Lectura Complementaria
Lectura Complementaria
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reposada lectura de estas páginas motive a ampliar el conocimiento y profun-
dización en un océano de profundas e interdisciplinares reflexiones, del cual la
redacción siguiente son unas modestas e insignificantes gotas de agua.
Palabras clave: Doctrina Social de la Iglesia, testimonio, coherencia, op-
ción preferencial por los pobres, solidaridad, argumentos, problemas sociales,
evangelización, misión, Iglesia, sociedad.
INTRODUCCIÓN
Aunque el título de este artículo pudiera parecer que cuestiona una ob-
viedad; así, dirían muchos ¡y porqué no se va a hablar de temas sociales!,
¡faltaría más!; no es cuestión baladí, pues refiriéndome concretamente a la
Iglesia, comunidad de hermanos unida en la fe que camina en el nombre del
Señor Jesús para alcanzar la salvación, todavía existen reticencias al respecto.
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Efectivamente, en etapas anteriores e inmediatamente posteriores al Concilio
Vaticano II no estaba generalizado ni asumido algo tan evidente hoy como la
ocupación intelectual, física y espiritual en todos y cada uno de los proble-
mas que son consecuencia de las relaciones de las personas entre sí en una
sociedad en permanente cambio. Indudablemente, hoy resulta muy común,
en cualquier espacio eclesial, hablar de temas relacionados con la política,
economía, ecología, violencia, cultura y tantos otros, pues no se trata ni de
presentar un listado prolijo ni de utilizar inadecuadamente los socorridos
puntos suspensivos. Efectivamente, la cultura y las nuevas circunstancias
sociales han propiciado que cada vez sea menor el número de personas que
consideran inadecuado o improcedente la intromisión según ellos de la Iglesia
en esos asuntos, considerando que al hacerlo realizan algo inadecuado o no
conforme con las exigencias de la fe.
1. LA IMPORTANCIA DE LO SOCIAL
En palabras de San Juan Pablo II: “la cuestión social no ha dejado de ocupar
la atención de la Iglesia” (LE, 2), un compromiso especial y particularmente
manifiesto en favor de la justicia y la paz en el mundo (ibid.)
Nada nuevo descubrimos si afirmamos que en mayor o menor medida, de-
pendiendo siempre de las circunstancias sociales de cada etapa de la historia,
el creyente nunca ha estado aislado de las realidades temporales. Desde la
sociedad veterotestamentaria hasta hoy son innumerables las manifestaciones
que demuestran una relación comprometida conducente a la solución de tantos
problemas acuciantes para el hombre, destacando la actuación y mensaje de
los profetas1, las primeras comunidades cristianas, los santos Padres2 y tantos
esfuerzos institucionales como individuales de inmensa relevancia y proyección
que han contribuido a hacer un mundo mejor, más justo.
Importancia resaltada por San Pablo VI en el discurso a los representantes
de los estados en su visita a la O.N.U., el 4 de Octubre de 1965 hablando
de la Iglesia como experta en humanidad y en el servicio al hombre, con
la siguiente afirmación“Hacemos nuestra también la voz de los pobres, de
los desheredados, de los desventurados, de quienes aspiran a la justicia, a
1 Entre tantos textos impresionantes, los dos siguientes: Is. 55, 1” ¡Oid, todos los sedien-
tos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino
y leche de balde!”; Jer 22,3: “Practicad la justicia y el derecho, librad al oprimido del opresor,
no explotéis al emigrante, al huérfano y a la viuda, no derraméis sangre inocente.”
2 Al respecto una publicación con una selección de textos muy interesante: Sierra Bra-
vo, R., Diccionario social de los padres de la Iglesia, Madrid, 1997.
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la dignidad de vivir, a la libertad, al bienestar y al progreso” (n. 3), en total
consonancia con el inicio de lo que es uno de los mejores documentos que
se han escrito en la historia de la Iglesia, la constitución pastoral Gaudium et
Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres
de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez
gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada
hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS, 1).
Opción por el hombre y la humanidad omnipresente en el mensaje eclesial,
destacando la aportación de San Juan Pablo II, “Todos los caminos de la Igle-
sia conducen al hombre” (RH, 14). La Iglesia no deja solo a ningún hombre,
y frente a cualquier circunstancia; es por ello que se ha de hacer frente a todo
aquello que puede amenazar a la persona, sociedad y mundo contemporáneo,
los peligros de la técnica, del optimismo humanístico, la sociedad de la efi-
cacia, la explotación irracional de los recursos naturales (cfr. RH, 15-16) y
de toda injusticia contra el género humano.
La actuación del hombre en el mundo, conlleva una serie variada y comple-
ja de hechos de índole social, fruto de su relación con el entorno, los demás
hombres y la historia; que constituyen una respuesta a los problemas surgi-
dos en cada momento y circunstancia, limitada, sin duda, por los modelos,
sistemas, estructuras, creencias y demás restricciones específicas, vigentes
en la sociedad.
Economía, política, cultura, ecología, comunicación, agresividad, familia,
son, por citar algunos ejemplos, distintas áreas, con multitud de temas cada
una de ellas, que precisan reflexión y análisis conducentes a ofrecer orien-
taciones desencadenantes de actitudes, que humanicen en plenitud la vida;
es decir, donde reinen la paz, la justicia y el amor. Son problemas de este
signo, el objeto de análisis y estudio. La Iglesia nunca ha estado aislada de las
realidades temporales; pero esta relación e implicación Iglesia-sociedad, ha
pasado por fases distintas en las cuales, siempre se ha apreciado dinamismo
y apertura en sus contenidos.
La Iglesia, no sólo no está ajena a cualquier problema humano, sino que
además, y en virtud de su tarea de instauración del Reino de Dios en el mun-
do, acompaña, acoge, responde al hombre y aspira a transformar la realidad,
desde su praxis específica, ofreciendo un proyecto de vida, fundamentado en
la enseñanza de Jesucristo, que se concreta en principios y valores coherentes
con el evangelio.
Todo esto nos introduce en la cuestión social (una de las primeras denomi-
naciones de lo que hoy conocemos como doctrina social de la Iglesia), amplia
y rica en contenidos, ¡y tanto, que para cuántos es una gran novedad!, donde
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siempre gravitará lo siguiente: La Iglesia al servicio de TODO HOMBRE y
de TODO EL HOMBRE; el hombre integral y la universalidad, presentes en
todos los planteamientos.
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referencial tanto para el creyente como para toda aquella persona que, indepen-
dientemente de su creencia y/o ideología tenga a bien incluirla en su programa
de vida. Si en los comienzos de la DSI, las circunstancias imperantes propiciaron
que fuese la economía, la temática objeto de estudio, conforme ha ido evolucio-
nando la sociedad y ella misma, se ha ampliado notablemente su ocupación a
otras muchas áreas, hasta el punto de poder afirmar que hoy, no existe problema
importante de índole social al que no haya dirigido su reflexión.
Con la denominación Doctrina Social de la Iglesia7, nos referimos al conjun-
to de contenidos inspirados en la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia,
con los cuales el Magisterio (pontificio) diseña históricamente unos principios,
criterios y normas de acción sobre la condición humana y su dinamismo social
e histórico. Así, San Juan Pablo II, en su discurso a los obispos en Puebla, el 28
de enero de 1979 decía: “Es esta verdad sobre el ser humano, la que constituye
el fundamento de la enseñanza social de la Iglesia”. (I, 9)
Se trata de una doctrina orientada a la acción, que en absoluto hace re-
ferencia a contenidos exclusivamente teóricos, pues se origina en el aconteci-
miento de salvación realizado en CRISTO. La Instrucción “Libertad Cristiana y
Liberación” en el nº 71, dice: “La liberación radical obrada por Cristo, le asigna
una tarea al hombre: la praxis cristiana, que es el cumplimiento del gran man-
dato del amor. Este es el principio supremo de la moral social cristiana, fundada
sobre el Evangelio y toda la Tradición, desde los tiempos Apostólicos y la época
de los Padres de la Iglesia, hasta las recientes intervenciones del Magisterio”.
Provisionalidad y permanente evolución son características de la DSI, lo
que no significa demérito alguno para la misma, sino consecuencia obvia de
la característica imprescindible dimanante de la relación Iglesia-sociedad, la
cual es profunda e inevitablemente dinámica. No podemos olvidar que la DSI
se incorpora en la Historia de la Salvación, que es un proceso de encarnación
de la Palabra en cada época y circunstancia, donde el impulso del Espíritu es
quien conduce y anima este encuentro entre lo permanente y lo transitorio; por
tesis: Cf. Souto Coelho, J. (coord), Doctrina Social de la Iglesia. Manual abreviado, 51-98;
así como Camacho Laraña, I. Doctrina Social de la Iglesia. Una aproximación histórica,
Madrid 1991, 89 ss.
7 No encuentro mejor definición al respecto que la elaborada por San Juan Pablo II, en
el discurso de “año nuevo” en 1991, año de la “Doctrina Social de la Iglesia”: “Enseñanza
doctrinal mediante la cual el Magisterio de la Iglesia, asistido por el Espíritu y sostenido, al
mismo tiempo por el parecer de los teólogos y de los especialistas en ciencias sociales, procura
iluminar a la luz del Evangelio las actividades diarias de los hombres y mujeres en las diversas
comunidades a que pertenecen, desde la institución familiar a la sociedad internacional”.
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eso, la DSI, cauce de este diálogo con la realidad, participa de las dos carac-
terísticas comienzo de este párrafo.
Con respecto a la actualidad y vigencia de la Doctrina Social de la Iglesia
(DSI), es de destacar en el momento en que se publica este artículo, las referen-
cias que la Constitución Apostólica Praedicate evangelium le dedica. En efecto,
el singular documento con el cual el Papa Francisco da el paso definitivo hacia
una Iglesia sinodal, publicado el 19 de marzo de 2022 y con entrada en vigor el
5 de junio de 2022 (Solemnidad de Pentecostés), profundiza y difunde la doctrina
social de la Iglesia sobre el desarrollo humano integral y reconoce e interpreta a
la luz del Evangelio las necesidades y preocupaciones del género humano de su
tiempo y del futuro (art.163.2). Desde el artículo 163 al 174 se desarrolla la misión
y el servicio del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que
tiene como principal tarea promover la persona humana y su dignidad dada por
Dios, los derechos humanos, la salud, la justicia y la paz; mostrando un especial
interés por cuestiones relacionadas con la economía y el trabajo, el cuidado de
la creación y la tierra como “casa común”, los movimientos migratorios y las
emergencias humanitarias. Además, conviene destacar la alusión a los principios
de la DSI, cuando en el art 11, los considera el instrumento más apropiado para
proteger y promover los derechos del personal empleado por la Curia romana en
el desempeño de su trabajo. Sin olvidar lo manifestado cuando al citar al comité
de inversiones (art.227) como responsable de garantizar el carácter ético de las
inversiones de la Santa Sede, ha de realizar su labor de acuerdo con la doctrina
social de la Iglesia.
Finalmente, la cantidad de temas, materias y ciencias con las que ha de dia-
logar la DSI, fruto de su dimensión social, la hacen interdisciplinar de forma
inevitable y necesaria, pues como dice el papa Francisco: “estos aportes de los
Papas recogen la reflexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y
organizaciones sociales que enriquecieron el pensamiento de la Iglesia sobre
estas cuestiones” (LS, 7).
La materia que nos ocupa está inserta en el discurso teológico-moral, cuyos
rasgos más sobresalientes son además de interdisciplinaridad, unidad y conti-
nuidad en la constante evolución a que está sometida; al servicio de la Iglesia,
y por consiguiente del hombre y sociedad, especialmente sensible ante las
injusticias y “estructuras de pecado” vigentes en el mundo; novedosa, actual y
entrañablemente ocupada por la promoción y liberación integral del hombre.
¿Es la solución a todos los problemas sociales existentes?, lo es o sería, en
cuanto semilla que, debidamente “abonada” por las personas e instituciones,
produce o produciría, frutos de Paz, Justicia y Amor, tan necesarios en un mun-
do insolidario y laicista que, tanto endiosa como excluye al hombre.
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La DSI es un servicio a la fe, y, debe ser comprendida a partir de la FE.
Cristo ha confiado a su Iglesia el poder de regir, santificar y enseñar. Por lo
que se refiere a esta última potestad, debemos distinguir áreas de competencia
e intención o finalidad de una.
3. ARGUMENTOS
Frente a quienes no sólo ven bien que la Iglesia hable y se posicione so-
bre estos temas, sino que además lo consideran necesario; están (en pequeña
proporción, todo hay que decirlo) el sector de reticentes, que se abruman o
no entienden que un Papa, un obispo, hablen de política, economía, ecología,
derechos humanos incluso. Eso de que la Iglesia se meta en política, economía
y demás temas anejos, dicen, no es lo suyo; hasta concluyendo con lacóni-
cas, intempestivas y cómo no, inexactas frases del signo siguiente: obispos
a rezar, políticos a legislar; así como si un obispo o Papa, cuando reflexione
sobre esos asuntos pretendiera articular leyes (que corresponde a los órganos
constitucionales correspondientes), o también, como si un político por ejem-
plo no pudiera rezar.
El asunto es tan sencillo como lo siguiente: todos los problemas del hombre,
incluidos los sociales, son objeto de la preocupación de la Iglesia, y por tanto
constituyen ocupación, que se manifiesta en decir y hacer, de acuerdo con
un proyecto de vida concreto, para humanizar la realidad, y siempre desde su
ámbito específico, sin menoscabo e injerencia alguna en otros, con los cuales
está y debe de estar en diálogo permanente.
Del mismo modo que hablar de economía, no implica en absoluto ser
economicista (todo se reduce a economía); reflexionar sobre temas políticos
no significa politizar la vida eclesial; así como una cosa es iluminar sobre
cuestiones de índole política y otra, adoptar posturas partidistas oficiales. El
mensaje de la Iglesia nunca se agota en el presente inmediato, siempre conjuga
el pasado (para aprender), el futuro (para crear, evolucionar) y el presente (para
dar respuesta presencial aquí y ahora).
Esperando que las anteriores reflexiones nos introduzcan críticamente en el
tema, ofrecemos a continuación unas modestas razones que justifican la voz y
presencia de la Iglesia en este quehacer,
Los problemas sociales al ser problemas humanos siempre tienen una di-
mensión ética. La fe facilita la formación de una conciencia recta y bien for-
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mada a la persona, para asumir sus tareas históricas (campo donde lo técnico
debe ser aplicado), pero con apertura a lo trascendente (campo de las respon-
sabilidades éticas). Por consiguiente, la fe apoya el orden social robusteciendo
el sentido moral de las personas.
En palabras de León XIII, queda bastante claro la importancia de la dimen-
sión ética en el hombre: “la verdadera dignidad y excelencia del hombre
radica en lo moral, es decir, en la virtud; que la virtud es patrimonio común
de todos los mortales, asequible por igual a altos y bajos, a ricos y pobres; y
que el premio de la felicidad eterna no puede ser consecuencia de otra cosa
que de las virtudes y de los méritos, sean éstos de quienes fueren.” (RN, 19)
La DSI, consciente de cuál es la misión de la Iglesia: “dirigir a los hombres
a la felicidad eterna” (QA, 41), en modo alguno renuncia a “interponer su
autoridad” (ibid.) en las realidades temporales, precisando “no ciertamente
en materias técnicas para las cuales no cuenta con los medios adecuados ni
es su cometido, sino en todas aquellas que se refieren a la moral” (ibid.).
Convicción y peculiaridad omnipresente en todos los documentos de la DSI8,
particularizada en un ámbito de gran importancia como es el desarrollo (PP,
13 y SRS, 41)
Si pretendemos precisar, la misión de la Iglesia es de carácter religioso y
moral9, que implica necesariamente iluminar con la luz de la fe el quehacer
temporal de construir estructuras de justicia para todo el ámbito social. Cierta-
mente, “La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político,
económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso” (GS, 42); por
ello, no pertenece de por sí a la Iglesia, en cuanto comunidad religiosa y jerár-
quica, ofrecer soluciones concretas en el campo social, económico y político
para la justicia en el mundo. Pero su misión implica la defensa y la promoción
de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana.
Los obispos y papas al referirse a estos temas, consideran la realidad como
pastores, no como técnicos; y es además desde la perspectiva ética, desde la
que la Iglesia reclama competencia para analizar y juzgar sobre la problemática
política, económica, cultural, ... social en definitiva (QA, 41.96; RN, 12.20;
MM, 15.220; GS, 42; Puebla, 178.515-516); considerando pues, su intervención
en estos asuntos como plenamente legítima.
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Conviene también puntualizar con respecto a los sistemas económicos10 y
diversos modelos o alternativas11 que gestionan la vida social en todas las na-
ciones del mundo, la singularidad e independencia de la Iglesia respecto todos
ellos, pues teniendo bien presente que “la Iglesia tiene un mensaje específico
que proclamar” (OA, 5); “no interviene para confirmar con su autoridad una de-
terminada estructura establecida o prefabricada” (OA, 42). Efectivamente, “en
virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de
civilización humana ni a sistema alguno político, económico y social” (GS, 42),
lo cual le confiere una característica esencial para su misión en el mundo, como
es la universalidad, que posibilita la constitución de “un vínculo estrechísimo
entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que éstas tengan
confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir
tal misión.” (Ibid.); porque y siempre con el deseo de colaborar activamente
en la solución y mejora de cualquier problema social, “Nada desea tanto como
desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen político
que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia y los
imperativos del bien común.” (ibid.)
Con claridad meridiana se presenta la identidad y naturaleza de la DSI
con respecto a los sistemas económicos y demás modelos sociales vigentes,
y que transcribimos íntegramente habida cuenta de su relevancia y precisión
expositiva: “La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una «tercera vía»
entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posi-
ble alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que
tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa
10 Véase la valoración ética de ambos sistemas que presentan: VIDAL, M., Moral Social.
Moral de actitudes III, Madrid, PS, 1991, 7ª ed., la “inhumanidad del capitalismo”, 372-382 y la
“debilidad ética del colectivismo”, 382-385, se acompaña de bibliografía específica; Camacho,
I.-Rincón, R.-Higuera, G., Praxis cristiana. [Link]ón por la libertad y la justicia, Madrid,
Paulinas, 1986, “Capitalismo: signo de contradicción”, 435-485 y “Socialismo: luces y som-
bras”, 486-522; González-Carvajal Santabárbara, L., Entre la utopía y la realidad –Curso
de Moral Social–,Santander, Sal Terrae, 1998, “el fracaso del colectivismo”, 109-119 y “luces
y sombras del capitalismo”, 119-128; y, Galindo, A., Moral socioeconómica, Madrid, BAC,
1996, “contradicciones en el interior del capitalismo”, 465-466, “carácter totalitario de la socie-
dad socialista”, 468. Texto clave, en cuanto a la valoración del capitalismo y del colectivismo,
efectuada por la Doctrina Social de la Iglesia (a partir de ahora: DSI), es el debido a Juan Pablo
II, en su encíclica “Laborem Exercens” (LE), nº 14 (Once grandes mensajes, Madrid, BAC,
1993, 15ª ed., 587-591).
11 Cfr. Vidal, M., o.c., 386-392; Camacho, I.-Rincón, R.-Higuera, G., o.c., 523-542.;
González-Carbajal Santabárbara, L., o.c., 129-133; Galindo, A., o.c., 470-476; “Cristia-
nismo y Tercera vía”, Iglesia Viva, 207(2001).
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formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realida-
des de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la
luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas
realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio
enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente,
para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece
al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología
moral.” (SRS, 41)
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que califico de extraordinario12 ; acompañado de asociaciones, congresos, inves-
tigaciones y tantas actuaciones dignas de encomio que muestran y demuestran
ocupación a la vez que preocupación por las cuestiones sociales. No podemos
olvidar al respecto lo concerniente a la inclusión de la asignatura (DSI) en la for-
mación de candidatos al sacerdocio así como tantos profesionales matriculados
en facultades, universidades y diversos centros de estudio ligados a la Iglesia
católica. Indudablemente habría que potenciar mucho más el esfuerzo al respecto
en realidades tan cercanas, vivas, presentes y necesarias en la labor evangeli-
zadora, como las parroquias y asociaciones diversas de apostolado seglar; y,
muy especialmente en cualesquiera medios de comunicación, habida cuenta de
la importancia e influencia en estos tiempos de las inevitables redes sociales.
Debemos reconocer la particular influencia de San Juan Pablo II, también en
este ámbito y especialmente en lo concerniente a la formación de los sacerdotes.
Planteó la DSI como una rama de la teología moral y dio orientaciones sobre
el modo en que esta disciplina debía ser enseñada en los seminarios.
El 27 de junio de 1989 se presentó a la prensa un nuevo documento sobre
la DSI, emanado de la CONGREGACIÓN para la EDUCACIÓN CATÓLICA,
“Orientaciones para el estudio y la enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia
en la formación de los sacerdotes” 13, donde en el número 27 explica con sen-
cillez y profundidad el sentido y alcance de la DSI: “Un servicio desinteresado
que la Iglesia ofrece según las necesidades de los lugares y de los tiempos. El
realce de esta dimensión histórica muestra que la doctrina social de la Iglesia,
expresada con claridad y coherencia en sus principios esenciales, no es un sis-
tema abstracto, cerrado y definido una vez por todas, sino concreto, dinámico y
abierto. En efecto, la atención a la realidad y a la inspiración evangélica sitúan
a la Iglesia en condición de responder a los continuos cambios a que están so-
metidos los procesos económicos, sociales, políticos, tecnológicos y culturales.
Se trata de una obra en continua construcción, abierta a los interrogantes de las
nuevas realidades y de los nuevos problemas que surgen en estos sectores.”
Ocupados en el deseo de intentar exponer argumentos que justifiquen la voz
de la Iglesia acerca de los temas sociales, tras reconocer la necesidad de instruir
interdisciplinariamente en sus contenidos específicos, necesariamente hemos de
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referirnos a la puesta en práctica de tales enseñanzas; de lo contrario se estaría
contraviniendo un rasgo característico de la DSI apuntado líneas atrás: la DSI,
una doctrina orientada a la acción; seamos claros, para casi nada serviría. San
Juan XXIII alude a un ya conocido método (“ver”, “juzgar”, “actuar”), tres fases
de un mismo proceso que facilita la puesta en práctica de la DSI (MM, 236);
que, reclamando especialmente el protagonismo de la juventud, exhorta a que
“no sólo reflexionen sobre este orden de actividades, sino que, además, en lo
posible, lo practiquen en la realidad. Así evitarán creer que los conocimientos
aprendidos deben ser objeto exclusivo de contemplación, sin desarrollo simul-
táneo en la práctica.” (MM, 237), intentando en todo momento evitar enfrenta-
mientos dialécticos inútiles, para lo cual nada mejor que saber dialogar siempre
al encuentro de soluciones convergentes resultado no de imposiciones sino de
convencimientos que colaboren al bien común, con lo cual se evitan desgastes
innecesarios y se aprovecha la inmensa riqueza que aporta la pluralidad; por
consiguiente, “los católicos, en el ejercicio de sus actividades económicas o
sociales” (MM, 239) siempre habrán de mostrarse: “Animados de espíritu de
comprensión para las opiniones ajenas, plenamente desinteresados y dispuestos
a colaborar lealmente en la realización de aquellas obras que sean por su natu-
raleza buenas o, al menos, puedan conducir al bien” (ibid.)
San Juan Pablo II incide en la necesidad de enseñar y difundir la DSI: “La
enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evan-
gelizadora de la Iglesia. Y como se trata de una doctrina que debe orientar
la conducta de las personas, tiene como consecuencia el «compromiso por la
justicia» según la función, vocación y circunstancias de cada uno.” (SRS, 41)
Y, finalmente, cómo ilustra conocer que este afán por difundir las enseñanzas
sociales de la Iglesia está presente desde el inicio de la DSI. El papa León XIII
en la carta magna14 afirma “en efecto, es la Iglesia la que saca del Evangelio las
enseñanzas en virtud de las cuales se puede resolver por completo el conflicto,
o, limando sus asperezas, hacerlo más soportable; ella es la que trata no sólo
de instruir la inteligencia, sino también de encauzar la vida y las costumbres de
14 Tal merecida denominación se refiere a la encíclica Rerum Novarum. QA, 39: “No es
temerario afirmar, por consiguiente, que la encíclica de León XIII, por la experiencia de
largo tiempo, ha demostrado ser la carta magna que necesariamente deberá tomar como base
toda la actividad cristiana en material social.”; La solenntitá, 9: “…De donde con razón se ha
dicho que la Rerum Novarum llegó a ser la carta magna de la laboriosidad social cristiana.”;
MM, 15:“La Rerum Novarum, suma de la doctrina social cristiana”. Convendría precisar al
respecto lo siguiente, en el contexto social histórico correspondiente se pueden entender estos
calificativos, pero actualmente creo que se debe actualizar la visión. Con la nueva problemática
ecosocial y su importancia, debemos reconocer que RN no es la suma de la Doctrina social
cristiana, ya que no contempla estas dimensiones.
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cada uno con sus preceptos” (RN, 12). Ésta ha de ser la misión de la Iglesia,
de lo contrario, como líneas antes expresa en este mismo número: ”Nos esti-
maríamos que, permaneciendo en silencio, faltábamos a nuestro deber.” (ibid.)
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cesa de extraer de la Palabra de Dios vivo orientaciones claras, tanto para la
vida personal, como para la convivencia social.
La Iglesia, que no tiene un modelo socio-económico propio, en su Doctrina
Social, no propone un modelo político o económico concreto (SRS, 41; PP,
13.81), sino que indica el camino, expone principios. Y lo hace en función de
su misión evangelizadora y del mensaje evangélico, que tiene como objetivo
al hombre en su dimensión escatológica, pero también en el contexto concreto
de su situación histórica contemporánea. En este sentido, la aportación más
eficaz a largo plazo que la Iglesia puede ofrecer al desarrollo de una nación es
el de elevar la convivencia moral y ética de la gente por lo que se refiere a las
exigencias de la justicia, del amor social y de la colaboración fraterna exaltando
el desarrollo integral de la persona.
Los miembros de la Iglesia, como miembros de la sociedad civil, tienen el
derecho y la obligación de buscar el bien común como los demás ciudadanos.
Los cristianos deben cumplir con fidelidad y competencia sus deberes tempo-
rales. Deben actuar como fermento del mundo en la vida familiar, profesional,
social, cultural y política. Toca a ellos asumir sus propias responsabilidades
en todo este campo, bajo la guía del espíritu evangélico y de la doctrina de
la Iglesia.
La Iglesia, por el Magisterio, tiene la obligación de proponer un concepto
cristiano de la vida, lo cual exige un deber de escuchar estas enseñanzas. Si
razonadamente se argumenta, razonadamente se ha de exponer en su caso, el
disenso. Nunca deberíamos caer en lo que dice ese bello verso “¡necio!, que
desprecias lo que ignoras”.
3.4. Los problemas sociales tienen su origen y raíz, en el pecado del hombre y
el olvido de valores éticos humanizantes
Desde una elemental lectura teológica, se puede afirmar con rotundidad que
el mal existente, y por consiguiente, la existencia de cualesquiera problemas
sociales son debidos al hombre, más concretamente a la acción del pecado en
el hombre, causante primordial de los efectos negativos producidos en la re-
lación con los demás, influenciada por el egoísmo y la insolidaridad, por citar
ejemplos primordiales. Efectivamente, el hombre puede decir sí o no a Dios; lo
primero significa vivir en gracia, mientras lo segundo malvivir en el pecado y
sus consecuencias. Lejos, muy lejos de alentar análisis pesimistas conducentes
a valoraciones negativas y catastrofistas de la sociedad en general, pretendemos
algo tan importante como efectuar una reflexión profunda acerca del corazón
ético del hombre y sociedad y no de sus meras apariencias.
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En todas las épocas, preferentemente en las de transición, se han emitido
juicios globales sobre la sociedad en general; cadena ininterrumpida de valo-
raciones, la mayor parte negativas y catastrofistas, sobre la sociedad humana
de los respectivos momentos. Se habla del “nivel ético” de la sociedad, y de la
“salud moral” de la sociedad, pero con catastrofismos. Esa aproximación ética
típica de la patética moral15 por inadecuada resulta estéril e inefectiva.
Hemos de aludir necesariamente al avance de la descristianización, de mane-
ra particular en Europa, que incide frontalmente en la identidad cristiana, oca-
sionando sensibles pérdidas en cuanto a los valores evangélicos que la funda-
mentan, lo cual emplaza a colaborar activamente en la nueva evangelización16.
El término que a mi modesto entender, muestra y explica la realidad social
resultante de la actuación negativa del hombre en su relación con los demás es
estructuras de pecado17. Esta expresión referencial, debida a San Juan Pablo
II, aunque supone análisis de índole política, económica y social, se incluye
dentro de “una lectura teológica de los problemas modernos” en la encíclica
Sollicitudo rei Socialis (SRS, 35-40), que pretende ayudar a superar los “meca-
nismos perversos” (SRS, 35) y las “consecuencias funestas” (QA, 109) de los
sistemas económicos, presentes en la sociedad. Para superar éstos “y sustituirlos
con otros nuevos, más justos y conformes al bien común de la humanidad, es
necesaria una voluntad política eficaz” (SRS, 35). Porque ésta “ha sido insufi-
ciente” (SRS, 35), si realmente se pretende encaminar a los pueblos hacia un
verdadero desarrollo, son necesarias “decisiones esencialmente morales, las
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cuales, para los creyentes, y especialmente los cristianos, se inspirarán en los
principios de la fe con la ayuda de la gracia divina” (SRS, 35).
Para comprender de raíz el auténtico y pleno sentido de tal concepto, “cabría
decir que las estructuras de pecado no se refieren, en primer término, a la noción
de estructura más al uso en el lenguaje científico actual, aunque tampoco este
sentido se excluya. El término se emplea, más bien, para designar ciertas actitudes
o hábitos muy arraigados en nuestra sociedad. Todos actuamos de acuerdo con
ellos como lo más natural del mundo. Tan familiarizados estamos con los valores
implícitos en esas actitudes, que no tenemos que detenernos para examinar si
es correcto ese comportamiento”18. Algo que se confirma en el siguiente texto,
ausente de tono teórico y general: “A este análisis general de orden religioso se
pueden añadir algunas consideraciones particulares, que nos llevan a indicar que
entre las acciones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo
y las estructuras que comportan, dos parecen ser hoy las más características: el
exclusivo afán de ganancia, por una parte, y, por otra, la sed de poder, con el
propósito de imponer a los demás la propia voluntad” (SRS, 37).
La encíclica Sollicitudo rei Socialis, ofrece en la tercera parte (11-26), un
panorama del mundo contemporáneo desolador, caracterizado por la existencia
de una multitud ingente de personas que sufren el peso intolerable de la miseria
(13); el abismo existente entre los países del Norte desarrollado y del Sur subde-
sarrollado o en vías de desarrollo, causa de mundos distintos dentro de un único
mundo: Primer mundo, Segundo mundo, Tercer mundo y Cuarto mundo (14);
unos indicadores específicos del subdesarrollo con datos alarmantes (15-19);
y, unos problemas de muy difícil solución, que constituyen un grave desorden:
comercio de armas, refugiados, terrorismo (24), demográfico (25).
Tras la denuncia, hecha desde una óptica cristiana del desarrollo (27-34),
dirigida contra el consumismo, que hace al hombre “esclavo de la posesión y
del goce inmediato” (28), se emplea el concepto ya aludido de estructuras de
pecado, “considerado como una de las principales aportaciones de la Sollicitudo
rei Socialis”19, habida cuenta de su consecuencia: “Éste es, pues, el cuadro: están
aquellos –los pocos que poseen mucho– que no llegan verdaderamente a ser, por-
173
que, por una inversión de la jerarquía de valores, el culto del tener se lo impide; y
están los otros –los muchos que poseen poco o nada– que no consiguen realizar su
vocación humana fundamental al carecer de los bienes indispensables” (SRS, 28).
La implicación en la tarea de solucionar los problemas que sufre la humani-
dad, se inserta en el ámbito de análisis específico que compete a la Iglesia: el
moral y religioso, como ya se ha expuesto anteriormente, que por no ir acom-
pañado de la adopción de políticas determinadas, algo que es competencia de
otras instituciones, deja de ser pragmático y operativo.
Si los problemas fuesen coyunturales, casi bastarían las soluciones puntua-
les; como se trata de males estructurales, es preciso actuar desde una mayor
complejidad, que correctamente ejercida introducirá el único proceso válido,
que es la promoción del hombre, y no la mera asistencialidad; pues esto último
resuelve el presente inmediato, lo anterior, el futuro. Se trata de constituir la
asistencia en una excepción, y la promoción en una regla; y no al revés, que
es lo que más suele ocurrir.
Sin duda que actualmente existen bastantes organizaciones, por ejemplo: Jesús
Abandonado, Manos Unidas, Cáritas, …, que desde su fundación y en el camino
acertado, consiguen resultados infinitamente superiores a lo que se podía esperar,
habida cuenta de los medios escasos que disponen. El voluntariado, la generosi-
dad y el amor que nacen de algo muy distinto y superior a la mera filantropía, son
los causantes de ese efecto multiplicador en el bien obtenido, que de otro modo,
cuando menos, sería muy difícil de conseguir, por no decir imposible.
El encuentro con Cristo, sin duda, supone un nuevo horizonte a la vez que una
orientación decisiva en la vida, que se concreta en el ejercicio práctico de amor
al prójimo. En la encíclica Deus Caritas Est, el Papa Benedicto XVI, nos aclara
que prójimo es “cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar”
(DCE, 15); por consiguiente, ante quienes sufren y padecen los horrores de todos
conocidos, no han de existir barreras que impidan el remedio de sus males.
El ideal, la leal aspiración de todo creyente al respecto, es ser coherente, que
nuestra vida testimonie lo que creemos, que nuestras convicciones religiosas se
muestren en las obras. Para ello siempre será necesario no olvidar el mensaje
de los profetas, que ayer, hoy y siempre constituyen una interpelación dirigida a
todas las conciencias. En efecto, son los profetas, quienes con su denuncia y con-
siguiente exhortación a vivir una religión interior, protestan contra un ritualismo
vacío, ajeno a toda actuación a favor de los más desfavorecidos (cfr. Is 1,11-17;
Jer 6,20; Miq 6,6-8; Os 6,6). El pobre, el huérfano, la viuda, el extranjero, el que
pide dinero prestado y el jornalero (cfr. Jer 7,4-7; Is 58,3-11; Am 8,4-6; Miq 2,1-
2), nos cuestionan sobre realidades no exclusivas de nuestro tiempo; es por ello
que el mensaje profético, ávido entre otras cosas, en demostrar la incoherencia de
174
la actitud religiosa que no se traduce en compromiso ético, contiene afirmaciones
como las que siguen: “el ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas,
hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos
los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir
al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne” (Is.58,6-7).
175
recursos más que suficientes para solucionar un problema tan dramático?, ¿por
qué siguen produciéndose millones de víctimas a causa de enfermedades que
la medicina ha logrado vencer hace muchos años?, ¿cómo explicar la facilidad
de obtención de ganancias extraordinarias en un mercado tan avanzado y orga-
nizado?, por qué el empeño de seguir fomentando una economía de guerra, en
vez de una economía de paz, por qué tantos despilfarros insultantes, ¡porque
un gran valor como es la solidaridad, tantos se empeñan en convertirla en una
ciencia más, en un tratado de recetas utópicas y en el término más socorrido
de tantos discursos hipócritas¡, ¡porque crece tan fácil la semilla de insolidari-
dad¡. Obviamente, se trata de resucitar la letra muerta de algunos voceros de la
sociedad de la información, en palabra viva y eficaz que traslade compromisos
eficaces en acciones solventes y eficientes.
Porque todas esas consecuencias negativas suponen un lastre excesivamente
pesado para el hombre, la Iglesia para la que “nada hay verdaderamente humano
que no encuentre eco en su corazón»21. (GS, 1) no sólo escucha y compadece,
sino que responde y acompaña como necesario ejercicio de solidaridad y cari-
dad cristianas auténticas, para intentar luchar coherentemente contra el descarte
mundial, al que hace referencia el papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti,
del modo siguiente: “Partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio
de una selección que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites. En
el fondo «no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que
respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no
son útiles” –como los no nacidos–, o si “ya no sirven” –como los ancianos–.
Nos hemos hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro, comenzando por
el de los alimentos, que es uno de los más vergonzosos» (FT, 18).
Según lo antes expuesto, queda claro que El hombre es el camino de la Igle-
sia; efectivamente, “todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre” (RH,
14). La Iglesia no deja solo a ningún hombre, y frente a cualquier circunstancia;
es por ello que se ha de hacer frente a todo aquello que puede amenazarle, a
saber: sociedad y mundo contemporáneo, los peligros de la técnica, del opti-
mismo humanístico, la sociedad de la eficacia, la explotación irracional de los
recursos naturales (cfr. RH, 15-16) y de toda injusticia contra el género humano.
San Juan Pablo II al conmemorar el centenario de Rerum Novarum, aparte
agradecer los grandísimos beneficios aportados al respecto por el papa León
XIII, concreta lo concerniente a la finalidad y lo que verdaderamente inspira la
DSI: “En los últimos cien años la Iglesia ha manifestado repetidas veces su pen-
176
samiento, siguiendo de cerca la continua evolución de la cuestión social, y esto
no lo ha hecho ciertamente para recuperar privilegios del pasado o para imponer
su propia concepción. Su única finalidad ha sido la atención y la responsabili-
dad hacia el hombre, confiado a ella por Cristo mismo, hacia este hombre, que,
como el Concilio Vaticano II recuerda, es la única criatura que Dios ha querido
por sí misma y sobre la cual tiene su proyecto, es decir, la participación en la
salvación eterna. No se trata del hombre abstracto, sino del hombre real, concreto
e histórico: se trata de cada hombre, porque a cada uno llega el misterio de la
redención, y con cada uno se ha unido Cristo para siempre a través de este mis-
terio. De ahí se sigue que la Iglesia no puede abandonar al hombre, y que «este
hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de
su misión..., camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce
a través del misterio de la encarnación y de la redención». Es esto y solamente
esto lo que inspira la doctrina social de la Iglesia.” (CA, 53)
Respecto de un tema tan importante como “los derechos humanos”, “la
Iglesia no tiene necesidad de confirmar cuan estrechamente vinculado está este
problema con su misión en el mundo contemporáneo. En efecto, él está en las
bases mismas de la paz social e internacional, como han declarado al respecto
Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y posteriormente Pablo VI en documentos
específicos. En definitiva, la paz se reduce al respeto de los derechos inviolables
del hombre, –opus iustitiae pax–“ (RH, 17).
En esta evidente relación con la “moral de la sociedad”, concluimos afirman-
do que la Iglesia opta clara y rotundamente a favor de la paz, frente a cualquier
manifestación de violencia que intente oscurecerla. Se trata de contribuir entre
todos (incluido el Estado) a favor del Bien Común.
Y, finalmente, con el ánimo de concretar a la vez que fundamentar esta predi-
lección por el hombre, en sus dimensiones integral y universal (todo el hombre
y todos los hombres), hacemos referencia a un tema importantísimo, como es
la opción preferencial por los pobres22 (SRS, 42; CA, 11.57; TMA, 51). Optar
preferencialmente por los pobres es un principio básico, formulado y recordado
repetidamente por la DSI frente a quienes acusan a la Iglesia “de ponerse de
parte de los ricos contra los proletarios, lo que constituye la más atroz de las
injurias” (QA, 44), los pontífices, no sólo afirman y postulan “el derecho y el
deber de la Iglesia católica de contribuir primordialmente a la adecuada solu-
177
ción de los gravísimos problemas sociales que tanto angustian a la humanidad”
(MM, 28), con un estilo específico: “vivir en el mundo, pero no del mundo,
según el deseo mismo, más arriba recordado, de Jesús con relación a sus dis-
cípulos: No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno.
Ellos no son del mundo, como no soy del mundo yo (Jn. 17,15-16). La Iglesia
hace propio este deseo” (ES, 57); sino que se compromete en la necesidad de
promover el desarrollo de los pueblos, especialmente de los más pobres (PP,
1), consecuencia de su opción o amor preferencial por los pobres, considerada
como “una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la cari-
dad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. Se refiere
a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo, pero se
aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales y, consiguientemente,
a nuestro modo de vivir y a las decisiones que se deben tomar coherentemente
sobre la propiedad y el uso de los bienes” (SRS, 42).
Ese manantial de dignidad y fraternidad cristianas está en el evangelio de
Jesucristo (FT, 277). De él surge «para el pensamiento cristiano y para la acción
de la Iglesia el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio
sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vo-
cación de todos»23.
178
promoción del ser humano en el mundo, pues el testimonio de su amor mani-
festado en obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización
(CiV, 15), “porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre”
(ibid.). En estas importantes enseñanzas y acciones concretas es donde se
fundamenta el espíritu misionero (SRS, 41) de la doctrina social de la Iglesia
como elemento esencial de la tarea evangelizadora eclesial (CA, 5.54); lo que
constituye “anuncio y testimonio de la fe” (CiV, 15), e “instrumento y fuente
imprescindible para educarse en ella.” (ibid.)
Sin lugar a dudas, la caridad en la verdad “es el principio sobre el que gira
la doctrina social de la Iglesia” (CiV, 6), la caridad es su vía maestra (CiV, 2).
Actuar y vivir en el amor es lo que importa y constituye la señal de identidad
cristiana en este ministerio de evangelización en el ámbito social, ejercitado
desde la función profética específica de la Iglesia manifestado en la denuncia
de cualesquiera males e injusticias que acucian a cualquier persona; pero sin
olvidar lo siguiente: “conviene aclarar que el anuncio es siempre más impor-
tante que la denuncia, y que ésta no puede prescindir de aquél, que le brinda
su verdadera consistencia y la fuerza de su motivación más alta.” (SRS, 41)
En íntima conexión con lo expuesto se impone la necesidad de compro-
meterse en la acción (OA, 48-49) conscientes del pluralismo de soluciones
posibles; así pues “es necesario reconocer una legítima variedad de opciones
posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes.
La Iglesia invita a toda la comunidad cristiana a la doble tarea de animar y
renovar el mundo con el espíritu cristiano, a fin de perfeccionar las estruc-
turas y acomodarlas mejor a las verdaderas necesidades actuales.” (OA, 50).
Compromiso acompañado inexcusablemente del testimonio, para lo cual se
hace necesario un examen de conciencia que afecte al estilo de vida de todos:
obispos, presbíteros, religiosos y seglares. No puedo dejar la oportunidad
de compartir un texto magnífico, porque es profundo a la vez que sencillo,
extraído del documento La Justicia en el mundo (1971) cuando se refiere al
testimonio en la Iglesia: “Por lo que se refiere a los bienes temporales, cual-
quiera que sea su uso, nunca ha de ser tal que haga ambiguo el testimonio
evangélico, que la Iglesia está obligada a ofrecer. El mantenimiento de ciertas
posiciones de privilegio debería ser subordinado constantemente al criterio
de este principio. Y aunque en general es difícil determinar los límites entre
lo que es necesario para el recto uso y lo que es exigido por el testimonio
profético, no hay duda de que este principio debe ser firmemente mantenido:
nuestra fe nos exige cierta moderación en el uso de las cosas y la Iglesia está
obligada a vivir y a administrar sus propios bienes de tal manera que el Evan-
179
gelio sea anunciado a los pobres. Si, por el contrario, la Iglesia aparece como
uno de los ricos y poderosos de este mundo, su credibilidad queda menguada.”
Compromiso y testimonio24 plasmado en lo que constituye uno de los siete
principios fundamentales de la DSI25, y es la solidaridad, para lo cual y con
el ánimo de divulgación que pretendo con este artículo, me permito transcri-
bir íntegramente la definición que la encíclica Sollicitudo rei Socialis ofrece:
“Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas,
cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de
empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para
que todos seamos verdaderamente responsables de todos. Esta determinación
se funda en la firme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel
afán de ganancia y aquella sed de poder de que ya se ha hablado. Tales «acti-
tudes y estructuras de pecado» solamente se vencen “con la ayuda de la gracia
divina” mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien
del prójimo, que está dispuesto a « perderse », en sentido evangélico, por el
otro en lugar de explotarlo, y a « servirlo » en lugar de oprimirlo para el propio
provecho (cf. Mt 10, 40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27).” (SRS, 38)
Comprometidos en la acción en favor del prójimo necesitado que es “cual-
quiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar” (DCE, 15). Entrega
y servicio que no es en forma genérica y sin exigencia, sino tan concreto que
requiere disponibilidad aquí y ahora. Universalidad sin límites.
Sin lugar a dudas, la doctrina social de la Iglesia tiene también el valor de
instrumento de evangelización (CA, 54), pues pone en relación la persona y la
sociedad con la luz del Evangelio. Los principios de la doctrina social de la Igle-
24 Entre tantos textos que exhortan al compromiso y testimonio, concretamente de los
seglares, tengo a bien acompañar, por clarificadores y quizá menos conocidos los dos siguientes
números correspondientes a la encíclica Mater et Magistra: “Las normas que hemos dado sobre
la educación hay que observarlas necesariamente en la vida diaria. Es ésta una misión que corres-
ponde principalmente a nuestros hijos del laicado, por ocuparse generalmente en el ejercicio de
las actividades temporales y en la creación de instituciones de idéntica finalidad (n. 240).
“Al ejercitar tan noble función, es imprescindible que los seglares no sólo sean competentes
en su profesión respectiva y trabajen en armonía con las leyes aptas para la consecución de sus
propósitos, sino que ajusten su actividad a los principios y norma sociales de la Iglesia, en cuya
sabiduría deben confiar sinceramente y a cuyos mandatos han de obedecer con filial sumisión.
Consideren atentamente los seglares que si no observan con diligencia los principios y
las normas sociales dictadas por la Iglesia y confirmadas por Nos, faltan a sus inexcusables
deberes, lesionan con frecuencia los derechos de los demás y pueden llegar a veces incluso a
desacreditar la misma doctrina, como si fuese en verdad la mejor, pero sin fuerza eficazmente
orientadora para la vida práctica” (n. 241).
25 Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.
Madrid, 2005, Nn 164-208.
180
sia, que se fundamentan en la ley natural, se ven confirmados y valorizados, en
la fe de la Iglesia, por el Evangelio de Cristo. Con esta luz, se invita al hombre,
ante todo, a descubrirse como ser trascendente, en todas las dimensiones de la
vida, incluida la que se refiere a los ámbitos sociales, económicos y políticos.
Como afirma San Juan Pablo II: “La validez de esta orientación, a cien
años de distancia, me ofrece la oportunidad de contribuir al desarrollo de la
«doctrina social cristiana». La «nueva evangelización», de la que el mundo
moderno tiene urgente necesidad y sobre la cual he insistido en más de una
ocasión, debe incluir entre sus elementos esenciales el anuncio de la doctrina
social de la Iglesia, que, como en tiempos de León XIII, sigue siendo idónea
para indicar el recto camino a la hora de dar respuesta a los grandes desafíos
de la edad contemporánea, mientras crece el descrédito de las ideologías. Como
entonces, hay que repetir que no existe verdadera solución para la «cuestión
social» fuera del Evangelio y que, por otra parte, las «cosas nuevas» pueden
hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento moral.” (CA,
5), pues “Sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender
quién es.” (CiV, 78)
3.7. Conclusión
181
nos y otras abstracciones, mientras haya todavía miles de ciudadanos sin techo
donde cobijarse”26.
Tales planteamientos, descubren un Dios desconcertante “que nos desubica
mientras haya un solo desubicado en la sociedad. Parece no querer dejarnos dor-
mir tranquilos, mientras haya una sola persona que no tenga donde dormir. Por
ello la teología de la marginación tiene una dificultad muy especial, ya que des-
cubre poco a poco un Dios que no se deja enmarcar en ninguna positividad, que
se escurre siempre de la pluma del teólogo o de la frase del narrador, un Dios que
juega al escondite con nosotros para que, buscándole, encontremos al marginado
que desconocíamos. Es un Dios al que Toni Catalá califica de excluido con los
excluidos, humillados y ofendidos en un trabajo que significativamente tituló Sal-
gamos a buscarlo, expresión que da idea de lo espacial, de la bipolaridad dentro/
afuera típica de nuestro sistema, y de la necesidad de desplazarse para encontrar a
Dios, no porque a Dios se le pueda encontrar a base de esfuerzo, sino porque Él
escoge lugares para mostrarse, y permite que en otros no se le pueda encontrar”27.
Sin duda, la humanización de la sociedad no será posible si se prescinde del
encuentro con el otro. Para ello, han mostrado sus carencias, planteamientos
realizados desde teologías magistrales de todo signo, que, si bien distintas en
el modo, coinciden en el tono de seguridad inoperante. Ejemplo de ellos, son
los siguientes: “nosotros, cristianos, tenemos una Buena Noticia que transmitir,
y os la comunicamos a vosotros, no cristianos, que no la sabíais; y desde otro
ámbito: nosotros, cristianos progresistas, tenemos la verdad, y os la comuni-
camos a vosotros, cristianos conservadores, que no la sabíais”28. “Hay otras
maneras de anunciar al Resucitado y de vivir el Reino, además de la magistral:
Una es la de vivir sin poseerlo, buscándolo, anunciando que está entre nosotros,
siempre por descubrir.
Ésta es la manera que brota de una teología desde los márgenes de la so-
ciedad: no una teología segura de sí y minuciosa en las concreciones, sino una
reflexión en búsqueda, en escucha del marginado, con la esperanza de que Dios
hablará a través del silencio de los márgenes”29.
182
Frente a una realidad dramática, que muestra un mundo sin rumbo30 y un
planeta con problemático futuro31, una sociedad que “tiene todas las trazas de lo
incomprensible, irracional, contradictorio y roto. Su atmósfera vital está viciada
por la incertidumbre y la opacidad”32; sin ser alarmantes, aunque alarmados,
¿seremos capaces de responder a los desafíos presentes y futuros?
Se pretende además, subrayar y enfatizar lo siguiente: la tremenda gravedad
del problema, la llamada a ser coherentes y auténticos, la urgencia en la aplica-
ción de soluciones operativas, la importancia de la solidaridad, la implicación
de todas las instituciones e instancias sociales existentes, la necesidad de actuar
coordinados en el cumplimiento de programas con objetivos priorizados. El
individualismo, la discrecionalidad y el paternalismo son incompatibles con la
Justicia y el ejercicio de la Caridad.
Ante tantas y variadas posibles respuestas que pueden producirse en el
comportamiento del creyente, con respeto pero a la vez con nitidez debo decir
con humildad lo siguiente: líbranos Señor del “buenismo” y protégenos de los
amargados que juegan a ser profetas, para éstos todo está mal y nada respetan;
más todavía, como se te ocurra discrepar te humillarán hasta que su orgullo
quede satisfecho. Hacen nada, menos que nada y aun a veces daño. Si las dos
“versiones” anteriores resultan obviamente inútiles para posibilitar soluciones
coherentes con el espíritu evangélico, junto a los indolentes e insolidarios, pue-
den convertirse en cómplices de quienes produzcan cualquier tipo de maldad.
Y, por supuesto, una denuncia contundente de quienes directa o indirectamente
sean los sujetos agentes de cualquier injusticia, con especial referencia a los
falsos profetas (“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con
disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.” Mt, 7,15)
Me satisface concluir con los cuatro siguientes versículos del apóstol san
Pablo, pues la doctrina social de la Iglesia sin espiritualidad se convierte en ins-
trumento frío de pretendida transformación de la realidad: “Los padecimientos
de esta vida presente tengo por cierto que no son nada en comparación con la
gloria futura que se ha de revelar en nosotros. La creación entera está en expec-
tación, suspirando por esa manifestación gloriosa de los hijos de Dios; porque
las creaturas todas quedaron sometidas al desorden, no porque a ello tendiesen
de suyo, sino por culpa del hombre que las sometió. Y abrigan la esperanza de
quedar ellas, a su vez, libres de la esclavitud de la corrupción, para tomar parte
en la libertad gloriosa que han de recibir los hijos de Dios”. (Rm 8, 18-21)
30 Cfr. Ramonet, I. Un mundo sin rumbo. Crisis de fin de siglo, Madrid, Debate, 1977.
31 Cfr. Schaff, A. Humanismo ecuménico, Madrid, Trotta, 1993.
32 Javier Vitoria, F. “Cristianismo y sociedad: presencia transformadora”, Radicalizar
la democracia, [Link]., Estella (Navarra), Verbo Divino, 2001, 281.
183
SIGLAS UTILIZADAS
CA.................................Centesimus annus
CiV................................Cáritas in Veritate
DCE..............................Deus Caritas Est
EN.................................Evangelii Nuntiandi
FT..................................Fratelli Tutti
GS.................................Gaudium et Spes
JM.................................La justicia en el mundo
LE.................................Laborem exercens
LS.................................Laudato si
MM...............................Mater et Magistra
OA.................................Octogesima Adveniens
PP..................................Populorum progressio
PT..................................Pacem in Terris
QA.................................Quadragesimo anno
RH.................................Redemptor Hominis
RN.................................Rerum Novarum
SRS...............................Sollicitudo rei socialis
TMA.............................Tertio Milennio Adveniente
184