencio nuestra fe en la vida que no acaba es vivir la vida que
acaba con sentido de eternidad.
Intentando reproducir con todas las limitaciones que tenemos, y que tan bien
conocemos, el estilo de vida de Cristo.
Lamentablemente y en general, habría que decir que los cristianos vivimos
aquí y ahora igual que los que no creen que más allá de la muerte existe la
vida. Quizá por eso somos tan poco convincentes.