Domingo I de Adviento
Lectura: Mc 13,33-37
«Tengan cuidado y estén prevenidos porque no saben cuándo llegará el momento. Será
como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a
cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estén prevenidos,
entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a
medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los
encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: "¡Estén prevenidos!"».
Meditación:
Cuando sus discípulos le preguntan sobre el último día, Jesús les advierta la imposibilidad
de saberlo, pero además les enseña la necesidad de estar siempre preparados. “Es
necesario que vele el espíritu antes de la muerte del cuerpo” (SANTO TOMÁS DE AQUINO,
Catena Aurea).
Relacionando este texto con otro del Evangelio, podemos decir que “nos ordena, pues,
dos cosas: vigilar y orar. Porque muchos vigilan, sí, toda la noche, pero es para
consagrarla a la maldad” (Ídem). Por esto, en nuestro cometido de estar siempre atentos y
preparados, la oración ocupa un lugar muy importante.
Además, “a todos nos manda que guardemos las puertas de nuestros corazones, a fin de
que no las traspase el antiguo enemigo para tentarnos, y de que el Señor no nos
encuentre dormidos” (Ídem). En este sentido, conviene examinar la propia conciencia y
reconocer cuáles son las tentaciones y pecados más frecuentes para combatirlos,
vencerlos y desterrarlos de nuestra existencia. Es un estar despiertos, espiritualmente
hablando. “Porque el que duerme no ve cuerpos verdaderos, sino fantasías, y sueña con lo
que ve sin poseerlo. Así sucede en verdad a los que en su vida fueron arrebatados por el
amor del mundo, y después de su vida perdieron lo que soñaban como real y cierto”
(Ídem).
Pasando a otro tema del mismo Evangelio, “el hombre que, saliendo a un viaje largo, dejó
su casa, es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la resurrección, dejó
corporalmente la Iglesia, sin privarla por eso de la protección de la presencia divina”
(Ídem).
Cristo volverá al fin de los tiempos, pero también vendrá a tocar nuestra puerta de un
modo muy especial el día de nuestra muerte: “El fin llega por la tarde, cuando el que
muere se halla en medio de la ancianidad; a media noche cuando se halla en medio de la
juventud; al cantar el gallo cuando tiene ya desarrollada su razón, porque una vez que
empieza el joven a vivir según ella, parece que una voz como la del gallo le despierta del
sueño de la sensualidad; y la mañana es la infancia. Es preciso, pues, que todos vivamos
preparados para el fin” (Ídem), porque no sabemos el día ni la hora.
¿Estoy en mi vida espiritualmente despierto?
¿Le doy importancia a la oración como medio necesario para crecer?
¿Conozco y combato las tentaciones que me separan de Dios?
¿Vivo la etapa actual de mi vida entregada a Dios?
Oración:
Podemos pedirle al Señor, por medio de su Madre santísima, nos conceda la gracia de la
conversión, siempre necesaria. Sobre todo, poder empezar el adviento con un verdadero
propósito de cambiar aquello que más nos separa de Dios.
Contemplación:
Este es el momento de concentrarnos en Dios. Podemos imaginarnos a Jesús que viene a
nuestras vidas. ¿Cómo quisiéramos recibirlo? Miremos cómo viene y pidámosle serles
fieles seguidores suyos.
Acción:
Finalmente, nuestra oración termina en la vida, en obras concretas. Por ejemplo
podríamos comprometernos a rezar más durante este tiempo de Adviento, preparar una
buena confesión, dejar algo/alguien que nos separa de Dios, etc.
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