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REGÍMENES TOTALITARIOS
1. Concepto y caracteres generales
Se designa como totalitarismo una concepción política compleja opuesta a la concepción liberal del
sistema representativo de organización del Estado y del Gobierno de las naciones; y de sus principios
básicos, como el de separación de poderes.
Es frecuente que las fuentes marxistas utilicen el término fascismo como equivalente al totalitarismo;
especialmente para tratar de identificar todos los regímenes totalitarios con las concepciones políticas e
ideológicas opuestas al comunismo y sus sistemas políticos derivados. Sin embargo, el fascismo
constituyó una forma histórica específica de gobierno totalitario, que rigió en Italia entre 1922 y 1945, por
lo cual no constituye un género ni un sistema, sino una especie particular dentro de los sistemas
totalitarios. Por ello, no es apropiado aplicar ese término para referirse genéricamente a los sistemas
totalitarios ni a todas las posiciones políticas contrarias al marxismo o al comunismo.
Los sistemas totalitarios han tenido un proceso muy dinámico y variado en su configuración.
Generalmente, han comenzado por la instalación de un grupo político en el gobierno; sin tener una
concepción plenamente definida de la estructura orgánica del sistema de autoridades. Por lo común,
estos regímenes han logrado alcanzar el poder aprovechando circunstancias políticas, sociales y
económicas que han desprestigiado el sistema existente, extendiendo el descontento y sentimientos de
frustración a amplios sectores de la sociedad.
En cuanto al sustento ideológico, en algunos casos ha sido ampliamente elaborado en forma previa a
su establecimiento real -el marxismo-, en otros ha consistido en un conjunto de conceptos relativamente
generales y fundamentalmente emocionales -el nazismo - y en otros ha sido casi totalmente elaborado
después de haberse establecido en el gobierno, como el fascismo italiano. La caracterización de un
sistema de gobierno totalitario no se produce, generalmente, en forma completa desde el comienzo de su
instalación; sino que va desenvolviéndose de modo gradual, por lo que no siempre ha llegado a alcanzar
una evolución completa hacia sus rasgos finales.
2. Elementos esenciales
Un sistema de gobierno o una concepción política es totalitario en cuanto tenga aquellos
componentes típicos que lo definen. A este respecto, existen ciertos elementos comunes y característicos.
Concepción totalitaria del Estado. En contraposición con la concepción republicana y liberal, en
la cual el Estado es considerado una organización esencialmente al servicio de las personas que
componen la sociedad -tanto en sentido individual como respecto de sus organizaciones esenciales,
como la familia o las asociaciones establecidas libremente para fines legítimos-, la concepción totalitaria
presupone que el Estado posee fines y objetivos propios que se superponen siempre a los individuos que
integran la sociedad.
Existencia de un partido único. Esta característica es una de aquellas que no siempre se
presenta en forma plena; dado que frecuentemente, el gobierno de orientación totalitaria se implanta en
un Estado donde previamente existía pluralidad de partidos políticos.
Un componente táctico muy frecuente, en el proceso de ascenso hacia el poder, es la utilización de
“alianzas” con diverso tipo de organizaciones partidarias o sociales; cuando el proceso seguido para
obtener el poder se ejecuta en el marco de un sistema electoral. Del mismo modo, cuando el
conglomerado político resultante logra éxito e ingresa al Gobierno, el movimiento totalitario procura
obtener cargos en aquellos ministerios con capacidad coactiva, con competencia sobre las fuerzas
armadas y policiales, cumpliendo allí una acción dirigida a asegurarse la lealtad política de esas
organizaciones. De todos modos, el gobierno totalitario apunta al predominio absoluto del partido que es
su instrumento de dominio político; suscitando todo tipo de restricciones a los otros partidos, y culminando
en su eliminación cuando han logrado consolidarse firmemente en el poder.
Encuadramiento político general. A través de la estructura del partido político, se procede a una
creciente exigencia de que todas las personas manifiesten su adhesión al régimen, y en consecuencia se
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afilien al partido, participen activamente en sus organizaciones, asistan a comités, reciban
adoctrinamiento, demuestren militancia, etc.. Al mismo tiempo, a medida que el régimen se consolida, se
excluye a quienes no asumen ese comportamiento y se propicia su repudio social; o directamente su
persecución y privación de libertad, e incluso el genocidio.
Identificación de un enemigo social. La ideología totalitaria presupone una concepción de
confrontación de un sector de la sociedad (clase, raza, nacionalidad) que se identifica con el Estado; y por
otra parte, uno o más grupos de similar cualidad, a los que se asigna una condición despreciable y se
atribuye la culpabilidad de las situaciones de insatisfacción o frustración que afectan a la primera. En
ciertos casos, el “enemigo” lo constituye, además de un grupo social interior, un país extranjero -Cuba vs.
Estados Unidos- o una situación que afecta negativamente al país, como el Tratado de Versalles respecto
del III Reich.
Masificación de las acciones políticas y de los intereses sociales. El componente
transpersonalista de las concepciones totalitarias comporta la inserción de los individuos en estructuras
masivas, designadas con términos que implican tanto universalidad como exclusión de otros
componentes de la sociedad: “el pueblo”, “los trabajadores”, etc.
La masificación se expresa, principalmente, en grandes concentraciones humanas, en las que se
utilizan elementos típicos del comportamiento de las multitudes, tales como los cánticos, la expresión de
consignas, la utilización de grandes estandartes, banderas y simbología o “logotipos” -la cruz gamada
nazi o la hoz y el martillo, y la estrella de cinco puntas del comunismo- así como enormes retratos del
líder. En los casos más notables, como los actos realizados por los nazis en Nürenberg, se integraba una
escenografía especial, utilizando lugares especialmente adecuados o que habían sido construidos al
efecto. El despliegue de esos elementos visuales de gran tamaño, y el griterío organizado, contribuye a
empequeñecer al individuo, concurriendo a sumir su individualidad y voluntad en la docilidad y el
automatismo de la masa.
Existencia de un líder carismático. El concepto alemán de la führung - del que deriva la
designación de Führer dada a Hitler- fue la máxima elaboración de la idea de que al frente del movimiento
político, del partido, del gobierno y del Estado, existe una individualidad que despierta una general
adhesión y al que se debe absoluto acatamiento. Un individuo que posee cualidades excepcionales de
inteligencia e infalibilidad, verdadero genio que interpreta fielmente lo más trascendente y esencial de la
sociedad política y del Estado; y que por lo tanto es el caudillo indiscutible cuyas decisiones de ninguna
manera pueden ser cuestionadas.
Del mismo modo, durante la etapa previa a alcanzar el poder, los movimientos políticos de índole
totalitaria se sirven del mismo instrumento en sentido inverso, erigiendo un “antilíder”. Generalmente se
trata de un personaje que ocupa una posición destacada en la estructura institucional del gobierno, sea el
Rey o el Presidente; en el cual se personifica el origen de todos los componentes negativos o frustrantes
de la coyuntura económica y social, que son explotados para concitar la mayor adhesión hacia el
movimiento; y al cual se atribuyen todas las cualidades negativas imaginables, tanto en el orden
intelectual, como moral; y se hace blanco de todo tipo de insultos e invectivas.
Desde el punto de vista de la organización institucional, una vez establecido firmemente el régimen
totalitario, la presencia del conductor presupone la existencia de un altísimo grado de centralización y
verticalidad en el ejercicio del poder. Generalmente, al sistema institucional formal se adosa una
organización de control político fuertemente ligada a un jefe de máxima confianza del líder, dotada de
poderes ilimitados; cuyo cometido principal es vigilar la actuación de todos los agentes de la estructura de
organización del gobierno a fin de asegurar su lealtad al régimen.
Desde una perspectiva política, si bien se establece una estructura partidaria a los fines del
encuadramiento político de la población, se suscita un tipo de relación directa del líder con las grandes
masas, desapareciendo casi totalmente el tipo de dirigente político intermedio. Por eso mismo, la relación
política con el ciudadano individual se despersonaliza totalmente; convirtiéndose en una especie de mera
pleitesía rendida al líder.
Milicia política, originariamente presentada como un servicio de “seguridad” frente a las
supuestas agresiones de “provocadores”, rápidamente se convierte en un instrumento de agresión e
intimidación a todos los opositores o disidentes. Cuando el movimiento totalitario alcanza el poder, la
organización se transforma o se incorpora a un servicio estatal, cuyos cometidos básicos son los de
ejecutar las acciones violentas contra la oposición política, o el “enemigo” del régimen, y cumplir las
funciones de policía política, especialmente aquellas de espionaje y detección de cualquier iniciativa
opositora.
Policía política, organizada como un servicio de espionaje interno de la sociedad; cuya función
principal es la de registrar sistemáticamente a todos los integrantes de la población, especialmente en
vista a conocer su actitud política frente al gobierno, y perseguir a las opositores por todos los medios,
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llegando incluso a privarlos de libertad. Estas organizaciones, que son instrumento para asegurar el
predominio total del gobierno totalitario, tuvieron ejemplos históricos característicos, como la N.K.V.D. de
la U.R.S.S. (Narodnyi Komissariat Vnutrennikh Del, o Comisariado Popular) y la Gestatspolitzei (Policía
del Estado, GESTAPO) del III Reich.
Intervencionismo y dirigismo económico. La finalidad ideológica de alterar radicalmente el
sistema económico -como en el caso del marxismo- o de recuperar la prosperidad económica y llevar al
Estado a la condición de gran potencia militar, implica necesariamente el establecimiento de una fuerte
intervención sobre la economía. La situación económica e internacional, a menudo ha conducido a la
búsqueda de una autarquía económica por la vía de un total dominio de los factores productivos, y una
estricta y centralizada planificación de la economía.
La estructuración de organizaciones sindicales verticales es una consecuencia natural de la
organización totalitaria; casi siempre siguiendo un modelo de tipo corporativo, en el cual cada categoría
de actividad económica se encuentra estrictamente regulada hasta en sus mínimos detalles en cuanto a
todos los aspectos del trabajo. Ciertas manifestaciones de la organización económica liberal, como las
negociaciones colectivas libres y voluntarias o las huelgas constituyen actividades contrarias al interés del
Estado.
Las expresiones culturales se condicionan a los fines del Estado y son intervenidas por éste, ya
se trate de los cultos religiosos o las expresiones artísticas. Desaparecen o son enormemente restringidas
las actividades del periodismo, se procede al dominio de todos los medios de comunicación, se prohíbe
todo tipo de actividad pública de carácter político disidente.
Las ideologías totalitarias desprecian la tradición racionalista, desconfiando de todo intento de
análisis racional. Exaltan en cambio una filosofía estrictamente materialista, cultivan las motivaciones
irracionales de la conducta, tales como el fanatismo político, racista o nacionalista; y recurren
reiterativamente a la invocación de conceptos puramente emocionales - como la permanente alusión a la
“solidaridad” - y la obediencia ciega a las consignas políticas partidarias. En los regímenes más
duramente totalitarios, como el del comunismo en la U.R.S.S. o del nazismo alemán, quedaban sujetos a
la autoridad actividades tales como la elección del lugar de residencia, del desempeño de una profesión; o
la selección de pareja, contraer matrimonio y procrear hijos.
3. Causas
El totalitarismo ha cumplido un proceso histórico fundamentalmente en el período comprendido entre
la primera y la segunda guerra mundial, cuando se establecieron los sistemas políticos y de gobierno más
característicos y de mayor intensidad en cuanto a su repercusión sobre las sociedades en que actuaron;
que ulteriormente desaparecieron, ya sea porque los Estados en que existieron fueron derrotados en la
Segunda Guerra Mundial o por procesos ulteriores de diversa índole.
Entre las causas que determinaron que este tipo de regímenes aparecieran precisamente en esta
época, pueden mencionarse:
La fragilidad institucional. La Primer Guerra Mundial, que había comenzado en función de las
ambiciones coloniales, fue convirtiéndose en un conflicto entre dos modelos de Estado; por un lado, los
Imperios absolutistas de Alemania y Austria-Hungría o Turquía, y por otro los Estados democráticos
encabezados por los Estados Unidos, y los países de régimen parlamentario, Inglaterra y Francia.
Los nuevos países surgidos del Tratado de Versalles -como Checoslovaquia y Polonia- y otros que
vieron destruidos sus regímenes monárquicos imperiales, adoptaron un sistema republicano, siguiendo el
modelo de los vencedores; sobre la base del sufragio universal y con Constituciones que establecían
Gobiernos responsables ante el Parlamento.
Sin embargo, se trataba de países prácticamente sin tradición ni estructuras políticas adecuadas para
hacer funcionar eficazmente ese tipo de organización institucional. Así, en Alemania, cayó el Imperio y
surgió la República de Weimar; estableciéndose un sistema parlamentarista, para el cual no existía
experiencia ni tradición.
La inestabilidad política. Los avatares de la guerra también afectaron severamente las
estructuras políticas y de gobierno de los países del continente europeo. En Francia, si bien integró las
potencias vencedoras, sobrevino un período de grandes inestabilidades políticas.
La falta de tradiciones partidarias estables, unida a la creciente presencia de corrientes políticas
doctrinariamente opuestas al sistema social y económico, provocó una gran inestabilidad institucional. Las
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alianzas políticas, indispensables para mantener los Gobiernos, cambiaban frecuentemente y los
Gobiernos eran sucesivamente derribados ante la falta de respaldo parlamentario.
La crisis socioeconómica. La Primer Guerra Mundial significó no solamente una enorme pérdida
de vidas humanas, y una gran destrucción de riqueza en términos de infraestructura (caminos, puentes,
fábricas, viviendas); sino una total desarticulación de las economías, especialmente en los países
europeos.
A las dificultades para la reinserción en la vida económica de los veteranos de la guerra que
retornaban del frente, se agregó la falta de empleos resultante de la destrucción de la estructura
productiva. En los países derrotados, se sufría la pérdida de buena parte de sus territorios
económicamente más valiosos y la enorme carga de las reparaciones de guerra; pero los vencedores
europeos también habían quedado fuertemente endeudados por los abastecimientos y armamentos
recibidos de los EE.UU.
La economía había estado sujeta a un gran control estatal durante la guerra; pero la reconversión
económica se tradujo en grandes dificultades monetarias y financieras. Se produjo un gran empuje
inflacionario que se tradujo en una enorme elevación de los precios de los productos de consumo, que se
triplicaron en poco tiempo. Por lo tanto, grandes masas de población tuvieron que vivir en condiciones
sumamente precarias, escasas de alimentos, y faltas de toda perspectiva de mejora.
La depresión económica generó importantes agitaciones políticas y sociales por parte de las
tendencias políticas revolucionarias. Al desarrollo de esas corrientes apoyadas por la U.R.S.S. a través de
la Internacional Comunista, se agregó la propensión de algunos partidos a participar con ellos en los
llamados “frentes populares”, táctica de alianzas propiciadas por los comunistas y socialistas para tratar
primero de alcanzar el poder en forma compartida, y luego ejercerlo exclusivamente en vista de sus
propios fines políticos.
En 1919 y 1920, se produjeron en varios países importantes huelgas de ferroviarios, mineros,
siderúrgicos; las que determinaron la intervención de las fuerzas policiales y militares. La creciente
expansión de organizaciones sindicales dominadas por dirigentes de ideología socialista y comunista -
que invocaban el modelo del sistema soviético de la U.R.S.S.- introdujo en las sociedades europeas una
gran temor ante la posibilidad de que se establecieran regímenes similares al imperante en Rusia, e
inclinó a muchos sectores a apoyar a los movimientos fuertemente nacionalistas que proponían un Estado
fuerte institucional y económicamente.
Eso propició la aparición de regímenes autoritarios, sobre todo en aquellos países en que el sistema
liberal parlamentario tenía poca tradición, que fueron apoyados por los sectores que veían amenazada la
seguridad de sus propiedades o los valores nacionales y religiosos tradicionales, así como por los
sectores más intensamente nacionalistas. Es un hecho difícilmente negable que, al menos en sus
primeros momentos, algunos de los regímenes totalitarios de Europa Occidental despertaron gran
entusiasmo en sus países.
En la década de 1920 se instalaron regímenes de ese tipo en Italia, Portugal, Rumania, Polonia,
Letonia y Yugoslavia. En los años de la década de 1930 aparecieron estos regímenes en Grecia y
Bulgaria y Alemania. Entretanto, en Francia y en España los gobiernos republicanos atravesaban toda
clase de vicisitudes políticas, que evidenciaban el sostenido proceso de toma de sus instituciones por los
partidos socialistas y comunistas, en muchos casos abiertamente apoyados por la U.R.S.S.
La Gran Depresión de 1929, si bien surgió una década después de terminada la Gran Guerra, tuvo
efectos muy importantes en las todavía maltrechas economías europeas. El hundimiento de la economía
norteamericana produjo importantes consecuencias en todos los países en el plano económico o
financiero. Los movimientos de capitales norteamericanos, que retornaron hacia los EE.UU. privaron a
Europa de las fuentes de financiamiento de su reconstrucción.
4. Principales regímenes totalitarios
No todos los regímenes de gobierno totalitario que han existido históricamente presentaron identidad
total de caracteres y concepciones ideológicas o políticas; ni tuvieron todos los elementos o el mismo
grado de intensidad. Así como todos ellos han llegado a establecerse a través de un proceso de conquista
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del poder y de ulterior consolidación de su sistema; en este último aspecto no todos llegaron a completar
ese proceso antes de ser eliminados o sustituidos.
La circunstancia de que el fascismo italiano haya sido cronológicamente el primero de los sistemas
totalitarios de gobierno establecidos en los países europeos occidentales de la posguerra, y que
desarrolló una concepción teórica propia de carácter no marxista, determinó que otros sistemas
totalitarios utilizaran sus concepciones.
En otro aspecto, si en todos ellos estuvo siempre presente el componente de un grupo político
fuertemente liderado por un individuo dotado de importante atracción sobre grandes componentes de la
sociedad -frecuentemente apoyado en la demagogia populista - y en todos ellos ha existido un fuerte
componente de restricción de las libertades políticas; no siempre han llegado a importantes extremos en
cuanto a la persecusión sistemática de grupos raciales, económicos o nacionales, ni en cuanto a la
extensión del encuadramiento político o el uso sistemático de movilizaciones masivas compulsivas y de
una gran parafernalia simbolista. Aunque, de todos modos, asumieron caracteres totalitarios como la
restricción de las libertades políticas básicas, la coacción y amenaza de violencia sobre los opositores, la
tolerancia complaciente en acciones sociales tales como las ocupaciones de tierras, viviendas urbanas y
plantas fabriles; y similares.
Si bien el período de surgimiento de los principales y más fuertemente típicos sistemas de gobierno
totalitario tuvo lugar en la primera posguerra mundial, y algunos de ellos cayeron a consecuencia de la
derrota sufrida en la II Guerra Mundial; ello no obsta para que persistieran regímenes anteriores como el
caso de la U.R.S.S. y del franquismo español- ni que con posterioridad a la II Guerra Mundial se hayan
establecido regímenes totalitarios, afines al fascismo italiano o al comunismo soviético, especialmente en
América Latina.
Entre los regímenes históricos de caracteres totalitarios, con distinto grado de intensidad y duración,
cabe mencionar:
El régimen comunista de la U.R.S.S. implantado con la revolución rusa de 1917 y extinguido con
la llamada “implosión” y disolución de la U.R.S.S. el 21 de diciembre de 1991.
Habiendo sido el primer régimen totalitario moderno establecido, quedó bastante fuera de un enfoque
especialmente atento a esa condición; principalmente debido a que transcurrieron bastantes años hasta
que se manifestó plenamente en ese aspecto, y a que por su propia característica consiguió ocultar al
mundo buena parte de sus peores realidades. Por otra parte, la existencia en los países europeos de
movimientos políticos afines al marxismo, llevó a que se idealizara ampliamente su sistema; y aún a que
se ocultaran deliberadamente sus aspectos más cuestionables.
El régimen fascista italiano de Mussolini, establecido en 1922 y finalizado con la derrota de Italia
en la Segunda Guerra Mundial.
Habiendo sido cronológicamente el primer sistema de gobierno totalitario antimarxista, de una
orientación esencialmente pragmática, ha sido tomado en cierto modo como el paradigma de los
totalitarismos; a pesar de que es indudable que no ha sido el fascismo italiano, sino el nazismo alemán, el
régimen que extremó el modelo totalitario.
Sin embargo, a pesar de su inicial implantación esencialmente práctica, el fascismo fue el sistema
totalitario que dio origen a mayores desarrollos teóricos e ideológicos -fuera del marxismo y sus
derivaciones; por lo cual en gran medida ha sido el proveedor de esos contenidos a otros regímenes
posteriores, especialmente al falangismo español, al peronismo argentino y a los corporativismos
portugués y brasileño.
La concepción corporativista, por contraposición a la estructura soviética de la U.R.S.S. y al concepto
de representación política de las democracias liberales, ha constituído sin duda un componente muy
característico del régimen fascista y de sus homólogos.
El III Reich alemán establecido en 1933 con el ascenso de Hitler al cargo de Canciller, y
extinguido con la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial.
Sin duda el régimen totalitario más fuerte y más extremo en su aplicación práctica, careció en general
de una componente doctrinaria original; salvo en uno de sus aspectos más siniestros, el racismo antijudío.
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El régimen falangista español del General Francisco Franco, establecido a consecuencia de la
guerra civil española y finalizado a su muerte, con la restauración del Reino de España dotado de un
sistema constitucional democrático y parlamentario.
Producto de una mezcla de concepciones políticas y sociales, el franquismo tuvo una ideología no
solamente inspirada en los desarrollos teóricos del fascismo italiano sino también imbuída de elementos
de origen confesional católico, el falangismo; cuyo principal exponente fue José Antonio Primo de Rivera.
A pesar de la intensa participación en la guerra civil española de las potencias totalitarias opuestas a la
U.R.S.S., como Alemania e Italia, al haber logrado el general Franco mantenerse relativamente alejado de
la II Guerra Mundial, condujo a una progresiva atenuación de los componentes totalitarios de su régimen.
Los regímenes de las “democracias populares” establecidos en los países de Europa oriental
(Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria), al término de la Segunda Guerra
Mundial, bajo la égida de la U.R.S.S.
Implantados en los países cuya liberación del dominio del nazismo alemán fue efectuado por el
Ejército Rojo, se siguió en casi todos ellos un procedimiento político similar. Las fuerzas soviéticas
ocupantes favorecieron inicialmente el establecimiento de gobiernos provisionales con participación de
todos los movimientos de resistencia a la ocupación nazi de base patriótica y nacionalista; pero otorgando
a los comunistas las posiciones clave en las fuerzas policiales. Éstos crearon rápidamente organismos de
represión política de la oposición al comunismo, con la excusa de castigar a los colaboracionistas con los
nazis, para finalmente tomar el poder.
El régimen comunista yugoeslavo del Mariscal Tito, establecido luego de la Segunda Guerra
Mundial y finalizado con su muerte.
Habiendo sido un indiscutido líder guerrillero de filiación comunista bajo la ocupación alemana, el
Mariscal Tito desafió tempranamente el predominio soviético en Yugoslavia, estableciendo un sistema
económico que fue denominado como “autogestionario”. En base a las condiciones de equilibrio
internacional de la guerra fría, logró mantenerse al margen de las represiones militares que la U.R.S.S.
aplicó a los intentos liberalizadores en Hungría, Alemania Oriental y Checoslovaquia.
El régimen comunista chino establecido con el triunfo de Mao Tsé Tung en la guerra civil china,
al término de la Segunda Guerra Mundial, y que aún perdura.
El régimen implantado por Mao en China continental fue en su momento más ortodoxamente
marxista que el de la propia Unión Soviética, habiendo realizado procesos como la “revolución cultural”
que tuvieron características enormemente sangrientas. A pesar de que Mao constituyó durante décadas
un paradigma para los comunistas más radicales, a su muerte China continental ha ido evolucionando
hacia un modelo que, siendo igualmente totalitario, ha admitido ciertos cambios en su sistema económico,
dirigidos especialmente a obtener inversiones externas y transferencias de tecnología.
El régimen comunista cubano de Fidel Castro, establecido el 1º de enero de 1959 con el
derrocamiento del gobierno de Fulgencio Batista, y que aún perdura.
Originado en la resistencia que despertaba el régimen encabezado por el ex-sargento Fulgencio
Batista, el movimiento revolucionario encabezado por Fidel Castro llegó a despertar iniciales simpatías en
el mundo democrático. Sin embargo, pronto quedó de manifiesto que su orientación no solamente estaba
determinada por un cerrado odio hacia los Estados Unidos; sino que siempre había respondido
plenamente a la ideología marxista-leninista, tal como lo reconociera Fidel Castro en su célebre discurso
del 24 de febrero de 1976.