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El gran diseño [Link] ar [Link] S. Hawking y L.

Mlodinow

Gent ileza de Pablo Test ai 1 Preparado por Pat ricio Barros


El gran diseño [Link] ar [Link] S. Hawking y L. Mlodinow

AGRAD ECI M I EN TOS

El universo t iene un diseño, y t am bién lo t iene un libro. Pero a diferencia del


universo, un libro no aparece de la nada. Un libro requiere un creador, y ese papel
no recae t an sólo en los hom bros de sus aut ores. Así, en prim er lugar y ant es de
nada, quisiéram os agradecer a nuest ros edit ores, Bert h Rashbaum y Ann Harris, su
paciencia, vecina al infinit o. Fueron nuest ros est udiant es cuando necesit ábam os
est udiant es, nuest ros profesores cuando necesit ábam os profesores, y nuest ros
consej eros cuando necesit ábam os consej ero. Lucharon con el m anuscrit o, y lo
hicieron con buen hum or, t ant o si la discusión se cent raba sobre la posición de una
com a o sobre la im posibilidad de int roducir una superficie axisim ét rica de curvat ura
negat iva en un espacio plano. Tam bién quisiéram os expresar nuest ro
agradecim ient o a Mark Hillery, que leyó am ablem ent e una gran part e del
m anuscrit o e hizo valiosos com ent arios; a Carole Lowenst ein, que fue una ayuda
inest im able en el diseño int erior; a David St evenson, que conduj o a buen puert o la
cubiert a; y a Loren Noveck, cuya at ención a los det alles nos ha librado de algunos
errores t ipográficos que no nos hubiera gust ado ver im presos. A Pet er Bollinger: t e
agradecem os que hayas acercado el art e a la ciencia en t us ilust raciones, y t u
diligencia en asegurar la pert inencia y precisión de cada det alle. Y a Sidney Harris:
gracias por t us m aravillosas caricat uras y por t u gran sensibilidad a t ant os aspect os
referent es a los cient íficos. En ot ro universo, hubieras sido un físico. Tam bién
agradecem os a nuest ros agent es, Al Zuckerm an y Susan Ginsburg, su apoyo y los
ánim os que nos han dado. Los dos m ensaj es m ut uam ent e consist ent es que nos han
dado una y ot ra vez, han sido: «Ya es hora de acabar el libro» y «No os preocupéis
por cuándo t erm inaréis el libro; t arde o t em prano lo acabaréis». Fueron lo
suficient em ent e j uiciosos para saber cuándo convenía cada uno de est os m ensaj es.
Y finalm ent e, gracias a la ayudant e personal de St ephen, Judit h Croasdell, a su
ayudant e de ordenador, Sam Blackburn, y a Joan Godwin. Proporcionaron no solo
apoyo m oral, sino t am bién práct ico y t écnico, sin el cual no hubiéram os podido
escribir est e libro. Por ot ra part e, siem pre supieron dónde hallar los m ej ores pubs.

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Ca pít u lo 1
EL M I STERI O D EL SER

Cada uno de nosot ros exist e durant e un t iem po m uy breve, y en dicho int ervalo t an
sólo explora una part e dim inut a del conj unt o del universo. Pero los hum anos som os
una especie m arcada por la curiosidad. Nos pregunt am os, buscam os respuest as.
Viviendo en est e vast o m undo, que a veces es am able y a veces cruel, y
cont em plando la inm ensidad del firm am ent o encim a de nosot ros, nos hem os hecho
siem pre una m ult it ud de pregunt as. ¿Cóm o podem os com prender el m undo en que
nos hallam os? ¿Cóm o se com port a el universo? ¿Cuál es la nat uraleza de la
realidad? ¿De dónde viene t odo lo que nos rodea? ¿Necesit ó el universo un Creador?
La m ayoría de nosot ros no pasa la m ayor part e de su t iem po preocupándose por
esas cuest iones, pero casi t odos nos preocupam os por ellas en algún inst ant e.
Tradicionalm ent e, ésas son cuest iones para la filosofía, pero la filosofía ha m uert o.
La filosofía no se ha m ant enido al corrient e de los desarrollos m odernos de la
ciencia, en part icular de la física. Los cient íficos se han convert ido en los port adores
de la ant orcha del descubrim ient o en nuest ra búsqueda de conocim ient o. El obj et ivo
de est e libro es proporcionar las respuest as sugeridas por los descubrim ient os y los
progresos t eóricos recient es, que nos conducen a una nueva im agen del universo y
de nuest ro lugar en él, m uy diferent e de la t radicional, e incluso de la im agen que
nos habíam os form ado hace t an sólo una o dos décadas. Aun así, los prim eros
bosquej os de esos nuevos concept os se rem ont an a hace casi un siglo.
Según la concepción t radicional del universo, los obj et os se m ueven a lo largo de
cam inos bien definidos y t ienen hist orias bien definidas. Podem os especificar sus
posiciones precisas en cada inst ant e. Aunque esa descripción es suficient em ent e
sat isfact oria para los propósit os cot idianos, se descubrió en la década de 1920 que
est a im agen «clásica» no podía describir el com port am ient o aparent em ent e ext raño
observado a escalas at óm ica y subat óm ica de la exist encia. Fue necesario adopt ar,
en su lugar, un m arco diferent e, denom inado física cuánt ica. Las t eorías cuánt icas
han result ado ser not ablem ent e precisas en la predicción de acont ecim ient os a
dichas escalas, y t am bién reproducen las predicciones de las viej as t eorías clásicas

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cuando son aplicadas al m undo m acroscópico de la vida corrient e. Pero la física


clásica y la cuánt ica est án basadas en concepciones de la realidad física m uy
diferent es.

«Y… ésa es m i filosofía»

Las t eorías cuánt icas pueden ser form uladas de m uchas m aneras diferent es, pero la
descripción probablem ent e m ás int uit iva fue elaborada por Richard ( Dick) Feynm an
( 1918- 1988) , t odo un personaj e, que t rabaj ó en el I nst it ut o Tecnológico de
California y que t ocaba los bongos en una sala de fiest as de carret era. Según
Feynm an, un sist em a no t iene una sola hist oria, sino t odas las hist orias posibles.
Cuando profundicem os en las respuest as, explicarem os la form ulación de Feynm an
con det alle y la ut ilizarem os para explorar la idea de que el propio universo no t iene
una sola hist oria, ni t an siquiera una exist encia independient e. Eso parece una idea
radical, incluso a m uchos físicos. En efect o, com o m uchas ot ras nociones de la

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ciencia act ual, parece violar el sent ido com ún. Pero el sent ido com ún est á basado
en la experiencia cot idiana y no en el universo t al com o nos lo revelan las m aravillas
t ecnológicas que nos perm it en observar la profundidad de los át om os o el universo
prim it ivo. Hast a la llegada de la física m oderna se acost um braba a pensar que t odo
el conocim ient o sobre el m undo podría ser obt enido m ediant e observación direct a, y
que las cosas son lo que parecen, t al com o las percibim os a t ravés de los sent idos.
Pero los éxit os espect aculares de la física m oderna, que est á basada en concept os,
com o por ej em plo los de Feynm an, que chocan con la experiencia cot idiana, han
dem ost rado que no es así. Por lo t ant o, la visión ingenua de la realidad no es
com pat ible con la física m oderna. Para t rat ar con esas paradoj as, adopt arem os una
posición que denom inam os «realism o dependient e del m odelo», basada en la idea
de que nuest ros cerebros int erpret an los dat os de los órganos sensoriales
elaborando un m odelo del m undo. Cuando el m odelo explica sat isfact oriam ent e los
acont ecim ient os t endem os a at ribuirle, a él y a los elem ent os y concept os que lo
int egran, la calidad de realidad o verdad absolut a. Pero podría haber ot ras m aneras
de const ruir un m odelo de la m ism a sit uación física, em pleando en cada una de
ellas concept os y elem ent os fundam ent ales diferent es. Si dos de esas t eorías o
m odelos predicen con exact it ud los m ism os acont ecim ient os, no podem os decir que
uno sea m ás real que el ot ro, y som os libres para ut ilizar el m odelo que nos result e
m ás convenient e. En la hist oria de la ciencia hem os ido descubriendo una serie de
t eorías o m odelos cada vez m ej ores, desde Plat ón a la t eoría clásica de Newt on y a
las m odernas t eorías cuánt icas. Result a nat ural pregunt arse si est a serie llegará
finalm ent e a un punt o definit ivo, una t eoría últ im a del universo que incluya t odas
las fuerzas y prediga cada una de las observaciones que podam os hacer o si, por el
cont rario, cont inuarem os descubriendo t eorías cada vez m ej ores, pero nunca una
t eoría definit iva que ya no pueda ser m ej orada. Por el m om ent o, carecem os de
respuest a a est a pregunt a, pero conocem os una candidat a a t eoría últ im a de t odo,
si realm ent e exist e t al t eoría, denom inada t eoría M. La t eoría M es el único m odelo
que posee t odas las propiedades que creem os debería poseer la t eoría final, y es la
t eoría sobre la cual basarem os la m ayor part e de las reflexiones ult eriores. La t eoría
M no es una t eoría en el sent ido habit ual del t érm ino, sino t oda una fam ilia de
t eorías dist int as, cada una de las cuales proporciona una buena descripción de las

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observaciones pero sólo en un ciert o dom inio de sit uaciones físicas. Viene a ser
com o un m apam undi: com o es bien sabido, no podem os represent ar la superficie de
t oda la Tierra en un solo m apa. La proyección Mercat or ut ilizada habit ualm ent e en
los m apam undis hace que las regiones del m undo parezcan t ener áreas cada vez
m ayores a m edida que se aproxim an al nort e y al sur, y no cubre los polos Nort e o
Sur. Para represent ar fielm ent e t oda la Tierra se debe ut ilizar una colección de
m apas, cada uno de los cuales cubre una región lim it ada. Los m apas se solapan
ent re sí y, donde lo hacen, m uest ran el m ism o paisaj e. La t eoría M es parecida a
[Link] diferent es t eorías que const it uyen la fam ilia de la t eoría M pueden parecer
m uy diferent es, pero t odas ellas pueden ser consideradas com o aspect os de la
m ism a t eoría subyacent e.

M a pa m u n di. Puede que para represent ar el universo necesit em os una serie de


t eorías que se solapen ent re sí, t al com o necesit am os m apas que se solapen para
represent ar la Tierra

Son versiones de la t eoría aplicables t an sólo en dom inios lim it ados, por ej em plo
cuant ío ciert as m agnit udes com o la energía son pequeñas. Tal com o ocurre con los
m apas que se solapan en una proyección Mercat or, allí donde los dom inios de

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validez de las diferent es t eorías se solapan, ést as predicen los m ism os fenóm enos.
Pero así com o no hay ningún m apa plano que represent e bien el conj unt o de la
superficie t errest re, t am poco hay una t eoría que proporcione por sí sola una buena
represent ación de las observaciones físicas en t odas las sit uaciones. Describirem os
cóm o la t eoría M puede ofrecer respuest as a la pregunt a de la creación. Según las
predicciones de la t eoría M, nuest ro universo no es el único, sino que m uchísim os
ot ros universos fueron creados de la nada. Su creación, sin em bargo, no requiere la
int ervención de ningún Dios o Ser Sobrenat ural, sino que dicha m ult it ud de
universos surge nat uralm ent e de la ley física: son una predicción cient ífica. Cada
universo t iene m uchas hist orias posibles y m uchos est ados posibles en inst ant es
post eriores, es decir, en inst ant es com o el act ual, t ranscurrido m ucho t iem po desde
su creación. La m ayoría de t ales est ados será m uy diferent e del universo que
observam os y result ará inadecuada para la exist encia de cualquier form a de vida.
Sólo unos pocos de ellos perm it irían la exist encia de criat uras com o nosot ros. Así
pues, nuest ra presencia selecciona de est e vast o conj unt o sólo aquellos universos
que son com pat ibles con nuest ra exist encia. Aunque som os pequeños e
insignificant es a escala cósm ica, ello nos hace en un ciert o sent ido señores de la
creación. Para com prender el universo al nivel m ás profundo, necesit am os saber no
t an sólo cóm o se com port a el universo, sino t am bién por qué. ¿Por qué hay algo en
lugar de no haber nada? ¿Por qué exist im os? ¿Por qué est e conj unt o part icular de
leyes y no ot ro? Est a es la cuest ión últ im a de la vida, el universo y el Todo.
I nt ent arem os responderla en est e libro. A diferencia de la respuest a ofrecida en la
Guía de la galaxia, de Hit chhiker, nuest ra respuest a no será, sim plem ent e, «42».

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Ca pít u lo 2
LAS REGLAS D E LA LEY

Skoll el lobo asust ará a la Luna hast a que vuele al bosque de la Aflicción; Hat i el
lobo, del linaj e de Hridvit nir, perseguirá al Sol. «Grim nism al», Edda m ayor En la
MI TOLOGÍ A VI KI NGA, Skoll y Hat i cazaron el Sol y la Luna. ( Alando los lobos
at rapan a uno de ellos, hay un eclipse. Cuando eso ocurre, los habit ant es de la
Tierra se apresuran a rescat ar el Sol o la Luna haciendo t ant o ruido com o pueden,
esperando asust ar a los lobos. Hay m it os sem ej ant es en ot ras cult uras. Pero al cabo
de un t iem po, la gent e se fue dando cuent a de que el Sol y la Luna volvían a
em erger poco después del eclipse, t ant o si ellos corrían, chillaban y hacían ruido
com o si no lo hacían. Al cabo de un t iem po, se t uvieron que dar cuent a de que los
eclipses no se producen al azar, sino en pat rones regulares que se repit en. Esos
pat rones result aban m ás obvios para los eclipses de Luna, y perm it ieron a los
ant iguos babilonios predecir con considerable exact it ud eclipses lunares, aunque no
se dieron cuent a de que los produj era la Tierra al int ercept ar la luz del Sol. Los
eclipses de Sol fueron m ás difíciles de predecir, porque sólo son visibles en un
corredor de unos sesent a kilóm et ros de ancho sobre la Tierra. Aun así, una vez nos
dam os cuent a de dichos pat rones, result a claro que los eclipses no dependen de las
veleidades de seres sobrenat urales, sino que est án gobernados por leyes.
A pesar de algunos éxit os t em pranos en la predicción de los m ovim ient os de los
cuerpos celest es, la m ayoría de los fenóm enos de la nat uraleza pareció im posible de
predecir para nuest ros ant epasados. Volcanes, t errem ot os, t em pest ades, epidem ias
y uñas de los pies creciendo hacia dent ro parecían producirse sin causas obvias ni
regularidades m anifiest as. En la Ant igüedad, result aba nat ural adscribir los act os
violent os de la nat uraleza a un pant eón de deidades t raviesas o m alévolas.
Las calam idades eran consideradas a m enudo com o una señal de que se había
ofendido a los dioses. Por ej em plo, hacia 4800 a. C, un volcán en el m ont e Mazam a
en Oregón explot ó, haciendo que durant e largo t iem po lloviera roca y ceniza
ardient es y provocando años de lluvia, que al final llenaron el crát er volcánico,
llam ado hoy lago Crát er.

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Los indios klam at h de Oregón t ienen una leyenda que se aj ust a perfect am ent e a
cada uno de los det alles geológicos de aquel acont ecim ient o, pero le añade un poco
de dram at ism o at ribuyendo a un hum ano la causa de la cat ást rofe.

Eclipse . Los ant iguos no sabían qué ocasionaba los eclipses, pero ya observaron
regularidades en su producción

La capacidad hum ana para sent irse culpable es t al que siem pre podem os hallar
m aneras de acusarnos a nosot ros m ism os. Según la leyenda, Llao, el j efe del Mundo
I nferior, se enam ora de la herm osa hij a del j efe de los klam at h. Ella lo rechaza y,
en revancha, Llao int ent a dest ruir a los klam at h con fuego. Afort unadam ent e, según
la leyenda, Skell, el j efe del Mundo Superior, se apiada de los hum anos y lucha
cont ra su hom ónim o del Mundo I nferior. Al final Llao, m alherido, cae dent ro del
m ont e Mazam a, dej ando un aguj ero enorm e, el crát er que al final fue llenado por el
agua. La ignorancia de las form as de act uar de la nat uraleza conduj o a los ant iguos
a invent ar dioses que dom inaban cada uno de los aspect os de la vida hum ana.
Había dioses del am or y de la guerra, del sol, la t ierra y el cielo, de los ríos y los
océanos, de la lluvia y los t ruenos, e incluso de los t errem ot os y los volcanes.

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Cuando los dioses est aban sat isfechos, la hum anidad era obsequiada con buen
t iem po, paz y ausencia de desast res nat urales y de enferm edades. Cuando est aban
enfadados, en cam bio, venían las sequías, guerras, pest es y epidem ias. Com o la
relación ent re causas y efect os en la nat uraleza result aba invisible a oj os de los
ant iguos, esos dioses les parecían inescrut ables y se sent ían a su m erced. Pero con
Tales ( r. 624- 546 a. C.,) , unos 2.600 a. C, eso em pezó a cam biar. Surgió la idea de
que la nat uraleza sigue unos principios consist ent es que podrían ser descifrados, y
así em pezó el largo proceso de reem plazar la noción del reinado de los dioses por la
de un universo regido por leyes de la nat uraleza y creado conform e a un plan que
algún día aprenderem os a leer.
Vist a a escala de la hist oria hum ana, la indagación cient ífica es una em presa m uy
recient e. Nuest ra especie, el Hom o sapiens, surgió en el África subsahariana hace
unos doscient os m il años. El lenguaj e escrit o em pezó apenas unos siet e m il años a.
C, com o product o de sociedades cent radas en el cult ivo de gram íneas. ( Algunas de
las inscripciones m ás ant iguas se refieren a la ración diaria de cerveza consent ida a
cada ciudadano.) Los docum ent os escrit os m ás ant iguos de la gran civilización de
Grecia dat an del siglo I X a. C, pero la cum bre de dicha civilización, llam ada el
«período clásico», llegó varios siglos después, un poco ant es del año 500 a. C.
Según Arist ót eles ( 384- 322 a. C.) fue en aquella época cuando Tales de Milet o —
una ciudad que hoy form a part e de la Turquía occident al— form uló por prim era vez
la idea de que el m undo puede ser com prendido, y de que los com plej os
acont ecim ient os que nos rodean podrían ser reducidos a principios sim ples y ser
explicados sin necesidad de recurrir a int erpret aciones t eológicas o m ít icas. Se
at ribuye a Tales la prim era predicción de un eclipse solar en 585 a. C, aunque la
exact it ud de su predicción fue seguram ent e una m era conj et ura afort unada. Fue
una figura algo desvaída, que no dej ó escrit os. Su casa era uno de los cent ros
int elect uales de una región llam ada Jonia, que fue colonizada por los griegos y
ej erció una influencia que llegó a ext enderse desde Turquía hast a I t alia. La ciencia
j ónica fue una em presa m arcada por un int enso int erés por descubrir las leyes
fundam ent ales que explicasen los fenóm enos nat urales, un hit o form idable en la
hist oria del pensam ient o hum ano. Su form ulación era racional y en m uchos casos
conduj o a conclusiones sorprendent em ent e parecidas a las de nuest ros m ét odos

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m ás sofist icados. Aunque represent ó un gran com ienzo, con el paso de los siglos
una gran part e de la ciencia j ónica fue olvidada, para ser redescubiert a o
reinvent ada m ucho m ás t arde, en algunos casos m ás de una vez.

Jon ia . Los sabios de la ant igua Jonia fueron los prim eros en explicar los fenóm enos
nat urales a part ir de leyes de la nat uraleza y no a part ir de m it os o t eologías

Según la leyenda, la prim era form ulación m at em át ica de lo que hoy llam aríam os
una ley de la nat uraleza dat a de un j onio llam ado Pit ágoras ( e. 580- 490 a.C.) ,
fam oso por un t eorem a que lleva su nom bre, a saber, que el cuadrado de la
hipot enusa ( el lado m ás largo) de un t riángulo rect ángulo es igual a la sum a de los
cuadrados de los cat et os ( los ot ros dos lados) . Se dice que Pit ágoras descubrió las
relaciones num éricas ent re las longit udes de las cuerdas ut ilizadas en los
inst rum ent os m usicales y las com binaciones arm ónicas de los sonidos. En lenguaj e
act ual, describiríam os dicha relación diciendo que la frecuencia —el núm ero de
vibraciones por segundo— de una cuerda que vibra baj o una det erm inada t ensión
es inversam ent e proporcional a su longit ud. Desde el punt o de vist a práct ico, ello
explica por qué en una guit arra las cuerdas m ás cort as producen un t ono m ás
elevado, un sonido m ás agudo, que las cuerdas m ás largas. En realidad, es probable

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que Pit ágoras no lo descubriera—t am poco descubrió el t eorem a que lleva su


nom bre— pero hay evidencias de que en su época se conocía alguna relación ent r e
la longit ud de la cuerda y el t ono del sonido producido. Si realm ent e es así, se
podría decir que dicha fórm ula m at em át ica sencilla const it uye el prim er ej em plo de
lo que conocem os hoy com o física t eórica. Apart e de la ley pit agórica de las
cuerdas, las únicas leyes físicas que fueron conocidas correct am ent e por los
ant iguos fueron t res leyes form uladas por Arquím edes ( Y. 287- 212 a. C) , que es,
sin lugar a dudas, el físico m ás em inent e de la Ant igüedad. En la t erm inología
act ual, la ley de la palanca explica que pequeñas fuerzas pueden elevar grandes
pesos porque la palanca am plifica una fuerza según la razón de las dist ancias al
fulcro o punt o de apoyo de la palanca. La ley de la flot ación est ablece que cualquier
obj et o inm erso en un fluido experim ent a una fuerza hacia arriba, o em puj e, igual al
peso del Huido desaloj ado. Y la ley de la reflexión afirm a que el ángulo de un haz,
de luz reflej ado en un espej o es igual al ángulo del haz de luz incident e en el
espej o. Pero Arquím edes no las denom inó leyes ni las explicó a part ir de
observaciones y m edidas, sino que las t rat ó com o si fueran t eorem as puram ent e
m at em át icos, de una m anera axiom át ica m uy parecida a la que Euclides creó para
la geom et ría. A m edida que se difundió la influencia j ónica, ot ros pueblos fueron
viendo que el universo posee un orden int erno, que podría llegar a ser com prendido
m ediant e la observación y la razón. Anaxim andro ( 610- 546 a. C) , am igo y
probablem ent e discípulo de Tales, arguyó que com o los niños est án indefensos al
nacer, si el prim er hum ano hubiera aparecido sobre la t ierra com o un niño no habría
podido sobrevivir. En lo que puede haber sido la prim era int uición de la evolución,
Anaxim andro razonó que, por lo t ant o, los hum anos deberían haber evolucionado a
part ir de ot ros anim ales cuyos ret oños fueran m ás resist ent es. En Sicilia,
Em pédocles ( 490- 430 a. C.) analizó cóm o se com port aba un inst rum ent o
denom inado clepsidra. Ut ilizado a veces com o cucharón, consist ía en una esfera con
un cuello abiert o y pequeños orificios en su fondo. Al ser sum ergida en agua se
llenaba y, si su cuello se t apaba, se podía elevar la esfera sin que el agua cayera
por los aguj eros. Em pédocles descubrió que si prim ero se t apa su cuello y después
se sum erge, la clepsidra no se llena. Razonó, pues, que algo invisible debe est ar
im pidiendo que el agua ent re a la esfera por los aguj eros —había descubiert o la

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sust ancia m at erial que llam am os aire. I lacia la m ism a época, Dem ócrit o ( 460- 370
a. C) , de una colonia j ónica del nort e de Grecia, se pregunt ó qué ocurre cuando
rom pem os o cort am os un obj et o en pedazos. Argum ent ó que no deberíam os poder
seguir indefinidam ent e ese proceso y post uló que t odo, incluidos los seres vivos,
est á const it uido por part ículas elem ent ales que no pueden ser cort adas ni
descom puest as en part es m enores. Llam ó a esas part ículas át om os, del adj et iv o
griego «indivisible». Dem ócrit o creía que t odo proceso m at erial es el result ado de
colisiones at óm icas. En su int erpret ación, denom inada «at om ism o», t odos los
át om os se m ueven en el espacio y, a no ser que sean pert urbados, se m ueven
adelant e indefinidam ent e. En la act ualidad, est a idea es llam ada ley de la inercia. La
revolucionaria idea de que no som os m ás que habit ant es ordinarios del universo y
no seres especiales que se dist ingan por vivir en su cent ro, fue sost enida por
prim era vez por Arist arco ( c. 310- 230 a. C) , uno de los últ im os cient íficos j onios.
Sólo nos ha llegado uno de sus cálculos, un com plicado análisis geom ét rico de las
det alladas observaciones que realizó sobre el t am año de la som bra de la Tier ra
sobre la Luna durant e un eclipse lunar. A part ir de sus dat os concluyó que el Sol
debe ser m ucho m ayor que la Tierra. I nspirado quizá por la idea de que los obj et os
pequeños deben girar alrededor de los grandes, y no al revés, fue la prim era
persona que sost uvo que la Tierra no es el cent ro de nuest ro sist em a planet ario,
sino que ella, com o los dem ás planet as, gira alrededor del Sol, que es m ucho
m ayor. Hay t an sólo un pequeño paso desde la const at ación de que la Tierra es un
sim ple planet a com o los dem ás a la idea de que t am poco nuest ro Sol t iene nada de
especial. Arist arco supuso que ést e era el caso y pensó que las est rellas que vem os
en el cielo noct urno no son, en realidad, m ás que soles dist ant es. Los j onios
const it uyeron una de las m uchas escuelas de la filosofía griega ant igua, cada una de
ellas con t radiciones diferent es y a m enudo cont radict orias. Desgraciadam ent e, la
visión j ónica de la nat uraleza—a saber, que puede ser explicada m ediant e leyes
generales y reducida a un conj unt o sencillo de principios— ej erció una influencia
poderosa, pero sólo durant e unos pocos siglos. Una razón es que las t eorías j ónicas
parecían no dej ar lugar a la noción de libre albedrío ni de finalidad, ni a la idea de
que los dioses int ervienen en los avat ares del m undo. Se t rat aba de om isiones
inquiet ant es, t an profundam ent e incóm odas para m uchos pensadores griegos com o

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lo siguen siendo aún para m ucha gent e en la act ualidad. El filósofo Epicuro ( c. 341-
270 a. C) , por ej em plo, se opuso al at om ism o basándose en que «es m ej or seguir
los m it os sobre los dioses que convert irse en un " esclavo" del dest ino según los
filósofos de la nat uraleza». Tam bién Arist ót eles rechazó el concept o de át om o
porque no podía acept ar que los hum anos est uviéram os hechos de obj et os
inanim ados y sin alm a. La idea j ónica de que el universo no est á cent rado en los
hum anos const it uyó un hit o en nuest ra com prensión del cosm os, aunque esa idea
fue olvidada y no fue recuperada o acept ada com únm ent e hast a Galileo, casi veint e
siglos m ás t arde. Por penet rant es que fueran algunas de las especulaciones j ónicas
sobre la nat uraleza, la m ayoría de sus ideas no pasarían com o ciencia válida en un
exam en m oderno. Una razón es que, com o los griegos t odavía no habían invent ado
el m ét odo cient ífico, sus t eorías no fueron desarrolladas para ser verificadas
experim ent alm ent e. Así pues, si un est udioso afirm aba que un át om o se m ovía en
línea rect a hast a que chocaba con un segundo át om o, y ot ro afirm aba que se m ovía
en línea rect a hast a que chocaba con un cíclope, no había m anera obj et iva de
zanj ar la discusión. Tam poco había una diferencia clara ent re las leyes hum anas y
las leyes físicas. En el siglo v a. C, por ej em plo, Anaxim andro escribió que t odas las
cosas surgieron de una sust ancia prim ordial y a ella ret ornarán, «a m enos que
paguen pena y cast igo por su iniquidad». Y según el filósofo j onio Heráclit o ( 535-
475 a. C) , el Sol se com port a com o lo hace porque de ot ro m odo la diosa de la
j ust icia lo expulsaría del cielo. Varios siglos después, los est oicos, una escuela de
filósofos griegos surgida hacia el siglo I I I a. C, est ablecieron una dist inción ent re los
est at ut os hum anos y las leyes nat urales, pero incluyeron reglas de conduct a
hum ana que consideraron universales —t ales com o la veneración a los dioses y la
obediencia a los padres— en la cat egoría de leyes nat urales. Recíprocam ent e, a
m enudo describieron los procesos físicos en t érm inos legales y creyeron necesario
reforzar dichas leyes, aunque los obj et os que debían «obedecerlas» fueran
inanim ados. Si ya nos parece difícil conseguir que los hum anos respet en las leyes
de t ráfico, im aginem os lo que sería convencer a un ast eroide a m overse a lo largo
de una elipse. Esa t radición cont inuó influyendo a los pensadores que, m uchos
siglos después, sucedieron a los griegos. En el siglo XI I I , el filósofo crist iano Tom ás
de Aquino ( 1225- 1274) adopt ó esa perspect iva y la usó para argum ent ar a favor de

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la exist encia de Dios, escribiendo que «es claro que los ( obj et os inanim ados)
alcanzan su fin no por azar sino por int ención... Por lo t ant o, exist e un ser personal
int eligent e por quien t odo en la nat uraleza est á ordenado a su fin». I ncluso t an
t arde com o el siglo XVI , el gran ast rónom o alem án Johannes Kepler ( 1571- 1630)
creyó que los planet as t enían percepción sensorial y seguían conscient em ent e leyes
de m ovim ient o capt adas por su «m ent e». La noción de que las leyes de la
nat uraleza habían de ser obedecidas int encionalm ent e reflej a la prioridad de los
ant iguos en averiguar por qué la nat uraleza se com port a com o lo hace en lugar de
cóm o lo hace. Arist ót eles fue uno de los proponent es m ás influyent es de est a
form ulación, rechazando la idea de una ciencia basada principalm ent e en la
observación. Las m edidas precisas y los cálculos m at em át icos eran, de t odas
form as, difíciles en la Ant igüedad. La not ación num érica en base decim al que nos
result a t an convenient e para los cálculos arit m ét icos dat a t an sólo de hacia el siglo
VI I de nuest ra era, cuando los hindúes realizaron los prim eros grandes pasos para
convert ir est e recurso en un inst rum ent o poderoso. Los signos m ás y m enos para la
sum a y la rest a t uvieron que esperar al siglo XV, y el signo igual y los reloj es
capaces de m edir el t iem po en segundos no exist ieron ant es del siglo XVI .
Arist ót eles, sin em bargo, no consideró los problem as de m edida y de cálculo com o
un im pedim ent o para desarrollar una física capaz de llegar a predicciones
cuant it at ivas. Más bien, no vio necesidad de hacer t ales predicciones y const ruye)
su física sobre principios que le parecían int elect ualm ent e at ract ivos, descart ando
los hechos, que consideraba poco at ract ivos. Así, enfocó sus esfuerzos hacia las
razones por las cuales las cosas ocurren c invirt ió relat ivam ent e poca energía en
det allar con exact it ud lo que est aba ocurriendo. Arist ót eles m odificaba
adecuadam ent e sus conclusiones cuando el desacuerdo de ést as con las
observaciones era t an flagrant e que no podía ser ignorado, pero sus aj ust es eran a
m enudo sim ples explicaciones ad hoc que hacían poco m ás que t apar las
cont radicciones. Así, por m uy claram ent e que una t eoría se desviara de lo que
ocurre en realidad, siem pre podía alt erarla lo suficient e para que pareciera que el
conflict o había sido elim inado. Por ej em plo, su t eoría del m ovim ient o especificaba
que los cuerpos pesados caen con velocidad const ant e, proporcional a su peso. Para
explicar que los obj et os m anifiest am ent e adquieren velocidad a m edida que van

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cayendo, invent ó un nuevo principio, a saber, que los cuerpos est án m ás cont ent os
y, por lo t ant o, se aceleran a m edida que se acercan a su posición nat ural de
reposo, un principio que hoy parece describir m ás adecuadam ent e a algunas
personas que a obj et os inanim ados. Aunque a m enudo las t eorías de Arist ót eles
t enían escaso poder predict ivo, su form a de considerar la ciencia dom ine) el
pensam ient o occident al durant e unos dos m il años. Los sucesores crist ianos de los
griegos se opusieron a la noción de que el universo est á regido por una ley nat ural
indiferent e y t am bién rechazaron la idea de que los hum anos no t ienen un lugar
privilegiado en el universo. Y aunque en el período m edieval no hubo un sist em a
filosófico coherent e único, un t em a com ún fue que el universo es la casa de
m uñecas de Dios y que la religión era un t em a m ucho m ás digno de est udio que los
fenóm enos de la nat uraleza.

«Si algo he aprendido en m i largo reinado, es que el calor sube»

En efect o, en 1277 el obispo Tem pier de París, siguiendo las inst rucciones del papa
Juan XXI , publicó una list a de 219 errores o herej ías que debían ser condenados.
Ent re dichas herej ías est aba la idea de que la nat uraleza sigue leyes, porque ello

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ent ra en conflict o con la om nipot encia de Dios. Result a int eresant e saber que el
papa Juan XXI falleció por los efect os de la ley de la gravedad unos m eses m ás
t arde, al caerle encim a el t echo de su palacio.
El concept o m oderno de leyes de la nat uraleza em ergió en el siglo XVI I . Parece que
Kepler fue el prim er cient ífico que int erpret e') est e t érm ino en el sent ido de la
ciencia m oderna aunque, com o hem os dicho, ret uvo una versión anim ist a de los
obj et os físicos. Galileo ( 1564- 1642) no ut ilizó el t érm ino «ley» en la m ayoría de sus
t rabaj os cient íficos ( aunque aparece en algunas de las t raducciones de ellos) .
Ut ilizara o no el t érm ino, sin em bargo, Galileo descubrió m uchas leyes im port ant es
y abogó por los principios básicos de que la observación es la base de la ciencia y de
que el obj et ivo de la ciencia es invest igar las relaciones cuant it at ivas que exist en
ent re los fenóm enos físicos. Pero quien form uló por prim era vez de una m anera
explícit a y rigurosa el concept o de leyes de la nat uraleza t al com o lo ent endem os
hoy fue Rene Descart es ( 1596- 1650) . Descart es creía que t odos los fenóm enos
físicos deben ser explicados en t érm inos de colisiones de m asas en m ovim ient o,
regidas por t res leyes —precursoras de las t res célebres leyes de New t on. Afirm ó
que dichas leyes de la nat uraleza eran válidas en t odo lugar y en t odo m om ent o y
est ableció explícit am ent e que la obediencia a dichas leyes no im plica que los
cuerpos en m ovim ient o t engan m ent e. Descart es com prendió t am bién la
im port ancia de lo que hoy llam am os «condiciones iniciales», que describen el est ado
de un sist em a al inicio del int ervalo t em poral —sea cual sea— a lo largo del cual
int ent am os efect uar predicciones. Con un conj unt o dado de condiciones iniciales, las
leyes de la nat uraleza est ablecen cóm o el sist em a evolucionara a lo largo del
t iem po; pero sin un conj unt o concret o de condiciones iniciales, su evolución no
puede ser especificada. Si, por ej em plo, en el inst ant e cero una palom a dej a caer
algo vert icalm ent e, la t rayect oria del obj et o que cae queda det erm inada por las
leyes de Newt on. Pero el result ado será m uy diferent e según que la palom a, en el
inst ant e cero, est é quiet a sobre un post e t elegráfico o volando a t reint a kilóm et ros
por hora. Para aplicar las leyes de la física, necesit am os saber cóm o em pezó el
sist em a, o al m enos su est ado en un inst ant e definido. ( Tam bién podem os ut ilizar
las leyes para reconst ruir la t rayect oria de un obj et o hacia at rás en el t iem po.)
Cuando esa creencia renovada en la exist encia de leyes de la nat uraleza fue

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ganando aut oridad, surgieron nuevos int ent os de reconciliarla con el concept o de
Dios. Según Descart es, Dios podría alt erar a volunt ad la verdad o la falsedad de las
proposiciones ét icas o de los t eorem as m at em át icos, pero no la nat uraleza. Creía
que Dios prom ulgaba las leyes de la nat uraleza pero que no podía elegir dichas
leyes, sino que las adopt aba porque las leyes que experim ent am os eran las únicas
posibles. Ello parecería lim it ar la aut oridad de Dios, pero Descart es sort eó est e
problem a afirm ando que las leyes son inalt erables porque const it uyen un reflej o de
la propia nat uraleza int rínseca de Dios. Aunque ello fuera verdad, se podría pensar
que Dios t enía la opción de crear una diversidad de m undos diferent es, cada uno de
los cuales correspondería a un conj unt o diferent e de condiciones iniciales, pero
Descart es t am bién negó esa posibilidad. Sea cual sea la disposición de la m at eria en
el inicio del universo, argum ent ó, a lo largo del t iem po evolucionaría hacia un
m undo idént ico al nuest ro. Adem ás, Descart es afirm ó que una vez Dios ha puest o
en m archa el m undo lo dej a funcionar por sí solo. Una posición sem ej ant e fue
adopt ada por I saac Newt on ( 1643- 1727) . Newt on consiguió una acept ación am plia
del concept o m oderno de ley cient ífica con sus t res leyes del m ovim ient o y su ley de
la gravedad, que dan razón de las órbit as de la Tierra, la Luna y los planet as y
explican fenóm enos com o las m arcas. El puñado de ecuaciones que creó y el
elaborado m arco m at em át ico que hem os desarrollado a part ir de ellas, son
enseñados t odavía y ut ilizados por los arquit ect os para const ruir edificios, los
ingenieros para diseñar coches, o los físicos para calcular cóm o lanzar un cohet e
para que se pose en Mart e. Com o escribió el poet a Alexander Pope: Nat ure and
Nat ure's laws lay hid in night : God said, Let Newt on be! and all was light . ( La
Nat uraleza y sus leyes yacían en la oscuridad; Dios dij o: ¡Sea Newt on! , y t odo fue
claridad.) Act ualm ent e, la m ayoría de los cient íficos dirían que una ley de la
nat uraleza es una regla basada en una regularidad observada y que proporciona
predicciones que van m ás allá de las sit uaciones inm ediat as en que se ha basado su
form ulación. Por ej em plo, podríam os advert ir que el Sol ha salido por el est e cada
m añana de nuest ras vidas, y post ular la ley de que «el Sol siem pre sale por el
est e». Est a es una generalización que va m ás allá de nuest ras observaciones
lim it adas sobre la salida del Sol, y hace predicciones com probables sobre el fut uro.
En cam bio, una afirm ación com o «los ordenadores de est a oficina son negros» no es

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una ley de la nat uraleza, porque t an sólo describe los ordenadores de la oficina,
pero no hace predicciones com o «si en m i oficina com pran ot ro ordenador, será
negro». Nuest ra int erpret ación m oderna del t érm ino «ley de la nat uraleza» es un
t em a que los filósofos debat en prolij am ent e, y es bast ant e m ás sut il de lo que
podríam os im aginar a prim era vist a. Por ej em plo, el filósofo John W. Carroll
com paró la afirm ación «t odas las esferas de oro t ienen m enos de un kilóm et ro de
radio» con la afirm ación «t odas las esferas de uranio 235 t ienen m enos de un
kilóm et ro de radio». Nuest ras observaciones del m undo nos dicen que no hay
esferas de oro de radio m ayor que un kilóm et ro, y podem os est ar bast ant e seguros
de que nunca las habrá. Sin em bargo, no t enem os razón para pensar que nunca las
pueda haber, de m anera que la afirm ación no es considerada com o una ley. En
cam bio, la afirm ación «t odas las esferas de uranio 235 t ienen m enos de un
kilóm et ro de radio» podría ser int erpret ada com o una ley de la nat uraleza porque,
según lo que conocem os sobre física nuclear, si una esfera de uranio 235 sobrepasa
un radio de unos siet e cent ím et ros y m edio se dest ruiría a sí m ism a en una
explosión nuclear. Por lo t ant o, podem os est ar seguros de que t ales esferas no
exist en. ( ¡Ni sería una buena idea int ent ar hacer una! ) . Est a dist inción im port a
porque ilust ra que no t odas las generalizaciones que observam os pueden ser
consideradas com o leyes de la nat uraleza, y que la m ayoría de las leyes de la
nat uraleza exist en com o part e de un sist em a m ayor y m ut uam ent e int erconect ado
de leyes. En la ciencia m oderna, las leyes de la nat uraleza son form uladas en
t érm inos m at em át icos. Pueden ser exact as o aproxim adas, pero se debe haber
const at ado que se cum plen sin excepción, si no universalm ent e al m enos baj o un
conj unt o est ipulado de condiciones. Por ej em plo, sabem os act ualm ent e que las
leyes de Newt on deben ser m odificadas si los obj et os se desplazan a velocidades
próxim as a la de la luz. Aun así, consideram os que las leyes de Newt on siguen
siendo leyes, porque se cum plen, al m enos con un buen grado de aproxim ación, en
las condiciones del m undo cot idiano, en el cual las velocidades que encont ram os
son m ucho m enores que la velocidad de la luz. Si la nat uraleza se rige por leyes,
surgen t res cuest iones:
1. ¿Cuál es el origen de dichas leyes?
2. ¿Hay algunas excepciones a est as leyes, por ej em plo, los m ilagros?

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3. ¿Hay un solo conj unt o posible de leyes?

Est as im port ant es cuest iones han sido abordadas de m aneras m uy diversas por
cient íficos, filósofos y t eólogos. La respuest a dada t radicionalm ent e a la prim era
cuest ión —la respuest a de Kepler, Galileo, Descart es y Newt on— fue que las leyes
eran la obra de Dios. Sin em bargo, ello no es m ás que una definición de Dios com o
la encarnación de las leyes de la nat uraleza. Salvo que se dot e a Dios con ot ros
at ribut os, com o por ej em plo ser el Dios del Ant iguo Test am ent o, ut ilizar a Dios
com o respuest a a la prim era pregunt a m eram ent e sust it uye un m ist erio por ot ro.
Así pues, si hacem os int ervenir a Dios en la respuest a a la prim era cuest ión, el
em bat e real llega con la segunda pregunt a: ¿hay m ilagros, excepciones a las leyes?
Las opiniones sobre la respuest a a esa segunda pregunt a han est ado drást icam ent e
divididas. Plat ón y Arist ót eles, los escrit ores griegos ant iguos m ás influyent es,
m ant uvieron que no podía haber excepciones a las leyes. Pero si se adopt a el punt o
de vist a bíblico, Dios creó las leyes, pero se le puede rogar, m ediant e la plegaria,
que haga excepciones a ellas —para curar a un enferm o t erm inal, poner fin
inm ediat am ent e a las sequías, o hacer que el croquet vuelva a ser un deport e
olím pico—. En oposición al punt o de vist a de Descart es, casi t odos los pensadores
crist ianos m ant uvieron que Dios debe ser capaz de suspender las leyes para hacer
m ilagros. I ncluso Newt on creyó en m ilagros de ese t ipo: creyó que las órbit as de los
planet as seguram ent e eran inest ables, a causa de que la at racción gravit at oria
ent re los planet as produciría en sus órbit as pert urbaciones que crecerían con el
t iem po, con el result ado de que los planet as o bien caerían al Sol o bien serían
expulsados del sist em a solar. Dios debía, pues, est ar reiniciando las órbit as, creía
él, o «dando cuerda al reloj celest e», sin lo cual ést e se pararía. Sin em bargo,
Pierre- Sim on, m arqués de Laplace ( 1749— 1827) , conocido habit ualm ent e com o
Laplace, arguyó que las pert urbaciones deberían ser periódicas, es decir, m arcadas
por ciclos repet idos, en lugar de ser acum ulat ivas. El sist em a solar por lo t ant o se
est abilizaría a sí m ism o, y no habría necesidad de la int ervención divina par a
explicar por qué ha sobrevivido hast a el día de hoy. Es a Laplace a quien se
acost um bra a at ribuir la prim era form ulación precisa del det erm inism o cient ífico:
dado el est ado del universo en un inst ant e dado, un conj unt o com plet o de leyes

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det erm ina com plet am ent e t ant o el fut uro com o el pasado. Est o excluiría la
posibilidad de m ilagros, o un papel act ivo de Dios. El det erm inism o cient ífico que
Laplace form uló es la respuest a de los cient íficos m odernos a la segunda pregunt a.
Es, de hecho, la base de t oda la ciencia m oderna, y un principio que desem peña un
papel im port ant e a lo largo de est e libro. Una ley cient ífica no es t al si sólo se
cum ple cuando algún ser sobrenat ural decide no int ervenir. Con referencia a esa
cuest ión, se dice que Napoleón pregunt ó a Laplace qué papel desem peñaba Dios y
que Laplace respondió: «Señor, no he necesit ado est a hipót esis».

«Creo que debería ser un poco m ás explícit o en el segundo paso»

Com o vivim os e int eraccionam os con los ot ros obj et os del universo, el det erm inism o
cient ífico debe cum plirse t am bién para las personas. Muchos, sin em bargo, aunque
acept en que el det erm inism o cient ífico rige los procesos físicos, harían una
excepción para el com port am ient o hum ano, ya que creen que t ienen libre albedrío.

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Descart es, por ej em plo, para preservar la idea de libre Albert o, afirm e) que la
m ent e hum ana era una cosa diferent e del m undo físico y que no seguía sus leyes.
En su int erpret ación, las personas consist en en dos ingredient es: cuerpo y alm a. Los
cuerpos no son m ás que m áquinas ordinarias, pero el alm a no est á suj et a a las
leyes cient íficas. Descart es est aba m uy int eresado en la anat om ía y la fisiología y
consideró que un órgano dim inut o en el cent ro del cerebro, llam ado glándula pineal,
era la sede principal del alm a. Dicha glándula, creía él, era el lugar donde se form an
t odos nuest ros pensam ient os, la fuent e de nuest ra libre volunt ad. ¿Tenem os libre
albedrío? Si lo t enem os, ¿en qué punt o del árbol de la evolución se desarrolló?
¿Tienen libre albedrío las algas verdes o las bact erias, o su com port am ient o es
aut om át ico, dent ro del reino de las leyes cient íficas? ¿" Son t an sólo los seres
m ult icelulares los que t ienen libre albedrío, o est á reservado a los m am íferos?
Podem os pensar que un chim pancé est á ej erciendo su libre albedrío cuando decide
pelar una banana o un gat o cuando araña el sola con sus uñas, pero ¿qué ocurre
con el gusano denom inado Caenorbabdyt is elegans, una criat ura m uy sencilla que
const a de t an sólo 959 células? Probablem ent e nunca piensa para sí: «¡Ot ra vez,
esa insípida bact eria para cenar! » pero, aun así, quizá t am bién t iene preferencias
definidas por la com ida y, o bien se resignará a una com ida poco at ract iva o irá a
forraj ear para buscar algo m ej or, según su experiencia recient e. ¿Es eso el ej ercicio
del libre albedrío? Aunque sent im os que podem os escoger lo que hacem os, nuest ra
com prensión de las bases m oleculares de la biología dem uest ra que los procesos
biológicos est án regidos por las leyes de la física y la quím ica y que, por lo t ant o,
est án t an det erm inados com o las órbit as planet arias. Experim ent os recient es en
neurociencia corroboran el punt o de vist a de que es nuest ro cerebro físico,
siguiendo las leyes conocidas de la ciencia, el que det erm ina nuest ras acciones, y no
algún agent e que exist a fuera de esas leyes. Por ej em plo, pacient es som et idos a
una operación quirúrgica con anest esia local const at aron que al serles est im uladas
eléct ricam ent e regiones adecuadas de su cerebro sent ían el deseo de m over la
m ano, el brazo, el pie, o los labios y hablar. Es difícil im aginar cóm o podría operar el
libre albedrío si nuest ro com port am ient o est á det erm inado por las leyes físicas, de
m anera que parece que no som os m ás que m áquinas biológicas y que el libre
albedrío es sólo una ilusión. Aunque concedam os que el com port am ient o hum ano

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est á efect ivam ent e det erm inado por las leyes de la nat uraleza, t am bién parece
razonable concluir que el result ado final est á det erm inado de una m anera t an
com plicada y con t ant as variables que result a im posible, en la práct ica, predecirlo.
Para ello se necesit aría conocer el est ado inicial de m iles de billones de billones de
part ículas del cuerpo hum ano y resolver un núm ero parecido de ecuaciones. Ello
llevaría m iles de m illones de años, y sería un poco t arde para apart arse si la
persona opuest a decidiera propinarnos un golpe. Com o result a t an im pract icable
ut ilizar las leyes físicas subyacent es para predecir el com port am ient o hum ano,
adopt am os lo que se llam a una t eoría efect iva. En física, una t eoría efect iva es un
m arco creado para m odelizar algunos fenóm enos observados, sin necesidad de
describir con t odo det alle sus procesos subyacent es. Por ej em plo, no podem os
resolver exact am ent e las ecuaciones que rigen la int eracción gravit at oria de cada
uno de los át om os del cuerpo de una persona con cada uno de los át om os de la
Tierra. Pero a t odos los efect os práct icos, la fuerza gravit at oria ent re una persona y
la Tierra puede ser descrit a en t érm inos de unas pocas m agnit udes, com o la m asa
t ot al de la persona y de la Tierra y el radio de la Tierra. Análogam ent e, no podem os
resolver las ecuaciones que rigen el com port am ient o de los át om os y m oléculas
com plej os, pero hem os desarrollado una t eoría efect iva denom inada quím ica que
proporciona una explicación adecuada de cóm o los át om os y las m oléculas se
com port an en las reacciones quím icas, sin ent rar en cada uno de los det alles de sus
int eracciones. En el caso de las personas, com o no podem os resolver las ecuaciones
que det erm inan nuest ro com port am ient o, podem os ut ilizar la t eoría efect iva de que
los individuos t ienen libre albedrío. El est udio de nuest ra volunt ad y del
com port am ient o que se sigue de ella es la ciencia de la psicología. La econom ía
t am bién es una t eoría efect iva, basada en la noción de libre albedrío, m ás el
supuest o de que la gent e evalúa sus posibles form as de acción alt ernat ivas y escoge
la m ej or. Dicha t eoría efect iva sólo es m oderadam ent e sat isfact oria en la predicción
del com port am ient o ya que, com o t odos sabem os, a m enudo las decisiones o no
son racionales o est án basadas en análisis deficient es de las consecuencias de la
elección. Por eso el m undo es un lío. La t ercera pregunt a aborda la cuest ión de si
las leyes que det erm inan el com port am ient o del universo y de los hum anos son
únicas. Si la respuest a a la prim era pregunt a es que Dios creó las leyes, ent onces

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est a t ercera cuest ión se form ula com o: ¿t uvo Dios una diversidad de opciones para
escogerlas? Tant o Arist ót eles com o Plat ón creyeron, com o Descart es y
post eriorm ent e Einst ein, que los principios de la nat uraleza exist en por
«necesidad», es decir, porque son las únicas leyes que t ienen consist encia lógica.
Debido a su creencia en el origen lógico de las leyes de la nat uraleza, Arist ót eles y
sus seguidores sost uvieron que era posible «deducir» dichas leyes sin prest ar
dem asiada at ención a cóm o la nat uraleza se com port a realm ent e. Eso, y el énfasis
en el «por qué» los obj et os siguen leyes m ás que en las leyes específicas que
siguen, le conduj o a leyes básicam ent e cualit at ivas que a m enudo eran erróneas y
que, en cualquier caso, no result aron ser dem asiado út iles, aunque dom inaron el
pensam ient o cient ífico durant e m uchos siglos. Sólo m ucho m ás t arde, gent e com o
Galileo se at revió a desafiar la aut oridad de Arist ót eles y a observar lo que la
nat uraleza hacía en realidad, m ás que lo que la pura «razón» decía que debería
hacer.
Est e libro est á enraizado en el concept o del det erm inism o cient ífico, que im plica que
la respuest a a la segunda pregunt a es que no hay m ilagros, o excepciones a las
leyes de la nat uraleza. Sin em bargo, volverem os a t rat ar de nuevo en profundidad
las pregunt as uno y t res, las cuest iones de cóm o surgieron las leyes y por qué son
las únicas posibles. Pero ant es, en el capít ulo siguient e, nos dedicarem os a la
cuest ión de qué es lo que describen las leyes de la nat uraleza. La m ayoría de los
cient íficos dirían que son reflej os m at em át icos de una realidad ext erior que exist e
independient em ent e del observador que la cont em pla. Pero a m edida que vam os
exam inando nuest ra m anera de observar nuest ro alrededor y de form arnos
concept os sobre él, surge la pregunt a de ¿t enem os realm ent e razones para creer
que exist e una realidad obj et iva?

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Ca pít u lo 3
¿QUÉ ES LA REALI D AD ?

HACE algunos años el ayunt am ient o de Monza, en I t alia, prohibió a los propiet arios
de anim ales dom ést icos t ener pececit os de colores en peceras redondeadas. El
prom ot or de est a m edida la j ust ificó diciendo que es cruel t ener a un pez en una
pecera con las paredes curvas porque, al m irar hacia fuera, t endría una im agen
dist orsionada de la realidad. Pero ¿cóm o sabem os que nosot ros t enem os la visión
verdadera, no dist orsionada, de la realidad? ¿No podría ser que nosot ros m ism os
est uviéram os en el int erior de una especie de pecera curvada y nuest ra visión de la
realidad est uviera dist orsionada por una lent e enorm e? La visión de la realidad de
los pececillos es diferent e de la nuest ra, pero ¿podem os asegurar que es m enos
real? La visión de los pececillos no es com o la nuest ra pero, aun así, podrían
form ular leyes cient íficas que describieran el m ovim ient o de los obj et os que
observan en el ext erior de su pecera. Por ej em plo, a causa de la dist orsión, los
obj et os que se m ovieran librem ent e, y que nosot ros observaríam os en una
t rayect oria rect ilínea, serían observados por los pececillos com o si se m ovieran en
una t rayect oria curvada. Sin em bargo, los pececillos podrían form ular leyes
cient íficas que siem pre se cum plirían en su sist em a de referencia dist orsionado y
que les perm it irían hacer predicciones sobre el m ovim ient o fut uro de los obj et os de
fuera de la pecera. Sus leyes serían m ás com plicadas que las form uladas en nuest ro
sist em a de referencia, pero la sim plicidad es una cuest ión de gust os. Si los
pececillos form ularan t al t eoría, deberíam os adm it ir que t ienen una im agen válida
de la realidad.
Un ej em plo fam oso de diferent es im ágenes de la realidad es el m odelo int roducido
hacia el año 150 de nuest ra era por Pt olom eo ( c. 85- 165) para describir el
m ovim ient o de los cuerpos celest es. Pt olom eo publicó sus t rabaj os en un t rat ado de
t rece volúm enes, habit ualm ent e conocido en su conj unt o con su t ít ulo en árabe,
Alm agest o. El Alm aqest o em pieza explicando los m ot ivos para pensar que la Tierra
es esférica, est á en reposo en el cent ro del universo y es despreciablem ent e
pequeña en com paración con la dist ancia al firm am ent o. A pesar del m odelo
heliocént rico de Arist arco, esas creencias habían sido sost enidas por la m ayoría de

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griegos cult os al m enos desde el t iem po de Arist ót eles, quien creía, por razones
m íst icas, que la Tierra debería est ar en el cent ro del universo. En el m odelo de
Pt olom eo, la Tierra est aba inm óvil en el cent ro y los planet as y las est rellas giraban
a su alrededor en órbit as com plicadas en que había epiciclos, o círculos cuyos
cent ros giraban a lo largo de ot ros círculos.

El u n ive r so pt olom a ico. En el m odelo de Pt olom eo, vivíam os en el cent ro del


universo

Ese m odelo parecía nat ural, porque no not am os que la Tierra se m ueva baj o
nuest ros pies ( salvo en los t errem ot os o en m om ent os de pasión) . La enseñanza
europea post erior est aba basada en las fuent es griegas que nos habían llegado, de
m anera que las ideas de Arist ót eles y Pt olom eo se convirt ieron en la principal base
del pensam ient o occident al. El m odelo de cosm os de Pt olom eo fue adopt ado por la
I glesia Cat ólica y m ant enido com o doct rina oficial durant e 1.400 años. No fue hast a

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1543 cuando un m odelo alt ernat ivo fue propuest o por Copérnico en su obra De
revolut ionibus orbium coelest ium ( «Sobre las revoluciones de las esferas celest es») ,
publicada en el año de su m uert e ( aunque había est ado t rabaj ando en su t eoría
durant e varias décadas) . Copérnico, com o Arist arco unos diecisiet e siglos ant es,
describió un universo en que el Sol est aba en reposo y los planet as giraban a su
alrededor en órbit as circulares. Aunque la idea no era nueva, su rest auración t opó
con una resist encia apasionada. Se consideró que el m odelo copernicano
cont radecía la Biblia, la cual era int erpret ada com o si dij era que los planet as se
m ovían alrededor de la Tierra, aunque en realidad la Biblia nunca lo afirm aba con
claridad. De hecho, en la época en que la Biblia fue escrit a la gent e creía que la
Tierra era plana. El m odelo copernicano conduj o a un virulent o debat e sobre si la
Tierra est aba o no en reposo, que culm inó con el j uicio a Galileo por herej ía en 1633
por post ular el m odelo copernicano y por pensar que «se puede defender y sost ener
com o probable una opinión t ras haber sido declarada y definida cont raria a las
Sagradas Escrit uras». Fue declarado culpable, confinado a arrest o dom iciliario para
el rest o de su vida, y forzado a ret ract arse. Se dice que en voz baj a m urm uró Eppur
si m uove ( «Aun así, se m ueve») . En 1992, la I glesia Cat ólica rom ana reconoció
finalm ent e que la condena a Galileo había sido una equivocación. Así pues, ¿qué
sist em a se aj ust a m ás a la realidad, el pt olem aico o el copernicano? Aunque es
bast ant e habit ual que se diga que Copérnico dem ost ró que Pt olom eo est aba
equivocado, eso no es verdad. Tal com o en el caso de nuest ra visión y la de los
pececit os en la pecera redondeada, podem os ut ilizar am bas visiones com o m odelo
de universo, ya que nuest ras observaciones del firm am ent o pueden ser explicadas
t ant o si suponem os que la Tierra o el Sol est án en reposo. A pesar de su papel en
los debat es filosóficos sobre la nat uraleza de nuest ro universo, la vent aj a real del
sist em a copernicano es sim plem ent e que las ecuaciones de m ovim ient o son m ucho
m ás sim ples en el sist em a de referencia en que el Sol se halla en reposo. Un t ipo
diferent e de realidad alt ernat iva se present a en la película de ciencia ficción Mat rix,
en la que la especie hum ana vive sin saberlo en una realidad virt ual creada por
ordenadores int eligent es para m ant enerlos sat isfechos y en paz m ient ras los
ordenadores sorben su energía bioeléct rica ( sea lo que sea eso) . Pero quizá no sea
t an descabellado, porque m ucha gent e prefiere pasar su t iem po en la realidad

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sim ulada de páginas web com o Second Life. ¿Cóm o sabem os que no som os t an sólo
personaj es de una operet a generada por ordenador, com o Jim Carrey en la película
El Show de Trum an? Si viviéram os en un m undo im aginario sint ét ico, los
acont ecim ient os no t endrían por qué t ener lógica ni consist encia alguna ni obedecer
ninguna ley. Los alienígenas que lo cont rolaran podrían considerar m ás int eresant e
o divert ido observar nuest ras reacciones, por ej em plo, si la luna llena se part iera en
dos o si cada persona que se som et iera a diet a desarrollara un ant oj o incont rolable
por los past eles de crem a de banana. Pero si los alienígenas im pusieran leyes
consist ent es, no t endríam os m anera de decir si hay ot ra realidad t ras la realidad
sim ulada.

«Est o es una grabación.» «No m e im port a, yo soy un hologram a»

Sería fácil decir que el m undo en que viven los alienígenas es el m undo «real» y que
el m undo generado por ordenador es un m undo falso. Pero si — com o nosot ros—
los seres en el m undo sim ulado no pudieran observar su universo desde fuera, no
t endrían razón para dudar de sus propias im ágenes de la realidad. Eso es una
versión m oderna de la idea de que t odos nosot ros som os personaj es del sueño de

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alguien.
Esos ej em plos nos llevan a una conclusión im port ant e en est e libro: No hay im agen
—ni t eoría— independient e del concept o de realidad. Así, adopt arem os una
perspect iva que denom inarem os realism o dependient e del m odelo: la idea de que
una t eoría física o una im agen del m undo es un m odelo ( generalm ent e de
nat uraleza m at em át ica) v un conj unt o de reglas que relacionan los elem ent os del
m odelo con las observaciones. Ello proporciona un m arco en el cual int erpret ar la
ciencia m oderna. Los filósofos, desde Plat ón hast a ahora, han discut ido a lo largo de
los siglos sobre la nat uraleza de la realidad. La ciencia clásica est á basada en la
creencia de que exist e un m undo real ext erno cuyas propiedades son definidas e
independient es del observador que las percibe. Según la ciencia clásica, ciert os
obj et os exist en y t ienen propiedades físicas, t ales com o velocidad y m asa, con
valores bien definidos. En esa visión, nuest ras t eorías son int ent os de describir
dichos obj et os y sus propiedades, y nuest ras m edidas y percepciones se
corresponden con ellos. Tant o el observador com o lo observado son parles de un
m undo que t iene una exist encia obj et iva, y cualquier dist inción ent re am bos no
t iene im port ancia significat iva. En ot ras palabras, si vem os una m anada de cebras
com pit iendo por una plaza en un garaj e es porque realm ent e hay una m anada de
cebras com pit iendo por una plaza en un garaj e. Todos los ot ros observadores que
m iraran m edirían las m ism as propiedades y la m anada t endría aquellas
propiedades, hubiera o no alguien que las observara. En filosofía, est a creencia es
denom inada realism o. Aunque el realism o puede result ar una posición t ent adora, lo
que sabem os de la física m oderna hace difícil defenderlo, com o verem os
post eriorm ent e. Por ej em plo, según los principios de la física cuánt ica, que es una
descripción m uy precisa de la nat uraleza, una part ícula no t iene ni una posición
definida ni una velocidad definida, a no ser que—y hast a el m om ent o en que—
dichas m agnit udes sean m edidas por un observador. Por lo t ant o, no es correct o
decir que una m edición da un ciert o result ado porque la m agnit ud que est á siendo
m edida t iene aquel valor en el inst ant e de efect uar la m edición. De hecho, en
algunos casos los obj et os individuales ni siquiera t ienen una exist encia
independient e, sino t an sólo exist en com o una part e de un conj unt o. Y si una t eoría
denom inada principio holográfico dem uest ra ser correct a, nosot ros y nuest ro m undo

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cuat ridim ensional podríam os ser som bras de la front era de un espacio- t iem po
m ayor, de cinco dim ensiones. En dicho caso, nuest ro est at us en el universo sería
lit eralm ent e análogo al de los pececillos del ej em plo inicial. Los realist as est rict os a
m enudo argum ent an que la dem ost ración de que las t eorías cient íficas represent an
la realidad radica en sus éxit os. Pero diferent es t eorías pueden describir
sat isfact oriam ent e el m ism o fenóm eno a t ravés de m arcos concept uales diferent es.
De hecho, m uchas t eorías que habían dem ost rado ser sat isfact orias fueron
sust it uidas post eriorm ent e por ot ras t eorías igualm ent e sat isfact orias basadas en
concept os com plet am ent e nuevos de la realidad. Tradicionalm ent e, los que no
acept an el realism o han sido llam ados «ant irrealist as». Los ant irrealist as dist inguen
ent re el conocim ient o em pírico y el conocim ient o t eórico. Típicam ent e sost ienen que
observaciones y experim ent os t ienen sent ido pero que las t eorías no son m ás que
inst rum ent os út iles, que no encarnan verdades m ás profundas que t ransciendan los
fenóm enos observados. Algunos ant irrealist as han querido incluso rest ringir la
ciencia a las cosas que pueden ser observadas. Por esa razón, m uchos en el siglo
XI X rechazaron la idea de át om o a part ir del argum ent o de que nunca podríam os
ver ninguno. George Berkeley ( 1685- 1753) fue incluso t an allá que afirm ó que no
exist e nada m ás que la m ent e y sus ideas. Cuando un am igo hizo not ar al escrit or y
lexicógrafo inglés Sam uel Johnson ( 1709- 1784) que posiblem ent e la afirm ación de
Berkeley no podía ser refut ada, se dice que Johnson respondió subiendo a una gran
piedra para, después de darle a ést a una pat ada, proclam ar: «Lo refut o así».
Nat uralm ent e, el dolor que Johnson experim ent ó en su pie t am bién era una idea de
su m ent e, de m anera que en realidad no est aba refut ando las ideas de Berkeley.
Pero esa reacción ilust ra el punt o de vist a del filósofo David Hum e ( 1711- 1776) ,
que escribió que a pesar de que no t enem os garant ías racionales para creer en una
realidad obj et iva, no nos queda ot ra opción sino act uar com o si dicha realidad fuera
verdadera. El realism o dependient e del m odelo zanj a t odos esos debat es y
polém icas ent re las escuelas realist as y ant irrealist as. Según el realism o
dependient e del m odelo carece de sent ido pregunt ar si un m odelo es real o no; sólo
t iene sent ido pregunt ar si concuerda o no con las observaciones. Si hay dos
m odelos que concuerden con las observaciones, com o la im agen del pececillo y la
nuest ra, no se puede decir que uno sea m ás real que el ot ro. Podem os usar el

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m odelo que nos result e m ás convenient e en la sit uación que est am os considerando.
Por ej em plo, si est uviéram os en el int erior de la pecera, la im agen del pececillo
result aría út il, pero para los observadores del ext erior result aría m uy incóm odo
describir los acont ecim ient os de una galaxia lej ana en el m arco de una pecera
sit uada en la Tierra, especialm ent e porque la pecera se desplazaría a m edida que la
Tierra órbit a alrededor del Sol y gira sobre su ej e.

«Los dos t ienen algo en com ún: el doct or Davis ha descubiert o una part ícula que
nadie ha vist o, y el profesor Higbe ha descubiert o una galaxia que nadie ha
observado»

Hacem os m odelos en ciencia, pero t am bién en la vida corrient e. El realism o


dependient e del m odelo se aplica no sólo a los m odelos cient íficos, sino t am bién a
los m odelos m ent ales conscient es o subconscient es que t odos cream os para
int erpret ar y com prender el m undo cot idiano. No hay m anera de elim inar el
observador —nosot ros— de nuest ra percepción del m undo, creada por nuest ro
procesam ient o sensorial y por la m anera en que pensam os y razonam os. Nuest ra

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percepción —y por lo t ant o las observaciones sobre las cuales se basan nuest ras
t eorías— no es direct a, sino m ás bien est á conform ada por una especie de lent e, a
saber, la est ruct ura int erpret at iva de nuest ros cerebros hum anos. El realism o
dependient e del m odelo corresponde a la m anera com o percibim os los obj et os. En
la visión, el cerebro recibe una serie de señales a lo largo del nervio ópt ico, señales
que no form an el t ipo de im agen que acept aríam os en nuest ro t elevisor. Hay una
m ancha ciega en el punt o en que el nervio ópt ico se conect a a la ret ina, y la única
zona de nuest ro cam po de visión que goza de buena resolución es un área est recha
de aproxim adam ent e un grado de ángulo visual alrededor del cent ro de la ret ina, un
área del orden del ancho de la im agen del pulgar cuando t enem os el brazo
alargado. Así pues, los dat os brut os enviados al cerebro const it uyen una im agen
m al pixelada con un aguj ero en su cent ro. Afort unadam ent e, el cerebro hum ano
procesa dichos dat os, com binando los de cada oj o y colm ando los vacíos m ediant e
la hipót esis de que las propiedades visuales de los lugares cont iguos son
sem ej ant es e int erpolándolas. Adem ás, lee una disposición bidim ensional de dat os
de la ret ina y crea la im presión de un espacio t ridim ensional. En ot ras palabras, el
cerebro const ruye una im agen o m odelo m ent al.
El cerebro es t an bueno en const ruir m odelos que si nos pusiéram os unas gafas que
invirt ieran las im ágenes que recibim os en los oj os, nuest ro cerebro, al cabo de un
rat o, cam biaría el m odelo y veríam os de nuevo las cosas derechas. Si ent onces nos
sacáram os las gafas, veríam os el m undo al revés durant e un rat o pero de nuevo el
cerebro se adapt aría. Eso ilust ra que lo que querem os decir cuando afirm am os «Veo
una silla» es m eram ent e que hem os ut ilizado la luz que la silla ha esparcido por el
espacio para const ruir una im agen m ent al o m odelo de la silla. Si el m odelo est á
cabeza abaj o, es de esperar que el cerebro corrij a la im agen ant es de que
int ent em os sent arnos en la silla. Ot ro problem a que el realism o dependient e del
m odelo resuelve, o al m enos evit a, es el debat e sobre qué significa exist encia.
¿Cóm o sé que una m esa exist e si salgo de la habit ación y no puedo verla? ¿Qué
significa decir que cosas que no podem os ver, com o elect rones o quarks —part ículas
de las que est án form ados, según creem os, los prot ones y neut rones— exist en?
Podríam os t ener un m odelo en que la m esa desapareciera cada vez que salim os de
la habit ación y reapareciera en la m ism a posición cuando volvem os a ent rar, pero

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ello sería em barazoso ya que ¿qué pasaría si ocurriera algo cuando est am os fuera,
por ej em plo si cayera el t echo? El m odelo en que la m esa desaparece cuando
salim os de la habit ación, ¿cóm o podría explicar que cuando volvam os a ent rar la
m esa reaparecerá rot a baj o los cascot es? El m odelo en que la m esa sigue exist iendo
da una explicación m ucho m ás sim ple y concuerda con la observación. Es t odo lo
que le pedim os. En el caso de las part ículas subat óm icas que no podem os ver, los
elect rones son un m odelo út il que explica m uchas observaciones, com o por ej em plo
las t razas en una cám ara de burbuj as y las m anchas lum inosas en un t ubo de
t elevisor, ent re ot ros m uchos fenóm enos. Se dice que el elect rón fue descubiert o
por el físico brit ánico J. J. Thom son en los laborat orios Cavendish de la Universidad
de Cam bridge, cuando est aba haciendo experim ent os con corrient es eléct ricas en el
int erior de t ubos de gas práct icam ent e vacíos, un fenóm eno conocido com o «rayos
cat ódicos».

Ra yos ca t ódicos. No podem os ver los elect rones uno a uno, pero sí los ciclos que
producen

Sus experim ent os le conduj eron a la conclusión audaz de que los m ist eriosos rayos
est aban com puest os por m inúsculos «corpúsculos» que eran const it uyent es
m at eriales de los át om os, que bast a aquel m om ent o habían sido considerados la

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unidad fundam ent al e indivisible de la m at eria. Thom son no «vio» ningún elect rón,
ni su especulación sobre ellos fue dem ost rada direct am ent e y sin am bigüedad por
sus experim ent os. Pero el m odelo ha dem ost rado ser crucial en aplicaciones que
van desde la ciencia básica a la ingeniería y en la act ualidad t odos los físicos creen
en los elect rones, aunque no los puedan ver.
Los quarks, que t am poco podem os ver, son un m odelo para explicar las propiedades
de los prot ones y los neut rones en el núcleo at óm ico. Aunque decim os que los
prot ones y los neut rones est án const it uidos por quarks, nunca observarem os un
quark, porque la fuerza que liga los quarks ent re sí aum ent a con la separación ent re
ellos y, por lo t ant o, en la nat uraleza no pueden exist ir quarks libres aislados. En
cam bio, se present an siem pre en grupos de t res ( com o por ej em plo prot ones y
neut rones) , o com o quark m ás ant iquark ( com o por ej em plo m esones pi) , y se
com port an com o si est uvieran unidos por cint as de gom a. La cuest ión de si t iene
sent ido afirm ar que los quarks exist en realm ent e si nunca podem os aislar uno de
ellos fue un t em a de cont roversia en los años post eriores a cuando los quarks
fueran propuest os por prim era vez. La idea de que algunas part ículas est aban
com puest as por diferent es com binaciones de unas pocas part ículas
«subsubnucleares» proporcionó un principio explicat ivo sim ple y at ract ivo de sus
propiedades. Pero aunque los físicos est aban acost um brados a acept ar part ículas
que sólo podían ser inferidas a part ir de picos est adíst icos en dat os referent es a la
colisión y dispersión de ot ras part ículas, la idea de at ribuir realidad a una part ícula
que, por principio, podía ser inobservable fue dem asiado para m uchos físicos. Con
los años, sin em bargo, a m edida que el m odelo de quarks iba conduciendo a m ás y
m ás predicciones correct as, esa oposición se fue at enuando. Ciert am ent e, es
posible que algunos alienígenas con diecisiet e brazos, oj os de infrarroj os y la
cost um bre de soplar crem a por las orej as llevaran a cabo las m ism as observaciones
experim ent ales que nosot ros, pero las describirían sin quarks. Sin em bargo, según
el realism o dependient e del m odelo, los quarks exist en en un m odelo que concuerda
con nuest ras observaciones del com port am ient o de las part ículas subnucleares.
El realism o dependient e del m odelo proporciona un m arco para discut ir cuest iones
com o: si el m undo fue creado hace un t iem po finit o, ¿qué ocurrió ant es?

Gent ileza de Pablo Test ai 34 Preparado por Pat ricio Barros


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Qu a r k s. El concept o de quark es un ingredient e vit al de nuest ras t eorías de la física


fundam ent al, aunque los quarks no puedan ser observados individualm ent e

Un filósofo crist iano ant iguo, san Agust ín ( 354- 430) , dij o que la respuest a no era
que Dios est uviera preparando el infierno para las personas que hicieran pregunt as
corno ést a, sino que el t iem po era una propiedad del m undo creado por Dios y que
no exist ía ant es de la creación, que él creía que había sucedido hacía no m ucho
t iem po. Est e es un posible m odelo, favorecido por los que sost ienen que la
narración cont enida en el libro del Génesis es verdad lit eralm ent e, aunque el m undo
cont enga fósiles y ot ras evidencias que lo hacen parecer m ucho m ás ant iguo.
( ¿Fueron puest os en el m undo para engañarnos?) Pero podem os adopt ar ot ro
m odelo diferent e, en el que el t iem po em pezó hace unos t rece m il set ecient os
m illones de años, en el Big Bang. El m odelo que explica la m ayoría de nuest ras
observaciones present es, incluyendo las evidencias hist óricas y geológicas, es la
m ej or represent ación que t enem os del pasado. El segundo m odelo puede explicar
los fósiles y los regist ros radiact ivos y el hecho de que recibim os luz de galaxias que
est án a m illones de años luz de nosot ros, y por ello est e m odelo —la t eoría del Big
Bang— result a m ás út il que el prim ero. Pese a ello, no podem os afirm ar que
ninguno de los m odelos sea m ás real que el ot ro. Algunas personas sost ienen un

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m odelo en el que el t iem po em pezó incluso m ucho ant es del Big Bang. No result a
claro t odavía si un m odelo en el que el t iem po em pezara ant es del Big Bang
explicaría m ej or las observaciones act uales, porque parece que las leyes de la
evolución del universo podrían dej ar de ser válidas en el Big Bang. Si es así, no
t endría sent ido crear un m odelo que com prenda t iem pos ant eriores al Big Bang,
porque lo que exist ió ent onces no t endría consecuencias observables en el present e,
y pollo t ant o nos podem os ceñir a la idea de que el Big Bang fue la creación del
m undo. Un m odelo es sat isfact orio si: 1) Es elegant e. 2) Cont iene pocos elem ent os
arbit rarios o aj ust ables. 3) Concuerda con las observaciones exist ent es y
proporciona una explicación de ellas. 4) Realiza predicciones det alladas sobre
observaciones fut uras que perm it irán refut ar o falsar el m odelo si no son
confirm adas. Por ej em plo, la t eoría de Arist ót eles según la cual el m undo est aba
form ado por cuat ro elem ent os, t ierra, aire, fuego y agua, y que los obj et os
act uaban para cum plir su finalidad, era elegant e y no cont enía elem ent os
aj ust ables. Pero en la m ayoría de casos no efect uaba predicciones definidas y
cuando lo hacía no concordaban con las observaciones. Una de esas predicciones
era que los obj et os m ás pesados deberían caer m ás rápidam ent e, porque su
finalidad es caer. Nadie parecía haber pensado que fuera im port ant e com probarlo
hast a Galileo. Se dice que lo puso a prueba dej ando caer pesos desde la t orre
inclinada de Pisa, pero eso es probablem ent e apócrifo. En t odo caso, sabem os que
dej ó rodar diferent es pesos a lo largo de un plano inclinado y observó que t odos
adquirían velocidad al m ism o rit m o, cont rariam ent e a la predicción de Arist ót eles.
Pos crit erios ant eriores son obviam ent e subj et ivos. La elegancia, por ej em plo, no es
algo que se m ida fácilm ent e, pero es m uy apreciada ent re los cient íficos porque las
leyes de la nat uraleza significan com prim ir un núm ero de casos part iculares en una
fórm ula sencilla. La elegancia se refiere a la form a de una t eoría, pero est á m uy
relacionada con la falt a de elem ent os aj ust ables, ya que una t eoría at iborrada de
fact ores m anipulables no es m uy elegant e. Parafraseando a Einst ein, una t eoría
debe ser t an sencilla com o sea posible, pero no m ás sencilla, Pt olom eo añadió
epiciclos a las órbit as circulares de los cuerpos celest es para que su m odelo pudiera
describir con precisión su m ovim ient o. El m odelo podría haber sido hecho t odavía
m ás preciso añadiendo epiciclos a los epiciclos, e incluso m ás epiciclos adicionales.

Gent ileza de Pablo Test ai 36 Preparado por Pat ricio Barros


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Aunque esa com plej idad adicional podría dar m ás precisión al sist em a, los cient íficos
consideran insat isfact orio un m odelo que sea forzado a aj ust ar un conj unt o
específico de observaciones, m ás próxim o a un cat álogo de dat os que a una t eoría
que parezca cont ener algún principio út il. Verem os en el capít ulo 5 que m ucha
gent e considera el «m odelo est ándar», que describe las int eracciones ent re las
part ículas elem ent ales de la nat uraleza, com o poco elegant e. El m odelo es m ucho
m ás út il que los epiciclos de Pt olom eo: predij o la exist encia de nuevas part ículas
ant es de que fueran observadas y describió con gran precisión los result ados de
num erosos experim ent os durant e varias décadas. Pero cont iene algunas docenas de
parám et ros aj ust ables cuyos valores deben ser lij ados para concordar con las
observaciones, ya que no son det erm inados por la t eoría m ism a. En lo que respect a
al cuart o punt o, los cient íficos siem pre quedan im presionados cuando se dem uest ra
que predicciones nuevas y asom brosas del m odelo son correct as. Por ot ro lado,
cuando se ve que un m odelo falla, una reacción com ún es decir que el experim ent o
est aba equivocado. Si se com prueba que no es est e el caso, no se abandona el
m odelo, sino se int ent a salvarlo m ediant e algunas m odificaciones. Aunque los físicos
son realm ent e t enaces en sus int ent os por rescat ar t eorías que adm iran, la
t endencia a m odificar una t eoría va desvaneciéndose según el grado en que las
alt eraciones van result ando art ificiosas o pesadas y, por lo t ant o, «inelegant es». Si
las m odificaciones necesarias para acom odar nuevas observaciones result an
dem asiado abarracadas, ello indica la necesidad de un nuevo m odelo. Un ej em plo
de un m odelo que cedió baj o el peso de nuevas observaciones es el de un universo
est át ico. En la década de 1920, la m ayoría de físicos creían que el universo era
est át ico, es decir, que no cam biaba de t am año. Pero en 1929 Edwin Hubble publicó
sus observaciones que dem ost raban que el universo est á en expansión. Pero Hubble
no observó direct am ent e que el universo se expandiera, sino la luz em it ida por las
galaxias. Esa luz cont iene una señal caract eríst ica, o espect ro, basada en la
com posición de cada galaxia, y que cam bia en una form a cuant it at ivam ent e
conocida si la galaxia se m ueve. Por lo t ant o, analizando los espect ros de las
galaxias lej anas, Hubble consiguió det erm inar sus velocidades. Había esperado
encont rar t ant as galaxias alej ándose de nosot ros com o acercándose a nosot ros,
pero halló que práct icam ent e t odas ellas se est aban alej ando y que cuant o m ás

Gent ileza de Pablo Test ai 37 Preparado por Pat ricio Barros


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lej os est aban, con m ayor velocidad se m ovían. Hubble concluye) que el universo se
est á expandiendo pero ot ros, int ent ando m ant ener el m odelo ant erior, int ent aron
explicar esas observaciones en el cont ext o del universo est át ico. Por ej em plo, el
físico del I nst it ut o Tecnológico de California, Calt ech, Frit z Zw icky, sugirió que por
alguna razón t odavía desconocida la luz podría ir perdiendo lent am ent e energía a
m edida que recorre grandes dist ancias. Esa dism inución de energía correspondería
a un cam bio en el espect ro de la luz, que Zwicky sugirió podría reproducir las
observaciones de Hubble. Durant e décadas después de Hubble, m uchos cient íficos
cont inuaron m ant eniendo la t eoría de un est ado est acionario. Pero el m odelo m ás
nat ural era el de Hubble, el de un universo en expansión, y al final ha sido el
m odelo com únm ent e acept ado.

Re fr a cción . El m odelo new t oniano da la luz podía explicar por qué la luz se desvía
al pasar de un m edio a ot ro, pero no consiguió explicar ot ro fenóm eno que ahora
llam am os «anillos de Newt on»

En nuest ra búsqueda de las leyes que rigen el universo hem os form ulado un ciert o
núm ero de t eorías o m odelos, com o la t eoría de los cuat ro elem ent os, el m odelo

Gent ileza de Pablo Test ai 38 Preparado por Pat ricio Barros


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pt olem aico, la t eoría del flogist o, la t eoría del Big Bang, y m uchas ot ras. Nuest ros
concept os de la realidad y de los const it uyent es fundam ent ales del universo han
cam biado con cada t eoría o m odelo. Por ej em plo, considerem os la t eoría de la luz.
Newt on creyó que la luz est aba hecha de pequeñas part ículas o corpúsculos. Eso
explicaría por qué la luz viaj a en línea rect a, y Newt on lo ut ilizó t am bién para
explicar porqué la luz se curva o refract a cuando pasa de un m edio a ot ro, com o por
ej em plo del aire al vidrio o del aire al agua. La t eoría corpuscular, sin em bargo, no
consiguió explicar un fenóm eno que el m ism o Newt on observe) , conocido com o los
«anillos de Newt on»: coloquem os una lent e sobre una superficie plana reflect ant e e
ilum iném osla con luz de un solo color, com o por ej em plo la luz de una lám para de
sodio. Mirando vert icalm ent e hacia abaj o verem os una serie de anillos
alt ernat ivam ent e claros y oscuros cent rados en el punt o de cont act o ent re la lent e y
la superficie. Sería difícil explicar est e fenóm eno m ediant e la t eoría corpuscular de
la luz, pero puede ser explicado m ediant e la t eoría ondulat oria. Según la t eoría
ondulat oria de la luz, los anillos claros y oscuros son causados por un fenóm eno
llam ado int erferencia. Una onda, com o por ej em plo una onda de agua, consist e en
una serie de crest as y valles. Cuando las ondas se encuent ran, si las crest as
corresponden con las crest as y los valles con los valles, se refuerzan ent re sí, dando
una onda de m ayor am plit ud. Est o se llam a int erferencia const ruct iva. En dicho caso
se dice que est án «en fase». En el ext rem o opuest o, cuando las ondas se
encuent ran, las crest as de una pueden coincidir con los valles de la ot ra. En ese
caso, las ondas se anulan ent re sí, y se dice que est án «en oposición de fase».
Dicha sit uación se denom ina int erferencia dest ruct iva. En los anillos de Newt on, los
anillos brillant es est án sit uados a dist ancias del cent ro donde la separación ent re la
lent e y la superficie reflect ant e es un núm ero ent ero ( 1, 2, 3...) de longit udes de
onda. Eso significa que la onda reflej ada por la lent e coincide con la onda reflej ada
por el plano, cosa que produce una int erferencia const ruct iva. En cam bio, los anillos
oscuros est án sit uados a dist ancias del cent ro donde la separación ent re las dos
ondas reflej adas es un núm ero sem ient ero ( 1/ 2, 3/ 2, 5/ 2,...) de longit udes de onda,
produciendo int erferencia dest ruct iva—la onda reflej ada por la lent e se anulan con
la onda reflej ada por el plano—. En el siglo XI X, esa observación se consideró com o
una confirm ación de la t eoría ondulat oria de la luz, que dem ost raba que la t eoría

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corpuscular era errónea. Sin em bargo, a com ienzos del siglo XX Einst ein dem ost ró
que el efect o fot oeléct rico ut ilizado act ualm ent e en los t elevisores y las cám aras
digit ales podía ser explicado por el choque de un corpúsculo o cuant o de luz cont ra
un át om o arrancando uno de sus elect rones. Así pues, la luz se com port a com o
part ícula y com o onda. El concept o de onda probablem ent e ent ró en el pensam ient o
hum ano com o consecuencia de cont em plar el m ar o est anques agit ados por la caída
de algún guij arro. De hecho, si lanzam os a la vez dos guij arros en un est anque
podem os advert ir cóm o funciona la int erferencia, t al com o se ilust ra en la figura
siguient e.

I n t e r fe r e ncia e n u n e st a n qu e . El concept o de int erferencia se present a en la vida


corrient e en m asas de agua, de est anques a océanos

Se observó que ot ros líquidos se com port aban de una m anera sem ej ant e, salvo t al
vez el vino, si hem os bebido dem asiado. La idea de corpúsculo result aba fam iliar a
causa de las rocas, los guij arros o la arena, pero la dualidad onda/ part ícula —la idea
de que un obj et o puede ser descrit o com o una onda o com o una part ícula— era algo
com plet am ent e aj eno a la experiencia cot idiana, t al com o lo es la idea de que
podam os bebem os un fragm ent o de roca arenisca.

Gent ileza de Pablo Test ai 40 Preparado por Pat ricio Barros


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Dualidades com o ést a —sit uaciones en que dos t eorías m uy diferent es describen
con precisión el m ism o fenóm eno— son consist ent es con el realism o dependient e
del m odelo. Cada t eoría describe y explica algunas propiedades, pero no se puede
decir que ninguna de las dos t eorías sea m ej or ni result e m ás real que la ot ra.
Parece que con las leyes que rigen el universo ocurra lo m ism o y que no haya una
sola t eoría o m odelo m at em át ico que describa t odos los aspect os del universo sino
que, t al com o hem os dicho en el prim er capít ulo, se necesit e una red de t eorías, la
de la denom inada t eoría M. Cada t eoría de dicha red describe adecuadam ent e los
fenóm enos dent ro de un ciert o int ervalo y, cuando sus int ervalos se solapan, las
diversas t eorías de la red concuerdan ent re sí, por lo cual decim os que son part es
de la m ism a t eoría. Pero no hay una sola t eoría de dicha red que pueda describir
t odos y cada uno de los aspect os del universo —t odas las fuerzas de la nat uraleza,
las part ículas que experim ent an dichas fuerzas, y el m arco espacial y t em poral en
que t iene lugar t odo eso—. Aunque esa sit uación no sat isface el sueño t radicional de
los físicos de obt ener una sola t eoría unificada, result a acept able en el m arco del
realism o dependient e del m odelo. Analizarem os con m ayor det alle la dualidad y la
t eoría M en el capít ulo 5, pero ant es dirigim os nuest ra at ención a un principio
fundam ent al sobre el cual reposa nuest ra visión m oderna de la nat uraleza, la t eoría
cuánt ica y, en part icular, su form ulación m ediant e hist orias alt ernat ivas. En est a
visión, el universo no t iene una exist encia única o una hist oria única, sino que cada
posible versión del universo exist e sim ult áneam ent e en lo que denom inam os una
superposición cuánt ica. Eso puede sonar t an escandaloso com o la t eoría según la
cual la m esa desaparece cuando salim os de la habit ación, pero en est e caso la
t eoría ha superado sat isfact oriam ent e cada una de las pruebas experim ent ales a
que ha sido som et ida.

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Ca pít u lo 4
H I STORI AS ALTERN ATI VAS

En 1999, un equipo de físicos aust ríacos lanzó una serie de m oléculas que t ienen
form a de balón de fút bol cont ra una barrera. Dichas m oléculas, const it uidas por
sesent a át om os de carbono, se denom inan habit ualm ent e fullerenos, en hom enaj e
al arquit ect o Buckm inst er Fuller, que const ruyó cúpulas con esa form a. Las cúpulas
geodésicas de Fuller eran probablem ent e las m ayores est ruct uras exist ent es con
form a de pelot a de fút bol. Los fullerenos, en cam bio, son las m ás pequeñas. La
barrera hacia la cual los cient íficos lanzaron sus m oléculas t enía dos rendij as a
t ravés de las cuales podían pasar los fullerenos. Más allá de la barrera, los físicos
sit uaron una especie de pant alla que det ect aba y cont aba las m oléculas
em ergent es.

Fu lle r e n os. Los fullerenos son com o balones de fút bol m icroscópicos form ados por
át om os de carbono

Si t uviéram os que diseñar un experim ent o análogo con balones de fút bol reales,
necesit aríam os un j ugador con una punt ería algo inciert a pero capaz de lanzar la

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pelot a con la velocidad escogida. Sit uaríam os al j ugador frent e a la pared en la que
hay las dos rendij as. Más allá de la pared, y paralela a ella, pondríam os una larga
red. La m ayoría de los lanzam ient os del j ugador chocarían con la pared y
rebot arían, pero algunos pasarían por una u ot ra de las rendij as y llegarían a la red.
Si las rendij as fueran ligeram ent e m ás anchas que el balón, em ergerían de ellas dos
haces alt am ent e colim ados de balones hacia el lado opuest o. Si las rendij as fueran
t odavía un poco m ás anchas, cada haz se ensancharía un poco, t al com o se observa
en la figura.
Observem os que si obt uráram os una de las rendij as, el haz de balones
correspondient e ya no pasaría, pero ello no t endría ningún efect o sobre el ot ro haz.
Si volviéram os a abrir dicha rendij a, t an sólo aum ent aría el núm ero t ot al de balones
que llegarían a cada punt o de la red, ya que llegarían t odos los balones que pasan
por la rendij a que había quedado abiert a m ás los balones que hubieran pasado por
la rendij a que acabam os de abrir. Lo que observam os con las dos rendij as
sim ult áneam ent e abiert as es, en ot ras palabras, la sum a de lo que observam os con
cada una de las rendij as abiert as por separado. Est a es la realidad a que est am os
acost um brados en la vida corrient e, pero no es eso lo que los invest igadores
aust ríacos hallaron al lanzar sus m oléculas.
En su experim ent o, al abrir la segunda rendij a observaron, en elect o, un aum ent o
del núm ero de m oléculas que llegaban a algunos punt os de La pant alla, pero una
dism inución del núm ero de m oléculas que llegaban a ot ros punt os, t al com o se ve
en la figura. De hecho, había punt os a los que no llegaba ningún fullereno cuando
am bas rendij as est aban abiert as pero a los cuales llegaban cuando una cualquiera
de las dos rendij as est aba abiert a y la ot ra cerrada. Eso debería parecem os m uy
ext raño: ¿cóm o puede ser que abrir una segunda rendij a haga que lleguen m enos
m oléculas a algunos punt os? Podem os conseguir una pist a para la respuest a
exam inando los det alles. En el experim ent o, m uchos de los balones van a parar al
punt o que est á en m edio de los punt os donde esperaríam os que fueran a parar los
balones si pasaran por una rendij a o por la ot ra. Un poco m ás al lado de dicha
posición cent ral llegan m uy pocas m oléculas, pero un poco m ás allá, se vuelve a
observar la llegada de m uchas m oléculas. Est e pat rón no es la sum a de los pat rones
form ados cuando una de las rendij as est aba abiert a y la ot ra cerrada, sino que se

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puede reconocer en él el pat rón caract eríst ico de la int erferencia de las ondas, que
hem os vist o en el capít ulo 3, Las zonas donde no llegan m oléculas corresponden a
regiones en que las ondas em it idas por las dos rendij as llegan en oposición de fase
y producen por lo t ant o int erferencia dest ruct iva; las zonas donde llegan m uchas
m oléculas corresponden a regiones en que las ondas llegan en fase, y producen
int erferencia const ruct iva. En los prim eros dos m il años de pensam ient o cient ífico,
aproxim adam ent e, la experiencia ordinaria y la int uición const it uyeron la base de la
explicación t eórica. A m edida que m ej oram os la t ecnología y expandim os el dom inio
de fenóm enos observables, em pezam os a hallar que la nat uraleza se com port aba de
m aneras cada vez m enos parecidas a las de la experiencia cot idiana, y por lo t ant o
m enos acordes con nuest ra int uición, com o lo pone en evidencia el experim ent o con
los fullerenos. Ese experim ent o es t ípico de la clase de fenóm enos que no pueden
ser explicados m ediant e la ciencia clásica, pero sí est án descrit os por lo que se
denom ina la física cuánt ica. De hecho, Richard Feynm an escribió que el experim ent o
de la doble rendij a com o el que hem os descrit o «cont iene t odo el m ist erio de la
m ecánica cuánt ica». Los principios de la física cuánt ica fueron desarrollados en las
prim eras décadas del siglo XX, después de haber advert ido que la t eoría newt oniana
result a inadecuada para la descripción de la nat uraleza a niveles at óm ico y
subat óm ico. Las t eorías fundam ent ales de la física describen las fuerzas de la
nat uraleza y cóm o los obj et os reaccionan frent e a ellas. Las t eorías clásicas, com o
la de Newt on, est án const ruidas sobre un m arco que reflej a la experiencia cot idiana,
en que los obj et os m at eriales t ienen una exist encia individual, pueden ser
localizados en posiciones concret as y siguen t rayect orias bien definidas. La física
cuánt ica proporciona un m arco para com prender cóm o la nat uraleza act úa a escalas
at óm icas y subat óm icas, pero, com o verem os después con m ayor det alle, im plica
un esquem a concept ual com plet am ent e diferent e, en el cual la posición, la
t rayect oria e incluso el pasado y el fut uro dé los obj et os no est án det erm inados con
precisión. Las t eorías cuánt icas de las fuerzas, com o la gravedad o la fuerza
elect rom agnét ica, son t eorías const ruidas en ese m arco. ¿Pueden las t eorías
const ruidas sobre un m arco t an aj eno a la experiencia cot idiana explicar t am bién los
acont ecim ient os que form an part e de dicha experiencia, y que fueron t an bien
m odelizados por la física clásica? Sí pueden, ya que nosot ros y nuest ro ent orno

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som os est ruct uras com puest as, const it uidas por un núm ero inim aginablem ent e
grande de át om os, m ayor que el núm ero de est rellas que hay en el universo. Y
aunque los át om os com ponent es obedecen los principios de la física cuánt ica, es
posible dem ost rar que los grandes conj unt os de át om os que form an los balones de
fút bol, los nabos, los aviones j um bo, y nosot ros m ism os, consiguen no difract arse a
t ravés de rendij as. Así pues, aunque los com ponent es de los obj et os cot idianos
obedecen la física cuánt ica, las leyes de Newt on const it uyen una t eoría efect iva que
describe con gran precisión cóm o se com port an las est ruct uras com puest as que
const it uyen nuest ro m undo cot idiano. Eso puede result ar ext raño, pero en la ciencia
hay m uchos ej em plos en que un conj unt o grande parece com port arse
caract eríst icam ent e de una m anera m uy diferent e al de sus com ponent es
individuales. Así, por ej em plo, las respuest as de una sola neurona est án m uy lej os
de revelar las com plej idades del cerebro hum ano, del m ism o m odo que conocer una
m olécula de agua no nos dice m ucho sobre el com port am ient o de un lago. En el
caso de la física cuánt ica, los físicos t odavía est án t rabaj ando para aclarar los
det alles de cóm o las leyes de Newt on em ergen del dom inio cuánt ico. Lo que
sabem os es que los com ponent es de t odos los obj et os obedecen las leyes de la
física cuánt ica, y que las leyes newt onianas conform an una buena aproxim ación
para describir el com port am ient o de los obj et os m acroscópicos const it uidos por
dichos com ponent es cuánt icos. Las predicciones de la t eoría cuánt ica, por lo t ant o,
se aj ust an m uy bien a la visión de la realidad que vam os desarrollando a part ir de
nuest ra experiencia del m undo que nos rodea. Pero los át om os y m oléculas
individuales funcionan de una m anera profundam ent e diferent e de la de nuest ra
experiencia cot idiana. La física cuánt ica es un nuevo m odelo de la realidad que nos
proporciona una im agen del universo en que m uchos concept os fundam ent ales para
nuest ra com prensión int uit iva de la realidad carecen de significado. El experim ent o
de las dos rendij as fue llevado a cabo por prim era vez en 1927 por Clint on Davisson
y Lest er Germ er, físicos experim ent ales de los laborat orios Bell que est aban
invest igando cóm o un haz de obj et os m uchos m ás sim ples que los fullerenos —los
elect rones— int eraccionaba con un crist al de níquel. El hecho de que part ículas
m at eriales com o los elect rones se com port aran com o ondas de agua fue el t ipo de
observaciones experim ent ales sorprendent es que inspiraron la física cuánt ica. Com o

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ese com port am ient o no es observado a escala m acroscópica, los cient íficos se han
pregunt ado cuán grande y com plej o puede llegar a ser un sist em a sin que dej e de
exhibir t ales propiedades ondulat orias. Causaría un considerable revuelo si se
pudiera dem ost rar dicho efect o con personas o con hipopót am os pero, t al com o
hem os dicho, en general, cuant o m ayor es un obj et o m enos m anifiest os y robust os
son los efect os cuánt icos. Por lo t ant o, es m uy im probable que los anim ales del
zoológico pasen ondulat oriam ent e ent re las rej as de sus j aulas. Aun así, los físicos
experim ent ales han observado fenóm enos ondulat orios con «part ículas» de t am año
cada vez, m ayor, y esperan poder replicar algún día con virus los experim ent os
llevados a cabo con fullerenos. Los virus no t an sólo son m ucho m ayores, sino que
son considerados por algunos com o una cosa viva. Para com prender las
explicaciones de los capít ulos siguient es t an sólo es necesario ent ender unos pocos
aspect os de la física cuánt ica. Una de sus caract eríst icas cruciales es la dualidad
part ícula/ onda.

Ex pe r im e n t o de You n g. El pat rón obt enido con los fullerenos result aba fam iliar
por la t eoría ondulat oria de la luz

Que las part ículas de la m at eria se com port en com o una onda sorprendió a t odo el
m undo. Que la luz se com port e com o una onda ya no sorprende a nadie.

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El com port am ient o ondulat orio de la luz nos parece nat ural y ha sido considerado
un hecho acept ado durant e casi dos siglos. Si se proyect a un haz de luz sobre las
dos rendij as del m encionado experim ent o, em ergen de ellas dos ondas que se
encuent ran sobre la pant alla. En algunos punt os, sus crest as o sus valles coinciden
y form an una m ancha brillant e; en ot ros, la crest a de un haz coincide con el valle
del ot ro y se anulan ent re sí, dej ando una m ancha oscura. El físico ingles Thom as
Young realizó est e experim ent o a com ienzos del siglo XI X y logró convencer a la
gent e de que la luz era una onda y no, com o había creído Newt on, com puest a de
part ículas.
A pesar de que se podría concluir que New t on se había equivocado al afirm ar que la
luz no era una onda, est aba en lo ciert o cuando dij o que la luz puede act uar com o si
est uviera com puest a de part ículas. En la act ualidad, t ales part ículas son
denom inadas fot ones. Así com o nosot ros est am os com puest os por un gran núm ero
de át om os, la luz que vem os en la vida cot idiana est á com puest a por un núm ero
inm enso de fot ones —una lám para de un vat io em it e un m illón de billones de
fot ones cada segundo—. Los fot ones por separado habit ualm ent e no result an
evident es, pero en el laborat orio podem os producir haces de luz t an débiles que
consist en en un chorro de fot ones separados que podem os det ect ar uno a uno, t al
com o podem os det ect ar uno a uno los elect rones o los fullerenos. Y podem os repet ir
el experim ent o de Young ut ilizando un haz suficient em ent e t enue t al que los fot ones
alcancen la barrera de uno en uno, con algunos segundos de separación ent re cada
uno de ellos. Si lo hacem os, y sum am os t odos los im pact os individuales regist rados
en la pant alla al ot ro lado de la barrera, hallam os que en conj unt o dan lugar al
m ism o pat rón de int erferencia que surgiría si realizáram os el experim ent o de
Davisson- Germ er pero disparando los elect rones ( o los fullerenos) uno por uno,
separadam ent e. Para los físicos, est o result ó una revelación asom brosa: si las
part ículas individuales int erfieren consigo m ism as, ent onces la nat uraleza de la luz
no es t an sólo la propiedad de un haz o de un conj unt o grande de fot ones, sino de
las part ículas individuales. Ot ro de los principales hit os de la física cuánt ica es el
principio de incert idum bre, form ulado por Werner Heisenberg en 1926. El principio
de incert idum bre nos dice que hay lím it es a nuest ras capacidades de m edir
sim ult áneam ent e ciert as m agnit udes, com o por ej em plo la posición y la velocidad

Gent ileza de Pablo Test ai 47 Preparado por Pat ricio Barros


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de una part ícula. Según el principio de incert idum bre, por ej em plo, si m ult iplicam os
la incert idum bre en la posición de una part ícula por la incert idum bre en su cant idad
de m ovim ient o ( su m asa m ult iplicada por su velocidad) el result ado nunca puede
ser m enor que una ciert a cant idad fij a denom inada const ant e de Planck. Aunque
est o parezca un t rabalenguas, su cont enido esencial puede ser form ulado con
sim plicidad: cuant o m ás precisa es la m edida de la velocidad m enos precisa será la
m edida de la posición, y viceversa. Por ej em plo, si reducim os a la m it ad la
incert idum bre en la posición, se duplicará la incert idum bre en la velocidad. Tam bién
es im port ant e observar que, en com paración con las unidades corrient es de m edida,
com o los m et ros, los kilogram os y los segundos, la const ant e de Planck es m uy
pequeña. De hecho, si la expresam os en esas unidades, su valor es
aproxim adam ent e de unos 6/ [Link].[Link].[Link].
Com o result ado de ello, si det erm inam os la posición de un obj et o m acroscópico
com o una pelot a de fút bol, con una m asa del orden de un t ercio de kilogram o, con
una incert idum bre de un m ilím et ro en cada dirección, aún podem os m edir su
velocidad con una precisión m ucho m ayor que una billonésim a de billonésim a de
kilóm et ro por hora. Eso es así porque, m edida en est as unidades, la pelot a de fút bol
t iene una m asa de 1/ 3 y la incert idum bre en su posición es de 1/ 1.000. Ninguno de
est os dos fact ores es suficient em ent e pequeño para dar razón de t odos los ceros de
la const ant e de Planck, y por lo t ant o su pequeñez corresponderá a la pequeña
incert idum bre en la velocidad. Pero en esas m ism as unidades un elect rón t iene una
m asa de 0,[Link].[Link].000.001, de m anera que para los
elect rones la sit uación es m uy diferent e. Si m edim os la posición de un elect rón con
una precisión del orden del t am año de un át om o, el principio de incert idum bre dice
que no podem os conocer su velocidad con precisión m ayor que unos m il kilóm et ros
por segundo, que no es m uy precisa, que digam os. Según la física cuánt ica, sea
cual sea nuest ra capacidad de obt ener inform ación o nuest ra capacidad de cálculo,
no podem os predecir con cert idum bre los result ados de los procesos físicos porque
no est án det erm inados con cert idum bre. En lugar de ello, dado el est ado inicial de
un sist em a la nat uraleza det erm ina su est ado fut uro m ediant e un proceso
fundam ent alm ent e inciert o. En ot ras palabras, la nat uraleza no dict a el result ado de
cada proceso o experim ent o ni siquiera en las sit uaciones m ás sim ples. Más bien,

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perm it e un núm ero de event ualidades diversas, cada una de ellas con una ciert a
probabilidad de ser realizada. Es, parafraseando a Einst ein, com o si Dios lanzara Los
dados ant es de decidir el result ado de cada proceso físico. La idea inquiet ó a
Einst ein y, a pesar de que fue uno de los padres de la física cuánt ica,
post eriorm ent e se convirt ió en uno de sus crít icos m ás dest acados. Puede parecer
que la física cuánt ica m ine la idea de que la nat uraleza est á regida por leyes, per o
no es ese el caso, sino que nos lleva a acept ar una nueva form a de det erm inism o:
dado el est ado de un sist em a en un ciert o m om ent o, las leyes de la nat uraleza
det erm inan las probabilidades de los diversos fut uros y pasados en lugar de
det erm inar con cert eza el fut uro y el pasado. Aunque est o result a desagradable
para algunos, los cient íficos debem os acept ar t eorías que concuerden con los
experim ent os y no con nuest ras nociones preconcebidas.

«Si eso es verdad, t odo lo que pensábam os que era una onda es, en realidad, una
part ícula, y t odo lo que pensábam os que era una part ícula es, en realidad, una
onda»

Lo que la ciencia pide a una t eoría es que pueda ser puest a a prueba. Si la
nat uraleza probabilíst ica de las predicciones de la física cuánt ica significara que es

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im posible confirm ar dichas predicciones, las t eorías cuánt icas no se calificarían


com o t eorías válidas. Pero a pesar de la nat uraleza probabilíst ica de sus
predicciones, podem os som et er a prueba las t eorías cuánt icas. Por ej em plo,
podem os repet ir m uchas veces un experim ent o y confirm ar que la frecuencia con
que se obt ienen los diversos result ados es conform e a las probabilidades predichas.
Considerem os el experim ent o con los fullerenos. La física cuánt ica nos dice que
nada est á localizado en un punt o definido porque, si lo est uviera, la incert idum bre
en su cant idad de m ovim ient o sería infinit a. De hecho, según la física cuánt ica, cada
part ícula t iene una ciert a probabilidad de ser hallada en cualquier punt o del
universo. Así pues, incluso si las probabilidades de hallar un elect rón dado dent ro
del aparat o de doble rendij a son m uy elevadas, siem pre habrá una ciert a
probabilidad de que pueda ser hallado, por ej em plo, m ás allá de la est rella Alfa
Cent auri o en el past el de carne de la cafet ería de la oficina. Com o consecuencia, si
im pulsam os un fullereno cuánt ico y lo dej am os volar, por grandes que sean
nuest ras habilidades y conocim ient os no podrem os predecir con exact it ud dónde
at errizará. Pero si repet im os m uchas veces dicho experim ent o, los dat os que
obt engam os reflej arán la probabilidad de hallarlo en diversas posiciones, y los
experim ent adores han confirm ado que los result ados de t ales pruebas concuerdan
con las predicciones de la t eoría. Es im port ant e advert ir de que las probabilidades
en la física cuánt ica no son com o las probabilidades en la física newt oniana o en la
vicia corrient e. Para com prenderlo, podem os com parar los pat rones form ados por el
haz de fullerenos lanzados cont ra una pant alla con el pat rón de aguj eros hechos en
una diana por los lanzadores de dardos que aspiran a dar en el cent ro. Salvo que los
j ugadores hayan consum ido dem asiada cerveza, la probabilidad de que un dardo
vaya a parar cerca del cent ro son m ayores v dism inuye a m edida que nos alej am os
de él. Tal com o ocurre con los fullerenos, cualquier dardo puede ir a parar a
cualquier sit io, pero con el lanzam ient o de m ás y m ás dardos irá em ergiendo un
pat rón de aguj eros que reflej ará las probabilidades subyacent es. En la vida
cot idiana, podem os expresar esa sit uación diciendo que un dardo t iene una ciert a
dist ribución de probabilidad de at errizar en punt os diversos; pero est o, a diferencia
del caso de los fullerenos, reflej a t an sólo que nuest ro conocim ient o de las
condiciones del lanzam ient o del dardo es incom plet o. Podríam os m ej orar nuest ra

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descripción si conociéram os exact am ent e la m anera en que el j ugador ha lanzado el


dardo: su ángulo, rot ación, velocidad y ot ras caract eríst icas. En principio, ent onces,
podríam os predecir con t ant a precisión com o deseáram os dónde at errizará el dardo.
La ut ilización de t érm inos probabilíst icos para describir el result ado de los sucesos
de la vida cot idiana no es un reflej o, pues, de la nat uraleza int rínseca del proceso,
sino t an sólo de nuest ra ignorancia de algunos de sus aspect os. Las probabilidades
en las t eorías cuánt icas son diferent es. El m odelo cuánt ico de la nat uraleza ent raña
principios que ent ran en cont radicción no sólo con nuest ra experiencia cot idiana,
sino t am bién con nuest ro concept o int uit ivo de realidad. Los que encuent ran que
esos principios son ext raños o difíciles de creer est án en buena com pañía, la de
grandes físicos com o Einst ein e incluso Feynm an, cuya descripción de la física
cuánt ica pront o present arem os. De hecho, una vez Feynm an escribió: «creo que
puedo afirm ar con seguridad que nadie com prende la física cuánt ica». Pero la física
cuánt ica concuerda con las observaciones. Nunca ha dej ado de superar una prueba,
y eso que ha sido puest a a prueba m ás veces que ninguna ot ra t eoría en la hist oria
de la ciencia. En la década de 1940, el físico am ericano Richard Feynm an t uvo una
int uición sorprendent e respect o de la diferencia ent re el m undo cuánt ico y el m undo
newt oniano. Feynm an se sent ía int rigado por cóm o surge el pat rón de int erferencias
en el experim ent o de la doble rendij a. Recordem os que el pat rón que hallam os
cuando hacem os el experim ent o con las dos rendij as abiert as no es la sum a de los
pat rones obt enidos cuando hacem os el experim ent o dos veces, una con sólo la
rendij a izquierda abiert a, y ot ra con sólo la rendij a derecha abiert a. En su lugar,
cuando las dos rendij as est án abiert as hallam os una serie de franj as ilum inadas y
oscuras; est as últ im as corresponden a zonas en que no van a parar part ículas. Ello
significa que las part ículas que habrían ido a parar a la zona de la franj a oscura si,
digam os, t an sólo est uviera abiert a la rendij a de la izquierda, no at errizan allí
cuando la rendij a de la derecha t am bién est á abiert a. Parece com o si, en algún
punt o de su viaj e desde la fuent e a la pant alla, las part ículas adquirieran
inform ación sobre las dos rendij as. Est e t ipo de com port am ient o es drást icam ent e
diferent e de la m anera en que las cosas parecen com port arse en la vida cot idiana,
en que una bolit a seguiría un cam ino a t ravés de una rendij a sin ser afect ada por la
sit uación en la ot ra rendij a. Según la física newt oniana—y según la m anera en que

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funcionaría el experim ent o si lo realizáram os con balones de fút bol en lugar de con
m oléculas—, cada part ícula sigue un cam ino bien definido desde su fuent e a la
pant alla. En esa descripción, no cabe la posibilidad de una desviación en que la
part ícula visit e la vecindad de cada rendij a a lo largo de su cam ino. Según el
m odelo cuánt ico, en cam bio, la part ícula no t iene posición definida durant e el
t iem po que t ranscurre ent re su posición inicial y su posición final. Feynm an se dio
cuent a de que eso no se t iene que int erpret ar com o si las part ículas no t om aran
ningún cam ino m ient ras viaj an de la fuent e a la pant alla, sino com o si t om aran a la
vez t odos los cam inos posibles ent re am bos punt os. Eso, según Feynm an, es lo que
hace que la física cuánt ica sea diferent e de la física newt oniana.

Ca m in os se gu idos por la pa r t ícu la . La form ulación de Feym an de la t eoría


cuánt ica proporciona una im agen de por qué las part ículas, com o por ej em plo los
fullerenos o los elect rones, form an figuras de int erferencia cuando son lanzados a
t ravés de rendij as en una pant alla

I m port a la sit uación en las dos rendij as porque, en lugar de seguir un solo cam ino
bien definido, las part ículas t om an t odos los cam inos y los t om an
¡sim ult áneam ent e! Eso suena a ciencia ficción, pero no lo es. Feynm an form uló una

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expresión m at em át ica—la sum a de Feynm an sobre las hist orias— que reflej a esa
idea y que reproduce t odas las leyes de la física cuánt ica. En la int erpret ación de
Feynm an, las m at em át icas y la im agen física son diferent es de las de la form ulación
original de la física cuánt ica, pero las predicciones son las m ism as.
En el experim ent o de la doble rendij a, la int erpret ación de Feynm an significa que las
part ículas t om an no sólo cam inos que sólo pasan por la rendij a de la derecha o sólo
por la de la izquierda, sino t am bién cam inos que pasan por la rendij a izquierda y a
cont inuación se enhebran por la rendij a derecha y después pasan de nuevo por la
rendij a izquierda, cam inos que visit an el rest aurant e que sirve grandes calam ares al
curry y después da varias vuelt as alrededor de Júpit er ant es de regresar a casa, e
incluso cam inos que cruzan el universo y regresan aquí. Eso, en la int erpret ación de
Feynm an, explica cóm o la part ícula adquiere inform ación sobre qué rendij as est án
abiert as: cuando sólo una rendij a est á abiert a, t odos los cam inos pasan por ella,
pero cuando las dos est án abiert as, los cam inos en que la part ícula pasa por una
rendij a pueden int erferir con los cam inos en que pasa por la ot ra, causando así la
int erferencia. Puede sonar rebuscado pero para los propósit os de la física m ás
fundam ent al llevada a cabo en la act ualidad —y para los propósit os del present e
libro —, la form ulación de Feynm an ha dem ost rado ser m ás út il que la form ulación
original de la física cuánt ica. La int erpret ación de Feynm an de la realidad cuánt ica
result a crucial para com prender las t eorías que pront o present arem os, de m anera
que vale la pena t om arse algún t iem po para hacerse una idea int uit iva de su
funcionam ient o. I m aginem os un proceso sencillo en que una part ícula part e de un
ciert o punt o A y se desplaza librem ent e. En el m odelo newt oniano, dicha part ícula
seguirá una línea rect a y, después de un int ervalo t em poral preciso, la hallarem os
en una posición B precisa en dicha rect a. En la int erpret ación de Feynm an una
part ícula cuánt ica explora cada uno de los cam inos que unen A con B y asigna un
núm ero denom inado fase a cada cam ino. La fase represent a la posición en el ciclo
de una onda, es decir, si la onda se halla en una crest a o en un valle o en una ciert a
posición int erm edia. La prescripción m at em át ica de Feynm an para calcular dicha
fase dem uest ra que cuando se sum an las ondas de t odos los cam inos se obt iene la
probabilidad correct a de que la part ícula, part iendo de A, llegue a B.
La fase con que cada cam ino individual cont ribuye a la sum a de Feynm an ( y por lo

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t ant o a la probabilidad de ir de A a B) puede ser represent ada com o una flecha de


longit ud lij ada pero que puede apunt ar en cualquier dirección. Para sum ar dos
fases, se coloca la flecha que represent a una fase al final de la flecha que
represent a la ot ra fase, para obt ener una nueva flecha que represent a su sum a.
Para sum ar m ás fases, sim plem ent e se sigue ese proceso. Observem os que cuando
las fases est án alineadas, la flecha que represent a la fase t ot al puede ser m uy
larga, pero si apunt an en direcciones diferent es, t ienden a anularse cuando las
sum am os, dej ándonos con una flecha dim inut a o sin flecha alguna. La idea se
ilust ra en las figuras post eriores.

Su m a n do los ca m in os de Fe ym a n. Los efect os debido a los diferent es cam inos


de Feym an pueden reforzarse o reducirse m ut uam ent e t al com o ocurre con las
ondas. Las flechas am arillas represent an las fases que deben ser sum adas. Las
flechas azules represent an sus sum as, una línea que va desde la cola de la prim era
a la punt a de la últ im a. En la im agen inferior, las flechas am arillas apunt an en
direcciones m uy diferent es y por lo t ant o la sum a, la flecha azul, es m uy cort a

Para llevar a cabo la prescripción de Feynm an para calcular la probabilidad de que


una part ícula que part e de una posición A t erm ine en una posición B, sum am os las

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fases, o flechas, asociadas a cada cam ino que una A con B. Com o hay un núm ero
infinit o de cam inos, las m at em át icas result an com plicadas, pero el result ado
funciona. Algunos de los cam inos est án represent ados en la figura siguient e.
La int erpret ación de Feynm an proporciona una im agen especialm ent e clara sobre
cóm o una visión newt oniana del m undo puede surgir de la física cuánt ica, que
parece t an diferent e. Según la t eoría de Feynm an, la fase asociada con cada cam ino
depende de la const ant e de Planck. La t eoría dice que com o la const ant e de Planck
es t an pequeña, cuando sum am os las cont ribuciones de cam inos próxim os ent re sí
las fases cam bian m ucho y por lo t ant o, t al com o se ve en la figura, t ienden a dar
una sum a igual a cero. Pero la t eoría t am bién dem uest ra que hay algunos cam inos
cuyas fases t ienden a alinearse ent re sí, de m anera que result an favorecidos, es
decir, hacen una cont ribución m ayor al com port am ient o observado de la part ícula.

Los ca m in os de A a B. El «cam ino» clásico ent re dos punt os es una línea rect a.
Las fases de los cam inos que est án cerca que est án cerca del cam ino clásico t ienden
a reforzarse m ut uam ent e, m ient ras las fases de los cam inos m ás alej ados de ella
t ienden a anularse ent re sí

Result a que para obj et os grandes los cam inos m uy parecidos al cam ino predicho por
las leyes de Newt on t ienen fases sem ej ant es y se sum an para dar la m áxim a

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cont ribución, con gran diferencia, a la sum a t ot al y, por lo t ant o, el único dest ino
que t iene una probabilidad efect iva diferent e de cero es el dest ino predicho por la
t eoría newt oniana, y su probabilidad es práct icam ent e igual a la unidad. Por
consiguient e, los obj et os grandes se m ueven t al com o lo predice la t eoría
newt oniana. Hast a ahora hem os present ado las ideas de Feynm an en el cont ext o
del experim ent o de la doble rendij a.
En ese experim ent o, lanzam os part ículas cont ra una pared con dos rendij as y
m edim os las posiciones a que van a parar las part ículas en una pant alla colocada
t ras la pared. En sit uaciones m ás generales, en lugar de referirse a una sola
part ícula la t eoría de Feynm an perm it e predecir los result ados probables de un
«sist em a», que puede ser una sola part ícula, un conj unt o de part ículas o incluso el
universo ent ero. Ent re el est ado inicial del sist em a y nuest ra m edidas post eriores de
sus propiedades, dichas propiedades evolucionan de una ciert a m anera que los
físicos denom inan la «hist oria» del sist em a. En el experim ent o de la doble rendij a,
por ej em plo, la hist oria de cada part ícula es sim plem ent e su t rayect oria. Así com o
en el experim ent o de la doble rendij a la probabilidad de observar que la part ícula va
a at errizar a un ciert o punt o depende de t odas las t rayect orias que la podrían haber
llevado allí, Feynm an dem ost ró que, para un sist em a general, la probabilidad de
cualquier observación est á const ruida a part ir de t odas las posibles hist orias que
podrían haber conducido a dicha observación. Por ello, su m ét odo es denom inado
«sum a sobre las hist orias» o form ulación de la física cuánt ica m ediant e «hist orias
alt ernat ivas». Ahora que nos hem os form ado una ciert a im presión de la form ulación
de Feynm an de la física cuánt ica, ha llegado el m om ent o de exam inar ot ro principio
cuánt ico clave que ut ilizarem os post eriorm ent e — el principio de que observar un
sist em a m odifica su curso—. ¿No podem os, com o cuando nuest ro direct or t iene una
m ancha de m ost aza en la barbilla, observar discret am ent e pero sin int erferir? No.
Según la física cuánt ica, no podem os «t an sólo» observar algo. Es decir, la física
cuánt ica reconoce que para efect uar una observación debem os int eraccionar con el
obj et o que est am os observando. Por ej em plo, para ver un obj et o, en el sent ido
t radicional, lo ilum inam os. Nat uralm ent e, ilum inar una calabaza t endrá poco efect o
sobre ella, pero ilum inar, aunque sea con luz m uy t enue, una part ícula cuánt ica —es
decir, lanzar fot ones cont ra ella— t iene efect os apreciables, y los experim ent os

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m uest ran que m odifica los result ados de los experim ent os j ust o en la m anera
descrit a por la física cuánt ica. Supongam os que, com o ant es, enviam os un chorro
de part ículas hacia la pared del experim ent o de la doble rendij a y acum ulam os los
dat os del prim er m illón de part ículas. Cuando represent am os el núm ero de
part ículas que van a parar a los diversos punt os de det ección, los dat os form arán
una figura de int erferencia com o la represent ada en la página 75, y cuando
sum em os las fases asociadas con t odas las t rayect orias posibles de una part ícula
que salga del punt o A y vaya hast a el punt o de det ección B, hallarem os que la
probabilidad calculada de at errizar en los diversos punt os coincide con dichos dat os.
Supongam os que repet im os el experim ent o, pero ahora ilum inando las rendij as de
t al m anera que podam os conocer un punt o int erm edio C por el cual ha pasado la
part ícula ( C es la posición de una rendij a o de la ot ra) . Est a inform ación se
denom ina la inform ación de «qué cam ino» se ha seguido, porque nos dice si la
part ícula ha ido desde A hast a B a t ravés de la rendij a o a t ravés de la rendij a 2.
Com o sabem os por cuál de las rendij as ha pasado la part ícula, las t rayect orias de
nuest ra sum a para esa part ícula sólo incluirán ahora los cam inos que pasen por la
rendij a o sólo los que pasen por la rendij a 2, pero no los que pasan por la rendij a 1
y los que pasan por la rendij a 2 al m ism o t iem po. Com o Feynm an explicó la figur a
de int erferencia afirm ando que los cam inos que pasan por una rendij a int erfieren
con los que pasan por la ot ra, si encendem os una luz que det erm ine por cuál de las
rendij as pasa la part ícula, elim inando así la ot ra opción, harem os que desaparezca
la figura de int erferencia. Y, en efect o, cuando se lleva a cabo el experim ent o,
encender una luz cam bia los result ados de la figura de int erferencia de la página 75
a una figura com o ¡la de la página 74! Adem ás, podem os m odificar el experim ent o
em pleando una luz m uy t enue de m anera que no t odas las part ículas int eraccionen
con la luz. En dicho caso, sólo podem os obt ener la inform ación sobre el cam ino para
un ciert o subconj unt o de part ículas. Si desglosam os los dat os de las llegadas de las
part ículas según conozcam os o no dicha inform ación, hallam os que los dat os del
subconj unt o para el cual no t enem os inform ación sobre el cam ino form an una figura
de int erferencia, en t ant o que los dat os del subconj unt o para el cual sí t enem os
inform ación acerca del cam ino de las part ículas no m ost rarán int erferencia.
Est a idea t iene im plicaciones im port ant es para nuest ro concept o de «pasado». En la

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t eoría new t oniana, se supone que el pasado exist e com o una serie bien definida de
acont ecim ient os. Si vem os que el j arrón que com pram os en I t alia yace en el suelo
hecho añicos y nuest ro hij it o est á encim a de ellos, m irando com pungidam ent e,
podem os im aginar la serie de acont ecim ient os que conduj eron a la desgracia: los
pequeños dedos dej ándolo resbalar, el j arrón cayendo y est allando en m iles de
fragm ent os al llegar al suelo. De hecho, conocidos los dat os com plet os sobre el
present e, las leyes de Newt on perm it en calcular una descripción com plet a del
pasado. Ello es consist ent e con nuest ra com prensión int uit iva de que, alegre o
t rist e, el m undo t iene un pasado bien definido. Podría ser que nadie hubiera est ado
observándolo, pero el pasado exist iría con t ant a cert eza com o si hubiéram os est ado
t om ando una serie de fot ografías de él. Pero, en cam bio, no se puede decir que un
fullereno cuánt ico haya t om ado un cam ino bien definido desde la fuent e a la
pant alla. Podem os det erm inar la posición de un fullereno observándolo, pero ent re
dos observaciones consecut ivas cualesquiera t om a t odos los cam inos. La física
cuánt ica nos dice que por com plet a que sea nuest ra observación del present e, el
pasado ( no observado) y el fut uro son indefinidos y sólo exist en com o un espect ro
de posibilidades. Según la física cuánt ica, el universo no t iene un solo pasado o una
hist oria única. Que el pasado no t enga form a definida significa que las
observaciones que hacem os de un sist em a en el present e t am bién afect an su
pasado. Ello es puest o de m anifiest o espect acularm ent e en un t ipo de experim ent o
concebido por el físico John Wheeler, denom inado el «experim ent o de la elección
ret ardada». En sínt esis, un experim ent o de elección ret ardada es com o un
experim ent o de doble rendij a com o el ya descrit o en que t uviéram os la opción de
observar el cam ino que t om a la part ícula, salvo que en el experim ent o de elección
ret ardada posponem os la decisión de observar o no el cam ino hast a j ust o ant es de
que la part ícula est é a punt o de chocar cont ra la pant alla det ect ora. Los
experim ent os de elección ret ardada conducen a result ados idént icos a los obt enidos
si escogem os observar ( o no observar) qué cam ino ha seguido la part ícula
ilum inando adecuadam ent e las rendij as. Pero, en ese caso, el cam ino que t om a
cada part ícula, es decir, su pasado, es det erm inado m ucho después de que la
part ícula haya at ravesado las rendij as y presum iblem ent e haya t enido que «decidir»
si pasa sólo por una rendij a, y no produce int erferencias, o por am bas rendij as, y sí

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produce int erferencias. Wheeler consideró incluso una versión cósm ica del
experim ent o, en que las part ículas que int ervienen son fot ones em it idos por
poderosos quásares a m iles de m illones de años luz de dist ancia. Esa luz podría ser
bifurcada en dos cam inos y vuelt a a enfocar hacia la Tierra por la lent e gravit at oria
de una galaxia int erm edia. Aunque el experim ent o est á m ás allá del alcance de la
t ecnología act ual, si pudiéram os recolect ar suficient es fot ones de esa luz, deberían
form ar una figura de int erferencia. Pero si colocam os un disposit ivo para averiguar,
poco ant es de la det ección, qué cam ino ha seguido la luz, dicha figura de
int erferencia debería desaparecer. En ese caso, la elección sobre si se t om a un
cam ino o am bos se habría adopt ado hace m iles de m illones de años, ant es de que
la Tierra, o incluso nuest ro Sol se hubieran form ado, y a pesar de ello nuest ra
observación en el laborat orio est aría afect ando dicha elección. En est e capít ulo
hem os ilust rado la física cuánt ica ut ilizando el experim ent o de la doble rendij a. En lo
que sigue, aplicarem os la form ulación de Feynm an de la m ecánica cuánt ica al
universo com o un t odo. Verem os que, t al com o ocurre con una sola part ícula, el
universo no t iene una sola hist oria sino t odas las hist orias posibles, cada una con su
propia probabilidad, y que nuest ras observaciones de su est ado act ual afect an su
pasado y det erm inan las diferent es hist orias del universo, t al com o las
observaciones efect uadas sobre las part ículas en el experim ent o de doble rendij a
afect an el pasado de las part ículas. Dicho análisis m ost rará cóm o las leyes de la
nat uraleza surgieron del Big Bang, pero ant es de exam inar cóm o surgieron las leyes
hablarem os un poco sobre qué son dichas leyes y algunos de los m ist erios que
suscit an.

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Ca pít u lo 5
LA TEORÍ A D E TOD O

Lo m ás incom prensible del universo es que sea com prensible. Albert Einst ein El
universo ES COMPRENSI BLE porque est á regido por leyes cient íficas, es decir, su
com port am ient o puede ser m odelizado. Pero ¿qué son esas leyes o m odelos? La
prim era fuerza que fue descrit a en lenguaj e m at em át ico fue la gravedad. La ley de
Newt on de la gravedad, publicada en 1687, dice que t odo obj et o en el universo
at rae cualquier ot ro obj et o con una fuerza proporcional a su m asa e inversam ent e
proporcional al cuadrado de su dist ancia. Produj o una gran im presión en la vida
int elect ual de su época porque dem ost ró por vez prim era que al m enos un aspect o
del universo podía ser m odelizado con precisión, y est ableció la m aquinaria
m at em át ica para hacerlo. La idea de que había leyes de la nat uraleza suscit e)
cuest iones sem ej ant es a aquellas por las cuales Galileo había sido condenado por
herej ía m edio siglo ant es. Por ej em plo, la Biblia cuent a que Josué rezó para que el
Sol y la Luna se det uvieran en sus t rayect orias de m odo que hubiera luz suficient e
para t erm inar la bat alla cont ra los am orit as en Canaán. Según el libro de Josué, el
Sol se det uvo durant e casi un día ent ero. Act ualm ent e sabem os que ello habría
significado que la Tierra dej ó de girar, pero si la Tierra se det uviera, según las leyes
de Newt on, t odo lo que no est uviera fij ado a ella se seguiría m oviendo a la
velocidad original de la Tierra ( unos dos m il kilóm et ros por hora en el ecuador) —un
precio m uy elevado para ret rasar una puest a del Sol—. Nada de eso preocupó en lo
m ás m ínim o a Newt on ya que, com o hem os dicho, creía que Dios podía int ervenir e
int ervenía en el funcionam ient o del universo. Los ult eriores aspect os del universo
para los cuales fue descubiert a una ley o m odelo fueron las fuerzas eléct ricas y
m agnét icas. Esas fuerzas se com port an com o la gravedad, pero con la im port ant e
diferencia de que dos cargas eléct ricas o dos im anes del m ism o t ipo se repelen
m ient ras que cargas diferent es o im anes de t ipos diferent es se at raen. Las fuerzas
eléct ricas y m agnét icas son m ucho m ás int ensas que la gravedad, pero
habit ualm ent e no las not am os en la vida cot idiana porque los cuerpos
m acroscópicos cont ienen casi el m ism o núm ero de cargas eléct ricas posit ivas y
negat ivas. Ello significa que las fuerzas eléct ricas y m agnét icas ent re dos cuerpos

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m acroscópicos práct icam ent e se anulan ent re sí, a diferencia de las fuerzas
gravit at orias, que siem pre se sum an. Nuest ras ideas act uales sobre la elect ricidad y
el m agnet ism o fueron desarrolladas durant e un int ervalo de un siglo, desde
m ediados del siglo XVI I I hast a m ediados del siglo XI X, cuando físicos de diversos
países llevaron a cabo est udios experim ent ales det allados de las fuerzas eléct ricas y
m agnét icas. Uno de los descubrim ient os m ás im port ant es fue que las fuerzas
eléct ricas y las m agnét icas est án relacionadas ent re sí: una carga eléct rica en
m ovim ient o produce una fuerza sobre los im anes y un im án en m ovim ient o produce
una fuerza sobre las cargas eléct ricas. El prim ero en advert ir que había una
conexión ent re am bas fue el físico danés Hans Christ ian Oerst ed. Mient ras est aba
preparando una clase en la universidad, en 1820, Oerst ed observó que la corrient e
eléct rica de la bat ería que est aba ut ilizando desviaba la aguj a de una brúj ula vecina.
No t ardó en darse cuent a de que la elect ricidad en m ovim ient o producía una fuerza
m agnét ica, y acuñó el t érm ino «elect rom agnet ism o». Pocos años después, el
cient ífico brit ánico Michael Faraday razonó que—expresado en t érm inos m odernos—
si una corrient e eléct rica puede producir un cam po m agnét ico, un cam po m agnét ico
debería poder producir una corrient e eléct rica, y dem ost ró est e efect o en 1831.
Cat orce años después, Faraday t am bién descubrió una conexión ent re el
elect rom agnet ism o y la luz cuando dem ost ró que un m agnet ism o int enso puede
afect ar la luz polarizada. Faraday t enía una educación form al m uy lim it ada. I labia
nacido en la fam ilia de un pobre herrero cerca de Londres y t uvo que dej ar la
escuela a los t rece años, para t rabaj ar com o chico de recados y encuadernador en
una librería. Allí, a lo largo de unos años, aprendió ciencia leyendo los libros que
t enía para encuadernar y llevando a cabo experim ent os sim ples y barat os en sus
rat os de ocio. Al fin, obt uvo t rabaj o com o ayudant e en el laborat orio del gran
quím ico sir Hum phrey Davy. Faraday perm anecería con él los cuarent a y cinco años
rest ant es de su vida y, a la m uert e de Davy, fue su sucesor. Faraday t enía
dificult ades con las m at em át icas y nunca supo m uchas, de m anera que para él
result aba una aut ént ica lucha concebir una im agen t eórica de los ext raños
fenóm enos elect rom agnét icos que observaba en su laborat orio. Sin em bargo, lo
consiguió. Una de las m ayores innovaciones int elect uales de Faraday fue la idea de
los cam pos de fuerza. En nuest ros días, gracias a los libros y las películas sobre

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alienígenas con oj os salt ones y naves est elares, la m ayoría del público se ha
fam iliarizado con dicho t érm ino, de m anera que quizá le deberíam os pagar derechos
de aut or. Pero en los siglos t ranscurridos ent re Newt on y Faraday uno de los
grandes m ist erios de la física era que sus leyes parecían indicar que las fuerzas
act úan a t ravés del espacio vacío que separa los obj et os que int eraccionan.

Ca m pos de fu e r za . Cam po de fuerza de un im án rect ilíneo, visualizado m ediant e


su reacción sobre lim aduras de hierro

A Faraday, eso no le gust aba. Creía que para m over un obj et o, algo había de
ponerse en cont act o con él, de m anera que im aginó que el espacio ent re cargas
eléct ricas o im anes se com port aba com o si est uviera lleno de t ubos invisibles que
llevaran físicam ent e a cabo la t area de arrast rar o im pulsar. Faraday llam ó a esos
t ubos un cam po de fuerza. Una buena m anera de visualizar un cam po de fuerza es
llevar a cabo la conocida dem ost ración escolar en que una lám ina de vidrio con
pequeñas lim aduras de hierro esparcidas sobre su superficie se coloca encim a de la
barra de un im án. Con unos leves golpearos para vencer la fricción, las lim aduras se
m ueven com o em puj adas por una pot encia invisible y se disponen en una form a de

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arcos que se est iran desde un polo del im án al ot ro. Dicha form a es una
represent ación de la fuerza m agnét ica invisible que invade t odo el espacio. En la
act ualidad creem os que t odas las fuerzas son t ransm it idas por cam pos, de m anera
que es un concept o im port ant e en la física m oderna, y no sólo en la ciencia ficción.
Durant e varias décadas nuest ra com prensión del elect rom agnet ism o perm aneció
det enida, lim it ada al conocim ient o de unas pocas leyes em píricas, a la indicación de
que elect ricidad y m agnet ism o est aban últ im am ent e, aunque m ist eriosam ent e,
relacionados, a la sospecha de que t enían algo que ver con la luz, y al concept o
t odavía em brionario de cam pos. Había al m enos once t eorías del
elect rom agnet ism o, t odas ellas equivocadas, m enos una. Ent onces, en un int ervalo
de unos pocos años en la década de 186o, el físico escocés Jam es Clerk Maxwell
desarrolló las ideas de Faraday en un form alism o m at em át ico que explicó la relación
ínt im a y m ist eriosa ent re la elect ricidad, el m agnet ism o y la luz. El result ado fue un
sist em a de ecuaciones que describen las fuerzas eléct ricas y m agnét icas com o
m anifest aciones de una m ism a ent idad física, el cam po elect rom agnét ico. Maxw ell
había unificado la elect ricidad y el m agnet ism o en una sola fuerza. Adem ás,
dem ost ró que los cam pos elect rom agnét icos podían propagarse por el espacio com o
ondas. La velocidad de dichas ondas quedaba det erm inada por un núm ero que
aparecía en sus ecuaciones y que calculó a part ir de dat os experim ent ales obt enidos
unos pocos años ant es. Const at ó con est upefacción que la velocidad calculada era
igual a la velocidad de la luz, que ent onces ya era conocida experim ent alm ent e con
un m argen de error de un 1 por 100. ¡Había descubiert o que la luz es una onda
elect rom agnét ica! En la act ualidad, las ecuaciones que describen los cam pos
eléct ricos y m agnét icos son denom inadas ecuaciones de Maxwell. Aunque poca
gent e ha oído hablar de ellas, son probablem ent e las ecuaciones com ercialm ent e
m ás im port ant es que conocem os. No sólo rigen el funcionam ient o de t odo, desde
las inst alaciones dom est icas hast a los ordenadores, sino t am bién describen ondas
diferent es las de la luz, com o por ej em plo m icroondas, radioondas, luz infrarroj a y
rayos X, t odas las cuales difieren de la luz visible en t an sólo un aspect o: su
longit ud de onda ( la dist ancia ent re dos crest as consecut ivas de la onda) . Las
radioondas t ienen longit udes de onda de un m et ro o m ás, en t ant o que la luz visible
t iene una longit ud de onda de unas pocas diezm illonésim as de m et ro, y los rayos X

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una longit ud de onda m ás cort a que una cent ésim a de m illonésim a de m et ro. El Sol
em it e t odas las longit udes de onda, pero su radiación es m ás int ensa en las
longit udes de onda que nos result an visibles. Probablem ent e no es casualidad que
las longit udes de onda que podem os ver a sim ple vist a sean precisam ent e las que el
Sol em it e con m ayor int ensidad: es probable que nuest ros oj os evolucionaran con la
capacidad de det ect ar radiación elect rom agnét ica en dicho int ervalo de radiación,
precisam ent e porque es el int ervalo que les result a m ás disponible. Si alguna vez,
nos encont ram os con seres de ot ros planet as, t endrán probablem ent e la capacidad
de «ver» radiación a las longit udes de onda em it idas con m áxim a int ensidad por su
sol correspondient e, m odulada por algunos fact ores secundarios com o, por ej em plo,
la capacidad del polvo y de los gases de la at m ósfera de su planet a de absorber,
reflej ar o filt rar la luz de diferent es frecuencias. Los alienígenas que hubieran
evolucionado en presencia de rayos X t endrían, pues, un m agnífico porvenir en la
seguridad de los aeropuert os.

Lon git u d de on da . Las m icroondas, las radioondas, los rayos X y los diferent es
colores de la luz visible sólo difieren en su longit ud de onda

Las ecuaciones de Maxwell est ablecen que las ondas elect rom agnét icas se propagan
con una velocidad de unos t rescient os m il kilóm et ros por segundo, o unos m il

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ochent a m illones de kilóm et ros por hora. Pero dar una velocidad no dice nada si no
se especifica el sist em a de referencia con respect o al cual est á m edida. En la vida
corrient e, no acost um bram os a t ener necesidad de est e det alle. Cuando una señal
de t ráfico indica 120 kilóm et ros por hora se sobreent iende que dicha velocidad se
m ide con respect o a la carret era y no con respect o al aguj ero negro del cent ro de la
galaxia. Pero incluso en la vida corrient e hay ocasiones en que debem os t ener en
cuent a los sist em as de referencia. Por ej em plo, si andam os a lo largo del pasillo de
un avión en vuelo podem os decir que nuest ra velocidad es de unos cuat ro
kilóm et ros por hora. Para los que est én en el suelo, sin em bargo, nuest ra velocidad
será de unos novecient os cuat ro kilóm et ros por hora. A m enos que cream os que
uno u ot ro de los observadores t iene m ej ores m ot ivos para sost ener que est á en lo
ciert o, conviene t ener present e est a idea porque, com o la Tierra gira alrededor del
Sol, alguien que nos est uviera observando desde la superficie de dicho cuerpo
celest e discreparía de am bos y diría que nos est am os desplazando a unos t reint a y
cinco kilóm et ros por segundo, por no decir cuánt o envidia nuest ro aire
acondicionado. A la luz de t ales discrepancias, cuando Maxwell dij o que había
descubiert o que la «velocidad de la luz» surgía de sus ecuaciones, la pregunt a
nat ural era con respect o a que sist em a de referencia viene indicada la velocidad de
la luz en las ecuaciones de Maxwell. No hay razón para creer que el parám et ro de la
velocidad en las ecuaciones de Maxwell sea una velocidad referida a la de la Tierra
ya que, al fin y al cabo, esas ecuaciones son aplicables a t odo el universo. Una
respuest a alt ernat iva que fue t om ada en consideración durant e algún t iem po fue
que esas ecuaciones especificaban la velocidad de la luz con respect o a un m edio
hast a ent onces no det ect ado que llenaba t odo el espacio, denom inado el ét er
lum inífero o, en form a abreviada, sim plem ent e el ét er, que era el t érm ino ut ilizado
por Arist ót eles para la sust ancia que, según creía, llenaba t odo el universo m ás allá
de la esfera t errest re. Ese ét er hipot ét ico sería el m edio por el cual se propagarían
las ondas elect rom agnét icas t al com o el sonido se propaga por el aire. Si el ét er
exist iera, habría un est ándar absolut o de reposo, el reposo con respect o al ét er, y
por lo t ant o t am bién una m anera absolut a de definir el m ovim ient o. El ét er
proporcionaría un sist em a de referencia preferido a t ravés de t odo el universo, con
respect o al cual se podría m edir la velocidad de cualquier obj et o. Así, a part ir de

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bases t eóricas se post uló que el ét er exist ía, cosa que hizo que varios cient íficos se
dispusieran a hallar una m anera de est udiarlo o, al m enos, de confirm ar su
exist encia. Uno de esos cient íficos fue el propio Maxwell. Si correm os con respect o
al aire hacia una onda sonora, la onda se nos acerca a m ayor velocidad, y si nos
alej am os de ella nos alcanza m ás lent am ent e. Análogam ent e, si exist iera un ét er, la
velocidad de la luz variaría según nuest ra velocidad con respect o al ét er. De hecho,
si la luz se com port ara com o lo hace el sonido ocurriría que, así com o los que viaj an
en avión supersónico nunca oirán ningún sonido em it ido desde la zona post erior del
avión, los viaj eros que corrieran con suficient e velocidad con respect o al ét er
dej arían at rás una onda lum inosa. Basándose en esas consideraciones, Maxwell
sugirió un experim ent o. Sí exist e un ét er, la Tierra debería est ar m oviéndose
respect o a él a m edida que gira alrededor del Sol. Y com o la Tierra avanza en una
dirección diferent e en enero que, digam os, en abril o en j ulio, deberíam os ser
capaces de observar una m inúscula diferencia en la velocidad de la luz en diferent es
épocas del año —véase la figura—.

M ovié n dose a t r a vé s de l é t e r . Si nos est uviéram os m oviendo por el ét er,


deberíam os poder det ect ar dicho m ovim ient o observando diferencias est acionales
en la velocidad de la luz

Maxwell fue disuadido de publicar est a idea en los Proceedings of t he Royal Societ y
por su edit or, que no creía que el experim ent o pudiera funcionar. Pero en 1879,

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poco ant es de m orir a los cuarent a y ocho años de un doloroso cáncer de est óm ago,
Maxwell envió una cart a sobre ese t em a a un am igo. La cart a fue publicada
póst um am ent e en la revist a Nat ure donde fue leída, ent re ot ros, por un físico
nort eam ericano llam ado Albert Michelson. I nspirado por la especulación de Maxwell,
en 1887 Michelson y Edward Morley llevaron a cabo un experim ent o m uy sensible
diseñado para m edir la velocidad con que la Tierra viaj a con respect o al ét er. Su
idea era com parar la velocidad de la Luz en dos direcciones diferent es,
perpendiculares ent re sí. Si la velocidad de la luz con respect o al ét er t uviera un
valor fij o, esas m edidas deberían revelar velocidades de la luz que diferirían según
la dirección del haz. Pero Michelson y Morley no observaron ninguna diferencia. El
result ado del experim ent o de Michelson y Morley est á claram ent e en cont radicción
con el m odelo de ondas elect rom agnét icas que viaj an a t ravés de un ét er, y debería
haber hecho que el m odelo del ét er fuera abandonado. Pero el obj et ivo de Michelson
había sido m edir la velocidad de la luz con respect o al ét er, pero no dem ost rar o
refut ar la hipót esis del ét er, y lo que halló no le conduj o a concluir que el ét er no
exist iera. Ningún ot ro invest igador llegó, t am poco, a dicha conclusión. De hecho, el
célebre físico sir William Thom son ( lord Kelvin) afirm ó, en 1884, que «el ét er
lum inífero es la única sust ancia de la cual est am os seguros en dinám ica. Una sola
cosa t enem os por ciert a: la realidad y la sust ancialidad del ét er lum inífero». ¿Cóm o
se podía creer en el ét er a pesar de los result ados adversos del experim ent o de
Michelson y Morley? Tal com o hem os dicho que a m enudo ocurre, la gent e int ent ó
salvar el m odelo m ediant e adiciones art ificiosas y ad hoc. Algunos post ularon que la
Tierra arrast raba consigo el ét er, de m anera que en realidad no nos m ovem os con
respect o a él. El físico holandés Hendrick Ant oon Lorent z y el físico irlandés Francis
Fit zGerald sugirieron que en un sist em a de referencia que se m oviera con respect o
al ét er, y probablem ent e por algún efect o m ecánico aún desconocido, los reloj es
ret rasarían y las dist ancias se encogerían, de m odo que siem pre se m ediría que la
luz t iene la m ism a velocidad. Los esfuerzos para salvaguardar el concept o del ét er
cont inuaron durant e casi t reint a años, hast a un not able art ículo de un j oven y
desconocido em pleado de la oficina de pat ent es de Berna, Albert Einst ein. Einst ein
t enía veint iséis años en 1905, cuando publicó su art ículo «Zur Elect rodynam ik
bewegt er Korper» ( «Sobre la elect rodinám ica de los cuerpos en m ovim ient o») , En él

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hizo la sencilla hipót esis de que las leyes de la física, y en part icular la velocidad de
la luz en el vacío, deberían parecer las m ism as a t odos los observadores que se
m ovieran con m ovim ient o uniform e.

Avión de r e a cción . Si hacem os rebot ar una pelot a en un avión, un observador a


bordo puede det erm inar que cada vez rebot a en el m ism o punt o, en t ant o que un
observador en t ierra m edirá una gran dist ancia ent re los punt os en que rebot a

Pero est a idea exige una revolución en nuest ros concept os de espacio y t iem po.
Para ver por qué es así, im aginem os que dos sucesos ocurren en el m ism o lugar
pero en inst ant es diferent es, en un avión de reacción. Para un observador en el
avión, habrá una dist ancia nula ent re esos sucesos, pero para un observador en el
suelo los dos sucesos est arán separados por la dist ancia que el avión ha recorrido
durant e el int ervalo ent re am bos. Ello dem uest ra que dos observadores que se
est án desplazando uno respect o al ot ro discreparán en la dist ancia ent re dos
sucesos. Supongam os ahora que los dos adviert en un pulso de luz que viaj a desde
la cola hast a el m orro del avión. Tal com o en el ej em plo ant erior, no est arán de
acuerdo en la dist ancia que la luz ha recorrido desde su em isión en la cola del avión
hast a su recepción en el m orro. Com o la velocidad es la dist ancia recorrida dividida

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por el int ervalo de t iem po em pleado, ello significa que si est án de acuerdo en la
velocidad con que el pulso viaj a —la velocidad de la luz en el vacío— no la est arán
acerca del int ervalo t em poral ent re la em isión y la recepción.
Lo que result a ext raño es que aunque los dos observadores m iden t iem pos
diferent es est án observando el m ism o proceso físico. Einst ein no int ent ó const ruir
una explicación art ificial de est o. Llegó a la conclusión lógica, aunque sorprendent e,
de que las m edidas del t iem po t ranscurrido así com o las de la dist ancia recorrida
dependen del observador que efect úa la m edición. Dicho efect o es una de las claves
de la t eoría en el art ículo de Einst ein de 1905, que se ha venido a conocer com o
relat ividad especial.

D ila t a ción t e m por a l. Los reloj es en m ovim ient o parecen ret rasarse. Com o ello
t am bién se aplica a los reloj es biológicos, la gent e en m ovim ient o envej ecerá m ás
lent am ent e, pero no se haga dem asiadas ilusiones: a las velocidades corrient es,
ningún reloj norm al sería capaz de m edir la diferencia.

Para ver cóm o est e análisis se aplica a los aparat os que llevan la cuent a del t iem po,
considerem os dos observadores que est án m irando un reloj . Según la relat ividad

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especial, el reloj va m ás rápido para un observador que est á en reposo con respect o
al reloj . Para los observadores que no est án en reposo respect o del reloj , ést e va
m ás lent am ent e. Si el observador en el avión sincroniza un pulso de luz que va y
viene ent re la cola y el m orro del avión con el t ict ac de su reloj , vem os que para un
observador en t ierra el reloj va m ás lent o, porque en el sist em a de referencia del
suelo el pulso de luz debe recorrer una dist ancia m ayor. Pero el efect o no depende
del m ecanism o concret o del reloj ; se aplica a t odos los reloj es, incluso a nuest ros
reloj es biológicos. El t rabaj o de Einst ein dem ost ró que, t al com o ocurre con el
concept o de reposo, el t iem po no puede ser absolut o, a diferencia de lo que había
creído Newt on. En ot ras palabras, no es posible, para cada suceso, asignar un
t iem po para el cual t odos los observadores est én de acuerdo. Al cont rario, cada
observador t iene su propia m edida del t iem po, y los t iem pos m edidos por dos
observadores que se est án m oviendo el uno con respect o al ot ro no coinciden. Las
ideas de Einst ein van cont ra nuest ra int uición porque sus im plicaciones no son
observables a las velocidades que encont ram os en la vida corrient e, pero han sido
repet idam ent e confirm adas por experim ent os. Por ej em plo, im aginem os un reloj de
referencia en el cent ro de la Tierra, ot ro en la superficie de la Tierra, y ot ro a bordo
de un avión que vuela o bien en el sent ido de la rot ación de la Tierra o bien en el
sent ido opuest o. Con respect o al reloj sit uado en el cent ro de la Tierra, el reloj a
bordo del avión que vuela hacia el est e —es decir, en el sent ido de la rot ación de la
Tierra— se desplaza m ás rápido que el reloj sit uado en la superficie de la Tierra, y
por lo t ant o debe ret rasar. Análogam ent e, respect o al reloj sit uado en el cent ro de
la Tierra, el reloj a bordo del avión que vuela hacia el oest e—en sent ido opuest o a la
rot ación de la Tierra— se desplaza m ás lent am ent e que el reloj en la superficie, lo
cual significa que el reloj en el avión debería avanzar respect o del reloj en la
superficie. Y eso es exact am ent e lo que se observó cuando, en un experim ent o
realizado en oct ubre de 1971, un reloj at óm ico m uy preciso voló alrededor del
m undo. Así pues, podríam os alargar nuest ra vida si voláram os const ant em ent e
hacia el est e alrededor del m undo, aunque acabaríam os aburridos de ver t odas las
películas de las aerolíneas. Sin em bargo, el efect o es m uy pequeño, de unas cient o
ochent a m ilm illonésim as de segundo por vuelt a ( y queda t am bién algo reducido por
los efect os de la diferencia en la gravedad, pero no necesit am os baj ar a t ant os

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det alles) . Gracias al t rabaj o de Einst ein, los físicos se dieron cuent a de que
post ulando que la velocidad de la luz es la m ism a en t odos los sist em as de
referencia, la t eoría de la elect ricidad y el m agnet ism o de Maxwell im plica que el
t iem po no puede ser t rat ado separadam ent e de las t res dim ensiones del espacio,
sino que t iem po y espacio est án profundam ent e im bricados ent re sí. Es com o si
añadiéram os una cuart a dim ensión fut uro/ pasado a las t res usuales
derecha/ izquierda, adelant e/ at rás y arriba/ abaj o. Los físicos llam an «espacio-
t iem po» a ese m at rim onio de espacio y t iem po, y com o el t iem po const it uye una
cuart a dim ensión le llam an la cuart a dim ensión. En el espacio- t iem po el t iem po ya
no est á separado de las t res dim ensiones del espacio y, hablando im propiam ent e,
así com o la definición de derecha/ izquierda, adelant e/ at rás o arriba/ abaj o depende
de la orient ación del observador, así t am bién la dirección del t iem po depende de la
velocidad del observador. Observadores que se m ueven a diferent es velocidades
escogerían diferent es direcciones para el t iem po en el espacio- t iem po. Por lo t ant o,
la t eoría de la relat ividad especial de Einst ein const it uyó un nuevo m odelo que
elim inó los concept os de t iem po absolut o y reposo absolut o ( es decir, reposo con
respect o a un ét er fij o) . Einst ein no t ardó en darse cuent a de que para hacer que la
gravedad sea com pat ible con la relat ividad era necesario ot ro cam bio. Según la
t eoría de la gravit ación de New t on, en cada inst ant e los obj et os son at raídos ent re
sí por una fuerza que depende de la dist ancia ent re ellos en dicho inst ant e. Pero la
t eoría de la relat ividad había abolido el concept o de t iem po absolut o, de form a que
no había m anera de definir en qué inst ant e se debían m edir las dist ancias ent re las
m asas. En consecuencia, la t eoría de la gravit ación de Newt on no era consist ent e
con la relat ividad especial y t enía que ser m odificada. Est e conflict o puede parecer a
prim era vist a una m era dificult ad t écnica, quizá incluso un det alle nim io que podía
ser superado sin dem asiados cam bios en la t eoría. Pero que nada est aba t an lej os
de la realidad. En los once años siguient es, Einst ein desarrolló una nueva t eoría de
la gravedad, que denom inó relat ividad general. El concept o de la gravedad en la
relat ividad general no es en absolut o com o el de Newt on, sino que est á basado en
la propuest a revolucionaria de que el espacio- t iem po no es plano com o había sido
supuest o ant eriorm ent e, sino que est á curvado y dist orsionado por la m asa y
energía que cont iene. Una buena m anera de represent ar la curvat ura es im aginar la

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superficie de la Tierra. Aunque la superficie de la Tierra sólo es bidim ensional


( porque sólo hay en ella dos direcciones, digam os nort e/ sur y est e/ oest e) , la vam os
a ut ilizar com o ej em plo porque es m ás fácil represent ar un espacio curvado
bidim ensional que cuat ridim ensional. La geom et ría de los espacios curvados com o la
superficie de la Tierra no es la geom et ría euclidiana a que est am os acost um brados.
Por ej em plo, sobre la superficie de la Tierra, la dist ancia m ás cort a ent re dos
punt os—que sabem os que es un segm ent o rect ilíneo en la geom et ría euclidiana— es
el cam ino que conect a los dos punt os a lo largo de lo que se denom ina un círculo
m áxim o. ( Un círculo m áxim o es una línea en la superficie de la Tierra cuyo cent ro
coincide con el cent ro de la Tierra. El ecuador es un ej em plo de círculo m áxim o, y
t am bién lo es cualquier círculo obt enido inclinando el ecuador por uno cualquiera de
sus infinit os diám et ros.)

Ge odé sica s. La dist ancia m ás cort a ent re dos punt os de la superficie de la t ierra
parece curvada sobre un m apa plano. Est o es algo que debem os t ener present e si
alguna vez t enem os que superar una prueba de alcoholem ia

I m aginem os, por ej em plo, que querem os ir de Nueva York a Madrid, dos ciudades
que se hallan a la m ism a lat it ud. Si la Tierra fuera plana, el cam ino m ás cort o sería
ir direct am ent e hacia el est e en línea rect a. Si lo hiciéram os, llegaríam os a Madrid
t ras recorrer 3.707 m illas. Pero debido a la curvat ura de la Tierra, hay un cam ino
que parece curvado y por lo t ant o m ás largo sobre un m apa plano, pero que en
realidad es m ás cort o. Se puede llegar a Madrid en 3.605 m illas si seguim os la rut a
del círculo m áxim o, que va prim ero hacia el norest e, y después gira gradualm ent e

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hacia el est e y después hacia el surest e. La diferencia de dist ancias ent re am bas
rut as es debida a la curvat ura de la Tierra y const it uye una señal de que su
geom et ría no es euclidiana. Las líneas aéreas lo saben perfect am ent e y adiest ran a
sus pilot os para seguir las rut as de los círculos m áxim os, siem pre que result en
pract icables. Según las leyes de Newt on del m ovim ient o, los obj et os, com o por
ej em plo obuses, croissant s o planet as, se desplazan en línea rect a salvo que act úe
sobre ellos una fuerza, por ej em plo la gravedad. Pero la gravedad, en la t eoría de
Einst ein, no es una fuerza com o las dem ás fuerzas sino una consecuencia de que la
m asa deform a el espacio- t iem po y le confiere una ciert a curvat ura. En la t eoría de
Einst ein, los obj et os se desplazan a lo largo de lo m ás parecido a las líneas rect as
en un espacio curvado, llam adas geodésicas. Las rect as son geodésicas en el
espacio plano y los círculos m áxim os son geodésicos en la superficie de la Tierra. En
ausencia de m at eria, las geodésicas en el espacio- t iem po cuat ridim ensional
corresponden a rect as en el espacio t ridim ensional, pero en presencia de m at eria
que deform e el espacio- t iem po, las t rayect orias de los cuerpos en el espacio
t ridim ensional correspondient e se curvan de una m anera que en la t eoría
newt oniana era explicada por la at racción de la gravedad. Cuando el espacio- t iem po
no es plano, las t rayect orias de los obj et os parecen est ar curvadas, y producen la
im presión de que sobre ellos est á act uando una fuerza. La t eoría de la relat ividad
general de Einst ein se reduce a la relat ividad especial en ausencia de la gravedad y
hace casi las m ism as predicciones —pero no idént icas— que la t eoría de la
gravit ación de New t on en el am bient e de gravit ación débil de nuest ro sist em a solar.
De hecho, si no se t uviera en cuent a la relat ividad general en el sist em a GPS de
navegación por sat élit e, los errores en la posición global se acum ularían a un rit m o
de unos ¡diez kilóm et ros por día! Sin em bargo, la aut ént ica im port ancia de la
relat ividad general no es su aplicación a disposit ivos que nos guíen hacia nuevos
rest aurant es sino que const it uye un m odelo del universo m uy diferent e, que predice
nuevos efect os com o ondas gravit at orias y aguj eros negros. Y así, la relat ividad
general ha t ransform ado la física en geom et ría. La t ecnología m oderna es
suficient em ent e sensible para perm it irnos llevar a cabo m uchas pruebas det alladas
de la relat ividad general, y las ha superado t odas con éxit o. Aunque am bas
revolucionaron la física, la t eoría de Maxwell del elect rom agnet ism o y la t eoría de

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Einst ein de la gravit ación — la relat ividad general— son, com o la física de New t on,
t eorías clásicas, es decir, son m odelos en que el universo t iene una sola hist oria. Tal
com o vim os en el capít ulo ant erior, a nivel at óm ico y subat óm ico esos m odelos no
concuerdan con las observaciones, sino que debem os ut ilizar t eorías cuánt icas en
que el universo puede t ener cualquier hist oria posible, cada una de ellas con su
propia am plit ud de probabilidad. Para los cálculos práct icos para el m undo cot idiano
podem os cont inuar ut ilizando las t eorías clásicas, pero si querem os com prender el
com port am ient o de los át om os y las m oléculas necesit am os una versión cuánt ica de
la t eoría de Maxwell del elect rom agnet ism o, y si querem os com prender el universo
prim it ivo, cuando t oda la m at eria y t oda la energía del universo est aban
com prim idas en un volum en dim inut o, necesit am os una versión cuánt ica de la
t eoría de la relat ividad general. Tam bién necesit am os dichas t eorías si querem os
llegar a una com prensión fundam ent al de la nat uraleza, porque no sería consist ent e
que algunas de las leyes fueran clásicas y ot ras cuánt icas. Por lo t ant o, t enem os
que hallar versiones cuánt icas de t odas las leyes de la nat uraleza. Tales t eorías se
denom inan t eorías cuánt icas de cam pos. Las fuerzas conocidas de la nat uraleza
pueden ser divididas en cuat ro clases:
1. Gravedad. Es la fuerza m ás débil de las cuat ro, pero es una fuerza de largo
alcance y act úa de form a at ract iva sobre t odos los obj et os del universo. Ello
im plica que para cuerpos grandes las fuerzas gravit at orias se sum an y
pueden dom inar sobre t odas las dem ás fuerzas.
2. Elect rom agnet ism o. Tam bién es una fuerza de largo alcance y es m ucho m ás
int ensa que la gravedad, pero sólo act úa sobre part ículas con carga eléct rica
y es repulsiva ent re cargas del m ism o signo y at ract iva ent re cargas de signo
opuest o. Ello significa que las fuerzas eléct ricas ent re cuerpos grandes se
anulan ent re sí, pero a escala de át om os y m oléculas son dom inant es. Las
fuerzas elect rom agnét icas son las responsables de t oda la quím ica y la
biología.
3. Fuerza nuclear débil. Produce la radiact ividad y desem peña un papel decisivo
en la form ación de los elem ent os en las est rellas y en el universo prim it ivo.
Sin em bargo, en la vida corrient e no ent ram os en cont act o con esa fuerza.

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4. Fuerza nuclear fuert e. Mant iene unidos los prot ones y los neut rones dent ro de
los núcleos at óm icos. Tam bién m ant iene la int egridad de los prot ones y
neut rones, lo cual es necesario porque est án form ados por part ículas t odavía
m ás dim inut as, los quarks, m encionadas en el capít ulo 3. La fuerza nuclear
fuert e es la fuent e de energía del Sol y de las cent rales nucleares pero, t al
com o ocurre con la fuerza nuclear débil, no t enem os un cont act o direct o con
ella.

La prim era fuerza para la cual se propuso una versión cuánt ica fue el
elect rom agnet ism o. La t eoría cuánt ica del cam po elect rom agnét ico, denom inada
elect rodinám ica cuánt ica o sim plem ent e QED ( siglas en inglés de quant um
elect rodynam ics) , fue desarrollada en la década de 1940 por Richard Feynm an y
ot ros, y se ha convert ido en un m odelo para t odas las t eorías cuánt icas de cam pos.
Tal com o hem os dicho, según las t eorías clásicas las fuerzas son t ransm it idas por
cam pos. Pero en las t eorías cuánt icas de cam pos, los cam pos de fuerzas son
represent ados com o const it uidos por part ículas elem ent ales denom inadas bosones,
que son las part ículas t ransm isoras de fuerzas que se int ercam bian ent re las
part ículas de m at eria, t ransm it iendo las fuerzas. Los elect rones y los quarks son
ej em plos de ferm iones. El fot ón, o part ícula de luz, es un ej em plo de un bosón; es
el bosón el que t ransm it e la fuerza elect rom agnét ica. Lo que ocurre es que una
part ícula de m at eria, com o por ej em plo un elect rón, em it e un bosón o part ícula de
fuerza, y recula al hacerlo, com o un cañón recula al disparar un obús. La part ícula
t ransm isora de la fuerza choca después con ot ra part ícula de m at eria y es absorbida
por ella, con lo cual m odifica el m ovim ient o de dicha part ícula. Según la QED, t odas
las int eracciones ent re part ículas cargadas eléct ricam ent e—part ículas sensibles a la
fuerza elect rom agnét ica— son descrit as en t érm inos del int ercam bio de fot ones. Las
predicciones de la QED han sido som et idas a prueba y se ha verificado que
concuerdan con los result ados experim ent ales con gran precisión. Pero realizar los
cálculos m at em át icos requeridos por la QED puede ser difícil. El problem a, com o
verem os después, es que cuando añadim os a est e m arco de int ercam bio de
part ículas el requisit o cuánt ico de incluir t odas las hist orias en que una int eracción
puede producirse—por ej em plo, rodas las m aneras en que pueden ser

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int ercam biadas las part ículas de fuerzas- las m at em át icas se hacen m uy
com plicadas. Afort unadam ent e, adem ás de invent ar la int erpret ación de las
«hist orias alt ernat ivas» de la t eoría cuánt ica descrit a en el últ im o capít ulo, Feynm an
t am bién desarrolló un m ét odo gráfico m uy nít ido para expresar las diferent es
hist orias, un m ét odo que es aplicado act ualm ent e no t an sólo a la QED, sino a t odas
las t eorías cuánt icas de cam pos. El m ét odo gráfico de Feynm an proporciona una
m anera de represent ar cada t érm ino de la sum a sobre hist orias. Esas figuras,
denom inadas diagram as de Feynm an, son uno de los inst rum ent os m ás im port ant es
de la física m oderna. En la QED, la sum a sobre t odas las posibles hist orias puede
ser visualizada com o una sum a sobre diagram as de Feynm an com o los reproducidos
a cont inuación, que describen algunas de las m aneras en que dos elect rones se
puedan desviar uno al ot ro m ediant e la fuerza elect rom agnét ica. En esos
diagram as, las líneas cont inuas represent an los elect rones y las líneas onduladas
represent an fot ones. Se supone que el t iem po aum ent a desde abaj o arriba, y los
lugares en que las líneas se unen corresponden a la em isión o absorción de fot ones
por part e de un elect rón.

D ia gr a m a s de Fe ym a n. Est os diagram as corresponden a un proceso en que dos


elect rones se desvían el uno al ot ro

El diagram a ( a) represent a que los dos elect rones se aproxim an ent re sí,
int ercam bian un fot ón y siguen su nuevo cam ino. Ésa es la m anera m ás sim ple en

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que dos elect rones pueden int eraccionar elect rom agnét icam ent e, pero debem os
considerar t odas las hist orias posibles. Por lo t ant o, t am bién debem os incluir
diagram as com o ( b) . Ese diagram a t am bién t iene dos segm ent os que ent ran, los
elect rones que se aproxim an, y dos segm ent os que salen, los elect rones t ras su
int eracción, pero en ese diagram a los elect rones int ercam bian dos fot ones ant es de
alej arse el uno del ot ro. Los diagram as represent ados aquí son t an sólo unas pocas
de las posibilidades; de hecho, hay un núm ero infinit o de diagram as que deben ser
t enidos en cuent a m at em át icam ent e.
Los diagram as de Feynm an no son sólo una m anera nít ida de represent ar y
clasificar cóm o pueden ocurrir las int eracciones. Tam bién vienen acom pañados por
reglas que nos perm it en leer, a part ir de las líneas y vért ices de cada diagram a, una
expresión m at em át ica. La probabilidad, por ej em plo, de que los elect rones
incident es, con una ciert a cant idad de m ovim ient o inicial, salgan con una ciert a
cant idad de m ovim ient o final, es obt enida sum ando las cont ribuciones de cada
diagram a de Feynm an. Eso puede requerir m ucho t rabaj o porque, com o hem os
dicho, hay un núm ero infinit o de diagram as. Adem ás, aunque los elect rones
incident es y salient es t ienen una energía y una cant idad de m ovim ient o definidas,
las part ículas en los bucles cerrados del int erior del diagram a pueden t ener
cualquier energía y cant idad de m ovim ient o. Eso es im port ant e porque al efect uar la
sum a de Feynm an debem os sum ar no sólo sobre t odos los diagram as, sino t am bién
sobre t odos los valores de esas energías y cant idades de m ovim ient o. Los
diagram as de Feynm an proporcionaron a los físicos una enorm e ayuda al visualizar
y calcular las probabilidades de los procesos descrit os por la QED, pero no
solucionaron un grave inconvenient e que sufría la t eoría: cuando se sum an las
cont ribuciones del núm ero infinit o de diferent es hist orias se llega a un result ado
infinit o. ( Si los t érm inos sucesivos de una sum a infinit a decrecen lo suficient em ent e
rápido es posible que la sum a sea finit a pero ello, desgraciadam ent e, no ocurre
aquí.) En part icular, cuando se sum a los diagram as de Feynm an la solución parece
im plicar que el elect rón t iene carga y m asa infinit as. Ello es absurdo, porque
podem os m edir la carga y la m asa y son finit as. Para t rat ar con esos infinit os, se
desarrolló un procedim ient o denom inado renorm alización.

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D ia gr a m a s de Fe ym a n. Richard Feym an conducía una fam osa furgonet a con


diagram as de Feym an pint ados en su carrocería. La pint ura indica los diagram as
que acabam os de com ent ar en los párrafos ant eriores. Aunque Feym an m urió en
1988, su coche se conserva en un garaj e cerca de Calt ech, en California m eridional

El proceso de renorm alización hace int ervenir m agnit udes infinit as posit ivas y
negat ivas, que se rest an m ut uam ent e, de m anera que t ras una cont abilidad
m at em át ica m uy cuidadosa, los valores infinit os posit ivos y negat ivos que surgen en
la t eoría casi se anulan ent re sí, dej ando un pequeño residuo correspondient e a los
valores finit os observados de la m asa y la carga. Esas m anipulaciones pueden
parecer el t ipo de cosas que nos hacen obt ener m ala not a en los exám enes de
m at em át icas en la escuela, y la renorm alización es, en efect o, m at em át icam ent e
discut ible. Una consecuencia es que los valores para la m asa y la carga del elect rón
obt enidos m ediant e ese m ét odo pueden ser cualquier núm ero finit o. Eso t iene la
vent aj a de que los físicos pueden escoger los infinit os negat ivos de t al m anera que
den la solución correct a, pero present a el inconvenient e de que la m asa y la carga
del elect rón no pueden ser predichas por la t eoría. Pero una vez se ha fij ado la
m asa y la carga del elect rón de t al m anera, se puede ut ilizar la QED para efect uar

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m uchas ot ras predicciones m uy precisas, t odas las cuales concuerdan con gran
exact it ud con las observaciones, de m anera que la renorm alización es uno de los
ingredient es esenciales de la QED. Uno de los t riunfos iniciales de la QED, por
ej em plo, fue la predicción correct a del llam ado desplazam ient o de Lam b, una
m inúscula variación en la energía de uno de los est ados del át om o de hidrógeno,
descubiert a en 1947. El éxit o de la renorm alización en la QED im pulse') varios
int ent os de buscar t eorías cuánt icas de cam pos que describieran las ot ras t res
fuerzas de la nat uraleza. Pero la división de las fuerzas nat urales en cuat ro clases es
probablem ent e art ificial, una m era consecuencia de nuest ra falt a de com prensión.
Por lo t ant o, la gent e em pezó a buscar una Teoría de Todo que unificara los cuat ro
t ipos de fuerza en una sola ley que fuera com pat ible con la t eoría cuánt ica. Ello
sería el Sant o Grial de la física. Un indicio de que la unificación es el cam ino correct o
vino de la t eoría de las int eracciones débiles. La t eoría cuánt ica de cam pos que
describe la int eracción débil por sí sola no puede ser renorm alizada, es decir, sus
infinit os no pueden ser anulados rest ándoles ot ros infinit os para dar un núm ero
finit o para m agnit udes com o la m asa y la carga. Sin em bargo, en 1967, Abdus
Salam y St even Weinberg, independient em ent e el uno del ot ro, propusieron una
t eoría en que el elect rom agnet ism o quedaba unificado con las int eracciones débiles
y hallaron que esa unificación evit aba la plaga de los infinit os. La fuerza unificada se
denom ina fuerza elect rodébil. Su t eoría pudo ser renorm alizada y predij o t r es
nuevas part ículas, denom inadas W+ , W— y Z°. En 1973 , fueron descubiert as en el
CERN de Ginebra evidencias de la part ícula Z°. Sala m y Weinberg recibieron el
prem io Nobel de física en 1979 aunque las part ículas W y Z no fueron observadas
direct am ent e hast a 1983. La fuerza nuclear fuert e puede ser renorm alizada por su
cuent a en una t eoría denom inada crom odinám ica cuánt ica o QCD ( por sus siglas en
ingles de quant um chrom odynam ics) . Según la QCD, el prot ón, el neut rón, y
m uchas ot ras part ículas elem ent ales de la m at eria est án form adas por quarks, que
t ienen la not able propiedad que los físicos han denom inado color, de donde viene el
t érm ino crom odinám ica, aunque los colores de los quarks son t an sólo et iquet as
út iles que nada t ienen que ver con los colores visibles. Hay quarks de t res colores:
roj o, verde y azul. Adem ás, cada quark t iene una ant ipart ícula correspondient e, y
los colores de dichas ant ipart ículas son denom inados ant irroj o, ant iverde y ant iazul.

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La idea es que sólo las com binaciones sin color net o pueden exist ir com o part ículas
libres. Hay dos m aneras de conseguir esas com binaciones neut ras de quarks. Un
color y su ant icolor se anulan m ut uam ent e, de m anera que un quark y un ant iquark
form an un par sin color, part ículas inest ables denom inadas m esones. Adem ás,
cuando los t res colores ( o ant icolores) se m ezclan, el conj unt o no t iene color net o.
Tres quarks, uno de cada color, form an part ículas est ables denom inadas bariones,
de las cuales los prot ones y los neut rones son ej em plos ( y t res ant iquarks form an
las ant ipart ículas de los bariones) . Los prot ones y los neut rones son los bariones
que form an los núcleos de los át om os y const it uyen la base de t oda la m at eria
norm al del universo.

Ba r ion e s y m e son e s. Se dice que los bariones y m esones est án form ados por
quarks unidos ent re sí por la fuerza fuert e. Cuando dichas part ículas chocan,
pueden int ercam biar quarks, pero los quarks individuales no pueden ser
observados.

La QCD t am bién t iene una propiedad denom inada libert ad asint ót ica, a la cual
t am bién nos referim os, sin llam arla por su nom bre, en el capít ulo 3. La libert ad
asint ót ica significa que las fuerzas fuert es ent re quarks son pequeñas cuando los

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quarks est án m uy próxim os ent re sí, pero aum ent an si se separan, com o si
est uvieran unidos con una gom a elást ica. La libert ad asint ót ica explica por qué en la
nat uraleza no vem os quarks aislados y hem os sido incapaces de producirlos en el
laborat orio. Pese a ello, aunque no podam os observar los quarks individuales
acept am os el m odelo porque explica m uy bien el com port am ient o de los prot ones,
neut rones y ot ras part ículas de m at eria. Tras unir las fuerzas elect rom agnét ica y
débil, los físicos, en la década de 1970, buscaron una m anera de incorporar la
fuerza fuert e a dicha t eoría. Hay un ciert o núm ero de t eorías de gran unificación
( GUT, siglas de Grand Unified Theories) que at inan la fuerza fuert e con la fuerza
débil y el elect rom agnet ism o, pero la m ayoría de ellas predicen que los prot ones,
que const it uyen el m at erial de que est am os form ados, deberían decaer en prom edio
t ras unos 1032 años. Esa vida m edia es m uy larga, dado que el universo t an sólo
t iene unos 1010 años. Pero en física cuánt ica, cuando decim os que la vida m edia de
una part ícula es de unos 1032 años, no querem os decir que la m ayoría de las
part ículas duren aproxim adam ent e 1032 años, algunas un poco m ás, algunas un
poco m enos, sino que querem os decir que cada año una part ícula t iene una
probabilidad de 1 sobre 1032 de desint egrarse. En consecuencia, si observam os
durant e unos pocos años un t anque que cont enga 1032 prot ones, deberíam os ver
desint egrarse algunos de ellos. No es dem asiado difícil const ruir un t anque así, ya
que 1032 prot ones est án cont enidos en unas m il t oneladas de agua. Los cient íficos
han llevado a cabo t ales experim ent os, pero result a que det ect ar esas
desint egraciones y dist inguirlas de ot ros sucesos provocados por los rayos cósm icos
que cont inuam ent e llueven sobre nosot ros no es t area fácil. Para m inim izar el ruido,
los experim ent os se realizan a grandes profundidades, en lugares com o la m ina de
la Com pañía de Kam ioka de Minería y Fundición a unos m il m et ros baj o una
m ont aña en Japón, que queda bast ant e prot egida de los rayos cósm icos. Com o
result ado de las observaciones en 2009, los invest igadores han concluido que si los
prot ones realm ent e se desint egran, su vida m edia es m ayor que unos 1034 años, lo
cual son m alas not icias para las t eorías de gran unificación. Com o las t eorías de
gran unificación ( GUT) no son corroboradas por evidencias observacionales la
m ayoría de físicos adopt ó una t eoría ad hoc denom inada el m odelo est ándar, que
consist e en la t eoría unificada de las fuerzas elect rodébiles y en la crom odinám ica

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cuánt ica com o t eoría de las fuerzas fuert es. Pero en el m odelo est ándar las fuerzas
elect rodébiles y fuert es act úan por separado y no est án unificadas. El m odelo
est ándar ha acum ulado m uchos éxit os y concuerda con t odas las evidencias
observacionales hast a la fecha pero es en últ im o t érm ino insat isfact orio porque,
adem ás de no unificar las fuerzas elect rodébiles y fuert es, no incluye la gravedad.

«Me t em o que aunque t race un m arco a su alrededor no conseguirá convert irlo en


una t eoría unificada»

Aunque se han revelado las dificult ades de fundir las fuerzas fuert es con las
elect rodébiles, dichos problem as no son nada en com paración con la dificult ad de
unificar la gravit ación con las ot ras t res fuerzas, o incluso de form ular una t eoría
cuánt ica aut o- consist ent e de la gravedad. La razón por la cual crear una t eoría
cuánt ica de la gravedad result a t an difícil est á relacionada con el principio de
incert idum bre de Heisenberg que hem os explicado en el capít ulo 3. Aunque no sea
obvio verlo, result a que con respect o a dicho principio el valor de un cam po y de su
t asa de cam bio t em poral desem peñan el m ism o papel que la posición y la velocidad
de una part ícula. Es decir, cuant o m ayor es la precisión con que se consigue
det erm inar el uno m enor es la precisión con que se puede det erm inar el ot ro. Una
consecuencia im port ant e de ello es que no exist e el espacio vacío. Ello es así porque

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espacio vacío significa que el valor de un cam po es exact am ent e cero y que la t asa
de cam bio del cam po es t am bién exact am ent e cero ( si no fuera así, el espacio no
perm anecería vacío) . Com o el principio de incert idum bre no perm it e que los valores
del cam po y de su t asa t em poral de cam bio t engan valores exact os
sim ult áneam ent e, el espacio nunca est á vacío. Puede t ener un est ado de m ínim a
energía, denom inado el «vacío», pero dicho est ado est á suj et o a lo que llam am os
fluct uaciones del vacío cuánt ico, que consist en en part ículas y cam pos que aparecen
y desaparecen de la exist encia. Podem os int erpret ar las fluct uaciones del vacío
cuánt ico com o pares de part ículas que aparecen conj unt am ent e en un ciert o
inst ant e, se separan, vuelven a unirse y se aniquilan ent re sí. En t érm inos de los
diagram as de Feynm an, corresponden a bucles cerrados. Dichas part ículas se
denom inan part ículas virt uales ya que, a diferencia de las part ículas reales, las
part ículas virt uales no pueden ser observadas direct am ent e m ediant e det ect ores de
part ículas. Sin em bargo, sus efect os indirect os, com o por ej em plo pequeños
cam bios en la energía de las órbit as elect rónicas, pueden ser m edidos y concuerdan
con las predicciones t eóricas con un not able grado de exact it ud. El problem a
consist e en que las part ículas virt uales t ienen energía y, com o hay un núm ero
infinit o de pares virt uales, su cant idad de energía sería infinit a. Según la relat ividad
general, ello com port aría que curvarían el universo a un t am año infinit esim alm ent e
pequeño, ¡lo cual obviam ent e no ocurre! Esa plaga de infinit os es análoga al
problem a que se present a en las t eorías de las fuerzas elect rom agnét icas, débiles y
fuert es, salvo que en esos casos la renorm alización consigue elim inar los infinit os.
Pero los bucles cerrados de los diagram as de Feynm an para la gravedad producen
infinit os que no pueden ser absorbidos por renorm alización, ya que en la relat ividad
general no hay suficient es parám et ros renorm alizables para elim inar t odos los
infinit os cuánt icos de la t eoría. Nos quedam os, pues, con una t eoría de la gravedad
que predice que algunas m agnit udes, com o la curvat ura del espacio- t iem po, son
infinit as, lo cual no es m anera de t ener un universo habit able. Ello significa que la
única posibilidad de obt ener una t eoría razonable sería que t odos los infinit os se
anularan sin t ener que acudir a renorm alización. En 1976 se halló una posible
solución a est e problem a, la llam ada supergravedad. El calificat ivo súper en
supergravedad no se añade porque los físicos creyeran que era «súper» que esa

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t eoría de la gravit ación cuánt ica pudiera realm ent e funcionar, sino que se refiere a
un t ipo de sim et ría que la t eoría posee, la llam ada supersim et ría. En física se dice
que un sist em a t iene una sim et ría si sus propiedades no quedan afect adas por una
ciert a t ransform ación, com o por ej em plo una rot ación espacial o hacer su im agen
especular. Por ej em plo, si dam os la vuelt a a un donut sobre sí m ism o parece
exact am ent e el m ism o ( a no ser que t enga un recubrim ient o de chocolat e en su
part e superior, en cuyo caso lo m ej or es com érselo) . La supersim et ría es un t ipo
m ás sut il de sim et ría que no puede ser asociado con una t ransform ación en el
espacio ordinario. Una de las im plicaciones de la supersim et ría es que las part ículas
de fuerza y las part ículas de m at eria, y por lo t ant o la fuerza y la m at eria, son en
realidad dos facet as de una m ism a cosa. En t érm inos práct icos ello significa que
cada part ícula de m at eria, com o por ej em plo un quark, debería t ener una part ícula
com pañera que fuera una part ícula de fuerza, y que cada part ícula de fuerza, com o
por ej em plo el fot ón, debería t ener una part ícula com pañera que fuera una part ícula
de m at eria. Eso t iene el pot encial de resolver el problem a de los infinit os porque los
infinit os que proceden de los bucles cerrados de las part ículas de fuerza son
posit ivos, en t ant o que los infinit os procedent es de los bucles cerrados de las
part ículas de m at eria son negat ivos. Así, los infinit os que surgen en la t eoría a part ir
de las part ículas de fuerza y los de sus com pañeras las part ículas de m at eria
t enderían a anularse ent re sí. Desgraciadam ent e, los cálculos necesarios para
com probar si quedarían o no infinit os sin anular en la supergravedad eran t an largos
y difíciles y present aban t ant as posibilidades de com et erse errores que nadie se veía
con fuerzas para abordarlos. Sin em bargo, la m ayoría de los físicos creían que la
supergravedad era probablem ent e la respuest a correct a al problem a de unificar la
gravedad con las ot ras fuerzas. Podría creerse que la validez de la supersim et ría
sería algo fácil de com probar —t an sólo exam inar las propiedades de las part ículas
exist ent es y ver si est án apareadas ent re ellas, pero no se han observado esas
part ículas com pañeras —. Pero varios cálculos realizados por los físicos indican que
las part ículas com pañeras correspondient es a las part ículas que observam os
deberían ser m iles de veces, o m ás, m ás pesadas que un prot ón. Ello es dem asiado
pesado para haber sido vist o en los experim ent os realizados hast a la fecha, pero
hay esperanzas de que t ales part ículas puedan ser producidas por fin en el gran

Gent ileza de Pablo Test ai 84 Preparado por Pat ricio Barros


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colisionador de hadrones ( LHC, siglas de Large Hadron Collider) en Ginebra, Suiza.


La idea de la supersim et ría fue un punt o clave en la form ulación de la
supergravedad, pero en realidad el concept o se había originado años ant es, en los
t eóricos que est udiaban una t eoría denom inada t eoría de cuerdas. Según la t eoría
de cuerdas, las part ículas no son punt os sino m odos de vibración que t ienen
longit ud, pero no alt ura ni anchura—com o fragm ent os de cuerda infinit am ent e
finos—. Las t eorías de cuerdas t am bién conducen a infinit os, pero se cree que en la
versión adecuada t odos ellos se anularán. Adem ás, t ienen ot ra caract eríst ica poco
usual: t an sólo son consist ent es si el espacio- t iem po t iene diez dim ensiones en
lugar de las cuat ro usuales. Diez dim ensiones pueden parecer excit ant es a los
cient íficos, pero causarían aut ént icos problem as si olvidáram os dónde hem os dej ado
aparcado el aut om óvil. Si est án present es, ¿por qué no advert im os esas
dim ensiones adicionales? Según la t eoría de cuerdas, est án enrolladas en un
espacio de un t am año m inúsculo. Para represent árnoslo, im aginem os un plano
bidim ensional. Decim os que el plano es bidim ensional porque necesit am os dos
núm eros, por ej em plo una coordenada horizont al y ot ra vert ical, para localizar en él
un punt o cualquiera. Ot ro espacio bidim ensional es la superficie de una paj illa de
beber. Para localizar un punt o en ella necesit am os saber en qué longit ud de la
paj illa se halla el punt o y, adem ás, dónde est á en su dim ensión circular t ransversal.
Pero si la paj illa es m uy fina, podem os t ener una idea sat isfact oriam ent e
aproxim ada de la posición em pleando t an sólo la coordenada a lo largo de la paj illa,
de m anera que podem os ignorar la dim ensión circular. Y si la paj illa fuera una
m illonésim a de billonésim a de billonésim a de cent ím et ro de diám et ro, no
percibiríam os en absolut o su dim ensión circular. Est a es la im agen que t ienen los
t eóricos de las dim ensiones adicionales —est án m uy curvadas, en una escala t an
ínfim a que no podem os verlas—. En la t eoría de cuerdas, las dim ensiones
adicionales est án enrolladas en lo que se llam a un «espacio int erno», en oposición
al espacio t ridim ensional que experim ent am os en la vida corrient e. Com o verem os,
esos est ados int ernos no son sólo dim ensiones ocult as que podam os barrer debaj o
de la alfom bra, sino que t ienen una im port ant e significación física.

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Pa j illa s y lín e a s. Una paj illa es bidim ensional, pero si su diám et ro es


suficient em ent e pequeño, o si la observam os desde una dist ancia suficient em ent e
grande, parece unidim ensional, com o una línea

Adem ás de la cuest ión de las dim ensiones, la t eoría de cuerdas adolecía de ot ra


caract eríst ica incóm oda: parecía que había al m enos cinco t eorías diferent es y
m illones de m aneras en que las dim ensiones adicionales podían curvarse, lo cual
conduce a una m ult it ud em barazosa de posibilidades para los que abogaban que la
t eoría de cuerdas era la t eoría única de t odo. Ent onces, hacia 1994, se em pezó a
descubrir dualidades —que diferent es t eorías de cuerdas, y diferent es m aneras de
curvar las dim ensiones adicionales, son sim plem ent e m aneras diferent es de
describir los m ism os fenóm enos en cuat ro dim ensiones—. Adem ás, se descubrió
que la supergravedad t am bién est á relacionada con las ot ras t eorías de esa m anera.
Los t eóricos de cuerdas est án convencidos ahora de que las cinco diferent es t eorías
de cuerdas y la supergravedad son sim plem ent e diferent es aproxim aciones a una
t eoría m ás fundam ent al, cada una de las cuales es válida en sit uaciones diferent es.
La t eoría m ás fundam ent al es la denom inada t eoría M, com o dij im os ant es. Nadie
parece saber qué significa la M, pero puede ser Maest ra, Milagro o Mist erio. Parece
part icipar de las t res posibilidades. Aún est am os int ent ando descifrar la nat uraleza
de la t eoría M, pero puede que no sea posible conseguirlo. Podría ser que la
t radicional expect at iva de los físicos de una sola t eoría de la nat uraleza sea
inalcanzable y que no exist a una form ulación única.
Podría ser que para describir el universo t engam os que em plear t eorías diferent es

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en sit uaciones diferent es. Cada t eoría puede t ener su propia versión de la realidad,
pero según el realism o dependient e del m odelo, ello sólo es acept able si las
predicciones de las t eorías concuerdan en los dom inios en que ést as se solapan, es
decir, en que am bas pueden ser aplicadas. Tant o si la t eoría M exist e com o una
form ulación única o com o una red de t eorías, conocem os algunas de sus
propiedades. En prim er lugar, el espacio- t iem po de la t eoría M t iene once
dim ensiones en lugar de diez. Los t eóricos de cuerdas habían sospechado desde
hacía t iem po que la predicción de diez dim ensiones debería ser corregida, y t rabaj os
recient es dem ost raron que efect ivam ent e una dim ensión había sido dej ada de lado.
Adem ás, la t eoría M puede cont ener no sólo cuerdas vibrant es, sino t am bién
part ículas punt uales, m em branas bidim ensionales, burbuj as t ridim ensionales y ot ros
obj et os que result an m ás difíciles de represent ar y que ocupan t odavía m ás
dim ensiones espaciales, hast a nueve. Son llam ados p- branas ( donde p va desde 0 a
9) . ¿Y qué podem os decir sobre el enorm e núm ero de m aneras de curvar las
dim ensiones pequeñas? En la t eoría M las dim ensiones espaciales adicionales que
form an el espacio int erno no pueden ser curvadas de m anera arbit raria, ya que las
m at em át icas de la t eoría rest ringen las m aneras posibles de hacerlo. La form a
exact a del espacio int erno det erm ina los valores de las const ant es físicas, com o la
carga del elect rón, y la nat uraleza de las int eracciones ent re las part ículas
elem ent ales; en ot ras palabras, det erm ina las leyes aparent es de la nat uraleza.
Decim os «aparent es» porque nos referim os a las leyes que observam os en nuest ro
universo —las leyes de las cuat ro fuerzas y los parám et ros com o las m asas y las
cargas que caract erizan las part ículas elem ent ales—, pero las leyes m ás
fundam ent ales son las de la t eoría M.
Por lo t ant o, las leyes de la t eoría M perm it en diferent es universos con leyes
aparent es diferent es, según com o est é curvado el espacio int erno. La t eoría M t iene
soluciones que perm it en m uchos t ipos de espacios int ernos, quizá hast a unos
105°°, lo cual significa que perm it iría unos 10500 universos, cada uno con sus
propias leyes. Para hacernos una idea de qué represent a ese núm ero pensem os lo
siguient e: si alguien pudiera analizar las leyes predichas para t ales universos en t an
sólo un m ilisegundo por universo y hubiera em pezado a t rabaj ar en el inst ant e del
Big Bang, en el m om ent o present e sólo habría podido analizar las leyes de 1020 de

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ellos, y eso sin pausas para el café. Hace siglos, Newt on dem ost ró qué ecuaciones
m at em át icas podían proporcionar una descripción asom brosam ent e precisa de la
m anera com o int eraccionan los obj et os t ant o en la t ierra com o en los cielos. Los
cient íficos pasaron a creer que el fut uro de t odo el universo podría ser cont em plado
con t an sólo que conociéram os la t eoría adecuada y t uviéram os suficient e poder de
cálculo. Después llegaron la incert idum bre cuánt ica, el espacio curvado, los quarks,
las dim ensiones adicionales, y el result ado de sus diversas cont ribuciones es 10500
universos, cada uno con leyes diferent es y sólo uno de los cuales corresponde al
universo t al com o lo conocem os. Puede que debam os abandonar la esperanza
original de los físicos de descubrir una sola t eoría que explique las leyes aparent es
de nuest ro universo com o única consecuencia posible de unas pocas hipót esis
sencillas. ¿A dónde nos conduce eso? Si la t eoría M perm it e 10500 conj unt os de
leyes aparent es, ¿cóm o es que nos hallam os en ese universo, con las leyes
aparent es que conocem os? Y ¿qué pasa con los ot ros posibles universos?

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Ca pít u lo 6
ESCOGI EN D O N UESTRO UN I VERSO

Según la t ribu de los boshongo del África cent ral, en el inicio sólo había oscuridad,
agua y el gran dios Bum ba. Un día, Bum ba, en un dolor de est óm ago, vom it ó el Sol.
Transcurrido un t iem po, el Sol secó part e del agua y dej ó al descubiert o t ierra
firm e, pero Bum ba t odavía padecía el dolor y vom it ó aún m ás cosas: la Luna, las
est rellas y algunos anim ales: el leopardo, el cocodrilo, la t ort uga y, finalm ent e, el
hom bre. Los m ayas de México y Am érica Cent ral hablan de una época sem ej ant e
ant es de la creación, cuando t odo lo que exist ía era el m ar, el cielo y el Hacedor. En
la leyenda m aya, el Hacedor, ent rist ecido porque nadie lo alababa, creó la t ierra, las
m ont añas, los árboles y la m ayoría de anim ales. Pero com o los anim ales no podían
hablar decidió crear los hum anos. Prim ero los hizo de barro, pero sólo decían cosas
sin sent ido. Dej ó que se deshicieran y lo int ent ó de nuevo, haciendo ahora la gent e
de m adera, pero esa gent e era m uy t orpe. Decidió dest ruirlos, pero escaparon a la
selva, sufriendo sucesivos daños a lo largo de su carrera, que los fueron
t ransform ando en m onos. Después de ese fracaso, el Hacedor finalm ent e halló una
fórm ula que funcionaba, y const ruyó los prim eros hum anos con m aíz blanco y
am arillo. Act ualm ent e hacem os et anol con m aíz, pero por ahora no hem os
conseguido repet ir el hit o del Hacedor de const ruir gent e que se lo beba. Mit os de la
creación com o ésos int ent an dar respuest a a las pregunt as que nos form ulam os en
est e libro. ¿Por qué exist e un universo y por qué el universo es com o es? Nuest ra
capacidad de t rat ar t ales cuest iones ha ido creciendo a lo largo de los siglos, desde
los ant iguos griegos y de m anera m ás profunda en el últ im o siglo.
Pert rechados con las bases proporcionadas por los capít ulos ant eriores, est am os en
disposición de ofrecer una posible respuest a a esas pregunt as. Una cosa que debió
haber result ado evident e incluso en t iem pos m uy prim it ivos es que o bien el
universo es una creación m uy recient e o bien los hum anos sólo han exist ido durant e
una pequeña fracción de la hist oria del universo. Ello es así porque la especie
hum ana ha ido m ej orando de form a t an rápida en conocim ient os y t ecnología que,
si la gent e hubiera est ado ahí durant e m illones de años, nuest ra especie est aría
m ucho m ás avanzada en sus dest rezas y conocim ient os. Según el Ant iguo

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Test am ent o, Dios hizo a Adán y Eva t an sólo seis días después de la creación. El
obispo Ussher, prim ado de t oda I rlanda desde 1625 hast a 1656, sit uó el origen del
m undo con m ayor precisión t odavía, a las 9 de la m añana del 27 de oct ubre del año
4004 a. C. En la act ualidad adopt am os un punt o de vist a diferent e, a saber, que los
hum anos son una creación recient e pero que el universo em pezó m ucho ant es, hace
unos t rece m il set ecient os m illones de años. La prim era evidencia cient ífica act ual
de que el universo t uvo un inicio procede de la década de 1920. Tal com o dij im os en
el capít ulo 3, en esa época la m ayoría de los cient íficos creía en un universo est át ico
que había exist ido siem pre. La evidencia de lo cont rario era indirect a, basada sobre
las observaciones que Edwin Hubble había realizado con el t elescopio de cien
pulgadas del observat orio de Mont e Wilson, en la colinas de Pasadena, en California.
Analizando el espect ro de la luz que em it en las galaxias, Hubble det erm inó que
práct icam ent e t odas ellas se est án alej ando de nosot ros, y que cuant o m ás lej os
est án con m ayor velocidad se m ueven. En 1929, publicó una ley que relacionaba la
t asa de alej am ient o de las galaxias con su dist ancia a nosot ros y concluyó que el
universo se est á expandiendo. Si efect ivam ent e es así, el universo debe de haber
sido m ás pequeño en el pasado. De hecho, si ext rapolam os al pasado lej ano, t oda la
m at eria y la energía en el universo habrían est ado concent radas en un región
m inúscula de t em perat ura y densidad inim aginables y, si ret rocedem os lo suficient e,
debería haber habido un inst ant e en que t odo em pezó, el suceso que conocem os
act ualm ent e com o Big Bang o gran explosión prim ordial. La idea de que el universo
se est á expandiendo im plica diversas sut ilezas. Por ej em plo, no querem os decir que
se est é expandiendo de la m anera en que, por ej em plo, expandiríam os una casa,
em puj ando las paredes hacia fuera y sit uando una nueva sala de baño donde ant es
hubo un m aj est uoso roble. Más que ext enderse el propio espacio, lo que est á
creciendo es la dist ancia ent re dos punt os cualesquiera dent ro del universo. Esa
idea em ergió en la década de [ 930, rodeada de cont roversias, y una de las m ej ores
m aneras de visualizarla sigue siendo t odavía una m et áfora propuest a en 1931 por el
ast rónom o de la Universidad de Cam bridge, Art hur Eddingt on. Eddingt on visualizó el
universo com o la superficie de un globo que se est á expandiendo y las galaxias
com o punt os sobre dicha superficie. Esa im agen ilust ra claram ent e por qué las
galaxias lej anas se separan m ás rápidam ent e que las m ás próxim as. Por ej em plo, si

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el radio del globo se duplicara cada hora, la dist ancia ent re dos «galaxias» cualquier
sobre el globo se duplicaría cada hora. Si en un ciert o inst ant e dos galaxias
est uvieran separadas un cent ím et ro, una hora después est arían separadas dos
cent ím et ros y parecería que se est án separando la una de la ot ra con un rit m o de
un cent ím et ro por hora. Pero si inicialm ent e hubieran est ado separadas dos
cent ím et ros, una hora después est arían separadas cuat ro cent ím et ros y parecería
que se est án separando ent re sí a un rit m o de dos cent ím et ros por hora. Est o es
precisam ent e lo que Hubble descubrió: cuant o m ás lej os se halla una galaxia, m ás
velozm ent e se alej a de nosot ros.

El u n ive r so globo. Las galaxias dist ant es se separan de nosot ros com o si t odo el
cosm os est uviera sobre la superficie de un globo gigant e.

Es im port ant e darse cuent a de que la expansión del espacio no afect a el t am año de
obj et os m at eriales com o las galaxias, est rellas, m anzanas, át om os u ot ros obj et os
cohesionados o m ant enidos unidos por algún t ipo de fuerza. Por ej em plo, si
t razáram os un círculo alrededor de un racim o de galaxias sobre el globo, el círculo
no se expandiría a m edida que el globo se expandiera sino que, com o las galaxias
est án ligadas ent re sí por fuerzas gravit at orias, el círculo y las galaxias de su

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int erior m ant endrían su t am año o configuración aunque el globo se expandiera. Eso
es im port ant e porque sólo podem os det ect ar la expansión si nuest ros inst rum ent os
de m edida t ienen t am años fij os. Si t odo se est uviera expandiendo, ent onces, t ant o
nosot ros com o nuest ras varas de m edir, nuest ros laborat orios, et c., t odo se
expandiría proporcionalm ent e y no not aríam os ninguna diferencia en el t am año del
universo en dos inst ant es diferent es. Que el universo se est uviera expandiendo
result ó una novedad para Einst ein, pero la posibilidad de que las galaxias se
est uvieran alej ando las unas de las ot ras ya había sido propuest a años ant es de los
art ículos de Hubble a part ir de fundam ent os t eóricos sum inist rados por ecuaciones
del propio Einst ein. En 1922, el físico y m at em át ico ruso Alexander Friedm an ( 1888-
1925) invest igó qué ocurriría en un m odelo de universo basado en dos hipót esis que
sim plificaban m ucho las m at em át icas: que el universo t iene aspect o idént ico en
t odas direcciones y que t iene t am bién el m ism o aspect o desde cualquier punt o de
observación. Sabem os que la prim era hipót esis de Friedm ann no es exact am ent e
verdadera—afort unadam ent e, ¡el universo no es uniform e por doquier! —. Si
m iram os hacia arriba en una dirección, podem os ver el Sol; en ot ra dirección, la
Luna; en ot ra, una colonia em igrant e de m urciélagos vam piros. Pero el universo sí
parece aproxim adam ent e igual en cualquier dirección cuando lo consideram os a una
escala m uy grande—m ayor, incluso, que la dist ancia ent re las galaxias—. Es, en
ciert a m anera, com o m irar un bosque desde un avión. Si volam os suficient em ent e
baj o, podem os ver las hoj as individuales, o al m enos los árboles y los espacios
ent re ellos. Pero si volam os t an arriba que alargando el brazo el pulgar ocult a la
visión de un kilóm et ro cuadrado de árboles, el bosque parecerá una m asa verde
uniform e. Podríam os decir que, a dicha escala, el bosque es uniform e. A part ir de
esas hipót esis, Friedm an consiguió obt ener una solución a las ecuaciones de
Einst ein en la cual el universo se expandía de la form a que post eriorm ent e
observaría Hubble. En part icular, el m odelo de universo de Friedm ann em pieza con
t am año cero, se expande hast a que la at racción gravit at oria lo frena del t odo, y
después se vuelve a colapsar sobre sí m ism o por efect o de dicha at racción. ( Result a
que hay, adem ás, ot ros dos t ipos de soluciones de las ecuaciones de Einst ein que
t am bién sat isfacen las hipót esis del m odelo de Friedm ann, una de las cuales
corresponde a un universo en que la expansión prosigue indefinidam ent e, aunque

Gent ileza de Pablo Test ai 92 Preparado por Pat ricio Barros


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se frena un poco, y ot ra a un universo en que la t asa de expansión va dism inuyendo


hacia cero pero sin llegar a alcanzar dicho valor.) Friedm ann m urió pocos años
después de haber llevado a cabo su t rabaj o, y sus ideas perm anecieron
práct icam ent e desconocidas hast a el descubrim ient o de Hubble. Pero en 1927, un
profesor de física y sacerdot e cat ólico llam ado Georges Lem ait re ( 1894- 1966)
propuso una idea sem ej ant e: si ret rot raem os la hist oria del universo, a m edida que
vam os a pasados m ás lej anos el universo se va haciendo cada vez m ás pequeño,
hast a que llegam os a un suceso de creación —lo que llam am os en la act ualidad el
Big Bang—. La im agen del Big Bang no gust é) a t odo el m undo. De hecho, el
t érm ino Big Bang fue acuñado con int ención peyorat iva y ridiculizadora en 1949 por
el ast rofísico de Cam bridge Fred Hoyle, que creía en un universo que se expandía
et ernam ent e. Las prim eras observaciones direct as que reforzaron la idea del Big
Bang no se obt uvieron hast a 1965, con el descubrim ient o de un t enue fondo de
m icroondas que llena t odo el espacio. Est a radiación cósm ica de fondo de
m icroondas o CMBR ( siglas de Cosm ic Microwave Background Radiat ion) , es análoga
a la de los hornos de m icroondas pero m ucho m enos pot ent e. Podem os observar
esa radiación de fondo nosot ros m ism os si sint onizam os el t elevisor a un canal no
ut ilizado, ya que un pequeño t ant o por cient o de la nieve que vem os en la pant alla
es debido a la radiación de fondo. Esa radiación fue descubiert a accident alm ent e por
dos cient íficos de los laborat orios Bell que int ent aban elim inar ese ruido est át ico de
su ant ena de m icroondas. Al principio, creyeron que esa señal est át ica procedía de
las deposiciones de palom as que habían anidado en su aparat o, pero result ó que su
problem a t enía un origen m ás int eresant e— la radiación de fondo es la radiación
que queda del universo prim it ivo m uy calient e y denso que habría exist ido poco
después del Big Bang—. A m edida que el universo se expandió, la radiación se
enfrió hast a convert irse en el t enue rem anent e que observam os ahora.
Act ualm ent e, esas m icroondas sólo podrían calent ar la com ida hast a —270 °C, t res
grados por encim a del cero absolut o, por lo cual no result an dem asiado út iles para
freír palom it as de m aíz. Los ast rónom os han hallado ot ros indicios que sost ienen la
im agen del Big Bang de un universo prim it ivo dim inut o y m uy calient e. Por ej em plo,
durant e el prim er m inut o, aproxim adam ent e, el universo habría est ado m ás calient e
que el cent ro de una est rella t ípica. Durant e ese int ervalo, el conj unt o del universo

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se habría com port ado com o un react or nuclear de fusión. Las reacciones nucleares
habrían cesado cuando el universo se expandió y enfríe) lo suficient e, pero la t eoría
predice que eso debería haber dej ado el universo con un 23 por 100 de helio y
t razas de lit io y berilio ( t odos los elem ent os m ás pesados han sido form ados
post eriorm ent e, en el int erior de las est rellas) . El cálculo est á en buen acuerdo con
las cant idades observadas de helio, lit io y berilio. Las m edidas de la abundancia de
helio y de la radiación cósm ica de fondo proporcionaron evidencia convincent e a
favor de la im agen del Big Bang del universo m uy prim it ivo, pero aunque podem os
considerar dicha im agen com o una descripción válida de los t iem pos m uy prim it ivos,
sería equivocado t om ar la idea del Big Bang lit eralm ent e, es decir, pensar que la
t eoría de Einst ein proporciona una visión aut ént ica del origen del universo. Ello es
porque la relat ividad general predice que hay un inst ant e en que la t em perat ura, la
densidad y la curvat ura del universo serían infinit as, una sit uación que los
m at em át icos llam an singularidad. Para los físicos, ello significa que la t eoría de
Einst ein dej a de valer en dicho inst ant e y por lo t ant o no puede ser ut ilizada para
predecir cóm o em pezó el universo, sino sólo cóm o evolucionó después de aquel
inst ant e. Así, aunque podam os ut ilizar las ecuaciones de la relat ividad general y
nuest ras observaciones del firm am ent o para aprender cóm o era el universo en una
edad m uy t em prana, no es correct o ext rapolar la im agen del Big Bang hast a
exact am ent e el inicio. Dent ro de pocas líneas abordarem os el t em a del origen del
universo, pero ant es debem os decir algunas palabras sobre la prim era fase de la
expansión. Los físicos la llam an inflación. A no ser que ust ed viva en Zim babue,
donde la inflación excedió hace poco el 200.000.000 por 100, puede que el t érm ino
inflación no le parezca m uy explosivo. Pero, incluso según las est im aciones m ás
conservadoras, durant e la inflación cosm ológica el universo se expandió en un
fact or de [Link].[Link].000.000.000 en

0,00000000000000000000000000000000001 segundos

Es com o si una m oneda de un cent ím et ro de diám et ro súbit am ent e explot ara a una
dim ensión de unos diez m illones de veces la anchura de la Vía Láct ea. Podría
parecer que eso viola la relat ividad, ya que ést a est ablece que nada puede m overse

Gent ileza de Pablo Test ai 94 Preparado por Pat ricio Barros


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m ás rápido que la luz en el vacío, pero dicha velocidad lím it e no se aplica a la


expansión del propio espacio. La idea de que un episodio inflacionario com o ést e
pudiera haberse producido fue propuest a por prim era vez en 1980, a part ir de
consideraciones que van m ás allá de la t eoría de Einst ein de la relat ividad general y
t ienen en cuent a aspect os de la t eoría cuánt ica. Com o no disponem os de una t eoría
cuánt ica com plet a de la gravedad, los det alles t odavía est án siendo elaborados, y
los físicos no est án del t odo seguros de cóm o ocurrió la inflación. Pero según la
t eoría, la expansión causada por la inflación no habría sido com plet am ent e
uniform e, en cont rast e con lo que predice la im agen del Big Bang t radicional. Esas
irregularidades producirían variaciones m inúsculas en la t em perat ura de la radiación
cósm ica de fondo en diferent es direcciones. Esas variaciones son dem asiado
pequeñas para que hubieran podido ser det ect adas en la década de 1960, pero
fueron descubiert as por prim era vez en 1992 por el sat élit e COBE de la NASA, y
post eriorm ent e m edidas por su sucesor, el sat élit e WMAP, lanzado en 2001. En
consecuencia, est am os bast ant e seguros de que la inflación realm ent e t uvo lugar.
I rónicam ent e, aunque pequeñas variaciones en la radiación cósm ica de fondo
const it uyen una evidencia de la inflación, una de las razones por las cuales la
inflación es im port ant e es la uniform idad casi perfect a de la t em perat ura de la
radiación cósm ica de fondo. Si calent am os una part e de un obj et o a una
t em perat ura m ayor que la de sus alrededores y esperam os, la zona calient e se irá
enfriando y sus alrededores se irán calent ando hast a que la t em perat ura sea
uniform e. Análogam ent e, esperaríam os a que el universo llegara a t ener una
t em perat ura uniform e, pero ello requeriría t iem po, y si la inflación no se hubiera
producido no habría habido suficient e t iem po en t oda la hist oria del universo para
que el calor de zonas m uy separadas se igualara, suponiendo que la velocidad de la
t ransferencia de dicho calor est uviera lim it ada por la velocidad de la luz. Un período
de expansión m uy rápida ( m ucho m ás rápida que la velocidad de la luz) pone
rem edio a ese problem a, ya que en ese caso sí habría habido t iem po suficient e para
igualar la t em perat ura de la zona ext rem adam ent e dim inut a del universo prim it ivo
preinflacionario. La inflación explica el est allido o «bang» del Big Bang, al m enos en
el sent ido que durant e el int ervalo que duró la inflación la expansión fue m ucho m ás
ext rem ada que la predicha por la t eoría t radicional del Big Bang de la relat ividad

Gent ileza de Pablo Test ai 95 Preparado por Pat ricio Barros


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general. El problem a es que, para que los m odelos t eóricos de la inflación


funcionen, el est ado inicial del universo t uvo que ser m uy especial y alt am ent e
im probable. Así pues, la t eoría t radicional de la inflación resuelve un conj unt o de
problem as pero crea ot ro —la necesidad de un est ado inicial m uy especial —. Est a
cuest ión del inst ant e cero es elim inada en la t eoría de la creación del universo que
est am os a punt o de describir. Com o no podem os describir la creación ut ilizando la
t eoría de Einst ein de la relat ividad general, est a t eoría debe ser reem plazada por
una t eoría m ás com plet a si querem os describir el origen del universo. De hecho,
incluso en el caso de que la relat ividad general no conduj era a una singularidad,
sospecharíam os la necesidad de una t eoría m ás com plet a, porque la relat ividad
general no t om a en consideración las est ruct uras de la m at eria a pequeña escala,
que son regidas por la t eoría cuánt ica. Ya m encionam os en el capít ulo 4 que para
casi t odos los efect os práct icos la t eoría cuánt ica no es m uy relevant e en el est udio
de la est ruct ura a gran escala del universo porque se aplica a la descripción de la
nat uraleza a escalas m icroscópicas. Pero si ret rocedem os suficient em ent e en el
t iem po, el universo alcanza un t am año t an m inúsculo com o el t am año de Planck,
una m ilm illonésim a de billonésim a de billonésim a de cent ím et ro, en el cual la t eoría
cuánt ica de la gravedad debe ser t om ada en consideración. Así, aunque aún no
disponem os de una t eoría cuánt ica com plet a de la gravedad, sabem os que el origen
del universo fue un suceso cuánt ico. Por consiguient e, así com o com binam os la
t eoría cuánt ica y la relat ividad general —al m enos provisionalm ent e— para deducir
la t eoría de la inflación, si querem os ir aún m ás at rás y com prender el origen del
universo debem os com binar lo que sabem os de la relat ividad general con la t eoría
cuánt ica.
Para ver cóm o se hace eso, necesit am os com prender el principio de que la gravedad
deform a el espacio y el t iem po. La deform ación del espacio es m ás fácil de
visualizar que la del t iem po. I m aginem os que el universo es la superficie de una
m esa de billar plana. La superficie de la m esa es un espacio plano, al m enos en dos
dim ensiones. Si hacem os rodar una bola por la m esa irá en línea rect a. Pero si la
m esa se deform a o t iene pequeñas prot uberancias en algunos lugares, com o en la
ilust ración siguient e, la t rayect oria de la bola se curvará. En el caso que est am os
considerando es fácil const at ar que la m esa de billar est á deform ada porque vem os

Gent ileza de Pablo Test ai 96 Preparado por Pat ricio Barros


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que se curva hacia una t ercera dim ensión ext erior, que podem os represent ar. Pero
com o no podem os salt ar fuera de nuest ro propio espacio- t iem po para ver su
deform ación, result a m ás difícil im aginar la deform ación del espacio- t iem po de
nuest ro universo.

D e for m a ción de l e spa cio. La m at eria y la energía deform an el espacio y alt eran
las t rayect orias de los obj et os

Pero su curvat ura puede ser const at ada aunque no podam os salir de él y verla
desde la perspect iva de un espacio m ayor, ya que puede ser det ect ada desde el
int erior del m ism o espacio. I m aginem os que una m icrohorm iga est á confinada sobre
la superficie de la m esa. I ncluso aunque no pueda abandonar la m esa, la horm iga
podría det ect ar la deform ación si m idiera cuidadosam ent e las dist ancias sobre la
m esa. Por ej em plo, la longit ud de una circunferencia en el espacio plano es siem pre
algo m ayor que t res veces la longit ud de su diám et ro ( el m últ iplo real es el núm ero
PI ) . Pero si la horm iga t razara un círculo alrededor del pozo de la m esa de billar
represent ada en la figura, vería que la longit ud de su diám et ro es m ayor de lo
esperado, es decir, m ayor que un t ercio de la longit ud de su circunferencia. De

Gent ileza de Pablo Test ai 97 Preparado por Pat ricio Barros


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hecho, si el pozo fuera suficient em ent e profundo, la horm iga hallaría que la longit ud
de la circunferencia es m enor que la longit ud del diám et ro. Lo m ism o ocurre con la
deform ación de nuest ro universo: alarga o cont rae la dist ancia ent re los punt os del
espacio y m odifica su form a o geom et ría de una m anera que puede ser m edida
desde el int erior del m ism o universo. La deform ación del t iem po alarga o acort a los
int ervalos t em porales de una m anera análoga.

D e for m a ción de l e spa cio- t ie m po. La m at eria y la energía deform an el t iem po y


hacen que la dim ensión t em poral «se m ezcle» con las dim ensiones espaciales

Pert rechados con esas ideas, volvam os a la cuest ión del inicio del universo.
Podem os hablar de espacio y de t iem po por separado, t al com o hem os vist o en las
explicaciones ant eriores, en sit uaciones con velocidades pequeñas y gravedad débil.
En general, sin em bargo, el t iem po y el espacio est án im bricados ent re sí, de
m anera que sus alargam ient os y acort am ient os t am bién im plican una ciert a m ezcla
ent re ellos. Esa m ezcla es im port ant e en el universo prim it ivo y es la clave para
ent ender el inicio del t iem po. La cuest ión del inicio del t iem po viene a ser algo
análogo a la cuest ión del borde del m undo. Cuando la gent e creía que el m undo era

Gent ileza de Pablo Test ai 98 Preparado por Pat ricio Barros


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plano se podría haber pregunt ado si el m ar se derram aba por sus bordes. Eso ha
sido est udiado experim ent alm ent e: se puede dar la vuelt a al m undo y no caer de él.
El problem a de lo que ocurre en el borde del m undo fue resuelt o cuando la gent e se
dio cuent a de que el m undo no era una superficie plana sino curvada. Sin em bargo,
el t iem po parecía ser com o una vía de t ren. Si t uvo un origen, debía haber allí
alguien, por ej em plo Dios, para poner los t renes en m archa. Aunque la t eoría de
Einst ein de la relat ividad general unificaba el t iem po y el espacio en el espacio-
t iem po y suponía una ciert a m ezcla ent re t iem po y espacio, el t iem po seguía siendo
diferent e del espacio y, o bien t enía un inicio v un final, o bien seguía
indefinidam ent e. Sin em bargo, una vez incorporam os los efect os de la t eoría
cuánt ica a la t eoría de la relat ividad general, en algunos casos ext rem os la
deform ación puede llegar a ser t an grande que el t iem po se com port e com o una
dim ensión del espacio. En el universo prim it ivo —cuando el universo era t an
pequeño que era regido t ant o por la relat ividad general com o por la t eoría
cuánt ica— había efect ivam ent e cuat ro dim ensiones del espacio y ninguna del
t iem po. Ello significa que cuando hablam os del «inicio» del universo no t enem os en
cuent a la cuest ión sut il de que, en el universo m uy prim it ivo, ¡no exist ía un t iem po
com o el t iem po que conocem os ahora! Debem os acept ar que nuest ras ideas usuales
de espacio y t iem po no se aplican al universo m uy prim it ivo. Est e est á m ás allá de
nuest ra experiencia pero no m ás allá de nuest ra im aginación o de nuest ras
m at em át icas. Si en el universo m uy prim it ivo las cuat ro dim ensiones se
com port aban com o el espacio, ¿qué ocurre con el inicio del t iem po? Darnos cuent a
de que el t iem po se puede com port ar com o una dirección m ás del espacio im plica
que podem os librarnos del problem a de que el t iem po t enga un com ienzo de
m anera análoga a com o nos libram os del problem a del borde del m undo.
Supongam os que el inicio del universo fue com o el Polo Sur de la Tierra, con los
grados de lat it ud desem peñando el papel del t iem po. Cuando nos desplazam os
hacia el nort e, los círculos de lat it ud const ant e, que represent arían el t am año del
universo, se expandirían. El universo em pezaría com o un punt o en el Polo Sur, pero
ést e es en m uchos aspect os com o cualquier ot ro punt o. Pregunt ar lo que ocurrió
ant es del inicio del universo result aría una pregunt a sin sent ido, porque nada hay al
sur del Polo Sur. En esa int erpret ación, el espacio- t iem po no t iene bordes —en el

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Polo Sur se cum plen las m ism as leyes de la nat uraleza que en t odos los ot ros
lugares —. Análogam ent e, cuando se com bina la t eoría general de la relat ividad con
la t eoría cuánt ica, la cuest ión de qué ocurrió ant es del inicio del universo dej a de
t ener sent ido. La idea de que las hist orias del universo deberían ser superficies
cerradas sin bordes se denom ina la condición de ausencia de bordes. A lo largo de
la hist oria m uchos pensadores, incluido Arist ót eles, han creído que el universo debe
haber exist ido siem pre, para evit ar la cuest ión de cóm o em pezó a exist ir. Ot ros han
creído que el universo t uvo un inicio y lo han ut ilizado com o argum ent o para la
exist encia de Dios. La observación de que el t iem po se com port a com o el espacio
present a una nueva alt ernat iva. Elim ina la obj eción inm em orial a que el universo
t uviera un inicio y significa, adem ás, que el inicio del universo fue regido por las
leyes de la ciencia y que no hay necesidad de que sea puest o en m archa por algún
Dios. Si el origen del universo fue un suceso cuánt ico, debería poder ser descrit o
con precisión por la sum a de Feynm an sobre hist orias. Pero aplicar la t eoría
cuánt ica al conj unt o del universo —en que los observadores son part e del m ism o
sist em a que est á siendo observado— es, sin em bargo, delicado. En el capít ulo 4
vim os que las part ículas de m at eria lanzadas cont ra una pant alla con dos rendij as
podían exhibir figuras de int erferencia com o las que form an las ondas de agua.
Feynm an dem ost ró que eso ocurre porque una part ícula no t iene una única hist oria,
es decir, cuando se m ueve desde el punt o inicial A hast a un punt o final B no sigue
un cam ino bien definido, sino t om a sim ult áneam ent e t odos los posibles cam inos que
conect an am bos punt os. Según esa int erpret ación, la int erferencia no const it uye
una sorpresa porque, por ej em plo, la part ícula puede viaj ar a t ravés de am bas
rendij as al m ism o t iem po e int erferir consigo m ism a. Aplicada al m ovim ient o de una
part ícula, el m ét odo de Feynm an nos dice que para calcular la probabilidad de un
punt o final part icular cualquiera debem os considerar t odas las hist orias que la
part ícula podría seguir desde su punt o de part ida hast a dicho punt o de llegada.
Tam bién podem os ut ilizar los m ét odos de Feynm an para calcular las probabilidades
cuánt icas para observaciones del universo. Si son aplicadas al universo en su
conj unt o no hay punt o A, de m anera que sum am os sobre t odas las hist orias que
sat isfacen la condición de ausencia de lím it es y que t erm inan en el universo que
observam os hoy. En esa perspect iva, el universo apareció espont áneam ent e,

Gent ileza de Pablo Test ai 100 Preparado por Pat ricio Barros
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em pezando en t odos los est ados posibles, la m ayoría de los cuales corresponden a
ot ros universos. Mient ras que algunos de dichos universos son parecidos al nuest ro,
la gran m ayoría es m uy diferent e. No difieren t an sólo en algunos det alles, com o
por ej em plo en si Elvis Presley realm ent e m urió j oven o si los nabos se com en o no
com o post re, sino que difieren incluso en las leyes aparent es de la nat uraleza. De
hecho, exist en m uchos universos, con m uchos conj unt os diferent es de leyes físicas.
Hay gent e que hace un gran m ist erio de est a idea, denom inada a veces m ult iverso,
pero en el fondo no se t rat a m ás que de una form a diferent e de expresar la sum a
de Feynm an sobre hist orias. Para represent ar est o, alt erem os la analogía del globo
de Eddingt on y en su lugar im aginem os el universo en expansión com o la superficie
de una burbuj a. Nuest ra im agen de la creación cuánt ica espont ánea del universo es
ent onces algo parecida a la form ación de burbuj as de vapor en agua hirvient e.
Aparecen m uchas burbuj as dim inut as, que vuelven a desaparecer rápidam ent e.
Esas burbuj as represent an m iniuniversos que se expanden pero se vuelven a
colapsar cuando aún t ienen t am año m icroscópico. Represent an posibles universos
alt ernat ivos pero no t ienen un gran int erés, ya que no duran lo suficient e para que
en ellos se desarrollen galaxias ni est rellas ni m ucho m enos vida int eligent e. Sin
em bargo, unas pocas de esas burbuj as crecerán lo suficient e para no volverse a
colapsar, cont inuarán expandiéndose a un rit m o cada vez m ayor y form arán las
burbuj as de vapor que som os capaces de ver. Esas burbuj as corresponden a
universos que em piezan expandiéndose a un rit m o cada vez m ás rápido, en ot ras
palabras, en un est ado de inflación.
Tal com o hem os dicho, la expansión producida por la inflación no sería
com plet am ent e uniform e. En la sum a sobre hist orias hay sólo una hist oria
com plet am ent e uniform e y regular, a la que corresponde la probabilidad m áxim a,
pero m uchas ot ras hist orias ligeram ent e irregulares t ienen probabilidades casi t an
elevadas com o ella. Es por eso por lo que la inflación predice que es probable que el
universo prim it ivo sea ligeram ent e no uniform e, correspondiendo a las pequeñas
variaciones de la int ensidad que fueron observadas en la radiación cósm ica de
fondo.
Tenem os suert e de las irregularidades del universo prim it ivo. ¿Por qué? La
hom ogeneidad es buena si no querem os que la crem a se separe de la leche, pero

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un universo hom ogéneo es un universo aburrido. Las irregularidades del universo


prim it ivo son im port ant es porque si algunas regiones t enían una densidad
ligeram ent e m ayor que las ot ras, la at racción gravit at oria de la densidad adicional
habría reducido el rit m o de expansión de dichas regiones en com paración con las de
sus alrededores.

M u lt ive r so. Las fluct uaciones cuánt icas conducen a la creación de universos
dim inut os a part ir de la nada. Unos pocos de ellos alcanzan un t am año crít ico, t ras
lo cual se expanden de m anera inflacionaria, form ando galaxias, est rellas y, al
m enos en uno de ellos, seres com o nosot ros.

Com o la fuerza de la gravedad va agrupando lent am ent e la m at eria, puede llegar a


conseguir que se colapse para form ar galaxias y est rellas que pueden conducir a
planet as y, al m enos en una ocasión, a hum anos. Observe, pues, con at ención la
im agen del cielo en m icroondas: es el plano de t odas las est ruct uras del universo.
Som os el product o de fluct uaciones cuánt icas del universo m uy prim it ivo. Si uno
fuera religioso, podría decir que Dios j uega realm ent e a los dados.
Est a idea conduce a una visión del universo que difiere profundam ent e del concept o
t radicional y nos exige m odificar la m anera en que pensam os la hist oria del

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universo.

El fon do cósm ico de m icr oon da s. Est a im agen del firm am ent o fue producida a
part ir de siet e años de dat os del sat élit e WMAP publicados en 2010. Pone de
m anifiest o las fluct uaciones de la t em perat ura —m ost radas a t ravés de diferent es
colores—, que dat an de hace unos t rece m il set ecient os m illones de años. Las
fluct uaciones represent adas corresponden a diferencias de t em perat ura de m enos
de uno m ilésim o de grado en la escala cent ígrado o Celsius. Aun así, fueron las
sem illas que crecieron hast a convert irse en galaxias. ( Equipo cient ífico
NASA/ WMAP.)

Para hacer predicciones en cosm ología necesit am os calcular las probabilidades de


los diferent es est ados del conj unt o del universo en el present e. En física,
norm alm ent e se supone algún est ado inicial para el sist em a y se le hace evolucionar
en el t iem po m ediant e las ecuaciones m at em át icas adecuadas. Dado el est ado del
sist em a en un inst ant e, se int ent a calcular la probabilidad de que el sist em a est é en
un ciert o est ado diferent e en un inst ant e post erior. La hipót esis habit ual en
cosm ología es que el universo t iene una hist oria única bien definida y que se puede
ut ilizar las leyes de la física para calcular cóm o esa hist oria se va desplegando con
el t iem po. Llam am os a eso el m ét odo ascendent e ( «de abaj o arriba» o bot t om - up)
de t rat am ient o de la cosm ología. Pero com o debem os t om ar en consideración la
nat uraleza cuánt ica del universo, expresada por la sum a de Feynm an sobre
hist orias, la am plit ud de probabilidad de que el universo se halle ahora en un ciert o
est ado part icular se consigue sum ando las cont ribuciones de t odas las hist orias que

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sat isfacen la condición de ausencia de bordes y que t erm inan en el est ado en
cuest ión. En ot ras palabras, en cosm ología no deberíam os seguir la hist oria del
universo de abaj o arriba, porque supone que hay una sola hist oria con un punt o de
part ida y una evolución bien definidos. En lugar de eso se debería t razar la hist oria
descendent e ( de «arriba abaj o» o t op- down) hacia at rás, part iendo del inst ant e
act ual. Algunas hist orias serán m ás probables que ot ras y la sum a t ot al est ará
dom inada norm alm ent e por una sola hist oria que em pieza con la creación del
universo y culm ina en el est ado que est am os considerando. Pero habrá diferent es
hist orias para los diferent es est ados posibles del universo en el present e. Eso
conduce a una visión radicalm ent e diferent e de la cosm ología y de la relación ent re
causa y efect o. Las hist orias que cont ribuyen a la sum a de Feynm an no t ienen una
exist encia aut ónom a, sino que dependen de lo que se m ida. Así pues, nosot ros
cream os la hist oria m ediant e nuest ra observación en lugar t ic que la hist oria nos
cree a nosot ros. La idea de que el universo no t iene una hist oria única e
independient e del observador parece est ar en cont radicción con ciert os hechos que
conocem os. Puede haber una hist oria en que la Luna est é hecha de queso de
Roquefort , pero hem os observado que la Luna no es de queso, cosa que es una
m ala not icia para los rat ones. Por lo t ant o, las hist orias en que la Luna es de queso
no cont ribuyen al est ado act ual de nuest ro universo, a pesar de que pueden t al vez
cont ribuir a ot ros est ados. Eso puede parecer ciencia ficción, pero no lo es. Ot ra
im plicación del m ét odo descendent e es que en él las leyes aparent es de la
nat uraleza dependen de la hist oria del universo. Muchos cient íficos creen que exist e
una t eoría única que explica dichas leyes, adem ás de los valores y la nat uraleza de
las const ant es físicas com o por ej em plo la m asa del elect rón o la dim ensionalidad
del espacio- t iem po. Pero la cosm ología «de arriba abaj o» afirm a que las leyes
aparent es de la nat uraleza son diferent es para hist orias diferent es.
Considerem os la dim ensionalidad aparent e del universo. Según la t eoría M, el
espacio- t iem po t iene diez dim ensiones espaciales y una dim ensión t em poral. La
idea es que siet e de las dim ensiones espaciales est án curvadas en un t am año t an
pequeño que no las advert im os, cosa que nos produce la im presión de que lo único
que exist e son las t res dim ensiones ext ensas rem anent es con las que est am os
fam iliarizados. Una de las cuest iones cent rales abiert as en la t eoría M es: ¿por qué,

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en nuest ro universo, no hay m ás dim ensiones ext ensas, y por qué hay dim ensiones
curvadas? A m ucha gent e le gust aría creer que hay algún m ecanism o que hace que
t odas las dim ensiones espaciales m enos t res se curven espont áneam ent e.
Alt ernat ivam ent e, t am bién podría haber ocurrido que t odas las dim ensiones
hubieran em pezado m uy pequeñas pero, por alguna razón que desconocem os, t res
dim ensiones espaciales se expandieran y las ot ras no. Parece, sin em bargo, que no
hay ninguna razón dinám ica por la que el universo t enga que parecer
cuat ridim ensional. Es m ás: la cosm ología descendent e predice que el núm ero de
dim ensiones espaciales ext ensas no est á fij ado por ningún principio de la física, sino
que habrá una ciert a am plit ud de probabilidad cuánt ica para cada núm ero de
dim ensiones espaciales ext ensas, desde o hast a 10. La sum a de Feynm an perm it e
t odos esos valores, para cada posible hist oria del universo, pero la observación de
que nuest ro universo t iene t res dim ensiones espaciales ext ensas selecciona la
subclase de hist orias que t ienen est a propiedad. En ot ras palabras, la probabilidad
cuánt ica de que el universo t enga ot ras dim ensiones ext ensas adem ás de las t res
habit uales es irrelevant e, porque ya hem os m edido su dim ensionalidad y
det erm inado que est am os en un universo con t res dim ensiones espaciales ext ensas.
En t ant o que la probabilidad de t res dim ensiones espaciales ext ensas no sea
exact am ent e nula, no im port a cuán pequeña sea en com paración con la
probabilidad para ot ros núm eros de dim ensiones. Sería com o pregunt ar por la
probabilidad de que el Papa act ual sea chino. Sabem os que es alem án, aunque la
probabilidad de que fuera chino es m ucho m ayor ya que hay m uchos m ás chinos
que alem anes. Análogam ent e, sabem os que nuest ro universo exhibe t res
dim ensiones espaciales ext ensas y por lo t ant o, aunque ot ros núm eros de
dim ensiones espaciales ext ensas t uvieran una am plit ud de probabilidad m ayor, sólo
est am os int eresados en las hist orias con t res dim ensiones. ¿Y qué ocurre con las
dim ensiones curvadas? Recordem os que en la t eoría M, la form a precisa de las
rest ant es dim ensiones curvadas, el espacio int erno, det erm ina los valores de
m agnit udes físicas com o la carga del elect rón y la nat uraleza de las int eracciones
ent re las part ículas elem ent ales, es decir, la fuerzas de la nat uraleza. Las cosas
serían m ás claras si las t eoría M hubiera perm it ido t an sólo una única form a para las
dim ensiones curvadas, o quizá unas pocas, t odas m enos una de las cuales hubieran

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podido ser descart adas de una m anera u ot ra, dej ándonos con una única posibilidad
para las leyes aparent es de la nat uraleza. En cam bio, hay am plit udes de
probabilidad no nulas para unos 10500 espacios int ernos diferent es, cada uno de los
cuales conduce a leyes diferent es y a valores diferent es de las const ant es físicas. Si
const ruim os la hist oria del universo de abaj o arriba, no hay razón por la cual el
universo debiera haber acabado con el espacio int erno correspondient e a las
int eracciones ent re part ículas que observam os nosot ros, el m odelo est ándar de las
int eracciones ent re part ículas elem ent ales. Pero en la form ulación descendent e
acept am os que exist en universos con t odos los posibles espacios int ernos. En
algunos universos, los elect rones pesan com o pelot as de golf y la fuerza de la
gravedad es m ás int ensa que la del m agnet ism o. En el nuest ro, se aplica el m odelo
est ándar, con t odos sus parám et ros. Podem os calcular la am plit ud de probabilidad
para el espacio int erno correspondient e al m odelo est ándar part iendo de la base de
la condición de ausencia de bordes. Tal com o ocurre con la probabilidad de que
haya un universo con t res dim ensiones ext ensas, no im port a cuán pequeña sea est a
am plit ud en com paración con ot ras posibilidades, porque ya hem os observado que
el m odelo est ándar describe nuest ro universo. La t eoría que describim os en est e
capít ulo es verificable. En los ej em plos ant eriores, hem os insist ido en que las
am plit udes de probabilidad relat iva para universos radicalm ent e diferent es, com o
por ej em plo los que t ienen un núm ero diferent e de dim ensiones ext ensas, no
im port an. Sin em bargo, las am plit udes de probabilidad relat iva para universos
vecinos ( es decir, parecidos) sí im port an. La condición de ausencia de bordes
im plica que la am plit ud de probabilidad es m áxim a para las hist orias en que el
universo com ienza con una form a com plet am ent e lisa, y se reduce para los
universos que son m ás irregulares. Ello significa que el universo prim it ivo debería
haber sido casi liso, salvo dim inut as irregularidades. Tal com o hem os advert ido,
podem os observar esas irregularidades com o pequeñas variaciones en las
m icroondas que nos llegan de direcciones diferent es del firm am ent o. Se ha
com probado que concuerdan exact am ent e con las exigencias generales de la t eoría
inflacionaria; sin em bargo, necesit arem os m ediciones m ás precisas para poder
dist inguir com plet am ent e la t eoría descendent e de las ot ras t eorías, y así
confirm arla o refut arla. Es de esperar que t ales m ediciones sean llevadas a cabo por

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sat élit es en un fut uro próxim o. Hace siglos, la gent e creía que la Tierra era única y
est aba sit uada en el cent ro del universo. Act ualm ent e sabem os que en nuest ra
galaxia hay cent enares de m iles de m illones de est rellas, y que hay cent enares de
m iles de m illones de galaxias, un gran porcent aj e de las cuales cont ienen sist em as
planet arios. Los result ados descrit os en est e capít ulo indican t am bién que nuest ro
universo es uno de m uchos universos y que sus leyes aparent es no est án
det erm inadas de form a única. Ello debe result ar decepcionant e para los que
esperaban que una t eoría últ im a, una t eoría de t odo, predij era la nat uraleza de la
física cot idiana. No podem os predecir caract eríst icas discret as com o el núm ero de
dim ensiones ext ensas del espacio o el espacio int erno que det erm ina las
m agnit udes físicas que observam os, com o por ej em plo la m asa y la carga del
elect rón y de ot ras part ículas elem ent ales, sino que ut ilizam os esos núm eros para
seleccionar las hist orias que cont ribuyen a la sum a de Feynm an. Parece que nos
hallem os en un punt o crít ico en la hist oria de la ciencia, en el cual debem os
m odificar nuest ra concepción de los obj et ivos y de lo que hace que una t eoría física
sea acept able. Parece que los valores de los parám et ros fundam ent ales, e incluso la
form a de las leyes aparent es de la nat uraleza, no son exigidos por ningún principio
físico o lógico. Los parám et ros pueden t om ar m uchos valores diferent es y las leyes
pueden adopt ar cualquier form a que conduzca a una t eoría m at em át ica
aut oconsist ent e, y t om an en general valores diferent es y form as diferent es en
universos diferent es. Puede que ello no sat isfaga nuest ro deseo hum ano de ser
especiales o de descubrir unas inst rucciones claras que cont engan t odas las leyes de
la física, pero ésa parece ser la form a de funcionar de la nat uraleza. Parece haber
un vast o paisaj e de universos posibles. Tal com o verem os en el capít ulo siguient e,
los universos en que pueda exist ir vida com o la nuest ra son raros. Vivim os en uno
de los universos en que la vida es posible, pero t an sólo con que el universo fuera
ligeram ent e diferent e seres com o nosot ros no podrían exist ir. ¿Qué podem os hacer
con esa sint onización t an fina? ¿Es una evidencia de que el universo, a fin de
cuent as, fue diseñado por un Creador benévolo? ¿O bien la ciencia ofrece ot ra
explicación?

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Ca pít u lo 7
EL M I LAGRO APAREN TE

Los chinos hablan de una Época, durant e la dinast ía Hsia ( c. 2205 a 1782 a. C) , en
que nuest ro ent orno cósm ico varió súbit am ent e. Aparecieron diez soles en el cielo.
La gent e en la Tierra sufría m ucho de t ant o calor, de m anera que el em perador
ordenó a un célebre arquero que disparara cont ra los soles adicionales. El arquero
fue recom pensado con una píldora que t enía el poder de hacerle inm ort al, pero su
m uj er se la robó. Por ese delit o fue dest errada a la Luna. Los chinos est aban en lo
ciert o al pensar que un sist em a solar con diez soles no result a acogedor para la vida
hum ana. Act ualm ent e sabem os que, aunque se nos ofrecerían grandes posibilidades
de broncearnos, la vida probablem ent e no se desarrollaría nunca en un sist em a
solar con m últ iples soles. Las razones no son t an sencillas com o el calor asfixiant e
im aginado en la leyenda china. De hecho, un planet a podría t ener una t em perat ura
agradable aunque orbit ara alrededor de m últ iples soles, al m enos durant e un ciert o
int ervalo. Pero parece im probable que así se pudiera alcanzar un calent am ient o
uniform e durant e largos int ervalos de t iem po, sit uación que parece necesaria para
la vida. Para com prender por qué, considerem os lo que ocurre con el t ipo m ás
sencillo de sist em a de m últ iples est rellas, un sist em a con dos soles, que es
denom inado una est rella binaria. Aproxim adam ent e, la m it ad de las est rellas del
firm am ent o son m iem bros de t ales sist em as. Pero incluso los sist em as binarios
sencillos sólo pueden m ant ener ciert os t ipos de órbit as est ables, del t ipo m ost rado
en la figura. En cada una de ellas, es probable que haya int ervalos de t iem po en
que el planet a est é dem asiado calient e o dem asiado frío para poder albergar vida.
La sit uación sería aún peor para sist em as con m uchas est rellas.
Nuest ro sist em a solar t iene ot ras propiedades «afort unadas» sin las cuales nunca
habrían podido desarrollarse form as sofist icadas de vida. Por ej em plo, las leyes de
Newt on perm it en que las órbit as planet arias sean círculos o elipses, que son círculos
alargados, m ás anchos en un ej e y m ás est rechos en ot ro. El grado de deform ación
de una elipse viene descrit o por lo que se denom ina su excent ricidad, un núm ero
ent re cero y uno.

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Ór bit a s bin a r ia s. Los planet as que orbit an en sist em as de est rellas binarias
probablem ent e t endrían un clim a poco hospit alario, en algunas est aciones
dem asiado cálido y en ot ras dem asiado frío para la vida

Una excent ricidad vecina a cero significa que la figura se parece m ucho a un círculo
en t ant o que una excent ricidad próxim a a uno significa que la figura est á m uy
aplanada. Kepler est aba t rast ornado por la idea de que los planet as no se m ueven
en círculos perfect os, pero la órbit a de la Tierra t iene una excent ricidad de t an sólo
un 2 por 100, lo que significa que casi es circular. Com o verem os, eso es un gran
golpe de suert e.
Los pat rones est acionales del clim a t errest re est án det erm inados principalm ent e por
la inclinación del ej e de rot ación de la Tierra con respect o al plano de su órbit a
alrededor del Sol. Por ej em plo, durant e el invierno en el hem isferio sept ent rional, el
Polo Nort e t iene una inclinación que lo alej a del Sol. El hecho de que la Tierra se
halle m ás cerca del Sol en esa época—sólo unos 146,4 m illones de kilóm et ros, en
com paración con los 150,8 m illones de kilóm et ros a que se encuent ra a principios
de j ulio— t iene un efect o despreciable sobre la t em perat ura, en com paración con los
elect os de la inclinación.
Pero en los planet as con una excent ricidad orbit al grande la variación de la dist ancia

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al Sol desem peña un papel m ucho m ayor. En Mercurio, por ej em plo, con una
excent ricidad de un 20 por 100, la t em perat ura es unos 110 °C m ás cálida en la
época de m áxim a aproxim ación del planet a al Sol ( perihelio) que cuando est á m ás
alej ado del Sol ( afelio) .

Ex ce n t r icida de s. La excent ricidad const it uye una m edida de cuán próxim a se halla
una elipse a un círculo. Las órbit as circulares son propicias a la vida, en t ant o que
las órbit as m uy elongadas producen grandes fluct uaciones est acionales de
t em perat ura

De hecho, si la excent ricidad de la órbit a de la Tierra fuera próxim a a la unidad, los


océanos hervirían cuando alcanzáram os el punt o m ás próxim o al Sol y se
congelarían cuando alcanzásem os el punt o m ás lej ano, lo cual haría que ni las
vacaciones de invierno ni las de verano fueran dem asiado agradables.
Excent ricidades orbit ales grandes no conducen a la vida, de m anera que hem os sido
afort unados de t ener un planet a cuya excent ricidad orbit al sea próxim a a cero.
Tam bién hem os t enido suert e en la relación ent re la m asa del Sol y su dist ancia a la
Tierra, ya que la m asa de la est rella det erm ina la cant idad de energía que libera.
Las est rellas m ayores t ienen una m asa de aproxim adam ent e cien veces la m asa del
Sol, y las m enores son unas cien veces m enos m asivas que el Sol. Y aun así,

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suponiendo que la dist ancia Tierra/ Sol est á fij ada, si nuest ro Sol fuera t an sólo un
20 por 100 m ás m asivo o m enos m asivo, la Tierra sería m ás fría que act ualm ent e
Mart e o m ás calient e que Venus en la act ualidad. Tradicionalm ent e, dada cualquier
est rella, los cient íficos definen la «zona habit able» com o la est recha región
alrededor de la est rella en la cual las t em perat uras planet arias son t ales que puede
exist ir agua líquida. La zona habit able en nuest ro sist em a solar, represent ada abaj o,
es m uy pequeña. Afort unadam ent e para aquellos de nosot ros que som os form as de
vida int eligent e, ¡la Tierra est á precisam ent e en esa zona!

Zon a h a bit a ble . Sólo los planet as que est án en la zona verde ( la zona habit able)
son adecuados para la vida. La est rella am arilla represent a nuest ro Sol Las est rellas
m ás blancas son m ayores y m ás calient es, las m ás roj as son m ás pequeñas y frías.
Los planet as m ás próxim os a sus soles que la zona verde serían dem asiado
calient es para la vida y los m ás alej ados de ella, dem asiado fríos. El t am año de la
zona hospit alaria es m ás reducida para las est rellas m ás frías

Newt on creía que nuest ro sorprendent em ent e habit able sist em a solar no había
«surgido del caos por las m eras leves de la nat uraleza», sino que el orden del
universo fue «creado por Dios al principio y conservado por El hast a nuest ros días

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en el m ism o est ado y condición». Es fácil com prender por qué se puede creer eso.
Esas casualidades t an im probables que han conspirado para hacer posible nuest ra
exist encia, y el diseño del m undo hospit alario para la vida hum ana, serían en
verdad sorprendent es si nuest ro sist em a solar fuera el único sist em a planet ario en
el universo. Pero en 1992 se realizó la prim era observación confirm ada de un
planet a que giraba alrededor de una est rella que no era nuest ro Sol. En la
act ualidad conocem os cent enares de planet as com o ése, y poca gent e duda de que
exist a un núm ero incont able de ot ros planet as ent re los m uchos m iles de m illones
de est rellas de nuest ro universo. Ello hace que las coincidencias de nuest ras
condiciones planet arias —una sola est rella, la com binación afort unada de la
dist ancia Tierra- Sol y la m asa solar— sean m ucho m enos asom brosas y m ucho
m enos elocuent es com o evidencia de que el universo fue cuidadosam ent e diseñado
sólo para com placernos a los hum anos. Hay planet as de t odas clases y algunos —al
m enos uno— albergan vida, y cuando los seres de un planet a que alberga vida
exam inan el m undo que les rodea se ven forzados a concluir que su am bient e
sat isface las condiciones necesarias para que ellos exist an. Es posible convert ir esa
últ im a afirm ación en un principio cient ífico: nuest ra m era exist encia im pone reglas
que det erm inan desde dónde y en qué t iem po podem os observar el universo. Es
decir, el hecho de que exist am os rest ringe las caract eríst icas del t ipo de ent orno en
que nos podem os hallar. Ese principio es denom inado el principio ant rópico «débil»
( verem os dent ro de poco por qué se añade el calificat ivo «débil») . Un t érm ino m ás
adecuado que el de «principio ant rópico» hubiera sido el de «principio de
selección», porque el principio se refiere a cóm o nuest ro conocim ient o de nuest ra
propia exist encia im pone reglas que seleccionan, de t odos los ent ornos posibles,
sólo aquellos que perm it en la vida. Aunque pueda sonar a filosofía, el principio
ant rópico débil puede ser ut ilizado para efect uar predicciones cient íficas. Por
ej em plo, ¿qué edad t iene el universo? Para que podam os exist ir, el universo debe
cont ener elem ent os com o el carbono, que son producidos, com o verem os,
cocinando elem ent os ligeros en el int erior del horno de las est rellas. A cont inuación,
el carbono debe ser disem inado en el espacio en una explosión de supernova y se
debe condensar com o part e de un planet a en una nueva generación de sist em as
solares. En 1961, el físico Robert Dicke arguyó que ese proceso requiere unos diez

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m il m illones de años, de m odo que el universo debe t ener com o m ínim o esa edad.
Por ot ro lado, el universo no puede ser m ucho m ás viej o que diez m il m illones de
años, ya que en el fut uro lej ano se habrá consum ido el com bust ible para las
est rellas, y necesit am os est rellas calient es para nuest ro sost enim ient o. Por lo t ant o,
el universo debe de t ener unos diez m il m illones de años. No es una predicción
ext rem adam ent e precisa, pero es verdadera—según los dat os de que disponem os
act ualm ent e, el Big Bang ocurrió hace unos t rece m il set ecient os m illones de años—
. Tal com o en el caso de la edad del universo, las predicciones ant rópicas indican
habit ualm ent e un int ervalo de valores para algunos parám et ros físicos en lugar de
det erm inarlos con precisión. Ello es debido a que, si bien es posible que nuest ra
exist encia no requiera un valor part icular de un parám et ro físico, depende de que
t ales parám et ros no difieran dem asiado de los valores que observam os que t ienen.
Adem ás, suponem os que las condiciones reales en nuest ro m undo son t ípicas
dent ro del int ervalo ant rópicam ent e perm it ido. Por ej em plo, si t an sólo
excent ricidades m odest as, digam os ent re o y 0,5, perm it en la vida, ent onces una
excent ricidad de 0,1 no nos debe sorprender, porque probablem ent e un porcent aj e
considerable del conj unt o de los planet as del universo t endrá órbit as con
excent ricidades com o ést a. Pero si la Tierra se m oviera en círculo casi perfect o,
digam os con una excent ricidad de 0,00000000001, ello haría efect ivam ent e de la
Tierra un planet a m uy especial y nos m ot ivaría a int ent ar explicar por qué nos
hallam os en un hogar t an anóm alo. Esa idea es denom inada a veces principio de
m ediocridad.
Las coincidencias afort unadas relacionadas con la form a de las órbit as planet arias,
la m asa del sol, et c., son calificadas de am bient ales, porque surgen de una feliz
casualidad de nuest ro ent orno y no de las leyes fundam ent ales de la nat uraleza. La
edad del universo t am bién es un fact or am bient al, ya que aunque en la hist oria del
universo haya un t iem po ant erior y un t iem po post erior al nuest ro debem os vivir en
est a era porque es la única que puede conducir a la vida. Las coincidencias
am bient ales son fáciles de com prender, porque nuest ro hábit at cósm ico es t an sólo
un caso concret o ent re los m uchos que exist en en el universo, y obviam ent e
debem os exist ir en un am bient e que sea com pat ible con la vida. El principio
ant rópico débil no result a dem asiado cont rovert ido pero hay una form a m ás fuert e

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que sost endrem os a cont inuación, aunque es m irada con desdén ent re algunos
físicos. El principio ant rópico fuert e sugiere que el hecho de que exist am os im pone
rest ricciones no sólo con respect o a nuest ro ent orno, sino t am bién sobre la form a y
cont enido posibles de las propias leyes de la nat uraleza. Esa idea surgió porque no
son sólo las peculiares caract eríst icas de nuest ro sist em a solar las que parecen
ext rañam ent e com pat ibles con el desarrollo de la vida hum ana, sino t am bién las
caract eríst icas del conj unt o del universo, y eso es m ucho m ás difícil de explicar. La
hist oria de cóm o el universo prim ordial de hidrógeno, helio y un poco de lit io
evolucionó hacia un universo que aloj a al m enos un planet a con vida int eligent e es
una hist oria de m uchos capít ulos. Com o hem os m encionado ant es, las fuerzas de la
nat uraleza t enían que ser t ales que los elem ent os m ás pesados — especialm ent e el
carbono— pudiesen ser producidos a part ir de los elem ent os prim ordiales y
perm anecer est ables durant e al m enos m iles de m illones de años. Dichos elem ent os
pesados fueron form ados en los hornos que llam am os est rellas, de m anera que,
ant es, las fuerzas t uvieron que perm it ir que se form aran est rellas y galaxias. Ést as
crecieron a part ir de las sem illas de las dim inut as inhom ogeneidades del universo
prim it ivo, que era casi com plet am ent e uniform e, pero sabiam ent e cont enía
variaciones de densidad del orden de una part e en cien m il. Pero la exist encia de
est rellas y, en su int erior, de los elem ent os de que est am os form ados, no es
suficient e. La dinám ica de las est rellas t enía que ser t al que algunas de ellas
acabaran por explot ar y, adem ás, lo hicieran precisam ent e de m anera que
dispersaran por el espacio galáct ico sus elem ent os pesados. Adem ás, las leyes de la
nat uraleza debían perm it ir que esos rem anent es de la explosión pudieran volverse a
condensar en una nueva generación de est rellas circundadas por planet as que
incorporaran esos elem ent os pesados. Así com o algunos acont ecim ient os de la
Tierra prim it iva eran im prescindibles para perm it ir nuest ro desarrollo, t am bién cada
eslabón de esa cadena de procesos result a necesario para nuest ra exist encia. Pero
en el caso de los acont ecim ient os que caract erizan la evolución del universo, t ales
procesos son regidos por el equilibrio de las fuerzas fundam ent ales de la nat uraleza,
cuyas relaciones m ut uas t enían que ser j ust o las adecuadas para que pudiéram os
exist ir. Uno de los prim eros en reconocer que eso podía suponer un alt o grado de
aj ust e fue Fred Hoyle en la década de 1950. Hoyle creía que t odos los elem ent os

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quím icos se habían form ado originariam ent e a part ir del hidrógeno, que él
consideraba com o la aut ént ica sust ancia prim ordial. El hidrógeno t iene el núcleo
at óm ico m ás sencillo, que consist e en sólo un prot ón, sea solo o com binado con uno
o dos neut rones ( Las diferent es form as del hidrógeno, o de cualquier ot ro núcleo,
que t ienen el m ism o núm ero de prot ones pero diferent e núm ero de neut rones son
denom inadas isót opos.) Act ualm ent e sabem os que el helio y el lit io, cuyos núcleos
cont ienen dos y t res prot ones respect ivam ent e, t am bién fueron sint et izados
prim ordialm ent e, aunque en m ucha m enor abundancia, cuando el universo t enía
unos doscient os segundos. Por ot ro lado, la vida depende de elem ent os m ás
com plicados, el m ás im port ant e de los cuales es el carbono, la base de t oda la
quím ica orgánica. Aunque podríam os im aginar organism os «vivient es», com o por
ej em plo ordenadores int eligent es com puest os por ot ros elem ent os, com o el silicio,
es dudoso que la vida pudiera haber evolucionado espont áneam ent e en ausencia de
carbono. Las razones para ello son de t ipo t écnico, pero t ienen que ver con la
m anera singular en que el carbono se com bina con ot ros elem ent os. El dióxido de
carbono, por ej em plo, es gaseoso a t em perat ura am bient e, lo cual biológicam ent e
es m uy út il. El silicio es el elem ent o que est á inm ediat am ent e debaj o del carbono en
la t abla periódica y por lo t ant o am bos t ienen propiedades quím icas análogas. Sin
em bargo, el dióxido de silicio, cuarzo, es m ucho m ás út il en una colección de rocas
que en los pulm ones de un organism o. Aun así, quizá podrían evolucionar algunas
form as de vida que se alim ent aran de silicio y m ovieran rít m icam ent e sus colas en
est anques de am oníaco líquido. Pero incluso un t ipo exót ico de vicia com o ést e no
podría evolucionar a part ir de t an sólo los elem ent os prim ordiales, ya que esos
elem ent os únicam ent e pueden form ar dos com puest os est ables, el hidruro de lit io,
que es un sólido crist alino incoloro, y el gas hidrógeno, ninguno de los cuales es un
com puest o que se pueda reproducir y m ucho m enos enam orarse. Adem ás, est á el
hecho de que nosot ros som os una form a de vida de carbono, y ello suscit a la
cuest ión de cóm o fueron form ados el carbono, cuyo núcleo cont iene seis prot ones, y
los ot ros elem ent os pesados de nuest ro cuerpo. El prim er paso t iene lugar cuando
las est rellas m ás viej as em piezan a acum ular helio, que es producido cuando dos
núcleos de hidrógeno chocan y se fusionan ent re sí. Eso ocurre dent ro de las
est rellas y es la m anera com o ést as producen la energía que nos calient a. A su vez,

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dos át om os de helio pueden chocar y form ar berilio, cuyo núcleo cont iene cuat ro
prot ones. En principio, una vez se ha form ado el berilio se podría fusionar con un
t ercer núcleo de helio para form ar carbono, pero eso no ocurre porque el isót opo de
berilio que se ha form ado vuelve a decaer casi inm ediat am ent e en dos núcleos de
helio.

Pr oce so t r iple a lfa . El carbono se form a en el int erior de las est rellas a part ir de
colisiones de t res núcleos de helio, algo im probable si no fuera por una propiedad
especial de las leyes de la física

La sit uación cam bia cuando las est rellas com ienzan a agot ar el hidrógeno. Cuando
ocurre eso, el cent ro de la est rella se cont rae hast a que su t em perat ura sube a unos
cien m illones de grados Kelvin. En esas condiciones, los núcleos se encuent ran ent re
sí con t ant a frecuencia que algunos núcleos de berilio chocan con uno de helio ant es
de que hayan t enido t iem po de desint egrarse. Ent onces, el berilio puede fusionarse
con helio y form ar un isót opo est able de carbono. Ese carbono est á t odavía lej os de
form ar agregados ordenados de com puest os quím icos com o los que son capaces de
disfrut ar de un buen vaso de vino de Burdeos, de hacer j uegos de m anos con
vist osas sorpresas, o de plant earse pregunt as sobre el universo. Para que exist an

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seres com o los hum anos, el carbono debe pasar desde el int erior de la est rella a
unos ent ornos m ás acogedores. Eso, com o hem os dicho, ocurre cuando la est rella,
al final de su ciclo de vida, explot a com o supernova y esparce el carbono y ot ros
elem ent os pesados, que post eriorm ent e se condensarán en un planet a. Ese proceso
de form ación de carbono se denom ina el proceso de la t riple alfa, porque part ícula
alfa es ot ro nom bre que se da al núcleo del isót opo de helio que int erviene en el
proceso, y porque ese proceso requiere que se fusionen t res de ellos. La física usual
predice que la t asa de producción de carbono m ediant e el proceso de la t riple alfa
debería ser m uy pequeña. Com o ello no es así, en 1952 Hoyle predij o que la sum a
de las energías del berilio y del núcleo de helio debe ser casi exact am ent e igual a la
energía de un ciert o est ado cuánt ico del isót opo de carbono, una sit uación llam ada
resonancia, que increm ent a m ucho el rit m o de una reacción nuclear. En aquella
época, no se conocía ese nivel de energía pero, a part ir de la sugerencia de Hoyle,
William Fowler en el Calt ech lo buscó y lo encont ró, proporcionando un apoyo
im port ant e a las ideas de Hoyle sobre cóm o se form an los núcleos pesados. Hoyle
escribió: «No creo que ningún cient ífico que exam inara la evidencia dej ara de llegar
a la conclusión de que las leyes de la física nuclear han sido diseñadas
deliberadam ent e con respect o a las consecuencias que producen en el int erior de las
est rellas». En aquella época no se sabía suficient e física nuclear para com prender
hast a qué punt o result aba asom brosa la coincidencia result ant e de dichas leyes
físicas exact as. Pero al invest igar la validez del principio ant rópico fuert e, en años
recient es los físicos se em pezaron a pregunt ar cóm o hubiera sido el universo si las
leyes de la nat uraleza fueran diferent es. Act ualm ent e podem os fabricar ordenadores
que nos digan cóm o depende el rit m o de la reacción del proceso t riple alfa de la
int ensidad de las fuerzas fundam ent ales de la nat uraleza. Esos cálculos m uest ran
que una variación de t an sólo un 0,5 por 100 en la int ensidad de la fuerza nuclear
fuert e o de un 4 por 100 en la fuerza eléct rica dest ruiría casi t odo el carbono o casi
t odo el oxígeno en cualquier est rella y, por lo t ant o, la posibilidad de vida t al com o
la conocem os. Si se cam bian las reglas de nuest ro universo sólo un poco, ¡las
condiciones necesarias para nuest ra exist encia dej an de cum plirse! Exam inando en
el ordenador los m odelos de universo que se generan cuando hacem os ciert os
cam bios en las t eorías de la física, podem os est udiar m et ódicam ent e los efect os de

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esos cam bios. Result a que no son sólo las int ensidades de la fuerza nuclear fuert e y
de la int eracción elect rom agnét ica las que est án aj ust adas a nuest ra exist encia. La
m ayoría de las const ant es fundam ent ales que aparecen en las t eorías est án
aj ust adas con t ant a precisión que si su valor cam biara aunque sólo fuera
ligeram ent e el universo sería cualit at ivam ent e diferent e, y en la m ayoría de los
casos result aría inadecuado para el desarrollo de la vida. Por ej em plo, si la ot ra
fuerza nuclear, la fuerza débil, fuera m ucho m ás débil, t odo el hidrógeno del
universo prim it ivo se habría convert ido en helio v por lo t ant o no habría est rellas
norm ales; si fuera m ucho m ás in t ensa, las supernovas no lanzarían su envolt ura
ext erna al explot ar y por lo t ant o no sem brarían el espacio int erest elar con los
elem ent os pesados que necesit arán los planet as para producir vida. Si los prot ones
fueran un 0,2 por 100 m ás pesados decaerían en neut rones y desest abilizarían los
át om os. Si la sum a de las m asas de los t ipos de quarks que const it uyen un prot ón
se m odificara en t an sólo un 10 por 100, la abundancia de los núcleos at óm icos
est ables de que est am os form ados sería m ucho m enor. De hecho, la sum a de las
m asas de esos quarks parece opt im izada para la exist encia del m ayor núm ero
posible de núcleos est ables. Si suponem os que un planet a necesit a est ar al m enos
unos pocos cent enares de m illones de años en órbit as est ables alrededor de su
est rella para que en él pueda evolucionar la vida, el núm ero de dim ensiones del
espacio t am bién queda lij ado por nuest ra exist encia. Ello es debido a que, según la
ley de la gravedad, las órbit as elípt icas est ables sólo son posibles en t res
dim ensiones. Las órbit as circulares son posibles en ot ros núm eros de dim ensiones
pero, t al com o t em ía Newt on, son inest ables. Para cualquier núm ero de
dim ensiones except o t res, incluso pert urbaciones pequeñas com o las producidas por
la at racción de los ot ros planet as expulsarían a un planet a de su órbit a circular y
harían que cayera en espiral hacia el Sol o que se escapara en espiral, de m anera
que o bien arderíam os o bien nos congelaríam os. Adem ás, en m ás de t res
dim ensiones, la fuerza gravit at oria ent re dos cuerpos decrecería con la dist ancia
m ás rápidam ent e que en t res dim ensiones. En t res dim ensiones, la fuerza
gravit at oria cae a 1/ 4 de su valor si duplicam os la dist ancia; en cuat ro dim ensiones
caería a 1/ 8 veces; en cinco dim ensiones caería a 1/ 16 veces, y así sucesivam ent e.
Por consiguient e, en m ás de t res dim ensiones el Sol no podría exist ir en un est ado

Gent ileza de Pablo Test ai 118 Preparado por Pat ricio Barros
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est able, con su presión int erna equilibrando la com presión de la gravedad. Ello
significa que o bien se despedazaría o bien se colapsaría, form ando un aguj ero
negro, y cualquiera de las dos posibilidades nos echaría a perder el día. A escala
at óm ica, las fuerzas eléct ricas se com port an de la m ism a form a que las fuerzas
gravit at orias, lo cual quiere decir que los elect rones de los át om os o bien se
escaparían o bien caerían en espiral hacia el núcleo. En ninguno de los dos casos
serían posibles los át om os com o los conocem os. La em ergencia de est ruct uras
com plej as capaces de albergar observadores int eligent es parece ser m uy frágil. Las
leyes de la nat uraleza form an un sist em a ext rem adam ent e bien aj ust ado, y las
leyes físicas se pueden cam biar m uy poco sin dest ruir la posibilidad del desarrollo
de vida com o la que conocem os. Si no fuera por una serie de int rigant es
coincidencias en los det alles precisos de las leyes físicas, parece que no hubieran
podido llegar a exist ir ni los hum anos ni form as de vida sem ej ant es a las que
conocem os. La coincidencia de aj ust e fino m ás im presionant e se refiere a la llam ada
«const ant e cosm ológica» de las ecuaciones de Einst ein de la relat ividad general. Tal
com o hem os dicho, en 1915, cuando form uló su t eoría, Einst ein pensaba que el
universo era est át ico, es decir, ni se expandía ni se cont raía. Com o la m at eria at rae
a la m at eria, int roduj o en su t eoría una nueva fuerza «ant igravit at oria» para
cont rarrest ar la t endencia del universo a colapsarse sobre sí m ism o. Esa fuerza, a
diferencia de las dem ás fuerzas, no procedía de ninguna fuent e en part icular, sino
que est aba incorporada en la m ism a fábrica del espacio- t iem po. La const ant e
cosm ológica describe la int ensidad de dicha fuerza. Cuando se descubrió que el
universo no era est át ico, Einst ein elim inó la const ant e cosm ológica de su t eoría y la
consideró el disparat e m ás grande de su vida. Pero en 1998, observaciones de
supernovas m uy dist ant es revelaron que el universo se est á expandiendo con un
rit m o acelerado, un efect o que no es posible sin algún t ipo de fuerza repulsiva que
act úe por t odo el espacio. La const ant e cosm ológica fue resucit ada. Com o ahora
sabem os que su valor no es cero, queda por despej ar la cuest ión de por qué t iene el
valor que t iene. Los físicos han ideado argum ent os que explican cóm o podría surgir
debido a efect os m ecánico- cuánt icos, pero el valor que calculan es unos cient o
veint e órdenes de m agnit ud ( un seguido de 120 ceros) m ayor que su valor real,
obt enido de las observaciones de supernovas. Ello significa que o bien el

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razonam ient o ut ilizado en el cálculo es erróneo o bien que exist en ot ros efect os que
se anulan m ilagrosam ent e ent re sí salvo en una fracción dim inut a del núm ero
calculado. Lo que sí es ciert o es que si el valor de la const ant e cosm ológica fuera
m uy superior al valor que t iene, nuest ro universo se habría despedazado ant es de
que las galaxias se hubieran podido form ar y—una vez m ás— la vida t al com o la
conocem os sería im posible. ¿Qué cabe pensar sobre esas coincidencias? Tener t ant a
suert e en la form a precisa y en la nat uraleza de las leyes físicas fundam ent ales es
un t ipo de suert e diferent e de la que hem os hallado en los fact ores am bient ales. No
puede ser explicada con t ant a facilidad y t iene im plicaciones físicas y filosóficas
m ucho m ás profundas. Parece que nuest ro universo y sus leyes han sido diseñados
con exquisit a precisión para perm it ir nuest ra exist encia y que, si t enem os que
exist ir, queda poca libert ad para su alt eración. Eso no es explicable fácilm ent e y
suscit a la pregunt a nat ural de por qué las cosas son así. A m ucha gent e le gust aría
que ut ilizáram os esas coincidencias com o evidencia de la obra de Dios. La idea de
que el universo fue diseñado para aloj ar a la hum anidad aparece en las t eologías y
las m it ologías desde hace m iles de años hast a el present e. En el Popal Vuh de los
m ayas los dioses proclam an: «No recibirem os gloria ni honor de lo que hem os
creado y form ado hast a que exist an los hum anos, dot ados de razón». Un t ext o
egipcio t ípico dat ado hacia 2000 a. C. dice que «Los hom bres, el ganado de Dios,
han sido bien proveídos. El ( el dios Sol) hizo el cielo y la t ierra para beneficio de
ellos». En China, el filósofo t aoíst a Lieh Yu- Khou expresó la idea m ediant e un
personaj e de una narración que dice: «El cielo hace crecer cinco t ipos de grano y
produce los anim ales con alet as o con plum as especialm ent e para nuest r o
provecho». En la cult ura occident al, el Ant iguo Test am ent o cont iene la idea del
diseño providencial en su hist oria de la creación, pero la int erpret ación crist iana
t am bién fue m uy influida por Arist ót eles, quien creía «en un m undo nat ural
int eligent e que funciona de acuerdo con un diseño». El t eólogo crist iano m edieval
Tom ás de Aquino ( 1225- 1274) ut ilizó las ideas de Arist ót eles sobre el orden de la
nat uraleza para argum ent ar la exist encia de Dios. En el siglo XVI I I , ot ro t eólogo
crist iano llegó al ext rem o de decir que los conej os t ienen colas blancas para que nos
result e m ás fácil cazarlos. Una ilust ración m ás m oderna del punt o de vist a crist iano
fue sum inist rada hace unos pocos años por Christ oph Schönborn, cardenal

Gent ileza de Pablo Test ai 120 Preparado por Pat ricio Barros
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arzobispo de Viena, quien escribió: «Act ualm ent e, a com ienzos del siglo XXI ,
enfrent ados a afirm aciones cient íficas com o el neodarwinism o y la hipót esis del
m ult iverso ( exist encia de m uchos universos) en cosm ología, invent adas para eludir
las evidencias abrum adoras de propósit o y de diseño halladas en la ciencia
m oderna, la I glesia Cat ólica defenderá t odavía la nat uraleza hum ana proclam ando
que el diseño inm anent e en la nat uraleza es real». En cosm ología, la evidencia
abrum adora de propósit o y diseño a la cual se est aba refiriendo el cardenal es el
aj ust e fino de las leyes físicas a que nos acabam os de referir. El punt o de inflexión
en el rechazo cient ífico de un universo cent rado en los hum anos fue el m odelo
copernicano del sist em a solar, en el cual la Tierra ya no t enía una posición cent ral.
I rónicam ent e, el punt o de vist a del propio Copérnico era ant ropom órfico, hast a el
ext rem o de que nos consuela haciéndonos observar que a pesar de su m odelo
heliocént rico la Tierra est á casi en el cent ro del universo: «Aunque ( la Tierra) no
est é en el cent ro del m undo, sin em bargo, su dist ancia ( a dicho cent ro) no es nada
en com paración con la de las est rellas fij as». Con la invención del t elescopio,
algunas observaciones del siglo XVI I , com o el hecho de que nuest ro planet a no es el
único orbit ado por una luna, apoyaron el principio copernicano de que no gozam os
de una posición privilegiada en el universo. En los siglos siguient es, cuant o m ás
fuim os sobre el universo m ás pareció que nuest ro planet a era t an sólo una variedad
de la j ardinería planet aria. Pero el descubrim ient o relat ivam ent e recient e del aj ust e
ext rem adam ent e fino de m uchas de las leyes de la nat uraleza nos podría conducir,
al m enos a algunos, hacia la viej a idea de que ese gran diseño es la obra de algún
gran Diseñador. En Am érica, com o la Const it ución prohíbe la enseñanza de la
religión en las escuelas, ese t ipo de idea es denom inado diseño int eligent e, con la
idea no m anifiest a pero im plícit a de que el Diseñador es Dios. Pero esa no es la
respuest a de la ciencia m oderna. Vim os en el capít ulo 5 que nuest ro universo
parece ser uno ent re m uchos ot ros, cada uno de ellos con leyes diferent es. La idea
del m ult iverso no es una noción invent ada para j ust ificar el m ilagro del aj ust e fino,
sino que es consecuencia de la condición de ausencia de lím it es y de m uchas ot ras
t eorías de la cosm ología m oderna. Pero si es verdad, reduce el principio ant rópico
fuert e al débil, al sit uar los aj ust es finos de las leyes físicas en la m ism a base que
los fact ores am bient ales, ya que significa que nuest ro hábit at cósm ico —

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act ualm ent e la t ot alidad del universo observable— es t an sólo uno ent re ot ros
m uchos, t al com o nuest ro sist em a solar es uno ent re m uchos ot ros. Ello quiere decir
que de la m ism a m anera que las coincidencias am bient ales de nuest ro sist em a solar
fueron convert idas en irrelevant es al darnos cuent a de que exist en m iles de
m illones de sist em as planet arios, los aj ust es finos en las leyes de la nat uraleza
pueden ser explicados por la exist encia de m iles de m illones de universos. Mucha
gent e a lo largo de los siglos ha at ribuido a Dios la belleza y la com plej idad de la
nat uraleza que, en su t iem po, parecían no t ener explicación cient ífica. Pero así
com o Darwin y Wallace explicaron cóm o el diseño aparent em ent e m ilagroso de las
form as vivas podía aparecer sin la int ervención de un Ser Suprem o, el concept o de
m ult iverso puede explicar el aj ust e lino de las leyes físicas sin necesidad de un
Creador benévolo que hiciera el universo para nuest ro provecho. Einst ein plant eó en
una ocasión a su ayudant e Ernst St raus la siguient e pregunt a: «¿Tuvo Dios elección
cuando creó el universo?». En el siglo XVI , Kepler est aba convencido de que Dios
había creado el universo de acuerdo con algún principio m at em át ico perfect o.
Newt on dem ost ró que las m ism as leyes que se aplican en el firm am ent o se aplican
en la Tierra y las exprese') en ecuaciones m at em át icas t an elegant es que inspiraron
un fervor casi religioso ent re m uchos cient íficos del siglo XVI I I , que parecieron
int ent ar ut ilizarlas para dem ost rar que Dios era un m at em át ico. Desde Newt on, y
especialm ent e desde Einst ein, el obj et ivo de la física ha sido hallar principios
m at em át icos sim ples del t ipo que Kepler im aginaba, y crear con ellos una «t eoría de
t odo» unificada que diera razón de cada det alle de la m at eria y de las fuerzas que
observam os en la nat uraleza. En el siglo XI X y a principios del siglo XX, Maxwell y
Einst ein unieron las t eorías de la elect ricidad, el m agnet ism o y la luz. En la década
de 1970, fue form ulado el m odelo est ándar, una sola t eoría de las fuerzas nucleares
fuert es y débiles y de la fuerza elect rom agnét ica. La t eoría de cuerdas y la t eoría M
aparecieron a cont inuación en un int ent o de incorporar la fuerza rest ant e, la
gravedad. El obj et ivo era hallar no sólo una sola t eoría que explicara t odas las
fuerzas, sino t am bién los valores de los parám et ros fundam ent ales de que hem os
est ado hablando, com o por ej em plo la int ensidad de las fuerzas y las m asas y
cargas de las part ículas elem ent ales. Tal com o Einst ein lo expresó, la esperanza
consist ía en decir que «la nat uraleza est á const it uida de t al form a que es posible

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est ablecer lógicam ent e unas leyes t an est rict am ent e det erm inadas que en su m arco
sólo pueden present arse const ant es físicas com plet am ent e det erm inadas de form a
racional ( por lo t ant o, const ant es cuyo valor num érico no pueda ser m odificado sin
dest ruir la t eoría) ». Es im probable que una t eoría única t uviera el aj ust e fino que
nos perm it e exist ir. Pero si a la luz de los avances recient es int erpret am os el sueño
de Einst ein com o la exist encia de una t eoría única que explique est e y ot ros
universos, con t odo su espect ro de leyes diferent es, la t eoría M podría ser t al t eoría.
Pero la t eoría M ¿es única, o es exigida por algún principio lógico sim ple? ¿Podem os
responder a la cuest ión de por qué la t eoría M?

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Ca pít u lo 8
EL GRAN D I SEÑ O

En el present e libro hem os descrit o cóm o las regularidades en el m ovim ient o de los
cuerpos ast ronóm icos com o el Sol, la Luna y los planet as sugirieron que est aban
gobernados por leyes lij as en lugar de est ar som et idos a las veleidades y caprichos
de dioses o dem onios. Al principio, la exist encia de esas leyes se m anifest ó
solam ent e en la ast ronom ía ( o en la ast rología, que era considerada m ás o m enos lo
m ism o) . El com port am ient o de las cosas que hay en la Tierra es t an com plicado y
est á suj et o a t ant as influencias que las civilizaciones prim it ivas fueron incapaces de
discernir pat rones claros o leyes que rigieran dichos fenóm enos. Gradualm ent e, sin
em bargo, fueron descubiert as nuevas leyes en ot ras áreas que la ast ronom ía, lo
cual conduj o a la idea del det erm inism o cient ífico: debe haber un conj unt o com plet o
de leyes t al que, dado el est ado del sist em a en un inst ant e concret o, pueda
especificar cóm o evolucionará el universo a part ir de aquel inst ant e. Esas leyes
deberían cum plirse siem pre y en t odo lugar; de ot ra m anera no serían leyes. No
podría haber excepciones ni m ilagros. Ni dioses ni dem onios podrían int ervenir en el
funcionam ient o del universo. En la época en que fue propuest o el det erm inism o
cient ífico, las leyes de Newt on del m ovim ient o y de la gravedad eran las únicas
leyes conocidas. Hem os descrit o cóm o esas leyes fueron ext endidas por Einst ein en
su t eoría general de la relat ividad y cóm o ot ras leyes que regían ot ros aspect os del
universo fueron descubiert as. Las leyes de la nat uraleza nos dicen cóm o se
com port a el universo pero no responden las pregunt as del por qué, que nos
plant eam os al com ienzo de est e libro:
¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada? ¿Por qué exist im os? ¿Por qué est e
conj unt o part icular de leyes y no ot ro? Algunos dirían que la respuest a a est as
pregunt as es que un Dios decidió crear el universo de esa m anera. Es razonable
pregunt ar quién o qué creó el universo, pero si la respuest a es Dios la cuest ión
queda m eram ent e desviada a qué o quién creó a Dios. En esa perspect iva, se
acept a que exist e algún ent e que no necesit a creador y dicho ent e es llam ado Dios.
Est o se conoce com o argum ent o de la prim era causa en favor de la exist encia de
Dios. Sin em bargo, pret endem os que es posible responder esas pregunt as

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puram ent e dent ro del reino de la ciencia, y sin necesidad de invocar a ninguna
divinidad. Según la idea del realism o dependient e del m odelo, int roducida en el
capít ulo 3, nuest ros cerebros int erpret an las inform aciones de nuest ros órganos
sensoriales const ruyendo un m odelo del m undo ext erior. Form am os concept os
m ent ales de nuest ra casa, los árboles, la ot ra gent e, la elect ricidad que fluye de los
enchufes, los át om os, las m oléculas y ot ros universos. Esos concept os m ent ales son
la única realidad que podem os conocer. No hay com probación de realidad
independient e del m odelo. Se sigue que un m odelo bien const ruido crea su propia
realidad. Un ej em plo que nos puede ayudar a pensar sobre cuest iones de realidad y
creación es el Juego de la vida, invent ado en 1970 por un j oven m at em át ico en
Cam bridge llam ado John Conw ay. La palabra «j uego» en el Juego de la vida es
engañosa. No hay ganadores ni perdedores; de hecho, no hay ni t an siquiera
j ugadores. El Juego de la vida no es realm ent e un j uego sino un conj unt o de leyes
que rigen un universo bidim ensional. Es un universo det erm inist a: una vez se
em pieza con una ciert a configuración de part ida o configuración inicial, las leyes
det erm inan qué ocurrirá en el fut uro. El m undo considerado por Conw ay es una
disposición cuadrada, com o un t ablero de aj edrez, pero que se ext iende
infinit am ent e en t odas direcciones. Cada cuadrado est á en uno de dos est ados: vivo
—represent ado en verde— o m uert o —represent ado en negro—. Cada cuadrado
t iene ocho vecinos: el de arriba, el de abaj o, el de la derecha, el de la izquierda y
los cuat ro en diagonal. En ese m undo el t iem po no es cont inuo sino que avanza en
salt os discret os. Dada una disposición cualquiera de cuadrados vivos y m uert os, el
núm ero de vecinos vivos det erm ina qué ocurre a cont inuación, según las siguient es
leyes: 1) Un cuadrado vivo con dos o t res vecinos vivos sobrevive ( supervivencia) .
2) Un cuadrado m uert o con exact am ent e t res vecinos vivos se conviert e en una
célula viva ( nacim ient o) . 3) En t odos los rest ant es casos, una célula m uere o
perm anece m uert a. En el caso de que un cuadrado vivo t enga uno o ningún vecino
m uere de soledad; si t iene m ás de t res vecinos, m uere de superpoblación. Eso es
t odo: dada una condición inicial cualquiera, esas leyes producen generación t ras
generación. Un cuadrado vivo aislado o dos cuadrados vivos adyacent es m ueren en
la generación siguient e ya que no t ienen un núm ero suficient e de vecinos. Tres
cuadrados vivos en diagonal viven un poco m ás de t iem po. Tras el prim er paso

Gent ileza de Pablo Test ai 125 Preparado por Pat ricio Barros
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t em poral, m ueren los cuadrados de los ext rem os, dej ando solo al cuadrado de en
m edio, el cual m orirá en la generación siguient e. Cualquier línea diagonal de
cuadrados «se evapora» de esa m anera.

I n t e r m it e n t e s. Los int erm it ent es o parpadeadores son un t ipo sim ple de obj et o
com puest o en el Juego de la Vida

Pero si t res cuadrados vivos est án sit uados horizont al m ent e en una fila, el cent ro
t iene dos vecinos y sobrevive, en t ant o que los dos cuadrados de los ext rem os
m ueren, pero ahora las células j ust o arriba y debaj o de la del cent ro experim ent an
un nacim ient o. Por lo t ant o, la lila se conviert e en una colum na. Análogam ent e, en
la siguient e generación la colum na se vuelve a convert ir en una fila, y así
sucesivam ent e. Est as configuraciones oscilat orias son llam adas «int erm it ent es» o
«parpadeadoras».

Evolu ción de u n a vida e st a cion a r ia . Algunos obj et os com puest os del Juego de la
Vida, evolucionaron de una form a que, según las leyes, perm anecerá invariant e.

Gent ileza de Pablo Test ai 126 Preparado por Pat ricio Barros
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Si t res cuadrados vivos est án dispuest os en Corm a de «L», se present a un nuevo


com port am ient o. En la generación siguient e, el cuadrado abrazado por la «L» dará
nacim ient o, conduciendo a un bloque 2 x 2. El bloque pert enece a un t ipo de pat rón
denom inado vida est acionaria porque pasa inalt erado de generación en generación.
Exist en m uchos ot ros t ipos de pat rones que se m et am orfosean en las prim eras
generaciones pero pront o se conviert en en una vida perm anent e, o m ueren, o
vuelven a su form a original, y a cont inuación repit en el proceso. Tam bién hay
pat rones llam ados «planeadores», que se m et am orfosean en ot ras form as y t ras
unas pocas generaciones recuperan su form a original, pero en una posición que est á
un cuadrado m ás abaj o en diagonal. Si cont em plam os cóm o evolucionan en el
t iem po, parece que se arrast ren a lo largo de la disposición. Cuando esos
planeadores chocan, pueden ocurrir com port am ient os curiosos, según la form a de
cada planeador en el m om ent o de la colisión.

Pla n e a dor e s. Los planeadores se m et am orfosean ent re diversas form as


int erm edias, y a cont inuación vuelven a su form a original, pero desplazados en
cuadrado hacia abaj o en diagonal

Lo que hace que ese universo result e int eresant e es que aunque su «física»
fundam ent al sea sencilla su «quím ica» puede ser m uy com plicada. Es decir, pueden
exist ir obj et os com puest os en diferent es escalas. En la escala m ás pequeña, la física
fundam ent al nos dice que sólo hay cuadrados vivos y m uert os. A una escala m ayor,
hay los planeadores, los int erm it ent es y los bloques de vida est acionaria. A escala
t odavía m ayor hay obj et os t odavía m ás com plej os, com o por ej em plo
«am et ralladoras de planeadores»: pat rones est acionarios que engendran
periódicam ent e nuevos planeadores que abandonan el nido y se deslizan diagonal

Gent ileza de Pablo Test ai 127 Preparado por Pat ricio Barros
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abaj o.

Configuración inicial de la am et ralladora de planeadores. La am et ralladora de


planeadores es unas diez veces m ayor que un planeador

Tras observar el universo del Juego de la vida durant e un rat o a una escala
part icular cualquiera, podríam os deducir las leyes que rigen los obj et os a esa
escala. Por ej em plo, a escala de los obj et os de unos pocos cuadrados podem os
deducir leyes com o «los bloques nunca se m ueven», «los planeadores se m ueven
en diagonal» y varias leyes sobre lo que ocurre cuando los obj et os chocan.
Podríam os elaborar t oda una física a cualquier nivel de obj et os com puest os, cuyas
leyes harían int ervenir ent idades y concept os que no aparecen en las leyes
originales. Por ej em plo, en las leyes originales no hay concept os com o «chocar» o
«desplazarse». Las leyes originales sim plem ent e describen la vida y la m uert e de
cuadrados individuales est acionarios. Tal com o en nuest ro universo, en el Juego de
la vida la realidad depende del m odelo que ut ilizam os.
Conway y sus alum nos crearon ese m undo porque querían saber si un universo con
reglas fundam ent ales t an sencillas com o las que habían definido podía cont ener

Gent ileza de Pablo Test ai 128 Preparado por Pat ricio Barros
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obj et os suficient em ent e com plej os para replicarse. En el m undo del Juego de la
vida, ¿exist en obj et os com puest os que sim plem ent e siguiendo las leyes del Juego
de la vida durant e generaciones den lugar a ot ros obj et os de su m ism o t ipo?

La a m e t r a lla dor a de pla n e a dor e s, 1 1 6 ge n e r a cion e s de spu é s. Con el t iem po,


la am et ralladora de planeadores cam bia de form a, em it e un planeador, y vuelve a
su form a y posición originales. Est e proceso se repit e infinit am ent e

Conway y sus alum nos pudieron dem ost rar no sólo que eso es posible, sino que
incluso dem ost raron ¡que uno de t ales obj et os puede ser, en ciert o sent ido,
«int eligent e»! ¿Qué querem os decir con eso? Para ser precisos, m ost raron que los
enorm es conglom erados de cuadrados que se aut orreplican son «m áquinas de
Turing universales». Para los efect os de nuest ra explicación, ello significa que, para
cualquier cálculo que un ordenador de nuest ro m undo físico pudiera en principio
realizar, si sum inist ráram os a la m áquina el input adecuado —es decir, le
sum inist ráram os el am bient e adecuado en el m undo de la vida—, algunas
generaciones después la m áquina se hallaría en un est ado que podría leerse com o
el out put correspondient e al result ado de dicho cálculo de ordenador. Para hacernos

Gent ileza de Pablo Test ai 129 Preparado por Pat ricio Barros
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una im presión de cóm o funciona eso, considerem os qué ocurre cuando disparam os
planeadores cont ra un bloque 2 x 2 de cuadrados vivos. Si los planeadores se
acercan en la form a adecuada, el bloque, que había perm anecido est acionario, se
desplazará hacia la fuent e de los planeadores o en dirección opuest a. De esa
m anera, el bloque puede sim ular una m em oria de ordenador. De hecho, t odas las
funciones básicas de un ordenador m oderno, t ales com o las puert as Y u O, t am bién
pueden ser creadas m ediant e planeadores. De ese m odo, así com o pueden
em plearse señales eléct ricas en un ordenador físico, se puede ut ilizar chorros de
planeadores para enviar y procesar inform ación. En el Juego de la vida, com o en
nuest ro m undo, dichos pat rones aut orreproduct ores son obj et os com plej os. Una
est im ación basada en t rabaj os originales del m at em át ico John von Neum ann est im a
el t am año m edio de un pat rón aut orreplicant e del Juego de la vida en diez billones
de cuadrados — aproxim adam ent e el núm ero de m oléculas que hay en una célula
hum ana—. Podem os definir los seres vivos com o sist em as com plej os de t am año
lim it ado que son est ables y que se reproducen. Los obj et os que acabam os de
describir sat isfacen la condición de reproducirse pero probablem ent e no son
est ables: probablem ent e una pequeña pert urbación procedent e de su ent orno
podría dest rozar su delicado m ecanism o. Sin em bargo, es fácil im aginar que leyes
ligeram ent e m ás com plicadas pudieran perm it ir sist em as com plej os con t odos los
at ribut os de la vida. I m aginem os una ent idad de t al t ipo, un obj et o en un m undo
parecido al de Conw ay, Tal obj et o podría responder a los est ím ulos am bient ales y
por lo t ant o podría parecer que t om a decisiones. ¿Tendría t al vida conciencia de sí
m ism a; sería aut oconscient e? Las opiniones sobre est a cuest ión est án
irreconciliablem ent e divididas. Algunos pret enden que la aut oconciencia es algo
único de los hum anos, que les proporciona libre albedrío, la capacidad de escoger
ent re diferent es cursos de una acción. ¿Cóm o podem os discernir si un ser t iene libre
albedrío? Si encont ráram os un alienígena, ¿cóm o podríam os decir si es sólo un
robot o si t iene una m ent e propia? El com port am ient o de un robot est aría
com plet am ent e det erm inado, a diferencia de un ser con libre albedrío. Por lo t ant o,
podríam os en principio det ect ar un robot com o un ent e cuyas acciones pueden ser
predichas. Tal com o dij im os en el capít ulo 2, est o puede ser m uy difícil o im posible
si el ent e es grande y com plej o, ya que ni siquiera podem os resolver exact am ent e

Gent ileza de Pablo Test ai 130 Preparado por Pat ricio Barros
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las ecuaciones para t res o m ás part ículas en int eracción m ut ua. Dado que un
alienígena del t am año de un hum ano cont endría unos m il billones de billones de
part ículas, aunque el alienígena fuera un robot sería im posible resolver sus
ecuaciones y predecir lo que va a hacer. Por lo t ant o, t endríam os que decir que
cualquier obj et o com plej o t iene libre albedrio) no com o una caract eríst ica
fundam ent al, sino com o una adm isión de nuest ra incapacidad para llevar a cabo los
cálculos que nos perm it irían predecir sus acciones.
El ej em plo del Juego de la vida de Conway dem uest ra que incluso un conj unt o
sim ple de leyes puede producir caract eríst icas com plej as análogas a las de la vida
int eligent e. Debe haber m uchos conj unt os de leyes con esa propiedad. ¿Qué
selecciona las leyes que rigen nuest ro universo? Tal com o ocurre en el universo de
Conway, las leyes de nuest ro universo det erm inan la evolución del sist em a, dado su
est ado en un inst ant e cualquiera. En el m undo de Conway, nosot ros som os los
creadores —escogem os el est ado inicial del sist em a al especificar los obj et os y sus
posiciones en el inicio del j uego—. En un universo físico, la cont rapart ida de obj et os
com o los planeadores del Juego de la vida son cuerpos m at eriales aislados.
Cualquier conj unt o de leyes que describa un m undo cont inuo com o nuest ro propio
m undo t endrá el concept o de energía, que es una m agnit ud conservada, es decir,
que no cam bia con el t iem po. La energía del espacio vacío será una const ant e
independient e del t iem po y de la posición. Podem os prescindir de la energía
const ant e del vacío si expresam os la energía con respect o a la del m ism o volum en
de espacio vacío, de m anera que podem os t om ar esa const ant e com o cero. Un
requisit o que debe sat isfacer cualquier ley de la nat uraleza es que est able ya que la
energía de un cuerpo aislado rodeado por el espacio vacío es posit iva, lo cual
significa que debem os realizar t rabaj o para ensam blar el cuerpo. Ello es así porque
si la energía de un cuerpo aislado fuera negat iva podría ser creado en un est ado de
m ovim ient o, de t al form a que su energía negat iva fuera cont rarrest ada
exact am ent e por la energía posit iva de su m ovim ient o. Si ello ocurriera, no habría
razón alguna por la cual los cuerpos no aparecieran en cualquier lugar y en
cualquier inst ant e. Por lo t ant o, el espacio vacío sería inest able. Pero si crear un
cuerpo aislado cuest a energía, eso no podrá ocurrir porque, com o hem os dicho, la
energía del universo debe perm anecer const ant e. Eso es lo que debem os hacer para

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que el universo sea localm ent e est able—hacerlo de t al m anera que las cosas no
aparezcan de la nada en cualquier lugar—. Si la energía t ot al del universo debe
perm anecer siem pre igual a cero y si cuest a energía crear un cuerpo, ¿cóm o puede
ser creado de la nada t odo un universo? Es por eso por lo que se necesit a una ley
com o la de la gravedad. Com o la gravedad es at ract iva, la energía gravit at oria es
negat iva: debem os efect uar t rabaj o para disgregar un sist em a gravit ariam ent e
ligado, com o por ej em plo la Tierra y la Luna. La energía gravit at oria negat iva puede
cont rarrest ar la energía posit iva necesaria para crear la m at eria, pero la realidad no
es t an sim ple com o eso. La energía gravit at oria negat iva de la Tierra, por ej em plo,
es m enor que una m ilm illonésim a de la energía posit iva de las part ículas m at eriales
que la const it uyen. Un cuerpo com o una est rella t endrá m ás energía gravit at oria
negat iva ( en valor absolut o) , y cuant o m enor sea y cuant o m ás próxim as est én
ent re sí sus diferent es part es, m ayor será el valor absolut o de esa energía
gravit at oria negat iva. Pero ant es de que la energía gravit at oria negat iva pueda
superar la energía posit iva de la m at eria, la est rella se colapsará a un aguj ero
negro, y los aguj eros negros t ienen energía posit iva. Es por ello por lo que el
espacio vacío es est able. Cuerpos com o las est rellas o los aguj eros negros no
pueden aparecer de la nada. Pero t ocio un universo sí puede. En efect o, com o la
gravedad da form a al espacio y al t iem po, perm it e que el espacio- t iem po sea
localm ent e est able pero global- m ent e inest able. A escala del conj unt o del universo,
la energía posit iva de la m at eria puede ser cont rarrest ada exact am ent e por la
energía gravit at oria negat iva, por lo cual no hay rest ricción a la creación de
universos ent eros. Com o hay una ley com o la de la gravedad, el universo puede ser
y será creado de la nada en la m anera descrit a en el capít ulo 6. La creación
espont ánea es la razón por la cual exist e el universo. No hace falt a invocar a Dios
para encender las ecuaciones y poner el universo en m archa. Por eso hay algo en
lugar de nada, por eso exist im os. ¿Por qué las leyes de nuest ro universo son t al
com o las hem os descrit o? La t eoría últ im a del universo debe ser consist ent e y debe
predecir result ados finit os para las m agnit udes m ensurables. Hem os vist o que debe
exist ir una ley com o la de la gravedad, y vim os en el capít ulo 5 que para que una
t eoría de la gravedad prediga m agnit udes finit as la t eoría debe poseer lo que se
llam a supersim et ría ent re las fuerzas de la nat uraleza y la m at eria sobre la cual

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act úan. La t eoría M es la t eoría supersim ét rica m ás general de la gravedad. Por esas
razones, la t eoría M es la única candidat a a t eoría com plet a del universo. Si es finit o
—y est o debe dem ost rarse t odavía— será un m odelo de universo que se crea a sí
m ism o. Nosot ros debem os ser part e de ese universo, ya que no hay ot ro m odelo
consist ent e de universo. La t eoría M es la t eoría unificada que Einst ein esperaba
hallar. El hecho de que nosot ros, los hum anos —que som os, a nuest ra vez, m eros
conj unt os de part ículas fundam ent ales de la nat uraleza—, hayam os sido capaces de
aproxim arnos t ant o a una com prensión de las leyes que nos rigen a nosot ros y al
universo es un gran t riunfo. Pero quizá el verdadero m ilagro es que consideraciones
lógicas abst ract as conduzcan a una t eoría única que predice y describe un vast o
universo lleno de la sorprendent e variedad que observam os. Si la t eoría es
confirm ada por la observación, será la culm inación de una búsqueda que se
rem ont a a m ás de t res m il años. Habrem os hallado el Gran Diseño.

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GLOSARI O

Agu j e r o n e gr o: Región del espacio- t iem po que, debido a su inm ensa fuerza
gravit at oria, queda desconect ada del rest o del universo.
Am plit u d de En una t eoría cuánt ica, núm ero com plej o cuyo m ódulo al cuadrado da
pr oba bilida d: una probabilidad.
An t im a t e r ia : Cada part ícula de m at eria t iene una correspondient e ant ipart ícula. Si
se encuent ran se aniquilan ent re sí, dej ando energía pura.
Át om o: Unidad básica de la m at erial ordinaria, consist ent e en un núcleo con
prot ones y neut rones rodeado por elect rones que or bit an a su
alrededor.
Ba r ion e s: Tipo de part ículas elem ent ales, com o por ej em plo el prot ón y el
neut rón, que est án form adas por t res quarks.
Big Ba n g: I nicio denso y calient e del universo. La t eoría del Big Bang post ula que
hace unos t rece m il set ecient os m illones de años la part e del universo
que act ualm ent e podem os ver t enía t an sólo unos pocos m ilím et ros.
En la act ualidad, el universo es m ucho m ás grande y frío, pero
podem os observar los rem anent es de aquel período t em prano en la
radiación cósm ica de fondo de m icroondas que invade t odo el espacio.
Bosón : Part ícula elem ent al que t ransm it e una fuerza.
Con dición de a u se n cia Requisit o por el que las hist orias del universo son superficies cerradas
de bor de s: sin borde alguno.
Con st a n t e Parám et ro en las ecuaciones de Einst ein que confiere al espacio-
cosm ológica : t iem po una t endencia inherent e a expandirse.
Ele ct r ón : Part ícula elem ent al de la m at eria que t iene carga eléct rica negat iva y
es responsable de las propiedades quím icas de los elem ent os.
Espa cio- t ie m po: Espacio m at em át ico cuyos punt os deben ser especificados por las
coordenadas espacial y t em poral.
Fa se : Posición en el ciclo de una onda.
Fe r m ión : Tipo de part ícula elem ent al de la m at eria.
Física clá sica : Cualquier t eoría de la física en la cual se suponga que el universo t iene
una sola hist oria, bien definida.
For m u la ción En cosm ología, idea basada en la suposición de que hay una sola
a sce n de n t e , o de hist oria del universo, con un punt o de part ida bien definido, y que el
a ba j o a r r iba : est ado act ual del universo procede de la evolución de aquel inicio.
For m u la ción Form ulación de la cosm ología en que se t raza la hist oria del universo
de sce n de n t e , o de de «arriba abaj o», es decir desde el m om ent o present e hacia at rás.
a r r iba a ba j o
Fot ón : Bosón que t ransport a la fuerza elect rom agnét ica; part ícula cuánt ica de

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la luz.
Fu e r za La segunda fuerza m ás int ensa de las cuat ro fuerzas de La nat ur aleza.
e le ct r om a gn é t ica : Act úa ent re part ículas cargadas eléct ricam ent e.
Fu e r z a n u cle a r dé bil: Una de las cuat ro fuerzas de la nat uraleza. La fuerza débil es la
responsable de la radiact ividad y desem peña un papel decisivo en la
form ación de los elem ent os en las est rellas y en el universo prim it ivo.
Fu e r z a n u cle a r fu e r t e : La m ás int ensa de las cuat ro fuerzas de la nat uraleza. Mant iene unidos
los prot ones y neut rones en el int erior de los núcleos at óm icos.
Tam bién m ant iene la cohesión int erna de prot ones y neut rones, lo cual
es necesario, ya que est án form ados por part ículas aún m ás pequeñas,
los quarks.
Ga la x ia : Gran conj unt o de est rellas, m at eria int erest elar y m at eria oscura que
se m ant iene unido por la gravedad.
Gr a ve da d: La fuerza m ás débil de las cuat ro fuerzas de la nat uraleza. Mediant e
ella los obj et os que t ienen m asa se at raen ent re sí.
H ist or ia s a lt e r n a t iva s: Form ulación de la t eoría cuánt ica en la cual la probabilidad de cada
observación es const ruida a part ir de t odas las hist orias posibles que
podrían haber conducido a dicha observación.
Le ye s a pa r e n t e s: Las leyes de la nat uraleza que observam os en nuest ro universo —las
leyes de las cuat ro fuerzas y las part ículas com o las m asas y cargas
que caract erizan las part ículas elem ent ales—, a diferencia de las leyes
m ás fundam ent ales de la t eoría M, que perm it en universos diferent es
con leyes diferent es.
Libe r t a d a sin t ót ica : Propiedad de la fuerza fuert e que hace que ést a se haga m ás débil a
dist ancias m ás cort as. Por lo t ant o, aunque los quarks est én
confinados en las part ículas de los núcleos por la fuerza fuert e, pueden
m overse en el int erior de ellas com o si no not aran fuerza alguna.
M e són : Tipo de part ícula elem ent al que est á form ado por un quark v un
ant iquark.
M u lt ive r so: Conj unt o de universos.
N e u t r ón : Tipo de barión eléct ricam ent e neut ro que, con el prot ón, form a los
núcleos de los át om os.
N e u t r in o: Part ícula elem ent al ext rem adam ent e ligera que sólo es afect ada por la
fuerza nuclear débil y la gravedad.
Pr in cipio a n t r ópico: Es la idea de que podem os alcanzar conclusiones sobre las leyes
aparent es de la física a part ir del hecho de que exist im os.
Pr in cipio de Ley de la t eoría cuánt ica que est ablece que ciert os pares de
in ce r t idu m br e de m agnit udes físicas no pueden ser conocidos sim ult áneam ent e con
H e ise n be r g: precisión arbit raria.

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Pr ot ón : Tipo de barión cargado posit ivam ent e que, con el neut rón, form a los
núcleos de los át om os. Quark: part ícula elem ent al con carga eléct rica
fraccionaria y sensible a la fuerza fuert e. El prot ón y el neut rón est án
const it uidos por t res quar ks.
Re n or m a liza ción : Técnica m at em át ica diseñada para elim inar los infinit os que aparecen
en las t eorías cuánt icas.
Sin gu la r ida d: Punt o del espacio- t iem po en que alguna m agnit ud física se hace
infinit a.
Su pe r gr a ve da d: Teoría de la gravit ación que t iene un t ipo de sim et ría denom inado
supersim et ría.
Su pe r sim e t r ía : Tipo sut il de sim et ría que no puede ser asociada con la t ransform ación
de un espacio ordinario. Una de las im plicaciones im port ant es de la
supersim et ría es que las part ículas de fuerza y las part ículas de
m at eria, y por lo t ant o fuerza y m at eria, son en realidad dos facet as
de la m ism a cosa.
Te or ía cu á n t ica : Teoría en que los obj et os no t ienen una sola hist oria bien definida.
Te or ía M : Teoría fundam ent al de la física que es candidat a a ser t eoría de t odo.
Te or ía de cu e r da s: Teoría de la física en que las part ículas son descrit as com o m odos de
vibración que t ienen longit ud pero no anchura ni alt ura, com o
fragm ent os de cuerda infinit am ent e finos.

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