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Justicia e Igualdad en Educación 2024

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Libro Digital Camyp – Julio 2024

Escritora: Guadalupe Espinosa CUIL: 27-36637843-5

Repensar las prácticas educativas para una real justicia e igualdad educativa

La escuela es un símbolo innegable de los últimos tiempos, es una de las


mayores construcciones de la modernidad. Esta fue “pensada como un dispositivo de
generación de ciudadanos, y a su vez como una conquista social y un lugar para la
inculcación ideológica de las clases dominantes” (Pineau, p. 310) Desde el comienzo
de la escuela como institución educativa, esta se pensó como un lugar hegemónico,
en donde todos debían aprender lo mismo en el mismo momento.

En la actualidad podemos entender que la escuela que se pensó hace siglos


atrás, no condice con la realidad. Como educadores nos encontramos con situaciones
de discriminación, racismo y desigualdad constantemente, ya que, la escuela recibe
hoy una infinidad de sujetos los cuales traen consigo historias culturales, sociales y
familiares distintas entre sí, generando brechas de desigualdad cada vez más amplias
y donde el principio de equidad queda relegado y escondido, donde la suerte de
progresar y crecer termina siendo para algunos pocos.

A lo largo de las últimas décadas, la Argentina ha atravesado fuertes


transformaciones sociales y culturales que han alterado completamente la tarea de la
escuela, apareciendo esta como la institución que debe resolver todo y en la cual todo
está permitido.

El Estado argentino ha sido un actor central en la promoción de la justicia social


y educativa. Las políticas redistributivas, los programas de asistencia social y las
reformas educativas buscan nivelar las condiciones de vida de los ciudadanos. Sin
embargo, las disputas políticas y económicas han generado avances y retrocesos en
estos esfuerzos.

Vedela (2011) va a postular la importancia de la existencia de un marco legal


para la educación el cual va a permitir abrir la posibilidad de alentar nuevas etapas
para la política educativa. Pone como ejemplo la sanción de la Ley de Educación
Nacional (26.206) en el año 2006 la cual constituyó “una pieza clave para consolidar
un sistema educativo que amplíe las oportunidades educativas de los sectores más
desfavorecidos y fortalezca la integración social ante las difíciles y dispares
condiciones de vida de la población” (Vedela, p.15)

Las desigualdades que se viven en las escuelas se complejizan cuando


analizamos las diferencias de clase, género, raza y territorio, entre otras, así como las
relaciones de poder en las que se hallan inmersas. Repensar las prácticas para una
justicia educativa implica revisar y transformar los métodos, políticas y estructuras
dentro del sistema educativo con el objetivo de garantizar igualdad de oportunidades y
resultados para todos los estudiantes, independientemente de su origen
socioeconómico, etnia, género u otras características, a través de un compromiso
continuo con la equidad y la inclusión en todos los aspectos del sistema educativo,
desde la planificación del currículo hasta la entrega en el aula y más allá. Es un
esfuerzo colaborativo que requiere la participación de múltiples partes interesadas
para lograr un cambio significativo y sostenible.

1
Abordar los procesos de exclusión, discriminación y desigualdad como un
fenómeno estructural requiere cambios profundos en las políticas, instituciones y
prácticas sociales para desmantelar las barreras que perpetúan la desigualdad y
promover la inclusión y la equidad para todos. Como educadores, se debe reflexionar
y repensar las prácticas, buscando diversas herramientas que nos permitan analizar
las desigualdades que se producen en las aulas y que afectan la trayectoria escolar,
buscando y modificando las relaciones y construcciones de conocimiento, y teniendo
en cuenta cómo diferentes aspectos de la identidad influyen en las experiencias,
necesidades y perspectivas de los estudiantes, donde cada uno trae consigo una
historia personal y cultural, teniendo como objetivo respetar las individualidades.

El concepto de justicia educativa se ha ido configurando como “un dispositivo


que ha buscado describir críticamente la distribución en la escolarización, pero al
mismo tiempo, y tal vez lo más significativo, se ha establecido como un horizonte de
expectativas para construir una sociedad más justa, o tal vez menos injusta” (Nery,
p.128)

Las oportunidades educativas se vuelven más desiguales en un sistema


escolar institucionalmente más complejo y heterogéneo, menos igualitario y más
polarizado, segmentado y diferenciado. Es el reflejo de un sistema que refleja una
distribución desigual de los beneficios educativos. El sistema escolar lejos de
democratizar su acceso conduce a los sujetos por los circuitos que mejor se adaptan a
los estigmas que definen el tamaño de sus derechos y oportunidades.

Todos tienen el mismo derecho a la educación, pero no todos tienen el mismo


derecho a la escuela, por lo que los resultados del proceso de escolarización son tan
desiguales como son desiguales las condiciones de vida de los grupos y de las clases
sociales. Cada día la política educativa aplica concepciones implícitas o explícitas de
justicia. “Cada decisión, desde las más estructurales hasta aquellas que parecen
automáticas o neutras, implica modalidades de distribución de recursos y de
valoración de los sujetos y grupos sociales” (Vedela, p. 5)

La educación como derecho demuestra un principio de igualdad a todos los


sujetos. Un derecho no es algo que se ofrece ni puede ser compatible con cualquier
idea de la educación como mercancía que se compra y se vende. Un derecho
tampoco depende del talento o del esfuerzo de cada uno. Así, “considerar a la
educación como un derecho supone subsumir el principio meritocrático al
cumplimiento integral de los derechos educativos” (Vedela, p. 57)

Es necesario abordar la desigualdad desde una perspectiva multidimensional,


que incluya políticas públicas orientadas a mejorar la distribución del ingreso,
promover la inclusión social y económica de los grupos más vulnerables, y fortalecer
las instituciones democráticas y el estado de derecho. La desigualdad se manifiesta en
que no todos los individuos pueden ejercer plenamente sus derechos económicos,
sociales y culturales y, por tanto, en la vulneración del principio de universalidad.

Al hacer referencia de estas situaciones que se viven en las escuelas, es


necesario comenzar a pensar a la interculturalidad como ese espacio en donde se
buscará repensar las situaciones de exclusión, discriminación, repitencia, ausentismo
en las instituciones educativas. El término interculturalidad significa entre culturas, esta
debe ser entendida como un proceso permanente de relación e interacción entre

2
personas y grupos con identidades culturales distintas. Es decir, no es simplemente un
contacto entre culturas, sino un intercambio de conocimientos, valores y tradiciones
distintas que se establece en condiciones de igualdad; un proceso de comunicación y
aprendizaje orientado a promover y construir respeto mutuo y el desarrollo pleno de
las capacidades de las personas, por encima de sus diferencias culturales y
sociales. Es un encuentro entre culturas que puede dar paso a relaciones en función
de horizontalidad y verticalidad. “La interculturalidad se convierte en un proyecto
político, social, epistémico y ético dirigido a la transformación cultural y sociohistórica”
(Guzmán y Guido, p. 19).

En el pasaje de la homogeneidad a la heterogeneidad Anijovich (2020) plantea


dos ideas centrales en las decisiones en políticas públicas en educación: la idea de
equidad y la de justicia educativa o curricular. Sostenida desde la perspectiva de la
educación como derecho, la equidad supone igualdad en el acceso, es decir que todas
las personas tengan un espacio para incluirse en la escuela. Sin embargo, “todas las
desigualdades son diversidades, aunque no toda la diversidad supone desigualdad.
Por eso debemos estar muy atentos a que, bajo el paraguas de la diversificación, no
se esté encubriendo el mantenimiento o la provocación de la desigualdad. Las
políticas y prácticas a favor de la igualdad pueden anular la diversidad; las políticas y
las prácticas estimulantes de la diversidad quizá consigan, en ciertos casos, mantener,
enmascarar y fomentar algunas desigualdades” (Gimeno Sacristán, 2000, p.11)
Garantizar el derecho a la educación depende de lo que hagamos en la escuela, no
sólo lo que haga la familia o la sociedad, depende de cómo los recibamos, cómo los
alojemos en una institución que los considere con iguales derechos a ser educados y
educadas y a aprender. Para ello debe haber docentes que tomen la decisión, tengan
la voluntad, el deseo y un saber a transmitir que debe pensarse en un acto de
institución de igualdad efectiva.

El mayor desafío como educadores, es el tener que repensar las prácticas que
se realizan y se vienen reproduciendo hace años, a veces sin sentido alguno, teniendo
en claro que el problema estructural-colonial-racial requiere la transformación de las
estructuras, instituciones y relaciones sociales, y la construcción de condiciones
radicalmente distintas de estar, ser, pensar, razonar, conocer, sentir, mirar y vivir. Los
docentes necesitamos examinar las diferentes realidades que nos circundan, analizar
los distintos procesos históricos que vivimos y reflexionar sobre los parámetros desde
los que construimos conocimientos, desde los que nos posicionamos.

Como educadores, hay muchas acciones concretas que se pueden tomar para
promover una educación más justa e inclusiva. Es necesario que se reflexione sobre
las propias prácticas y prejuicios, crear espacios de aprendizaje inclusivo fomentando
un lugar donde los alumnos/as se sientan seguros y respetados, pensar proyectos de
enseñanza colaborativos promoviendo el trabajo en equipo. Tenemos la oportunidad
de influir de forma negativa o positiva en la vida de nuestros estudiantes. Dicho esto,
siendo agentes de educación tenemos la obligación de generar espacios de cambio
hacia una sociedad más equitativa.

“La propuesta intercultural no constituye un diseño pensado para determinadas


instituciones educativas, parte de una concepción de la sociedad donde todos los
grupos puedan estar genuinamente involucrados. Implica reconocer la diversidad
cultural no como medio para integrar a grupos marginados, sino como posibilidad para

3
generar su participación en la construcción de un proyecto sociopolítico que respete
las identidades. La tarea intercultural nos posibilita analizar las diferencias, las
desigualdades, los conflictos, las cuestiones de poder, partiendo del diálogo con el
otro, para enriquecernos personal y colectivamente, en nuestras identidades, en
nuestras maneras de ver el mundo, promoviendo una sociedad más justa” (Lucas,
p .2)

En el texto de Vázquez (2020) la autora va a manifestar que las desigualdades


sociales, culturales, educativas, políticas y económicas que sufre el sujeto son ejes
que interseccionan momentos y situaciones del alumno/a que experimentan una forma
de discriminación y fracaso escolar. Por esto es necesario tener en cuenta que las
respuestas educativas no pueden ser generales ni estandarizadas. “La herramienta de
la interseccionalidad, desde su valor crítico y carácter práctico nos ayuda a detectar y
analizar las dimensiones tangibles y las que menos para evitar que los efectos de los
sistemas que generan desigualdad, inequidad e injusticia entren a formar parte del
imaginario social y educativo como si fuera algo inevitable” (Vázquez, p. 271)

La interculturalidad en educación es un enfoque pedagógico y cultural que


busca promover el reconocimiento y el respeto por la diversidad cultural dentro del
sistema educativo. Este enfoque no solo se centra en la convivencia pacífica entre
diferentes culturas, sino también en la transformación de las relaciones sociales y
educativas para que sean más equitativas e inclusivas. La Dirección General de
Cultura y Educación “enfatiza en la importancia de la perspectiva intercultural, para
identificar y reflexionar sobre las diferencias y desigualdades sociales, desde un
enfoque de derechos humanos que reconozca el valor, respeto e igualdad de las
relaciones interculturales y la diversidad cultural”

Entonces debemos pensar la interculturalidad como el medio esencial para


crear entornos de aprendizaje inclusivos y equitativos. Al reconocer y valorar la
diversidad cultural, promover el diálogo y diseñar políticas educativas equitativas, las
escuelas pueden preparar a los estudiantes para ser ciudadanos globales
responsables y empáticos.

Tenemos el desafío de crear espacios donde los alumnos y alumnas reciban


una educación critica que ofrezca nuevas formas de pensar y construir el curriculum y
la enseñanza, al tiempo que reconoce explícitamente la naturaleza política de la
escolarización y el papel del poder y los privilegios en el mantenimiento de estructuras
y practicas no equitativas. “Este será el camino para que la educación sea liberadora,
problematizadora y constituyente de un sujeto con reconocimiento humano, político y
social. La educación es un derecho humano, y como tal, debe ser respetuosa y
tolerante con el conjunto de posibilidades humanas que representan los alumnos/as,
rechazando lo intolerable, aquello que atente contra los derechos humanos e impida la
equidad” (Vázquez, p. 279)

Las instituciones educativas deberán implementar políticas públicas que


promuevan la equidad en el acceso a la educación y que también combatan los
prejuicios y la discriminación racial en todas las áreas de la sociedad. Pensar en aulas
donde fluya la interculturalidad es luchar por los derechos de quienes son excluidos,
discriminados, marginados desde un proyecto social y político comprometido con el
bien común, la equidad y la justicia social.

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La construcción de un sistema educativo más justo necesita de profundos
cambios políticos, económicos y sociales que exceden a lo que ocurre en el campo
educativo. En efecto, es muy difícil construir una escuela más justa en una sociedad
injusta. Buena parte de las desigualdades educativas se resolverían con mejoras en el
bienestar de la sociedad, especialmente a partir de la redistribución del ingreso, y con
el acceso al trabajo, a la vivienda y a la salud. Sin embargo, la política educativa tiene
márgenes de acción en la mejora de la justicia educativa más allá de la importancia
central que ocupan las políticas económicas y sociales en este objetivo

Es necesario la creación y modificación de proyectos a nivel macro en donde


se puedan analizar las desigualdades que se producen en las aulas y que afectan la
trayectoria escolar, buscando y modificando las relaciones y construcciones de
conocimiento, y teniendo en cuenta cómo diferentes aspectos de la identidad influyen
en las experiencias, necesidades y perspectivas de los estudiantes, donde cada uno
trae consigo una historia personal y cultural, teniendo como objetivo respetar las
individualidades, permitiendo de esta manera fomentar proyectos, pedagogías y
currículos que estén comprometidos con la búsqueda por la disminución de las
brechas sociales, la justicia y la ampliación de los derechos, teniendo como desafío la
reflexión y producción de una educación más democrática y centrada en valores,
dándoles la posibilidad a los alumnos/as para generar su participación en la
construcción de un proyecto sociopolítico que respete las identidades.

La justicia educativa obliga a privilegiar la igualdad y el reconocimiento de las


singularidades culturales y sociales. En términos prácticos, ella obliga a elegir entre el
centralismo y la autonomía de las escuelas. La justicia obliga también a elegir entre la
defensa de una cultura común y la formación de una élite forzosamente restringida,
entre la escuela para todos y la meritocracia.

Tenemos pendiente hacer realidad una experiencia educativa pertinente,


relevante, equitativa, igualitaria, eficiente y eficaz, una educación de calidad para todos
y todas. Es necesario ahora un esfuerzo nuevo e integral, donde se pueda actuar
unificadamente en torno a la educación como derecho y como bien común. Esto puede
y debe contribuir a tornar el mundo un poco más justo y más equitativo.

La escuela debe ser ese lugar, donde todos tienen la misma posibilidad y todos
pueden aprender de ella, especialmente los alumnos menos favorecidos. Por este
motivo, la escuela justa debe ser una escuela común a todos. Pero la escuela justa
debe también considerar la diversidad de culturas y, más aún, la diversidad de los
individuos y de sus proyectos. “Ése es uno de nuestros grandes desafíos, para que la
igualdad sea un punto de partida y no de llegada, para que la escuela se enriquezca
de experiencias, de conocimientos, de pasiones, de cuidarnos cada uno y a los otros”
(Dussel, p. 7)

El futuro de los alumnos/as está en nuestras manos, y tenemos la posibilidad


de acompañarlos a transitar un camino donde sus experiencias sean recordadas
desde un lugar de respeto, empatía, solidaridad, creando de esta manera, espacios
para la inclusión y equidad para cada uno de ellos, donde sus sueños no se vean
detenidos, sino por el contrario, cada vez tengan ganas de ir por más y donde sus
deseos puedan ser cumplidos.

5
No debemos olvidar que “mucha gente pequeña, en lugares pequeños,
haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”

Bibliografía

 Castillo Guzmán, E. - Guido Guevara, S. P. (2015). La interculturalidad:


¿principio o fin de la utopía? Revista Colombiana de Educación, (69), 17.43

 Dietz, G. (2017). Interculturalidad: una aproximación antropológica. Revista


Perfiles Educativo, vol. XXXIX, núm. 156, pp. 192-207. Universidad Nacional
Autónoma de México Distrito Federal, México

 Dussel, I. (2004). Desigualdad social y desigualdad educativa. Flasco. Buenos


Aires, Argentina. Pp. 1-8

 Lucas, M.(2007). Educación intercultural en el Nivel Inicial y para el contexto


multilingüe.

 Nery, J. Formación y desarrollo del concepto de Justicia. Riejs. Universidad


Nacional Autónoma de Mexico. 2015

 Pineau, P. (1999). I ¿Por qué triunfó la escuela? o la modernidad dijo: “Esto es


educación” y la escuela respondió: “Yo me ocupo”. Modernidad y Educación.
Madrid. Pp. 306-331

 Restrepo, E. (2008), Racismo y discriminación, en: Rojas, A. (coord.) Cátedra


de Estudios Afrocolombianos. Aportes para Maestros, Popayán, Editorial
Universidad del Cauca, pp. 192-204

 Vázquez, R. (2020). La interseccionalidad como herramienta de análisis del


fracaso escolar y del abandono educativo: Claves para la equidad. Revista
Internacional de Educación para la Justicia Social, 9(2).

 Veleda, C. (2011). La construcción de la justicia educativa. CIPPEC-UNICEF.


Buenos Aires

 Viveros, Mara. (2016). La interseccionalidad: una aproximación situada a la


dominación, en Debate Feminista, vol. 52, octubre, pp. 1-17.

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