VIDA LAICAL Y VOCACIÓN
Presentación
La Salle es un Santo profético, de densa doctrina comprometido con la educación
de los pobres.
El presente trabajo es un breve Estudio que recoge un aporte de la historia y de la
Vida para profundizar la Identidad que se ha empezado a hacer realidad como
Asociación para el servicio educativo de los pobres, en la vida comunitaria de los
Hermanos y los Seglares.
Juan Pablo II el 24 de Enero de 1986 a la Congregación de Religiosos e Institutos
Seglares (CRIS) Nos dijo: “Díganle a los Hermanos que ahonden cada vez más
las raíces bautismales de su congregación religiosa”. Porque la vida religiosa
masculina no ha sido bien entendida por la Iglesia, y es el momento de
promoverla, con vocaciones de Hermano (Laico Consagrado) y vocaciones de
Asociado (Laico Comprometido) para el servicio educativo, especialmente de los
pobres inspirados en el carisma recibido por Juan Bautista de La Salle.
1° La Vocación
1. La palabra vocación. Se refiere a quien ejerce su profesión con cierto tipo de
atracción irreversible. Que implica un llamamiento interior, exigencia interior, con:
desinterés, lucha y abnegación.
La vocación en lenguaje cristiano significa “llamamiento” es decir: Dios que llama y
la libertad del hombre que responde.
El Concilio Vaticano II confirmó que la vocación a la santidad se dirige a todos los
cristianos “cualquiera que sea su estado o rango” (Cf. LG 40-41): obispos,
clérigos, religiosos y laicos, cada uno según su vocación particular (Cf. CD 15), en
otras palabras, a través de nuestra profesión u oficio, si la ejecutamos con alegría
(abnegación, lucha y desinterés) respondiendo a la llamada que es la voluntad
de Dios, estaremos en la vocación definitiva de la Santidad.
La vocación de una persona requiere de llamada que se traduce en el deseo
interior y las aptitudes para la función o el estado de vida donde el llamamiento
procedente de Dios implica una experiencia de relación personal con “Dios”, como
una exigencia trascendente.
Cabe decir la existencia posible de desfigurar la vocación en función del
llamamiento divino y contrarios a la secularización hasta evocar aquí la apariencia
de lo espiritual. Aludimos a corrientes pietistas, individualistas y hasta iluministas
que favorecen épocas de una multiplicación de postulantes (interesados) sin más
intensión que la búsqueda de status y comodidad.
La idoneidad, es la aptitud para la profesión del estado de vida ministerial al cual
Dios llama, que desde el nuevo testamento indica: Autenticidad; Conocimiento del
Evangelio y Aptitud Pastoral. Todos ingredientes para servir al Reinado de Dios y
a la Iglesia.
Vocación y perfección: Es la que lleva a alguien a ser ejemplo, a mostrarse
como imitable en el servicio.
Vocación y pertenencia: Algunos somos llamados para la vida consagrada (H),
otros para la vida comprometida (h) y los más a servir, sin declararlo públicamente
(e), pero todos estamos con funciones acordes a la llamada que Dios nos hace
para ser medios de Salvación (de nosotros y de los otros). La categorización
sencilla la podemos establecer por el compromiso, los votos de Pobreza, Castidad
y Obediencia, para los consagrado, y en los Asociados Comprometidos son las
promesas de: Subsidiariedad, Fidelidad a la familia, a la misión y toma de
decisiones en comunidad.
Vocación y misión: La unidad, elección divina y envío de Dios está en el atractivo
de un servicio que es más unificador porque no se separa la elección de la misión.
Vocación y fidelidad: La enseñanza bíblica de la fidelidad se ejerce en la
continuidad que invita sin cesar a la renovación y al compromiso responsable.
Capítulo 2
Vocación: Dios y Hombre
1. Experiencia personal
Cada “vocación” constituye una historia y una vivencia única en su dimensión más
profunda.
Es Dios y solamente Dios quien seduce los corazones.
Las vocaciones brotan de esta vivencia del encuentro con el Dios Vivo.
Las modalidades de este encuentro son numerosas.
Pero en todos los casos es una fuerza interior que “busca a Dios” por haber sido
“encontrado” primero por Él.
2. ¿Cuál Dios y cuál hombre?
a. Un Dios que llama en la historia. Un Dios que “llama” es un Dios que
interviene en la historia, se “dirige” a personas, las interpela, las invita y un hombre
que tiene conciencia de esta relación personal, que orienta y desarrolla su vida.
b. Un Dios que “habla” a un hombre abierto que “escucha”. El Dios Cristiano
habla y las personas llamadas se convierten en profetas y voceros que acogen la
“Palabra de Dios”. La vocación implica “captar” a un Dios que ha dado el primer
paso, un Dios que se “impuso”, que se adelanta y habla (Mediante: la biblia; el
pobre; la viuda; el enfermo; lo justo; lo bondadoso; la salud; etc…).
La palabra de Dios es “creadora”.
La palabra de Dios es amor sin razón, ternura que apacigua, que abre la
esperanza y da fuerza en la fragilidad. El hombre escucha y “espera de Dios”, abre
un camino porque tiene ganas de caminar, de dejarse querer, en ver su propia
historia consentida por la voluntad del Padre.
c. Un Dios que escoge a un hombre libre que consiente. Los relatos bíblicos
manifiestan la elección de personas, sin tener en cuenta sus méritos o
capacidades; de ser colmados de los dones de Dios, alejados de pecados gracias
a la misericordia del Padre, seguros de su fidelidad y fortalecidos por el vigor de
Dios en la debilidad humana.
La experiencia en la vida del pueblo de Dios es la experiencia renovada de una
elección gratuita del Señor fuente de su vida cristiana. Si el hombre “consiente” a
esta elección, responde dejándose dirigir la existencia según la opción de Dios.
Dios les da la capacidad de responder a su llamado.
La elección de Dios es personal y “única”. Pero al mismo tiempo, desde el relato
mismo de la creación del hombre y de la mujer, Dios reconcilia, junta y reúne para
un objetivo universal que es manifestación del amor de Dios que quiere que todos
los hombres se salven.
d. Un Dios que “hace alianza” con un hombre responsable. La historia bíblica
revela a un Dios que “multiplica” las alianzas con “elegidos”, al mismo tiempo que
prosigue una Alianza única de comunión entre la humanidad y Dios. Por tanto, en
su Encarnación, vida, ministerio, pasión, y en su misterio pascual de muerte y
resurrección, Jesucristo se manifiesta al mismo tiempo como la nueva alianza
realizada en su persona y como mediador de la alianza definitiva entre Dios y la
humanidad.
La vocación cristiana es un llamado a la participación responsable en la “obra de
Dios”.
La vocación general de cada bautizado se realiza en el compromiso con la
comunidad humana en el mundo, al servicio de los demás.
El itinerario de Juan Bautista De La Salle como génesis de su vocación de
fundador, está en el ardiente celo de salvar las almas instruyendo y formando con
educación cristiana, procurarles en este mundo la vida de la gracia y en el otro, la
vida eterna. (Meditación 201. 1).
3. Tensiones
a. Tensión entre llamado por Dios y experiencia de llamamiento de Dios. Dios
Padre cuya potencia creadora sigue actuando en la historia. Jesucristo vivo y
resucitado cuyo Evangelio sigue vigente como “mensaje” de liberación de los
hombres y fuerza de una buena noticia. Espíritu Santo que mueve los corazones y
renueva la faz de la Tierra, es el fundamento de la historia de las vocaciones cuyo
encuentro aunque escasos, nos muestra que la espera del paso de Dios no se
puede reducir ni programar, sino respetar, discernir y reconocer…
b. Tensión entre la interioridad espiritual y la disponibilidad a la vida. El Dios
que habla, llama, escoge y hace alianza llega hasta el corazón de cada persona.
Estar atento a su paso supone una capacidad de interioridad espiritual: de
presencia y de conciencia del significado de la vida y de la capacidad de
aceptación fundamental.
El hombre llamado se convierte en asociado y responsable de la alianza de Dios
con la humanidad y de la alianza de los hombres entre sí.
c. Tensión entre la libertad de la persona y la apertura a lo trascendente. La
respuesta del hombre llamado debe ser aceptada en total libertad. La de la
aceptación del hombre de su “dependencia” fundamental, de su condición de
criatura, de su ser “en relación” con alguien que le precede. En una palabra, de su
apertura al “Trascendente” con la acogida y “reconocimiento” dice la última palabra
de su liberación que lo perfecciona y lo realiza…
Capítulo 3°
Vocación: porvenir del hombre y fidelidad de Dios
La vocación no es algo que se posee y que hay que guardar cuidadosamente. Es
una historia, un devenir y una aventura. Se entrega el talento para que fructifique.
Se trata claramente de un llamamiento de Dios para ponerse en marcha y el
camino escogido es, desde el principio, diferente de otras vías potenciales. El
llamamiento induce a responder uniéndose a otras personas.
1. Las pruebas de las “mediaciones humanas” de una fidelidad abierta al
llamamiento de Dios. La convicción espiritual que nos anima es precisamente
que la vida cotidiana es el lugar del “crecimiento”, de la “prueba” y del “llamado” a
la vida según el Espíritu Santo y a la fidelidad a la vocación.
1. a. “Los que me diste, guárdalos en tu Nombre”. Dios llama para enviar a los
servicios “ministeriales”, implican relaciones interpersonales y esfuerzos
mancomunados en la puesta en marcha de la fraternidad, de la confrontación de
conflictos y de la reconciliación, así se avanza concretamente en el camino de la
fidelidad, a la vocación y al compromiso.
Hay que vivir concretamente la misión para descubrir la realidad de aquellos a
quienes somos enviados.
Esta proximidad a aquellos a quienes somos enviados se genera en la amistad
que traba la relación fraterna, que ofrece resistencia a los egoísmos y patrocina la
entrega de sí, la solidaridad y la justicia.
Aquellos a quienes somos enviados reciben tan bien a sus ministros que tienden
acapararlos, no sólo en cuanto a sus actividades y ocupaciones sino también
tentándolos a reducir su horizonte y que, en definitiva puedan, perder de vista la
referencia vital y fundamental del que los envía y de su misión.
1. b. “Oré por ti para que no desfallezca tu fe. Cuando te conviertas, afianza
a tus Hermanos”. En los comienzos de un itinerario se van a encontrar muchas
vicisitudes y crisis, que para preservar la fidelidad en el camino se requiere:
“compartir” en reuniones de diversa índole convivencias organizadas en
comunidad. En dichas convivencias se tendrán las oraciones de estilos diferentes,
para la revisión del proyecto común o personal de vida, compartiendo el Evangelio
y evaluando la misión…
1. c. “La renovación permanente”. San Pablo VI en mayo de 1966 recomienda
que: El proceso de renovación no se debe considerar como período transitorio de
tanteos y búsquedas, sino como una característica de la misma “vida religiosa”
cuya naturaleza consiste en estar en “renovación permanente de la Asociación”.
2. Yo sé en quién puse mi esperanza. En definitiva, a través de las mediaciones,
se realiza la vocación particular del llamado de Dios a la alianza, la respuesta para
seguir a Cristo resucitado participando a su impulso filial, fraterno y misionero,
según la libertad que regala el Espíritu. El compromiso definitivo es entrega
“incondicional” de sí, a partir de una experiencia vivida y discernida con un
arranque radical de ofrenda de sí, que se anticipa, en cierta forma al “sí” postrero
del abandono al Padre: “Entre tus manos entrego mi espíritu”. Es este impulso de
la “confianza” que suscita, sostiene y trasciende al mismo tiempo las
indispensables “mediaciones humanas” de la vocación y de la fidelidad.
El Compromiso En La Misión
El compromiso del Educador: Una manifestación de la presencia de la
Iglesia en el mundo.
El Asociado es un profesional o colaborador profundamente ligado a la vida y a la
sociedad de los hombres, que se propone educar a los jóvenes introduciéndolos
en la sociedad humana, ayudándoles a desarrollar en ellos “al hombre” según la
verdad de su naturaleza, a tomar conciencia del mundo al que pertenecen y que
tienen que integrar, preparándoles a ser calificados para el trabajo de la
construcción de la sociedad en todos los niveles; o sea, porque el ejercicio de esa
labor exige la fe en el hombre, el amor a la ciudad terrestre y la competencia, es
decir, la comprensión personal diaria del mundo de los hombres, sostenida por el
interés rejuvenecido en la vida terrenal, que a la postre rendirá sus frutos como el
banquete que representa el Reinado de Dios. El ejercicio acarrea exigencias de
rigor, respeto de lo profano, de competencia, en fin, unas cualidades
“profesionales” cuya importancia se podía percibir en su aspecto “caritativo” ya
que desde el inicio los fundadores habían sido muy conscientes de las exigencias
concretas del servicio humano de los “pobres”. Lo que nos parece digno de ser
subrayado aquí es que tomar en serio la “profesión profana” inserta
verdaderamente al Religioso y al Asociado en el tejido del Cristianismo.
En fin, este “hombre de Iglesia”, que es el Hermano educador y el Asociado, está
de veras comprometido en el mundo. Tendrá que tomar la tierra en serio,
obedecer en su profesión a las leyes y exigencias de lo profano. Estamos frente a
una forma de presencia de la Iglesia en el mundo que implica una cercanía real y
una solidaridad vivida con los beneficiarios de la misión, prestando eficaz atención
a las necesidades de la sociedad por el conocimiento desde el interior de las
realidades humanas.
Para una Síntesis de la Vida como Asociado y la acción diaria como
profesional de la educación.
Como educadores no podemos consentir en sacrificar las tareas profanas,
debemos fomentar y respetar los valores humanos, en una palabra, creer en la
tierra. Como religiosos, no tenemos derecho a sacrificar el Evangelio ni a sacar la
cruz de Cristo de nuestras vidas y enseñanzas. En fin, no se puede vivir largo
tiempo con el corazón dividido. ¿Estaríamos en un atolladero? Pío XII, nos indica
“Los objetivos de orden intelectual (meta clara de la enseñanza) reciben de la
orientación espiritual un sentido más consistente, una seguridad y una fuerza
acrecentadas”.
Tomando así el rumbo ya trazado proseguiremos esta reflexión sobre nuestra
existencia de educadores tratando de verificar que nuestra vida de laico Asociado
sea auténtica y promueva y salve nuestro compromiso en las labores escolares.
Los riesgos persistirán y no hay que esperar a que desaparezcan. La síntesis la
trataremos de esbozar con unas líneas directrices racionales y de creencias. Es en
el día tras día que se generan laboriosamente las soluciones que deben buscarse
con mucho ánimo y paciencia, generosamente y con realismo, sin dimisiones y sin
irritación contra sí mismo, contra los demás o contra las instituciones.
De esta síntesis entre la vida de Asociado y la profesional se podría decir que “la
verdad, se aprende, no teóricamente sino prácticamente con toda nuestra persona
en su puesto de servicio”.
Partiendo de la escucha de la Palabra de Dios y luego Asociado total al Señor,
trataremos de ver cómo la misma lógica interna nos compromete a entregarnos a
fondo a nuestra labor de educadores y cómo esta labor cobra sentido y se salva
mediante nuestra autenticidad.
1) Ponerse a la escucha de la Palabra y tomar en serio al mundo.
¿El diálogo con el Dios vivo, la vida de silencio y de retiro puede promover y salvar
el compromiso profesional del Hermano y Asociado educador?
A) La vida es la escucha de la Palabra de Dios.
Es la palabra eficaz de Dios lo que encontramos al inicio de toda vida auténtica así
como al principio de toda vida cristiana personal y en el fundamento de la historia
de la salvación.
Y si el hombre da respuesta al Dios vivo cuya palabra toca su corazón es porque
quiere proseguir el diálogo ya iniciado.
El Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas-La Salle, tiene como
objetivo fundamental el de favorecer en sus miembros el diálogo personal con el
Dios Vivo. La institución entera está al servicio de esta finalidad, la regla
fundamental es la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura. Todos los fundadores lo
afirman remitiendo a sus discípulos al Evangelio, primera y principal regla. La
práctica de la vida en común y los intercambios fraternos expresan y sostienen la
presencia activa mediante la reflexión comunitaria sobre la existencia concreta, a
la luz del mensaje evangélico. Las exigencias del silencio comunitario, las
prescripciones que tienden a crear cierta soledad, el desapego y la separación
facilitan incontestablemente el esfuerzo siempre necesario para ponerse de nuevo
la escucha de la palabra cuando estamos tentados de escaparnos de lo esencial
por el divertimiento.
La institución prevé tiempos para ponernos a la escucha de Dios. Tiempos de
oración, tiempos de rumiación de la Palabra de Dios; de oración mental, de
presencia del Dios Vivo, alabando y suplicando como pobres y pecadores para
que nos recree interiormente.
B) Diálogo con Dios y compromiso en la acción.
Dios llama con su palabra y persigue la realización de un solo designio con
perspectivas universales: juntar a toda la humanidad y a todo el Universo en torno
a su Hijo. Es por esta razón que es la misma Palabra divina la que llama, separa,
aísla y que envía a los hombres. Ninguna vocación es completamente inteligible si
hace abstracción de la misión concreta a la que Dios destina la persona llamada.
Por todas las mediaciones humanas que conocemos, es la Palabra de Dios la que
nos confía nuestras labores escolares. Mientras más auténtico y fervoroso sea
nuestro encuentro matinal con el Señor cada mañana más ardientemente seremos
enviados a las tareas que nos asignan para el cumplimiento de su designio.
Perdiéndonos de esta manera en el don total de nosotros mismos a la misión nos
salvaremos del egoísmo, el mal radical que se opone a nuestro desarrollo.
La fidelidad a la voluntad del Señor no se puede pensar de manera meramente
exterior y jurídica. Lo que sostiene nuestra fidelidad activa en el trabajo de la
enseñanza profana no es solamente la obediencia a una voluntad soberana sino
también la comprensión de un designio amoroso, una conciencia más fuerte de
que todas las realidades humanas tienen sentido en relación con ese designio.
¿No fue esa la intuición que tuvo San Juan Bautista De La Salle cuando definió el
espíritu de su instituto como un espíritu de fe, espíritu que compromete a no
considerar nada sino con los ojos de la fe, a no hacer nada sino en vistas del
designio de Dios, espíritu que tiene su alimento en la Escritura, espíritu que se
expresa y cobra consistencia en el celo por la formación cristiana de los jóvenes?
Frecuentando la Palabra de Dios aprendemos el valor de esta tierra y sus labores,
el sentido positivo del trabajo humano, de investigación del cosmos y de la tierra.
La espiritualidad bíblica no tiene nada de espiritualismo desencarnado. La
familiaridad con la Escritura ayuda al educando a ser realista, lo acostumbra a
comprender las cosas según su espesor, a respetar su propia consistencia, lo
invita a menudo a estar más atento a la vida, al respeto de lo profano, a conocer
las resonancias humanas de la Palabra de Dios, a ayudar a la vida espiritual, a ser
más realista, a dar.
La Palabra de Dios salva también nuestro trabajo al revelarnos cada día que el
último sentido del universo y del trabajo del hombre no está ni en las cosas, ni en
la actividad sino en su referencia a Dios.
Es con el aprendizaje del silencio que empieza la vida litúrgica ¿No habría qué
decir lo mismo acerca de la vida intelectual auténtica, acerca de la verdadera
pedagogía y de la capacidad de abrir las mentes de los demás? Todo esto se
inicia con el aprendizaje del silencio que realmente nunca se acaba.
C) Las condiciones de animación.
Conocemos muy bien las condiciones que nos permitirán la animación de nuestras
tareas profanas con la Palabra de Dios.
La enseñanza cristiana de las disciplinas profanas no es posible sino en la medida
en que una catequesis ocupe una posición central y que anime una enseñanza
profana respetuosa de sí en su propio campo. Para que se anime su compromiso
profano éste debe desplegarse según sus propias exigencias mientras que su vida
se anima y se nutre con una fe sólida y con la Palabra auténtica de Dios.
2) Consagración al Señor y valorización de tareas terrestres.
El significado positivo otorgado por la vida al ejercicio de la profesión del educador
se nos presenta en otra línea de reflexión: nuestra “consagración” a Dios, lejos de
contrarrestar el cumplimiento de nuestras tareas terrestres nos induce a
valorizarlas.
A) La vida del Asociado es el Compromiso con el Señor.
El Asociado se compromete al Señor y le hace la ofrenda de sí mismo.
B) Compromiso con el Señor y valorización de las tareas terrestres.
B. 1. Es el don amoroso a Cristo y el esfuerzo de fidelidad profunda a nuestra
vocación que no seremos para los demás seres incompletos sino hombres
plenamente libres.
B. 2. El Evangelio nos invita a usar los talentos para devolver más al maestro que
los entregó, de trabajar activamente esperando su regreso como el buen servidor.
B. 3. Al finalizar estas reflexiones pensamos que todo esto se sostiene desde
arriba.
La esperanza es una virtud que se apoya no en el éxito del hombre sino en la
certeza de la victoria de Cristo. El objetivo de esta esperanza es la vida eterna. Y,
por consiguiente, puesto que nuestra fe nos dice que el Cristo glorioso ya está
trabajando en el corazón de nuestro mundo terrestre y que el Espíritu ya se nos ha
dado, nuestra esperanza nos permite creer, que todo ira mejor, al ver cómo van
las cosas. La esperanza es la virtud del tiempo porque se apoya en lo eterno.
Nuestra vida se basa en la esperanza. Nos ponemos en camino porque la
perfección está siempre más allá.