Inmanencia y Ley Natural. (Fragmento)
Inmanencia y Ley Natural. (Fragmento)
UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN
Max Silva Abbott *
1. INTRODUCCIÓN
El objetivo del presente trabajo es mostrar lo que podría ser una forma diferente y
complementaria de abordar el siempre complejo y necesario tema de la ley natural.
Lo anterior obedece a una inquietud: la cada vez menor capacidad —o incluso, abierta
ceguera— de nuestras sociedades para entender y sobre todo, valorar el mensaje subyacente de la
ley natural. En una época en que cada uno se considera el juez inapelable y soberano de la
moralidad de sus propios actos, cualquier cosa que suene a heteronomía en materias éticas es
fuertemente rechazada de plano, sin siquiera indagar en su contenido. Resulta evidente que lo que
podríamos llamar ‘teorías modernas de la ética’, centradas en la autonomía moral, pueden parecer y
de hecho son muy atractivas de cara al sujeto, porque a fin de cuentas, le permiten hacer lo que
quiera a la postre; mas, sólo un poco de sentido común nos indica claramente que la vida misma,
tanto individual como social, se tornan imposibles por este camino.
En consecuencia, fruto de esta creciente inquietud —que me lleva a hablar en primera
persona, cosa que casi nunca hago al escribir— he intentado un camino complementario para hacer
más fácil el entendimiento y aceptación de la ley natural. Y un punto que ha sido crucial es, por
decirlo de algún modo, intentar ver las cosas como las contemplan aquellos para los que la ley
natural tiene resabios dogmáticos; esto es, tratar de argumentar desde algunos de los presupuestos
de los interlocutores, con el propósito de que al menos se entienda lo razonable y justo del
planteamiento iusnaturalista clásico.
La idea básica que sirve como telón de fondo a este empeño es que la ley natural, al emanar
de nuestra propia naturaleza, no puede ser dañina para el hombre, o si se prefiere, si su objetivo es
buscar la vida humana lograda, la eudaimonia, su cumplimiento acarreará beneficios en definitiva,
máxime —y por simple lógica— si el principio de la ley natural es hacer el bien y evitar el mal. En
el fondo, puesto que el actuar sigue al ser, he intentado demostrar que la ley natural es algo obvio
—aun cuando a veces cueste trabajo conocerla—, o si se prefiere, que no obedece a elucubraciones
teóricas o a una especie de ‘limbo filosófico’, sino que emana de nuestra realidad más evidente y
por ello, posee incidencia directa en la vida misma: en una época tan pragmática como esta, la idea
es contemplar la ley natural desde una perspectiva existencial, si así pudiera decirse.
Este enfoque en parte hace eco de algunas advertencias de diversos iusnaturalistas actuales,
respecto del peligro de que ciertas formas de abordar esta temática resulten demasiado engorrosas y
por lo mismo, incomprensibles para el hombre de hoy; lo cual resulta contradictorio con el genuino
espíritu de la ley natural, puesto que al menos en lo que se refiere a sus preceptos fundamentales,
debiera ser de fácil comprensión, asequible para cualquiera, no una teoría sólo al alcance de los
sabios. Si esta ley es verdaderamente ‘natural’, si está impresa en el corazón del hombre, su
comprensión debe resultar límpida en principio. Estamos claros que existen diversos factores
racionales y no racionales que pueden nublar y de hecho oscurecen el entendimiento sobre este
tema —algunos se analizarán brevemente aquí— pero por necesidad, la ley natural debe ser mucho
más asequible de lo que varias formas de plantearla sugieren. El asunto es importante, porque en
caso contrario sería muy fácil excusarse de su obediencia, alegando su desconocimiento. Ello, unido
al surgimiento de problemas nuevos, como la bioética, hace hoy más urgente que nunca intentar
estrategias novedosas a este respecto.
*
Profesor de Fundamentos Filosóficos del Derecho y de Filosofía del Derecho, Universidad Católica de la
Ssma. Concepción. Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Para comentarios, msilva@[Link]
Por razones de espacio, se han omitido las notas a pie de página.
2 MAX SILVA ABBOTT
“Inmanente es lo que se guarda y queda dentro. Es una característica que habla de la interioridad que se
da en todo ser viviente, pues todo viviente lleva a cabo actividades cuyo efecto queda dentro del sujeto”.
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 3
Como se ha dicho, el nivel de inmanencia y, por tanto, de interioridad, va de la mano con las
formas de vida, lo cual permite en no poca medida, diferenciarlas.
La forma más típicamente humana de inmanencia es la intimidad, “un dentro que sólo conoce
uno mismo”, nuestro mundo interior, nuestro yo, cuyas principales manifestaciones es el conocer y
el querer. Por eso la manifestación más alta de inmanencia es el conocimiento, lo cual permite que
el sujeto se realice como persona:
“La intimidad es el grado máximo de inmanencia, porque no es sólo un lugar donde las cosas quedan
guardadas para uno mismo sin que nadie las vea, sino que además es, por así decir, un dentro que crece,
del cual brotan realidades inéditas, que no estaban antes: son las cosas que nos ocurren, planes que
ponemos en práctica, invenciones, etc. Es decir, del carácter de intimidad surge también lo creativo:
porque tengo interior y me abro a él soy capaz de innovar, de aportar lo que antes no estaba y ni siquiera
era previsible. La intimidad tiene capacidad creativa. Por eso, la persona es una intimidad de la que brotan
novedades, capaz de crecer. Lo propio del hombre es el ser algo nuevo y causar lo nuevo”.
En el hombre, este mundo interior que a su vez es fuente de su obrar, puede exteriorizarse
como en ninguna otra especie, al punto que incluso le es posible darse a otros, al ser capaz de amar.
Para lo que aquí interesa, lo importante es que en virtud de la inmanencia, las acciones del
hombre dejan algo en sí mismo, permanecen en cierto sentido en él, lo cual no es extraño, porque el
ser vivo es en buena medida, la finalidad interna de sus operaciones, actúa sobre su propio ser,
posee un dinamismo antropológico retroalimentativo. Da igual que estas operaciones sean
meramente internas o se exterioricen —comer, llorar, dormir, leer, etc.—: puesto que está vivo y
emanan de él, dejan un rastro en él mismo, lo retroalimentan, o si se prefiere, tienen una especie de
‘efecto boomerang’ sobre el agente.
Por eso Leonardo Polo —a quien parece seguir Yepes— expresa que “el hombre no hace
nada con que al hacerlo no se produzca alguna modificación de su propia realidad”. Y en otro sitio,
agrega:
“El desarrollo de la humanidad en cada hombre parte de su actuar. Si los actos no influyeran en su modo
de ser, si no dejaran una huella, si no modificaran o perfeccionaran lo humano en cada uno, el hombre no
sería un ser abierto a su propio crecimiento esencial”.
“Kínesis es la actividad cuyo término es exterior a ella misma [...] Práxis teleía es la actividad perfectiva
en su ejercicio mismo [...] Cuando veo, tengo lo visto. Cuando edifico, no tengo lo edificado. Cuando
tengo lo edificado, dejo de edificar. Cuando tengo lo visto, sigo viendo”. […]
“En la operación vital el hiato entre el ejercicio y el término no se da, pues el término ya está dado —al
y en el operar—; hay una íntima compenetración, en virtud de la cual el movimiento al tener lugar, en esa
misma medida, ya de antemano ha logrado la forma en acto, la cual no es resultado del movimiento, ni en
un sustrato material sino en el movimiento mismo; ahí es. Éste es el auténtico sentido de la expresión
aristotélica, recogida por Tomás de Aquino: ‘vita in motu’. La vida está en el movimiento; ese
movimiento en que está la vida es la práxis, no la kínesis. Comparada con la kínesis la práxis es inmóvil:
por eso vivir es —para los vivientes— ser. El alma es oréctoca, y no únicamente práxica, porque el
viviente no ha alcanzado todos sus fines”. [...]
“También cabe decir que la práxis es inmanencia. Inmanencia es el estar la vida en el movimiento, y ser
vivo el movimiento. Por cuanto soy vivo ya tengo según mi actividad. Eso es inmanencia; pero
precisamente la operación inmanente se abre a la trascendencia; se abre a la hiperformalización. Es decir,
tiene un destino posible para ella, imposible para las kínesis”.
De esta manera, podemos concluir que “el hombre es aquel ser que no puede actuar sin
mejorar o empeorar”, pues al actuar siempre lo cambia en alguna medida.
Otros autores que han desarrollado este concepto son José Vicente Arregui y Jacinto Choza en
su libro Filosofía del hombre, cuando señalan:
“Vida significa capacidad de realizar operaciones por sí y desde sí mismo. Es decir, principiar las
operaciones desde sí. El ser vivo es causa eficiente, formal y final de sus operaciones. El vivo no sólo es
el principio energético de ellas, sino que las controla. También él es el beneficiario de sus operaciones. El
vivo vive para sí. A esto es a lo que se ha solido llamar inmanencia. Operaciones inmanentes, por
oposición a las transeúntes, son las que de algún modo permanecen en quien las ejecuta. Las operaciones
específicamente vitales son las operaciones inmanentes”. [...]
“La palabra inmanencia proviene del latín manere in (in-manere) que significa permanecer en.
Inmanencia significa que hay un sí mismo en el ser vivo que permanece siempre y en el cual también
permanecen los efectos de las operaciones realizadas. Estar vivo quiere decir para un ser que se le queda
‘dentro’ lo que ha hecho o lo que le ha pasado, o bien que lo que le pasa o lo que hace le va abriendo un
4 MAX SILVA ABBOTT
‘dentro’, una hondura; significa que las cosas que ha hecho o que le han pasado no se escapan de él como
si nunca le hubieran pasado, sino que su haber pasado queda dentro de él como queda el alimento, los
recuerdos, las destrezas adquiridas, el saber, etc.” .
Por último, también existen otros autores que mencionan este concepto, aunque por razones
de espacio, sólo se dejará constancia de ello.
Ahora bien, más allá de todo lo señalado hasta aquí, lo importante para estos efectos es que
estas y otras indagaciones y sobre todo, la experiencia docente, me han llevado a estimar que el
concepto de inmanencia puede servir como un muy buen punto de inicio para explicar la existencia
e importancia de la ley natural, a la luz del desarrollo del mismo que presento a continuación.
3. DESARROLLANDO EL CONCEPTO
Como se ha dicho, la idea crucial es que el ser vivo está volcado sobre sí mismo de alguna
manera, porque vive para sí. Esto significa que para él sus acciones no le son indiferentes, puesto
que se retroalimenta de ellas, dejan huellas en él.
Sin embargo, personalmente creo muy útil ampliar el concepto de inmanencia, en el sentido
de que ésta no sólo se agota en la retroalimentación que sufre el sujeto fruto de sus propias
acciones, sino también de los acontecimientos que no dependen de él pero que lo afectan, sea la
acción de terceros o de hechos de la vida misma, que por ser consciente de lo que le ocurre,
indudablemente incidirán en él.
De hecho, a este respecto podría decirse de manera muy general, que tal vez uno de los
mayores aportes de la sicología, pese a sus múltiples manifestaciones, sea precisamente tomar
conciencia de lo influenciables y receptivos que somos respecto de lo que nos pasa a lo largo de la
vida: nuestras vivencias, tanto generadas por nosotros como foráneas, no nos son indiferentes, y por
el contrario, dejan una impronta, muchas veces indeleble.
De ahí que podría muy bien compararse la noción de inmanencia con la de ‘receptor’: somos
‘receptores’ de todo lo que nos pasa, lo que debiera ser un llamado de atención y de responsabilidad
sobre lo que hacemos y sobre lo que nos ocurre.
Ahora bien, lo interesante de tomar como punto de inicio el concepto de inmanencia así
entendido, es que éste resulta evidente, según se ha dicho, al ser un dato de la experiencia:
cualquiera puede darse cuenta de que nuestras vivencias nos afectan. Esto es más fácil percibirlo
respecto de los sufrimientos o experiencias negativas, que claramente no nos dejan indiferentes; sin
embargo, lo mismo ocurre con las experiencias positivas, aunque cueste más darse cuenta de ello.
Con todo, puesto que el concepto de inmanencia ha sido ampliado para comprender también
el efecto de acciones de terceros y hechos de la vida misma, para diferenciarlos de aquellos
producidos por nosotros mismos, podríamos hablar a este respecto de una ‘heteroinmanencia’ en el
primer caso, y de ‘autoinmanencia’ en el segundo.
En realidad, tan importante es este concepto, que podríamos decir que la persona misma se
va formando a través de sus experiencias, emanen de él o de terceros. Cada uno de nosotros es tal
como es hoy, o si se prefiere, su personalidad es esta y no otra, en buena medida por dichas
experiencias, experiencias personalísimas, íntimas, que han ido dejando una huella indeleble en
nosotros mismos, formando una persona mejor o peor, nuestro propio yo.
Visto desde otro ángulo, esto quiere decir que no somos invulnerables o inmunes ante dichas
experiencias, sino todo lo contrario. O si se prefiere, que el éxito en la vida —nuestra
autorrealización— no está asegurado: nuestra libertad muy bien puede ser nuestra ruina, si no
sabemos encauzarla como corresponde. De ahí que la inmanencia sea un llamado de atención, de
responsabilidad, porque a la postre, terminaremos cosechando lo que sembremos.
Ahora bien, cabría preguntarse ¿por qué tenemos inmanencia? ¿por qué nos afectan nuestras
vivencias y a decir verdad, no pueden dejar de afectarnos? Este es un aspecto crucial, porque la
inmanencia pretende precisamente enfrentarnos a la realidad misma, hacernos conscientes de que
existen cosas inevitables; en el fondo, de nuestros propios límites.
La primera respuesta evidente es porque estamos vivos, según se puede desprender de los
textos arriba trascritos. Sin embargo, el problema va mucho más allá: en último término, tenemos
inmanencia porque antes poseemos una estructura o diseño propio, o dicho en forma clásica, una
naturaleza. Es principalmente nuestra naturaleza lo que explica por qué las cosas nos afectan de un
modo y no de otro.
Esto significa que la noción de inmanencia mira sobre todo al receptor, al ser que resulta
afectado por sus vivencias, no tanto al elemento que ocasiona dicho efecto. De ahí que el mismo
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 5
estímulo podría incidir de modo totalmente distinto a seres diferentes —como el frío en un oso
polar y en un hombre, respectivamente—, porque se insiste, lo que manda aquí es la calidad del
receptor. En consecuencia, ello indica que la inmanencia depende directamente del diseño o
estructura del viviente, o si se prefiere, que a cada naturaleza corresponde su propio grado de
inmanencia.
Lo anterior conlleva, entre otras, dos cosas: la primera, que existen efectos bastante
objetivos que se producirán en nosotros, de manera independiente a lo que queramos o creamos, en
atención a ese diseño que ya tenemos y que de alguna manera se nos impone; y la segunda, que la
noción de inmanencia y de naturaleza podrían considerarse como dos caras de la misma medalla,
porque se implican mutuamente, si bien la primacía la tiene esta última.
Esto es importante, porque precisamente a partir de los efectos producidos en el ente es
posible descubrir su naturaleza: de la constatación de esos resultados, de estos hechos, es factible
indagar sobre sus causas, lo cual, de ser sinceros, obliga a desembocar en esta noción, mostrando de
paso que no se trata de un concepto teórico o de laboratorio, sino real, fácilmente probable. Puesto
que el actuar sigue al ser, la inmanencia es una prolongación y prueba de este mismo ser, que
precisamente se manifiesta de ese modo y no de otro, por corresponde a esa naturaleza, lo que
permite así “hacer justicia a la realidad”.
Por lo mismo, su relación con la naturaleza impide que la noción de inmanencia se confunda
con cualquier clase de existencialismo: que nos afectemos, no quiere decir que nos hagamos por
completo a nosotros mismos, porque a la luz de lo señalado, es fácil comprender que tenemos una
base objetiva desde la cual se da y sobre la que repercute nuestra inmanencia, base que escapa a
nuestro capricho y que por ello, se nos impone en cierta medida.
En el fondo, la idea es que la naturaleza no es la mera suma de las facultades del ente, sino
el principio intrínseco de todas ellas y que por lo mismo, no se confunde con éstas, al ser su raíz.
Iguales razones impiden que la inmanencia se confunda con posturas consecuencialistas y
utilitaristas, porque no se trata de una suma de ventajas y desventajas o de costes y beneficios
medidos de acuerdo a diversos intereses y metas artificiales o subjetivos, sino de la realidad misma,
de lo que emana de nuestra propia naturaleza, de una manera objetiva y evidente, aun cuando en
algunos casos cueste un poco darse cuenta de ello, según se verá más adelante. En consecuencia, “la
naturaleza no se acomoda a nosotros: somos nosotros los que tenemos que acomodarnos a ella”.
Dicho de otro modo, el bien y el mal son algo distinto de lo que agrada o no al sujeto, por lo
cual tampoco se vincula necesariamente con estados biológicos, porque en definitiva, al hombre no
se le puede arrancar su naturaleza propia.
En consecuencia, tal vez uno de los aspectos más importantes del concepto de inmanencia y
de su relación y dependencia con la noción de naturaleza, es que indica e incluso prueba una cierta
limitación del ser, esto es, que dada nuestra naturaleza, habrá cosas que nos afectarán para bien y
otras para mal de manera objetiva, independiente a lo que el sujeto quiera, crea o sepa. Por eso se
vincula con el razonamiento según el cual ‘el actuar sigue al ser’, porque como no puede existir
desproporción entre el ente y su obrar, ello se manifiesta tanto en sus operaciones, como en el modo
en que se afecta o resiente fruto de su devenir, puesto que en el viviente, el “acto es coherente
consigo mismo”.
En realidad esta idea es tan radical, que como expresa Finnis, si la naturaleza del hombre
fuese distinta, también lo serían sus deberes.
Visto desde otra perspectiva, el concepto de inmanencia es un perentorio llamado a la
responsabilidad, según se ha adelantado. En el fondo, nos indica que en el caso del ser humano,
tenemos casi todo por hacer, que nuestra vida está en nuestras manos, depende de nosotros, siendo
así los arquitectos de nuestra propia existencia.
En parte alude a esto Leonardo Polo cuando señala:
“El hombre es un ser complejo y unitario, abierto hacia fuera y desde dentro, que retorna a su intimidad y
se trasciende: en este ir y venir se forma —se forja—. Nada hay en él que se pueda considerar neutral
desde el punto de vista ético, porque ninguna regla anónima, simplemente racionalizada, es capaz de
explicar ese co-existir que integra lo externo en lo interno y otorga lo interior a lo exterior, de acuerdo con
el cual se forja, como digo, lo humano.” […]
“El hombre es un ser que tiene que resolver problemas inherentes a su propio existir, que tiene su
propio existir en la manos, un ser no finalizado por una determinación finita, sino que tiende
infinitamente. Nosotros llevamos nuestro existir a cuestas, hemos de sacarlo adelante, no tenemos
ninguna dotación previa según la cual podamos descansar en nuestro acontecer temporal, como descansa
un animal, o como descansa un astro [...]
Pero el hombre es un ser problemático en su existencia. La existencia no es un puro acontecer temporal
del movimiento; la existencia es yo mismo en mi libertad. En este sentido estoy fuera de las leyes que
6 MAX SILVA ABBOTT
funcionan sin más. Soy un ser abierto a otro ámbito, no es que eso me deje sin norma alguna, sino que
precisamente porque el hombre actúa libremente, aparece lo que es debido” .
Para usar alguna metáfora, es como si fuésemos un bloque de piedra en bruto, y dependiera
de nosotros, mediante el uso del cincel, en qué se convertirá dicho bloque. Como somos libres,
podremos hacer muchas cosas con nuestra vida; mas, puesto que también somos limitados, los
efectos de nuestras acciones se plasmarán en nosotros, lo queramos o no. Esto constituye un
llamado de atención, porque a la postre, los resultados pueden ser muy buenos pero también muy
malos, incluso desastrosos, lo cual puede explicarse e manera coloquial acudiendo a refranes tales
como ‘lo bueno cuesta’, o ‘cada uno cosecha lo que siembra’, etc.
Es por eso que la inmanencia también puede relacionarse con los fines o metas que se
proponga el sujeto, con su proyección temporal. Como ellos inciden directamente en sus acciones
del día de hoy, todo esto irá formando su historia personal, su pasado, que al afectarlo en virtud de
su inmanencia, tendrá a su vez un efecto en sus posteriores proyecciones al futuro, y así en un ciclo
constante, en que presente, pasado y futuro se condicionan mutuamente, demostrando según se ha
dicho, que al menos en parte cada uno tiene su futuro en sus manos.
Ahora bien, en vista de todo lo mencionado hasta aquí, lo que me interesa recalcar es que
fruto de la inmanencia, inevitablemente se producirán un conjunto de resultados en el agente, por
ser su propio paciente. Y es precisamente en estos efectos donde es posible encontrar un dato muy
importante en pro de la ley natural. En realidad, una de las ventajas de partir por estos efectos es
que muchas veces son fácilmente constatables, y si existe buena disposición del sujeto, es posible
descubrir sus causas.
En el fondo, es lo mismo que ocurre con un artefacto técnico, como un automóvil: su diseño
lo habilita para ciertas cosas y no para otras; de ahí que si lo uso de una manera indebida, el
artefacto terminará resintiéndose e incluso destruyéndose; los resultados hablan por sí mismos, si
así pudiera decirse, y son un claro reflejo de no realizar lo que de cara a su naturaleza, convenía a
los fines de dicho artefacto.
Otro símil que puede servir es el de la salud humana: ella también tiene una serie de reglas o
de equilibrios que no dependen del capricho del sujeto, sino que de características objetivas suyas.
Como somos libres, podemos atender o no a estos requerimientos; lo que no cabe hacer a la postre,
es ignorar los resultados a los que conduzca una u otra forma de proceder —al menos por mucho
tiempo—, puesto que este dato termina imponiéndose como absolutamente objetivo.
Un tercer ejemplo que puede ser útil es el de un ecosistema. Como tal, está constituido por
diversos seres vivos que interactúan mutuamente en beneficio del todo, al punto que ese orden
reviste carácter normativo. De ahí que si no se lo respeta, los efectos nocivos llegarán en algún
momento, se quiera o no, afectándolo por completo.
Con todo, existe una dificultad, que hace que muchas veces no sea tan fácil percibir estos
efectos dañinos. En realidad, para entender a cabalidad el concepto de inmanencia debe tenerse una
visión de largo plazo, que muchas veces englobe a la vida en su conjunto, e incluso a veces a
generaciones completas. Es poco lo que puede comprenderse de este concepto con una visión de
corto plazo. De hecho, es lo mismo que ocurre con los tres ejemplos didácticos que se han dado: los
daños al automóvil, a la salud o al ecosistema no son inmediatos, sino que se irán acumulando poco
a poco, de manera inevitable. Esto acarrea un problema doble: en primer lugar y según se ha dicho,
la dificultad para percibir muchas veces el problema; y en segundo lugar, que tal como el efecto se
demora en hacerse presente, por igual motivo tardará en ser remediado, pudiendo aplicarse aquí a
contrario sensu, el refrán que dice ‘lo que fácil viene, fácil se va’.
Otro aspecto que debe ser puesto de relieve se refiere a este concepto ‘ampliado’ de
inmanencia al que me he referido —la ‘heteroinmanencia’—, esto es, que no se agota en lo que
haga el propio sujeto, sino también en lo que provenga de agentes exteriores: diversas
circunstancias de la vida, por regla general inmanejables para el individuo —el entorno social, la
familia, limitaciones físicas, etc.—. Lo importante, como se ha dicho, es que todo repercute en él.
Esto obliga a asumir una responsabilidad no sólo personal, con uno mismo, sino también social, con
los demás, porque la actitud de algunos podría muy bien arruinar o destruir la vida de otros, y
viceversa.
Ahora bien, ambas inmanencias se presentan de manera distinta en la persona en los
diferentes momentos de su vida, lo cual se vincula directamente con su grado de madurez. De este
modo, en los primeros años, puesto que el sujeto está despertando a la autoconciencia, es
influenciable sobre todo por factores externos al mismo —su educación, la familia, el entorno
social—, o si se prefiere, es fundamentalmente un receptor pasivo. Incluso podría decirse que en sus
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 7
primeros años, absorbe todo lo que le ocurre, por lo cual el grado de heteroinmanencia es máximo.
Ahora, como se trata de un ser indefenso, absolutamente moldeable, esto conlleva una gran
responsabilidad de quienes lo tengan a su cargo, porque habrán experiencias tempranas que dejarán
su huella de manera indeleble en él, lo cual se vincula con los hábitos, como se verá dentro de poco.
Por el contrario, a medida que el sujeto expande su autoconciencia, comienza de algún modo
a defenderse de estos estímulos externos, o si se prefiere, los ‘filtra’. Evidentemente, durante toda
su vida será influenciable por estos factores externos, porque a fin de cuentas sigue ‘vivo’ y abierto
al mundo; pero también parece obvio que a medida que crece, él mismo comenzará a tomar el
control de sus propios actos, a tener sus propias proyecciones, y por tanto, a defenderse ante
estímulos externos, con lo que va produciéndose el paso desde la ‘heteroinmanencia’ a la
‘autoinmanencia’.
También debe hacerse presente que a medida que el sujeto envejece, como ya se encuentra
formado, o si se prefiere, puesto que su pasado le pesa, será más difícil cambiar. Esto se vincula
directamente con los hábitos, como resulta evidente: el sujeto se va haciendo a sí mismo, y mientras
más arraigada se encuentre esta segunda naturaleza, más costará cambiarla. Podría decirse,
metafóricamente, que el sujeto en su niñez es como un trozo de arcilla, muy moldeable al principio
al estar húmeda, pero que al ir madurando, poco a poco va ‘secándose’, haciéndose menos
moldeable. De este modo, el paso desde la ‘heteroinmanencia’ a la ‘autoinmanencia’ conlleva una
rigidez creciente del sujeto; aunque a diferencia de la arcilla, que en algún momento se solidifica
definitivamente, el hombre siempre podría eventualmente cambiar, aunque se insiste, costará cada
vez más.
Por igual motivo, el concepto de inmanencia puede vincularse con el aprendizaje y los
hábitos, que llevan a generar una segunda naturaleza en el agente. El hombre se moldea por medio
de sus acciones y ellas repercuten de tal manera en él, que lo ‘cambian’ accidentalmente como
sujeto, al punto que podría decirse que el hombre en parte modula su naturaleza, lo que Leonardo
Polo llama “carácter cibernético” del ser humano.
En otro orden de cosas, la inmanencia también puede relacionarse con la conciencia, con
esta “exigencia de nosotros a nosotros mismos”, por dos motivos: en cuanto a su existencia y
utilidad, y en cuanto a sus límites y debilidades.
Resulta obvio que la existencia de la conciencia, de esta “estructura psicológico-moral” del
sujeto, obedece a una poderosa razón, puesto que en la naturaleza nada parece ocioso. Esta función
apunta, como se sabe, a advertirnos sobre la bondad o malicia nuestras acciones; en este sentido, la
conciencia, si está bien formada, podría ser considerada una especie de vigía de la inmanencia.
Sin embargo, la conciencia no es invulnerable, o si se prefiere, puede dejar de ser una
advertencia eficaz para evitar malas acciones. Entre otras causas, esto ocurre en caso de que el
sujeto haga caso omiso de ella de forma permanente, no sólo porque se acostumbrará a las acciones
que realiza, sino que —y por la misma razón— su conciencia se irá debilitando cada vez más. La
misma noción de inmanencia explica esta situación, y a la vez, es un nuevo llamado de atención a
no tomarnos a la ligera este verdadero aliado de nuestro actuar, puesto que si no actuamos como
pensamos, terminaremos pensando como actuamos.
Lo anterior es, a mi juicio, fundamental, porque en muchos sectores hoy tiende a pensarse
que la única sanción para la trasgresión de la norma moral es el remordimiento de conciencia, lo
cual puede conducir a la paradoja de que mientras más mal se actúe, se tenga menos sanción —
remordimiento—, fruto de este adormecimiento producido por la inmanencia. Esto significa que el
remordimiento no puede ser la ‘sanción final’ a la trasgresión moral —aun cuando en principio lo
sea, y a veces muy eficaz—, sino que la sanción última parece más bien ser el daño o perjuicio que
ocasiona apartarse de la conciencia, se entiende si está bien formada. Y nuevamente la noción de
inmanencia resulta iluminadora a este respecto.
Pero además, la noción de inmanencia sirve para demostrar que la conciencia no es
meramente subjetiva, que no depende sólo de lo que el sujeto estime bueno o malo, o como suele
decirse hoy, que todo se limite a una ‘libertad de conciencia’ equivalente a una completa autonomía
moral. Al revés: es en esos efectos, fruto de la inmanencia, que podemos encontrar un muy buen
baremo para medir el grado de luminosidad de nuestra conciencia. En suma, es un camino más para
demostrar que la conciencia no crea la norma moral, sino que la refleja, que muestra parte de lo que
somos. Sólo así es explicable, pese a todo lo que se dice hoy, que aun cuando actuemos de acuerdo
a lo que queremos, tengamos, no obstante, remordimiento de conciencia —si esta no se encuentra
demasiado adormecida o deformada—, lo cual resultaría inexplicable y constituiría casi una
esquizofrenia, si nosotros mismos fuéramos los artífices de la norma moral.
8 MAX SILVA ABBOTT
Desde otra perspectiva, también podría volver a ampliarse el concepto de inmanencia desde
el sujeto en particular al todo social, incluso a la humanidad entera. Esto significa que para una
sociedad dada —o para la humanidad—, sus propias acciones tampoco le son indiferentes, sino que
como un todo, se verá fuertemente afectada por ellas, o si se prefiere, que no es invulnerable a las
mismas. Es algo similar a lo que ocurre cuando se introducen factores nuevos en una ecuación
matemática: nuestras propias creaciones terminan cambiando nuestro escenario, al añadir elementos
que antes no estaban, lo que evidentemente influirá en los resultados. Es por eso que sobre todo la
autoridad, llamada a promover el bien común, debe tener especial cuidado en las decisiones que
toma, porque tarde o temprano acabará cosechando lo que siembre.
Por igual motivo, también sería posible aplicar el concepto de inmanencia a la conciencia de
una colectividad, puesto que sólo existe una diferencia cuantitativa, no cualitativa entre la
conciencia social y la individual. Esto explica por qué ambas pueden sufrir el mismo proceso de
oscurecimiento, nuevamente por inmanencia, como lo demuestra, por desgracia, la creciente
insensibilización de diversos países ante temas otrora claramente condenados por ser opuestos a la
ley natural.
Ahora bien, como se ha advertido, todas estas reflexiones han sido básicamente fruto de la
interacción con alumnos en clases —y complementadas aquí con algunas citas que estimo
pertinentes—, lo que ha originado muchas veces interesantes debates y sobre todo, ha permitido
extraer más y más consecuencias a partir del concepto de inmanencia. Y tal vez la clave de todo
este razonamiento radica en la idea de limitación. Del momento en que tenemos una estructura
determinada, ella no sólo nos habilita para hacer ciertas cosas y nos impide realizar otras, sino que
incide directamente en los resultados que se den en nosotros mismos según sea nuestro modo de
proceder. Es por eso que en último término, tal vez la clave para entender el concepto de
inmanencia aquí tratado no sea tanto racional, sino una actitud: una profunda humildad, que nos
lleve a reconocer nuestros límites, a no creernos dioses.
Lo importante para todo lo dicho hasta aquí, se insiste, es que la auto o heteroinmanencia se
presenta como algo objetivo, casi un dato a constatar, en atención a que ella obedece a la naturaleza,
estructura o diseño propio del hombre. Y como el tipo de inmanencia depende del tipo de
naturaleza, ella existirá lo quiera o no, lo sepa o no, le guste o no al sujeto. Es por eso que en
atención a los resultados del propio actuar, este concepto puede ser un muy buen pie de inicio para
entender al menos en parte el mensaje y utilidad de la ley natural, como se verá a continuación.
Parece claro que el concepto de inmanencia puede prestar valiosos aportes para entender la
ley natural. Existen distintas posibilidades, mas aquí me concentraré sobre todo en el tema de las
inclinaciones o tendencias naturales.
En primer lugar, la inmanencia puede ayudar para comprender que seguir las tendencias
naturales repercutirá favorablemente sobre el sujeto, o si se prefiere, que no pueden representar algo
malo para sí. Por lo mismo, permiten darse cuenta cuándo una tendencia se encuentra pervertida o
corrompida. Lo anterior es particularmente claro al analizar las consecuencias de no seguir estas
tendencias, aspecto al cual se dedicará, con algunos ejemplos, el epígrafe siguiente.
Sin embargo, creo también que la noción de inmanencia puede servir para descubrir cuáles
con estas tendencias naturales y darse cuenta de su razonabilidad. Esto permite al mismo tiempo
que la ley natural no aparezca como una construcción dogmática, etérea o de laboratorio, sino como
algo absolutamente evidente y positivo para cualquier hombre de buena voluntad. Y también
permite comprender que la formulación de ley natural es, en realidad, un resultado, la coronación de
un proceso de búsqueda de esta pauta de conducta, que deriva directamente de la observación del
ser humano, puesto que como se sabe, el orden de los preceptos de la ley natural es paralelo a las
inclinaciones naturales.
En efecto, aun cuando no responda a todas las cuestiones a su respecto, una posible forma de
abordar el tema de las tendencias naturales es el siguiente. Puesto que el hombre es un ser libre,
resulta claro que no todo uso de su libertad es indiferente, no da lo mismo lo que haga, tanto por el
efecto que estas acciones pueden ocasionar en terceros como en el propio sujeto, lo cual se vincula
precisamente con la inmanencia en cualquiera de sus formas. De ahí que desde muy antiguo haya
existido la preocupación por encontrar alguna pista que nos indique cómo aprovechar bien nuestra
libertad o, al menos, evitar que su uso nos ocasione un daño, a veces irreparable. Y para encontrar
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 9
esta pista, parece bastante razonable observar al mismo hombre, si de verdad queremos llegar a una
ley ‘natural’ a su respecto.
Es así como puede llegarse a la noción de inclinación o tendencia natural, entendidas como
conductas muy comunes aunque omitibles en el ser humano que lo benefician. Para esto es
necesario acudir a dos criterios que se complementan: uno que llamo ‘cuantitativo’ y otro
‘cualitativo’.
Lo que llamo ‘criterio cuantitativo’ apunta a que una tendencia natural, por ser ‘natural’,
debe descubrirse fácilmente, debe ser una conducta que brote casi espontáneamente del propio
hombre, por la simple observación de lo que hace; una inclinación no puede ser, por tanto, una
conducta que cueste encontrar, una rareza. Sin embargo, el problema que se percibe de manera
evidente, es que en toda época han existido prácticas muy extendidas que no obstante, sería difícil
considerar una pauta de moralidad: la esclavitud, las guerras o el robo son claros ejemplos de ello.
Es precisamente aquí cuando entra a prestar sus servicios lo que llamo ‘elemento
cualitativo’, que no es otra cosa que inmanencia aplicada a este caso, si bien no referida a un sujeto
concreto, sino a la humanidad toda. Según este principio, deben seguirse consecuencias positivas
para el género humano, lo que claramente elimina del posible catálogo de ‘inclinaciones’ las
conductas señaladas y varias más. Con todo, para darse cuenta de la bondad de estos
comportamientos hace falta tener una visión de largo aliento, que no se agote en unos pocos años,
sino que trascienda a varias generaciones de individuos y además, que analice estos efectos de cara
al género humano, no respecto de tal o cual cultura en particular. En caso contrario, podría llegarse
fácilmente a conclusiones erradas.
Con todo, debe hacerse la advertencia que si se combinan ambos elementos —la cantidad y
la calidad—, se descubre a la postre que una verdadera inclinación natural es mucho más numerosa
que otra conducta que no lo sea.
Y es así como pueden justificarse fácilmente las conocidas tendencias naturales señaladas
por Aristóteles y Tomás de Aquino: la vegetativa, la sensitiva y la intelectiva; basta analizar sus
efectos, la inmanencia implícita que conllevan: resulta evidente el carácter positivo para el género
humano de mantenerse en el ser, mantener la especie, vivir en sociedad y conocer la verdad. De ahí
que no sean meras indicaciones o ideales, sino que constituyan verdaderos faros para la conducta
humana individual y social, con carácter obligatorio o normativo, si no se quiere acabar mal.
En realidad, varias de las características ya analizadas a propósito de la inmanencia pueden
aplicarse aquí: que los efectos son dados por nuestra propia estructura o naturaleza como especie,
independiente de lo que queramos o creamos; que las consecuencias dañinas no aparecen de
inmediato ante nuestros ojos, al igual que ocurre con un desequilibrio ecológico o con la salud
humana, por lo cual también resulta difícil revertirlas; que es posible apelar tanto a la
autoinmanencia como a la heteroinmanencia para explicarlas; que las tendencias naturales siguen
vigentes aun cuando la conciencia individual o la colectiva se hayan adormecido; y —sin perjuicio
de otras consideraciones— que en el fondo, para comprender lo anterior se requiere no sólo de la
inteligencia, sino sobre todo, de una buena dosis de humildad, o si se prefiere, de un profundo
respeto ante la realidad.
Por otro lado, este enfoque permite darse cuenta de que la moral humana es sistémica, es
decir, que existe una evidente conexión entre sus diferentes áreas. De ahí que la infracción grave a
una de ellas no pueda dejar de repercutir en las restantes, porque a fin de cuentas, somos una
unidad, o si se prefiere, no estamos constituidos por compartimentos estancos. Esto es lógico,
porque desde el momento en que tenemos una estructura, nuestro ser se verá afectado globalmente
para bien o para mal según se siga o no la ley natural.
Finalmente, se insiste que la noción de inmanencia no resuelve todos los problemas de la ley
natural; pero al menos considero que tiene la virtud de mostrar su razonabilidad y su lógica a un
mundo cada vez más indiferente a ella. Y que además —lo cual creo fundamental, en atención a
nuestra situación actual—, que lo hace primeramente apelando a esta atención casi enfermiza que
hoy solemos tener con nosotros mismos; de este modo, y según se ha dicho al inicio de este trabajo,
la ventaja de este planteamiento es que el individuo puede tomar conciencia de bondad y necesidad
de la ley natural, al menos para evitar perjudicarse a sí mismo, o si se prefiere, por propio interés.
No es mucho, es evidente, pero puede ser el primer paso para comenzar a comprender el genuino
sentido y riqueza de la ley natural, que por cierto, llega mucho más allá de este estrecho enfoque.
10 MAX SILVA ABBOTT
6. ALGUNAS CONCLUSIONES
Como se ha dicho, el concepto de inmanencia aquí manejado sólo ofrece un cimiento para
intentar comprender la ley natural. Mas no responde —o al menos, no de manera muy fácil— a
todos los problemas y razonamientos de la misma, como por ejemplo el suicidio o el preferir morir
ante ciertas circunstancias.
Con todo, lo creo un intento válido, por pobre que sea. En una época tan marcada por los
sentimientos y las emociones, una impresión fuerte como la que causan los ejemplos citados,
pueden ser al menos el comienzo de una apertura a este tema.
Nuevamente debe recalcarse que los efectos de la violación de la ley natural a menudo no
son tan fáciles de ver, porque requieren una óptica de largo plazo —que a veces trascienden a una
generación— y además, de una visión general o completa, esto es, que no atienda sólo a las posibles
ventajas que una conducta podría dar a una de las partes, sino a todos los sujetos implicados, las dos
caras de la medalla, vinculándose así con la reciprocidad, la solidaridad y justicia; en el caso de la
bioética, por ejemplo, atender tanto al interés y derechos de los científicos como de los embriones.
Con todo, mi principal impresión es que la clave para entender este tema no radica tanto en
una mayor o menor agudeza mental, sino en un aspecto más bien sentimental, en una actitud. Esta
actitud puede resumirse en una postura de profunda humildad ante la realidad, incluso de
admiración ante ella. Dicha actitud puede justificarse de muchas maneras, pero creo que una que
puede ser especialmente eficaz hoy día se vincula con la mentalidad ecológica ya aludida: que el
orden que vemos no es obra nuestra, sino que nos trasciende y que de él dependemos para seguir
viviendo; por eso su observancia nos es beneficiosa o si se prefiere, que este orden posee carácter
normativo, que da razones para la acción. En último término, la intención final es que veamos a la
ética como nuestra aliada. Mas, como en todo, los buenos resultados, tanto en ecología como en
moral, conllevan el trabajo correspondiente, porque a fin de cuentas, lo bueno cuesta. Todo tiene un
costo, aunque en este caso, dicho costo se ve fuertemente compensado a la postre con los
beneficiosos —y objetivos— resultados obtenidos.
En última instancia, esta actitud de humildad debe llevarnos a tomar conciencia de nuestra
propia limitación como seres humanos, e incluso, teológicamente hablando, de nuestra condición de
creaturas. Es por eso que señalaba que este concepto de inmanencia no se opone al de
trascendencia, y en realidad, sólo se comprende a cabalidad gracias a este último. Sólo así es
factible entender realmente el mensaje de la ley natural, que viene a ser algo así como nuestro
‘manual de instrucciones’ para sacar el mejor provecho de nosotros mismos. Esto significa que el
enfoque que hemos dado aquí viene a ser, en realidad, sólo un fundamento penúltimo de la ley
natural.