Cuando hablamos del fin último del hombre, podemos hacer un enfásis total en el
sentido en el que las escuelas griegas denostaban; es complejo plantear un fin que
recaiga en una falacia casi naturalista dentro de estos pretextos. ¿Es realmente la
felicidad un fin último o un medio de sí? El fin último de un individuo es definido
por sus valores, aunque nuestra naturaleza convierte en innegable que la
<felicitates> es parte de una epistemología más extensa de lo que creeríamos, es
decir, cuando hablamos de felicidad partamos de la base de que, cómo todo
sentimiento, se encuentra presente en nuestras vidas. Durante nuestro crecimiento,
se nos imponen, plantean desde la perspectiva de la ética de nuestro entorno que
tenemos que estudiar una carrera, trabajar en un lugar donde tengamos un buen
salario para poder concebir de la felicidad tan anhelada. Reniego totalmente, desde
mis bases que la felicidad es un fin, sino un medio, un motor para el que, de
cierta forma es el objetivo real de la existencia, una que no ahonda en la
superchería de una superficialidad hedonista ni eudémonica; el del sentido de la
vida. No hay problema filósofico más profundo como lo es la muerte y la vida. El
tanatos y la victoria en la modernidad sobre el Eros es uno de los conceptos a
profundizar. ¿Qué sentido tiene el de una vida que por absurda que sea no es capaz
de rechazar y rebelarse ante el concepto del triunfo del Tanatos sobre el Eros?
Vivimos sesgados de valores que se nos presentan de forma que, realmente no
conocemos cuál es nuestro fin real en este mundo irracional. La lectura de que,
somos individuos racionales en un mundo irracional cobra sentido cuando notamos
que, la existencia, como tal no tiene un sentido real y es absurda; diría que
comenzar porque, el fin real de lo que consideremos en esto es la idea de que, el
medio de la felicidad es una forma de encontrar nuestro fin existencial auténtico
que es el de rebelarnos ante el principio absurdo de la irracionalidad y la
injusticia de una realidad que no podemos afrontar de un modo que consideremos
efectivo.
El fin último es el de rebelarnos ante el absurdo de la existencia, encontrar una
razón, para no ser abrazados por el abismo del sin-sentido de una realidad que es
casi agobiante. Ser un hombre rebelde. Acá el absurdo, el "incalculable sentimiento
que priva el espíritu del sueño necesario para la vida" se presenta como un amargo
despertar del sueño, un nuevo y despiadado comienzo del alma adormecida. Acá, es en
donde comienza la rebelación, un despertar dógmatico a la cuestión de la felicidad.
Vacío y angustioso entonces, pero despertar lucido también: la toma de conciencia
de la futilidad de la existencia es, al mismo tiempo, también la irrebatible
conciencia de la finitud existencial y el fin de la ilusión metafísica. El absurdo
permite al hombre enterarse de la pantomima carente de sentido que es su vida y,
justo por esto, lo alienta a liberarse de cualquier solución definitiva y
esperanzadora, porque, "la esperanza, contrariamente a lo que se cree, equivale a
la resignación, y vivir no es resignarse". Frente a una esperanza engañosa y a la
evidencia de una suerte inútil (ni siquiera dañina que, con todo, sería sensata,
como en la tragedia griega), frente al espectáculo de la futilidad de las acciones
humanas y al sórdido silencio del mundo, el hombre se queda solo y angustiado: él
ya no encuentra sentido a su vida, a sus acciones, se ve privado de un sentido y de
una meta. Al mismo tiempo, él se libera de la metafísica opresora que hasta
entonces había conducido su vida: el hombre cobra consciencia de que, abandonadas
las esperanzas eternas, finalmente podrá empezar a vivir. Como Sísifo, él consigue
salir de aquel "mal de la existencia" que le atormenta sólo una vez que esté
dispuesto a abrazarlo plenamente y sin reserva alguna.
Todos como individuos buscamos ser "felices" de una forma u otra, es innegable la
constante búsquedad de un placer fuera de toda cuestión eudemonica o hedonista,
existencial. Buscamos constantemente una esperanza o algo que nos haga sentir menos
miserables en nuestro barco de la vida; pero, a causa de ello, mucha gente en
fútiles ambiguedades de vidas. La b´´úsqueda de la felicidad sin ser consciente de
lo absurdo nos lleva a creer dogmas y buscar esperanzas en otras personas.
La felicidad se vuelve inalcanzable cuando quien acoge a Dios para encontrar la
felicidad jamás lo logrará, porque Dios está en el más allá y, por tanto, en el
ámbito de la esperanza: Solo cuando dejemos de engañarnos a nosotros mismos y
aceptemos lo absurdo de nuestra existencia, encontraremos la felicidad.
Un adolescente llamado Albert Camus vio el cadáver de un amigo aplastado por un
autobús. La madre sollozaba y el padre contenía el dolor. Camus, señalando el
cuerpo sin vida y elevando su vista a lo alto exclamó: “Mira, el cielo no
responde". Ante el horror de una muerte sin sentido, muchos, como Camus, gritan en
contra del silencio de Dios. En la sala de un hospital pediátrico una niña se muere
de cáncer. Su padre la ha abandonado y su mamá, corriendo entre el hospital y el
trabajo, responde al dolor con una fuerza increíble, aunque su hija no vivirá. Ella
lo intuye, el equipo médico lo sabe. Nuevamente el dolor y el sufrimiento hacen que
el espíritu se eleve reclamando una explicación: ¿Por qué? ¿Por qué mi niña? ¿Por
qué yo? El equipo médico y paramédico, oscila entre la omnipotencia y la
impotencia, el sobreinvolucramiento y el distanciamiento emocional, la solidaridad
grupal y los conflictos entre pares, la eficacia de lo obrado y la escasez de
medios. Es el dolor indecible.
Paul Ricouer fue uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Filósofo y
exegeta bíblico como pocos, experimentó y reflexionó acerca del dolor más profundo.
El filósofo perdió a sus padres antes de cumplir siquiera los dos años. Su hermana
murió de tuberculosis. Como soldado de un ejército francés humillado, vivió en un
campo de concentración nazi entre 1940 y 1945. Lo peor estaría por venir: en marzo
de 1986 se suicidó su hijo Olivier. Es el “Viernes santo de la vida y del
pensamiento”, que le produce un duelo interminable. A partir de ahí el filósofo
medita surgiendo pistas para pensar, sentir y actuar en contra de lo que Gabriela
Mistral identificó como la caída del propio sol, la ida del día, la prueba, la
penitencia, el azote. De ahí la importancia de conocer y analizar su conferencia
acerca del mal, realizada en la Facultad de Teología de la Universidad de Lausana.
Así Paul Ricouer nos invita a hacer un recorrido por el camino del sufrimiento
inefable.
Paul Ricoeur constata que este misterio inescrutable y desolador, que es el mal,
nos empuja hacia los límites del pensamiento, del sentimiento y de la acción
humana. Nos enfrentamos al límite del pensar, pues los seres humanos debemos
aceptar que no todo puede ser comprendido en su significado ni conocido en sus
causas y con secuencias. Límite del sentir, pues el dolor nos conduce a la cúspide
de la sabiduría o al abismo de la desesperación. Límite del actuar, pues desde el
inicio de los tiempos el ser humano ha trabajado por hacer del mundo una morada de
justicia y de paz, y pareciera ser que esa meta salta siempre a pedazos, sobre todo
ante la muerte injusta del inocente. En consecuencia nada más humano que pensar
acerca de las causas del sufrimiento, sentirlo y lidiar, en lo se pueda, contra de
sus consecuencias.
Es en el libro de Job en el cual encontramos el más desgarrador y primigenio relato
de la pérdida injusta de lo más sagrado, lo insacrificable: los hijos. Dios, ante
la insistencia de Satán, pone a prueba la fe de Job, el más íntegro y recto de los
hombres. Sus siete hijos y tres hijas son inmolados en el altar de esta horrorosa
prueba. Job rasga sus vestiduras, se rapa la cabeza y postra el rostro en tierra.
Tres amigos concurren a darle consuelo y solo le provocan más dolor. Elifaz lo
apoya en consolación, con piedad y le pide paciencia ¿Consolación? ¿Piedad?
¿Paciencia? Job se rebela. Bildad, le hace ver que sus reclamos a Dios pueden ser
de una arrogancia inaceptable. Es decir, de sufriente pasa a responsable de su
sufrimiento. Sofar avanza un paso y lo llama a meditar pues Dios, todos lo saben,
castiga al malvado. Viene el sentimiento pasajero de la culpa, pero Job concluye
que es absolutamente inocente. Por eso protesta contra Dios y lo amenaza con
llevarlo a juicio. Ante el silencio celestial, dice que mejor es no nacer y expresa
"Que Dios acabe y se aparte de mí, y tendré un instante de alegría, antes de
partir, para no volver" Job encuentra consuelo y declama: "Desnudo salí del vientre
de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó:
¡bendito sea el nombre del Señor!" Bellas palabras ¿pero realmente dan conformidad
a quien le han arrebatado los hijos? ¿Job ha comprendido la razón de la muerte de
sus niños? ¿Existe tal sabiduría?
El filósofo francés, como dijimos, aborda la cuestión del sufrimiento, desde la
perspectiva del mal. Por tal entiende el privar de un bien debido. Hay dos clases
de males: el natural que es, por ejemplo, el que sufre un niño enfermo terminal y
el moral, que es aquel que ejecuta el criminal en contra de su víctima. El mal
lleva al sufrimiento que se produce en lamentación ¿Por qué existe el mal?
Especialmente para el creyente la pregunta se desplaza ¿Por qué Dios permite el mal
en el mundo? De esta primera cavilación más bien filosófica y teológica se pasa a
otras más apremiantes ¿Por qué yo? ¿Hasta cuándo? La pregunta es más lacerante aún
al enfrentar a la injusticia más dolorosa: ¿Por qué el sufrimiento y la muerte de
ese niño?
Para algunos el mal natural tiene por causa simplemente en que no somos dioses
omnipotentes ni inmortales. La enfermedad y la muerte siempre cobrarán su tributo.
Hay una distancia entre el creador y la criatura. Es una imposibilidad lógica que
Dios cree a otro Dios. En clave teológica, la creación no es Dios, ni puede serlo,
ella es "inconsistente en sí misma". ¿De dónde viene el mal moral? En la voluntad
libre de quien se inclina por realizar el mal. Atribuir el mal moral a la acción de
una persona no nos debe llevar a una concepción puramente penal del mal moral,
aquella que dice, a tal acción tal sanción. Dios no es paternalista ni
sobreprotector de los adultos. El ser humano escoge por sí mismo sus alternativas.
El mal natural y el que infiere el infame nos recuerdan que este mundo no es
perfecto. No necesariamente el injusto es castigado, ni el justo premiado. Como se
ve, tanto el filósofo como el teólogo, piensan acerca de la causa del mal en el
mundo, sin embargo, estas especulaciones, poco le dicen al corazón del doliente.
Por eso, es el momento del sentir y de comprender muchas cosas que antes no se
podían comprender. Despojarse de la culpabilidad. Se es víctima, pero no se es
culpable. No quedar atascado en la muerte, sino que en valorar el acto de
nacimiento, el gozo de nacer a la vida. Hacer del acto de morir un acto de vida.
Volver a recobrar la felicidad en el calor de sus comunidades afectivas y
espirituales, especialmente en la familia. Del dolor avanzar hacia la sabiduría que
nace de la tragedia de lo irreversible de la muerte. Como Job, terminar amando al
absurdo por nada, sin esperar acto de reparación ninguno. O perseverar en el
existir a pesar de todo y contra todo. El continuar sus tareas de profesor y
escritor como verdaderas actos de sentido y esperanza. Finalmente, dejar de pensar
en el origen y causas del sufrimiento, y pasar a la meditación de cómo combatirlo.
La pregunta no la solución de la acción es: ¿Qué hacer? La mirada se ha vuelto
hacia el futuro. Invitamos a la revuelta metafísica.
El ser humano puede lidiar ética y políticamente en contra de alguna de las
consecuencias del dolor. El equipo de salud debe enfrentarse cara a cara frente la
enfermedad y la muerte, y vencerlas, por provisionales que sean sus victorias. Para
todos aliviar un poco el dolor en el mundo es ya una gran cosa. Cambiar estructuras
sociales injustas que tanto daño causan es otra cosa no menor. Esto se puede hacer.