Ética Profesional
2024
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Cápsula: La ética y Tomás de Aquino
Texto original: Gómez de Pedro, M. E., Pereda, T., Franco, L. Fundamentación tomista de la ética profesional. Manual introductorio
al pensamiento de Tomás de Aquino. RIL Editores /Centro de Estudios Tomistas. Santiago, 2013. Capítulo 1. Adaptado.
1. Ética tomista
Tomás de Aquino define a la persona como “lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, o sea, el ser subsistente en la naturaleza
racional”. Esta vida racional, que nos especifica como personas, no solo nos hace poseedores de una dignidad inalienable y sujetos
de deberes y derechos, sino que nos introduce en el mundo de la libertad y de la responsabilidad. En efecto, ser de naturaleza
racional nos permite «ser dueños de nuestros actos», de ahí que cada persona, por el mero hecho de serlo, posee una dimensión
ética.
La ética es una dimensión esencial a la vida humana. Todos sabemos que se nos puede “pedir cuentas” de cómo obramos porque
realizamos actos calificados de buenos o malos. De la misma manera, todos conocemos ciertos conceptos —bueno, malo, justo o
injusto— conforme a los cuales nos comportamos o juzgamos nuestras acciones. La ética filosófica inicia, pues, su reflexión a partir
de este conocimiento vivencial, pero se distingue de este precisamente en que es un estudio sistemático o científico que, como tal,
es realizado solo por algunos, y que pretende conocer lo esencial de esta dimensión para así disponer de criterios éticos.
Ética deriva etimológicamente del vocablo griego ethos que se traduce como “modo de ser” o costumbre, de ahí que ha llegado a
significar el modo de ser que la persona adquiere libremente mediante sus actos. Esto evidencia la dimensión práctica de la ética
como ciencia. Y así, Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, explica que el estudio de las acciones humanas tiene una dimensión no
solo teórica sino también práctica, pues la virtud se debe estudiar para conocerla, así como para ser virtuosos. Por eso la ética es
una ciencia normativa.
Este texto señala también la importancia de detenerse en el estudio de las acciones humanas porque a través de ellas el hombre
forja su propio modo de ser. Nos interesan precisamente porque configuran nuestra personalidad y con ello ponen en juego nuestra
felicidad. Pero esta trascendencia no es exclusiva de los actos realizados en la vida social, profesional o, podríamos decir, pública,
sino también es propia de los actos que llevamos a cabo en la vida privada. De ahí que la ética sea inherente a la vida humana en
todas sus facetas y dimensiones, pues el hombre es uno y su vida ha de discurrir de forma unitaria.
Existen distintas posturas filosóficas acerca de la vida ética, y cada una de ellas posee bases antropológicas diferentes. La que aquí
asumimos primordialmente es la expuesta por Santo Tomás de Aquino que, por la riqueza de su doctrina y las verdades que enseña,
es patrono no solo de nuestra casa de estudios, sino también de gran número de escuelas y universidades. Su vida es el mejor
espejo de su doctrina, pues amó la verdad y el bien por encima de todo.
La filosofía de Santo Tomás es reconocida como una filosofía del ser que toma la realidad como punto de partida. Esta realidad está
especificada por una naturaleza o esencia que podemos conocer con la razón. De ahí que la base que Santo Tomás asume para su
reflexión ética esté asentada en el reconocimiento de un orden existente de la realidad que el hombre no ha creado y que está
llamado a descubrir. A partir del conocimiento de la naturaleza del hombre se podrá comprender cuál es el bien para el que está
hecho y qué tipo de vida le es más conveniente en cuanto hombre. Como veremos, esto se cristaliza en la ley natural.
El ethos del hombre se va configurando mediante las acciones que realiza. Ahora bien, en virtud de su libertad su vida puede
adecuarse o no a las exigencias que nacen de su naturaleza. Y así, cuando libremente quiere y respeta el orden inscrito en su propio
ser, alcanza su pleno desarrollo como persona, en cambio, cuando actúa en contra de las inclinaciones naturales que le conducen
a su fin, se deshumaniza y se rebaja al no vivir de acuerdo con su dignidad. Tal orden, al nacer de su naturaleza, no lo violenta.
La consecución de tal orden no es, para Santo Tomás, alcanzable con las solas fuerzas naturales. La antropología tomista presenta
al hombre como una criatura que sufre las heridas del pecado original. Por esta razón, necesita del auxilio de la gracia sobrenatural
para hacer el bien para el que fue hecho.
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Ciertamente, frente a lo que somos y frente a la verdad del hombre cabe adoptar una doble postura que, en última instancia, remite
a la aceptación del ser o a su rechazo; a un recibir algo para custodiarlo y hacerlo crecer o a un «crear» desde la autonomía del yo
aislado e impotente; a la aceptación de la persona en su singular riqueza o a su rechazo e infravaloración.
Este es el dilema que ha debido enfrentar la filosofía de todas las épocas como abanderada de la búsqueda que cada hombre está
llamado a realizar: aceptar la existencia de una realidad que me precede y que puedo y quiero conocer, o negarla para así “crearla
o manipularla” y sacar de ella un provecho personal. La rebelión contra la primera postura esconde, bajo capa de libertad, este gran
dilema de fondo. Ser o tener, aceptar o dominar, colaborar en confianza o aislarse desconfiando.
La pretendida autonomía tal como es entendida hoy implica un rechazo de la naturaleza y de su orden, y, por tanto, de nuestra
condición de criaturas. Esta visión cae en el espejismo de considerar como bueno única y exclusivamente lo que uno elige, solo
porque uno lo ha escogido, y con independencia de su carga objetiva. Ejemplos de esta falsa autonomía son la reducción de la
libertad al libertinaje o la tan extendida ideología que hace depender el género de la propia elección sin atender a la evidencia de la
naturaleza. En las relaciones con los demás, la vivencia de una autonomía vivida como algo absoluto y al margen de un orden
objetivo, tiende a instrumentalizar o a someter a los otros colocándolos en beneficio de los intereses individuales. Solo desde la
experiencia del amor es posible vivir las relaciones sociales no como una alienación de mi yo, sino como un servicio al otro, liberador.
La disyuntiva entre la aceptación de la condición de criatura y la proclamación de una autonomía absoluta es tan radical que en ella
se juega la felicidad, el logro del fin de nuestra naturaleza humana. De ahí la relevancia de saber cómo comportarse. De ahí también
que la filosofía moral constituya un apartado fundamental dentro del orden propio de las ciencias.
Llegados a este punto podemos esbozar una definición formal de ética: aquella parte de la filosofía que estudia la calidad o moralidad
de los actos humanos en cuanto son conformes o no al verdadero bien de la naturaleza humana y de su fin y felicidad. En este
sentido, por la sistematicidad en su estudio y por la validez universal de su conocimiento, la ética posee el rango de conocimiento
filosófico.
Sin embargo, algunas corrientes, principalmente deudoras del empirismo, han cuestionado la capacidad de la razón de lograr
conocimientos universales y objetivos capaces de normar la conducta humana. En general afirman que no puede haber ciencia de
aquellos hechos que no son verificables empíricamente. Como los juicios éticos hacen referencia a lo que debe ser y no a lo que es,
y como la ciencia se refiere a lo que es empírico, entonces deducen que la ética no sería ciencia. Los juicios éticos, por lo tanto, solo
expresarían sentimientos o emociones subjetivas.
Esta crítica, conocida como ‘falacia naturalista’ y acuñada en primer lugar por David Hume, se explica por la reducción del ser a los
hechos empíricamente constatables y, por ello, a la negación de que en el ‘ser’ —reducido a hechos— exista tendencia teleológica
alguna y, por tanto, valores o exigencias éticas. El punto central de la crítica radica en la comprensión de la naturaleza. Para Hume
viene a ser una mera sucesión mecánica de hechos, mientras que para Aristóteles y Tomás de Aquino consiste en un principio de
operaciones que lleva inscrita una orientación determinada. De ahí que de la naturaleza nazca una norma o una manera de obrar.
El descubrimiento personal del deber moral, como ya dijimos, no es algo impuesto ni heterónomo, sino el hacerse consciente de
esas mismas normas que brotan de la finalidad del ser humano y que están llamadas a orientarle en su perfección.
Desde las bases fundamentales de la ética conviene ahora abordar su aplicación al mundo profesional, donde se realiza una actividad
que, como todas las propiamente humanas, puede contribuir tanto al perfeccionamiento como al menoscabo personal.
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