La condesa pícara
Amy Sandas
Dedicatoria
A mi abuela, poeta que siempre me animó a escribir. A mi madre, que
me introdujo en las novelas románticas un día de verano, cuando era una
adolescente aburrida. Y a mi hermana, Angelique, que ha leído más de mis
falsos comienzos, primeros borradores y revisiones posteriores que nadie en
el planeta y, aun así, sigue creyendo que puedo hacerlo.
Contenido
La condesa pícara
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 1
Inglaterra, 1818
Anna dio otro generoso sorbo de champán mientras observaba
detenidamente el abarrotado salón de baile. Era su segunda copa, y aun así
no había logrado calmar sus nervios ni ralentizar el galope de su corazón.
Aborrecía estas grandes funciones sociales y solo las soportaba cuando los
negocios lo exigían. Sin embargo, esta noche, la razón de su asistencia era
completamente personal. Rápidamente desvió la mirada de un grupo de
invitados disfrazados al siguiente, maldiciendo en silencio a lady Marquart
por organizar un baile de máscaras. Si él llevaba una máscara o un antifaz,
¿sería capaz de reconocer al hombre que buscaba? Ocho años podían
cambiar a una persona de forma drástica. ¿No era ella misma prueba de
ello?
Anna tenía que considerar la muy real posibilidad de que, incluso si él
estuviera justo delante de ella, podría no reconocer a su propio esposo.
Llevó la copa a los labios para beber otro sorbo de champán, pero la
encontró vacía una vez más. No recordaba haber bebido toda la copa, y eso
se añadió a su creciente inquietud. No solía estar tan distraída. Habían
pasado muchos años desde la última vez que la había sacudido la ansiedad,
años desde que había imaginado lo que haría si alguna vez volvía a
encontrarse cara a cara con el hombre con el que se había casado.
Seguidamente, buscó con la mirada a un lacayo, con la intención de
reemplazar su copa, pero cuando su mirada pasó más allá del ancho arco de
la entrada, no llegó más lejos. De repente, por ello, Anna se encontró
mirando a un hombre al que no había visto desde el día de su boda.
Un jadeo silencioso le cerró el paso del aire a los pulmones, sus dedos
se apretaron en el tallo de la copa y su pecho ardió mientras la invadían de
inmediato sentimientos que creía haber purgado de sí misma hacía mucho
tiempo. El oscuro y hueco dolor de la incertidumbre, la inquietante
sensación de que no encajaba en su propia piel. Y lo peor de todo, con una
claridad perfecta y dolorosamente hermosa, revivió al instante el peso
aplastante de la traición que había sentido cuando descubrió que el príncipe
de sus sueños podía tratarla con el mismo desdén que al resto.
No fue hasta que empezó a sentirse mareada que se dio cuenta de que
había dejado de respirar. Inhaló una bocanada profunda de aire y luego
forzó unas cuantas respiraciones lentas más para disipar el miedo a perder
el conocimiento. Con cuidado y deliberación, apartó a un lado las oscuras
emociones que emergían de su pasado. El tiempo para la autocompasión
había quedado atrás. Aprendió una lección invaluable cuando su esposo,
después de menos de una hora de casados, la dejó para enfrentar un futuro
incierto sola. No habría nadie que librase sus batallas por ella. Tendría que
ser su propia campeona.
El paso fortuito del esquivo lacayo le permitió distraerse con la tarea
de cambiar su copa vacía por una llena. Cuando estuvo segura de que sus
nervios volvían a estar bajo un mínimo de control, Anna alzó la mirada para
encontrarlo de nuevo. Él no llevaba máscara. No le sorprendió. Y no debía
haberse preocupado por no reconocerlo. Jamás había conocido a otro
hombre que entrase en una sala con la misma presencia que Jude
Montgomery Sinclair, ahora el conde de Blackbourne. Tenía una natural
seguridad en sí mismo y una clara indiferencia por la inevitable atención
que atraía.
En su día, lo había considerado más hermoso que la mayoría, un joven
lleno de vida y encanto. Un príncipe dorado. Ahora llevaba el cabello claro
y rizado un poco más largo. Los extremos caían sobre las puntas de sus
orejas, a lo largo de la nuca y sobre la frente. Su piel ligeramente bronceada
destacaba en contraste con sus rasgos aristocráticos clásicos. Y aunque
estaba de espaldas a ella, no necesitaba ver su rostro para recordar su
amplia frente, nariz recta y fuerte mandíbula, o sus impactantes ojos de un
azul zafiro. Su corazón golpeó contra sus costillas. Solo imaginar esos ojos
provocaba una oleada por su sangre y debilitaba sus rodillas. Había estado
tan enamorada de él en su momento. El azul de su mirada y el leve asomo
de su sonrisa solían hacer que su joven corazón se estremeciese en
pequeños, pero profundos, arrebatos. Que ahora pareciese estar teniendo
una reacción similar debía ser una respuesta habitual. Un residuo antiguo
que quedaba en su psique de cuando había protegido tan celosamente su
infantil enamoramiento. Pero eso había sido antes de su matrimonio, antes
de que él demostrara ser indigno de su tierno afecto. Ahora lo sabía mejor.
Ocho años le habían otorgado a su esposo una madurez refinada. Con
treinta años, estaba tan en forma como siempre. De hecho, parecía incluso
más fuerte e imponente. Ya no era un joven despreocupado; las capas de las
experiencias de Jude le habían conferido una apariencia más endurecida y,
de algún modo, más sombría. El estómago de Anna se estrujó de inquietud.
Lo ignoró y lo estudió más detenidamente a través de las rendijas de su
máscara. Era más que madurez, reconoció. Era algo intrínseco a su persona,
en toda su forma de ser. Su actitud era rígida, como si estuviese incómodo
con el entorno. Como si no quisiera estar aquí. Bandas de hierro, que se
habían apretado alrededor de su pecho del mal presagio cuando escuchó la
noticia de su regreso, se tensaron implacablemente. Le había llevado años
zafarse del opresivo y humillante yugo de su desastroso matrimonio. Pero
lo había logrado con una determinación obstinada que no sabía que poseía
antes de verse desafiada a encontrar su propia felicidad. Y ahora,
contemplaba a la única persona en el mundo que tenía el poder absoluto
para arrebatarle todo lo que había luchado por conseguir. Enseguida, sus
manos se cerraron en puños y tragó con dificultad el nudo que tenía en la
garganta. ¿Por qué había decidido volver ahora? Un hijo honorable habría
regresado hace más de un año tras la muerte de su padre. ¿Acaso pensaba
alguna vez en la joven esposa que había dejado atrás? Los detalles
escandalosos de sus viajes, que con los años habían llegado a Inglaterra,
sugerían lo contrario.
La ira ardió caliente en la sangre de Anna cuando recordó todas las
razones que tenía para odiarle. Aunque más fuerte que la ira era la
compulsión de demostrar que no era la lamentable muchacha que él había
abandonado. Ocho años atrás, ella era una sombra de la mujer que era
ahora, un espectro atrapado por sus propias inseguridades. Había sido tan
fácil de intimidar, de desechar, de olvidar. Pero ya no más. No se quedaría
de brazos cruzados ante el misterioso regreso de Jude. Antes de que él
abandonase Inglaterra de nuevo -y claro que lo haría- sabría el tipo de mujer
que había dejado atrás. La angustia y el asombro que la habían invadido al
ver de nuevo a su esposo fueron reemplazándose lentamente por una firme
determinación. Había acudido al baile de máscaras con un propósito. Y lo
llevaría a cabo.
Incluso permaneciendo parcialmente en la sombra, no pasó mucho
tiempo antes de que la mirada de Jude, de tonos como joyas, la encontrase.
Su casual escrutinio del salón se detuvo de forma abrupta y notable cuando
su mirada recorrió el pequeño rincón donde ella se encontraba. No le
preocupaba que él la reconociese. Anna había cambiado mucho en los
últimos ocho años, aunque él no lo hubiese hecho, y la creación emplumada
sobre su rostro le daba la confianza añadida de una total anonimidad. Se
revelaría como su esposa cuando ella lo decidiera.
El aire distraído de la actitud de Jude se desvaneció de repente, y se
enfocó con intensidad en su dirección. Estaba demasiado lejos para que ella
pudiese ver el profundo azul de sus ojos, pero lo sintió. Su mirada era aguda
y atenta, cortando a través de la multitud que fluía interminablemente entre
ellos. En un instante, Anna se sintió como la criatura más fascinante de la
sala. Nunca antes había visto semejante intensidad en su forma de ser, ni
siquiera años atrás, y mucho menos dirigida hacia ella. Una chispa de
emoción contenida se mezcló con la ansiedad en la sangre que le latía con
avidez. Su estómago revoloteaba y tuvo que recordarse todo lo que estaba
en juego. No había anticipado que el pesado lastre de las emociones pasadas
tirase con tanta fuerza de su consciencia, y no podía permitirse que
alterasen el rumbo que había trazado. Había planeado que él la viese, había
escogido cuidadosamente un disfraz con un corsé elevado que acentuaba las
sombras de su escote y realzaba cada curva de su figura. El vívido tono azul
del vestido contrastaba de manera llamativa con su piel dorada, y los
colores brillantes de su máscara de plumas destacaban la profundidad
oscura de su cabello. Anna nunca antes había sentido el deseo de utilizar sus
atributos femeninos a su favor, pero eso no significaba que no supiese cómo
hacerlo. Y si alguna vez había un momento para exhibir sus encantos más
femeninos, esa noche era el momento.
Reforzándose contra los sentimientos de ira y traición que giraban en
su interior, se metió de lleno en el papel de seductora. Inclinó la cabeza
hacia un lado, devolviendo con osadía su mirada, y sonrió, consciente de
que sus labios rojos eran claramente visibles bajo el borde inferior de su
máscara verde esmeralda. Por su parte, él bajó la barbilla y asintió
brevemente, un gesto corto y sutil. Tan mínimo, pero visceralmente
efectivo. Unos delicados escalofríos recorrieron la nuca de Anna, dejándola
sin saber qué hacer a continuación. Él continuaba observándola. La intensa
concentración de su mirada la ponía nerviosa y acalorada. Le devolvió la
mirada, intentando imitar su serena calma, aunque su respiración era rápida
y superficial mientras luchaba por mantener la compostura. Y aún seguía
observándola, sin hacer el más mínimo movimiento para acercarse, como si
estuviese completamente satisfecho con estudiarla desde la distancia.
Entonces, el hombre a su lado, lord Rutherford, llamó su atención hacia un
par de caballeros que se les acercaban. Jude apartó la vista de ella,
rompiendo efectivamente las ataduras que habían comprimido su pecho, por
lo que Anna inspiró de forma rápida y audible.
Con la atención de Jude en otra parte, Anna se giró y dejó su copa
sobre la mesa de mármol a su lado. Levantó la mano para cubrir el feroz
latido de su corazón contra las costillas. Algo tan pequeño, un gesto coqueto
diminuto, una mirada sostenida demasiado tiempo, y, sin embargo, esos
segundos de comunicación silenciosa habían sido los primeros con su
esposo en casi una década. Él no sabía quién era ella, estaba segura de ello.
Pero ella sí lo conocía, y ese momento de conexión casi la desmoronó.
Estuvo a punto de considerar la idea de escabullirse hacia el balcón y, desde
allí, hacer una huida completa de vuelta a Suffolk, cuando sintió una
presencia familiar a su lado.
—No lo digáis —susurró entre dientes, sin girar la cabeza.
—Maldita sea. —La feroz maldición salió de los labios de Leif Riley,
único heredero del empobrecido vizconde Neville, amante devoto de
numerosas mujeres adineradas y querido amigo de Anna desde la infancia
—. Estoy seriamente preocupado por el estado de vuestra cordura.
—Estoy bien y perfectamente cuerda. —Anna levantó la barbilla y
encontró la mirada ansiosa de Leif con una sonrisa de resignación—.
Aunque, admito que es un poco más difícil de lo que esperaba. —Tomó una
profunda y tranquilizadora respiración—. No ha cambiado mucho, ¿verdad?
Me refiero a su apariencia. —Su amigo se encogió de hombros—. Aunque,
hay algo en él que es muy diferente. Simplemente no logro definir qué es…
—continuó.
—Anna, esto es una locura —la interrumpió Leif mientras se subía la
máscara hacia arriba. Una mueca de disgusto oscureció el atractivo rostro
que normalmente mostraba una expresión de coqueta naturalidad—. Tenéis
que dejar esta farsa y proceder a disolver el matrimonio, algo que deberíais
haber hecho hace ya mucho tiempo.
—No me digáis que vais a tomar una postura moral en este asunto. —
Anna arqueó sus cejas negras con incredulidad y curvó los labios con
diversión.
—Ni de lejos. Solo que no quiero ver cómo esta farsa que habéis
planeado para esta noche termina en una tragedia teatral. —Leif puso los
ojos en blanco.
—Confiad en mí. No tenéis de qué preocuparos. He tenido ocho largos
años para superar esos tiernos sentimientos de niña. Todo lo que quiero
ahora es poner fin a esa desastrosa parte de mi vida de manera satisfactoria.
—Anna sonrió y levantó su mano enguantada para posar brevemente sobre
el lado del rostro de Leif.
—Espero que tal cosa sea posible. —Leif suspiró, rindiéndose por el
momento, aunque sus atractivos rasgos se arrugaron en una mueca de mal
augurio.
Anna se encogió de hombros, intentando parecer despreocupada. No le
convenía que Leif viese que tenía sus propias dudas.
—De una forma u otra, esto es algo que tengo que hacer.
—¿Por qué? —insistió Leif.
Anna no respondió al principio. Tenía que pensar con cuidado cuánto
quería revelar a su amigo más querido. Sabían casi todo el uno del otro,
pero había cosas que simplemente nunca se discutían.
—Desde el día en que se fue, los chismes y rumores sobre sus
múltiples y variadas hazañas han estado a la orden del día. ¿Sabíais que,
durante un tiempo, no podía ir a una cena sin que su nombre apareciese en
lo alto de la lista de los últimos escándalos llegados del extranjero? No
puedo volver a sentirme como una víctima lastimera de mis circunstancias.
Me he convertido en una persona diferente, y no permitiré que ese hombre
siga con su vida encantada como si yo no existiera. No puedo imaginarme
las razones de su regreso, y no tengo ni idea de cuáles sean sus intenciones
conmigo. —Tragó con fuerza—. Sin embargo, antes de que acabe esta
noche, sabrá que no voy a desvanecerme entre las sombras mientras él
recupera su posición como el dorado señor de la alta sociedad. —Anna
lanzó una mirada astuta de reojo hacia el caballero del que hablaban. Este la
estaba observando de nuevo—. Creo que ha llegado el momento de que
Jude rinda sus respetos a su esposa.
—Tened cuidado, Anna. No es un muchacho inexperto. —El ceño
fruncido de Leif se volvió peligrosamente serio.
—Y yo ya no soy una triste niña de dieciséis años —replicó su amiga
mientras se daba la vuelta y lanzaba un guiño confiado por encima del
hombro, antes de alejarse en un dramático susurro de satén y seda.
—Casi podríais serlo —murmuró Leif con vehemencia a sus espaldas.
Capítulo 2
Jude no estaba seguro de cómo su viejo amigo había logrado
arrastrarle al baile de máscaras de esa noche. Pero ahí estaba, en medio de
un salón de baile reluciente lleno de los miembros más selectos de la
aristocracia inglesa, y lo único en lo que podía pensar era que algunas
cosas, sencillamente, nunca cambiaban. Había llegado a Londres solo unos
días atrás, y su intención era quedarse en la ciudad solo el tiempo necesario
para ocuparse de algunos asuntos personales antes de partir hacia la
residencia de los Blackbourne en el campo. Aunque había enviado un aviso
previo a su madre sobre su inminente regreso a Inglaterra, era imposible
concretar una fecha exacta de llegada, por lo que no le sorprendió que no
estuviera en Londres esperándole. De inmediato envió sus saludos a
Silverly, informando que pronto estaría en Essex.
La respuesta de su madre llegó al día siguiente, asegurándole que el
tiempo no había hecho nada por suavizar su firme resolución de anteponer
siempre las necesidades del condado a los deseos personales. No expresó
alegría por su regreso ni amargura por su larga ausencia. En su lugar, le
envió una lista de invitaciones que había aceptado en su nombre e insistió
en que «honrase a las anfitrionas apropiadas antes de considerar siquiera
marcharse al campo». Le instaba a recordar su deber para con el nombre de
Blackbourne y a reclamar su lugar entre la sociedad, antes que nada. Jude
arrojó la lista al cubo de la basura de inmediato. Llevaba demasiado tiempo
haciendo las cosas a su manera y no tenía ninguna intención de pasar sus
primeras semanas de vuelta en Inglaterra yendo de baile en baile y de fiesta
en fiesta. Y, sin embargo, ahí estaba. Seguidamente, echó un vistazo por
todo el ancho del salón y se sintió como un espectador en una obra de
teatro. Bajo las luces centelleantes y las elaboradas decoraciones, se
desarrollaba una producción dramática. Las damas disfrazadas y coquetas
reían con respiración entrecortada, liberadas por el anonimato que les
otorgaban sus elaboradas máscaras. Los caballeros, tanto jóvenes como
mayores, merodeaban por los bordes del salón, buscando una conquista
fácil que animase su velada. El extenso elenco de personajes desfilaba en
sus disfraces de colores brillantes, vestidos de gitanos, revolucionarios,
dioses y diosas romanas, aves del paraíso y hasta esculturas de jardín.
Recitaban las líneas apropiadas, reían a la señal y parecían estar
perfectamente dispuestas a interpretar los papeles que les habían sido
asignados.
Al final, el lugar no importaba mucho. Un salón de baile en Londres,
un patio en Florencia o un palacio en Constantinopla, el drama siempre era
el mismo. Los papeles nunca cambiaban, solo las personas que los
interpretaban.
¿Cuántas de las almas afortunadas que tenía delante se sentían
atrapadas por las estrictas normas dictadas por su riqueza, posición y linaje
familiar? ¿Cuántas anhelaban un tesoro que creían fuera de su alcance
porque la estructura de la sociedad así lo determinaba? Comparar la
sociedad británica con el sistema de castas de la India era terriblemente
injusto, pero Jude no podía ignorar las marcadas similitudes. ¿No había
tomado su vida un giro drástico cuando el deber y el honor, transmitidos a
través de generaciones de la nobleza inglesa, lo traicionaron?
Como tantas veces en los últimos años, Jude sintió una inmensa
gratitud por haber descubierto finalmente la verdad y el poder de sus
propias decisiones. Decisiones que, en última instancia, lo habían traído de
vuelta a Inglaterra. Muy pronto se retiraría a la finca ancestral de los
Blackbourne, y retomaría las riendas de la responsabilidad que nunca
debería haber dejado a un lado. Mientras tanto, seguramente podría soportar
una noche entre la alta sociedad. Al menos, era un juego cuyas reglas
conocía a la perfección. Y sabía exactamente cómo romperlas. A
continuación, su mirada recorrió rápidamente el caos brillante y colorido de
la multitud a su alrededor. Tan familiar y extraño al mismo tiempo, pero no
anticipaba ninguna sorpresa. Quizás por eso aquella mujer le afectó con tal
intensidad. Ella estaba de pie sola, una visión impactante, y cuando Jude la
vio, sintió como si el suelo se hubiera desvanecido bajo sus pies. Fue su
quietud lo que primero captó su atención. En medio de la multitud que
charlaba, bailaba y reía a su alrededor, su completa y concentrada quietud
destacaba. Eso y el vívido vestido azul. El elaborado corsé moldeaba sus
preciosas curvas de una manera que de repente le secó la boca. Su cabello
negro estaba recogido en lo alto de su cabeza, con unos cuantos rizos
juguetones cayendo suavemente sobre la curva superior de su blanquecino
pecho.
Jude no podía apartar la mirada. Después de ese momento inicial de
choque visceral, una tensa respiración de expectativa tomó lugar y,
lentamente, de manera deliberada, se expandió hasta convertirse en una
comprensión plena: esa noche estaba destinada a revelar algo inusual. La
forma en que ella le devolvía la mirada, incluso con la brillante máscara
cubriendo la mayor parte de su rostro, resultaba ferozmente cautivadora.
Podía sentir su mirada en el calor de su piel y en el súbito zumbido de su
sangre. ¿La conocía? La mujer sonrió, y Jude sintió una respuesta profunda
en sus entrañas. Seguramente no. Jamás habría olvidado a una mujer con un
impacto sensual tan abrumador. Había conocido a muchas mujeres
hermosas, mas nunca antes había encontrado a una que encendiera de
manera tan fácil una reacción física tan instantánea y elemental en su
interior.
—Ah, aquí estamos.
Jude no quería apartar la vista de la mujer de azul, pero la exclamación
del hombre a su lado rápidamente reclamó su atención. Dirigió una mirada
a su amigo.
Michael Gerard, marqués de Rutherford, no había cambiado mucho
con los años. Atractivo, ingenioso y encantador solo cuando lo deseaba,
había heredado su título y fortuna siendo apenas un niño, y desde muy
joven le habían enseñado a esperar los privilegios y la posición que le
otorgaban su riqueza y su título. Rutherford había localizado a Jude en su
hotel esa misma mañana con una familiar combinación de humor seco y
una arrogante expectativa. Lo había convencido de acompañarle al baile de
disfraces, aunque solo fuese para agitar un poco la aburrida rutina de la
ciudad. El marqués pensaba que sería sumamente divertido reunir a los
viejos amigos para una especie de reencuentro.
—Whitely y Grimm, los viejos demonios. Seguro que recibieron mis
notas. —El gesto de Rutherford fue perezoso hacia dos hombres que
acababan de entrar en el salón de baile. Por su parte, Jude siguió su mirada.
Lord Grimm era un tipo del montón en todos los sentidos. De estatura
media, con cabello castaño claro y ojos marrones. Y ahora, a sus casi treinta
años, había engordado un poco alrededor de la cintura y parecía una versión
más joven de su padre. Jude esperaba que el parecido fuera solo físico, ya
que recordaba al viejo como un puritano terrible que había lamentado el día
en que su hijo se juntó con la pandilla de Rutherford. Por otro lado, lord
Whitely era todo lo contrario a Grimm. Las mujeres suspiraban por sus
rasgos angulosos, su cabello negro y sus brillantes ojos verdes. Solía
aprovechar al máximo su atractivo y había sido un calavera impenitente,
arrebatando la inocencia a innumerables jóvenes antes de apartarlas en
busca de su próxima conquista.
Ocho años atrás, eran un grupo despreocupado de jóvenes recién
salidos de la universidad, convencidos de su propio ingenio, virilidad e
invencibilidad. La vida consistía en noches largas de juerga por la ciudad,
parando en sus tabernas favoritas, antros de juego y salas de baile. Estaba
llena de fiestas de la alta sociedad, rebosantes de debutantes no tan
inocentes, ansiosas por escabullirse de sus chaperones y cambiar unas
caricias y cosquillas por unas pocas palabras de amor susurradas. Y
Rutherford había sido su líder. Probablemente porque siempre sabía dónde
estaban las mejores fiestas, siempre tenía una buena reserva de vino francés,
y siempre tenía alguna travesura salvaje preparada en caso de que el
entretenimiento habitual se volviera aburrido. Jude era profundamente
consciente de lo lejos que quedaban esos días. Qué curioso que la decisión
más trivial -como aceptar un vaso de leche caliente antes de acostarse-
pudiera cambiar el rumbo de una vida de manera tan drástica. Su sonrisa
fue genuina mientras sus viejos amigos se acercaban.
—¿Qué demonios os ha traído de vuelta? —preguntó Grimm
jovialmente.
—Recordáis que Sinclair es ahora el conde, ¿no? ¿Pensabais que
descuidaría su deber? —Rutherford lanzó una mirada de reproche burlón al
hombre.
—Perdonadme por señalarlo, pero el conde murió hace más de un año
—replicó Grimm—. Habría esperado veros entonces, si teníais intención de
regresar.
—Me temo que estaba en un lugar donde el correo no podía llegar —
relató Jude—. De hecho, ya había decidido regresar cuando me enteré del
inesperado fallecimiento de mi padre. —No añadió que daría cualquier cosa
por recuperar la oportunidad perdida de reconciliarse con su padre. Si
hubiese estado en casa, podría haber estado con él el día de la cacería en
que murió. Tal vez habría podido evitar el accidente que acabó con su vida.
Jude tomó una respiración profunda y controlada, algo que ya tenía muy
ensayado, para disipar la tensión que subía por su columna y le apretaba los
músculos de la garganta. Tenía que creer que todo ocurría por razones que
tal vez él no conocía. Cada decisión llevaba a un nuevo resultado. Las
decisiones que tomó su padre ocho años atrás contribuyeron a la situación
que finalmente llevó a Jude a abandonar Inglaterra. Si era completamente
honesto consigo mismo, sabía que su regreso no podría haber sucedido
antes. Simplemente, no estaba preparado. La reconciliación con su padre
tendría que haber llegado de otra manera.
—Yo no estoy seguro de que habría vuelto —declaró Whitely con una
astuta sonrisa—. Por lo que solíamos oír, vivíais como un sultán errante,
con mujeres peleándose por vuestro favor allá donde fuerais.
—Una exageración, os lo aseguro —respondió Jude y rio, tal y como
se esperaba de él—. Aunque, probablemente no escuchasteis ni la mitad de
las historias.
Los otros hombres rieron, tal como Jude había previsto.
—No os lo guardéis, Sinclair —insistió Whitely con una sonrisa
lasciva—. Tenéis que contarnos sobre las orgías en Francia, o aquellas
hermanas en Rusia. Eran gemelas, ¿verdad?
—Cierto. —Grimm dio un codazo en el hombro de Whitely—. ¡Dios
santo! ¿Por qué renunciaríais a semejante emoción? ¿Y por qué demonios
no hemos oído nada de vuestras aventuras en tanto tiempo? Hubo alguna
especulación de que habíais tenido un trágico final.
—Casi lo tuve —rebatió Jude, con la comisura de los labios
curvándose en una mueca, lejos de una sonrisa.
Los últimos ocho años de su vida podían fácilmente dividirse en dos
etapas muy distintas. Los primeros años fueron impulsados por un fuego
rebelde que lo llevó a una existencia de hedonismo sin sentido. Mujeres sin
nombre, peligrosas escapadas en los muelles y callejones, y un descenso
constante hacia la adicción al opio, que le adormecía los sentidos. Sus
amigos no estaban interesados en escuchar sobre aquellos momentos en los
que emergía de una niebla inducida por el alcohol y el opio, sin saber dónde
había estado o qué perfume y sudor femenino impregnaban su piel. O el día
en que se encontró a bordo de un barco rumbo a la India, confundido con
otra persona, sufriendo el dolor de su cuerpo al liberarse de la feroz
dependencia del dulce humo embriagador.
—Os aseguro que las historias que escuchasteis fueron probablemente
muy selectivas —dijo con un tono insinuante, permitiendo que sus
compañeros asumieran lo que quisieran. La verdad sobre los últimos años
solo tenía valor para él y no era ni de lejos tan excitante como lo que ellos
podían imaginar con sus mentes depravadas.
—Yo tengo suerte si consigo escaparme a mi club una vez a la semana,
y ni hablar de recorrer el mundo conquistando corazones y separando
muslos de incontables bellezas extranjeras. —Whitely negó con la cabeza,
asombrado.
—Eso es porque tenéis una cadena atada a vuestra pata trasera, amigo
—intervino Rutherford con la actitud superior de un zorro que aún no había
sido cazado y no tenía intención de acercarse a la trampa que tan
eficazmente había atrapado a su amigo.
—Exacto, y el otro extremo de la cadena está enrollado en la delicada
muñeca de vuestra mujercita. —Grimm soltó una carcajada.
—Cierto —reconoció Whitely sin problemas, claramente
acostumbrado a las bromas—. Pero os diré algo, amigos: prefiero meterme
en la cama con mi encantadora esposa que acabar tirado en un montón de
heno tras pasar toda la noche bebiendo con vosotros, bribones. Además,
todos sabemos por qué Grimm se aleja de casa tan a menudo.
Rutherford se echó a reír, mientras que el rostro de Grimm se tornaba
hosco. Grimm nunca había sido tan bueno como Whitely para aceptar las
críticas amistosas. Mientras los otros hombres comenzaban otra ronda de
insultos personales, Jude notó que su atención volvía a desviarse hacia el
otro lado de la sala. El azul de su vestido era un faro vívido en el caos
multicolor, y su mirada la encontró fácilmente. Ella ya no estaba sola.
Un joven caballero se encontraba parcialmente delante de la joven,
como si intentara apartarla del resto de la sala, ya sea como un sutil gesto de
protección o como una muestra de posesión. Jude adivinó que era lo
segundo. Sus cabezas estaban inclinadas la una hacia la otra, como si
estuvieran discutiendo algo muy personal e íntimo, y la esbelta mano de ella
descansaba sobre el rostro del hombre en un gesto claramente destinado a
calmarle. Aquellos dos se sentían muy cómodos el uno con el otro. Justo
cuando una punzada de decepción surgió en su interior, la mujer
enmascarada lanzó una mirada coqueta por encima del hombro y cruzó su
mirada con la suya, aunque solo por un segundo. Jude vio la pequeña y
seductora sonrisa que asomaba bajo las plumas verdes de su máscara.
Luego, ella se dio la vuelta y se alejó de su acompañante, desapareciendo
entre la multitud.
La sangre de Jude corrió ardiente y salvaje por su cuerpo, aunque
mantuvo su reacción cuidadosamente contenida. Aún no estaba seguro de
cómo quería proceder. Lejos quedaban los días en que perseguía a cada
mujer que le lanzaba una sonrisa coqueta. No es que fuera célibe, ni mucho
menos. Simplemente, mucho más selectivo.
—Sinclair, ¿os apuntáis?
—¿Apuntarme a qué? No tengo intención de acabar durmiendo en el
establo de una taberna, os lo aseguro —señaló Jude en un tono seco
volviéndose hacia sus compañeros.
—Empecemos con las cartas, ¿os parece? Y luego veremos dónde
acabamos. Rutherford se rio y le dio una palmada en la espalda antes de
empezar a guiar a su grupo fuera del salón de baile.
Jude caminaba junto a sus viejos amigos, aunque mantenía la mirada
alerta mientras echaba un último vistazo al salón, buscando
involuntariamente aquel llamativo vestido azul que envolvía una figura
femenina espectacular.
Justo cuando llegaron al amplio rellano en lo alto de la escalera, los
finos vellos en la parte trasera de su cuello se erizaron, alertándole. Miró
por encima del hombro justo a tiempo para ver a la dama de azul
atravesando una puerta enorme en el lado izquierdo del rellano. La mirada
fugaz que le lanzó en el instante antes de desaparecer en las sombras
consolidó su elección. Entonces, Jude cambió de rumbo. Sus amigos
podrían molestarse por su abandono, dejándolos con un hombre menos en
la mesa de cartas, pero tendrían que superarlo.
Capítulo 3
Al llegar al umbral, que había quedado ligeramente entreabierto, Jude
cruzó el marco y entró en un pasillo oscuro. Su pulso se aceleró y sintió una
leve punzada de incertidumbre. Decidió ignorarla. Tras solo unos pocos
pasos, alcanzó otra puerta de gran tamaño que daba paso a una sala larga y
estrecha, iluminada tenuemente por el resplandor inquietante de antorchas
medievales situadas a unos quince metros de distancia a lo largo de la
galería. Jude se detuvo para permitir que sus ojos se acostumbraran a la
penumbra.
Las paredes estaban cubiertas por tapices antiguos de varios tamaños.
El más grande se extendía desde la cornisa del techo, de unos seis metros de
altura, hasta el suelo de mármol, y ocupaba todo el espacio entre dos
antorchas. En las zonas donde no colgaban tapices, se disponían grupos de
armas antiguas como si fueran obras de arte macabras. Armaduras de
diferentes culturas y épocas se alzaban estoicas y silenciosas en las
sombras, como si aguardaran pacientemente a que sus servicios fueran
requeridos.
Jude avanzó un poco más en la sala, sintiéndose como si hubiera
entrado en un mundo secreto y peligroso, muy alejado de lo que existía más
allá del corto tramo de pasillo que había dejado atrás. Todo lo brillante,
resplandeciente y lleno de alegría del exterior se volvía pesado y silencioso
con los metales oscuros y los profundos colores tejidos. Siguió caminando a
lo largo de la galería hasta que finalmente la vio, quieta y hermosa, con la
mirada alzada y las manos casualmente entrelazadas detrás de su esbelta
espalda.
Un aroma embriagador flotaba en el aire. Era rico y oscuro, y evocaba
en él un recuerdo esquivo de su pasado. La memoria no terminaba de
formarse, y la soltó para concentrarse de nuevo en el momento presente.
Sabía que ella debía estar consciente de su presencia. Sus zapatos no habían
sido silenciosos sobre el suelo de mármol, y, aun así, ella no se giró hacia
él. Tampoco cuando se colocó a su lado. Estaba lo suficientemente cerca
como para escuchar el sutil ritmo de su respiración, pero no tan cerca como
para amenazar el delicado velo de la propriedad. Estaba bien versado en los
límites delicados y cambiantes de una seducción bien ejecutada, y mientras
permanecía allí, comprendió que había sido atraído hacia el lado de esta
mujer. Estudió su postura inmóvil y confiada, esperando a que ella
reconociera su presencia. Entre tanto, la emoción y el deseo recorrían su
cuerpo.
—Fascinante, ¿verdad? —Su voz era baja y ronca, deslizándose en la
atmósfera clandestina de la oscura galería.
—Definitivamente —respondió Jude.
Notó la profunda curva de su cintura y admiró la esbelta longitud de su
columna. Su mirada siguió la línea grácil de su cuello y hombro,
deteniéndose momentáneamente en el exuberante alzado superior de sus
pechos. Tenía el cuerpo de una cortesana. Fuerte, elegante y plenamente
femenina en cada dramática curva y recoveco.
—Me refería al tapiz —devolvió la joven con una nota de diversión.
Hablaba en un tono apenas superior a un susurro, no porque temiera que
alguien pudiera escucharles, sospechaba Jude, sino por respeto al tono
solemne de la sala. No pudo evitar pensar que la suavidad íntima de su voz
encajaría a la perfección con palabras de amor susurradas en la oscuridad
aterciopelada de un boudoir privado.
Al darse cuenta de que ella esperaba algún comentario de su parte,
Jude siguió su mirada hasta la escena representada en el tapiz que tenían
ante ellos. La obra tejida representaba una feroz y sangrienta batalla.
Caballeros montados caían a sus muertes bajo las espadas y lanzas de lo que
parecían ser un ejército de ángeles. Los vencedores obvios de la batalla eran
aquellos vestidos con túnicas blancas, con rayos de sol irradiando detrás de
sus cabezas. Los ángeles realizaban su tarea con rostros fríos y carentes de
emoción, en marcado contraste con las expresiones de dolor y agonía de los
caballeros caídos.
—¿Cuál fue su crimen? —Jude dio un paso involuntario hacia
adelante, atraído por la extraña imaginería.
—Usaron su poder para subyugar a aquellos a los que estaban
destinados a proteger. Se volvieron egoístas y codiciosos, y empezaron a
creer que merecían cosas que nunca habían ganado.
—Un castigo bastante severo. —Jude se volvió para mirarla.
La joven inclinó la cabeza, y pudo ver el leve levantamiento en las
comisuras de su boca.
—Dudo que sus víctimas pensaran lo mismo —opinó, girando
lentamente en su lugar hasta quedar frente a él, inclinando la cabeza hacia
atrás para encontrar sus ojos—. Sois extranjero, ¿verdad? O habéis estado
fuera de Inglaterra mucho tiempo. —Su cambio de tema lo descolocó por
un momento, pero no tanto como su naturaleza directa y confiada. De cerca,
la intensidad de su oscura mirada enmascarada volvió a impactarle. Su
pulso comenzó a latir con un ritmo acelerado cuando se dio cuenta de que el
misterioso aroma que le había cautivado al entrar en la sala provenía de la
mujer misma.
—¿Por qué lo decís? —rebatió a su pregunta con otra.
—Tenéis un ligero acento, muy sutil, pero se nota en la forma en que
alargáis el final de las palabras. Además, no os comportáis como un inglés.
—¿En qué sentido? —Jude arqueó una ceja.
—Fuisteis demasiado atrevido en el salón de baile. Me mirasteis como
lo hicisteis. —Aunque su tono era de reproche, sus hermosos labios
carnosos se curvaron hacia arriba, como si no pudiera resistir la sonrisa que
amenazaba con aparecer.
—Vos mirasteis primero. —Ahora Jude sonrió.
—Así es —admitió con franqueza, inclinando ligeramente la cabeza
—, pero un caballero no lo habría dicho.
—¿Y si no soy un caballero?
—Oh, debéis serlo, o no os habrían dejado entrar esta noche. La lista
de invitados en estos eventos siempre es impecable. —Se inclinó hacia él
solo un poco y susurró de forma conspiradora—. La anfitriona no toleraría
entretener a gentuza. —Luego de que la joven se enderezase, Jude vio que
su sonrisa se había torcido en una suave mueca—. Es un milagro que yo
haya logrado pasar a los guardias —añadió con picardía.
La implicación era clara. Anna no pertenecía allí. En ese hecho, eran
más parecidos de lo que ella podía haber imaginado.
—¿Os molesta mi comportamiento atrevido? —Jude dio un paso más
hacia ella mientras hablaba.
—En realidad, debería haber esperado semejante audacia en el
momento en que os vi —confesó en voz baja. Su tono se había vuelto
entrecortado. El suave sonido acarició los sentidos agudizados de Jude—.
Solo dos tipos de hombres llegarían a un baile de máscaras sin máscara. —
Cuando Jude arqueó las cejas en señal de pregunta, ella inclinó la cabeza,
como si lo estuviera evaluando detenidamente—. O sois del tipo vanidoso
que se resiste a ocultar su apuesto rostro tras las propiedades igualadoras de
un antifaz, o elegís enfrentaros al mundo con vuestras intenciones claras
para que todos las vean.
—¿Y cuál creéis que soy? —Jude no intentó ocultar su diversión ante
su ingeniosa deducción.
—Dado que ya tengo bastante claro lo que quieres de mí, sería
estúpido suponer que eres otra cosa que lo segundo. Ella rio entonces,
suavemente, y el sonido hizo que se le erizasen los finos pelos de la nuca.
Todo en esa mujer provocaba una reacción visceral en él.
—En los lugares donde he estado, un hombre no puede permitirse ser
tímido —dijo Jude a modo de explicación—. Debe tomar su decisión y
actuar con determinación, o lo que desea puede convertirse en la posesión
de alguien más fuerte, más rápido o más decidido.
—¿Es por eso que me seguisteis? —La mujer alzó el mentón,
alargando la línea de su garganta desnuda. Su voz bajó de tono.
Jude la miró. La invitación era clara en el brillo de sus ojos oscuros y
en la curva entreabierta de sus labios. Pero su instinto le decía que debía
andar con cuidado con ella. Levantó la mano y rozó con los nudillos la
longitud de su cuello, desde la comisura de su mandíbula hasta la suave
línea de su clavícula. Ella se tensó ligeramente ante el delicado contacto, y
una de las comisuras de la boca de Jude se levantó en una media sonrisa.
No era tan dueña de sí misma como quería hacerle creer.
—El hombre con el que hablabais en el salón de baile —comentó Jude
en un tono suave mientras sus dedos seguían el contorno de su clavícula—,
¿le conocéis bien?
—Así es —respondió con un suspiro.
Los dedos de Jude recorrieron suavemente su hombro, rozando la piel
sensible de su nuca. Un escalofrío recorrió la superficie de su delicada piel.
El joven tomó nota mental de ese punto para prestarle atención en el futuro,
mientras sus dedos se deslizaban por su espalda, siguiendo el borde superior
de su vestido. Al mismo tiempo, dio un paso deliberado hacia su lado.
—¿Tenéis marido o protector que se opondría a que estuviésemos aquí,
solos? —Su aliento acarició los finos rizos en la nuca de Anna mientras se
movía para situarse detrás. Inhaló lentamente, y el encantador, misterioso e
intoxicante aroma de ella intensificó su excitación como si de una droga
lasciva se tratase.
Anna contuvo un jadeo cuando sus dedos siguieron trazando el borde
superior de su vestido. Él se encontraba lo suficientemente cerca como para
que ella sintiera el calor de su cuerpo, pero solo la tocaba con el ligero roce
de las yemas de sus dedos. No llevaba guantes, algo que un caballero nunca
haría. Lo había notado desde el primer contacto de sus dedos: no eran
suaves y lisos, como deberían haber sido. Su tacto era ligeramente áspero.
Descubrió que le gustaba la sensación de las manos ásperas de un hombre
sobre su piel. A continuación, Jude se colocó detrás de ella mientras
extendía el brazo para rozar sus dedos sobre la curva de sus pechos, justo
donde sobresalían del corpiño. La piel de Anna hormigueaba con una
sensibilidad magistralmente despertada tras la caricia. La acechaba con sus
movimientos, mientras su toque suave al mismo tiempo la calmaba. Su
respiración se quedó atrapada en su garganta, y se obligó a mantenerse bajo
control. El juego aún no había terminado. Recordando que él le había hecho
una pregunta, buscó en los rincones nebulosos de su mente la respuesta
adecuada.
—¿Importaría si tuviera marido? —Su respuesta se escuchó
entrecortada.
—No —murmuró él justo antes de presionar su cálida boca en la curva
donde el cuello de Anna se encontraba con su hombro.
Anna tuvo que cerrar los puños para no saltar de su piel ante las
sensaciones que se desataron repentinamente en su interior. Sus nervios
vibraban como las cuerdas de un violín. Sus músculos se volvieron pesados
y débiles, como si estuvieran llenos de arena. Jude presionó otro beso
ardiente en el lateral de su garganta y su palma cubrió la curva superior de
su pecho, presionando sobre el lugar donde su corazón latía con fuerza. Al
mismo tiempo, su otra mano se deslizó por su cintura para atraerla contra su
pecho. Destellos de llamas chispeantes estallaron por todo su cuerpo
mientras intentaba acostumbrarse a la sensación de su boca sobre su piel
desnuda y su brazo rodeándola por la cintura, sosteniéndola tan
íntimamente contra él. Su fuerza era inesperada, al igual que su seducción
pausada y experta. Nunca habría anticipado la manera en que su cuerpo
reaccionaría al calor de su mano cubriendo su pecho. Intentaba recordarse a
sí misma el propósito de aquel elaborado baile de máscaras, pero cuando él
trazó un camino de besos por la piel sensible de su nuca, apenas pudo evitar
que sus rodillas flaquearan. Había demasiada sensación, demasiado calor,
demasiada reacción revoloteando en su vientre. Agradeció el corsé rígido
que la ceñía, pues de otro modo, él habría notado el temblor incontrolable
de su cuerpo bajo la firmeza de su brazo.
—Relajaos —susurró detrás de ella—. Vuestro corazón late como un
pájaro atrapado bajo mi mano. ¿Os asusto?
—No me asusto con facilidad —contestó Anna, aunque dudaba que
sus palabras fueran muy convincentes.
—¿Entonces os excito? —insistió en un tono bajo.
—Una dama no respondería a semejante pregunta —replicó. La
firmeza de sus palabras se desvaneció con un largo y audible suspiro
cuando él bajó la boca para besar el punto justo debajo de su oreja, donde
su pulso latía con más fuerza.
—Está bien —farfulló Jude, deslizando su mano desde su pecho hasta
recorrer la longitud de su cuello, presionando suavemente bajo su
mandíbula. Con ese gesto delicado, inclinó su cabeza hacia atrás y de lado.
Los ojos de Anna se cerraron justo cuando el cálido aliento de él rozó sus
labios—. Ya lo habéis hecho. —Poco después, su boca descendió para
reclamar la de ella en un beso ardiente.
Curiosamente, el primer pensamiento de Anna fue para Leif, y aquella
vez en que él le robó un beso. Estaba borracho y juguetón; la había sentado
en su regazo y la besó antes de que ella pudiera siquiera preverlo. Aunque él
se disculpó después, Anna no lo había lamentado. Había sido un beso
rápido y fugaz, y Anna recordaba haberse sentido agradecida de que Leif no
estuviera en pleno uso de sus habilidades en aquel momento. Aun así, la
experiencia había sido más que agradable y la había dejado algo temblorosa
después. No obstante, incluso aquella experiencia con uno de los amantes
más experimentados y célebres de Inglaterra no era nada en comparación
con lo que sintió en el instante en que los labios de Jude tocaron los suyos.
La pasión brillante y arrolladora la tomó por sorpresa.
Tras apenas un segundo, Jude la giró en sus brazos y la atrajo hacia él
en un abrazo completo. Gruñó suavemente cuando ella le rodeó el cuello
con los brazos y se entregó al beso. No tenía opción. Todo atisbo de sentido
común había huido de su conciencia. Quería estar más cerca. Quería sentir
más de su calor, más de ese delicioso deseo que emanaba de su beso. Su
ferviente deseo se vio concedido cuando la mano de Jude se deslizó por su
elaborado peinado hasta abarcar la nuca. La posicionó para que el beso
pudiera profundizar aún más. Anna tomó una respiración aguda,
expandiendo sus pulmones y aplastando sus pechos contra el firme pecho
del joven. Su lengua forzó la entrada, y ella jadeó ante esa sensación de
posesión descarada. Sus lenguas se enredaron en una danza frenética, y
Anna sintió que nunca tendría suficiente. El sabor de su boca era una
intoxicante combinación de fuego y necesidad, y el cálido abrazo de sus
brazos la mantenía sujeta a él como un vicio del que no deseaba escapar. Se
estaba ahogando, hundiéndose profundamente en el abrumador deseo que
pulsaba a través de ella.
«¡Esperad! Todo esto está mal», gritó una voz en su cabeza. Una
alarma helada recorrió su cuerpo. Nunca había tenido la intención de que el
engaño llegase tan lejos. Había subestimado la situación de forma drástica.
Desenredando sus brazos del cuello de Jude, presionó las palmas contra sus
hombros y se apartó de su beso.
—Basta —murmuró con un jadeo entrecortado.
—De ninguna manera —replicó Jude, mientras su boca descendía por
la curva alargada de su garganta.
Un escalofrío recorrió su piel y cerró los ojos de nuevo, luchando
contra la ardiente tentación de dejarse llevar por el torbellino de pasión.
Logró aferrarse a un pequeño detalle en su mente que reforzaba su
necesidad de escapar. Él aún no tenía idea de quién era ella.
—He dicho basta —repitió con más firmeza, empujándose fuera de su
agarre. Dio dos pasos torpes hacia atrás, aunque no pareció ser necesario, ya
que él no intentó alcanzarla. Sus brazos cayeron a sus costados y la miró
con lujuria y tensión. Anna luchaba por recuperar la compostura. Encontró
su mirada, y los ojos de él ardían con las llamas de la pasión no satisfecha.
El deseo la atravesó hasta lo más profundo. Se sorprendió al sentir lágrimas
asomando tras sus ojos cuando la realidad la golpeó.
No había esperado que esto fuera tan doloroso. Creía haber superado
los sentimientos de traición y desilusión que la consumieron cuando era
joven y recién casada. Su atrevida pequeña escapada de esa noche había
tenido más éxito de lo que esperaba. Si albergaba alguna duda, ahora tenía
una prueba irrefutable de que su marido era tan descaradamente adúltero
como siempre se había dicho. También había aprendido que no era tan
fuerte como creía.
—No pensé que todavía pudiera ser tan tonta e ingenua —susurró con
una risa temblorosa mientras levantaba las manos para desatar las cintas de
su máscara.
—¿Qué demonios estáis…? —empezó Jude, pero cuando ella bajó la
máscara de su rostro, su pregunta se desvaneció y su expresión se oscureció
aún más.
Anna se preguntaba qué estaría pensando mientras la miraba. Sobre
todo, parecía molesto, frustrado y aun apasionadamente excitado. Mantuvo
su mirada, con la barbilla bien alta, con ojos directos y desafiantes.
Parpadeó para apartar las lágrimas que amenazaban con aparecer y recordó
todas las razones que tenía para odiarle.
—¿Qué pasa, Jude? —Su voz era firme y segura—. ¿Nada que decir?
—¿Me conocéis?
—Eso depende de vuestra definición de conocer, mi señor —contestó
Anna con una amarga mueca en los labios.
—No soy un hombre que disfrute de bromas oscuras ni de engaños
deliberados. Revela tu identidad y tu propósito. —Jude entrecerró los ojos y
su tono adoptó un matiz casi amenazante.
—¿De verdad no lo habéis descubierto aún? —preguntó Anna, muy
sorprendida de que él no hubiera atado los cabos—. Dijisteis antes que no
importaría si estuviera casada. —Hizo una pausa, pero él permaneció en
silencio, esperando a que continuara—. ¿Y qué hay de vuestra esposa, mi
señor? ¿Acaso ella importa?
—No tengo esposa. —La expresión de Jude se ensombreció.
—Permitidme disentir, mi señor esposo. —Anna rio entonces,
emitiendo un sonido áspero y crudo.
Jude quedó atónito mientras sus palabras atravesaban la niebla de
lujuria que aún dominaba sus sentidos, hasta llegar a los receptores más
finos de su conciencia. Ella le había llamado esposo.
«Imposible».
El joven dio un paso atrás involuntario. Su mente, aún nublada por el
deseo, luchaba por correlacionar a la sensual y voluptuosa mujer ante él con
la joven que había estado a su lado todos esos años atrás, cuando había
pronunciado aquellos votos matrimoniales que ahora le parecían blasfemos.
Aquella muchacha había sido una mujer-niña torpe y delgada, con unos ojos
oscuros demasiado furtivos e insondables para alguien de su edad.
Simplemente no era posible que una criatura tan desgarbada pudiera haber
crecido para poseer el calor lujurioso de la mujer cuyo fuego amoroso casi
le había consumido instantes antes. Seguidamente, cuando finalmente logró
ordenar sus pensamientos en medio del torrente de incómodos recuerdos
que le inundaban, se dio cuenta de que la mujer que afirmaba ser su esposa
se había escabullido de la habitación. Solo dejó tras de sí la máscara de
plumas en el suelo a sus pies y la tenue esencia de su oscuro y tentador
perfume. Jude permaneció congelado en su lugar durante varios minutos
más, atónito, furioso, confuso y todavía tremendamente excitado.
—¡Mierda! —masculló con rabia.
Capítulo 4
Helena Sinclair, la condesa viuda de Blackbourne, estaba
acostumbrada a salirse con la suya, ya fuera mediante el encantador poder
de la persuasión femenina o a través de una manipulación sutil, y a veces no
tan sutil. Había sido la hija de un baronet pobre cuando conoció al padre de
Jude, el conde de Blackbourne. La joven y ambiciosa Helena decidió en
cinco minutos que sería su condesa, y ni siquiera la fuerte desaprobación de
la familia del conde impidió que el matrimonio se llevara a cabo. Jude sabía
que los humildes y difíciles orígenes de su madre tenían mucho que ver con
sus actuales actitudes sociales. Era una completa y terrible pretenciosa. Por
esa razón, también se había opuesto vehementemente, e incluso con
violencia en ocasiones, al matrimonio de Jude con la joven Anna Locke,
una segunda hija sin título, sin fortuna y, según ella, sin siquiera belleza que
la respaldase. Pero el padre de Jude había insistido en la boda, y no había
manera de hacerle cambiar de opinión cuando el honor y el deber estaban
en juego.
Jude cruzó el antiguo puente de piedra que señalaba su entrada en la
extensa propiedad de Blackbourne, en Essex. El paisaje a su alrededor había
cambiado: los árboles habían crecido más altos, se habían creado nuevas
tierras de cultivo y en la distancia podían verse casas recién construidas. En
cambio, todo le resultaba aún familiar de una manera que reforzaba su
decisión de regresar. Ese era su hogar, sin importar cuánto tiempo hubiera
estado ausente. Solo deseaba poder disfrutar más del momento, pero sus
pensamientos estaban oscurecidos por la constante sombra de asuntos no
resueltos.
En cuanto puso un pie en Inglaterra, había iniciado el proceso para
disolver su matrimonio, lo que implicaba localizar a la engañosa mujer con
la que se había visto obligado a casarse. La tarea había resultado
frustrantemente difícil. Sus numerosas indagaciones discretas en busca de
información sobre la condesa de Blackbourne habían recibido respuestas
dudosas. Algunas personas parecían suponer que se refería a su madre y le
daban la dirección de la antigua casa de su padre en la ciudad, pero como
había ido allí primero, sabía con certeza que el lugar estaba vacío. Otras de
sus consultas se encontraron con miradas vacías, como si no comprendieran
del todo la pregunta. Antes le había desconcertado, y ahora le enfurecía.
Porque eso le había permitido a ella acercarse sin que él se diera cuenta.
Había tomado la delantera, y que una mujer como ella tuviera cualquier tipo
de ventaja resultaba peligroso y desconcertante. En los últimos años, Jude
había comenzado a pensar que sus malvadas acciones habían sido fruto del
egoísmo infantil. Pero su encuentro en el baile le obligó a reconocer que
había sido un ingenuo al esperar algo que no fuera engaño y artimañas.
La intensidad de la furia que había crecido dentro de él en el momento
en que ella anunció su identidad le sorprendió. Creía haber superado hacía
tiempo esas emociones tan intensas por algo que había ocurrido tanto
tiempo atrás. Sin embargo, su ardiente enfado no se disipó al día siguiente.
Ahora, más que nada, deseaba poner fin de una vez por todas al
desagradable asunto de su indeseado matrimonio, aunque había cierta
sabiduría en darse un tiempo para enfriar el justo enojo que su pérfida
esposa había despertado. Tendría que lidiar con ella, pero no tenía prisa por
volver a verla. No hasta estar seguro de tener el control sobre su ira. Por
otro lado, su madre, se había convertido en un asunto más urgente. Seguro
que ya habría sabido que, aparte del baile de máscaras de lady Marquart, no
había asistido a ninguno de los eventos de su lista. Le había enviado varias
cartas furiosas, exigiendo saber si tenía la intención de seguir avergonzando
a la familia con su comportamiento irrespetuoso y escandaloso. Su rabieta
empeoraría si no la enfrentaba de inmediato.
Por lo tanto, dos días después del baile de máscaras, Jude llegó a
Silverly. Entró en la gran casa jacobea por el jardín que separaba la casa de
las caballerizas. Los recuerdos abundaban mientras caminaba por el hogar
donde había crecido. No podía escapar de cómo sería su vida si le hubieran
permitido casarse con la muchacha de su elección, y tuvo que recordarse a
sí mismo que recrearse en lo que se dijo o se hizo no le llevaría a donde
quería estar.
—¡Judy!
Jude se estremeció involuntariamente ante el apodo que su madre le
había dado cuando aún era un bebé. Ella estaba de pie en el umbral del
salón de la mañana, con las manos en sus estrechas caderas, clavándole una
mirada de suprema insatisfacción.
—¿Qué hacéis aquí? Deberíais estar en Londres.
—Hola, madre —respondió Jude con una sonrisa tranquila y
despreocupada. Aunque sentía como si hubiera pasado una eternidad desde
la última vez que había sido objeto de una de las críticas de su madre, sabía
que discutir solo avivaría su fuego. Caminó hacia ella y le dio un breve beso
en su delgada mejilla—. Estáis en plena forma. —Y lo estaba. Le
sorprendió un poco ver que apenas parecía haber envejecido. Quizá algunas
arrugas más alrededor de los ojos y los labios un poco más finos, pero por
lo demás, se veía muy similar a cuando él se fue.
La condesa viuda de Blackbourne entrecerró su aguda mirada y le hizo
un rápido repaso con los ojos. Luego sonrió y levantó una mano para
acomodar su peinado.
—Oh, gracias, Judy. Intento mantener mi apariencia. —Se giró en el
umbral y caminó hacia la pequeña sala de estar, moviendo los dedos sobre
su hombro en un gesto que indicaba que quería que la siguiera—. Es
terriblemente importante, ¿sabéis?, reflejar adecuadamente el estatus de
vuestra posición. —Hizo un gesto con la mano hacia el delicado sofá y
luego se sentó en un gran sillón acolchado—. Vos, por otro lado —dijo en
un tono afilado—, parecéis decidido a deshonrar vuestro papel como cabeza
de esta familia.
Jude se recostó contra el respaldo del sofá y cruzó un tobillo sobre la
rodilla opuesta, lo que hizo que los ojos de su madre se abrieran de par en
par ante su postura casual. El joven sacudió la cabeza y suspiró. Esto no iba
a ser fácil para ella. Esperó mientras ella servía té para ambos, dejando el
suyo sin crema y añadiendo solo un poco de azúcar, tal como a él le
gustaba. Tomó la delicada taza y el platillo cuando ella se los entregó. Tras
dar un sorbo, volvió a colocar la taza en el platillo y descansó ambos en la
superficie de su muslo.
—Madre —comenzó Jude con un tono que esperaba sirviera para
calmar su temperamento, aunque sus palabras no lo hicieran—. Aunque
aprecio vuestra perspectiva sobre el papel de un par en la sociedad, me
temo que voy a decepcionaros en ese aspecto. No he vuelto a Inglaterra
para pasar todo mi tiempo complaciendo a los pavos reales engreídos que
desfilan por los salones de baile de Londres.
La boca de la condesa viuda se quedó literalmente abierta, y Jude
aprovechó la oportunidad para terminar lo que necesitaba decir. Era raro ver
a su madre quedarse sin palabras.
—Tengo toda la intención de tomar mis responsabilidades en serio y
socializaré como considere apropiado, pero hay elementos mucho más
importantes en la gestión de una propiedad de este tamaño que asistir a
fiestas. Y pienso hacerlo bien. Espero que podáis entender y aceptar mi
posición, pero si no es así —añadió rápidamente al ver que ella parecía a
punto de interrumpir—, entonces debéis saber que, por mucho que gritéis u
os enfurezcáis, no seré manipulado ni intimidado para actuar de una manera
que no considere correcta.
La condesa viuda se quedó mirándole, con los ojos bien abiertos y
sorprendidos, y la boca apretada. Estaba en medio de tomar un sorbo
cuando él había comenzado su explicación, y aún sostenía la taza de té a
medio camino de sus labios. Tras otro momento de silencio, mientras Jude
esperaba pacientemente a que ella formulara una respuesta, finalmente llevó
la taza a sus labios, tomó un sorbo lento y deliberado, y luego la devolvió
cuidadosamente a la pequeña mesa frente a ella.
—No puedo entender por qué romperíais mi corazón de esa manera tan
descuidada. —Su madre respiró hondo y negó con la cabeza, con un gesto
de pesar. Hizo una pausa para presionar las yemas de los dedos sobre sus
ojos, aunque quedaron sospechosamente secos—. Todos esos años que pasé
velando por vuestra educación, vuestro comportamiento y modales, hasta
que os convertisteis en un joven del que cualquier madre se sentiría
orgullosa. Un joven a quien todos admiraban, querían y deseaban imitar.
Después de todo eso, os marchasteis sin mirar atrás y os marchasteis a
quien sabe dónde. Vuestra correspondencia fue tan escasa y esporádica que
llegué al punto de desesperación, pensando más de una docena de veces que
nunca volvería a saber de vos. Y luego… volvéis. —Se levantó lentamente
y lo miró desde arriba, con la barbilla alzada y una mirada penetrante y
llena de ira—. Pero ya no sois el hermoso y generoso muchacho que se
marchó. No, os habéis convertido en… —Se detuvo bruscamente. Como si
no pudiera terminar la frase, se dio la vuelta y caminó con rigidez hacia las
ventanas que daban a su jardín de rosas—. Os habéis convertido en igual
que vuestro padre —susurró con furia por encima del hombro.
Jude se estremeció ante el comentario. Estaba equivocada. Su padre
jamás habría eludido sus deberes como él lo había hecho. El anterior conde
siempre había actuado con honor y respeto en todas las circunstancias. Jude
no era nada como él, aunque tal vez algún día lo fuera. Tenía que creer que
era posible, o nunca habría vuelto a casa. Dejó la taza de té sobre la
pequeña mesa delante de sí y se puso de pie. Aunque iban a seguir sin estar
de acuerdo en el tema, y estaba convencido de que la mayor parte de su
reacción era una exageración extrema, no quería que su madre se disgustara
innecesariamente.
—Madre, sé que vos y padre no coincidíais en muchas cosas, pero
también sé que lograsteis hacer que las cosas funcionaran a pesar de eso.
Espero que podáis confiar en mí para hacer lo mismo.
Helena se volvió para mirar a su hijo, que se había acercado a su lado.
Aunque sus ojos estaban secos, estaba claro que no todo su teatro era
fingido.
—No puedo imaginar qué habré hecho para merecer una vida plagada
de personalidades tan excéntricas. —Sus agudos ojos azules se
entrecerraron peligrosamente mientras señalaba su pecho con un dedo—. Y
dejemos las cosas claras, jovencito: yo no grito ni despotrico. Eso describe
el comportamiento de una pescadera, cosa que, por supuesto, no soy.
—Entendido. Mis más sinceras disculpas, madre. Prometo intentar
causaros el menor malestar posible. —Jude sonrió, dándose cuenta de que
ella estaba dispuesta a ceder por el momento.
—Bueno, es más de lo que puedo decir de otros. —Helena suspiró
resignada mientras se alejaba de la ventana y volvía a su asiento. Arregló
cuidadosamente sus faldas antes de alcanzar su taza de té—. ¿Habéis ido a
verla ya?
—¿A quién os referís, madre? —Jude detectó una curiosidad en su
tono.
—Pues a la condesa, por supuesto. —La sonrisa de Helena era
sospechosamente afable.
Jude pensó en la audaz mujer que ostentaba ese título. No podía
imaginar cómo su madre, tan refinada, lograba tolerar a la mujer que ahora
reclamaba el puesto que ella había ocupado con suprema elegancia y gracia.
—No, no he ido —respondió con sequedad. No estaba dispuesto a
explicarle cómo ya se había reencontrado con la dama en cuestión.
—Bueno, espero que cuando por fin lo hagáis, le deis a esa muchacha
algo de lo que preocuparse. Necesita que la pongan en su lugar. Dios sabe
que vuestro padre nunca lo haría, y yo ciertamente lo intenté. Pero es más
terca que cualquiera que conozca. Ya va siendo hora de que ponga fin a sus
vergonzosos pasatiempos y se asiente en su papel de una vez por todas. No
es la condesa que habría elegido para vos, pero quizás podáis poner fin a su
comportamiento inaceptable de una vez por todas. Alguien tiene que
avergonzar debidamente a esa muchacha.
—¿Qué hace exactamente que os molesta tanto, madre? —Jude esperó
hasta que su madre terminó de exponer su opinión sobre el carácter de su
nuera.
—¡¿Qué hace?! —exclamó su madre con los ojos muy abiertos—.
¡¿Qué no hace?!
—Vais a tener que ser un poco más específica si queréis que haga algo
al respecto. —El humor de Jude se ensombreció. Dio un paso al frente y se
sentó en el sofá junto a ella.
—Ni siquiera sé si puedo contarlo. —Helena negó con la cabeza,
dejándose llevar por el drama de la conversación.
—¿Madre? —la instó Jude que pensó en la seductora engañosa con la
que se había enfrentado la otra noche. La reticencia de su madre le hizo
empezar a imaginar lo peor.
—Está en el negocio. ¡Es una comerciante!
La mente de Jude se aceleró mientras intentaba imaginar en qué
negocio podría estar su esposa. ¿Qué podría tener ella que otros estuvieran
dispuestos a pagar? No pudo evitar visualizarla tal y como la había visto por
última vez: envuelta en seda y satén, con el cabello en un desorden artístico,
sus labios hinchados por sus besos y sus ojos brillando de pasión.
Seguramente no.
—¿Qué clase de negocio, madre?
—Cuando vayáis a Suffolk, lo veréis. Y pensar que vuestro padre lo
incentivó todo —Helena estaba calentándose más y más con la
conversación.
—¿Por qué tendría que ir a Suffolk? —Jude frunció el ceño. ¿Su
madre estaba siendo intencionadamente confusa? ¿Qué había incentivado
su padre?
—Bueno, porque es donde vive. Compró la vieja propiedad de
Thornwood. Allí es donde lleva a cabo su detestable empresa —contestó
Helena con sorpresa, como si la razón fuera obvia.
—¿Por qué no vive aquí?
—No ha vivido aquí en años. Ella y yo no nos llevamos precisamente
bien. —Helena lo miró con el ceño fruncido—. ¿No descubristeis nada
sobre vuestra esposa durante los días que pasasteis en Londres? —Su tono
destilaba decepción—. Ah, claro, no usa el apellido de la familia.
Seguramente no pensasteis en preguntar por la señora Locke.
Jude miró a su madre fijamente. ¿Qué demonios estaba ocurriendo en
su familia?
—No me miréis como si estuviera desvariando, querido —advirtió
ella, bebiendo un delicado sorbo de su té y sonriendo por encima del borde
de la taza con ojos inocentes. Estaba más que satisfecha por haber
conseguido devolverle el golpe y dejarlo sin palabras—. Tenéis mucho que
poneros al día. Será mejor que lo hagáis.
Capítulo 5
—Un brindis por el maldito tratante de caballos más astuto con el que
he tenido el privilegio de regatear por el precio adecuado de una potra.
—¡Aquí, aquí! —Gritos de júbilo resonaron alrededor de la mesa
abarrotada en la parte trasera de la pequeña taberna, situada cerca de las
pistas de entrenamiento de Newmarket.
—Y por un amigo que nunca me ha llevado por el mal camino y me ha
dado consejos sinceros, incluso cuando yo, con mi terquedad, insistía en
que sabía lo que hacía.
—Y todos sabemos que nunca os equivocáis, Peney —bromeó alguien
entre la multitud, provocando una oleada de risas amistosas.
—Tenemos la suerte de tener como socio, amigo y conciencia —
continuó el orador e inclinó la cabeza con una sonrisa de humilde
aceptación y luego más carcajadas recorrieron la abarrotada sala—, a un
excelente juez de caballos y una persona de carácter ejemplar en todos los
aspectos. ¡Por Anna Locke!
—¡Aquí, aquí! ¡Por Anna! —La multitud gritó y vitoreó, luego todos
inclinaron la cabeza hacia atrás y vaciaron las jarras de cerveza que habían
estado sosteniendo pacientemente mientras lord Peney terminaba su
pequeño discurso.
Anna dejó su jarra vacía sobre la mesa con una sonrisa de profunda
satisfacción y asintió. Lord Peney aceptaba cálidos apretones de manos y
palmadas de felicitación en la espalda, entre sonrisas amplias y bromas
festivas.
La potra de lord Peney había ganado su primera carrera esa mañana y
había generado una buena suma para quienes la respaldaron, ya que no era
la favorita para ganar. De hecho, lord Peney casi no había comprado al
purasangre ganador. Pero cuando acudió a Anna en busca de un corredor,
ella lo dirigió hacia la potra, aunque el joven caballo provenía de un
semental desconocido. El semental era uno de los propios de Anna, y ella
estaba convencida del potencial de la joven corredora. Afortunadamente,
Peney confió en su juicio. La victoria de hoy probablemente sería la
primera de muchas.
Después de cada carrera, aficionados a las pistas, propietarios y otros
entusiastas de los caballos que rondaban las carreras de Newmarket bajaban
al Fox & Grouse para disfrutar de una comida de celebración. Era la
primera vez que lord Peney estaba en el círculo de ganadores y, a juzgar por
su color subido y su mirada chispeante, lo estaba disfrutando al máximo.
Por su parte, Anna volvió a sonreír mientras lo miraba desde el otro lado de
la mesa. Siempre le había recordado un poco a su suegro. Algo en su
expresión amable y abierta, supuso.
—¿Aceptaríais un puro en honor a mi victoria, señora Locke? —
preguntó lord Peney muy amablemente mientras sacaba una pequeña caja
de su bolsillo—. Me los traje por si acaso, aunque no estaba en absoluto
seguro de que tendría la oportunidad de encenderlos.
—Deberíais haberme preguntado. Yo os habría dicho que trajeseis una
caja entera. Y sería un honor fumar con vos, señor. —Anna sonrió con
picardía. A continuación, extendió la mano por encima de la mesa y aceptó
el puro. Había aprendido años atrás que cada uno tenía su manera de
celebrar una victoria, y la mayoría de los propietarios que habían comprado
sus caballos a ella querían incluirla en su pequeño ritual. También había
aprendido que no servía de nada negarse. Además, la camaradería era buena
para los negocios.
Con el puro encendido, Anna lo llevó a sus labios y aspiró con
cuidado. La primera vez que había probado uno, casi se había ahogado al
inhalar accidentalmente el humo acre. Mientras expulsaba una densa nube
gris, una jarra llena de cerveza fue colocada frente a ella. Alzó la vista para
sonreír a la camarera, pero antes de poder darle las gracias, su corazón se
congeló al ver a un recién llegado. Entre tanto, el conde de Blackbourne
estaba justo en el umbral de la pequeña taberna. Iba vestido sencillamente
con pantalones de montar y una chaqueta de lana no muy distinta a la suya.
Sus rizos pálidos habían sido atractivamente despeinados por el viento, pero
la nobleza en su porte era inconfundible. Su intensa mirada azul atravesó la
abarrotada, oscura y sofocante habitación y la perforó con un escrutinio
implacable. Era como si toda la sala se hubiera congelado junto con ese
órgano tan significativo detrás de sus costillas. Mientras lo miraba, sin estar
del todo segura de qué más hacer, no pudo evitar pensar en cómo debía
verla él. Estaba sentada en una tosca mesa de madera rodeada de caballeros,
mozos de cuadra, jockeys y hombres relacionados con el negocio de las
carreras y los caballos. En cambio, incluso la compañía que mantenía no
debía ser tan sorprendente para él, supuso, como el hecho de que no llevaba
ropa propia de una dama. Y aunque se había recogido el cabello en un nudo
apretado en la parte trasera de la cabeza, varios mechones negros se le
habían soltado a lo largo del día. No era precisamente una apariencia pulida
y estaba a kilómetros de distancia de cómo había lucido en su último
encuentro. Sus ojos titilaron y sus labios, firmemente curvados, se
levantaron en una esquina en lo que podría ser una mueca o una expresión
de disgusto. Fue entonces cuando Anna recordó que tenía una jarra de
cerveza en una mano y un puro humeante en la otra. Por alguna razón,
aquello le pareció terriblemente gracioso y no pudo evitar esbozar una
sonrisa involuntaria. ¿Qué debía estar pensando de ella ese pobre hombre?
Dios santo, no le sorprendería que en ese mismo momento estuviera
considerando en qué manicomio debería encerrarla.
La diversión se esfumó cuando Jude empezó a dirigirse hacia su mesa.
Maldita sea, probablemente vio su sonrisa como una invitación, o un
desafío, corrigió, al notar la feroz expresión en su rostro. Un escalofrío de
miedo recorrió su espalda al ver cómo el azul de sus ojos se tornaba negro.
Luego se recordó a sí misma dónde estaban. Estaban en su terreno,
rodeados de su gente. ¿Qué podría hacerle él con tantas personas a su
alrededor dispuestas a defenderla? Se relajó entonces y tomó un sorbo de la
rica cerveza, con los ojos brillando por encima del borde de la jarra
mientras notaba la mirada de su marido clavada en el puro que descansaba
entre sus dedos. Para ese momento, los demás en la sala ya se habían
percatado de su presencia, especialmente los que estaban en la mesa de
Anna. Lord Peney, siempre caballeroso, se levantó cuando Jude se acercó.
—Buenos días, milord —saludó el hombre mayor con una sonrisa—.
¿Habéis venido a uniros a las celebraciones?
Jude ni siquiera miró al interlocutor. Su mirada permanecía fija en
Anna. Claramente, no tenía intención de ser sociable. Su actitud altiva y su
descarada rudeza irritaban los nervios ya tensos de Anna.
—Lord Peney acaba de ganar su primera carrera —explicó Anna,
intentando aliviar la tensión que se había acumulado cuando Jude se negó a
responder la educada pregunta—. ¿Por qué no os sentáis y tomáis algo de
cerveza? Si os comportáis, quizá hasta os ganéis un puro. —No había
tenido la intención de ser tan provocadora, pero esa última frase
simplemente salió.
—¿Qué demonios hacéis aquí?
Anna se tensó ante la ira manifiesta en su voz. La sonrisa juguetona
desapareció de su rostro. ¿Por qué estaba tan cabreado?
—En realidad —replicó con un tono dulce y calmado—, me pueden
encontrar en este establecimiento con demasiada frecuencia. Sois vos,
milord, quien es ajeno a este lugar. —Volvió a sonreír y levantó sus finas
cejas, repitiendo su pregunta—. ¿Qué demonios hacéis aquí? —No estaba
acostumbrada a que la mirasen con una hostilidad tan rígidamente
controlada. Si lo deseara, cualquiera de los hombres en la sala se adelantaría
para defenderla. Casi todos estaban ahora centrados en la pequeña escena
que se desarrollaba entre Anna y el extraño lord. Era exactamente el tipo de
espectáculo que ella aborrecía.
—Señora Locke, ¿puedo serle de alguna ayuda? —preguntó lord
Peney en un tono profundizado por la preocupación caballerosa.
Anna echó un vistazo a su alrededor y vio que varios otros hombres se
habían acercado a su mesa. No, así no era como quería que esto se
desarrollara. No podía permitir que su drama personal se aireara ante todos.
No debería haber sido tan provocadora en un lugar tan público. Se levantó y
se giró hacia el amable hombre mayor que habría salido en su defensa.
—Gracias, Peney, pero creo que es hora de que me marche.
Enhorabuena por vuestra victoria —dijo, extendiéndole la mano para
estrecharla y sonrió con gesto tranquilizador—. Os lo merecéis. Y si deseáis
ampliar la experiencia, ya sabéis dónde encontrarme. —Enseguida, Anna
salió de detrás de la mesa y se dirigió hacia la parte trasera de la taberna.
Antes de dar otro paso, Jude la detuvo sujetándola del brazo. Varias sillas
chirriaron sobre el suelo de madera cuando los hombres se levantaron de
golpe, al no gustarles la escena de verla siendo tratada de esa manera.
—¿Adónde creéis que vais? —gruñó Jude.
Anna se detuvo y miró por encima del hombro, asegurándose de que
su sonrisa pareciera relajada.
—Voy a la parte de atrás, donde tengo a mi caballo en la cuadra —
respondió con sorprendente calma, aunque su propia ira le recorría el
cuerpo ante la brusquedad del conde—. Podéis acompañarme, como un
caballero —remarcó—. O supongo que podrían echaros si insistís en
comportaros como un bruto. —Su mano, cálida y firme, rodeaba su brazo, y
estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera percibir el olor a
caballo y el aire fresco de Suffolk que emanaba de él. Alzó la vista hacia su
rostro, a solo unos centímetros del suyo, y notó la clara advertencia en su
mirada.
—Estáis muy segura de vos misma con vuestra jauría de perros
rodeándoos —susurró él—. Pero, ¿qué haréis cuando estemos solos?
¿Se atrevía a amenazarla? Anna casi le abofeteó., mas controló su
furia. No podía esperar a llevar a su marido a algún lugar privado para
decirle lo que realmente pensaba de su pequeño espectáculo. Se dio la
vuelta para adelantarse hacia la parte trasera de la taberna, ansiosa por salir
y alejarse de los curiosos y preocupados espectadores. Poco después, Jude
soltó su brazo y se giró hacia la sala antes de seguirla.
—Mi esposa ya no será conocida como la señora Locke. Es la condesa
de Blackbourne y la trataréis como tal o sabré por qué.
Anna escuchó su pequeño discurso y apretó los puños mientras daba
largas y furiosas zancadas hacia el gran establo detrás del Fox & Grouse.
¡Maldito imbécil! No tenía ningún derecho. Había pasado años
separándose de su familia y de ese matrimonio maldito, años de duro
trabajo que finalmente empezaban a ganarle algo de respeto en un mundo
que no era precisamente acogedor con las mujeres. Una de las razones por
las que la gente acudía a ella era porque confiaban en que sería
completamente sincera y honesta. Y él acababa de destrozar su reputación
con sus palabras posesivas y descuidadas. ¡Que se vaya al infierno! No se
detuvo hasta llegar al oscuro cobijo de los polvorientos establos. Se dirigió
con paso firme al establo de su yegua, pero en lugar de acercarse al animal,
se dio la vuelta bruscamente para enfrentar a su marido. No intentó ocultar
su furia y apenas logró controlar el impulso de abofetearle para borrar esa
expresión de autosuficiencia de su rostro.
—¡Idiota engreído y arrogante! No tenéis absolutamente ningún
derecho a irrumpir en mi vida y comportaros de una manera tan deplorable.
Vuestras acciones repercutirán en mí, y no permitiré que me arruinéis con
vuestra total falta de modales y retorcido sentido de la decencia. Si queréis
comportaros como un salvaje depravado, ¡entonces volved a vuestra
miserable existencia en otro lugar y dejadme en paz de una maldita vez! —
Anna nunca había perdido los estribos de esa manera en toda su vida. Y
mientras recuperaba el aliento tras esa larga explosión de miedo y furia,
sintió alivio. Breve, eso sí, porque un segundo después, Jude se acercó a
ella con paso amenazante. Había permanecido inmóvil mientras ella
lanzaba sus acusaciones, pero ahora estaba claro que no iba a permitir que
lo insultara y luego se fuera de rositas. Seguidamente, Anna alzó la barbilla
y lo fulminó con la mirada, desafiándole a que tomara represalias. No
quería que él viera lo mucho que la ponía nerviosa. Sus ojos azul oscuro, su
rostro serio y esa extraña conciencia física que recorría cada fibra diminuta
de su cuerpo. Era algo que había notado cuando era joven, esa sensación de
sentirse siempre más viva cuando estaba cerca de él. Sin embargo, la
sensación se volvía aún más potente al recordar cómo la había tocado,
besado y abrazado la otra noche en el baile de máscaras. Maldita sea,
realmente se había metido en un buen lío con esa escapada mal concebida.
Jude se acercó hasta quedar a solo un brazo de distancia. Sus labios se
curvaron en una mueca de desprecio antes de hablar, y su voz era baja y
cargada de odio.
—Ha sido una bonita perorata, esposa. Casi me hacéis creer que
realmente os preocupa lo que acaba de pasar ahí dentro. Pero sois más dura
que eso, ¿verdad? No habéis cambiado tanto desde que eras esa pequeña
criatura engañosa que se arrastró hasta mi cama en una jugada asquerosa
para conseguir lo que queríais.
Anna se quedó helada ante la cruda referencia a lo ocurrido tanto
tiempo atrás. Esa mañana la perseguía aún. Todavía podía ver la expresión
en su rostro: el horror abyecto en sus ojos empañados por el sueño. Luego,
la lenta comprensión. Seguida por una repulsión absoluta y un odio puro. Él
la miraba ahora con la misma expresión. Ella se preparó para resistir el
dolor que le causaba en el corazón. Pensaba que ese órgano estaba dañado
más allá de toda reparación, pero al parecer aún existía lo suficiente como
para causarle más dolor. Recurrió al desprecio como defensa.
—Según recuerdo, no tuvisteis demasiada prisa por saltar de la cama
esa mañana. Algo os mantuvo allí el tiempo suficiente para que os
atraparan. —Su sonrisa fue astuta y provocativa.
Jude gruñó como un animal enjaulado y se lanzó hacia ella. La agarró
de los hombros y la empujó contra la áspera madera de la pared del establo.
La sujetó completamente con su cuerpo, inmovilizándola. Un pánico frío
recorrió sus huesos. ¿Realmente le haría daño? Su cabeza cayó hacia atrás y
lo miró, negándose a que él viera cuánto la asustaba. Sonrió, con una
expresión maliciosa y burlona.
—¿Qué pasa, marido? ¿La verdad os supera?
—No reconoceríais la verdad, aunque se os enrollara alrededor de ese
bonito cuello —Jude gruñó, bajó la cabeza y se encontró con su mirada
desafiante con un odio sin disimulo—. Sabéis perfectamente por qué no
pude salir de la cama. Y os aseguro que no fue por vos, querida esposa. Fue
por la delicada e ineludible trampa que tendisteis.
Las gruesas pestañas de Anna parpadearon sobre su mirada desafiante.
Sus palabras revelaron algo de lo que nunca había sido consciente, pero que
debería haber adivinado. Había sido drogado, por supuesto. Eso respondía a
muchas de las preguntas que tenía sobre su comportamiento aquella
mañana. Su padre, sin duda, lo había planeado todo. Sintió un nudo en el
estómago y la garganta se le cerró con el peso asfixiante del pasado y de lo
que los había llevado hasta allí. Una ira controlada irradiaba del cuerpo
duro y musculoso de Jude, que la mantenía atrapada contra la pared. Su
feroz y airado latido resonaba contra su pecho. La desconfianza era
evidente en sus ojos. Esto era lo que había esperado de él cada vez que
imaginaba su regreso: el odio, el desprecio. En cambio, lo que no había
esperado, y quizás había sido demasiado ingenua para imaginar, era cómo
reaccionaría ella al calor de su ira.
—Entonces, ¿qué queréis ahora, Jude? —Había frialdad en su voz,
ocultando las crudas emociones de arrepentimiento, pérdida y su propio
sentimiento de traición que le revolvían el estómago—. ¿Qué os hizo venir
hasta aquí? Me seguisteis hasta Newmarket —soltó con desdén—, así que
debéis querer algo.
—Una anulación. Quiero acabar con esta farsa de matrimonio. No
permitiré que sigáis formando parte de mi familia. No se os permitirá seguir
drenando la riqueza que no merecéis para financiar vuestros
entretenimientos.
—Nunca tomé ni un maldito céntimo de vuestra familia —replicó
Anna entre dientes.
—Por supuesto, compraste esa extensa propiedad de la que acabo de
venir con dinero que encontraste tirado en el suelo. O quizá fue un amante
quien la compró para ti —dijo Jude tras una risa áspera y vacía, mientras
sus ojos descendían con fría apreciación por la longitud de su cuello hasta la
sombra en forma de «V» en la parte superior de sus pechos—. Debéis de ser
una amante muy buena para ganaros un regalo así.
La sangre de Anna hirvió. La acusación de que se había aprovechado
de su familia le dejó un sabor amargo en la boca. Desde el momento en que
había puesto un pie en la puerta de Silverly, había estado decidida a no
aceptar nada que tuviera la más mínima conexión con el hombre que la
había dejado enfrentar su nueva vida sola. Pero en lugar de negar sus
horribles acusaciones, Anna impregnó sus palabras de un pesado y denso
sarcasmo.
—Por supuesto. ¿Qué otra opción tendría una mujer como yo? Es
imposible que haya logrado todo esto únicamente por mi inteligencia,
determinación y duro trabajo. —Su sonrisa no fue bonita cuando le lanzó
una mirada astuta por debajo de sus gruesas pestañas negras—. Os aseguro
que he ganado cada parte de lo que tengo. Como bien dijiste, soy muy
buena en lo que hago.
—Me dais asco.
—¡Fabuloso! —exclamó Anna con furia frustrada—. Ahora soltadme.
Jude no parecía lo más mínimo afectado por sus esfuerzos físicos. Su
agarre no se aflojó en ningún momento, y las sacudidas de Anna eran como
las de un gatito en cuanto al impacto que causaban. Después de un
momento, ella se dio cuenta de la futilidad de su lucha y se detuvo,
resoplando. Apoyó la cabeza contra la pared y lo miró con furia.
—Sois rápido para lanzar piedras, milord. ¿Cómo podéis justificar una
posición tan moralista cuando habéis demostrado ser un canalla depravado
y deshonroso?
—Depravado, tal vez. Pero lo único que he deshonrado es esta farsa de
matrimonio. —Una ceja dorada se arqueó sobre su mirada inmóvil.
—¡Y a mí! —gritó Anna. Estaba llegando al límite de su resistencia.
Su enfado solo iba a sostenerla por un poco más.
—No esperéis que sienta remordimiento o compasión. No los
merecéis. No os debo nada —replicó con absoluta convicción.
—Y yo no os debo nada —replicó Anna—. Y mucho menos una
anulación.
—No tenéis opción. —Los ojos de Jude ardieron con fuego oscuro.
—¿Ah, no? —El brillo de su astucia centelleaba en su mirada—.
Tendréis que demostrar causa justificada, milord.
—Si lo recordáis, nunca tuvimos noche de bodas. —Su sonrisa fue
maliciosa en su falta de humor.
—Mentiré y diré que el matrimonio se consumó. Hubo tiempo de
sobra en el trayecto en carruaje de la ceremonia a la casa. —La respuesta de
Anna rebosaba malicia.
—No os atreveríais. —Jude la fulminó con la mirada mientras
evaluaba su respuesta.
—No me conocéis muy bien —lo desafió—. De hecho, hay varias
formas en las que puedo hacer que obtener una anulación sea muy difícil —
añadió con una seguridad altiva.
—¿Os oponéis tanto a terminar este matrimonio? —preguntó Jude
mientras se movía ligeramente contra ella—. Entonces, quizá deberíais
comportaros como una esposa. Empezando ahora.
Anna ni siquiera tuvo tiempo de respirar antes de que su boca cayera
sobre la suya, dura, fría e inmóvil. Sus labios se aplastaron contra sus
dientes y su cabeza fue empujada hacia atrás contra la pared. Levantó las
manos hacia los brazos del conde, intentando apartarlo, pero él no se movió.
Sus ojos se desviaron a un lado, buscando algo que pudiera usar contra él.
Entonces ocurrió algo inesperado. Jude cambió de postura y ladeó la
cabeza. Al mismo tiempo, su mano subió para rodear la parte posterior de
su cuello, presionando la tensión que sentía allí. Su boca también cambió.
Se suavizó, apenas un poco, y sus labios se entreabrieron contra los de ella.
Enseguida, Anna se sorprendió tanto por el cambio, por las diferencias tan
sutiles que alteraron el tono general del beso, que cuando su lengua avanzó,
ni siquiera pensó en resistirse. De hecho, inclinó su propia cabeza para
permitirle un mejor acceso. Y cuando su lengua de terciopelo exploró el
interior de su boca, sus extremidades se inundaron de un calor nervioso. Sus
dedos se curvaron alrededor de los músculos de sus bíceps y su espalda baja
se arqueó involuntariamente. Todos sus pensamientos volaron de su mente
mientras las sensaciones palpitaban por todo su cuerpo. Se sorprendió
respondiendo a la incursión de su lengua con una exploración deslizante de
la suya propia. Su aliento era embriagador. Su cuerpo, fuerte y envolvente.
Y Anna volvió a sentir un anhelo por mucho más de él. Fue entonces
cuando Jude se detuvo. Levantó la cabeza lo justo para romper el contacto
entre sus bocas. Anna exhaló un suspiro mientras alzaba sus atónitos ojos
para encontrarse con los suyos. Se tensó al ver lo que reflejaba su mirada.
—Parece que sí sois tan buena —murmuró con un feo tono de
aprobación.
Los ojos de Anna se abrieron de par en par. Cada gramo del deseo que
él había despertado en su interior se desvaneció como si lo hubiera barrido
un vendaval. Su cuerpo se tensó con una furia que nunca había conocido.
—Os odio —masculló entre dientes.
—Estamos de acuerdo, entonces, esposa. —La boca de Jude se
extendió en una sonrisa que se parecía más a un gruñido. Dio un paso atrás,
y ella no perdió tiempo en girarse y entrar en el establo de su yegua. Saltó a
la silla de un salto, sin la ayuda de un bloque de montaje. Solo podía pensar
en alejarse lo más posible de él y de las sensaciones indeseadas que había
despertado. Colocó los pies en los estribos y sacó el caballo del establo.
—Tendréis los documentos necesarios para disolver nuestro
matrimonio lo antes posible. —La voz de Jude era formal y distante, un
marcado contraste con la pasión que ella acababa de experimentar en sus
brazos. Claramente, él no había sentido lo mismo.
—Adelante. Pero no obtendréis vuestra anulación. Es lo menos que
puedo hacer por un marido tan devoto. —Anna detuvo a su montura y lo
miró desde arriba. Intentó infundir en su voz la misma frialdad y
determinación.
Sin la menor preocupación por lo que él pensara de su negativa
vengativa, Anna presionó los talones contra los costados del caballo y el
purasangre, bien entrenado, se lanzó de inmediato en un galope poderoso.
El sonido de los cascos retumbó en los sucios establos solo por un instante
antes de que girara hacia la carretera y le diera rienda suelta.
Capítulo 6
—¿Qué demonios os pasa esta noche, Sinclair? —preguntó lord
Rutherford. Este y Jude estaban sentados en un par de sillones de cuero
frente a un fuego bajo en su club. Se suponía que debían estar disfrutando
de unas horas tranquilas con brandy francés caro y puros finamente
enrollados de Jamaica. Aunque, como Rutherford había señalado con
franqueza malhumorada, Jude no estaba mostrando el estado de ánimo
adecuado para el apacible acto de socializar entre caballeros.
—En la última hora, habéis estado completamente ausente. Se supone
que estamos pasándolo bien, y sinceramente, me estáis aburriendo.
—Estoy un poco distraído esta noche. —Jude giró su mirada ceñuda
hacia su amigo. Aquello había sido una subestimación enorme. Se había
quedado en Silverly solo el tiempo suficiente para reunirse con el
administrador de la finca y revisar el estado actual de las propiedades de
Blackbourne. Estaba muy complacido al descubrir que todo marchaba sin
problemas y que la finca estaba obteniendo excelentes beneficios bajo la
gestión competente del señor Harding. No debía haber esperado menos. Su
padre solo habría elegido al hombre más capaz y fiable para manejar
asuntos tan importantes. Jude se alegró al ver que, en muchos casos, se
habían implementado prácticas muy modernas.
Después de programar más reuniones con el señor Harding en Londres
para discutir posibles mejoras adicionales, Jude decidió que no había mucho
más que lo retuviera en Essex. Incluso su madre parecía ansiosa por verle
partir. Al principio, cuando Jude descubrió que Helena apenas viajaba a la
ciudad, se había preocupado de que pudiera estar sola tras la muerte de su
marido. Pronto descubrió su error, ya que las visitas fluían durante todo el
día. Su madre dirigía una verdadera corte de nobles locales y terratenientes.
Y estaba claramente muy contenta con su posición como la reina social
reinante de Essex. En cuanto a Jude, había regresado a Londres decidido a
encontrar una solución a la inesperada dificultad que su esposa había
demostrado ser. Podía patearse a sí mismo por haber declarado su identidad
en medio de la abarrotada taberna de Newmarket. Habría sido mucho mejor
manejar el asunto discretamente. Pero había esperado encontrarla
presumiendo de su asociación con la familia Blackbourne, no ocultándola.
Le irritaba en su orgullo que ella rechazara su apellido. En verdad, la
opinión pública no le importaba tanto como su propia liberación. Los
procedimientos de anulación podían ser desagradables. Su madre quizá
nunca le perdonaría el escándalo. No obstante, estaba preparado para eso.
Lo que no había esperado era que la mujer pudiera rechazarlo por completo.
Y no había manera de que hubiera anticipado su propia reacción personal
hacia ella. Cada vez que pensaba en Anna, se llenaba de ira y deseo. Una
combinación incómoda. No sería capaz de abordar su problema
adecuadamente si su mente estaba enredada en emociones tan opuestas.
Cuando regresó a Londres y Rutherford sugirió una noche en el club,
Jude pensó que sería la oportunidad perfecta para pasar un rato entre viejos
amigos, con buenos licores, excelente comida y mejor conversación.
Seguramente, tales placeres masculinos lo devolverían a su estado natural
de tranquilidad. Su estimación de la velada no pudo haber sido más
equivocada.
—¿Conocéis a esa mujer? —Jude giró su brandy en la palma de su
mano mientras movía la cabeza hacia el grupo reunido al otro lado de la
sala.
Rutherford no se molestó en girar la cabeza para ver de quién hablaba.
Después de todo, solo había una mujer en el lugar.
—¿Es eso lo que os tiene tan malditamente tenso? Habría esperado que
todo vuestro tiempo en el extranjero os hubiera dado una perspectiva más
abierta.
—¿Qué demonios hace ella aquí? —murmuró Jude con un tono
implacable—. Este es un club de caballeros. Una de las reglas más estrictas
de este lugar es que no se permiten mujeres. —Percibió la intolerancia
mezquina en sus propias palabras y la odió. Aborrecía esos sentimientos tan
limitantes, pero su frustración actual superaba su buen juicio.
—Pues parece que esta es la excepción que confirma la regla. Le
dieron una membresía honoraria hace poco más de un año. Lord Derby la
patrocinó en un arrebato de generosidad, y cuando fue sometido a votación
de todos los miembros, salió favorable. —Rutherford suspiró, dejando claro
que el tema era ya antiguo y no merecía mucho más debate.
—¿Era la amante de Derby? —La voz de Jude sonaba oscura y fría,
pero Rutherford no pareció notar la tensión subyacente en la pregunta de su
amigo y se encogió de hombros sin comprometerse.
—Podría ser, aunque lo dudo. No parecía de ese tipo de relación. Más
profesional que personal. No viene muy a menudo. —Levantó su copa de
brandy en un saludo desenfadado—. Vaya suerte la vuestra, estar aquí la
misma noche.
El ceño de Jude se profundizó mientras observaba a la mujer,
elegantemente vestida, participando en un animado debate con un grupo de
caballeros mayores. Estaban demasiado lejos para que pudiera escuchar el
tema de discusión. Considerando los hombres implicados, probablemente
tenía que ver con caballos y carreras.
«Su negocio», recordó con una mueca de irritación. Cuando se había
detenido en su finca en Suffolk antes de rastrearla hasta Newmarket, no
había pasado por alto los establos bien llenos detrás de la casa principal.
¿Eran esos viejos hombres sus generosos benefactores? ¿Intercambiaba sus
favores personales por sus contribuciones financieras?
—¿Qué demonios tenéis en contra de la mujer? —Rutherford sonrió
con curiosidad—. Por la expresión de vuestra cara, uno pensaría que tenéis
un problema personal con ella. Como os dije, no invade nuestro refugio con
bastante frecuencia —se encogió de hombros—, y, a decir verdad, cuando
lo hace, la conversación tiende a ser más interesante.
—¿Hasta qué punto la conocéis? —Jude miró a su amigo con los ojos
entrecerrados mientras una terrible sospecha se formaba en su mente.
—No tan bien como estás pensando, viejo amigo. No es que no lo
intentara. Pero fue hace años —dijo Rutherford, tomando un sorbo de su
brandy caliente y echando un vistazo hacia la dama en cuestión—. Para ser
honesto —continuó en voz baja—, me rechazó de una manera tan
contundente y directa que ni siquiera me planteé seguir insistiendo. —Sus
labios se curvaron con un toque de interés sexual—. Quizá sea hora de
acercarme con una mejor oferta.
—Ni se os ocurra —gruñó Jude.
—¿Qué os pasa, Sinclair? —Rutherford lo miró con las cejas
levantadas.
—¿No tenéis idea de quién es esa mujer?
—Claro. Es la señora Anna Locke. Nadie sabe quién fue su marido, ya
que aparentemente la abandonó, aunque no imagino por qué. Apareció en
los círculos de carreras hace varios años y ha estado por aquí desde
entonces. Esperad un momento —comentó tras mirar al otro lado
de la sala y volvió a mirar a Jude, con los ojos iluminados por el destello de
algún recuerdo lejano que emergía de una mente nublada por años de buen
alcohol y desinterés por cualquier cosa que no le afectara personalmente—.
¿No estuvisteis cortejando a una tal señorita Locke antes de iros al exilio?
—Se golpeó la frente con los dedos—. No recuerdo los detalles, pero hubo
algo escandaloso, estoy seguro.
El ceño de Jude se profundizó aún más. ¿Era realmente posible que su
amigo no recordara el matrimonio que lo había obligado a abandonar
Inglaterra? Supuso que debería estar agradecido por la corta memoria de la
élite social en lo que respecta a los escándalos. Probablemente su madre
había tomado medidas rápidas para frenar la propagación de los rumores
maliciosos. Pero en este caso, solo estaba molesto por tener que explicar su
turbia historia, especialmente a un hombre que una vez fue su mejor amigo.
—El nombre de esa mujer —señaló Jude, gesticulando con el cigarro
apretado entre los dedos—, no es señora Locke. Es Anna Sinclair, la
condesa de Blackbourne.
—Pero eso la convertiría en vuestra… —La expresión de confusión en
el rostro de Rutherford habría sido cómica si el asunto no fuera tan patético.
—Esposa —terminó Jude por él.
—¡Maldita sea! —Rutherford volvió a mirar a Anna con los ojos
abiertos de par en par—. Vaya joya os habéis conseguido, Sinclair. ¿Por qué
demonios huisteis de ella?
—No lucía así hace ocho años, os lo aseguro. —Jude no estaba
dispuesto a entrar en los detalles más pertinentes sobre por qué había dejado
a su esposa solo horas después de pronunciar los blasfemos votos de amarla
y protegerla—. Quizá podríais ser un buen amigo y contarme lo que sepáis
sobre mi esposa.
—No mucho más de lo que ya he dicho. Tiene una finca de pura
sangre en Suffolk. Excelentes caballos, muchos de ellos se han convertido
en campeones o han engendrado a otros. Es muy popular entre el mundo de
las carreras. Habla su idioma, como podéis ver —añadió un asombrado
Rutherford con un gesto casual hacia el grupo reunido en torno a la dama en
cuestión.
—¿Y sus enredos sociales? —preguntó Jude—. ¿Algún amante celoso
con el que deba lidiar mientras sigo casado con ella?
—¿Tenéis intención de liberarla? —Rutherford lo miró con un destello
de curiosidad.
—Lo antes posible —respondió Jude, estrechando la mirada en señal
de advertencia—. Y os agradeceré que mantengáis los pantalones cerrados
hasta que mi vínculo con ella esté roto.
—No será un problema, amigo. Es probable que esté un poco
vulnerable por un tiempo. Me aseguraré de estar ahí para que se apoye en
mí cuando llegue el momento adecuado.
—Haz vuestro cortejo lejos de mí, maldito arrogante —replicó Jude.
Con su viejo amigo, siempre era difícil saber cuánto de lo que decía
era en broma y cuánto iba en serio. Rutherford tenía la costumbre de decir
cosas simplemente para provocar reacciones en los demás, más que para
expresar sentimientos genuinos.
—¿Debo suponer que no está bajo la protección de nadie en este
momento? —repitió Jude entre dientes.
—Si está íntimamente relacionada con alguien, sería con lord Riley. Es
un joven que se mueve en círculos distintos. No sé mucho de él, salvo que
su padre, el vizconde Neville, ha agotado con éxito toda su herencia. Riley
ha encontrado la manera de suplementar sus ingresos y se dice que es muy
hábil —continuó Rutherford
—¿Hábil en qué?
—En temas de alcoba, viejo amigo. Prefiere centrar su atención en
mujeres con medios propios, damas que no tienen que justificar cada
céntimo, si entendéis lo que quiero decir. Nunca permanece con la misma
mujer mucho tiempo. Vuestra esposa es la única excepción a esa regla, ya
que siempre vuelve con ella después de un tiempo.
—¿Es ella… una profesional?
—Rumores y chismes la han vinculado con algunos caballeros a lo
largo de los años. Hombres que podían permitirse mantener a una mujer de
su calidad. Pero cualquier suposición de que sea una cortesana sería pura
especulación. Si hubo alguna relación oficial entre vuestra esposa y los
hombres que han estado en su compañía a lo largo de los años, los detalles
se manejaron con mucha discreción. —Rutherford bebió de su copa de
brandy—. Riley es el único hombre que la acompaña con regularidad por la
ciudad.
El barón era probablemente el apuesto joven con el que Jude la había
visto hablando en el baile de disfraces. Sinclair dirigió su mirada hacia su
esposa al otro lado de la sala y reflexionó sobre lo que su amigo le había
contado.
—En su mayor parte, parece estar por su cuenta —concluyó
Rutherford.
¿Era esa la razón por la que ella no permitía la anulación? No parecía
que lord Riley fuera un protector muy fiable. ¿Acaso a ella le preocupaba
quedarse sin apoyo?
No. Eso no tenía sentido. Anna tenía un negocio lucrativo y exitoso.
Era capaz, hermosa, y aparentemente querida por muchos miembros
influyentes de la ton. ¿Acaso no había logrado eludir una de las reglas
cardinales de uno de los clubes de caballeros más elitistas de la ciudad?
Giró la cabeza y se rio de algo que uno de sus compinches dijo. Diamantes
colgaban de sus hermosos lóbulos y brillaban contra su fluida melena negra.
Jude se vio obligado a corregir su pensamiento anterior; era muy hermosa.
En realidad, deslumbrante. Su espeso cabello negro enmarcaba un rostro
fuerte pero refinado, bronceado por el tiempo que pasaba al aire libre. Sus
ojos marrones eran del cálido color del whisky y brillaban con picardía bajo
sus arqueadas cejas negras. Y justo debajo de la esquina exterior de su ojo
derecho, había un pequeño lunar. Por alguna razón, en lugar de ser una
imperfección, aquel pequeño y atrevido lunar la hacía parecer aún más
atractiva y misteriosa.
Como si hubiera sentido su mirada, giró la cabeza para mirarlo por
encima de su hombro desnudo. Su sonrisa era sutil y confiada, y le dejó
claro que sabía perfectamente cómo su presencia en aquel establecimiento
de caballeros le frustraba. Estaba disfrutando cada segundo. Era por
despecho, se dio cuenta con una punzada de exasperación. A menudo, eso
era todo lo que una mujer necesitaba para causar estragos en la vida de un
hombre. Quizá debería replantearse su estrategia. El enfado no le estaba
llevando a ninguna parte y, probablemente, solo reforzaba su determinación
de resistirse. Podría ser mucho más eficaz mostrarle que no se iría, que
seguiría cada uno de sus pasos hasta que ella aceptara que disolver su unión
era la única forma de que ambos consiguieran algo de paz. A continuación,
le devolvió la sonrisa a su esposa, sintiendo que quizá podría divertirse un
poco con esta inusual situación. Cuando la sonrisa de ella se desvaneció
ligeramente en respuesta a su evidente cambio de actitud, él sonrió aún más.
Sí, pensó, es hora de un nuevo enfoque. Poco después, se volvió hacia
Rutherford.
—Ahora, contadme sobre esos hombres de allí que se hacen los tontos
colgando de cada una de sus palabras.
—Si hubiera querido pasar la noche repasando viejos chismes sobre
personas que no me importan en absoluto, habría ido a visitar a mi abuela
—replicó Rutherford.
—Consideradlo un favor a un amigo que quedará en deuda con vos.
—Eso suena mejor. Me gusta cuando la gente me debe favores. —
Rutherford sonrió con su habitual encanto pícaro e infló el pecho de manera
exagerada—. Me hacéis sentir poderoso.
—Me alegra poder alimentar vuestro ego, viejo amigo. —La sonrisa
de Jude tardó en formarse.
Una hora después, Jude aprovechó la oportunidad para acercarse a su
rebelde esposa. Tras despedirse, ella salió del salón principal del club y
Jude se levantó de su asiento para seguirla. Se quedó sola en el vestíbulo
mientras un lacayo buscaba su capa. En ese momento, Jude se detuvo en la
puerta, observándola brevemente. Estaba hermosa, tranquila y mostraba una
confianza resuelta con el altivo gesto de su barbilla y la desinhibida
presentación de sus encantos femeninos. Aunque no llevaba el ceñido
disfraz del baile de máscaras, su vestido seguía estando perfectamente
diseñado para realzar su figura plena pero grácil. Sinclair estaba seguro de
no haber hecho ruido, pero ella se giró como si hubiese percibido su
presencia. Por el ensanchamiento de sus ojos y la brusca respiración, Jude
adivinó que ella interpretó correctamente el interés sensual en su mirada.
Sin embargo, en el segundo siguiente, se recuperó y arqueó una de sus finas
cejas negras.
—Continuáis siguiéndome, por lo que veo.
—Parece que alguien debe asegurarse de que no causéis problemas. —
Jude sonrió, aunque el gesto no tuvo nada de agradable.
—¿Y habéis asumido ese tan desagradable trabajo? Qué diligente por
vuestra parte —respondió ella con una delicada pero sarcástica sonrisa.
—Desgraciadamente, mientras sigáis siendo mi esposa legal, sois mi
responsabilidad.
—Debéis estar bromeando. No sabríais lo que significa la
responsabilidad ni aunque os diera una patada en el trasero. —Anna rio,
pero no había diversión en su expresión. Jude frunció el ceño ante su
grosera elección de palabras. Anna se giró completamente hacia él, con el
rostro oscurecido por una creciente molestia—. Dejadme dejaros algo muy
claro, mi querido esposo. No tengo absolutamente ninguna necesidad de
vuestra atenta diligencia. He llegado muy lejos sin vos y pienso seguir por
el camino que he escogido, os guste o no. Os sugiero que os apartéis y os
quedéis fuera de mi camino.
—Eso es algo que no puedo hacer. —Jude avanzó. Los dos quedaron
enfrentados en el centro de la pequeña sala. Ninguno de los dos estaba
dispuesto a ceder—. Ya que habéis dejado clara vuestra postura respecto a
este matrimonio, me temo que os habéis quedado atrapada conmigo. Veréis,
he descubierto un nuevo deseo de tomaros como mi responsabilidad de
esposo muy en serio. —Sus ojos azules descendieron hacia el generoso
escote que quedaba expuesto sobre el borde de su corpiño.
—¿Me estáis amenazando? —Anna se sorprendió, incrédula.
—En absoluto. Simplemente estoy dejando clara mi posición, al igual
que habéis dejado clara la vuestra. —Bajó la voz y declaró en un tono que
no dejaba lugar a dudas sobre la naturaleza sensual de sus intenciones—. Os
deseo, Anna, y si insistís en que sigamos siendo marido y mujer, solo será
cuestión de tiempo antes de que nuestra relación se vuelva mucho más
personal.
Anna jadeó ante la arrogante declaración, justo como él había
planeado. Quería que ella creyera que usaría su obstinada negativa a
cooperar con la anulación en su contra. Quería que ella estuviera en guardia
y sintiera incertidumbre sobre sus intenciones.
—Estáis loco si creéis que tendré algo que ver con vos en ese sentido.
Aunque sus palabras eran fuertes y desafiantes, Jude detectó una nota
de agitación en su rápida negativa. Su sonrisa entonces fue de auténtica
satisfacción mientras se encogía de hombros y miraba por encima de su
hombro al lacayo que se acercaba con su capa.
—Supongo que tendremos que ver cómo progresa esta situación —
declaró Sinclair. Enseguida, tomó la capa del lacayo y, antes de que ella
pudiera objetar, la envolvió alrededor de sus hombros y usó los bordes que
aún sostenía entre sus manos para atraerla hacia él. Ella resistió al principio,
pero luego dio un paso tambaleante hacia adelante. Era un truco barato usar
su fuerza superior como medio de intimidación, pero cumplía con un cierto
propósito. Las manos de Anna subieron para presionar contra su pecho
mientras luchaba por mantener el equilibrio y conservar un mínimo de
distancia entre ambos. El calor creciente de la tensión sexual fue innegable
cuando su cuerpo entró en contacto con el de él. Jude sonrió con
satisfacción, mientras los ojos color whisky de ella lo fulminaban con una
mirada de hostilidad abierta. Estuvo demasiado tentado a besarla.
—Habéis dado vuestras advertencias y lanzado vuestras amenazas —
dijo Anna entre dientes apretados—. Pero no soy fácil de asustar ni de
manipular. He tenido muchos años para fortalecer mi determinación y
endurecerme. No permitiré que me intimidéis. —La profundidad de su
determinación se hacía evidente en el ceño fruncido de su rostro, y Jude, a
regañadientes, admiró su negativa a dejarse intimidar.
—No os preocupéis, querida —murmuró él con un tono más
amenazante que tranquilizador—, puede que mi método de persuasión os
acabe gustando. —A continuación, soltó los bordes de su capa, dio un paso
atrás para ejecutar una reverencia formal y se giró para desaparecer en las
habitaciones interiores del club. No se molestó en mirar atrás, confiado en
que había dejado a la mujer con unas cuantas cosas más en las que pensar.
Capítulo 7
Anna estaba furiosa. Podía sentir literalmente las puntas de sus orejas
ardiendo. Y toda su ira estaba dirigida a un solo hombre: Jude Montgomery
Sinclair, conde de Blackbourne. Tendría que revertir los irritantes efectos de
su jugada a traición para su satisfacción o se vería obligada a… bueno, no
sabía qué tendría que hacer. No podía apartar su enfado el tiempo suficiente
para pensar con antelación. Su mente volvía una y otra vez a una hora antes,
cuando había llegado a la finca de lord Palmerton para la cita que tenían
programada. El hombre tenía una yegua en venta que Anna planeaba
comprar para Charles. Sus líneas de sangre estaban destinadas a producir un
talento excelente para las carreras. Había visto a la yegua colorada un par
de veces antes y le encantaba el fino color rojizo del animal y su zancada de
patas largas. Esa compra era la razón por la que había venido a Londres.
Charles, su caballo tordo de cuatro años, no había sido muy compatible con
las yeguas que tenía actualmente en sus establos y Anna tenía el
presentimiento de que esta sería su pareja perfecta.
Era lo suficientemente temprano por la mañana, según los estándares
de Londres, como para que Anna no tuviera reparo en vestirse con sus
pantalones de montar para recorrer la corta distancia desde su casa hasta la
de lord Palmerton. Poseía varios trajes de montar femeninos, pero tenía la
intención de poner a la yegua a prueba, y no podía permitir que las pesadas
faldas divididas se enredaran en sus piernas. Ya había desmontado de Henry
y entregado las riendas a un mozo de cuadra cuando lord Palmerton salió
corriendo por la puerta lateral.
—Oh, señora Locke, señora… eh, quiero decir, mi condesa, eh… mi
señora.
Anna frunció el ceño. La noticia se propagaba rápido, pensó. Al menos
el pobre hombre no parecía alterado por el hecho de que ella había estado
usando un alias. De hecho, se dio cuenta, con los ojos entrecerrados
mientras el caballero mayor y corpulento se acercaba, de que parecía
bastante sonrojado de emoción.
—Buenos días, lord Palmerton, lo veo bien esta mañana.
—Sí, sí. —Sacó un pañuelo blanco del bolsillo para secarse la frente
—. No esperaba veros hoy, mi señora.
—¿No? Pero estaba bastante segura de que nuestra cita era para esta
mañana. ¿Me equivoqué de fecha? —Anna se estremeció. Le iba a llevar
tiempo acostumbrarse al trato formal.
—Oh, no. Era hoy. Pero cuando lord Blackbourne vino hace casi una
hora, simplemente asumí que usted ya no encontraría necesario venir
también. Él quedó muy impresionado con la yegua. Incluso pagó en
efectivo. Muy generoso, su marido. El caballo será entregado en Silverly
mañana, como se prometió. Aun así, puedo llevarla a verla si lo deseáis.
Anna se quedó atónita, y furiosa. Sus ojos se abrieron con incredulidad
mientras miraba al hombre frente a ella. Tras un momento, se dio cuenta de
que él la miraba de forma extraña, esperando una respuesta.
—No, milord. Está bien, de verdad —dijo entre dientes, con la
mandíbula dolorida por la tensión de reprimir un grito de furia contenida—.
Debí haberme confundido con respecto a las intenciones de lord
Blackbourne, eso es todo. —Se giró de nuevo hacia Henry, mientras una
nube rojo sangre empezaba a formarse en el borde de su visión—. Gracias
por vuestro tiempo, milord. —Saltó a la silla de un salto, casi sin usar la
ayuda que le ofrecía el mozo de cuadra.
Le había robado su maldita yegua. El bastardo compró el caballo justo
delante de sus narices. No tenía dudas de que esto no había sido una
desafortunada coincidencia. Esto había sido, sin duda, intencionado y
horriblemente maquiavélico. Y Anna no iba a dejar que se saliera con la
suya. En lugar de volver a su casa, se dirigió directamente a través de la
ciudad hacia el hotel donde Leif había descubierto que su marido se estaba
alojando. Lo único que podía pensar era en confrontarlo y exigirle que le
devolviera el caballo. Posteriormente, entró directamente por las puertas
principales del hotel. A esa hora del día no había muchos huéspedes
deambulando, pero había suficiente personal del hotel como para detenerse
a mirarla mientras cruzaba el vestíbulo con pasos largos y decididos. Se
dirigió directamente al mostrador de cortesía.
—Necesito el número de habitación de lord Blackbourne.
—Yo… ah… no puedo daros esa información, señora —respondió el
joven encargado con los ojos bien abiertos.
—Sí que podéis —insistió Anna entre dientes—. Soy su esposa y
necesito hablar con él. ¿Cuál es el número de habitación?
—Mi señora. —Un hombre mayor, sonriente, se acercó a ella por un
costado. Iba vestido de negro discreto, adornado un pañuelo de cuello
blanco impecablemente planchado—. Si tiene la amabilidad de
acompañarme a mi despacho, estoy seguro de que podré asistiros de alguna
manera —invitó, mientras sus pequeños ojos recorrían la sala. Su
preocupación era evidente: evitar la escena que se estaba formando con ella
en ropa de montar y su tono exigente. Enseguida, Anna se giró hacia el
hombre de negro, y aunque su sonrisa era amigable, su tono era tan afilado
como el acero.
—Lord Blackbourne es mi marido. Tengo la intención de hablar con
él. Ahora. Y o bien me ayudaréis dándome su número de habitación, o
llamaré a todas las puertas hasta encontrarlo. —Su sonrisa se ensanchó—.
Estoy segura de que podéis ver cuál es la mejor opción.
—También podría llamar a mis empleados para que os escolten fuera
del hotel.
—Podríais, pero no lo haréis, porque todo el mundo se preguntará qué
habría hecho yo para merecer una reacción tan drástica. Al fin y al cabo,
solo soy una mujer. —Maldita sea, odiaba usar ese recurso—. La gente
hablará de ello durante días —continuó en un tono más calmado y suave—,
solo deseo hablar con mi marido. Eso es todo.
—Dadle a la señora el número de habitación —ordenó al encargado,
sin apartar la mirada de Anna. El hombrecillo la miró fijamente, valoró sus
palabras y su comportamiento, e hizo un juicio rápido y tajante.
—Gracias —agradeció Anna con otra agradable sonrisa mientras
tomaba la pequeña tarjeta con el número de la habitación y se daba la vuelta
con calma.
Por supuesto, el maldito bastardo había tomado una suite en la planta
más alta. Mientras subía los tramos de escaleras, seguía enfurecida por su
arrogancia y su actitud altiva. ¿Creía que podía intimidarla para que hiciera
lo que él quería? Claramente, esa era su estrategia: robarle la yegua y
ofrecer un trato para que aceptara disolver su matrimonio. El hecho de que
él deseara tanto una anulación solo le daba más razones a Anna para
asegurarse de que no la obtuviera. Sabía que había muchas maneras en las
que podía sabotear su objetivo. Ese malnacido iba a descubrir lo fuerte que
se había vuelto mientras él se dedicaba a recorrer el mundo.
Al llegar a su habitación, llamó con fuerza a la puerta. Él no abrió en
diez segundos, así que volvió a golpear hasta que oyó movimiento dentro.
La puerta se abrió y reveló a una joven vestida solo con una sencilla bata de
seda verde esmeralda. El cinturón ceñía una cintura delgada y su cabello, de
un azul negro brillante, caía liso hasta su espalda, rozando sus estrechas
caderas. Su piel era de un rico tono bronceado. Tenía la frente amplia y lisa,
los pómulos altos y bien definidos, y unos grandes ojos almendrados de un
cristalino color gris que miraron a Anna con una leve curiosidad. La mujer
esperó en silencio a que Anna hablara. Su actitud fría irritó aún más los
nervios de la condesa.
—Mis disculpas —se disculpó con una repentina impaciencia cortante
—. Me deben haber dado el número de habitación equivocado. Buscaba la
suite de lord Blackbourne.
—Estas son las habitaciones de lord Blackbourne.
Anna se congeló ante la implicación de lo que la mujer acababa de
decir con su acento extranjero y pausado, que de algún modo sonaba
seductor e intrigante en su áspera pronunciación del castellano. Los ojos de
Anna se abrieron con entendimiento, y la furia que había intentado contener
volvió a salir a la superficie. Observó, molesta, que la mujer no se molestó
en apartarse para dejarla entrar en la habitación. En cambio, dejó a Anna de
pie en el pasillo. Una intrusa en la vida de su propio marido.
—¿Y vos quién sois entonces? ¿La criada?
—Soy una amiga personal. ¿Le dejo algún mensaje? —La hermosa
criatura sonrió, como si encontrara divertido el insulto.
—No, creo que esperaré —respondió Anna mientras pasaba junto a la
mujer, entrando en la habitación. Dio dos vueltas por la elegante suite con
largos y furiosos pasos. Apenas notó que el brillante sol de la mañana estaba
ya lo suficientemente alto como para inundar la habitación de luz. Solo le
echó un vistazo fugaz al servicio de café que aún humeaba sobre la pequeña
mesa junto a la ventana. Lo que sí captó su atención fue que solo había un
dormitorio más allá del amplio salón, y su agitación creció. Cuando volvió
a mirar a la otra mujer en la habitación, se sorprendió un poco al ver que no
se había movido de donde estaba, en el umbral de la puerta. Anna se detuvo
y devolvió la mirada abiertamente curiosa de la amante de Jude,
reconociendo por qué él se sentía atraído por ella. La mujer irradiaba una
gracia innata y evidente, tanto majestuosa como discreta. Era poco probable
que esa belleza regia mostrara reacciones tan vulgares como la impaciencia
o el desasosiego.
Los ojos de la mujer se entrecerraron con un sutil recelo mientras
devolvía la mirada de Anna. Estaba inquieta. Anna siguió la mirada de la
mujer hasta su propia mano izquierda y se dio cuenta de que todavía
sostenía su fusta de entrenamiento enrollada. La había estado sujetando
cuando Palmerton le había informado de la traición de su marido, y estaba
tan distraída por la ira que no la había soltado. Al caminar por la habitación,
había estado golpeándola contra su muslo. Tal acción estaba poniendo
nerviosa a la otra mujer. Acto seguido, Anna decidió aprovecharse de la
malinterpretada sensación de peligro que sentía la mujer. Golpeó la fusta
contra su pierna una vez más y la mujer se tensó. Anna no era capaz de
levantar la mano contra nadie, pero si esa mujer creía que sí lo era, no se
preocuparía por convencerla de lo contrario. La condesa entrecerró los ojos
y trató de poner una expresión de fría indiferencia, aunque por dentro su
sangre ardía, no solo por el robo de Jude aquella mañana, sino ahora
también por esta nueva y cruda evidencia de su arrogante infidelidad. Su
completa falta de discreción la asombraba. En ese momento, dio un paso
lento y deliberado hacia la otra mujer.
—¿Cuánto tiempo lleváis conociendo a mi marido?
—¿Sois su esposa? No sabía que lord Blackbourne estaba casado. —
Los ojos de la amante se levantaron rápidamente para mirarla. Aunque el
resto de su cuerpo permaneció completamente inmóvil, sus ojos mostraban
sorpresa.
—¿Le conocéis desde hace mucho? —La sonrisa de Anna se tensó.
—No. No hace mucho. —La mujer se puso aún más tensa cuando
Anna dio otro paso hacia ella—. Nos conocimos en el barco.
—¿Tenéis algún tipo de acuerdo permanente con él? —insistió Anna,
algo sorprendida de que la mujer estuviera tan dispuesta a revelar los
detalles de su relación con Jude.
—No, ningún acuerdo —señaló, sacudiendo la cabeza y provocando
una onda en su melena—. Nos llevamos bien y simplemente decidimos
continuar nuestra relación una vez llegamos a Londres.
—¿Tenéis familia aquí en Inglaterra? —No quería que la mujer se
quedara sin recursos. No era culpa suya que Jude fuera un bastardo infiel.
—Tengo muchos amigos. —La acompañante levantó un poco la
barbilla, pareciendo comprender hacia dónde se dirigía el interrogatorio de
Anna.
—Os recomiendo que recojáis vuestras cosas y vayáis con ellos, de
inmediato. —El tono de Anna dejaba claro que su recomendación era más
bien una orden.
Las dos mujeres se miraron durante unos momentos. Una en silencio,
cautelosa, reflexionando. La otra, furiosa, dolida y decidida a obtener
retribución.
—Me iré. No deseo interponerme en el sagrado lazo del matrimonio.
Os pido disculpas por mi parte en vuestro dolor. —Después de un respiro, la
otra mujer respondió con tranquila dignidad. Luego se dio la vuelta y entró
en el dormitorio.
El orgullo férreo de Anna casi la empujó a llamar a la mujer para
rechazar sus disculpas y su compasión. Pero sería inútil. Encontrar a aquella
mujer allí solo había intensificado el dolor que llevaba en su corazón desde
hacía tanto tiempo. Se quedó mirando la puerta cerrada del dormitorio con
una mezcla de envidia y confusión. Deseaba tener esa compostura
impecable. Si fuera tan segura y confiada, las acciones de Jude no la
herirían tan profundamente. La verdad era que, si hubiera tenido una pizca
de la seguridad de esa mujer, nunca habría permitido que su padre y su
hermana la intimidaran durante tantos años, y nunca habría terminado
casada con Jude en primer lugar. «Bueno, ahora estoy compensando por
todos esos años en los que he carecido en valor», pensó.
La mujer estaba por marcharse. Anna no tenía ninguna duda de eso, y
sonrió mientras esta se giraba para abandonar la habitación del hotel.
Consideró quedarse un rato más solo para ver la cara de Jude cuando
regresara y encontrara a su amante desaparecida. Puede que él le hubiera
robado la yegua, pero ella había hecho algo mejor: había ahuyentado a su
amante.
Capítulo 8
Tras un largo paseo a caballo por Hyde Park a la mañana siguiente,
Anna regresó a su casa sintiéndose optimista y renovada. Aún estaba
saboreando el triunfo de su venganza por el robo de la yegua que tanto
deseaba, convencida de haber demostrado ser una oponente formidable en
el pequeño tira y afloja que Jude había iniciado entre ambos. Sin embargo,
su buen humor se desplomó de golpe al reconocer el escudo de armas en el
carruaje de colores brillantes que se detenía frente a su puerta. Esta era una
visita que no había anticipado, pero que probablemente debería haber
previsto. Llevó su caballo a las caballerizas y se encargó ella misma de
cuidarlo antes de entrar en la casa y dirigirse al salón de la mañana, donde
la esperaba su invitada.
Años atrás, a Anna se le había prohibido visitar a la duquesa de
Clavering tanto en su residencia de la ciudad como en el campo. No era
apropiado para un duque y una duquesa tener un pariente cercano
involucrado en un negocio tan mundano e indecoroso, especialmente
cuando esa persona era una mujer decidida a inmiscuirse en un mundo que
mejor estaría reservado para los hombres. Ese mandato pretencioso no
molestaba mucho a Anna, ya que rara vez tenía motivos para buscar la
compañía de su hermana. Habían pasado casi seis meses desde que había
sido honrada con su ilustre visita. Y aquel encuentro no había terminado
bien, después de que Anna se negara a prestarle más dinero. En los años
desde que Anna se había vuelto financieramente independiente, Olivia
había adquirido la costumbre de acudir a ella para pedir préstamos
personales para cubrir numerosas deudas de juego. Las solicitudes habían
comenzado siendo pequeñas, pero la suerte de Olivia en las cartas nunca
duraba demasiado. A medida que sus deudas crecían, también lo hacía la
cantidad de dinero que necesitaba para mantener su buena relación con sus
prestamistas más serios.
En su última visita, había llegado a Anna con una petición de una suma
exorbitante, y Anna le había declarado que no contribuiría más a los hábitos
derrochadores de su hermana. Cuando sugirió que Olivia acudiera a su
marido en busca de ayuda, su hermana montó en cólera. Su rostro se había
puesto rojo, y acusó a Anna de ser mezquina y avariciosa antes de salir de la
casa hecha una furia. Anna no había sabido nada de ella desde entonces. Ver
el distintivo carruaje esperando frente a su casa le trajo a la mente dos
posibles razones por las cuales Olivia se dignaba a visitarla ahora. O bien
necesitaba otro préstamo y había decidido arriesgarse a otra negativa, o
estaba en una misión de naturaleza más personal.
Olivia estaba sentada en el centro del sofá color damasco, como
siempre, impecable y hermosa. Las suaves faldas de su vestido rosa pálido
estaban extendidas a los lados para evitar arrugas innecesarias. Su cabello
rubio dorado estaba arreglado en grandes rizos redondeados sobre su
cabeza, y sus manos enguantadas descansaban en su estrecho regazo. Para
el observador casual, la duquesa de Clavering sería todo lo que se esperaría
de una dama de su posición social. Era elegante, segura de sí misma y
estilísticamente encantadora. En cambio, Anna, que tenía años de práctica
leyendo los signos más sutiles de tensión e irritación en su hermana, podía
ver la rigidez en la postura perfecta de Olivia y detectaba un atisbo de
ansiedad en sus ojos marrón claro. Respirando hondo, Anna entró en la sala.
—Buenos días, Olivia.
La duquesa giró la cabeza ante el saludo informal. Había insistido
cientos de veces en que la llamara como correspondía, Su Gracia, pero
Anna se negaba a usar el término respetuoso. Era algo mezquino, pero valía
la pena cuando veía cuánto molestaba a su altiva hermana. Los ojos de
Olivia se entrecerraron con la familiar molestia indignada mientras recorría
con la mirada el atuendo de montar de Anna. Resopló como si su delicada
nariz hubiera sido asaltada por un olor ofensivo y frunció los labios de tal
manera que sus artificiales labios rosados parecían un beso forzado.
—¿Los son? Bueno, supongo que el sol a esta hora del día no es lo
más adecuado para mi temperamento. Demasiado burdo y directo. Envejece
la piel. Prefiero mucho más el suave resplandor de la luz de las velas. Es
una lástima que tanta gente esté cambiando a esa horrible luz de gas. Tanto
brillo no es amable con las sensibilidades delicadas de una dama refinada
—dijo, agitando una mano enguantada hacia la silla que estaba frente a ella
—. ¿Vais a sentaros? No es educado quedaros ahí de pie, flotando sobre
vuestros invitados como un lacayo mal entrenado. Que elijáis vestiros como
un hombre de las clases bajas no significa que podáis comportaros como
uno en mi presencia.
Anna no se movió de su posición, a pocos pasos de la puerta. Permitió
que los comentarios despectivos pasaran sin darle importancia. Hubo un
tiempo en que las palabras punzantes de su hermana mayor tenían la fuerza
suficiente para perforar su delicada autoestima y, a menudo, le hacían daño.
Pero la piel de Anna se había endurecido considerablemente desde
entonces. Miró el reloj. Le daría a la poderosa duquesa quince minutos para
llegar al punto de su visita antes de mostrarle la puerta.
—Olivia, no habéis venido hoy aquí para intentar guiarme de nuevo
por el camino de la corrección social. Y creo que ambas sabemos que no
voy a cambiar ni el más mínimo detalle de mí misma para complaceros o
haceros sentir cómoda. —Anna sonrió, despreocupada, mientras devolvía la
mirada severa de Olivia.
—Siempre fuisteis una niña egoísta y desagradable —espetó Olivia
con aire ofendido—. Es un milagro que tanto padre como yo lográramos
soportaros.
—Encontrasteis una solución a ese problema, ¿verdad? —respondió
Anna rápidamente, en clara referencia al tema que sospechaba estaba detrás
de la inoportuna visita.
Olivia suspiró entonces, y el sonido fue una expresión de profunda
decepción. Su tono se volvió suave y adulador.
—Vamos, querida. Admitid que os habéis dado cuenta de lo afortunada
que fuisteis con el camino que padre y yo os arreglamos. Después de todo,
sois una condesa. Incluso no podéis negar que jamás habríais hecho un
matrimonio tan ventajoso de no ser por nuestra ayuda.
—¿Ayuda? ¿Así es como lo llamáis? —Anna miró a su hermana con
las cejas alzadas. ¿De verdad podía estar tan engañada?
—Oh, basta ya, Anna —le reprochó Olivia con creciente impaciencia
—. No tenéis de qué quejaros. Si no estuvierais siempre intentando ser tan
difícil, os daríais cuenta de que tenéis motivos para estar agradecida.
—Imagino que oísteis la noticia del regreso de Jude —la respuesta de
Anna fue rígida y fría.
—Por supuesto que he oído de su regreso —contestó Olivia—. Está en
boca de todos, ¿no? Igual que vuestra recién descubierta relación con él. —
Sacudió su rubia cabeza con desaprobación, y sus palabras salieron como
pequeñas puyas burlonas—. Sabéis cómo atraer la atención equivocada.
Todo el mundo está hablando de cómo la condesa de Blackbourne es una
criadora de caballos. Es simplemente perturbador. No puedo imaginar lo
devastador que debe ser todo esto para Jude.
—Tengo la sensación de que ha soportado cosas mucho peores.
Despertar de un sueño inducido por drogas con una niña desnuda en vuestra
cama, por ejemplo —soltó Anna, dejando ver un destello de enfado—.
Imagino que eso podría ser un poco más perturbador.
—¿Es necesario que habléis de forma tan cruda? —La cabeza de
Olivia giró rápidamente, clavando en Anna una mirada fulminante.
—¿Os ofendo? —preguntó Anna con fingida inocencia.
—¡Sí! ¡Casi todo de vos me ofende! —gritó la duquesa. Olivia se
detuvo entonces para sacar un pequeño frasco de medicina de su bolso y dar
un trago entusiasta. Anna sabía que su hermana tomaba láudano
ocasionalmente para calmar sus nervios, pero no se había dado cuenta de
que había empezado a llevar esa potente sustancia consigo.
La medicina surtió efecto, y Olivia inclinó lentamente su rubia
cabellera en un gesto de suave desdén.
—No sé por qué habéis decidido moldear vuestra vida de una manera
tan inapropiada y vulgar, pero no me molestaba mientras pocos supieran de
nuestra relación. Aún no veo razón para hacer pública nuestra conexión. Y
no veo la necesidad de volver a hablar de los detalles del pasado —levantó
la cabeza y miró a Anna con una mirada ligeramente desenfocada por el
láudano—, especialmente no con vuestro descarriado marido.
—¿De qué os preocupáis, Olivia? —Anna no pudo evitar picaros un
poco—. ¿Qué creéis que haría lord Blackbourne si descubriese lo
fundamental que fuisteis en la ruptura de vuestro compromiso? ¿Pensáis
que le molestaría saber que lo abandonasteis tan maliciosamente por un
duque?
Olivia se levantó de un salto, toda apariencia de tranquilidad
desapareció al instante. Tenía los puños apretados a los costados y sus ojos
brillaban con una luz de ira contenida.
—Jude no sabrá jamás nada más de lo que ya sabe sobre lo que
ocurrió. ¿Qué propósito tendría revelarlo? Ninguno —entonó con
convicción firme y cortante—. Si alguna vez se supiera mi papel en esa
antigua conspiración, estaría acabada. Clavering se vería obligado a
abandonarme. Sería exiliada, dejada sin nada. —Olivia apartó de su mente
esos pensamientos angustiantes y dio un paso amenazante hacia Anna—. La
única razón por la que empezaríais a llenar los oídos de Jude con historias
del pasado sería por vuestro propio beneficio egoísta.
Anna miró a su hermana, atónita por el cambio repentino en las
reacciones de Olivia. Pero ni siquiera su sorpresa pudo distraerla de la
oleada de indignación que crecía en su garganta.
—¿Egoísta? —jadeó, incrédula—. ¿Es egoísta que reclame mi propia
inocencia?
—Por supuesto que lo es —respondió Olivia con un chasquido
impaciente—, egoísta y cruel cuando al reclamar vuestra inocencia
condenáis a otros.
—¡A otros que son culpables! —gritó Anna, frustrada—. ¿Se supone
que debo cargar con el estigma y la vergüenza de algo que nunca hice?
¡Fuisteis vos y padre quienes ideasteis el plan para obligar a Jude a romper
su compromiso para que pudierais disfrutar del cortejo de Clavering!
¡Fuisteis vos quien subió la leche caliente esa noche y me drogasteis para
que me dejaran en su cama! ¡Yo era una niña, Olivia!
Olivia desestimó las apasionadas palabras de Anna con un gesto
desdeñoso.
—No seáis tan dramática, Anna. Tenías dieciséis, apenas una niña —
replicó Olivia en un tono despectivo—. Y como señalé antes, no habéis
salido tan mal parada, ¿verdad? Tenéis lo que queréis. Estáis contenta con
vuestra situación, ¿no es así? —Sus ojos castaños brillaron con astuta
inteligencia y malicia—. ¿Hasta qué punto deseas conservar esta
encantadora vida, querida? —continuó, sonriendo con frialdad.
—¿Qué queréis decir, Olivia? No tiene sentido que seáis tan ambigua.
—El corazón de Anna se congeló y la presión negra se expandió hasta casi
cerrarle la garganta.
—No, supongo que no lo tiene —suspiró la otra mujer—. He venido
hoy para haceros saber que estoy dispuesta a llegar hasta donde sea
necesario para asegurarme de que mantengáis los detalles del pasado donde
deben estar. Clavering es un miembro muy respetado de la sociedad. Su
palabra tiene mucho peso entre la alta sociedad. —Hizo una pausa para
asegurarse de que tenía toda la atención de Anna—. Vuestro pequeño
negocio depende de mantener una clientela adinerada, ¿verdad? Una
clientela que, casualmente, se mueve en los mismos círculos sociales que el
duque y yo. Si llegaran rumores de que lleváis a cabo vuestros negocios de
manera deshonrosa o ilegal, podría ser bastante perjudicial, ¿no creéis?
—Me arruinaríais. —La furia arrasó en Anna cuando Olivia finalmente
llegó al punto de su visita.
—Igual que la verdad de lo que ocurrió hace ocho años me arruinaría a
mí. —Olivia sonrió—. Como veis, es de gran interés para ambas que el
pasado permanezca enterrado.
—Claramente —murmuró Anna entre dientes, sabiendo que Olivia
esperaba algún reconocimiento de acuerdo. No tenía elección. Olivia había
bloqueado de manera efectiva que la verdad del pasado saliera a la luz.
Anna nunca arriesgaría todo lo que tanto le había costado construir.
—Excelente —declaró Olivia, complacida con el resultado de su
visita. Se giró y rodeó la rígida figura de Anna. Cuando llegó a la puerta, se
detuvo para dar una última advertencia—. Solo tres personas conocen la
verdad de lo que sucedió. Padre está muerto —una fría risita escapó de sus
labios—, y obviamente yo tengo todas las razones para mantener el pasado
enterrado. Así que, si incluso el más leve susurro sobre el asunto llega a mis
oídos, sabré que me traicionasteis, y la vida que ahora disfrutáis se
terminará para siempre.
Capítulo 9
La visita de Olivia dejó a Anna profundamente inquieta. Casi canceló
sus planes de salir con Leif esa noche, pero luego se dio cuenta de que pasar
la velada con su viejo amigo podría ser justo lo que necesitaba para poner
sus pensamientos en perspectiva. Hacía tiempo que no estaba disponible
para acompañarla. La mujer que fuera el amor del momento en su vida solía
mantenerlo bastante ocupado la mayor parte del tiempo. De niños, Anna y
Leif habían sido inseparables.
La madre de Anna había muerto al darle a luz, y siempre sospechó que
ese hecho había contribuido a la animosidad de su padre y su hermana hacia
ella, aunque no lo explicaba todo. Leif había sido su confidente y refugio
seguro cuando necesitaba escapar del trato duro de su familia. Y cuando
empezó a tener sentimientos tiernos por el prometido de Olivia, Leif fue el
primero en reconocer las estrellas en sus ojos por lo que realmente eran. Se
había burlado de ella sin piedad, pero había sido la única persona a la que
quiso recurrir cuando su padre la mantuvo encerrada en su habitación los
días previos a su boda. Por su parte, Anna sabía lo difícil que fue para Leif
ver, impotente, cómo su padre se aferraba a la tradición familiar y
derrochaba hasta el último céntimo arrancado de la herencia Neville en
bebida y juegos de cartas. Leif había crecido prácticamente sin padres en las
grandes tierras ancestrales que colindaban con la propiedad de los Locke.
Su madre se había marchado cuando él apenas había dejado de usar pañales,
y su padre pasaba casi todo el año en Londres. Los criados eran indulgentes
con el niño rubio, pero no lo querían. Sólo Anna le había sido leal.
Leif estaba en plena forma mientras se dirigían a la velada de lord
Fitzherbert en el carruaje de Anna. Como si intuyera su necesidad de una
distracción entretenida, llenó todo el trayecto con una historia sobre la
última travesura que él y sus amigos habían llevado a cabo durante un
concierto musical particularmente aburrido en Vauxhall la noche anterior.
La noche terminó con uno de sus amigos perdiendo los pantalones al caer
de un árbol, mientras otro acababa con dos ojos morados tras recibir el
golpe del bolso de mano de su muy irritada amante.
—¿Y cómo os fue? —preguntó Anna en medio de un ataque de risa
que la dejó sin aliento y agradecida.
—Alguien tenía que calmar las plumas erizadas de la pobre dama. —
Leif se recostó contra los cojines y extendió los brazos para apoyarlos en la
parte superior del asiento del carruaje. Se encogió de hombros con gracia
despreocupada y su sonrisa era diabólicamente engreída.
Anna negó con la cabeza con una sonrisa mezcla de diversión y
admiración, aunque algo reacia, por la constante capacidad de su amigo
para acabar con el premio.
—Siempre supisteis cómo aprovechar los momentos de debilidad de
una mujer.
—Prefiero pensar que se trata más bien de transformar la irritación
molesta de una dama en los suaves suspiros de satisfacción. —Leif fingió
sentirse ofendido con su réplica. Por su parte, Anna puso los ojos en blanco
ante su descarada fanfarronería, mientras Leif sonreía.
Tras unas cuantas horas en la modesta fiesta, mezclándose entre el
excéntrico grupo de amigos de Fitzherbert, Anna estaba más relajada de lo
que había estado en varios días. Aunque recibió algunas miradas curiosas,
nadie la molestó con preguntas sobre su recién revelado título o su marido
recientemente regresado. Sin embargo, fue abordada por el señor Donahoe,
un caballero mayor muy interesado en saber más sobre lo que ofrecían sus
cuadras. Su hija se estaba convirtiendo en una hábil amazona y comenzaba
a aburrirse con lo que albergaban sus propias caballerizas. Anna pasó una
hora muy agradable discutiendo, o más bien debatiendo, sobre lo que se
consideraba una montura adecuada para una joven dama.
Desafortunadamente, su alegría no estaba destinada a durar mucho. Ella y
Leif cruzaron el vestíbulo, desde el salón hasta el pequeño salón donde su
anfitrión había dispuesto un bufé con ligeros refrigerios. La mano
enguantada de Anna descansaba en el brazo de Leif cuando vio a lord
Rutherford entrando por la puerta principal con su característica arrogancia.
Jude le seguía justo detrás. Sin dudar ni un segundo, Anna agarró las
mangas del abrigo de Leif y los arrastró hasta un rincón oscuro bajo el giro
de las escaleras.
—No lo hagáis. Me verá —siseó entre dientes cuando Leif intentó
resistirse.
—¿Quién? —Leif intentó girar el cuello para mirar por encima de su
hombro. Mientras tanto, Anna apretó los puños en las mangas de su abrigo,
tirando de él para que se mantuviera firme delante de ella.
—No llaméis la atención —susurró.
Estaban casi completamente a oscuras, aunque solo a unos pocos pasos
del centro de la sala. Anna se encontraba con la espalda pegada al rincón,
sujetando a Leif en su sitio frente a ella. Pero no era suficiente para
ocultarla por completo de la vista.
—Eh, Sinclair —la potente voz de Rutherford resonó en el reducido
espacio de la sala de paso—, ¿no son esas las faldas de vuestra esposa que
veo detrás de las botas de Riley?
Anna no pudo reprimir el gemido que escapó de su garganta. En
cuanto a Leif, arqueó una ceja.
—¿Qué? ¿Os estáis escondiendo de él? Después de todas las molestias
que os tomasteis para interceptar al tipo en el baile de máscaras, no
esperaba tanta cobardía de vuestra parte ahora.
—No me estoy escondiendo de él, lo estoy evitando. Hay una
diferencia. Puede que haya hecho algo que no le hará mucha gracia, y
prefiero evitar una confrontación en un lugar tan público —añadió ante la
expresión incrédula de Leif.
—No puede ser —respondió Jude desde el otro lado de la sala con una
voz lánguida y apática—. La condesa preferiría llevar pantalones antes que
un vestido de noche. —Su comentario casual sobre su preferencia por la
vestimenta era cierto, pero el tono con el que lo dijo hizo que Anna ardiera
de indignación.
—¿Y qué haréis ahora, ángel? —masculló Leif con renovado humor
—. ¿Deberíamos fingir que no los hemos oído? Podría verme persuadido de
quedarme aquí toda la noche… —hizo una pausa mientras sus manos se
deslizaban sobre las caderas de Anna—, si tuviera algo con lo que
ocuparme.
—Dejadlo ya —espetó Anna, apartando sus manos, lo que provocó
una risita en él y dejó claro que no se tomaba en serio su apuro. No iba a
serle de mucha ayuda. Le dio un empujón en los hombros, y él se apartó.
Sintiendo su espalda rígida, Anna dio un paso hacia la luz del recibidor.
Mantuvo la mirada fija en el rostro de Jude, evitando prestar atención a los
otros invitados que pudieran estar presenciando su humillación. Se
sorprendió al ver el destello de fuego en los ojos de su marido. Este estaba
mirando a Leif con una expresión oscura. Fue solo una impresión fugaz,
porque cuando Jude volvió a mirarla, la ferocidad había desaparecido.
Marido y mujer se miraron. El orgullo de Anna la obligó a mantenerse
erguida bajo su escrutinio. Le sorprendió que no la mirara con la malicia o
la ira que esperaba. En lugar de eso, sus atractivos rasgos parecían
relajados, y sus ojos brillaban con un interés agudo mientras la estudiaba.
¿Aún no sabía de su visita al hotel el día anterior?
—Ah, ¡erais vos! —exclamó él, con un tono neutro. Su mirada
recorrió su figura de arriba abajo. El brillo cálido en sus ojos parecía
atravesar la fina tela de su vestido de noche, haciendo que los vellos de la
nuca de Anna se erizaran con una delicada consciencia—. ¿Decidisteis salir
sin vuestro látigo esta noche?
Anna se dio cuenta entonces de que Jude estaba definitivamente al
tanto de su venganza por la compra de la yegua. Sonrió con dulzura extra y
añadió un toque de picardía sugerente a su respuesta.
—No combinaba del todo con el conjunto de esta noche.
—Sí, ya lo veo. —Las comisuras de los labios de Jude se curvaron en
una sonrisa, a regañadientes.
—¿Seríais tan amable de traernos los abrigos? —Anna se volvió hacia
Leif.
—Por supuesto, querida. —Leif hizo un gesto exagerado con los
talones y sonrió con desenfado.
Anna fulminó a Leif con la mirada por su descarado uso del cumplido.
Él estaba disfrutando de su situación. Era justo el tipo de escena que
apelaba a su retorcido sentido del humor.
—¿Habéis cambiado vuestra jauría de perros por un perro faldero? —
Cuando Anna se volvió para encontrarse con la mirada de Jude, su sonrisa
se transformó en una mueca.
Antes de que Anna pudiera responder, Leif se giró al escuchar las
palabras que iban dirigidas como insulto hacia él. No era probable que el
comentario de Jude le molestara, ya le habían llamado cosas peores, pero
intervino con una sonrisa engreída.
—Es un regazo tan encantador. Sería raro que un hombre de sangre
caliente no soñara con recostarse en semejante calidez. No tenéis de qué
preocuparos, milord, os aseguro que vuestra esposa está en excelentes
manos. —En ese momento, varias damas en la sala soltaron un suspiro
ahogado ante la insinuación.
—Cachorro insolente —balbuceó Rutherford entre dientes.
Mientras tanto, el rostro de Anna se encendió en llamas de vergüenza.
Sus ojos oscuros se clavaron en Leif con una mirada de furia abrasadora.
Este se encogió de hombros y le lanzó un guiño antes de dirigirse al lacayo
para recoger los abrigos. Sus comentarios habrían sido suficientes para
provocar la violencia de cualquier marido como simple cuestión de honor.
Pero no de su marido.
—Una elección interesante de compañía, lady Blackbourne.
El comentario de Jude fue pronunciado en un tono carente de emoción.
La sonrisa de Anna fue intencionadamente sugestiva, y se sintió complacida
al ver cómo los ojos de Jude se entrecerraban en respuesta. Ya no tenía
sentido intentar dar marcha atrás.
—Interesante, apenas le hace justicia a lord Riley, milord.
Las damas que antes habían jadeado conmocionadas, soltaron risitas
detrás de sus abanicos. Los ojos de Jude se oscurecieron poco a poco a
medida que la ira se apoderaba de él. A pesar del destello de furia en su
mirada, su respuesta fue relajada y confiada.
—Disfrutad de vuestra libertad por ahora, milady. Vais a estar bastante
ocupada en las próximas semanas.
Sin entender del todo su ominosa advertencia, Anna decidió ignorarla
mientras se giraba al ver que Leif se acercaba. Se colocó la capa sobre los
hombros antes de mirar de nuevo a su marido con una sonrisa
despreocupada.
—Por mucho que me encantaría quedarme aquí intercambiando
ingeniosos insultos y amenazas crípticas el resto de la noche, tengo
actividades más tentadoras planeadas. Buenas noches, lord Blackbourne.
Lord Rutherford, casi un placer —añadió con un gesto casual mientras
tomaba el brazo de Leif y se dirigía a la puerta.
Leif se mantuvo cerca de su lado mientras descendían los escalones
frente a la casa.
—Ni una palabra más —murmuró Anna en tono de advertencia
mientras aceleraba el paso hacia su carruaje. Permaneció taciturna y en
silencio durante todo el trayecto a casa. Leif, benditamente callado, parecía
intuir que Anna no estaba precisamente contenta con su decisión de
provocar a Jude. La humillación por la escena aún teñía su piel de rubor. Ni
siquiera la certeza de que Jude también había sentido el aguijón de este
último encuentro calmaba el torbellino de sus emociones. Habría preferido
manejar la situación con algo más de sofisticación, pero ya no había
remedio. Tras detenerse el carruaje frente a la casa de Anna, Leif se atrevió
a romper el silencio.
—Es una pena retirarse cuando la noche aún es joven. ¿Estáis segura
de que no queréis ir a divertiros un poco? ¿Realmente soltaros?
—Creo que ya me he soltado lo suficiente por una noche, ¿no creéis?
Casi la mitad de la élite social acaba de presenciar a mi marido
interrumpiendo lo que todos asumirán como un abrazo de amantes. —La
risa de Anna fue temblorosa y forzada.
—Lo sé. —Leif rio—. Lo más divertido es que probablemente seáis
una de las pocas damas de la fiesta con las que no he estado. ¿Visteis la
expresión en los ojos de Blackbourne cuando salimos de nuestro escondite?
—Sí —admitió Anna, recordando la mirada amenazante que vio en los
ojos de Jude por un breve momento antes de que la reemplazara con
indiferencia casual.
—¿Y qué quiso decir con ese comentario final?
—No tengo ni la menor idea. Supongo que es solo otra de sus tácticas
de intimidación —respondió mientras se llevaba una mano enguantada al
rostro sonrojado—. Ya he tenido suficiente emoción por esta noche, pero si
vos queréis continuar la vuestra, aseguraos de que mi carruaje esté de vuelta
antes del amanecer.
—¿Tan pronto? —exclamó Leif—. Yo procuro no terminar mis
veladas antes del mediodía —agregó con una traviesa sonrisa.
Anna aceptó la mano que le ofreció su lacayo y descendió del carruaje
antes de girarse para reprender a Leif con un tono de medio reproche.
—No vayáis rompiendo corazones vulnerables.
—Nunca me molesto con esos bocados tiernos. Son los desengañados
y desilusionados los que más necesitan de mi particular conjunto de
habilidades.
Anna soltó una carcajada ante su descarada respuesta y se despidió con
un gesto de la mano. La puerta del carruaje se cerró y el vehículo comenzó
a avanzar calle abajo antes de que ella siquiera llegara a su puerta. Leif
tenía claramente prisa por encontrar entretenimientos más intensos. No se
dio cuenta de que sus hombros se hundieron y su barbilla bajó ligeramente
mientras esperaba a que él desapareciera de su vista, antes de entrar sola en
su silenciosa casa.
Capítulo 10
Anna nunca salía a montar con el estómago lleno. Claro, para cuando
terminaba su largo paseo matutino por Hyde Park, solía estar hambrienta.
Tenía la orden habitual de que el desayuno estuviera caliente y listo a su
regreso, y casi siempre iba a comer antes de cambiarse de ropa de montar.
El hecho de que no se vistiera para el desayuno era algo que habría
enfurecido a Olivia y a su padre. Pero era una pequeña forma en la que
Anna había podido ejercer control sobre su propia vida. Si decidía
desayunar en pantalones de montar, pues lo haría, y punto.
Hoy, lamentablemente, su apetito desapareció al fijarse en una breve
columna en las páginas de sociedad del periódico, lo que despertó su
irritación. Gimió de disgusto y luego dobló el papel de manera brusca,
perdiendo el interés en leer el resto de los artículos. Para el mediodía, toda
la ciudad sabría de la escena que se había producido entre el conde y la
condesa de Blackbourne en la velada de Fitzherbert.
«Fabuloso». Su matrimonio se estaba convirtiendo en un circo. Solo
deseaba poder encontrarlo tan divertido como todos los demás
probablemente lo harían. Hizo un esfuerzo deliberado al pinchar una
pequeña salchicha con su cuchillo y llevársela a la boca para darle un
mordisco. Nunca le había preocupado mucho lo que la gente pensara de ella
personalmente, siempre que la opinión general sobre ella como mujer de
negocios fuera favorable. No obstante, el artículo de hoy era un buen
argumento para empezar a ser más cauta en sus interacciones con su esposo.
Antes del regreso de Jude, nunca había hecho nada que generara
prensa negativa. Quizá algunos susurros y ligeras especulaciones, pero
nunca había aparecido en las páginas de chismes. Claro que antes nadie
sabía que era la condesa de Blackbourne y no simplemente la señora Locke.
Los estándares eran diferentes para la nobleza, sin duda. Sería una
insensatez no tener en cuenta esas cosas. Acto seguido, arrancó el último
trozo de salchicha del filo del cuchillo con los dientes y bajó la punta para
atravesar el pequeño bollo de pan de su plato. El cuchillo se deslizó en el
pan como si fuese mantequilla. Completamente insatisfactorio. De pronto,
un alboroto estalló en la puerta principal y Anna levantó la vista de su
desayuno, confusa. «¿Qué demonios? ¿Estaba Leif devolviendo el carruaje
en persona?», se preguntó mientras miraba el reloj. No, era demasiado
temprano. Decidida a investigar, dejó el cuchillo en la mesa y se levantó.
Justo cuando entraba en el vestíbulo, su mayordomo Hastings se apresuraba
a abrir la puerta.
Dos jóvenes irrumpieron en la casa cargando una gran alfombra
enrollada entre ambos. Un mozo de cuadra, con una carga de tres baúles
apilados, seguido de otro que equilibraba varias cajas y lo que parecía ser
un saco de ropa sucia, entraron detrás. Anna se quedó atónita mientras la
comitiva llenaba su recibidor, y solo pudo observar con los ojos bien
abiertos mientras el aparente equipo de mudanzas dejaba caer sus bultos en
el suelo, para luego darse la vuelta y salir tranquilamente. Tras darse cuenta
de que iban a dejar todas esas cosas en su vestíbulo sin una palabra de
explicación, Anna los siguió en un asombro paralizante. Se detuvo en seco
cuando un último invitado no deseado entró con paso lento por su puerta.
Primero fue impactada por la sonrisa de Jude. Era casi tan deslumbrante
como solía ser cuando era un joven encantador y digno de la adoración
incondicional de una muchacha tranquila. La diferencia estaba en las finas
líneas de patas de gallo en las comisuras de sus ojos azules, que de alguna
manera le otorgaban un aire de sofisticación y mundanidad. Había una dosis
extra de atractivo en la manera en que su boca se curvaba en esa sonrisa,
como si hubiera intentado resistirse a formarla y hubiera fallado. Pero la
sonrisa, por todo su brillo, no lograba suavizar la dura desconfianza
presente en sus ojos. Con paso relajado, Jude llegó al centro del vestíbulo.
Miró a su alrededor como si estudiara la calidad del diseño y el espacio de
la casa. Luego se volvió hacia Anna. Enseguida, un destello de diversión
cruzó su rostro, y Anna sintió cómo su espalda se tensaba. Diversión, se dio
cuenta, porque todavía le estaba mirando con una incredulidad atónita.
—Vuestra casa es sorprendentemente de buen gusto. Creo que estaré
bastante cómodo una vez que me instale.
—¡¿Qué?! —Anna encontró de nuevo su voz en un grito de alarma.
Miró de la expresión triunfante de Jude a la pila de baúles y cajas de
pertenencias esparcidas por el suelo. No podía ser posible—. ¿Estáis loco?
—Ignorando su pregunta, Jude pasó a su lado para entrar en la sala de la
que ella acababa de salir.
Anna se apartó del desastre en su vestíbulo, decidiendo por el
momento dejar de lado el tema de cómo iba a echarlo a él y a todas sus
pertenencias de vuelta por la puerta principal de un solo empujón.
Siguiéndole hasta la sala, se detuvo junto a la mesa y cruzó los brazos sobre
su pecho, preparándose para una pelea. Observó en silencio cómo él se
servía una taza de café. ¿Qué plan había urdido ahora para volverla loca?
Claramente, ese era su objetivo. Pretendía provocarla hasta llevarla a la
locura para poder encerrarla con seguridad en algún pequeño y tranquilo
manicomio o enclaustrarla en un antiguo convento. Por su parte, Jude
parecía perfectamente contento ignorándola mientras medía la cantidad
exacta de azúcar y añadía solo un toque de crema al oscuro brebaje. El
hombre era muy particular en cómo tomaba su café, lo notó con irritación.
Después de al menos tres minutos de observarle con la furia ardiendo en sus
ojos, perdió la paciencia.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —exigió.
Jude levantó la humeante taza a sus labios y dio un pequeño sorbo,
probando el sabor, antes de girarse para enfrentar a Anna. Su sonrisa había
desaparecido, pero sus ojos, mientras la miraban sin ninguna prisa, brillaban
con el gélido destello de la venganza.
—Excelente café —dijo, antes de levantar la taza para otro sorbo.
Anna estuvo a punto de dar un pisotón en un arrebato de rabia, pero
resistió el impulso infantil. En su lugar, respiró hondo para calmarse y
volvió a intentar, hablando entre dientes.
—Primero, me vais a decir qué hacéis aquí, en mi casa, con ese
montón de trastos en el vestíbulo. —Hizo un gesto hacia el pasillo—.
Luego, os explicaré, de una forma que estoy segura entenderéis, cómo
estáis completamente loco. Y finalmente, con gran placer, mandaré a mis
hombres que os echen, con la ayuda de sus botas si es necesario.
—No lo creo —replicó Jude con una evidente falta de preocupación.
Tal desdén la inquietó.
La condesa entrecerró los ojos mientras él se alejaba del aparador y se
acercaba a la pequeña mesa donde aún estaba su desayuno a medio comer y
el periódico doblado apresuradamente. Seguidamente, Jude dejó la taza y el
plato sobre la mesa y se sentó en una silla vacía. Sentado de lado, echó un
brazo sobre el respaldo de la silla y apoyó el otro en la mesa. A
continuación, inclinó la cabeza y miró a Anna desde debajo de sus párpados
bajos. Esa mirada disimulada hizo que la piel de Anna se calentara al
instante y que sus sentidos se agudizaran. Frunció el ceño, intentando
distraer su aguda atención del rubor que estaba segura le había teñido la
piel. El maldito hombre tramaba algo.
—Os lo preguntaré una vez más. ¿Por qué estáis aquí?
—La respuesta a eso es algo así como una historia —contestó Jude con
un tono indiferente—. Veréis, tenía una invitada compartiendo mis
habitaciones en el hotel, una amiga personal, pero cuando volví a mi cuarto
la otra noche, la dama se había ido. —Jude se detuvo e inclinó la cabeza
hacia atrás para mirar a Anna más directamente. La estudió en busca de una
reacción. Ella se negó a darle una, manteniendo su expresión rígida e
imperturbable. Si su intención era escandalizarla o molestarla, llegaba
demasiado tarde. Tras unos breves momentos, sus labios se torcieron
sutilmente y continuó con su explicación.
—La dama y yo teníamos un entendimiento informal de que, cuando
sus conocidos llegaran a Londres, nos separaríamos. Y como dejó una nota
muy amable expresando su despedida, no pensé más en ello. Hasta ayer,
claro, cuando recibí una sorprendente visita del propietario del hotel, el
señor Davies. —Hizo una pausa, mirándola con las cejas levantadas—.
Creo que lo conocéis.
—Puede ser. Conozco a tantos hombres en mi negocio —añadió, con
una sonrisa provocativa que ensanchaba sus labios. —Anna descruzó los
brazos para hacer un gesto con la mano, en un movimiento despreocupado y
engañosamente casual.
Los ojos de Jude destellaron en respuesta antes de apartar la mirada
para levantar su taza de café. Bebió un sorbo como si tuviera todo el tiempo
del mundo para contar su historia. Y probablemente lo tenía, pero la
paciencia de Anna pendía de un hilo muy fino. Tenerlo en su casa, rodeado
de todas sus cosas, era increíblemente perturbador, y quería que se
marchara.
—Bueno, el señor Davies me explicó que esperaba que la desagradable
escena protagonizada por lady Blackbourne en el vestíbulo la mañana
anterior no se repitiera. Y que, si pensaba que era una posibilidad, debería
considerar mudarme a un hotel con una clientela menos exigente —
continuó Jude después de dejar la taza en el platillo. Asimismo, la miró por
encima del borde de la taza mientras se recostaba en la silla—. Seguro que
podréis imaginaros mi sorpresa ante la advertencia no tan sutil del señor
Davies. —Estaba esperando su respuesta, y a pesar de su actitud relajada,
Anna no pasó por alto que los ojos de color zafiro de Jude se habían
oscurecido considerablemente.
No iba a negar sus acciones. Quería que él supiera que había
ahuyentado a su amante. La venganza no contaba si no asumías el crédito.
Con un gesto de gracia despreocupada que había aprendido observando a
Leif, Anna volvió a acomodarse en la silla que había dejado vacía antes.
Estaba ubicada directamente frente al conde. Cruzó los brazos sobre la
mesa e inclinó la cabeza como si acabara de ocurrírsele algo.
—Ah, sí, claro, el señor Davies. Era ese hombrecito tan elegante que
tuvo la amabilidad de darme el número de vuestra habitación. —Su sonrisa
era exageradamente brillante, y sus ojos se clavaron en el rostro de Jude—.
Tenía tantas ganas de felicitaros por la impresionante yegua que le
comprasteis a lord Palmerton.
—Gracias. Estoy bastante contento con el resultado de mi negocio el
otro día. La yegua es una criatura excepcional. Sin embargo, los
comentarios del propietario me hicieron darme cuenta de algo. ¿Por qué
quedarme en un hotel cuando mi encantadora esposa tiene una residencia
aquí mismo, en la ciudad? —Jude sonrió con obvia y genuina satisfacción.
—No vais a quedaros aquí. —El tono de Anna dejó de fingir.
—Sí, me voy a quedar —respondió Jude, levantando las cejas con
despreocupación—. Vuestra dramática entradita en mi hotel aseguró que no
pueda seguir quedándome allí.
—Iros a la casa de vuestra madre —interrumpió Anna.
—Ah. —Jude suspiró lentamente, como si hubiera anticipado que ella
haría tal sugerencia—. Pero la residencia de los Blackbourne está vacía.
Sería bastante solitaria, especialmente sin la encantadora compañía de mi
amiga. Y, para ser honesto, no me gusta mucho estar solo.
—No veo qué tiene que ver eso conmigo —insistió Anna, en un pánico
creciente.
—Tiene todo que ver con vos —replicó Jude—. Ya que sois
directamente responsable no solo de mi falta de compañía femenina, sino
también de que me echaran del hotel, creo que lo mínimo que podéis hacer
es compartir vuestra casa. —Se encogió de hombros y sus siguientes
palabras adoptaron un tono claramente sensual—. Si algo se desarrolla entre
nosotros debido a nuestra nueva intimidad doméstica, bueno, mejor aún.
—Ahora sé que habéis perdido la cabeza —susurró Anna con fiereza.
Sus ojos abiertos se entrecerraron y un escalofrío recorrió todo su cuerpo
ante la insinuación de que podrían convertirse en amantes.
—¿Qué os pasa? —preguntó Jude con una sonrisa depredadora—. No
tenéis intención de cooperar con una anulación. Lo que significa que, como
vuestro marido, lo que es vuestro es mío. Incluyendo esta casa, vuestras
encantadoras cuadras y —sus ojos recorrieron su figura de una manera
evaluadora que hizo que la sangre de Anna se calentara al instante con una
consciencia física—, vuestra intimidad.
Anna se levantó de golpe, casi tirando la silla en su prisa. Luchó contra
el calor que ascendía por su cuerpo causado por su insinuación y se centró
en cambio en su enfado.
—Ni en sueños. No merecéis ni un minuto de mi tiempo, íntimo o de
cualquier otro tipo.
—Mmm —murmuró Jude, tomando otro sorbo de su café como si
estuviera considerando otras opciones—. Siempre podríais aceptar disolver
el matrimonio y cada uno seguiría su camino. No tendríamos que
soportarnos nunca más.
Anna se detuvo, dándose cuenta de la trampa que le había tendido. Sus
ojos se enturbiaron con fría irritación mientras su mente procesaba
rápidamente las muchas posibles situaciones de esta nueva amenaza. Él
pretendía intimidarla ahora con su proximidad y la sugerencia de compartir
intimidades sexuales. Necesitaba jugar bien su carta.
—No lo creo —contestó lentamente, manteniendo toda evidencia de su
incertidumbre interior fuera de su voz—. Aún no os habéis ganado vuestra
libertad de mí, milord.
—Entonces parece que acabáis de ganar un compañero de casa,
querida. Y os prometo que pasaremos mucho tiempo juntos. —El brillo en
sus ojos implicaba el tipo de tiempo que estaba anticipando—. Esto va a ser
bastante interesante.
A Anna le enfurecía que él se estuviera divirtiendo con la situación. No
quería que estuviera divertido. Quería que estuviera molesto e iracundo.
Todo lo que ella sentía. Seguidamente, lo miró fijamente mientras sus
intensos ojos azules la estudiaban desde el otro lado de la mesa. Sus cejas se
alzaron mientras su mirada recorría sus prendas. Llevaba su típico atuendo
de montar: pantalones de gamuza, camisa blanca y chaqueta de lana, y él no
pudo evitar hacer comentarios.
—No tenía idea de que la ropa masculina en el cuerpo femenino
adecuado pudiera ser tan sorprendentemente atractiva. ¿Lo hacéis a
propósito, me pregunto?
—¿De qué demonios estáis hablando? —demandó Anna, colocando las
manos en las caderas en una postura desafiante. Jude la había desconcertado
con el repentino cambio de tema—. ¿Qué hago a propósito?
—Vestir para lograr seducir, provocar, incitar a un hombre a
pensamientos lujuriosos. —Jude hizo un gesto con la palma abierta que
recorrió el contorno de su cuerpo de arriba abajo.
¿Era extraño que sintiera como si su mano la hubiera tocado, aunque
estaba fuera de su alcance?
—Debéis saber que mostrar vuestra figura de esa manera es seguro que
desate el deseo en cualquier hombre de sangre caliente.
Anna parpadeó ante su extraño insulto disfrazado de cumplido,
viniendo de repente, como lo hizo, en medio de su conversación anterior.
Había recibido montones de críticas por su forma de vestir a lo largo de los
años, la mayoría de ellas de parte de su madre, pero nunca la habían
acusado de vestir de esa manera para atraer a los hombres. Cambió de
postura mientras pasaba las palmas por el frente de su ajustada chaqueta y
tiraba del dobladillo que se ceñía a la parte más ancha de sus caderas.
—Mis conocidos habituales no parecen molestarse por ello —comenzó
con una nota de desafiante terquedad, pero se detuvo al ver cómo la mirada
de Jude seguía el recorrido de sus manos. Un tentador subidón de poder
femenino la recorrió, y una compulsión traviesa la empujó a alisar sus
manos sobre sus muslos. Entre tanto, la mirada de Jude se intensificó y la
piel de Anna se estremeció. No pudo resistirse a poner a prueba el fino
escudo de la compostura del conde.
—¿Os molesta, Jude? —Debería haber sabido que no era prudente
jugar con un hombre que llevaba años cosechando éxitos internacionales
con las mujeres. Cuando su mirada volvió a ascender por su cuerpo hasta
encontrarse con la de ella, Anna se sintió sacudida hasta lo más profundo
por el deseo que veía en sus ojos. Su respiración se detuvo y su estómago
dio un vuelco de emoción punzante. Entonces, él sonrió. La curva de sus
firmes labios era amplia, confiada y cálida, apreciativa, mientras sus ojos
brillaban con expectación.
—No me molesta en absoluto. —Sus palabras la envolvieron como
una fina cinta de sensual seducción. El tono de su voz era íntimo y
profundo, acariciando los delicados resortes del deseo que empezaba a
despertar en Anna.
«Maldición».
Anna se maldijo por haberse dejado atrapar en su suave trampa y
perder la ventaja. Tuvo un pensamiento aterrador: las advertencias
anteriores de Jude sobre tener una relación más íntima con ella tal vez no
fueran una simple amenaza vacía. No estaba segura de ser capaz de
resistirlo si él decidía que realmente la quería. De hecho, estaba bastante
convencida de que, si él lo intentaba de verdad, probablemente no ofrecería
ni una sola palabra de protesta. Un paso así sería desastroso en muchos
sentidos. El pensamiento fue un golpe de realidad, y Anna tembló como si
le hubieran echado un cubo de agua helada encima. Mas se negó a
retroceder ante el último desafío de Jude. No iba a ganar tan fácilmente.
Tenía que haber una manera de poner distancia entre ambos. No podía
arriesgarse a exponer su corazón ni su pasado a su escrutinio personal.
Ninguno de los dos sobreviviría si no lograba mantener su indeseada
reacción hacia su esposo bajo control.
—Queréis quedaros aquí conmigo, Jude, me parece bien —dijo con
firmeza—. No tengo ningún problema con eso. De hecho, dudo que afecte
en lo más mínimo a mi comportamiento habitual. Por otro lado —añadió
con una advertencia sutil en su voz mientras sus oscuros ojos se
entrecerraban de forma provocativa—, predigo que las cosas no irán como
os imagináis.
Jude se encogió de hombros sin mostrar preocupación alguna mientras
se ponía en pie y rodeaba la mesa. Anna resistió la tentación de dar un paso
atrás cuando él se detuvo justo frente a ella. Enfrentarlo había sido una cosa
mientras estaba sentada ante él, pero la proximidad de su cuerpo sólido le
provocó un fugaz destello de preocupación, mientras una intensa
consciencia física inundaba sus sentidos.
—No os preocupéis demasiado por lo que puedo imaginar, querida —
aseguró el conde mientras sonreía confiadamente y levantaba la mano para
rozarle el pómulo con el pulgar—. Esos pensamientos harían que os
sonrojarais. —Anna se obligó a sostener su penetrante mirada azul, aunque
temía no poder evitar la atracción sensual de sus ojos.
—¿De verdad pensáis que podéis manipularme y conseguir lo que
queréis obligándome a soportar vuestra compañía? —preguntó, complacida
al notar que su voz sonaba firme—. Permitidme recordaros, querido esposo
equivocado, que, si llegara a haber alguna intimidad entre nosotros,
perderíais cualquier posibilidad de obtener una anulación. —Anna reclamó
su satisfacción al ver cómo los ojos azules de Jude se oscurecían—. La
única opción entonces será el divorcio, y creo que ambos sabemos que una
acción tan escandalosa no es realmente una opción.
Antes de que él pudiera responder, Anna se dio la vuelta y salió de la
habitación, llamando a su mayordomo, que ya había abierto la puerta para
el último intruso.
—Hastings, lord Blackbourne se quedará aquí por un tiempo. Podéis
preparar sus cosas en el sótano. Debería estar bastante cómodo ahí abajo
con el resto de las alimañas. —Subió las escaleras hacia su habitación y,
entre un escalón y otro, habló por encima de su hombro—. Y por favor,
preparadme un baño. Voy a salir esta tarde.
Capítulo 11
—¡Quiero hacerle sufrir! —exclamó Anna mientras caminaba de un
lado a otro en el pequeño y estrecho dormitorio de Leif.
Después de su baño, se había vestido con un sencillo pero elegante
vestido de día. Había considerado brevemente ponerse un pantalón, pero tal
acción habría sido por puro despecho. Se dijo a sí misma que no permitiría
que la presencia de Jude en su casa alterara su comportamiento habitual ni
siquiera en lo más mínimo. Solo usaba ropa de hombre cuando montaba a
caballo o trabajaba con sus caballos. Así que se vistió con el precioso
vestido verde y esperó hasta que todo estuvo en silencio antes de salir de su
habitación y pedir su carruaje. Su personal no debió tomar en serio la orden
de preparar una habitación para Jude en el sótano. Poco después de empezar
su baño, escuchó el alboroto en el pasillo cuando llevaron sus pertenencias
a un dormitorio a pocas puertas del suyo. Había conseguido salir de la casa
sin encontrarse con su indeseado huésped y se dirigió directamente a la
residencia de Leif, al otro lado de St. James Park. Por supuesto, él seguía en
la cama, pero su mayordomo, en pésimo estado, la dejó entrar de todos
modos. Y una vez que Anna comprobó que no tenía compañía en la cama,
se dirigió a su dormitorio. Su segundo dormitorio, para ser más precisos.
El primer dormitorio de Leif, donde recibía a sus amantes, era un
boudoir elaborado, impregnado de perfumes exóticos y lleno de finas
texturas: ricas maderas de caoba, sedas de la India, suntuosos terciopelos.
Cada rincón de la habitación estaba diseñado con detalles cuidadosos para
estimular los sentidos y mejorar la experiencia sexual de sus invitadas. Lo
llamaba su «inversión». Anna nunca había visto esa habitación. El otro
dormitorio, el que usaba cuando pasaba la noche solo, era una pequeña
habitación de esquina, amueblada solo con lo esencial. A esta habitación se
dirigió Anna con paso firme en cuanto llegó. Atravesó la puerta y caminó
hacia las cortinas que cubrían la única ventana, abriéndolas de par en par
para dejar entrar el sol del mediodía. Al ver que eso no lograba ni un
gemido desde la cama, aplaudió enérgicamente un par de veces hasta que
vio movimiento bajo el montón de cobijas.
—Oh, buenos días —canturreó Anna—. Hora de despertarse.
La almohada que cubría la cabeza de Leif amortiguó lo peor de sus
ásperas y groseras respuestas a la llamada matutina de Anna.
—Vamos, Leif. Necesito hablar con vos. —Anna agarró lo que creía
que era su pie bajo la manta y lo sacudió con brusquedad.
—Vale —gruñó, apartando las cobijas de un tirón—. Joder, sois una
criatura irritantemente persistente cuando os lo proponéis.
—Lo sé —respondió Anna sin el más mínimo remordimiento—, pero
no estaría aquí si no necesitara vuestra ayuda.
Leif se incorporó y se sentó al borde de la cama, con la espalda
encorvada y la cabeza entre las manos, como si intentara ahuyentar una
jaqueca. Aún no había logrado levantar la cara hacia la luz del sol.
—Id a pedir un poco de café, ¿queréis? No puedo pensar con claridad,
y no puedo escuchar vuestros parloteos hasta que me haya bebido al menos
una jarra de esa cosa.
Anna se dirigió hacia la puerta justo cuando Leif se levantaba. Alcanzó
a ver un pecho musculoso y unos brazos fuertes, lo que la hizo sonrojarse.
Le había visto en varios estados de desnudez cuando eran niños correteando
por el campo y nadando en el estanque, pero hacía años que no lo veía sin
camisa. Claramente, todos los murmullos y risitas sobre su físico perfecto
que circulaban en los cotilleos femeninos de sus muchas conquistas no
habían sido exagerados. Recordó haberle preguntado una vez, hacía años, si
le molestaba que las mujeres hablasen de sus atributos físicos y proezas
sexuales como si fuera un juguete del que presumir. Él había respondido
con una risa seca que esos comentarios favorables eran lo que le permitía
mantener el estilo de vida que tanto disfrutaba.
Tras unos treinta minutos y con casi toda la jarra de café vacía, Leif
había conseguido ponerse un par de pantalones y meter los brazos en las
mangas de una camisa. Lo hacía más por Anna que por modestia propia. A
él no le molestaba en absoluto estar desnudo, pero sabía que eso pondría
nerviosa a la mujer. Gruñó, divertido, pero luego aún más nervioso,
mientras la observaba caminar de un lado a otro en la corta distancia de su
habitación, visiblemente agitada.
—¿Y qué es tan importante como para que os arriesguéis a interrumpir
mi sueño reparador? —bromeó Leif con un tono familiar para ambos—. Si
una mujer va a irrumpir en mi dormitorio, preferiría que fuera en un
arrebato de pasión, no de mal genio.
—Quiero hacerle sufrir. —Anna ni siquiera pareció prestar atención a
sus palabras y respondió con dureza:
Leif suspiró, mordiéndose la lengua para no soltar lo primero que se le
vino a la mente. No tenía duda de a quién se refería y le habría gustado
recordarle que ya la había advertido de mantenerse alejada de ese hombre.
—Sin duda, y por muchas razones. Pero ¿qué os tiene tan alterada esta
mañana?
—Tarde —corrigió Anna.
—Cuestión de perspectiva, ángel.
—Me robó mi yegua y se mudó a mi casa. —Anna se detuvo y se
volvió hacia él. Sus labios estaban apretados con tensión y sus ojos oscuros
y salvajes, llenos de una furia apenas contenida. Por su parte, Leif se quedó
atónito por un momento, y luego, incapaz de controlarse, estalló en
carcajadas.
—No lo hizo —murmuró entre risas ahogadas—. ¿Y sigue con la
cabeza puesta? ¿O la decapitación aún está por venir como parte del
sufrimiento que mencionabais?
—¡Argh! —gritó Anna, frustrada, mientras agarraba una almohada que
había caído de la cama y la balanceaba violentamente hacia su cabeza—.
Esto es serio, Leif. Necesito tu ayuda.
—Lo siento, lo siento. —Leif intentó valientemente contener las
carcajadas que se le escapaban—. Entonces, ¿qué es lo que quiere de vos?
—Una anulación.
—Perfecto —replicó Leif, levantando las manos al aire—. Dádsela y
acabad con él de una vez.
—No. Si eso es lo que quiere, entonces es lo último que voy a darle.
Quiero que sufra, Leif. Quiero que sienta el dolor y la angustia de estar
atrapado en este matrimonio, como lo he estado yo. —Hizo un gesto amplio
con la mano hacia la ventana—. Él se fue. Vivió su vida como quiso, sin
pensar en lo que había dejado atrás. No quiero ser ignorada ni olvidada otra
vez, como si fuera un pedazo de papel que se guarda en un cajón. Antes de
que se marche felizmente de nuevo, sabrá que existo.
Leif observó las distintas expresiones de angustia, ira y tristeza que se
dibujaban en el rostro de su amiga. Sacudió la cabeza, disgustado por lo que
estaba a punto de sugerir. Aún no estaba convencido de que no debería
simplemente dar media vuelta y marcharse. Pero conocía a Anna, y sabía
que ya había decidido vengarse. Si quería que su marido la tomara en serio,
él haría lo que pudiera para ayudarla. Leif solo podía esperar que ella
saliera mejor parada al final. Poco después, suspiró profundamente y se
puso en pie.
—Dejadme preguntaros algo —comenzó suavemente mientras se
acercaba a ella y posaba sus cálidas manos en sus hombros—. ¿Él se siente
atraído por vos?
—No lo sé. Insinúa que sí, pero podría ser una estrategia para irritarme
y manipularme —contestó con sinceridad y el rubor cubrió sus mejillas ante
la pregunta tan personal.
—¿Os ha besado? —insistió Leif.
—Sí. —Anna cambió su peso de un pie al otro.
—Pensando en cómo os besó, ¿qué os dice vuestra intuición sobre su
nivel de deseo?
—No lo sé, Leif. ¿Qué diferencia hace eso? Su pasión podría haber
sido un montaje, una actuación. ¿No es eso lo que hacéis vos todo el
tiempo?
—Sí, pero yo he practicado la reacción adecuada. Un hombre sin mi
experiencia no podría expresar una pasión que no siente tan fácilmente. —
Leif hizo una mueca ante la observación despreocupada, pero sabía que ella
no lo había dicho con intención de ofender. Al fin y al cabo, era cierto.
—Entonces supongo que tendría que decir que sí, le parezco atractiva.
—Anna frunció el ceño, con una mezcla de vergüenza y malestar.
—Excelente —masculló Leif mientras le daba un suave apretón en los
hombros—. Entonces hacerle sufrir debería ser terriblemente fácil para vos,
querida.
—¿Queréis decir que debería seducirlo? —La expresión de Anna se
tornó incrédula.
—Seducirlo y rechazarlo. Entended que esa es la clave. Si no podéis
rechazarlo, no tiene sentido siquiera intentar esta estrategia. —Leif se
inclinó para mirarla más directamente a los ojos—. Decidme que lo
entendéis.
—Claro que lo entiendo. Me he dado cuenta de que tengo una cierta…
vulnerabilidad cuando se trata de él. —Anna puso los ojos en blanco y pasó
junto a él para cruzar la habitación con pasos nerviosos.
—¿Os acabáis de dar cuenta de eso? —se burló Leif, ganándose una
rápida mirada de reproche cuando Anna se giró para enfrentarlo.
—No sé lo más mínimo sobre cómo atraer a un hombre —protestó
ella, lo que hizo que Leif volviera a reír.
—Eso es una tontería. Vos, mi ángel, irradiáis una sensualidad innata.
Sabéis de manera instintiva cómo mostrar vuestros encantos de la forma
más llamativa. Lo que pasa es que no habéis tenido ocasión de practicar el
arte de la seducción. Pasáis demasiado tiempo con hombres que prefieren
los caballos rápidos a las mujeres hermosas. Os aseguro que apenas tendréis
que hacer nada.
—Ni siquiera creo que pueda ser amable con él —advirtió Anna.
—No tendréis que serlo. Vuestra mayor arma es ese impresionante
cuerpo que tenéis. Dejad que vea un atisbo de vez en cuando. Un pequeño
trozo de piel prohibida o un vistazo rápido de todo el conjunto. Con él en
vuestra casa, debería ser fácil de manejar.
—¿Y qué pasa si logro seducirlo, pero luego no puedo rechazarlo? —
De repente, la voz de Anna se tiñó de tensión.
Leif vaciló. Aunque su postura era firme y decidida, había un destello
de tristeza en sus ojos. Estaba cuidadosamente oculto, y solo alguien que
había visto esa mirada demasiadas veces en un pasado que esperaba ya
lejano podía notarlo. Se acercó a ella y respondió con sinceridad, sabiendo
que lo que más necesitaba era la verdad.
—Podríais disfrutarlo. Podríais perder vuestro corazón.
Anna cerró los ojos y se quedó inmóvil. Leif sintió la tentación de
acercarse y abrazarla, consolarla como solía hacerlo cuando eran jóvenes.
Mas se mantuvo a cierta distancia y esperó. Al cabo de un momento, ella
abrió los ojos y lo miró con una fuerte determinación reflejada en el leve
alzar de su barbilla.
—Entonces creo que será mejor que evite la seducción —dijo con
desgano.
Leif asintió. Un escalofrío recorrió su cuerpo con la certeza de que no
solo Blackbourne iba a sufrir en los días venideros.
Capítulo 12
Con Anna fuera de la casa, Jude se dispuso a familiarizarse con su
nueva residencia. Estaba de excelente humor, y era resultado directo de su
encuentro con Anna esa mañana. La primera fase de su plan para
convertirse en una presencia constante en la vida de su esposa había sido
bastante fácil de lograr. Ella había asegurado que no alteraría su rutina por
su presencia, pero él dudaba que pudiera ignorarlo por completo. Podía ver
que él la incomodaba. A él le pasaba lo mismo. Habría sido mucho más
fácil simplemente odiarla en todos los niveles. Los impulsos naturales de
deseo que surgían cada vez que estaba cerca de ella complicaban las cosas,
pero no cambiaban su objetivo final: liberarse del matrimonio de una vez
por todas. Cuanto más conocía a la mujer, menos confiaba en ella. Una
joven que había arriesgado todo para forzar un matrimonio con el heredero
de un consolidado y respetado condado, no daba la vuelta y rechazaba todo
vínculo con él para seguir su camino como si nada. Había una pieza del
rompecabezas que aún le faltaba, y la certeza de eso le molestaba.
Después de recorrer todas las habitaciones de la casa, Jude salió para
investigar los establos. Se sorprendió por la calidad del pequeño edificio
detrás de la típica casa londinense. Normalmente, no había mucho espacio
para acomodaciones completas dentro de los límites de la ciudad. Muchos
residentes urbanos ni siquiera tenían establo, prefiriendo alquilar carruajes y
caballos según los necesitaban. Pero la condesa había extendido su
edificación de servicio hacia el pequeño jardín que se extendía detrás de la
casa, lo que permitía un encantador patio de piedra. El espacio servía
perfectamente para mostrar un caballo a un posible comprador. Pasó gran
parte de la mañana charlando con los hábiles mozos encargados de los
caballos. Sabían una cantidad desmesurada sobre el cuidado y tratamiento
de los pura sangre, pero muy poco sobre la mujer que les pagaba el sueldo.
Cualquier pregunta que Jude les hacía sobre el negocio de cría y venta de
caballos de carreras era respondida con rapidez, confianza y amplias
sonrisas de orgullo. Sin embargo, lo mejor que pudo averiguar sobre su
señora personalmente fue que dividía su tiempo entre Londres y Thornwood
Abby en Suffolk, dependiendo de la temporada, y que se levantaba
temprano cada mañana, sin falta, para cabalgar en Hyde Park. Jude nunca
dormía hasta tarde, pero al día siguiente se despertó excepcionalmente
temprano con la intención de interceptar accidentalmente a su esposa. No
obstante, a pesar de toda su planificación, la escuchó salir de la casa más de
quince minutos antes de que él estuviera listo para salir de su habitación.
Ignoró el destello de molestia por tener que perseguirla solo para irritarla.
En cambio, su enfado no duró mucho.
Era un día hermoso y ya comenzaba a ser inusualmente cálido. Cuando
entró al patio, el sol apenas empezaba a estirar sus rayos desde el horizonte.
Un par de los mozos con los que había hablado el día anterior estaban
terminando sus tareas matutinas y le saludaron amistosamente al pasar.
Seguidamente, Jude entró en el establo y respiró el rico aroma de heno
fresco, avena y cuero aceitado. Poco después, el conde cabalgaba por uno
de los muchos senderos de Hyde Park.
Mientras los cascos del caballo resonaban sobre el sendero
perfectamente preparado, Jude pensó en aquel verano y en el fin de semana
que había cambiado el rumbo de su vida. Le resultaba extraño ahora pensar
que alguna vez había sido tan joven e ingenuo. A los veintidós años, se creía
un hombre de mundo. Estaba prometido con una mujer a la que amaba y
creía que el mundo entero estaba a su alcance. Él y Olivia Locke se habían
conocido en uno de los muchos bailes que tenían lugar en Londres durante
la temporada oficial. Ella había sido una visión de la belleza dorada. Su
ingenio y su sonrisa rosada habían conquistado los corazones de muchos
jóvenes de la ciudad y, por alguna razón, Olivia lo había elegido a él entre
todos sus posibles pretendientes. Jude se había sentido halagado y
hechizado. La señorita Olivia Locke sabía exactamente cómo hacer que un
hombre se sintiera como si fuera el ser humano más fuerte, inteligente e
interesante de toda la sala. La muchacha lo había envuelto alrededor de su
dedo. Su madre y su padre habían aprobado la unión, aunque su padre había
advertido de un largo noviazgo para que tuvieran tiempo de conocerse, que
era el propósito de las muchas visitas de fin de semana durante aquellos
calurosos meses de verano. La casa de los Locke se había llenado de
huéspedes desesperados por escapar del calor y el hedor de la ciudad. Jude
había dedicado casi toda su atención a Olivia, y ella había disfrutado de su
concentración.
La hermana menor de los Locke sólo había sido una vaga sombra que
aparecía y desaparecía de los recuerdos de Jude de aquellos días. Por aquel
entonces había sido una muchacha huraña y callada. Era demasiado joven
para participar en las diversiones de la fiesta de la casa y la mayor parte del
tiempo se mantenía oculta. Aunque una vez convenció a Olivia para que se
escapara de la casa con él. La tenía apretada contra la pared exterior de los
establos, con la mano deslizándose por sus faldas y la boca apretada contra
la parte superior de su pecho, cuando Anna se topó con ellos. Olivia,
avergonzada y temerosa de ser descubierta, había espantado a su hermana
menor con una lengua afilada y mordaz. Aún podía recordar el asombro que
se reflejó en el rostro de la joven. Sus ojos oscuros, incluso muy abiertos
por la sorpresa, conservaban una profundidad de melancolía que resultaba
inquietante en alguien tan joven. Mientras Olivia le gritaba que volviera
corriendo al salón de clase y mantuviera la boca cerrada sobre lo que había
visto, la niña había vuelto hacia él aquellos ojos tristes y éste había sentido
un momento de aguda conciencia. Como si la niña hubiera visto dentro de
su alma y se hubiera desencantado por lo que vio. La sensación le había
molestado y había enfriado el ardor que había desatado minutos antes.
Y a la mañana siguiente, el desastre cayó como un yunque. Jude se
despertó sintiéndose como si hubiera tenido que nadar a través de capas y
capas de la niebla más espesa de Londres. Le dolía todo el cuerpo y la
cabeza le palpitaba con un dolor de cabeza que le dificultaba pensar con
claridad. Incluso los detalles de la noche anterior eran vagos y
distorsionados. Había temido abrir los ojos por miedo a que la luz de la
habitación le partiera el cráneo por completo. Pero entonces, algo había
logrado irrumpir en su conciencia con inquietante alarma. Era la voz de
Edward Locke bramando tan fuerte como para despertar a los muertos. En
su confusión, Jude pensó por un momento que estaba soñando. ¿Por qué iba
a estar el padre de Olivia en su habitación? A continuación, había oído un
lastimero gemido femenino y se había esforzado por abrir los ojos. ¿Olivia
también estaba allí? Su confusión había sido tan grande que ni siquiera
podía distinguir lo que decían los Locke en un tono tan enfadado. Era como
si le estuvieran hablando desde debajo del agua.
Cuando consiguió abrir los ojos, no sólo vio a Olivia y a su padre en su
dormitorio, sino también a otros invitados que se agolpaban detrás de ellos,
con la mirada clavada en algo que había a su lado. Jude se apoyó en un
codo y giró la cabeza, con un ligero movimiento que le revolvió el
estómago. A su lado, en la cama, estaba el cuerpo delgado y pálido de la
hermana de Olivia. La muchacha parecía tan joven e indefensa allí
tumbada, aún dormida, o fingiendo estarlo, a pesar de la conmoción que los
rodeaba. Tumbada boca abajo, con las extremidades extendidas en todas
direcciones y el cabello negro enmarañado, tenía un aspecto
devastadoramente lascivo. Jude supo entonces con una certeza
aleccionadora que no estaba soñando. Se había despertado en una pesadilla
viviente. No recordaba mucho de lo que había sucedido inmediatamente
después. No tenía ni idea de cómo había vuelto a Silverly, y hasta el día
siguiente no recordó el vaso de leche caliente que le habían enviado antes
de acostarse. Su furia al darse cuenta de lo que había pasado no tenía salida.
Había habido demasiados testigos de la ruina de la muchacha, y Edward
Locke ya había iniciado una campaña exigiendo retribución. Le habían
tendido una trampa. Su destino sellado por las arteras acciones de una
muchacha que aún asistía al colegio. Al acudir a su padre y explicarle en
privado lo sucedido, el conde sólo le había mirado con ojos apenados. Jude
nunca había podido discernir si su padre había creído o no su explicación,
pero el conde dejó muy claro que, independientemente de cómo se hubieran
puesto en marcha los acontecimientos, esperaba plenamente que su hijo se
comportara con honor. Aunque su madre había luchado contra el conde en
su nombre, Jude había sabido que no había escapatoria a la monstruosa
máquina que se había puesto en marcha. Y había empezado a entumecerse.
El entumecimiento había persistido incluso cuando se reunió con
Olivia para una despedida final. Las lágrimas habían caído sin ser
escuchadas de los ojos dorados de Olivia. Pero, por alguna razón, la escena
no le afectó como sabía que debía afectarle. Jude recordaba con claridad
vívida cómo se había sentado frente a Olivia y la había visto sollozar
desconsoladamente, pero había perdido toda conexión con su dolor y con su
propia sensación de pérdida. Sólo podía pensar en lo asombroso que era que
sus ojos no se enrojecieran lo más mínimo a pesar de las lágrimas que
corrían por sus mejillas.
En el extremo opuesto del espectro, cuando se trataba de la menor de
los Locke, Jude era capaz de explotar una gran cantidad de sentimientos:
rabia, repugnancia, odio. Ni siquiera había sido capaz de mirar a la
muchacha cuando estaba a su lado recitando los votos que los unían en
matrimonio. Toda su energía se había concentrado en superar el malvado
proceso y alejarse de ella lo máximo posible. No estaba prevista ninguna
recepción tras la ceremonia, algo a lo que se había negado a que su padre
accediera. Jude no estaba dispuesto a desfilar entre un montón de invitados,
aceptando felicitaciones poco entusiastas por un acontecimiento tan
horrible.
En el corto trayecto en carruaje desde la iglesia hasta Silverly, Jude
había intentado imaginarse una vida con la silenciosa novia que tenía
enfrente. Para cuando el carruaje se detuvo frente a Silverly, su estómago
estaba retorcido en nudos de furiosa protesta. El lacayo ayudó a su esposa a
bajar al camino de grava, y cuando ella se giró para mirarlo con grandes
ojos oscuros, esperando a que él la siguiera, Jude la miró en solemne
silencio. Todo lo que había visto en su pálido y delgado rostro había sido a
una bruja diabólica y el fin de la vida que siempre había pensado tener. En
una fracción de segundo, Jude tomó la decisión. Se inclinó hacia adelante
para cerrar la puerta del carruaje y gritó al cochero que continuara. No se
detuvo hasta llegar a los muelles de Londres, donde encontró un barco que
lo llevara lejos de Inglaterra, de su familia y de la esposa a la que se negaba
a reconocer.
En los años que siguieron a su partida, Jude se entregó a un estado de
perpetua ignorancia, sin querer dedicar ni un segundo más de pensamiento
ni una gota más de energía a las circunstancias de su matrimonio. Sus
recuerdos de esos años eran vagos en el mejor de los casos, entre los efectos
del alcohol, el humo de los fumaderos de opio y las caras de innumerables
mujeres sin nombre. Se dedicó a un movimiento constante, un cambio
continuo de escenario. Aprendió a desconectar del mundo que lo rodeaba y
a convertirse en un participante meramente superficial.
No fue hasta mucho tiempo después que tuvo la oportunidad de
preguntarse cómo había sido capaz de apartar tan fácilmente no solo a Anna
de su mente, sino también a Olivia, la mujer que había creído amar. Cuando
le llegó la noticia de su matrimonio con el duque de Clavering, solo sintió
alivio al saber que ella había logrado seguir adelante tras la tragedia de su
separación. Luego, apenas volvió a pensar en ella. Durante años, apenas
pensó en nadie. Mas después de haber estado un tiempo en la India y
empezar a adquirir una nueva perspectiva, sus pensamientos a menudo se
volvieron hacia su padre. Las últimas palabras de Jude hacia él aquel día de
su trágico matrimonio habían estado llenas de resentimiento y rabia hacia
los mismos rasgos que convertían al conde en un hombre digno de
admiración. Su padre era justo en sus juicios por encima de todo, y nunca
tomaba una decisión sin sopesar todas las posibles consecuencias. A Jude le
llevó mucho tiempo reconocer que la postura de su padre respecto al
matrimonio no había sido la gran traición que él había sentido en su
momento. Jude ya había decidido regresar a Inglaterra cuando recibió la
noticia de la muerte de su padre. La triste carta de su madre había tardado
varios meses en llegarle, y aunque había apresurado sus planes de viaje, aún
pasaron algunos meses más antes de que bajara del barco en Londres. En el
momento en que Jude tomó la decisión de volver a casa, había sido con la
plena intención de reanudar la vida que había rechazado con una excepción
inamovible. Su matrimonio no deseado se disolvería lo antes posible. Había
aprendido mucho sobre sí mismo y sobre su lugar en el mundo. Sabía que
huir del desastre en que se había convertido su vida ocho años atrás había
sido infinitamente insensato e inútil, la rebelión imprudente de un joven.
No obstante, durante el tiempo que había pasado fuera, también había
llegado a valorar la idea de que la vida se componía de una serie
interminable de elecciones. Cómo un hombre reacciona a las cosas que no
puede cambiar es una cuestión de elección. Jude había elegido volver a
Inglaterra y ocupar su lugar como el hijo que había sido criado para ser.
También fue su elección anular un matrimonio que nunca debió celebrarse,
una unión basada en el engaño y la manipulación. Sin embargo, debería
haberse dado cuenta de que conseguir la anulación no iba a estar exento de
dificultades. Si una muchacha de dieciséis años no tenía reparos en meterse
desnuda en la cama de un hombre drogado e inconsciente, de adulta sería
aún más peligrosa. No se había dado cuenta de que sería tan
sorprendentemente hermosa ni de que sentiría una atracción tan intensa por
ella. Era un hecho que no podía ignorar por mucho que le molestara.
Tendría que ser inteligente para conseguir lo que quería. Pero lo
conseguiría. Seguidamente, Jude empujó su montura con los talones,
deseando más velocidad, más viento en el rostro. A esas horas, el parque
estaba prácticamente vacío, sólo los jinetes más serios recorrían los
senderos. La avalancha de elegantes carruajes con damas de sociedad y
debutantes desesperadas por ser vistas y admiradas llegaría más tarde.
También lo harían los dandis a caballo, que interceptarían a las damas para
iniciar un flirteo o un cortejo más serio.
Jude cabalgó durante más de media hora antes de llegar al estanque y
verla, observándole desde debajo de las ramas de un roble de anchas hojas:
la condesa. Giró su montura en su dirección. ¿Cuánto tiempo llevaba
viéndole? Debería haber prestado más atención. Su intención había sido
sorprenderla. Quería desarmarla y pillarla desprevenida. A medida que se
acercaba, no pudo evitar admirar la imagen que ofrecía sentada a horcajadas
sobre un impresionante pura sangre gris. Parecía preparada para la batalla.
De repente, la visualizó con asombrosa claridad como una de esas míticas
guerreras Amazonas, mientras examinaba el acercamiento de un enemigo
odiado. Jude sonrió. No pudo evitarlo. Sabía de suficientes matrimonios de
conveniencia en los que las parejas se descubrían como incompatibles.
Conocía algunos casos en los que los esposos simplemente se desagradaban
mutuamente. Pero tenía que creer que él y Anna probablemente eran la
única pareja en la historia reciente que había declarado una guerra abierta el
uno contra el otro.
Tirando de las riendas, ralentizó su caballo hasta un paso tranquilo. Se
dijo a sí mismo que el calor repentino que sentía en su cuerpo era debido al
sol y al ejercicio, pero se engañaba. Era Anna. Era la visión de sus largas y
esbeltas piernas enfundadas en piel de ante, abrazando con destreza los
costados de su caballo. Era la vista tentadora de la chaqueta entallada que
había desabrochado, dejando que la ligera brisa de la cálida mañana la
refrescara. Permanecía inmóvil y confiada, incluso cuando su montura se
inquietó al notar la proximidad del caballo de Jude. Con una palabra
murmurada calmó al bien adiestrado animal al instante. El conde casi se rio
al notar el pulso rápido latiendo en el lateral de su garganta y el hecho de
que ella le lanzó una mirada cargada de irritación, a pesar de que sus ojos
mostraban cautela.
—Lady Blackbourne —dijo con una inclinación formal de la cabeza,
observándola de cerca con la esperanza de que algo en su actitud revelara
respuestas al misterio que ella presentaba. La condesa siguió rígida en su
silla, sin mostrar nada más que su animosidad—. Hermosa mañana,
¿verdad?
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Anna, sin hacer el menor esfuerzo por
mostrarse amistosa.
Jude alzó las cejas con una expresión que claramente indicaba que la
respuesta a su pregunta era obvia.
—Montando —señaló al caballo que estaba bajo él.
Anna tomó una profunda bocanada de aire, como si intentara calmarse.
Era evidente que estaba intentando contener su temperamento, lo que hizo
que Jude sonriera aún más. «Perfecto», pensó. Le estaba afectando tanto
como ella a él.
—¿Me acompañáis a dar una vuelta por el parque? —invitó, dejando
claro en su tono que no se daría por vencido fácilmente. Los ojos de Anna
se estrecharon con desconfianza.
—No —respondió secamente.
—No me lo esperaba. —Una de las comisuras de la boca de Jude se
curvó hacia arriba.
—Estaba a punto de regresar a casa.
—Os acompañaré —insistió Jude—. ¿Dónde está vuestro mozo de
cuadra?
—No monto con mozo.
—Claro que no. —Jude guio su montura al lado de la de ella—.
¿Hacéis alguna cosa que se espere de una dama de buena crianza?
—Casi nunca —replicó Anna sin mirarlo.
—¿Por qué? —Jude insistió, sabiendo que sus preguntas personales la
irritarían.
—Por el mero placer de pensar que podría molestaros. —Anna lo miró
con una expresión oscura y una sonrisa maliciosa.
—Podría creeros, excepto por el hecho de que lleváis ignorando las
reglas de la sociedad mucho antes de que yo regresara a Inglaterra. —Jude
negó con la cabeza, no aceptando su respuesta.
—Para molestar a vuestra madre, entonces —corrigió Anna.
—Eso sí que lo creo —opinó Jude con un toque de diversión,
pensando en el horror de su madre ante las actividades de su nuera—.
Supongo que no debería sorprenderme que vosotras dos no os llevéis bien.
—Tenemos un entendimiento. Ella sigue con su rol de condesa de
Blackbourne, reinando sobre sus inferiores sociales, y yo soy libre de hacer
lo que disfruto. —Anna respondió con un encogimiento de hombros, sin
compromiso.
—Pero no es ella la condesa —señaló con un cambio repentino en su
voz, mirándola de reojo ante la apertura verbal que había dejado—. Vos lo
sois.
Anna mantuvo la mirada fija hacia adelante, negándose a devolvérsela.
Jude estudió su perfil altivo con una admiración que intentaba reprimir. Sus
rasgos eran exquisitos, lo admitía a regañadientes. Una mezcla intrigante de
belleza refinada, orgullo inquebrantable y una especie de determinación
silenciosa que residía bajo la superficie y brillaba a través de la profundidad
oscura de sus ojos.
—Lo soy. Por mucho que os gustaría que eso no fuese así.
—Nunca he pretendido otra cosa, cariño. —El tono relajado de Jude
era engañoso. La observaba muy atentamente, esperando su reacción
mientras continuaba—. Pero me sorprende encontraros viviendo así y no en
Silverly. Habría pensado que estaríais encantada de poner las manos sobre
el título, el estatus social y, no menos importante, las joyas de Blackbourne,
que se convirtieron en vuestras tras la muerte de mi padre.
—Sois un ser frío y despiadado por siquiera sugerir, aunque sea por un
momento, que obtuve algún placer con la muerte de vuestro padre. —Anna
detuvo su caballo en ese momento. Visiblemente se estaba conteniendo
mientras le devolvía la mirada con furia contenida.
—¿Erais amantes? —Jude mantuvo sus facciones controladas para no
revelar sus pensamientos.
La mirada marrón de Anna se encendió con llamas profundas de furia.
Luego cerró los ojos. Los labios de Jude se movieron involuntariamente en
una sonrisa cuando vio que Anna empezaba a contar en silencio. Al llegar a
diez, respiró hondo, abrió los ojos y lo miró fijamente con una expresión
que dejaba claro lo que pensaba de él en ese momento.
—Vuestra pregunta es grosera y más insultante de lo que jamás
podríais imaginar. No porque vuestro padre no fuera digno de cariño, sino
porque claramente no le conocíais en absoluto si podéis siquiera considerar
la idea de que él se habría comportado de una manera tan deshonrosa.
Aunque su relación no fue ni tranquila ni armoniosa la mayor parte del
tiempo, él y vuestra madre se amaban y respetaban. Jamás os habría
traicionado de ese modo. Puede que vos me hayáis rechazado como vuestra
esposa, pero él me trató como a una hija desde el momento en que llegué a
su puerta. —Nada más terminar su sermón, Anna presionó con los talones
los costados de su montura y lo instó a trotar con facilidad.
Jude se sintió más complacido por su respuesta de lo que había
esperado. No se había dado cuenta de que la idea de una relación ilícita
entre Anna y su padre había sido una espina clavada en el fondo de su
conciencia hasta que aquella irritante idea fue arrancada. Se sentía mucho
más relajado ahora que el tema había sido tratado. Solo lamentaba que ella
hubiese sido tan certera al señalar que él no había llegado a comprender
realmente a su propio padre. Sus palabras punzantes renovaron el dolor de
arrepentimiento en su pecho. Poco después, se dio un momento extra antes
de espolear a su caballo y lanzarlo a un rápido galope. Anna ya había
reducido la marcha y él frenó con destreza cuando llegó a su lado. La
condesa no le prestó atención.
—Entonces, ¿quién es vuestro protector actual?
—Mirad —escupió Anna entre dientes apretados, centrada en un punto
invisible entre las orejas de su caballo—, no sé qué juego enloquecedor
estáis jugando con vuestras preguntas constantes, pero ya me habéis
arruinado la mañana. He terminado de seguiros el juego, y si tenéis
intención de seguir cabalgando conmigo, os exijo que os calléis.
—Me temo que no puedo hacer eso. Solo hay una cosa que me
expulsará de vuestra vida, querida esposa. Y estáis empeñada en
dificultarlo. Lo único que tenéis que hacer es cooperar. Sin líos, sin
complicaciones extra. Acabemos con esto de una vez por todas.
La expresión de Anna le resultó difícil de leer cuando finalmente se
volvió para mirarlo.
—Pero eso iría en contra de todo por lo que he luchado tan duramente,
¿no creéis? ¿Por qué habría arriesgado todo hace tantos años -mi
reputación, mi seguridad futura, mi felicidad- si no pensara verlo todo hasta
que la muerte nos separe? —Alzó la barbilla con arrogancia—. ¿Qué os
hace pensar que mi determinación ha disminuido con el paso de los años?
—Esperaba que la madurez os hubiera mostrado que ninguno de los
dos encontrará satisfacción alguna en continuar con este matrimonio.
—Habla por vos. —Los ojos de Anna brillaron con fuego oscuro
mientras continuaba con una sonrisa provocadora—. Yo tengo la intención
de obtener una inmensa satisfacción de esta situación tan espantosa. Podéis
contar con ello.
—Si estáis tan condenadamente decidida a mantener vuestra posición
como condesa de Blackbourne, ¿por qué entonces habéis estado usando un
alias? ¿Por qué no presumís de vuestro título y de vuestra conexión con mi
familia? —Jude negó con la cabeza, genuinamente confundido y cada vez
más enfadado por su obstinación constante—. Vuestras palabras suenan
falsas, esposa, y pienso averiguar por qué. No vais a salir impune ni sin
castigo por vuestros crímenes.
—No tenéis ni la más mínima idea de las cicatrices que llevo por mi
parte en esa maldita trama. —Anna apretó los labios y se negó a responder
a su pregunta.
Jude se quedó momentáneamente desconcertado por la emoción cruda
que endurecía su voz. Al segundo siguiente, el pura sangre de la condesa
galopaba a toda velocidad, dejando a Jude en una nube de polvo. Algo no
estaba bien. La certeza de ese hecho le pesaba en el estómago.
«Maldición». Esta mañana no había avanzado como él había esperado.
Instó a su caballo a un trote cómodo tras la enigmática mujer, consciente de
que no tenía posibilidad de alcanzarla montada en un pura sangre tan
excepcional. A lo sumo, esperaba interceptarla de vuelta en la casa. Había
logrado irritarla, pero no había encontrado claridad en las respuestas que le
había dado. El intercambio lo había dejado sin ninguna sensación de
satisfacción.
Capítulo 13
Anna casi saltó del lomo de William cuando llegaron al pequeño patio
cerrado de los establos detrás de su casa. Con movimientos automáticos,
nacidos de la rutina, se quitó la chaqueta de un tirón y la lanzó sobre la
barandilla donde ató las riendas. Se dedicó a quitar la ligera silla de montar
y a cepillar el pelaje de William sin realmente ver lo que estaba haciendo.
Necesitaba respirar, necesitaba encontrar un equilibrio para sus emociones
que giraban con fuerza. Jude no tardaría en llegar detrás de ella y no quería
parecer la tonta temblorosa y confundida que sentía ser en ese momento.
Cuando le había visto galopar a toda velocidad por el parque, se había
quedado atónita, en realidad, impresionada por la imagen masculina de
fuerza y control que él proyectaba.
Jude iba montado en Richard, un joven e impulsivo caballo castrado.
El temperamento del animal había demostrado ser demasiado salvaje y
rebelde para considerarlo para la cría, pero la velocidad, la fuerza y la
pasión del pura sangre eran innegables. Siempre había creído que se podía
descubrir mucho sobre una persona observando cómo montaba. Y ver lo
fácilmente y con cuánta calma Jude era capaz de manejar el poder bruto del
impetuoso animal bajo él le hizo preguntarse si tal vez había subestimado al
hombre en el que su marido se había convertido. Esa posibilidad la ponía
nerviosa. Al igual que la expresión intensa en su rostro cuando se le acercó,
que hizo que su corazón comenzara a latir al doble de su ritmo normal.
Al oír el familiar sonido de los cascos de un caballo sobre la piedra, se
detuvo y apoyó la frente contra el cálido flanco de su caballo. Tomó tres
respiraciones profundas y se dijo a sí misma que podía manejar esto.
Tendría su pequeño sabor a venganza y luego lo dejaría ir como él deseaba,
y seguiría con su vida como si nunca hubiera sido parte de ella. Anna
continuó pasando el cepillo sobre el pelaje de William con trazos largos y
seguros. Incluso cuando Jude ató su caballo unos puestos más allá, ella no
se dio la vuelta. Se inclinó para revisar las herraduras del corcel, una pezuña
tras otra, negándose a reconocer la presencia del conde.
Finalmente, al incorporarse tras revisar la última pezuña, se dio la
vuelta y soltó un jadeo al encontrarse cara a cara con su marido. No se
había dado cuenta de que él se había acercado. De hecho, estaba justo detrás
de ella, al lado de William, con una mano descansando casualmente sobre el
lomo del caballo.
—Maldita sea —murmuró para sí, mientras se pasaba el antebrazo por
la frente. El calor del sol y la actividad física habían hecho que una capa de
sudor humedeciera su piel. Colocó los puños en las caderas y se mantuvo
firme, aunque la inesperada cercanía de Jude le provocaba un agudo
escalofrío de consciencia a lo largo de su cuerpo.
—¿Siempre maldecís tanto, o soy yo el que despierta la vulgaridad en
vuestra lengua?
—¿Siempre os acercáis sigilosamente a las mujeres mientras trabajan,
o soy solo yo a quien deseáis atormentar? —Le sostuvo la mirada con los
labios firmemente apretados en una expresión de obstinación. Sus ojos
azules estaban brillantes, directos y desafiantes de una manera íntima.
Había algo elementalmente diferente en su actitud mientras estaba allí.
Anna podía sentir la intensidad de su mirada vibrando en cada nervio de su
cuerpo. Algo había cambiado desde su discusión en el parque, algo que
conectaba con una nota profundamente oculta en el núcleo de Anna. La
lenta aparición de su sonrisa hizo que se le encogieran los dedos de los pies.
—Solo vos, cariño —respondió él con un tono seductor.
«Oh, Dios, ahora sí que estoy en problemas», pensó ella en un
momento de pánico.
—La vista era demasiado tentadora como para resistirme a echar un
vistazo más de cerca —añadió. Su mirada recorrió desde las botas de Anna
hasta el pulso acelerado en la base de su cuello.
Los ojos de la condesa se abrieron de par en par al recordar la vista que
él había tenido mientras ella estaba inclinada en su tarea.
—Sois un cerdo depravado —acusó, dejando escapar otro jadeo.
—No. Soy un hombre, y tenéis un trasero muy tentador.
Las fosas nasales de Anna se ensancharon mientras intentaba contener
su ira, pero estaba demasiado alterada intentando decidir entre controlar su
furia por el comentario vulgar de Jude o el inesperado deseo que de repente
recorría su cuerpo. Si todo lo que él tenía que hacer era murmurar unas
palabras sugerentes de admiración y ella se desmoronaba, estaba claro que
había hecho bien en no considerar la idea de seducirlo.
—¿Qué os pasa, Anna? —preguntó Jude al dar un paso hacia ella. Sus
ojos azules reflejaban la luz brillante del sol y coincidían perfectamente con
la pureza del cielo que tenían encima. Su sonrisa se desvaneció, pero sus
ojos brillaban con una aguda satisfacción al ver cómo ella daba un paso
instintivo hacia atrás. Estaba disfrutando de aquello, disfrutando de la
expresión de pánico en su rostro mientras la acechaba. Su deseo por ella
podía ser real, y Anna se inclinaba a creer que lo era, pero su desagrado
también lo era. Se regocijaba jugando con ella. Anna tenía que recomponer
sus piezas en este juego o perdería el enfrentamiento de ingenios y
voluntades antes de que hubiese comenzado realmente.
Jude dio otro paso adelante. Ella volvió a retroceder y la barandilla se
le clavó con fuerza en las nalgas. Extendió la mano hacia atrás para
apoyarse, y el movimiento hizo que su camisa se tensara sobre el pecho,
tirando de los botones que corrían por el centro. Bajó la vista hacia sus
pechos con un destello de admiración. Anna contuvo la respiración y sus
pezones se endurecieron. Jude volvió a mirarla a los ojos.
—Es un difícil punto muerto, ¿no creéis?
—No sé de qué habláis. —Anna intentó apartar la mirada de la suya, la
cual era intensa y demasiado consciente. Pero Jude le sujetó la barbilla con
los dedos y la obligó a mirarlo.
—Sabéis perfectamente de lo que hablo —susurró—. Y lo odiáis tanto
como yo, ¿verdad? —Su expresión se volvió seria—. Puede que no haya
solución —opinó, como si hablara consigo mismo.
Bien podría haberlo hecho, porque Anna apenas podía comprender sus
palabras con el estruendo del deseo rugiendo en sus oídos. Se sentía incapaz
de articular palabra, como si de repente no pudiera unir dos pensamientos
seguidos mientras sus ojos se posaban en las firmes y duras líneas de sus
labios. Los suyos se entreabrieron, dejando escapar un rápido aliento.
Enseguida, los ojos de Jude se oscurecieron, y su atención se centró en la
boca de su esposa. Entonces, le rodeó la parte baja de la espalda con el
brazo y la atrajo hacia un abrazo aplastante mientras su boca descendía
hambrienta sobre la de Anna. Plantó los pies con firmeza y la inclinó hacia
atrás sobre la barandilla. Fue una exhibición de fuerza física y dominio
sensual. Anna solo pudo aferrarse a sus hombros mientras la pasión de su
beso alimentaba la suya propia. El calor la envolvía, y un intenso latido
comenzó a pulsar entre sus piernas. La llama del deseo en su sangre se
avivó hasta convertirse en un fuego abrasador.
La presión dominante de su boca empezó a suavizarse mientras la
incitaba y provocaba con los labios. Probó la suavidad de su labio inferior
con su lengua de terciopelo antes de atraparlo entre sus dientes para una
rápida caricia succionadora. El gemido escapó de su garganta antes de que
ella supiera que lo había formado, y apretó los puños en su abrigo. Estaba
perdiendo terreno. ¿A quién intentaba engañar? Ya ni siquiera podía ver el
suelo. Cada pensamiento, cada sensación era una reacción inmediata al
movimiento de su boca sobre la de ella y al calor envolvente de su cuerpo.
Nada más existía ni hacía falta. Solo estaba este torbellino de sensaciones y
la necesidad abrasadora del hombre que la sostenía. De pronto, tiró de sus
hombros y se arqueó hacia él. Quería más. Siempre más.
Y cuando pensaba que podría gritar de frustración, el conde le dio más.
Se irguió un poco y movió los pies. El brazo alrededor de su espalda se
tensó mientras colocaba una de sus piernas entre sus muslos. Sin romper el
contacto de sus bocas, bajó las manos hasta sus caderas. Sus fuertes dedos
agarraron la plenitud de estas mientras tiraba de su cuerpo hacia él. La
longitud dura y musculosa de su muslo deslizándose contra su núcleo
íntimo hizo que Anna rompiera el beso con un estremecimiento ahogado
mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás. Jude aprovechó rápidamente su
cuello expuesto y presionó un beso ardiente en el pulso que latía bajo su
mandíbula. Enseguida, deslizó una mano por la parte trasera de su muslo y
levantó su pierna a lo largo de su cadera, luego se inclinó más sobre ella,
profundizando el contacto. La dura prominencia de su erección presionaba
contra su bajo vientre. La evidencia de su deseo avivó aún más las llamas
crecientes mientras oleadas de sensación inundaban su vientre. Por su parte,
Anna levantó las manos para enredarlas en los rizos desordenados en la
nuca de Jude, aferrándose para anclarse. «Dios santo», la velocidad y furia
con la que había sido consumida por el deseo hacían que su mente girase en
una nube confusa. La fuerza de Jude, el agarre firme de sus manos en su
cuerpo y el fuego caliente y húmedo de su boca sobre su piel desnuda la
abrumaban por completo.
Jude movió una de sus manos de su espalda para deslizarla lentamente
por su estrecha caja torácica. Anna contuvo la respiración en anticipación.
Cuando su gran mano cubrió su pecho, el gemido involuntario que escapó
de sus labios reflejaba las sensaciones que la recorrían desde los dedos de
los pies hasta su cerebro, ablandado por el deseo. Tiró de su cabello,
acercando su boca de nuevo a la suya. Lo besó con toda la furia de la pasión
que él despertaba en ella. Todo el fuego, el miedo, e incluso los
sentimientos más delicados que aún guardaba en su corazón. Presionó su
cuerpo contra él y le besó hasta quedarse sin aliento. Finalmente, como si
no pudiera soportarlo más, Jude apartó su boca y la miró con una expresión
sombría por preguntas y una profunda desconfianza.
—¿Quién demonios sois, Anna? —Todavía la sostenía con fuerza
mientras la arqueaba sobre el pasamanos. Ella solo podía aferrarse a él para
no caer. Sus ojos penetraban en su alma, y de repente Anna se sintió
desnuda y vacía, cuando apenas unos segundos antes se había sentido tan
llena con el impulso del conde, su aroma, su calor, su sabor, y su deseo. Con
un tono áspero, formuló otra pregunta—. ¿Siempre besáis como si os fuera
la vida en ello?
Anna cerró los ojos. «¿Cómo demonios voy a saberlo?» pensó, con
una desesperación abrupta y sofocante. Abrió los ojos y buscó en su rostro
algún rastro del joven que una vez había admirado. ¿La creería si se
desnudaba el alma allí mismo, como estaba tentada de hacer? Se humedeció
los labios secos.
—No os entiendo —continuó Jude, sin soltarla de la incómoda y
vulnerable posición en la que la tenía. Su rostro se tensaba con frustración
—. No entendí vuestras acciones mercenarias entonces, y no entiendo qué
esperáis conseguir de mí ahora. ¿Quién sois, Anna? ¿Qué es lo que queréis?
«Quiero ser feliz. Quiero volver atrás y cambiar el pasado. Quiero que
me veáis. Quiero que me conozcáis. Que me améis».
Las palabras rebotaban en su cabeza, pero no encontraban el camino
hacia sus labios. Había pasado demasiado tiempo. Demasiado miedo se
había acumulado, demasiada incertidumbre y dudas. Y la terrible y evidente
verdad era que tampoco conocía a Jude.
—No queréis escuchar realmente las respuestas a todas vuestras
preguntas, Jude —respondió finalmente Anna con tranquila certeza.
Le devolvió la mirada penetrante con confianza, al menos en ese punto. Él
no estaba preparado para aceptar la verdad completa de todo lo que había
ocurrido. Y ella no estaba lista para exponerse a más dolor y desconfianza.
No por parte de él. Y ahora, Olivia se había asegurado de que Anna
arriesgaría más que su corazón si pronunciaba las palabras que podrían
exonerarla ante los ojos de su marido.
Se apartó de su esposo con un leve empujón, ignorando la punzada de
deseo que recorrió su cuerpo con el breve roce entre sus cuerpos. Él dio un
paso atrás, retirando el apoyo de su sólido cuerpo. Las piernas de Anna
vacilaron un poco, pero se obligó a mantenerse firme. Nada de debilidad.
No se dejaría aplastar por el peso de sus emociones. No le permitiría ver la
más mínima posibilidad de derrota. Acto seguido, se dio la vuelta, sintiendo
la pérdida de su contacto cuando las manos de Jude se apartaron de sus
caderas. Alzó la mano para coger las riendas de William y se sorprendió por
lo que acababa de suceder allí, al aire libre, en el patio de su establo.
Rápidamente escudriñó los alrededores. Un rubor le calentó las mejillas al
pensar que cualquiera de sus mozos podría haber salido y verla
comportándose como una libertina…. con su propio marido.
Ese último pensamiento le provocó una risa casi histérica. Una sonrisa
tonta se extendió por sus labios al darse cuenta de lo absurdo que sería ser
vista en una posición tan escandalosa con su propio marido. Esas cosas
simplemente no se hacían en la buena sociedad. Los escándalos estallaban
constantemente entre amantes ilícitos, pero nunca entre matrimonios. Al
girarse para llevar a William de vuelta a los establos, no pudo resistirse a
echarle un vistazo a Jude. Este estaba apoyado contra la barandilla cerca de
donde habían estado. El sol de la mañana tardía brillaba en los suaves rizos
de su cabello rubio. La observaba con una expresión de concentración que
la ponía nerviosa.
Anna contuvo el aliento. El momento parecía, de alguna manera, más
íntimo que cuando habían estado cuerpo a cuerpo.
—Os deseo, Anna —dijo Jude suavemente hacia la distancia que los
separaba. La condesa parpadeó, sorprendida por su franca confesión—. No
lo voy a negar, pero eso no cambia el hecho de que las circunstancias de
este matrimonio necesitan ser solucionadas. Si al final tengo que recurrir a
otros medios que no sean la anulación, que así sea.
Sus palabras eran una promesa y una advertencia envueltas en una sola
frase dicha con rudeza. Anna entendió lo que estaba insinuando. No se
oponía a un divorcio si su relación se volvía más física. Mientras se alejaba
hacia los establos, se preguntó si él sabía cuán profundamente la afectaría
esa sugerencia. Y si esa había sido precisamente su intención.
Capítulo 14
El sonido de unos golpes incesantes arrancó a Jude de un sueño
inquieto. Alguien estaba llamando a la puerta principal. Su primer
pensamiento fue para Anna, y el miedo lo invadió ante la idea de que algo
le hubiera ocurrido. Luego recordó que la había oído entrar poco después de
la medianoche. Había salido con Riley tarde en la noche. Jude había
ignorado la breve tentación de seguirles. Aunque quería convertirse en una
molestia para su esposa, no deseaba presenciar personalmente sus
interacciones con su amante.
Los golpes continuaron sin tregua. Totalmente despierto, Jude sacó las
piernas de la cama y se puso la ropa de la noche anterior. Apenas había
salido de su dormitorio y llegado a lo alto de las escaleras cuando el
mayordomo emergió de las sombras. El pobre hombre claramente no estaba
acostumbrado a ser despertado en mitad de la noche, y su uniforme estaba
lejos de ser impecable. Tan pronto como Hastings abrió la puerta, un
mensajero desaliñado se precipitó dentro de la casa.
—La señora Locke, eh, ah, la condesa. Debo hablar con la condesa de
Blackbourne.
Jude empezó a descender las escaleras con el ceño fruncido. ¿Qué
demonios era esto ahora?
—La condesa… —comenzó a decir, pero fue interrumpido cuando una
figura en bata blanca y un albornoz azul pálido, con una espesa melena de
cabello negro azabache, pasó rápidamente junto a él en las escaleras.
—Estoy aquí, Jack. ¿Qué sucede?
El mensajero tragó saliva una vez, dos veces. Sus ojos casi se salían de
las órbitas al ver a Anna en su estado tan informal. Jude podía entender el
problema del pobre hombre. No había forma de ocultar la sensualidad
inherente de aquella mujer, incluso en ropa de dormir. Poco después, Anna
llegó al vestíbulo y se acercó al hombre con pasos rápidos, atándose el
cinturón del albornoz alrededor de su pequeña cintura.
—Vamos, soltadlo ya, hombre. Debe ser urgente, o no estaríais
armando semejante escándalo a estas horas.
—L…lord Riley, mi señora —tartamudeó el hombre mientras lograba
centrarse en su propósito—. Está pidiendo por usted.
Jude llegó al lado de Anna y observó cómo ella se obligaba a respirar
hondo. Sus labios se curvaron con diversión. Al parecer, la señora podía
estar malhumorada cuando la sacaban de su sueño.
—¿Pidiendo por mí? ¿Para qué? Tenéis que ser explícito —replicó
Anna con insistencia mordaz y puso las manos en sus caderas.
—Lo siento, mi señora —dijo el hombre, negando con la cabeza—.
Lord Riley ha sido herido de un disparo y me ha enviado a buscarla.
—¡¿Un disparo?! ¡Por Dios, hombre, ¿por qué no lo habéis dicho
antes?! —Se giró hacia el mayordomo—. Haced que preparen el carruaje
inmediatamente. Se volvió al mensajero para preguntar—. ¿Ya han llamado
a un médico?
—No lo permitió, pero ha perdido mucha sangre, según lo que vi.
—Terca mula —murmuró para sí misma.
—No vais a salir de casa así. —Jude avanzó desde donde se había
detenido al pie de las escaleras.
Anna miró por encima del hombro, con su melena cubriéndole medio
rostro. Pero incluso con la tenue luz del vestíbulo, Jude pudo detectar
fácilmente la tensión y el agotamiento en sus pálidas facciones. Estaba claro
que ella se pondría muy terca al respecto.
—No pensaréis en serio que vais a detenerme —declaró con
impaciencia cortante.
—No, veo que sería un esfuerzo inútil. Pero iré con vos.
—Mi capa, por favor. Daos prisa. —Al oír el sonido del carruaje
acercándose a la puerta principal, Anna se volvió hacia Hastings.
—Y mi abrigo —añadió Jude.
—Vuestra intervención no es necesaria. —Anna frunció el ceño.
—Os acompañaré. —Su expresión y tono indicaban que no permitiría
una negativa en este punto.
—Está bien —gruñó con irritación. Se colocó la capa sobre los
hombros y se dirigió hacia la puerta—. Solo mantened la boca cerrada y no
interfiráis. Esto no tiene nada que ver con vos.
Jude habría señalado que, si su esposa iba a ir por ahí paseándose en
ropa de dormir, corriendo al lado de la cama de un hombre herido de bala,
él se aseguraría de estar involucrado. Entonces se preguntó por qué cada
vez le resultaba más fácil pensar en ella como su esposa. Frunció el ceño
ante la idea y se sumió en el silencio. Por miedo a quedarse atrás en plena
calle, Jude se mantuvo pegado a los talones de Anna mientras ella
prácticamente volaba escaleras abajo hacia el carruaje.
Tardaron menos de diez minutos en llegar a la residencia de Leif. La
ansiedad de Anna aumentaba con cada minuto que pasaba. Por primera vez
desde que Jude había vuelto a su vida, apenas le prestó atención, ya que su
preocupación por Leif eclipsaba cualquier otro pensamiento. Tan pronto
como el carruaje se detuvo, Anna saltó al suelo y corrió hacia la casa,
dejando a Jude seguirla por su cuenta. No había criados a la vista y la casa
estaba casi a oscuras. Sin embargo, Anna no dudó ni un segundo y se dirigió
directamente a la pequeña habitación del piso superior. A medida que se
acercaban, el hedor a alcohol rancio y tabaco viejo impregnaba el aire, junto
con el dulce y salado olor metálico de la sangre.
Leif estaba allí, recostado torpemente en una cama estrecha. Aún
llevaba puesta una camisa blanca de noche, oscurecida en un lado por la
sangre que, en la luz tenue de una única vela, parecía negra. La prenda
estaba suelta de los pantalones que también estaban manchados por el lado
izquierdo. En su brazo no herido, una botella de licor reposaba suavemente.
Con un suspiro ahogado, Anna se lanzó junto a la cama y se arrodilló en el
suelo. Sus manos recorrieron el pecho del hombre herido, presionando y
palpando con suavidad. Leif levantó la cabeza de las almohadas y la miró
con ojos desenfocados y la sonrisa de un borracho.
—Hola, ángel —balbuceó Leif.
—Sois un maldito imbécil —replicó Anna. Sus duras palabras no
lograban ocultar la profunda preocupación en su voz—. ¿Qué ha pasado?
Leif se movió y soltó un gemido mientras se llevaba la mano al
costado izquierdo. Levantó la botella que tenía en la otra mano y se tomó un
buen trago de lo que fuera que contenía. Luego, otro más. Bajando la
botella, miró a Anna con una expresión de disculpa.
—Soy un auténtico problema para vos —farfulló con la voz arrastrada
—. Pero os juro que ella me dijo que su marido estaba fuera de la ciudad.
El ceño fruncido de Anna hablaba por sí solo sobre lo que pensaba de
aquella confesión. Con mucho cuidado, apartó la camisa empapada de
sangre de su cuerpo, esforzándose por evitar que le temblaran las manos.
Había habido una pérdida significativa de sangre, pero el sangrado parecía
haberse reducido a un flujo constante desde la herida en su costado. A
continuación, Anna soltó el aire que había estado conteniendo. No parecía
tan grave como podría haber sido.
—¿Qué demonios hace él aquí? —expresó Leif mientras señalaba con
la botella hacia la puerta en un amplio arco de su brazo. El hecho de que no
se derramara ni una gota del cuello de la botella era prueba de lo mucho que
ya había bebido.
Anna miró por encima de su hombro. Había olvidado la presencia de
Jude. Este estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y apoyado
con un hombro en el marco de la puerta. No estaba del todo dentro de la
habitación, pero tampoco fuera. Observaba la sangrienta escena en silencio,
sin revelar nada de lo que pensaba. Podría haber estado presenciando un
discurso en el Parlamento, por lo poco que mostraba su rostro.
—Insistió en acompañarme —respondió Anna con una oscura mirada
de fastidio—. Ignoradle.
—¡Ja! —exclamó Leif con una repentina sonrisa burlona dirigida al
otro hombre—. No ha tardado nada en poneros una correa, ¿eh?
—Leif —le advirtió Anna en voz baja antes de dirigirse a Jude—. No
tenéis por qué quedaros, milord. Tengo la situación bajo control.
Los ojos azules de Jude eran indescifrables mientras miraba a su
esposa que se encontraba arrodillada junto a la cama de Leif. El pánico de
esta por el estado de Leif había despojado algunas de las capas de
resentimiento y desconfianza que utilizaba como escudo contra el juicio de
su marido. La intensidad de su mirada la afectaba profundamente, como si
estuviera arrodillada ante él, expuesta de una manera mucho más íntima de
lo que explicaba el hecho de estar en camisón.
Unos segundos después, bajo su gélida mirada, una sensación nerviosa
recorrió los músculos de Anna, y sintió el impulso de moverse, inquieta.
Ella nunca se movía con inquietud. A pesar de la extraña sensación de
nerviosismo que invadía sus extremidades, mantuvo la mirada de su marido
con orgullo, esperando que disimulara la vulnerable fragilidad que sentía en
su interior.
—De todos modos —comentó Jude con lentitud—, creo será mejor
que me quede. —Descruzó los brazos y se acercó tranquilamente a la única
ventana de la habitación. Apartando las pesadas cortinas, miró hacia el
callejón de abajo. Por su parte, Anna lo observó de espaldas, sintiendo una
mezcla de alivio y fastidio al ver cómo él parecía descartar la situación de
su preocupación.
—Me importa un demonio —murmuró Leif—. ¿Qué tan grave es,
ángel?
—No podré ver bien cuánto daño hay hasta que os limpie. —Anna
volvió su atención al hombre herido.
—Hay trapos y agua allí. Miriam los trajo. —Leif señaló con la botella
una mesa detrás de Anna.
—¿Dónde ha ido entonces? —preguntó Anna con impaciencia,
mientras mojaba un trapo en el agua tibia y lo escurría con ambas manos.
Podía ver a Jude por el rabillo del ojo, aún con la mirada fija en la ventana.
—La eché a patadas —explicó Leif con una mueca, mientras Anna
comenzaba a limpiarle la sangre seca del cuerpo—. La boba no paraba de
gimotear y hacer arrumacos. Parecía pensar que era un buen momento para
coquetear. No lo soportaba. —Leif tomó otro largo trago de la botella, casi
acabándola—. Sabía que vendríais.
—¿Y qué hay de Langly?
—Está de vacaciones. Se ha ido a visitar a su familia en Hartfordshire
o Stratfordshire o algún condado pequeño por ahí.
—¿No creéis que deberíais dejar esa botella? —comentó Anna
mientras empezaba a examinar la herida en su costado.
—Como nunca os han disparado —balbuceó Leif—, os perdonaré
vuestra ignorancia, ángel. Para que os enteréis, duele como mil demonios.
—Debería llamar a un médico.
—No, no deberíais. No hay dinero. —La mano de Leif salió disparada
y agarró su muñeca con sorprendente fuerza.
—Maldita sea, Leif, no seas terco con esto. Sabéis que yo cubriría el
coste del médico.
—No aceptaré dinero de vos, Anna. —Los ojos de Leif se abrieron y la
miraron con una mirada intensa y, de repente, lúcida.
—No, pero me sacáis de la cama en plena noche y me causáis una
preocupación y frustración inmensas. —Anna se mordió el labio inferior
mientras examinaba la herida. Decidió dejar de insistir con lo del médico
por ahora. Si lo hacía, él seguramente haría alguna tontería. Leif podía ser
más terco que ella en ciertos temas, y su situación económica era uno de
ellos.
—Parece que es solo una herida superficial. Habéis perdido mucha
sangre, pero parece limpia. Creo que podré coserla yo misma. Tenéis mucha
suerte. Espero que la dama haya valido la pena —añadió bruscamente.
—Infinitamente —farfulló antes de beber otro largo trago y dejar caer
la cabeza sobre la almohada, cerrando los ojos—. Ojalá hubiera vigilado
mejor a su marido. Menos mal que había un árbol robusto fuera de la
ventana de su alcoba. —Su voz se fue debilitando a medida que el alcohol y
la pérdida de sangre empezaban a hacer efecto—. Menos mal que era un
pésimo tirador —susurró mientras sus ojos se ponían en blanco.
—Sí, vuestra suerte es legendaria, pero un día de estos se acabará. —
Anna negó con la cabeza y desgarró las vendas hasta convertirlas en tiras
largas.
—No lo digáis nunca. —Su voz era apenas un suspiro ahora, mientras
se deslizaba hacia la inconsciencia.
Anna continuó trabajando con calma y competencia. Limpió el resto
de la sangre y comenzó a tratar la herida en sí. Lavó la grieta abierta y
recortó los bordes irregulares de la carne desgarrada para poder coser la
herida de manera efectiva. Afortunadamente, Miriam había subido los
materiales necesarios, que también incluían un ungüento básico que Anna
aplicó generosamente sobre la herida. La mayor preocupación era la
infección, y esperaba que, dado el nivel de pérdida de sangre, Leif tuviera la
fuerza suficiente para combatir cualquier fiebre que pudiera intentar
apoderarse de él. Anna terminó de envolver las vendas alrededor de la
herida limpia y se levantó de la cama con un profundo suspiro. Se dirigió
hacia la mesa y recogió los trapos usados y el cuenco de agua
ensangrentada. Mientras se dirigía hacia la puerta, Jude se apartó de la
ventana, como un espectro sombrío separándose de las sombras. Los pies de
la condesa se ralentizaron cuando este se acercó.
Se tensó, anticipando una confrontación, y sus músculos reaccionaron
con una resistencia aguda y dolorosa que casi la hizo estremecerse. Se giró
para enfrentarlo y devolvió su oscura expresión con un aire desafiante.
Esperaba algún comentario sarcástico o palabras duras. Pero él no dijo
nada, simplemente apretó sus firmes labios en una línea tensa y buscó su
rostro con esos ojos azules que atravesaban la tenue luz de la habitación.
Sus brazos empezaron a temblar al tiempo que sostenía el cuenco de trapos
sucios contra su pecho, pero se mantuvo firme. Probablemente solo fueron
unos pocos segundos los que pasaron, pero para Anna se sintió como una
vida extrañamente acelerada mientras permanecía allí, cansada y dolorida
bajo su mirada penetrante. No estaba segura de lo que Jude haría a
continuación. Demasiado agotada para preparar una defensa.
Entonces, sin decir una palabra, Jude le quitó los materiales que
desbordaban de sus manos. Anna le permitió tomarlos, y al liberarse del
peso, sus hombros se inclinaron y sus brazos cayeron pesadamente a sus
costados.
—¿Qué estáis haciendo?
—Habrá que cambiarle la ropa de cama —dijo Jude con tono
impasible. Lanzó una mirada hacia la cama y una ligera mueca de desdén
torció la comisura de su boca—. En su estado actual, dudo que pueda ser de
mucha ayuda. Como si lo hubiese oído, un ronquido fuerte resonó desde la
cama—. Insisto en molestar lo suficiente como para ayudaros con la tarea.
—¿Por qué?
—Como os he dicho, necesitaréis ayuda… —Jude levantó las cejas.
—No, me refiero a por qué os ofrecéis a ayudar. —Anna lo
interrumpió con un brusco movimiento de cabeza.
Jude no respondió de inmediato. Sus ojos azules eran planos e
indescifrables cuando se encontraron con la mirada recelosa de Anna.
Cuando finalmente contestó, su voz tenía un tono extraño que ella no supo
reconocer al instante.
—Si no lo hago, sin duda intentaréis llevar a cabo esta tarea imposible
vos sola, lo que acabará en maldiciones frustradas. Mejor echaros una mano
que perder el tiempo viendo cómo fracasáis. Cuanto antes terminemos,
antes podré volver a mi cama.
Anna lo observó con desconfianza, aun sospechando de su
ofrecimiento. Entonces vio la casi imperceptible sonrisa que jugueteaba en
los bordes de su boca. El conde estaba burlándose de su terquedad. Darse
cuenta de ello suavizó su desconfianza para con él. Seguidamente, se giró
para mirar de reojo la figura de Leif, desparramada pesadamente sobre la
estrecha cama, y suspiró, sabiendo que Jude tenía razón. La ropa de cama
estaba ensangrentada y húmeda por sus cuidados. Definitivamente no podía
dejarlo así. Volviendo a mirar a Jude, respondió con aceptación a
regañadientes, decidiendo por el momento no cuestionar más sus motivos.
—Supongo que no tengo otra opción que aceptar vuestra interferencia,
al menos por ahora.
—Qué generosa de vuestra parte —replicó Jude con ligero sarcasmo
ante el gruñido de su esposa—. Me desharé de esto —agregó, señalando el
cuenco con los trapos usados en sus manos—. Luego volveré para
ayudaros. —Sin esperar su respuesta, se dio la vuelta y salió de la
habitación, dejando a Anna mirándole, completamente perpleja.
A la condesa le habría gustado disfrutar de unos minutos a solas para
reflexionar sobre el comportamiento de Jude esa noche. No saber qué lo
motivaba le inquietaba. Enseguida, tomó aire profundamente y decidió que
lo resolvería más tarde. Ahora, había asuntos más importantes que atender.
La noche apenas había comenzado. Recordando el armario al final del
pasillo, salió de la habitación de Leif en busca de sábanas. Estaba casi al
final de las escaleras cuando escuchó un fuerte estruendo de madera en el
vestíbulo de abajo. El susto disipó su cansancio al instante y corrió para ver
qué había sucedido.
—¡Riley, canalla cobarde! Bajad aquí. Exijo satisfacción.
Anna estaba a mitad de las escaleras cuando vio al hombre que había
forzado la puerta principal y ahora se encontraba torpemente en el centro
del pequeño recibidor. Era de estatura y complexión medias. Su cabello
negro con mechones grises enmarcaba un rostro retorcido por la furia. Al
parecer, el esposo engañado que había intentado poner fin a las
infidelidades de Leif con unos cuantos disparos no se había contentado con
aquello.
—¡Riley! —volvió a gritar el hombre, pero se detuvo en seco al ver a
Anna a mitad de las escaleras. Su rostro enrojecido se torció en una mueca
feroz—. ¿Dónde está ese maldito hijo de perra? ¿Sois su zorra?
La ira de Anna se encendió de forma temeraria. En un momento más
racional, nunca habría desafiado a un hombre con los ojos desorbitados,
pero estaba agotada y emocionalmente agitada, y su insulto le encendió la
sangre más allá de su control.
—Ahora veréis.
—Basta. —Antes de que ella pudiera decir más, Jude intervino con
una voz grave y ominosa que de inmediato impuso atención.
Anna no estaba segura de si el comentario iba dirigido a ella o al
intruso. Pero sus pasos se detuvieron igualmente. Observó cómo el
desconocido se giraba para enfrentar a Jude de lleno y enderezaba
visiblemente la columna al reconocer en Jude a un oponente más
formidable.
—¿Por qué no me decís quién sois y qué hacéis aquí? —sugirió Jude.
Aunque sus palabras eran casuales, el tono con el que las pronunció estaba
lejos de serlo.
—He venido por Riley —rugió el hombre.
—No podéis llevároslo —respondió Jude.
—Exijo satisfacción —gruñó el intruso.
—Creedme, no tendréis ninguna satisfacción esta noche.
Era increíble ver cómo Jude contrarrestaba las demandas furiosas del
hombre con negativas claras y calmadas. Durante un momento, los dos
hombres se miraron fijamente a través del pequeño espacio, midiendo la
convicción y determinación del otro. Entonces, el intruso se apartó del
conde con otro gruñido bajo de rabia e impotencia. Al principio, Anna
pensó que iba a marcharse, pero solo dio un par de pasos antes de volverse
de nuevo. Seguidamente, enderezó los hombros hacia Jude, mirándole con
furia desde debajo de sus desordenados mechones de cabello y unos ojos
enrojecidos.
—Anna —la llamó Jude en voz baja, sin volverse a mirarla—, subid
las escaleras. Puedo manejar esto sin vos.
Anna se tensó, preparada para replicar. Pero entonces, con un
sobresalto de pánico, vio una forma oscura y pesada apretada en la mano
del hombre, ligeramente oculta dentro de los pliegues de su abrigo: era una
pistola. La condesa reaccionó de inmediato. Se dio la vuelta y comenzó a
subir las escaleras con la esperanza de que su ritmo pareciera tranquilo.
—No me marcharé hasta que ese maldito sinvergüenza me enfrente
como un caballero —declaró el hombre, y sus palabras resonaron tras ella
en las escaleras.
Un escalofrío de fuego la recorrió, gritando que fuera más rápido, pero
lo último que quería era llamar más la atención sobre sí misma. Una vez
fuera de la vista de los hombres, corrió hacia la habitación de Leif,
susurrando oraciones para que la pistola siguiera estando en el cajón de su
lavabo.
Apenas le dedicó una mirada a su amigo, que roncaba tranquilamente
en la cama. Al abrir el cajón, casi soltó un grito de alivio al ver la pistola
justo donde Leif se la había mostrado una noche de borrachera y
melancolía. Era una de un par que había pertenecido a su abuelo hacía
décadas, cuando el hombre había disparado a su esposa y luego se había
quitado la vida. El padre de Leif había conservado la pistola gemela y le
había instruido a su hijo que mantuviera la suya cargada cerca de la cama,
porque nunca se sabía cuándo podría necesitarla, ya fuera contra una mujer
infiel o contra sí mismo.
En su momento, la historia había perturbado profundamente a Anna,
pero ahora estaba agradecida de que Leif le hubiera mostrado la pistola.
Nunca había sostenido un arma antes, y el peso de la misma era
desconcertante. Solo esperaba poder descubrir cómo usarla si llegaba a ser
necesario. Sin querer perder más tiempo, apuntó la pistola hacia el suelo y
la sostuvo cerca de su muslo mientras se apresuraba por el pasillo de vuelta
a las escaleras. Todo estaba demasiado silencioso. Bajó los escalones,
mordiéndose el labio inferior. El frío miedo que le había inundado las venas
le provocaba rigidez en los movimientos, y su corazón latía con tanta fuerza
que le resultaba ensordecedor. Su respiración se detuvo al darse cuenta de
que el vestíbulo estaba vacío y la puerta de entrada estaba completamente
abierta. El sudor en su palma hacía que la pistola fuera difícil de sujetar.
¿Dónde demonios se habían ido? ¿Por qué todo estaba tan malditamente
silencioso? De pronto, Jude apareció desde la oscuridad más allá de la
puerta. Entró en la casa y cerró la puerta tras de sí. Estaba solo. El intruso se
había marchado.
Anna se dejó caer abruptamente en el escalón donde estaba, dejando la
pesada pistola sobre su regazo. Respiraciones profundas llenaron sus
pulmones, y una extraña energía temblorosa recorrió sus extremidades. Por
su parte, Jude la notó y frunció el ceño mientras avanzaba hacia ella.
—Os dije que subierais. Habría esperado que entendierais que quería
que os quedarais allí.
Anna no respondió. No estaba segura de que su garganta se hubiera
relajado lo suficiente como para hablar.
—¿Qué demonios pensabais hacer con eso? —Jude vio el arma que
yacía en su regazo y sus cejas se arquearon, sorprendido.
Anna se encogió de hombros, mientras su lengua se enredaba
torpemente en la boca al intentar pensar en una respuesta ingeniosa. Jude
estaba al pie de las escaleras, solo unos pasos por debajo de donde Anna
estaba sentada, mirándola con una sombra de desconcierto en sus ojos
azules. Ella parpadeó y se lamió los labios secos.
—¿Se ha ido?
—Sí, se ha ido —afirmó Jude. Extendió la mano hacia la pistola que
descansaba sobre los muslos de Anna, dándole una mirada interrogante
mientras lo hacía. Esta asintió rápidamente, y él le quitó el arma, luego le
ofreció su otra mano para ayudarla a levantarse.
—Pero él… ¿Cómo habéis…? —murmuró confusa mientras se ponía
de pie y dejaba que Jude la guiara escaleras arriba. Su mano encajaba
sorprendentemente bien en la del conde. El calor y la leve aspereza de su
palma le proporcionaban una fuente de consuelo y fortaleza que Anna no
sabía que necesitaba. Casi movió los dedos para entrelazarlos con los suyos,
pero se contuvo.
—Una vez que escuchó que Riley estaba en su lecho de muerte,
inconsciente por la pérdida de sangre y con pocas probabilidades de
sobrevivir la noche, accedió a que el honor de él y su esposa había sido
vengado.
Anna se quedó sin palabras. Jude había exagerado el estado de Leif
para protegerlo de más daño. A pesar de que Leif era rumorosamente su
amante. A pesar de que Leif lo había insultado públicamente. ¿Qué clase de
hombre haría eso?
—¿Sabéis siquiera cómo usar esta reliquia? —preguntó Jude con un
toque de humor en la voz mientras examinaba la pistola en su mano.
—Leif me enseñó una vez. Esperaba poder recordarlo. —Por el rabillo
del ojo, vio a Jude sacudir la cabeza. Para entonces, ya habían llegado a lo
alto de las escaleras, y cuando su esposo iba a continuar hacia la habitación
de Leif, Anna lo detuvo y señaló hacia el otro extremo del pasillo.
—Las sábanas —explicó.
—Yo las cogeré. Ve a revisar a vuestro paciente. —Jude soltó su mano
y asintió. La breve expresión de diversión y sorpresa desapareció. Sus
rasgos volvieron a adoptar una expresión inescrutable. Luego se alejó por el
pasillo, dejando a Anna caminar más despacio de vuelta a la habitación de
Leif. Con la emoción disipándose y la presencia imponente de Jude ausente,
su agotamiento se hizo casi insoportable.
Veinte minutos después, Leif descansaba en una cama limpia,
habiendo roncado durante todo el procedimiento. Anna salió de la
habitación, bajó la barbilla y levantó la mano para frotarse las tensas bandas
de músculos en la parte posterior del cuello. Ya en el pasillo, se dio la vuelta
y se apoyó contra la pared, observando cómo Jude cerraba la puerta de la
habitación. Sus ojos ardían de deseo por cerrarse en sueño, pero no podía
dejar de mirarlo en la penumbra del estrecho corredor. Jude se había quitado
la chaqueta antes de ayudarla con Leif, y vestido como estaba, con sus
pantalones oscuros de noche y la fina camisa blanca desabrochada en el
cuello y con las mangas remangadas, resultaba increíblemente atractivo.
Esa noche se había revelado como una sorpresa. Durante un segundo,
irracionalmente, consideró dar un paso hacia su esposo, envolver sus brazos
alrededor de su estrecha cintura y apoyar la cabeza sobre la sólida
superficie de su pecho. ¿La abrazaría él, ofreciéndole consuelo? Anna
sacudió la cabeza, culpando a la falta de sueño por esos pensamientos
inquietantes.
—Ya podéis volver a casa —dijo, buscando distraer sus pensamientos
de ese anhelo inesperado que la invadía—. Creo que dormirá un buen rato.
Jude no respondió de inmediato. Ella permaneció inmóvil bajo su
intensa mirada, demasiado agotada para importarle lo que él pudiera ver en
ella en ese momento. Sus ojos azules, suaves pero directos, parecían
atravesar la fachada de calma que intentaba mantener, llegando hasta la
preocupación y el cansancio que ocultaba. El conde levantó la mano hacia
su rostro, apartando su espeso cabello negro detrás de la oreja. Sus dedos
rozaron suavemente la cresta de su mejilla y el borde exterior de su oreja,
provocando una fina sensación de cosquilleo que se esparció por su piel.
¿Iba a besarla? Esperaba que la besara. Sus ojos casi se cerraron
mientras sentía de nuevo el impulso de inclinarse hacia la cálida fortaleza
de su cuerpo.
—¿Volveréis a casa conmigo?
Anna se deleitó en la extraña sensación de consuelo al escucharle
hablar de «casa» de esa manera. Dios, estaba realmente agotada.
Levantando la barbilla, sacudió la cabeza y se encontró con sus ojos con
más firmeza de la que en realidad sentía.
—Necesito quedarme y vigilar si aparecen signos de fiebre. Podría
necesitarme. No puedo irme hasta saber que estará bien.
—Entonces me quedaré también. —Jude frunció el ceño y luego
levantó una comisura de la boca de una forma que desconcertó a Anna, tal
como lo habían hecho la mayoría de sus acciones esa noche. Abrió la boca
para discutir, pero sus palabras fueron interrumpidas por Jude—. No me iré
sin vos, así que haced lo que tengáis que hacer para aceptarlo. —Pasó una
mano por su cabello, apartando los mechones despeinados que caían sobre
su frente mientras levantaba la mirada para mirar más allá de su hombro,
por el pasillo—. Vi un sofá en una habitación abajo —continuó—, dormiré
allí, por si acaso… —No necesitó terminar la frase. Anna sabía que se
refería al hecho de que el hombre armado podría cambiar de opinión y
volver.
Anna asintió en silencio, intentando ignorar el nudo emocional que se
había formado en su garganta. No sabía muy bien qué decir. Un «Gracias»
le parecía insuficiente y casi banal dadas las circunstancias. Seguramente
Jude estaba tan cansado como ella. Saber que él estaría en la casa le daba
una sensación de bienestar y seguridad que no había esperado, pero que
acogía plenamente. Aparentemente, sin preocuparse por su falta de
respuesta, Jude hizo una pequeña reverencia y luego se dio la vuelta para
dirigirse a la planta baja. Una vez más, Anna se quedó boquiabierta tras él,
completamente desconcertada.
Capítulo 15
Al día siguiente, con la mañana ya avanzada, Anna decidió que era
seguro dejar a su amigo al cuidado de otra persona. La amenaza de
infección se había evitado hasta el momento, y Leif seguía durmiendo por
su coma etílico. De hecho, había sido idea de Jude ir a buscar a alguien de
su propia casa para que se hiciera cargo del hombre herido, alguien en quien
Anna confiaba para avisarle de inmediato si la condición del barón
cambiaba. Jude parecía entender su necesidad de mantener cierto control y
participación en la situación. Para cuando Lorna, una doncella madura y
capaz, llegó con un robusto lacayo para asistirla, Anna estaba prácticamente
muerta de cansancio.
Llena de la sólida esperanza de que la suerte de Leif se mantendría y
de que se recuperaría por completo, permitió que Jude la acompañara hasta
el carruaje. Apenas sentía el pavimento bajo sus pies ni notaba la actividad
en la calle, mientras Londres continuaba con sus quehaceres diarios. Todo
lo que podía pensar era en la suave comodidad de su cama. Se quedó
dormida en el corto trayecto en carruaje hasta su casa, y se sobresaltó
cuando Jude se inclinó para tocarle la mano y susurrarle que ya habían
llegado. Poco después, subió a trompicones los escalones hasta su
dormitorio, pensando que era una suerte estar todavía en ropa de cama
mientras dejaba caer su capa al suelo y se desplomaba sobre su cama. Su
último pensamiento, mientras caía suavemente en la inconsciencia, fue
preguntarse si Jude habría dormido algo en el desgastado sofá del despacho
de Leif.
Varias horas después, Anna despertó con un intenso dolor de hambre.
Aún exhausta, permaneció en la cama debatiendo si debería volver a dormir
o levantarse a buscar algo de comer. Tras unos minutos más de debate
interno, el hambre ganó la batalla y se deslizó hasta el borde de la cama.
Pidió un baño y se lavó rápidamente, sintiéndose renovada y mucho más
alerta una vez que tuvo el cabello limpio y la piel fregada. Se vistió con un
vestido sencillo y cómodo y decidió no molestarse en recogerse el cabello.
En su lugar, lo echó hacia atrás y lo ató en la nuca con una larga cinta,
dejando que la espesa melena cayera por su espalda. El reloj del pasillo
marcaba las once de la noche cuando se dirigió a la cocina. La casa estaba
extrañamente silenciosa y se preguntó si Jude se habría marchado por la
noche o si quizás seguía durmiendo en su habitación de la planta superior.
Al llegar al final de las escaleras y dirigirse hacia la cocina para ver
qué podría preparar la cocinera, se vio distraída por el aroma a jamón, café
y mantequilla derretida. No recordaba haber estado nunca tan hambrienta
como para imaginarse semejantes olores solo por deseo. Un cálido
resplandor de luz provenía de la puerta abierta del comedor, y Anna decidió
de repente desviarse. Sus ojos se abrieron con sorpresa al cruzar el umbral y
ver el pequeño buffet dispuesto en el aparador. Vapor salía de los bollos
recién horneados y los pasteles de crema. También había beicon salado,
salmón ahumado, huevos escalfados, una variedad de frutas frescas y una
humeante cafetera. Estaba tan fascinada por la colección de alimentos que
tardó un minuto extra en darse cuenta de que había alguien más en la
habitación. Se detuvo, algo incómoda, con una mano ya extendida hacia un
plato.
Jude se levantó de una silla en la pequeña mesa de desayuno. Frente a
él había un plato a medio terminar y una taza de café.
—No pude resignarme a las carnes frías y las patatas hervidas de ayer
—ofreció con sequedad, explicando el elaborado despliegue en el aparador.
Parecía fresco, con su compostura distante completamente restaurada. Sin
embargo, había algo diferente, una nueva capa de consciencia. Ella lo supo
por el repentino aumento de su temperatura en cuanto notó su presencia, y
por la confusión que no estaba del todo oculta tras la estudiada indiferencia
en sus ojos azules. De alguna manera, en medio de la noche anterior, un
pequeño germen de algo desconocido se había instalado en el espacio entre
ambos.
—Ya veo —respondió Anna finalmente.
Jude inclinó ligeramente la cabeza en un gesto casi imperceptible y
deslizó una rápida pero calculada mirada por su cuerpo antes de devolver la
vista a su rostro. Ella resistió el impulso de alzar la barbilla y alisar
inexistentes arrugas de su falda. Sin duda, estaba buscando sus pantalones.
Pero cuando él continuó mirándola de una manera extrañamente expectante,
Anna se tensó con autoconciencia, preguntándose qué más estaría viendo.
No podía saber cómo su pulso se aceleraba y su respiración se volvía más
ligera cuando él la miraba. O que a veces se sentía mareada al encontrarse
con su impenetrable mirada zafiro. Seguramente no se había vuelto
consciente de sus pensamientos más íntimos… ¿o sí?
La idea casi la llevó al pánico antes de darse cuenta de que Jude seguía
de pie junto a su silla, habiéndose levantado al verla entrar.
—Por favor, sentaos. Terminad vuestra comida —añadió Anna.
Negando con la cabeza, parpadeó para apartar la distracción, a la espera de
que fuese solo un residuo de la noche anterior, aunque empezaba a
sospechar que estaba más relacionado con el hombre que tenía delante. Se
volvió hacia el buffet con un leve rubor de vergüenza. Ser grosera era una
cosa cuando se hacía con plena intención, pero olvidar los modales básicos
era algo muy distinto. Para evitar disculparse, tomó un plato y comenzó a
hacer su selección.
—Desayuno a las once de la noche —murmuró, asombrada de nuevo.
—Es algo tarde para un café, pero el té tampoco parecía adecuado —
contestó Jude.
—No, no, el café está bien —opinó Anna, aunque había pensado que
su esposo no la escuchó—, es perfecto. —Se alejó del aparador y se acercó
a la mesa, evitando mirarle a los ojos para no distraerse y cometer otro
error. Después de dejar su plato frente al de él, fue a servirse café. Cuando
regresó a su asiento, abrió los ojos de par en par al ver su plato repleto de
carnes, panes y frutas, suficiente para alimentar a una familia pequeña.
—Si os coméis todo eso, tendré que llevaros de vuelta a la cama para
que os recuperéis —señaló Jude. Sus labios se curvaron en una sonrisa que
parecía decidida a romper su fachada, a pesar de su esfuerzo por contenerla.
—No estoy segura de que todas mis facultades se hayan despertado del
todo. Todo se veía tan apetecible. —Anna sacudió la cabeza, aún
desconcertada.
—Dejadme echaros una mano. —Rápidamente, Jude se estiró por
encima de la mesa y arrebató un pastelito caliente cubierto de mantequilla y
mermelada de su plato. Se lo metió en la boca antes de que ella pudiera
siquiera objetar.
—Será mejor que tengáis cuidado con esas tácticas de ladrón. No os
gustará mi forma de represalia. —Anna respondió en el mismo tono aún un
poco desorientada, sin saber de dónde venía su actitud juguetona.
—Ya no tengo más amantes a las que podáis ahuyentar. ¿Qué más
podríais hacer? —Jude se encogió de hombros, mientras se lamía los
restos de crema de los dedos.
—Estoy segura de que podría inventarme algo. —Anna entrecerró los
ojos mientras se sentaba y elegía una loncha de beicon, agitándola en un
gesto amenazante.
—No lo dudo. —La voz del conde bajó de tono y sus cejas se
fruncieron sobre sus ojos azules, como si intentara ocultar el brillo
inquisitivo que había en ellos—. He llegado a comprender que, por encima
de todo, sois una mujer muy determinada.
—Lo soy —admitió Anna sin disculparse y sostuvo su mirada directa.
La desconfianza desplazó la comodidad que había habido entre ellos unos
instantes antes. Se sintió tentada de argumentar que la determinación no era
un rasgo tan horrible, pero permaneció en silencio bajo la atenta
observación de Jude. Se sentía como una criatura curiosa que estaba siendo
examinada por sus peculiaridades inesperadas. Su orgullo la mantuvo firme,
aunque la frustraba que los penetrantes ojos azules de Jude no revelaran
nada de sus propios pensamientos. Entonces, tras un largo momento, su
apuesto rostro se suavizó un poco. Sus ojos brillaron con lo que podría
haber sido humor y la comisura de su boca se movió ligeramente,
esbozando una sonrisa contenida. El corazón de Anna dio un pequeño
vuelco al ver cómo ese cambio rápido de tono aligeraba todo su semblante.
—Determinada y terca —aclaró Jude mientras apartaba la mirada y
alcanzaba su taza de café.
—Por supuesto —aseveró Anna con frialdad—. Supongo que pensáis
que es fácil para una mujer alcanzar el éxito en un mundo dominado por
hombres. —Se recostó en su silla, agradecida de que el momento de
intimidad silenciosa hubiera pasado. Su sonrisa se tornó astuta mientras
continuaba—. Ah, esperad, es cierto, no podría haber creado un negocio
exitoso por mí misma. Estaban todos esos… —hizo un gesto dramático con
la mano—, ¿cómo los llamáis? Benefactores adinerados que seduje y
manipulé para que vertieran montones de dinero en una empresa de la que
no tenían ninguna posibilidad de obtener beneficios.
—Vuestra presencia en la taberna me sorprendió. Quizás fui
apresurado en mi acusación. —Jude inclinó ligeramente la cabeza, lo que
podría interpretarse como una disculpa. Tras ello, depositó su taza de café
con cuidado en el platillo.
—Vaya —replicó Anna con un toque de sarcástico desdén.
Jude entrecerró los ojos ante su tono, aunque no parecía
verdaderamente molesto. Sin vacilar, estiró la mano y robó otro pastelito
dulce de su plato. Cuando Anna levantó las cejas ante su repetido hurto, él
sonrió con falsa inocencia y se metió el bollo entero en la boca. Al parecer,
el hombre tenía una seria inclinación por los dulces.
—Tenéis que admitir que no ofrecéis exactamente una imagen
decorosa —argumentó el conde.
—No admitiré tal cosa. El simple hecho de que vista ropa adecuada
para mis tareas y me haga amiga de caballeros que comparten mis intereses
no implica, ni debería implicar, que soy una mujer de moral dudosa. Es
precisamente ese tipo de pensamiento el que impide a las mujeres alcanzar
sus propias ambiciones y poder reclamar su felicidad. —Anna frunció el
ceño y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Estoy completamente de acuerdo.
—¿Eh? —Anna lo miró sorprendida.
—He estado en lugares donde las mujeres luchan junto a los hombres
para conquistar un pequeño rincón de paraíso en un entorno duro e
implacable. He visto sociedades matriarcales donde las mujeres son dueñas
de la tierra y ejercen el poder de su cultura con gran compasión y éxito. Y
he visitado países donde las mujeres no tienen libertades propias y son
tratadas como ganado. Una de las muchas lecciones que he aprendido en
mis viajes es que todos, hombres y mujeres, deberían tener derecho a buscar
su máximo potencial, independientemente de las circunstancias de su
nacimiento. —Jude se limpió la boca con la servilleta y la dejó a un lado del
plato. Apoyó los brazos sobre la mesa e inclinó ligeramente el cuerpo hacia
adelante. Sus ojos reflejaban una calma sincera, cargada de intención.
—¿Habéis adquirido tal sabiduría entre las cortes reales y los burdeles
sórdidos de Europa? —Anna se mostró escéptica y respondió con amargura
en la voz.
—No, en la India, donde las distinciones de clase son más severas e
implacables de lo que podrías imaginar. La distancia entre la riqueza y la
pobreza es inmensa e insuperable y, aun así, la gente encuentra la forma de
ser feliz. Y aquí, con muchas más opciones para dirigir nuestro destino, a
menudo solo nos centramos en lo que no podemos tener en lugar de buscar
los medios y el camino hacia nuestra propia felicidad. —Jude soltó una
carcajada y negó con la cabeza.
Anna lo miró fijamente. Era evidente que él sentía profundamente lo
que estaba diciendo. Era sorprendente escuchar una perspectiva tan
iluminada viniendo del hombre que tenía delante, pero ciertamente no
explicaba su comentario.
—Si creéis que una mujer puede perseguir sus objetivos personales al
igual que un hombre, ¿a qué os referís exactamente al señalar mi falta de
decoro?
—Me refería a lo que hicisteis hace ocho años. No fueron
precisamente las acciones de una mujer virtuosa. —Los ojos del conde, al
encontrarse con los de su esposa, eran profundos y escrutadores, y un leve
toque de alarma recorrió sus nervios. Él la había acorralado
intencionadamente. Entre tanto, Anna sostuvo su mirada con firme
resistencia. Cerró la boca, negándose a responder. Cualquier contestación
que diera solo llevaría a preguntas que no podía o no quería responder. Por
mucho que desease que él la conociera de verdad, que viera quién era en
realidad y no lo que asumía de ella basándose en un pasado falso, eso nunca
podría suceder. Para protegerse a sí misma y su futuro, debía proteger sus
secretos.
—Algún día tendremos que hablar de manera razonable sobre lo que
sucedió hace tantos años. Nuestro futuro depende de ello. Espero que seáis
completamente honesta conmigo cuando llegue el momento. —Como si
leyera su mente, finalmente desvió la mirada de su rostro y comentó con un
tono engañosamente casual. Anna se quedó congelada, con la taza de café a
medio camino hacia sus labios. ¿Honesta? ¿Razonable?
Era ridículo lo inapropiadas que resultaban esas dos palabras en una
conversación sobre su pasado compartido y el futuro que ambos
proyectaban. Podía imaginarse perfectamente la escena:
«¿Recordáis a mi hermana Olivia, la mujer con la que estabais
prometido? ¿La mujer de la que estabais perdidamente enamorado? Pues
decidió que prefería a un duque antes que, al simple heredero de un
condado, pero no lograba encontrar la manera de dejaros sin sufrir
consecuencias desfavorables para ella. Fue entonces cuando mi padre y
ella decidieron atraparos en una situación comprometida con otra mujer. Y,
¡qué afortunados!, ya tenían a una joven ingenua, suficientemente
manipulada y disponible».
Sí, podía imaginarse perfectamente cómo iría esa conversación. A él le
parecería que estaba intentando desviar la culpa hacia otra persona, y su
padre, que había muerto años atrás, solo parecería el chivo expiatorio
perfecto. Además, Jude probablemente no creería que su querida ex
prometida pudiera tener algo que ver con un plan tan perverso. No la
preciosa Olivia. Y luego convencerle de que ella no había estado
involucrada, de que, si no le hubieran dado el mismo narcótico que a él,
jamás habría acabado en su cama, desnuda y vulnerable. Incluso en su
mente, aunque sabía que todo era devastadoramente cierto, la historia
sonaba ridícula, con un dramatismo trágico. Y todo ello urdido para que
Olivia pudiera quedarse con su duque. No, el conde no lo creería. Y si lo
hiciera, se sentiría obligado a confrontar a su antigua prometida. Entonces
Anna tendría que enfrentarse a la ira de Olivia, y no dudaba ni un segundo
que su hermana haría exactamente lo que había amenazado. Anna estaría
arruinada y todo su arduo trabajo se desmoronaría en polvo.
La condesa sacudió la cabeza, con una triste sonrisa jugando en sus
labios. ¿Qué tan patética era su vida? Estaba casada con el hombre al que
había amado desde niña y, sin embargo, cualquier posibilidad de felicidad
entre ellos había sido destruida antes incluso de que tuvieran la oportunidad
de considerarla. Y, aun así, lo peor de todo era que no podía deshacerse de
esa pequeña semilla de esperanza que seguía alojada en su corazón. «Debía
ser un poco masoquista», pensó mientras su triste sonrisa se torcía con
desdén.
—Tenéis mucho rondando por esa mente afilada vuestra —dijo Jude.
Una vez más, la observaba con atención—. ¿Cuánto de ello pensáis
compartir conmigo?
—Nada de ello —replicó con total sinceridad, ya que era lo único que
podía darle. Lo miró a los ojos y añadió con una sonrisa resignada—.
Simplemente tendréis que aceptar que no tenéis derecho a acceder a cada
uno de mis pensamientos.
—¿Y si insisto?
—No os servirá de nada. Tengo demasiado que perder y no cederé solo
para satisfacer vuestra curiosidad.
—El pasado se rectificará. —La declaración de Jude fue pronunciada
con una nota de profundidad cruda que traicionaba una capa de emoción
subyacente que no había mostrado antes.
Anna dejó su café sobre la mesa. Tenía que disuadirle del camino que
parecía decidido a seguir. Sus ojos se encontraron con los del conde al otro
lado de la pequeña mesa, y aunque por dentro temblaba de temor, obligó a
su rostro a mantener una máscara de calma y compostura confiada.
—No hay verdadera satisfacción en profundizar demasiado en los
acontecimientos del pasado. Contentaos con vuestra búsqueda actual, mi
señor. Ya conocéis a la villana de este escenario. Y en cuanto al futuro —
sonrió, aunque no sentía la emoción del gesto—, eso está por verse, ¿no? —
Se levantó entonces, y aunque Jude no dijo nada más, podía sentir su
mirada contemplativa siguiéndola mientras se alejaba—. Disfrutad de
vuestro festín —agregó, dejando su plato a medio comer sobre el aparador y
cruzando hacia la puerta—. Gracias por vuestra ayuda anoche. Debió de ser
una situación incómoda para vos, pero me alegra que estuvierais allí —
añadió por encima del hombro antes de salir.
Totalmente despierta y profundamente inquieta por la interacción con
Jude, Anna decidió ir a ver cómo estaba Leif. Al llegar, agradeció ver que el
lugar estaba un poco más animado que la noche anterior. Jack, quien hacía
de mozo de cuadras y lacayo a tiempo parcial de Leif, fue quien abrió la
puerta.
—¿Cómo está? —preguntó la condesa al entrar en la casa.
—Malhumorado y difícil —respondió Jack sin rodeos.
Los gritos de irritación de Leif resonaban desde el piso superior, y
Anna compartió una mirada de exasperación con Jack antes de subir las
escaleras. Se encontró con Lorna saliendo de la habitación de Leif. Al verla,
la mujer mayor hizo una rápida reverencia.
—No creo que tengáis nada de qué preocuparos con lord Riley. Un
hombre con ese genio no puede estar muy mal.
—Gracias, Lorna, por quedaros con él hoy. —La doncella asintió con
cortesía y siguió su camino por el pasillo. A continuación, Anna entró en la
habitación de Leif y se alegró de notar que el fuerte olor a sangre ya no
impregnaba el aire. Su amigo estaba recostado en su cama, y aparte del
amplio vendaje blanco que le envolvía el torso, no parecía peor que
cualquier otro día. Ni siquiera parecía estar sufriendo mucho de resaca tras
su fuerte dosis de automedicación.
En cuanto vio a Anna, la expresión de Leif se iluminó, solo para
desplomarse de nuevo al notar la oscura mirada de censura que endurecía
sus rasgos. Rodó los ojos de manera dramática y cruzó las manos en su
regazo.
—¿Es hora de mi sermón, entonces? Pensaba que podría evitarlo,
teniendo en cuenta que casi muero.
—No casi habéis muerto, aunque tal vez deberíais haberlo hecho.
—Encantador sentimiento, ángel.
—Os juro que vuestra maldita suerte no os hace ningún favor.
¿Cuántas veces van ya que os habéis visto herido por un marido enfadado o
algún otro miembro de una familia dispuesto a cobrar algún tipo de
represalia por vuestros actos?
—No importa, Anna. —Leif frunció el ceño.
—A mí sí me importa, Leif. Sois mi único amigo, y por frustrante e
irritante que podáis ser, os quiero mucho. No quiero perderos por las
consecuencias de un romance imprudente con la mujer equivocada.
—¿Y dónde está la mujer correcta, entonces? —La sonrisa de Leif era
descarada, acompañada de una ceja arqueada. Al ver que Anna solo fruncía
más el ceño, sacudió la cabeza—. ¿Estáis decidida a poneros seria, eh?
Sabéis que solo hago lo que mis circunstancias dictan. Mi padre no me deja
muchas opciones.
—Pero hay otras opciones, ¿no? Opciones menos… deshonrosas y
peligrosas.
—Querida, ser deshonroso y peligroso son las únicas cosas que tengo a
mi favor. No soy un tipo con talento, y lo que sé hacer bien me permite
tener un techo sobre mi cabeza. Además —añadió Leif con la amplia
sonrisa, propia de un libertino—, ¿qué hombre no querría tener a mujeres
adineradas, oliendo a agua de rosas y cubiertas de joyas, deseando su
compañía y atención? Si esas mujeres están lo suficientemente agradecidas
por el poco romance y placer que les ofrezco como para darme regalos
caros, ¿por qué habría de negarme?
Anna se quedó en silencio, pensando en el muchacho aventurero y
encantador que Leif había sido una vez. Su perspectiva cínica sobre la vida
y el amor no le hacía ningún favor, pero ella nunca había sido de juzgarle
por sus decisiones. Tenía sus razones para actuar como lo hacía, como todo
el mundo.
—Bueno, la verdad es que estoy agradecida de que hayáis conseguido
escapar una vez más de un final desafortunado. Quizás podríais mentirme y
prometerme que seréis más cuidadoso en el futuro.
—Lo prometo. —Leif le guiñó un ojo. En cuanto a Anna, se levantó
entonces como si fuese a irse, y Leif sacudió la cabeza con una severidad
fingida.
—No os vayáis todavía, ángel. Ni se os ocurra pensar que os
escaparéis de aquí sin contarme cómo van las cosas con ese marido vuestro.
—Teníais que preguntarme por él. —El gemido de Anna fue audible, y
se dio la vuelta con una expresión de angustia.
—Por supuesto que sí. Quedé paralizado cuando apareció por aquí
antes. Y no entiendo muy bien por qué os lo trajisteis contigo cuando
vinisteis tan amorosamente a socorrerme.
—¿Qué? Esperad, ¿qué dijisteis? —preguntó Anna mientras volvía a
sentarse y se inclinaba hacia su cama—. ¿Jude estuvo aquí antes? ¿Volvió?
¿Por qué?
—Así es. Diría que hace unas tres horas. El tipo no dijo mucho.
Parecía contento con solo confirmar que no estaba muerto. Claro, no puedo
asegurar que eso le complaciera demasiado. —Leif la miró con curiosidad
ante la ráfaga de preguntas frenéticas.
—¿Eso es todo? ¿No empezó a interrogaros sobre mí, sobre nosotros?
—Los ojos de Anna se entrecerraron.
—No. —Leif sonrió, divertido por su reacción. No había muchas cosas
que lograran alterar el estoicismo de Anna—. Aunque sí me dejó una
advertencia antes de irse, diciendo que yo no volviera a llamaros en mitad
de la noche mientras él residiera en vuestra casa.
—¡No pudo haberse atrevido! —exclamó Anna, horrorizada—. ¿Y qué
le dijisteis?
—No estoy del todo seguro. Todavía estaba un poco aturdido por el
alcohol y no había comido nada. Quizás le dije algo como que atendería a
sus advertencias el día que un hombre consiguiera chuparse su propio… —
Leif se encogió de hombros y se frotó la frente.
—¡Ya está! —gritó Anna alzando la mano para interrumpirle antes de
que terminara—. Creo que ya entiendo.
—Bueno, no se quedó mucho rato. ¿Qué hacía con vos anoche, por
cierto? —Un atisbo de alarma se apoderó de su atractivo rostro—. No me
digáis que estabais en alguna actividad carnal cuando os llamé en busca de
ayuda, ¿verdad?
—No. —Las mejillas de Anna sonrojaron.
—Pero os habría gustado. —Leif la provocó.
—No. Bueno, tal vez —se corrigió rápidamente, agitando la mano
como si quisiera deshacerse de esa idea—, pero no importa lo que yo quiera
en ese aspecto.
—Ajá. ¿Estáis segura?
—Sí, estoy segura. —Anna miró a su amigo con cautela, sin gustarle la
sonrisa astuta que comenzaba a extenderse por su rostro—. ¿Por qué? ¿Qué
estáis insinuando? Parecéis creer que sabéis algo, así que, soltadlo.
—Lo único que digo es que quizá deberíais preguntaros qué es lo que
realmente estáis resistiendo aquí. ¿Seguís resistiéndoos a los deseos de
vuestro marido o a vuestros propios sentimientos por él?
Anna lo miró durante un momento sin expresión alguna mientras las
palabras cargadas de perspicacia calaban en ella. Luego maldijo en
frustración.
—Maldita sea, Leif. No quiero empezar a olvidar lo que hizo. No
estuvo bien que se marchara de esa manera y luego anduviera por ahí sin
una pizca de preocupación por cómo sus acciones afectaban a los demás.
—Tenéis toda la razón, ángel. No os lo discutiría ni un segundo. Solo
sugiero que quizá lo que más deseáis de todo este embrollo ha cambiado.
En algún momento, el pasado tendrá que quedarse atrás si de verdad queréis
avanzar. —No podía rebatir su argumento, considerando que ella misma le
había dicho algo similar a Jude menos de una hora antes—. Obviamente
queréis a ese hombre —continuó Leif—. ¿Qué pasaría si dejáis de luchar
contra él y empezáis a luchar por él?
Anna bajó la mirada a sus manos, las cuales se enroscaban inquietas en
su regazo. Leif había dado en el clavo. Ese era exactamente el punto que
ella se negaba a considerar en los momentos de calma, aunque siempre
estaba presente en el fondo de su mente.
—¿Qué? —masculló entre dientes—. Podría volver a dejarme. Solo
que esta vez significaría mucho más, dolería mucho más.
—Y si se marcha, no estaríais peor de lo que estáis ahora. Seguiríais
teniéndome a mí. —Su sonrisa era una burla de sí mismo, un retorcido
gesto en sus labios—. Más es la pena. —Leif se movió en la cama para
poner los pies en el suelo, haciendo una mueca de dolor al hacerlo. Se
inclinó hacia delante y sujetó los hombros de Anna hasta que ella levantó la
barbilla y encontró su mirada.
—Y no olvidéis el corazón roto —añadió Anna con una sonrisa de
resignación.
—Ah, sí, eso también —concedió Leif—. Pero ¿de qué sirve un
corazón, de todas formas? Se puede seguir adelante sin él. A mí no me da
problemas —concluyó con su característico aire jovial.
—Oh, tenéis corazón, Leif Riley. Solo que está perdido bajo capas de
sedimentos empapados en vino. Algún día, una dama muy decidida va a
desenterrarlo y limpiarlo para exponerlo.
—Qué idea tan perturbadora —murmuró Leif con una expresión de
horror dibujada su rostro, mientras se acomodaba de nuevo contra las
almohadas.
Anna rio ante su reacción, y ambos se sonrieron durante unos
momentos. Ahora más que nunca, se sentía agradecida de tener un amigo
como Leif. De manera impulsiva, se levantó de la silla y lo abrazó
rápidamente. Cuando él gruñó de dolor, se disculpó y lo soltó. De pie, miró
la expresión inquisitiva de Leif con una sonrisa en los labios.
—Quizás no queráis escuchar esto, pero en realidad tenéis motivos
para estar agradecido a Jude.
—Como si lo tuviera —replicó Leif.
—El hombre que os disparó vino aquí anoche para terminar el trabajo.
Jude consiguió convencerle de que ya había hecho suficiente y se fue sin
más derramamiento de sangre. Las cosas podrían haber sido muy diferentes
—añadió rápidamente ante la alarma de su amigo acompañado de un tono
de advertencia.
—Maldita sea —balbuceó Leif entre dientes—. Tenéis razón. No
quería escuchar eso.
—No creo que ese hombre vuelva, pero quizá deberías advertir a Jack
que esté atento. Cuidaos. Volveré mañana. Y tratad de ser amable con
vuestras enfermeras… pero no demasiado amable.
Capítulo 16
En la visita de Anna la tarde siguiente, Leif ya estaba levantado y
moviéndose. Su proverbial buena suerte seguía intacta, ya que había
logrado escapar del riesgo de infección. Anna se sentía aliviada pero
frustrada al mismo tiempo. Había esperado que este incidente lo hiciera
reflexionar lo suficiente como para considerar hacer algunos cambios en su
vida. Pero él ya estaba murmurando que necesitaba recuperarse rápido para
volver a salir de fiesta. Pronto estaría buscando otra benefactora adinerada.
Al regresar a casa, se sintió agradecida al encontrarla tranquila.
Asumiendo que Jude se había ido por la noche, se sintió tentada a pasar la
velada sola en casa, disfrutando de una buena cena y un buen libro. Sin
embargo, el bullicio social de Londres era su mejor oportunidad para hacer
avanzar su negocio. Casi de inmediato tendría que regresar a Thornwood
Abby para supervisar el programa de cría ya que pasaba gran parte de la
primavera, todo el verano y principios del otoño en Suffolk. De modo que,
mientras estaba en la ciudad, tenía que aprovechar su tiempo en los salones
y salones de baile de la alta sociedad londinense. Esa noche se había
comprometido a asistir a una cena organizada por lord Terribury, ganador
del último Derby. Aunque le hubiera gustado saltarse el evento, no podía
ignorar el honor de haber sido incluida en la lista de invitados. Una fiesta de
este tipo podía promover los tipos de conexiones sociales que necesitaba
para mantener su negocio en marcha durante muchos años. De nada servía
tener los mejores establos de carreras del país si nadie los conocía. Además,
debía ser su propia defensora contra la discriminación que surgía de
inmediato por el simple hecho de ser mujer. Para un hombre era fácil ser
cerrado y chauvinista cuando su objetivo era solo una idea, pero resultaba
mucho más difícil cuando la mujer en cuestión lo miraba con una sonrisa y
una réplica preparada para cada argumento. Un poco de encanto y una
conversación bien ejecutada a menudo eran suficientes para convencer a un
cliente potencial de visitar sus establos. A partir de ahí, la calidad de sus
caballos y su historial en las pistas hablaban por sí mismos.
Terribury House, una majestuosa mansión antigua, estaba iluminada
elegantemente para la velada, brillando como un faro en el prestigioso
vecindario de Park Lane. Hacía tiempo que Anna se había acostumbrado a
llegar a este tipo de eventos sin acompañante. Aunque seguía recibiendo
miradas curiosas y algunas muecas despectivas de otros invitados, esas
cosas habían dejado de molestarla. Un subproducto inevitable de su
comportamiento audaz era que generaba rumores infundados sobre
supuestas aventuras amorosas. Como rara vez se la veía en compañía de un
hombre, cualquier ocasión en que apareciese con un caballero, incluso en
las situaciones más inocentes, se asumía que debía haber algo entre ellos.
No obstante, esta noche, era evidente que las miradas eran mucho más
intrusivas de lo habitual. Intentando ignorar la inquietud que le recorría la
espalda, sonrió y asintió a conocidos que pasaban. Mas cuando entró en el
gran vestíbulo y fue anunciada no como la señora Locke, sino como la
condesa de Blackbourne, un frío helador le paralizó los miembros. La noche
prometía ser más complicada que cualquier otro evento de su pasado. Las
cabezas se giraron al oír el inesperado anuncio. Anna había pensado que la
noticia del regreso de Jude y su matrimonio de hacía tanto tiempo ya habría
circulado en los círculos de chismes. A juzgar por las muchas expresiones
de sorpresa y confusión, no todos estaban al tanto de esta jugosa novedad.
Inmediatamente fue rodeada por un grupo de damas con las que se había
cruzado en algún momento, damas que nunca antes habían hecho tanto
esfuerzo por buscar su compañía. Pasó varios minutos agonizantes
respondiendo una variedad de preguntas educadas, mientras las mujeres
intentaban desesperadamente obtener información sin parecer demasiado
inquisitivas. Anna les respondió con frases breves, dejando claro de manera
eficiente que estaban perdiendo el tiempo. No tenía intención de hablar de
su matrimonio con ninguna de las aves carroñeras del cotilleo que la
rodeaban. Una a una, las damas se fueron retirando, sin más que decir una
vez que comprendieron que no obtendrían detalles sobre el cambio de su
nombre.
Avanzando lentamente entre la multitud, Anna resistió la tentación de
fulminar con la mirada la descortesía de algunos invitados, que seguían su
progreso con miradas descaradas y susurros. Su alivio fue inmenso cuando
divisó a un grupo familiar de caballeros cerca de la mesa de refrescos. Eran
apasionados aficionados a los caballos, miembros de esa rara estirpe de
hombres que poseían el conocimiento ecuestre adecuado para respaldar sus
extravagantes inversiones en las carreras. De pronto, el amable lord Peney
formaba parte del grupo y la llamó mientras se acercaba.
—Ah, lady Blackbourne. —Sonrió y extendió la mano hacia la
condesa—. Debéis venir y terminar este debate. Me temo que estamos
igualmente divididos sobre el asunto. —Varios caballeros se apartaron para
hacerle sitio a Anna en la conversación. Ella sonrió y saludó con la cabeza a
los demás presentes.
—¿Y cuál es el tema de discusión esta noche?
—Estamos hablando de los avances que se están haciendo al otro lado
del Atlántico, en Lexington. Rawley y Paxton aquí piensan que el caballo
quarter horse americano llegará a ser tan popular como el pura sangre para
las carreras.
Anna sonrió. Aquellos eran los suyos. Pasó los siguientes tres cuartos
de hora debatiendo los pros y contras de lo que había estado ocurriendo en
la cría de caballos en Estados Unidos durante las últimas décadas.
La ola de expectación que recorrió la sala fue lo que primero la alertó
de su presencia. Como casi todos los demás, Anna giró la cabeza hacia la
gran entrada con arcos y observó cómo el conde de Blackbourne descendía
los tres escalones hacia el amplio salón. Lord Rutherford, un hombre
famoso por su estilo impecable, su aire elegante y su atractivo clásico, le
acompañaba una vez más. Y, sin embargo, Jude destacaba. La dignidad
discreta y la falta de ostentación en su porte le otorgaban una cierta
elegancia sin parecer que lo intentara. Los suaves rizos dorados de su
cabello contrastaban con su oscuro atuendo de noche y enmarcaban su
rostro de una manera que resaltaba los fuertes contornos de sus rasgos y el
brillo inteligente de sus ojos azules. Su paso era seguro, sin llegar a ser
arrogante, y su expresión esta noche era casi agradable.
A pesar de su atractiva apariencia, o quizás precisamente por ella, era
aún más evidente para Anna cómo se mantenía apartado de su entorno.
Como si se contentara con observar el mundo que le rodeaba sin sentir la
necesidad de participar en él. En ese aspecto, era casi irreconocible
comparado con el joven que había sido. Antes de su matrimonio. Antes de
que abandonara su vida, y a ella, más atrás.
Los invitados cercanos luchaban por dividir su atención entre Jude y
ella. Su intensa curiosidad era obvia. Esta noche amenazaba con convertirse
en un espectáculo magnífico. Se obligó a respirar con calma y profundidad,
aunque sus manos sudaban dentro de los guantes y sentía que su corazón
había abandonado su pecho y se había asentado en su garganta. El enorme
salón de baile estaba demasiado cálido. En ese momento, Jude la divisó
entre la multitud. Una sonrisa ligera se formó en sus labios. Sus ojos, de un
color intenso, lucían brillantes y atentos. Hizo un gesto claro de asentir en
su dirección, reconociendo su presencia sin ser excesivamente
demostrativo. La suave sonrisa de Anna reflejó la suya mientras le devolvía
el saludo con un gesto de cabeza. Toda la interacción duró menos de diez
segundos, pero inmediatamente provocó una explosión de susurros.
Jude se volvió para saludar a un conocido, ignorando la reacción de la
multitud a su alrededor. Anna siguió su ejemplo y volvió a centrar su
atención en el pequeño grupo de aficionados a los caballos que la rodeaba.
Estaba segura de que su corazón latía tan fuerte que incluso lord Munster,
sordo de un oído, debía de haberse percatado. Tras una breve vacilación y
un par de miradas curiosas, sus amigos retomaron rápidamente la
conversación como si nada inusual hubiera ocurrido.
Durante la cena, Anna y Jude se sentaron a una considerable distancia
el uno del otro a lo largo de la mesa. No había ninguna posibilidad de que
pudieran participar en las mismas conversaciones. No es que a Anna le
interesara el tema que la mayoría de los otros invitados discutían. Todos
querían hablar sobre el misterioso matrimonio del errante lord Blackbourne
y la poco convencional señora Locke. La mayoría apenas se esforzaba en
ocultar su interés por los dos implicados. Anna se sintió más que agradecida
cuando el caballero a su izquierda entabló una conversación sobre el muy
inofensivo tema del cuidado y restauración de libros antiguos. Al menos,
pudo fingir no notar los constantes murmullos que se intercambiaban entre
cabezas inclinadas.
El candado de su pequeña caja de Pandora personal se había roto.
Después de esta noche, no quedaría alma viviente en Inglaterra que no
estuviera al tanto de la inusual relación entre el conde y la condesa de
Blackbourne. Anna se aseguró de que el fervor de preguntas y
especulaciones se desvanecería, y que las cosas volverían a parecerse a lo
que eran antes del regreso de Jude. «Deberían hacerlo», pensó con cierta
desesperación. Se esforzó mucho durante el resto de la velada para dar la
impresión de que no había nada fuera de lo normal, que todo estaba
completamente en orden. Sin embargo, casi perdió la compostura cuando
las damas se retiraron, dejando a los hombres con su oporto.
Al pasar junto a Jude saliendo del comedor, este giró la cabeza y sus
miradas se cruzaron. Fue solo un vistazo fugaz, pero en ese instante, tuvo la
clara impresión de que él la observaba con una cálida preocupación. Pero el
momento pasó, y se sintió liberada de la pesada atmósfera del comedor. Lo
que había visto en la mirada de su marido seguramente había sido un
producto de la luz inestable de las velas y de su creciente incomodidad. Con
todas las damas de vuelta en el salón, una de las hijas de Terribury comenzó
a tocar una hermosa melodía al pianoforte. Demasiado nerviosa para
sentarse y conversar, Anna se quedó junto a la ventana y escuchó la música
por un rato, esperando que la fluida melodía la llenara de una calma que no
lograba cultivar por sí misma. Cuando eso no funcionó, se dio un paseo por
la sala, intercambiando breves cortesías con algunas damas y admirando los
diversos objets d’art esparcidos por la estancia. Era lo mejor que podía
hacer para aparentar estar tranquila, a pesar de las miradas curiosas que
insistían en dirigirse hacia ella.
Una vez que los hombres se unieran a ellas, solo tendría que quedarse
un poco más antes de inventar una excusa para irse. Su oportunidad de
conseguir nuevas conexiones para su negocio era ya una causa perdida.
Estaba demasiado distraída por la presencia de Jude. Le resultaba agotador
actuar como si fuera normal asistir a una cena con un marido que había
prometido hacerle la vida miserable. ¿Era esa parte de su plan? ¿Había
aceptado intencionadamente la invitación a esta cena para hacer de su
velada un desastre incómodo? Su distracción mental era tal que ni siquiera
notó que los hombres ya se habían reunido con las mujeres hasta que su piel
se calentó con la conciencia de una presencia familiar. Miró hacia atrás
sorprendida y encontró a Jude cerca, justo detrás de su hombro derecho, con
el rostro inclinado hacia el cuadro que colgaba en la pared frente a ellos.
Durante un segundo electrizante, el momento le recordó a la galería
medieval de Marquart, la noche del baile de máscaras. Enseguida, Anna se
giró rápidamente y miró hacia arriba, intentando que su ritmo cardíaco
volviera a la normalidad. Aunque había estado de pie allí durante los
últimos minutos, en realidad no había visto el cuadro que tenía frente a ella.
Apenas percibió a una mujer pelirroja sentada para un retrato con un
cachorro marrón manchado en su regazo antes de perder su capacidad de
concentrarse. En su lugar, se dio la vuelta, enfrentándose directamente a
Jude.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —La pregunta de la condesa fue directa
y acusatoria, y él apartó la mirada del cuadro para mirarla con obvia
sorpresa—. ¿Aceptasteis la invitación de lord Terribury solo para
atormentarme?
Los labios de Jude se curvaron en una sonrisa sutil, sorprendentemente
íntima. La piel de Anna se calentó, y la tensión que había sentido desde el
momento en que lo anunciaron tomó un giro decididamente sensual. Esa
maldita sonrisa, por ser tan rara desde su regreso, tenía un poder inmenso
sobre sus reacciones sensoriales.
—¿Os atormento? —preguntó él en un tono oscuro y burlón, mientras
su mirada descendía hacia el pulso que latía en la base de su cuello.
Definitivamente estaba en un humor inusual aquella noche. Su diversión
ante la angustia de ella templaba su reacción sensual con una dosis de
molestia.
—Solo responded a mi pregunta, Jude. ¿Voy a tener que esperaros en
cada esquina que doble?
—¿No debería un marido estar al lado de su esposa? Devoto, atento…
—Los ojos de Jude brillaron y alzó una ceja ligeramente.
—¡Ja! —La exclamación se le escapó de los labios—. Me sorprende
que siquiera sepáis cómo pronunciar esas palabras.
—Sé pronunciar unas cuantas más —ofreció, divertido, aunque sus
labios temblaron ligeramente ante su aguda réplica. El brillo travieso en sus
ojos se tornó en una chispa maliciosa—. Terca. Reservada. Inesperada.
—¿Y qué tal implacable, entrometido, desleal y… desconcertante? —
Los ojos de Anna se entrecerraron con recelo al captar la naturaleza del
juego.
El último adjetivo se le escapó sin querer, y deseó poder retirarlo en
cuanto vio cuánto lo complació.
—Intrigante. Hermosa. Deseable. —Bajó la voz a un susurro
dramático antes de responder. Las palabras fueron pronunciadas con el
mismo tono profundo e íntimo que había usado aquella primera noche en el
baile de máscaras. El tono sugerente y la insinuación en su voz despertaron
en Anna una nueva oleada de deseo y anhelo. Su espalda se tensó en
resistencia. Justo cuando las cosas ya se estaban complicando, él parecía
saber exactamente cómo subir la apuesta.
—No hagáis eso —murmuró Anna, mirando a un lado, muy consciente
de que estaban en una sala llena de docenas de personas.
—¿Por qué? Me resultáis extremadamente atractiva. No es un asunto
sobre el que suela andarme con rodeos. Cuando quiero algo, o a alguien, no
lo oculto. Y cariño, como ya os dije antes, os quiero a vos. —Su voz ya no
era juguetona. Los tonos graves llevaban un matiz serio que Anna encontró
extrañamente estimulante. Se encontró con su mirada y sintió la verdad
sincera de sus palabras como una banda apretada alrededor de su pecho,
dificultándole la respiración.
—Para una aventura temporal —aclaró su esposa.
—Por supuesto. No hay otro tipo.
—Pero estamos casados.
—Tenéis razón —dijo Jude, y su diversión regresó con el ligero arqueo
de las comisuras de sus labios—. Eso sí que lo hace un poco incómodo,
pero imagino que podemos superarlo si lo intentamos. —Bajó la cabeza
para mirarla mejor a la cara—. ¿Estáis ruborizada?
—Claro que no —negó, sintiéndose descolocada y de repente en
desventaja. Estaba decidida a no dejarse manipular por su cambio de actitud
—. Simplemente no me gusta esa táctica. Estáis intentando deliberadamente
inquietarme y sacarme de mis casillas con vuestras sugerencias descaradas.
Es un movimiento injusto. Sabéis tan bien como yo que nunca seremos
amantes.
—¿No lo creéis? Mi confesión no fue un intento de manipulación,
Anna. Es la pura verdad. Hay una pasión entre nosotros que está lejos de ser
común.
Anna no respondió por miedo a decir algo que delatara sus propios
sentimientos. Lo miró con desconfianza, insegura ante su declaración. Jude
sacudió la cabeza ante su falta de respuesta.
—Eso no significa que no me sorprenda. Supongo que ni siquiera os
dais cuenta de lo frustrante y contradictoria que sois.
—No tiene sentido, Jude. Desconfiáis de mí. No os gusto. No queréis
otra cosa que deshaceros de mí. Y, sin embargo, ¿esperáis que crea que, a
pesar de todo, queréis llevarme a la cama?
El conde ladeó la cabeza, estudiándola por un momento antes de
responder.
—Vamos, Anna. Seguro que tenéis suficiente experiencia para saber
que esas cosas no tienen por qué ir de la mano. El deseo y la atracción no
están dictados por otra cosa que una necesidad física creada por los
sentidos.
Ella le miró fijamente, intentando ver más allá del deslumbrante brillo
de sus ojos. ¿De verdad creía lo que decía? No podía saberlo, pero su
corazón se sintió pesado ante la idea.
—Por supuesto —aseguró Anna con aspereza, apartando la mirada de
nuevo.
Al igual que todos los demás, él la veía como una mujer de
sofisticación mundana. Las suposiciones que la gente hacía sobre sus
actividades privadas nunca le habían molestado antes. Pero con Jude, era
decididamente diferente. Le irritaba que él creyera tan fácilmente que había
sido infiel a los votos que pronunció el día de su boda. De repente, lamentó
los comentarios frustrados que había hecho, que no hacían más que
alimentar esa misma opinión.
Su matrimonio había tenido lugar bajo una presión extrema, pero
seguía creyendo en los votos que había pronunciado. Claro que había hecho
esas promesas a un hombre al que amaba. Un hombre que aún conseguía
tambalear su compostura y sacudir su confianza con los sentimientos
tiernos que despertaba en ella, a pesar del tiempo, la distancia y la
desconfianza impenetrable que se cernía entre ambos.
—Ahí vais otra vez —susurró Jude, sacudiendo la cabeza—.
Refugiándoos en vuestros pensamientos secretos.
—No sé de qué habláis.
—Sí que lo sabéis.
Anna le sostuvo la mirada, protegiéndose de inmediato contra su
percepción intuitiva. Jamás debía descubrir que aún le amaba, que siempre
le había amado. Si alguna vez llegaba a saber sus verdaderos sentimientos,
el poder que podría ejercer sobre ella sería devastador. Y estaba convencida
de que él usaría ese conocimiento a su favor. Podría estar siendo sincero
sobre su deseo hacia ella, pero también había sido igual de claro sobre su
intención de romper los lazos matrimoniales que les unían.
—Milord y milady Blackbourne. Qué extraordinario placer contar con
vuestra presencia esta noche.
—¡Milady y milord Blackbourne! Qué extraordinario placer contar con
vuestra presencia esta noche —exclamó lady Terribury, una mujer tan
entregada a lo sensacional como su esposo lo era a lo mundano. Tener al
conde y a la condesa de Blackbourne en su fiesta aseguraba que el evento
sería tema de conversación durante días, mientras la gente especulaba sobre
la inusual pareja. Se acercó a Anna y Jude con los brazos abiertos,
adornados con brazaletes de joyas, y una pluma de avestruz teñida de un
verde lima brillante ondeando sobre su cabeza como si fuera una
extremidad adicional. La mujer adoraba el drama. Anna se giró con una
sonrisa que esperaba no revelase demasiado de su alivio por la efectiva
interrupción.
—Lady Terribury, como siempre, vuestra casa es deslumbrante, y
vuestra hospitalidad supera todas las expectativas.
—Gracias, querida, hago lo que puedo. —La mujer mayor trinó
agradecida, haciendo que la pluma de avestruz se moviera con énfasis. Lady
Terribury se volvió hacia Jude y le sonrió ampliamente. El brillo en sus ojos
era afilado y codicioso—. Y vos, milord, qué encantador es teneros de
nuevo en los salones de baile y los salones de Londres.
—Gracias, milady —respondió Jude, inclinándose elegantemente
sobre su mano—. Sois tan amable como encantadora.
Lady Terribury le dio un golpecito en el brazo y le sonrió de una
manera que la hacía parecer casi juvenil, visiblemente encantada con el
cumplido. En cuanto a Anna, casi rodó los ojos.
—No deberíais haberos mantenido alejado tanto tiempo. Estoy segura
de que vuestra hermosa esposa estará de acuerdo —añadió con una inocente
audacia, lanzando una sonrisa y un gesto de asentimiento hacia Anna, quien
sonrió automáticamente en respuesta—. ¡Y qué sorprendidos nos quedamos
todos al enterarnos de que nuestra querida señora Locke era en realidad la
condesa de Blackbourne! Os aseguro que hemos estado todos ansiosos de
curiosidad por todo este misterioso asunto. Tened piedad de mí y decidme
cómo se dio esta curiosa unión.
—Ah, pero eso arruinaría toda la diversión, ¿no creéis? —La sonrisa
de Jude era amplia y brillante, capaz de encantar a la mujer más resistente
—. Me atrevería a decir que la verdad probablemente no sea tan
emocionante como lo que la gente pueda imaginar. Realmente odiaría ser la
causa de la decepción de alguien.
—Lord Blackbourne, dudo mucho que pudierais decepcionar a nadie.
—Lady Terribury frunció ligeramente el ceño, molesta, pero aun así
respondió con una cortesía impecable.
Anna tuvo que resistir el impulso de soltar una carcajada sarcástica. Al
ver pasar a un invitado en particular, la anfitriona se animó de repente.
—Oh, ahí está el apuesto lord Rutherford. Debo presentárselo a mi
hija, ¿me disculpáis? —Y con una sonrisa llena de ambición, la dama se
retiró rápidamente.
Anna soltó el aliento pesado que no se había dado cuenta de que estaba
conteniendo. Los incansables esfuerzos de lady Terribury por asegurar
matrimonios ventajosos para sus hijos eran bien conocidos entre la alta
sociedad. Evidentemente, la dama estaba más preocupada por el futuro
matrimonial de su hija que por la aún desconocida historia de los
Blackbourne.
—Parece que os hubieran arrastrado detrás de un caballo —comentó
Jude con diversión—. No ha sido tan malo. La dama se ha distraído
bastante rápido.
—Fácil para vos decirlo. No habéis estado lidiando con esas preguntas
durante toda la noche. Hay un número limitado de formas de evitar
responder cuando os hacen la misma pregunta de tantas maneras diferentes.
—Anna lo miró con irritación.
—¿Habéis probado decirles que simplemente no es asunto suyo?
—Oh sí, seguro que eso iría de maravilla. —Anna entrecerró los ojos
mientras lo observaba con suspicacia—. Es evidente por qué yo querría
mantener el pasado oculto, pero vos podríais haber dicho la verdad.
Probablemente ganaríais la simpatía de todos con una historia que muestre
claramente las artimañas de una mujer malvada.
—¿Sois malvada, Anna?
La condesa parpadeó y luchó por controlar el nudo repentino que
sentía en la garganta ante la inesperada pregunta. Afortunadamente, se salvó
de tener que responder cuando fueron interrumpidos nuevamente. Esta vez,
Rutherford apareció con un ceño profundamente marcado por la molestia.
—Juro por Dios que esa mujer ha intentado endosarme a cada una de
sus hijas. Esta última es la cuarta y, muy probablemente, la peor —
murmuró Rutherford con desdén—. ¿Cuántas hijas puede tener una madre
ambiciosa? —Hizo una pausa en su queja para mirar a Anna con un leve
asentimiento de reconocimiento—. Mi señora, tan encantadora como
siempre. —Su cumplido fue más una formalidad social que una expresión
sincera.
—Gracias, milord.
Desde que conocía a Rutherford, nunca había podido decidir si le caía
bien o no. Su actitud condescendiente y el aire de superioridad que llevaba
como si fuera un caro perfume siempre la repelían. El hecho de que hubiera
sido él quien la desenmascaró en la velada de los Fitzherbert había
inclinado la balanza en su contra.
—Si me disculpáis —dijo la condesa con rigidez, viendo su
oportunidad de alejarse. Antes de que pudiera escapar, Jude la detuvo con
un ligero toque en el codo.
—Las circunstancias de nuestro matrimonio son solo asunto nuestro —
opinó Jude, retomando la conversación donde la habían dejado—. No
revelaré los detalles de nuestro pasado a nadie más. Pero del mismo modo,
no aceptaré que se sigan acumulando mentiras sobre las que ya existen.
Anna levantó la barbilla y lanzó una mirada de reojo a Rutherford. El
odioso hombre ni siquiera intentaba disimular su interés en la conversación.
—Hay suficiente engaño como para que considere añadir más, milord.
Os lo prometo —le contestó a Jude con un tono de resignación.
Seguidamente, se volvió hacia Rutherford—. Ah, por cierto, lady Terribury
tiene siete hijas encantadoras, tres de ellas aún no han salido del colegio,
buena suerte —ofreció con tono mordaz y se alejó con una sonrisa de
satisfacción al escuchar el profundo gemido de desesperación de
Rutherford.
Capítulo 17
Los aromas familiares de los caballos, el cuero, el heno y la avena
mezclándose con la fresca neblina recibieron a Anna cuando entró en los
establos a la mañana siguiente. Respiró hondo, y esa esencia terrenal la
reconfortó, devolviéndole una sensación de seguridad. Los recuerdos
perturbadores la habían mantenido despierta la mayor parte de la noche. Sin
haber podido descansar bien, se despertó de mal humor y descolocada,
como si el mundo se hubiera inclinado ligeramente bajo sus pies y no
pudiera encontrar estabilidad. Murmuró saludos suaves a sus caballos
mientras pasaba junto a sus cuadras, con la cabeza inclinada en señal de
preocupación. Normalmente, se detenía a dedicarles un momento de
atención personal, pero esa mañana estaba demasiado distraída por
preocupaciones más profundas. Le encantaría echarle la culpa a Jude y su
cambiante actitud, pero la pesada oscuridad que sentía venía de su interior y
exigía ser reconocida. Lo que necesitaba era tiempo para pensar y aclarar
las inquietudes que seguían pesándole en la mente.
Al oír algo delante, se dio cuenta de que no estaba sola en los establos,
y levantó la cabeza alarmada. Nunca había nadie con los caballos tan
temprano en la mañana. Un escalofrío, mezcla de emoción y aprensión,
recorrió sus nervios cuando vio a Jude acomodando una silla de montar
sobre su corcel favorito.
¿Tiempo para pensar? Claro, si pudiera darse la vuelta en su propia
casa sin encontrarse con su maldito marido. Su humor, ya de por sí torcido,
empeoró. El conde se volvió al verla acercarse y le ofreció una sonrisa fácil
que arrugaba las comisuras de sus ojos y le provocaba una incómoda
presión en el pecho. «Maldito su sonrisa cautivadora».
—Buenos días —saludó, con tono agradable.
—¿Pensáis entrometeros en mi paseo todas las mañanas?
—Absolutamente. —El leve arqueo de sus cejas sugería que no le
molestaba en lo más mínimo su rudeza.
Anna le ignoró mientras preparaba a George, un viejo corredor que
había engendrado una larga estirpe de ganadores. La tarea resultó más
difícil de lo que había imaginado. En el espacio oscuro y estrecho de los
establos, sus sentidos parecían estar especialmente sensibles a los
movimientos de Jude mientras él preparaba su caballo. Entonces, cuando él
murmuraba palabras de aliento y elogios, el tono suave erizó los finos
vellos en la piel de Anna, ya que su cuerpo reaccionaba visceralmente a la
textura aterciopelada de su voz. ¿Qué sentiría si le susurrara palabras de
amor contra su piel mientras la sostenía en un cálido y cercano abrazo?
Maldiciendo su debilidad, Anna se concentró en pensamientos de
caballos, carreras y negocios. Tenía varias citas esa semana que parecían
prometedoras. Al parecer, lord Peney había difundido entre otros
aficionados a las carreras de su círculo el éxito que había obtenido en la
pista. También necesitaba asegurarse de visitar Tattersalls. Aún le faltaba
adquirir una yegua adecuada para Charles. Logró mantener una corriente
constante de pensamientos que no involucraban a Jude durante todo el
trayecto hasta el parque. Y él no parecía inclinado a forzar conversación, lo
cual agradeció enormemente. Una vez que llegaron al inicio de Rotten Row,
Anna clavó los talones y se inclinó hacia delante sobre su montura. George
saltó instantáneamente a un galope veloz. «El viejo aún tiene fuerza en él»,
pensó con una sonrisa de orgullo mientras disfrutaba de la velocidad y el
poder del veterano corredor bajo ella.
Jude montaba a Richard. Por magnífico que fuera el caballo castrado,
sin la fuerza y el control adecuados de un jockey altamente experimentado,
el joven pura sangre no sería capaz de alcanzar a George. Anna cerró los
ojos y, por unos breves y preciosos momentos, se sintió liberada y en
control de su destino. Por ello, como probablemente debería haber
esperado, Jude interrumpió su pequeño respiro. Al principio, cuando oyó el
sonido de un jinete acercándose por detrás, no pensó que pudiera ser Jude.
Pero una rápida mirada por encima del hombro reveló la sorprendente
imagen de su esposo inclinado sobre el lomo de Richard, instando al caballo
a una velocidad que rara vez alcanzaba. Anna estaba atónita, y molesta así
que clavó los talones en los costados de George. El experimentado corredor
respondió de inmediato a la instrucción de Anna, así como al familiar
sentimiento de otro caballo intentando arrebatarle la delantera.
El viento le azotaba el rostro mientras se agachaba sobre su montura,
confiando en el caballo y en sus habilidades como amazona. Aquí era donde
reclamaba su fuerza y su libertad. En este momento, mientras cabalgaba a
todo galope, sin nada que la retuviera y sin nadie que le dijera que debía
limitar el alcance de sus sueños o su enfoque. Jude se acercaba al lado
izquierdo de su caballo, pero no tenía posibilidad de adelantarla. Su risa
estaba llena de triunfo y deleite. Su esposa tiró de las riendas cuando
llegaron al final del largo tramo recto y ralentizó a George a un ritmo más
cómodo. Jude llevó a Richard junto a ella, suavizando hábilmente el paso
del caballo hasta un trote relajado.
—Nunca pierdo una carrera. —Anna se giró hacia él con una
expresión satisfecha de deleite en su rostro sonrojado.
—No fue una prueba justa, cariño. Empezasteis sin avisar. Estaba
detrás de vos desde el principio.
—¿Estáis sugiriendo que hice trampa? —Anna levantó sus cejas
negras con aire imperioso.
—Ni lo soñaría —contestó Jude con una rápida carcajada. Enseguida,
giraron sus monturas fuera del camino y las hicieron avanzar a paso lento
mientras cruzaban un tramo soleado de césped—. Tendría miedo de lo que
podríais hacerme en represalia por tal afirmación —añadió.
—No os preocupéis, Jude. Hoy no he traído mi fusta. —La picardía
brillaba en los ojos de Anna.
El conde rio de nuevo, y ese sonido llenó a Anna de una sensación de
placer y satisfacción tan intensa que la asustó. Este era el Jude que
recordaba de su juventud. Ese hombre cálido, risueño y de corazón abierto.
Su corazón latía dolorosamente y se quedó sin aliento, con una mezcla de
anhelo y tristeza profunda.
—¿Qué os pasó, Jude? —Era un paso deliberado hacia territorio
peligroso, pero el deseo irresistible de comprenderlo era mucho más fuerte
en ese momento que el instinto de autoconservación. La expresión del
conde cambió tan drásticamente ante la extraña pregunta que casi resultó
cómico. Su sonrisa se torció y sus ojos azules se entrecerraron mientras la
miraba con una mezcla de diversión y confusión.
—¿Qué? ¿Me ha pasado algo?
—Es la primera vez que veo verdadero placer en vuestro rostro desde
que volvisteis. Solíais reír así todo el tiempo antes de marcharos.
Jude frunció el ceño. La alegría desapareció de su rostro en cuanto
reaccionó a la naturaleza personal de su observación. El corazón de Anna se
hundió de culpa al ver lo rápido que había logrado apagar su disfrute, pero
no se arrepentía de su pregunta.
—Mi regreso a Inglaterra no ha sido exactamente lo que esperaba. He
estado ocupado lidiando con un problema obstinado que no se está
resolviendo tan fácilmente como pensaba.
Su respuesta fue dada en un tono monótono. No había ninguna
inflexión acusatoria, solo una simple declaración de hechos. Anna bajó la
vista hacia las riendas en su mano. Frotó el cuero con el pulgar enguantado
pensativamente antes de tomar aire y levantar la mirada, enfocándose en el
gran roble que se extendía ante ellos.
—¿Me habéis odiado tanto todos estos años? —Cuando permaneció en
silencio durante los minutos que siguieron a su pregunta, Anna lo miró de
reojo. Jude seguía mirando al frente, observando el parque y entrecerrando
los ojos un poco hacia el sol que acababa de salir por el horizonte. Las
arrugas en las comisuras de sus ojos se profundizaron, haciéndolo parecer
cansado y fuerte a la vez. Estaba empezando a adorar esas pequeñas líneas.
En cuanto su esposo giró para mirarla, sus cejas estaban aún más fruncidas
sobre sus ojos azules y sacudió lentamente la cabeza dorada.
—¿Destruís intencionadamente estos momentos agradables, o
simplemente tenéis un don para hacer preguntas incómodas y sacar temas
sombríos? —Anna casi sonrió. Casi. Luego se encogió de hombros.
—Un don, supongo. —Jude tiró de las riendas de su caballo, obligando
a Anna a hacer lo mismo si esperaba seguir hablando con él. La miró de
frente, y las líneas de su rostro eran más duras y profundas de lo que ella
había visto nunca.
—Apenas me molesté en pensar en vos en cuanto pisé el barco que me
llevó lejos de Inglaterra. ¿Es eso lo que queréis oír? Erais una astilla del
pasado que deseaba sacar fervientemente. Y encontré formas muy eficaces
de distraer mi memoria. Cuando supe que tendría que regresar, solo pensaba
en poner fin al matrimonio. Honestamente, no os tuve mucho en mente —
continuó, sin permitir que ella lo interrumpiera—. Si hubierais sido una
parásita codiciosa y aprovechada, habría encontrado vuestro precio, os
habría pagado, os habría enviado por vuestro camino y jamás habría vuelto
a pensar en vos. Si hubierais sido una oportunista manipuladora que rogaba
por perdón y juraba devoción eterna con falsas lágrimas y oscuras
intenciones, probablemente os habría llevado a la cama. Al fin y al cabo,
sois una mujer excepcionalmente hermosa. Y luego os habría dicho que
encontrarais protección en otro lugar. —Hizo una pausa, y sus afilados y
despiadados ojos azules se posaron en ella. La condesa lo miró en silencio,
atónita ante su brutal honestidad, incapaz de defenderse. Su columna se
había tensado dolorosamente al prepararse para lo que él pudiera decir a
continuación, y su garganta se sentía como si estuviera apretada alrededor
de una dura y áspera piedra—. ¿Os odié alguna vez? Con cada respiración.
¿Os odio ahora? —Jude suspiró profundamente. Su expresión al mirarla no
era cruel, pero tampoco quedaba rastro del placer que había mostrado antes
—. Me desconcertáis, Anna, pero no, no os odio —confesó Jude—. Actuáis
de manera opuesta a lo que esperaba. No logro entenderos. Y la pasión que
lleváis dentro me atrae con una fuerza más poderosa que cualquiera que
haya conocido. —Lo último lo dijo en un murmullo bajo que provocó un
sinfín de sensaciones en la piel de su esposa, advirtiéndole que la
conversación había cambiado de rumbo. Las preguntas en su mirada y el
profundo interés inquisitivo en su voz le advirtieron que podría intentar
preguntarle algo sobre ella misma o sobre su pasado que no podría
responder.
—¿Es eso lo que buscabais cuando saltabais de cama en cama
perfumada de princesas extranjeras, actrices y esposas de dignatarios?
—No os olvidéis de las mesoneras y las concubinas del harén —añadió
con un tono frío y sarcástico. Inmediatamente, un destello de algo iluminó
sus ojos. ¿Enojo? ¿Sorpresa?
—¿Encontrasteis pasión en los brazos de todas esas mujeres? —La
inquietud se notaba en la voz de Anna. Su caballo giró en un rápido círculo
y se movió nerviosamente, como si percibiera su malestar. Sus movimientos
la pusieron frente a Jude antes de que lograra tensar las riendas y
controlarlo de nuevo.
—¿Qué demonios tiene eso que ver con todo esto?
—¿Valió la pena, Jude? —insistió Anna, ignorando su pregunta. Las
palabras que brotaron estaban teñidas de una nota áspera de acusación—.
Escaparos. Manteneros lejos de vuestro hogar y de vuestra familia. Sin
preocupaciones, sin deberes, sin responsabilidad hacia nadie más que vos
mismo.
—Sin esposa —añadió Jude con brusquedad.
Anna se mordió la lengua para contener el gruñido de furia dolida que
se acumulaba en su garganta. En lugar de eso, levantó el mentón con
desafío y sus ojos oscuros brillaron con la rabia justa por lo que él acababa
de decir. Y por todo lo que aún no tenía el valor de decir.
—Vamos, Anna —Jude se pasó una mano por los rizos pálidos en un
gesto de agitación—, no podéis pretender hacer el papel de esposa
traicionada en esto. —Su mirada directa la retaba a contradecirlo—.
Después de lo que hicisteis, no creeríais seriamente que me acomodaría en
una vida matrimonial apacible con vos. Esa ingenuidad y esa inocencia
vulnerable no os sientan, cariño.
Anna lo miró durante un momento, notando su completa falta de
remordimiento y la absoluta confianza que tenía en la justificación de su
posición. La piedra en su garganta cayó como plomo en su corazón.
En realidad, incluso a los dieciséis años, no había sido tan ingenua
como para pensar que las inusuales circunstancias de su matrimonio no
traerían serias dificultades. Pero una parte de ella había esperado que, con el
tiempo, pudieran haber superado algunas de ellas. El suyo no era el primer
matrimonio forzado por una familia cuando la reputación de una joven
estaba en juego. Había pensado que podría explicarle a Jude que ella había
sido víctima de la conspiración, al igual que él. Se había imaginado que los
dos podrían llegar a conocerse. Al menos, eso era lo que había pensado al
principio, antes de darse cuenta de que su nuevo marido no iba a regresar
por ella. Que realmente la había abandonado. Y entonces había deseado
poder esconderse en el agujero más pequeño y oscuro. Había soñado con
poder plegarse sobre sí misma mil veces hasta convertirse en nada más que
una mota de pensamiento perdido. Era una novia sin marido, una muchacha
sin familia y sin ningún conocimiento de lo que el futuro le deparaba.
Eventualmente, había encontrado su camino de regreso. Sus caballos, sus
amigos, la vida que había construido para sí misma. Y ahora estaba
poniendo todo en riesgo en un intento rebelde por hacer que su marido
errante sintiera remordimiento por cómo su abandono y las acciones que
siguieron la habían herido. Qué necia. Quería odiar a Jude, pero nunca
podía. Sabía que debía liberarlo del matrimonio, pero se sentía impotente
ante el conocimiento de que él se perdería para ella para siempre. Estaba
siendo tan manipuladora y engañosa como él creía que era.
Tirando de las riendas de George, retrocedió con el caballo para
girarlo. Antes de dar dos pasos, Jude extendió la mano y agarró el freno del
caballo. Lo sostuvo con firmeza hasta que ella levantó los ojos para
encontrarse con los suyos.
—No tiene por qué ser tan difícil. No tiene que ser esta guerra
constante entre nosotros.
¿Qué pasaría si dejara de luchar contra él? Si dejara de lado su deseo
de venganza y accediera a un final amistoso para el matrimonio. ¿Cuándo
se había vuelto tan malditamente desesperada por mantenerlo atado a ella,
aunque solo fuera en una lucha? No podría durar mucho antes de que se
tuviera que declarar un vencedor.
Con el corazón hundido, comprendió plenamente la encrucijada en la
que se había metido. Al final, su motivación original había sido el deseo de
que Jude entendiera lo que su decisión egoísta le había hecho a ella. Pero
mientras él siguiera creyendo que ella había sido la que lo había drogado y
obligado a casarse, se sentiría justificado en sus acciones. Y nunca sabría el
dolor que le había causado si nunca llegaba a conocer el amor que ella
había llevado en su corazón desde el momento en que lo había visto por
primera vez. De cualquier manera, ella perdía. Había un coste demasiado
alto vinculado a revelar la verdad, y resistirse a él solo conseguía enredarla
más en sus propios sentimientos hacia el hombre. Al momento que
respondió, forzó una nota de firmeza en su voz que no logró resonar más
allá de las palabras en sí.
—Tenéis razón. —Anna exhaló en un largo y tembloroso suspiro—.
He terminado de luchar contra vos, Jude. No pondré más obstáculos a la
anulación. —El ardor de las lágrimas se acumuló tras sus párpados, y
rápidamente apartó la mirada de la profunda penetración de sus ojos azules
—. Sois libre —dijo con rigidez y resignación. Enseguida, tiró bruscamente
de las riendas, y Jude soltó el freno del caballo. Espoleó a George en una
carrera feroz. El viento secó las lágrimas mientras rodaban por sus mejillas.
No se volvió ni una sola vez para ver si él la seguía, ya que Sabía que no lo
haría.
Capítulo 18
Al día siguiente, Anna no salió a su paseo matutino habitual. Aún
entumecida por su confrontación con Jude, ni siquiera el saber que había
hecho lo correcto lograba hacer que aceptarlo fuera más fácil. Se quedó en
su dormitorio tanto tiempo como pudo, consciente de que era una cobarde.
Sospechaba que su esposo pasaría el día empacando sus cosas,
preparándose para mudarse al hotel o a la casa familiar en la ciudad. Tal vez
ya se habría marchado a redactar los documentos necesarios para su
anulación. Muy pronto encontraría una amante para reemplazar a la que ella
había ahuyentado, o quizás empezaría a buscar una nueva esposa, una más
acorde a sus gustos. Y ella volvería a la vida que había conocido antes de su
regreso. Excepto que no sería lo mismo en absoluto.
En las horas posteriores a dejarlo en el parque, Anna estuvo a punto de
colapsar en un mar de sollozos desgarradores más de media docena de
veces. Pero cada vez que sentía la urgencia de ceder a su angustia, se
recordaba que era lo mejor. Tenía que serlo. Ya no podía culpar a Jude por
su falta de lealtad hacia una muchacha que él creía que había forzado
maliciosamente un futuro que nunca había deseado. Él nunca había estado
destinado para ella, y llorar por ello no solucionaría nada. No se había
permitido llorar el fatídico día de su boda, cuando todos sus sueños se
habían alejado en una carroza decorada con cintas nupciales. Y no iba a
dejarse vencer por las lágrimas ahora que la tragedia estaba llegando a su
conclusión final. Podía enfrentar lo que viniera. ¿No había demostrado ser
capaz de crear su propia felicidad? ¿No había descubierto, mucho tiempo
atrás, que la soledad podía superarse con trabajo duro y un enfoque estricto
en metas personales? Una anulación había sido la única opción desde el
principio. Cualesquiera que fueran los sentimientos que aún residían en su
corazón, tendrían que quedarse allí indefinidamente, y algún día dejarían de
doler tanto como dolían hoy. A continuación, se vistió cómodamente antes
de finalmente bajar tarde por la mañana. No había rastro de Jude y la casa
estaba extrañamente silenciosa para la cantidad de actividad que esperaba.
¿Se había marchado tan rápido? El pensamiento vino acompañado de
una punzada de pánico ante la posibilidad de que ya se hubiera ido. Tomó
una respiración profunda y calmante, y con un trago seco forzó hacia abajo
las emociones que afloraban rápidamente. Acto seguido, cruzó el vestíbulo
y casi chocó con alguien que salía de la pequeña sala matinal, situada al
frente de la casa. Anna se salvó de caer al suelo cuando el hombre alto y
delgado soltó su pila de libros de cuentas y la sujetó por los hombros.
—Oh, perdonadme, mi señora. Lo siento mucho. A menudo doy diez
pasos antes de ver el primero que tengo frente a mí. —El hombre vestía un
sencillo traje marrón y tenía uno de esos rostros que hacían difícil calcular
su edad. Su piel era suave y juvenil, con rasgos finos y alerta, y unos ojos
hundidos que transmitían una aguda inteligencia. Su expresión actual era de
sincera disculpa, con las cejas oscuras y arqueadas de preocupación sobre
su amplia frente. Se aseguró de que Anna hubiera recuperado
completamente el equilibrio antes de soltarla y volverse a recoger los libros
de cuentas que se le habían caído.
—No pasa nada —respondió Anna mientras se agachaba también para
ayudar a recoger algunos papeles sueltos que se habían escapado de los
libros. Sonrió cortésmente y le entregó un puñado de hojas—. ¿Y quién
sois, señor?
El pobre hombre se ruborizó tanto que Anna pensó que en cualquier
momento podría empezar a sudar. Se levantó de golpe, le extendió la mano
y al mismo tiempo hizo una torpe reverencia.
—De nuevo, mis disculpas, mi señora. Soy el señor Harding,
administrador de la propiedad de la familia Blackbourne desde hace cuatro
años. Estoy aquí para revisar algunos de los libros con lord Blackbourne.
Ponerlo al día, por así decirlo.
—Un placer conoceros, señor Harding.
—Soléis estar fuera de la casa cuando vengo. Aun así, he sido
descuidado al no presentarme antes. Espero que mis visitas no sean
demasiada molestia. —El rubor del hombre se intensificó.
—Por supuesto que no —le aseguró Anna—. Sois bienvenido. —Tuvo
cuidado de ocultar su sorpresa al descubrir que Jude había estado
ocupándose de los asuntos de la propiedad en las últimas semanas.
Conociendo a su padre, estaba segura de que el viejo conde había dejado
todo organizado para que la finca funcionase de manera eficaz con o sin la
participación de Jude. Observó el montón de libros de cuentas que cargaba
el señor Harding. Teniendo en cuenta la manera en que Jude había
abandonado su herencia, no esperaba que asumiera con tanta seriedad su
nuevo papel como cabeza de la familia. No encajaba con la imagen del
hombre que había pasado los últimos años recorriendo Europa en busca de
placeres personales. Sin embargo, sí coincidía con el joven que Jude había
sido educado para ser y con el hombre serio y complejo que recientemente
había comenzado a conocer.
—Gracias, mi señora. Me temo que debo irme. Tengo algunas tareas
que completar para lord Blackbourne antes de nuestra próxima reunión
mañana. —El señor Harding inclinó su cuerpo larguirucho en otra
reverencia mientras retrocedía, claramente apurado por ponerse manos a la
obra.
Anna se quedó un momento indecisa después de que el administrador
se marchara. Miró hacia la puerta cerrada de la sala matinal, debatiéndose
entre entrar o no. Al fin y al cabo, era su casa. Tenía todo el derecho de
entrar en cualquier sala común que eligiera. Pero Jude estaba dentro.
Permaneció en silencio, dejando que el impulso de acudir a su marido
creciera y, finalmente, se desvaneciera en su interior. La atracción era
fuerte, mas Anna descubrió que podía ser más fuerte. Finalmente, se dirigió
a su estudio, desgarrada entre sentimientos de alivio y pesar.
En los días que siguieron, Anna esperó con creciente ansiedad a que
Jude anunciara que su matrimonio había sido disuelto y que se marchaba.
No obstante, cada día regresaba de su paseo sin encontrar ninguna señal de
que Jude se estuviera preparando para cambiar de residencia. Era
exasperante. Ahora que Anna esperaba acción, él de repente se había vuelto
pasivo. Aunque rara vez lo veía, la evidencia de su presencia estaba en
todas partes. El sonido robusto de su risa resonaba cada vez más en la casa
con el paso de los días, y a menudo se colaba a través de las puertas
cerradas hasta donde Anna se sentaba en su estudio. Los mozos de las
caballerizas comenzaron a repetir los chistes de Jude mientras preparaban
su caballo cada mañana. Y en raras ocasiones, incluso juraba percibir un
leve rastro de su aroma flotando en el aire. Esa sutil esencia de
masculinidad y energía imperturbable, algo que nunca había existido antes
de su indeseada intrusión, parecía estar por todas partes. Anna no lograba
comprender por qué él no se había marchado aún, aunque no estaba
dispuesta a preguntárselo. Estaba practicando la indiferencia respecto a su
marido, y la única forma de asegurarse de que funcionara era evitar todo
contacto directo. No resultaba especialmente difícil, ya que él pasaba una
cantidad exagerada de tiempo encerrado con su administrador de la finca.
No tardó en suceder que la curiosidad de Anna superara su necesidad de
mantener la distancia.
Un día, tras ver a Jude salir de la casa con el señor Harding a su lado,
decidió echar un vistazo a la sala matinal. Era un espacio que solía usarse
como pequeño salón familiar o para recibir visitas. Pero Anna la usaba tan
poco que no había tenido motivo para entrar allí en meses. Por eso,
probablemente no debería haberse sorprendido por lo que encontró al
empujar la puerta y entrar. El acogedor pequeño salón había sido casi
completamente transformado. Un viejo escritorio, que Anna reconoció
como uno de los que venía del desván, había sido colocado cerca de la
ventana. Bajo el escritorio se extendía una alfombra grande, claramente
desgastada, que ella asumió estaba allí para proteger el suelo de posibles
derrames de tinta. Las sillas, que solían estar organizadas frente a la
chimenea en una disposición acogedora para conversar, habían sido giradas
hacia el escritorio. Había libros abiertos aquí y allá, papeles apilados
descuidadamente sobre la superficie del escritorio, y un improvisado
servicio de licor se encontraba dispuesto en una mesa auxiliar cerca del
sofá, que, al menos desde su posición en la puerta, parecía ser el único
mueble que no había sido movido.
Después de unos minutos observando la habitación transformada con
asombro, Anna se retiró. Ver cómo la sala se había convertido por completo
en algo de Jude la inquietó. Quería enfadarse por el nivel de intrusión, pero
solo podía sentirse aturdida. La habitación, con su extraña transformación y
su evidente desorden, le pareció tan típicamente «Jude», y el
descubrimiento le dejó una incómoda calidez justo debajo de su corazón,
que latía con fuerza. Él había reclamado un lugar muy definido en su hogar,
por muy breve que fuera el tiempo, y por más que lo intentaba, no podía
ignorar lo correcto que se sentía. Anna descubrió que evitar a alguien en tu
propia casa no es un ejercicio agradable, y sus constantes esfuerzos por
asegurarse de que su marido no estuviera cerca cada vez que salía de una
habitación o cruzaba el vestíbulo principal o se dirigía a las caballerizas
resultaban agotadores. Por no mencionar lo humillante e irritante que era.
Desafortunadamente, tras varios días de cuidadosa diligencia, Anna
literalmente chocó con su marido al entrar en casa después de un paseo.
Acababa de abrir la puerta lateral y solo había dado medio paso al
cruzar el umbral cuando se encontró de frente con un pecho cubierto de
cálida lana. Jude la sujetó por los brazos, justo por encima de los codos,
para estabilizarla, pero no lo suficientemente rápido como para evitar el
contacto completo de sus cuerpos, desde el pecho hasta las rodillas. El
embriagador aroma masculino que lo envolvía llenó el aire a su alrededor
con matices de cuero usado, rico café y piel cálida. Su corazón dio un
vuelco de cautelosa euforia. Sus muslos, cubiertos por el cuero de montar,
rozaron íntimamente los de él. La fuerza de sus manos le dio estabilidad al
instante, y por un breve segundo, Anna tuvo la sensación de que él iba a
atraerla hacia sí. Sin embargo, en lugar de eso, la apartó con bastante
fuerza. Sus movimientos fueron tan rápidos y efectivos que Anna golpeó su
cabeza contra el sólido marco de la puerta. El breve destello de dolor disipó
el momento de posesión sensorial, y lo miró con el ceño fruncido. La
ansiedad y la irritación que habían estado creciendo mientras esperaba su
inminente partida parecieron decidir que ahora era el momento de buscar
una salida.
—¿Qué demonios hacéis?
—Voy a salir a dar un paseo. Si hubierais levantado la mirada mientras
caminabais a paso tan apresurado, os habríais dado cuenta de que estaba en
la puerta —contestó Jude con frialdad, aunque levantó las cejas ante su
pregunta furiosa.
—Si no hubieseis estado plantado en la puerta, no habría tenido que
levantar la mirada. —Hubo una pausa cargada de tensión mientras ambos
contemplaban su discusión—. Nunca me he chocado con nadie antes. ¿Por
qué seguís aquí, de todos modos?
—Porque no os habéis apartado para que pueda pasar —replicó Jude
con brusquedad, aunque una chispa sospechosa brilló en sus ojos azules.
—Quiero decir, ¿por qué seguís viviendo en mi casa? —Anna suspiró
y levantó una mano para frotarse el golpe en la cabeza. Tan pronto como las
palabras salieron de su boca, se dio cuenta de que había una parte muy
pequeña pero muy insistente de ella que no quería que él se fuera. Para
distraerse de sus propios sentimientos, lo observó de cerca mientras él
formulaba su respuesta.
Jude frunció el ceño y desvió la mirada. Flexionó los dedos como si
quisiera estirar el suave cuero de sus guantes de montar, y por un breve
momento, Anna se preguntó si sus manos habrían perdido aquella sutil
aspereza. Volvió a enfocar sus pensamientos justo a tiempo para notar cómo
las fosas nasales del conde se ensanchaban antes de volver a mirarla.
—No es vuestra casa, querida. Es nuestra. Al menos hasta que ya no
sea oficialmente vuestro marido. —Su sonrisa era burlona y sugerente. La
inquietud recorrió la mente de Anna como así también la rabia y la angustia
llenaron su pecho.
—Tenéis mi cooperación, ¿por qué insistís en quedaros? ¿Buscáis
venganza?
—No es venganza.
—¡¿Entonces qué?! —gritó Anna.
La cercanía de su esposo, su voz baja, su mirada inescrutable, todo
conspiraba para debilitar la resistencia que ella había levantado contra él.
Por eso había estado evitando este enfrentamiento. Porque nunca dejaría de
desearle.
—Hay algo que quiero, pero no tiene nada que ver con el pasado. —
Sus ojos se oscurecieron hasta volverse impenetrables, y el corazón de
Anna tropezó cuando sus palabras se hundieron en su mente resistente. Dio
un paso hacia atrás, pero en el estrecho espacio del pasillo y la puerta aún
más angosta, se topó con la pared que tenía detrás. Su corazón latía con
tanta fuerza que parecía hacer eco en las paredes de piedra a su alrededor. O
tal vez solo resonaba en el torbellino de deseo que nublaba sus sentidos.
Acto seguido, el conde dio un paso hacia ella. Anna se quedó paralizada.
Sus músculos se negaban a obedecer las órdenes que su mente, acelerada,
les daba. Solo podía quedarse quieta y receptiva mientras él levantaba su
mano enguantada. El suave cuero presionó el centro de su labio inferior, y
Jude miró fijamente su boca. Sin levantar la vista, deslizó el pulgar para
sujetarle la barbilla entre los dedos y levantar su rostro hacia él. Por un
momento, Anna captó un atisbo de algo oscuro e inestable en los ojos de su
esposo, que en ese momento reflejaba la desesperación silenciosa que
recorría su cuerpo en suaves oleadas. Esperaba que la besara. Mas él no lo
hizo.
—Admitid que me deseáis.
—No. —Anna sintió el cálido aliento de Jude rozar sus labios
entreabiertos.
Jude soltó su barbilla y retrocedió. Sus ojos volvieron a ser azules y
brillaban de una manera que hizo que el estómago de Anna se contrajera.
—Lo haréis —afirmó con convicción antes de darse la vuelta y
dirigirse hacia los establos.
Después de ese encuentro, Anna redobló sus esfuerzos para evitarlo y
tuvo bastante éxito al prevenir otro cruce accidental de sus caminos. Jude
seguía montando a diario, pero en horarios tan imprevisibles que, salvo por
ese encuentro, no coincidían. Desafortunadamente, las noches resultaron ser
el mayor desafío. Anna jamás habría imaginado que compartían tantos
conocidos, pero al asistir a los mismos eventos sociales, tuvo que aceptar
que tendrían que encontrar la manera de coexistir en la escena social
londinense. En su mayoría, lo lograban con el mínimo reconocimiento antes
de desviar su atención hacia otros durante el resto de la velada.
Había una especie de falsa seguridad en el entorno tan público que
permitía un ablandamiento de la constante resistencia de Anna, y a menudo
se sorprendía buscando con la mirada a su marido entre las multitudes que
se reunían para los eventos de final de temporada. Lo sorprendente era que,
cuando lograba divisarlo, él la estaba observando con la misma intensidad.
Sus ojos se encontraban, y Anna no podía evitar que un rubor le subiera a
las mejillas ni que su corazón comenzara a latir furiosamente. La mirada del
conde siempre era tan directa, y, sin embargo, seguía siendo impenetrable.
Era imposible descifrar los pensamientos que se ocultaban tras sus ojos
como joyas, y Anna se veía obligada a apartar la vista, temiendo que su
anhelo se reflejara en su rostro.
Inevitablemente, en estos eventos, Anna y Jude eran el tema de
conversación de casi todos, aunque en voz baja. Su vida social se asemejaba
a una especie de obra de teatro con toda la élite londinense como público.
La sarcástica curiosidad de la élite social sobre las circunstancias del
matrimonio entre el conde y la condesa de Blackbourne no parecía
desvanecerse. La sorprendente unión se consideraba la mayor fuente de
chismes de la última década. Y cada mañana, los periódicos informaban
sobre sus movimientos en pequeños párrafos sensacionalistas y a veces
mordaces, llenos de suposiciones infundadas sobre su pasado y situación
actual. Parecía haber una competencia entre las publicaciones para ver
quién hacía los comentarios más ingeniosos sobre la pareja separada y
enigmática. Normalmente, Anna lograba encontrarle el lado cómico a los
artículos y a la salvaje especulación que los rodeaba, pero en ocasiones se
sentía exasperada por el hecho de que nadie parecía querer pasar página y
hablar de otra cosa.
La condesa empezó a perder el sueño. Sus noches transcurrían en una
agitación mental mientras se preocupaba y se preguntaba sobre el
comportamiento actual de Jude. No veía ninguna razón clara por la que él
siguiera en su casa. A veces resolvía subir y exigirle que se marchara, si no
por otra cosa, al menos para salvarse de la constante ansiedad de anticipar
su partida. Pero entonces recordaba el resplandor excitante que sentía cada
vez que lo veía, y sabía que en el fondo no quería que se fuera. Y siempre,
en el fondo de su mente, se repetía la escena en la que casi la había besado
en la puerta. Ese día Jude se había equivocado. Anna nunca podría admitir
su deseo por él, ni los sentimientos más tiernos que llenaban su corazón.
Claro que eso no hacía que todo desapareciera.
En un último acto egoísta, Anna siguió manteniendo una prudente
distancia de Jude, esperando que este permaneciera en su esfera un poco
más de tiempo. Era una decisión insensata, autodestructiva e irracional,
pero Anna no conseguía obligarse a precipitar la separación que
inevitablemente llegaría. Cada día, esperaba escuchar el inconfundible
golpe que marcaría el cierre definitivo de su matrimonio.
Capítulo 19
Jude entró en el despacho personal de Anna para servirse una copa de
brandy mientras esperaba a Rutherford. No había previsto lo fácil que sería
retomar su amistad con el marqués a su regreso. Jude pensaba que ya había
superado la edad en la que la camaradería masculina tenía importancia.
Durante los años de sus viajes, no había desarrollado relaciones personales
como las que había tenido en su juventud. Lo había atribuido al hecho de
que, con la edad, un hombre deja de lado esas asociaciones, pero quizá
había sido más algo específico de su propia situación.
Había pasado mucho tiempo desde que él y Rutherford solían recorrer
la ciudad con Whitely y Grimm. Si era posible, el marqués se había vuelto
aún más arrogante con los años, pero seguía conservando ese humor
sarcástico, la conversación inteligente y la actitud despreocupada que
hacían que una noche aburrida se volviera más entretenida. Y aparte de
Anna, era la única persona con la que Jude sentía deseos de pasar tiempo.
En cuanto a pasar tiempo con su esposa en un plano personal, por el
momento, estaba fuera de cuestión. O, al menos, Jude había decidido que lo
mejor era mantener cierta distancia.
Cuando se mudó a la residencia londinense de Anna, su intención era
incomodarla, hacer que su presencia como marido se sintiera de forma
inevitable. Esperaba que su proximidad limitara la libertad de Anna para
llevar a cabo sus asuntos, especialmente los románticos, pero, hasta donde
él sabía, no había ningún amante actual. El único caballero con el que
pasaba tiempo era Riley, y aunque tal vez habían sido amantes en algún
momento, después de presenciar la interacción entre ambos la noche en que
Riley fue herido, Jude estaba seguro de que ya no compartían la cama.
El tiempo de Anna se dedicaba casi por completo a la gestión de sus
establos y la administración de su negocio. Supervisaba cada aspecto de su
empresa. Hablaba con compradores potenciales, planificaba el calendario
de cría y gestionaba las finanzas. Tenía una mente aguda y precisa, y poseía
el encanto natural de una excelente vendedora. En cuanto a Jude,
deambulaba lentamente por el pequeño despacho personal, girando el
brandy en su copa. El despacho era como Anna. Por un lado, era
perfectamente funcional, con su sólido escritorio de caoba, grande pero no
ostentoso, las filas de estanterías y las pilas de libros de cuentas. Luego
estaban las elegantes sillas de lectura, tapizadas en color damasco,
colocadas cómodamente frente a la gran chimenea. La habitación contaba
con todas las herramientas necesarias para gestionar un negocio, y también
ofrecía un sentido de comodidad y refinamiento que invitaba a cualquiera a
acurrucarse en una de las sillas y dejar de lado toda afectación social.
Mientras pensaba en su última conversación en el parque, un
incómodo pinchazo de remordimiento le perturbó la conciencia. Ella había
tocado una fibra sensible cuando lo acusó de abdicar deshonrosamente sus
responsabilidades, y él había reaccionado a la defensiva, desviando la
conversación hacia ella. Le había preguntado si la odiaba. Debería haber
sido más sincero en su respuesta. La verdad era que había llegado a
admirarla. Aparte de su instinto natural para los negocios, había
innumerables formas en las que aquella mujer lograba sorprenderlo.
En los años que siguieron a su autoimpuesto exilio, si alguna vez
pensaba en su esposa, era como una astuta engañadora con unos ojos
demasiado oscuros y sabios para alguien tan joven. Necesitaba a alguien
que desempeñara el papel de villana. Tener un enemigo justificaba sus
acciones. Era el escudo de humo que lo distraía de la culpa por sus propios
actos vergonzosos. Había sido forzado a tomar a la muchacha como esposa
en contra de su voluntad, pero el honor y el sentido del deber que su padre
le había enseñado debieron haberlo impulsado a sacar el máximo provecho
de unas circunstancias que él no podía cambiar. Su decisión de huir todos
esos años atrás había sido egoísta y cobarde.
Y la mujer que había llegado a conocer como su esposa no se
correspondía en absoluto con la malvada manipuladora que él había creado
en su mente. Cuanto más tiempo pasaba en su compañía, más confundido se
sentía respecto a la fuerza de su motivación para terminar con su relación.
En lo más profundo, sabía que ella aún le ocultaba algo, pero aquel día en
Hyde Park, cuando finalmente la había empujado hasta el límite que él
mismo había buscado de manera tan implacable, se había sorprendido al
sentir una punzada de arrepentimiento, rápida y precisa. Después de que
ella se marchara a caballo, Jude había deambulado por el parque, apenas
dándose cuenta de cómo se llenaba de gente que acudía para ver y ser vista,
y decidió que no estaba del todo listo para renunciar a ella, especialmente
cuando la mera visión de su esposa conseguía despertar una atracción que
crecía con cada día que pasaba. Estaba hechizado por su capacidad para
moverse con tanta facilidad entre la trabajadora mujer de los caballos y la
deslumbrante dama de sofisticación y elegancia. Nunca había conocido a
otra mujer en toda su vida que llenara con tanto encanto las curvas de un
vestido de noche. A veces, se imaginaba presente durante la transformación.
Observando cómo se despojaba de sus ropas de trabajo polvorientas,
revelando la cremosa piel debajo. Imaginaba sus manos recorriendo sus
firmes y curvadas extremidades mientras se lavaba el sudor y la suciedad de
sus labores antes de deslizarse en delicadas prendas de seda. La tensión
sexual que sentía había crecido con cada encuentro fugaz de las últimas
semanas, hasta el punto en que Jude temía hacer el ridículo rogándole a su
esposa que se acostara con él. Esa era parte de la razón por la que había
mantenido las distancias. Eso, y el hecho de que no tenía una respuesta
preparada para cuando ella inevitablemente le preguntara sobre el progreso
de los trámites de anulación. Ya le había presionado preguntándole por qué
seguía viviendo allí, y él apenas había logrado salir del paso con una vaga
respuesta. Probablemente no tendría tanta suerte la próxima vez.
Al oír que un carruaje se detenía frente a la casa, echó la cabeza hacia
atrás para saborear el fuego suave del brandy mientras descendía por su
garganta. A continuación, dejó su vaso vacío y salió al vestíbulo.
Demasiado tarde, miró a través de las puertas abiertas y se dio cuenta
de que el carruaje no era el de Rutherford, sino el de su esposa. Sus largas
zancadas a través del vestíbulo se detuvieron de golpe al escuchar el suave
susurro de la seda y el satén. Al girar sobre sus pasos, alzó la mirada hacia
la figura que descendía las escaleras. Cada músculo de su cuerpo se tensó
mientras la sangre le abandonaba la cabeza en una oleada de puro deseo
sexual. «Ese es el problema», pensó mientras su mirada recorría con
hambre la exquisita forma femenina de Anna. Su esposa era
verdaderamente impresionante cuando quería serlo. La boca se le hizo agua
y la sangre le retumbaba en los oídos mientras luchaba por controlar el
deseo que le rugía en las venas. Ella se detuvo rígidamente al final de las
escaleras, como esperando algo. ¿Esperándole a él? Jude obligó a sus ojos a
enfocar su rostro, y ambos se miraron en silencio durante un instante. Los
segundos enmudecidos estaban cargados de palabras aún no dichas y
sentimientos que afloraban demasiado rápido y demasiado cerca de la
superficie.
—¿El baile de lady Carmichael? —preguntó Jude y sonrió,
recuperando el control de sus pensamientos.
—Esto se está volviendo un poco ridículo, ¿no creéis? —Anna esbozó
una media sonrisa. Era una expresión de humor reticente, una que Jude
estaba empezando a conocer bien.
—¿Tenéis acompañante esta noche? —Jude inclinó la cabeza en señal
de concesión mientras acortaba la distancia entre ambos en un par de pasos.
—Una de las ventajas de ser una novia abandonada es que no siempre
requiero la compañía de un caballero para este tipo de eventos. Es muy
parecido a ser viuda —añadió alegremente. Sus ojos marrones brillaron con
astucia y sus labios se curvaron con picardía.
—Sí, puedo ver las similitudes. Aunque, por si teníais alguna duda,
puedo aseguraros que estoy lejos de estar muerto. —Jude alzó las cejas y
asintió con falsa solemnidad. Sus ojos brillaron con un toque desafiante—.
¿Qué os parecería despistar un poco a los chismosos? Creo que ya es hora
de que mañana se publique algo nuevo en los periódicos. A mí ya me aburre
leer las mismas historias de siempre.
Anna consideró su sugerencia mientras estudiaba su expresión. No
confiaba del todo en sus motivos. Jude sonrió más ampliamente, pensando
que probablemente ella tenía razón en preocuparse. Él mismo empezaba a
sentirse un poco inquieto. Los ojos de Anna brillaron brevemente con una
emoción que él no pudo descifrar del todo, y luego ella se giró para aceptar
la capa que le ofrecía el mayordomo.
—Podéis compartir mi carruaje, ya que tenemos el mismo destino —
dijo mientras se colocaba la capa sobre los hombros y la abrochaba sobre su
glorioso escote—. Pero más allá de eso, no os hago ninguna promesa.
Jude lamentó en silencio la forma en que el manto cubría su bella
figura, y luego tuvo que tragar con fuerza cuando ella se detuvo y le lanzó
una mirada por encima del hombro. Sus ojos oscuros destellaban con cálida
picardía y una sonrisa traviesa curvaba las tentadoras líneas de sus labios.
—Teniendo en cuenta que pronto nos desvincularemos, no puedo
arriesgar mi reputación siendo vista en compañía demasiado cercana a mi
esposo.
—Me temo que no podré mantener la distancia esta noche, querida
esposa —confesó, disfrutando al ver cómo sus ojos se ensanchaban. Su risa
fue cálida y baja, vibrando desde su pecho, mientras su mirada se empapaba
del encanto de su astuta sonrisa—. Me siento con ganas de ser un poco
molesto, después de todo, ha pasado tanto tiempo. Espero que podáis
soportarlo.
—Mmm. —Anna ladeó la cabeza hacia un lado, y lo miró con una
mirada calculadora y sus largas pestañas enmarcando sus ojos oscuros—.
Estoy descubriendo que tengo bastante tolerancia para los incordios, mi
señor. Dudo que haya algo que no pueda manejar.
—Ya veremos —respondió Jude con confianza astuta. Su tono bajó a
una esfera de persuasión ronca y suave provocación—. Puede que tengáis
algo de experiencia, pero aún tengo algunos trucos que nunca habéis visto.
—Riéndose de nuevo ante el brillo de precaución en sus ojos, Jude tomó su
codo—. Cuando llegue Rutherford, decidle que le veré en el baile —ordenó
al mayordomo mientras salían por la puerta principal. La guio con
confianza desde la casa y bajaron los escalones hasta el carruaje que les
esperaba. Se acomodaron dentro del vehículo cerrado, sentándose frente a
frente en el pequeño espacio.
—No teníais que haber cancelado vuestros planes para hacer de escolta
—opinó Anna.
—Rutherford lo entenderá —contestó Jude antes de que ambos
permanecieran en silencio. Estudió abiertamente los finos ángulos de su
rostro. Admiraba las crestas de sus fuertes y femeninos pómulos, su nariz
recta, su labio inferior lleno y el superior, ligeramente más delgado, que
solía curvarse cuando estaba enfadada o divertida. Y esa pequeña marca de
belleza tan provocativa. Los ojos oscuros de la condesa lo miraban de
vuelta con una audacia desvergonzada, y una extraña excitación se instaló
en su estómago. Era una sensación que solía experimentar cuando estaba a
punto de embarcarse en una tarea especialmente peligrosa o emocionante, y
no estaba del todo seguro de por qué aparecía ahora. Pero lo recibía con
agrado, de todas formas.
Su llegada al baile fue recibida con un torbellino de interés. Desde el
momento en que Jude ayudó a Anna a bajar del carruaje frente a la
imponente mansión, la gente comenzó a mirarlos con abierta sorpresa y
curiosidad. Los murmullos de los chismosos les precedieron al entrar en la
casa, de modo que, para cuando fueron anunciados, casi todo el salón de
baile se agolpaba para echar un vistazo a la enigmática pareja. La sorpresa
generalizada y obvia que recorrió a la multitud al ver a los Blackbourne
llegar juntos fue verdaderamente cómica. Las especulaciones surgieron de
inmediato, y la gente empezó a comentar este nuevo desarrollo. Hasta ese
momento, todos creían que, independientemente de lo que hubiera llevado a
los dos a casarse, estaban definitivamente distanciados, sin señales de
reconciliación. Con su repentina aparición esa noche, tales suposiciones se
desmoronaron.
Jude miró a su esposa, quien estaba a su lado con una seguridad
estoica, completamente preparada para enfrentarse a la especulación y el
cotilleo de toda la élite social sin mostrar la más mínima debilidad en su
semblante. Inclinándose hacia ella, Jude captó el suave aroma que la
rodeaba. Un leve toque floral se mezclaba con una esencia más profunda y
terrosa, un elemento tan característico del misterio que la envolvía. Era
embriagador y casi le hizo olvidar lo que quería decir.
—Ahora empieza la diversión —susurró sugestivamente y Anna lo
miró con curiosidad.
Capítulo 20
Al ver la traviesa sonrisa en su rostro, Anna no pudo evitar sonreír
también. Desde el momento en que lo vio esperándola al pie de las
escaleras, como si hubiera estado aguardando su llegada, supo que esa
noche sería distinta. De algún modo, excepcional. Lo que había estado
creciendo entre ellos durante las últimas semanas los había llevado, de
manera inexorable, hasta este preciso momento. Y estaba preparada para
ello.
Disimuladamente, le echó un vistazo por el rabillo del ojo. Jude había
vuelto su aguda mirada hacia la multitud de lores y damas que se extendía
ante ellos. Había un destello de desafío en sus ojos y la comisura de su boca
se curvaba hacia arriba, como si la situación le resultara divertida. De
repente, a ella también le pareció graciosa. Para un hombre que había
cultivado con tanto esmero su propio desapego social, Jude parecía
sorprendentemente cómodo teniendo la atención de toda la sala puesta en
él.
—De verdad, no deberíais disfrutar tanto de esto —comentó Anna con
tono divertido.
El conde se giró ante su observación. Sus ojos, del profundo azul de
las joyas, brillaban, y su sonrisa entonces fue íntima y absolutamente
masculina. Entre tanto, los murmullos recorrían el salón de baile. El
estómago de Anna dio un vuelco por la aguda anticipación que tuvo que
reprimir con firmeza. No podía permitirse empezar a darle más importancia
a la noche de la que tenía.
—¿Por qué no? Van a hablar de todas formas. Quizá sea hora de que
nos divirtamos un poco con todo esto en lugar de seguir ignorando la
especulación constante.
—Tengo la sensación de que los hemos dejado bastante
desconcertados. —Anna suspiró y echó un rápido vistazo al salón.
—Esto apenas empieza, querida —contestó Jude con aplomo—.
¿Damos un paseo por la sala? Ya sabéis, para que todos tengan una buena
mirada de nosotros.
Anna se encogió de hombros con fingida indiferencia y dejó que Jude
la guiara entre los curiosos. Fue una experiencia singular estar del brazo de
su esposo en una exhibición pública tan descarada. Era algo que, hacía
mucho tiempo, había aceptado como una imposibilidad. En verdad, el
hecho de que ahora estuvieran allí juntos la hacía sentir cualquier cosa
menos indiferente.
—Si es necesario —rebatió mientras sorteaban al primer grupo de
invitados. Mantuvo la voz baja para que solo él pudiera escucharla—.
Aunque no entiendo por qué de repente os habéis vuelto un hambriento de
atención. —En lugar de responder a su comentario, Jude sonrió con
tranquila confianza y asintió educadamente a un conocido que pasaba cerca.
El salón de baile ya estaba abarrotado, y hasta caminar por el
perímetro requería maniobrar con cuidado entre la multitud elegantemente
vestida. Después de casi veinte minutos de sortear a los invitados, Jude
avistó un rincón vacío y los condujo en esa dirección, deteniéndose para
tomar un par de copas de champán de la bandeja de un camarero que
pasaba.
—Hora de un respiro —comentó mientras colocaba a Anna contra la
pared de un pequeño hueco y le ofrecía una copa de vino espumoso. Se
situó a su lado, apoyando el hombro contra la pared. La mirada que lanzó al
salón estaba cargada de una mezcla de diversión e incredulidad—. Cómo
alguien puede disfrutar de sí mismo en semejante maraña de cuerpos me
supera —señaló.
—No estoy del todo convencida de que se suponga que debas disfrutar
—agregó Anna con aire reflexivo—. Este tipo de eventos son más bien
pruebas que hay que superar.
—¿No te gusta ir a fiestas? —Jude la miró con las cejas alzadas.
—No especialmente. —Levantó la copa para dar un sorbo al champán.
—Pensaba que a todas las mujeres jóvenes les encantaba la
oportunidad de pasear por la pista de baile del brazo de un apuesto
pretendiente.
—¿No estáis olvidando algo? —Anna lo miró con curiosidad antes de
contestar. Enseguida, vio la ceja arqueada de su marido ante su pregunta—.
Cuando tenía la edad de las debutantes que veis ahí —asintió en dirección a
la pista de baile—, ya llevaba dos años casada. No había mucho motivo
para que me paseara luciendo galas, y para entonces ya sabía que prefería la
tranquilidad del campo.
—¿No socializabais?
Anna lo miró. ¿Podía confiar en el interés sincero que percibía en su
voz?
Estaban solos en su pequeño rincón del mundo, y la cercanía de Jude
la incomodaba. Sus anchos hombros se inclinaban ligeramente hacia ella, y
su cabeza dorada estaba levemente ladeada mientras esperaba su respuesta.
Sus ojos cayeron sobre su mano fuerte, que sostenía el delicado tallo de la
copa de champán con una gracia natural, aunque sabía que esos dedos
habían estado endurecidos y llenos de callos antes de su regreso a
Inglaterra. Era una contradicción viviente: su enemigo, su único amor.
Bebió otro sorbo de champán, esperando que él no notara cómo le temblaba
la mano, aunque solo fuera un poco. «Es hora de ser valiente», se dijo a sí
misma.
—No. —Finalmente, bajó su copa—. No socializaba.
—¿Por qué? —Sus penetrantes ojos azules estaban fijos en su rostro,
observando cada movimiento de su expresión, estudiando cada matiz de
emoción que cruzaba por sus facciones. Se sentía expuesta y vulnerable,
pero no podía evadir sus preguntas para siempre, y ya no quería hacerlo.
Liberarse finalmente de las viejas heridas que la habían mantenido atrapada
también le había dado el valor para ser abierta con Jude, al menos con
algunas de las sombras que había guardado dentro de sí. Si iba a desnudar
su alma ante él, bien podría hacerlo aquí mismo, en medio de un abarrotado
salón de baile.
—Después de que os fuisteis, me conformé con vivir tranquilamente
en Silverly. Todavía me quedaba mucho por madurar, y tanto el conde y la
condesa nunca me presionaron para que participara en los muchos eventos
que se celebraban en la finca por aquellos días. Para cuando finalmente
decidí entrar en sociedad, tras cumplir los dieciocho, me encontré poco
preparada para manejar las conversaciones que inevitablemente surgían en
las cenas. —Aclaró su garganta. Seguidamente, sonrió, intentando
equilibrar el tono oscuro que no podía evitar en su voz. Poco después, alzó
la vista hacia Jude—. Fuisteis un tema favorito de conversación durante
bastante tiempo, ¿sabéis? Siempre era lo mismo. Alguien comenzaba con la
última noticia sobre el apuesto joven lord Sinclair, y luego otros trataban de
superarlo con algo más que habían escuchado. Era casi un juego ver quién
tenía la historia más escandalosa de vuestras aventuras para entretener a los
demás.
—Sabéis que la mayoría de esas historias seguramente fueron
inventadas o exageradas para impresionar. —Jude frunció el ceño.
—Pero no todas —respondió con rigidez, y un momento de silencio
siguió mientras se observaban intensamente. Los nervios de Anna vibraban
con el delicado esfuerzo de no inclinar la cabeza bajo la mirada penetrante
de Jude—. Eventualmente, alguien recordaba que yo estaba presente y las
conversaciones cesaban. Algunas personas tenían la decencia y los modales
para, al menos, intentar parecer avergonzados. Pero había otros que
parecían disfrutar de mi incomodidad. Sus feas sonrisas fueron lo que
finalmente me convenció de que no deseaba formar parte de una sociedad
que se deleitaba con el sufrimiento ajeno.
—Así que os escondisteis.
—Si queréis, podéis verlo de esa manera —contestó Anna, con el
mentón levantado de manera desafiante—. Intenté que Silverly se sintiera
como mi hogar. Vuestro padre me mostró más amabilidad que nadie en mi
vida. Me escuchaba como si mis opiniones, pensamientos y sueños
importaran. Me hablaba de sus caballos y me enseñaba las complejidades
de desarrollar una envidiable colección equina, y me elogiaba por mi
aptitud para retener información sobre el tema. Y, con el tiempo, me recordó
que tenía una vida que vivir, igual que cualquier otra persona. Le estaré
eternamente agradecida por eso. —Anna terminó de hablar y encontró la
mirada de Jude con una desafiante ansiedad, esperando que él atacara sus
palabras como si fueran de algún modo falsas.
—¿Y qué hay de vuestro propio padre?
—No volví a ver a mi padre después de la ceremonia que me unió a
vuestra familia. Murió hace cuatro años.
—¿Nunca vino a visitaros a Silverly?
—Una vez, unos seis meses después de la boda, pero no quise verle.
No volvió a venir. —No tenía ningún deseo de decir más sobre el tema.
Jude la observó en silencio, y Anna pudo ver que estaba tratando de
entender. Estaba intentando conectar las piezas de lo que sabía con lo que
ella acababa de contarle.
—Sabéis que no va a encajar.
—Eso es lo que me temo —murmuró Jude en voz baja, como si
supiera exactamente a qué se refería—. ¿Y por qué es eso?
Anna quería responder con honestidad y valentía. Pero justo cuando se
armaba de valor, como si el destino conspirara para recordarle todo lo que
tenía que perder, un grito de sorpresa y un torbellino de seda y encaje rosa
interrumpieron su íntima conversación. La condesa dio un paso al lado
mientras Olivia rodeaba a Jude con los brazos en un abrazo efusivo e
impropio.
—Dios mío —suspiró Olivia con una apreciación sensual y sus ojos
brillaron mientras recorría con la mirada el alto y musculoso cuerpo de Jude
—. Estáis más guapo que nunca. No os imagináis lo emocionada que estuve
al oír sobre vuestro regreso. Esperaba que vinierais a visitarme, pero nunca
pasasteis por mi casa. —Una pequeña mueca y una mirada coqueta bajo sus
largas pestañas acompañaron su acusación.
El estómago de Anna se revolvió y retorció con antiguos sentimientos
de celos y desesperación. No podía obligarse a mirar el rostro de Jude,
temerosa de encontrar la familiar sonrisa enamorada y la adoración
resplandeciente en sus ojos. Bebió un largo trago de su copa de champán y
desvió la mirada, escaneando el salón de baile con ojos que no veían nada,
deseando estar lejos, completamente ajena al reencuentro entre las dos
personas a su lado.
—Buenas noches, Su Gracia —saludó Jude. En cuanto a Anna, no
podía discernir por la formalidad repentina en su voz lo que podría estar
pensando—. Es un placer veros de nuevo.
—Oh, venga, no tenéis que ser tan formal conmigo —bromeó Olivia
mientras le daba una palmada en el pecho con su delgada mano. Deslizó
una mirada de reojo hacia Anna y la saludó con una sonrisa forzada—.
Hola, querida. No habría imaginado que este tipo de eventos fueran lo
vuestro. —Hizo un gesto hacia el salón de baile lleno de gente. Anna
consideró simplemente marcharse. Podría cruzar directamente la pista de
baile y salir por la puerta en cuestión de minutos.
—Buenas noches, Olivia —respondió Anna.
—Qué vestido tan precioso —opinó Olivia, y Anna se tensó,
anticipando lo que sin duda vendría a continuación—. Siempre me
sorprende lo bien que conseguís arreglaros después de pasar el día en los
establos. Lástima que no logréis quitarte del todo el olor a caballo de la piel
—concluyó con una delicada arruga en la nariz.
Ahí estaba. Anna soltó el aire lentamente. No había sido tan malo
como podría haber sido, supuso. Dio un sorbo a su copa de champán y
desvió la mirada, sintiendo una contradictoria mezcla de alivio y temor
mientras Olivia volvía a centrar su atención en Jude.
—Contadme, ¿qué habéis estado haciendo desde vuestro regreso? —
continuó Olivia en tono almibarado—. Y, ¿qué pudo haberos mantenido tan
ocupado que no vinierais a rendirle homenaje a una vieja amiga como yo?
«Ya es suficiente». Sin decir una palabra, Anna pasó junto a Olivia.
Mantuvo la vista al frente mientras se dirigía hacia las puertas abiertas, a
unos veinte pasos de distancia, que llevaban a la terraza. Se sentía mal,
temía que pudiera vomitar. En su mente, podía oír a Jude explicando cómo
había estado demasiado ocupado intentando conseguir la anulación de su
indeseada esposa para visitar a su antiguo amor. Quizá, con ella fuera del
camino, incluso podrían concertar una cita privada y romántica. Olivia
nunca había sido fiel en su matrimonio y ciertamente no habría nada que
impidiera a Jude reavivar la vieja llama.
Al pasar por las puertas, Anna se sintió aliviada al encontrar la terraza
vacía. Siguió caminando hasta encontrar un lugar junto a la barandilla de
piedra, casi en penumbra. El aire de la noche era frío sobre sus hombros
desnudos, pero agradeció el escalofrío que recorría su piel. Le permitía
sentir algo más allá de los celos que le corroían hasta los huesos.
No había esperado tener una reacción tan abrumadora al verlos juntos.
Trató de resistir la tristeza que amenazaba con apoderarse de ella mientras
miraba hacia la oscuridad, aun sujetando la copa de champán con los dedos
fríos y rígidos. Algo precioso había estado a su alcance por un momento
aterrador y electrizante, solo para ser arrebatado por la única persona contra
la que nunca había podido competir. Curiosamente, junto con la tristeza,
sentía ira. Ira hacia su hermana por siempre necesitar tener lo mejor de lo
que los demás tenían. Ira hacia Jude por no ver la verdad cuando la tenía
justo delante de él.
El comienzo de la velada había sido un pequeño atisbo de lo que la
vida podría haber sido si ella y Jude no hubieran tenido tantos obstáculos
entre ellos, si no hubieran llegado ya a un acuerdo para seguir caminos
separados. Estar del brazo de él había sido demasiado agradable tras las
últimas semanas de distancia silenciosa. No había querido admitirlo hasta
ahora, pero le había echado de menos. Echaba de menos cómo se le
arrugaban las comisuras de los ojos cuando su sonrisa era genuina, cómo
sus comentarios burlones a veces la enfurecían, así como el modo en que
una simple pero penetrante mirada suya podía inflamar su conciencia hasta
el punto de que todos sus sentidos se centraran en él.
En el fondo, sabía que no debía construir sueños sobre falsas
esperanzas. Aunque hubiera una posibilidad de que algo surgiera entre ellos
como resultado de la atracción física que aún seguía siendo tan fuerte y
vibrante, no podría ser más que un arreglo temporal. Y aunque una parte de
ella soñaba con sus besos y palpitaba de deseo con la más mínima mirada
del conde, su corazón simplemente no podría sobrevivir a semejante
intimidad con su esposo. No, para mantener la cordura, debía mantenerle a
distancia. A menos que… a menos que luchara por él, como Leif había
sugerido. Si lograba convencerle de su inocencia en la trama que forzó su
matrimonio, quizá eso le ayudaría a verla de otra manera. Pero, ¿y si los
sentimientos de él hacia ella fueran puramente físicos, sin ninguno de los
sentimientos más tiernos que atormentaban a Anna? ¿Y si aún deseaba la
anulación? La idea le envolvió el corazón con un frío puño de temor. La
declaración de su inocencia podría no tener ninguna influencia particular en
su decisión, y entonces Anna habría puesto en juego su negocio y su futuro
para nada. No, más que eso, habría cambiado todo por un corazón
nuevamente roto, ya que Jude se vería en la posición de rechazarla una vez
más.
Capítulo 21
Unos pasos resonaron en la terraza a sus espaldas y Anna se tensó de
irritación. ¿Acaso no podía tener unos momentos a solas para
recomponerse? Apartó sus pensamientos tumultuosos mientras se giraba
hacia el intruso, preparada para decir una rápida cortesía antes de excusarse.
Mas las palabras se le quedaron atascadas en la garganta cuando vio a Jude
de pie, a unos pocos pasos de distancia. Miró más allá de él, esperando ver
a Olivia pegada a sus talones, pero estaba solo. Su corazón palpitó con
fuerza y parpadeó rápidamente para borrar la humedad que nublaba su
visión. Debería decir algo ligero y despreocupado para distraer de las
oscuras emociones que ardían dentro de ella, pero nada acudió a su mente.
—Pensaba que ya habíais dejado de esconderos, Anna. —Después de
lo que probablemente fueron solo unos segundos, aunque le parecieron una
eternidad, Jude habló con un tono cálido y tranquilo.
—No me estoy escondiendo. ¿Fue difícil ver a Olivia de nuevo?
—No particularmente. —Jude arqueó una ceja, sorprendido por la
brusquedad de la pregunta, pero luego se encogió de hombros.
—Pero la amasteis una vez.
—Fue hace muchos años, pero ciertamente creí estar enamorado de
ella en aquel entonces. —Inclinó la barbilla y negó levemente con la
cabeza. Era difícil discernir si su expresión denotaba irritación o diversión
por la intrusiva curiosidad de Anna.
—¿Os devastó mucho cuando supisteis de su matrimonio con el duque
de Clavering?
—No, no lo hizo —la sonrisa de Jude se torció con un sutil toque de
ironía—, lo cual fue, probablemente, mi primera señal de que mis
sentimientos hacia ella no eran de los que perduran. —Inclinó la cabeza
ligeramente—. ¿Por qué tanto interés por Olivia?
Anna agitó la mano en el aire en un gesto tanto de desdén como de
impotencia mientras apartaba la mirada de la de su marido.
—Yo… yo entendería si quisierais pasar tiempo con ella. No sintáis
que debéis quedaros a mi lado. Seguramente tenéis mucho que decirle a
Olivia tras tantos años. Después de todo, estuvisteis prometidos —
concluyó.
Jude se acercó lentamente hasta quedar frente a ella. Sus amplios
hombros bloqueaban la luz que salía del salón de baile. Estaban parados al
borde de un precipicio, al límite de todo lo que ella había pensado que
necesitaba para ser feliz y lo único que nunca había esperado tener. Anna
inclinó el rostro para mirarle. Cuando sus miradas se cruzaron, una oleada
de sensaciones recorrió su cuerpo, como si estuviera despertando después
de un largo sueño entumecido. Cada nervio comenzó a vibrar, y su mente
regresó a aquellos momentos en los que Jude la había abrazado con pasión
y deseo. El conde ya no la miraba con la fría distancia de la desconfianza.
Sus ojos, brillando como joyas, ardían con una emoción intensa,
traspasando el escudo de falsa indiferencia que ella había levantado. Jude
negó lentamente con la cabeza mientras su mirada recorría su postura
desafiante.
—En realidad, no tengo nada que decirle a ella —murmuró en voz
baja, como si estuviera pensando en voz alta—. Y por alguna razón, me
encuentro deseando estar a solas con alguien más.
Los ojos de Anna se abrieron de par en par cuando Jude levantó la
mano para rodear con suavidad la parte trasera de su cuello y sostener la
base de su cráneo. Con una presión suave pero insistente, la atrajo hacia él.
Instintivamente, ella echó la cabeza hacia atrás y alzó el rostro para
ofrecerle sus labios. Antes de besarla, Jude la miró profundamente a los
ojos, buscando y cuestionando. Temerosa de lo que él pudiera encontrar o
de lo que podría ver en ella, Anna bajó la mirada hasta que sus pestañas
cubrieron su vista como un velo. Y entonces, los labios suaves y firmes del
conde se posaron sobre los suyos. Era tan diferente de las otras veces que él
la había besado. Aquellas veces habían sido una expresión de pasión, deseo
y un enojo latente. Esta vez, parecía estar buscando algo en la suave presión
de su boca sobre la de ella. No la tocaba en ningún otro lugar, salvo con la
mano que la sostenía. Movía sus labios con cuidado sobre los suyos antes
de intentar acceder con el deslizamiento decadente de su lengua contra la
línea de su boca. Anna se abrió con un suspiro y sus rodillas casi se
doblaron cuando sintió cómo su estómago estallaba en una oleada de
sensaciones delicadas. Él era paciente y atento con su boca, saboreándola en
deliciosos barridos y provocadores toques de su lengua. La sorprendió con
un suave y seductor mordisco sobre la plenitud de su labio inferior.
Seguidamente, Jude se tragó su jadeo de placer cuando su boca volvió a
cubrir la de su esposa con una posesión cálida. Anna estaba sin aliento y
mareada cuando él finalmente puso fin a aquel beso lento y embriagador.
Todavía sujetándola únicamente con la mano en la parte trasera de su
cuello, Jude le sonrió de una forma que la hizo sentir como si hubiera
entrado en un mundo de ensueño donde el amor podía existir sin dolor ni
desesperación. Tenía mil preguntas en su mente, pero no se atrevía a
pronunciar ninguna. Temía que el sonido de su voz rompiera los delicados
hilos que parecían unirlos en aquella íntima calma.
—Ahora me toca hacer una pregunta a mí —susurró con un tono suave
que derretía sus sentidos—. ¿Por qué permitís que vuestra hermana os
menosprecie de esa manera?
—Es complicado. —Anna se tensó ante la inesperada pregunta. Pero
Jude seguía sosteniéndola por la nuca y no le permitió retroceder. Se
humedeció los labios antes de responder.
—Tenéis mucho de lo que estar orgullosa. —Sus ojos mostraron su
decepción ante lo evasivo de la respuesta, pero no insistió en pedirle más
explicaciones. En lugar de eso, bajó la cabeza y la miró fijamente a los ojos.
Anna se quedó demasiado atónita por el cumplido como para contestar.
El padre del conde había sido la única otra persona que alguna vez se había
dignado a decirle algo semejante. Y Jude era la última persona en el mundo
de la que habría esperado escuchar un reconocimiento así. Mientras ella lo
miraba con los ojos bien abiertos, él soltó una pequeña risa y luego rozó un
suave beso sobre sus labios entreabiertos.
Poco a poco, Jude soltó su agarre en la nuca de Anna, dejando que el
dorso de su mano recorriera el lateral de su cuello, deslizándose por la
suavidad de su hombro desnudo y bajando por el largo de su delgado brazo,
hasta que tomó su mano enguantada. Siguió el recorrido de sus dedos con
sus ojos azules, que ahora parecían oscuros y profundos. Al volver a mirarla
al rostro, sonrió de nuevo con una ceja levantada y un brillo pícaro en la
mirada.
—¿Os gustaría compartir un baile con vuestro marido?
—No —negó Anna un poco demasiado alto. Todavía estaba demasiado
alterada por el beso como para ocultar el pánico en su voz.
—¿Por qué no? Pensé que íbamos a darles a los chismosos algo de qué
hablar esta noche. —Jude la miró con curiosidad y humor burlón.
—Creedme, un baile sin duda les dará algo de qué hablar, aunque no
de la manera que imagináis. —Anna casi se atragantó con la risa nerviosa
que brotó de sus labios.
—Vamos —la instó—, ¿de qué tenéis miedo?
—No sé bailar. —Lo miró con una expresión de dolor—. No, hablo en
serio. Nunca aprendí. Cuando Olivia entrenaba con su profesora de baile,
no me dejaban unirme. Mi padre pensaba que me interpondría en sus
lecciones —continuó al ver la incredulidad en sus ojos.
—Pero más tarde… —Jude empezó a discutir, pero se detuvo al
recordar lo que ella le había dicho antes sobre evitar la sociedad—. ¿Nunca
habéis bailado?
—Nunca hubo una razón para hacerlo… —Anna trató de encogerse de
hombros, quitándole importancia a su vergüenza por su reacción.
—Tonterías —interrumpió Jude con sorprendente firmeza—. Vamos
—dijo mientras la guiaba de vuelta al salón de baile.
—Esto es una idea terrible, Jude. Por favor, no lo hagáis. —Anna se
resistió, pero el agarre de su mano era fuerte y firme.
—Escuchad, Anna, es un vals. Puedo guiaros en los pasos. Todo lo que
tenéis que hacer es confiar en mí. —El conde se detuvo justo cuando
llegaron al umbral y se giró para enfrentarse a la expresión terca de su
esposa con una de determinación firme y un toque de humor.
«Sí, pero eso es pedir demasiado», pensó Anna mientras él la conducía
a la pista de baile. Mantuvo los ojos fijos al frente, con la cabeza erguida,
negándose a mirar a ambos lados. Si él iba a obligarla a revelarse como una
torpe estúpida, al menos intentaría hacerlo con la mayor dignidad posible. A
continuación, Jude la llevó casi al centro del salón y luego la giró para que
quedaran frente a frente. Sus labios curvados y sus ojos brillantes
mostraban un puro deleite en el momento, y Anna se preguntó si Jude
estaba disfrutando de su incomodidad o si simplemente encontraba una
satisfacción maliciosa en ponerla en situaciones imposibles. Entrecerró los
ojos en un silencioso mensaje de advertencia: le haría pagar si las cosas no
salían bien.
Él sonrió aún más, y las comisuras de sus ojos se arrugaron de manera
encantadora.
—Vamos, cariño —invitó en voz baja para que nadie más pudiera
escuchar—, tened un poco de fe. Os prometo que no dejaré que os caigáis.
«Demasiado tarde para eso», pensó ella con un consciente latido
acelerado de su corazón. La mano del conde se deslizó alrededor de su
cintura, presionando la curva interna de su espalda baja, y levantó la otra
mano en un agarre suave y elegante. La mano libre de Anna subió
naturalmente para descansar sobre su fuerte hombro. Sus ojos se
encontraron en un choque de orgullo, diversión, desafío y expectación sin
aliento. Con una traviesa sonrisa en los labios, Jude ejerció presión con la
mano en su espalda y la atrajo hacia su cuerpo, indecentemente cerca, hasta
que quedaron separados por apenas unos escasos centímetros. Un calor
inundó sus extremidades y Anna entreabrió los labios al inhalar
profundamente, intentando despejar el repentino mareo que la invadió.
Entonces, antes de que pudiera formar un pensamiento coherente, Jude
la condujo a los pasos del vals. Debía de haber sabido que al sorprenderla
no le dejaría oportunidad de resistirse a seguirle en esos movimientos
iniciales. Todo lo que pudo hacer en los primeros giros fue aferrarse a él y
mantener el ritmo. Había visto el baile lo suficiente como para tener una
idea básica del ritmo y el patrón de los pasos, pero la sensación de ser
girada en los brazos de Jude era algo que no había anticipado. Su fuerza la
rodeaba, y los sutiles mensajes que le transmitían sus manos y sus ojos
guiaban sus movimientos como si no fuera más que un conjunto de plumas
manipuladas por el viento. Mantuvo la mirada fija en su rostro y quedó
fascinada por lo que vio allí. Su sonrisa era ligera y despreocupada, y su
actitud completamente segura y capaz. Mas en sus ojos detectó algo más.
Eso era algo que la aterraba y la emocionaba a la vez. Sus ojos azules eran
oscuros e infinitos, como zafiros azul-negro brillantes, y estaban enfocados
intensamente en su rostro, como si esperara ver algo en los ojos de ella,
observando alguna revelación misteriosa. Podría haber apartado la vista y
escondido su mirada. Podría haber intentado disfrazar el anhelo que existía
en su alma, el sueño largamente reprimido de algo que creía que nunca
sería. No obstante, no quería ignorar ese deseo creciente de exponerse ante
él. No quería perder lo que sentía como una rara y desesperada oportunidad
de abrazar la esperanza. Sabía intuitivamente que él lo comprendía. De
alguna manera, Jude había decidido acercarse a ella esa noche y, de forma
increíble, había aceptado lo que había encontrado.
Olvidó toda la escena desagradable con Olivia. Olvidó el pesado dolor
de la añoranza y la pérdida que había sentido en la terraza antes de que Jude
la alcanzara y probara sus labios con tanta dulzura. Todo lo que conocía,
mientras bailaba con él por la vasta extensión de mármol, era la sensación
embriagadora de estar sostenida con seguridad en sus brazos, guiada con
confianza por su gracia y fortaleza. Parecía natural permitirse el placer
decadente de ahogarse en sus ojos azules y disfrutar de su atención
exclusiva. No necesitaba preguntar si aquello duraría, sabía que no podría.
Pero mientras giraban y deslizaban entre la multitud, Anna sintió la
necesidad de existir, aunque fuera brevemente, como si no tuvieran pasado,
como si no hubiera una dolorosa historia que influyera en cómo debían
sentir o comportarse, como si no hubiera secretos que aún acechaban en las
sombras.
La experiencia onírica llegó lentamente a su fin junto con la música, y
sus movimientos se fueron deteniendo. Jude parpadeó y un pequeño ceño
de desconcierto se formó entre sus cejas, pero no hizo ningún movimiento
para llevarlos fuera de la pista de baile.
—¿Veis? No había nada que temer.
Anna tuvo la extraña impresión de que sus palabras tenían poco que
ver con los pensamientos que revoloteaban detrás de sus insondables ojos.
Él estaba tan perturbado como ella por la incómoda intimidad que habían
desenterrado entre ambos. Cuanto más tiempo permanecían allí, más difícil
se volvía ignorar el hecho de que algo intrínseco había cambiado. Desvió la
mirada de su penetrante mirada, porque las únicas palabras que se le
ocurrían en ese momento eran demasiado aterradoras para pronunciarlas en
voz alta. A pesar de lo que él decía, ella tenía miedo.
—Probablemente me odiaréis por esto.
—¿Por qué…? —Anna volvió la mirada a su rostro. Sus palabras
quedaron cortadas cuando Jude la atrajo bruscamente hacia él. Sorprendida
por el movimiento repentino, Anna prácticamente se dejó caer contra él, y
Jude aprovechó por completo su sorpresa y desequilibrio para reclamar su
boca con un beso rápido y apasionado, allí mismo, en medio del salón de
baile.
El beso terminó tan abruptamente como comenzó, y cuando Jude la
soltó, las mejillas de su esposa estaban encendidas y sus ojos aturdidos por
la pasión que él había despertado con tanta facilidad. No confiaba del todo
en sí misma para hablar. Debería estar furiosa con él por tomarse una
libertad tan escandalosa. Pero al mirarlo, en medio de la abarrotada sala,
una repentina ligereza inundó su corazón y no pudo evitar que una sonrisa
se extendiera por sus labios. La expresión de asombro del conde al ver la
sonrisa que se asomaba la hizo sonreír aún más. Un murmullo de susurros y
jadeos de sorpresa se iba extendiendo desde donde estaban.
—Parece que lo habéis conseguido —dijo Anna, mientras lo miraba de
nuevo—. La historia en el periódico de mañana definitivamente no se
centrará en las razones de nuestra misteriosa separación.
Jude parpadeó y giró la cabeza para observar el salón de baile. Ella lo
miraba mientras él sonreía con calma y sin prisa. Lentamente, soltó sus
brazos de su alrededor y colocó su mano en el pliegue de su codo. No
parecía lo más mínimo molesto por la atención que habían atraído, y aún
menos preocupado por la oleada de susurros que siguió a su salida de la
pista de baile.
—Sí, supongo que eso debería ser suficiente por una noche, ¿no
creéis? A menos que queráis intentar algo verdaderamente escandaloso —le
preguntó con total tranquilidad y la mantuvo cerca de su costado.
—Ni lo soñéis. —La alarma en la voz de Anna era evidente.
—Ni siquiera sabéis lo que iba a sugerir. —Jude le sonrió con picardía
mientras la miraba.
—No necesito saberlo.
—Pensé que no os preocupaba lo que pudieran pensar los demás.
—No me preocupa —respondió con sinceridad—. Solo creo que hay
ciertas cosas que merecen ser privadas.
—¿Y ahora qué? —Jude apartó la mirada y carraspeó.
Por muy mágica y surrealista que hubiera sido su experiencia en los
brazos de Jude, el delicado equilibrio entre fantasía y realidad se había
inclinado peligrosamente en cuanto la canción terminó.
—Me gustaría irme a casa.
—Mirad, ahí está Rutherford. Debería hablar con él antes de irnos —
añadió Jude, y la guio a través del salón hacia el vestíbulo mirando hacia
donde el marqués se encontraba a unos pasos, conversando con otro
caballero.
—Os esperaré en el vestíbulo.
—No tardaré nada —le aseguró Jude en voz baja.
Anna dejó atrás el salón de baile con alivio y continuó hacia el
vestíbulo. Necesitaba un momento a solas para controlar las emociones que
la invadían. Varias personas merodeaban por el espacio menos concurrido y
Anna cruzó hacia donde el lacayo estaba preparado para traer los abrigos y
capas. Tuvo que esquivar a un pequeño grupo de jóvenes y, al hacerlo, de
reojo captó un destello de volantes rosas y un cabello rubio pálido.
Posteriormente, giró la cabeza y vio a su hermana en una habitación vacía
hablando con su marido, el duque de Clavering. O, más bien, el duque
estaba hablando con ella, y a juzgar por su postura airada y su rostro
enrojecido, no estaba nada contento. Cuando el duque extendió la mano
para agarrar el brazo de Olivia con tal fuerza que la hizo estremecerse de
dolor, Anna consideró intervenir. No había pensado que el duque fuera un
hombre violento. Pomposo y engreído, definitivamente, pero su furia era
evidente en la forma en que sostenía a Olivia. Sin embargo, cuando Olivia
comenzó a llorar de una forma encantadora, un truco que Anna conocía bien
como parte de las tácticas de manipulación de su hermana, el duque soltó su
brazo y murmuró algo antes de que Olivia palideciera dramáticamente.
Luego, él se dio la vuelta y abandonó la habitación. Fue en ese momento
cuando Olivia se percató de que Anna la estaba observando. Una furia
ardiente se encendió en sus ojos y Anna, internamente, se encogió ante la
repentina hostilidad de su hermana. Sintió un destello de miedo, como el
que no había experimentado desde que era una niña en la casa de su padre.
—¿Lista para irnos?
—Sí, estoy lista. —Anna se volvió hacia él, sorprendida. Tardó un
segundo en formular la respuesta adecuada.
—¿Está todo bien? —Jude frunció el ceño mientras la miraba.
Anna miró de nuevo hacia donde había visto a Olivia, pero su hermana
ya no estaba. Poco después miró a Jude e intentó esbozarle una sonrisa
tranquilizadora.
—Sí. Todo está bien. Solo estoy un poco cansada. —Apartó de su
mente los pensamientos sobre su hermana. Olivia había sabido cuidarse sola
durante mucho tiempo. Si tenía algún problema con su marido, seguramente
no agradecería la intromisión de Anna.
Jude fue cuidadoso y atento mientras la ayudaba con la capa, pero sus
manos se quedaron un momento más de lo necesario sobre sus hombros.
Ninguno de los dos habló durante el trayecto de vuelta a casa, ambos
demasiado perdidos en sus pensamientos como para intentar mantener una
conversación.
Capítulo 22
La casa estaba en silencio y las luces estaban atenuadas. Jude ayudó a
Anna con su capa y se la entregó a Hastings junto con su abrigo. Anna
vaciló. Debería decir rápidamente buenas noches y subir directamente a la
cama. Pero no lo hizo. Se detuvo y se giró hacia Jude con las manos
entrelazadas a la altura de la cintura. Y él la miró. O más bien, la estudió
con esos brillantes ojos color zafiro. El calor de su interés era como un rayo
recorriendo la superficie de su piel.
—¿Os apetece acompañarme con una copa de clarete? —entonó de
forma neutral haciendo un pequeño gesto hacia su despacho, donde un
fuego bajo iluminaba la habitación con un cálido resplandor—. A menos
que prefiráis retiraros.
—Aún es temprano. No me importaría tomar una copa. —Jude sonrió
con naturalidad.
Anna encabezó el camino hacia el despacho y fue directamente al
aparador. Por su parte, Jude se acercó a la chimenea y avivó las brasas,
liberando una suave ola de calor en la habitación. Dejó el atizador en su
sitio y se giró justo cuando ella se aproximaba para ofrecerle una copa de
vino. Sus ojos, cuando se encontraron con los de su esposa, estaban atentos
y brillantes. No ocultaba sus pensamientos y la sangre de Anna se calentó.
Esta última apartó la mirada, sintiéndose incómoda de una manera que no
experimentaba desde que era niña. Desde el momento en que se había
girado y visto que Jude la había seguido a la terraza, su corazón había
estado latiendo con tal rapidez que la dejaba sin aliento. Se quedó mirando
las brasas que brillaban con un nuevo calor tras la atención de Jude,
preguntándose qué debería decir. Anna levantó la mirada y lo encontró
observándola aún. Jude, claramente, no tenía reparos en ser sorprendido
mirándola. Anna estuvo tentada de apartar la vista bajo el peso de su intensa
atención, pero no lo hizo. No esta vez. Era extraño enfrentarse a él sin sentir
la urgencia de defenderse. Seguía cautelosa, pero por otras razones. Tomó
un sorbo del clarete. Él la deseaba. Podía ver el deseo en sus ojos, y sentía
en su interior el peso de una necesidad que respondía a la suya. Pero no
tenía idea de cómo proceder. No estaba segura de tener el valor para aceptar
el placer limitado que él le ofrecía.
—Venid a la cama conmigo, Anna.
Pronunciadas con esa voz baja e íntima, sus palabras recorrieron los
sentidos de Anna como una suave corriente de consciencia sensual. Sus ojos
se abrieron y un leve calor se extendió por sus mejillas, pero se negó a
apartar la mirada ante la abrumadora intensidad de los ojos de Jude.
—¿Qué?
—Quiero haceros el amor. —Lo dijo de manera tan clara y con tal tono
de necesidad que casi la desarmó. Su corazón dio un vuelco tan repentino
que pensó que se le había detenido por completo.
—Seguramente mi sugerencia no os sorprende. Pensaba que había sido
bastante honesto sobre mi deseo por vos. —Ante su silencio atónito, Jude
soltó una suave risa.
—Sí, lo habéis sido. Es decir, lo dijisteis, pero… —Anna dejó de
hablar.
Jude volvió a reír y le tomó la copa de clarete de sus tensos dedos.
Colocó ambos vasos sobre la repisa de la chimenea junto a ellos. Luego se
volvió y descansó las manos sobre los hombros desnudos de Anna. El conde
se había quitado los guantes antes de avivar el fuego, y Anna pudo sentir el
calor firme de sus manos sobre su piel. Tembló involuntariamente, una
reacción que le atravesó todo el sistema nervioso. Alzó la vista hacia los
ojos de su marido con miedo e incertidumbre. Él quería hacerle el amor.
Incluso ahora, incluso después de todo lo que había sucedido entre ellos.
Incluso después de que ella ya hubiera accedido a cooperar en la disolución
de su matrimonio. Aun así, la deseaba. Y Dios, cómo lo deseaba ella
también, pero un pensamiento aterrador mantenía su cuerpo rígido, lleno de
resistencia.
—¿Qué os pasa, Anna? Sé que me deseáis. Lo he sentido en la forma
en que me besáis. Lo veo en vuestros ojos incluso ahora. ¿Por qué dudáis?
—Por tantas razones —admitió Anna.
—Podríais empezar por la verdad.
Anna cerró los ojos, sintiéndose expuesta ante la creciente sospecha en
la mirada de Jude. ¿Cómo podía responder? ¿Cómo podía decirle que,
aunque su cuerpo literalmente vibraba con el anhelo de estar entre sus
brazos y su sangre corría caliente y furiosa en sus venas por el deseo, no
estaba segura?
—¿A qué le tenéis miedo? —Sus pulgares dibujaban suaves círculos
reconfortantes sobre su clavícula.
—Me deseáis, Jude, pero ¿por cuánto tiempo?
—Mientras ambos encontremos placer en el acuerdo. —Su voz, al
responder, era suave y tranquilizadora, profunda y relajante—. Sabéis cómo
funcionan estas cosas, Anna.
—¿Y qué hay de nuestro matrimonio? —Ella no lo sabía, pero ¿cómo
explicarlo ahora? Al abrir los ojos, Anna vio la tensión que de repente se
instaló en las comisuras de la boca de Jude, pero cuando él habló, su tono
era despreocupado.
—Nuestro matrimonio tiene que ver con el pasado y el futuro. —Su
voz se tornó aún más baja, y sus palabras fluyeron como deseo derretido,
lento y pesado, sobre los sentidos de Anna, arrastrándola hacia él—. Lo que
os estoy proponiendo, lo que os estoy pidiendo, solo tiene que ver con lo
que está sucediendo ahora, en este momento presente. —Jude levantó la
mano de su hombro y la deslizó por el costado de su cuello, hasta que sus
dedos rozaron las sedosas hebras de su pelo en la nuca y su pulgar acarició
el borde de su mandíbula. Su mano era cálida y reconfortante, y Anna
inclinó la cabeza hacia la presión firme de su palma. Sus labios se
entreabrieron suavemente mientras exhalaba un suspiro.
—¿Me podéis explicar qué está pasando ahora mismo? Porque estoy
bastante segura de que no lo entiendo —murmuró tras humedecer los
labios.
El conde no respondió de inmediato. En lugar de eso, usó su pulgar
bajo su barbilla para inclinar su cabeza un poco más hacia un lado, dejando
completamente expuesta la longitud de su cuello. El calor de su aliento se
extendió sobre su piel desnuda mientras se inclinaba hacia adelante
lentamente. Los suaves rizos de su cabello rozaron su mejilla un instante
antes de que él presionara sus labios contra ese punto sensible detrás de su
oreja. Anna dejó escapar un jadeo cuando una oleada de placer
hormigueante se extendió desde donde sus labios la habían tocado.
—Prefiero mostrároslo —balbuceó Jude contra su cuello en un tono
bajo. Deslizó su boca por el lateral de su garganta en una suave caricia de
susurro. Cuando llegó a la curva inclinada donde su cuello se encontraba
con su hombro, se detuvo para morderla delicadamente, y luego suavizó el
dolor con una cálida caricia de su lengua. La respiración de Anna se volvió
rápida y entrecortada, y sus piernas comenzaron a debilitarse.
Mientras Jude seguía sosteniendo su cabeza con una mano, la otra
mano masajeaba suavemente su hombro antes de deslizarla por su brazo.
Anna no se dio cuenta de que él había enganchado el borde superior de su
escote con el pulgar hasta que sintió el cálido aliento de Jude sobre su
pezón, justo antes de que cubriera la punta con el calor de su boca.
El jadeo de Anna, lleno de sorpresa ante la súbita oleada de
sensaciones que provocaba su boca, resonó en la íntima tranquilidad de la
habitación. Sus manos se levantaron buscando aferrarse a algo, y sus dedos
se cerraron en los pliegues de su abrigo. Su cabeza cayó hacia atrás,
indefensa, mientras luchaba por mantener el equilibrio mientras un
torbellino de pasión se desataba en su interior. Jude continuaba su lujuriosa
embestida sobre su pecho, acariciando la punta endurecida con su
aterciopelada lengua y succionando profundamente su carne. Las rodillas de
Anna comenzaron a ceder, y Jude curvó su brazo alrededor de su cintura,
levantándola firmemente contra él. Y entonces, la boca del conde reclamó la
suya.
El beso fue instantáneamente profundo y abrumador. Jude no se
contuvo en absoluto mientras sus labios, lengua y dientes tomaban cada
gota de pasión de respuesta de la boca de Anna. La condesa se aferró a él y
respondió a cada acometida, cada mordisco provocador y cada respiración
embriagadora a medida que el calor entre ellos crecía. Levantó las manos
hacia su rostro, sujetándolo con firmeza mientras lo besaba con cada gramo
de deseo, anhelo y amor que pulsaba dentro de ella. Deslizó sus manos en
sus rizos claros y Jude la envolvió con ambos brazos, atrayéndola más,
hasta que la evidencia de su deseo presionaba ardiente y firme entre los dos.
El calor se arremolinaba enloquecedoramente hacia su sexo, y Anna
ansiaba estar más cerca, que no hubiera nada entre ellos. Estaba perdiendo
cualquier resistencia que pudiera haber tenido. De repente, Anna se separó
del beso, jadeando por aire. Presionó su mejilla contra la mandíbula áspera
de Jude, manteniéndolo pegado a ella durante unos segundos desesperados
mientras se esforzaba por pensar con claridad lo cual era difícil, ya que los
labios de Jude mordisqueaban impacientes su oreja. Lo deseaba con una
necesidad tan imprudente que casi lograba ignorar la otra parte de ese
anhelo, la parte que la aterraba y le advertía que protegiera su corazón de él.
Porque él se iría. Si le permitía hacerle el amor, no se contendría; le daría
todo, y cuando él se marchara, se quedaría vacía. No sería capaz de soportar
lo que vendría después. Cerró los ojos con fuerza mientras luchaba contra
una tormenta de emociones.
—No puedo hacer esto —susurró Anna contra su oreja.
El conde se tensó al instante, y sus brazos se convirtieron en grilletes
de acero alrededor de su cuerpo. Bajó la cabeza junto a la de ella, casi
apoyando su frente en su hombro, pero no la soltó. Entonces, un gruñido
bajo y ronco vibró en su pecho.
—Maldita sea, Anna, ¿por qué no? —exigió con voz entrecortada. Las
palabras estaban cargadas de frustración y deseo.
—Hay demasiado entre nosotros. —A continuación, lo empujó
suavemente y los brazos de él cayeron pesadamente a sus costados. Sus
ojos, oscuros por la pasión, la observaron mientras ella retrocedía.
—El pasado nunca desaparecerá. —Su voz era plana y
cuidadosamente desprovista de emoción—. Es una tontería y un peligro
fingir lo contrario. —Por su lado, Anna se giró, sin querer ver su expresión.
Con pasos tambaleantes, se dirigió hacia la puerta, ajustando el corpiño de
su vestido para cubrir su pecho expuesto. Estaba a mitad de camino de la
habitación cuando Jude consiguió atraparla con una mano alrededor de su
brazo. No se resistió, temerosa de que su frágil compostura se desmoronara
si lo hacía.
—¿A qué demonios le tenéis tanto miedo? —preguntó con más
suavidad tras girarla para que lo mirara de frente.
—No lo entenderíais. —Anna parpadeó varias veces para contener las
lágrimas que amenazaban con salir. Tomó una larga y profunda respiración
antes de levantar la barbilla y mirarlo directamente a los ojos. La expresión
de Jude se oscureció peligrosamente y soltó su agarre en sus brazos.
—¿Cómo demonios lo sabéis? —gruñó—. Ni siquiera me dais una
maldita oportunidad. Iros, entonces. —Se dio la vuelta, pasándose las
manos por el cabello con notoria frustración—. Guardaos vuestros malditos
secretos.
Anna salió de la habitación con una digna calma, envuelta alrededor de
un corazón que se volvía más pesado con cada paso.
Capítulo 23
Anna se revolvía inquieta en su cama. No podía dormir y se sentía
avergonzada por ser una espantosa cobarde. Estaba haciendo lo necesario
para protegerse. Entonces, ¿por qué sentía como si acabara de pisotear su
propio corazón? ¿Por qué se sentía tan maldita y perdida? Había pasado
más de una hora desde que había dejado a Jude. Más de una hora desde que
lo había rechazado antes de que él pudiera rechazarla a ella. Anna había
huido como una niña débil del hombre al que amaba porque él la hacía
sentir demasiado. Temblando como una cobarde, se había refugiado en su
dormitorio. Entumecida y aturdida, se había puesto su ropa de dormir,
deshecho su elaborado peinado y se había trenzado el cabello como hacía
cada noche. Luego había empezado a caminar de un lado a otro por la
habitación, demasiado nerviosa y ansiosa como para quedarse quieta. Y
cuando el ir y venir comenzó a irritarla, se metió en la cama, preguntándose
si no acababa de cometer el mayor error de su vida. Todo el tiempo había
estado escuchando a Jude. De pronto, escuchó el sonido de la puerta
principal cerrándose de un portazo mientras él salía enfurecido de su casa.
Escuchaba con atención por si oía sus pasos subiendo las escaleras hacia su
dormitorio. Cuando finalmente escuchó sus pasos, contuvo la respiración.
¿Vendría a buscarla y exigir respuestas?
Con una desesperación gélida, deseaba que lo hiciera. Pero el sonido
de sus pasos alejándose le indicó que Jude se dirigía directamente hacia su
propio dormitorio. Soltó el aire contenido en un sollozo ahogado que sofocó
en su almohada. Quería volver atrás, hacer como si toda la conversación en
su estudio no hubiera ocurrido. Tal vez, si se despertaba mañana por la
mañana, seguiría flotando en el resplandor mágico de los momentos íntimos
que habían compartido en el baile, cuando había sentido que podría haber
algo más entre ellos que mentiras y traiciones. Durante esas pocas horas,
parecía que podrían tener un futuro juntos. ¿Se iría él por la mañana?
¿Querría siquiera volver a hablar con ella o se despertaría y descubriría que
se había ido de su vida tan devastadoramente como lo había hecho años
atrás? A continuación, Anna se incorporó en la cama. No podía quedarse
allí, escondida en su dormitorio. Necesitaba verlo. Apartó las mantas y puso
los pies en el suelo. No podía dejar las cosas como estaban. Tenía que
intentar… algo.
El impulso de ver a Jude la invadió con una fuerza innegable. No se
preguntó por el deseo impulsivo que la dominó mientras salía de su
dormitorio, como una aparición fantasmal en su camisón blanco y
vaporoso. Sus pasos descalzos no hacían ningún ruido mientras caminaba
decidida por el pasillo oscuro hasta la puerta de Jude. No pensó en lo que
haría una vez allí, ni en qué diría. Solo la demanda ineludible en su corazón
que la empujaba hacia él.
Se detuvo frente a la puerta de su dormitorio y escuchó por un
momento. Justo cuando empezaba a preguntarse si tal vez debería darse la
vuelta y regresar a su habitación, apartó esas dudas de su mente y levantó la
mano para girar el pomo. La puerta se abrió sin hacer ruido y Anna cruzó el
umbral, cerrando la puerta detrás de ella con suavidad. Se quedó quieta,
conteniendo el aliento. Todo estaba en penumbra, pero sus ojos ya se habían
acostumbrado a la falta de luz. El conde estaba acostado de espaldas en la
cama, con las mantas cubriéndolo solo hasta la cintura, y su pecho estaba
desnudo. Una mano descansaba bajo su cabeza y la otra reposaba a su lado.
Estaba dormido. Sin haber tomado siquiera la decisión consciente de
hacerlo, Anna se encontró a sí misma cruzando la habitación hasta el borde
de la cama. Tenía que despertarlo. Pedirle disculpas. Rogarle que la
comprendiera. Pedirle que se quedara con ella. Que le hiciera el amor.
Se sentó en el borde de la cama y abrió la boca para decir su nombre,
pero no salió ningún sonido. Todavía tenía miedo. Miedo de que tal vez esta
fuera su última oportunidad para confesarlo todo. Todo lo que sabía de
aquellos eventos del pasado, todo lo que había en su corazón, todo lo que
deseaba ahora. Pero una vez dicho, no habría marcha atrás. Quedaría
desnuda ante su esposo, y su corazón estaría en sus manos, como siempre
había estado. Mientras observaba el tranquilo subir y bajar de su musculoso
pecho, se dio cuenta de que daría cualquier cosa por ser, aunque solo fuera,
una sombra en sus sueños, por conocer sus pensamientos más profundos. El
calor se fue extendiendo por su cuerpo. Sus ojos cayeron sobre el ancho
pecho de Jude, y se quedó momentáneamente hipnotizada por el ritmo lento
y constante de su respiración. Estaba perfectamente formado, con sólidos
músculos definiendo su torso, aunque no esperaba menos de él. Quería
sentir el latido firme de su corazón bajo la palma de su mano. Se inclinó
hacia Jude y levantó la mano, pero luego dudó.
«Dios, ¿estoy loca?» Las mujeres sensatas no se comportaban así. No
se deslizaban en la alcoba de un hombre para suspirar por él como un alma
perdida y desamparada. Se había estado recriminando a sí misma por
cobarde, pero ahora se preguntaba si no estaría también un poco insana.
Comenzó a retirar la mano que aún flotaba precariamente sobre el cuerpo
de Jude, cuando su retirada se detuvo abruptamente. Ni siquiera había visto
el movimiento, solo sintió la fuerza irresistible de su agarre al envolver sus
dedos alrededor de su muñeca. Sus ojos volaron hacia su rostro, y su
respiración se cortó en un jadeo agudo al encontrarse con su intensa mirada
azul. Esperaba que él gritara, que la apartara de sí, que le exigiera saber por
qué había entrado silenciosamente en su dormitorio. Sin embargo, no dijo ni
una palabra, y Anna no pudo descifrar nada de sus pensamientos a través de
su expresión impenetrable. Aparte de levantar la mano para sujetar su
muñeca, no se había movido de su posición. Y continuó mirándola mientras
ella se inclinaba sobre él.
En los segundos de silencio que siguieron, algo cambió en él. Sus
rasgos se suavizaron y sus ojos se volvieron pesados y profundos. El calor
inundó su cuerpo, sensibilizando su piel, acelerando su corazón y acortando
su respiración. Los labios de Anna se separaron, luego se cerraron de nuevo
sin remedio. No podía apartar la vista. Estaba atrapada por la mirada
inesperada de deseo que brillaba en su rostro. Seguidamente, sin pronunciar
una palabra, Jude tiró suavemente de su muñeca. La atrajo hacia su cuerpo,
obligándola a inclinarse aún más sobre él. Sus ojos se agrandaron y una
oleada de sensaciones recorrió su sangre, pero no se resistió. Él tenía el
control ahora. Completamente e innegablemente, era el dueño del
momento. La presión firme de su muslo se apoyó contra su cadera. El calor
de su pecho se extendía bajo ella mientras sus pechos se apretaban contra
él. El placer de ser atraída lentamente hacia el contacto con su poderoso
cuerpo era una auténtica tortura. Y durante todo ese tiempo, él mantenía su
mirada cautiva con la creciente intensidad en sus ojos azules. Tras mover la
otra mano de detrás de su cabeza y envolverla en su nuca, Anna soltó el aire
que había estado conteniendo con un suspiro pesado. La acercó más a él.
Sus ojos se cerraron justo en el momento en que él acercó sus labios a los
de ella. La boca de Jude era cálida e insistente contra la suya. Su lengua se
deslizó rápidamente más allá de sus labios para saborearla, y sus dientes
mordisquearon con creciente pasión. Él quería más, al igual que ella. Un
fuego vibrante se encendió en su cuerpo y giró en su estómago. Anna
contuvo un sollozo de emoción que amenazaba con escapar, un torbellino
de necesidad hermosa y dolorosa que retorcía su alma. De repente, Jude
cambió su agarre, liberando su muñeca para envolver su brazo alrededor de
su cintura. Y en un movimiento fluido, la atrajo sobre su cuerpo, la hizo
rodar sobre su espalda y se elevó sobre ella. Lanzó una pierna pesada sobre
sus muslos, manteniéndola cuidadosamente en su lugar. Sus hombros
bloqueaban el resto del mundo, y Anna lo miró con los ojos muy abiertos
mientras respiraba con dificultad y su corazón latía ensordecedoramente.
Sin pronunciar una sola palabra, Jude se apoyó en un codo junto al
hombro de Anna y levantó la otra mano hacia su rostro. Su toque era suave
y ligero mientras sus dedos recorrían la curva de su mandíbula. Acto
seguido, su pulgar siguió el fino arco de su ceja negra y luego descendió por
su mejilla. Sus movimientos eran pausados y seguros, y su expresión no
mostraba ni rastro de juicio, ni una pizca de ira o desconfianza. Solo había
una feroz llama de deseo en sus ojos mientras observaba su rostro,
estudiando cada reacción de su esposa. En el momento en que su pulgar
rozó la curva completa de su labio inferior, la mayoría de sus pensamientos
volaron lejos. Su lengua avanzó instintivamente para saborear su toque.
Jude inhaló bruscamente al ver la punta rosada de su lengua deslizarse
contra la yema de su pulgar. Inclinó la cabeza para reclamar un beso breve
pero embriagador. Absorbió su lengua en un movimiento rápido y luego la
liberó casi tan rápido como la había reclamado. Un gemido ahogado sonó
en el fondo de su garganta. En ese momento, una leve sonrisa curvó su
hermosa boca. Y entonces, su mirada bajó mientras su mano descendía por
la longitud de su cuello. Sus dedos descansaron un momento sobre el
frenético latido en la base de su garganta. Después comenzó a desatar el
lazo que ceñía el escote de su camisón. Anna se retorcía inquieta bajo el
conde, excitada e impaciente. Sus manos se detuvieron y volvió a mirarla al
rostro. Anna memorizó aquella visión de su cara en ese instante, mientras él
la contemplaba con admiración y deseo, y esperaba desesperadamente, con
un poco de afecto también.
—¿Ya no vais a esconderos? —Su susurro bajo y aterciopelado, y
apenas rompió el dulce y denso silencio que los envolvía.
Tenía razón. El deseo que giraba entre ellos eclipsaba todo lo demás.
Las sombras del pasado se desvanecieron, y no quedaba espacio entre ellos
para la desconfianza o el miedo. El cuerpo de la condesa se calentó con la
creciente pasión y su respiración era superficial ante la febril expansión de
la necesidad en su interior. No ocultó nada de sí misma en ese momento.
Abrió su alma y su corazón a la mirada de él, rindiéndose por completo.
—Ya no me esconderé —confirmó, con un temblor en su voz.
—Por favor, confiad en mí, Anna —murmuró Jude, dejando un suave
beso en sus labios.
Anna cerró los ojos con fuerza y sintió cómo las lágrimas comenzaban
a picarle detrás de los párpados. Tomó una respiración profunda,
necesitando pedirle lo mismo a él. Pero Jude apartó los bordes de su
camisón, dejando al descubierto sus pechos, y las palabras se disolvieron en
un leve jadeo. Bajó la cabeza y reclamó uno de sus orgullosos pezones con
su boca. El calor de su boca y la atención en círculos de su lengua sobre su
piel sensible la hicieron arquearse sin control sobre la cama. Los músculos
de sus muslos se tensaron mientras la suave humedad inundaba su carne
más íntima. Rodeó con sus manos los músculos curvados de sus hombros,
clavando sus uñas en su piel. Aun así, él se tomó su tiempo con ella. A pesar
de su apasionada respuesta, la besó lentamente, arrastrando su boca por la
suave piel de sus pechos, acariciando sus pezones con su hábil y atenta
lengua. Anna se arqueó contra él, y este murmuró palabras tranquilizadoras
sobre su cuerpo. Sus piernas empezaron a inquietarse, moviéndose contra el
colchón. El conde bajó la mano y envolvió la curva firme de su pantorrilla
con su cálida palma. El camisón de Anna se había subido por encima de su
rodilla, y él deslizó su mano con un toque lujurioso a lo largo de su pierna.
Presionó sus dedos en el fuerte músculo estrecho de su pantorrilla y luego
acarició la piel sensible de la parte trasera de su rodilla con suaves trazos de
sus yemas. Cuando deslizó su mano bajo el peso de su muslo, ella dobló la
rodilla y apoyó el pie en el colchón, abriéndose para él. Jude exploró más
arriba. Sus dedos danzaban con hábil atención sobre su piel, masajeando y
acariciando los músculos con ternura. Mientras rendía un homenaje lascivo
a la carne tierna de sus pechos con la atención decadente de su boca, labios
y lengua, no detuvo el lento y prolongado movimiento de su mano a lo
largo de su muslo. Era terciopelo y seda. Un tormento celestial y un dulce
fuego que la consumía.
Las manos de Anna se deslizaron arriba y abajo por los definidos
músculos de los brazos de Jude, amando su fuerza, amando el control que
mantenía, amando la atención cuidadosa y deliberada que prestaba a su
cuerpo. Estaba hundiéndose profundamente en una niebla de sensaciones, y
necesitaba más. Su espalda se arqueó fuera de la cama y su rodilla se dobló
aún más, presionando con firmeza el pie contra el colchón, intentando
acercar su cuerpo aún más al de él. Su boca se apartó de sus pechos para
reclamar la suya en un beso penetrante que le robó el aliento. Jude deslizó
su mano por su muslo hasta abarcar la firme curva de su glúteo,
inclinándose sobre ella, dándole parte de su peso. Era exactamente lo que
ella quería, lo que necesitaba. Rodeó la ancha espalda de Jude con sus
brazos, abrazándolo con una feroz y desesperada intensidad mientras le
devolvía el beso. El patrón pesado de su rápido latido resonaba en su pecho.
El conde tomaba aire en rápidas bocanadas mientras su boca se movía con
ardiente posesión sobre la de su esposa.
Entonces, en un movimiento rápido y fluido, la envolvió en sus brazos,
tirando de ella bruscamente contra él y rodó sobre su espalda, llevándola
consigo. Anna se sorprendió al encontrarse de repente a horcajadas sobre su
cuerpo reclinado, con las rodillas dobladas a lo largo de sus costados. El
escote de su camisón había caído por su hombro, dejando al descubierto
uno de sus pechos por completo. Las sábanas se habían deslizado entre ellos
y el dobladillo de su camisón se había arremolinado y retorcido alrededor
de sus caderas. Seguidamente, Anna soltó un jadeo y tembló cuando los
pliegues palpitantes de su sexo sensible descansaron, ardientes, contra la
erección desnuda de Jude que agarró sus caderas con las manos y deslizó su
cuerpo sobre el suyo en un suave movimiento de balanceo. Los ojos de
Anna, entrecerrados por el placer, volaron hacia su rostro, y extendió las
palmas sobre los músculos que recorrían su pecho. Abrió los dedos
ampliamente sobre su caja torácica mientras él la deslizaba una vez más a lo
largo de la sólida y sedosa longitud de su erección. La humedad de su
cuerpo facilitaba la fricción, mientras la dura cresta de su deseo la
provocaba, llevándola a un reino más profundo de placer. Un calor
abrasador se extendía por sus extremidades y su pecho. Un estremecimiento
incontrolable recorrió su cuerpo y bajó la barbilla. Su trenza se había
aflojado y una cortina de cabello negro caía alrededor de su rostro.
—Anna —susurró Jude con voz ronca—, miradme.
Ella lo hizo, levantando la cabeza y apartando el cabello de su rostro.
La visión de su esposo debajo de ella le cortó la respiración. Nunca había
visto sus ojos tan profundamente, deslumbrantemente azules. Nunca había
imaginado lo que se sentiría ser observada como él la miraba ahora. Toda su
atención estaba centrada en su rostro, su cuerpo, cada minúsculo
movimiento. Sus manos se tensaron en sus caderas, sus ojos descendieron
hacia sus labios entreabiertos. Con un gemido, alzó las manos para sujetarle
la cara entre ellas. La atrajo hacia él al mismo tiempo que arqueaba su
cuerpo superior y se levantaba de la cama.
Se encontraron a mitad de camino en un beso abrasador, envolvente,
que fusionaba sus mentes. En ese beso, él le exigía todo. Tiraba de su alma
y atrapaba su corazón, y el fuego de su deseo la rodeaba y se mezclaba con
el suyo hasta que Anna se preguntó si no acabarían envueltos en llamas.
Cuando él apartó su boca de la suya, Anna abrió los ojos y tomó una
respiración entrecortada.
—Sois tan hermosa. No puedo esperar. —La voz de Jude era un
gruñido áspero en su garganta—. ¿Estáis lista?
Anna asintió. Había estado lista para él desde el momento en que lo
vio entrar en el baile de máscaras. Jude la soltó y bajó la mano entre ambos
para colocarse contra ella. Anna presionó las manos contra su pecho,
levantándose un poco en un intento de aliviar la presión de su entrada.
Instintivamente arqueó la espalda y mordió su labio inferior cuando la
caliente y palpitante longitud de él la estiró y la llenó. Su expresión estaba
tensa, cargada de concentración y fuerza de voluntad mientras se esforzaba
por avanzar lentamente. Ella lo observaba con atención. La condesa estaba
casi fuera de sí por el amor y el deseo que inundaban su mente, pero no
perdió el momento que había estado esperando. El momento en que Jude
comprendió la barrera dentro de ella. Tan pronto como sintió la presión
ardiente y vio el destello de duda cruzar sus facciones, y percibió el leve
retroceso de su cuerpo, Anna apretó sus muslos alrededor de sus caderas.
Antes de que él pudiera reaccionar, tomó el control y se hundió contra él,
acogiendo la última parte de su longitud. Su cabeza cayó hacia atrás, y el
leve dolor que le recordó su entregada virginidad se desvaneció
rápidamente en un rincón de su mente, mientras el calor palpitante del
cuerpo de Jude llenaba el espacio vacío dentro de ella. Instinto y pasión la
guiaban mientras se alzaba lentamente a lo largo de su longitud y luego
volvía a descender. Jude gimió y echó la cabeza hacia atrás, los músculos de
su cuello tensos por la feroz presión. Anna habría sonreído entonces, si
hubiera sido capaz de pensar más allá de la tormenta de placer que se
acumulaba dentro de su cuerpo. Siguió moviéndose sobre él, tomándolo y
retirándose. Sin pensar ni preocuparse por nada más que por el placer
arrollador. A continuación, con un gruñido peligroso de pasión, Jude se
inclinó hacia arriba y liberó su camisón de su cuerpo. Cuando al fin la tuvo
completamente desnuda ante su mirada, volvió a gemir, como si luchara por
contenerse. La alcanzó, sus manos rodeando primero su pequeña cintura,
luego ascendiendo por su caja torácica, hasta cubrir los suaves montículos
de sus pechos, amasándolos y pellizcando delicadamente los picos. Anna
jadeaba en busca de aire mientras la tormenta alcanzaba un tono febril. El
torbellino de placer ardiente casi la cegaba mientras se esforzaba por
alcanzar algo que parecía fuera de su alcance. El alivio la inundó cuando
Jude sujetó sus caderas con las manos y guio su ritmo a uno que
inmediatamente provocó una delicada erupción de nuevas sensaciones. Las
llamas se avivaron, más brillantes y más intensas, y Anna pensó que podría
morir con la rápida expansión de tensión y fuego que recorría su cuerpo.
—Miradme, cariño. Ya no os escondáis —pidió Jude.
Ni siquiera se había dado cuenta de que tenía los ojos cerrados con
fuerza. Tan pronto como encontró su mirada, una repentina explosión de
placer palpitante la arrasó, arqueándose indefensa mientras todo su cuerpo
temblaba con la increíble liberación que la atravesó en alas de brillante
sensación. Una pequeña parte de su conciencia se deleitó al ver cómo Jude
también alcanzaba su propio clímax, arqueándose bajo ella, su cabeza
dorada echada hacia atrás, sus manos aferrando sus caderas firmemente
contra sus ingles mientras vertía su semilla profundamente en su cuerpo.
Capítulo 24
Jude se despertó sintiéndose completamente descansado. Más que eso,
se dio cuenta mientras emergía a la conciencia. Se sentía… saciado.
Imágenes difusas del cuerpo maravillosamente sensual de Anna
moviéndose sobre él cruzaron por su mente. El sabor misterioso y único de
su piel aún permanecía en su lengua, y el calor de su pasión seguía
impregnando su carne. Entonces, otro recuerdo atravesó su mente como una
estocada. Un delicado descubrimiento que había quedado casi olvidado en
el clímax abrumador que le siguió. Pero Jude lo recordó ahora con todo
detalle, y su agradable despertar se vio de repente trastocado. Se incorporó
en la cama, ya sabiendo que estaba solo. Ella se había marchado de la
misma forma eficiente y silenciosa en que había llegado. Apenas quedaba
rastro de ella más allá de lo que él había atrapado en su memoria. Apartando
las sábanas, se deslizó al borde de la cama para levantarse, y no pasó por
alto la ligera mancha de sangre que marcaba las sábanas blancas. Evidencia
de que no había sido un sueño lúcido. Apretó la mandíbula contra la
confusión que nublaba su mente y rápidamente se vistió. «Una virgen».
¿Cómo era eso posible?
En todos los años que él había estado ausente, ¿cómo había
permanecido pura? Era una mujer hermosa, con un atractivo sexual innato
que habría despertado el interés de innumerables hombres. Sin embargo,
había seguido siendo una virgen. Una inocente. Y ella había perpetrado la
decepción de manera intencionada. Nunca intentó contradecir los pequeños
comentarios que él había hecho en las últimas semanas sobre su supuesta
relación íntima con otros hombres. En particular, con lord Riley. Todo el
mundo daba por hecho que ella y el barón habían sido amantes durante
mucho tiempo. Jude miró rápidamente el reloj y maldijo lo avanzado de la
hora. La balanza había cambiado la noche anterior. No más secretos, no más
engaños.
¿Qué clase de mujer fingiría ser adúltera hasta el último momento? El
fuego y la pasión que ella había desatado en aquellas horas oscuras lo
atormentaban mientras intentaba encajar todo con el descubrimiento de que,
antes de poseerla, su virginidad había permanecido intacta. Estaba harto de
sentir que caminaba a ciegas cuando se trataba de su propia esposa. Ya
había tropezado demasiadas veces, y no iba a dar otro paso hasta saber
exactamente dónde estaba.
Los establos estaban vacíos. Los mozos estaban ocupados con otras
tareas, y pudo ver por el puesto vacío de George que Anna aún no había
regresado de su paseo. Jude encontró un rincón oscuro para esperar su
vuelta. Y mientras esperaba, no podía dejar de revivir los detalles de
aquellos momentos tan profundamente placenteros en los que ella había
sido completamente suya. La experiencia había sido diferente a todo lo que
Jude había conocido. Cada imagen, aroma y sonido seguían vivos y
vibrantes en su memoria. Tanto que consiguió incitarse de nuevo a un
intenso deseo por ella. Enseguida, comenzó a caminar de un lado a otro por
el pasillo de los establos, su imaginación trayendo a su mente imágenes de
atar a su esposa rebelde para que no pudiera escapar y obligarla finalmente
a decirle la verdad. Pero entonces, la imagen de tenerla a su merced de esa
manera tomó un giro seductor, terminando con ella temblando, desnuda y
suplicando por su toque. Tenía toda la intención de hacer realidad esa
fantasía en particular. Pero primero, necesitaba respuestas.
«Maldita sea. ¿Dónde diablos está?» Con su paciencia agotada, Jude
fue en busca de un sirviente. Encontró a un mozo de cuadra que conocía y
el hombre le informó que, tras su paseo, lady Blackbourne tenía una cita en
Tattersalls. Podría estar fuera durante varias horas. La decepción de Jude se
encendió rápidamente, pero recordó que tal vez había otra fuente disponible
para la información que buscaba. Ordenó que le ensillaran y aparejaran un
caballo. Necesitaba hacer una visita. Aún era temprano cuando Jude llegó a
la residencia de Riley. El mayordomo, decrepito y visiblemente cansado,
trató de informarle que lord Riley no recibía visitas.
—Voy a comprobarlo yo mismo, si no os importa —insistió Jude
mientras se abría paso a la fuerza en la casa. Al parecer, al mayordomo no le
importaba lo más mínimo, ya que se desvaneció en las sombras del interior
de la casa. Acto seguido, Jude subió las escaleras de dos en dos. Se sintió
decepcionado al asomarse al dormitorio de Riley y encontrarlo vacío e
inalterado. Entonces, mientras volvía sobre sus pasos hacia las escaleras,
escuchó una risa femenina distintiva seguida de un murmullo bajo de
apreciación masculina. Se detuvo y recordó una habitación por la que había
pasado la noche en que Riley había recibido un disparo. La habitación era
lujosa, perfecta para el placer sensual y el juego hedonista. La voz femenina
sonó de nuevo, esta vez acompañada de un jadeo ahogado. Jude encontró la
puerta correcta y la abrió sin llamar.
Allí estaba el barón. O al menos, parecía ser la cabeza rubia de Riley
bien situada entre los muslos de una voluptuosa dama esparcida entre las
colchas de seda y los cojines de terciopelo. La dama emitió un chillido
ensordecedor ante la intrusión de Jude e intentó rápidamente cubrirse con
cualquier sábana que tuviera a mano. Al mismo tiempo, Riley giró la cabeza
para mirar por encima del hombro con una inquietante falta de
preocupación. En cuanto vio a Jude parado en su umbral, soltó un gruñido
de fastidio.
—¿Qué diablos queréis? —exigió mientras se incorporaba a una
posición sentada.
—Necesitamos hablar —dijo Jude en un tono que no dejaba espacio
para objeciones—. Treinta segundos —añadió antes de retroceder y cerrar
la puerta. Menos de treinta segundos después, Riley salió al pasillo con una
sábana envuelta alrededor de sus caderas desnudas. Se detuvo al ver a Jude
apoyado rígidamente contra la pared, frente a la puerta. Los dos hombres se
enfrentaron en un momento de tenso silencio. Lord Riley con una irritación
descarada y Jude con la impaciencia reflejada en sus labios apretados.
—Podríais haber esperado abajo —rio Riley con una sonrisa maliciosa
en sus labios.
—Quería asegurarme de oíros, en caso de que os diera por tener un
árbol ágil fuera de vuestra ventana.
—De acuerdo, vamos a acabar con este pequeño drama. Nuestra
conversación no tiene por qué ser escuchada por mi invitada. —Riley
aceptó el comentario sobre su cobardía con un gesto despreocupado de la
mano. Seguidamente, llevó a Jude a una sala cercana. Cerró la puerta tras
ellos y se tomó unos segundos sin prisa para asegurarse de que la sábana
que llevaba envuelta estaba bien ajustada. Luego cruzó los brazos sobre su
pecho desnudo y devolvió a Jude su intensa mirada, aunque la de Riley
tenía una clara nota de burla.
—Bien, escupidlo ya —dijo con indiferencia—. No tengo mucho
tiempo antes de que mi amiga decida que puede atender a sus necesidades
sin mí.
Jude miró al hombre más joven con ojos críticos. Un feroz sentimiento
de celos le atravesó el pecho al intentar imaginar qué tipo de relación tenía
con Anna.
—¿Qué relación tenéis con mi esposa?
—¿Qué os ha dicho ella acerca de eso? —Riley sonrió ampliamente y
levantó una ceja.
—Sé que nunca fuisteis su amante —dijo Jude, con la impaciencia
aumentando.
—¿Eso es lo que ella os dijo…? —Riley empezó a preguntar, pero se
detuvo cuando la verdad pareció caerle encima. Sus ojos brillaron con un
humor secreto y sus labios se curvaron en una media sonrisa que enfureció
a Jude—. Ah, ya habéis conseguido llegar a ella, ¿eh? Me imaginaba que no
podría resistir mucho tiempo.
Jude avanzó hacia el hombre más joven, harto de la charla circular que
no le llevaba a ninguna parte.
—¿Qué demonios sabéis sobre eso? —gruñó—. ¿Y por qué demonios
permitiría que todos creyeran en una mentira? Me debéis unas malditas
respuestas.
—Lo siento, viejo, pero si Anna no os ha contado nada, yo desde luego
no voy a hacerlo. Sé que es vuestra esposa, pero tal vez deberíais haber
hablado un poco con la mujer antes de acostaros con ella. —El
sinvergüenza sacudió la cabeza, sin mostrarse en lo más mínimo
intimidado. De hecho, parecía aún más divertido.
El puño de Jude se estrelló contra la barbilla del barón, lanzándolo
contra la pared. Le hubiera gustado golpearle de nuevo, pero el hombre más
joven se volvió hacia él con una sonrisa exasperante en la cara. Jude pasó
junto a él con disgusto y abrió la puerta para irse. Estaba resultando una
pérdida de tiempo intentar sacar algo útil de aquel sinvergüenza.
—¡Ahí está! —gritó Riley tras él con exagerado ánimo. La risa era
evidente en su voz—. ¡Vaya idea! Id a casa y hablad con vuestra esposa.
Jude lo ignoró. Estaba furioso y se sentía un necio porque el maldito
tenía razón. Necesitaba hablar con Anna. Llegó a su casa en tiempo récord.
Estaba tan distraído y ansioso por entrar y ver si ella había regresado, que
no se dio cuenta de que alguien había llegado durante su ausencia. Entró
por la parte de las caballerizas y el mayordomo le informó enseguida que la
condesa viuda de Blackbourne lo esperaba en el comedor. Jude maldijo en
voz alta con frustración, pasándose ambas manos por el cabello. De todos
los momentos posibles para que su madre decidiera abandonar su constante
residencia en el campo y venir a la ciudad, tenía que ser justo ese maldito
día.
—¿Y la condesa?
—Aún no ha regresado de Tattersalls, mi señor —afirmó Hastings con
estoicismo.
Era mejor acabar rápidamente con la conversación con su madre. Así
estaría libre para dedicarle toda su atención a Anna tan pronto como
regresara. A continuación, Jude se tomó un momento para calmarse antes de
entrar en el comedor. Su madre estaba sentada con rigidez en el centro del
pequeño sofá. No se había quitado el sombrero ni su elegante chaqueta de
viaje. Jude esperaba que eso significara que no tenía intención de quedarse
mucho tiempo.
—Madre. Qué sorpresa veros en Londres.
Helena dirigió a su hijo una mirada regia mientras él se acercaba y se
inclinaba para besarle la mejilla.
—¿De verdad? —preguntó con tono imperioso—. ¿Así me recibís?
¿Con sorpresa en lugar de placer?
—Una sorpresa agradable, por supuesto. ¿Qué ha motivado vuestra
inesperada visita desde el campo? ¿Puedo ofreceros algo para beber? —
Recordó tarde las normas de cortesía que ella le había inculcado tan
estrictamente. Pero su desliz ya había sido notado. Jude forzó una sonrisa,
luchando contra la sólida piedra de impaciencia que sentía en su interior.
—¿Pero qué os ha pasado, Judy? Os juro que no entiendo qué os ha
motivado a comportaros de una manera tan horrible. —Helena frunció el
ceño, claramente decepcionada.
—Solo os ofrecía algo para beber, madre. Si preferís… —Jude ladeó la
cabeza mientras la observaba.
—Oh, no se trata de los refrescos, cabeza hueca. —Helena se puso de
pie, visiblemente agitada—. Estoy hablando de la manera descarada en la
que os habéis estado comportando con vuestra esposa.
—La manera en que me comporto con mi esposa no es asunto vuestro.
—Jude frunció el ceño ante su apasionado estallido. Su expresión era severa
al responder.
—Oh, claro que lo es. Es asunto de toda la familia Blackbourne. El
legado entero de los Blackbourne depende de este matrimonio. —Los ojos
de Helena destellaban de indignación—. No podéis seguir jugando con esa
mujer de la manera en que lo habéis estado haciendo. Vuestro asqueroso
comportamiento en el baile de los Carmichael anoche es inexcusable.
Jude se dio cuenta de lo que había provocado el furioso enfado de su
madre. Sin duda, contaba con informantes muy eficaces si la noticia había
llegado lo suficientemente rápido como para que ella pudiera viajar a
Londres a tiempo para la comida del mediodía. Debería haber sabido que
ella se molestaría por la escena tan pública que se había desarrollado en la
pista de baile.
—Solo fue un beso, madre —comenzó a decir con la voz tranquila que
había usado incontables veces en su juventud cuando la había ofendido con
algún acto imprudente o descuidado.
—¡Solo un beso! —gritó Helena—. Tal acto de desvergüenza no
debería hacerse nunca en público. Y, por lo que entiendo, lo que vos y Anna
os permitisteis anoche no fue solo un simple beso. Y no se trata solo de lo
de anoche. Lleváis semanas comportándoos como niños necios y rebeldes,
y no lo toleraré ni un minuto más.
—Madre, aunque aprecio vuestro punto de vista, la manera en que me
comporto con mi esposa no tiene nada que ver con vos ni con el legado de
los Blackbourne. Tengo el asunto perfectamente controlado sin necesidad
de vuestra intervención. —Jude intentó mantener la calma, aunque la
diatriba de su madre estaba cruzando la línea.
—¿Ah, sí? ¿Me estáis diciendo que dejará de involucrarse en ese
asqueroso comercio? ¿Que empezará a montar como una dama y dejará de
llevar esos indecentes pantalones? ¿Que dejará de pasearse descaradamente
del brazo de ese… ese horrible sinvergüenza de lord Riley? ¿Por fin habéis
conseguido que esa codiciosa libertina se comporte?
—Basta —interrumpió Jude con brusquedad, su paciencia al límite con
la mañana que llevaba. Levantó la mano para detener la corriente de
insultos que salían de los labios de su madre—. Anna no es ninguna
libertina, y es todo menos codiciosa, como seguramente ya sabéis. No voy a
permitir que la insultéis de manera tan grosera ni que la acuséis de cosas de
las que no tenéis conocimiento.
—Pero…
—No, madre, ni una palabra más. No toleraré que os suméis a la
multitud que propaga rumores infundados sobre su relación con Riley o
cualquier otra persona. Además, ni se me pasaría por la cabeza
entrometerme en su negocio de ninguna manera —continuó Jude con
confianza y convicción, aunque no había reflexionado mucho sobre su
postura hasta ese preciso momento.
—¿Qué? —chilló Helena, exagerando su desdicha mientras se dejaba
caer en el sofá, derrotada.
—Lo siento, madre. Ella es excepcionalmente buena en lo que hace, y
el éxito de sus cuadras es importante para ella. Esos caballos son su mayor
orgullo y felicidad, y no se me ocurriría sugerir que renuncie a nada de ello.
—Entonces, ¿qué pensáis hacer para resolver este pequeño problema?
—exigió con petulancia, mientras se ajustaba con precisión los guantes
blancos sobre sus delgados dedos—. No podéis dejar las cosas como están,
¿verdad? Los dos estáis o a punto de arrancaros la cabeza o ignorándoos por
completo. ¿Qué vais a hacer con vuestro matrimonio?
Jude notó el tono inquisitivo y autoritario en la voz de su madre.
Quería una respuesta definitiva, y la que él tenía no le iba a agradar.
—Por ahora, la respuesta a eso queda entre Anna y yo —contestó con
firmeza.
Entonces Helena se puso en pie y, de manera muy deliberada, metió la
mano en el profundo bolsillo de su falda de viaje para sacar una caja
cuadrada y plana de madera. La dejó sobre el cojín del sofá, dándole una
palmadita para enfatizar su acción, y luego miró a Jude con una sonrisa
satisfecha en sus labios.
—Bueno, quizá eso ayude —dijo ella con un gesto hacia la caja—. La
niña testaruda se negó cuando intenté dárselo, pero tal vez lo acepte de vos.
La condesa viuda se acercó a Jude y depositó un seco beso en cada una
de sus mejillas. Luego lo agarró de los brazos y se echó hacia atrás para
estudiar su rostro con detenimiento.
—Sabéis, tengo que admitir que sois un poco decepcionante para mí,
Judy. Con la reputación que os habíais ganado durante tus exóticos viajes,
esperaba que vuestra esposa estuviera rendida a vuestros pies desde hace
semanas. —Se encogió de hombros y suspiró ligeramente mientras le daba
una palmada en el brazo—. Estoy segura de que lo estáis intentando.
Jude miró a su madre, intentando ponerse al día con su repentino y
brillante cambio de humor. Tenía que considerar la posibilidad de que se
hubiera vuelto loca. La observó desconcertado mientras ella caminaba
grácilmente a su alrededor y se dirigía hacia la puerta. Justo antes de salir,
se volvió con una sonrisa resplandeciente y un pequeño gesto de despedida.
Su sonrisa titubeó un poco cuando notó la expresión sombría de Jude.
—Oh, no os lo toméis como algo personal, querido. La muchacha es
realmente muy terca y más vulnerable de lo que aparenta. Pasaron años
antes de que yo descubriera la verdad sobre aquella fatídica noche. Buena
suerte —añadió por encima del hombro antes de desaparecer por la puerta.
Sin saber qué más hacer, Jude se dio la vuelta y recogió la caja, con la
esperanza de que al menos le proporcionara una explicación más clara que
la que su madre parecía capaz de ofrecer. Cuando levantó la tapa y vio lo
que estaba anidado en el suave envoltorio de terciopelo, soltó una carcajada
de asombro. Su madre debería estar sobre los escenarios.
Capítulo 25
Jude deslizó la caja en el bolsillo interior de su abrigo y lanzó una
mirada impaciente al reloj. ¿Por qué demonios estaba tardando tanto?
¿Cuánto tiempo podía pasar una mujer en Tattersalls? Sus labios se
curvaron en una sonrisa. Conociendo a Anna, podía estar allí todo el día.
Se pasó la mano por la sombra de cabello áspero que le crecía en la
mandíbula. Un baño caliente, un buen afeitado y un cambio de ropa tal vez
le prepararan mejor para la delicada confrontación que tenía la intención de
provocar con su esposa una vez que finalmente regresara a casa. Y
mantenerse ocupado con esas tareas podría ayudarle a evitar la
enloquecedora urgencia de pasear de un lado a otro. Posteriormente, se dio
la vuelta para salir del comedor justo cuando Hastings apareció en el
umbral de la puerta.
—Un invitado que desea veros, mi señor —anunció el sirviente.
—Dios mío, ¿quién puede ser ahora? —murmuró Jude.
—La duquesa de Clavering.
—Decidle que lady Blackbourne no está en casa. —Jude frunció el
ceño.
El bien entrenado mayordomo aclaró su garganta.
—Su Gracia fue muy clara al indicar que ha venido a veros a usted. La
he llevado al despacho, ya que el salón no es precisamente adecuado para
recibir visitas —comentó Hastings sin mostrar ninguna emoción tras aclarar
su garganta—. ¿Le aviso de que estáis indispuesto?
Jude suspiró profundamente y miró el reloj. Apenas era la una de la
tarde. Según los estándares londinenses, era inusualmente temprano para
recibir tantas visitas, y esta en particular le habría gustado posponerla
indefinidamente. Anoche en el baile, Olivia había sido una molestia. Había
sido empalagosa, efusiva y poco sincera. Casi había recurrido a la
descortesía para poder excusarse y seguir a Anna después de que ella se
hubiera marchado. Probablemente había sido algo insensible y seguramente
le debía una disculpa. Mejor acabar con esto cuanto antes.
—Gracias, Hastings. La recibiré. ¿Podríais, por favor, hacer que
preparen un baño en mi habitación? —ordenó Jude al salir del comedor y
cruzar el vestíbulo hacia el despacho—. Será una visita muy breve. —A
continuación, entró en el despacho y vio a Olivia de pie frente a las
ventanas de cuerpo entero, mirando hacia el patio.
—Buenas tardes, Su Gracia.
La duquesa dio un respingo y se giró rápidamente para enfrentarse a él
con una expresión de sorpresa, como si no le hubiera esperado. Su
recuperación fue rápida y total, cuando una sonrisa de alivio y placer
iluminó su rostro.
—Oh, Jude, no os imagináis lo feliz que estoy de veros en este
momento. Sois literalmente una estrella brillante en la oscura noche en la
que se ha convertido mi vida. No sé qué haría sin vos, siendo un amigo tan
querido y leal. —Se apresuró hacia él con las manos enguantadas
extendidas y un suave grito.
Jude se quedó momentáneamente atónito ante la teatralidad de la
bienvenida. ¿Qué demonios estaba ocurriendo esta mañana? Primero, la
extraña visita de su madre y ahora esto. Miró a Olivia con curiosidad
mientras ella llegaba a su lado y le tomaba ambas manos.
—Sois un amigo para mí, ¿verdad, Jude? —Lo miró con ojos suaves,
marrones, enrojecidos e hinchados, nadando en lágrimas contenidas. Sus
labios rosados temblaban de angustia. De hecho, todo su aspecto estaba
algo descuidado. Su cabello caía de su peinado, y el polvo de su rostro
estaba corrido y manchado en algunos lugares, como si hubiera estado
llorando. De pronto, un frío escalofrío recorrió la piel del conde.
—Algo va mal. ¿Qué ha pasado? —Jude frunció el ceño—. ¿Se trata
de Anna?
—¡No! —Casi gritó, resistiendo la mano de Jude en su codo. Ahora
una lágrima rodaba por la comisura de su ojo—. Decidme que sois un
amigo para mí —exigió, con la histeria asomando en su voz—. Necesito
saber si me ayudaréis o me iré ahora mismo.
Había algo en su comportamiento que le incomodaba. Por lo tanto,
Jude la observó detenidamente y notó la dilatación de sus pupilas. Reparó
en cómo sus manos se abrían y cerraban involuntariamente y en la manera
en que miraba nerviosamente a su alrededor. La mujer estaba claramente en
pánico, eso era obvio. Jude mantuvo un tono bajo y calmado al responder.
—Por supuesto que soy vuestro amigo. Sé que mi comportamiento
anoche pudo haber sido grosero, pero me atrevería a decir que eso no es lo
que te tiene alterada ahora mismo —afirmó Jude.
—Oh, es horrible, Jude —se lamentó Olivia mientras se daba la vuelta
y comenzaba a pasear de nuevo hacia la ventana donde había estado cuando
él entró en la sala. Sacó una pequeña botella de cristal de su bolso de mano
y la llevó a sus labios con una mano temblorosa.
«Láudano». Eso explicaba las pupilas dilatadas, los extraños
movimientos frenéticos y los repentinos cambios emocionales. Un sabor
amargo se instaló en la boca de Jude. Tras dar dos largos tragos de la
medicina a base de opio, Olivia volvió a poner el tapón en la botella y la
guardó de nuevo.
—No sé si alguna vez me perdonará.
—¿Quién? —preguntó Jude con cautela—. ¿Clavering?
—¿De quién más estaría hablando? —soltó Olivia de forma mordaz
antes de arrepentirse—. Lo siento —balbuceó mientras se volvía para
enfrentarse a Jude—. He estado despierta toda la noche tratando de
encontrar una solución a mi problema. He ido a ver a todos mis amigos,
pero ninguno me ayudará ya. Dicen que he ido demasiado lejos, que ya no
soy de fiar, que tengo que encontrar la manera de salir de esto por mi
cuenta.
Jude la observó con creciente preocupación mientras ella divagaba con
una explicación sin sentido que no le aclaraba qué tipo de ayuda necesitaba.
Estudió su apariencia un poco más de cerca y reconoció el vestido rosa que
llevaba bajo su capa. Era el mismo que había usado en el baile la noche
anterior.
El estrés, las drogas, el alcohol y la falta considerable de sueño no
contribuían a un estado mental muy estable o claro. Bajo tales influencias,
una persona podía volverse impredecible. Un caballero perfectamente
tranquilo podía convertirse en un lunático beligerante, sin preocuparse por
los demás o por sí mismo. Jude lo había visto demasiadas veces.
—Tranquilizaos y explicadme qué ha pasado —insistió.
Olivia lo observó con cuidado, con desconfianza, como si midiera su
reacción, evaluando su disposición a ayudarla. Miró de nuevo por encima
del hombro hacia la ventana. No solo estaba preocupada y en pánico,
también parecía extremadamente distraída, como si anticipara que algo iba
a suceder. Luego volvió a mirar a Jude con una expresión vaga pero fija y
declaró abruptamente:
—Necesito una cantidad bastante significativa de dinero.
—¿Cuánto, Olivia? —Consiguió no revelar sus inquietudes en el tono
calmado de su voz.
—Oh, soy un alma tan desdichada —gimió de repente, con los ojos
llenos de nuevas lágrimas—. Qué horrible para vos verme en este estado.
—Caminó hacia él con una expresión de súplica, extendiendo las manos en
un gesto de ruego—. ¿Recordáis cómo éramos, Jude? Tan jóvenes, tan
felices. Espero que no os sintierais terriblemente molesto cuando supisteis
que me casé con Clavering. Lo entendéis, ¿verdad? —suplicó—. Sabéis por
qué lo hice.
—Por supuesto que lo entiendo —respondió Jude con cautela.
La duquesa alisó sus manos sobre las solapas del abrigo de Jude. Tenía
la cabeza inclinada y él no podía leer su expresión. Permaneció quieto,
preparado para su próximo movimiento. Cuando habló, le resultó difícil
discernir la emoción detrás de sus palabras.
—Se comenta mucho sobre vos y Anna. Los cotilleos dicen que
vosotros dos os atacáis como tigres enjaulados. Acechándoos, lanzando
ataques sutiles. ¿Fue eso lo que significó el beso de anoche, Jude? ¿Lo
hicisteis para mostrar al mundo que ella es una vulgar cualquiera? —Inclinó
la cabeza hacia atrás y encontró la cautelosa mirada de Jude con los ojos
muy abiertos y desenfocados. Parecía como si la realidad apenas la sujetara.
El conde dudó, queriendo evitar una respuesta que pudiera desatarla por
completo.
—¿U os habéis reconciliado con mi extraña hermanita? —Arrugó los
labios en un puchero y frunció el ceño, una táctica que solía emplear con
frecuencia cuando él la cortejaba. ¿Cómo había podido alguna vez
encontrar ese gesto exagerado encantador?
—¡Oh, me importa un comino lo que pase entre vos y esa idiota!
Tengo problemas más grandes y todavía no me habéis dicho si vais a
ayudarme —lo interrumpió con un grito de furia impaciente ante su
silencio.
—Por supuesto que haré lo que pueda —le aseguró Jude—, pero aún
no sé qué es exactamente lo que necesitáis de mí.
—¡Dinero, Jude! ¡Necesito dinero! —gritó ella con exasperación—.
Creía haberlo dejado suficientemente claro. Sois mi última opción. —Olivia
se dio la vuelta y caminó hacia la fría chimenea. Miró hacia abajo, hacia la
rejilla vacía, y continuó con una voz llena de rencor y desprecio—. Mi
querida hermana ya se ha negado a prestarme más dinero. La mocosa
santurrona me dijo que debo aprender a no arriesgar tanto en las mesas,
como si ella entendiera lo que es vivir en nuestro círculo. Todos apuestan.
Es lo esperado. Soy la duquesa de Clavering. Está en juego mi reputación si
me retiro cuando las apuestas suben. ¿Qué sabe ella? —El tono de Olivia
era sarcástico, mientras hurgaba en su bolso, probablemente buscando otra
dosis de láudano—. Gana una fortuna con esas bestias repugnantes y, aun
así, tengo que suplicarle en su puerta por los préstamos más pequeños. No,
ella no me ayudará más, no esta vez. No lo hará sin el incentivo adecuado.
—Olivia se giró para mirar a Jude con una luz oscura y peligrosa brillando
en su mirada. Sus labios se curvaron en una mueca y un fino brillo de sudor
apareció en su frente y labio superior. Su cuerpo estaba tenso, como si
estuviera al borde de perder el control.
Jude la observó con cautela, sus sentidos en alerta. La inestabilidad
emocional de Olivia estaba aumentando rápidamente y él se sentía cada vez
más preocupado mientras escuchaba su vehemente diatriba. La hostilidad
manifiesta en su voz al hablar de Anna le provocó a Jude un escalofrío de
miedo. Estaba infinitamente agradecido de que Anna estuviera a salvo, lejos
de la casa.
—Y vos tampoco vais a ayudarme —dijo Olivia con sombría certeza,
levantando la barbilla con un orgullo teatral. Mantuvo las manos
entrelazadas detrás de la espalda y enderezó la postura—. Ya lo veo claro.
Creo que lo mejor será que me marche. —Cruzó la habitación con pasos
lentos y deliberados, y se detuvo justo cuando quedó entre Jude y la puerta.
Mirándole fijamente, llevó las manos al frente desde detrás de la espalda.
En una de ellas sostenía una pequeña pistola plateada que levantó y apuntó
directamente al corazón de Jude. Cuando sonrió, lo hizo a modo de una
extraña disculpa.
—Voy a tener que pediros que vengáis conmigo, Jude.
—¿Qué estáis haciendo, Olivia? —preguntó con calma, abriendo las
palmas de las manos y manteniéndolas extendidas a los lados en un gesto
no amenazante, sin apartar los ojos de su rostro.
Olivia parecía, de repente, extrañamente tranquila. Y eso lo
aterrorizaba. Había tomado alguna clase de decisión, y él no tenía ni idea de
cuál podría ser.
—¿Por qué no me explicáis qué hacéis con esa pistola?
—¿Esto? —agregó con indiferencia—. La conseguí hace unos años,
cuando tuve que relacionarme con algunos personajes desagradables. No
siempre respetan a sus superiores como deberían, pero respetan esto —
concluyó con un gesto brusco hacia el arma—. Ahora, estoy cansada de
hablar. Es hora de que nos vayamos, antes de que Anna regrese y se arruine
todo.
Jude tuvo una visión horrible de Anna entrando mientras Olivia estaba
en su actual estado mental, sosteniendo una pistola. El terror le apretó el
pecho y los finos pelos de su nuca se erizaron al imaginar lo que podría
suceder si la evidente animosidad de Olivia hacia Anna encontraba un
objetivo. Algo así debía evitarse a toda costa. De pronto, su única
preocupación era sacar a la mujer loca de la casa. Ya encontraría la forma
de resolver el resto más tarde, cuando pudiera estar seguro de que Anna
estaba a salvo. Levantó las manos en señal de rendición y asintió.
—Está bien, Olivia, si estáis segura de que eso es lo que queréis —dijo
Jude ante la sonrisa de Olivia, la cual se llenó de un deleite casi infantil ante
su cooperación voluntaria.
—Por supuesto, Jude. Estoy completamente segura. Vamos, querido —
instó con entusiasmo, pero cuando Jude empezó a dirigirse hacia la puerta,
ella negó con la cabeza con un mohín infantil—. No, no, cariño. Por la
ventana, por favor. No quiero pasar junto a los guardias de confianza de
Anna mientras os apunto con una pistola en la espalda. Podrían pensar que
algo anda mal.
Jude se giró lentamente y abrió la ventana de cuerpo entero por la que
Olivia había estado mirando. Salió al patio de piedra detrás de la casa, y
Olivia lo siguió de cerca, muy atenta a mantenerlo alineado con el cañón de
su pistola. El carruaje de Olivia estaba estacionado en el estrecho callejón
entre la casa y las caballerizas. El cochero saltó inmediatamente de su
asiento al verlos. No mostró ninguna sorpresa al ver a su señora empuñando
un arma, lo que provocó en Jude una aguda decepción al darse cuenta de
que ese sirviente no sería de ayuda. Una vez que estuvo sentado frente a
Olivia en el carruaje cerrado y emprendieron el camino, Jude soltó un
suspiro de alivio. Anna estaba a salvo. Ahora tenía que salir de este
embrollo. Fijó su mirada en Olivia. Solo necesitaba un breve momento de
oportunidad para lanzarse a por la pistola. Tenía que ser pronto. No sabía a
dónde lo llevaba, pero una vez que llegaran a su destino, quizá contaría con
la ayuda del cochero para atarlo. Entonces tendría muy pocas
probabilidades de escapar por su cuenta. Solo podía estar agradecido de que
no hubiera pensado en inmovilizarlo durante el trayecto. Trató de aparentar
que estaba resignado a ser su prisionero. Se recostó en el asiento y la
observó. A pesar de los temblores que había mostrado antes, la pistola
estaba sorprendentemente firme en sus manos. Tras varios minutos de
silencio, durante los cuales Olivia parecía perfectamente contenta
manteniendo tanto el cañón como su mirada fija en él con implacable
concentración, Jude se movió en su asiento, probando su reacción. Ella
siguió su movimiento con precisión.
En el segundo siguiente, la rueda del carruaje cayó en un bache de la
calle, y el brusco vaivén del vehículo fue suficiente para hacer que las
manos de Olivia se levantaran unos pocos centímetros. Jude aprovechó su
oportunidad, se lanzó hacia adelante y levantó sus manos por debajo de las
de ella para forzar el cañón de la pistola hacia arriba. Hizo contacto con sus
puños cerrados y el peso del arma se trasladó por la longitud de sus brazos
justo cuando escuchó el ensordecedor disparo resonar en el reducido
espacio. Enseguida, un dolor agudo y cegador explotó como un rayo contra
su sien, lanzándolo de vuelta contra su asiento. Su cabeza golpeó el
respaldo del carruaje y la oscuridad se extendió por su visión como un
manto mientras todo se sumía en un silencio punzante. Y luego no hubo
nada.
Capítulo 26
Anna entró en los establos, llevando a George detrás de ella. Vestida
con su habitual traje de montar: calzones, botas hasta la rodilla, camisa de
lino y chaqueta de lana, se sentía competente y fuerte. Totalmente
autosuficiente, completamente consciente de sí misma, conocía su propósito
en la vida y se sentía cómoda en el espacio que ocupaba. Se movía con
confianza mientras quitaba la silla a su montura. Estas tareas le resultaban
tan naturales como respirar. Estaba relajada, firme y segura, y su placer en
la actividad era innegable. La noche anterior había sido una revelación
asombrosa. Anna no tenía ni idea de que al entregarse por completo a los
aterradores sentimientos que sentía por Jude podría descubrir un don más
poderoso de lo que había imaginado. Había amado a Jude con un
encaprichamiento infantil cuando tenía dieciséis años. A su regreso a
Inglaterra, no tardó en darse cuenta de que seguía existiendo una ternura
enterrada desde hacía mucho tiempo, por mucho que luchara por ignorarla.
Y en las últimas semanas, esa ternura se había ido haciendo más profunda a
medida que crecía su admiración por el hombre en que se había convertido
y apreciaba su compañía y su conversación. Hacer el amor con él la noche
anterior había sido la experiencia más hermosa de su vida.
Una vez que Jude se durmió, se quedó en su cama el tiempo suficiente
para asegurarse de que cada detalle del tiempo pasado en sus brazos
quedara grabado para siempre en su memoria. Había estudiado en silencio
los contornos familiares de su rostro, la sólida estructura de sus rasgos, el
detalle de las líneas y las sombras que se perfilaban en expresiones de
frustración, alegría y pasión. Su inevitable unión estaba destinada a
cambiarlo todo entre ellos, y ella no tenía ni idea de lo que eso significaría.
Sin embargo, durante ese período privado, Jude seguía siendo todo y sólo
suyo.
Entonces, ella se deslizó con cuidado y en silencio de la cama de él y
salió de puntillas de su habitación. Le habría encantado flotar en su nueva
alegría y satisfacción, pero tenía que tomar decisiones importantes. Cuando
Jude despertara, empezaría a interrogarla con la cruda realidad. No
permitiría que siguiera escapando a sus preguntas. Había vuelto a su
dormitorio, pero no había dormido.
Antes de que el sol comenzara siquiera a teñir el cielo de gris pálido,
Anna ya estaba en las cuadras preparando su caballo. Su sensación de
libertad mientras galopaba por Rotten Row se había intensificado por la
poderosa consciencia de su propia felicidad. Y el sentimiento que recorría
su cuerpo con la fuerza de mil purasangres en carrera era amor.
«Puro. Completo. Amor». Iba a contárselo todo a Jude. Era una decisión tan
obvia. No más esconderse tras los secretos del pasado. No más excusas
sobre por qué Jude nunca la aceptaría. Había sido una cobarde vergonzosa
durante demasiado tiempo, permitiendo que las amenazas de Olivia la
intimidaran, permitiendo que su propio miedo al rechazo la convenciera de
que su amor jamás debía ser revelado. Era el momento de ser
completamente honesta con Jude, como debería haberlo sido desde el
momento en que se dio cuenta de sus sentimientos por él. Él necesitaba
saber la verdad.
Y si, después de todo, sentía la necesidad de enfrentarse a Olivia, ese
era su derecho, y Anna afrontaría lo que viniera después. Pero no se
quedaría de brazos cruzados mientras los rumores se propagaban para
arruinar su negocio. Lucharía. Ahora tenía amigos. No tenía que enfrentarse
sola a la maldad de su hermana. Y si Jude no podía corresponder a sus
sentimientos, también lucharía contra él. No sabía exactamente cómo, pero
haría todo lo posible por convencerlo de que le diera una oportunidad. Que
le diera una oportunidad a su matrimonio antes de decidir terminarlo para
siempre.
Con la decisión tomada, todo lo que Anna quería hacer era correr de
vuelta a casa. Lo imaginaba todavía en la cama. Se deslizaría
silenciosamente en su habitación, se metería junto a su cuerpo desnudo y lo
besaría para despertarlo. Quizás ni siquiera se daría cuenta de que ella se
había ido. Por un momento, la tentación de regresar con él fue lo
suficientemente fuerte como para borrar todo lo demás de su mente. Su
cuerpo se calentó y hormigueó con un nuevo nivel de necesidad al recordar
el placer que Jude le había provocado durante la noche, mas no podía
volver a casa. Aún no.
Apartando a la fuerza los pensamientos sensuales, Anna tuvo que
reforzar su compromiso con su negocio. Había una subasta importante en
Tattersalls a la que necesitaba asistir. Sus caballos eran una parte de ella
tanto como lo era su amor por Jude. No iba a sacrificar uno por el otro.
Además, el tiempo fuera podría ser necesario para permitirle pensar en su
marido sin que el rubor del deseo calentara su piel y la distrajera de su
propósito más importante: resolver las barreras que aún se interponían entre
ellos. Jude estaría allí cuando regresara. Y si no estaba, pensó con una
sonrisa de confianza recién descubierta que le parecía correcta y
empoderante, lo encontraría.
El día se había alargado mucho más de lo que había esperado.
Mientras estaba en Tattersalls, había tenido la afortunada oportunidad de
conocer a lord Winfrey, un hombre con una gran reputación por tener un ojo
crítico para la cría de caballos y un bolsillo sin fondo cuando llegaba la
temporada de carreras. El hombre era notoriamente parlanchín, pero
finalmente le había prometido que pasaría por sus cuadras en un futuro
cercano para ver sus ejemplares. Anna también había adquirido la pareja
perfecta para Charles. La yegua descendía de una línea noble y tenía
características complementarias a las del joven semental. Fue un éxito
inmenso para su negocio, sin duda, pero ya eran casi las cuatro de la tarde
cuando llegó a casa. Estaba nerviosa por ver a Jude de nuevo, pero estaba
decidida a avanzar con determinación. Se negaba a permitir que cualquier
inseguridad se interpusiera entre ella y la posibilidad de reclamar un futuro
de felicidad con su marido. Había pasado toda su juventud siendo
influenciada por el miedo. Y había permitido que lo mismo dictara
demasiadas de sus acciones y decisiones con su marido en las últimas
semanas. Era hora de dejar de ser una tonta.
Anna se dirigió directamente al salón de mañana. El santuario personal
que Jude había reclamado para sí en su casa. A esa hora del día, era el lugar
más probable donde encontrarlo. La puerta estaba abierta y Anna entró
despacio. La anticipación de verlo de nuevo, que había ido creciendo a lo
largo del día, hizo que su corazón latiera desbocado. Entró en la habitación
y casi al instante se dio cuenta de que él no estaba allí. La decepción apagó
un poco su emoción, pero al mirar a su alrededor, notó que incluso en los
pocos días desde que había echado un primer vistazo a la habitación, más
evidencias de él se habían asentado en el pequeño espacio. Más libros y
papeles desordenaban la improvisada mesa. Un pañuelo para el cuello
colgaba del respaldo de una silla. Cera de vela había goteado desde los
candelabros de latón sobre la superficie de la repisa. Anna sonrió
suavemente mientras se daba la vuelta y salía de la habitación. ¿Había
pensado que Jude era solo un poco desordenado? Hizo una nota mental para
dar instrucciones especiales al personal de limpieza con respecto al salón de
mañana. Un escalofrío recorrió su cuerpo al darse cuenta de lo natural que
se sentía planear que él permaneciera indefinidamente en su casa, y en su
vida. Fue a revisar el comedor de desayuno, luego el comedor principal, su
estudio y la sala de música, que apenas se usaba. Sintiendo una audacia
renovada, subió a su habitación, pero no había señales de que hubiera
estado allí desde que se levantó ese día. Incluso volvió a salir a las cuadras
para ver si faltaba algún caballo o si el carruaje estaba en uso. No había
indicios de que Jude hubiera salido de la casa, pero claramente no estaba.
Al volver a entrar en la casa, Anna se quedó en el vestíbulo, sin saber
qué hacer a continuación. Durante su búsqueda, comenzó a ponerse
nerviosa. Aunque había estado bastante segura de que él la estaría
esperando para confrontarla cuando regresara, también había reconocido la
posibilidad de que no estuviera allí. Tenía otras responsabilidades y
compromisos, al igual que ella, aunque no podía evitar sentir
instintivamente que algo no estaba bien. Si hubiera tenido que salir por
algún encargo o asunto, habría alguna señal obvia de su partida. Pero no la
había. Era como si simplemente hubiera desaparecido. Viejas emociones
estallaron en su corazón y un miedo agobiante, parecido al pánico que había
sentido la última vez que la dejaron en los escalones de Silverly, atravesó su
pecho. Quizás Jude la estaba evitando intencionadamente. ¿Y si él no había
experimentado la misma revelación que ella durante su encuentro? Ahora
que había conseguido lo que deseaba, el divorcio y también el placer de su
cuerpo, ¿había huido tan rápido como aquella otra vez?
«No».
Anna apretó los puños a sus costados y forzó a su mente a detener esos
pensamientos derrotistas que comenzaban a desbocarse. Ese tipo de
pensamientos habían sido los que, en primer lugar, le habían impedido
luchar por un futuro con Jude. Las cosas habían cambiado entre ellos. Esto
no era como antes. Entonces, ¿qué debía hacer ahora? «Encontrarlo». Se
giró bruscamente para dirigirse a la planta de arriba. Si iba a recorrer todo
Londres en su búsqueda, necesitaría cambiarse a algo más apropiado. En el
fondo de su mente, se preguntó qué tipo de atuendo sería el más adecuado
para rastrear a un marido errante. Quizás habría encontrado cierto humor en
la situación si no fuera porque empezaba a sentirse terriblemente
angustiada. En el momento en que oyó un golpe en la puerta, esa incómoda
sensación de mal augurio se intensificó y un escalofrío le recorrió la
columna. Era como si el miedo creciente que sentía de repente hubiera
encontrado un foco. Se detuvo y bajó rápidamente las escaleras. Estaba a
punto de llegar a la puerta cuando Hastings la abrió, revelando a un joven
desaliñado.
—¿Lady Blackbourne? —entonó el muchacho.
—Sí, soy yo. —Anna mientras dio un paso hacia el exterior del
umbral. El muchacho le colocó en la mano un trozo de papel doblado y
arrugado, y luego se dio la vuelta y salió corriendo antes de que pudiera
decir algo más. Enseguida, Anna miró el papel que tenía entre los dedos,
aturdida por la certeza de que la nota tenía algo que ver con la ausencia de
Jude. Caminó de vuelta hacia el interior de la casa mientras desplegaba el
mensaje. Tuvo que leerlo varias veces antes de que el verdadero significado
de las palabras calara en su mente, y una vez lo hizo, se quedó paralizada de
incredulidad, con el corazón acelerándose por el miedo repentino.
—¡Hastings! ¡Randall! —El pánico hizo que su voz casi fuera un grito.
El mayordomo apareció a su lado al instante, seguido a pocos pasos por el
sirviente—. Hastings —dijo Anna con una calma deliberada que no sentía
—. ¿Recibió lord Blackbourne alguna visita hoy?
—Sí, mi señora. La condesa viuda estuvo aquí esta mañana, y poco
después de que os marcharais, Su Gracia, la duquesa de Clavering, llegó.
Al oír el nombre de Olivia, el corazón de Anna se hundió en el
estómago, pero al mismo tiempo sintió un pequeño destello de alivio. Si
Olivia estaba detrás de todo esto de alguna manera, entonces Jude quizás no
corría tanto peligro como había pensado en un primer momento. Se aferró a
esa idea con una convicción feroz, necesitando creer en cualquier
posibilidad de que las cosas no fueran tan graves como parecían.
—La duquesa, ¿cuándo se fue? Es muy importante que me contéis
exactamente lo que ocurrió.
—Me temo que no puedo responder con certeza, mi señora —contestó
Hastings mostrando su rostro ensombrecido—. Lord Blackbourne pidió que
le prepararan un baño en su habitación. Me indicó que la visita de la
duquesa sería breve. Fui a transmitir su solicitud y luego me vi ocupado con
otro asunto que requería mi atención. Pasó más de una hora antes de que
volviera arriba, y para entonces, el carruaje de la duquesa ya se había
marchado.
—¿Y lord Blackbourne seguía aquí? —preguntó Anna, con la ansiedad
y la certeza sobre la implicación de su hermana creciendo.
—No puedo asegurarlo, mi señora —respondió el mayordomo,
claramente angustiado—, pero no lo creo.
La mirada de la condesa se volvió penetrante mientras se giraba hacia
Randall, y él rápidamente respondió a su pregunta no formulada.
—Os juro que no vi a ninguno de los dos pasar por el vestíbulo, mi
señora.
—¿Dónde se encontraron? ¿En qué habitación? —inquirió Anna.
—En el despacho —aseguró Randall.
Anna se dio la vuelta y corrió hacia el despacho. Caminó por la
habitación, observando cuidadosamente en busca de algo fuera de lugar. No
encontró nada extraño hasta que llegó a las ventanas, y entonces se dio
cuenta de que una de ellas estaba sin cerrar. Abrió el gran ventanal y notó lo
fácil que sería para alguien llegar a un carruaje esperando fuera sin hacer
mucho ruido. Pero, ¿por qué demonios se habría ido Jude con ella? Debía
de haberlo engañado o coaccionado de alguna manera. La habitación no
mostraba signos de lucha o de algún daño. Anna trató de apartar el miedo
que se le atascaba en la garganta. Se obligó a pensar con claridad sobre lo
que sabía de la situación. A continuación, miró la nota que aún tenía
apretada en su puño. Las palabras garabateadas se habían grabado en su
mente junto con el impacto de descubrir que Jude había sido secuestrado.
Sin embargo, había algo más en la nota que le pinchaba la conciencia.
Se acercó a su escritorio y alisó el papel arrugado. Las palabras eran
directas y al grano. Informaban que lord Blackbourne había sido
secuestrado y estaba retenido hasta el pago de un rescate. Los
secuestradores pedían una fortuna por su liberación y daban instrucciones
para entregar el dinero en pleno Mayfair esa misma noche. El lenguaje era
educado, y la ubicación del intercambio sugería que el secuestrador podría
pertenecer a la clase alta. Analizó la caligrafía, inclinada y casi ilegible.
Pero Anna la estudió de todos modos. Ahí, en la «Y» y la «S», Anna podía
ver algo del elegante estilo de escritura de su hermana, mas no podía estar
segura. La letra de Olivia solía ser tan precisa y uniforme a lo largo de la
página. Este garabato parecía haber sido hecho a toda prisa, como si quien
lo escribió estuviera en un estado frenético y apenas prestara atención a
cómo se plasmaban las palabras. Lo cual no significaba que su hermana no
lo hubiera escrito, pero sí sugería que, de haberlo hecho, estaba muy
alterada en ese momento.
La pequeña similitud con la caligrafía de Olivia que Anna creyó
detectar podría haber sido producto de su propia percepción esperanzada. Al
contrario, aún había algo en la nota que le resultaba extrañamente familiar.
Le dio la vuelta al papel, tratando de entender qué era lo que le resultaba tan
conocido. Entonces lo vio: una pequeña línea curva roja, apenas visible en
el borde donde el papel había sido rasgado. Su dedo trazó la marca en
espiral, de color rojo sangre, que reconoció como parte del diseño del papel
de carta que su padre solo guardaba en su casa de la ciudad. El diseño era
único, su padre lo había creado él mismo y, aunque el borde superior del
papel había sido arrancado en un intento de eliminar el diseño
identificativo, lo que quedaba era suficiente para que Anna lo reconociera.
De repente, supo sin ninguna duda que Olivia estaba detrás del secuestro de
Jude. Y sabía exactamente dónde lo estaban reteniendo.
—¡Hastings! ¡Randall! —La energía recorrió su cuerpo. Esta vez no
hizo falta gritar, ya que los devotos sirvientes estaban justo al otro lado de la
puerta, esperando sus órdenes. Enseguida, alcanzó el papel en su escritorio
y comenzó a escribir. Su hermana podría haber descendido a niveles
engañosos y maliciosos, pero ¿realmente sería capaz de hacerle daño físico
a alguien? ¿Lo sería?
Considerando la cantidad de dinero que pedían por la liberación de
Jude, Olivia debía de estar actuando desde la desesperación. Quizás todo
era solo otro de sus esquemas que había salido terriblemente mal. Anna
recordó de pronto la escena que había presenciado entre su hermana y el
duque. ¿De verdad había sido solo anoche? Ya parecía que hubiera pasado
una eternidad. No obstante, Anna estaba segura de que esa escena era de
algún modo parte de lo que estaba ocurriendo ahora. No podía comprender
cómo la deuda de Olivia se había descontrolado tanto, pero sí podía creer
que su hermana recurriría al secuestro si pensaba que eso solucionaría su
problema. Olivia siempre había creído que era inmune a las consecuencias
de sus propios actos. Y esto probablemente no era una excepción.
Anna rezaba para que la falta de escrúpulos de su hermana no llegara
al punto de la violencia física, tal como había insinuado en la nota de
rescate. Ignoró el frío terror que le recorría la columna. Olivia era egoísta,
codiciosa, a veces incluso delirante, pero Anna tenía que creer que no era
verdaderamente peligrosa.
¿Por qué demonios había ido Jude con ella? ¿Le habría coaccionado
Olivia? ¿Seducido? Anna apartó esas molestas preguntas para centrarse en
el plan que se formaba en su mente. Primero, traería a Jude sano y salvo a
casa, y luego se aseguraría de que él supiera lo estúpido que había sido al
meterse en esa situación desde el principio. Tras un momento, se enderezó y
se giró hacia el sirviente, entregándole una nota doblada que había cerrado
apresuradamente con su sello.
—Llevad esto directamente al duque de Clavering, aseguraos de que se
entienda la urgencia y que se le entregue en mano, y después volved aquí
para recibir más instrucciones de Hastings. Id —dijo, y el hombre se
apresuró a salir de la habitación, guardando la nota en el bolsillo interior de
su abrigo—. Hastings —añadió mientras le entregaba un segundo juego de
instrucciones al mayordomo—. Necesito que llevéis esto a mi abogado. —
Acto seguido, volvió a inclinarse sobre el escritorio para redactar un tercer
mensaje—. No me importa cómo consiga reunir la cantidad que piden, solo
aseguraos de que entienda que debe hacerlo rápido. —Se enderezó y le
entregó el último papel—. Una vez tengáis el dinero, mandadlo en un
carruaje con Randall a esta dirección. Ahí es donde estaré. Y si mis
sospechas son correctas, lord Blackbourne estará allí también.
Capítulo 27
La casa estaba silenciosa, oscura e inmóvil. Parecía como si nadie
hubiera atravesado sus puertas desde la muerte de su padre. Anna
permanecía a caballo, escondida en las sombras a unos metros de la calle.
Su pulgar frotaba de manera subconsciente las riendas, en un intento por
calmar la energía impaciente que la impulsaba a abalanzarse hacia la puerta
principal. Respiró hondo, deseando encontrar alguna forma de aplacar el
miedo crudo que sentía en el estómago. Llevaba casi diez minutos allí,
observando el lugar, y nada se había movido. Nadie había entrado ni salido.
Había rodeado toda la propiedad y no había visto a nadie en el exterior, ni
rastro de caballos o carruajes. Aunque ya era tarde, aún había suficiente luz
natural como para no poder ver si había alguna lámpara encendida en el
interior. No había ninguna señal que indicara que la casa fuera algo más que
un lugar abandonado. Su propia naturaleza la convertía en el escondite
perfecto. No estaba lejos de Mayfair, donde debía entregarse el rescate, y,
sin embargo, para cualquier transeúnte casual, la casa parecía inofensiva y
no llamaría la atención.
Anna se deslizó del lomo del caballo, lanzando una silenciosa pero
ferviente oración para que tanto Jude como Olivia estuvieran dentro de la
oscura y silenciosa estructura. Si estaba completamente equivocada, y el
secuestrador no era su hermana, se consolaba pensando que aún tendría un
par de horas para entregar el rescate. Se acercó a la casa a pie, esperando
que su presencia no fuera detectada por nadie dentro. Decidió rodear la casa
e intentar entrar por alguna ventana o puerta trasera. Necesitaba entrar y
averiguar la situación sin ser notada. Su corazón latía a un ritmo cada vez
más acelerado mientras se deslizaba por el lateral de la casa de ladrillo en
dirección a la entrada trasera. Creyó ver alguna huella reciente alterando la
tierra alrededor, pero no estaba segura. Al llegar a la puerta de servicio que
conducía a la cocina, contuvo la respiración y probó el picaporte. Apenas
podía creerlo cuando la puerta se abrió sin resistencia. Anna se detuvo para
escuchar, luego dio un paso hacia el interior, dejando que la puerta se
cerrara en silencio tras ella.
El interior de la casa estaba en penumbra. Solo finos haces de luz se
filtraban a través de las grietas y los bordes de las ventanas cubiertas. El
aire olía rancio y húmedo. La pequeña cocina estaba vacía, sin rastro
siquiera de la gran mesa de roble que solía ocupar gran parte del espacio
cuando la casa estaba en uso. Caminó a través de la habitación hacia el
pasillo que conducía al resto de la casa. No escuchaba más que el fuerte
retumbar de su pulso en los oídos. El lugar parecía vacío. El corazón de
Anna se encogió de desesperación. ¿Y si se había equivocado?
Apartando la duda que le recorría como un frío helado, avanzó con
cautela hacia la parte principal de la casa y se dirigió hacia el pequeño
despacho. Sus ojos se habían adaptado a la falta de luz, y escudriñó su
entorno buscando alguna señal de intrusión reciente. Aunque el resto de los
muebles en el estudio estaban cubiertos con sábanas, el escritorio de su
padre estaba descubierto. Se acercó rápidamente, con pasos silenciosos.
La caja de papelería estaba abierta y varias hojas de pergamino cubrían
el escritorio. Anna recogió un pequeño trozo de papel decorado con el
característico diseño rojo sangre y las iniciales de Edward Locke. Era la
pieza complementaria a la nota de rescate. Su corazón se aceleró.
Retrocedió hacia el pasillo, sintiendo un renovado impulso de confianza. Si
habían traído a Jude aquí, ¿dónde lo habrían retenido? Miró hacia las
escaleras. Incluso desde varios pasos de distancia, podía ver capas de polvo
sin tocar que cubrían los escalones de caoba. Bajó la mirada al suelo y casi
gritó de alivio al ver un camino claro, donde el polvo había sido barrido.
Parecía que algo, o alguien, había sido arrastrado por el suelo. La condesa
se obligó a no pensar en lo que eso podría significar y siguió el rastro. Este
conducía a las escaleras que descendían hacia el sótano.
Se detuvo y escuchó antes de comenzar a bajar por la escalera estrecha
y curva. No se escuchaba ningún sonido en el espacio vacío. Según
recordaba, no había mucho en el nivel inferior de la casa: una pequeña
bodega de vinos, algunas otras habitaciones pequeñas para varios tipos de
almacenamiento. Mantuvo los oídos atentos y alerta mientras descendía los
escalones, pero aun así no escuchó nada. Él tenía que estar allí. El sótano
estaba húmedo y oscuro, y Anna deseó haber pensado en llevar una fuente
de luz consigo. Había un pequeño espacio abierto al pie de las escaleras, y
desde allí partía un pasillo estrecho que conducía a las habitaciones más
pequeñas. Anna llegó al último escalón y, justo cuando se giraba para
dirigirse hacia la primera habitación, su pie con botas rozó algo grande en el
suelo. Miró hacia abajo y le llevó un momento discernir qué yacía a sus pies
en la penumbra.
—Dios mío, Jude —susurró, atónita, mientras se agachaba hacia el
suelo.
Su esposo yacía de lado, como si lo hubieran arrojado por las escaleras
y lo hubieran dejado caer donde había quedado. Anna extendió la mano
hacia él, un nudo de miedo atorando su garganta. Jude no se movía y tenía
los ojos cerrados. Se inclinó cerca de su rostro y escuchó su respiración.
Estaba respirando, pero claramente estaba inconsciente. Pasó sus manos por
su cuerpo, buscando heridas. De inmediato notó que sus manos estaban
atadas detrás de la espalda con una cuerda. Sintió alrededor de su cráneo y
encontró su cabello pegado al lado izquierdo de la cabeza. Sus manos
quedaron cubiertas de sangre pegajosa. Había sido herido, pero seguía con
vida.
El alivio y el terror luchaban en su interior. Lo había encontrado, pero
las circunstancias eran mucho peores de lo que había imaginado. Y aún
tenía que idear una forma de sacarlo de allí. Volvió a tocarlo, sus dedos
buscando la herida en su cuero cabelludo. La encontró en la sien. Era un
corte feo de unos cinco centímetros de largo, que comenzaba en la esquina
de la frente y se extendía hacia su cabello. Se obligó a mantener la calma a
pesar de que el miedo seguía creciendo. No creía que hubiera perdido tanta
sangre, o de lo contrario habría visto más señales por toda la casa. La herida
tal vez no fuera tan grave, solo lo suficiente, quizás, para dejarlo
inconsciente. Por lo que podía percibir, la hemorragia se había detenido.
Jude gimió cuando sus dedos exploraron suavemente los bordes de la
herida. Anna se inclinó sobre él y presionó su mano contra el lado de su
rostro.
—Jude, soy yo, Anna. Necesito que despertéis —le instó en susurros,
suavemente. Pero él seguía en silencio. Anna rodeó su cuerpo para alcanzar
las cuerdas que ataban sus muñecas. Estaban fuertemente amarradas, pero
empezó a trabajar en el nudo con dedos entumecidos, y comenzó a
aflojarse.
—¡Alejaos de él! ¡Ahora! —Las palabras a gritos sobresaltaron a
Anna, provocando una oleada de miedo caliente que recorrió su sangre. Se
maldijo a sí misma por no haber detectado la llegada de su hermana.
Acababa de perder cualquier ventaja que pudiera haber tenido. Sin
levantarse ni apartarse de Jude, Anna giró la cabeza por encima del hombro
para ver a Olivia bajar lentamente las escaleras detrás de ella. Esta llevaba
una pequeña linterna en una mano y, en la otra, una pistola. El arma capturó
su atención por un aterrador momento, pero Anna se obligó a fijarse en
otros detalles.
Olivia, quien siempre se esmeraba en verse impecable, estaba
alarmantemente desaliñada. Su vestido estaba arrugado y destrozado, su
peinado se caía torcido, lo que alguna vez había sido un elaborado recogido
hacía unas doce horas, y su rostro estaba pálido y manchado allí donde su
maquillaje había sido removido.
—Dios mío, Olivia. ¿Qué está pasando? —murmuró Anna, incrédula.
—¡Callaos! —gritó Olivia, con una rabia descontrolada—. He dicho
que os alejéis de él.
Anna se levantó lentamente. Sin apartar los ojos de su hermana, se
deslizó hacia un lado hasta quedar a varios pasos de donde yacía Jude.
Entre tanto, Olivia mantuvo la pistola apuntando hacia ella todo el tiempo.
—¿Qué estáis haciendo, Olivia? —preguntó Anna con cautela,
tratando de mantener un tono sereno—. No necesitáis apuntarme con un
arma. Estoy aquí para ayudaros.
Olivia rio, pero fue un sonido salvaje e histérico que asustó a Anna
mucho más que la visión de la pistola. El estado mental de su hermana era
mucho peor de lo que había imaginado. Había subestimado la situación de
forma drástica, y deseó haber considerado traer algún tipo de arma o,
incluso, haber esperado a que Randall la acompañara.
—Sois una pésima mentirosa —acusó Olivia con una sonrisa sin pizca
de humor mientras dejaba la linterna en uno de los escalones inferiores. Un
inestable resplandor dorado se proyectó en el húmedo espacio, creando
sombras profundas y amenazantes en cada rincón—. Estáis aquí para
arruinar mis planes. —La falsa diversión se desvaneció de su rostro—. Si
realmente quisierais ayudarme, habríais seguido las instrucciones de la nota.
¿Por qué no las seguisteis, Anna? No debíais venir aquí. Nunca debisteis
saber que estaba involucrada. ¿De verdad sois tan estúpida? ¿Os dais cuenta
del peligro en el que acabáis de meteros? —El tono de Olivia se volvió más
airado mientras hablaba, y subrayaba sus palabras con un brusco
movimiento del arma en su mano mientras avanzaba hacia Anna, pasando
junto al cuerpo inmóvil de Jude.
Anna retrocedió hasta que su espalda chocó con la fría y húmeda pared
de piedra detrás de ella. Se contuvo de señalar que Jude igualmente habría
sabido quién había urdido toda la conspiración. Mencionar eso ahora solo
haría las cosas mucho peor. En el peor de los casos, Olivia ya se habría
dado cuenta de que toda la situación estaba escapando de su control y,
simplemente, le daría igual.
—El dinero viene de camino. Está en camino hacia aquí. Lo prometo.
Os dije que quería ayudaros, es la verdad. —Anna levantó las manos en un
gesto de pasividad y sacudió la cabeza. Por su parte, Olivia la miró en
silencio, y cuando respondió, su voz estaba cargada de repugnancia.
—No estáis aquí para ayudarme —escupió con desdén—. Estáis aquí
por vuestro precioso príncipe, ¿no es así? Estáis aquí para salvarlo —dijo
con un despreocupado gesto de la pistola en dirección a Jude.
Anna se tensó de inmediato, haciendo que la aprehensión subiera de
golpe, y Olivia no pasó por alto el aumento de su nerviosismo.
—No soy ciega, ¿sabéis? ¿De verdad pensabais que vuestra insípida y
patética infatuación pasaría desapercibida? Padre y yo nos reíamos durante
horas al ver el ridículo anhelo en vuestros ojos cada vez que Jude aparecía.
Era tan patéticamente obvio cómo suspirabais por él. Erais tan fea —
continuó Olivia con arrogancia y soltó una carcajada llena de placer—.
¿Sabéis? Si no hubiera sido por vuestro descarado amor por mi prometido,
puede que nunca se me hubiera ocurrido usaros para deshacerme de él.
Anna sintió náuseas al escuchar el tono de orgullo en la voz de Olivia.
Pero el monólogo de su hermana le dio una idea. Si podía mantenerla
hablando, quizá ganaría el tiempo suficiente para pensar en alguna manera
de razonar con ella. O al menos, tal vez, retrasar las cosas hasta que Randall
llegara.
—¿Y de quién fue la idea de usar el láudano?
—Mía —admitió Olivia—. Padre pensó que tal vez iríais de buena
gana con el plan, pero yo le advertí que no. Le dije que lo mejor sería
drogaros con láudano a ambos.
—Eso fue bastante arriesgado, ¿no? Drogarnos, quiero decir. Le daba a
Jude la oportunidad de denunciarlo.
—Para nada arriesgado, una vez que nos aseguramos de que Jude os
culparía a vos. Entonces, todo lo que Padre tuvo que hacer fue lamentarse
de vuestra juventud e inocencia perdida ante el viejo conde. No había nada
que Jude pudiera hacer para escapar de ello.
—¿Nunca pensasteis en pedirle a Jude que rompiera el compromiso?
¿Por qué ir a tales extremos? —Anna siguió escogiendo cuidadosamente
sus palabras, queriendo mantener a su hermana distraída sin alterarla más.
—No seáis tonta, Anna —replicó Olivia con fastidio mordaz—. Jude
nunca me habría liberado de mi promesa. Estaba enamorado de mí. Estaba
desesperado por tenerme. Apenas podía evitar que me levantara las faldas
cada vez que teníamos un minuto a solas. No se habría marchado sin
quejarse. Y no podía arriesgarme a involucrarme en ningún tipo de
escándalo, o el duque nunca habría continuado con su cortejo. Por mucho
que estuviera enamorado de mí, Clavering se habría visto obligado a dirigir
su atención a otra parte si yo hubiera roto un compromiso de manera
voluntaria. —Olivia se pavoneaba con una alegría cargada de vanidad—.
No, querida, el plan estaba trazado y se ejecutó a la perfección, dejándome
como la hermana traicionada y desafortunada. Fuisteis la pieza perfecta.
Tan ingenua y sombría. Apuesto a que, incluso si Padre no os hubiera
encerrado, ni siquiera se os habría ocurrido contarle la verdad a Jude. Dudo
que hablarais más de dos palabras con él antes de vuestra boda. Y, claro,
después de eso ya era demasiado tarde para que hicierais algo. El hombre os
dejó. ¡Pobrecita, miserable criaturita! —añadió con una expresión de
simpatía que casi resultaba cómica por lo descaradamente falsa que era.
El miedo de Anna luchaba contra la furia. Pero temía mostrar
cualquiera de las dos emociones, sin confiar en cómo reaccionaría su
hermana si se volvía confrontativa. Olivia estaba relativamente calmada en
ese momento. Mientras sintiera que tenía el control, tal vez no actuaría de
forma imprudente. Todo lo que Anna podía hacer por ahora era mantenerse
serena e intentar pensar en alguna forma de quitarle la pistola a su hermana.
Capítulo 28
Un suave y casi imperceptible ruido se escuchó en la esquina donde
yacía Jude. Olivia giró bruscamente la cabeza para mirarle con furia, pero si
él se había movido, volvió a quedarse inmóvil. Un frío terror atravesó la
mente de Anna como un rayo al imaginar a Olivia apuntando con la pistola
a Jude, inconsciente y vulnerable. Era posible que ya lo hubiera disparado
una vez, se dio cuenta, pensando en la herida de su sien. No podía permitir
que su hermana tuviera la oportunidad de hacerlo de nuevo.
—Y conseguisteis lo que queríais, ¿verdad, Olivia? —dijo, intentando
atraer la atención de Olivia de vuelta hacia ella—. Conseguisteis a vuestro
duque. Sois feliz con vuestra vida.
—¡¿Feliz?! —gritó Olivia con una furia repentina mientras se giraba
hacia ella. Anna casi sonrió de alivio al ver que Jude volvía a ser olvidado
—. ¿Os parezco jodidamente feliz, Anna?
—No, no lo parecéis, y lo siento —lamentó Anna con cautela—.
Puedo ver que estáis muy alterada, pero el dinero que pedisteis está en
camino. Vuestros problemas pronto se acabarán. ¿Por qué no bajáis esa
pistola para que podamos esperar más cómodamente?
—Sois tan condenadamente ingenua. No penséis que podéis calmarme
con esas palabras vacías. Yo soy la que manda aquí y esto no ha terminado
ni de cerca —advirtió Olivia tras soltar otra risa y cambiar el peso de un pie
al otro. Sus emociones volvían a intensificarse. Se lamió los labios y lanzó
una rápida mirada hacia las escaleras, un gesto nervioso y fugaz. Hasta ese
momento había estado sosteniendo la pistola rígidamente con ambas manos,
pero soltó una para secarse la frente con el dorso de la muñeca. La pistola
vaciló por un momento, pero en el siguiente segundo la sujetó de nuevo con
ambas manos, alineando el cañón con el pecho de Anna.
Olivia se estaba agotando. No sería capaz de seguir manteniendo la
pistola en alto por mucho más tiempo. Si Anna lograba atraparla en el
momento adecuado de debilidad y distracción, tal vez podría arrebatarle el
arma sin demasiada dificultad. Intentó seguir el movimiento de la pistola
sin delatar sus intenciones.
—¿Alguien os está amenazando? ¿Han intentado haceros daño? ¿Es
por eso que necesitáis el dinero? Entiendo si tenéis miedo.
—No tengo miedo —respondió Olivia con fuerza, aunque sus palabras
sonaban vacías. Estaba aterrada.
—Tendréis el dinero que necesitáis —le aseguró Anna—. ¿A quién
debéis? ¿De quién tenéis tanto miedo? Tal vez pueda ayudaros.
Seguramente, el duque…
—¡El duque no hará nada por ayudarme! —interrumpió Olivia con una
risa frenética—. ¿No creéis que habría acudido a él primero? Insistió en que
saliera del lío por mi cuenta. Dijo que mis apuestas se habían descontrolado
y que, si mi prestamista exigía el pago, yo debía encontrar la manera de
conseguir el dinero y mantener el asunto en silencio. ¡Clavering dijo que
estaba harto de que vaciara constantemente sus arcas para sostener mi
vergonzoso vicio! Dijo que ya no daría más dinero. ¿Tenéis idea de lo que
es que os corten así, de golpe? ¿Cómo demonios se supone que iba a
conseguir el dinero para saldar mi deuda? Incluso me amenazó, Anna. Si no
soluciono las cosas a su satisfacción, ¡me mandará lejos, al exilio!
Los ojos de Olivia brillaban con una mezcla de furia y desesperación.
Anna dudaba que su hermana fuera siquiera consciente de que su voz se
había convertido en un grito histérico.
—Es una suerte que sea lista y fuerte —continuó Olivia, apoyando los
hombros contra la pared detrás de ella—. Fui a casa de lord Strathmore y
me prestó lo suficiente para sentarme en una partida de whist anoche. —
Olivia sacudió la cabeza y emitió un sonido que podría haber sido una risa o
un sollozo—. Empecé con una buena racha. Casi lo tenía todo. Estaba
realmente desesperada cuando fui a tu casa hoy. ¿De verdad ha sido solo
hoy? —preguntó con un asombro extraño—. Ya parece que fue hace tanto
tiempo. No solo sigo teniendo la deuda con la que empecé, sino que, con mi
mala suerte de anoche, ahora debo casi el doble de lo que debía ayer. —
Olivia soltó una risita—. Es realmente ridículo, ¿no?
Se escucharon pasos desde arriba mientras alguien cruzaba el piso
superior. Anna se congeló, presa de la inquietud. ¿Podría ser Randall ya?
Olivia sonrió y levantó una mano para alisar su desordenado peinado.
Suspiró profundamente, y Anna observó cómo la tensión desaparecía de
repente del cuerpo de su hermana.
—¿Jones? —llamó Olivia con voz cantarina.
—Sí, Su Gracia. Soy yo.
—Id a buscar más cuerda, por favor. Tenemos otro invitado.
—Sí, Su Gracia. —El sonido de los pesados pasos se desvaneció por la
casa.
«Por supuesto», pensó Anna con una certeza helada. ¿Cómo no lo
había visto antes? Olivia no podría haber metido a Jude en la casa por sí
sola, estando inconsciente como estaba. Tenía que haber tenido ayuda. Un
cómplice que había regresado de donde fuera que había estado, eliminando
rápidamente cualquier oportunidad que Anna tuviera de salir de este lío
junto a Jude.
—Bueno —continuó su hermana con un tono de sorprendente calma,
en comparación con el nivel de excitación que había mostrado apenas unos
minutos antes—, podéis ver que tenía que hacer algo.
—¿Y vinisteis a verme? —El pánico de Anna crecía, al tiempo que sus
ojos recorrían la habitación. Quizá se le había pasado algo. Necesitaba
pensar. No podía permitir que Jones la atara.
—A Jude, en realidad. Esperaba que, considerando nuestra relación
pasada, se sintiera obligado a ayudarme por honor. Pero no fue tan…
entusiasta como esperaba, así que pensé en otra cosa —se rio, disfrutando
de su propia vileza—. Es obvio que aún le amáis. Estaba escrito en vuestra
cara en el baile de anoche. Sabía que, si pensabais que Jude estaba en
peligro, haríais lo que fuera para salvarle. Qué noble y tonta sois.
—¿Así que recurristeis al secuestro? Seguro que os dais cuenta de que
esto es un error. —Anna intentó razonar. Tenía que convencer a su hermana
de que detuviera esa locura. Mas Olivia inclinó la cabeza hacia atrás y le
sonrió.
—¿Eso me está consiguiendo lo que necesito, no? —replicó—. Una
vez que tenga el dinero, le pagaré a mi prestamista y él hará que esos
matones que me siguen por todas partes se retiren. —Golpeó el lateral del
arma con un dedo mientras continuaba, pensativa—. Todavía le deberé a
Strathmore, pero se le puede manipular. Después solo me queda convencer
a Clavering de que no se enfade conmigo. Eso será lo más difícil, pero me
las arreglaré. Él también tiene sus debilidades —dijo con una sonrisa oscura
y lasciva.
—¿Y qué pasa con Jude y conmigo? —Anna intentó tragar el nudo en
su garganta. Su hermana seguía sin comprender toda la gravedad de la
situación—. ¿Nos dejareis ir una vez que tengáis el dinero?
—Mmm… —Olivia lo consideró, con una pequeña arruga de
concentración en la frente—. Supongo que no había pensado en ese
pequeño detalle. —Su ceño se oscureció—. Lo habéis estropeado todo,
Anna.
—Lo sé —admitió Anna—. Tenéis razón, pero aún podemos arreglar
esto. No tenéis que atarme. Simplemente bajad la pistola. Podemos liberar a
Jude, subir arriba y hablar de esto con calma. Os juro que os ayudaré con
vuestra deuda. Hablaré con el duque en vuestro nombre.
—¡No! —gritó Olivia, de repente irritada de nuevo—. Callaos de una
vez. Vuestro quejido es un tormento para mi dolor de cabeza y ya no tengo
más medicinas. —Soltó la pistola con una mano para presionar sus dedos
contra el centro de la frente. El arma vaciló y bajó antes de que la
estabilizara de nuevo con ambas manos.
—Olivia, ¿qué haréis con Jude y conmigo cuando tengáis el dinero?
—No sé lo que haré, pero no puedo dejaros marchar, así como así,
¿verdad? —señaló con la barbilla hacia Jude—. Ese irá directo a las
autoridades.
—No, estoy segura de que no lo haría. No después de que le expliquéis
vuestra situación.
—Callaos, Anna. No pienso decíroslo otra vez.
El miedo y la conmoción recorrieron el cuerpo de Anna. Olivia no los
iba a dejar ir. Anna lo veía claro en los ojos de su hermana. Tenía que hacer
algo y rápido, pensó con una desesperación creciente al escuchar pasos que
ya alcanzaban las escaleras y empezaban a descender. Una vez la ataran,
estaría indefensa. Seguidamente, miró frenéticamente a su alrededor,
buscando algo, pero no había nada que pudiera ayudarla. Ningún arma,
ningún medio de distracción, nada. La casa había sido vaciada tras la
muerte de su padre, y lo único que quedaba en la habitación con ellas era el
polvo y la suciedad acumulada durante años. Acto seguido, sus ojos se
encontraron con los de su hermana, y vio la determinación y locura en la
expresión de Olivia. No iba a entrar en razón. Estaba demasiado perdida.
La gran figura del cómplice de Olivia apareció al pie de las escaleras.
Era un tipo corpulento, vestido con la librea ducal. Cuando vio a Anna bajo
la amenaza de la pistola, sonrió ampliamente.
—Bueno, ¿y esto qué es, Su Gracia?
—Mi valiente y estúpida hermanita, que ha venido a salvar a su único
amor —dijo Olivia con desprecio—. ¿Habéis traído la cuerda?
El hombre levantó una cuerda lo suficientemente larga como para atar
no solo las manos de Anna, sino también sus pies.
—Bien —comentó Olivia bajando el arma—. Atadla bien y fuerte. Y
buscad algo para amordazarla. Su voz me pone de los nervios.
—Será un placer —murmuró el cochero, y Anna tuvo la sensación de
que, efectivamente, lo sería.
El pánico se apoderó de ella, y Anna se maldijo por haber subestimado
hasta qué punto su hermana estaba dispuesta a llegar con este plan. Su
instinto le pedía retroceder, pero ya estaba contra la pared. Como si
disfrutara del miedo en sus ojos, el secuaz de Olivia sonrió aún más
ampliamente. Los ojos de Anna volvieron a recorrer la habitación, aunque
ya sabía que no encontraría nada para usar a su favor. ¿Por qué no había
sido más cauta y traído un arma? Había fracasado. Su intento de rescate se
había vuelto un desastre. Si no hubiera actuado de manera tan impulsiva,
Jude no estaría en peligro mortal. A continuación, miró hacia donde él yacía
y casi jadeó en voz alta cuando sus ojos se encontraron con la intensa
mirada azul de Jude. Los siguientes momentos ocurrieron tan rápido que
Anna ni siquiera tuvo tiempo de sentir alivio al ver que Jude estaba
consciente.
Cuando el secuaz empezó a acercarse a Anna con la cuerda, Jude lanzó
una patada directa al camino del hombre. El tipo cayó al suelo con fuerza y
rapidez, y Jude estuvo sobre él en un instante. Ya había logrado liberar las
cuerdas que Anna había aflojado. Con las manos libres, lanzó una serie de
golpes devastadores a la cara del otro. Pero el cochero, claramente con
experiencia en peleas, rodó sobre su espalda tan pronto como tocó el suelo.
Jude solo logró golpearlo un par de veces antes de que el hombre lo
agarrara por la cintura y lo lanzara al suelo.
Los dos hombres se enzarzaron en una lucha feroz por el dominio. El
cochero era más grande, pero Jude era ágil y rápido. Justo cuando Jude
consiguió quedar encima, inmovilizando los brazos del otro con las rodillas,
Olivia levantó la pistola y apuntó directamente a la cabeza de Jude. El grito
de Anna fue una mezcla de terror y advertencia mientras saltaba los pocos
metros que la separaban de su hermana. Olivia se giró en el último
momento, mas fue demasiado lenta. Anna le agarró los brazos y los forzó
hacia arriba justo cuando el arma se disparó con una explosión
ensordecedora. Sus oídos zumbaban dolorosamente y el penetrante olor a
pólvora llenaba sus fosas nasales.
Olivia intentó desesperadamente zafarse del agarre de Anna, pero sus
piernas se enredaron en las faldas y comenzó a caer. Anna cayó con ella,
pero solo porque se negó a soltar el arma. Aturdida y agotada, Olivia no
pudo mantener su agarre y Anna se la arrebató de las manos. Luego rodó
hacia un lado y se puso de pie rápidamente. Se dio la vuelta para ver a Jude
incorporándose lentamente también. El otro hombre yacía inconsciente en
el suelo a sus pies. Permanecieron unos momentos así, ambos respirando
con dificultad, llenos de una aterradora adrenalina. La sangre había secado
en el lateral de la cabeza de Jude debido al corte en su sien, y parecía que el
cochero había logrado darle algunos golpes en la cara, pero estaba
consciente. Y vivo. La cabeza de Anna giraba con un mareo de alivio. Dio
un paso hacia él, deseando solo una cosa en ese momento: rodear su cintura
con los brazos y presionar su oído contra su pecho para escuchar el fuerte
ritmo de su corazón y el flujo constante de su respiración.
—Vigilad a Olivia —dijo con rudeza—. Necesito atar a este tipo. —
Sus ojos se cruzaron con los de ella solo por un breve momento antes de
que se diera la vuelta y se agachara para su tarea. Su mirada era
indescifrable, pero su voz dejó un extraño escalofrío en el aire. La
confusión sustituyó al alivio de Anna. Pero hizo lo que él le pidió.
Después de incorporarse hasta quedar sentada contra la pared, Olivia
no se movió más. Completamente derrotada, se sentó con las rodillas contra
el pecho y la cara entre las manos, llorando suavemente. Anna casi sintió
compasión por ella hasta que recordó la feroz intención en la postura de su
hermana cuando había apuntado el arma a Jude durante la pelea. No tenía
duda de que Olivia habría apretado el gatillo. Una vez que terminó de usar
la cuerda que había estado destinada a Anna, así como la que había atado
sus propias muñecas, para inmovilizar al cochero, Jude se giró hacia ella.
Pasó ambas manos por su cabello, luego hizo una mueca al rozar la herida.
—¿Qué demonios os ha poseído para venir aquí? —le espetó con un
tono lleno de reproche—. ¡Sola, desarmada! ¿Tenéis idea de lo insensato
que ha sido?
Anna se tensó, desafiante. Había pasado de la preocupación al miedo,
de un terror repentino a un alivio casi abrumador, y ahora su ira oscura
crecía rápidamente. Abrió la boca para sugerir que tal vez debería haber
dejado que Olivia le disparase, cuando de repente se escucharon pasos
pesados desde el piso superior. Anna volvió a tensarse, levantó la pistola
que aún sostenía en su mano y Jude rápidamente se colocó a su lado. La
nueva figura llegó al pie de las escaleras y se detuvo para observar la escena
a su alrededor. Cuando sus ojos se posaron en Olivia, que gemía
suavemente, la expresión del duque de Clavering se oscureció con una
severa condena.
—¡Olivia! ¿Qué demonios habéis hecho?
Capítulo 29
Las palabras provocaron una nueva oleada de lágrimas y lamentos de
la duquesa. Esta vez, los sollozos eran indudablemente auténticos. No había
forma de confundir la furia evidente en el duque. Anna bajó la pistola a su
costado, pero observó su acercamiento con una inquietante aprensión.
Clavering no era un hombre alto, tal vez unos pocos centímetros más bajo
que Jude, y su cintura había engordado un poco, pero seguía siendo
significativamente más grande y fuerte que su esposa. Anna no sabía si el
duque alguna vez había sido violento con Olivia, si ella lo había provocado
hasta ese punto, pero no estaba segura de poder quedarse de brazos
cruzados si él levantaba la mano contra su hermana, sin importar lo que
hubiera hecho.
—Levantaos, Olivia —ordenó Clavering mientras se erguía sobre el
cuerpo derrumbado de su esposa, con los puños cerrados a los lados.
—No es mi culpa —gimoteó ella detrás de sus manos—. ¡No podéis
culparme por esto!
—He dicho que os levantéis —repitió el duque con una voz baja al
borde de la furia. En el momento en que su esposa no se movió de
inmediato, él extendió la mano para agarrarla por el delgado brazo y la
levantó de un tirón. Por su parte, Anna dio un paso instintivo hacia adelante.
—Clavering —intervino Jude, llamando la atención del duque hacia
ellos—. Llevemos este asunto arriba, donde estaremos más cómodos. —El
tono de las palabras de Jude era duro e inflexible, dando la impresión de
que no estaba haciendo una sugerencia. El duque lo miró durante un largo
segundo, obviamente poco acostumbrado a ser desafiado, incluso de la
manera más mínima. Seguidamente, sus ojos se deslizaron hacia Anna y el
hombre atado en el suelo, y asintió brevemente.
—Efectivamente —afirmó Clavering con rigidez mientras arrastraba a
una sollozante Olivia hacia las escaleras. Al pasar, movió la cabeza
señalando al cochero caído—. ¿Y que hay de él?
—No irá a ninguna parte sin ayuda —respondió Jude, haciendo un
gesto a Anna para que siguiera al duque escaleras arriba.
Después de que Anna pasara frente a él, Jude extendió la mano y
cubrió la suya, que aún sostenía la pequeña pistola. Ese inesperado contacto
personal hizo que una chispa de sensaciones recorriera sus nervios ya
fatigados. De nuevo, sintió el impulso de apoyarse en él, en busca de
fuerza, de seguridad. Enseguida, levantó la vista hacia su rostro. La oscura
ira seguía plasmada en sus facciones, que, aunque hermosas, parecían
endurecidas. Sin decir una palabra ni mostrar cambio alguno en su
expresión, Jude le quitó la pistola de la mano con suavidad y la guardó en el
bolsillo de su chaqueta. Luego desvió la mirada, esperando a que ella
continuara hacia las escaleras. La actitud fría y desaprobadora del conde
hizo que el corazón de Anna se encogiera de dolor. Y de rabia. Estaba
enfadado con ella. ¿Qué demonios había hecho tan mal? La próxima vez
que sintiera esa necesidad apremiante de acudir en su ayuda, sin duda lo
pensaría dos veces. A continuación, subieron en fila por las escaleras y, una
vez en el pasillo, Anna adelantó el paso y señaló hacia el estudio.
—Por aquí —indicó la condesa. Entró primero en la habitación y
levantó las fundas del sofá y las sillas.
Clavering empujó a Olivia hacia un rincón del sofá. Tan pronto como
la soltó, ella lo miró desde debajo de mechones despeinados de su cabello
rubio. Sus sollozos se habían reducido a algún que otro suspiro, pero sus
ojos brillaban con desdén desafiante. Rápidamente empezó a recomponer su
postura, enderezándose y alisando las faldas de su vestido. No había ni una
pizca de arrepentimiento en el comportamiento de la duquesa, solo
irritación y desconfianza mientras lanzaba miradas astutas hacia su esposo.
La expresión de Clavering se retorció en una mueca de asco antes de
volverse de espaldas a la habitación y caminar hacia la fría chimenea.
Anna permaneció de pie junto a una de las sillas cerca de Olivia. Aún
no estaba convencida de que el duque no fuera a volverse violento contra su
esposa, y tenía la firme intención de asegurarse de que su hermana fuera
tratada de manera menos física. Sus crímenes no debían ser ignorados, pero
a Anna le horrorizaba pensar en el daño que podrían causar los fornidos
puños del duque si se alzaban en un arrebato de ira. Dirigió una mirada
hacia Jude, que estaba junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre el
pecho. En la luz tamizada que lograba colarse en la estancia, sus heridas
parecían peores de lo que ella había imaginado en un principio. La herida
en su sien izquierda era larga y enrojecida. La sangre seca apelmazaba su
cabello en mechones, tiñendo su oreja y su cuello de un inquietante tono
marrón rojizo. Los moretones frescos en su mandíbula y bajo su ojo
derecho comenzaban a tornarse de un feo color púrpura. Pero él no parecía
inmutarse. Mantenía su mirada fija en los otros ocupantes de la sala, con
una expresión feroz que claramente indicaba que no se iría hasta que la
situación se resolviera de manera satisfactoria. Durante todo el tiempo que
ella lo observaba, él ni una sola vez desvió su mirada hacia ella. En ese
momento, Anna apartó la vista, sintiendo un peso frío asentarse en su
estómago.
—¿Qué pensáis hacer, Clavering? —La pregunta de Jude cortó la tensa
atmósfera que reinaba en la sala.
—No es asunto vuestro, Blackbourne. Lo manejaré como mejor me
parezca. Eso es todo lo que necesitáis saber. —El duque se volvió hacia los
demás, lanzando una mirada desdeñosa hacia Olivia antes de responder.
—Os equivocáis —replicó Jude, sorprendiendo al duque con su tono
firme—. No me marcharé de aquí hasta estar seguro de que Olivia no tendrá
oportunidad alguna de volver a amenazar la seguridad de mi esposa o la
mía. Si es necesario involucrar a la justicia para garantizarlo, lo haré.
—¡No! —intervino Olivia con un chillido desgarrador que hizo que
Anna se estremeciera—. No podéis involucrar a las autoridades en esto. Es
un asunto familiar, seguro que podemos discutirlo entre nosotros de manera
racional —agregó en un tono que de repente se tornó dulce y suplicante.
—Olivia, habéis cometido una falta grave. Secuestrasteis y casi
matasteis a Jude. Seguro que entendéis que no podéis salir de esto como si
fuera una broma que salió mal. —Anna frunció el ceño con incredulidad y
desánimo.
—¡Oh, callaos, Anna! —ordenó Olivia—. Os juro por Dios que
debería haberos disparado cuando tuve la oportunidad.
—Basta —bramó el duque—. Ni una maldita palabra más, u os juro
que os amordazaré yo mismo.
Olivia pareció querer desafiar esa orden tan autoritaria, pero
finalmente decidió no hacerlo y se dejó caer de nuevo en el rincón del sofá.
—¿Qué más da? Mi vida ha terminado —gimió dramáticamente,
apoyando la cabeza hacia atrás y presionando los dedos contra su pálida
frente.
Anna guardó silencio, conmocionada por la violencia en la voz de su
hermana. Siempre había sabido que no existía un afecto genuino entre ellas,
pero no se había dado cuenta de hasta qué punto llegaba la animosidad de
Olivia.
Tras un momento, el duque pareció sentirse seguro de que Olivia se
mantendría callada y volvió su atención a Jude, recorriéndolo con una
mirada que lo evaluaba. Cuando habló, lo hizo con una voz mucho más
calmada, diseñada para imponer autoridad con una pizca de encanto. Una
pizca muy pequeña.
—No creo que sea necesario involucrar a las autoridades. Nadie ha
resultado herido. —Jude arqueó una ceja, pero decidió no discutir ese punto
—. Creo que podemos llegar a una solución satisfactoria entre nosotros.
Anna observó a Jude, esperando su reacción. Él seguía furioso y
claramente no estaba inclinado hacia la indulgencia en ese momento. Pero
después de unos segundos, durante los cuales ambos hombres se
enfrentaron en un silencioso duelo de miradas, Jude descruzó los brazos y
relajó su postura rígida.
—Ya veremos —opinó el conde con cierta duda mientras avanzaba
hacia el interior de la habitación. Enseguida, se dirigió al lugar donde Anna
estaba, agarrada al respaldo de la alta butaca. Ella contuvo la respiración,
esperando que él la mirara, que le ofreciera algún reconocimiento más allá
de la reprimenda anterior. Mas no lo hizo. Sus ojos permanecieron fijos en
el duque mientras se colocaba a su lado. Lo suficientemente cerca como
para presentar un frente unido, pero no tan cerca como para correr el riesgo
de tocarla, ni siquiera con el roce casual de su hombro.
Anna apartó la mirada de su marido. Empujó a un lado el frío miedo
que pesaba en su corazón al ver la creciente distancia que él imponía entre
ellos. Habría tiempo para confrontarlo en ese punto, pero Olivia debía ser
tratada primero. De repente, un estallido de ruido interrumpió los
acontecimientos cuando alguien irrumpió por la puerta principal de la casa
en lo que sonaba como una violenta pelea.
—¿Pero qué demonios? —murmuró el duque entre dientes—. Quedaos
donde estáis —ordenó a Olivia, quien permanecía reclinada en la esquina
del sofá con los ojos cerrados. La duquesa podría haberse quedado dormida
por la completa falta de reacción que mostró. Clavering se dirigió a la
puerta y asomó la cabeza al recibidor—. Traedlo aquí —dijo con un brusco
movimiento de cabeza.
Dos hombres con el uniforme del duque aparecieron en la puerta,
apenas conteniendo al hombre que luchaba entre ellos.
—¡Randall! —exclamó Anna, dando un paso hacia adelante. Había
olvidado que le había indicado que se reuniera con ella allí.
—Haced que vuestros hombres se retiren, Clavering. Es uno de los
nuestros —le aconsejó Jude.
El duque asintió, y sus hombres soltaron a Randall tan bruscamente
que el lacayo tropezó hacia adelante antes de recobrar el equilibrio.
Inmediatamente miró a Anna con una expresión de disculpa.
—Lo siento, mi señora. Me atacaron desde el lado de la casa. No los
vi.
—No pasa nada, Randall —le aseguró Anna—. La situación está
controlada.
—Sí, mi señora. —Randall asintió, aunque seguía pareciendo
decepcionado por haber sido detenido por los hombres del duque—. Es un
gran alivio ver que estéis a salvo, mi señor —añadió sinceramente
volviéndose hacia Jude.
—Gracias. ¿Habéis traído un carruaje?
—Sí, mi señor. También tengo el rescate que la señora Blackbourne
me pidió traer.
Ese comentario provocó un gemido lastimero desde el sofá, lo que
demostraba que Olivia estaba completamente consciente después de todo.
Por primera vez desde la llegada del duque, Jude dirigió su atención a Anna.
Su expresión era impasible, y sus ojos mostraban un azul frío y superficial.
—Supongo que habéis llegado a caballo —comentó el conde.
Todo el cuerpo de Anna se rebeló contra la actitud distante de Jude.
Este la miraba sin el más mínimo rastro de la emoción que le había
mostrado la noche anterior mientras hacían el amor. ¿Había sido todo una
ilusión? El calor, la pasión y esa conexión tan profunda. Quizá había
esperado demasiado que las cosas cambiaran. No era ingenua, sabía que los
hombres vivían esas cosas de forma diferente. Pero repetirse eso no
ayudaba a calmar las heridas del rechazo, heridas que se abrían más con
cada gélida mirada que Jude le dirigía. Buscó algo en su mirada, algo que la
tranquilizara. Pero, al encontrarse con sus ojos, él parpadeó y desvió la
vista. Ese gesto le habló de una manera que las palabras jamás podrían
hacerlo.
—Sí, Henry está atado fuera —respondió Anna finalmente.
—Quiero que llevéis a lady Blackbourne a casa en el carruaje. Yo os
seguiré después de que el duque y yo resolvamos las cosas aquí. —Con la
respuesta que buscaba, Jude se volvió hacia Randall.
—No —protestó Anna. El frío que sentía en el corazón se extendió por
todo su cuerpo—. No me iré.
—Iros a casa, Anna. No hay nada que podáis hacer aquí. —Sin
mirarla, Jude replicó con una voz que contenía una nota de autoridad que
ella nunca antes había escuchado en él.
La ira destelló como un rayo brillante en la mente de la condesa. Había
venido a salvarlo y él la trataba como si todo aquello fuera de alguna
manera culpa suya. El frío en su sangre se tornó de repente en un ardiente
deseo de pelear, pero no allí. Se iría. No porque él se lo hubiera ordenado,
sino porque no quería perder los estribos en ese momento. Había asuntos
más importantes que debían atenderse. En eso, al menos, Jude tenía razón.
Lo que necesitaba decirle a su marido tendría que esperar.
Anna levantó la barbilla. Sin dirigirle otra mirada a Jude y sin
despedirse, salió del despacho y cruzó el recibidor antes de salir por la
puerta principal.
Capítulo 30
Anna llamó con los nudillos a la puerta del dormitorio de su marido.
Se estremeció al oír lo intrusivo que sonaba el golpe, pero sacudió cualquier
duda momentánea. No iba a esperar más. Jude llevaba más de treinta
minutos en casa, y eso después de haberse quedado casi dos horas en la casa
de su padre. Esperar su regreso había sido exasperante, pero al menos le
había dado tiempo para calmar su enfado. Decidió ser razonable respecto a
su reacción tras su valeroso rescate y darle la oportunidad de explicar su
gélido comportamiento. Estaba bastante segura de que él no iría a buscarla
cuando volviera. Después de oírle subir a su habitación, había estado
sentada al borde de su cama todo el tiempo que pudo soportar, esperando
que él la sorprendiera y la contradijera. Sin embargo, Anna no era de las que
se quedaban de brazos cruzados una vez que había tomado una decisión. Y
esa mañana había tomado una de las decisiones más importantes de su vida.
Iba a confesarle todo a su marido y, si era necesario, rogarle que la dejara
amarle. Bueno, quizás no rogaría, pero tenía la intención de presentar un
argumento muy convincente sobre el tema, incluso quizás intentar algo de
esa seducción que Leif le había sugerido semanas atrás. Era hora de
reclamar su lugar como la esposa de su marido. Así que había tomado los
papeles que había reunido y salió de su cuarto decidida, caminando con
propósito por el pasillo hacia el dormitorio de Jude.
Aun así, frente a la lisa superficie de la puerta de madera, un pequeño
e ineludible temor se instaló en su pecho. Jude podría rechazarla. Quizás
por eso su golpe había sido más firme e insistente de lo necesario. Y
seguramente por eso sintió aquel chispazo eléctrico de aprensión que
recorrió sus nervios en tensión cuando Jude dio su permiso para que entrara.
Ignorando las voces de duda que intentaban apoderarse de su mente,
bajó la cabeza y cuadró los hombros mientras abría la puerta y cruzaba el
umbral. La determinación hizo que sus pasos fueran firmes y seguros. Y
casi llegó al centro de la habitación antes de detenerse de forma torpe y
vacilante. Su estómago estalló en un repentino torbellino de mariposas
nerviosas, y su corazón latía tan fuerte que sus costillas dolían. Anna apenas
percibió el sonido de la puerta al cerrarse detrás de ella. El resto de su
conciencia quedó completamente atrapado por la visión de Jude reclinado
en un extremo de la gran bañera, con la cabeza echada hacia atrás y los
brazos desnudos extendidos a lo largo del borde. Su cabello estaba mojado
y los mechones se rizaban desordenadamente alrededor de su rostro. Cada
centímetro de sus musculosos hombros brillaba con pequeñas gotas de agua
reflejando la luz. Tenía los ojos cerrados mientras se relajaba en el agua
caliente, pero debió notar el repentino silencio porque levantó la cabeza y
entreabrió los ojos. Su atención se centró en Anna, que estaba de pie en el
centro de la habitación. Era la primera vez desde que ella había dejado su
cama la noche anterior que sentía que él realmente la veía.
De repente, Anna sintió, de forma irracional, un agradecimiento
profundo por haberse tomado el tiempo de bañarse y lavarse el cabello.
Llevaba un sencillo vestido color crema, sin adornos, y su cabello estaba
recogido en un moño suelto en la nuca. No era la moza de cuadra, ni la
mujer de negocios, ni la elegante dama de la alta sociedad esta noche. Era
simplemente Anna. La intensidad de la mirada de Jude se hizo más
penetrante mientras la recorría de pies a cabeza. Su interés, viniendo tan
rápidamente tras esa ola de frialdad que había mostrado antes, era como un
deshielo deliberado de una piedra congelada. La tensión en su interior se
desvaneció y fue sustituida por la cálida consciencia física de lo bien que se
conocían ahora, íntimamente. Un rubor le calentó las mejillas. Sus piernas
se sintieron débiles y temió que pudieran fallarle, pero se mantuvo firme
por pura terquedad. Había venido con un propósito, y pensaba cumplirlo.
No iba a permitir que sus repentinos cambios de humor o sus propias
reacciones amorosas la distrajeran. Cuando Jude finalmente levantó los ojos
hacia su rostro, sonrió, como si fuera lo más natural del mundo que ella
estuviera allí, en medio de su dormitorio, mientras él descansaba desnudo
en la bañera.
—¿Qué traéis ahí?
No registró su pregunta de inmediato. Entonces Anna recordó los
objetos que sujetaba en su mano. Poco después, encontró su mirada, e
intentó proyectar una resolución firme e inquebrantable, pero con solo una
mirada al calor desnudo y el deseo expuesto en los ojos de él, sus pestañas
se bajaron, y su voz no salió tan fuerte como ella había planeado.
—He venido a revisar vuestras heridas —explicó ella—. Soy bastante
hábil con la aguja si es necesario.
—Sí, he sido testigo de vuestras habilidades —comentó Jude con otra
amplia sonrisa.
El sutil recordatorio de su asociación con Leif hizo que Anna se
detuviera un momento, pero no había malicia en su tono ni acusación en su
mirada.
—¿Me dejareis atenderos? —preguntó, decidiendo ignorar, por ahora,
la incongruencia de su buen humor.
—Si queréis. Aunque no creo que sea tan grave como parecía —
replicó mientras se incorporaba en la bañera, exponiendo más de su pecho
desnudo.
Anna vaciló. Había pensado que él querría salir primero. Ella se habría
dado la vuelta mientras su marido se cubría. Pero parecía que Jude
pretendía que lo curase allí mismo. Desnudo en la bañera. A continuación,
se acercó. No importaba que él estuviera desnudo. Que la visión de su torso
desnudo y sus anchos hombros ya hicieran que su estómago se
estremeciera. Que tuviera cosas importantes que discutir, cosas que
requerían toda su concentración. Podía manejarlo.
La condesa mantuvo los ojos fijos en su rostro mientras se
aproximaba, ignorando la pequeña sonrisa que se dibujaba en las comisuras
de sus labios y la sorprendente profundidad de sus ojos azules. Se colocó
con cuidado a un lado de la bañera. Pudo ver dónde la larga herida partía los
mechones húmedos de su cabello en la sien. Centrada en su tarea, se
arrodilló sobre la suave alfombra que se extendía bajo la bañera y casi logró
olvidar lo cerca que tenía el resto de su cuerpo. Colocando el cuenco con
agua a su lado en el suelo, levantó las manos hacia su cabeza y palpó con
delicadeza los bordes de la herida con las yemas de los dedos. Evitó su
mirada mientras realizaba su tarea, pero podía sentir sus ojos sobre ella todo
el tiempo y su cuerpo vibraba en una delicada reacción.
—¿Qué decisión se tomó sobre el destino de Olivia? —Quiso saber, en
parte por curiosidad y en parte para distraerse de su proximidad.
El área alrededor del corte estaba levemente hinchada y amoratada,
pero ahora que la herida estaba limpia, pudo ver que no era tan profunda
después de todo. La cantidad de sangre que había cubierto el costado de su
cabeza había sido algo engañosa.
—La enviarán al exilio. No pregunté exactamente a dónde. Pero no os
preocupéis —añadió con un leve toque de desprecio en la voz—, tendrá una
gran cantidad de sirvientes y acompañantes para mantenerla cómoda.
Era exactamente lo que Olivia había intentado evitar con tanto ahínco.
Mas era un castigo adecuado. A Anna le complacía descubrir que no sentía
nada. Ni remordimiento por el hecho de que probablemente no volvería a
ver a su hermana, ni satisfacción porque Olivia finalmente tuviera que
aceptar las consecuencias de sus acciones. Si acaso, sentía alivio de que el
asunto estuviera resuelto y concluido. Seguidamente, deslizó los dedos por
su cabello y palpó alrededor de su cráneo. Un leve gesto de dolor fue su
única reacción cuando encontró el gran chichón en la parte trasera de su
cabeza.
—Lo siento —murmuró la condesa, aunque siguió explorando la
lesión con cuidado. El traumatismo en la parte posterior de su cabeza era
probablemente la causa de su pérdida de conciencia y, con toda seguridad,
le había provocado un fuerte dolor de cabeza.
Sentándose sobre sus talones, Anna dejó caer las manos sobre su
regazo. Examinó el resto de sus heridas. El moretón en su mandíbula estaba
más oscuro, pero apenas había hinchazón bajo la piel. No había indicios de
que el hueso estuviera roto. Lo mismo ocurría con el hematoma en la cresta
de su pómulo derecho, aunque sospechaba que la coloración púrpura se
extendería hasta el ojo por la mañana.
—No es tan grave como temía —agregó.
—¿De verdad? —le contestó Jude mientras flexionaba la columna y
movía los hombros—. Porque me siento magullado y dolorido de la cabeza
a los pies. Puede que necesitéis revisar el resto de mi cuerpo en busca de
heridas. Para ser minuciosa —añadió con una sonrisa maliciosa.
El calor subió rápidamente por la piel de Anna. La idea de recorrer con
las manos cada centímetro de su cuerpo le cortó la respiración de una
manera deliciosamente anticipada. Sus miradas se encontraron y una
profunda oleada de deseo cobró vida entre sus piernas. Enseguida, apretó
con fuerza los muslos y desvió la mirada. Su tono sugerente estaba teniendo
un efecto muy específico en ella, y aún no sabía cuánto de lo que decía era
en broma o si debía tomárselo más literalmente. Le encantaría creer que él
deseaba hacerle el amor de nuevo, y rogaba a Dios que eso sucediera más
tarde. Pero en ese momento, su mirada ardiente y su sonrisa sensual
amenazaban con apartarla del sincero propósito que la había llevado a su
habitación. No solo quería a Jude en la cama. Lo quería en todas partes,
todo el tiempo. Para siempre.
—Jude —comenzó con renovada determinación mientras lo miraba a
la cara de nuevo—, tenemos que hablar.
—Lo sé, aunque no ahora —dijo mientras se levantaba de la bañera.
La mandíbula de Anna cayó en un gesto de asombro absoluto. Sus ojos
recorrieron los detalles magníficos de su cuerpo, que se exhibía ante ella
como un señor de fantasía. El agua corría en seductores riachuelos por los
músculos tonificados de su pecho y abdomen. Una línea de vello, más
oscuro que el de su cabeza, bajaba desde su ombligo hasta donde su
erección se mostraba en todo su esplendor. Al ver su evidente deseo, Anna
se levantó de un salto y sus ojos volaron a su rostro en un estado cercano al
pánico, incluso cuando el tirón doloroso entre sus muslos se intensificaba.
—¿Qué estáis haciendo? —logró decir con la voz ronca.
La única respuesta del conde fue una sonrisa maliciosa que le detuvo
el corazón y encendió un fuego líquido en su interior. Este salió de la bañera
y, antes de que pudiera retroceder, la envolvió en sus brazos, pegándola
contra su cuerpo desnudo mientras reclamaba su boca en un beso
apasionado. Apenas le tomó un segundo reconocer que esto no era una
seducción calmada. Sus brazos la aplastaban contra él. El calor de su piel y
el agua que aún goteaba de su cuerpo empaparon su vestido, humedeciendo
el algodón y pegándolo a los picos sensibles de sus pechos llenos. Su feroz
pasión la sorprendió de una manera deliciosa, dejándola sin aliento. Su boca
era insistente contra la suya, inclinando su cabeza de manera exigente
mientras su lengua se hundía con posesión en su boca. No tuvo otro
pensamiento más que rendirse a la pasión del momento. Las manos de Anna
se curvaron alrededor de su torso, y extendió los dedos sobre la superficie
musculosa de su espalda. Se movió, rozándose contra la firmeza de su
erección, que presionaba insistente contra su bajo vientre. Su movimiento
provocó un gemido de satisfacción dolida desde lo más profundo de la
garganta de Jude, y él apretó sus brazos alrededor de su cintura, casi
levantándola del suelo. De pronto, ella rompió el beso con un jadeo áspero
cuando él la llevó hacia su cama.
—Jude…
—Decidme que no queréis esto —la desafió con rudeza. Enseguida, se
detuvo y la miró. La ferocidad de su pasión apenas se contenía en sus ojos,
y ella estuvo a punto de ser consumida por el fuego del deseo en su mirada.
Sus manos recorrieron los botones en la parte trasera de su vestido,
desabrochándolos uno a uno.
—No puedo —susurró con impotencia mientras él tiraba del vestido,
deslizándolo por sus hombros. La ligera prenda cayó con un suave susurro a
sus pies. El conde bajó la cabeza y presionó besos cálidos y húmedos a lo
largo de su cuello.
—Las palabras pueden esperar. Ahora os necesito —balbuceó Jude
contra su piel. Y, por Dios, ella también lo necesitaba. A continuación, Anna
se quitó los zapatos de una patada y le sujetó la mandíbula con las manos
para guiar su boca de nuevo hacia la suya. Esta vez fue ella quien lideró el
beso, deslizando su lengua sobre sus labios firmes, colándose entre ellos
para saborear el calor intenso de su boca. Tropezaron hasta la cama,
despojándose de la ropa restante mientras avanzaban. Para cuando él se giró
y la lanzó a medias sobre el colchón, solo llevaba las medias puestas.
Entonces se detuvo, de pie entre sus rodillas separadas, mientras ella yacía
atravesada sobre la colcha azul pálido. El hambre en los ojos de Jude al
recorrer su cuerpo desnudo dejaba un rastro de piel erizada a su paso.
Luego de mirar con profunda apreciación sus pechos, estos se volvieron
pesados de deseo y sus pezones se endurecieron. Al bajar la vista hacia su
cintura estrecha y la suave hondonada de su ombligo, su estómago tembló
con anticipación. Después su atención descendió aún más, y Anna pensó
que se prendería en llamas a pesar de la vulnerable fragilidad que la
sacudía. Jude dio un paso adelante y sus manos cayeron sobre sus rodillas.
Dibujaba círculos calmantes en su tensa piel, ampliando el recorrido poco a
poco hasta que sus dedos rozaron el interior de sus muslos, casi alcanzando
la carne más sensible, pero sin llegar del todo. La visión de él, de pie entre
sus piernas, tan concentrado e inmerso en la exploración de su cuerpo y sus
respuestas, acrecentaba su necesidad. Anna echó la cabeza hacia atrás y
cerró los ojos, esperando con la respiración contenida que él extendiera los
dedos hacia donde más ansiaba su toque. Seguidamente, Jude deslizó sus
manos bajo el peso de sus muslos y suavemente los separó aún más,
abriéndola por completo ante él. Se arqueó sobre la cama, anticipando su
intrusión y plena posesión. En lugar de eso, el conde se apartó de ella. Pero
antes de que pudiera registrar la sorpresa por su repentino alejamiento o
protestar por su retirada, Jude volvió a presionar entre sus piernas y, en el
siguiente instante, una llama de delicioso fuego líquido recorrió las cálidas
pliegues de su sexo. Su jadeo de asombro y sorpresa fue reemplazado por
un gemido profundo cuando la lengua de Jude volvió una y otra vez para
torturar y calmar su carne palpitante. En el instante en que él cerró los
labios alrededor del hinchado botón escondido entre el oscuro vello,
succionándolo con suavidad, Anna casi saltó de la cama.
Jude deslizó las palmas de sus manos lentamente por su cuerpo,
acariciando su tembloroso vientre. Sus grandes dedos se cerraron sobre los
montes de sus pechos, amasando su suavidad y pellizcando delicadamente
sus picos, mientras seguía prodigando atenciones hábiles a su sexo con la
boca. El placer atravesaba su cuerpo en arcos brillantes y una vibración
invadía su sangre, extendiéndose hacia cada rincón. Enseguida, Anna bajó
la mano y enredó los dedos en sus rizos húmedos, sujetándolo sin
vergüenza alguna contra ella. En el siguiente instante, su orgasmo estalló
desde lo más profundo de su ser, en un destello de placer palpitante y
abrasador que le robó el aliento y se apoderó de todo su cuerpo. La
liberación fue tan intensa y abrumadora que apenas pudo darse cuenta de
Jude elevándose sobre ella. Sin embargo, cuando él presionó su erección en
la caverna aún temblorosa de su sexo, reaccionó ante la increíble
satisfacción de ser llenada por él con un profundo arco de su espalda,
levantando sus pechos en una invitación a la que él no pudo resistirse.
Aceptando su ofrenda, succionó la plenitud de su pecho mientras se hundía
profundamente en su cuerpo. Totalmente incrustado, poseyéndola
totalmente. Se mantuvo allí por un momento, prodigando besos
succionadores y amplias pasadas de su lengua sobre sus pechos. El cuerpo
de su esposa seguía vibrando con las secuelas de su primer orgasmo cuando
todo comenzó a acumularse de nuevo. Jude apoyó las manos a cada lado de
su cabeza, levantando su torso de ella. Anna no sintió vergüenza alguna
cuando su mirada ardiente recorrió la imagen desenfrenada de su cuerpo
desnudo bajo él, y la apreciación en sus ojos intensificó su placer. Se movió
dentro de ella, comprometiéndose con un ritmo lento y deliberado. Cada
retirada y avance de sus caderas era como la fusión de una maestría física y
una generosidad desinteresada. Anna aferró sus caderas con las manos,
anclándose a Jude. Los músculos de sus nalgas se tensaban con cada
movimiento de su cuerpo que la acercaba cada vez más al delirante clímax.
Finalmente, cuando estaba a punto de ser arrastrada por otra ola de
inmenso placer, se encontró con los ojos oscuros y azules de Jude. Miró su
expresión feroz de pasión y contención, y el sentimiento de comunión era
demasiado fuerte como para resistirse. Pronunció las palabras que habían
volado por su alma y golpeado contra su lengua durante demasiado tiempo.
—Os amo —susurró Anna entre un jadeo de placer, justo cuando las
ataduras de su autocontrol se deshicieron y el clímax la envolvió por
completo.
Jude respondió con un profundo gemido gutural y bajó su cuerpo para
cubrir el de ella. El peso de su pecho la presionó contra el colchón mientras
deslizaba sus manos bajo sus nalgas para sostenerla firmemente contra él.
Su cabeza descansó junto a la de ella, y sus labios se posaron en un beso
caliente y entreabierto en el lateral de su cuello. Sus embestidas se
volvieron rápidas e intensas mientras buscaba su propio clímax. El cuerpo
de Anna se sentía lánguido y pesado con las olas de placer que se
desvanecían, cuando el pulso rápido de la liberación de Jude resonó
profundamente en su vientre.
Capítulo 31
—Ahora vamos a hablar.
La mente de Anna estaba totalmente dispersa, sus pensamientos en
completo desorden, cuando Jude hizo esa declaración. Un gemido de
desesperación se le escapó antes de poder contenerlo. Su esposo se apartó
de su cuerpo satisfecho y ella se giró alejándose de él con desafío,
acurrucándose de lado en una postura fingida de sueño. No podía hablar
ahora. No después de todo eso.
Apenas recordaba su propio nombre, y mucho menos los temas
importantes que debían discutirse. Físicamente, nunca se había sentido tan
maravillosa en su vida. Emocionalmente, sin embargo, no podía ignorar la
punzada aguda de aprensión al recordar su pequeño desliz al hablar. No es
que quisiera retractarse de su confesión de sentimientos. Simplemente había
esperado decir esas tres palabras tan importantes de una forma un poco más
planeada, cuando se sintiera más segura de su respuesta. Jude se rio
suavemente detrás de ella.
—No os acobardéis ahora, Anna. Después de lo que vi esta tarde,
nunca lo creería.
Anna se tensó, preparándose para defenderse, aunque no podía
identificar exactamente qué la había ofendido en esa afirmación. Antes de
que pudiera tomar aire para replicar, sonó un suave golpe en la puerta.
—Pero primero —dijo Jude—, comamos. Pedí que nos trajeran la cena
después de mi baño. Un día como el de hoy abre el apetito. —Por su parte,
Anna se movió en la cama y se giró para observar cómo Jude cogía una
toalla que había dejado cerca de la bañera y la envolvía alrededor de sus
caderas. Cuando fue hacia la puerta, se aseguró de abrirla solo lo suficiente
para tomar la bandeja con la comida. Posteriormente, se incorporó y miró a
su alrededor buscando algo para ponerse. Una sonrisa discreta asomó en sus
labios al ver la ropa que Jude había llevado el día anterior, desparramada
descuidadamente sobre una silla. Tendrían que asegurarse de contratar a un
sirviente pronto. Su marido necesitaba desesperadamente un asistente
personal para evitar que su ropa acabara destrozada. Estaba adelantándose a
sí misma, lo sabía, pero no podía evitar dejarse llevar por la fantasía. Le
sorprendió lo fácil que le resultaba la idea de cuidar de sus necesidades. Un
acto tan mundano y doméstico, pero la contratación de un sirviente tenía un
aire de permanencia.
La euforia física del encuentro comenzó a desvanecerse, rápidamente
sustituida por un renovado nerviosismo que le hacía temblar por dentro. Se
deslizó fuera de la cama para recoger la camisa que Jude había dejado
tirada. El aroma de él se elevó de la prenda cuando la levantó de la silla,
haciendo que su corazón latiera desbocado. Se echó la camisa de lino
blanco sobre los hombros y metió los brazos en las mangas. El dobladillo le
caía a media pierna. No era lo ideal, pero desde luego más modesto que
quedarse completamente desnuda.
La puerta se cerró tras ella, y el olor de la cena que acababan de traer
le provocó un gruñido en el estómago. Se giró mientras terminaba de
abrocharse los últimos botones, y de repente se le secó la boca al ver a Jude
acercarse a la cama con la bandeja. Sus ojos azules eran intensos y directos,
y su mirada codiciosa se deslizó sobre ella. Su hambre, de pronto, tenía
muy poco que ver con la comida. Él sonrió con una curva diabólica en los
labios, como si supiera exactamente lo que ella estaba sintiendo, como si se
deleitara en poner a prueba su capacidad de controlar la pasión que aún
ardía a pesar de la profunda satisfacción sexual que su esposo acababa de
darle.
«Dios, ojalá siempre fuera así». Ese delicioso dolor entre las piernas,
el profundo calor del amor en el pecho.
Por supuesto, no le importaría deshacerse de la leve incomodidad que
venía con su recién descubierta intimidad física, ni de la incertidumbre
emocional que seguía latente en su mente. Si todo iba bien, esos dos
problemas se resolverían: uno con el tiempo y la familiaridad repetida, y el
otro a través de la conversación que, inevitablemente, debía tener lugar. Y
pronto.
—Espero que tengáis hambre —comentó el conde mientras se sentaba
en la cama y colocaba la bandeja delante de él. Anna le miró sorprendida.
¿Pretendía que comieran allí mismo, en medio de la cama, prácticamente
desnudos? La sonrisa de Jude indicaba que sí, mientras levantaba la tapa de
la comida. El estómago de Anna se contrajo en respuesta al delicioso aroma
que se liberó.
—Muero de hambre —murmuró con profunda apreciación, olvidando
sus reparos y avanzando para subirse de nuevo a la cama.
Presentado bellamente en una gran fuente había una trucha entera,
ahumada y sazonada a la perfección, rodeada de pequeñas patatas al ajo y
varias verduras asadas en una ligera salsa de mantequilla. Incluso había un
pequeño cuenco a un lado con un cremoso pudin que olía a castañas y
cerezas.
—¿Pedisteis todo eso solo para vos? —Su voz destilada diversión.
—No exactamente —respondió Jude mientras se recostaba de lado,
apoyándose en un codo—. Esperaba tener compañía para compartirlo.
Anna había estado intentando encontrar una posición modesta en la
que sentarse para esa extraña y, al mismo tiempo, bienvenida comida, pero
se detuvo al escuchar su respuesta.
—¿Estabais tan seguros de que vendría a vos? —preguntó con
curiosidad, sin estar del todo segura de cómo se sentía ante la idea de que él
estuviera tan convencido.
—No —contestó Jude. Su expresión, al encontrarse con la mirada
inquisitiva de ella, hizo que las mariposas volviesen a bailar en su vientre.
Había una extraña vulnerabilidad en sus ojos zafiro que Anna nunca había
visto antes—. Planeaba pediros que me acompañaseis —añadió.
—Podría haberos rechazado —opinó la condesa, pensando en cómo se
había comportado con ella durante los eventos finales en la casa de su
padre.
—Lo sé.
Anna le observó en silencio durante unos momentos mientras él
apartaba la vista de ella y se concentraba en probar la comida. No lograba
captar bien su estado de ánimo. Parecía relajado, pero expectante; a ratos
divertido, luego pensativo y distraído. El profundo gemido de satisfacción
que escapó de la garganta de Jude la sacó de sus pensamientos, y parpadeó,
fascinada, al verle cerrar los ojos al saborear el pescado.
—No sé si el cocinero ha decidido superarse por aprecio a la terrible
experiencia que hemos vivido hoy o si es simplemente que tengo tanta
hambre que este plato tan sencillo me sabe a gloria. Sea lo que sea, tienes
que probarlo —dijo Jude sin esperar siquiera a que Anna respondiera antes
de llevarse otro bocado a la boca.
Preocupada de que se lo terminara todo antes de que ella pudiera
probar algo, Anna agarró un tenedor y pinchó una patata. En cuanto la
comida tocó su lengua, comprendió lo que Jude quería decir. Los siguientes
treinta minutos transcurrieron en relativo silencio mientras ambos se
aseguraban de disfrutar de su parte de aquel festín delicioso. Apenas el plato
quedó casi vacío, con solo las espinas del pescado, Jude apartó la bandeja
hacia un lado y la dejó en el suelo junto a la cama. Después, se giró para
mirarla, ahora sin nada entre ellos.
—Anna —comenzó en un tono vacilante que captó su atención—,
tengo que haceros una confesión, y sospecho que no os va a gustar. Por eso,
antes de deciros lo que he hecho, o mejor dicho, lo que no he hecho,
necesito explicaros algo. —Estaba nervioso. Era evidente por la forma en
que desviaba la mirada mientras hablaba y por el tono bajo y titubeante de
su voz. Esa realización hizo que Anna se sintiera incómoda. Esta no era la
conversación que ella había previsto. La razón por la que había ido a su
habitación era para desnudar su alma y confesarle los secretos que había
guardado durante demasiado tiempo. ¿Qué podía poner nervioso a Jude? ¿Y
qué demonios tenía él que confesar?
—Jude, creo que os estáis confundiendo… —empezó ella, pero fue
interrumpida bruscamente.
—No, Anna. Finalmente, estoy pensando con claridad sobre todo este
lamentable embrollo.
Anna lo miró con cautela mientras él se incorporaba en la cama,
adoptando una posición más erguida. Entrecerró los ojos, sorprendida por
las líneas de preocupación que fruncían su boca y se marcaban entre sus
cejas.
—Anna, os debo una sincera disculpa.
—¿Qué? —Estaba confundida e inquieta por la expresión tan seria de
Jude—. Estoy segura de que no entiendo.
—Hoy, en la casa de vuestro padre, me llevó un tiempo desatar las
cuerdas que ataban mis manos —dijo lentamente, manteniendo su mirada
fija en la de ella—. Estuve consciente durante gran parte de la conversación
entre vos y Olivia. —La comprensión comenzó a asomar en la mente de la
condesa, y un escalofrío de aprensión recorrió su espalda.
—¿Escuchasteis lo que dijo sobre…? —Tuvo que detenerse, insegura
de cómo referirse a los eventos del pasado.
—Las circunstancias que llevaron a nuestro matrimonio —completó
Jude. Levantó las manos para pasarlas por su cabello despeinado,
frunciendo el ceño al pasar sobre las heridas que aún le dolían. Sus cejas
estaban tan bajas que sus ojos casi quedaban en sombras, y Anna jamás le
había visto el rostro tan tenso, ni siquiera en los recientes momentos en los
que le había gritado. Parecía tan angustiado que Anna sintió el impulso de
acercarse, de consolarlo de alguna manera. Pero ella no lo hizo. Enseguida,
Jude se levantó de la cama, su agitación le llevó a pasearse de un lado a otro
junto a ella.
—Fui un perfecto idiota, creyendo tan fácilmente las mentiras que
Olivia y vuestro padre me contaron. Si me hubiera detenido a considerar
todos los detalles de aquella mañana, podría haberlo sabido… —Se detuvo
y la miró—. ¿Recordáis algo de cuando os despertasteis aquel día?
Anna lo observaba con los ojos muy abiertos, insegura y cautelosa.
Podía entender su frustración. Para él, era como ser traicionado de nuevo.
Lo único que podía hacer era responderle con sinceridad.
—No mucho. Recuerdo mucho griterío, un dolor de cabeza espantoso
y la expresión de asco en vuestro rostro.
—¿Por qué no vinisteis a mí? Teníais que saber lo que se decía, de lo
que se os acusaba. ¿Por qué no declarasteis vuestra inocencia en aquellos
días anteriores a la boda? —Jude bajó la cabeza por un momento y, cuando
volvió a levantarla, sus ojos estaban oscuros y llenos de tristeza y
arrepentimiento.
—Mi padre se aseguró de que eso no fuera posible. No me dejaban
salir de mi habitación, excepto para aquellos pocos preparativos de la boda
que requerían absolutamente mi presencia. Y siempre estaba con él o con
Olivia. —Anna se giró para encarar a Jude más directamente, mientras él
permanecía inmóvil al pie de la cama—. Jude, por favor, intentad entender
cómo era todo para mí en aquel entonces. En mis dieciséis años de vida,
tuve muy pocas oportunidades de aprender a confiar en mi propia fuerza y
juicio. Me convencieron, a base de una crítica constante y manipulación, de
que nunca haría nada, tendría nada ni sería nada que no fuera conforme a
los deseos expresos de mi familia.
—¿Por qué? ¿Cómo podían justificar ese trato? —La indignación de
Jude era evidente en las palabras pronunciadas con tensión.
—Mi madre murió dándome a luz. Ambos la amaban mucho, y su
pérdida les destrozó. Mi padre centró toda su atención en Olivia,
obsesionándose con asegurarse de que siempre estuviera feliz. Para ellos,
yo me convertí en un recordatorio constante de la muerte de mi madre y en
la causa de ella. Nunca lograron superarlo. —Anna se encogió de hombros.
Era una pregunta para la que nunca había encontrado respuesta, pero intentó
explicarse para que él pudiera entender mejor.
—Eso no es natural, Anna —comentó Jude suavemente—. ¿Sabéis
eso, verdad? Entendéis que no sois responsable de la muerte de vuestra
madre. —La preocupación abierta y generosa en el rostro de Jude hizo que
Anna se sintiera incómoda. No estaba acostumbrada a recibir compasión.
—Sí, intelectualmente lo sé. Pero durante mucho tiempo, no creía que
jamás me libraría del fantasma de mi madre. Cuando supe que iba a
casarme con vos, una parte de mí se sintió increíblemente ilusionada. Era
mi oportunidad para escapar de una casa en la que nunca tuve un lugar. No
tenía ni idea de que os resistíais tanto al matrimonio hasta que vuestra
madre me lo dijo después de que os marcharais. —Anna se incorporó
parcialmente sobre sus rodillas, extendiendo las manos en señal de súplica
—. Os juro, Jude, que, si hubiera sabido todo eso, habría intentado hacer
algo. Y tenía toda la intención de explicároslo una vez estuviera lejos de la
casa de mi padre, una vez estuviéramos casados.
—Pero nunca os di la oportunidad —añadió Jude, mientras una sombra
de enfado se asentaba en sus facciones—. Debisteis odiarme por mi trato
insensible. Erais solo una niña, y os dejé enfrentaros a mi familia y a un
futuro desconocido completamente sola.
—Creo que quería odiaros —admitió Anna, armándose de valor
mientras mantenía la mirada fija en él. Tenía que contarle todo, por difícil
que fuera—. Pasé muchos años aferrándome al dolor y a la rabia. Dejé que
mi orgullo tiñera todo lo que oía sobre vos. Pero la verdad es que mi vida
mejoró tras nuestro matrimonio. De algún modo, se me dio una oportunidad
valiosa para descubrir de lo que era capaz.
—¿Sabía mi padre que no teníais la culpa de haber sido
comprometida?
—Unos días después de la boda me preguntó qué había sucedido, y le
conté la verdad, o al menos lo que entendía en aquel momento.
En ese momento, Jude se acercó a ella. Cuando estuvo frente a ella,
alzó la mano y rozó el dorso de sus dedos por el costado de su rostro. Anna
permaneció inmóvil mientras él trazaba sus facciones. Las delicadas
sensaciones de su tacto hicieron que se le erizara la piel. Los ojos de Jude
estaban llenos de arrepentimiento y sombras autoimpuestas, pero apenas
ella lo miró, el chispazo de conexión entre ellos fue brillante e inmediato.
—He llegado a comprender por qué os fuisteis, Jude, y, sinceramente,
no puedo culparos por haber reaccionado como lo hicisteis. —Anna se
humedeció los labios y tomó aire profundamente.
—Nunca me he arrepentido tanto de una decisión como de aquel acto
de autocomplacencia, al dejaros en Silverly ese día. Cuando pienso en todo
lo que soportasteis en vuestra corta vida solo para ser rechazada de una
manera tan cruel… me revuelve el estómago. —Jude negó con la cabeza,
con una tristeza amarga, y enmarcó su rostro suavemente entre sus manos.
La expresión seria y de autoinculpación en su rostro llegó hasta lo más
profundo de su alma, envolviendo su corazón. Aquí estaba lo que siempre
había pensado que quería de él: una comprensión genuina de cómo sus
acciones la habían herido. Esperaba que este momento se sintiera como una
vindicación de toda la humillación que había experimentado como la novia
abandonada. Mas el evidente remordimiento de Jude solo la hacía sentir
peor. Su mano cayó de nuevo a su costado cuando Anna se incorporó,
arrodillándose sobre la cama para quedar a la altura de los ojos de Jude.
Levantó las manos y las posó en sus anchos hombros, mirándole a los ojos
con determinación.
—Por favor, no lo hagáis —le instó—. Ya se ha desperdiciado
demasiado tiempo y atención en el pasado. No hay forma de volver atrás.
Creedme —dijo con una leve sonrisa—. Llegué a esa conclusión de la
manera más difícil. Solo desearía haberos dicho la verdad semanas atrás.
—Sí, deberíais haberlo hecho. —Jude asintió mientras colocaba sus
manos alrededor de su cintura—. Pero no confiasteis en que yo os
protegería, y puedo aceptar eso. —Su sonrisa entonces fue lenta, confiada y
con un toque de picardía que inmediatamente puso en alerta todos los
nervios sensibles de Anna—. Hay algo más que deberías haberme dicho
hace semanas.
Ella, de manera instintiva, intentó retroceder, pero Jude tensó sus
manos alrededor de su cintura, manteniéndola en su sitio. Anna se encontró
con su mirada, divertida y suave. Iba a hacer que lo dijera de nuevo. Casi
gimió. No había forma de escapar de esto. No es que no quisiera decirlo. Lo
quería. Pero no era fácil hacerlo cuando tenía tiempo para pensarlo. Ese
sentimiento había sido guardado celosamente durante tantos años. Decirlo
así, abiertamente, con total libertad, mirándole directamente a la cara…
Su reticencia, llena de desánimo, debía haber sido evidente porque,
tras un momento, Jude soltó una suave risa. Deslizó las manos hacia su
espalda y la atrajo hacia su cuerpo, hasta que su vientre quedó pegado al
suyo y sus pechos se presionaron contra su pecho. Anna levantó los brazos
para rodear su cuello, mientras una cálida alegría se extendía por sus
extremidades. La sonrisa de Jude era tranquila y confiada mientras la
miraba a los ojos.
—Supongo que debería haber esperado que esto os resultase difícil —
susurró—. Quizás pueda hacerlo más fácil y ser yo quien lo diga primero.
Os amo, Anna.
—Eso no es posible —balbuceó sin pensar. Su corazón se detuvo de
golpe, tan sorprendido que dejó su boca entreabierta. ¿Seguramente no lo
había oído bien? Sus ojos recorrieron rápidamente los detalles del rostro de
Jude, buscando algún signo de falsedad, pero no encontró ninguno.
Jude rio de nuevo y sus brazos se apretaron tanto a su alrededor que
Anna apenas podía respirar. Temía que fuese a desmayarse. O tal vez era la
abrumadora emoción lo que le hacía sentir que la cabeza le daba vueltas.
—Os aseguro que es muy posible y muy cierto —suspiró el conde—.
No me había permitido preocuparme por nadie en mucho tiempo. Pero
cuando Olivia estaba en vuestro despacho y me apuntó con la pistola, lo
único en lo que podía pensar era en lo que debía hacer para manteneros a
salvo —su voz se tornó grave—, y cuando recuperé la consciencia y os vi
enfrentándoos a esa misma arma… —Su mirada, cargada de emoción
cruda, le resultó casi dolorosa. Le transmitía lo que las palabras suaves no
podían, porque le mostraba el mismo miedo que ella había sentido cuando
vio a Olivia apuntar a Jude mientras luchaba con el cochero. Todas las
dudas desaparecieron de su corazón en ese instante. Increíblemente, él la
amaba. Se sintió mareada y ligera, y se preguntó cómo no estaba flotando
ya con la alegría desbordante que la invadía.
—Os juro que quise estrangularos por poneros en peligro de esa
manera —admitió Jude. A pesar de la noble seriedad con la que la miraba,
que calentaba su corazón, Anna no pudo contener su felicidad salvaje, y le
sonrió con placer desenfrenado.
—¿Es por eso que no me mirabais a los ojos después? ¿Por eso os
alejasteis de mí de manera tan brusca? ¿Porque estabais enfadado por haber
temido por mí?
—Nunca he estado tan aterrorizado en mi vida. Prometedme que nunca
más os lanzareis contra una persona que esté empuñando un arma.
—No puedo prometer eso —rebatió ella con sincera convicción—. Lo
haría de nuevo sin pensarlo si eso significara evitar que una bala fuera hacia
vos.
—Mujer terca, valiente, imposible. —Un gruñido resonó en el pecho
de Jude, justo antes de bajar su boca hacia la de ella. Enseguida, los suaves
contornos de sus labios se deslizaron sobre los de Anna con delicadeza, casi
con reverencia. El beso era dulce en su sencillez, pero aun así logró que la
piel de Anna se calentara y despertara en su cuerpo un dolor ya familiar. Sus
manos recorrieron la piel tersa y musculosa de su espalda, mientras su
lengua se asomaba para tentar la unión de sus labios. De pronto, Jude se
apartó entonces con un suave gemido de lamento, aclarando la garganta.
—Esperad un momento. Hay algo más —explicó, liberándola mientras
se daba la vuelta y se alejaba de la cama.
Anna admiró la fuerza masculina de su cuerpo mientras él se alejaba.
Había algo maravillosamente hedonista en la imagen de un hombre de tan
buena forma, vestido solo con la fina franja de una toalla blanca baja en sus
caderas. Sentada sobre sus talones, Anna frunció el ceño, confusa, cuando
Jude se acercó a la pila de ropa que había dejado sobre la silla. ¿Se estaba
vistiendo? Ella esperaba que las cosas fueran en la dirección contraria.
Trató de ser paciente mientras él revolvía en su chaqueta durante unos
minutos antes de volverse hacia ella, con las manos detrás de la espalda.
—Recordáis que antes os dije que tenía una confesión que hacer.
Anna asintió. Sí, lo había mencionado, pero no podía imaginar de qué
podría tratarse. Su mirada ansiosa le siguió mientras él se acercaba a la
cama. La condesa se inclinó hacia un lado, intentando ver lo que él ocultaba
detrás de su espalda. Cuando Jude se giró para mantenerlo fuera de su vista,
ella echó la cabeza hacia atrás y le lanzó su mirada más severa. A Anna no
le gustaban las sorpresas. Odiaba la anticipación de saber que algo iba a
ocurrir sin tener idea de qué se trataba o si le iba a gustar. Prefería tener
toda la información por adelantado.
—¿De qué va esto? —presionó Anna.
El conde sonrió ante su impaciencia, pero su mirada firme dejaba claro
que no se dejaría apresurar. Se sentó junto a ella en la cama y extendió una
mano para sujetarle el rostro entre las suyas. Sin decir una palabra, la acercó
y la besó. Esta vez fue un juego de lenguas y dientes. Anna enredó los
dedos en los rizos rubios de la nuca de Jude, manteniéndolo cerca. No pasó
mucho tiempo antes de que quedara sin aliento, con la necesidad de
acercarse más a él, de tener más de él. Justo cuando iba a moverse para
hacer que sus cuerpos entraran en contacto de manera más plena, él decidió
alejarse. Sus manos cayeron sobre los hombros de Anna, y la mantuvo
apartada para poder mirarla a los ojos.
—Quiero que seáis mi esposa. —Anna parpadeó—. No quiero una
anulación, ni un divorcio, ni ningún tipo de separación —continuó—. Aquel
día, cuando aceptasteis poner fin a nuestro matrimonio, sé que esperabais
que tomara las medidas necesarias para hacerlo. —Tragó saliva antes de
continuar—. Pero no lo hice.
—¿Esa es vuestra confesión? —preguntó Anna, mordiéndose el labio
para contener la risa que amenazaba con salir. Veía lo importante que era
para él ser honesto con respecto a esa pequeña mentira.
—Sí. Cuando llegó el momento, no estaba preparado para terminar lo
nuestro como estaba. Y ahora —masculló, con la mirada oscurecida
mientras tensaba el cuerpo—, quiero que seáis mi esposa. En todos los
sentidos.
—Jude, os amo más de lo que jamás pensé que sería posible. Estaría
encantada de ser verdaderamente vuestra esposa. —Anna sonrió, y toda su
ansiedad además de su torpeza se desvanecieron ante la esperanza evidente
y contenida en sus ojos.
Jude soltó un suspiro contenido y le devolvió la sonrisa mientras la
acomodaba de lado sobre su regazo.
—Entonces solo queda una última cosa —dijo el conde mientras
sacaba de detrás de su espalda una pequeña caja de madera. Seguidamente,
abrió la tapa para revelar las impresionantes joyas de los Blackbourne. El
collar y los pendientes a juego eran tradicionalmente el primer legado
familiar que se entregaba a una nueva esposa el día de su boda. El collar
estaba compuesto por tres grandes zafiros de un azul oscuro casi negro,
rodeados por un delicado despliegue de brillantes diamantes, engarzados en
el centro de una doble hilera de perlas preciosas. Los pendientes, con un
zafiro de la misma profundidad de color, seguían un patrón similar,
adornados también con más diamantes y perlas. Anna contuvo el aliento.
Solo había visto esas joyas una vez antes. Helena se las había mostrado una
noche, antes de una cena importante, cuando Anna llevaba más de dos años
viviendo en Silverly. Helena había dejado la caja abierta frente a ella en el
tocador, mascullando algo sobre lo vergonzoso que era ser una mujer adulta
sin joyas. Recordaba cómo había mirado los impresionantes zafiros y, en
lugar de apreciar su belleza y significado, solo había visto cómo el azul de
las gemas se asemejaba al color de los ojos de Jude quien, en un acto de
silenciosa y obstinada dignidad, había apartado la caja sin decir nada.
—¿Me permitís? —pidió Jude ahora, mientras levantaba el collar del
envoltorio de terciopelo de la caja. El tono bajo de su voz la hizo
plenamente consciente de lo significativo que era ese momento para ambos.
Se quedó quieta mientras él colocaba el collar alrededor de su cuello y
ajustaba el cierre detrás. Las perlas eran suaves y cálidas contra su piel, y el
peso de las joyas resonaba con la repentina calidez que recorría su cuerpo.
A continuación, Jude desabrochó los primeros botones de su camisa y
tiró de los bordes hacia atrás sobre el contorno de sus hombros para admirar
cómo el collar descansaba sobre las suaves curvas de sus pechos. Su mirada
se alzó para encontrarse con la de Anna, y esta casi suspiró cuando
delicadas punzadas de deseo recorrieron su sangre sin freno. Jude sonrió
con un toque de arrogancia masculina que, en otro momento, podría haberle
irritado, pero ahora solo le decía lo que estaba por venir. Mientras sus dedos
desabrochaban el resto de los botones de la camisa, ella se inclinó hacia
adelante para presionar sus labios contra el hombro desnudo de él.
Jude deslizó la camisa por sus brazos hasta dejarla desnuda en su
regazo. Su estómago se agitó con anticipación cuando la recostó
suavemente en la cama y se posicionó sobre ella, alineando su cuerpo con el
de Anna. Sus caderas se acomodaron cómodamente entre sus muslos
abiertos, y el calor envolvió su piel cuando la longitud caliente y sedosa de
su esposo rozó el borde de su húmeda intimidad. Sus pestañas temblaron
mientras sus sentidos se ajustaban al movimiento de su cuerpo y al ritmo
constante de su corazón latiendo contra el suyo. Jude depositó un suave
beso en su clavícula, justo por encima de la doble hilera de perlas.
—Supongo que tendremos que buscar otra manera de distraer a los
chismosos —sugirió—, ya que ya no podrán especular sobre nuestro
distanciamiento.
—Siempre podríamos desaparecer y obligarles a hablar de alguien más
—insinuó Anna y jadeó cuando Jude presionó otro beso sobre su piel, esta
vez en su esternón, justo debajo del mayor de los tres zafiros. En ese
instante, un escalofrío recorrió su piel y pequeñas oleadas de placer se
extendieron desde donde la suave punta de su erección se adentraba en su
cuerpo listo.
—Ni pensarlo —discutió mientras la totalidad de su longitud
descansaba dentro de ella y comenzaba el ritmo de retirada y avance—.
Quiero que el mundo entero conozca mi victoria.
Anna estaba perdiendo rápidamente la capacidad de hablar. El placer
provocado por las profundas y deliberadas embestidas de la carne
endurecida de Jude en su interior se intensificaba con cada maravilloso
movimiento de sus caderas. Pero no podía dejar pasar su último comentario
sin una réplica.
—Os equivocáis —susurró entre jadeos entrecortados—. No
conseguisteis vuestra anulación. Perdisteis.
El aliento de.
—He ganado —insistió Jude, cuyo cálido aliento sobre la curva del
pecho de Anna, casi la llevó al éxtasis—. Y pienso reclamar mi premio —
murmuró antes de cerrar su boca alrededor de su pezón, tirando de este
largo y fuerte, acariciando el sensible pico. Eso fue todo lo que la condesa
necesitó para perder el último atisbo de pensamiento coherente. Se rindió
gustosamente al lujoso pulso del placer desenfrenado, sin importarle ya que
él hubiera logrado tener la última palabra después de todo.