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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

Argentina – Chile – Colombia – Ecuador – España

Estados Unidos – México – Perú – Uruguay

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

1.ª edición: junio 2019

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente

prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del

copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes,

la reproducción parcial o total de esta obra por cual-

quier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y

el tratamiento infor mático, así como la distribución de

ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

© 2019 by Belén Martínez

All Rights Reserved

© 2019 by Ediciones Urano, S.A.U.

Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid

[Link]

ISBN: 978-84-17545-98-7

Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U.

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

Para Tere, gracias por esas historias que es-

cribimos juntas y por las que todavía nos

quedan.

Sin ti, nuestra «Generación Perdida» no ha-

bría sido la misma.

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

Regrets collect like old friends.

Here to relive your darkest moments.

I can see no way, I can see no way.

And all of the ghouls come out to play.

And every demon wants his pound of flesh.

But I like to keep some things to myself.

I like to keep my issues strong.

It’s always darkest before the dawn.

Shake It Out, Florence and the Machine

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

2018

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

Capítulo

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

iempre he odiado el instituto y, diez años después, to-

S davía lo odio más.

¿Historias de amor adolescente, escondidas entre los pupi-

tres de las clases? ¿Notas que se deslizan sin que los ojos

de los profesores las descubran? ¿Fiestas tras los exáme-

nes? ¿Lágrimas en la graduación, prometiendo a gente a la

que nunca le has gustado que no los olvidarás, que harás

todo lo que puedas para volver a verlos?

Agh.

Vomitaría si pudiera.

En primer lugar, puede que existan historias de amor en

el instituto. Claro. Somos idiotas, al fin y al cabo, y con las

hor monas revolucionadas, aún más. Pero seamos lógicos.

Esa chica o chico al que besarás por primera vez no va a ser

con quien serás feliz para siempre. De hecho, lo nor mal es

que apenas duréis un par de meses, hasta que tengáis los

labios gastados de tanto enrollaros.

¿Crees que el profesor no se da cuenta cuando le pasas

un maldito trozo de papel del tamaño de tu maldita mano a

tu amigo, riéndote entre dientes como un maldito imbécil?

Por supuesto que te ve, pero no hace nada porque no tiene

ganas de perder el tiempo con adolescentes estúpidos que

no pueden esperar cinco minutos a que la clase ter mine pa-

ra soltar la tontería de sus vidas.

Y luego están las fiestas. Ya. Eso cuando no tengas unos

padres que te obliguen a acostarte a las once de la noche,

o que no estén dor midos cuando regreses dando tumbos,

borracho. Porque por mucho que lo intentes, no podrás

ocultarlo. Créeme. Un adolescente ebrio con el típico dis-

curso de: «Estoy sobrio. Que esté arrastrando las palabras,

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

camine en zigzag y acabe de vomitar sobre la alfombra, es

solo porque la cena me ha sentado mal», lleva un cartel con

luces de neón en la frente que dice lo contrario.

Y la graduación. La famosa graduación. Por favor, no ha-

gas pucheros. No llores. Posiblemente, de los sesenta que

sumáis entre las dos clases ter mines manteniendo la amis-

tad con uno, con tres si eres medianamente popular. Al res-

to, solo los verás en las malditas reuniones de antiguos

alumnos como a la que tendré que acudir esta noche.

Suspiro y me miro de soslayo en el espejo que cuelga de

la pared. Han pasado diez años desde que crucé por última

vez las puertas del instituto, pero apenas he cambiado algo

desde entonces.

Quizás he crecido un par de centímetros, pero sigo sien-

do bajo para mi edad. Hacía años, creía que el día menos

pensado, daría un estirón y miraría a todos desde arriba.

Sin embargo, ese deseado estirón nunca llegó, y me quedé

estancado en el metro sesenta y dos.

Mi pelo sigue tan revuelto como entonces. Ondas incon-

trolables de cabello castaño, enredadas entre sí, levantadas

en todas direcciones. Y luego, están mis ojos. Tengo la cara

muy pequeña y los ojos demasiado grandes. Cuando era

un niño, parecía un maldito búho. En el instituto llevaba

unas gafas de cristales gigantescos por la miopía que em-

pequeñecían mi mirada hasta un tamaño medianamente

nor mal. Ahora llevo lentillas. Si al menos tuvieran un color

bonito, o raro, sería diferente. Pero no, el color de mis ojos

es marrón. Sin una veta verde, o dorada. Marrón. Como el

café o las castañas.

Aparto la mirada con un suspiro. Cuando ter miné el insti-

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

tuto me prometí que cuando regresara a una de esas abu-

rridas reuniones sería alguien diferente a aquel chico pe-

queño, inseguro y callado que había pasado desapercibido

durante seis largos años.

Joder. Debería haber me negado a ir.

—Ha llegado otro.

El paquete inmenso que cae sobre mi escritorio y agita

violentamente el café que se me ha quedado frío, me hace

regresar a la realidad.

Parpadeo y llevo la mirada del sobre marrón apagado,

tan ancho como la palma de mi mano, a Sergio, que se ale-

ja con pasos rápidos de mí.

—Eh, ¡eh! —exclamo—. ¡Llevo siete ya este mes! ¡Siete!

¿No se lo puedes pasar a Marta?

Él ni siquiera mira atrás, tampoco se detiene. Simplemen-

te se limita a encogerse de hombros.

—Tu mesa está más cerca que la de ella.

No puedo contestarle. Desaparece por el largo pasillo y

se hunde en sus tinieblas; me deja con los dientes apreta-

dos, el café todavía moviéndose dentro del vaso de papel y

el octavo manuscrito que tendré que leer antes de que lle-

gue el 30 de julio.

Miro fijamente el paquete, esperando a que se desen-

vuelva solo. Por el tamaño, debe tener cerca de mil pági-

nas. Mierda. Mil. Me obligo a respirar hondo y, con el cúter

que guardo en una taza que me regalaron mis padres, lo

abro, produciendo un ligero siseo. Desde la porcelana

blanca, me observa un monigote delgaducho, que carga

una montaña de libros como si fueran pesas del gimnasio.

«Felicidades al nuevo becario» es lo que dice.

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

El manuscrito cae con fuerza sobre mi escritorio. Ladeo

un poco la cabeza para leer el título: La insoportable histo-

ria de un ser demasiado pequeño en un mundo demasiado

grande.

—Esta mierda sí que es demasiado grande —susurro, pa-

sando la primera página.

La tarde se desliza suavemente mientras leo o, al menos,

lo intento. No es fácil leer oraciones tan largas, con tantas

comas y metáforas que no comprendería ni un graduado en

Filosofía. Hace calor en la editorial. El aire acondicionado

está en los despachos, lejos de donde sudan los pobres be-

carios. El susurro de las voces de mis compañeros, junto

con el sutil silbido de la máquina de café, me sume en un

estado de duer mevela, del que despierto de golpe cuando

mi teléfono móvil comienza a vibrar.

Miro la pantalla que se ilumina y se apaga en perfecta

sincronía con los temblores. En mitad de esta, un nombre

me hace atender con rapidez.

—Hola, Melissa.

—Llevo esperándote un rato. ¿No piensas bajar?

—Oh, mierda —bufo, mirando el reloj de pulsera—. Lo

siento. Enseguida voy.

Dejo una marca en el manuscrito y lo cierro con cierto ali-

vio, aunque mañana tendré que poner me de nuevo con él.

Desenrollo las mangas de mi camisa, las aliso un poco,

mientras me abrocho los puños, y me despido a media voz,

aunque nadie se molesta en contestar me.

La editorial Grandía ocupa un viejo edificio del centro.

Tiene amplios suelos de parqué, techos altos y escaleras de

már mol que te hacen recordar los viejos palacios de los

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

cuentos de hadas. Durante los primeros días que trabajé

aquí, me gustaba pensar que los personajes de los libros vi-

vían entre sus paredes, que a veces caminaban por nuestro

lado sin que nosotros nos percatásemos, que eran los cul-

pables de que a veces, alguna pila de libros se derrumbara

sin remedio, o de que las luces de las lámparas parpadea-

ran demasiado. Más tarde, me di cuenta de que la culpa la

tenían las malditas corrientes de aire y la defectuosa red

eléctrica con la que contaba el edificio.

Junto a la vieja puerta abierta, apoyada en el marco, en-

cuentro a Melissa. Va vestida con una falda ajustada y una

camisa blanca que acentúa su piel morena. Encima lleva

una chaqueta del color del atardecer.

El sonido de mis pasos hace que vuelva la cabeza. Me

sonríe, aunque su ceño se frunce un poco al echarle un vis-

tazo a mi camisa arrugada y la pequeña mancha de café en

la rodillera de mis pantalones.

—Podrías haberte arreglado un poco más.

—Me he puesto una camisa, y ya sabes que odio las ca-

misas —contesto, y comienzo a andar—. Si por mí fuera,

iría con vaqueros y una sudadera. Perdón. Si por mí fuera,

no iría a esa mierda de reunión.

—A ti todo te parece una mierda —observa ella, dándo-

me un empujón cariñoso—. Estará bien, ya verás. Será di-

vertido.

—Lo que tú digas —respondo, y pongo los ojos en blan-

co.

Melissa se ríe y enlaza su brazo con el mío. Yo la observo

de nuevo de soslayo, esta vez con mayor detenimiento.

—Tú, sin embargo, sí vas muy arreglada. ¿Vienes de una

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

cita o realmente sientes una decepcionante ilusión por ver

a unos idiotas que ni siquiera hablaban con nosotros?

Su sonrisa se transfor ma en una mueca de exasperación.

Niega varias veces con la cabeza y me da un ligero pellizco

en el costado, aunque se sonroja un poco.

—He quedado esta tarde con Valeria.

Esta vez soy yo quien sonríe ampliamente, y le devuelvo

el pellizco que acababa de dar me.

—Vaaaaya —comento, alargando la palabra—. Última-

mente quedáis mucho. —Melissa se limita a reír por toda

respuesta—. ¿Cuándo piensas…?

—Por favor, otra vez no. —Ya ni siquiera hay una mueca

estirando sus labios. Se detiene durante un instante para

dedicar me una mirada de advertencia—. Sabes de sobra

que no quiero hablar sobre eso.

—Sí, claro que lo sé. Pero algún día tendrás que enfren-

tarte a tus padres. Llevas demasiados años así.

—No es fácil.

—Ya, y se hará todavía más difícil si dejas que pase más

tiempo —insisto, con cierta irritación. Como ella no contes-

ta y sus ojos se han vuelto extrañamente brillantes, añado

en tono de broma—, si eres capaz de enfrentarte a nuestros

antiguos compañeros de clase, puedes hacer cualquier co-

sa.

Melissa resopla, pero al menos consigo arrancarle una

pequeña sonrisa.

—El instituto también tenía cosas buenas. Hasta tú tienes

que admitirlo.

—Sí, claro que tenía cosas buenas: Tú —contesto, mirán-

dola fijamente—. No creo recordar nada más. No organiza-

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Cuando reescribamos la historia Belén Martínez

ron ningún viaje de fin de curso, nadie se peleó a golpes

con nadie, y ni siquiera viví una de esas épicas historias de

amor que se ter minan yendo a la mierda.

—Julen, no vamos a entrar de nuevo en una clase llena

de adolescentes hor monados y estúpidos. Ahora todo es

distinto. Ahora somos adultos.

—Melissa, tenemos veintiocho años. Hoy en día no se es

adulto hasta que no te casas, llevas en un trabajo más de

un mes y tienes un hijo con cuarenta.

—Pero hemos cambiado —exclama ella, airada—. Hasta

tú lo has hecho. Si el Julen de entonces te viera ahora, diría

que te has transfor mado justo en lo que nunca quisiste ser.

Una especie de Oliver Montaner.

—¿Qué? ¿Estás de broma? —pregunto, arqueando las

cejas. Un destello de pelo rubio y ojos fríos restalla en mi

memoria—. ¿En serio crees que me he convertido en él?

—No, claro que no. Pero creo que deberías darte cuenta

de que las cosas han cambiado para bien. Para la mayoría

de nosotros —añade, bajando un poco la voz.

Estoy a punto de replicar, pero me muerdo los labios y

desvío la mirada. Frente a nosotros, un par de chicas miran

al cielo y señalan algo en él. Distraído, sigo sus manos y al-

zo la mirada hasta la luna.

Me detengo en seco.

—¿Qué es eso? —farfullo.

Melissa se detiene un par de pasos por delante de mí, y

se da la vuelta, extrañada, antes de seguir el rumbo de mis

ojos. Ella, por el contrario, no parece sorprendida de lo que

ve.

—¿No lo sabías? Llevan anunciándolo toda la semana.

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FIN DEL FRAGMENTO

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