Entre los filósofos griegos y toda la mentalidad greco-romana, se pensaba que una persona de autoridad, padre de familia, jefe de
alguna organización, jamás debía rebajarse a correr, pues era sinónimo de baja estima, como alguien de baja clase social. Y en esa
cultura donde se pensaba eso, Yeshúa cuenta que al padre no le importó y corrió a recibir a su hijo.
Pero es importante resaltar que esta historia Yeshúa la estaba contando a los líderes religiosos que le cuestionaban el por qué
comía y bebía entre publicanos y prostitutas, gente no religiosa y no considerada piadosa.
Sin embargo, a pesar de que esta historia tiene un contenido espiritual y emocional muy fuerte, e indudablemente ha sido el
instrumento por el cual Dios ha traído a la fe a mucha gente alrededor del mundo, existe un aspecto de la historia del hijo pródigo
que se conoce muy poco, mucho más profundo que la historia emocional que vemos relatada en el capítulo 15 del evangelio de
Lucas. Esa historia es la que nos va a ayudar a comprender cómo el Padre nos abrazó cuando aún estábamos lejos, y es entonces
que entenderemos que el final de la historia es cuando el hijo entra a casa, es aceptado por su hermano mayor y vuelve a ser
parte de la familia. Inclusive esta historia se encuentra plasmada en toda la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis. Este es el
llamado que el espíritu de Dios nos hace en todo momento, y quizá aún nos sentimos lejos y no nos sentimos dignos de ser
llamados otra vez Su hijo, o quizá aún queremos seguir lejos y queremos conformarnos con ser un siervo, pero el llamado de Dios
es a una relación más profunda, nos está llamando a ser Su hijo