Cuando reescribamos la historia Belén Martínez
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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez
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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez
1.ª edición: junio 2019
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente
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la reproducción parcial o total de esta obra por cual-
quier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y
el tratamiento infor mático, así como la distribución de
ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
© 2019 by Belén Martínez
All Rights Reserved
© 2019 by Ediciones Urano, S.A.U.
Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid
[Link]
ISBN: 978-84-17545-98-7
Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U.
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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez
Para Tere, gracias por esas historias que es-
cribimos juntas y por las que todavía nos
quedan.
Sin ti, nuestra «Generación Perdida» no ha-
bría sido la misma.
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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez
Regrets collect like old friends.
Here to relive your darkest moments.
I can see no way, I can see no way.
And all of the ghouls come out to play.
And every demon wants his pound of flesh.
But I like to keep some things to myself.
I like to keep my issues strong.
It’s always darkest before the dawn.
Shake It Out, Florence and the Machine
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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez
2018
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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez
Capítulo
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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez
iempre he odiado el instituto y, diez años después, to-
S davía lo odio más.
¿Historias de amor adolescente, escondidas entre los pupi-
tres de las clases? ¿Notas que se deslizan sin que los ojos
de los profesores las descubran? ¿Fiestas tras los exáme-
nes? ¿Lágrimas en la graduación, prometiendo a gente a la
que nunca le has gustado que no los olvidarás, que harás
todo lo que puedas para volver a verlos?
Agh.
Vomitaría si pudiera.
En primer lugar, puede que existan historias de amor en
el instituto. Claro. Somos idiotas, al fin y al cabo, y con las
hor monas revolucionadas, aún más. Pero seamos lógicos.
Esa chica o chico al que besarás por primera vez no va a ser
con quien serás feliz para siempre. De hecho, lo nor mal es
que apenas duréis un par de meses, hasta que tengáis los
labios gastados de tanto enrollaros.
¿Crees que el profesor no se da cuenta cuando le pasas
un maldito trozo de papel del tamaño de tu maldita mano a
tu amigo, riéndote entre dientes como un maldito imbécil?
Por supuesto que te ve, pero no hace nada porque no tiene
ganas de perder el tiempo con adolescentes estúpidos que
no pueden esperar cinco minutos a que la clase ter mine pa-
ra soltar la tontería de sus vidas.
Y luego están las fiestas. Ya. Eso cuando no tengas unos
padres que te obliguen a acostarte a las once de la noche,
o que no estén dor midos cuando regreses dando tumbos,
borracho. Porque por mucho que lo intentes, no podrás
ocultarlo. Créeme. Un adolescente ebrio con el típico dis-
curso de: «Estoy sobrio. Que esté arrastrando las palabras,
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camine en zigzag y acabe de vomitar sobre la alfombra, es
solo porque la cena me ha sentado mal», lleva un cartel con
luces de neón en la frente que dice lo contrario.
Y la graduación. La famosa graduación. Por favor, no ha-
gas pucheros. No llores. Posiblemente, de los sesenta que
sumáis entre las dos clases ter mines manteniendo la amis-
tad con uno, con tres si eres medianamente popular. Al res-
to, solo los verás en las malditas reuniones de antiguos
alumnos como a la que tendré que acudir esta noche.
Suspiro y me miro de soslayo en el espejo que cuelga de
la pared. Han pasado diez años desde que crucé por última
vez las puertas del instituto, pero apenas he cambiado algo
desde entonces.
Quizás he crecido un par de centímetros, pero sigo sien-
do bajo para mi edad. Hacía años, creía que el día menos
pensado, daría un estirón y miraría a todos desde arriba.
Sin embargo, ese deseado estirón nunca llegó, y me quedé
estancado en el metro sesenta y dos.
Mi pelo sigue tan revuelto como entonces. Ondas incon-
trolables de cabello castaño, enredadas entre sí, levantadas
en todas direcciones. Y luego, están mis ojos. Tengo la cara
muy pequeña y los ojos demasiado grandes. Cuando era
un niño, parecía un maldito búho. En el instituto llevaba
unas gafas de cristales gigantescos por la miopía que em-
pequeñecían mi mirada hasta un tamaño medianamente
nor mal. Ahora llevo lentillas. Si al menos tuvieran un color
bonito, o raro, sería diferente. Pero no, el color de mis ojos
es marrón. Sin una veta verde, o dorada. Marrón. Como el
café o las castañas.
Aparto la mirada con un suspiro. Cuando ter miné el insti-
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tuto me prometí que cuando regresara a una de esas abu-
rridas reuniones sería alguien diferente a aquel chico pe-
queño, inseguro y callado que había pasado desapercibido
durante seis largos años.
Joder. Debería haber me negado a ir.
—Ha llegado otro.
El paquete inmenso que cae sobre mi escritorio y agita
violentamente el café que se me ha quedado frío, me hace
regresar a la realidad.
Parpadeo y llevo la mirada del sobre marrón apagado,
tan ancho como la palma de mi mano, a Sergio, que se ale-
ja con pasos rápidos de mí.
—Eh, ¡eh! —exclamo—. ¡Llevo siete ya este mes! ¡Siete!
¿No se lo puedes pasar a Marta?
Él ni siquiera mira atrás, tampoco se detiene. Simplemen-
te se limita a encogerse de hombros.
—Tu mesa está más cerca que la de ella.
No puedo contestarle. Desaparece por el largo pasillo y
se hunde en sus tinieblas; me deja con los dientes apreta-
dos, el café todavía moviéndose dentro del vaso de papel y
el octavo manuscrito que tendré que leer antes de que lle-
gue el 30 de julio.
Miro fijamente el paquete, esperando a que se desen-
vuelva solo. Por el tamaño, debe tener cerca de mil pági-
nas. Mierda. Mil. Me obligo a respirar hondo y, con el cúter
que guardo en una taza que me regalaron mis padres, lo
abro, produciendo un ligero siseo. Desde la porcelana
blanca, me observa un monigote delgaducho, que carga
una montaña de libros como si fueran pesas del gimnasio.
«Felicidades al nuevo becario» es lo que dice.
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El manuscrito cae con fuerza sobre mi escritorio. Ladeo
un poco la cabeza para leer el título: La insoportable histo-
ria de un ser demasiado pequeño en un mundo demasiado
grande.
—Esta mierda sí que es demasiado grande —susurro, pa-
sando la primera página.
La tarde se desliza suavemente mientras leo o, al menos,
lo intento. No es fácil leer oraciones tan largas, con tantas
comas y metáforas que no comprendería ni un graduado en
Filosofía. Hace calor en la editorial. El aire acondicionado
está en los despachos, lejos de donde sudan los pobres be-
carios. El susurro de las voces de mis compañeros, junto
con el sutil silbido de la máquina de café, me sume en un
estado de duer mevela, del que despierto de golpe cuando
mi teléfono móvil comienza a vibrar.
Miro la pantalla que se ilumina y se apaga en perfecta
sincronía con los temblores. En mitad de esta, un nombre
me hace atender con rapidez.
—Hola, Melissa.
—Llevo esperándote un rato. ¿No piensas bajar?
—Oh, mierda —bufo, mirando el reloj de pulsera—. Lo
siento. Enseguida voy.
Dejo una marca en el manuscrito y lo cierro con cierto ali-
vio, aunque mañana tendré que poner me de nuevo con él.
Desenrollo las mangas de mi camisa, las aliso un poco,
mientras me abrocho los puños, y me despido a media voz,
aunque nadie se molesta en contestar me.
La editorial Grandía ocupa un viejo edificio del centro.
Tiene amplios suelos de parqué, techos altos y escaleras de
már mol que te hacen recordar los viejos palacios de los
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cuentos de hadas. Durante los primeros días que trabajé
aquí, me gustaba pensar que los personajes de los libros vi-
vían entre sus paredes, que a veces caminaban por nuestro
lado sin que nosotros nos percatásemos, que eran los cul-
pables de que a veces, alguna pila de libros se derrumbara
sin remedio, o de que las luces de las lámparas parpadea-
ran demasiado. Más tarde, me di cuenta de que la culpa la
tenían las malditas corrientes de aire y la defectuosa red
eléctrica con la que contaba el edificio.
Junto a la vieja puerta abierta, apoyada en el marco, en-
cuentro a Melissa. Va vestida con una falda ajustada y una
camisa blanca que acentúa su piel morena. Encima lleva
una chaqueta del color del atardecer.
El sonido de mis pasos hace que vuelva la cabeza. Me
sonríe, aunque su ceño se frunce un poco al echarle un vis-
tazo a mi camisa arrugada y la pequeña mancha de café en
la rodillera de mis pantalones.
—Podrías haberte arreglado un poco más.
—Me he puesto una camisa, y ya sabes que odio las ca-
misas —contesto, y comienzo a andar—. Si por mí fuera,
iría con vaqueros y una sudadera. Perdón. Si por mí fuera,
no iría a esa mierda de reunión.
—A ti todo te parece una mierda —observa ella, dándo-
me un empujón cariñoso—. Estará bien, ya verás. Será di-
vertido.
—Lo que tú digas —respondo, y pongo los ojos en blan-
co.
Melissa se ríe y enlaza su brazo con el mío. Yo la observo
de nuevo de soslayo, esta vez con mayor detenimiento.
—Tú, sin embargo, sí vas muy arreglada. ¿Vienes de una
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cita o realmente sientes una decepcionante ilusión por ver
a unos idiotas que ni siquiera hablaban con nosotros?
Su sonrisa se transfor ma en una mueca de exasperación.
Niega varias veces con la cabeza y me da un ligero pellizco
en el costado, aunque se sonroja un poco.
—He quedado esta tarde con Valeria.
Esta vez soy yo quien sonríe ampliamente, y le devuelvo
el pellizco que acababa de dar me.
—Vaaaaya —comento, alargando la palabra—. Última-
mente quedáis mucho. —Melissa se limita a reír por toda
respuesta—. ¿Cuándo piensas…?
—Por favor, otra vez no. —Ya ni siquiera hay una mueca
estirando sus labios. Se detiene durante un instante para
dedicar me una mirada de advertencia—. Sabes de sobra
que no quiero hablar sobre eso.
—Sí, claro que lo sé. Pero algún día tendrás que enfren-
tarte a tus padres. Llevas demasiados años así.
—No es fácil.
—Ya, y se hará todavía más difícil si dejas que pase más
tiempo —insisto, con cierta irritación. Como ella no contes-
ta y sus ojos se han vuelto extrañamente brillantes, añado
en tono de broma—, si eres capaz de enfrentarte a nuestros
antiguos compañeros de clase, puedes hacer cualquier co-
sa.
Melissa resopla, pero al menos consigo arrancarle una
pequeña sonrisa.
—El instituto también tenía cosas buenas. Hasta tú tienes
que admitirlo.
—Sí, claro que tenía cosas buenas: Tú —contesto, mirán-
dola fijamente—. No creo recordar nada más. No organiza-
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ron ningún viaje de fin de curso, nadie se peleó a golpes
con nadie, y ni siquiera viví una de esas épicas historias de
amor que se ter minan yendo a la mierda.
—Julen, no vamos a entrar de nuevo en una clase llena
de adolescentes hor monados y estúpidos. Ahora todo es
distinto. Ahora somos adultos.
—Melissa, tenemos veintiocho años. Hoy en día no se es
adulto hasta que no te casas, llevas en un trabajo más de
un mes y tienes un hijo con cuarenta.
—Pero hemos cambiado —exclama ella, airada—. Hasta
tú lo has hecho. Si el Julen de entonces te viera ahora, diría
que te has transfor mado justo en lo que nunca quisiste ser.
Una especie de Oliver Montaner.
—¿Qué? ¿Estás de broma? —pregunto, arqueando las
cejas. Un destello de pelo rubio y ojos fríos restalla en mi
memoria—. ¿En serio crees que me he convertido en él?
—No, claro que no. Pero creo que deberías darte cuenta
de que las cosas han cambiado para bien. Para la mayoría
de nosotros —añade, bajando un poco la voz.
Estoy a punto de replicar, pero me muerdo los labios y
desvío la mirada. Frente a nosotros, un par de chicas miran
al cielo y señalan algo en él. Distraído, sigo sus manos y al-
zo la mirada hasta la luna.
Me detengo en seco.
—¿Qué es eso? —farfullo.
Melissa se detiene un par de pasos por delante de mí, y
se da la vuelta, extrañada, antes de seguir el rumbo de mis
ojos. Ella, por el contrario, no parece sorprendida de lo que
ve.
—¿No lo sabías? Llevan anunciándolo toda la semana.
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FIN DEL FRAGMENTO
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