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CRÓNICA DE MEDIO SIGLO

Barrandéguy, Emma. Crónica de medio siglo / Emma Barrandéguy. - 1a. ed.


Ciudad Autónoma de Buenos Aires: La Parte Maldita, 2022.
176 p.; 20 x 14 cm. ISBN 978-987-3897-47-4
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título. CDD A863.

Diseño: Ana C. Zelada & Rompo


©2022, Ediciones La parte maldita.
Bolivia 269, 4º “A”, CP 1406. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
edlapartemaldita@[Link]
Queda hecho el depósito que indica la Ley 11.723
1° edición, abril 2022.

Licenciado bajo Creative Commons


Atribución - No comercial - Compartir obras derivadas igual
EM M A BA R R A N DÉGU Y

CRÓNICA DE MEDIO SIGLO


ÍNDICE

Primera Parte

Heriberto tiene doce años / 11


Heriberto tiene quince años y habla de los asuntos
de su abuelo Pedro / 15
Documentos que Heriberto halló en
el armario de su abuelo / 21
Charla de Doña María Ollaborda u Oilhaborda,
abuela de Heriberto, con Orbegozo / 29
Heriberto habla con varios contertulios en el almacén
de ramos generales que fue de su padre / 31
Heriberto tiene diecinueve años / 35
Hace la conscripción en artillería / 41
Las huelgas y Heriberto / 47
El que viene narrando se enferma / 49
Un encargo del abuelo Maneiro / 51
El que viene narrando regresa / 53
Hay que sentar cabeza / 57
Aquí está la señorita Solimano, que va a
ser la esposa de Heriberto / 61
Heriberto visita a su madre, Doña Lola / 65
Irma, hija de Heriberto, relata algo
que ella no presenció / 69
Escapada de Jorge, hermano menor de Heriberto / 77
Donde se cuenta cómo Heriberto
encuentra a su hermano Jorge / 79
Aquí está el río, como lo ve Irma / 81
El triunfo Radical / 85
Heriberto habla con su hermano y un amigo en
el almacén de ramos generales que fue de su padre / 89
Heriberto tiene treinta y siete años / 95
¿Qué pasaba en 1919? / 99
Heriberto y su sobrino político / 103
Nos vamos al pueblo: relato de Irma / 105
Los primeros vuelos: sigue Irma / 111

Segunda parte

Irma sigue creciendo / 117


El dulce de leche / 121
El retrato de Berta Singerman / 127
¿Qué pasa en 1930? / 129
La recepción / 133
Heriberto y los alzamientos / 137
Irma deja de ser hija de María / 141
El entierro de Yrigoyen / 147
Conversación con Don Juan Amaral / 151
Heriberto tiene sesenta años / 157
Pomar aparece y desaparece / 161
Muere Doña Lola / 163
“La acumulación de inmigrantes en la Mesopotamia coin-
cide con el paso de una rudimentaria economía pastoril a
una economía agropecuaria. Y mientras aparecen en el cam-
po algunos elementos del capitalismo rural, asoman entre
los estertores de la crisis cíclica los primeros atisbos de una
industria liviana. La resultante humana de esta transforma-
ción es el surgimiento de las llamadas clases medias, consti-
tuidas principalmente por los inmigrantes enriquecidos en
la faena agrícola y por los inmigrantes dedicados al comer-
cio pequeño y mediano de los centros urbanos. Dichas clases
medias, despreciadas hasta entonces en los planes electorales,
comienzan a adquirir jerarquía desde la promulgación de la
ley Sáenz Peña. El partido radical vendrá a recoger el caudal
desbordante de sus apetencias; la reforma universitaria vendrá
a exteriorizar su conciencia dramática de la crisis. A partir de
entonces los apellidos de los inmigrantes se entremezclaron
con los apellidos tradicionales, y el viejo parlamento patricio
no tardó en ser conmovido por la savia popular que le in-
yectaban los representantes radicales y socialistas. Las clases
medias —cuyos hijos hacían la revolución universitaria— pa-
recía como que realmente fueran a transformar el país cuando
el radicalismo ascendió al poder en 1916. Bien pronto echose
de ver, sin embargo, que lo que pudo ser una revolución desde
arriba no pasaba de una limpieza burocrática”.

Héctor P. Agosti. Cuaderno de Bitácora. Págs. 90-91.


PR I M E R A PA RT E
H E R I BE RTO T I E N E DO C E A ÑO S

“Heroica Paysandú yo te saludo / hermano de la Patria en


que nací / tus triunfos y tus glorias esplendentes / se cantan
en tu Patria como aquí”. Mis hermanas cantan en el patio
la canción que le enseñan a Lolita para la fiesta del 18 de ju-
lio. Nosotros no somos “orientales” sino entrerrianos, pero
todos dicen que somos como hermanos y que más vale ser
oriental que porteño. Esto lo oigo decir siempre en la escue-
la porque mi padre es extranjero, mejor dicho es argentino,
pero se educó en Francia, lo llevaron muy chiquito y es
como si fuera extranjero, no se ocupa de otra cosa que de
su negocio y de los colonos, o por lo menos delante de mí
no hablan ni de esto ni de muchas cosas que me interesan,
como la muerte por difteria de mis hermanas. Vino una
epidemia el año pasado, decían, y ellas se murieron. Ahora
quedan tres y las que cantan son las más chicas. La mayor
de todas es Lolita, mayor que yo también y que todos los
varones, que somos siete. Vivimos en lugares separados de
la casa: las mujeres con la madre, nosotros en las piezas de
la calle, atendidos por María, que nos tiende las camas, nos
hace el café con leche, suena los mocos a los más chicos, nos
reta a mordiscones de su idioma vasco y disimula y perdo-
na las escapadas de los más grandes. “Las mujeres”, como
llamamos a mis hermanas, intervienen a veces en nuestros
juegos, aburridas de los suyos, de sus costuras. Es el mo-
mento que aprovechan para chivear y nosotros para darles
patadas, incitarlas a trepar a los árboles, echarlas al granero

11
que hay en el galpón y llevarlas en las grupas de nuestros
caballos haciéndolos corcovear. Ellas se soban sus moreto-
nes cuando vuelven a las faldas de mi madre o de las otras
mujeres grandes de la casa y no dicen nada si han quedado
colgadas de una rama o chillando en medio de la chacra
mientras nosotros huimos al galope. A la escuela también
vamos aparte varones y mujeres. Todos marchamos al pue-
blo que está a unas veinte cuadras de la chacra, en un break
grande con las cortinas echadas; ellas bajan en la escuela de
monjas que llamamos “el asilo”, nosotros en el colegio His-
pano-Argentino de don Fructuoso Vilar, hermano de don
Juan, el párroco de San Antonio. Nos desparramamos entre
pellizcones y tirones de pelo, al bajar del break. Yo soy el que
guarda más compostura, el mayor, el más responsable, el que
ayuda en el negocio de ramos generales que tiene mi padre
en la chacra. Tengo doce años, atiendo el mostrador, ensayo
mi buena letra en algún libro Diario, leo trabajosamente a
mi padre los contratos que firman los colonos para sembrar
trigo. Es la furia del trigo, todos quieren sembrar trigo, dice
mi padre. Los colonos son todos franceses o italianos. Los
franceses son casi todos comprovincianos de mi padre, que
como digo fue a la escuela en Bayona o en Urrugne, me
confundo con los nombres. Sé que es en Francia. Cuando
hablan entre ellos no los entiendo y tampoco cuando mi
padre habla con sus hermanas. Apenas pesco algunas pala-
bras. Con mi madre, “la señora Lola”, él habla en castellano,
la mira desde su altura, le sonríe. Mi madre es bajita y de
pelo muy oscuro, muy enrulado. Pocas veces pasa su mano
por mi cabeza, se ocupa de los más chicos y yo estoy celoso.

12
También Lolita, que se empaca y patea si no le hacen caso
siempre. Pero yo trato que mi madre vea que soy serio, que
quiero ayudar. Quiero que piense que soy el mayor y el más
cumplidor de todos los varones. No quiero darle trabajo,
pero quisiera también que ella me tuviera enredado entre
las faldas como a Juan y Mecha, que son los más chicos. Me
doy cuenta ahora que mi madre espera otro porque se está
quieta en un sillón como siempre que esto sucede y mira
sin ver todo el movimiento de la gran casa que gira a su
alrededor. A veces se levanta y recorre el patio mirando las
plantas como si quisiera desentenderse de todo lo que es rui-
do, trabajos, comidas, patios, camas por tender y visitas, vi-
sitas interminables, visitas de comadres, paisanos, parientes,
chasques de las colonias, vecinos y pedigüeños. Ambula por
el patio y saca las hojas y f lores secas del jazmín que trajo del
Rosario, como si eso fuera lo más importante que hay que
hacer en el mundo, en lugar de acabar de una vez por todas
con los cantos, las rondas y los cascoteos de mis hermanos y
mandarlos a jugar al fondo como tantas otras veces.

13
H E R I BE RTO T I E N E QU I NC E A ÑO S
Y H A BL A DE L O S A SU N TO S
DE S U A BU E L O PE DRO

A mediados de marzo es mi cumpleaños. Casi nunca tengo


regalos, a menos que alguna de mis hermanas me vainille
un pañuelo ante la insistencia de mi madre. Son haraganas,
peleadoras y envidiosas. Tienen celos de lo que hacemos los
varones y siempre nos espían y nos hacen preguntas. Esta
vez las he visto cuchicheando; algo preparan para el cum-
pleaños. Y yo estoy contento porque tengo varias promesas.
Mi abuelo Pedro me ha dicho: “Cuando muera puedes tener
mi ropero”. Es un regalo a largo plazo, pero ¿quién sabe? Se
trata de un gran ropero pintado de colorado oscuro, con tres
estantes y un cajón inferior donde el viejo guarda algunos
cartapacios y el revólver. Arriba tiene su ropa. El abuelo
habla poco y rezonga mucho. Lo ayudo a vestirse, lo saco al
patio para que se siente en un sillón a tomar sol. Las piernas
no le sirven casi y se apoya con fuerza en mi brazo. Me due-
le, pero me siento grande a su lado, pese a mis pantalones
cortos y a mis piernas poco musculosas y blancas. Se queja
de sus hijas a las que no ve porque una se ha vuelto a Fran-
cia con su marido y la otra está en Rosario, pero el abuelo
confunde las fechas, dice que mi padre es demasiado duro
con nosotros; se olvida que él lo ha sido con sus hijos y su
mujer, según dicen.
Conozco una historia del viejo de la que nunca he oído
hablar en casa. La sé porque he revuelto los cartapacios del

15
cajón del ropero varias veces y ahí están los papeles entre
muchas cartas. Aprovecho las tardes de frío en que el abuelo
se instala en el negocio. Los leo con cuidado, escapando de
los grandes. Los he leído muchas veces pero la historia siem-
pre me llena de asombro, tanto que casi no puedo creerla.
Tiene las hojas bien ordenadas por fechas y creo que el viejo
nunca ha de volver a leerlas en su vida. Ya las debe haber
olvidado. Su salud no es buena y tal vez pueda heredar el
ropero dentro de poco tiempo. Si me deja mi padre, pediré
quedarme con los papeles para que esta vergüenza que allí
se cuenta no se conozca. El abuelo Pedro estaba casado con
una vasca que me dicen que hace mucho ha muerto. Es la
abuela María Ollaborda de la que poco se habla. Nunca he
oído decir a mi padre: “Mamá era así o de este modo...”,
“Cuando mi madre vivía...”, o algo por el estilo. Y ahora sé
por qué no se la nombra. Cuando mi padre, su hermano y
mis dos tías tuvieron edad de ir a la escuela, el abuelo Pedro
propuso un viaje a Francia para que sus hijos se educaran
allá. Ya tenía este comercio que ahora maneja mi padre y no
sé ni pregunto en manos de quién quedó cuando su viaje.
Entre los papeles que el viejo conserva están los boletines de
clasificaciones de mi padre, sus premios de conducta y apli-
cación en la escuela de curas de San Juan de Luz. Mi padre
era un muchacho estudioso, como yo, y eso que estaba solo
allá. Y digo solo porque según dicen los papeles que veo
a escondidas, mi abuela, la vasca, tomó el barco de vuelta
a América en la primera oportunidad que se le presentó.
Tomó un barco sola y se volvió a América, sin decir nada
a mi abuelo y dejando a sus hijos chicos allá. Esto es lo que

16
leo y muchas cosas más. El abuelo Pedro volvió detrás de
ella y entabló demanda de divorcio ante la Curia de Paraná.
Eso es lo que dicen los escritos: “Demanda de divorcio”.
Intervinieron los curas y muchos amigos de mi abuelo y
pienso que todos ellos sabían bien lo que hacían. También
los abogados que tomaron declaraciones. María Ollaborda,
mi abuela, dice en esas declaraciones que el viejo le había
prometido llevarla a Bayona y no a San Juan de Luz, que era
un pueblo chico y sin importancia. ¿Puede ser esa una causa
para dejar los hijos? Hay algo que no entiendo. Y no puedo
rastrear nada haciendo preguntas a mi madre o a los otros
grandes, porque sería descubrirme, sería decir que he leído
los papeles. Y se desataría una furia que no me conviene
ni quiero. Conozco la ira de mi padre y su capacidad para
arrancarme de algo que deseo, obligándome a obedecerle
sin discusiones.
El asunto es que mi abuela María tuvo que vivir en pen-
sión, según le ordenó el juez, en casa de amigos de su ma-
rido y que éste viejo Pedro del ropero que va a ser mío, le
pasaba ropa y comida. Lo que el abuelo dijo en ese entonces,
es poco. Habla de escándalo sin acusarla demasiado, pero los
curas le dan la razón y el obispo de Paraná permite el divor-
cio. No hay un papel que diga cuál fue la causa verdadera,
pero yo me imagino que no fue solo un capricho de María
Ollaborda; algo más habrá sido, otro hombre tal vez. Al-
guien debe recordar este asunto a quien yo pueda pregun-
tarle, pues no han pasado tantos años y tiene que haber sido
la comidilla de todo el pueblo. Tengo que saberlo. Y no de-
cirlo a nadie. A lo mejor encuentro más papeles guardados.

17
Tampoco me animo a preguntarle a la vieja María, la criada
que nos atiende, pues ni los quince que cumplo me zafarían
de los coscorrones. La abuela se volvió a América sola, la
abuela algo tenía para volverse, me repito como una manía,
porque aunque a todos los vascos les gusta esta tierra, tienen
los ojos puestos en la otra y un maldito orgullo de sus co-
sas, así que regresar a la aldea es un signo de importancia,
de plata, de triunfo, al que María Ollaborda no hizo caso.
Y prefirió este Gualeguay de calles de barro y lagunones
machos. ¿Por qué sería? La historia me parece que no ter-
mina aquí y algo debe haber que no se dice. Siempre pasa
lo mismo con los papeles, hay que saber leer entre líneas,
pero cuando intervienen los curas y los abogados las cosas se
complican, según oigo decir, y uno pierde el hilo.
¿Habrá sido malo el abuelo Pedro? Pienso que sí. Ahora
no parece, es un viejo gordo y bajito que golpea el puño
sobre la mesa cuando la comida no viene pronto, pero eso
puede hacerlo cualquier hombre grande. Mi madre dice a
veces, sin embargo, que ‘‘Pedro chico”, como apodan a mi
abuelo, no quería que sus hijas se casaran, ni las dejaba salir a
ningún lado y que con mi padre fue exigente y desagradeci-
do, y que mucho hacemos con tenerlo en casa donde ya so-
mos tantos. Somos tantos, es cierto, que ni los cumpleaños
se toman en cuenta, las fechas se enciman unas con otras, mi
madre espera otro chico, y tengo una hermana que no tiene
un año. Tal vez por eso, porque me disgusta verla siempre
así, ella me ha prometido regalarme una camisa blanca de
cuello duro. Al fin, soy el mayor, o tal vez porque mi pa-
dre va a hacerme algún encargo importante en el pueblo,

18
o llevarme con él cuando entre la trilladora que vendrá en
barco desde Buenos Aires. ¡La primera trilladora! Ya ha ido
varias veces a la municipalidad, a tramitar el permiso para
que la máquina pase por el pueblo cuando la desembarquen
en Puerto Barriles. ¡Está tan contento de su trigo, sus colo-
nias y su máquina! En un cajón con llave del despacho tiene
guardadas las páginas de La Nación y La Prensa donde se
habla del premio que sacó su trigo en la Primera Exposición
Rural de Buenos Aires. El trigo Saldomé. Oigo siempre ese
nombre, que es su mayor afán de cultivador. Tiene bolsitas
con muestras y lo deja resbalar en su mano siempre que
puede. Cuando viene gente importante o nueva al negocio,
saca los recortes que ya están gastados en los dobleces y las
bolsitas. Les muestra las dos cosas y lee cuidadosamente lo
que dicen los diarios. “Este trigo fue a una exposición de
París”, dice. “El trigo nuestro va a ir a Europa. Allá no va
a escasear más, ¿se dan cuenta?”. Me conozco el trigo de
memoria pero no lo veo nada excepcional. Es como el de
otras tantas bolsitas.
Yo trabajo en el negocio y en el campo. No voy más a la
escuela, pero a veces voy al pueblo por encargos de mi pa-
dre. Es claro que tengo pantalones cortos, pero... una de las
muchachas que sirven en casa, la hija de Paulina, también
me ha prometido un regalo. Si no me mandan a la colonia
de La Verde, estaré en casa para recibirlo. Y si me man-
dan, ojalá pueda llegar a tiempo. Mi padre es muy capaz de
mandarme, nada más que para que me haga hombre y no
ande acordándome de cumpleaños. Pero el regalo de Feli-
sa, la hija de Paulina, tiene una atracción especial para mí.

19
Algunas noches, cuando vuelvo a mi pieza, que comparto
con Pedro, Martín y José, pues somos los más grandes, en-
cuentro casualmente a Felisa en el pasillo de las piezas. Se
deja un poco y a la pasada, apretar el brazo y tocar el trasero.
Me pregunto si hace lo mismo con los otros, porque Pedro
ya está más alto que yo y Martín, aunque tiene doce, ya casi
me alcanza. Somos tres hombrecitos, dice mi madre, y no
debemos pelearnos a patadas por cualquier cosa. Creo, sin
embargo, que Felisa se encuentra solamente conmigo en
la oscuridad del pasillo. A veces me ha dicho que mis ojos
azules le gustan mucho. Y para mi cumpleaños, Felisa ha
prometido darme un beso. Espero esa noche con verdaderas
ganas. Me interesa tocarle los pechos que se asoman por la
blusa donde trato de disimular que se me prenden los ojos.
¿Por qué no me regalarán unos pantalones largos? Tal
vez me están arreglando algunos viejos y entonces, ese día,
sí que estaré completo y no tendré que usar las bombachas
cuando quiero taparme las piernas. Las bombachas y las al-
pargatas no me gustan. Quisiera un buen par de botas ma-
rrones de caña alta, como las que usa el viejo Pico, que vie-
ne al negocio a tomar la copa y siempre se pelea con la mujer
por una cosa o por otra. Ella se queja de todo lo que se le
manda y él dice que no le hagamos caso, pero cualquiera de
nosotros al que le toca llevar el encargo tiene que aguantarse
los gritos de la mujer de Pico. Yo trato de que vayan los más
chicos, al fin voy a cumplir quince años y si hago cosas que
los grandes hacen, ¿por qué hacer los mandados que son
cosa de chicos?

20
DO C U M E N TO S QU E H E R I BE RTO H A L L Ó
E N E L A R M A R IO DE SU A BU E L O

Copia de carta enviada por Pedro Iruleguy


a su compadre

S. Don Juan Irigaray


Gualeguay, 26 de abril de 1876

Mi estimado compadre:
En las circunstancias en que me ha colocado la apari-
ción en esta, mi esposa, María Ollaborda, me encuentro en
la necesidad de proporcionar una persona de mi confianza
para que, poniéndose ella, agregada, á vivir en la Familia de
la tal persona que me haga este serbicio, bajo la palabra de
abonarle yó la retribución diaria que prébiamente se con-
benga conmigo, pueda Ud. como estoy obligado a encon-
trarme con mi Familia: Me acordé precisamente que debía
y débo dirigirme a Ud. primero que a nadie para este objeto
aunque conosco que es molesto:
Suplico pues á Ud. se digne decirme en contestación, si
me podrá usted prestar este serbicio personal, que, acepta-
do, como lo espero, me obligo a retribuirlo a Ud. como lo
exije el caso.
Lo espera así en la fianza de Ud. su atento serbidor, y
compadre que lo aprecea.
Pedro Iruleguy

21
Respuesta del compadre

Sr. Dn. Pedro Iruleguy


Gualeguay, 26 de abril de 1876

Compadre de mi aprecio:
Enterado muy detenidamente del contenido de la carta
de V. de hoy, y viendo que si yo no me prestase, apenas a
V. sería fácil hallar personas que le sirvieran en esto; con-
sultado como negocio que corresponde a familias con mi
esposa, vengo a aceptarle la súplica de V., diciéndole que
estoy conforme en que la esposa de V. María Ollaborda
se ponga a vivir agregada a mi familia por cuenta y orden
de V, desde el día, fecha, en que V. disponga al efecto de
acuerdo conmigo.
Espero con este motivo que V. se aproxime para hablar al
objeto con este su atento y amigo servidor. Por mano agena
por no saber escribir.
Juan Irigaray

Gualeguay, mayo 12 de 1876


Señor D. Manuel Orbegozo

De mi distinción y aprecio: para dejar satisfechas las necesi-


dades personales diarias, de mi consorte María Ollaborda,
cumpliendo legalmente por mi parte con el deber de ma-
rido, vengo en facultar a Vd. por la presente; que, toda vez
que aquella se le presente a Vd. en ésa mi “casa” solicitando
ó pretendiendo alguna cosa, solo podrá Vd. suministrarla

22
una ropita, como V. G.; un vestido de zaraza, un pañuelito
regular, que no sea de valor, género para una enagua, un
par de medias, un par de zapatos; todo ello cargándome Vd.
en su “cuenta corriente” en el Registro Diario que lleva
a su cargo.
Ninguna otra persona será atendida por Vd. en reclama-
ciones representando á mi consorte, sino D. Juan Irigaray,
vecino propietario de Gualeguay, a quien, mensualmente
desde el día 1º del corriente mes de mayo, le irá abonán-
dole, hasta mi regreso con mi familia a Gualeguay, quince
pesos bolivianos, recogiendo Vd. a su poder el correspon-
diente recibo.
Dicho Señor Irigaray está encargado, y aceptó la comisión
de pasarle el “alimento diario” a mi consorte, con esa suma.
Este nuevo encargo, que le encarezco mucho su puntual
cumplimiento, lo tendrá Vd. como “parte integrante” de mi
“poder general”, en virtud del cual se halla Vd. investido
para “obrar en todo” en mi representación.
Con esta aclaratoria y confirmando aquel Documento
se reitera (hasta mi regreso), y siempre, su atento seguro
amigo, y servidor.
Pedro Iruleguy

Documento en papel de oficio, con un sello en el ángulo


izquierdo ostentando escudo argentino

Ilmo. Señor
A su Señoría Ilma. el Señor Obispo de la Diócesis Para-
naense, Señor Doctor Don José María Gelabert y Crespo.

23
Pedro Iruleguy, natural de Francia, y vecino de la feli-
gresía de Gualeguay hace muchos años, con el sumo respe-
to a Vd. Sría. Ilma. humildemente expone: que habiéndose
trasladado a Francia el día 27 de julio de 1874 con su esposa
María Ollaborda y los “cuatro hijos” habidos de su legítimo
matrimonio, con el único fin de procurar la buena Educa-
ción Cristiana de sus hijos, continuaba viviendo establecido
su domicilio en una población cerca de Bayona, en la casa
Paterna, del exponente adonde se hallan sus hijos en el Co-
legio: durante el período de “trece meses” experimentó la
mejor “paz y armonía” como en muchos años en Gualeguay,
con su consorte la referida María Ollaborda; mas, sobre el día
4 de noviembre de 1875 su esposa había desamparado su Pa-
tria Natal, su familia toda, incluso a su esposo, el exponente,
habiéndose ella embarcado para la América, y arrivándose en
la ciudad de Gualeguay: tan inesperado acontecimiento causó
un luto profundo en toda la familia del que expone.
Sin tiempo para averiguaciones de la “causa o motivo”
que la indujera a su consorte a entregarse a tan precipita-
da fuga, no titubeó el exponente en adoptar su pronta ex-
pedición siguiendo rápidamente las huellas que dejara a su
paso su tránsfuga con­sorte, que realizado su desembarque
en la ciudad de Gualeguay, tuvo noticia en el momento, que
aquella se hallaba en la población.
Procuró desde ya ponerse en comunicación con ella por
medio de un compadre suyo, haciéndole las debidas re-
f lexiones, referentes a su extemporánea desaparición del ho-
gar de su familia, que la abandonó en Francia: tales ref lexio-
nes fueron infructuosas por primer ensayo y el exponente

24
quedó convencido que no quedaba otro remedio que acudir
a que se emplearan para con ella las dulces y persuasivas
amonestaciones que emanaban de la sabia y benéfica pro-
tección de V. Sría. Ilma.
Así se ha realizado como V. Sría. Illma. se dignará pa-
sar visita por el expediente de diligencias practicadas en la
Curia Eclesiástica de Gualeguay al objeto solicitado por el
exponente; si bien el resultado que ha tenido lugar de parte
de la consorte del que expone, no es en sentido ningu-
no conciliatorio: y hallándose conmovido el exponente en
su “carácter de gefe de Familia’’ del modo poco decoroso
del proceder de su Consorte, le ha trazado esta vía: que su
Consorte debe seguir la “dignidad” y la “condición” de su
“marido”, y a tal fin le ha designado el “domicilio” en Gua-
leguay, a donde, agregada a una Familia de la confianza de
ambos consortes, se sujete a prestarle “obediencia y respeto”
a su Marido, asignándole y asegurándole un diario alimen-
ticio, en el ínterin que el exponente pueda regresar después
de cumplir con sus deberes de atender a la Educación de
cuatro hijos en la ciudad de Bayona.
Al elevar a la respetable consideración de V. Sría. Ilma.
la descripción precedente que le ha motivado la conducta
poco decorosa en su “vida conyugal” de la consorte del
exponente: atento;
A V. Sría, Ilma. “suplicando humildemente” que, to-
mando en consideración la situación af ligente en que su
consorte le ha colocado al exponente y no hallando por
su parte “otro medio” más adaptado a sus circunstancias
de (tener que realizar indispensablemente la “vuelta” a su

25
Familia), que separarla a su Consorte del público de Guale-
guay, evitando de este modo la conducta poco “decorosa”
de ella en público, se digne adoptar como medida única que
La Autoridad Paternal de V. Sría. Ilma. sea dignado declarar
que María Ollaborda, consorte del exponente sea retirada
a la “vida Penitenciaria” con sujeción a las instrucciones
que emanen de la sabia y benéfica penetración de V. Sría.
Ilma. por un perentorio término de “cuatro meses”, que el
exponente juzga podrá demorar en regresar con su Familia
a Gualeguay, con el compromiso obligatorio que desde este
momento contrae el exponente de depositar la suficiente
cantidad de pesos moneda corriente, que será destinada por
la sabiduría de V. Sría. Ilma. para pasarle un “diario alimen-
ticio” y gastitos honestos, a la consorte del exponente.
Confiado el suplicante en que la benéfica consideración
de V. Sría. Ilma. atenderá a esta humilde solicitud que tiene
por objeto exponer la reforma de las costumbres de estos
frágiles consortes, queda rogando al Todopoderoso guarde
la “importante vida” de V. Sría. Ilma. por muchos años.

Gualeguay, 5 de mayo de 1876


Ilmo. Señor Pedro Iruleguy

Hay un sello en el papel de este documento que dice: “Pa-


rroquia de S. Antonio Gualeguay”.
Copia de la sentencia recaída en el expediente de di-
vorcio entablado por Dn. Pedro Iruleguy contra su esposa
D. María Ollaborda, cuyo expediente original existe en el
archivo de la Curia Superior en Paraná.

26
“Fallamos que se tenga por resolución definitiva el
citado dictamen fiscal (a saber el divorcio por ocho o
diez años o hasta que mejorando ella su conducta se
haga digna para que su marido la recoja y cumplan
con los sagrados deberes que les imponen la Religión
y la Patria); y declaramos ser la causa del divorcio
temporal el mal proceder de la esposa D. María Ol-
laborda, a quien le imponemos el deber de sujetarse
en casa honesta, pudiendo en caso contrario exigir su
esposo el depósito en el lugar debido”.

Está conforme al original. Gabriel F. Seguí.

Gualeguay, 7 de noviembre de 1877.

27

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