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Reflexiones sobre la naturaleza del hombre

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FICHA Nº 4. CONFECCIONADA A PARTIR DEL MANUAL ISM.

EL HOMBRE
¿Qué es el hombre?, Lo estudian como cuerpo en la fisiología, como alma en la sicología y como ser social en la
sociología. El hombre es accesible para sí mismo de un doble modo, como objeto de investigación y como existencia.
El hombre esta para hacer historia, para seguir marcando una tradición. La característica, lo que nos distingue de todo
el mundo es que el hombre es un ser referido de Dios, es decir, creado por Él.
Además tenemos la libertad, mediante la cual nos decidimos sin estar sometidos a ninguna ley natural y así será Dios
más cierto para nosotros. El hombre es en cuanto a exigencia en el mundo un objetivo cognoscible. La libertad del
hombre flaquea con la inseguridad de su ser, a la vez, las oportunidades de llegar a ser aún más de lo que propiamente
debe ser.
Nos han dado la libertad para manejar nuestra existencia pero, esta clama por una dirección, es decir hay que saber obrar.
El hombre resulta dirigido en el medio ambiente de su juicio por encima de su propia actividad. Su juicio le traba, le
impulsa, le corrige o le confirma; trabaja también sobre sus sentimientos, motivos o acciones.
Esta libertad se disfruta, cuando se disfruta, cuando se es un hombre felizmente organizado. Cuando la verdad del juicio
directivo se muestra solo por el camino del auto- convencimiento hace en dos formas:
1. Como requerimiento universalmente valido, que son evidentemente convincentes, por ejemplo los Diez
Mandamientos que son una forma de presencia de Dios.
2. Como pretensión histórica, o situación histórica, que es la indagación directa hecha por el requerimiento
inmediato e inderivable del tener que obrar así.
Cuándo el hombre hace la experiencia de la dirección por la trascendencia ¿es real para el?, ¿Cuál es su relación con
ella? La divinidad viene hacia nosotros bajo su aspecto de ser personal, a la vez que nosotros nos elevamos a la altura
de un ser capaz de hablar con este Dios. La confianza en el fundamento de ser puede expresarse como una desinteresada
acción de gracias, como la paz de la creencia en el ser de Dios.
Hay gente que ve el politeísmo como si hay Dios hay demonios, pero solo si somos verdaderamente libres y radicales
no nos importara dicha información. Los sacerdotes reprochan a los filósofos que hablan de Dios filosofando, y alegan
la obediencia a Dios y estos tienen que responder que está decidido desde el último fondo a obedecer.

ATENCION!!!
Ser humano es hacer–se humano. El puesto del hombre en el cosmos-Max Scheler: Si se concede la inteligencia al
animal, ¿existe más que una mera diferencia de grado entre el hombre y el animal? ¿Existe una diferencia esencial? ¿O
es que hay en el hombre algo completamente distinto de los grados esenciales tratados hasta aquí y superior a ellos, algo
que convenga específicamente a él solo, algo que la inteligencia y la acción no agotan y ni siquiera tocan?
Aquí es donde los caminos se separan más netamente. Los unos quieren reservar la inteligencia y la elección al hombre
y negarlas al animal. Afirman, pues, sin duda, una diferencia esencial, pero la afirman donde, a mi juicio, no existe. Los
otros, en especial todos los evolucionistas de las escuelas de Darwin y Lamarck, niegan con Darwin, Schwalbe y también
W. Kohler que haya una última diferencia entre el hombre y el animal, porque el animal posee ya inteligencia. Son, por
tanto, partidarios de una u otra forma, de la gran teoría monista sobre el hombre, designada con el nombre de teoría del
homo faber; y no conocen, naturalmente, ninguna clase de ser metafísico, ni metafísica alguna del hombre, esto es,
ninguna relación característica del hombre como tal con el fondo del universo.
Por lo que a mí me toca, no puedo por menos que rechazar resueltamente ambas doctrinas. Yo sostengo que la esencia
del hombre, y lo que podríamos llamar su puesto singular, están muy por encima de lo que llamamos inteligencia y
facultad de elegir y no podrían ser alcanzados, aunque imaginásemos esas inteligencias y facultades de elegir
acrecentadas cuantitativamente incluso hacia el infinito. Pero también sería un error representarse ese quid nuevo, que
hace del hombre un hombre, simplemente como un grado esencial de las funciones y facultades pertenecientes a la esfera
vital, otro grado que se superpondría a los grados psíquicos ya recorridos-impulso afectivo, instinto, memoria asociativa,
inteligencia y elección- y cuyo estudio pertenecería a la competencia de la psicología. No. El nuevo principio que hace
del hombre un hombre, es ajeno a todo lo que podemos llamar vida, en el más amplio sentido, ya en lo psíquico interno

1
o en lo vital externo. Lo que hace de un hombre un hombre es un principio que se opone a toda vida en general, un
principio que, como tal, no puede reducirse a la “evolución natural de la vida”, sino que, si ha de ser reducido a algo,
solo puede serlo al fundamento del que también la “vida” es una manifestación parcial.
Ya los griegos sostuvieron la existencia de tal principio y lo llamaron la “razón”. nosotros preferimos emplear, para
designar esta X, una palabra más comprensiva, una palabra que comprenda el concepto de la razón, pero que, junto al
pensar ideas, comprenda también una determinada especie de intuición, la intuición de los fenómenos primarios o
esencias, y además una determinada clase de actos emocionales y volitivos que aun hemos de caracterizar: por ejemplo.
La bondad, el amor, el arrepentimiento, la veneración, etc. Esa palabra es espíritu. Y denominaremos persona al centro
activo en que el espíritu se manifiesta dentro de las esferas del ser finito, a rigurosa diferencia de todos los centros
funcionales “de vida” que, considerados por dentro, se llaman también centros anímicos.

REFLEXIONES ANTROPOLÓGICAS:
EL HOMBRE EN RELACION CON EL MUNDO.
¿Qué es el hombre? Es esta una pregunta muy especial, pues atañe directamente al autor de la pregunta. Cuando
interrogamos sobre todo lo que no somos nosotros mismos; por ejemplo, qué son las cosas, qué son los planetas, qué es
el oro, cuál es la capital de Nigeria, podemos adoptar una actitud más "objetiva", pues el “objeto” del conocimiento que
buscamos es, en cierto modo, exterior a nosotros; pero cuando preguntamos qué es el hombre, no podemos prescindir
así nomás de lo que sabemos que somos, no podemos saltar sin más sobre nosotros mismos.
Además, pese a la impresión espontánea de facilidad, esta pregunta resulta difícil de responder, pues se presta a lo
arbitrario de todas nuestras componendas subjetivas. Y la prueba está en la diversidad de concepciones que hemos
considerado en el trasfondo histórico.
Con todo, de los muchos aspectos que nos han permitido conocer dicho trasfondo, hay uno que nos indica cómo debemos
comenzar nuestro estudio sistemático sobre el hombre: el de la relación del hombre con el mundo.
En efecto, ya no podemos concebir al hombre como una conciencia aislada (Descartes), ni como una razón pura (Kant),
ni como un yo absoluto (Idealismo). Por consiguiente, lo primero que tendremos que fundamentar es el punto de partida,
el fenómeno originario: el hombre está abierto a lo otro, está en relación con el mundo. Luego, Habrá que indagar sobre
el aspecto activo de esta relación con el mundo. Por último, dado que tal relación dinámica refluye sobre el hombre
mismo, tendremos que considerar las graves consecuencias que de aquí derivan, principalmente en el mundo actual,
penetrado por la técnica.

SOBRE EL PUNTO DE PARTIDA


Cuando preguntamos qué es el hombre, algo sabemos ya, pero al mismo tiempo, reconocemos e ignoramos mucho. En
esta tensión de saber y no saber brota precisamente la pregunta que nace esperanzada de obtener una respuesta, la cual
no se anticipa como ya dada toda de antemano, sino como una tarea de búsqueda inagotable.
Ahora bien, esa respuesta que se espera ir alcanzando, tiene que arrancar de algo, tiene que tener su punto de partida.
No es el caso de entrar aquí en una investigación de carácter epistemológico. Nos preguntaremos sencillamente por las
condiciones que ha de tener tal punto de partida. Proponemos esta caracterización: el punto de partida ha de ser
"primordial", "unificador" y "fecundo".

 "Primordial": queremos decir que no ha de presuponer otro fundamento anterior de donde se deduzca, lo cual
implica que tiene que ser directo, inmediato, en suma, un hecho de "experiencia". Pero "experiencia", no en el
sentido restringido de una "experiencia sensible", sino en la que captamos nuestro existir primordialmente. Por
tanto, al comenzar, solo podemos invitar a nuestro interlocutor o lector a que dirija su atención en la dirección
concreta donde puede encontrar ese punto central de referencia.
 “Unificador": cuando hacemos el esfuerzo de pensar filosóficamente, buscamos movernos dentro de una cierta
coherencia, cierta "unidad" en la diversidad de datos que se presentan. Por ejemplo, en una novela policial,
cuando empieza a vislumbrarse "la" pista adecuada, este solo dato arroja una luz que promete iluminar la
comprensión de toda la trama, si es que está bien escrita. En este sentido, podemos decir que la Filosofía no es
un cuento de locos contado por un idiota. La Filosofía busca sus grandes focos iluminadores y unificadores que
la hacen coherente, respetuosa de ser real y del pensar sobre el ser real.
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 “Fecundo”: un acertado punto de partida se revela como grávido de consecuencias que son capaces de dar vida
a sucesivos ámbitos que antes permanecían clausurados e incomunicados. Por ejemplo, un método basado en
puros conceptos matemáticos y constataciones empíricas, puede resultar fecundo -y de hecho lo ha sido- para
explicar y dominar los fenómenos del mundo material, pero es completamente estéril para describir la más
simple vivencia humana. (¿De qué color es el amor?). En cambio, una descripción del tipo fenomenológico de
la experiencia vivida, puede resultar fecunda en el sentido indicado.
Estas dos últimas características de "unidad" y de "fecundidad" van muy relacionadas entre sí y solamente se pueden
verificar "andando", es decir, avanzando desde el punto de partida y probándolo en el "camino".
En efecto, el mejor método no consiste en empezar a teorizar sobre la metodología, sino en cumplir la etimología de la
palabra: andar en el "odós", el camino. También es siempre saludable recordar a dónde han conducido, de hecho, ciertos
puntos de partidas, como el de Descartes, por ejemplo.

HOMBRE Y MUNDO
Cuándo formulamos la pregunta esencial: ¿qué es el hombre? Ponemos sobre el tapete lo que somos cada uno de
nosotros, y al mismo tiempo, lo que es el hombre en general. Ahora bien, si presto atención sin prejuicios, el hecho
primario, se manifiesta, en que yo no soy "antes", no estoy constituido "primero", y sólo "después", en “segundo lugar”
entro en relación con lo que me rodea, con el mundo, sino que desde el primer instante en que tomo conciencia de mí,
lo hago en referencia a lo "otro", en referencia a mi mundo.
Notemos que esta relación del hombre con el mundo, es una relación "real", es decir, que está realmente en el hombre
mismo y en el mundo mismo, en el sentido en que Santo Tomás define la relación real "ciertas relaciones son cosas de
la naturaleza ("res naturae") en cuanto a los dos extremos de la relación, como sucede cuando dos cosas se relacionan
entre si por algo que realmente se encuentra en una y otra, como se ve en todas las relaciones que se derivan de la
cantidad, por ejemplo, grande y pequeño, doble y mitad, etc.; pues en cada uno de los extremos se encuentra la cantidad.
Y lo mismo se ha de decir de las que se fundamentan en la acción y en la pasión como las que hay entre motor y móvil,
padre e hijo y casos semejantes".
Por tanto, el individuo no es en su origen un puro yo aislado de todo la demás, tal que se complete a sí mismo hacia
dentro en la misma inmanencia de la propia conciencia. Originariamente, el hombre no es un mero sujeto sin mundo y
sin historia. Más bien nos descubrimos a nosotros mismos en lo otro, en una unidad de relación activa con el mundo, en
un movimiento de condicionamiento mutuo.
En efecto nuestra vida corporal biológica pertenece al mundo físico-químico, como todo lo material, y, por ende está
sometida a sus leyes. Sin las cosas del mundo que nos proporcionan alimento, vestido y habitación, no podríamos vivir
y progresar como hombres. Aún nuestra vida íntima espiritual, si bien sabemos que está abierta al ser y a Dios, también
sabemos que está condicionada por el mundo de la cultura, del lenguaje, de la historia concreta que nos ha tocado vivir.
Sin embargo, tal condicionamiento no nos inmoviliza en la posibilidad de lo meramente recibido. Somos sujetos activos
en el mundo. Realizamos y ganamos nuestro mundo.
Todo esto supone que no sólo "conocemos" el mundo, sino que también intervenimos en la realidad exterior
conformándola, imprimiéndole nuestro sello. Queremos y actuamos en acciones transitivas. De este modo, el hombre es
un ser "cultural" en la más amplia acepción de la palabra. Una punta de flecha labrada en piedra, una computadora
electrónica, un código jurídico, un rito religioso, son, en este amplísimo sentido, objetos "Culturales".
Ahora bien, al actuar el hombre sobre el mundo, éste "rebota" en cierto modo sobre el hombre, influyendo en toda su
existencia material y espiritual. Esta doble relación dinámica entre hombre y mundo nunca debe perderse de vista pues
constituye nuestro horizonte general antropológico.

EL MUNDO DEL HOMBRE


Veamos ahora más exactamente, que entendemos por "mundo". No se trata del mundo concebido como el conjunto de
seres del cosmos o de la naturaleza. Tampoco como el conjunto de todos los seres "finitos" (incluidos los espirituales)
creados por Dios, en oposición al Creador.

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En efecto, si el fenómeno fundamental era la "relación" con el mundo en esas formas de entender, tal relación no está
elaborada (aunque pudiera estar implícita). Pues allí el "mundo" se entiende como realidad "objetiva", tal como subsiste
en sí misma, y no como la experimentamos desde nosotros mismos, cuando se convierte en nuestro horizonte de
comprensión.
¿De qué mundo se trata entonces? Del "mundo" como la totalidad de nuestro espacio total y de nuestro horizonte
intelectivo concreto. En este sentido, el mundo no es el objeto que estudian las Ciencias Naturales, sino que pre-existe
a todas ellas. Solamente una reflexión filosófica puede tratar de exponerlo y explicarlo.
Es obvio que cada individuo humano tiene su propio mundo; por tanto, es imposible pretender atrapar todo el contenido
concreto de la experiencia "mundo" en particular. Pero también es evidente que se dan estructuras generales en el mundo
humano, en las cuales coincidimos, y que nos permiten entendernos al hablar de ellas. Son estos elementos constantes
antropológicos los que nos interesan. Por ejemplo, cuando decimos en nuestro lenguaje ordinario: el mundo del niño, el
mundo de los negocios, el mundo del abogado, etc., nos estamos refiriendo a horizontes concretos y generales a la vez,
que todos podemos comprender en base a nuestra experiencia de los hombres. Ahora bien, los elementos fundamentales
serían los que penetran el mundo del hombre, no en cuanto a niño o abogado, sino al hombre en cuanto a hombre.
Insistamos en que, por experiencia, no entendemos aquí la pura experiencia sensible, sino que se trata de una experiencia
humana general, donde se incluyen las experiencias espirituales. En efecto, no podemos describir este mundo en base a
solas percepciones sensibles, pues aun estas siempre están penetradas por la inteligencia del espíritu. La experiencia
humana del mundo solamente surge con la vivencia concreta y consiente que capta el sentido y el valor de los hombres
y de las cosas: teoría y práctica, inteligencia y voluntad. Todo esto constituye nuestro mundo, poseído en la certeza,
comunicada irresistiblemente por la presencia de lo experimentado.
Ahora bien, lo más importante y decisivo en el mundo del hombre, no son las relaciones con las cosas materiales, sino
la relación con los otros hombres: la relación personal y social. Somos lo que somos, gracias a lo que hemos recibido de
nuestros padres y comunidad familiar desde que dimos el primer grito fuera del seno materno, y aun desde nueve meses
antes. Cada vez actuando más personalmente, hemos tenido que realizar un mundo, recibiendo y dando, a través de
múltiplos influjos personales y sociales: lo que nos han transmitido y enseñado en juego con nuestras decisiones y
aceptación o de rechazo. Desde un ámbito más amplio, las citaciones históricas, sociales y políticas, han condicionado
nuestro desarrollo humano. ¿Qué sería de nosotros, si desde muy pequeños hubiésemos sido abandonados entre
animales, sin ningún otro contacto humano, supuesto que hubiéramos podido sobrevivir? En este ejemplo se vislumbra
la importancia del lenguaje humano. Porqué por mediación del lenguaje nos comprendemos a nosotros mismos al tiempo
que comprendemos al mundo. A través del diálogo con los demás formamos, no sólo las convicciones teóricas, sino
también los principios que nos orientan en la vida práctica.
Este lenguaje, que tan íntimamente nos con-forma y nos comunica, ha sido acuñado por innumerables personas que
históricamente lo han ido sedimentando y transmitiendo. Constatamos así una vez más que el mundo del hombre es un
tejido de relaciones personales y sociales enraizado en el tiempo histórico.
Por último, el mundo del hombre tiene que ser valorado frente a Dios. O bien se lo concebirá como cerrado absolutamente
a lo trascendente (ateísmo), o como abierto y fundamentado en el absoluto personal de un dios, que, para la fe cristiana,
es un dios personal que ha creado y redimido al hombre por amor.
Así, el ateísmo definirá al hombre como un ser "exclusivamente" en el mundo, cerrando de antemano la puerta a toda
verdadera trascendencia. En cambio, nuestro punto de partida, al "abrirnos" hacia lo otro personal, nos prepara el camino
hacia las verdaderas relaciones con Dios. Para conocer a Dios, es en cierto modo necesario conocer al hombre. Y el que
no ama a su hermano a quien ve, mal puede decir que ama a Dios, a quien no ve.

LAS CONDICIONES FUNDAMENTALES


Tenemos que avanzar en esta comprensión del hombre en relación con su mundo. No somos seres cerrados, sino abiertos.
Ahora agregamos: no somos seres estáticos sino dinámicos. Somos sujetos activos de nuestro mundo. ¿Qué significa
esto? En primer lugar, hay muchas cosas que recibimos “ya” dadas, “ya” hechas podemos llamarlas nuestra “facticidad”
(“factum”= lo ya hecho). Por ejemplo, en nuestra vida misma, variados factores están ya dados: mis caracteres
biológicos, mi fondo psíquico-vital. En otro plano los múltiples condicionamientos culturales, sociales y religiosos que
se me han transmitido.

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Ahora bien, tal facticidad implica, de suyo, pasividad. Es, lo que limita, lo que inmoviliza. Una persona gorda, lisiada,
con un bajo coeficiente de inteligencia, tiene un campo muy estrecho, muy limitado para actuar. Vemos, por tanto, que
la facticidad es como la condición material de nuestra relación activa, pero no es suficiente para entender nuestro
dinamismo.
Porque siempre podemos hacer algo con la facticidad. En la medida de que somos seres humanos, siempre tenemos
“potencialidades”. No somos “ya” todo lo que podemos ser y que “aun” no somos. Todo presente entraña un futuro. Por
más que aumente la facticidad, siempre queda algo que se “puede” hacer. Por ejemplo, un paralítico postrado en su silla
de ruedas, pese a su gran limitación, siempre puede hacer algo a partir de su situación: puede amargarse y tiranizar a los
demás que lo cuidan, o puede asumir su cruz con alegría y bendecir a los otros. Es decir que; en el orden humano no hay
facticidad sin potencialidad. En este sentido, el hombre siempre hace algo, aunque decida no hacer nada, pues si decide
no hacer nada o lo menos posible, ya ha optado por construir un tipo de mundo: el mundo inhumano de la pasividad, la
omisión y la indolencia.
Estamos embarcados de antemano. Nos despertamos ya injertados en una vida, en una familia, en un país, en un mundo
cultural determinado. Somos un proyecto que tiene que ser de alguna manera, pero no a partir de cualquier condición,
sino precisamente a partir de la facticidad propia, la de cada uno, esa que quizás nos cuesta tanto aceptar.
En definitiva, todo ser es un ser activo, porque es imperfecto y tiende a realizarse. En cuanto al hombre actúa no porque
esté determinado por la facticidad, como lo estaría el animal, por ejemplo, sino porque “sabe” de algún modo lo que está
haciendo. La luz de su razón le permite al hombre tomar distancia de la situación y responder por sí mismo, esto es
responsablemente.
Nos quedaría por considerar una última pregunta: ¿actúa siempre el hombre en este nivel “personal”? Evidentemente, el
hombre, con frecuencia, no actúa en este plano. Tenemos, por tanto, que distinguir. Hay un actuar “personal”, y se da
también un actuar del “ello personal”.
Cuando pensamos lo que “se” piensa, y hacemos lo que “se” hace, y abdicamos así el dirigir por nosotros mismos nuestra
existencia, caemos en el automatismo de los robots manipulados desde fuera. La acción se convierte en un proceso
mecánico. El único responsable es el “ello impersonal”, es decir, nadie. Con todo, no siempre podemos estar preocupados
por ser conscientes totalmente de lo que hacemos. Sería agobiante. Al contrario, el hábito que adquirimos por la
repetición de la experiencia nos es muy útil en la vida ordinaria. Si tuviéramos que “decidir” personalmente cada
movimiento del escribir a máquina, o de tocar un instrumento, o de manejar un automóvil, lo haríamos desastrosamente.
Por eso, no todo lo impersonal ha de valorarse tan negativamente. Lo cual no obsta que el peligro subsista en las opciones
importantes, sobre todo con la intensificación de la atmósfera deshumanizante propia de la sociedad tecnocrática. Como
bien dice M. Heidegger: disfrutamos y gozamos como se goza; leemos, vemos y juzgamos de literatura y de arte como
se ve y se juzga; incluso nos apartamos del montón como se apartan de él; encontramos sublevante lo que se encuentra
sublevante. El “uno” que no es nadie determinando y que son todos, si bien no como suma, prescribe la forma de ser de
la vida cotidiana.

EL MUNDO DEL TRABAJO


En el punto anterior veíamos las condiciones generales de toda relación activa con el mundo, llegando a constatar que
la acción humana si bien está condicionada por la facticidad, es siempre espiritual y abierta en su potencialidad.
Ahora nos toca considerar un aspecto más limitado: las estructuras esenciales de lo que podemos llamar, de acuerdo con
lo anterior, el “mundo” del trabajo y de su correlativo, el mundo de la fiesta. Conviene aquí señalar que la actividad
propia del hombre como dotado de libre albedrío y como sujeto moral y personal, serán estudiadas más adelante, en los
temas correspondientes. Conviene también notar que no trataremos aspectos particulares, cuyo desarrollo pertenece a
otras asignaturas como economía y sociología. Situémonos con una experiencia elemental: cuando el hombre se enfrenta
con el mundo natural tal cual le es dado, se encuentra en la necesidad de transformarlo para conseguir de él los bienes
indispensables a fin de vivir y desarrollarse. En tanto que el animal tiene que arreglárselas con lo que ahí encuentra, y si
no lo halla no sabe qué hacer, el hombre puede trascender la situación concreta dada (“facticidad”), mediante su
capacidad racional (“potencialidad”), que le abre progresivamente nuevas posibilidades. Así nace el “trabajo”, en sentido
originario por el cual el hombre transforma el entorno natural para subvenir a sus necesidades vitales.
Estableciendo las diferencias, podemos decir que el comportamiento animal está “vinculado al entorno”, mientras que
la conducta humana está “libre del entorno”, y por tanto, es una actividad abierta al mundo.
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Ahora bien, además de este carácter primario, podemos indicar cuatro características para delimitar el trabajo humano,
y al mismo tiempo para extender el concepto de manera que recubra todo tipo de trabajo. Los aspectos que describiremos
son: la transitividad, la finalidad, el esfuerzo, la perseverancia.
1. La “transitividad”: el trabajo apunta siempre a un cierto resultado situado “hacia fuera”, es decir, tiende a
producir un efecto que vaya más allá del mero placer de ejercitar las fuerzas. Porque actuar solamente por la
pura satisfacción inmanente de ejercitar las energías, no sería propiamente “trabajar”. En cambio, la actuación
de un actor o cantante que se dirige a satisfacer o a divertir a un público real, sería un trabajo en el sentido
indicado.
2. La “finalidad”: la realización de este resultado transitivo está “finalizada” por algo, por la necesidad o por el
servicio a algún valor superior. O sea, que hay un poder o un ideal que nos pone a su “servicio”. De este modo,
un esclavo trabaja bajo el dominio del látigo y, en el otro extremo, un escritor, por ejemplo, que se apasiona por
la búsqueda de la verdad, está bajo el dominio de un “ideal” superior al cual sirve. Evidentemente la diferencia
entre ambos es tremenda, pero lo interesante es que podemos decir que tanto uno como otro “trabajan”. En este
sentido el trabajo es todo lo contrario a un “pasatiempo” que dejase las tendencias a su libre juego sin pretender
servir a nada ni a nadie.
3. El “esfuerzo”: el trabajo implica cierta renuncia, abnegación y a veces, sufrimiento. Es victoria sobre la pereza,
la distracción, la anarquía, y también es triunfo sobre la materia exterior a la cual ennoblece imprimiéndole el
sello de lo humano. Aún la etimología de la palabra en las distintas lenguas revela este aspecto de esfuerzo y
hasta pena. Por ejemplo, en castellano, provendría de la voz latina “tripalium”, que designaba un instrumento
compuesto por tres palos entrecruzados, el cual servía para sujetar los caballos al herrarlos, y que luego pasó a
ser un instrumento de tortura.
4. La “perseverancia”: un esfuerzo esporádico de algunos instantes no constituye un trabajo. Este requiere
continuidad en el tiempo, cierta duración, lo cual supone un querer perseverante de la voluntad que se afirma
por sobre la dispersión y la fatiga. Por esto se comprende como el trabajo, al comprometer seriamente la
responsabilidad del hombre, lo forma y lo forja en su humanidad. Por consiguiente, podemos concluir que no
toda actividad humana es “trabajo”. En efecto, hay ocupaciones que no están referidas a un fin transitivo, que
no son “útiles” en sentido estricto (o restringido), y que, lejos de implicar un esfuerzo especial y duradero, se
ejercen por sí mismas. En otras palabras, el trabajo no es la única actividad que caracteriza al hombre en sus
relaciones activas con el mundo. Es sólo una de ellas.
Sin embargo, la cuestión no es tan simple. El problema está en conocer su valor relativo frente a lo que se suele llamar
“tiempo libre”, “ocio”, o bien, “fiesta”. El “tiempo libre” es una categoría de tipo económico, más que antropológico.
Se refiere al tiempo del reloj más que al tiempo integral que es el realmente vivido. Si se lo considera sólo como una
pausa restauradora de fuerzas, como una válvula de escape cuya verdadera finalidad fuera la de volver renovados al
trabajo, y nada más, entonces no saldríamos fuera del ámbito del trabajo, quedaríamos prisioneros del mundo totalitario
del trabajo. Y lo que nos interesa precisamente es ver de trascender más allá de ese mundo.
Por otro lado, hay una manera de entender el trabajo, que lo considera solamente en función de la “ociosidad”. Por
ejemplo, como un puro medio que en el fondo se rechaza vitalmente (“si encontrás al inventor del laburo, lo fajás”...
como decía la letra de un tango”). En este caso es una desgracia verse obligado a trabajar por la fuerza de la necesidad,
y es muy lógico que en esta actitud se trate de escapar de la responsabilidad lo más posible. Señalamos de paso, que esto
no es exclusivo de las clases llamadas populares, pues hay privilegiados que se pueden dar el lujo de gozar de la ociosidad
de una vida fácil, a costa del trabajo ajeno.
Lo que nos interesa es hacer notar es que, en el fondo, se da el mismo tipo de relación activa con el mundo: el ideal del
“dolce far niente”, o de la “dolce vita”. Ahora bien, todo esto lo lleva a elaborar mejor qué es el trabajo auténtico y qué
debe ser la “fiesta” genuina como trascendencia del verdadero trabajo. Está claro que el trabajo no debe ser un valor
totalitario que absorba al hombre, como lo expresaría la frase “vivir para trabajar”. Pero tampoco es una carga maldita
que nos provoque a trabajar lo menos posible, como un puro medio para vivir. Ni vivir para trabajar, ni trabajar
meramente para vivir. El trabajo auténtico ha de ser tal que realice el ser del hombre, que lo haga más hombre en el
mismo trabajo, no simplemente más allá del trabajo. Del mismo modo, no vivimos para comer y beber, pero tampoco
comemos y bebemos meramente para vivir, como se llena el tanque de nafta con una manguera; también queremos que
el mismo acto de comer y de beber sea un acto plenamente humano. El trabajo, de suyo, ha de ennoblecer al hombre que
trabaja. Por esto, cuando destruye al hombre en cualquiera de sus dimensiones físicas o espirituales, es decir, cuando el
trabajo es “inhumano”, no es el auténtico relacionarse con el mundo que exige el ser del hombre. Y precisamente
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“sabemos” que un trabajo determinado es inhumano, en la medida en que reconocemos otras dimensiones y valores en
función de los cuales resulta destructivo. Cualquier condición “unidimensional” del hombre, no tiene derecho de hablar
de trabajos inhumanos: si el hombre es definido sólo como “trabajador”, quedan borradas de antemano todas las
instancias donde ir a quejarse. Además, el trabajo procede de la persona, de aquí surge su peculiar dignidad frente a la
mera posesión de cosas materiales. El trabajo pertenece al orden del ser “activo”, y no al orden del simple “tener”.
Ahora bien, como el ser del hombre es también social por naturaleza, el auténtico trabajo ha de contribuir a la edificación
del bien común, revirtiendo sus beneficios a favor de todos y de cada uno. Ha de ser personal y comunitario a la vez,
como lo es el hombre mismo de quien procede.
El Concilio Vaticano II declara en la constitución “Gaudium et spes”: “La actividad humana, así como procede del
hombre, así también se ordena al hombre. Pues éste con su acción, no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que
se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Tal superación, rectamente
entendida, es más importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que
por lo que tiene”. En cuanto a la dimensión personal creadora y libre de trabajo humano, Pablo VI dijo en la encíclica
“Populorum Progressio”: “Dios, que ha dotado al hombre de inteligencia, le ha dado también el modo de acabar de
alguna manera su obra: ya sea artista o artesano, patrono, obrero o campesino, todo trabajador es un creador. Aplicándose
a una materia que se le resiste, el trabajador le imprime su sello, mientras el adquiere tenacidad, y genio y espíritu de
inversión. ...El trabajo, sin duda ambivalente, porque promete el dinero, la alegría y el poder, invita a los unos al egoísmo
y a los otros a la revuelta; desarrolla también la conciencia profesional, del sentido del deber y la caridad para con el
prójimo. Más científico y mejor organizado, tiene el peligro de deshumanizar a quien lo realiza, convertido en siervo
suyo, porque el trabajo no es humano si no permanece inteligente y libre”.

EL MUNDO DE LA FIESTA
Sólo entendiendo correctamente el trabajo podemos comprender la verdadera fiesta. En efecto, únicamente el hombre
que trabaja con seriedad puede dar sentido a una fiesta auténtica. Dice J. Pieper: “ambas cosas, trabajar y celebrar una
fiesta, viven de la misma raíz, de manera que, si una se apaga es porque la otra se seca”. Por eso no puede haber auténtica
fiesta en una clase social ociosa y dada al lujo. Y tampoco en gente que, pudiendo trabajar, se resigna a la miseria, si es
fruto de una desidia culpable. Las “fiestas de palacio” han sido casi siempre, modos elegantes de llenar el tedio de un
tiempo vacío. Los regocijos populares quizás tengan más sentido, al menos de querer vivir. Pero tampoco puede haber
“fiesta” en un Estado totalitario de trabajadores, porque nada hay allí “más allá del trabajo”: la fiesta sería el trabajo
mismo. Todos tienen que alegrarse forzosamente de cumplir el plan quinquenal. Trabajar es importante socialmente
pero no debe dejarse de lado la nobleza del trabajo en cuanto dignifica a la persona. La fiesta se presenta como algo
extra-ordinario. El trabajo es lo cotidiano, mientras que la fiesta es lo “distinto” que constituye una interrupción del paso
gris del tiempo. Este contraste con la vida ordinaria se expresa en todo el marco exterior: vestidos distintos, adornos,
lugares especiales. Tal ruptura, parece apuntar en el mismo sentido que la trascendencia propia del lenguaje simbólico
poético o religioso.
Todo este ambiente se vive con una voluntad de cierto “exceso”, de cierta abundancia expresiva de un querer ser
generoso, aún en medio de la indigencia. La fiesta es esencialmente una manifestación de riqueza, no precisamente de
dinero, sino de riqueza existencial. Por supuesto que aquí se evidencia al mismo tiempo el peligro y la posibilidad de
una degeneración de la fiesta como sería el derroche absurdo de lo que no se tiene o de lo que otros necesitan, o el caer
en los más degradantes excesos de la inmoralidad sensual. Todo esto revela las limitaciones de la fiesta y su capacidad
de corrupción. Por lo tanto, la fiesta no es “el paroxismo de la sociedad” ni una inmersión en el caos creador como
proponen algunos autores. Para poder celebra realmente la fiesta, es necesario decir sí a la vida, afirmar la existencia
aún después de las peores catástrofes, es menester alegrarse de que exista algo en vez de nada. Un nihilista es incapaz
de una verdadera celebración. Para que la fiesta no degenere en una utopía sentimental, es necesario que ofrezca una
verdadera alternativa, clara y eficaz, un contra-ambiente fuera de lo ordinario, capaz de hacer surgir la libertad creadora
y no un libertinaje disolvente. En tal caso no se trataría de favorecer una fantasía pasiva, para olvidar el trabajo y el
mundo real, sino que se fortalecería la imaginación activa que anticipa y produce la libertad realmente posible del futuro.
De este modo, la fiesta sería un estímulo y un comienzo de la liberación de los males, no una mera válvula compensadora
de tensiones, ni una pura suspensión del tiempo del trabajo, que sólo sirven como factores estabilizantes.

7
EL MUNDO DE LA TECNICA Y SU IMPACTO ANTROPOLOGICO
Lo que antes, en el trabajo tradicional significaba un simple medio para vivir, ahora, en la sociedad de tipo industrial,
significa una invasión de la totalidad del campo de la vida humana, personal y social, configurando un paisaje nuevo,
una red en la que estamos prendidos y en la que nos agitamos y tratamos de avanzar.
El mundo de la técnica está impactando de tal manera que ninguna reflexión antropológica puede pasarla por alta. La
técnica es un sector que ha invadido todos los campos de la vida humana, no sólo el del trabajo en todas las profesiones,
sino también el de la vida política, social, y pública.
La técnica moderna se desliga de la armonía proporcionada por una valoración ética integrada en lo religioso, y queda
entregada desnuda indigentemente a sí misma en su afán de dominio del mundo. Ya no resulta simplemente la aplicación
práctica de conocimientos teóricos, sino que más bien ella misma tiende a ser el fundamento del desarrollo de las ciencias
naturales, obteniendo su eficacia por la fuerza del “experimento” previamente planificado en función de la voluntad de
dominio y poder. Uno de los peligros de la técnica moderna radica sobre todo, en que siendo una relación del hombre
con el mundo, en la cual lo que prevalece es una voluntad de dominio de carácter incondicional, se niega a reconocer su
limitación y su relatividad histórica, pretendiendo “redimir” al hombre del mismo modo que ella supera las resistencias
puramente materiales.
Pero ni ella ni la ciencia son suficientes para salvar al hombre, si bien son valiosas conquistas del hombre. También la
técnica y la ciencia deben ser redimida. La técnica ha incrementado prodigiosamente las potencialidades humanas en los
campos más variados; ha ampliado la industria y la economía, ha satisfecho necesidades primordiales en el campo de la
obtención de recursos y en la curación de enfermedades; ha acortado las distancias, nos ha unificado materialmente en
un mismo planeta. Con todo, al mismo tiempo, se han puesto de manifiesto los peligros: la creciente “explosión del
saber”, la aglomeración de masas humanas en el proceso de urbanización, el impacto sobre la familia como célula de la
sociedad, y sobre la persona como sujeto espiritual de deberes y derechos. La “explosión del saber” y sus repercusiones
culturales. En la actualidad la ciencia ya no es simplemente el objeto de estudio para el profesor o el investigador: se ha
convertido en un “mundo” con características propias. El mundo científico tiene sus reglas de conducta, sus intereses,
sus valores, su poder. La ciencia, como actividad organizada, hace posible la sociedad pos-industrial, fundada sobre la
tecnología y las comunicaciones modernas. Pero la ciencia también hoy se encuentra en crisis: el hombre moderno se
siente aplastado por la acumulación de conocimientos que él mismo ha puesto en circulación. Cada individuo en
particular experimenta su impotencia para una tentativa de síntesis. Está condenado a quedarse encerrado en el campo
estrecho de su especialidad, cada vez más fragmentada.
Este hecho produce el aislamiento que conlleva frustración y soledad. Además, el científico reconoce lo precario de su
saber al constatar el ritmo de los descubrimientos tan rápido. Tiene que renovarse constantemente para estar al día y no
quedarse atrás en una competencia que se muestra implacable. La ciencia exige una constante creatividad.
El mundo de la cultura científica presenta un doble sentimiento: por una parte, admiración y asombro ante las
realizaciones y ansiedad y angustia frente a un poder difícilmente controlable. Entonces se plantean cuestiones
fundamentales: ¿A dónde vamos con todo esto? ¿Superaremos tantas dificultades y miserias, o las incrementaremos?
¿De qué sirven, de hecho, la ciencia y la técnica en relación con un mundo más noble y más justo? Existe, de hecho, una
mentalidad para la cual el progreso de la ciencia contiene en sí mismo un progreso continuo del hombre y de la sociedad.
Tal mentalidad no sólo es puesta en juicio por sectores retrógrados, sino por algunos hombres de ciencia.
Ciertamente, no se trata de negar o rechazar los extraordinarios beneficios que puede brindarnos la técnica moderna. Tal
actitud sería absurda, sobre todo para el que cree que las conquistas del hombre son un signo y una prolongación del
poder del Creador, confiados a la responsabilidad del mismo hombre. Lo que se plantea es más bien una sospecha grave
y fundada acerca de los objetivos de la actividad científica y de su manejo por ideologías y por poderes políticos que
buscan su propia hegemonía, y no precisamente el bien de la humanidad Hoy constatamos la dificultad de las relaciones
humanas primarias como las que se dan entre persona y persona, las familiares, las de amistad. Cada uno de nosotros se
convierte en una “ficha”, llena de datos “objetivos”, edad, condición civil, profesión, ocupaciones. Nuestro centro de
gravedad y base de equilibrio están colocados en las cosas exteriores, en las mecánicas de los aparatos de los que
dependemos para existir.

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