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En un pequeño pueblo, donde las

casas estaban pintadas de


colores brillantes, vivía un
anciano llamado Don Manuel,
conocido por sus cuentos
fascinantes. Cada tarde, los niños
se reunían a su alrededor en la
plaza, ansiosos por escuchar las
historias de héroes, dragones y
tierras lejanas.
Un día, Don Manuel decidió
contarles la historia de un niño
llamado Tomás, que había
encontrado un viejo mapa en el
desván de su abuela. El mapa
prometía llevarlo a un tesoro
escondido en lo profundo del
bosque. Intrigado, Tomás reunió
a sus amigos y se embarcó en una
aventura.
A medida que se adentraban en
el bosque, los niños enfrentaron
varios desafíos: un río caudaloso
que debían cruzar, una cueva
oscura que les hizo dudar, y un
acertijo que les presentó un sabio
búho. Pero cada obstáculo
fortalecía su amistad y les
enseñaba a confiar en sí mismos.
Finalmente, llegaron a un claro
donde el mapa indicaba que
estaba el tesoro. Con gran
expectativa, comenzaron a cavar.
Cuando finalmente descubrieron
un viejo cofre, lo abrieron para
encontrar no oro ni joyas, sino
libros antiguos llenos de historias
y conocimiento. Al principio, se
sintieron decepcionados, pero
pronto comprendieron que el
verdadero tesoro era la sabiduría
y la aventura que habían
compartido.
Don Manuel sonrió al ver las
caras de los niños iluminadas por
la comprensión. “La vida está
llena de tesoros como este”, les
dijo. “A veces, los más valiosos no
son los materiales, sino las
lecciones y las amistades que
hacemos en el camino”. Y así, los
niños aprendieron que cada día
puede ser una aventura, llena de
descubrimientos y magia, si se
miran con los ojos del corazón.

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