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S3 M-Dulo de Lectura Iv Bimestre 2024

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GRADO
2024

NIVEL
SECUNDARIA

CUARTO
BIMESTRE

Apellidos y Nombres: …………………………………………………………………………………………………………..............……………………………………………………………..

Año y Sección: ……………………………..………………………………………… Nivel: ………………………………………………………………………………………….…….


El almohadón de plumas
(Horacio Quiroga)
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter
duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin
embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche
juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán,
mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin
darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor,
más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la
contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del
patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal
impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más
leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible
frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como
si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había
concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en
la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró
insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo
salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado.
De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia
rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente
todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia.
Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en
su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció
desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole

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calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene
una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se
despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha
agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se
iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces
prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia
dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida.
Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La
alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba
en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio,
y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado
del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente.
Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de
largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las
suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la
alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se
acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo.
En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,
pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio
y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso

2
serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre
la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que
remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su
enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que
únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía
siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un
millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó
más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún
que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en
forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban
dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz.
Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En
el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía
de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya,
miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que
parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la
funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían
manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil
observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a
aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se
le erizaban.
—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

3
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa
del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores
volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta,
llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las
plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso,
una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba
la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla,
chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria
del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven
no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches,
había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir
en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles
particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Quiroga, Horacio. Cuentos de amor, de locura y de muerte. (Ed. 1997),


(p. 79-83). Educar.

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FICHA DE EXPOSICIÓN

TEXTO LITERARIO: EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

NOMBRE DEL AUTOR:


______________________________________________________________________

Movimiento literario. Explicación


______________________________________________________________________

• Análisis de texto:

▪ Género: ___________________________________________________
▪ Especie: ___________________________________________________
▪ Plano de la expresión:

▪ Narrador: Omnisciente o personaje (explicar y presentar una cita textual de


ejemplo)
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Nivel de lengua. (explicar y presentar una cita textual de ejemplo)


__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Plano del contenido

Situación inicial:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

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Trama
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

Desenlace
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Personajes principales:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Personajes secundarios:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Espacio (lugares más importantes)


______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
▪ Valores literarios: Humano, social, ético-moral, literario y filosófico. Menciona y
explica tres de ellos.

1.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

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2.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

3.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

▪ Menciona dos características del autor en la obra con su respectivo hecho:

1._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

2._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Mensajes
.______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________

▪ Apreciación crítica
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________

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Mi corbata
(Manuel Beingolea)

Me la regaló Marta, una provinciana a quien seduje con mi aplomo y mis


modales de limeño. Estaba hecha de un retazo de seda roas, oriundo quizá, de
algún vestido en receso, y sobre ella la donante había bordado con puntadas
gordas e ingenuas multitud de florecillas azules, que no pude reconocer si eran
miosotis. Me la envió encerrada en una caja de jabón Windsor, que olía muy
bien.

Yo por aquel tiempo era un pobrete que me comía los codos y andaba de Ceca
en Meca, galopando tras un empleo en alguna oficina del Estado. Ser
amanuense era entonces mi mayor ambición. Cincuenta soles de sueldo eran
para mí, inestimable tesoro, que solo muy escasos mortales podían poseer.
¡Oh, cincuenta soles de sueldo! ¡con esa suma asegurada hubiera yo doblado
el cabo de la felicidad! ¿Qué cómo? Cuando se es amado, a pesar de ser pobre,
una gran confianza en el porvenir nos alienta. Y la dulce serranita me amaba.
Muchos pretendientes había despachado por mi causa. Felices horteras
endomingados que le hacían la rueda, mientras le vendían media vara de surah
o un corte de indiana. Así como así, eran mejores que yo los tales horteras
desde el punto de vista matrimonial. Tenían regulares sueldos y lo que ellos
llamaban las rebuscas, cosa que, probablemente yo, me moriría sin conocer.
Pero Marta los mandaba a paseo sin escucharlos siquiera. Solo yo era el
preferido. Quizá me encontraba distinto también a los jóvenes de su tierra,
sentimentales y turbulentos. A mí no me disgustaba la muchacha. Tenía bonito
pelo, ojos tiernos y tocaba en el piano “Al pie del Misti” con bastante
sentimiento ¿Con ella y mis 50 soles hubiera sido feliz! Lo único que parecía
apenarla era mi poca fe. Mi carencia de religión.

- ¿Creen usted en Dios? – me preguntaba a menudo.


- Naturalmente – le repondría yo.

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- No es bastante, es preciso cumplir con la Iglesia, es preciso creer.
La verdad es que yo no creía sino en mi pobreza. Solo se cree en Dios a partir
de cincuenta soles de sueldo.
Un día fui invitado sin saber cómo a una reunión. Figuraos mi alborozo cuando
recibí la siguiente esquela:
“Grimanesa de Bocardo e hijas, tienen el honor de invitar a usted a su casa,
Aumente 341, a tomar una taza de té la noche del martes.”

Y en el reverso:” Señor Idiáquez”. ¡Canastos! ¡Una taza de té! Yo que ni


siquiera había comido seriamente aquel día.
Parecióme recibir una invitación celestial y me preguntaba si los filetes de oro
de la esquelita no serían una insignia angélica. Bocardo … Bocardo. Nombre
sonoro. ¡Qué diablo! Nombre perteneciente sin duda a algún abogado de nota
de esos que llevan siempre como cola esta frase: “Lumbrera del foro peruano”.
Nombre que quizá hace y deshace de millones de empleos de cincuenta soles.

Me emperejilé lo mejor que pude, con un chaquet de diagonal ribeteado con


trencilla, unos pantalones de esa tela a cuadritos que parece un trazado para
jugar al “León y las ovejas”; un chaleco despampanante, escotado hasta el
ombligo, dejando al descubierto la dudosa pechera de mi única camisa formal,
donde figuraba un grueso botón de doublé y un sombrero hongo de copa no
más alta que la cáscara de nuez, de esos que puso en moda en Lima el ya
olvidado actor Perrín. Y, en medio de todo esto, resplandeciente como un astro
de primera magnitud, mi famosa corbata. Famosa sí. ¡Voto al chápiro!

La casa de Aumente n° 341 era un majestuoso prodigio de simetría. Constaba


de dos ventanas de reja, una a cada lado de la puerta, dos balcones, uno sobre
cada ventana. Adentro, dos departamentos, uno a cada lado del zaguán. En el
fondo, una mampara de vidrieras con una ventana a cada lado. Todo allí
parecía en equilibrio, repartido a ambos lados de alguna cosa, como hecho ex
profeso para demostrar la ley de compensaciones. Entré. Alguien tocaba un
vals al piano cuyos fragmentos se escuchaban entre un sordo murmullo. Dejé

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mi sombrero en una salita y penetré en el salón. Multitud de parejas bailaban
atropellándose. Grupos animados conversaban en los rincones, en el hueco de
las ventanas; algunos jóvenes se paseaban solos, con las manos entre los
bolsillos. Vi, asimismo, niñas a quienes nadie sacaba a danzar, bien por
negligencia o por ignorancia del baile. Yo hubiera querido ponerme a las
órdenes de la dueña de casa, como se estila en semejantes ocasiones, pero –
la verdad- sentí embarazo. No me atreví a preguntar dónde se la podía
encontrar. Una linda morena vestida color malva, sentada en el extremo de un
sofá, me cautivó desde el primer instante. Resolví bailar con ella. Cuando se lo
propuse pareció sorprendida y me miró de arriba abajo. Sin embargo, me dijo
con amabilidad exquisita:
- Tengo ya compromiso, caballero.
Yo me senté a su lado sin saber que decirle al pronto. Me concreté a olerla. Y
que bien olía. ¡Voto al chápiro! ¡Qué pobre me pareció Marta con su jabón de
Windsor! Esta, en cambio, embriagaba. De su seno elevado y palpitante se
escapaban oleadas que me desvanecían. Indudablemente la dicha debía oler a
eso. Empezaba a dirigirla la palabra, cuando un joven se acercó, la dio del
brazo y desapareció dejándome lelo. Entonces me juzgué en la obligación de
sacar a una esbelta rubia que mordía nerviosamente el extremo de su abanico.
Miróme de hito en hito y me dijo secamente: “Estoy cansada”. Luego creí
oportuno dirigirme a otra señorita, la cual me dijo con marcado desdén, lo
mismo. Volví a la carga con otra que también me despachó fulminándome con
una mirada despreciativa. Recorrí las restantes, a las que acababan de bailar y
a las que no habían bailado aún y todas me petrificaban con aquel terrible y
descortés: “Estoy cansada”. ¡Y lo mejor es que salían con el primero que se les
presentaba! Empecé a amoscarme. Me pareció notar que algo chocarrero,
existente en mí, me hacía acreedor al desprecio. Entonces sin saber qué partido
tomar, rogué a un joven que discurría por allí, y que me infundió confianza
(hay rostros así que infunden confianza), que me explicara el caso. Miróme con
impertinencia y me dijo: “Tiene usted una corbata imposible. Lo mejor que
puede usted hacer es largarse joven”. ¡Corbata imposible! Y me fijé en la de
él. En efecto, era una hermosa corbata color de vino, hecha de mano maestra,

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atravesada por un alfiler de oro.

Salí avergonzado, sin despedirme. ¿De quién me iba a despedir? Tal como
había entrado. Nunca he comprendido por qué me invitaron a aquella casa.
Quizá por equivocación.
Como es de suponerse, la sangre me hervía. Hubiera deseado aporrear,
abofetear, pisotear a alguien. Maquinaba venganza terrible contra la para mí
desconocida señora Bocardo. Hubiera deseado decirla: “venga usted para acá,
grandísima tía, ¿con qué objeto me invita a su cochina taza de té, que ni
siquiera he bebido?”. Y en cuanto a Marta, la muy serrana, ya podía esperarme
sentada. ¡Qué ridícula me pareció su corbata! Una corbata que no servía ni
para ahorcarse. Que fuera allá con sus hortelas. Lo que es yo… ¡Que si quieres!

Desde aquel día se presentó en mi mente un mundo te y seductor, desconocido


hasta entonces. Comprendí que en la vida había algo mejor que empleos de
cincuenta soles. Me harte de las perrerías de mi existencia, de las monsergas
de mi patrona, de las comidas del restaurante a diez centavos el plato, esas
infames comidas con sabor a chamusquina. ¡Ah, que mundo tan perro! ¡Qué
indecencia! ¡Había que salir de él a todo trance, como pudiera, sin reparar en
los medios!

Por lo pronto era menester vestir elegante y usar corbatas atravesadas por un
alfiler de oro. Haciendo acopio de todo el aplomo que me quedaba, me lance
donde el mejor sastre de Lima. Me hice confeccionar un traje de chaquet,
según la última moda. Di las señas de mi patrona, a quien anticipadamente
anuncié un supuesto destino en la aduana con sueldo fabuloso y esperé los
acontecimientos. Mi patrona era viuda de un coronel, cuyo retrato a óleo, obra
del pintor Palas, se exhibía en el salón amueblado con buen gusto. ¡Cuán
distinto del cuarto que me alquilaba en el interior, donde apenas cabía una
cama de dobleces! ¡La rogué, poniéndome grave, que recibiera la ropa que
había mandado hacer por cuenta del Ministerio de Hacienda! Cundo oyó
“Ministerio de Hacienda” abrió cada ojo la señora … ¡Voto al chápiro! ¡Jamás

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he mentido con tal aplomo!

- ¿Supongo que me pagará usted lo atrasado? – Me dijo con júbilo.


- Con creces, mi querida señora, con creces – le respondí yo, echándome atrás.
El mejor sastre de Lima no tuvo inconveniente en dejar el traje en el salón de
una señora donde se exhibía un retrato tan prócer. Cuando la criada le dijo:
“El joven ha salido”, hizo la mar de reverencia.

- ¡Oh! No había para qué molestarse, mandaría la cuenta, ¡bah! Apenas le vi


torcer la esquina, me colé a la casa e mi patrona. Ya estaba allí mi traje
extendido sobre un sofá. ¡Oh, que maravilla de traje! Figuraos un chaquet
redondeado correctamente, con una gracia mundana singular, una hilera de
botones forrados en tela, unas solapas bien alisadas, con poca hombrera. Una
chaquet digno de Ministro de Hacienda. Corrí a mi tugurio, lo dejé sobre mi
camastro y volví donde mi patrona desolado…

- ¿Qué necesita usted? – me dijo ésta, con todo cariño.


- ¡Ah, señora, usted sabe! Mi sueldo no lo recibiré hasta fin de mes … ¡necesito
ahora cien soles para ciertos gastos! …
- Con el mayor gusto, Idiáquez – respondióme- Solo le voy a pedir un favor: si
usted puede colocar a mi hijo en su oficina… no es porque necesite nada,
mientras yo viva… ¡usted sabe! … ¡pero! ¡Es tan bonito estar en Aduana!
Le ofrecí destinar a toda su familia. Entonces me dijo: “¿Gusta usted
doscientos?”. Puse una cara de banquero que teme comprometerse, y por fin
la dije_: “¡bueno, vengan”!

Si me hubierais visto volver una hora después, en un coche cargado de


camisas, sombreros, pares de botas, bastones y cajas de estupendas y
lujosísimas corbatas…Pero prefiero mostrarme en Mercaderes, con mi chaquet,
exhibiendo una corbata modelo, atravesada por un alfiler de oro, y con una
espejeante chistera. Me calcé los guantes color patito, me puse el pantalón
bien planchado, cayendo sobre unos escarpines que, a su vez, caían sobre dos

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botas de charol, flamantes. Ninguna mujer me pareció bastante bonita.
Ninguna tienda bastante abastecida. Ninguna corbata bastante lujosa. La calle
de mercaderes fue para mí estrecho sitio donde no cabía mi persona. Hombres
y mujeres me miraban fija y tenazmente, con envidia aquéllos, con
complacencia éstas. De pronto, al salir de Guillón, encontré a la morena del
baile, magníficamente ataviada., irresistible, encantadora. Estaba vestida de
claro y llevaba en la mano multitud de paquetitos. Me miró con una de aquellas
miradas con que las mujeres suelen decir “me gustas”. La seguí. Iba en
compañía de una criada, de una persona de esas en quienes no se repara
jamás. Ella volvió la cara sonriente. Parecía que quisiera decirme: “atrévete”.
Yo me acerqué, y después de saludarla correctamente la deslicé al oído todas
aquellas frases que son del caso: “¿tan temprano de paseo?”. “¡Con razón la
mañana está tan hermosa!”. “¿Qué le parece a usted el calor?”. Contestóme
con amabilidad inusitada. Hízome recuerdos del baile donde “nos divertimos
tanto” y luego me rogó que fuera a su casa, donde sus padres tendrían gran
gusto recibiéndome.
Me enamore terriblemente de la señorita en cuestión. Acudí a su casa, donde
fui tratado con grandes agasajos. La despatarré con una docena de corbatas
hábilmente combinadas. La pedí en matrimonio y a los cuatro meses me
cansaba con ella entrando en posesión de una fortuna respetable. ¡Al demontre
las perrerías!

Hoy soy padre de una hermosa familia que da bailes a los que concurren las
mejores corbatas de Lima. Poseo casas en la capital. Una hacienda en las
afueras. Quintas en el campo. Minas en Casapalca. Voy jueves y domingo al
Paseo Colón en un elegante carruaje, y he hecho varios viajes a Europa. Mi
mujer no contenta con hacerme rico, ha querido hacerme célebre: gracias a
ella he sido diputado, senador y … lo demás. Todo sin más esfuerzo que un
cambio de corbata.

Pero he aquí entre nos, os confesaré que no soy feliz. Mi mujer es cariñosa, es
cierto. ¡Me anuda cada corbata! Pero me parece que piensa más en sus trajes

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que en su marido. Mis hijos también piensan más en sus caballos que en su
padre. Yo me he vuelto ambicioso y pienso más en la “cosa pública” que en mi
mujer y en mis hijos. Más feliz hubiera sido con mi arequipeñita. ¡Oh! Esa que
me quería arrancado y por mi mismo. Con ella y mis cincuenta soles hubiera
vivido ignorado, sin ambiciones que me consumen, ni desengaños que me
torturan. ¿Qué habrá sido de ella? A veces, cuando estoy muy triste, saco del
fondo de mi gaveta la corbata que me regaló y me enternezco recordando a
Marta y aspirando ese olor ya desvanecido del jabón Windsor.

Beingolea, Manuel, Cuentos pretéritos (Ed. 1933)

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FICHA DE EXPOSICIÓN

TEXTO LITERARIO: MI CORBATA

NOMBRE DEL AUTOR:


______________________________________________________________________

Movimiento literario. Explicación


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• Análisis de texto:

▪ Género: ___________________________________________________
▪ Especie: ___________________________________________________
▪ Plano de la expresión:

▪ Narrador: Omnisciente o personaje (explicar y presentar una cita textual de


ejemplo)
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▪ Nivel de lengua. (explicar y presentar una cita textual de ejemplo)


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▪ Plano del contenido

Situación inicial:
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Trama
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Desenlace
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▪ Personajes principales:
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▪ Personajes secundarios:
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▪ Espacio (lugares más importantes)


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▪ Valores literarios: Humano, social, ético-moral, literario y filosófico. Menciona y
explica tres de ellos.

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▪ Menciona dos características del autor en la obra con su respectivo hecho:

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▪ Mensajes
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▪ Apreciación crítica
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El collar
(Guy de Maupassant)
Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error
del Destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía
esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser
conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido;
y aceptó entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de
Instrucción Pública.
No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer
obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde;
porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su
encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de
elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que
iguala a las hijas del pueblo con las más grandes señoras.
Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos
los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las
paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las
cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban
y la llenaban de indignación.
La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella
pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras
mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de
bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos
sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes
salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas
inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para
hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y
agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.
Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda,
cubierta por un mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la
sopera, diciendo con aire de satisfacción: "¡Ah! ¡Qué buen caldo! ¡No hay nada

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para mí tan excelente como esto!", Pensaba en las comidas delicadas, en los
servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes de
personajes antiguos y aves extrañas dentro de un bosque fantástico; pensaba
en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las
galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que
se paladea la sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán.
No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de
que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces
imposibles. ¡Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva
y asediada!
Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver
con frecuencia, porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba
después llorando de pena, de pesar, de desesperación.
Una mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en
la mano un ancho sobre.
-Mira, mujer -dijo -; aquí tienes una cosa para ti.
Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía: "El
ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel
les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del
Ministerio."
En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tiró la invitación
sobre la mesa, murmurando con desprecio:
-¿Qué haré yo con eso?
-Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción.
¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasión que hoy se te presenta!... Te
advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitación. Todos las
buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los
empleados. Verás allí a todo el mundo oficial.
Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:
-¿Qué quieres que me ponga para ir allá?
No se había preocupado él de semejante cosa, y balbució:
-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito... Se

19
calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas
se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.
El hombre murmuró:
-¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede?
Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y
respondió con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas:
-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a
cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo. El
estaba desolado, y dijo:
-Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera
servirte en otras ocasiones; un traje sencillito?
Ella meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la
suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de
asombro del empleadillo.
Respondió, al fin, titubeando:
-No lo sé con seguridad; pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.
El marido palideció, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar
una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con
algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.
Dijo, no obstante:
-Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo
más posible, ya que hacemos el sacrificio.
El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta,
ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una
noche:
- ¿Qué te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días. Y ella
respondió:
-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré,
de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustaría más no ir a ese baile.
-Ponte unas cuantas flores naturales -replicó él-. Eso es muy elegante, sobre
todo en este tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas.
Ella no quería convencerse.

20
-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres
ricas.
Pero su marido exclamó:
-¡Qué tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier,
y ruégale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte
esa libertad.
La mujer dejó escapar un grito de alegría.
-Tienes razón, no había pensado en ello.
Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.
La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó,
lo abrió y dijo a la señora de Loisel:
-Escoge, querida.
Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana
de oro, y pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante
el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas.
Preguntaba sin cesar:
-¿No tienes ninguna otra?
-Sí, mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.
De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de
brillantes, y su corazón empezó a latir de un modo inmoderado.
Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con él su cuello, y
permaneció en éxtasis contemplando su imagen. Luego preguntó, vacilante,
llena de angustia:
-¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.
-Sí, mujer.
Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro. Llegó
el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo.
Era más bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de
alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de
serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con
ella. El ministro reparó en su hermosura.
Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya

21
en nada más que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en
una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas
las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan
completa y tan dulce para un alma de mujer.
El le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto
abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con la
elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir, para no ser vista por las
otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.
Loisel la retuvo diciendo:
-Espera, mujer; vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche. Pero ella no
le oía, y bajó rápidamente la escalera.
Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar,
dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.
Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una
de esas vetustas berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la
noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día. Los llevó hasta
la puerta de su casa, situada en la calle de los Mártires,
y entraron tristemente en el portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en
que a las diez había de ir a la oficina.
La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del
espejo, a fin de contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de
repente dejó escapar un grito.
Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó:
-¿Qué tienes?
Ella volvióse hacia él, acongojada.
-Tengo..., tengo... -balbució - que no encuentro el collar de la señora de
Forestier.
El se irguió, sobrecogido:
-¿Eh?... ¿cómo? ¡No es posible!
Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los
bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.
El preguntaba:

22
-¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?
-Sí; lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio.
-Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer.
-Debe estar en el coche.
-Sí. Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?
-No. Y tú, ¿no lo miraste?
-No.
Contempláronse aterrados. Loisel se vistió por fin.
-Voy -dijo - a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por
casualidad lo encuentro.
Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama,
desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.
Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.
Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar
un anuncio ofreciendo una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de
las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrecérsele alguna
esperanza.
Ella le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado, ante aquel
horrible desastre.
Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido
averiguar nada.
-Es menester -dijo - que escribas a tu amiga enterándola de que has roto
el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.
Ella escribió lo que su marido le decía.
Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.
Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado
encima cinco años, manifestó:
-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se
leía en su interior.
El comerciante, después de consultar sus libros, respondió:
-Señora, no salió de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío

23
para complacer a un cliente.
Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida,
recordándola, describiéndola, tristes y angustiosos.
Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les
pareció idéntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regateándolo
consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condición
que les daría por él treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el
otro se encontrara, antes de fines de febrero.
Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el
resto.
Y, efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises
aquí, tres allá. Hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con
usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometió para toda la vida,
firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las
angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la
perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue
en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta
y seis mil francos.
Cuando la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto
displicente:
-Debiste devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.

No abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra una suerte. Si notara la


sustitución, ¿qué supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían
cambiado de intento?
La señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía
para adoptar una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel
dinero que debían... Despidieron a la criada, buscaron una habitación más
económica, una buhardilla.
Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los
platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en

24
el fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños, que
ponía a secar en una cuerda; bajó a la calle todas las mañanas la basura y
subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida
como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del
tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando,
teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a
céntimo su dinero escasísimo.
Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar
tiempo.
El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un
comerciante, y a veces escribía a veinticinco céntimos la hoja.
Y vivieron así diez años.
Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses,
multiplicados por las renovaciones usurarias.
La señora Loisel parecía entonces una vieja. Habíase transformado en la mujer
fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas
y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero
a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, sentábase junto a la
ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució
tanto y donde fue tan festejada.
¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar?
¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué
poco hace falta para perderse o para salvarse!
Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para
descansar de las fatigas de la semana, reparó de pronto en una se-nora que
pasaba, llevando a un niño cogido de la mano.
Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y
siempre seductora. La de Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y
saludarla? ¿Por qué no? Habíéndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con
orgullo, su desdicha.
Se puso frente a ella y dijo:
-Buenos días, Juana.

25
La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por
aquella infeliz. Balbució:
-Pero..., ¡señora!.., no sé... Usted debe de confundirse...
-No. Soy Matilde Loisel.
Su amiga lanzó un grito de sorpresa.
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás! ...
-¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes
miserias.... todo por ti...
- ¿Por mí? ¿Cómo es eso?
- ¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del
Ministerio?
- ¡Sí; pero...
-Pues bien: lo perdí...
- ¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!
-Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años
para pagarlo. Comprenderás que representaba una fortuna para nosotros, que
sólo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.
La señora de Forestier se había detenido.
-¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?
-Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.
Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier,
sumamente impresionada, cogióle ambas manos:
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!
¡Valía quinientos francos a lo sumo!...

Guy de Maupassant. La parure. 1984. Traducido por José Ramón Monreal

26
FICHA DE EXPOSICIÓN

TEXTO LITERARIO: EL COLLAR

NOMBRE DEL AUTOR:


______________________________________________________________________

Movimiento literario. Explicación


______________________________________________________________________

• Análisis de texto:

▪ Género: ___________________________________________________
▪ Especie: ___________________________________________________
▪ Plano de la expresión:

▪ Narrador: Omnisciente o personaje (explicar y presentar una cita textual de


ejemplo)
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Nivel de lengua. (explicar y presentar una cita textual de ejemplo)


__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Plano del contenido

Situación inicial:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

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Trama
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

Desenlace
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Personajes principales:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Personajes secundarios:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Espacio (lugares más importantes)


______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
▪ Valores literarios: Humano, social, ético-moral, literario y filosófico. Menciona y
explica tres de ellos.

1.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

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2.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

3.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

▪ Menciona dos características del autor en la obra con su respectivo hecho:

1._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

2._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Mensajes
.______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________

▪ Apreciación crítica
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________

29
El alfiler
(Ventura García Calderón)
La bestia cayó de bruces, agonizante, rezumando sudor y sangre, mientras el
jinete, en un santiamén, saltaba a tierra al pie de la escalera monumental de
la hacienda de Ticabamba. Por el obeso balcón de cedro asomó la cabeza fosca
del hacendado, don Timoteo Mondaraz, interpelando al recién venido, que
temblaba.

Era burlona la voz de sochantre del viejo tremendo:

– ¿Qué te pasa, Borradito? Te están repiqueteando las choquezuelas… Ni no


nos comemos aquí a la gente. Habla, no más…

El Borradito, llamado así en el valle por su rostro picado de viruelas, asió con
desesperada mano el sombrero de jipi-japa y quiso explicar tantas cosas a la
vez – la desgracia súbita, su galope nocturno de veinte leguas, la orden de
llegar en pocas horas aunque reventara la bestia en el camino -, que enmudeció
por minuto.
De repente, sin respirar, exhaló su ingenua retahíla:

– Pues le diré a mi amito, que me dijo el niño Conrado que le dijera que anoche
mismito agarró y se murió la niña Grimanesa.

Si don Timoteo no sacó el revólver, como siempre que se hallaba conmovido,


fue, sin duda, por mandato especial de la Providencia, pero estrujó el brazo del
criado, queriendo extirparle mil detalles.

– ¿Anoche?… ¿Está muerta?… ¿Grimanesa?… Algo advirtió quizá en las oscuras


explicaciones del Borradito, pues, sin decir palabras, rogando que no
despertaran a su hija, “la niña Ana María”, bajó él mismo a ensillar su mejor
“caballo de paso”. Momentos después galopaba a la hacienda de su yerno

30
Conrado Basadre, que el año último casara con Grimanesa, la linda y pálida
amazona, el mejor partido de todo el valle. Fueron aquellos desposorios una
fiesta sin par, con sus fuegos de Bengala, sus indias danzantes de camisón
morado, sus indias que todavía lloran la muerte de los Incas, ocurrida en siglos
remotos, pero reviviscente en la endecha de la raza humillada, como los cantos
de Sión en la terquedad sublime de la Biblia. Luego, por los mejores caminos
de sementeras, había divagado la procesión de santos antiquísimos que
ostentaban en el ruedo de velludo carmesí cabezas disecadas de salvajes. Y el
matrimonio tan feliz de una linda moza con el simpático y arrogante Conrado
Basadre terminaba así… ¡Badajo!…

Hincando las espuelas nazarenas, don Timoteo pensaba, aterrado, en aquel


festejo trágico. Quería llegar en cuatro horas a Sincavilca, el antiguo feudo de
los Basadre.

En la tarde ya vencida se escuchó otro galope resonante y premioso sobre los


cantos rodados de la montaña. Por prudencia, el anciano disparó al aire,
gritando:

– ¿Quién vive?

Refrenó su carrera el jinete próximo, y con voz que disimulaba mal su angustia,
gritó a su vez:

– ¡Amigo! Soy yo, ¿no me conoce?, el administrador de Sincavilca. Voy a buscar


al cura para el entierro.

Estaba tan turbado el hacendado, que no preguntó por qué corría tanta prisa
al cura si Grimanesa estaba muerta y por qué razón no se hallaba en la
hacienda el capellán. Dijo adiós con la mano y estimuló a su cabalgadura, que
arrancó a galopar con el flanco lleno de sangre.

31
Desde el inmenso portalón que clausuraba el patio de la hacienda, aquel
silencio acongojaba. Hasta los perros enmudecidos, olfateaban la muerte. En
la casa colonial, las grandes puertas claveteadas de plata ostentaban ya
crespones en forma de cruz. Don Timoteo atravesó los grandes salones
desiertos, sin quitarse las espuelas nazarenas, hasta llegar a la alcoba de la
muerta, en donde sollozaba Conrado Basadre. Con voz empañada por el llanto,
rogó el viejo a su yerno que le dejara solo un momento. Y cuando hubo cerrado
la puerta con sus manos, rugió su dolor durante horas, insultando a los santos,
llamando a Grimanesa por su nombre, besando la mano inanimada que volvía
a caer sobre las sábanas entre jazmines del Cabo y alelíes. Seria y ceñuda por
primera vez, reposaba Grimanesa como una santa, con las trenzas ocultas en
la corneta de las carmelitas y el lindo talle prisionero en el hábito, según la
costumbre religiosa del valle, para santificar a las lindas muertas. Sobre su
pecho colocaron un bárbaro crucifijo de plata que había servido a un abuelo
suyo para trucidar rebeldes en una antigua sublevación de indios.

Al besar don Timoteo la pía imagen quedó entreabierto el hábito de la muerta,


y algo advirtió, aterrado, pues se le secaron las lágrimas de repente y se alejó
del cadáver como enloquecido, con repulsión extraña. Entonces miró a todos
lados, escondió un objeto en el poncho y, sin despedirse de nadie, volvió a
montar, regresando a Ticambamba en la noche cerrada.

***
Durante siete meses nadie fue de una hacienda a otra ni pudo explicarse este
silencio. ¡Ni siquiera habían asistido al entierro! Don Timoteo vivía clausurado
en su alcoba olorosa a estoraque, sin hablar días enteros, sordo a las súplicas
de Ana María, tan hermosa como su hermana Grimanesa, que vivía adorando
y temiendo al padre terco. Nada pudo saber de la causa del extraño desvío por
qué no venía Conrado Basadre.

Pero un domingo claro de junio, se levantó don Timoteo de buen humor y


propuso a Ana Maria que fueran juntos a Sincavilca, después de misa. Era tan

32
inesperada aquella resolución, que la chiquilla transitó por la casa durante la
mañana entera como enajenada, probándose al espejo las largas faldas de
amazona y el sombrero de jipi-japa que fue preciso fijar en las oleosas crenchas
con un largo estilete de oro. El padre la vio así; y dijo, turbado, mirando el
alfiler:

– ¡Vas a quitarte ese adefesio!…

Ana María obedeció suspirando, resuelta como siempre a no adivinar el misterio


de aquel padre violento.

Cuando llegaron a Sincavilca, Conrado estaba domando un potro nuevo, con la


cabeza descubierta a todo sol, hermoso y arrogante en la silla negra con clavos
y remaches de plata. Desmontó de un salto y, al ver a Ana María tan parecida
a su hermana en gracia zalamera, la estuvo mirando largo rato embebecido.

Nadie habló de la desgracia ocurrida ni mentó a Grimanesa; pero Conrado cortó


sus espléndidos y carnales jazmines del Cabo para obserquiar a Ana María. Ni
siquiera fueron a visitar la tumba de la muerta, y hubo un silencio enojoso
cuando la nodriza vieja vino a abrazar a la “la niña” llorando:

– ¡Jesús, María y José, tan linda como mi amita! ¡Un capulí!

Desde entonces, cada domingo se repetía la visita a Sincavilca. Conrado y Ana


María pasaban el día mirándose en los ojos y oprimiéndose dulcemente las
manos cuando el viejo volvía el rostro para contemplar un nuevo corte de caña
madura. Y un lunes de fiesta después del domingo encendido en que se
besaron por la primera vez, llegó Conrado a Ticambamba ostentando la
elegancia vistosa de los días de feria, terciado el poncho violeta sobre el pellón
de “bracaba” con escorzo elegante y clavaba el espumante belfo en el pecho,
como los palafrenes de los libertadores.

33
Con la solemnidad de las grandes horas, preguntó por el hacendado, y no lo
llamó, con el respeto de siempre, “don Timoteo”, sino murmuró, como en el
tiempo antiguo, cuando era novio de Grimanesa:

– Quiero hablarle, mi padre.

Se encerraron en el salón colonial, donde estaba todavía el retrato de la hija


muerta. El viejo, silencioso, esperó que Conrado, turbadísimo, le fuera
explicando, con indecisa y vergonzante voz un deseo de casarse con Ana María.
Midió una pausa tan larga que don Timoteo, con los ojos cerrados, parecía
dormir. De súbito, ágilmente, como si los años no pesaran en aquella férrea
constitución de hacendado peruano, fue a abrir una caja de hierro de antiguo
estilo y complicada llavería, que era menester solicitar con mil ardides y un
“santo y seña” escrito en un candado. Entonces, siempre silencioso, cogió un
alfiler de oro. Era uno de esos topos que cierran el manto de las indias y
terminan en hoja de coca; pero, más largo, agudísimo y manchado de sangre
negra.

Al verlo, Conrado cayó de rodillas gimoteando, como un reo confeso.

– ¡Grimanesa, mi pobre Grimanesa!

Mas el viejo advirtió, con un violento ademán, que no era el momento de llorar.
Disimulando con un esfuerzo sobrehumano su turbación creciente, murmuró,
en voz tan sorda, que apenas se le comprendía:

– Sí, se lo saqué yo del pecho cuando estaba muerta… Tú le habías clavado


este alfiler en el corazón… ¿No es cierto? Ella te faltó, quizá…
– Sí, mi padre.
– ¿Se arrepintió al morir?
– Sí, mi padre
– ¿Nadie lo sabe?

34
– No, mi padre.
– ¿Fue con el administrador?
– Sí, mi padre.
¿Por qué no lo mataste también?
– Huyó como un cobarde.
– ¿Juras matarlo si regresa?
– Sí, mi padre.

El viejo carraspeó sonoramente, estrujó la mano de Conrado y dijo, ya sin


aliento:

– Si ésta también te engaña, haz lo mismo… ¡Toma!…

Entregó el alfiler de oro solemnemente, como otorgaban los abuelos la espada


al nuevo caballero; y con brutal repulsa, apretándose el corazón desfalleciente,
indicó al yerno que se marchara en seguida, porque no era bueno que alguien
viera sollozar al tremendo y justiciero don Timoteo Mondaraz.

VENTURA GARCÍA CALDERÓN. Atlántico (Madrid). 5-7-1929, no. 2

35
FICHA DE EXPOSICIÓN

TEXTO LITERARIO: EL ALFILER

NOMBRE DEL AUTOR:


______________________________________________________________________

Movimiento literario. Explicación


______________________________________________________________________

• Análisis de texto:

▪ Género: ___________________________________________________
▪ Especie: ___________________________________________________
▪ Plano de la expresión:

▪ Narrador: Omnisciente o personaje (explicar y presentar una cita textual de


ejemplo)
__________________________________________________________________
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▪ Nivel de lengua. (explicar y presentar una cita textual de ejemplo)


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▪ Plano del contenido

Situación inicial:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
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Trama
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
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Desenlace
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➢ ________________________________________________________
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▪ Personajes principales:
➢ ________________________________________________________
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▪ Personajes secundarios:
➢ ________________________________________________________
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▪ Espacio (lugares más importantes)


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______________________________________________________________________
▪ Valores literarios: Humano, social, ético-moral, literario y filosófico. Menciona y
explica tres de ellos.

1.______________________________________________________________________
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________________________________________________________________________
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3.______________________________________________________________________
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▪ Menciona dos características del autor en la obra con su respectivo hecho:

1._________________________________________________________________
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2._________________________________________________________________
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▪ Mensajes
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▪ Apreciación crítica
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38
El amigo Braulio
(Manuel Gonzáles Prada)
I
En ese tiempo era yo interno en San Carlos. Frisaba en los diez y ocho años y
tenía compuestos algunos centenares de versos, sin que se me hubiera
ocurrido publicar ninguno ni confesar a nadie mis aficiones poéticas. Disfrutaba
una especie de voluptuosidad en creerme un gran poeta inédito.

Repentinamente nacieron en mí los deseos de ver en letras de molde algunos


versos míos. Por entonces se publicaba en Lima un semanario ilustrado que
gozaba de mucha popularidad y era leído y comentado los lunes entre los
aficionados del colegio: se llamaba El Una Ilustrado.

Después de leer veinte veces mi colección de poemas, comparar su mérito y


rechazar hoy por malísimo lo que ayer había creído muy bueno, concluí por
elegir uno, copiarlo en fino papel y con la mejor de mis letras.

Temblando como reo que se dirige al patíbulo, me encaminé un domingo por


la mañana a la imprenta de El Lima Ilustrado. Más de una vez quise
regresarme; pero una fuerza secreta me impedía.

Con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias penetré en una


habitación llena de chivaletes galeras cajas tipos de imprenta.
El señor Director? –pregunté queriendo mostrar serenidad, pero temblando.

–Soy yo, joven.

Me dio la respuesta un coloso de cabellera crespa, color aceitunado, mirada


inteligente y modales desembarazados y francos.

39
En mangas de camisa, con un mandil azul, cubierto de sudor y manchado de
tinta, se ocupaba en colar fajas y pegar direcciones.

–Me han encargado le entregue a usted una composición en verso.

–Pasemos al escritorio.

Ahí se cala las gafas, me quita el papel de las manos y sin sentarse ni acordarse
de convidarme asiento, se pone a leer con la mayor atención.

Era la primera vez que ojos profanos se fijaban en mis lucubraciones poéticas.
Los que no han manejado una pluma no alcanzan a concebir lo que siente un
hombre al ver violada, por decirlo así, la virginidad de su pensamiento. Yo
seguía, yo espiaba la fisonomía del director para ir adivinando el efecto que le
causaban mis versos: unas veces me parecía que se entusiasmaba, otras que
me censuraba acremente.

–¿Y quién es el autor? –me dijo, concluida la lectura.

Me puse a tartamudear, a querer decir algún nombre supuesto, a murmurar


palabras ininteligibles, hasta que concluí por enmudecer y tornarme como una
granada.

–¿Cómo se llama usted, joven?

–Roque Roca.

–Pues bien: yo publicaré la composición en el Próximo número y pondré el


nombre de usted, porque usted es el autor: se lo conozco en la cara. ¿Verdad?

No pude negarlo, mucho más cuando el buen coloso me daba una palmada en
el hombro, me convidó asiento y se puso a conversar conmigo como si

40
hubiéramos sido amigos de muchos años.

Al salir de la imprenta, yo habría deseado poseer los millones de Rothschild


para elevar una estatua de oro al director de El Lima Ilustrado.

II
Cuando el semanario salió a luz con mis versos, produjo en San Carlos el efecto
de una bomba. Poetam habemus!, gritó un muchacho que se acordaba de no
haber podido aprender latín. En el comedor, en los patios, en el dormitorio y
hasta en la capilla escuchaba yo alguna vocecilla tenaz y burlona que entonaba
a gritos o me repetía por lo bajo una estrofa, un verso, un hemistiquio, un
adjetivo de mi composición.

La insolencia de un condiscípulo mío llegó a tanto que al pedirle el profesor de


literatura un ejemplo de versos pareados, indicó los siguientes:

El poeta Roque Roca


Echa llores por la boca.

Con decir que el mismo profesor lanzó una carcajada y me dirigió una pulla,
basta para comprender el maravilloso efecto de los dos pareados: a la media
hora les sabía de memoria todo el colegio y andaban escritos con lápiz negro
en las paredes blanca y con polvos blancos en las pizarras negras. No faltaban
variantes, como:

El poeta Roque Roca


Echa coles por la boca;
El poeta Roque Roca
Echa sapos por la boca.

Un bardo anónimo, no muy versado en la colocación de los acentos, escribió:

41
El poeta Roca Roque
Es un inconmensurable alcornoque.

Agotada la paciencia recurrí a las trompadas; mas como el remedio empeoraba


el mal, acabé por decidir que el partido más cuerdo era no hacerles caso y no
volver a publicar una sola línea.

Sólo encontré una voz amiga. Había un muchacho a quien llamábamos el


Metafórico, por su manera extraña y alegórica de expresarse. El Metafórico me
llamó a un lado y me dijo con la mejor buena fe:

–Mira, no les hagas caso y sigue montando en el Pegaso: el ruiseñor no


responde a los asnos; poeta–aurora, desprecia a los hombres–coces.

Las palabras me consolaron, aunque venían de un chiflado. ¿Qué voz no suena


dulce y agradablemente cuando se duele de nuestras desgracias y nos sostiene
en nuestras horas de flaqueza?

Yo contaba con un amigo de corazón: Braulio Pérez. Juntos habíamos entrado


al colegio, seguíamos las mismas asignaturas y durante cinco años habíamos
estudiado en compañía. En cierta ocasión, una enfermedad le retrasó en sus
cursos: yo velé dos o tres meses para que no perdiera el año. ¿Quién sino él
estaría conmigo? Como ni palabra me había dicho sobre mis versos ni salido a
mi defensa, su conducta me pareció extraña y le hablé con la mayor franqueza.

–¿Qué dices de lo que pasa?

–Hombre –me contestó– ¿por qué publicar los versos sin consultarte con algún
amigo? – De veras.

–Tú sabes que yo...

42
–Cierto.

–Estoy hasta resentido de tu reserva conmigo.

–Lo hice de pura vergüenza.

–Si alguna vez vuelves a publicar algo...

–¿Publicar?, antes me degüellan.

Mantuve mi resolución un mes, y la habría mantenido mil años, si el director


de El Lima Ilustrado no se hubiera aparecido en el colegio a decirme que se
hallaba escaso de originales en verso y que me exigía mi colaboración semanal.
Quise excusarme; pero el hombre –lisonjero– me comprometió a enviarle cada
miércoles una composición en verso.

Acudí al amigo Braulio, le conté lo sucedido y le enseñé todo mi cuaderno de


versos para que me escogiera los menos malos; pero no logramos quedar de
acuerdo: todas mis inspiraciones le parecían flojas, vulgares, indignas de ver
la luz pública en un semanario donde colaboraban los primeros literatos de
Lima. Imposible sacarle de la frase: "Todas están malas". A escondidas del
amigo Braulio, copié los versos que me parecieron mejores y se los remití al
director de El Lima Ilustrado.

La tormenta se renovó con mi segunda publicación; pero fue amainando con


la tercera y cuarta: a la quinta, las burlas habían disminuido, y sólo de cuando
en cuando algún majadero me endilgaba los pareados o me dirigía una pulla
de mal gusto.

El único implacable era el amigo Braulio, convertido en mi Aristarco severo,


todo por amistad, como solía repetírmelo. Apenas recibía el número de El Lima
Ilustrado, se instalaba en un rincón solitario y, lápiz en mano, se ensañaba en

43
la crítica de mis versos: uno era cojo, el otro patilargo; éste carecía de acentos
aquél los tenía de más. En cuanto al fondo, peor que la forma.

–Mira –me lanzó en una de esas expansiones íntimas que sólo se concibe en
la juventud–, mira, el hombre no sólo se deshonra con robar y matar, sino
también con escribir malos versos. A ladrones o asesinos nos pueden obligar
las circunstancias; pero ¿qué nos obliga a ser poetas ridículos?

Hacía dos meses que publicaba yo mis versos, cuando en el (sino semanario
apareció un nuevo colaborador que firmaba sus m composiciones con el
seudónimo de Genaro Latino. Mi amigo Braulio empezó a comparar mis versos
con los de Genaro Latino.

–Cuando escribas así, tendrás derecho a publicar –me dijo sin el menor reparo.

Fui constantemente inmolado en aras de mi rival poético: él era Homero,


Virgilio y Dante; yo, un coplero de mala muerte. Cuando mi nombre
desapareció de El Lima Ilustrado para ceder el sitio al de Genaro Latino,
muchos de mis condiscípulos me reconocieron el mérito de haber admitido mi
nulidad y sabido retirarme a tiempo. Sin embargo, algunos insinuaron que el
director del semanario me había negado la hospitalidad.

Todos creían envenenarme las bilis con leerme los versos de mi rival,
figurándose que la envidia me devoraba el corazón Braulio mismo me atacaba
ya de frente, y se le atribuía la paternidad de este nuevo pareado:

Ante Genaro Latino,


Roque Roca es un pollino.

Un día, Braulio, triunfante y blandiendo un papel, se instala sobre una silla,


pide la atención de los oyentes y empieza a leer una silva de Genaro Latino,
publicada en el último número de El Lima Ilustrado. De pronto, cambia de color,

44
se muerde los labios, estruja el periódico y le guarda en el bolsillo.

–¿Por qué no sigue leyendo? –le pregunta una voz estentórea–. Era el
Metafórico.

–(Que siga, que siga! –exclamaron algunos.

–Yo seguiré –dijo el Metafórico.


Se encaramó en la silla que el amigo Braulio acababa de abandonar y leyó:

Nota de la Dirección. Como, hay personas que se atribuyen la paternidad de


obras ajenas, avisamos al público (a riesgo de herir la modestia del autor) que
los versos publicados en El Lima Ilustrado con el seudónimo de Genaro Latino
son escritos por nuestro antiguo colaborador el joven estudiante de
jurisprudencia don Roque Roca.

El Amigo Braulio no volvió a dirigirme la palabra.


El amigo Braulio. 1910. Manuel Gonzales Prada. Revista de Lima

45
FICHA DE EXPOSICIÓN

TEXTO LITERARIO: EL AMIGO BRAULIO

NOMBRE DEL AUTOR:


______________________________________________________________________

Movimiento literario. Explicación


______________________________________________________________________

• Análisis de texto:

▪ Género: ___________________________________________________
▪ Especie: ___________________________________________________
▪ Plano de la expresión:

▪ Narrador: Omnisciente o personaje (explicar y presentar una cita textual de


ejemplo)
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Nivel de lengua. (explicar y presentar una cita textual de ejemplo)


__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Plano del contenido

Situación inicial:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

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Trama
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

Desenlace
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Personajes principales:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Personajes secundarios:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Espacio (lugares más importantes)


______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
▪ Valores literarios: Humano, social, ético-moral, literario y filosófico. Menciona y
explica tres de ellos.

1.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

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2.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

3.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

▪ Menciona dos características del autor en la obra con su respectivo hecho:

1._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

2._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Mensajes
.______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________

▪ Apreciación crítica
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________

48
Una noche de espanto
(Antón Chéjov)
IVÁN IVANOVITCH PANIHIDIN palideció y, con voz emocionada, empezó a
contar su historia:

—Una densa niebla se extendía por encima de la ciudad, cuando, en la víspera


del año nuevo, regresaba yo a mi casa después de haber pasado la velada en
la de un amigo. Una buena parte de dicha velada había sido dedicada al
espiritismo. Las callejuelas que tenía que atravesar no estaban alumbradas y
había que andar casi a tientas. A la sazón vivía yo en Moscú, en un barrio muy
apartado. El camino era largo; los pensamientos, pesados; la angustia oprimía
mi corazón…

«Tu existencia declina…; arrepiéntete…», me había dicho el espíritu de


Espinosa, que habíamos consultado.

Le pedí que me dijera algo más, y entonces no solamente repitió la misma


sentencia, sino que añadió: «Esta noche».

Yo no creo en el espiritismo. Pero las ideas y las alusiones a la muerte me dejan


abatido.

La muerte es imprescindible e inminente. Pero, a pesar de todo, es una idea


que la naturaleza repele…

En medio de las tinieblas, mientras la lluvia caía sin cesar y el viento aullaba
lastimero; mientras alrededor no se veía ni un ser vivo ni se oía una voz
humana, mi alma era presa de un temor incomprensible. Yo, hombre libre de
prejuicios, corría a toda prisa temiendo mirar atrás. Tenía la impresión de que
si volvía la cara la muerte se me aparecería bajo la forma de un fantasma.

49
Panihidin lanzó un suspiro, bebió un trago de agua y siguió:

—Este miedo irrazonable, pero comprensible, no me abandonaba. Subí los


cuatro pisos de mi casa y abrí la puerta de mi cuarto. Mi modesta habitación
estaba oscura. El viento ululaba en la chimenea, como si se quejara de que lo
hubiesen dejado puertas afuera.

«Si hay que creer en las palabras de Espinosa, mi muerte llegará esta misma
noche, acompañada de ese ulular… ¡Brrr!… ¡Qué horror!». Encendí un fósforo.
La fuerza del viento aumentó y el gemido se convirtió en un aullido furioso. Los
postigos temblaban como si alguien tirase de ellos.

«Desgraciados los que carecen de hogar en una noche como ésta», pensé…

No tuve tiempo de seguir mis pensamientos, porque cuando la llama del fósforo
alumbró el cuarto, un espectáculo inverosímil y pavoroso se ofreció a mi vista…
Lástima que una ráfaga de viento no apagase mi fósforo. De ser así, me hubiera
evitado ver lo que me erizó los cabellos… Grité, di un paso hacia la puerta y,
lleno de terror, de espanto y de desesperación, cerré los ojos.

En medio de la habitación había un ataúd.

La llama del fósforo ardió poco tiempo. Sin embargo, el aspecto del ataúd
quedó grabado en mis pupilas. Era de brocado rosa, con una cruz de galón
dorado en la tapa. El brocado, las asas y los pies de bronce, proclamaban que
el difunto había sido rico. El tamaño y el color del ataúd indicaban que el muerto
era joven y de gran estatura.

Sin detenerme a reflexionar, salí y, como un loco, me lancé escalera abajo. En


el pasillo y en la escalera todo era oscuridad. Los pies se me enredaban en el
abrigo. No comprendo cómo no me caí y me rompí los huesos.

50
Al verme en la calle me apoyé en un farol y traté de tranquilizarme. Mi corazón
latía dolorosamente; tenía la garganta seca… No me hubiera asombrado si
hubiese encontrado en mi cuarto un ladrón, un perro rabioso, un incendio… No
me hubiera asombrado si el techo se hubiese hundido, si el piso se hubiese
desplomado… Todo esto es natural y concebible. Pero ¿cómo vino a parar a mi
cuarto un ataúd? Un ataúd lujoso, hecho evidentemente para una joven rica…

¿Cómo había ido a parar a la pobre morada de un insignificante empleado?


¿Estaría vacío o habría un cadáver dentro? ¿Y quién podía ser la desgraciada
que me hizo tan terrible visita?

«Si no es un milagro, será un crimen», pensé.

Mi espíritu se perdía en un laberinto de suposiciones. En mi ausencia la puerta


estaba siempre cerrada, y el sitio donde escondía la llave solamente lo sabían
mis mejores amigos. Pero ellos no iban a ponerme un ataúd en mi cuarto. Se
podía suponer que el fabricante lo llevó allí por equivocación; pero, en tal caso,
no se hubiera ido sin haber cobrado su importe o, por lo menos, un anticipo.

Los espíritus que me habían profetizado la muerte, ¿me habrían provisto


también de un ataúd?

Yo no creía, y sigo no creyendo, en el espiritismo. Pero hay que convenir que


una coincidencia semejante desconcierta a cualquiera.

«Es imposible —pensaba—. Soy un cobarde, un chiquillo. Habrá sido una


alucinación. Al volver a casa, estaba tan impresionado por la sesión de
espiritismo, que los nervios me hicieron ver lo que no existía. ¡Es claro! ¿Qué
otra cosa puede ser?».

La lluvia me empapaba. El viento quitábame el gorro y me levantaba el abrigo…


Estaba chorreando… No podía quedarme allí, pero ¿adónde ir? ¿Regresar a

51
casa y encontrarme otra vez frente al ataúd? No podía ni pensarlo; hubiera
enloquecido al volver a ver aquel ataúd, que probablemente contenía un
cadáver. Decidí ir a pasar la noche en casa de un amigo.

Panihidin se secó la frente bañada de sudor frío, suspiró y siguió su relato:

—Mi amigo no estaba en casa. Después de llamar varias veces, me convencí


de que se hallaba ausente. Busqué la llave detrás de la viga, abrí la puerta y
entré. Quitándome rápidamente el abrigo mojado, lo arrojé al suelo y caí
desplomado en el sofá. Las tinieblas eran completas; el viento rugía con más
fuerza. Saqué los fósforos y encendí uno. Pero la claridad no me tranquilizó. Al
contrario, lo que vi me llenó de horror.

Vacilé unos segundos y hui como un loco de aquel lugar… En la habitación de


mi amigo había un ataúd… ¡de doble tamaño que el otro!

El color marrón le daba un aspecto más lúgubre… ¿Por qué se encontraba allí?
No cabía la menor duda: era una alucinación… Era imposible que en todas las
habitaciones hubiese ataúdes. Evidentemente, dondequiera que fuese llevaría
conmigo la terrible visión de muerte.

Sufría yo, por lo visto, una enfermedad nerviosa, provocada por aquella sesión
espiritista y las palabras de Espinosa.

«Me vuelvo loco», pensaba, aturdido, cogiéndome la cabeza. «¡Dios mío!


¿Cómo remediar esto?».

La cabeza me daba vueltas… Mis piernas se doblaban… Llovía a mares; estaba


calado hasta los huesos, sin gorra y sin abrigo… Imposible volver a buscarlos;
estaba seguro de que todo aquello era una alucinación y, sin embargo, el temor
me atenazaba, mi rostro estaba inundado de sudor, los pelos se me erizaban…

52
Me volvía loco y exponíame a pillar una pulmonía. Afortunadamente, recordé
que en la misma calle vivía un médico conocido mío, que precisamente había
asistido a la sesión espiritista. Me encaminé hacia su casa. Como en aquella
época aún no se había casado, tenía su cuarto en un quinto piso de una gran
casa.

Mis nervios tuvieron que soportar todavía otro choque… Al subir la escalera oí
un gran ruido: alguien bajaba corriendo, cerrando con fuerza las puertas y
gritando: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Portero!

Unos instantes después vi aparecer una figura oscura que bajaba rodando por
la escalera…

—¡Pagostof! —exclamé al reconocer a mi amigo el médico—. ¿Es usted? ¿Qué


le ocurre?

Pagostof se detuvo y me agarró la mano convulsivamente. Estaba pálido y


respiraba con dificultad; su cuerpo temblaba; sus ojos giraban,
desmesuradamente abiertos…

—¿Es usted, Panihidin? —me preguntó con voz ronca—. ¿Es verdaderamente
usted? ¡Está más pálido que un muerto! ¡Dios mío! ¿No es una alucinación?
¡Me infunde usted miedo!

—Pero ¿qué le pasa? ¿Qué ocurre?

—¡Amigo mío! ¡Qué suerte que sea usted verdaderamente! ¡Qué contento
estoy de verlo! Esta maldita sesión espiritista me ha trastornado los nervios.
¿No sabe usted lo que se me ha aparecido en mi cuarto? ¡Un ataúd!

Incrédulo, le pedí que me lo repitiera.

53
—¡Un ataúd! ¡Un verdadero ataúd! —dijo el médico, dejándose caer,
extenuado, en la escalera—. No soy un hombre cobarde, pero el propio diablo
se asustaría al verse frente a un ataúd en su cuarto, después de una sesión
espiritista…

Entonces conté al médico, balbuceando, lo de los dos ataúdes que había visto
yo también. Durante algunos momentos nos quedamos mudos de asombro,
mirándonos. Luego, para convencernos de que todo aquello no era un sueño,
empezamos a pellizcarnos.

—A ambos nos duelen los pellizcos —dijo por fin el médico—. Esto significa que
no soñamos y que los ataúdes, el mío y los de usted, no son fenómenos ópticos,
sino que existen de veras. ¿Qué haremos?

Pasó una hora en conjeturas y suposiciones. Estábamos helados y, por fin,


decidimos dominar nuestro temor en el cuarto del médico. Previnimos al
portero, quien subió con nosotros. Al entrar encendimos una vela y vimos un
ataúd de brocado blanco con flores y borlas doradas. El portero se persignó
devotamente.

—Ahora nos enteraremos —dijo el médico, temblando— de si el ataúd está


vacío… o habitado.

Después de muchas vacilaciones, el médico se acercó y, rechinando los dientes


de miedo, levantó la tapa. Echamos una mirada y vimos que… el ataúd estaba
vacío.

No había ningún cadáver dentro del ataúd, pero sí una carta que decía lo
siguiente:

«Querido amigo: Supongo que debes saber que los negocios de mi suegro van
mal; tiene muchas deudas. Un día de éstos vendrán a embargarle, lo cual

54
podría significar nuestra ruina y deshonra. Hemos decidido esconder todo lo
de más valor, y como la fortuna de mi suegro consiste en ataúdes (es el de
más fama en nuestro pueblo), tuvimos que poner a salvo los mejores. Confío
en que tú, como buen amigo, me ayudarás a defender nuestra honra y nuestra
fortuna, y es en la seguridad de esto por lo que te mando un ataúd, con el
ruego de que lo guardes hasta que pase el peligro. Necesitamos la ayuda de
amigos y conocidos. No me niegues este favor. El ataúd no permanecerá en tu
cuarto más de una semana. He mandado un mueble de esos a cada uno de
mis amigos, contando con su nobleza y generosidad. Tu amigo. Ichelustin».
Después de aquella noche estuve enfermo de los nervios durante tres meses.
Nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, salvó su fortuna y su honra.
En la actualidad tiene una funeraria y construye panteones. Pero como sus
negocios no prosperan, cada noche, al volver a mi casa, temo hallar junto a mi
cama un catafalco o un panteón.

Antón Chéjov, 1884, Una noche de espanto, Traducido por Alfredo Herrera – José
María Aroca

55
FICHA DE EXPOSICIÓN

TEXTO LITERARIO: UNA NOCHE DE ESPANTOS

NOMBRE DEL AUTOR:


______________________________________________________________________

Movimiento literario. Explicación


______________________________________________________________________

• Análisis de texto:

▪ Género: ___________________________________________________
▪ Especie: ___________________________________________________
▪ Plano de la expresión:

▪ Narrador: Omnisciente o personaje (explicar y presentar una cita textual de


ejemplo)
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Nivel de lengua. (explicar y presentar una cita textual de ejemplo)


__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Plano del contenido

Situación inicial:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

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Trama
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

Desenlace
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➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Personajes principales:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
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▪ Personajes secundarios:
➢ ________________________________________________________
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➢ ________________________________________________________

▪ Espacio (lugares más importantes)


______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
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______________________________________________________________________
▪ Valores literarios: Humano, social, ético-moral, literario y filosófico. Menciona y
explica tres de ellos.

1.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
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2.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

3.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

▪ Menciona dos características del autor en la obra con su respectivo hecho:

1._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

2._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
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▪ Mensajes
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______________________________________________________________________

▪ Apreciación crítica
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
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58
Llamadas telefónicas
(Llamadas telefónicas, 1997)
(Roberto Bolaño)
B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B,
en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos
lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe
con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como
es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan
los años
Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas
telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se
nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad
y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran
divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para
dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan
encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X,
B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir
su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la
mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X
o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática
e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico
(pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a
menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos,
diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un
enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga
de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X
estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B
también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores
perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir
sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge

59
el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es
afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no puede dormir hasta muy
tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina
por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al
fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su
voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al
despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el
significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un
mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al
día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es
más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy
desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace.
Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día
siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas
telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X
y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es
posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en
sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días
Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en
reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan
los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como
si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer.
¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al
cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando
contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz
de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —
el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la
línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza.
B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien
llama. Después, silenciosamente, cuelga
Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que
no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y

60
Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a
dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro
extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba,
después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de
supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días
en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe,
cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no
se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías
se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría
En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X
y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no
sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un
análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa.
Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la
policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en
la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con
el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo.
No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto
Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en
donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura
toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a
pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle
a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a
la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante
el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a
sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez.
Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda
sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El
hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha
duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el
pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de
X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido

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algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina,
pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser
el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice.
Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está
vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el
hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato,
agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en
su sueño
Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche
sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por
más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa,
caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló.
Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces
comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo
entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta
el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X
arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes,
mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano
de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio
hasta llegar a casa
En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar.
Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el
hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño.
Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el
estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece
una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso.
Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como
una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa
intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente
se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa,
porque X ya no está aquí
Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle

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que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con
llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano
de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X
cuelga y B se queda solo.

Roberto Bolaño, 1997, Llamadas telefónicas

63
FICHA DE EXPOSICIÓN

TEXTO LITERARIO: LLAMADAS TELEFÓNICAS

NOMBRE DEL AUTOR:


______________________________________________________________________

Movimiento literario. Explicación


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• Análisis de texto:

▪ Género: ___________________________________________________
▪ Especie: ___________________________________________________
▪ Plano de la expresión:

▪ Narrador: Omnisciente o personaje (explicar y presentar una cita textual de


ejemplo)
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__________________________________________________________________
__________________________________________________________________

▪ Nivel de lengua. (explicar y presentar una cita textual de ejemplo)


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__________________________________________________________________
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▪ Plano del contenido

Situación inicial:
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➢ ________________________________________________________

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Trama
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➢ ________________________________________________________

Desenlace
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➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Personajes principales:
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➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
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▪ Personajes secundarios:
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________
➢ ________________________________________________________

▪ Espacio (lugares más importantes)


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______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
______________________________________________________________________
▪ Valores literarios: Humano, social, ético-moral, literario y filosófico. Menciona y
explica tres de ellos.

1.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

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2.______________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________

3.______________________________________________________________________
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________________________________________________________________________

▪ Menciona dos características del autor en la obra con su respectivo hecho:

1._________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
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2._________________________________________________________________
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▪ Mensajes
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▪ Apreciación crítica
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