Introducción
El humor forma parte de la actividad esencial y exclusiva del ser humano, al igual que el
pensamiento. No hay humor si no hay pensamiento. Sin embargo, encerrarlo en una definición
resulta prácticamente imposible, no sólo en su concepto, sino en sus variedades. El sentido del
humor es un término muy relativo, es casi indefinible e inabordable por naturaleza propia. Es
compatible con gran variedad de argumentos y de actitudes. Depende de las culturas, de los
momentos históricos, del nivel social, cultural y económico de cada persona.
El origen de la palabra humor está en las antiguas civilizaciones griega y romana, desde el «físico»
–médico– Hipócrates de Cos (460 a. C.) se designaba a «cada uno de los líquidos de un organismo
vivo»; es la acepción del latín de la palabra (umor, -õris): bilis negra, bilis, flema y sangre.
Teofrasto (372-287 a. C.), miembro del círculo platónico y continuador de Aristóteles, y otros
elaboraron una relación entre los humores y el carácter de las personas.
Así, aquellos individuos con mucha sangre eran sociables, aquellos con mucha flema eran
calmados, aquellos con mucha bilis eran coléricos y aquellos con mucha bilis negra eran
melancólicos. La personalidad de cualquier hombre estaba conformada por los cuatro humores,
aunque generalmente uno sobresalía frente a otros, determinando la personalidad y el físico. Los
estados de salud humana se atribuían al adecuado –o inadecuado– equilibrio de estos humores en el
cuerpo. La idea de la personalidad humana basada en humores fue una base esencial para las
comedias de Menandro y, más tarde, las de Plauto. Sostenían que el equilibrio de la vida se debía,
principalmente, a que los humores estuviesen compensados y toda enfermedad creían que procedía
de una perturbación de algún humor.
En la Poética, Aristóteles realiza una reflexión estética a través de la caracterización y descripción
de la tragedia y otras artes imitativas. Relaciona directamente el origen de la Comedia con las
comparsas que acompañaban la procesión de Dionisos y que intercambiaban ridiculizaciones con
los miembros del cortejo y los propios espectadores. En la Comedia Antigua los chistes tenían
mucho que ver con el sexo y la excreción y se expresaban en un lenguaje desinhibido. Algunos
ciudadanos eran ridiculizados, y aparecen con sus propios nombre como Sócrates satirizado en
Nubes de Aristófanes. En la burla entraban incluso algunos dioses, pero sin llegar nunca al extremo
de cuestionar su existencia. Es difícil ver hasta qué punto subyace una crítica seria a la sociedad
detrás de los chistes y las bromas. La Comedia Antigua era al mismo tiempo una amalgama de
creencias religiosas, sátira y crítica (política, social y literaria) mezclada con bufonadas.
Aunque el término se asoció a lo risible en general, todavía hoy se mantiene de fondo la noción
antigua de fluido corporal. Así, en el Diccionario de uso del español de María Moliner se define
como: «estado de ánimo de una persona, habitual o circunstancial, que le predispone a estar
contenta y mostrarse amable, o por el contrario, a estar insatisfecha y mostrarse poco amable», es
decir, refiere a una actitud subjetiva de carácter general.
Theodor Lipps, en su ensayo sobre lo cómico y el humorismo –Komik und Humor–, afirma que «el
humorismo es el sentimiento de lo sublime en lo cómico y por lo cómico». Y Evaristo Acevedo,
define el humorismo como «lo cómico dignificado por la defensa de una actitud suprasocial». El
humorista, partiendo de su realidad social y los problemas que en ésta se generan, intenta llevarlos
más allá en un deseo de perfección que evite el anquilosamiento social. Va más lejos de los simples
intereses que cada sociedad estima intangibles en épocas dadas y concretas al señalar los peligros
que esos intereses suponen para el individuo cuando están deformados por el fanatismo y la
ambición. Cuando las estructuras sociales no se encuentran en equilibrio con las libertades
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individuales, el hombre, mediante el humor, le marca límites a la sociedad. El humor surge del
pueblo con carácter de crítica, con ansias de reforma y de denuncia de injusticias, es por ello,
corrosivo con la sociedad.
En diversos intentos por definir el humor, teorizarlo y racionalizarlo se llega a defender el «humor
puro», el concepto «cómico» constituye el eterno campo de batalla de cuantos quieren
intelectualizar el humor, que siempre intentan establecer la mayor distancia entre «lo cómico» y «lo
humorístico».
En la burla hay varios matices, como el sarcasmo, de color más sombrío, cuya risa es amarga y sale
entre los dientes apretados; cólera tan fuerte, que aún trae sabor a tal después del quimismo con que
la transformó el pensamiento; la ironía que tiene un ojo en serio y el otro en guiños; y hay en el
humor el tono más suave del iris, en palabras de Fernández Flórez.
Sin embargo, Acevedo defiende cómo, en la práctica, y analizando las obras de los principales
humoristas europeos, el humor nunca es puro sino que viene acompañado por la sátira, la ironía o
ambas; el humor ejerce la crítica y es mordaz, no sólo es comprensivo, de acuerdo a la teoría
particular de cada humorista sobre lo tierno y lo comprensivo. Lo define como «lo cómico
combativo», es decir, lo cómico a través de la sátira y la ironía para dar una finalidad filosófica y
trascendente a la risa: «ríe pero escucha».
En definitiva, humor en su sentido más amplio y vulgarmente admitido, se refiere a todo aquello
que hace reír. Es decir, con la palabra «humor» no sólo se alude a la «tendencia o disposición del
ánimo o del sentimiento a lo risible o jocoso» que «se presenta como opuesta a la tendencia seria o
trágica», sino que por extensión, se aplica a todas las formas de lo risible, desde lo cómico
propiamente a lo humorístico, e incluso se identifica con la risa misma.