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UNIDAD 1 – MARCO TEÓRICO CONCEPTUAL

VIOLENCIA

 Consideraciones Generales:

El término violencia es utilizado en el lenguaje cotidiano a modo de

una expresión polisémica; es decir, que con dicha palabra se alude a

significados diversos según el contexto en el que se emplee. Así, se

aplica como calificativo de la conducta que produce un daño físico

(sobre las personas o sobre las cosas); de la expresión verbal que

concreta algún grado de maltrato emocional; de fenómenos

climáticos que se acompañan de importantes descargas de energía

eléctrica y/o eólica, etc.

Sin embargo, al recurrirse al Diccionario de la Real Academia

Española, se observa que designa a la “cualidad de violento”, a la

“acción o efecto de violentar o violentarse”, a la “acción violenta o

contra el natural modo de proceder” y a la “acción de violar a una

persona”. La primera acepción -violento o violenta-, se halla que

consiste en la “acción humana impetuosa y motivada por ira”;

“aquello que implica fuerza o intensidad extraordinarias”; el “uso de

fuerza física o moral”; “lo que esta fuera de su estado natural,

situación o modo”; y también se usa como sinónimo de “falso, torcido

y fuera de lo natural”, cuando se aplica al sentido o interpretación de

lo que se ha dicho o escrito.


En consecuencia, puede inferirse el reconocimiento del común

denominador “ejercicio de fuerza” al ejecutar una acción humana

que tanto puede recaer sobre otras personas, sobre sí mismo o sobre

las cosas y que implica, siempre, la alteración de un previo estado

espontáneo y natural de alguien o algo.

En toda acción violenta, esquemáticamente, puede distinguirse un

ámbito inherente al o los sujetos actor/es (quién o quiénes, porqué,

medio empleado), otro referido a la situación contextual (cuándo,

dónde, cómo) y un tercero, vinculado a la persona o cosa que sufre la

acción violenta (daño o menoscabo).

Quien es autor de la acción violenta, remite a una segunda

calificación y así surgen expresiones tales como violencia individual y

grupal. En cuanto al ámbito en el que ocurren dichas acciones, da

origen a expresiones tales como violencia escolar y violencia

institucional. Y, finalmente, el resultado que se provoca mediante la

acción violenta permite diferenciar tipos tales como violencia física o

violencia emocional. Aparecen entonces, denominaciones

provenientes de la integración de elementos –factoriales- las cuales,

no solo califican sino además, configuran situaciones con identidad

propia.

En todos los casos, la violencia de una acción necesariamente implica

un detrimento, daño, disfunción o destrucción que, cuando se

produce sobre una persona puede ser material o inmaterial y afecta

bienes jurídicos de los que es titular (integridad psico-física,


patrimonio, etc.,). Asimismo en todos los casos, salvo los supuestos

de causa fortuita y fuerza mayor, existe en quien/es provoca/n la

acción una intencionalidad que puede ser deliberada (propósito

consciente y manifiesto) o no (carencia del propósito anterior) y debe

determinarse.

Desde el punto de vista fenoménico, dada la amplitud y concurrencia

multifactorial de los elementos que intervienen en la ocurrencia de

una acción violenta, ella puede ser abordada desde perspectivas

disciplinarias diversas: medicina, psicología, sociología, física,

química, derecho, etc.

 Delimitación Conceptual:

Acorde a lo expuesto en el párrafo precedente y el objeto de estudio

propio de la Criminología, se impone una delimitación conceptual de

la expresión violencia o conducta violenta; esto es, en los términos

marco del plexo normativo vigente referido a la prevención, sanción y

erradicación de la violencia el cual, a veces explicita esas finalidades

de modo expreso (p.ej., en el caso de las violencias contra las

mujeres) y siempre, como fundamento axiológico de las normas

(p.ej., en el caso de las lesiones del Código Penal Argentino). No toda

la regulación aludida corresponde exclusivamente al fuero penal. Así,

por ejemplo, la que se identifica como “violencia laboral” se configura

a partir de normas propias de ese fuero pero, cuando la acción


desplegada es típica, antijurídica y culpable, no puede repararse

adecuadamente el daño sino mediante la aplicación de la ley penal.

Acorde a lo expuesto, la acción violenta o violencia propia del ámbito

criminológico es aquella que constituye un delito penal y por ende,

sus características fácticas están detalladamente establecidas en el

Código del fuero, así como también la amenaza de pena prevista, en

caso de sanción. En consecuencia, se trata de modalidades de

violencia por comisión u omisión, cuya denominación la adquiere a

partir del resultado externo típico (muerte, lesión, etc.,), sin que

exista un tipo penal designado “delito de violencia”. Aquellas

acciones violentas que están tipificadas, solo pueden ser sancionadas

luego del desarrollo de un debido proceso que culmine en una

sentencia firme (es decir que no admite recursos ulteriores y pone fin

a la cuestión jurídica). Por lo expuesto, además, están sujetas a las

reglas dogmáticas jurídicas en cuanto a causas de justificación,

imputabilidad, circunstancias atenuantes y agravantes, etc.

 Tipos de Violencia:

Distinguir “tipos” es identificar modelos o representaciones que

reúnen características comunes de una clase o género. En materia de

violencia (que es la clase o género), pueden señalarse tipos que

toman su denominación de alguno de aquellos caracteres comunes


que al que se erige en criterio clasificador algunos de los cuales se

han señalado en las Consideraciones Generales.

La ley 26.485 (Protección integral para prevenir, sancionar y erradicar

la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollan sus

relaciones interpersonales) aporta un paradigma, que puede ser útil

para situaciones de violencia que no recaigan sobre mujeres. Por ello,

con la finalidad didáctica de comprender conceptualmente al tipo, se

añade a continuación el correspondiente alcance con supresión a la

expresa referencia a mujeres que contiene la norma legal. Se

identifican los siguientes tipos:

 Física: la que se emplea contra el cuerpo, produciendo dolor,

daño o riesgo de producirlo y cualquier otra forma de maltrato o

agresión que afecte su integridad física.

 Psicológica: la que causa daño emocional y disminución de la

autoestima o perjudica y perturba el pleno desarrollo personal o

que busca degradar o controlar sus acciones, comportamientos,

creencias y decisiones, mediante amenaza, acoso,

hostigamiento, restricción, humillación, deshonra, descrédito,

manipulación o aislamiento.

 Sexual: cualquier acción que implique la vulneración en todas

sus formas, con o sin acceso genital, del derecho de decidir

voluntariamente acerca de su vida sexual o reproductiva a

través de amenazas, coerción, uso de la fuerza o intimidación,

incluyendo la violación dentro del matrimonio o de otras


relaciones vinculares o de parentesco, exista o no convivencia,

así como la prostitución forzada, explotación, esclavitud, acoso,

abuso sexual y trata de personas.

 Económica y patrimonial: la que se dirige a ocasionar un

menoscabo en los recursos económicos o patrimoniales, a

través de la perturbación de la posesión, tenencia o propiedad

de sus bienes, pérdida, sustracción, destrucción, retención o

distracción indebida de objetos, instrumentos de trabajo,

documentos personales, bienes, valores y derechos

patrimoniales.

 Simbólica: la que a través de patrones estereotipados,

mensajes, valores, íconos o signos, que transmita o produzca

dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones

sociales, naturalizando la subordinación de la mujer en la

sociedad.

El modelo se focaliza en el bien jurídico de quien experimenta la

acción violenta y es preponderantemente afectado, incluyendo la

mención en el último de los tipos, tres términos particularmente

importantes en materia de violencia: dominación, desigualdad y

discriminación.

 Modalidades de Violencia:

Modalidad es modo o forma de ser o manifestarse algo (en el caso, la

violencia) y en tal sentido, nuevamente la ley antes mencionada


aporta un paradigma diferenciador que también es aplicable no solo a

casos en los que quien experimenta la acción violenta, es mujer. Así,

se distinguen las siguientes:

 Violencia doméstica: aquella ejercida por un integrante del

grupo familiar, independientemente del espacio físico donde

ésta ocurra, que dañe la dignidad, el bienestar, la integridad

física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, la libertad,

comprendiendo la libertad reproductiva y el derecho al pleno

desarrollo. Se entiende por grupo familiar el originado en el

parentesco, sea por consanguinidad o por afinidad, el

matrimonio, las uniones de hecho y las parejas o noviazgo.

Incluye las relaciones vigentes o finalizadas, no siendo requisito

la convivencia;

 Violencia institucional: aquella realizada por las/os

funcionarias/os, profesionales, personal y agentes

pertenecientes a cualquier órgano, ente o institución pública,

que tenga como fin retardar, obstaculizar o impedir el acceso a

las políticas públicas y ejercicio de derechos previstos por ley.

Quedan comprendidas, además, las que se ejercen en los

partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales,

deportivas y de la sociedad civil;

 Violencia laboral: aquella que discrimina en los ámbitos de

trabajo públicos o privados y que obstaculiza su acceso al

empleo, contratación, ascenso, estabilidad o permanencia en el

mismo, exigiendo requisitos sobre estado civil, maternidad,


edad, apariencia física o la realización de test de embarazo.

Constituye también violencia en el ámbito laboral quebrantar el

derecho de igual remuneración por igual tarea o función.

Asimismo incluye el hostigamiento psicológico en forma

sistemática sobre una determinada persona con el fin de lograr

su exclusión laboral;

 Violencia mediática: aquella publicación o difusión de mensajes

e imágenes estereotipadas a través de cualquier medio masivo

de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva

la explotación de la persona o sus imágenes, injurie, difame,

discrimine, deshonre, humille o atente contra su dignidad, como

así también su utilización en mensajes e imágenes

pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya

patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o

generadores de violencia.

Además, le mencionada ley específica, diferencia dos modalidades

que solo podrá aplicarse a personas biológicamente capaces de

gestar un ser humano:

 Violencia contra la libertad reproductiva: aquella que vulnere el

derecho de las mujeres a decidir libre y responsablemente el

número de embarazos o el intervalo entre los nacimientos, de

conformidad con la ley 25.673 de Creación del Programa

Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable;


 Violencia obstétrica: aquella que ejerce el personal de salud

sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres,

expresada en un trato deshumanizado, un abuso de

medicalización y patologización de los procesos naturales, de

conformidad con la ley 25.929.

 Génesis de la Violencia:

El tópico enunciado requiere una serie de consideraciones

preliminares necesarias para consensuar el significado y la

comprensión del término violencia en el presente trabajo.

En primer lugar, evitar la confusión con otros términos, en especial:

a).- Agresividad: es un concepto de raíz biológica y luego re-

elaborado por la psicología, que alude a la tendencia o proclividad

constitucional para actuar mediante conductas violentas frente a

determinados estímulos del medio externo. Es decir, que se genera a

partir de factores internos o propios (estructura psicodinámica) y

externos o ajenos (inter-relación en términos de conflicto). Es

propensión al ataque, vinculada al instinto sexual y la territorialidad,

que se expresa a través de patrones de conducta de ataque/defensa,

de variable intensidad y modalidad expresiva. Esta última

característica ha llevado a proponer clases de agresividad: verbal

(insultos); facial (gestos); física (golpes, arañazos); e indirecta (sobre

objetos de la persona atacada). También se distingue entre:


agresividad activa (conducta violenta directa) y pasiva (conducta

violenta ejecutada mediante sabotaje); y entre agresividad en un acto

(episódica) y agresividad secuencial (fase de aparente y falsa calma

que, intempestivamente, pasa a la acción agresiva al no obtener los

resultados esperados).

b).- Hostilidad: si bien es un término cuya conceptualización no es

uniforme en la opinión de autores e investigadores, la mayoría de

veces se utiliza para designar a la actitud emocional- cognitiva

negativa y aversiva de algo o alguien (Buss). Asimismo, se destacan

otros contenidos tales como “mezcla de ira, disgusto, indignación,

desprecio, resentimiento” (Plutchik); una fuerza motivo –consciente o

inconsciente-, que incluye desde la tendencia a la tentativa y de ella a

la acción destinada a injuriar a otra persona o destrozar algo (Saul);

una actitud negativa que genera juicios desfavorables respecto a

personas y cosas del entorno (Berkowitz); configurada como complejo

sistema de creencias y actitudes, a veces con la finalidad de

venganza (Spielberg); donde se quita valor a los semejantes y sus

motivos, posicionándolos en el lugar de los equivocados y enemigos ,

a los que se percibe como dañinos o se desea dañarlos (Smith). La

hostilidad tiene dos caracteres preponderantes: es una actitud

mantenida y duradera por un lado; y s un conjunto de creencias

cognitivas (cinismo, desconfianza, denigración) asociadas a

emociones de enojo, asco, desprecio y resentimiento por otro lado. El

“otro” (desde sus palabras o gestos hasta sus acciones), es siempre

percibido como provocador, antagónico, amenazador, dañino; esta


convicción es sobre-generalizada al conjunto de personas (cinismo),

todas en contra del/a hostil, específicamente.

c).- Ira: es la emoción (aunque algunos autores, lo caracterizan como

sentimiento) subyacente a los estados anteriormente

conceptualizados, que se corresponde con una expresión fisiológica y

otra conductual. Opera como “indicador de alerta” para el

acometimiento (lucha) y huida mediatizado por catecolaminas

(adrenalina) y otras hormonas neurotransmisoras (de allí, la

verificación de hipertensión arterial taquicardia y taquipnea); en esta

línea, se destaca la disminución de los niveles de serotonina;

vasoconstricción (reducción del volumen sanguíneo y temperatura

periférica); incremento de la tensión muscular y de la conductancia

de la piel, facies de tensión, contractura de hombros y puños, etc.

Desde lo afectivo, la ira es una emoción (o sentimiento) de displacer

(molestia o disgusto) que normalmente se experimenta frente a una

amenaza y que, por fallo de los sistemas de control, puede

determinar un problema conductual. No pocas veces, surge de

estados de frustración, decepción, o daño. En caso de no poder

controlarse altera las relaciones inter-personales, el pensamiento, los

patrones de comportamiento y si se hace crónica, lleva a

enfermedades físicas (cardiovasculares, cefaleas, alteraciones

dérmicas y trastornos digestivos).

¿Cómo podrían relacionarse los conceptos precedentes con el de

violencia? La respuesta no es uniforme ni pacífica. Para algunos


modelos teóricos, existe entre los tres un estrecho vínculo pues en

definitiva, no estarían refiriéndose sino a componentes de un mismo

fenómeno, la conducta violenta; el de agresividad se focaliza en

aspecto constitutivo del ser humano, la hostilidad en el aspecto inter-

personal y la ira en la vivencia primera frente a una situación de

conflicto entre el interés individual y el de otro semejante o el

entorno. Por el contrario, otros modelos se centran en la noción de

“agresión” (no, la de agresividad) como conducta agónica que se

destaca por sus caracteres de transitividad (pasa de agresor a

agredido), direccionalidad (siempre se dirige hacia un objeto) e

intencionalidad (búsqueda de producir un daño y ulterior escape del

autor) en tanto consiste en un ejercicio inadecuado del poder o

fuerza, por extemporaneidad o desmesura.

Una de las iniciales cuestiones que suele plantearse en torno al origen

de la violencia, es determinar si se trata de una conducta ínsita en el

ente humano (“genética”) o, por el contrario, es un fenómeno

conductual surgido y desarrollado a partir de factores externos

(“social”). La UNESCO, en base a estudios arqueológicos y luego de

considerar los supuestos de causa religiosa (sacrificial) y canibalismo,

señala que la violencia contra el prójimo si bien es antiquísima,

“guarda relación con el desarrollo de la economía productiva que

entrañó una transformación radical de las estructuras sociales” y por

ende “no está inscrita en los genes del ser humano; su aparición

obedece a causas históricas y sociales”. “La noción de violencia

primigenia es un mito”; los estudios más recientes demuestran que


los primeros grupos humanos resolvían sus crisis mucho más (y más

frecuentemente) en base a la cooperación y ayuda mutua y no sobre

el individualismo y la competición. En la vida cotidiana,

“probablemente se situaba en un lugar intermedio entre la visión

mítica de unos “cruentos albores” de la humanidad y la hipótesis

quimérica de una “edad de oro” feliz, sostenidas respectivamente por

los seguidores de Hobbes y Rousseau”. [El Correo de la Unesco,

2020-1, Los orígenes de la violencia].

Desde la perspectiva psico-biológica, la construcción de una teoría

autosuficiente de la violencia reconoce una muy antigua tradición y

aún continúa desarrollándose, con significativa capacidad de

convicción, en baso al modelo cientificista que la sustenta. No

obstante, en dicha evolución, progresivamente, no pudo dejar de

considerarse la incidencia de aspecto culturales o sociales

(económico, educativo y de socialización, normativo, etc.,). Análisis

de variables tales como el acceso a recursos materiales necesarios

para el pleno desarrollo vital y en especial el criterio distributivo de

los recursos (desigualdad), han dado lugar a posicionamientos

reduccionistas en torno a la génesis de la violencia los que, sin dejar

de ser significativos, por sí solo tampoco son autosuficientes para

describir y explicar el fenómeno de la conducta violenta. [Sepúlveda

Rojas, E., & Moreno Paris, J. E. (2017). Psicobiología de la agresión y la

violencia. Revista Iberoamericana de Psicología issn-l:2027-1786, 10

(2), 157-166. Obtenido de:


https://revistas.iberoamericana.edu.co/index.php/ripsicologia/article/

view/1246].

Esquemáticamente, podría plantearse una propuesta descriptivo-

explicativa a partir de la premisa de existencia de un conflicto; esto

es, contraposición de intereses entre al menos 2 partes

ontológicamente iguales (dos personas humanas) pero

situacionalmente desiguales (incidencia del componente poder, en su

concreto ejercicio). Y en este punto es donde pierde protagonismo la

existencia del conflicto en sí mismo, para adquirir preponderancia

plena la modalidad resolutiva del conflicto. En efecto, el surgimiento

de conflictos es connatural con la individualidad de las personas y no

por ello se explica la conducta violenta sino que surge del modo que

se elija habitualmente para la resolución de un conflicto: mediando

diálogo, empatía, equidad, etc., se optará por modos consensuales o

no (por ejercicio autoridad); por el contrario, el predominio individual

en favor de la parte que ejerce el poder, implementado abusivamente

(impositivamente), llevará a la práctica de una conducta violenta (de

intensidad y expresión variables). Esta dinámica esquemática se

verifica en todo análisis ex –post toda conducta violenta y, para quien

la investiga, implica la búsqueda y detección de las “huellas” de dicha

dinámica en cada una de las partes. Esos indicios o “rastros” pueden

ser de una muy amplia índole, desde la lesión física a las experiencias

psíquicas vivenciales de poder (muchas veces, exteriorizado como

“justificación” de la conducta violenta) y sometimiento (muchas

veces, exteriorizado como “incapacidad” o “parálisis” reactiva-


defensiva), en la parte actora y en la parte receptora,

respectivamente.

A partir del esquema propuesto, es posible el agregado de elementos

o componentes de observación y de análisis, casi ilimitadamente; ello

así pues el camino explicativo causal del conflicto abarca desde los

aspectos psico-individuales (únicos e irrepetibles en cada persona) a

los patrones culturales preponderantes (que son, a su vez, variables

témporo-espacialmente) y, el camino explicativo causal del modo de

resolución del conflicto remite a considerar desde los aspectos

estructurales de la organización social a la que pertenecen las partes

hasta los constructos de necesidad/conveniencia de las instancias de

poder y sus formas de ejercicio. Esta extrema latitud teórica de la

cuestión, en gran medida fundamenta el diseño convencional de

“indicadores” de mínima, media y máxima validez y confiabilidad;

esto es, la identificación por consenso, de “huellas”, “rastros” o

expresiones del conflicto y de la conducta violenta (en tanto

manifiesta el modo resolutivo abusivo e impositivo del conflicto) en

términos de magnitudes (cuali y/o cuantitativa) de los grados de

suficiencia antes mencionados, para configurar la calificación de

violencia.

 Predictibilidad de la violencia:

El propósito de anticiparse –para impedir o neutralizar- la conducta

violenta deriva, en parte, de las consideraciones expuestas en el


último párrafo precedente, siguiendo al paradigma (en el sentido de

Kunt, con sus beneficios y desventajas) mudable de las ciencias

particulares que convergen en la investigación de un delito. Es decir

que, en principio, el objetivo quedó limitado al pronóstico de

(re)ocurrencia de una acción típica, antijurídica y culpable pero no a

otras expresiones conductuales violentas. En tal sentido y enraizado

en teorías psiquiátricas-jurídicas referidas a la “peligrosidad” de las

personas originadas a fines del siglo XVIII y especialmente en el

siguiente, la predictibilidad delictual evolucionó “modernizando” al

positivismo lombrosiano que la difundiera con la eficacia de llegar a

encontrar recepción en el derecho positivo. En efecto, ese constructo

psiquiátrico-jurídico se encuentra en las legislaciones penales

extranjeras del siglo XIX (en el contexto del proceso de codificación) y

primeras décadas del siglo XX. El caso argentino no escapó a la

tendencia señalada y resulta interesante advertir en las tesis

doctorales de la época, presentadas en las Facultades de Medicina y

de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, el común lenguaje

médico y legal en torno a la “peligrosidad”, el que en opinión de

algunos autores (Sozzo, Máximo; Locura y crimen) configuró un

dispositivo que finalizó en la sanción del Código Penal Argentino, cuyo

texto aún está vigente.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, la predictibilidad de

reincidencia en un delito fue paulatinamente ampliándose en el

sentido de ocurrencia de conductas violentas o asociales

consideradas como unidad categorial.


Tal como se expresó antes, el desarrollo de esta hipótesis fue

cambiando con el paradigma de las ciencias particulares, pudiendo

diferenciarse épocas: a) la 1ra. Etapa (décadas de 1950 a 1970),

centrada en el diagnóstico clínico del tipo de personalidad y

nosológico-psicopatológico que reconfiguró el concepto de perfil

criminal de origen decimonónico. Fue la etapa de las “meras

impresiones diagnósticas” y de la “peligrosidad jurídico-psiquiátrica”,

cuyos datos eran obtenidos mediante evaluación clínica psiquiátrica

estructurada, fundamentada –exclusivamente- en el criterio subjetivo-

intuitivo de la persona evaluadora y con ejes en el diagnóstico,

pronóstico y tratamiento del caso. La eficacia del modelo fue baja, por

el alto índice de falsos positivos y negativos; b) 2da. Etapa (décadas

de 1970 y 1980), en las que surge el denominado modelo “empírico”,

mediante la correlación entre el conocimiento y experiencia individual

de la persona evaluadora con el de las evidencias del hecho,

perfeccionado luego a través de la elaboración de bases de datos.

Este modelo instaló tres creencias (que aún perduran, al menos

parcialmente) según las cuales la predicción de una conducta violenta

es una cuestión dependiente del juicio médico-legal; se expresa en

categorías dicotómicas (Si/No); y se realiza en base a la valoración de

los antecedentes de actos-conductas violentas, factores de

oportunidad (vgr., acceso al uso de armas) y desencadenantes (vgr.,

uso de sustancias psico-tóxicas); c) 3ra. Etapa (hacia 1990), en la que

se elabora la proposición de objetivos técnicos básicos (prevenir la

ocurrencia del hecho violento, su latencia, la magnitud del daño y la


frecuencia de violencia en determinados grupos sociales) así como

también procedimientos formales, algorítmicos y estadísticos

(instrumentos actuariales), con capacidad predictiva a corto y largo

plazo. El modelo, solo pudo aportar el conocimiento acerca de “cómo

otros sujetos han actuado en situaciones similares a las que tuvo la

persona evaluada y si, además, presenta similitudes con miembros

de grupos violentos” del actor), fundada en modelos matemáticos y

otras aplicaciones cuantitativas; d) 4ta. Etapa (alrededor de 2000), en

la que surgen los métodos mixtos (actuarial-clínico estructurado) y

ocurre el reemplazo conceptual de la peligrosidad (y la caducidad de

los modelos asociados); mediante un pensamiento probabilístico-

dimensional (opuesto al dicotómico), se impone la noción de riesgo

sin connotación disposicional inherente a la persona evaluada, sino

enfatizando la compleja interacción entre características psicológicas

y factores contextuales (situacionales). El aporte significativo del

modelo fue la elaboración conceptual de: “factores de riesgo”, como

indicadores de predicción; “daño”, como tipo y magnitud de la

violencia a predecir; y, “nivel de riesgo”, como probabilidad de

ocurrencia del daño. Además, la acertada observación de que toda

predicción tiene dos principios básicos: varía con el transcurso del

tiempo y no se funda en uno o más rasgos de personalidad; por el

contrario, consiste en la opinión de uno/a o más expertos/as respecto

a cómo una persona que presenta determinadas características

psíquicas e historial, interactúa con su ambiente y por ende, toda

predicción es una mera posibilidad de daño futuro. Por último, se


esclareció cuáles son las finalidades de una predicción de riesgo:

prever y prevenir; en relación a la segunda, la estrategia operativa de

la gestión de riesgos, como herramienta de mayor eficacia; y, e) 5ta.

Etapa (aproximadamente en 2010), la que comenzó con una

reformulación conceptual: “Saber cuándo y bajo qué condiciones

podría ocurrir un incidente violento y cuán acertadamente, los

profesionales en salud mental, pueden valorar qué sujetos presentan

un bajo riesgo bajo aquellas condiciones relacionadas con la

violencia” (Mulvey, Lidz, Norko). Asimismo, mediante la aplicación del

estudio de Mac Arthur (V.R.V.), la identificación de: claves

disposicionales (variables demográficas, cognitivas y de

personalidad); factores históricos (historia social del sujeto e

información específica de su historial de violencia); dominio

contextual (factores situacionales que contribuyen, aumentan o

disminuyen el riesgo de violencia); y, factores clínicos (aumentan el

riesgo: uso de sustancias psicoactivas y trastornos de personalidad).

En cuanto a los procedimientos, se señalaron los beneficios del

método “Árbol de Decisiones” consistente en planificar una serie de

preguntas relacionadas con los factores de riesgo asociados a la

violencia; el cuestionario es respondido en forma progresiva,

dependiendo de la respuesta anterior, indagándose ese mismo factor

u otro; al finalizar, el riesgo se categoriza como “alto” o “bajo”. El

desafío es diseñar un árbol de decisiones que supere las

vulnerabilidades de los sucesivos modelos conceptuales e

instrumentos evolutivamente utilizados hasta ahora.


Alrededor de 2012-2014, en algunos países europeos (Alemania,

Holanda, reino Unido) se propuso entender la predictibilidad como

apoyo conductual para la investigación, a través de la participación

de psicólogos y criminólogos en la prevención, gestión e investigación

de un crimen. Es el período en el cual, el objetivo supera al de

identificar un “perfil criminológico” (predominante en los medios de

comunicación social y cultura popular), mediante actividad

interdisciplinaria centrada en las características de cada caso

concreto y no limitada al aspecto socio-psicológico sino en procura de

establecer prioridades en la búsqueda de sospechosos, vincular

diferentes delitos o escenas del crimen, determinar perfiles

geográficos, participar del interrogatorio de acusados o sospechosos,

evaluar riesgo en contextos clínicos, etc. Todo ello, sobre la

convicción de que “no es el perfil de la personalidad del delincuente

el mayor interés del analista de un caso, sino la contribución a una

comprensión más profunda del delito” (Dern).

Puede afirmarse que con las dos últimas etapas, se operó la

sustitución conceptual definitiva de la “peligrosidad” en tanto

construcción instrumental del dispositivo penal-psiquiátrico,

sustentado en premisas tales como entender al delito como un

“hecho natural”; a quien lo ejecutaba, como portador de un conjunto

de características psico-físicas que permitían catalogarlo como un/a

“hombre o mujer delincuente”; integrante de un sub-contexto social

definido a punto tal de erigirse en objeto de la mesología o sociología

criminal; y a la psiquiatría, como disciplina médica capaz de explicar


en términos de enfermedad, desviación o anormalidad cualquier

conducta distinta a las aceptadas por los patrones de convivencia

social predominantes y en consecuencia, llamada a “corregirlas”,

“curarlas” o “contenerlas”.

Cabe destacar que en la postura teórica de considerar a la

proclividad a realizar actos violentos (en términos actuales e

inclusive, potenciales) como un “elemento semiológico” integrante

del cortejo clínico de ciertas entidades nosológicas psiquiátricas (es

decir, respecto de personas que padecen una afección psíquica) y de

trastornos de la personalidad (es decir, respecto de personas que no

portan una afección psíquica), la premisa subyacente consiste en el

mito asociativo entre dichas variables bio-psicológicas y violencia; en

tal sentido, son múltiples las investigaciones científicas y estadísticas

que demuestran la inexistencia de un vínculo de causalidad

necesaria. En ambos casos, el fin común es la adopción de una

actitud de defensa por parte de la sociedad (particularmente, de los

ámbitos jurídicos y médicos, asociados), ante el peligro de daño,

como única respuesta eficaz frente al espectro de padecimientos

psíquicos y patrones conductuales (trastornos de personalidad) en los

cuales la segregación asilar, hospitalaria, penitenciaria o mixta, es el

medio idóneo para mantener el “control” de los casos. Paralelamente,

la normatividad –legal y administrativa- no penal incorporó vías de

judicialización o intervención estatal para la asistencia de tales casos,

con declarado y no siempre efectivo propósito tutelar. El sistema

descripto fue mostrando su falacia e insuficiencia a lo largo del siglo


XX, críticamente a partir de la segunda mitad del período. En el curso

esquemáticamente reseñado, no puede omitirse el hito marcado con

la puesta en vigencia de la Ley Nacional de Salud Mental

(26.657/2010), texto que no transformó el estado vigente hasta

entonces, sino que lo sustituyó por un paradigma absolutamente

distinto. No “actualizó” ni “modernizó” los viejos conceptos, sino que

los derogó, por obsolescencia e ineficiencia; abandonó el propósito de

“controlar” y adoptó el de “asistir” (tanto en el sentido médico como

extra-médico del término), pues todo padecimiento (no solo de índole

psíquica) más que “perturbación de un sistema de orden (cualquiera

sea)”, constituye una genuina cuestión de salud (no solo individual de

la persona que lo sufre sino también, comunitaria) frente a la cual

corresponde una actitud de inclusión y no de segregación; asimismo,

claramente hegemonizó el rol de los/as profesionales de la salud

mental que se desempeñan en el ámbito asistencial, por encima de

quienes lo hacen el ámbito pericial y por ende son integrantes del

sistema judicial.

En la actualidad, tal como se señaló antes, la predicción de una

conducta violenta se ajusta al concepto de “riesgo de una conducta

violenta”, el cual no radica en una cualidad o condición personal y

estática, sino en una particular configuración de las relaciones inter-

vinculares de una persona, tanto respecto de otras personas como

con las cosas. Es su posición o constitución relativa al conjunto de

factores o circunstancias que lo afectan en un determinado momento

(situación); dichas condiciones no solo atañen a un estado


psico(pato)lógico en sí mismo considerado, sino especialmente, al

contexto en el que se producen.

Riesgo y contingencia, son términos sinónimos que designan a la

posibilidad de que algo suceda o no suceda; en consecuencia, el

riesgo implica un juicio de valor probabilístico fundado en el particular

contexto situacional concreto en el que se lo pondera, lo que permite

postular diversos riesgos en función de los distintos tipos y

modalidades de violencia.

En tanto medio que procura evitar un daño (todo riesgo es posibilidad

de daño), la predicción de un riesgo resulta significativa cuando

posee condiciones de certeza e inminencia; esto es: su conocimiento

verdadero, seguro e indubitable (cierto) por un lado y, por el otro,

constitutivo de una amenaza actual o muy pronta a suceder

(inminente). Cabe advertir que no hay contradicción entre la

eventualidad conceptual de todo riesgo (puede o no ocurrir en el

tiempo futuro) y su certeza, pues ésta última no está referida a la

posible ocurrencia del riesgo sino a que, anticipadamente, se tiene un

saber verdadero del resultado que provocará en caso de ocurrir (vgr.:

la posibilidad de ocurrencia de una lluvia, es siempre eventual; pero si

se produce, no cabe ninguna duda que el agua mojará las superficies

que alcance).

La ponderación negativa de un riesgo al momento de la evaluación,

no excluye su evolución positiva, pocas horas después; la formulación


inversa, también es válida: la existencia de riesgo hasta poco tiempo

antes de la evaluación, no asegura su persistencia futura.

Las herramientas técnicas a través de las cuales es posible llevar a

cabo la verificación probabilística de un riesgo, protocolos o diseños

actuariales, no tienen valor absoluto sino relativo pues no son

determinativas sino estimativas. Esta dificultad no se supera

propiciando el regreso al concepto del denominado “peligro o riesgo

potencial”, expresión imprecisa y equívoca que, en definitiva,

denomina a algo eventual que a su vez deriva de otra eventualidad

precedente. Con frecuencia, dicha afirmación de “potencialidad de

riesgo de conductas violentas”, se hace exclusivamente en base a

condiciones de vida que por sí solas, no generan un nexo necesario,

cierto e inminente con el despliegue de una conducta violenta (vgr.,

personas en situación de calle; que han roto todo vínculo familiar y de

amistad; indocumentadas; migrantes; carentes de empleo, etc.,).

Similar consideración puede hacerse asimismo, respecto de actitudes

o conductas originadas en variables de personalidad que, sin ser

patológicas, se ubican en extremos alejados de la media estadística

social y por su particularidad, pueden suscitar dificultades en las

relaciones interpersonales (vgr., proyectos vitales no convencionales,

que se apartan de “lo esperable” y “esperado” por la normatividad

social preponderante, etc.).

Paralelamente al proceso reseñado, desde una perspectiva distinta

(sanitaria), se fue elaborando el concepto de la gestión de riesgos en


salud mental destinada a la prevención y contención de conductas

violentas contra sí mismo y contra terceros, en tanto una de las

estrategias básicas de la gestión en salud pública. Es ejemplo de un

diseño que responde a la perspectiva señalada, el seguido por el

Ministerio de Salud y Protección Social de la República de Colombia.

Se trata de un modelo estratégico que “hace énfasis en la gestión del

riesgo en salud mental para personas afectadas o con potencial

afectación, sus familias y su comunidad de referencia” pero además,

se puede aplicar también “con las debidas adaptaciones, para la

población general o grupos poblacionales específicos”. Si bien se halla

destinado a “actores sanitarios a cargo del aseguramiento, la

prestación integral de servicios individuales y colectivos de salud

mental y el desarrollo de acciones en salud pública” no es infrecuente

su utilización (u otros, similares) en el ámbito criminológico habida

cuenta de la posibilidad genérica antes mencionada y de la

intersección entre conductas violentas y psiquismo. En la estructura

del paradigma, tienen importancia las siguientes premisas

conceptuales: a).- Principios (vgr. visión sistémica de la problemática,

integrando factores de la persona en riesgo con los de su entorno);

b).- Variabilidad del concepto de riesgo y la operatividad sobre él,

según la perspectiva científica de abordaje (derecho, economía,

sociología, estadística, médica, psicológica, etc.), siempre relativos a

una situación particular (vgr., desempleo), un sistema específico (vgr.,

la familia), una amenaza determinada (vgr., daño físico a sí mismo) y

un tiempo concreto; c).- Más relevante que cuantificar la probabilidad


del riesgo es conocer y analizar las datos concretos del caso

(características de la persona, tipo, número y causas de las

amenazas, etc.,); d).- Son ejes conceptuales: riesgo (posibilidades de

resultados negativos, vgr., criminalidad); amenaza ( a partir de la

ponderación de factores como magnitud y frecuencia entre otros, se

establecen patrones categoriales tales como discreto/alto, etc.,);

vulnerabilidad (se valora la susceptibilidad bio-psicológica y la

capacidad de respuesta); y, percepción del daño (hasta tanto la

persona involucrada no comprenda y reconozca como propia la

situación en la que se encuentra, es muy limitada la posibilidad de

reducir el riesgo de ocurrencia futura); e).- Los datos obtenidos del

análisis mencionado en el punto anterior, permiten elaborar diversas

configuraciones o perfiles respecto de uno o más riesgos; en

consecuencia, cada persona tiene distintos perfiles en función de las

variables que se correlacionen considerando que ellas “no actúan

necesariamente en forma simultánea o secuencial sino en diferentes

momentos de la vida, y cuya acción supone que a partir de cierto

momento la aparición del desenlace….es inevitable y representa el

efecto neto de la interacción”.

La clásica distinción entre factores predisponentes y factores

precipitantes, no es sencilla; en efecto, los períodos de latencia entre

susceptibilidad y resultado negativo, pueden ser prolongados. De allí

que resulte de mayor relevancia la diferenciación entre factores que

objetivamente sean causa eficiente del resultado que se busca evitar

y otros que solo contribuyan a modificarlo.


En este punto expositivo caben ciertos interrogantes, cuyas

respuestas tratarán de integrar todo lo expuesto:

a).- ¿El riesgo criminológico es idéntico al que conceptualmente se

refiere la ley nacional de salud mental; es decir, tiene el alcance de

los desarrollos derivados del originario de peligrosidad?

La respuesta es negativa; ello así, pues el paradigma establecido por

la ley 26.657 atiende al fin superior de la salud mental en tanto bien

jurídico inherente a los derechos esenciales de las personas. El

concepto de riesgo que establece no tiene ninguna nota en común

con el anterior de peligrosidad, pues no lo modificó sino que

implícitamente lo derogó; la comprensión de su contenido, método de

valoración y finalidad remite a un modelo ecológico para el abordaje

del tema, del cual resultan recursos operativos inter-disciplinarios de

progresiva restricción de la autonomía de la persona; conlleva la

implementación de herramientas técnicas predictivas basadas en la

complejidad integral de la problemática del riesgo y su relatividad

témporo-espacial; por último, se propone la mantener íntegra la

garantía de la persona –sujeto del derecho- en la particular

contingencia del padecimiento mental. Por su parte, en sentido

criminológico, en primer lugar el riesgo de actuación de una conducta

violenta está referido a población que no padece un trastorno o

enfermedad mental, aun cuando para explicar la génesis de dicha

actuación violenta, se recurra entre otros aspectos, a las

características y dinámica psíquica del/ a autor/a del hecho. En

segundo lugar, el riesgo en sentido criminológico es un concepto


complejo que podría integrarse mediante dos dimensiones: subjetiva

o referida a la capacidad criminal de una persona y objetiva o

consideración de los antecedentes delictivos y la expectativa de

reincidencia (Leal Medina, 2011). No es un hecho, sino una “condición

probabilística” (Maguire y col., 2004). Más aún, a las referidas

nociones de “riesgo o peligrosidad criminal y social” antes aludidas,

muchos autores agregan el de orden “penitenciario” que consiste en

la inadaptación a la convivencia y régimen carcelario. Esta

complejidad, en términos de incidencia de múltiples factores que

comprenden una muy amplia diversidad, ha llevado a afirmar la

“peligrosidad del concepto” pues son numerosas las observaciones

que señalan sus limitaciones o escasa eficiencia (exigencia de alguna

forma de manifestación externa y no como mero juicio de valor

eventual, sobre dimensionamiento cuando se lo aplica a hipótesis de

tratamiento y rehabilitación, perfil heterogéneo en la comisión de

delitos por reincidencia, etc).

b).- ¿Debe aplicarse un concepto de riesgo distinto, según la persona

peritada se halle inmersa en un proceso penal o civil?

La respuesta es negativa, pues conceptualmente no existe un “riesgo

penal” y un “riesgo civil”. Por el contrario, el alcance conceptual del

riesgo es uno y lo variable es la relatividad respecto a determinadas

amenazas, en un momento y contexto concreto, independientemente

que el resultado acarree consecuencias jurídicas penales y/o civiles.

Asimismo, tampoco corresponde diferenciarlo en los casos donde la

indicación de tratamiento psiquiátrico y/o internación involuntaria


proviene de una disposición judicial penal; ello así pues la ley 26.657,

los equipara en una todo, excepto en el egreso. En consecuencia, en

tanto recurso terapéutico, los casos de internación (voluntaria o no)

son extraordinarios y de procedencia solo ante el objetivo fracaso de

otros recursos terapéuticos, posibilidades contributivas de la

recuperación de parte del entorno y aun en dicha circunstancia, debe

realizarse con el menor grado restrictivo de la autonomía personal.

c).- ¿Es conveniente la protocolización de la evaluación y valoración

de riesgo ?

La respuesta es afirmativa, entendiendo por protocolo al diseño

previo de una estrategia de trabajo que, con fundamento científico,

resulte idónea para obtener un conocimiento válido y confiable. En tal

sentido debe agregarse que, acorde a lo expuesto y sin perjuicio de la

multiplicidad instrumental que implica la valoración de variables

diversas (cada tipo de riesgo), el modelo metodológico debe ser

adaptado a los factores condicionantes del entorno propio de la

persona peritada; si ello no fuera posible, el informe técnico de

resultados debe poner de manifiesto tal limitación. No pocas veces el

uso de protocolos de trabajo incompletos (en relación a la

complejidad de la predicción de riesgos) acarrea como consecuencia,

resultados negativos de alto impacto, luego de haberse valorado el

riesgo en categorías de baja probabilidad (vgr., en casos por violencia

de género).
ADICCIÓN:

Introducción:

El término adicción proviene del latín (significa “adjudicación por

sentencia”) y designa a la “dependencia de sustancias o actividades

nocivas para la salud o el equilibrio psíquico”, como así también a la

“afición extrema a alguien o algo” (Diccionario de la Real Academia

Española de la Lengua). Es decir, en otras palabras, que se refiere al

vínculo subjetivo (disposicional o motivacional) de una persona con

una cosa, actividad u otra persona el cual se caracteriza por su

exteriorización mediante patrones conductuales estructurados y

repetitivos, vivenciados con carácter necesario; no son variables en

cuanto modalidad operativa (escasa plasticidad o rigidez) y no son

contingentes (condicionan la afectividad y la voluntad hasta el punto

de la imposibilidad de abstención). Se configuran así dos grandes

grupos de adicciones que son: el que se refiere al consumo de

sustancias químicas (drogodependencias) y el que alude a actitudes

(vgr., trabajo), comportamientos (vgr., sexo), relaciones con otras

personas (vgr., vínculos tóxico-simbióticos) o cosas (vgr., acumulación

de objetos) que se denominan adicciones conductuales.

Al reflexionar lo expuesto se advierte que el calificativo que permite

calificar como adictiva a una conducta radica en la “dependencia” del

mismo; es decir, no cualquier uso de una sustancia química (lícita o

lícita) ni ningún comportamiento reiterado de los aludidos a modo de

ejemplos, constituyen por sí solos, una adicción. Solo adquieren esa


calidad cuando se erigen en hábito imprescindible para la vida

cotidiana y el desarrollo del proyecto vital de una persona pues dichos

consumos modifican su estado psíquico y físico, a expensas de los

fenómenos de “tolerancia” y de “dependencia” que se desarrollaran

más adelante.

Los vínculos con drogas o conductas pueden expresarse a través de

tres tipos que se denominan: “uso”, “abuso” y “dependencia”. En el

primero, la frecuencia y magnitud cuali-cuantitativa del consumo es

circunstancial, sin afectación significativa del estado de salud psico-

física-social; no obstante, son indicadores de alerta categorial el

consumo de baja frecuencia pero en gran cantidad y el de alta

frecuencia y baja cantidad. En el segundo tipo, la persona

consumidora y su entorno experimentan consecuencias negativas a

causa del consumo. Y en el tercer tipo –dependencia- el hábito de

consumo es la actividad principal vital, que se antepone a otras

esenciales como el cuidado de la salud, familia, trabajo, etc.

 Impacto social del consumo de drogas:

En base a los “Estudios” sobre “El problema de drogas en las

Américas” elaborado por la Organización de Estados Americanos

(OEA), cuyos lineamiento se seguirá en el presente desarrollo, los

interrogantes de partida consisten en preguntarse: “¿Cuáles son las

consecuencias del consumo y abuso de drogas, tanto para los

individuos como para la sociedad? ¿Cuáles son los múltiples factores


—biológicos, psicológicos, ambientales, sociales— que favorecen el

desarrollo del problema? ¿Es posible intervenir sobre estos

determinantes? ¿Ha sido evaluada la eficacia de las políticas y los

programas desarrollados? ¿Cuáles han sido más eficaces y cuáles no

han funcionado? ¿Se han producido consecuencias no deseadas como

resultado de estas políticas? ¿Existe capacidad en los países de

implementar, dar seguimiento y evaluar políticas, planes, programas

e intervenciones? ”. Este catálogo plantea un debate que si bien

puede tener contextos locales de cierta individualidad, remite a una

problemática que reconoce dos caracteres básicos: es transversal a

todo parámetro jurisdiccional (remitiendo a la conveniencia de

cooperación, coordinación e integración de acciones) y evoluciona en

crecimiento fenoménico (por amplitud de la población afectada y

diversificación de los procesos de producción y tráfico).

Una perspectiva que da respuesta idónea a las formulaciones

mencionadas puede obtenerse desde la Salud Pública; ello así, pues

dicha disciplina focaliza u análisis a nivel poblacional con el auxilio

interdisciplinar de las ciencias biomédicas, sociales, económicas,

ambientales, políticas y poblacionales. De ese modo, también

considera a las respuestas integrales para resolver la problemática y

las estrategias destinadas a evitar que los daños asociados a la

prevención no superen al que provoca el consumo de drogas.

Se trata de un análisis centrado en la importancia que tienen los

factores sociales, económicos y políticos sobre la salud y que, desde

2005 la Organización Mundial de la Salud (OMS) identifica y estudia a


través de la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud.

Dichos determinantes reflejan las condiciones en que las personas

viven y trabajan; se clasifican en estructurales (actividad laboral,

nivel de educación y nivel de ingresos, los que configuran la posición

social de las personas) e intermediarios (condiciones materiales, el

ambiente social o las circunstancias psicosociales, los factores

biológicos y el comportamiento, incluyendo también el sistema de

salud). Ambas condiciones determinan el grado de vulnerabilidad del

individuo y requiere “intervenciones amplias para cambiar tanto el

medio ambiente como la conducta individual”. El citado concepto se

complementa con el de seguridad humana, que protege y garantiza

tres libertades esenciales para los individuos y las comunidades

(libertad de vivir sin temor, vivir sin carecer y vivir con dignidad) y

cuya carencia “se manifiesta en siete dimensiones clave: económica,

alimentaria, sanitaria, ambiental, integridad física, comunitaria y

política.

 Factores sociales que contribuyen al problema de

las drogas:

Los determinantes sociales se agrupan en cinco áreas: contexto y

posición socioeconómica; exposición diferencial a los factores de

riesgo; vulnerabilidad diferencial a los riesgos; resultados

diferenciales de la atención a la salud; y, las variaciones en las

consecuencias sociales. Dicho agrupamiento se realiza en base a los

ejes propuestos por la OMS y permiten identificar los factores sociales


que ayudan a explicar las consecuencias del problema de las drogas

en las sociedades, así como las diferencias entre los países y entre

diferentes tipos de consumo.

La exposición a riesgos denota la existencia de diversos escenarios de

consumo, con diferentes niveles de peligro. En esa variedad,

intervienen distintos factores: nivel de desarrollo, urbanización y los

servicios, disponibilidad de drogas y de armas, índice de delitos y la

existencia de grupos que pueden estar involucrados en la distribución

de drogas (algunos, más violentos que otros). Asimismo incide la

acción policial y las estrategias utilizadas para combatir el delito y el

consumo. Cuando se usen drogas con mayor nivel de adulterantes,

las consecuencias son más graves para la salud y aumenta el riesgo

de que los niños y adolescentes sean testigos o víctimas de violencia.

En cuanto a la vulnerabilidad, la población más afectada está formada

por adolescentes, mujeres, personas que viven en pobreza y

marginación y quienes padecen una enfermedad mental. La edad de

inicio del consumo tiende a ser temprano (pubertad-adolescencia), lo

cual aumenta el riesgo de desarrollo de dependencia. Las mujeres

son más vulnerables que los hombres, en razón de una diversa

motivación para usar drogas y diferencias en la sensibilidad a los

efectos de las sustancias. Así, se observa que presentan mayor riesgo

de dependencia, son más susceptibles a la recaída y sufren mayor

discriminación social; en ellas, el inicio temprano, la victimización y el

embarazo no deseado agravan la condición. Respecto a los

adolescentes, adquiere relevancia la no escolarización (no solo


aumenta el riesgo de consumo sino también el de ingreso a

actividades relacionadas con la venta de drogas). Es la población que

con más frecuencia consume drogas mayormente adulteradas, lo cual

sumado a vulnerabilidades previas (vgr., mala nutrición), incrementa

la probabilidad de consecuencias adversas. Las personas que

padecen enfermedades mentales, también muestran un mayor riesgo

a desarrollar dependencia de drogas (la mitad de la población

dependiente posee antecedentes de trastornos mentales).

En cuanto a las consecuencias para la salud y consecuencias sociales

son categorías en las que se analizan las dificultades para acceder a

servicios de salud y contención social, especialmente en la población

más pobre. Tanto las personas como las familias de personas que

padecen una adicción a sustancias, son más vulnerables a la pérdida

de bienes, el desempleo y el despliegue de conductas de conflicto con

la ley; asimismo, con mayor frecuencia, son víctimas de violencia y

discriminación.

 Factores de riesgo y de protección:

Bajo este acápite se identifican los factores psicosociales a nivel

individual, los cuales comprenden dos categorías: a).- factores de

riesgo: no poseen un vínculo causal con el consumo o dependencia

pero los anteceden y aumentan la probabilidad de ocurrencia; su

utilidad consiste en identificar oportunidades de prevención; y, b).-

factores de protección: son los que brindan fortalezas para resistir los
riesgos. Se trata del análisis de personas que a pesar de haber

experimentado muchos de los factores de riesgo, no han incurrido en

consumo o no desarrollan dependencia y a las cuales se denomina

“personas con resiliencia”; su utilidad consiste en determinar la

manera de intervenir con finalidad preventiva.

La acción preventiva, en la actualidad, sigue un abordaje que inicia en

las primeras etapas del desarrollo y reemplazó el foco de atención

desde el consumo de drogas a la disminución de la vulnerabilidad del

individuo actuando sobre los factores de riesgo. En la cuestión,

explica el documento citado: “Hasta hace no mucho tiempo se dividía

la prevención en diferentes etapas: la prevención primaria (dirigida a

las personas que aún no manifiestan el problema), secundaria (la

detección temprana y tratamiento oportuno) y terciaria (el

tratamiento y rehabilitación y, más recientemente, la prevención de

recaídas). En este modelo, se consideraba que todos los individuos

que no usaban drogas eran iguales y, por tanto, las iniciativas de

prevención primaria serían efectivas para este grupo en conjunto. Sin

embargo, la evidencia científica muestra que estos individuos tienen

características diferentes y viven en entornos también diversos que

los harán más o menos vulnerables al abuso de sustancias, y que por

tanto requieren de estrategias de intervención que sean

particularizadas y diferentes en su contenido e intensidad. Los

factores de riesgo pueden ubicarse en diferentes dominios: individual

(por ejemplo, trastorno emocional o de aprendizaje o personalidad

orientada a la búsqueda de sensaciones nuevas), familiar


(convivencia con padres alcohólicos), escolar (fracaso académico),

social (amigos usuarios de drogas) y comunitario (alta disponibilidad

de sustancias). Tales factores interactúan con cada individuo quien

procesa los estímulos, los interpreta y responde a ellos de una

manera diferente. La importancia de estos factores varía a lo largo de

diferentes las etapas de desarrollo del individuo. Los factores de

protección pueden ubicarse también en cada uno de los dominios de

la vida de la persona: en la esfera individual (por ejemplo, alta

autoestima o personalidad orientada a evitar riesgos), familiar

(convivencia con padres capaces de cubrir las necesidades afectivas

de los menores), escolar (apego a la escuela), social (amigos poco

tolerantes hacia el consumo) y comunitaria (pertenencia a redes de

apoyo social)”.

Se ha expresado que los factores de prevención, más que el contrario

de los factores de riesgo, deben ser entendidos como aquellos que

promueven y desarrollan resiliencia frente al consumo de drogas.

Pueden incluir se entre ellos a: vínculos efectivos y eficaces con los

padres u otros adultos que brinden ambiente de afecto desde edades

tempranas y de manera consistente; sentimientos de éxito, de control

y de respeto por sí mismo; fortaleza de recursos internos (vgr., salud

física y psicológica) y externos (vgr., red social de apoyo que incluye

la familia, la escuela y la comunidad). Asimismo, habilidades sociales

tales como: capacidad para comunicarse, negociar y tomar decisiones

que eviten actividades peligrosas; para resolver problemas siendo

capaces de percibir las adversidades como situaciones que pueden


ser resueltas mediante perseverancia y esfuerzo; haber sobrevivido

situaciones de riesgo anteriores; etc. “Ciertamente, este conjunto

complejo de determinantes incluye factores que son difíciles de

abordar por medio de políticas públicas; conocerlos es el primer paso

para poder considerar nuevos enfoques y propuestas”.

 El impacto del consumo de drogas en la salud :

Desde esta perspectiva, “el uso del alcohol y otras drogas constituye

factores de riesgo importantes para la salud, lo cual se refleja

principalmente en días vividos sin salud, pero también y de manera

creciente, en la mortalidad”. Asimismo, aumenta los costos de

atención sanitaria (por mayor riesgo de accidentes y violencia;

enfermedades infecciosas (VIH/SIDA, hepatitis B y C); crónicas

(cirrosis, afecciones cardiovasculares, cáncer, enfermedades

mentales) y de uso nocivo, abuso y dependencia. “La comorbilidad,

es decir, la presencia de más de una enfermedad o trastorno, es de

especial relevancia, debido a que es muy frecuente que las personas

con adicción padezcan algún otro trastorno psiquiátrico”. Cabe

destacar la existencia de diversos estudios indicativos que los

trastornos por uso de sustancias psicoactivas incrementan en forma

importante el riesgo de que el sujeto tenga alguna conducta suicida.

El impacto sobre la salud se evalúa a través de dos indicadores

básicos, la mortalidad y la discapacidad, forma separada o conjunta

(en este caso, se denomina “carga de enfermedad”, tal como la


“carga global de enfermedad o GBD elaborado por la OMS -Global

Burden of Disease). Agrega el documento comentado: “Todas las

regiones de América ocupan lugares por encima de la media mundial

de la carga de enfermedad, tanto para drogas ilícitas como para

alcohol. Destacan los Estados Unidos y Canadá, con el 11º lugar en el

caso de drogas ilícitas y 19º en el caso de alcohol. En los países de la

región sur de América Latina (Chile, Argentina y Uruguay), las drogas

ilícitas y el alcohol ocupan el 18º y 19º lugares, respectivamente, y

en la región tropical (Brasil y Paraguay), el 22º y 17º lugares,

respectivamente. El consumo de alcohol y otras drogas son factores

de riesgo importantes entre sesenta enfermedades y lesiones

derivadas de accidentes y violencia”.

El indicador mortalidad verifica un incremento de aproximadamente

50% por década (desde 1990) para consumo de alcohol y es aún

mayor, para otras sustancias. Similar fenómeno se observa con el

indicador discapacidad.

 Impacto a nivel social:

Entre las consecuencias más destacadas se consideran: mal

desempeño y abandono escolar; falta de productividad en el trabajo;

desempleo; costos económicos para el enfermo y su familia; comisión

de delitos y violencia.

La violencia es un fenómeno reverberante que configura un problema

de salud pública, con altos costos individuales, sociales y económicos.


En relación al consumo de drogas, la violencia se manifiesta de

diversas formas: conflictos a gran escala sobre la producción y el

tráfico, delitos de la calle que se cometen bajo los efectos de

sustancias o para obtener dinero y proveerse de drogas. “Los tipos de

violencia y delito asociados con las drogas varían de país a país,

dependiendo de los problemas que presentan y las políticas públicas

que han adoptado”. Tal como se expresó oportunamente, acorde al

modelo ecológico, la violencia es un fenómeno multicausal que, tanto

en su ejercicio como en la probabilidad de ser víctima, interactúan

cuatro factores: individuales (carga genética y características socio-

demográficas), relacionales (dinámica de los vínculos más próximos),

comunitarios (componentes del ambiente cultural, como la etnia) y

sociales (determinantes que favorecen un clima de violencia, como la

tolerancia a la misma o la discriminación).

La probabilidad de cometer un acto violento es mayor en individuos

usuarios de alcohol, metanfetaminas, cocaína, benzodiacepinas e

inhalables. En el informe de la OPS (Organización Panamericana de la

Salud) “Alcohol, Género, Cultura y Daños en las Américas” pueden

encontrarse resultados vinculados a distintos tipos de violencias y

contextos o modalidades, discriminados por países. La asociación

entre la violencia y el consumo de alcohol u otras drogas está

determinada por distintos factores, pudiendo actuar como

facilitadoras de la conducta violenta, al disminuir la inhibición, el

juicio y la capacidad del individuo de interpretar señales sociales en


forma correcta; la particularidad es que dicha asociación, también se

establece a nivel trans-generacional.

 Políticas y programas:

1).- Reducción de la demanda: se realiza mediante una serie de

intervenciones integradas en múltiples contextos y dirigidas a

diferentes niveles de riesgo. A este fin, es necesario atender los casos

nuevos (intervenciones preventivas) y casos existentes de consumo

problemático (intervención temprana, tratamiento y mantenimiento).

Desde el punto de vista de la salud pública, se enfocan estas acciones

desde tres vertientes: intervenciones diseñadas para impactar al

usuario o a la población en riesgo; disponibilidad de las sustancias; y

sobre el ambiente que tolera o acepta el consumo. Además, ellas

deben adaptarse a las características del consumo dentro de un área

geográfica y población determinadas. “El tipo de políticas adoptadas

por los países deben reflejar aquellos servicios que son

específicamente necesarios para modificar el panorama

epidemiológico del consumo de drogas, así como las consecuencias

de salud y sociales”.

Toda acción de reducción de la demanda implica la de reducir las

consecuencias sociales del consumo de drogas; por ello, requiere

apoyo político, un marco legal sólido y recursos y presupuesto

adecuados para sostener tales políticas. “La evidencia científica y la

investigación son los pilares de una política de reducción de la


demanda bien diseñada”. Para el diseño de políticas públicas debe

utilizarse la mejor evidencia disponible (calidad de acuerdo a un

sistema homogéneo) y también se necesita información para

determinar la eficacia y eficiencia de planes o estrategias pre-

existentes; la evaluación de su aplicación (evaluación de proceso) o

los resultados obtenidos (evaluación de resultados).

En relación a la mencionada investigación evaluativa, el problema

fundamental sin resolver es la falta generalizada de información

sobre cuáles enfoques son los más eficaces en los distintos pues no

se ha llevado a cabo ni a nivel nacional ni local. Asimismo, tal como

se dijo, el uso de sustancias puede estar acompañado de trastornos

mentales y del comportamiento; ello implica que las estrategias o

planes deba configurarse un sistema integral de servicios, con

articulación entre los diferentes sectores, organizaciones y programas

que proporcionan servicios a las personas con problemas

relacionados al uso de sustancias psicoactivas. “Por último, las

regulaciones deben tomar en cuenta la necesidad de respetar los

derechos humanos, y se deben evitar las medidas que han

demostrado tener consecuencias negativas para la sociedad. El fin

último de las políticas de prevención debe ser la creación de un

sistema integral que, además de reducir los daños sociales causados

por el abuso y la dependencia de drogas, pueda proteger el bienestar

individual y colectivo”.

2).- Prevención: la prevención efectiva es aquella que provee a niños,

adolescentes y adultos, las herramientas que necesitan para llevar


una vida sana y productiva. Tradicionalmente se dividen las

estrategias en tres categorías: a) prevención primaria (para reducir el

número de personas que utilizan drogas por primera vez o bien

retrasar la edad en que alguien comienza a consumir drogas)

mediante la reducción de factores de riesgo y fortalecimiento de

factores de protección; b) prevención secundaria (identifica personas

que ya muestran signos de abuso y dependencia de sustancias o

caen en la categoría de consumo), cuyo objeto es la más pronta

intervención para evitar la progresión; y c) prevención terciaria

(estrategias destinadas a limitar los efectos adversos emocionales, de

salud y sociales, así como las consecuencias económicas del consumo

de sustancias psicoactivas).

Desde los últimos años del siglo XX, se fue reconfigurando el marco

de la prevención primaria, fundamentándolo en el concepto de

niveles de riesgo. Por ello, en la actualidad se focaliza en reducir la

vulnerabilidad o el riesgo de iniciar el consumo de drogas y si éste ya

ha comenzado, evitar la progresión del uso hacia trastornos por

abuso o dependencia. Así, se distingue: a) prevención universal

(dirigida a la población general, con diferentes niveles de riesgo para

el consumo de drogas); b) prevención selectiva (dirigida a personas,

familias o grupos específicos que se encuentran en mayor riesgo para

el consumo de drogas y los problemas asociados); y c) prevención

indicada (personas que ya han iniciado el consumo de drogas y que

presentan problemas derivados de ello, como los trastornos de

conducta asociados con el abuso de sustancias.


3).- Reducción de daños: son políticas, programas y prácticas

destinadas a disminuir los efectos sociales, económicos y sobre la

salud asociados con el consumo de drogas legales e ilegales, sin

necesariamente reducir el consumo. “El objetivo es reducir o

modificar las consecuencias en lugar de la conducta de consumir, y

es un complemento a las intervenciones de prevención y tratamiento.

Se enfoca en cambiar la manera en que los individuos usan drogas y

el medio ambiente en donde consumen, partiendo de la idea de que

en algunos grupos de personas el consumo de sustancias

psicoactivas continuará a pesar de los esfuerzos preventivos y

terapéuticos”. Pertenecen a este tipo de acciones: la disponibilidad y

el empleo de jeringas estériles; terapia de sustitución con metadona

(para adictos a opiáceos); distribución de preservativos y la educación

acerca de los riesgos asociados al uso de las drogas intravenosas;

reducción del riesgo de conducir bajo los efectos del alcohol y/o en

estado de ebriedad; etc.

4).- Tratamiento: “deben asumirse de manera integrada y coordinada con los sistemas

de atención de salud, ya que constituyen dos componentes inseparables y esenciales de

una política eficaz en la reducción de la demanda de drogas. Los trastornos por uso de

sustancias son complejos y multifactoriales. Las personas que los sufren requieren

atención apropiada a las características de su condición, la cual puede variar de

acuerdo con diversos factores, entre ellos, el tipo de sustancias y el patrón de consumo,

las condiciones físicas, psicológicas y sociales, previas y asociadas con el consumo, la

existencia de comorbilidad con otros trastornos mentales u otras condiciones crónicas

que afecten la salud del individuo. La eficacia de esta respuesta “depende de la


participación del sistema de salud en los distintos niveles, además de la articulación

con la comunidad y otros servicios fuera del sector de la salud. Esto es particularmente

importante en el área de bienestar social y acceso a servicios de calidad que tengan

continuidad en el tiempo, tal y como corresponde al carácter crónico de estos

problemas”. Toda estrategia de tratamiento comprende fases a corto,

mediano y largo plazo y es muy útil “la implementación de

modalidades de tratamiento de base comunitaria y programas de

reintegración social puede propiciar la recuperación, disminuyendo la

estigmatización de usuarios y familiares”.

Las condiciones más destacadas, en materia de tratamiento son: a).-

la inclusión de poblaciones vulnerables que tienen mayor propensión

al consumo de sustancias (personas privadas de su libertad); b).- uso

de protocolos de probada eficacia, bajo la responsabilidad de personal

calificado, con supervisión técnica y administrativa sistemática, que

resguarden la calidad y la protección de los derechos fundamentales

de las personas allí tratadas; c).- garantizar el acceso a los

medicamentos necesarios, incluida la terapia farmacológica de

sustitución y mantenimiento, así como a intervenciones que cubran

de manera integral las complejas necesidades biopsicosociales de los

usuarios de los servicios; d).- se obtienen mejores resultados cuando

se combinan intervenciones psicosociales y terapia farmacológica, en

planes terapéuticos individualizados basados en la evaluación integral

de necesidades de la persona. La respuesta al tratamiento en los

pacientes con trastornos por uso de sustancias es variable de un


sujeto a otro y uno de los principales obstáculos es el bajo apego al

tratamiento (entre el 30 y el 50%, abandonan).

UNIDAD 2 – INVESTIGACION CIENTÍFICA

Toxicología Forense: (Iván Roqué; Rev., de Cs. Forenses de


Honduras; 2016)

El concepto y alcance disciplinar (Roqué, 2016) comprende un sentido

amplio y un sentido estricto. En el primero alude al estudio e

investigación de los efectos adversos de agentes físicos y químicos

sobre las personas y el medio ambiente, cuando dicha acción acarrea

consecuencias médico-legales. En sentido estricto es aplicación de

conocimientos y procedimientos de química analítica, toxico-cinética-

dinamia, farmacología y otras disciplinas a la identificación y

cuantificación de drogas, venenos y compuestos en fluidos y tejidos

humanos, relacionados con hechos que son objeto de investigación

judicial.

 Áreas / Sub-disciplinas:

En paralelo al desarrollo académico (con autonomía de otras

disciplinas como la Medicina y especialidades de ella, como la Medina

Legal), pueden diferenciarse en la actualidad diversas áreas o sub-


disciplinas de la Toxicología Forense, a partir de su aplicación a

cuestiones tales como la investigación de la muerte por

envenenamiento, el conocimiento de las alteraciones fisiológicas que

producen las sustancias en el organismo humano -cualquiera sea la

vía de ingreso- y la forma en que inciden sobre la salud y el

comportamiento (alcohol y contravenciones o delitos); el vicio de la

voluntad; el error de prescripción médica que provoca un daño en la

salud; el consumo de sustancias para obtener ventajas en una

competencia deportiva; etc.,). Así, se distingue:

a).- Toxicología Forense post-mortem: dedicada a la investigación

de sustancias de interés toxicológico en muestras extraídas del

cadáver para establecer su rol como agente causal o contribuyente

de la muerte;

b).- Toxicología Forense conductual: estudia las drogas que

alteran la conducta, induciendo comportamientos agresivos, o

incapacitantes de las funciones físicas y mentales (sumisión química)

o disociativos (afectan o anulan la percepción de la realidad);

c).- Toxicología Forense anti-dopaje: dedicada a las drogas y

sustancias que modifican el desempeño del individuo en el deporte,

tornándola fraudulenta (anabólicos, fármacos, etc.,);

d).- Toxicología Forense en el lugar de trabajo: consistente en la

vigilancia y control, según esquemas reglamentados, del consumo de

drogas por parte de trabajadores con funciones sensibles (agentes


policiales, sector de seguridad, justicia, pilotos de aeronaves civiles,

conductores de vehículos de transporte terrestre, etc.,); y,

e).- Toxicología Forense medio-ambiental: que se ocupa de la

vigilancia y control de sustancias de uso en la industria y otras

actividades (agricultura, entre otras), capaces de provocar daño en la

salud de las personas, animales y medio ambiente.

Se advierte de la distinción precedente que la Toxicología Forense

requiere saberes disciplinares distintos, los que se organizan en

equipos de trabajo adecuados al objeto de estudio; por ende,

variables en cuanto a la integración de saberes. Así, lo frecuente es

que se convoque a profesionales de la Medicina, Bioquímica y

Química Inorgánica pero ello no excluye el requerimiento de

profesionales de la Ingeniería (en varias de sus orientaciones

disciplinares: medio-ambiental, química, agronómica, etc.,),

Antropología, Psicología, Seguridad, etc.

 Vínculo persona/cuerpo-sustancia:

En cualquiera de las áreas antes mencionadas, la actividad de la

Toxicología Forense se desarrolla en torno a tres ejes los que,

individualmente configuran ámbitos de investigación y estudio. Dada

su amplitud, no obstante el recursos de saberes distintos a la

toxicología que pueden ser utilizados, no es infrecuente que deba

constituirse un equipo de trabajo interdisciplinar, para arrobar a

conocimientos autosuficientes. Lo expuesto es de sencilla


comprensión al advertirse, por ejemplo, que en el caso de la

determinación de sustancias tóxicas en un cadáver, la necesaria

autopsia será cumplida por profesionales médicos que pueden o no

tener además, formación y capacitación en Toxicología. Esos ejes o

ámbitos de trabajo son:

a).- Persona-cadáver: expresión que alude al “cuerpo humano”,

agregando que en el caso de personas vivas, la investigación no se

agotará en la dimensión física del ente sino también comprenderá su

dimensión psíquica. La búsqueda de datos está orientada a la

recolección de antecedentes (personales, laborales, de asistencia

especializada previa, etc.,); evaluación de signos (dato objetivo que

se detecta mediante examen físico o psíquico) y signos (datos

subjetivos que son referidos por la personas que los experimenta,

vgr., dolor, angustia, etc.); la integración de ambos –síntomas y

signos- permite configurar entidades patológicas (síndromes o

enfermedades) las que a su vez, admiten la calificación de “agudas” o

“crónicas” en razón de criterios temporales-evolutivos que son de

naturaleza médica clínica. Finalmente, tanto en el caso de personas

cuanto de cadáveres, se realiza la extracción de muestras biológicas

(sangre, orina, pelo, uñas, otros tejidos, etc.) sobre las que se

efectuarán determinaciones cuali-cuantitativas en el Laboratorio

correspondiente, bajo técnicas válidas y confiables.

b).- Sustancia: sin perjuicio del comentario al respecto que se

realizará más adelante, en el punto actual, el eje consiste en la


identificación química de la sustancia en cuestión; su cuantificación o

concentración en diversos tejidos y fluidos orgánicos; los efectos

farmacológicos sobre el cuerpo humano; la determinación de la dosis

mínima para provocar determinados efectos (denominada “dosis

umbral”), efectos tóxicos (determinados de estados de intoxicación,

aguda o crónica) y efectos letales (determinantes de fallos orgánicos

incompatibles con la continuidad de la vida); el proceso biológico de

incorporación (“vías” de ingreso), distribución a nivel de los distintos

sistemas tisulares (“depósito” de la sustancia por afinidad selectiva

con determinados tipos de tejidos orgánicos), “curva” de acción

(estudio de su acumulación, a través del tiempo con determinación de

efectos a medida que se incrementa la cantidad de sustancia),

metabolización (transformación en degradación a nivel de diversos

órganos) y eliminación (salida del cuerpo humano, con o sin

transformación química, a través de emuntorios y órganos

excretores. Este proceso, en su conjunto, se denomina “cine-

dinámica o fármaco-cinética” de la sustancia y entre otras inferencias

permite establecer su “vida media” (tiempo que tarda una sustancia

en decaer a la mitad, el valor de concentración al ingreso).

c).- Situación: es el escenario, contexto o modalidad de consumo y

administración en el cual se evalúan diversos factores: frecuencia,

voluntariedad, finalidad (recreativa, suicida, homicida, accidental,

etc.), vinculación motivacional con conductas disvaliosas (delitos,

faltas, etc.,).
Toda opinión técnica (pericial, como la que se elabora en un proceso

judicial y según las reglas jurídicas y técnicas del caso) o meramente

informativa (puede estar integrada en un contexto procesal judicial o

administrativo) respecto al vínculo entre una persona humana y una o

más sustancias, deriva de la síntesis integradora de datos obtenidos

de los tres ámbitos o ejes mencionados, evaluados en su conjunto.

 Perspectiva legal:

Entre las acciones destinadas a reducir la oferta de sustancias o

drogas, la regulación legal es un instrumento de uso frecuente, el cual

puede tener diversos criterios orientadores o estructurales. Así, en

nuestro País, la actual ley vigente -23.737, promulgada de hecho en

octubre de 1989- y en opinión de la mayoría doctrinaria, reconoce al

bien jurídico salud pública (de carácter colectivo) como objeto de su

protección.

Desde la perspectiva en análisis, las sustancias pueden diferenciarse

en:

a).- Lícitas: son aquellas cuyo uso no está prohibido por la ley; no

obstante, poseen riesgo adictivo (e inclusive, en algunos casos, letal)

según otras variables que inciden en su consumo (estructura y

dinámica de la personalidad, modalidad de consumo, dosis, etc.).

Entre ellas, cabe diferenciar entre las que se utilizan con finalidad

estrictamente terapéutica y otras, que se utilizan con finalidad

recreativa. Las primeras caen bajo regulación en cuanto a que


dependen de una indicación de necesidad (prescripción o receta

válida), están sujetas a control técnico en su uso (indicación de dosis)

y estudios de vigilancia periódica para evaluar el impacto adverso

que pueden causar sobre la salud. Este último aspecto es

particularmente relevante cuando se trata de sustancias con efectos

ansiolítico, antidepresivo, neuroléptico, analgésico, etc. Cabe tener

presente el uso indebido de medicamentos constituye una de las

conductas adictivas más frecuentes y menos visibilizada. Respecto de

las sustancias lícitas utilizadas con fines recreativos (como el alcohol

y el tabaco), debe expresarse su capacidad de daño sobre la salud

(especialmente, en situaciones de consumo de larga data) y su

significativa potencialidad adictiva.

b).- Ilícitas: se trata de sustancias que poseen una alta capacidad

adictiva y por ello la ley sanciona su producción, distribución,

comercialización y en algunas situaciones contextuales, también

sanciona el consumo.

Esta distinción entre sustancias lícitas e ilícitas, según se ha señalado

con reiteración, “es indiferente en el ámbito de las Ciencias de la

Salud pues el cerebro puede resultar tan afectado con unas como con

otras ya que es indiferente a la calificación legal de la sustancia”.

 Acuerdo terminológico:

Es muy frecuente que frente a la lectura de material documental de

diversa procedencia disciplinar, se recurra a términos que admiten


significaciones diversas y por ello, se propone el siguiente acuerdo a

los fines del presente desarrollo:

a).- Fármaco-dependencia: es la expresión recomendada por la

Organización Mundial de la Salud (OMS) en reemplazo de otros menos

precisos desde la perspectiva toxicológica tales como “toxicomanía”,

“hábito tóxico”, “drogadicción”, etc. Conceptualmente designa al

“estado psíquico, y a veces físico, causado por la interacción entre un

organismo vivo y un fármaco (droga o tóxico), caracterizado por

modificaciones en el comportamiento y otras reacciones que

comprenden siempre un impulso irreprimible para tomar el fármaco

en forma continua o periódica, a fin de experimentar sus efectos

psíquicos y, a veces, para evitar el malestar producido por la

privación”. Fenoménicamente está configurado por un “conjunto de

síntomas cognoscitivos, comportamentales y fisiológicos indicativos

del consumo de una sustancia a pesar de la aparición de problemas

significativos relacionados con ello”, según lo expresa el Manual

Diagnóstico y Estadístico de la Asociación Americana de Psiquiatría.

b).- Droga: es toda sustancia, terapéutica o no, que introducida en el

organismo humano a través de cualquier vía de ingreso, provoca la

alteración del natural funcionamiento del sistema nervioso central

(SNC), de algún modo. Además, es susceptible de crear dependencia

física, psíquica o ambas, según el tipo de sustancia, frecuencia de uso

y permanencia del consumo a través del tiempo.


c).- Uso, abuso y dependencia: se trata de categorías de calificación

clínica (semiológica) de los distintos tipos de vínculos persona-droga.

Ellas se refieren a:

*.- En la categoría del uso de sustancias, designa a un modo de

utilización aislado, episódico y/u ocasional, sin generar dependencia o

problemas de salud significativos. No obstante, puede conducir a

supuestos de daño (e inclusive, graves), en casos de sobredosis (vgr.,

coma etílico). El uso de sustancias puede tener finalidad

“experimental” (la persona “prueba” una o más sustancias, una o

más veces pero con decisión de no repetición deliberada);

“recreativa” (el consumo es más regular, en contextos de ocio con

otras personas con quienes hay confianza, de modo compartido o no);

o “habitual” (con frecuencia regular aunque baja, se utiliza una

drogas a la que se denomina de preferencia y, a veces, otra u otras

que se denominan no preferentes);

*.- En la categoría de abuso de sustancias el consumo es compulsivo

y dicha conducta se incorpora al proyecto vital y cotidiano de la

persona, con las particularidades de su contexto y estilo de vida en

torno al consumo (círculo social, reconocimiento y aceptación dentro

de un grupo);

*.- En la categoría de dependencia, la persona no puede dejar de

consumir pues en caso de hacerlo experimenta un cortejo de

síntomas desagradables; la vida cotidiana queda centrada en el

consumo de la sustancia y a causa de ello desarrolla un círculo vicioso


de retroalimentación (“conseguir-consumir-conseguir”). Hay dos tipos

de dependencia: física y psíquica. La primera implica un cambio

permanente en la estructura y dinámica del cuerpo y en especial del

cerebro, a expensas de un proceso de tolerancia hacia la sustancia.

La dependencia psíquica ocurre cuando la privación de la sustancia

determina malestar, angustia y depresión; a fin de evitar el cuadro, la

persona busca mantener un consumo constante de droga, en la

convicción que “no puede vivir sin consumir”.

d).- Trastorno por consumo de sustancias (dependencia): es la

denominación clínica (diagnóstico) de una categoría taxonómica

clínica (clasificación de cuadros clínicos o afecciones) consistente en

un trastorno desadaptativo de duración no inferior a 1 año, que se

acompaña de una o más de las siguientes manifestaciones:

*.- Tolerancia: necesidad de aumentar la dosis para conseguir el

efecto deseado o la disminución del efecto buscado, al mantener una

misma dosis;

*.- Abstinencia: síntomas físicos y/o psíquicos que son consecuencia

de dejar de consumir la sustancia, con rápido alivio al retomar el

consumo;

*.- Mayor cantidad o durante mayor tiempo del deseado. La primera

posibilidad (mayor cantidad), no debe confundirse con el fenómeno

de tolerancia pues designa a la lisa y llana intención de incremento de

la dosis, a pesar de hacerse conseguido el efecto buscado. En cuanto

a la segunda (mayor tiempo), se refiere al incremento global de la


frecuencia de uso (aun cuando no se haya recuperado del estado

tóxico determinado por una ingesta anterior);

*.- Incapacidad para controlar o interrumpir el consumo, a pesar de

intentarlo;

*.- Empleo de mucho tiempo para conseguir la sustancia o recuperar

los efectos;

*.- Reducción de actividades sociales, laborales o de ocio por el

consumo;

*.- Continuidad del consumo a pesar de saberse las dificultades

físicas y psíquicas relacionadas.

e).- Adicción: es el nombre de una enfermedad crónica y recurrente

del cerebro, de difícil tratamiento y con múltiples recaídas, a partir de

la búsqueda y consumo compulsivo de cualquier tipo de drogas

(inclusive, lícitas), sin considerar en la decisión, las consecuencias

nocivas que acarrea su uso a la salud de la persona consumidora.

f).- Dependencia: designa al proceso de adaptación neuronal que se

desencadena por exposición continuada a la droga, que se produce

de modo necesario para lograr el funcionamiento vicariante

(“normal”) del cerebro. Es el fundamento material de la categoría

clínica de dependencia (antes comentada en el punto c). Tal como se

dijo, la dependencia puede ser física o psíquica o ambas. En base a

estas posibilidades (en rigor, se trata de la intensidad o rigidez de la

dependencia), suele diferenciarse entre “drogas duras” y “drogas

blandas”. Las primeras provocan dependencia psíquica y física (vgr.,


opio y derivados como la morfina y heroína, alcohol, anfetaminas,

barbitúricos, etc.). Las segundas, crean únicamente dependencia

psíquica o psicosocial (vgr., hachís, marihuana, cocaína, ácido

lisérgico, tabaco, etc.). Cabe destacar que esta distinción no se refiere

al potencial nocivo de la droga; más aún, según la dosis de uso,

frecuencia y vía utilizada para el consumo, las denominadas “drogas

blandas” pueden acarrear efectos tanto o más nocivos que las

denominadas “drogas duras”.

g).- Síndrome de abstinencia: fundamentalmente a partir del

fenómeno de dependencia psíquica, el consumo se hace

progresivamente creciente pues se necesita una mayor dosis para

evitar el conjunto de síntomas y signos de malestar derivados de la

privación. Dicho cortejo clínico (síntomas y signos) son orgánicos y

psíquicos, y se manifiestan inmediatamente después de interrumpir el

consumo de una droga de la que se depende. La gravedad del

síndrome o cortejo clínico es variable, según el tipo de droga y la

dosis necesaria para obtener el efecto buscado.

 Clasificación neuro-psíquica (según efecto sobre el

SNC):

a).- Depresoras o Psicolépticas: son sustancias que enlentecen el

funcionamiento cerebral, de manera progresiva, desde la inhibición al

coma (vgr., heroína, alcohol, ácido hidroxibutírico o GHB vulgarmente

conocido como “droga de la agresión sexual”);


b).- Estimulantes o Psicoanalépticas: son sustancias que aceleran el

funcionamiento cerebral, desde la interferencia del sueño hasta

estados de excitación psicomotriz (vgr., cocaína y anfetaminas).

c).- Alucinogénas o Psicodislépticas: son sustancias que distorsionan

el funcionamiento cerebral creando alteraciones sensoperceptivas

(alucinaciones, pseudo-alucinaciones, ilusiones, etc.), a las que

históricamente se ha asociado a ritos místico-religiosos (vgr.,

cannabis, éstasis, LSD, mescalina, psilocibina, feniclidina, ketamina).

 Abordaje médico-legal:

La problemática del consumo de sustancias puede ser abordada

desde diversas perspectivas, tal como se ha expresado antes. No

obstante el valor que ellas individualmente poseen, la de orden

médico-legal se caracteriza por integrarse a través de saberes

diversos que se sintetizan de modo interdisciplinar. En otros términos,

cumple el objeto del paradigma interdisciplinar (esto es, identificar el

remedio más idóneo para resolver una situación problemática

concreta, sin crear de modo abstracto, un saber distinto al de cada

una de las disciplinas que integra). Además, permite explicar

determinadas cuestiones parciales de dicha problemática compleja

(vgr., etio(pato)-génesis de la conducta de consumo), o aplicarse a

fines específicos (vgr., medidas terapéuticas). En efecto, la

perspectiva médico-legal considera:


a).- El aporte de la Toxicología Clínica y Forense: en orden al

establecimiento de un diagnóstico de estado clínico actual, la

categorización del caso en función de las características del consumo,

co-morbilidad, etc.;

b).- El aporte de la Psicopatología Clínica y Forense: en orden al

conocimiento de la estructura y dinámica de los procesos psíquicos

individuales, la existencia de cuadros que pueden considerarse como

pre-mórbidos o favorecedores del desarrollo del consumo tóxico, etc.;

c).- El aporte de la Sociología: en tanto inserta el caso en un contexto

cultural determinado, donde el consumo puede verse promovido y

mantenido, en especial el conocimiento de los determinantes

sociales;

d).- El juicio de ponderación etio(pato)génico, que permite explicar en

términos de integración de los datos obtenido mediante los aportes

antes citados, el proceso individual de exposición, ingreso y evolución

del consumo en el caso concreto (vulnerabilidad);

e).- Médico-legal p.d.: referido a dos cuestiones principales cuales son

la explicación del “efecto criminogénico” del consumo y del estado

psíquico de la persona imputada, al tiempo de cometer el ilícito

reprochado, en los casos de imputación de delitos;

f).- Finalidad político-criminal: en tanto aporta el sustento fáctico

clínico para el control de penas y medidas de seguridad a cargo del

órgano jurisdiccional de ejecución penal competente; y,


g).- Sanitaria: mediante la recomendación de acciones tendientes al

tratamiento, rehabilitación y reinserción social de la persona

consumidora, según las características particulares del caso.

La opinión técnica médico-legal surge del análisis de diversos factores

que pueden ser agrupados del siguiente modo:

#.- Inherentes a la persona peritada:

a).- Edad: el dato es referido a dos momentos que son el de inicio de

consumo (promedio entre los 10 y 12 años de edad, con variaciones

según la sustancia analizada) y el de consumo consolidado (entre los

15 y 25 años de edad, con variaciones según se trate de mono o poli-

consumo);

b).- Sexo: la prevalencia recae en el sexo masculino presumiblemente

vinculado al consumo como medio de identificación endo-cultural.

Como dato en relación a este factor, debe recordarse la frecuencia de

casos en los que el consumo de personas mujeres oculta un vínculo

de poder desigual en favor del varón, constitutivo de situaciones de

genuina violencia de género.

c).- Datos clínicos bio-psicológicos: es la investigación de trastornos

de la personalidad y afecciones psíquicas, en orden al diagnóstico de

co-morbilidad. Este proceso de conocimiento (es decir, diagnóstico)

se encuentra incidido por cambios culturales referidos al consumo de

droga (“inocuidad”, “drogas no dañinas”, etc., que condicionan desde

la catalogación clínica del cuadro a las medidas terapéuticas de

contención y mitigación del daño resultante). En cuanto al modo de


evaluar y recolectar datos clínicos (psico-físicos), es conveniente la

previa protocolización de intervenciones completas, con

racionalización de indicaciones de estudios complementarios y una

vez obtenidos sus resultados, deben ser interpretados en función de

los síntomas y signos clínicos del caso.

# Inherentes a la droga utilizada:

a).- Identificación de la sustancia: es la determinación cualitativa

realizada en el Laboratorio de Toxicología Forense a partir de la cual

se inicia, con precisión, la investigación del caso. Habitualmente es

una operación técnica realizada por profesionales de la Bioquímica,

especializados en el área específica. El tipo de recursos técnicos y

tecnológicos con los que se cuente en el Laboratorio, así como la

protocolización técnica de las determinaciones y el aseguramiento de

una adecuada cadena de custodia (tanto desde el punto de vista

administrativo como estrictamente técnico), son aspectos de

relevancia en orden a la validez y confiabilidad de los resultados.

Cuando se trata de casos donde se ha secuestrado una sustancia

determinada, el dato principal de la identificación se complementa

con otro no menos importante: el grado de pureza y la identificación

de sustancias usadas para “cortarla” (mezcla de droga pura con otras

sustancias, a fin de obtener otros beneficios: mayor ganancia, efectos

tóxicos agregados, etc.). Cuando se trata de casos donde la

investigación se efectúa sobre muestras biológicas (sangre, orina,

tejidos) las sustancias “de corte” también son detectadas e

identificadas pero, muchas veces, plantean dudas de su presencia;


esto es, si se trata de sustancias que ingresaron al organismo junto a

la principal o, por el contrario, se administraron de modo separado,

como poli-consumo de drogas (vgr., analgésicos, ansiolíticos, etc.);

b).- Efectos farmacológicos: una vez identificada la sustancia, sus

efectos farmacológicos aparecen inicialmente suministrados por la

literatura científica específica, en tanto resultados de trabajos de

investigación desarrollados a lo largo de los años, según modelos y

con análisis de variables diversos. Luego, en el caso de poder

realizarse la evaluación psicofísica directa de la persona consumidora,

es a través de la anamnesis (entrevista profesional-paciente) el modo

en que se conocen las expresiones clínicas de los efectos

farmacológicos de una o más sustancias, en ese organismo en

particular. No siempre existe una estricta correspondencia entre los

efectos descriptos en la literatura científica y los que referencia la

persona consumidora. Asimismo pueden conocerse, en su caso, a

partir de registros profesionales de asistencia sanitaria previa al

momento de la evaluación. Lo expuesto es aplicable tanto a efectos

farmacológicos de orden físico como psíquico; no obstante, estos

últimos dada su índole vivencial-conductual evidencian una mayor

individualidad (muy notoria, por ejemplo, en el caso del consumo de

alcohol, donde el “impacto personal” es muy variable). Asimismo,

este tipo de efectos, determinados a partir de la evaluación psico-

psiquiátrica evidencian otros factores de contexto: sesgo subjetivo

del/a entrevistador/a; divergencia entre los discursos doctrinario y

técnico-pericial; etc. En relación, aparece la cuestión de la


denominada “dosis umbral”; esto es, la menor cantidad de droga que

determina la aparición del efecto buscado por la persona

consumidora. En rigor, sobre la base de la individualidad de respuesta

antes aludida, la dosis umbral solo puede estimarse, pero no

determinarse con precisión; más aún, se trata también de un aspecto

donde tiene incidencia la “situación” o contexto de consumo. Por lo

expuesto, comúnmente, el interrogante acerca de la “dosis umbral”

se reemplaza por el dato estadístico resultante de la investigación

toxicológica el que, como se mencionó, procede de la literatura

científica específica. En tal sentido, la dosis media de consumo

(“tenencia para consumo personal”), considerando una previsión de 3

a 5 días, orientativamente se ilustra en la siguiente tabla:

Droga Dosis media

Heroína 3 gr.

Cocaína 7,5 gr.

Marihuana 100 gr.

Hachís 25 gr

LSD 3 mgr.

Sulfato de anfetamina 900 mgr.

Meta-anfetamina 300 mgr.

Flunitrazepam (Rohyonol N.R.) 50 mgr.

Clorazepato dipotásico 750 mgr.

Metilendioximetaanfetamina 1,44 gr.


# Inherentes al vínculo organismo-droga:

a).- Etio(pato)génesis: consiste en establecer el proceso que media

entre el inicio del consumo y el estado psicofísico de la persona

consumidora, al tiempo de su evaluación. Es una explicación de corte

causal (dados los caracteres del fenómeno es, en rigor, con-causal) en

la que se correlacionan, inter-disciplinariamente, factores de

incidencia individual y social, reconstruyendo una histo-biografía del

consumo (edad y droga/s de inicio, patrones de consumo o tipo/s de

droga/s, vía/s de administración, modalidad individual o grupal, etc.);

b).- Antecedentes terapéuticos: el conocimiento del historial

asistencial de la persona consumidora no solo se refiere al vinculado

estrictamente con el consumo; por el contrario, lo adecuado es

investigar la asistencia profesional (de orden físico y psíquico)

recibida a lo largo de la vida pues las causas determinantes pueden

tener correlación con el consumo (vgr., padecimientos físicos de gran

sufrimiento; padecimientos psíquicos que hayan afectado la fortaleza

emocional, etc.). Respecto de los antecedentes terapéuticos

vinculados al consumo de drogas, debe interrogarse acerca del

régimen en el que se desarrollaron (ambulatorio/internación),

duración, adherencia al tratamiento (es frecuente hallar interrupción

de tratamiento), estrategias de abordaje (tratamiento

individual/grupal) y, en su caso, atribución de causa del fracaso

terapéutico;
c).- Diagnóstico de estado: se establece mediante evaluación psico-

física inter-disciplinaria que no solo se limite al aspecto clínico o

semiológico (recolección de síntomas y signos) sino también, la

realización de estudios complementarios de diagnóstico (toxicológico,

laboratorio bioquímico, estudio por imágenes, etc.). A la hora de

realizar una categorización clínica, hay que agregar el alcance de las

denominaciones utilizadas pues ellas pueden tener variación

conceptual (es decir, por ejemplo, que se quiere comunicar al

diagnosticarse que la persona se halla en etapa de “uso” de drogas).

En caso de contarse con informes antecedentes (periciales o de

informe sanitario), es conveniente correlacionarlos con el diagnóstico

actual en el que se concluye; ello permite resolver las eventuales

cuestiones que nacen de la heterogeneidad conceptual entre los

distintos informes y, al mismo tiempo, fundar un juicio evolutivo del

cuadro (vgr., en incremento o peoría). Es frecuente que, concluido el

proceso diagnóstico del estado actual, se efectúen juicios predictivos

acerca del riesgo que presenta la persona peritada; al respecto, cabe

recordar las limitaciones oportunamente señaladas al desarrollar el

tema de la Predicción de Riesgos.

# Inherentes a la conducta investigada en casos de injusto

penal/delito:

a).- Modalidad: el consumo de sustancias en simultaneidad con la

comisión de conductas tipificadas como delitos remite, en primer

término, a la correlación de ambas en la vida cotidiana de la persona,

tanto a nivel individual como social (familiar o micro-social y extra-


familiar o macro-social). Luego, establecer la eventual correlación

estadística entre el consumo y el tipo de delito imputado (contra la

propiedad, contra la integridad psico-física y sexual, violencia de

género, narcotráfico, etc.). Posteriormente, la identificación de

indicadores que vinculen los efectos farmacológicos de la/s

sustancia/s en cuestión con la conducta disvaliosa imputada; en esta

correspondencia, con frecuencia, se advierte el impacto conductual

de los efectos deletéreos de la/s sustancia/s. Finalmente, por lo

común se agrega la opinión técnica referida al estado psíquico de la

persona evaluada, al tiempo de la comisión del hecho que se le

imputa; es decir, si por entonces cursaba o no un estado tóxico y si el

consumo de sustancias de modo previo o simultáneo al hecho, afectó

su capacidad bio-psicológica de culpabilidad penal;

b).- Patrón conductual: en la relación entre la historia vital de una

persona y el consumo de sustancias, aparecen cambios en las

modalidades conductuales que se vinculan a factores y motivaciones

determinantes del consumo. En este proceso evolutivo, son

significativas las reacciones de los sistema micro (familia, amigos

cercanos) y macro-social (institucional, escolar, laboral, deportivo,

etc.) frente a dichos cambios; en su caso, las modificaciones (en

mejoría o peoría) que puedan atribuirse a medidas terapéuticas

previas. No pocas veces se observa, en este corte longitudinal

biográfico, la aparición de las conductas de consumo de drogas como

recurso reiterado frente a situaciones de exigencia afectiva-intelectiva

asociadas al despliegue de actos delictivos como elementos de un


curso conductual recurrente, con fijeza y mantenimiento a través del

tiempo, configurando un patrón comportamental.

La evaluación médico-legal de una persona consumidora de drogas es

la que se utiliza en el ámbito procesal judicial, principalmente

aplicada a las siguientes situaciones:

*.- En el fuero civil:

** Indicación de tratamiento bajo régimen de internación: se realiza

siguiendo los criterios establecidos por la Ley Nacional de Salud

Mental (26.657) y su decreto reglamentario. Tanto en los casos de

internaciones voluntarias como involuntarias, un equipo

interdisciplinario (de naturaleza asistencial y solo excepcionalmente,

pericial) debe verificar: la existencia de riesgo cierto, grave e

inminente para sí y/o para terceros; el carácter de recurso terapéutico

excepcional, por fracaso de toda otra medida y, siempre ser indicado

del modo que resulte menos restrictivo de la autonomía. Los

supuestos en que la internación deriva de la decisión de un juez penal

(art. 34 inc. 1, 2do., párrafo; Código Penal Argentino), la internación

se rige por iguales criterios, excepto en cuanto al alta institucional

(pues debe comprobarse mediante la intervención de peritos que ha

cesado el riesgo que motivó la internación);

b).- Restricciones a la capacidad de ejercicio: están reguladas a partir

del artículo 31 del Código Civil y Comercial de la Nación. Pueden

aplicarse a casos de personas mayores de 13 años de edad en las

cuales el consumo de drogas determinó adicciones (o enfermedad


mental) de suficiente gravedad, con estabilidad o mantenimiento del

detrimento psíquico y siempre que se estime que del ejercicio de su

plena capacidad puede resultar un daño a su persona o a sus bienes.

La restricción de la capacidad no es un supuesto de incapacidad (es

decir, no se sustituye la voluntad de la persona sobre la que recae,

sino que se la acompaña a través de un sistema de apoyos); tienen

finalidad tutelar (en beneficio de la persona restringida); temporal

(sujetas a revisión y con duración máxima de la sentencia, en 3 años);

no proceden de oficio (requiere la instancia de acción de un juez

competente, a través de las personas legitimadas); y la persona en

cuyo beneficio se promueve, es partícipe activo del proceso (desde su

inicio a fin).

** En el fuero penal:

a).- Determinación de la capacidad bio-psicológica de culpabilidad

penal: si bien debe establecerse en cualquier supuesto delictivo, por

mandato legal, adquiere especial interés en los siguientes casos:

delincuencia inducida (el delito “nace” del consumo de drogas);

delincuencia funcional (el delito “paga” el consumo de drogas); y,

delincuencia relacional (el delito “convive” con el consumo de

drogas);

b).- Infracción a la ley 23.737 (narcotráfico): Santiago Alemán y Pablo

Acosta son autores de “Bien jurídico protegido de la ley 23.737; delito

pluri-ofensivo” (https://www.amfjn.org.ar/2020/12/28/bien-juridico-

protegido-de-la-ley-23-737-delito-pluriofensivo/), con el objeto de

realizar un “riguroso análisis de la ley de estupefacientes y


psicotrópicos, centrándonos preponderantemente en su origen

tuitivo, el basamento que motivó su elaboración, su conminación

concreta en la normativa y las consecuencias trascendentales del

delito en sentido restringido y genérico, afectando bienes jurídicos

que han sido inobservados por la misma”. Sin perjuicio de

recomendar la lectura completa del mencionado trabajo, se destaca

el siguiente pasaje: “Las consecuencias perjudiciales del narcotráfico

y su consumo resultan inconmensurables, de imposible cuantificación

y conocer acerca de la realidad económica que promueven las

conductas, su funcionamiento y dinamismo, permite también

reconocer las repercusiones generales del delito y en consecuencia

los bienes jurídicos que deberíamos proteger. La situación actual de

Argentina, no escapa a la realidad advertida de forma mundial por el

impacto del narcotráfico, no sólo por los efectos perjudiciales

causados por la drogadicción, sino por el impacto que generan tales

actividades criminales en los poderes del Estado, ramificando la

corrupción, impactando a nivel económico, en gastos relativos a la

prevención del consumo de drogas y consecuentes centros curativos

necesarios para atender sus efectos, en seguridad fronteriza, la

mutación de delitos de las organizaciones delictivas como puede ser

el lavado de activos, financiamiento del terrorismo, trata de personas

o contrabando de bienes, ocasionando incalculables efectos

económicos y sociales”.

La conducta de tenencia de estupefacientes, para uso personal o

simple tenencia, es la que motiva discusión respecto a su inclusión en


el texto legal considerándose que la ley solo puede sancionar antes

supuestos de “hacer” o de “omitir hacer”, pero es neutro, la mera

circunstancia de “tener” o “poseer” sin el agregado de fin

(https://www.pensamientopenal.com.ar/system/files/2007/07/

doctrina33432.pdf).

** En el fuero laboral-previsional:

El consumo de sustancias, por afectación psicofísica de la persona

consumidora, puede determinar una discapacidad laboral o

previsional, la que debe precisar en su monto (parcial o total) y

carácter (temporal o permanente), según los criterios establecidos en

regímenes legales específicos (leyes 24.241 y 24.557, sus

modificatorias y decretos reglamentarios respectivos). La

discapacidad se establece en base a “baremos” o tablas que son

específicos de uno y otro régimen.

 Consumo de alcohol:

El alcohol es la sustancia de mayor consumo a nivel mundial y en

nuestro País (52%, según datos de Naciones Unidas). La observación

remite a factores culturales arquetípicos y económicos, estando

presente en las culturas más antiguas de la humanidad. Es también la

sustancia que con mayor frecuencia se asocia al consumo de otra/s

(una o más) sustancias preferenciales, en la búsqueda de efectos

combinados por interacción (vgr., con marihuana o cocaína). El

consumo aparece significativamente signado por símbolos que se


trasladan a la interacción humana e institucionalizan: “bebida de los

pueblos fuertes”; “preserva la salud”; y su presencia es necesaria en

determinados ritos (religiosos, de iniciación) o habitual por su especial

valoración (“bebida de las celebraciones”). Asimismo, es medio

instrumental de construcción y refuerzo del estereotipo machista (la

tolerancia a la ingesta de alcohol es “medida” de la fortaleza física

solo atribuible a la figura masculina) y muy frecuentemente aparece

asociado en conductas de violencia de género u otras acciones

asociales incididas por el estereotipo (conducción imprudente de

vehículos, lesiones y homicidio en reuniones sociales). Por último, el

consumo de alcohol está rodeado de mitos que, no obstante su

carácter, son frecuentes: no es un alimento; no estimula el apetito; no

incrementa ni potencia el placer sexual; no promueve la imaginación

ni la creatividad; y no socializa (por el contrario, antes bien aísla).

Paralelamente a lo expuesto, la producción y comercio de bebidas

alcohólicas es fuente de trabajo e ingreso para muy amplios sectores

humanos, desde tiempos inmemoriales, generando riqueza y

contribuyendo a la identidad de grupos humanos (“el whisky es

escocés”, “el champagne es francés” y “el vodka es ruso”).

Tal como se señaló con anterioridad, el consumo de alcohol en

nuestro medio confuta un problema de salud pública, con

repercusiones en todo ámbito de análisis (económico, social, etc.,).

De allí que, en tanto aporte de saber destinado a profesionales de la


Criminología, resulte conveniente plantear un panorama general de

orden médico-legal.

La primera aclaración necesaria es que los alcoholes son un grupo de

compuesto químicos orgánicos caracterizados por la presencia de

uno o más grupos funcionales hidroxilo; el más utilizado es el etanol o

alcohol etílico, pues está presente en las bebidas alcohólicas y en los

desinfectantes. Otros tipos de alcoholes son el metanol o alcohol

metílico (presente en disolventes), el alcohol isopropílico (N-

propanol), butanol, dioles, etc.

La presencia de etanol en bebidas y otros productos, se ilustra con las

tablas que a continuación se expresan, según fuente española

(Consejería de Salud de la Región de Murcia-España:

https://www.murciasalud.es/toxiconet.php?

iddoc=167566&idsec=4014#:~:text=Farmacocin%C3%A9tica,horas

%20con%20la%20ingesta%20alimentaria).

“Contenido en etanol de las principales bebidas alcohólicas.

El etanol es el principal componente de las bebidas alcohólicas y en la

tabla 1 se expresa el contenido de las principales. Muchos productos

domésticos contienen etanol y esto hace posible que sea responsable

de algunas intoxicaciones accidentales en la infancia”.

“El procedimiento de obtención determina la diferente graduación o

contenido en etanol. El porcentaje en volumen que aparece en el

etiquetado, debe multiplicarse por 0,8, que es la densidad del alcohol,


para obtener el equivalente en gramos. Así, una bebida que contiene

"18% vol" significa que tiene 14,4 gramos de etanol por cada 100 ml.

El alcohol de farmacia al 96% contiene 77 gramos de etanol por cada

100 ml”.

Procedimient Etanol
Tipo de Etanol en gramos por cada 100
o de en
producto ml
obtención volumen
Fermentación 3,2-4,8.
Cerveza de frutas o 4% - 6 % 1 “caña”= 5 gramos. 1 "quinto"= 8-
granos 10 gramos. 1 "lata"= 13 gramos
Fermentación
12% - 9,6-11,2.
Vino de frutas o
14% 1 copa (100 ml)= 10-11 gramos.
granos
Fermentación
9,6.
Cava/champán de frutas o 12%
1 copa (100 ml)= 10 gramos
granos
28.
Anís Destilación 35%
1 copa (50 ml)= 14 gramos
Coñac, 37% - 29,6-32.
Destilación
ginebra. 40% 1 copa (50 ml)=15-16 gramos.
Whisky,
32
vodka, ron, Destilación 40%
1 copa (50 ml)= 16 gramos
orujo.

Porcentaje del contenido de etanol en distintos productos domésticos

Etanol
Tipo de producto en Etanol en gramos por cada 100 ml
volumen
After-shave 15%-80% 12-64
Fármacos
anticolinérgicos y 5%-16% 4-12,8
catarrales
Antitusígenos 5%-70% 4-56
Limpiacristales 10% 8
Antisépticos orales 15%-25% 12-20
Perfumes y colonias 25%-95% 20-76

“El etanol ingresa al organismo por vía oral y tiene rápida absorción a

nivel gástrico (20-30%) y en la porción más proximal del intestino

delgado (70-80%); se completa en un período variable entre 30 y 60

minutos pero, puede retrasarse hasta 2-3 horas con la ingesta

alimentaria”. Circula libremente en el plasma (sangre) y actúa a nivel

de receptores (GABAa y canales de cloro asociados) que determinan

un efecto similar al de benzodiacepinas (tranquilizantes menores) y

los barbitúricos; de allí, la producción de depresión dosis-

dependiente. “La euforia que acompaña a la ebriedad, en una

primera fase, es consecuencia de la depresión de estructuras

inhibitorias”.

En cuanto a la metabolización, fundamentalmente (90%) se produce

en el hígado, mediante dos pasos: a).- por acción de la enzima

alcohol-deshidrogenasa (ADH) que lo transforma en acetaldehído.

“Este metabolismo es variable en función de la inducción enzimática

(no alcohólicos versus alcohólicos) y puede oscilar entre 7-10

gramos/hora, lo que significa en la práctica que la etanolemia” (o

alcoholemia) “desciende unos 150-200 mg/l y hora en los no-

inducidos y hasta 225-300 mg/l y hora en los inducidos. También el

sexo interviene en la velocidad de metabolización (está disminuida en


las mujeres)”; dicha circunstancia “explicaría la vulnerabilidad de

éstas a las complicaciones de la intoxicación etílica”; y. b).- por

acción del sistema enzimático dependiente del citocromo P-450,

denominado sistema oxidativo microsomal del etanol (MEOS). Solo

entre el 2 y 10% del alcohol etílico ingerido, se elimina sin alteración

a través del sudor, orina y pulmón. A este último nivel (pulmonar o

aire), se elimina en forma proporcional a su concentración en sangre,

por ello puede ser inferida a partir de la concentración en el aire

espirado.

La intoxicación alcohólica determina una serie de cuadros clínicos

que, esquemáticamente, puede diferenciarse en:

a).- Agudos: la exposición es de corta duración y rápida absorción

debido a dosis únicas o múltiples; las manifestaciones clínicas siguen

un curso y resolución rápidos;

b).- Sub-crónicos: exposiciones frecuentes o repetidas durante varios

días o semanas antes de la aparición de síntomas;

c).- Crónicos: exposición repetida, durante un período prolongado, con

procesos agudos intra-cronicidad, aún por dosis únicas.

La intoxicación aguda muestra un cuadro clínico que es derivado del

efecto tóxico sobre el sistema nervioso central (SNC), se denomina

Ebriedad y constituido por síntomas somáticos, neurológicos y

psíquicos. Dicho estado se corresponde con una concentración de

alcohol en sangre (alcoholemia) y en orina (alcoholuria); esta última


es aproximadamente un 25-30% mayor que la primera (ley de tenor

hídrico) y de menor confiabilidad si se trata de establecer

correlaciones entre concentración de alcohol y signo-sintomatología

clínica. Existe una personal variabilidad de respuesta frente a la

ingesta alcohólica (variación de tolerancia; “cultura alcohólica”) y la

correlación con los niveles de concentración de alcohol en sangre

(alcoholemia), son solo orientativos. La misma fuente bibliográfica

citada, previo a la sistematización clínica gráfica que se adjuntará,

aclara: “ […] sólo a título orientativo, puede asociarse una

determinada concentración en sangre con las manifestaciones

clínicas de una intoxicación etílica en una persona no habituada al

consumo de bebidas alcohólicas versus el bebedor habitual crónico.

Otros hallazgos en la exploración pueden ser hipotermia, hipotensión

y taquipnea”.

Etanolemi Bebedor
Bebedor ocasional
a habitual/crónico
Aliento etílico y enrojecimiento facial por
vasodilatación. Trastornos de conducta
en forma de desinhibición, euforia,
disartria (habla farfullante) y ataxia.
0,5 - 1 g/l Escasos o leves
Sensación de mareo con náuseas y
vómitos (por gastritis aguda).

Puede aparecer agitación.


1 - 2 g/l La sensación de mareo es más acusada Euforia,
y mayor el malestar general debido a la descoordinación
reiteración de las náuseas y los vómitos.
Los trastornos de la conducta van en
aumento con un discurso incoherente e
incoordinación motora (en algunos
pacientes puede dominar la agitación
extrema), a lo que se siguen
manifestaciones de depresión del
sistema nervioso central: bradipsiquia,
incoordinación motora, somnolencia,
obnubilación y estupor
Alteraciones
Letargia, coma. Riesgo de vómitos y
2 - 3 g/l emocionales y
bronco-aspiración
motoras
Alteraciones
4 g/l Somnolencia, estupor o coma emocionales y
motoras
Rango
potencialmente
letal. Coma
Rango potencialmente letal. Coma
profundo, con
>5 g/L profundo con riesgo de apnea, parada
riesgo de apnea,
cardio-respiratoria y muerte
parada cardio-
respiratoria y
muerte.

[“Manifestaciones clínicas de la intoxicación alcohólica en función de los niveles sanguíneos

de etanol. En bebedores crónicos se requieren niveles más altos para alcanzar estados

similares de intoxicación. Modificada de Valle FJ et al. Intoxicación por alcohol etílico. Jano

2006; 0 (Nº 1.609): 37-9”].

Desde la perspectiva médico-legal, un autor nacional -Vicente P.

Cabello-, sistematiza a las intoxicaciones agudas en base a la calidad

e intensidad de los trastornos somáticos y neuro-psíquicos, en 3

períodos progresivos:

a).- 1° grado de Ebriedad: excitación (“vino alegre”); depresión (“vino

triste”) o somnolencia (“vino onírico”), aunque predominan los casos

de estado de bienestar, euforia, locuacidad, optimismo, etc., (“Las

dos F: fugacidad feliz”). Algunos cuadros definidos son el “vino

payasesco” (canta, baila, es impertinente, etc.,) y el “vino

sentimentaloide” (afecto bizarro, adhesivo, ternura forzada y


frecuente llanto liberador de penas). “No es infrecuente que muestre

a la persona celosa, susceptible e irritable, que se enfada por

cualquier nimiedad, con marcada tendencia a convertirse en violenta

y pendenciera (“mala bebida”). No se pierde el control de la

conducta ni la claridad de la conciencia perceptiva; tampoco se

suspenden las funciones cognitivas y volitivas. No hay amnesia

(puede haber leve dismnesia), no afecta el ejercicio consciente y

voluntario de las acciones”. Alcoholemia: 1 a 2 gr/l.;

b).- 2° grado de Ebriedad (Ebriedad completa o médico-legal): período

caracterizado por 3 elementos esenciales: incoordinación neuro-

motora; alteraciones graves de la conciencia; y, automatismos.

Aparece la inestabilidad estática y ambulatoria; suspensión de las

funciones cognoscitivas; fallos de la memoria; pérdida de la

comprensión de los actos, de la capacidad crítica, fracaso de frenos

inhibitorios y predominio de movimientos por automatismos. “No

sabe lo que hace ni recuerda lo que ha hecho”. Alcoholemia: 2,5 a 3

gr/l. Es el período prototípico de los “estados de inconciencia” del art.

34., inc. 1°, primer párrafo (CPA). El criterio para el diagnóstico es

clínico (no bioquímico-alcoholemia), y no necesariamente debe

verificarse la tríada semiológica completa; de los 3 elementos

esenciales, el de mayor interés médico-legal es la amnesia (de inicio

y fin progresivo; no selectiva; no fragmentaria ni lacunar);

c).- 3° grado de Ebriedad: es el más grave y se desarrolla en dos

fases, a saber:
* Sueño profundo: el cuerpo está en extensión y fláccido, con la boca

abierta o semi-abierta, sin movimientos posturales, la conciencia

psicológica está suspendida (no así la conciencia fisiológica, es decir,

hay respuestas a reflejos neurológicos). Si se aplican estímulos

enérgicos, responde con un despertar en estado de obnubilación de

breve duración y con rápida continuidad en estado de sueño; y,

* Coma: por mayor gravedad del cuadro, se afecta y queda

suspendida la conciencia fisiológica (no responde a reflejos

neurológicos); se entra en fase de peligro de vida. La persona está

inmóvil, solo funciona el sostén neurológico de la vida vegetativa

(respiración, actividad cardíaca, etc.), cae la tensión arterial y

comienza a enfriarse rápidamente (hipotermia grave). Sin tratamiento

y librado a su evolución natural, el coma conduce al óbito o muerte

(“exitus letalis”). El proceso comatoso, considerado en sí mismo, se

desarrolla en 4 etapas o grados: 1ro. (están presentes los reflejos

superficiales, profundos y oculares); 2do. (sólo los reflejos oculares

están francamente presentes); 3ro. (presenta ausencia total de

reflejos y las pupilas están contraídas o en miosis); y 4to. (el

electroencefalograma es plano y las pupilas están dilatadas o en

midriasis).
Finalmente, el mismo autor argentino citado, caracteriza a la

“Ebriedad patológica” como la entidad clínica que se verifica en casos

de intoxicaciones alcohólicas agudas de personas que padecen

epilepsia, secuelas de traumatismos encéfalo-craneanos o de

intervenciones quirúrgicas cerebrales o de encefalitis, insuficiencia

hepática, hipoglucemia, carencias vitamínicas (en especial, del

complejo vitamínico B), agotamiento, desnutrición y cualquier

enfermedad mental (desde depresiones reactivas a retrasos

mentales). Se caracteriza por verificarse en casos de ingesta escasa

(“Lo mínimo hace lo máximo”) y puede presentarse bajo una de dos

formas clínicas: a).- Agitada o grave: que tiene un inicio abrupto y

muy rico en síntomas y signos; la persona, sorpresivamente, amenaza

o insulta, agrede, rompe objetos o huye sin orientación. Se acompaña

de alucinaciones visuales, impulsividad descontrolada y movimientos

por automatismo. El umbral de tolerancia al alcohol es muy bajo.

Finaliza en un sueño profundo, de inicio brusco, por agotamiento; y,

b).- Estuporosa: se observa una abrupta caída en sueño profundo, de

varias horas de duración, que deja amnesia ulterior del episodio.

En cuanto a la capacidad patogénica del alcohol para producir crisis

convulsivas, cabe decir que efectivamente puede provocarla tanto en

personas con antecedentes epiléptico como sin ellos. Se conoce por

estudios electroencefalográficos, que el alcohol determina un estado

de hiper-excitabilidad por aumento de la actividad eléctrica de tipo

beta a nivel cerebral. En los casos de personas sin antecedentes

convulsivos, el alcohol los puede producir con mayor frecuencia


después de un período de abstinencia (36 a 48 horas), pudiendo ser

convulsiones aisladas o agrupadas y tienen una duración corta.

Habitualmente son de tipo tónico-clónicas generalizadas pero, en

menos casos, hay focalidad neurológica.

Respecto al aporte del laboratorio toxicológico, la fuente doctrinaria

española que se ha seguido, expresa. “El etanol puede determinarse

en un laboratorio general con carácter de urgencia. Las dosis tóxicas

en adultos se estiman en 5 gramos/kg y 3 gramos/kg en niños. La

dosis letal para el individuo adulto se estima en 300-400 ml de etanol

puro en menos de una hora. Debe descartarse siempre la

hipoglucemia (mediante un test rápido) en toda intoxicación

alcohólica que curse con trastornos de la conciencia. Los fenómenos

de tolerancia son muy importantes, lo que explica las frecuentes

discrepancias entre las concentraciones de alcohol en sangre y el

estado clínico del paciente, en función de que se trate de un

consumidor esporádico o habitual. El hígado es capaz de metabolizar

el etanol normalmente a un ritmo de unos 10 gramos/hora, lo que

significa que la alcoholemia debe descender espontáneamente de 0,1

a 0,2 g/l cada hora, y más rápidamente en las personas habituadas.

En una persona de unos 70 kg se eliminan de 6,5 a 14 g/h. Por tanto,

el valor de alcoholemia dependerá también del tiempo transcurrido

desde la ingesta”.

 Algunas sustancias en particular:


Fuente:https://drogues.gencat.cat/es/ciutadania/sobre_les_drogues/

taula_de_resum/index.html [“Tabla resumen de efectos y riesgos-

Canal Drogues- Gencat]

1.- Anfetaminas:

Sustancia estimulante, utilizada para obtener excitación, euforia y

disminución de la sensación de fatiga.

Originan trastornos físicos (complicaciones cardiovasculares,

complicaciones hepáticas, hipertermia, etc.) y psiquiátricos (trastorno

del estado de ánimo, paranoia, alucinaciones). Generan una fuerte

adicción.

2.- Setas alucinógenas:

Alucinógeno utilizado para obtener, en dosis bajas, risa y alteración

suave de la percepción; en dosis altas, modificación del estado de

conciencia y “viaje psicodélico”.

Provocan paranoia y ansiedad. Conllevan el riesgo de experimentar

un mal viaje (pérdida de control de las emociones, ansiedad, pánico).

Conllevan el riesgo de experimentar reviviscencia (padecer de nuevo

algunos efectos al cabo de un tiempo tras el último consumo). Hacen

aflorar problemas de salud mental temporales y/o permanentes.

Conllevan riesgos en la conducción de vehículos. Conlleva riesgos en

las relaciones sexuales, como el olvido del uso del método


anticonceptivo. Conllevan riesgo de sufrir y/o cometer agresiones

sexuales fruto del modelo patriarcal.

3.- Cocaína:

Estimulante utilizado para obtener euforia, disminución de la fatiga y

seguridad en uno mismo.

Provoca ansiedad y paranoias. Provoca trastornos cardiovasculares,

como infarto de miocardio y hemorragia cerebral. Conlleva riesgos en

la conducción de vehículos y en las relaciones sexuales, como el

olvido del uso del método anticonceptivo o de prevención de las ITS.

Conlleva el riesgo de sufrir y/o cometer agresiones sexuales fruto del

modelo patriarcal. Conlleva riesgos de sufrir un accidente laboral.

Genera una adicción rápida. El consumo durante el embarazo provoca

crecimiento deficiente del feto, complicaciones durante la gestación

debido a la acción vasoconstrictora (aborto, desprendimiento de la

placenta), crecimiento intrauterino retardado (CIR), prematuridad,

malformaciones en el feto o en el bebé. Hace aumentar los riesgos de

padecer accidentes, negligencias en el cuidado y la crianza de los

niños tanto puntualmente como cuando existe un consumo regular.

4.- Cannabis:

Depresor y alucinógeno (algunos tipos de marihuana), utilizado para

obtener risa, estimulación de la creatividad, intensificación de las

sensaciones y relajación.
Afecta a la atención y la coordinación. Afecta a la memoria y la

capacidad de aprendizaje. Genera problemas de rendimiento escolar.

Hace aumentar el riesgo de sufrir un accidente de tráfico o laboral.

Provoca bajadas de tensión. Las experiencias intensas se pueden vivir

negativamente (paranoias, ataques de angustia). El consumo a

menudo va asociado al tabaco. A largo plazo puede incrementar el

riesgo de padecer problemas respiratorios y cardiovasculares, y

varias formas de cáncer. El modelo de consumo de cannabis en la

familia influye en el consumo de riesgo de los niños. El consumo

abusivo de cannabis aumenta los riesgos de sufrir accidentes,

negligencias en el cuidado y la crianza de los niños tanto

puntualmente como cuando existe un consumo regular.

5.- Heroína:

Depresor, consumido para obtener euforia, placer, relajación,

bienestar.

Conlleva el riesgo de transmisión de enfermedades infecciosas

(hepatitis víricas, tuberculosis, VIH/sida) cuando se comparten o

reutilizan utensilios de consumo. Puede provocar una sobredosis. La

interrupción del consumo conlleva la aparición de un fuerte síndrome

de abstinencia. Conlleva riesgos en la conducción de vehículos y en

las relaciones sexuales como el olvido del uso del método

anticonceptivo o de prevención de las ITS. Conlleva el riesgo de sufrir

y/o cometer agresiones sexuales fruto del modelo patriarcal en los


contextos concretos de consumo de heroína. Genera una adicción

rápida.

6.- Inhalantes:

Casi todos los inhalantes de abuso, con excepción de los nitritos,

producen su efecto placentero al reducir la actividad del sistema

nervioso central (SNC). En contraste, los nitritos dilatan y relajan los

vasos sanguíneos en lugar de actuar como agentes anestésicos.

En acción estimulantes (en dosis bajas), son utilizados para obtener

euforia y desinhibición. En acción depresora, para moderar el

funcionamiento del sistema nervioso central.

Aumentan el riesgo de sufrir trastornos físicos importantes (hepáticos,

pulmonares, neurológicos, circulatorios, etc.) y mentales

(alucinaciones, comportamientos agresivos, delirios, etc.). Generan

una rápida adicción.

7.- Ketamina:

Alucinógeno disociativo consumido, en dosis bajas, para obtener

sensación de borrachera y desequilibrio. En dosis altas, des-

realización (fuerte alucinación por efectos disociativos, separación

cuerpo-mente).

Produce movimientos involuntarios de los ojos, temblores, agitación y

rigidez. Genera de problemas de salud mental (ansiedad, depresión,

paranoia). Provoca insensibilidad al dolor y entumecimiento. Conlleva

riesgos en la conducción de vehículos. Conlleva riesgos en las


relaciones sexuales, como el olvido del uso del método anticonceptivo

o de prevención de las ITS.

8.- Ácido lisérgico (LSD):

Alucinógeno utilizado, en dosis bajas, para obtener risa y alteración

suave de la percepción; en dosis altas, modificación del estado de

conciencia y “viaje psicodélico”.

Provoca paranoia y ansiedad. Conlleva el riesgo de experimentar un

mal viaje (pérdida del control de las emociones, ansiedad, pánico).

Conlleva el riesgo de experimentar reviviscencia (sufrir de nuevo

algunos efectos al cabo de un tiempo después del último consumo).

Genera problemas de salud mental. Conlleva riesgos en la conducción

de vehículos y en las relaciones sexuales como el olvido del uso del

método anticonceptivo o de prevención de las ITS.

9.- Psicofármacos:

Dependiendo de la dosis y el tipo de fármaco, pueden actuar como

ansiolíticos (reducción de la ansiedad) o hipnóticos (inducción del

sueño).

En dosis elevadas, provocan somnolencia, déficits de memoria o falta

de coordinación motora. En dosis muy elevadas y combinados con

otros depresores (el alcohol, por ejemplo) provocan una grave

disminución de la capacidad de reacción, reducción en el ritmo de la

respiración (depresión respiratoria) e, incluso, el coma o la muerte. El


uso sin control médico durante un tiempo prolongado induce a la

aparición de tolerancia y dependencia. Aunque son drogas legales y

su consumo tiene una menor sanción social, pueden ser tan nocivas

como las drogas ilegales. A menudo se utilizan para apaciguar

malestares vitales y dificultan afrontar situaciones no deseadas que

se viven, por ejemplo, situaciones de violencia.

10.- Éxtasis (MDMA):

Estimulante, utilizado para obtener ganas de bailar, conexión con uno

mismo, la música y la gente que hay alrededor.

Hace aumentar el riesgo de padecer un golpe de calor (aumento de la

temperatura corporal) cuando va acompañado de una actividad física

prolongada, por ejemplo, bailar. Como los consumidores desconocen

su composición, tienen mayor riesgo de no acertar su dosificación.

Conlleva riesgos en la conducción de vehículos y en las relaciones

sexuales, como el olvido del uso del método anticonceptivo o de

prevención de las ITS.

 Drogas de síntesis:

La expresión designa a un conjunto de sustancias psico-estimulantes,

en su mayoría derivadas de anfetaminas, que habitualmente se

presentan en forma de comprimidos con colores, imágenes o

logotipos llamativos a las que se identifica como "pastillas".


De modo impropio, suele denominárselas como "drogas de diseño",

asociadas a la cultura del ocio y la música electrónica. Esta expresión

es atribuida a Gary Anderson, farmacéutico de la Universidad de

California, en los años sesenta. “El concepto incorporaba un doble

sentido: drogas que podían fabricarse en laboratorios clandestinos,

mediante una sencilla elaboración y equipos básicos, que no

precisaban grandes redes de distribución. Se podían diseñar a gusto

del consumidor para imitar los efectos de otras drogas cuyo tráfico

era un delito. Por otra parte, eran de drogas que, por su novedad

estructural, no aparecían en la normativa legal, con lo que se evitaba

la persecución penal. Es decir, se trata en algunos casos de productos

no registrados aún que aprovechan el hueco legal que se deriva de su

novedad química. Sin embargo, no suelen ser drogas nuevas u

originales. Muchas son sustancias preexistentes para las que se trata

de encontrar mercado sustituyendo a psicofármacos controlados. En

este sentido son drogas sintéticas o semi-sintéticas. Algunas poseen

un alto poder adictivo es decir, generan dependencia y tolerancia. El

sujeto puede pasar de tomar una pastilla a 6 u 8, aspecto que

favorece los cuadros de intoxicación” (Amparo Arroyo Fernández, “Drogas

de diseño en el ámbito judicial”, 2003).

Acorde a lo expuesto en el comentario informativo de Servicio de

Drogodependencias y otras Adicciones, dependiente de la Dirección

General de Salud Pública y Consumo del Gobierno de La Rioja

(España), el problema de las drogas de síntesis aparece en la década

de 1960 cuando se produce la recuperación de la síntesis del MDMA


(3,4-metilendioximetanfetamina); esta sustancia había sido

descubierta en 1912 y patentada en 1914 por la compañía Merck

como vasoconstrictora (según otros como anorexígeno), pero nunca

llegó a comercializarse. “A partir de entonces, comienza a usarse

como droga psicoactiva y en los setenta aparecen los primeros

estudios sobre sus efectos. El perfil actual de utilización de drogas de

síntesis parece iniciarse en 1985 o 1986 en Ibiza. Desde este

momento su uso se ha asociado a fiestas y músicas electrónicas de

tipo Acid, Techno, Dance”. ”Las pastillas se consumen los fines de

semana en ambientes festivos y en compañía de amigos. Lo más

frecuente es tomar una o más pastillas por noche, hasta el punto que

un 25% de los usuarios toman más de 4 pastillas, y simultanearlas

con cannabis, alcohol y tabaco. Menos frecuentemente se asocian a

cocaína, otras anfetaminas y algo menos a alucinógenos. Esto supone

un gran riesgo sanitario que, en muchas ocasiones, es desconocido

para los jóvenes. En general, el creciente éxito de estas sustancias

radica en los mitos y creencias erróneas que sobre ellas se tienen,

entre las que están: su presentación atractiva y cómodo uso; muchos

usuarios ni siquiera consideran que el éxtasis sea una droga; la

creencia generalizada de su inocuidad; el efecto que produce de

autoconfianza, estado de alerta, aumento de la resistencia, mejor

rendimiento físico y efecto anorexígeno; la duración de su efecto

estimulante sobre el Sistema Nervioso Central ,su relativamente bajo

costo y fácil disponibilidad”.


Poseen “mayor potencia y rapidez de acción que los alcaloides

naturales, cuyos efectos imitan parcialmente”. “En términos

generales, los efectos de todas ellas son similares y directamente

relacionados con la dosis, frecuencia del uso y vía de administración.

Los sujetos consumidores relatan: a).- efectos psíquicos (euforia,

elevación de la autoestima y desinhibición; pueden experimentar

confusión, ansiedad o agresividad. La depresión que sobreviene tras

su retirada puede ser importante y causar claras inclinaciones

suicidas); b).- efectos alucinógenos leves (pueden producir

alteraciones del color o de la textura, pero no da lugar a la visión de

objetos irreales) y c).- efectos autonómicos (hiperhidrosis, visión

borrosa, anorexia y elevación de la presión arterial y taquicardia).

Existe gran confusión en relación a sus posibles efectos afrodisiacos

ya que si bien para algunos autores existe dicho efecto, otros incluso

postulan que puede producir dificultad para conseguir la erección y la

eyaculación. Sin embargo, todos estos efectos presentan grandes

variaciones interpersonales”.

Desde el punto de vista químico comprende varios grupos: a).-

derivados anfetamínicos: metanfetamina ("speed" o "ice" o "hielo"),

2,4,5-trimetoxianfetamina (TMA-2), para-metoxianfetamina (PMA o

"droga de la muerte"), 4-metil-2,5-dimetoxianfetamina (DOM, STP de

serenidad, tranquilidad y paz), 3,4-metilenodioxianfetamina (MDA,

"píldora del amor"), 3,4-metilenodioximetamfetamina (MDMA,

"éxtasis", "Adán", "XTC"), 3,4-metilenodioxietilanfetamina (MDEA,

"Eva"); b).- derivados vegetales: "Éxtasis vegetal"; c).- análogos del


fentanilo: alfa-metilfentanilo (China White) y 3-metilfentanilo (3-MF);

d).- análogos de la meperidina: 1-metil-4-fenil-4-propionoxipiperidina

(MPPP o "heroína sintética"), 1metil1,4 fenil 1,2,3,6 tetrahidropiridina

(MPTP), 1-feniletil-4-fenil-4-acetoxipiperidina (PEPAP); e).- análogos de

fenciclidina: fenciclidina (PCP o "polvo de ángel"), Ketamina, N,N-

dimetiltriptamina (DMT o "viaje del ejecutivo"); f).- aminorex y

análogos: aminorex, 4-metilaminorex. No obstante, es frecuente que

a todas ellas se las denomine genéricamente como “éxtasis”.

Como datos particulares de las sustancias más conocidas, la citada

fuente bibliográfica señala:

1.- Éxtasis: “(MDMA o Adán, XTC, X, E, "pastillas", "pastis", "pirulas",

es la 3,4-metilendioximetanfetamina) es la droga de síntesis que ha

incrementado su consumo más que ninguna otra en la década de los

noventa. Se presenta en pastillas que no superan el tamaño de una

aspirina, aunque también puede distribuirse en polvo, generalmente

de color rosáceo, blanco, amarillo o azul. Es activo en humanos a

partir de los 75 a 100 mg (1mg/Kg de peso), y comienza a producir

efectos en menos de media hora, la mayoría de los cuáles

desaparecen entre las cuatro y seis horas, según la tolerancia”. ”Sus

consumidores pretenden facilitar la comunicación y las relaciones

personales y conseguir una sensación de euforia, disminuyendo el

cansancio, el hambre o la sed. Cuando se consume éxtasis, no se

debe beber alcohol, ya que puede desencadenar un cuadro conocido

como "golpe de calor", con alto riesgo de deshidratación. Se han

registrado casos, en los que el consumidor sufre taquicardia, mareos,


vómitos, calambres, nerviosismo, e incluso paranoia. Para reducir el

riesgo de padecer este síndrome, sólo deben ingerir agua. Además,

como consecuencia de su consumo pueden persistir una serie de

efectos residuales, tales como insomnio, agotamiento, depresión,

irritabilidad, cefalea y dolores musculares, que desaparecen tras

ingerir una nueva dosis”.

2.- Eva: es la “3,4-metilenodioxietilanfetamina (MDEA o Eva) que se

caracteriza por poseer efectos que ocurren más rápidamente que con

MDMA y son de duración más corta; su actividad psicotrópica similar

a la MDMA. Produce neuro-toxicidad sobre el sistema serotoninérgico

y, en lo que se refiere a la temperatura corporal, induce hipertermia o

aumento de la temperatura. Se consume en pastillas que por una

cara suelen llevar grabada la palabra "Eva" y, por otra, la dosis activa

(unos 130 mg)”. “Es la que menos altera la percepción de su

consumidor, pero la que más estimula el sistema nervioso central.

Asimismo, es la más parecida a la anfetamina y la que menos

presenta efectos secundarios”.

3.- Píldora del amor: es el MDA, el cual “se sintetizó en Alemania

en 1910 y combina los efectos de la anfetamina y la mescalina.

Parece mostrar mayores efectos alucinógenos y una toxicidad

superior al éxtasis. Con su consumo se pretende producir euforia y

aumentar la sociabilidad. Tiene fama de ser afrodisíaca, a lo que debe

su nombre, aunque este efecto nunca ha sido comprobado

científicamente. Se presenta en cápsulas de 200-300 mg., y su vía de

administración es oral. El efecto tiene lugar a los 30-60 minutos de la


ingestión y dura entre 6 y 10 horas. Dosis superiores a los 300 mg,

pueden producir midriasis, hiperactividad, aumento de la salivación,

piloerección y, en casos graves, rigidez, convulsiones, fallo

respiratorio y muerte”.

4.- Polvo de ángel: químicamente es fenciclidina o PCP, “el cual se

comenzó a fabricar en los años 50 como anestésico intravenoso. A

mediados de los años 60, se dejó de utilizar debido a que producía en

los pacientes intervenidos agitación, estados de delirio y conductas

irracionales. Se trata de un polvo blanco, cristalino, que se disuelve

fácilmente en agua o alcohol. Tiene un sabor amargo distintivo y se

puede mezclar con facilidad con colorantes. Se comercializa en forma

de diversas clases de tabletas, cápsulas y polvos de colores. Por lo

general se usa inhalada, fumada o ingerida. Para fumarla se suele

aplicar a hojas de plantas, como menta, perejil, orégano o marihuana.

Los efectos del PCP en el cerebro inhiben la habilidad del usuario para

concentrarse, pensar de manera lógica y articular. Ocurren cambios

dramáticos en la percepción, los pensamientos y el estado de ánimo.

Algunos usuarios experimentan una euforia de leve a intensa,

mientras que otros se sienten amenazados por el miedo, la ansiedad

o el pánico. Las personas que usan PCP de forma crónica afirman que

tienen pérdida de memoria, dificultad para hablar y pensar, depresión

y pérdida de peso. Estos síntomas pueden persistir hasta un año

después de dejar de usar PCP. También se han notificado trastornos

emocionales. Puede interaccionar con otros depresores del sistema


nervioso central, como el alcohol y las benzodiazepinas, pudiendo

incluso poner en peligro la vida del paciente”.

Cualquier sustancia del grupo identificado como drogas de síntesis,

en casos de sobredosis, son capaces de producir “una situación que

puede ser muy grave. Se trata de un cuadro de naturaleza simpática

caracterizado por ansiedad, agitación, náuseas, temblores, rigidez

muscular, tensión en las mandíbulas, hiperhidrosis y midriasis”. A

mayor magnitud del cuadro, se observa “taquicardia, hipertensión,

hipertermia y colapso vascular. La hipertermia es a veces tan intensa

que se han descrito casos de muertes por deshidratación. También se

han producido convulsiones, arritmias, hemorragias cerebrales

secundarias a la hipertensión, rabdomiolisis” (auto-destrucción del

tejido muscular),”coagulación intravascular diseminada (CID),

insuficiencia renal, necrosis hepática y coma. Los efectos tóxicos

aumentan en presencia de alcohol o con el uso simultáneo de

antidepresivos. Un aspecto fundamental en la génesis del cuadro de

sobredosificación, es la composición o naturaleza impredecible de la

droga. Para reducir los costes de producción es frecuente que esté

"adulterada" con cafeína, analgésicos, antidepresivos, efedrina,

antibióticos..., que pueden multiplicar los daños causados al

organismo. Por otra parte, recientes experimentos en animales,

ponen de manifiesto la destrucción de neuronas serotoninérgicas en

diversas regiones del cerebro. Se postula que el consumo de estas

drogas, origina a largo plazo alteraciones de naturaleza psiquiátrica

tales como psicosis paranoide o esquizofrenia”.


Laboratorio de Toxicología Forense:

 Introducción:

Con acierto, en el “Manual de Procedimientos Analíticos

Toxicológicos para Laboratorios de Baja complejidad”, elaborado por

las Dras., Biancucci G.F., González D., Pérez A., Ridolfi, A., y Strobel

A., en 2007, se afirma que “Durante muchos años, la Toxicología, fue

la ciencia de los tóxicos e intoxicaciones, considerada como una rama

de la ciencia forense y la criminología. Según Repetto, (1995) la

Toxicología figura como ciencia independiente con el código 3214,

dentro del grupo 32 de las Ciencias Médicas en el catálogo de

Nomenclatura Internacional para los campos de la Ciencia y la

Tecnología de la UNESCO. Hoy en día, está claro que el estudio de

aplicación de la toxicología tiene tres áreas fundamentales:

descriptiva, analítica, y experimental; con sus distintas ramas: clínica,

forense, ambiental, eco-toxicología, laboral, regulatoria, alimentaria,

inmuno-toxicología, tóxico-genética”. Luego de destacar el valor

técnico de la toxicología analítica como soporte de la toxicología

clínica y el servicio vicariante que -ante la ausencia de tal recurso

específico- cumple el laboratorio de análisis clínicos, señalan que se

trata de áreas técnica que “forman parte de organismos privados o

públicos: hospitales, universidades, centros de salud regionales, etc.

En ocasiones, se encuentran a grandes distancias del lugar del

suceso toxicológico”. Estas reflexiones referidas a laboratorios de


toxicología analítica, son aún mucho más válidas en orden a los

laboratorios de toxicología forense cuyo funcionamiento se limita, en

principio, a efectores de servicios periciales (judiciales o

administrativos investigativos de seguridad) pero conceptualmente

son inescindibles del marco de la toxicología analítica y clínica. Por lo

demás, exige condiciones específicas tales como personal altamente

capacitado, instrumental de alta innovación tecnológica, insumos

caros y de difícil acceso, etc. A ello se agrega un sistema de

organización del trabajo en cuyo contexto adquieren particular

importancia los procedimientos operativos seguros y la indemnidad

de cadena de custodia de muestras, tanto desde el punto de vista

administrativo como técnico.

 Cadena de custodia:

A los fines de la Criminología, de las dos condiciones mencionadas en

el párrafo precedente, cabe precisar la que se refiere a la “cadena de

custodia”. En tal sentido, se alude a “el procedimiento de control y

registro que se aplica a los indicios, es decir, vestigio, evidencia,

huella, instrumento, objeto o producto, relacionado con el delito, a

partir de su localización por parte de la autoridad y hasta que se

ordene su destino final” (“Cadena de Custodia-Justicia Penal”-IMCO) o,

al “conjunto de medidas que deben adoptarse a fin de preservar la

identidad e integridad de objetos o muestras que pueden ser fuente

de prueba de hechos criminales, para su total eficacia

procesal”(“Manual de Procedimientos del sistema de custodia”-

Ministerio Público Fiscal de la Nación). De la lectura de ambos


conceptos, puede inferirse que alude a dos elementos: a).- uno de

orden administrativo, registral, cuyo objeto esencial es preservar

identidad vigilada; y b).- otro que agrega al contenido administrativo,

el de índole técnica pues consiste en la integridad en el sentido de

conservación sin deterioro, lo cual depende de conocimientos

técnicos que impidan la ineficacia del objeto-evidencia a los fines

procesales, desde su recolección y hasta que el Órgano Jurisdiccional

disponga su destino final. Por lo demás, una adecuada cadena de

custodia permite excluir errores propios de los procedimientos

analíticos de laboratorio (de allí la importancia de que incluya la

toma, conservación y transporte de una muestra). No pocas veces, los

informes de resultados de Laboratorio, son impugnados legalmente

por su veracidad; se duda acerca de la identificación de las muestras

como pertenecientes al sujeto bajo investigación. En tales situaciones

adquiere plena importancia la información que documente todo lo

ocurrido antes, durante y después de un análisis de laboratorio. A

este objeto, los medios informáticos son una herramienta relevante

para ejercer mecanismos de control, siempre en forma supervisada

por servicios de “Garantía de Calidad”.

 Actividad operativa:

En el trabajo “Recursos humanos e instrumentales en un laboratorio

toxicológico forense”, elaborado por S. García-Rodríguez y M.P.

Giménez (Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses.


Departamento de Sevilla, España, 2005) las autoras expresan que

“el trabajo en un laboratorio de Toxicología Forense ha de dar

respuesta a los requerimientos judiciales en el análisis de sustancias

tóxicas o potencialmente tóxicas en las muestras forenses, como

medicamentos, drogas de abuso, metales, plaguicidas, alcohol y otros

tóxicos volátiles, etc.” y que “para llevar a cabo esta labor

especializada es indispensable que los recursos humanos y de

instrumentación necesarios estén sólidamente establecidos,

garantizando la continuidad y la adaptación progresiva del laboratorio

a los nuevos tiempos”.

Luego, en relación a las funciones de los laboratorios de Toxicología

Forense, las autoras recuerdan que “la Sociedad de Toxicólogos

Forenses y la Academia Americana de Ciencias Forenses

(SOFT/AAFS), publicaron en 1991 unas directrices a seguir en dos

áreas fundamentales (última actualización en 2002): la Toxicología

Forense Post-Mortem, en la que se determina la ausencia o presencia

de sustancias potencialmente tóxicas que hayan podido contribuir a

la muerte de un individuo y la denominada Human Performance

Toxicology, que determina la ausencia o presencia de alcohol, drogas

o sustancias psicoactivas que puedan afectar a la capacidad cognitiva

humana (influencia del alcohol y de las drogas en la conducción y en

el medio laboral”. Asimismo, que con posterioridad se fueron

incorporando nuevas cuestiones tales como la contaminación medio-

ambiental, “el análisis de drogas procedentes del mercado ilícito y el


estudio del consumo reciente y del consumo crónico de estas

sustancias”.

Sin perjuicio de la concreta acción de respuesta a instancia de

Órganos Jurisdiccionales, el Laboratorio puede además, realizar otras

de no menor relevancia tales como “contribuir a la unidad de criterio

científico y a la calidad de la pericia analítica, así como al desarrollo

de las ciencias forenses” mediante “funciones de asesoramiento,

formación, elaboración de métodos normalizados, organización de

programas de calidad, ejercicios inter-laboratorios, etc.”, cumplidas a

través de una organización comprensiva de diversos servicios tales

como los que cuenta el centro de referencia que integran las autoras

mencionadas (Servicios de Química, Histopatología, Biología,

Valoración Toxicológica y Medio Ambiente, Garantía de Calidad,

Información Toxicológica (o Toxicológica Pericial), Criminalística y

Drogas de Abuso).

Tal como afirman las autoras citadas, el área de la investigación

químico-toxicológica en casos post-mortem, es el campo de trabajo

que enfrenta al reto de ser capaz de detectar un mayor número de

sustancias (drogas de abuso, medicamentos, plaguicidas, metales,

alcoholes y volátiles, productos industriales); estas investigaciones

también se efectúan en casos de intoxicaciones que experimentan

personas vivas.

En relación al consumo reciente y crónico de drogas de abuso así

como en casos de accidentes de tránsito (área denominada Human


Performance Toxicology) la investigación se focaliza en sustancias

psicoactivas (alcohol, drogas de abuso y medicamentos psicotropos),

por su condición de modificadores de la capacidad de percepción,

estado de alerta, comportamiento y actuaciones de un individuo.

Estas determinaciones están normativamente dispuestas (por vía

legal o administrativa) e incorporadas a la práctica procesal judicial y

administrativa, aún fuera del ámbito de investigación de delitos y

faltas. Así ocurre, por ejemplo, en materia laboral, donde el marco de

regulación del trabajo seguro establece el control periódico de las

personas que desarrollan la actividad, en miras a la preservación de

la salud de dichas personas y a la seguridad del servicio que brindan

(vgr., conductores de medios de transporte, etc.). En todos estos

casos, la determinación de consumo de alcohol y sustancias

psicoactivas, es de gran importancia.

Respecto a la contaminación ambiental, área que muestra un

incremento de necesidad en las últimas décadas, la actividad del

Laboratorio se realiza con parámetros de la Eco-toxicología, por

disposición judicial. Similar situación se plantea en orden a la

denominada “Toxicología Reguladora”, donde llevan a cabo “métodos

analíticos sensibles y fiables para muestras de alimentos, aguas, etc.,

que pueden acarrear consecuencias legales tras afectación de

individuos expuestos. Por último, en casos de incautaciones de

estupefacientes, a veces acompañan muestras como medicamentos

o sustancias de la misma apariencia, desconocidas, en las que se

solicita la investigación de su composición”.


El trabajo de laboratorio se ve notoriamente potenciado cuando las

investigaciones se efectúan contando con adecuada información del

caso bajo estudio. Así, “conocer las circunstancias de la muerte, los

tratamientos a que estuvieran sometidos los individuos, en especial

los que han pasado por hospital antes de morir, etc.”; historiales de

consumo, partes de secuestro de sustancias, exámenes periódicos

laborales, etc.

 Muestras:

En cuanto a las muestras, “son de naturaleza muy amplia y ello

incide –directamente- en los métodos analíticos de tratamiento y

extracción pues se establecen acordes con cada tipo de muestra”.

Pueden sistematizarse en:

a).- “Biológicas, de origen humano (o animal): fluidos (sangre, suero o

plasma, orina, contenido gástrico, humor vítreo, bilis, líquidos pleural,

ascítico, nasal, etc.); fragmentos de vísceras (hígado, riñón, cerebro,

bazo, intestino, etc.); y, cabellos;

b).-Otras muestras: sustancias sólidas o líquidas desconocidas;

medicamentos; alimentos; plantas; objetos (utensilios, telas, etc.)”.

Cada tipo de muestra puede brindar detectar la presencia tóxicos o

sus metabolitos en el organismo; en ello inciden “los tiempos de vida

media, de eliminación, el volumen de distribución, la afinidad del

tóxico por los distintos tejidos, etc.”.


Si bien la sangre, el suero o el plasma, son de elección debido a que

constituye el fluido a través del cual se distribuyen las sustancias por

todo el organismo, no significa que sea la muestra más informativa

pues muchos tóxicos desaparecen rápidamente de ella. En relación,

las autoras sugieren las siguientes muestras de preferencia:

* Casos de intoxicaciones o muertes por envenenamiento: contenido

gástrico, porque puede contener restos de comprimidos o líquidos de

pH inusual. Agregan la utilidad de remitir contenedores usados en los

últimos tiempos de vida (jeringas, cánulas o tubos para inhalar gases,

medicamentos, líquidos o polvos e inclusive, cuando se encuentren

en envases etiquetados);

* Casos de muertes súbitas de recién nacidos: contenido intestinal o

meconio ya que aporta información de las sustancias que se han

absorbido en los últimos meses de gestación;

* Autopsias: vísceras como el hígado, riñón, cerebro o pulmón (por

separado o, en caso de los órganos, formando un “pool” mediante

trozos de cada uno de ellos) o fluidos como la bilis, ya que en ellos se

encuentran altas concentraciones de algunos tóxicos. El humor vítreo

es una muestra importante dado que se mantiene preservada en el

interior del globo ocular y no experimenta re-distribución post-

mortem (sobre todo en casos de muertes por quemaduras,

traumatismo intenso o cadáveres en muy mal estado). El cerebro es

muy útil para la detección de sustancias psicoactivas que actúan en

sobre el Sistema Nervioso Central;


* Consumo reciente/crónico de drogas en individuos vivos: en el

primer supuesto (consumo reciente), la orina es de elección ya que es

el medio a través del cual se excretan los principios activos y/o sus

metabolitos. En el segundo supuesto (consumo crónico), la muestra

de cabello es la única idónea, dado que las drogas de abuso se

mantienen en el pelo y no sufren metabolismo; además es difícil de

adulterar, aunque existe riesgo de contaminación externa .

 Personal o capital humano:

Además del aspecto de fondo en la cuestión; esto es, la alta

calificación técnica del personal que se desempeña en un Laboratorio

de Toxicología Forense, incluido el cumplimiento de un adecuado

proceso de formación y capacitación continua, se requiere una

estructura formal de organización eficiente. Al respecto, las autoras

cuyo criterio se está siguiendo, destacan las funciones de la instancia

de dirección. En tal sentido resulta significativa la posesión de

“experiencia reconocida para asumir las responsabilidades de

carácter organizativo, formativo, de investigación, y de control y

administrativo” pues debe “supervisar la formación del personal y el

programa de garantía de calidad que respalde los resultados de los

informes emitidos”. La idoneidad recomendada, no excluye el

conocimiento y experiencia eficiente respecto del trámite

administrativo, tanto como los procedimientos analíticos. Es un

carácter esencial que todo el personal presente servicio basado en


“motivaciones éticas y morales elevadas”, dada la finalidad de

intervención en el sistema de administración de justicia.

Esquemáticamente, la estructura de organización debe estar

constituida por funcionarios, técnicos especialistas de laboratorio y

ayudantes de laboratorios. En la medida de sus responsabilidades,

todo ellos deben ser capaces de realizar una gran variedad de

procedimientos analíticos para las drogas de abuso, el alcohol y otras

sustancias de interés toxicológico; supervisar el trabajo del personal

menos experimentado y es aconsejable una asignación de

competencias reglamentada; esto es, la distribución de actividades y

responsabilidad según idoneidad académica y ejercicio de cargos.

Asimismo debe preverse en dicha normativa, la supervisión final de

resultados, elaboración y tramitación de informes (incluyendo su

archivo en copias) y resguardo/destino del material investigado

excedente. De este modo, se finaliza con la cadena de custodia

iniciada al recolectarse la muestra; en efecto, el sistema

informatizado del registro de recepción de muestras (formularios con

datos, etiquetado, controles de entrada y salida de muestras y

dictámenes) se completa con el registro de almacenamiento temporal

(distribución, clasificación y conservación).

 Recursos materiales:

Se trata de recursos de importancia significativa, al punto que

condicionan la categorización del laboratorio. Así, las autoras


expresan que su envergadura “fue discutida en la reunión conjunta

entre la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Federación

Mundial de Asociaciones de Centros Clínico-Toxicológicos y de

Centros de Control de Tóxicos, en Ginebra en 1981. En ella se

establecieron diferentes niveles de laboratorios acorde con su grado

de equipamiento:

- Laboratorio de nivel primario: instalados en los centros sanitarios,

con equipamiento y personal mínimos, capaces de desarrollar

técnicas analíticas cualitativas (inmunoensayo, colorimétricas,

cromatográficas,) para las sustancias que con mayor frecuencia

produzcan intoxicaciones en la localidad. Pueden originarse

problemas al emplear métodos rápidos de análisis, que no aislen al

tóxico de la matriz de la muestra, causando interferencias y

reacciones cruzadas en los inmunoensayos;

- Laboratorios de nivel intermedio: ubicados en cátedras

universitarias, centros de medicina del trabajo, etc., y disponen de

espectrofotómetros de UV, de absorción atómica y cromatógrafos

capaces de realizar análisis cuantitativos con una cierta

especialización;

- Laboratorios de nivel superior: correspondiente a un verdadero

centro de Toxicología, con instrumentación científica potente, como

la espectrometría de masas, y capacitados para realizar sistemáticas

analíticas toxicológicas generales y actuar como centros de

referencia de los anteriores”.


Se denomina “Sistemática Analítica Toxicológica (SAT)” al “conjunto

de procedimientos analíticos, concisos, bien planeados, encaminados

a poner de manifiesto la presencia o ausencia de sustancias de

relevancia toxicológica, en una muestra determinada”. Estos

procedimientos se realiza mediante etapas, a saber: Pretratamiento

de las muestras (homogeneización, desproteinización, hidrólisis de

conjugados, etc.); Extracción/Purificación (extracción líquido-líquido

(LLE), en fase sólida (SPE), en el espacio en cabeza (HSE), micro-

extracción en fase sólida (SPME), etc.,); y, Análisis Instrumental.

Si bien es recomendable que la SAT pueda ser eficaz para el mayor

número de sustancias potencialmente tóxicas, en los laboratorios de

nivel superior usualmente se emplean varias SAT “pues existen

muchas sustancias no detectables mediante un único procedimiento.

Los tóxicos más numerosos son compuestos orgánicos que pueden

poseer carácter ácido, básico o ambos a la vez, o ser sustancias

neutras. Los tóxicos más volátiles (alcohol etílico, metílico,

etilenglicol, hidrocarburos derivados del petróleo y monóxido de

carbono) requieren unos procedimientos analíticos especiales y

distintos también de la SAT para los tóxicos inorgánicos (metales y

aniones)”.

Los recursos instrumentales deben cubrir diversas áreas: técnicas de

screening; técnicas analíticas confirmatorias; y, cumplimentación de

las Normas de Garantía de Calidad. Las primeras son análisis rápidos,

no específicos, que se utilizan para detectar o descartar grupos de

analitos; son orientativas. Por ello, debe confirmarse el resultado


mediante técnicas más específicas tales como inmunoensayos (EMIT,

CEDIA, RIA) y cromatografía en capa fina (TOXILAB); los primeros,

están automatizados y no requieren tratamiento previo de la muestra.

Es criterio fundamental, en todo laboratorio toxicológico forense, que

la detección o identificación de una droga o sustancia tóxica debe ser

confirmada a través de una segunda técnica basada en un principio

físico-químico diferente. Para ello se utiliza la técnica de

espectrometría de masas (MS) y las asociadas a ella tales como la

cromatografía de gases (GC) o la cromatografía líquida de alta

resolución (HPLC o LC), en análisis toxicológicos orgánicos. Dichas

técnicas deben contar, a su vez, con una batería de detectores

idóneos para realizar la cuantificación de los distintos tipos de

compuestos. “En algunos tipos de análisis cromatográficos, si no es

posible la confirmación en MS por no estar disponible, debe volver a

analizarse la muestra en cuestión introduciendo además una etapa

extra de derivatización para modificar en buena medida la retención

del analito”.

En materia de análisis toxicológicos inorgánicos, se utiliza la

espectrometría de absorción atómica (AAS), en sus modalidades de

cámara de grafito y de generación de hidruros volátiles. Asimismo, la

espectrometría de emisión atómica con acoplamiento de plasma

inductivo (ICP-AES) y la espectrometría de masas (ICP-MS); esta

última, supera a las anteriores en sensibilidad, selectividad, precisión

y exactitud.
Para satisfacer las Normas de Garantía de Calidad, el recurso

instrumental y su operatividad, debe ajustarse a los requerimientos

que se establezcan para la validación de los métodos analíticos; ellos

son requisitos estadísticos que confieren a los resultados, la fiabilidad

necesaria para ser aceptados en los ámbitos científicos y forenses.

Además deben cumplir también, criterios de reproducibilidad los

cuales deben ser verificados periódicamente.

UNIDAD 3 – APORTE A LA CRIMINOLOGÍA

El desarrollo realizado en las Unidades precedentes señala, en

términos generales, el aporte de la Toxicología Forense a la

Criminología, en tanto recurso técnico-científico idóneo para el

estudio del objeto propio de dicha disciplina. En tal sentido, los

aspectos que se tratarán a continuación, constituyen aplicaciones

enunciativas pero no taxativas de sus posibilidades. Para la selección

temática, se ha priorizado la actualidad de las cuestiones a tratar por

sobre la variabilidad que es posible advertir en el espectro casuístico

para cuya resolución puede ser convocada la Criminología.

LA ASOCIACIÓN DROGA-DELITO:

 Introducción:
En la actualidad, la convicción preponderante de la población en

general y predominante en los medios de comunicación social, es que

la comisión de conductas asociales y delictivas en especial, está

asociada al consumo de sustancias ilícitas (drogas). Sin embargo, el

análisis de estudios específicos realizados sobre la cuestión no

corroboran, linealmente, tal afirmación; de allí la conveniencia de

profundizar sobre ellos. Paralelamente y en relación, la observación

del indudable crecimiento del fenómeno de consumo de sustancias –

lícitas e ilícitas- y de la población consumidora, con el consecuente

deterioro que ellas acarrean a nivel individual y social, pueden llevar

a establecer correlaciones de causalidad entre dicho fenómeno y el

delito, sin adecuada fundamentación. Por otro lado, las abruptas

transformaciones sociales, económicas y políticas (en tanto patrones

conductuales de convivencia grupal organizada según un

ordenamiento normativo consensual), reconocen además un ritmo

progresivamente acelerado que lleva a sucesivas crisis que se

extienden desde la general cosmovisión antropológica preponderante

a los sistemas de toma de decisiones a nivel de grupos humanos,

particularmente en torno a aspectos esenciales para el proyecto vital

individual (producción y distribución de recursos materiales,

educación, auto-cuidado y resguardo de la seguridad grupal,

modalidades de ejercicios del poder, etc.,).

Finalmente, es innegable el fenómeno delictivo en sistemas de

organización, progresivamente más complejos, que denotan un

exceso de voluntades individuales o grupalmente limitadas, con


ramificaciones en todas las instancias de la estructura social y cuya

neutralización, por las características señaladas, se torna una tarea

extremadamente ardua.

 Consideraciones previas al análisis:

Tal como surge enunciada la asociación -droga y delito-, la primera

reflexión consiste en advertir que se trata de dos entidades

conceptualmente diversas. En efecto, mientras la primera (“droga”)

es una abstracción calificada –en tanto ente material-, que reúne

contenidos de índole farmacológica (“sustancia química que modifica

los procesos fisiológicos y bioquímicos de los tejidos o los

organismos”); clínica (“sustancias psicoactivas o psicotrópicas: las

que, ingeridas, afectan a los procesos mentales, p. ej., a la cognición

o la afectividad; no implica necesariamente que produzca

dependencia”); y legal (“sustancia psicoactiva cuya producción,

venta o consumo están prohibidos; la droga en sí no es ilegal, lo son

su producción, venta y/o consumo en determinadas circunstancias y

en una determinada jurisdicción), la segunda (“delito”) consiste en un

ente jurídico (“hacer lo que la ley prohíbe o dejar de hacer lo que

exige”). [Fuente: OMS; “Lexicon of Alcohol and Drug Terms”; 1994].

En consecuencia de lo expuesto, “droga y delito”, solo admiten su

correlación parcial, desde el punto de vista ontológico. Es decir que,

en todo caso, dicho nexo podría establecerse en tanto ambos remiten


al despligue de una conducta humana: el consumo de drogas por un

lado y, la comisión de un delito por el otro.

Siguiendo los criterios de la Junta Internacional de Fiscalización de

Estupefacientes-International Narcotic Control Board (2013), una

aproximación conceptual válida consiste en expresar que la supuesta

asociación enunciada es la relación entre el uso indebido de

sustancias y la agresión (o violencia). Ella puede ser abordada a partir

de dos hipótesis:

a).- La persona consumidora: mediante la ponderación de factores

biológicos, (fisiológicos, psico-farmacológicos), psicológicos y

psiquiátricos (efectos del uso indebido de drogas sobre los individuos

según sus características físicas y mentales, con incorporación parcial

de datos sociológicos). Los resultados se interpretan en términos de

“la forma en que el comportamiento agresivo proviene de una

interacción entre las drogas, la personalidad y los estados afectivos

del ser”; y,

b).-Los factores sociales y culturales: sociológicos, criminológicos,

políticos, económicos, históricos, antropológicos y culturales (relación

entre los grupos sociales y uso indebido de drogas y la delincuencia

como variable específica de un contexto, desde casos reales). Los

resultados remiten a consideraciones estructurales (v.g.,

explicaciones socioeconómicas acerca de los efectos de la

distribución del ingreso, las privaciones relativas y la marginación

social sobre grupos sociales diferentes).


El razonamiento del primer grupo disciplinario se focaliza en que el

uso indebido de drogas, esencialmente, expresa un trastorno interno;

en el segundo grupo, es el emergente de la interacción social, normas

de conducta, sistema de sanciones y el entorno en que ocurre el

consumo.

Los criterios conceptuales del enfoque centrado en la persona

consumidora, son:

*.- Los efectos de las drogas ilícitas difieren según la dosis

consumida, el peso corporal, el historial de uso indebido de drogas, la

influencia genéticas y de la personalidad. A este fin, realizan estudios

controlados de laboratorio, los que solo permiten asociar una droga

determinada con una forma de manifestación de violencia. No pueden

establecer relación de causalidad, sin recurrir a datos culturales y

sociales.

*.- El eje farmacológico, a veces, también es válido para sustancias

lícitas (alcohol) en algunas condiciones, pero también observan que la

ingesta de marihuana u opiáceos, inhibe la agresión; con algunas

sustancias, se verifica una mayor liberación de violencia; la

abstinencia es, en tal sentido, más relevante que el consumo; en

otras sustancias, la variable de mayor influencia lo es la frecuencia

del consumo (cocaína y anfetamina); etc.

En síntesis, pueden aportar datos relevantes, pero no explican

variaciones culturales y sub-culturales de la vida real (cocaína, en

grupos socio-económicos alto).


Los criterios conceptuales del enfoque centrado en los factores

sociales y culturales comprenden tres aspectos:

* Estudios de caracteres de culturas y sub-culturas con indicadores de

violencia

Cuando recurren al consumo indebido de sustancias psico-activas;

* Pautas socio-estructurales de la asociación violencia-consumo, en

función de

algunas variables tales como género, edad, raza, etnia y clase

social); y,

*Patrones de agresión que evidencian pautas socioculturales o

normas de conducta inadecuadas, observadas en simultaneidad con

el consumo de estupefacientes y en ausencia del mismo.

La última perspectiva de análisis mencionada lleva a la elaboración

del denominado “Modelo tripartito”; acorde a su paradigma, pueden

diferenciarse tres formas distintas y separadas de la relación entre el

consumo de drogas y la ocurrencia de actos de violencia:

a) psico-farmacológica (frecuentemente, hay además, consumo de

alcohol);

b) económico-compulsiva (la violencia es un medio de obtener

recursos para continuar el consumo; aunque es más frecuente el

delito cometido con ese fin); y,

c) sistémica (violencia asociada a la comercialización de las drogas

ilícitas “territorial”).
En ambas vertientes, cabe advertir que la correlación se establece

entre el consumo “actos violentos”, “violencia” o “agresividad”,

términos que al analizar con precisión de los diversos estudios se

halla que incluyen a las conductas tipificadas como delitos pero

además, las exceden.

Los autores señalan que, al realizar estudios acerca de la asociación

consumo de

drogas-delito, existen aspectos de importante incidencia, los que no

deberían ser

omitidos. Entre ellos:

# Considerar no solo los efectos sobre las personas consumidoras y el

tráfico, sino

También incluir la violencia que conlleva “la inseguridad que sufren

los

miembros integrantes de las comunidades cuyas vidas se ven

afectadas a diario,

por los cambios en la cultura de las drogas”;

# El estado general de la economía, en particular, los niveles de

desempleo y la falta de seguridad social (bandas de tráfico que

ofrecen fuentes alternativas de ingreso y se valen de acciones

violentas). Pero, también se destaca que no son factores de incidencia

necesaria (no se observa en todas las comunidades con esas

condiciones y, en cambio, si puede darse en comunidades de ingresos

altos –predominio de fraude, más que de violencia-);


# La función y actividades de los organismos de represión, porque

afecta a la comunidad no consumidora; debe centrarse en impedir

conductas delictivas y castigar a sus autores, ejecutando políticas

públicas. Deben acompañarse de otras medidas (iniciativas

económicas y sociales), para tener efecto;

# Las características de los mercados: si hay conocimiento entre

compradores y vendedores, baja la lucha por la “territorialidad” y, a la

inversa (especialmente, la violencia que se da en lugares públicos

tales como parques y terminales de medios de transporte);

# La incidencia de la tecnología electrónica, contribuyente

significativa en la configuración del “peor escenario” consistente en el

abandono de parte de los organismos de control y represión;

# El paso de la adolescencia a la adultez (dato relevante en la

población de las diversas investigaciones) pues es el período de

mayor fracaso predictivo: se reduce la influencia de los padres y

aumenta la de los pares. En tal sentido, hay que tener en cuenta la

importancia de factores no sumatorios tales como: el entorno

(especialmente donde coexisten bajo nivel socio-económico y/o alto

desempleo/violencia/delincuencia/victimización); el contexto familiar

(separación, vínculos inestables o rotos, autoritarismo, ejercicio

irregular de roles, violencia intra-familiar); las actitudes de tolerancia

frente al uso indebido de drogas/violencia/delincuencia; las

configuraciones de asociaciones (pertenencia a grupos endo-

culturales); ciertos factores individuales (pertenencia a minorías,

dificultades o deserción escolar); y la presencia de trastornos de


conducta y psicopatológicos (iniciación temprana en el consumo y/o

venta de drogas, personalidad “antisocial”, trastornos emocionales);

# La función de la cultura juvenil: formación de bandas (relación con

los mercados de drogas y la violencia) y la interacción/fusión entre

diferentes bandas (donde el consumo y la violencia, en general, es de

retroalimentación);

# La disponibilidad y el uso de armas (acceso) porque determina

“otra presencia” en el mercado, incrementa la venta ilegal de armas y

la violencia interna y externa al grupo;

# La frecuencia de bajo porcentual, en el total de la asociación delitos

graves y violentos y consumo de drogas, en razón de que un

significativo número de los jóvenes madura y abandona el

comportamiento de violencia en la etapa de los 20 a los 30 años de

edad;

# El abandono de la pertenencia bandas y ejercicio de

violencia/delitos, no condiciona el de hábitos de consumo ni evita

consecuencias ulteriores en la familia y/o comunidad (formas de

“violencia mitigada”);

# El deterioro del orden público en la comunidad, el cual justifica la

identificación de sus integrantes violentos y/o consumidores y/o

traficantes y/o delincuentes (cultura del miedo, falta de confianza en

las fuerzas de seguridad, descreimiento del sistema de justicia). Así,

se llega a la dependencia comunitaria de los mercados de

narcotráfico y sus integrantes no quieren modificar la situación

(peligro de ingresos personales). Son indicadores de alto riesgo:


impotencia (para intervenir) o temor (a ser agredidas) o corrupción de

las fuerzas de seguridad (las 3 situaciones llevan a la inercia);

# El estrés, la ansiedad y el miedo, por la exposición a la

delincuencia-violencia-tráfico, interfieren en la vida cotidiana y el

desarrollo normal de las personas (afecta la salud, sobre todo en

jóvenes: capacidad para confiar y tener un sentimiento de seguridad

personal; capacidad para desarrollar aptitudes para controlar sus

emociones; falta de libertad para explorar el entorno local y para

establecer relaciones sociales “normales” y por el contrario, hay

acostumbramiento y provocación de situaciones de violencia;

# La relación directa con la violencia doméstica-intrafamiliar (más

frecuente, cuando la exposición afecta a varones entre 11 y 17 años

de edad);

# La importancia del capital social y grado de integración

comunitaria: el primero se refiere a las normas, o “leyes” que se

manifiestan en las relaciones e instituciones; el segundo, al grado de

aglutinamiento social en el apego a dichas normas.

La hipótesis inversa de la asociación, aparece en la casi totalidad de

estudios de investigación, identificando situaciones de victimización

(riesgo y experiencia) en tanto demuestran que quienes consumen

drogas, tienen mayor riesgo de ser víctimas de delitos/violencia, que

el resto de personas. Es aún mayor en mujeres (agresión sexual),

prostitutas/os, niños-niñas y adolescentes en edad escolar (a partir de

la década de 1990).
Asimismo, otras dos cuestiones vinculadas: el temor a la victimización

indirecta (no consumidores de drogas), que también está

incrementado y lleva a modificar hábitos cotidianos (en especial, uso

de lugares públicos: parques, plazas, centros comerciales, etc.,) y, los

denominados “efecto expansivo” (del individuo consumidor y/o

violento a la sociedad); “efecto desestructurante” (consumo-

violencia-delito, de modo conmutativo); y, “efecto disolutivo-social”

(incidencia en contextos macro: ciudad, región, estado).

 Impacto:

El alto costo que representa la relación entre delincuencia y uso de

drogas ilícitas, a nivel humano, económico y social, moviliza todas las

áreas del Estado. Ninguno de los dos fenómenos de la relación tiene

pacífica explicación total; son complejos, por la incidencia de factores

múltiples, potenciales e interdependientes. A ello se agrega una

dinámica realmente vertiginosa y progresivamente más sofisticada en

materia de narcotráfico, que infiltra y corrompe instancias de carácter

político, judicial y de seguridad. Al relacionar ambas variables, surgen

tres cuestiones significativas:

a).- Cuál es causa y cuál es consecuencia: este interrogante

remite a la factorial múltiple y de interdependencia y

retroalimentación que, por lo demás, aparece signada desde la inicial

decisión de inicio en el consumo ya que implica el primer contacto

con un tráfico ilícito. En otros términos, si bien la participación pasiva


de una persona en carácter de comprador de drogas ilícitas no puede

asimilarse alcance que habitualmente tiene la asociación droga-delito

(el consumo como promotor o factor determinante del delito),

tampoco puede obviarse que es un modo de ingreso al circuito

delictivo del tráfico;

b).- Existencia de ciertas características comunes tales como

crecimiento evolutivo; predominio en la población integrada por

adolescentes y jóvenes adultos; atipicidad conductual (“conductas

socialmente desviadas”), etc. Este aspecto es el que se encuentra,

habitualmente, en las posturas que lisa y llanamente afirman un nexo

de causalidad directa entre ambas variables; y,

c).- Crisis del paradigma social uniforme (prevención-

contención-rehabilitación): el simple debate acerca de soluciones

que demanda tanto la problemática del consumo de drogas como la

seguridad, sin otros contenidos ni finalidad que configurar

parcialidades antagónicas en el constructo social (por otro lado,

culturalmente heterogéneo y atravesado por la realidad y fantasía del

narcotráfico), no lleva sino a perpetuar indefinidamente el

crecimiento del impacto.

“Es importante reconocer la necesidad de implementar estrategias

integradoras y democráticas que permitan contrarrestar los clamores

de ciertos sectores de la sociedad que exigen soluciones rápidas al

problema. El camino a largo plazo, muy probablemente, no se

encuentre únicamente dentro del marco de las políticas públicas


contra las drogas. Avances estructurales en áreas como el acceso a la

educación, la distribución del ingreso, el mercado laboral, los

contextos de socialización como el barrio y la familia, conjuntamente

con las propias instituciones del estado nacional, serán determinantes

a la hora de garantizar las condiciones generales que permitan

contrarrestar el avance de las drogas en el país. En el marco de una

progresiva deslegitimación del modelo de la “guerra contra las

drogas,” Argentina también necesita reconstruir los mecanismos de

cooperación internacional que le posibiliten desarrollar estrategias

colectivas que privilegien el fortalecimiento institucional y el

desarrollo socioeconómico de toda la región” (“Drogas y delito en la

Argentina: una correlación compleja”, Der Ghougassian,K. y Cutrona, S; 2015).

 Estadísticas confiables y válidas, de correlación :

El análisis de trabajos de investigación, nacionales y extranjeros,

plantea la necesidad de observaciones interpretativas que revisten un

carácter previo a la valoración de sus conclusiones. Así, en primer

lugar debe destacarse que especialmente en nuestro País, hay poca

información estadística confiable; esta circunstancia es también

reiterada en la doctrina, respecto de la información extranjera.

Uno de los aspectos en los que se han focalizado los estudios, es la

delimitación de “clases de delito en relación al consumo de drogas”.

En tal sentido, se ha identificado comportamientos condicionados por


el costo y dificultad de adquisición de las drogas ilegales, en

respuesta al interrogante de saber en qué medida el consumo es

condición previa a la delincuencia, considerando que: no todos los

que delinquen, usan drogas; ni todos los que consumen, además

delinquen. En base a estas correlaciones motivacionales, se

distingue:

a).- Delincuencia Inducida: denominación que se aplica a casos en

que el consumo reconoce una data significativa y, a la vez, un

importante grado de afectación de la salud física, psíquica y social;

dicha circunstancia es consecuencia directa del efecto deletéreo del

uso de drogas, determinando cuadros clínicos de adicción y deterioro

psíquico. Por ello se sintetiza afirmando que “el delito nace del

consumo”. Prevalecen los delitos cometidos con alta descarga

agresiva y no pocas veces, hay un genuino compromiso o anulación

de la capacidad bio-psicológica de culpabilidad penal (es decir,

pueden llegar a ser declarados inimputables por el Órgano

Jurisdiccional que resuelve el caso).

Cabe agregar que por “deterioro psíquico” se entiende al detrimento

cognitivo, afectivo, volitivo y comportamental determinado por

patología psíquica crónica y orgánica, de causa externa; es decir, el

resultado del daño neuronal provocado por el consumo prolongado de

sustancias psicoactivas;

b).- Delincuencia Funcional: es una categoría que designa a conductas

delictivas motivadas con el específico objetivo de conseguir


ilícitamente, recursos que permitan solventar el consumo de

sustancias por parte del actor; por ello se sintetiza en la frase “el

delito paga el consumo”. Además, se caracteriza porque en dichos

casos prevalecen los delitos contra la propiedad y el consumo de

sustancias que provocan dependencia física (“duras”, con abstinencia

intensa) y en consecuencia puede coincidir, la comisión del delito y el

curso de un período de abstinencia.

En la práctica, muchas veces surgen dificultades de encuadra

categorial. En efecto, desde la perspectiva clínica (sujeto-droga), se

observa superposición de caracteres con la categoría anterior ya que,

quien padece un severo deterioro psíquico por dependencia de

sustancias, experimenta también, períodos de abstinencia grave. Por

lo que debería entenderse entonces que en la delincuencia funcional,

si bien existe un cuadro clínico de adicción y generador de

abstinencia en caso de no reiteración del consumo, el sujeto agente

del delito no padece un significativo deterioro psíquico. Así, la

capacidad bio-psicológica de culpabilidad penal podría estar

conservada, excepto que la comisión del delito sea simultánea con el

curso de un período de abstinencia (pues en tal situación está

afectada la capacidad valorativa de las acciones);

c).- Delincuencia Relacional: sintetizada en la expresión “el delito

convive con el consumo”, se trata de una categoría diversa a las dos

anteriores pues supone una negación de vínculo causal entre

consumo de drogas y comisión de delitos. Sin embargo, en la


práctica, lo que prevalece es el delito de tráfico con motivación mixta

pues se verifica distribución y venta de drogas con una prioritaria

finalidad lucrativa y secundario objetivo de obtener recursos

económicos destinados a solventar un consumo de sustancias que,

por lo común, no llega a estados de adicción.

En el siguiente cuadro, se esquematiza el planteo categorial

precedente:

Tipo de Estado Droga Tipo de delito

delincuencia Psíquico

Inducida Intoxicación Anfetaminas Lesiones

Cocaína Homicidio

Alucinógenos Abuso sexual

Abstinencia Opiáceos C/orden público

Marihuana Daño

Accidentes de tránsito

Funcional “Lucidez” del Todas Robo (violencia-intimidación)

(Instrumental) consumidor Malversación-fraude

Falsedad (recetas-cheques)

Narcomenudeo

Atentado y resistencia a la autoridad

Relacional Idem anterior Todas Tráfico (en sentido amplio)


“Tomo y Venta de cosas robadas

obligo”

 Datos estadísticos:

La interpretación de datos estadísticos demanda una actitud de

prudencia analítica acerca de la información que le sirve de fuente. En

tal sentido, se destacan las siguientes observaciones:

a).- Parcialidad actuarial: son aquellas variables consideradas en cada

estudio que limitan la aplicación de sus conclusiones solo a la

población delimitada; entre otras: edad poblacional (no son

asimilables los resultados entre población juvenil que entre adultos

mayores a 30 años de edad); restricciones procesales de las muestras

(no son asimilables los resultados entre población de personas

procesadas que entre condenadas); diversidad de objetivos de los

estudios (no son asimilables los resultados obtenidos de la

consideración del consumo de una droga a los de otra, ni de una

asociación determinada de ellas a otras aunque solo sea parcialmente

diversa, ni las de un tipo delictivo concreto –robo- a un género de

delitos –delitos contra la propiedad-); etc.;

b).- Alcances del paradigma de reproche: en el caso de utilizarse

estadísticas extranjeras, deberá compararse el modelo de conductas

reprochadas que lo fundamenta (la conducta reputada como delito en

un sistema, puede no serlo en otro); las víctimas de violencia de


género sometidas a realizar narcomenudeo, no son punibles en

algunos sistemas legales; etc.;

c).- Sub-registro específico: ordinariamente no se consideran en los

estudios estadísticos los casos de suspensión de juicio a prueba;

obviamente, los delitos no denunciados y tampoco los de autor

desconocido; los delitos menores, etc.;

d).- Trazabilidad: la validez y confiabilidad de los resultados (sin

perjuicio de la metodología analítica) está siempre condicionada al

balance entre el crecimiento del consumo y su sistema de

control/represión del narcotráfico, entre otros factores. Ello determina

que, previo a la utilización de resultados, deba efectuarse una

revisión crítica que permita asegurar la vigencia de dichos resultados;

e).- Fuentes: habitualmente los datos se obtienen de población

carcelaria, quedando excluidas las personas que pese a haber

actuado en similares circunstancias (consumidores de drogas que han

delinquido), no están privadas de su libertad. Es extremadamente

raro encontrar estudios de datos obtenidos de fuentes registrales

médico-legales (policiales o periciales públicos), cuya amplitud es

distinta. Tampoco son utilizadas otras fuentes como por ejemplo, la de

naturaleza sanitaria (casos que, por lo común no llegan a

conocimiento de la instancia judicial);

f).- Aplicabilidad: las numerosas observaciones precedentes no

significa inutilidad de la información obtenida mediante técnica

estadística; por el contrario, es valiosa pero sus resultados solo


pueden ser aplicables a situaciones coincidentes con las variables

consideradas en la investigación correspondiente. Siempre tienen, no

obstante, un valor orientador o estimativo pero nunca escapan al

principio médico-legal enunciado por Nerio Rojas: “la excepción, tiene

tanto valor como la regla”.

De las investigaciones estadísticas extranjeras y acorde a las

observaciones formuladas precedentemente, por la metodología y

análisis de variables consideradas, es destacable la que realizaran

Esbec, E. y Echeburúa, E. “Abuso de drogas y delincuencia:

consideraciones para una valoración forense integral” (Juzgados de

Castilla-Universidad del País Vasco, en Adicciones, vol. 28, N°1; 2016),

cuya lectura se recomienda.

En cuanto a las estadísticas nacionales, son fuentes de interés las que

a continuación se enuncian:

*.- Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación:

entre otros documentos, son relevantes los denominados “Infracción

a la ley de drogas y problemáticas asociadas” (2015); “Informe sobre

jóvenes, delito y justicia penal (2016); “Mujeres, contrabando de

estupefacientes y vulnerabilidad. Análisis de jurisprudencia”;” Una

mirada retrospectiva sobre la problemática de las drogas y el

encarcelamiento. Análisis de estadísticas carcelarias en la Argentina”

(2017). El primero de los mencionados fue realizado sobre población

alojada, exclusivamente, en dependencias del Servicio Penitenciario

Federal entre 2012 y 2016. Sobre personas mayores de 18 años de


edad, varones y mujeres; la muestra abarcó el 5,16% de la población

(453 casos encuestados sobre una totalidad de 8.771 personas).

Las conclusiones de cierre del último documento mencionado, de

sentido más longitudinal pero únicamente referido a personas

detenidas por la ley 23.737, son:

“ La tasa de detenidos por infracción a la ley de drogas casi se

triplicó entre 2002-2016: del 8.8 al 22.8%. El crecimiento se dio

fundamentalmente a expensas de los varones, que en 2016

representan el 87%. El número de mujeres se mantuvo relativamente

estable con oscilaciones sucesivas. La franja más populosa es la que

va de 25 a 44 años, pero la que mayor aumento proporcional tuvo en

el período fue la de 18 a 24 años. La provincia de Buenos Aires reúne

casi la mitad del total de detenidos por esta causa.

 En el análisis por tipo de delito por el cual están detenidos, surge

que el de comercialización es el más importante, seguidos por los de

tenencia. De los que ya fueron condenados por delito de drogas se

releva que el 68% tiene una pena de prisión por 3 a 6 años, haciendo

alusión a delitos de menor cuantía.

 Solo el 37% de los detenidos por infracción a la ley de drogas tiene

condena (2016). La situación es más severa que para el resto de la

población carcelaria, donde la mitad está condenado. En una visión

evolutiva a lo largo del período estudiado, se advierte que en el

último año habría una leve tendencia a revertir esta condición,


aunque dista de lo esperado en cuanto a la cantidad de procesados

detenidos (63%).

 Desde la promulgación de la ley de desfederalización, se advierte

un traspaso de causas hacia la Justicia Provincial, siendo que en el

2005, el 82% estaban radicadas en la Justicia Federal, en tanto que

en 2016, sólo están el 44% de las causas.

Otro punto a destacar es el acceso a tratamiento por drogas. Dentro

de la población carcelaria se estima un número alto de personas con

problemáticas de consumo de drogas. De allí, la importancia de

incorporar en los sistemas penitenciarios programas basados en la

prevención y tratamientos de adicciones. En el marco de las garantías

legales y salvaguardas relativas al proceso penal, se han relevado

experiencias que abordan la problemática intramuros desde hace

años y cuentan con procesos de capacitación y evaluación de sus

prácticas. Aún resta ampliar el trabajo sobre la prevención, detección,

sensibilización y tratamiento de la problemática, permitiendo mejorar

el acceso de las personas encarceladas al tratamiento de los

trastornos relacionados con el consumo de drogas. Por último, se

estima conveniente propiciar la promoción y el fortalecimiento de la

cooperación regional e internacional en la formulación y ejecución de

iniciativas relacionadas con el tratamiento de los consumidores de

sustancias psicoactivas, el acceso a esos servicios en las cárceles y

tras la liberación”.

*.- Ministerio de Seguridad de la Nación (sin datos actualizados);

y,
*.- Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la

Nación Argentina (ex -Sedronar), “Estudio Nacional sobre

condiciones de salud, consumo de sustancias psicoactivas y demanda

de tratamiento en población privada de libertad en Unidades de

Servicio Penitenciario Federal (realizado en 2012 y publicado en

2016).

Otra serie de estudios estadísticos, partiendo de la perspectiva que

considera al consumo de drogas y la comisión de delitos como dos

fenómenos complejos, cada uno de ellos con comportamientos

particulares pero no obstante lo cual, son pasibles de vinculación (no

correlación), vuelven al modelo taxonómico de Goldstein, aunque

modificado. En consecuencia, arriban a “tipos de vinculación”, a

saber:

a).- Psicofarmacológica: el delito se comete bajo efectos de alcohol

y/o droga (“no hubiera delinquido sin estar drogado”); representa el

15, 4% del total;

b).- Económica: el delito se comete para obtener dinero o medios

para comprar droga; representa el 11,9% del total;

c).- Sistémica: el delito está únicamente orientado al mercadeo de

droga; representa el 11,4%; y,

d).- Legal: hay infracción a las leyes de represión del narcotráfico y

lavado (23.737 y 25.246); representa el 32,7%.

A partir de estos datos, las conclusiones giran en torno a afirmaciones

tales como: “La fuerte asociación (71.4) no implica causalidad” pues


“se asocian, pero no siempre y cuando ocurre, no implica

determinación”. “Ambos fenómenos se relacionan con problemas y

cambios sociales, culturales y económicos”. Existen “trayectorias

sociales de coincidencia en el inicio de ambos fenómenos (pérdida de

lazos familiares, ruptura de escolaridad y marginalidad en general).

¿Cuál es perfil de prevalencia?. La cuestión admite una triple

respuesta, a saber:

a).- Global:

Indicador Dato Porcentual

Sexo Varón 89%

Edad 35 a 34 años 41,8%

Hijos Sí 73,8%

Escolaridad Secundaria completa 41%

Trabajo previo Sí 78,4%

Tipo de trabajo Empleado 54,5%

Situación procesal Procesados 53,4%

Condenados 46,6%

Reincidentes 41,9%

Tipo de delito Contra la propiedad 43,6%

Inf. Ley de drogas 31,4%

1er. delito 14 a 20 años 50%

21 a 30 años 27%

Institucionalización 1 vez 25,7%


en la menor edad 2 a 4 veces

35,3%

b).- Significativa:

Indicador Observaciones

Drogas y rango etario Marihuana - (66,3%) - 18 a 24

años

Cocaína – (53,3%) – 18 a 24 años

Pasta base – (22%) – 18 a 34

años

Consumo en relación a la Marihuana, 7 veces mayor

población no carcelaria Cocaína, 17 veces mayor

Otras, 6.5 veces mayor

Correlaciones # Inicio precoz del consumo (14

años o antes) # Consumo

frecuente (diario o varios días

hasta 1 semana # 38, 2% es

dependiente de marihuana #

70,1% es dependiente de

cocaína # 58% no considera a la

marihuana como causante de

gran daño a la salud # 47, 7%

posee más de un modo de


vinculación.

c).- Específicas:

Los modos de incidencia de la sustancia en la comisión del delito son:

alteración de la capacidad bio-psicológica de culpabilidad penal

(provoca un trastorno mental transitorio completo o incompleto);

producción de síndrome de abstinencia; y producción de patologías

asociadas (vgr., síndrome delirante inducido por consumo de

cocaína).

Vinculación Droga Delito Rango etario

Psicofarmacológica Cocaína y Contra la 25 a 34 años

pasta base propiedad

(15-16%)

Económica Marihuana y Inf. Ley 23.737 25 a 34 años

pasta base y contra la

(11,9%) propiedad

Sistémica Cocaína y Inf. Ley 23.737 25 a 49 años

pasta base y contra las

(11,4%) personas

Legal Marihuana, Tráfico (53,9%) 25 a 49 años

cocaína y Tenencia

pasta base (53,7%)

(32,7)
Hay otros dos fenómenos que deben ser considerados en todo

análisis estadístico; ellos son el de comorbilidad y el de poli-consumo

de sustancias. Al respecto:

a).- Co-morbilidad uso de drogas y enfermedad mental: es “la

coexistencia en el mismo individuo, de un trastorno mental inducido

por el consumo de una o más sustancias psicoactivas y de un

trastorno psiquiátrico” (Organización Mundial de la Salud, OMS).

Dicho estado descriptivo es el alcance estricto de las expresiones

diagnósticas “patología dual” y “morbilidad asociada”. La Oficina de

las Naciones Unidas contra la droga y el Delito (UNODC) amplía el

concepto, extendiéndolo a “toda persona con diagnóstico de una

afección por el consumo abusivo de alcohol o drogas y, además, otro

tipo de diagnóstico, habitualmente de carácter psiquiátrico”.

La concurrencia de afecciones puede ser sucesiva (en cualquier

orden) o simultánea, interactuar y agravar la evolución del cuadro

complejo global. Es una problemática que remite a cuestiones que

aún se hallan en debate, a saber:

*.- El consumo de drogas en etapa inicial o de uso, es dependiente de

un trastorno de personalidad o enfermedad mental antecedente?

Tradicionalmente y hasta fines del siglo XX predominó la postura de

considerar que la persona consumidora de drogas, aun en etapa

inicial o de uso, padecía –al menos- una constelación de

características de personalidad disfuncionales. Es más, se

consideraba con acierto al aforismo clínico según el cual “en el

consumo de drogas, hay una persona enferma y detrás de ella, una


familia enferma y una sociedad enferma”. En la actualidad, esta

hipótesis es ampliamente criticada y descalificada;

*.- Hay progresión necesaria entre uso de sustancias psicoactivas y

adicción a ellas? Si se admite la hipótesis que la capacidad de generar

adicción por parte de una sustancia psicoactiva no solo es propiedad

de ella por sí misma (en función de composición química, mecanismo

de acción y efectos) sino además, de las características psicofísicas

individuales de la persona consumidora, cabe la identificación de un

sector poblacional de consumidores que nunca llegará al estado de

adicción;

*.- Los cambios estructurales y dinámicos cerebrales provocados por

el estado de adicción, configuran una enfermedad mental autónoma?

La cuestión radica en atribuir a dicha enfermedad mental, un carácter

secuelar (si cesa el consumo, se agota el proceso de daño sobre el

cerebro) o por el contrario, con actividad evolutiva independiente del

cese del consumo de sustancias psicoactivas;

*.- Si el consumo compulsivo de drogas provoca alteraciones, ellas no

favorecen la compulsión (afección del autocontrol)? El interrogante

parece contener la premisa neurocognitiva según la cual la

impulsividad es exclusivamente dependiente de defecto estructural

neurológico y/o disfuncional que, por esa causa, puede ser

determinado o sostenido a expensas del factor externo ingreso de

sustancias psicoactivas al organismo;


*.- Es frecuente la concurrencia del consumo de drogas con otras

enfermedades mentales tales como depresión, esquizofrenia u otra?

Si la expresión “drogas” de la formulación se refiere a sustancias

ilícitas, la respuesta es negativa pues la amplia mayoría de personas

que padecen depresión, esquizofrenia u otras afecciones psíquicas,

no son consumidoras de dichas sustancias. Por el contrario, si se

incluye a las drogas de uso lícito, la respuesta es afirmativa pues la

mencionada población, en su mayoría, cumple tratamiento psico-

farmacológico (es decir, utiliza drogas lícitas con finalidad

terapéutica);

*.- Se puede probar un nexo de causalidad entre consumo de drogas

y enfermedad mental o son factores de riesgo inter-dependientes? Tal

como se expuso antes, actualmente cada uno de los fenómenos

clínicos mencionados, se consideran independientes en su génesis. En

cuanto a la segunda parte de la formulación (relación de inter-

dependencia factorial), no puede descartarse de modo absoluto; no

obstante, también debe aclararse que en un caso será más alto para

el desarrollo de consumo habitual -inclusive adictivo- de sustancias

psicoactivas lícitas (enfermo mental respecto de drogas de uso

terapéutico) y en el otro, de sustancias psicoactivas ilícitas

(consumidor de drogas que desarrolla una enfermedad mental

inducido por dicho consumo).

A los fines de la Criminología, en tanto estudio de la persona autora

de un delito, la cuestión de la comorbilidad que se comenta remite al

desafío de establecer en tales caso, la plenitud o afectación (hasta la


imposibilidad, inclusive) de la capacidad bio-psicológica de

culpabilidad penal.

b).- Poli-consumo de drogas: el uso combinado –sucesivo o

simultáneo- de más de una sustancia, es mayoritario; lo variable es la

frecuencia de utilización de ellas. Así, cada consumidor/a reconoce

una droga preferente (a la que se denomina “droga principal”),

respecto de la cual –por lo común- es dependiente y a su vez actúa

como configuradora de rasgos comportamentales personales y otras,

secundarias en prioridad (uso con menor frecuencia). El siguiente

cuadro estadístico, sobre población que ha delinquido, es ilustrativo:

Droga Principal Drogas Vías de Administración

Secundarias

Cocaína (21,4%) Alcohol-Marihuana Inhalatoria (fumada)

Nasal (73%)

Cocaína y Heroína (9,1%) Cocaína-Heroína- Inhalatoria (fumada) 71,4%

Marihuana-Alcohol- Intravenosa (19,8%)


Tranquilizantes

Heroína (5.4%) Alcohol-Marihuana- Inhalatoria (fumada) 73,6%

Cocaína- Intravenosa (18%)


Tranquilizantes

Alcohol (26,1%) Marihuana-Cocaína Ingesta oral

Marihuana (13,4%) Cocaína- Inhalatoria e Ingesta Oral

Tranquilizantes
El 24% no consumió ninguna droga, en el mes previo al ingreso al

sistema judicial.

En base a la información de corte estadístico, antes mencionada,

pueden elaborarse algunas reflexiones de síntesis:

*.- Puede señalarse un incremento experiencial del universo de

consumidores habituales de drogas y de personas que delinquen; en

nuestro País, ambos fenómenos adquirieron niveles cada vez más

progresivos, desde la década de 1990.

*.- La frecuencia de coincidencia entre consumo de drogas y comisión

de delitos es relevante, pero cada variables reconoce causalidad

múltiple propia.

*.- Pueden sistematizarse tipos de delincuencia en los casos de

coincidencia con el consumo de drogas.

*.- El diagnóstico dual o comorbilidad es de frecuencia media-alta,

incide en el inicio de la coincidencia con conductas delictivas y

condiciona las acciones de rehabilitación.

*.- El estado clínico de dependencia de drogas (adicción) es de alta

frecuencia en los casos de coincidencia con infracciones a la ley

penal.

*.- Los dispositivos asistenciales especializados intra-carcelarios son

heterogéneos y de eficiencia y eficacia baja.

*.- La población de varones consumidores que incurren en delitos,

muestra prevalencia de los delitos contra la propiedad; en el caso de

mujeres, lo es respecto del delito de narcotráfico.


*.- El consumo de sustancias psicoactivas no se ve reducido

significativamente en situaciones de penas privativas de la libertad;

antes bien, se mantiene y diversifica.

Documentos de la OEA:

La problemática del narcotráfico y el consumo de drogas es, en la

actualidad, una preocupación de nivel mundial cuya apreciación no

puede hacerse exclusivamente por jurisdicción nacional, dada la

globalización que implica (desde la producción al consumo).

La Organización de Estados Americanos elabora, periódicamente,

documentos que brindan información regional del continente

americano, cuyo conocimiento es valioso. A continuación se

referenciaran dos documentos, uno de 2019 y otro de 2022.

El primero de ellos (“Informe sobre el consumo de drogas en las

Américas”, OEA-Cicad, 2019), destaca:

*.- La prevalencia, en el último mes, del consumo de alcohol en la

población general por país (ordenado por subregión), se ubica en

torno a la franja comprendida entre los 12 y 65 años de edad.

*.- La República Argentina evidenció un 52% de consumo de alcohol,

en la población antes identificada, superando al de EEUU (50%). La

edad prevalente, fue la comprendida entre los 18 y 38 años de edad,

con incremento al 48% entre adolescentes (12 a 18 años). La

marihuana, incrementó su consumo desde el 3% al casi 8% entre

2010 y 2017, tanto en varones como mujeres. Los inhalables,


aumentaron desde el 2,4% en 2009, al 2,5% en 2014. La cocaína,

pasó del 1% en 2008 al 1,5% en 2017. El consumo de pasta base,

bajo del 3,8% en 2011 a 2,8% en 2014. El consumo de éxtasis fue del

0,3% (siendo el indicador máximo -0,9%- el verificado en EEUU y

Canadá. No se aportaron datos acerca del consumo de meta-

anfetamina ni del uso no prescripto de medicamentos de indicación

controlada.

En el segundo documento (“Informe sobre la oferta de drogas en las

Américas”, OEA Se-Cicad, 2022), se destaca:

*.- “El narcotráfico se caracteriza por su índole internacional y la

polifacética complejidad creciente de los retos que plantea. Por

ejemplo, estamos viendo las consecuencias letales de la crisis de los

opioides en algunas partes de nuestra región, junto con un volumen

de producción sin precedentes de clorhidrato de cocaína y

metanfetamina en otras. Además, el uso de técnicas de producción

más eficientes y el uso indebido de precursores químicos, han llevado

a un aumento de la cantidad, la potencia y la nocividad de algunas

drogas. Las amenazas para la seguridad multidimensional en la

región revisten una complejidad creciente, facilitadas por los rápidos

cambios tecnológicos y la mayor conectividad mundial. Los grupos de

la delincuencia organizada transnacional cometen delitos graves,

entre los cuales se destacan los que afectan la seguridad pública,

portuaria, fronteriza y del turismo, como el narcotráfico, el terrorismo,

el lavado de dinero, el delito cibernético, la trata de personas, las

minas antipersonales, el tráfico de armas, el contrabando de


productos falsificados y la minería ilegal, entre otros. Estas

tendencias están generando grandes ganancias para los grupos

delictivos, que se están volviendo más especializados, resilientes y

adaptables”.

*.- “No hay una sola droga que defina la oferta de drogas en las

Américas. La principal droga de preocupación varía según el país, lo

cual refleja la variedad de su oferta ilícita en toda la región. En

algunos países, los opioides, especialmente el fentanilo, son las

principales drogas de preocupación, mientras que en otros predomina

la cocaína. En otros países las drogas sintéticas, como la

metanfetamina, constituyen un gran problema”.

*.- “No obstante, hay algunas tendencias comunes en la región. El

cannabis se destaca por ser la única droga cuya oferta ilícita

mencionaron todos los Estados” y según ellos, “las tendencias de las

incautaciones del cannabis por subregión parecen estar cambiando”.

Así, dejó de ser EUU el país que informe mayores incautaciones ya

que “entre 2016 y 2020” “aumentaron de manera considerable en

América del Sur y levemente en América Central y el Caribe”.

*.- “Los expertos entrevistados señalaron que la despenalización de

la posesión de pequeñas cantidades del cannabis posiblemente haya

influido en las tendencias de la erradicación, especialmente en el

Caribe”. En la producción de esta sustancia, tiene importancia la

región del Caribe, “la intensificación del tráfico transnacional en

América del Sur y las innovaciones en el tráfico en América Central”.

“Colombia notificó un aumento notable de la erradicación (superficie


que abandonó la producción de droga), “que pasó de 18.000

hectáreas en 2016 a más de 130.000 en 2020. Perú informó que la

erradicación de la hoja de coca se había reducido de alrededor de

30.000 hectáreas en 2016 a 6.272 en 2020. Bolivia también notificó

una gran disminución del número de hectáreas erradicadas, de 6.577

en 2016 a 2.177 en 2020”.

*.- De la información suministrada, surge la observación de cambios:

en la producción de coca (Colombia y Perú); en los patrones de tráfico

(mercados de EEUU, Canadá y Europa); en los mercados internos de

consumo de cocaína o crack; en las incautaciones de envíos a

América del Norte y Europa (que aumentaron entre 2016 y 2020), etc.

*.- “Los datos cualitativos en el uso de métodos mejorados para la

fabricación de cocaína, especialmente en áreas cercanas a los

centros más poblados, indican mayor capacidad de los laboratorios,

un menor tiempo de fabricación, el acceso a precursores químicos, un

incremento de la productividad y un repunte del número de

laboratorios utilizados para fabricar los precursores químicos que se

usan en la elaboración de cocaína, tales como el ácido sulfúrico y el

permanganato de potasio”.

*.- “Las tendencias de las detenciones relacionadas con la producción

y el tráfico de drogas ilícitas se mantuvieron estables en lo que

respecta a la mayoría de las sustancias hasta 2020, año en que el

número de detenciones decayó. No obstante, es posible que éstas se

hayan sub-notificado”. Pero, en “América del Sur se presentó una

tendencia al alza de las detenciones, debido en gran medida a un


marcado incremento en Argentina, donde las detenciones anuales

relacionadas con el cannabis pasaron de 26.000 a 99.000, entre 2016

y 2019, y las relacionadas con la cocaína aumentaron de 11.000 a

28.000 durante ese período”.

*.- “Hay poca información sobre el género con respecto al tráfico de

drogas, aunque las detenciones de hombres son más altas que las de

mujeres para todas las drogas en las Américas”.

*.- “La mediana de los precios mayoristas y minoristas de las drogas

se mantuvo dentro de los patrones normales de la mayoría de las

drogas estudiadas, es decir, los precios mayoristas fueron más bajos

que los precios minoristas, con la excepción de la cocaína fumable”.

Acciones de respuesta:

Las acciones de respuesta reconocen ejes de operatividad, que

revisten mayor eficacia. Uno de ellos, de importancia, es la población

juvenil aunque no constituyan la única fuente de actos de violencia ni

tampoco, de delitos relacionados con el consumo de drogas. En tal

sentido, se recomienda:

a).- Disuadir respecto del uso indebido de drogas: mediante

programas de educación; apoyo y tratamiento voluntarios, sumado a

iniciativas de represión y sanciones penales;

b).- Reducir la delincuencia y la violencia relacionadas con el

consumo de drogas: mediante el suministro de apoyos a las personas


consumidoras, a sus familias y a las comunidades que presenten

mayor peligro de ser destruidas por el narcotráfico;

c).- Insistir en la necesidad de cooperación estrecha entre los

organismos de justicia penal, bienestar social y ONG especializadas.

Esta medida economiza costos materiales (todas las acciones, son

caras) y optimiza la actividad del personal;

d).- Adoptar medidas de represión sensibles, mediante iniciativas

comunitarias de mantenimiento del orden. Son desaconsejables las

campañas policiales agresivas; en especial, por la generación de

temor por parte de la población no consumidora;

e).- Intervenir tempranamente en los medios escolares. En este

aspecto, se trabaja sobre liderazgos grupales positivos, capaces de

promover y neutralizar incidencia favorecedoras del consumo de

drogas;

f).- Capacitar empleados escolares, judiciales, padres y grupos

comunitarios: además de crear personal idóneo para la detección

temprana y contención eficaz de la problemática, fortalece vínculos

en red y garantiza la legalidad de procedimientos operativos;

g).- Reunir información precisa y, periódicamente, intercambiarla

entre los distintos organismos efectores del sistema: es una acción

contributiva de los fines señalados en la anterior y el medio adecuado

para elaborar información estadística válida y confiable; y,

h).- Trabajar en conjunto con los medios de información, para evitar

crónicas sensacionalistas: el efecto “imitativo” no debe ser


desestimado; sin perjuicio de ello, la transmisión imprudente de

información destinada solo a determinado efector (vgr., policial,

judicial) puede provocar un resultado contrario al buscado mediante

la intervención de tales efectores.

En relación a otros ejes de acciones recomendadas:

a).- Modificar las respuestas de las administraciones locales, ya sean

de negación del problema, de reacción excesiva o de identificación

(“justificación”) errónea; una clara falacia que ejemplifica lo expuesto

son las expresiones “si delinque, es porque se droga”, “si se droga, es

delincuente”, “la inseguridad es exclusiva causa del consumo de

drogas”, etc.;

b).- Afrontar las acciones, a sabiendas de sus dificultades: todas las

acciones vinculadas contra la problemática conllevan una prolija

administración de recursos escaso, mejoras proactivas en la

coordinación entre organismos judiciales y organizaciones

comunitarias, planificación racional de aspectos operativos con

representantes comunitarios genuinos, no incorporar acciones de

justicia restitutiva a las que se cumplen para luchar contra la

problemática del narcotráfico (vgr., rehabilitación de consumidores,

reparación del daño sufrido por víctimas y medidas de seguridad en la

comunidad), etc.;

c).- Promover desarrollo socio-económico de actividades lícitas y

programas de educación para grupos marginados: consiste en

aspectos de lo que se denomina “rehabilitación comunitaria” a través


del cual se busca poner en práctica una dinámica integrada entre

educación, trabajo e inserción social de las personas consumidoras

que han incurrido en actividad delictiva o no pero, de ese modo

logran desarrollar proyectos vitales fuera del consumo.

 En torno al tráfico:

Ya en el año 2000, un informe elaborado por la Comisión Económica

para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas a través de su

División Desarrollo Social

(https://www.cepal.org/es/publicaciones/5974-produccion-trafico-

consumo-drogas-america-latina) expresaba que “los problemas

asociados a la producción, el tráfico y consumo de drogas en América

Latina afectan la calidad de vida de la población, están ligados a

formas de exclusión social y debilidad institucional, generan mayor

inseguridad y violencia y corroen la gobernabilidad en algunos países.

No es de extrañar pues, que en el contexto político internacional el

tema de las drogas ha ido adquiriendo peso y presencia progresiva y

los acuerdos inter-gubernamentales en esta materia, se extienden

cada vez más. En relación a la producción, América Latina concentra

la totalidad de la producción global de hoja de coca, pasta base de

cocaína y clorhidrato de cocaína del mundo. Posee además, una

producción de marihuana que se extiende hacia distintos países y

zonas, destinada tanto al consumo interno como a la exportación. Y,

crecientemente, elabora amapola, opio y heroína. En relación con el

tráfico, la zona del Caribe sigue siendo la ruta más frecuente para el
tráfico de drogas hacia los EEUU, pero la ruta del Pacífico, pasando

por América Central, ha ganado importancia relativa. Recientemente

ha cobrado importancia el transporte fluvial desde los países

productores de coca-cocaína. El problema del consumo afecta

principalmente a la población juvenil y a los varones más que a las

mujeres. La marihuana, seguida de la pasta base, el crack y el

clorhidrato de cocaína son las drogas ilícitas de mayor consumo en la

región, generando mayores problemas en los jóvenes de alta

vulnerabilidad social. Según los datos que proveen los centros de

tratamiento, el alcohol y el tabaco, seguidos de la marihuana, son las

drogas de inicio más frecuentes de los pacientes atendidos; pero las

drogas ilícitas de mayor impacto en la salud son la cocaína, la pasta

base y el crack”.

El escenario planteado al tiempo de elaboración del documento

referenciado ha ido empeorando en las dos décadas que lo separan

de la actualidad. En efecto, tal como se ha citado, se experimentó

una serie de modificaciones en cuanto a la producción y distribución,

así como también se intensificaron y diversificaron las redes y

medios, con mayor porosidad de las fronteras internacionales; como

consecuencia, es mayor la accesibilidad y consumo de sustancias. Tal

como lo afirma Interpol en su página oficial de la sede argentina, el

tráfico "implica agricultores, productores, correos, proveedores y

traficantes”; “los usuarios finales y adictos son a menudo víctimas de

un negocio poderoso y manipulador”. Asimismo, no debe omitirse que

“el tráfico de drogas se asocia frecuentemente a otros tipos de


delitos como el blanqueo de capitales o la corrupción. Las redes

delictivas también utilizan las redes de tráfico de drogas para

transportar otros productos ilícitos”

(https://www.interpol.int/es/Delitos/Trafico-de-drogas).

El tráfico de drogas ilícitas (narcotráfico), está esencialmente

centrado en la cocaína, como base económica principal y su compra-

venta financia un fenómeno global que comprende desde su

producción al reciclaje de estupefacientes (adictivos o no), tráfico de

armas, trata de personas y tráfico de órganos. El comercio se

organiza a través de grupos ilegales de naturaleza mafiosa, que se

denomina “carteles”, encargados de gestionar el proceso de

producción y suministro y comprende a su vez, desde instancias de

jefatura a intermediarios (entre ellos, financieros) hasta la venta

callejera o narcomenudeo.

El tráfico es un fenómeno multidimensional y complejo, cuyo abordaje

es investigado en nuestro País desde hace mucho tiempo y ha

ameritado la elaboración de un documento específico denominado “El

tráfico de estupefacientes en la Argentina” (2007), cuya lectura se

recomienda

(https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/2020/10/oad_2007._e

l_trafico_de_estupefacientes_en_argentina_un_estudio_sobre_sus_con

dicionantes_estructurales_y_coyunturales.pdf ).

Uno de los aspectos que ha tomado conocimiento público con el

crecimiento de la problemática de las drogas, es el vinculado a la

producción y denominado “cocina de drogas”. Son “pequeñas


fábricas de cocaína en manos de “cocineros” que experimentan con

recetas, muchas veces extraídas de la gran red, y ponen en aprietos

al control policial ya que implican una mayor y más eficaz

distribución”. “Es como cocinar una comida; algunos cocineros

responden a la técnica y les sale mejor, pero a otros no. En una

palabra, el mejor cocinero no se hace con estudio sino con la

experiencia”, en opinión del Lic. Néstor Pozzi, jefe del Gabinete

Técnico del Laboratorio Químico de la Dirección General de

Prevención y Control de Drogas Peligrosas de la Policía de Santa Fe

quien agrega “una cocina es un lugar donde se fabrica droga pero

hay que definir bien. Las cocinas pueden ser cristalizadores o

estiradores o el lugar donde se fabrique la cocaína. Hay fabricación

cuando se parte de un producto como la pasta base, que es un

sulfato, y la transformamos en un clorhidrato. Cuando decimos que

estamos estirando o cristalizando es cuando partimos de clorhidrato

de cocaína, la mezclamos con ciertos solventes y le agregamos

distintos cortes y obtenemos una cocaína con mayor volumen pero

con menor pureza”. “Se ha secuestrado pasta base, el ácido

clorhídrico que es fundamental para formar el clorhidrato y se han

encontrado otros solventes para disolver la pasta base y

mezclarla con el ácido y los distintos cortes. Uno de los cortes más

clásicos encontrados fueron la cafeína y el manitol. Lo que hacen es

abultar el clorhidrato de cocaína pero con una pureza menor”. ”Al

igual que en una cocina donde se preparan delicias, para la

elaboración de cocaína se precisan distintos ingredientes y se recurre


a algunos utensilios”. En la mayoría de los casos, las personas

encargadas de las “cocinas” (“cocineros”), no son “expertos en

química, por el contrario, se trata de audaces, de tipos que muchas

veces buscan recetas en internet y prueban sin ningún tipo de

conocimiento. En gran parte son personas ligadas a la venta de

estupefacientes y reciben un salario a cambio de preparar la

sustancia o estirarla de parte de narcotraficantes. Generalmente no

están armados y son custodiados por “soldaditos”. El profesional

antes mencionado, precisando la cuestión, agrega que “saben a lo

que quieren llegar pero no lo que están manipulando. Las

quemaduras por ácidos no son nada fáciles, hay explosiones, hay

gente que tiene amoníaco al lado del ácido que cuando se juntan

producen detonaciones. El éter tiene la particularidad de formar

peróxidos, si está quieto y cuando lo abrís puede explotar, es

altamente inflamable. Para operar con precursores químicos hay que

tener mucho conocimiento”. “Los peligros de manipular precursores

químicos no sólo afectan a ese lado del mostrador” sino también

“quienes consumen cocaína quedan expuestos a una sustancia que

padece de un franco descenso en su calidad o pureza”. Así, no es

infrecuente ver el uso de “muchos solventes de pintura usados para

disolver la base, a los solventes les agregan ácidos y hay otros que

trabajan con la base y le ponen el ácido y forman un clorhidrato de

muy baja pureza”. ”Siempre en los cortes se encuentra un congelante

y después estamos teniendo distintos analgésicos. También se

hallaron talco, bicarbonato, cafeína y manitol e incluso, puloil” Otras


fuentes, agregan el hallazgo de “vidrio de fluorescente”, “jabón en

polvo” y “tinner”. “No se respeta nada. Se sigue buscando el camino

más fácil, precursores que sustituyan a los precursores esenciales,

que no están regulados y eso hace que se dificulte el trabajo”.

“Buscan emular, buscan sustitutos que sean menos controlados. Y

eso afecta la pureza y a la salud, ya se están incorporando nuevas

sustancias”. A su vez, las “cocinas” implican la existencia de los

denominados “búnker”, que son espacios destinados específicamente

a la venta ilícita, puesta a cargo de las instancias inferiores de la

pirámide de la organización delictiva.

(https://www.rosario3.com/noticias/Cocinas-de-droga-la-receta-para-
estar-mucho-peor-20120910).

Informes Técnicos y Periciales:

Toda intervención técnica destinada a ser incorporada en un proceso

judicial, debe ser instrumentada en una pieza escrita que consiste en

una opinión concreta sobre la cuestión remitida en consulta,

fundamentada en los principios propios de la disciplina técnica

correspondiente. En caso de tratarse de un informe de naturaleza

pericial deba, además, observar las reglas legales procesales

aplicables al proceso en el que se dispuso; con frecuencia, dicha pieza

técnica también recibe el nombre de dictamen. En todo caso, debe

entenderse que si bien ese juicio u opinión es unívoco y está exento


de conclusiones imprecisas inconducentes para el esclarecimiento de

los hechos (“no se puede afirmar ni negar…”), admite siempre las

posibilidades de observación, aclaración e impugnación. Por lo

demás, debe ser amplio, claro y completo en su exposición discursiva

(consideración de todas las constancias agregadas, asesoramiento

suficiente y lenguaje comprensible) y sólido en su fundamentación

(correlación entre los hallazgos de la evaluación y el marco teórico de

referencia).

No tiene por finalidad aportar “evidencia”; en todo caso, es una

elaboración intelectual realizada sobre una evidencia material, que

configura la 2da., acepción del término evidencia en tanto el Órgano

Jurisdiccional lo considere una prueba determinante de los hechos.

Tampoco podría considerarse estrictamente una “evidencia

científica”, ya que la expresión no tiene alcance unívoco en

metodología de la ciencia y limita la posibilidad de un conocimiento

cierto y verdadero exclusivamente al método científico (a pesar de

ser, conceptualmente, refutable).

No establece “la verdad de los hechos” juzgados en el proceso

(función exclusiva y excluyente de la instancia de decisión) y aún

desde la perspectiva estrictamente científica, tampoco resulta lineal

la incorporación de sus datos al proceso. (Suárez, Eloy,

Argumentación y prueba de los hechos en el proceso judicial,

Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2017).


El informe resultante de la intervención técnica es, en esencia, el

instrumento que refiere la idoneidad de la persona opinante y el

cargo o función en que ha intervenido. Luego, el relato de las

operaciones realizadas y de los datos obtenidos a través de ellas. En

este sentido, es usual señalar, como requisito, la completitud

descriptiva de los procedimientos, técnicas implementados y de sus

hallazgos. Así se identifican los medios a través de los cuales se logra

la recolección de datos y el conocimiento construido; no obstante ello

no implica seguridad ni corrección de los primeros ni la veracidad del

segundo. Por ello, es recomendable explicitar el criterio de selección

de dichos procedimientos y técnicas pues, en definitiva, lo que

contribuye a crear convicción es la adecuación de esos medios a la

problemática o aspecto en cuestión. En otros términos, se trata de

señalar la validez y confiabilidad instrumental para conocer

correctamente una realidad polifacética, que admite numerosos y

variables medios. Al respecto, tal como afirma Casullo (2006), debe

partirse de considerar que “una prueba es válida si de hecho está

midiendo lo que pretende medir y no otra cosa” y “es confiable si

asegura consistencia en las mediciones, si mide con precisión…”.

Cuando se trata de operaciones realizadas sobre una persona, la

autora profundiza la importancia de las consecuencias de esta

distinción (validez-confiabilidad) en el ámbito del asesoramiento

técnico y pericial. Cualquiera sea la variable considerada, su

conocimiento y apreciación depende del uso de instrumentos que

hayan sido diseñados en base a condiciones y situaciones similares a


las de la persona peritada. De allí que la confiabilidad remita a

grados de seguridad y confianza (coeficiente de confiabilidad) por un

lado y por el otro, a ponderar las fuentes de variancia de error.

Agrega que estas últimas pueden consistir en: “prueba diseñada para

ser aplicada a sujetos muy diferentes a los que el profesional está

evaluando en el presente” (p.e, instrumentos y categorías

diagnósticas elaboradas con fines clínicos y/o estadísticos, pero no de

asesoramiento en juicio o periciales); “técnica administrada en forma

incorrecta, en condiciones en las que el sujeto no podía trabajar con

tranquilidad y seguridad” (vgr., evaluaciones realizadas en

dependencias policiales/penitenciarias o en plazos incompatibles con

el mínimo necesario para llevar a cabo una evaluación técnicamente

autosuficiente); “evaluación realizada cuando el sujeto estaba

fatigado, emocionalmente muy perturbado o bajo el efecto de

fármacos” (vgr., personas privadas de su libertad que arriban a la

instancia de evaluación luego de ser conducidas en transportes

especiales durante varias horas o evaluaciones a personas que se

hallan internadas en unidades de cuidados intensivos); “errores

vinculados al profesional evaluador: su apariencia física, su

profesionalismo, su actitud hacia el proceso de evaluar” (vgr.,

deficitaria capacitación profesional en la problemática a tratar,

condicionante de actitudes de sobre o sub-interpretación y/o registro

de datos clínicos); “errores que se relacionan con no tener en

consideración el nivel educativo y cultural de la persona que se está

evaluando”. Estas consideraciones inciden en la planificación del


trabajo. Así, la protocolización del abordaje de casos, según las

cuestiones a resolver, es un remedio eficaz; contribuye a evitar la

eventual disparidad de opiniones técnicas que puede surgir cuando

queda librado al criterio individual de uno o más profesionales

intervinientes; y es un recurso es de gran utilidad para la atención de

la demanda de mayor.

En cuanto resultado integrador de la evaluación realizada,

generalmente se estructura en base a capítulos o apartados

descriptivo-explicativos que, en su caso, están determinados por las

normas procesales y en parte han sido propuestos académicamente y

consensuados mediante la práctica profesional. No obstante, con

frecuencia, se descuidan dos aspectos importantes: el cumplimiento

de reglas lógicas y la no utilización de expresiones que configuran

manejos argumentales falaces. Ambas dificultades debilitan el valor

del informe en tanto pieza técnica fundamentada.

Todas las disciplinas científicas reconocen un marco teórico

conceptual y taxonómico en permanente evolución; por ende, el

principio de razón suficiente solo es tal, en la medida de su

adecuación a dicho proceso evolutivo. Así, por ejemplo, la carencia de

una demostración fehaciente de las causas determinativas de un

estado de adicción, lleva a afirmar su existencia a partir de la

comprobación de un conjunto de manifestaciones clínicas que, en un

determinado momento histórico-evolutivo científico se atribuyeron a

un concreto cuadro clínico denominado adicción. Pero, con el mayor


desarrollo investigativo futuro, pueden variar esas manifestaciones

semiológicas o bien, atribuirse las que actualmente se consideran

indicativas, a otro padecimiento distinto. En este punto expositivo,

cabe advertir que el tratamiento de los principios lógicos que se

observe en el informe pericial expresa la construcción racional del/a

profesional interviniente y permite valorar la integridad de su opinión

técnica. Battú (2017), en un pormenorizado estudio sobre el uso de

falacias y manejos falaces en el discurso jurídico, proporciona ideas

para detectarlas y neutralizarlos, que resultan de muy útil aplicación

en la actividad de asesoramiento y pericial. La citada autora señala

que la primera expresión (falacias) alude tanto a “errores de

razonamiento (que pueden ser involuntarios)” como a “la consciente

utilización de falsos argumentos”; por su parte los segundos (manejos

falaces), consisten en “la realización de maniobras no argumentales”.

El denominador común de las primeras es que, a pesar de su

incorrección, resultan psicológicamente persuasivas (apariencia de

verdad) sobre todo por el refuerzo que les aporta la connotación del

discurso Respecto a los manejos falaces, alude a “la diversidad de

soportes en que se daña el razonamiento por la manipulación,

además de la introducción de falacias discursivas”; tienen la finalidad

de aumentar la credibilidad y admiten modalidades diversas según el

discurso sea oral, escrito, no verbal (vgr., expresiones gestuales,

ropa, tono de voz, inflexiones escritas, subrayados, etc.,). Algunos de

estos recursos expositivos son de frecuente observación en informes

periciales, entre ellos:


*.- Reserva mental: omisión de una parte de la verdad, cuya

particularidad reside en que no obstante tratarse de un manejo falaz,

permite hacer un enunciado cierto;

*.- Eufemismos: atenuación del impacto desagradable de una

expresión directa;

*.- “Argumentum ad hominen”: descalificación de la persona

opinante, sin aportar razones contrarias a sus afirmaciones;

*.- “Argumentum ad ignorantiam”: se afirma que algo es verdadero,

sin fundamentos; solo se hace porque no se demostró su falsedad o a

la inversa);

*.- “Apelación a la autoridad”: la validez de una afirmación solo reside

en la supuesta autoridad de quien la formula, aunque no sea de su

competencia;

*.- “Accidente”: aplicación de una regla general a un caso particular

que, atento a sus notas específicas, queda fuera de la regla genérica;

*.- “Accidente inverso”: a partir de un caso excepcional, se hace una

generalización abusiva;

*.- “Causa falsa”: o conexión causal errónea, relacionando dos hechos

que circunstancialmente se suceden en el tiempo o el espacio;

*.- “Argumentum ad maioritatem”: la razón de una afirmación radica

en que coincide con la opinión de una mayoría;


*.- “Falsa analogía”: inexistencia de relación entre dos situaciones

distintas;

*.- “Equívocos”: confundir diversos significados de una misma palabra

o frase y usarlos en un mismo contexto con distintos sentidos.

Desde el punto de vista estructural, el apartado de mayor interés

técnico de un informe no son sus conclusiones, sino el que se destina

al debate o discusión sobre la interpretación y valoración de datos

hallados sobre el objeto material investigado (cosa, situación, estado

físico o psíquico, etc.,), la corrección y resultados de procedimientos y

técnicas implementadas y el marco teórico conceptual de referencia.

Es allí, donde deben establecerse correlaciones de identidad (“que

es”), verificación (“porque es lo que es”), valoración (“que significa

que es en el marco teórico disciplinar”) y utilidad (“para que sirve en

el contexto de la investigación dentro de la cual se emite la opinión

técnica”).

Si el informe técnico o pericial está destinado a incorporarse a un

proceso judicial, debe quedar cumplida la instancia de control a cargo

de las partes del proceso; se ejecuta conforme las directivas del

Órgano Jurisdiccional (pues es quien ejerce la dirección del proceso) y

no tiene carácter vinculante respecto de la decisión que en definitiva

se pronuncie. No obstante, considero válida la siguiente aclaración: la

función de dirección de la actividad técnica antes mencionada no

significa la intromisión en la lex artis técnica porque es el profesional

ajeno al derecho quien posee la calidad de idóneo en la disciplina (no,


el Órgano Jurisdiccional) y por ser necesarios sus conocimiento para

resolver la cuestión procesal, precisamente se lo convoca; más aún, si

el Órgano Jurisdiccional poseyera dichos conocimientos disciplinares,

debiera abstenerse de utilizarlos, a fin de mantener la imparcialidad

de su función.

En cuanto al carácter no vinculante para la decisión del Órgano

Jurisdiccional, también es válida otra observación: ello, efectivamente

es así en tanto y en cuanto la ley no condicione mediante disposición

expresa, que la decisión judicial se adopte después de requerir un

informe técnico (vgr., concesión de medidas anticipadas de la

libertad). El grado de complejidad y especificidad alcanzado por las

ciencias particulares, en general, hacen necesario que los órganos

jurisdiccionales extremen la observancia de los deberes de prudencia

y diligencia, al tiempo de apreciar los informes técnicos. A este

efecto, la facultad de dirección y la garantía de no sujeción que la ley

le acuerda al juzgador, no pueden interpretarse como rígidos

estereotipos de conducta legalizados, pues entrarían en contradicción

la finalidad de la norma que habilita a requerir la intervención de

expertos. La apreciación judicial supone considerar numerosos

elementos de juicio, previos y ulteriores a la intervención técnica; en

su contexto, el órgano jurisdiccional realizará la adecuada valoración

de la opinión de técnicos idóneos o peritos. Tal es la finalidad de

posibilitarle imponer directivas a la labor técnica, cuando se la

dispone; ampliar e introducir cuestiones periciales, luego de

elaborado el informe de resultados; reiterar su realización a través de


los mismos u otros profesionales; requerir opinión de organismos

técnicos no judiciales, entre otras. En los casos en que la ley impone

la previa opinión de expertos como requisito de validez del

pronunciamiento judicial, no cabe sino advertir que el legislador ha

querido –expresamente-, integrar la decisión jurisdiccional con los

conocimientos y el juicio técnico de otras ciencias distintas al derecho

(medicina, psicología, etc.,). En consecuencia, el apartamiento del

asesoramiento técnico sin fundamento o su omisión, no podrían

interpretarse de modo absoluto sin significativo riesgo de incurrir en

arbitrariedad, error o incumplimiento del mandato legal. Por el

contrario, los citados extremos se neutralizan o evitan mediante la

implementación de una o más de las medidas procesales conferidas

por la ley al Órgano Jurisdiccional, las que posibilitan que su decisión

con base en fundamento idóneo proveniente de opiniones de igual o

mayor tecnicismo pero de sentido contrario a aquella que se apreció

de insuficiente convicción.

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