Glover - Humanidad e Inhumanidad
Glover - Humanidad e Inhumanidad
E INHUMANIDAD
UNA HISTORIA MORAL DEL SIGLO XX
Jonathan Glover
CATEDRA
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Kahle/Austin Foundation
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Humanidad e inhumanidad
Humanidad e inhumanidad
Una historia moral del siglo Xx
CATEDRA
TEOREMA
Título original de la obra:
Humantt).
A Moral History of the Twentieth Century
PRIMERA PARTE
ÉTICA SIN LEY MORAL
Cipitulo.2..El desafío de Nietzsche smminme A09230. 3 Ao tl.. Ss 29
Capítulo 3. El interés propio como restricciÓN c.occconicicocococaninnnnononoo 39
Capítulo 4. Los principios morales: humanidad ..occiccccninicocininnonnnn.. El
Capítulo 5. Los principios morales: la identidad moral .................... 48
Capitulo 6. Ebtestival dscrutidad MAMA aiii 54
Capitulo 7. Respuesta INTELzScue ie riera ss 65
SEGUNDA PARTE
LA PSICOLOGIA MORAL DE LA GUERRA
TERCERA PARTE
TRIBALISMO
CUARTA PARTE
LA GUERRA COMO TRAMPA
Capítulo 19. La trampa de lás triticheras tonces 217
Capítulo 20, El rente Intemnmo cniciioniia iaa tcs 231
Capítulo 21. La piedra comienza a rodar: 1914 scans 248
Capítulo:22..5€ empieza a salir dela trampa: 1762. cts 280
Capítulo 23. Vias de sálida ass 312
QUINTA PARTE
CREENCIA Y TERROR: STALIN Y SUS HEREDEROS
SEXTA PARTE
LA VOLUNTAD DE VOLVER A CREAR LA HUMANIDAD:
EL EXPERIMENTO NAZI
Capítulo 33. Elureles dear mor ns aa IAN lens 433
Capítulo. 34. Obediencia y CONÍOODISMO ¿usrasscigoseca cane sica 448
Capítulo 35. Blataquesa la bumanidads > re Er A racicones 461
Capítulo 36. La erosión de la identidad motal evicaioosnsiost smc 477
Capitulo 37. LA es 485
Capitalo:38.- La voluntad de Creer nera a e 491
tE IN E eo 498
Caprio 0 ES Abe 516
Capítulo 41. La interpretación del episodio Nazi conc... 536
SÉPTIMA PARTE
SOBRE LA RECIENTE HISTORIA MORAL DE HUMANIDAD
8
A Ruth
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LA GUERRA COMO TRAMPA
Capitalo 19. Ls trampa de as erirecheras A.
Capitulo 20, El frente iio E EA
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Capitulo
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Caputilo
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Capiculo 28. Eifancinadmbenio de de inerncias
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La principal tarea de la filosofía del siglo xx es tener en
cuenta la historia del siglo xx.
R. G. COLLINGWOOD, An Autobiography
Prefacio
13
ética. Los ingleses de mi generación y de la siguiente hemos tenido la
suerte de habernos salvado de la guerra y de otras atrocidades. Sola-
mente un loco lo lamentaría; pero probablemente la reflexión ética
nos enriquezca al ilustrarnos en lo posible acerca de las causas de esos
acontecimientos por los que hemos tenido la fortuna de no pasar. En
parte, la redacción de este libro es una respuesta a ese pensamiento.
Pero, en otro sentido, es un libro en el que he pensado la mayor
parte de mi vida adulta. Desde que oí hablar por primera vez del geno-
cidio nazi me pregunté cómo se puede llegar a cometer tales actos. El
interrogante, que mantuvo su vigencia, no dejó de presentarse en casi
ninguno de mis escritos filosóficos. He escrito libros sobre problemas
éticos relativos a la consideración de la vida y a las aplicaciones del co-
nocimiento genético. Es evidente la importancia de estos temas en lo
tocante al proyecto de construcción de defensas más seguras que pro-
tejan de cualquier resurrección de políticas nazis. Pero me he dado
cuenta de que incluso cuando escribo sobre temas aparentemente más
neutrales, como el de la identidad personal, mi obsesión por la recien-
te barbarie humana estalla casi contra mi voluntad. De modo que me
pareció sensato decir directamente lo que tengo que decir, y no como
comentarios marginales a otros temas.
Este libro es un intento de dar dimensión empírica a la ética. Em-
plea por un lado la ética para plantear cuestiones a la historia, y por otro
lado emplea la historia para ofrecer un cuadro de los aspectos de la po-
tencialidad humana pertinentes a la ética. Para ello he tenido que ana-
lizar muchas cuestiones que otras personas conocen y comprenden
mejor que yo. Me encantaría que allí donde piensen que me he equi-
vocado, mi error les sirva como acicate para llevar a cabo el proyecto
de modo más eficiente.
Diez años es mucho tiempo para la redacción de un libro. En este
tiempo nos han pasado muchas cosas a Vivette, a mí y a nuestros tres
hijos —hoy ya crecidos—, Daniel, David y Ruth. Espero que refleje
también algo de lo mucho que he aprendido de cada uno de ellos en
estos años.
Dedico este libro a Ruth, aunque no sin cierta vacilación, pues qui-
zá tenga reparo en verse asociada a un libro sobre los horrores del si-
glo. Pero también es por momentos un libro sobre personas con khu-
manidad y valor. Con ambos aspectos del mismo en mente, se lo de-
dico a Ruth con admiración y amor.
14
Agradecimientos
15
do a todos aquellos en cuyas experiencias y reflexiones me he inspira-
do. Espero que aprueben el empleo que de sus relatos he hecho en el
libro.
Las personas de quienes he recibido colaboración y aliento son
muchas más de las que puedo mencionar, pero entre quienes han con-
tribuido a mi tarea respondiendo a preguntas específicas, orientando
mis lecturas, llamándome la atención acerca de un tema en particular,
relatándome sus experiencias o comentando los borradores de los dis-
tintos capítulos, están: Tom y Bobbie Farsides, Christoph Fehige, Pa-
trick Gardiner, Michael Hechter, Polly Markandya, Alexei Medvedev,
Igor Novovic, Steve Paulsson, Hilary Putnam, Scott Rhind, Thomas
Schramme, Gerry Smith, David Spurrett, Dan Stone, Laurence
Thomas, Barry Trachtenberg, Geoffrey Warnock, Jeff Wilson y Da-
vid Worswick.
Otras personas me han hecho llegar su inestimable aliento y apoyo
mientras escribía. Entre ellas se incluyen Catherine Atherton, Avi Bar-
basch, Stefan Baumrin, Karin Boxer, Michael Burleigh, John Camp-
bell, Ann Davis, Julia Driver, Jim Griffin, Dick Hare, John Harris, Tony
Hope, Dolores lorizzo, Dale Jamieson, Nathan Kase, Jeff McMahan,
Dan Moros, Martha Nussbaum, Gunilla Oberg, Onora O"Neill, An-
thony Price, Frankie Raben, Rosamond Rhodes, Alan Ryan, David
Shapiro,Jim Strain, Torbjorn Tánnsjo, David Wiggins, Maurice Wilkins,
Bernard Williams y Dan Wikler.
Felicity Bryan ha actuado como mi agente, pero su aliento y su pa-
ciencia ha ido mucho más allá de lo que esto sugiere. También he sido
afortunado con mis editores. La combinación de comentarios críticos
y valiosas sugerencias de Will Sulkin y Jórg Hensgen en Jonathan Cape
han mejorado notablemente el libro.
Pero la persona de quien he recibido la máxima colaboración es Ri
chard Keshen. Hace muchos años supervisé su trabajo de graduación.
Me gustaría poder creer que en esa oportunidad fui capaz de transmi-
tirle algo parecido al aliento y la crítica constructiva que tan generosa-
mente he recibido de él en relación con este libro.
16
CAPÍTULO PRIMERO
7
sienten simpatía por las opiniones del padre Geraghty, recibirán
su tono con una combinación de envidia y escepticismo. Hace un
siglo era más fácil una confianza como la suya. Después de Acton, la
escritura sobre las tablillas de la eternidad se ha ensombrecido algo.
El desafío a la ley moral es intelectual: encontrar buenas razones
para pensar que existe y que tiene algún atractivo para nosotros. El pro-
blema dista de ser nuevo; ya Platón escribió a este respecto. Pero el co-
lapso de la autoridad de la religión y la decadencia de la creencia en
Dios son razones por las que hoy en día este problema se les plantea a
muchas personas sin que para ello tengan que ser filósofos. Además, hay
otro desafío a la ética religiosa, un desafio que Dostoiesvki pone en
boca de Iván Karamazov.
Al señalar las características del mundo que se supone creado por
Dios, Karamazov cuestiona las credenciales de Dios para desempeñar
el papel de autoridad moral. Empieza por aceptar gran parte del pa-
norama religioso. Cree en un Dios sabio y con una finalidad que des-
conocemos y en una armonía final, «algo tan valioso que será suficien-
te para todos los corazones, para aliviar toda indignación, para redimir
toda villanía humana, todo derramamiento de sangre; no sólo será su-
ficiente para que sea posible el perdón, sino también para justificar
todo lo que ha sucedido con los hombres».
Pero esta armonía última es algo que Karamazov no puede aceptar.
Sería la culminación de un universo que incluye lo que los turcos hi-
cieron en Bulgaria, donde quemaron, mataron y violaron a mujeres y
niños, ahorcaron prisioneros tras hacerles pasar su última noche clava-
dos a una cerca por la oreja. («Ningún animal podría ser tan cruel
como un hombre, tan hábil, tan artísticamente cruel.») Emplearon pu-
ñales para sacar a los niños del vientre de la madre. Arrojaron niños al
aire para ensartarlos con la bayoneta cuando caían: «El mayor placer
consiste en hacer tal cosa ante los ojos de su madre.» ¿Qué derecho a
ejercer autoridad moral puede asistir al creador de una armonía que in-
cluye todo esto?
La otra creencia, la creencia en el progreso moral, ha sido también
socavada. Los problemas derivan de los hechos. La larga historia de
crueldad y asesinatos del siglo Xxx es demasiado familiar: la matanza
mutua de la Primera Guerra Mundial, el terror de la hambruna en
Ucrania, el Gulag, Auschwitz, Dresde, el Ferrocarril de Birmania,
Hiroshima, Vietnam, la Revolución Cultural China, Camboya, Ruan-
18
da, el colapso de Yugoslavia. Estos nombres nos evocan otros. Debido
a esta historia, es (o debería ser) dificil pensar que la ética sigue siendo
tan justa como antes.
Primero, la historia.
Hablar de las atrocidades del siglo XX es en cierto sentido una ma-
nera engañosa de hablar. Que la barbarie sea exclusiva del siglo XX es
un mito: toda la historia humana presenta guerras, masacres y toda cla-
19
se de tormentos y crueldades: hay fundamentos para pensar que en
gran parte del mundo los cambios de los últimos cien años, más o me-
nos, han tenido como objetivo la creación de un clima psicológico
más humano que en ninguna época anterior.
Pero también es cierto que gran parte de la historia del siglo xx ha
sido una sorpresa muy desagradable. La diferencia está en la tecnolo-
gía. Las decisiones de unos pocos pueden llevar el horror y la muerte a
centenares de miles e incluso a millones de personas.
Estos acontecimientos no sólo conmueven por su dimensión.
También contrastan con las expectativas con las que comienza el si-
glo xx, al menos en Europa. Un centenar de años de paz europea casi
sin quiebra entre la derrota de Napoleón y la Primera Guerra Mun-
dial permitió pensar que la especie humana se alejaba de su pasado
bélico. En 1915, el poeta Charles Sorley, que escribía a su casa po-
cos meses antes de caer muerto en combate, consideraba natural de-
cir: «Después de todo, en este siglo la guerra es injustificable, así que
todas las partes comprometidas en ella deben ser acusadas por igual
de su desencadenamiento»*. Más recientemente, es posible que tam-
bién algunos de los que fueron a luchar al Golfo hayan tenido la
sensación de que la guerra es injustificable, pero es menos probable
que hayan pensado tal cosa en el siglo xx. En «MCMXIV», Philip
Larkin describe las colas para alistarse al comienzo de la Primera
Guerra Mundial:
* The Letters of Charles Hamilton Sorley, citado en Jon. Glover y Jon. Silkin (comps.),
The Penguin Book of First World War Prose, Londres, 1990.
20
La masacre sangrienta de Bangladesh cubrió muy pronto el re-
cuerdo de la invasión rusa de Checoslovaquia, el asesinato de Allen-
de ahogó los lamentos de Bangladesh, la guerra del desierto de Sinaí
hizo que la gente se olvidara de Allende, la masacre camboyana hizo
que la gente se olvidara de Sinaí y así sucesivamente hasta que cada
una de estas cosas permite el olvido de todas?.
zd
confianza que denuncia su falta de experiencia personal en la realidad
humana de los dilemas a los que se refieren. Lo mismo ha de valer
muchas veces para quien, sin haber vivido la experiencia, escribe sobre
Vietnam o Auschwtiz.
De la misma manera, a pesar de que sería preferible escribir a par-
tir de la experiencia, hay razones para que intente hacerlo incluso una
persona que carezca de ella.
La cantidad de personas con experiencia en estos episodios no pue-
de superar un número reducido. La retracción por falta de experiencia
podría llevar a que nadie tratara de abordar en conjunto esos acontect-
mientos de los que tanto cabe aprender. Hacia el final de la Segunda
Guerra Mundial, el filósofo Glenn Gray, que a la sazón formaba parte
de una división norteamericana que ocupó un campo de concentra-
ción en Alemania, pasó todo un día con los supervivientes: «Durante
el primer día de liberación, los pocos centenares de supervivientes ex-
hibieron el abanico completo de caracteres humanos, y yo era cons-
ciente de haberme encontrado por casualidad con una hora de verdad
que difícilmente se repetiría más adelante, incluso para ellos». Glenn
Gray publicó sus reflexiones acerca de ésta y Otras experiencias, pero a
menudo quienes registran lo que parecen ser importantes experiencias
de guerra están demasiado preocupados como para reflexionar sobre
ellas. A veces expresan la esperanza de que otros, en tiempos de paz,
extraigan de sus experiencias alguna ayuda que contribuya a ahorrar su
repetición a las generaciones futuras.
Hay atrocidades que no pertenecen al pasado, sino al presente. Los
que tenemos la fortuna de vivir en otros sitios no debemos inhibirnos
de pensar en ellas. Los periodistas se juegan la vida para permitirnos
conocer las acciones terribles que tienen lugar mientras nosotros vivi-
mos con relativa seguridad. Dolorosamente relatan las víctimas sus ex-
periencias para que las entendamos. A menudo lo hacen con la creencia
de que, si el mundo oye, se producirá un clamor y algo se hará al res-
pecto.
Los periodistas pueden sentirse decepcionados por la respuesta. Ed
Vulliamy, que informaba sobre al guerra en Bosnia, dijo:
$ J. Glenn Gray, The Warriors: Reflections on Men in Battle, Nueva York, 1959, pági-
na 220.
22
la guerra y no hiciera nada. Peor aún, los diplomáticos nos desoye-
ron y a veces los líderes políticos nos maldijeron”.
7 Ed Vulliamy, Seasons in Hell: Understanding Bosnia's War, Londres, 1994, págs. pex.
8 Ibíd., pág. 201.
23
Es posible dar demasiado pronto por supuesto que basta con «aplt-
car» un conjunto de principios morales. El resultado puede ser la aplt-
cación mecánica de cierta forma de utilitarismo o una lista de precep-
tos sobre justicia, autonomía, buena voluntad, etcétera. Cuando esto
ocurre, el pensamiento se dirige íntegramente en un solo sentido. Se
dan por supuestos los principios, o se los «deriva» de manera rutinaria,
y de ellos se deducen conclusiones prácticas. Falta el sentido bidirec-
cional. También los principios pueden requerir modificación si sus
conclusiones prácticas son demasiado rigurosas, s1 nos obligan a negar
cosas que nos preocupan cuando nos enfrentamos a dilemas prácticos.
Muchos filósofos simpatizan con una forma más pragmática de étr-
ca, en la que los principios se postulan de manera tentativa, a la espera de
que nuestras respuestas a problemas prácticos los moldeen y los modi-
fiquen. La adaptación mutua entre los principios y nuestras respuestas
intuitivas es el proceso que conduce a lo que John Rawls, tal vez con
excesivo optimismo, ha llamado «equilibrio reflexivo».
Pero el pragmatismo se puede llevar aún más lejos, hasta abarcar la
idea de que nuestras creencias éticas deben ser revisables a la luz de la
comprensión empírica de los seres humanos y de lo que hacen. Por
ejemplo, si las grandes atrocidades dan lecciones acerca de nuestra psi-
cología, eso debería afectar a nuestra idea de qué tipo de acciones y
qué rasgos de carácter son buenos o malos.
Hay disciplinas intelectuales sumamente abstractas, y tal vez en sus
campos respectivos la comprensión de los seres humanos carezca de
importancia, pero la ética no se encuentra entre ellas. Espero que este
libro contribuya a acercar al centro de la ética determinadas cuestiones
relativas a la gente y a cómo es. Este proyecto de acercar mutuamente
ética y psicología supone pensar en las implicaciones de algunas de las
cosas que nosotros, personas civilizadas, somos capaces de hacernos
unas a otras.
Al comienzo del siglo reinaba el optimismo, hijo de la Ilustración,
de que la expansión de la perspectiva humana y científica llevaría a la
desaparición no sólo de la guerra, sino también de otras formas de
crueldad y de barbarie que llenarían la cámara de los horrores del mu-
seo de nuestro pasado primitivo. A la luz de estas expectativas, el siglo
de Hitler, Stalin, Pol Pot y Saddam Hussein sería seguramente una sor-
presa. Resultó que los volcanes que se creía extinguidos, no lo estaban.
Ahora tendemos a considerar pobre y mecánica la visión de la psico-
logía humana propia de la Ilustración, e ingenuas sus esperanzas de pro-
greso social gracias a la expansión del humanitarismo y de la perspectiva
científica. John Maynard Keynes dijo que los comentarios de Bertrand
24
Russell —seguidor de la Ilustración— acerca de la vida y los negocios
eran «frágiles» porque no «tenían por debajo un diagnóstico sólido de
la naturaleza humana».
Es posible que quienes se oponen a la Ilustración den la impresión
de aprehender verdades que escapan a sus seguidores; hoy, entre los fi-
lósofos, está de moda el rechazo de la Ilustración.
Uno de los objetivos de este libro es reemplazar la pobre y mecáni-
ca psicología de la Ilustración por algo más complejo, más cercano a la
realidad. Esto tiene como consecuencia una explicación más sombría.
Pero otro objetivo del libro estriba en defender la esperanza ilustrada
de un mundo más pacífico y más humano, la esperanza de que si nos
comprendemos mejor a nosotros mismos podemos contribuir a crear
un mundo con menos miseria. Ya he dicho lo que pensaba del opti-
mismo que considera fundada esta esperanza. Hay más cosas que en-
tender acerca de nosotros mismos, y cosas más oscuras que las que en
general han aceptado quienes comparten esta esperanza. Sin embargo,
aunque gran parte del contenido de este libro es extraordinariamente
oscuro, el mensaje no es de mero pesimismo. Tenemos que examinar
con firmeza y claridad ciertos monstruos que llevamos dentro. Pero
eso forma parte del proyecto de enjaularlos y domarlos.
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PRIMERA PARTE
* Que se viole a las niñas, que dos niños acuchillen a un tercero, / eran axiomas para
él, que nunca había oído hablar / de un mundo en el que se mantuvieran las promesas /
ni de que alguien pudiera llorar porque otro lloró.
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qe dior sanmnad qoow blio2 qm:10.-
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El desafío de Nietzsche
29
Un siglo después, mucha gente comparte el escepticismo de Nietz-
sche en torno a una base religiosa para la moralidad, pero el enfoque
del propio Nietzsche, la base para su «transmutación de los valores», tie-
ne mucho de terrible. En efecto, lleva consigo un racismo intermiten-
te, desprecio por las mujeres y la creencia en la lucha despiadada por el
poder. Rechazó la simpatía por los débiles a favor de la voluntad de pa-
sar por encima de ellos.
No es sorprendente que algunas de sus ideas hayan resultado afines
a los nazis, que admiraron una versión enormemente selectiva y distor-
sionada de su obra. Sus múltiples defensores modernos señalan acerta-
damente las distorsiones, pero tal vez disculpan demasiado. Puede
crearse la sensación de que Nietzsche es inocuo. Yo quisiera eliminar
esa sensación. En nuestra época, el problema estriba en aceptar su es-
cepticismo acerca de una autoridad religiosa para la moral y, al mismo
tiempo, evitar sus horrorosas conclusiones.
30
Nietzsche vio la victoria de la moral esclava de los judíos como
una manera de envenenamiento: «Todo se vuelve visiblemente judaiza-
do, cristianizado, aplebeyado (¡qué importan las palabras!). El avance
de este veneno por el cuerpo entero de la humanidad parece irresis-
tible».
Detestaba la idea de que la moral fuera validada por cualquier clase
de religión. En un pasaje de Ernest Renan encontró la idea de que el
hombre está más cerca de la verdad cuanto más religioso es, y de que
cuando el hombre es bueno quiere que la virtud corresponda al orden
eterno. La respuesta de Nietzsche a «estas palabras con su verdad patas
arriba» fue que en Renan había encontrado sus antípodas: «¡Es tan pla-
centero, tan distinguido, poseer antípodas propias!»,
Sin correspondencia con un orden eterno, Nietzsche pensaba que
los juicios sobre el bien y el mal están expuestos a un nuevo interro-
gante. ¿Qué valor tienen por sí mismos? Debiéramos más bien pregun-
tar si indican «la plenitud, la fuerza y la voluntad de vida, su coraje, cer-
teza y futuro», o si revelan aflicción, empobrecimiento y degeneración.
AUTOCREACIÓN
3 Ibíd., sec. 9.
4 Más allá del bien y del mal, sec. 48.
31
Lo que subyace a nuestra fe en la ciencia sigue siendo todavía
una fe metafísica, y nosotros, los que hoy buscamos el conocimiento,
los que no tenemos dios y estamos contra la metafísica, también no-
sotros extraemos nuestra llama del fuego encendido por una fe con
milenios de antigiedad, la fe cristiana, que fue también la de Platón:
la fe en que Dios es la verdad, en que la verdad es divina”.
92
modelarnos. Podemos utilizar nuestras acciones futuras para realzar as-
pectos elegidos de nuestro pasado y de esa manera autocrearnos a lo
largo de la vida.
Puesto que Nietzsche quiere que los seres humanos se creen a sí
mismos, no puede establecer exactamente cómo deben ser. Pero hay
determinadas cualidades que según él (tal vez porque piensa que son
indispensables para la autocreación) debería poseer el tipo de hombre
que quisiera ver. Y considera que las mujeres no son aptas para este
ideal:
33
LAs RESTRICCIONES DE LA MORAL Y LA VIDA COMO LUCHA
34
tencia y es una desgracia para los hombres superiores. Aún no concedo de-
recho a los fracasos. También hay pueblos enteros que son fracasos»!*.
El impacto del darwinismo social se hallaba en su apogeo en la
época de Nietzsche. Muchos creían que las sociedades y los grupos es-
taban comprometidos en una lucha constante por la supervivencia, lu-
cha en la que ganaría el fuerte y perdería el débil. Nietzsche desdeñaba
a Darwin y sin embargo estaba influido por el darwinismo social. Sus
obras contienen referencias despreciativas a los biólogos ingleses y a
Darwin: «Me inclino al prejuicio de que la escuela de Darwin se ha
equivocado en todo»””.
A pesar de eso, las ideas de Nietzsche se aproximan mucho al dar-
winismo social en la medida en que conciben la vida como una lucha.
Para este autor, toda lamentación en relación con esto descansa en una
sentimental carencia de realismo: «No parece raro que a los corderos
no les gusten las grandes aves de presa, pero esto no da derecho a re-
prochar a estas aves que se lleven los corderitos»!*
No sólo había que aceptar la necesidad de la lucha, sino también su
nobleza. Zaratustra dice: «Debes amar la paz como medio para nuevas
guerras. Y más la paz breve que la larga [...] ¿Decís que la causa buena san-
tifica la guerra? Yo os digo: la guerra buena santifica todas las causas»””.
Nietzsche admiraba los resultados de la lucha por la supervivencia. Antes
de que la sociedad modema la mitigara, la lucha producía una versión no-
ble del hombre, una bestia de presa que podía inspirar temor, pero que
también era digna de respecto. El hombre europeo moderno, tras siglos
de cristianismo, es un «animal insignificante, domado, doméstico»'*,
El rechazo por parte de la moral cristiana de la ley de la selva ha
arruinado prácticamente la especie humana: para Nietzsche, ha llega-
do de sobra el tiempo de derrocar esa moral.
Nietzsche espera que los «filósofos del futuro» sean duros. La auto-
creación requiere dureza: «en el hombre hay materia, fragmento, exce-
so, arcilla, barro, locura, caos: pero en el hombre también hay un crea-
35
dor, un escultor, la dureza del martillo». Esta dureza forma parte de la
grandeza: «Fuerza de voluntad, la dureza y la capacidad para decisio-
nes prolongadas deben formar parte del concepto de “grandeza”»””.
A veces, la dureza que defiende Nietzsche adopta una cierta forma
estoica, en tanto se dirige contra los propios impulsos, pero en otros
momentos se vuelca como dureza para con los demás. Los filósofos
del futuro «tendrán una crueldad dueña de sí misma que sabrá cómo
esgrimir el cuchillo con seguridad y pericia, incluso cuando el corazón
sangra. Serán más duros (y tal vez no siempre sólo contra sí mismos) de
lo que desearían los hombres con humanidad»”.
Cree que todos los creadores tienen que ser duros a fin de produ-
cir un impacto en la historia. Expresa esta idea con metáforas vagas,
pero perturbadoras, acerca de «cortar y tajar» y escribir sobre metal:
Ver sufrir a los otros hace bien, y hacerlos sufrir, más aún: son
palabras duras, pero también un principio antiguo, poderoso, huma-
no, demasiado humano, que suscribirían incluso los monos; pues
se ha dicho que en lo tocante a inventar extrañas torturas anticipan
al hombre y son, por así decirlo, su «preludio». Sin crueldad no hay
festival...2.
EL NAL
20 Ibíd., sec. 210.
22 Así habló Zaratustra, parte 3, «De las antiguas y las nuevas tablas de la ley».
22 Más allá del bien y del mal, sec. 293.
2 Genealogía de la moral, ensayo 2, sec. 6.
vw
y
36
Nietzsche va más allá de esta alabanza del hacer sufrir a los otros.
Se considera que el rechazo de la simpatía por los débiles comprende
la participación en su destrucción: «Lo débil y mal constituido desapa-
recerá: primer principio de nuestra filantropía. Y uno puede ayudarles
a hacerlo. ¿Qué hay más dañino que un vicio cualquiera? Simpatía ac-
tiva por los mal constituidos y los débiles: cristianismo»?,
24 El Anticristo, sec. 2.
37
autocreación. ¿Por qué mi preocupación por otras personas no debería
ponerle límites?
La pesadilla nietzscheana no se sigue de las premisas nietzscheanas,
pero queda en pie un turbador interrogante. Tal vez haya gente, ya se
trate de individuos, ya de grupos, cuyos proyectos de autocreación se
aproximen a los del «alma noble» de Nietzsche. Y quizá no tengan va-
lores contrarios que restrinjan sus despiadados proyectos. ¿Significa el
eclipse de la ley moral que no tengamos nada que decir al amoralista
nietzscheano?
38
CAPÍTULO 3
39
los demás redunda en nuestro interés. La sociedad trabaja en general
para reforzar tal cosa.
EGoÍsMO Y COOPERACIÓN
40
POR OJO: cooperaré contigo a menos que tú me falles. Si me fallas, la
próxima vez te fallaré yo. Si cooperas, la próxima cooperaré.
El éxito de esta estrategia redunda en apoyo de la cooperación. En
la medida en que la vida social es como una serie de dilemas repetidos
de presos, las personas interesadas en sí mismas obrarán con prudencia
si tienen en cuenta esta forma condicional de cooperación.
Sin embargo, el argumento a favor de la cooperación sobre la base
del OJO POR OJO tiene sus limitaciones. La de Axelrod no es más que
una versión del certamen. Versiones posteriores incorporaron caracte-
rísticas del mundo y de la psicología humanos. Una de ellas inclu-
ye la posibilidad de que los jugadores cometan errores. Otra, la ten-
dencia humana a repetir las estrategias ganadoras y a modificar las per-
dedoras. Otras versiones tienen más de dos jugadores. En algunos de
esos certámenes modificados, la estrategia ganadora no es la de OJO
POR OJoO?.
Ante un dilema de presos aislado, las personas interesadas sólo en
sí mismas se encuentran mutuamente atrapadas. Y, aun cuando la coo-
peración del tipo OJO POR OJO se desarrolle, terminará quebrándose
en el último juego, donde la construcción de la confianza ya no lleva
a recompensas futuras. El último juego lo ganaría un defraudador soli-
tario, pero como ambos «presos» pueden ver esto, la confianza mutua
se hunde y vuelven a encontrarse en una trampa. Sólo podría salvarlos
una confianza basada en algo más que el cálculo del interés propio.
El dilema de los presos también requiere una estructura particu-
lar de recompensas y castigos. Si las sentencias de prisión por confe-
sión o silencio hubieran sido otras, el egoísmo no habría resultado
contraproducente. Mucho depende de cuántos conflictos de intereses
del mundo real tengan la estructura del dilema de los presos y de cuán-
tos produzcan compensaciones de distinto resultado. Y mucho depen-
de también de la posibilidad que exista de repetir la sesión con las mis-
mas personas.
La lección que ofrece el dilema de los presos no es que la coopera-
ción produce siempre ventajas personales, sino que, en determinadas
condiciones, la cooperación es más útil que el egoísmo. Los que preferi-
mos la cooperación al conflicto tenemos una razón para disponer las
recompensas y los castigos sociales de tal manera que la cooperación
resulte ser una estrategia ganadora. Un intento de ello es contar con re-
glas respaldadas por sanciones sociales.
41
PRESIONES SOCIALES Y REGLAS MORALES CONVENCIONALES
42
Hay en esto cierta plausibilidad. A veces, ser moral puede resultar
más útil que el amoralismo disimulado, pero también puede haber ocasio-
nes en que una estrategia mixta (de un auténtico compromiso con unos
aspectos del código moral y una ausencia oculta de compromiso con
otros) dé mejores resultados. Quizá sea beneficioso para nuestros hi-
Jos que cultivemos en ellos una perspectiva moral, pero nos parece
paradójico tender a un auténtico compromiso moral por este tipo
de razones.
Aun cuando la afirmación de Hare vaya demasiado lejos, parece pro-
bable que las presiones sociales, o bien crean algún compromiso moral,
O bien al menos proporcionan razones para una sustancial demostración
de conformidad. Es improbable que los que continúan siendo amoralis-
tas sean abiertamente nietzscheanos, a menos que sean muy poderosos.
Sin embargo, estos efectos restrictivos se limitan al ámbito en que
se siente la presión social, pero hay contextos en los que las presiones
sociales contra el daño a los demás pueden ser débiles o inexistentes.
A veces, las presiones sociales que operan normalmente contra el
ejercicio del daño sobre los demás se ven efectivamente invertidas. Pro-
teger a los judíos en la Alemania de Hitler o ayudar a un «reaccionario»
en la Revolución Cultural China era arriesgarse al estigma y a veces al
castigo. Quienes se sentían motivados por la simpatía o por la repugnan-
cia hacia el sometimiento de la gente a la humillación y a la cruel-
dad estaban en una posición dificil. Actuar en consonancia con esos
impulsos de decencia podría acarrear graves sanciones. Hay casos de
personas que desean ayudar a los otros, pero que pueden ser disuadi-
das por los costes de esa acción.
Y hay toda una esfera a la que difícilmente afectan estas presiones:
la de las relaciones entre grupos, como, por ejemplo, las naciones. Es
posible que el que roba en un banco sea enviado a la cárcel y estigma-
tizado, pero el líder político que envía un ejército a capturar un territo-
rio vecino más débil es posible que se convierta en héroe nacional.
43
CAPÍTULO 4
44
Otros principios morales que hay observar en primer lugar son las
«respuestas humanas». Dos de estas respuestas humanas, en particular, son
limitaciones importantes. Una de ellas es la tendencia a responder a las
personas con ciertos tipos de respeto, lo que puede ir ligado a ideas re-
lativas a su dignidad o al estatus que las inviste como miembros de
nuestra comunidad o como simples seres humanos. La otra respuesta
humana es la simpatía: preocuparse de las miserias y la felicidad de los
otros y quizá sentirse en cierto modo identificado con ellos.
Hay una disposición muy extendida a mostrar respeto hacia los de-
más, o al menos hacia ciertas personas. Á veces se trata de respeto a su
estatus: en una organización jerárquica, como un ejército o una iglesia
estructurada, el respeto va fundamentalmente de los subordinados a
los superiores. Hay un tipo más igualitario de respeto, dirigido a todos los
miembros de una comunidad, que a veces se concibe como respeto a
la dignidad de las personas y que se expresa en las convenciones socia-
les de buena educación.
La conducta que da muestras de respeto a la dignidad de alguien
simboliza esa condición moral de la persona. Los débiles están prote-
gidos por convenciones sociales sobre el respeto que se les debe. Estas
convenciones tienen el respaldo de las fuerzas sociales, pero también
apoyo psicológico. La idea de humillar a un mendigo ciego nos cons-
terna. El estricto interés propio podría llevar a coger el dinero de un
mendigo ciego: sería improbable la represalia y, si nadie presenciara la es-
cena, no habría sanciones sociales. Pero la idea nos repele a la mayoría.
Immanuel Kant pensaba que el respeto a la dignidad no sólo debe
mostrarse a los miembros de una comunidad, sino sencillamente a
todo ser humano:
1 Immanuel Kant, The Metaphysics of Morals, trad. Mary Gregor, Cambridge, 1991,
pág. 255. [Trad. esp.: La metafísica de las costumbres, Madrid, Tecnos, 1989.]
45
Nuestra inclinación a mostrar este respeto y nuestra repugnancia
por la humillación de alguien son poderosos frenos a la barbarie. El de-
bilitamiento de este freno puede haber contribuido a la masacre de
Amritsar. En 1919, en India, las tropas al mando del general Dyer dis-
pararon durante diez minutos sobre una reunión pacífica de indios.
Hubo entre quinientos y mil muertos y un cantidad similar de heridos.
¿Cómo pudo el general Dyer ordenar esa atrocidad?
Quizá la explicación tenga estrecha relación con la manera en que
las autoridades británicas de ciertas regiones de India humillaron a los
indios. Si se les acercaba un europeo, los indios tenían que salaam:
cerrar sus paraguas, bajarlos y descender a la calzada. Al indio que no
lo hacía se le obligaba a besar las botas del funcionario al que había 18-
norado. Por la misma falta, a otros se les hacía tenderse, frotarse la na-
nz en el polvo y arrastrarse.
Ciertos oficiales británicos inventaron «castigos divertidos» para
los indios. El capitán Doveton ordenó flagelar delante de las prostitu-
tas a un grupo de hombres que visitaba un burdel durante un toque de
queda, y ese mismo capitán castigaba otras transgresiones haciendo
que los inculpados realizaran cabriolas y tocaran el suelo con la frente.
Algunos indios dijeron que, como castigo, un oficial les había hecho
enjalbegar. El propio general Dyer había mandado levantar un triángu-
lo para azotar allí públicamente a los transgresores. También instauró
la «orden de reptar»: todos los indios que fueran por un determinado
callejón tenían que arrastrarse sobre el estómago. Si levantaban las pier-
nas O los brazos, los soldados los azuzaban con los fusiles?. Ordenar la
masacre habría sido mucho más difícil de no haber sido previamente
violada la dignidad que protegía a los indios.
SIMPATÍA
Nuestros vínculos con otras personas que nos son próximas erosio-
nan el interés propio. Cónyuges, amantes, padres, hijos y amigos, todos
borran las fronteras del interés egoísta. Francis Bacon decía acertada-
mente que las personas que tienen hijos se han convertido en rehenes
de la fortuna. Es inevitable que otras formas de amistad y de amor tam-
bién nos conviertan en rehenes. Los niveles más profundos de relación
están vedados a quienes retienen gran parte de sí mismos. Y entre-
garse significa que parte de uno mismo pertenece a la persona objeto
? Alfred Draper, The Amritsar Massacre: Tevilight ofthe Raj, Londres, 1985, caps. 5 y 6.
46
de preocupación. Hay una constante atracción hacia nuevas clases de
simpatía y de compromiso. El interés egoísta estricto se desestabiliza.
También se puede experimentar simpatía por personas que no co-
nocemos. Tal vez los reportajes televisivos sobre campos de refugiados
en Etiopía nos muevan a ayudar. Sentimos compasión cuando oímos
hablar de una madre que visita a su hijo que va a ser ejecutado.
Y la simpatía puede aumentar con nuestra experiencia personal del
sufrimiento. En Líbano, Brian Keenan fue mantenido como rehén du-
rante cinco años en condiciones penosas y a veces era golpeado por
sus secuestradores. Él recordaba haber oído a otro compañero al que
estaban maltratando:
Con cada grito de dolor sentía que mi propio miedo me des-
garraba la came y reptaba sobre ella. Hay en cada uno de nosotros una
capacidad, y a veces pienso que incluso una necesidad, de aproxi-
marnos a los otros cuando sufren. Lo que entonces no sabía era por
qué, pero luego he aprendido mucho al respecto. Cuanto más des-
cubrimos de los diferentes grados y los diferentes aspectos de nues-
tra propia infelicidad, mayor es nuestra capacidad de simpatizar ins-
tintivamente o de aproximamos a quien pasa por una desgracia”.
47
CAPÍTULO 5
48
En condiciones de extrema coacción, el sentido de identidad mo-
ral puede inspirar valor y fuerza. Brian Keenan describe cómo, tras ser
golpeado por uno de sus secuestradores, comprobó que sus sentimien-
tos de venganza daban paso a otra cosa:
49
que los deseos anárquicos y conflictivos se sometan a la disciplina de
la moral.
Este argumento tiene varios pasos cuestionables. ¿Por qué piensa
Sócrates que únicamente las personas con unidad psicológica pueden
ser felices? ¿Es la moral la única manera de imponer disciplina a los de-
seos anárquicos? ¿Por qué el amoralista sería escindido por el conflicto?
Considerado en sí mismo, el argumento socrático parece débil.
Pero adquiere más sentido si presuponemos los recursos morales. La
mayoría de nosotros nos preocupamos, al menos un poco, por el tipo
de persona que somos. Estas disposiciones entran en conflicto con el
egoísmo despiadado, lo que eleva notablemente su coste psicológico.
Éste es, por supuesto, «sólo» un aspecto empírico. Para argumentos de-
cisivos y refutaciones definitivas, la gente se dirige a la filosofía, pero la
ética, más ligada a las personas concretas, no puede escapar a la psico-
logía de aristas poco definidas, integramente hecha de disposiciones y
tendencias antes que de rígidas leyes universales.
El argumento socrático carecería de fuerza para un amoralista «na-
tural», despiadado, en quien los recursos morales brillan por su ausen-
cia, pero para el resto de los seres humanos contiene una importante
verdad. A menudo, aunque no siempre, el conflicto psicológico al que
da lugar pasar por encima de los otros será de proporciones inacep-
tables.
50
El cálculo egoísta encuentra que la estructura de recompensas y
castigos es muy diferente cuando trata con miembros de otra comuni-
dad. Las presiones sociales contra el tratamiento hostil a miembros de
otros grupos son mucho más débiles. Y en la guerra las presiones sue-
len apoyar abiertamente la hostilidad grupal.
También los principios morales tienen menos poder. El derecho a ser
tratado con respeto va casi siempre ligado a la pertenencia a un grupo.
El derecho de un extraño puede ser mínimo. Análogas limitaciones
afectan a la simpatía. Las simpatías que nos comprometen realmente
son en general obcecadamente limitadas y locales. Puedo mover mon-
tañas por mi hijo, pero tal vez ni siquiera cruzar la calle para ser un
buen samaritano con un extraño. Es muy raro que la simpatía se ex-
tienda a las personas ajenas a una comunidad particular.
Estas limitaciones contribuyen a explicar un vacío moral cada
vez más evidente. Hay muchas morales que son «internas», que dan
importancia a los intereses de los que forman parte de una comunidad,
pero que hacen muy poco contra la indiferencia común e incluso con-
tra la hostilidad hacia los de fuera. Cada vez es más evidente que este
tipo de abismo tiene desastrosas consecuencias humanas.
Las limitaciones de una moral interna tienen una asombrosa ilus-
tración en el «diálogo melesio», del que habla Tucídides. En la Guerra del
Peloponeso, los habitantes de la isla de Melos trataron de mantenerse
neutrales entre Atenas y Esparta. Pero los ataques atenienses los convir-
tieron en enemigos. Atenas envió negociadores, que les ofrecieron la paz
si los melesios se avenían a pagarles un tributo. En las discusiones, tal
como lo cuenta Tucídides, los atenienses rechazaron explícitamente las
apelaciones a la moral. No utilizarían «frases bellas» para hablar del de-
recho a su imperio, ni apelarían a las ofensas que los melesios les ha-
bían inferido. Así que pidieron a los melesios:
51
dían verse derrotados. Los atenienses replicaron que ese riesgo pesaba
menos sobre ellos que el hecho de parecer débiles s1 permitían que
una pequeña isla permaneciera neutral.
Los melesios hicieron entonces un llamamiento directo a la moral
(«¿Es esa la idea que vuestros súbditos tienen del juego limpio?»), que
los atenienses descartaron por completo: «En lo que afecta a lo correc-
to y lo incorrecto, pensamos que no hay diferencia entre una cosa y
otra.» Los atenienses sostenían un punto de vista de vista inexorable,
que ellos consideraban realismo:
¿Se creerá quizá que estas pequeñas ciudades libres griegas fue-
ron guiadas por principios de humanidad y de justicia? ¿Se puede re-
prochar a Tucídides el discurso que puso en boca de los embajado-
res atenienses cuando trataron con los melesios la cuestión de la des-
trucción o la sumisión? Hablar de virtud en medio de esta tensión '
1 Milovan Djilas, Conversations with Stalin, Harmondsworth, 1963, págs. 87-88, 90.
32
espantosa sólo les era posible a hipócritas redomados, o bien a so-
litarios que viviesen aparte, a eremitas, a fugitivos o emigrados fuera
de los límites de la realidad, personas todas que utilizaron la nega-
ción para poder vivir.
53
CAPÍTULO 6
El festival de crueldad
54
mundo en el que se cuelga a personas que han pasado su última noche
clavadas por la oreja a una valla, o en el que a cuchillo se separa los ni-
ños del vientre de la madre. También hay preguntas que formular so-
bre los seres humanos: «Ningún animal podría ser tan hábil, tan artís-
ticamente cruel.»
Sa
a la pared y sangre salpicada en el cielo raso. Allí se veía un gran ven-
tilador del que —me contó mi guía— se colgaba a prisioneros ata-
dos y se los aporreaba mientras giraban. En el cielo raso había gan-
chos que se empleaban para suspender a las víctimas. Una víctima de
la tortura me contó que también se crucificaba a los prisioneros claván-
doles las manos a la pared. Una técnica muy utilizada era la de colgar
a los hombres de los ganchos y atarles un gran peso a los testículos”.
56
¿Qué ocurre con los seres humanos que hacen posible tales
actos?
Hay tres factores que parecen centrales. En primer lugar, el amor a
la crueldad; también la necesidad de autoafirmación que en ciertos in-
dividuos emocionalmente perturbados se satisface a través de la domi-
nación y la crueldad y, finalmente, la posibilidad de neutralización de
los recursos morales que refrenan la crueldad.
EL AMOR A LA CRUELDAD
37
inaccesibles y que sólo él puede proporcionarme»”. Los superiores tam-
bién experimentan el placer del ejercicio del poder. El general Galtieri
visitó un centro de detención. Entonces dijo a una mujer con los ojos
vendados a la que habían torturado durante meses: «Si digo que vivas,
vives; y si digo que mueras, mueres. Pero da la casualidad de que tie-
nes el mismo nombre de bautismo que mi hija, así que vivirás»,
Para algunos, especialmente cuando las víctimas son mujeres, el
placer de la crueldad es sexual. Son típicas las crueldades y las humilla-
ciones infligidas a mujeres brasileñas torturadas bajo el régimen militar,
de las que se dice que las hacían desfilar desnudas, les pellizcaban re-
petidamente los pezones, las violaban genitalmente con trozos de ma-
dera y las hacían trabajar desnudas mientras las sometían a una anda-
nada de obscenidades y de bromas”.
La historia salvaje y violenta del castigo sólo se puede entender
realmente en un contexto de amor a la crueldad. La gente se excita con
las ejecuciones. Louis-Sebastien Mercier describió esta reacción cuan-
do los revolucionarios guillotinaron a Luis XVI:
7 Jacobo Timerman, Prisoner Without a Name, Cell Without a Number, trad. Toby
Talbot, Nueva York, 1988, págs. 37-41.
7 $ Ronald Dworkin, «Report from Hell», New York Review of Books, 17 de julio
e 1986,
? Torture in Brazil; a Report by the Archdiocese of Sao Paulo, trad. Jaime Wright, ed. a
cargo de Joan Dassin, Nueva York, 1986, págs. 28-32.
0 Citado en Simon Schama, Citizens: a Chronicle of the French Revolution, Londres,
1989, pág. 670.
58
UNOS Y NO OTROS
39
comparativamente raros, pero no agota la cuestión. También hay efec-
tos restrictivos del egoísmo y de los principios morales: el sentido de
identidad moral y las respuestas humanas.
60
A los «desaparecidos» en Argentina se les vendaba los ojos para de-
bilitar su resistencia. Esta práctica, llamada «tabicamiento», también
erosionaba su dignidad y les convertía en inválidos y dependientes de
sus torturadores. Como dice el doctor Norberto Liwsky: «La actitud
habitual de los torturadors y guardias hacia nosotros era considerar-
nos menos que siervos. Eramos como cosas. Además cosas inútiles.
Y molestas. Solían decir: «Vos sos bosta» [expresión coloquial argenti-
na por «eres una mierda»]!3,
A veces la humillación va ligada a la etnia o la religión. Los tortu-
radores argentinos estaban influidos por un penetrante antisemitismo
con ecos conscientes de nazismo. Los judíos eran humillados; a veces
se les pintaba esvásticas o se les obligaba a gritar: «i¡Heil Hitler!» Se les
escogió para torturas especiales, como la de tener una rata inserta en el
ano, de donde saldría comiendo para abrirse paso**. JacoboTimerman
describió la obsesión de sus secuestradores por las «conspiraciones» ju-
días contra Argentina. Recuerda que su condición de judío fue utiliza-
da para añadir humillación a la tortura eléctrica:
EL HUMOR NEGRO
61
El lenguaje de la gente que comete atrocidades está plagado de hu-
mor negro. La seguridad militar iraquí bajo Saddam Hussein utiliza la
cárcel de Kadhemya, en Bagdad, para torturar prisioneros políticos. El
depósito de ácido de batería en donde se los sumerge hasta la muerte
se conoce como «la piscina de natación». Los soldados argentinos
bajo el gobierno de la Junta Militar llamaban «Susana» a la máquina
para administrar descargas eléctricas masivas a los detenidos, y «charla
con Susana» al interrogatorio con utilización de ese medio!*. En las
condiciones que había impuesto el apartheid, los interrogadores suda-
fricanos tenían sobrenombres para distintos tipos de tortura: «telefo-
pp «sintonizar la radio», «el submarino», «el viaje en avión», etcéte-
a!?. Algunas de estas expresiones abundan en relatos argentinos, lo
ud muestra que hay un repugnante lenguaje internacional con el cual
hacer de la tortura una diversión.
El humor negro se burla de las víctimas. Es una crueldad añadida
y una exhibición de poder: podemos hacerte sufrir simplemente para
divertirnos. Añade énfasis a la diferencia entre «nosotros» y «ellos»: los
interrogadores somos un grupo que comparte una broma a expensas
de vosotros, las víctimas. Y también es una exhibición de dureza: tan
poco nos afectan los sentimientos de simpatía que podemos reímos de
tu tormento; pero tal vez esa exhibición misma sea un indicio de que
la eliminación de la simpatía no es fácil y requiere ayuda.
No sólo los torturadores utilizan el humor negro, sino que a veces
lo hacen también quienes están una o dos fases más atrás en el sistema.
En el cuartel de la Rama Especial de Dubai se instaló una celda
62
Esta utilización del humor negro no es una crueldad extra, ni una
demostración de poder. Más bien parece un recurso de los oficinistas
y de los técnicos para no enfrentarse a lo que están haciendo. Es una
broma defensiva que les permite hablar del tormento que están prepa-
rando para los demás sin tomárselo en serio.
Las técnicas que dejan sin efecto el respeto y la simpatía son pode-
rosas, por cierto; pero a veces las respuestas humanas atraviesan defen-
sas cuidadosamente montadas.
En 1985, en la antigua Sudáfrica del apartheid, hubo una manifes-
tación en Durban. La policía atacó a los manifestantes con su violen-
cia habitual. Un policía persiguió a una mujer negra, naturalmente con
la intención de golpearla con su porra. Al correr, la mujer perdió un za-
pato. El brutal policía también era un joven afrikaner bien educado,
que sabía que cuando una mujer pierde un zapato, uno debe recogér-
selo. Los ojos de ambos se encontraron cuando él le entregó el Zapato.
A continuación la dejó ir, pues aporrearla ya no era una opción posi-
ble. (Agradezco esta información a David Spurrett, testigo directo de la
escena.)
Estos episodios son raros y menos probables en la situación con-
trolada de la tortura. El zapato que se sale del pie coge al policía por
sorpresa, lo cual, en combinación con sus buenas maneras aprendidas
para dar lugar al pequeño acto de ayuda, restaura la dignidad de la
mujer. Este acto y el encuentro de las miradas desencadenó las respues-
tas humanas normales y su tendencia a inhibir la violencia. Aunque
esta irrupción es rara, el hecho de que ocurra efectivamente es impor
tante para reflexionar sobre el aspecto de nuestra psicología que hace
posible las atrocidades.
63
ción y la tortura a militares y políticos de una docena de países, tanto
en la cuenca mediterránea como en el Atlántico y el Pacífico». Y los
torturadores que trabajaban para Saddam Hussein fueron entrenados
por la Stasi de la ex Alemania Oriental, que a su vez había aprendido
de la Gestapo. La tradición, como un virus, se traslada fácilmente por
encima de fronteras nacionales e ideológicas.
Puede que esto parezca un argumento a favor de un gran pesimis-
mo en torno a la tortura y crueldades similares. Puede que el énfasis en
su transmisión y en la profundidad de su penetración en nosotros su-
giera su inevitabilidad. Ciertamente, superarlas no será fácil.
Pero, de modo tentativo, considero que su derrota puede ser post-
ble. Cabe extraer cierta esperanza de la desaparición de castigos termbles,
como el de hacer hervir a alguien en aceite, o descuartizarlo atándole
los miembros a sendos caballos, que Nietzsche cita acertadamente
como expresión del amor humano a la crueldad.
Immanuel Kant escribió:
22 Immanuel Kant, 7he Metaphysics ofMorals, trad. Mary Gregor, Cambridge, 1991,
pág. 255. [Trad. esp.: La metafísica de las costumbres, Madrid, Tecnos, 1989.]
64
CAPÍTULO 7
Respuesta a Nietzsche
l Jean Améry, 41 the Mind's Limits: Contemplations by a Survivor on Auschwitz and lts
Realities, trad. Sidney y Stella Rosenfeld, Nueva York, 1986, pág. 68.
65
¿No hubo quienes se prepararon para destruirlo con todo derecho,
dado el hecho innegable de que eran los más fuertes? [...] Sí, las SS po-
dían comportarse tal como lo hicieron: no hay derechos naturales y
las categorías morales aparecen y desaparecen como las modas.
Hubo una Alemania que condujo a la muerte a judíos y a oposito-
res políticos porque creía que esa era la única manera que tenía de
ser una realidad plena. ¿Y qué? La civilización griega se construyó
sobre la esclavitud y un ejército ateniense fue tan salvaje en la isla de
Melos como las SS en Ucrania [...] Así fue la historia y así es. Cuando
se acercaba un asesino, había que someterse y descubrirse ante él”.
A PARTIR DE LA BARBARIE
Para la mayoría de las personas, y la mayor parte del tiempo, las vir-
tudes que importan son locales y personales. En la vida ordinaria, la
bondad es más importante que la creencia en los derechos humanos.
Cuando se piensa en cómo vivir, lo pequeño es hermoso. Es correcto
cargar el acento sobre la honestidad en las relaciones, la generosidad
hacia los amigos, el afecto hacia los niños, la realización de un trabajo
creativo y la disposición a querer a los demás.
Este primer plano se adapta a la vida de la mayoría de nosotros,
pero es demasiado limitado por sí mismo. No sólo somos padres, ami-
gos y vecinos. También formamos parte de la especie humana en la
medida en que lucha para escapar a su historia de brutalidad.
Nuestra especie obtuvo una posición dominante en la tierra en par-
te gracias al uso de una inteligencia capaz de idear métodos para matar
a distancia. Y las bandas de cazadores que sobrevivían solían ser las
66
que más se destacaban en matar a otros seres humanos, pertenecientes
a bandas rivales. La conciencia humana se ha desarrollado de tal modo
que estos sombríos orígenes han quedado superados. Tras su surgi-
miento fundado en la capacidad para matar, la especie humana inven-
tó códigos éticos. Esto incluye a pacifistas y a vegetarianos.
Pero nuestro origen aún sigue desfigurándonos. Todavía vivimos
en tribus con epidemias aparentemente interminables de matanza mu-
tua. Las cifras de muertos políticos de finales del siglo xx indican que
nuestros ordenamientos sociales para contener la violencia siguen fa-
llándonos en general. El festival de crueldad continúa. Pero, puesto
que ese fracaso social general es reconocido como tal, la posibilidad de
ponerle remedio está a la vista.
Somos una especie brutal y al mismo tiempo harta de brutalidad.
Este conflicto entre nuestra crueldad y nuestras aspiraciones se remon-
ta tan atrás como nuestro conocimiento de la historia humana. Sin
embargo, no es estrechez de miras pensar que nuestra época reviste
particular importancia. El estallido de asesinatos es hoy especialmente
peligroso porque la tecnología lo convierte en una amenaza para la
supervivencia de la especie entera.
La tecnología moderna también nos ha hecho más conscientes de
las atrocidades lejanas en el momento en que ocurren. Mientras escri-
bo esto es prácticamente seguro que en la ciudad de Cerska, en Bosnia,
se está mutilando, violando y matando personas porque el hecho de
profesar la religión islámica los hace extraños a los soldados que toma-
ron la ciudad. En el momento en que el lector lea estas palabras, lo
mismo estará ocurriendo en algún otro lugar. Todos sabemos que
constantemente ocurre en algún sitio. A menos que estemos ligados
a sus autores, estos actos nos repugnan. Esto debería bastar para que
la eliminación de tales horrores fuera un proyecto central de la hu-
manidad.
Puesto que vivimos en el primer periodo de la historia en el que se
tiene plena conciencia de la crueldad y la matanza en el momento mis-
mo en que ocurren, nuestra respuesta es particularmente importante.
Podemos comenzar a establecer la tradición de que, junto con nuestro
conocimiento de las atrocidades, las juzguemos intolerables y haga-
mos lo posible para erradicarlas. O bien podemos contribuir a conti-
nuar la tradición que las acepta como una fatalidad.
Ya podemos ver los primeros intentos fallidos de la maquinaria
política de intervenir para impedir atrocidades y guerras. Hay confe-
rencias internacionales de paz, fuerzas de mantenimiento de la paz
de las Naciones Unidas y tribunales internacionales para crímenes de
67
guerra. Poco a poco aumenta el reconocimiento de que la violación de
la soberanía nacional es justificable si su finalidad es impedir un geno-
cidio u otros crímenes. Estas respuestas tienen problemas y fallos evi
dentes, pero son una señal de que el mundo no aceptará siempre con
resignado fatalismo los actos colectivos de brutalidad.
Es menester que la maquinaria internacional se desarrolle mucho
más, pero eso sólo es una parte de lo que se necesita. También es im-
portante que se produzca un cambio en la opinión general. La inter-
vención internacional sería más enérgica si la actitud que considera ab-
solutamente inaceptables la guerra y la persecución estuviera más arral-
gada. Y las atrocidades no se dan espontáneamente: alguien las
comete. En otro contexto moral, sería más dificil participar en ellas.
En parte, se necesita recrear la ética a fin de dar mayor peso a la dimen-
sión pública de la conducta y del carácter individuales. Es cómodo pensar
que esta dimensión carece de importancia. Lo que interesa la mayor
parte del tiempo es lo local y lo personal. Pero los grandes desastres pú-
blicos pueden golpear en donde menos se espera. Un golpe militar en
Argentina o la muerte de Tito en Yugoslavia pueden llevar las atrocida-
des y la guerra a ciudades y aldeas que parecían pacíficamente alejadas
de la política. El desarrollo de una opinión generalizada que limite el
daño es comparable con el pago de impuestos para financiar un cuer-
po de bomberos. Todos esperamos no tener que necesitarlo, y proba-
blemente no lo necesitemos, pero si se nos incendia la casa estaremos
muy contentos de su existencia.
Si nos tomamos en serio el deseo de alejarnos de nuestro pasado
bárbaro, esta dimensión extra ha de ocupar un lugar básico en la ética.
Las ideas acerca de cómo vivir deberían moldearse parcialmente en
función de la conciencia de los desastres colectivos.
68
miento de las guerras, tanto de las «tribales» que reflejan divisiones lo-
cales como de los conflictos más complejos, por ejemplo, las dos
guerras mundiales. A mi juicio, «la psicología de la guerra» está tan pre-
sente en los civiles que apoyan y sostienen las guerras como en los sol-
dados. Más adelante, el análisis se refiere a las atrocidades masivas no
directamente conectadas con la guerra: las matanzas políticas de Sta-
lin, Hitler y otros. Desarrollaré la idea de que estos problemas tienen
una unidad que en parte procede del conjunto de debilidades psicoló-
gicas que comparten.
El objetivo es construir una forma más empírica de ética, que ten-
ga en cuenta la psicología que ha contribuido a esta serie de desas-
tres de factura humana. ¿Qué limitaciones tienen los recursos morales?
¿Cómo podemos comenzar a superar esas limitaciones? ¿Qué aspectos
de nuestra psicología son peligrosos? ¿En qué medida se les puede
modificar o contener? ¿Qué tendencias compensatorias se pueden de-
sarrollar?
Una manera de enfocar estas cuestiones consistirá en centrarse en
una forma particular de destructividad humana, como, por ejemplo,
un combate armado. Las descripciones de los participantes nos darán
un cuadro de su psicología. Hay sugestivas semejanzas entre los refle-
xivos relatos de guerra de soldados norteamericanos que vivieron la
experiencia de Vietnam y los de soldados soviéticos que vivieron la de
Afganistán.
Otro enfoque tendrá en cuenta episodios históricos particulares.
Los desastres de origen humano no son resultado de la psicología de
individuos aislados. Se trata más bien del producto de la interacción de
individuos que no se entienden entre sí, que se temen unos a otros, y
así sucesivamente. Sólo es posible observar estos procesos si se toman
en cuenta acontecimientos reales.
Estos desastres ponen en evidencia puntos débiles en los recursos
morales en los que descansamos para contener el salvajismo. Nuestros
principios morales o bien resultan inoperantes en un contexto particular,
o bien son deliberadamente neutralizados o dejados de lado. Las cau-
sas psicológicas se presentan en capas, cada una de las cuales realiza
una contribución diferente de acuerdo con la cercanía del actor respec-
to de la víctima. La psicología de primer plano de las atrocidades es
muy distinta de la psicología de la matanza a distancia.
La psicología individual no explica los acontecimientos históricos.
Tal vez la Primera Guerra Mundial y la Depresión de 1929-1931 hayan
contribuido más al surgimiento del nazismo que las motivaciones y las
creencias de los nazis individualmente considerados. Pero en este aná-
69
lisis se enfatizará el papel de los individuos. Los asesinatos no se pro-
dujeron de manera impersonal, sino que requirieron las acciones de
nazis individuales concretos. Una pregunta capital será: «¿Cómo es po-
sible que se hayan hecho estas cosas?» Y, si sus acciones tuvieron ori-
gen en características profundamente arraigadas de la psicología huma-
na, estas características psicológicas continúan importando, incluso
una vez superadas la depresión y la Primera Guerra Mundial, hundidas
en una historia cada vez más distante.
70
SEGUNDA PARTE
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CAPÍTULO 8
* Una llanura sin accidentes, desnuda y marrón, / ni una brizna, ni una señal de vida
en las cercanías, / nada para comer ni sitio donde sentarse. / Y sin embargo, en ese va-
cío se congrega una multitud ininteligible. / Un millón de ojos, un millón de botas ali-
neadas, / sin expresión, a la espera de una señal.
1 William Eckhardt, en Ruth Leger Sivard, World Military Expenditures, eds. 1988
y 1989.
73
Aún así, en las guerras del siglo xx la muerte se ha dado en una escala
dificil de aprehender. Todo promedio a partir de las cifras de muertos
es artificial, pues alrededor de dos tercios (58 millones) corresponden a
las dos guerras mundiales. Pero, de haberse repartido estas cifras de
modo uniforme durante todo el período, la guerra habría matado alre-
dedor de 2.500 personas por día, o sea, cien por hora, las veinticuatro
horas del día, durante noventa años.
74
«UNA LLANURA SIN ACCIDENTE»
2 Svetlana Alexievich, Zinky Boys: Soviet Voices from a Forgotten War, trad. Julia y Ro-
bin Whitby, Londres, 1992, págs. 35, 79.
3 Citado en Robert Jay Lifton, Home from the War: Vietnam Veterans: Neither Victims Nor
Executioners, Nueva York, 1985.
5
tuvieran la edad que tuviesen, les llamaran «batcha», que significa «mu-
chacho». Así, cuando veían un anciano, el jefe le arrancaba el turbante
de la cabeza y le hundía los dedos en la barba. El soldado dijo después:
«¿Matar o no matar? Es una pregunta de posguerra... Para nosotros,
los afganos no eran personas».
Una compañía norteamericana en Vietnam se detuvo en una aldea
un día caluroso y un granjero colaboró para que sus hombres se ducha-
ran. Extraía agua de un pozo y la salpicaba sobre los soldados. Era vie-
jo y ciego; mientras realizaba la mencionada tarea, sonreía. Tim
O'Brien cuenta que uno de los soldados, sin razón alguna, arrojó a la
cara del anciano un envase de leche:
76
nante y asaz cruel; en ese momento no tenía conciencia de ello en
absoluto?.
6J. Glenn Gray, The Warriors: Reflections on Men in Battle, Nueva York, 1959, pág. 150.
7John Keegan, The Face ofBattle: a Study ofAgíncourt, Waterloo and the Somme, Lon-
dres, 1976, pág. 18.
* Que se podría traducir por un despectivo y genérico «chino». [N. del T.]
8 Lifton, Home from the War, pág. 202.
ES
pas iraquíes en Kuwait. Respondió: «Era como cuando uno enciende
la luz de la cocina a avanzada hora de la noche y las cucarachas em-
piezan a escapar [...] Por fin logramos llevarlos a donde podíamos
matarlos».
Ese distanciamiento respecto de los enemigos forma parte de una
dureza defensiva. En Vietnam, Jeff Needle observó lo siguiente:
78
que volvería a casa con la cabeza alta. Ahora veo que la persona que
era yo antes de esta guerra ha desaparecido para siempre»!*,
El entrenamiento militar tiene que lograr que la gente haga cosas
que no haría en la vida civil. El debilitamiento de las restricciones civi-
les contribuye a erosionar la identidad y los valores civiles. Erich Ma-
ria Remarque describió cómo el entrenamiento del ejército alemán en
la Primera Guerra Mundial requirió «una renuncia a la personalidad
que ni siquiera se pide a los sirvientes más insignificantes», renuncia
impuesta por sargentos que enseñaban a sus soldados que «un botón
brillante vale más que cuatro volúmenes de Schopenhauer»!”. Setenta
años más tarde, un soldado soviético en Afganistán describía el mismo
proceso:
79
se veían obligados a aceptar los valores de esos sargentos, o al menos a
simular que los aceptaban”.
También desempeña su papel el hecho de que a menudo los solda-
dos son jóvenes que requieren cierto reconocimiento de su madurez.
Tim Lynch, un veterano de la Guerra de las Malvinas, dice que al pe-
ríodo de quiebra de la identidad (que en el ejército británico se deno-
mina «bestialización») le sigue la ceremonia de iniciación, que marca la
transición al estado de soldado adulto. De los británicos que mataban
prisioneros argentinos con bayonetas en Mount London, dice:
17 Peter G. Bourne, MD, «From Boot Camp to My Lai», en Richard A. Falk, Gabriel
Kolko y Robert Jay Lifton (comps.), Crimes of War, Nueva York, 1971.
'8 Tim Lynch, «Taught to Kill, Not to Pity», Independent On Sunday, 21 de marzo
de 1993. .
12 Lifton, Home from the War, págs. 41-43.
80
cosas de nuestros gloriosos muchachos soviéticos? Pues bien, podían
suceder y sucedieron»,
La batalla y la experiencia de ver de cerca la muerte puede llevar a
un soldado a sentir que su identidad ha cambiado. Un soldado raso
del ejército soviético en Afganistán dijo lo siguiente:
IRRUPCIÓN
81
En ciertas ocasiones, lo que irrumpe es la repugnancia moral. Un
soldado soviético se había endurecido para la matanza de afganos.
Pero pudo tener otras respuestas:
A veces los soldados, a los que se ordena que sean terribles, tienen
intacto el sentido de su identidad moral. Advierten lo que significa la
obediencia. En la Guerra del Golfo se ordenó a los helicópteros del
ejército británico que atacaran los tanques iraquíes en retirada. Vola-
rían en círculo sobre los tanques como advertencia a los tripulantes,
quienes podrían escapar antes de que los tanques fueran destruidos.
Sócrates habría comprendido lo que dijo uno de los pilotos: «Así nos
sentíamos en paz con nosotros mismos. Teníamos la superioridad to-
tal, pero no la utilizábamos»”.
Puede parecer que se ha perdido la identidad moral, pero algo es
capaz de poner en movimiento los compromisos morales semiolvida-
dos. Un médico militar en Vietnam que trataba a un soldado enemigo
se sorprendió recordando el juramento hipocrático cuando su oficial le
dijo: «Consérvelo con vida sólo unos minutos, con tal de interrogarlo.
Después, que se muera. No me interesa»,
EXPLOSIÓN Y LIBERACIÓN
82
Uno, la «explosión», se relaciona con sentimientos de humillación o
de resentimiento. El otro, la «liberación», se relaciona con sentimien-
tos más placenteros. Puede tratarse de un sentimiento de camaradería
en un grupo o de una experiencia exaltada que a veces alcanza el esta-
do de éxtasis.
La explosión puede ser desencadenada en combate por la experien-
cia de ver amigos heridos o muertos. El subteniente Mike Ransom des-
cribió así su reacción en Vietnam cuando una mina hizo saltar por los
aires a uno de sus hombres:
Le habían volado los dos pies, mientras que las dos piernas eran
puros jirones; el área ventral estaba completamente destrozada. Era
la visión más horrible que había tenido en mi vida [...] Hablé con un
jefe del pelotón motorizado que estaba con nosotros y me dijo que
cuando abandonaba la zona para regresar a su base, la gente de la al-
dea por la que pasó se reía de él porque sabía que habíamos sido gol-
peados. Sentí el impulso de volver mis ametralladoras contra la al-
dea y matar a todos sus hombres, mujeres y niños”.
27 Benard Edelman (comp.), Dear America: Letters Home from Vietnam, Nueva York,
1985, págs. 184-185.
23 Alexievich, Zinky Boys, págs. 6, 16-17, 76.
83
restricciones normales. Una fuente de esta liberación es el sentido de
camaradería en un grupo.
Incluso fuera de la guerra, los grupos pierden el control y hacen co-
sas que cada uno de los individuos que los componen no harían por
separado. El combate militar añade algo a este hecho; la batalla crea
la camaradería en el intento de alcanzar una meta común. El peligro
compartido rompe las barreras entre las personas. Glenn Gray advirtió
que, para algunas personas, la batalla fue un momento culminante en su
vida: «A pesar del horror, el cansancio, la mugre y el odio, la participa-
ción con los demás en las vicisitudes de la batalla tenía su aspecto inol-
vidable, que no hubieran querido perderse»””.
La liberación compartida y excitante puede transformar las actitu-
des ante el acto de matar. Un soldado soviético experimentó en Afganis-
tán lo siguiente: «Es espantoso y desagradable tener que matar, pien-
sas; pero pronto te das cuenta de que lo que encuentras realmente ob-
jetable es disparar a alguien que sirve de blanco. Pero disparar en masa,
en grupo, es excitante, incluso divertido, como he comprobado por mí
mismo»? Parece que un piloto de un caza dijo durante la primera sema-
na de la Guerra del Golfo: «Estaba loco de contento todo el día. ¡Fan-
tástico!» Otro, al que se le preguntó si «pensaba volver a hacerlo», con-
testó: «¡Sin duda!» Uno dijo: «¡Me siento como un jugador joven des-
pués de su primer partido de fútbol!»*!,
En parte, esta gozosa excitación se debe a nuestra pasión por expe-
rimentar cosas nuevas. La intensa experiencia de combatir produce en
muchas personas la impresión de que es algo que uno no puede per-
derse: «Caballeros que en Inglaterra están ahora mismo en la cama se
sentirán desgraciados por no estar aquí.» Glenn Gray utiliza la frase bí-
blica «el placer del ojo» y dice que lo reconocerá cualquiera que haya
visto los rostros de la gente ante un incendio o que haya contemplado
a la gente que se va amontonando alrededor de un accidente. Habla de
la belleza sublime que puede presentar la batalla para quienes tienen
experiencia de ella, algo «extático en el sentido originario del término,
es decir, un estado en el que uno se encuentra fuera de sí»*,
Un capitán de artillería soviético vio cómo intensifican la experien-
cia el peligro y el hecho de tener en tus manos vidas ajenas:
84
Nunca caminaremos, haremos el amor o seremos amados de la mis-
ma manera en que allí hemos caminado y amado y hemos sido ama-
dos. Todo se veía potenciado por la cercanía de la muerte: la muer-
te sobrevolaba por doquier todo el tiempo. La vida estaba llena de
aventura: conocí el olor del peligro [...] Algunos de nosotros lo año-
ramos; se conoce como «síndrome afgano»””.
85
Broyles ofrece algunas de las razones del atractivo emocional de la
guerra. Como J. Glenn Gray, menciona la pasión por la experiencia y
la intensidad de la camaradería del grupo, cuyos miembros se entregan
unos a otros con su vida. Ofrece también otras razones. En la vida nor-
mal, en general la gente prefiere que se le diga qué tiene que hacer y la
disciplina del ejército sustituye esto por un liberadora urgencia de que-
brantar las reglas. Es una escapatoria de los deberes de la vida cotidia-
na, de los vínculos de familia, comunidad y trabajo. Los hombres
aman los juegos y «la guerra es un juego brutal, mortal, pero un juego,
el mejor posible».
Pero para Broyles esto no agota la cuestión: «Por todas estas razo-
nes, los hombres aman la guerra. Pero son las razones fáciles, el primer
círculo, las razones a las que podemos hacer referencia sin riesgo de
vernos desaprobados, sin hundimos demasiado en la verdad o en no-
sotros mismos. Hay otras razones más turbadoras que explican por
qué los hombres aman la guerra.» Tienen que ver con la proximidad de
la muerte, la excitación de matar y de destruir y la intensa sexualidad
que acompaña a todo ello. «Para los hombres, y en un nivel terrible,
[la guerra] es lo que el parto para las mujeres: iniciación en el poder de
la vida y de la muerte. Es algo así como levantar un rincón del univer-
so y mirar lo que hay debajo.»
William Broyles ofrece algunos ejemplos del goce de la guerra.
Después de una emboscada, sus hombres llevaron de vuelta el cadáver
de un soldado norvietnamita.
86
El rostro del coronel presentaba un aspecto beatífico que yo
sólo había visto en las iglesias carismáticas. Era la mirada de una per-
sona en estado de éxtasis. En cuanto a mí, ¿qué hice yo ante esa es-
cena tan bestial? Devolví la sonrisa, tan arrobado como él. Fue ésta
otra ocasión en la que me sentí al borde de mi humanidad, miré el
abismo y amé lo que allí vi.
87
CAPÍTULO 9
El caso de My Lai
88
manos O les arrancaron el cuero cabelludo. A las embarazadas les abrie-
ron el estómago y las dejaron morir. Hubo violaciones colectivas y ase-
sinatos por disparos o con bayoneta. Hubo ejecuciones en masa. Do-
cenas de personas, incluso ancianos, mujeres y niños, fueron ametralla-
dos en una zanja. En cuatro horas, se dio muerte a cerca de quinientos
aldeanos.
OBEDIENCIA Y CONFORMISMO
1 Michael Bilton y Kevin Sim, Four Hours in My Laz, Nueva York, 1992, pág. 80.
2 Ibíd., págs. 53, 55.
89
Ronald Ridenhour, que conocía a muchos de los hombres de la
Compañía Charlie, describió luego cómo esa formación pudo hacer
que los soldados obedecieran instantáneamente órdenes que se opo-
nían a su carácter:
en el contexto en que han sido formados, preparados para cumplir
órdenes, hacen lo que se les dice y no deberían hacer; al día siguien-
te miran hacia atrás y advierten que probablemente han cometido
el mayor error de su vida. Sólo poquísimos tenían la presencia de
ánimo y la fortaleza de carácter necesarias para aguantar. La mayo-
ría, no?,
90
cre O en un asesinato, en que vas a disparar a un puñado de personas in-
defensas, ¿para qué arrodillarse?... Pues te arrodillas porque tienes la ca-
beza completamente confundida [...] en realidad, ellos parecen el ene-
migo, O lo que piensas que es el enemigo».
La ausencia de simpatía se veía reforzada por el hecho de que al
«enemigo» se le concebía de tal manera que resultaba deshumanizado.
Es lo que daba a entender el teniente Calley con este juicio: «Cuando
mis tropas eran masacradas y maltratadas por un enemigo que yo no
podía ver, no podía sentir, no podía palpar, la única manera de nom-
brarlo que conocía la organización militar era la de comunismo. Jamás
se les atribuyó raza, ni sexo, ni edad».
A veces, al mirar hacia atrás, los ex integrantes de la Compañía
Charlie comentaron que las inhibiciones morales se evaporaban. Se
podía empezar por ver hacer a los otros cosas que normalmente no es-
tán permitidas. Uno de los que participó en la masacre, Greg Olsen,
pasó de la estricta moral mormona en la que se había criado a algo que
se aproximaba más a la perspectiva de los atenienses en el diálogo me-
lesio. Así describió el desgaste de su moralidad:
5 Robert Jay Lifton, Home from the War: Vietnam Veterans: Netther Victims Nor Execu-
tioners, Nueva York, 1985, pág. 50.
6 Bilton y Sim, Four Hours in My Laz, pág. 21.
7 Ibíd., 79.
8 Ibíd., 78.
91
El desgaste moral se veía reforzado por un culto a la rudeza que es-
tigmatizaba las dudas morales como debilidad sentimental. Un cape-
llán, el capitán Carl Cresswell, estuvo presente cuando se dieron las 1ms-
trucciones a los soldados antes del asalto a My Lai. La expresión de sus
propias dudas morales dio lugar a una exhibición de dureza por parte
de un mayor: «Recuerdo que dijo: “Vamos allí y aniquilamos a cual-
quiera que encontremos.” Lo miré y dije: “¿Sabe que de verdad no creía
que esa fuera nuestra manera de hacer la guerra?” Me miró y respon-
dió: “Ésta es una guerra dura, capellán”»”.
Algunos miembros de la compañía comprobaron más tarde que su
sentido de identidad se había dañado. En My Lai, el operador de radio
de la compañía, Fred Widmer, mató a dos niños pequeños:
¿Por qué? ¿Por qué hice aquello? No era yo. Algo me pasó. Lle-
gas a un punto en que te quiebras. Alguien hace chasquear el látigo
y te conviertes en una persona completamente distinta. Hay una cul-
tura de violencia, de brutalidad, en la que todos los que te rodean
hacen lo mismo?,
Las acciones del teniente Calley pueden haber estado influidas por
las reacciones emocionales ante la humillación. No era respetado por sus
hombres, uno de los cuales lo veía como un pobre hombrecillo que an-
tes de entrar en el ejército había sido muy maltratado por tipos más
grandes que él. El jefe de un escuadrón dijo que era nervioso y excita-
ble, y que gritaba mucho. «Tanta era la antipatía que algunos miembros
de la unidad sentían por él, que le pusieron una corona de excremen-
tos en la cabeza.» El capitán Medina ridiculizó al teniente Calley de-
lante de sus hombres llamándole «teniente Cabeza de Mierda», y a me-
nudo se dirigía a él diciéndole «Oye, dulce...»'!.
En algunos hombres, el deseo de venganza también desempeñó su pa-
pel. Un relato de la alocución del capitán Medina antes del ataque in-
forma de que éste dijo: «Hemos perdido muchos tíos. Pinkville nos ha
hecho muchísimo daño. Ahora vamos a vengarnos. Todo vale»!?. Y es
92
evidente que la venganza tiñó la psicología de los soldados mientras
mataban aldeanos. Uno gritó: «iVietcongs hijos de puta, asquerosos)»,
«Esto, por Bill Weber!» y «Llorad, asquerosos gooks, hijos de puta, llo-
rad como nos habéis hecho llorar a nosotros!»!3.
Como dijo luego un soldado, «tienes necesidad de explotar»!*. Varna-
do Simpson describió cómo, desde dentro, cualquier explosión de violen-
cia parecía privada de emoción. En My Lai, Simpson mató a alrededor
de veinte personas: «Con mi propia mano. Hombres, mujeres. Desde
dispararles hasta abrirles la garganta, arrancarles el cuero cabelludo,
amputarles las manos y cortarles la lengua. Yo lo hice.» Cuando se le
preguntó por qué había hecho esas cosas, contestó: «Simplemente lo
hice. Perdí la cabeza... Una vez que empecé, salió a la luz la... la forma-
ción, todo el programa para matar.» Se le preguntó si la formación le
mandaba arrancar el cuero cabelludo o cortar orejas. Esta fue su res-
puesta: «No. Pero mucha gente lo hacía. Así que yo no hice más que
seguir a los demás. Perdí todo el sentido de finalidad. Simplemente
empecé a matar de todas las maneras posibles que tenía de matar.
Ocurrió, sin más. Yo no sabía que tenía eso dentro.»
IRRUPCIÓN
93
de Conti, la irrupción de la conciencia o de la simpatía lo salvó de
obedecer a Calley. El hecho de que una irrupción análoga no evitase
la obediencia de Meadlo en todo momento es un triste tributo a la pro-
gramación militar.
En algunos casos, la irrupción condujo a la resistencia efectiva a la
masacre. Hugh Thompson era un piloto de helicóptero de veimticinco
años de edad y tenía la reputación de ser valiente en el combate. Cuando
volaba sobre My Lai, vio gente herida y lanzó señales de humo pr
diendo ayuda. Más tarde vio soldados cerca de una persona herida que
él había señalado, una mujer de veinte años aproximadamente. Se
mantuvo inmóvil a muy poca altura sobre ella y envió un mensaje a
las tropas: «Tenéis heridos debajo de la burbuja.» Vio que un capitán de
infantería se acercaba a la mujer, la empujaba con el pie y luego la ma-
taba. Después vio cuerpos humanos, algunos todavía con vida, en una
zanja, y muy cerca de allí, soldados sentados y fumando. Thompson
aterrizó y preguntó si la gente que estaba en la zanja necesitaba ayuda.
Un sargento dijo que la única manera de ayudar a esa gente era liberar-
los de su miseria. El teniente Calley dijo a continuación que estaba a
cargo de las tropas de tierra y que eso no incumbía a Thompson.
Cuando Thompson hubo despegado —dijo Glenn Andreotta, miem-
bro de la tripulación— el sargento disparó a la gente de la zanja.
Hugh Thompson pensó que los nazis habían masacrado a gente me-
tiéndola en zanjas y disparándola. Vio civiles, incluso niños, cornmendo ha-
cia un refugio antiaéreo perseguidos por un grupo de soldados. Aterrizó
entre los aldeanos y los soldados y envió una señal de radio para solicitar
ayuda. Ordenó a su tripulación que utilizara las ametralladoras contra
las tropas norteamericanas si disparaban sobre los aldeanos. Fue al re-
fugio antiaéreo y persuadió a los civiles para que salieran. Llamó a dos
helicópteros de transporte de tropas y armas para que colaboraran en
el rescate de los civiles. Cuando su petición fue cuestionada, maldijo y
suplicó, para agregar que su ametrallador haría fuego contra la infante-
ría si ésta disparaba sobre los civiles. Hugh Thompson no pudo hablar
directamente con la infantería, pero los mencionados helicópteros
consiguieron enviar una señal para que ésta dejara de matar. Luego, los
aparatos aterrizaron y despegaron para llevar a lugar seguro a la gente
que Hugh Thompson y su tripulación habían salvado: dos hombres,
dos mujeres y cinco o seis niños.
Cuando Thompson volvió a despegar, Glenn Andreotta vio que
algo se movía en la zanja. Aterrizaron nuevamente y regresaron a la
zanja, que estaba llena de cadáveres, unos cien entre hombres, mujeres
y niños. Andreotta bajó entre los cadáveres. Finalmente encontró una
94
criatura de unos tres años, probablemente un varón, cubierto de san-
gre y fango, pero no herido. Hugh Thompson, que tenía un hijo más
o menos de esa edad, lloró mientras llevaban al niño al hospital. La
Compañía Charlie comenzó a transmitir por radio y sin ambigiedad
la orden de «detener la matanza de civiles».
95
CAPÍTULO 10
96
trata de fases preparatorias del posterior deslizamiento del siglo xx ha-
cia la matanza masiva de civiles a distancia.
1 B. H. Liddell Hart, 7he Real War, 1914-1918, Londres, 1930, págs. 89-94, 503.
2 Ibíd., pág. 503.
27
alemán elevaba a 762.000 la cantidad de muertes debidas al bloqueo.
Un Libro Blanco del gobierno británico llevaba esa cifra a 800.000,
pero las estimaciones posteriores, una de las cuales la reduce a 424.000,
fueron notablemente más bajas”.
Después del armisticio, el bloqueo se extendió a los puertos del
Báltico y continuó hasta que los Aliados quedaron satisfechos con el
cumplimiento de sus exigencias por parte de Alemania. El periodista
Walter Duranty visitó Lúbeck en 1919 y se encontró con que la gente
vivía a base de patatas y pan moreno. Carecían de carne, mantequilla,
leche y huevos. Un médico le dijo que el noventa por ciento de los n1-
ños estaban anémicos y tenían menos peso del normal, además del ra-
quitismo o la tuberculosis que padecían más de la mitad”.
La hostilidad que la guerra engendró hizo que la presión pública
para que finalizara el bloqueo fuese muy escasa más allá de las fronte-
ras de Alemania. Uno de los que quería ponerle fin era Winston Chur-
chill, pero, como él mismo dijo, «la opinión pública en los países alia-
dos era insensible»?. En marzo de 1919 se llegó al acuerdo de levantar
el bloqueo, pero el pueblo alemán siguió muniéndose hasta que empe-
zó a llegar alimento, en el mes de mayo.
La importancia del boqueo como desastre humano trasciende con
mucho los grandes sufrimientos a los que da lugar. Agría la paz y crea un
clima muy poco propicio para la reconciliación. Churchill describía así la
comprensible respuesta alemana: «Estas amargas experiencias quitan ante
sus ceos toda credencial a sus conquistadores, excepto la de la fuerza». El
bloqueo fue utilizado para imponer las cláusulas de «culpa de guerra» del
Tratado de Versalles. El principal delegado alemán en Versalles, Graf Ul-
rich von BrockdorffRantzau, expresó en parte el resentimiento: «Los cen-
tenares de miles de no combatientes que han perecido desde el 11 de no-
viembre a causa del bloqueo fueron destruidos fría y deliberadamente,
con posterioridad al logro de una victoria indudable y segura de nuestros
adversarios. Piensen ustedes en esto cuando hablan de culpa y repara-
ción».
3 Las opiniones más recientes sobre las cifras se analizan en Alyson Jackson, «Germany,
the Home Front (2): Blockade, Government and Revolution», en Hugh Cecil y Peter
H. Liddle (comps.), Facing Armageddon: the First World War Experienced, Londres, 1996.
* Walter Duranty, 1 Write as I Please, Londres, 1935, pág. 14.
? Winston S. Churchill, 7he World Crisis, vol. 5, Aftermath, Londres, 1922, pág. 66.
8 Ibíd., pág. 67.
7 Ulrich von BrockdorfERantzau, discurso de la delegación alemana, Versalles, 7 de
mayo de 1919, en Anton Kaes, Martin Jay y Edward Dimendberg (comps.), The Weimar
Republic Sourcebook, Berkeley, Cal., 1994, pág. 10.
98
Las cláusulas de «culpa de guerra» contribuyeron al desarrollo del re-
sentido nacionalismo alemán del período entre guerras. Algo que llama
la atención en los discursos nazis es la insistencia en la presentación de los
alemanes como víctimas. La explicación de los horrores nazis, así como
de la guerra que los nazis desencadenaron, ha de incluir la contribución de
Versalles a la sentida necesidad de reafirmar el orgullo alemán.
La importancia del bloqueo como desastre humano va aún más
allá. Fue una fase en el desarrollo de una nueva psicología de guerra,
de una psicología adaptada a la matanza de poblaciones civiles a gran
escala. El bloqueo es un ejemplo temprano y técnicamente primitivo
de este cambio. Muestra con claridad una pequeña cantidad de mode-
los psicológicos simples, algunos de los cuales contribuyeron a atroci-
dades posteriores, más tecnológicas.
99
mente hacer pasar hambre a los niños alemanes ni dejarlos raquíticos.
Esta brecha entre la primera intención y el resultado posterior se ha
convertido en lugar común de la guerra del siglo xx sobre civiles.
Cuando la política comienza sin la intención de matar civiles, la i-
troducción de esta matanza se acepta más fácilmente si se da gradual-
mente. Es lo que sucedió en el caso del bloqueo. Cuando la armada se di-
rigió a Scapa Flow, el bloqueo estaba formalmente excluido. En el pri-
mer momento, la eficacia del bloqueo sólo era parcial debido a la
necesidad de cometer el mínimo ultraje posible a poderosas poten-
cias neutrales, como Estados Unidos. Antes de que este país entrara
en la guerra, no había decisión pendiente acerca de un bloqueo de-
vastador. Cuando la participación norteamericana lo hizo mucho
más efectivo, fue innecesario adoptar ninguna nueva decisión. Una
decisión adoptada de modo gradual puede evitar el momento clave
en que resulte ineludible abordar el problema moral relativo a la ma-
tanza de civiles. Ni los participantes, mi quienes los apoyan, tienen
por qué reconocer que han pasado a formar parte de las personas que
aceptan esas cosas.
La identidad moral se ve menos amenazada cuando las muertes pare-
cen tener una causa «negativa», esto es, como en el caso del bloqueo, que
la gente se muera por xo tener alimento, no porque se dispare contra ella.
Los participantes también sienten menos amenazada su identidad
moral cuando la ejecución de la política se extiende a muchas perso-
nas que actúan indirectamente, pues de esa manera se diluye el senti-
do de la responsabilidad individual.
La armada no pensaba que la decisión política estuviera en sus ma-
nos, mientras que los políticos y los funcionarios se sentían parte de
una maquinaria burocrática que operaba sólo de manera indirecta y a
cierta distancia de la hambruna de los alemanes. Esto resulta evidente
en la descripción de John Maynard Keynes del tratamiento que se dio
en la conferencia de paz al bloqueo continuado. Los norteamericanos
deseaban levantar el bloqueo. Los británicos, en un primer momento,
apoyaron el punto de vista de los franceses a favor de su continuación.
Keynes, que deseaba que se levantara el bloqueo, da dos explicacio-
nes del apoyo británico inicial al punto de vista francés. Según una
de ellas, había negociadores más interesados en su propia posición que
en el problema en sí mismo. Lord Reading, a cargo de la política exte-
rior en la materia, «intrigaba a la sazón día y noche para ser uno de los
que estaban a favor de París y le aterrorizaba identificarse demasiado
decididamente con cualquier cuestión polémica». La segunda explica-
ción de Keynes también era de índole burocrática:
100
En aquel momento, el Bloqueo se había convertido en un ins-
trumento perfectísimo. Había llevado cuatro años crearlo y era el lo-
gro más preciado del gobierno; había evocado en su máxima sutile-
za las cualidades de los ingleses. Sus autores habían llegado a amar-
lo por sí mismo; incluía ciertos progresos recientes que se perderían
en caso de que se le pusiera fin; era muy complicado, y una arapla
organización había establecido poderosos intereses al respecto?.
101
CAPÍTULO 11
Bombardeo
Pensé que sería bueno que los que ordenan los bombar-
deos y los que los ejecutan se pasearan alguna vez sobre el
terreno y vieran qué les parece.
102
actos han provocado repugnancia, pero las guerras posteriores hacen
dificil creer que la barrera moral se haya restaurado.
Un episodio clave de este cambio de perspectiva es el empleo bri-
tánico del bombardeo en la Segunda Guerra Mundial.
1 Carta citada en Max Hastings, Bomber Command, Londres, 1979, pág. 62.
103
Churchill autorizó una primera desviación respecto de la prohibi-
ción. Al comienzo, en sus ataques sobre Gran Bretaña, la Luftwaffe tam-
bién se había limitado a objetivos exclusivamente militares. Pero el 24
de agosto de 1940, las bombas destinadas a un depósito de petróleo ca-
yeron en la City de Londres y en el East End. Churchill, pasando por
encima de la RAF, ordenó un bombardeo sobre Berlín al día siguien-
te. La Luftwaffe desencadenó la Blitzkrieg sobre Londres. La represalia
en especie empezó a parecer más aceptable. Hubo ciertas excepciones
a la prohibición de objetivos civiles y continuaron las incursiones so-
bre Berlín. El 16 de diciembre de 1940 se lanzó un ataque sobre
Mannheim como represalia a los ataques alemanes sobre Coventry
y Southampton. Todos éstos eran casos de bombardeo zonal que te-
nían como objetivo un sector en el interior de una ciudad y que, en
consecuencia e inevitablemente, afectaban también a civiles, pero la
política general seguía siendo la de castigar objetivos militares.
Los informes de las tripulaciones aéreas sobre los bombardeos de
precisión sugerían éxitos”, pero era dificil obtener pruebas fotográficas
convincentes del daño ocasionado. En 1941 se envió al Gabinete un
informe de David Butt sobre los resultados del bombardeo basado en
el análisis de fotografías. De las tripulaciones de bombarderos que de-
cían haber acertado en su objetivo, sólo la tercera parte había dado a
menos de ocho kilómetros del blanco previsto?. En realidad, se estaban
realizando bombardeos zonales no intencionales.
Cuando se descubrió esto, hubo que hacer algo. Era preciso esco-
ger entre abandonar por completo el bombardeo o continuar con el
bombardeo intencional de civiles. En el verano de 1941, las posibilida-
des británicas de devolver los golpes a Hitler eran escasas. Dejar de
bombardear podría hacer pensar a los pueblos de ambos bandos que
Gran Bretaña estaba dispuesta a abandonar la lucha. El bombardeo
sólo podía consistir en ataques indiscriminados a ciudades, pero se ter-
minó por aceptar los argumentos a favor de esta segunda opción. La
fase intermedia de la campaña incluyó las incursiones de mil bombar-
2 Sir Charles Webster y Noble Frankland, The Strategic Air Ofensive Against Germany,
1939-1945, vol. 1, Londres, 1961, págs. 218-219.
? Informe de D. M. Butt a la División de Bombarderos, 18 de agosto de 1941, Apén-
dice 13 en Webster y Frankland, Strategic Air Offensive, vol. 4.
104
deros sobre Colonia y otras ciudades, así como gigantescos ataques a
Hamburgo, el Ruhr y Berlín.
Una de las finalidades de la campaña era dejar patente que se pres-
taba apoyo a Rusia. Después del ataque de Hitler al Este, el ejército so-
viético peleaba en un amplio frente con bajas masivas. Rusia soporta-
ba lo peor de la guerra europea y Stalin presionaba para que se abriera
un segundo frente en Occidente. Era importante mostrar a la Unión
Soviética que Gran Bretaña seguía activa en la guerra. Pero el gobierno
británico, por temor a una repetición de la Primera Guerra Mundial,
no deseaba emprender una invasión aliada a la Europa ocupada mientras
no hubiera una indudable oportunidad de éxito. Continuar con los
bombardeos fue una manera alternativa de dar apoyo.
En la prensa soviética, e incluso en mensajes del propio Stalin, se
hablaba de la cobardía británica. Churchill fue entonces a Moscú en
agosto de 1942 para explicar a Stalin por qué una invasión de Francia
en esa fase no tendría éxito. Más tarde describirá Churchill la «muy
sombría» respuesta de Stalin, así como sus comentarios: «Un hombre
que no estaba preparado para asumir riesgos no podía ganar una
guerra. ¿Por qué teníamos nosotros tanto miedo a los alemanes? Su ex-
periencia mostraba claramente que las tropas deben foguearse en la ba-
talla. Si no han fogueado ustedes sus tropas, no tienen idea de cuál es
su valor.» Y en una sesión posterior, «dijo una gran cantidad de cosas
desagradables, sobre todo acerca de nuestro miedo excesivo a pelear
con los alemanes, y que si intentábamos actuar como los rusos, nos da-
ríamos cuenta de que no era tan terrible”.
Comentarios posteriores de Molotov sugieren que este tono era
mera pose y que Stalin había entendido que, en ese momento, un se-
gundo frente en Francia habría sido un fracaso. De acuerdo con Molo-
tov, Stalin mantuvo la presión para obtener otras formas de ayuda:
Churchill voló a Moscú e insistió en que no podían abrir un se-
gundo frente en Europa en 1942. Advertí que Stalin lo aceptaba con
calma. Comprendió que era imposible. Pero necesitaba un papel con
ese acuerdo. Era muy importante para el pueblo, para la política y
para la futura presión sobre los aliados [...] No creíamos en un se-
gundo frente, por supuesto, pero teníamos que tratar de conseguirlo.
Les acobardábamos: ¿No podéis? Pero habéis prometido [...] Así era”.
4 Winston S. Churchill, The Second World War, vol. 4, The Hinge of Fate, Londres,
1951, págs. 431, 437-438.
5 Albert Resis (comp.), Molotov Remembers: Inside Kremlin Politics: Conversations with
Felix Chuev, Chicago, 1993, págs. 45-47.
105
En las discusiones, Churchill desplazó la relación hacia un terreno
más conveniente. Resumió la proyectada invasión de África del Norte
y recordó a Stalin el bombardeo de Alemania. Observó que la men-
ción de esas cosas «producía satisfacción general». Stalin «resaltó la 1m-
portancia de golpear la moral de la población alemana. Dijo que él
asignaba la mayor importancia al bombardeo y que sabía que nues-
tras incursiones aéreas estaban produciendo un efecto tremendo en
Alemania».
El enviado de Roosevelt, Averell Harriman, observó que la men-
ción del bombardeo comenzó a distender la atmósfera de hostilidad:
Fue el primer acuerdo entre ambos hombres. Stalin hizo suyo el
argumento y dijo que había que destruir tanto viviendas como fábri-
cas. El Primer Ministro estuvo de acuerdo en que la moral civil es un
objetivo militar, pero dijo que el bombardeo de viviendas de traba-
jadores era un subproducto de yerros en el ataque a fábricas. La ten-
sión comenzó a aflojarse y empezó a tomar cuerpo una cierta com-
prensión de la finalidad común. En pocos instantes, entre ambos
habían destruido la mayor parte de las ciudades industriales impor-
tantes de Alemania”.
106
utilizarse contra Rusia, debía ser distraída para luchar contra los bom-
barderos. Y también debía desviarse parte de la producción militar. Ri-
chard Overy ha señalado que en 1942 más de la mitad de la nueva avia-
ción de combate alemana estaba formada por bombarderos, muchos
de ellos para emplear en el frente oriental. La necesidad de una defen-
sa de cazas que se enfrentara a los bombarderos aliados cambió las co-
sas. En 1944, sólo el dieciocho por ciento de la aviación alemana de
combate correspondía a bombarderos!,
Aunque pensaba que el daño directo que el bombardeo producía
a la industria alemana no era muy serio, Albert Speer, ministro de Su-
ministros Militares de Hitler, dio cierto apoyo a la idea del «segundo
frente»:
$ Richard Overy, Why the Alles Won, Londres, 1995, pág. 129.
? Diario de Albert Speer en la prisión de Spandau, citado en Hastings, Bomber Com-
mand, pág. 287.
107
porte. El Jefe de la División de Bombarderos, Sir Arthur Harris, contr
nuó decantando su apoyo hacia el bombardeo zonal.
A finales de la guerra, los bombardeos aliados llegaron a crear ver-
dadera escasez de petróleo en Alemania. La Luftwaffe no podía em-
plear su nueva aviación. Hubo partes del ejército que quedaron inmo-
vilizadas o se vieron obligadas a recurrir a los caballos. La concentra-
ción de los ataques sobre objetivos petroleros podían acabar con la
resistencia al avance aliado. En mayo de 1944, Albert Speer dijo a Hit-
ler: «El enemigo nos ha castigado en uno de nuestros puntos más dé-
biles. Si persisten en ello, dejaremos de tener combustible en cantida-
des que valga la pena mencionar. ¡Nuestra única esperanza es que el
otro bando tenga en la fuerza aérea un Estado Mayor tan descerebra-
do como el nuestro!»!%. En sus memorias, Speer califica los ataques a
las fábricas de cojinetes de bola, imprescindibles para aviones y vehícu-
los, como una amenaza extraordinaria.
La importancia de los ataques a la producción petrolera y a la de
vehículos fue reconocida por el Jefe del Estado Mayor del Aire, Sir
Charles Portal, y por los comandantes norteamericanos. En septiem-
bre de 1944 se le otorgó la condición de «objetivo prioritario» único,
mientras que la segunda prioridad correspondía a las vías de transpor-
te y a la producción de tanques y vehículos.
10 Albert Speer, Inside the Third Reich, trad. Richard y Clara Winston, Londres, 1971,
pág. 469.
108
todo comparativamente humano: «Por una parte, dejó a la flor de laju-
ventud de nuestro país y de nuestros aliados a salvo de ser segada por
los militares en el campo de batalla, como ocurrió en Flandes en la
guerra de 1914-1918»!!.
Harris planteó vigorosamente la cuestión en 1945: «La destrucción
de esas ciudades ha debilitado inexorablemente el esfuerzo de guerra
alemán y hoy hace posible que los soldados aliados avancen en el co-
razón de Alemania con bajas insignificantes.» Los ataques «se justifican
estratégicamente en la medida en que tienden a acortar la guerra y pre-
servar así la vida de soldados aliados. A mi juicio, no tenemos ningún
derecho a suspenderlos, a menos que sea indudable que no tengan ese
efecto»!?
¿Por qué se suponía que el bombardeo zonal acortaría la guerra o
que facilitaría la tarea de las tropas aliadas? La respuesta era que desor-
ganizaba la industria y socavaba la moral.
Sir Arthur Harris dijo que el bombardeo zonal desorganizaría la in-
dustria alemana porque ocasionaría una gigantesca pérdida de ho-
ras/hombre. Esto fue discutido tanto por Albert Speer como por las
inspecciones de posguerra. (Estas evidencias son inherentes a la venta-
ja de una mirada retrospectiva. Para hacer justicia a Sir Arthur Harris,
si su creencia era errónea, era imposible saberlo en aquel momento.)
Durante el interrogatorio. a Albert Speer, éste dijo que los ataques
persistentes a la industria química habrían dejado a Alemania sin de-
fensas, pero que, hasta el final de la guerra, el bombardeo zonal no dis-
minuyó la producción de las industrias que alimentaban la guerra.
«Los ataques noctumos no consiguieron quebrar la voluntad de traba-
jo de la población civil.» Incluso después del bombardeo de Dresde, la
actividad industrial se recuperó rápidamente. «En consecuencia, se po-
dría decir a modo de conclusión que una carga de bombas es más efec-
tiva si se la deja caer sobre objetivos económicos que si se usa sobre
pueblos y ciudades»””.
La conclusión de Speer cuenta con el apoyo de la inspección de
posguerra realizada por la Unidad Británica de Inspección de Bombar-
deos. La inspección británica sugirió que la pérdida de la producción
de guerra a causa de los bombardeos zonales fue desde un mínimo
de 0,25 por ciento en 1942 a un máximo de 3,8 por ciento en la segunda
11 Sir Arthur Harris, Bomber Offensive, Londres, 1947; reimpreso en 1990, pág. 176.
12 Carta a Sir Norman Bottomley, citada en Hastings, Bomber Command, pág. 452.
13 Webster y Frankland, Strategic Air Offensive, vol. 4, Apéndice 37, interrogatorio de
Albert Speer.
109
mitad de 1943. A conclusiones muy similares llegó la Inspección Nor-
teamericana de Bombardeo Estratégico!*. La otra afirmación era que el
bombardeo zonal debilitaba la moral de la población alemana. Sir
Arthur Harris dio muestras de escepticismo acerca del ataque a la moral
en un Estado policial como Alemania*”. Y Churchill, aunque autoriza-
ba el abandono de las restricciones tradicionales, siempre había mante-
nido dudas acerca de la eficacia del bombardeo como medio para de-
bilitar la moral. En 1917 había escrito que, lejos de sofocar el espíritu
combativo del pueblo, las incursiones aéreas en Alemania lo habían
fortalecido!*. En 1941, aún mantenía el escepticismo: «Todo lo que he-
mos aprendido desde el comienzo de la guerra muestra que sus efec-
tos, tanto físicos como morales, se han exagerado enormemente [...] Lo
máximo que podemos decir es que habrá un malestar serio y confío en
que cada vez sea más grave»””.
El gran partidario del argumento moral era Lord Cherwell. Sus cálcu-
los eran sencillos. Una tonelada de bombas destruye los hogares
de 100-200 personas. Esperaba que en el término de quince meses se pro-
dujeran diez mil bombarderos. Antes de ser abatido, cada bombardero
debería arrojar alrededor de cuarenta toneladas de bombas (cerca de ca-
torce salidas con tres toneladas de bombas cada una). Si la mitad (dos-
cientas mil toneladas) de las bombas caía en las principales ciudades ale-
manas, los hogares de 20-40 millones de personas quedarían destruidos.
Los cálculos de Cherwell eran defectuosos. Sobrestimaban la capa-
cidad de producción de bombarderos. Ignoraban la necesidad de que
los bombarderos protegiesen de los submarinos alemanes a la flota del
Atlántico. Daban por supuesto que se podía aceptar la destrucción de
todos los bombarderos en el curso de la campaña. No eran realistas en
lo relativo a la precisión de los bombardeos. Y daban por supuesto que
el lanzamiento de una gran cantidad de bombas destruiría casas en la
misma proporción que el lanzamiento de una cantidad mucho más re-
ducida de bombas.
Estas son las críticas que se utilizaron en aquel momento para opo-
nerse a las estimaciones de Cherwell. Sir Henry Tizard pensó que mul-
tiplicaban por cinco las posibilidades reales. Cherwell aceptó algunas
de las críticas, pero dijo que sus cálculos sólo intentaban indicar la
110
magnitud aproximada del daño probable'*. Después de la guerra, un
estudio de los resultados reales sugirió que las estimaciones habían
sido diez veces superiores a éstos.
Es dudoso que incluso los elevados niveles de destrucción de objeti-
vos civiles que Cherwell esperaba hubieran sido un factor importante en
la derrota de Hitler. El pueblo alemán estaba bien entrenado en defensa
civil. Y bien podía darse que, tal como ocurrió en la Blitzkrieg sobre Lon-
dres, el ataque a civiles reafirmara en éstos su determinación a resistir.
Deriva militar
18 Carta de Cherwell a Tizard, citada en Conde de Birkenhead, The Prof in Tavo Worlds:
the Official Life ofProfessorF.A. Lindemann, Viscount Cherwell, Londres, 1961, págs. 251-253.
19 Webster y Frankland, Strategic Air Offensive, vol. 1, págs. 345-346.
20 Hastings, Bomber Command, pág. 398.
21 Carta del 12 de noviembre, citada 1bíd., pág. 399.
111
En diciembre, Harris escribió a Portal que la ofensiva del petróleo
era una «panacea universal». En enero dijo que tenía poca confianza
en los bombardeos selectivos y «absolutamente ninguna en la presen-
te política del petróleo». Sabiendo que en esa fase de la guerra sería po-
líticamente dificil destituirlo, su respuesta a las posteriores presiones
para que llevara a cabo la política de ataque al petróleo fue la de suge-
rir a Portal que pensase en sustituirlo? Portal nunca consiguió estable-
cer un verdadero control sobre Harris.
Esta deriva militar facilitó la posición del ejército alemán en las fa-
ses finales de la guerra. Sobre el cese de los ataques a las fábricas de co-
jinetes de bola, Speer escribió lo siguiente: «Así desecharon los aliados
el éxito cuando lo tenían al alcance de las manos. De haber continua-
do con los ataques de marzo y con la misma energía, rápidamente ha-
bríamos exhalado nuestro último suspiro»”.
1112
tos que experimentaban en las trincheras. Este paralelo se veía real-
zado por el duro tratamiento de los casos de «falta de fibra moral». Mu-
chos de los que se echaban atrás habían dado previamente muestras de
gran coraje en otras misiones. Max Hastings estima que más o menos
uno de cada siete hombres de la tripulación aérea se negaba a comple-
tar una misión por razones médicas o morales. Cita a un comandante
de una estación de bombarderos: «LME podía atravesar un escuadrón
como un relámpago si nadie lo controlaba. Me aseguré de que todos
los casos que se dieran ante mí fueran castigados por un tribunal cas-
trense, y de que, cuando cupiera, se los condenara a una pena de prisión
ejemplar, dijeran lo que diesen los psiquiatras»?.
Otro paralelo con el quedarse atrapado de ambos lados en la Primera
Guerra Mundial fue la simpatía mutua que surgía a veces entre los
combatientes. Los miembros de la División de Bombarderos o de la
Luftwaffe que tenían la desgracia de caer cerca del sitio que habían
bombardeado corrían el riesgo de ser asesinados por multitudes enco-
lerizadas. A menudo, los hombres de la Luftwaffe salvaron a los de la
RAF de esos motines. Stewart Harris fue escoltado por tres hombres de
la Luftwaffe a través de Disseldorf, que acababa de ser duramente
bombardeada. La madre de uno de los escoltas había perdido su hogar
y su lugar de trabajo, pero suministró cuatro paquetes con comida*,
Como en las trincheras, la psicología era mixta. Había una gran do-
sis de compromiso con la guerra y de reconocimiento de que era pre-
ciso derrotar a Hitler, pero las presiones disciplinarias y las oportunida-
des extremadamente escasas de sobrevivir tendían una trampa a los tri-
pulantes de bombarderos. La capacidad para cambiar de política no
estaba en ellos, sino en instancias superiores.
En tierra
pd
británicas y dos norteamericanas. Harris, autor del plan, dijo más tarde
que nunca se había producido un ataque aéreo tan terrible.
Durante la noche del 27 se produjo un concentradísimo bombar-
deo de una hora. Hermann Bock, maestro llamado a filas, se refirió
más tarde a las primeras fases del ataque en estos términos:
En minutos, incluso en segundos, el cielo noctumo de Hambur-
go se transformó en un cielo tan absolutamente infernal que es im-
posible tratar siquiera de describirlo con palabras. Sólo se veían aviones
sostenidos por las sondas luminosas de los faros, incendios que al es-
tallar inundaban todo de humo, estruendosas y rugientes oleadas de
explosiones, entrecortadas por grandes catedrales de luz cuando ex-
plotaban las bombas de destrucción, cascadas de bombas de señal
que caían lentamente, bombas incendiarias en serie que descendían
con un silbido apremiante. No se oía ruido alguno de origen huma-
no, ni un solo grito. Parecía el fin del mundo”.
Las mujeres y los hombres estaban tan carbonizados que era im-
posible reconocerlos; los que habían muerto por falta de oxígeno
sólo estaban a medias carbonizados y eran reconocibles. Por las sie-
nes se les derramaba el cerebro, y por las partes blandas debajo de las
costillas, los Órganos internos. ¡Qué muerte terrible habrá tenido esa
gente! Los niños más pequeños yacían sobre el pavimento como an-
27 Martin Middlebrook, The Battle of Hamburg: The Firestorm Raid, Londres, 1980,
pág. 257.
114
guilas fritas. Incluso muertos daban señales del sufrimiento que de-
bían haber padecido: brazos y manos extendidos como para prote-
gerse del calor despiadado?.
115
Margaret Freyer se describió buscando a su novio entre los muer-
tos, que estaban en todas partes, algunos negros como carbón:
lo que vi es tan horrible que dificilmente puedo describirlo [...] La ma-
yoría tenía aspecto de haber sido inflados, con grandes manchas
amarillas y marrones en el cuerpo. Gente cuya ropa todavía ardía [...]
Pienso que yo era incapaz de absorber el significado de esa crueldad
un instante más, pues había también muchos bebés terriblemente
mutilados [...] Era consciente de que constantemente tenía que qui-
tarme manos de encima, manos de personas que querían que las lle-
vara conmigo, manos que se asían a mí. Pero yo estaba demasiado
débil como para levantar a nadie”.
Distancia
31 Margaret Freyer, en Alexander McKee, Dresde, 1945: The Devil's Tinderbox, Lon-
dres, 1982, reimpreso en John Carey (comp.), Eyewitness to History, Nueva York, 1987,
págs. 611-612.
32 Comandante D. J. Childs, «Saints, Bombs and Civilian Casualties», Independent,
1 de mayo de 1993.
116
taran en carne propia el final de su Bhetzgkrieg. Pero, aun si se hubiera
podido eliminar la distancia física, es posible que se plantearan dudas
acerca de esta actitud. No produce satisfacción crear una tormenta de
fuego en torno a los hijos de Carolin Schaeffer.
Un piloto de bombardero de la RAF que intervino en un ataque
sobre Duisburg en 1943 describió los efectos de la distancia física: «El
horror ardiente debajo de nosotros era la señal del “éxito” de una ope-
ración destinada a dañar la producción de un dictador malvado. Aun
cuando durante los bombardeos sobre Londres ya había tenido oca-
sión de saber lo que era estar del lado de los que reciben las bombas,
no me costaba gran cosa borrar de mi mente las víctimas humanas»”.
Los mecanismos de distanciamiento psicológico que hacen posible el
combate cuerpo a cuerpo resultan prácticamente innecesarios cuando
la distancia fisica facilita enormemente la matanza.
Insensibilidad
117
También Sir Arthur Harris se hizo duro. En la carta en la que sos-
tenía que sería erróneo suspender los ataques a las ciudades alemanas
porque éstos ahorrarían vidas de los aliados, Harris decía también:
«Personalmente no considero que las ciudades que quedan de Alema-
nia valgan los huesos de un granadero británico.» Este humor negro ju-
gaba con la observación de Bisrnarck acerca de que los Balcanes no va-
lían los huesos de un solo granadero pomeranio.
Este humor negro parecía aludir también a referencias del propio
Harris al bombardeo de Dresde: «Cualquier psiquiatra explicaría fácil-
mente el sentimiento hacia Dresde. Tal como es, tiene que ver con las
bandas alemanas y las pastoras de Dresde. Pero en realidad Dresde era
una gran base de producción de pertrechos militares, un centro intac-
to de gobierno y un punto clave del transporte hacia el Este. Ahora no
es ninguna de esas cosas»”. El código del ataque a Hamburgo también
participaba del mismo humor: «Operación Gomorra.»
Harris admitió que «ocasionalmente nuestra aviación mató muje-
res y niños». En la página que precede a este comentario se lee: «Ja-
más se había conocido antes un ataque aéreo tan terrible como el
que soportó Hamburgo; segunda ciudad de Alemania por su magni-
tud, con cerca de dos millones de habitantes, fue borrada del mapa
en tres noches»*,
Debe de ser dificil tener el mando de una fuerza de bombaderos en
guerra y permanecer sensible a las bajas civiles del otro lado. Pero esta
política requería muchísima insensibilidad.
Irrupción de la simpatía
118
gimos un bote que estaba en el río. Nos dejamos llevar en silencio por
la corriente y Nick dijo: “¿Qué habrá sido de aquellos pobres desgra-
ciados en aquellos incendios?” No se me ocurrió nada que decir. Con-
tinuamos silenciosamente río abajo»”.
Para unos pocos, la toma de conciencia era inevitable. El piloto de
bombardero cuya descripción de la incursión sobre Duisburg hemos
citado, volvió a sobrevolar el Ruhr la noche siguiente, en un ataque so-
bre Bochum. Su avión fue derribado y se lanzó en paracaídas. Fue
arrestado y llevado a Diússeldorf:
119
rante la mayor parte de la guerra. En junio de 1943, estando en la rest-
dencia de Chequers con el ministro australiano, Richard Casey, vio la
película del bombardeo tomada desde el aire. Se volvió a Casey y
preguntó: «¿Es que somos bestias? ¿No estamos llegando demasiado
lejos?»??, Pero, lo mismo que en el caso del bloqueo, las inhibiciones se
evaporaron. Los ataques sobre Hamburgo, Darmstadt y Dresde aún es-
peraban su turno.
En algunos casos, la preocupación por la identidad moral tal vez
haya sido silenciada por la negativa a reconocer la realidad del bombar-
deo. En 1942, Cherwell redactó un documento para el Gabinete, en el
que se daba apoyo al bombardeo zonal. En ese documento se decía
que la tercera parte de la población alemana «sería expulsada de su casa
y de su hogar». A su juicio, esto minaría la moral: «No cabe duda de
que esto quebrará el espíritu del pueblo»*”. El bombardeo de viviendas
tiende a matar a sus ocupantes. Decir que expulsa a la gente de su casa
y de su hogar escamotea la realidad.
El bombardeo se consideró justificado de manera general. En otra
noticia del bloqueo, la represalia parecía conferirle legitimidad. Los
nazis ya habían bombardeado a civiles en Varsovia y en Rotterdam.
El bombardeo de civiles resultó más aceptable también por el previo
bombardeo alemán de ciudades británicas. En 1941, Churchill fue
aclamado en Londres cuando dijo: «Si se pidiera esta noche al pueblo
de Londres que votara si debería llegarse a un acuerdo para la deten-
ción de los bombardeos en todas las ciudades, la abrumadora mayoría
respondería: “No. Queremos devolver a los alemanes todo, y más aún,
lo que ellos nos han dado a nosotros”»*!.
La fragmentación de la responsabilidad
32 Martin Gilbert, 7he Second World War, Londres, 1989, págs. 440-441.
*% Lord Cherwell, Documento de Gabinete, citado en Webster y Frankland, Strate-
gtc Atr Offensive, vol. 1, págs. 331-332.
41 14 de julio de 1941.
120
nistro del Aire tenía la sensación de que Sir Arthur Harris había perdi-
do el control y que la decisión pasaba de una instancia a otra. El dele-
gado de Harris, Vicemariscal del Aire Robert Saundby, dijo más ade-
lante sobre el bombardeo de Dresde:
42 Mariscal del Aire Sir Robert Saundby, prólogo a David Irving, 7he Destruction of
Dresden, Londres, 1963.
43 Harris, Bomber Offensive, págs. 77-78.
121
3. EL DEBATE MORAL
122
tencional a una persona inocente, pero permite ciertas acciones que
tienen como consecuencia previsible, pero no intencional, la muerte
de gente inocente. El bien tiene que ser suficiente para compensar el
daño. La destrucción de la fábrica de cojinetes de bola es un acto bue-
no porque contribuye a la derrota de Hitler. En la medida en que la
cantidad no sea desproporcionadamente grande, algunas muertes de
civiles previsibles, pero no intencionales, pueden ser moralmente acep-
tables. Sin embargo, sigue siendo un error matar inocentes de manera in-
tencional como medio para lograr un fin bueno. Aun cuando la produc-
ción de terror en la población alemana mediante el bombardeo masivo
de civiles fuera el modo más eficaz de derrotar a Hitler, no es lícito.
Casos como el bombardeo de las fábricas de cojinetes de bola es-
tán permitidos a título de excepciones sobre la base de la «doctrina del
doble efecto». En general, los actos a los que esta doctrina se refiere tie-
nen efectos tanto buenos como malos. De acuerdo con ella, la morali-
dad del acto depende de si el efecto nocivo es simplemente previsto o
realmente perseguido. Se puede permitir un mal meramente previsto
en la medida en que la maldad no sea desproporcionada con respecto
al bien que se persigue.
La doctrina del doble efecto presenta dificultades: una de ellas es-
triba en la duda acerca de la posibilidad de distinguir realmente y sin
ninguna ambigúedad entre lo que se persigue y el efecto secundario
que simplemente se prevé. Sin embargo, la doctrina también tiene un
encanto intuitivo. En el pensamiento moral, la intención es importan-
te. Un médico cuya negligencia mata a un paciente de modo previsi-
ble está sujeto a grave crítica, pero no ponemos esto en la misma cate-
goría que el asesinato. Y muchos de nosotros intuimos que efectiva-
mente hay una importante diferencia moral entre matar civiles de
manera no intencional en un ataque dirigido contra una fábrica de co-
jinetes de bola y el bombardeo deliberado de una zona residencial.
La cuestión fundamental del planteamiento concerniente a la guerra
justa se refiere a la prohibición absoluta de matar inocentes de ma-
nera intencional. ¿Qué pasa si, al matar intencionalmente a una pe-
queña cantidad de inocentes, se salva un número mucho mayor? Su-
pongamos que el resultado de mantener la fidelidad a las reglas de la
guerra justa hubiera sido la victoria nazi. Aparte de todos los demás as-
pectos abominables de una Europa nazi, esa victoria probablemente se
habría cobrado todavía más vidas inocentes que el bombardeo. Por
tanto, ¿está tan claro que la abstención sería moralmente correcta?
Parte del atractivo de la prohibición absoluta reside en su exigencia
de convertir a las víctimas potenciales en foco de atención. Se vincula
123
a la idea de Kant según la cual es preciso tratar siempre a los demás
como fines en sí mismos y nunca simplemente como medios. Una
preocupación acerca del enfoque consecuencialista es la de que puede
llevarnos a advertir la presencia de víctimas potenciales, pero también
a simular que no las vemos. Carolin Schaeffer, al tratar de proteger los
ojos de sus hijos de lo que pudieran ver, o los niños fritos como angui-
las sobre el pavimento, se convierten en meros números en las largas su-
mas de Lord Cherwell. A menudo se dice que sólo las prohibiciones ab-
solutas proporcionan una barrera firme contra el deslizamiento hacia
esas largas sumas. Los absolutos morales limitan lo que, sobre la base
del cálculo de las consecuencias, se les podría hacer a las personas con-
cretas. Es obvio que esta afirmación tiene su fuerza, pero tal vez el argu-
mento no soportaría esta prohibición particular. Una alternativa es el
pacifismo absoluto, esto es, la idea de que toda muerte intencionalmen-
te provocada en la guerra, y con mayor razón la de civiles, es un error.
El pacifismo absoluto tiene un considerable atractivo, pero hay po-
cas personas preparadas para preocuparse tan poco por las consecuen-
cias como éste requiere. Para muchos, la Segunda Guerra Mundial se jus-
tificaba porque era necesaria para evitar el mal mayor que supondría el
triunfo del nazismo. Quienes aceptamos esta afirmación no podemos
ser pacifistas absolutos y la teoría de la guerra justa admite este tipo de si-
tuaciones.
Pero si se permite la apelación a las consecuencias para anular la
prohibición universal de matar intencionalmente, ¿por qué la prohibi-
ción de matar civiles resulta absoluta? Una respuesta es que la ley mo-
ral ha sido así establecida, tal vez por Dios. Pero para quienes somos es-
cépticos en materia de ley moral, no hay respuesta. Parece paradójico
justificar la lucha en una guerra sangrienta diciendo que era menester
derrotar a Hitler y luego aceptar las restricciones absolutas, cuyo signifi-
cado puede ser que la guerra concluya con la victoria de Hitler. Es preci-
so un argumento distinto de la apelación a la autoridad.
En cuanto al hecho de obviar a las víctimas, el argumento puede ser
utilizado por ambos bandos del debate. Es cierto que las sumas de Cher-
well obviaban los horrores de que se hacía objeto a los niños de Ham-
burgo. Pero a las prohibiciones absolutas se las puede acusar de obviar
a las personas que habrían sido víctimas de Hitler en caso de que éste
hubiera ganado la guerra (una vez más individuos particulares, y otra
vez a menudo niños).
Por esta razón, es difícil aceptar el principio según el cual debería
rechazarse el bombardeo de civiles aun cuando asegurara la derrota de
Hitler.
124
A pesar de ello, hay buenos fundamentos para decantarse del lado
de las críticas morales a la política de bombardeos, incluso en su fase
intermedia. El bombardeo de civiles no marcó la diferencia entre la
derrota y la victoria. (Naturalmente, con la debida consideración hacia
la falta de perspectiva histórica de los participantes.) Hasta para los que
no aceptamos la prohibición absoluta resulta muy difícil justificar el
bombardeo intencional de civiles. Tiene que haber un argumento de
peso a favor de que con él es altamente probable que se eviten horrores
peores. Ahora bien, cuesta mucho pensar que esto sea cierto a propó-
sito del bombardeo zonal de Alemania, y, por el contrario, hay otra ra-
zón, que muy pocos vieron en su momento, para objetar el bombar-
deo sobre la base de sus consecuencias a más largo plazo.
125
(Sir Arthur Harris salió de este episodio con cierto crédito. Es difí-
cil imaginar a los homólogos alemanes de John Collins y de Sir Staf-
ford Cripps reunidos en el cuartel general de la Luftwaffe para pronun-
ciar una conferencia de ética que criticara la política alemana de
bombardeos. Y, de haberlo hecho, es probable que la respuesta de Her-
mann Goering no hubiera tomado la forma de una conferencia de éti-
ca de sentido contrario, dictada por un filósofo.)
El más vigoroso de los opositores religiosos al bombardeo zonal
fue George Bell, obispo de Chichester, enemigo precoz del nazismo.
Su oposición al bombardeo zonal molestó a Churchill y se dice que a
Bell le costó su esperada promoción a arzobispo de Canterbury.
El obispo Bell presentó del modo más vigoroso su argumento en
un discurso ante la Cámara de los Lores en 1944. En general, sus op1-
niones fueron recibidas al mismo tiempo con desacuerdo y respeto.
Antes de hablar, un amigo, el par conservador Lord Woolton, le dijo
lo siguiente: «George, no hay en esta Cámara una sola alma que no
quisiera que no pronunciaras el discurso que estás a punto de dar. Has
de saberlo. Pero también quiero decirte que no hay una sola alma que
no sepa que tu única razón para hacerlo es que, como sacerdote cris-
tiano, crees que es tu obligación»*.
El obispo Bell aceptó que la Luftwaffe había dado comienzo al
bombardeo de ciudades a gran escala. Aceptó la legitimidad de los gra-
ves ataques a objetivos militares e industriales, y que esto hacía inevitable
la matanza de civiles: «Pero debe haber un equilibrio justo entre los me-
dios empleados y el fin logrado. Arrasar toda una ciudad porque ciertas
partes de ella contienen establecimientos militares e industriales es negar
el equilibrio.»
Habló acerca de la «inexpresable destrucción y devastación» que se
provocó en Hamburgo, «la ciudad más democrática de Alemania con
la más vigorosa oposición al nazismo». Habló de bombas incendiarias
que se dejaron caer sobre zonas residenciales de Berlín, de manera que
«se perdieron hombres y mujeres arrollados por el colosal tornado de
humo, explosiones y llamas».
Lo que más destacó el obispo Bell fue lo que él consideraba autén-
tica ceguera ante los efectos a largo plazo de esos métodos:
¿Por qué esta ceguera ante el aspecto psicológico? ¿Por qué esta
incapacidad para reconocer los hechos morales y espirituales? ¿Por
126
qué este olvido de los ideales que han inspirado nuestra causa?
¿Cómo es posible que el Gabinete de Guerra no advierta que esta
progresiva devastación de ciudades es una amenaza a las raíces de la
civilización? ¿Cómo pueden estar ciegos ante la acumulación de
guerras y de desolación aún más feroces a las que, incluso en este
país, llevará inexorablemente la actual destrucción, cuando los
miembros del Gabinete de Guerra hayan pasado a mejor vida? [...]
Estamos en un momento de extraordinaria solemnidad. Lo que ha-
cemos en la guerra —que, después de todo, se mantiene por un
tiempo comparativamente breve— afecta de manera integral a la na-
turaleza de la paz, que cubre un período mucho más prolongado”.
El deslizamiento moral
127
El mariscal del aire Harris menciona el mismo precedente: «A me-
nudo se dice que el bombardeo es especialmente perverso porque pro-
voca bajas entre los civiles. Esto es cierto, pero todas las guerras han
provocado bajas entre los civiles. Por ejemplo, después de la última
guerra, el Gobierno Británico publicó un Libro Blanco en el que se
estimaba que nuestro bloqueo de Alemania había dejado un saldo
de 800.000 muertos»?”.
El bloqueo facilitó el lanzamiento del bombardeo zonal. A su vez,
los ataques sobre Hamburgo, Darmstadt y Dresde hicieron que cuan-
do la Fuerza Aérea de Estados Unidos atacó Tokio con bombas incen-
diarias, las protestas fueran escasas. Y esto a su vez desbrozó el camino
hacia Hiroshima y Nagasaki.
128
CAPÍTULO 12
Hiroshima
1 The Times, 12 de septiembre de 1933, citado en Richard Rhodes, 7he Making of the
Atomic Bomb, Harmondsworth, 1988, pág. 127.
129
1. EL MIEDO A LA BOMBA ATÓMICA ALEMANA
Advertencias
[...] probablemente era imposible usar la bomba sin matar para gran-
des cantidades de civiles, lo que podía convertirla en un arma inade-
cuada para este país [...] La respuesta más eficaz sería una contra-ame-
naza con una bomba similar. Por tanto, nos parece importante empe-
zar a producirla tan pronto y tan rápidamente como sea posible, aun
cuando no se piense en utilizarla como medio de ataque*.
? Spencer R. Weart y Gertrud Weiss Szilard (comps.), Leo Szilard: His Version of the
Facts, Cambridge, 1978, pág. 53.
? Otto Frisch, What Little IRemember, Cambridge, 1979, pág. 126.
* Frisch-Peierls Memorandum, en Ronald W. Clark, Tizard, Londres, 1965, pági-
nas 215-217,
130
a trabajar en explorar las posibilidades de lograr una bomba atómica.
Leo Szilard, Edward Teller y otros físicos se mostraron favorables a un
programa atómico.
En Alemania, Werner Heisenberg empleó agua pesada de Noruega
para experimentos sobre la posibilidad de una reacción en cadena, que
lo llevó a tomar en serio la idea de una bomba. Fue a Copenhague a con-
sultar al fisico danés Niels Bohr, de firmes convicciones antinazis, acerca
de las implicaciones que esto podía tener. Heisenberg tuvo la sensación
de que debía hablar con cautela, pues sabía que las autoridades alemanas
vigilaban a Bohr, cuyas observaciones posteriores podían pasar a Alema-
nia. Entregó a Bohr un borrador del reactor que se proponía construir.
Más adelante, Heisenberg ofreció un relato de la conversación. Él
preguntó si era correcto que los físicos se dedicaran a la investigación
nuclear en tiempo de guerra.
131
guió transmitir el mensaje amedrentador de que la Alemania nazi esta-
ba trabajando en la bomba.
132
la producción de agua pesada alemana en Noruega fue el factor princi-
pal de nuestro fracaso en la consecución de un reactor atómico de
autoalimentación antes de que acabara la guerra».
No fue éste el único elemento que impidió la conclusión del pro-
grama atómico alemán. Dado que los científicos opinaban que el de-
sarrollo del «proyecto uranio» llevaría tres o cuatro años, fue
aplazado indefinidamente, pero los aliados no conocieron esta cir-
cunstancia hasta cerca del final de la guerra, cuando los documentos
capturados en relación con el proyecto alemán mostraron cuán lejos
se hallaba aún del éxito. Mientras, el Proyecto Manhattan, que era el
programa atómico británico-norteamericano, siguió contando con
la amenaza de una bomba nazi.
$ Diebner, citado en Rhodes, The Making ofthe Atomic Bomb, pág. 517.
133
Fue grabado cuando decía: «Agradezco de rodillas a Dios que no
hayamos producido nosotros una bomba de uranio.» Y cuando Her-
senberg dijo que Walther Gerlach había estado comprometido con el
proyecto porque trabajaba por Alemania, Hahn dijo que él también
amaba a su país y que, por extraño que pareciera, por esa razón había
esperado que perdiera la guerra?.
Las grabaciones de Carl Friedrich von Weizsácker muestran que te-
nía un punto de vista parecido al de Hahn. Dijo: «Si todos nosotros hu-
biéramos querido que Alemania ganara la guerra, lo habríamos conse-
guido [...] Debemos admitir que no queríamos que ganara»!”,
Cuando la bomba comenzó a parecer posible, Werner Heisenberg
escogió a Niels Bohr como la persona adecuada para una consulta. La
elección de Bohr, conocido por su integridad moral y su abierto ant1-
nazismo, es coherente con que Heisenberg o bien se opusiera a la fa-
bricación de la bomba, o bien deseara al menos una auténtica discu-
sión sobre sus dudas morales. La sospecha de Bohr de que Heisenberg
pudiera estar tratando de descubrir los progresos atómicos aliados, o
incluso de conseguir su cooperación para un proyecto nazi, parece
adolecer de un ingenuo desconocimiento de sí mismo. Si Heisenberg
hubiera tenido en mente algunos de estos fines, dificilmente hubiera
escogido a Bohr.
Heisenberg parece haber albergado dudas acerca del proyecto para
construir la bomba y tal vez haya socavado deliberadamente sus cimien-
tos. A Speer le dijo que los resultados estaban demasiado lejanos como
para contribuir a la guerra. Heisenberg se había negado a afiliarse al Par-
tido Nazi y había sido atacado por defender la «fisica judía» de Einstein.
La imagen de Heisenberg abortando deliberada pero sutilmente el
proyecto de construcción de la bomba tiene visos de verdad, pero tam-
bién hay ciertas pruebas en sentido contrario. Heisenberg deseaba la
victoria alemana. En el instituto de Bohr levantó ampollas con su sa-
tisfacción por los éxitos militares alemanes y con su afirmación de que
la guerra era una necesidad biológica!!.
Las transcripciones de Farm Hall dejaron claro que, en un primer
momento, Heisenberg había contribuido a persuadir a las autoridades
de que era posible producir la bomba, pero las mismas transcripciones
contienen también otros pasajes que sugieren cierta reticencia. Dijo que
«aunque no estábamos el cien por ciento deseosos de hacerla, era por
134
Otra parte tan poco lo que el Estado confiaba en nosotros, que aun
cuando hubiéramos querido hacerla, no nos hubiera sido fácil conse-
guirla». Al hablar del cambio en el programa alemán de una bomba
por un reactor nuclear, dijo: «En el fondo de mi corazón, estaba verda-
deramente contento de que se tratara de un motor y no de una bom-
ba; debo admitirlo». Y dijo que habrían tenido éxito con la bomba,
pero que no la hicieron porque no querían que Hitler ganara!?.
Heisenberg tenía enormes dudas. Quería y no quería que Alema-
nia ganara la guerra. Convenció a Rust de que la bomba era posible y
luego convenció a Speer de que no lo era. Con su ambigúedad, Her
senberg era representativo de muchos físicos atómicos alemanes. Con
pocas excepciones, como la de Otto Hahn, se hallaban como sonám-
bulos ante la decisión moral que habían de tomar. No era heroísmo
moral. La citada frase de Heisenberg que alude a que no estaban «el
cien por ciento deseosos de hacerla», parece expresar correctamente
ese estado de ánimo. Tal vez ese porcentaje que faltaba salvó al mun-
do de la bomba nazi.
135
El coste humano de una guerra más larga
13: Eric Lomax, 7he Railrvay Man, Londres, 1995, caps. 5-9.
136
La invasión de Japón habría producido enormes bajas en ambos
bandos.
A principios de 1945, el general Curtis LeMay tomó el mando del
ataque aéreo norteamericano a Japón. Su estrategia de apresurar el fi-
nal de la guerra contra Japón fue similar a la del mariscal del aire
Harris contra Alemania. Ordenó un bombardeo gigantesco sobre Tokio,
que mató alrededor de 100.000 personas en una noche. (Más tarde, el
general LeMay dijo que el pueblo de Tokio fue «quemado, hervido y
cocido hasta morir»)'*. A esto le siguió el bombardeo incendiario de
Nagoya, Osaka y Kobe. Pero después de todo esto, parecía continuar
la lucha sangrienta.
Una guerra más larga se habría cobrado muchas más vidas nortea-
mericanas y japonesas. La captura de Saipan, en 1944, se había cobra-
do 3.000 bajas militares norteamericanas y 30.000 japonesas. Ade-
más, 22.000 civiles japoneses se suicidaron arrojándose desde riscos.
La captura de Iwo Jima había costado cerca de 7.000 vidas norteame-
ricanas y 20.000 japonesas. (Más de mil soldados japoneses cayeron
prisioneros.) Okinawa había costado 12.500 vidas norteamericanas
y 100.000 japonesas.
El argumento a favor de abreviar la guerra era abrumador. Pero al
mismo tiempo algunos se preguntaban si para eso era necesario utili-
zar la bomba o si incluso este final justificaba su uso. El general
Dwight Eisenhower era escéptico por dos motivos: «Primero, los japo-
neses estaban dispuestos a rendirse y no era necesario atacarlos de
modo tan horrible. En segundo lugar, odiaba ver que nuestro país fue-
ra el primero en utilizar esa arma»!*. No consiguió persuadir al prest-
dente Truman.
¿Empleo o exhibición?
14 John W. Dower, War Without Mercy: Race and and Power in the Pacific War, Nueva
York, 1986, págs. 40-41. |
15 Dwight D. Eisenhower, «Ike on Ike», Newsweek, 11 de noviembre de 1963, citado
en Rhodes, The Making ofthe Atomic Bomb, pág. 688.
137
de ese precedente. Una bomba sobre Japón podía «abrir la puerta a
una era de devastación en una escala imposible de imaginar»!*.
La decisión de rechazar la exhibición inocua a favor de la destruc-
ción de ciudades japonesas fue formalmente adoptada por el presiden-
te Truman y en parte delegada al «Comité Interino», presidido por el
Secretario de Guerra, Henry Stimson.
Parece ser que el Comité Interino dedicó unos diez minutos del al-
muerzo a considerar la idea de la exhibición inocua y la rechazó?”. Más
tarde explicaría que no pensaban que esa exhibición lograra la rendi-
ción de Japón y que, dado el peligro de que la bomba de exhibición
no funcionara, no se podían permitir el lujo de desperdiciar de esa ma-
nera una de las escasas bombas existentes. El Comité informó: «Pode-
mos adelantar que no es probable que ninguna exhibición técnica
ponga fin a la guerra; no vemos alternativa aceptable a su utilización
militar directa»'8,
Truman se hallaba en una posición débil para controlar la deriva
militar. El Proyecto Manhattan, instaurado para contrarrestar la ame-
naza de una bomba nazi, había adquirido vida propia. Del comandan-
te del proyecto, el general Groves, dijo un científico de su entorno que
le obsesionaba el miedo a que la guerra acabara antes de que la bomba
estuviera lista. Incluso después de la capitulación de los alemanes, se-
guía instando con urgencia a «no perder un solo día». Y Groves re-
quería una declaración de Truman en el sentido de que su «sí» zanjaba
la cuestión a favor de arrojar la bomba: «Truman no dijo en realidad ni
“si” ni £no”. En verdad, decir “no” en aquel momento requería una
gran dosis de sangre fría»!”.
El que una exhibición inocua de la bomba pudiera poner fin a la
guerra no era la única consideración presente en la reflexión de Tru-
man. El y su administración tenían un ojo puesto en la impresión que
las diferentes opciones le harían a la Unión Soviética. A pesar de la
fuerte presión de Churchill a favor de una reunión con Stalin a mediados
de junio, Truman pospuso el encuentro hasta mediados de julio, momen-
to en que ya se habría probado la bomba. El influyente delegado de
Truman en el Comité Interno, James Bymes, analizó el uso de la bom-
138
ba con Leo Szilard y otros científicos. No sostuvo que la bomba fuese
necesaria para derrotar a Japón, sino que «el hecho de poseer y exhibir
la bomba aumentaría la maleabilidad de Rusia en Europa».
Los que desempeñaron un papel importante ei la decisión no
siempre prestaron plena atención a la cuestión central, a saber, la de si
no había una manera menos terrible de conseguir a breve plazo el fi-
nal de la guerra.
Rendición incondicional
20 Szilard, citado en Alperovitz, The Decision to Use the Atomic Bomb, pág. 147.
21 Cable de Shigenori Togo, citado en Herbert Feis, Japan Subdued: the Atomic Bomb
and the End ofthe War in the Pacific, Princeton, 1961, pág. 65.
139
la que Winston y yo no habíamos tenido tiempo de prepararnos.
Repentinamente me vino a la cabeza la idea de que a Grant le habían
llamado “Don Rendición Incondicional”, y cuando me di cuenta, ya
lo había dicho.» A Churchill eso le tomó por sorpresa, pero apoyó a
Roosevelt para evitar la desunión en público”.
En julio de 1945, en la conferencia de Potsdam, Churchill arguyó
a favor de una mayor flexibilidad. La declaración de Potsdam que se
dio a conocer a Japón no empleaba la frase, pero establecía términos
no negociables y no decía que Japón pudiera mantener al Emperador.
Y urgía a este país a rendirse a fin de evitar una «pronta y total destruc-
ción». El 29 de julio, el Primer Ministro japonés rechazó el ofreci-
miento.
El 2 de agosto, el embajador japonés en Moscú recibió instruccio-
nes de volver a intentar que los rusos actuaran como mediadores para
la paz, pero éstos deseaban las ventajas de permanecer en guerra y res-
pondieron al embajador que Stalin y Molotov no estaban disponibles.
2 Winston S. Churchill, 7he Second World War, vol. 4, The Hinge of Fate, Londres,
1951, págs. 614-615.
23 Dr. Koyama, citado en Dr. Michihiko Hachiya, Hiroshima Diary, trad. y ed. a cargo
de Warner Wells, Londres, 1955, pág. 131.
140
yecto pasó a través de un par de ventanas dentro de la casa y se le ]le-
nó el cuerpo con todo el vidrio que fue capaz de retener. Por eso es-
taba completamente cubierto de sangre?”
24 Arata Osada, Children ofthe A-bomb, Midwest Publishers International, 1982, pági-
na 194; citado en Rhodes, 7he Making of the Atomic Bomb, pág. 716.
25 Hachiya, Hiroshima Diary, pág. 108.
26 Mr. Katsutani, citado 1bíd., pág. 28.
22 Ibíd., pág. 117.
141
to o las vías respiratorias. A la muerte le precedía la caída de los Órga-
nos internos. El comité que se formó para estudiar los efectos de la
bomba describió en estos términos la acción de la radiación:
Destruyó las células regenerativas del cuerpo y devastó en gran
parte el mecanismo inmunológico. Estas grandes dosis fueron la ra-
zón principal del bajo grado de regeneración, el predominio de la in-
fección y la mortalidad extremadamente alta de los heridos por la
bomba atómica. La bomba atómica no sólo produjo heridas trágicas
y horribles a los que estuvieron expuestos a ella, sino que también
afectó negativamente a la base de los procesos reparadores y regene-
rativos del cuerpo vivo*.
2 The Committee for the Compilation of Materials on Damage Caused by the Ato-
mic Bombs in Hiroshima and Nagasaki, Hiroshima and Nagasaki: the Physical, Medical,
and Social Effects to the Atomic Bombings, trads. de Eisei Ishikawa y David L. Swain, Lon-
dres, 1981, cap. 8 y pág. 115.
22 Ibíd., cap. 9.
39 Osada, Children of the A-bomb, págs. 77, 83, citado en Rhodes, The Making of the
Atomic Bomb, pág. 723.
142
Una mujer que en Hiroshima era alumna de la escuela primaria,
pregunta: «Los científicos que inventaron la bomba atómica, ¿qué
pensaron que sucedería si la lanzaban?»*!,
31 Osada, Children of the A-Bomb, pág. 264, citado en Rhodes, The Making of the Ato-
mic Bomb, pág. 734.
32 Ernest Lawrence, citado en Rhodes, 7he Making of the Atomic Bomb, pág. 648.
143
Distancia
144
el coronel Paul Tibbetts, piloto del Enola Gay, fue capaz de volver a rea-
lizar el bombardeo en exposiciones de aeromodelismo.
Otros tuvieron otro tipo de experiencias. El Enola Gay fue precedi-
do en Hiroshima por una avión de reconocimiento a cargo del mayor
Claude Eatherly, que envió la señal para que el operativo siguiera ade-
lante. Al regresar de Hiroshima, Eatherly rezó una oración en la que re-
solvía dedicar la vida a abolir la guerra y las armas nucleares. Después
se sintió perseguido por pesadillas acerca de la bomba. Envió a Hiro-
shima sobres con dinero. En 1950 intentó suicidarse. Más tarde falsifi-
có un cheque por una pequeñísima cantidad de dinero, que entregó a
un fondo para niños de Hiroshima. Protagonizó un asalto a mano ar-
mada, pero no cogió nada de dinero. Finalmente, fue detenido y some-
tido a tratamiento psiquiátrico en un hospital.
Desde cierto punto de vista, el mayor Eartherly no era un enfermo
psiquiátrico, sino un hombre sano encarcerlado en el hospital para de-
sacreditar sus protestas antinucleares. Más tarde escribió que la dedica-
ción de su vida a esa causa le había «costado mucho debido a los de-
sórdenes mentales y emocionales que me provocó la culpa por un crr-
men. Pasé cerca de ocho años en hospitales y una breve temporada en
la cárcel. Siempre parecía sentirme más feliz en la cárcel, porque al ser
castigado me aliviaba de la culpa». Y dijo también que «lo cierto es que
la sociedad simplemente no puede aceptar mi culpa sin reconocer al
mismo tiempo la suya, mucho más profunda aún»””,
Desde otro punto de vista, el camino por el que buscaba castigo
para su culpa era un síntoma del desorden mental. En cualquiera de
los dos casos, pagó un precio muy elevado por su implicación en Ht-
roshima.
Lejos del bombardeo reinaba el buen humor. El general Leslie Gro-
ves, comandante del Proyecto Manhattan, recibió un saludo positivo
cuando transmitió las noticias sobre Hiroshima a Robert Oppenheimer:
«Estoy muy orgulloso de usted y de toda su gente... Al parecer, hubo
una explosión tremenda.» Y el presidente Truman, cuando conoció la
noticia durante el almuerzo a bordo de un barco, dijo a los marinos que
estaban en su mesa: «Esto es lo más grande de la historia»*.
Más atrás aún en la cadena causal estaban los científicos. Algunos
estaban consternados. La reacción inmediata de Leo Szilard fue decir
que «el empleo de bombas atómicas contra Japón es uno de los mayo-
33 Gunther Anders y Claude Eatherly, Burning Conscience, 2.* ed., Nueva York, 1989,
pág. 82.
Jbid:
145
res desatinos de la historia». Otto Frisch estaba triste, pero la descrip-
ción que hace de algunos colegas muestra que otros no lo estaban:
Evasión
146
medias de que la bomba pudiera fallar por completo: sólo «pensamos»
que hemos encontrado una manera de dividir el átomo. Estamos ex-
culpados porque les estamos dando una advertencia, aun cuando sabe-
mos que la ignorarán.
Pero sobre todo tenemos la evasión del hecho de que es imposible
lanzar una bomba atómica sobre una ciudad y dirigirla exclusivamen-
te a objetivos militares. En Hiroshima, la cantidad de civiles era más de
seis veces superior a la de soldados. Seguramente, con posterioridad el
presidente Truman tuvo alguna idea de las bajas civiles. Después de
Nagasaki detuvo el bombardeo atómico y dijo que pensaba que la ani-
quilación de otras cien mil personas era demasiado horrible y que no
le agradaba la idea de matar a «todos esos niños»”, Tal vez tuviera cier-
to conocimiento de estas cosas antes de Hiroshima. De no ser así, su
preocupación por los niños fue demasiado insignificante como para
moverle a descubrirlas.
No sólo el presidente tuvo que afrontar o eludir una decisión mo-
ral. Los científicos que desarrollaron la bomba también se enfrentaron
a una cuestión de conciencia, cuestión que algunos asumieron, mien-
tras que otros se refugiaron en la evasión.
Muchos físicos implicados fueron muy pronto conscientes de los
dilemas morales. Algunos los asumieron directamente y se negaron a
participar. I. 1. Rabi declinó la invitación de Oppenheimer para ser
director asociado del Proyecto Manhattan, en parte porque no quería
hacer que tres siglos de física desembocaran en la bomba atómica. Al-
gunos, como Szilard, Frisch y Peierls, también asumieron directamen-
te los dilemas y decidieron que la amenaza de una bomba nazi justift-
caba trabajar en el proyecto. A otros les pareció dificil reflexionar so-
bres los dilemas y los aparcaron en su cabeza a fin de trabajar en el
proyecto.
Una manera de eludir las cuestiones morales fue concentrarse inge-
nuamente en el trabajo. Una línea de pensamiento daba por sentado
que la responsabilidad de las consecuencias se limitaba a los papeles
respectivos de cada cual: el de los científicos era realizar descubrimien-
tos, pero qué hacer luego con ellos correspondía a los políticos o a la
«sociedad». Algunos pensaban que el conocimiento tenía un valor in-
trínseco que valía la pena perseguir, fueran cuales fuesen sus conse-
cuencias. Otros pensaban que la investigación era algo a lo que los
científicos eran prácticamente incapaces de renunciar.
147
Robert Oppenheimer habló del irresistible atractivo de los proyec-
tos científicos y tecnológicos:
148
bilidad por la presencia de aquel evasivo ambiente intelectual que
contribuyó a Hiroshima.
La fragmentación de la responsabilidad
20. Memoirs ofHarry S. Truman, vol. 1, Year ofDecisions, Nueva York, 1955, pág. 491.
149
a la conclusión de que debía emplearse contra un objetivo enemigo. Es
como si el Comité hubiera delegado sobre Truman esa decisión central.
El Comité Stimson consideró la posibilidad de una exhibición ino-
cua, pero la rechazó por varias razones. Los japoneses podían suponer
que se trataba de un engaño. O bien podían atacar el avión que se uti-
lizara en la exhibición, o llevar prisioneros aliados a la zona designada
como objetivo. La bomba podía no explotar, o no ser lo suficiente-
mente impresionante como para parar la guerra. Si la exhibición no
terminaba en rendición, el poder de conmoción de la bomba se habría
perdido. El comité informó de que no podía proponer ninguna exhibi-
ción técnica con probabilidades de poner fin a la guerra: «No vemos
alternativa aceptable a su utilización militar directa»*!,
Aunque Truman dejó la discusión de esta cuestión en manos del
Comité Stimson, éste no se sintió llamado a tomar en cuenta todos los
aspectos de la decisión, sino únicamente los problemas «técnicos» en
ella implicados. A Robert Oppenheimer, que era miembro del Comi-
té, le preguntaron luego sobre los factores que habían influido en su
decisión. Dijo entonces:
150
Oppenheimer da la impresión de que el comité no estaba seria o
plenamente involucrado en averiguar si había otras maneras de termi-
nar la guerra. Al parecer, tuvo la sensación de que la decisión, al menos
en parte, ya había sido tomada por Roosevelt y Churchill. La decisión
imponía una pesadísima carga de responsabilidad. Es comprensible
que el Comité deseara pensar que esa responsabilidad no le atañía. La
misma razón tenía el presidente Truman para pensar que esa decisión
no le correspondía, pues era una decisión técnica que había que dele-
gar en expertos.
Al examinar en detalle esto, que es una de las decisiones centrales
del siglo xx, se advierte un vacío moral. Nadie parece haberse sentido
suficientemente responsable de la decisión como para lanzarse con
energía e imaginación a la busca de alternativas.
4. EL DEBATE MORAL
151
día haber dicho que la rendición no tenía por qué ser incondicional y
que los aliados no depondrían al Emperador.
Una exhibición de la bomba en Estados Unidos habría sorteado
las principales preocupaciones del Comité Stimson. Era menos proba-
ble que los japoneses rechazaran la bomba como un fraude. No ha-
brían podido sabotear la exhibición ni derribar el avión que transpor-
taba la bomba.
Para los japoneses, la aceptación del ultimátum público que se lan-
zó en Potsdam implicaba una humillación. No estaban preparados
para aceptar la rendición incondicional ni la pérdida del Emperador.
Una invitación discreta a negociar, junto con el abandono de la exigen-
cia de rendición incondicional y garantías para el Emperador, pudo ha-
ber puesto fin a la guerra sin necesidad de arrojar la bomba atómica.
Para hacer justicia a Truman debe recordarse que él no tenía la ven-
taja de la perspectiva histórica de la que nosotros disponemos. Toma-
ba decisiones sometido a todas las presiones de una presidencia en
tiempos de guerra. Pero, a la luz de lo que le ocurrió a la población de
Hiroshima y Nagasaki, es inevitable pensar que esa alternativa debió
haberse intentado.
Fines y medios
132
Este testigo evocaba sólo «el completo silencio y la total impasi-
bilidad de los presentes [...] ni la más ligera señal de aprobación o de
desaprobación, ni un murmullo, ni un susurro, ni un cambio de expre-
sión en el rostro, sino tan sólo una extremada imperturbabilidad»*.
Los recuerdos de la ocasión varían. Según otro relato, cuatro personas
votaron contra la concesión del doctorado, incluida otra filósofa, Phi-
lippa Foot.
El contenido del discurso de Elizabeth Anscombe aparece repro-
ducido en un artículo que ella publicó en la época con el título «El ho-
norís causa de Truman». Anscombe veía claramente que el bombar-
deo zonal había preparado el camino a la bomba atómica. Aceptaba
que, dadas las circunstancias, probablemente el empleo de la bomba
ahorrara muchas vidas, pero señaló que las circunstancias incluían la
exigencia aliada de rendición incondicional y su desprecio por el cono-
cido deseo de Japón de una paz negociada.
La afirmación ética básica de Elizabeth Anscombe era la de que
matar inocentes como medio para lograr un fin es siempre asesinar. El
Estado tiene derecho a ordenar matar en una guerra que se libra para
proteger a su propia gente, o bien para proteger a otros de un trato in-
justo. Pero no hay derecho a matar intencionalmente a gente inocente,
que es la que ni pelea en la guerra ni abastece a los combatientes. Ata-
car objetivos militares con el máximo cuidado posible puede implicar
la muerte no intencional pero previsible de civiles, y eso no es asesina-
to. Pero el ataque es inaceptable cuando el único medio de alcanzar el
objetivo militar incluye necesariamente como blanco grandes cantida-
des de personas inocentes: «Luego no puedes decir que murieron por
accidente. En este caso, tu acción es un asesinato»*!,
Elizabeth Anscombe terminó con un floreo retórico diciendo que
le daría miedo ir a la ceremonia de investidura «por si acaso la pacien-
cia divina se agotara de repente». Después, Harry Weldon, ex colega
del mariscal del aire Harris, ofreció disponer una cobertura aérea ge-
neral.
Es dificil simpatizar con la respuesta de aquellos que oyeron a Miss
Anscombe y luego votaron de tal suerte que quedara ella en tan esca-
sa minoría. Es posible que cada persona que votó contra ella tuviera
buenas razones. Pero su silencio y su extremada imperturbabilidad pa-
recen ahora extraordinarias. ¿Es que no hubo tiempo para la discusión,
153
debido a la presión que ejercía el problema del uso del Nuevo Testa-
mento Griego en el doctorado en Teología? ¿Nadie pensó que un dis-
curso tan valiente y poderoso merecía la delicadeza de una oposición
racional? Aparte de Philippa Foot, ¿dónde estaban los filósofos?
El sistema moral que subyace a esta crítica a la decisión de Tru-
man es la doctrina de la guerra justa de la tradición tudeocristiana. Des-
de este punto de vista, la matanza intencional de inocentes («asesina-
to») está absolutamente prohibida. Aunque se reconoce que la guerra
modema desemboca inevitablemente en la muerte de inocentes, la
prohibición absoluta del asesinato no implica el pacifismo. La doctr-
na del doble efecto se invoca para permitir algunos actos que previst-
blemente matan a inocentes. Allí donde las muertes son previsibles,
pero no consecuencias intencionales, y donde además no son despro-
porcionadas al bien al que se apunta, el acto es permisible.
Tanto la apelación a la doctrina del doble efecto como la prohibtr-
ción absoluta de matar a inocentes son cuestionables.
Un problema que plantea la doctrina del doble efecto reside en el cr
terio para decidir qué consecuencias de un acto son intencionales y cuáles
son meramente previstas. Una posible prueba consiste en preguntar si las
consecuencias en cuestión eran deseadas. Esta prueba permitiría el
bombardeo de Dresde y de Hiroshima si quienes tomaron las deciso-
nes pudieran decir sinceramente: «Sólo queríamos destruir la ciudad, y
lamentamos que no hubiera otra manera de hacerlo sin matar también
a la gente que allí había.» Esta prueba no parece exigir casi nada, y sin
duda no es la que contaría con la confianza de Miss Anscombe.
De una prueba más exigente se deriva que las consecuencias que, aun-
que no deseadas, están tan estrechamente relacionadas con el acto que re-
sultan inseparables de éste, son intencionales. Parecería que Miss Ans-
combe se apoyaba en una prueba de este tipo. Excluía tomar como ob-
jetivo cualquier cosa que implicara una gran cantidad de personas
inocentes: «Luego no puedes decir que murieron por accidente. En
este caso, tu acción es asesinato». El problema reside en saber cuán es-
trecha e inextricable ha de ser la distancia entre las acciones y las con-
secuencias para que éstas puedan considerarse no intencionales. ¿Qué
razones se pueden dar para trazar la frontera en un lugar y no en otro?
¿y cuál es el argumento moral para considerar tan importante la frontera?
Además de estos problemas de frontera, hay otro más profundo. Si
la prueba más débil («¿Se deseaban estas consecuencias?») permite dema-
siado, algunos encontramos que la versión más fuerte («¿Estaban los
muertos tan estrechamente ligados al acto como para que no podamos
decir que murieron por accidente?») permite demasiado poco. Se pue-
154
de sostener que esta prueba es tan restrictiva que horada la opinión se-
gún la cual la matanza intencional de inocentes es injusta en todos los
casos.
Tomemos el caso del ferry que llevaba el agua pesada de Noruega
y al que se hizo explotar. La llegada del agua pesada a Alemania no ha-
bría asegurado la producción de la bomba atómica nazi, pero la habría
hecho más probable. Dejar que Hitler tuviera una bomba atómica era
correr el riesgo de que se produjeran ingentes cantidades de muertos y,
tal vez, que los nazis ganaran la guerra. Con tanto en juego, parecía jus-
tificado pagar un precio sustancial para mantener la probabilidad de
esa bomba en el nivel más bajo posible. Nadie quería la muerte de las
veintiséis personas a las que se mató cuando se hizo volar el ferry. Pero
hubiera sido dificil argumentar que habría sido mejor correr el riesgo
de dejar que el agua pesada llegara a Alemania.
La prohibición absoluta de la matanza intencional de inocentes pa-
rece mucho menos plausible si nos dice que Knut Haukelid y sus cole-
gas obraron mal al hundir el ferry. Pero puede tener esta consecuencia.
En general, la prohibición absoluta se defiende de estas objeciones
con la doctrina del doble efecto. Si la muerte de los pasajeros del ferry
no fue intencional, el hundimiento está permitido y la objeción no es
válida.
Según la prueba más débil («¿Se deseaba esas muertes?»), las muer-
tes no fueron intencionales. Se tuvo cuidado de reducir la pérdida de
vidas haciendo que el agua se transportara en el ferry del domingo por
la mañana. Y si no hubiera habido ningún pasajero, quienes hundie-
ron el ferry se habrían sentido aliviados.
Pero la prueba débil permite demasiado, tal vez incluso el bombar-
deo de Hiroshima. Es natural concordar con Miss Anscombe en optar
por la prueba fuerte: «¿Estaban las muertes tan estrechamente relacio-
nadas con el acto como para que no podamos decir que murieron por
accidente?» Pero luego es dificil evitar la poco plausible opinión de que
Haukelid actuó injustamente. La justificación del acto de Haukelid era
que había reducido el riesgo de un mal mucho mayor. Haukelid no ne-
cesita la defensa extraña de que, cuando el ferry explotó y mató a la m1-
tad de los pasajeros, éstos murieron por accidente.
Lo que necesita esta defensa extraña es la prohibición absoluta de
matar personas inocentes de manera intencional, aun cuando eso evt-
te un mal mucho mayor. La prohibición absoluta es básica para el ar-
gumento de Miss Anscombe según el cual, por terrible que fuera la al-
ternativa, el empleo de la bomba atómica en Hiroshima no se justif-
caba. La fuerza de la prohibición absoluta estriba en su insistencia en
155
que no tratemos a la población de Hiroshima como si fuera transpa-
rente, mirando a través de ella para ver únicamente las vidas que se
ahorran con la terminación de la guerra. En el caso del ferry, la
prohibición absoluta se encuentra con graves problemas. Á menos que
se la rescate mediante una absurda extensión de la idea de la muerte ac-
cidental, nos dice que no volemos el ferry. Tenemos que correr el ries-
go de que Hitler consiga la bomba atómica. En este caso no tenemos
que tener en cuenta la gente que la bomba de Hitler podría matar. Es
difícil apoyarse en una doctrina moral que, en términos humanos, tie-
ne un sentido tan pobre de la proporción.
Es difícil escapar de esta perspectiva desfavorable de la prohibición
absoluta cuando se la juzga en función de su impacto humano. En ge-
neral la defienden quienes hacen suya una ley moral cuya autoridad es
independiente de sus consecuencias para la gente. Las referencias de Eli-
zabeth Anscombe a actos «prohibidos» y a la paciencia de Dios no eran
mera retórica. Ella se apoyaba en la doctrina de la guerra justa, que en-
seña la Iglesia católica como parte de la ley divina. En ese contexto, las
críticas que la acusan de ser desastrosa en términos humanos no apun-
tan en sentido correcto. Pero, de la misma manera, para nosotros, los
que juzgamos estas cosas en términos de impacto humano, semejantes
apelaciones a la autoridad tampoco apuntan en sentido correcto.
Algunas de las razones con las que Miss Anscombe sostiene su
punto de vista no son plausibles incluso al margen de su marco de
creencias religiosas. Pero hemos visto que hay otras razones para estar
de acuerdo en que quienes emplearon la bomba no tuvieron justifica-
ción suficiente para hacerlo. El voto de Miss Anscombe era correcto y
los que votaron en silencio contra ella estaban equivocados.
156
recuerdo de Hiroshima y Nagasaki sirviera para ponerle coto. O quizá,
como sugería en 1945 el Informe Franck, la restricción pudo haber
conducido al control internacional y no a la carrera de las armas.
Dos cosas están claras. La cuestión del control internacional, que
planteó Niels Bohr y aun hoy no está resuelta, no fue objeto de la aten-
ción que se merecía. Y, tal como lo vio Bohr, es el problema funda-
mental de la era nuclear.
Niels Bohr era el fisico teórico más notable de los que de alguna
manera intervinieron en el desarrollo de la bomba. Su contribución al
debate sobre el uso de armas atómicas refleja tanto su seriedad moral
como su hábito de reflexionar sobre los fundamentos. Sin embargo, es-
tas cualidades no bastaron para que sus ideas ejercieran la influencia
necesaria en quienes tomaban las decisiones.
Bohr escapó de la Dinamarca ocupada. Debido a la amenaza de
una bomba nazi, consintió en trabajar en el Proyecto Manhattan. Co-
menzó a pensar en los problemas más profundos de las armas atómi-
cas y advirtió que, puesto que Estados Unidos había producido la
bomba, pronto la tendría también la Unión Soviética. La elección era
simple: control internacional o carrera nuclear. Vio el contro! interna-
cional como la única opción segura.
En 1944, las ideas de Bohr persuadieron a Felix Frankfurter, quien
«las transmitió a Roosevelt. El presidente pidió a Frankfurter que le di-
jera a Bohr que quería discutir las garantías con Churchill. Bohr regresó a
Inglaterra y persuadió al presidente de la Royal Society, Sir Henry
Dale, de la importancia del problema. Dale se hallaba entre quienes
convencieron a Churchill de que se entrevistara con Bohr. Pensando
en la abstención voluntaria del uso de la bomba y en interés del futu-
ro control internacional, Dale escribió lo siguiente a Churchill: «Creo
seriamente que incluso en los próximos seis meses puede tener usted
en su mano la posibilidad de tomar decisiones cruciales para el futuro
de la historia humana. En virtud de esa creencia me atrevo a pedirle,
aun ahora, que dé al profesor Bohr la oportunidad de una breve entre-
vista con usted.»
En privado, Dale expresó el temor de que «la suave, la filosófica va-
guedad de expresión» de Bohr, junto con «su susurro inarticulado», le
hicieran incomprensible ante «un Primer Ministro desesperadamente
preocupado»*.
45 Margaret Gowing, Britain and Atomic Energy, 1939-1945, Londres, 1964, págt-
nas 354, 355, 371.
157
La reunión no fue un éxito. Estaba presente Lord Cherwell y la ma-
yor parte del tiempo se fue en discusiones entre él y Churchill sobre
puntos que nada tenían que ver con la finalidad de Bohr. De acuerdo
con los «recuerdos muy vívidos» que Bohr conservaba de la entrevista,
tal como los contó a Margaret Gowing, nunca se llegó a tocar el tema
principal. «El profesor Bohr fue incapaz de lograr que el primer m:1
nistro se hiciera cargo de las implicaciones de la bomba, así como tam-
poco pudo decirle que a su juicio el propio Presidente estaba dedican-
do serias reflexiones a aquel tema.» A Churchill le disgustó el encuen-
tro. Bohr preguntó si podía enviar un memorándum a Churchill sobre
el tema:
El primer ministro replicó que siempre se sentiría honrado de
recibir una carta del profesor Bohr, pero que esperaba que no fuera
sobre política. Bohr se marchó enormemente decepcionado ante la
manera en que aparentemente se gobernaba el mundo, concedien-
do una influencia irracional a cuestiones de escasa importancia. «No
hablamos el mismo lenguaje», diría luego Bohr**.
158
en su intento de persuadirlos. Ni su trabada prosa escrita, ni su mascu-
llante estilo de conversación eran lo más adecuado para atraer el com-
promiso de los líderes políticos. Y la idea era demasiado radical. El tiem-
po y la reflexión que exigía nunca estarían a disposición de un pri-
mer ministro en tiempos de guerra, desesperadamente ocupado, ni de
un presidente en tiempos de guerra, igualmente ocupado y fatalmente
enfermo.
Después de la guerra, Bohr volvió a intentarlo. En 1950 escribió
una Carta abierta a las Naciones Unidas, en la que instaba a abrazar «el
ideal de un mundo abierto, con conocimiento común de las condi-
ciones sociales y de las empresas técnicas, incluidos los preparativos
militares, en todos los países»**. Pero esta vez la atención de las Nacio-
nes Unidas y del mundo entero se distrajo debido al estallido de la
Guerra de Corea. Nuevamente, el mundo abierto quedó aparcado.
La exposición que Bohr hace de su idea deja numerosos cabos suel-
tos. No se proponía la sustitución de los Estados-nación por un gobier-
no mundial, sino que las naciones se pusieran de acuerdo sobre la
transparencia. Pero la posibilidad de burlar el acuerdo sugiere la nece-
sidad de una vigilancia policial ejercida por algún tipo de autoridad su-
pranacional en materia nuclear. Y quedaba también por determinar
qué hacer en el caso de que hubiera países que se negaran a unirse al
mundo abierto. ¿Hasta qué punto estaría justificada la presión que so-
bre ellos se ejerciera? No quedaba clara la naturaleza del compromiso
entre independencia nacional y autoridad nuclear mundial.
A pesar de la índole esquemática de la propuesta, la idea de Bohr
es correcta. Las armas nucleares (y las armas biológicas y químicas
comparables) son tan peligrosas que su inspección y control interna-
cionales se imponen como una necesidad. Y esto implica la cesión de
un cierto grado de soberanía nacional. Los peligros de la ausencia de un
control internacional sobre las armas nucleares fueron temiblemente
evidentes durante la carrera armamentista nuclear durante la Guerra
Fría. Cuando esa carrera terminó, mucha gente se sintió aliviada. Pero
desde el final de la Guerra Fría, aunque de otra manera, la proliferación
de Estados-nación con armamento nuclear mantiene vivo el peligro. El
mundo abierto es algo que tal vez tengamos la imprudencia de mante-
ner aparcado un tiempo excesivamente prolongado.
159
CAPÍTULO 13
160
La psicología moral del combate cuerpo a cuerpo va ligada a este
conflicto entre el debilitamiento o la superación de los principios mo-
rales y a la tendencia a la irrupción de la humanidad de los soldados.
La psicología moral de la guerra a distancia y de alta tecnología es más
simple y a la vez más compleja.
161
En la Segunda Guerra Mundial, el bombardeo zonal fue inducido
en parte por la imposibilidad de realizar bombardeos nocturnos de
precisión sobre objetivos militares y en parte por la necesidad de mos-
trar a Stalin algo en sustitución del segundo frente. En la última etapa
de la campaña, que comprendió el bombardeo de Dresde, el segundo
frente se había constituido con éxito y el dominio de los cielos hacía
posible el bombardeo diurno de precisión sobre objetivos militares,
pero la política tenía una inercia propia y se mantuvo en unas condi-
ciones —nuevas— que nunca hubieran justificado su comienzo.
La bomba atómica se desarrolló como un elemento de disuasión
ante una posible bomba nazi y probablemente no se habría desarrolla-
do simplemente como arma contra Japón, pero la desaparición de la
amenaza nazi no detuvo el programa.
En todos estos casos, mucha gente no se sintió prácticamente con-
movida por pensamientos relativos a su participación en las matanzas
de civiles. Aunque es dudoso que la diferencia en la respuesta sea racio-
nal, dejarse llevar por el impulso de la política establecida perturba mu-
cho menos el sentido de identidad personal que el dar activamente co-
mienzo a una política nueva. La conciencia está protegida por una
suerte de inercia moral.
LA FRAGMENTACIÓN DE LA RESPONSABILIDAD
162
EL DESLIZAMIENTO MORAL
163
tan detrás de algunas de las formas que la gente utiliza en la guerra para
debilitar las restricciones que emanan de la identidad moral. Cuando
son enunciadas explícitamente, las apelaciones al impulso institucio-
nal y la inercia moral, a la fragmentación de la responsabilidad y a la
identidad moral relativa invitan a la crítica. Esta parte de nuestra psico-
logía no debe darse por supuesta.
164
TERCERA PARTE
Tribalismo
] a
Pa
CAPÍTULO 14
Ruanda
167
donde desde la Edad de Piedra se vienen dirimiendo en batallas las
mismas aversiones tribales. Llamar tribal al conflicto de Irlanda del
Norte es una suerte de reproche, es como decirles «os estáis compor-
tando como tribus primitivas de África». Pero esta imagen es falsa. Es-
tos otros conflictos no son sólo metafóricamente tribales: en Irlanda,
Yugoslavia y otros lugares, son escenificaciones de hostilidades tan lite-
ralmente tribales como las de África. La imagen de este continente
también es falsa. Hay divisiones tribales africanas que son creaciones
recientes. Los orígenes de la guerra y de la masacre tribales de África
son más complejos de lo que las «aversiones ancestrales» permiten ex-
plicar.
GENOCIDIO
168
sido asesinada) cogió a su hijo y escapó. Luego describió la desespera-
ción a la que los hutus, que habían ocupado ambas márgenes del río,
sometieron a los padres:
LA CAMPAÑA DE ODIO
1 African Rights, Rwanda - Death, Despair, Defiance, ed. rev., Londres, 1995, pági-
nas 264-265.
2 Ibíd., págs. 305-313.
3 Fergal Keane, Season ofBlood: a Rwandan Journey, Londres, 1995, págs. 68-72, 75-81.
169
Esa poderosa emoción, evidentemente, es la hostilidad tribal y
Ruanda parece un caso clásico de odio tribal tradicional que emerge
en forma de masacre. La emoción se ha identificado correctamente,
pero es demasiado simple concebirla como «tradicional» o simplemen-
te «emergente». al
Es menester complicar el cuadro tribal. Las tribus no estaban divi-
didas de manera tajante. Hablaban la misma lengua, compartían una
cultura y había muchos matrimonios intertribales. Los tutsis eran tan-
to una tribu dominante como una clase dominante. Los hutus enrt-
quecidos que compraron ganado se hicieron tutsis. Sólo durante el pe-
ríodo colonial la división se tomó más rígida, en la medida en que los
carnés de identidad encerraban de por vida a la gente en una tribu.
El genocidio no era una emergencia o erupción espontánea del
odio tribal, sino que estaba planificado por gente que deseaba mante-
ner el poder. Hubo una larga campaña de odio contra los tutsis, di-
rigida por el gobierno. En 1990, el diario Kangura publicó «Los diez
mandamientos hutus», und de los cuales afirmaba que cualquier hutu
que se casara con una tuts1, la empleara o simplemente tuviera amistad
con ella, sería considerado un traidor. Otro mandaba a los hutu «dejar
de tener piedad» hacia los tutsis?,
Leon Mugsera, académico y doctor en Filosofía por una univer-
sidad canadiense, dijo que los tutsis eran cómplices del Frente Pa-
triótico Ruandés, formado por «cucarachas». En alusión a las fami-
lias tutsis con un hijo fuera de casa, posiblemente en el Frente, pre-
guntó: «¿Qué esperamos para diezmar a estas familias y a estas
personas que reclutan hombres para el FPR?» Si el sistema no los
castiga, «nosotros, el pueblo, estamos obligados a asumir por nues-
tra cuenta la responsabilidad y barrer esta escoria». Había una leyen-
da según la cual los tutsis provenían de Etiopía. Mugsera instó a que
se les devolviera a esa tierra por el río, lo que, en otras palabras, era
proponer que se les matara?.
Radio Television Libre des Milles Collines, una estación hutu cu-
yos propietarios eran parientes del presidente, difundía propaganda
contra los tutsis: proyectaban esclavizar a los hutus; eran deshonestos;
había que excluirlos de los negocios, la educación y la vida pública.
Después del accidente del avión de Habyarimana, la estación de radio
instó a matar a los tutsis: «La tumba está medio vacía. ¿Quién nos ayu-
dará a llenarla?» y «Para el 5 de mayo, el país debe estar completamen-
170
te limpio de tutsis». Se incluía a los niños: «No repetiremos el error
de 1959. Es preciso matar también a los niños»!.
En los asesinos, las respuestas humanas se vieron arrolladas por el
odio tribal, pero esta emoción era ya el producto de una consciente
manipulación política.
6 Alain Destexhe, Rwanda and Genocide in The Twentieth Century, trad. Alison
Marschner, Londres, 1995, págs. 30-32.
7 African Rights, Revanda, págs. 1117-1118.
171
ciones Unidas, Estados Unidos bloqueó una resolución que autoriza-
ba el uso de hasta 5.500 hombres a causa de su negativa a implicar tro-
pas norteamericanas. Más tarde se enviaron 6.800 hombres, entre sol-
dados y policía, principalmente de África, después de varios aplaza-
mientos provocadas por cuestiones de tipo financiero. El Consejo de
Seguridad secundó la iniciativa norteamericana y evitó hablar de «ge-
nocidio». El resultado fue la ayuda humanitaria en lugar de la efectiva
acción policial.
Acontecimientos como los de Ruanda son causados en parte por
una psicología tribal fomentada de forma local. Pero también se pro-
ducen porque el resto del mundo no ha creado los medios para impe-
dirlos. Fuera de Ruanda, la respuesta internacional osciló entre la indi
ferencia y una compasión que no se tradujo en acción para detener la
matanza.
172
CAPÍTULO 15
La trampa tribal
173
La YUGOSLAVIA DE TITO
174
Moscú su gobierno fue demasiado liberal, regía sin embargo un Esta-
do de partido único con una poderosa policía secreta. No había habi-
do oportunidad de que se desarrollaran hábitos democráticos de tole-
rancia, persuasión y compromiso.
1 Laura Silber y Allan Little, 7he Death of Yugoslavia, Londres, 1995, pág. 37.
175
Milosevic obligó a dimitir al entonces titular de la presidencia
serbia y se apoderó de ella. Como presidente se dirigióa enormes
masas nacionalistas y utilizó gigantescas multitudes para intimidar y
obligar a someterse a las provincias previamente autónomas de Vojvo-
dina y Kosovo. Luego puso la mirada más allá de Serbia. Deseaba un
gobierno serbio dondequiera que hubiera serbios. Utilizó el amedren-
tamiento generado por las multitudes para sustituir el gobierno de
Montenegro por sus propios partidarios. Sus discursos alarmaron a
otras repúblicas. Hubo una manifestación multitudinaria para conme-
morar el sexto centenario de la batalla de Kosovo. Milosevic dijo: «El
heroísmo de Kosovo no nos permite olvidar que, en un momento, fui-
mos valientes y dignos; y uno de los pocos pueblos invictos en la ba-
talla. Seis siglos después nos vemos otra vez envueltos en batallas y
contenciosos. No son batallas armadas, aunque aún no se debe excluir
este tipo de cosas»?.
Milosevic inspiró miedo en Croacia, donde el nacionalismo mo-
derado dio pie a una forma más extrema, que contó con el apoyo de
Eranjo Tudjman, ex general del ejército yugoslavo. Tudjman defendió
el antiguo Estado pronazi de la Ustasa, del que sostuvo que no era
creación de criminales fascistas: «También estuvo [la Ustasa] a favor de
las aspiraciones históricas del pueblo croata a un Estado independien-
te. Sabía que Hitler tenía pensado construir un nuevo orden europeo.»
Tudjman dijo también: «Gracias a Dios, mi mujer no es judía ni ser-
bia»”. En las elecciones de 1990, Tudjman dirigió una campaña vigoro-
samente nacionalista y se convirtió en presidente.
La nueva constitución de Tudjman, que ignoraba la minoría serbia,
definía Croacia como el Estado-nación de los croatas. Esto alarmó a
los serbios, quienes se vieron obligados a prestar juramento de lealtad.
Algunos perdieron su empleo. Otros sufrieron ataques en sus casas.
En Krajina, una región de Croacia con mayoría serbia, el naciona-
lismo extremista serbio se hizo popular. Una asamblea serbia llamó a
un referéndum sobre la independencia serbia; sólo votarían los serbios.
Los helicópteros croatas, que habían sido enviados para detener el re-
feréndum, fueron rechazados por jets del ejército yugoslavo. Krajina,
armada por el gobierno de Milosevic, quedaba ya fuera del control de
Croacia. Los líderes serbios de Krajina declararon la independencia,
tras lo cual se produjeron enfrentamientos armados. Se envió al ejérci-
2 Ibíd., pág. 77
> Ibíd., págs. 91-92.
176
to nacional yugoslavo. Serbia reconoció la independencia de Kraj1-
na y prometió ayuda. En los choques, los aldeanos serbios mataron
policías croatas. Tudjman dijo que era una guerra contra Croacia,
mientras que el gobierno serbio dijo que Croacia estaba atacando a
la nación serbia.
La secesión de Eslovenia tras disputas con el gobierno federal y
con Serbia dio a Tudjman la oportunidad de declarar al mismo tiempo
la independencia croata. Ambos países fueron reconocidos por la Co-
munidad Europea. El ejército yugoslavo (predominantemente serbio)
entró en Eslovenia. Durante dos semanas se produjeron escaramuzas
sin mayor importancia. Luego Serbia aceptó la independencia eslove-
na e invadió Croacia.
Durante ochenta y seis días rodearon, sitiaron y bombardearon Vuko-
var. Cuando, finalmente, el ejército tomó la ciudad, dejó que las mujeres
eligieran ir a Serbia o a Croacia. Pero se retuvo a los hombres, a menudo
para maltratarlos o matarlos. Luego el ejército yugoslavo sitió Dubrovnik.
A finalizar ese año había ocupado el 30 por ciento de Croacia. Entonces
la guerra llegó a un punto de estancamiento, con un ejército croata cada
vez más fuerte. Milosevic aceptó la mediación internacional. Se enviaron
fuerzas de paz de las Naciones Unidas y el ejército serbio se retiró. A con-
tinuación, serbios y croatas cooperarían para destruir Bosnia. '
BOSNIA
4 Mark Thompson, A paper House: the Ending of Yugoslavia, Londres, 1992, pág. 99.
477
El partido de Izetbegovic ganó la mayoría parlamentaria. Para
mantener unido al país decidió gobernar en coalición con los principa-
les partidos de serbios y de croatas. Pero ya había un movimiento na-
cionalista serbio, paralelo al de Croacia, que aspiraba a separarse de
Bosnia y a unirse a los serbios de Krajina.
En 1991, Milosevic suministraba armas y dictaba la política a Ra-
dovan Karadzic, el líder serbio-bosnio. Karadzic, que había sido en-
carcelado por fraude hipotecario, no comenzó su carrera política
como nacionalista, sino en un partido verde. En 1990 había hablado
de proximidad con los musulmanes bosnios y había dicho que no era
necesario que los serbios pelearan por el cristianismo contra el islam.
Pero ahora, un año después, era nacionalista serbio militante. Y tam-
bién, por increíble que parezca, poeta y psiquiatra.
Las tácticas fueron las mismas que en Croacia. Se declararon las
«Regiones Autónomas Serbias» y el ejército nacional yugoslavo acudió
en su ayuda. En 1992 tuvo lugar un referéndum en Bosnia sobre esta
cuestión: «¿Está usted a favor de una Bosnia-Herzegovina soberana e
independiente, un Estado de ciudadanos y naciones iguales de musul-
manes, serbios, croatas y otros que quieran vivir en él?» El partido de
Karadzic, apoyado por el ejército yugoslavo, ordenó a los serbios que
no votaran y bloqueó las urnas electorales de las zonas que controla-
ba. El 64 por ciento del electorado, incluidos muchos serbios, votaron
y respondieron «sí» a la pregunta casi por unanimidad.
El día que se daban a conocer los resultados del referéndum, los
serbios paramilitares trataron de tomar Sarajevo. Se vieron frustrados
por miles de ciudadanos que levantaron barricadas para defenderse. En
abril de 1992, la Comunidad Europea reconoció el Estado indepen-
diente de Bosnia. Ese día, los paramilitares serbios volvieron a intentar
la toma de Sarajevo. Se les opusieron entre 50.000 y 100.000 manifes-
tantes, sobre los cuales se abrió fuego.
Tras el fracaso de la toma de Sarajevo, las fuerzas serbio-bosnias si-
tiaron y bombardearon la ciudad, con el resultado de miles de muer-
tos. Entre los muchos horrores de 1992 se destacan tres. Se dispararon
granadas contra la maternidad, que ardió mientras en su interior dor-
mían setenta embarazadas y ciento setenta y tres bebés. Un ataque con
mortero a una cola para comprar pan mató alrededor de veinte perso-
nas e hirió a ciento sesenta. Se disparó sobre un autobús lleno de ni-
ños con el resultado de dos muertos: uno de tres años y uno de cator-
ce meses. Como dijo Indira Hadziomerovic, se había llegado a que
los de un grupo mataran a los bebés de los otros y viceversa. El fune-
ral de los niños también fue blanco de un ataque de mortero.
178
Otras fuerzas serbias crearon un reino de terror en Bosnia oriental.
Había por lo menos diecisiete campos de violación, donde se mante-
nía durante semanas a mujeres y niñas bosnias y se las violaba una y
otra vez. Más tarde, una investigación de la Comunidad Europea esti-
mó en 20.000 la cantidad de mujeres violadas. Algunas de las víctimas
sólo tenían tres o cuatro años”.
En su «limpieza étnica», las fuerzas serbias mataron o expulsaron a
los musulmanes. En algunas zonas las casas tenían escrito en su puerta el
grupo étnico al que pertenecía su dueño. Las que decían «serbio» queda-
ron intactas, mientras que las que decían «musulmán» o «croata» fue-
ron destruidas. A los que no eran serbios se les dejó sin empleo y se les
dijo que se marcharan. Por temor a perder la vida, se vieron forzados a
firmar la cesión de sus propiedades. A veces, se encerró a los musulma-
nes en edificios a los que luego se prendía fuego hasta su total destruc-
ción. En Kozarac se mató a dos mil quinientos civiles en veinticuatro
horas. Los tanques serbios atacaron la ciudad con granadas. Cuando
terminó el ataque, se prometió por los altavoces que no se haría
daño a quienes se rindieran. Cuando apareció la gente se reinició el
ataque. Ya aceptada la rendición, un serbio de la ciudad delató a mu-
sulmanes importantes, incluidos el alcalde, el jefe de policía y algunos
médicos. Fueron fusilados y degollados*.
De ciertos lugares de sacó a los que no eran serbios en camiones de
ganado. Los niños murieron al quedar los vehículos abandonados días
enteros bajo un tórrido sol. Algunos bosnios fueron a parar a campos de
concentración. En Omarska, los prisioneros estaban hacinados en barra-
cas donde murieron de sed, de hambre y asfixiados. Para conseguir agua
tenían que cantar canciones pro serbias durante horas. Se les apaleaba,
torturaba, mutilaba y asesinaba”. A algunos se les obligaba, so pena de
muerte, a que se golpearan o incluso se castraran unos a otros. En el
campo de concentración de Keraterm se encerró a ciento cincuenta
personas en una barraca sin comida ni agua. Cuando gritaban pidien-
do agua, los guardias les disparaban a través de las puertas, de tal modo
que mataron o hirieron a cuarenta. Pocos días después, apenas había
supervivientes*.
179
Hacia agosto de 1992, las fuerzas serbias habían expulsado a 1,8
millones de bosnios. Las agencias de asistencia de las Naciones Unidas
empezaron por aceptar a los refugiados a través de Croacia, pero luego
se negaron a continuar haciéndolo para no convertirse en cómplices
de la limpieza étnica. Las tropas serbias forzaron entonces a los refugia-
dos a cruzar el peligroso terreno entre el frente de guerra serbio y el
bosnio. Muchos murieron en el viaje”.
El ejército nacional y las otras fuerzas serbias capturaron más de la
mitad de Bosnia en seis semanas. Entonces, supuestamente se retiró el
ejército nacional. Las operaciones militares serbio-bosnias fueron pues-
tas bajo el mando del general Ratko Mladic. Milosevic y los líderes
serbio-bosnios presentaron luego el conflicto como un caso de guerra
civil.
Al principio las acciones militares serbio-bosnias chocaron con la
resistencia de los croatas bosnios y del ejército croata. Bosnia y Croa-
cia sellaron una alianza militar. Pero Izetbegovic rechazó una pro-
puesta de confederación de Croacia y Bosnia. A continuación, los lí-
deres bosnio-croatas siguieron las tácticas serbio-bosnias y declararon au-
tónoma su región. Se llegó a un entendimiento entre Milosevic y
Tudjman. Los musulmanes bosnios volvieron a ser expulsados, esta
vez a causa de la limpieza étnica croata, que también incluyó masacres
y campos de concentración donde se torturó y se dejó a la gente morir
de hambre. Bosnia había de dividirse por una absurda alianza de serbios
y croatas.
180
mermann, el embajador norteamericano en Yugoslavia de 1989 a 1992,
había tenido muchas y largas conversaciones con Milosevic. Zimmer-
mann lo consideraba un mentiroso habitual y no lo veía atraído por el
nacionalismo, sino por el poder:
181
riódicos independientes eran extremas. Cuando Borba publicó un in-
forme en el que se criticaba al líder paramilitar Arkan, Milosevic fue
con hombres armados, amenazó con «liquidar» al autor y obligó a que
se publicara una entrevista con él mismo”.
El gobierno croata también utilizó el control de los medios de co-
municación para azuzar el miedo entre los serbios. Un redactor de la
revista describió un mitin en el que Milosevic «esbozó una estrategia
para provocar un conflicto étnico en Croacia», y agregó que «una ma-
siva campaña en los medios de comunicación convenció a los serbios
de Croacia de que están en peligro de un nuevo “genocidio”»*,
En Croacia, especialmente durante la guerra de Bosnia, los medios
oficiales inventaron historias de atrocidades contra croatas y adopta-
ron una actitud de gran escepticismo hacia las bien comprobadas atro-
cidades de las que los croatas eran responsables. Se despidió a periodis-
tas serbios, se cerró diarios independientes y se encarceló al menos a
un periodista independiente.
Tanto en Serbia como en Croacia se utilizaron los medios de co-
municación para encender la hostilidad étnica. En Serbia se suele re-
presentar a los croatas como «vampiros». Radovan Karadzic describía
la guerra en Croacia como una guerra contra una «conciencia fascista
vampirizada»!*. Durante la rebelión de los serbios de la Krajina, un t-
tular de Politika Ekspres decía: «Hay que proteger a los serbios del vam-
piro de la Ustasa.» Un periódico croata, al informar sobre las matanzas
en Borovo Selo, describió a los asesinos serbios como «bestias en for-
ma humana», como «bípedos barbudos» y como «chupasangres»"”.
Slavenka Drakulic veía en la estimulación de la hostilidad el pre-
ludio de algo peor:
Mucho antes de la guerra real, tuvimos una semiguerra en la que
los periodistas serbios y croatas atacaban a los líderes políticos de la
república opuesta y se atacaban entre sí, como en una suerte de en-
sayo general. Así advertí que una espiral de odio descendía sobre no-
sotros, pero hasta el primer derramamiento de sangre esa espiral pa-
recía operar en el plano de una mera lucha por el poder, sin relación
alguna con la gente común!*,
2 Artículo Diecinueve, Forging War: the Media in Serbia, Croatia and Bosnia-Herzego-
vina, Londres, 1994, pág. 34.
13 Ibíd., pág. 90.
ze Noel Macolm, Bosnia: a Short History, Londres, 1994, pág. 228.
5 Artículo Diecinueve, Forging War, págs. 73, 185.
6 Slavenka Drakulic, Balkan Express: Fragments from the Other Side of War, Londres
1993, pág, 131.
182
Poco a poco, los medios de comunicación fueron quedando en
poder de fanáticos racistas. La televisión serbia dio espacio a Vojis-
lav Seselj, que pensaba que había que matar a todos los albano-kosova-
res. Un periodista dijo a Warren Zimmermann: «Los norteamerica-
nos también os volveríais nacionalistas y racistas si vuestros medios
de comunicación estuvieran integramente en manos del Ku Klux
Klan»””.
LA CREENCIA-TRAMPA
Los medios difundían noticias falsas, por ejemplo, acerca de las atro-
cidades serbias en Bosnia. La masacre de la cola del pan en Sarajevo fue
atribuida a los musulmanes, de quienes se suponía que la habían
utilizado como propaganda antiserbia. Se dijo que la mayoría de las
víctimas eran serbias y que sus cuerpos habían sido reemplazados por
cadáveres de musulmanes asesinados en otros lugares!*,
La gente evalúa la credibilidad de lo que se le dice por compara-
ción con otra información que posea. Allí donde prácticamente toda
la información que tiene de un tema proviene de fuentes distorsionan-
tes, bien puede quedar atrapada en un sistema de creencias falsas. La
información que contradice el sistema de creencias es rechazada por
falta de credibilidad.
Tan sostenida y coherente fue la propaganda, que terminó por ser
aceptada en gran parte. En una encuesta realizada en 1992, se pidió al
pueblo de Belgrado que dijera quién estaba bombardeando Sarajevo
desde las colinas de los alrededores. Sólo el 20,5 por ciento pensaba
que eran los serbios, mientras que el 38,4 por ciento pensaba que la
respuesta era las «fuerzas musulmanas croatas»!”. La opinión contraria
era dificil de creer. En el mismo año de la encuesta, un periodista dijo
que por entonces la televisión serbia podía permitir que se expresaran
los puntos de vista de la oposición: «La realidad suena como la más ne-
gra propaganda antiserbia y quien la describa atemorizará a la gente,
que se pondrá en su contra»”.
183
LA TRAMPA DEL MIEDO HOBBESIANO
a Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, Madrid, Cátedra, 1988, libro 1, In-
troducción.
Ñ Thomas Hobbes, Leviatán, Madrid, Alianza, 1989, cap. 13.
Silber y Little, 7he Death of Yugoslavia, págs. 89, 143.
184
cionalidad serbia, o esos croatas me matarán allí mismo.» Slavenka
Drakulic comenta: «Todos estamos atrapados. Esas dos niñas también
están en guerra, y aun cuando las hostilidades cesaran de pronto,
¿cuánto tiempo necesitarían para no tener miedo de aterrizar en Za-
greb?»?,
185
bios, lo cual produjo temor entre quienes vivían junto a ellos. En las
elecciones de 1990 la reacción defensiva de estos otros consistió en
mudarse a sus propios Estados tribales. La victoria de Tudjman en
Croacia condujo a un Estado únicamente para croatas.
La reivindicación de un Estado tribal serbio por parte de Milosevic
puso a la defensiva a los croatas, que eligieron a Tudjman. El Estado tr1-
bal croata de Tudjman llevó a la exigencia defensiva de la minoría ser-
bia en Croacia, que reclamaba su propio Estado tribal. El miedo es bá-
sico. La trampa del Estado tribal es una versión de la trampa hobbestana.
186
CAPÍTULO 16
187
modelo de ello. Si los eslovacos quieren separarse de los checos, am-
bos grupos vivirán mejor uno junto al otro sin el conflicto tribal a que
da lugar la denegación del divorcio. Esto se aplica a otros Casos post:
bles. Si la mayoría de los escoceses, de los vascos o de los quebequen-
ses quieren realmente su Estado propio independiente, la respuesta
que desarma el conflicto tribal es el «sí», mientras que el «no» da co-
mienzo a la espiral de resentimiento.
Pero el Estado tribal no suele ser la mejor manera de satisfacer las
demandas del nacionalismo. El caso simple de la nación tribal es raro.
Más común es el complicado problema ruso: dentro de una nación
hay una nación más pequeña que quiere separarse, pero dentro de ésta
hay otra más pequeña aún que también desea separarse. En el interior
de Yugoslavia, Croacia desea la independencia. Pero en el interior de
Croacia, la Krajina desea la independencia. E incluso en la Krajina, había
población no serbia que tenía que ser excluida del referéndum sobre la
independencia. A causa del complicado problema ruso, cualquier polítr-
ca de concesión de independencia a grupos que la desean debe ir un:-
da a garantías para las minorías internas del nuevo Estado-nación.
Tan común es el problema que un conjunto mínimo estándar de
requisitos respecto de las minorías podría ser una condición para el re-
conocimiento internacional. La política que se adoptase debería ser tal
que favoreciera el nacionalismo y que al mismo tiempo lo limitara. El
reconocimiento de una nacionalidad independiente debería ser más fá-
cil de obtener, pero la autonomía nacional debería ser más restringida.
El comportamiento de las naciones respecto de sus respectivas mino;,
rías no debería seguir considerándose una cuestión de política interna.
En muchos casos, la nación tribal es prácticamente imposible. Se
comparta o se dispute el territorio, hace falta un cierto pluralismo.
Podríamos ser más imaginativos acerca de los tipos de pluralismo po-
sibles.
Allí donde las fronteras geográficas son motivo de disputa, hay una
razón para difuminar las fronteras conceptuales del Estado-nación. Ir-
landa del Norte, por ejemplo, se parece a la ambigua figura del pato-co-
nejo que discuten los filósofos. En general se la ha considerado como
un pato o como un conejo: «Los seis condados son territorio natural
de la República» versus «el Ulster es parte del Reino Unido». No es pro-
bable que haya una solución para esto, a no ser que se tomen en cuen-
ta ambos puntos de vista. En teoría, una solución estimularía la toleran-
cia de la ambigúedad, el reconocimiento de que no se trata completa-
mente de un pato, ni completamente de un conejo. El punto de partida
podría consistir en el intento de lograr la paz mediante propuestas de po-
188
der compartido en una administración local autónoma y garantías de
respeto para los derechos de las minorías.
Otro paso sería renunciar al supuesto de que los Estados-nación de-
ben tener fronteras rígidas, es decir, que todo fragmento de territorio
tiene que pertenecer a uno u otro país. Avishai Margalit propuso en
una ocasión que Jerusalén fuera capital tanto del Estado de Israel
como del de Palestina. Si los países pudieran tener fronteras indefini-
das, Irlanda del Norte podría formar parte de la República y al mismo
tiempo del Reino Unido. La gente elegiría la ciudadanía de uno u otro
país, o tendría doble nacionalidad.
Es evidente que este enfoque plantea muchos interrogantes y pro-
blemas. ¿Pueden dos países independientes armonizar lo suficiente
para compartir una provincia o una ciudad? ¿Qué pasa cuando no es-
tán de acuerdo? Las respuestas detalladas serán confusas en comparación
con las de los Estados-nación de fronteras rígidas, pero también las figuras
de pato-conejo son confusas. Las políticas tradicionales respondían al
criterio de los que consideraban que el pato trataba de deformar la fi-
gura en un sentido y por quienes consideraban que el conejo trataba
de deformar la figura en otro sentido. El éxito conseguido por esas po-
líticas no autoriza precisamente a descartar las alternativas confusas. La
emergencia de los Estados-nación con fronteras flexibles expresa una
política de adaptación de los Estados a las personas en lugar de adap-
tar las personas a los Estados.
189
La ONU reconoció a Bosnia en mayo de 1992, cuando ya se es-
taba produciendo el ataque serbio. Se enviaron unidades de Nacio-
nes Unidas, pero el Consejo de Seguridad no respaldó el uso de la
fuerza. El objetivo era una paz negociada. Se impuso un embargo de
armas a Yugoslavia que favoreció a los serbios, puesto que de esa
manera los bosnios no pudieron comprar armas para defenderse,
mientras que los serbios tenían a su favor el ejército nacional yugos-
lavo. Las fuerzas de la ONU fueron para disuadir de futuros ataques
y para proporcionar alimento y suministros médicos a los civiles. Lo
mismo que en Ruanda, la ayuda humanitaria vino a sustituir a la 1m-
posición de la paz.
En Bosnia, el aprovisionamiento humanitario no era trivial. En
Zepa pudo verse el efecto de la falta de suministros médicos. Hubo
que realizar operaciones con una sierra de carpintero y sin anestesia, a
veces incluso a niños. Un oficial de campo que trabajaba para ACNUR
(Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) dijo que
esos suministros salvaron 100.000 vidas. Pero la política de no utiliza-
ción de la fuerza no consiguió detener la guerra. Naciones Unidas no
despertó el terror hobbesiano en los líderes serbios. No fue el sobera-
no todopoderoso capaz de imponer la paz. Respondió a la agresión
con gestos y amonestaciones.
Como el Consejo de Seguridad no respaldó la fuerza, en Bosnia las
Naciones Unidas tuvieron que negociar con las fuerzas serbias para
que éstas dejaran pasar los convoyes de alimento. Durante el sitio de
Sarajevo, las fuerzas de la ONU consiguieron mantener abierto el aero-
puerto para aprovisionamiento humanitario sólo en las condiciones
impuestas por los serbios, entre las que se incluía la necesidad de que
la ONU detuviera a los fugitivos y les confiscara el alimento.
Denegado el uso de la fuerza, la autoridad de la ONU en el terreno
se vio burlada interminablemente. En 1992, un soldado serbio disparó
a Hakija Turajlic, el Delegado del Primer Ministro de Bosnia, mien-
tras era transportado en un vehículo de Naciones Unidas. Los repeti-
dos acuerdos de alto el fuego fueron violados de inmediato. En una ce-
remonia de firma de uno de estos acuerdos en el aeropuerto de Saraje-
vo, tan rápida fue la ruptura que los signatarios tuvieron que ponerse a
cubierto bajo la mesa que acababan de usar. En 1993, las Nacio-
nes Unidas declararon seis «zonas de seguridad», pero las tropas de
UNPROFOR (United Nations Protection Force) sólo tenían permiti-
do usar sus armas para protegerse, pero no para proteger a los bosnios.
Las fuerzas serbias bombardearon las «zonas de seguridad» y en 1995
capturaron dos de ellas, en Srebrenica y en Zepa.
190
A veces, los responsables de aplicar la política de la ONU se sienten
avergonzados de su pasividad. Un portavoz de las Naciones Unidas
dijo: «Tenemos que defender una política que nadie es capaz de expli-
carnos de manera coherente.» Un oficial británico de la esfuerzas de la
ONU escribió una conmovedora carta acerca de
2 Martin Bell, ln Harm's Way: Reflections of a War Zone Thug, Londres, 1995.
3 Peter Maass, Love Thy Neighbour: a Story of War, Nueva York, Toronto y Londres,
1996, pág. 189.
191
Las fuerzas serbias comandadas por el general Mladic tomaron
Srebrenica. Mantuvieron encerrados a las mujeres y a los niños. A los
hombres se los llevaron para «interrogarlos» y matarlos. Las tropas ho-
landesas de la ONU que presenciaron esto no tenían autoridad para dete-
nerlo y sólo podían tratar de que las víctimas no sucumbieran al pánt-
co. Mladic habló de ellas con desprecio: «¿Piensan ustedes que los
holandeses me tienen miedo? Yo no les tengo miedo. Soy más fuerte
que todos ustedes. Ellos no pueden protegerles»”*.
A veces los bosnios tenían la oportunidad de comentar el compor-
tamiento de la ONU. Cuando le visitó el secretario general, Boutros
Boutros-Ghali, el vicepresidente bosnio dijo que Sarajevo era el mayor
campo de concentración del mundo: «La gente se muere lentamente.
Los ancianos y los niños sufren enormemente. Todas las visitas de dig
natarios extranjeros producían esperanza, pero cuando se iban, la situa-
ción empeoraba. Esperamos que después de su visita las cosas mejo-
ren.» Boutros-Ghali deseó un feliz año nuevo a Bosnia y dijo que las
Naciones Unidas habían establecido un comité permanente para
mantener conversaciones de paz, con seis comisiones operativas, y ha-
bían designado un co-presidente a tiempo completo.
En la conferencia de prensa de Boutros-Ghali, Vedrana Bozinovic,
una joven que informaba para una estación de radio de Sarajevo, dijo
lo siguiente:
qe Jan Willem Honig y Norbert Both, Srebrenica: Record of a War Crime, Londres,
192
bombardeo sobre Sarajevo, la ONU dio a los serbios un ultimátum, que
éstos ignoraron. Entonces la OTAN atacó un depósito de municiones
en Pale. El ejército serbio-bosnio tomó soldados de la ONU como rehe-
nes. Un serbio telefoneó a la institución internacional para decir: «Tres
observadores de las Naciones Unidas están ahora en el depósito. Un
bombardeo más y serán los primeros en morir. ¿Comprendido?».
Cuando las fuerzas serbias capturaron los rehenes, Naciones
Unidas pidió a la OTAN que se mantuviera al margen. Eso permitió
que la policía serbio-bosnia reemplazara a las fuerzas de UNPROFOR
como escoltas de sus convoyes. La ONU había prometido no negociar
con quienes tuvieran rehenes en su poder. Pero el general Janvier nego-
ció con el general Mladich y obtuvo la liberación de los rehenes a cam-
bio de no realizar nuevos ataques aéreos.
Cuando las fuerzas serbias atacaron el área de seguridad de Gorad-
ze bombardeando el hospital, se realizaron como represalia algunas in-
cursiones aéreas de poca importancia. Los serbios volvieron a tomar re-
henes de la ONU y se produjeron negociaciones telefónicas entre un
oficial serbio-bosnio y el general Michael Rose, de la ONU. Jovan Za-
metica habló al general Rose en un tono tal que Hobbes no hubiera
imaginado que pudiera utilizarse para dirigirse al Leviatán: «No te me-
tas con nosotros, Mike. No nos jodas».
Los poderes de las Naciones Unidas estaban limitados por lo que
la comunidad internacional permitía. Supongamos que Boutros-Ghali
se hubiera convencido de la necesidad de forzar a los dirigentes serbios
a interrumpir el ataque. Esto no habría bastado. Naciones Unidas no
tenía ejército propio. Tenía que pedir el suministro de tropas a países
como Canadá o India. Pero sobre todo necesitaba el apoyo de Estados
Unidos y de los países de la Unión Europea.
193
cosas. El reconocimiento de Eslovenia y Croacia por la CE en 1991 fue
el desencadenante de la guerra. Hubo advertencias de que reconocer la in-
dependencia de algunas repúblicas sin un ordenamiento de conjunto
podría ser peligroso. Lord Carrington dijo que «bien podía ser la chis-
pa que encendiera Bosnia-Herzegovina». Pero el ministro alemán de
Relaciones Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, presionó a favor del re-
conocimiento. Al principio sólo contó con el apoyo de Bélgica y Dina-
marca, pero en la votación final predominó su punto de vista. Se sospe-
chaba que Gran Bretaña había cambiado de bando como parte del trato
para permanecer fuera del Tratado de Maastricht. Evitar la catástrofe de
Bosnia no parece haber sido la consideración más importante.
A lo largo de la guerra de Bosnia, los dirigentes de la Unión Euro-
pea fueron incapaces de acordar ninguna medida seria para defender a
otro país europeo del ataque y la destrucción ni para proteger a su pue-
blo de los horrores de la «limpieza étnica». Europa no fue del todo in-
sensible a la crisis. Además de los intentos de conseguir la paz, hubo
diversas contribuciones militares europeas a las fuerzas de la ONU, pero
los contingentes fueron pequeños. Los europeos, y en especial los bri-
tánicos, carentes de enviar entusiasmo, forzaron a las Naciones Unidas
a abandonar los planes de enviar una fuerza sustancial de 100.000
hombres. La debilidad de la presencia militar hizo más difícil una in-
tervención decisiva. Los dirigentes europeos temían represalias contra
sus pequeños contingentes en el terreno.
Se ha llamado a veces la atención sobre la insuficiencia de la res-
puesta europea. El gobierno de Estados Unidos quería poner fin al em-
bargo de armas a Bosnia, pero a ello se opusieron Gran Bretaña y Fran-
cia. El presidente Izetbegovic fue al Consejo de Seguridad y pronunció
un emotivo discurso en el que decía: «Defendednos o dejad que nos de-
fendamos nosotros mismos.» Una vez terminado su discurso, no se
oyó una sola palabra. El silencio se prolongó por lo menos un minu-
to. Luego, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Madeleine
Albright, dijo al embajador inglés, Sir David Hannay: «Me siento per-
pleja; sí, perpleja. ¿Por qué no ha dicho usted nada?» Lo mismo le pre-
guntó al embajador francés.
El presidente Izetbegovic rogó al Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas que desafiara a los países a mostrar dónde estaban
mientras tenía lugar la peor catástrofe europea desde la Segunda Guerra
Mundial. Fue un momento que puso en evidencia la calidad moral de
los gobiernos. Es desalentador haber estado representado por un em-
bajador que, sin duda por instrucciones recibidas, se conformaba con
el silencio. Pero todavía faltaba lo peor, la justificación que se inten-
194
tó dar a la prensa: «La posición británica fue que no era el momento de
formular preguntas ni detalles diplomáticos, porque la respuesta de Izet-
begovich a sus requerimientos había sido más emocional que explícita y
porque no se trataba de una reunión propiamente dicha, sino más bien
de una ocasión para escuchar sus puntos de vista»*,
La respuesta norteamericana fue algo más positiva que la europea.
Estados Unidos se opuso al embargo de armas y finalmente logró un
acuerdo de paz en Dayton. Pero, en un primer momento, la principal
preocupación del gobierno norteamericano fue evitar implicarse. Antes
de las elecciones de 1992, la administración Bush deseaba quitar impor-
tancia al problema. George Kennedy renunció al Departamento de Es-
tado en señal de protesta:
Los pronunciamientos de la administración Bush sobre la crisis de
Yugoslavia entre febrero y agosto dieron muestras de la peor hipocre-
sía posible. Yo sé; yo les he escrito [...] Mi tarea era hacerles aparecer
como si Estados Unidos mantuviera una actitud activa y preocupada
por la situación y, al mismo tiempo, no dar a nadie la impresión de que
Estados Unidos se disponía a hacer realmente algo importante al res-
pecto”.
El gobierno, que no quería recibir presiones en favor de la interven-
ción, dejó de lado los informes sobre atrocidades. Se describió el cerco
serbio de Sarajevo como el bombardeo de «todos contra todos». El
año siguiente, ya con la administración Clinton, otras tres personas re-
nunciaron al Departamento de Estado por las mismas razones.
Se hicieron esfuerzos por lograr una paz negociada. Lord Carring;
ton, en nombre de la Unión Europea, y más tarde Cyrus Vance y Lord
Owen (en nombre de Estados Unidos y de la Unión Europea) organ:-
zaron conferencias de paz y propusieron planes con ese mismo fin.
Finalmente, la administración Clinton persuadió a las partes de
que aceptaran el acuerdo de paz de Dayton, que ponía fin a la guerra.
Todo el mundo debía darle su beneplácito; pero la debilidad de todos
estos esfuerzos estribó en la ausencia de una amenaza hobbesiana creí-
be. Las negociaciones debían acomodarse a las partes más fuertes. Los
únicos planes de paz con alguna probabilidad de ser aceptados premia-
ban la agresión serbia y la croata. Los líderes serbios, y tras ellos los
croatas, adoptaron la política de desmembramiento forzoso de un Es-
tado reconocido por Naciones Unidas. Algunos serbio-bosnios lleva-
195
ron a cabo políticas próximas al genocidio. Y la comunidad internacio-
nal les permitió ganar mediante esas políticas. El mensaje llegó a todo
el mundo.
196
Sería muy dificil persuadir a los gobiernos de que aceptaran una
propuesta de este tipo, pero la creación de este Leviatán es la única ma-
nera de imponer al mundo el imperio del derecho. En un país donde
impere el derecho, la gente que es atacada llama a la policía, que es
fuerte y acude de inmediato. No tiene que convencer a los ciudadanos
más poderosos de que constituyan un grupo armado para parar a los
criminales. Ni tiene que hacer tratos para persuadir a los criminales de
que permitan el paso de ambulancias para socorrer a las víctimas.
Si no se crean los medios para asegurar el imperio del derecho, la
trampa hobbesiana creará más horrores como los de Yugoslavia. El de-
safio que lanzó Izetbegovic no obtuvo una respuesta adecuada: «Si la
comunidad internacional no está dispuesta a defender los principios
que ella misma ha proclamado como sus propios fundamentos, que se
informe abiertamente tanto al pueblo de Bosnia como al mundo. Que
se proclame otro código de conducta en el que la fuerza sea el prime-
ro y el último argumento»””.
197
CAPÍTULO 17
198
LA TENDENCIA HUMANA AL CONFLICTO GRUPAL
199
mente relacionados puede contribuir a la supervivencia de los genes,
ya que los individuos no relacionados pueden ser peligrosos. Las actt-
tudes de miedo y de hostilidad respecto de otros grupos podrían tener
un valor de supervivencia.
Esta teoría tiene que explicar por qué no todos los grupos que
generan los sentimientos de identificación y hostilidad son grupos de
parentesco. Una posible explicación es que las alianzas entre grupos de
parentesco dan ventaja en el conflicto.
Esta explicación es plausible, pero sufre un problema gene-
ralizado en la sociobiología. ¿Cuáles son las limitaciones de este tipo
de explicación? Casi de cualquier cosa se puede sostener que es preci-
samente lo que cabe esperar de la lucha evolutiva: también la tenden-
cia a la amistad con otros grupos podría explicarse en función de las
ventajas derivadas del altruismo recíproco. Estas explicaciones son
demasiado fáciles, puesto que no predicen, sino que dan cuenta de los
acontecimientos a posteriori. Tales disposiciones genéticamente progra-
madas podrían incluir la identificación y la hostilidad grupales. Sólo lo
sabremos cuando tengamos maneras de poner a prueba lo que por
ahora no son más que relatos con ciertos visos de verdad.
Una disposición genéticamente programada puede explicar la hos-
tilidad entre grupos mínimos. Pero, a pesar de ello, es preciso comple-
mentar la biología con la psicología. La explicación del conflicto gru-
pal tiene necesidad de ir más allá de los grupos mínimos. ¿Por qué
unos grupos producen identificación y hostilidad tribales y otros no?
Los individuos no se identifican por ser ingenieros o granjeros de la
misma manera en que se identifican por razón de la nacionalidad. ¿Por
qué, en el mundo moderno, el conflicto tribal se centra en grupos reli-
glosos, lingiísticos, étnicos y en particular en naciones?
NACIONALISMO
200
clusiva, pero la población es mixta (como en Yugoslavia), el Estado-na-
ción es una trampa.
A menudo los nacionalistas suponen que en la nacionalidad hay
algo «natural» o presocial. Se supone que los Estados-nación reflejan
diferencias profundas entre distintos tipos de personas: los suecos se dife-
rencian tanto de los italianos como los peces del Báltico se diferencian
de los del Mediterráneo. Esto, en el mejor de los casos, es una simpli-
ficación: hay historiadores y científicos sociales que ponen de relieve
la relativa modernidad de los Estados-nación europeos, que datan más
o menos de finales del siglo xvII1.
Hay varias explicaciones del surgimiento de los Estados-nación.
Una sociedad agraria se convirtió en economía capitalista industrial.
La división del trabajo requirió grandes unidades económicas, lo que,
junto con un sistema educativo común, quizás exigió a su vez el con-
trol central del orden público y la defensa común. El predominio de
las lenguas nacionales puede haber derivado de la decadencia del latín
a medida que la idea de cristiandad se iba evaporando. Las lenguas na-
cionales pueden haber sustituido a los dialectos regionales por la nece-
sidad de comunicación entre grandes grupos y para posibilitar la admi-
nistración nacional. Y tal vez los productos de la imprenta fueran más
rentables en un mercado nacional".
Si estas sugerencias son correctas, los Estados europeos no surgie-
ron como vehículos de una conciencia nacional preexistente. En algu-
nos casos, el Estado pudo haber nacido antes de que hubiera un mar-
cado sentido de nacionalidad. Eric Hobsbawm cita a un portavoz del
primer parlamento del nuevo Reino de Italia: «Hemos hecho Italia;
ahora tenemos que hacer italianos».
Si bien es verdad que la aparición del Estado-nación es reciente, es
probable que algunas naciones existieran antes de tener Estado propio.
Cuando los ingleses y los franceses lucharon en Agincourt, el conflic-
to natural era el de ingleses-contra-franceses, no de bajos-contra-altos ni
de campesinos-contra-señores. Y hay grupos nuevos, como los kurdos,
a los que se niega un Estado, pero que sin duda se piensan a sí mismos
como una nación. Su nacionalismo se expresa en la creencia de que
deberían gobernarse a sí mismos en su nuevo Estado.
Pero si no es esencial la existencia previa de un Estado, ¿qué hace
que un grupo sea una nación? La concepción habitual de la «nación»
6 Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread ofNa-
tionalism, Londres, 1983; Ernest Gellner, Nations and Nationalism, Oxford, 1983.
7 Hobsbawm, Nations and Nationalism since 1780, pág. 44.
201
es la del grupo con el que uno se identifica, la comunidad en la que la
gente se piensa como «nosotros». La idea de Benedict Anderson se-
gún la cual las naciones son «comunidades imaginarias» capta bien
este componente psicológico de lo que se entiende por nación. Se
puede llamar tribal a esta concepción que de sí misma tiene una co-
munidad como «nosotros».
El tribalismo es un fenómeno más profundo que el nacionalismo.
Históricamente, el tribalismo fue primero. Y el nacionalismo presupo-
ne la idea de una nación, entendida en términos de una autoconcep-
ción tribal. Su idea central es que una nación, así entendida, debe auto-
gobernarse.
TRIBALISMO
202
pos que le habían enseñado de pequeña. El primitivismo de los miem-
bros de la otra comunidad se mostraba en el hecho de que tuvieran
una sola ceja larga en lugar de dos con una separación entre ellas. Sus
amigos de la otra comunidad hablaban exactamente del mismo este-
reotipo, pero invertido.
En general, la características identificadoras de un grupo tribal o
nacional son comparativamente más neutrales, pero también contie-
nen un elemento mítico. Es típico que estos rasgos incluyan el territo-
rio en el que el grupo vive, cierta apariencia «étnica» distinta y lengua-
je, religión y cultura compartidos. Todas estas características son porta-
doras de una carga emocional. La cuestión es por qué estos rasgos
particulares y emocionales son básicos para la pertenencia a la tribu
o a la nación.
203
La historia que contamos de nosotros mismos, en parte mediante lo
que hacemos y en parte mediante la forma que damos al relato de
nuestro pasado, es fundamental para nuestro sentido de identidad.
La historia va unida a los lugares que constituyen su contexto. Ver-
se forzado al exilio es, entre otras cosas, quedar excluido de las escenas
de partes anteriores de la historia. El papel que los lugares desempeñan
en nuestra historia de autocreación es una razón por la cual es más pro-
bable que la gente se identifique como serbio o croata que como cons-
tructor o mecánico de coches. Ayuda a explicar por qué la gente res-
ponde a alguien que dice «Ésta es vuestra tierra. Éstas son vuestras ca-
sas. Vuestras praderas y huertos. Vuestros recuerdos...»
La historia incluye necesariamente un grupo reducido de personas.
Lo que he hecho, lo he hecho con ellas o en respuesta a lo que ellas
han hecho o dicho. Todavía llevo conmigo sus esperanzas y sus expec-
tativas. En parte fueron ellas las que moldearon los valores que me
orientaron en lo que he hecho (y que colorearon el tono de mi relato).
No sólo hay personas particulares que forjan el contenido y el tono de
la historia, sino que cuando la contamos o la representamos, necesita-
mos que sean precisamente ellas las que nos escuchen. Esperamos su
reconocimiento de cómo somos.
El papel que determinadas personas desempeñan en nuestra histo-
ria de autocreación hace natural nuestra proximidad a ellas. (Por su-
puesto que para esa proximidad hay también muchas razones menos
egocéntricas.) Pero la explicación del papel de las personas que nos son
próximas plantea un problema paralelo al que plantea la explicación
sociobiológica del tribalismo. De la misma manera que la nación,
nuestra «comunidad imaginaria» es mucho mayor que el grupo con el
que estamos genéticamente relacionados, de modo que también es mu-
cho más amplia que el grupo de personas de nuestra historia personal.
Las relaciones, tan importantes para nosotros no sólo en lo que se
refiere a nuestro sentido de identidad, sino también a otros aspectos,
se tejen en gran parte sobre un fondo cultural compartido. Un marco
de referencia compartido, una historia común (transmitida por una
educación común) y un sentido compartido del humor crean en con:
Junto un contexto en el cual pueden florecer las relaciones y la identi-
dad. Y este contexto, como es obvio, va a su vez ligado a una lengua
compartida.
En el contexto de una cultura y un lenguaje particulares es donde
nuestra identidad creada se valida merced al reconocimiento que
los otros le confieren. Por eso cualquier falta de respeto hacia nuestra cul-
tura y nuestro lenguaje devalúa a su vez nuestro respeto por nosotros mis-
204
mos, nuestra autoestima. En épocas recientes, la conciencia de la natu-
raleza básica de este hecho ha modelado la manera de mostrar respeto
a la dignidad ajena. El deseo de no utilizar términos despectivos en re-
lación con otros grupos puede tener su lado cómico y suele rechazarse
como producto de lo «politicamente correcto». Pero la preocupación
que se esconde tras ese deseo forma parte del desarrollo de uno de
nuestros principios morales básicos.
Isaiah Berlin cita la teoría de Friedrich Schiller sobre la «ramita tor-
cida» del nacionalismo como reacción a la opresión o a la humillación,
y sugiere que tal vez la gran virulencia del nacionalismo de los israelíes
y de los palestinos se deba a que ambos reaccionan contra la condición
de víctimas?. Una de las fuerzas del nacionalismo es su posible contri-
bución a la autoestima. Pero las fuerzas y las debilidades están estrecha-
mente entretejidas. A menudo el menosprecio de la autoestima contri-
buye a iniciar la espiral de conflicto.
205
los serbios enfatiza el fascismo croata, los males de la Ustasa y el papel
de los serbios en la derrota de los croatas y de sus aliados nazis. (Des-
pués de Tito, las autoridades croatas reforzaron esta circunstancia al re-
bautizar las calles con nombres de líderes fascistas.)
En la época de la Segunda Guerra Mundial, los serbios recordaban
la implicación del líder croata Ante Pavelic en el asesinato del rey
Alejandro en Marsella. Los croatas recordaban la dominación ser-
bia durante el gobierno del rey Alejandro. Antes de la Segunda
Guerra Mundial, los serbios y los musulmanes bosnios se recordaban
mutuamente los papeles respectivos en la Segunda Guerra de los Bal-
canes de 1913.
Los relatos retroceden en el tiempo. En 1993, los soldados serbios
que luchaban con los «turcos» —los musulmanes bosnios—, evocaron
su derrota de Kosovo a manos de fuerzas islámicas. Y en 1989 los na-
cionalistas serbios desenterraron los presuntos huesos del zar Lázaro,
líder serbio que los turcos mataron en 1389 en el Campo de los Mir-
los, y, a fin exaltar el sentimiento nacional, los pasearon por Serbia
antes de volver a enterrarlos”. Estos relatos engendran su propio desa-
rrollo: los años noventa agregaron.nuevos capítulos.
Para los atrapados en la vendetta, la validación de su narración puede
requerir la destrucción de las materializaciones fisicas del relato del
otro lado. Cuando las fuerzas serbias invadieron Croacia arrasaron
muchas iglesias católicas y atacaron monasterios. A la misma destruc-
ción cultural fue sometida Bosnia. Las fuerzas serbias que rodeaban Sa-
rajevo tomaron como blanco el Instituto Oriental y destruyeron miles
de los manuscritos islámicos y judíos que allí había, bombardearon el
Museo Nacional y la Biblioteca Nacional y acabaron con más de un
millón de libros y millares de manuscritos y registros!0,
Las fuerzas serbias y las fuerzas croatas convirtieron en ruinas otros edi-
ficios en Bosnia, incluso parte de la mejor arquitectura otomana, que se
remontaba al siglo xv. Derruyeron más de ochocientos monasterios
volándolos, incendiándolos y cubriendo sus emplazamientos con
edificios nuevos o zonas de aparcamiento para coches. Pavimentaron
cementerios islámicos y destruyeron bibliotecas que contenían docu-
mentos del Imperio Otomano. El objetivo era borrar la historia: des-
truir todo signo de que alguna vez habían vivido allí musulmanes.
e Almond, Exrope's Backyard War: the War in the Balkans, Londres, 1994,
pági-
nas 5-6.
" Michael A. Sells, The Bridge Betrayed: Religion and Genocide in Bosnia, Berkeley,
Cal., 1996, págs. 1-2.
206
Ni faltó el humor negro a propósito de la comunidad islámica: antes
de ser destruida, la mezquita de Modrica fue utilizada como matadero
de cerdos!!.
La obsesión narrativa por la historia mantiene vivo el pasado en el
presente con terrible intensidad. En la Krajina, la defensa que Tudjman
hizo de la Ustasa durante la Segunda Guerra Mundial habría de des-
pertar recuerdos. Las fuerzas de la Ustasa acostumbraban destruir al-
deas serbias y matar a sus habitantes. Su líder, Ante Pavelic, tenía esta
política respecto de los serbios: «Matar un tercio, expulsar un tercio y
convertir un tercio.» Muchos serbios murieron como víctimas de es-
cuadrones de la muerte o en campos de concentración como el de Ja-
senovac. En algunos casos, se encerraba a los aldeanos en la iglesia or-
todoxa, que luego era incendiada.
Un muchacho de doce años estuvo a punto de morir a manos de
la Ustasa. Un escuadrón de la muerte liderado por sus vecinos más pró-
ximos había ido a matar a su familia. Se salvaron porque no estaban en
la casa. El hijo de este muchacho, Milan Babic, condujo la rebelión
contra el gobierno de Tudjman. El general Adzic, comandante en jefe
del ejército nacional yugoslavo, que planeó la guerra contra Croacia,
había estado de niño escondido en un árbol mientras las tropas de la
Ustasa mataban a cuchilladas a sus padres. El padre del general Mladic
fue asesinado por la Ustasa. Milan Kovacevic, que dirigió una serie de
campos de concentración serbios alrededor de Prijedor, había nacido
en un campo de concentración croata en Jasenovac.
Es difícil sermonear a las víctimas para que eviten el odio. Fikret
Alic, al que se torturó y casi se hizo morir de hambre en el campo
de concentración de Trnopolje, no pudo seguir queriendo a los ser-
bios:
Trabajaba para conseguir dinero para mi madre. Ahora no ten-
go nada, y odio a esa gente. Nunca les hice daño. Odio a Vjeko Zi-
gic, que mató a mi abuelo y a mi tío, que nunca le habían hecho
daño. Nunca vi ninguna diferencia entre un serbio o un musulmán
y cualquier otra persona. Pero ahora no puedo mirarlos, ni saludar-
los ni volver a vivir con ellos. Nos hemos querido durante cuarenta
y cinco años, y en el año cuarenta y seis nos odiamos”.
207
Para quienes no hemos pasado por esas experiencias es imposible
decir a Fikret Alic que debiera dejar de odiar a los serbios. Pero es evi-
dente que la tragedia se va desarrollando. Hubiera sido imposible de-
cir a Milan Kovacevic que no debía odiar a los croatas por lo que h:-
cieron a su familia en Jasenovac. Podemos imaginar qué desearían a
su vez hacer a los serbios los supervivientes de sus campos en Prijedor.
Slavenka Drakulic dice: «Después de la guerra se invertirán los pa-
peles y las víctimas no sólo juzgarán a los ejecutores, sino también a
sus cómplices silenciosos. Temo que, puesto que nos hemos visto for-
zados a tomar partido de esta manera, nosotros —todos nosotros, a
uno y otro lado— quedemos cogidos para siempre en ese juego cruel
que se perpetúa a sí mismo»*”,
13 a atea
(o a Drakulic, Balkan Express: Fragments from the Other Side of War, Londres,
208
CAPÍTULO 18
209
su buena o mala contribución a la vida de las personas. En este sentt-
do, los pensadores ilustrados que bajaron a las naciones de su pedestal
tenían razón. Un buen principio de la Ilustración podría ser éste: tratad
siempre a las naciones como medios y nunca como fines en sí mismas.
Por ahora, la única opción realista es aceptar nuestra psicología tr1-
bal como un hecho de la vida. Pero también hay una larga, una lenta es-
trategia que cala más hondo. Quizá no debamos abandonar la esperan-
za que alentó a la Ilustración de que en último término estas lealtades
tribales pasen a un segundo plano, por detrás de un humanismo más
general. Una mayor autoconciencia de nuestra psicología puede signi-
ficar que estos compromisos simplistas se conviertan en algo más com-
plejo.
Tal vez una conciencia más elaborada de la construcción de los re-
latos tribales erosione lentamente su aceptación acrítica. Y tal vez la
observación de las diferencias entre las naciones plurales modernas y
las naciones tribales debilite la tenaza de los relatos antiguos. La creen-
cia en ideas tales como «la Gran Serbia» depende de mitos que proba-
blemente no sobrevivirían a una mirada más crítica.
También podemos tratar de hacer que los capítulos de la historia
no se escriban como en el pasado. En esto, los recursos morales tienen
un papel que cumplir.
210
llado es plenamente consciente de la negación de su estatus igual. El
resentimiento entra en el relato tribal y en él se implanta el deseo de
venganza.
Esta trampa de la vendetta tiene una única vía de escape: la concien-
cia de cómo se construyeron los relatos de ambos lados. Tiene que
haber un cierto reconocimiento de las cosas que han salido mal y de
que la muestra de respeto mutuo es la única salida. En la Sudáfrica pos-
terior al apartheid, el hecho de que Nelson Mandela y otros dirigentes
africanos resistieran la tentación de humillar a su vez a la minoría blan-
ca dio a todos los grupos la oportunidad de escapar del círculo de la
venganza. El simbolismo es importante. Los Springboks de otrora, to-
dos blancos, eran un símbolo de apartheid. Cuando el presidente Man-
dela se puso la camiseta de rugby de los Springboks, comenzó a escri-
birse una nueva versión del antiguo relato.
¿Por qué los líderes africanos negros fueron capaces de abstenerse
de humillar a su vez a los blancos? Uno de ellos, el arzobispo Des-
mond Tutu, tenía el recuerdo infantil de un raro gesto de respeto de un
hombre blanco, el padre Trevor Huddleston. En aquella sociedad, una
mujer negra sin educación, como la madre de Desmond Tutu, tenía
muy poca importancia.
A los ojos del mundo, esta persona encantadora no era nada. Es-
taba yo con ella en la galería del hotel cuando pasó majestuosamen-
te por allí un blanco, alto y con la sotana al viento. Se quitó el som-
brero para saludar a mi madre. Quedé completamente desconcerta-
do: ¡un blanco descubriéndose ante una negra! Eso no sucedía en la
vida real. Aquel gesto me dejó una impresión indeleble. Tal vez con-
tribuyera profundamente a hacerme percibir que éramos valiosos
para Dios y para ese hombre blanco; tal vez contribuyó a que no me
hiciera antiblanco a pesar del trato cruel que recibimos de la mayo-
ría de los blancos.
SIMPATÍA Y AMISTAD
211
amigo palestino lo llamó desde Ramallah y le ofreció donar sangre
para los heridos.
Otro ejemplo se produjo en la época de los asesinatos sectarios de
Irlanda del Norte. Cuando iba a su casa un grupo de trabajadores fue
detenido por varios encapuchados que ordenaron que los católicos
dieran un paso al frente. Todos los del grupo eran protestantes, salvo
uno. Supusieron que los encapuchados eran protestantes que querían
matar al católico. Seamus Heaney ha dejado escrito lo que ocurrió con
el único católico, desgarrado entre el miedo y la lealtad:
relativamente protegidos por la oscuridad de un atardecer de invier-
no, sintió que la mano del trabajador protestante que tenía junto a
él le cogía la suya y se la apretaba como diciéndole: no, no te mue-
vas, no te traicionaremos, nadie tiene por qué saber a qué fe o a qué
partido perteneces. Sin embargo, todo fue inútil, pues el hombre dio
un paso al frente; pero en lugar de encontrarse con un revólver con-
tra la sien, lo empujaron hacia atrás y lo apartaron mientras los hom-
bres armados abrían fuego sobre los que se habían quedado quietos,
pues no se trataba de terroristas protestantes, sino, presumiblemen-
te, de miembros del IRA Provisional”.
212
nencia tribal. Somos madres y padres, hijos e hijas, hermanos y herma-
nas, amigos, arquitectos, científicos; gozamos cuidando de nuestros hi-
Jos; tenemos nuestra manera personal de cortarnos el pelo y nuestros
chistes personales; somos entusiastas de los Greatful Dead, hinchas del
Liverpool Football Club, montañeros, vegetarianos, fotógrafos aficio-
nados, admiradores de Tolstoi, amantes de Mozart y de Nueva York.
Tener una identidad limitada a ser serbio o croata sería un gran em-
pobrecimiento. Es la pérdida que sintió Slavenka Drakulic durante el
conflicto yugoslavo. Se había resistido a considerar que la nacionali-
dad era el rasgo más importante de las personas y había tratado de
mantener el diálogo con los amigos serbios. Pero las presiones internas
de Croacia redujeron a las personas a la dimensión única de la nacionali-
dad: «Sin embargo, el problema de la nacionalidad es que mientras
que antes se me definía por mi educación, mi trabajo, mis ideas, mi ca-
rácter —y, por cierto, también por mi nacionalidad—, ahora me sien-
to despojada de todo eso. No soy nadie porque ya no soy una perso-
na. Soy una más, uno cualquiera de los cuatro millones y medio de
croatas»?, Advertir el empobrecimiento que esto supone puede contri-
buir a debilitar la psicología tribal.
4 Slavenka Drakulic, Balkan Express: Fragments from the Other Side of War, Londres,
1993, pág. 51.
5 Peter Maass, Love Thy Neighbour: a Story of War, Nueva York, Toronto y Londres,
1996, pág. 252.
213
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CUARTA PARTE
* Del aire surgida, una voz sin rostro / demostró con estadísticas que había una
causa justa / en tonos tan secos y monótonos como el lugar mismo: / a nadie se saludó
y nada se discutió; / columna tras columna en una nube de polvo / se marcharon man-
teniendo una creencia / cuya lógica los llevó en otro sitio a la desgracia.
217
ocupar el centro de la psicología del combate, pero explica poco y sólo
se adapta a episodios extremos. En efecto, a las matanzas en condicio
nes de colérica represalia, o a las explosiones emocionales de My Lar se
les puede llamar «agresión». Pero la palabra no es adecuada para la ma
yoría de los combates en tierra, ni es la agresión, desde luego, el estado
mental de los involucrados en la guerra tecnológica.
También se piensa en la agresión para explicar el estallido de la
guerra. A menudo el primer movimiento es un «acto de agresión»: un
uso ilegal de la fuerza contra otro territorio. De eso no se sigue que el
estado psicológico de agresión sea una causa importante de guerra, Rr
chard Nixon se exaltó viendo una película sobre el general Patton an:
tes de ordenar el bombardeo de Camboya, pero su ejemplo dista mu
cho de ser típico.
La guerra suele ser una trampa y no es frecuente que los lideres
políticos modernos tengan la guerra como objetivo. En general, se
encuentran atrapados por las implicaciones de las politicas en las
que se han embarcado. Y grupos enteros pueden verse atrapados en
una espiral de hostilidad que lleve a la guerra. Comprender estas
trampas es más importante que pensar en cómo controlar la agre
sión.
Este capítulo versa sobre los soldados atrapados en la batalla, y
en particular sobre los atrapados en las trincheras de la Primera Guerra
Mundial. Los capítulos siguientes se ocuparán de cómo entran en la
guerra y en ella se mantienen comunidades enteras y todos sus lt:
deres.
LA TRAMPA
218
en total. Pues bien, sólo en el primer mes hubo 500.000, para llegar
casi a dos millones en los primeros seis meses.
El káiser dijo a las tropas alemanas: «Estaréis en casa antes de que
caigan los hojas de los árboles», y en Gran Bretaña muchos pensaron
que en Navidad habría acabado todo. Tal vez los voluntarios no tuvie-
ran el humor propio de un día de fiesta de agosto, pero la euforia era
real. Tal era la inocencia. Ni una ni otra sobrevivieron a los dos prime-
ros años de guerra de trincheras. Después de la batalla del Somme, la
visión que se tenía desde el frente era la de una pesadilla al parecer in-
terminable.
En 1916, Joffre y Haig acordaron lanzar una ofensiva francesa y
británica sobre el Somme. En el sector británico hubo una semana
de bombardeo masivo de artillería contra las líneas alemanas. Luego,
el 1 de julio, atacaría la infantería, protegida por una barrera de fuego
de artillería que la precedía. El bombardeo tenía la intención de matar
o dispersar las tropas alemanas, cortar sus cinturones de fuego defensi-
vo y destruir sus fortificaciones. La tarea de la infantería sería ocupar
posiciones en su mayor parte indefensas, de manera que atravesarían
una tierra de nadie con una pesada carga de municiones, picos, palas,
teléfonos de campaña y otros equipamientos. La barrera de fuego tría
siempre limpiando el terreno delante de ella. Un general, al ver que los
hombres se desplazaban tan cargados hacia las trincheras, les dijo:
«Buena suerte, soldados. No ha quedado un solo alemán en sus trin-
cheras, nuestra artillería los ha hecho saltar al Infierno».
El plan fracasó. Los alemanes se enteraron del momento y el lugar
del ataque y, a pesar del bombardeo, la mayoría sobrevivió en sus pro-
fundas trincheras cubiertas. La pesada infantería británica fue masacra-
da a medida que avanzaba entre un intenso fuego de ametralladoras
hacia espesas alambradas defensivas. Como observó el suboficial ale-
mán Paul Scheytt, «los ingleses venían caminando como si fuesen al
teatro o como si estuvieran desfilando. Tuvimos la sensación de que
estaban locos. Nuestras órdenes se daban con toda tranquilidad y to-
dos nuestros hombres apuntaban con mucho cuidado para no mal-
gastar municiones». El 1 de julio hubo 60.000 bajas inglesas, con más
de 20.000 muertos, la mayoría en la primera hora del ataque.
Unos pocos batallones permanecieron en la retaguardia cuando
sus oficiales advirtieron que aquello era una masacre, pero la mayoría
1 Martin Middlebrook, The First Day on the Somme, 1 July 1916, Londres, 1971,
pág. 107.
2 Ibíd., págs. 156-157.
219
atacó de acuerdo con los planes. No obstante lo que había ocurrido
el 1 de julio, los generales Haig y Rawlinson continuaron con ataques
similares en días siguientes. La batalla se prolongó hasta mediados de
noviembre, al cabo de la cual habían avanzado ocho kilómetros al pre-
cio de 420.000 bajas británicas y 200.000 francesas. Entre los alemanes,
las bajas llegaron a alrededor de 450.000.
John Keegan compara nuestra actual respuesta emocional a esta
matanza con la que produjo Auschwitz: «Fascinación culpable, incre-
dulidad, horror, disgusto, piedad y cólera». En ese momento, la ma-
yor parte de la población de Inglaterra la ignoró o mantuvo una actt-
tud acrítica. Entre las respuestas de los que estaban enterados, se desta-
ca la de Winston Churchill. Hizo circular entre los miembros del
Gabinete de Guerra un escrito en el que exigía el completo abandono
de la estrategia del Somme, con el argumento de la cantidad de muer-
tos para una ganancia tan exigua. El Gabinete pidió a Haig que expli-
cara sus intenciones, pero la voz disidente fue derrotada y el Rey desa-
probó con todo vigor a Churchill. El Somme merece su reputación de
caso extremo de pérdidas inútiles. John Keegan menciona la increduli-
dad: ¿Cómo pudo haber sucedido tal cosa? ¿Por qué los soldados si-
guieron prestándose a ello?
Como dijo el sargento Harry Shaw: «Quienquiera que ganara, no
se justificaba el precio que los hombres habían pagado para obtener
esa ventaja. Nadie ganaba nada. Fue un asesinato sangriento; nada
más. Son las únicas palabras que se puede utilizar»!. De haber consul-
tado a las tropas de ambos lados si debía emprenderse una batalla a ese
precio, no es difícil adivinar la respuesta. Pero el coste no estaba previs-
to. Y, naturalmente, la consulta a la tropa era imposible. Algunos vie-
ron que habían caído en una trampa. El soldado W. Hay dijo: «Estabas
entre el diablo y el profundo cielo azul. Si ibas hacia adelante, lo más
probable era que te dispararan, y si retrocedías te someterían a un jui-
cio de guerra y te fusilarían. Entonces, ¿qué diablos hacer?, ¿qué pue-
des hacer? Simplemente, avanzar...»*.
La trampa se extendió más allá de la batalla del Somme. Muchos
advirtieron que quienes peleaban de uno y otro lado no tenían quere-
lla alguna entre sí. Un soldado alemán, retratado en la novela autobio-
* John Keegan, The Face ofBattle: a Study ofAgincourt, Waterloo and the Somme, Lon:
dres, 1976, pág. 260.
* Lyn Macdonald, Somme, Londres, 1983, pág. 83.
* Lyn Macdonald, 1914-1918: Voices and Images ofthe Great War, Londres, 1988, pági-
na 160.
220
gráfica de Erich Maria Remarque titulada Sin novedad en elfrente, dice:
«Y ahora, ¿por qué un herrero francés o un zapatero francés querrían
atacarmos? No, son simplemente los gobernantes. Nunca había visto a
un francés antes de venir aquí, y lo mismo le ocurre a la mayoría de los
franceses con respecto a nosotros. A ellos no les pidieron más opinión
que a nosotros». Toda la guerra era una trampa.
Hubo varias respuestas a esta situación. La mayoría de las tropas
obedecían órdenes y hacían la guerra. Algunos tenían un resignado
sentido de impotencia. Otros expresaron resentimiento. Algunos trata-
ron de mitigar las condiciones mediante la cooperación explícita o tá-
cita con los soldados de las líneas enemigas. Un número reducido vol-
vió a Inglaterra y, o bien hizo campaña contra la guerra, o bien trató
al menos de concienciar a la gente acerca de la verdadera naturaleza
de la guerra.
6 Erich Maria Remarque, 411 Quiet on the Western Front, trad. A. W. Wheen, Londres,
1929, pág. 136. [Trad. esp. cit.]
7 Macdonald, Somme, pág. 119.
221
sensación de resignación impotente una tarde de finales del verano,
mientras caminaba con Albert junto al Somme:
ENEMIGOS DE AYER
222
de viento nos hizo saber que los escoceses no usaban calzoncillos de-
bajo de sus faldas , y abucheamos y silbamos cuando captaron una im-
púdica mirada al trasero de uno de los “enemigos de ayer”. Pero tras
una hora de juego, cuando un oficial superior se enteró de lo que su-
cedía, envió la orden de acabar de inmediato con aquello.»
En uno de sus puestos los alemanes habían servido una comida
de Navidad en su trinchera e instaron a los soldados británicos a que se
quedaran y comieran con ellos. Cuando éstos declinaron la invitación,
los alemanes «los arrastraron literalmente por las piernas hasta la trin-
chera»!%, El teniente Cyril Drummond describe otro contacto. Hubo
un intercambio de invitaciones a gritos y luego un soldado alemán tre-
pó a su trinchera y caminó por ella: «Nos encontramos y nos saluda-
mos muy seriamente.» De ambos lados salieron otros y se produjo un
intercambio de regalos. «Uno de ellos dijo: “No queremos mataros, y
vosotros no queréis matarnos. Entonces, ¿por qué disparar?”»!!,
En algunos lugares la tregua prosiguió unos cuantos días después
de Navidad. El 30 de diciembre, el teniente J. D. Wyatt escribió:
223
sas: «En ocasiones, se decía, las partes enfrentadas “llegaban casi a ut1-
lizar los mismos mazos” para clavar las estacas. Los alemanes parecían
mucho más dispuestos que nosotros a vivir y dejar vivip»”*,
En su estudio sobre esta cooperación tácita, Tony Ashworth sugie-
re que estos breves acuerdos con fines pacíficos eran el comienzo de la
empatía mutua, que se extendía a otras áreas: si permitimos al enem:-
go desayunar en paz, lo mismo harán ellos con nosotros. Esa manera
de comportarse reforzaba tanto la empatía como el uso de la inacción
para comunicarse a través de los respectivos frentes de guerra!”.
Un aspecto del vivir y dejar vivir fue el uso ritual de la artillería.
Lord Reith escribió lo siguiente: «Es divertido. El enemigo lanza unas
cuantas granadas a nuestra trinchera. Conocemos perfectamente vues-
tra zona de tiro, ya lo véis. Nada de bromas. Nuestras baterías replican.
Sabemos dónde está vuestra línea de trincheras y conocemos vuestra
posición, las dos cosas. Basta de absurdo. A vivir y dejar vivir»!?. En al-
gunos sectores del frente, los blancos regulares y el ritmo regular for-
maban parte del tácito acuerdo mutuo. La predictibilidad minimizaba
las bajas en ambos bandos y daba a los oficiales superiores la impresión
de actividad.
Robert Axelrod, inspirándose en la obra de Ashworth, utiliza la po-
lítica de vivir y dejar vivir como ejemplo de la estrategia cooperativa de
OJO POR OJO del dilema de los presos!”. La política de OJO POR OJO es
lo suficientemente simple como para dársela a conocer al otro bando.
Proporcionaba a ambos bandos una manera de cooperar racionalmen-
te para minimizar la severidad de la trampa en la que se hallaban ate-
nazados.
Vivir y dejar y vivir no es un ejemplo perfecto del dilema de los
presos. El argumento egoísta que induce a disparar al enemigo (en ausen-
cia de cooperación) es mucho más débil que el que aconseja confesar
en el dilema originario de los presos. Axelrod dice que el debilitamien-
to del enemigo tendría que facilitar la supervivencia en una batalla im-
portante. Algo de esto hay. Pero, debido a factores tales como los re-
fuerzos y la rotación de tropas, la ventaja de disparar parece más espe-
culativa y remota que el beneficio que obtiene el preso que confiesa.
1% Robert Graves, Goodbye to Al That, ed. rev., Londres, 1960, pág. 162. [Trad. esp.:
Adiós a todo eso, Barcelona, Edhasa, 1985.]
15 Tony Ashworth, Trench Warfare, 1914-1918: the Live and Let Live System, Londres,
1980, págs. 46-47.
16 J. Reith, Wearing Spurs, Londres, 1966, citado en Winter, Death's Men.
17 Robert Axelrod, La evolución de la cooperación, Madrid, Alianza, 1984, cap.
4.
224
Pero los batallones se mantuvieron frente a frente durante un tiem-
po, de modo que hasta cierto punto se trataba del dilema de los presos
repetido y la cooperación era racional. Cuando los batallones cambia-
ban, los que se marchaban indicaban a sus sucesores los entendimientos
tácitos. Disparar a matar al enemigo era una defección, y no hacerlo era
cooperación. Del OJO POR OJO derivó la política de vivir y dejar vivir.
225
La simpatía contribuyó a la contención recíproca que permitió a
cada bando recoger o atender a sus heridos sin ser molestados. Á veces,
esta contención podía desembocar en algo más. El soldado Moodie se
recordaba gritando a los alemanes que fueran a buscar a sus heridos:
Al comienzo parecían muy desconfiados y sólo mostraban sus
cascos, pero les prometimos no disparar y un hombre con la Cruz
de Hierro se adelantó audazmente hacia nuestra formación y asistió
a un herido. Lo siguió otro y ambos se lo llevaron en medio de nues-
tro aplauso. Antes de marcharse, el primer hombre saludó diciendo:
«Gracias, caballeros, a todos y a cada uno. Les estoy muy agradeci-
do. Adiós.» El incidente me conmovió por completo por un tiem-
po; entonces tuve el deseo de que volviéramos a ser todos amigos”.
26
Soldado Moodie, citado en Winter, Death's Men, pág. 216.
226
Pero la guerra, por supuesto, se iba convirtiendo en una farsa
y los superiores decidieron que había que poner fin a la tregua.
A nuestra brigada, a mi propia batería, llegaron Órdenes de que a la
mañana siguiente había que volver a abrir fuego sobre una granja
que se hallaba detrás del frente alemán [...] Mandamos a uno para
que se lo dijera a los alemanes, y a las once en punto de la mañana
siguiente disparé una docena de andanadas contra la casa de la gran-
ja, donde, por supuesto, no había nadie. Pero eso rompió la tregua”.
227
un comentario sobre la guerra moderna es que los comandantes han
de temer que los soldados de ambos lados se hagan amigos. Nues-
tros soldados no tienen ninguna disputa con «Fritz», salvo durante
el calor de la batalla o en represalia por algún golpe bajo. Si todos los
ejércitos confraternizaran, los políticos de uno y otro lado se verían
en la enojosa situación de tener que resolver sus problemas. Sin em-
bargo, es posible que, de haberse producido una tregua de quince
días en todo el frente de trincheras en algún momento con posterio-
ridad a la batalla del Somme, la guerra se habría acabado. En ese
caso, ¿qué habría dicho mamá?”,
228
yo mismo habría podido cometer en circunstancias similares». Graves
consiguió evadir el dilema cuando otro oficial se manifestó dispuesto a
ocupar su lugar. Tuvo suerte. En general, las autoridades no sólo tenían en
la trampa a quienes daban muestra de «cobardía», sino también a quienes
tenían que participar en su juicio de guerra y en su ejecución. Y por ad-
mirable que fuera la repulsión de Robert Graves, el sargento irlandés no
escapó de la muerte que las autoridades habían dispuesto para él.
UZY
dos. Robert Graves describió el extraño ambiente que encontró en 1916
después de ser herido: «Para nosotros, los soldados que regresábamos,
Inglaterra era rara. No podíamos entender la locura de guerra que lo
inundaba todo en busca de una salida seudomilitar. Los civiles habla-
ban un lenguaje ajeno; era el lenguaje de la prensa. Toda conversación
seria con mis padres era para mí casi imposible»*. Los guardianes exte-
riores de la trampa eran civiles de ambos lados que creían en lo que
leían en los diarios.
230
CAPÍTULO 20
El frente interno
231
serias!. Las guerras de los dictadores del siglo xx abonan el sombrío jut-
cio de Kant sobre el poder absoluto, pero tal vez el filósofo haya sido
demasiado optimista en cuanto a los resultados del gobierno por
acuerdo. No previó cómo se puede manipular a la gente, cómo se la
puede arrastrar a trampas intelectuales y emocionales.
El estar atrapado puede ser un asunto complejo y a veces recípro-
co. Soldados como Erich Maria Remarque y Robert Graves pueden es-
tar atrapados en una guerra porque ésta es apoyada por el público «in-
terno». Ese público puede ser víctima de la ignorancia y de la desinfor-
mación difundida por sus líderes y por los medios de comunicación.
Los periodistas pueden encontrar dificultades para contar toda la ver-
dad y pueden sentirse atrapados a su vez, sobre todo por las autorida-
des, pero también por la manera en que las nuevas organizaciones res-
ponden al estado de ánimo público. A veces, hasta el propio gobierno
puede sentirse atrapado por lo que la gente espera.
El talante bélico es importante. Las intensas emociones de la guerra
se vuelcan en el mundo civil. La previsión de una guerra puede ex-
citar incluso a quienes se oponen a ella: «Estoy preocupado por mí.
Me opongo firmemente a la Guerra del Golfo y sin embargo me sor-
prendo entusiasmado por la perspectiva. ¿Estoy enfermo, o hay miles
como yo? ¿Qué podemos hacer?»?. Winston Churchill observó senti-
mientos semejantes en sí mismo en los albores de la Primera Guerra
Mundial. Escribió a su mujer: «Todo tiende a la catástrofe y al colapso.
Me siento interesado, listo para la acción y feliz. ¿No es horrible estar
hechos de esta manera? Ruego a Dios que me perdone tan tremenda
frivolidad. Sin embargo, haría todo lo posible por la paz, y nada me in-
duciría a cometer el error de descargar el golpe».
Pero la elevada intensidad emocional de los civiles en el momento
del estallido de la guerra puede no ser duradera. Cuando ésta decae, la
guerra se sostiene gracias al cambio de creencias y de actitudes. Esto
produce una trampa intelectual.
RELATOS RIVALES
Las creencias pueden desencadenar guerras. Las cruzadas se libran
para defender o propagar un conjunto de creencias religiosas o políti-
' Immanuel Kant, Perpetual Peace, trad. Campbell Smith, Londres, 1903, págs. 120-128.
[Trad. esp.: La paz perpetua, Madrid, Tecnos, 1989.]
2 Carta del profesor Peter Goodhew, Independent, 17 de enero de 1991.
* Carta del 28 de julio de 1914, citada en Michael y Eleanor Brock (comps.), A. H.
Asquith: Letters to Venetia Stanley, Oxford, 1982, pág. 130.
232
cas, pero son raras las auténticas cruzadas. En general es la guerra la que
acuña la creencia en la gran causa, no al contrario. La guerra da forma
a creencias conflictivas sobre quién fue el auténtico agresor y cuál de
los dos bandos está cometiendo atrocidades sin nombre. Estos relatos
refuerzan el conflicto.
En general, los relatos rivales tienen poco en común. En Occidente ge-
neralmente se considera el ataque japonés a Pearl Harbor como un ejem-
plo clásico de agresión no provocada, pero el relato japonés de la época lo
explicaba como la respuesta al bloqueo militar y económico de norteame-
ricanos, británicos, chinos y holandeses. En 1943, la Comisión de Investi-
gación de Guerra para la Gran Asia Oriental informó que «los arrogantes
anglosajones, siempre movidos por la avidez de asegurar la hegemonía
mundial de acuerdo con el principio de la primacía del hombre blanco»,
trataron de «sofocar a los nipones hasta la muerte». El bloqueo significaba
que los «únicos caminos que les quedaban abiertos eran el suicidio o la
aniquilación. Los japoneses eligieron levantarse para defenderse”.
El relato está respaldado a menudo por analogías históricas. Nevi-
lle Chamberlain pecó de ingenuidad cuando selló el acuerdo de Mu-
nich con Hitler, pero la lección de Munich se aplicó con excesiva am-
plitud y con excesiva crueldad. Hay países que fueron a la guerra en
parte porque Nasser o Saddam Hussein son «otros Hitler», sin prestar
a este pensamiento la debida atención crítica. Una vez desatada la
guerra, los relatos aumentan progresivamente su carga emocional y las
creencias se vuelven cada vez más extremas.
En la práctica, toda la información en la que se basan los relatos de
guerra con una gran carga emocional proviene de las informaciones
periodísticas: en 1914, de los diarios; en la actualidad, sobre todo, de
la televisión. Desde 1914 ha crecido nuestra conciencia de lo fragmen-
taria y poco fiable que es esta información.
LA CENSURA DE LA INFORMACIÓN
4 John W. Dower, War Without Mercy: Race and Power in the Pacific War, Nueva York,
1986, págs. 59-60.
233
Ya sea por temor a desalentar a los aliados o a estimular la moral
del enemigo, lo cierto es que los gobiernos son reacios a admitir que
las cosas no parecen ir bien. En diciembre de 1963 Robert McNamara,
Secretario de Defensa de Estados Unidos, dijo al presidente Johnson
que la Guerra de Vietnam iba mal. Calificó de «muy preocupante» la
situación y dijo que, por las tendencias del momento, lo más probable
era que se desembocase en un Estado controlado por los comunistas.
Pero cuando se dirigió a la prensa, sus palabras fueron: «Hemos revisa-
do los planes de los sudvietnamitas y tenemos plenas razones para cre-
er que triunfarán.» Muchos años después, McNamara explicó que se
trataba «a lo sumo de una exageración», y reflexionó en estos términos
sobre su falta de sinceridad:
E Robert S. McNamara, con Brian Vandemark, ln Retrospect: the Tragedy and Lessons
of Vieinam, Nueva York, 1995. i
* The Organization and Function ofthe Ministry ofInformation, cd 9161, 1918, citado en
Cate Haste, Keep the Home Fires Burning: Propaganda in the First World War, Londres
1977, pág. 21:
234
A veces los líderes saben que un público informado consideraría
demasiado elevado el coste humano de una guerra, de modo que los
hechos son cuidadosamente filtrados. En 1917, el primer ministro bri-
tánico, David Lloyd George, asistió a una comida en la que el periodis-
ta Philip Gibbs, que había vuelto de la guerra, describió el frente occi-
dental. Más tarde, Lloyd George comentó: «Hasta un público de polí-
ticos y periodistas endurecidos se sintió enormemente afectado. Si la
gente supiera realmente, la guerra se interrumpiría mañana mismo.
Pero, naturalmente, no sabe y no puede saber [...] Es algo demasiado
horrible como para que la naturaleza humana pueda soportarlo y ten-
go la sensación de no poder continuar con este maldito trabajo: de
buena gana dimitiría”.
235
informe y lo envió a su representante en el Congreso, al presidente Ni-
xon y a otros dirigentes políticos. La Casa Blanca hizo caso omiso de
la carta, pero el representante de Ridenhour en el Congreso, Mo Udall,
impulsó una investigación.
Ronald Ridenhour creía que se debía llevar ante la justicia a todos
los que habían cometido la masacre, pero también advirtió que la res-
ponsabilidad no era exclusivamente de ellos:
236
La visita a los orfanatos y campos de refugiados era una desgra-
ciada manera de pasar el día: los niños se aferraban como sanguijue-
las a cualquiera que pasaba y exigían un momento fugaz de atención
o de afecto; y las mujeres desarraigadas de su aldea por los bombar-
deros norteamericanos B-52 que habían matado a sus vecinos, pa-
rientes y, lo peor de todo, a sus hijos, repetían una y otra vez sus re-
latos. Todo eso te aturdía. Para proteger tu salud, desconectabas!”.
237
También hay otras preocupaciones por el público que empalide-
cen la realidad de la guerra. Hay fotografías que sencillamente parecen
demasiado horribles como para mostrarlas. Entre las imágenes de
Camboya desechadas por la Associated Press había una de un soldado
que sonreía mientras comía el hígado de un jemer rojo al que él mis-
mo había dado muerte, una en la que aparecían cadáveres decapitados
a los que se arrastraba de un sitio a otro y otra de una cabeza humana
a la que se hundía por los pelos en agua hirviendo!”. Para muchos de
nosotros, el estar protegidos de esas imágenes es un alivio, pero cuan-
do damos nuestro apoyo a una guerra nos falta la plena comprensión
de a qué nos estamos adhiriendo.
Al informar para la BBC Television sobre las matanzas en Bosnia,
Martin Bell estaba subordinado a las pautas de «buen gusto» para los pro-
gramas destinados a la familia antes de las nueve de la noche. Se elimina-
ban los cadáveres y la sangre, lo mismo que todo lo que pudiera irritar a
los espectadores. Una vez envió una película sobre la lucha entre musul-
manes y croatas. Había escenas extraordinariamente hermosas de batalla
en el paisaje cubierto de nieve. Pero la copia de prueba mostraba también
los costes del combate: los cuerpos amontonados de croatas capturados a
los que habían torturado y asesinado, y tras ellos imágenes de sus dolien-
tes madres y viudas. Las pautas de buen gusto sirvieron para eliminar
todo eso. Lo que se dejó en el reportaje eran «imágenes aparentemente
heroicas de rostros camuflados disparando continuamente contra las rui-
nas». E «incluso las ruinas parecían pintorescas, iluminadas por el sol de
esa época del año sobre el fondo nevado. Tenía tanto que ver con la rea-
lidad como una película de acción de Hollywood».
Al escribir más tarde (con su «inquebrantable lealtad a la BBC» y
orgulloso de trabajar para ella, «una fuerza en pro de la verdad y la li-
bertad en el mundo»), Martin Bell se ocupó de ese reportaje:
% James Fenton, 41 the Wrong Places: Adrifi in the Politics of Asia, Londres, 1988,
«pág. 21.
'5 Martin Bell, ln Harm's Way: Refletions on a War Zone Thug, Londres, 1995, pági-
nas 214-215.
238
MANIPULACIÓN DE NOTICIAS:
EL CASO DE LA GUERRA DEL GOLFO
17 John Simpson, From the House of War, Londres, 1991, págs. 17-36, 89-94.
239
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el presidente Bush lo
utilizó como argumento para justificar la guerra. =
Luego se descubrió que cinco de las siete «testigos» que intervinie-
ron en la presentación ante las Naciones Unidas habían empleado
nombres falsos sin indicarlo. Una era la hija del embajador kuwaití en
Washington. Las mujeres habían prestado testimonio por indicación
de Hill % Knowlton, empresa de relaciones públicas que cobró diez
millones de dólares por presentar el caso kuwaití. Después de la guerra,
los médicos del hospital desmintieron las alegaciones de los supues-
tos testigos. Dado que en Kuwait los iraquíes cometían muchas atro-
cidades, es extraño que a alguien se le ocurriera que hacía falta urdir se-
mejante patraña. Se la aceptó con perturbadora facilidad y sólo se la
dio a conocer una vez que había cumplido su función.
Se sostenía de manera muy generalizada, aunque tal vez incorrec-
ta, que el apoyo a la Guerra de Vietnam se había visto socavado en Es-
tados Unidos por la cobertura televisiva de los horrores. Los que diri-
gían la Guerra del Golfo no se arriesgaron en absoluto. El New York Ti-
mes describió cómo la manipulación de las noticias comenzó con «una
decisión de los funcionarios más encumbrados del gobierno, incluido
el presidente Bush, de administrar el flujo de información de tal mane-
ra que apoyara las metas políticas de la operación y evitara los errores
que se habían detectado en el caso de Vietnam»””.
En televisión, los ataques aéreos sobre objetivos iraquíes se presen-
taban como juegos de ordenador. Se elogiaban las «bombas inteligen-
tes» guiadas por radar y láser, lo que les daba una extraordinaria preci-
sión en el ataque contra objetivos militares, evitando sus inmediacio-
nes civiles. Después de la guerra, el portavoz de la Fuerza Aérea de
Estados Unidos dijo que las bombas inteligentes sumaban menos del
nueve por ciento del total de las bombas que se había lanzado sobre
Irak. El resto se lanzó desde bombarderos anticuados, con una tasa de
precisión de alrededor del veinticinco por ciento?,
Los que se preocupaban por «administrar el flujo de información»
esperaban que no llegasen de Bagdad informaciones demasiado deta-
lladas. Se instó a los corresponsales a que se marcharan y se apartó a los
que trabajaban en los periódicos norteamericanos más importantes. El
' John R. Macarthur, Second Front: Censorship and Propaganda in the Gulf War, Berke-
ley y Los Ángeles, 1993, cap. 2.
= New York Times, mayo de 1991, citado 1bíd., pág. 7.
ce Middle East Watch, Needless Deatbs in he Gulf War: Civilian Casualties During the
Air Campaign and Violations of the Laws of War, Nueva York, 1991, págs. 113-117.
240
presidente Bush telefoneó personalmente a los editores norteamerica-
nos para convencerlos de que llevaran sus equipos a Estados Unidos.
Lo que el público aceptaría era parte de la trampa en la que se encon-
traron cautivos los periodistas. En Gran Bretaña, algunos miembros con-
servadores del Parlamento presionaron al Secretario de Asuntos Exterio-
res para que persuadiera a las organizaciones de radiodifusión de que re-
tiraran sus corresponsales de Bagdad. Uno se refirió a la BBC como la
«Baghdad Broadcasting Corporation». En Estados Unidos, Peter Arnett,
que permanecía en Bagdad como reportero de la CNN, fue sometido a
ataques similares a los que había padecido Harrison Salisbury en Hano1.
También a Arnett se le comparó con Lord Haw Haw por una de las crí-
ticas que hizo y fue atacado por el general Schwarzkopf por difundir in-
formación acerca de edificios civiles bombardeados”.
Estos ataques se intensificaron cuando la noticia que había de
transmitirse era la destrucción, por parte de un misil norteamericano,
de un refugio antiaéreo en Al Amiriya, en Bagdad. Dos o tres centena-
res de civiles, incluso muchas mujeres y niños, murieron quemados.
Las escenas que se veían en televisión mostraban lo que a veces hay en
realidad detrás de las simulaciones de los juegos de ordenador. Algu-
nos habrían preferido que esas noticias se suprimieran. Tanto la CNN,
en Estados Unidos, como la BBC y la ITNY, en Gran Bretaña, recibie-
ron llamadas telefónicas de protesta.
La masacre de tropas iraquíes en retirada en Mutla Ridge también
planteó ciertas cuestiones acerca de la información de la realidad de la
guerra, que era mal acogida. En Gran Bretaña se produjo un cierto de-
bate cuando el Observer publicó la fotografía realizada por Kenneth Je-
resky de la cabeza de un soldado iraquí. El hombre tenía quemado el
pelo, los ojos fuera de las órbitas y carbonizadas la nariz y la boca. El
aspecto de la cara oscilaba entre el de un rostro y el de un cráneo. A al-
gunos les pareció que eso era llevar demasiado lejos el horror. Ningún
periódico norteamericano habría cogido la imagen.
Otros creían que era importante mostrar la realidad de la guerra.
Alex Thomson, reportero de guerra para Channel Four News, opinó lo
siguiente: «Lo que sucedió en Mutla Ridge no fue un tranquilo en-
tierro militar de personas tendidas bajo mantas y con sus fusiles atrave-
sados sobre el pecho, sino de gente hecha jirones que había muerto que-
21 Alex Thomson, Smokescreen: The Media, the Censors, the Gulf, Tunbridge Wells,
1992, págs. 215-221.
2 Ibíd., págs. 235-238.
241
mada cuando trataba de salvarse»?. Se decía que las imágenes televisi-
vas de la masacre influyeron en la decisión del presidente Bush de po-
ner fin a la guerra antes de que el placer público por la victoria se tro-
case en repulsión”,
Durante la guerra, la censura fue utilizada para mantener apartado
de la ansiedad o de las malas noticias al público interno. A los fotógra-
fos no se les permitía mostrar los muertos de la coalición”. Stephen
Sackur, que cubría la información sobre la guerra de la BBC Radio,
preguntaba cuántos de los diecisiete militares británicos muertos du-
rante la ofensiva terrestre, habían muerto a causa del fuego iraquí. Se
le había dicho que era imposible hacer públicos los detalles de las ba-
jas”. Un brigadier aleccionaba a la tropa acerca de una esperada bata-
lla con tanques. Dijo que oirían los gritos de sus amigos que agoniza-
ban horriblemente quemados. Nunca olvidarían la experiencia y ten-
drían pesadillas para el resto de su vida. Simon Clifford, reportero para
periódicos provinciales de Gran Bretaña, reprodujo la alocución del
brigadier, pero estos fragmentos fueron tachados por los censores de la
Unidad de Transmisión Avanzada”.
Los informadores que estaban con las fuerzas de coalición fueron
sometidos a un sistema según el cual se les prestaba ayuda oficial y de-
bían compartir entre ellos la información (el sistema de «consorcio»).
La vida se hacía difícil para los que no se adherían. A uno de ellos, Ro-
bert Fisk, del Independent, se le dijo: «No tiene permiso para hablar con
los marines norteamericanos y ellos no tienen permiso para hablar con
usted.» Los reporteros de la televisión francesa se jugaron la vida para
filmar la lucha en Jafji. No violaron las pautas de seguridad, pero se les
confiscó la película: no estaban en el consorcio.
Se suponía que los que se adhirieron al consorcio irían siempre es-
coltados. Los miembros del consorcio estaban sometidos a severas res-
tricciones para dirigirse a los soldados. En las fuerzas norteamericanas
había siempre un oficial de asuntos públicos (OAP). Gary Matsumoto,
reportero de la NBC, observó el efecto de su OAP sobre los soldados
entrevistados. El oficial los miraba fijamente a los ojos, «extendía la
mano con una grabadora y la ponía en funcionamiento ante la cara mis-
ma de los soldados. Evidente intimidación [...] que se ponía claramente
242
de manifiesto en las reacciones de los soldados. Después de cada entre-
vista, el soldado lanzaba un profundo suspiro y se volvía al OAP para
preguntar: “¿Conservaré mi empleo?”»,
Stanley Cloud, jefe de la oficina de Time en Wahsington, dijo más
tarde: «Fue la pertenencia a ese consorcio lo que dio al Pentágono la
llave para controlar todo lo que hacíamos en la Guerra del Golfo.»
Y dijo también:
243
las banderas dijo que también los periodistas eran guerreros. Depen-
dían de los soldados en materia de protección e incluso de informes y
de noticias. «Tan dependientes llegaron a ser los periodistas respecto de
la información que proporcionaban las autoridades militares occiden-
tales en Arabia Saudita, tan enamorados de su tecnología, que los in-
formadores de prensa y de televisión terminaron atrapados»,
TRIBALISMO
2 Robert Fisk, «Free of Report What We're Told», Independent, 6 de febrero de 1991.
33 TheTimes, 2 de septiembre de 1914.
34 Haste, Keep the Home Fires Burning, pág. 127.
244
Dentro de la misma campaña, dijo Horatio Bottomley: «Hago un
llamamiento a una vendetía, una vendetta contra todo alemán que haya
en Gran Bretaña, “naturalizado” o no... No se puede “naturalizar” un
aborto contra natura, una monstruosidad infernal. Pero sí se la puede
exterminar.» Instó a que se obligara a los alemanes naturalizados a usar
un distintivo y a que no se les permitiera salir después de la puesta del
sol. Había que excluir de las escuelas a sus hijos. Y además apoyaba
este tratamiento a los alemanes con fantasías que alentaban a despo-
seerlos de toda dignidad protectora. Después de la guerra, «si por ca-
sualidad descubre usted un día en un restaurante que el camarero que
le sirve es alemán, arrójele la sopa a su asquerosa cara; si descubre que
está sentado junto a un oficinista alemán, vuélquele el tintero sobre su
asquerosa cabeza»**.
A pesar de la histeria, hay personas que mantienen viva la dignidad
humana. En New College, Oxford, se exhibieron bajo el encabeza-
miento «Por la Patria» las listas de sus miembros muertos en la guerra.
Tres de los soldados alemanes que murieron en 1914 habían estado en
el College. En 1915, un visitante norteamericano escribió al Morning
Post para expresar su disgusto ante el hecho de que en la lista figuraran
los tres alemanes. Warden Spooner respondió que «los alemanes no
habían cometido ningún acto ignominioso al luchar por su país» y que
uno de ellos había muerto «mientras transportaba a un camarada her1-
do». Spooner sugirió que «mantener un espíritu de odio contra los que
han pasado a otro mundo no nos hace mejores patriotas ni mejores
hombres». (Más tarde, el tutor de Filosofía H. W. B. Joseph convenció
al College de que erigiera un monumento en memoria «de los hom-
bres de este College que, llegados de tierra extraña, se incorporaron a
la herencia de este lugar, y que, tras su regreso, lucharon por sus respec-
tivos países en la Guerra (1914-1918)»*. Pero estas excepciones en el
ambiente de tribalismo eran muy raras.
La Segunda Guerra Mundial distó mucho de ser un mero con-
flicto tribal, pero, sobre todo en la Guerra del Pacífico, las actitudes
en el frente interno fueron enormemente tribales y a veces incluso
racistas.
Del lado japonés, había quienes sostenían la creencia en su supe:
rioridad racial. Un año antes de la guerra, el político Nakajima Chiku-
hei dijo que en el mundo había razas superiores y razas inferiores y que
la raza superior tenía el deber sagrado de iluminar a las inferiores. Pues-
245
to que los japoneses eran descendientes racialmente puros de los dio-
ses, eran también «la única raza superior del mundo»”.
Cuando llegó la guerra, llegaron también los estereotipos racistas
de los norteamericanos y de los británicos. Un novelista japonés dijo
que «estaba ansioso por golpear hasta hacer pomada a esos norteame-
ricanos bestias e insensibles». Una publicación describía al «bestial»
enemigo como demonios, diablos, malvados, monstruos y como «sal-
vajes peludos y de nariz retorcida». Otro instaba a la exterminación:
«¡Golpead y matad a estos animales que han perdido su naturaleza hu-
mana! Esa es la gran misión que el Cielo ha encomendado a la raza ya-
mato por la paz eterna del mundo!» Otra revista, refiriéndose a los nor-
teamericanos, decía que «cuantos más sean lo que se mande al infier-
no, más limpio estará el mundo»*,
El racismo no era sólo japonés. En Estados Unidos, a los japoneses
los llamaban «vientres amarillos», «bastardos amarillos» o «monos ama-
rillos». El almirante Halsey, de la Armada norteamericana, dijo que es-
taba impaciente por ir a comer más «carne de mono». En Gran Breta-
ña, Sir Alexander Cadogan, Secretario Permanente del Foreign Office,
dejó escrito en su diario que los japoneses eran «monitos bestiales». El
general australiano Sir Thomas Blamey dijo del soldado japonés que es
«una bestia subhumana» y «cruce de ser humano y de simio».
Había formas aún peores de deshumanización. Sir Thomas Blamey
dijo lo siguiente: «tenemos que exterminar a esa peste». El periodista Er
nie Pyle dijo a su vez: «aquí me he dado cuenta enseguida de que a los
Japoneses se les despreciaba como a algo subhumano y repulsivo, más o
menos lo que algunas personas sienten respecto de las cucarachas o los
ratones». Describió a unos prisioneros japoneses: «Luchaban, reían y
charlaban como seres humanos normales. Y sin embargo me daban re-
pugnancia y después de verlos tenía el deseo de darme un baño men-
tal.» Las pegatinas de los coches mostraban ratas con rostros de Japone-
ses. The Nation oponía la muerte viril del soldado norteamericano típico
a la manera en que morían los soldados japoneses, como ratas arrinco-
nadas. Los lanzallamas que se usaban para atacar las posiciones japone-
ses se anunciaban en el New York Times con la imagen de un ataque y la
leyenda: «Limpieza de un nido de ratas».
La lealtad tribal que la guerra evoca puede convertirse en odio tri-
bal. El racismo antijaponés en los países aliados condujo a actitudes
246
que en otros momentos habrían sorprendido. El comandante de un
submarino norteamericano fue condecorado por una acción en la
que hundió un buque japonés y en la que pasó más de una hora ma-
sacrando a los supervivientes. Un informe de la revista T72me sobre
otra masacre de japoneses que habían sobrevivido en botes salvavi-
das dio lugar a una carta de crítica moral, que se publicó. Muchas de
las respuestas a esa carta afirmaban que las atrocidades japonesas jus-
tificaban la masacre. Un lector replicó que era la «matanza de inútt-
les serpientes de cascabel». Otro había «gozado extraordinariamen-
te» al leer la información acerca de la matanza. Un tercero dijo que
«una buena costumbre norteamericana que me gustaría ver es la de
tener una piel de japonés clavada en las puertas de todas las “letri-
nas” de Estados Unidos»*.
El racismo influyó en las actitudes relativas a la política. El almiran-
te Halsey exigió la «eliminación prácticamente total de los japoneses
como raza». El presidente de la Comisión de Personal de Guerra sugt-
rió «el exterminio de los japoneses en su totalidad». Las encuestas suge-
rían que más del diez por ciento de los norteamericanos apoyaban la
«aniquiliación» o la «exterminación» de los japoneses como pueblo.
Una encuesta de diciembre de 1945 mostraba que más de la quinta
parte de los norteamericanos lamentaba que no se hubieran usado mu-
chas bombas atómicas más antes de que Japón tuviera oportunidad de
rendirse*!,
El racismo mutuo de la Guerra del Pacífico fue un caso extremo.
Pero en la mayoría de las guerras es importante el tribalismo del frente
interno. La propaganda oficial, que alimenta a la gente que a menudo
está demasiado dispuesta a creer, distorsiona su juicio y debilita su ca-
pacidad de crítica. Como descubrieron Erich Maria Remarque y Ro-
bert Graves, la visión que se tiene de la guerra puede tener poca rela-
ción con su realidad. En Alemania, el frente interno era «un mundo ex-
traño», y en Inglaterra «hablaba una lengua extranjera». La versión
oficial de los acontecimientos crea la solidaridad tribal y la disposición
mental a practicarla. En el frente interno el tribalismo y la creencia se
combinan para sostener la trampa de la guerra.
247
CAPÍTULO 21
R. G. COLLINGWOOD, An Autobiography
248
cipa en las discusiones. Se interrumpen las negociaciones y se lanza un ul-
timátum. Los demás encendemos la televisión y nos encontramos en
guerra. Á menudo, incluso los líderes que toman la decisión se ven atrapa-
dos en una guerra que la mayoría de ellos no desea. Así ocurrió en 1914.
Sólo cuatro letras y dos números bastaron para que todos, sin
discusión, estuviéramos de acuerdo en lo que teníamos que hacer.
Se hallaban contenidos en la fatídica fecha, 28 de junio [derrota ser-
bia a manos de los turcos en la batalla del Campo de los Mirlos, Ko-
sovo, en el año 1389]. ¿Cómo se atrevió Francisco Fernando, no
sólo representante del opresor, sino tirano arrogante él mismo, a en-
249
trar en Sarajevo ese día? Esa entrada fue un insulto estudiado. El 28 de
junio es un día profundamente grabado en el corazón de todos los ser-
bios [...] No era el día para que Francisco Fernando, el nuevo opresor,
se aventurara a presentarse a las puertas mismas de Serbia para presen-
ciar un desfile de las fuerzas armadas que nos mantienen bajo su bota.
Tomamos la decisión casi de inmediato. ¡Muerte al tirano!?.
Austria-Hungría y Serbia
? New York World, 29 de junio de 1924, y en John Carey (comp.), The Faber Book of
Reportage, Londres, 1987.
250
bajador austrohúngaro: «¡Estáis prendiendo fuego a Europa!». El se-
cretario británico de Exteriores, Sir Edward Grey, dijo que eso era «más
duro en el tono y más humillante en los términos que cualquier comu-
nicación conocida que haya dirigido un gobierno independiente a
otro»?,
Esa dureza era intencional. Una reunión del Consejo de Ministros
austrohúngaro acordó, de forma prácticamente unánime, que «las
exigencias que se dirijan a Serbia sean tan rigurosas que hagan casi se-
guro su rechazo, de modo que quede abierto el camino a la solución
radical mediante una acción militar». El conde Leopoldo Berchtold,
ministro de Exteriores austríaco, dijo al embajador alemán que para él
sería «muy desagradable» que los serbios aceptaran el ultimátum.? Tras
haber esperado veinticinco días para dar a conocer el ultimátum, Aus-
tria- Hungría exigía respuesta en cuarenta y ocho horas.
La dureza del ultimátum se debía en parte al estímulo y a la presión
de Alemania. El embajador alemán hizo saber a Berchtold que la ac-
ción contra Serbia era algo completamente esperado y que «Alemania
no entendería» que se desaprovechara esta oportunidad”. En Berlín se
dijo que los alemanes estarían «de acuerdo con cualquier procedimien-
to que decidan poner allí en práctica, incluso a riesgo de una guerra con
Rusia». El embajador austríaco dijo: «Aquí se considera que toda demo-
ra en la iniciación de las operaciones de guerra agrava el peligro de in-
terferencia por parte de potencias extranjeras. Se nos ha aconsejado con
insistencia que procedamos sin demora y pongamos al mundo ante un
fait accompli*. Probablemente Austria-Hungría pensó que el respaldo de
Alemania disuadiría a Rusia de intervenir en apoyo de Serbia.
La respuesta serbia al ultimátum, el 25 de julio, aceptaba casi todas
las exigencias, pero objetaba la participación austrohúngara en la inves-
tigación del asesinato. Entonces Austria-Hungría rompió las relaciones
diplomáticas. '
251
El 27 de julio, en un intento de pacificación, Sir Edward Grey habló
con Lichnowsky, el embajador alemán en Londres. Tras decirle que ha-
bía requerido moderación a Rusia, pidió a Alemania que persuadiera a
Austria de que aceptara la respuesta de Serbia al ultimátum. Lichnowsky
envió un telegrama en este sentido a Theobald von Bethmann Hollweg,
el canciller, quien se lo pasó al káiser. El 28 de julio, éste decía que la res-
puesta serbia contenía «el anuncio urbi et orbí de la más humillante de las
capitulaciones, a raíz de lo cual se desmoronaba cualquier motivo para la
guerra». El 30 de julio, Bethmann Hollweg envió un cable a Viena: «Por
supuesto, estamos dispuestos a cumplir con las obligaciones de nuestra
alianza, pero debemos negarnos a ser caprichosamente arrastrados a una
conflagración mundial por Viena, que ha hecho caso omiso de nuestro
consejo»! Al mismo tiempo, sin embargo, el Comandante en Jefe ale-
mán, general Helmuth von Moltke, recomendaba al ejército austríaco
que no se arriesgara a un nuevo retraso de la movilización.
El propio Berchtold esperaba que una declaración de guerra llevaría
a Serbia a someterse sin lucha. El 28 de julio, Austria-Hungría declaraba
la guerra a Serbia. (Como el embajador austríaco ya había abandonado
Belgrado, la declaración de guerra fue enviada por telegrama y, por un
instante, el primer ministro serbio creyó que se trataba de una broma.)
El 29 de julio se informó al embajador británico que Bethmann
Hollweg había transmitido la propuesta británica de que Austria acep-
tara la respuesta serbia, pero le habían respondido que era «demasiado
tarde para actuar de acuerdo con su sugerencia, pues los acontecimien-
tos se han precipitado»!?.
Rusia y Alemania
252
a Serbia en una crisis. Tanto el honor como la credibilidad hacían im-
portante no volver a retroceder.
El 25, Rusia respondió a la intimidación austríaca de su aliado con
una movilización parcial. Entre el zar y el príncipe serbio se produjo
un emotivo intercambio de telegramas. El 27 de julio le envió el cable
siguiente: «Al dirigirse a mí en este momento extraordinariamente difí-
cil, Su Alteza Real no se engaña respecto de los sentimientos que aca-
ricio hacia Vos ni de mi afecto sincero por la nación serbia.» Hablaba
de impedir los horrores de una nueva guerra, pero decía que «si, con-
trariamente a nuestros mejores deseos, no tenemos éxito, Su Alteza
puede estar segura de que en ninguna circunstancia Rusia permanece-
rá indiferente al destino de Serbia.» El día 29, el príncipe heredero con-
testó que estaba «profundamente conmovido» por el telegrama del zar,
que «nos colma el alma con la esperanza de seguridad para el futuro de
Serbia», y decía que «los sentimientos [serbios] de profunda gratitud...
se preservarán como algo sagrado en el alma de todos los serbios».
Alemania tenía la impresión de que Rusia no obtendría demasiado
apoyo de su aliada, Francia. El 29 de julio, Alemania advirtió que una
nueva movilización rusa impulsaría necesariamente la movilización
alemana. Los ministros rusos respondieron con la propuesta de un mo-
vilización general inmediata, pero el zar vaciló. El 30 de julio estaba
claro que Austria no suspendería su acción contra Serbia y Rusia anun-
ció una movilización general. El kaiser envió al zar un telegrama en el
que decía que la paz dependía de que Rusia detuviera su movilización.
El zar mostró el telegrama a su ministro de Asuntos Exteriores y dijo
con voz agitada: «Pide lo imposible... Si accediera ahora a las exigen-
cias alemanas, nos encontraríamos desarmados contra el ejército aus-
tríaco que ya está movilizado. Sería una locura»*”.
El 31 de julio Alemania declaró el estado de «peligro inminente de
guerra» y amenazó con la movilización general a menos que Rusia sus-
pendiera las «medidas bélicas». El 1 de agosto Alemania declaró la
guerra a Rusia y anunció la movilización general.
Alemania y Francia
253
en calidad de garantía, mientras durara la guerra. Alemania preten-
día que Francia aceptase estos términos humillantes en dieciocho
horas.
Los planes de Alemania se basaban en la necesidad de evitar tener
que luchar en dos frentes: uno contra Rusia y otro contra Francia. El
plan Schlieffen (así llamado por el general que lo ideó) era atacar a
Francia de inmediato y obtener la victoria en Occidente antes de vol-
verse hacia Rusia.
La movilización alemana era una amenaza para Francia. El 1 de
agosto, también Francia fue movilizada.
Los esfuerzos diplomáticos para evitar la guerra se convirtieron
en una farsa. (Tomo este relato del libro de Barbara Tuchman titula-
do The Guns ofAugust.) El día que Francia y Alemania se movilizaron,
Sir Edward Grey volvió a intentar mantener la paz. Telefoneó a Lich-
nowsky, el embajador alemán, y le ofreció mantener la neutralidad
de Francia si Alemania se declaraba neutral respecto de Francia y Ru-
sia. Lichnowsky interpretó mal la propuesta. Pensó que Grey ofrecía
la neutralidad de Francia en una guerra entre Rusia y Alemania, con
tal de que ésta no atacara a Francia. Envió a Berlín un telegrama en
ese sentido.
El 1 de agosto Alemania invadió Luxemburgo con la excusa de que
eso era necesario para proteger las comunicaciones ferroviarias contra
un posible ataque francés. El 2 de agosto Alemania envió un ultimá-
tum a Bélgica, solicitando el libre paso por ese país de las tropas que
invadirían Francia, solicitud que fue denegada.
Al atardecer del 1 de agosto, poco antes de que debiera comen-
zar la invasión a Luxemburgo, llegó a Exteriores el telegrama de
Lichnowsky con la versión mal interpretada del ofrecimiento de
Grey. Bethmann Hollweg, junto con su ministro de Asuntos Exte-
riores, se lanzaron sin pérdida de tiempo en un taxi al palacio con el
cable.
El káiser leyó el telegrama a Moltke y ordenó que todo el ejérci-
to marchara hacia el este, pues ya podían pelear sólo con Rusia. Moltke
había pasado años preparando la puesta en práctica del plan Schlief
fen. Previó las caóticas consecuencias que tendría adoptar el repenti-
no cambio que el káiser había impuesto a su estrategia y simplemen-
te se negó a aceptarlo: «Su Majestad, eso no se puede hacer. El des-
pliegue de millones de soldados no se improvisa. Si Su Majestad
insiste en llevar todo el ejército al este, no será un ejército listo para
la batalla, sino una multitud de hombres armados sin aprovisiona-
miento asegurado. La organización de tal abastecimiento lleva todo
254
un año de complicado trabajo y una vez establecida no se puede al-
terar»!”.
A regañadientes, el káiser se dejó convencer por Moltke. Envió en-
tonces un telegrama a Inglaterra, en otro intento de negociar la neutra-
lidad francesa, pero advirtió que la invasión de Luxemburgo socavaría
ese movimiento diplomático. Sin consultar con Moltke, ordenó que se
enviara un mensaje telefónico, seguido de un telegrama, en el que can-
celaba la invasión. Moltke, desesperado, se dirigió al Comandante en
Jefe y se negó a firmar la versión escrita de la orden de detener la inva-
sión. La llamada telefónica había llegado demasiado tarde y la inva-
sión, tal como estaba previsto, había dado ya comienzo a las siete. A las
siete y media, el ejército invasor fue alcanzado por coches procedentes
de Alemania que les ordenaron regresar porque había habido un error.
Pero era demasiado tarde, pues la noticia de la invasión ya había sido
enviada a toda Europa. La invasión fue completada el 2 de agosto y al
día siguiente Alemania declaró la guerra a Francia e invadió Bélgica.
293
y ambigua actitud británica alimentaba la esperanza alemana de que
así ocurriera.
En los fines de semana, a Sir Edward Grey le gustaba escaparse a Ít-
chen Abbas para pescar. Quince años antes, en su libro sobre la pesca
con mosca, había escrito acerca de la opresión de los duros pavimen-
tos de Londres durante los calurosos días de verano:
Felizmente, el fin de semana es posible escapar, si no a la intimi-
dad del hogar, a algún retiro campestre, y el síbado combinar con
esto lo mejor de la pesca con mosca [...] Los primeros trenes dejan
Waterloo, el sitio habitual de partida hacia el Itchen o el Test, a las seis
en punto de la mañana o muy poco después [...] Entre las ocho y las
nueve te apeas del tren y en unos minutos más te encuentras entre to-
das esas cosas tan largamente anheladas [...] Agradeces la hierba sobre
la que caminas e incluso el suave polvo campestre entre los pies'”.
256
de todos nuestros programas y preparativos. ¡Mire nuestra Flota!
Toda nuestra Flota está en el Mediterráneo como consecuencia de
nuestros acuerdos con usted, y nuestras costas han quedado abiertas
al enemigo. ¡Nos ha dejado usted completamente al descubierto!
[...] ¿Et Phonneur? ¿Est-ce que 'Angleterre comprend ce que c'est
Phonneur?**,
La sensación de derrota
257
una vez desencadenada la guerra. Dice haber percibido la angustia en
los ojos de Bethmann Hollweg:
258
Al caer la tarde del 3 de agosto, Sir Edward Grey pronunció estas
famosas palabras: «Las lámparas se apagan en toda Europa; no volve-
remos a encenderlas en toda nuestra vida.»
2. CONFUSIÓN E INCOMUNICACIÓN
Intenciones ambiguas
Cuando los gobiernos quieren evitar la guerra y sus fines son sufi-
cientemente compatibles como para llegar a acuerdos, hay una opor-
tunidad de lograr la paz. Esta oportunidad se reduce cuando los obje-
tivos son menos coherentes. Un gobierno dividido o confuso acerca
de sus metas puede actuar irracionalmente y dificultar así la respuesta de
los otros gobiernos a su política.
El gobierno británico no quería la guerra, pero estaba dividido sobre
la vía hacia la paz. ¿Había para ello que evitar implicarse con Francia?
¿O había que disuadir a Alemania mediante un firme compromiso con
Francia? Esta división reflejaba la opinión pública. El ala anti-bélica del
Partido Liberal refrenaba al gobierno y la oposición conservadora le ins-
taba a no abandonar a Francia. La confusión del gobierno sobre sus fi-
nes se puso de manifiesto en la incoherencia entre Lord Esher, para el
que Gran Bretaña estaba sin duda comprometida con la lucha, y Sir
Edward Grey, quien dijo al embajador alemán que Gran Bretaña no te-
nía obligaciones con Francia en la eventualidad de una guerra europea
y que deseaba preservar «una mano absolutamente libre»”, Francia te-
nía la impresión de que podría contar con la Royal Navy, mientras que
Alemania creía que Gran Bretaña permanecería neutral.
Mucho mayor era la ambigúedad que presentaban los fines del go-
bierno alemán, reflejada en las opiniones de los historiadores más re-
259
cientes, que discrepan sobre si los dirigentes alemanes tenían o no la
guerra europea como meta.
Fritz Fischer, a favor del argumento de que Alemania buscaba la
guerra, menciona la presión ejercida sobre Austria para que presentara
a Serbia un ultimátum inaceptable. Algunos líderes alemanes conside-
raban que la guerra era ineludible y necesaria y sólo simulaban coope-
rar en los esfuerzos por lograr la paz. Helmuth von Moltke concebía la
guerra en términos raciales y la tenía por inevitable. Dejó escrito lo st-
guiente: «Más tarde o más temprano, es inexorable el estallido de una
guerra europea, y esa guerra, en último término, se dará entre tentones y
eslavos. Todos los Estados que sostienen la bandera de la cultura espirt-
tual alemana tienen el deber de prepararse para ese conflicto»?*. Moltke
deseaba que esa guerra inevitable ocurriera pronto, antes de que Rusia
y Francia estuvieran bien preparadas.
También otros líderes alemanes estaban dispuestos a afrontar una
guerra, pero esperaban que fuera una guerra localizada. Bethmann
Holweg dijo al embajador alemán en Viena que Alemania sólo se
comprometía a «hacer posible la realización de la aspiración austro-
húngara sin desatar al mismo tiempo una guerra mundial y, si ésta re-
sultaba inevitable a pesar de todo, a mejorar en todo lo posible las
condiciones en las que debía librarse»?*. A finales de julio parecía me-
nos posible una guerra localizada y Bethmann Hollweg presionó a
Austria para que aceptara la mediación. Un observador en Berlín se-
ñaló el contraste entre Moltke, que promovía la guerra, y los esfuer-
zos de Bethmann Hollweg para «pisar el freno con toda energía»?*.
Bethmann Hollweg fue derrotado. En el primer mes de guerra dijo a
un amigo: «Durante cinco años he trabajado para evitar esta loca
guerra. Pero este trabajo y esta esperanza se me han deshecho entre
las manos»”.
El káiser se hallaba a ambos lados del debate. Como Moltke, creía
en un conflicto racial inevitable: antes de la crisis había escrito acerca
de «la lucha inminente por la existencia que los pueblos germánicos de
Europa (Austria, Alemania) tendrán que librar contra los eslavos (ru-
sos) y sus partidarios latinos (galos)». Pero en la crisis de julio pensó
2 Fritz Fischer, Germany's Aims in the First World War, Londres, 1967, págs. 32-33.
25 Ibíd., pág. 72.
a El agregado militar sajón, citado en V. R. Berghahn, Germany and the Approach of
War in 1914, Londres, 1973, pág. 203.
deKonrad H. Jarausch, 7he Enigmatic Chancellor: Bethmann Hollweg and the Hubris of
Imperial Germany, New Haven, 1973, pág. 180.
260
que la respuesta serbia al ultimátum eliminaba los fundamentos para
una guerra en ese momento.
El káiser era la autoridad última, pero era débil y más bien torpe.
Sus comentarios marginales a los documentos y a las cartas durante la
crisis muestran irritación. Los serbios eran «orientales y, por tanto,
mentirosos, tramposos y campeones de la evasión». Otro comentario
sobre los serbios era: «¡No dejar de pisar los talones a esa gentuza!» En
referencia a uno de los intentos de mediación de Grey dijo que era un
«ejemplo tremendo de insolencia británica». Una nota marginal sobre
Grey decía: «¡Vulgar canalla!» Y en otra sobre los ingleses se lee: «Esa
ordinaria pandilla de tenderos ha tratado de engañarnos con comidas
y discursos»?, A veces se refería a su posición en términos grandilo-
cuentes: en 1910 dijo que gobernaba «como instrumento del Señor»?.
En el verano de 1914, uno de sus amigos le notó «más nervioso que de
costumbre». Durante la crisis de julio se hallaba en un peligroso estado
de ansiedad por no mostrarse débil. Gustav Krupp se encontró el 6 de
julio con él y le pareció casi patética la manera en que el káiser decía
una y otra vez: «No me rajaré»”.
La falta de coherencia del gobierno alemán influyó en su respues-
ta a las propuestas de paz de Grey. Por cierto que hubo una relativa de-
cepción: Alemania había planeado por anticipado mostrarse sor-
prendida cuando se entregase el ultimátum austríaco. El ministerio ale-
mán de Asuntos Exteriores transmitió a Austria el requerimiento de
Grey de un aplazamiento del últimatum cuando éste ya había expira:
do. Y transmitió ciertas propuestas británicas de paz posteriores acla-
rando al embajador austríaco que Alemania «no se identifica con estas
propuestas, que por el contrario aconseja no tomar en cuenta, pero
que tiene la obligación de comunicar para satisfacer al gobierno in-
glés»*!. Bethmann Hollweg comentó lo siguiente: «Si rechazamos todo
intento de mediación, el mundo entero nos hará responsables de la
conflagración y nos verá como los verdaderos belicistas. Esto haría im-
posible nuestra situación aquí, en Alemania, donde hemos conseguido
aparecer como si la guerra se nos impusiera.» Se envió un mensaje a
Londres en el que se decía: «Hemos iniciado al instante la mediación
en el sentido deseado por Sir Edward Grey»”?.
28 Guillermo II, en Geiss, July 1914, págs. 171, 182, 256, 290.
22 Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 86.
30 Max Warburg a Gustav Krupp, citado 1bíd., pág. 193.
31 Telegrama de Szógény a Berchtold, 27 de julio de 1914, en Geiss, July 1914, pág. 236.
32 Fischer, Germany's Aims, págs. 70-71.
261
Alemania alentaba a Austria a que fuera dura y sin embargo afirma-
ba que deseaba la paz. Si el gobierno alemán hubiera tendido sin am-
bigiedad a la paz a lo largo de la crisis, probablemente no habría habi-
do guerra. Algunos dirigentes alemanes deseaban la guerra y todos es-
taban dispuestos a correr el riesgo de una guerra importante: pero
había quienes, como Bethmann Hollweg, alentaban la esperanza de
que pudiera limitarse la guerra a Austria-Hungría y Serbia. No había co-
herencia. Ni el káiser, ni Bethmann Hollweg, ni Moltke, eran plenamen-
te responsables y la política alemana estaba hasta cierto punto en manos
de partidarios de la guerra. La esperanza de paz residía en que, de 1gual
modo hasta cierto punto, la política alemana estaba también en manos
de personas a medias contrarias a la guerra. No fue suficiente.
262
ción a este respecto y se llegó a plantear la cuestión en la Cámara de los
Comunes. Grey replicó que no existía ningún acuerdo secreto que com-
prometiera a Gran Bretaña a participar en una guerra europea. Bethman
Hollweg tomó esto como una mentira y se sintió traicionado por Grey.
También estaba la falta de claridad. El poco claro ofrecimiento de
Grey de mantener a Francia neutral si Alemania preservaba la paz tan-
to con Rusia como con Francia fue entendido por Lichnowsky como
algo más que una concesión. A veces la claridad no era siquiera el ob-
jetivo de la política británica. Un ministro expresó el pensamiento de
que «si ninguno de los dos lados sabe lo que haremos, ambos tendrán
menos interés en correr riesgos»**, Esa ambigiedad permitió por des-
gracia que el gobierno alemán contara con la neutralidad británica.
Aun cuando todos los gobiernos hubieran querido con toda since-
ridad evitar la guerra, se necesitaba mucho optimismo para apostar que
la paz sobreviviría a tanto enredo y tanta confusión.
263
Bethmann Hollweg repitió esto el 29 de julio en su advertencia al
ministro ruso de Asuntos Exteriores: «La continuación de la moviliza-
ción rusa nos obligaría a movilizarnos, y en ese caso sería casi impost-
ble impedir una guerra europea»”,
Por otra parte, en Rusia el jefe del Estado Mayor, general Yanushke-
vich, tenía extremado interés en pasar de la movilización parcial a la to-
tal. Mencionaba «el gran peligro que significaría para nosotros no estar
preparados para la guerra con Alemania». Y agregó (una vez dada esta or-
den): «Me marcharé, romperé el teléfono y adoptaré en general medidas
para que sea imposible encontrarme y hacerme dar órdenes en sentido
contrario.» El 30 de julio, el zar fue persuadido de lo peligroso que era no
tener la preparación adecuada para una guerra aparentemente inevitable,
y ordenó la movilización general. El ministro de Asuntos Exteriores le
dijo a Yanushkevich: «Ya puede usted romper su teléfono»”.
A. J. P. Taylor, en un comentario típicamente provocativo, dijo
que el estallido de la Primera Guerra Mundial se debió a las rigideces
de los horarios de los ferrocarriles. Puesto que «movilizar» era enviar
grandes cantidades de tropas a grandes distancias por ferrocarril, ni Ru-
sia ni Alemania estarían a salvo si no actuaban de inmediato. Sólo mo-
vilizarse antes de tener claro que la otra parte ya lo había hecho podía
evitar comenzar la guerra en desventaja*?. Es obvio que la observación
de Taylor es una exageración, pero algo de cierto hay en ella. A causa
de sus disposiciones en materia militar, los gobiernos se encerraron en
una posición tal que fue dificil evitar la guerra. La planificación con-
junta con Francia, que se adoptó sin tener suficientemente claras sus
consecuencias, significaba que el gobierno británico estaba atrapado
entre la guerra y la deshonra. El plan Schlieffen hizo muy dificil para
Alemania dejar sola a Francia y llevar las tropas alemanas al este.
La impresión de que los políticos caminaban como sonámbulos
hacia la guerra proviene en parte del hecho de que a menudo tenían
poca idea de hasta qué punto estaban atrapados. El ministro ruso de
Asuntos Exteriores, Sazonov, no intuía siquiera los riesgos de la movi-
lización. Dijo al embajador alemán: «Seguramente la movilización no
equivale a la guerra con usted. ¿Verdad?» (El embajador, que era más
realista, respondió: «En teoría, quizás no ... pero una vez que se ha
264
apretado el botón y se ha puesto en funcionamiento la maquinaria de
la movilización, es imposible detenerla»)””.
Tal vez la guerra con Francia y Gran Bretaña se habría evitado si el
káiser hubiera tenido fuerza suficiente para imponer a Moltke su prefe-
rencia por mandar el ejército al este. La manera en que cedió ante
Moltke, junto con la negativa de éste a firmar la orden de dejar sin efec-
to la invasión de Luxemburgo, muestra hasta qué punto el ejército ha-
bía escapado del control político. Si los militares no se hubieran sentt-
do libres para llevar adelante su táctica, tal vez en esa ocasión habría
podido evitarse la guerra. De haber seguido Austria el consejo del kái-
ser, la respuesta de los serbios al ultimátum habría sido aceptada, pero
prevaleció el punto de vista militar que expresaba Moltke. Cuando lle-
garon las noticias contradictorias, el ministro de Exteriores austríaco,
Berchtold, preguntó: «¿Quién gobierna en Berlín ahora, Bethmann o
Moltke?»%,
32 James Joll, «Politicians and the Freedom to Choose», en Alan Ryan (comp.), 7he
Idea ofFreedom: Essays in Honour ofIsaiah Berlin, Oxford, 1979, pág. 110.
40 Joll, Origins of the First World War, págs. 20-21.
41 Grey, Twenty-five Years, vol. 2, pág. 52.
265
francesa entre 1815 y 1904, y Paul Kennedy ha mencionado la carrera
armamentista europea de finales de los años ochenta y comienzos de
los noventa del siglo x1x*. Tampoco la carrera armamentista de la
Guerra Fría condujo a la guerra.
Una carrera armamentista no desestabiliza necesariamente la paz.
Puede que cada bando no tenga más interés que disuadir al otro, y tal
vez el peligro nuclear hizo de la carrera armamentista durante la Guerra
Ería un ejemplo de ello. Pero muchas veces las carreras armamentistas
producen efectos psicológicos que contribuyen al estallido bélico. Aun
cuando sólo tengan una intención disuasoria, bien se las puede perci-
bir como agresivas. La preparación para la guerra puede crear un clima
de nerviosismo que aumenta la probabilidad de que se produzca. Tucí-
dides y Thomas Grey tenían razón al mencionar los efectos psicológi-
cos de la acumulación de armas, a saber: el miedo de Esparta y el mie-
do de toda Europa en 1914.
En 1898, Alemania tenía siete barcos de guerra de primera clase
contra treinta y ocho de Gran Bretaña. El gobierno alemán respondió
a la presión económica y dio comienzo a un importante programa de
construcción naval bajo el mando del almirante Tirpitz.
Tras veinte años de depresión económica, los industriales acaricia-
ban la idea de recibir encargos regulares de barcos; además, Alfred
Krupp fundó la Liga Naval para influir sobre las decisiones políticas.
En los doce años inmediatamente anteriores a 1908, el gasto en armas
prácticamente se duplicó. En Gran Bretaña, presiones económicas aná-
logas contribuyeron a sostener la carrera armamentista. Los diputados
electos en distritos de astilleros en el Tyne y el Clyde exigieron más en-
cargos navales.
También detrás del programa armamentista alemán había presiones
políticas. Al gobierno le preocupaba el apoyo cada vez mayor de los so-
claldemócratas a las políticas radicales y consideraba la fuerza militar, en
tanto que promotora del patriotismo, como una alternativa. En la última
década del siglo, Tirpitz había sido partidario de crear una armada mayor
porque «la gran tarea patriótica y los beneficios económicos que de ella
deriven ofrecerán un poderoso paliativo contra los socialdemócratas, edu-
cados y no educados». Bislow, canciller durante las primeras fases de la ex-
pansión, adoptó la misma opinión al apoyar «una política que apele a las
2 Michael Howard, The Lessons of History, Oxford, 1993, pág. 11; Paul Kennedy,
«Arms Races and the Causes of War, 1850-1945», en Strategy and Diplomacy, 1780-1945,
Londres, 1983.
266
supremas emociones nacionales» y la necesidad de «mantener al margen
de la socialdemocracia a los trabajadores no socialistas»*,
En 1904, Gran Bretaña respondió al creciente poder naval alemán
con la construcción de los buques de guerra Dreadnought, el primero
de los cuales fue botado en 1908. En ambos países, la presión pública
para competir en la carrera armamentista fue en parte producto de la
manipulación. Desde los años ochenta, el almirante Fisher utilizó su
influencia sobre los periodistas para fomentar una opinión pública a
favor de una armada fuerte. Con ese mismo propósito Tirpitz creó un
Departamento de Noticias en el seno de la Oficina de la Armada y co-
laboró en campañas pronavales orquestadas por la Liga Naval entre
otros. En ambos países, los grupos de presión ligados a los intereses na-
vales contribuyeron a crear tensiones públicas, que adquirieron vida
propia como una fuerza de apoyo a la carrera armamentista.
Como Alemania tenía una tasa de expansión superior, iba en cami-
no de superar a Gran Bretaña como potencia naval. El plan de Tirpitz
era a largo plazo: «Siempre tuvo claro [...] que la Primera Ley Naval no
creaba la flota completa, definitiva»*. En 1899 analizó con el káiser
planes para la construcción de cuarenta y cinco buques de guerra.
Tirpitz vio el riesgo de alarmar a Gran Bretaña y provocar una ataque
preventivo de ésta y esperaba que un avance rapidísimo por su parte die-
ra a Alemania la ventaja suficiente para disuadir un ataque británico. Pero
advirtió que, antes de establecer esa ventaja, habría una «zona de peligro»:
«es menester que la flota se construya lo más rápido posible con el fin de
disminuir la zona de peligro»*. Lo mismo que el canciller, Búlow dijo
que «en vista de nuestra inferioridad naval, debemos operar tan cuidado-
samente como la oruga antes de convertirse en mariposa»*. Al mirar ha-
cia atrás, Tirpitz pensó que había sido cuestión de «no perder los nervios,
continuar el armamento en gran escala, evitar toda provocación y aguar-
dar sin ansiedad a que nuestro poder estuviese establecido y forzara a los
ingleses a dejarnos respirar en paz»”. Fue un cálculo erróneo.
Los autores del plan naval británico se pusieron nerviosos al pen-
sar que los alemanes pudieran estar construyendo de forma secreta bu-
267
ques de guerra a una velocidad mayor de la que creían. Para 1912,
Gran Bretaña contaba con tener dieciocho. Dreadnoughts y el Almr
rantazgo estaban preocupados por el hecho de que Alemania pudiera
tener aproximadamente veintiuno. Para anular esta amenaza, el pro-
grama británico fue ampliado en 1909. En realidad, en 1912, Alemania
tenía sólo nueve Dreadnoughts y Gran Bretaña quince**.
La carrera armamentista crea un clima tal que cualquier gesto de
conciliación puede interpretarse como debilidad. Incluso después de la
guerra, Tirpitz atribuyó las concesiones británicas sobre los Ferrocarr1-
les de Bagdad y las colonias portuguesas al poder creciente de la flota
alemana. Sir Edward Grey veía las cosas de otra manera:
Fui yo quien negoció y puso en marcha las últimas versiones de
esos dos Acuerdos. Toda la transacción estuvo en mis manos y yo sé que
el crecimiento de la flota alemana no tuvo nada que ver con mi actitud.
El único motivo fue el deseo de mostrar que estábamos dispuestos a sa-
tisfacer las aspiraciones alemanas, siempre que pudiéramos conciliarlas
con los intereses y los compromisos británicos. El desafio de la flota ale-
mana, lejos de facilitar la actitud conciliadora, la hizo más dificil”.
268
zar la guerra «inevitable» mientras Alemania fuese más fuerte que Ru-
sia. Dos semanas antes de que estallara la guerra, el ministro alemán de
Asuntos Exteriores expresó la sensación de estar atrapado por la futura
expansión militar rusa: «Entonces nos aplastará en tierra con el peso de
los números y tendrá listos su flota báltica y su ferrocarril estratégico.
Mientras, nuestro grupo es cada vez más débil».
Estas inquietudes fomentaron la guerra preventiva como una for-
ma de escapar de la trampa. Volviendo la vista hacia 1919, Bethmann
Hollweg dijo: «Señor, sí, en cierto sentido fue una guerra preventiva.
Aunque sólo fuera porque la guerra pendía sobre nuestras cabezas, por-
que había de producirse dos años más tarde de forma más peligrosa e
inevitable y porque los militares decían que todavía hoy era posible la
guerra sin salir derrotados, pero no dentro de dos años»”?.
En marzo de 1914, el Fankfurter Zeitung decía lo siguiente: «Am-
plios sectores de la población se han dejado dominar por un nervio-
sismo que ofrece a los entusiastas del armamentismo y a los fanáticos
de la guerra un suelo fértil donde sembrar los nuevos crecimientos del
ejército»*. La gente estaba atrapada. La carrera armamentista provoca-
ba un miedo que, a su vez, la estimulaba.
269
ba siendo una trampa. Era absurdo que un supuesto insulto serbio a
Austria terminara llevando a casi todos los países de Europa a una
guerra entre ellos. A la manera hobbesiana, las alianzas defensivas de
un país solían ser percibidas por los otros como una amenaza.
El crecimiento del poder militar alemán condujo a Rusia, Francia
y Gran Bretaña a constituir una alianza para contener lo que veía
como una amenaza. Pero en Alemania, esa «contención» se entendía
como «cerco». En 1913, Der Tag publicó lo siguiente en relación con
la posición alemana: «Enemigos por doquier. Peligro permanente de
guerra por todas partes»”*. En una de sus notas sobre un documento fe-
chado el 30 de julio de 1914, el káiser decía que «el famoso cerco de Ale-
mania se estaba convirtiendo en un hecho plenamente consumado
[...] De pronto se nos ha arrojado la red a la cabeza e Inglaterra cose-
cha despectivamente el éxito más brillante de su política mundial antigerma-
na, que con tanta persistencia ha venido ejecutando»””. Alemania con-
sideraba una amenaza para ella el apoyo cada vez mayor que Rusia
prestaba a Serbia. Bethmann Hollweg diría más tarde que «la prepara-
ción de la guerra mundial era lo que los gobernadores rusos creían ne-
cesario a fin de hacerse dueños de los Dardanelos»*. Bethman Holl-
weg dijo a su hijo que no tenía objeto plantar árboles nuevos en su pro-
piedad rural cercana a Berlín, pues «de cualquier manera, dentro de
unos años los rusos estarán aquí»”.
Cuando Bethman Hollweg recibió los documentos rusos sobre las
negociaciones secretas para establecer una alianza naval con Gran Bre-
taña se reforzó su creencia en el cerco. En un apunte del 4 de julio del
diario de Kurt Reizler, amigo íntimo de Hoilweg, se hace referencia a
una conversación con él: «Las noticias secretas de las que me informa
ofrecen un cuadro demoledor. Considera que las negociaciones anglo-
rusas para lograr un acuerdo naval, desembarcar en Pomerania, son
muy serias, el último eslabón de la cadena»*.
El giro final hobbesiano consistió en que la defensa parecía reque-
rir el ataque. El 3 de agosto de 1914, Bethmann Hollweg escribió: «en-
cajados entre el Este y el Oeste, teníamos que utilizar todos los medios
para defendernos». Sobre la violación de la neutralidad de Bélgica dijo
270
que no se trataba de una «violación intencional del derecho internacio-
nal, sino del acto de un hombre que lucha por su vida»””,
Guerra y nacionalidad
271
propio? En cualquier caso, sería justo admitir que hago tan poco por
estimularla como por seguirla».
Tanto en Gran Bretaña como en Alemania había quienes apoya-
ban un punto de vista más internacional. En Alemania, los socialde-
mócratas se oponían al militarismo, mientras que en Gran Bretaña
eran muchos los partidarios del gobierno liberal que no tenían ningún
entusiasmo por la guerra, pero incluso en muchos de ellos, cuando es-
talló la guerra, salió a la superficie un nacionalismo hasta entonces la-
tente.
En Alemania, Bethmann Hollweg convenció a los dirigentes so-
cialdemócratas de que pusieran fin a su oposición al gobierno con el
argumento de que ésta ayudaría al partido belicista tanto en Rusia
como en Alemania. Los partidarios del PSD en el país fueron ganados
con una estratagema que presentaba a Rusia como agresora. Cuando se
informó de que patrullas rusas habían penetrado en territorio alemán,
la prensa del PSD se alineó con el gobierno. La mayoría de los social-
demócratas compartían la indignación nacionalista ante la incursión.
En Gran Bretaña, Grey incitó prácticamente a todo el gabinete a
apoyar la entrada en la guerra, decisión que encontró respaldo popu-
lar. Asquith, que cenaba fuera, oyó a la muchedumbre aclamando al
rey en el Palacio de Buckingham: «Todavía a la una o una y media de
la mañana se podía oír el rugido distante. La guerra o cualquier cosa
que parezca llevar a la guerra es siempre bien recibida por las masas
londinenses». Bertrand Russell caminó entre multitudes entusiastas
cerca de Trafalgar Square: «Ese día y los siguientes descubrí para mi
asombro que los hombres y las mujeres corrientes estaban encantados
con la perspectiva de una guerra».
Darwinismo social
242
cooperativos de supervivencia”, pero predominó la versión combati-
va, el darwinismo social.
En Inglaterra, un partidario del darwinismo social era Karl Pearson,
quien decía que la nación «debía mantener un nivel elevado de eficien-
cia externa mediante el enfrentamiento: a través de la guerra en el caso
de las razas inferiores, y de la lucha por rutas comerciales y fuentes de
materia prima y aprovisionamiento alimentario en el de razas iguales»*.
Lord Salisbury dividía las naciones en vivas y moribundas: «Las nacio-
nes vivas se internarán poco a poco en el territorio de las moribundas
y muy pronto aparecerán las simientes y los motivos de conflicto en-
tre naciones civilizadas»”.
En Austria, un enérgico defensor de una guerra preventiva fue el
Jefe del Estado Mayor, Franz Baron Conrad von Hoetzendorf. Incluso
después de la guerra, seguía sosteniendo su inevitabilidad desde el pun-
to de vista del darwinismo social:
Sin duda, a veces las religiones filantrópicas, las enseñanzas mo-
rales y las doctrinas filosóficas pueden servir para debilitar la lucha
de la humanidad por la existencia en su forma más cruda, pero nun-
ca conseguirán eliminarla como motivo conductor del mundo [...]
Precisamente debido a este gran principio se produjo de manera ine-
vitable e irresistible la guerra mundial, como resultado de las fuerzas
motoras de la vida de Estados y de pueblos, así como una tormenta
eléctrica debe descargarse por su propia naturaleza,
65 Paul Crook, Darwinism, War and History: the Debate Over the Biology of War from the
«Origin of Species» to the First World War, Cambridge, 1994.
$6 Citado en Joll, Origins ofthe First World War, pág. 179.
67 Zara Steiner, Britain and the Origins ofthe First World War, Londres, 1977, pág. 16.
68 Aus Meiner Dienstzeit, Viena, 1923, citado en James Joll, The Unspoken Assumptions,
Londres, 1968, págs. 13-14.
6% Fritz Fischer, War ofIMlusions, trad. Marion Jackson, Londres, 1975, pág. 30.
273
El darwinismo social influyó en la carrera armamentista naval. Hu-
nold von Ahlefeld era el director los Astilleros Imperiales en Kiel y
uno de los que presionaron a favor de la expansión naval. En una car-
ta a Tirpitz en 1898 decía: «La “lucha por la supervivencia” se da entre
individuos, provincias, partidos, Estados. Los últimos entran en ella
con la fuerza de las armas o con medios económicos; contra esto no se
puede hacer nada, salvo unirse. Quien no lo haga, perecerá»”.
Tirpitz era darwinista social y consideraba que la carrera armamen-
tista naval formaba parte de la lucha por la supervivencia. Durante la
guerra estuvo afiliado al partido derechista Vaterlandspartei y después
de la guerra ocupó un escaño en el Reichstag por el Deutschenationa-
les Volkspartei. En 1922 le habló a Rudolf Hess de su simpatía por los
objetivos del nazismo. En el momento de la carrera armamentista le
preocupaba «hundirse» en la lucha: «El desarrollo de Alemania hacia
una nación industrial es irreversible, como una ley de la naturaleza [...]
los choques y los conflictos con otras naciones serán cada vez mayo-
res, razón por la cual, para que Alemania no quede rápidamente hun-
dida es esencial el poder, el poder marítimo»”..
La concepción que el darwinismo social tenía de la carrera arma-
mentista se pone en evidencia también en el rechazo de Bethmann
Hollweg de la propuesta de Grey para ponerle fin:
Aún sigue siendo válido el antiguo dicho según el cual los débiles
serán presa de los fuertes. Cuando un pueblo no quiere o no puede
continuar invirtiendo lo suficiente en armamentos como para abrirse
camino en el mundo, descenderá a la segunda categoría [...] Siempre
habrá otro y más fuerte dispuesto a ocupar el lugar que ha quedado va-
cante en el mundo”,
70
Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 35.
7 Kennedy, «Arms Races», págs. 124-125, 157-158.
1? Citado en Howard, «The Edwardian Arms Race», pág. 95.
? Citado en Berghahn, Germany and the Approach of War in 1914, pág. 185.
terrestre, de lo cotidiano», y anticipaba la «hora feliz y grandiosa de
una lucha». El año anterior, las opiniones del Dr. Schmidt-Gibichen-
fels («Nosotros, los teutones en particular, no hemos de seguir viendo
en la guerra nuestro destructor... por fin debemos volver a ver en ella
nuestro salvador, nuestro médico») fueron recibidas en la prensa como
una «obra maestra de la ética de la guerra»”,
Honor nacional
¿Por qué eran tan rígidos los vínculos entre aliados que toda Euro-
pa se vio arrastrada a la guerra?
Detrás del darwinismo social estaba la idea de que los Estados-na-
ción eran las unidades de la selección evolucionista. Se tenía a la «na-
ción» prácticamente por una persona y el honor nacional era funda-
mental para ella. El hecho de hablar de vergúenza nacional y deshonor
y concebir a las naciones como vivas, moribundas o comprometidas
en su autocastración también refleja esta manera de pensar.
Pensar en términos de emociones, salud, vida y muerte en referen-
cia a gente imaginaria llamada «Alemania» o «Gran Bretaña» contribu-
ye al estallido de la guerra. Aparta la atención de lo que la guerra signi-
ficaría para las emociones, la salud, la vida y la muerte de gente real.
El honor nacional se utilizó para provocar la guerra con Serbia. Un
ministro austríaco dijo que las exigencias del ultimátum que estaba a
punto de presentarse eran tales que «ninguna nación con dignidad y
amor propio podía aceptarlas»”.
Los aliados estaban mutuamente bloqueados por sus compromt-
sos: los rusos se habrían sentido deshonrados si no daban su apoyo a
Serbia, o si el zar hacía caso omiso de la apelación a su «generoso co-
razón eslavo». El ministro ruso de Asuntos Exteriores diría más tarde
que la capitulación ante las exigencias alemanas y austríacas habría
sido «algo que Rusia nunca hubiera perdonado al zar, pues habría cu-
bierto de vergijenza el buen nombre del pueblo ruso»”. El gobierno
ruso se hallaba en una trampa, una de cuyas salidas conducía a la des-
honra y la otra a la guerra. Semejante era la situación en relación con
el vínculo entre los diversos países de ambas alianzas.
275
Para Alemania, el compromiso con Austria era una cuestión de ho-
nor. Moltke dijo que abstenerse en esta materia «sería una abominable
violación de los sentimientos de fidelidad, tan profundamente arraigados
en el carácter alemán y uno de sus rasgos principales»”. Bethmann Holl-
weg diría más tarde que el único medio de evitar la guerra era una aproxt-
mación a Gran Bretaña, pero que «después de haber decidido una políti
ca en favor de Austria, no podíamos abandonarla en aquella crisis»”,
También Gran Bretaña tomó en serio la cuestión de honor. Cuan-
do, en el último minuto, Bethmann Hollweg propuso la neutralidad
británica si Alemania y Francia entraban en guerra, Grey se molestó:
«¿Es que Bethmann Hollweg no ha entendido? ¿Cómo no ha visto
que nos hacía una oferta que nos deshonraba si accedíamos a ella?
¿Qué clase de hombre sería quien no se diera cuenta de esto? ¿O es
que pensaba tan mal de nosotros como para creer que no lo vería-
mos?»”. En su respuesta a Bethmann Hollweg dijo que «hacer esa ne-
gociación con Alemania a expensas de Francia sería una desgracia de la
que el buen nombre de esta país nunca se recuperaría»%,
En el Foreign Office, Sir Eyre Crowe dejó escrito que al establecer
la alianza con Francia «se forjaba un vínculo moral» que creaba la ho-
norable expectativa de que, en una disputa justa, «Inglaterra estaría a fa-
vor de sus amigos»*!, El Partido Conservador presionó en los mismos
términos al gobierno británico para que se mantuviera firme: «Cual-
quier vacilación en dar ahora apoyo a Francia y Rusia sería fatal para el
honor y la seguridad futura del Reino Unido»*?,
Estos argumentos eran básicos en el pensamiento de Grey. Como
diría luego, «la verdadera razón para ir a la guerra era que, si no estába-
mos junto a Francia y no nos levantábamos a favor de Bélgica contra
esta agresión, quedaríamos aislados, desacreditados y seríamos odiados;
sólo tendríamos por delante un futuro miserable e innoble»**, Unos po-
cos días después del estallido de la guerra, el primer ministro Herbert
Asquith dijo en la Cámara de los Comunes que Gran Bretaña luchaba
«ante todo para cumplir una solemne obligación internacional que, de
haberse contraído entre personas privadas en cuestiones ordinarias de la
84 Asquith, citado en Michael Brock, «Britain Enters the War», en Evans y Von
Strandmann (comps.), The Coming of the First World War, pág. 177.
85 Howard, «Europe on the Eve of the First World War», 2bíd., pág. 9.
218
demos apreciar en toda su magnitud la Primera Guerra Mundial, mien-
tras que ellos, que esperaban que en Navidad estuviera ya todo con-
cluido, no tenían idea de lo estaba a punto de suceder. Los militares no
eran inmunes a esta ceguera. Unos pocos meses después de empezar la
guerra, el general William Birdwood dijo: «¡Qué suerte ha sido esta
guerra para Irlanda, pues la salvó de una guerra civil después de la cual
estaríamos todos cansados de pelear».
Sir Edward Grey intuía que la guerra sería un desastre y trató de evi-
tarla con más ahínco que los demás. Así expresó tu temor a la guerra:
6 Steiner, Brittaín and the Origins of the First World War, pág. 229.
87 Joll, Origins of the First World War, pág. 16.
278
negativa a aceptar un insulto a la nación y el hecho de evitar una hu-
millación o una deshonra a la nación. La nación como pueblo imagi-
nario se puso por encima de los pueblos reales que las constituían.
La política y las trampas psicológicas se combinaron con esta ina-
decuada manera de pensar para llevar a los estadistas a producir colec-
tivamente el desastre. Fue un desastre que con seguridad la mayor par-
te no deseaba, o que probablemente no deseara nadie. Tal vez lo que
Bethmann Hollweg dijo el 30 de julio al gabinete prusiano pudo ha-
berlo dicho cualquiera de ellos: «La gran mayoría de los pueblos son
pacíficos en sí mismos, pero las cosas están fuera de control y la piedra
ha comenzado a rodar»**,
219
CAPÍTULO 22
NIkITA JRUSCHOV
280
pretaban las fotos. El 16 de octubre se habló con el presidente John
Kennedy.
Dos días después, Kennedy se encontró con el ministro de Asun-
tos Exteriores soviético, Andrei Gromiko, pero no dejó traslucir lo que
sabía. Gromiko le dijo que no se enviaría a Cuba ni un solo misil so-
viético. Lo mismo se le había asegurado a Kennedy en otros mensajes
personales procedentes del líder soviético, Nikita Jruschov. Kennedy
montó en cólera por la jugada soviética y por el engaño. |
El mismo día que se informó a Kennedy de los misiles tuvo lugar
en la Casa Blanca la primera reunión del Comité Ejecutivo del Conse-
jo Nacional de Seguridad, o «Ex-Comm». Al principio, la mayoría de
sus miembros apoyó un ataque aéreo contra los emplazamientos de
misiles. Kennedy estaba absolutamente convencido de que Estados
Unidos no podía aceptar la existencia de misiles en Cuba.
El Ex-Comm continuó reuniéndose durante la crisis. El problema
fundamental consistía en decidirse entre un ataque aéreo o el bloqueo
de Cuba. Adlai Stevenson, embajador norteamericano ante las Nacio-
nes Unidas, hizo una tercera propuesta: a cambio de la retirada de los
misiles soviéticos, Estados Unidos retiraría sus misiles de Turquía y de
Italia, y entregaría su base naval cubana en la Bahía de Guantánamo.
Esta propuesta topó con una enérgica oposición. (Stevenson ya se ha-
bía pronunciado contra un ataque aéreo con un argumento sutil y ele-
gante: «Dar comienzo a una guerra nuclear o arriesgar su desencadena-
miento es, indefectiblemente y en el mejor de los casos, crear disen-
sión»!.) Kennedy optó por el bloqueo.
El 22 de octubre, Kennedy habló por radiotelevisión sobre los m:-
siles y anunció (como paso inicial) un bloqueo o «cuarentena». Era
preciso detener y revisar las naves destinadas a Cuba. Las que llevaran
armas ofensivas debían regresar. Cualquier misil nuclear que se lanza-
ra desde Cuba contra cualquier país de Occidente sería considerado un
ataque soviético a Estados Unidos, lo que requeriría una represalia en
toda regla.
Muchos líderes del Congreso criticaron la respuesta como excesiva-
mente débil. Había senadores que insistían con energía en un ataque
aéreo o una invasión. Kennedy había señalado que incluso el bloqueo
era arriesgado, que del lado soviético se esperaba que el bloqueo no
281
afectara a buques rusos, porque eso implicaría la guerra: «De modo
que en las próximas veinticuatro horas podemos estar en guerra” .
Jruschov reaccionó ásperamente al mensaje de Kennedy. Ordenó
trabajar en los emplazamientos de misiles para acelerar su instalación y
ordenó incluso que los buques soviéticos ignoraran el bloqueo y man-
tuvieran su rumbo a Cuba. El gobierno soviético acusó a Estados Un:
dos de piratería, de ilegalidad y de «dar por supuesto el derecho de exigir
que los diferentes Estados cuenten con ellos para decidir cómo organi-
zar su defensa y que le den a conocer qué transportan en alta mar». Dijo
que el gobierno soviético «rechaza con firmeza esas pretensiones» y ad-
virtió del peligro de una guerra nuclear. Jruschov escribió a Kennedy de-
clarándole que sus medidas constituían una grave amenaza para la paz.
El miércoles 24 de octubre se acercaron a la línea de cuarentena los
primeros buques soviéticos. Anastas Mikoyan, el primer viceministro
soviético, asumió la responsabilidad de contravenir la orden de Jru-
shov. Algunos barcos ralentizaron la marcha o cambiaron de rumbo.
Cuando las noticias llegaron al Ex-Comm, Dean Rusk susurró a
McGeorge Bundy: «Estamos ojo contra ojo y el otro tipo acaba de pes-
tañear»”,
Pero la crisis prosiguió su escalada. Se puso en situación de alerta
«Def/Con 2» al Comando Estratégico Norteamericano del Aire, lo que
implicaba estar preparado para entrar en guerra en cualquier momen-
to. Algunos buques soviéticos mantuvieron su rumbo. Jruschov ame-
nazó con hundir las naves norteamericanas que detuvieran las suyas.
Al día siguiente, jueves, un buque cisterna soviético fue interceptado y
se le permitió proseguir su marcha sin abordarlo. El viernes fue deteni-
do y abordado otro buque. No tenía misiles y se le permitió continuar,
El mismo día Fidel Castro autorizó a sus fuerzas a que abrieran fue-
go contra un avión norteamericano. El sábado 27, un U2 fue abatido
sobre Cuba. El piloto, nuevamente el mayor Rudolf Anderson, resultó
muerto. Otro U2, supuestamente en vuelo rutinario de «muestreo», in-
vadió el espacio aéreo soviético. Los cazas soviéticos lo expulsaron,
pero no consiguieron interceptarlo. Jruschov recibió un mensaje de
Castro en el que decía que era inminente un ataque norteamericano a
Cuba (aunque lo más probable era un ataque aéreo, no se descartaba
una invasión). Castro decía que, en caso de invasión,
? Ernest R. May y Philip D. Zelikow (comps.), The Kennedy Tapes: Inside the White
House During the Cuban Missile Crisis, Cambridge, Mass., 1997, pág. 264.
3 Ibíd., pág. 358.
282
la Unión Soviética jamás debe permitir que se den circunstancias ta-
les que permitan a los imperialistas lanzar el primer ataque nuclear
contra Cuba. Le digo esto porque creo que la agresividad de los im-
perialistas es extremadamente peligrosa y si llevan realmente a cabo
el acto brutal de invadir Cuba, violando el derecho internacional y
la moral, ése sería el momento de eliminar el peligro mediante un
claro acto de legítima defensa, por dura y terrible que pueda ser la
solución, pues no hay otra?.
283
Bruno Kreisky, ministro austríaco de Asuntos Exteriores, y Walter
Lippman en su columna del Washington Post. A avanzada hora de la no-
che del viernes, el hermano del presidente, Robert Kennedy, se encon-
tró en secreto con Anatoly Dobrinin, el embajador soviético. Dobrinin
pidió una respuesta norteamericana al asunto de los misiles trazando
un paralelo con la situación de los misiles en Turquía. Robert Kennedy
consultó al presidente e informó que tenía el ánimo dispuesto a «exa-
minar favorablemente la cuestión de Turquía».
El sábado 27 de octubre, Kennedy recibió una carta más dura de
Jruschov, en la que proponía el intercambio de misiles Cuba-Turquía.
En la reunión del Ex-Comm en la que se analizó esta carta, los Jefes
del Estado Mayor Conjunto dijeron que el bloqueo no había dado re-
sultado. Propusieron un ataque aéreo a Cuba el lunes, al que seguiría
una invasión. Este punto de vista no prevaleció y Kennedy contestó a
Jruschov con una carta que presentó como respuesta a una primera
carta rusa, más amistosa. Aceptaba las propuestas que contenía, a sa-
ber, retirar los misiles a cambio de un compromiso norteamericano de
no invadir Cuba, y decía que «el efecto de ese acuerdo para aliviar las
tensiones del mundo nos capacitará para trabajar en una ordenación
general relativa a “otros armamentos”, como propone usted en su se-
gunda carta».
El secretario de prensa de Kennedy, Pierre Salinger, describió el es-
tado de ánimo reinante tras la reunión del Ex-Comm de ese sábado
por la noche. Si no tenían una respuesta soviética esa misma noche o
a primera hora de la mañana, analizarían una escalada militar. «Cuan-
do salí de la Casa Blanca me entregaron un sobre sellado y me dijeron
que se lo entregara a mi mujer y le dijera que si al día siguiente yo no
aparecía... abriera el sobre, que allí se le diría a dónde debía ir con mis
hijos para ponerse a salvo»*,
Ese sábado, a última hora de la tarde, Robert Kennedy volvió a en-
contrarse con Dobrinin. Dijo entonces que el gobierno norteamerica-
no sabía que se había acelerado el trabajo en las bases de misiles y que
les parecía muy grave el hecho de que hubieran abatido al mayor Án-
derson. Estados Unidos necesitaba para el día siguiente un compromi-
so de que los misiles serían eliminados. Si la Unión Soviética no reti-
raba los misiles, lo haría Estados Unidos. El propio Robert Kennedy
describe lo que dijo: «Esto no es un ultimátum, sino un juicio de he-
” Citado en Bruce]. Allyn, James G. Blight y David A. Welch, Back to the Brink: Pro-
ceedings of the Moscow Conference on the Cuban Missile Crisis, 1989, Cambridge, Mass.,
1992, pág. 77.
234
cho.» Robert Kennedy y Dobrinin también llegaron a un acuerdo, que
se haría público, por el cual los misiles cubanos y los turcos se retirarían
como forma de intercambio. Dobrinin envió esta propuesta a Moscú.
Robert Kennedy regresó a la Casa Blanca:
7 Robert Kennedy, Thirteen Days: a Memoir of the Cuban Missile Crisis, Nueva York,
1969, pág. 109.
$ James G. Blight y David A. Welch, On the Brink: Americans and Sovets Re-examine
the Cuban Missile Crisis, Nueva York, 1989; 2.* ed., 1990, pág. 254.
9 11 de noviembre de 1962, en Chang y Kornbluh, The Cuban Massile Crisis,
¡E
285
2. TOPOS CIEGOS
286
Pero sus motivos eran más disuasorios que agresivos. Estos objetivos se
combinaron con un conjunto de motivos análogamente no agresivos
de los estadounidenses para poner al mundo al borde del desastre.
En la administración Kennedy había un acuerdo sobre la necesi-
dad de que los misiles fueran retirados de inmediato. Esto eclipsó las
diferencias relativas a las razones de tan intensa preocupación, que
eran diversas. Unos misiles tan cercanos, que podían alcanzar objeti-
vos norteamericanos con tanta rapidez, constituían un nuevo nivel de
amenaza. El presidente Kennedy, al hablar a los jefes del Estado Mayor
Conjunto el 19 de octubre, dijo que cuando los misiles se hicieran ope-
rativos, «tendremos este cuchillo clavado directamente en las tripas».
Más peligroso sería que el control de los misiles pasara a manos de
Castro. La amenaza nuclear extra podía inclinar la balanza del poder
del lado soviético. Aceptar los misiles sería perder un asalto de la Gue-
rra Fría, con la consiguiente pérdida de prestigio para Estados Unidos.
Tanto el miedo a un ataque nuclear desde Cuba como la pérdida de
prestigio de Estados Unidos hacían que la presencia de los misiles re-
sultara intolerable para la opinión pública norteamericana.
Había razones para dudar de que los misiles de Cuba alteraran real-
mente el equilibrio estratégico. Robert McNamara afirmó: «No creo
que se trate de un problema primordialmente militar. Es ante todo un
problema de política interna»!*. Más tarde dijo también que el retraso
de Jruschov en materia de misiles era de alrededor de diecisiete a uno:
«¿Piensa usted que unos cuarenta y tres misiles más en Cuba, cada uno
de ellos con una ojiva de combate, le haría creer que podría usar sus ar-
mas nucleares? ¡En absoluto! Jruschov había creado un problema polí-
tico, no un problema militar»'”.
Algunos miembros de la Ex-Comm percibieron una gran amenaza
nuclear para Estados Unidos. Algunos sostuvieron también la doctrina
Monroe, según la cual no debe haber en América intervención de po-
tencias de otras regiones del mundo. Esta doctrina tiene un evidente
atractivo para Estados Unidos, pero no es una buena respuesta al argu-
mento soviético de que sus misiles en Cuba eran el equivalente exacto
de los misiles norteamericanos en Turquía.
La debilidad central del argumento norteamericano residía en que
no había respuesta convincente a esa equivalencia. El presidente Ken-
nedy se daba cuenta. Refiriéndose a la propuesta soviética de eliminar
287
los misiles de Cuba a cambio de que los norteamericanos retirasen sus
misiles de Turquía, dijo que «para cualquier hombre de las Naciones
Unidas o para cualquier otro hombre racional resultará una negocia-
ción muy justa». Theodore Sorensen, redactor del mensaje público
de Kennedy, dijo luego que la preocupación básica del presidente por
la equivalencia fue el principio que dio forma al discurso: «Precisamen-
te por esta razón se puso tanto énfasis en el despliegue repentino y enga-
ñoso. Observemos muy atentamente ese discurso; en sus palabras con-
fiamos profundamente para asegurar que el mundo no se centraba en
una cuestión de simetría»?”.
Pero los misiles provocaron una auténtica angustia defensiva. Una
estimación que menciona Robert Kennedy ofrecía la cifra de ochenta
millones de norteamericanos muertos en caso de que los misiles hu-
bieran sido disparados. Y la preocupación por lo que sucedería si el
control pasaba a manos de Castro estaba justificada. Su carta, que pa-
rece abogar por un primer ataque soviético, daba sustento a la preocu-
pación norteamericana.
Dos gobiernos, cada uno con objetivos defensivos y (predominan-
temente) racionales, se encontraron tirando de la cuerda y apretando el
nudo de la guerra. Lo mismo que los líderes de 1914, estaban mutua-
mente atrapados. En 1962, la trampa era, en parte, producto de la mala
interpretación recíproca de las intenciones de ambos bandos; en parte,
resultado de la carrera armamentista y, en parte, de la competencia po-
lítica de la Guerra Fría.
Confusión y comunicación
288
Pero el primitivismo de la tecnología no agota la cuestión. Había
teléfono. Con la ayuda de intérpretes, ambos líderes habrían podido
mantener conferencias telefónicas de haberlo querido. (Cuando el pre-
sidente Kennedy se quejaba de la demora en la comunicación, Lle-
wellyn Thompson le decía que siempre podía hablar por teléfono,
pero nunca lo hizo)'”. Como en 1914, el problema de la comunica-
ción se debía en parte a la falta de claridad en las intenciones.
Las intenciones norteamericanas respecto de Cuba no eran claras
(aun cuando fueran pacíficas, podían ser mal interpretadas). Las fuer-
zas armadas tenían planes eventuales para una invasión. El 20 de sep-
tiembre, el Senado aprobaba por 86 votos contra 1 una resolución que
autorizaba el uso de la fuerza contra Cuba si fuese necesario. En una
conferencia de prensa del 29 de agosto, Kennedy rechazó una invasión
en estos términos: «No estoy a favor de invadir Cuba en este momen-
to»?. Los que rodeaban a Kennedy dicen que no había ninguna inten-
ción de actuar según esos planes. Robert McNamara dijo: «Puedo afir-
marlo categóricamente, sin restricción alguna y con la certeza de ha-
blar no sólo por mi conocimiento, sino también por mi comprensión
—<que creo completa— del pensamiento del presidente Kennedy [...]
puedo afirmar inequívocamente que no teníamos absolutamente ningu-
na intención de invadir Cuba.» Pero rechazar una invasión «en ese mo-
mento» dejaba espacio al menos para preocuparse por futuras intencio-
nes. Y, con perspectiva histórica, McNamara admitía que los planes de
un eventual ataque podían ser razonablemente interpretados por los
cubanos como una evidencia de la intención de invadir: «Si yo hubie-
ra sido cubano, habría pensado eso»”.
Deriva militar
289
vuele posiciones soviéticas en tiempos de guerra». Los generales locales
tuvieron veinte minutos para decidir entre disparar o no al U2. Trata-
ron de contactar con el comandante soviético en Cuba, pero no lo
consiguieron. El general Georgy Voronkov dio orden de disparar.
Cuando, más tarde, Jruschov lo criticó por eso, mencionó las órde-
nes permanentes”.
Del lado norteamericano, algunas situaciones de peligro tuvieron
su origen en descuidos militares. Se lanzó un misil de la Base Vander-
berg de la Fuerza Aérea de California como parte de un programa de
pruebas, sin parar mientes en cómo podría interpretarlo la Unión So-
viética. El 28 de octubre, el Comando de Defensa Aérea de Estados
Unidos recibió la información de que un misil nuclear de Cuba estaba
a punto de caer en Tampa. Luego, al no producirse explosión alguna
en Tampa, se descubrió que un operador de radar había insertado una
cinta de prueba con la simulación de un ataque de Cuba.
Otro peligro derivaba de la prioridad que militares daban a su li-
bertad de acción. Un oficial importante deseaba imponer su propio se-
llo a la política. El general Power, comandante en jefe del Comando
Estratégico del Aire, tenía que enviar a sus unidades la señal para entrar
en «Def/Con 2», estado de alerta correspondiente a la disposición para
entrar de inmediato en combate. El procedimiento normal era enviar
la señal codificada. Sin autorización, el general Power envió la señal sin
codificar, facilitando así la detección soviética. Luego diría que había
querido «restregarles por las narices a los soviéticos su inferioridad nu-
clear»”.
El adorno que introdujo el general Power en la política fue una ex-
cepción. El mayor peligro durante esta crisis residió en el hecho de que
las prioridades militares pudieran influir de tal modo en la política
que se llegara a producir el riesgo de una guerra nuclear. Entre los jefes
militares superiores se prefería el ataque aéreo masivo y la invasión al
enfoque más prudente de Kennedy.
La acción rápida y decisiva es atractiva para los militares. El 19 de
octubre, tras una reunión de Kennedy con los altos jefes del ejército, la
grabadora siguió grabando una vez que el presidente hubo salido de la
habitación. Captó la cólera incoherente del general David Shoup ante
la prudencia de Kennedy: «Finalmente pronunció la palabra “escala-
da”. Es lo único que vale algo de toda esta mierda. Ve... y coge a esos
jodidos uno por uno. Alguien les impide hacer lo único que tienen
290
que hacer. Ese es nuestro problema. Hay que ir y ponerse a joder con
los misiles. ¡Estáis chalados! ¡Chalados, completamente chalados! Hay
que hacer alguna maldita cosa, alguna cabronada y hacerla bien... que
se dejen de puñetas... una vez lo haces no puedes andarte con tonterías
y retirar un misil. Con los emplazamientos de los SAM no se juega. Has
de coger y eliminar la mierda que no te permite hacer tu trabajo»?,
Se dice que el general Maxwell Taylor comentó que «no compartía
el temor de MacNamara de que si utilizábamos armas nucleares en
Cuba, se utilizarían armas nucleares contra nosotros»”. El Estado Mayor
Conjunto recomendó formalmente un ataque aéreo y, aun después del
mensaje radiofónico de Jruschov en el que aceptaba retirar los misiles,
envió un memorándum en el que decía que esa declaración era un in-
tento de «postergar la acción directa de Estados Unidos mientras prepa-
raban el terreno para el chantaje diplomático». El Estado Mayor Conjun-
to seguía pensando que, a menos que hubiera pruebas irrefutables del
desmantelamiento efectivo de los misiles, debía producirse un ataque
aéreo al día siguiente y luego una invasión”.
El Estado Mayor Conjunto creía en el informe de la CIA, según
el cual sólo había 10.000 soldados soviéticos en Cuba. En realidad ha-
bía 43.000 y estaban equipados con cabezas nucleares estratégicas que,
en previsión de un ataque norteamericano y con la aprobación de Jrus-
chov, se había acercado a sus vehículos de lanzamiento. En caso de in-
vasión, muy bien podían haberse utilizado armas nucleares estratégicas
contra los norteamericanos, a nesgo de una probable respuesta nuclear
norteamericana. Incluso sin el uso de armas nucleares, los rusos y los
cubanos habrían sufrido una sangrienta derrota. Años después, Robert
McNamara participó en una conferencia con Gromiko, Dobrinin y
otros dirigentes responsables de la política soviética en el momento de
la crisis. Dice que estos dirigentes «expresaron su absoluta incredulidad
sobre el hecho de que nosotros hubiéramos pensado que, ante una
derrota tan catastrófica, no fueran a surgir respuestas militares en cual-
quier lugar del mundo. Lo más probable es que el resultado fuera una
escalada sin control». El mayor peligro de la crisis era que los respon-
sables de las decisiones políticas estuvieran influidos por el consejo de
jefes militares de confianza y aparentemente bien informados.
291
La carrera armamentista como trampa hobbesiana
292
les en secreto es asombrosa. Esperaba que los norteamericanos no
los descubrieran antes de que estuvieran listos para golpear y pensa-
ba que los norteamericanos se sentirían disuadidos de atacarlos por
la probablidad de que alguno de ellos sobreviviera para tomarse la
revancha?
¿Qué pasaba si se descubran los misiles antes de que estuvieran lis-
tos para ser utilizados? Jruschov vacilaba entre la esperanza de que esto
no sucediera y la comprensión de que, si ocurría, habría caído en una
trampa. En septiembre, al enterarse del progreso de los misiles, dijo:
«Pronto se desatará el infierno.» Un lugarteniente respondió: «Espero
que la nave no zozobre, Nikita Sergeyevich.» Jrushchov comentó:
«Ahora es demasiado tarde para cambiar nada»”'
En este sentido, la crisis se asemeja al preludio de la Primera Guerra
Mundial. Los pensamientos más esperanzados de Jruschov eran un cal-
co exacto de los del almirante Tirpitz. Habría una zona de peligro si
Gran Bretaña realizaba un ataque preventivo, pero, en la medida en
que Alemania aumentara su poderío naval, Gran Bretaña se sentiría di-
suadida de reaccionar debido a su incapacidad para destruir la armada
alemana. Al igual que Tirplitz, Jruschov calculó mal.
El error formaba parte de un excesivo optimismo general. La res-
puesta de Jruschov a los temores cubanos de un ataque preventivo nor-
teamericano fue decir que «en caso de que eso ocurriera, él enviaría a
Cuba la Flota del Báltico y que nos defendería»”?. La percepción recí-
proca de la URSS y Estados Unidos tenía un sabor distinto al de 1914.
Del mismo modo que estaban atrapados en la carrera armamentis-
ta, ambos gobiernos eran cautivos de su equivalente político: la lucha
por el prestigio. Ninguno quería perder una partida en la Guerra Fría.
Los motivos soviéticos para proteger a Cuba eran similares a los
de la «teoría del dominó» que luego se utilizó para justificar el apo-
yo norteamericano a Vientam del Sur. Jruschov pensaba que la pér-
dida de Cuba «disminuiría gravemente nuestro valor en todo el
mundo, pero particularmente en América Latina. Si Cuba caía,
otros países de América Latina nos rechazarían con el argumento de
que, pese a todo nuestro poder, la Unión Soviética fue incapaz de
hacer nada por Cuba, salvo presentar huecas protestas ante las Na-
ciones Unidas»**
293
Esta creencia se repetía como en un espejo del lado norteamerica
no. Douglas Dillon, el Secretario del Tesoro, argumentaba lo siguiente
a favor de un ataque aéreo:
294
te hostil a Cuba. Durante la crisis, el senador Richard Russell pensaba
que había que invadir Cuba aun a riesgo de una guerra nuclear:
295
sentía capaz de apoyarlo en público, hizo este comentario: «Decid a
Adlai que se quede tranquilo, que todo pasará».
Se puede argumentar que la opinión pública creó la crisis. Las ad-
vertencias contra los misiles soviéticos en Cuba no respondían a temo-
res relativos al equilibrio militar. En un momento, Kennedy dijo: «El
mes pasado dije que no lo permitiríamos. El mes pasado debí haber di-
cho que no nos preocupa. Pero si hemos dicho que no lo permitiría-
mos, y ellos siguen adelante y lo hacen, y nosotros no reaccionamos de
ninguna manera, entonces sí pienso que nuestros riesgos aumentan»*!.
Con posterioridad, Theodore Sorensen sugirió que «el presidente trazó
con precisión el límite que los soviéticos no debían superar; lo que
quiere decir que, de haber sabido que pondrían cuarenta misiles en
Cuba, podríamos, con esa hipótesis, haber trazado el límite en cien y
haber anunciado a voz en cuello que en absoluto toleraríamos la pre-
sencia de más de cien misiles en Cuba»*. Las advertencias que Jrus-
chov desafió fueron lanzadas por Kennedy porque necesitaba mostrar
a un público combativo que en algún sitio se había trazado un límite.
En el momento culminante de la crisis, el presidente habló con su
hermano Robert acerca de lo mal que parecían marchar las cosas, pero
dijo que no había tenido más remedio que responder con rudeza. Ro-
bert Kennedy replicó: «Bien, no hay opción. Quiero decir que tú... que
te habrían sometido a un juicio político.» El presidente estuvo de
acuerdo: «Pues sí, creo que me habrían sometido a juicio»*, Tal vez no
haya que entender esto de manera literal, pero expresaba algo real sobre
las limitaciones que la opinión pública imponía a las políticas de com-
promiso. Era un círculo. Para ser elegido, Kennedy había tenido que ali-
mentar esta opinión hablando de una brecha en materia de misiles, pero
quedó a su vez atrapado en el clima que había contribuido a crear.
1% Arthur M. Schlesinger Jr., 4 Thousand Days: Kennedy in the Whtte House, Boston
1965 , págs. 835-838.
11 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 92.
2 Blight y Welch, On the Brink, pág. 43.
9 May y Zelikow, The Kennedy Tapes, pág. 342.
296
Los malentendidos recíprocos, la deriva militar y la trampa de la
carrera armamentista recordaban la situación de 1914. En el lado nor-
teamericano hubo clara conciencia de este paralelismo. Los fusiles de
agosto, de Barbara Tuchman, había salido a la luz ese mismo año. En
una reunión del Ex-Comm, George Ball advirtió de los peligros de
quedar atrapados en los mismos términos que en 1914: «Por supuesto
que todos recordamos los fusiles de agosto, cuando ciertos aconteci-
mientos produjeron una situación general que ninguno de los gobier-
nos implicados pudo evitar»**, Robert Kennedy terminó su memoria
de la crisis con una alusión a la desesperada frase que Bethmann Holl-
weg pronunció en respuesta a la pregunta de Búlow sobre cómo se ha-
bía llegado a la guerra: «¡Ah! ¡Si lo supiera!»
El presidente Kennedy también había leído Los fusiles de agosto. Du-
rante la crisis, habló con Robert Kennedy acerca de los dirigentes ale-
manes, rusos, austríacos, franceses y británicos de 1914. Dijo que pare-
cian haberse encontrado con la guerra por «estupidez, idiosincrasias
particulares, malentendidos y complejos personales de inferioridad y
de grandeza». Dijo: «No voy a embarcarme en una carrera que perm:-
ta a nadie escribir un libro comparable sobre esta época con el título
Los misiles de octubre. Si, una vez que esto termine, alguien está dispues-
to a escribir, se comprenderá que hemos hecho todos los esfuerzos
para dejar a nuestro adversario espacio para moverse. No voy a empu-
jar a los rusos una pulgada más de lo necesario»*.
297
la tardanza permitiría ocultar los misiles, que terminarían por ser un fait
accompli. Y por encima de todo, que no debía dejárseles tiempo para que
llegaran a ser operativos. «El señor Acheson dijo que Jruschov había
puesto a Estados Unidos ante un desafio directo, que estábamos mett-
dos en un test para poner prueba las voluntades y que cuanto antes se
produjera una confrontación decisiva, mejor. Estaba a favor de limpiar
definitivamente las bases de misiles con un ataque aéreo.» Pero en la mis-
ma reunión en la que Acheson exigía velocidad, Dean Rusk adoptó el
otro punto de vista: «Estados Unidos necesitaba moverse de tal manera
que a una acción planificada le siguiera una pausa en la que las grandes
potencias pudieran alejarse un paso del abismo y tener tiempo para pen-
sar y elaborar una solución, antes que verse arrastradas inexorablemente
de una acción a otra para culminar en una guerra nuclear general»*,
Algunas de las razones a favor de una decisión rápida eran válidas,
pero la mirada retrospectiva muestra la importancia de tomarse el tiem-
po necesario. La primera respuesta a la crisis, tanto por parte de Ken-
nedy como de Jruschov, fue la cólera. Kennedy, por haber sido enga-
ñado y por la nueva y repentina amenaza; Jruschov, por el tono peren-
torio del mensaje de Kennedy.
Al principio el estado de ánimo predominante en el Ex-Comm era
proclive a la acción militar. En un primer momento, Kennedy supuso
que el ataque norteamericano, al menos contra los emplazamientos de
misiles, era inevitable: «Quizá sólo tengamos que eliminarlos [...] Pienso
que debiéramos empezar ahora mismo a preparamos para eso [...] Por-
que es lo que de todos modos tendremos que hacer. Es sin duda lo que ha-
remos en primer lugar. Eliminar esos misiles»". La primera respuesta de
Jruschov al bloqueo fue rechazar el compromiso y amenazar con hundir
buques norteamericanos. Podemos alegrarnos de que ambas partes se to-
maran su tiempo para adoptar un punto de vista más reflexivo.
Dean Rusk defendía el bloqueo porque «proporciona una breve
pausa para que la gente del otro lado piense otra vez antes de embar-
carse en una crisis de consecuencias extremadamente demoledoras»*,
El presidente Kennedy percibió la importancia de este aspecto. Ya reti-
rada la mayoría de los buques soviéticos, el primero que cruzó la línea
del bloqueo fue un buque cisterna, el Bucarest. Kennedy postergó la de-
cisión sobre su detención hasta el anochecer y luego lo dejó pasar, con
298
el argumento de que no deseaba meter prisa a Jruschov: «No queremos
empujarlo a una acción precipitada, démosle tiempo para pensarlo.
No quiero encerrarlo en un rincón de donde no pueda escapar»?.
Más tarde, durante la crisis, cuando el mayor Anderson fue abati-
do sobre Cuba, se corrió el peligro de una respuesta instantánea, pero
arriesgada. El plan de emergencia para un ataque aéreo inmediato con-
tra los emplazamientos de misiles contaba con un apoyo casi unáni-
me; pero Kennedy aplazó la decisión para pensarlo mejor”,
Uno de los beneficios de tomarse su tiempo era que, en ambos la-
dos, la proximidad de la guerra nuclear hizo que la cólera dejara su lu-
gar al miedo.
Cuando llegaron las noticias del U2, «se preocupó mucho y lo con-
sideraba un gran error por nuestra parte»”.
299
Una lección que la administración Kennedy había aprendido de
Los fusiles de agosto era no permitir la deriva militar. Al propio Kennedy
le preocupaba el uso de las armas nucleares por las fuerzas norteamert-
canas en Turquía e Italia. Mandó que se enviaran órdenes específicas
que subrayaran la necesidad de la autorización presidencial.
El secretario de Defensa, Robert McNamara, insistió en controlar
la manera en que las naves llevaban a cabo el bloqueo. El día anterior
a la llegada del primer buque soviético a la línea de cuarentena estuvo
con el almirante Anderson. Preguntó qué se haría para detenerlo y el
almirante dijo que le darían la voz de alto. McNamara preguntó si se
la darían en inglés o en ruso, y qué sucedería si no entendían o no se
detenían.
Luego contaría la respuesta del almirante:
—Haremos un disparo a la proa —respondió.
—Y si eso no da resultado, ¿qué?
—Dispararemos a la popa —replicó, ya visiblemente molesto.
—<¿Qué tipo de buque es?
—Un buque cisterna, señor secretario.
—No dispararán ustedes absolutamente a nada sin mi expreso con-
sentimiento, ¿está claro?
Fue entonces cuando hizo su famosa observación sobre la forma
en que la Armada había dirigido los bloqueos navales desde la épo-
ca de John Paul Jones y afirmó que si se la dejaba actuar por su cuen-
ta culminaría también éste con el mismo éxito. Me levanté de la si-
lla y caminé por la habitación mientras explicaba que no se trataba
de un bloqueo, sino de un medio de comunicación entre Kennedy
y Jruschov; que no se adoptaría ninguna medida de fuerza sin mi
permiso y que éste no se daría sin discutirlo antes con el presidente.
«¿Entendido?», pregunté. «Sí», respondió el almirante con los dien-
tes apretados”.
300
los militares lo criticaron mucho por no adoptar una actitud más seve-
ra*, Kennedy tuvo que resistir fuertes presiones militares a favor de un
ataque a Cuba. Esta opinión unánime del Estado Mayor Conjunto fue
férreamente defendida por su presidente, el general Maxwell Taylor, así
como por el general Curtis LeMay, jefe del Estado Mayor de la Fuerza
Aérea. Ni siquiera la promesa rusa de retirar los misiles produjo cam-
bio alguno en la posición de algunos de estos altos jefes militares. Ro-
bert McNamara describió el momento posterior a la crisis, cuando el
presidente Kennedy llamó a los jefes del Estado Mayor a la Casa Blan-
ca para agradecerles su apoyo: «Fue una escena muy desagradable. Le-
May salió diciendo: “¡Hemos perdido! Deberíamos ir hoy mismo y
echarlos a todos!”»”.
No tirar de la cuerda
Allí donde las dos partes se hallan en una trampa, la respuesta 1de-
al es que ambas lo reconozcan explícitamente. Luego pueden escapar
de ella mediante un proyecto compartido.
En la crisis de los misiles no hubo un explícito reconocimiento
mutuo de que ambas partes se hallaban en una trampa. Quizá la refe-
rencia de Jruschov a no tirar de la cuerda de la guerra sea lo que más se
acercase a la expresión recíproca de la conciencia de la situación. Pero
ambas partes llegaron a percibirla y a ella adaptaron su conducta. Uno
de los cambios que se produjeron afectó al tono empleado. Jruschov, en
particular, se alejó del inicial tono iracundo que contenía su amenaza
de hundir buques norteamericanos. Su carta acerca de su experiencia
de guerra, de dos guerras que arrollaron aldeas y ciudades, tenía un
tono conciliador y humano que cambiaba el clima. Y Kennedy pasó
de la rudeza de su mensaje a la voluntad de compromiso. Buscaba una
manera de salir de la trampa y optó por responder a la carta concilta-
dora de Jruschov e ignorar la otra.
Jruschov tenía interés en realizar concesiones siempre que fuera po-
sible y no aumentar la temperatura de la crisis. En un momento, dijo:
«No podemos terminar con el conflicto si no damos alguna satisfac-
ción a los norteamericanos y reconocemos que tenemos allí una cantr-
dad de R-12 [...] No debemos ser obcecados»**. Y cuando, en respues-
301
ta al bloqueo, le propusieron que presionara sobre Berlín, dijo que po-
día «arreglárselas sin ese consejo» y que no tenía «intención de echar
más leña al fuego»”.
Para los fines norteamericanos era importante no dar al gobierno
soviético la impresión de un inminente ataque nuclear norteamerica-
no, pues en caso contrario la autodefensa soviética requeriría un ata-
que nuclear preventivo. La señal no codificada del general Power, que
aumentaba la alerta, podía dar esa impresión, como podía darla la inva-
sión del espacio aéreo soviético del U2 de «muestreo». Los preparativos
norteamericanos para atacar a Cuba podían sugerir que el control de la
política había caído en manos de los militares. Otra fuente posible de
este peligro fue el arresto de un agente doble occidental en el servicio de
inteligencia soviético, el coronel Oleg Penkovsky. Cuando fue arrestado
envió la señal telefónica indicando un inminente ataque soviético. Cual-
quier intensificación de la alerta norteamericana como respuesta podía
elevar la alarma soviética acerca de un ataque**,
Kennedy tenía sumo interés en evitar desafíos innecesarios a los lí-
deres soviéticos. En la proclamación del bloqueo tuvo cuidado de no
especificar que las armas prohibidas eran de la Unión Soviética, por-
que eso habría sido «más desafiante». Por la misma razón, dijo que un
buque soviético que se negara a que hubiera norteamericanos a bordo,
debía ser inhabilitado por uno o dos días, pero que no había que tra-
tar de abordarlo: «Es preferible [...] dejar inhabilitado el buque durante
un día, más o menos, a tratar de abordarlo y provocar que sus ametra-
lladoras abran fuego, lo que terminaría con treinta o cuarenta muertos
de cada lado.» Kennedy también tuvo cuidado de evitar el fracaso de
la comunicación entre naves norteamericanas y soviéticas al dar Órde-
nes de que todos los buques que vigilaban el bloqueo tuvieran a bor-
do alguien que hablara ruso”,
En un momento dado, dijo Kennedy que la retirada de los misiles
de Turquía a modo de intercambio era el único ofrecimiento que tenía
sentido: «lo que importa es dejarle alguna salida». Dean Rusk men-
cionaría luego el libro de Sun Tzu titulado El arte de la guerra, en que el
autor advierte contra la táctica de rodear por completo al enemigo, que
luchará con más ahínco si no tiene una vía de escape. (Rusk podía ha-
7 Oleg Troyanovsky, «The Caribbean Crisis: a View from the Kremlin», Internatio-
nal Affairs, Moscú, abrilmayo de 1992, pág. 152, citado en May y Zelikow, The Kennedy
Tapes, pág. 683.
% Blight y Welch, On the Brink, pág. 208.
% May y Zelikow, The Kennedy Tapes, págs. 329-330, 336-337, 357.
6 Ibíd., pág. 142.
302
ber citado los ultimátums de 1914 como ejemplo del olvido de esta re-
comendación.) Las palomas fueron influidas por la necesidad de no ro-
dear por completo a Jruschov. El deseo de una solución pacífica y de no
desencadenar un primer ataque soviético sugería no llevar la presión de-
masiado lejos. Era importante dejar a Jruschov una salida de la trampa.
303
Las palomas pensaban que un ataque aéreo era demasiado arriesga-
do. Les preocupaba la represalia nuclear contra Estados Unidos (ya
fuera de la Unión Soviética, ya de los misiles que quedaran en Cuba)
y otras respuestas soviéticas, tal vez contra Berlín o contra los misiles
norteamericanos en Turquía. Robert McNamara creía que había por lo
menos un cincuenta por ciento de probabilidades de que un ataque
norteamericano a Cuba condujera a una respuesta militar soviética en
algún sitio.
Los halcones también deseaban evitar la guerra nuclear, pero para
ellos se trataba de un peligro mucho menor que el que suponían las pa-
lomas. Los halcones pensaban que la Unión Soviética se encontraba en
una posición muy débil y que cedería. El general Taylor dijo luego que
nunca le había preocupado mucho el resultado final, porque «estaba
completamente seguro de que podíamos hacer con ellos lo que quisiéra-
mos». Esta opinión era compartida por ciertos teóricos de la estrategza.
La noche en que se emitió el mensaje de Kennedy, Thomas Schelling es-
taba en un seminario de Harvard-MIT sobre el control de armamentos,
cuyos integrantes vieron el discurso presidencial por televisión: «Recuer-
do que tras el discurso quedamos con un malicioso regusto de satisfac-
ción; no entendíamos cómo Jruschov había podido cometer tal estupi-
dez, semejante desatino, y sabíamos que lo teníamos cogido y que lo úni-
co que teníamos que preguntamos era con qué fuerza lo golpearíamos»”.
El optimismo de los halcones en cuanto a la gravedad del peligro
se basaba en su convencimiento de que para la Unión Soviética la res-
puesta militar sería una irracionalidad. Douglas Dillon dijo con poste-
rioridad: «Si hubiéramos atacado las bases, habrían actuado con racio-
nalidad y no habrían hecho absolutamente nada, pienso, ni en Berlín
ni en ningún otro sitio. Los rusos son racionales. No son como Jome:i-
ni O Gadafi.» El mismo Dillon pensaba que, dada la superioridad mili-
tar norteamericana, no habría respuesta militar soviética ni siquiera en el
caso de una invasión*. También Paul Nitze opinaba que la superioridad
estratégica norteamericana hacía que el riesgo de una respuesta soviética
contra Berlín fuera muy pequeño: «No infinitesimal, porque nunca se
puede saber qué hará gente como los soviéticos, y en consecuencia po-
día imaginarse que cometieran algún acto irracional. Pero a mí me pare-
cía que tenía que ser un acto irracional, completamente irracional»,
305
les en Cuba, el regodeo que experimentaron durante la crisis los miem-
bros del seminario de control de armamentos parece grotescamente
fuera de lugar.
Los que confiaban en la racionalidad de las respuestas soviéticas
también suponían que los responsables políticos tenían todo el poder.
Sin embargo, el derribo del U2 sugiere que el ejército soviético no es-
taba completamente bajo control. Y aunque, al menos en teoría, los
misiles capaces de alcanzar a Estados Unidos quedaran bajo la direc-
ción de Jruschov, el comandante soviético en Cuba estaba autorizado
a emplear misiles nucleares estratégicos por iniciativa propia en el caso
de una invasión norteamericana. Esto probablemente hubiera podido
llevar a una respuesta nuclear de Estados Unidos contra la URSS.
Aun cuando los responsables políticos hubieran tenido todo el con-
tro] en sus manos, la situación podía llegar a ser más compleja de lo que
la teoría racional sugiere. En efecto, ésta no tiene en cuenta factores tales
como la respuesta emocional a la humillación. Tal vez un ataque aéreo
no implicara el mismo riesgo de guerra nuclear inmediata que una inva-
sión, pero habría tenido peligros propios, aunque menos inmediatos.
Sergo Mikoyan, el hijo de Anastas Mikoyan, pensaba que esto habría
provocado una respuesta soviética. Estas son sus palabras en referencia a
Jruschov: «Conozco bien su naturaleza y su percepción del prestigio de
nuestro país. Por ambas razones, en mi opinión, no habríamos podido
tragar un ataque aéreo sin una fortísima respuesta. No sé dónde ni
cómo, pero no creo que nos hubiéramos quedado sin hacer nada».
La teoría de la elección racional no toma en consideración el efec-
to que otras presiones emocionales tienen sobre las decisiones. Ro-
bert Kennedy dijo lo siguiente en referencia a miembros del Ex-
Comm: «Algunos, debido a la presión de los acontecimientos, pare-
cian perder incluso el juicio y la estabilidad.» Su decisión podía
implicar la destrucción de la especie humana: «Este tipo de presión
tiene extraños efectos en un ser humano, incluso en hombres brillan-
tes, seguros, maduros y experimentados. En algunos casos saca a luz
características y energías que tal vez nunca supieron que tenían,
mientras que en otros casos la presión es demasiado abrumadora»”.
Sí esto les podía ocurrir a los estadounidenses, también podía suce-
der del lado soviético. La confianza de los halcones se apoyaba en la
racionalidad. Sin embargo, más racional era el énfasis que las palo-
mas ponían en la falibilidad humana.
306
Imaginación y moral