0% encontró este documento útil (0 votos)
73 vistas572 páginas

Glover - Humanidad e Inhumanidad

Cargado por

naranjopanzon
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
73 vistas572 páginas

Glover - Humanidad e Inhumanidad

Cargado por

naranjopanzon
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

HUMANIDAD

E INHUMANIDAD
UNA HISTORIA MORAL DEL SIGLO XX

Jonathan Glover

CATEDRA
Digitized by the Internet Archive
in 2022 with funding from
Kahle/Austin Foundation

https://archive.org/details/hnumanidadeinhuma0000glov
el - Emart de lis o
ÍA hs 7
pr j Di htstorta meardd da A
0% |

mi
AAA
] o

. :
MEDI
Humanidad e inhumanidad

Una historia moral del siglo XX


Colección Teorema
Serie mayor
Jonathan Glover

Humanidad e inhumanidad
Una historia moral del siglo Xx

Traducción de Marco Aurelio Galmarini

CATEDRA
TEOREMA
Título original de la obra:
Humantt).
A Moral History of the Twentieth Century

Ilustración de cubierta: Victoria francesa en la batalla del Marne

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido


por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las
correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para
quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren
públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística
o científica, o su transformación, interpretación o ejecución
artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada
a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

O Jonathan Glover 1999


O Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S. A.), 2001
Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid
Depósito legal: M. 32.188-2001
I.S.B.N.: 84-376-1925-4
Printed in Spain
Impreso en Anzos, S. L.
Fuenlabrada (Madrid)
Índice

ai A rent reed do Perra tego io 13


Ergo ro cn cl tae e quello dto 15
Capítulo primero. Nunca más semejante iMOCENCIA coccceciciconocicncnones 17

PRIMERA PARTE
ÉTICA SIN LEY MORAL
Cipitulo.2..El desafío de Nietzsche smminme A09230. 3 Ao tl.. Ss 29
Capítulo 3. El interés propio como restricciÓN c.occconicicocococaninnnnononoo 39
Capítulo 4. Los principios morales: humanidad ..occiccccninicocininnonnnn.. El
Capítulo 5. Los principios morales: la identidad moral .................... 48
Capitulo 6. Ebtestival dscrutidad MAMA aiii 54
Capitulo 7. Respuesta INTELzScue ie riera ss 65

SEGUNDA PARTE
LA PSICOLOGIA MORAL DE LA GUERRA

Capitulo SC ENCOMDAt CUSIDO A CUEDO rra 73


A a de ed de eri deis: 88
Capita 10 UN To Das. Mátir a MISC an os %
To ele ld a A at 102
a e li rd td eii E29
Capítulo 13. La guerra y los principios morales .........omoomomommm.. 160

TERCERA PARTE
TRIBALISMO

Capítulo 1d Ruanda dada aio desNUI ica 167


A e ds E A ts 173
Capítulo 16. La contención política del tribalismo ...cinoninanonmo.... 187
Capítulo 17. Las raíces del conteto Enbal nc iia 198
Capítulo 18. La capacidad para desencadenarmos cemccomononononencnnnonannoss 209

CUARTA PARTE
LA GUERRA COMO TRAMPA
Capítulo 19. La trampa de lás triticheras tonces 217
Capítulo 20, El rente Intemnmo cniciioniia iaa tcs 231
Capítulo 21. La piedra comienza a rodar: 1914 scans 248
Capítulo:22..5€ empieza a salir dela trampa: 1762. cts 280
Capítulo 23. Vias de sálida ass 312

QUINTA PARTE
CREENCIA Y TERROR: STALIN Y SUS HEREDEROS

Capitulo 24 En dquellos anos uns dile 327


Gaprulo 2 Lampa der votan rancios 333
Capítolo 207 Cieencia: es y MEdIOS arco camente dorescie 347
Capítulo 27. El estalinismo y los principios morales ...coccciccnicninin.. 354
Capítulo 28. El funcionamiento del sistema de creencias comen... 365
Capítulo 29. Estalinismo, verdad e identidad moral ..oooccncncnc...... 37
Capítulo 30. El proyectolitánica TENIA AQUÍ. .cococinrainacaciccónieso 388
Capitulo:31: Elmaicrado delitesto: Camboya tas 410
Eapitulo:32: Utopia” corren AAA 425

SEXTA PARTE
LA VOLUNTAD DE VOLVER A CREAR LA HUMANIDAD:
EL EXPERIMENTO NAZI
Capítulo 33. Elureles dear mor ns aa IAN lens 433
Capítulo. 34. Obediencia y CONÍOODISMO ¿usrasscigoseca cane sica 448
Capítulo 35. Blataquesa la bumanidads > re Er A racicones 461
Capítulo 36. La erosión de la identidad motal evicaioosnsiost smc 477
Capitulo 37. LA es 485
Capitalo:38.- La voluntad de Creer nera a e 491
tE IN E eo 498
Caprio 0 ES Abe 516
Capítulo 41. La interpretación del episodio Nazi conc... 536
SÉPTIMA PARTE
SOBRE LA RECIENTE HISTORIA MORAL DE HUMANIDAD

Capítulo 42..Unos y noO A A 545


Capitulo 49. EXC A A 550
Epílogo. El pasado, vivo en el presente coccocionidocecnonononnm. 39%
Fuentes y reconocimientos IIA de AS 563

8
A Ruth
rima a
LA GUERRA COMO TRAMPA
Capitalo 19. Ls trampa de as erirecheras A.
Capitulo 20, El frente iio E EA
Ui re E jredra AAA 6 vo dar 1914 ca
rage a malls de detripa: 1962
A > Y! ais A ta ly iia MI

4 EN
CHERAA
Y TERR TTALIN Y sus HEREDIROS >
bo 2 a mulas aosAAA
pitt ES. E eos A) MAA o ro omo
Capitulo
26 Concia: fer y ratillo to
Caputilo
27, Bl sealirmo ydos que
Capiculo 28. Eifancinadmbenio de de inerncias
Capiralo 22 Esbiniass, verdad e moral...
errada o ds

y SOLA AS.L.- ' 27 d y


LA VOLUNTAD OT VOLVEZLAAURA AHI
», EL EXPERIMENDO NAZL
Capitulo 1 alero dl A. cn e
Capra) Js. Oh biermts y «ONE a a1 A
Capitulo
35.El esaque a laMaracas imei
Capátula
Yo, La erica: de la leida suo —— mn e
Capliuio 37. La elemmdad qui) MA 2 > te
cc GS TE. LA O De O cs
7. Piileala o Ss
ftulo 40. Tiprtradons da id
Espitulo 41. la iniarpro
del ego la
rica ct
CMA Pay ro
SOBRE LAAC TA MORAL DÉ po AO
Capitido 42, Uns y ms Aia 1 a
Capinilo 41. fa AAN
Lologa; AS o rad,
Fuentes y cad 30 A E 22. ve in

: |
E
z o
ESN
La principal tarea de la filosofía del siglo xx es tener en
cuenta la historia del siglo xx.

R. G. COLLINGWOOD, An Autobiography
Prefacio

La redacción de este libro me ha llevado más de diez años. El pri-


mer estímulo nació en una primera visita a Polonia, a donde Tony
Quinton había tenido la generosidad de invitarme a asistir a su Tanner
Lecture titulada Valores Humanos en Varsovia y a participar en la con-
ferencia anexa sobre ética. A la sazón, Polonia tenía un gobierno co-
munista. Durante el almuerzo del primer día estuve sentado junto al fI-
lósofo polaco Klemens Szaniawski. Mientras charlábamos, me ha-
bló de su vida. Era adolescente cuando los nazis invadieron el país,
en 1939. Su padre, periodista, fue fusilado por negarse a escribir para un
periódico nazi. Klemens estudió filosofía en la Universidad clandesti-
na y participó en el levantamiento de Varsovia, en el que muchos de
sus amigos fueron asesinados. A él lo arrestaron y lo enviaron a Ausch-
witz. Luego lo trasladaron a Mauthausen, donde trabajó como esclavo
en las canteras. Al finalizar la guerra fue liberado por los norteamerica-
nos. Regresó a Polonia y enseñó filosofía durante el período estalinista
y con posterioridad a él. Fue uno de los fundadores de un grupo de dis-
cusión que más adelante formaría parte del movimiento de Solidari-
dad. Cuando nos encontramos, hacía poco que lo habían elegido Rec-
tor de la Universidad de Varsovia, pero el gobierno lo había rechazado
por motivos políticos y le había retirado el pasaporte.
Mientras él relataba su historia, me conmovió el alcance de la
experiencia que él y otros filósofos polacos podían aportar a una refle-
xión sobre ética, así como la limitación de gran parte de la obra sobre
ética escrita en inglés, debido a su relativo aislamiento de los desastres
que provocados por el hombre conoció el siglo xx. En los aconteci-
mientos de este siglo de violencia tiene que haber enseñanzas para la

13
ética. Los ingleses de mi generación y de la siguiente hemos tenido la
suerte de habernos salvado de la guerra y de otras atrocidades. Sola-
mente un loco lo lamentaría; pero probablemente la reflexión ética
nos enriquezca al ilustrarnos en lo posible acerca de las causas de esos
acontecimientos por los que hemos tenido la fortuna de no pasar. En
parte, la redacción de este libro es una respuesta a ese pensamiento.
Pero, en otro sentido, es un libro en el que he pensado la mayor
parte de mi vida adulta. Desde que oí hablar por primera vez del geno-
cidio nazi me pregunté cómo se puede llegar a cometer tales actos. El
interrogante, que mantuvo su vigencia, no dejó de presentarse en casi
ninguno de mis escritos filosóficos. He escrito libros sobre problemas
éticos relativos a la consideración de la vida y a las aplicaciones del co-
nocimiento genético. Es evidente la importancia de estos temas en lo
tocante al proyecto de construcción de defensas más seguras que pro-
tejan de cualquier resurrección de políticas nazis. Pero me he dado
cuenta de que incluso cuando escribo sobre temas aparentemente más
neutrales, como el de la identidad personal, mi obsesión por la recien-
te barbarie humana estalla casi contra mi voluntad. De modo que me
pareció sensato decir directamente lo que tengo que decir, y no como
comentarios marginales a otros temas.
Este libro es un intento de dar dimensión empírica a la ética. Em-
plea por un lado la ética para plantear cuestiones a la historia, y por otro
lado emplea la historia para ofrecer un cuadro de los aspectos de la po-
tencialidad humana pertinentes a la ética. Para ello he tenido que ana-
lizar muchas cuestiones que otras personas conocen y comprenden
mejor que yo. Me encantaría que allí donde piensen que me he equi-
vocado, mi error les sirva como acicate para llevar a cabo el proyecto
de modo más eficiente.
Diez años es mucho tiempo para la redacción de un libro. En este
tiempo nos han pasado muchas cosas a Vivette, a mí y a nuestros tres
hijos —hoy ya crecidos—, Daniel, David y Ruth. Espero que refleje
también algo de lo mucho que he aprendido de cada uno de ellos en
estos años.
Dedico este libro a Ruth, aunque no sin cierta vacilación, pues qui-
zá tenga reparo en verse asociada a un libro sobre los horrores del si-
glo. Pero también es por momentos un libro sobre personas con khu-
manidad y valor. Con ambos aspectos del mismo en mente, se lo de-
dico a Ruth con admiración y amor.

14
Agradecimientos

Algunas partes de este libro se han utilizado en otros sitios. Una


primera versión de la sección sobre los nazis se utilizó en una confe-
rencia del Program in Ethics and the Professions, que tuvo lugar en la Ken-
nedy School of Government, en Harvard, y también en conferencias
en la Universidad de Colorado, en Boulder. Una versión posterior for-
mó parte de mis Gzlbert Ryle Lectures en la Trent University, Ontario, y
de algunas conferencias pronunciadas en la Universidad de Copenha-
gue. Utilicé algo del capítulo sobre bombardeos en una charla en la
Universidad Libre de Berlín. En otras charlas en la Maison des Scien-
ces de l'Homme y en el Centre National de la Recherche Scientifique,
en París, incorporé ciertos pasajes del análisis de la identidad moral y
del nacionalismo. Muchas partes del libro fueron utilizadas en charlas,
tanto en Nueva York como en Oxford, con ocasión del Simposio so-
bre Ética Médica, vinculado al Mount Sinai Hospital, a la Universidad
de Oxford y al King's College London. Agradezco a todos aquellos
cuyas invitaciones a dar esas charlas me alentaron a realizar progre-
sos en el libro y cuyos comentarios en esas ocasiones estimularon
mi reflexión.
Dado el tema, es inevitable que casi siempre esté invadiendo terri-
torios que otros conocen mucho mejor que yo. Resultará evidente
cuánto he tomado del trabajo de historiadores y periodistas. No pue-
do aquí agradecer a todos y cada uno de ellos, pero espero que las re-
ferencias bibliográficas den cierta idea de mi deuda. El libro utiliza
también relatos de distintas personas acerca de su experiencia. No ten-
go intención de agradecer nada a tiranos, a torturadores ni a quienes
los apoyaron, pero, con esas excepciones, estoy sumamente reconoc1-

15
do a todos aquellos en cuyas experiencias y reflexiones me he inspira-
do. Espero que aprueben el empleo que de sus relatos he hecho en el
libro.
Las personas de quienes he recibido colaboración y aliento son
muchas más de las que puedo mencionar, pero entre quienes han con-
tribuido a mi tarea respondiendo a preguntas específicas, orientando
mis lecturas, llamándome la atención acerca de un tema en particular,
relatándome sus experiencias o comentando los borradores de los dis-
tintos capítulos, están: Tom y Bobbie Farsides, Christoph Fehige, Pa-
trick Gardiner, Michael Hechter, Polly Markandya, Alexei Medvedev,
Igor Novovic, Steve Paulsson, Hilary Putnam, Scott Rhind, Thomas
Schramme, Gerry Smith, David Spurrett, Dan Stone, Laurence
Thomas, Barry Trachtenberg, Geoffrey Warnock, Jeff Wilson y Da-
vid Worswick.
Otras personas me han hecho llegar su inestimable aliento y apoyo
mientras escribía. Entre ellas se incluyen Catherine Atherton, Avi Bar-
basch, Stefan Baumrin, Karin Boxer, Michael Burleigh, John Camp-
bell, Ann Davis, Julia Driver, Jim Griffin, Dick Hare, John Harris, Tony
Hope, Dolores lorizzo, Dale Jamieson, Nathan Kase, Jeff McMahan,
Dan Moros, Martha Nussbaum, Gunilla Oberg, Onora O"Neill, An-
thony Price, Frankie Raben, Rosamond Rhodes, Alan Ryan, David
Shapiro,Jim Strain, Torbjorn Tánnsjo, David Wiggins, Maurice Wilkins,
Bernard Williams y Dan Wikler.
Felicity Bryan ha actuado como mi agente, pero su aliento y su pa-
ciencia ha ido mucho más allá de lo que esto sugiere. También he sido
afortunado con mis editores. La combinación de comentarios críticos
y valiosas sugerencias de Will Sulkin y Jórg Hensgen en Jonathan Cape
han mejorado notablemente el libro.
Pero la persona de quien he recibido la máxima colaboración es Ri
chard Keshen. Hace muchos años supervisé su trabajo de graduación.
Me gustaría poder creer que en esa oportunidad fui capaz de transmi-
tirle algo parecido al aliento y la crítica constructiva que tan generosa-
mente he recibido de él en relación con este libro.

16
CAPÍTULO PRIMERO

Nunca más semejante inocencia

A comienzos del siglo xx había en Europa mucha gente que acep-


taba la autoridad de la moral. Pensaba que había una ley moral y que
era evidente la necesidad de obedecerla. Immanuel Kant había habla-
do de las dos cosas que llenan la mente de admiración y veneración,
«el cielo estrellado sobre mi y la ley moral dentro de mí». En Cam-
bridge, en 1895, un siglo después de Kant, Lord Acton aún no du-
daba: «Las opiniones cambian, las costumbres mudan, los credos sur-
gen y caen, pero la ley moral está escrita en las tablillas de la eterni-
dad»!. A comienzos del siglo xx, los europeos reflexivos podían
también creer en el progreso moral y pensar que el vicio y la barbarie
humanos estaban en retroceso. Al final del siglo es difícil confiar en la
ley moral o en el progreso moral.
Sin embargo, todavía hay quienes no vacilan en absoluto en lo que
respecta a la ley moral. En una carta a un periódico acerca de la Guerra
del Golfo, el padre Denis Geraghty decía lo siguiente: «El uso de ar-
mas de destrucción masiva es un crimen contra Dios y contra el hom-
bre y no deja de ser un crimen aunque se las use como represalia o con
un fin que se considere moralmente justificado. Está prohibido hacer
el mal para que de éste derive un bien»”. Mucha gente, incluso quienes

1 Conferencia inaugural sobre el Estudio de la Historia, Cambridge, 1895, reimp.


en Lectures on Modern History, Londres, 1906.
2 Independent, 6 de febrero de 1991.

7
sienten simpatía por las opiniones del padre Geraghty, recibirán
su tono con una combinación de envidia y escepticismo. Hace un
siglo era más fácil una confianza como la suya. Después de Acton, la
escritura sobre las tablillas de la eternidad se ha ensombrecido algo.
El desafío a la ley moral es intelectual: encontrar buenas razones
para pensar que existe y que tiene algún atractivo para nosotros. El pro-
blema dista de ser nuevo; ya Platón escribió a este respecto. Pero el co-
lapso de la autoridad de la religión y la decadencia de la creencia en
Dios son razones por las que hoy en día este problema se les plantea a
muchas personas sin que para ello tengan que ser filósofos. Además, hay
otro desafío a la ética religiosa, un desafio que Dostoiesvki pone en
boca de Iván Karamazov.
Al señalar las características del mundo que se supone creado por
Dios, Karamazov cuestiona las credenciales de Dios para desempeñar
el papel de autoridad moral. Empieza por aceptar gran parte del pa-
norama religioso. Cree en un Dios sabio y con una finalidad que des-
conocemos y en una armonía final, «algo tan valioso que será suficien-
te para todos los corazones, para aliviar toda indignación, para redimir
toda villanía humana, todo derramamiento de sangre; no sólo será su-
ficiente para que sea posible el perdón, sino también para justificar
todo lo que ha sucedido con los hombres».
Pero esta armonía última es algo que Karamazov no puede aceptar.
Sería la culminación de un universo que incluye lo que los turcos hi-
cieron en Bulgaria, donde quemaron, mataron y violaron a mujeres y
niños, ahorcaron prisioneros tras hacerles pasar su última noche clava-
dos a una cerca por la oreja. («Ningún animal podría ser tan cruel
como un hombre, tan hábil, tan artísticamente cruel.») Emplearon pu-
ñales para sacar a los niños del vientre de la madre. Arrojaron niños al
aire para ensartarlos con la bayoneta cuando caían: «El mayor placer
consiste en hacer tal cosa ante los ojos de su madre.» ¿Qué derecho a
ejercer autoridad moral puede asistir al creador de una armonía que in-
cluye todo esto?
La otra creencia, la creencia en el progreso moral, ha sido también
socavada. Los problemas derivan de los hechos. La larga historia de
crueldad y asesinatos del siglo Xxx es demasiado familiar: la matanza
mutua de la Primera Guerra Mundial, el terror de la hambruna en
Ucrania, el Gulag, Auschwitz, Dresde, el Ferrocarril de Birmania,
Hiroshima, Vietnam, la Revolución Cultural China, Camboya, Ruan-

3 Los hermanos Karamazov, libro 5, caps. 3-4.

18
da, el colapso de Yugoslavia. Estos nombres nos evocan otros. Debido
a esta historia, es (o debería ser) dificil pensar que la ética sigue siendo
tan justa como antes.

Este libro es un intento de unir la ética y esta historia. El título, Hu-


manidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX, requiere explica:
ción. El tema es la historia moral de la especie humana en el siglo Xx.
Pero también recoge el otro sentido de «humanidad», por el cual se
opone a «inhumanidad» (crueldad, barbarie). Uno de los objetivos del
libro es abundar en esta idea de humanidad.
Es posible que el lector (como yo mismo) se asombre ante la mag
nitud del proyecto: analizar la historia moral reciente de la especie hu-
mana. Vale la pena indicar desde ahora algunas de las limitaciones del en-
foque. Esta historia es muy selectiva en cuanto a los episodios que es-
tudia. Hay lugares (por ejemplo, India, como muchos otros) que
apenas se mencionan o no se mencionan en absoluto. Esto no refleja
la idea de que haya sectores de la humanidad cuya historia carezca de im-
portancia, sino únicamente las limitaciones de lo que está bien o acepta-
blemente documentado. También refleja las limitaciones de mi cono-
cimiento, mucho más graves aún.
La historia moral reciente excede con mucho las discusiones éticas
y los horrores de factura humana que aquí se analizan. Una concep-
ción más generosa incluiría también los cambios en la familia, en la
manera de tratar a los hijos y en las relaciones entre hombres y muje-
res. Y también incluiría, entre muchas otras, las actitudes ante la pobre-
za, los cambios religiosos, el impacto de la ciencia en nuestro pensamien-
to sobre cómo vivir, las actitudes con respecto al sexo y a la muerte, las
relaciones entre las diferentes culturas y las actitudes ante los animales,
el mundo natural y el medio ambiente. De ningún análisis en particu-
lar cabe esperar que lo cubra todo sin superficialidad; cualquier análi-
sis serio tiene que ser selectivo. Estos otros aspectos merecen ser estu-
diados, pero no parece que haya que disculparse por atribuir a las atro-
cidades del siglo xx un papel central en nuestra historia moral reciente.
Para poner de manifiesto los vínculos entre la ética y la historia del
siglo xx vale la pena decir primero unas palabras acerca del enfoque de
la historia, y acerca de la ética después.

Primero, la historia.
Hablar de las atrocidades del siglo XX es en cierto sentido una ma-
nera engañosa de hablar. Que la barbarie sea exclusiva del siglo XX es
un mito: toda la historia humana presenta guerras, masacres y toda cla-

19
se de tormentos y crueldades: hay fundamentos para pensar que en
gran parte del mundo los cambios de los últimos cien años, más o me-
nos, han tenido como objetivo la creación de un clima psicológico
más humano que en ninguna época anterior.
Pero también es cierto que gran parte de la historia del siglo xx ha
sido una sorpresa muy desagradable. La diferencia está en la tecnolo-
gía. Las decisiones de unos pocos pueden llevar el horror y la muerte a
centenares de miles e incluso a millones de personas.
Estos acontecimientos no sólo conmueven por su dimensión.
También contrastan con las expectativas con las que comienza el si-
glo xx, al menos en Europa. Un centenar de años de paz europea casi
sin quiebra entre la derrota de Napoleón y la Primera Guerra Mun-
dial permitió pensar que la especie humana se alejaba de su pasado
bélico. En 1915, el poeta Charles Sorley, que escribía a su casa po-
cos meses antes de caer muerto en combate, consideraba natural de-
cir: «Después de todo, en este siglo la guerra es injustificable, así que
todas las partes comprometidas en ella deben ser acusadas por igual
de su desencadenamiento»*. Más recientemente, es posible que tam-
bién algunos de los que fueron a luchar al Golfo hayan tenido la
sensación de que la guerra es injustificable, pero es menos probable
que hayan pensado tal cosa en el siglo xx. En «MCMXIV», Philip
Larkin describe las colas para alistarse al comienzo de la Primera
Guerra Mundial:

Las coronas de sombreros y el sol


sobre arcaicos bigotudos rostros
que gesticulan divertidos como si todo
fuera una fiesta nacional (bank holiday) de agosto.

Su comentario de final de siglo reza: «Nunca más semejante ino-


cencia.»
Las reflexiones que aquí se exponen sobre la historia del siglo xx son
un intento de considerar determinados acontecimientos del siglo des-
de un punto de vista humano apropiado. Tenemos un flujo incesante
de información acerca de la historia de nuestro tiempo, aún abierta, tal
cantidad de hechos que es dificil tomar distancia y pensar en su signi-
ficado y su importancia relativa. Milan Kundera describió en cierta
ocasión uno de los efectos del flujo de novedades:

* The Letters of Charles Hamilton Sorley, citado en Jon. Glover y Jon. Silkin (comps.),
The Penguin Book of First World War Prose, Londres, 1990.

20
La masacre sangrienta de Bangladesh cubrió muy pronto el re-
cuerdo de la invasión rusa de Checoslovaquia, el asesinato de Allen-
de ahogó los lamentos de Bangladesh, la guerra del desierto de Sinaí
hizo que la gente se olvidara de Allende, la masacre camboyana hizo
que la gente se olvidara de Sinaí y así sucesivamente hasta que cada
una de estas cosas permite el olvido de todas?.

A la hora de recuperar estos acontecimientos, son muchas las ma-


neras posibles de agruparlos y de interpretarlos. No estamos ante una
historia narrativa, sino ante un intento de análisis. Al comentar que la
mente no recibe pasivamente el conocimiento, sino que interpreta ac-
tivamente el mundo en función de sus conceptos y categorías, Imma-
nuel Kant dice que no debiéramos interrogar a la naturaleza como un
alumno, sino como un juez. Esto también se aplica a la historia. Uti-
lizo aquí la ética para plantear problemas en el interrogatorio a la his-
toria.
Ha habido mucha discusión filosófica en torno a qué factores hacen
que la gente se reprima para no tratar a los demás con egoísmo despiada-
do y qué razones hay para aceptar las restricciones morales de la con-
ducta. Estos «recursos morales» serán centrales. Podemos preguntarnos
qué ocurrió con esa gente cuando estalló la Primera Guerra Mundial,
cuando se lanzó la bomba atómica, en la Rusia de Stalin, en la Ale-
mania nazi o, más recientemente, en Bosnia y en Kosovo. El objeti-
vo del uso de la ética para interrogar a la historia es coadyuvar a la
comprensión de un aspecto de la naturaleza humana que tantas ve-
ces ha quedado en la oscuridad.
También se ha sostenido que, a la hora de comprender la historia,
no es posible ignorar las cuestiones filosóficas.
Un problema en el intento de abordar estos acontecimientos en
perspectiva proviene de no haberlos vivido. Soy vivamente consciente
de que, dada la suerte que me ha tocado de vivir donde viví y en el mo-
mento en que viví, carezco de conocimiento de primera mano de los
acontecimientos que aquí estudio. He escrito sobre la guerra sin haber
estado en ninguna. Escribo sobre nazismo y estalinismo, sobre dicta-
duras en Latinoamérica y otras regiones, sin haber vivido ninguna de
esas situaciones. En ocasiones, los lectores que hayan tenido experien-
cia personal en este terreno notarán mis limitaciones. En otro campo,
el de la ética médica, a veces los filósofos escriben con un exceso de

5 Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido, Barcelona, Seix-Barral, 1993, primera


parte, sección 5.

zd
confianza que denuncia su falta de experiencia personal en la realidad
humana de los dilemas a los que se refieren. Lo mismo ha de valer
muchas veces para quien, sin haber vivido la experiencia, escribe sobre
Vietnam o Auschwtiz.
De la misma manera, a pesar de que sería preferible escribir a par-
tir de la experiencia, hay razones para que intente hacerlo incluso una
persona que carezca de ella.
La cantidad de personas con experiencia en estos episodios no pue-
de superar un número reducido. La retracción por falta de experiencia
podría llevar a que nadie tratara de abordar en conjunto esos acontect-
mientos de los que tanto cabe aprender. Hacia el final de la Segunda
Guerra Mundial, el filósofo Glenn Gray, que a la sazón formaba parte
de una división norteamericana que ocupó un campo de concentra-
ción en Alemania, pasó todo un día con los supervivientes: «Durante
el primer día de liberación, los pocos centenares de supervivientes ex-
hibieron el abanico completo de caracteres humanos, y yo era cons-
ciente de haberme encontrado por casualidad con una hora de verdad
que difícilmente se repetiría más adelante, incluso para ellos». Glenn
Gray publicó sus reflexiones acerca de ésta y Otras experiencias, pero a
menudo quienes registran lo que parecen ser importantes experiencias
de guerra están demasiado preocupados como para reflexionar sobre
ellas. A veces expresan la esperanza de que otros, en tiempos de paz,
extraigan de sus experiencias alguna ayuda que contribuya a ahorrar su
repetición a las generaciones futuras.
Hay atrocidades que no pertenecen al pasado, sino al presente. Los
que tenemos la fortuna de vivir en otros sitios no debemos inhibirnos
de pensar en ellas. Los periodistas se juegan la vida para permitirnos
conocer las acciones terribles que tienen lugar mientras nosotros vivi-
mos con relativa seguridad. Dolorosamente relatan las víctimas sus ex-
periencias para que las entendamos. A menudo lo hacen con la creencia
de que, si el mundo oye, se producirá un clamor y algo se hará al res-
pecto.
Los periodistas pueden sentirse decepcionados por la respuesta. Ed
Vulliamy, que informaba sobre al guerra en Bosnia, dijo:

Al principio, la mayor parte de nosotros pensó que podíamos


tener influencia. Parecía increíble que el mundo pudiera observar,
leer y oír acerca de lo que le estaba pasando a un pueblo víctima de

$ J. Glenn Gray, The Warriors: Reflections on Men in Battle, Nueva York, 1959, pági-
na 220.

22
la guerra y no hiciera nada. Peor aún, los diplomáticos nos desoye-
ron y a veces los líderes políticos nos maldijeron”.

Las víctimas y sus allegados también notaron la respuesta. Selma


Hecimovic cuidaba mujeres bosnias violadas:

Al final, estaba un poco cansada de tener que experimentar cons-


tantemente. Teníamos que experimentar el genocidio, teníamos que
experimentar la violación de nuestras mujeres, el asesinato de nues-
tros hijos. Cada vez que recojo una declaración de estas mujeres y
que vosotros, periodistas, deseáis entrevistarlas, me imagino la gente
que, desinteresada y sentada en una bonita casa ante una hambur-
guesa y una cerveza, cambia una y otra vez de canal en la TV. No sé
realmente que más tiene que suceder aquí, por qué otros sufrimien-
tos tienen que pasar los musulmanes... para que el supuesto mundo
civilizado reaccione?.

Es posible que quienes pensamos a distancia en estos episodios


nos equivoquemos a veces. Y, naturalmente, para detener los horrores
no basta con la comprensión. Pero la alternativa, la respuesta pasiva,
sólo contribuye a que esos horrores continúen.

Ahora, la ética, que podría ser más empírica de lo que es.


La discusión filosófica sobre ética ha experimentado un cambio de
énfasis que la aparta de cuestiones meramente abstractas y la acerca a
otras más prácticas. Las discusiones sobre lo justo y lo bueno, o el aná-
lisis de la guerra justa, han dado cierto fundamento. Ahora se produ-
cen discusiones acerca de la guerra justa, sobre dilemas morales en medi-
cina, justicia social, derechos humanos, feminismo, disuasión nuclear,
ingeniería genética, derechos de los animales y problemas me-
dioambientales. Este cambio de interés a favor de la «ética aplicada» ha
sido beneficioso. Se ha traído desde las orillas al centro lo que mayor
importancia reviste desde el punto de vista humano.
Incluso en la ética aplicada suele faltar la conciencia. El tono de
muchos escritos sugiere que John Stuart Mill todavía vive y que el si-
glo xx no ha transcurrido. (En ética no se ha aplicado el «Nunca más
semejante inocencia».)
Espero contribuir a modificar esta situación alentando la idea de
que la ética es un tema de indole empírica.

7 Ed Vulliamy, Seasons in Hell: Understanding Bosnia's War, Londres, 1994, págs. pex.
8 Ibíd., pág. 201.

23
Es posible dar demasiado pronto por supuesto que basta con «aplt-
car» un conjunto de principios morales. El resultado puede ser la aplt-
cación mecánica de cierta forma de utilitarismo o una lista de precep-
tos sobre justicia, autonomía, buena voluntad, etcétera. Cuando esto
ocurre, el pensamiento se dirige íntegramente en un solo sentido. Se
dan por supuestos los principios, o se los «deriva» de manera rutinaria,
y de ellos se deducen conclusiones prácticas. Falta el sentido bidirec-
cional. También los principios pueden requerir modificación si sus
conclusiones prácticas son demasiado rigurosas, s1 nos obligan a negar
cosas que nos preocupan cuando nos enfrentamos a dilemas prácticos.
Muchos filósofos simpatizan con una forma más pragmática de étr-
ca, en la que los principios se postulan de manera tentativa, a la espera de
que nuestras respuestas a problemas prácticos los moldeen y los modi-
fiquen. La adaptación mutua entre los principios y nuestras respuestas
intuitivas es el proceso que conduce a lo que John Rawls, tal vez con
excesivo optimismo, ha llamado «equilibrio reflexivo».
Pero el pragmatismo se puede llevar aún más lejos, hasta abarcar la
idea de que nuestras creencias éticas deben ser revisables a la luz de la
comprensión empírica de los seres humanos y de lo que hacen. Por
ejemplo, si las grandes atrocidades dan lecciones acerca de nuestra psi-
cología, eso debería afectar a nuestra idea de qué tipo de acciones y
qué rasgos de carácter son buenos o malos.
Hay disciplinas intelectuales sumamente abstractas, y tal vez en sus
campos respectivos la comprensión de los seres humanos carezca de
importancia, pero la ética no se encuentra entre ellas. Espero que este
libro contribuya a acercar al centro de la ética determinadas cuestiones
relativas a la gente y a cómo es. Este proyecto de acercar mutuamente
ética y psicología supone pensar en las implicaciones de algunas de las
cosas que nosotros, personas civilizadas, somos capaces de hacernos
unas a otras.
Al comienzo del siglo reinaba el optimismo, hijo de la Ilustración,
de que la expansión de la perspectiva humana y científica llevaría a la
desaparición no sólo de la guerra, sino también de otras formas de
crueldad y de barbarie que llenarían la cámara de los horrores del mu-
seo de nuestro pasado primitivo. A la luz de estas expectativas, el siglo
de Hitler, Stalin, Pol Pot y Saddam Hussein sería seguramente una sor-
presa. Resultó que los volcanes que se creía extinguidos, no lo estaban.
Ahora tendemos a considerar pobre y mecánica la visión de la psico-
logía humana propia de la Ilustración, e ingenuas sus esperanzas de pro-
greso social gracias a la expansión del humanitarismo y de la perspectiva
científica. John Maynard Keynes dijo que los comentarios de Bertrand

24
Russell —seguidor de la Ilustración— acerca de la vida y los negocios
eran «frágiles» porque no «tenían por debajo un diagnóstico sólido de
la naturaleza humana».
Es posible que quienes se oponen a la Ilustración den la impresión
de aprehender verdades que escapan a sus seguidores; hoy, entre los fi-
lósofos, está de moda el rechazo de la Ilustración.
Uno de los objetivos de este libro es reemplazar la pobre y mecáni-
ca psicología de la Ilustración por algo más complejo, más cercano a la
realidad. Esto tiene como consecuencia una explicación más sombría.
Pero otro objetivo del libro estriba en defender la esperanza ilustrada
de un mundo más pacífico y más humano, la esperanza de que si nos
comprendemos mejor a nosotros mismos podemos contribuir a crear
un mundo con menos miseria. Ya he dicho lo que pensaba del opti-
mismo que considera fundada esta esperanza. Hay más cosas que en-
tender acerca de nosotros mismos, y cosas más oscuras que las que en
general han aceptado quienes comparten esta esperanza. Sin embargo,
aunque gran parte del contenido de este libro es extraordinariamente
oscuro, el mensaje no es de mero pesimismo. Tenemos que examinar
con firmeza y claridad ciertos monstruos que llevamos dentro. Pero
eso forma parte del proyecto de enjaularlos y domarlos.

9 J. M. Keynes, «My Early Beliefs», en 7200 Memorrs, Londres, 1949.

20
Y su user
ab
20M ab bs
e adios ña
2 sen do 2 ms ame quaol E
St Ul VEL
É dt e al
fe eya olle! 50:00. 14 peo lisa y
Pda dad)
De ni aras vlgui d l
ys ) ponia ¡pr
«am
5h sb die
lo,
oia
> de e.
salon kdo qalbzalgar
rdaca
arab 2 pasala 09 md
doncs adn arlgento 2d Old POLO
edi eb ás e 20 OS
ebrstadi anat ges 1) bsritabo ps a
Ra
cord tp ob nro adorrermal
eds Y di 8
11m d ula ¿“orbos SUM BIO E ADO 1 .
o dale dera al oda 2d ogarccaoins m9
tr AU O ln ab aan roo aro alo DEJAN A IRA
Mo dio ab sp EERUDIO MÁ 1530)
2 an ci
arts PENE A LAS eS
arabes codi st rabino
dada ng ls
E A E
cm eta e avd com
eco baby cea
| la jacta elinlarurs, deotro 0 5
ele y > deberia afectas
e ru trá idea de qm tipa de arios y
e carderes won haya ns e malos
Far ] olinas inte) coril Íaimimente ¿bar ds, AS
A (a nula POTTER de ná ares ly m4 lead
DOSaINCIA, pur la Ecco Mio. e max >.in entre rllás, Y ro pe?
MOMNLIUIVE € DOLIÓ dee MO te me di Ñ docena PR
AN EAT as A. A yr de ara rata mente
DINO ha ) re A se. E

ye. de ¡ aL 0 MANS ls ¿paa pa ¡de |) a

mios, uo de 41
EP
ye

. e? iria » de os Deprieia Y
NN

j ' «prdién de cra


al y e» edi de de oros, del >
07 Da e hist de « nm sapurtaiess, el qn
dex, e lin 4 sia dear
Í n
“O sas e eya arg
los cm]

¿to
a

patasqe y mecinica
Uyvid Ñ
mE es Dit ol mid ee
TNA q.
a a Ai evr
¿tl desd dl CATAS
A
PRIMERA PARTE

Ética sin ley moral

That girls are raped, that two boys knife a third,


Were axioms to him, who'd never heard
Of any world where promises were kept,
Or one could weep because another wept*.
W.. H. AUDEN, 7he Shield ofAchilles

* Que se viole a las niñas, que dos niños acuchillen a un tercero, / eran axiomas para
él, que nunca había oído hablar / de un mundo en el que se mantuvieran las promesas /
ni de que alguien pudiera llorar porque otro lloró.
ye

Ferna Lal

Manor el a a
¿Laidi a Auol pod or sed pas sb diga
basar! rows blodw mid o) emoizs Y
Jal sio smog sidw blow vas 10. -
qe dior sanmnad qoow blio2 qm:10.-
pao Wal NY AGUA mw '

pto ANDIR qrezl anita ra relipp y


o ul pre pa ll drporubucioziior mn a
o por
CAPÍTULO 2

El desafío de Nietzsche

A medida que la voluntad de verdad gane conciencia de


sí misma —y de esto no puede caber duda—, la moral irá de-
sapareciendo poco a poco: he aquí el gran espectáculo en un
centenar de actos reservado a los dos próximos siglos en Eu-
ropa, el más terrible, el más cuestionable y tal vez el más es-
peranzado de los espectáculos.

FRIEDRICH NIETZSCHE, La genealogía de la moral

Las palabras de Nietzsche plantean dramáticamente la cuestión.


Vio acertadamente una crisis de autoridad de la moral, pero extrajo
conclusiones que, tras la experiencia del primero de sus «dos próximos
siglos en Europa», deberían desalentamos.
Los libros que escribió Nietzsche se publicaron entre 1872 y 1895 y el
filósofo murió en 1900. Algunas de sus ideas se han convertido en su-
puestos de fondo para gran parte de la vida y el pensamiento del siglo xx.
Nietzsche advirtió que la idea de una ley moral externa a nosotros
está sumida en profundas dificultades. Habló de la muerte Dios y dio
por supuesto que la creencia religiosa había dejado de ser una opción
intelectual seria. Pensó que aún no se habían entendido las implicacio-
nes que esto tenía, sobre todo para la moral. Como los rayos de luz de una
estrella lejana, esas implicaciones todavía no han llegado hasta nosotros!,

! La gaya ciencia, sec. 125.

29
Un siglo después, mucha gente comparte el escepticismo de Nietz-
sche en torno a una base religiosa para la moralidad, pero el enfoque
del propio Nietzsche, la base para su «transmutación de los valores», tie-
ne mucho de terrible. En efecto, lleva consigo un racismo intermiten-
te, desprecio por las mujeres y la creencia en la lucha despiadada por el
poder. Rechazó la simpatía por los débiles a favor de la voluntad de pa-
sar por encima de ellos.
No es sorprendente que algunas de sus ideas hayan resultado afines
a los nazis, que admiraron una versión enormemente selectiva y distor-
sionada de su obra. Sus múltiples defensores modernos señalan acerta-
damente las distorsiones, pero tal vez disculpan demasiado. Puede
crearse la sensación de que Nietzsche es inocuo. Yo quisiera eliminar
esa sensación. En nuestra época, el problema estriba en aceptar su es-
cepticismo acerca de una autoridad religiosa para la moral y, al mismo
tiempo, evitar sus horrorosas conclusiones.

EL ATAQUE A LA MORAL JUDEOCRISTIANA

Nietzsche atacó la moral dominante en el mundo modemo occi-


dental, que derivaba del judaísmo y del cristianismo. Su ataque, en par-
te, se basó en ciertas afirmaciones históricas sobre esa moral.
Pensaba que toda cultura superior había comenzado con la con-
quista de los bárbaros, «hombres de rapiña, todavía en posesión de una in-
quebrantable fuerza de voluntad y codicia de poder». Los nobles pro-
venían de esos bárbaros: «su superioridad no estribaba en la fuerza fisi-
ca, sino ante todo en la psíquica, pues eran seres humanos ás
completos (lo que, en todos los niveles, significa también “bestias más
completas”)». Los valores de la casta noble bárbara, esos seres humanos
más completos, fueron subvertidos y reernplazados por valores mora-
les de gente inferior a ellos.
Nietzsche pensaba que la transformación del concepto de bondad,
que se alejaba de la nobleza aristocrática para acercarse a la compasión
y al amor al prójimo, era el catastrófico triunfo de la tradición judeo-
cristiana, el triunfo a largo plazo del esclavizado pueblo judío sobre sus
conquistadores más belicosos. Ellos habían predicado las virtudes del
pobre y del débil: «Con los judíos comienza la rebelión de los esclavos en
la moral, rebelión que tiene una historia de dos mil años detrás y que
ya no vemos porque ha sido la triunfadora».

2 Genealogía de la moral, ensayo 1, sec. 7.

30
Nietzsche vio la victoria de la moral esclava de los judíos como
una manera de envenenamiento: «Todo se vuelve visiblemente judaiza-
do, cristianizado, aplebeyado (¡qué importan las palabras!). El avance
de este veneno por el cuerpo entero de la humanidad parece irresis-
tible».
Detestaba la idea de que la moral fuera validada por cualquier clase
de religión. En un pasaje de Ernest Renan encontró la idea de que el
hombre está más cerca de la verdad cuanto más religioso es, y de que
cuando el hombre es bueno quiere que la virtud corresponda al orden
eterno. La respuesta de Nietzsche a «estas palabras con su verdad patas
arriba» fue que en Renan había encontrado sus antípodas: «¡Es tan pla-
centero, tan distinguido, poseer antípodas propias!»,
Sin correspondencia con un orden eterno, Nietzsche pensaba que
los juicios sobre el bien y el mal están expuestos a un nuevo interro-
gante. ¿Qué valor tienen por sí mismos? Debiéramos más bien pregun-
tar si indican «la plenitud, la fuerza y la voluntad de vida, su coraje, cer-
teza y futuro», o si revelan aflicción, empobrecimiento y degeneración.

AUTOCREACIÓN

La negación de la autoridad que la moral religiosa pretende tener,


junto con el desprestigio que le viene de la explicación histórica de sus
orígenes y de sus efectos supuestamente venenosos, constituyen el as-
"pecto destructivo de la «transmutación de los valores» de Nietzsche, quien
creía que la destrucción de la moral judeocristiana dejaría espacio para
algo mejor. En sus nuevos valores, el lugar corresponde primero a la
decisión del tipo de persona que cada uno quiere ser y luego a la auto-
creación personal. Esta creencia en que la autocreación es posible deri-
va de su escepticismo acerca de la verdad objetiva (su «perspectivismo»).
La religión es una vía por la cual la gente extrae los valores que
conforman su vida a partir de una imagen del mundo: otras imágenes son
científicas o metafísicas. A menudo estas imágenes sugieren alguna fi-
nalidad o sentido en la vida, pero Nietzsche critica duramente cual-
quier idea sobre la posibilidad de descubrir un sentido en el mun-
do. La muerte de Dios puede interpretarse en un sentido más amplio,
de modo que incluya también la muerte de la «religión» científica y de
la «religión» metafísica:

3 Ibíd., sec. 9.
4 Más allá del bien y del mal, sec. 48.

31
Lo que subyace a nuestra fe en la ciencia sigue siendo todavía
una fe metafísica, y nosotros, los que hoy buscamos el conocimiento,
los que no tenemos dios y estamos contra la metafísica, también no-
sotros extraemos nuestra llama del fuego encendido por una fe con
milenios de antigiedad, la fe cristiana, que fue también la de Platón:
la fe en que Dios es la verdad, en que la verdad es divina”.

Nietzsche deseaba asistir al funeral de toda fe en un conjunto de


creencias como verdad objetiva acerca de las cosas, o en la valida-
ción externa de cualquier modo de vida.
Creía que el mundo no tiene sentido intrínseco. O bien podemos
convivir con la ausencia de sentido, o bien tratamos de crear nuestro
propio sentido e imponérselo al mundo. O, de modo más realista, tra-
tamos de imponer nuestro sentido a una pequeña parte del mundo, en
particular a nuestra propia vida. El hundimiento de la idea de un sen-
tido objetivo nos deja en libertad para crear nuestra vida y creamos a
nosotros mismos.
La autocreación es la manera en que la «voluntad de poder» se ex-
presa en la vida humana y Nietzsche ve la voluntad de poder en la na-
turaleza. Aplica esta idea en todo su alcance: a personas y a razas, a ani-
males y a especies, e incluso a la física. El concepto es demasiado vago
para tener gran utilidad explicativa, pero la imagen de una lucha cons-
tante en todos los ámbitos de la existencia colorea su cuadro de la auto-
creación humana.
El hundimiento de la autoridad externa de la moral elimina uno
de los principales obstáculos para proyectos conscientes de auto-
creación. Nietzsche dice que debería dejarse el juicio moral a la ma-
yoría de la gente, que vive en el pasado: «Nosotros, por el contrario,
queremos llegar a ser lo que somos, esto es, seres humanos nuevos, úni-
cos, incomparables, que se dan leyes a sí mismos, que se crean a sí
mismos».
Tendemos a pensar que una persona tiene un carácter particular y
que éste se muestra en la pauta de sus acciones. Pero el perspectivismo
(que tal vez tenga en esto su aspecto más plausible) insiste en que hay
pautas alternativas a las que es posible adaptar un conjunto de accio-
nes: ¿qué parte de lo que hice fue la expresión de aspectos centrales
de mí mismo y qué parte correspondió a aspectos marginales? Gracias
a la fluidez de nuestra propia imagen tenemos la oportunidad de auto-

> La gaya ciencia, sec. 344.


6 Ibíd., sec. 335.

92
modelarnos. Podemos utilizar nuestras acciones futuras para realzar as-
pectos elegidos de nuestro pasado y de esa manera autocrearnos a lo
largo de la vida.
Puesto que Nietzsche quiere que los seres humanos se creen a sí
mismos, no puede establecer exactamente cómo deben ser. Pero hay
determinadas cualidades que según él (tal vez porque piensa que son
indispensables para la autocreación) debería poseer el tipo de hombre
que quisiera ver. Y considera que las mujeres no son aptas para este
ideal:

La mitad de la humanidad es débil, típicamente enferma, muda-


ble, inconstante [...] la mujer necesita una religión de debilidad que
glorifique la divinidad del ser débil, amante y humilde [...] La mujer
siempre ha conspirado con el prototipo de la decadencia, los sacer-
dotes, contra los «poderosos», los «fuertes», los hombres”.

Crearse a sí mismo es imponer coherencia a lo que de lo contrario


sería una colección de características personales dispersas. En la medi-
da en que se les pueda imponer unidad, cuanto mayor sea la variedad
de esas características, tanto mejor. Nietzsche no quería hombres sin
pasiones, cuya autocreación pudiera tener un resultado insípido. La
grandeza del alma comprende la intensidad de las pasiones, pero con
la garantía de que, gracias al ascetismo y la autodisciplina, estarán bajo
el dominio de una férrea voluntad: «ln summa: dominación de las pasio-
nes, /no su debilitamiento ni su extirpación)»,
Nietzsche dijo de Goethe: «Aspiraba a la totalidad; luchó contra la
separación de razón, sensualidad, sentimiento y voluntad (que en el
más horrible escolasticismo predicó Kant, la antíipoda de Goethe); se
autodisciplinó para el todo, se creó a sí mismo»”. La autocreación re-
quiere autodisciplina. El cultivo de ciertas características y la inflexión
de otras requiere «dureza», como decía Nietzsche, para consigo mis-
mo. Como defendían los filósofos estoicos, los deseos y los impulsos
han de estar estrictamente bajo control.
La compensación de la dureza para con uno mismo está en conver-
tirse en lo que uno es en potencia: el artista y el creador de su propia
vida.

7 La voluntad de poder, sec. 864.


8 Ibíd., sec. 933.
2 El ocaso de los ídolos, parte 9, sec. 49.

33
LAs RESTRICCIONES DE LA MORAL Y LA VIDA COMO LUCHA

La tradición judeocristiana atribuye un elevado valor al altruismo.


Se admira el autosacrificio por los demás, mientras que la reacción ade-
cuada al hecho de pasar por encima de los demás en beneficio de las
metas propias es el sentimiento de culpa. Para Nietzsche, todo esto es
puro extravío. Las restricciones morales a la autocreación son resulta-
do del engaño de sí mismo. La idea de amar al prójimo es un disfraz
de la mediocridad. La gente demasiado débil para dominar a los demás
disfraza su debilidad de virtud moral, aunque esto pueda ser una etapa
necesaria en el camino hacia algo superior; según Nietzsche, «la mala con-
ciencia es una enfermedad, no cabe ninguna duda», pero agrega que es
una enfermedad de la misma manera en que lo es un embarazo.
El hombre que Nietzsche admira superará la mala conciencia, que
es el signo de la moral del esclavo, y deseará dominar a los demás. El
creía que el egoísmo es esencial al alma noble, y define el «egoísmo»
como la fe en que «los otros seres deben ser subordinados por natu-
raleza y sacrificarse por nosotros»!%. Esta actitud es la señal de una aris-
tocracia saludable, que «acepta con buena conciencia el sacrificio de
innumerables hombres que por el bien de esta aristocracia deben ser eli-
minados y reducidos a la condición de hombres imperfectos, de escla-
vos y de instrumentos»!!,
Creía en una oportunidad para la minoría creadora. A fin de pro-
porcionar una base para el gran arte y para formas altamente desarro-
lladas de perfección humana, la minoría tuvo que subordinar sin pie-
dad a la mayoría: «Por consiguiente, hemos de estar de acuerdo con la mal-
sonante verdad según la cual la esclavitud pertenece a la esencia de la
cultura; [...] la maldad de los hombres luchadores crecerá aún más a
fin de hacer posible la producción de un mundo de arte para una pe-
queña cantidad de hombres olímpicos»”?.
Nietzsche despreciaba a la mayoría, incluida la mayor parte de los eu-
ropeos de su época. Habla de «la sobreabundancia de gente mal constitui-
da, enferma, agotada y hastiada de la que Europa comienza ya a apestan»,
Y dice incluso: «La gran mayoría de los hombres no tiene derecho a la exis-

10 Más allá del bien y del mal, sec. 265.


1 Ibíd,, sec. 258.
2 Nietzsche Werke: Kritische Gesamtausgabe, sec. 3, vol. 2, pág. 261, citado en Bruce
Detwiler, Nietzsche and the Politics ofAristocratic Radicalism, Chicago, 1990, pág. 106.
13. Genealogía de la moral, ensayo 1, sec. 12.

34
tencia y es una desgracia para los hombres superiores. Aún no concedo de-
recho a los fracasos. También hay pueblos enteros que son fracasos»!*.
El impacto del darwinismo social se hallaba en su apogeo en la
época de Nietzsche. Muchos creían que las sociedades y los grupos es-
taban comprometidos en una lucha constante por la supervivencia, lu-
cha en la que ganaría el fuerte y perdería el débil. Nietzsche desdeñaba
a Darwin y sin embargo estaba influido por el darwinismo social. Sus
obras contienen referencias despreciativas a los biólogos ingleses y a
Darwin: «Me inclino al prejuicio de que la escuela de Darwin se ha
equivocado en todo»””.
A pesar de eso, las ideas de Nietzsche se aproximan mucho al dar-
winismo social en la medida en que conciben la vida como una lucha.
Para este autor, toda lamentación en relación con esto descansa en una
sentimental carencia de realismo: «No parece raro que a los corderos
no les gusten las grandes aves de presa, pero esto no da derecho a re-
prochar a estas aves que se lleven los corderitos»!*
No sólo había que aceptar la necesidad de la lucha, sino también su
nobleza. Zaratustra dice: «Debes amar la paz como medio para nuevas
guerras. Y más la paz breve que la larga [...] ¿Decís que la causa buena san-
tifica la guerra? Yo os digo: la guerra buena santifica todas las causas»””.
Nietzsche admiraba los resultados de la lucha por la supervivencia. Antes
de que la sociedad modema la mitigara, la lucha producía una versión no-
ble del hombre, una bestia de presa que podía inspirar temor, pero que
también era digna de respecto. El hombre europeo moderno, tras siglos
de cristianismo, es un «animal insignificante, domado, doméstico»'*,
El rechazo por parte de la moral cristiana de la ley de la selva ha
arruinado prácticamente la especie humana: para Nietzsche, ha llega-
do de sobra el tiempo de derrocar esa moral.

No SIMPATÍA, SINO DUREZA

Nietzsche espera que los «filósofos del futuro» sean duros. La auto-
creación requiere dureza: «en el hombre hay materia, fragmento, exce-
so, arcilla, barro, locura, caos: pero en el hombre también hay un crea-

14 La voluntad de poder, sec. 872.


15 Ibíd., sec. 685.
16 Genealogía de la moral, ensayo1, sec. 13.
17 Así habló Zaratustra, parte 1, «De la guerra y los guerreros».
18 Más allá del bien y del mal, sec. 62.

35
dor, un escultor, la dureza del martillo». Esta dureza forma parte de la
grandeza: «Fuerza de voluntad, la dureza y la capacidad para decisio-
nes prolongadas deben formar parte del concepto de “grandeza”»””.
A veces, la dureza que defiende Nietzsche adopta una cierta forma
estoica, en tanto se dirige contra los propios impulsos, pero en otros
momentos se vuelca como dureza para con los demás. Los filósofos
del futuro «tendrán una crueldad dueña de sí misma que sabrá cómo
esgrimir el cuchillo con seguridad y pericia, incluso cuando el corazón
sangra. Serán más duros (y tal vez no siempre sólo contra sí mismos) de
lo que desearían los hombres con humanidad»”.
Cree que todos los creadores tienen que ser duros a fin de produ-
cir un impacto en la historia. Expresa esta idea con metáforas vagas,
pero perturbadoras, acerca de «cortar y tajar» y escribir sobre metal:

Y si vuestra dureza no quiere levantar chispas, cortar y tajar,


¿cómo podríais algún día «crear conmigo? Pues los creadores son
duros. Y debe ser para vosotros una dicha imprimir la huella de
vuestra mano en los siglos como en la cera blanda, una dicha escri-
bir sobre la voluntad de milenios como sobre el bronce; más duro
que el bronce, más noble que el bronce. El más duro es el más no-
ble. ¡Oh, hermanos míos! Yo suspendo sobre vuestras cabezas esta
nueva tabla: /sed duros!”.

La dureza que Nietzsche defiende es más que la necesaria para el


autodominio. Su dureza requiere el rechazo de la piedad como afemi-
namiento. Dice que los europeos modernos tienen una sensibilidad
enfermiza hacia el dolor, que sufren de «enternecimiento», y habla de «la
falta de virilidad de eso que en determinados círculos se ha bautizado
como “piedad”»”. Su versión de la dureza, que rechaza la afeminada com-
pasión, apoya la dominación, incluso la dominación cruel, de los otros:

Ver sufrir a los otros hace bien, y hacerlos sufrir, más aún: son
palabras duras, pero también un principio antiguo, poderoso, huma-
no, demasiado humano, que suscribirían incluso los monos; pues
se ha dicho que en lo tocante a inventar extrañas torturas anticipan
al hombre y son, por así decirlo, su «preludio». Sin crueldad no hay
festival...2.

EL NAL
20 Ibíd., sec. 210.
22 Así habló Zaratustra, parte 3, «De las antiguas y las nuevas tablas de la ley».
22 Más allá del bien y del mal, sec. 293.
2 Genealogía de la moral, ensayo 2, sec. 6.
vw
y

36
Nietzsche va más allá de esta alabanza del hacer sufrir a los otros.
Se considera que el rechazo de la simpatía por los débiles comprende
la participación en su destrucción: «Lo débil y mal constituido desapa-
recerá: primer principio de nuestra filantropía. Y uno puede ayudarles
a hacerlo. ¿Qué hay más dañino que un vicio cualquiera? Simpatía ac-
tiva por los mal constituidos y los débiles: cristianismo»?,

Los LÍMITES DE LA AUTOCREACIÓN

El austero universo que queda cuando se elimina la metafísica reli-


glosa nos permite llevar vidas ricas y satisfactorias. A menudo esta sa-
tisfacción se asocia con la idea nietzscheana de crearnos a nosotros mis-
mos de acuerdo con nuestros propios valores.
Pero algunos de nosotros, atraídos por esas ideas, podemos quedar
consternados al contemplar dónde han llevado a Nietzsche. Lucha,
egoísmo, dominación, esclavitud, las mayorías sin derecho a la existen-
cia, pueblos que son fracasos, dureza, el festival de crueldad, la sustitu-
ción de la compasión para con los débiles por su destrucción. Si en rea-
lidad ése es el mundo que resulta del pensamiento de Nietzsche, pare-
ce una pesadilla.
Estas escalofriantes conclusiones nietzscheanas no se siguen de sus
premisas acerca del valor de la autocreación y de la ausencia de una ley
moral externa. Los proyectos de autocreación de las personas pueden
estar orientados por valores muy diferentes de los suyos. Algunos de
nosotros no queremos ser pura dominación y afirmación. Tenemos li-
bertad para rechazar cualquier pauta predeterminada, ya sea estableci-
da por Dios o por Nietzsche. Evaluar la autocreación no equivale ne-
cesariamente a pensar que sea el único objetivo de la vida, que tenga
que imponerse a todo lo demás.
La autocreación de Nietzsche quita de en medio a todas las perso-
nas que encuentra en el camino, pero la autocreación puede verse
como un valor entre otros. Entre quienes se crean a sí mismos puede
haber personas que cuiden de los demás y a quienes les disguste el
egoísmo y la insensibilidad que Nietzsche admira. Él creía en la auto-
creación ¿rrestricta, quizá pensando que sólo una autoridad externa po-
dría proveer una base para la limitación, pero su supuesto es falso. Mi
preocupación por la clase de persona que soy origina el proyecto de

24 El Anticristo, sec. 2.

37
autocreación. ¿Por qué mi preocupación por otras personas no debería
ponerle límites?
La pesadilla nietzscheana no se sigue de las premisas nietzscheanas,
pero queda en pie un turbador interrogante. Tal vez haya gente, ya se
trate de individuos, ya de grupos, cuyos proyectos de autocreación se
aproximen a los del «alma noble» de Nietzsche. Y quizá no tengan va-
lores contrarios que restrinjan sus despiadados proyectos. ¿Significa el
eclipse de la ley moral que no tengamos nada que decir al amoralista
nietzscheano?

38
CAPÍTULO 3

El interés propio como restricción

Los amoralistas son escépticos en lo que toca a la moral. No tienen


por qué ser despiadadamente egoístas —pueden tener generosos im-
pulsos y preocuparse por los demás—, pero son escépticos con respecto
a las afirmaciones de que deben hacer cosas por los demás. Un amoralis-
ta dice sobre el «deber» lo mismo que Oscar Wilde sobe el «patriotis-
mo»: no es una de mis palabras. El amoralista generoso y altruista no
constituye demasiado problema en la práctica. El que alienta la espe-
ranza de que el amoralismo puede ser refutado es el amoralista despia-
dadamente egoísta.
Ciertos interlocutores de los diálogos platónicos exponen podero-
sos argumentos escépticos contra la moral. En La República, Trasímaco
sostiene una explicación «marxista», a saber, que las ideas de lo justo o
lo correcto reflejan los intereses de los fuertes, quienes los imponen a los
débiles. En el Gorgzas, Calicles esgrime un argumento «nietzscheano»:
los fuertes son naturalmente dominantes, como los leones, pero el res-
to de nosotros trata de domarlos con los encantos y los hechizos del
dogma moral. Nietzsche predijo que la moral desaparecerá gradual-
mente.
¿Qué seriedad revisten las consecuencias del amoralismo? Cualquier
cuadro de salvajismo universal y colapso social es exagerado. La primera
corrección a esto debe ser que a menudo el buen comportamiento con

39
los demás redunda en nuestro interés. La sociedad trabaja en general
para reforzar tal cosa.

EGoÍsMO Y COOPERACIÓN

El interés propio racional conducirá a una buena dosis de «altruis-


mo recíproco». No todos los actos generosos son compensados, pero
un enfoque generoso de las necesidades ajenas aumenta las probabili-
dades de que los amigos estén presentes cuando se los necesita.
El egoísmo estricto puede ser contraproducente. Es lo que muestra
el dilema de los presos. Dos cómplices para cometer un delito son cap-
turados y mantenidos sin comunicación recíproca. Para obtener una
confesión, la policía los interroga por separado. A cada uno de ellos se
le dice: «Si ninguno de los dos confiesa, cada uno pasará un año en
la cárcel. Si tú confiesas y tu cómplice no, quedarás en libertad y a él le
caerán doce años. Si tu cómplice confiesa y tú no, esas sentencias se in-
vertirán. Si los dos confesáis, le tocará cinco años a cada uno.»
Un preso estrictamente egoísta saca la conclusión de que, con in-
dependencia de la decisión de su compañero, le conviene confesar. Si
ambos tienen este tipo de egoísmo, ambos confesarán y ambos pasa-
rán cinco años en la cárcel. De haber sido más altruistas y haber teni-
do en cuenta los intereses de ambos en lugar de limitarse a los propios,
y sabiendo cada uno que el otro haría lo mismo, se habrían manteni-
do los dos en silencio en lugar de confesar. Paradójicamente, un mayor
altruismo presta aquí a ambos mejores servicios que el egoísmo.
Esto valdría si el dilema de los presos fuera un caso aislado, pero las
cosas cambian en una serie de dilemas repetidos. Entonces, la coope-
ración puede fomentar una confianza que reporte beneficios la próxi-
ma vez y la no cooperación puede verse seguida de represalias. El im-
pacto futuro de las decisiones presentes puede inclinar la balanza del
interés propio del lado de la cooperación.
Robert Axelrod organizó un certamen de «dilema repetido de los
presos» en ordenadores!. Matemáticos, informáticos, físicos, biólogos,
psicólogos, economistas, politólogos y sociólogos estudiaron estrate-
glas destinadas a actuar lo mejor posible ante una serie de dilemas de
los presos en los que intervienen dos personas. Se estudiaron algunas
estrategias complejas, pero la triunfadora fue muy simple, la de ojo

| Robert Axelrod, La evolución de la cooperación, Madrid, Alianza, 1984.

40
POR OJO: cooperaré contigo a menos que tú me falles. Si me fallas, la
próxima vez te fallaré yo. Si cooperas, la próxima cooperaré.
El éxito de esta estrategia redunda en apoyo de la cooperación. En
la medida en que la vida social es como una serie de dilemas repetidos
de presos, las personas interesadas en sí mismas obrarán con prudencia
si tienen en cuenta esta forma condicional de cooperación.
Sin embargo, el argumento a favor de la cooperación sobre la base
del OJO POR OJO tiene sus limitaciones. La de Axelrod no es más que
una versión del certamen. Versiones posteriores incorporaron caracte-
rísticas del mundo y de la psicología humanos. Una de ellas inclu-
ye la posibilidad de que los jugadores cometan errores. Otra, la ten-
dencia humana a repetir las estrategias ganadoras y a modificar las per-
dedoras. Otras versiones tienen más de dos jugadores. En algunos de
esos certámenes modificados, la estrategia ganadora no es la de OJO
POR OJoO?.
Ante un dilema de presos aislado, las personas interesadas sólo en
sí mismas se encuentran mutuamente atrapadas. Y, aun cuando la coo-
peración del tipo OJO POR OJO se desarrolle, terminará quebrándose
en el último juego, donde la construcción de la confianza ya no lleva
a recompensas futuras. El último juego lo ganaría un defraudador soli-
tario, pero como ambos «presos» pueden ver esto, la confianza mutua
se hunde y vuelven a encontrarse en una trampa. Sólo podría salvarlos
una confianza basada en algo más que el cálculo del interés propio.
El dilema de los presos también requiere una estructura particu-
lar de recompensas y castigos. Si las sentencias de prisión por confe-
sión o silencio hubieran sido otras, el egoísmo no habría resultado
contraproducente. Mucho depende de cuántos conflictos de intereses
del mundo real tengan la estructura del dilema de los presos y de cuán-
tos produzcan compensaciones de distinto resultado. Y mucho depen-
de también de la posibilidad que exista de repetir la sesión con las mis-
mas personas.
La lección que ofrece el dilema de los presos no es que la coopera-
ción produce siempre ventajas personales, sino que, en determinadas
condiciones, la cooperación es más útil que el egoísmo. Los que preferi-
mos la cooperación al conflicto tenemos una razón para disponer las
recompensas y los castigos sociales de tal manera que la cooperación
resulte ser una estrategia ganadora. Un intento de ello es contar con re-
glas respaldadas por sanciones sociales.

2 Matt Ridley, The Origins of Virtue, Londres, 1996, cap. 3.

41
PRESIONES SOCIALES Y REGLAS MORALES CONVENCIONALES

Thomas Hobbes pensaba que el estado natural de los seres huma-


nos es el de la guerra de todos contra todos y que valía la pena hacer
todo lo necesario para escapar de la vida que esa guerra provocaba:
«continuamente miedo, peligro y muerte violenta; y la vida del hom-
bre, solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve». Su solución era la
de que todos debían someterse a un gobernante absoluto, que tendría
poder para establecer castigos lo suficientemente severos como para
hacer cumplir las leyes sociales. La historia del uso que los gobernan-
tes han hecho de su poder sugiere que la solución de Hobbes es una
solución desesperada, que se ha de emplear tan sólo en caso extremo,
a manera de último recurso. Afortunadamente, hay grados de presión
social que no llegan a ser dictaduras políticas.
Las reglas morales convencionales pueden ser útiles para que el
equilibrio se aparte del egoísmo. Es preferible ser aceptado como
miembro de la sociedad a ser excluido o desaprobado. Pero un rebus-
cado cálculo del interés propio podría sugerir que lo que importa es la
reputación y la imagen y no lo que uno realmente es. Glaucón, en La
República de Platón, sostiene precisamente esto mediante un experi-
mento mental. Cita la historia de Giges, un pastor que encontró un ani-
llo que hacía invisible a voluntad a quien lo llevase. Dice Glaucón que
las ventajas de la moral sobre la inmoralidad se asocian sin excepción
al hecho de ser detectado, de modo que desaparecen para quien tiene el
anillo de Giges. La gente extrae beneficios de parecer moral, no de ser-
lo. Puede que esta necesidad de parecer moral haga que la gente coopere,
pero es probable que se trate de una mera conformidad superficial.
Muchos tendrán la sensación de que el amoralismo es una amenaza, a
menos que haya una más profunda convergenciade perspectivas.
R. M. Hare ha sugerido que el interés propio puede conducir a esta
convergencia más profunda”. Dice este autor que la estrategia del ocul-
tamiento es muy difícil. En el mundo real no hay anillos de Giges, de
modo que la manera más fácil de parecer justo es ser justo. Y la mejor
manera que tienen los padres de promover los intereses de sus hijos es
alentar en ellos el desarrollo de sentimientos morales que estimulen la
obediencia a las reglas morales de la sociedad.

' Thomas Hobbes, Leviatán, Madrid, Alianza, 1989, cap. 13.


* R, M. Hare, Moral Thinking: Its Levels, Method and Point, Oxford, 1981, cap. 11.

42
Hay en esto cierta plausibilidad. A veces, ser moral puede resultar
más útil que el amoralismo disimulado, pero también puede haber ocasio-
nes en que una estrategia mixta (de un auténtico compromiso con unos
aspectos del código moral y una ausencia oculta de compromiso con
otros) dé mejores resultados. Quizá sea beneficioso para nuestros hi-
Jos que cultivemos en ellos una perspectiva moral, pero nos parece
paradójico tender a un auténtico compromiso moral por este tipo
de razones.
Aun cuando la afirmación de Hare vaya demasiado lejos, parece pro-
bable que las presiones sociales, o bien crean algún compromiso moral,
O bien al menos proporcionan razones para una sustancial demostración
de conformidad. Es improbable que los que continúan siendo amoralis-
tas sean abiertamente nietzscheanos, a menos que sean muy poderosos.
Sin embargo, estos efectos restrictivos se limitan al ámbito en que
se siente la presión social, pero hay contextos en los que las presiones
sociales contra el daño a los demás pueden ser débiles o inexistentes.
A veces, las presiones sociales que operan normalmente contra el
ejercicio del daño sobre los demás se ven efectivamente invertidas. Pro-
teger a los judíos en la Alemania de Hitler o ayudar a un «reaccionario»
en la Revolución Cultural China era arriesgarse al estigma y a veces al
castigo. Quienes se sentían motivados por la simpatía o por la repugnan-
cia hacia el sometimiento de la gente a la humillación y a la cruel-
dad estaban en una posición dificil. Actuar en consonancia con esos
impulsos de decencia podría acarrear graves sanciones. Hay casos de
personas que desean ayudar a los otros, pero que pueden ser disuadi-
das por los costes de esa acción.
Y hay toda una esfera a la que difícilmente afectan estas presiones:
la de las relaciones entre grupos, como, por ejemplo, las naciones. Es
posible que el que roba en un banco sea enviado a la cárcel y estigma-
tizado, pero el líder político que envía un ejército a capturar un territo-
rio vecino más débil es posible que se convierta en héroe nacional.

43
CAPÍTULO 4

Los principios morales: humanidad

A veces el interés propio limita la impiedad y el daño mutuo. Esto


sucede en general cuando la cooperación produce beneficios o cuando
hay importantes recompensas y castigos sociales. Sin embargo, he-
mos visto que el interés propio racional no siempre apoya la coopera-
ción, y que a veces las presiones sociales son débiles o incluso están in-
vertidas. Podemos esperar que el comportamiento decente tenga otras
raíces además del cálculo del interés propio.
Afortunadamente, también están los «principios morales», que son
determinadas necesidades humanas y tendencias psicológicas que ope-
ran contra el comportamiento egoísta estricto. En virtud de estas ten-
dencias es natural que la gente dé muestras de autolimitación y que res-
pete a los otros y se preocupe por ellos. Dada su existencia, es impro-
bable que desaparezca la «moralidad» en sentido lato, a pesar del
eclipse de la creencia en una ley moral.
¿Qué son los recursos morales?
Tenemos respuestas psicológicas distintivas ante las distintas acciones
de las personas: los actos de crueldad pueden provocarnos repugnan-
cia; podemos responder con desprecio a engaños menores; el valor o
la generosidad pueden merecer nuestro respeto o nuestra admiración.
Estas respuestas a los otros van ligadas a nuestro sentido de «identidad
moral» personal. Muchas personas tienen sus propios proyectos de au-
tocreación, y a menudo nada nietzscheanos. Tenemos una concepción
de cómo somos y del tipo de persona que queremos ser, lo cual puede
limitar lo que estamos dispuestos a hacer por los demás.

44
Otros principios morales que hay observar en primer lugar son las
«respuestas humanas». Dos de estas respuestas humanas, en particular, son
limitaciones importantes. Una de ellas es la tendencia a responder a las
personas con ciertos tipos de respeto, lo que puede ir ligado a ideas re-
lativas a su dignidad o al estatus que las inviste como miembros de
nuestra comunidad o como simples seres humanos. La otra respuesta
humana es la simpatía: preocuparse de las miserias y la felicidad de los
otros y quizá sentirse en cierto modo identificado con ellos.

RESPETO Y CONDICIÓN MORAL

Hay una disposición muy extendida a mostrar respeto hacia los de-
más, o al menos hacia ciertas personas. Á veces se trata de respeto a su
estatus: en una organización jerárquica, como un ejército o una iglesia
estructurada, el respeto va fundamentalmente de los subordinados a
los superiores. Hay un tipo más igualitario de respeto, dirigido a todos los
miembros de una comunidad, que a veces se concibe como respeto a
la dignidad de las personas y que se expresa en las convenciones socia-
les de buena educación.
La conducta que da muestras de respeto a la dignidad de alguien
simboliza esa condición moral de la persona. Los débiles están prote-
gidos por convenciones sociales sobre el respeto que se les debe. Estas
convenciones tienen el respaldo de las fuerzas sociales, pero también
apoyo psicológico. La idea de humillar a un mendigo ciego nos cons-
terna. El estricto interés propio podría llevar a coger el dinero de un
mendigo ciego: sería improbable la represalia y, si nadie presenciara la es-
cena, no habría sanciones sociales. Pero la idea nos repele a la mayoría.
Immanuel Kant pensaba que el respeto a la dignidad no sólo debe
mostrarse a los miembros de una comunidad, sino sencillamente a
todo ser humano:

“La humanidad, la condición humana, es por sí misma una dig


nidad; pues ningún hombre puede utilizar a otro sólo como medio
[...] sino siempre y al mismo tiempo como fin. Precisamente en esto
consiste su dignidad (su personalidad) [...] de modo que tampoco él
puede actuar contra la autoestima igualmente necesaria de los demás
[...] está obligado a reconocer, y de hacerlo de manera práctica, la dig:
nidad de la humanidad en todo momento!.

1 Immanuel Kant, The Metaphysics of Morals, trad. Mary Gregor, Cambridge, 1991,
pág. 255. [Trad. esp.: La metafísica de las costumbres, Madrid, Tecnos, 1989.]

45
Nuestra inclinación a mostrar este respeto y nuestra repugnancia
por la humillación de alguien son poderosos frenos a la barbarie. El de-
bilitamiento de este freno puede haber contribuido a la masacre de
Amritsar. En 1919, en India, las tropas al mando del general Dyer dis-
pararon durante diez minutos sobre una reunión pacífica de indios.
Hubo entre quinientos y mil muertos y un cantidad similar de heridos.
¿Cómo pudo el general Dyer ordenar esa atrocidad?
Quizá la explicación tenga estrecha relación con la manera en que
las autoridades británicas de ciertas regiones de India humillaron a los
indios. Si se les acercaba un europeo, los indios tenían que salaam:
cerrar sus paraguas, bajarlos y descender a la calzada. Al indio que no
lo hacía se le obligaba a besar las botas del funcionario al que había 18-
norado. Por la misma falta, a otros se les hacía tenderse, frotarse la na-
nz en el polvo y arrastrarse.
Ciertos oficiales británicos inventaron «castigos divertidos» para
los indios. El capitán Doveton ordenó flagelar delante de las prostitu-
tas a un grupo de hombres que visitaba un burdel durante un toque de
queda, y ese mismo capitán castigaba otras transgresiones haciendo
que los inculpados realizaran cabriolas y tocaran el suelo con la frente.
Algunos indios dijeron que, como castigo, un oficial les había hecho
enjalbegar. El propio general Dyer había mandado levantar un triángu-
lo para azotar allí públicamente a los transgresores. También instauró
la «orden de reptar»: todos los indios que fueran por un determinado
callejón tenían que arrastrarse sobre el estómago. Si levantaban las pier-
nas O los brazos, los soldados los azuzaban con los fusiles?. Ordenar la
masacre habría sido mucho más difícil de no haber sido previamente
violada la dignidad que protegía a los indios.

SIMPATÍA

Nuestros vínculos con otras personas que nos son próximas erosio-
nan el interés propio. Cónyuges, amantes, padres, hijos y amigos, todos
borran las fronteras del interés egoísta. Francis Bacon decía acertada-
mente que las personas que tienen hijos se han convertido en rehenes
de la fortuna. Es inevitable que otras formas de amistad y de amor tam-
bién nos conviertan en rehenes. Los niveles más profundos de relación
están vedados a quienes retienen gran parte de sí mismos. Y entre-
garse significa que parte de uno mismo pertenece a la persona objeto

? Alfred Draper, The Amritsar Massacre: Tevilight ofthe Raj, Londres, 1985, caps. 5 y 6.

46
de preocupación. Hay una constante atracción hacia nuevas clases de
simpatía y de compromiso. El interés egoísta estricto se desestabiliza.
También se puede experimentar simpatía por personas que no co-
nocemos. Tal vez los reportajes televisivos sobre campos de refugiados
en Etiopía nos muevan a ayudar. Sentimos compasión cuando oímos
hablar de una madre que visita a su hijo que va a ser ejecutado.
Y la simpatía puede aumentar con nuestra experiencia personal del
sufrimiento. En Líbano, Brian Keenan fue mantenido como rehén du-
rante cinco años en condiciones penosas y a veces era golpeado por
sus secuestradores. Él recordaba haber oído a otro compañero al que
estaban maltratando:
Con cada grito de dolor sentía que mi propio miedo me des-
garraba la came y reptaba sobre ella. Hay en cada uno de nosotros una
capacidad, y a veces pienso que incluso una necesidad, de aproxi-
marnos a los otros cuando sufren. Lo que entonces no sabía era por
qué, pero luego he aprendido mucho al respecto. Cuanto más des-
cubrimos de los diferentes grados y los diferentes aspectos de nues-
tra propia infelicidad, mayor es nuestra capacidad de simpatizar ins-
tintivamente o de aproximamos a quien pasa por una desgracia”.

La gente cambia su forma de reaccionar ante su infelicidad. Hay quie-


nes se vuelven más cerrados y absortos en sí mismos y quienes dificil-
mente responden a la infelicidad de nadie. Pero no es rara la respuesta
alternativa, esto es, la de acudir junto al que sufre, y eso constituye una
importante limitación de la impiedad y la crueldad.

HUMANIDAD COMO HECHO Y ASPIRACIÓN

El respeto y la simpatía son «respuestas humanas» que los seres hu-


manos no siempre tienen. Nuestra frecuente inhumanidad es el tema
de este libro, pero contrasta con estas respuestas extendidas y profun-
damente arraigadas, que forman parte de nuestra humanidad.
Puede decirse que quien se comporta decentemente con los demás
tan sólo en virtud del cálculo del interés propio, sin inclinación inde-
pendiente por el respeto o la simpatía, carece de humanidad.
Las respuestas humanas son el núcleo de la humanidad, que se
opone a la inhumanidad. Están ampliamente extendidas, pero su iden-
tificación con la humanidad es una afirmación sólo parcialmente em-
pírica. En parte es también una aspiración.

3 Brian Keenan, An Evil Cradling, Londres, 1992, pág. 46.

47
CAPÍTULO 5

Los principios morales: la identidad moral

El interés egoísta estricto también está limitado por la manera en


que nos preocupa ser un tipo de persona y no otro. Esto puede adop-
tar muchas formas: tal vez quiera ser más confiado; no soy el tipo de
persona que acepta sobornos; soy bastante buen padre parte del tiem-
po; estoy contento de no ser un evangelizador televisivo.

CARÁCTER, COMPROMISO E IDENTIDAD MORAL

Cuando no es cuestión de estilo o de personalidad, sino de carác-


ter más profundo, este sentido de identidad tiene una carga moral. El ca-
rácter de una persona, como advirtió Aristóteles, procede en parte de de-
cisiones y de acciones individuales. Si se repiten, se convierten en hábitos
que constituyen el carácter. También desempeña su papel la manera
en que respondemos a las cosas que suceden y a las cosas que hace la gen-
te. Puede que estas respuestas no se refieran a nosotros mismos. Es post-
ble que respetemos la lealtad o que detestemos la crueldad cuando las
vemos en otros. Dejan un poso de compromiso personal, que puede
consistir en ser un amigo leal o un buen católico, en no querer traba-
jar para una compañía de tabaco o en tener la voluntad de defender
abiertamente causas impopulares. Pocas personas podrían confeccio-
nar una lista de sus compromisos. Sólo los reconocemos cuando son
desafiados. Pero estos compromisos, aun siendo apenas conscientes,
constituyen el núcleo de la identidad moral.

48
En condiciones de extrema coacción, el sentido de identidad mo-
ral puede inspirar valor y fuerza. Brian Keenan describe cómo, tras ser
golpeado por uno de sus secuestradores, comprobó que sus sentimien-
tos de venganza daban paso a otra cosa:

A medida que disminuía mi cólera, sentía que me inundaba un


tipo de fuerza nuevo y tremendo. Cuanto más me golpeaban, más
fuerte parecía hacerme. No era la fuerza del cuerpo, sino una gigan-
tesca determinación de no ceder jamás a esos hombres, de no dar
nunca muestras de miedo, de no acorbardarme jamás ante ellos.
Aceptar la violencia que me infligían, permanecer, aguantar y no de-
Jar que me humillaran. En esa resistencia, sería yo quien los humilla-
ría a ellos. Había una parte de mí que ellos nunca podrían doblegar,
maltratar ni arrebatarme. Una sensación de mismidad mayor que la
que hubiera logrado yo solo me colmaba en las horas más oscuras!.

VIVIR EN PAZ CONSIGO MISMO: EL ARGUMENTO DE SÓCRATES

La pregunta por el tipo de persona que se desea ser es básica en


el argumento de Sócrates contra la opinión según la cual, por propio
interés, hemos de parecer morales, no serlo.
Sócrates creía que el método de emplear preguntas para sacar a la
luz las creencias y los valores de las personas, así como el método de
razonar mediante la presentación de contraejemplos, pueden condu-
cirnos a una comprensión más clara de nuestros deseos y valores más
profundos. (Aún hoy, este método socrático es lo mejor de la filosofía.)
Sócrates aceptaba que siendo inmoral, la gente pueda conseguir gran par-
te de lo que desea, pero afirmaba que el conocimiento de uno mismo
logrado a través de la interrogación y la crítica muestra que la inmora-
lidad no conduce a la verdadera felicidad.
Quienes consiguen este conocimiento de sí mismos se dan cuenta
de que su felicidad depende de la integridad psicológica. La falta de
armonía implica la esclavitud de la locura y permite a la bestia que hay
en el hombre ejercer el control. «Yo en verdad creo que mejor es que
la lira sea inarmónica y disonante, que el coro desafine y que la mayo-
ría de los hombres no estén de acuerdo conmigo y me contradigan, an-
tes que yo, que soy uno solo, esté en desacuerdo conmigo mismo y me
contradiga a mí mismo»?. Y estar en paz con uno mismo depende de

1 Brian Keenan, 4n Evil Cradling, Londres, 1992, pág. 204.


2 Platón, Gorgras, 482.

49
que los deseos anárquicos y conflictivos se sometan a la disciplina de
la moral.
Este argumento tiene varios pasos cuestionables. ¿Por qué piensa
Sócrates que únicamente las personas con unidad psicológica pueden
ser felices? ¿Es la moral la única manera de imponer disciplina a los de-
seos anárquicos? ¿Por qué el amoralista sería escindido por el conflicto?
Considerado en sí mismo, el argumento socrático parece débil.
Pero adquiere más sentido si presuponemos los recursos morales. La
mayoría de nosotros nos preocupamos, al menos un poco, por el tipo
de persona que somos. Estas disposiciones entran en conflicto con el
egoísmo despiadado, lo que eleva notablemente su coste psicológico.
Éste es, por supuesto, «sólo» un aspecto empírico. Para argumentos de-
cisivos y refutaciones definitivas, la gente se dirige a la filosofía, pero la
ética, más ligada a las personas concretas, no puede escapar a la psico-
logía de aristas poco definidas, integramente hecha de disposiciones y
tendencias antes que de rígidas leyes universales.
El argumento socrático carecería de fuerza para un amoralista «na-
tural», despiadado, en quien los recursos morales brillan por su ausen-
cia, pero para el resto de los seres humanos contiene una importante
verdad. A menudo, aunque no siempre, el conflicto psicológico al que
da lugar pasar por encima de los otros será de proporciones inacep-
tables.

LIMITACIONES: EL DIÁLOGO MELESIO

Las diferentes teorías éticas fundan la moralidad bien en el egoís-


mo, bien en uno de los principios morales. Tienden a enfatizar que la
afirmación de uno de estos factores es la base de la moral. Los pactos
basados en el cálculo del interés egoísta son el núcleo de la teoría
contractualista. La simpatía por los demás es el corazón del utilitaris-
mo. El respeto a los demás como forma de reconocimiento de su con-
dición moral es el centro de la ética kantiana y de las morales que se
basan en derechos. La preocupación por la identidad moral propia es
una fuente de la ética centrada en las virtudes.
A pesar de la popularidad de las teorías que proponen una úni-
ca base de la moral, el egoísmo y los diferentes principios morales
también tienen su papel. Juntos contribuyen a explicar por qué, en
la mayoría de las sociedades, el escepticismo en torno a la ley mo-
ral ne ha desembocado en un conflicto ilimitado y en la quiebra
social.

50
El cálculo egoísta encuentra que la estructura de recompensas y
castigos es muy diferente cuando trata con miembros de otra comuni-
dad. Las presiones sociales contra el tratamiento hostil a miembros de
otros grupos son mucho más débiles. Y en la guerra las presiones sue-
len apoyar abiertamente la hostilidad grupal.
También los principios morales tienen menos poder. El derecho a ser
tratado con respeto va casi siempre ligado a la pertenencia a un grupo.
El derecho de un extraño puede ser mínimo. Análogas limitaciones
afectan a la simpatía. Las simpatías que nos comprometen realmente
son en general obcecadamente limitadas y locales. Puedo mover mon-
tañas por mi hijo, pero tal vez ni siquiera cruzar la calle para ser un
buen samaritano con un extraño. Es muy raro que la simpatía se ex-
tienda a las personas ajenas a una comunidad particular.
Estas limitaciones contribuyen a explicar un vacío moral cada
vez más evidente. Hay muchas morales que son «internas», que dan
importancia a los intereses de los que forman parte de una comunidad,
pero que hacen muy poco contra la indiferencia común e incluso con-
tra la hostilidad hacia los de fuera. Cada vez es más evidente que este
tipo de abismo tiene desastrosas consecuencias humanas.
Las limitaciones de una moral interna tienen una asombrosa ilus-
tración en el «diálogo melesio», del que habla Tucídides. En la Guerra del
Peloponeso, los habitantes de la isla de Melos trataron de mantenerse
neutrales entre Atenas y Esparta. Pero los ataques atenienses los convir-
tieron en enemigos. Atenas envió negociadores, que les ofrecieron la paz
si los melesios se avenían a pagarles un tributo. En las discusiones, tal
como lo cuenta Tucídides, los atenienses rechazaron explícitamente las
apelaciones a la moral. No utilizarían «frases bellas» para hablar del de-
recho a su imperio, ni apelarían a las ofensas que los melesios les ha-
bían inferido. Así que pidieron a los melesios:

no os imaginéis que influiréis en nosotros diciendo [...] que nunca


nos habéis hecho daño [...] pues sabéis tan bien como nosotros que,
cuando estas cuestiones se discuten entre personas prácticas, el pa-
trón de justicia depende de la igualdad de poder para coaccionar y
que en realidad los fuertes hacen lo que tienen poder para hacer y
los débiles aceptan lo que tienen que aceptar”.

Los melesios afirmaron que convenía al interés de los atenienses


preservar el principio del juego limpio y el trato justo, pues un día po-

3 Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, Madrid, Cátedra, 1988, libro 5.

51
dían verse derrotados. Los atenienses replicaron que ese riesgo pesaba
menos sobre ellos que el hecho de parecer débiles s1 permitían que
una pequeña isla permaneciera neutral.
Los melesios hicieron entonces un llamamiento directo a la moral
(«¿Es esa la idea que vuestros súbditos tienen del juego limpio?»), que
los atenienses descartaron por completo: «En lo que afecta a lo correc-
to y lo incorrecto, pensamos que no hay diferencia entre una cosa y
otra.» Los atenienses sostenían un punto de vista de vista inexorable,
que ellos consideraban realismo:

Gobernar allí donde uno puede es ley general y necesaria de la


naturaleza. No es una ley que hayamos hecho nosotros, ni fuimos
nosotros los primeros en actuar según ella cuando fue instaurada. La
encontramos cuando ya existía y la dejaremos existir para siempre en-
tre los que vengan después de nosotros. No hacemos más que actuar
de acuerdo con ella, y sabemos que si vosotros, lo mismo que cual-
quier otro, tuviérais el mismo poder que nosotros, actuaríais de la
misma manera.

Los melesios se negaron a subordinarse a los atenienses y ofrecie-


ron un pacto por el cual permanecerían neutrales. Entonces los ate-
nienses sitiaron la ciudad de Melos y en el invierno siguiente los mele-
sios se rindieron. Los atenienses mataron a todos los hombres en edad
militar y vendieron a las mujeres y a los niños como esclavos.
Los atenienses presentaron su amoralismo inflexible como simple
realismo. Desde entonces se han oído muchas veces sus ecos, como,
por ejemplo, en un comentario de Stalin acerca de las políticas de los
países en guerra: «Quienquiera que ocupe un territorio impone también
en él su sistema social. Todo el mundo impone su propio sistema en la
medida en que su ejército tenga poder para hacerlo. No puede ser de
otra manera».
En sus reflexiones sobre los diálogos melesios, Nietzsche no criticó
en absoluto a los atenienses. Es predecible que reservara su desprecio
para los que simpatizaban con las apelaciones morales de los melesios:

¿Se creerá quizá que estas pequeñas ciudades libres griegas fue-
ron guiadas por principios de humanidad y de justicia? ¿Se puede re-
prochar a Tucídides el discurso que puso en boca de los embajado-
res atenienses cuando trataron con los melesios la cuestión de la des-
trucción o la sumisión? Hablar de virtud en medio de esta tensión '

1 Milovan Djilas, Conversations with Stalin, Harmondsworth, 1963, págs. 87-88, 90.

32
espantosa sólo les era posible a hipócritas redomados, o bien a so-
litarios que viviesen aparte, a eremitas, a fugitivos o emigrados fuera
de los límites de la realidad, personas todas que utilizaron la nega-
ción para poder vivir.

Nada de lo dicho hasta ahora explica el «realismo» brutal de los co-


mentarios de Nietzsche. El sofisticado egoísmo y nuestras necesidades
psicológicas más profundas pueden engendrar una moral interna, pero
ésta no bastó para refrenar a los atenienses en Melos. Más de dos mil
años después tuvieron lugar en Bosnia y luego en Kosovo aconteci-
mientos no muy distintos, ambos a pocos centenares de kilómetros al
norte de Melos. Todavía necesitamos una respuesta para la dureza de
los atenienses y de Nietzsche.

5 La voluntad de poder, sec. 429.

53
CAPÍTULO 6

El festival de crueldad

Barbed wire enclosed an arbitrary spot


Where bored officials lounged (one cracked a joke)
And sentries sweated for the day was hot:
A crowd of ordinary decent folk
Watched from without and neither moved nor spoke
As three pale figures wereled forth and bound
To three posts driven upright in the ground.

The mass and majesty of this world, all


That carries weight and always weighs the same
Lay in the hands of others; they were small
And could not hope for help and no help came:
What their foes liked to do was done, their shame
Was all the worst could wish; they lost their pride
And died as men before their bodies died*.

W. H. AUDEN, 7he Shield ofAchilles

Iván Karamazov no podía aceptar la autoridad moral de un Dios


creador de un mundo que contiene las atrocidades búlgaras. Hay pre-
guntas que formular acerca de cualquier Dios que haya creado un

* Alambradas de espinos cercaban una mancha arbitraria / donde holgaban oficiales


aburridos (alguno soltaba un chiste) / y los centinelas sudaban por el calor del día: / una
multitud de gente común / observaba sin moverse y sin hablar / cómo tres pálidas figu-
ras eran conducidas a sendos postes / levantados en el suelo y a ellos atadas. / Preñada
de carga son la grandeza y la majestad de este mundo, / carga que se deposita siempre en
manos de otros; eran insignificantes / y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó: /
lo que sus enemigos quisieron hacer se hizo, sufrieron / la peor vergúenza deseable; per-
dieron el orgullo / y como hombres murieron antes de que murieran sus cuerpos.

54
mundo en el que se cuelga a personas que han pasado su última noche
clavadas por la oreja a una valla, o en el que a cuchillo se separa los ni-
ños del vientre de la madre. También hay preguntas que formular so-
bre los seres humanos: «Ningún animal podría ser tan hábil, tan artís-
ticamente cruel.»

Más de un siglo después de las atrocidades de Bulgaria, los perio-


distas que cubrieron la Guerra del Golfo describieron lo que las fuer-
zas iraquíes de Saddam Hussein habían hecho a los kuwaitíes. Entre la
multitud de crueldades se destacan unos cuantos casos particulares.
A Hisham al-Abada, ginecólogo del Hospital Mubarak al-Kabeer que
prestó asistencia médica a personas a las que los iraquíes no aproba-
ban, se le encontró muerto con las uñas y los ojos arrancados!. Una
mujer de veinte años, arrestada por los iraquíes y completamente rapa-
da, fue repetidamente violada durante dos meses y luego, embarazada,
fue electrocutada. Antes de que muriera «le cercenaron los pechos y le
abrieron el vientre»?.
Ahmad Qabazard era un kuwaití de diecinueve años al que los ira-
quíes retenían como prisionero. Un oficial iraquí les dijo a sus padres
que estaba a punto de ser liberado.

Estaban llenos de alegría, cocinaron exquisiteces y cuando


oyeron que se aproximaban coches, fueron a la puerta. Cuando sa-
caron del coche a Ahmad Qabazard, los padres vieron que le habían
extirpado las orejas, la nariz y los genitales. Salía del coche con los
ojos en las manos. Luego los iraquíes le dispararon, una vez en el es-
tómago y una vez en la cabeza, y dijeron a la madre que se cuidara
de no mover el cadáver durante tres días”.

A los periodistas extranjeros se les permitió visitar los lugares de


Irak donde el régimen de Saddam Hussein había tenido a sus prisione-
ros. Cuando los kurdos capturaron Kirkuk, Gwynne Robers describió
una visita:
Los kurdos me condujeron a las negrísimas cavernas de los edi-
ficios de seguridad que se usaban como centro de tortura. En una
celda había trozos de carne humana —lóbulos de oreja— clavados

1 Información de Mattew Engel, Guardian, 2 de marzo de 1991.


2 Información de Tim Kelsey, Independent on Sunday, 10 de marzo de 1991.
3 Información de Julie Flint, Observer, 3 de marzo de 1991.

Sa
a la pared y sangre salpicada en el cielo raso. Allí se veía un gran ven-
tilador del que —me contó mi guía— se colgaba a prisioneros ata-
dos y se los aporreaba mientras giraban. En el cielo raso había gan-
chos que se empleaban para suspender a las víctimas. Una víctima de
la tortura me contó que también se crucificaba a los prisioneros claván-
doles las manos a la pared. Una técnica muy utilizada era la de colgar
a los hombres de los ganchos y atarles un gran peso a los testículos”.

Estos informes fueron con razón noticias de primera página,


pero eso se debió en parte a que, en la Guerra del Golfo, Saddam
Hussein era el enemigo. La estremecedora naturaleza de su régimen
resultaba visible y el mundo estaba dispuesto a escuchar esos relatos.
Durante años, Amnistía Internacional, entre otros, había estado in-
formando acerca de torturas similares en Irak, con escaso éxito de
publicidad.
Y de Kuwait, poco después de la expulsión de los iraquíes, llegaron
informes de que el turno de tortura había pasado a los palestinos. Las
víctimas de la nueva oleada de torturas fueron entrevistadas en el Hos-
pital Farwaniya. Un palestino tenía la mitad del cuerpo paralizada y no
podía hablar. Escribió en un bloc: «Me torturaron con descargas eléc-
tricas. Quedé paralítico... Me retenía una unidad de inteligencia... No
sé cuál es mi destino, sólo me capturaron porque soy palestino. Quie-
ro irme de aquí... de Kuwait... Por favor, ayúdenme”.
En su informe publicado en 1991, Amnistía Internacional registró
denuncias de violaciones de los derechos humanos en más de cincuen-
ta países. De ellas, las referentes a trece países aludían especificamente
a torturas. Éste es el tipo de cosas de las que muchos tenemos una
vaga conciencia y acerca de las cuales no hay suficiente publicidad,
a menos que los autores de esos atropellos pertenezcan a un régimen
que sea objeto de un odio generalizado o que entre las víctimas figure
algún occidental muy destacado. La realidad es que en muchos países
la tortura con empleo de la crueldad más repugnante es algo que se da
de manera rutinaria, a menudo con los auspicios de gobiernos que
mantienen buenas relaciones con Europa y Estados Unidos, y a ve-
ces con la utilización de equipos suministrados sin secreto alguno
por compañías occidentales. El festival de crueldad está en pleno
apogeo.

Y Independent, 29 de marzo de 1991.


5 Independent, 6 de mayo de 1991.
6 Amnesty International Report, Londres, 1991.

56
¿Qué ocurre con los seres humanos que hacen posible tales
actos?
Hay tres factores que parecen centrales. En primer lugar, el amor a
la crueldad; también la necesidad de autoafirmación que en ciertos in-
dividuos emocionalmente perturbados se satisface a través de la domi-
nación y la crueldad y, finalmente, la posibilidad de neutralización de
los recursos morales que refrenan la crueldad.

EL AMOR A LA CRUELDAD

A veces el trato cruel es un medio para un fin, como la intimida-


ción. En Argentina, la dictadura militar empleó el miedo al secuestro
y a la tortura para impedir las críticas. Algunos argentinos que habían
presentado habeas corpus a favor de personas «desaparecidas», comenza-
ron a desaparecer también.
La tortura física o psicológica puede utilizarse para forzar una de-
claración, pero la información que de ella resulta no es digna de con-
fianza. Las personas pueden confesar cualquier cosa o denunciar a
cualquiera con tal de poner fin a la agonía. La paradoja de utilizar la
tortura para obtener información plantea la duda acerca de si ésa es su
verdadera motivación.
Los usos instrumentales de la tortura y otras clases de crueldad no
bastan para explicar su predominio ni el refinamiento con que se las
lleva a cabo. Es imposible creer que lo que le hicieron a Ahmad Qaba-
zard fuera resultado de un cálculo cuidadoso para amedrentar a los ku-
waitíes. En las profundidades de la psicología humana hay necesidad
de humillar, atormentar, herir y matar a otras personas.
Parte del atractivo reside en el ejercicio del poder sobre las vícti-
mas. Jacobo Timerman fue torturado en Argentina bajo el régimen m:-
litar. Él observó que a veces se había desarrollado un vínculo entre tor-
turadores y víctimas que podía llegar a hacer que se necesitaran mutua-
mente. La víctima podía tener necesidad de una voz humana. «Para el
torturador, es una sensación de omnipotencia [...] el torturador necesita
que el torturado lo necesite.» Timerman describe a uno de los hombres
que le ofrecían café, comida y una manta y dice que cuando él recha-
zó su proposición de ir a la cama con una prisionera, el rechazo enco-
lerizó al hombre: «De alguna manera necesita demostrarme y demos-
trarse a sí mismo su capacidad para conceder cosas, para alterar mi
mundo, mi situación. De demostrarme que necesito cosas que me son

37
inaccesibles y que sólo él puede proporcionarme»”. Los superiores tam-
bién experimentan el placer del ejercicio del poder. El general Galtieri
visitó un centro de detención. Entonces dijo a una mujer con los ojos
vendados a la que habían torturado durante meses: «Si digo que vivas,
vives; y si digo que mueras, mueres. Pero da la casualidad de que tie-
nes el mismo nombre de bautismo que mi hija, así que vivirás»,
Para algunos, especialmente cuando las víctimas son mujeres, el
placer de la crueldad es sexual. Son típicas las crueldades y las humilla-
ciones infligidas a mujeres brasileñas torturadas bajo el régimen militar,
de las que se dice que las hacían desfilar desnudas, les pellizcaban re-
petidamente los pezones, las violaban genitalmente con trozos de ma-
dera y las hacían trabajar desnudas mientras las sometían a una anda-
nada de obscenidades y de bromas”.
La historia salvaje y violenta del castigo sólo se puede entender
realmente en un contexto de amor a la crueldad. La gente se excita con
las ejecuciones. Louis-Sebastien Mercier describió esta reacción cuan-
do los revolucionarios guillotinaron a Luis XVI:

Le fluía la sangre y los gritos de alegría de ochenta mil hom-


bres armados me golpeó los oídos [...] Vi a los escolares de Qua-
tre-Nations que arrojaban sus sombreros al aire; la sangre manaba
y algunos hundieron en ella los dedos; uno la degustó [...] y al
borde del patíbulo el verdugo vendía y distribuía paquetitos de
pelo y la cinta que los ataba [...] Vi personas que pasaban, cogidas
del brazo, riendo, charlando con familiaridad como si estuvieran
en una fiesta!0.

Como advirtió Nietzsche, el ingenio de los métodos de tormento


y de muerte no procede del cálculo de la disuasión. El amplio entusias-
mo que existe todavía hoy a favor de la pena de muerte parece reflejar
algo más que el interés por reducir las tasas de crímenes. Cuando el
castigo capital era ley en Gran Bretaña, había alrededor de cinco solici-
tudes semanales al puesto de verdugo.

7 Jacobo Timerman, Prisoner Without a Name, Cell Without a Number, trad. Toby
Talbot, Nueva York, 1988, págs. 37-41.
7 $ Ronald Dworkin, «Report from Hell», New York Review of Books, 17 de julio
e 1986,
? Torture in Brazil; a Report by the Archdiocese of Sao Paulo, trad. Jaime Wright, ed. a
cargo de Joan Dassin, Nueva York, 1986, págs. 28-32.
0 Citado en Simon Schama, Citizens: a Chronicle of the French Revolution, Londres,
1989, pág. 670.

58
UNOS Y NO OTROS

El atractivo psicológico de los actos de crueldad no puede expli-


carlos completamente. Hay muchas personas que no torturan, mutilan
ni matan.
La mayor parte de los torturadores son hombres. La crueldad fisica
parece atraer menos a las mujeres, aunque las guardias rojas de la Revolu-
ción Cultural China hicieron cosas terribles. Esto plantea la cuestión de
en qué medida esta diferencia de género refleja diferencias biológicas y en
qué medida se trata de diferencias de educación y de oportunidades.
Lo mismo que sucede con otros problemas de «naturaleza o cultura»,
también en este caso la evidencia es opaca y controvertida.
No es tan discutida la existencia de importantes diferencias indivi-
duales entre las personas. Los que practican la crueldad suelen tener,
de una u otra manera, un desarrollo emocional deficiente. Los que se-
cuestraron y maltraron a Brian Keenan se hallaban en la veintena, pero
tenían la inmadurez de muchachitos de trece años. Dijo Keenan: «Veía
yo al hombre, un hombre no definido por el islam ni por el trasfondo
étnico, un hombre tal vez más confundido que el que estaba encade-
nado, más lastimado y angustiado que el hombre al que acababa de
golpear.» Estaban obsesionados con el sexo. Carecían de humor y se
sentían amenazados por el humor de sus cautivos. Tenían miedo de es-
tar consigo mismos, necesitaban la distracción interminable de la radio
y la televisión. Terminaron dependiendo de sus prisioneros, hasta el pun-
to de que a veces les rogaban que les hablaran.
Brian Keenan meditó sobre el origen de la brutalidad:

La crueldad y el miedo son de origen humano, y los hombres que


los perpetran están gobernados por ellos. Esos hombres no son nada
más que productos incompletos. Viven su vida irresuelta intentando
destruir todo lo que desafía su vacío interior. Un niño sostiene una
manta sobre su rostro atemorizado. Un hombre lleno de miedo trasla-
da su insuficiencia a los demás. Los acusa, los odia y espera liberarse de
su carencia de amor haciéndoles daño o, peor aún, destruyéndolos'”,

El hecho de que no haya mucha gente con perturbaciones del de-


sarrollo emocional explica en parte por qué los actos de brutalidad son

39
comparativamente raros, pero no agota la cuestión. También hay efec-
tos restrictivos del egoísmo y de los principios morales: el sentido de
identidad moral y las respuestas humanas.

LA EROSIÓN DE LA IDENTIDAD MORAL

Algunos autores de actos de crueldad pueden haber pensado de sí


mismos que son un tipo de persona muy diferente. Pero la identidad
moral puede erosionarse de distintas maneras.
Las personas se deslizan gradualmente hacia la realización de accio-
nes que no habrían acometido de haber tenido una elección clara des-
de el principio. Cada uno de los primeros pasos puede parecer dema-
siado insignificante para tomarlo en cuenta, pero la ansiedad posterior
acerca de la frontera moral sólo puede sugerir el incómodo pensamien-
to de que ya se la ha traspasado. A los prisioneros secuestrados duran-
te el terror estatal en Argentina les ofrecían mejores condiciones a
cambio de cooperación, lo que comenzaba con pequeños trabajos de
limpieza. Unos pocos fueron pasando gradualmente a participar en in-
terrogatorios e incluso en la tortura.

EL DEBILITAMIENTO DE LAS RESPUESTAS HUMANAS

Las atrocidades son más fáciles si se debilitan las respuestas humanas.


Los torturadores tienen que eliminar la simpatía o cualquier «remilgo»
apenas les viene a la cabeza. Una manera de hacerlo es insistir en que
las víctimas son seres inadaptados. En general se les atribuye la pertenen-
cia a grupos estigmatizados. La clasificación excluyente puede ser ideo-
lógica. Según de qué lado se esté, es más fácil maltratar a alguien en ca-
lidad de imperialista o de comunista que de simple persona.
Las atrocidades son más fáciles de cometer si se neutraliza el respe-
to a las víctimas. Por esta razón, la humillación inferida por los que tie-
nen poder suele ser execrable. A menudo se descubre el nexo entre
humillación y atrocidad. Los torturadores argentinos hacían correr a
sus prisioneros desnudos gritando cosas tales como «Mi madre es una
puta... La puta que me parió... Me hago la paja... Debo respetar al cabo
de guardia... La policía me ama»”?.

12 Timerman, Prisoner Without aName, págs. 82-83.

60
A los «desaparecidos» en Argentina se les vendaba los ojos para de-
bilitar su resistencia. Esta práctica, llamada «tabicamiento», también
erosionaba su dignidad y les convertía en inválidos y dependientes de
sus torturadores. Como dice el doctor Norberto Liwsky: «La actitud
habitual de los torturadors y guardias hacia nosotros era considerar-
nos menos que siervos. Eramos como cosas. Además cosas inútiles.
Y molestas. Solían decir: «Vos sos bosta» [expresión coloquial argenti-
na por «eres una mierda»]!3,
A veces la humillación va ligada a la etnia o la religión. Los tortu-
radores argentinos estaban influidos por un penetrante antisemitismo
con ecos conscientes de nazismo. Los judíos eran humillados; a veces
se les pintaba esvásticas o se les obligaba a gritar: «i¡Heil Hitler!» Se les
escogió para torturas especiales, como la de tener una rata inserta en el
ano, de donde saldría comiendo para abrirse paso**. JacoboTimerman
describió la obsesión de sus secuestradores por las «conspiraciones» ju-
días contra Argentina. Recuerda que su condición de judío fue utiliza-
da para añadir humillación a la tortura eléctrica:

Ahora están verdaderamente divertidos, y estallan en risa. Algu-


no ensaya una variante batiendo palmas: «Pija cortada... pija corta-
da.» A continuación comienzan a alternar los gritos, siempre batien-
do palmas: «Judí... Pija cortada... Judío... Pija cortada...» Es como si
ya no tuvieran rabia, como si sencillamente se divirtieran”.

Una parte central de la habilidad del torturador consiste en facili-


tar el trabajo despojando de toda dignidad a la víctima.

EL HUMOR NEGRO

Entre las expresiones más vigorosas de falta de respeto está el hu-


mor negro. Durante la ocupación de Kuwait, unos iraquíes que habían
matado a un muchacho dijeron a la familia de éste que querían dinero
para pagar la bala!'?. Podían haber forzado a kuwaitíes cogidos al azar
para que les dieran dinero. La crueldad del chiste añadida a la petición
es lo que lo convierte en humor negro.

13 Nunca más: Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Buenos


Aires, EUDEBA, 1984, págs. 24, 31.
14 Nunca más..., págs. 69-75.
15 Timerman, Prisoner Without a Name, págs. 60-61.
16 Guardian, 2 de marzo de 1991.

61
El lenguaje de la gente que comete atrocidades está plagado de hu-
mor negro. La seguridad militar iraquí bajo Saddam Hussein utiliza la
cárcel de Kadhemya, en Bagdad, para torturar prisioneros políticos. El
depósito de ácido de batería en donde se los sumerge hasta la muerte
se conoce como «la piscina de natación». Los soldados argentinos
bajo el gobierno de la Junta Militar llamaban «Susana» a la máquina
para administrar descargas eléctricas masivas a los detenidos, y «charla
con Susana» al interrogatorio con utilización de ese medio!*. En las
condiciones que había impuesto el apartheid, los interrogadores suda-
fricanos tenían sobrenombres para distintos tipos de tortura: «telefo-
pp «sintonizar la radio», «el submarino», «el viaje en avión», etcéte-
a!?. Algunas de estas expresiones abundan en relatos argentinos, lo
ud muestra que hay un repugnante lenguaje internacional con el cual
hacer de la tortura una diversión.
El humor negro se burla de las víctimas. Es una crueldad añadida
y una exhibición de poder: podemos hacerte sufrir simplemente para
divertirnos. Añade énfasis a la diferencia entre «nosotros» y «ellos»: los
interrogadores somos un grupo que comparte una broma a expensas
de vosotros, las víctimas. Y también es una exhibición de dureza: tan
poco nos afectan los sentimientos de simpatía que podemos reímos de
tu tormento; pero tal vez esa exhibición misma sea un indicio de que
la eliminación de la simpatía no es fácil y requiere ayuda.
No sólo los torturadores utilizan el humor negro, sino que a veces
lo hacen también quienes están una o dos fases más atrás en el sistema.
En el cuartel de la Rama Especial de Dubai se instaló una celda

con un sistema terriblemente estrepitoso y un generador de ruido


blanco diseñado para emitir a una frecuencia que terminaría por des-
truir el cuerpo humano, 11 hercios. Con este generador se había sincro-
nizado una luz estroboscópica, también a 11 hercios. El efecto com-
binado sería reducir a quienquiera que se hallase en la celda, y tan
sólo en instantes, a puro chillido y súplica.

Se informa que la compañía británica que instaló esa cámara de


tortura le llama «Casa de Diversiones»?,

17 Ibíd., 30 de marzo de 1991.


18 Timerman, Prisoner Without aName, pág. 7.
' Breyten Breytenbach, The True Confessions of an Albino Terrorist, Londres, 1985,
pág. 349.
22 Observer, 13 de enero de 1991.

62
Esta utilización del humor negro no es una crueldad extra, ni una
demostración de poder. Más bien parece un recurso de los oficinistas
y de los técnicos para no enfrentarse a lo que están haciendo. Es una
broma defensiva que les permite hablar del tormento que están prepa-
rando para los demás sin tomárselo en serio.

IRRUPCIÓN DE LAS RESPUESTAS HUMANAS

Las técnicas que dejan sin efecto el respeto y la simpatía son pode-
rosas, por cierto; pero a veces las respuestas humanas atraviesan defen-
sas cuidadosamente montadas.
En 1985, en la antigua Sudáfrica del apartheid, hubo una manifes-
tación en Durban. La policía atacó a los manifestantes con su violen-
cia habitual. Un policía persiguió a una mujer negra, naturalmente con
la intención de golpearla con su porra. Al correr, la mujer perdió un za-
pato. El brutal policía también era un joven afrikaner bien educado,
que sabía que cuando una mujer pierde un zapato, uno debe recogér-
selo. Los ojos de ambos se encontraron cuando él le entregó el Zapato.
A continuación la dejó ir, pues aporrearla ya no era una opción posi-
ble. (Agradezco esta información a David Spurrett, testigo directo de la
escena.)
Estos episodios son raros y menos probables en la situación con-
trolada de la tortura. El zapato que se sale del pie coge al policía por
sorpresa, lo cual, en combinación con sus buenas maneras aprendidas
para dar lugar al pequeño acto de ayuda, restaura la dignidad de la
mujer. Este acto y el encuentro de las miradas desencadenó las respues-
tas humanas normales y su tendencia a inhibir la violencia. Aunque
esta irrupción es rara, el hecho de que ocurra efectivamente es impor
tante para reflexionar sobre el aspecto de nuestra psicología que hace
posible las atrocidades.

LA TRADICIÓN DE CRUELDAD Y LA ESPERANZA DE SUPERARLA

La crueldad tiene raíces profundas en la psicología humana, pero sus


detalles y técnicas son una tradición que se transmite. No es casual que el
lenguaje de la tortura sea semejante en diferentes países. Ni fue simple
coincidencia que Jacobo Timerman fuera sometido en Argentina a un
antisemitismo de tipo nazi. Primo Levi dijo en una oportunidad
que «la silenciosa diáspora nazi ha enseñado el arte de la persecu-

63
ción y la tortura a militares y políticos de una docena de países, tanto
en la cuenca mediterránea como en el Atlántico y el Pacífico». Y los
torturadores que trabajaban para Saddam Hussein fueron entrenados
por la Stasi de la ex Alemania Oriental, que a su vez había aprendido
de la Gestapo. La tradición, como un virus, se traslada fácilmente por
encima de fronteras nacionales e ideológicas.
Puede que esto parezca un argumento a favor de un gran pesimis-
mo en torno a la tortura y crueldades similares. Puede que el énfasis en
su transmisión y en la profundidad de su penetración en nosotros su-
giera su inevitabilidad. Ciertamente, superarlas no será fácil.
Pero, de modo tentativo, considero que su derrota puede ser post-
ble. Cabe extraer cierta esperanza de la desaparición de castigos termbles,
como el de hacer hervir a alguien en aceite, o descuartizarlo atándole
los miembros a sendos caballos, que Nietzsche cita acertadamente
como expresión del amor humano a la crueldad.
Immanuel Kant escribió:

Puede por tanto haber castigos vergonzosos que deshonran a la


humanidad misma (como descuartizar a un hombre, hacerlo des-
garrar por perros, cortarle la nariz o las orejas). No sólo son esos casti-
gos más penosos que la pérdida de posesiones y de la vida para
quien ama el honor (que proclama el respeto a los demás, como to-
dos deberían hacer), sino que, además, hacen que un espectador de
los mismos se sonroje de vergúenza por pertenecer a una especie sus-
ceptible de ser tratada de esa manera?!,

Más aún, que se sonroje de vergúenza por pertenecer a una especie


capaz de hacer esas cosas. Es verdad que en algunos países todavía se
sigue castigando con azotes, amputación de miembros, muerte por la-
pidación o la silla eléctrica. Pero, en muchos lugares del mundo, el re-
chazo de estos castigos ha sido lo bastante fuerte como para provocar su
abolición. Nada de esto indica que el castigo cruel desaparezca con se-
guridad cuando la especie humana madure. Pero por lo menos ofrece
una razón para pensar que el final del festín de crueldad es posible.

22 Immanuel Kant, 7he Metaphysics ofMorals, trad. Mary Gregor, Cambridge, 1991,
pág. 255. [Trad. esp.: La metafísica de las costumbres, Madrid, Tecnos, 1989.]

64
CAPÍTULO 7

Respuesta a Nietzsche

Pero ¿por qué piensa Nietzsche que la noche no


tiene estrellas, sino únicamente murciélagos, lechuzas
y la luna loca?

W. B. YEATS, nota al margen en su ejemplar


de Genealogía de la moral.

Jean Améry se crió en Viena. Su nombre era entonces Hans Maier.


Era judío, estudiante de filosofía y opositor al nazismo. En la época de la
Anschluss huyó a Bélgica y se unió a la resistencia belga cuando los nazis
invadieron el país. Fue arrestado, torturado por la Gestapo y enviado a
Auschwitz. Sobrevivió. Después de la guerra regresó a Bélgica. Abandonó
su nombre alemán y escribió filosofia con nombre nuevo. Se refirió a
Nietzsche como «el hombre que soñó con la síntesis del bruto y el super-
hombre» y dijo: «Debieron haberle respondido quienes fueron testigos
de la unión del bruto y el subhombre, los que estuvieron presentes en ca-
lidad de víctimas cuando una cierta humanidad celebraba alegremente un
festival de crueldad, como el propio Nietzsche lo había denominado»'.
Améry habló de la tentación que un intelectual víctima del nazis-
mo experimenta de considerar a Auschwitz como un argumento a fa-
vor de un cierto tipo de amoralismo:

l Jean Améry, 41 the Mind's Limits: Contemplations by a Survivor on Auschwitz and lts
Realities, trad. Sidney y Stella Rosenfeld, Nueva York, 1986, pág. 68.

65
¿No hubo quienes se prepararon para destruirlo con todo derecho,
dado el hecho innegable de que eran los más fuertes? [...] Sí, las SS po-
dían comportarse tal como lo hicieron: no hay derechos naturales y
las categorías morales aparecen y desaparecen como las modas.
Hubo una Alemania que condujo a la muerte a judíos y a oposito-
res políticos porque creía que esa era la única manera que tenía de
ser una realidad plena. ¿Y qué? La civilización griega se construyó
sobre la esclavitud y un ejército ateniense fue tan salvaje en la isla de
Melos como las SS en Ucrania [...] Así fue la historia y así es. Cuando
se acercaba un asesino, había que someterse y descubrirse ante él”.

Oscuras son las perspectivas de resucitar la creencia en una ley mo-


ral. La busca de una validación externa de la mora! es menos eficaz que la
construcción de un rompeolas. Se podría abandonar la moral, o se la po-
dría recrear. Quizá sobreviva en una forma más defendible cuando se
la vea como creación humana. Podemos modelarla conscientemente
para que sirva a las necesidades y los intereses de las personas y refleje
aquello que más nos preocupa.
En un intento de responder a Nietzsche, doy por supuesto que una
parte central de la moral debería consistir en evitar la repetición de de-
sastres de factura humana como los que llevó a cabo el nazismo.

A PARTIR DE LA BARBARIE

Para la mayoría de las personas, y la mayor parte del tiempo, las vir-
tudes que importan son locales y personales. En la vida ordinaria, la
bondad es más importante que la creencia en los derechos humanos.
Cuando se piensa en cómo vivir, lo pequeño es hermoso. Es correcto
cargar el acento sobre la honestidad en las relaciones, la generosidad
hacia los amigos, el afecto hacia los niños, la realización de un trabajo
creativo y la disposición a querer a los demás.
Este primer plano se adapta a la vida de la mayoría de nosotros,
pero es demasiado limitado por sí mismo. No sólo somos padres, ami-
gos y vecinos. También formamos parte de la especie humana en la
medida en que lucha para escapar a su historia de brutalidad.
Nuestra especie obtuvo una posición dominante en la tierra en par-
te gracias al uso de una inteligencia capaz de idear métodos para matar
a distancia. Y las bandas de cazadores que sobrevivían solían ser las

2 Ibíd., págs. 11-12.

66
que más se destacaban en matar a otros seres humanos, pertenecientes
a bandas rivales. La conciencia humana se ha desarrollado de tal modo
que estos sombríos orígenes han quedado superados. Tras su surgi-
miento fundado en la capacidad para matar, la especie humana inven-
tó códigos éticos. Esto incluye a pacifistas y a vegetarianos.
Pero nuestro origen aún sigue desfigurándonos. Todavía vivimos
en tribus con epidemias aparentemente interminables de matanza mu-
tua. Las cifras de muertos políticos de finales del siglo xx indican que
nuestros ordenamientos sociales para contener la violencia siguen fa-
llándonos en general. El festival de crueldad continúa. Pero, puesto
que ese fracaso social general es reconocido como tal, la posibilidad de
ponerle remedio está a la vista.
Somos una especie brutal y al mismo tiempo harta de brutalidad.
Este conflicto entre nuestra crueldad y nuestras aspiraciones se remon-
ta tan atrás como nuestro conocimiento de la historia humana. Sin
embargo, no es estrechez de miras pensar que nuestra época reviste
particular importancia. El estallido de asesinatos es hoy especialmente
peligroso porque la tecnología lo convierte en una amenaza para la
supervivencia de la especie entera.
La tecnología moderna también nos ha hecho más conscientes de
las atrocidades lejanas en el momento en que ocurren. Mientras escri-
bo esto es prácticamente seguro que en la ciudad de Cerska, en Bosnia,
se está mutilando, violando y matando personas porque el hecho de
profesar la religión islámica los hace extraños a los soldados que toma-
ron la ciudad. En el momento en que el lector lea estas palabras, lo
mismo estará ocurriendo en algún otro lugar. Todos sabemos que
constantemente ocurre en algún sitio. A menos que estemos ligados
a sus autores, estos actos nos repugnan. Esto debería bastar para que
la eliminación de tales horrores fuera un proyecto central de la hu-
manidad.
Puesto que vivimos en el primer periodo de la historia en el que se
tiene plena conciencia de la crueldad y la matanza en el momento mis-
mo en que ocurren, nuestra respuesta es particularmente importante.
Podemos comenzar a establecer la tradición de que, junto con nuestro
conocimiento de las atrocidades, las juzguemos intolerables y haga-
mos lo posible para erradicarlas. O bien podemos contribuir a conti-
nuar la tradición que las acepta como una fatalidad.
Ya podemos ver los primeros intentos fallidos de la maquinaria
política de intervenir para impedir atrocidades y guerras. Hay confe-
rencias internacionales de paz, fuerzas de mantenimiento de la paz
de las Naciones Unidas y tribunales internacionales para crímenes de

67
guerra. Poco a poco aumenta el reconocimiento de que la violación de
la soberanía nacional es justificable si su finalidad es impedir un geno-
cidio u otros crímenes. Estas respuestas tienen problemas y fallos evi
dentes, pero son una señal de que el mundo no aceptará siempre con
resignado fatalismo los actos colectivos de brutalidad.
Es menester que la maquinaria internacional se desarrolle mucho
más, pero eso sólo es una parte de lo que se necesita. También es im-
portante que se produzca un cambio en la opinión general. La inter-
vención internacional sería más enérgica si la actitud que considera ab-
solutamente inaceptables la guerra y la persecución estuviera más arral-
gada. Y las atrocidades no se dan espontáneamente: alguien las
comete. En otro contexto moral, sería más dificil participar en ellas.
En parte, se necesita recrear la ética a fin de dar mayor peso a la dimen-
sión pública de la conducta y del carácter individuales. Es cómodo pensar
que esta dimensión carece de importancia. Lo que interesa la mayor
parte del tiempo es lo local y lo personal. Pero los grandes desastres pú-
blicos pueden golpear en donde menos se espera. Un golpe militar en
Argentina o la muerte de Tito en Yugoslavia pueden llevar las atrocida-
des y la guerra a ciudades y aldeas que parecían pacíficamente alejadas
de la política. El desarrollo de una opinión generalizada que limite el
daño es comparable con el pago de impuestos para financiar un cuer-
po de bomberos. Todos esperamos no tener que necesitarlo, y proba-
blemente no lo necesitemos, pero si se nos incendia la casa estaremos
muy contentos de su existencia.
Si nos tomamos en serio el deseo de alejarnos de nuestro pasado
bárbaro, esta dimensión extra ha de ocupar un lugar básico en la ética.
Las ideas acerca de cómo vivir deberían moldearse parcialmente en
función de la conciencia de los desastres colectivos.

ALGUNAS CAUSAS HUMANAS DE LA MISERIA HUMANA

Esta dimensión pública no es más que un aspecto de la moral. Y el


proyecto de reconstrucción que aquí se analiza, relativo a las guerras y
otras forma de barbarie, sólo concierne a una parte de la dimensión
pública. Ignora la psicología que concierne al daño medioambiental o
a la difusión del sida.
El primer tema que hemos de analizar es la guerra: la psicología im-
plícita en la manera de librar una guerra y las atrocidades que en ella
se cometen, ya sea en combate cuerpo a cuerpo, ya sea mediante
medios tecnológicos a distancia. Luego está la psicología del surgi-

68
miento de las guerras, tanto de las «tribales» que reflejan divisiones lo-
cales como de los conflictos más complejos, por ejemplo, las dos
guerras mundiales. A mi juicio, «la psicología de la guerra» está tan pre-
sente en los civiles que apoyan y sostienen las guerras como en los sol-
dados. Más adelante, el análisis se refiere a las atrocidades masivas no
directamente conectadas con la guerra: las matanzas políticas de Sta-
lin, Hitler y otros. Desarrollaré la idea de que estos problemas tienen
una unidad que en parte procede del conjunto de debilidades psicoló-
gicas que comparten.
El objetivo es construir una forma más empírica de ética, que ten-
ga en cuenta la psicología que ha contribuido a esta serie de desas-
tres de factura humana. ¿Qué limitaciones tienen los recursos morales?
¿Cómo podemos comenzar a superar esas limitaciones? ¿Qué aspectos
de nuestra psicología son peligrosos? ¿En qué medida se les puede
modificar o contener? ¿Qué tendencias compensatorias se pueden de-
sarrollar?
Una manera de enfocar estas cuestiones consistirá en centrarse en
una forma particular de destructividad humana, como, por ejemplo,
un combate armado. Las descripciones de los participantes nos darán
un cuadro de su psicología. Hay sugestivas semejanzas entre los refle-
xivos relatos de guerra de soldados norteamericanos que vivieron la
experiencia de Vietnam y los de soldados soviéticos que vivieron la de
Afganistán.
Otro enfoque tendrá en cuenta episodios históricos particulares.
Los desastres de origen humano no son resultado de la psicología de
individuos aislados. Se trata más bien del producto de la interacción de
individuos que no se entienden entre sí, que se temen unos a otros, y
así sucesivamente. Sólo es posible observar estos procesos si se toman
en cuenta acontecimientos reales.
Estos desastres ponen en evidencia puntos débiles en los recursos
morales en los que descansamos para contener el salvajismo. Nuestros
principios morales o bien resultan inoperantes en un contexto particular,
o bien son deliberadamente neutralizados o dejados de lado. Las cau-
sas psicológicas se presentan en capas, cada una de las cuales realiza
una contribución diferente de acuerdo con la cercanía del actor respec-
to de la víctima. La psicología de primer plano de las atrocidades es
muy distinta de la psicología de la matanza a distancia.
La psicología individual no explica los acontecimientos históricos.
Tal vez la Primera Guerra Mundial y la Depresión de 1929-1931 hayan
contribuido más al surgimiento del nazismo que las motivaciones y las
creencias de los nazis individualmente considerados. Pero en este aná-

69
lisis se enfatizará el papel de los individuos. Los asesinatos no se pro-
dujeron de manera impersonal, sino que requirieron las acciones de
nazis individuales concretos. Una pregunta capital será: «¿Cómo es po-
sible que se hayan hecho estas cosas?» Y, si sus acciones tuvieron ori-
gen en características profundamente arraigadas de la psicología huma-
na, estas características psicológicas continúan importando, incluso
una vez superadas la depresión y la Primera Guerra Mundial, hundidas
en una historia cada vez más distante.

70
SEGUNDA PARTE

La psicología moral de la guerra


TRI"
a ]

Tu ray
mpermal. oequemeras ls gor Coon
ec Lu A
WISIN ea
hn AUS ARA

A A DA
ads
¿ké
A dp E,

Ñ A
j Ñ
CAPÍTULO 8

El combate cuerpo a cuerpo

A plain without a feature, bare and brown,


No blade of grass, no sign of neighbourhood,
Nothing to eat and nowhere to sit down,
Yet, congregated on its blankness, stood
An unintelligible multitude.
A million eyes, a million boots in line,
Without expression, waiting for a sign”.

W. H. AUDEN, 7he Shield ofAchilles

Las estimaciones de la cantidad de personas muertas en una guerra


no son precisas, pero dan una idea aproximada. En la guerra Irán-Irak
se mató a un millón de personas entre 1980 y 1988; en Vietnam, a dos
millones; en la Guerra de Corea, a tres millones. Una estimación para
el período de 1900 a 1989 llega a la cifra de 86 millones de muertos!.
Ochenta y seis millones es una pequeña parte de las personas vi-
vas durante esos noventa años y una pequeña cantidad en compara-
ción con los que murieron de hambre y de enfermedades evitables.

* Una llanura sin accidentes, desnuda y marrón, / ni una brizna, ni una señal de vida
en las cercanías, / nada para comer ni sitio donde sentarse. / Y sin embargo, en ese va-
cío se congrega una multitud ininteligible. / Un millón de ojos, un millón de botas ali-
neadas, / sin expresión, a la espera de una señal.
1 William Eckhardt, en Ruth Leger Sivard, World Military Expenditures, eds. 1988
y 1989.

73
Aún así, en las guerras del siglo xx la muerte se ha dado en una escala
dificil de aprehender. Todo promedio a partir de las cifras de muertos
es artificial, pues alrededor de dos tercios (58 millones) corresponden a
las dos guerras mundiales. Pero, de haberse repartido estas cifras de
modo uniforme durante todo el período, la guerra habría matado alre-
dedor de 2.500 personas por día, o sea, cien por hora, las veinticuatro
horas del día, durante noventa años.

¿Cómo puede la gente participar en estos estallidos masivos de ma-


tanzas mutuas? En realidad, esta pregunta esconde un conjunto de in-
terrogantes. ¿Por qué va la gente a luchar en una batalla? ¿Por qué se in-
corpora la gente a un ejército? ¿Por qué van los gobiernos a la guerra?
¿Por qué los pueblos respectivos les dan su apoyo?
Consideremos en primer lugar la gente que participa en las gue-
rras. Hay una psicología de guerra de largo alcance, de incursiones
de bombardeo y de ataques con misiles, pero lo más común es la guerra
cuerpo a cuerpo, la lucha de soldados sobre el terreno. ¿Cómo es post-
ble el combate cuerpo a cuerpo? ¿Cómo es posible que personas que
han bebido juntos como compañeros de diversión o de estudios, se
maten luego mutuamente en una batalla campal?
El egoísmo racional puede verse subvertido. En la vida ordinaria,
las presiones sociales restrictivas hacen impensable la matanza. En la
guerra, el efecto de su eliminación, o incluso de su inversión, es tre-
mendo.
El combate cuerpo a cuerpo requiere la superación de los recursos
morales. Los combatientes tienen que escapar a las inhibiciones de las
respuestas humanas, esto es, al respeto y a la simpatía por los otros. Tie-
nen que escapar a las restricciones de la identidad moral, esto es, a su
sentido de no ser una persona capaz de herir y de matar.
En general, los principios morales no logran impedir la matanza en
combate porque han sido neutralizados. Los ejércitos tienen que pro-
ducir algo semejante a una «psicología de robot», gracias a la cual se
pueden llevar a cabo con toda frialdad, sin la inhibición que producen
las respuestas normales, actos que de lo contrario parecerían horribles.
A veces los principios morales, más que neutralizados, están
anulados. Son los estados emocionalés alterados que la guerra induce.
El combate puede tener un profundo atractivo emocional. La gente se
sorprende realizando acciones de las que jamás se había creído ca-
paz como sí éstas supusieran una repentina liberación o como si fue-
ran el resultado de una explosión interior.

74
«UNA LLANURA SIN ACCIDENTE»

A un recluta se le saca de su vida cotidiana, primero para la forma-


ción militar y luego para la batalla. Un sentido de irrealidad difumina las
pautas habituales de conducta. El paisaje moral se borra en la «llanura sin
accidentes» de Auden. En la guerra, personas que posiblemente hubieran
sido incapaces de matar en su ciudad, cerca de sus vecinos y de sus hijos,
pierden las inhibiciones. Un ex soldado soviético afirmaba que en su casa
nunca había podido matar ni a una mosca: «Si compramos un pollo vivo
en el mercado, quien tiene que matarlo es mi mujer. Los primeros días
que estuve allí, con las balas rebanando las ramas de las moreras, tuve
una sensación de irrealidad. La psicología de la guerra es completamente
distinta de cualquier otra cosa.» Esta pérdida de referencias morales pue-
de verse reforzada por el paisaje fisico de un campo de batalla extranjero.
Un capitán de artillería soviético hablaba del extraño sentimiento que ex-
perimentaba en Afganistán: «Hay lugares que te hacen pensar en paisajes
lunares, fantásticos y cósmicos»?. Un soldado norteamericano describió
los efectos morales de la atmósfera de irrealidad de Vietnam:

El paisaje no cambia demasiado. Durante días y días no ves casi


nada. Es extraño, siempre es extraño [...] Pero sientes como si no fue-
ra del todo real [...] Estás en Vietnam y están utilizando balas de ver-
dad [...] Aquí, en Vietnam, hay gente que dispara realmente y sin nin-
guna razón [...] Igualmente extremado es cualquier otro momento en
que pienses. Aquí uno puede ir y disparar contra ellos porque sí?.

LA NEUTRALIZACIÓN DE LAS RESPUESTAS HUMANAS

Las restricciones morales normales enfatizan el respeto a la digni-


dad de las personas, que las protege de un tratamiento bárbaro.
En la guerra, esta inhibición es selectivamente eliminada. Un sol-
dado soviético en Afganistán decía que su unidad le había enseñado a
humillar a los afganos. El jefe del batallón les dijo que a los afganos,

2 Svetlana Alexievich, Zinky Boys: Soviet Voices from a Forgotten War, trad. Julia y Ro-
bin Whitby, Londres, 1992, págs. 35, 79.
3 Citado en Robert Jay Lifton, Home from the War: Vietnam Veterans: Neither Victims Nor
Executioners, Nueva York, 1985.

5
tuvieran la edad que tuviesen, les llamaran «batcha», que significa «mu-
chacho». Así, cuando veían un anciano, el jefe le arrancaba el turbante
de la cabeza y le hundía los dedos en la barba. El soldado dijo después:
«¿Matar o no matar? Es una pregunta de posguerra... Para nosotros,
los afganos no eran personas».
Una compañía norteamericana en Vietnam se detuvo en una aldea
un día caluroso y un granjero colaboró para que sus hombres se ducha-
ran. Extraía agua de un pozo y la salpicaba sobre los soldados. Era vie-
jo y ciego; mientras realizaba la mencionada tarea, sonreía. Tim
O'Brien cuenta que uno de los soldados, sin razón alguna, arrojó a la
cara del anciano un envase de leche:

El envase se reventó y la leche se desparramó sobre las sienes y


las cataratas del anciano. Éste se inclinó hacia adelante, se balanceó
inseguro y trató de mantener el equilibrio. Soltó el cubo y se llevó
las manos a los ojos para dejarlas luego caer flojamente sobre los
muslos. Su mirada ciega se fijó directamente hacia delante, en los
pies del estúpido soldado. Movió ligeramente la lengua, tratando de
llegar al corte y degustando la mezcla de sangre y leche. Nadie se
movió para ayudarle”.

El respeto a la dignidad de los individuos del bando contrario pue-


de ir ligado a la negación de su humanidad. Incluso se los puede ver
como animales. J. Glenn Gay informa acerca de la charla que dio en su
clase un veterano de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico. Con-
tó que su unidad encontró a un soldado japonés, solo y escondido,
cuando el resto del ejército ya había abandonado la isla. Cogieron los
rifles y utilizaron al soldado japonés como blanco mientras se movía
desesperadamente de un sitio a otro. Encontraron divertidos sus movi-
mientos y sólo la risa demoró su asesinato. Estaban encantados con
el incidente y durante varios días bromearon sobre él. Al narrar
el episodio, el veterano dijo que lo habían visto como si se tratara de
un animal:

A ninguno de los soldados norteamericanos se le ocurrió siquie-


ra que pudiera tener sentimientos humanos de miedo y el deseo
de seguir con vida. Lo que'retrospectivamente desconcertaba al
veterano era por qué sus camaradas y él mismo habían encontra-
do tan gracioso el incidente. Unos años después le parecía espeluz-

1 Alexievich, Zinky Boys, págs. 116-117.


7 Tim O'Brian, /f1 Die in a Combat Zone, Londres, 1973, pág. 105.

76
nante y asaz cruel; en ese momento no tenía conciencia de ello en
absoluto?.

También la simpatía es selectivamente debilitada. El entrenamien-


to militar incluye una gradual adaptación a la dureza de la batalla. John
Keegan, inspirándose en su experiencia como profesor en Sandhurst,
habla de un acuerdo implícito para proteger de los peores horrores a
los cadetes. Sugiere una analogía con la manera en que se alienta a los
estudiantes de medicina a que desarrollen una actitud distante respec-
to del dolor y el abatimiento de los pacientes”. Los médicos son más
eficaces si no se ven abrumados por arrebatos de simpatía. Es probable
que los soldados eviten el pánico en la batalla si piensan de acuerdo
con categorías impersonales aprendidas. Esto es plausible, pero la for-
mación clínica de los soldados también es parte de una progresiva in-
sensibilización de la simpatía que dificultaría el objetivo de matar y de
herir.
En la batalla, una forma de defensa consiste en distanciarse de
los individuos del bando enemigo. La persona a la que se deja lisiada
o a la que se mata no se ve como alguien que tiene tanto miedo como
uno mismo y a quien su madre y su padre esperan ver regresar de la
guerra. En cambio, se la tipifica en función de sus creencias distintas o
de su raza, como en Vietnam, donde se la llamaba comunista o gook,
esa palabra despreciativa con que se califica a los soldados de Vietnam
del Norte*. Un ex sargento que se oponía a ello dio testimonio de
las presiones en tal sentido: «Los coroneles les llamaban gooks, el per-
sonal jerárquico les llamaba gooks. Eran subhumanos, ¿entiende usted?
Acostumbraban tratarlos de esa manera, de modo que [mis tropas] to-
maron el ejemplo y me tenían por una suerte de loco excéntrico»*,
Un vez más, la negación de la humanidad —esto es, la inhuma-
nidad— puede culminar en la consideración de los enemigos como ani-
males. En la Guerra del Golfo, la matanza de millares de soldados
enemigos en retirada se describió como «tiro al pavo». Á veces, se re-
curre a comparaciones con formas de vida particularmente repuls1-
vas. También en la Guerra del Golfo, se preguntó a un teniente coro-
nel de la Marina norteamericana cómo se veían desde el avión las tro-

6J. Glenn Gray, The Warriors: Reflections on Men in Battle, Nueva York, 1959, pág. 150.
7John Keegan, The Face ofBattle: a Study ofAgíncourt, Waterloo and the Somme, Lon-
dres, 1976, pág. 18.
* Que se podría traducir por un despectivo y genérico «chino». [N. del T.]
8 Lifton, Home from the War, pág. 202.

ES
pas iraquíes en Kuwait. Respondió: «Era como cuando uno enciende
la luz de la cocina a avanzada hora de la noche y las cucarachas em-
piezan a escapar [...] Por fin logramos llevarlos a donde podíamos
matarlos».
Ese distanciamiento respecto de los enemigos forma parte de una
dureza defensiva. En Vietnam, Jeff Needle observó lo siguiente:

Algo muy triste ocurrió mientras estábamos allí, y les ocurrió a


todos. Sucedió lentamente y poco a poco, de modo que nadie se dio
cuenta de cuándo sucedió exactamente. Comenzamos lentamente
con cada muerto y cada herido hasta que hubo tantos muertos y tan-
tos heridos que empezamos a tratar las muertes y las pérdidas de
miembros con frialdad, y eso sucede porque la mente humana no
puede soportar tanto sufrimiento y sobrevivirl'.

En su diario de la Segunda Guerra Mundial, J. Glenn Gray obser-


vó su incapacidad de conmoverse ante un soldado alemán muerto:
«De alguna manera me he vuelto muy duro en los últimos meses...
¡Dios Santo, ayúdame a conservar mi humanidad!»!!.

LA EROSIÓN DE LA IDENTIDAD MORAL

Incluso quienes se resisten al cambio encuentran que su personal:


dad desaparece bajo una costra de dureza. J. Glenn Gray explica en su
diario que leyó las palabras de un soldado alemán citadas en un perió-
dico capturado, que decía que a lo largo de la guerra había perdido
su «yo», su personalidad. Gray agrega: «Me estremecí. Hablaba por mí
[...] Antes yo trataba de ser tierno y bondadoso, mientras que ahora in-
terrogo a los desgraciados civiles y me enorgullezco de mi seriedad e
indiferencia ante sus ruegos»??,
Para los ex soldados, sus acciones en guerra provenían de una iden-
tidad diferente. Á veces, los veteranos de Vietnam hablan de «la perso-
na que hay en mí y que peleó en la guerra»!*. Otros regresan pensan-
do que su identidad original se ha evaporado. Un soldado raso del Re-
gimiento de Granaderos Soviético dijo: «Fui a Afganistán pensando

? Independent, 6 de febrero de 1991.


10 Jeff Needle, «Please Read This», citado en Lifton, Home from the War, pág. 109.
1 Gray, The Warriors, pág. 163.
12. Thíd.
13 Lifton, Home from the War, pág. 69.

78
que volvería a casa con la cabeza alta. Ahora veo que la persona que
era yo antes de esta guerra ha desaparecido para siempre»!*,
El entrenamiento militar tiene que lograr que la gente haga cosas
que no haría en la vida civil. El debilitamiento de las restricciones civi-
les contribuye a erosionar la identidad y los valores civiles. Erich Ma-
ria Remarque describió cómo el entrenamiento del ejército alemán en
la Primera Guerra Mundial requirió «una renuncia a la personalidad
que ni siquiera se pide a los sirvientes más insignificantes», renuncia
impuesta por sargentos que enseñaban a sus soldados que «un botón
brillante vale más que cuatro volúmenes de Schopenhauer»!”. Setenta
años más tarde, un soldado soviético en Afganistán describía el mismo
proceso:

Antes de entrar en el ejército, eran Dostoievski y Tolstoi quie-


nes me enseñaban a vivir. En el ejército, fueron los sargentos. Los
sargentos tenían poder ilimitado. Hay tres por pelotón. «iAhora,
oíd esto! ¡Repetid! ¿Qué es un paracaidista? Respuesta: ¡un bruto
sanguinario con puño de hierro y sin conciencia! Repetid: ¡la con-
ciencia es un lujo que no podemos permitirnos!» El mensaje del
seminario político bisemanal que se daba en Afganistán a algunos
integrantes del ejército soviético era el siguiente: «El ejército debe.
mantenerse saludable y hemos de expulsar de nuestra mente la
piedad»!?

La erosión de la identidad se ve favorecida por el alejamiento psicoló-


gico de la vida cotidiana. Peter Bourne, un psiquiatra que estudió la
formación básica de los reclutas norteamericanos en el período
de Vietnam, describe al recluta como una persona a la que se extirpa
su identidad civil mediante el abuso y la humillación físicos y verbales.
Tiene rapada la cabeza y todos los detalles de su vida son íntegramen-
te programados por otros. Tiene que cambiar la manera de hablar y re-
ducirse a un «vocabulario monosilábico de conformidad, salpicado de
obscenidades». Bourne dice también lo siguiente: «Se ha observado
que a los sargentos de instrucción con experiencia en Vietnam les dis-
tingue el orgullo que exhiben ante sus reclutas por el modo en que han
torturado a prisioneros y cometido otras atrocidades.» Muchos soldados

14 Alexievich, Zinky Boys, pág. 76.


15 Erich Maria Remarque, All Quiet on the Western Front, trad. A. H. Wheen, Londres,
1929, pág. 21. [Trad. esp.: Sin novedad en elfrente, Barcelona, Edhasa, 1997.]
16 Alexievich, Zinky Boys, págs. 23, 45.

79
se veían obligados a aceptar los valores de esos sargentos, o al menos a
simular que los aceptaban”.
También desempeña su papel el hecho de que a menudo los solda-
dos son jóvenes que requieren cierto reconocimiento de su madurez.
Tim Lynch, un veterano de la Guerra de las Malvinas, dice que al pe-
ríodo de quiebra de la identidad (que en el ejército británico se deno-
mina «bestialización») le sigue la ceremonia de iniciación, que marca la
transición al estado de soldado adulto. De los británicos que mataban
prisioneros argentinos con bayonetas en Mount London, dice:

Coged un joven desesperado por asumir una identidad en el


mundo adulto, hacedle creer que las hazañas militares son el com-
pendio de la virilidad, enseñadle a aceptar sin reticencia alguna la au-
toridad de los que mandan, dadle una sensación exagerada de au-
toestima incluyéndolo en un grupo de elite, enseñadle a valorar la
agresión y a deshumanizar a quienes no forman parte de su grupo y
dadle permiso para utilizar cualquier nivel de violencia sin las restric-
ciones morales que lo dominan en otros ámbitos!*,

Si bien es cierto que es posible enseñar formalmente las reglas mo-


rales tradicionales de la guerra, éstas pueden chocar con un mensaje in-
formal muy diferente. En Vietnam había «zonas de fuego libre» en las
que se podía matar a cualquier civil. El país estaba saturado de destruc-
ción de alta tecnología, por ejemplo, los defoliantes no sólo mataban
plantas, sino también embriones humanos. El mensaje informal era el
que algunos veteranos de Vietnam expresaron de esta manera: «Está
bien matarlo... es lo que se supone que debes hacer.» Ciertas cosas
que al comienzo afectaban moral o emocionalmente a los solados ter-
minaron por ser aceptadas. Por ejemplo, la primera vez que se veía un
vehículo de transporte de tropas con unas veinte orejas humanas en-
ganchadas a la antena. La primera impresión («era dificil de creer, de
verdad llevaban orejas en la antena») fue superada. Algunos regresaban
con orejas como trofeos personales!”. Esta erosión también tuvo lugar
entre las tropas soviéticas en Afganistán: «¿Has visto alguna vez colla-
res de orejas secas? Sí, trofeos de guerra, envueltos en hojas pequeñas
y guardados en cajas de fósforos. ¿Imposible? ¿No puedes creer esas

17 Peter G. Bourne, MD, «From Boot Camp to My Lai», en Richard A. Falk, Gabriel
Kolko y Robert Jay Lifton (comps.), Crimes of War, Nueva York, 1971.
'8 Tim Lynch, «Taught to Kill, Not to Pity», Independent On Sunday, 21 de marzo
de 1993. .
12 Lifton, Home from the War, págs. 41-43.

80
cosas de nuestros gloriosos muchachos soviéticos? Pues bien, podían
suceder y sucedieron»,
La batalla y la experiencia de ver de cerca la muerte puede llevar a
un soldado a sentir que su identidad ha cambiado. Un soldado raso
del ejército soviético en Afganistán dijo lo siguiente:

En dos o tres semanas no queda nada de lo que eras, salvo el


nombre. Te has convertido en otra cosa [...] Esta nueva persona no
tiene que imaginar: conoce el olor de las tripas de un hombre que
cuelgan fuera del cuerpo; el olor del excremento mezclado con san-
gre. Ha visto los cráneos abrasados haciendo muecas en un charco
de metal fundido, como si cuando murieron, unas horas antes, hu-
bieran estado riendo, y no chillando. Conoce la increíble excitación
de ver un cadáver y pensar, ino soy yo! Es una transformación total,
se produce muy rápidamente y les ocurre pácticamente a todos?!.

IRRUPCIÓN

La psicología de robot, la dureza defensiva y el distanciamiento, así


como el asalto a la identidad moral, todo ello tiene sus límites. A ve-
ces, a través de esa nueva y dura costra se abre camino la psicología an-
tigua, más humana.
A veces, irrumpe la simpatía. Un veterano de Vietnam cuenta que
los hombres de su pelotón se sintieron incómodos al retirar las perte-
nencias de vietnamitas muertos. La fotos de padres, novias, esposas e
hijos les hicieron pensar: «Son iguales a nosotros»”.
También puede irrumpir un sentimiento de humanidad comparti-
da. George Orwell luchó contra los fascistas en la Guerra Civil españo-
la. Luego dijo que había visto a un soldado fascista, semidesnudo y
corriendo al tiempo que, con ambas manos, mantenía los patalones en
alto, y agregó: «Me abstuve de dispararle... No disparé en parte a causa
de ese detalle de los pantalones. Yo había venido a disparar a “fascistas”;
pero un hombre con sus pantalones en alto no es un “fascista”, sino, evi-
dentemente, una criatura como tú, y no te da gusto dispararle»”?.

20 Alexievich, Zinky Boys, pág. 110.


2 Ibíd., pág. 16.
2 Lifton, Home from the War, pág. 114.
23 George Orwell, «Looking Back on the Spanish War», en 7he Collected Essays, Jour-
nalism and Letters of George Orwell, vol. 2, My Country Right or Left, 1940-1943, Harmond-
sworth, 1970, págs. 291-292.

81
En ciertas ocasiones, lo que irrumpe es la repugnancia moral. Un
soldado soviético se había endurecido para la matanza de afganos.
Pero pudo tener otras respuestas:

Sólo una vez, algo chasqueó dentro de mí y me asombré ante el


horror de lo que hacíamos. Estábamos peinando una aldea. Abres la
puerta de golpe y arrojas una granada por si te está esperando una
ametralladora [...] Arrojé la granada, entré y vi mujeres, dos niños
pequeños y un bebé en una especie de caja que hacía las veces de ca-
tre. Tienes necesidad de encontrar alguna justificación para no vol-
verte loco”.

A veces los soldados, a los que se ordena que sean terribles, tienen
intacto el sentido de su identidad moral. Advierten lo que significa la
obediencia. En la Guerra del Golfo se ordenó a los helicópteros del
ejército británico que atacaran los tanques iraquíes en retirada. Vola-
rían en círculo sobre los tanques como advertencia a los tripulantes,
quienes podrían escapar antes de que los tanques fueran destruidos.
Sócrates habría comprendido lo que dijo uno de los pilotos: «Así nos
sentíamos en paz con nosotros mismos. Teníamos la superioridad to-
tal, pero no la utilizábamos»”.
Puede parecer que se ha perdido la identidad moral, pero algo es
capaz de poner en movimiento los compromisos morales semiolvida-
dos. Un médico militar en Vietnam que trataba a un soldado enemigo
se sorprendió recordando el juramento hipocrático cuando su oficial le
dijo: «Consérvelo con vida sólo unos minutos, con tal de interrogarlo.
Después, que se muera. No me interesa»,

EXPLOSIÓN Y LIBERACIÓN

Hay casos de matanza masiva en combate que dan la impresión de


que los asesinos han enloquecido. Hay una repentina explosión de
violencia, como si la matanza hubiera hecho estallar un dique que con-
tenía esa violencia.
Hay estados emocionales claramente asociados a las explosiones
de violencia. Vale la pena distinguir dos modelos de tales estallidos.

24 Alexievich, Zinky Boys, págs. 171-172.


2 John Simpson, From the House of War, Londres, 1991, pág. xiii.
2% Gordon S. Livingston, «Letter from a Vietnam Veteran», en Falk, Kolko y Lifton
(comps.), Crimes of War.

82
Uno, la «explosión», se relaciona con sentimientos de humillación o
de resentimiento. El otro, la «liberación», se relaciona con sentimien-
tos más placenteros. Puede tratarse de un sentimiento de camaradería
en un grupo o de una experiencia exaltada que a veces alcanza el esta-
do de éxtasis.
La explosión puede ser desencadenada en combate por la experien-
cia de ver amigos heridos o muertos. El subteniente Mike Ransom des-
cribió así su reacción en Vietnam cuando una mina hizo saltar por los
aires a uno de sus hombres:

Le habían volado los dos pies, mientras que las dos piernas eran
puros jirones; el área ventral estaba completamente destrozada. Era
la visión más horrible que había tenido en mi vida [...] Hablé con un
jefe del pelotón motorizado que estaba con nosotros y me dijo que
cuando abandonaba la zona para regresar a su base, la gente de la al-
dea por la que pasó se reía de él porque sabía que habíamos sido gol-
peados. Sentí el impulso de volver mis ametralladoras contra la al-
dea y matar a todos sus hombres, mujeres y niños”.

Los soldados soviéticos en Afganistán informaron de las mismas


respuestas. Un soldado estaba con otro, que cayó muerto: «Abrió la
puerta de una cabaña con la pierna y fue bianco de los disparos de una
ametralladora. Nueve descargas. En esa situación, el odio lo domina
todo. Disparamos a todo, incluso los animales domésticos.» Otro sol-
dado soviético describió la misma reacción:

En una ocasión, nuestra columna atravesaba un kishlak cuando


el vehículo que iba en cabeza sufrió una avería. El conductor salió y
levantó el capó. Entonces, un muchachito de unos diez años se aba-
lanzó sobre él y lo apuñaló por la espalda, precisamente en el cora-
zón. El soldado cayó sobre el motor. Dejamos al chico hecho un co-
lador. Si nos lo hubieran ordenado, habríamos hecho polvo la aldea
entera”,

Algunos de los estados emocionales durante el combate son muy


diferentes de la humillación o de la sed de venganza reprimidas y suscep-
tibles de explotar en toda su violencia. Estos otros estados son estimulan-
tes y mediante la violencia se produce una sensación de liberación de las

27 Benard Edelman (comp.), Dear America: Letters Home from Vietnam, Nueva York,
1985, págs. 184-185.
23 Alexievich, Zinky Boys, págs. 6, 16-17, 76.

83
restricciones normales. Una fuente de esta liberación es el sentido de
camaradería en un grupo.
Incluso fuera de la guerra, los grupos pierden el control y hacen co-
sas que cada uno de los individuos que los componen no harían por
separado. El combate militar añade algo a este hecho; la batalla crea
la camaradería en el intento de alcanzar una meta común. El peligro
compartido rompe las barreras entre las personas. Glenn Gray advirtió
que, para algunas personas, la batalla fue un momento culminante en su
vida: «A pesar del horror, el cansancio, la mugre y el odio, la participa-
ción con los demás en las vicisitudes de la batalla tenía su aspecto inol-
vidable, que no hubieran querido perderse»””.
La liberación compartida y excitante puede transformar las actitu-
des ante el acto de matar. Un soldado soviético experimentó en Afganis-
tán lo siguiente: «Es espantoso y desagradable tener que matar, pien-
sas; pero pronto te das cuenta de que lo que encuentras realmente ob-
jetable es disparar a alguien que sirve de blanco. Pero disparar en masa,
en grupo, es excitante, incluso divertido, como he comprobado por mí
mismo»? Parece que un piloto de un caza dijo durante la primera sema-
na de la Guerra del Golfo: «Estaba loco de contento todo el día. ¡Fan-
tástico!» Otro, al que se le preguntó si «pensaba volver a hacerlo», con-
testó: «¡Sin duda!» Uno dijo: «¡Me siento como un jugador joven des-
pués de su primer partido de fútbol!»*!,
En parte, esta gozosa excitación se debe a nuestra pasión por expe-
rimentar cosas nuevas. La intensa experiencia de combatir produce en
muchas personas la impresión de que es algo que uno no puede per-
derse: «Caballeros que en Inglaterra están ahora mismo en la cama se
sentirán desgraciados por no estar aquí.» Glenn Gray utiliza la frase bí-
blica «el placer del ojo» y dice que lo reconocerá cualquiera que haya
visto los rostros de la gente ante un incendio o que haya contemplado
a la gente que se va amontonando alrededor de un accidente. Habla de
la belleza sublime que puede presentar la batalla para quienes tienen
experiencia de ella, algo «extático en el sentido originario del término,
es decir, un estado en el que uno se encuentra fuera de sí»*,
Un capitán de artillería soviético vio cómo intensifican la experien-
cia el peligro y el hecho de tener en tus manos vidas ajenas:

22 Gray, The Warriors, págs. 44-45.


30 Alexievich, Zinky Boys, pág. 111.
31
Guardian, 19 de enero de 1991.
32
Gray, The Warriors, págs. 29, 36.

84
Nunca caminaremos, haremos el amor o seremos amados de la mis-
ma manera en que allí hemos caminado y amado y hemos sido ama-
dos. Todo se veía potenciado por la cercanía de la muerte: la muer-
te sobrevolaba por doquier todo el tiempo. La vida estaba llena de
aventura: conocí el olor del peligro [...] Algunos de nosotros lo año-
ramos; se conoce como «síndrome afgano»””.

«LA AMABA DE UN MODO EXTRAÑO Y PERTURBADOR>»

No es dificil comprender el atractivo de la camaradería y la pasión


por la experiencia intensa, pero el encanto de la batalla tiene elemen-
tos más inquietantes. Algunos soldados soviéticos en Afganistán
sentían placer al matar: «Un joven teniente que conozco admitió esto
cuando regresó a su casa. “Ahora la vida ya no es lo mismo, en realidad
deseo seguir matando”, dijo. Algunos de esos muchachos hablan de
ello con toda frialdad, orgullosos de haber arrasado una aldea y patea-
do a sus habitantes hasta matarlos»”*.
J. Glenn Gray también habla de «la satisfacción que experimen-
tan los hombres cuando están poseídos por el placer de destruir y de
matar a su especie». Á su juicio, este goce en la destrucción le resul-
tará familiar a «cualquiera que haya observado en el campo de ba-
talla a los hombres que manipulan la artillería; que haya mirado a los
ojos, poco después de la matanza, a quienes llevan ya tiempo matan-
do, o que haya estudiado las descripciones de los sentimientos de los
pilotos de bombarderos cuando destruyen totalmente sus objet1-
vos»”,
Su relato de la Segunda Guerra Mundial encuentra un eco sorpren-
dente en las reflexiones de William Broyles Jr. sobre su experiencia
como teniente en Vietnam. Así como los hombres pueden odiar la
guerra, pueden también amarla tanto como a cualquier otra cosa en la
vida. Broyles dice que no es una persona violenta, que no había parti-
cipado en una pelea desde la escuela primaria y que, en tanto padre, es
enemigo natural de los efectos de la guerra sobre los niños. Pero admi-
te que echa en falta la guerra y que eso «se debe a que la amaba, la ama-
ba de un modo extraño y perturbador”,

33 Alexievich, Zimky Boys, págs. 78-79.


34 Ibíd., págs. 23-24.
35 Gray, The Warriors, pág. 51.
36 William Broyles, «Why Men Love War», Esquire, 1984, y en Walter Capps
(comp.), The Vietnam Reader, Nueva York, 1991.

85
Broyles ofrece algunas de las razones del atractivo emocional de la
guerra. Como J. Glenn Gray, menciona la pasión por la experiencia y
la intensidad de la camaradería del grupo, cuyos miembros se entregan
unos a otros con su vida. Ofrece también otras razones. En la vida nor-
mal, en general la gente prefiere que se le diga qué tiene que hacer y la
disciplina del ejército sustituye esto por un liberadora urgencia de que-
brantar las reglas. Es una escapatoria de los deberes de la vida cotidia-
na, de los vínculos de familia, comunidad y trabajo. Los hombres
aman los juegos y «la guerra es un juego brutal, mortal, pero un juego,
el mejor posible».
Pero para Broyles esto no agota la cuestión: «Por todas estas razo-
nes, los hombres aman la guerra. Pero son las razones fáciles, el primer
círculo, las razones a las que podemos hacer referencia sin riesgo de
vernos desaprobados, sin hundimos demasiado en la verdad o en no-
sotros mismos. Hay otras razones más turbadoras que explican por
qué los hombres aman la guerra.» Tienen que ver con la proximidad de
la muerte, la excitación de matar y de destruir y la intensa sexualidad
que acompaña a todo ello. «Para los hombres, y en un nivel terrible,
[la guerra] es lo que el parto para las mujeres: iniciación en el poder de
la vida y de la muerte. Es algo así como levantar un rincón del univer-
so y mirar lo que hay debajo.»
William Broyles ofrece algunos ejemplos del goce de la guerra.
Después de una emboscada, sus hombres llevaron de vuelta el cadáver
de un soldado norvietnamita.

Más tarde me pareció que el hombre muerto se apoyaba en


unas cajas con raciones de cocaína. Tenía puestas unas gafas de sol y
sobre su regazo descansaba un ejemplar de la revista Playboy; un ci-
garrillo le colgaba graciosamente de la boca y en la cabeza tenía un
gran trozo de mierda perfectamente formado. Simulé indignación,
pues la profanación de cadáveres era censurada como anti-norteame-
ricana y contraproducente. Pero no era indignación lo que sentía.
Mantuve mi cara de oficial, pero por dentro... me reía. Me reía —lo
creo ahora— en parte a causa de cierta apreciación subconsciente de
aquel vínculo obsceno entre sexo, excremento y muerte; y en parte a
causa de la exultante comprobación de que él —quienquiera que hubie-
se sido— estaba muerto y yo —este yo especial que soy— estaba vivo.

No sólo en esta ocasión la guerra fue arrebatadora. Después de una


operación en la que un grupo había matado a docenas de soldados
enemigos, tuvieron que transportar los cuerpos desnudos y embarra-
dos de aquellos a los que habían matado:

86
El rostro del coronel presentaba un aspecto beatífico que yo
sólo había visto en las iglesias carismáticas. Era la mirada de una per-
sona en estado de éxtasis. En cuanto a mí, ¿qué hice yo ante esa es-
cena tan bestial? Devolví la sonrisa, tan arrobado como él. Fue ésta
otra ocasión en la que me sentí al borde de mi humanidad, miré el
abismo y amé lo que allí vi.

87
CAPÍTULO 9

El caso de My Lai

El 16 de marzo de 1968 hubo una masacre de civiles vietnamitas a


manos de soldados norteamericanos en la aldea de My Lai. La «Com-
pañía Charlie» estaba formada por ciento veinte hombres de infan-
tería al mando del capitán Emest Medina. Siete semanas de guerra de
guerrillas habían dejado en ella un saldo de cuatro muertos y treinta y seis
heridos. Iban a participar en un ataque a un batallón del Vietcong que
se suponía que se hallaba en My Lai. Medina recibió Órdenes de que
los hombres dieran muestras de agresividad en el ataque. La noche an-
terior los instruyó acerca de la misión de «búsqueda y destrucción».
Era una oportunidad para tomarse la revancha: había que incendiar las
casas, destruir ganado y cosechas y echar a perder los pozos. A ello si-
guieron unas segundas instrucciones del teniente William Calley,
quien dijo que casi todos los aldeanos prestaban su apoyo al enemigo,
que los hombres tenían armas, las mujeres acarreaban paquetes y los
niños eran futuros integrantes del Vietcong. En resumidas cuentas,
dijo que había que matar todo lo que se moviera.
A primera hora de la mañana, se transportó a los soldados hasta la
aldea en helicóptero. Muchos dispararon mientras se desplegaban, ma-
tando tanto a personas como a animales. No había señal alguna de la
existencia del batallón del Vietcong y durante todo el día no se produ-
jo un solo disparo contra la Compañía Charlie, pero ellos continuaron
con las acciones violentas. Quemaron todas las casas. Violaron a las
mujeres y a las niñas y luego mataron a los hombres. Apuñalaron a al-
gunas mujeres en la vagina y destriparon a otras, o les amputaron las

88
manos O les arrancaron el cuero cabelludo. A las embarazadas les abrie-
ron el estómago y las dejaron morir. Hubo violaciones colectivas y ase-
sinatos por disparos o con bayoneta. Hubo ejecuciones en masa. Do-
cenas de personas, incluso ancianos, mujeres y niños, fueron ametralla-
dos en una zanja. En cuatro horas, se dio muerte a cerca de quinientos
aldeanos.

OBEDIENCIA Y CONFORMISMO

Gran parte de la masacre se produjo obedeciendo las órdenes reci-


bidas. Los oficiales principales ordenaron primero mostrar agresividad.
Los soldados obedecieron sin rechistar y dispararon las ametralladoras
contra los aldeanos que estaban en la zanja.
My Lai pone de manifiesto la disciplina militar desde dos puntos
de vista. Una de las causas de la masacre fue la ausencia de disciplina.
La Compañía Charlie se había desviado ligeramente de la obediencia
normal a las reglas a y a las órdenes. Michael Bernhardt se dio cuenta de
ello cuando vio que algunos integrantes comenzaban a cometer atroci-
dades: «Poco a poco, empecé a ver que este grupo de hombres iba que-
dando fuera de control. Sin disciplina militar, se hallaban solos en el
campo y sin punto de referencia. La educación que habían adquirido
en la familia y en la escuela se hallaba muy lejos y comenzaba a desa-
parecer»!. A menudo, la disciplina militar funciona como sustituto de
las presiones morales de la familia y de la comunidad originaria. Impr
de que una unidad militar se convierta en un hato de salvajes. En My
Lai, esa restricción no existió.
Pero otro aspecto de la disciplina militar, en cambio, contribuyó a
la masacre. La efectividad como soldado puede depender de la obe-
diencia instantánea. El cuestionamiento de una orden puede poner vi-
das en peligro. Desde este punto de vista, el sargento Hodges no vio
nada malo en la conducta de los que obedecían las órdenes en My Lai:
«Siendo yo uno de los sargentos que habíamos entrenado a la Compa-
ñía Charlie, me complacía mucho su comportamiento. Resultaron
muy buenos soldados. El hecho de que fueran capaces de entrar en My
Lai y ejecutar las órdenes que se les había dado es resultado directo,
pienso, de la buena formación recibida”.

1 Michael Bilton y Kevin Sim, Four Hours in My Laz, Nueva York, 1992, pág. 80.
2 Ibíd., págs. 53, 55.

89
Ronald Ridenhour, que conocía a muchos de los hombres de la
Compañía Charlie, describió luego cómo esa formación pudo hacer
que los soldados obedecieran instantáneamente órdenes que se opo-
nían a su carácter:
en el contexto en que han sido formados, preparados para cumplir
órdenes, hacen lo que se les dice y no deberían hacer; al día siguien-
te miran hacia atrás y advierten que probablemente han cometido
el mayor error de su vida. Sólo poquísimos tenían la presencia de
ánimo y la fortaleza de carácter necesarias para aguantar. La mayo-
ría, no?,

Pero la obediencia no lo fue todo. Las presiones al conformismo


empujaron por el camino equivocado. La Compañía Charlie estaba
aislada y sus hombres dependían unos de otros para sobrevivir. Se de-
sarrolló un vigoroso sentido de camaradería y una buena cantidad de
ellos diría más adelante que la compañía era como una familia. Su ais-
lamiento y su soledad crearon un mundo moral privado con sus propias
presiones sociales. Michael Bernhardt, que se negó a unirse a la masa-
cre, describió así tales efectos:

Lo que la gente piense de ti una vez que regresas, no importa...


Lo que importa es cómo te ve la gente que te rodea. Matar de esa
manera a un conjunto de civiles —bebés, mujeres, ancianos, gente
desarmada, indefensa— estaba mal. Todo norteamericano lo sabía.
Y sin embargo, esta compañía aquí instalada, aislada, no veía las co-
sas de la misma manera. Estoy seguro de ello. Este grupo de perso-
nas era lo único que importaba. Era el mundo entero. Lo que ellos
pensaban que estaba bien, estaba bien. Y lo que pensaban que esta-
ba mal, estaba mal. Se habían invertido las definiciones de las cosas!.

LA EROSIÓN DE LOS PRINCIPIOS MORALES

La simpatía por los aldeanos se redujo a causa de que se les veía


como un enemigo amenazante y no como víctimas. Durante un tiem-
po, los soldados expresaron esta negación de la realidad. Mientras dis-
paraban, se arrodillaban y se agazapaban como si estuvieran en una ba-
talla. Más tarde dijo uno de ellos: «Si de verdad pensaras en una masa-

3 Ibíd., pág. 20.


% Ibíd., págs. 18-19.

90
cre O en un asesinato, en que vas a disparar a un puñado de personas in-
defensas, ¿para qué arrodillarse?... Pues te arrodillas porque tienes la ca-
beza completamente confundida [...] en realidad, ellos parecen el ene-
migo, O lo que piensas que es el enemigo».
La ausencia de simpatía se veía reforzada por el hecho de que al
«enemigo» se le concebía de tal manera que resultaba deshumanizado.
Es lo que daba a entender el teniente Calley con este juicio: «Cuando
mis tropas eran masacradas y maltratadas por un enemigo que yo no
podía ver, no podía sentir, no podía palpar, la única manera de nom-
brarlo que conocía la organización militar era la de comunismo. Jamás
se les atribuyó raza, ni sexo, ni edad».
A veces, al mirar hacia atrás, los ex integrantes de la Compañía
Charlie comentaron que las inhibiciones morales se evaporaban. Se
podía empezar por ver hacer a los otros cosas que normalmente no es-
tán permitidas. Uno de los que participó en la masacre, Greg Olsen,
pasó de la estricta moral mormona en la que se había criado a algo que
se aproximaba más a la perspectiva de los atenienses en el diálogo me-
lesio. Así describió el desgaste de su moralidad:

Recuerdo que veía gente golpeada en la cabeza con rifles. Pero


comenzabas a perder el sentido de lo normal. No es que renuncies
a tu moral, pero te vuelves mucho más tolerante. Creíamos sencilla-
mente que esta conducta era de lo más común. Yo no pensaba que
hiciéramos nada distinto de cualquier otra unidad. En realidad pier-
des el sentido [...] no de lo correcto o lo incorrecto, pero cambia tu
apreciación del grado de incorrección”.

Las restricciones morales se erosionaban progresivamente. Las prime-


ras infracciones parecen relativamente insignificantes, pero luego
deja de existir una clara protección contra la erosión posterior. Es lo que
describió Michael Bernhardt en el caso de la matanza: «Comenzaba
con simples prisioneros, prisioneros que tú pensabas que eran el ene-
migo. Luego seguías con los prisioneros que no eran el enemigo, y des-
pués con los civiles, porque no había diferencia entre el enemigo y los
civiles. Llegaba el momento en que podías matar a cualquiera»*,

5 Robert Jay Lifton, Home from the War: Vietnam Veterans: Netther Victims Nor Execu-
tioners, Nueva York, 1985, pág. 50.
6 Bilton y Sim, Four Hours in My Laz, pág. 21.
7 Ibíd., 79.
8 Ibíd., 78.

91
El desgaste moral se veía reforzado por un culto a la rudeza que es-
tigmatizaba las dudas morales como debilidad sentimental. Un cape-
llán, el capitán Carl Cresswell, estuvo presente cuando se dieron las 1ms-
trucciones a los soldados antes del asalto a My Lai. La expresión de sus
propias dudas morales dio lugar a una exhibición de dureza por parte
de un mayor: «Recuerdo que dijo: “Vamos allí y aniquilamos a cual-
quiera que encontremos.” Lo miré y dije: “¿Sabe que de verdad no creía
que esa fuera nuestra manera de hacer la guerra?” Me miró y respon-
dió: “Ésta es una guerra dura, capellán”»”.
Algunos miembros de la compañía comprobaron más tarde que su
sentido de identidad se había dañado. En My Lai, el operador de radio
de la compañía, Fred Widmer, mató a dos niños pequeños:

¿Por qué? ¿Por qué hice aquello? No era yo. Algo me pasó. Lle-
gas a un punto en que te quiebras. Alguien hace chasquear el látigo
y te conviertes en una persona completamente distinta. Hay una cul-
tura de violencia, de brutalidad, en la que todos los que te rodean
hacen lo mismo?,

EXPLOSIÓN: «PERDÍ LA CABEZA»

Las acciones del teniente Calley pueden haber estado influidas por
las reacciones emocionales ante la humillación. No era respetado por sus
hombres, uno de los cuales lo veía como un pobre hombrecillo que an-
tes de entrar en el ejército había sido muy maltratado por tipos más
grandes que él. El jefe de un escuadrón dijo que era nervioso y excita-
ble, y que gritaba mucho. «Tanta era la antipatía que algunos miembros
de la unidad sentían por él, que le pusieron una corona de excremen-
tos en la cabeza.» El capitán Medina ridiculizó al teniente Calley de-
lante de sus hombres llamándole «teniente Cabeza de Mierda», y a me-
nudo se dirigía a él diciéndole «Oye, dulce...»'!.
En algunos hombres, el deseo de venganza también desempeñó su pa-
pel. Un relato de la alocución del capitán Medina antes del ataque in-
forma de que éste dijo: «Hemos perdido muchos tíos. Pinkville nos ha
hecho muchísimo daño. Ahora vamos a vengarnos. Todo vale»!?. Y es

? Ibíd., págs. 94-95.


10 Ibíd., pág. 80.
1 Tbíd., págs. 73-74.
12 Citado en Lifton, Home from the War, pág. 48.

92
evidente que la venganza tiñó la psicología de los soldados mientras
mataban aldeanos. Uno gritó: «iVietcongs hijos de puta, asquerosos)»,
«Esto, por Bill Weber!» y «Llorad, asquerosos gooks, hijos de puta, llo-
rad como nos habéis hecho llorar a nosotros!»!3.
Como dijo luego un soldado, «tienes necesidad de explotar»!*. Varna-
do Simpson describió cómo, desde dentro, cualquier explosión de violen-
cia parecía privada de emoción. En My Lai, Simpson mató a alrededor
de veinte personas: «Con mi propia mano. Hombres, mujeres. Desde
dispararles hasta abrirles la garganta, arrancarles el cuero cabelludo,
amputarles las manos y cortarles la lengua. Yo lo hice.» Cuando se le
preguntó por qué había hecho esas cosas, contestó: «Simplemente lo
hice. Perdí la cabeza... Una vez que empecé, salió a la luz la... la forma-
ción, todo el programa para matar.» Se le preguntó si la formación le
mandaba arrancar el cuero cabelludo o cortar orejas. Esta fue su res-
puesta: «No. Pero mucha gente lo hacía. Así que yo no hice más que
seguir a los demás. Perdí todo el sentido de finalidad. Simplemente
empecé a matar de todas las maneras posibles que tenía de matar.
Ocurrió, sin más. Yo no sabía que tenía eso dentro.»

Pero como yo digo, después de matar al niño, perdí la cabeza.


Y una vez que empiezas, es muy fácil seguir. Una vez que empiezas.
Lo más difícil, lo que resulta más difícil, es matar, pero una vez que
matas, se vuelve más fácil matar a la persona siguiente y a la si-
guiente y a la siguiente. Sin sentido. Sólo mataba. Puede ocurrirle
a cualquiera!”.

IRRUPCIÓN

Hubo soldados que se sorprendieron de lo que se les ordenaba ha-


cer. A Dennis Conti y a Paul Meadlo, el teniente Calley les ordenó ma-
tar a un grupo de aldeanos en el que había bebés, niños y mujeres muy
mayores. Ambos trataron de eludir la orden, pero Calley perdió el
control y la repitió. Conti siguió evadiéndose con la excusa de ahorrar
municiones, pero Meadlo se unió a Calley y disparó con éste a los al-
deanos. Un minuto más tarde, más o menos, se deshacía en lágrimas y
no pudo continuar. Dejó que Calley terminara la masacre. En el caso

3 Ibíd, pág. 52.


14 Ibíd., pág. 53.
15 Bilton y Sim, Four Hours in My Lai, pág. 7.

93
de Conti, la irrupción de la conciencia o de la simpatía lo salvó de
obedecer a Calley. El hecho de que una irrupción análoga no evitase
la obediencia de Meadlo en todo momento es un triste tributo a la pro-
gramación militar.
En algunos casos, la irrupción condujo a la resistencia efectiva a la
masacre. Hugh Thompson era un piloto de helicóptero de veimticinco
años de edad y tenía la reputación de ser valiente en el combate. Cuando
volaba sobre My Lai, vio gente herida y lanzó señales de humo pr
diendo ayuda. Más tarde vio soldados cerca de una persona herida que
él había señalado, una mujer de veinte años aproximadamente. Se
mantuvo inmóvil a muy poca altura sobre ella y envió un mensaje a
las tropas: «Tenéis heridos debajo de la burbuja.» Vio que un capitán de
infantería se acercaba a la mujer, la empujaba con el pie y luego la ma-
taba. Después vio cuerpos humanos, algunos todavía con vida, en una
zanja, y muy cerca de allí, soldados sentados y fumando. Thompson
aterrizó y preguntó si la gente que estaba en la zanja necesitaba ayuda.
Un sargento dijo que la única manera de ayudar a esa gente era liberar-
los de su miseria. El teniente Calley dijo a continuación que estaba a
cargo de las tropas de tierra y que eso no incumbía a Thompson.
Cuando Thompson hubo despegado —dijo Glenn Andreotta, miem-
bro de la tripulación— el sargento disparó a la gente de la zanja.
Hugh Thompson pensó que los nazis habían masacrado a gente me-
tiéndola en zanjas y disparándola. Vio civiles, incluso niños, cornmendo ha-
cia un refugio antiaéreo perseguidos por un grupo de soldados. Aterrizó
entre los aldeanos y los soldados y envió una señal de radio para solicitar
ayuda. Ordenó a su tripulación que utilizara las ametralladoras contra
las tropas norteamericanas si disparaban sobre los aldeanos. Fue al re-
fugio antiaéreo y persuadió a los civiles para que salieran. Llamó a dos
helicópteros de transporte de tropas y armas para que colaboraran en
el rescate de los civiles. Cuando su petición fue cuestionada, maldijo y
suplicó, para agregar que su ametrallador haría fuego contra la infante-
ría si ésta disparaba sobre los civiles. Hugh Thompson no pudo hablar
directamente con la infantería, pero los mencionados helicópteros
consiguieron enviar una señal para que ésta dejara de matar. Luego, los
aparatos aterrizaron y despegaron para llevar a lugar seguro a la gente
que Hugh Thompson y su tripulación habían salvado: dos hombres,
dos mujeres y cinco o seis niños.
Cuando Thompson volvió a despegar, Glenn Andreotta vio que
algo se movía en la zanja. Aterrizaron nuevamente y regresaron a la
zanja, que estaba llena de cadáveres, unos cien entre hombres, mujeres
y niños. Andreotta bajó entre los cadáveres. Finalmente encontró una

94
criatura de unos tres años, probablemente un varón, cubierto de san-
gre y fango, pero no herido. Hugh Thompson, que tenía un hijo más
o menos de esa edad, lloró mientras llevaban al niño al hospital. La
Compañía Charlie comenzó a transmitir por radio y sin ambigiedad
la orden de «detener la matanza de civiles».

Con toda razón, crímenes de guerra como el de My Lai producen


horror, pero la psicología de esos episodios no es radicalmente ajena
a la de combates mucho más «normales». Por supuesto, la masacre de-
liberada de civiles indefensos es moralmente diferente de la lucha ar-
mada con fuerzas enemigas. Moralmente diferente, pero inquietante-
mente próxima en su psicología.

95
CAPÍTULO 10

Un paso más: matar a distancia

Las guerras tradicionales se libraban cuerpo a cuerpo. Por eso era


necesario programar a los soldados para que perdieron sus inhibicio-
nes para matar. Y es esa lucha cuerpo a cuerpo la que evoca las explo-
siones emocionales y el extraño éxtasis de la guerra.
El gran cambio del siglo xx en materia de guerra reside en la capa-
cidad de matar en masa y a distancia. Nuestro pensamiento acerca de
la psicología de la guerra está dominado por episodios conmovedores,
como la masacre de My Lai. Pero, en la guerra moderna, incluso lo
más conmovedor es pobre indicación de lo más dañino. La tecnología
ha creado formas de violencia fría que deberían perturbarnos mucho
más que la bestia rabiosa que hay en el hombre. Las grandes atrocida-
des militares de hoy emplean bombas y misiles. Las decisiones se adop-
tan fríamente y a gran distancia.
A menudo, las víctimas de esta matanza fría y a distancia son civi-
les. Por cierto que no es novedad. Tanto en My Lai como en Bosnia,
los civiles fueron asesinados cuerpo a cuerpo. Á comienzos del si-
glo xx, las masacres que cometían los soldados se tenían por aberracio-
nes. Tal vez esto fuera demasiado optimista. La matanza en masa y a
distancia de civiles, al verse facilitada por la tecnología, es básica en la
guerra moderna y debería ser el tema central de estudio de la psicolo-
gía de la guerra.
El bombardeo de civiles en la Segunda Guerra Mundial, ya sea con
bombas «convencionales», ya con bombas atómicas —en Hiroshima y
Nagasaki—, es un producto evidente de la tecnología. En realidad, se

96
trata de fases preparatorias del posterior deslizamiento del siglo xx ha-
cia la matanza masiva de civiles a distancia.

EL BLOQUEO NAVAL BRITÁNICO

El comienzo de ese deslizamiento requirió una tecnología tan


poco sofisticada como los barcos de guerra: fue el bloqueo económico
de Alemania en la Primera Guerra Mundial.
Cuando comenzó, el bloqueo apenas se notó, a pesar de que el his-
toriador y teórico militar Sir Basil Liddell Hart piensa que su iniciación
fue «tal vez lo más decisivo de la guerra». En julio de 1914, la flota bri-
tánica zarpó hacia Scapa Flow, y a partir de ese momento y hasta que
la flota alemana fue derrotada en 1918, «las vías de comunicación ale-
manas estuvieron sometidas a una presión invisible que jamás aflojó»”.
La estrategia naval alemana fue defensiva, con el objetivo de evitar
batallas mientras sus minas y sus submarinos no debilitaran la armada
británica, más poderosa. La respuesta de ésta no fue buscar la batalla,
sino dominar el Mar del Norte y mantener la presión sobre los abaste-
cimientos alemanes.
Al comienzo de la guerra, el gobierno británico había aceptado la
Declaración de Londres de 1909, que limitaba severamente el uso del
bloqueo, pero Alemania declaró zona de guerra las aguas que rodea-
ban a las Islas Británicas, donde los submarinos alemanes hundirían
naves extranjeras. Como represalia, los británicos abandonaron las restric-
ciones y empezaron a interceptar buques con mercancías para Alema-
nia. La presión se intensificó enormemente en 1917, cuando Estados
Unidos entró en la guerra. Lidell Hart considera que el bloqueo había
sido «el agente decisivo en la lucha». Según él, ningún historiador in-
fravaloraría «el efecto directo de la semihambruna del pueblo alemán
en el colapso final del “frente interno”»*.
Es difícil calcular la cantidad de muertes provocadas por el blo-
queo. Es incluso dificil saber en qué medida la escasez de alimento se
debía al bloqueo y en qué medida a la prioridad económica que Ale-
mania otorgaba al esfuerzo de guerra, o cuántas muertes producidas
por la epidemia de gripe de 1918 debieran atribuirse en parte a severas
deficiencias de alimentación. Después de la guerra, un cálculo of1cial

1 B. H. Liddell Hart, 7he Real War, 1914-1918, Londres, 1930, págs. 89-94, 503.
2 Ibíd., pág. 503.

27
alemán elevaba a 762.000 la cantidad de muertes debidas al bloqueo.
Un Libro Blanco del gobierno británico llevaba esa cifra a 800.000,
pero las estimaciones posteriores, una de las cuales la reduce a 424.000,
fueron notablemente más bajas”.
Después del armisticio, el bloqueo se extendió a los puertos del
Báltico y continuó hasta que los Aliados quedaron satisfechos con el
cumplimiento de sus exigencias por parte de Alemania. El periodista
Walter Duranty visitó Lúbeck en 1919 y se encontró con que la gente
vivía a base de patatas y pan moreno. Carecían de carne, mantequilla,
leche y huevos. Un médico le dijo que el noventa por ciento de los n1-
ños estaban anémicos y tenían menos peso del normal, además del ra-
quitismo o la tuberculosis que padecían más de la mitad”.
La hostilidad que la guerra engendró hizo que la presión pública
para que finalizara el bloqueo fuese muy escasa más allá de las fronte-
ras de Alemania. Uno de los que quería ponerle fin era Winston Chur-
chill, pero, como él mismo dijo, «la opinión pública en los países alia-
dos era insensible»?. En marzo de 1919 se llegó al acuerdo de levantar
el bloqueo, pero el pueblo alemán siguió muniéndose hasta que empe-
zó a llegar alimento, en el mes de mayo.
La importancia del boqueo como desastre humano trasciende con
mucho los grandes sufrimientos a los que da lugar. Agría la paz y crea un
clima muy poco propicio para la reconciliación. Churchill describía así la
comprensible respuesta alemana: «Estas amargas experiencias quitan ante
sus ceos toda credencial a sus conquistadores, excepto la de la fuerza». El
bloqueo fue utilizado para imponer las cláusulas de «culpa de guerra» del
Tratado de Versalles. El principal delegado alemán en Versalles, Graf Ul-
rich von BrockdorffRantzau, expresó en parte el resentimiento: «Los cen-
tenares de miles de no combatientes que han perecido desde el 11 de no-
viembre a causa del bloqueo fueron destruidos fría y deliberadamente,
con posterioridad al logro de una victoria indudable y segura de nuestros
adversarios. Piensen ustedes en esto cuando hablan de culpa y repara-
ción».

3 Las opiniones más recientes sobre las cifras se analizan en Alyson Jackson, «Germany,
the Home Front (2): Blockade, Government and Revolution», en Hugh Cecil y Peter
H. Liddle (comps.), Facing Armageddon: the First World War Experienced, Londres, 1996.
* Walter Duranty, 1 Write as I Please, Londres, 1935, pág. 14.
? Winston S. Churchill, 7he World Crisis, vol. 5, Aftermath, Londres, 1922, pág. 66.
8 Ibíd., pág. 67.
7 Ulrich von BrockdorfERantzau, discurso de la delegación alemana, Versalles, 7 de
mayo de 1919, en Anton Kaes, Martin Jay y Edward Dimendberg (comps.), The Weimar
Republic Sourcebook, Berkeley, Cal., 1994, pág. 10.

98
Las cláusulas de «culpa de guerra» contribuyeron al desarrollo del re-
sentido nacionalismo alemán del período entre guerras. Algo que llama
la atención en los discursos nazis es la insistencia en la presentación de los
alemanes como víctimas. La explicación de los horrores nazis, así como
de la guerra que los nazis desencadenaron, ha de incluir la contribución de
Versalles a la sentida necesidad de reafirmar el orgullo alemán.
La importancia del bloqueo como desastre humano va aún más
allá. Fue una fase en el desarrollo de una nueva psicología de guerra,
de una psicología adaptada a la matanza de poblaciones civiles a gran
escala. El bloqueo es un ejemplo temprano y técnicamente primitivo
de este cambio. Muestra con claridad una pequeña cantidad de mode-
los psicológicos simples, algunos de los cuales contribuyeron a atroci-
dades posteriores, más tecnológicas.

LA IDENTIDAD MORAL: UNA RESTRICCIÓN QUE PERMANECE

Cuando la guerra se libra a distancia, la psicología es diferente. Los


principios morales no se ven amenazados por el éxtasis del combate cuer-
po a cuerpo, más poderoso que ellos. Pero, por otro lado, no hace fal-
ta demasiado para neutralizar las inhibiciones ligadas al respeto y a la
simpatía. Quienes dirigen la política están muy lejos de los muertos.
Las humillaciones no se ven. Y la simpatía es mínima.
Lo que sobre todo es preciso neutralizar para hacer la guerra a dis-
tancia es la identidad moral. Al comienzo del siglo xx, muchos políti-
cos, soldados y otros grupos sociales hubieran repudiado la idea de
perdonar las matanzas deliberadas de civiles; pero a lo largo del siglo,
muchos no sólo lo hicieron, sino que además participaron en ellas.
Esta neutralización de la identidad moral era más compleja que la neu-
tralización necesaria para el combate cuerpo a cuerpo. Hacía falta algo
más sutil que el sargento bravucón.
El conflicto con la identidad moral se reduce si la matanza de civi-
les parece justificable. En general, quienes se oponen a matar hacen
una excepción para la autodefensa contra un asesino potencial. En
tiempos de guerra, la represalia en especie tiene un atractivo similar.
Los que defienden el bloqueo podrían señalar que se inició como res-
puesta al bloqueo alemán de Gran Bretaña.
Embarcarse en esa política es moralmente menos problemático sí
al comienzo no se tiene a civiles como objetivo, y menos aún si ni si-
quiera se piensa en ellos. En 1914, los entusiastas de la guerra se alegra-
rían de que la Royal Navy zarpara hacia Scapa Flow. No tenían en

99
mente hacer pasar hambre a los niños alemanes ni dejarlos raquíticos.
Esta brecha entre la primera intención y el resultado posterior se ha
convertido en lugar común de la guerra del siglo xx sobre civiles.
Cuando la política comienza sin la intención de matar civiles, la i-
troducción de esta matanza se acepta más fácilmente si se da gradual-
mente. Es lo que sucedió en el caso del bloqueo. Cuando la armada se di-
rigió a Scapa Flow, el bloqueo estaba formalmente excluido. En el pri-
mer momento, la eficacia del bloqueo sólo era parcial debido a la
necesidad de cometer el mínimo ultraje posible a poderosas poten-
cias neutrales, como Estados Unidos. Antes de que este país entrara
en la guerra, no había decisión pendiente acerca de un bloqueo de-
vastador. Cuando la participación norteamericana lo hizo mucho
más efectivo, fue innecesario adoptar ninguna nueva decisión. Una
decisión adoptada de modo gradual puede evitar el momento clave
en que resulte ineludible abordar el problema moral relativo a la ma-
tanza de civiles. Ni los participantes, mi quienes los apoyan, tienen
por qué reconocer que han pasado a formar parte de las personas que
aceptan esas cosas.
La identidad moral se ve menos amenazada cuando las muertes pare-
cen tener una causa «negativa», esto es, como en el caso del bloqueo, que
la gente se muera por xo tener alimento, no porque se dispare contra ella.
Los participantes también sienten menos amenazada su identidad
moral cuando la ejecución de la política se extiende a muchas perso-
nas que actúan indirectamente, pues de esa manera se diluye el senti-
do de la responsabilidad individual.
La armada no pensaba que la decisión política estuviera en sus ma-
nos, mientras que los políticos y los funcionarios se sentían parte de
una maquinaria burocrática que operaba sólo de manera indirecta y a
cierta distancia de la hambruna de los alemanes. Esto resulta evidente
en la descripción de John Maynard Keynes del tratamiento que se dio
en la conferencia de paz al bloqueo continuado. Los norteamericanos
deseaban levantar el bloqueo. Los británicos, en un primer momento,
apoyaron el punto de vista de los franceses a favor de su continuación.
Keynes, que deseaba que se levantara el bloqueo, da dos explicacio-
nes del apoyo británico inicial al punto de vista francés. Según una
de ellas, había negociadores más interesados en su propia posición que
en el problema en sí mismo. Lord Reading, a cargo de la política exte-
rior en la materia, «intrigaba a la sazón día y noche para ser uno de los
que estaban a favor de París y le aterrorizaba identificarse demasiado
decididamente con cualquier cuestión polémica». La segunda explica-
ción de Keynes también era de índole burocrática:

100
En aquel momento, el Bloqueo se había convertido en un ins-
trumento perfectísimo. Había llevado cuatro años crearlo y era el lo-
gro más preciado del gobierno; había evocado en su máxima sutile-
za las cualidades de los ingleses. Sus autores habían llegado a amar-
lo por sí mismo; incluía ciertos progresos recientes que se perderían
en caso de que se le pusiera fin; era muy complicado, y una arapla
organización había establecido poderosos intereses al respecto?.

Ninguno de estos pensamientos parece teñido de gran simpatía


por los niños a los que esta inercia terminaría por matar. Y es probable
que la interacción burocrática de tanta gente no dejara a nadie la sen-
sación de responsabilidad personal de las muertes.
Estas maneras de facilitar la matanza de civiles volvería a aparecer
en el bombardeo de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, y nue-
vamente en el uso de la bomba atómica.

8 John Maynard Keynes, Dr Melchior: a Defeated Enemy, en Tivo Memoirs, Londres,


1949.

101
CAPÍTULO 11

Bombardeo

Pensé que sería bueno que los que ordenan los bombar-
deos y los que los ejecutan se pasearan alguna vez sobre el
terreno y vieran qué les parece.

MARTHA GELLHORN, «Bombas sobre Helsin-


ki, diciembre de 1939», en The Face of War

Como ya he dicho, unos hombres enormemente civiliza-


dos vuelan sobre mi cabeza tratando de matarme. No los
mueve ninguna animadversión hacia mí en tanto individuo,
como tampoco a mí me mueve ninguna animadversión hacia
ellos. Sólo «cumplen con su deber», como reza el dicho. La
mayoría, no me cabe duda, son hombres de buen corazón y
respetuosos de la ley, que en la vida privada nunca soñarían
siquiera con cometer un asesinato. Pero si alguno consigue
hacerme saltar en pedazos con una bomba bien colocada, no
perderá el sueño por eso.

GEORGE ORWELL, 7he Lion and the Unicorn

La utilización del bloqueo contra Alemania para matar literalmen-


te de hambre a una gran cantidad de personas traspasó la barrera moral
contra el asesinato de civiles en masa. Fue el antecedente, primero,
del bombardeo «convencional» de civiles en la Segunda Guerra
Mundial y posteriormente del empleo de la bomba atómica. Estos

102
actos han provocado repugnancia, pero las guerras posteriores hacen
dificil creer que la barrera moral se haya restaurado.
Un episodio clave de este cambio de perspectiva es el empleo bri-
tánico del bombardeo en la Segunda Guerra Mundial.

1. La OFENSIVA DE BOMBARDEOS CONTRA ALEMANIA

La campaña de bombardeos pasó por tres fases. En la primera, has-


ta el verano de 1941, la táctica concebida era la de bombardear de
modo selectivo únicamente objetivos militares. Pero, puesto que los
británicos carecían del dominio del aire, el coste de los bombardeos
diurnos era tremendamente elevado. De modo que muy pronto se cam-
bió esa táctica por la de bombardeos nocturnos. En la fase central, del
verano de 1941 al verano de 1944, los británicos, y luego los aliados, to-
davía no tenían el dominio del aire, pero ya habían entendido que el
bombardeo noctumo no era lo suficientemente preciso para alcanzar
objetivos militares. Se pasó, pues, a un «bombardeo zonal» indiscrimina-
do, o, mejor dicho, se pasó de un bombardeo zonal no intencional a
uno intencional. En la última fase de la campaña, con posterioridad al
verano de 1944, los aliados lograron tener el dominio del aire y enton-
ces fue posible el bombardeo de precisión, pero también hubo en esta
última fase un número importante de bombardeos zonales.

La primera fase: prohibición de objetivos civiles

La prohibición de objetivos civiles tiene amplio respaldo en la op:-


nión pública mundial. Al comienzo de la guerra, la táctica británica de
bombardeos no se dirigía a los civiles, sino que tenía objetivos exclusiva-
mente militares. Se reconocía que los bombardeos eran imprecisos y que
a menudo había civiles que vivían o trabajaban en las inmediaciones de
las instalaciones militares. Las inevitables bajas civiles se aceptaban como
precio razonable que debía pagarse por la derrota final de Hitler.
Ya en aquella época hubo quienes consideraban la prohibición de
objetivos civiles como cuestión básicamente de propaganda. En 1939,
el Jefe del Estado Mayor del Aire habló de «una fase en que, por razo-
nes políticas, estamos limitados a un tipo de acción que no es econó-
mica ni plenamente eficaz».

1 Carta citada en Max Hastings, Bomber Command, Londres, 1979, pág. 62.

103
Churchill autorizó una primera desviación respecto de la prohibi-
ción. Al comienzo, en sus ataques sobre Gran Bretaña, la Luftwaffe tam-
bién se había limitado a objetivos exclusivamente militares. Pero el 24
de agosto de 1940, las bombas destinadas a un depósito de petróleo ca-
yeron en la City de Londres y en el East End. Churchill, pasando por
encima de la RAF, ordenó un bombardeo sobre Berlín al día siguien-
te. La Luftwaffe desencadenó la Blitzkrieg sobre Londres. La represalia
en especie empezó a parecer más aceptable. Hubo ciertas excepciones
a la prohibición de objetivos civiles y continuaron las incursiones so-
bre Berlín. El 16 de diciembre de 1940 se lanzó un ataque sobre
Mannheim como represalia a los ataques alemanes sobre Coventry
y Southampton. Todos éstos eran casos de bombardeo zonal que te-
nían como objetivo un sector en el interior de una ciudad y que, en
consecuencia e inevitablemente, afectaban también a civiles, pero la
política general seguía siendo la de castigar objetivos militares.
Los informes de las tripulaciones aéreas sobre los bombardeos de
precisión sugerían éxitos”, pero era dificil obtener pruebas fotográficas
convincentes del daño ocasionado. En 1941 se envió al Gabinete un
informe de David Butt sobre los resultados del bombardeo basado en
el análisis de fotografías. De las tripulaciones de bombarderos que de-
cían haber acertado en su objetivo, sólo la tercera parte había dado a
menos de ocho kilómetros del blanco previsto?. En realidad, se estaban
realizando bombardeos zonales no intencionales.

La fase intermedia: bombardeo zonal y «segundo frente»

Cuando se descubrió esto, hubo que hacer algo. Era preciso esco-
ger entre abandonar por completo el bombardeo o continuar con el
bombardeo intencional de civiles. En el verano de 1941, las posibilida-
des británicas de devolver los golpes a Hitler eran escasas. Dejar de
bombardear podría hacer pensar a los pueblos de ambos bandos que
Gran Bretaña estaba dispuesta a abandonar la lucha. El bombardeo
sólo podía consistir en ataques indiscriminados a ciudades, pero se ter-
minó por aceptar los argumentos a favor de esta segunda opción. La
fase intermedia de la campaña incluyó las incursiones de mil bombar-

2 Sir Charles Webster y Noble Frankland, The Strategic Air Ofensive Against Germany,
1939-1945, vol. 1, Londres, 1961, págs. 218-219.
? Informe de D. M. Butt a la División de Bombarderos, 18 de agosto de 1941, Apén-
dice 13 en Webster y Frankland, Strategic Air Offensive, vol. 4.

104
deros sobre Colonia y otras ciudades, así como gigantescos ataques a
Hamburgo, el Ruhr y Berlín.
Una de las finalidades de la campaña era dejar patente que se pres-
taba apoyo a Rusia. Después del ataque de Hitler al Este, el ejército so-
viético peleaba en un amplio frente con bajas masivas. Rusia soporta-
ba lo peor de la guerra europea y Stalin presionaba para que se abriera
un segundo frente en Occidente. Era importante mostrar a la Unión
Soviética que Gran Bretaña seguía activa en la guerra. Pero el gobierno
británico, por temor a una repetición de la Primera Guerra Mundial,
no deseaba emprender una invasión aliada a la Europa ocupada mientras
no hubiera una indudable oportunidad de éxito. Continuar con los
bombardeos fue una manera alternativa de dar apoyo.
En la prensa soviética, e incluso en mensajes del propio Stalin, se
hablaba de la cobardía británica. Churchill fue entonces a Moscú en
agosto de 1942 para explicar a Stalin por qué una invasión de Francia
en esa fase no tendría éxito. Más tarde describirá Churchill la «muy
sombría» respuesta de Stalin, así como sus comentarios: «Un hombre
que no estaba preparado para asumir riesgos no podía ganar una
guerra. ¿Por qué teníamos nosotros tanto miedo a los alemanes? Su ex-
periencia mostraba claramente que las tropas deben foguearse en la ba-
talla. Si no han fogueado ustedes sus tropas, no tienen idea de cuál es
su valor.» Y en una sesión posterior, «dijo una gran cantidad de cosas
desagradables, sobre todo acerca de nuestro miedo excesivo a pelear
con los alemanes, y que si intentábamos actuar como los rusos, nos da-
ríamos cuenta de que no era tan terrible”.
Comentarios posteriores de Molotov sugieren que este tono era
mera pose y que Stalin había entendido que, en ese momento, un se-
gundo frente en Francia habría sido un fracaso. De acuerdo con Molo-
tov, Stalin mantuvo la presión para obtener otras formas de ayuda:
Churchill voló a Moscú e insistió en que no podían abrir un se-
gundo frente en Europa en 1942. Advertí que Stalin lo aceptaba con
calma. Comprendió que era imposible. Pero necesitaba un papel con
ese acuerdo. Era muy importante para el pueblo, para la política y
para la futura presión sobre los aliados [...] No creíamos en un se-
gundo frente, por supuesto, pero teníamos que tratar de conseguirlo.
Les acobardábamos: ¿No podéis? Pero habéis prometido [...] Así era”.

4 Winston S. Churchill, The Second World War, vol. 4, The Hinge of Fate, Londres,
1951, págs. 431, 437-438.
5 Albert Resis (comp.), Molotov Remembers: Inside Kremlin Politics: Conversations with
Felix Chuev, Chicago, 1993, págs. 45-47.

105
En las discusiones, Churchill desplazó la relación hacia un terreno
más conveniente. Resumió la proyectada invasión de África del Norte
y recordó a Stalin el bombardeo de Alemania. Observó que la men-
ción de esas cosas «producía satisfacción general». Stalin «resaltó la 1m-
portancia de golpear la moral de la población alemana. Dijo que él
asignaba la mayor importancia al bombardeo y que sabía que nues-
tras incursiones aéreas estaban produciendo un efecto tremendo en
Alemania».
El enviado de Roosevelt, Averell Harriman, observó que la men-
ción del bombardeo comenzó a distender la atmósfera de hostilidad:
Fue el primer acuerdo entre ambos hombres. Stalin hizo suyo el
argumento y dijo que había que destruir tanto viviendas como fábri-
cas. El Primer Ministro estuvo de acuerdo en que la moral civil es un
objetivo militar, pero dijo que el bombardeo de viviendas de traba-
jadores era un subproducto de yerros en el ataque a fábricas. La ten-
sión comenzó a aflojarse y empezó a tomar cuerpo una cierta com-
prensión de la finalidad común. En pocos instantes, entre ambos
habían destruido la mayor parte de las ciudades industriales impor-
tantes de Alemania”.

Se esperaba utilizar el poder aéreo para ayudar al frente oriental


contra Hitler. El apoyo tenía que ser suficientemente visible para coad-
yuvar al mantenimiento de Rusia en la guerra. Se prometió a Stalin
más bombardeos sobre Alemania y se le enviaron fotos de la devasta-
ción. Dresde fue bombardeada en parte como respuesta a la exigencia
de Churchill de una prueba ostensible antes de encontrarse con Stalin
en Yalta.
La pretensión de que el bombardeo zonal mantuvo a Rusia en la
guerra no es sostenible. (Este argumento podía haber influido en Chur-
chill, pues no conocía la verdadera opinión de Stalin como la conocía
Molotov.) Stalin aceptaba la imposibilidad de una invasión de Europa
Occidental a corto plazo. La operación de África del Norte era una de-
mostración de la seriedad con la que británicos y estadounidenses se to-
maban la guerra. Y cuesta ver a Stalin, ya traicionado una vez por Hit-
ler, conformarse con nada que no fuera la derrota de éste.
Pero algo de razón había en la idea de que la campaña aérea era
una suerte de segundo frente. La aviación alemana, que habría podido

£ Churchill, 7he Hinge ofFate, pág. 432.


7 W/. Averell Harriman y Elie Abel, Special Envoy to Churchill and Stalin, 1941-1946,
Londres, 1976, págs. 152-153.

106
utilizarse contra Rusia, debía ser distraída para luchar contra los bom-
barderos. Y también debía desviarse parte de la producción militar. Ri-
chard Overy ha señalado que en 1942 más de la mitad de la nueva avia-
ción de combate alemana estaba formada por bombarderos, muchos
de ellos para emplear en el frente oriental. La necesidad de una defen-
sa de cazas que se enfrentara a los bombarderos aliados cambió las co-
sas. En 1944, sólo el dieciocho por ciento de la aviación alemana de
combate correspondía a bombarderos!,
Aunque pensaba que el daño directo que el bombardeo producía
a la industria alemana no era muy serio, Albert Speer, ministro de Su-
ministros Militares de Hitler, dio cierto apoyo a la idea del «segundo
frente»:

La verdadera importancia de la guerra aérea consistía en que


abría un segundo frente mucho antes de la invasión de Europa. Ese
frente eran los cielos abiertos sobre Alemania [...] La impredictibili-
dad de los ataques convertía en gigantesco ese frente [...] La defensa
de los ataques aéreos requería la producción de miles de cañones an-
tiaéreos, el almacenamiento de tremendas cantidades de municiones
en todo el país y la disponibilidad de centenares de miles de solda-
dos [...] ésa fue la mayor batalla que perdió el bando alemán?.

Si esto es cierto, es un argumento a favor del bombardeo zonal en


la fase intermedia de la campaña. Tal vez la diversificación de los recur-
sos contribuyó a derrotar a los nazis.

La última fase: el dominio del arre

La campaña aérea contra Alemania fue tremendamente impulsada


por el crecimiento de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y, después de
la invasión a Normandía, por la utilización de bases en Francia. A par-
tir de 1944, los aliados tuvieron el dominio del aire: pudieron ignorar a
la Luftwaffe. Y se refinaron las técnicas de puntería. Fueron posibles
los bombardeos de precisión a la luz del día. Hubo quienes apoyaron
que el objetivo primordial fueran las instalaciones petroleras, mientras
que otros daban prioridad a la destrucción del sistema alemán de trans-

$ Richard Overy, Why the Alles Won, Londres, 1995, pág. 129.
? Diario de Albert Speer en la prisión de Spandau, citado en Hastings, Bomber Com-
mand, pág. 287.

107
porte. El Jefe de la División de Bombarderos, Sir Arthur Harris, contr
nuó decantando su apoyo hacia el bombardeo zonal.
A finales de la guerra, los bombardeos aliados llegaron a crear ver-
dadera escasez de petróleo en Alemania. La Luftwaffe no podía em-
plear su nueva aviación. Hubo partes del ejército que quedaron inmo-
vilizadas o se vieron obligadas a recurrir a los caballos. La concentra-
ción de los ataques sobre objetivos petroleros podían acabar con la
resistencia al avance aliado. En mayo de 1944, Albert Speer dijo a Hit-
ler: «El enemigo nos ha castigado en uno de nuestros puntos más dé-
biles. Si persisten en ello, dejaremos de tener combustible en cantida-
des que valga la pena mencionar. ¡Nuestra única esperanza es que el
otro bando tenga en la fuerza aérea un Estado Mayor tan descerebra-
do como el nuestro!»!%. En sus memorias, Speer califica los ataques a
las fábricas de cojinetes de bola, imprescindibles para aviones y vehícu-
los, como una amenaza extraordinaria.
La importancia de los ataques a la producción petrolera y a la de
vehículos fue reconocida por el Jefe del Estado Mayor del Aire, Sir
Charles Portal, y por los comandantes norteamericanos. En septiem-
bre de 1944 se le otorgó la condición de «objetivo prioritario» único,
mientras que la segunda prioridad correspondía a las vías de transpor-
te y a la producción de tanques y vehículos.

¿Estaba justificado el bombardeo zonal en la última fase?

En la última fase de la campaña de bombardeos, del verano de 1944


en adelante, hubo dos cosas diferentes. Existía ya un segundo frente en
tierra y el Comando Aliado del Aire había hecho posible el bombar-
deo de precisión. En esta fase, los argumentos para el bombardeo zo-
nal debían mostrar que éste era preferible a los ataques al petróleo y
el transporte. Los principales argumentos que se utilizaron sostenían
que ahorraba vidas a los aliados, que desorganizaba la industria alema-
na y que debilitaba la moral.
La primera afirmación era que la campaña de bombardeos tal vez
fuera una vía hacia la victoria que evitaba el tipo de guerra de desgaste
contra el cual había protestado el propio Churchill con ocasión de la
batalla del Somme. Sir Arthur Harris sostuvo que se trataba de un mé-

10 Albert Speer, Inside the Third Reich, trad. Richard y Clara Winston, Londres, 1971,
pág. 469.

108
todo comparativamente humano: «Por una parte, dejó a la flor de laju-
ventud de nuestro país y de nuestros aliados a salvo de ser segada por
los militares en el campo de batalla, como ocurrió en Flandes en la
guerra de 1914-1918»!!.
Harris planteó vigorosamente la cuestión en 1945: «La destrucción
de esas ciudades ha debilitado inexorablemente el esfuerzo de guerra
alemán y hoy hace posible que los soldados aliados avancen en el co-
razón de Alemania con bajas insignificantes.» Los ataques «se justifican
estratégicamente en la medida en que tienden a acortar la guerra y pre-
servar así la vida de soldados aliados. A mi juicio, no tenemos ningún
derecho a suspenderlos, a menos que sea indudable que no tengan ese
efecto»!?
¿Por qué se suponía que el bombardeo zonal acortaría la guerra o
que facilitaría la tarea de las tropas aliadas? La respuesta era que desor-
ganizaba la industria y socavaba la moral.
Sir Arthur Harris dijo que el bombardeo zonal desorganizaría la in-
dustria alemana porque ocasionaría una gigantesca pérdida de ho-
ras/hombre. Esto fue discutido tanto por Albert Speer como por las
inspecciones de posguerra. (Estas evidencias son inherentes a la venta-
ja de una mirada retrospectiva. Para hacer justicia a Sir Arthur Harris,
si su creencia era errónea, era imposible saberlo en aquel momento.)
Durante el interrogatorio. a Albert Speer, éste dijo que los ataques
persistentes a la industria química habrían dejado a Alemania sin de-
fensas, pero que, hasta el final de la guerra, el bombardeo zonal no dis-
minuyó la producción de las industrias que alimentaban la guerra.
«Los ataques noctumos no consiguieron quebrar la voluntad de traba-
jo de la población civil.» Incluso después del bombardeo de Dresde, la
actividad industrial se recuperó rápidamente. «En consecuencia, se po-
dría decir a modo de conclusión que una carga de bombas es más efec-
tiva si se la deja caer sobre objetivos económicos que si se usa sobre
pueblos y ciudades»””.
La conclusión de Speer cuenta con el apoyo de la inspección de
posguerra realizada por la Unidad Británica de Inspección de Bombar-
deos. La inspección británica sugirió que la pérdida de la producción
de guerra a causa de los bombardeos zonales fue desde un mínimo
de 0,25 por ciento en 1942 a un máximo de 3,8 por ciento en la segunda

11 Sir Arthur Harris, Bomber Offensive, Londres, 1947; reimpreso en 1990, pág. 176.
12 Carta a Sir Norman Bottomley, citada en Hastings, Bomber Command, pág. 452.
13 Webster y Frankland, Strategic Air Offensive, vol. 4, Apéndice 37, interrogatorio de
Albert Speer.

109
mitad de 1943. A conclusiones muy similares llegó la Inspección Nor-
teamericana de Bombardeo Estratégico!*. La otra afirmación era que el
bombardeo zonal debilitaba la moral de la población alemana. Sir
Arthur Harris dio muestras de escepticismo acerca del ataque a la moral
en un Estado policial como Alemania*”. Y Churchill, aunque autoriza-
ba el abandono de las restricciones tradicionales, siempre había mante-
nido dudas acerca de la eficacia del bombardeo como medio para de-
bilitar la moral. En 1917 había escrito que, lejos de sofocar el espíritu
combativo del pueblo, las incursiones aéreas en Alemania lo habían
fortalecido!*. En 1941, aún mantenía el escepticismo: «Todo lo que he-
mos aprendido desde el comienzo de la guerra muestra que sus efec-
tos, tanto físicos como morales, se han exagerado enormemente [...] Lo
máximo que podemos decir es que habrá un malestar serio y confío en
que cada vez sea más grave»””.
El gran partidario del argumento moral era Lord Cherwell. Sus cálcu-
los eran sencillos. Una tonelada de bombas destruye los hogares
de 100-200 personas. Esperaba que en el término de quince meses se pro-
dujeran diez mil bombarderos. Antes de ser abatido, cada bombardero
debería arrojar alrededor de cuarenta toneladas de bombas (cerca de ca-
torce salidas con tres toneladas de bombas cada una). Si la mitad (dos-
cientas mil toneladas) de las bombas caía en las principales ciudades ale-
manas, los hogares de 20-40 millones de personas quedarían destruidos.
Los cálculos de Cherwell eran defectuosos. Sobrestimaban la capa-
cidad de producción de bombarderos. Ignoraban la necesidad de que
los bombarderos protegiesen de los submarinos alemanes a la flota del
Atlántico. Daban por supuesto que se podía aceptar la destrucción de
todos los bombarderos en el curso de la campaña. No eran realistas en
lo relativo a la precisión de los bombardeos. Y daban por supuesto que
el lanzamiento de una gran cantidad de bombas destruiría casas en la
misma proporción que el lanzamiento de una cantidad mucho más re-
ducida de bombas.
Estas son las críticas que se utilizaron en aquel momento para opo-
nerse a las estimaciones de Cherwell. Sir Henry Tizard pensó que mul-
tiplicaban por cinco las posibilidades reales. Cherwell aceptó algunas
de las críticas, pero dijo que sus cálculos sólo intentaban indicar la

1% Ibíd., págs. 40-56.


? Harris, Bomber Offensive, págs. 78-79.
* Webster y Frankland, Strategic AirOffensive, vol. 1, pág. 45.
17 Respuesta de Churchill a Portal, setiembre de 1941, citada en Hastings, Bomber
Command, pág. 141.

110
magnitud aproximada del daño probable'*. Después de la guerra, un
estudio de los resultados reales sugirió que las estimaciones habían
sido diez veces superiores a éstos.
Es dudoso que incluso los elevados niveles de destrucción de objeti-
vos civiles que Cherwell esperaba hubieran sido un factor importante en
la derrota de Hitler. El pueblo alemán estaba bien entrenado en defensa
civil. Y bien podía darse que, tal como ocurrió en la Blitzkrieg sobre Lon-
dres, el ataque a civiles reafirmara en éstos su determinación a resistir.

Deriva militar

En la última fase de la campaña, los supuestos responsables políti-


cos no tenían el pleno control de la situación. Lo que en verdad ocur-
rió podría denominarse «deriva militar», o sea, una tendencia de las es-
trategias militares a escapar del control político. Las estrategias adquie-
ren vida propia en la cabeza de quienes las llevaban a cabo.
Los historiadores oficiales de la campaña de bombardeos describie-
ron a Sir Arthur Harris como «un hombre de convicciones firmes y deter-
minación inconmovible... con gran proclividad a centrarse en una cara de
un problema y pensar que la otra cara era mera obstrucción»””. La Divi-
sión de Bombarderos al mando de Harris se resistió a mantener la prior-
dad que se había asignado al petróleo. En octubre de 1944, el seis por
ciento del esfuerzo se dirigía contra el petróleo. Entre octubre y diciem-
bre, se destinó el catorce por ciento a atacar las fuentes de abastecimien-
to de petróleo y el cincuenta y ocho por ciento a atacar las ciudades”.
En noviembre de 1944, Sir Charles Portal escribió a Harris lo si-
guiente:
Debo confesar que a veces me he preguntado si el magnetismo
de las ciudades alemanas no ha contribuido tanto como las dificul-
tades tácticas y climáticas, que tan acabadamente describe usted, a
apartar de sus objetivos primarios a nuestros bombarderos [...] Me
gustaría que me asegurara usted que no es así. $1 yo supiera que hoy
está usted tan fervientemente a favor del ataque al petróleo como lo
estuvo ayer a favor del ataque a ciudades, la cuestión no me preocu-
paría gran cosa”,

18 Carta de Cherwell a Tizard, citada en Conde de Birkenhead, The Prof in Tavo Worlds:
the Official Life ofProfessorF.A. Lindemann, Viscount Cherwell, Londres, 1961, págs. 251-253.
19 Webster y Frankland, Strategic Air Offensive, vol. 1, págs. 345-346.
20 Hastings, Bomber Command, pág. 398.
21 Carta del 12 de noviembre, citada 1bíd., pág. 399.

111
En diciembre, Harris escribió a Portal que la ofensiva del petróleo
era una «panacea universal». En enero dijo que tenía poca confianza
en los bombardeos selectivos y «absolutamente ninguna en la presen-
te política del petróleo». Sabiendo que en esa fase de la guerra sería po-
líticamente dificil destituirlo, su respuesta a las posteriores presiones
para que llevara a cabo la política de ataque al petróleo fue la de suge-
rir a Portal que pensase en sustituirlo? Portal nunca consiguió estable-
cer un verdadero control sobre Harris.
Esta deriva militar facilitó la posición del ejército alemán en las fa-
ses finales de la guerra. Sobre el cese de los ataques a las fábricas de co-
jinetes de bola, Speer escribió lo siguiente: «Así desecharon los aliados
el éxito cuando lo tenían al alcance de las manos. De haber continua-
do con los ataques de marzo y con la misma energía, rápidamente ha-
bríamos exhalado nuestro último suspiro»”.

Las tripulaciones de bombarderos


Muchos pilotos de bombarderos cayeron muertos, Sir Arthur Harris
calculaba que en todo el período de guerra, se incorporaron a las
unidades de la División de Bombarderos unos 125.000 hombres del
aire, 50.000 de los cuales murieron en acción. (Muchos otros fueron
heridos o capturados, y más de 10.000 murieron manipulando bem-
bas o de otras maneras.) De las tripulaciones que volaban en 1943,
el 33 por ciento podía esperar sobrevivir a su primera incursión y
sólo el 16 por ciento a las dos primeras. Noble Frankland, historiador
y ex tripulante de bombardero, ha dicho que la cantidad de hombres
que la División de Bombarderos perdió en la Segunda Guerra Mundial
fue mayor que la cantidad de oficiales que perdió el ejército británico
en la Primera”. Después de Passchendaele, el general Gough era cono-
cido por la tropa como «Butcher» [Carnicero] Gough. En la División
de Bombarderos se encuentra un eco de ello, pues para su personal Sir
Arthur Harris era «Butch» [sobrenombre que alude a virilidad, vigor].
Evidentemente, el bombardeo zonal era muy diferente del de la
Primera Guerra, especialmente en lo que respecta a los objetivos pri-
mordialmente civiles. Pero las tripulaciones de bombarderos tenían a
veces la sensación de estar atrapadas, lo cual era un eco de los sentimien-

22 Ibíd., págs. 400-401.


2 Speer, Inside theThird Reich, pág. 392.
24 Noble Frankland, 7he Bombing Offensive Against Germany: Ontlines and Perspetives,
Londres, 1965, pág. 92.

1112
tos que experimentaban en las trincheras. Este paralelo se veía real-
zado por el duro tratamiento de los casos de «falta de fibra moral». Mu-
chos de los que se echaban atrás habían dado previamente muestras de
gran coraje en otras misiones. Max Hastings estima que más o menos
uno de cada siete hombres de la tripulación aérea se negaba a comple-
tar una misión por razones médicas o morales. Cita a un comandante
de una estación de bombarderos: «LME podía atravesar un escuadrón
como un relámpago si nadie lo controlaba. Me aseguré de que todos
los casos que se dieran ante mí fueran castigados por un tribunal cas-
trense, y de que, cuando cupiera, se los condenara a una pena de prisión
ejemplar, dijeran lo que diesen los psiquiatras»?.
Otro paralelo con el quedarse atrapado de ambos lados en la Primera
Guerra Mundial fue la simpatía mutua que surgía a veces entre los
combatientes. Los miembros de la División de Bombarderos o de la
Luftwaffe que tenían la desgracia de caer cerca del sitio que habían
bombardeado corrían el riesgo de ser asesinados por multitudes enco-
lerizadas. A menudo, los hombres de la Luftwaffe salvaron a los de la
RAF de esos motines. Stewart Harris fue escoltado por tres hombres de
la Luftwaffe a través de Disseldorf, que acababa de ser duramente
bombardeada. La madre de uno de los escoltas había perdido su hogar
y su lugar de trabajo, pero suministró cuatro paquetes con comida*,
Como en las trincheras, la psicología era mixta. Había una gran do-
sis de compromiso con la guerra y de reconocimiento de que era pre-
ciso derrotar a Hitler, pero las presiones disciplinarias y las oportunida-
des extremadamente escasas de sobrevivir tendían una trampa a los tri-
pulantes de bombarderos. La capacidad para cambiar de política no
estaba en ellos, sino en instancias superiores.

En tierra

La estimación de un norteamericano sugiere que el bombardeo zo-


nal de Alemania puedo haber matado a 305.000 no combatientes. Des-
pués de la guerra, la Oficina Federal de Estadística de Wiesbaden elevó
a 593.000 la cifra de civiles muertos. Es preciso observar la realidad que
se esconde detrás de las cifras.
En 1943, entre el 24 de julio y el 3 de agosto, Hamburgo fue siste-
máticamente castigada por seis gigantescas incursiones aéreas: cuatro

25 Citado en Hastings, Bomber Command, pág. 253.


26 Ibíd., pág. 197.

pd
británicas y dos norteamericanas. Harris, autor del plan, dijo más tarde
que nunca se había producido un ataque aéreo tan terrible.
Durante la noche del 27 se produjo un concentradísimo bombar-
deo de una hora. Hermann Bock, maestro llamado a filas, se refirió
más tarde a las primeras fases del ataque en estos términos:
En minutos, incluso en segundos, el cielo noctumo de Hambur-
go se transformó en un cielo tan absolutamente infernal que es im-
posible tratar siquiera de describirlo con palabras. Sólo se veían aviones
sostenidos por las sondas luminosas de los faros, incendios que al es-
tallar inundaban todo de humo, estruendosas y rugientes oleadas de
explosiones, entrecortadas por grandes catedrales de luz cuando ex-
plotaban las bombas de destrucción, cascadas de bombas de señal
que caían lentamente, bombas incendiarias en serie que descendían
con un silbido apremiante. No se oía ruido alguno de origen huma-
no, ni un solo grito. Parecía el fin del mundo”.

Las bombas incendiarias provocaron una serie de incendios que se


unían en una tormenta de fuego. En su centro, la temperatura era apro-
ximadamente de 800%C. El fuego aspiraba el aire con la fuerza de un
huracán. La tormenta crecía alimentada por fuegos originados por su-
cesivas bombas.
La tormenta de fuego succionaba el aire de los refugios antiaéreos,
matando a la gente que estaba dentro. Algunos escapaban por las ca-
lles, pero la tormenta de fuego derretía el firme. Muchas personas se
sorprendieron con los pies pegados al asfalto fundido. Cuando trata-
ron de escapar, descubrieron que también tenían pegadas las manos.
Había gente atrapada que chillaba apoyada sobre las rodillas y las
manos.
Los que estaban atrapados en edificios, murieron asfixiados o que-
mados. Anne-Lies Schmidt encontró los cadáveres de sus padres y vio
y lo que les había sucedido a otros:

Las mujeres y los hombres estaban tan carbonizados que era im-
posible reconocerlos; los que habían muerto por falta de oxígeno
sólo estaban a medias carbonizados y eran reconocibles. Por las sie-
nes se les derramaba el cerebro, y por las partes blandas debajo de las
costillas, los Órganos internos. ¡Qué muerte terrible habrá tenido esa
gente! Los niños más pequeños yacían sobre el pavimento como an-

27 Martin Middlebrook, The Battle of Hamburg: The Firestorm Raid, Londres, 1980,
pág. 257.

114
guilas fritas. Incluso muertos daban señales del sufrimiento que de-
bían haber padecido: brazos y manos extendidos como para prote-
gerse del calor despiadado?.

La tormenta de fuego mató a 40.000 personas.


El 11 de septiembre de 1944, un ataque sobre Darmstadt produjo
una tormenta de fuego de kilómetro y medio de altura. Aterrorizada
por el rugido de la tormenta, la gente permanecía en los refugios y la
mayoría murió por asfixia. Carolin Schaeffer les cubrió los ojos a sus
hijos mientras pasaba entre los cadáveres, «porque tenía la sensación
de que si los niños veían, jamás crecerían lo suficiente para tener una
vida feliz». Pero el horror estaba por doquier y Carolin tuvo que renun-
ciar a tratar de ocultarlo?. En los bombardeos sobre Darmstadt murie-
ron más de 12.000 personas, la gran mayoría aquella noche.
El 13 de febrero de 1945, Dresde fue bombardeada varias veces y
nuevamente se produjo una tormenta de fuego: Erika Dienel, de vein-
te años a la sazón, describió la experiencia en estos términos: «Los n1-
ños comenzaron a llorar mientras, minuto a minuto, las detonaciones
se hacían más violentas. Cada vez que el silbido de una bomba pesada
se acercaba, esperábamos que nos diera. Alguien empezó a rezar; otros
estaban aturdidos de miedo. Parecía que nunca acabaría. Allí morimos
mil veces. El infierno mismo no podía ser peor».
Hubo una explosión tremenda cuando una bomba incendiaria lle-
na de petróleo cayó sobre su casa y le prendió fuego. Lograron escapar
a través de edificios en ruinas:
Pero nuestra pesadilla no terminó allí. Apenas salimos a la calle, lo
que vimos fue el infieno. El fuego caía sobre nosotros como una du-
cha de copos en una tormenta de nieve. Mi madre miraba todo eso,
presa de pánico, y comenzó a correr hacia la ciudad. Pensando en agua,
conseguí rápidamente hacerla correr hacia el final de nuestra calle, ha-
cia el terraplén del Elba. Justo a tiempo: acabábamos de pasar cuando
las casas se hundieron a ambos lados de la calle y bloquearon el fondo
de la misma. Y de no haber habido esa corta distancia, el calor de la tor-
menta de fuego nos habría encendido el pelo y la ropa, convirtiéndo-
nos en velas.

Erika Dienel continúa describiendo cómo se lanzaba al Elba la


gente convertida en antorchas humanas.

28 Ibíd., pág. 276.


22 Hastings, Bomber Command, pág. 388.
30 Erika Dienel, «Half a day in hell», Independent on Sunday, 3 de mayo de 1992.

115
Margaret Freyer se describió buscando a su novio entre los muer-
tos, que estaban en todas partes, algunos negros como carbón:
lo que vi es tan horrible que dificilmente puedo describirlo [...] La ma-
yoría tenía aspecto de haber sido inflados, con grandes manchas
amarillas y marrones en el cuerpo. Gente cuya ropa todavía ardía [...]
Pienso que yo era incapaz de absorber el significado de esa crueldad
un instante más, pues había también muchos bebés terriblemente
mutilados [...] Era consciente de que constantemente tenía que qui-
tarme manos de encima, manos de personas que querían que las lle-
vara conmigo, manos que se asían a mí. Pero yo estaba demasiado
débil como para levantar a nadie”.

A los supervivientes les esperaban muchas semanas de enterrar ca-


dáveres entre enfermedades propagadas por una gran población de ra-
tas enormes. Una de las estimaciones más bajas da la cifra de 30.000
muertos por el bombardeo y la tormenta de fuego.
¿Qué psicología hizo posible este bombardeo?

2. Los PRINCIPIOS MORALES Y EL BOMBARDEO

Distancia

Cuando los objetivos se hallaban en países ocupados, los encarga-


dos de bombardear tenían clara conciencia del daño que se le podía ha-
cer a la gente de tierra. En 1944 se bombardeó la fábrica de motores de
aviación de Gnome-Rhóne, en Limoges. El capitán del grupo, Leonard
Cheshire, evitó matar a ninguna de las trescientas francesas que traba-
jaban en la fábrica. Corrió el riesgo de sobrevolar a baja altura la fábri-
ca en uno y otro sentido para advertirles que evacuaran”.
Las tripulaciones aéreas que bombardearon Alemania no tenían la
misma preocupación. En primer lugar, estaba el distanciamiento psico-
lógico de quienes pertenecían al otro bando. El bombardeo zonal de
Alemania comenzó cuando los bombardeos alemanes ya habían mata-
do a más de 30.000 personas en Gran Bretaña. Es comprensible que
entre los atacados por la Luftwaffe en la guerra que Hitler había desa-
tado se sintiera la satisfacción de que ahora «los alemanes» experimen-

31 Margaret Freyer, en Alexander McKee, Dresde, 1945: The Devil's Tinderbox, Lon-
dres, 1982, reimpreso en John Carey (comp.), Eyewitness to History, Nueva York, 1987,
págs. 611-612.
32 Comandante D. J. Childs, «Saints, Bombs and Civilian Casualties», Independent,
1 de mayo de 1993.

116
taran en carne propia el final de su Bhetzgkrieg. Pero, aun si se hubiera
podido eliminar la distancia física, es posible que se plantearan dudas
acerca de esta actitud. No produce satisfacción crear una tormenta de
fuego en torno a los hijos de Carolin Schaeffer.
Un piloto de bombardero de la RAF que intervino en un ataque
sobre Duisburg en 1943 describió los efectos de la distancia física: «El
horror ardiente debajo de nosotros era la señal del “éxito” de una ope-
ración destinada a dañar la producción de un dictador malvado. Aun
cuando durante los bombardeos sobre Londres ya había tenido oca-
sión de saber lo que era estar del lado de los que reciben las bombas,
no me costaba gran cosa borrar de mi mente las víctimas humanas»”.
Los mecanismos de distanciamiento psicológico que hacen posible el
combate cuerpo a cuerpo resultan prácticamente innecesarios cuando
la distancia fisica facilita enormemente la matanza.

Insensibilidad

En 1942, Lord Cherwell sostuvo que el objetivo principal debía ser


las viviendas de la clase trabajadora. Las de la clase media, puesto que
estaban más desparramadas, obligarían a malgastar bombas. Afirmó
que en dieciocho meses se podía destruir la mitad de las viviendas de
las principales ciudades de Alemania.
Con posterioridad, algunos de los implicados reconocieron la insen-
sibilidad necesaria para esos cálculos. Sir Charles Snow recordaría más
adelante que los adversarios de Cherwell, él incluido, se preocuparon más
por la pobreza de los cálculos que por su implacabilidad. Pero al mi-
rar las cosas desde el año 1960, también reflexiona sobre su crudeza.

Es posible, supongo, que en algún tiempo futuro haya gente que


viva en una era más benévola que la nuestra y que, cuando examine los
registros oficiales observe que hombres como nosotros, hombres bien
educados para los patrones de la época, hombres bondadosos para los
patrones de la época y muchas veces dotados de vigorosos sentimien-
tos humanos, hicieron el tipo de cálculos que acabo de describir [...]
¿Dirán [...] que éramos lobos con mente humana? ¿Pensarán que re-
nunciamos a nuestra humanidad? Tendrían derecho a hacerlo”,

33 Carta de Douglas Smith, Independent Magazine, 9 de febrero de 1991.


34 C. P. Snow, «Science and Government», en C. P. Snow, Public Affairs, Londres,
1971, págs. 126-127.

117
También Sir Arthur Harris se hizo duro. En la carta en la que sos-
tenía que sería erróneo suspender los ataques a las ciudades alemanas
porque éstos ahorrarían vidas de los aliados, Harris decía también:
«Personalmente no considero que las ciudades que quedan de Alema-
nia valgan los huesos de un granadero británico.» Este humor negro ju-
gaba con la observación de Bisrnarck acerca de que los Balcanes no va-
lían los huesos de un solo granadero pomeranio.
Este humor negro parecía aludir también a referencias del propio
Harris al bombardeo de Dresde: «Cualquier psiquiatra explicaría fácil-
mente el sentimiento hacia Dresde. Tal como es, tiene que ver con las
bandas alemanas y las pastoras de Dresde. Pero en realidad Dresde era
una gran base de producción de pertrechos militares, un centro intac-
to de gobierno y un punto clave del transporte hacia el Este. Ahora no
es ninguna de esas cosas»”. El código del ataque a Hamburgo también
participaba del mismo humor: «Operación Gomorra.»
Harris admitió que «ocasionalmente nuestra aviación mató muje-
res y niños». En la página que precede a este comentario se lee: «Ja-
más se había conocido antes un ataque aéreo tan terrible como el
que soportó Hamburgo; segunda ciudad de Alemania por su magni-
tud, con cerca de dos millones de habitantes, fue borrada del mapa
en tres noches»*,
Debe de ser dificil tener el mando de una fuerza de bombaderos en
guerra y permanecer sensible a las bajas civiles del otro lado. Pero esta
política requería muchísima insensibilidad.

Irrupción de la simpatía

Pero a veces irrumpen los pensamientos acerca de las víctimas. Al-


gunos de los implicados en un bombardeo sobre Wuppertal en 1943
se sintieron desgraciados porque les habían dicho que parte de su ob-
jetivo era alcanzar a los millares de refugiados de la inundación provo-
cada por el ataque anterior conocido como «Revientaembalses». Sin
duda, la simpatía irrumpe más fácilmente cuando se bombardea a re-
fugiados, pero el bombardeo zonal «normal» también puede desenca-
denar pensamientos similares: «Después de nuestro primer viaje a
Hamburgo, mi navegador y yo fuimos en bicicleta a Huntingdon y co-

* Carta a Sir Norman Bottomley, en Hastings, Bomber Command, pág. 452.


30 Harris, Bomber Offensive, págs. 176, 177.

118
gimos un bote que estaba en el río. Nos dejamos llevar en silencio por
la corriente y Nick dijo: “¿Qué habrá sido de aquellos pobres desgra-
ciados en aquellos incendios?” No se me ocurrió nada que decir. Con-
tinuamos silenciosamente río abajo»”.
Para unos pocos, la toma de conciencia era inevitable. El piloto de
bombardero cuya descripción de la incursión sobre Duisburg hemos
citado, volvió a sobrevolar el Ruhr la noche siguiente, en un ataque so-
bre Bochum. Su avión fue derribado y se lanzó en paracaídas. Fue
arrestado y llevado a Diússeldorf:

En Duisburg tuvimos que cambiar de tren y pude contemplar


algunos resultados de mi obra. Lo que más me impresionó no fue
el hedor y las ruinas de los edificios, despojadas y todavía hu-
meantes, sino la gente, gente aturdida, triste, lastimada, colérica,
tratando de acomodarse a un mundo que se había vuelto loco,
con pérdidas demasiado profundas para las lágrimas. Era impos1-
ble distinguirlas de algunas personas que yo había visto en Lon-
dres durante los bombardeos alemanes. Esa noche en Disseldorf
me agazapé con mis captores y muchos civiles alemanes en un re-
fugio antiaéreo mientras sonaban las sirenas. Compartí su terror
mientras la poderosa fuerza de bombarderos zumbaba intermina-
blemente sobre nuestras cabezas. Estaban destinados a otro sitio,
pero todavía no lo sabíamos con seguridad. Cuando, dos años
después, fui repatriado, pensé que la División de Bombarderos se
había convertido en una suerte de chivo expiatorio de la culpa de
la nación. No pocos de nosotros hemos sentido con gran intensi-
dad esa culpa**.

La erosión de las restricciones que impone la identidad moral

Pocas eran las probabilidades de que los responsables de aquella


política se inhibieran por simpatía. La gente sobre la que caían las
bombas era siempre distante e invisible. Lo mismo que con el blo-
queo, el sentido de la identidad moral era el freno más plausible a esa
política. Quienes dirigían la campaña no creían ser personas capaces
de matar niños en tormentas de fuego.
A veces afloraban escrúpulos sobre la identidad moral. Una vez al
menos los tuvo Winston Churchill, defensor del bombardeo zonal du-

37 Citado en Middlebrook, The Battle ofHamburg, pág. 368.


38 Smith, Independent Magazine.

119
rante la mayor parte de la guerra. En junio de 1943, estando en la rest-
dencia de Chequers con el ministro australiano, Richard Casey, vio la
película del bombardeo tomada desde el aire. Se volvió a Casey y
preguntó: «¿Es que somos bestias? ¿No estamos llegando demasiado
lejos?»??, Pero, lo mismo que en el caso del bloqueo, las inhibiciones se
evaporaron. Los ataques sobre Hamburgo, Darmstadt y Dresde aún es-
peraban su turno.
En algunos casos, la preocupación por la identidad moral tal vez
haya sido silenciada por la negativa a reconocer la realidad del bombar-
deo. En 1942, Cherwell redactó un documento para el Gabinete, en el
que se daba apoyo al bombardeo zonal. En ese documento se decía
que la tercera parte de la población alemana «sería expulsada de su casa
y de su hogar». A su juicio, esto minaría la moral: «No cabe duda de
que esto quebrará el espíritu del pueblo»*”. El bombardeo de viviendas
tiende a matar a sus ocupantes. Decir que expulsa a la gente de su casa
y de su hogar escamotea la realidad.
El bombardeo se consideró justificado de manera general. En otra
noticia del bloqueo, la represalia parecía conferirle legitimidad. Los
nazis ya habían bombardeado a civiles en Varsovia y en Rotterdam.
El bombardeo de civiles resultó más aceptable también por el previo
bombardeo alemán de ciudades británicas. En 1941, Churchill fue
aclamado en Londres cuando dijo: «Si se pidiera esta noche al pueblo
de Londres que votara si debería llegarse a un acuerdo para la deten-
ción de los bombardeos en todas las ciudades, la abrumadora mayoría
respondería: “No. Queremos devolver a los alemanes todo, y más aún,
lo que ellos nos han dado a nosotros”»*!.

La fragmentación de la responsabilidad

Las inhibiciones morales y emocionales que se oponían a hacer de


los civiles un objetivo de guerra resultaban parcialmente neutraliza-
das por la dilución de la responsabilidad personal. De la misma mane-
ra que los marinos que hacían efectivo el bloqueo, las tripulaciones
aéreas hacían efectiva una política que otros habían decidido, de modo
que un piloto podía sentirse como mero diente de un engranaje. El Mi-

32 Martin Gilbert, 7he Second World War, Londres, 1989, págs. 440-441.
*% Lord Cherwell, Documento de Gabinete, citado en Webster y Frankland, Strate-
gtc Atr Offensive, vol. 1, págs. 331-332.
41 14 de julio de 1941.

120
nistro del Aire tenía la sensación de que Sir Arthur Harris había perdi-
do el control y que la decisión pasaba de una instancia a otra. El dele-
gado de Harris, Vicemariscal del Aire Robert Saundby, dijo más ade-
lante sobre el bombardeo de Dresde:

Yo no fui en absoluto responsable de la decisión de realizar un


ataque de la máxima intensidad sobre Dresde. Tampoco lo fue mi
Comandante en Jefe, Sir Arthur Harris. Nuestra función se limitó a
cumplir, lo mejor que pudimos, las instrucciones que recibimos del
Ministro del Aire. Y, en este caso, el Ministro del Aire simplemente
transmitía las instrucciones recibidas de los responsables de la
guerra en el más alto nivel”,

La decisión por fases y la difuminación de las fronteras morales

A veces las fronteras morales resultaban difuminadas en la mente


de la gente porque la decisión de traspasarlas llegaba, sin querer, des-
pués del acontecimiento. El paso al bombardeo deliberado de civiles
parecía menos radical porque durante años se había estado llevando a
cabo una forma no intencional de bombardeo zonal. Psicológicamen-
te, el paso a una versión deliberada de lo que en la práctica ya es efec-
tivo representa un salto más pequeño que la opción a favor de una po-
lítica nueva desde todo punto de vista.
Durante el período de transición al bombardeo zonal deliberado,
las inhibiciones morales también se vieron debilitadas por una difumi-
nación planificada de la frontera entre objetivos militares y objetivos
civiles. En el verano de 1941, como dijo Sir Arthur Harris, «los objeti-
vos escogidos estaban en las congestionadas zonas industriales y se se-
leccionaban cuidadosamente de modo que las bombas que caían un
poco más allá o un poco más acá de los centros ferroviarios atacados
lo hicieran en esas zonas y, en consecuencia, afectaran a la moral. El
programa equivalía a una fase intermedia entre bombardeo zonal y
bombardeo de precisión»*. El alejamiento de la prohibición tradicio-
nal de tomar civiles como blanco se vio facilitado por este período, en
el que la muerte de civiles, aunque intencional, no constituyó el obje-
tivo primario.

42 Mariscal del Aire Sir Robert Saundby, prólogo a David Irving, 7he Destruction of
Dresden, Londres, 1963.
43 Harris, Bomber Offensive, págs. 77-78.

121
3. EL DEBATE MORAL

El mal menor y la guerra justa

No todo el mundo tenía neutralizadas o superadas sus inhibicio-


nes morales. Cuando los bombardeos zonales llegaron a conocimien-
to público, los críticos dieron comienzo a un debate que aún conti-
núa. El bombardeo zonal no estaba previsto en la primera fase de la
campaña. El problema moral lo plantean sobre todo la fase intermedia
y la final.
En lo que respecta a la última fase, cuando los bombardeos de pre-
cisión ya eran posibles, el argumento es muy poco convincente. La evr-
dencia no apoya las afirmaciones relativas a la desorganización de la
industria y el socavamiento de la moral. Habiendo alternativas dispo-
nibles, y ninguna poderosa razón para rechazarlas, elegir la matanza en
masa de civiles es una atrocidad indefendible.
La defensa del bombardeo zonal en la fase intermedia de la campa-
ña es más plausible. Es posible que el desvío de las energías alemanas
ayudase a derrotar a Hitler. Sin embargo, el problema moral que plan-
tea dicha defensa es sin duda muy grave. Los objetivos eran ciudades
alemanas, incluidos los civiles que vivían en ellas. El bombardeo de
Hamburgo se produjo en esta fase. De haber sido cierto que esta ma-
tanza intencional de civiles era una buena oportunidad para hacer sig
nificativamente más probable la derrota de Hitler, ¿estaría justificada?
Hay personas que dicen que ningún fin, por bueno que sea, puede
justificar la matanza intencional de inocentes. (En este contexto, ser
«Inocente» no significa tener virtudes morales generales, sino simple-
mente no ser parte de la amenaza militar.) Hay otras que, contra esta
prohibición absoluta, alegan que es probable que la victoria de Hitler
habría llevado a un número mucho más elevado de muertos inocentes.
Los que adoptan un enfoque consecuencialista de la ética aceptan que
ese tipo de consideraciones justifique una política que incluya la ma-
tanza intencional de inocentes.
La prohibición absoluta tiene cabida natural en la teoría judeocris-
tiana de la guerra justa, particularmente desarrollada en la teología mo-
ral católica*. Esta teoría prohibe absolutamente matar de manera in-

“> Michael Walzer, Just and Injust Wars, Harmondsworth, 1978.

122
tencional a una persona inocente, pero permite ciertas acciones que
tienen como consecuencia previsible, pero no intencional, la muerte
de gente inocente. El bien tiene que ser suficiente para compensar el
daño. La destrucción de la fábrica de cojinetes de bola es un acto bue-
no porque contribuye a la derrota de Hitler. En la medida en que la
cantidad no sea desproporcionadamente grande, algunas muertes de
civiles previsibles, pero no intencionales, pueden ser moralmente acep-
tables. Sin embargo, sigue siendo un error matar inocentes de manera in-
tencional como medio para lograr un fin bueno. Aun cuando la produc-
ción de terror en la población alemana mediante el bombardeo masivo
de civiles fuera el modo más eficaz de derrotar a Hitler, no es lícito.
Casos como el bombardeo de las fábricas de cojinetes de bola es-
tán permitidos a título de excepciones sobre la base de la «doctrina del
doble efecto». En general, los actos a los que esta doctrina se refiere tie-
nen efectos tanto buenos como malos. De acuerdo con ella, la morali-
dad del acto depende de si el efecto nocivo es simplemente previsto o
realmente perseguido. Se puede permitir un mal meramente previsto
en la medida en que la maldad no sea desproporcionada con respecto
al bien que se persigue.
La doctrina del doble efecto presenta dificultades: una de ellas es-
triba en la duda acerca de la posibilidad de distinguir realmente y sin
ninguna ambigúedad entre lo que se persigue y el efecto secundario
que simplemente se prevé. Sin embargo, la doctrina también tiene un
encanto intuitivo. En el pensamiento moral, la intención es importan-
te. Un médico cuya negligencia mata a un paciente de modo previsi-
ble está sujeto a grave crítica, pero no ponemos esto en la misma cate-
goría que el asesinato. Y muchos de nosotros intuimos que efectiva-
mente hay una importante diferencia moral entre matar civiles de
manera no intencional en un ataque dirigido contra una fábrica de co-
jinetes de bola y el bombardeo deliberado de una zona residencial.
La cuestión fundamental del planteamiento concerniente a la guerra
justa se refiere a la prohibición absoluta de matar inocentes de ma-
nera intencional. ¿Qué pasa si, al matar intencionalmente a una pe-
queña cantidad de inocentes, se salva un número mucho mayor? Su-
pongamos que el resultado de mantener la fidelidad a las reglas de la
guerra justa hubiera sido la victoria nazi. Aparte de todos los demás as-
pectos abominables de una Europa nazi, esa victoria probablemente se
habría cobrado todavía más vidas inocentes que el bombardeo. Por
tanto, ¿está tan claro que la abstención sería moralmente correcta?
Parte del atractivo de la prohibición absoluta reside en su exigencia
de convertir a las víctimas potenciales en foco de atención. Se vincula

123
a la idea de Kant según la cual es preciso tratar siempre a los demás
como fines en sí mismos y nunca simplemente como medios. Una
preocupación acerca del enfoque consecuencialista es la de que puede
llevarnos a advertir la presencia de víctimas potenciales, pero también
a simular que no las vemos. Carolin Schaeffer, al tratar de proteger los
ojos de sus hijos de lo que pudieran ver, o los niños fritos como angui-
las sobre el pavimento, se convierten en meros números en las largas su-
mas de Lord Cherwell. A menudo se dice que sólo las prohibiciones ab-
solutas proporcionan una barrera firme contra el deslizamiento hacia
esas largas sumas. Los absolutos morales limitan lo que, sobre la base
del cálculo de las consecuencias, se les podría hacer a las personas con-
cretas. Es obvio que esta afirmación tiene su fuerza, pero tal vez el argu-
mento no soportaría esta prohibición particular. Una alternativa es el
pacifismo absoluto, esto es, la idea de que toda muerte intencionalmen-
te provocada en la guerra, y con mayor razón la de civiles, es un error.
El pacifismo absoluto tiene un considerable atractivo, pero hay po-
cas personas preparadas para preocuparse tan poco por las consecuen-
cias como éste requiere. Para muchos, la Segunda Guerra Mundial se jus-
tificaba porque era necesaria para evitar el mal mayor que supondría el
triunfo del nazismo. Quienes aceptamos esta afirmación no podemos
ser pacifistas absolutos y la teoría de la guerra justa admite este tipo de si-
tuaciones.
Pero si se permite la apelación a las consecuencias para anular la
prohibición universal de matar intencionalmente, ¿por qué la prohibi-
ción de matar civiles resulta absoluta? Una respuesta es que la ley mo-
ral ha sido así establecida, tal vez por Dios. Pero para quienes somos es-
cépticos en materia de ley moral, no hay respuesta. Parece paradójico
justificar la lucha en una guerra sangrienta diciendo que era menester
derrotar a Hitler y luego aceptar las restricciones absolutas, cuyo signifi-
cado puede ser que la guerra concluya con la victoria de Hitler. Es preci-
so un argumento distinto de la apelación a la autoridad.
En cuanto al hecho de obviar a las víctimas, el argumento puede ser
utilizado por ambos bandos del debate. Es cierto que las sumas de Cher-
well obviaban los horrores de que se hacía objeto a los niños de Ham-
burgo. Pero a las prohibiciones absolutas se las puede acusar de obviar
a las personas que habrían sido víctimas de Hitler en caso de que éste
hubiera ganado la guerra (una vez más individuos particulares, y otra
vez a menudo niños).
Por esta razón, es difícil aceptar el principio según el cual debería
rechazarse el bombardeo de civiles aun cuando asegurara la derrota de
Hitler.

124
A pesar de ello, hay buenos fundamentos para decantarse del lado
de las críticas morales a la política de bombardeos, incluso en su fase
intermedia. El bombardeo de civiles no marcó la diferencia entre la
derrota y la victoria. (Naturalmente, con la debida consideración hacia
la falta de perspectiva histórica de los participantes.) Hasta para los que
no aceptamos la prohibición absoluta resulta muy difícil justificar el
bombardeo intencional de civiles. Tiene que haber un argumento de
peso a favor de que con él es altamente probable que se eviten horrores
peores. Ahora bien, cuesta mucho pensar que esto sea cierto a propó-
sito del bombardeo zonal de Alemania, y, por el contrario, hay otra ra-
zón, que muy pocos vieron en su momento, para objetar el bombar-
deo sobre la base de sus consecuencias a más largo plazo.

El debate moral en tiempos de guerra

Las razones morales a favor del bombardeo zonal fueron impugna-


das en el seno mismo de la División de Bombarderos. El capellán del
Cuartel General de la División de Bombarderos en High Wycombe era
John Collins. (En los años sesenta, el por entonces padre Collins fue
un conocido líder de la campaña por el desarme nuclear. No deja de
haber algo de surrealista en que John Collins y Sir Arthur Harris tuvie-
ran que trabajar juntos.)
John Collins invitó al Ministro de Producción de Aviones, Sir Staf
ford Cripps, a que acudiera a High Wycombe para dar una charla so-
bre este tema: «¿Es Dios mi copiloto?» Cripps sostuvo que los oficiales
sólo debían enviar hombres a los bombardeos que consideraran justi-
ficados tanto moral como militarmente.
Sir Arthur Harris replicó con una conferencia titulada «La ética del
bombardeo», que pronunció T. D. («Harry») Weldon, profesor de Filo-
sofía del Magdalen College de Oxford. Luego Weldon escribió un li-
bro sobre Kant y una austera obra lingúística sobre filosofía política:
The Vocabulary ofPolitics. Era oficial del equipo personal de Sir Arthur
Harris en la División de Bombarderos y redactaba las comunicaciones
que Harris enviaba al Gabinete y al Ministerio del Aire. Como era de
prever, su alocución fue muy distinta de la de Cripps. Cuando Weldon
hubo finalizado, Collins preguntó si Weldon no habría creído que el
tema de la conferencia era «El bombardeo de la ética»*.

45 John Collins, Faith Under Fire, Londres, 1966, pág. 89.

125
(Sir Arthur Harris salió de este episodio con cierto crédito. Es difí-
cil imaginar a los homólogos alemanes de John Collins y de Sir Staf-
ford Cripps reunidos en el cuartel general de la Luftwaffe para pronun-
ciar una conferencia de ética que criticara la política alemana de
bombardeos. Y, de haberlo hecho, es probable que la respuesta de Her-
mann Goering no hubiera tomado la forma de una conferencia de éti-
ca de sentido contrario, dictada por un filósofo.)
El más vigoroso de los opositores religiosos al bombardeo zonal
fue George Bell, obispo de Chichester, enemigo precoz del nazismo.
Su oposición al bombardeo zonal molestó a Churchill y se dice que a
Bell le costó su esperada promoción a arzobispo de Canterbury.
El obispo Bell presentó del modo más vigoroso su argumento en
un discurso ante la Cámara de los Lores en 1944. En general, sus op1-
niones fueron recibidas al mismo tiempo con desacuerdo y respeto.
Antes de hablar, un amigo, el par conservador Lord Woolton, le dijo
lo siguiente: «George, no hay en esta Cámara una sola alma que no
quisiera que no pronunciaras el discurso que estás a punto de dar. Has
de saberlo. Pero también quiero decirte que no hay una sola alma que
no sepa que tu única razón para hacerlo es que, como sacerdote cris-
tiano, crees que es tu obligación»*.
El obispo Bell aceptó que la Luftwaffe había dado comienzo al
bombardeo de ciudades a gran escala. Aceptó la legitimidad de los gra-
ves ataques a objetivos militares e industriales, y que esto hacía inevitable
la matanza de civiles: «Pero debe haber un equilibrio justo entre los me-
dios empleados y el fin logrado. Arrasar toda una ciudad porque ciertas
partes de ella contienen establecimientos militares e industriales es negar
el equilibrio.»
Habló acerca de la «inexpresable destrucción y devastación» que se
provocó en Hamburgo, «la ciudad más democrática de Alemania con
la más vigorosa oposición al nazismo». Habló de bombas incendiarias
que se dejaron caer sobre zonas residenciales de Berlín, de manera que
«se perdieron hombres y mujeres arrollados por el colosal tornado de
humo, explosiones y llamas».
Lo que más destacó el obispo Bell fue lo que él consideraba autén-
tica ceguera ante los efectos a largo plazo de esos métodos:
¿Por qué esta ceguera ante el aspecto psicológico? ¿Por qué esta
incapacidad para reconocer los hechos morales y espirituales? ¿Por

1 Lord Woolton, citado en Ronald C. D. Jasper, George Bell, Bishop of Chichester,


Londres, 1967, pág. 277.

126
qué este olvido de los ideales que han inspirado nuestra causa?
¿Cómo es posible que el Gabinete de Guerra no advierta que esta
progresiva devastación de ciudades es una amenaza a las raíces de la
civilización? ¿Cómo pueden estar ciegos ante la acumulación de
guerras y de desolación aún más feroces a las que, incluso en este
país, llevará inexorablemente la actual destrucción, cuando los
miembros del Gabinete de Guerra hayan pasado a mejor vida? [...]
Estamos en un momento de extraordinaria solemnidad. Lo que ha-
cemos en la guerra —que, después de todo, se mantiene por un
tiempo comparativamente breve— afecta de manera integral a la na-
turaleza de la paz, que cubre un período mucho más prolongado”.

No cabe duda de que haber sido nombrado arzobispo de Canter-


bury habría sido un honor. Pero inmensamente mayor es el honor de
haber pronunciado este discurso en aquel momento.

El deslizamiento moral

El debate sobre si la elección deliberada de objetivos civiles puede


jamás formar parte del «equilibrio justo» entre los medios empleados y
el fin alcanzado sigue aún en pie. Con mirada retrospectiva, hay un as-
pecto que parece particularmente importante. Fue destacado por George
Bell, pero parece haberle pasado inadvertido a la mayoría de sus con-
temporáneos. Los terribles métodos de guerra no se adoptan de forma
históricamente aislada. Sus defensores apelan a antecedentes, mientras
que el empleo de estos nuevos métodos se menciona a su vez como
precedente de horrores posteriores.
Los defensores del bombardeo zonal mencionaban las muertes de
civiles provocadas por el bloqueo de Alemania a finales de la Primera
Guerra Mundial. En 1944, J. M. Spaight, recientemente retirado del
cargo de secretario asistente principal del Ministerio del Aire, publicó
su libro titulado Bombing Vindicated. En él afirmaba que la política con-
sistía en fijar objetivos militares y que los civiles sólo morían acciden-
talmente; a continuación mencionaba cifras de muertes provocadas
por el bloqueo naval. Luego afirmaba que el tributo de civiles impues-
to por el bombardeo era «prácticamente trivial en comparación con el
derivado del bloqueo», y por último decía que «el poder del aire jamás
podía producir un resultado tan terrible»*,

47 Obispo George Bell, discurso a la Cámara de los Lores, 9 de febrero de 1944.


48 J. M. Spaight, Bombing Vindicated, Londres, 1944, págs. 119-120.

127
El mariscal del aire Harris menciona el mismo precedente: «A me-
nudo se dice que el bombardeo es especialmente perverso porque pro-
voca bajas entre los civiles. Esto es cierto, pero todas las guerras han
provocado bajas entre los civiles. Por ejemplo, después de la última
guerra, el Gobierno Británico publicó un Libro Blanco en el que se
estimaba que nuestro bloqueo de Alemania había dejado un saldo
de 800.000 muertos»?”.
El bloqueo facilitó el lanzamiento del bombardeo zonal. A su vez,
los ataques sobre Hamburgo, Darmstadt y Dresde hicieron que cuan-
do la Fuerza Aérea de Estados Unidos atacó Tokio con bombas incen-
diarias, las protestas fueran escasas. Y esto a su vez desbrozó el camino
hacia Hiroshima y Nagasaki.

% Harris, Bomber Offensive, pág. 176.

128
CAPÍTULO 12

Hiroshima

Las armas nucleares lo han cambiado todo, excep-


to nuestros modos de pensar.
ALBERT EINSTEIN

Algunos de los primeros en tener conocimiento de la liberación de


la energía nuclear no comprendieron qué podía significar. En septiem-
bre de 1933, Lord Rutherford habló ante la British Association. Según
The Times, dijo que «era un modo muy pobre e ineficaz de producir
energía, y que quien buscaba en la transformación de los átomos una
fuente de poder sólo disparataba»?.
La política de desarrollar la bomba atómica contra Japón no se
adoptó mediante una única decisión en un momento preciso. De la
misma manera que en el caso del bombardeo británico sobre civiles
alemanes, las dudas morales se habían debilitado porque la decisión se
fue adoptando por fases.
La decisión de desarrollar la bomba se tomó para evitar una posible
amenaza atómica de la Alemania nazi. La de utilizarla contra Japón se
tomó en un ambiente muy diferente. Los responsables se habían endure-
cido ante las devastadoras consecuencias del bombardeo convencional.
Y el nuevo clima se debía en parte al desarrollo mismo de la bomba.

1 The Times, 12 de septiembre de 1933, citado en Richard Rhodes, 7he Making of the
Atomic Bomb, Harmondsworth, 1988, pág. 127.

129
1. EL MIEDO A LA BOMBA ATÓMICA ALEMANA

Advertencias

Durante la Segunda Guerra Mundial se iniciaron cuatro progra-


mas para la construcción de la bomba atómica. Además del programa
británico-norteamericano que terminó con éxito, hubo un programa
soviético y uno japonés, ninguno de los cuales se acercó siquiera al re-
sultado esperado durante la guerra. Pero, tanto en Gran Bretaña como
en Estados Unidos se temía al programa atómico alemán.
En 1939, cuando la energía atómica comenzó a parecer una post-
bilidad seria, Leo Szilard fue uno de los primeros en pensar en el peli-
gro de una bomba nazi: «Pensé que si en realidad en la fisión se emt-
ten neutrones, debía ocultarse a los alemanes esa información»? .
En 1940, Otto Frisch calculó la cantidad de uranio-235 necesaria
para una reacción explosiva en cadena: «Para mi asombro, era mucho
menor de lo que yo había esperado: no se trataba de toneladas, sino de
algo así como una o dos libras.» En una ocasión Frisch discutió esto
con Rudolf Peierls, y juntos calcularon que producir la bomba sólo lle-
varía unas semanas: «En ese momento nos miramos y comprendimos
que, después de todo, una bomba atómica era posible».
Erisch y Peierls advirtieron las objeciones éticas contra la utiliza-
ción de una bomba atómica. La posibilidad de una bomba alemana les
llevó a inventar la idea de la disuasión nuclear:

[...] probablemente era imposible usar la bomba sin matar para gran-
des cantidades de civiles, lo que podía convertirla en un arma inade-
cuada para este país [...] La respuesta más eficaz sería una contra-ame-
naza con una bomba similar. Por tanto, nos parece importante empe-
zar a producirla tan pronto y tan rápidamente como sea posible, aun
cuando no se piense en utilizarla como medio de ataque*.

Un comité gubernamental dio su apoyo a este argumento. Se mos-


tró el informe a Roosevelt, que dio instrucciones de que se comenzara

? Spencer R. Weart y Gertrud Weiss Szilard (comps.), Leo Szilard: His Version of the
Facts, Cambridge, 1978, pág. 53.
? Otto Frisch, What Little IRemember, Cambridge, 1979, pág. 126.
* Frisch-Peierls Memorandum, en Ronald W. Clark, Tizard, Londres, 1965, pági-
nas 215-217,

130
a trabajar en explorar las posibilidades de lograr una bomba atómica.
Leo Szilard, Edward Teller y otros físicos se mostraron favorables a un
programa atómico.
En Alemania, Werner Heisenberg empleó agua pesada de Noruega
para experimentos sobre la posibilidad de una reacción en cadena, que
lo llevó a tomar en serio la idea de una bomba. Fue a Copenhague a con-
sultar al fisico danés Niels Bohr, de firmes convicciones antinazis, acerca
de las implicaciones que esto podía tener. Heisenberg tuvo la sensación
de que debía hablar con cautela, pues sabía que las autoridades alemanas
vigilaban a Bohr, cuyas observaciones posteriores podían pasar a Alema-
nia. Entregó a Bohr un borrador del reactor que se proponía construir.
Más adelante, Heisenberg ofreció un relato de la conversación. Él
preguntó si era correcto que los físicos se dedicaran a la investigación
nuclear en tiempo de guerra.

Bohr, como advertí por su reacción de ligero temor, compren-


dió de inmediato el significado de esta pregunta. Por lo que recuer-
do, respondió con otra pregunta: «¿Cree realmente usted que la fi-
sión del uranio podría utilizarse para la construcción de armas?» Yo
tal vez respondí: «Sé que en principio es posible, pero requeriría un
terrible esfuerzo técnico, que, como cabe esperar, resulta imposible
realizar en esta guerra.» Mi respuesta conmocionó a Bohr, al dar por
supuesto que yo había tratado de hacerle saber que Alemania había
hecho grandes progresos en la fabricación de armas atómicas. Aun-
que a continuación procuré corregir esa falsa impresión, es probable
que no haya conseguido ganarme la completa confianza de Bohr
[...] Quedé muy apenado por el resultado de esta conversación”.

Los relatos de la visita de Heisenberg que provienen de Bohr son


muy diferentes. Según uno de ellos, Hersenberg expresó su esperanza
y su creencia de que si la guerra se prolongaba, la ganarían las armas
nucleares alemanas?. Bohr también tuvo la impresión de que Heisen-
berg trataba de descubrir qué sabía él. Su respuesta combinó la reticen-
cia y la indignación que le producía la sospecha de que Hersenberg es-
perara su cooperación con Alemania.
La conversación fue un desastre. Si Heisenberg iba en busca de
cooperación para impedir el desarrollo de armas nucleares, sólo const-

5 Heisenberg, citado en Robert Jungk, Brighter than a Thousand Suns, Harmond-


sworth, 1964, pág. 101. yes ,
6 Carta de Rudolf Ladenburg a Samuel Goudsmit, citada en Mark Walker, German Na-
tional Socialism and the Quest for Nuclear Power, 1939-1949, Cambridge, 1989, pág. 225.

131
guió transmitir el mensaje amedrentador de que la Alemania nazi esta-
ba trabajando en la bomba.

El fracaso del programa alemán

En 1942, Heisenberg y otros físicos consiguieron fondos para el


programa alemán al imponerse a Bernhardt Rust, a la sazón Ministro
de Educación. El trabajo físico peligroso lo hizo en parte mano de
obra esclava: las planchas de uranio que se utilizaban con la intención
de construir un reactor atómico fueron producidas por dos mil muje-
res del campo de concentración de Sachsenhausen.
En 1943, Niels Bohr se escapó a Escocia y se llevó consigo el borra-
dor del reactor que le había entregado Heisenberg. Parecía vital cortar el
abastecimiento de agua pesada a Alemania. Los alemanes habían amplia-
do la planta Norsk Hidro de Rjukan en Noruega, a fin de producir cantr-
dades mayores de agua pesada”. Los comandos habían desbaratado una
vez la planta, pero había vuelto ponerse en funcionamiento hasta que un
bombardeo volvió a inutilizarla. Los nazis decidieron entonces des-
mantelar la planta y llevarla a Alemania junto con el agua pesada.
Era vital detener la llegada de agua pesada a Alemania, pero no había
tiempo para un bombardeo de máxima intensidad contra la planta. Local-
mente sólo se disponía de un comando entrenado, Knut Haukelid,
que no podía destruir la planta. El agua iría por ferrocarril y cruzaría un
lago en ferry. Habría sido muy dificil volar el tren, que, por otra parte,
estaría lleno de pasajeros. El ferry llevaba menos gente, pero si se vo-
laba, también se mataría a los pasajeros. Y asesinar a los guardias pro-
vocaría represalias contra civiles. Se dijo a Haukelid que la importan-
cia de los resultados justificaban esas pérdidas.
El ingeniero de transporte de la planta dio su apoyo al plan, pero
aspiraba a que se perdiera la menor cantidad de vidas posible. Se ase-
guró de que el agua fuera en un ferry de domingo, que llevaba relativa-
mente pocos pasajeros. El comando de Haukelid voló el ferry, mató a
veintiséis personas de las cincuenta y tres que había a bordo, pero man-
dó toda el agua pesada al fondo del lago. Kurt Diebner, un fisico del
Departamento de Artillería de la Wehrmacht, dijo más tarde: «Hasta el f-
nal de la guerra, en 1945, no hubo en la práctica ningún incremento
en nuestros depósitos de agua pesada en Alemania [...] la eliminación de

7 Memorandum firmado por Hahn, Heisenberg y otros, 8 de agosto de 1945, Ope-


ration Epsilon: the Farm Hall Transcrips, Bristol, 1993, págs. 102-106.

132
la producción de agua pesada alemana en Noruega fue el factor princi-
pal de nuestro fracaso en la consecución de un reactor atómico de
autoalimentación antes de que acabara la guerra».
No fue éste el único elemento que impidió la conclusión del pro-
grama atómico alemán. Dado que los científicos opinaban que el de-
sarrollo del «proyecto uranio» llevaría tres o cuatro años, fue
aplazado indefinidamente, pero los aliados no conocieron esta cir-
cunstancia hasta cerca del final de la guerra, cuando los documentos
capturados en relación con el proyecto alemán mostraron cuán lejos
se hallaba aún del éxito. Mientras, el Proyecto Manhattan, que era el
programa atómico británico-norteamericano, siguió contando con
la amenaza de una bomba nazi.

El papel de los científicos alemanes

¿Cuáles fueron las actitudes de los físicos atómicos alemanes?


En 1939, el ejército alemán había iniciado un programa de investigación
en energía nuclear. Las advertencias de que los resultados llevarían años
condujo a su aparcamiento. ¿Se hizo de buena fe esta advertencia?
¿Influía en los científicos la naturaleza terrible de las armas atómicas?
¿Les aterraba la idea de un mundo dominado por un Estado nuclear
nazi victorioso? ¿Frustraron deliberadamente el proyecto?
Esta pregunta no tiene una respuesta simple. Los fisicos discre-
paban acerca del proyecto. Después de la guerra, los físicos nucleares
alemanes fueron internados en Farm Hall, una casa de campo cerca de
Cambridge, donde la Inteligencia Británica grababa clandestinamente
sus conversaciones mientras oían las noticias de Hiroshima.
Otto Hahn, cuyo trabajo había mostrado que la fisión nuclear era
posible, se oponía al proyecto. El oficial en jefe de Farm Hall describió
en estos términos su reacción ante los acontecimientos de Hiroshima:

Hahn estaba completamente destrozado por las noticias y decía


que se sentía personalmente responsable de la muerte de centenares
de miles de personas, pues era precisamente su descubrimiento
primitivo lo que había hecho posible la bomba. Me dijo que lo prime-
ro que pensó cuando se dio cuenta de las terribles potencialidades
del descubrimiento fue en suicidarse. Ahora que esas potencialida-
des se habían hecho realidad, sentía la necesidad de culparse de ello.

$ Diebner, citado en Rhodes, The Making ofthe Atomic Bomb, pág. 517.

133
Fue grabado cuando decía: «Agradezco de rodillas a Dios que no
hayamos producido nosotros una bomba de uranio.» Y cuando Her-
senberg dijo que Walther Gerlach había estado comprometido con el
proyecto porque trabajaba por Alemania, Hahn dijo que él también
amaba a su país y que, por extraño que pareciera, por esa razón había
esperado que perdiera la guerra?.
Las grabaciones de Carl Friedrich von Weizsácker muestran que te-
nía un punto de vista parecido al de Hahn. Dijo: «Si todos nosotros hu-
biéramos querido que Alemania ganara la guerra, lo habríamos conse-
guido [...] Debemos admitir que no queríamos que ganara»!”,
Cuando la bomba comenzó a parecer posible, Werner Heisenberg
escogió a Niels Bohr como la persona adecuada para una consulta. La
elección de Bohr, conocido por su integridad moral y su abierto ant1-
nazismo, es coherente con que Heisenberg o bien se opusiera a la fa-
bricación de la bomba, o bien deseara al menos una auténtica discu-
sión sobre sus dudas morales. La sospecha de Bohr de que Heisenberg
pudiera estar tratando de descubrir los progresos atómicos aliados, o
incluso de conseguir su cooperación para un proyecto nazi, parece
adolecer de un ingenuo desconocimiento de sí mismo. Si Heisenberg
hubiera tenido en mente algunos de estos fines, dificilmente hubiera
escogido a Bohr.
Heisenberg parece haber albergado dudas acerca del proyecto para
construir la bomba y tal vez haya socavado deliberadamente sus cimien-
tos. A Speer le dijo que los resultados estaban demasiado lejanos como
para contribuir a la guerra. Heisenberg se había negado a afiliarse al Par-
tido Nazi y había sido atacado por defender la «fisica judía» de Einstein.
La imagen de Heisenberg abortando deliberada pero sutilmente el
proyecto de construcción de la bomba tiene visos de verdad, pero tam-
bién hay ciertas pruebas en sentido contrario. Heisenberg deseaba la
victoria alemana. En el instituto de Bohr levantó ampollas con su sa-
tisfacción por los éxitos militares alemanes y con su afirmación de que
la guerra era una necesidad biológica!!.
Las transcripciones de Farm Hall dejaron claro que, en un primer
momento, Heisenberg había contribuido a persuadir a las autoridades
de que era posible producir la bomba, pero las mismas transcripciones
contienen también otros pasajes que sugieren cierta reticencia. Dijo que
«aunque no estábamos el cien por ciento deseosos de hacerla, era por

? Farm Hall Transcripts, págs. 70, 80, 82.


10 Tbíd., págs. 77, 78.
1! Walker, German National Socialism, pág. 224.

134
Otra parte tan poco lo que el Estado confiaba en nosotros, que aun
cuando hubiéramos querido hacerla, no nos hubiera sido fácil conse-
guirla». Al hablar del cambio en el programa alemán de una bomba
por un reactor nuclear, dijo: «En el fondo de mi corazón, estaba verda-
deramente contento de que se tratara de un motor y no de una bom-
ba; debo admitirlo». Y dijo que habrían tenido éxito con la bomba,
pero que no la hicieron porque no querían que Hitler ganara!?.
Heisenberg tenía enormes dudas. Quería y no quería que Alema-
nia ganara la guerra. Convenció a Rust de que la bomba era posible y
luego convenció a Speer de que no lo era. Con su ambigúedad, Her
senberg era representativo de muchos físicos atómicos alemanes. Con
pocas excepciones, como la de Otto Hahn, se hallaban como sonám-
bulos ante la decisión moral que habían de tomar. No era heroísmo
moral. La citada frase de Heisenberg que alude a que no estaban «el
cien por ciento deseosos de hacerla», parece expresar correctamente
ese estado de ánimo. Tal vez ese porcentaje que faltaba salvó al mun-
do de la bomba nazi.

2. EL USO DE LA BOMBA CONTRA JAPÓN

El proyecto atómico aliado, que comenzó como respuesta a la po-


sible amenaza nazi, prosiguió con una nueva finalidad. Su uso final
contra Japón fue defendido con el argumento de la necesidad de ter-
minar rápidamente la guerra. En parte, esta defensa es relativamente
fácil de aceptar: una guerra prolongada habría tenido terribles costes
humanos.
Más discutible es que para terminar la guerra fuera necesario em-
plear la bomba. Los críticos dicen que una exhibición inocua en un si-
tio sin gente podía haber puesto fin a la guerra sin los horrores de Hi-
roshima y Nagasaki. También dicen que el gobierno japonés buscaba
la paz y habría admitido la derrota si los aliados hubieran desistido de
su exigencia de rendición incondicional. Estas alternativas se tuvieron
en cuenta y se rechazaron.
Estas dos decisiones, la de rechazar una exhibición inocua y la de
insistir en la rendición incondicional, parecen haber sido adoptadas
por sonámbulos. Se las tomó con un ojo puesto en otras cuestiones, y
no se meditó en ellas con la necesaria energía y claridad.

12. Farm Hall Transcripts, págs. 77-78.

135
El coste humano de una guerra más larga

Una vez terminada la guerra en Europa, parecía probable una lucha


prolongada en el Pacífico con un elevado coste humano. La ocupación
japonesa de los países de Asia fue sangrienta y cruel. Se decapitó o se cor-
tó cuerpos en dos de un extremo a otro y se les exhibió para amedrentar
a los demás. Se utilizó a chinos, indios y malayos, así como a prisione-
ros aliados, en calidad de mano de obra forzada para proyectos tales
como el Ferrocarril Birmania-Siam. Se hizo arrancar el bambú, de raíces
profundas, a mano o con cuerdas y limpiar el suelo a mano; se obligó a
levantar, colocar y clavar pesadísimos rieles de acero a traviesas de made-
ra. Los trabajadores esclavos recibían una alimentación escasa. Por la no-
che se los comían los mosquitos, mientras que de día se les llevaba a tra-
bajar literalmente hasta morir bajo un sol abrasador. Se estimó que por
cada traviesa de la línea férrea moría un hombre. Muchos otros sufrieron
enfermedades y heridas que perduraron para el resto de la vida.
La crueldad de los japoneses fue más allá del trabajo esclavo. Eric Lo-
max había montado una radio con la que él y los otros miembros del gru-
po escuchaban las noticias de la guerra. Por eso se les obligó a permane-
cer cuadrados durante doce horas bajo un sol abrasador y sin nada para
beber. Luego, por turno, se les apaleó. Se les derribó asestándoles en la es-
palda un fuerte golpe con el mango de una azada. Luego se les apaleó
una y otra vez en todo el cuerpo con mangos de azada hasta que queda-
ron inconscientes. Más tarde, Eric Lomax recordaría cómo unas botas es-
tampadas contra la nuca le aplastaban la cara contra la grava rompiéndo-
le los dientes; y recordaría el crac que producían sus huesos al romperse.
Durante el período siguiente se les tuvo en jaulas estrechas, donde tra-
taban de acuclillarse de tal manera que sus huesos rotos sufrieran el me-
nor daño posible. Lomax fue golpeado y torturado. Repetidamente le
metían la cabeza bajo el agua y le lanzaban a la nariz y a la garganta el
chorro de agua de una manguera. Cada una de las veces estaba a punto
de ahogarse, pues el agua le llenaba la tráquea, los pulmones y el estóma-
go. Después de toda esa tortura, lo enviaron a la cárcel. Allí el régimen era
de silencio total y hambre extremada. Los prisioneros desarrollaban re-
pugnantes enfermedades de la piel. «Era un lugar en el que los vivos se
volvían fantasmas, criaturas muertas de hambre, enfermas, consumidas
hasta los huesos»**. Cualquier fin lento de la guerra prolongaría todo eso.

13: Eric Lomax, 7he Railrvay Man, Londres, 1995, caps. 5-9.

136
La invasión de Japón habría producido enormes bajas en ambos
bandos.
A principios de 1945, el general Curtis LeMay tomó el mando del
ataque aéreo norteamericano a Japón. Su estrategia de apresurar el fi-
nal de la guerra contra Japón fue similar a la del mariscal del aire
Harris contra Alemania. Ordenó un bombardeo gigantesco sobre Tokio,
que mató alrededor de 100.000 personas en una noche. (Más tarde, el
general LeMay dijo que el pueblo de Tokio fue «quemado, hervido y
cocido hasta morir»)'*. A esto le siguió el bombardeo incendiario de
Nagoya, Osaka y Kobe. Pero después de todo esto, parecía continuar
la lucha sangrienta.
Una guerra más larga se habría cobrado muchas más vidas nortea-
mericanas y japonesas. La captura de Saipan, en 1944, se había cobra-
do 3.000 bajas militares norteamericanas y 30.000 japonesas. Ade-
más, 22.000 civiles japoneses se suicidaron arrojándose desde riscos.
La captura de Iwo Jima había costado cerca de 7.000 vidas norteame-
ricanas y 20.000 japonesas. (Más de mil soldados japoneses cayeron
prisioneros.) Okinawa había costado 12.500 vidas norteamericanas
y 100.000 japonesas.
El argumento a favor de abreviar la guerra era abrumador. Pero al
mismo tiempo algunos se preguntaban si para eso era necesario utili-
zar la bomba o si incluso este final justificaba su uso. El general
Dwight Eisenhower era escéptico por dos motivos: «Primero, los japo-
neses estaban dispuestos a rendirse y no era necesario atacarlos de
modo tan horrible. En segundo lugar, odiaba ver que nuestro país fue-
ra el primero en utilizar esa arma»!*. No consiguió persuadir al prest-
dente Truman.

¿Empleo o exhibición?

Se sugirió que la rendición de Japón podía lograrse mediante una


exhibición inocua de la bomba. En parte, el argumento a favor de esta
alternativa era el obvio argumento humanitario. Niels Bohr creía fir-
memente que la bomba atómica era tan peligrosa que su uso militar
podía hacer muy difícil que los países continuaran resistiendo después

14 John W. Dower, War Without Mercy: Race and and Power in the Pacific War, Nueva
York, 1986, págs. 40-41. |
15 Dwight D. Eisenhower, «Ike on Ike», Newsweek, 11 de noviembre de 1963, citado
en Rhodes, The Making ofthe Atomic Bomb, pág. 688.

137
de ese precedente. Una bomba sobre Japón podía «abrir la puerta a
una era de devastación en una escala imposible de imaginar»!*.
La decisión de rechazar la exhibición inocua a favor de la destruc-
ción de ciudades japonesas fue formalmente adoptada por el presiden-
te Truman y en parte delegada al «Comité Interino», presidido por el
Secretario de Guerra, Henry Stimson.
Parece ser que el Comité Interino dedicó unos diez minutos del al-
muerzo a considerar la idea de la exhibición inocua y la rechazó?”. Más
tarde explicaría que no pensaban que esa exhibición lograra la rendi-
ción de Japón y que, dado el peligro de que la bomba de exhibición
no funcionara, no se podían permitir el lujo de desperdiciar de esa ma-
nera una de las escasas bombas existentes. El Comité informó: «Pode-
mos adelantar que no es probable que ninguna exhibición técnica
ponga fin a la guerra; no vemos alternativa aceptable a su utilización
militar directa»'8,
Truman se hallaba en una posición débil para controlar la deriva
militar. El Proyecto Manhattan, instaurado para contrarrestar la ame-
naza de una bomba nazi, había adquirido vida propia. Del comandan-
te del proyecto, el general Groves, dijo un científico de su entorno que
le obsesionaba el miedo a que la guerra acabara antes de que la bomba
estuviera lista. Incluso después de la capitulación de los alemanes, se-
guía instando con urgencia a «no perder un solo día». Y Groves re-
quería una declaración de Truman en el sentido de que su «sí» zanjaba
la cuestión a favor de arrojar la bomba: «Truman no dijo en realidad ni
“si” ni £no”. En verdad, decir “no” en aquel momento requería una
gran dosis de sangre fría»!”.
El que una exhibición inocua de la bomba pudiera poner fin a la
guerra no era la única consideración presente en la reflexión de Tru-
man. El y su administración tenían un ojo puesto en la impresión que
las diferentes opciones le harían a la Unión Soviética. A pesar de la
fuerte presión de Churchill a favor de una reunión con Stalin a mediados
de junio, Truman pospuso el encuentro hasta mediados de julio, momen-
to en que ya se habría probado la bomba. El influyente delegado de
Truman en el Comité Interno, James Bymes, analizó el uso de la bom-

'* A. H. Compton, Atomic Quest, Oxford, 1956, pág. 242.


'7 Gar Alperovitz, The Decision to Use the Atomic Bomb, Londres, 1995, págs. 163-164,
!* Henry L. Stimson, «The Decision to Use the Atomic Bomb», reimpreso en Amy
Gutman y Dennis Thompson (comps.), Ethics and Politics: Cases and Comments, 2.2 ed.,
Chicago, 1990, págs. 5-15.
'* Jungk, Brighter than a Thousand Suns, págs. 163, 190.

138
ba con Leo Szilard y otros científicos. No sostuvo que la bomba fuese
necesaria para derrotar a Japón, sino que «el hecho de poseer y exhibir
la bomba aumentaría la maleabilidad de Rusia en Europa».
Los que desempeñaron un papel importante ei la decisión no
siempre prestaron plena atención a la cuestión central, a saber, la de si
no había una manera menos terrible de conseguir a breve plazo el fi-
nal de la guerra.

Rendición incondicional

¿Se habría rendido Japón de no haberse arrojado la bomba? Se sa-


bía que el gobierno japonés había pedido a la Unión Soviética que asu-
miera el papel de intermediaria ante los aliados.
El Gabinete de Guerra japonés estaba dividido. Incluso después de
la segunda bomba sobre Nagasaki, la mitad de dicho gabinete deseaba
continuar la guerra, pero el Emperador y algunos ministros importan-
tes querían ponerle fin. Quizá el Gabinete de Guerra hubiera aceptado
una rendición incondicional. La resistencia a la rendición incondicio-
nal iba unida al temor a que su Emperador se viera forzado a ceder.
El ministro de Relaciones Exteriores, Shigenori Togo, envió cables
al embajador japonés en Moscú (algunos de los cuales fueron intercep-
tados por la inteligencia norteamericana) sobre la negociación de una
rendición. Pero uno de los cables también decía: «Si el enemigo insis-
te en la rendición incondicional hasta el final, nuestro país y Su Majes-
tad resolverían por unanimidad librar una guerra de resistencia hasta el
amargo final. En consecuencia, la invitación a la Unión Soviética de
que oficie de intermediaria no incluye en absoluto la rendición incon-
dicional; por favor, comprendan ustedes este punto en particular”,
La exigencia de rendición incondicional había surgido en realidad
por accidente. Roosevelt y Churchill la habían discutido en Casablan-
ca en 1943, pero no se pusieron de acuerdo. En la conferencia de pren-
sa, Roosevelt lo dijo sin querer: él pedía la rendición incondicional de
Alemania, Italia y Japón. Roosevelt dijo más tarde que había estado
pensando que conseguir que los generales franceses Giraud y De Gau-
lle se vieran era tan difícil como organizar un encuentro entre los ge-
nerales Grant y Lee. «Y de pronto llegó la conferencia de prensa, para

20 Szilard, citado en Alperovitz, The Decision to Use the Atomic Bomb, pág. 147.
21 Cable de Shigenori Togo, citado en Herbert Feis, Japan Subdued: the Atomic Bomb
and the End ofthe War in the Pacific, Princeton, 1961, pág. 65.

139
la que Winston y yo no habíamos tenido tiempo de prepararnos.
Repentinamente me vino a la cabeza la idea de que a Grant le habían
llamado “Don Rendición Incondicional”, y cuando me di cuenta, ya
lo había dicho.» A Churchill eso le tomó por sorpresa, pero apoyó a
Roosevelt para evitar la desunión en público”.
En julio de 1945, en la conferencia de Potsdam, Churchill arguyó
a favor de una mayor flexibilidad. La declaración de Potsdam que se
dio a conocer a Japón no empleaba la frase, pero establecía términos
no negociables y no decía que Japón pudiera mantener al Emperador.
Y urgía a este país a rendirse a fin de evitar una «pronta y total destruc-
ción». El 29 de julio, el Primer Ministro japonés rechazó el ofreci-
miento.
El 2 de agosto, el embajador japonés en Moscú recibió instruccio-
nes de volver a intentar que los rusos actuaran como mediadores para
la paz, pero éstos deseaban las ventajas de permanecer en guerra y res-
pondieron al embajador que Stalin y Molotov no estaban disponibles.

«¿Qué pensaban que sucedería si la arrojaban?»

A primera hora de la mañana del 6 de agosto de 1945, se dejó caer


sobre Hiroshima la bomba atómica, conocida como «Little Boy», des-
de un bombardero norteamericano llamado Enola Gay.
El estallido produjo luz y onda expansiva y liberó calor y radiación
nuclear.
Un médico describió los efectos de la luz: «Quienes miraban el
avión se quemaron la retina. Aparentemente, el resplandor les atravesó
las pupilas y los dejó con un zona ciega en la porción central del cam-
po visual. Las mayores de estas quemaduras son de tercer grado, de
modo que su curación es imposible»”,
La onda expansiva comenzó a una velocidad de 3.200 kilómetros
por segundo. Un muchacho miraba el río desde una habitación:

Cuando la casa se derrumbó en pedazos, fue despedido desde la


habitación del extremo y a través de la carretera que discurre sobre
el malecón del río para ir a caer en la calle del otro lado. En ese tra-

2 Winston S. Churchill, 7he Second World War, vol. 4, The Hinge of Fate, Londres,
1951, págs. 614-615.
23 Dr. Koyama, citado en Dr. Michihiko Hachiya, Hiroshima Diary, trad. y ed. a cargo
de Warner Wells, Londres, 1955, pág. 131.

140
yecto pasó a través de un par de ventanas dentro de la casa y se le ]le-
nó el cuerpo con todo el vidrio que fue capaz de retener. Por eso es-
taba completamente cubierto de sangre?”

La temperatura llegaba en el epicentro a casi 3.000 C. Mucha gen-


te se convirtió en ceniza. Un grupo de obreros de la construcción esta-
ba haciendo gimnasia cuando fueron asesinados. Un superviviente
que los vio dijo al Dr. Michihiko Hachiya: «Un ser humano calcinado
se vuelve muy pequeño, ¿no? Después de la explosión, aquellos hom-
bres parecían niños pequeños»””.
La gente tenía el pelo completamente quemado. Muchas personas
estaban negras y gravemente ampolladas a causa de las quemaduras
producidas por el destello. La explosión les había desgarrado y arranca-
do la piel, de modo que ésta les colgaba de la cara como harapos. Uno
de los pacientes del Dr. Hachiya describió a unos soldados que habían
resultado quemados de las caderas hacia arriba:

Donde la piel había caído, la carne se mostraba húmeda y blan-


da. Seguramente habían tenido puestas las gorras militares, porque
el pelo negro de la coronilla no estaba quemado y les daba el aspec-
to de llevar un bol de laca negra en la cabeza. ¡Y no tenían rostro!
Las quemaduras habían hecho desaparecer ojos, nariz y boca, mien-
tras que las orejas parecían haberse fundido. Era dificil decir si esta-
ban de frente o de espalda”.

Las escenas de dolor y de horror eran interminables. Había gente


con los intestinos y el cerebro fuera, y muchos niños habían quedado
sin madre. «Una mujer sin mandíbula y con la lengua colgando fuera
de la boca» vagaba de un lado a otro bajo la lluvia gritando en deman-
da de ayuda. Un hombre, de pie, tenía en una mano uno de sus ojos,
suelto, desprendido de su órbita”.
Esto era sólo el comienzo, sólo las víctimas de la luz, la explosión
y el calor. Luego vinieron las enfermedades debidas a la radiactividad:
náuseas, vómitos, sed insaciable, pérdida de apetito, diarrea, fiebre,
convulsiones, delirio, manchas moradas en el cuerpo, pérdida de pelo
desde la raíz y presencia de sangre en la orina, la retina, la boca, el rec-

24 Arata Osada, Children ofthe A-bomb, Midwest Publishers International, 1982, pági-
na 194; citado en Rhodes, 7he Making of the Atomic Bomb, pág. 716.
25 Hachiya, Hiroshima Diary, pág. 108.
26 Mr. Katsutani, citado 1bíd., pág. 28.
22 Ibíd., pág. 117.

141
to o las vías respiratorias. A la muerte le precedía la caída de los Órga-
nos internos. El comité que se formó para estudiar los efectos de la
bomba describió en estos términos la acción de la radiación:
Destruyó las células regenerativas del cuerpo y devastó en gran
parte el mecanismo inmunológico. Estas grandes dosis fueron la ra-
zón principal del bajo grado de regeneración, el predominio de la in-
fección y la mortalidad extremadamente alta de los heridos por la
bomba atómica. La bomba atómica no sólo produjo heridas trágicas
y horribles a los que estuvieron expuestos a ella, sino que también
afectó negativamente a la base de los procesos reparadores y regene-
rativos del cuerpo vivo*.

Esto también era sólo el comienzo. Los supervivientes de aquellos


que estuvieron expuestos a la radiación tuvieron un riesgo mucho ma-
yor de contraer leucemia, y exhibieron tasas mucho más elevadas de
otras enfermedades físicas y de perturbaciones mentales. Fueron altas
las tasas de mortalidad infantil entre los fetos expuestos a la radiación
en el vientre materno, y a menudo los supervivientes presentaron retra-
sos en el crecimiento y una cabeza anormalmente pequeña. Hasta el f1-
nal de 1945, la bomba causó 140.000 muertos. Cinco años más tarde,
la cifra total llegaba a 200.000. Y aún se pagaría el tributo continuado
de trastornos cromosómicos y genéticos inducidos por la radiación en
niños concebidos años después de la bomba”.
Y la propia bomba de Hiroshima fue sólo el comienzo. Poco después
de las once de la mañana del 9 de agosto, desde un bombardero nortea-
mericano se dejaba caer sobre Nagasaki la bomba atómica llamada «Fat
Man». Hasta el fin de ese año murieron allí 70.000 personas, y cinco años
después el total de muertos a causa de la bomba llegaba a 140.000.

Una niña de cinco años cuando cayó la bomba en Hiroshima es-


cribió: «Cuanto más escuchas, más tristes son las historias que oyes.»
Un niño de cinco años escribió más tarde: «Por toda la tristeza que
aquello produjo sólo en mi familia, me pregunto cuánta tristeza han
de haber sentido también otras personas»,

2 The Committee for the Compilation of Materials on Damage Caused by the Ato-
mic Bombs in Hiroshima and Nagasaki, Hiroshima and Nagasaki: the Physical, Medical,
and Social Effects to the Atomic Bombings, trads. de Eisei Ishikawa y David L. Swain, Lon-
dres, 1981, cap. 8 y pág. 115.
22 Ibíd., cap. 9.
39 Osada, Children of the A-bomb, págs. 77, 83, citado en Rhodes, The Making of the
Atomic Bomb, pág. 723.

142
Una mujer que en Hiroshima era alumna de la escuela primaria,
pregunta: «Los científicos que inventaron la bomba atómica, ¿qué
pensaron que sucedería si la lanzaban?»*!,

3. LA EROSIÓN DE LAS RESTRICCIONES DERIVADAS


DE LA IDENTIDAD MORAL

Para los científicos y otros implicados en la bomba, la simpatía fue


inhibida por la distancia. Sólo tenían una nebulosa conciencia de la
gente que se abrasaría, quedaría ciega, ampollada, seca, irradiada y
muerta.
Lo que tal vez les hubiera detenido era el sentido de la identidad mo-
ral. Pocos habrían deseado que se les recordara como personas que des-
truyeron y arruinaron tantas vidas humanas. Pero, una vez más, en una
versión desarrollada de la psicología del bloqueo y del bombardeo zo-
nal, este freno estaba erosionado.
El sentido de la identidad moral está moldeado por valores sólo
parcialmente autónomos. A menudo la identidad moral concierne al
hecho de ser una «buena persona» de acuerdo con una línea básica es-
tablecida por los demás. En la decisión de emplear la bomba, la línea
básica se había rebajado durante el deslizamiento moral que se produjo
desde el bloqueo hasta los bombardeos zonales de Alemania y los in-
cendiarios de Japón. Como es de suponer, un miembro del Comité
Stimson señaló que «la cantidad de gente que moriría a causa de la
bomba no sería mayor en términos generales que la cantidad que ya
había muerto en los ataques incendiarios»”?.
La participación en la masacre es menos amenazadora para la ima-
gen de persona bondadosa y humana que uno tiene de sí mismo si los
horrores parecen tener poco que ver con uno. Disminuir el sentido de
la responsabilidad personal es debilitar los efectos restrictivos de la
identidad moral. El sentido de la responsabilidad personal por la bom-
ba atómica estaba debilitado por la distancia y por la evasión, pero lo
que más lo debilitó fue que la contribución al empleo de la bomba se
distribuyera entre tanta gente.

31 Osada, Children of the A-Bomb, pág. 264, citado en Rhodes, The Making of the Ato-
mic Bomb, pág. 734.
32 Ernest Lawrence, citado en Rhodes, 7he Making of the Atomic Bomb, pág. 648.

143
Distancia

La distancia no sólo reduce la simpatía. También reduce el sent1-


miento de responsabilidad.
Esto contrasta con la participación inmediata, como en la masacre
de My Lai. En efecto, la inmediatez es en general la causa de una re-
pulsión emocional mucho mayor. La necesidad de superar esta repul-
sión da lugar a una conciencia más vigorosa de la intervención perso-
nal. Fortalece la sensación de ser responsable e incrementa la concien-
cia de la clase de persona que hay que ser para hacer esas cosas. Esta
conciencia puede hacer que algunos se retraigan de actuar, o desembo-
car en el sentimiento de culpa posterior.
La distancia tiene el efecto contrario; al debilitar la repulsión emo-
cional facilita el acto. Reduce el sentimiento de responsabilidad y redu-
ce la conciencia del tipo de persona en la que uno se convierte al actuar
de esa manera. Es menor la presión que tiende a inhibir la acción y es
menor la culpa posterior. En el caso de la bomba atómica, esto tuvo re-
sultados paradójicos. Algunas de las personas que más cerca estuvieron
de las víctimas experimentaron acusados sentimientos de responsabili-
dad y de culpa, mientras que a quienes se hallaban lejos, la distancia les
permitió convivir sin incomodidad con lo que habían hecho pese a
que su responsabilidad en la acción era mucho mayor.
Quienes realmente dejaron caer las bombas eran menos responsa-
bles que los que tomaron las decisiones en los eslabones más altos de la
cadena de mando. En la moderna guerra tecnológica es muy escasa
la correlación entre las respuestas psicológicas y los grados de respon-
sabilidad. Entre los que están más abajo en la cadena, esta distancia
causal reduce la resistencia psicológica que deben vencer.
Es más fácil lanzar una bomba que matar gente por propia mano
en el terreno. Pero el bombardeo puede tener sus costes psicológicos
propios.
Hay variaciones entre aquellos directamente implicados en el bom-
bardeo. La noche anterior al 6 de agosto, el navegador del Enola Gay,
el capitán Van Kirk, tuvo necesidad de tomar dos píldoras para dormir.
Luego pasó la noche jugando al póker. Tal vez fueran signos de estrés.
Pero también hubo gente relativamente tranquila, sin incomodidad
psicológica. Antes de despegar, un capellán protestante fue capaz de
pedir a Dios que asistiera a «quienes afrontan con valor la elevación de
Tu cielo y a los que dan batalla a nuestros enemigos». Y más adelante,

144
el coronel Paul Tibbetts, piloto del Enola Gay, fue capaz de volver a rea-
lizar el bombardeo en exposiciones de aeromodelismo.
Otros tuvieron otro tipo de experiencias. El Enola Gay fue precedi-
do en Hiroshima por una avión de reconocimiento a cargo del mayor
Claude Eatherly, que envió la señal para que el operativo siguiera ade-
lante. Al regresar de Hiroshima, Eatherly rezó una oración en la que re-
solvía dedicar la vida a abolir la guerra y las armas nucleares. Después
se sintió perseguido por pesadillas acerca de la bomba. Envió a Hiro-
shima sobres con dinero. En 1950 intentó suicidarse. Más tarde falsifi-
có un cheque por una pequeñísima cantidad de dinero, que entregó a
un fondo para niños de Hiroshima. Protagonizó un asalto a mano ar-
mada, pero no cogió nada de dinero. Finalmente, fue detenido y some-
tido a tratamiento psiquiátrico en un hospital.
Desde cierto punto de vista, el mayor Eartherly no era un enfermo
psiquiátrico, sino un hombre sano encarcerlado en el hospital para de-
sacreditar sus protestas antinucleares. Más tarde escribió que la dedica-
ción de su vida a esa causa le había «costado mucho debido a los de-
sórdenes mentales y emocionales que me provocó la culpa por un crr-
men. Pasé cerca de ocho años en hospitales y una breve temporada en
la cárcel. Siempre parecía sentirme más feliz en la cárcel, porque al ser
castigado me aliviaba de la culpa». Y dijo también que «lo cierto es que
la sociedad simplemente no puede aceptar mi culpa sin reconocer al
mismo tiempo la suya, mucho más profunda aún»””,
Desde otro punto de vista, el camino por el que buscaba castigo
para su culpa era un síntoma del desorden mental. En cualquiera de
los dos casos, pagó un precio muy elevado por su implicación en Ht-
roshima.
Lejos del bombardeo reinaba el buen humor. El general Leslie Gro-
ves, comandante del Proyecto Manhattan, recibió un saludo positivo
cuando transmitió las noticias sobre Hiroshima a Robert Oppenheimer:
«Estoy muy orgulloso de usted y de toda su gente... Al parecer, hubo
una explosión tremenda.» Y el presidente Truman, cuando conoció la
noticia durante el almuerzo a bordo de un barco, dijo a los marinos que
estaban en su mesa: «Esto es lo más grande de la historia»*.
Más atrás aún en la cadena causal estaban los científicos. Algunos
estaban consternados. La reacción inmediata de Leo Szilard fue decir
que «el empleo de bombas atómicas contra Japón es uno de los mayo-

33 Gunther Anders y Claude Eatherly, Burning Conscience, 2.* ed., Nueva York, 1989,
pág. 82.
Jbid:

145
res desatinos de la historia». Otto Frisch estaba triste, pero la descrip-
ción que hace de algunos colegas muestra que otros no lo estaban:

Todavía recuerdo los sentimientos de malestar, en realidad las


náuseas, que me asaltaron cuando vi la cantidad de amigos míos que
se lanzaban al teléfono para reservar mesas en la Fonda Hotel de
Santa Fe, para celebrarlo. Por supuesto que estaban exaltados por el
éxito de su trabajo, pero parecía bastante repulsivo celebrar la muer-
te repentina de cien mil personas, aun cuando fueran «enemigos»,

Evasión

Los efectos de la identidad moral pueden debilitarse evadiendo


todo reconocimiento claro de lo que se está haciendo.
En su diario privado, Truman dejó un pasaje sobre la bomba, que,
dada la decisión que estaba adoptando, resulta un tanto decepcionan-
te acerca de la calidad de su pensamiento:

Hemos descubierto la bomba más terrible de la historia del


mundo. Quizá sea la destrucción por el fuego que se profetizó en la
Era del Valle del Éufrates, después de Noé y su fabulosa Arca. En
cualquier caso, «pensamos» haber encontrado una manera de produ-
cir la desintegración del átomo. Un experimento en el desierto de
Nuevo México fue asombroso, por decirlo con moderación [...] Esta
arma se utilizará contra Japón entre hoy mismo y el 10 de agosto.
He dicho al Sec. de Guerra, Mr. Stimsom, que la utilice de tal ma-
nera que el blanco sean objetivos militares y soldados, no mujeres y
niños. Aun cuando los japos [sic] sean salvajes, despiadados, crueles
y fanáticos, nosotros, como líderes del mundo para el bienestar ge-
neral, no podemos arrojar esta bomba terrible sobre la antigua capi-
tal ni sobre la nueva. Estamos los dos de acuerdo. El objetivo será
puramente militar y daremos una advertencia pidiendo a los japone-
ses que se rindan y salven vidas. Estoy seguro de que no lo harán,
pero les habremos dado la oportunidad**.

El pasaje muestra con claridad la necesidad de escapar a todo jui-


cio claro y llano sobre lo que estaba a punto de hacer. Encontramos la
negación del pleno impacto humano de la bomba al considerar a las
víctimas como «japos» y como salvajes. Encontramos la sugerencia a

35 Frisch, What Little 1Remember, pág. 176.


1% Truman, citado en Rhodes, 7he Making of the Atomic Bomb, págs. 690-691.

146
medias de que la bomba pudiera fallar por completo: sólo «pensamos»
que hemos encontrado una manera de dividir el átomo. Estamos ex-
culpados porque les estamos dando una advertencia, aun cuando sabe-
mos que la ignorarán.
Pero sobre todo tenemos la evasión del hecho de que es imposible
lanzar una bomba atómica sobre una ciudad y dirigirla exclusivamen-
te a objetivos militares. En Hiroshima, la cantidad de civiles era más de
seis veces superior a la de soldados. Seguramente, con posterioridad el
presidente Truman tuvo alguna idea de las bajas civiles. Después de
Nagasaki detuvo el bombardeo atómico y dijo que pensaba que la ani-
quilación de otras cien mil personas era demasiado horrible y que no
le agradaba la idea de matar a «todos esos niños»”, Tal vez tuviera cier-
to conocimiento de estas cosas antes de Hiroshima. De no ser así, su
preocupación por los niños fue demasiado insignificante como para
moverle a descubrirlas.
No sólo el presidente tuvo que afrontar o eludir una decisión mo-
ral. Los científicos que desarrollaron la bomba también se enfrentaron
a una cuestión de conciencia, cuestión que algunos asumieron, mien-
tras que otros se refugiaron en la evasión.
Muchos físicos implicados fueron muy pronto conscientes de los
dilemas morales. Algunos los asumieron directamente y se negaron a
participar. I. 1. Rabi declinó la invitación de Oppenheimer para ser
director asociado del Proyecto Manhattan, en parte porque no quería
hacer que tres siglos de física desembocaran en la bomba atómica. Al-
gunos, como Szilard, Frisch y Peierls, también asumieron directamen-
te los dilemas y decidieron que la amenaza de una bomba nazi justift-
caba trabajar en el proyecto. A otros les pareció dificil reflexionar so-
bres los dilemas y los aparcaron en su cabeza a fin de trabajar en el
proyecto.
Una manera de eludir las cuestiones morales fue concentrarse inge-
nuamente en el trabajo. Una línea de pensamiento daba por sentado
que la responsabilidad de las consecuencias se limitaba a los papeles
respectivos de cada cual: el de los científicos era realizar descubrimien-
tos, pero qué hacer luego con ellos correspondía a los políticos o a la
«sociedad». Algunos pensaban que el conocimiento tenía un valor in-
trínseco que valía la pena perseguir, fueran cuales fuesen sus conse-
cuencias. Otros pensaban que la investigación era algo a lo que los
científicos eran prácticamente incapaces de renunciar.

37 Diario de Henry Wallace, citado 1bíd., pág. 743.

147
Robert Oppenheimer habló del irresistible atractivo de los proyec-
tos científicos y tecnológicos:

Mi opinión sobre estas cosas es que cuando algo es técnicamen-


te satisfactorio, sigues adelante y lo haces, y sólo después de triunfar
técnicamente empiezas a discurrir acerca de ello. Así ocurrió con la
bomba atómica. No pienso que nadie se opusiera a producirla; los
debates que hubo versaron sobre qué hacer con ella una vez conse-
guida?*,

Tal vez Oppenheimer proyectara en la generalidad de los científ1-


cos su propia extremada sensibilidad hacia la belleza intelectual o técnica.
No todos los científicos harían lo «técnicamente satisfactorio» sin te-
ner en cuenta las consecuencias. Pero la explicación psicológica de Op-
penheimer se ve en parte confirmada por las declaraciones del físico
autocrítico que, en forma anónima, habló a Robert Jungk acerca de la
bomba de Nagasaki en estos términos:

Yo temía el uso de esta bomba «mejor». Esperaba que no se uti-


lizara y temblaba ante la idea de la devastación que causaría. Y sin
embargo, para ser completamente sincero, tenía una gran ansiedad
por descubrir si este tipo de bomba terminaría produciendo los efec-
tos que de ella se esperaban, o, más brevemente, si su intrincado me-
canismo funcionaría. Eran pensamientos terribles, lo sé, pero no po-
día evitarlos”.

A pesar de honorables excepciones —como las de Bohr, Szilard y


Peierls—, lo común entre los científicos fue la ingenuidad de sus presu-
puestos en materia de moral y de política. Sin duda, esta limitación inte-
lectual de la comunidad científica merece algunas críticas. Pero había en-
tre bambalinas otra comunidad que también merece las suyas. Los filóso-
fos no se impresionaron por la débil y confusa calidad del pensa-
miento de Oppenheimer sobre la producción de la bomba. Está cla-
ro que los científicos, incluso Oppenheimer, no tenían idea de la
existencia de una manera de pensar de la que ellos carecían. Su igno-
rancia sólo es parte del fracaso general de la filosofía, al menos en
aquel momento, en la producción de un impacto importante en el
pensamiento del conjunto de la comunidad. Por omisión, los filóso-
fos que sólo hablaban entre sí cargaron también con cierta responsa-

* Oppenheimer, citado en Jungk, Brighter than a Thousand Suns, pág. 266.


3% Ibid, pág, 203.

148
bilidad por la presencia de aquel evasivo ambiente intelectual que
contribuyó a Hiroshima.

La fragmentación de la responsabilidad

El sentido de responsabilidad personal se redujo sobre todo debi-


do a la manera en que se fragmentó la actuación. Entre los hombres
del aire que obedecieron la orden de lanzar la bomba, la gran cantidad
de científicos que contribuyeron a producirla, el presidente y la gran
cantidad de asesores políticos y militares implicados en la decisión:
¿quién mató a la población de Hiroshima? Nadie parece haber tenido
la sensación de que la responsabilidad le correspondía por entero.
La idea de Truman acerca de la cuestión de una exhibición inocua
se delegó efectivamente al Comité Stimson. El presidente consideró
que se trataba de una decisión predominantemente técnica y que él es-
taba constreñido por el asesoramiento técnico.
En las memorias de Truman hay 561 páginas dedicadas al año 1945.
La decisión de emplear la bomba atómica se explica brevemente en la
página 491. Dice allí que sabía que la bomba infligiría daños más allá
de lo imaginable:
Por otra parte, el asesor científico del Comité ofreció el siguien-
te informe: «No podemos proponer ninguna exhibición técnica con
probablidades de poner fin a la guerra; no vemos alternativa acepta-
ble al empleo militar directo.» La conclusión del Comité fue que
ninguna exhibición técnica que se pudiera proponer como por ejemplo
sobre en una isla desierta, tendría probabilidades de poner fin a la
guerra. Tenía que usarse contra un objetivo enemigo. La decisión fi-
nal sobre dónde y cuándo emplear la bomba me correspondía a mí.
No había lugar a error. Para mí, la bomba era un arma militar y nun-
ca tuve la menor duda de que había que utilizarla. Los asesores m:-
litares presidenciales de máximo nivel recomendaron su uso, y cuan-
do hablé con Churchill, me dijo sin vacilar que estaba a favor del
uso de la bomba atómica si eso contribuía a acabar con la guerra*.

Llama la atención que la afirmación de Truman de que a él le toca-


ba decidir adoptara precisamente la forma que adoptó, a saber: «La de-
cisión final sobre dónde y cuándo emplear la bomba me correspondía a
mí.» Esto viene inmediatamente después de afirmar que había llegado

20. Memoirs ofHarry S. Truman, vol. 1, Year ofDecisions, Nueva York, 1955, pág. 491.

149
a la conclusión de que debía emplearse contra un objetivo enemigo. Es
como si el Comité hubiera delegado sobre Truman esa decisión central.
El Comité Stimson consideró la posibilidad de una exhibición ino-
cua, pero la rechazó por varias razones. Los japoneses podían suponer
que se trataba de un engaño. O bien podían atacar el avión que se uti-
lizara en la exhibición, o llevar prisioneros aliados a la zona designada
como objetivo. La bomba podía no explotar, o no ser lo suficiente-
mente impresionante como para parar la guerra. Si la exhibición no
terminaba en rendición, el poder de conmoción de la bomba se habría
perdido. El comité informó de que no podía proponer ninguna exhibi-
ción técnica con probabilidades de poner fin a la guerra: «No vemos
alternativa aceptable a su utilización militar directa»*!,
Aunque Truman dejó la discusión de esta cuestión en manos del
Comité Stimson, éste no se sintió llamado a tomar en cuenta todos los
aspectos de la decisión, sino únicamente los problemas «técnicos» en
ella implicados. A Robert Oppenheimer, que era miembro del Comi-
té, le preguntaron luego sobre los factores que habían influido en su
decisión. Dijo entonces:

Lo que se esperaba de este comité de expertos era ante todo una


opinión técnica sobre cuestiones nuevas [...] El presidente Roosevelt
y Sir Winston Churchill mostraron completo acuerdo en el empleo
de la bomba atómica si resultaba necesaria para poner fin a la gue-
rra. Esta opinión ejerció gran influencia. Desgraciadamente, el tiem-
po apremiaba. Es posible que un estudio más riguroso y prolongado
del problema hubiera llevado a esos responsables a una idea más
precisa e incluso distinta de qué hacer con esas nuevas armas”,

Una entrevista realizada trece años después puede no reflejar del


todo las deliberaciones, pero la respuesta de Oppenheimer da la impre-
sión de que ni él, ni quizá tampoco otros, tenían una idea clara del
problema. Su alusión a Roosevelt y Churchill es confusa. Se refiere a la
opinión de estos dirigentes según la cual la bomba debía usarse en el
caso de que fuera necesaria para poner fin a la guerra. Pero esta opi-
nión es irrelevante para la cuestión «técnica» que el comité suponía
que tenía responder: ¿era realmente necesario emplear la bomba para
terminar la guerra? S1 esta opinión «ejerció gran influencia», el pensa-
miento del comité era confuso.

*! Compton, Atomic Quest, págs. 238 y ss.


Y Entrevista con Oppenheimer, Le Monde, 29 de abril de 1958, citado en Jungk,
Brighter than a Thousand Suns, pág. 291.

150
Oppenheimer da la impresión de que el comité no estaba seria o
plenamente involucrado en averiguar si había otras maneras de termi-
nar la guerra. Al parecer, tuvo la sensación de que la decisión, al menos
en parte, ya había sido tomada por Roosevelt y Churchill. La decisión
imponía una pesadísima carga de responsabilidad. Es comprensible
que el Comité deseara pensar que esa responsabilidad no le atañía. La
misma razón tenía el presidente Truman para pensar que esa decisión
no le correspondía, pues era una decisión técnica que había que dele-
gar en expertos.
Al examinar en detalle esto, que es una de las decisiones centrales
del siglo xx, se advierte un vacío moral. Nadie parece haberse sentido
suficientemente responsable de la decisión como para lanzarse con
energía e imaginación a la busca de alternativas.

4. EL DEBATE MORAL

Estas dos bombas mataron inás de un tercio de millón de personas


—adultos y niños— en medio de un infierno inimaginable en todos
sus detalles.
El debate moral sobre el empleo de las bombas se centró en dos
problemas básicos. ¿Había otros medios para poner fin a la guerra? Y, en
caso de que no hubiera vías alternativas para detener la guerra, ¿justifica-
ba esa circunstancia el lanzamiento de estas bombas?

¿Había otros medios para poner fin a la guerra?

Tal vez no hubiera una manera segura de terminar la guerra al mar-


gen del empleo de la bomba, pero no es dificil ver las líneas generales
de una actuación que valía la pena intentar.
Se podía haber informado de la bomba al gobierno japonés. Se le
podía haber dado fotografías y otras evidencias de la prueba que ya se
había realizado en Nuevo México. Se podía haber invitado a los japo-
neses, discretamente por canales diplomáticos, a que enviaran a su vez
representantes, incluso físicos, a una nueva exhibición de la bomba en
Estados Unidos. Se habrían garantizado los salvoconductos. Los físi-
cos japoneses habrían podido discutir con los físicos norteamericanos
y se les habría dicho lo suficiente para que se convencieran de la reali-
dad de la bomba. Se podía haber combinado esto con una invitación,
también discreta, por canales diplomáticos, a negociar la paz. Se les po-

151
día haber dicho que la rendición no tenía por qué ser incondicional y
que los aliados no depondrían al Emperador.
Una exhibición de la bomba en Estados Unidos habría sorteado
las principales preocupaciones del Comité Stimson. Era menos proba-
ble que los japoneses rechazaran la bomba como un fraude. No ha-
brían podido sabotear la exhibición ni derribar el avión que transpor-
taba la bomba.
Para los japoneses, la aceptación del ultimátum público que se lan-
zó en Potsdam implicaba una humillación. No estaban preparados
para aceptar la rendición incondicional ni la pérdida del Emperador.
Una invitación discreta a negociar, junto con el abandono de la exigen-
cia de rendición incondicional y garantías para el Emperador, pudo ha-
ber puesto fin a la guerra sin necesidad de arrojar la bomba atómica.
Para hacer justicia a Truman debe recordarse que él no tenía la ven-
taja de la perspectiva histórica de la que nosotros disponemos. Toma-
ba decisiones sometido a todas las presiones de una presidencia en
tiempos de guerra. Pero, a la luz de lo que le ocurrió a la población de
Hiroshima y Nagasaki, es inevitable pensar que esa alternativa debió
haberse intentado.

Fines y medios

Supongamos que el uso de la bomba hubiera sido el único medio


para acortar la guerra. ¿Habría estado entonces justificado? Una contrt-
bución a este debate se produjo en 1956, cuando se propuso que la Uni-
versidad de Oxford otorgara un doctorado honoris causa al presidente
Truman. Este tipo de propuestas se aceptaban siempre, y sólo contados
miembros de la Universidad se tomaban la molestia de votar al respec-
to. Pero el día que se propuso a Truman, la concurrencia a la reunión era
total porque había una controvertida propuesta a favor de reducir la in-
clusión del Nuevo Testamento Griego en el doctorado de Teología.
Un testigo describe así la situación:

La Casa se preparaba para dormitar mientras se cumplían las ta-


reas de rutina, a la espera de la verdadera razón por la que estaban
allí, pero de pronto y sorprendentemente, se incorporó Miss Ans-
combe y (después de obtener el correspondiente permiso del vice-
canciller para hablar en inglés), pronunció un apasionado discurso
contra la concesión del doctorado de Oxford al «hombre que había
apretado el botón» de la Bomba. El vicecanciller llamó a votar: Miss
Anscombe perdió sólo por un voto.

132
Este testigo evocaba sólo «el completo silencio y la total impasi-
bilidad de los presentes [...] ni la más ligera señal de aprobación o de
desaprobación, ni un murmullo, ni un susurro, ni un cambio de expre-
sión en el rostro, sino tan sólo una extremada imperturbabilidad»*.
Los recuerdos de la ocasión varían. Según otro relato, cuatro personas
votaron contra la concesión del doctorado, incluida otra filósofa, Phi-
lippa Foot.
El contenido del discurso de Elizabeth Anscombe aparece repro-
ducido en un artículo que ella publicó en la época con el título «El ho-
norís causa de Truman». Anscombe veía claramente que el bombar-
deo zonal había preparado el camino a la bomba atómica. Aceptaba
que, dadas las circunstancias, probablemente el empleo de la bomba
ahorrara muchas vidas, pero señaló que las circunstancias incluían la
exigencia aliada de rendición incondicional y su desprecio por el cono-
cido deseo de Japón de una paz negociada.
La afirmación ética básica de Elizabeth Anscombe era la de que
matar inocentes como medio para lograr un fin es siempre asesinar. El
Estado tiene derecho a ordenar matar en una guerra que se libra para
proteger a su propia gente, o bien para proteger a otros de un trato in-
justo. Pero no hay derecho a matar intencionalmente a gente inocente,
que es la que ni pelea en la guerra ni abastece a los combatientes. Ata-
car objetivos militares con el máximo cuidado posible puede implicar
la muerte no intencional pero previsible de civiles, y eso no es asesina-
to. Pero el ataque es inaceptable cuando el único medio de alcanzar el
objetivo militar incluye necesariamente como blanco grandes cantida-
des de personas inocentes: «Luego no puedes decir que murieron por
accidente. En este caso, tu acción es un asesinato»*!,
Elizabeth Anscombe terminó con un floreo retórico diciendo que
le daría miedo ir a la ceremonia de investidura «por si acaso la pacien-
cia divina se agotara de repente». Después, Harry Weldon, ex colega
del mariscal del aire Harris, ofreció disponer una cobertura aérea ge-
neral.
Es dificil simpatizar con la respuesta de aquellos que oyeron a Miss
Anscombe y luego votaron de tal suerte que quedara ella en tan esca-
sa minoría. Es posible que cada persona que votó contra ella tuviera
buenas razones. Pero su silencio y su extremada imperturbabilidad pa-
recen ahora extraordinarias. ¿Es que no hubo tiempo para la discusión,

43 A. FL. Beeston, carta en Oxford Magazine, Michaelmas Term, 1995.


44 Mr. Truman's Degree, Oxford, 1957, reimpreso en G. E. M. Anscombe, Ethics, Re-
ligion an Politics: Collected Philosophical Papers, vol. 3, Oxford, 1981.

153
debido a la presión que ejercía el problema del uso del Nuevo Testa-
mento Griego en el doctorado en Teología? ¿Nadie pensó que un dis-
curso tan valiente y poderoso merecía la delicadeza de una oposición
racional? Aparte de Philippa Foot, ¿dónde estaban los filósofos?
El sistema moral que subyace a esta crítica a la decisión de Tru-
man es la doctrina de la guerra justa de la tradición tudeocristiana. Des-
de este punto de vista, la matanza intencional de inocentes («asesina-
to») está absolutamente prohibida. Aunque se reconoce que la guerra
modema desemboca inevitablemente en la muerte de inocentes, la
prohibición absoluta del asesinato no implica el pacifismo. La doctr-
na del doble efecto se invoca para permitir algunos actos que previst-
blemente matan a inocentes. Allí donde las muertes son previsibles,
pero no consecuencias intencionales, y donde además no son despro-
porcionadas al bien al que se apunta, el acto es permisible.
Tanto la apelación a la doctrina del doble efecto como la prohibtr-
ción absoluta de matar a inocentes son cuestionables.
Un problema que plantea la doctrina del doble efecto reside en el cr
terio para decidir qué consecuencias de un acto son intencionales y cuáles
son meramente previstas. Una posible prueba consiste en preguntar si las
consecuencias en cuestión eran deseadas. Esta prueba permitiría el
bombardeo de Dresde y de Hiroshima si quienes tomaron las deciso-
nes pudieran decir sinceramente: «Sólo queríamos destruir la ciudad, y
lamentamos que no hubiera otra manera de hacerlo sin matar también
a la gente que allí había.» Esta prueba no parece exigir casi nada, y sin
duda no es la que contaría con la confianza de Miss Anscombe.
De una prueba más exigente se deriva que las consecuencias que, aun-
que no deseadas, están tan estrechamente relacionadas con el acto que re-
sultan inseparables de éste, son intencionales. Parecería que Miss Ans-
combe se apoyaba en una prueba de este tipo. Excluía tomar como ob-
jetivo cualquier cosa que implicara una gran cantidad de personas
inocentes: «Luego no puedes decir que murieron por accidente. En
este caso, tu acción es asesinato». El problema reside en saber cuán es-
trecha e inextricable ha de ser la distancia entre las acciones y las con-
secuencias para que éstas puedan considerarse no intencionales. ¿Qué
razones se pueden dar para trazar la frontera en un lugar y no en otro?
¿y cuál es el argumento moral para considerar tan importante la frontera?
Además de estos problemas de frontera, hay otro más profundo. Si
la prueba más débil («¿Se deseaban estas consecuencias?») permite dema-
siado, algunos encontramos que la versión más fuerte («¿Estaban los
muertos tan estrechamente ligados al acto como para que no podamos
decir que murieron por accidente?») permite demasiado poco. Se pue-

154
de sostener que esta prueba es tan restrictiva que horada la opinión se-
gún la cual la matanza intencional de inocentes es injusta en todos los
casos.
Tomemos el caso del ferry que llevaba el agua pesada de Noruega
y al que se hizo explotar. La llegada del agua pesada a Alemania no ha-
bría asegurado la producción de la bomba atómica nazi, pero la habría
hecho más probable. Dejar que Hitler tuviera una bomba atómica era
correr el riesgo de que se produjeran ingentes cantidades de muertos y,
tal vez, que los nazis ganaran la guerra. Con tanto en juego, parecía jus-
tificado pagar un precio sustancial para mantener la probabilidad de
esa bomba en el nivel más bajo posible. Nadie quería la muerte de las
veintiséis personas a las que se mató cuando se hizo volar el ferry. Pero
hubiera sido dificil argumentar que habría sido mejor correr el riesgo
de dejar que el agua pesada llegara a Alemania.
La prohibición absoluta de la matanza intencional de inocentes pa-
rece mucho menos plausible si nos dice que Knut Haukelid y sus cole-
gas obraron mal al hundir el ferry. Pero puede tener esta consecuencia.
En general, la prohibición absoluta se defiende de estas objeciones
con la doctrina del doble efecto. Si la muerte de los pasajeros del ferry
no fue intencional, el hundimiento está permitido y la objeción no es
válida.
Según la prueba más débil («¿Se deseaba esas muertes?»), las muer-
tes no fueron intencionales. Se tuvo cuidado de reducir la pérdida de
vidas haciendo que el agua se transportara en el ferry del domingo por
la mañana. Y si no hubiera habido ningún pasajero, quienes hundie-
ron el ferry se habrían sentido aliviados.
Pero la prueba débil permite demasiado, tal vez incluso el bombar-
deo de Hiroshima. Es natural concordar con Miss Anscombe en optar
por la prueba fuerte: «¿Estaban las muertes tan estrechamente relacio-
nadas con el acto como para que no podamos decir que murieron por
accidente?» Pero luego es dificil evitar la poco plausible opinión de que
Haukelid actuó injustamente. La justificación del acto de Haukelid era
que había reducido el riesgo de un mal mucho mayor. Haukelid no ne-
cesita la defensa extraña de que, cuando el ferry explotó y mató a la m1-
tad de los pasajeros, éstos murieron por accidente.
Lo que necesita esta defensa extraña es la prohibición absoluta de
matar personas inocentes de manera intencional, aun cuando eso evt-
te un mal mucho mayor. La prohibición absoluta es básica para el ar-
gumento de Miss Anscombe según el cual, por terrible que fuera la al-
ternativa, el empleo de la bomba atómica en Hiroshima no se justif-
caba. La fuerza de la prohibición absoluta estriba en su insistencia en

155
que no tratemos a la población de Hiroshima como si fuera transpa-
rente, mirando a través de ella para ver únicamente las vidas que se
ahorran con la terminación de la guerra. En el caso del ferry, la
prohibición absoluta se encuentra con graves problemas. Á menos que
se la rescate mediante una absurda extensión de la idea de la muerte ac-
cidental, nos dice que no volemos el ferry. Tenemos que correr el ries-
go de que Hitler consiga la bomba atómica. En este caso no tenemos
que tener en cuenta la gente que la bomba de Hitler podría matar. Es
difícil apoyarse en una doctrina moral que, en términos humanos, tie-
ne un sentido tan pobre de la proporción.
Es difícil escapar de esta perspectiva desfavorable de la prohibición
absoluta cuando se la juzga en función de su impacto humano. En ge-
neral la defienden quienes hacen suya una ley moral cuya autoridad es
independiente de sus consecuencias para la gente. Las referencias de Eli-
zabeth Anscombe a actos «prohibidos» y a la paciencia de Dios no eran
mera retórica. Ella se apoyaba en la doctrina de la guerra justa, que en-
seña la Iglesia católica como parte de la ley divina. En ese contexto, las
críticas que la acusan de ser desastrosa en términos humanos no apun-
tan en sentido correcto. Pero, de la misma manera, para nosotros, los
que juzgamos estas cosas en términos de impacto humano, semejantes
apelaciones a la autoridad tampoco apuntan en sentido correcto.
Algunas de las razones con las que Miss Anscombe sostiene su
punto de vista no son plausibles incluso al margen de su marco de
creencias religiosas. Pero hemos visto que hay otras razones para estar
de acuerdo en que quienes emplearon la bomba no tuvieron justifica-
ción suficiente para hacerlo. El voto de Miss Anscombe era correcto y
los que votaron en silencio contra ella estaban equivocados.

Niels Bobr y el mundo abierto

La falta de exploración adecuada de otras maneras de poner fin a


la guerra es la razón obvia que hace tan dificil defender la decisión de
Truman. Pero hay además otro problema: el de si el empleo de la bom-
ba desperdició la oportunidad de poner las armas atómicas bajo con-
trol internacional.
Con perspectiva histórica es dificil asegurar si la carrera armamen-
tista de posguerra fue consecuencia del uso de la bomba. Desde el pun-
to de vista alternativo, la bomba demostró todo su horror como no hu-
biera podido hacer ninguna exhibición inocua, y eso contribuyó a cal-
mar al mundo. Tal vez la carrera armamentista fuera inevitable y el

156
recuerdo de Hiroshima y Nagasaki sirviera para ponerle coto. O quizá,
como sugería en 1945 el Informe Franck, la restricción pudo haber
conducido al control internacional y no a la carrera de las armas.
Dos cosas están claras. La cuestión del control internacional, que
planteó Niels Bohr y aun hoy no está resuelta, no fue objeto de la aten-
ción que se merecía. Y, tal como lo vio Bohr, es el problema funda-
mental de la era nuclear.
Niels Bohr era el fisico teórico más notable de los que de alguna
manera intervinieron en el desarrollo de la bomba. Su contribución al
debate sobre el uso de armas atómicas refleja tanto su seriedad moral
como su hábito de reflexionar sobre los fundamentos. Sin embargo, es-
tas cualidades no bastaron para que sus ideas ejercieran la influencia
necesaria en quienes tomaban las decisiones.
Bohr escapó de la Dinamarca ocupada. Debido a la amenaza de
una bomba nazi, consintió en trabajar en el Proyecto Manhattan. Co-
menzó a pensar en los problemas más profundos de las armas atómi-
cas y advirtió que, puesto que Estados Unidos había producido la
bomba, pronto la tendría también la Unión Soviética. La elección era
simple: control internacional o carrera nuclear. Vio el contro! interna-
cional como la única opción segura.
En 1944, las ideas de Bohr persuadieron a Felix Frankfurter, quien
«las transmitió a Roosevelt. El presidente pidió a Frankfurter que le di-
jera a Bohr que quería discutir las garantías con Churchill. Bohr regresó a
Inglaterra y persuadió al presidente de la Royal Society, Sir Henry
Dale, de la importancia del problema. Dale se hallaba entre quienes
convencieron a Churchill de que se entrevistara con Bohr. Pensando
en la abstención voluntaria del uso de la bomba y en interés del futu-
ro control internacional, Dale escribió lo siguiente a Churchill: «Creo
seriamente que incluso en los próximos seis meses puede tener usted
en su mano la posibilidad de tomar decisiones cruciales para el futuro
de la historia humana. En virtud de esa creencia me atrevo a pedirle,
aun ahora, que dé al profesor Bohr la oportunidad de una breve entre-
vista con usted.»
En privado, Dale expresó el temor de que «la suave, la filosófica va-
guedad de expresión» de Bohr, junto con «su susurro inarticulado», le
hicieran incomprensible ante «un Primer Ministro desesperadamente
preocupado»*.

45 Margaret Gowing, Britain and Atomic Energy, 1939-1945, Londres, 1964, págt-
nas 354, 355, 371.

157
La reunión no fue un éxito. Estaba presente Lord Cherwell y la ma-
yor parte del tiempo se fue en discusiones entre él y Churchill sobre
puntos que nada tenían que ver con la finalidad de Bohr. De acuerdo
con los «recuerdos muy vívidos» que Bohr conservaba de la entrevista,
tal como los contó a Margaret Gowing, nunca se llegó a tocar el tema
principal. «El profesor Bohr fue incapaz de lograr que el primer m:1
nistro se hiciera cargo de las implicaciones de la bomba, así como tam-
poco pudo decirle que a su juicio el propio Presidente estaba dedican-
do serias reflexiones a aquel tema.» A Churchill le disgustó el encuen-
tro. Bohr preguntó si podía enviar un memorándum a Churchill sobre
el tema:
El primer ministro replicó que siempre se sentiría honrado de
recibir una carta del profesor Bohr, pero que esperaba que no fuera
sobre política. Bohr se marchó enormemente decepcionado ante la
manera en que aparentemente se gobernaba el mundo, concedien-
do una influencia irracional a cuestiones de escasa importancia. «No
hablamos el mismo lenguaje», diría luego Bohr**.

Bohr envió un memorándum a Roosevelt en el que decía que «lo


único capaz de evitar la terrorífica perspectiva de una futura compett-
ción entre naciones en torno a un arma de tan formidable naturaleza
es un acuerdo universal en un clima de auténtica confianza». La pre-
vención de una carrera de armas secretas exigiría «unas concesiones re-
lativas al intercambio de información y a la transparencia en lo referente
a los esfuerzos industriales, e incluso a los preparativos militares, dificiles
de concebir si no se garantizaba al mismo tiempo a todos los socios la se-
guridad común contra peligros de una gravedad sin precedentes».
En agosto de 1944, ambos hombres se encontraron. Roosevelt dijo
a Bohr que compartía las esperanzas expresadas en el memorándum, y
le pidió que lo ampliara. Pero cuando, pocas semanas después, Roose-
velt se encontró con Churchill en Hyde Park, predominó la opinión
que Churchill tenía de Bohr. La agenda de la conversación, que proba-
blemente redactó Churchill, incluía un punto que rezaba así: «Habría
que investigar las actividades del profesor Bohr y tomar medidas para
garantizar que no es responsable de ninguna filtración de información,
en particular a los rusos»*.
Churchill no entendió en absoluto la idea de Bohr. Roosevelt la
entrevió y luego la olvidó. No es sorprendente el fracaso del científico

6 Ibíd., pág. 355.


7 Ibíd., Apéndice 8, pág. 447.

158
en su intento de persuadirlos. Ni su trabada prosa escrita, ni su mascu-
llante estilo de conversación eran lo más adecuado para atraer el com-
promiso de los líderes políticos. Y la idea era demasiado radical. El tiem-
po y la reflexión que exigía nunca estarían a disposición de un pri-
mer ministro en tiempos de guerra, desesperadamente ocupado, ni de
un presidente en tiempos de guerra, igualmente ocupado y fatalmente
enfermo.
Después de la guerra, Bohr volvió a intentarlo. En 1950 escribió
una Carta abierta a las Naciones Unidas, en la que instaba a abrazar «el
ideal de un mundo abierto, con conocimiento común de las condi-
ciones sociales y de las empresas técnicas, incluidos los preparativos
militares, en todos los países»**. Pero esta vez la atención de las Nacio-
nes Unidas y del mundo entero se distrajo debido al estallido de la
Guerra de Corea. Nuevamente, el mundo abierto quedó aparcado.
La exposición que Bohr hace de su idea deja numerosos cabos suel-
tos. No se proponía la sustitución de los Estados-nación por un gobier-
no mundial, sino que las naciones se pusieran de acuerdo sobre la
transparencia. Pero la posibilidad de burlar el acuerdo sugiere la nece-
sidad de una vigilancia policial ejercida por algún tipo de autoridad su-
pranacional en materia nuclear. Y quedaba también por determinar
qué hacer en el caso de que hubiera países que se negaran a unirse al
mundo abierto. ¿Hasta qué punto estaría justificada la presión que so-
bre ellos se ejerciera? No quedaba clara la naturaleza del compromiso
entre independencia nacional y autoridad nuclear mundial.
A pesar de la índole esquemática de la propuesta, la idea de Bohr
es correcta. Las armas nucleares (y las armas biológicas y químicas
comparables) son tan peligrosas que su inspección y control interna-
cionales se imponen como una necesidad. Y esto implica la cesión de
un cierto grado de soberanía nacional. Los peligros de la ausencia de un
control internacional sobre las armas nucleares fueron temiblemente
evidentes durante la carrera armamentista nuclear durante la Guerra
Fría. Cuando esa carrera terminó, mucha gente se sintió aliviada. Pero
desde el final de la Guerra Fría, aunque de otra manera, la proliferación
de Estados-nación con armamento nuclear mantiene vivo el peligro. El
mundo abierto es algo que tal vez tengamos la imprudencia de mante-
ner aparcado un tiempo excesivamente prolongado.

48 Open Letter to the United Nations, Copenhague, 1950.

159
CAPÍTULO 13

La guerra y los principios morales

En la lucha cuerpo a cuerpo, los principios morales de los com-


batientes pueden verse erosionados y a veces superados por
completo. Las respuestas humanas pueden ser erosionadas por
una cultura de combate que humilla o deshumaniza a los adver-
sarios, Oobien por soldados que desarrollan una insensibilidad de-
fensiva. La identidad moral puede ser neutralizada por el entrena-
miento o por el contexto remoto y ajeno del campo de batalla. El
debilitamiento adicional procede del desprecio por los escrúpulos
propio de la cultura de combate: «Esta es una guerra dura, ca-
pellán.»
Las restricciones que imponen las respuestas humanas o la identi-
dad moral son simplemente superadas por una explosión emocional
en la que «perdí la cabeza», ya sea provocada por la sed de venganza,
ya sea por una reacción ante la humillación. O bien puede ocurrir que
Lsliberación emocional a la que el combate ESlugar —por el ida la

Ed los principios morales.


A veces, a pesar de todo esto, irrumpen las respuestas humanas,
como le sucedió a George Orwell cuando vio al soldado enemigo enar-
bolando sus pantalones. A veces irrumpe la identidad moral, como en
el caso del médico que recordó en Vietnam su juramento hipocrático,
o en el de Hugh Thompson cuando vio que los soldados de su propio
bando disparaban sobre la gente que se hallaba en una zanja, tal como
habían hecho los nazis.

160
La psicología moral del combate cuerpo a cuerpo va ligada a este
conflicto entre el debilitamiento o la superación de los principios mo-
rales y a la tendencia a la irrupción de la humanidad de los soldados.
La psicología moral de la guerra a distancia y de alta tecnología es más
simple y a la vez más compleja.

LA ÍNDOLE CENTRAL DE LA IDENTIDAD MORAL


EN LA GUERRA A DISTANCIA

En la guerra a distancia es precisamente la distancia lo que excluye


las respuestas humanas de cualquier índole. Es posible que quien dis-
para un misil se imagine el impacto que produce en la gente que lo re-
cibe, pero nada de esto tiene la inmediatez inherente al espectáculo de
un hombre enarbolando sus pantalones.
La identidad moral se convierte en el principio moral clave. La dis-
tancia no erosiona tan fácilmente la conciencia intelectual de ser al-
guien que está matando seres humanos.
La identidad moral puede ser neutralizada como restricción en la
guerra a distancia. Pero dado que su componente intelectual es mayor
que el de las respuestas humanas, las vías para neutralizarla son más
complejas e interesantes. Las principales tienen que ver con la pasivr-
dad, la fragmentación de la responsabilidad y el deslizamiento moral
de un antecedente a otro.

IMPULSO INSTITUCIONAL E INERCIA MORAL

Es posible que una política se inicie porque haya circunstancias


que parecen justificarla y luego adquiera vida propia. $1 esa política
no estuviera ya vigente, nadie se hubiera embarcado en ella. Pero,
puesto que se ha institucionalizado, sigue adelante por su propio
impulso. Y nadie se siente culpable de participar en ella, lo que efec-
tivamente ocurriría en caso de proponerla en las nuevas circunstan-
clas.
Keynes habla de los funcionarios que habían perfeccionado el ins-
trumento del bloqueo de Alemania y que, por tanto, se resistían a le-
vantarlo una vez terminada la guerra. Habría sido inconcebible que
esos funcionarios gozaran de salud mental si, ya finalizada la guerra,
hubieran propuesto comenzar a matar de hambre a civiles alemanes
mediante un bloqueo.

161
En la Segunda Guerra Mundial, el bombardeo zonal fue inducido
en parte por la imposibilidad de realizar bombardeos nocturnos de
precisión sobre objetivos militares y en parte por la necesidad de mos-
trar a Stalin algo en sustitución del segundo frente. En la última etapa
de la campaña, que comprendió el bombardeo de Dresde, el segundo
frente se había constituido con éxito y el dominio de los cielos hacía
posible el bombardeo diurno de precisión sobre objetivos militares,
pero la política tenía una inercia propia y se mantuvo en unas condi-
ciones —nuevas— que nunca hubieran justificado su comienzo.
La bomba atómica se desarrolló como un elemento de disuasión
ante una posible bomba nazi y probablemente no se habría desarrolla-
do simplemente como arma contra Japón, pero la desaparición de la
amenaza nazi no detuvo el programa.
En todos estos casos, mucha gente no se sintió prácticamente con-
movida por pensamientos relativos a su participación en las matanzas
de civiles. Aunque es dudoso que la diferencia en la respuesta sea racio-
nal, dejarse llevar por el impulso de la política establecida perturba mu-
cho menos el sentido de identidad personal que el dar activamente co-
mienzo a una política nueva. La conciencia está protegida por una
suerte de inercia moral.

LA FRAGMENTACIÓN DE LA RESPONSABILIDAD

Tantas fueron las personas que desempeñaron algún papel en el


bloqueo, que ninguna en particular se sintió responsable. Con la post-
ble excepción de Sir Arthur Harris, lo mismo podría decirse del bom-
bardeo zonal.
El caso extremo fue el de la bomba atómica. Los pilotos y la tripu-
lación aérea recibían órdenes. Los oficiales que daban las órdenes for-
maban parte de la cadena de mando que llevaba hasta el propio prest-
dente. Algunos de los científicos pensaron que no hacían más que
cumplir con su trabajo al entregar el poder atómico a la humanidad en
su conjunto, para que hiciera con ella lo que sus conocimientos y sus
valores le aconsejaran. El Comité Stimson, aparentemente, se sintió
constreñido por lo que estimó que eran las opiniones de Roosevelt y
de Churchill. Y al parecer, el presidente pensó a su vez que el Comité
había decidido que el empleo de la bomba era necesario y que su pa-
pel sólo consistía en decidir el momento y el lugar para hacerlo. Nadie
tenía por qué sentir remordimientos por ser la persona que desencade-
nara una lluvia de horrores sobre Hiroshima y Nagasaki.

162
EL DESLIZAMIENTO MORAL

El efecto del bloqueo se deslizó gradualmente desde los resultados


apenas significativos hasta un impacto devastador. El bloqueo hizo po-
sible la aceptación del bombardeo zonal. El bombardeo de ciudades
alemanas hizo posible la aceptación del bombardeo de ciudades japo-
nesas, que a su vez permitió el deslizamiento hacia la bomba atómica.
El deslizamiento prosiguió para pasar de Hiroshima a Nagasaki. Las
preocupaciones del obispo Bell por los efectos precedentes se vieron
materializadas de manera mucho más completa de lo que pudo haber
esperado incluso en su momento más pesimista.
Aunque este deslizamiento gradual logró evitar las preocupaciones por
la identidad moral, sugiere no obstante un amplio interés por lo que
podríamos llamar la identidad moral relativa. Desde este punto de vis-
ta, lo que más importa es la comparación con otras personas. La cues-
tión no es saber si uno está dispuesto a ser alguien que destruye una
ciudad y mata a sus habitantes con medios horribles. Lo que impor-
ta es en qué lugar queda uno en comparación con comandantes an-
teriores que hicieron cosas parecidas.

EL DEBATE MORAL Y LA IDENTIDAD MORAL

Las respuestas humanas suelen ser rápidas y completamente irrefle-


xivas. Uno ve al hombre con sus pantalones en alto y siente que es un
prójimo al que no se le puede disparar. El sentido de identidad moral
tiene un contenido intelectual que contrasta con esto. Cómo se sienta
uno en tanto persona que interviene en un bombardeo depende en
gran parte de lo que uno piense de la justificación que se da de él.
Los debates acerca de la guerra justa, la matanza intencional de civr-
les y la doctrina del doble efecto son todos relevantes para la reflexión
sobre la identidad moral de las personas. Es plausible la idea de que si
un acto es moralmente el mejor que una persona tiene ante sí, no es
moralmente peor persona por realizarlo. (Hay quienes discuten este
punto de vista, pero deberían aceptar la pertinencia de que el acto fue-
ra moralmente el mejor —o el menos malo— de los actos posibles.)
Esta parte de nuestros principios morales tiene un final abierto: la
reflexión y la discusión pueden fortalecerla o debilitarla. Esto tiene
cierta importancia, sobre todo a la vista de los supuestos que se ocul-

163
tan detrás de algunas de las formas que la gente utiliza en la guerra para
debilitar las restricciones que emanan de la identidad moral. Cuando
son enunciadas explícitamente, las apelaciones al impulso institucio-
nal y la inercia moral, a la fragmentación de la responsabilidad y a la
identidad moral relativa invitan a la crítica. Esta parte de nuestra psico-
logía no debe darse por supuesta.

164
TERCERA PARTE

Tribalismo

We had fed the heart on fantasies,


The heart's grown brutal from the fare;
More substance in our enmities
Than in our love...*.

W. B. Years, «The Stare's Nest by My Window»,


de Meditations in Time of Civil War

* De fantasías hemos alimentado el corazón / y con la dieta el corazón se ha em-


brutecido; / más sustancia en nuestras enemistades / que en nuestro amor...
H y
E MO e ride wpa due A Pou ñ

] a
Pa
CAPÍTULO 14

Ruanda

Ésta no era muerte como la que había visto en Sudáfrica,


Eritrea O Irlanda del Norte. Nada pudo haberme preparado
para la escala de lo que me ha tocado ser testigo. Es esta inmen-
sidad del mal lo que me mueve a hablar del «alma del hombre»
[...] Tenía yo el sentimiento de que había en el mundo decen-
cia y amor suficientes para alimentar el don de la esperanza.
Muchos dirán que fui un loco, un ingenuo, por abrigar alguna
vez semejante fe en el hombre. Tal vez tengan razón. En cual-
quier caso, después de Ruanda perdí ese optimismo.

FERGAL KEANE, Season ofBlood: a Rwandan Journey

Hay guerras y masacres que parecen primitivas: la hostilidad laten-


te estalla en forma de matanza recíproca. Entre vecinos, esta hostilidad
es tan común que podría considerarse inherente a la condición huma-
na. Ahí están los israelíes y los palestinos, los griegos y los turcos en
Chipre, los armenios y los azerbaijanos, los republicanos y los unionis-
tas en Irlanda del Norte, las hostilidades grupales en India y también
en Sri Lanka, las hostilidades sectarias en Líbano y el conflicto entre ru-
sos y chechenos. La lista podría seguir. Incluso en Canadá encontra-
mos una versión restringida de esto. Algunas de estas hostilidades per-
manecen contenidas, mientras que otras estallan en forma de guerras y
de masacres.
Llamamos tribales a estas hostilidades, a veces en un sentido meta-
fórico. La opinión común es que las auténticas tribus están en África,

167
donde desde la Edad de Piedra se vienen dirimiendo en batallas las
mismas aversiones tribales. Llamar tribal al conflicto de Irlanda del
Norte es una suerte de reproche, es como decirles «os estáis compor-
tando como tribus primitivas de África». Pero esta imagen es falsa. Es-
tos otros conflictos no son sólo metafóricamente tribales: en Irlanda,
Yugoslavia y otros lugares, son escenificaciones de hostilidades tan lite-
ralmente tribales como las de África. La imagen de este continente
también es falsa. Hay divisiones tribales africanas que son creaciones
recientes. Los orígenes de la guerra y de la masacre tribales de África
son más complejos de lo que las «aversiones ancestrales» permiten ex-
plicar.

GENOCIDIO

Lo que se produjo en Ruanda a mediados de los noventa no fue


una guerra, sino un genocidio: genocidio de tutsis a manos de los hu-
tus. Aquéllos tienden a ser altos; éstos, a ser bajos. Aquéllos poseían ga-
nado y éstos cultivaban la tierra. En tiempos precoloniales, los tutsis
eran la tribu gobernante y a veces explotaban despiadadamente a los
hutus. El estatus dominante de los tutsis contó con el apoyo del go-
bierno colonial alemán primero, y del belga después. Al finalizar el pe-
ríodo colonial, los hutus se sublevaron, tomaron el poder y mataron a
muchos tutsis.
El legado del resentimiento hutu se mantuvo vivo con posteriori-
dad al fin del dominio tutsi. En los años sesenta, tras la independencia,
hubo olas de asesinatos masivos de tutsis a manos de los hutu. En 1990,
el Frente Patriótico Ruandés, formado predominantemente por exilia-
dos tutsis, invadió Ruanda desde Uganda. La matanza genocida de
tutsis comenzó en 1994, tras la muerte de Juvenal Habyarimana, presi-
dente de Ruanda (hutu), en un accidente de aviación. Los tutsis fueron
culpados por ello, probablemente sin razón.
Los hutu levantaron barricadas y peinaron el país en busca de tut-
sis, para lo cual destinaron a un hombre por cada diez casas con la misión
de realizar un registro sistemático. Los tutsis fueron denunciados por
sus vecinos y luego asesinados. Miles de cadáveres tutsis fueron arras-
trados por el río hacia Tanzania y Uganda. Tal vez llagara al millón la
cantidad de personas asesinadas en unos pocos meses.
En una de las masacres, la de Ntarama, la gente buscó refugio en la
escuela y en la iglesia. Llegaron autobuses llenos de soldados, que ma-
taron a todo el que pudieron matar. Una mujer (cuya hermana había

168
sido asesinada) cogió a su hijo y escapó. Luego describió la desespera-
ción a la que los hutus, que habían ocupado ambas márgenes del río,
sometieron a los padres:

La Interahamwe [milicia hutu] del lado de Ntarama nos mandó


que nos suicidáramos arrojándonos al río. En la desesperación y con
la esperanza de evitar una muerte aún peor a machete, muchísimas
personas saltaron y se ahogaron, incluso muchas mujeres con bebés
atados a sus espaldas. Sabiendo qué clase de muerte les esperaba, los
padres arrojaron a sus hijos al río como último gesto de amor”.

Una escolar, Ivette, presenció una masacre en Kibeho. Vio muchos


asesinatos brutales, incluso el de un bebé al que mataron con un ma-
chete y luego arrojaron al inodoro. Yvette recibió dos golpes que estu-
vieron a punto de matarla. Más tarde fue interrogada, golpeada, viola-
da y preñada. Vio arrojar vivos a numerosos hombres, mujeres y niños
en una tumba común y luego lapidarlos cuando pedían agua”.
Fergal Keane visitó Nyarubuye, donde se había asesinado a unas tres
mil personas. Por todas partes había cadáveres, muchos de ellos en la
iglesia. Un hombre muerto tenía los brazos levantados para defender-
se de los machetazos. En las aulas había niños decapitados. Entre los
muertos se veía una madre y sus hijos, que habían tratado de esconder-
se bajo los pupitres de la escuela. Keane fue también a orfanatos en
busca de niños que habían visto acuchillar a muerte a sus padres.
Cuando estaban dormidos, «algunos llamaban a los padres muertos;
otros chillaban presa de alguna pesadilla». Había «niñitos y niñitas que
habían muerto literalmente de tristeza, tras apartarse de todo el mun-
do y negarse a comer y a beber hasta consumirse por completo».

LA CAMPAÑA DE ODIO

La propaganda exaltó el odio y el miedo a los tutsis. Pero, en cier-


to modo, la brutalidad vista de cerca es algo así como un My Lai mu-
cho mayor, y sugiere que las respuestas humanas también fueron
aplastadas por algún poderoso estado emocional.

1 African Rights, Rwanda - Death, Despair, Defiance, ed. rev., Londres, 1995, pági-
nas 264-265.
2 Ibíd., págs. 305-313.
3 Fergal Keane, Season ofBlood: a Rwandan Journey, Londres, 1995, págs. 68-72, 75-81.

169
Esa poderosa emoción, evidentemente, es la hostilidad tribal y
Ruanda parece un caso clásico de odio tribal tradicional que emerge
en forma de masacre. La emoción se ha identificado correctamente,
pero es demasiado simple concebirla como «tradicional» o simplemen-
te «emergente». al
Es menester complicar el cuadro tribal. Las tribus no estaban divi-
didas de manera tajante. Hablaban la misma lengua, compartían una
cultura y había muchos matrimonios intertribales. Los tutsis eran tan-
to una tribu dominante como una clase dominante. Los hutus enrt-
quecidos que compraron ganado se hicieron tutsis. Sólo durante el pe-
ríodo colonial la división se tomó más rígida, en la medida en que los
carnés de identidad encerraban de por vida a la gente en una tribu.
El genocidio no era una emergencia o erupción espontánea del
odio tribal, sino que estaba planificado por gente que deseaba mante-
ner el poder. Hubo una larga campaña de odio contra los tutsis, di-
rigida por el gobierno. En 1990, el diario Kangura publicó «Los diez
mandamientos hutus», und de los cuales afirmaba que cualquier hutu
que se casara con una tuts1, la empleara o simplemente tuviera amistad
con ella, sería considerado un traidor. Otro mandaba a los hutu «dejar
de tener piedad» hacia los tutsis?,
Leon Mugsera, académico y doctor en Filosofía por una univer-
sidad canadiense, dijo que los tutsis eran cómplices del Frente Pa-
triótico Ruandés, formado por «cucarachas». En alusión a las fami-
lias tutsis con un hijo fuera de casa, posiblemente en el Frente, pre-
guntó: «¿Qué esperamos para diezmar a estas familias y a estas
personas que reclutan hombres para el FPR?» Si el sistema no los
castiga, «nosotros, el pueblo, estamos obligados a asumir por nues-
tra cuenta la responsabilidad y barrer esta escoria». Había una leyen-
da según la cual los tutsis provenían de Etiopía. Mugsera instó a que
se les devolviera a esa tierra por el río, lo que, en otras palabras, era
proponer que se les matara?.
Radio Television Libre des Milles Collines, una estación hutu cu-
yos propietarios eran parientes del presidente, difundía propaganda
contra los tutsis: proyectaban esclavizar a los hutus; eran deshonestos;
había que excluirlos de los negocios, la educación y la vida pública.
Después del accidente del avión de Habyarimana, la estación de radio
instó a matar a los tutsis: «La tumba está medio vacía. ¿Quién nos ayu-
dará a llenarla?» y «Para el 5 de mayo, el país debe estar completamen-

* African Rights, Rwanda, págs. 42-43.


> Ibíd., págs. 76-77.

170
te limpio de tutsis». Se incluía a los niños: «No repetiremos el error
de 1959. Es preciso matar también a los niños»!.
En los asesinos, las respuestas humanas se vieron arrolladas por el
odio tribal, pero esta emoción era ya el producto de una consciente
manipulación política.

LA PASIVIDAD DEL MUNDO

Una aproximación más completa al genocidio debe indagar


también por qué las Naciones Unidas y el mundo entero no lo imp1-
dieron.
Las Naciones Unidas tenían 2.500 hombres en Ruanda. Cuando
comenzó el genocidio, fueron asesinados diez soldados de la ONU
procedentes de Bélgica. Los soldados de la ONU se prestaban auxilio
unos a otros, pero tenían orden de no usar la fuerza para salvar vícti-
mas ruandesas. Luego la ONU retiró todas sus tropas, con excepción
de 270 hombres. Un ministro ruandés, Marc Rugenera, comentó que
la fuerza de la ONU «hizo muy poco para ayudar a la gente cuando
comenzó la crisis. Tenían transportes blindados y tanques. ¿Para qué
trajeron esas armas si se iban a limitar a mirar cuando se asesinaba a la
gente sanguinariamente ante sus ojos?»”.
A las Naciones Unidas les faltó capacidad para actuar sin el sopor-
te de sus miembros más poderosos, sobre todo de Estados Unidos. El
gobierno norteamericano quiso evitar la repetición de su desafortuna-
da intervención en Somalia, en la que treinta soldados norteamerica-
nos resultaron muertos. El presidente Clinton fijó una directiva en re-
lación con las operaciones militares de la ONU. El apoyo norteameri-
cano dependía de las exigentes condiciones financieras y militares.
Las operaciones debían estar directamente relacionadas con los inte-
reses norteamericanos. Estas condiciones excluían el apoyo de Esta-
dos Unidos a la intervención de Naciones Unidas para detener el ge-
nocidio.
Actuar contra el genocidio es una obligación legal, y a la adminis-
tración Clinton le preocupaba esta cuestión. Los funcionarios del De-
partamento de Estado recibieron instrucciones según las cuales no de-
bían utilizar la palabra «genocidio» en relación con Ruanda. En las Na-

6 Alain Destexhe, Rwanda and Genocide in The Twentieth Century, trad. Alison
Marschner, Londres, 1995, págs. 30-32.
7 African Rights, Revanda, págs. 1117-1118.

171
ciones Unidas, Estados Unidos bloqueó una resolución que autoriza-
ba el uso de hasta 5.500 hombres a causa de su negativa a implicar tro-
pas norteamericanas. Más tarde se enviaron 6.800 hombres, entre sol-
dados y policía, principalmente de África, después de varios aplaza-
mientos provocadas por cuestiones de tipo financiero. El Consejo de
Seguridad secundó la iniciativa norteamericana y evitó hablar de «ge-
nocidio». El resultado fue la ayuda humanitaria en lugar de la efectiva
acción policial.
Acontecimientos como los de Ruanda son causados en parte por
una psicología tribal fomentada de forma local. Pero también se pro-
ducen porque el resto del mundo no ha creado los medios para impe-
dirlos. Fuera de Ruanda, la respuesta internacional osciló entre la indi
ferencia y una compasión que no se tradujo en acción para detener la
matanza.

172
CAPÍTULO 15

La trampa tribal

Durante muchos años hemos vivido felizmente jun-


tos y ahora todo es matar unos los bebés de los otros.
¿Qué nos está pasando?

INDIRA HADZIOMEROVIC, duelo en Sarajevo,


Independent, 8 de agosto de 1992

Nuestra imagen de la guerra tribal es la de la agresión: dos grupos,


digamos serbios y croatas, se atacan de la misma manera en que dos
hombres encolerizados se enzarzan a golpes durante una discusión a
raíz de un choque de coches. Este modelo es primitivo y explica poco.
Como dijo Indira Hadziomerovic, los yugoslavos habían vivido du-
rante muchos años felizmente juntos. Tenemos que preguntar cómo
fue posible que la relación cambiara hasta el punto de llegar a matar
unos los bebés de los otros.
Raramente los conflictos tribales «estallan». La hostilidad es infla-
mada por la retórica nacionalista de los políticos. Otros grupos se sien-
ten luego amenazados y reaccionan con su propio nacionalismo de-
fensivo. La gente se ve así empujada a la trampa de los políticos. A con-
tinuación, por vías psicológicas más profundas, los grupos rivales
resultan mutuamente atrapados por sus respuestas recíprocas. Así es
como se dividió Yugoslavia.

173
La YUGOSLAVIA DE TITO

Yugoslavia era una federación de seis repúblicas. Había tres repúbli-


cas pequeñas —Eslovenia, Macedonia y Montenegro—, cada una en
un extremo diferente del país. El escenario central estaba ocupado por
las tres repúblicas grandes: Serbia, Croacia y Bosnia-Herzegovina. En és-
tas, las diferencias étnicas estaban subrayadas por las diferencias religiosas:
Serbia era predominantemente ortodoxa y Croacia predominante católt-
ca, mientras que en Bosnia el grupo mayoritario era islámico.
El detalle es mucho más borroso que estas sencillas generalizacio-
nes. Serbia incluía a Kosovo, con una gran mayoría albanesa. Croacia
incluía la Krajina, mayoritariamente serbia. Y también en Bosnia había
minorías serbias y croatas.
En tiempos del presidente Tito había patriotas yugoslavos. Los yu-
goslavos se habían liberado de los alemanes y los italianos en gran medi-
da por sí mismos. El ejército soviético no había impuesto el comunismo
y estaban orgullosos de la independencia de Tito respecto de Moscú.
Muchos se sentían yugoslavos al mismo tiempo que serbios, croatas o
bosnios. Había muchos matrimonios entre personas de distinto origen.
Pero las diferencias entre las repúblicas eran graves. Tito trató de ase-
gurar que las distintas nacionalidades compartieran el poder. Los serbios,
el cuarenta por ciento de la población, eran con mucho el grupo más nu-
meroso. Tito realizó nombramientos con el fin de asegurar que los ser-
bios no dominaran las instituciones federales, pero para compensar esta
circunstancia otorgó a los serbios importantes posiciones en otras repúbli-
cas, como Croacia. Aunque Kosovo formaba parte de Serbia, concedió
allí más poder a la mayoría albanesa. El mantenimiento de este equilibi-
ro fue el éxito de Tito, impresionante a la luz de lo que sucedió después.
Sin embargo, lo que sucedió después se debió en parte a la debili-
dad de la federación de Tito. El equilibrio cuidadosamente construido
despertó resentimientos. Cuando Tito murió, en 1980, aunque el res-
paldo de las repúblicas a la plena independencia era escaso, existía ya
un sentimiento nacionalista. Los serbios se sintieron minoría persegui-
da en Kosovo. Los croatas y otros se sintieron agraviados por la in-
fluencia de los serbios en sus respectivas repúblicas. Mucha gente que-
ría más autonomía respecto de la federación. A su vez, las minorías
percibían este nacionalismo local como una amenaza.
El equilibrio federal impuesto carecía de raíces suficientemente
profundas como para sobrevivir a la muerte de Tito. Aunque para

174
Moscú su gobierno fue demasiado liberal, regía sin embargo un Esta-
do de partido único con una poderosa policía secreta. No había habi-
do oportunidad de que se desarrollaran hábitos democráticos de tole-
rancia, persuasión y compromiso.

DesPUÉS DE YUGOSLAVIA: SERBIA Y CROACIA

En Kosovo, la minoría serbia se sintió traicionada. Para los serbios,


Kosovo está investido de una significación muy particular. Allí, en Pec,
se encuentra la sede del Patriarca de la Iglesia ortodoxa serbia. Y toda-
vía siguen conmemorando la batalla de Kosovo, del año 1389, cuando
los serbios fueron derrotados por los turcos en el Campo de los Mirlos.
Los serbios que entonces murieron son grandes mártires de su Iglesia.
Kosovo, finalmente, reconquistada a Turquía, fue un símbolo de la na-
cionalidad serbia.
A la muerte de Tito, el noventa por ciento de la población kosovar
estaba formado por albaneses que no aceptaban la dominación serbia.
En 1981, los albaneses de Kosovo se manifestaron en apoyo de la in-
dependencia respecto de Serbia. La manifestación fue aplastada por el
ejército federal y por la policía.
Algunos serbios kosovares se sintieron agraviados por lo que conside-
raban discriminación contra ellos. Hubo denuncias de violaciones y de
haber sido forzados a mudarse. En 1987, el líder del Partido Comunista
Serbio, Slobodan Milosevic, acudió a oír sus quejas y fue recibido por
una gigantesca multitud. La policía y la multitud chocaron, la policía uti-
lizó las porras y la multitud arrojó piedras. Milosevic dijo a la multitud:
«Nadie debería atreverse a pegaros.» Se le trató como a un héroe y él res-
pondió con un apasionado discurso de nacionalismo serbio:
Debéis permanecer aquí. Ésta es vuestra tierra. Éstas son vues-
tras casas. Vuestras praderas y huertos. Vuestros recuerdos. No de-
béis abandonar vuestra tierra sólo porque sea dificil vivir en ella, por-
que os presione la injusticia y la humillación. Nunca fue propio del
carácter serbio ni montenegrino ceder ante los obstáculos, desmovi-
lizarse cuando es tiempo de luchar [...] Debéis permanecer aquí en
honor de vuestros antepasados y de vuestros descendientes. De lo
contrario, se deshonraría a los antepasados y se decepcionaría a los
descendientes. Pero no sugiero que permanezcáis, aguantéis y toleréis
una situación que no os satisface. Por el contrario, debéis cambiarla!.

1 Laura Silber y Allan Little, 7he Death of Yugoslavia, Londres, 1995, pág. 37.

175
Milosevic obligó a dimitir al entonces titular de la presidencia
serbia y se apoderó de ella. Como presidente se dirigióa enormes
masas nacionalistas y utilizó gigantescas multitudes para intimidar y
obligar a someterse a las provincias previamente autónomas de Vojvo-
dina y Kosovo. Luego puso la mirada más allá de Serbia. Deseaba un
gobierno serbio dondequiera que hubiera serbios. Utilizó el amedren-
tamiento generado por las multitudes para sustituir el gobierno de
Montenegro por sus propios partidarios. Sus discursos alarmaron a
otras repúblicas. Hubo una manifestación multitudinaria para conme-
morar el sexto centenario de la batalla de Kosovo. Milosevic dijo: «El
heroísmo de Kosovo no nos permite olvidar que, en un momento, fui-
mos valientes y dignos; y uno de los pocos pueblos invictos en la ba-
talla. Seis siglos después nos vemos otra vez envueltos en batallas y
contenciosos. No son batallas armadas, aunque aún no se debe excluir
este tipo de cosas»?.
Milosevic inspiró miedo en Croacia, donde el nacionalismo mo-
derado dio pie a una forma más extrema, que contó con el apoyo de
Eranjo Tudjman, ex general del ejército yugoslavo. Tudjman defendió
el antiguo Estado pronazi de la Ustasa, del que sostuvo que no era
creación de criminales fascistas: «También estuvo [la Ustasa] a favor de
las aspiraciones históricas del pueblo croata a un Estado independien-
te. Sabía que Hitler tenía pensado construir un nuevo orden europeo.»
Tudjman dijo también: «Gracias a Dios, mi mujer no es judía ni ser-
bia»”. En las elecciones de 1990, Tudjman dirigió una campaña vigoro-
samente nacionalista y se convirtió en presidente.
La nueva constitución de Tudjman, que ignoraba la minoría serbia,
definía Croacia como el Estado-nación de los croatas. Esto alarmó a
los serbios, quienes se vieron obligados a prestar juramento de lealtad.
Algunos perdieron su empleo. Otros sufrieron ataques en sus casas.
En Krajina, una región de Croacia con mayoría serbia, el naciona-
lismo extremista serbio se hizo popular. Una asamblea serbia llamó a
un referéndum sobre la independencia serbia; sólo votarían los serbios.
Los helicópteros croatas, que habían sido enviados para detener el re-
feréndum, fueron rechazados por jets del ejército yugoslavo. Krajina,
armada por el gobierno de Milosevic, quedaba ya fuera del control de
Croacia. Los líderes serbios de Krajina declararon la independencia,
tras lo cual se produjeron enfrentamientos armados. Se envió al ejérci-

2 Ibíd., pág. 77
> Ibíd., págs. 91-92.

176
to nacional yugoslavo. Serbia reconoció la independencia de Kraj1-
na y prometió ayuda. En los choques, los aldeanos serbios mataron
policías croatas. Tudjman dijo que era una guerra contra Croacia,
mientras que el gobierno serbio dijo que Croacia estaba atacando a
la nación serbia.
La secesión de Eslovenia tras disputas con el gobierno federal y
con Serbia dio a Tudjman la oportunidad de declarar al mismo tiempo
la independencia croata. Ambos países fueron reconocidos por la Co-
munidad Europea. El ejército yugoslavo (predominantemente serbio)
entró en Eslovenia. Durante dos semanas se produjeron escaramuzas
sin mayor importancia. Luego Serbia aceptó la independencia eslove-
na e invadió Croacia.
Durante ochenta y seis días rodearon, sitiaron y bombardearon Vuko-
var. Cuando, finalmente, el ejército tomó la ciudad, dejó que las mujeres
eligieran ir a Serbia o a Croacia. Pero se retuvo a los hombres, a menudo
para maltratarlos o matarlos. Luego el ejército yugoslavo sitió Dubrovnik.
A finalizar ese año había ocupado el 30 por ciento de Croacia. Entonces
la guerra llegó a un punto de estancamiento, con un ejército croata cada
vez más fuerte. Milosevic aceptó la mediación internacional. Se enviaron
fuerzas de paz de las Naciones Unidas y el ejército serbio se retiró. A con-
tinuación, serbios y croatas cooperarían para destruir Bosnia. '

BOSNIA

En Bosnia, el 44 por ciento de la población era islámico, el 31 por


ciento era serbio y el 17 por ciento, croata. Las relaciones eran en ge-
neral amistosas. Bien podía ocurrir que, en un día sagrado para ella,
una familia recibiera la visita de amigos de otras creencias. En las elec-
ciones de 1990, el mayor partido musulmán estaba encabezado por
Alika Izetbegovic, que aspiraba a ir más allá de la política tribal:

Con su opresión, los comunistas crearon en la gente este anhelo


por expresar su identidad religiosa o nacional. Tal vez en cuatro o cinco
años hayamos pasado del campo minado al horizonte de la sociedad ct-
vil. Por ahora, desgraciadamente, nuestro partido debe ser regional [...]
Aquí existe un verdadero peligro de guerra civil; nuestra finalidad prin-
cipal como partido es mantener unida a Bosnia-Herzegovina”.

4 Mark Thompson, A paper House: the Ending of Yugoslavia, Londres, 1992, pág. 99.

477
El partido de Izetbegovic ganó la mayoría parlamentaria. Para
mantener unido al país decidió gobernar en coalición con los principa-
les partidos de serbios y de croatas. Pero ya había un movimiento na-
cionalista serbio, paralelo al de Croacia, que aspiraba a separarse de
Bosnia y a unirse a los serbios de Krajina.
En 1991, Milosevic suministraba armas y dictaba la política a Ra-
dovan Karadzic, el líder serbio-bosnio. Karadzic, que había sido en-
carcelado por fraude hipotecario, no comenzó su carrera política
como nacionalista, sino en un partido verde. En 1990 había hablado
de proximidad con los musulmanes bosnios y había dicho que no era
necesario que los serbios pelearan por el cristianismo contra el islam.
Pero ahora, un año después, era nacionalista serbio militante. Y tam-
bién, por increíble que parezca, poeta y psiquiatra.
Las tácticas fueron las mismas que en Croacia. Se declararon las
«Regiones Autónomas Serbias» y el ejército nacional yugoslavo acudió
en su ayuda. En 1992 tuvo lugar un referéndum en Bosnia sobre esta
cuestión: «¿Está usted a favor de una Bosnia-Herzegovina soberana e
independiente, un Estado de ciudadanos y naciones iguales de musul-
manes, serbios, croatas y otros que quieran vivir en él?» El partido de
Karadzic, apoyado por el ejército yugoslavo, ordenó a los serbios que
no votaran y bloqueó las urnas electorales de las zonas que controla-
ba. El 64 por ciento del electorado, incluidos muchos serbios, votaron
y respondieron «sí» a la pregunta casi por unanimidad.
El día que se daban a conocer los resultados del referéndum, los
serbios paramilitares trataron de tomar Sarajevo. Se vieron frustrados
por miles de ciudadanos que levantaron barricadas para defenderse. En
abril de 1992, la Comunidad Europea reconoció el Estado indepen-
diente de Bosnia. Ese día, los paramilitares serbios volvieron a intentar
la toma de Sarajevo. Se les opusieron entre 50.000 y 100.000 manifes-
tantes, sobre los cuales se abrió fuego.
Tras el fracaso de la toma de Sarajevo, las fuerzas serbio-bosnias si-
tiaron y bombardearon la ciudad, con el resultado de miles de muer-
tos. Entre los muchos horrores de 1992 se destacan tres. Se dispararon
granadas contra la maternidad, que ardió mientras en su interior dor-
mían setenta embarazadas y ciento setenta y tres bebés. Un ataque con
mortero a una cola para comprar pan mató alrededor de veinte perso-
nas e hirió a ciento sesenta. Se disparó sobre un autobús lleno de ni-
ños con el resultado de dos muertos: uno de tres años y uno de cator-
ce meses. Como dijo Indira Hadziomerovic, se había llegado a que
los de un grupo mataran a los bebés de los otros y viceversa. El fune-
ral de los niños también fue blanco de un ataque de mortero.

178
Otras fuerzas serbias crearon un reino de terror en Bosnia oriental.
Había por lo menos diecisiete campos de violación, donde se mante-
nía durante semanas a mujeres y niñas bosnias y se las violaba una y
otra vez. Más tarde, una investigación de la Comunidad Europea esti-
mó en 20.000 la cantidad de mujeres violadas. Algunas de las víctimas
sólo tenían tres o cuatro años”.
En su «limpieza étnica», las fuerzas serbias mataron o expulsaron a
los musulmanes. En algunas zonas las casas tenían escrito en su puerta el
grupo étnico al que pertenecía su dueño. Las que decían «serbio» queda-
ron intactas, mientras que las que decían «musulmán» o «croata» fue-
ron destruidas. A los que no eran serbios se les dejó sin empleo y se les
dijo que se marcharan. Por temor a perder la vida, se vieron forzados a
firmar la cesión de sus propiedades. A veces, se encerró a los musulma-
nes en edificios a los que luego se prendía fuego hasta su total destruc-
ción. En Kozarac se mató a dos mil quinientos civiles en veinticuatro
horas. Los tanques serbios atacaron la ciudad con granadas. Cuando
terminó el ataque, se prometió por los altavoces que no se haría
daño a quienes se rindieran. Cuando apareció la gente se reinició el
ataque. Ya aceptada la rendición, un serbio de la ciudad delató a mu-
sulmanes importantes, incluidos el alcalde, el jefe de policía y algunos
médicos. Fueron fusilados y degollados*.
De ciertos lugares de sacó a los que no eran serbios en camiones de
ganado. Los niños murieron al quedar los vehículos abandonados días
enteros bajo un tórrido sol. Algunos bosnios fueron a parar a campos de
concentración. En Omarska, los prisioneros estaban hacinados en barra-
cas donde murieron de sed, de hambre y asfixiados. Para conseguir agua
tenían que cantar canciones pro serbias durante horas. Se les apaleaba,
torturaba, mutilaba y asesinaba”. A algunos se les obligaba, so pena de
muerte, a que se golpearan o incluso se castraran unos a otros. En el
campo de concentración de Keraterm se encerró a ciento cincuenta
personas en una barraca sin comida ni agua. Cuando gritaban pidien-
do agua, los guardias les disparaban a través de las puertas, de tal modo
que mataron o hirieron a cuarenta. Pocos días después, apenas había
supervivientes*.

5 Ed Vulliamy, Seasons in Hell: Understanding Bosma's War, Londres, 1994, pági-


nas 195-201.
6 Peter Maass, Love Thy Neighbour: a Story of War, Nueva York, Toronto y Londres,
1996, págs. 38-39, 72-73, 78. ee
7 Rezak Hukanovic, The Tenth Circle ofHell: a Memoir ofLife in the Death Camps ofBos-
nia, trad. Colleen London y Midhart Ridjanovich, Londres, 1996.
8 Maass, Love Thy Neighbour, págs. 45, 50, 75.

179
Hacia agosto de 1992, las fuerzas serbias habían expulsado a 1,8
millones de bosnios. Las agencias de asistencia de las Naciones Unidas
empezaron por aceptar a los refugiados a través de Croacia, pero luego
se negaron a continuar haciéndolo para no convertirse en cómplices
de la limpieza étnica. Las tropas serbias forzaron entonces a los refugia-
dos a cruzar el peligroso terreno entre el frente de guerra serbio y el
bosnio. Muchos murieron en el viaje”.
El ejército nacional y las otras fuerzas serbias capturaron más de la
mitad de Bosnia en seis semanas. Entonces, supuestamente se retiró el
ejército nacional. Las operaciones militares serbio-bosnias fueron pues-
tas bajo el mando del general Ratko Mladic. Milosevic y los líderes
serbio-bosnios presentaron luego el conflicto como un caso de guerra
civil.
Al principio las acciones militares serbio-bosnias chocaron con la
resistencia de los croatas bosnios y del ejército croata. Bosnia y Croa-
cia sellaron una alianza militar. Pero Izetbegovic rechazó una pro-
puesta de confederación de Croacia y Bosnia. A continuación, los lí-
deres bosnio-croatas siguieron las tácticas serbio-bosnias y declararon au-
tónoma su región. Se llegó a un entendimiento entre Milosevic y
Tudjman. Los musulmanes bosnios volvieron a ser expulsados, esta
vez a causa de la limpieza étnica croata, que también incluyó masacres
y campos de concentración donde se torturó y se dejó a la gente morir
de hambre. Bosnia había de dividirse por una absurda alianza de serbios
y croatas.

LA CREACIÓN DE UNA ESPIRAL DE ODIO

La guerra entre Serbia y Croacia no fue una mera explosión es-


pontánea de odio étnico. La hostilidad fue azuzada por los líderes
políticos.
El discurso de Slobodan Milosevic en Kosovo, con su «ésta es
vuestra tierra», despertó las pasiones serbias. También atemorizó a los
albaneses y a otros que no eran serbios. Es probable que estuviera cal-
culado (de tímido representante de un gobierno federal impopular,
pasó a ser campeón del nacionalismo serbio).
Milosevic no había sido nacionalista, sino comunista. Muchos
observadores dudan de su nacionalismo de nuevo cuño. Warren Zim-

? Vulliamy, Seasons in Hell, cap. 7.

180
mermann, el embajador norteamericano en Yugoslavia de 1989 a 1992,
había tenido muchas y largas conversaciones con Milosevic. Zimmer-
mann lo consideraba un mentiroso habitual y no lo veía atraído por el
nacionalismo, sino por el poder:

Había hecho un pacto fáustico con el nacionalismo como me-


dio de conquistar y retener el poder. Es un hombre de extraordina-
ria frialdad. Nunca le he visto conmovido por un caso individual de
sufrimiento humano; para él, las personas son grupos (serbios, mu-
sulmanes) o simples abstracciones. Tampoco le he oído nunca una
palabra piadosa o generosa respecto de ningún ser humano, ni si-
quiera de un serbio. Este estremecedor rasgo de su personalidad fue lo
que permitió a Milosevic perdonar, estimular e incluso organizar
las inexpresables atrocidades que cometieron ciudadanos serbios en la
guerra de Bosnia!”,

En oposición a Milosevic, el nacionalismo de Franjo Tudjman es


auténtico y fanático. En época de Tito había sido encarcelado por ac-
tividades nacionalistas. Warren Zimmermann describe su movimiento
nacionalista croata como intolerante, antiserbio y autoritario, «junto
con un aura de fascismo de tiempos de guerra que Tudjman no hizo
nada por disipar». Zimmerman describe una comida con Tudjman en
la que oyó cómo sus ministros denostaban a los serbios en términos ra-
cistas!!,
Aunque por motivos muy diferentes, estos dos líderes fomentaron
la hostilidad entre sus respectivos pueblos. Antes de que ellos comen-
zaran su campaña, las actitudes estaban mucho menos polarizadas. En
Serbia había mucha alarma por lo que Milosevic hacía y una opost-
ción impresionante. En marzo de 1991, en Belgrado, cerca de 100.000
personas se manifestaron contra él y contra el modo en que su agresivo
nacionalismo les rebajaba a la condición de parias en la comunidad
mundial, a semejanza del Irak de Saddam Hussein. Una de las consig-
nas era «Slobo, Saddam». Las manifestaciones fueron aplastadas por los
tanques, pero su magnitud demostró de qué manera la campaña de
propaganda debía organizar el apoyo al nacionalismo de Milosevic.
El gobierno serbio y el croata utilizaron las mismas técnicas de ma-
nipulación de los medios de comunicación. En Serbia, el gobierno do-
minaba las estaciones de radio y televisión. Las presiones sobre los pe-

10 Warren Zimmermann, «The Last Ambassador: a Memoir of the Collapse of Yu-


goslavia», Foreign Affairs, 1995.
ú Tbíd., pág. 8.

181
riódicos independientes eran extremas. Cuando Borba publicó un in-
forme en el que se criticaba al líder paramilitar Arkan, Milosevic fue
con hombres armados, amenazó con «liquidar» al autor y obligó a que
se publicara una entrevista con él mismo”.
El gobierno croata también utilizó el control de los medios de co-
municación para azuzar el miedo entre los serbios. Un redactor de la
revista describió un mitin en el que Milosevic «esbozó una estrategia
para provocar un conflicto étnico en Croacia», y agregó que «una ma-
siva campaña en los medios de comunicación convenció a los serbios
de Croacia de que están en peligro de un nuevo “genocidio”»*,
En Croacia, especialmente durante la guerra de Bosnia, los medios
oficiales inventaron historias de atrocidades contra croatas y adopta-
ron una actitud de gran escepticismo hacia las bien comprobadas atro-
cidades de las que los croatas eran responsables. Se despidió a periodis-
tas serbios, se cerró diarios independientes y se encarceló al menos a
un periodista independiente.
Tanto en Serbia como en Croacia se utilizaron los medios de co-
municación para encender la hostilidad étnica. En Serbia se suele re-
presentar a los croatas como «vampiros». Radovan Karadzic describía
la guerra en Croacia como una guerra contra una «conciencia fascista
vampirizada»!*. Durante la rebelión de los serbios de la Krajina, un t-
tular de Politika Ekspres decía: «Hay que proteger a los serbios del vam-
piro de la Ustasa.» Un periódico croata, al informar sobre las matanzas
en Borovo Selo, describió a los asesinos serbios como «bestias en for-
ma humana», como «bípedos barbudos» y como «chupasangres»"”.
Slavenka Drakulic veía en la estimulación de la hostilidad el pre-
ludio de algo peor:
Mucho antes de la guerra real, tuvimos una semiguerra en la que
los periodistas serbios y croatas atacaban a los líderes políticos de la
república opuesta y se atacaban entre sí, como en una suerte de en-
sayo general. Así advertí que una espiral de odio descendía sobre no-
sotros, pero hasta el primer derramamiento de sangre esa espiral pa-
recía operar en el plano de una mera lucha por el poder, sin relación
alguna con la gente común!*,

2 Artículo Diecinueve, Forging War: the Media in Serbia, Croatia and Bosnia-Herzego-
vina, Londres, 1994, pág. 34.
13 Ibíd., pág. 90.
ze Noel Macolm, Bosnia: a Short History, Londres, 1994, pág. 228.
5 Artículo Diecinueve, Forging War, págs. 73, 185.
6 Slavenka Drakulic, Balkan Express: Fragments from the Other Side of War, Londres
1993, pág, 131.

182
Poco a poco, los medios de comunicación fueron quedando en
poder de fanáticos racistas. La televisión serbia dio espacio a Vojis-
lav Seselj, que pensaba que había que matar a todos los albano-kosova-
res. Un periodista dijo a Warren Zimmermann: «Los norteamerica-
nos también os volveríais nacionalistas y racistas si vuestros medios
de comunicación estuvieran integramente en manos del Ku Klux
Klan»””.

LA CREENCIA-TRAMPA

Los medios difundían noticias falsas, por ejemplo, acerca de las atro-
cidades serbias en Bosnia. La masacre de la cola del pan en Sarajevo fue
atribuida a los musulmanes, de quienes se suponía que la habían
utilizado como propaganda antiserbia. Se dijo que la mayoría de las
víctimas eran serbias y que sus cuerpos habían sido reemplazados por
cadáveres de musulmanes asesinados en otros lugares!*,
La gente evalúa la credibilidad de lo que se le dice por compara-
ción con otra información que posea. Allí donde prácticamente toda
la información que tiene de un tema proviene de fuentes distorsionan-
tes, bien puede quedar atrapada en un sistema de creencias falsas. La
información que contradice el sistema de creencias es rechazada por
falta de credibilidad.
Tan sostenida y coherente fue la propaganda, que terminó por ser
aceptada en gran parte. En una encuesta realizada en 1992, se pidió al
pueblo de Belgrado que dijera quién estaba bombardeando Sarajevo
desde las colinas de los alrededores. Sólo el 20,5 por ciento pensaba
que eran los serbios, mientras que el 38,4 por ciento pensaba que la
respuesta era las «fuerzas musulmanas croatas»!”. La opinión contraria
era dificil de creer. En el mismo año de la encuesta, un periodista dijo
que por entonces la televisión serbia podía permitir que se expresaran
los puntos de vista de la oposición: «La realidad suena como la más ne-
gra propaganda antiserbia y quien la describa atemorizará a la gente,
que se pondrá en su contra»”.

17 Zimmermann, «The Last Ambassador», pág. 12.


18 Artículo Diecinueve, Forging War, pág. 83.
19 Encuesta realizada por el Institute of Political Studies, citada 1bíd., pág. 127.
2 Stojan Cerovic, citado 1bíd., pág. 129.

183
LA TRAMPA DEL MIEDO HOBBESIANO

La guerra puede derivar tanto del miedo a ser objeto de un ataque


como del ataque real. Tucídides vio en esto la verdadera causa de la
Guerra del Peloponeso: «Lo que hizo inevitable la guerra fue el crect-
miento del poder ateniense y el miedo que esto provocó en Esparta»”*.
Thomas Hobbes, que tradujo a Tucídides y observó también la
guerra civil que estalló en Inglaterra, consideraba este miedo al poder
de los otros como causa primera de conflicto: «Y de esta desconfianza
recíproca no tiene el hombre manera más razonable de asegurarse que
mediante la Anticipación; es decir, por la fuerza, o la astucia, para do-
minar la voluntad de todos los hombres que pueda, hasta que no vea
ningún otro poder tan grande como para que constituya un peligro
para él»??, La trampa hobbesiana captura tanto a grupos como a indi-
viduos. Allí donde dos grupos son amenazas potenciales recíprocas, el
miedo común resultante da a cada uno razones para golpear primero.
Y puesto que cada uno puede ver que el otro tiene estas razones, el
círculo de miedo se refuerza.
El miedo hobbesiano condujo a un nacionalismo defensivo-agresi-
vo en las repúblicas cercanas a Serbia. La manipulación que los políti-
cos serbios hicieron del tribalismo étnico y religioso produjo miedo en
otros grupos, cuyos políticos jugaron a su vez la baza del tribalismo. El
candidato derrotado en las elecciones croatas de 1990 dijo más tarde:
«La política agresiva de Milosevic fue la mejor propaganda para Tudj-
man.» (En la época de las manifestaciones de Belgrado, al año siguien-
te, un líder estudiantil instó a Milosevic a que dimitiera: «Si dimite us-
ted mañana, FranjoTudjman perderá todo el apoyo dentro de quince
días. Sobre usted construye Tudjman su mito»). Con los políticos azu-
zando el miedo recíproco tanto en Serbia como en Croacia, cada vez
era más dificil escapar de la trampa.
Cuando comienza la lucha, la gente se hunde más aún en la tram-
pa psicológica. En un vuelo desde Londres, Slavenka Drakulic (croa-
ta) oyó a una niña de no más de doce años decir a una amiga: «Si tu-
viéramos que aterrizar en Zagreb, tendría que mentir acerca de mi na-

a Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, Madrid, Cátedra, 1988, libro 1, In-
troducción.
Ñ Thomas Hobbes, Leviatán, Madrid, Alianza, 1989, cap. 13.
Silber y Little, 7he Death of Yugoslavia, págs. 89, 143.

184
cionalidad serbia, o esos croatas me matarán allí mismo.» Slavenka
Drakulic comenta: «Todos estamos atrapados. Esas dos niñas también
están en guerra, y aun cuando las hostilidades cesaran de pronto,
¿cuánto tiempo necesitarían para no tener miedo de aterrizar en Za-
greb?»?,

LA TRAMPA DEL ESTADO TRIBAL

En la ex Yugoslavia, era imposible que la mayoría deseara el con-


flicto étnico. Cerca del cuarenta por ciento de las familias procedía de
varias etnias. Pero los grupos étnicos nacionales parecían la única pro-
tección contra las amenazas de otros grupos.
Hay Estados pluralistas y Estados tribales. Los primeros incluyen, y
conceden el mismo tipo de ciudadanía, a personas de características dife-
rentes, como las étnicas y las religiosas. Un Estado tribal, en cambio, se
concibe como el Estado de un tipo particular de personas o «nación»,
que comparten una característica, que puede ser étnica o religiosa. Los
Estados pluralistas pueden desarrollar un cierto tipo de nacionalismo.
Aunque Estados Unidos es un Estado pluralista, hay sentimientos na-
cionalistas, por ejemplo cuando se toman rehenes norteamericanos.
Sin embargo, los movimientos nacionalistas están en general ligados al
deseo de crear, defender o ampliar un Estado tribal.
Un Estado tribal no plantea problemas si tiene en su seno fronte-
ras claramente demarcadas y si su territorio está ocupado sólo por
miembros del grupo tribal. Pero la mayoría de los territorios contienen
grupos étnicos o religiosos minoritarios cuyos miembros no pertene-
cen a la tribu.
En regiones de población mixta, los creyentes en el Estado tribal
tienen que tener cuidado de cómo lo defienden. En una conferencia
de paz presidida por Lord Carrington, la delegación serbia insistió en
que era penoso para los serbios vivir bajo un gobierno croata. Carring-
ton respondió con un plan que otorgaba muchos derechos culturales y
políticos a los serbios que estaban fuera de Serbia. Luego este plan fue
rechazado por Milosevic, en parte porque daba por supuestos los mis-
mos derechos a los albaneses en Serbia.
Milosevic presionó a favor de un Estado tribal serbio no sólo
donde los serbios fueran mayoría, sino dondequiera que vivieran ser-

24 Drakulic, Balkan Express, pág. 20.

185
bios, lo cual produjo temor entre quienes vivían junto a ellos. En las
elecciones de 1990 la reacción defensiva de estos otros consistió en
mudarse a sus propios Estados tribales. La victoria de Tudjman en
Croacia condujo a un Estado únicamente para croatas.
La reivindicación de un Estado tribal serbio por parte de Milosevic
puso a la defensiva a los croatas, que eligieron a Tudjman. El Estado tr1-
bal croata de Tudjman llevó a la exigencia defensiva de la minoría ser-
bia en Croacia, que reclamaba su propio Estado tribal. El miedo es bá-
sico. La trampa del Estado tribal es una versión de la trampa hobbestana.

186
CAPÍTULO 16

La contención política del tribalismo

No tengo ningún respeto por estos individuos, ni por Ka-


radzic, ni por Boban ni por Izetbegovic. Sólo respeto a Tito.
Era un asesino, pero mire usted, si hay tres criminales salvajes
apretándose mutuamente la garganta, ¿quién no desearía que
hubiera un policía de ronda por allí?

FARUDIN ALIHODZIC, comandante bosnio en Travnik,


citado en Ed Vulliamy, Seasons in Hell

La fuerza es el árbitro sublime y ninguna política diplo-


mática que no apele a zanahorias y palos llevará en realidad
demasiado lejos a nadie. Sin una porra en el armario, sin una
amenaza creíble de fuerza, la política no es más que fanfarro-
nería, pura bravuconada.

HERBERT OKUN, asesor especial de la ONU, citado


en James Gow, Triumph ofthe Lack of Will: International
Diplomacy and the Yugoslav War

Para no repetir los errores que se cometieron en Yugoslavia, necest-


tamos alternativas a la trampa del Estado tribal. Sobre todo necesita-
mos aflojar las tenazas del miedo hobbesiano.

EL ESTADO-NACIÓN DE FRONTERAS INDEFINIDAS

A menudo la mejor manera de contener el tribalismo es ceder al


nacionalismo, en particular allí donde se trata de una nación tribal
o muy próxima a serlo. La ex Checoslovaquia nos proporciona un

187
modelo de ello. Si los eslovacos quieren separarse de los checos, am-
bos grupos vivirán mejor uno junto al otro sin el conflicto tribal a que
da lugar la denegación del divorcio. Esto se aplica a otros Casos post:
bles. Si la mayoría de los escoceses, de los vascos o de los quebequen-
ses quieren realmente su Estado propio independiente, la respuesta
que desarma el conflicto tribal es el «sí», mientras que el «no» da co-
mienzo a la espiral de resentimiento.
Pero el Estado tribal no suele ser la mejor manera de satisfacer las
demandas del nacionalismo. El caso simple de la nación tribal es raro.
Más común es el complicado problema ruso: dentro de una nación
hay una nación más pequeña que quiere separarse, pero dentro de ésta
hay otra más pequeña aún que también desea separarse. En el interior
de Yugoslavia, Croacia desea la independencia. Pero en el interior de
Croacia, la Krajina desea la independencia. E incluso en la Krajina, había
población no serbia que tenía que ser excluida del referéndum sobre la
independencia. A causa del complicado problema ruso, cualquier polítr-
ca de concesión de independencia a grupos que la desean debe ir un:-
da a garantías para las minorías internas del nuevo Estado-nación.
Tan común es el problema que un conjunto mínimo estándar de
requisitos respecto de las minorías podría ser una condición para el re-
conocimiento internacional. La política que se adoptase debería ser tal
que favoreciera el nacionalismo y que al mismo tiempo lo limitara. El
reconocimiento de una nacionalidad independiente debería ser más fá-
cil de obtener, pero la autonomía nacional debería ser más restringida.
El comportamiento de las naciones respecto de sus respectivas mino;,
rías no debería seguir considerándose una cuestión de política interna.
En muchos casos, la nación tribal es prácticamente imposible. Se
comparta o se dispute el territorio, hace falta un cierto pluralismo.
Podríamos ser más imaginativos acerca de los tipos de pluralismo po-
sibles.
Allí donde las fronteras geográficas son motivo de disputa, hay una
razón para difuminar las fronteras conceptuales del Estado-nación. Ir-
landa del Norte, por ejemplo, se parece a la ambigua figura del pato-co-
nejo que discuten los filósofos. En general se la ha considerado como
un pato o como un conejo: «Los seis condados son territorio natural
de la República» versus «el Ulster es parte del Reino Unido». No es pro-
bable que haya una solución para esto, a no ser que se tomen en cuen-
ta ambos puntos de vista. En teoría, una solución estimularía la toleran-
cia de la ambigúedad, el reconocimiento de que no se trata completa-
mente de un pato, ni completamente de un conejo. El punto de partida
podría consistir en el intento de lograr la paz mediante propuestas de po-

188
der compartido en una administración local autónoma y garantías de
respeto para los derechos de las minorías.
Otro paso sería renunciar al supuesto de que los Estados-nación de-
ben tener fronteras rígidas, es decir, que todo fragmento de territorio
tiene que pertenecer a uno u otro país. Avishai Margalit propuso en
una ocasión que Jerusalén fuera capital tanto del Estado de Israel
como del de Palestina. Si los países pudieran tener fronteras indefini-
das, Irlanda del Norte podría formar parte de la República y al mismo
tiempo del Reino Unido. La gente elegiría la ciudadanía de uno u otro
país, o tendría doble nacionalidad.
Es evidente que este enfoque plantea muchos interrogantes y pro-
blemas. ¿Pueden dos países independientes armonizar lo suficiente
para compartir una provincia o una ciudad? ¿Qué pasa cuando no es-
tán de acuerdo? Las respuestas detalladas serán confusas en comparación
con las de los Estados-nación de fronteras rígidas, pero también las figuras
de pato-conejo son confusas. Las políticas tradicionales respondían al
criterio de los que consideraban que el pato trataba de deformar la fi-
gura en un sentido y por quienes consideraban que el conejo trataba
de deformar la figura en otro sentido. El éxito conseguido por esas po-
líticas no autoriza precisamente a descartar las alternativas confusas. La
emergencia de los Estados-nación con fronteras flexibles expresa una
política de adaptación de los Estados a las personas en lugar de adap-
tar las personas a los Estados.

Tmomas HOBBES Y Las NACIONES UNIDAS

Thomas Hobbes vio una manera de escapar de la trampa del miedo


recíproco y de la violencia de todos contra todos: una autoridad lo bas-
tante fuerte para imponer la paz y vigilarla. Hobbes la llamaba «Levia-
tán», a la que debemos nuestra paz y nuestra defensa: «Tal es el Poder
y la Fuerza cuyo uso se le ha conferido, que por terror a uno y a otra
es capaz de modelar las voluntades de todos».
Hobbes habría reconocido a Tito como el Leviatán de Yugoslavia.
Pero después de Tito se necesitaba de un nuevo Leviatán, y en otros
lugares amenazados por la guerra tribal se necesitaba un Leviatán inter-
nacional. Hay quienes creen que con las Naciones Unidas ya dispone-
mos de esa necesaria autoridad pacificadora, pero en Bosnia, como en
Ruanda, la ONU no llegó a ser Leviatán.

1 Thomas Hobbes, Leviatán, Madrid, Alianza, 1989, cap. 17.

189
La ONU reconoció a Bosnia en mayo de 1992, cuando ya se es-
taba produciendo el ataque serbio. Se enviaron unidades de Nacio-
nes Unidas, pero el Consejo de Seguridad no respaldó el uso de la
fuerza. El objetivo era una paz negociada. Se impuso un embargo de
armas a Yugoslavia que favoreció a los serbios, puesto que de esa
manera los bosnios no pudieron comprar armas para defenderse,
mientras que los serbios tenían a su favor el ejército nacional yugos-
lavo. Las fuerzas de la ONU fueron para disuadir de futuros ataques
y para proporcionar alimento y suministros médicos a los civiles. Lo
mismo que en Ruanda, la ayuda humanitaria vino a sustituir a la 1m-
posición de la paz.
En Bosnia, el aprovisionamiento humanitario no era trivial. En
Zepa pudo verse el efecto de la falta de suministros médicos. Hubo
que realizar operaciones con una sierra de carpintero y sin anestesia, a
veces incluso a niños. Un oficial de campo que trabajaba para ACNUR
(Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) dijo que
esos suministros salvaron 100.000 vidas. Pero la política de no utiliza-
ción de la fuerza no consiguió detener la guerra. Naciones Unidas no
despertó el terror hobbesiano en los líderes serbios. No fue el sobera-
no todopoderoso capaz de imponer la paz. Respondió a la agresión
con gestos y amonestaciones.
Como el Consejo de Seguridad no respaldó la fuerza, en Bosnia las
Naciones Unidas tuvieron que negociar con las fuerzas serbias para
que éstas dejaran pasar los convoyes de alimento. Durante el sitio de
Sarajevo, las fuerzas de la ONU consiguieron mantener abierto el aero-
puerto para aprovisionamiento humanitario sólo en las condiciones
impuestas por los serbios, entre las que se incluía la necesidad de que
la ONU detuviera a los fugitivos y les confiscara el alimento.
Denegado el uso de la fuerza, la autoridad de la ONU en el terreno
se vio burlada interminablemente. En 1992, un soldado serbio disparó
a Hakija Turajlic, el Delegado del Primer Ministro de Bosnia, mien-
tras era transportado en un vehículo de Naciones Unidas. Los repeti-
dos acuerdos de alto el fuego fueron violados de inmediato. En una ce-
remonia de firma de uno de estos acuerdos en el aeropuerto de Saraje-
vo, tan rápida fue la ruptura que los signatarios tuvieron que ponerse a
cubierto bajo la mesa que acababan de usar. En 1993, las Nacio-
nes Unidas declararon seis «zonas de seguridad», pero las tropas de
UNPROFOR (United Nations Protection Force) sólo tenían permiti-
do usar sus armas para protegerse, pero no para proteger a los bosnios.
Las fuerzas serbias bombardearon las «zonas de seguridad» y en 1995
capturaron dos de ellas, en Srebrenica y en Zepa.

190
A veces, los responsables de aplicar la política de la ONU se sienten
avergonzados de su pasividad. Un portavoz de las Naciones Unidas
dijo: «Tenemos que defender una política que nadie es capaz de expli-
carnos de manera coherente.» Un oficial británico de la esfuerzas de la
ONU escribió una conmovedora carta acerca de

cómo verán mis hijos nuestro papel en este conflicto genocida.


¿Cómo nos hemos quedado simplemente observando la destruc-
ción sistemática de Sarajevo por la artillería serbia? [...] ¿Qué pensá-
bamos mientras mirábamos cómo se desposeía a comunidades ente-
ras y cómo éstas huían en medio de una caldera de fuego de grana-
das para morir un poco más adelante, de frío y abandono, en las
calles de alguna aldea sitiada??.

Un oficial encontró que esa política de pasividad era ya insoportable.


El general Morillon iba a la cabeza de un convoy que transportaba ali-
mentos, medicinas y algunos soldados en Srebrenica, que a la sazón
era bombardeada por los serbios y estaba a un punto de caer en sus ma-
nos. Los serbios redujeron el fuego y se abstuvieron de tomar la ciudad
mientras el general Morillon estuvo allí. La población de la ciudad,
que esperaba ser asesinada cuando ésta cayera, le bloqueó la salida. El
general decidió permanecer e izó la bandera de la ONU: «He decidido
quedarme para calmar vuestra angustia y tratar de salvaros. Aquí estoy,
y aquí me quedaré.» Los serbios detuvieron los ataques y acordaron per-
mitir la permanencia de las fuerzas de la ONU en la ciudad y no entor-
pecer la entrada de abastecimientos ni la salida de algunos refugiados.
Apenas se fue Morillon, las fuerzas serbias renovaron el bombar-
deo de granadas y mataron a mucha gente, incluso a niños en el patio de
juegos de una escuela. Larry Hollingworth, de ACNUR, dijo: «Mi pr1-
mer pensamiento fue para el comandante que dio la orden de atacar.
Espero que arda en el rincón más caliente del infierno. Mi segundo
pensamiento fue para los soldados que cargaron y dispararon las ar-
mas. Espero que el sueño de estos soldados se vea para siempre eriza-
do por los chillidos de los niños y los llantos de las madres». Pero el
primer pensamiento de las más altas autoridades de las Naciones Un:-
das fue para el general Morillon. Dos semanas después de su defensa
de Srebrenica fue destituido de su puesto de mando en Bosnia.

2 Martin Bell, ln Harm's Way: Reflections of a War Zone Thug, Londres, 1995.
3 Peter Maass, Love Thy Neighbour: a Story of War, Nueva York, Toronto y Londres,
1996, pág. 189.

191
Las fuerzas serbias comandadas por el general Mladic tomaron
Srebrenica. Mantuvieron encerrados a las mujeres y a los niños. A los
hombres se los llevaron para «interrogarlos» y matarlos. Las tropas ho-
landesas de la ONU que presenciaron esto no tenían autoridad para dete-
nerlo y sólo podían tratar de que las víctimas no sucumbieran al pánt-
co. Mladic habló de ellas con desprecio: «¿Piensan ustedes que los
holandeses me tienen miedo? Yo no les tengo miedo. Soy más fuerte
que todos ustedes. Ellos no pueden protegerles»”*.
A veces los bosnios tenían la oportunidad de comentar el compor-
tamiento de la ONU. Cuando le visitó el secretario general, Boutros
Boutros-Ghali, el vicepresidente bosnio dijo que Sarajevo era el mayor
campo de concentración del mundo: «La gente se muere lentamente.
Los ancianos y los niños sufren enormemente. Todas las visitas de dig
natarios extranjeros producían esperanza, pero cuando se iban, la situa-
ción empeoraba. Esperamos que después de su visita las cosas mejo-
ren.» Boutros-Ghali deseó un feliz año nuevo a Bosnia y dijo que las
Naciones Unidas habían establecido un comité permanente para
mantener conversaciones de paz, con seis comisiones operativas, y ha-
bían designado un co-presidente a tiempo completo.
En la conferencia de prensa de Boutros-Ghali, Vedrana Bozinovic,
una joven que informaba para una estación de radio de Sarajevo, dijo
lo siguiente:

También usted es culpable de cada mujer violada, de cada hom-


bre, cada mujer y cada niño asesinado [...] Pensamos que usted es cul-
pable de nuestro sufrimiento. ¿Qué espera usted para hacer algo?
¿Cuántas víctimas más hacen falta para que haga algo? ¿Cuántas víc-
timas más hacen falta para que actúe usted? ¿No son suficientes
12.000? ¿Quiere 15.000 o 20.000? ¿Bastará con eso?

Boutros-Ghali dijo que la ONU quería la paz por medio de la nego-


ciación y que había en el mundo diez lugares peores que Sarajevo. Vedra-
na Bozinovic, llorando, dijo: «Nos estamos muriendo, Sr. Ghali,
nos estamos muriendo.» Boutros-Ghali respondió que se necesitaba tiem-
po para una solución pacífica. Vedrana Bozinovic preguntó cuánto tiemn-
po y Boutros Ghali contestó: «No puedo darle una fecha precisa»,
A veces las Naciones Unidas ensayaron una moderada tenacidad que
demostró no ser adecuada. En 1995, después de un nuevo e intenso

qe Jan Willem Honig y Norbert Both, Srebrenica: Record of a War Crime, Londres,

? Maass, Love Thy Neighbour, págs. 176-181.

192
bombardeo sobre Sarajevo, la ONU dio a los serbios un ultimátum, que
éstos ignoraron. Entonces la OTAN atacó un depósito de municiones
en Pale. El ejército serbio-bosnio tomó soldados de la ONU como rehe-
nes. Un serbio telefoneó a la institución internacional para decir: «Tres
observadores de las Naciones Unidas están ahora en el depósito. Un
bombardeo más y serán los primeros en morir. ¿Comprendido?».
Cuando las fuerzas serbias capturaron los rehenes, Naciones
Unidas pidió a la OTAN que se mantuviera al margen. Eso permitió
que la policía serbio-bosnia reemplazara a las fuerzas de UNPROFOR
como escoltas de sus convoyes. La ONU había prometido no negociar
con quienes tuvieran rehenes en su poder. Pero el general Janvier nego-
ció con el general Mladich y obtuvo la liberación de los rehenes a cam-
bio de no realizar nuevos ataques aéreos.
Cuando las fuerzas serbias atacaron el área de seguridad de Gorad-
ze bombardeando el hospital, se realizaron como represalia algunas in-
cursiones aéreas de poca importancia. Los serbios volvieron a tomar re-
henes de la ONU y se produjeron negociaciones telefónicas entre un
oficial serbio-bosnio y el general Michael Rose, de la ONU. Jovan Za-
metica habló al general Rose en un tono tal que Hobbes no hubiera
imaginado que pudiera utilizarse para dirigirse al Leviatán: «No te me-
tas con nosotros, Mike. No nos jodas».
Los poderes de las Naciones Unidas estaban limitados por lo que
la comunidad internacional permitía. Supongamos que Boutros-Ghali
se hubiera convencido de la necesidad de forzar a los dirigentes serbios
a interrumpir el ataque. Esto no habría bastado. Naciones Unidas no
tenía ejército propio. Tenía que pedir el suministro de tropas a países
como Canadá o India. Pero sobre todo necesitaba el apoyo de Estados
Unidos y de los países de la Unión Europea.

Thomas HOBBES Y LA COMUNIDAD INTERNACIONAL

Si las Naciones Unidas no obtienen el título, tal vez el verdadero


Leviatán sea la comunidad internacional. Pero la «comunidad interna-
cional» es una ficción. La respuesta a los requerimientos de fuerzas que
realiza la ONU puede depender de cálculos de interés nacional o de
índole electoral.
Los dirigentes de la entonces Comunidad Europea entraron en
escena con una decisión desastrosa, adoptada en parte pensando en otras

6 Bell, ln Harm's Way, págs. 261-262.


7 Maass, Love Thy Neighbour, págs. 267-270.

193
cosas. El reconocimiento de Eslovenia y Croacia por la CE en 1991 fue
el desencadenante de la guerra. Hubo advertencias de que reconocer la in-
dependencia de algunas repúblicas sin un ordenamiento de conjunto
podría ser peligroso. Lord Carrington dijo que «bien podía ser la chis-
pa que encendiera Bosnia-Herzegovina». Pero el ministro alemán de
Relaciones Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, presionó a favor del re-
conocimiento. Al principio sólo contó con el apoyo de Bélgica y Dina-
marca, pero en la votación final predominó su punto de vista. Se sospe-
chaba que Gran Bretaña había cambiado de bando como parte del trato
para permanecer fuera del Tratado de Maastricht. Evitar la catástrofe de
Bosnia no parece haber sido la consideración más importante.
A lo largo de la guerra de Bosnia, los dirigentes de la Unión Euro-
pea fueron incapaces de acordar ninguna medida seria para defender a
otro país europeo del ataque y la destrucción ni para proteger a su pue-
blo de los horrores de la «limpieza étnica». Europa no fue del todo in-
sensible a la crisis. Además de los intentos de conseguir la paz, hubo
diversas contribuciones militares europeas a las fuerzas de la ONU, pero
los contingentes fueron pequeños. Los europeos, y en especial los bri-
tánicos, carentes de enviar entusiasmo, forzaron a las Naciones Unidas
a abandonar los planes de enviar una fuerza sustancial de 100.000
hombres. La debilidad de la presencia militar hizo más difícil una in-
tervención decisiva. Los dirigentes europeos temían represalias contra
sus pequeños contingentes en el terreno.
Se ha llamado a veces la atención sobre la insuficiencia de la res-
puesta europea. El gobierno de Estados Unidos quería poner fin al em-
bargo de armas a Bosnia, pero a ello se opusieron Gran Bretaña y Fran-
cia. El presidente Izetbegovic fue al Consejo de Seguridad y pronunció
un emotivo discurso en el que decía: «Defendednos o dejad que nos de-
fendamos nosotros mismos.» Una vez terminado su discurso, no se
oyó una sola palabra. El silencio se prolongó por lo menos un minu-
to. Luego, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Madeleine
Albright, dijo al embajador inglés, Sir David Hannay: «Me siento per-
pleja; sí, perpleja. ¿Por qué no ha dicho usted nada?» Lo mismo le pre-
guntó al embajador francés.
El presidente Izetbegovic rogó al Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas que desafiara a los países a mostrar dónde estaban
mientras tenía lugar la peor catástrofe europea desde la Segunda Guerra
Mundial. Fue un momento que puso en evidencia la calidad moral de
los gobiernos. Es desalentador haber estado representado por un em-
bajador que, sin duda por instrucciones recibidas, se conformaba con
el silencio. Pero todavía faltaba lo peor, la justificación que se inten-

194
tó dar a la prensa: «La posición británica fue que no era el momento de
formular preguntas ni detalles diplomáticos, porque la respuesta de Izet-
begovich a sus requerimientos había sido más emocional que explícita y
porque no se trataba de una reunión propiamente dicha, sino más bien
de una ocasión para escuchar sus puntos de vista»*,
La respuesta norteamericana fue algo más positiva que la europea.
Estados Unidos se opuso al embargo de armas y finalmente logró un
acuerdo de paz en Dayton. Pero, en un primer momento, la principal
preocupación del gobierno norteamericano fue evitar implicarse. Antes
de las elecciones de 1992, la administración Bush deseaba quitar impor-
tancia al problema. George Kennedy renunció al Departamento de Es-
tado en señal de protesta:
Los pronunciamientos de la administración Bush sobre la crisis de
Yugoslavia entre febrero y agosto dieron muestras de la peor hipocre-
sía posible. Yo sé; yo les he escrito [...] Mi tarea era hacerles aparecer
como si Estados Unidos mantuviera una actitud activa y preocupada
por la situación y, al mismo tiempo, no dar a nadie la impresión de que
Estados Unidos se disponía a hacer realmente algo importante al res-
pecto”.
El gobierno, que no quería recibir presiones en favor de la interven-
ción, dejó de lado los informes sobre atrocidades. Se describió el cerco
serbio de Sarajevo como el bombardeo de «todos contra todos». El
año siguiente, ya con la administración Clinton, otras tres personas re-
nunciaron al Departamento de Estado por las mismas razones.
Se hicieron esfuerzos por lograr una paz negociada. Lord Carring;
ton, en nombre de la Unión Europea, y más tarde Cyrus Vance y Lord
Owen (en nombre de Estados Unidos y de la Unión Europea) organ:-
zaron conferencias de paz y propusieron planes con ese mismo fin.
Finalmente, la administración Clinton persuadió a las partes de
que aceptaran el acuerdo de paz de Dayton, que ponía fin a la guerra.
Todo el mundo debía darle su beneplácito; pero la debilidad de todos
estos esfuerzos estribó en la ausencia de una amenaza hobbesiana creí-
be. Las negociaciones debían acomodarse a las partes más fuertes. Los
únicos planes de paz con alguna probabilidad de ser aceptados premia-
ban la agresión serbia y la croata. Los líderes serbios, y tras ellos los
croatas, adoptaron la política de desmembramiento forzoso de un Es-
tado reconocido por Naciones Unidas. Algunos serbio-bosnios lleva-

8 Independent, 9 de septiembre de 1993.


9 Maass, Love Thy Netghbour, pág. 57.

195
ron a cabo políticas próximas al genocidio. Y la comunidad internacio-
nal les permitió ganar mediante esas políticas. El mensaje llegó a todo
el mundo.

LA VIGILANCIA POLICIAL DE LA ALDEA GLOBAL

Hay aldeas ordinarias pacíficas y bien vigiladas. Pero la aldea global


es harina de otro costal. Tiene feudos y vendettas que a menudo esta-
llan en violencia. Todos los habitantes están armados. La fuerza poli-
cial a tiempo parcial está formada por aficionados y es débil. La aldea
global está gobernada por un comité de aldeanos que rara vez están de
acuerdo sobre lo que se debe hacer. A veces, los vecinos poderosos eli-
minan la violencia utilizando la fuerza. A esta aldea la paz llegará úni-
camente cuando se imponga el imperio del derecho.
El desastre de la ex Yugoslavia habría podido evitarse en un mun-
do que hubiera aprendido más de Hobbes. Se habría podido modifi-
car la actitud de los dirigentes serbios amenazándoles de forma creíble
con emprender una acción realmente enérgica. En 1993 Milosevic se
opuso al plan de paz de Vance-Owen, que la televisión serbia atacó
con frecuencia y que en abril sólo estaba apoyado por la tercera parte
de los serbios. Cuando Milosevic pensó que si se rechazaba el plan se
produciría la intervención de Estados Unidos, la televisión serbia cam-
bió de línea y en mayo lo apoyaban dos tercios de los serbios.
En Bosnia las Naciones Unidas nunca aparecieron como Leviatán,
pero una fuerza sustancial hubiera podido producir el efecto hobbesia-
no. En 1995, cuando un proyectil de mortero mató a treinta y siete
personas en el mercado de Sarajevo, el clamor internacional condujo a
efectuar ataques aéreos masivos sobre posiciones serbias. Entonces las
fuerzas serbias se retiraron de los alrededores de Sarajevo. Se volvieron
más cooperativas, lo cual contribuyó al cumplimiento del acuerdo de
paz de Dayton. Esta respuesta ante una fuerza superior sugiere que Na-
ciones Unidas hubiera podido ser más efectiva desde el comienzo si se
hubiera acercado más al despliegue de un poder del estilo de Leviatán.
El caso de Yugoslavia, como el de Ruanda, indica que el imperio
del derecho sólo podrá ser impuesto por una poderosa fuerza de poli-
cía internacional. Requiere la autoridad necesaria para intervenir cuando
se quebranta el derecho, y de hacerlo incluso sin el respaldo de las grandes
potencias. Esto exige algo semejante a una fuerza de las Naciones Uni-
das, permanente y adecuadamente financiada, junto con criterios cla-
ros de intervención y un tribunal internacional que la autorice.

196
Sería muy dificil persuadir a los gobiernos de que aceptaran una
propuesta de este tipo, pero la creación de este Leviatán es la única ma-
nera de imponer al mundo el imperio del derecho. En un país donde
impere el derecho, la gente que es atacada llama a la policía, que es
fuerte y acude de inmediato. No tiene que convencer a los ciudadanos
más poderosos de que constituyan un grupo armado para parar a los
criminales. Ni tiene que hacer tratos para persuadir a los criminales de
que permitan el paso de ambulancias para socorrer a las víctimas.
Si no se crean los medios para asegurar el imperio del derecho, la
trampa hobbesiana creará más horrores como los de Yugoslavia. El de-
safio que lanzó Izetbegovic no obtuvo una respuesta adecuada: «Si la
comunidad internacional no está dispuesta a defender los principios
que ella misma ha proclamado como sus propios fundamentos, que se
informe abiertamente tanto al pueblo de Bosnia como al mundo. Que
se proclame otro código de conducta en el que la fuerza sea el prime-
ro y el último argumento»””.

10 Noel Malcolm, Bosnia: a Short History, Londres, 1994, pág. 251.

197
CAPÍTULO 17

Las raíces del conflicto tribal

Sólo una parte de nosotros está sana: sólo una parte de


nosotros ama el placer y el día más largo de felicidad, desea
cumplir más de noventa años y morir en paz, en una casa que
haya construido y que dé cobijo a quienes le sucedan. La
otra mitad de nosotros está casi loca... y quiere morir en una
catástrofe que haga retroceder la vida hasta sus orígenes y sólo
deje de nuestra casa sus cimientos ennegrecidos. Nuestra na-
turaleza brillante lucha en nosotros con esta efervescente os-
curidad y en general ninguna de las dos triunfa por comple-
to, pues estamos divididos contra nosotros mismos y no per-
mitiremos la destrucción de ninguna de las dos partes.

REBECCA West, Black Lamb and Grey Falcon

Desde fuera suele verse el conflicto tribal como resultado de una


enemistad histórica imposible de erradicar. Esta perspectiva de «odios
ancestrales» pasa por alto causas más inmediatas y remediables: mani-
pulación política, creencias-trampa y miedo hobbesiano.
Pero el enfoque hobbesiano tampoco agota la cuestión. La explicación
basada en los «odios ancestrales» tiene parte de razón. Hay aspectos de la
psicología humana para los que el tribalismo es muy atractivo. La gente
cae en la trampa tribal tanto atraída por ella como empujada hacia ella.
Hay una tendencia al conflicto grupal. Y hay aspectos del sentido
de la identidad personal que favorecen el hecho de que el conflicto se
dé entre grupos «tribales».

198
LA TENDENCIA HUMANA AL CONFLICTO GRUPAL

Los individuos se identifican con un grupo y sienten hostilidad por


otro incluso cuando pertenecen a «grupos mínimos», a grupos sin
ninguna carga emocional básica de índole étnica, religiosa o política.
En el caso extremo, la pertenencia al grupo se produce por azar. En un
estudio psicológico mediante la representación de una «cárcel», los es-
tudiantes fueron destinados al azar a alguno de estos dos grupos: «pre-
sos» O «carceleros». Se identificaron con su grupo y mostraron hostili-
dad respecto del otro. Varios días después, los «carceleros» trataban tan
mal a los «presos», que hubo que suspender el estudio?. ¿Por qué se de-
sarrolla la hostilidad incluso entre esos grupos tan mínimos?
Hay una explicación biológica. Puede que algunas pautas de conduc-
ta tuvieran valor para la supervivencia de los genes en un medio am-
biente primitivo. Konrad Lorenz cita la manera en que las vacas y los
cerdos domésticos de hoy en día embisten en grupo a personas o ani-
males que aparecen entre ellos, lo cual pudo haber servido en algún
momento para defenderse de los lobos. Los lobos han desaparecido,
pero la disposición genéticamente programada persiste”.
Tal vez la identificación y la rivalidad grupales sean un residuo de
ese tipo. La idea de Darwin acerca de los mejor adaptados se refería a
la adaptación individual: la capacidad del individuo para sobrevivir y
reproducirse. Pero el paso a pensar en términos de supervivencia de los
genes pone en juego la semejanza genética entre individuos emparen-
tados. Para la supervivencia de mis genes puede ser más importante sal-
var la vida de varios miembros de mi familia que salvarme yo. El con-
cepto de «adaptación inclusiva» de W. D. Hamilton combina la adap-
tación personal con este componente de parentesco”.
La adaptación inclusiva proporciona la base para una explica-
ción biológica de la identificación y la hostilidad grupales*. La disposi-
ción a proteger contra ataques de extraños a individuos genética-

1 C. Haney, C. Banks y P. Zimbardo, «Interpersonal Dynamics in a Simulated


Prison», International Journal of Criminology and Penology, 1973.
2 Konrad Lorenz, On Aggression, trad. Marjorie Latzke, Londres, 1966, pág. 20.
3 W. D. Hamilton, «The Evolution of Altruistic Behavior», American Naturalist,
1963; W. D. Hamilton, «The Genetical Evolution of Social Behavior», I y IL, 7heoretical
Biology, 1964.
4 R. Paul Shaw y Yuwa Wong, Genetic Seeds of Warfare: Evolution, Nationalism and Pa-
triotism, Boston, 1989.

199
mente relacionados puede contribuir a la supervivencia de los genes,
ya que los individuos no relacionados pueden ser peligrosos. Las actt-
tudes de miedo y de hostilidad respecto de otros grupos podrían tener
un valor de supervivencia.
Esta teoría tiene que explicar por qué no todos los grupos que
generan los sentimientos de identificación y hostilidad son grupos de
parentesco. Una posible explicación es que las alianzas entre grupos de
parentesco dan ventaja en el conflicto.
Esta explicación es plausible, pero sufre un problema gene-
ralizado en la sociobiología. ¿Cuáles son las limitaciones de este tipo
de explicación? Casi de cualquier cosa se puede sostener que es preci-
samente lo que cabe esperar de la lucha evolutiva: también la tenden-
cia a la amistad con otros grupos podría explicarse en función de las
ventajas derivadas del altruismo recíproco. Estas explicaciones son
demasiado fáciles, puesto que no predicen, sino que dan cuenta de los
acontecimientos a posteriori. Tales disposiciones genéticamente progra-
madas podrían incluir la identificación y la hostilidad grupales. Sólo lo
sabremos cuando tengamos maneras de poner a prueba lo que por
ahora no son más que relatos con ciertos visos de verdad.
Una disposición genéticamente programada puede explicar la hos-
tilidad entre grupos mínimos. Pero, a pesar de ello, es preciso comple-
mentar la biología con la psicología. La explicación del conflicto gru-
pal tiene necesidad de ir más allá de los grupos mínimos. ¿Por qué
unos grupos producen identificación y hostilidad tribales y otros no?
Los individuos no se identifican por ser ingenieros o granjeros de la
misma manera en que se identifican por razón de la nacionalidad. ¿Por
qué, en el mundo moderno, el conflicto tribal se centra en grupos reli-
glosos, lingiísticos, étnicos y en particular en naciones?

NACIONALISMO

El atractivo del nacionalismo es casi universal. La idea central de


que cada nación (o una nación en particular) debería autogobernarse
se resume en el eslogan de Giuseppe Mazzini: «Cada nación un Esta-
do, sólo un Estado para toda la nación». Todo depende de qué se en-
tienda por «nación». Allí donde se entiende de manera tribal y ex-

7 Giuseppe Mazzini, citado en Eric Hobsbawm, Nations and Nationalism since


1780;
Program
FOg me, Myth, , Realityby, Cambridge, » 1990, , pág.
pág. 10 101. [Trad. esp.: S Nacione
lismos desde 1780, Barcelona, Crítica, 1998.] | s l :
A A

200
clusiva, pero la población es mixta (como en Yugoslavia), el Estado-na-
ción es una trampa.
A menudo los nacionalistas suponen que en la nacionalidad hay
algo «natural» o presocial. Se supone que los Estados-nación reflejan
diferencias profundas entre distintos tipos de personas: los suecos se dife-
rencian tanto de los italianos como los peces del Báltico se diferencian
de los del Mediterráneo. Esto, en el mejor de los casos, es una simpli-
ficación: hay historiadores y científicos sociales que ponen de relieve
la relativa modernidad de los Estados-nación europeos, que datan más
o menos de finales del siglo xvII1.
Hay varias explicaciones del surgimiento de los Estados-nación.
Una sociedad agraria se convirtió en economía capitalista industrial.
La división del trabajo requirió grandes unidades económicas, lo que,
junto con un sistema educativo común, quizás exigió a su vez el con-
trol central del orden público y la defensa común. El predominio de
las lenguas nacionales puede haber derivado de la decadencia del latín
a medida que la idea de cristiandad se iba evaporando. Las lenguas na-
cionales pueden haber sustituido a los dialectos regionales por la nece-
sidad de comunicación entre grandes grupos y para posibilitar la admi-
nistración nacional. Y tal vez los productos de la imprenta fueran más
rentables en un mercado nacional".
Si estas sugerencias son correctas, los Estados europeos no surgie-
ron como vehículos de una conciencia nacional preexistente. En algu-
nos casos, el Estado pudo haber nacido antes de que hubiera un mar-
cado sentido de nacionalidad. Eric Hobsbawm cita a un portavoz del
primer parlamento del nuevo Reino de Italia: «Hemos hecho Italia;
ahora tenemos que hacer italianos».
Si bien es verdad que la aparición del Estado-nación es reciente, es
probable que algunas naciones existieran antes de tener Estado propio.
Cuando los ingleses y los franceses lucharon en Agincourt, el conflic-
to natural era el de ingleses-contra-franceses, no de bajos-contra-altos ni
de campesinos-contra-señores. Y hay grupos nuevos, como los kurdos,
a los que se niega un Estado, pero que sin duda se piensan a sí mismos
como una nación. Su nacionalismo se expresa en la creencia de que
deberían gobernarse a sí mismos en su nuevo Estado.
Pero si no es esencial la existencia previa de un Estado, ¿qué hace
que un grupo sea una nación? La concepción habitual de la «nación»

6 Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread ofNa-
tionalism, Londres, 1983; Ernest Gellner, Nations and Nationalism, Oxford, 1983.
7 Hobsbawm, Nations and Nationalism since 1780, pág. 44.

201
es la del grupo con el que uno se identifica, la comunidad en la que la
gente se piensa como «nosotros». La idea de Benedict Anderson se-
gún la cual las naciones son «comunidades imaginarias» capta bien
este componente psicológico de lo que se entiende por nación. Se
puede llamar tribal a esta concepción que de sí misma tiene una co-
munidad como «nosotros».
El tribalismo es un fenómeno más profundo que el nacionalismo.
Históricamente, el tribalismo fue primero. Y el nacionalismo presupo-
ne la idea de una nación, entendida en términos de una autoconcep-
ción tribal. Su idea central es que una nación, así entendida, debe auto-
gobernarse.

TRIBALISMO

La conciencia tribal es lo que comparte un grupo que se piensa


como «nosotros», como comunidad. Pero la gente sólo piensa en sí
misma de esta manera si supone que tiene características distintivas
compartidas.
Estas características son de dos tipos: unas son las que fraguan la
autoimagen tribal o nacional y otras son las identificadoras, esto es, las
que muestran que alguien es miembro del grupo.
Las autormágenes nacionales requieren la selección de determina-
dos rasgos con preferencia a otros. Slobodan Milosevich dijo que ceder
ante los obstáculos, que desmovilizarse cuando es momento de luchar,
son cosas que Jamás habían formado parte del carácter serbio. Dijo que
los serbios eran valientes y dignos. Escogió la conmemoración de la
derrota de Kosovo para decir que el serbio es uno de los pocos pueblos
otrora invictos en la batalla.
Naturalmente, las características que se escogen suelen ser favora-
bles. Somos decididos, valientes y dignos triunfadores. Y es una proe-
za conceptual mantener nuestra excelencia en esas características sin
ver a los vecinos como vacilantes, cobardes e indignos perdedores.
Una estudiante de la Universidad de Irlanda del Norte me dijo que
sus compañeros se conocían sólo por el nombre de pila. Los apellidos
denuncian más fácilmente de qué comunidad se procede, y ellos quie-
ren preservar su vida estudiantil de las divisiones por razones de comuni-
dad. Pero cuando las amistades son seguras, es posible desvelar la per-
tenencia a tal o cual comunidad sin que, ya instaurado el clima de bue-
na voluntad, eso dé lugar a la comparación de estereotipos, o sólo lo
haga muy raramente. La estudiante me habló de uno de los estereoti-

202
pos que le habían enseñado de pequeña. El primitivismo de los miem-
bros de la otra comunidad se mostraba en el hecho de que tuvieran
una sola ceja larga en lugar de dos con una separación entre ellas. Sus
amigos de la otra comunidad hablaban exactamente del mismo este-
reotipo, pero invertido.
En general, la características identificadoras de un grupo tribal o
nacional son comparativamente más neutrales, pero también contie-
nen un elemento mítico. Es típico que estos rasgos incluyan el territo-
rio en el que el grupo vive, cierta apariencia «étnica» distinta y lengua-
je, religión y cultura compartidos. Todas estas características son porta-
doras de una carga emocional. La cuestión es por qué estos rasgos
particulares y emocionales son básicos para la pertenencia a la tribu
o a la nación.

CARACTERÍSTICAS CON CARGA EMOCIONAL,


IDENTIDAD Y RESPETO

La pertenencia y las lealtades tribales están ligadas al sentido de la


identidad personal. Algo hay de cierto en la idea nietzscheana de auto-
creación. La identidad de una persona no está dada por completo, sino
que es, en parte, creada. Algunas características, incluso las ligadas a la
pertenencia a la tribu, como la pigmentación de la piel u otros rasgos
étnicos, son dados sin más. No elegimos a nuestros padres, dónde na-
cemos ni el lenguaje en el que se nos enseña a hablar. No elegimos la
religión ni la cultura que absorbemos en la infancia. Pero también hay
una identidad que la gente crea por sí misma a partir de esta identidad
«dada», elaborándola y ramificándola de una manera característica.
Esta autocreación es lo que da al individuo el sentimiento de tener
una vida que vale la pena vivir.
Tal vez el tribalismo vaya asociado a nuestra necesidad de crear
algo coherente a partir de nosotros mismos y de nuestra vida. Si es así
hunde muy profundamente sus raíces en nuestra psicología y tal vez
sea imposible eliminarlo, o por lo menos desalentadoramente difícil.
Algunas de las características que deseamos son duraderas (y mu-
chas de ellas, básicas para nuestra identidad moral). La autocreación es
un largo proceso que se asemeja a la narración de un novelista en tor-
no a un personaje. Algo análogo ocurre con la mezcla de libertad y res-
tricción. Hay posibilidades abiertas, pero lo que el personaje puede ha-
cer depende en parte de las circunstancias y de las otras personas del re-
lato. También es limitada la posibilidad de actuar «fuera del personaje».

203
La historia que contamos de nosotros mismos, en parte mediante lo
que hacemos y en parte mediante la forma que damos al relato de
nuestro pasado, es fundamental para nuestro sentido de identidad.
La historia va unida a los lugares que constituyen su contexto. Ver-
se forzado al exilio es, entre otras cosas, quedar excluido de las escenas
de partes anteriores de la historia. El papel que los lugares desempeñan
en nuestra historia de autocreación es una razón por la cual es más pro-
bable que la gente se identifique como serbio o croata que como cons-
tructor o mecánico de coches. Ayuda a explicar por qué la gente res-
ponde a alguien que dice «Ésta es vuestra tierra. Éstas son vuestras ca-
sas. Vuestras praderas y huertos. Vuestros recuerdos...»
La historia incluye necesariamente un grupo reducido de personas.
Lo que he hecho, lo he hecho con ellas o en respuesta a lo que ellas
han hecho o dicho. Todavía llevo conmigo sus esperanzas y sus expec-
tativas. En parte fueron ellas las que moldearon los valores que me
orientaron en lo que he hecho (y que colorearon el tono de mi relato).
No sólo hay personas particulares que forjan el contenido y el tono de
la historia, sino que cuando la contamos o la representamos, necesita-
mos que sean precisamente ellas las que nos escuchen. Esperamos su
reconocimiento de cómo somos.
El papel que determinadas personas desempeñan en nuestra histo-
ria de autocreación hace natural nuestra proximidad a ellas. (Por su-
puesto que para esa proximidad hay también muchas razones menos
egocéntricas.) Pero la explicación del papel de las personas que nos son
próximas plantea un problema paralelo al que plantea la explicación
sociobiológica del tribalismo. De la misma manera que la nación,
nuestra «comunidad imaginaria» es mucho mayor que el grupo con el
que estamos genéticamente relacionados, de modo que también es mu-
cho más amplia que el grupo de personas de nuestra historia personal.
Las relaciones, tan importantes para nosotros no sólo en lo que se
refiere a nuestro sentido de identidad, sino también a otros aspectos,
se tejen en gran parte sobre un fondo cultural compartido. Un marco
de referencia compartido, una historia común (transmitida por una
educación común) y un sentido compartido del humor crean en con:
Junto un contexto en el cual pueden florecer las relaciones y la identi-
dad. Y este contexto, como es obvio, va a su vez ligado a una lengua
compartida.
En el contexto de una cultura y un lenguaje particulares es donde
nuestra identidad creada se valida merced al reconocimiento que
los otros le confieren. Por eso cualquier falta de respeto hacia nuestra cul-
tura y nuestro lenguaje devalúa a su vez nuestro respeto por nosotros mis-

204
mos, nuestra autoestima. En épocas recientes, la conciencia de la natu-
raleza básica de este hecho ha modelado la manera de mostrar respeto
a la dignidad ajena. El deseo de no utilizar términos despectivos en re-
lación con otros grupos puede tener su lado cómico y suele rechazarse
como producto de lo «politicamente correcto». Pero la preocupación
que se esconde tras ese deseo forma parte del desarrollo de uno de
nuestros principios morales básicos.
Isaiah Berlin cita la teoría de Friedrich Schiller sobre la «ramita tor-
cida» del nacionalismo como reacción a la opresión o a la humillación,
y sugiere que tal vez la gran virulencia del nacionalismo de los israelíes
y de los palestinos se deba a que ambos reaccionan contra la condición
de víctimas?. Una de las fuerzas del nacionalismo es su posible contri-
bución a la autoestima. Pero las fuerzas y las debilidades están estrecha-
mente entretejidas. A menudo el menosprecio de la autoestima contri-
buye a iniciar la espiral de conflicto.

EL RELATO Y LA TRAMPA DE LA «VENDETTA»

La identidad tribal o nacional, lo mismo que la personal, se cons-


truye en parte por medio de un relato sobre el pasado. El relato que se
utiliza para modelar la conciencia nacional también puede agudizar
los conflictos.
Gran parte del relato está elaborado sobre relaciones con otras na-
ciones, que en general resultan haber tenido un comportamiento terrt-
ble. Hay relatos de derrota y relatos de victoria. Los primeros son por-
tadores del deseo de reparar un agravio: la ramita torcida. Los relatos
de victoria pueden tener un triunfalismo que provoca resentimiento
en los del otro lado. Un caso evidente es el de los desfiles orangistas en
Irlanda del Norte, en celebración de la derrota de los católicos a manos
de Guillermo de Orange. Ambos tipos de relato contribuyen a la esp1-
ral de hostilidad.
Y también contribuyen a la creencia-trampa. El relato es el trasfon-
do sobre el cual se juzgan los actos nuevos, lo cual hace más dificil
aceptar la autenticidad de los gestos de amistad y más creíble la inter-
pretación hostil.
El relato de los croatas enfatiza la rigidez del comunismo, que se
veía como impuesto predominantemente por los serbios. El relato de

8 Isaiah Berlin, «La ramita torcida», en El fuste torcido de la humanidad, Barcelona,


Península, 1992.

205
los serbios enfatiza el fascismo croata, los males de la Ustasa y el papel
de los serbios en la derrota de los croatas y de sus aliados nazis. (Des-
pués de Tito, las autoridades croatas reforzaron esta circunstancia al re-
bautizar las calles con nombres de líderes fascistas.)
En la época de la Segunda Guerra Mundial, los serbios recordaban
la implicación del líder croata Ante Pavelic en el asesinato del rey
Alejandro en Marsella. Los croatas recordaban la dominación ser-
bia durante el gobierno del rey Alejandro. Antes de la Segunda
Guerra Mundial, los serbios y los musulmanes bosnios se recordaban
mutuamente los papeles respectivos en la Segunda Guerra de los Bal-
canes de 1913.
Los relatos retroceden en el tiempo. En 1993, los soldados serbios
que luchaban con los «turcos» —los musulmanes bosnios—, evocaron
su derrota de Kosovo a manos de fuerzas islámicas. Y en 1989 los na-
cionalistas serbios desenterraron los presuntos huesos del zar Lázaro,
líder serbio que los turcos mataron en 1389 en el Campo de los Mir-
los, y, a fin exaltar el sentimiento nacional, los pasearon por Serbia
antes de volver a enterrarlos”. Estos relatos engendran su propio desa-
rrollo: los años noventa agregaron.nuevos capítulos.
Para los atrapados en la vendetta, la validación de su narración puede
requerir la destrucción de las materializaciones fisicas del relato del
otro lado. Cuando las fuerzas serbias invadieron Croacia arrasaron
muchas iglesias católicas y atacaron monasterios. A la misma destruc-
ción cultural fue sometida Bosnia. Las fuerzas serbias que rodeaban Sa-
rajevo tomaron como blanco el Instituto Oriental y destruyeron miles
de los manuscritos islámicos y judíos que allí había, bombardearon el
Museo Nacional y la Biblioteca Nacional y acabaron con más de un
millón de libros y millares de manuscritos y registros!0,
Las fuerzas serbias y las fuerzas croatas convirtieron en ruinas otros edi-
ficios en Bosnia, incluso parte de la mejor arquitectura otomana, que se
remontaba al siglo xv. Derruyeron más de ochocientos monasterios
volándolos, incendiándolos y cubriendo sus emplazamientos con
edificios nuevos o zonas de aparcamiento para coches. Pavimentaron
cementerios islámicos y destruyeron bibliotecas que contenían docu-
mentos del Imperio Otomano. El objetivo era borrar la historia: des-
truir todo signo de que alguna vez habían vivido allí musulmanes.

e Almond, Exrope's Backyard War: the War in the Balkans, Londres, 1994,
pági-
nas 5-6.
" Michael A. Sells, The Bridge Betrayed: Religion and Genocide in Bosnia, Berkeley,
Cal., 1996, págs. 1-2.

206
Ni faltó el humor negro a propósito de la comunidad islámica: antes
de ser destruida, la mezquita de Modrica fue utilizada como matadero
de cerdos!!.
La obsesión narrativa por la historia mantiene vivo el pasado en el
presente con terrible intensidad. En la Krajina, la defensa que Tudjman
hizo de la Ustasa durante la Segunda Guerra Mundial habría de des-
pertar recuerdos. Las fuerzas de la Ustasa acostumbraban destruir al-
deas serbias y matar a sus habitantes. Su líder, Ante Pavelic, tenía esta
política respecto de los serbios: «Matar un tercio, expulsar un tercio y
convertir un tercio.» Muchos serbios murieron como víctimas de es-
cuadrones de la muerte o en campos de concentración como el de Ja-
senovac. En algunos casos, se encerraba a los aldeanos en la iglesia or-
todoxa, que luego era incendiada.
Un muchacho de doce años estuvo a punto de morir a manos de
la Ustasa. Un escuadrón de la muerte liderado por sus vecinos más pró-
ximos había ido a matar a su familia. Se salvaron porque no estaban en
la casa. El hijo de este muchacho, Milan Babic, condujo la rebelión
contra el gobierno de Tudjman. El general Adzic, comandante en jefe
del ejército nacional yugoslavo, que planeó la guerra contra Croacia,
había estado de niño escondido en un árbol mientras las tropas de la
Ustasa mataban a cuchilladas a sus padres. El padre del general Mladic
fue asesinado por la Ustasa. Milan Kovacevic, que dirigió una serie de
campos de concentración serbios alrededor de Prijedor, había nacido
en un campo de concentración croata en Jasenovac.
Es difícil sermonear a las víctimas para que eviten el odio. Fikret
Alic, al que se torturó y casi se hizo morir de hambre en el campo
de concentración de Trnopolje, no pudo seguir queriendo a los ser-
bios:
Trabajaba para conseguir dinero para mi madre. Ahora no ten-
go nada, y odio a esa gente. Nunca les hice daño. Odio a Vjeko Zi-
gic, que mató a mi abuelo y a mi tío, que nunca le habían hecho
daño. Nunca vi ninguna diferencia entre un serbio o un musulmán
y cualquier otra persona. Pero ahora no puedo mirarlos, ni saludar-
los ni volver a vivir con ellos. Nos hemos querido durante cuarenta
y cinco años, y en el año cuarenta y seis nos odiamos”.

11 Ed Vulliamy, Seasons in Hell: Understanding Bosnia's War, Londres, 1994, págr-


nas 353-356.
12 Ibíd., pág. 205.

207
Para quienes no hemos pasado por esas experiencias es imposible
decir a Fikret Alic que debiera dejar de odiar a los serbios. Pero es evi-
dente que la tragedia se va desarrollando. Hubiera sido imposible de-
cir a Milan Kovacevic que no debía odiar a los croatas por lo que h:-
cieron a su familia en Jasenovac. Podemos imaginar qué desearían a
su vez hacer a los serbios los supervivientes de sus campos en Prijedor.
Slavenka Drakulic dice: «Después de la guerra se invertirán los pa-
peles y las víctimas no sólo juzgarán a los ejecutores, sino también a
sus cómplices silenciosos. Temo que, puesto que nos hemos visto for-
zados a tomar partido de esta manera, nosotros —todos nosotros, a
uno y otro lado— quedemos cogidos para siempre en ese juego cruel
que se perpetúa a sí mismo»*”,

13 a atea
(o a Drakulic, Balkan Express: Fragments from the Other Side of War, Londres,

208
CAPÍTULO 18

La capacidad para desencadenarnos

Me crié en ese abrupto y dividido paisaje de la clase tra-


bajadora de Irlanda del Norte y quedé preso de todo su bagaje
concomitante, bueno y malo. John McCarthy, que procedía
del trasfondo completamente diferente de la clase alta inglesa,
descubrió su propia «gente» y su bagaje. En las circunstancias
en las que nos descubrimos física y conjuntamente encadena-
dos, advertimos al mismo tiempo una extraordinaria capaci-
dad para desencadenamos de lo que hemos sabido y lo que
hemos sido.

BRIAN KEENAN, An Evil Cradling

Es urgente la necesidad de un fuerza de policía mundial propiamente


dicha. Ninguna reflexión sobre la posibilidad de transformaciones psicoló:
gicas podrá alterar esta primacía. Pero podemos pensar que en un fu-
turo más lejano trascendamos la mera contención de los efectos del tr1-
balismo para comenzar a modificarlo. El cambio político ante todo,
pero también el cambio psicológico.
Puesto que el tribalismo tiene raíces tan profundas en nosotros,
quizá sea imposible eliminarlo. Esto vuelve a pronunciarse contra la
esperanza de la desaparición de las lealtades nacionales que animaba a
la Ilustración. Hoy recibimos con más simpatía el argumento a favor
del nacionalismo, argumento que se basa en la contribución de las leal-
tades nacionales a los individuos y a su sentido de identidad. Pero esto
sólo otorga a las naciones un valor instrumental. Se las ha de juzgar por

209
su buena o mala contribución a la vida de las personas. En este sentt-
do, los pensadores ilustrados que bajaron a las naciones de su pedestal
tenían razón. Un buen principio de la Ilustración podría ser éste: tratad
siempre a las naciones como medios y nunca como fines en sí mismas.
Por ahora, la única opción realista es aceptar nuestra psicología tr1-
bal como un hecho de la vida. Pero también hay una larga, una lenta es-
trategia que cala más hondo. Quizá no debamos abandonar la esperan-
za que alentó a la Ilustración de que en último término estas lealtades
tribales pasen a un segundo plano, por detrás de un humanismo más
general. Una mayor autoconciencia de nuestra psicología puede signi-
ficar que estos compromisos simplistas se conviertan en algo más com-
plejo.
Tal vez una conciencia más elaborada de la construcción de los re-
latos tribales erosione lentamente su aceptación acrítica. Y tal vez la
observación de las diferencias entre las naciones plurales modernas y
las naciones tribales debilite la tenaza de los relatos antiguos. La creen-
cia en ideas tales como «la Gran Serbia» depende de mitos que proba-
blemente no sobrevivirían a una mirada más crítica.
También podemos tratar de hacer que los capítulos de la historia
no se escriban como en el pasado. En esto, los recursos morales tienen
un papel que cumplir.

EL RESPETO Y LA RAMITA TORCIDA

El respeto a la dignidad de alguien es una afirmación de la igualdad


humana fundamental. Puedes ser más rico y más poderoso que yo y
pertenecer a otro grupo étnico o a otra religión. Pero si me tratas con
cortesía y respeto, muestras tu reconocimiento de mi estatus, a saber,
que soy tan persona como tú. $1 cuando nos encontramos escuchas
tanto como hablas, reconoces que también yo tengo experiencias, pen-
samientos y maneras de ver el mundo, que también yo tengo algo que
decir que vale la pena oír.
El respeto a la dignidad es una de las grandes barreras contra la atro-
cidad y la crueldad. El reconocimiento de nuestro estatus moral compar-
tido hace más difícil que nos torturemos y nos matemos unos a otros. La
erosión de la barrera de protección es peligrosa. Cuando un grupo hace
caso omiso de la dignidad del otro, hace caso omiso de las propias inhi-
biciones y entonces no está lejos una masacre como la de Amritsar.
La ramita torcida del tribalismo muestra la otra manera en la que
el respeto a la dignidad protege de futuros horrores. El grupo humi-

210
llado es plenamente consciente de la negación de su estatus igual. El
resentimiento entra en el relato tribal y en él se implanta el deseo de
venganza.
Esta trampa de la vendetta tiene una única vía de escape: la concien-
cia de cómo se construyeron los relatos de ambos lados. Tiene que
haber un cierto reconocimiento de las cosas que han salido mal y de
que la muestra de respeto mutuo es la única salida. En la Sudáfrica pos-
terior al apartheid, el hecho de que Nelson Mandela y otros dirigentes
africanos resistieran la tentación de humillar a su vez a la minoría blan-
ca dio a todos los grupos la oportunidad de escapar del círculo de la
venganza. El simbolismo es importante. Los Springboks de otrora, to-
dos blancos, eran un símbolo de apartheid. Cuando el presidente Man-
dela se puso la camiseta de rugby de los Springboks, comenzó a escri-
birse una nueva versión del antiguo relato.
¿Por qué los líderes africanos negros fueron capaces de abstenerse
de humillar a su vez a los blancos? Uno de ellos, el arzobispo Des-
mond Tutu, tenía el recuerdo infantil de un raro gesto de respeto de un
hombre blanco, el padre Trevor Huddleston. En aquella sociedad, una
mujer negra sin educación, como la madre de Desmond Tutu, tenía
muy poca importancia.

A los ojos del mundo, esta persona encantadora no era nada. Es-
taba yo con ella en la galería del hotel cuando pasó majestuosamen-
te por allí un blanco, alto y con la sotana al viento. Se quitó el som-
brero para saludar a mi madre. Quedé completamente desconcerta-
do: ¡un blanco descubriéndose ante una negra! Eso no sucedía en la
vida real. Aquel gesto me dejó una impresión indeleble. Tal vez con-
tribuyera profundamente a hacerme percibir que éramos valiosos
para Dios y para ese hombre blanco; tal vez contribuyó a que no me
hiciera antiblanco a pesar del trato cruel que recibimos de la mayo-
ría de los blancos.

SIMPATÍA Y AMISTAD

Todo gesto o acto humano de generosidad que atraviese las barre-


ras tribales puede quedar alojado en la memoria del alguien y modelar
su versión del relato. En Israel, David Grossman recuerda cómo, cuan-
do ataques suicidas de Hamas mataron a más de cincuenta israelíes, un

1 Arzobispo Desmond Tutu, nota necrológica por el obispo Trevor Huddleston,


Guardian, 21 de abril de 1998.

211
amigo palestino lo llamó desde Ramallah y le ofreció donar sangre
para los heridos.
Otro ejemplo se produjo en la época de los asesinatos sectarios de
Irlanda del Norte. Cuando iba a su casa un grupo de trabajadores fue
detenido por varios encapuchados que ordenaron que los católicos
dieran un paso al frente. Todos los del grupo eran protestantes, salvo
uno. Supusieron que los encapuchados eran protestantes que querían
matar al católico. Seamus Heaney ha dejado escrito lo que ocurrió con
el único católico, desgarrado entre el miedo y la lealtad:
relativamente protegidos por la oscuridad de un atardecer de invier-
no, sintió que la mano del trabajador protestante que tenía junto a
él le cogía la suya y se la apretaba como diciéndole: no, no te mue-
vas, no te traicionaremos, nadie tiene por qué saber a qué fe o a qué
partido perteneces. Sin embargo, todo fue inútil, pues el hombre dio
un paso al frente; pero en lugar de encontrarse con un revólver con-
tra la sien, lo empujaron hacia atrás y lo apartaron mientras los hom-
bres armados abrían fuego sobre los que se habían quedado quietos,
pues no se trataba de terroristas protestantes, sino, presumiblemen-
te, de miembros del IRA Provisional”.

La matanza de los otros hombres convierte a esta historia en algo


terrible. Pero el gesto humano de uno de los protestantes —el último
acto de su vida— se conoce gracias al relato del católico al que trató de
salvar.
Los actos de generosidad que superan las diferencias tribales, como
el del amigo palestino de David Grossman o el del trabajador protes-
tante, deben al menos introducir una complicación en el relato que se
cuenta en la otra comunidad.

UNA IDENTIDAD MÁS COMPLEJA

El sentido de nuestra identidad no es estático, y en la medida en


que evoluciona podemos llegar a ver la identificación tribal bajo una
nueva luz.
La comprensión de la psicología del tribalismo nos estimula a
abordar todos los demás recursos en los que podemos inspirarmos para
forjar nuestras identidades. Tenemos algo más que nuestra mera perte-

? Independent, 28 de septiembre de 1996.


? Seamus Heaney, Crediting Poetry, discurso leído en la ceremonia de entrega del
Premio Nobel, 1995.

212
nencia tribal. Somos madres y padres, hijos e hijas, hermanos y herma-
nas, amigos, arquitectos, científicos; gozamos cuidando de nuestros hi-
Jos; tenemos nuestra manera personal de cortarnos el pelo y nuestros
chistes personales; somos entusiastas de los Greatful Dead, hinchas del
Liverpool Football Club, montañeros, vegetarianos, fotógrafos aficio-
nados, admiradores de Tolstoi, amantes de Mozart y de Nueva York.
Tener una identidad limitada a ser serbio o croata sería un gran em-
pobrecimiento. Es la pérdida que sintió Slavenka Drakulic durante el
conflicto yugoslavo. Se había resistido a considerar que la nacionali-
dad era el rasgo más importante de las personas y había tratado de
mantener el diálogo con los amigos serbios. Pero las presiones internas
de Croacia redujeron a las personas a la dimensión única de la nacionali-
dad: «Sin embargo, el problema de la nacionalidad es que mientras
que antes se me definía por mi educación, mi trabajo, mis ideas, mi ca-
rácter —y, por cierto, también por mi nacionalidad—, ahora me sien-
to despojada de todo eso. No soy nadie porque ya no soy una perso-
na. Soy una más, uno cualquiera de los cuatro millones y medio de
croatas»?, Advertir el empobrecimiento que esto supone puede contri-
buir a debilitar la psicología tribal.

La hostilidad tribal puede ser trascendida por un sentido de la iden-


tidad moral arraigado en otros compromisos, como una religión o una
profesión, con sus propios valores y patrones de conducta. O tal vez
hunda sus raíces en un humanismo que mira sin ver la pertenencia al
grupo para centrarse en la persona que está detrás.
Puede que se den ambas cosas, como en el siguiente caso de un
médico de Srebrenica. Los abastecimientos médicos se habían agotado
por completo y el doctor Mujkanovic tuvo que realizar amputaciones
sin anestesia. Cuando, más tarde, se le preguntó de qué estaba más or-
gulloso, respondió:
Cuando entraron en el hospital soldados serbios capturados, ya-
cían junto a soldados bosnios. Estaban en las mismas habitaciones y
compartían la comida que llevaban al hospital las familias bosnias.
Les garanticé que no les pasaría nada. Mi mayor satisfacción como
humanista y como médico es que los llevaron al hospital en cam:-.
llas y lo abandonaron por su pie”.

4 Slavenka Drakulic, Balkan Express: Fragments from the Other Side of War, Londres,
1993, pág. 51.
5 Peter Maass, Love Thy Neighbour: a Story of War, Nueva York, Toronto y Londres,
1996, pág. 252.

213
anual q ol! no cade
libertad en160 adsua Io
Soñar inicia aloe
A A A A
malas males ron o oda pre tiro
tad erre 0 bro adis mbr
ilttolbar alsup vebenob.s obiritsr vided: 32aóaliagurel
sh obitca pides y no09, esl sd moni ET od
A A SD oghin 0) nú Oo
motaUsb algas dl ¿Acs y tó
unsin sup babalizzocasís úl a nnaldeng Lo pra
ota abras dd Dos Lin uu slash de ld Ep.
añ a ote. Dedos IO mer POS hara
075q 100 Vea by ape ten Yer aro obs
% cibarrecraolll ci ad de rr
nos shit sm mira sup eta modasde ei
e medie tigolvnicej ml 30h0
<sesbilMyE RNA Y pa DAA 153 MÍA VUE
O nú e es ao RADO O SAN
E WO ANÑUDOOS SU nc aba e Prol AÚN le.
Uidandtos al tr pue sm sup amara ay
as sole
AA Mb ea du Al A
mu 6 $e MOVE la Es Q0 Y AOS Ta <l
oboy. Nuselad at ds 41 IIA ma ¡blaleyCe
O Me UI A) US COLO) a
20 dm dro sup ab domar sl sa ads0 aio a atar e
% DN e
3 anio dl ir iobrdb ica betnd cd rcinta N
sar ibi mi rl a dr das ami pú
dumodsplici el miqual le mdeel! 30p ¿blezos pl: 0179)
MOD MM MISAS TIT ¡A ¿ Das] 5h a ea
us r letal de all DEN 5 ¿JM
Agdh
rbd y WA, Va ls cidvr ds cl »
o e0 de :
0 a Y ] 8 Aa “6 ' a .
,
q
1%
MN gripor”
UN EA
CUARTA PARTE

La guerra como trampa


CAPÍTULO 19

La trampa de las trincheras

Out of the air a voice without a face


Proved by statistics that some cause was just
In tones as dry and level as the place:
No one was cheered and nothing was discussed;
Column by column in a cloud of dust
They marched away enduring a belief
Whose logic brought them, some where else, to grief*.

W. H. AUDEN, 7he Shield ofAchilles

Lo que en un principio fue oleadas de voluntarios ter-


minó siendo multitudes de víctimas.

SIEGFRIED SASSOON, Memotrs ofan Infantry Officer

El tribalismo es básico en la psicología de la guerra. Otro aspecto


de nuestra psicología que se cita con frecuencia en la explicación de la
guerra es la agresión, pero tal vez sean más importantes otros aspectos
más desatendidos de nuestra psicología. Espero sustituir la agresión
con el concepto de quedar atrapado. Al comienzo, la agresión parece

* Del aire surgida, una voz sin rostro / demostró con estadísticas que había una
causa justa / en tonos tan secos y monótonos como el lugar mismo: / a nadie se saludó
y nada se discutió; / columna tras columna en una nube de polvo / se marcharon man-
teniendo una creencia / cuya lógica los llevó en otro sitio a la desgracia.

217
ocupar el centro de la psicología del combate, pero explica poco y sólo
se adapta a episodios extremos. En efecto, a las matanzas en condicio
nes de colérica represalia, o a las explosiones emocionales de My Lar se
les puede llamar «agresión». Pero la palabra no es adecuada para la ma
yoría de los combates en tierra, ni es la agresión, desde luego, el estado
mental de los involucrados en la guerra tecnológica.
También se piensa en la agresión para explicar el estallido de la
guerra. A menudo el primer movimiento es un «acto de agresión»: un
uso ilegal de la fuerza contra otro territorio. De eso no se sigue que el
estado psicológico de agresión sea una causa importante de guerra, Rr
chard Nixon se exaltó viendo una película sobre el general Patton an:
tes de ordenar el bombardeo de Camboya, pero su ejemplo dista mu
cho de ser típico.
La guerra suele ser una trampa y no es frecuente que los lideres
políticos modernos tengan la guerra como objetivo. En general, se
encuentran atrapados por las implicaciones de las politicas en las
que se han embarcado. Y grupos enteros pueden verse atrapados en
una espiral de hostilidad que lleve a la guerra. Comprender estas
trampas es más importante que pensar en cómo controlar la agre
sión.
Este capítulo versa sobre los soldados atrapados en la batalla, y
en particular sobre los atrapados en las trincheras de la Primera Guerra
Mundial. Los capítulos siguientes se ocuparán de cómo entran en la
guerra y en ella se mantienen comunidades enteras y todos sus lt:
deres.

LA TRAMPA

Hay soldados que son reclutados oficialmente. Otros entran libre


mente en el ejército, pero pueden encontrarse con que aquello a lo que
se prestaron voluntariamente es una trampa. En la guerra suelen neutra:
lizarse los principios morales —respeto, simpatía y sentido de la identi:
dad moral—, pero aun cuando todavía existan, la trampa de la guerra
puede volverlos completamente ineficaces. Ejemplo clásico de ello es la
Primera Guerra Mundial.
En agosto de 1914, el entusiasmo se apoderó de la mavoria de los
países beligerantes. En Berlín, cuando se anunció la movilización, la
multitud cantó el himno «Ahora demos gracias a nuestro Dios». Tam
bién en Gran Bretaña hubo una ola de patriotismo. Kitchener espera:
ba unos 100.000 voluntarios en los primeros seis meses y unos 500,000

218
en total. Pues bien, sólo en el primer mes hubo 500.000, para llegar
casi a dos millones en los primeros seis meses.
El káiser dijo a las tropas alemanas: «Estaréis en casa antes de que
caigan los hojas de los árboles», y en Gran Bretaña muchos pensaron
que en Navidad habría acabado todo. Tal vez los voluntarios no tuvie-
ran el humor propio de un día de fiesta de agosto, pero la euforia era
real. Tal era la inocencia. Ni una ni otra sobrevivieron a los dos prime-
ros años de guerra de trincheras. Después de la batalla del Somme, la
visión que se tenía desde el frente era la de una pesadilla al parecer in-
terminable.
En 1916, Joffre y Haig acordaron lanzar una ofensiva francesa y
británica sobre el Somme. En el sector británico hubo una semana
de bombardeo masivo de artillería contra las líneas alemanas. Luego,
el 1 de julio, atacaría la infantería, protegida por una barrera de fuego
de artillería que la precedía. El bombardeo tenía la intención de matar
o dispersar las tropas alemanas, cortar sus cinturones de fuego defensi-
vo y destruir sus fortificaciones. La tarea de la infantería sería ocupar
posiciones en su mayor parte indefensas, de manera que atravesarían
una tierra de nadie con una pesada carga de municiones, picos, palas,
teléfonos de campaña y otros equipamientos. La barrera de fuego tría
siempre limpiando el terreno delante de ella. Un general, al ver que los
hombres se desplazaban tan cargados hacia las trincheras, les dijo:
«Buena suerte, soldados. No ha quedado un solo alemán en sus trin-
cheras, nuestra artillería los ha hecho saltar al Infierno».
El plan fracasó. Los alemanes se enteraron del momento y el lugar
del ataque y, a pesar del bombardeo, la mayoría sobrevivió en sus pro-
fundas trincheras cubiertas. La pesada infantería británica fue masacra-
da a medida que avanzaba entre un intenso fuego de ametralladoras
hacia espesas alambradas defensivas. Como observó el suboficial ale-
mán Paul Scheytt, «los ingleses venían caminando como si fuesen al
teatro o como si estuvieran desfilando. Tuvimos la sensación de que
estaban locos. Nuestras órdenes se daban con toda tranquilidad y to-
dos nuestros hombres apuntaban con mucho cuidado para no mal-
gastar municiones». El 1 de julio hubo 60.000 bajas inglesas, con más
de 20.000 muertos, la mayoría en la primera hora del ataque.
Unos pocos batallones permanecieron en la retaguardia cuando
sus oficiales advirtieron que aquello era una masacre, pero la mayoría

1 Martin Middlebrook, The First Day on the Somme, 1 July 1916, Londres, 1971,
pág. 107.
2 Ibíd., págs. 156-157.

219
atacó de acuerdo con los planes. No obstante lo que había ocurrido
el 1 de julio, los generales Haig y Rawlinson continuaron con ataques
similares en días siguientes. La batalla se prolongó hasta mediados de
noviembre, al cabo de la cual habían avanzado ocho kilómetros al pre-
cio de 420.000 bajas británicas y 200.000 francesas. Entre los alemanes,
las bajas llegaron a alrededor de 450.000.
John Keegan compara nuestra actual respuesta emocional a esta
matanza con la que produjo Auschwitz: «Fascinación culpable, incre-
dulidad, horror, disgusto, piedad y cólera». En ese momento, la ma-
yor parte de la población de Inglaterra la ignoró o mantuvo una actt-
tud acrítica. Entre las respuestas de los que estaban enterados, se desta-
ca la de Winston Churchill. Hizo circular entre los miembros del
Gabinete de Guerra un escrito en el que exigía el completo abandono
de la estrategia del Somme, con el argumento de la cantidad de muer-
tos para una ganancia tan exigua. El Gabinete pidió a Haig que expli-
cara sus intenciones, pero la voz disidente fue derrotada y el Rey desa-
probó con todo vigor a Churchill. El Somme merece su reputación de
caso extremo de pérdidas inútiles. John Keegan menciona la increduli-
dad: ¿Cómo pudo haber sucedido tal cosa? ¿Por qué los soldados si-
guieron prestándose a ello?
Como dijo el sargento Harry Shaw: «Quienquiera que ganara, no
se justificaba el precio que los hombres habían pagado para obtener
esa ventaja. Nadie ganaba nada. Fue un asesinato sangriento; nada
más. Son las únicas palabras que se puede utilizar»!. De haber consul-
tado a las tropas de ambos lados si debía emprenderse una batalla a ese
precio, no es difícil adivinar la respuesta. Pero el coste no estaba previs-
to. Y, naturalmente, la consulta a la tropa era imposible. Algunos vie-
ron que habían caído en una trampa. El soldado W. Hay dijo: «Estabas
entre el diablo y el profundo cielo azul. Si ibas hacia adelante, lo más
probable era que te dispararan, y si retrocedías te someterían a un jui-
cio de guerra y te fusilarían. Entonces, ¿qué diablos hacer?, ¿qué pue-
des hacer? Simplemente, avanzar...»*.
La trampa se extendió más allá de la batalla del Somme. Muchos
advirtieron que quienes peleaban de uno y otro lado no tenían quere-
lla alguna entre sí. Un soldado alemán, retratado en la novela autobio-

* John Keegan, The Face ofBattle: a Study ofAgincourt, Waterloo and the Somme, Lon:
dres, 1976, pág. 260.
* Lyn Macdonald, Somme, Londres, 1983, pág. 83.
* Lyn Macdonald, 1914-1918: Voices and Images ofthe Great War, Londres, 1988, pági-
na 160.

220
gráfica de Erich Maria Remarque titulada Sin novedad en elfrente, dice:
«Y ahora, ¿por qué un herrero francés o un zapatero francés querrían
atacarmos? No, son simplemente los gobernantes. Nunca había visto a
un francés antes de venir aquí, y lo mismo le ocurre a la mayoría de los
franceses con respecto a nosotros. A ellos no les pidieron más opinión
que a nosotros». Toda la guerra era una trampa.
Hubo varias respuestas a esta situación. La mayoría de las tropas
obedecían órdenes y hacían la guerra. Algunos tenían un resignado
sentido de impotencia. Otros expresaron resentimiento. Algunos trata-
ron de mitigar las condiciones mediante la cooperación explícita o tá-
cita con los soldados de las líneas enemigas. Un número reducido vol-
vió a Inglaterra y, o bien hizo campaña contra la guerra, o bien trató
al menos de concienciar a la gente acerca de la verdadera naturaleza
de la guerra.

OBEDIENCIA, RESIGNACIÓN Y RESENTIMIENTO

A las tropas de ambos lados les habría convenido llegar al acuerdo


de negarse a luchar. Pero debía de parecer imposible, y para muchos era
imposible imaginarse esta opción. Los soldados no pensaban de mane-
ra coherente ni unánime que la guerra fuera una atrocidad. Muchos os-
cilaban entre la línea oficial y una visión más escéptica. La negativa de
algunos grupos a seguir peleando no habría llevado a nada, a menos
que se difundiera muy rápidamente. La oposición de las autoridades y
la falta de unanimidad en la tropa hacían esto altamente improbable.
La mayor parte del tiempo no había otra cosa que hacer que obe-
decer órdenes. Tan evidente era esto que muy pocos pensaron siquiera
en negarse a continuar la lucha. Un comentario del sargento Joe Hoy-
les refleja su coraje y la disciplina del ejército, pero también lo incon-
cebible de cualquier alternativa: «Estábamos en la primera línea, y
nuestro oficial de pelotón, Fitzgibbon, iba a la cabeza. ¡Nos estaban
acribillando! La gente caía a nuestra derecha y a nuestra izquierda y tú,
naturalmente, tenías que seguir avanzando»”.
Muchos veían la inutilidad de la guerra y la aparente imposibilidad
de pararla. En su novela autobiográfica, Siegfried Sassoon describió su

6 Erich Maria Remarque, 411 Quiet on the Western Front, trad. A. W. Wheen, Londres,
1929, pág. 136. [Trad. esp. cit.]
7 Macdonald, Somme, pág. 119.

221
sensación de resignación impotente una tarde de finales del verano,
mientras caminaba con Albert junto al Somme:

Estaba yo recostado contra un puente de madera, con lamirada


puesta en el lóbrego verde oscuro de aquel pequeño río cubierto de
vegetación, pero mi pensamiento se debatía impotente contra tan
inmensa desgracia. Yo no podía cambiar la historia de Europa, ni or-
denar a la artillería que dejara de hacer fuego... un subteniente no
podía intentar nada, salvo satisfacer a sus superiores; en resumen,
concluí que Armagedón era demasiado para mi comprensión soli-
taria?,

Muchos sintieron resentimiento contra los oficiales superiores y


los planes que trazaban allá en el cuartel. La lucha en Passchendaele se
prolongó desde julio hasta comienzos de noviembre de 1917. Se con-
quistó un terreno mínimo al precio de 300.000 soldados británicos
y 200.000 alemanes muertos o heridos. Después de los primeros días
de batalla, el general Gough fue a inspeccionar lo que quedaba de
quienes habían participado en el primer combate. Montado en su ca-
ballo, dijo: «Bien hecho, habéis dado lo mejor de vosotros. Lamento
vuestras pérdidas. Estoy seguro de que todos deseáis vengar esas muer-
tes, de modo que os compensaré con un largo permiso para que regre-
séls y venguéis a vuestros camaradas muertos.» Un soldado gritó colé-
rico: «¡Es usted un camicero sanguinario!» Gough se marchó sin hacer
caso, pero luego se lo conoció como «Gouhg el Camicero»?.

ENEMIGOS DE AYER

A veces se vislumbra una alternativa. Ocasionalmente hubo mo-


mentos de confraternización entre los frentes.
El caso más espectacular es el de la Navidad de 1914. El teniente
Johannes Neumann miró desde las líneas alemanas y vio «el increíble
espectáculo de nuestros soldados intercambiando cigarrillos, aguar-
diente y chocolate con el enemigo». Un soldado escocés hizo un balón
de fútbol y tras marcar las respectivas porterías con sombreros escoce-
ses y alemanes, jugaron un partido, que ganaron los alemanes por tres
a dos. «Nosotros, los alemanes, reímos a carcajadas cuando un golpe

E Siegfried Sassoon, Memoirs of an Infantry Officer, Londres, 1930, págs.


82-83.
? Capitán A. F. P. Christison, MC, citado en Macdonald, 1914-1918
, pág. 230.

222
de viento nos hizo saber que los escoceses no usaban calzoncillos de-
bajo de sus faldas , y abucheamos y silbamos cuando captaron una im-
púdica mirada al trasero de uno de los “enemigos de ayer”. Pero tras
una hora de juego, cuando un oficial superior se enteró de lo que su-
cedía, envió la orden de acabar de inmediato con aquello.»
En uno de sus puestos los alemanes habían servido una comida
de Navidad en su trinchera e instaron a los soldados británicos a que se
quedaran y comieran con ellos. Cuando éstos declinaron la invitación,
los alemanes «los arrastraron literalmente por las piernas hasta la trin-
chera»!%, El teniente Cyril Drummond describe otro contacto. Hubo
un intercambio de invitaciones a gritos y luego un soldado alemán tre-
pó a su trinchera y caminó por ella: «Nos encontramos y nos saluda-
mos muy seriamente.» De ambos lados salieron otros y se produjo un
intercambio de regalos. «Uno de ellos dijo: “No queremos mataros, y
vosotros no queréis matarnos. Entonces, ¿por qué disparar?”»!!,
En algunos lugares la tregua prosiguió unos cuantos días después
de Navidad. El 30 de diciembre, el teniente J. D. Wyatt escribió:

¡Todavía sin guerra! Más o menos a la hora del almuerzo llegó


un mensaje que decía que los alemanes habían hecho saber que su ge-
neral llegaría por la tarde y que era mejor que nos quedáramos donde
estábamos, pues tal vez tuvieran que hacer unos cuantos disparos
¡¡¡para hacer ver que todo ¡ba bien!!! ¡Eso es la guerra!! Eso hicimos,
y a las tres y media de la tarde se oyeron unos cuantos disparos*”,

VIVIR Y DEJAR VIVIR

A veces, sin ningún contacto formal, se desarrolla una política de


«vivir y dejar vivir». La contención mutua del fuego salvó vidas en am-
bos bandos. Edmund Blunden, preocupado por las débiles defensas de
una aldea de Boesinghe, dijo que «nuestro futuro, en una palabra, de-
pendía de la observancia del principio de “vivir y dejar vivir”, uno de
los elementos más sanos de la guerra de trincheras»!*. Robert Graves re-
fiere cómo en ambos lados hacían la vista gorda cuando todos tenían
que escapar de una inundación, o a veces cuando montaban las defen-

10 Capitán Chudleigh, artículo en el Daily Telegraph, citado en Denis Winter, Death's


Men: Soldiers ofthe Great War, Londres, 1978, págs. 220-221.
11 Macdonald, 1914-1918, págs. 46-48.
12 Ibid, pág, 52.
13 Edmund Blunden, Undertones of War, 1928, reimp. Harmondsworth, 1937, pág. 154.

223
sas: «En ocasiones, se decía, las partes enfrentadas “llegaban casi a ut1-
lizar los mismos mazos” para clavar las estacas. Los alemanes parecían
mucho más dispuestos que nosotros a vivir y dejar vivip»”*,
En su estudio sobre esta cooperación tácita, Tony Ashworth sugie-
re que estos breves acuerdos con fines pacíficos eran el comienzo de la
empatía mutua, que se extendía a otras áreas: si permitimos al enem:-
go desayunar en paz, lo mismo harán ellos con nosotros. Esa manera
de comportarse reforzaba tanto la empatía como el uso de la inacción
para comunicarse a través de los respectivos frentes de guerra!”.
Un aspecto del vivir y dejar vivir fue el uso ritual de la artillería.
Lord Reith escribió lo siguiente: «Es divertido. El enemigo lanza unas
cuantas granadas a nuestra trinchera. Conocemos perfectamente vues-
tra zona de tiro, ya lo véis. Nada de bromas. Nuestras baterías replican.
Sabemos dónde está vuestra línea de trincheras y conocemos vuestra
posición, las dos cosas. Basta de absurdo. A vivir y dejar vivir»!?. En al-
gunos sectores del frente, los blancos regulares y el ritmo regular for-
maban parte del tácito acuerdo mutuo. La predictibilidad minimizaba
las bajas en ambos bandos y daba a los oficiales superiores la impresión
de actividad.
Robert Axelrod, inspirándose en la obra de Ashworth, utiliza la po-
lítica de vivir y dejar vivir como ejemplo de la estrategia cooperativa de
OJO POR OJO del dilema de los presos!”. La política de OJO POR OJO es
lo suficientemente simple como para dársela a conocer al otro bando.
Proporcionaba a ambos bandos una manera de cooperar racionalmen-
te para minimizar la severidad de la trampa en la que se hallaban ate-
nazados.
Vivir y dejar y vivir no es un ejemplo perfecto del dilema de los
presos. El argumento egoísta que induce a disparar al enemigo (en ausen-
cia de cooperación) es mucho más débil que el que aconseja confesar
en el dilema originario de los presos. Axelrod dice que el debilitamien-
to del enemigo tendría que facilitar la supervivencia en una batalla im-
portante. Algo de esto hay. Pero, debido a factores tales como los re-
fuerzos y la rotación de tropas, la ventaja de disparar parece más espe-
culativa y remota que el beneficio que obtiene el preso que confiesa.

1% Robert Graves, Goodbye to Al That, ed. rev., Londres, 1960, pág. 162. [Trad. esp.:
Adiós a todo eso, Barcelona, Edhasa, 1985.]
15 Tony Ashworth, Trench Warfare, 1914-1918: the Live and Let Live System, Londres,
1980, págs. 46-47.
16 J. Reith, Wearing Spurs, Londres, 1966, citado en Winter, Death's Men.
17 Robert Axelrod, La evolución de la cooperación, Madrid, Alianza, 1984, cap.
4.

224
Pero los batallones se mantuvieron frente a frente durante un tiem-
po, de modo que hasta cierto punto se trataba del dilema de los presos
repetido y la cooperación era racional. Cuando los batallones cambia-
ban, los que se marchaban indicaban a sus sucesores los entendimientos
tácitos. Disparar a matar al enemigo era una defección, y no hacerlo era
cooperación. Del OJO POR OJO derivó la política de vivir y dejar vivir.

Los PRINCIPIOS MORALES

De tanto en tanto, también se podía ver en acción a los principios


morales, sobre todo el respeto mutuo y la simpatía. El acuerdo tácito
de vivir y dejar vivir era una relación moral entre ambos lados. Y en
esta relación, el respeto por el estatus moral recíproco era a veces muy
notable.
Cuando esta política se infringía, podía darse incluso una disculpa
explícita, como la que ofreció una unidad sajona del ejército alemán
por una muerte durante la tregua de Navidad: «Un día, uno de los fu-
sileros de Dublín resultó muerto por una bala procedente del frente de
Plugstreet Wood. Los alemanes enviaron en seguida una disculpa en la
que decían que ellos no tenían nada que ver con esa muerte, sino los
prusianos del frente izquierdo»**.
La empatía implícita en el hecho de tener en cuenta lo que querían los
del otro bando, como, por ejemplo, tener un desayuno sin interrupción,
se acercaba mucho a la simpatía: esperaban que lo tuvieran. Hubo casos
en los que la simpatía irrumpió claramente a través de la dura costra de la
enemistad oficial entre los contendientes. En un periódico francés de trin-
cheras, un escritor cuenta que unos soldados franceses se encontraron por
casualidad con dos alemanes que atendían a un amigo moribundo:
«Aquellos tres hombres han de haber sido grandes amigos. Los que no es-
taban heridos tenían los ojos llenos de lágrimas y uno de ellos, mientras
el herido moría, se inclinó lentamente hacia su hermano en la desgracia y
lo abrazó largamente. Impresionado por tanta desdicha, y a pesar de lo
apurado de la situación, los pozlus, conmovidos, se detuvieron».

18 Teniente Cyril Drummond, en Macdonald, 1914-1918, pág. 52.


19. Poil et Plume, octubre de 1917, citado en Stéphane Audoin-Rouzeau, Men at War,
1914-1918: National Sentiment and Trench Journalism in France during the First World War,
trad. Helen McPhail, Oxford, 1992. [N. del T.: Poila (plural, poilus) es una palabra fran-
cesa con la que se conocía a los soldados franceses que participaron en la Primera Gue-
rra Mundial.]

225
La simpatía contribuyó a la contención recíproca que permitió a
cada bando recoger o atender a sus heridos sin ser molestados. Á veces,
esta contención podía desembocar en algo más. El soldado Moodie se
recordaba gritando a los alemanes que fueran a buscar a sus heridos:
Al comienzo parecían muy desconfiados y sólo mostraban sus
cascos, pero les prometimos no disparar y un hombre con la Cruz
de Hierro se adelantó audazmente hacia nuestra formación y asistió
a un herido. Lo siguió otro y ambos se lo llevaron en medio de nues-
tro aplauso. Antes de marcharse, el primer hombre saludó diciendo:
«Gracias, caballeros, a todos y a cada uno. Les estoy muy agradeci-
do. Adiós.» El incidente me conmovió por completo por un tiem-
po; entonces tuve el deseo de que volviéramos a ser todos amigos”.

Puesto que tan grande es en el pensamiento actual la influencia del


dilema de los presos, resulta fácil advertir de qué manera el interés pro-
pio contribuye a esa contención. Había un motivo, por supuesto. A ries-
go de ser heridos, los soldados tenían interés en que no se impidiera la
atención médica y el rescate de los heridos.
Pero es probable que los motivos de los soldados fueran más allá.
Hay una simpatía por otro soldado agonizante, incluso si pertenece al
otro bando. La identidad moral pudo cumplir su papel: el sentido del ho-
nor va ligado a una tradición de caballería. Y había respeto mutuo, evo-
cado en particular cuando se ha visto al otro bando asumir riesgos para
rescatar a sus heridos. El mero cálculo del interés propio no explica el
aplauso de un lado ni la cortesía del otro. Y el resultado de esa caballero-
sidad podía llegar a manifestarse en pensamientos tan ajenos al cálculo
como el deseo del soldado Moodie de que todos volvieran a ser amigos.
En esos episodios se dejaban ver los principios morales, pero la
trampa era tan poderosa que resultaban relativamente ineficaces. Su in-
fluencia fue local. Dejaron de realizarse algunos disparos. Se ahorraron
algunos heridos. Pero el respeto mutuo y la simpatía eran impotentes
para detener la guerra.

LA RESPUESTA DE LAS AUTORIDADES

Las autoridades estaban decididas a mantener la trampa en su lu-


gar. Era predecible que una tregua de Navidad no fuera bien recibida
entre ellas. El teniente Cyril Drummond dijo lo siguiente:

26
Soldado Moodie, citado en Winter, Death's Men, pág. 216.

226
Pero la guerra, por supuesto, se iba convirtiendo en una farsa
y los superiores decidieron que había que poner fin a la tregua.
A nuestra brigada, a mi propia batería, llegaron Órdenes de que a la
mañana siguiente había que volver a abrir fuego sobre una granja
que se hallaba detrás del frente alemán [...] Mandamos a uno para
que se lo dijera a los alemanes, y a las once en punto de la mañana
siguiente disparé una docena de andanadas contra la casa de la gran-
ja, donde, por supuesto, no había nadie. Pero eso rompió la tregua”.

En 1915, las autoridades de ambos lados dieron órdenes de evitar


toda confraternización en Navidad, no obstante lo cual hubo algunas
treguas locales, incluidos por lo menos un partido de fútbol y una reu-
nión en terreno neutral, donde los capellanes de ambos lados entona-
ron oraciones. Los franceses cantaron villancicos alemanes y viceversa.
En un encuentro en terreno neutral, los alemanes dijeron que tenían que
disparar, pero que dispararían alto, y así lo hicieron. Intervinieron las
autoridades para poner fin a los contactos y el general en jefe Cavan re-
dactó un memorándum en el que deploraba uno de los episodios:
«Grandes cantidades de alemanes desarmados fueron los primeros en
presentarse, pero esto no es excusa y lamento el incidente más de lo
que soy capaz de expresar». La desaprobación oficial nunca extinguió
por completo los contactos: en 1916 hubo treguas de Navidad en
Loos, y en 1917 en Oppy.
No sólo en Navidad descubrieron las autoridades expresiones de
confraternidad que trataron de eliminar. En 1916, en Givenchy, un
oficial alemán y alrededor de veinte hombres salieron de su trinchera,
algunos de ellos gritando cosas tales como «Buenos días, Tommy, ¿tre-
nes bizcochos?», e invitando a las tropas británicas a unírseles. Los dos
oficiales británicos allí presentes ordenaron no dispararles. Se inter-
cambiaron comentarios a gritos y ambos lados regresaron a sus líneas
respectivas. Cuando oficiales de mayor graduación se enteraron del
incidente, mandaron arrestar a aquellos dos por no haber disparado
contra el enemigo. Los oficiales marcharon arrestados a la batalla del
Somme”.
Algunos de los oficiales más reflexivos meditaron sobre las implica-
ciones de todo esto. Las que siguen son palabras del coronel W. N. N1-
cholson:

21 Macdonald, 1914-1918, pág. 52.


2 Ibíd., págs. 116-117.
23 Blunden, Undertones of War, págs. 81-82.

227
un comentario sobre la guerra moderna es que los comandantes han
de temer que los soldados de ambos lados se hagan amigos. Nues-
tros soldados no tienen ninguna disputa con «Fritz», salvo durante
el calor de la batalla o en represalia por algún golpe bajo. Si todos los
ejércitos confraternizaran, los políticos de uno y otro lado se verían
en la enojosa situación de tener que resolver sus problemas. Sin em-
bargo, es posible que, de haberse producido una tregua de quince
días en todo el frente de trincheras en algún momento con posterio-
ridad a la batalla del Somme, la guerra se habría acabado. En ese
caso, ¿qué habría dicho mamá?”,

Las autoridades odiaban el principio de vivir y dejar vivir e institu-


yeron un sistema de «ataques por sorpresa» con la intención de matar
o capturar soldados enemigos en sus trincheras. Estas incursiones no
dejaban lugar a la cooperación tácita ni a la simulación. Edmund Blun-
den dejó escrito que «tal vez la expresión “ataque por sopresa” se pu-
diera definir como la única de todo el vocabulario de la guerra que pro-
vocó de modo casi instantáneo un profundo malestar en lo más inter-
no de los simples mortales». Describe una orden al coronel Grisewood
según la cual se debía atacar una plaza muy fortificada, a oscuras y sin
preparación. Grisewood se negó y «otro batallón se vio forzado a per-
der las vidas que se cobraron la ignorancia y la arrogancia». Después de
otro de estos ataques por sorpresa, un general preguntó a un centinela
qué pensaba del ataque. El centinela contestó: «Una carnicería»?.
Los que dirigían la guerra mantenían a sus tropas en la trampa median-
te la aplicación de penas terribles. Por negarse a luchar se corría el riesgo de
ser condenado a pena de muerte. Se ejecutó a centenares de soldados, a
menudo acusados de distintas formas de «cobardía» en las que hoy se ve-
rían perturbaciones mentales derivadas de la experiencia de la guerra.
Robert Graves cuenta que fue designado como miembro de un tri-
bunal castrense para juzgar a un sargento irlandés acusado de «haber
arrojado vergonzosamente el arma en presencia del enemigo». Enlo-
quecido por un bombardeo muy intenso, había arrojado su fusil y ha-
bía huido con el resto de su pelotón. Graves tenía conocimiento de la
orden secreta que indicaba la muerte como castigo preceptivo para la
cobardía, sin tener en cuenta excusas médicas. «Si me negaba, me so-
meterían a mí también a un tribunal de guerra, y un tribunal reconsti-
tuido condenaría de cualquier modo al sargento a la pena de muerte.
Sin embargo, no podía firmar semejante veredicto por un delito que

*% Macdonald, 1914-1918, pág. 118.


2 Blunden, Undertones of War, págs. 44, 62.

228
yo mismo habría podido cometer en circunstancias similares». Graves
consiguió evadir el dilema cuando otro oficial se manifestó dispuesto a
ocupar su lugar. Tuvo suerte. En general, las autoridades no sólo tenían en
la trampa a quienes daban muestra de «cobardía», sino también a quienes
tenían que participar en su juicio de guerra y en su ejecución. Y por ad-
mirable que fuera la repulsión de Robert Graves, el sargento irlandés no
escapó de la muerte que las autoridades habían dispuesto para él.

LA TRAMPA MÁS AMPLIA

La confraternización y la política de vivir y dejar vivir surgió en parte


del sentimiento y en parte de la cooperación racional para reducir
los horrores del quedar atrapado. Pero estos esfuerzos no pudieron aca-
bar con la guerra ni detener las batallas o los ataques por sorpresa.
Tal vez, como pensaba el coronel Nicholson, una tregua de dos se-
manas en todo el frente hubiera puesto fin a la guerra. Y si la tregua se
hubiera combinado con una extensa inundación y las tropas de ambos
lados hubieran comenzado a rescatarse mutuamente, más probable
aún habría sido la paz; pero tal como las cosas ocurrieron realmente,
las autoridades de ambos lados lograron imponer su tácita cooperación
contra cualquier irrupción de la paz.
Tal vez pareciera tener mejores perspectivas la posibilidad de que la
opinión pública se volviera contra la guerra. Por cierto, algunos de los
que regresaban de las trincheras heridos o con permiso trataron de ins-
truir a la gente sobre la realidad de la guerra. La propaganda había crea-
do un clima bélico en el que se honraba como héroes a los soldados
que regresaban, pero no se les escuchaba. En Sin novedad en elfrente,
Erich Maria Remarque describió la tensión que encerraba el regreso a
Alemania con permiso. Los intentos de explicar cómo era el frente no
hacían en absoluto mella en la confianza de los civiles patriotas en que
las cosas eran de verdad completamente distintas. Su antiguo director
de instituto le dio una clase de estrategia y desechó las ideas de Remar-
que según las cuales la guerra era algo muy distinto de lo que la gente
creía. El padre de Remarque preguntaba por el frente: «Tiene un, tipo
de curiosidad que encuentro estúpida y deprimente; ya no puedo te-
ner contacto con él [...] Me siento como si no perteneciera más a este
mundo, es un mundo extraño»”. Lo mismo ocurría en el lado de los alta-

26 Graves, Goodbye to All That, pág. 198. [Trad. esp. cit.]


27 Remarque, AU Quiet on the Western Front, págs. 110-112. [Trad. esp. cit.]

UZY
dos. Robert Graves describió el extraño ambiente que encontró en 1916
después de ser herido: «Para nosotros, los soldados que regresábamos,
Inglaterra era rara. No podíamos entender la locura de guerra que lo
inundaba todo en busca de una salida seudomilitar. Los civiles habla-
ban un lenguaje ajeno; era el lenguaje de la prensa. Toda conversación
seria con mis padres era para mí casi imposible»*. Los guardianes exte-
riores de la trampa eran civiles de ambos lados que creían en lo que
leían en los diarios.

2% Graves, Goodbye to All That, pág. 188.

230
CAPÍTULO 20

El frente interno

No es verdad que el público no supiera lo que sucedía.


Todos veían a padres que abrían sus puertas a aquellos ataú-
des de zinc o que tenían en su casa a hijos que habían regre-
sado quebrados e inválidos. De esto no se hablaba en la radio
ni en la televisión, por supuesto, ni en los periódicos [...] pero
todos podían verlo con toda naturalidad [...] ¿Qué clase de
gente somos y qué derecho tenemos a indicar a nuestros hi
jos lo que tendrían que haber hecho allá? ¿Cómo podemos
nosotros, que nos quedamos en casa, proclamar que tenemos
las manos más limpias que ellos? [...] Ni las aldeas ametralla-
das y abandonadas, ni la tierra arruinada pesan sobre su con-
ciencia, sino sobre la nuestra. Fuimos nosotros los verdaderos
asesinos, no ellos. Y hemos asesinado tanto a nuestros hijos
como a los de los otros.

A. GOLUBNICHAYA, sobre la guerra de la URSS en Af


ganistán, en Svetlana Alexievich, Zinky Boys

Immanuel Kant dijo que la guerra estalla fácilmente en los Estados


gobernados por un monarca absoluto. Este tipo de gobernante no tie-
ne nada que perder en una guerra, sino que continúa disfrutando de
los placeres de la mesa o del deporte: «Por tanto, puede decidir en ma-
teria de guerra con las razones más triviales, como si se tratara de una
fiesta de placer.» Según Kant, la paz es más probable si quienes tienen
que consentir la guerra son los mismos que tienen que padecer sus mi-

231
serias!. Las guerras de los dictadores del siglo xx abonan el sombrío jut-
cio de Kant sobre el poder absoluto, pero tal vez el filósofo haya sido
demasiado optimista en cuanto a los resultados del gobierno por
acuerdo. No previó cómo se puede manipular a la gente, cómo se la
puede arrastrar a trampas intelectuales y emocionales.
El estar atrapado puede ser un asunto complejo y a veces recípro-
co. Soldados como Erich Maria Remarque y Robert Graves pueden es-
tar atrapados en una guerra porque ésta es apoyada por el público «in-
terno». Ese público puede ser víctima de la ignorancia y de la desinfor-
mación difundida por sus líderes y por los medios de comunicación.
Los periodistas pueden encontrar dificultades para contar toda la ver-
dad y pueden sentirse atrapados a su vez, sobre todo por las autorida-
des, pero también por la manera en que las nuevas organizaciones res-
ponden al estado de ánimo público. A veces, hasta el propio gobierno
puede sentirse atrapado por lo que la gente espera.
El talante bélico es importante. Las intensas emociones de la guerra
se vuelcan en el mundo civil. La previsión de una guerra puede ex-
citar incluso a quienes se oponen a ella: «Estoy preocupado por mí.
Me opongo firmemente a la Guerra del Golfo y sin embargo me sor-
prendo entusiasmado por la perspectiva. ¿Estoy enfermo, o hay miles
como yo? ¿Qué podemos hacer?»?. Winston Churchill observó senti-
mientos semejantes en sí mismo en los albores de la Primera Guerra
Mundial. Escribió a su mujer: «Todo tiende a la catástrofe y al colapso.
Me siento interesado, listo para la acción y feliz. ¿No es horrible estar
hechos de esta manera? Ruego a Dios que me perdone tan tremenda
frivolidad. Sin embargo, haría todo lo posible por la paz, y nada me in-
duciría a cometer el error de descargar el golpe».
Pero la elevada intensidad emocional de los civiles en el momento
del estallido de la guerra puede no ser duradera. Cuando ésta decae, la
guerra se sostiene gracias al cambio de creencias y de actitudes. Esto
produce una trampa intelectual.

RELATOS RIVALES
Las creencias pueden desencadenar guerras. Las cruzadas se libran
para defender o propagar un conjunto de creencias religiosas o políti-

' Immanuel Kant, Perpetual Peace, trad. Campbell Smith, Londres, 1903, págs. 120-128.
[Trad. esp.: La paz perpetua, Madrid, Tecnos, 1989.]
2 Carta del profesor Peter Goodhew, Independent, 17 de enero de 1991.
* Carta del 28 de julio de 1914, citada en Michael y Eleanor Brock (comps.), A. H.
Asquith: Letters to Venetia Stanley, Oxford, 1982, pág. 130.

232
cas, pero son raras las auténticas cruzadas. En general es la guerra la que
acuña la creencia en la gran causa, no al contrario. La guerra da forma
a creencias conflictivas sobre quién fue el auténtico agresor y cuál de
los dos bandos está cometiendo atrocidades sin nombre. Estos relatos
refuerzan el conflicto.
En general, los relatos rivales tienen poco en común. En Occidente ge-
neralmente se considera el ataque japonés a Pearl Harbor como un ejem-
plo clásico de agresión no provocada, pero el relato japonés de la época lo
explicaba como la respuesta al bloqueo militar y económico de norteame-
ricanos, británicos, chinos y holandeses. En 1943, la Comisión de Investi-
gación de Guerra para la Gran Asia Oriental informó que «los arrogantes
anglosajones, siempre movidos por la avidez de asegurar la hegemonía
mundial de acuerdo con el principio de la primacía del hombre blanco»,
trataron de «sofocar a los nipones hasta la muerte». El bloqueo significaba
que los «únicos caminos que les quedaban abiertos eran el suicidio o la
aniquilación. Los japoneses eligieron levantarse para defenderse”.
El relato está respaldado a menudo por analogías históricas. Nevi-
lle Chamberlain pecó de ingenuidad cuando selló el acuerdo de Mu-
nich con Hitler, pero la lección de Munich se aplicó con excesiva am-
plitud y con excesiva crueldad. Hay países que fueron a la guerra en
parte porque Nasser o Saddam Hussein son «otros Hitler», sin prestar
a este pensamiento la debida atención crítica. Una vez desatada la
guerra, los relatos aumentan progresivamente su carga emocional y las
creencias se vuelven cada vez más extremas.
En la práctica, toda la información en la que se basan los relatos de
guerra con una gran carga emocional proviene de las informaciones
periodísticas: en 1914, de los diarios; en la actualidad, sobre todo, de
la televisión. Desde 1914 ha crecido nuestra conciencia de lo fragmen-
taria y poco fiable que es esta información.

LA CENSURA DE LA INFORMACIÓN

En tiempos de guerra, los gobiernos tienen más de un motivo para


ocultar la verdad. Por supuesto, hay auténticas razones militares. La in-
“formación que ofrecen los periodistas acerca de una guerra está censu-
rada para evitar que ayude al enemigo, pero esto se extiende también a
otros tipos de censura.

4 John W. Dower, War Without Mercy: Race and Power in the Pacific War, Nueva York,
1986, págs. 59-60.

233
Ya sea por temor a desalentar a los aliados o a estimular la moral
del enemigo, lo cierto es que los gobiernos son reacios a admitir que
las cosas no parecen ir bien. En diciembre de 1963 Robert McNamara,
Secretario de Defensa de Estados Unidos, dijo al presidente Johnson
que la Guerra de Vietnam iba mal. Calificó de «muy preocupante» la
situación y dijo que, por las tendencias del momento, lo más probable
era que se desembocase en un Estado controlado por los comunistas.
Pero cuando se dirigió a la prensa, sus palabras fueron: «Hemos revisa-
do los planes de los sudvietnamitas y tenemos plenas razones para cre-
er que triunfarán.» Muchos años después, McNamara explicó que se
trataba «a lo sumo de una exageración», y reflexionó en estos términos
sobre su falta de sinceridad:

Difícilmente un funcionario importante del gobierno hubiera


podido ser más franco en medio de una guerra. No podía dejar de
reconocer el efecto que unas observaciones desalentadoras podían
ejercer tanto en aquellos a los que nos esforzábamos en defender
(los sudvietnamitas) como en aquellos a los que tratábamos de ven-
cer (el Vietcong y los norvietnamitas). Se trata de un dilema ético y
moral profundo, duradero y universal: ¿cómo, en tiempos de guerra
y de crisis, pueden los funcionarios importantes del gobierno ser
completamente sinceros con su pueblo sin que ello ayude y anime
al enemigo”.

Esta «exageración» contribuyó a la falta de un debate propiamente


dicho, lo cual, en las primeras fases, facilitó el deslizamiento hacia el
desastre norteamericano en Vietnam.
Los gobiernos también quieren mantener a su público comprome-
tido con la guerra. En Gran Bretaña, durante la Primera Guerra Mun-
dial, ése fue el papel principal del Ministerio de Información, creado
poco antes. Así se aceptaba en un documento de 1918 sobre la función
de este ministerio: «La propaganda tiene como tarea crear y orientar la
opinión pública. En otras guerras, este trabajo no había correspondido
al gobierno.» Pero «en una lucha que ya no era de ejércitos, sino de na-
ciones, y que tendía a afectar a toda la población del globo, era impo-
sible mantener ese distanciamiento».

E Robert S. McNamara, con Brian Vandemark, ln Retrospect: the Tragedy and Lessons
of Vieinam, Nueva York, 1995. i
* The Organization and Function ofthe Ministry ofInformation, cd 9161, 1918, citado en
Cate Haste, Keep the Home Fires Burning: Propaganda in the First World War, Londres
1977, pág. 21:

234
A veces los líderes saben que un público informado consideraría
demasiado elevado el coste humano de una guerra, de modo que los
hechos son cuidadosamente filtrados. En 1917, el primer ministro bri-
tánico, David Lloyd George, asistió a una comida en la que el periodis-
ta Philip Gibbs, que había vuelto de la guerra, describió el frente occi-
dental. Más tarde, Lloyd George comentó: «Hasta un público de polí-
ticos y periodistas endurecidos se sintió enormemente afectado. Si la
gente supiera realmente, la guerra se interrumpiría mañana mismo.
Pero, naturalmente, no sabe y no puede saber [...] Es algo demasiado
horrible como para que la naturaleza humana pueda soportarlo y ten-
go la sensación de no poder continuar con este maldito trabajo: de
buena gana dimitiría”.

LA DENUNCIA: RONALD RIDENHOUR

No sólo los gobiernos eliminan información. Para algunos milita-


res, su trabajo profesional sólo puede llevarse a cabo si se mantiene al
público al margen de la realidad. Un coronel escribió sobre Vietnam:
«Los militares sabíamos más, pero por temor a reforzar el antimilitaris-
mo básico del pueblo norteamericano, tendíamos a guardarnos ese co-
nocimiento para nosotros y a quitar importancia a la realidad del cam-
po de batalla»*.
Los soldados que regresaban de la guerra se autocensuraban. Puede
que no quisieran conmover y horrorizar a los inocentes. Un soldado
soviético que había regresado de Afganistán dijo: «Nos invitan a hablar
en escuelas, pero ¿qué podemos decir? No lo que es en realidad la
guerra, sin duda [...] No puedo hablar a los escolares de colecciones de
orejas desecadas y otros trofeos de guerra, ¿verdad?»”. Esta delicadeza a
la hora de hablar de los horrores de la guerra permite que la gente le
preste más cómodamente su apoyo.
Algunos están dispuestos a denunciar. Ronald Ridenhour no estu-
vo en My Lai, pero había peleado junto a varios soldados que sí estu-
vieron allí. Cuando se enteró de la masacre, pensó que, si no la denun-
ciaba, se le asimilaría a quienes habían participado en ella. Escribió un

7 Phillip Knightley, The First Casualty, Londres, 1975, pág. 109.


8 Coronel Harry G. Summers Jr., citado en Michael Bilton y Kevin Sim, Four Hours
in My Lai, Nueva York, 1992, pág. 11.
2 Svetlana Alexievich, Zinky Boys: Soviet Voices from a Forgotten War, trad. Julie y Ro-
bin Whitby, Londres, 1992, pág. 18.

235
informe y lo envió a su representante en el Congreso, al presidente Ni-
xon y a otros dirigentes políticos. La Casa Blanca hizo caso omiso de
la carta, pero el representante de Ridenhour en el Congreso, Mo Udall,
impulsó una investigación.
Ronald Ridenhour creía que se debía llevar ante la justicia a todos
los que habían cometido la masacre, pero también advirtió que la res-
ponsabilidad no era exclusivamente de ellos:

Éramos niños, dieciocho, diecinueve años [...] He aquí estos


muchachos que fueron allí y en un momento, en un momento,
cumpliendo órdenes, en un contexto para el que habían sido entre-
nados, preparados para cumplir órdenes [...] Una minoría muy redu-
cida se resistió de alguna manera. Pero no deberíamos, nuestra socie-
dad no debería estar organizada de tal manera que sólo una minoría
muy reducida se comporte con arreglo a la moral.

Advirtió que los, responsables que crearon las misiones de «buscar


y destruir» y las «zonas de fuego libre» tuvieron que prever que con
ello se mataría a muchos civiles: «A esta gente habría que enjuiciarla»!0,
La denuncia sólo logró a medias lo que perseguía. Se condenó al
teniente Calley, pero no se atendió en absoluto a las referencias a los
responsables de tal política. La respuesta del presidente Nixon a la de-
nuncia fue la de sugerir una investigación secreta de Ronald Riden-
hour y señalar el nombre del teniente Calley para un indulto. Es posi-
ble que, al menos en parte, esto se debiera a consideraciones relativas
a la opinión pública.

LA INFORMACIÓN: EL PÚBLICO COMO PARTE DE LA TRAMPA

La censura no es lo único que disuade a los periodistas de informar


acerca de la plena realidad de la guerra. También pueden caer en la
trampa de sus propias defensas psicológicas. Victoria Brittain informa-
ba sobre Vietnam para The Times. Más tarde, otro periodista le pregun-
tó por qué había escrito lo que le habían dicho y no lo que sabía. Vic-
toria Brittain aceptó que debía haber dado menos espacio a la informa-
ción oficial y más a los horrores humanos de la guerra y reflexionó en
estos términos sobre por qué no lo había hecho:

10 Bilton y Sim, Four Hours in My Lai, págs. 20, 362, 375.

236
La visita a los orfanatos y campos de refugiados era una desgra-
ciada manera de pasar el día: los niños se aferraban como sanguijue-
las a cualquiera que pasaba y exigían un momento fugaz de atención
o de afecto; y las mujeres desarraigadas de su aldea por los bombar-
deros norteamericanos B-52 que habían matado a sus vecinos, pa-
rientes y, lo peor de todo, a sus hijos, repetían una y otra vez sus re-
latos. Todo eso te aturdía. Para proteger tu salud, desconectabas!”.

Después de todo, los informadores podrían ser cautivos de la tram-


pa de lo que la gente está dispuesta aceptar. Los buenos periodistas sa-
ben cómo hablar a su público. Saben que la gente acepta más fá-
cilmente lo que encaja mejor con sus expectativas. Kate Adie, que
en 1993 informaba para la BBC Television sobre la guerra en Yugosla-
via, sintió esta presión: «En su casa, a los espectadores les gusta identi-
ficarse con un bando. ¿Dónde están los buenos? ¿Quiénes son los ma-
los? Y cuando tratas de informar de un sitio como Yugoslavia, donde
todos son responsables de algo, donde nadie es totalmente bueno y na-
die totalmente malo, quedas siempre mal con los espectadores»??.
La gente comprometida con la guerra no quiere enterarse de cosas
que cuestionarían su justificación, sus éxitos o sus métodos. Los periód:-
cos tal vez mientan porque no se atreven a decir lo que la gente no quie-
re oír. A veces, durante la Primera Guerra Mundial, los propietarios bri-
tánicos de periódicos vieron esto con toda claridad. Lord Rothermere
dijo a J. L. Garvin, «Usted y yo, Garvin, no somos como esos jóvenes te-
nientes que no le temen a nada. Nosotros contamos mentiras, nosotros
sabemos que contamos mentiras, nosotros no nos atrevemos a decir al
público la verdad, que estamos perdiendo más oficiales que los alemanes
y que no podremos alcanzar nuestro objetivo en el Frente Occidental»””.
Los que dicen cosas de las que la gente no quiere enterarse corren
el riesgo de ser estigmatizados como simpatizantes del enemigo. En la
Guerra de Vietnam, Harrison Salisbury, del New York Times, informó ri-
gurosamente desde Hanoi de que se estaba atacando blancos civiles. El
Pentágono lo llamó «Ho Chi Salisbury del Hanoi Times» y el Washing-
ton Post dijo que era la nueva arma de Ho Chi Minh. William Randolph
Hearst Jr. relacionó sus informes con las transmisiones radiofónicas de
Lord Haw Haw y otros traidores en la Segunda Guerra Mundial'*.

11 Guardian, 7 de febrero de 1991.


12 Ibíd., 18 de enero de 1993.
13 Haste, Keep ¡he Home Fires Burning, pág. 68.
14 Knightley, The First Casualty, pág. 416.

237
También hay otras preocupaciones por el público que empalide-
cen la realidad de la guerra. Hay fotografías que sencillamente parecen
demasiado horribles como para mostrarlas. Entre las imágenes de
Camboya desechadas por la Associated Press había una de un soldado
que sonreía mientras comía el hígado de un jemer rojo al que él mis-
mo había dado muerte, una en la que aparecían cadáveres decapitados
a los que se arrastraba de un sitio a otro y otra de una cabeza humana
a la que se hundía por los pelos en agua hirviendo!”. Para muchos de
nosotros, el estar protegidos de esas imágenes es un alivio, pero cuan-
do damos nuestro apoyo a una guerra nos falta la plena comprensión
de a qué nos estamos adhiriendo.
Al informar para la BBC Television sobre las matanzas en Bosnia,
Martin Bell estaba subordinado a las pautas de «buen gusto» para los pro-
gramas destinados a la familia antes de las nueve de la noche. Se elimina-
ban los cadáveres y la sangre, lo mismo que todo lo que pudiera irritar a
los espectadores. Una vez envió una película sobre la lucha entre musul-
manes y croatas. Había escenas extraordinariamente hermosas de batalla
en el paisaje cubierto de nieve. Pero la copia de prueba mostraba también
los costes del combate: los cuerpos amontonados de croatas capturados a
los que habían torturado y asesinado, y tras ellos imágenes de sus dolien-
tes madres y viudas. Las pautas de buen gusto sirvieron para eliminar
todo eso. Lo que se dejó en el reportaje eran «imágenes aparentemente
heroicas de rostros camuflados disparando continuamente contra las rui-
nas». E «incluso las ruinas parecían pintorescas, iluminadas por el sol de
esa época del año sobre el fondo nevado. Tenía tanto que ver con la rea-
lidad como una película de acción de Hollywood».
Al escribir más tarde (con su «inquebrantable lealtad a la BBC» y
orgulloso de trabajar para ella, «una fuerza en pro de la verdad y la li-
bertad en el mundo»), Martin Bell se ocupó de ese reportaje:

En nuestra ansiedad por no ofender ni irritar a la gente, no sólo


saneamos la guerra, sino que incluso la petrificamos, comio si fuese
una manera aceptable de zanjar disputas y sus víctimas nunca san-
graran hasta morir, sino que expiraran graciosamente al margen de
nuestra mirada. Pero la guerra es real y es terrible. La guerra es una
cuestión de mal gusto!*.

% James Fenton, 41 the Wrong Places: Adrifi in the Politics of Asia, Londres, 1988,
«pág. 21.
'5 Martin Bell, ln Harm's Way: Refletions on a War Zone Thug, Londres, 1995, pági-
nas 214-215.

238
MANIPULACIÓN DE NOTICIAS:
EL CASO DE LA GUERRA DEL GOLFO

Las autoridades no siempre se limitan a la censura de tipo «filtro».


Pueden llegar a crear una versión de la guerra que poco o nada tenga
que ver con los hechos. Un ejemplo es la Guerra del Golfo.
Era evidente la utilización de la televisión que hacía Saddam Hus-
sein. Parte de su estrategia consistía en confiar en la reacción norteame-
ricana contra lo que él preveía que serían las graves bajas en Bagda«.
Concedió a la CNN una conexión especial protegida con el mundo
exterior y permitió la permanencia de los corresponsales de la CNN
cuando ya se había expulsado a otros. Utilizó incluso la televisión para
modalidades más crudas de propaganda. Entre los retenidos en Irak en
calidad de rehenes había niños, a algunos de los cuales se hizo aparecer
en televisión con Saddam, de modo que éste pudiera hablarles de lo
bien que se les estaba tratando. Y, en contra de la Convención de Gine-
bra, se mostró a pilotos capturados originarios de países de la coalición.
A algunos se les golpeó brutalmente. Enunciaron, obviamente bajo coer-
ción, juicios en los que calificaban de criminal la guerra con Irak.
Saddam gobernó con la sangre y el terror. Hubo juicios semejantes a
los del estalinismo, seguidos de ejecuciones. Se alentaba a los niños a que
informaran acerca de sus padres y se hacía participar a los hombres en la
ejecución de sus hijos y sus hermanos. La gente estaba demasiado aterro-
rizada como para expresar cualquier crítica contra Saddam. Todos los pe-
riódicos tenían todos los días una fotografía de Saddam Hussein en pri-
mera plana y el gobernante era siempre lo primero a lo que se referían los
telediarios. Salía a la calle para encontrarse con la gente y preguntar a
quién tenía que agradecer su prosperidad. Las respuestas del público, pre-
visiblemente hipócritas, ocupaban gran parte de los telediarios”.
También en el otro bando se manipularon las noticias. Un ejemplo
procede de Kuwait. Dos mujeres dijeron en una sesión del Congreso
de Washington que las tropas iraquíes habían cogido docenas de n1-
ños, tal vez más de un centenar, de las incubadoras de un hospital y los
habían dejado morir. Una de las mujeres afirmó haber enterrado a cua-
renta bebés recién nacidos a los que se había asesinado de esa manera.
Se volvió a presentar el relato —y con mayor elaboración— ante el

17 John Simpson, From the House of War, Londres, 1991, págs. 17-36, 89-94.

239
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el presidente Bush lo
utilizó como argumento para justificar la guerra. =
Luego se descubrió que cinco de las siete «testigos» que intervinie-
ron en la presentación ante las Naciones Unidas habían empleado
nombres falsos sin indicarlo. Una era la hija del embajador kuwaití en
Washington. Las mujeres habían prestado testimonio por indicación
de Hill % Knowlton, empresa de relaciones públicas que cobró diez
millones de dólares por presentar el caso kuwaití. Después de la guerra,
los médicos del hospital desmintieron las alegaciones de los supues-
tos testigos. Dado que en Kuwait los iraquíes cometían muchas atro-
cidades, es extraño que a alguien se le ocurriera que hacía falta urdir se-
mejante patraña. Se la aceptó con perturbadora facilidad y sólo se la
dio a conocer una vez que había cumplido su función.
Se sostenía de manera muy generalizada, aunque tal vez incorrec-
ta, que el apoyo a la Guerra de Vietnam se había visto socavado en Es-
tados Unidos por la cobertura televisiva de los horrores. Los que diri-
gían la Guerra del Golfo no se arriesgaron en absoluto. El New York Ti-
mes describió cómo la manipulación de las noticias comenzó con «una
decisión de los funcionarios más encumbrados del gobierno, incluido
el presidente Bush, de administrar el flujo de información de tal mane-
ra que apoyara las metas políticas de la operación y evitara los errores
que se habían detectado en el caso de Vietnam»””.
En televisión, los ataques aéreos sobre objetivos iraquíes se presen-
taban como juegos de ordenador. Se elogiaban las «bombas inteligen-
tes» guiadas por radar y láser, lo que les daba una extraordinaria preci-
sión en el ataque contra objetivos militares, evitando sus inmediacio-
nes civiles. Después de la guerra, el portavoz de la Fuerza Aérea de
Estados Unidos dijo que las bombas inteligentes sumaban menos del
nueve por ciento del total de las bombas que se había lanzado sobre
Irak. El resto se lanzó desde bombarderos anticuados, con una tasa de
precisión de alrededor del veinticinco por ciento?,
Los que se preocupaban por «administrar el flujo de información»
esperaban que no llegasen de Bagdad informaciones demasiado deta-
lladas. Se instó a los corresponsales a que se marcharan y se apartó a los
que trabajaban en los periódicos norteamericanos más importantes. El

' John R. Macarthur, Second Front: Censorship and Propaganda in the Gulf War, Berke-
ley y Los Ángeles, 1993, cap. 2.
= New York Times, mayo de 1991, citado 1bíd., pág. 7.
ce Middle East Watch, Needless Deatbs in he Gulf War: Civilian Casualties During the
Air Campaign and Violations of the Laws of War, Nueva York, 1991, págs. 113-117.

240
presidente Bush telefoneó personalmente a los editores norteamerica-
nos para convencerlos de que llevaran sus equipos a Estados Unidos.
Lo que el público aceptaría era parte de la trampa en la que se encon-
traron cautivos los periodistas. En Gran Bretaña, algunos miembros con-
servadores del Parlamento presionaron al Secretario de Asuntos Exterio-
res para que persuadiera a las organizaciones de radiodifusión de que re-
tiraran sus corresponsales de Bagdad. Uno se refirió a la BBC como la
«Baghdad Broadcasting Corporation». En Estados Unidos, Peter Arnett,
que permanecía en Bagdad como reportero de la CNN, fue sometido a
ataques similares a los que había padecido Harrison Salisbury en Hano1.
También a Arnett se le comparó con Lord Haw Haw por una de las crí-
ticas que hizo y fue atacado por el general Schwarzkopf por difundir in-
formación acerca de edificios civiles bombardeados”.
Estos ataques se intensificaron cuando la noticia que había de
transmitirse era la destrucción, por parte de un misil norteamericano,
de un refugio antiaéreo en Al Amiriya, en Bagdad. Dos o tres centena-
res de civiles, incluso muchas mujeres y niños, murieron quemados.
Las escenas que se veían en televisión mostraban lo que a veces hay en
realidad detrás de las simulaciones de los juegos de ordenador. Algu-
nos habrían preferido que esas noticias se suprimieran. Tanto la CNN,
en Estados Unidos, como la BBC y la ITNY, en Gran Bretaña, recibie-
ron llamadas telefónicas de protesta.
La masacre de tropas iraquíes en retirada en Mutla Ridge también
planteó ciertas cuestiones acerca de la información de la realidad de la
guerra, que era mal acogida. En Gran Bretaña se produjo un cierto de-
bate cuando el Observer publicó la fotografía realizada por Kenneth Je-
resky de la cabeza de un soldado iraquí. El hombre tenía quemado el
pelo, los ojos fuera de las órbitas y carbonizadas la nariz y la boca. El
aspecto de la cara oscilaba entre el de un rostro y el de un cráneo. A al-
gunos les pareció que eso era llevar demasiado lejos el horror. Ningún
periódico norteamericano habría cogido la imagen.
Otros creían que era importante mostrar la realidad de la guerra.
Alex Thomson, reportero de guerra para Channel Four News, opinó lo
siguiente: «Lo que sucedió en Mutla Ridge no fue un tranquilo en-
tierro militar de personas tendidas bajo mantas y con sus fusiles atrave-
sados sobre el pecho, sino de gente hecha jirones que había muerto que-

21 Alex Thomson, Smokescreen: The Media, the Censors, the Gulf, Tunbridge Wells,
1992, págs. 215-221.
2 Ibíd., págs. 235-238.

241
mada cuando trataba de salvarse»?. Se decía que las imágenes televisi-
vas de la masacre influyeron en la decisión del presidente Bush de po-
ner fin a la guerra antes de que el placer público por la victoria se tro-
case en repulsión”,
Durante la guerra, la censura fue utilizada para mantener apartado
de la ansiedad o de las malas noticias al público interno. A los fotógra-
fos no se les permitía mostrar los muertos de la coalición”. Stephen
Sackur, que cubría la información sobre la guerra de la BBC Radio,
preguntaba cuántos de los diecisiete militares británicos muertos du-
rante la ofensiva terrestre, habían muerto a causa del fuego iraquí. Se
le había dicho que era imposible hacer públicos los detalles de las ba-
jas”. Un brigadier aleccionaba a la tropa acerca de una esperada bata-
lla con tanques. Dijo que oirían los gritos de sus amigos que agoniza-
ban horriblemente quemados. Nunca olvidarían la experiencia y ten-
drían pesadillas para el resto de su vida. Simon Clifford, reportero para
periódicos provinciales de Gran Bretaña, reprodujo la alocución del
brigadier, pero estos fragmentos fueron tachados por los censores de la
Unidad de Transmisión Avanzada”.
Los informadores que estaban con las fuerzas de coalición fueron
sometidos a un sistema según el cual se les prestaba ayuda oficial y de-
bían compartir entre ellos la información (el sistema de «consorcio»).
La vida se hacía difícil para los que no se adherían. A uno de ellos, Ro-
bert Fisk, del Independent, se le dijo: «No tiene permiso para hablar con
los marines norteamericanos y ellos no tienen permiso para hablar con
usted.» Los reporteros de la televisión francesa se jugaron la vida para
filmar la lucha en Jafji. No violaron las pautas de seguridad, pero se les
confiscó la película: no estaban en el consorcio.
Se suponía que los que se adhirieron al consorcio irían siempre es-
coltados. Los miembros del consorcio estaban sometidos a severas res-
tricciones para dirigirse a los soldados. En las fuerzas norteamericanas
había siempre un oficial de asuntos públicos (OAP). Gary Matsumoto,
reportero de la NBC, observó el efecto de su OAP sobre los soldados
entrevistados. El oficial los miraba fijamente a los ojos, «extendía la
mano con una grabadora y la ponía en funcionamiento ante la cara mis-
ma de los soldados. Evidente intimidación [...] que se ponía claramente

23 Ibíd., pág. 260.


Simpson, From the House ofWar, pág. 350.
Charles Glass, Stains ofWar, BBC 2, 6 de noviembe de 1992.
26
Stephen Sackur, On the Basra Road. Londres, 1991, pág. 18.
27 Thomson, Smokescreen, pág. 25.

242
de manifiesto en las reacciones de los soldados. Después de cada entre-
vista, el soldado lanzaba un profundo suspiro y se volvía al OAP para
preguntar: “¿Conservaré mi empleo?”»,
Stanley Cloud, jefe de la oficina de Time en Wahsington, dijo más
tarde: «Fue la pertenencia a ese consorcio lo que dio al Pentágono la
llave para controlar todo lo que hacíamos en la Guerra del Golfo.»
Y dijo también:

Idearon una manera de controlar todos los aspectos de nuestra


cobertura. A tal extremo nos restringieron el acceso, que no podía-
mos realizar nuestro reportaje por nuestra cuenta. Nos alimentaban
con una dieta fija de conferencias de prensa en las que ellos decidían
cuáles debían ser las noticias. Y si, después de todo, conseguíamos
de alguna manera informar sobre algo que no les gustaba, nos cen-
suraban la información [...] Eso equivalía a incorporar la prensa al
ejército”.

Stephen Sackur recuerda que un coronel anunció al consorcio del


ejército británico que ya había comenzado la ofensiva terrestre, pero
que durante un tiempo no se le permitiría informar sobre ella: «Si yo
estuviera en su lugar, me iría a dormir»,
Algunos miembros del consorcio sintieron esa presión para que se
identificaran con su unidad como una amenaza a su identidad de re-
porteros objetivos. Deborah Amos, de la National Public Radio, reali-
zó el siguiente comentario: «Me dijeron cosas tales como que desea-
ban que fuera por lo menos dos semanas antes de que comenzara la
guerra por tierra, porque querían que me sintiera vinculada a mi uni-
dad. Yo no quería vincularme a mi unidad, sino informar sobre ella.»
Los reporteros del consorcio usaban uniforme militar, que, una vez
más, Deborah Amos consideraba una erosión de su identidad inde-
pendiente: «Había algo insidioso en el hecho de que vistiéramos sus
ropas, cosa que no dejé de repetir una y otra vez. Cuando te metes en
su ropa te resulta más difícil recordar quién eres».
Desde fuera, Robert Fisk describió la relación «casi fatalmente ne-
bulosa» entre el consorcio y el ejército. A los periodistas del consorcio
les dieron pequeñas banderas norteamericanas, tomadas de la cabina
de los jets que habían bombardeado Bagdad. El coronel que presentó

28 Macarthur, Second Front, pág. 171.


29 Stanley Cloud, citado 1bíd., págs. 9, 155-156.
30 Sackur, On the Basra Road, pág. 19.
31 Deborah Amos, citado en Thomson, Smokescreen, págs. 51, 54.

243
las banderas dijo que también los periodistas eran guerreros. Depen-
dían de los soldados en materia de protección e incluso de informes y
de noticias. «Tan dependientes llegaron a ser los periodistas respecto de
la información que proporcionaban las autoridades militares occiden-
tales en Arabia Saudita, tan enamorados de su tecnología, que los in-
formadores de prensa y de televisión terminaron atrapados»,

TRIBALISMO

La hostilidad tribal puede desarrollarse rápidamente. Sólo un mes


después del estallido de la Primera Guerra Mundial, Robert Bridges, el
poeta oficial, escribía a The Times:

Desde su comienzo, el significado de esta guerra ha cambiado


considerablemente en un aspecto, y espero que nuestro pueblo ad-
vierta que es primordialmente una guerra santa. Es, sin duda, una
guerra entre Cristo y el Diablo [...] Nunca hubo en el mundo nada
que valiera más la pena exterminar y las naciones civilizadas tienen
la sencilla obligación de unirse para devolverlo a sus fronteras y allí
exterminarlo**,

Los acontecimientos que se sucedieron a partir de 1914 nos han


dejado cierta inquietud respecto de la palabra «exterminio». ¿Abogaba
el poeta oficial tan sólo por el exterminio de una abstracción, la agre-
sión alemana? ¿O instaba a exterminar a los soldados que formaban el
ejército alemán? La confusión moral contribuyó al mantenimiento del
apoyo público mientras los ejércitos rivales, presos en la trampa, se ma-
taban recíprocamente.
La misma perturbadora observación encontramos en otra propa-
ganda de la Primera Guerra Mundial. Con ocasión de una campaña
para encerrar a los alemanes que había en Gran Bretaña, se tituló «Lim-
pieza a fondo» a una caricatura que representaba a Gran Bretaña como
un ama de casa con una escoba barriendo montones de pequeñas figu-
ras marcadas como «alemanes». Una señal de carretera indicaba: «A los
campos de concentración.» Mientras barría, la señora Gran Bretaña de-
cía: «Había que hacerlo, de modo que antes o después tenía que ocu-
parme de esto para liberarnos de microbios peligrosos»**,

2 Robert Fisk, «Free of Report What We're Told», Independent, 6 de febrero de 1991.
33 TheTimes, 2 de septiembre de 1914.
34 Haste, Keep the Home Fires Burning, pág. 127.

244
Dentro de la misma campaña, dijo Horatio Bottomley: «Hago un
llamamiento a una vendetía, una vendetta contra todo alemán que haya
en Gran Bretaña, “naturalizado” o no... No se puede “naturalizar” un
aborto contra natura, una monstruosidad infernal. Pero sí se la puede
exterminar.» Instó a que se obligara a los alemanes naturalizados a usar
un distintivo y a que no se les permitiera salir después de la puesta del
sol. Había que excluir de las escuelas a sus hijos. Y además apoyaba
este tratamiento a los alemanes con fantasías que alentaban a despo-
seerlos de toda dignidad protectora. Después de la guerra, «si por ca-
sualidad descubre usted un día en un restaurante que el camarero que
le sirve es alemán, arrójele la sopa a su asquerosa cara; si descubre que
está sentado junto a un oficinista alemán, vuélquele el tintero sobre su
asquerosa cabeza»**.
A pesar de la histeria, hay personas que mantienen viva la dignidad
humana. En New College, Oxford, se exhibieron bajo el encabeza-
miento «Por la Patria» las listas de sus miembros muertos en la guerra.
Tres de los soldados alemanes que murieron en 1914 habían estado en
el College. En 1915, un visitante norteamericano escribió al Morning
Post para expresar su disgusto ante el hecho de que en la lista figuraran
los tres alemanes. Warden Spooner respondió que «los alemanes no
habían cometido ningún acto ignominioso al luchar por su país» y que
uno de ellos había muerto «mientras transportaba a un camarada her1-
do». Spooner sugirió que «mantener un espíritu de odio contra los que
han pasado a otro mundo no nos hace mejores patriotas ni mejores
hombres». (Más tarde, el tutor de Filosofía H. W. B. Joseph convenció
al College de que erigiera un monumento en memoria «de los hom-
bres de este College que, llegados de tierra extraña, se incorporaron a
la herencia de este lugar, y que, tras su regreso, lucharon por sus respec-
tivos países en la Guerra (1914-1918)»*. Pero estas excepciones en el
ambiente de tribalismo eran muy raras.
La Segunda Guerra Mundial distó mucho de ser un mero con-
flicto tribal, pero, sobre todo en la Guerra del Pacífico, las actitudes
en el frente interno fueron enormemente tribales y a veces incluso
racistas.
Del lado japonés, había quienes sostenían la creencia en su supe:
rioridad racial. Un año antes de la guerra, el político Nakajima Chiku-
hei dijo que en el mundo había razas superiores y razas inferiores y que
la raza superior tenía el deber sagrado de iluminar a las inferiores. Pues-

35 Ibíd., págs. 126-127.


36 Keith Butcher, «The German War Memorial», New College Record, 1995.

245
to que los japoneses eran descendientes racialmente puros de los dio-
ses, eran también «la única raza superior del mundo»”.
Cuando llegó la guerra, llegaron también los estereotipos racistas
de los norteamericanos y de los británicos. Un novelista japonés dijo
que «estaba ansioso por golpear hasta hacer pomada a esos norteame-
ricanos bestias e insensibles». Una publicación describía al «bestial»
enemigo como demonios, diablos, malvados, monstruos y como «sal-
vajes peludos y de nariz retorcida». Otro instaba a la exterminación:
«¡Golpead y matad a estos animales que han perdido su naturaleza hu-
mana! Esa es la gran misión que el Cielo ha encomendado a la raza ya-
mato por la paz eterna del mundo!» Otra revista, refiriéndose a los nor-
teamericanos, decía que «cuantos más sean lo que se mande al infier-
no, más limpio estará el mundo»*,
El racismo no era sólo japonés. En Estados Unidos, a los japoneses
los llamaban «vientres amarillos», «bastardos amarillos» o «monos ama-
rillos». El almirante Halsey, de la Armada norteamericana, dijo que es-
taba impaciente por ir a comer más «carne de mono». En Gran Breta-
ña, Sir Alexander Cadogan, Secretario Permanente del Foreign Office,
dejó escrito en su diario que los japoneses eran «monitos bestiales». El
general australiano Sir Thomas Blamey dijo del soldado japonés que es
«una bestia subhumana» y «cruce de ser humano y de simio».
Había formas aún peores de deshumanización. Sir Thomas Blamey
dijo lo siguiente: «tenemos que exterminar a esa peste». El periodista Er
nie Pyle dijo a su vez: «aquí me he dado cuenta enseguida de que a los
Japoneses se les despreciaba como a algo subhumano y repulsivo, más o
menos lo que algunas personas sienten respecto de las cucarachas o los
ratones». Describió a unos prisioneros japoneses: «Luchaban, reían y
charlaban como seres humanos normales. Y sin embargo me daban re-
pugnancia y después de verlos tenía el deseo de darme un baño men-
tal.» Las pegatinas de los coches mostraban ratas con rostros de Japone-
ses. The Nation oponía la muerte viril del soldado norteamericano típico
a la manera en que morían los soldados japoneses, como ratas arrinco-
nadas. Los lanzallamas que se usaban para atacar las posiciones japone-
ses se anunciaban en el New York Times con la imagen de un ataque y la
leyenda: «Limpieza de un nido de ratas».
La lealtad tribal que la guerra evoca puede convertirse en odio tri-
bal. El racismo antijaponés en los países aliados condujo a actitudes

Y Dower, War Without Mercy, pág. 217.


8 Ibíd., págs. 242-249.
9 Ibíd., págs. 53, 71, 78, 84, 85, 90-92, 162.

246
que en otros momentos habrían sorprendido. El comandante de un
submarino norteamericano fue condecorado por una acción en la
que hundió un buque japonés y en la que pasó más de una hora ma-
sacrando a los supervivientes. Un informe de la revista T72me sobre
otra masacre de japoneses que habían sobrevivido en botes salvavi-
das dio lugar a una carta de crítica moral, que se publicó. Muchas de
las respuestas a esa carta afirmaban que las atrocidades japonesas jus-
tificaban la masacre. Un lector replicó que era la «matanza de inútt-
les serpientes de cascabel». Otro había «gozado extraordinariamen-
te» al leer la información acerca de la matanza. Un tercero dijo que
«una buena costumbre norteamericana que me gustaría ver es la de
tener una piel de japonés clavada en las puertas de todas las “letri-
nas” de Estados Unidos»*.
El racismo influyó en las actitudes relativas a la política. El almiran-
te Halsey exigió la «eliminación prácticamente total de los japoneses
como raza». El presidente de la Comisión de Personal de Guerra sugt-
rió «el exterminio de los japoneses en su totalidad». Las encuestas suge-
rían que más del diez por ciento de los norteamericanos apoyaban la
«aniquiliación» o la «exterminación» de los japoneses como pueblo.
Una encuesta de diciembre de 1945 mostraba que más de la quinta
parte de los norteamericanos lamentaba que no se hubieran usado mu-
chas bombas atómicas más antes de que Japón tuviera oportunidad de
rendirse*!,
El racismo mutuo de la Guerra del Pacífico fue un caso extremo.
Pero en la mayoría de las guerras es importante el tribalismo del frente
interno. La propaganda oficial, que alimenta a la gente que a menudo
está demasiado dispuesta a creer, distorsiona su juicio y debilita su ca-
pacidad de crítica. Como descubrieron Erich Maria Remarque y Ro-
bert Graves, la visión que se tiene de la guerra puede tener poca rela-
ción con su realidad. En Alemania, el frente interno era «un mundo ex-
traño», y en Inglaterra «hablaba una lengua extranjera». La versión
oficial de los acontecimientos crea la solidaridad tribal y la disposición
mental a practicarla. En el frente interno el tribalismo y la creencia se
combinan para sostener la trampa de la guerra.

Y Ibíd., págs. 66-67.


4 Ibíd., págs. 53-55.

247
CAPÍTULO 21

La piedra comienza a rodar: 1914

La guerra fue una desgracia sin precedentes para el intelec-


to humano [...] El contraste entre el éxito de las modernas
mentes europeas en el control de casi todas las situaciones en
que los elementos son cuerpos fisicos y las fuerzas, fuerzas fi-
sicas, y su incapacidad para controlar situaciones en que los
elementos son seres humanos y las fuerzas, fuerzas mentales,
dejó una marca indeleble en la memoria de toda persona en
ello involucrada.

R. G. COLLINGWOOD, An Autobiography

Dado que la guerra es causa de tanta muerte y tanta miseria, sólo


se Justificaría si se mostrara que la alternativa provocaría horrores ma-
yores aún. Pero habitualmente el intento de presentar argumentos con-
vincentes sobre esto es fortuito y carece de rigor. Pensemos en otras de-
cisiones de vida o muerte. Cuando una enfermedad terminal se ha
convertido en una pesadilla, es probable que la familia del enfermo y
los médicos dediquen una cuidadosa y a menudo dolorosa reflexión a
la posibilidad de desconectar los aparatos que le mantienen con vida.
La decisión acerca de la vida de una persona se toma muy en serio.
Esto contrasta de modo flagrante con la escasez de reflexión que se de-
dica a cualquier decisión relativa a la guerra.
Esto sucede en parte porque, para la mayoría de la gente, el estallido
de la guerra es una experiencia pasiva. Se produce de la misma manera que
el estallido de un trueno. Sólo un reducido número de gobernantes parti-

248
cipa en las discusiones. Se interrumpen las negociaciones y se lanza un ul-
timátum. Los demás encendemos la televisión y nos encontramos en
guerra. Á menudo, incluso los líderes que toman la decisión se ven atrapa-
dos en una guerra que la mayoría de ellos no desea. Así ocurrió en 1914.

1. EL ESTALLIDO DE CUATRO GUERRAS

El 28 de junio de 1914 era el decimocuarto aniversario de boda del


archiduque Francisco Femando de Austria. Visitaba Sarajevo para pasar
revista a las tropas junto con su mujer. Su asesinato ese día marcó el co-
mienzo de cinco semanas durante las cuales Europa se fue precipitando
hacia la guerra. La falta de reflexión que caracterizó a las decisiones que
se adoptaron durante esas semanas comienza con el asesinato mismo.
El asesinato fue planeado por media docena de escolares. El dispa-
ro lo realizó Gavrilo Princip, admirador de Nietzsche al que le gustaba
recitar pasajes de Ecce Homo. Nacionalista apasionado, esperaba que el
asesinato desencadenara una revolución nacionalista. En 1912 se había
presentado como voluntario para pelear en la Primera Guerra de los
Balcanes, pero lo rechazaron porque era demasiado pequeño. Más tar-
de dijo que en Sarajevo tuvo «poco que ver con la gente. Dondequie-
ra que fuese, la gente me tomaba por un enclenque [...] y yo fingía ser
Wa pen ona débil, lo que en realidad no era». A un psiquiatra que lo
entrevistó le dijo que había querido morir por sus Ideales y que había
«querido vengar la nación. Motivos: venganza y amon”.
La manera en que su grupo llegó a la decisión de cometer el asest-
nato fue descrita por uno de sus miembros, Borijove Jevtic. Debe con-
cederse que no tenían por qué conocer de antemano la importancia
que habría de revestir ese acto. Pero, aun así, son decepcionantes la ca-
lidad de su deliberación y la precipitación de su razonamiento:

Sólo cuatro letras y dos números bastaron para que todos, sin
discusión, estuviéramos de acuerdo en lo que teníamos que hacer.
Se hallaban contenidos en la fatídica fecha, 28 de junio [derrota ser-
bia a manos de los turcos en la batalla del Campo de los Mirlos, Ko-
sovo, en el año 1389]. ¿Cómo se atrevió Francisco Fernando, no
sólo representante del opresor, sino tirano arrogante él mismo, a en-

1 Z. A. B. Zeman, «The Balkans and the Coming of War», en R. J. W. Evans y Hart:


mut Pogge von Strandmann (comps.), The Coming of the First World War, Oxford, 1988,
págs. 22, 24.

249
trar en Sarajevo ese día? Esa entrada fue un insulto estudiado. El 28 de
junio es un día profundamente grabado en el corazón de todos los ser-
bios [...] No era el día para que Francisco Fernando, el nuevo opresor,
se aventurara a presentarse a las puertas mismas de Serbia para presen-
ciar un desfile de las fuerzas armadas que nos mantienen bajo su bota.
Tomamos la decisión casi de inmediato. ¡Muerte al tirano!?.

Sobre la base de una visión ridículamente simple de la historia, la


decisión derivada de este pensamiento arruinó el resto del siglo xx. De
no haberse producido el asesinato, no habría habido Primera Guerra
Mundial. La Revolución Rusa, el nazismo, y la Segunda Guerra Mun-
dial pueden considerarse sin excepción como consecuencias de la Pri-
mera Guerra Mundial. Pero dificilmente podría hacerse responsables
de todo eso a los asesinos del archiduque. Y hasta sería dificil hacer de
ellos los únicos responsables del estallido de la guerra de 1914.
¿Quién o qué fue responsable? La respuesta a esta pregunta co-
mienza con un análisis de los acontecimientos que se produjeron en-
tre el asesinato, el 28 de junio, y la invasión alemana de Bélgica, el 3 de
agosto. En esos treinta y seis días, un asesinato político cometido por
unos adolescentes se convirtió en una guerra mundial. Esto ocurrió
por etapas, a medida que fueron estallando cuatro guerras diferentes.
La primera fue entre Austria-Hungría y Serbia. Eso llevó a una guerra
entre Rusia y Alemania, la cual condujo a su vez a una guerra entre
Alemania y Francia, y ésta, finalmente, a una guerra entre Gran Breta-
ña y Alemania.

Austria-Hungría y Serbia

El 23 de julio, Austria-Hungría respondió al asesinato con un ul-


timátum a Serbia. Exigía que se pusiera fin a la propaganda y a la sub-
versión contra Austria-Hungría y la purga de los que hubieran parti-
cipado en ellas, el refuerzo de los controles fronterizos, la disolución
de una organización nacionalista serbia, el arresto de oficiales desig-
nados y la participación austrohúngara en la investigación del ase-
sinato.
Al enterarse de los detalles del ultimátum, Sazonov, el ministro
ruso de Exteriores, dijo: «C'estlaguerre européene.» Y también dijo al em-

? New York World, 29 de junio de 1924, y en John Carey (comp.), The Faber Book of
Reportage, Londres, 1987.

250
bajador austrohúngaro: «¡Estáis prendiendo fuego a Europa!». El se-
cretario británico de Exteriores, Sir Edward Grey, dijo que eso era «más
duro en el tono y más humillante en los términos que cualquier comu-
nicación conocida que haya dirigido un gobierno independiente a
otro»?,
Esa dureza era intencional. Una reunión del Consejo de Ministros
austrohúngaro acordó, de forma prácticamente unánime, que «las
exigencias que se dirijan a Serbia sean tan rigurosas que hagan casi se-
guro su rechazo, de modo que quede abierto el camino a la solución
radical mediante una acción militar». El conde Leopoldo Berchtold,
ministro de Exteriores austríaco, dijo al embajador alemán que para él
sería «muy desagradable» que los serbios aceptaran el ultimátum.? Tras
haber esperado veinticinco días para dar a conocer el ultimátum, Aus-
tria- Hungría exigía respuesta en cuarenta y ocho horas.
La dureza del ultimátum se debía en parte al estímulo y a la presión
de Alemania. El embajador alemán hizo saber a Berchtold que la ac-
ción contra Serbia era algo completamente esperado y que «Alemania
no entendería» que se desaprovechara esta oportunidad”. En Berlín se
dijo que los alemanes estarían «de acuerdo con cualquier procedimien-
to que decidan poner allí en práctica, incluso a riesgo de una guerra con
Rusia». El embajador austríaco dijo: «Aquí se considera que toda demo-
ra en la iniciación de las operaciones de guerra agrava el peligro de in-
terferencia por parte de potencias extranjeras. Se nos ha aconsejado con
insistencia que procedamos sin demora y pongamos al mundo ante un
fait accompli*. Probablemente Austria-Hungría pensó que el respaldo de
Alemania disuadiría a Rusia de intervenir en apoyo de Serbia.
La respuesta serbia al ultimátum, el 25 de julio, aceptaba casi todas
las exigencias, pero objetaba la participación austrohúngara en la inves-
tigación del asesinato. Entonces Austria-Hungría rompió las relaciones
diplomáticas. '

3 Telegrama de Szápáry a Berchtold, 24 de julio de 1914, y memorándum del día del Mr


nisterio de Asuntos Exteriores de Rusia, 24 de julio de 1914, en Immanuel Geiss (comp.), July
1914: the Outbreak of the First World War: Selected Documents, Londres, 1967, págs. 174, 189.
4 Vizconde Grey de Fallodon, Tiwenty-five Years, 1892-1916, vol. 1, Londres, 1925,
ág. 310.
d + Protocolo del Consejo de Ministros para asuntos comunes, 7 de julio de 1914, en
Geiss, July 1914, pág. 86.
6 Telegrama de Tschirschky a Jagow, 10 de julio de 1914, 1bíd., pág. 107.
7 Carta de Berchtold a Tisza, 8 de julio de 1914, 1bíd., pág. 102.
8 Carta de Schoen a Hertling, 18 de julio de 1914, y telegrama de Szógény a Berch-
told, 25 de julio de 1914, 2bíd., págs. 128, 201.

251
El 27 de julio, en un intento de pacificación, Sir Edward Grey habló
con Lichnowsky, el embajador alemán en Londres. Tras decirle que ha-
bía requerido moderación a Rusia, pidió a Alemania que persuadiera a
Austria de que aceptara la respuesta de Serbia al ultimátum. Lichnowsky
envió un telegrama en este sentido a Theobald von Bethmann Hollweg,
el canciller, quien se lo pasó al káiser. El 28 de julio, éste decía que la res-
puesta serbia contenía «el anuncio urbi et orbí de la más humillante de las
capitulaciones, a raíz de lo cual se desmoronaba cualquier motivo para la
guerra». El 30 de julio, Bethmann Hollweg envió un cable a Viena: «Por
supuesto, estamos dispuestos a cumplir con las obligaciones de nuestra
alianza, pero debemos negarnos a ser caprichosamente arrastrados a una
conflagración mundial por Viena, que ha hecho caso omiso de nuestro
consejo»! Al mismo tiempo, sin embargo, el Comandante en Jefe ale-
mán, general Helmuth von Moltke, recomendaba al ejército austríaco
que no se arriesgara a un nuevo retraso de la movilización.
El propio Berchtold esperaba que una declaración de guerra llevaría
a Serbia a someterse sin lucha. El 28 de julio, Austria-Hungría declaraba
la guerra a Serbia. (Como el embajador austríaco ya había abandonado
Belgrado, la declaración de guerra fue enviada por telegrama y, por un
instante, el primer ministro serbio creyó que se trataba de una broma.)
El 29 de julio se informó al embajador británico que Bethmann
Hollweg había transmitido la propuesta británica de que Austria acep-
tara la respuesta serbia, pero le habían respondido que era «demasiado
tarde para actuar de acuerdo con su sugerencia, pues los acontecimien-
tos se han precipitado»!?.

Rusia y Alemania

El 24 de julio, un día después del ultimátum, el príncipe heredero


de Serbia apeló al zar: «No podemos defendernos por nosotros mis-
mos. Rogamos por tanto a Su Majestad que nos envíe ayuda lo más
pronto posible. Su Majestad ha dado tantas pruebas de buena volun-
tad que esperamos confiados que este llamamiento encuentre eco en
su generoso corazón eslavo»!?. El año anterior Rusia no había apoyado

? Carta de Guillermo II a Jagow, 28 de julio de 1914, ¿bíd, pág. 256.


10 Telegrama de Bethmann Hollweg a Tschirschky, 30 de julio de 1914, ¡bíd.,
pág. 293.
'* James Joll, 7he Origins of the First World War, 2.* ed., Londres, 1992, pág. 21.
12 Ibíd., pág. 15.

252
a Serbia en una crisis. Tanto el honor como la credibilidad hacían im-
portante no volver a retroceder.
El 25, Rusia respondió a la intimidación austríaca de su aliado con
una movilización parcial. Entre el zar y el príncipe serbio se produjo
un emotivo intercambio de telegramas. El 27 de julio le envió el cable
siguiente: «Al dirigirse a mí en este momento extraordinariamente difí-
cil, Su Alteza Real no se engaña respecto de los sentimientos que aca-
ricio hacia Vos ni de mi afecto sincero por la nación serbia.» Hablaba
de impedir los horrores de una nueva guerra, pero decía que «si, con-
trariamente a nuestros mejores deseos, no tenemos éxito, Su Alteza
puede estar segura de que en ninguna circunstancia Rusia permanece-
rá indiferente al destino de Serbia.» El día 29, el príncipe heredero con-
testó que estaba «profundamente conmovido» por el telegrama del zar,
que «nos colma el alma con la esperanza de seguridad para el futuro de
Serbia», y decía que «los sentimientos [serbios] de profunda gratitud...
se preservarán como algo sagrado en el alma de todos los serbios».
Alemania tenía la impresión de que Rusia no obtendría demasiado
apoyo de su aliada, Francia. El 29 de julio, Alemania advirtió que una
nueva movilización rusa impulsaría necesariamente la movilización
alemana. Los ministros rusos respondieron con la propuesta de un mo-
vilización general inmediata, pero el zar vaciló. El 30 de julio estaba
claro que Austria no suspendería su acción contra Serbia y Rusia anun-
ció una movilización general. El kaiser envió al zar un telegrama en el
que decía que la paz dependía de que Rusia detuviera su movilización.
El zar mostró el telegrama a su ministro de Asuntos Exteriores y dijo
con voz agitada: «Pide lo imposible... Si accediera ahora a las exigen-
cias alemanas, nos encontraríamos desarmados contra el ejército aus-
tríaco que ya está movilizado. Sería una locura»*”.
El 31 de julio Alemania declaró el estado de «peligro inminente de
guerra» y amenazó con la movilización general a menos que Rusia sus-
pendiera las «medidas bélicas». El 1 de agosto Alemania declaró la
guerra a Rusia y anunció la movilización general.

Alemania y Francia

El 31 de julio Alemania envió un ultimátum a Francia en el que


exigía la neutralidad francesa en una guerra entre Alemania y Rusia,
además de la cesión a Alemania de las fortalezas de Toul y Verdun,

13 Serge Sazonov, Fateful Years, 1909-1916, Londres, 1928, pág. 203.

253
en calidad de garantía, mientras durara la guerra. Alemania preten-
día que Francia aceptase estos términos humillantes en dieciocho
horas.
Los planes de Alemania se basaban en la necesidad de evitar tener
que luchar en dos frentes: uno contra Rusia y otro contra Francia. El
plan Schlieffen (así llamado por el general que lo ideó) era atacar a
Francia de inmediato y obtener la victoria en Occidente antes de vol-
verse hacia Rusia.
La movilización alemana era una amenaza para Francia. El 1 de
agosto, también Francia fue movilizada.
Los esfuerzos diplomáticos para evitar la guerra se convirtieron
en una farsa. (Tomo este relato del libro de Barbara Tuchman titula-
do The Guns ofAugust.) El día que Francia y Alemania se movilizaron,
Sir Edward Grey volvió a intentar mantener la paz. Telefoneó a Lich-
nowsky, el embajador alemán, y le ofreció mantener la neutralidad
de Francia si Alemania se declaraba neutral respecto de Francia y Ru-
sia. Lichnowsky interpretó mal la propuesta. Pensó que Grey ofrecía
la neutralidad de Francia en una guerra entre Rusia y Alemania, con
tal de que ésta no atacara a Francia. Envió a Berlín un telegrama en
ese sentido.
El 1 de agosto Alemania invadió Luxemburgo con la excusa de que
eso era necesario para proteger las comunicaciones ferroviarias contra
un posible ataque francés. El 2 de agosto Alemania envió un ultimá-
tum a Bélgica, solicitando el libre paso por ese país de las tropas que
invadirían Francia, solicitud que fue denegada.
Al atardecer del 1 de agosto, poco antes de que debiera comen-
zar la invasión a Luxemburgo, llegó a Exteriores el telegrama de
Lichnowsky con la versión mal interpretada del ofrecimiento de
Grey. Bethmann Hollweg, junto con su ministro de Asuntos Exte-
riores, se lanzaron sin pérdida de tiempo en un taxi al palacio con el
cable.
El káiser leyó el telegrama a Moltke y ordenó que todo el ejérci-
to marchara hacia el este, pues ya podían pelear sólo con Rusia. Moltke
había pasado años preparando la puesta en práctica del plan Schlief
fen. Previó las caóticas consecuencias que tendría adoptar el repenti-
no cambio que el káiser había impuesto a su estrategia y simplemen-
te se negó a aceptarlo: «Su Majestad, eso no se puede hacer. El des-
pliegue de millones de soldados no se improvisa. Si Su Majestad
insiste en llevar todo el ejército al este, no será un ejército listo para
la batalla, sino una multitud de hombres armados sin aprovisiona-
miento asegurado. La organización de tal abastecimiento lleva todo

254
un año de complicado trabajo y una vez establecida no se puede al-
terar»!”.
A regañadientes, el káiser se dejó convencer por Moltke. Envió en-
tonces un telegrama a Inglaterra, en otro intento de negociar la neutra-
lidad francesa, pero advirtió que la invasión de Luxemburgo socavaría
ese movimiento diplomático. Sin consultar con Moltke, ordenó que se
enviara un mensaje telefónico, seguido de un telegrama, en el que can-
celaba la invasión. Moltke, desesperado, se dirigió al Comandante en
Jefe y se negó a firmar la versión escrita de la orden de detener la inva-
sión. La llamada telefónica había llegado demasiado tarde y la inva-
sión, tal como estaba previsto, había dado ya comienzo a las siete. A las
siete y media, el ejército invasor fue alcanzado por coches procedentes
de Alemania que les ordenaron regresar porque había habido un error.
Pero era demasiado tarde, pues la noticia de la invasión ya había sido
enviada a toda Europa. La invasión fue completada el 2 de agosto y al
día siguiente Alemania declaró la guerra a Francia e invadió Bélgica.

La entrada de Gran Bretaña

Gran Bretaña y Francia habían llegado a un acuerdo militar contra


una posible amenaza de Alemania, pero lo acordado estaba lleno de
ambigúedad. En una carta al gobierno francés, el gobierno británico
había dicho que su participación no le comprometía a nada, pero se
elaboraron importantes planes militares conjuntos. En 1911 Lord
Esher, del Comité de Defensa Imperial, dijo al primer ministro que
«sin duda los [planes] nos han comprometido a luchar»””.
En 1912, un acuerdo naval entre ambos países comprometía se-
cretamente a Gran Bretaña a vigilar la costa francesa de un ataque
por el Canal, lo que dejaba en libertad a la marina francesa para acu-
dir al Mediterráneo. Pero Sir Edward Grey escribió una carta al em-
bajador francés en la que decía que cada país tenía libertad para deci-
dir usar la fuerza en apoyo del otro y que el acuerdo naval «no se ba-
saba en un compromiso de cooperar en la guerra»**”. Uno de los
principales objetivos de Alemania era que Gran Bretaña se mantuvie-
ra neutral en caso de que estallara una guerra, de modo que la doble

14 BarbaraTuchman, The Guns of August, editado en Inglatera como August 1914,


Londres, 1962, pág. 85.
15 Ibíd., pág. 62.
16 Ibid.

293
y ambigua actitud británica alimentaba la esperanza alemana de que
así ocurriera.
En los fines de semana, a Sir Edward Grey le gustaba escaparse a Ít-
chen Abbas para pescar. Quince años antes, en su libro sobre la pesca
con mosca, había escrito acerca de la opresión de los duros pavimen-
tos de Londres durante los calurosos días de verano:
Felizmente, el fin de semana es posible escapar, si no a la intimi-
dad del hogar, a algún retiro campestre, y el síbado combinar con
esto lo mejor de la pesca con mosca [...] Los primeros trenes dejan
Waterloo, el sitio habitual de partida hacia el Itchen o el Test, a las seis
en punto de la mañana o muy poco después [...] Entre las ocho y las
nueve te apeas del tren y en unos minutos más te encuentras entre to-
das esas cosas tan largamente anheladas [...] Agradeces la hierba sobre
la que caminas e incluso el suave polvo campestre entre los pies'”.

El sábado 25 de julio la situación parecía lo suficientemente seria


como para que Grey postergara su excursión de pesca. Pasó la mayor
parte del día en Londres tratando de arreglar una mediación internacio-
nal para evitar la guerra. El domingo, ya en Itchen Abbas, recibió invt-
taciones de Alemania, Francia e Italia para que asistiera a una conferen-
cia con Gran Bretaña. Pero el día siguiente, 27, Alemania retiró la invt
tación. Grey trató entonces de aprovechar su contacto con Lichnowsky
para persuadir a Alemania de que instara a Austria-Hungría a que se
contuviera, pero dos días más tarde recibió la desairada respuesta de
que «los acontecimientos se han precipitado».
Tanto Francia como Rusia presionaron a Gran Bretaña para que se
mantuviera firme a su lado, con el argumento de que eso haría retroce-
der a Alemania y de que esa sería la mejor manera de evitar la guerra.
Grey tenía reticencias. No quería dar a Rusia un motivo para endure-
cerse. Y sufrió presiones de los miembros del gabinete que no querían
verse enredados en la guerra. La presión en el otro sentido venía de
otros miembros del gabinete apoyados por funcionarios de Exteriores
y por la oposición conservadora.
El premio también procedía de Paul Cambon, el embajador fran-
cés. Tras el fracaso de su intento de persuadir a Grey para que luchara
junto a Francia, apeló al honor británico:

Todos nuestros planes están dispuestos en común. Nuestros


Comandos Generales han realizado consultas. Usted se ha enterado

17 Sir Edward Grey, Fly Fishing, Londres, 1899.

256
de todos nuestros programas y preparativos. ¡Mire nuestra Flota!
Toda nuestra Flota está en el Mediterráneo como consecuencia de
nuestros acuerdos con usted, y nuestras costas han quedado abiertas
al enemigo. ¡Nos ha dejado usted completamente al descubierto!
[...] ¿Et Phonneur? ¿Est-ce que 'Angleterre comprend ce que c'est
Phonneur?**,

El 2 de agosto el gabinete acordó la defensa naval de la costa fran-


cesa y que la violación de la neutralidad de Bélgica sería suficiente fun-
damento para la guerra. El 3 de agosto Gran Bretaña lanzó un ult-
mátum a Alemania en ese sentido. El mismo día Alemania invadió
Bélgica.

La sensación de derrota

Cuando la guerra fue inminente, los estadistas y los diplomáticos


experimentaron una sensación de fracaso y de derrota.
Sir Edward Goschen, el embajador británico en Berlín, presentó el
ultimátum final al secretario alemán de Asuntos Exteriores. Luego lla-
mó al canciller, que estaba «muy agotado» y, por supuesto, no espera-
ba la guerra con Gran Bretaña. Según informa Goschen, el canciller
dijo que el ultimátum era terrible:

Sólo por una palabra —«neutralidad», que en tiempos de guer-


ra se desprecia tan a menudo—, sólo por un pedazo de papel, Gran
Bretaña se disponía a hacer la guerra a una nación afín, para la que
no podía haber nada mejor que su amistad. Todos sus esfuerzos en
esa dirección han quedado inutilizados por este último y terrible
paso. Y además se ha desmoronado como un castillo de naipes la
política a la que, por lo que sé, él mismo se había consagrado desde
su acceso al cargo?”.

El predecesor de Bethmann Hollweg como canciller, el príncipe


von Búllow, corroboró esta imagen en una descripción bastante histrió:
nica de una visita que aquél le hiciera en el Palacio de la Cancillería

18 Citado en Tuchman, August 1914, pág. 101.


19 Extracto del despacho del embajador de Su Majestad Británica en Berlín, relativo
a la ruptura de relaciones diplomáticas con el gobierno alemán, en E. Barker, H. W. C. Da-
vis, C. R. L. Flechter, Arthur Hassall, L. G. Wickham Legg y F. Morgan, Why We Are at
War: Great Britain's Case, por miembros de la Oxford Faculty of Modern History, Oxford,
1914, pág. 200.

257
una vez desencadenada la guerra. Dice haber percibido la angustia en
los ojos de Bethmann Hollweg:

Por un instante ninguno de los dos habló. Finalmente, le dije:


«Bueno, dígame al menos cómo ocurrió todo.» Levantó al cielo sus
brazos largos y delgados y respondió con voz apagada, exhausta:
«¡Ah! ¡Si lo supiera!» Muchas veces, en muchas polémicas posteriores
sobe la «culpa de la guerra», lamenté no haber podido tomar una ins-
tantánea de Bethmann Hollweg de pie ante mí en el momento en que
pronunciaba aquellas palabras. Esa foto habría sido la mejor prueba
de que aquel hombre apenado nunca había «querido la guerra»,

Lichnowsky, el embajador alemán en Londres, desayunó el 2 de


agosto con el primer ministro. Pidió que Gran Bretaña no se alineara
con Francia, pues las probablidades de ser aplastada eran mucho ma-
yores para Alemania que para Francia. Asquith escribió a Venetia
Stanley: «Estaba muy agitado, pobre hombre, y lloró [...] Le amarga-
ba la política de su gobierno que no había conseguido frenar a Aus-
tria y parecía muy acongojado»?!,
En un estado similar se hallaba el embajador alemán en San Peters-
burgo, conde Pourtales, cuando llevó la declaración de guerra al minis-
terio de Asuntos Exteriores de Rusia. Agitado, preguntó dos veces a Sa-
zonov si Rusia aceptaría el ultimátum alemán. Sazonov describió más
tarde la escena en que Pourtalés presentó la declaración de guerra:

Extrayendo del bolsillo una hoja de papel plegada, el embajador


repitió por tercera vez su pregunta con voz temblorosa. Le dije que
no podía dar otra respuesta. El embajador, profundamente conmo-
vido y hablando con dificultad, me dijo: «En el caso de que mi go-
bierno me encargara que le entregara a usted la siguiente nota...»
Después de entregarme la nota, el embajador, que sin duda experi-
mentaba gran tensión en el cumplimiento de las órdenes recibidas,
perdió por completo el control de sí mismo, se apoyó contra la ven-
tana y estalló en lágrimas. Con un gesto de desesperación repitió:
«¡Quién hubiera pensado que dejaría yo San Petersburgo en estas cir-
cunstanciasl> Aunque yo también estaba emocionado, logré conte-
nerme y sentí sincera tristeza por él. Nos abrazamos y salimos de la
habitación con paso tambaleante?.

2% Príncipe von Búlow, Memoirs, 1909-1919, Londres, 1932, pág. 145.


2 Michael y Eleanor Brock (comps.), H. H. Asquith: Letters to Venetía Stanley, Ox-
ford, 1982, pág. 146.
2 Sazonov, Fateful Years, págs. 212-213.

258
Al caer la tarde del 3 de agosto, Sir Edward Grey pronunció estas
famosas palabras: «Las lámparas se apagan en toda Europa; no volve-
remos a encenderlas en toda nuestra vida.»

2. CONFUSIÓN E INCOMUNICACIÓN

¿Cómo es que estos diplomáticos y estadistas fueron incapaces de


evitar lo que tantos de ellos consideraban un desastre?
La primera parte de la explicación alude a sus confusiones y malen-
tendidos. Algunos tenían intenciones ambiguas. Se malinterpretaron
unos a otros y calcularon mal las respuestas mutuas: caminaban hacia
la guerra como sonámbulos.

Intenciones ambiguas

Cuando los gobiernos quieren evitar la guerra y sus fines son sufi-
cientemente compatibles como para llegar a acuerdos, hay una opor-
tunidad de lograr la paz. Esta oportunidad se reduce cuando los obje-
tivos son menos coherentes. Un gobierno dividido o confuso acerca
de sus metas puede actuar irracionalmente y dificultar así la respuesta de
los otros gobiernos a su política.
El gobierno británico no quería la guerra, pero estaba dividido sobre
la vía hacia la paz. ¿Había para ello que evitar implicarse con Francia?
¿O había que disuadir a Alemania mediante un firme compromiso con
Francia? Esta división reflejaba la opinión pública. El ala anti-bélica del
Partido Liberal refrenaba al gobierno y la oposición conservadora le ins-
taba a no abandonar a Francia. La confusión del gobierno sobre sus fi-
nes se puso de manifiesto en la incoherencia entre Lord Esher, para el
que Gran Bretaña estaba sin duda comprometida con la lucha, y Sir
Edward Grey, quien dijo al embajador alemán que Gran Bretaña no te-
nía obligaciones con Francia en la eventualidad de una guerra europea
y que deseaba preservar «una mano absolutamente libre»”, Francia te-
nía la impresión de que podría contar con la Royal Navy, mientras que
Alemania creía que Gran Bretaña permanecería neutral.
Mucho mayor era la ambigúedad que presentaban los fines del go-
bierno alemán, reflejada en las opiniones de los historiadores más re-

23 Carta de Lichnowsky a Bethmann Hollweg, 9 de julio de 1914, en Geiss, July


1914, pág. 104.

259
cientes, que discrepan sobre si los dirigentes alemanes tenían o no la
guerra europea como meta.
Fritz Fischer, a favor del argumento de que Alemania buscaba la
guerra, menciona la presión ejercida sobre Austria para que presentara
a Serbia un ultimátum inaceptable. Algunos líderes alemanes conside-
raban que la guerra era ineludible y necesaria y sólo simulaban coope-
rar en los esfuerzos por lograr la paz. Helmuth von Moltke concebía la
guerra en términos raciales y la tenía por inevitable. Dejó escrito lo st-
guiente: «Más tarde o más temprano, es inexorable el estallido de una
guerra europea, y esa guerra, en último término, se dará entre tentones y
eslavos. Todos los Estados que sostienen la bandera de la cultura espirt-
tual alemana tienen el deber de prepararse para ese conflicto»?*. Moltke
deseaba que esa guerra inevitable ocurriera pronto, antes de que Rusia
y Francia estuvieran bien preparadas.
También otros líderes alemanes estaban dispuestos a afrontar una
guerra, pero esperaban que fuera una guerra localizada. Bethmann
Holweg dijo al embajador alemán en Viena que Alemania sólo se
comprometía a «hacer posible la realización de la aspiración austro-
húngara sin desatar al mismo tiempo una guerra mundial y, si ésta re-
sultaba inevitable a pesar de todo, a mejorar en todo lo posible las
condiciones en las que debía librarse»?*. A finales de julio parecía me-
nos posible una guerra localizada y Bethmann Hollweg presionó a
Austria para que aceptara la mediación. Un observador en Berlín se-
ñaló el contraste entre Moltke, que promovía la guerra, y los esfuer-
zos de Bethmann Hollweg para «pisar el freno con toda energía»?*.
Bethmann Hollweg fue derrotado. En el primer mes de guerra dijo a
un amigo: «Durante cinco años he trabajado para evitar esta loca
guerra. Pero este trabajo y esta esperanza se me han deshecho entre
las manos»”.
El káiser se hallaba a ambos lados del debate. Como Moltke, creía
en un conflicto racial inevitable: antes de la crisis había escrito acerca
de «la lucha inminente por la existencia que los pueblos germánicos de
Europa (Austria, Alemania) tendrán que librar contra los eslavos (ru-
sos) y sus partidarios latinos (galos)». Pero en la crisis de julio pensó

2 Fritz Fischer, Germany's Aims in the First World War, Londres, 1967, págs. 32-33.
25 Ibíd., pág. 72.
a El agregado militar sajón, citado en V. R. Berghahn, Germany and the Approach of
War in 1914, Londres, 1973, pág. 203.
deKonrad H. Jarausch, 7he Enigmatic Chancellor: Bethmann Hollweg and the Hubris of
Imperial Germany, New Haven, 1973, pág. 180.

260
que la respuesta serbia al ultimátum eliminaba los fundamentos para
una guerra en ese momento.
El káiser era la autoridad última, pero era débil y más bien torpe.
Sus comentarios marginales a los documentos y a las cartas durante la
crisis muestran irritación. Los serbios eran «orientales y, por tanto,
mentirosos, tramposos y campeones de la evasión». Otro comentario
sobre los serbios era: «¡No dejar de pisar los talones a esa gentuza!» En
referencia a uno de los intentos de mediación de Grey dijo que era un
«ejemplo tremendo de insolencia británica». Una nota marginal sobre
Grey decía: «¡Vulgar canalla!» Y en otra sobre los ingleses se lee: «Esa
ordinaria pandilla de tenderos ha tratado de engañarnos con comidas
y discursos»?, A veces se refería a su posición en términos grandilo-
cuentes: en 1910 dijo que gobernaba «como instrumento del Señor»?.
En el verano de 1914, uno de sus amigos le notó «más nervioso que de
costumbre». Durante la crisis de julio se hallaba en un peligroso estado
de ansiedad por no mostrarse débil. Gustav Krupp se encontró el 6 de
julio con él y le pareció casi patética la manera en que el káiser decía
una y otra vez: «No me rajaré»”.
La falta de coherencia del gobierno alemán influyó en su respues-
ta a las propuestas de paz de Grey. Por cierto que hubo una relativa de-
cepción: Alemania había planeado por anticipado mostrarse sor-
prendida cuando se entregase el ultimátum austríaco. El ministerio ale-
mán de Asuntos Exteriores transmitió a Austria el requerimiento de
Grey de un aplazamiento del últimatum cuando éste ya había expira:
do. Y transmitió ciertas propuestas británicas de paz posteriores acla-
rando al embajador austríaco que Alemania «no se identifica con estas
propuestas, que por el contrario aconseja no tomar en cuenta, pero
que tiene la obligación de comunicar para satisfacer al gobierno in-
glés»*!. Bethmann Hollweg comentó lo siguiente: «Si rechazamos todo
intento de mediación, el mundo entero nos hará responsables de la
conflagración y nos verá como los verdaderos belicistas. Esto haría im-
posible nuestra situación aquí, en Alemania, donde hemos conseguido
aparecer como si la guerra se nos impusiera.» Se envió un mensaje a
Londres en el que se decía: «Hemos iniciado al instante la mediación
en el sentido deseado por Sir Edward Grey»”?.

28 Guillermo II, en Geiss, July 1914, págs. 171, 182, 256, 290.
22 Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 86.
30 Max Warburg a Gustav Krupp, citado 1bíd., pág. 193.
31 Telegrama de Szógény a Berchtold, 27 de julio de 1914, en Geiss, July 1914, pág. 236.
32 Fischer, Germany's Aims, págs. 70-71.

261
Alemania alentaba a Austria a que fuera dura y sin embargo afirma-
ba que deseaba la paz. Si el gobierno alemán hubiera tendido sin am-
bigiedad a la paz a lo largo de la crisis, probablemente no habría habi-
do guerra. Algunos dirigentes alemanes deseaban la guerra y todos es-
taban dispuestos a correr el riesgo de una guerra importante: pero
había quienes, como Bethmann Hollweg, alentaban la esperanza de
que pudiera limitarse la guerra a Austria-Hungría y Serbia. No había co-
herencia. Ni el káiser, ni Bethmann Hollweg, ni Moltke, eran plenamen-
te responsables y la política alemana estaba hasta cierto punto en manos
de partidarios de la guerra. La esperanza de paz residía en que, de 1gual
modo hasta cierto punto, la política alemana estaba también en manos
de personas a medias contrarias a la guerra. No fue suficiente.

Transmisión de rumores y palos de ciego


Se trata de una historia de mutuos malentendidos entre los gobier-
nos y de repetidos cálculos erróneos acerca de las respectivas respues-
tas. Había demasiados gobiernos para que se entendieran unos con
otros. Las comunicaciones eran como la transmisión de rumores: Gran
Bretaña enviaba mensajes a Austria a través de Alemania y esperaba
que se entendieran sin distorsión.
Los malentendidos fueron responsables de que los movimientos de
cada país se asemejaran a palos de ciego. Berchtold pensó erróneamente
que una declaración austríaca de guerra evitaría toda acción militar al
forzar a Serbia a la sumisión instantánea. El 31 de julio el jefe del Estado
Mayor dijo: «No tenemos claro si Rusia se limita a amenazar, de modo
que no debemos dejarnos distraer de nuestra acción contra Serbia»*, El
gobierno alemán, alarmado por la movilización parcial de Rusia, creyó
equivocadamente que la manera de evitar nuevos avances era amenazar
con su propia movilización. Alemania, erróneamente una vez más, pen-
só que Francia no prestaría su apoyo a Rusia.
Lo mismo ocurría entre Gran Bretaña y Alemania. Las cosas se
complicaron por la interpretación de la inteligencia secreta. El segun-
do secretario de la embajada rusa en Londres, Benno von Siebert, pa-
saba información al Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. En 1914
llegaron a manos de Bethmann Hollweg documentos procedentes de
esta fuente, que mostraban que Gran Bretaña y Rusia estaban nego-
ciando un acuerdo naval que comprometería a la primera a apoyar un de-
sembarco ruso en Pomerania. En la prensa alemana apareció una informa-

Y: Citado en Joll, Origins of the First Wold War, pág. 92.

262
ción a este respecto y se llegó a plantear la cuestión en la Cámara de los
Comunes. Grey replicó que no existía ningún acuerdo secreto que com-
prometiera a Gran Bretaña a participar en una guerra europea. Bethman
Hollweg tomó esto como una mentira y se sintió traicionado por Grey.
También estaba la falta de claridad. El poco claro ofrecimiento de
Grey de mantener a Francia neutral si Alemania preservaba la paz tan-
to con Rusia como con Francia fue entendido por Lichnowsky como
algo más que una concesión. A veces la claridad no era siquiera el ob-
jetivo de la política británica. Un ministro expresó el pensamiento de
que «si ninguno de los dos lados sabe lo que haremos, ambos tendrán
menos interés en correr riesgos»**, Esa ambigiedad permitió por des-
gracia que el gobierno alemán contara con la neutralidad británica.
Aun cuando todos los gobiernos hubieran querido con toda since-
ridad evitar la guerra, se necesitaba mucho optimismo para apostar que
la paz sobreviviría a tanto enredo y tanta confusión.

3. Las TRAMPAS MILITARES

La confusión y la ambigúedad habrían tenido menos importancia


en un mundo preparado para la paz, pero los hombres de estado estu-
vieron implicados en una serie de trampas militares creadas para estar
preparados contra el ataque.

La trampa de la movilización y la deriva militar

A menudo los gobiernos establecen planes militares que terminan es-


capando de su control. Éste fue precisamente un aspecto clave de 1914.
Moltke consideró que la movilización parcial de Rusia forzaba la
movilización en Austria y Alemania:
Coloca a Austria en una posición desesperada y traslada a este
país la responsabilidad, en la medida en que le fuerza a asegurarse
contra una sorpresa por parte de Rusia [...] pero sabe perfectamente
que Alemania no puede permanecer inactiva en el supuesto de una
colisión beligerante entre su aliada y Rusia. De modo que también
Alemania se verá forzada a movilizarse?.

34 Herbert Samuel, citado en 1bíd., pág. 22.


35 Carta de Moltke a Bethmann Hollweg, 29 de julio de 1914, en Geiss, July 1914,
pág. 283.

263
Bethmann Hollweg repitió esto el 29 de julio en su advertencia al
ministro ruso de Asuntos Exteriores: «La continuación de la moviliza-
ción rusa nos obligaría a movilizarnos, y en ese caso sería casi impost-
ble impedir una guerra europea»”,
Por otra parte, en Rusia el jefe del Estado Mayor, general Yanushke-
vich, tenía extremado interés en pasar de la movilización parcial a la to-
tal. Mencionaba «el gran peligro que significaría para nosotros no estar
preparados para la guerra con Alemania». Y agregó (una vez dada esta or-
den): «Me marcharé, romperé el teléfono y adoptaré en general medidas
para que sea imposible encontrarme y hacerme dar órdenes en sentido
contrario.» El 30 de julio, el zar fue persuadido de lo peligroso que era no
tener la preparación adecuada para una guerra aparentemente inevitable,
y ordenó la movilización general. El ministro de Asuntos Exteriores le
dijo a Yanushkevich: «Ya puede usted romper su teléfono»”.
A. J. P. Taylor, en un comentario típicamente provocativo, dijo
que el estallido de la Primera Guerra Mundial se debió a las rigideces
de los horarios de los ferrocarriles. Puesto que «movilizar» era enviar
grandes cantidades de tropas a grandes distancias por ferrocarril, ni Ru-
sia ni Alemania estarían a salvo si no actuaban de inmediato. Sólo mo-
vilizarse antes de tener claro que la otra parte ya lo había hecho podía
evitar comenzar la guerra en desventaja*?. Es obvio que la observación
de Taylor es una exageración, pero algo de cierto hay en ella. A causa
de sus disposiciones en materia militar, los gobiernos se encerraron en
una posición tal que fue dificil evitar la guerra. La planificación con-
junta con Francia, que se adoptó sin tener suficientemente claras sus
consecuencias, significaba que el gobierno británico estaba atrapado
entre la guerra y la deshonra. El plan Schlieffen hizo muy dificil para
Alemania dejar sola a Francia y llevar las tropas alemanas al este.
La impresión de que los políticos caminaban como sonámbulos
hacia la guerra proviene en parte del hecho de que a menudo tenían
poca idea de hasta qué punto estaban atrapados. El ministro ruso de
Asuntos Exteriores, Sazonov, no intuía siquiera los riesgos de la movi-
lización. Dijo al embajador alemán: «Seguramente la movilización no
equivale a la guerra con usted. ¿Verdad?» (El embajador, que era más
realista, respondió: «En teoría, quizás no ... pero una vez que se ha

19 Telegrama de Bethmann Hollweg a Pourtales, 29 de julio de 1914, 1bíd., pág. 285.


*7 Memorándum del día del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, 30 de ju-
lio de 1914, ¿bíd., págs. 310-312.
38 A. J. P, Taylor, The First World War: an Mustrated History, Harmondsworth, 1966,
págs. 17-20.

264
apretado el botón y se ha puesto en funcionamiento la maquinaria de
la movilización, es imposible detenerla»)””.
Tal vez la guerra con Francia y Gran Bretaña se habría evitado si el
káiser hubiera tenido fuerza suficiente para imponer a Moltke su prefe-
rencia por mandar el ejército al este. La manera en que cedió ante
Moltke, junto con la negativa de éste a firmar la orden de dejar sin efec-
to la invasión de Luxemburgo, muestra hasta qué punto el ejército ha-
bía escapado del control político. Si los militares no se hubieran sentt-
do libres para llevar adelante su táctica, tal vez en esa ocasión habría
podido evitarse la guerra. De haber seguido Austria el consejo del kái-
ser, la respuesta de los serbios al ultimátum habría sido aceptada, pero
prevaleció el punto de vista militar que expresaba Moltke. Cuando lle-
garon las noticias contradictorias, el ministro de Exteriores austríaco,
Berchtold, preguntó: «¿Quién gobierna en Berlín ahora, Bethmann o
Moltke?»%,

La carrera armamentista como trampa hobbesiana

La movilización fue el paso final: la carrera de armamentos, de la


que aquélla era la culminación, fue una causa más profunda de la guerra.
Tucídides vuelve a resultar revelador cuando habla de la Guerra del Pe-
loponeso: «Lo que hizo inevitable la guerra fue el desarrollo del poder
ateniense y el temor que éste provocó en Esparta.» Sir Edward Grey se
hacía eco de ello cuando decía:

Sobre las causas de la guerra se podrían decir unas cuantas cosas


ciertas, pero la idea que más verdad contiene es la de que el milita-
rismo y los armamentos, que le son inseparables, hicieron inevitable
la guerra. El armamento se realizaba con la intención de producir
una sensación de seguridad en cada una de las naciones, que era la
justificación que se daba para defenderlo. Lo que se logró con eso
fue en realidad producir miedo a todo el mundo”.

Quizá sean excesivas las afirmaciones sobre la inevitabilidad de la


guerra. Algunas carreras armamentistas no terminaron en guerra. Mt-
chael Howard ha citado la larga carrera armamentista naval anglo-

32 James Joll, «Politicians and the Freedom to Choose», en Alan Ryan (comp.), 7he
Idea ofFreedom: Essays in Honour ofIsaiah Berlin, Oxford, 1979, pág. 110.
40 Joll, Origins of the First World War, págs. 20-21.
41 Grey, Twenty-five Years, vol. 2, pág. 52.

265
francesa entre 1815 y 1904, y Paul Kennedy ha mencionado la carrera
armamentista europea de finales de los años ochenta y comienzos de
los noventa del siglo x1x*. Tampoco la carrera armamentista de la
Guerra Fría condujo a la guerra.
Una carrera armamentista no desestabiliza necesariamente la paz.
Puede que cada bando no tenga más interés que disuadir al otro, y tal
vez el peligro nuclear hizo de la carrera armamentista durante la Guerra
Ería un ejemplo de ello. Pero muchas veces las carreras armamentistas
producen efectos psicológicos que contribuyen al estallido bélico. Aun
cuando sólo tengan una intención disuasoria, bien se las puede perci-
bir como agresivas. La preparación para la guerra puede crear un clima
de nerviosismo que aumenta la probabilidad de que se produzca. Tucí-
dides y Thomas Grey tenían razón al mencionar los efectos psicológi-
cos de la acumulación de armas, a saber: el miedo de Esparta y el mie-
do de toda Europa en 1914.
En 1898, Alemania tenía siete barcos de guerra de primera clase
contra treinta y ocho de Gran Bretaña. El gobierno alemán respondió
a la presión económica y dio comienzo a un importante programa de
construcción naval bajo el mando del almirante Tirpitz.
Tras veinte años de depresión económica, los industriales acaricia-
ban la idea de recibir encargos regulares de barcos; además, Alfred
Krupp fundó la Liga Naval para influir sobre las decisiones políticas.
En los doce años inmediatamente anteriores a 1908, el gasto en armas
prácticamente se duplicó. En Gran Bretaña, presiones económicas aná-
logas contribuyeron a sostener la carrera armamentista. Los diputados
electos en distritos de astilleros en el Tyne y el Clyde exigieron más en-
cargos navales.
También detrás del programa armamentista alemán había presiones
políticas. Al gobierno le preocupaba el apoyo cada vez mayor de los so-
claldemócratas a las políticas radicales y consideraba la fuerza militar, en
tanto que promotora del patriotismo, como una alternativa. En la última
década del siglo, Tirpitz había sido partidario de crear una armada mayor
porque «la gran tarea patriótica y los beneficios económicos que de ella
deriven ofrecerán un poderoso paliativo contra los socialdemócratas, edu-
cados y no educados». Bislow, canciller durante las primeras fases de la ex-
pansión, adoptó la misma opinión al apoyar «una política que apele a las

2 Michael Howard, The Lessons of History, Oxford, 1993, pág. 11; Paul Kennedy,
«Arms Races and the Causes of War, 1850-1945», en Strategy and Diplomacy, 1780-1945,
Londres, 1983.

266
supremas emociones nacionales» y la necesidad de «mantener al margen
de la socialdemocracia a los trabajadores no socialistas»*,
En 1904, Gran Bretaña respondió al creciente poder naval alemán
con la construcción de los buques de guerra Dreadnought, el primero
de los cuales fue botado en 1908. En ambos países, la presión pública
para competir en la carrera armamentista fue en parte producto de la
manipulación. Desde los años ochenta, el almirante Fisher utilizó su
influencia sobre los periodistas para fomentar una opinión pública a
favor de una armada fuerte. Con ese mismo propósito Tirpitz creó un
Departamento de Noticias en el seno de la Oficina de la Armada y co-
laboró en campañas pronavales orquestadas por la Liga Naval entre
otros. En ambos países, los grupos de presión ligados a los intereses na-
vales contribuyeron a crear tensiones públicas, que adquirieron vida
propia como una fuerza de apoyo a la carrera armamentista.
Como Alemania tenía una tasa de expansión superior, iba en cami-
no de superar a Gran Bretaña como potencia naval. El plan de Tirpitz
era a largo plazo: «Siempre tuvo claro [...] que la Primera Ley Naval no
creaba la flota completa, definitiva»*. En 1899 analizó con el káiser
planes para la construcción de cuarenta y cinco buques de guerra.
Tirpitz vio el riesgo de alarmar a Gran Bretaña y provocar una ataque
preventivo de ésta y esperaba que un avance rapidísimo por su parte die-
ra a Alemania la ventaja suficiente para disuadir un ataque británico. Pero
advirtió que, antes de establecer esa ventaja, habría una «zona de peligro»:
«es menester que la flota se construya lo más rápido posible con el fin de
disminuir la zona de peligro»*. Lo mismo que el canciller, Búlow dijo
que «en vista de nuestra inferioridad naval, debemos operar tan cuidado-
samente como la oruga antes de convertirse en mariposa»*. Al mirar ha-
cia atrás, Tirpitz pensó que había sido cuestión de «no perder los nervios,
continuar el armamento en gran escala, evitar toda provocación y aguar-
dar sin ansiedad a que nuestro poder estuviese establecido y forzara a los
ingleses a dejarnos respirar en paz»”. Fue un cálculo erróneo.
Los autores del plan naval británico se pusieron nerviosos al pen-
sar que los alemanes pudieran estar construyendo de forma secreta bu-

43 Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, págs. 29-31.


44 Tirpitz, citado en Paul Kennedy, «Strategic Aspects of the Anglo-German Naval
Race», en Strategy and Diplomacy, pág. 131.
45 Tirpitz, citado 1bíd., pág. 138.
16 Citado en Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 45.
47 Citado en Winston Churchill, 7he World Crisis, ed. resumida, Nueva York,
1931, pág. 46.

267
ques de guerra a una velocidad mayor de la que creían. Para 1912,
Gran Bretaña contaba con tener dieciocho. Dreadnoughts y el Almr
rantazgo estaban preocupados por el hecho de que Alemania pudiera
tener aproximadamente veintiuno. Para anular esta amenaza, el pro-
grama británico fue ampliado en 1909. En realidad, en 1912, Alemania
tenía sólo nueve Dreadnoughts y Gran Bretaña quince**.
La carrera armamentista crea un clima tal que cualquier gesto de
conciliación puede interpretarse como debilidad. Incluso después de la
guerra, Tirpitz atribuyó las concesiones británicas sobre los Ferrocarr1-
les de Bagdad y las colonias portuguesas al poder creciente de la flota
alemana. Sir Edward Grey veía las cosas de otra manera:
Fui yo quien negoció y puso en marcha las últimas versiones de
esos dos Acuerdos. Toda la transacción estuvo en mis manos y yo sé que
el crecimiento de la flota alemana no tuvo nada que ver con mi actitud.
El único motivo fue el deseo de mostrar que estábamos dispuestos a sa-
tisfacer las aspiraciones alemanas, siempre que pudiéramos conciliarlas
con los intereses y los compromisos británicos. El desafio de la flota ale-
mana, lejos de facilitar la actitud conciliadora, la hizo más dificil”.

En 1911, Grey pidió que se acabase con la carrera armamentista,


pero esto se percibió a su vez como signo de debilidad. El agregado na-
val alemán dijo entonces: «la rendición de Grey se debe únicamente a
la Ley Naval y a la inquebrantable resolución de la nación alemana de
no permitir la más mínima disminución de este importante instrumen-
to». Bothmann Hollweg adoptó el mismo punto de vista y rechazó
enérgicamente la propuesta de Grey.
En 1913 la expansión militar alemana pasó al ejército. Se repitió el
modelo. Esta vez, Francia y Rusia se unieron a la carrera armamentista
con Alemania en respuesta a la amenaza que percibían. Una serie de
crisis internacionales —en 1908, 1911 y 1913— creó un clima en el
que la paz parecía frágil. Esto, junto con la carrera armamentista, hizo
pensar a la gente que la guerra era inevitable, o por lo menos que su
probabilidad era abrumadora.
La carrera armamentista produjo una gran preocupación en Ale-
mania así como en los países vecinos. Algunos alemanes temían que
una guerra tardía fuese peor que una a corto plazo. La expansión mili-
tar de Alemania hacía dificil pasar por alto la oportunidad de comen-

1 Michael Howard, «The Edwardian Arms Race», en The Lessons ofHistory.


54 Grey, Treenty-five Years, vol. 2, pág. 273.
5% Citado en Howard, «The Edwardian Arms Race».

268
zar la guerra «inevitable» mientras Alemania fuese más fuerte que Ru-
sia. Dos semanas antes de que estallara la guerra, el ministro alemán de
Asuntos Exteriores expresó la sensación de estar atrapado por la futura
expansión militar rusa: «Entonces nos aplastará en tierra con el peso de
los números y tendrá listos su flota báltica y su ferrocarril estratégico.
Mientras, nuestro grupo es cada vez más débil».
Estas inquietudes fomentaron la guerra preventiva como una for-
ma de escapar de la trampa. Volviendo la vista hacia 1919, Bethmann
Hollweg dijo: «Señor, sí, en cierto sentido fue una guerra preventiva.
Aunque sólo fuera porque la guerra pendía sobre nuestras cabezas, por-
que había de producirse dos años más tarde de forma más peligrosa e
inevitable y porque los militares decían que todavía hoy era posible la
guerra sin salir derrotados, pero no dentro de dos años»”?.
En marzo de 1914, el Fankfurter Zeitung decía lo siguiente: «Am-
plios sectores de la población se han dejado dominar por un nervio-
sismo que ofrece a los entusiastas del armamentismo y a los fanáticos
de la guerra un suelo fértil donde sembrar los nuevos crecimientos del
ejército»*. La gente estaba atrapada. La carrera armamentista provoca-
ba un miedo que, a su vez, la estimulaba.

Las alianzas militares como trampas hobbestanas

La confusión, las percepciones erróneas y la deriva militar fueron


algunas de las causas inmediatas de la guerra. La carrera armamentista
fue una causa más profunda. Pero es preciso ampliar la explicación.
¿Por qué la situación internacional dio lugar a la carrera armamentista?
Se suponía que los países perseguían sus objetivos nacionales y que
era legítima la guerra en defensa de intereses vitales. Sobre la base de
estos supuestos, cada país tenía que estar preparado contra un posible
ataque. Aunque la mayor parte de los gobiernos no querían la guerra,
se hallaban ante el dilema de los presos, en el que la persecución del
interés nacional de cada una les hacía muy dificil evitar en forma co-
lectiva el peor de los resultados.
El interés nacional propio requería pactos, ya como factor de di-
suasión, ya en previsión de que ésta fracasara, pero el sistema de alian-
zas que de ello derivaba y cuya intención era evitar la guerra, termina-

51 Citado en Fischer, Germany's Aims, pág. 59.


52 Jarausch, The Enigmatic Chancellor, pág. 149.
53 Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 181.

269
ba siendo una trampa. Era absurdo que un supuesto insulto serbio a
Austria terminara llevando a casi todos los países de Europa a una
guerra entre ellos. A la manera hobbesiana, las alianzas defensivas de
un país solían ser percibidas por los otros como una amenaza.
El crecimiento del poder militar alemán condujo a Rusia, Francia
y Gran Bretaña a constituir una alianza para contener lo que veía
como una amenaza. Pero en Alemania, esa «contención» se entendía
como «cerco». En 1913, Der Tag publicó lo siguiente en relación con
la posición alemana: «Enemigos por doquier. Peligro permanente de
guerra por todas partes»”*. En una de sus notas sobre un documento fe-
chado el 30 de julio de 1914, el káiser decía que «el famoso cerco de Ale-
mania se estaba convirtiendo en un hecho plenamente consumado
[...] De pronto se nos ha arrojado la red a la cabeza e Inglaterra cose-
cha despectivamente el éxito más brillante de su política mundial antigerma-
na, que con tanta persistencia ha venido ejecutando»””. Alemania con-
sideraba una amenaza para ella el apoyo cada vez mayor que Rusia
prestaba a Serbia. Bethmann Hollweg diría más tarde que «la prepara-
ción de la guerra mundial era lo que los gobernadores rusos creían ne-
cesario a fin de hacerse dueños de los Dardanelos»*. Bethman Holl-
weg dijo a su hijo que no tenía objeto plantar árboles nuevos en su pro-
piedad rural cercana a Berlín, pues «de cualquier manera, dentro de
unos años los rusos estarán aquí»”.
Cuando Bethman Hollweg recibió los documentos rusos sobre las
negociaciones secretas para establecer una alianza naval con Gran Bre-
taña se reforzó su creencia en el cerco. En un apunte del 4 de julio del
diario de Kurt Reizler, amigo íntimo de Hoilweg, se hace referencia a
una conversación con él: «Las noticias secretas de las que me informa
ofrecen un cuadro demoledor. Considera que las negociaciones anglo-
rusas para lograr un acuerdo naval, desembarcar en Pomerania, son
muy serias, el último eslabón de la cadena»*.
El giro final hobbesiano consistió en que la defensa parecía reque-
rir el ataque. El 3 de agosto de 1914, Bethmann Hollweg escribió: «en-
cajados entre el Este y el Oeste, teníamos que utilizar todos los medios
para defendernos». Sobre la violación de la neutralidad de Bélgica dijo

5% Ibíd., pág. 172.


55 Geiss, July 1914, pág. 295.
%% Declaración del Canciller Imperial Bethmann Hollweg, en Official German Docu-
ments Relating to the World War, Nueva York, 1923, pág. 21.
Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 186.
pS Kurt Reizler, citado en H. W. Koch, comp., The Origins ofthe First World War: Great
Power Rivalry and German War Aíms, 2.2 ed., Londres, 1984, pág. 16.

270
que no se trataba de una «violación intencional del derecho internacio-
nal, sino del acto de un hombre que lucha por su vida»””,

4. LAS TRAMPAS PSICOLÓGICAS: LA ACTITUD DE 1914

Los aspectos más profundos de la trampa eran psicológicos. ¿Por


qué los gobiernos tenían la sensación de que debían prepararse contra
un ataque? ¿Por qué eran tan rígidas las alianzas que el asesinato de un
archiduque arrastró a la guerra a toda Europa? Y ¿por qué se perse-
guían los objetivos nacionales con tan poca consideración por el peli-
gro de guerra? Para responder a estas preguntas es necesario mirar por
detrás de los políticos hacia la gente a la que representaban. Hemos de
prestar atención al clima mental de la época, a lo que James Joll llama-
ba «los supuestos no expresados». Eran supuestos de mentes modela-
das por el nacionalismo tribal.

Guerra y nacionalidad

En muchos países hubo una corriente de opinión para la cual la vo-


luntad de ir a la guerra era esencial a la nacionalidad. En Gran Bretaña,
Sir Eyre Crowe, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, ins-
tó al gobierno a que no se echara atrás: «La teoría de que Inglaterra no
puede comprometerse en una gran guerra implica su abdicación como
Estado independientte»%. Esta observación tenía su eco casi exacto en
otra de Bethmann Hollweg: «No podemos permitir la provocación de
Rusia si no queremos abdicar como Gran Potencia de Europa». Más
tarde dijo que no haber prestado apoyo a Austria-Hungría habría sign:-
ficado la autocastración de Alemania.
Cambon, el ministro francés de Asuntos Exteriores, comentó: «Es
falso que en Alemania haya una nación pacífica y un gobierno belico-
so. La verdad es precisamente lo contrario.» Esta afirmación es apoya-
da por algo que Bethmann Hollweg dijo en cierta ocasión a Cambon:
«¿No piensa usted que en Alemania hay una opinión pública fácil de
influir en cuestiones en las que se combinan el patriotismo y el interés

59 Telegrama a Lichnowsky, 3 de agosto de 1914, en Geiss, July 1914, pág. 355.


60 Memorándum de Sir E. Crowe, en la carta de Crowe a Grey, 31 de julio de 1914,
1bíd., pág. 330.
6! Jarausch, The Enigmatic Chancellor, pág. 174.

271
propio? En cualquier caso, sería justo admitir que hago tan poco por
estimularla como por seguirla».
Tanto en Gran Bretaña como en Alemania había quienes apoya-
ban un punto de vista más internacional. En Alemania, los socialde-
mócratas se oponían al militarismo, mientras que en Gran Bretaña
eran muchos los partidarios del gobierno liberal que no tenían ningún
entusiasmo por la guerra, pero incluso en muchos de ellos, cuando es-
talló la guerra, salió a la superficie un nacionalismo hasta entonces la-
tente.
En Alemania, Bethmann Hollweg convenció a los dirigentes so-
cialdemócratas de que pusieran fin a su oposición al gobierno con el
argumento de que ésta ayudaría al partido belicista tanto en Rusia
como en Alemania. Los partidarios del PSD en el país fueron ganados
con una estratagema que presentaba a Rusia como agresora. Cuando se
informó de que patrullas rusas habían penetrado en territorio alemán,
la prensa del PSD se alineó con el gobierno. La mayoría de los social-
demócratas compartían la indignación nacionalista ante la incursión.
En Gran Bretaña, Grey incitó prácticamente a todo el gabinete a
apoyar la entrada en la guerra, decisión que encontró respaldo popu-
lar. Asquith, que cenaba fuera, oyó a la muchedumbre aclamando al
rey en el Palacio de Buckingham: «Todavía a la una o una y media de
la mañana se podía oír el rugido distante. La guerra o cualquier cosa
que parezca llevar a la guerra es siempre bien recibida por las masas
londinenses». Bertrand Russell caminó entre multitudes entusiastas
cerca de Trafalgar Square: «Ese día y los siguientes descubrí para mi
asombro que los hombres y las mujeres corrientes estaban encantados
con la perspectiva de una guerra».

Darwinismo social

El nacionalismo se vio reforzado por la creencia en una lucha darwi-


nista por la supervivencia, en la que los grupos participantes son razas O
naciones. Las naciones que se nieguen a luchar desaparecerán.
No todos los que se hallaban bajo la influencia de Darwin acepta-
ban la inevitabilidad de la lucha. Algunos proponían métodos más

62 Ibíd., págs. 124, 145.


6% Brock, Asquith, pág. 148.
64
Bertrand Russell, Autobiography 1914-1944, vol. 2, Londres, 1968, pág. 16. [Trad.
esp.: Autobiografía, 1914-1944, vol. 2, Barcelona, Edhasa.]

242
cooperativos de supervivencia”, pero predominó la versión combati-
va, el darwinismo social.
En Inglaterra, un partidario del darwinismo social era Karl Pearson,
quien decía que la nación «debía mantener un nivel elevado de eficien-
cia externa mediante el enfrentamiento: a través de la guerra en el caso
de las razas inferiores, y de la lucha por rutas comerciales y fuentes de
materia prima y aprovisionamiento alimentario en el de razas iguales»*.
Lord Salisbury dividía las naciones en vivas y moribundas: «Las nacio-
nes vivas se internarán poco a poco en el territorio de las moribundas
y muy pronto aparecerán las simientes y los motivos de conflicto en-
tre naciones civilizadas»”.
En Austria, un enérgico defensor de una guerra preventiva fue el
Jefe del Estado Mayor, Franz Baron Conrad von Hoetzendorf. Incluso
después de la guerra, seguía sosteniendo su inevitabilidad desde el pun-
to de vista del darwinismo social:
Sin duda, a veces las religiones filantrópicas, las enseñanzas mo-
rales y las doctrinas filosóficas pueden servir para debilitar la lucha
de la humanidad por la existencia en su forma más cruda, pero nun-
ca conseguirán eliminarla como motivo conductor del mundo [...]
Precisamente debido a este gran principio se produjo de manera ine-
vitable e irresistible la guerra mundial, como resultado de las fuerzas
motoras de la vida de Estados y de pueblos, así como una tormenta
eléctrica debe descargarse por su propia naturaleza,

En Alemania, el darwinismo social solía presentarse en la forma


propugnada por el inglés Houston Stewart Chamberlain. Su libro titu-
lado Los fundamentos del siglo XIX, defendía la autoafirmación de la raza
alemana una vez liberada de sus elementos judíos. Apareció en 1899.
En 1912 había llegado a las diez ediciones. Este libro influyó en el pen-
samiento del káiser acerca de la lucha racial. El káiser escribió a Cham-
berlain en 1901 para agradecer a su «compañero en la batalla y aliado
en la lucha de los alemanes contra Roma, Jerusalén, etc.» haber mos-
trado el camino «que se ha de seguir para la salvación de los alemanes
y por tanto para la salvación de la humanidad»*.

65 Paul Crook, Darwinism, War and History: the Debate Over the Biology of War from the
«Origin of Species» to the First World War, Cambridge, 1994.
$6 Citado en Joll, Origins ofthe First World War, pág. 179.
67 Zara Steiner, Britain and the Origins ofthe First World War, Londres, 1977, pág. 16.
68 Aus Meiner Dienstzeit, Viena, 1923, citado en James Joll, The Unspoken Assumptions,
Londres, 1968, págs. 13-14.
6% Fritz Fischer, War ofIMlusions, trad. Marion Jackson, Londres, 1975, pág. 30.

273
El darwinismo social influyó en la carrera armamentista naval. Hu-
nold von Ahlefeld era el director los Astilleros Imperiales en Kiel y
uno de los que presionaron a favor de la expansión naval. En una car-
ta a Tirpitz en 1898 decía: «La “lucha por la supervivencia” se da entre
individuos, provincias, partidos, Estados. Los últimos entran en ella
con la fuerza de las armas o con medios económicos; contra esto no se
puede hacer nada, salvo unirse. Quien no lo haga, perecerá»”.
Tirpitz era darwinista social y consideraba que la carrera armamen-
tista naval formaba parte de la lucha por la supervivencia. Durante la
guerra estuvo afiliado al partido derechista Vaterlandspartei y después
de la guerra ocupó un escaño en el Reichstag por el Deutschenationa-
les Volkspartei. En 1922 le habló a Rudolf Hess de su simpatía por los
objetivos del nazismo. En el momento de la carrera armamentista le
preocupaba «hundirse» en la lucha: «El desarrollo de Alemania hacia
una nación industrial es irreversible, como una ley de la naturaleza [...]
los choques y los conflictos con otras naciones serán cada vez mayo-
res, razón por la cual, para que Alemania no quede rápidamente hun-
dida es esencial el poder, el poder marítimo»”..
La concepción que el darwinismo social tenía de la carrera arma-
mentista se pone en evidencia también en el rechazo de Bethmann
Hollweg de la propuesta de Grey para ponerle fin:

Aún sigue siendo válido el antiguo dicho según el cual los débiles
serán presa de los fuertes. Cuando un pueblo no quiere o no puede
continuar invirtiendo lo suficiente en armamentos como para abrirse
camino en el mundo, descenderá a la segunda categoría [...] Siempre
habrá otro y más fuerte dispuesto a ocupar el lugar que ha quedado va-
cante en el mundo”,

En un ambiente influido por el darwinismo social y por un pesi-


mismo fatalista en relación con la preservación de la paz, hubo quie-
nes fueron arrastrados por la idea de la guerra. Esto sucedió particular-
mente en Alemania. Un periodista de derechas alabó una «guerra fres-
ca y desinhibida». Otro dijo que «la guerra es el único remedio para
curar las enfermedades actuales»”. En 1913, un periodista escribió: «La
guerra es bella. Su noble grandeza eleva al hombre por encima de lo

70
Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 35.
7 Kennedy, «Arms Races», págs. 124-125, 157-158.
1? Citado en Howard, «The Edwardian Arms Race», pág. 95.
? Citado en Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 185.
terrestre, de lo cotidiano», y anticipaba la «hora feliz y grandiosa de
una lucha». El año anterior, las opiniones del Dr. Schmidt-Gibichen-
fels («Nosotros, los teutones en particular, no hemos de seguir viendo
en la guerra nuestro destructor... por fin debemos volver a ver en ella
nuestro salvador, nuestro médico») fueron recibidas en la prensa como
una «obra maestra de la ética de la guerra»”,

Honor nacional

¿Por qué eran tan rígidos los vínculos entre aliados que toda Euro-
pa se vio arrastrada a la guerra?
Detrás del darwinismo social estaba la idea de que los Estados-na-
ción eran las unidades de la selección evolucionista. Se tenía a la «na-
ción» prácticamente por una persona y el honor nacional era funda-
mental para ella. El hecho de hablar de vergúenza nacional y deshonor
y concebir a las naciones como vivas, moribundas o comprometidas
en su autocastración también refleja esta manera de pensar.
Pensar en términos de emociones, salud, vida y muerte en referen-
cia a gente imaginaria llamada «Alemania» o «Gran Bretaña» contribu-
ye al estallido de la guerra. Aparta la atención de lo que la guerra signi-
ficaría para las emociones, la salud, la vida y la muerte de gente real.
El honor nacional se utilizó para provocar la guerra con Serbia. Un
ministro austríaco dijo que las exigencias del ultimátum que estaba a
punto de presentarse eran tales que «ninguna nación con dignidad y
amor propio podía aceptarlas»”.
Los aliados estaban mutuamente bloqueados por sus compromt-
sos: los rusos se habrían sentido deshonrados si no daban su apoyo a
Serbia, o si el zar hacía caso omiso de la apelación a su «generoso co-
razón eslavo». El ministro ruso de Asuntos Exteriores diría más tarde
que la capitulación ante las exigencias alemanas y austríacas habría
sido «algo que Rusia nunca hubiera perdonado al zar, pues habría cu-
bierto de vergijenza el buen nombre del pueblo ruso»”. El gobierno
ruso se hallaba en una trampa, una de cuyas salidas conducía a la des-
honra y la otra a la guerra. Semejante era la situación en relación con
el vínculo entre los diversos países de ambas alianzas.

74 Fischer, War ofIllusions, págs. 193-194.


75 Conde Hoyos, citado en la carta de Stolberg a Jagow, 18 de julio de 1914, en
Geiss, July 1914, pág. 126.
76 Sazonov, Fateful Years, pág. 203.

275
Para Alemania, el compromiso con Austria era una cuestión de ho-
nor. Moltke dijo que abstenerse en esta materia «sería una abominable
violación de los sentimientos de fidelidad, tan profundamente arraigados
en el carácter alemán y uno de sus rasgos principales»”. Bethmann Holl-
weg diría más tarde que el único medio de evitar la guerra era una aproxt-
mación a Gran Bretaña, pero que «después de haber decidido una políti
ca en favor de Austria, no podíamos abandonarla en aquella crisis»”,
También Gran Bretaña tomó en serio la cuestión de honor. Cuan-
do, en el último minuto, Bethmann Hollweg propuso la neutralidad
británica si Alemania y Francia entraban en guerra, Grey se molestó:
«¿Es que Bethmann Hollweg no ha entendido? ¿Cómo no ha visto
que nos hacía una oferta que nos deshonraba si accedíamos a ella?
¿Qué clase de hombre sería quien no se diera cuenta de esto? ¿O es
que pensaba tan mal de nosotros como para creer que no lo vería-
mos?»”. En su respuesta a Bethmann Hollweg dijo que «hacer esa ne-
gociación con Alemania a expensas de Francia sería una desgracia de la
que el buen nombre de esta país nunca se recuperaría»%,
En el Foreign Office, Sir Eyre Crowe dejó escrito que al establecer
la alianza con Francia «se forjaba un vínculo moral» que creaba la ho-
norable expectativa de que, en una disputa justa, «Inglaterra estaría a fa-
vor de sus amigos»*!, El Partido Conservador presionó en los mismos
términos al gobierno británico para que se mantuviera firme: «Cual-
quier vacilación en dar ahora apoyo a Francia y Rusia sería fatal para el
honor y la seguridad futura del Reino Unido»*?,
Estos argumentos eran básicos en el pensamiento de Grey. Como
diría luego, «la verdadera razón para ir a la guerra era que, si no estába-
mos junto a Francia y no nos levantábamos a favor de Bélgica contra
esta agresión, quedaríamos aislados, desacreditados y seríamos odiados;
sólo tendríamos por delante un futuro miserable e innoble»**, Unos po-
cos días después del estallido de la guerra, el primer ministro Herbert
Asquith dijo en la Cámara de los Comunes que Gran Bretaña luchaba
«ante todo para cumplir una solemne obligación internacional que, de
haberse contraído entre personas privadas en cuestiones ordinarias de la

77 Carta de Moltke a Bethman Hollweg, 29 de julio de 1914, en Geiss, July 1914,


pág. 284.
2 Jarausch, The Enigmatic Chancellor, pág. 149.
Grey, Twenty-five Years, vol. 1, págs. 327-328.
% Telegrama de Grey a Goschen, 30 de julio de 1914, en Geass, Julio 1914, pág. 315.
[=-]

Memorándum de Crowe, ¿bíd., pág. 331.


Joll, «Politicians and the Freedom to Choose», pág. 103.
Grey, Tuventy-five Years, vol. 2, pág. 15.
vida no se consideraría tan sólo una obligación legal, sino incluso una
deuda de honor que ningún hombre que se respete podría repudiap»**.
En nuestra época se intuye una cierta hipocresía cuando los políti-
cos mencionan el honor para fundamentar decisiones de política exte-
rior, pero tal vez en 1914 la idea de los deberes nacionales referentes al
honor fueran objeto de un apoyo amplio y sincero. Al argumentar
que, si estallaba la guerra, Gran Bretaña tenía también razones de inte-
rés propio para participar al lado de Francia y de Rusia, Michael Ho-
ward deja deslizar un comentario marginal acerca de la opinión públi
ca británica cuya pertinencia tal vez sea mayor. Dice que había razones
de interés propio, «ajenas por completo al honor, al sentimiento y al
respeto a los tratados». Luego añade: «y recordemos que aquella gene-
ración de ingleses no dejó de lado estas cosas, sino que las consideraba
fundamentales»*. Es difícil evaluar las afirmaciones acerca del clima
moral de épocas anteriores, pero el conocimiento o los recuerdos que
algunos tenemos de gente de esa generación, junto a lo que se ha escri-
to en esa época, que es mucho, puede conferir al comentario de Mr-
chael Howard serios visos de verdad.
En tal caso, parte de la trampa se debía a la perspectiva moral pre-
dominante, a saber, la visión de que la guerra era menos mala que la
traición a la confianza. Á veces, al observar desde el punto de vista his-
tórico a la gente de la época, se aprecia en muchas personas una creen-
cia en la ley moral asombrosamente desprovista de cinismo. Reflexio-
nar sobre su rectitud y su integridad tal vez sugiera que, en nuestra épo-
ca más desencantada, hemos perdido algo importante. Pero hay
también otro aspecto. Las cualidades de rectitud y de honor formaban
parte de la inocencia, de la trampa que condujo a las trincheras.
La facilidad con que los gobiernos con apoyo popular hacían lo
que era honorable se debía en parte a su ignorancia de cuáles serían to-
das sus consecuencias.

Mal cálculo de la magnitud de la crisis

Si miramos hacia atrás, los estadistas parecen demasiado pequeños


para la escala de los acontecimientos que trataron de controlar y de la
catástrofe que trataron de prevenir. Esto se debe en parte a que hoy po-

84 Asquith, citado en Michael Brock, «Britain Enters the War», en Evans y Von
Strandmann (comps.), The Coming of the First World War, pág. 177.
85 Howard, «Europe on the Eve of the First World War», 2bíd., pág. 9.

218
demos apreciar en toda su magnitud la Primera Guerra Mundial, mien-
tras que ellos, que esperaban que en Navidad estuviera ya todo con-
cluido, no tenían idea de lo estaba a punto de suceder. Los militares no
eran inmunes a esta ceguera. Unos pocos meses después de empezar la
guerra, el general William Birdwood dijo: «¡Qué suerte ha sido esta
guerra para Irlanda, pues la salvó de una guerra civil después de la cual
estaríamos todos cansados de pelear».
Sir Edward Grey intuía que la guerra sería un desastre y trató de evi-
tarla con más ahínco que los demás. Así expresó tu temor a la guerra:

Las posibles consecuencias de la situación eran terribles. Me pa-


recía que si llegaban a comprometerse en la guerra cuatro grandes
potencias —digamos Austria, Francia, Rusia y Alemania— esto im-
plicaría el gasto de una suma tan grande de dinero y una interferen-
cia tal en el comercio, que sería acompañada o seguida por un colap-
so total del crédito y la industria europeos. En estos días, para gran-
des Estados industriales, esto acarrearía una situación peor que la
de 1848 y, con independencia de quiénes resultaran triunfadores en
la guerra, muchas cosas quedarían barridas para siempre”.

Pero incluso esta sombría predicción del colapso económico y del


advenimiento de una situación más grave que la de 1848, resulta des-
preciable en comparación con lo que habría de ocurrir en realidad.
Fue una crisis cuyas plenas dimensiones no fueron percibidas por
los que en ella se hallaban inmersos, atrapados como estaban en una
red de ambigúedades, malentendidos y confusas intenciones, del mis-
mo modo que eran cautivos de la trampa creada por los planificadores
militares no sometidos al control adecuado, por las alianzas militares y
por la opinión pública. En un nivel más profundo, eran presa de una
trampa psicológica. Parte de ésta era el mutuo temor hobbesiano pro-
vocado por la carrera armamentista.
También existía una trampa creada por la caprichosa interacción de
diferentes corrientes de creencias predominantes: en algunos casos, el
darwinismo social; en otros, una moral que hacía del honor un abso-
luto. Lo que estas creencias tenían en común era la manera en que im-
pedían el desarrollo de la imaginación moral. En vez de dirigir la aten-
ción a la gente y a las consecuencias que la guerra tendría para su vida,
se la orientó hacia la abstracción de la nación. Parecía que lo más im-
portante era la supervivencia de la nación en la lucha evolucionista, la

6 Steiner, Brittaín and the Origins of the First World War, pág. 229.
87 Joll, Origins of the First World War, pág. 16.

278
negativa a aceptar un insulto a la nación y el hecho de evitar una hu-
millación o una deshonra a la nación. La nación como pueblo imagi-
nario se puso por encima de los pueblos reales que las constituían.
La política y las trampas psicológicas se combinaron con esta ina-
decuada manera de pensar para llevar a los estadistas a producir colec-
tivamente el desastre. Fue un desastre que con seguridad la mayor par-
te no deseaba, o que probablemente no deseara nadie. Tal vez lo que
Bethmann Hollweg dijo el 30 de julio al gabinete prusiano pudo ha-
berlo dicho cualquiera de ellos: «La gran mayoría de los pueblos son
pacíficos en sí mismos, pero las cosas están fuera de control y la piedra
ha comenzado a rodar»**,

$0” Ibíd., pag. 23:

219
CAPÍTULO 22

Se empieza a salir de la trampa: 1962

No preguntéis quién perdió ni quién ganó. Ganó la hu-


manidad. Ganó la razón humana.

NIkITA JRUSCHOV

La catástrofe de factura humana de 1914 dejó pequeño cualquier


desastre anterior, pero habría sido ampliamente superada por la catás-
trofe nuclear que a duras penas se consiguió evitar en 1962. Las dos su-
perpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, estuvieron a pun-
to de ir a la guerra. En parte, las causas eran una repetición de los fac-
tores de 1914: accidente, juicio erróneo, egoísmo nacional y orgullo,
las trampas hobbesianas de la carrera armamentista y de las alianzas
militares competitivas. Juntas, las superpotencias evitaron la guerra
en 1962 gracias, por un lado, a los efectos tranquilizantes de las armas
nucleares, y por otro lado, a las lecciones que habían aprendido del de-
sastre anterior. Y ahora, a su vez, hay cosas que aprender de la expe-
riencia de 1962.

1. QUINCE DÍAS DE OCTUBRE

El 14 de octubre de 1962 el mayor Rudolf Anderson sobrevoló


Cuba con un avión U2 y regresó con fotografías de emplazamientos
de misiles y de componentes de los mismos. Al día siguiente se inter-

280
pretaban las fotos. El 16 de octubre se habló con el presidente John
Kennedy.
Dos días después, Kennedy se encontró con el ministro de Asun-
tos Exteriores soviético, Andrei Gromiko, pero no dejó traslucir lo que
sabía. Gromiko le dijo que no se enviaría a Cuba ni un solo misil so-
viético. Lo mismo se le había asegurado a Kennedy en otros mensajes
personales procedentes del líder soviético, Nikita Jruschov. Kennedy
montó en cólera por la jugada soviética y por el engaño. |
El mismo día que se informó a Kennedy de los misiles tuvo lugar
en la Casa Blanca la primera reunión del Comité Ejecutivo del Conse-
jo Nacional de Seguridad, o «Ex-Comm». Al principio, la mayoría de
sus miembros apoyó un ataque aéreo contra los emplazamientos de
misiles. Kennedy estaba absolutamente convencido de que Estados
Unidos no podía aceptar la existencia de misiles en Cuba.
El Ex-Comm continuó reuniéndose durante la crisis. El problema
fundamental consistía en decidirse entre un ataque aéreo o el bloqueo
de Cuba. Adlai Stevenson, embajador norteamericano ante las Nacio-
nes Unidas, hizo una tercera propuesta: a cambio de la retirada de los
misiles soviéticos, Estados Unidos retiraría sus misiles de Turquía y de
Italia, y entregaría su base naval cubana en la Bahía de Guantánamo.
Esta propuesta topó con una enérgica oposición. (Stevenson ya se ha-
bía pronunciado contra un ataque aéreo con un argumento sutil y ele-
gante: «Dar comienzo a una guerra nuclear o arriesgar su desencadena-
miento es, indefectiblemente y en el mejor de los casos, crear disen-
sión»!.) Kennedy optó por el bloqueo.
El 22 de octubre, Kennedy habló por radiotelevisión sobre los m:-
siles y anunció (como paso inicial) un bloqueo o «cuarentena». Era
preciso detener y revisar las naves destinadas a Cuba. Las que llevaran
armas ofensivas debían regresar. Cualquier misil nuclear que se lanza-
ra desde Cuba contra cualquier país de Occidente sería considerado un
ataque soviético a Estados Unidos, lo que requeriría una represalia en
toda regla.
Muchos líderes del Congreso criticaron la respuesta como excesiva-
mente débil. Había senadores que insistían con energía en un ataque
aéreo o una invasión. Kennedy había señalado que incluso el bloqueo
era arriesgado, que del lado soviético se esperaba que el bloqueo no

1 Carta de Stevenson al presidente, 17 de octubre, en Laurence Chang y Peter Korn-


bluh (comps.), 7he Cuban Missile Crisis, 1962: a National Security Archive Documents Rea-
der, Nueva York, 1992, pág. 119.

281
afectara a buques rusos, porque eso implicaría la guerra: «De modo
que en las próximas veinticuatro horas podemos estar en guerra” .
Jruschov reaccionó ásperamente al mensaje de Kennedy. Ordenó
trabajar en los emplazamientos de misiles para acelerar su instalación y
ordenó incluso que los buques soviéticos ignoraran el bloqueo y man-
tuvieran su rumbo a Cuba. El gobierno soviético acusó a Estados Un:
dos de piratería, de ilegalidad y de «dar por supuesto el derecho de exigir
que los diferentes Estados cuenten con ellos para decidir cómo organi-
zar su defensa y que le den a conocer qué transportan en alta mar». Dijo
que el gobierno soviético «rechaza con firmeza esas pretensiones» y ad-
virtió del peligro de una guerra nuclear. Jruschov escribió a Kennedy de-
clarándole que sus medidas constituían una grave amenaza para la paz.
El miércoles 24 de octubre se acercaron a la línea de cuarentena los
primeros buques soviéticos. Anastas Mikoyan, el primer viceministro
soviético, asumió la responsabilidad de contravenir la orden de Jru-
shov. Algunos barcos ralentizaron la marcha o cambiaron de rumbo.
Cuando las noticias llegaron al Ex-Comm, Dean Rusk susurró a
McGeorge Bundy: «Estamos ojo contra ojo y el otro tipo acaba de pes-
tañear»”,
Pero la crisis prosiguió su escalada. Se puso en situación de alerta
«Def/Con 2» al Comando Estratégico Norteamericano del Aire, lo que
implicaba estar preparado para entrar en guerra en cualquier momen-
to. Algunos buques soviéticos mantuvieron su rumbo. Jruschov ame-
nazó con hundir las naves norteamericanas que detuvieran las suyas.
Al día siguiente, jueves, un buque cisterna soviético fue interceptado y
se le permitió proseguir su marcha sin abordarlo. El viernes fue deteni-
do y abordado otro buque. No tenía misiles y se le permitió continuar,
El mismo día Fidel Castro autorizó a sus fuerzas a que abrieran fue-
go contra un avión norteamericano. El sábado 27, un U2 fue abatido
sobre Cuba. El piloto, nuevamente el mayor Rudolf Anderson, resultó
muerto. Otro U2, supuestamente en vuelo rutinario de «muestreo», in-
vadió el espacio aéreo soviético. Los cazas soviéticos lo expulsaron,
pero no consiguieron interceptarlo. Jruschov recibió un mensaje de
Castro en el que decía que era inminente un ataque norteamericano a
Cuba (aunque lo más probable era un ataque aéreo, no se descartaba
una invasión). Castro decía que, en caso de invasión,

? Ernest R. May y Philip D. Zelikow (comps.), The Kennedy Tapes: Inside the White
House During the Cuban Missile Crisis, Cambridge, Mass., 1997, pág. 264.
3 Ibíd., pág. 358.

282
la Unión Soviética jamás debe permitir que se den circunstancias ta-
les que permitan a los imperialistas lanzar el primer ataque nuclear
contra Cuba. Le digo esto porque creo que la agresividad de los im-
perialistas es extremadamente peligrosa y si llevan realmente a cabo
el acto brutal de invadir Cuba, violando el derecho internacional y
la moral, ése sería el momento de eliminar el peligro mediante un
claro acto de legítima defensa, por dura y terrible que pueda ser la
solución, pues no hay otra?.

Jruschov interpretó esto como un llamamiento a la realización de


un ataque nuclear preventivo contra Estados Unidos.
Entre el jueves y el sábado, mientras estos acontecimientos navales,
aéreos y diplomáticos agravaban la crisis, comenzaron a vislumbrarse
dos posibles soluciones.
La primera consistía en hacer desaparecer los misiles a cambio de
una promesa norteamericana de no invadir Cuba. El viernes, Aleksan-
der Fomin, un importante funcionario de la inteligencia soviética, re-
sumió este plan al reportero de televisión John Scali. Pidió a Scali que
averiguara si Estados Unidos estaba interesado en ello. El Secretario de
Estado, Dean Rusk, dio a Scali un mensaje para Fomin en el que expre-
saba un serio interés.
Esa noche Kennedy recibió una larga y conciliadora carta personal
de Jruschov. La carta expresaba profunda repulsión emocional por la
guerra:
Si la guerra llegara a estallar realmente, no estaría en nuestras
manos contenerla ni detenerla, pues ésa es la lógica de la guerra. Yo
he intervenido en dos guerras y sé que la guerra sólo termina cuan-
do ha arrollado ciudades y aldeas sembrando muerte y destrucción
por doquier [...] Si no se actúa con prudencia, llegará el momento
en que el choque sea inevitable [...] No debiéramos, usted y yo, tirar
demasiado de la cuerda en la que hemos hecho un nudo de guerra,
pues cuanto más tiremos de ella, más fuerte se hará el nudo. Y po-
dría llegar el momento en que tan apretado esté, que su autor ya no
sea capaz de desatarlo, por lo cual habría que cortarlo”.

Jruschov ofreció una solución por la vía que había mencionado


Fomin.
La otra propuesta consistía en retirar los misiles soviéticos de Cuba
y los misiles norteamericanos de Turquía. Esto es lo que sugirieron

4 Citado en Chang y Kombluh, 7he Cuban Missile Crisis, pág. 189.


5 Citado 1bíd., págs. 185-188.

283
Bruno Kreisky, ministro austríaco de Asuntos Exteriores, y Walter
Lippman en su columna del Washington Post. A avanzada hora de la no-
che del viernes, el hermano del presidente, Robert Kennedy, se encon-
tró en secreto con Anatoly Dobrinin, el embajador soviético. Dobrinin
pidió una respuesta norteamericana al asunto de los misiles trazando
un paralelo con la situación de los misiles en Turquía. Robert Kennedy
consultó al presidente e informó que tenía el ánimo dispuesto a «exa-
minar favorablemente la cuestión de Turquía».
El sábado 27 de octubre, Kennedy recibió una carta más dura de
Jruschov, en la que proponía el intercambio de misiles Cuba-Turquía.
En la reunión del Ex-Comm en la que se analizó esta carta, los Jefes
del Estado Mayor Conjunto dijeron que el bloqueo no había dado re-
sultado. Propusieron un ataque aéreo a Cuba el lunes, al que seguiría
una invasión. Este punto de vista no prevaleció y Kennedy contestó a
Jruschov con una carta que presentó como respuesta a una primera
carta rusa, más amistosa. Aceptaba las propuestas que contenía, a sa-
ber, retirar los misiles a cambio de un compromiso norteamericano de
no invadir Cuba, y decía que «el efecto de ese acuerdo para aliviar las
tensiones del mundo nos capacitará para trabajar en una ordenación
general relativa a “otros armamentos”, como propone usted en su se-
gunda carta».
El secretario de prensa de Kennedy, Pierre Salinger, describió el es-
tado de ánimo reinante tras la reunión del Ex-Comm de ese sábado
por la noche. Si no tenían una respuesta soviética esa misma noche o
a primera hora de la mañana, analizarían una escalada militar. «Cuan-
do salí de la Casa Blanca me entregaron un sobre sellado y me dijeron
que se lo entregara a mi mujer y le dijera que si al día siguiente yo no
aparecía... abriera el sobre, que allí se le diría a dónde debía ir con mis
hijos para ponerse a salvo»*,
Ese sábado, a última hora de la tarde, Robert Kennedy volvió a en-
contrarse con Dobrinin. Dijo entonces que el gobierno norteamerica-
no sabía que se había acelerado el trabajo en las bases de misiles y que
les parecía muy grave el hecho de que hubieran abatido al mayor Án-
derson. Estados Unidos necesitaba para el día siguiente un compromi-
so de que los misiles serían eliminados. Si la Unión Soviética no reti-
raba los misiles, lo haría Estados Unidos. El propio Robert Kennedy
describe lo que dijo: «Esto no es un ultimátum, sino un juicio de he-

” Citado en Bruce]. Allyn, James G. Blight y David A. Welch, Back to the Brink: Pro-
ceedings of the Moscow Conference on the Cuban Missile Crisis, 1989, Cambridge, Mass.,
1992, pág. 77.

234
cho.» Robert Kennedy y Dobrinin también llegaron a un acuerdo, que
se haría público, por el cual los misiles cubanos y los turcos se retirarían
como forma de intercambio. Dobrinin envió esta propuesta a Moscú.
Robert Kennedy regresó a la Casa Blanca:

El presidente no era optimista, ni yo. Ordenó a veinticuatro es-


cuadrones de transporte de tropas de la Reserva de la Fuerza Aérea
que estuvieran listos para operar. Se les necesitaría para una inva-
sión. No había perdido la esperanza, pero la única que quedaba era
que en las horas siguientes Jruschov revisara su estrategia. Era una es-
peranza, no una expectativa. La expectativa era un enfrentamiento
militar el martes o tal vez el día siguiente”.

A los líderes soviéticos les alarmó sobremanera lo que supieron por


Dobrinin y decidieron aceptar el trato y retirar sus misiles de Cuba.
A causa de la urgencia, contestaron por radio el domingo mismo. El re-
dactor de Jruschov, Fyodor Burlatsky, ha descrito cómo se preparó la
respuesta en la dacha de aquél, en las afueras de Moscú: «Una vez termi-
nada la carta se envió a un hombre para que la llevara a toda prisa —en
coche— a la estación de radio. Se le dijo que la entregara a tiempo para
transmitirla antes de las tres. Estaban muy nerviosos.» Se dejó libre uno
de los ascensores del edificio de Radio Moscú para llevar la carta?.
Todavía era de mañana en Washington cuando Radio Moscú trans-
mitió la concesión de Jruschov de retirar los misiles. Dobrinin entregó
el mensaje, junto con los mejores deseos de Jruschov para el presiden-
te Kennedy y su hermano. Esa tarde comenzó el desmantelamiento de
los misiles. Hubo unos cuantos intercambios poco amistosos acerca de
qué armas debían salir y acerca del compromiso norteamericano de no
invadir Cuba, pero se superó la crisis.
El mes siguiente, Jruschov escribió una carta a Kennedy: «El nudo
que ahora estamos deshaciendo estaba muy apretado, casi al límite».
¿Qué objetivos llevaron a ambos gobiernos, plenamente conscientes
de lo que podía ser la guerra nuclear, a poner mutuamente al otro al
borde del precipicio?

7 Robert Kennedy, Thirteen Days: a Memoir of the Cuban Missile Crisis, Nueva York,
1969, pág. 109.
$ James G. Blight y David A. Welch, On the Brink: Americans and Sovets Re-examine
the Cuban Missile Crisis, Nueva York, 1989; 2.* ed., 1990, pág. 254.
9 11 de noviembre de 1962, en Chang y Kornbluh, The Cuban Massile Crisis,
¡E

285
2. TOPOS CIEGOS

Objetivos soviéticos y norteamericanos

¿Por qué el gobierno soviético decidió enviar misiles a Cuba? El


motivo dominante era disuadir a Estados Unidos de atacar la isla. Pen-
saban que los misiles podían inclinar del lado soviético la balanza del
poder y temían perder prestigio e influencia si Castro caía.
Había razones para temer una invasión norteamericana de Cuba.
El gobierno estadounidense deseaba derrocar a Castro y había corta-
do el abastecimiento de petróleo y otros bienes. Al referirse más tar-
de al encuentro que tuvo con Kennedy en Viena, Jruschov afirmó
que el presidente norteamericano había comparado lo que su país hi-
ciera en Cuba con el trato que Rusia daba a Hungría. Estados Unidos
había apoyado la fracasada invasión de cubanos anticastristas en la
«Bahía de Cochinos» y se habían trazado planes, con el nombre co-
dificado de «Operación Mangosta», para una eventual invasión de
fuerzas estadounidenses. Aunque el gobierno norteamericano no es-
taba comprometido en estos planes, su descubrimiento no era tran-
quilizador.
Otro objetivo soviético era reducir el liderazgo nuclear norteameri-
cano. Más tarde, el propio Jruschov diría: «Además de proteger a Cuba,
nuestros misiles habrían logrado lo que a Occidente le gusta llamar un
“equilibrio del poder”. Los norteamericanos habían rodeado de bases
militares nuestro país y nos amenazaban con armas nucleares, de
modo que ahora aprenderían cómo se siente uno cuando lo están
apuntando misiles enemigos»!%. Como expuso Jruschov al ministro so-
viético de Defensa, Rodion Malinovsky: «¿Por qué no meter un erizo
en los calzoncillos del Tío Sam?»!!,
En el peligroso mundo de la Guerra Fría y la carrera armamentista,
el movimiento secreto de Jruschov era una apuesta arriesgada. Su ase-
sor, Eyodor Burlatsky dice que para él era normal el engaño en las re-
laciones políticas con posibles adversarios*?. Tenía poca idea de la pro-
babilidad de ser detectado y de la probable reacción norteamericana.

10 Nikita S. Jruschov, Khrushchev Remembers, Nueva York, 1970, pág. 494.


!! Aleksander Fursenko y Timothy Naftali, «One Hell ofa Gamble»: the Secret History of
the Cuban Missile Crisis, Londres, 1997, pág. 169.
2 Burlatsky en Allyn, Blight y Welch, Back to the Brink, pág. 46.

286
Pero sus motivos eran más disuasorios que agresivos. Estos objetivos se
combinaron con un conjunto de motivos análogamente no agresivos
de los estadounidenses para poner al mundo al borde del desastre.
En la administración Kennedy había un acuerdo sobre la necesi-
dad de que los misiles fueran retirados de inmediato. Esto eclipsó las
diferencias relativas a las razones de tan intensa preocupación, que
eran diversas. Unos misiles tan cercanos, que podían alcanzar objeti-
vos norteamericanos con tanta rapidez, constituían un nuevo nivel de
amenaza. El presidente Kennedy, al hablar a los jefes del Estado Mayor
Conjunto el 19 de octubre, dijo que cuando los misiles se hicieran ope-
rativos, «tendremos este cuchillo clavado directamente en las tripas».
Más peligroso sería que el control de los misiles pasara a manos de
Castro. La amenaza nuclear extra podía inclinar la balanza del poder
del lado soviético. Aceptar los misiles sería perder un asalto de la Gue-
rra Fría, con la consiguiente pérdida de prestigio para Estados Unidos.
Tanto el miedo a un ataque nuclear desde Cuba como la pérdida de
prestigio de Estados Unidos hacían que la presencia de los misiles re-
sultara intolerable para la opinión pública norteamericana.
Había razones para dudar de que los misiles de Cuba alteraran real-
mente el equilibrio estratégico. Robert McNamara afirmó: «No creo
que se trate de un problema primordialmente militar. Es ante todo un
problema de política interna»!*. Más tarde dijo también que el retraso
de Jruschov en materia de misiles era de alrededor de diecisiete a uno:
«¿Piensa usted que unos cuarenta y tres misiles más en Cuba, cada uno
de ellos con una ojiva de combate, le haría creer que podría usar sus ar-
mas nucleares? ¡En absoluto! Jruschov había creado un problema polí-
tico, no un problema militar»'”.
Algunos miembros de la Ex-Comm percibieron una gran amenaza
nuclear para Estados Unidos. Algunos sostuvieron también la doctrina
Monroe, según la cual no debe haber en América intervención de po-
tencias de otras regiones del mundo. Esta doctrina tiene un evidente
atractivo para Estados Unidos, pero no es una buena respuesta al argu-
mento soviético de que sus misiles en Cuba eran el equivalente exacto
de los misiles norteamericanos en Turquía.
La debilidad central del argumento norteamericano residía en que
no había respuesta convincente a esa equivalencia. El presidente Ken-
nedy se daba cuenta. Refiriéndose a la propuesta soviética de eliminar

13 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 176.


4 Ibíd., pág. 114.
15 Blight y Welch, On the Brink, pág. 188.

287
los misiles de Cuba a cambio de que los norteamericanos retirasen sus
misiles de Turquía, dijo que «para cualquier hombre de las Naciones
Unidas o para cualquier otro hombre racional resultará una negocia-
ción muy justa». Theodore Sorensen, redactor del mensaje público
de Kennedy, dijo luego que la preocupación básica del presidente por
la equivalencia fue el principio que dio forma al discurso: «Precisamen-
te por esta razón se puso tanto énfasis en el despliegue repentino y enga-
ñoso. Observemos muy atentamente ese discurso; en sus palabras con-
fiamos profundamente para asegurar que el mundo no se centraba en
una cuestión de simetría»?”.
Pero los misiles provocaron una auténtica angustia defensiva. Una
estimación que menciona Robert Kennedy ofrecía la cifra de ochenta
millones de norteamericanos muertos en caso de que los misiles hu-
bieran sido disparados. Y la preocupación por lo que sucedería si el
control pasaba a manos de Castro estaba justificada. Su carta, que pa-
rece abogar por un primer ataque soviético, daba sustento a la preocu-
pación norteamericana.
Dos gobiernos, cada uno con objetivos defensivos y (predominan-
temente) racionales, se encontraron tirando de la cuerda y apretando el
nudo de la guerra. Lo mismo que los líderes de 1914, estaban mutua-
mente atrapados. En 1962, la trampa era, en parte, producto de la mala
interpretación recíproca de las intenciones de ambos bandos; en parte,
resultado de la carrera armamentista y, en parte, de la competencia po-
lítica de la Guerra Fría.

Confusión y comunicación

Uno de los problemas era de índole técnica: la lentitud de las comu-


nicaciones en aquellos días. La propuesta de Jruschov del 26 de octu-
bre necesitó siete horas para llegar a Washington. El embajador sovié-
tico, Anatoly Dobrinin, describió más tarde lo que sucedía cuando la
embajada quería enviar mensajes urgentes a Moscú acerca de la crisis:
«Llamábamos a Western Union. Desde allí, un negro en una bicicleta
venía a nuestra embajada. Le entregábamos los cables y él, a toda velo-
cidad —en eso insistíamos—, regresaba en su bicicleta a la Western
Union, desde donde se enviaba el cable a Moscú»!?.

18 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 498.


17 Blight y Welch, On the Brink, pág. 246.
'% En Allyn, Blight y Welch, Back to the Brink, págs. 86, 88.

288
Pero el primitivismo de la tecnología no agota la cuestión. Había
teléfono. Con la ayuda de intérpretes, ambos líderes habrían podido
mantener conferencias telefónicas de haberlo querido. (Cuando el pre-
sidente Kennedy se quejaba de la demora en la comunicación, Lle-
wellyn Thompson le decía que siempre podía hablar por teléfono,
pero nunca lo hizo)'”. Como en 1914, el problema de la comunica-
ción se debía en parte a la falta de claridad en las intenciones.
Las intenciones norteamericanas respecto de Cuba no eran claras
(aun cuando fueran pacíficas, podían ser mal interpretadas). Las fuer-
zas armadas tenían planes eventuales para una invasión. El 20 de sep-
tiembre, el Senado aprobaba por 86 votos contra 1 una resolución que
autorizaba el uso de la fuerza contra Cuba si fuese necesario. En una
conferencia de prensa del 29 de agosto, Kennedy rechazó una invasión
en estos términos: «No estoy a favor de invadir Cuba en este momen-
to»?. Los que rodeaban a Kennedy dicen que no había ninguna inten-
ción de actuar según esos planes. Robert McNamara dijo: «Puedo afir-
marlo categóricamente, sin restricción alguna y con la certeza de ha-
blar no sólo por mi conocimiento, sino también por mi comprensión
—<que creo completa— del pensamiento del presidente Kennedy [...]
puedo afirmar inequívocamente que no teníamos absolutamente ningu-
na intención de invadir Cuba.» Pero rechazar una invasión «en ese mo-
mento» dejaba espacio al menos para preocuparse por futuras intencio-
nes. Y, con perspectiva histórica, McNamara admitía que los planes de
un eventual ataque podían ser razonablemente interpretados por los
cubanos como una evidencia de la intención de invadir: «Si yo hubie-
ra sido cubano, habría pensado eso»”.

Deriva militar

En ambos bandos había señales de que las fuerzas armadas estaban


escapando de todo control.
El avión del mayor Anderson fue derribado por mandato de los
comandantes soviéticos en Cuba. Las unidades soviéticas tenían 1ns-
trucciones de no disparar los misiles a no ser que se produjera un ata-
que norteamericano y se recibieran órdenes de Moscú; no obstante,
había órdenes permanentes de «disparar a cualquier avión que sobre-

19 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 136.


20 Chang y Kornbluh, 7he Cuban Missile Crisis, págs. 354, 356.
21 En Allyn, Blight y Welch, Back to the Brink, págs. 7, 9.

289
vuele posiciones soviéticas en tiempos de guerra». Los generales locales
tuvieron veinte minutos para decidir entre disparar o no al U2. Trata-
ron de contactar con el comandante soviético en Cuba, pero no lo
consiguieron. El general Georgy Voronkov dio orden de disparar.
Cuando, más tarde, Jruschov lo criticó por eso, mencionó las órde-
nes permanentes”.
Del lado norteamericano, algunas situaciones de peligro tuvieron
su origen en descuidos militares. Se lanzó un misil de la Base Vander-
berg de la Fuerza Aérea de California como parte de un programa de
pruebas, sin parar mientes en cómo podría interpretarlo la Unión So-
viética. El 28 de octubre, el Comando de Defensa Aérea de Estados
Unidos recibió la información de que un misil nuclear de Cuba estaba
a punto de caer en Tampa. Luego, al no producirse explosión alguna
en Tampa, se descubrió que un operador de radar había insertado una
cinta de prueba con la simulación de un ataque de Cuba.
Otro peligro derivaba de la prioridad que militares daban a su li-
bertad de acción. Un oficial importante deseaba imponer su propio se-
llo a la política. El general Power, comandante en jefe del Comando
Estratégico del Aire, tenía que enviar a sus unidades la señal para entrar
en «Def/Con 2», estado de alerta correspondiente a la disposición para
entrar de inmediato en combate. El procedimiento normal era enviar
la señal codificada. Sin autorización, el general Power envió la señal sin
codificar, facilitando así la detección soviética. Luego diría que había
querido «restregarles por las narices a los soviéticos su inferioridad nu-
clear»”.
El adorno que introdujo el general Power en la política fue una ex-
cepción. El mayor peligro durante esta crisis residió en el hecho de que
las prioridades militares pudieran influir de tal modo en la política
que se llegara a producir el riesgo de una guerra nuclear. Entre los jefes
militares superiores se prefería el ataque aéreo masivo y la invasión al
enfoque más prudente de Kennedy.
La acción rápida y decisiva es atractiva para los militares. El 19 de
octubre, tras una reunión de Kennedy con los altos jefes del ejército, la
grabadora siguió grabando una vez que el presidente hubo salido de la
habitación. Captó la cólera incoherente del general David Shoup ante
la prudencia de Kennedy: «Finalmente pronunció la palabra “escala-
da”. Es lo único que vale algo de toda esta mierda. Ve... y coge a esos
jodidos uno por uno. Alguien les impide hacer lo único que tienen

22 Blight y Welch, On the Brink, págs. 336, 339.


23 Raymond Garthoff, ibíd., pág. 75.

290
que hacer. Ese es nuestro problema. Hay que ir y ponerse a joder con
los misiles. ¡Estáis chalados! ¡Chalados, completamente chalados! Hay
que hacer alguna maldita cosa, alguna cabronada y hacerla bien... que
se dejen de puñetas... una vez lo haces no puedes andarte con tonterías
y retirar un misil. Con los emplazamientos de los SAM no se juega. Has
de coger y eliminar la mierda que no te permite hacer tu trabajo»?,
Se dice que el general Maxwell Taylor comentó que «no compartía
el temor de MacNamara de que si utilizábamos armas nucleares en
Cuba, se utilizarían armas nucleares contra nosotros»”. El Estado Mayor
Conjunto recomendó formalmente un ataque aéreo y, aun después del
mensaje radiofónico de Jruschov en el que aceptaba retirar los misiles,
envió un memorándum en el que decía que esa declaración era un in-
tento de «postergar la acción directa de Estados Unidos mientras prepa-
raban el terreno para el chantaje diplomático». El Estado Mayor Conjun-
to seguía pensando que, a menos que hubiera pruebas irrefutables del
desmantelamiento efectivo de los misiles, debía producirse un ataque
aéreo al día siguiente y luego una invasión”.
El Estado Mayor Conjunto creía en el informe de la CIA, según
el cual sólo había 10.000 soldados soviéticos en Cuba. En realidad ha-
bía 43.000 y estaban equipados con cabezas nucleares estratégicas que,
en previsión de un ataque norteamericano y con la aprobación de Jrus-
chov, se había acercado a sus vehículos de lanzamiento. En caso de in-
vasión, muy bien podían haberse utilizado armas nucleares estratégicas
contra los norteamericanos, a nesgo de una probable respuesta nuclear
norteamericana. Incluso sin el uso de armas nucleares, los rusos y los
cubanos habrían sufrido una sangrienta derrota. Años después, Robert
McNamara participó en una conferencia con Gromiko, Dobrinin y
otros dirigentes responsables de la política soviética en el momento de
la crisis. Dice que estos dirigentes «expresaron su absoluta incredulidad
sobre el hecho de que nosotros hubiéramos pensado que, ante una
derrota tan catastrófica, no fueran a surgir respuestas militares en cual-
quier lugar del mundo. Lo más probable es que el resultado fuera una
escalada sin control». El mayor peligro de la crisis era que los respon-
sables de las decisiones políticas estuvieran influidos por el consejo de
jefes militares de confianza y aparentemente bien informados.

24 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 188.


25 Ibíd., pág. 194.
26 Ibíd., págs. 519, 635.
27 Robert McNamara, ln Retrospect: the Tragedy and Lessons of Vietnam, Nueva York,
1995, págs. 339-342.

291
La carrera armamentista como trampa hobbesiana

La crisis se debió en parte al liderazgo norteamericano en la carre-


ra armamentista, uno de cuyos aspectos tuvo particular influencia so-
bre Jruschov. Kennedy había basado la campaña electoral en la prome-
sa de eliminar la «brecha en materia de misiles», en lo que se suponía
que la URSS llevaba ventaja. No existía tal brecha en materia de misi-
les, pero Kennedy ordenó una vasta producción de misiles balísticos
intercontinentales. En junio de 1962 Robert McNamara anunció que
pronto los Estados Unidos estarían en condiciones, en caso de ser ata-
cados, de destruir los misiles soviéticos restantes así como otros objetr-
vos. Todo misil soviético sería objetivo de un misil norteamericano. La
intención de McNamara tendía más a la disuasión que a adquirir la ca-
pacidad para un primer ataque. Pero esta postura significaba también
que un primer ataque norteamericano que destruyera misiles soviéti-
cos escaparía a la represalia.
Más tarde diría Robert MacNamara que la expansión norteameri-
cana tenía como objetivo salir al paso de una expansión soviética que
la CIA había anticipado y que no se produjo. Lo mismo que ocurrió
antes de 1914 con la carrera armamentista naval entre Gran Bretaña y
Alemania, cada bando pensaba que tenía que apresurarse para tomar la
delantera. La explicación del propio MacNamara del trasfondo mental
de la producción norteamericana da clara idea del mecanismo de la
trampa. El plazo para la producción de misiles era de unos siete años,
de modo que las decisiones de 1961 se basaban en estimaciones de lo
que tendría la URSS en 1968: «Y basamos nuestros cálculos en lo que
llamamos la estimación “de la peor situación”. En consecuencia, sobre
las capacidades [...] Por eso las fuerzas se desarrollaron como se desar-
rollaron, lo cual era muy peligroso para los dos bandos debido a que
conducía a un constante desequilibrio, que bien podía interpretarse
como un signo de agresión»?*,
Después del futuro liderazgo soviético imaginado por la CIA, le
tocó a Jruschov el turno de ver las cosas peor de lo que estaban. Per-
cibió la nueva situación como la amenaza de un primer ataque. La
esperanza de frustrarlo fue una razón para enviar misiles a Cuba”.
La posterior explicación de Jruschov de por qué había enviado misi-

28 En Allyn Blight y Welch, Back to the Brink, pág. 45.


22 Lord Kennet, carta al Independent, 10 de octubre de 1992.

292
les en secreto es asombrosa. Esperaba que los norteamericanos no
los descubrieran antes de que estuvieran listos para golpear y pensa-
ba que los norteamericanos se sentirían disuadidos de atacarlos por
la probablidad de que alguno de ellos sobreviviera para tomarse la
revancha?
¿Qué pasaba si se descubran los misiles antes de que estuvieran lis-
tos para ser utilizados? Jruschov vacilaba entre la esperanza de que esto
no sucediera y la comprensión de que, si ocurría, habría caído en una
trampa. En septiembre, al enterarse del progreso de los misiles, dijo:
«Pronto se desatará el infierno.» Un lugarteniente respondió: «Espero
que la nave no zozobre, Nikita Sergeyevich.» Jrushchov comentó:
«Ahora es demasiado tarde para cambiar nada»”'
En este sentido, la crisis se asemeja al preludio de la Primera Guerra
Mundial. Los pensamientos más esperanzados de Jruschov eran un cal-
co exacto de los del almirante Tirpitz. Habría una zona de peligro si
Gran Bretaña realizaba un ataque preventivo, pero, en la medida en
que Alemania aumentara su poderío naval, Gran Bretaña se sentiría di-
suadida de reaccionar debido a su incapacidad para destruir la armada
alemana. Al igual que Tirplitz, Jruschov calculó mal.
El error formaba parte de un excesivo optimismo general. La res-
puesta de Jruschov a los temores cubanos de un ataque preventivo nor-
teamericano fue decir que «en caso de que eso ocurriera, él enviaría a
Cuba la Flota del Báltico y que nos defendería»”?. La percepción recí-
proca de la URSS y Estados Unidos tenía un sabor distinto al de 1914.
Del mismo modo que estaban atrapados en la carrera armamentis-
ta, ambos gobiernos eran cautivos de su equivalente político: la lucha
por el prestigio. Ninguno quería perder una partida en la Guerra Fría.
Los motivos soviéticos para proteger a Cuba eran similares a los
de la «teoría del dominó» que luego se utilizó para justificar el apo-
yo norteamericano a Vientam del Sur. Jruschov pensaba que la pér-
dida de Cuba «disminuiría gravemente nuestro valor en todo el
mundo, pero particularmente en América Latina. Si Cuba caía,
otros países de América Latina nos rechazarían con el argumento de
que, pese a todo nuestro poder, la Unión Soviética fue incapaz de
hacer nada por Cuba, salvo presentar huecas protestas ante las Na-
ciones Unidas»**

30 Jruschov, Khrushchev Remembers, págs. 493-494.


31 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 681.
32 Emilio Aragonés, en Allyn, Blight y Welch, Back to the Brink, pág. 52.
33 Jruschov, Khrushchev Remembers, pág. 493.

293
Esta creencia se repetía como en un espejo del lado norteamerica
no. Douglas Dillon, el Secretario del Tesoro, argumentaba lo siguiente
a favor de un ataque aéreo:

Si permitimos que la capacidad ofensiva presente actualmente


en Cuba permanezca en la isla, estoy convencido de que antes o des-
pués, y probablemente antes, perderemos toda Latinoamérica a ma-
nos del comunismo, debido a que a ojos de los latinos habría desa-
parecido toda confianza en nuestra voluntad de resistir efectivamen-
te al poder militar soviético”,

Es difícil evitar el conflicto cuando cada lado ve todo paso atrás en


la escalada como la caída de la primera ficha del dominó latinoame-
ricano.

El público como parte de la trampa

El sistema político de la URSS permitía a los líderes soviéticos no


preocuparse por las posibles críticas de su público, aunque trataban de
calmar la ansiedad. En plena la crisis, Jruschov y otros dirigentes fue-
ron al Bolshoi:

Sugerí a los otros miembros del gobierno: «Camaradas, vayamos


esta noche al Bolshoi. Nuestro pueblo, así como las miradas extran-
jeras, tomarán nota de ello, y tal vez se calmen. Se dirán “si Jruschov
y los otros líderes son capaces de ir a la Ópera en un momento como
éste, al menos esta noche podemos dormir tranquilos”.» Tratábamos
de disimular nuestra propia ansiedad, que era muy grande”,

En Estados Unidos los políticos debían tener más en cuenta la opt-


nión pública. Robert McNamara dijo varias veces que el problema
que planteaban los misiles no era militar, sino político. Y parte del
problema político era «el problema de cómo tratar a nuestra opinión
nacional»*,
La opinión pública norteamericana fue parte de la trampa con la
que se encontró el propio Kennedy. El clima político era agresivamen-

1 Memorándum de Dillon del 17 de octubre de 1962, en Chang y Korbluh, 7he


Cuban Missile Crisis, pág. 116.
35 Jruschov, Khrushchev Remembers, pág. 497.
36 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 133.

294
te hostil a Cuba. Durante la crisis, el senador Richard Russell pensaba
que había que invadir Cuba aun a riesgo de una guerra nuclear:

Llegará el momento, señor presidente, en que tendremos que


dar este paso en Berlín, Corea, Washington D.C., Winder, Georgia,
en el sentido de la guerra nuclear. No sé si Jruschov lanzará una gue-
rra nuclear en Cuba o no. No creo que lo haga. Pero pienso que cuan-
to más contemporicemnos, más seguro es que se convenza de que te-
nemos miedo de hacer cualquier movimiento y de luchar de verdad.

Kennedy respondió que invadir era apostar a que los misiles de


Cuba no serían disparados: «Lo cierto es que se trata de una apuesta
demasiado arriesgada»””.
Antes de la crisis se habían presentado en el Congreso muchas pe-
ticiones de una acción militar contra Cuba. En un debate anterior a la
crisis, un demócrata de Carolina del Sur expresó la siguiente actitud:
«Es tan simple como que dos más dos son cuatro. Si dais a los milita-
res orden de avanzar podemos bloquear Cuba. Pero decís: “No podéis
hacer eso, podéis desencadenar una lluvia de misiles.” Si tenéis miedo
de morir ahora, tendréis miedo de morir dentro de dos años [...] Si el
bloqueo de Cuba lleva a la guerra, permitid que nuestros muchachos
mueran por América»*,
El clima político propició el surgimiento de corrientes duras que
alentaban el enfrentamiento con la Unión Soviética. Tras ganar las
elecciones en parte por jugar con el temor al predominio soviético en
materia de misiles, era dificil para Kennedy aceptar esos misiles sovié-
ticos tan cerca de casa. McGeorge Bundy, consejero de Kennedy, sugi-
rió más adelante que la opinión pública acerca de los misiles había
sido básica: «Nuestro público simplemente no los toleraría tan cerca
de nosotros. De modo que la primera premisa de nuestra discusión
era que había que encontrar una política que condujera a la retirada
de esos misiles»??. Una vez superada la crisis, aparecieron en los pe-
riódicos ataques a Adlai Stevenson, al que se acusaba de haber defen-
dido un Munich caribeño. Kennedy brindó a Stevenson un gran apo-
yo en secreto. Stevenson dijo: «Está muy bien, pero, ¿lo dirá pública-
mente?» Cuando se informó de esto a Kennedy, éste, que no se

37 Ibíd., págs. 259, 263-264.


38 ] F. Stones Weekly, 8 de octube 1962, citado en Bertrand Russel, Unarmed Victory,
Londres, 1963.
39 Blight y Welch, On the Brink, págs. 244-245.

295
sentía capaz de apoyarlo en público, hizo este comentario: «Decid a
Adlai que se quede tranquilo, que todo pasará».
Se puede argumentar que la opinión pública creó la crisis. Las ad-
vertencias contra los misiles soviéticos en Cuba no respondían a temo-
res relativos al equilibrio militar. En un momento, Kennedy dijo: «El
mes pasado dije que no lo permitiríamos. El mes pasado debí haber di-
cho que no nos preocupa. Pero si hemos dicho que no lo permitiría-
mos, y ellos siguen adelante y lo hacen, y nosotros no reaccionamos de
ninguna manera, entonces sí pienso que nuestros riesgos aumentan»*!.
Con posterioridad, Theodore Sorensen sugirió que «el presidente trazó
con precisión el límite que los soviéticos no debían superar; lo que
quiere decir que, de haber sabido que pondrían cuarenta misiles en
Cuba, podríamos, con esa hipótesis, haber trazado el límite en cien y
haber anunciado a voz en cuello que en absoluto toleraríamos la pre-
sencia de más de cien misiles en Cuba»*. Las advertencias que Jrus-
chov desafió fueron lanzadas por Kennedy porque necesitaba mostrar
a un público combativo que en algún sitio se había trazado un límite.
En el momento culminante de la crisis, el presidente habló con su
hermano Robert acerca de lo mal que parecían marchar las cosas, pero
dijo que no había tenido más remedio que responder con rudeza. Ro-
bert Kennedy replicó: «Bien, no hay opción. Quiero decir que tú... que
te habrían sometido a un juicio político.» El presidente estuvo de
acuerdo: «Pues sí, creo que me habrían sometido a juicio»*, Tal vez no
haya que entender esto de manera literal, pero expresaba algo real sobre
las limitaciones que la opinión pública imponía a las políticas de com-
promiso. Era un círculo. Para ser elegido, Kennedy había tenido que ali-
mentar esta opinión hablando de una brecha en materia de misiles, pero
quedó a su vez atrapado en el clima que había contribuido a crear.

3. FUSILES DE AGOSTO Y MISILES DE OCTUBRE

El otro aspecto de la crisis es la manera en que ambos gobernantes


consiguieron escapar de la trampa. No apretaron el nudo de la guerra.
En esto salieron airosos, pero estuvieron a punto de fracasar.

1% Arthur M. Schlesinger Jr., 4 Thousand Days: Kennedy in the Whtte House, Boston
1965 , págs. 835-838.
11 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 92.
2 Blight y Welch, On the Brink, pág. 43.
9 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 342.

296
Los malentendidos recíprocos, la deriva militar y la trampa de la
carrera armamentista recordaban la situación de 1914. En el lado nor-
teamericano hubo clara conciencia de este paralelismo. Los fusiles de
agosto, de Barbara Tuchman, había salido a la luz ese mismo año. En
una reunión del Ex-Comm, George Ball advirtió de los peligros de
quedar atrapados en los mismos términos que en 1914: «Por supuesto
que todos recordamos los fusiles de agosto, cuando ciertos aconteci-
mientos produjeron una situación general que ninguno de los gobier-
nos implicados pudo evitar»**, Robert Kennedy terminó su memoria
de la crisis con una alusión a la desesperada frase que Bethmann Holl-
weg pronunció en respuesta a la pregunta de Búlow sobre cómo se ha-
bía llegado a la guerra: «¡Ah! ¡Si lo supiera!»
El presidente Kennedy también había leído Los fusiles de agosto. Du-
rante la crisis, habló con Robert Kennedy acerca de los dirigentes ale-
manes, rusos, austríacos, franceses y británicos de 1914. Dijo que pare-
cian haberse encontrado con la guerra por «estupidez, idiosincrasias
particulares, malentendidos y complejos personales de inferioridad y
de grandeza». Dijo: «No voy a embarcarme en una carrera que perm:-
ta a nadie escribir un libro comparable sobre esta época con el título
Los misiles de octubre. Si, una vez que esto termine, alguien está dispues-
to a escribir, se comprenderá que hemos hecho todos los esfuerzos
para dejar a nuestro adversario espacio para moverse. No voy a empu-
jar a los rusos una pulgada más de lo necesario»*.

El diálogo: darse tiempo


Una lección que se podía extraer de la situación generada por la
pobreza de comunicaciones en 1914 era que había que tener priorida-
des claras y enviar señales claras. Otra, igualmente importante, era que
había que tomarse el tiempo necesario. En 1914, la negación del juicio
de Grey, según el cual «los acontecimientos se habían precipitado de-
masiado rápidamente» para que sus propuestas de paz fueran acepta-
das, era síntoma de la presión mutua que habían producido diversos
ultimátums y plazos perentorios. Un ritmo más pausado quizá habría
suavizado posiciones tan rígidas.
Que en 1962 predominarían las palomas no era una conclusión pe-
regrina. Los halcones sostenían que era necesaria una respuesta rápida:

4 Ibíd., págs. 128-129.


45 Kennedy, Thirteen Days, págs. 62, 127.

297
la tardanza permitiría ocultar los misiles, que terminarían por ser un fait
accompli. Y por encima de todo, que no debía dejárseles tiempo para que
llegaran a ser operativos. «El señor Acheson dijo que Jruschov había
puesto a Estados Unidos ante un desafio directo, que estábamos mett-
dos en un test para poner prueba las voluntades y que cuanto antes se
produjera una confrontación decisiva, mejor. Estaba a favor de limpiar
definitivamente las bases de misiles con un ataque aéreo.» Pero en la mis-
ma reunión en la que Acheson exigía velocidad, Dean Rusk adoptó el
otro punto de vista: «Estados Unidos necesitaba moverse de tal manera
que a una acción planificada le siguiera una pausa en la que las grandes
potencias pudieran alejarse un paso del abismo y tener tiempo para pen-
sar y elaborar una solución, antes que verse arrastradas inexorablemente
de una acción a otra para culminar en una guerra nuclear general»*,
Algunas de las razones a favor de una decisión rápida eran válidas,
pero la mirada retrospectiva muestra la importancia de tomarse el tiem-
po necesario. La primera respuesta a la crisis, tanto por parte de Ken-
nedy como de Jruschov, fue la cólera. Kennedy, por haber sido enga-
ñado y por la nueva y repentina amenaza; Jruschov, por el tono peren-
torio del mensaje de Kennedy.
Al principio el estado de ánimo predominante en el Ex-Comm era
proclive a la acción militar. En un primer momento, Kennedy supuso
que el ataque norteamericano, al menos contra los emplazamientos de
misiles, era inevitable: «Quizá sólo tengamos que eliminarlos [...] Pienso
que debiéramos empezar ahora mismo a preparamos para eso [...] Por-
que es lo que de todos modos tendremos que hacer. Es sin duda lo que ha-
remos en primer lugar. Eliminar esos misiles»". La primera respuesta de
Jruschov al bloqueo fue rechazar el compromiso y amenazar con hundir
buques norteamericanos. Podemos alegrarnos de que ambas partes se to-
maran su tiempo para adoptar un punto de vista más reflexivo.
Dean Rusk defendía el bloqueo porque «proporciona una breve
pausa para que la gente del otro lado piense otra vez antes de embar-
carse en una crisis de consecuencias extremadamente demoledoras»*,
El presidente Kennedy percibió la importancia de este aspecto. Ya reti-
rada la mayoría de los buques soviéticos, el primero que cruzó la línea
del bloqueo fue un buque cisterna, el Bucarest. Kennedy postergó la de-
cisión sobre su detención hasta el anochecer y luego lo dejó pasar, con

16 Actas de la reunión del Ex-Comm del 19 de octubre, en Chang y Kornbluh, 7he


Cuban Missile Crisis, págs. 124, 126.
May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 71.
8 Ibíd., pág. 258.

298
el argumento de que no deseaba meter prisa a Jruschov: «No queremos
empujarlo a una acción precipitada, démosle tiempo para pensarlo.
No quiero encerrarlo en un rincón de donde no pueda escapar»?.
Más tarde, durante la crisis, cuando el mayor Anderson fue abati-
do sobre Cuba, se corrió el peligro de una respuesta instantánea, pero
arriesgada. El plan de emergencia para un ataque aéreo inmediato con-
tra los emplazamientos de misiles contaba con un apoyo casi unáni-
me; pero Kennedy aplazó la decisión para pensarlo mejor”,
Uno de los beneficios de tomarse su tiempo era que, en ambos la-
dos, la proximidad de la guerra nuclear hizo que la cólera dejara su lu-
gar al miedo.

El control de la deriva militar

Los líderes soviéticos y los norteamericanos no eran locos: ambos


lados querían evitar una guerra nuclear. Existía el peligro de una terce-
ra guerra mundial que empezara con la confusión y la deriva militar
que habían contribuido al estallido de la primera.
La dirección soviética era consciente del peligro. Cuando las fuer-
zas soviéticas abatieron el U2 sobre Cuba, el mariscal Malinovsky en-
vió un telegrama: «Os habéis apresurado en abatir el avión de Estados
Unidos; ya estaba tomando forma un acuerdo para encontrar una vía
pacífica que evite una invasión de Cuba»**. Jruschov ordenó que no se
utilizaran armas nucleares en Cuba sin órdenes específicas de Moscú.
Su hijo Sergei describió así su actitud:

Él creía que mientras los acontecimientos estuvieran completa-


mente controlados por los líderes de los dos gobiernos, la amenaza
de guerra era prácticamente nula. Pero, en tanto hombre que había
pasado por dos guerras, sabía qué podía suceder cuando las tropas
de uno y otro lado estaban tensas y muy cercanas entre sí; por ejem-
plo, una decisión inesperada, un disparo no previsto, podían condu-
cir a la pérdida del control de los acontecimientos.

Cuando llegaron las noticias del U2, «se preocupó mucho y lo con-
sideraba un gran error por nuestra parte»”.

4% Kennedy, Thirteen Days, págs. 76-77.


50 Ibíd., pág. 98.
51 En Allyn, Blight y Welch, Back to the Brink, pág. 32.
52 Ibíd., págs. 38, 89.

299
Una lección que la administración Kennedy había aprendido de
Los fusiles de agosto era no permitir la deriva militar. Al propio Kennedy
le preocupaba el uso de las armas nucleares por las fuerzas norteamert-
canas en Turquía e Italia. Mandó que se enviaran órdenes específicas
que subrayaran la necesidad de la autorización presidencial.
El secretario de Defensa, Robert McNamara, insistió en controlar
la manera en que las naves llevaban a cabo el bloqueo. El día anterior
a la llegada del primer buque soviético a la línea de cuarentena estuvo
con el almirante Anderson. Preguntó qué se haría para detenerlo y el
almirante dijo que le darían la voz de alto. McNamara preguntó si se
la darían en inglés o en ruso, y qué sucedería si no entendían o no se
detenían.
Luego contaría la respuesta del almirante:
—Haremos un disparo a la proa —respondió.
—Y si eso no da resultado, ¿qué?
—Dispararemos a la popa —replicó, ya visiblemente molesto.
—<¿Qué tipo de buque es?
—Un buque cisterna, señor secretario.
—No dispararán ustedes absolutamente a nada sin mi expreso con-
sentimiento, ¿está claro?
Fue entonces cuando hizo su famosa observación sobre la forma
en que la Armada había dirigido los bloqueos navales desde la épo-
ca de John Paul Jones y afirmó que si se la dejaba actuar por su cuen-
ta culminaría también éste con el mismo éxito. Me levanté de la si-
lla y caminé por la habitación mientras explicaba que no se trataba
de un bloqueo, sino de un medio de comunicación entre Kennedy
y Jruschov; que no se adoptaría ninguna medida de fuerza sin mi
permiso y que éste no se daría sin discutirlo antes con el presidente.
«¿Entendido?», pregunté. «Sí», respondió el almirante con los dien-
tes apretados”.

La administración Kennedy consiguió mantener las fuerzas casi


por completo bajo el control político, pero lo más importante fue que
consiguió evitar que las decisiones políticas se adoptaran en virtud de
supuestas necesidades militares. Si Kennedy hubiera actuado como el
káiser ante un Moltke norteamericano, el resultado habría sido com-
pletamente distinto.
Los dirigentes de ambos lados tuvieron que contener las presiones
militares a favor de políticas más duras. Jruschov diría más tarde que

*% En Blight y Welch, On the Brink, págs. 63-64.

300
los militares lo criticaron mucho por no adoptar una actitud más seve-
ra*, Kennedy tuvo que resistir fuertes presiones militares a favor de un
ataque a Cuba. Esta opinión unánime del Estado Mayor Conjunto fue
férreamente defendida por su presidente, el general Maxwell Taylor, así
como por el general Curtis LeMay, jefe del Estado Mayor de la Fuerza
Aérea. Ni siquiera la promesa rusa de retirar los misiles produjo cam-
bio alguno en la posición de algunos de estos altos jefes militares. Ro-
bert McNamara describió el momento posterior a la crisis, cuando el
presidente Kennedy llamó a los jefes del Estado Mayor a la Casa Blan-
ca para agradecerles su apoyo: «Fue una escena muy desagradable. Le-
May salió diciendo: “¡Hemos perdido! Deberíamos ir hoy mismo y
echarlos a todos!”»”.

No tirar de la cuerda

Allí donde las dos partes se hallan en una trampa, la respuesta 1de-
al es que ambas lo reconozcan explícitamente. Luego pueden escapar
de ella mediante un proyecto compartido.
En la crisis de los misiles no hubo un explícito reconocimiento
mutuo de que ambas partes se hallaban en una trampa. Quizá la refe-
rencia de Jruschov a no tirar de la cuerda de la guerra sea lo que más se
acercase a la expresión recíproca de la conciencia de la situación. Pero
ambas partes llegaron a percibirla y a ella adaptaron su conducta. Uno
de los cambios que se produjeron afectó al tono empleado. Jruschov, en
particular, se alejó del inicial tono iracundo que contenía su amenaza
de hundir buques norteamericanos. Su carta acerca de su experiencia
de guerra, de dos guerras que arrollaron aldeas y ciudades, tenía un
tono conciliador y humano que cambiaba el clima. Y Kennedy pasó
de la rudeza de su mensaje a la voluntad de compromiso. Buscaba una
manera de salir de la trampa y optó por responder a la carta concilta-
dora de Jruschov e ignorar la otra.
Jruschov tenía interés en realizar concesiones siempre que fuera po-
sible y no aumentar la temperatura de la crisis. En un momento, dijo:
«No podemos terminar con el conflicto si no damos alguna satisfac-
ción a los norteamericanos y reconocemos que tenemos allí una cantr-
dad de R-12 [...] No debemos ser obcecados»**. Y cuando, en respues-

54 Saturday Reviezw, 10 de octubre de 1977, citado 1bíd., pág. 347.


55 Ibíd., pág. 51.
56 Fursenko y Naftali, «One Hell of a Gamble», pág. 274.

301
ta al bloqueo, le propusieron que presionara sobre Berlín, dijo que po-
día «arreglárselas sin ese consejo» y que no tenía «intención de echar
más leña al fuego»”.
Para los fines norteamericanos era importante no dar al gobierno
soviético la impresión de un inminente ataque nuclear norteamerica-
no, pues en caso contrario la autodefensa soviética requeriría un ata-
que nuclear preventivo. La señal no codificada del general Power, que
aumentaba la alerta, podía dar esa impresión, como podía darla la inva-
sión del espacio aéreo soviético del U2 de «muestreo». Los preparativos
norteamericanos para atacar a Cuba podían sugerir que el control de la
política había caído en manos de los militares. Otra fuente posible de
este peligro fue el arresto de un agente doble occidental en el servicio de
inteligencia soviético, el coronel Oleg Penkovsky. Cuando fue arrestado
envió la señal telefónica indicando un inminente ataque soviético. Cual-
quier intensificación de la alerta norteamericana como respuesta podía
elevar la alarma soviética acerca de un ataque**,
Kennedy tenía sumo interés en evitar desafíos innecesarios a los lí-
deres soviéticos. En la proclamación del bloqueo tuvo cuidado de no
especificar que las armas prohibidas eran de la Unión Soviética, por-
que eso habría sido «más desafiante». Por la misma razón, dijo que un
buque soviético que se negara a que hubiera norteamericanos a bordo,
debía ser inhabilitado por uno o dos días, pero que no había que tra-
tar de abordarlo: «Es preferible [...] dejar inhabilitado el buque durante
un día, más o menos, a tratar de abordarlo y provocar que sus ametra-
lladoras abran fuego, lo que terminaría con treinta o cuarenta muertos
de cada lado.» Kennedy también tuvo cuidado de evitar el fracaso de
la comunicación entre naves norteamericanas y soviéticas al dar Órde-
nes de que todos los buques que vigilaban el bloqueo tuvieran a bor-
do alguien que hablara ruso”,
En un momento dado, dijo Kennedy que la retirada de los misiles
de Turquía a modo de intercambio era el único ofrecimiento que tenía
sentido: «lo que importa es dejarle alguna salida». Dean Rusk men-
cionaría luego el libro de Sun Tzu titulado El arte de la guerra, en que el
autor advierte contra la táctica de rodear por completo al enemigo, que
luchará con más ahínco si no tiene una vía de escape. (Rusk podía ha-

7 Oleg Troyanovsky, «The Caribbean Crisis: a View from the Kremlin», Internatio-
nal Affairs, Moscú, abrilmayo de 1992, pág. 152, citado en May y Zelikow, The Kennedy
Tapes, pág. 683.
% Blight y Welch, On the Brink, pág. 208.
% May y Zelikow, The Kennedy Tapes, págs. 329-330, 336-337, 357.
6 Ibíd., pág. 142.

302
ber citado los ultimátums de 1914 como ejemplo del olvido de esta re-
comendación.) Las palomas fueron influidas por la necesidad de no ro-
dear por completo a Jruschov. El deseo de una solución pacífica y de no
desencadenar un primer ataque soviético sugería no llevar la presión de-
masiado lejos. Era importante dejar a Jruschov una salida de la trampa.

4. DISPOSICIONES MENTALES DE QUEDAR ATRAPADO


Y DE LIBERARSE

En 1914, los supuestos tácitos encerraban una concepción tribal


bastante cruda de los Estados-nación, que los personificaba e involu-
craba en la lucha social darwinista. Hubo también una moralidad sim-
plista que hizo del honor un absoluto. Nada de esto se halla en 1962,
donde, a diferencia de 1914, estuvo presente también el efecto apaci-
guante de la perspectiva de una guerra nuclear. Pero no era forzoso que
todo esto parara la guerra. El pensamiento de 1962 también estuvo li-
mitado por supuestos de peligrosa crudeza, esta vez influidos por el
«realismo» de la teoría de la opción racional.

Halcones y palomas como psicólogos

Del lado norteamericano, las reuniones del Ex-Comm estaban do-


minadas por el debate entre halcones y palomas. El argumento militar
a favor de políticas más duras era defendido por el general Maxwell
Taylor. Otros halcones eran el ex secretario de Estado, Dean Acheson,
así como Douglas Dillon y el secretario asistente de Defensa, Paul Nit-
ze. Entre las palomas estaban Robert McNamara y el secretario de Es-
tado, Dean Rusk, junto con el subsecretario de Estado, George Ball.
Robert Kennedy y el presidente también eran palomas.
Entre los halcones se hablaba de una interpretación más dura del
bloqueo y de la invasión de Cuba, pero la opinión dominante sostenía
que lo más eficaz era un ataque aéreo. Aunque probablemente no eli-
minarían todos los misiles, casi con seguridad sobrevivirian sólo unos
pocos. Y consideraban incluso la posibilidad de que un ataque le sir-
viera a Jruschov como señal de que Estados Unidos 1ba en serio. Ese
movimiento, como dijo más tarde el general Taylor, habría «sacudido
realmente a Jruschov»*”.

61 Blight y Welch, On the Brink, pág. 78.

303
Las palomas pensaban que un ataque aéreo era demasiado arriesga-
do. Les preocupaba la represalia nuclear contra Estados Unidos (ya
fuera de la Unión Soviética, ya de los misiles que quedaran en Cuba)
y otras respuestas soviéticas, tal vez contra Berlín o contra los misiles
norteamericanos en Turquía. Robert McNamara creía que había por lo
menos un cincuenta por ciento de probabilidades de que un ataque
norteamericano a Cuba condujera a una respuesta militar soviética en
algún sitio.
Los halcones también deseaban evitar la guerra nuclear, pero para
ellos se trataba de un peligro mucho menor que el que suponían las pa-
lomas. Los halcones pensaban que la Unión Soviética se encontraba en
una posición muy débil y que cedería. El general Taylor dijo luego que
nunca le había preocupado mucho el resultado final, porque «estaba
completamente seguro de que podíamos hacer con ellos lo que quisiéra-
mos». Esta opinión era compartida por ciertos teóricos de la estrategza.
La noche en que se emitió el mensaje de Kennedy, Thomas Schelling es-
taba en un seminario de Harvard-MIT sobre el control de armamentos,
cuyos integrantes vieron el discurso presidencial por televisión: «Recuer-
do que tras el discurso quedamos con un malicioso regusto de satisfac-
ción; no entendíamos cómo Jruschov había podido cometer tal estupi-
dez, semejante desatino, y sabíamos que lo teníamos cogido y que lo úni-
co que teníamos que preguntamos era con qué fuerza lo golpearíamos»”.
El optimismo de los halcones en cuanto a la gravedad del peligro
se basaba en su convencimiento de que para la Unión Soviética la res-
puesta militar sería una irracionalidad. Douglas Dillon dijo con poste-
rioridad: «Si hubiéramos atacado las bases, habrían actuado con racio-
nalidad y no habrían hecho absolutamente nada, pienso, ni en Berlín
ni en ningún otro sitio. Los rusos son racionales. No son como Jome:i-
ni O Gadafi.» El mismo Dillon pensaba que, dada la superioridad mili-
tar norteamericana, no habría respuesta militar soviética ni siquiera en el
caso de una invasión*. También Paul Nitze opinaba que la superioridad
estratégica norteamericana hacía que el riesgo de una respuesta soviética
contra Berlín fuera muy pequeño: «No infinitesimal, porque nunca se
puede saber qué hará gente como los soviéticos, y en consecuencia po-
día imaginarse que cometieran algún acto irracional. Pero a mí me pare-
cía que tenía que ser un acto irracional, completamente irracional»,

2 Ibíd., pág. 80.


9% Ibíd., pág. 105.
é% Ibid, pág. 170.
05 Ibíd., pág. 147.
Los halcones también confiaban en que la crisis no se les iría de las
manos. Douglas Dillon diría más tarde que las palomas tenían «un te-
mor completamente irracional a la guerra nuclear», y agregó: «No en-
tiendo [...] por qué les preocupaba tanto que una acción limitada y
convencional condujera a la guerra nuclear. ¡Era una idea ridícula!»*,
Las palomas ponían mucho más énfasis en la incertidumbre y la fa-
libilidad. Pensaban que Jruschov, arrinconado y bajo los efectos de la
presión política interna, podría no comportarse de acuerdo con las pre-
dicciones derivadas de la teoría sobre la elección racional. Dean Rusk,
al reflexionar retrospectivamente sobre la crisis, dijo:

Me he reunido y he trabajo con muchas personas cuyos nombres


se encuentran en los libros de historia o en los titulares de los perió-
dicos. Nunca he estado con un semidiós ni con un superhombre.
Sólo he visto hombres y mujeres relativamente normales que inten-
taban sortear los problemas con los que se enfrentaban. Debería re-
cordarse siempre ese elemento de falibilidad humana. Ahora bien,
en una crisis de este tipo la falibilidad se potencia, nunca se puede
saber todo lo que se necesita saber. Y esto vale tanto para un lado
como para el otro. Y es particularmente cierto en lo que respecta a
la manera en que los seres humanos reaccionarán ante las situacio-
nes en las que se encuentren”.

Las palomas y los halcones también se diferenciaban en el grado de


aceptación del riesgo de catástrofe nuclear, por pequeño que fuera. Pos-
teriormente Robert McNamara estimó que el riesgo de una represalia
procedente de los misiles que sobrevivieran a un ataque aéreo, o de una
respuesta soviética en Berlín o Turquía era realmente muy bajo. Pero
«cualquiera de estas vías podía conducir a un desastre. Siempre que pu-
diéramos evitarlo, no debíamos aceptar ni siquiera el menor riesgo»*,
La mirada retrospectiva sugiere que los halcones confiaban excesi-
vamente en sus predicciones referentes a la «racionalidad» soviética.
Pensaban que los temores a una guerra nuclear eran el resultado de la
relativa inexperiencia de las palomas en situaciones de crisis. Pero la
costumbre de la diplomacia nuclear podía obnubilar la percepción de
los riesgos reales. Y esto mismo tal vez fuera válido para la teoría de la
estrategia. En vista de lo que hoy sabemos sobre el control de los mist-

66 Ibíd., págs. 169-170.


67 Ibid, pág, 183.
68 Tbíd., págs. 188-189, 192.

305
les en Cuba, el regodeo que experimentaron durante la crisis los miem-
bros del seminario de control de armamentos parece grotescamente
fuera de lugar.
Los que confiaban en la racionalidad de las respuestas soviéticas
también suponían que los responsables políticos tenían todo el poder.
Sin embargo, el derribo del U2 sugiere que el ejército soviético no es-
taba completamente bajo control. Y aunque, al menos en teoría, los
misiles capaces de alcanzar a Estados Unidos quedaran bajo la direc-
ción de Jruschov, el comandante soviético en Cuba estaba autorizado
a emplear misiles nucleares estratégicos por iniciativa propia en el caso
de una invasión norteamericana. Esto probablemente hubiera podido
llevar a una respuesta nuclear de Estados Unidos contra la URSS.
Aun cuando los responsables políticos hubieran tenido todo el con-
tro] en sus manos, la situación podía llegar a ser más compleja de lo que
la teoría racional sugiere. En efecto, ésta no tiene en cuenta factores tales
como la respuesta emocional a la humillación. Tal vez un ataque aéreo
no implicara el mismo riesgo de guerra nuclear inmediata que una inva-
sión, pero habría tenido peligros propios, aunque menos inmediatos.
Sergo Mikoyan, el hijo de Anastas Mikoyan, pensaba que esto habría
provocado una respuesta soviética. Estas son sus palabras en referencia a
Jruschov: «Conozco bien su naturaleza y su percepción del prestigio de
nuestro país. Por ambas razones, en mi opinión, no habríamos podido
tragar un ataque aéreo sin una fortísima respuesta. No sé dónde ni
cómo, pero no creo que nos hubiéramos quedado sin hacer nada».
La teoría de la elección racional no toma en consideración el efec-
to que otras presiones emocionales tienen sobre las decisiones. Ro-
bert Kennedy dijo lo siguiente en referencia a miembros del Ex-
Comm: «Algunos, debido a la presión de los acontecimientos, pare-
cian perder incluso el juicio y la estabilidad.» Su decisión podía
implicar la destrucción de la especie humana: «Este tipo de presión
tiene extraños efectos en un ser humano, incluso en hombres brillan-
tes, seguros, maduros y experimentados. En algunos casos saca a luz
características y energías que tal vez nunca supieron que tenían,
mientras que en otros casos la presión es demasiado abrumadora»”.
Sí esto les podía ocurrir a los estadounidenses, también podía suce-
der del lado soviético. La confianza de los halcones se apoyaba en la
racionalidad. Sin embargo, más racional era el énfasis que las palo-
mas ponían en la falibilidad humana.

%% Ibíd., pág. 278.


1% Kennedy, Thirteen Days, págs. 31, 34.

306
Imaginación y moral

Tanto los halcones como las palomas consideraban inaceptable la


guerra nuclear. Pero quizá la prudencia de las palomas acerca del ries-
go, por pequeño que fuese, se debiese a una mayor conciencia imagi-
nativa de lo que tal guerra sería. Tanto Jruschov como Kennedy eran
emocionalmente sensibles a semejante enormidad.
Jruschov dijo que cuando descubrió los posibles efectos de las ar-
mas atómicas, pasó varios días sin poder dormir. Y además las guerras
mundiales le habían dejado marcas imperecederas. Sus comentarios
acerca de su experiencia de la guerra que arrolla aldeas sembrando
muerte y destrucción llevan una indudable aura de sinceridad. Y dijo
que su asistencia al Bolshoi no sólo tenía por finalidad tranquilizar al
público, sino también «enmascarar nuestra propia ansiedad, que era
muy grande». Y el redactor de su discurso dijo que cuando enviaron el
mensaje acerca de la retirada de los misiles para que se transmitiera por
radio, los líderes reunidos en la dacha estaban «muy nerviosos».
El mismo sentimiento asomaba en el lado americano. Cuando las
naves soviéticas se acercaban a la línea de bloqueo, se informó de que
las acompañaba un submarino soviético y de que el plan era que éste
impartiera las órdenes a los buques de superficie. Robert Kennedy des-
cribe al presidente Kennedy en estos términos: «Elevó la mano hasta el
rostro y se cubrió la boca. Abrió y cerró el puño. Tenía la cara contraí-
da, los ojos tristes, casi grises. Nos miramos a través de la mesa.» Un
poco después llegaron noticias de que los veinte buques soviéticos más
cercanos a la línea se habían detenido o se volvían. «Tod