UNIDAD 1 – MARCO TEÓRICO CONCEPTUAL
VIOLENCIA
Consideraciones Generales:
El término violencia es utilizado en el lenguaje cotidiano a modo de
una expresión polisémica; es decir, que con dicha palabra se alude a
significados diversos según el contexto en el que se emplee. Así, se
aplica como calificativo de la conducta que produce un daño físico
(sobre las personas o sobre las cosas); de la expresión verbal que
concreta algún grado de maltrato emocional; de fenómenos
climáticos que se acompañan de importantes descargas de energía
eléctrica y/o eólica, etc.
Sin embargo, al recurrirse al Diccionario de la Real Academia
Española, se observa que designa a la “cualidad de violento”, a la
“acción o efecto de violentar o violentarse”, a la “acción violenta o
contra el natural modo de proceder” y a la “acción de violar a una
persona”. La primera acepción -violento o violenta-, se halla que
consiste en la “acción humana impetuosa y motivada por ira”;
“aquello que implica fuerza o intensidad extraordinarias”; el “uso de
fuerza física o moral”; “lo que esta fuera de su estado natural,
situación o modo”; y también se usa como sinónimo de “falso, torcido
y fuera de lo natural”, cuando se aplica al sentido o interpretación de
lo que se ha dicho o escrito.
En consecuencia, puede inferirse el reconocimiento del común
denominador “ejercicio de fuerza” al ejecutar una acción humana
que tanto puede recaer sobre otras personas, sobre sí mismo o sobre
las cosas y que implica, siempre, la alteración de un previo estado
espontáneo y natural de alguien o algo.
En toda acción violenta, esquemáticamente, puede distinguirse un
ámbito inherente al o los sujetos actor/es (quién o quiénes, porqué,
medio empleado), otro referido a la situación contextual (cuándo,
dónde, cómo) y un tercero, vinculado a la persona o cosa que sufre la
acción violenta (daño o menoscabo).
Quien es autor de la acción violenta, remite a una segunda
calificación y así surgen expresiones tales como violencia individual y
grupal. En cuanto al ámbito en el que ocurren dichas acciones, da
origen a expresiones tales como violencia escolar y violencia
institucional. Y, finalmente, el resultado que se provoca mediante la
acción violenta permite diferenciar tipos tales como violencia física o
violencia emocional. Aparecen entonces, denominaciones
provenientes de la integración de elementos –factoriales- las cuales,
no solo califican sino además, configuran situaciones con identidad
propia.
En todos los casos, la violencia de una acción necesariamente implica
un detrimento, daño, disfunción o destrucción que, cuando se
produce sobre una persona puede ser material o inmaterial y afecta
bienes jurídicos de los que es titular (integridad psico-física,
patrimonio, etc.,). Asimismo en todos los casos, salvo los supuestos
de causa fortuita y fuerza mayor, existe en quien/es provoca/n la
acción una intencionalidad que puede ser deliberada (propósito
consciente y manifiesto) o no (carencia del propósito anterior) y debe
determinarse.
Desde el punto de vista fenoménico, dada la amplitud y concurrencia
multifactorial de los elementos que intervienen en la ocurrencia de
una acción violenta, ella puede ser abordada desde perspectivas
disciplinarias diversas: medicina, psicología, sociología, física,
química, derecho, etc.
Delimitación Conceptual:
Acorde a lo expuesto en el párrafo precedente y el objeto de estudio
propio de la Criminología, se impone una delimitación conceptual de
la expresión violencia o conducta violenta; esto es, en los términos
marco del plexo normativo vigente referido a la prevención, sanción y
erradicación de la violencia el cual, a veces explicita esas finalidades
de modo expreso (p.ej., en el caso de las violencias contra las
mujeres) y siempre, como fundamento axiológico de las normas
(p.ej., en el caso de las lesiones del Código Penal Argentino). No toda
la regulación aludida corresponde exclusivamente al fuero penal. Así,
por ejemplo, la que se identifica como “violencia laboral” se configura
a partir de normas propias de ese fuero pero, cuando la acción
desplegada es típica, antijurídica y culpable, no puede repararse
adecuadamente el daño sino mediante la aplicación de la ley penal.
Acorde a lo expuesto, la acción violenta o violencia propia del ámbito
criminológico es aquella que constituye un delito penal y por ende,
sus características fácticas están detalladamente establecidas en el
Código del fuero, así como también la amenaza de pena prevista, en
caso de sanción. En consecuencia, se trata de modalidades de
violencia por comisión u omisión, cuya denominación la adquiere a
partir del resultado externo típico (muerte, lesión, etc.,), sin que
exista un tipo penal designado “delito de violencia”. Aquellas
acciones violentas que están tipificadas, solo pueden ser sancionadas
luego del desarrollo de un debido proceso que culmine en una
sentencia firme (es decir que no admite recursos ulteriores y pone fin
a la cuestión jurídica). Por lo expuesto, además, están sujetas a las
reglas dogmáticas jurídicas en cuanto a causas de justificación,
imputabilidad, circunstancias atenuantes y agravantes, etc.
Tipos de Violencia:
Distinguir “tipos” es identificar modelos o representaciones que
reúnen características comunes de una clase o género. En materia de
violencia (que es la clase o género), pueden señalarse tipos que
toman su denominación de alguno de aquellos caracteres comunes
que al que se erige en criterio clasificador algunos de los cuales se
han señalado en las Consideraciones Generales.
La ley 26.485 (Protección integral para prevenir, sancionar y erradicar
la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollan sus
relaciones interpersonales) aporta un paradigma, que puede ser útil
para situaciones de violencia que no recaigan sobre mujeres. Por ello,
con la finalidad didáctica de comprender conceptualmente al tipo, se
añade a continuación el correspondiente alcance con supresión a la
expresa referencia a mujeres que contiene la norma legal. Se
identifican los siguientes tipos:
Física: la que se emplea contra el cuerpo, produciendo dolor,
daño o riesgo de producirlo y cualquier otra forma de maltrato o
agresión que afecte su integridad física.
Psicológica: la que causa daño emocional y disminución de la
autoestima o perjudica y perturba el pleno desarrollo personal o
que busca degradar o controlar sus acciones, comportamientos,
creencias y decisiones, mediante amenaza, acoso,
hostigamiento, restricción, humillación, deshonra, descrédito,
manipulación o aislamiento.
Sexual: cualquier acción que implique la vulneración en todas
sus formas, con o sin acceso genital, del derecho de decidir
voluntariamente acerca de su vida sexual o reproductiva a
través de amenazas, coerción, uso de la fuerza o intimidación,
incluyendo la violación dentro del matrimonio o de otras
relaciones vinculares o de parentesco, exista o no convivencia,
así como la prostitución forzada, explotación, esclavitud, acoso,
abuso sexual y trata de personas.
Económica y patrimonial: la que se dirige a ocasionar un
menoscabo en los recursos económicos o patrimoniales, a
través de la perturbación de la posesión, tenencia o propiedad
de sus bienes, pérdida, sustracción, destrucción, retención o
distracción indebida de objetos, instrumentos de trabajo,
documentos personales, bienes, valores y derechos
patrimoniales.
Simbólica: la que a través de patrones estereotipados,
mensajes, valores, íconos o signos, que transmita o produzca
dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones
sociales, naturalizando la subordinación de la mujer en la
sociedad.
El modelo se focaliza en el bien jurídico de quien experimenta la
acción violenta y es preponderantemente afectado, incluyendo la
mención en el último de los tipos, tres términos particularmente
importantes en materia de violencia: dominación, desigualdad y
discriminación.
Modalidades de Violencia:
Modalidad es modo o forma de ser o manifestarse algo (en el caso, la
violencia) y en tal sentido, nuevamente la ley antes mencionada
aporta un paradigma diferenciador que también es aplicable no solo a
casos en los que quien experimenta la acción violenta, es mujer. Así,
se distinguen las siguientes:
Violencia doméstica: aquella ejercida por un integrante del
grupo familiar, independientemente del espacio físico donde
ésta ocurra, que dañe la dignidad, el bienestar, la integridad
física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, la libertad,
comprendiendo la libertad reproductiva y el derecho al pleno
desarrollo. Se entiende por grupo familiar el originado en el
parentesco, sea por consanguinidad o por afinidad, el
matrimonio, las uniones de hecho y las parejas o noviazgo.
Incluye las relaciones vigentes o finalizadas, no siendo requisito
la convivencia;
Violencia institucional: aquella realizada por las/os
funcionarias/os, profesionales, personal y agentes
pertenecientes a cualquier órgano, ente o institución pública,
que tenga como fin retardar, obstaculizar o impedir el acceso a
las políticas públicas y ejercicio de derechos previstos por ley.
Quedan comprendidas, además, las que se ejercen en los
partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales,
deportivas y de la sociedad civil;
Violencia laboral: aquella que discrimina en los ámbitos de
trabajo públicos o privados y que obstaculiza su acceso al
empleo, contratación, ascenso, estabilidad o permanencia en el
mismo, exigiendo requisitos sobre estado civil, maternidad,
edad, apariencia física o la realización de test de embarazo.
Constituye también violencia en el ámbito laboral quebrantar el
derecho de igual remuneración por igual tarea o función.
Asimismo incluye el hostigamiento psicológico en forma
sistemática sobre una determinada persona con el fin de lograr
su exclusión laboral;
Violencia mediática: aquella publicación o difusión de mensajes
e imágenes estereotipadas a través de cualquier medio masivo
de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva
la explotación de la persona o sus imágenes, injurie, difame,
discrimine, deshonre, humille o atente contra su dignidad, como
así también su utilización en mensajes e imágenes
pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya
patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o
generadores de violencia.
Además, le mencionada ley específica, diferencia dos modalidades
que solo podrá aplicarse a personas biológicamente capaces de
gestar un ser humano:
Violencia contra la libertad reproductiva: aquella que vulnere el
derecho de las mujeres a decidir libre y responsablemente el
número de embarazos o el intervalo entre los nacimientos, de
conformidad con la ley 25.673 de Creación del Programa
Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable;
Violencia obstétrica: aquella que ejerce el personal de salud
sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres,
expresada en un trato deshumanizado, un abuso de
medicalización y patologización de los procesos naturales, de
conformidad con la ley 25.929.
Génesis de la Violencia:
El tópico enunciado requiere una serie de consideraciones
preliminares necesarias para consensuar el significado y la
comprensión del término violencia en el presente trabajo.
En primer lugar, evitar la confusión con otros términos, en especial:
a).- Agresividad: es un concepto de raíz biológica y luego re-
elaborado por la psicología, que alude a la tendencia o proclividad
constitucional para actuar mediante conductas violentas frente a
determinados estímulos del medio externo. Es decir, que se genera a
partir de factores internos o propios (estructura psicodinámica) y
externos o ajenos (inter-relación en términos de conflicto). Es
propensión al ataque, vinculada al instinto sexual y la territorialidad,
que se expresa a través de patrones de conducta de ataque/defensa,
de variable intensidad y modalidad expresiva. Esta última
característica ha llevado a proponer clases de agresividad: verbal
(insultos); facial (gestos); física (golpes, arañazos); e indirecta (sobre
objetos de la persona atacada). También se distingue entre:
agresividad activa (conducta violenta directa) y pasiva (conducta
violenta ejecutada mediante sabotaje); y entre agresividad en un acto
(episódica) y agresividad secuencial (fase de aparente y falsa calma
que, intempestivamente, pasa a la acción agresiva al no obtener los
resultados esperados).
b).- Hostilidad: si bien es un término cuya conceptualización no es
uniforme en la opinión de autores e investigadores, la mayoría de
veces se utiliza para designar a la actitud emocional- cognitiva
negativa y aversiva de algo o alguien (Buss). Asimismo, se destacan
otros contenidos tales como “mezcla de ira, disgusto, indignación,
desprecio, resentimiento” (Plutchik); una fuerza motivo –consciente o
inconsciente-, que incluye desde la tendencia a la tentativa y de ella a
la acción destinada a injuriar a otra persona o destrozar algo (Saul);
una actitud negativa que genera juicios desfavorables respecto a
personas y cosas del entorno (Berkowitz); configurada como complejo
sistema de creencias y actitudes, a veces con la finalidad de
venganza (Spielberg); donde se quita valor a los semejantes y sus
motivos, posicionándolos en el lugar de los equivocados y enemigos ,
a los que se percibe como dañinos o se desea dañarlos (Smith). La
hostilidad tiene dos caracteres preponderantes: es una actitud
mantenida y duradera por un lado; y s un conjunto de creencias
cognitivas (cinismo, desconfianza, denigración) asociadas a
emociones de enojo, asco, desprecio y resentimiento por otro lado. El
“otro” (desde sus palabras o gestos hasta sus acciones), es siempre
percibido como provocador, antagónico, amenazador, dañino; esta
convicción es sobre-generalizada al conjunto de personas (cinismo),
todas en contra del/a hostil, específicamente.
c).- Ira: es la emoción (aunque algunos autores, lo caracterizan como
sentimiento) subyacente a los estados anteriormente
conceptualizados, que se corresponde con una expresión fisiológica y
otra conductual. Opera como “indicador de alerta” para el
acometimiento (lucha) y huida mediatizado por catecolaminas
(adrenalina) y otras hormonas neurotransmisoras (de allí, la
verificación de hipertensión arterial taquicardia y taquipnea); en esta
línea, se destaca la disminución de los niveles de serotonina;
vasoconstricción (reducción del volumen sanguíneo y temperatura
periférica); incremento de la tensión muscular y de la conductancia
de la piel, facies de tensión, contractura de hombros y puños, etc.
Desde lo afectivo, la ira es una emoción (o sentimiento) de displacer
(molestia o disgusto) que normalmente se experimenta frente a una
amenaza y que, por fallo de los sistemas de control, puede
determinar un problema conductual. No pocas veces, surge de
estados de frustración, decepción, o daño. En caso de no poder
controlarse altera las relaciones inter-personales, el pensamiento, los
patrones de comportamiento y si se hace crónica, lleva a
enfermedades físicas (cardiovasculares, cefaleas, alteraciones
dérmicas y trastornos digestivos).
¿Cómo podrían relacionarse los conceptos precedentes con el de
violencia? La respuesta no es uniforme ni pacífica. Para algunos
modelos teóricos, existe entre los tres un estrecho vínculo pues en
definitiva, no estarían refiriéndose sino a componentes de un mismo
fenómeno, la conducta violenta; el de agresividad se focaliza en
aspecto constitutivo del ser humano, la hostilidad en el aspecto inter-
personal y la ira en la vivencia primera frente a una situación de
conflicto entre el interés individual y el de otro semejante o el
entorno. Por el contrario, otros modelos se centran en la noción de
“agresión” (no, la de agresividad) como conducta agónica que se
destaca por sus caracteres de transitividad (pasa de agresor a
agredido), direccionalidad (siempre se dirige hacia un objeto) e
intencionalidad (búsqueda de producir un daño y ulterior escape del
autor) en tanto consiste en un ejercicio inadecuado del poder o
fuerza, por extemporaneidad o desmesura.
Una de las iniciales cuestiones que suele plantearse en torno al origen
de la violencia, es determinar si se trata de una conducta ínsita en el
ente humano (“genética”) o, por el contrario, es un fenómeno
conductual surgido y desarrollado a partir de factores externos
(“social”). La UNESCO, en base a estudios arqueológicos y luego de
considerar los supuestos de causa religiosa (sacrificial) y canibalismo,
señala que la violencia contra el prójimo si bien es antiquísima,
“guarda relación con el desarrollo de la economía productiva que
entrañó una transformación radical de las estructuras sociales” y por
ende “no está inscrita en los genes del ser humano; su aparición
obedece a causas históricas y sociales”. “La noción de violencia
primigenia es un mito”; los estudios más recientes demuestran que
los primeros grupos humanos resolvían sus crisis mucho más (y más
frecuentemente) en base a la cooperación y ayuda mutua y no sobre
el individualismo y la competición. En la vida cotidiana,
“probablemente se situaba en un lugar intermedio entre la visión
mítica de unos “cruentos albores” de la humanidad y la hipótesis
quimérica de una “edad de oro” feliz, sostenidas respectivamente por
los seguidores de Hobbes y Rousseau”. [El Correo de la Unesco,
2020-1, Los orígenes de la violencia].
Desde la perspectiva psico-biológica, la construcción de una teoría
autosuficiente de la violencia reconoce una muy antigua tradición y
aún continúa desarrollándose, con significativa capacidad de
convicción, en baso al modelo cientificista que la sustenta. No
obstante, en dicha evolución, progresivamente, no pudo dejar de
considerarse la incidencia de aspecto culturales o sociales
(económico, educativo y de socialización, normativo, etc.,). Análisis
de variables tales como el acceso a recursos materiales necesarios
para el pleno desarrollo vital y en especial el criterio distributivo de
los recursos (desigualdad), han dado lugar a posicionamientos
reduccionistas en torno a la génesis de la violencia los que, sin dejar
de ser significativos, por sí solo tampoco son autosuficientes para
describir y explicar el fenómeno de la conducta violenta. [Sepúlveda
Rojas, E., & Moreno Paris, J. E. (2017). Psicobiología de la agresión y la
violencia. Revista Iberoamericana de Psicología issn-l:2027-1786, 10
(2), 157-166. Obtenido de:
https://revistas.iberoamericana.edu.co/index.php/ripsicologia/article/
view/1246].
Esquemáticamente, podría plantearse una propuesta descriptivo-
explicativa a partir de la premisa de existencia de un conflicto; esto
es, contraposición de intereses entre al menos 2 partes
ontológicamente iguales (dos personas humanas) pero
situacionalmente desiguales (incidencia del componente poder, en su
concreto ejercicio). Y en este punto es donde pierde protagonismo la
existencia del conflicto en sí mismo, para adquirir preponderancia
plena la modalidad resolutiva del conflicto. En efecto, el surgimiento
de conflictos es connatural con la individualidad de las personas y no
por ello se explica la conducta violenta sino que surge del modo que
se elija habitualmente para la resolución de un conflicto: mediando
diálogo, empatía, equidad, etc., se optará por modos consensuales o
no (por ejercicio autoridad); por el contrario, el predominio individual
en favor de la parte que ejerce el poder, implementado abusivamente
(impositivamente), llevará a la práctica de una conducta violenta (de
intensidad y expresión variables). Esta dinámica esquemática se
verifica en todo análisis ex –post toda conducta violenta y, para quien
la investiga, implica la búsqueda y detección de las “huellas” de dicha
dinámica en cada una de las partes. Esos indicios o “rastros” pueden
ser de una muy amplia índole, desde la lesión física a las experiencias
psíquicas vivenciales de poder (muchas veces, exteriorizado como
“justificación” de la conducta violenta) y sometimiento (muchas
veces, exteriorizado como “incapacidad” o “parálisis” reactiva-
defensiva), en la parte actora y en la parte receptora,
respectivamente.
A partir del esquema propuesto, es posible el agregado de elementos
o componentes de observación y de análisis, casi ilimitadamente; ello
así pues el camino explicativo causal del conflicto abarca desde los
aspectos psico-individuales (únicos e irrepetibles en cada persona) a
los patrones culturales preponderantes (que son, a su vez, variables
témporo-espacialmente) y, el camino explicativo causal del modo de
resolución del conflicto remite a considerar desde los aspectos
estructurales de la organización social a la que pertenecen las partes
hasta los constructos de necesidad/conveniencia de las instancias de
poder y sus formas de ejercicio. Esta extrema latitud teórica de la
cuestión, en gran medida fundamenta el diseño convencional de
“indicadores” de mínima, media y máxima validez y confiabilidad;
esto es, la identificación por consenso, de “huellas”, “rastros” o
expresiones del conflicto y de la conducta violenta (en tanto
manifiesta el modo resolutivo abusivo e impositivo del conflicto) en
términos de magnitudes (cuali y/o cuantitativa) de los grados de
suficiencia antes mencionados, para configurar la calificación de
violencia.
Predictibilidad de la violencia:
El propósito de anticiparse –para impedir o neutralizar- la conducta
violenta deriva, en parte, de las consideraciones expuestas en el
último párrafo precedente, siguiendo al paradigma (en el sentido de
Kunt, con sus beneficios y desventajas) mudable de las ciencias
particulares que convergen en la investigación de un delito. Es decir
que, en principio, el objetivo quedó limitado al pronóstico de
(re)ocurrencia de una acción típica, antijurídica y culpable pero no a
otras expresiones conductuales violentas. En tal sentido y enraizado
en teorías psiquiátricas-jurídicas referidas a la “peligrosidad” de las
personas originadas a fines del siglo XVIII y especialmente en el
siguiente, la predictibilidad delictual evolucionó “modernizando” al
positivismo lombrosiano que la difundiera con la eficacia de llegar a
encontrar recepción en el derecho positivo. En efecto, ese constructo
psiquiátrico-jurídico se encuentra en las legislaciones penales
extranjeras del siglo XIX (en el contexto del proceso de codificación) y
primeras décadas del siglo XX. El caso argentino no escapó a la
tendencia señalada y resulta interesante advertir en las tesis
doctorales de la época, presentadas en las Facultades de Medicina y
de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, el común lenguaje
médico y legal en torno a la “peligrosidad”, el que en opinión de
algunos autores (Sozzo, Máximo; Locura y crimen) configuró un
dispositivo que finalizó en la sanción del Código Penal Argentino, cuyo
texto aún está vigente.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la predictibilidad de
reincidencia en un delito fue paulatinamente ampliándose en el
sentido de ocurrencia de conductas violentas o asociales
consideradas como unidad categorial.
Tal como se expresó antes, el desarrollo de esta hipótesis fue
cambiando con el paradigma de las ciencias particulares, pudiendo
diferenciarse épocas: a) la 1ra. Etapa (décadas de 1950 a 1970),
centrada en el diagnóstico clínico del tipo de personalidad y
nosológico-psicopatológico que reconfiguró el concepto de perfil
criminal de origen decimonónico. Fue la etapa de las “meras
impresiones diagnósticas” y de la “peligrosidad jurídico-psiquiátrica”,
cuyos datos eran obtenidos mediante evaluación clínica psiquiátrica
estructurada, fundamentada –exclusivamente- en el criterio subjetivo-
intuitivo de la persona evaluadora y con ejes en el diagnóstico,
pronóstico y tratamiento del caso. La eficacia del modelo fue baja, por
el alto índice de falsos positivos y negativos; b) 2da. Etapa (décadas
de 1970 y 1980), en las que surge el denominado modelo “empírico”,
mediante la correlación entre el conocimiento y experiencia individual
de la persona evaluadora con el de las evidencias del hecho,
perfeccionado luego a través de la elaboración de bases de datos.
Este modelo instaló tres creencias (que aún perduran, al menos
parcialmente) según las cuales la predicción de una conducta violenta
es una cuestión dependiente del juicio médico-legal; se expresa en
categorías dicotómicas (Si/No); y se realiza en base a la valoración de
los antecedentes de actos-conductas violentas, factores de
oportunidad (vgr., acceso al uso de armas) y desencadenantes (vgr.,
uso de sustancias psico-tóxicas); c) 3ra. Etapa (hacia 1990), en la que
se elabora la proposición de objetivos técnicos básicos (prevenir la
ocurrencia del hecho violento, su latencia, la magnitud del daño y la
frecuencia de violencia en determinados grupos sociales) así como
también procedimientos formales, algorítmicos y estadísticos
(instrumentos actuariales), con capacidad predictiva a corto y largo
plazo. El modelo, solo pudo aportar el conocimiento acerca de “cómo
otros sujetos han actuado en situaciones similares a las que tuvo la
persona evaluada y si, además, presenta similitudes con miembros
de grupos violentos” del actor), fundada en modelos matemáticos y
otras aplicaciones cuantitativas; d) 4ta. Etapa (alrededor de 2000), en
la que surgen los métodos mixtos (actuarial-clínico estructurado) y
ocurre el reemplazo conceptual de la peligrosidad (y la caducidad de
los modelos asociados); mediante un pensamiento probabilístico-
dimensional (opuesto al dicotómico), se impone la noción de riesgo
sin connotación disposicional inherente a la persona evaluada, sino
enfatizando la compleja interacción entre características psicológicas
y factores contextuales (situacionales). El aporte significativo del
modelo fue la elaboración conceptual de: “factores de riesgo”, como
indicadores de predicción; “daño”, como tipo y magnitud de la
violencia a predecir; y, “nivel de riesgo”, como probabilidad de
ocurrencia del daño. Además, la acertada observación de que toda
predicción tiene dos principios básicos: varía con el transcurso del
tiempo y no se funda en uno o más rasgos de personalidad; por el
contrario, consiste en la opinión de uno/a o más expertos/as respecto
a cómo una persona que presenta determinadas características
psíquicas e historial, interactúa con su ambiente y por ende, toda
predicción es una mera posibilidad de daño futuro. Por último, se
esclareció cuáles son las finalidades de una predicción de riesgo:
prever y prevenir; en relación a la segunda, la estrategia operativa de
la gestión de riesgos, como herramienta de mayor eficacia; y, e) 5ta.
Etapa (aproximadamente en 2010), la que comenzó con una
reformulación conceptual: “Saber cuándo y bajo qué condiciones
podría ocurrir un incidente violento y cuán acertadamente, los
profesionales en salud mental, pueden valorar qué sujetos presentan
un bajo riesgo bajo aquellas condiciones relacionadas con la
violencia” (Mulvey, Lidz, Norko). Asimismo, mediante la aplicación del
estudio de Mac Arthur (V.R.V.), la identificación de: claves
disposicionales (variables demográficas, cognitivas y de
personalidad); factores históricos (historia social del sujeto e
información específica de su historial de violencia); dominio
contextual (factores situacionales que contribuyen, aumentan o
disminuyen el riesgo de violencia); y, factores clínicos (aumentan el
riesgo: uso de sustancias psicoactivas y trastornos de personalidad).
En cuanto a los procedimientos, se señalaron los beneficios del
método “Árbol de Decisiones” consistente en planificar una serie de
preguntas relacionadas con los factores de riesgo asociados a la
violencia; el cuestionario es respondido en forma progresiva,
dependiendo de la respuesta anterior, indagándose ese mismo factor
u otro; al finalizar, el riesgo se categoriza como “alto” o “bajo”. El
desafío es diseñar un árbol de decisiones que supere las
vulnerabilidades de los sucesivos modelos conceptuales e
instrumentos evolutivamente utilizados hasta ahora.
Alrededor de 2012-2014, en algunos países europeos (Alemania,
Holanda, reino Unido) se propuso entender la predictibilidad como
apoyo conductual para la investigación, a través de la participación
de psicólogos y criminólogos en la prevención, gestión e investigación
de un crimen. Es el período en el cual, el objetivo supera al de
identificar un “perfil criminológico” (predominante en los medios de
comunicación social y cultura popular), mediante actividad
interdisciplinaria centrada en las características de cada caso
concreto y no limitada al aspecto socio-psicológico sino en procura de
establecer prioridades en la búsqueda de sospechosos, vincular
diferentes delitos o escenas del crimen, determinar perfiles
geográficos, participar del interrogatorio de acusados o sospechosos,
evaluar riesgo en contextos clínicos, etc. Todo ello, sobre la
convicción de que “no es el perfil de la personalidad del delincuente
el mayor interés del analista de un caso, sino la contribución a una
comprensión más profunda del delito” (Dern).
Puede afirmarse que con las dos últimas etapas, se operó la
sustitución conceptual definitiva de la “peligrosidad” en tanto
construcción instrumental del dispositivo penal-psiquiátrico,
sustentado en premisas tales como entender al delito como un
“hecho natural”; a quien lo ejecutaba, como portador de un conjunto
de características psico-físicas que permitían catalogarlo como un/a
“hombre o mujer delincuente”; integrante de un sub-contexto social
definido a punto tal de erigirse en objeto de la mesología o sociología
criminal; y a la psiquiatría, como disciplina médica capaz de explicar
en términos de enfermedad, desviación o anormalidad cualquier
conducta distinta a las aceptadas por los patrones de convivencia
social predominantes y en consecuencia, llamada a “corregirlas”,
“curarlas” o “contenerlas”.
Cabe destacar que en la postura teórica de considerar a la
proclividad a realizar actos violentos (en términos actuales e
inclusive, potenciales) como un “elemento semiológico” integrante
del cortejo clínico de ciertas entidades nosológicas psiquiátricas (es
decir, respecto de personas que padecen una afección psíquica) y de
trastornos de la personalidad (es decir, respecto de personas que no
portan una afección psíquica), la premisa subyacente consiste en el
mito asociativo entre dichas variables bio-psicológicas y violencia; en
tal sentido, son múltiples las investigaciones científicas y estadísticas
que demuestran la inexistencia de un vínculo de causalidad
necesaria. En ambos casos, el fin común es la adopción de una
actitud de defensa por parte de la sociedad (particularmente, de los
ámbitos jurídicos y médicos, asociados), ante el peligro de daño,
como única respuesta eficaz frente al espectro de padecimientos
psíquicos y patrones conductuales (trastornos de personalidad) en los
cuales la segregación asilar, hospitalaria, penitenciaria o mixta, es el
medio idóneo para mantener el “control” de los casos. Paralelamente,
la normatividad –legal y administrativa- no penal incorporó vías de
judicialización o intervención estatal para la asistencia de tales casos,
con declarado y no siempre efectivo propósito tutelar. El sistema
descripto fue mostrando su falacia e insuficiencia a lo largo del siglo
XX, críticamente a partir de la segunda mitad del período. En el curso
esquemáticamente reseñado, no puede omitirse el hito marcado con
la puesta en vigencia de la Ley Nacional de Salud Mental
(26.657/2010), texto que no transformó el estado vigente hasta
entonces, sino que lo sustituyó por un paradigma absolutamente
distinto. No “actualizó” ni “modernizó” los viejos conceptos, sino que
los derogó, por obsolescencia e ineficiencia; abandonó el propósito de
“controlar” y adoptó el de “asistir” (tanto en el sentido médico como
extra-médico del término), pues todo padecimiento (no solo de índole
psíquica) más que “perturbación de un sistema de orden (cualquiera
sea)”, constituye una genuina cuestión de salud (no solo individual de
la persona que lo sufre sino también, comunitaria) frente a la cual
corresponde una actitud de inclusión y no de segregación; asimismo,
claramente hegemonizó el rol de los/as profesionales de la salud
mental que se desempeñan en el ámbito asistencial, por encima de
quienes lo hacen el ámbito pericial y por ende son integrantes del
sistema judicial.
En la actualidad, tal como se señaló antes, la predicción de una
conducta violenta se ajusta al concepto de “riesgo de una conducta
violenta”, el cual no radica en una cualidad o condición personal y
estática, sino en una particular configuración de las relaciones inter-
vinculares de una persona, tanto respecto de otras personas como
con las cosas. Es su posición o constitución relativa al conjunto de
factores o circunstancias que lo afectan en un determinado momento
(situación); dichas condiciones no solo atañen a un estado
psico(pato)lógico en sí mismo considerado, sino especialmente, al
contexto en el que se producen.
Riesgo y contingencia, son términos sinónimos que designan a la
posibilidad de que algo suceda o no suceda; en consecuencia, el
riesgo implica un juicio de valor probabilístico fundado en el particular
contexto situacional concreto en el que se lo pondera, lo que permite
postular diversos riesgos en función de los distintos tipos y
modalidades de violencia.
En tanto medio que procura evitar un daño (todo riesgo es posibilidad
de daño), la predicción de un riesgo resulta significativa cuando
posee condiciones de certeza e inminencia; esto es: su conocimiento
verdadero, seguro e indubitable (cierto) por un lado y, por el otro,
constitutivo de una amenaza actual o muy pronta a suceder
(inminente). Cabe advertir que no hay contradicción entre la
eventualidad conceptual de todo riesgo (puede o no ocurrir en el
tiempo futuro) y su certeza, pues ésta última no está referida a la
posible ocurrencia del riesgo sino a que, anticipadamente, se tiene un
saber verdadero del resultado que provocará en caso de ocurrir (vgr.:
la posibilidad de ocurrencia de una lluvia, es siempre eventual; pero si
se produce, no cabe ninguna duda que el agua mojará las superficies
que alcance).
La ponderación negativa de un riesgo al momento de la evaluación,
no excluye su evolución positiva, pocas horas después; la formulación
inversa, también es válida: la existencia de riesgo hasta poco tiempo
antes de la evaluación, no asegura su persistencia futura.
Las herramientas técnicas a través de las cuales es posible llevar a
cabo la verificación probabilística de un riesgo, protocolos o diseños
actuariales, no tienen valor absoluto sino relativo pues no son
determinativas sino estimativas. Esta dificultad no se supera
propiciando el regreso al concepto del denominado “peligro o riesgo
potencial”, expresión imprecisa y equívoca que, en definitiva,
denomina a algo eventual que a su vez deriva de otra eventualidad
precedente. Con frecuencia, dicha afirmación de “potencialidad de
riesgo de conductas violentas”, se hace exclusivamente en base a
condiciones de vida que por sí solas, no generan un nexo necesario,
cierto e inminente con el despliegue de una conducta violenta (vgr.,
personas en situación de calle; que han roto todo vínculo familiar y de
amistad; indocumentadas; migrantes; carentes de empleo, etc.,).
Similar consideración puede hacerse asimismo, respecto de actitudes
o conductas originadas en variables de personalidad que, sin ser
patológicas, se ubican en extremos alejados de la media estadística
social y por su particularidad, pueden suscitar dificultades en las
relaciones interpersonales (vgr., proyectos vitales no convencionales,
que se apartan de “lo esperable” y “esperado” por la normatividad
social preponderante, etc.).
Paralelamente al proceso reseñado, desde una perspectiva distinta
(sanitaria), se fue elaborando el concepto de la gestión de riesgos en
salud mental destinada a la prevención y contención de conductas
violentas contra sí mismo y contra terceros, en tanto una de las
estrategias básicas de la gestión en salud pública. Es ejemplo de un
diseño que responde a la perspectiva señalada, el seguido por el
Ministerio de Salud y Protección Social de la República de Colombia.
Se trata de un modelo estratégico que “hace énfasis en la gestión del
riesgo en salud mental para personas afectadas o con potencial
afectación, sus familias y su comunidad de referencia” pero además,
se puede aplicar también “con las debidas adaptaciones, para la
población general o grupos poblacionales específicos”. Si bien se halla
destinado a “actores sanitarios a cargo del aseguramiento, la
prestación integral de servicios individuales y colectivos de salud
mental y el desarrollo de acciones en salud pública” no es infrecuente
su utilización (u otros, similares) en el ámbito criminológico habida
cuenta de la posibilidad genérica antes mencionada y de la
intersección entre conductas violentas y psiquismo. En la estructura
del paradigma, tienen importancia las siguientes premisas
conceptuales: a).- Principios (vgr. visión sistémica de la problemática,
integrando factores de la persona en riesgo con los de su entorno);
b).- Variabilidad del concepto de riesgo y la operatividad sobre él,
según la perspectiva científica de abordaje (derecho, economía,
sociología, estadística, médica, psicológica, etc.), siempre relativos a
una situación particular (vgr., desempleo), un sistema específico (vgr.,
la familia), una amenaza determinada (vgr., daño físico a sí mismo) y
un tiempo concreto; c).- Más relevante que cuantificar la probabilidad
del riesgo es conocer y analizar las datos concretos del caso
(características de la persona, tipo, número y causas de las
amenazas, etc.,); d).- Son ejes conceptuales: riesgo (posibilidades de
resultados negativos, vgr., criminalidad); amenaza ( a partir de la
ponderación de factores como magnitud y frecuencia entre otros, se
establecen patrones categoriales tales como discreto/alto, etc.,);
vulnerabilidad (se valora la susceptibilidad bio-psicológica y la
capacidad de respuesta); y, percepción del daño (hasta tanto la
persona involucrada no comprenda y reconozca como propia la
situación en la que se encuentra, es muy limitada la posibilidad de
reducir el riesgo de ocurrencia futura); e).- Los datos obtenidos del
análisis mencionado en el punto anterior, permiten elaborar diversas
configuraciones o perfiles respecto de uno o más riesgos; en
consecuencia, cada persona tiene distintos perfiles en función de las
variables que se correlacionen considerando que ellas “no actúan
necesariamente en forma simultánea o secuencial sino en diferentes
momentos de la vida, y cuya acción supone que a partir de cierto
momento la aparición del desenlace….es inevitable y representa el
efecto neto de la interacción”.
La clásica distinción entre factores predisponentes y factores
precipitantes, no es sencilla; en efecto, los períodos de latencia entre
susceptibilidad y resultado negativo, pueden ser prolongados. De allí
que resulte de mayor relevancia la diferenciación entre factores que
objetivamente sean causa eficiente del resultado que se busca evitar
y otros que solo contribuyan a modificarlo.
En este punto expositivo caben ciertos interrogantes, cuyas
respuestas tratarán de integrar todo lo expuesto:
a).- ¿El riesgo criminológico es idéntico al que conceptualmente se
refiere la ley nacional de salud mental; es decir, tiene el alcance de
los desarrollos derivados del originario de peligrosidad?
La respuesta es negativa; ello así, pues el paradigma establecido por
la ley 26.657 atiende al fin superior de la salud mental en tanto bien
jurídico inherente a los derechos esenciales de las personas. El
concepto de riesgo que establece no tiene ninguna nota en común
con el anterior de peligrosidad, pues no lo modificó sino que
implícitamente lo derogó; la comprensión de su contenido, método de
valoración y finalidad remite a un modelo ecológico para el abordaje
del tema, del cual resultan recursos operativos inter-disciplinarios de
progresiva restricción de la autonomía de la persona; conlleva la
implementación de herramientas técnicas predictivas basadas en la
complejidad integral de la problemática del riesgo y su relatividad
témporo-espacial; por último, se propone la mantener íntegra la
garantía de la persona –sujeto del derecho- en la particular
contingencia del padecimiento mental. Por su parte, en sentido
criminológico, en primer lugar el riesgo de actuación de una conducta
violenta está referido a población que no padece un trastorno o
enfermedad mental, aun cuando para explicar la génesis de dicha
actuación violenta, se recurra entre otros aspectos, a las
características y dinámica psíquica del/ a autor/a del hecho. En
segundo lugar, el riesgo en sentido criminológico es un concepto
complejo que podría integrarse mediante dos dimensiones: subjetiva
o referida a la capacidad criminal de una persona y objetiva o
consideración de los antecedentes delictivos y la expectativa de
reincidencia (Leal Medina, 2011). No es un hecho, sino una “condición
probabilística” (Maguire y col., 2004). Más aún, a las referidas
nociones de “riesgo o peligrosidad criminal y social” antes aludidas,
muchos autores agregan el de orden “penitenciario” que consiste en
la inadaptación a la convivencia y régimen carcelario. Esta
complejidad, en términos de incidencia de múltiples factores que
comprenden una muy amplia diversidad, ha llevado a afirmar la
“peligrosidad del concepto” pues son numerosas las observaciones
que señalan sus limitaciones o escasa eficiencia (exigencia de alguna
forma de manifestación externa y no como mero juicio de valor
eventual, sobre dimensionamiento cuando se lo aplica a hipótesis de
tratamiento y rehabilitación, perfil heterogéneo en la comisión de
delitos por reincidencia, etc).
b).- ¿Debe aplicarse un concepto de riesgo distinto, según la persona
peritada se halle inmersa en un proceso penal o civil?
La respuesta es negativa, pues conceptualmente no existe un “riesgo
penal” y un “riesgo civil”. Por el contrario, el alcance conceptual del
riesgo es uno y lo variable es la relatividad respecto a determinadas
amenazas, en un momento y contexto concreto, independientemente
que el resultado acarree consecuencias jurídicas penales y/o civiles.
Asimismo, tampoco corresponde diferenciarlo en los casos donde la
indicación de tratamiento psiquiátrico y/o internación involuntaria
proviene de una disposición judicial penal; ello así pues la ley 26.657,
los equipara en una todo, excepto en el egreso. En consecuencia, en
tanto recurso terapéutico, los casos de internación (voluntaria o no)
son extraordinarios y de procedencia solo ante el objetivo fracaso de
otros recursos terapéuticos, posibilidades contributivas de la
recuperación de parte del entorno y aun en dicha circunstancia, debe
realizarse con el menor grado restrictivo de la autonomía personal.
c).- ¿Es conveniente la protocolización de la evaluación y valoración
de riesgo ?
La respuesta es afirmativa, entendiendo por protocolo al diseño
previo de una estrategia de trabajo que, con fundamento científico,
resulte idónea para obtener un conocimiento válido y confiable. En tal
sentido debe agregarse que, acorde a lo expuesto y sin perjuicio de la
multiplicidad instrumental que implica la valoración de variables
diversas (cada tipo de riesgo), el modelo metodológico debe ser
adaptado a los factores condicionantes del entorno propio de la
persona peritada; si ello no fuera posible, el informe técnico de
resultados debe poner de manifiesto tal limitación. No pocas veces el
uso de protocolos de trabajo incompletos (en relación a la
complejidad de la predicción de riesgos) acarrea como consecuencia,
resultados negativos de alto impacto, luego de haberse valorado el
riesgo en categorías de baja probabilidad (vgr., en casos por violencia
de género).
ADICCIÓN:
Introducción:
El término adicción proviene del latín (significa “adjudicación por
sentencia”) y designa a la “dependencia de sustancias o actividades
nocivas para la salud o el equilibrio psíquico”, como así también a la
“afición extrema a alguien o algo” (Diccionario de la Real Academia
Española de la Lengua). Es decir, en otras palabras, que se refiere al
vínculo subjetivo (disposicional o motivacional) de una persona con
una cosa, actividad u otra persona el cual se caracteriza por su
exteriorización mediante patrones conductuales estructurados y
repetitivos, vivenciados con carácter necesario; no son variables en
cuanto modalidad operativa (escasa plasticidad o rigidez) y no son
contingentes (condicionan la afectividad y la voluntad hasta el punto
de la imposibilidad de abstención). Se configuran así dos grandes
grupos de adicciones que son: el que se refiere al consumo de
sustancias químicas (drogodependencias) y el que alude a actitudes
(vgr., trabajo), comportamientos (vgr., sexo), relaciones con otras
personas (vgr., vínculos tóxico-simbióticos) o cosas (vgr., acumulación
de objetos) que se denominan adicciones conductuales.
Al reflexionar lo expuesto se advierte que el calificativo que permite
calificar como adictiva a una conducta radica en la “dependencia” del
mismo; es decir, no cualquier uso de una sustancia química (lícita o
lícita) ni ningún comportamiento reiterado de los aludidos a modo de
ejemplos, constituyen por sí solos, una adicción. Solo adquieren esa
calidad cuando se erigen en hábito imprescindible para la vida
cotidiana y el desarrollo del proyecto vital de una persona pues dichos
consumos modifican su estado psíquico y físico, a expensas de los
fenómenos de “tolerancia” y de “dependencia” que se desarrollaran
más adelante.
Los vínculos con drogas o conductas pueden expresarse a través de
tres tipos que se denominan: “uso”, “abuso” y “dependencia”. En el
primero, la frecuencia y magnitud cuali-cuantitativa del consumo es
circunstancial, sin afectación significativa del estado de salud psico-
física-social; no obstante, son indicadores de alerta categorial el
consumo de baja frecuencia pero en gran cantidad y el de alta
frecuencia y baja cantidad. En el segundo tipo, la persona
consumidora y su entorno experimentan consecuencias negativas a
causa del consumo. Y en el tercer tipo –dependencia- el hábito de
consumo es la actividad principal vital, que se antepone a otras
esenciales como el cuidado de la salud, familia, trabajo, etc.
Impacto social del consumo de drogas:
En base a los “Estudios” sobre “El problema de drogas en las
Américas” elaborado por la Organización de Estados Americanos
(OEA), cuyos lineamiento se seguirá en el presente desarrollo, los
interrogantes de partida consisten en preguntarse: “¿Cuáles son las
consecuencias del consumo y abuso de drogas, tanto para los
individuos como para la sociedad? ¿Cuáles son los múltiples factores
—biológicos, psicológicos, ambientales, sociales— que favorecen el
desarrollo del problema? ¿Es posible intervenir sobre estos
determinantes? ¿Ha sido evaluada la eficacia de las políticas y los
programas desarrollados? ¿Cuáles han sido más eficaces y cuáles no
han funcionado? ¿Se han producido consecuencias no deseadas como
resultado de estas políticas? ¿Existe capacidad en los países de
implementar, dar seguimiento y evaluar políticas, planes, programas
e intervenciones? ”. Este catálogo plantea un debate que si bien
puede tener contextos locales de cierta individualidad, remite a una
problemática que reconoce dos caracteres básicos: es transversal a
todo parámetro jurisdiccional (remitiendo a la conveniencia de
cooperación, coordinación e integración de acciones) y evoluciona en
crecimiento fenoménico (por amplitud de la población afectada y
diversificación de los procesos de producción y tráfico).
Una perspectiva que da respuesta idónea a las formulaciones
mencionadas puede obtenerse desde la Salud Pública; ello así, pues
dicha disciplina focaliza u análisis a nivel poblacional con el auxilio
interdisciplinar de las ciencias biomédicas, sociales, económicas,
ambientales, políticas y poblacionales. De ese modo, también
considera a las respuestas integrales para resolver la problemática y
las estrategias destinadas a evitar que los daños asociados a la
prevención no superen al que provoca el consumo de drogas.
Se trata de un análisis centrado en la importancia que tienen los
factores sociales, económicos y políticos sobre la salud y que, desde
2005 la Organización Mundial de la Salud (OMS) identifica y estudia a
través de la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud.
Dichos determinantes reflejan las condiciones en que las personas
viven y trabajan; se clasifican en estructurales (actividad laboral,
nivel de educación y nivel de ingresos, los que configuran la posición
social de las personas) e intermediarios (condiciones materiales, el
ambiente social o las circunstancias psicosociales, los factores
biológicos y el comportamiento, incluyendo también el sistema de
salud). Ambas condiciones determinan el grado de vulnerabilidad del
individuo y requiere “intervenciones amplias para cambiar tanto el
medio ambiente como la conducta individual”. El citado concepto se
complementa con el de seguridad humana, que protege y garantiza
tres libertades esenciales para los individuos y las comunidades
(libertad de vivir sin temor, vivir sin carecer y vivir con dignidad) y
cuya carencia “se manifiesta en siete dimensiones clave: económica,
alimentaria, sanitaria, ambiental, integridad física, comunitaria y
política.
Factores sociales que contribuyen al problema de
las drogas:
Los determinantes sociales se agrupan en cinco áreas: contexto y
posición socioeconómica; exposición diferencial a los factores de
riesgo; vulnerabilidad diferencial a los riesgos; resultados
diferenciales de la atención a la salud; y, las variaciones en las
consecuencias sociales. Dicho agrupamiento se realiza en base a los
ejes propuestos por la OMS y permiten identificar los factores sociales
que ayudan a explicar las consecuencias del problema de las drogas
en las sociedades, así como las diferencias entre los países y entre
diferentes tipos de consumo.
La exposición a riesgos denota la existencia de diversos escenarios de
consumo, con diferentes niveles de peligro. En esa variedad,
intervienen distintos factores: nivel de desarrollo, urbanización y los
servicios, disponibilidad de drogas y de armas, índice de delitos y la
existencia de grupos que pueden estar involucrados en la distribución
de drogas (algunos, más violentos que otros). Asimismo incide la
acción policial y las estrategias utilizadas para combatir el delito y el
consumo. Cuando se usen drogas con mayor nivel de adulterantes,
las consecuencias son más graves para la salud y aumenta el riesgo
de que los niños y adolescentes sean testigos o víctimas de violencia.
En cuanto a la vulnerabilidad, la población más afectada está formada
por adolescentes, mujeres, personas que viven en pobreza y
marginación y quienes padecen una enfermedad mental. La edad de
inicio del consumo tiende a ser temprano (pubertad-adolescencia), lo
cual aumenta el riesgo de desarrollo de dependencia. Las mujeres
son más vulnerables que los hombres, en razón de una diversa
motivación para usar drogas y diferencias en la sensibilidad a los
efectos de las sustancias. Así, se observa que presentan mayor riesgo
de dependencia, son más susceptibles a la recaída y sufren mayor
discriminación social; en ellas, el inicio temprano, la victimización y el
embarazo no deseado agravan la condición. Respecto a los
adolescentes, adquiere relevancia la no escolarización (no solo
aumenta el riesgo de consumo sino también el de ingreso a
actividades relacionadas con la venta de drogas). Es la población que
con más frecuencia consume drogas mayormente adulteradas, lo cual
sumado a vulnerabilidades previas (vgr., mala nutrición), incrementa
la probabilidad de consecuencias adversas. Las personas que
padecen enfermedades mentales, también muestran un mayor riesgo
a desarrollar dependencia de drogas (la mitad de la población
dependiente posee antecedentes de trastornos mentales).
En cuanto a las consecuencias para la salud y consecuencias sociales
son categorías en las que se analizan las dificultades para acceder a
servicios de salud y contención social, especialmente en la población
más pobre. Tanto las personas como las familias de personas que
padecen una adicción a sustancias, son más vulnerables a la pérdida
de bienes, el desempleo y el despliegue de conductas de conflicto con
la ley; asimismo, con mayor frecuencia, son víctimas de violencia y
discriminación.
Factores de riesgo y de protección:
Bajo este acápite se identifican los factores psicosociales a nivel
individual, los cuales comprenden dos categorías: a).- factores de
riesgo: no poseen un vínculo causal con el consumo o dependencia
pero los anteceden y aumentan la probabilidad de ocurrencia; su
utilidad consiste en identificar oportunidades de prevención; y, b).-
factores de protección: son los que brindan fortalezas para resistir los
riesgos. Se trata del análisis de personas que a pesar de haber
experimentado muchos de los factores de riesgo, no han incurrido en
consumo o no desarrollan dependencia y a las cuales se denomina
“personas con resiliencia”; su utilidad consiste en determinar la
manera de intervenir con finalidad preventiva.
La acción preventiva, en la actualidad, sigue un abordaje que inicia en
las primeras etapas del desarrollo y reemplazó el foco de atención
desde el consumo de drogas a la disminución de la vulnerabilidad del
individuo actuando sobre los factores de riesgo. En la cuestión,
explica el documento citado: “Hasta hace no mucho tiempo se dividía
la prevención en diferentes etapas: la prevención primaria (dirigida a
las personas que aún no manifiestan el problema), secundaria (la
detección temprana y tratamiento oportuno) y terciaria (el
tratamiento y rehabilitación y, más recientemente, la prevención de
recaídas). En este modelo, se consideraba que todos los individuos
que no usaban drogas eran iguales y, por tanto, las iniciativas de
prevención primaria serían efectivas para este grupo en conjunto. Sin
embargo, la evidencia científica muestra que estos individuos tienen
características diferentes y viven en entornos también diversos que
los harán más o menos vulnerables al abuso de sustancias, y que por
tanto requieren de estrategias de intervención que sean
particularizadas y diferentes en su contenido e intensidad. Los
factores de riesgo pueden ubicarse en diferentes dominios: individual
(por ejemplo, trastorno emocional o de aprendizaje o personalidad
orientada a la búsqueda de sensaciones nuevas), familiar
(convivencia con padres alcohólicos), escolar (fracaso académico),
social (amigos usuarios de drogas) y comunitario (alta disponibilidad
de sustancias). Tales factores interactúan con cada individuo quien
procesa los estímulos, los interpreta y responde a ellos de una
manera diferente. La importancia de estos factores varía a lo largo de
diferentes las etapas de desarrollo del individuo. Los factores de
protección pueden ubicarse también en cada uno de los dominios de
la vida de la persona: en la esfera individual (por ejemplo, alta
autoestima o personalidad orientada a evitar riesgos), familiar
(convivencia con padres capaces de cubrir las necesidades afectivas
de los menores), escolar (apego a la escuela), social (amigos poco
tolerantes hacia el consumo) y comunitaria (pertenencia a redes de
apoyo social)”.
Se ha expresado que los factores de prevención, más que el contrario
de los factores de riesgo, deben ser entendidos como aquellos que
promueven y desarrollan resiliencia frente al consumo de drogas.
Pueden incluir se entre ellos a: vínculos efectivos y eficaces con los
padres u otros adultos que brinden ambiente de afecto desde edades
tempranas y de manera consistente; sentimientos de éxito, de control
y de respeto por sí mismo; fortaleza de recursos internos (vgr., salud
física y psicológica) y externos (vgr., red social de apoyo que incluye
la familia, la escuela y la comunidad). Asimismo, habilidades sociales
tales como: capacidad para comunicarse, negociar y tomar decisiones
que eviten actividades peligrosas; para resolver problemas siendo
capaces de percibir las adversidades como situaciones que pueden
ser resueltas mediante perseverancia y esfuerzo; haber sobrevivido
situaciones de riesgo anteriores; etc. “Ciertamente, este conjunto
complejo de determinantes incluye factores que son difíciles de
abordar por medio de políticas públicas; conocerlos es el primer paso
para poder considerar nuevos enfoques y propuestas”.
El impacto del consumo de drogas en la salud :
Desde esta perspectiva, “el uso del alcohol y otras drogas constituye
factores de riesgo importantes para la salud, lo cual se refleja
principalmente en días vividos sin salud, pero también y de manera
creciente, en la mortalidad”. Asimismo, aumenta los costos de
atención sanitaria (por mayor riesgo de accidentes y violencia;
enfermedades infecciosas (VIH/SIDA, hepatitis B y C); crónicas
(cirrosis, afecciones cardiovasculares, cáncer, enfermedades
mentales) y de uso nocivo, abuso y dependencia. “La comorbilidad,
es decir, la presencia de más de una enfermedad o trastorno, es de
especial relevancia, debido a que es muy frecuente que las personas
con adicción padezcan algún otro trastorno psiquiátrico”. Cabe
destacar la existencia de diversos estudios indicativos que los
trastornos por uso de sustancias psicoactivas incrementan en forma
importante el riesgo de que el sujeto tenga alguna conducta suicida.
El impacto sobre la salud se evalúa a través de dos indicadores
básicos, la mortalidad y la discapacidad, forma separada o conjunta
(en este caso, se denomina “carga de enfermedad”, tal como la
“carga global de enfermedad o GBD elaborado por la OMS -Global
Burden of Disease). Agrega el documento comentado: “Todas las
regiones de América ocupan lugares por encima de la media mundial
de la carga de enfermedad, tanto para drogas ilícitas como para
alcohol. Destacan los Estados Unidos y Canadá, con el 11º lugar en el
caso de drogas ilícitas y 19º en el caso de alcohol. En los países de la
región sur de América Latina (Chile, Argentina y Uruguay), las drogas
ilícitas y el alcohol ocupan el 18º y 19º lugares, respectivamente, y
en la región tropical (Brasil y Paraguay), el 22º y 17º lugares,
respectivamente. El consumo de alcohol y otras drogas son factores
de riesgo importantes entre sesenta enfermedades y lesiones
derivadas de accidentes y violencia”.
El indicador mortalidad verifica un incremento de aproximadamente
50% por década (desde 1990) para consumo de alcohol y es aún
mayor, para otras sustancias. Similar fenómeno se observa con el
indicador discapacidad.
Impacto a nivel social:
Entre las consecuencias más destacadas se consideran: mal
desempeño y abandono escolar; falta de productividad en el trabajo;
desempleo; costos económicos para el enfermo y su familia; comisión
de delitos y violencia.
La violencia es un fenómeno reverberante que configura un problema
de salud pública, con altos costos individuales, sociales y económicos.
En relación al consumo de drogas, la violencia se manifiesta de
diversas formas: conflictos a gran escala sobre la producción y el
tráfico, delitos de la calle que se cometen bajo los efectos de
sustancias o para obtener dinero y proveerse de drogas. “Los tipos de
violencia y delito asociados con las drogas varían de país a país,
dependiendo de los problemas que presentan y las políticas públicas
que han adoptado”. Tal como se expresó oportunamente, acorde al
modelo ecológico, la violencia es un fenómeno multicausal que, tanto
en su ejercicio como en la probabilidad de ser víctima, interactúan
cuatro factores: individuales (carga genética y características socio-
demográficas), relacionales (dinámica de los vínculos más próximos),
comunitarios (componentes del ambiente cultural, como la etnia) y
sociales (determinantes que favorecen un clima de violencia, como la
tolerancia a la misma o la discriminación).
La probabilidad de cometer un acto violento es mayor en individuos
usuarios de alcohol, metanfetaminas, cocaína, benzodiacepinas e
inhalables. En el informe de la OPS (Organización Panamericana de la
Salud) “Alcohol, Género, Cultura y Daños en las Américas” pueden
encontrarse resultados vinculados a distintos tipos de violencias y
contextos o modalidades, discriminados por países. La asociación
entre la violencia y el consumo de alcohol u otras drogas está
determinada por distintos factores, pudiendo actuar como
facilitadoras de la conducta violenta, al disminuir la inhibición, el
juicio y la capacidad del individuo de interpretar señales sociales en
forma correcta; la particularidad es que dicha asociación, también se
establece a nivel trans-generacional.
Políticas y programas:
1).- Reducción de la demanda: se realiza mediante una serie de
intervenciones integradas en múltiples contextos y dirigidas a
diferentes niveles de riesgo. A este fin, es necesario atender los casos
nuevos (intervenciones preventivas) y casos existentes de consumo
problemático (intervención temprana, tratamiento y mantenimiento).
Desde el punto de vista de la salud pública, se enfocan estas acciones
desde tres vertientes: intervenciones diseñadas para impactar al
usuario o a la población en riesgo; disponibilidad de las sustancias; y
sobre el ambiente que tolera o acepta el consumo. Además, ellas
deben adaptarse a las características del consumo dentro de un área
geográfica y población determinadas. “El tipo de políticas adoptadas
por los países deben reflejar aquellos servicios que son
específicamente necesarios para modificar el panorama
epidemiológico del consumo de drogas, así como las consecuencias
de salud y sociales”.
Toda acción de reducción de la demanda implica la de reducir las
consecuencias sociales del consumo de drogas; por ello, requiere
apoyo político, un marco legal sólido y recursos y presupuesto
adecuados para sostener tales políticas. “La evidencia científica y la
investigación son los pilares de una política de reducción de la
demanda bien diseñada”. Para el diseño de políticas públicas debe
utilizarse la mejor evidencia disponible (calidad de acuerdo a un
sistema homogéneo) y también se necesita información para
determinar la eficacia y eficiencia de planes o estrategias pre-
existentes; la evaluación de su aplicación (evaluación de proceso) o
los resultados obtenidos (evaluación de resultados).
En relación a la mencionada investigación evaluativa, el problema
fundamental sin resolver es la falta generalizada de información
sobre cuáles enfoques son los más eficaces en los distintos pues no
se ha llevado a cabo ni a nivel nacional ni local. Asimismo, tal como
se dijo, el uso de sustancias puede estar acompañado de trastornos
mentales y del comportamiento; ello implica que las estrategias o
planes deba configurarse un sistema integral de servicios, con
articulación entre los diferentes sectores, organizaciones y programas
que proporcionan servicios a las personas con problemas
relacionados al uso de sustancias psicoactivas. “Por último, las
regulaciones deben tomar en cuenta la necesidad de respetar los
derechos humanos, y se deben evitar las medidas que han
demostrado tener consecuencias negativas para la sociedad. El fin
último de las políticas de prevención debe ser la creación de un
sistema integral que, además de reducir los daños sociales causados
por el abuso y la dependencia de drogas, pueda proteger el bienestar
individual y colectivo”.
2).- Prevención: la prevención efectiva es aquella que provee a niños,
adolescentes y adultos, las herramientas que necesitan para llevar
una vida sana y productiva. Tradicionalmente se dividen las
estrategias en tres categorías: a) prevención primaria (para reducir el
número de personas que utilizan drogas por primera vez o bien
retrasar la edad en que alguien comienza a consumir drogas)
mediante la reducción de factores de riesgo y fortalecimiento de
factores de protección; b) prevención secundaria (identifica personas
que ya muestran signos de abuso y dependencia de sustancias o
caen en la categoría de consumo), cuyo objeto es la más pronta
intervención para evitar la progresión; y c) prevención terciaria
(estrategias destinadas a limitar los efectos adversos emocionales, de
salud y sociales, así como las consecuencias económicas del consumo
de sustancias psicoactivas).
Desde los últimos años del siglo XX, se fue reconfigurando el marco
de la prevención primaria, fundamentándolo en el concepto de
niveles de riesgo. Por ello, en la actualidad se focaliza en reducir la
vulnerabilidad o el riesgo de iniciar el consumo de drogas y si éste ya
ha comenzado, evitar la progresión del uso hacia trastornos por
abuso o dependencia. Así, se distingue: a) prevención universal
(dirigida a la población general, con diferentes niveles de riesgo para
el consumo de drogas); b) prevención selectiva (dirigida a personas,
familias o grupos específicos que se encuentran en mayor riesgo para
el consumo de drogas y los problemas asociados); y c) prevención
indicada (personas que ya han iniciado el consumo de drogas y que
presentan problemas derivados de ello, como los trastornos de
conducta asociados con el abuso de sustancias.
3).- Reducción de daños: son políticas, programas y prácticas
destinadas a disminuir los efectos sociales, económicos y sobre la
salud asociados con el consumo de drogas legales e ilegales, sin
necesariamente reducir el consumo. “El objetivo es reducir o
modificar las consecuencias en lugar de la conducta de consumir, y
es un complemento a las intervenciones de prevención y tratamiento.
Se enfoca en cambiar la manera en que los individuos usan drogas y
el medio ambiente en donde consumen, partiendo de la idea de que
en algunos grupos de personas el consumo de sustancias
psicoactivas continuará a pesar de los esfuerzos preventivos y
terapéuticos”. Pertenecen a este tipo de acciones: la disponibilidad y
el empleo de jeringas estériles; terapia de sustitución con metadona
(para adictos a opiáceos); distribución de preservativos y la educación
acerca de los riesgos asociados al uso de las drogas intravenosas;
reducción del riesgo de conducir bajo los efectos del alcohol y/o en
estado de ebriedad; etc.
4).- Tratamiento: “deben asumirse de manera integrada y coordinada con los sistemas
de atención de salud, ya que constituyen dos componentes inseparables y esenciales de
una política eficaz en la reducción de la demanda de drogas. Los trastornos por uso de
sustancias son complejos y multifactoriales. Las personas que los sufren requieren
atención apropiada a las características de su condición, la cual puede variar de
acuerdo con diversos factores, entre ellos, el tipo de sustancias y el patrón de consumo,
las condiciones físicas, psicológicas y sociales, previas y asociadas con el consumo, la
existencia de comorbilidad con otros trastornos mentales u otras condiciones crónicas
que afecten la salud del individuo. La eficacia de esta respuesta “depende de la
participación del sistema de salud en los distintos niveles, además de la articulación
con la comunidad y otros servicios fuera del sector de la salud. Esto es particularmente
importante en el área de bienestar social y acceso a servicios de calidad que tengan
continuidad en el tiempo, tal y como corresponde al carácter crónico de estos
problemas”. Toda estrategia de tratamiento comprende fases a corto,
mediano y largo plazo y es muy útil “la implementación de
modalidades de tratamiento de base comunitaria y programas de
reintegración social puede propiciar la recuperación, disminuyendo la
estigmatización de usuarios y familiares”.
Las condiciones más destacadas, en materia de tratamiento son: a).-
la inclusión de poblaciones vulnerables que tienen mayor propensión
al consumo de sustancias (personas privadas de su libertad); b).- uso
de protocolos de probada eficacia, bajo la responsabilidad de personal
calificado, con supervisión técnica y administrativa sistemática, que
resguarden la calidad y la protección de los derechos fundamentales
de las personas allí tratadas; c).- garantizar el acceso a los
medicamentos necesarios, incluida la terapia farmacológica de
sustitución y mantenimiento, así como a intervenciones que cubran
de manera integral las complejas necesidades biopsicosociales de los
usuarios de los servicios; d).- se obtienen mejores resultados cuando
se combinan intervenciones psicosociales y terapia farmacológica, en
planes terapéuticos individualizados basados en la evaluación integral
de necesidades de la persona. La respuesta al tratamiento en los
pacientes con trastornos por uso de sustancias es variable de un
sujeto a otro y uno de los principales obstáculos es el bajo apego al
tratamiento (entre el 30 y el 50%, abandonan).
UNIDAD 2 – INVESTIGACION CIENTÍFICA
Toxicología Forense: (Iván Roqué; Rev., de Cs. Forenses de
Honduras; 2016)
El concepto y alcance disciplinar (Roqué, 2016) comprende un sentido
amplio y un sentido estricto. En el primero alude al estudio e
investigación de los efectos adversos de agentes físicos y químicos
sobre las personas y el medio ambiente, cuando dicha acción acarrea
consecuencias médico-legales. En sentido estricto es aplicación de
conocimientos y procedimientos de química analítica, toxico-cinética-
dinamia, farmacología y otras disciplinas a la identificación y
cuantificación de drogas, venenos y compuestos en fluidos y tejidos
humanos, relacionados con hechos que son objeto de investigación
judicial.
Áreas / Sub-disciplinas:
En paralelo al desarrollo académico (con autonomía de otras
disciplinas como la Medicina y especialidades de ella, como la Medina
Legal), pueden diferenciarse en la actualidad diversas áreas o sub-
disciplinas de la Toxicología Forense, a partir de su aplicación a
cuestiones tales como la investigación de la muerte por
envenenamiento, el conocimiento de las alteraciones fisiológicas que
producen las sustancias en el organismo humano -cualquiera sea la
vía de ingreso- y la forma en que inciden sobre la salud y el
comportamiento (alcohol y contravenciones o delitos); el vicio de la
voluntad; el error de prescripción médica que provoca un daño en la
salud; el consumo de sustancias para obtener ventajas en una
competencia deportiva; etc.,). Así, se distingue:
a).- Toxicología Forense post-mortem: dedicada a la investigación
de sustancias de interés toxicológico en muestras extraídas del
cadáver para establecer su rol como agente causal o contribuyente
de la muerte;
b).- Toxicología Forense conductual: estudia las drogas que
alteran la conducta, induciendo comportamientos agresivos, o
incapacitantes de las funciones físicas y mentales (sumisión química)
o disociativos (afectan o anulan la percepción de la realidad);
c).- Toxicología Forense anti-dopaje: dedicada a las drogas y
sustancias que modifican el desempeño del individuo en el deporte,
tornándola fraudulenta (anabólicos, fármacos, etc.,);
d).- Toxicología Forense en el lugar de trabajo: consistente en la
vigilancia y control, según esquemas reglamentados, del consumo de
drogas por parte de trabajadores con funciones sensibles (agentes
policiales, sector de seguridad, justicia, pilotos de aeronaves civiles,
conductores de vehículos de transporte terrestre, etc.,); y,
e).- Toxicología Forense medio-ambiental: que se ocupa de la
vigilancia y control de sustancias de uso en la industria y otras
actividades (agricultura, entre otras), capaces de provocar daño en la
salud de las personas, animales y medio ambiente.
Se advierte de la distinción precedente que la Toxicología Forense
requiere saberes disciplinares distintos, los que se organizan en
equipos de trabajo adecuados al objeto de estudio; por ende,
variables en cuanto a la integración de saberes. Así, lo frecuente es
que se convoque a profesionales de la Medicina, Bioquímica y
Química Inorgánica pero ello no excluye el requerimiento de
profesionales de la Ingeniería (en varias de sus orientaciones
disciplinares: medio-ambiental, química, agronómica, etc.,),
Antropología, Psicología, Seguridad, etc.
Vínculo persona/cuerpo-sustancia:
En cualquiera de las áreas antes mencionadas, la actividad de la
Toxicología Forense se desarrolla en torno a tres ejes los que,
individualmente configuran ámbitos de investigación y estudio. Dada
su amplitud, no obstante el recursos de saberes distintos a la
toxicología que pueden ser utilizados, no es infrecuente que deba
constituirse un equipo de trabajo interdisciplinar, para arrobar a
conocimientos autosuficientes. Lo expuesto es de sencilla
comprensión al advertirse, por ejemplo, que en el caso de la
determinación de sustancias tóxicas en un cadáver, la necesaria
autopsia será cumplida por profesionales médicos que pueden o no
tener además, formación y capacitación en Toxicología. Esos ejes o
ámbitos de trabajo son:
a).- Persona-cadáver: expresión que alude al “cuerpo humano”,
agregando que en el caso de personas vivas, la investigación no se
agotará en la dimensión física del ente sino también comprenderá su
dimensión psíquica. La búsqueda de datos está orientada a la
recolección de antecedentes (personales, laborales, de asistencia
especializada previa, etc.,); evaluación de signos (dato objetivo que
se detecta mediante examen físico o psíquico) y signos (datos
subjetivos que son referidos por la personas que los experimenta,
vgr., dolor, angustia, etc.); la integración de ambos –síntomas y
signos- permite configurar entidades patológicas (síndromes o
enfermedades) las que a su vez, admiten la calificación de “agudas” o
“crónicas” en razón de criterios temporales-evolutivos que son de
naturaleza médica clínica. Finalmente, tanto en el caso de personas
cuanto de cadáveres, se realiza la extracción de muestras biológicas
(sangre, orina, pelo, uñas, otros tejidos, etc.) sobre las que se
efectuarán determinaciones cuali-cuantitativas en el Laboratorio
correspondiente, bajo técnicas válidas y confiables.
b).- Sustancia: sin perjuicio del comentario al respecto que se
realizará más adelante, en el punto actual, el eje consiste en la
identificación química de la sustancia en cuestión; su cuantificación o
concentración en diversos tejidos y fluidos orgánicos; los efectos
farmacológicos sobre el cuerpo humano; la determinación de la dosis
mínima para provocar determinados efectos (denominada “dosis
umbral”), efectos tóxicos (determinados de estados de intoxicación,
aguda o crónica) y efectos letales (determinantes de fallos orgánicos
incompatibles con la continuidad de la vida); el proceso biológico de
incorporación (“vías” de ingreso), distribución a nivel de los distintos
sistemas tisulares (“depósito” de la sustancia por afinidad selectiva
con determinados tipos de tejidos orgánicos), “curva” de acción
(estudio de su acumulación, a través del tiempo con determinación de
efectos a medida que se incrementa la cantidad de sustancia),
metabolización (transformación en degradación a nivel de diversos
órganos) y eliminación (salida del cuerpo humano, con o sin
transformación química, a través de emuntorios y órganos
excretores. Este proceso, en su conjunto, se denomina “cine-
dinámica o fármaco-cinética” de la sustancia y entre otras inferencias
permite establecer su “vida media” (tiempo que tarda una sustancia
en decaer a la mitad, el valor de concentración al ingreso).
c).- Situación: es el escenario, contexto o modalidad de consumo y
administración en el cual se evalúan diversos factores: frecuencia,
voluntariedad, finalidad (recreativa, suicida, homicida, accidental,
etc.), vinculación motivacional con conductas disvaliosas (delitos,
faltas, etc.,).
Toda opinión técnica (pericial, como la que se elabora en un proceso
judicial y según las reglas jurídicas y técnicas del caso) o meramente
informativa (puede estar integrada en un contexto procesal judicial o
administrativo) respecto al vínculo entre una persona humana y una o
más sustancias, deriva de la síntesis integradora de datos obtenidos
de los tres ámbitos o ejes mencionados, evaluados en su conjunto.
Perspectiva legal:
Entre las acciones destinadas a reducir la oferta de sustancias o
drogas, la regulación legal es un instrumento de uso frecuente, el cual
puede tener diversos criterios orientadores o estructurales. Así, en
nuestro País, la actual ley vigente -23.737, promulgada de hecho en
octubre de 1989- y en opinión de la mayoría doctrinaria, reconoce al
bien jurídico salud pública (de carácter colectivo) como objeto de su
protección.
Desde la perspectiva en análisis, las sustancias pueden diferenciarse
en:
a).- Lícitas: son aquellas cuyo uso no está prohibido por la ley; no
obstante, poseen riesgo adictivo (e inclusive, en algunos casos, letal)
según otras variables que inciden en su consumo (estructura y
dinámica de la personalidad, modalidad de consumo, dosis, etc.).
Entre ellas, cabe diferenciar entre las que se utilizan con finalidad
estrictamente terapéutica y otras, que se utilizan con finalidad
recreativa. Las primeras caen bajo regulación en cuanto a que
dependen de una indicación de necesidad (prescripción o receta
válida), están sujetas a control técnico en su uso (indicación de dosis)
y estudios de vigilancia periódica para evaluar el impacto adverso
que pueden causar sobre la salud. Este último aspecto es
particularmente relevante cuando se trata de sustancias con efectos
ansiolítico, antidepresivo, neuroléptico, analgésico, etc. Cabe tener
presente el uso indebido de medicamentos constituye una de las
conductas adictivas más frecuentes y menos visibilizada. Respecto de
las sustancias lícitas utilizadas con fines recreativos (como el alcohol
y el tabaco), debe expresarse su capacidad de daño sobre la salud
(especialmente, en situaciones de consumo de larga data) y su
significativa potencialidad adictiva.
b).- Ilícitas: se trata de sustancias que poseen una alta capacidad
adictiva y por ello la ley sanciona su producción, distribución,
comercialización y en algunas situaciones contextuales, también
sanciona el consumo.
Esta distinción entre sustancias lícitas e ilícitas, según se ha señalado
con reiteración, “es indiferente en el ámbito de las Ciencias de la
Salud pues el cerebro puede resultar tan afectado con unas como con
otras ya que es indiferente a la calificación legal de la sustancia”.
Acuerdo terminológico:
Es muy frecuente que frente a la lectura de material documental de
diversa procedencia disciplinar, se recurra a términos que admiten
significaciones diversas y por ello, se propone el siguiente acuerdo a
los fines del presente desarrollo:
a).- Fármaco-dependencia: es la expresión recomendada por la
Organización Mundial de la Salud (OMS) en reemplazo de otros menos
precisos desde la perspectiva toxicológica tales como “toxicomanía”,
“hábito tóxico”, “drogadicción”, etc. Conceptualmente designa al
“estado psíquico, y a veces físico, causado por la interacción entre un
organismo vivo y un fármaco (droga o tóxico), caracterizado por
modificaciones en el comportamiento y otras reacciones que
comprenden siempre un impulso irreprimible para tomar el fármaco
en forma continua o periódica, a fin de experimentar sus efectos
psíquicos y, a veces, para evitar el malestar producido por la
privación”. Fenoménicamente está configurado por un “conjunto de
síntomas cognoscitivos, comportamentales y fisiológicos indicativos
del consumo de una sustancia a pesar de la aparición de problemas
significativos relacionados con ello”, según lo expresa el Manual
Diagnóstico y Estadístico de la Asociación Americana de Psiquiatría.
b).- Droga: es toda sustancia, terapéutica o no, que introducida en el
organismo humano a través de cualquier vía de ingreso, provoca la
alteración del natural funcionamiento del sistema nervioso central
(SNC), de algún modo. Además, es susceptible de crear dependencia
física, psíquica o ambas, según el tipo de sustancia, frecuencia de uso
y permanencia del consumo a través del tiempo.
c).- Uso, abuso y dependencia: se trata de categorías de calificación
clínica (semiológica) de los distintos tipos de vínculos persona-droga.
Ellas se refieren a:
*.- En la categoría del uso de sustancias, designa a un modo de
utilización aislado, episódico y/u ocasional, sin generar dependencia o
problemas de salud significativos. No obstante, puede conducir a
supuestos de daño (e inclusive, graves), en casos de sobredosis (vgr.,
coma etílico). El uso de sustancias puede tener finalidad
“experimental” (la persona “prueba” una o más sustancias, una o
más veces pero con decisión de no repetición deliberada);
“recreativa” (el consumo es más regular, en contextos de ocio con
otras personas con quienes hay confianza, de modo compartido o no);
o “habitual” (con frecuencia regular aunque baja, se utiliza una
drogas a la que se denomina de preferencia y, a veces, otra u otras
que se denominan no preferentes);
*.- En la categoría de abuso de sustancias el consumo es compulsivo
y dicha conducta se incorpora al proyecto vital y cotidiano de la
persona, con las particularidades de su contexto y estilo de vida en
torno al consumo (círculo social, reconocimiento y aceptación dentro
de un grupo);
*.- En la categoría de dependencia, la persona no puede dejar de
consumir pues en caso de hacerlo experimenta un cortejo de
síntomas desagradables; la vida cotidiana queda centrada en el
consumo de la sustancia y a causa de ello desarrolla un círculo vicioso
de retroalimentación (“conseguir-consumir-conseguir”). Hay dos tipos
de dependencia: física y psíquica. La primera implica un cambio
permanente en la estructura y dinámica del cuerpo y en especial del
cerebro, a expensas de un proceso de tolerancia hacia la sustancia.
La dependencia psíquica ocurre cuando la privación de la sustancia
determina malestar, angustia y depresión; a fin de evitar el cuadro, la
persona busca mantener un consumo constante de droga, en la
convicción que “no puede vivir sin consumir”.
d).- Trastorno por consumo de sustancias (dependencia): es la
denominación clínica (diagnóstico) de una categoría taxonómica
clínica (clasificación de cuadros clínicos o afecciones) consistente en
un trastorno desadaptativo de duración no inferior a 1 año, que se
acompaña de una o más de las siguientes manifestaciones:
*.- Tolerancia: necesidad de aumentar la dosis para conseguir el
efecto deseado o la disminución del efecto buscado, al mantener una
misma dosis;
*.- Abstinencia: síntomas físicos y/o psíquicos que son consecuencia
de dejar de consumir la sustancia, con rápido alivio al retomar el
consumo;
*.- Mayor cantidad o durante mayor tiempo del deseado. La primera
posibilidad (mayor cantidad), no debe confundirse con el fenómeno
de tolerancia pues designa a la lisa y llana intención de incremento de
la dosis, a pesar de hacerse conseguido el efecto buscado. En cuanto
a la segunda (mayor tiempo), se refiere al incremento global de la
frecuencia de uso (aun cuando no se haya recuperado del estado
tóxico determinado por una ingesta anterior);
*.- Incapacidad para controlar o interrumpir el consumo, a pesar de
intentarlo;
*.- Empleo de mucho tiempo para conseguir la sustancia o recuperar
los efectos;
*.- Reducción de actividades sociales, laborales o de ocio por el
consumo;
*.- Continuidad del consumo a pesar de saberse las dificultades
físicas y psíquicas relacionadas.
e).- Adicción: es el nombre de una enfermedad crónica y recurrente
del cerebro, de difícil tratamiento y con múltiples recaídas, a partir de
la búsqueda y consumo compulsivo de cualquier tipo de drogas
(inclusive, lícitas), sin considerar en la decisión, las consecuencias
nocivas que acarrea su uso a la salud de la persona consumidora.
f).- Dependencia: designa al proceso de adaptación neuronal que se
desencadena por exposición continuada a la droga, que se produce
de modo necesario para lograr el funcionamiento vicariante
(“normal”) del cerebro. Es el fundamento material de la categoría
clínica de dependencia (antes comentada en el punto c). Tal como se
dijo, la dependencia puede ser física o psíquica o ambas. En base a
estas posibilidades (en rigor, se trata de la intensidad o rigidez de la
dependencia), suele diferenciarse entre “drogas duras” y “drogas
blandas”. Las primeras provocan dependencia psíquica y física (vgr.,
opio y derivados como la morfina y heroína, alcohol, anfetaminas,
barbitúricos, etc.). Las segundas, crean únicamente dependencia
psíquica o psicosocial (vgr., hachís, marihuana, cocaína, ácido
lisérgico, tabaco, etc.). Cabe destacar que esta distinción no se refiere
al potencial nocivo de la droga; más aún, según la dosis de uso,
frecuencia y vía utilizada para el consumo, las denominadas “drogas
blandas” pueden acarrear efectos tanto o más nocivos que las
denominadas “drogas duras”.
g).- Síndrome de abstinencia: fundamentalmente a partir del
fenómeno de dependencia psíquica, el consumo se hace
progresivamente creciente pues se necesita una mayor dosis para
evitar el conjunto de síntomas y signos de malestar derivados de la
privación. Dicho cortejo clínico (síntomas y signos) son orgánicos y
psíquicos, y se manifiestan inmediatamente después de interrumpir el
consumo de una droga de la que se depende. La gravedad del
síndrome o cortejo clínico es variable, según el tipo de droga y la
dosis necesaria para obtener el efecto buscado.
Clasificación neuro-psíquica (según efecto sobre el
SNC):
a).- Depresoras o Psicolépticas: son sustancias que enlentecen el
funcionamiento cerebral, de manera progresiva, desde la inhibición al
coma (vgr., heroína, alcohol, ácido hidroxibutírico o GHB vulgarmente
conocido como “droga de la agresión sexual”);
b).- Estimulantes o Psicoanalépticas: son sustancias que aceleran el
funcionamiento cerebral, desde la interferencia del sueño hasta
estados de excitación psicomotriz (vgr., cocaína y anfetaminas).
c).- Alucinogénas o Psicodislépticas: son sustancias que distorsionan
el funcionamiento cerebral creando alteraciones sensoperceptivas
(alucinaciones, pseudo-alucinaciones, ilusiones, etc.), a las que
históricamente se ha asociado a ritos místico-religiosos (vgr.,
cannabis, éstasis, LSD, mescalina, psilocibina, feniclidina, ketamina).
Abordaje médico-legal:
La problemática del consumo de sustancias puede ser abordada
desde diversas perspectivas, tal como se ha expresado antes. No
obstante el valor que ellas individualmente poseen, la de orden
médico-legal se caracteriza por integrarse a través de saberes
diversos que se sintetizan de modo interdisciplinar. En otros términos,
cumple el objeto del paradigma interdisciplinar (esto es, identificar el
remedio más idóneo para resolver una situación problemática
concreta, sin crear de modo abstracto, un saber distinto al de cada
una de las disciplinas que integra). Además, permite explicar
determinadas cuestiones parciales de dicha problemática compleja
(vgr., etio(pato)-génesis de la conducta de consumo), o aplicarse a
fines específicos (vgr., medidas terapéuticas). En efecto, la
perspectiva médico-legal considera:
a).- El aporte de la Toxicología Clínica y Forense: en orden al
establecimiento de un diagnóstico de estado clínico actual, la
categorización del caso en función de las características del consumo,
co-morbilidad, etc.;
b).- El aporte de la Psicopatología Clínica y Forense: en orden al
conocimiento de la estructura y dinámica de los procesos psíquicos
individuales, la existencia de cuadros que pueden considerarse como
pre-mórbidos o favorecedores del desarrollo del consumo tóxico, etc.;
c).- El aporte de la Sociología: en tanto inserta el caso en un contexto
cultural determinado, donde el consumo puede verse promovido y
mantenido, en especial el conocimiento de los determinantes
sociales;
d).- El juicio de ponderación etio(pato)génico, que permite explicar en
términos de integración de los datos obtenido mediante los aportes
antes citados, el proceso individual de exposición, ingreso y evolución
del consumo en el caso concreto (vulnerabilidad);
e).- Médico-legal p.d.: referido a dos cuestiones principales cuales son
la explicación del “efecto criminogénico” del consumo y del estado
psíquico de la persona imputada, al tiempo de cometer el ilícito
reprochado, en los casos de imputación de delitos;
f).- Finalidad político-criminal: en tanto aporta el sustento fáctico
clínico para el control de penas y medidas de seguridad a cargo del
órgano jurisdiccional de ejecución penal competente; y,
g).- Sanitaria: mediante la recomendación de acciones tendientes al
tratamiento, rehabilitación y reinserción social de la persona
consumidora, según las características particulares del caso.
La opinión técnica médico-legal surge del análisis de diversos factores
que pueden ser agrupados del siguiente modo:
#.- Inherentes a la persona peritada:
a).- Edad: el dato es referido a dos momentos que son el de inicio de
consumo (promedio entre los 10 y 12 años de edad, con variaciones
según la sustancia analizada) y el de consumo consolidado (entre los
15 y 25 años de edad, con variaciones según se trate de mono o poli-
consumo);
b).- Sexo: la prevalencia recae en el sexo masculino presumiblemente
vinculado al consumo como medio de identificación endo-cultural.
Como dato en relación a este factor, debe recordarse la frecuencia de
casos en los que el consumo de personas mujeres oculta un vínculo
de poder desigual en favor del varón, constitutivo de situaciones de
genuina violencia de género.
c).- Datos clínicos bio-psicológicos: es la investigación de trastornos
de la personalidad y afecciones psíquicas, en orden al diagnóstico de
co-morbilidad. Este proceso de conocimiento (es decir, diagnóstico)
se encuentra incidido por cambios culturales referidos al consumo de
droga (“inocuidad”, “drogas no dañinas”, etc., que condicionan desde
la catalogación clínica del cuadro a las medidas terapéuticas de
contención y mitigación del daño resultante). En cuanto al modo de
evaluar y recolectar datos clínicos (psico-físicos), es conveniente la
previa protocolización de intervenciones completas, con
racionalización de indicaciones de estudios complementarios y una
vez obtenidos sus resultados, deben ser interpretados en función de
los síntomas y signos clínicos del caso.
# Inherentes a la droga utilizada:
a).- Identificación de la sustancia: es la determinación cualitativa
realizada en el Laboratorio de Toxicología Forense a partir de la cual
se inicia, con precisión, la investigación del caso. Habitualmente es
una operación técnica realizada por profesionales de la Bioquímica,
especializados en el área específica. El tipo de recursos técnicos y
tecnológicos con los que se cuente en el Laboratorio, así como la
protocolización técnica de las determinaciones y el aseguramiento de
una adecuada cadena de custodia (tanto desde el punto de vista
administrativo como estrictamente técnico), son aspectos de
relevancia en orden a la validez y confiabilidad de los resultados.
Cuando se trata de casos donde se ha secuestrado una sustancia
determinada, el dato principal de la identificación se complementa
con otro no menos importante: el grado de pureza y la identificación
de sustancias usadas para “cortarla” (mezcla de droga pura con otras
sustancias, a fin de obtener otros beneficios: mayor ganancia, efectos
tóxicos agregados, etc.). Cuando se trata de casos donde la
investigación se efectúa sobre muestras biológicas (sangre, orina,
tejidos) las sustancias “de corte” también son detectadas e
identificadas pero, muchas veces, plantean dudas de su presencia;
esto es, si se trata de sustancias que ingresaron al organismo junto a
la principal o, por el contrario, se administraron de modo separado,
como poli-consumo de drogas (vgr., analgésicos, ansiolíticos, etc.);
b).- Efectos farmacológicos: una vez identificada la sustancia, sus
efectos farmacológicos aparecen inicialmente suministrados por la
literatura científica específica, en tanto resultados de trabajos de
investigación desarrollados a lo largo de los años, según modelos y
con análisis de variables diversos. Luego, en el caso de poder
realizarse la evaluación psicofísica directa de la persona consumidora,
es a través de la anamnesis (entrevista profesional-paciente) el modo
en que se conocen las expresiones clínicas de los efectos
farmacológicos de una o más sustancias, en ese organismo en
particular. No siempre existe una estricta correspondencia entre los
efectos descriptos en la literatura científica y los que referencia la
persona consumidora. Asimismo pueden conocerse, en su caso, a
partir de registros profesionales de asistencia sanitaria previa al
momento de la evaluación. Lo expuesto es aplicable tanto a efectos
farmacológicos de orden físico como psíquico; no obstante, estos
últimos dada su índole vivencial-conductual evidencian una mayor
individualidad (muy notoria, por ejemplo, en el caso del consumo de
alcohol, donde el “impacto personal” es muy variable). Asimismo,
este tipo de efectos, determinados a partir de la evaluación psico-
psiquiátrica evidencian otros factores de contexto: sesgo subjetivo
del/a entrevistador/a; divergencia entre los discursos doctrinario y
técnico-pericial; etc. En relación, aparece la cuestión de la
denominada “dosis umbral”; esto es, la menor cantidad de droga que
determina la aparición del efecto buscado por la persona
consumidora. En rigor, sobre la base de la individualidad de respuesta
antes aludida, la dosis umbral solo puede estimarse, pero no
determinarse con precisión; más aún, se trata también de un aspecto
donde tiene incidencia la “situación” o contexto de consumo. Por lo
expuesto, comúnmente, el interrogante acerca de la “dosis umbral”
se reemplaza por el dato estadístico resultante de la investigación
toxicológica el que, como se mencionó, procede de la literatura
científica específica. En tal sentido, la dosis media de consumo
(“tenencia para consumo personal”), considerando una previsión de 3
a 5 días, orientativamente se ilustra en la siguiente tabla:
Droga Dosis media
Heroína 3 gr.
Cocaína 7,5 gr.
Marihuana 100 gr.
Hachís 25 gr
LSD 3 mgr.
Sulfato de anfetamina 900 mgr.
Meta-anfetamina 300 mgr.
Flunitrazepam (Rohyonol N.R.) 50 mgr.
Clorazepato dipotásico 750 mgr.
Metilendioximetaanfetamina 1,44 gr.
# Inherentes al vínculo organismo-droga:
a).- Etio(pato)génesis: consiste en establecer el proceso que media
entre el inicio del consumo y el estado psicofísico de la persona
consumidora, al tiempo de su evaluación. Es una explicación de corte
causal (dados los caracteres del fenómeno es, en rigor, con-causal) en
la que se correlacionan, inter-disciplinariamente, factores de
incidencia individual y social, reconstruyendo una histo-biografía del
consumo (edad y droga/s de inicio, patrones de consumo o tipo/s de
droga/s, vía/s de administración, modalidad individual o grupal, etc.);
b).- Antecedentes terapéuticos: el conocimiento del historial
asistencial de la persona consumidora no solo se refiere al vinculado
estrictamente con el consumo; por el contrario, lo adecuado es
investigar la asistencia profesional (de orden físico y psíquico)
recibida a lo largo de la vida pues las causas determinantes pueden
tener correlación con el consumo (vgr., padecimientos físicos de gran
sufrimiento; padecimientos psíquicos que hayan afectado la fortaleza
emocional, etc.). Respecto de los antecedentes terapéuticos
vinculados al consumo de drogas, debe interrogarse acerca del
régimen en el que se desarrollaron (ambulatorio/internación),
duración, adherencia al tratamiento (es frecuente hallar interrupción
de tratamiento), estrategias de abordaje (tratamiento
individual/grupal) y, en su caso, atribución de causa del fracaso
terapéutico;
c).- Diagnóstico de estado: se establece mediante evaluación psico-
física inter-disciplinaria que no solo se limite al aspecto clínico o
semiológico (recolección de síntomas y signos) sino también, la
realización de estudios complementarios de diagnóstico (toxicológico,
laboratorio bioquímico, estudio por imágenes, etc.). A la hora de
realizar una categorización clínica, hay que agregar el alcance de las
denominaciones utilizadas pues ellas pueden tener variación
conceptual (es decir, por ejemplo, que se quiere comunicar al
diagnosticarse que la persona se halla en etapa de “uso” de drogas).
En caso de contarse con informes antecedentes (periciales o de
informe sanitario), es conveniente correlacionarlos con el diagnóstico
actual en el que se concluye; ello permite resolver las eventuales
cuestiones que nacen de la heterogeneidad conceptual entre los
distintos informes y, al mismo tiempo, fundar un juicio evolutivo del
cuadro (vgr., en incremento o peoría). Es frecuente que, concluido el
proceso diagnóstico del estado actual, se efectúen juicios predictivos
acerca del riesgo que presenta la persona peritada; al respecto, cabe
recordar las limitaciones oportunamente señaladas al desarrollar el
tema de la Predicción de Riesgos.
# Inherentes a la conducta investigada en casos de injusto
penal/delito:
a).- Modalidad: el consumo de sustancias en simultaneidad con la
comisión de conductas tipificadas como delitos remite, en primer
término, a la correlación de ambas en la vida cotidiana de la persona,
tanto a nivel individual como social (familiar o micro-social y extra-
familiar o macro-social). Luego, establecer la eventual correlación
estadística entre el consumo y el tipo de delito imputado (contra la
propiedad, contra la integridad psico-física y sexual, violencia de
género, narcotráfico, etc.). Posteriormente, la identificación de
indicadores que vinculen los efectos farmacológicos de la/s
sustancia/s en cuestión con la conducta disvaliosa imputada; en esta
correspondencia, con frecuencia, se advierte el impacto conductual
de los efectos deletéreos de la/s sustancia/s. Finalmente, por lo
común se agrega la opinión técnica referida al estado psíquico de la
persona evaluada, al tiempo de la comisión del hecho que se le
imputa; es decir, si por entonces cursaba o no un estado tóxico y si el
consumo de sustancias de modo previo o simultáneo al hecho, afectó
su capacidad bio-psicológica de culpabilidad penal;
b).- Patrón conductual: en la relación entre la historia vital de una
persona y el consumo de sustancias, aparecen cambios en las
modalidades conductuales que se vinculan a factores y motivaciones
determinantes del consumo. En este proceso evolutivo, son
significativas las reacciones de los sistema micro (familia, amigos
cercanos) y macro-social (institucional, escolar, laboral, deportivo,
etc.) frente a dichos cambios; en su caso, las modificaciones (en
mejoría o peoría) que puedan atribuirse a medidas terapéuticas
previas. No pocas veces se observa, en este corte longitudinal
biográfico, la aparición de las conductas de consumo de drogas como
recurso reiterado frente a situaciones de exigencia afectiva-intelectiva
asociadas al despliegue de actos delictivos como elementos de un
curso conductual recurrente, con fijeza y mantenimiento a través del
tiempo, configurando un patrón comportamental.
La evaluación médico-legal de una persona consumidora de drogas es
la que se utiliza en el ámbito procesal judicial, principalmente
aplicada a las siguientes situaciones:
*.- En el fuero civil:
** Indicación de tratamiento bajo régimen de internación: se realiza
siguiendo los criterios establecidos por la Ley Nacional de Salud
Mental (26.657) y su decreto reglamentario. Tanto en los casos de
internaciones voluntarias como involuntarias, un equipo
interdisciplinario (de naturaleza asistencial y solo excepcionalmente,
pericial) debe verificar: la existencia de riesgo cierto, grave e
inminente para sí y/o para terceros; el carácter de recurso terapéutico
excepcional, por fracaso de toda otra medida y, siempre ser indicado
del modo que resulte menos restrictivo de la autonomía. Los
supuestos en que la internación deriva de la decisión de un juez penal
(art. 34 inc. 1, 2do., párrafo; Código Penal Argentino), la internación
se rige por iguales criterios, excepto en cuanto al alta institucional
(pues debe comprobarse mediante la intervención de peritos que ha
cesado el riesgo que motivó la internación);
b).- Restricciones a la capacidad de ejercicio: están reguladas a partir
del artículo 31 del Código Civil y Comercial de la Nación. Pueden
aplicarse a casos de personas mayores de 13 años de edad en las
cuales el consumo de drogas determinó adicciones (o enfermedad
mental) de suficiente gravedad, con estabilidad o mantenimiento del
detrimento psíquico y siempre que se estime que del ejercicio de su
plena capacidad puede resultar un daño a su persona o a sus bienes.
La restricción de la capacidad no es un supuesto de incapacidad (es
decir, no se sustituye la voluntad de la persona sobre la que recae,
sino que se la acompaña a través de un sistema de apoyos); tienen
finalidad tutelar (en beneficio de la persona restringida); temporal
(sujetas a revisión y con duración máxima de la sentencia, en 3 años);
no proceden de oficio (requiere la instancia de acción de un juez
competente, a través de las personas legitimadas); y la persona en
cuyo beneficio se promueve, es partícipe activo del proceso (desde su
inicio a fin).
** En el fuero penal:
a).- Determinación de la capacidad bio-psicológica de culpabilidad
penal: si bien debe establecerse en cualquier supuesto delictivo, por
mandato legal, adquiere especial interés en los siguientes casos:
delincuencia inducida (el delito “nace” del consumo de drogas);
delincuencia funcional (el delito “paga” el consumo de drogas); y,
delincuencia relacional (el delito “convive” con el consumo de
drogas);
b).- Infracción a la ley 23.737 (narcotráfico): Santiago Alemán y Pablo
Acosta son autores de “Bien jurídico protegido de la ley 23.737; delito
pluri-ofensivo” (https://www.amfjn.org.ar/2020/12/28/bien-juridico-
protegido-de-la-ley-23-737-delito-pluriofensivo/), con el objeto de
realizar un “riguroso análisis de la ley de estupefacientes y
psicotrópicos, centrándonos preponderantemente en su origen
tuitivo, el basamento que motivó su elaboración, su conminación
concreta en la normativa y las consecuencias trascendentales del
delito en sentido restringido y genérico, afectando bienes jurídicos
que han sido inobservados por la misma”. Sin perjuicio de
recomendar la lectura completa del mencionado trabajo, se destaca
el siguiente pasaje: “Las consecuencias perjudiciales del narcotráfico
y su consumo resultan inconmensurables, de imposible cuantificación
y conocer acerca de la realidad económica que promueven las
conductas, su funcionamiento y dinamismo, permite también
reconocer las repercusiones generales del delito y en consecuencia
los bienes jurídicos que deberíamos proteger. La situación actual de
Argentina, no escapa a la realidad advertida de forma mundial por el
impacto del narcotráfico, no sólo por los efectos perjudiciales
causados por la drogadicción, sino por el impacto que generan tales
actividades criminales en los poderes del Estado, ramificando la
corrupción, impactando a nivel económico, en gastos relativos a la
prevención del consumo de drogas y consecuentes centros curativos
necesarios para atender sus efectos, en seguridad fronteriza, la
mutación de delitos de las organizaciones delictivas como puede ser
el lavado de activos, financiamiento del terrorismo, trata de personas
o contrabando de bienes, ocasionando incalculables efectos
económicos y sociales”.
La conducta de tenencia de estupefacientes, para uso personal o
simple tenencia, es la que motiva discusión respecto a su inclusión en
el texto legal considerándose que la ley solo puede sancionar antes
supuestos de “hacer” o de “omitir hacer”, pero es neutro, la mera
circunstancia de “tener” o “poseer” sin el agregado de fin
(https://www.pensamientopenal.com.ar/system/files/2007/07/
doctrina33432.pdf).
** En el fuero laboral-previsional:
El consumo de sustancias, por afectación psicofísica de la persona
consumidora, puede determinar una discapacidad laboral o
previsional, la que debe precisar en su monto (parcial o total) y
carácter (temporal o permanente), según los criterios establecidos en
regímenes legales específicos (leyes 24.241 y 24.557, sus
modificatorias y decretos reglamentarios respectivos). La
discapacidad se establece en base a “baremos” o tablas que son
específicos de uno y otro régimen.
Consumo de alcohol:
El alcohol es la sustancia de mayor consumo a nivel mundial y en
nuestro País (52%, según datos de Naciones Unidas). La observación
remite a factores culturales arquetípicos y económicos, estando
presente en las culturas más antiguas de la humanidad. Es también la
sustancia que con mayor frecuencia se asocia al consumo de otra/s
(una o más) sustancias preferenciales, en la búsqueda de efectos
combinados por interacción (vgr., con marihuana o cocaína). El
consumo aparece significativamente signado por símbolos que se
trasladan a la interacción humana e institucionalizan: “bebida de los
pueblos fuertes”; “preserva la salud”; y su presencia es necesaria en
determinados ritos (religiosos, de iniciación) o habitual por su especial
valoración (“bebida de las celebraciones”). Asimismo, es medio
instrumental de construcción y refuerzo del estereotipo machista (la
tolerancia a la ingesta de alcohol es “medida” de la fortaleza física
solo atribuible a la figura masculina) y muy frecuentemente aparece
asociado en conductas de violencia de género u otras acciones
asociales incididas por el estereotipo (conducción imprudente de
vehículos, lesiones y homicidio en reuniones sociales). Por último, el
consumo de alcohol está rodeado de mitos que, no obstante su
carácter, son frecuentes: no es un alimento; no estimula el apetito; no
incrementa ni potencia el placer sexual; no promueve la imaginación
ni la creatividad; y no socializa (por el contrario, antes bien aísla).
Paralelamente a lo expuesto, la producción y comercio de bebidas
alcohólicas es fuente de trabajo e ingreso para muy amplios sectores
humanos, desde tiempos inmemoriales, generando riqueza y
contribuyendo a la identidad de grupos humanos (“el whisky es
escocés”, “el champagne es francés” y “el vodka es ruso”).
Tal como se señaló con anterioridad, el consumo de alcohol en
nuestro medio confuta un problema de salud pública, con
repercusiones en todo ámbito de análisis (económico, social, etc.,).
De allí que, en tanto aporte de saber destinado a profesionales de la
Criminología, resulte conveniente plantear un panorama general de
orden médico-legal.
La primera aclaración necesaria es que los alcoholes son un grupo de
compuesto químicos orgánicos caracterizados por la presencia de
uno o más grupos funcionales hidroxilo; el más utilizado es el etanol o
alcohol etílico, pues está presente en las bebidas alcohólicas y en los
desinfectantes. Otros tipos de alcoholes son el metanol o alcohol
metílico (presente en disolventes), el alcohol isopropílico (N-
propanol), butanol, dioles, etc.
La presencia de etanol en bebidas y otros productos, se ilustra con las
tablas que a continuación se expresan, según fuente española
(Consejería de Salud de la Región de Murcia-España:
https://www.murciasalud.es/toxiconet.php?
iddoc=167566&idsec=4014#:~:text=Farmacocin%C3%A9tica,horas
%20con%20la%20ingesta%20alimentaria).
“Contenido en etanol de las principales bebidas alcohólicas.
El etanol es el principal componente de las bebidas alcohólicas y en la
tabla 1 se expresa el contenido de las principales. Muchos productos
domésticos contienen etanol y esto hace posible que sea responsable
de algunas intoxicaciones accidentales en la infancia”.
“El procedimiento de obtención determina la diferente graduación o
contenido en etanol. El porcentaje en volumen que aparece en el
etiquetado, debe multiplicarse por 0,8, que es la densidad del alcohol,
para obtener el equivalente en gramos. Así, una bebida que contiene
"18% vol" significa que tiene 14,4 gramos de etanol por cada 100 ml.
El alcohol de farmacia al 96% contiene 77 gramos de etanol por cada
100 ml”.
Procedimient Etanol
Tipo de Etanol en gramos por cada 100
o de en
producto ml
obtención volumen
Fermentación 3,2-4,8.
Cerveza de frutas o 4% - 6 % 1 “caña”= 5 gramos. 1 "quinto"= 8-
granos 10 gramos. 1 "lata"= 13 gramos
Fermentación
12% - 9,6-11,2.
Vino de frutas o
14% 1 copa (100 ml)= 10-11 gramos.
granos
Fermentación
9,6.
Cava/champán de frutas o 12%
1 copa (100 ml)= 10 gramos
granos
28.
Anís Destilación 35%
1 copa (50 ml)= 14 gramos
Coñac, 37% - 29,6-32.
Destilación
ginebra. 40% 1 copa (50 ml)=15-16 gramos.
Whisky,
32
vodka, ron, Destilación 40%
1 copa (50 ml)= 16 gramos
orujo.
Porcentaje del contenido de etanol en distintos productos domésticos
Etanol
Tipo de producto en Etanol en gramos por cada 100 ml
volumen
After-shave 15%-80% 12-64
Fármacos
anticolinérgicos y 5%-16% 4-12,8
catarrales
Antitusígenos 5%-70% 4-56
Limpiacristales 10% 8
Antisépticos orales 15%-25% 12-20
Perfumes y colonias 25%-95% 20-76
“El etanol ingresa al organismo por vía oral y tiene rápida absorción a
nivel gástrico (20-30%) y en la porción más proximal del intestino
delgado (70-80%); se completa en un período variable entre 30 y 60
minutos pero, puede retrasarse hasta 2-3 horas con la ingesta
alimentaria”. Circula libremente en el plasma (sangre) y actúa a nivel
de receptores (GABAa y canales de cloro asociados) que determinan
un efecto similar al de benzodiacepinas (tranquilizantes menores) y
los barbitúricos; de allí, la producción de depresión dosis-
dependiente. “La euforia que acompaña a la ebriedad, en una
primera fase, es consecuencia de la depresión de estructuras
inhibitorias”.
En cuanto a la metabolización, fundamentalmente (90%) se produce
en el hígado, mediante dos pasos: a).- por acción de la enzima
alcohol-deshidrogenasa (ADH) que lo transforma en acetaldehído.
“Este metabolismo es variable en función de la inducción enzimática
(no alcohólicos versus alcohólicos) y puede oscilar entre 7-10
gramos/hora, lo que significa en la práctica que la etanolemia” (o
alcoholemia) “desciende unos 150-200 mg/l y hora en los no-
inducidos y hasta 225-300 mg/l y hora en los inducidos. También el
sexo interviene en la velocidad de metabolización (está disminuida en
las mujeres)”; dicha circunstancia “explicaría la vulnerabilidad de
éstas a las complicaciones de la intoxicación etílica”; y. b).- por
acción del sistema enzimático dependiente del citocromo P-450,
denominado sistema oxidativo microsomal del etanol (MEOS). Solo
entre el 2 y 10% del alcohol etílico ingerido, se elimina sin alteración
a través del sudor, orina y pulmón. A este último nivel (pulmonar o
aire), se elimina en forma proporcional a su concentración en sangre,
por ello puede ser inferida a partir de la concentración en el aire
espirado.
La intoxicación alcohólica determina una serie de cuadros clínicos
que, esquemáticamente, puede diferenciarse en:
a).- Agudos: la exposición es de corta duración y rápida absorción
debido a dosis únicas o múltiples; las manifestaciones clínicas siguen
un curso y resolución rápidos;
b).- Sub-crónicos: exposiciones frecuentes o repetidas durante varios
días o semanas antes de la aparición de síntomas;
c).- Crónicos: exposición repetida, durante un período prolongado, con
procesos agudos intra-cronicidad, aún por dosis únicas.
La intoxicación aguda muestra un cuadro clínico que es derivado del
efecto tóxico sobre el sistema nervioso central (SNC), se denomina
Ebriedad y constituido por síntomas somáticos, neurológicos y
psíquicos. Dicho estado se corresponde con una concentración de
alcohol en sangre (alcoholemia) y en orina (alcoholuria); esta última
es aproximadamente un 25-30% mayor que la primera (ley de tenor
hídrico) y de menor confiabilidad si se trata de establecer
correlaciones entre concentración de alcohol y signo-sintomatología
clínica. Existe una personal variabilidad de respuesta frente a la
ingesta alcohólica (variación de tolerancia; “cultura alcohólica”) y la
correlación con los niveles de concentración de alcohol en sangre
(alcoholemia), son solo orientativos. La misma fuente bibliográfica
citada, previo a la sistematización clínica gráfica que se adjuntará,
aclara: “ […] sólo a título orientativo, puede asociarse una
determinada concentración en sangre con las manifestaciones
clínicas de una intoxicación etílica en una persona no habituada al
consumo de bebidas alcohólicas versus el bebedor habitual crónico.
Otros hallazgos en la exploración pueden ser hipotermia, hipotensión
y taquipnea”.
Etanolemi Bebedor
Bebedor ocasional
a habitual/crónico
Aliento etílico y enrojecimiento facial por
vasodilatación. Trastornos de conducta
en forma de desinhibición, euforia,
disartria (habla farfullante) y ataxia.
0,5 - 1 g/l Escasos o leves
Sensación de mareo con náuseas y
vómitos (por gastritis aguda).
Puede aparecer agitación.
1 - 2 g/l La sensación de mareo es más acusada Euforia,
y mayor el malestar general debido a la descoordinación
reiteración de las náuseas y los vómitos.
Los trastornos de la conducta van en
aumento con un discurso incoherente e
incoordinación motora (en algunos
pacientes puede dominar la agitación
extrema), a lo que se siguen
manifestaciones de depresión del
sistema nervioso central: bradipsiquia,
incoordinación motora, somnolencia,
obnubilación y estupor
Alteraciones
Letargia, coma. Riesgo de vómitos y
2 - 3 g/l emocionales y
bronco-aspiración
motoras
Alteraciones
4 g/l Somnolencia, estupor o coma emocionales y
motoras
Rango
potencialmente
letal. Coma
Rango potencialmente letal. Coma
profundo, con
>5 g/L profundo con riesgo de apnea, parada
riesgo de apnea,
cardio-respiratoria y muerte
parada cardio-
respiratoria y
muerte.
[“Manifestaciones clínicas de la intoxicación alcohólica en función de los niveles sanguíneos
de etanol. En bebedores crónicos se requieren niveles más altos para alcanzar estados
similares de intoxicación. Modificada de Valle FJ et al. Intoxicación por alcohol etílico. Jano
2006; 0 (Nº 1.609): 37-9”].
Desde la perspectiva médico-legal, un autor nacional -Vicente P.
Cabello-, sistematiza a las intoxicaciones agudas en base a la calidad
e intensidad de los trastornos somáticos y neuro-psíquicos, en 3
períodos progresivos:
a).- 1° grado de Ebriedad: excitación (“vino alegre”); depresión (“vino
triste”) o somnolencia (“vino onírico”), aunque predominan los casos
de estado de bienestar, euforia, locuacidad, optimismo, etc., (“Las
dos F: fugacidad feliz”). Algunos cuadros definidos son el “vino
payasesco” (canta, baila, es impertinente, etc.,) y el “vino
sentimentaloide” (afecto bizarro, adhesivo, ternura forzada y
frecuente llanto liberador de penas). “No es infrecuente que muestre
a la persona celosa, susceptible e irritable, que se enfada por
cualquier nimiedad, con marcada tendencia a convertirse en violenta
y pendenciera (“mala bebida”). No se pierde el control de la
conducta ni la claridad de la conciencia perceptiva; tampoco se
suspenden las funciones cognitivas y volitivas. No hay amnesia
(puede haber leve dismnesia), no afecta el ejercicio consciente y
voluntario de las acciones”. Alcoholemia: 1 a 2 gr/l.;
b).- 2° grado de Ebriedad (Ebriedad completa o médico-legal): período
caracterizado por 3 elementos esenciales: incoordinación neuro-
motora; alteraciones graves de la conciencia; y, automatismos.
Aparece la inestabilidad estática y ambulatoria; suspensión de las
funciones cognoscitivas; fallos de la memoria; pérdida de la
comprensión de los actos, de la capacidad crítica, fracaso de frenos
inhibitorios y predominio de movimientos por automatismos. “No
sabe lo que hace ni recuerda lo que ha hecho”. Alcoholemia: 2,5 a 3
gr/l. Es el período prototípico de los “estados de inconciencia” del art.
34., inc. 1°, primer párrafo (CPA). El criterio para el diagnóstico es
clínico (no bioquímico-alcoholemia), y no necesariamente debe
verificarse la tríada semiológica completa; de los 3 elementos
esenciales, el de mayor interés médico-legal es la amnesia (de inicio
y fin progresivo; no selectiva; no fragmentaria ni lacunar);
c).- 3° grado de Ebriedad: es el más grave y se desarrolla en dos
fases, a saber:
* Sueño profundo: el cuerpo está en extensión y fláccido, con la boca
abierta o semi-abierta, sin movimientos posturales, la conciencia
psicológica está suspendida (no así la conciencia fisiológica, es decir,
hay respuestas a reflejos neurológicos). Si se aplican estímulos
enérgicos, responde con un despertar en estado de obnubilación de
breve duración y con rápida continuidad en estado de sueño; y,
* Coma: por mayor gravedad del cuadro, se afecta y queda
suspendida la conciencia fisiológica (no responde a reflejos
neurológicos); se entra en fase de peligro de vida. La persona está
inmóvil, solo funciona el sostén neurológico de la vida vegetativa
(respiración, actividad cardíaca, etc.), cae la tensión arterial y
comienza a enfriarse rápidamente (hipotermia grave). Sin tratamiento
y librado a su evolución natural, el coma conduce al óbito o muerte
(“exitus letalis”). El proceso comatoso, considerado en sí mismo, se
desarrolla en 4 etapas o grados: 1ro. (están presentes los reflejos
superficiales, profundos y oculares); 2do. (sólo los reflejos oculares
están francamente presentes); 3ro. (presenta ausencia total de
reflejos y las pupilas están contraídas o en miosis); y 4to. (el
electroencefalograma es plano y las pupilas están dilatadas o en
midriasis).
Finalmente, el mismo autor argentino citado, caracteriza a la
“Ebriedad patológica” como la entidad clínica que se verifica en casos
de intoxicaciones alcohólicas agudas de personas que padecen
epilepsia, secuelas de traumatismos encéfalo-craneanos o de
intervenciones quirúrgicas cerebrales o de encefalitis, insuficiencia
hepática, hipoglucemia, carencias vitamínicas (en especial, del
complejo vitamínico B), agotamiento, desnutrición y cualquier
enfermedad mental (desde depresiones reactivas a retrasos
mentales). Se caracteriza por verificarse en casos de ingesta escasa
(“Lo mínimo hace lo máximo”) y puede presentarse bajo una de dos
formas clínicas: a).- Agitada o grave: que tiene un inicio abrupto y
muy rico en síntomas y signos; la persona, sorpresivamente, amenaza
o insulta, agrede, rompe objetos o huye sin orientación. Se acompaña
de alucinaciones visuales, impulsividad descontrolada y movimientos
por automatismo. El umbral de tolerancia al alcohol es muy bajo.
Finaliza en un sueño profundo, de inicio brusco, por agotamiento; y,
b).- Estuporosa: se observa una abrupta caída en sueño profundo, de
varias horas de duración, que deja amnesia ulterior del episodio.
En cuanto a la capacidad patogénica del alcohol para producir crisis
convulsivas, cabe decir que efectivamente puede provocarla tanto en
personas con antecedentes epiléptico como sin ellos. Se conoce por
estudios electroencefalográficos, que el alcohol determina un estado
de hiper-excitabilidad por aumento de la actividad eléctrica de tipo
beta a nivel cerebral. En los casos de personas sin antecedentes
convulsivos, el alcohol los puede producir con mayor frecuencia
después de un período de abstinencia (36 a 48 horas), pudiendo ser
convulsiones aisladas o agrupadas y tienen una duración corta.
Habitualmente son de tipo tónico-clónicas generalizadas pero, en
menos casos, hay focalidad neurológica.
Respecto al aporte del laboratorio toxicológico, la fuente doctrinaria
española que se ha seguido, expresa. “El etanol puede determinarse
en un laboratorio general con carácter de urgencia. Las dosis tóxicas
en adultos se estiman en 5 gramos/kg y 3 gramos/kg en niños. La
dosis letal para el individuo adulto se estima en 300-400 ml de etanol
puro en menos de una hora. Debe descartarse siempre la
hipoglucemia (mediante un test rápido) en toda intoxicación
alcohólica que curse con trastornos de la conciencia. Los fenómenos
de tolerancia son muy importantes, lo que explica las frecuentes
discrepancias entre las concentraciones de alcohol en sangre y el
estado clínico del paciente, en función de que se trate de un
consumidor esporádico o habitual. El hígado es capaz de metabolizar
el etanol normalmente a un ritmo de unos 10 gramos/hora, lo que
significa que la alcoholemia debe descender espontáneamente de 0,1
a 0,2 g/l cada hora, y más rápidamente en las personas habituadas.
En una persona de unos 70 kg se eliminan de 6,5 a 14 g/h. Por tanto,
el valor de alcoholemia dependerá también del tiempo transcurrido
desde la ingesta”.
Algunas sustancias en particular:
Fuente:https://drogues.gencat.cat/es/ciutadania/sobre_les_drogues/
taula_de_resum/index.html [“Tabla resumen de efectos y riesgos-
Canal Drogues- Gencat]
1.- Anfetaminas:
Sustancia estimulante, utilizada para obtener excitación, euforia y
disminución de la sensación de fatiga.
Originan trastornos físicos (complicaciones cardiovasculares,
complicaciones hepáticas, hipertermia, etc.) y psiquiátricos (trastorno
del estado de ánimo, paranoia, alucinaciones). Generan una fuerte
adicción.
2.- Setas alucinógenas:
Alucinógeno utilizado para obtener, en dosis bajas, risa y alteración
suave de la percepción; en dosis altas, modificación del estado de
conciencia y “viaje psicodélico”.
Provocan paranoia y ansiedad. Conllevan el riesgo de experimentar
un mal viaje (pérdida de control de las emociones, ansiedad, pánico).
Conllevan el riesgo de experimentar reviviscencia (padecer de nuevo
algunos efectos al cabo de un tiempo tras el último consumo). Hacen
aflorar problemas de salud mental temporales y/o permanentes.
Conllevan riesgos en la conducción de vehículos. Conlleva riesgos en
las relaciones sexuales, como el olvido del uso del método
anticonceptivo. Conllevan riesgo de sufrir y/o cometer agresiones
sexuales fruto del modelo patriarcal.
3.- Cocaína:
Estimulante utilizado para obtener euforia, disminución de la fatiga y
seguridad en uno mismo.
Provoca ansiedad y paranoias. Provoca trastornos cardiovasculares,
como infarto de miocardio y hemorragia cerebral. Conlleva riesgos en
la conducción de vehículos y en las relaciones sexuales, como el
olvido del uso del método anticonceptivo o de prevención de las ITS.
Conlleva el riesgo de sufrir y/o cometer agresiones sexuales fruto del
modelo patriarcal. Conlleva riesgos de sufrir un accidente laboral.
Genera una adicción rápida. El consumo durante el embarazo provoca
crecimiento deficiente del feto, complicaciones durante la gestación
debido a la acción vasoconstrictora (aborto, desprendimiento de la
placenta), crecimiento intrauterino retardado (CIR), prematuridad,
malformaciones en el feto o en el bebé. Hace aumentar los riesgos de
padecer accidentes, negligencias en el cuidado y la crianza de los
niños tanto puntualmente como cuando existe un consumo regular.
4.- Cannabis:
Depresor y alucinógeno (algunos tipos de marihuana), utilizado para
obtener risa, estimulación de la creatividad, intensificación de las
sensaciones y relajación.
Afecta a la atención y la coordinación. Afecta a la memoria y la
capacidad de aprendizaje. Genera problemas de rendimiento escolar.
Hace aumentar el riesgo de sufrir un accidente de tráfico o laboral.
Provoca bajadas de tensión. Las experiencias intensas se pueden vivir
negativamente (paranoias, ataques de angustia). El consumo a
menudo va asociado al tabaco. A largo plazo puede incrementar el
riesgo de padecer problemas respiratorios y cardiovasculares, y
varias formas de cáncer. El modelo de consumo de cannabis en la
familia influye en el consumo de riesgo de los niños. El consumo
abusivo de cannabis aumenta los riesgos de sufrir accidentes,
negligencias en el cuidado y la crianza de los niños tanto
puntualmente como cuando existe un consumo regular.
5.- Heroína:
Depresor, consumido para obtener euforia, placer, relajación,
bienestar.
Conlleva el riesgo de transmisión de enfermedades infecciosas
(hepatitis víricas, tuberculosis, VIH/sida) cuando se comparten o
reutilizan utensilios de consumo. Puede provocar una sobredosis. La
interrupción del consumo conlleva la aparición de un fuerte síndrome
de abstinencia. Conlleva riesgos en la conducción de vehículos y en
las relaciones sexuales como el olvido del uso del método
anticonceptivo o de prevención de las ITS. Conlleva el riesgo de sufrir
y/o cometer agresiones sexuales fruto del modelo patriarcal en los
contextos concretos de consumo de heroína. Genera una adicción
rápida.
6.- Inhalantes:
Casi todos los inhalantes de abuso, con excepción de los nitritos,
producen su efecto placentero al reducir la actividad del sistema
nervioso central (SNC). En contraste, los nitritos dilatan y relajan los
vasos sanguíneos en lugar de actuar como agentes anestésicos.
En acción estimulantes (en dosis bajas), son utilizados para obtener
euforia y desinhibición. En acción depresora, para moderar el
funcionamiento del sistema nervioso central.
Aumentan el riesgo de sufrir trastornos físicos importantes (hepáticos,
pulmonares, neurológicos, circulatorios, etc.) y mentales
(alucinaciones, comportamientos agresivos, delirios, etc.). Generan
una rápida adicción.
7.- Ketamina:
Alucinógeno disociativo consumido, en dosis bajas, para obtener
sensación de borrachera y desequilibrio. En dosis altas, des-
realización (fuerte alucinación por efectos disociativos, separación
cuerpo-mente).
Produce movimientos involuntarios de los ojos, temblores, agitación y
rigidez. Genera de problemas de salud mental (ansiedad, depresión,
paranoia). Provoca insensibilidad al dolor y entumecimiento. Conlleva
riesgos en la conducción de vehículos. Conlleva riesgos en las
relaciones sexuales, como el olvido del uso del método anticonceptivo
o de prevención de las ITS.
8.- Ácido lisérgico (LSD):
Alucinógeno utilizado, en dosis bajas, para obtener risa y alteración
suave de la percepción; en dosis altas, modificación del estado de
conciencia y “viaje psicodélico”.
Provoca paranoia y ansiedad. Conlleva el riesgo de experimentar un
mal viaje (pérdida del control de las emociones, ansiedad, pánico).
Conlleva el riesgo de experimentar reviviscencia (sufrir de nuevo
algunos efectos al cabo de un tiempo después del último consumo).
Genera problemas de salud mental. Conlleva riesgos en la conducción
de vehículos y en las relaciones sexuales como el olvido del uso del
método anticonceptivo o de prevención de las ITS.
9.- Psicofármacos:
Dependiendo de la dosis y el tipo de fármaco, pueden actuar como
ansiolíticos (reducción de la ansiedad) o hipnóticos (inducción del
sueño).
En dosis elevadas, provocan somnolencia, déficits de memoria o falta
de coordinación motora. En dosis muy elevadas y combinados con
otros depresores (el alcohol, por ejemplo) provocan una grave
disminución de la capacidad de reacción, reducción en el ritmo de la
respiración (depresión respiratoria) e, incluso, el coma o la muerte. El
uso sin control médico durante un tiempo prolongado induce a la
aparición de tolerancia y dependencia. Aunque son drogas legales y
su consumo tiene una menor sanción social, pueden ser tan nocivas
como las drogas ilegales. A menudo se utilizan para apaciguar
malestares vitales y dificultan afrontar situaciones no deseadas que
se viven, por ejemplo, situaciones de violencia.
10.- Éxtasis (MDMA):
Estimulante, utilizado para obtener ganas de bailar, conexión con uno
mismo, la música y la gente que hay alrededor.
Hace aumentar el riesgo de padecer un golpe de calor (aumento de la
temperatura corporal) cuando va acompañado de una actividad física
prolongada, por ejemplo, bailar. Como los consumidores desconocen
su composición, tienen mayor riesgo de no acertar su dosificación.
Conlleva riesgos en la conducción de vehículos y en las relaciones
sexuales, como el olvido del uso del método anticonceptivo o de
prevención de las ITS.
Drogas de síntesis:
La expresión designa a un conjunto de sustancias psico-estimulantes,
en su mayoría derivadas de anfetaminas, que habitualmente se
presentan en forma de comprimidos con colores, imágenes o
logotipos llamativos a las que se identifica como "pastillas".
De modo impropio, suele denominárselas como "drogas de diseño",
asociadas a la cultura del ocio y la música electrónica. Esta expresión
es atribuida a Gary Anderson, farmacéutico de la Universidad de
California, en los años sesenta. “El concepto incorporaba un doble
sentido: drogas que podían fabricarse en laboratorios clandestinos,
mediante una sencilla elaboración y equipos básicos, que no
precisaban grandes redes de distribución. Se podían diseñar a gusto
del consumidor para imitar los efectos de otras drogas cuyo tráfico
era un delito. Por otra parte, eran de drogas que, por su novedad
estructural, no aparecían en la normativa legal, con lo que se evitaba
la persecución penal. Es decir, se trata en algunos casos de productos
no registrados aún que aprovechan el hueco legal que se deriva de su
novedad química. Sin embargo, no suelen ser drogas nuevas u
originales. Muchas son sustancias preexistentes para las que se trata
de encontrar mercado sustituyendo a psicofármacos controlados. En
este sentido son drogas sintéticas o semi-sintéticas. Algunas poseen
un alto poder adictivo es decir, generan dependencia y tolerancia. El
sujeto puede pasar de tomar una pastilla a 6 u 8, aspecto que
favorece los cuadros de intoxicación” (Amparo Arroyo Fernández, “Drogas
de diseño en el ámbito judicial”, 2003).
Acorde a lo expuesto en el comentario informativo de Servicio de
Drogodependencias y otras Adicciones, dependiente de la Dirección
General de Salud Pública y Consumo del Gobierno de La Rioja
(España), el problema de las drogas de síntesis aparece en la década
de 1960 cuando se produce la recuperación de la síntesis del MDMA
(3,4-metilendioximetanfetamina); esta sustancia había sido
descubierta en 1912 y patentada en 1914 por la compañía Merck
como vasoconstrictora (según otros como anorexígeno), pero nunca
llegó a comercializarse. “A partir de entonces, comienza a usarse
como droga psicoactiva y en los setenta aparecen los primeros
estudios sobre sus efectos. El perfil actual de utilización de drogas de
síntesis parece iniciarse en 1985 o 1986 en Ibiza. Desde este
momento su uso se ha asociado a fiestas y músicas electrónicas de
tipo Acid, Techno, Dance”. ”Las pastillas se consumen los fines de
semana en ambientes festivos y en compañía de amigos. Lo más
frecuente es tomar una o más pastillas por noche, hasta el punto que
un 25% de los usuarios toman más de 4 pastillas, y simultanearlas
con cannabis, alcohol y tabaco. Menos frecuentemente se asocian a
cocaína, otras anfetaminas y algo menos a alucinógenos. Esto supone
un gran riesgo sanitario que, en muchas ocasiones, es desconocido
para los jóvenes. En general, el creciente éxito de estas sustancias
radica en los mitos y creencias erróneas que sobre ellas se tienen,
entre las que están: su presentación atractiva y cómodo uso; muchos
usuarios ni siquiera consideran que el éxtasis sea una droga; la
creencia generalizada de su inocuidad; el efecto que produce de
autoconfianza, estado de alerta, aumento de la resistencia, mejor
rendimiento físico y efecto anorexígeno; la duración de su efecto
estimulante sobre el Sistema Nervioso Central ,su relativamente bajo
costo y fácil disponibilidad”.
Poseen “mayor potencia y rapidez de acción que los alcaloides
naturales, cuyos efectos imitan parcialmente”. “En términos
generales, los efectos de todas ellas son similares y directamente
relacionados con la dosis, frecuencia del uso y vía de administración.
Los sujetos consumidores relatan: a).- efectos psíquicos (euforia,
elevación de la autoestima y desinhibición; pueden experimentar
confusión, ansiedad o agresividad. La depresión que sobreviene tras
su retirada puede ser importante y causar claras inclinaciones
suicidas); b).- efectos alucinógenos leves (pueden producir
alteraciones del color o de la textura, pero no da lugar a la visión de
objetos irreales) y c).- efectos autonómicos (hiperhidrosis, visión
borrosa, anorexia y elevación de la presión arterial y taquicardia).
Existe gran confusión en relación a sus posibles efectos afrodisiacos
ya que si bien para algunos autores existe dicho efecto, otros incluso
postulan que puede producir dificultad para conseguir la erección y la
eyaculación. Sin embargo, todos estos efectos presentan grandes
variaciones interpersonales”.
Desde el punto de vista químico comprende varios grupos: a).-
derivados anfetamínicos: metanfetamina ("speed" o "ice" o "hielo"),
2,4,5-trimetoxianfetamina (TMA-2), para-metoxianfetamina (PMA o
"droga de la muerte"), 4-metil-2,5-dimetoxianfetamina (DOM, STP de
serenidad, tranquilidad y paz), 3,4-metilenodioxianfetamina (MDA,
"píldora del amor"), 3,4-metilenodioximetamfetamina (MDMA,
"éxtasis", "Adán", "XTC"), 3,4-metilenodioxietilanfetamina (MDEA,
"Eva"); b).- derivados vegetales: "Éxtasis vegetal"; c).- análogos del
fentanilo: alfa-metilfentanilo (China White) y 3-metilfentanilo (3-MF);
d).- análogos de la meperidina: 1-metil-4-fenil-4-propionoxipiperidina
(MPPP o "heroína sintética"), 1metil1,4 fenil 1,2,3,6 tetrahidropiridina
(MPTP), 1-feniletil-4-fenil-4-acetoxipiperidina (PEPAP); e).- análogos de
fenciclidina: fenciclidina (PCP o "polvo de ángel"), Ketamina, N,N-
dimetiltriptamina (DMT o "viaje del ejecutivo"); f).- aminorex y
análogos: aminorex, 4-metilaminorex. No obstante, es frecuente que
a todas ellas se las denomine genéricamente como “éxtasis”.
Como datos particulares de las sustancias más conocidas, la citada
fuente bibliográfica señala:
1.- Éxtasis: “(MDMA o Adán, XTC, X, E, "pastillas", "pastis", "pirulas",
es la 3,4-metilendioximetanfetamina) es la droga de síntesis que ha
incrementado su consumo más que ninguna otra en la década de los
noventa. Se presenta en pastillas que no superan el tamaño de una
aspirina, aunque también puede distribuirse en polvo, generalmente
de color rosáceo, blanco, amarillo o azul. Es activo en humanos a
partir de los 75 a 100 mg (1mg/Kg de peso), y comienza a producir
efectos en menos de media hora, la mayoría de los cuáles
desaparecen entre las cuatro y seis horas, según la tolerancia”. ”Sus
consumidores pretenden facilitar la comunicación y las relaciones
personales y conseguir una sensación de euforia, disminuyendo el
cansancio, el hambre o la sed. Cuando se consume éxtasis, no se
debe beber alcohol, ya que puede desencadenar un cuadro conocido
como "golpe de calor", con alto riesgo de deshidratación. Se han
registrado casos, en los que el consumidor sufre taquicardia, mareos,
vómitos, calambres, nerviosismo, e incluso paranoia. Para reducir el
riesgo de padecer este síndrome, sólo deben ingerir agua. Además,
como consecuencia de su consumo pueden persistir una serie de
efectos residuales, tales como insomnio, agotamiento, depresión,
irritabilidad, cefalea y dolores musculares, que desaparecen tras
ingerir una nueva dosis”.
2.- Eva: es la “3,4-metilenodioxietilanfetamina (MDEA o Eva) que se
caracteriza por poseer efectos que ocurren más rápidamente que con
MDMA y son de duración más corta; su actividad psicotrópica similar
a la MDMA. Produce neuro-toxicidad sobre el sistema serotoninérgico
y, en lo que se refiere a la temperatura corporal, induce hipertermia o
aumento de la temperatura. Se consume en pastillas que por una
cara suelen llevar grabada la palabra "Eva" y, por otra, la dosis activa
(unos 130 mg)”. “Es la que menos altera la percepción de su
consumidor, pero la que más estimula el sistema nervioso central.
Asimismo, es la más parecida a la anfetamina y la que menos
presenta efectos secundarios”.
3.- Píldora del amor: es el MDA, el cual “se sintetizó en Alemania
en 1910 y combina los efectos de la anfetamina y la mescalina.
Parece mostrar mayores efectos alucinógenos y una toxicidad
superior al éxtasis. Con su consumo se pretende producir euforia y
aumentar la sociabilidad. Tiene fama de ser afrodisíaca, a lo que debe
su nombre, aunque este efecto nunca ha sido comprobado
científicamente. Se presenta en cápsulas de 200-300 mg., y su vía de
administración es oral. El efecto tiene lugar a los 30-60 minutos de la
ingestión y dura entre 6 y 10 horas. Dosis superiores a los 300 mg,
pueden producir midriasis, hiperactividad, aumento de la salivación,
piloerección y, en casos graves, rigidez, convulsiones, fallo
respiratorio y muerte”.
4.- Polvo de ángel: químicamente es fenciclidina o PCP, “el cual se
comenzó a fabricar en los años 50 como anestésico intravenoso. A
mediados de los años 60, se dejó de utilizar debido a que producía en
los pacientes intervenidos agitación, estados de delirio y conductas
irracionales. Se trata de un polvo blanco, cristalino, que se disuelve
fácilmente en agua o alcohol. Tiene un sabor amargo distintivo y se
puede mezclar con facilidad con colorantes. Se comercializa en forma
de diversas clases de tabletas, cápsulas y polvos de colores. Por lo
general se usa inhalada, fumada o ingerida. Para fumarla se suele
aplicar a hojas de plantas, como menta, perejil, orégano o marihuana.
Los efectos del PCP en el cerebro inhiben la habilidad del usuario para
concentrarse, pensar de manera lógica y articular. Ocurren cambios
dramáticos en la percepción, los pensamientos y el estado de ánimo.
Algunos usuarios experimentan una euforia de leve a intensa,
mientras que otros se sienten amenazados por el miedo, la ansiedad
o el pánico. Las personas que usan PCP de forma crónica afirman que
tienen pérdida de memoria, dificultad para hablar y pensar, depresión
y pérdida de peso. Estos síntomas pueden persistir hasta un año
después de dejar de usar PCP. También se han notificado trastornos
emocionales. Puede interaccionar con otros depresores del sistema
nervioso central, como el alcohol y las benzodiazepinas, pudiendo
incluso poner en peligro la vida del paciente”.
Cualquier sustancia del grupo identificado como drogas de síntesis,
en casos de sobredosis, son capaces de producir “una situación que
puede ser muy grave. Se trata de un cuadro de naturaleza simpática
caracterizado por ansiedad, agitación, náuseas, temblores, rigidez
muscular, tensión en las mandíbulas, hiperhidrosis y midriasis”. A
mayor magnitud del cuadro, se observa “taquicardia, hipertensión,
hipertermia y colapso vascular. La hipertermia es a veces tan intensa
que se han descrito casos de muertes por deshidratación. También se
han producido convulsiones, arritmias, hemorragias cerebrales
secundarias a la hipertensión, rabdomiolisis” (auto-destrucción del
tejido muscular),”coagulación intravascular diseminada (CID),
insuficiencia renal, necrosis hepática y coma. Los efectos tóxicos
aumentan en presencia de alcohol o con el uso simultáneo de
antidepresivos. Un aspecto fundamental en la génesis del cuadro de
sobredosificación, es la composición o naturaleza impredecible de la
droga. Para reducir los costes de producción es frecuente que esté
"adulterada" con cafeína, analgésicos, antidepresivos, efedrina,
antibióticos..., que pueden multiplicar los daños causados al
organismo. Por otra parte, recientes experimentos en animales,
ponen de manifiesto la destrucción de neuronas serotoninérgicas en
diversas regiones del cerebro. Se postula que el consumo de estas
drogas, origina a largo plazo alteraciones de naturaleza psiquiátrica
tales como psicosis paranoide o esquizofrenia”.
Laboratorio de Toxicología Forense:
Introducción:
Con acierto, en el “Manual de Procedimientos Analíticos
Toxicológicos para Laboratorios de Baja complejidad”, elaborado por
las Dras., Biancucci G.F., González D., Pérez A., Ridolfi, A., y Strobel
A., en 2007, se afirma que “Durante muchos años, la Toxicología, fue
la ciencia de los tóxicos e intoxicaciones, considerada como una rama
de la ciencia forense y la criminología. Según Repetto, (1995) la
Toxicología figura como ciencia independiente con el código 3214,
dentro del grupo 32 de las Ciencias Médicas en el catálogo de
Nomenclatura Internacional para los campos de la Ciencia y la
Tecnología de la UNESCO. Hoy en día, está claro que el estudio de
aplicación de la toxicología tiene tres áreas fundamentales:
descriptiva, analítica, y experimental; con sus distintas ramas: clínica,
forense, ambiental, eco-toxicología, laboral, regulatoria, alimentaria,
inmuno-toxicología, tóxico-genética”. Luego de destacar el valor
técnico de la toxicología analítica como soporte de la toxicología
clínica y el servicio vicariante que -ante la ausencia de tal recurso
específico- cumple el laboratorio de análisis clínicos, señalan que se
trata de áreas técnica que “forman parte de organismos privados o
públicos: hospitales, universidades, centros de salud regionales, etc.
En ocasiones, se encuentran a grandes distancias del lugar del
suceso toxicológico”. Estas reflexiones referidas a laboratorios de
toxicología analítica, son aún mucho más válidas en orden a los
laboratorios de toxicología forense cuyo funcionamiento se limita, en
principio, a efectores de servicios periciales (judiciales o
administrativos investigativos de seguridad) pero conceptualmente
son inescindibles del marco de la toxicología analítica y clínica. Por lo
demás, exige condiciones específicas tales como personal altamente
capacitado, instrumental de alta innovación tecnológica, insumos
caros y de difícil acceso, etc. A ello se agrega un sistema de
organización del trabajo en cuyo contexto adquieren particular
importancia los procedimientos operativos seguros y la indemnidad
de cadena de custodia de muestras, tanto desde el punto de vista
administrativo como técnico.
Cadena de custodia:
A los fines de la Criminología, de las dos condiciones mencionadas en
el párrafo precedente, cabe precisar la que se refiere a la “cadena de
custodia”. En tal sentido, se alude a “el procedimiento de control y
registro que se aplica a los indicios, es decir, vestigio, evidencia,
huella, instrumento, objeto o producto, relacionado con el delito, a
partir de su localización por parte de la autoridad y hasta que se
ordene su destino final” (“Cadena de Custodia-Justicia Penal”-IMCO) o,
al “conjunto de medidas que deben adoptarse a fin de preservar la
identidad e integridad de objetos o muestras que pueden ser fuente
de prueba de hechos criminales, para su total eficacia
procesal”(“Manual de Procedimientos del sistema de custodia”-
Ministerio Público Fiscal de la Nación). De la lectura de ambos
conceptos, puede inferirse que alude a dos elementos: a).- uno de
orden administrativo, registral, cuyo objeto esencial es preservar
identidad vigilada; y b).- otro que agrega al contenido administrativo,
el de índole técnica pues consiste en la integridad en el sentido de
conservación sin deterioro, lo cual depende de conocimientos
técnicos que impidan la ineficacia del objeto-evidencia a los fines
procesales, desde su recolección y hasta que el Órgano Jurisdiccional
disponga su destino final. Por lo demás, una adecuada cadena de
custodia permite excluir errores propios de los procedimientos
analíticos de laboratorio (de allí la importancia de que incluya la
toma, conservación y transporte de una muestra). No pocas veces, los
informes de resultados de Laboratorio, son impugnados legalmente
por su veracidad; se duda acerca de la identificación de las muestras
como pertenecientes al sujeto bajo investigación. En tales situaciones
adquiere plena importancia la información que documente todo lo
ocurrido antes, durante y después de un análisis de laboratorio. A
este objeto, los medios informáticos son una herramienta relevante
para ejercer mecanismos de control, siempre en forma supervisada
por servicios de “Garantía de Calidad”.
Actividad operativa:
En el trabajo “Recursos humanos e instrumentales en un laboratorio
toxicológico forense”, elaborado por S. García-Rodríguez y M.P.
Giménez (Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses.
Departamento de Sevilla, España, 2005) las autoras expresan que
“el trabajo en un laboratorio de Toxicología Forense ha de dar
respuesta a los requerimientos judiciales en el análisis de sustancias
tóxicas o potencialmente tóxicas en las muestras forenses, como
medicamentos, drogas de abuso, metales, plaguicidas, alcohol y otros
tóxicos volátiles, etc.” y que “para llevar a cabo esta labor
especializada es indispensable que los recursos humanos y de
instrumentación necesarios estén sólidamente establecidos,
garantizando la continuidad y la adaptación progresiva del laboratorio
a los nuevos tiempos”.
Luego, en relación a las funciones de los laboratorios de Toxicología
Forense, las autoras recuerdan que “la Sociedad de Toxicólogos
Forenses y la Academia Americana de Ciencias Forenses
(SOFT/AAFS), publicaron en 1991 unas directrices a seguir en dos
áreas fundamentales (última actualización en 2002): la Toxicología
Forense Post-Mortem, en la que se determina la ausencia o presencia
de sustancias potencialmente tóxicas que hayan podido contribuir a
la muerte de un individuo y la denominada Human Performance
Toxicology, que determina la ausencia o presencia de alcohol, drogas
o sustancias psicoactivas que puedan afectar a la capacidad cognitiva
humana (influencia del alcohol y de las drogas en la conducción y en
el medio laboral”. Asimismo, que con posterioridad se fueron
incorporando nuevas cuestiones tales como la contaminación medio-
ambiental, “el análisis de drogas procedentes del mercado ilícito y el
estudio del consumo reciente y del consumo crónico de estas
sustancias”.
Sin perjuicio de la concreta acción de respuesta a instancia de
Órganos Jurisdiccionales, el Laboratorio puede además, realizar otras
de no menor relevancia tales como “contribuir a la unidad de criterio
científico y a la calidad de la pericia analítica, así como al desarrollo
de las ciencias forenses” mediante “funciones de asesoramiento,
formación, elaboración de métodos normalizados, organización de
programas de calidad, ejercicios inter-laboratorios, etc.”, cumplidas a
través de una organización comprensiva de diversos servicios tales
como los que cuenta el centro de referencia que integran las autoras
mencionadas (Servicios de Química, Histopatología, Biología,
Valoración Toxicológica y Medio Ambiente, Garantía de Calidad,
Información Toxicológica (o Toxicológica Pericial), Criminalística y
Drogas de Abuso).
Tal como afirman las autoras citadas, el área de la investigación
químico-toxicológica en casos post-mortem, es el campo de trabajo
que enfrenta al reto de ser capaz de detectar un mayor número de
sustancias (drogas de abuso, medicamentos, plaguicidas, metales,
alcoholes y volátiles, productos industriales); estas investigaciones
también se efectúan en casos de intoxicaciones que experimentan
personas vivas.
En relación al consumo reciente y crónico de drogas de abuso así
como en casos de accidentes de tránsito (área denominada Human
Performance Toxicology) la investigación se focaliza en sustancias
psicoactivas (alcohol, drogas de abuso y medicamentos psicotropos),
por su condición de modificadores de la capacidad de percepción,
estado de alerta, comportamiento y actuaciones de un individuo.
Estas determinaciones están normativamente dispuestas (por vía
legal o administrativa) e incorporadas a la práctica procesal judicial y
administrativa, aún fuera del ámbito de investigación de delitos y
faltas. Así ocurre, por ejemplo, en materia laboral, donde el marco de
regulación del trabajo seguro establece el control periódico de las
personas que desarrollan la actividad, en miras a la preservación de
la salud de dichas personas y a la seguridad del servicio que brindan
(vgr., conductores de medios de transporte, etc.). En todos estos
casos, la determinación de consumo de alcohol y sustancias
psicoactivas, es de gran importancia.
Respecto a la contaminación ambiental, área que muestra un
incremento de necesidad en las últimas décadas, la actividad del
Laboratorio se realiza con parámetros de la Eco-toxicología, por
disposición judicial. Similar situación se plantea en orden a la
denominada “Toxicología Reguladora”, donde llevan a cabo “métodos
analíticos sensibles y fiables para muestras de alimentos, aguas, etc.,
que pueden acarrear consecuencias legales tras afectación de
individuos expuestos. Por último, en casos de incautaciones de
estupefacientes, a veces acompañan muestras como medicamentos
o sustancias de la misma apariencia, desconocidas, en las que se
solicita la investigación de su composición”.
El trabajo de laboratorio se ve notoriamente potenciado cuando las
investigaciones se efectúan contando con adecuada información del
caso bajo estudio. Así, “conocer las circunstancias de la muerte, los
tratamientos a que estuvieran sometidos los individuos, en especial
los que han pasado por hospital antes de morir, etc.”; historiales de
consumo, partes de secuestro de sustancias, exámenes periódicos
laborales, etc.
Muestras:
En cuanto a las muestras, “son de naturaleza muy amplia y ello
incide –directamente- en los métodos analíticos de tratamiento y
extracción pues se establecen acordes con cada tipo de muestra”.
Pueden sistematizarse en:
a).- “Biológicas, de origen humano (o animal): fluidos (sangre, suero o
plasma, orina, contenido gástrico, humor vítreo, bilis, líquidos pleural,
ascítico, nasal, etc.); fragmentos de vísceras (hígado, riñón, cerebro,
bazo, intestino, etc.); y, cabellos;
b).-Otras muestras: sustancias sólidas o líquidas desconocidas;
medicamentos; alimentos; plantas; objetos (utensilios, telas, etc.)”.
Cada tipo de muestra puede brindar detectar la presencia tóxicos o
sus metabolitos en el organismo; en ello inciden “los tiempos de vida
media, de eliminación, el volumen de distribución, la afinidad del
tóxico por los distintos tejidos, etc.”.
Si bien la sangre, el suero o el plasma, son de elección debido a que
constituye el fluido a través del cual se distribuyen las sustancias por
todo el organismo, no significa que sea la muestra más informativa
pues muchos tóxicos desaparecen rápidamente de ella. En relación,
las autoras sugieren las siguientes muestras de preferencia:
* Casos de intoxicaciones o muertes por envenenamiento: contenido
gástrico, porque puede contener restos de comprimidos o líquidos de
pH inusual. Agregan la utilidad de remitir contenedores usados en los
últimos tiempos de vida (jeringas, cánulas o tubos para inhalar gases,
medicamentos, líquidos o polvos e inclusive, cuando se encuentren
en envases etiquetados);
* Casos de muertes súbitas de recién nacidos: contenido intestinal o
meconio ya que aporta información de las sustancias que se han
absorbido en los últimos meses de gestación;
* Autopsias: vísceras como el hígado, riñón, cerebro o pulmón (por
separado o, en caso de los órganos, formando un “pool” mediante
trozos de cada uno de ellos) o fluidos como la bilis, ya que en ellos se
encuentran altas concentraciones de algunos tóxicos. El humor vítreo
es una muestra importante dado que se mantiene preservada en el
interior del globo ocular y no experimenta re-distribución post-
mortem (sobre todo en casos de muertes por quemaduras,
traumatismo intenso o cadáveres en muy mal estado). El cerebro es
muy útil para la detección de sustancias psicoactivas que actúan en
sobre el Sistema Nervioso Central;
* Consumo reciente/crónico de drogas en individuos vivos: en el
primer supuesto (consumo reciente), la orina es de elección ya que es
el medio a través del cual se excretan los principios activos y/o sus
metabolitos. En el segundo supuesto (consumo crónico), la muestra
de cabello es la única idónea, dado que las drogas de abuso se
mantienen en el pelo y no sufren metabolismo; además es difícil de
adulterar, aunque existe riesgo de contaminación externa .
Personal o capital humano:
Además del aspecto de fondo en la cuestión; esto es, la alta
calificación técnica del personal que se desempeña en un Laboratorio
de Toxicología Forense, incluido el cumplimiento de un adecuado
proceso de formación y capacitación continua, se requiere una
estructura formal de organización eficiente. Al respecto, las autoras
cuyo criterio se está siguiendo, destacan las funciones de la instancia
de dirección. En tal sentido resulta significativa la posesión de
“experiencia reconocida para asumir las responsabilidades de
carácter organizativo, formativo, de investigación, y de control y
administrativo” pues debe “supervisar la formación del personal y el
programa de garantía de calidad que respalde los resultados de los
informes emitidos”. La idoneidad recomendada, no excluye el
conocimiento y experiencia eficiente respecto del trámite
administrativo, tanto como los procedimientos analíticos. Es un
carácter esencial que todo el personal presente servicio basado en
“motivaciones éticas y morales elevadas”, dada la finalidad de
intervención en el sistema de administración de justicia.
Esquemáticamente, la estructura de organización debe estar
constituida por funcionarios, técnicos especialistas de laboratorio y
ayudantes de laboratorios. En la medida de sus responsabilidades,
todo ellos deben ser capaces de realizar una gran variedad de
procedimientos analíticos para las drogas de abuso, el alcohol y otras
sustancias de interés toxicológico; supervisar el trabajo del personal
menos experimentado y es aconsejable una asignación de
competencias reglamentada; esto es, la distribución de actividades y
responsabilidad según idoneidad académica y ejercicio de cargos.
Asimismo debe preverse en dicha normativa, la supervisión final de
resultados, elaboración y tramitación de informes (incluyendo su
archivo en copias) y resguardo/destino del material investigado
excedente. De este modo, se finaliza con la cadena de custodia
iniciada al recolectarse la muestra; en efecto, el sistema
informatizado del registro de recepción de muestras (formularios con
datos, etiquetado, controles de entrada y salida de muestras y
dictámenes) se completa con el registro de almacenamiento temporal
(distribución, clasificación y conservación).
Recursos materiales:
Se trata de recursos de importancia significativa, al punto que
condicionan la categorización del laboratorio. Así, las autoras
expresan que su envergadura “fue discutida en la reunión conjunta
entre la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Federación
Mundial de Asociaciones de Centros Clínico-Toxicológicos y de
Centros de Control de Tóxicos, en Ginebra en 1981. En ella se
establecieron diferentes niveles de laboratorios acorde con su grado
de equipamiento:
- Laboratorio de nivel primario: instalados en los centros sanitarios,
con equipamiento y personal mínimos, capaces de desarrollar
técnicas analíticas cualitativas (inmunoensayo, colorimétricas,
cromatográficas,) para las sustancias que con mayor frecuencia
produzcan intoxicaciones en la localidad. Pueden originarse
problemas al emplear métodos rápidos de análisis, que no aislen al
tóxico de la matriz de la muestra, causando interferencias y
reacciones cruzadas en los inmunoensayos;
- Laboratorios de nivel intermedio: ubicados en cátedras
universitarias, centros de medicina del trabajo, etc., y disponen de
espectrofotómetros de UV, de absorción atómica y cromatógrafos
capaces de realizar análisis cuantitativos con una cierta
especialización;
- Laboratorios de nivel superior: correspondiente a un verdadero
centro de Toxicología, con instrumentación científica potente, como
la espectrometría de masas, y capacitados para realizar sistemáticas
analíticas toxicológicas generales y actuar como centros de
referencia de los anteriores”.
Se denomina “Sistemática Analítica Toxicológica (SAT)” al “conjunto
de procedimientos analíticos, concisos, bien planeados, encaminados
a poner de manifiesto la presencia o ausencia de sustancias de
relevancia toxicológica, en una muestra determinada”. Estos
procedimientos se realiza mediante etapas, a saber: Pretratamiento
de las muestras (homogeneización, desproteinización, hidrólisis de
conjugados, etc.); Extracción/Purificación (extracción líquido-líquido
(LLE), en fase sólida (SPE), en el espacio en cabeza (HSE), micro-
extracción en fase sólida (SPME), etc.,); y, Análisis Instrumental.
Si bien es recomendable que la SAT pueda ser eficaz para el mayor
número de sustancias potencialmente tóxicas, en los laboratorios de
nivel superior usualmente se emplean varias SAT “pues existen
muchas sustancias no detectables mediante un único procedimiento.
Los tóxicos más numerosos son compuestos orgánicos que pueden
poseer carácter ácido, básico o ambos a la vez, o ser sustancias
neutras. Los tóxicos más volátiles (alcohol etílico, metílico,
etilenglicol, hidrocarburos derivados del petróleo y monóxido de
carbono) requieren unos procedimientos analíticos especiales y
distintos también de la SAT para los tóxicos inorgánicos (metales y
aniones)”.
Los recursos instrumentales deben cubrir diversas áreas: técnicas de
screening; técnicas analíticas confirmatorias; y, cumplimentación de
las Normas de Garantía de Calidad. Las primeras son análisis rápidos,
no específicos, que se utilizan para detectar o descartar grupos de
analitos; son orientativas. Por ello, debe confirmarse el resultado
mediante técnicas más específicas tales como inmunoensayos (EMIT,
CEDIA, RIA) y cromatografía en capa fina (TOXILAB); los primeros,
están automatizados y no requieren tratamiento previo de la muestra.
Es criterio fundamental, en todo laboratorio toxicológico forense, que
la detección o identificación de una droga o sustancia tóxica debe ser
confirmada a través de una segunda técnica basada en un principio
físico-químico diferente. Para ello se utiliza la técnica de
espectrometría de masas (MS) y las asociadas a ella tales como la
cromatografía de gases (GC) o la cromatografía líquida de alta
resolución (HPLC o LC), en análisis toxicológicos orgánicos. Dichas
técnicas deben contar, a su vez, con una batería de detectores
idóneos para realizar la cuantificación de los distintos tipos de
compuestos. “En algunos tipos de análisis cromatográficos, si no es
posible la confirmación en MS por no estar disponible, debe volver a
analizarse la muestra en cuestión introduciendo además una etapa
extra de derivatización para modificar en buena medida la retención
del analito”.
En materia de análisis toxicológicos inorgánicos, se utiliza la
espectrometría de absorción atómica (AAS), en sus modalidades de
cámara de grafito y de generación de hidruros volátiles. Asimismo, la
espectrometría de emisión atómica con acoplamiento de plasma
inductivo (ICP-AES) y la espectrometría de masas (ICP-MS); esta
última, supera a las anteriores en sensibilidad, selectividad, precisión
y exactitud.
Para satisfacer las Normas de Garantía de Calidad, el recurso
instrumental y su operatividad, debe ajustarse a los requerimientos
que se establezcan para la validación de los métodos analíticos; ellos
son requisitos estadísticos que confieren a los resultados, la fiabilidad
necesaria para ser aceptados en los ámbitos científicos y forenses.
Además deben cumplir también, criterios de reproducibilidad los
cuales deben ser verificados periódicamente.
UNIDAD 3 – APORTE A LA CRIMINOLOGÍA
El desarrollo realizado en las Unidades precedentes señala, en
términos generales, el aporte de la Toxicología Forense a la
Criminología, en tanto recurso técnico-científico idóneo para el
estudio del objeto propio de dicha disciplina. En tal sentido, los
aspectos que se tratarán a continuación, constituyen aplicaciones
enunciativas pero no taxativas de sus posibilidades. Para la selección
temática, se ha priorizado la actualidad de las cuestiones a tratar por
sobre la variabilidad que es posible advertir en el espectro casuístico
para cuya resolución puede ser convocada la Criminología.
LA ASOCIACIÓN DROGA-DELITO:
Introducción:
En la actualidad, la convicción preponderante de la población en
general y predominante en los medios de comunicación social, es que
la comisión de conductas asociales y delictivas en especial, está
asociada al consumo de sustancias ilícitas (drogas). Sin embargo, el
análisis de estudios específicos realizados sobre la cuestión no
corroboran, linealmente, tal afirmación; de allí la conveniencia de
profundizar sobre ellos. Paralelamente y en relación, la observación
del indudable crecimiento del fenómeno de consumo de sustancias –
lícitas e ilícitas- y de la población consumidora, con el consecuente
deterioro que ellas acarrean a nivel individual y social, pueden llevar
a establecer correlaciones de causalidad entre dicho fenómeno y el
delito, sin adecuada fundamentación. Por otro lado, las abruptas
transformaciones sociales, económicas y políticas (en tanto patrones
conductuales de convivencia grupal organizada según un
ordenamiento normativo consensual), reconocen además un ritmo
progresivamente acelerado que lleva a sucesivas crisis que se
extienden desde la general cosmovisión antropológica preponderante
a los sistemas de toma de decisiones a nivel de grupos humanos,
particularmente en torno a aspectos esenciales para el proyecto vital
individual (producción y distribución de recursos materiales,
educación, auto-cuidado y resguardo de la seguridad grupal,
modalidades de ejercicios del poder, etc.,).
Finalmente, es innegable el fenómeno delictivo en sistemas de
organización, progresivamente más complejos, que denotan un
exceso de voluntades individuales o grupalmente limitadas, con
ramificaciones en todas las instancias de la estructura social y cuya
neutralización, por las características señaladas, se torna una tarea
extremadamente ardua.
Consideraciones previas al análisis:
Tal como surge enunciada la asociación -droga y delito-, la primera
reflexión consiste en advertir que se trata de dos entidades
conceptualmente diversas. En efecto, mientras la primera (“droga”)
es una abstracción calificada –en tanto ente material-, que reúne
contenidos de índole farmacológica (“sustancia química que modifica
los procesos fisiológicos y bioquímicos de los tejidos o los
organismos”); clínica (“sustancias psicoactivas o psicotrópicas: las
que, ingeridas, afectan a los procesos mentales, p. ej., a la cognición
o la afectividad; no implica necesariamente que produzca
dependencia”); y legal (“sustancia psicoactiva cuya producción,
venta o consumo están prohibidos; la droga en sí no es ilegal, lo son
su producción, venta y/o consumo en determinadas circunstancias y
en una determinada jurisdicción), la segunda (“delito”) consiste en un
ente jurídico (“hacer lo que la ley prohíbe o dejar de hacer lo que
exige”). [Fuente: OMS; “Lexicon of Alcohol and Drug Terms”; 1994].
En consecuencia de lo expuesto, “droga y delito”, solo admiten su
correlación parcial, desde el punto de vista ontológico. Es decir que,
en todo caso, dicho nexo podría establecerse en tanto ambos remiten
al despligue de una conducta humana: el consumo de drogas por un
lado y, la comisión de un delito por el otro.
Siguiendo los criterios de la Junta Internacional de Fiscalización de
Estupefacientes-International Narcotic Control Board (2013), una
aproximación conceptual válida consiste en expresar que la supuesta
asociación enunciada es la relación entre el uso indebido de
sustancias y la agresión (o violencia). Ella puede ser abordada a partir
de dos hipótesis:
a).- La persona consumidora: mediante la ponderación de factores
biológicos, (fisiológicos, psico-farmacológicos), psicológicos y
psiquiátricos (efectos del uso indebido de drogas sobre los individuos
según sus características físicas y mentales, con incorporación parcial
de datos sociológicos). Los resultados se interpretan en términos de
“la forma en que el comportamiento agresivo proviene de una
interacción entre las drogas, la personalidad y los estados afectivos
del ser”; y,
b).-Los factores sociales y culturales: sociológicos, criminológicos,
políticos, económicos, históricos, antropológicos y culturales (relación
entre los grupos sociales y uso indebido de drogas y la delincuencia
como variable específica de un contexto, desde casos reales). Los
resultados remiten a consideraciones estructurales (v.g.,
explicaciones socioeconómicas acerca de los efectos de la
distribución del ingreso, las privaciones relativas y la marginación
social sobre grupos sociales diferentes).
El razonamiento del primer grupo disciplinario se focaliza en que el
uso indebido de drogas, esencialmente, expresa un trastorno interno;
en el segundo grupo, es el emergente de la interacción social, normas
de conducta, sistema de sanciones y el entorno en que ocurre el
consumo.
Los criterios conceptuales del enfoque centrado en la persona
consumidora, son:
*.- Los efectos de las drogas ilícitas difieren según la dosis
consumida, el peso corporal, el historial de uso indebido de drogas, la
influencia genéticas y de la personalidad. A este fin, realizan estudios
controlados de laboratorio, los que solo permiten asociar una droga
determinada con una forma de manifestación de violencia. No pueden
establecer relación de causalidad, sin recurrir a datos culturales y
sociales.
*.- El eje farmacológico, a veces, también es válido para sustancias
lícitas (alcohol) en algunas condiciones, pero también observan que la
ingesta de marihuana u opiáceos, inhibe la agresión; con algunas
sustancias, se verifica una mayor liberación de violencia; la
abstinencia es, en tal sentido, más relevante que el consumo; en
otras sustancias, la variable de mayor influencia lo es la frecuencia
del consumo (cocaína y anfetamina); etc.
En síntesis, pueden aportar datos relevantes, pero no explican
variaciones culturales y sub-culturales de la vida real (cocaína, en
grupos socio-económicos alto).
Los criterios conceptuales del enfoque centrado en los factores
sociales y culturales comprenden tres aspectos:
* Estudios de caracteres de culturas y sub-culturas con indicadores de
violencia
Cuando recurren al consumo indebido de sustancias psico-activas;
* Pautas socio-estructurales de la asociación violencia-consumo, en
función de
algunas variables tales como género, edad, raza, etnia y clase
social); y,
*Patrones de agresión que evidencian pautas socioculturales o
normas de conducta inadecuadas, observadas en simultaneidad con
el consumo de estupefacientes y en ausencia del mismo.
La última perspectiva de análisis mencionada lleva a la elaboración
del denominado “Modelo tripartito”; acorde a su paradigma, pueden
diferenciarse tres formas distintas y separadas de la relación entre el
consumo de drogas y la ocurrencia de actos de violencia:
a) psico-farmacológica (frecuentemente, hay además, consumo de
alcohol);
b) económico-compulsiva (la violencia es un medio de obtener
recursos para continuar el consumo; aunque es más frecuente el
delito cometido con ese fin); y,
c) sistémica (violencia asociada a la comercialización de las drogas
ilícitas “territorial”).
En ambas vertientes, cabe advertir que la correlación se establece
entre el consumo “actos violentos”, “violencia” o “agresividad”,
términos que al analizar con precisión de los diversos estudios se
halla que incluyen a las conductas tipificadas como delitos pero
además, las exceden.
Los autores señalan que, al realizar estudios acerca de la asociación
consumo de
drogas-delito, existen aspectos de importante incidencia, los que no
deberían ser
omitidos. Entre ellos:
# Considerar no solo los efectos sobre las personas consumidoras y el
tráfico, sino
También incluir la violencia que conlleva “la inseguridad que sufren
los
miembros integrantes de las comunidades cuyas vidas se ven
afectadas a diario,
por los cambios en la cultura de las drogas”;
# El estado general de la economía, en particular, los niveles de
desempleo y la falta de seguridad social (bandas de tráfico que
ofrecen fuentes alternativas de ingreso y se valen de acciones
violentas). Pero, también se destaca que no son factores de incidencia
necesaria (no se observa en todas las comunidades con esas
condiciones y, en cambio, si puede darse en comunidades de ingresos
altos –predominio de fraude, más que de violencia-);
# La función y actividades de los organismos de represión, porque
afecta a la comunidad no consumidora; debe centrarse en impedir
conductas delictivas y castigar a sus autores, ejecutando políticas
públicas. Deben acompañarse de otras medidas (iniciativas
económicas y sociales), para tener efecto;
# Las características de los mercados: si hay conocimiento entre
compradores y vendedores, baja la lucha por la “territorialidad” y, a la
inversa (especialmente, la violencia que se da en lugares públicos
tales como parques y terminales de medios de transporte);
# La incidencia de la tecnología electrónica, contribuyente
significativa en la configuración del “peor escenario” consistente en el
abandono de parte de los organismos de control y represión;
# El paso de la adolescencia a la adultez (dato relevante en la
población de las diversas investigaciones) pues es el período de
mayor fracaso predictivo: se reduce la influencia de los padres y
aumenta la de los pares. En tal sentido, hay que tener en cuenta la
importancia de factores no sumatorios tales como: el entorno
(especialmente donde coexisten bajo nivel socio-económico y/o alto
desempleo/violencia/delincuencia/victimización); el contexto familiar
(separación, vínculos inestables o rotos, autoritarismo, ejercicio
irregular de roles, violencia intra-familiar); las actitudes de tolerancia
frente al uso indebido de drogas/violencia/delincuencia; las
configuraciones de asociaciones (pertenencia a grupos endo-
culturales); ciertos factores individuales (pertenencia a minorías,
dificultades o deserción escolar); y la presencia de trastornos de
conducta y psicopatológicos (iniciación temprana en el consumo y/o
venta de drogas, personalidad “antisocial”, trastornos emocionales);
# La función de la cultura juvenil: formación de bandas (relación con
los mercados de drogas y la violencia) y la interacción/fusión entre
diferentes bandas (donde el consumo y la violencia, en general, es de
retroalimentación);
# La disponibilidad y el uso de armas (acceso) porque determina
“otra presencia” en el mercado, incrementa la venta ilegal de armas y
la violencia interna y externa al grupo;
# La frecuencia de bajo porcentual, en el total de la asociación delitos
graves y violentos y consumo de drogas, en razón de que un
significativo número de los jóvenes madura y abandona el
comportamiento de violencia en la etapa de los 20 a los 30 años de
edad;
# El abandono de la pertenencia bandas y ejercicio de
violencia/delitos, no condiciona el de hábitos de consumo ni evita
consecuencias ulteriores en la familia y/o comunidad (formas de
“violencia mitigada”);
# El deterioro del orden público en la comunidad, el cual justifica la
identificación de sus integrantes violentos y/o consumidores y/o
traficantes y/o delincuentes (cultura del miedo, falta de confianza en
las fuerzas de seguridad, descreimiento del sistema de justicia). Así,
se llega a la dependencia comunitaria de los mercados de
narcotráfico y sus integrantes no quieren modificar la situación
(peligro de ingresos personales). Son indicadores de alto riesgo:
impotencia (para intervenir) o temor (a ser agredidas) o corrupción de
las fuerzas de seguridad (las 3 situaciones llevan a la inercia);
# El estrés, la ansiedad y el miedo, por la exposición a la
delincuencia-violencia-tráfico, interfieren en la vida cotidiana y el
desarrollo normal de las personas (afecta la salud, sobre todo en
jóvenes: capacidad para confiar y tener un sentimiento de seguridad
personal; capacidad para desarrollar aptitudes para controlar sus
emociones; falta de libertad para explorar el entorno local y para
establecer relaciones sociales “normales” y por el contrario, hay
acostumbramiento y provocación de situaciones de violencia;
# La relación directa con la violencia doméstica-intrafamiliar (más
frecuente, cuando la exposición afecta a varones entre 11 y 17 años
de edad);
# La importancia del capital social y grado de integración
comunitaria: el primero se refiere a las normas, o “leyes” que se
manifiestan en las relaciones e instituciones; el segundo, al grado de
aglutinamiento social en el apego a dichas normas.
La hipótesis inversa de la asociación, aparece en la casi totalidad de
estudios de investigación, identificando situaciones de victimización
(riesgo y experiencia) en tanto demuestran que quienes consumen
drogas, tienen mayor riesgo de ser víctimas de delitos/violencia, que
el resto de personas. Es aún mayor en mujeres (agresión sexual),
prostitutas/os, niños-niñas y adolescentes en edad escolar (a partir de
la década de 1990).
Asimismo, otras dos cuestiones vinculadas: el temor a la victimización
indirecta (no consumidores de drogas), que también está
incrementado y lleva a modificar hábitos cotidianos (en especial, uso
de lugares públicos: parques, plazas, centros comerciales, etc.,) y, los
denominados “efecto expansivo” (del individuo consumidor y/o
violento a la sociedad); “efecto desestructurante” (consumo-
violencia-delito, de modo conmutativo); y, “efecto disolutivo-social”
(incidencia en contextos macro: ciudad, región, estado).
Impacto:
El alto costo que representa la relación entre delincuencia y uso de
drogas ilícitas, a nivel humano, económico y social, moviliza todas las
áreas del Estado. Ninguno de los dos fenómenos de la relación tiene
pacífica explicación total; son complejos, por la incidencia de factores
múltiples, potenciales e interdependientes. A ello se agrega una
dinámica realmente vertiginosa y progresivamente más sofisticada en
materia de narcotráfico, que infiltra y corrompe instancias de carácter
político, judicial y de seguridad. Al relacionar ambas variables, surgen
tres cuestiones significativas:
a).- Cuál es causa y cuál es consecuencia: este interrogante
remite a la factorial múltiple y de interdependencia y
retroalimentación que, por lo demás, aparece signada desde la inicial
decisión de inicio en el consumo ya que implica el primer contacto
con un tráfico ilícito. En otros términos, si bien la participación pasiva
de una persona en carácter de comprador de drogas ilícitas no puede
asimilarse alcance que habitualmente tiene la asociación droga-delito
(el consumo como promotor o factor determinante del delito),
tampoco puede obviarse que es un modo de ingreso al circuito
delictivo del tráfico;
b).- Existencia de ciertas características comunes tales como
crecimiento evolutivo; predominio en la población integrada por
adolescentes y jóvenes adultos; atipicidad conductual (“conductas
socialmente desviadas”), etc. Este aspecto es el que se encuentra,
habitualmente, en las posturas que lisa y llanamente afirman un nexo
de causalidad directa entre ambas variables; y,
c).- Crisis del paradigma social uniforme (prevención-
contención-rehabilitación): el simple debate acerca de soluciones
que demanda tanto la problemática del consumo de drogas como la
seguridad, sin otros contenidos ni finalidad que configurar
parcialidades antagónicas en el constructo social (por otro lado,
culturalmente heterogéneo y atravesado por la realidad y fantasía del
narcotráfico), no lleva sino a perpetuar indefinidamente el
crecimiento del impacto.
“Es importante reconocer la necesidad de implementar estrategias
integradoras y democráticas que permitan contrarrestar los clamores
de ciertos sectores de la sociedad que exigen soluciones rápidas al
problema. El camino a largo plazo, muy probablemente, no se
encuentre únicamente dentro del marco de las políticas públicas
contra las drogas. Avances estructurales en áreas como el acceso a la
educación, la distribución del ingreso, el mercado laboral, los
contextos de socialización como el barrio y la familia, conjuntamente
con las propias instituciones del estado nacional, serán determinantes
a la hora de garantizar las condiciones generales que permitan
contrarrestar el avance de las drogas en el país. En el marco de una
progresiva deslegitimación del modelo de la “guerra contra las
drogas,” Argentina también necesita reconstruir los mecanismos de
cooperación internacional que le posibiliten desarrollar estrategias
colectivas que privilegien el fortalecimiento institucional y el
desarrollo socioeconómico de toda la región” (“Drogas y delito en la
Argentina: una correlación compleja”, Der Ghougassian,K. y Cutrona, S; 2015).
Estadísticas confiables y válidas, de correlación :
El análisis de trabajos de investigación, nacionales y extranjeros,
plantea la necesidad de observaciones interpretativas que revisten un
carácter previo a la valoración de sus conclusiones. Así, en primer
lugar debe destacarse que especialmente en nuestro País, hay poca
información estadística confiable; esta circunstancia es también
reiterada en la doctrina, respecto de la información extranjera.
Uno de los aspectos en los que se han focalizado los estudios, es la
delimitación de “clases de delito en relación al consumo de drogas”.
En tal sentido, se ha identificado comportamientos condicionados por
el costo y dificultad de adquisición de las drogas ilegales, en
respuesta al interrogante de saber en qué medida el consumo es
condición previa a la delincuencia, considerando que: no todos los
que delinquen, usan drogas; ni todos los que consumen, además
delinquen. En base a estas correlaciones motivacionales, se
distingue:
a).- Delincuencia Inducida: denominación que se aplica a casos en
que el consumo reconoce una data significativa y, a la vez, un
importante grado de afectación de la salud física, psíquica y social;
dicha circunstancia es consecuencia directa del efecto deletéreo del
uso de drogas, determinando cuadros clínicos de adicción y deterioro
psíquico. Por ello se sintetiza afirmando que “el delito nace del
consumo”. Prevalecen los delitos cometidos con alta descarga
agresiva y no pocas veces, hay un genuino compromiso o anulación
de la capacidad bio-psicológica de culpabilidad penal (es decir,
pueden llegar a ser declarados inimputables por el Órgano
Jurisdiccional que resuelve el caso).
Cabe agregar que por “deterioro psíquico” se entiende al detrimento
cognitivo, afectivo, volitivo y comportamental determinado por
patología psíquica crónica y orgánica, de causa externa; es decir, el
resultado del daño neuronal provocado por el consumo prolongado de
sustancias psicoactivas;
b).- Delincuencia Funcional: es una categoría que designa a conductas
delictivas motivadas con el específico objetivo de conseguir
ilícitamente, recursos que permitan solventar el consumo de
sustancias por parte del actor; por ello se sintetiza en la frase “el
delito paga el consumo”. Además, se caracteriza porque en dichos
casos prevalecen los delitos contra la propiedad y el consumo de
sustancias que provocan dependencia física (“duras”, con abstinencia
intensa) y en consecuencia puede coincidir, la comisión del delito y el
curso de un período de abstinencia.
En la práctica, muchas veces surgen dificultades de encuadra
categorial. En efecto, desde la perspectiva clínica (sujeto-droga), se
observa superposición de caracteres con la categoría anterior ya que,
quien padece un severo deterioro psíquico por dependencia de
sustancias, experimenta también, períodos de abstinencia grave. Por
lo que debería entenderse entonces que en la delincuencia funcional,
si bien existe un cuadro clínico de adicción y generador de
abstinencia en caso de no reiteración del consumo, el sujeto agente
del delito no padece un significativo deterioro psíquico. Así, la
capacidad bio-psicológica de culpabilidad penal podría estar
conservada, excepto que la comisión del delito sea simultánea con el
curso de un período de abstinencia (pues en tal situación está
afectada la capacidad valorativa de las acciones);
c).- Delincuencia Relacional: sintetizada en la expresión “el delito
convive con el consumo”, se trata de una categoría diversa a las dos
anteriores pues supone una negación de vínculo causal entre
consumo de drogas y comisión de delitos. Sin embargo, en la
práctica, lo que prevalece es el delito de tráfico con motivación mixta
pues se verifica distribución y venta de drogas con una prioritaria
finalidad lucrativa y secundario objetivo de obtener recursos
económicos destinados a solventar un consumo de sustancias que,
por lo común, no llega a estados de adicción.
En el siguiente cuadro, se esquematiza el planteo categorial
precedente:
Tipo de Estado Droga Tipo de delito
delincuencia Psíquico
Inducida Intoxicación Anfetaminas Lesiones
Cocaína Homicidio
Alucinógenos Abuso sexual
Abstinencia Opiáceos C/orden público
Marihuana Daño
Accidentes de tránsito
Funcional “Lucidez” del Todas Robo (violencia-intimidación)
(Instrumental) consumidor Malversación-fraude
Falsedad (recetas-cheques)
Narcomenudeo
Atentado y resistencia a la autoridad
Relacional Idem anterior Todas Tráfico (en sentido amplio)
“Tomo y Venta de cosas robadas
obligo”
Datos estadísticos:
La interpretación de datos estadísticos demanda una actitud de
prudencia analítica acerca de la información que le sirve de fuente. En
tal sentido, se destacan las siguientes observaciones:
a).- Parcialidad actuarial: son aquellas variables consideradas en cada
estudio que limitan la aplicación de sus conclusiones solo a la
población delimitada; entre otras: edad poblacional (no son
asimilables los resultados entre población juvenil que entre adultos
mayores a 30 años de edad); restricciones procesales de las muestras
(no son asimilables los resultados entre población de personas
procesadas que entre condenadas); diversidad de objetivos de los
estudios (no son asimilables los resultados obtenidos de la
consideración del consumo de una droga a los de otra, ni de una
asociación determinada de ellas a otras aunque solo sea parcialmente
diversa, ni las de un tipo delictivo concreto –robo- a un género de
delitos –delitos contra la propiedad-); etc.;
b).- Alcances del paradigma de reproche: en el caso de utilizarse
estadísticas extranjeras, deberá compararse el modelo de conductas
reprochadas que lo fundamenta (la conducta reputada como delito en
un sistema, puede no serlo en otro); las víctimas de violencia de
género sometidas a realizar narcomenudeo, no son punibles en
algunos sistemas legales; etc.;
c).- Sub-registro específico: ordinariamente no se consideran en los
estudios estadísticos los casos de suspensión de juicio a prueba;
obviamente, los delitos no denunciados y tampoco los de autor
desconocido; los delitos menores, etc.;
d).- Trazabilidad: la validez y confiabilidad de los resultados (sin
perjuicio de la metodología analítica) está siempre condicionada al
balance entre el crecimiento del consumo y su sistema de
control/represión del narcotráfico, entre otros factores. Ello determina
que, previo a la utilización de resultados, deba efectuarse una
revisión crítica que permita asegurar la vigencia de dichos resultados;
e).- Fuentes: habitualmente los datos se obtienen de población
carcelaria, quedando excluidas las personas que pese a haber
actuado en similares circunstancias (consumidores de drogas que han
delinquido), no están privadas de su libertad. Es extremadamente
raro encontrar estudios de datos obtenidos de fuentes registrales
médico-legales (policiales o periciales públicos), cuya amplitud es
distinta. Tampoco son utilizadas otras fuentes como por ejemplo, la de
naturaleza sanitaria (casos que, por lo común no llegan a
conocimiento de la instancia judicial);
f).- Aplicabilidad: las numerosas observaciones precedentes no
significa inutilidad de la información obtenida mediante técnica
estadística; por el contrario, es valiosa pero sus resultados solo
pueden ser aplicables a situaciones coincidentes con las variables
consideradas en la investigación correspondiente. Siempre tienen, no
obstante, un valor orientador o estimativo pero nunca escapan al
principio médico-legal enunciado por Nerio Rojas: “la excepción, tiene
tanto valor como la regla”.
De las investigaciones estadísticas extranjeras y acorde a las
observaciones formuladas precedentemente, por la metodología y
análisis de variables consideradas, es destacable la que realizaran
Esbec, E. y Echeburúa, E. “Abuso de drogas y delincuencia:
consideraciones para una valoración forense integral” (Juzgados de
Castilla-Universidad del País Vasco, en Adicciones, vol. 28, N°1; 2016),
cuya lectura se recomienda.
En cuanto a las estadísticas nacionales, son fuentes de interés las que
a continuación se enuncian:
*.- Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación:
entre otros documentos, son relevantes los denominados “Infracción
a la ley de drogas y problemáticas asociadas” (2015); “Informe sobre
jóvenes, delito y justicia penal (2016); “Mujeres, contrabando de
estupefacientes y vulnerabilidad. Análisis de jurisprudencia”;” Una
mirada retrospectiva sobre la problemática de las drogas y el
encarcelamiento. Análisis de estadísticas carcelarias en la Argentina”
(2017). El primero de los mencionados fue realizado sobre población
alojada, exclusivamente, en dependencias del Servicio Penitenciario
Federal entre 2012 y 2016. Sobre personas mayores de 18 años de
edad, varones y mujeres; la muestra abarcó el 5,16% de la población
(453 casos encuestados sobre una totalidad de 8.771 personas).
Las conclusiones de cierre del último documento mencionado, de
sentido más longitudinal pero únicamente referido a personas
detenidas por la ley 23.737, son:
“ La tasa de detenidos por infracción a la ley de drogas casi se
triplicó entre 2002-2016: del 8.8 al 22.8%. El crecimiento se dio
fundamentalmente a expensas de los varones, que en 2016
representan el 87%. El número de mujeres se mantuvo relativamente
estable con oscilaciones sucesivas. La franja más populosa es la que
va de 25 a 44 años, pero la que mayor aumento proporcional tuvo en
el período fue la de 18 a 24 años. La provincia de Buenos Aires reúne
casi la mitad del total de detenidos por esta causa.
En el análisis por tipo de delito por el cual están detenidos, surge
que el de comercialización es el más importante, seguidos por los de
tenencia. De los que ya fueron condenados por delito de drogas se
releva que el 68% tiene una pena de prisión por 3 a 6 años, haciendo
alusión a delitos de menor cuantía.
Solo el 37% de los detenidos por infracción a la ley de drogas tiene
condena (2016). La situación es más severa que para el resto de la
población carcelaria, donde la mitad está condenado. En una visión
evolutiva a lo largo del período estudiado, se advierte que en el
último año habría una leve tendencia a revertir esta condición,
aunque dista de lo esperado en cuanto a la cantidad de procesados
detenidos (63%).
Desde la promulgación de la ley de desfederalización, se advierte
un traspaso de causas hacia la Justicia Provincial, siendo que en el
2005, el 82% estaban radicadas en la Justicia Federal, en tanto que
en 2016, sólo están el 44% de las causas.
Otro punto a destacar es el acceso a tratamiento por drogas. Dentro
de la población carcelaria se estima un número alto de personas con
problemáticas de consumo de drogas. De allí, la importancia de
incorporar en los sistemas penitenciarios programas basados en la
prevención y tratamientos de adicciones. En el marco de las garantías
legales y salvaguardas relativas al proceso penal, se han relevado
experiencias que abordan la problemática intramuros desde hace
años y cuentan con procesos de capacitación y evaluación de sus
prácticas. Aún resta ampliar el trabajo sobre la prevención, detección,
sensibilización y tratamiento de la problemática, permitiendo mejorar
el acceso de las personas encarceladas al tratamiento de los
trastornos relacionados con el consumo de drogas. Por último, se
estima conveniente propiciar la promoción y el fortalecimiento de la
cooperación regional e internacional en la formulación y ejecución de
iniciativas relacionadas con el tratamiento de los consumidores de
sustancias psicoactivas, el acceso a esos servicios en las cárceles y
tras la liberación”.
*.- Ministerio de Seguridad de la Nación (sin datos actualizados);
y,
*.- Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la
Nación Argentina (ex -Sedronar), “Estudio Nacional sobre
condiciones de salud, consumo de sustancias psicoactivas y demanda
de tratamiento en población privada de libertad en Unidades de
Servicio Penitenciario Federal (realizado en 2012 y publicado en
2016).
Otra serie de estudios estadísticos, partiendo de la perspectiva que
considera al consumo de drogas y la comisión de delitos como dos
fenómenos complejos, cada uno de ellos con comportamientos
particulares pero no obstante lo cual, son pasibles de vinculación (no
correlación), vuelven al modelo taxonómico de Goldstein, aunque
modificado. En consecuencia, arriban a “tipos de vinculación”, a
saber:
a).- Psicofarmacológica: el delito se comete bajo efectos de alcohol
y/o droga (“no hubiera delinquido sin estar drogado”); representa el
15, 4% del total;
b).- Económica: el delito se comete para obtener dinero o medios
para comprar droga; representa el 11,9% del total;
c).- Sistémica: el delito está únicamente orientado al mercadeo de
droga; representa el 11,4%; y,
d).- Legal: hay infracción a las leyes de represión del narcotráfico y
lavado (23.737 y 25.246); representa el 32,7%.
A partir de estos datos, las conclusiones giran en torno a afirmaciones
tales como: “La fuerte asociación (71.4) no implica causalidad” pues
“se asocian, pero no siempre y cuando ocurre, no implica
determinación”. “Ambos fenómenos se relacionan con problemas y
cambios sociales, culturales y económicos”. Existen “trayectorias
sociales de coincidencia en el inicio de ambos fenómenos (pérdida de
lazos familiares, ruptura de escolaridad y marginalidad en general).
¿Cuál es perfil de prevalencia?. La cuestión admite una triple
respuesta, a saber:
a).- Global:
Indicador Dato Porcentual
Sexo Varón 89%
Edad 35 a 34 años 41,8%
Hijos Sí 73,8%
Escolaridad Secundaria completa 41%
Trabajo previo Sí 78,4%
Tipo de trabajo Empleado 54,5%
Situación procesal Procesados 53,4%
Condenados 46,6%
Reincidentes 41,9%
Tipo de delito Contra la propiedad 43,6%
Inf. Ley de drogas 31,4%
1er. delito 14 a 20 años 50%
21 a 30 años 27%
Institucionalización 1 vez 25,7%
en la menor edad 2 a 4 veces
35,3%
b).- Significativa:
Indicador Observaciones
Drogas y rango etario Marihuana - (66,3%) - 18 a 24
años
Cocaína – (53,3%) – 18 a 24 años
Pasta base – (22%) – 18 a 34
años
Consumo en relación a la Marihuana, 7 veces mayor
población no carcelaria Cocaína, 17 veces mayor
Otras, 6.5 veces mayor
Correlaciones # Inicio precoz del consumo (14
años o antes) # Consumo
frecuente (diario o varios días
hasta 1 semana # 38, 2% es
dependiente de marihuana #
70,1% es dependiente de
cocaína # 58% no considera a la
marihuana como causante de
gran daño a la salud # 47, 7%
posee más de un modo de
vinculación.
c).- Específicas:
Los modos de incidencia de la sustancia en la comisión del delito son:
alteración de la capacidad bio-psicológica de culpabilidad penal
(provoca un trastorno mental transitorio completo o incompleto);
producción de síndrome de abstinencia; y producción de patologías
asociadas (vgr., síndrome delirante inducido por consumo de
cocaína).
Vinculación Droga Delito Rango etario
Psicofarmacológica Cocaína y Contra la 25 a 34 años
pasta base propiedad
(15-16%)
Económica Marihuana y Inf. Ley 23.737 25 a 34 años
pasta base y contra la
(11,9%) propiedad
Sistémica Cocaína y Inf. Ley 23.737 25 a 49 años
pasta base y contra las
(11,4%) personas
Legal Marihuana, Tráfico (53,9%) 25 a 49 años
cocaína y Tenencia
pasta base (53,7%)
(32,7)
Hay otros dos fenómenos que deben ser considerados en todo
análisis estadístico; ellos son el de comorbilidad y el de poli-consumo
de sustancias. Al respecto:
a).- Co-morbilidad uso de drogas y enfermedad mental: es “la
coexistencia en el mismo individuo, de un trastorno mental inducido
por el consumo de una o más sustancias psicoactivas y de un
trastorno psiquiátrico” (Organización Mundial de la Salud, OMS).
Dicho estado descriptivo es el alcance estricto de las expresiones
diagnósticas “patología dual” y “morbilidad asociada”. La Oficina de
las Naciones Unidas contra la droga y el Delito (UNODC) amplía el
concepto, extendiéndolo a “toda persona con diagnóstico de una
afección por el consumo abusivo de alcohol o drogas y, además, otro
tipo de diagnóstico, habitualmente de carácter psiquiátrico”.
La concurrencia de afecciones puede ser sucesiva (en cualquier
orden) o simultánea, interactuar y agravar la evolución del cuadro
complejo global. Es una problemática que remite a cuestiones que
aún se hallan en debate, a saber:
*.- El consumo de drogas en etapa inicial o de uso, es dependiente de
un trastorno de personalidad o enfermedad mental antecedente?
Tradicionalmente y hasta fines del siglo XX predominó la postura de
considerar que la persona consumidora de drogas, aun en etapa
inicial o de uso, padecía –al menos- una constelación de
características de personalidad disfuncionales. Es más, se
consideraba con acierto al aforismo clínico según el cual “en el
consumo de drogas, hay una persona enferma y detrás de ella, una
familia enferma y una sociedad enferma”. En la actualidad, esta
hipótesis es ampliamente criticada y descalificada;
*.- Hay progresión necesaria entre uso de sustancias psicoactivas y
adicción a ellas? Si se admite la hipótesis que la capacidad de generar
adicción por parte de una sustancia psicoactiva no solo es propiedad
de ella por sí misma (en función de composición química, mecanismo
de acción y efectos) sino además, de las características psicofísicas
individuales de la persona consumidora, cabe la identificación de un
sector poblacional de consumidores que nunca llegará al estado de
adicción;
*.- Los cambios estructurales y dinámicos cerebrales provocados por
el estado de adicción, configuran una enfermedad mental autónoma?
La cuestión radica en atribuir a dicha enfermedad mental, un carácter
secuelar (si cesa el consumo, se agota el proceso de daño sobre el
cerebro) o por el contrario, con actividad evolutiva independiente del
cese del consumo de sustancias psicoactivas;
*.- Si el consumo compulsivo de drogas provoca alteraciones, ellas no
favorecen la compulsión (afección del autocontrol)? El interrogante
parece contener la premisa neurocognitiva según la cual la
impulsividad es exclusivamente dependiente de defecto estructural
neurológico y/o disfuncional que, por esa causa, puede ser
determinado o sostenido a expensas del factor externo ingreso de
sustancias psicoactivas al organismo;
*.- Es frecuente la concurrencia del consumo de drogas con otras
enfermedades mentales tales como depresión, esquizofrenia u otra?
Si la expresión “drogas” de la formulación se refiere a sustancias
ilícitas, la respuesta es negativa pues la amplia mayoría de personas
que padecen depresión, esquizofrenia u otras afecciones psíquicas,
no son consumidoras de dichas sustancias. Por el contrario, si se
incluye a las drogas de uso lícito, la respuesta es afirmativa pues la
mencionada población, en su mayoría, cumple tratamiento psico-
farmacológico (es decir, utiliza drogas lícitas con finalidad
terapéutica);
*.- Se puede probar un nexo de causalidad entre consumo de drogas
y enfermedad mental o son factores de riesgo inter-dependientes? Tal
como se expuso antes, actualmente cada uno de los fenómenos
clínicos mencionados, se consideran independientes en su génesis. En
cuanto a la segunda parte de la formulación (relación de inter-
dependencia factorial), no puede descartarse de modo absoluto; no
obstante, también debe aclararse que en un caso será más alto para
el desarrollo de consumo habitual -inclusive adictivo- de sustancias
psicoactivas lícitas (enfermo mental respecto de drogas de uso
terapéutico) y en el otro, de sustancias psicoactivas ilícitas
(consumidor de drogas que desarrolla una enfermedad mental
inducido por dicho consumo).
A los fines de la Criminología, en tanto estudio de la persona autora
de un delito, la cuestión de la comorbilidad que se comenta remite al
desafío de establecer en tales caso, la plenitud o afectación (hasta la
imposibilidad, inclusive) de la capacidad bio-psicológica de
culpabilidad penal.
b).- Poli-consumo de drogas: el uso combinado –sucesivo o
simultáneo- de más de una sustancia, es mayoritario; lo variable es la
frecuencia de utilización de ellas. Así, cada consumidor/a reconoce
una droga preferente (a la que se denomina “droga principal”),
respecto de la cual –por lo común- es dependiente y a su vez actúa
como configuradora de rasgos comportamentales personales y otras,
secundarias en prioridad (uso con menor frecuencia). El siguiente
cuadro estadístico, sobre población que ha delinquido, es ilustrativo:
Droga Principal Drogas Vías de Administración
Secundarias
Cocaína (21,4%) Alcohol-Marihuana Inhalatoria (fumada)
Nasal (73%)
Cocaína y Heroína (9,1%) Cocaína-Heroína- Inhalatoria (fumada) 71,4%
Marihuana-Alcohol- Intravenosa (19,8%)
Tranquilizantes
Heroína (5.4%) Alcohol-Marihuana- Inhalatoria (fumada) 73,6%
Cocaína- Intravenosa (18%)
Tranquilizantes
Alcohol (26,1%) Marihuana-Cocaína Ingesta oral
Marihuana (13,4%) Cocaína- Inhalatoria e Ingesta Oral
Tranquilizantes
El 24% no consumió ninguna droga, en el mes previo al ingreso al
sistema judicial.
En base a la información de corte estadístico, antes mencionada,
pueden elaborarse algunas reflexiones de síntesis:
*.- Puede señalarse un incremento experiencial del universo de
consumidores habituales de drogas y de personas que delinquen; en
nuestro País, ambos fenómenos adquirieron niveles cada vez más
progresivos, desde la década de 1990.
*.- La frecuencia de coincidencia entre consumo de drogas y comisión
de delitos es relevante, pero cada variables reconoce causalidad
múltiple propia.
*.- Pueden sistematizarse tipos de delincuencia en los casos de
coincidencia con el consumo de drogas.
*.- El diagnóstico dual o comorbilidad es de frecuencia media-alta,
incide en el inicio de la coincidencia con conductas delictivas y
condiciona las acciones de rehabilitación.
*.- El estado clínico de dependencia de drogas (adicción) es de alta
frecuencia en los casos de coincidencia con infracciones a la ley
penal.
*.- Los dispositivos asistenciales especializados intra-carcelarios son
heterogéneos y de eficiencia y eficacia baja.
*.- La población de varones consumidores que incurren en delitos,
muestra prevalencia de los delitos contra la propiedad; en el caso de
mujeres, lo es respecto del delito de narcotráfico.
*.- El consumo de sustancias psicoactivas no se ve reducido
significativamente en situaciones de penas privativas de la libertad;
antes bien, se mantiene y diversifica.
Documentos de la OEA:
La problemática del narcotráfico y el consumo de drogas es, en la
actualidad, una preocupación de nivel mundial cuya apreciación no
puede hacerse exclusivamente por jurisdicción nacional, dada la
globalización que implica (desde la producción al consumo).
La Organización de Estados Americanos elabora, periódicamente,
documentos que brindan información regional del continente
americano, cuyo conocimiento es valioso. A continuación se
referenciaran dos documentos, uno de 2019 y otro de 2022.
El primero de ellos (“Informe sobre el consumo de drogas en las
Américas”, OEA-Cicad, 2019), destaca:
*.- La prevalencia, en el último mes, del consumo de alcohol en la
población general por país (ordenado por subregión), se ubica en
torno a la franja comprendida entre los 12 y 65 años de edad.
*.- La República Argentina evidenció un 52% de consumo de alcohol,
en la población antes identificada, superando al de EEUU (50%). La
edad prevalente, fue la comprendida entre los 18 y 38 años de edad,
con incremento al 48% entre adolescentes (12 a 18 años). La
marihuana, incrementó su consumo desde el 3% al casi 8% entre
2010 y 2017, tanto en varones como mujeres. Los inhalables,
aumentaron desde el 2,4% en 2009, al 2,5% en 2014. La cocaína,
pasó del 1% en 2008 al 1,5% en 2017. El consumo de pasta base,
bajo del 3,8% en 2011 a 2,8% en 2014. El consumo de éxtasis fue del
0,3% (siendo el indicador máximo -0,9%- el verificado en EEUU y
Canadá. No se aportaron datos acerca del consumo de meta-
anfetamina ni del uso no prescripto de medicamentos de indicación
controlada.
En el segundo documento (“Informe sobre la oferta de drogas en las
Américas”, OEA Se-Cicad, 2022), se destaca:
*.- “El narcotráfico se caracteriza por su índole internacional y la
polifacética complejidad creciente de los retos que plantea. Por
ejemplo, estamos viendo las consecuencias letales de la crisis de los
opioides en algunas partes de nuestra región, junto con un volumen
de producción sin precedentes de clorhidrato de cocaína y
metanfetamina en otras. Además, el uso de técnicas de producción
más eficientes y el uso indebido de precursores químicos, han llevado
a un aumento de la cantidad, la potencia y la nocividad de algunas
drogas. Las amenazas para la seguridad multidimensional en la
región revisten una complejidad creciente, facilitadas por los rápidos
cambios tecnológicos y la mayor conectividad mundial. Los grupos de
la delincuencia organizada transnacional cometen delitos graves,
entre los cuales se destacan los que afectan la seguridad pública,
portuaria, fronteriza y del turismo, como el narcotráfico, el terrorismo,
el lavado de dinero, el delito cibernético, la trata de personas, las
minas antipersonales, el tráfico de armas, el contrabando de
productos falsificados y la minería ilegal, entre otros. Estas
tendencias están generando grandes ganancias para los grupos
delictivos, que se están volviendo más especializados, resilientes y
adaptables”.
*.- “No hay una sola droga que defina la oferta de drogas en las
Américas. La principal droga de preocupación varía según el país, lo
cual refleja la variedad de su oferta ilícita en toda la región. En
algunos países, los opioides, especialmente el fentanilo, son las
principales drogas de preocupación, mientras que en otros predomina
la cocaína. En otros países las drogas sintéticas, como la
metanfetamina, constituyen un gran problema”.
*.- “No obstante, hay algunas tendencias comunes en la región. El
cannabis se destaca por ser la única droga cuya oferta ilícita
mencionaron todos los Estados” y según ellos, “las tendencias de las
incautaciones del cannabis por subregión parecen estar cambiando”.
Así, dejó de ser EUU el país que informe mayores incautaciones ya
que “entre 2016 y 2020” “aumentaron de manera considerable en
América del Sur y levemente en América Central y el Caribe”.
*.- “Los expertos entrevistados señalaron que la despenalización de
la posesión de pequeñas cantidades del cannabis posiblemente haya
influido en las tendencias de la erradicación, especialmente en el
Caribe”. En la producción de esta sustancia, tiene importancia la
región del Caribe, “la intensificación del tráfico transnacional en
América del Sur y las innovaciones en el tráfico en América Central”.
“Colombia notificó un aumento notable de la erradicación (superficie
que abandonó la producción de droga), “que pasó de 18.000
hectáreas en 2016 a más de 130.000 en 2020. Perú informó que la
erradicación de la hoja de coca se había reducido de alrededor de
30.000 hectáreas en 2016 a 6.272 en 2020. Bolivia también notificó
una gran disminución del número de hectáreas erradicadas, de 6.577
en 2016 a 2.177 en 2020”.
*.- De la información suministrada, surge la observación de cambios:
en la producción de coca (Colombia y Perú); en los patrones de tráfico
(mercados de EEUU, Canadá y Europa); en los mercados internos de
consumo de cocaína o crack; en las incautaciones de envíos a
América del Norte y Europa (que aumentaron entre 2016 y 2020), etc.
*.- “Los datos cualitativos en el uso de métodos mejorados para la
fabricación de cocaína, especialmente en áreas cercanas a los
centros más poblados, indican mayor capacidad de los laboratorios,
un menor tiempo de fabricación, el acceso a precursores químicos, un
incremento de la productividad y un repunte del número de
laboratorios utilizados para fabricar los precursores químicos que se
usan en la elaboración de cocaína, tales como el ácido sulfúrico y el
permanganato de potasio”.
*.- “Las tendencias de las detenciones relacionadas con la producción
y el tráfico de drogas ilícitas se mantuvieron estables en lo que
respecta a la mayoría de las sustancias hasta 2020, año en que el
número de detenciones decayó. No obstante, es posible que éstas se
hayan sub-notificado”. Pero, en “América del Sur se presentó una
tendencia al alza de las detenciones, debido en gran medida a un
marcado incremento en Argentina, donde las detenciones anuales
relacionadas con el cannabis pasaron de 26.000 a 99.000, entre 2016
y 2019, y las relacionadas con la cocaína aumentaron de 11.000 a
28.000 durante ese período”.
*.- “Hay poca información sobre el género con respecto al tráfico de
drogas, aunque las detenciones de hombres son más altas que las de
mujeres para todas las drogas en las Américas”.
*.- “La mediana de los precios mayoristas y minoristas de las drogas
se mantuvo dentro de los patrones normales de la mayoría de las
drogas estudiadas, es decir, los precios mayoristas fueron más bajos
que los precios minoristas, con la excepción de la cocaína fumable”.
Acciones de respuesta:
Las acciones de respuesta reconocen ejes de operatividad, que
revisten mayor eficacia. Uno de ellos, de importancia, es la población
juvenil aunque no constituyan la única fuente de actos de violencia ni
tampoco, de delitos relacionados con el consumo de drogas. En tal
sentido, se recomienda:
a).- Disuadir respecto del uso indebido de drogas: mediante
programas de educación; apoyo y tratamiento voluntarios, sumado a
iniciativas de represión y sanciones penales;
b).- Reducir la delincuencia y la violencia relacionadas con el
consumo de drogas: mediante el suministro de apoyos a las personas
consumidoras, a sus familias y a las comunidades que presenten
mayor peligro de ser destruidas por el narcotráfico;
c).- Insistir en la necesidad de cooperación estrecha entre los
organismos de justicia penal, bienestar social y ONG especializadas.
Esta medida economiza costos materiales (todas las acciones, son
caras) y optimiza la actividad del personal;
d).- Adoptar medidas de represión sensibles, mediante iniciativas
comunitarias de mantenimiento del orden. Son desaconsejables las
campañas policiales agresivas; en especial, por la generación de
temor por parte de la población no consumidora;
e).- Intervenir tempranamente en los medios escolares. En este
aspecto, se trabaja sobre liderazgos grupales positivos, capaces de
promover y neutralizar incidencia favorecedoras del consumo de
drogas;
f).- Capacitar empleados escolares, judiciales, padres y grupos
comunitarios: además de crear personal idóneo para la detección
temprana y contención eficaz de la problemática, fortalece vínculos
en red y garantiza la legalidad de procedimientos operativos;
g).- Reunir información precisa y, periódicamente, intercambiarla
entre los distintos organismos efectores del sistema: es una acción
contributiva de los fines señalados en la anterior y el medio adecuado
para elaborar información estadística válida y confiable; y,
h).- Trabajar en conjunto con los medios de información, para evitar
crónicas sensacionalistas: el efecto “imitativo” no debe ser
desestimado; sin perjuicio de ello, la transmisión imprudente de
información destinada solo a determinado efector (vgr., policial,
judicial) puede provocar un resultado contrario al buscado mediante
la intervención de tales efectores.
En relación a otros ejes de acciones recomendadas:
a).- Modificar las respuestas de las administraciones locales, ya sean
de negación del problema, de reacción excesiva o de identificación
(“justificación”) errónea; una clara falacia que ejemplifica lo expuesto
son las expresiones “si delinque, es porque se droga”, “si se droga, es
delincuente”, “la inseguridad es exclusiva causa del consumo de
drogas”, etc.;
b).- Afrontar las acciones, a sabiendas de sus dificultades: todas las
acciones vinculadas contra la problemática conllevan una prolija
administración de recursos escaso, mejoras proactivas en la
coordinación entre organismos judiciales y organizaciones
comunitarias, planificación racional de aspectos operativos con
representantes comunitarios genuinos, no incorporar acciones de
justicia restitutiva a las que se cumplen para luchar contra la
problemática del narcotráfico (vgr., rehabilitación de consumidores,
reparación del daño sufrido por víctimas y medidas de seguridad en la
comunidad), etc.;
c).- Promover desarrollo socio-económico de actividades lícitas y
programas de educación para grupos marginados: consiste en
aspectos de lo que se denomina “rehabilitación comunitaria” a través
del cual se busca poner en práctica una dinámica integrada entre
educación, trabajo e inserción social de las personas consumidoras
que han incurrido en actividad delictiva o no pero, de ese modo
logran desarrollar proyectos vitales fuera del consumo.
En torno al tráfico:
Ya en el año 2000, un informe elaborado por la Comisión Económica
para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas a través de su
División Desarrollo Social
(https://www.cepal.org/es/publicaciones/5974-produccion-trafico-
consumo-drogas-america-latina) expresaba que “los problemas
asociados a la producción, el tráfico y consumo de drogas en América
Latina afectan la calidad de vida de la población, están ligados a
formas de exclusión social y debilidad institucional, generan mayor
inseguridad y violencia y corroen la gobernabilidad en algunos países.
No es de extrañar pues, que en el contexto político internacional el
tema de las drogas ha ido adquiriendo peso y presencia progresiva y
los acuerdos inter-gubernamentales en esta materia, se extienden
cada vez más. En relación a la producción, América Latina concentra
la totalidad de la producción global de hoja de coca, pasta base de
cocaína y clorhidrato de cocaína del mundo. Posee además, una
producción de marihuana que se extiende hacia distintos países y
zonas, destinada tanto al consumo interno como a la exportación. Y,
crecientemente, elabora amapola, opio y heroína. En relación con el
tráfico, la zona del Caribe sigue siendo la ruta más frecuente para el
tráfico de drogas hacia los EEUU, pero la ruta del Pacífico, pasando
por América Central, ha ganado importancia relativa. Recientemente
ha cobrado importancia el transporte fluvial desde los países
productores de coca-cocaína. El problema del consumo afecta
principalmente a la población juvenil y a los varones más que a las
mujeres. La marihuana, seguida de la pasta base, el crack y el
clorhidrato de cocaína son las drogas ilícitas de mayor consumo en la
región, generando mayores problemas en los jóvenes de alta
vulnerabilidad social. Según los datos que proveen los centros de
tratamiento, el alcohol y el tabaco, seguidos de la marihuana, son las
drogas de inicio más frecuentes de los pacientes atendidos; pero las
drogas ilícitas de mayor impacto en la salud son la cocaína, la pasta
base y el crack”.
El escenario planteado al tiempo de elaboración del documento
referenciado ha ido empeorando en las dos décadas que lo separan
de la actualidad. En efecto, tal como se ha citado, se experimentó
una serie de modificaciones en cuanto a la producción y distribución,
así como también se intensificaron y diversificaron las redes y
medios, con mayor porosidad de las fronteras internacionales; como
consecuencia, es mayor la accesibilidad y consumo de sustancias. Tal
como lo afirma Interpol en su página oficial de la sede argentina, el
tráfico "implica agricultores, productores, correos, proveedores y
traficantes”; “los usuarios finales y adictos son a menudo víctimas de
un negocio poderoso y manipulador”. Asimismo, no debe omitirse que
“el tráfico de drogas se asocia frecuentemente a otros tipos de
delitos como el blanqueo de capitales o la corrupción. Las redes
delictivas también utilizan las redes de tráfico de drogas para
transportar otros productos ilícitos”
(https://www.interpol.int/es/Delitos/Trafico-de-drogas).
El tráfico de drogas ilícitas (narcotráfico), está esencialmente
centrado en la cocaína, como base económica principal y su compra-
venta financia un fenómeno global que comprende desde su
producción al reciclaje de estupefacientes (adictivos o no), tráfico de
armas, trata de personas y tráfico de órganos. El comercio se
organiza a través de grupos ilegales de naturaleza mafiosa, que se
denomina “carteles”, encargados de gestionar el proceso de
producción y suministro y comprende a su vez, desde instancias de
jefatura a intermediarios (entre ellos, financieros) hasta la venta
callejera o narcomenudeo.
El tráfico es un fenómeno multidimensional y complejo, cuyo abordaje
es investigado en nuestro País desde hace mucho tiempo y ha
ameritado la elaboración de un documento específico denominado “El
tráfico de estupefacientes en la Argentina” (2007), cuya lectura se
recomienda
(https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/2020/10/oad_2007._e
l_trafico_de_estupefacientes_en_argentina_un_estudio_sobre_sus_con
dicionantes_estructurales_y_coyunturales.pdf ).
Uno de los aspectos que ha tomado conocimiento público con el
crecimiento de la problemática de las drogas, es el vinculado a la
producción y denominado “cocina de drogas”. Son “pequeñas
fábricas de cocaína en manos de “cocineros” que experimentan con
recetas, muchas veces extraídas de la gran red, y ponen en aprietos
al control policial ya que implican una mayor y más eficaz
distribución”. “Es como cocinar una comida; algunos cocineros
responden a la técnica y les sale mejor, pero a otros no. En una
palabra, el mejor cocinero no se hace con estudio sino con la
experiencia”, en opinión del Lic. Néstor Pozzi, jefe del Gabinete
Técnico del Laboratorio Químico de la Dirección General de
Prevención y Control de Drogas Peligrosas de la Policía de Santa Fe
quien agrega “una cocina es un lugar donde se fabrica droga pero
hay que definir bien. Las cocinas pueden ser cristalizadores o
estiradores o el lugar donde se fabrique la cocaína. Hay fabricación
cuando se parte de un producto como la pasta base, que es un
sulfato, y la transformamos en un clorhidrato. Cuando decimos que
estamos estirando o cristalizando es cuando partimos de clorhidrato
de cocaína, la mezclamos con ciertos solventes y le agregamos
distintos cortes y obtenemos una cocaína con mayor volumen pero
con menor pureza”. “Se ha secuestrado pasta base, el ácido
clorhídrico que es fundamental para formar el clorhidrato y se han
encontrado otros solventes para disolver la pasta base y
mezclarla con el ácido y los distintos cortes. Uno de los cortes más
clásicos encontrados fueron la cafeína y el manitol. Lo que hacen es
abultar el clorhidrato de cocaína pero con una pureza menor”. ”Al
igual que en una cocina donde se preparan delicias, para la
elaboración de cocaína se precisan distintos ingredientes y se recurre
a algunos utensilios”. En la mayoría de los casos, las personas
encargadas de las “cocinas” (“cocineros”), no son “expertos en
química, por el contrario, se trata de audaces, de tipos que muchas
veces buscan recetas en internet y prueban sin ningún tipo de
conocimiento. En gran parte son personas ligadas a la venta de
estupefacientes y reciben un salario a cambio de preparar la
sustancia o estirarla de parte de narcotraficantes. Generalmente no
están armados y son custodiados por “soldaditos”. El profesional
antes mencionado, precisando la cuestión, agrega que “saben a lo
que quieren llegar pero no lo que están manipulando. Las
quemaduras por ácidos no son nada fáciles, hay explosiones, hay
gente que tiene amoníaco al lado del ácido que cuando se juntan
producen detonaciones. El éter tiene la particularidad de formar
peróxidos, si está quieto y cuando lo abrís puede explotar, es
altamente inflamable. Para operar con precursores químicos hay que
tener mucho conocimiento”. “Los peligros de manipular precursores
químicos no sólo afectan a ese lado del mostrador” sino también
“quienes consumen cocaína quedan expuestos a una sustancia que
padece de un franco descenso en su calidad o pureza”. Así, no es
infrecuente ver el uso de “muchos solventes de pintura usados para
disolver la base, a los solventes les agregan ácidos y hay otros que
trabajan con la base y le ponen el ácido y forman un clorhidrato de
muy baja pureza”. ”Siempre en los cortes se encuentra un congelante
y después estamos teniendo distintos analgésicos. También se
hallaron talco, bicarbonato, cafeína y manitol e incluso, puloil” Otras
fuentes, agregan el hallazgo de “vidrio de fluorescente”, “jabón en
polvo” y “tinner”. “No se respeta nada. Se sigue buscando el camino
más fácil, precursores que sustituyan a los precursores esenciales,
que no están regulados y eso hace que se dificulte el trabajo”.
“Buscan emular, buscan sustitutos que sean menos controlados. Y
eso afecta la pureza y a la salud, ya se están incorporando nuevas
sustancias”. A su vez, las “cocinas” implican la existencia de los
denominados “búnker”, que son espacios destinados específicamente
a la venta ilícita, puesta a cargo de las instancias inferiores de la
pirámide de la organización delictiva.
(https://www.rosario3.com/noticias/Cocinas-de-droga-la-receta-para-
estar-mucho-peor-20120910).
Informes Técnicos y Periciales:
Toda intervención técnica destinada a ser incorporada en un proceso
judicial, debe ser instrumentada en una pieza escrita que consiste en
una opinión concreta sobre la cuestión remitida en consulta,
fundamentada en los principios propios de la disciplina técnica
correspondiente. En caso de tratarse de un informe de naturaleza
pericial deba, además, observar las reglas legales procesales
aplicables al proceso en el que se dispuso; con frecuencia, dicha pieza
técnica también recibe el nombre de dictamen. En todo caso, debe
entenderse que si bien ese juicio u opinión es unívoco y está exento
de conclusiones imprecisas inconducentes para el esclarecimiento de
los hechos (“no se puede afirmar ni negar…”), admite siempre las
posibilidades de observación, aclaración e impugnación. Por lo
demás, debe ser amplio, claro y completo en su exposición discursiva
(consideración de todas las constancias agregadas, asesoramiento
suficiente y lenguaje comprensible) y sólido en su fundamentación
(correlación entre los hallazgos de la evaluación y el marco teórico de
referencia).
No tiene por finalidad aportar “evidencia”; en todo caso, es una
elaboración intelectual realizada sobre una evidencia material, que
configura la 2da., acepción del término evidencia en tanto el Órgano
Jurisdiccional lo considere una prueba determinante de los hechos.
Tampoco podría considerarse estrictamente una “evidencia
científica”, ya que la expresión no tiene alcance unívoco en
metodología de la ciencia y limita la posibilidad de un conocimiento
cierto y verdadero exclusivamente al método científico (a pesar de
ser, conceptualmente, refutable).
No establece “la verdad de los hechos” juzgados en el proceso
(función exclusiva y excluyente de la instancia de decisión) y aún
desde la perspectiva estrictamente científica, tampoco resulta lineal
la incorporación de sus datos al proceso. (Suárez, Eloy,
Argumentación y prueba de los hechos en el proceso judicial,
Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2017).
El informe resultante de la intervención técnica es, en esencia, el
instrumento que refiere la idoneidad de la persona opinante y el
cargo o función en que ha intervenido. Luego, el relato de las
operaciones realizadas y de los datos obtenidos a través de ellas. En
este sentido, es usual señalar, como requisito, la completitud
descriptiva de los procedimientos, técnicas implementados y de sus
hallazgos. Así se identifican los medios a través de los cuales se logra
la recolección de datos y el conocimiento construido; no obstante ello
no implica seguridad ni corrección de los primeros ni la veracidad del
segundo. Por ello, es recomendable explicitar el criterio de selección
de dichos procedimientos y técnicas pues, en definitiva, lo que
contribuye a crear convicción es la adecuación de esos medios a la
problemática o aspecto en cuestión. En otros términos, se trata de
señalar la validez y confiabilidad instrumental para conocer
correctamente una realidad polifacética, que admite numerosos y
variables medios. Al respecto, tal como afirma Casullo (2006), debe
partirse de considerar que “una prueba es válida si de hecho está
midiendo lo que pretende medir y no otra cosa” y “es confiable si
asegura consistencia en las mediciones, si mide con precisión…”.
Cuando se trata de operaciones realizadas sobre una persona, la
autora profundiza la importancia de las consecuencias de esta
distinción (validez-confiabilidad) en el ámbito del asesoramiento
técnico y pericial. Cualquiera sea la variable considerada, su
conocimiento y apreciación depende del uso de instrumentos que
hayan sido diseñados en base a condiciones y situaciones similares a
las de la persona peritada. De allí que la confiabilidad remita a
grados de seguridad y confianza (coeficiente de confiabilidad) por un
lado y por el otro, a ponderar las fuentes de variancia de error.
Agrega que estas últimas pueden consistir en: “prueba diseñada para
ser aplicada a sujetos muy diferentes a los que el profesional está
evaluando en el presente” (p.e, instrumentos y categorías
diagnósticas elaboradas con fines clínicos y/o estadísticos, pero no de
asesoramiento en juicio o periciales); “técnica administrada en forma
incorrecta, en condiciones en las que el sujeto no podía trabajar con
tranquilidad y seguridad” (vgr., evaluaciones realizadas en
dependencias policiales/penitenciarias o en plazos incompatibles con
el mínimo necesario para llevar a cabo una evaluación técnicamente
autosuficiente); “evaluación realizada cuando el sujeto estaba
fatigado, emocionalmente muy perturbado o bajo el efecto de
fármacos” (vgr., personas privadas de su libertad que arriban a la
instancia de evaluación luego de ser conducidas en transportes
especiales durante varias horas o evaluaciones a personas que se
hallan internadas en unidades de cuidados intensivos); “errores
vinculados al profesional evaluador: su apariencia física, su
profesionalismo, su actitud hacia el proceso de evaluar” (vgr.,
deficitaria capacitación profesional en la problemática a tratar,
condicionante de actitudes de sobre o sub-interpretación y/o registro
de datos clínicos); “errores que se relacionan con no tener en
consideración el nivel educativo y cultural de la persona que se está
evaluando”. Estas consideraciones inciden en la planificación del
trabajo. Así, la protocolización del abordaje de casos, según las
cuestiones a resolver, es un remedio eficaz; contribuye a evitar la
eventual disparidad de opiniones técnicas que puede surgir cuando
queda librado al criterio individual de uno o más profesionales
intervinientes; y es un recurso es de gran utilidad para la atención de
la demanda de mayor.
En cuanto resultado integrador de la evaluación realizada,
generalmente se estructura en base a capítulos o apartados
descriptivo-explicativos que, en su caso, están determinados por las
normas procesales y en parte han sido propuestos académicamente y
consensuados mediante la práctica profesional. No obstante, con
frecuencia, se descuidan dos aspectos importantes: el cumplimiento
de reglas lógicas y la no utilización de expresiones que configuran
manejos argumentales falaces. Ambas dificultades debilitan el valor
del informe en tanto pieza técnica fundamentada.
Todas las disciplinas científicas reconocen un marco teórico
conceptual y taxonómico en permanente evolución; por ende, el
principio de razón suficiente solo es tal, en la medida de su
adecuación a dicho proceso evolutivo. Así, por ejemplo, la carencia de
una demostración fehaciente de las causas determinativas de un
estado de adicción, lleva a afirmar su existencia a partir de la
comprobación de un conjunto de manifestaciones clínicas que, en un
determinado momento histórico-evolutivo científico se atribuyeron a
un concreto cuadro clínico denominado adicción. Pero, con el mayor
desarrollo investigativo futuro, pueden variar esas manifestaciones
semiológicas o bien, atribuirse las que actualmente se consideran
indicativas, a otro padecimiento distinto. En este punto expositivo,
cabe advertir que el tratamiento de los principios lógicos que se
observe en el informe pericial expresa la construcción racional del/a
profesional interviniente y permite valorar la integridad de su opinión
técnica. Battú (2017), en un pormenorizado estudio sobre el uso de
falacias y manejos falaces en el discurso jurídico, proporciona ideas
para detectarlas y neutralizarlos, que resultan de muy útil aplicación
en la actividad de asesoramiento y pericial. La citada autora señala
que la primera expresión (falacias) alude tanto a “errores de
razonamiento (que pueden ser involuntarios)” como a “la consciente
utilización de falsos argumentos”; por su parte los segundos (manejos
falaces), consisten en “la realización de maniobras no argumentales”.
El denominador común de las primeras es que, a pesar de su
incorrección, resultan psicológicamente persuasivas (apariencia de
verdad) sobre todo por el refuerzo que les aporta la connotación del
discurso Respecto a los manejos falaces, alude a “la diversidad de
soportes en que se daña el razonamiento por la manipulación,
además de la introducción de falacias discursivas”; tienen la finalidad
de aumentar la credibilidad y admiten modalidades diversas según el
discurso sea oral, escrito, no verbal (vgr., expresiones gestuales,
ropa, tono de voz, inflexiones escritas, subrayados, etc.,). Algunos de
estos recursos expositivos son de frecuente observación en informes
periciales, entre ellos:
*.- Reserva mental: omisión de una parte de la verdad, cuya
particularidad reside en que no obstante tratarse de un manejo falaz,
permite hacer un enunciado cierto;
*.- Eufemismos: atenuación del impacto desagradable de una
expresión directa;
*.- “Argumentum ad hominen”: descalificación de la persona
opinante, sin aportar razones contrarias a sus afirmaciones;
*.- “Argumentum ad ignorantiam”: se afirma que algo es verdadero,
sin fundamentos; solo se hace porque no se demostró su falsedad o a
la inversa);
*.- “Apelación a la autoridad”: la validez de una afirmación solo reside
en la supuesta autoridad de quien la formula, aunque no sea de su
competencia;
*.- “Accidente”: aplicación de una regla general a un caso particular
que, atento a sus notas específicas, queda fuera de la regla genérica;
*.- “Accidente inverso”: a partir de un caso excepcional, se hace una
generalización abusiva;
*.- “Causa falsa”: o conexión causal errónea, relacionando dos hechos
que circunstancialmente se suceden en el tiempo o el espacio;
*.- “Argumentum ad maioritatem”: la razón de una afirmación radica
en que coincide con la opinión de una mayoría;
*.- “Falsa analogía”: inexistencia de relación entre dos situaciones
distintas;
*.- “Equívocos”: confundir diversos significados de una misma palabra
o frase y usarlos en un mismo contexto con distintos sentidos.
Desde el punto de vista estructural, el apartado de mayor interés
técnico de un informe no son sus conclusiones, sino el que se destina
al debate o discusión sobre la interpretación y valoración de datos
hallados sobre el objeto material investigado (cosa, situación, estado
físico o psíquico, etc.,), la corrección y resultados de procedimientos y
técnicas implementadas y el marco teórico conceptual de referencia.
Es allí, donde deben establecerse correlaciones de identidad (“que
es”), verificación (“porque es lo que es”), valoración (“que significa
que es en el marco teórico disciplinar”) y utilidad (“para que sirve en
el contexto de la investigación dentro de la cual se emite la opinión
técnica”).
Si el informe técnico o pericial está destinado a incorporarse a un
proceso judicial, debe quedar cumplida la instancia de control a cargo
de las partes del proceso; se ejecuta conforme las directivas del
Órgano Jurisdiccional (pues es quien ejerce la dirección del proceso) y
no tiene carácter vinculante respecto de la decisión que en definitiva
se pronuncie. No obstante, considero válida la siguiente aclaración: la
función de dirección de la actividad técnica antes mencionada no
significa la intromisión en la lex artis técnica porque es el profesional
ajeno al derecho quien posee la calidad de idóneo en la disciplina (no,
el Órgano Jurisdiccional) y por ser necesarios sus conocimiento para
resolver la cuestión procesal, precisamente se lo convoca; más aún, si
el Órgano Jurisdiccional poseyera dichos conocimientos disciplinares,
debiera abstenerse de utilizarlos, a fin de mantener la imparcialidad
de su función.
En cuanto al carácter no vinculante para la decisión del Órgano
Jurisdiccional, también es válida otra observación: ello, efectivamente
es así en tanto y en cuanto la ley no condicione mediante disposición
expresa, que la decisión judicial se adopte después de requerir un
informe técnico (vgr., concesión de medidas anticipadas de la
libertad). El grado de complejidad y especificidad alcanzado por las
ciencias particulares, en general, hacen necesario que los órganos
jurisdiccionales extremen la observancia de los deberes de prudencia
y diligencia, al tiempo de apreciar los informes técnicos. A este
efecto, la facultad de dirección y la garantía de no sujeción que la ley
le acuerda al juzgador, no pueden interpretarse como rígidos
estereotipos de conducta legalizados, pues entrarían en contradicción
la finalidad de la norma que habilita a requerir la intervención de
expertos. La apreciación judicial supone considerar numerosos
elementos de juicio, previos y ulteriores a la intervención técnica; en
su contexto, el órgano jurisdiccional realizará la adecuada valoración
de la opinión de técnicos idóneos o peritos. Tal es la finalidad de
posibilitarle imponer directivas a la labor técnica, cuando se la
dispone; ampliar e introducir cuestiones periciales, luego de
elaborado el informe de resultados; reiterar su realización a través de
los mismos u otros profesionales; requerir opinión de organismos
técnicos no judiciales, entre otras. En los casos en que la ley impone
la previa opinión de expertos como requisito de validez del
pronunciamiento judicial, no cabe sino advertir que el legislador ha
querido –expresamente-, integrar la decisión jurisdiccional con los
conocimientos y el juicio técnico de otras ciencias distintas al derecho
(medicina, psicología, etc.,). En consecuencia, el apartamiento del
asesoramiento técnico sin fundamento o su omisión, no podrían
interpretarse de modo absoluto sin significativo riesgo de incurrir en
arbitrariedad, error o incumplimiento del mandato legal. Por el
contrario, los citados extremos se neutralizan o evitan mediante la
implementación de una o más de las medidas procesales conferidas
por la ley al Órgano Jurisdiccional, las que posibilitan que su decisión
con base en fundamento idóneo proveniente de opiniones de igual o
mayor tecnicismo pero de sentido contrario a aquella que se apreció
de insuficiente convicción.