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El Relojero Del Fin Del Mundo

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El relojero del fin del mundo

Había un relojero en la ciudad de Regnum, una urbe construida al


borde de un precipicio que parecía no tener fin. La ciudad era
famosa por sus inmensos relojes, que decoraban las torres más
altas y las plazas más concurridas. Estos relojes no solo marcaban
el tiempo, sino que dictaban el ritmo de la vida misma. Las
campanas sonaban cada hora, recordando a sus habitantes que el
tiempo nunca se detenía, que cada segundo que pasaba era un
paso más hacia el fin.
El relojero, cuyo nombre era Víktor, vivía solo en lo alto de una
colina, en una pequeña cabaña llena de relojes. No había una sola
pared en su hogar que no estuviera cubierta de esferas, manecillas
y engranajes. Algunos de los relojes eran antiguos, reliquias de
tiempos pasados; otros, de su propia creación, mostraban formas y
movimientos imposibles. Pero todos tenían una cosa en común:
cada uno marcaba una fracción diferente de tiempo.
Víktor había dedicado su vida a estudiar el tiempo, obsesionado con
su naturaleza inquebrantable. Sin embargo, su verdadera pasión no
era solo medir el paso de los segundos, sino desentrañar el misterio
de lo que llamaba “el Tiempo Final”. Desde que tenía memoria,
había sentido que el tiempo no era una línea infinita, sino que tenía
un punto final, un momento en el que todo dejaría de existir. Los
relojes, creía, eran las herramientas que permitirían encontrar ese
punto.
Un día, mientras ajustaba uno de sus relojes más antiguos, notó
algo extraño. Las manecillas, que habían estado paradas durante
años, comenzaron a moverse por sí solas. Al principio, pensó que
era un fallo en el mecanismo, pero pronto comprendió que no era
así. El reloj no solo marcaba el paso del tiempo, sino que lo estaba
acelerando. Víktor lo observó con asombro, y luego con miedo. El
tiempo dentro del reloj estaba avanzando a un ritmo alarmante, y lo
que mostraba no eran horas ni minutos, sino fragmentos del futuro.
Las imágenes en el reloj eran confusas al principio, pero luego se
hicieron más claras. Víktor vio la ciudad de Regnum en ruinas, sus
torres destruidas, sus relojes rotos. El cielo estaba cubierto de
nubes negras y un viento gélido barría las calles vacías. Pero lo que
más lo perturbó fue la figura que vio en medio de las ruinas: él
mismo, más viejo, solo, observando el último reloj que aún
funcionaba.
Desesperado por comprender lo que estaba viendo, Víktor comenzó
a trabajar día y noche, tratando de crear un reloj que pudiera
predecir el momento exacto en que todo terminaría. Sabía que el fin
del tiempo estaba cerca, y que debía encontrar una manera de
detenerlo. Ajustó sus relojes, modificó los engranajes, y finalmente
creó un dispositivo que, según sus cálculos, marcaría el instante
exacto del "Tiempo Final".
Pero lo que Víktor no sabía era que, al intentar predecir el fin,
estaba acelerándolo. Cada ajuste que hacía a sus relojes afectaba
el flujo del tiempo en el mundo. Los días en Regnum comenzaron a
acortarse. Los habitantes notaban que las horas pasaban más
rápido, que el sol se ponía antes de lo debido. Los niños crecían en
cuestión de semanas, los ancianos morían antes de lo esperado, y
las estaciones cambiaban sin orden ni sentido.
La ciudad, antes vibrante y llena de vida, se sumió en el caos.
Nadie comprendía qué estaba sucediendo, excepto Víktor, quien,
atrapado en su obsesión, no podía detenerse. Estaba convencido
de que si encontraba el momento exacto del fin, podría revertirlo.
Pero cuanto más se acercaba a esa revelación, más destrucción
causaba.
Finalmente, una noche, mientras ajustaba el último engranaje de su
reloj final, el tiempo en Regnum se detuvo por completo. La ciudad
quedó suspendida en un instante eterno.
El jardín de las memorias perdidas
En lo profundo de un bosque que nunca aparecía en los mapas,
existía un lugar del que nadie hablaba, y sin embargo, todos
parecían conocer. Era conocido como el Jardín de las Memorias
Perdidas. Los viajeros que se atrevían a adentrarse en sus
frondosos límites siempre regresaban cambiados, pero incapaces
de recordar exactamente qué les había sucedido. Las historias
variaban: algunos decían que era un lugar donde los recuerdos más
preciados se desvanecían, mientras que otros afirmaban que era un
santuario donde las memorias podían ser recuperadas, pero a un
precio.
Lina había oído hablar del jardín desde niña, pero nunca lo había
creído real hasta que su abuela, en su lecho de muerte, le habló de
él. "Hay cosas que olvidamos, querida, no porque queramos, sino
porque debemos", le dijo su abuela, con los ojos cansados pero
llenos de una sabiduría inquietante. “Pero el jardín... el jardín
guarda todo. Si decides buscarlo, ten cuidado de lo que desees
recordar”.
La abuela de Lina falleció poco después, llevándose consigo
secretos que había ocultado durante toda su vida. Intrigada por
esas últimas palabras, y sintiendo que había más por descubrir
sobre su propia historia familiar, Lina decidió encontrar el jardín.
Sabía que estaba en algún lugar del bosque, pero no había caminos
ni indicaciones. Aun así, se adentró en el lugar, guiada solo por un
instinto inexplicable.
Después de días de búsqueda, caminando entre árboles tan altos
que sus copas parecían rozar el cielo, Lina comenzó a notar que el
ambiente cambiaba. La luz se volvía más suave, como si el sol
estuviera atrapado en un crepúsculo eterno. El aire era más denso,
cargado con una mezcla de nostalgia y tristeza. Finalmente, llegó a
un claro. En el centro, se encontraba el jardín.
Era un lugar bello y desconcertante al mismo tiempo. Flores de
colores imposibles crecían en hileras perfectamente ordenadas, y
entre ellas, pequeñas fuentes de agua cristalina fluían
silenciosamente. Pero lo que más llamó la atención de Lina fue el
enorme árbol en el centro del jardín. Era un roble antiguo, cuyas
ramas se extendían como si quisieran abarcar el cielo. En sus
hojas, cada una de ellas, se veían destellos de luz, como si cada
hoja contuviera un fragmento de algún recuerdo lejano.
Lina se acercó cautelosamente. Sintió una atracción poderosa hacia
el árbol, como si algo en su interior lo reconociera. Sin embargo, en
cuanto tocó una de sus hojas, una imagen invadió su mente. Era
una visión de su niñez, una tarde que había olvidado por completo.
Su madre, su padre y ella caminando por un sendero, riendo, bajo
el cálido sol. Pero entonces, la imagen cambió. En lugar de risas,
oyó gritos, y vio a su padre alejándose, su figura desapareciendo en
la niebla. Era un recuerdo que su mente había enterrado, una
verdad que no había querido ver. Su padre no se había ido por
voluntad propia; algo lo había apartado de sus vidas.
Sintiéndose abrumada, Lina retiró la mano del árbol, pero ya era
demasiado tarde. Los recuerdos comenzaron a surgir sin control.
Momentos de su vida que creía haber olvidado volvieron con una
fuerza devastadora. No solo los suyos, sino también los de su
madre, los de su abuela. Historias de dolor, de traición, de secretos
familiares que nunca se habían compartido. Cada flor en el jardín,
cada hoja en el árbol, contenía una memoria perdida, y ahora todas
estaban inundando su mente.
Desesperada por detener el flujo de recuerdos, Lina intentó huir del
jardín, pero se encontró atrapada. Las flores parecían crecer a su
alrededor, sus raíces enredándose en sus pies. Mientras luchaba
por liberarse, una figura apareció ante ella. Era una mujer anciana,
de rostro amable pero ojos tristes. “Has venido en busca de
respuestas, pero algunas cosas es mejor no recordarlas”, dijo la
mujer en un susurro.
Lina la reconoció al instante. Era su abuela, pero no como la había
visto en su lecho de muerte. Esta versión de su abuela era joven y
fuerte, una imagen atrapada en el jardín durante décadas. “Este
lugar guarda lo que hemos perdido, lo que hemos decidido olvidar.
Si te quedas aquí, tus recuerdos te consumirán. Solo hay una
manera de liberarte”, dijo la anciana, señalando el roble en el centro
del jardín.
Lina entendió lo que debía hacer. Debía dejar ir esos recuerdos, por
dolorosos que fueran. Con lágrimas en los ojos, se acercó
nuevamente al árbol y, esta vez, en lugar de aferrarse a las hojas,
las dejó caer una por una. Cada hoja que caía al suelo se
desvanecía en una nube de luz, llevándose consigo una parte del
peso que cargaba.
Finalmente, cuando la última hoja cayó, Lina se sintió libre. El jardín
se desvaneció, y el bosque volvió a ser solo eso: un bosque. Los
recuerdos que había recuperado se fueron desdibujando, como un
sueño que desaparece al despertar. No podía recordarlo todo, pero
había comprendido una verdad fundamental: algunas memorias,
algunas verdades, estaban destinadas a ser olvidadas.
La torre infinita
En el corazón del desierto de Oros, donde el viento soplaba con una
furia constante y las dunas cambiaban de forma con cada
amanecer, se erigía una estructura que no pertenecía a este
mundo: la Torre Infinita. Nadie sabía quién la había construido ni
por qué. Era tan alta que su cima se perdía en las nubes, y su base
estaba oculta bajo las arenas movedizas del desierto. Las leyendas
hablaban de la torre como un lugar donde el tiempo y el espacio no
seguían las reglas de la realidad, y aquellos que se atrevían a entrar
jamás volvían a ser los mismos.
Yahen, un cartógrafo en busca de los últimos rincones inexplorados
del mundo, había oído hablar de la torre desde que era un niño. Su
padre, también explorador, había desaparecido en una de sus
expediciones, dejando atrás solo un cuaderno lleno de notas
crípticas sobre la Torre Infinita. Ahora, décadas después, Yahen
estaba decidido a continuar el viaje de su padre y descubrir la
verdad sobre aquel lugar.
Después de semanas de viaje por el desierto, Yahen llegó
finalmente a la torre. Desde el exterior, la estructura era imponente,
con paredes lisas y negras que no reflejaban la luz del sol. No había
ventanas ni puertas visibles, pero Yahen sabía que había una
manera de entrar. Siguiendo las indicaciones del cuaderno de su
padre, encontró una grieta en la base, lo suficientemente grande
como para deslizarse.
El interior de la torre era un enigma. No había escaleras ni pasillos
convencionales. En su lugar, cada habitación estaba conectada por
un laberinto de puertas, y cada puerta parecía llevar a un lugar
diferente. Yahen pronto se dio cuenta de que la torre no seguía las
reglas del tiempo. En una habitación, las sombras se movían al
revés, mientras que en otra, las estaciones cambiaban en cuestión
de minutos. Cada puerta era un umbral a una realidad alternativa,
un fragmento de tiempo o un mundo paralelo.
A medida que avanzaba, Yahen comenzó a sentirse extraño. Las
paredes de la torre parecían observarlo, como si estuvieran vivas.
En una de las habitaciones, encontró una mesa con un espejo. Al
mirarse, no vio su reflejo actual, sino el de un hombre mayor,
envejecido por los años. Era él mismo, pero muchos años en el
futuro. Aterrorizado, intentó retroceder, pero las puertas que había
cruzado ya no llevaban a los mismos lugares.
Cada paso que daba dentro de la torre lo alejaba más del mundo
exterior. Los pasillos se alargaban, las puertas se multiplicaban, y
Yahen perdió la noción del tiempo. A veces, veía destellos de su
padre en las sombras, o escuchaba su voz llamándolo desde
alguna lejana habitación, pero nunca pudo alcanzarlo. Se dio cuenta
de que la torre era una trampa, un lugar diseñado para confundir a
los que buscaban respuestas.
Después de lo que parecieron años de vagar sin rumbo, Yahen
llegó a una sala donde había una sola puerta. Era diferente de las
demás: hecha de madera antigua, con grabados que representaban
un árbol con raíces que se extendían hacia todos los rincones del
universo. Sintió que esta era la clave para escapar.
Al abrir la puerta, Yahen no encontró una salida, sino una versión
de sí mismo, sentado frente a una mesa, escribiendo en un
cuaderno. Era el mismo cuaderno que su padre le había dejado. El
hombre al otro lado de la puerta lo miró y sonrió.
“Has llegado al final del viaje, pero el final es solo el comienzo”, dijo
la otra versión de sí mismo. “La torre no tiene fin porque el tiempo
aquí no sigue su curso natural. Ahora eres parte de ella, como lo fui
yo, como lo fue nuestro padre”.
Yahen comprendió entonces la verdadera naturaleza de la Torre
Infinita.
El último barco de cristal
En los mares del norte existía un mito que todos los marineros
conocían, pero que pocos se atrevían a mencionar: el último barco
de cristal. Según la leyenda, era un navío construido
completamente de cristal, invisible en la niebla y las tormentas, que
aparecía solo una vez cada cien años. Se decía que aquellos que
lograban avistarlo encontraban grandes tesoros, pero jamás
regresaban para contarlo.
Durante generaciones, la historia del barco fue solo una leyenda,
contada en las tabernas por los marineros más viejos para asustar a
los jóvenes. Pero un día, un mensaje en una botella llegó a la costa
de una pequeña aldea pesquera. El mensaje estaba escrito en un
trozo de pergamino tan viejo que parecía desintegrarse al tocarlo, y
decía: "He encontrado el barco de cristal. Estoy atrapado entre las
sombras y el océano. Venid a buscarme". Estaba firmado por el
capitán Orwin, un famoso navegante que había desaparecido hacía
más de cincuenta años.
El mensaje llegó a manos de Lya, una joven que había crecido
escuchando las historias sobre el barco y sobre su propio abuelo,
Orwin, quien había partido en busca del legendario navío. Decidida
a descubrir la verdad sobre la desaparición de su abuelo y
encontrar el barco de cristal, Lya reunió a una pequeña tripulación
de marineros valientes y zarpó hacia el norte, siguiendo las pistas
que había dejado en el mensaje.
El viaje fue largo y peligroso. El viento helado los azotaba, y las olas
eran tan altas que parecía que el mar intentaba tragarse su barco.
Durante semanas navegaron sin avistar tierra ni otro barco. Solo el
gris perpetuo del océano y el cielo los acompañaba. Pero una
noche, cuando la niebla cubría todo como una manta, algo apareció
en el horizonte.
Era una sombra apenas perceptible, pero a medida que se
acercaban, pudieron verlo con claridad. El barco de cristal flotaba,
majestuoso e imponente, como una joya tallada por manos divinas.
Cada una de sus velas parecía estar hecha de vidrio tan fino que se
movía como si fuera tela bajo el viento. La tripulación de Lya quedó
muda ante la visión, pero ella, decidida a descubrir la verdad,
ordenó que se acercaran.
Cuando pisaron la cubierta, notaron que no había nadie a bordo.
Todo estaba en perfecto estado, como si el barco hubiera estado
esperando por ellos. Cada rincón de la nave brillaba con una luz
espectral que emanaba de las profundidades del cristal. Lya, guiada
por una intuición extraña, bajó a la bodega. Allí encontró un cofre,
pero no contenía tesoros ni mapas. Dentro había un solo objeto:
una brújula, pero su aguja no apuntaba al norte. En su lugar, giraba
sin parar, como si estuviera atrapada en un ciclo eterno.
De repente, una voz resonó en la oscuridad. "Has venido a
buscarme, pero ya es demasiado tarde". Lya giró y vio a su abuelo,
Orwin, parado frente a ella, pero no era el hombre que recordaba de
las historias de su infancia. Su figura estaba desvanecida, como si
no fuera completamente real, y sus ojos estaban llenos de una
tristeza infinita.
"El barco de cristal no es un tesoro, es una prisión", le dijo Orwin
con voz grave. "Aquellos que lo encuentran quedan atrapados en el
tiempo, en un ciclo sin fin. El barco navega eternamente entre las
sombras, y los que suben a bordo jamás pueden abandonarlo".
Lya intentó acercarse a él, pero sus manos atravesaban su forma
espectral. "No puedo quedarme aquí, abuelo. Debo romper el ciclo",
dijo con determinación.
Orwin asintió lentamente. "Hay una forma, pero es peligrosa. Debes
devolver la brújula al mar. Solo entonces el barco y todos los que
estamos atrapados seremos liberados. Pero si fallas, tú también
quedarás atrapada".
Sin dudarlo, Lya tomó la brújula y corrió hacia la cubierta. Las
sombras comenzaban a envolver el barco, y podía sentir el peso del
tiempo acumulado a su alrededor, como si el aire se espesara y la
atrapara. Con todas sus fuerzas, lanzó la brújula al mar. En cuanto
la brújula tocó el agua, el barco comenzó a desmoronarse. El cristal
que lo formaba se quebraba en millones de fragmentos, que caían
al océano como estrellas fugaces.
Finalmente, cuando el último fragmento de cristal desapareció bajo
las olas, se encontró de pie en la cubierta de su propio barco, su
tripulación aún a su lado. El barco de cristal ya no existía, y la niebla
comenzaba a disiparse. Su abuelo se había ido, pero por primera
vez en años, Lya sintió que su alma había encontrado paz.
La isla del eco eterno
En medio del océano, lejos de cualquier continente o ruta de
navegación conocida, existía una isla que ningún mapa mostraba.
Era un lugar que aparecía y desaparecía como un espejismo, y los
pocos que hablaban de ella la llamaban la Isla del Eco Eterno.
Según las leyendas, cualquiera que llegara a la isla escucharía sus
propios pensamientos y palabras resonar para siempre en el aire,
incapaz de escapar de sus propias voces.
Korrin, un marinero solitario, había oído esas historias desde joven.
Aunque nunca las había creído por completo, una parte de él
siempre había sentido curiosidad. Después de pasar años
navegando sin rumbo fijo, huyendo de un pasado que prefería
olvidar, decidió buscar la isla, con la esperanza de encontrar algo
más que simples leyendas. Quizá en ese lugar podría hallar
respuestas a las preguntas que lo atormentaban o, al menos, un
final a su interminable viaje.
Después de semanas navegando en completa soledad, una noche
vio algo en el horizonte. Era solo una sombra, pero Korrin supo que
había encontrado lo que buscaba. Al amanecer, llegó a la isla. Era
un lugar pequeño, rodeado de acantilados y cubierto de una densa
jungla. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue el silencio
absoluto que reinaba allí. No había aves ni insectos, solo el sonido
del viento rozando las rocas.
Desembarcó y comenzó a explorar la isla, pero cuanto más se
adentraba en su interior, más extraño se volvía el ambiente. A cada
paso que daba, comenzaba a escuchar sus propios pensamientos,
pero no como una simple reflexión interna. Sus pensamientos
parecían cobrar vida, resonando en el aire como si otra persona
estuviera repitiendo sus palabras. Al principio era sutil, pero poco a
poco, las voces se hicieron más claras, hasta que finalmente, oyó
su propio nombre siendo llamado desde el fondo de la jungla.
Desconcertado, Korrin siguió el sonido, y llegó a un claro en el
centro de la isla. Allí, en medio de un círculo de piedras antiguas,
había un espejo, pero no era un espejo normal. Cuando se miró en
él, no vio su reflejo, sino una versión de sí mismo mucho más joven.
Era él, pero en una época de su vida que había intentado enterrar.
La imagen del joven Korrin comenzó a hablar, pero no con palabras
de bienvenida. En lugar de eso, lo acusó, lo confrontó con los
errores de su pasado, los miedos que había tratado de dejar atrás.
"Huiste", le dijo su reflejo. "Abandonaste a los que confiaban en ti.
Esta es tu condena, Korrin. Aquí, en la Isla del Eco Eterno, no
puedes escapar de ti mismo".
Korrin intentó desviar la mirada, pero las voces seguían, una tras
otra, recordándole cada decisión equivocada, cada palabra no
dicha, cada acto de cobardía. Los ecos de su propia mente lo
asediaban, rodeándolo, hasta que sintió que el peso de sus propios
pensamientos lo aplastaba.
Desesperado, corrió hacia la playa, con la esperanza de escapar
del eco, pero la isla no lo dejaba ir. Las olas repetían sus miedos, el
viento susurraba sus fracasos, y las piedras gritaban sus
arrepentimientos. No había lugar donde esconderse.
Finalmente, agotado y al borde de la locura, Korrin se detuvo y gritó
al cielo: "¡Acepto lo que hice! ¡No puedo cambiarlo!". En ese
momento, el eco se detuvo. El silencio volvió a la isla, y por primera
vez, Korrin pudo escuchar su propia respiración sin que fuera
devuelta por el aire.
Comprendió entonces que la Isla del Eco Eterno no era solo una
prisión, sino también una prueba. Los ecos no eran maldiciones,
sino reflejos de su propio ser, y la única manera de liberarse era
enfrentarse a ellos. Con ese entendimiento, Korrin subió a su barco
y dejó la isla. Sabía que no volvería a escuchar los ecos, pero el
verdadero desafío no.
El puente de los tres soles
En un rincón remoto del mundo, donde el cielo y la tierra parecían
fundirse en una eterna danza de luces y sombras, existía un puente
misterioso que se erigía sobre un abismo sin fondo. Este lugar era
conocido como el Puente de los Tres Soles. Ningún mapa lo
señalaba, y pocos habían regresado tras cruzarlo. Las leyendas
decían que solo aparecía al amanecer de un día particular, cuando
tres soles brillaban en el horizonte al mismo tiempo. Se decía que
quienes lograban cruzar el puente encontraban respuestas a todas
las preguntas que jamás se habían atrevido a formular.
Halan, un estudioso de las ciencias y las artes ocultas, había
dedicado su vida a investigar los fenómenos inexplicables del
mundo. A lo largo de sus años de investigación, había encontrado
menciones esporádicas del Puente de los Tres Soles en textos
antiguos, pero todos parecían contradecirse entre sí. Sin embargo,
un antiguo manuscrito en particular llamó su atención: hablaba de
un ciclo cósmico que solo ocurría cada mil años, cuando tres soles
—que en realidad eran tres reflejos distintos de la misma estrella—
convergían en el cielo por un breve instante. Halan estaba
convencido de que ese momento se acercaba, y estaba decidido a
encontrar el puente antes de que desapareciera para siempre.
Después de meses de búsqueda y estudio, Halan se aventuró en
una región inexplorada del desierto, siguiendo las coordenadas que
había descifrado de un pergamino casi ilegible. Durante días,
caminó bajo un sol abrasador, sin encontrar rastro alguno de la
misteriosa estructura. Justo cuando comenzaba a perder la
esperanza, el cielo se tornó de un color extraño. Las nubes se
agitaron y, de repente, tres soles surgieron simultáneamente en el
horizonte, uno tras otro, reflejándose en los lagos secos del
desierto.
Y entonces lo vio.
El puente se alzaba en el horizonte, flotando sobre el vacío. Era una
estructura colosal, hecha de piedra negra y brillante, pero parecía
tan ligera que daba la impresión de que podría desvanecerse con el
viento. Sin pensarlo dos veces, Halan corrió hacia él, con el corazón
palpitante de emoción y temor.
Al pisar el puente, notó que el aire cambiaba. El viento dejó de
soplar, y todo a su alrededor quedó en un silencio absoluto. Halan
continuó caminando, sintiendo cómo el peso de cada paso lo
acercaba más a un destino incierto. Mientras avanzaba, comenzó a
percibir sombras a su alrededor, figuras vagamente humanas que lo
observaban desde la distancia.
Estas figuras no hablaban, pero transmitían pensamientos e ideas
directamente a su mente. Eran recuerdos, visiones del pasado y del
futuro. Cada una de ellas representaba una decisión que había
tomado en su vida, o que podría tomar en algún momento. El
puente no solo conectaba dos puntos físicos, sino que también era
un umbral entre todas las posibilidades, todas las realidades
paralelas que coexistían con la suya.
A mitad de camino, Halan se detuvo. Delante de él, el puente se
dividía en tres caminos diferentes, cada uno iluminado por uno de
los tres soles. Sabía que solo podía elegir uno. Cada camino
representaba un destino: uno lo llevaría a un futuro glorioso donde
alcanzaría el conocimiento absoluto, otro lo conduciría a la
oscuridad eterna, y el último lo devolvería a su vida actual, con
todas sus incertidumbres intactas.
Halan vaciló. El conocimiento absoluto era tentador, pero también
comprendía el peligro que eso conllevaba. Al final, decidió seguir el
tercer camino, el que lo devolvería a su vida cotidiana. Mientras
caminaba hacia el final del puente, las sombras lo siguieron,
observando en silencio.
Cuando finalmente cruzó, el paisaje cambió de golpe. Ya no estaba
en el desierto, sino en su pequeño estudio, rodeado de libros y
pergaminos. Los tres soles habían desaparecido, y el puente
también. Durante un momento, se sintió desconcertado, como si
todo hubiera sido un sueño. Pero en su mano había una pequeña
piedra negra, del mismo material que el puente, y al mirarla, sintió
una extraña paz.
Había elegido seguir adelante con su vida, sin el peso del
conocimiento absoluto, pero sabiendo que siempre tendría la
posibilidad de volver, si alguna vez los tres soles volvían a brillar.

FIN

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