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El Nacimiento

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EL NACIMIENTO

Por Lisa Miller (Clínica Tavistock)

Sigamos meditando sobre las experiencias del bebé. ¿Qué será para él el nacimiento? Con el
nacimiento termina su vida en el interior de la madre, una vida en la que el feto está conectado
al sistema materno, está bien sostenido y todas sus necesidades son satisfechas sin necesidad de
que medie ningún deseo. El feto no conoce lo que es ser una persona separada ni lo que es sentir
hambre ni frío, desconoce lo que es necesitar que lo sostengan o lo que es sentirse solo. De
pronto llega un momento en que su pequeño mundo cerrado empieza a agitarse y al cabo de un
tiempo, tal vez largo, de turbulencia, se lo comprime y se lo lanza al exterior, a un mundo
desconocido en el que habrá de respirar ya desde el primer instante o perecer.

Se comprende que el nacimiento suponga para el niño un cambio radical. Es uno de los grandes
dramas de la vida. Es violento y tempestuoso tanto para la madre como para el niño, y no se
puede esperar que ni la una ni el otro se recuperen demasiado pronto. Es comprensible, por otra
parte, que la madre tenga prisa por volver a la normalidad, pero pretender que no le ha pasado
nada sería una equivocación. Hoy día las madres se levantan y se ponen a hacer cosas en cuanto
pueden, y esto está bien siempre que ni ellas ni las familias se engañen a sí mismas pretendiendo
negar que ha ocurrido algo que es muy importante. «No descartes la bata demasiado pronto», le
recomendó una mujer mayor a una madre joven. Con ello quiso decir entre otras cosas que si la
mujer adquiere la apariencia de haber vuelto completamente a la normalidad los demás pueden
olvidarse de que esa mujer acaba de dar a luz un niño y pueden esperar de ella que se reintegre
del todo al trabajo normal. La realidad es que hemos de reconocer que la nueva madre y su hijo
necesitan tiempo para orientarse y recobrar su equilibrio. El otro día dos madres jóvenes
hablaban a la puerta de la escuela. Una tenía un lactante en brazos. La otra le dijo riendo, pero
con toda sinceridad: «¿Verdad que dar a luz es como un holocausto emocional?».

Hoy día la mayoría de los nacimientos tienen lugar en el hospital, lo que obviamente tiene
ventajas. Los médicos aconsejan «curarse en salud», y da mucha tranquilidad saber que en el
hospital cualquier complicación se tratará de inmediato. Lo que importa es que de la intimidad
que tenían los partos en casa no se pierda más de lo que sea estrictamente necesario. Las parejas
que han tenido las dos experiencias, la de un parto en casa y la de un parto en el hospital,
valoran mucho la intimidad del parto en casa y lo prefieren al parto en el hospital. En casa el
drama del nacimiento se mantiene privado, y todos los sentimientos que van con él quedan
recogidos en el seno de la familia. Todo lo que tiene relación con el parto remueve muchos
sentimientos, y la mayoría de las mujeres que pasan por los cuidados prenatales y el parto tienen
después un montón de sentimientos encontrados con respecto a los médicos y las matronas. Si
se da a luz en casa, la pareja y la comadrona establecen una relación personal y todo el proceso
se lleva a cabo de manera muy amistosa, mientras que en el hospital la mujer se encuentra con
toda una serie de desconocidos, precisamente en momentos en los que se siente más
vulnerable. La presencia del padre puede ser importante, y hoy es ya práctica corriente plantear
la cuestión de si el padre estará o no presente en el parto. Hay parejas en las que la mujer siente

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que es esencial verse acompañada y apoyada por el varón. Otras parejas ven la cosa de otro
modo. Las dos posturas son respetables. Para los que están indecisos vale la pena recordar que
es muy raro que el padre se arrepienta de haber estado en el parto. Las mujeres difieren mucho
unas de otras en la manera en que se comportan después de haber tenido partos difíciles. Hay
mujeres que se sienten tan satisfechas con su hijo sano que pronto olvidan el sufrimiento
pasado. Otras necesitan mucho tiempo para digerir la mala experiencia sufrida, y quizá sientan la
necesidad de contar y volver a contar la historia del parto tratando de comprender lo que pasó
antes de poder olvidado.

El recién nacido necesita ponerse en contacto con la madre inmediatamente. Hoy se suele usar
la palabra «vínculo» (bonding, en inglés) para designar esa relación tan importante que se
establece entre el lactante y la madre. Todo el futuro del niño depende de que el lactante haya
sido criado de modo continuo por una misma persona, que en circunstancias ideales será la
propia madre. El vínculo se establece inmediatamente después del nacimiento. Hoy ya saben en
los hospitales que, si no hay nada que lo impida, hay que darle el recién nacido a la madre
inmediatamente después del nacimiento para que lo coja y le dé a chupar el pecho. A veces nos
encontramos con recién nacidos que están tan despiertos y tan bien orientados que buscan
decididamente el pezón sin perder un instante. La madre de Susanna dijo: «Parecía como si
hubiera sido bien aleccionada ya desde antes de nacen». Según lo describió, Susanna miró
directamente a los ojos de la madre, después miró exactamente al pezón, se agarró a él con la
boca como si lo hubiera estado haciendo toda la vida y empezó a chupar con fuerza. También es
verdad que hay grandes diferencias entre recién nacidos. Tomemos por ejemplo el caso de
Frances, que nació tras un parto laborioso plagado de problemas. Frances nació impregnada con
los medicamentos que había sido necesario administrar a la madre, y siguió adormilada, sin
apenas alimentarse, sin hambre y sin moverse durante muchos días, hasta que se fue
reponiendo poco a poco y empezó a despabilarse y a interesarse por lo que pasaba. En cambio
Simón nació en casa tras un parto breve en el que no se administraron medicamentos y, sin
embargo, el médico de la familia que lo visitó al día siguiente lo encontró «absolutamente
exhausto». Sin que se supiera por qué, Simón tardó en despertarse tanto como Frances. Hemos
de admitir que existen diferencias de temperamento entre los recién nacidos. Se supone que el
carácter de cada niño se forma tanto antes del nacimiento como durante éste y después de éste
por la influencia de las cosas que le ocurren, a las cuales el niño reacciona según su naturaleza
particular.

Los recién nacidos reaccionan frente a la adversidad de modo diferente unos de otros. Muchos
son bastante resistentes y, aunque tengan un comienzo difícil, se recuperan bien tan pronto
como sus necesidades se ven satisfechas. La madre de Emma (su tercer parto) contaba lo que le
molestó que mientras el joven médico -amable pero lento- la suturaba, otros atendieran a la
niña que, a su lado, movía los brazos y pateaba. La madre tenía experiencia y sabía que ésa no
era la mejor manera de que un niño pasara su primera hora de vida, pero confió en estar aún a
tiempo de poner remedio a su relación con Emma, y así fue en efecto. Lo notable fue la conducta
de Matthew, que fue adoptado a la semana de haber nacido. La madre adoptiva percibió
enseguida que Matthew le dirigía miradas muy intensas y expectantes, que parecían de

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esperanza y de deseo de establecer fuerte unión con ella. Efectivamente, pronto quedó muy
unido a ella, superando enteramente unos comienzos que habían amenazado hacer de él un
lactante difícil de calmar y mal vinculado; y es que ocurre que hay niños que desde el nacimiento
son muy sensibles y necesitan más atención que otros. En el próximo capítulo volveremos sobre
otras necesidades del recién nacido.

Quiero terminar este capítulo sobre el nacimiento diciendo algunas palabras acerca del lloro de
la madre tras el parto. Por supuesto que, tras el parto, la madre (y también el padre y, desde
luego, los' otros niños de la pareja) queda durante semanas en un estado muy emocional, sobre
el que hablaré más adelante. A lo que me estoy refiriendo ahora es a esos ataques de tristeza y
de lloro que les dan a las madres a los pocos días de nacer el niño. En esto hay que tener en
cuenta varios elementos. Sin duda que el primero es que la madre tiene todas sus hormonas a
punto de ebullición. A ello se mezclan importantes factores emocionales. Tras el júbilo del
nacimiento y del triunfo que significa haber creado una persona nueva, y toda la emoción de las
felicitaciones y del regocijo, se puede producir un importante bache. Hay muchas madres que
dicen que «el niño causaba muchos menos problemas cuando estaba dentro». Fuera, el niño da
preocupaciones, aunque todo vaya bien con él. Pero lo fundamental es que la madre tiene una
sensación de pérdida. Lo que estaba dentro de ella está ahora fuera. La madre (y también, claro
está, el padre y toda la familia, pero sobre todo la madre) ha perdido una manera de vivir para
ganar otra nueva. El sentimiento de responsabilidad, sobre todo si el niño es primogénito, es
inmenso. Con frecuencia la madre se siente perdida, empequeñecida, inadecuada y necesitada
de ayuda. Incluso la madre más experimentada tiene la sensación de que los primeros diez días
de la vida del niño están llenos de enormes altibajos. Una mujer, tras haber dado a luz su quinto
hijo, vio que la comadrona escribía en la casilla de «puerperio» (es decir, los diez días que siguen
al parto) de su ficha la anotación «normal» y se dijo para sí: «¡Si supiera lo que he pasado!».

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