Capitalismo
El capitalismo es un sistema económico y social basado en que los medios de
producción deben ser de propiedad privada, el mercado sirve como mecanismo para
asignar los recursos escasos de manera eficiente y el capital sirve como fuente para
generar riqueza. A efectos conceptuales, es la posición económico-social contraria
al socialismo. Un sistema capitalista se basa principalmente en que las titularidades de
los recursos productivos son de carácter privado. Es decir, deben pertenecer a las
personas y no una organización como el Estado. Dado que el objetivo de la economía
es estudiar la mejor forma de satisfacer las necesidades humanas con los recursos
limitados que disponemos, el capitalismo considera que el mercado es el mejor
mecanismo para llevarlo a cabo. Por ello, cree necesario promover la propiedad
privada y la competencia. Los factores fundamentales de producción son el trabajo y el
capital. El capitalismo propone que el trabajo se proporcione a cambio de salarios
monetarios y debe ser aceptado libremente por parte de los empleados. La actividad
económica se organiza de manera que las personas que organizan los medios de
producción puedan obtener un beneficio económico y aumentar su capital. Los bienes y
servicios se distribuyen mediante mecanismos de mercado, promoviendo la
competencia entre empresas. El aumento de capital, por medio de la inversión ayuda a
la generación de riqueza. Si los individuos persiguen el beneficio económico y la
competencia en el mercado, aumentará la riqueza. Y con el aumento de riqueza,
aumentarán los recursos disponibles.
Modo de producción
Capitalismo industrial
Etapas del capitalismo y su origen
Las etapas del capitalismo son muchas y diversas. Es por eso que en lo que sigue
iremos pasando etapa a etapa. Es decir, desde su origen hasta el siglo XXI.
Muchos historiadores sitúan el origen del capitalismo un poco antes, en las pequeñas
ciudades comerciantes de Europa, como las de la liga hanseática. El camino hacia el
capitalismo a partir del siglo XIII fue allanado gracias a la filosofía del Renacimiento y
de la Reforma, movimientos que facilitaron la aparición de los modernos estados
nacionales.
Del mismo modo, las expediciones de los siglos XV y XVI fomentaron el comercio,
sobre todo tras el descubrimiento del Nuevo Mundo. Como resultado, desde el siglo XV
y hasta el siglo XVIII, el capitalismo dio lugar a una nueva forma de comerciar
denominada mercantilismo que alcanzó su máximo desarrollo en Inglaterra y Francia, y
en la que el Gobierno ejercía el control de la producción y el consumo.
Dos acontecimientos propiciaron la fundación del capitalismo moderno, en la segunda
mitad del siglo XVIII: la presentación en Francia de los fisiócratas y la publicación de las
ideas de Adam Smith. Ambas corrientes apostaban por un orden económico alejado de
la intervención del Estado, un argumento que favoreció el inicio de la Revolución
industrial, la cual logró su mayor apogeo en el siglo XIX.
Las inhumanas condiciones de trabajo que caracterizaron este periodo llevaron a que
surgieran numerosos críticos del sistema; sin embargo, el primero en desarrollar una
teoría coherente en contra fue Karl Marx, quien atacaba la propiedad privada de los
medios de producción. No obstante, el capitalismo siguió prosperando para convertirse
en el principal sistema socioeconómico mundial de la época.
El economista más influyente de la historia reciente del capitalismo fue John Maynard
Keynes, en la que se explica que un gobierno puede utilizar su poder para paliar, e
incluso eliminar, los ciclos de expansión y depresión económica vinculados al
capitalismo.
Las crisis económicas de los siglos XX y XXI
La mayor prueba que tuvo que superar el capitalismo se produjo a partir de la década
de 1930, con la Gran Depresión. A raíz de ella, los gobiernos europeos y
estadounidenses empezaron a intervenir en sus economías para mitigar las
contrapartidas propias del capitalismo.
La combinación de las ideas keynesianas con el capitalismo generaron una enorme
expansión económica; sin embargo, a principios de la década de 1960 la inflación y
el desempleo empezaron a crecer en todas las economías capitalistas. Los crecientes
costes de la energía -en especial del petróleo- fueron la principal causa del cambio.
Con el cambio de siglo, la burbuja de las punto-com; en 2001 y en 2007, la Gran
Recesión, una de las cuatro crisis mayores del capitalismo junto a la Gran Depresión.
Pese a las crisis que generan los ciclos económicos, el capitalismo ha demostrado ser
un sistema económico efectivo, que, gracias a la iniciativa privada, el impulso de la
productividad y la competencia ha llevado el bienestar a muchos países, que se han
adaptado a su sistema y generado riqueza, la cual ha permitido establecer multitud de
medidas sociales.
Características del capitalismo
Los principios básicos del capitalismo son:
Defensa de los derechos individuales: Propiedad privada de capital y de medios
productivos.
Libertad de empresa: Mediante la cual es posible llevar a cabo proyectos empresariales
o ponerles fin.
Mercado competitivo: Lo cual supone que el precio de intercambio se da por la
interacción de oferta y demanda con la menor injerencia posible del Estado.
En este mercado con múltiples opciones y alternativas de productos entre los cuales
los individuos tienen la posibilidad de escoger. En él se conforman las decisiones
de demanda y oferta que dan lugar a los equilibrios y los precios.
De acuerdo a estas bases los miembros del espectro económico operan de acuerdo a
la búsqueda de su propio interés y la maximización de sus beneficios acumulando y
empleando capital para ello. Alternativamente, los trabajadores que participan en el
sistema aportando mano de obra reciben en contraprestación un salario u otros tipos
de retribución que satisfaga su utilidad y les permita hacerse con los bienes o servicios
que requieran.
El papel del Estado en el capitalismo
La principal tarea del gobierno según el capitalismo es controlar los fallos de
mercado. Además, debe evitar que el sistema derive en situaciones de abuso y debe
fomentar la competencia. Bajo este concepto existen diferentes tipos de sistema
derivados, como el capitalismo monopolístico, el capitalismo financiero o el
neocapitalismo.
En ese sentido, la escasa presencia e influencia del poder político en el mercado
destaca especialmente, pues permite a propietarios o empresarios operar con un alto
grado de libertad e independencia para la consecución de beneficios. Con estos, los
empleadores logran la reinversión en las empresas y el pago a los trabajadores. Al
mismo tiempo, supone la reducción de poder que el estado tiene en el día a día
financiero y empresarial. Dando, de este modo, mayor peso a los agentes privados y
ocupándose de la supervisión de los mercados.
Los defensores de la privatización de los medios de producción a menudo argumentan
que la empresa privada es por lo general mejor gestora del control y dirección que el
estado. Al cual, la burocracia o sus muchas responsabilidades impiden desarrollar esta
tarea de manera eficiente. Además de que cuando una empresa es pública son los
ciudadanos los que cargan con las posibles pérdidas resultado de una mejorable
gestión. En cambio, cuando es privada, es la propia empresa la que asume todo el
riesgo.
Los liberales defienden que en un mercado en el que hay competencia, las empresas
son capaces de mejorar los productos y servicios, cambiando la estructura de costes
para poder ofrecer más calidad a precios más reducidos. Reducir el papel del estado y
su injerencia en los mercados es una de las bases del capitalismo y de la economía
occidental más reciente.
Ejemplos de capitalismo
Algunos ejemplos de capitalismo pueden ser:
Estados Unidos es el país al que más se le identifica con el capitalismo, esto resaltó
particularmente en la época de la Guerra Fría, cuando se caracterizó por ser
antagonista de la URSSS donde se implantó un sistema comunista.
Otro tipo de capitalismo es el aplicado por China, que ha optado por una apertura
comercial, a pesar de tener, en lo político, un sistema de partido único.
Se puede considerar capitalismo, en el ámbito microeconómico, a un mercado donde el
Estado no interviene para dictaminar a las empresas un precio y una cantidad de
producción.
Capitalismo industrial
El capitalismo industrial es una fase del capitalismo que se generó en la segunda mitad
del siglo XVIII, cuando surgieron importantes cambios políticos y tecnológicos. Surgió
junto con el capitalismo financiero.
Su mayor impacto se produjo con la Revolución industrial, momento en el cual se
promovieron los cambios tecnológicos y modos de producción. Lo artesanal y
manufacturación fue sustituido por la fabricación mecanizada.
Capitalismo financiero
Existen distintas variantes del capitalismo que se diferencian de acuerdo a la relación
que existe entre el mercado, Estado y sociedad.
El capitalismo financiero, corresponde a un tipo de economía capitalista en el que la
gran industria y el gran comercio son controlados por el poder económico de los
bancos comerciales y otras instituciones financieras.
Capitalismo y Socialismo
En contraposición al capitalismo está el socialismo que busca la apropiación y control
de los medios de producción por parte de la clase obrera, este también puede ser
estatal y predomina la producción social o colectiva, donde “todos son dueños de todo”.
También es entendido como la evolución del Comunismo desarrollado por Karl Marx y
que busca combatir las desventajas del capitalismo, el libre mercado y la propiedad
privada, a través de las regulaciones y control por parte del Estado.
Capitalismo y globalización
Uno de los fenómenos del capitalismo es la globalización, proceso de profundización
de la integración económica, social, cultural, política, impulsada por los bajos precios
de los medios de transporte y la comunicación entre los países del mundo a finales del
siglo XX.
La globalización es generada por la necesidad de la dinámica del capitalismo para
formar una aldea global que permite mayores mercados a los países desarrollados.
Capitalismo salvaje
Es un término utilizado para describir el nuevo capitalismo que surgió a partir del año
1990. Se refiere a una economía descontrolada y con consecuencias bastantes
negativas para los países menos desarrollados, ya que conlleva al aumento masivo de
la pobreza, crimen y desempleo.
El estudio analiza el desarrollo económico-capitalista guatemalteco durante el período
1981-2008. Indica que para el logro del objetivo se realizó un estudio con la propuesta
de Paulo Israel Singer; en la división de la economía productiva, el análisis comprende
las tareas de crecimiento anual y el peso porcentual de los sectores mediante los
indicadores macroeconómicos. Señala que Guatemala es un país pequeño
(tercermundista), con una economía capitalista dependiente y subdesarrollada, con una
población de 14 millones de habitantes, el idioma oficial es el español y además cuenta
con 24 lenguas indígenas. Guatemala prosigue ha experimentado un desbalance entre
el desarrollo económico de la sociedad y el desarrollo social, que ha tenido su origen
en la desigual distribución del ingreso y en la debilidad del estado para disminuir esta
brecha. La investigación hace una descripción hasta la década de los años 80s donde
la economía guatemalteca se caracterizó por ser una economía abierta y con un sector
industrial relativamente protegido, donde el Estado aun tenía el control sobre algunas
principales variables macroeconómicas (tipo de cambio, tasas de interés y precios de
algunos bienes de la canasta básica), y el modelo económico que se impulsaba era el
de "Sustitución de Importaciones" el objetivo era mejorar las posiciones externas del
país y fomentar el empleo a través de incentivos directos utilizando para ello la política
fiscal y comercial. Finalmente durante 1950-1984, la economía guatemalteca capitalista
y dependiente se desarrolló dentro del sistema capitalista mundial.
Podemos contemplar que en Guatemala los estudios del desarrollo económico-
capitalista sufrieron la influencia de las diferentes corrientes dentro del materialismo
histórico y de la teoría de la dependencia y sus críticas, siendo sin duda el periodo mas
estudiado el posterior a la II Guerra Mundial, en el cual ocurre la aceleración del
proceso de desarrollo capitalista. Hasta la década de los años 80 la economía
guatemalteca se caracterizó por ser una economía abierta y con un sector industrial
relativamente protegido, donde el estado tenia el control sobre algunas de las
principales variables macroeconómicas (tipo de cambio, tasas de interés y precios de
algunos bienes de canasta básica) y el modelo económico que se impulsaba era el de
“sustitución de importaciones”, con el objeto mejorar las posiciones externas del país y
fomentar el empleo a través de incentivos directos, utilizando para ellos principalmente
la política fiscal y comercial. Dicho modelo se sustentaba en el proceso de integración
económica centroamericana que se inicio en los años 60. Durante 1950-1984, la
economía guatemalteca capitalista y dependiente se desarrollo dentro del sistema
capitalista mundial. Tres índices muestran ese proceso. La tasa de crecimiento del
Producto Nacional Bruto es siempre superior a la tasa de crecimiento de la población.
El Producto Interno Bruto per capita creció continuamente hasta 1980, experimentando
ciertas fluctuaciones a lo largo del periodo. Históricamente, el comercio internacional
esta marcado por la persistencia de una brecha entre las importaciones y las
exportaciones. La composición de las exportaciones no ha variado sustancialmente ya
que, a pesar de que los productos no tradicionales han ganado importancia entre las
exportaciones totales, aun se sigue dependiendo fuertemente del desempeño de 3 las
exportaciones de los productos tradicionales, entre los cuales, el café, el azúcar, el
cardamomo y el banano. Las exportaciones han evolucionado con muy atenuado
dinamismo, y los precios de los productos tradicionales de exportación no han sido tan
atractivos (debido particularmente al sistemático deterioro de los precios
internacionales del café, a la accidentada evolución de los precios del azúcar y a la
reducción del volumen de exportación del algodón y la carne). Las importaciones por su
lado, mantienen una estructura compuesta principalmente por productos de consumo,
intermedios, de capital y combustibles y lubricantes, situación que ha provocado
dependencia, por parte de la producción del consumo nacional, de los productos
importados. Se incrementó aceleradamente el fenómeno de la emigración de
trabajadores guatemaltecos, sobre todo a los Estados Unidos, siendo así hasta la
fecha. Este hecho ilustra el déficit de empleo debidamente remunerado que se registra
en el. Sin embargo, son las remesas enviadas por estos emigrantes, las que se han
convertido en el ingreso fundamental para equilibrar la balanza de pagos y se ha
constituido en fuente de financiamiento para las MIPYMES
Vivimos los últimos días orgiásticos del Imperio Romano. Al menos su equivalente
moderno. El mundo habita un gozne de tiempo que llevará al ser humano a un nuevo
Renacimiento o a un Neofeudalismo. De nosotros depende. Nuestra era barroca
dominada por el gasto, los viajes, la inequidad y valorar todo en términos de posesión y
dinero ha ido demasiado lejos. El capitalismo actual ha ido demasiado lejos. Está roto,
fracturado y sus astillas saltan despedidas como casquillos de bala sobre millones de
personas. En retroceso contra su propia paradoja. Por primera vez en la historia un
único sistema económico rige el mundo. Hay, claro, variaciones. China, Estados Unidos
o Suecia defienden, por ejemplo, sus propios modelos. Pero así vamos, diría Francis
Scott Fitzgerald, adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente
arrastrados hacia el pasado. Porque en 1992, el escritor estadounidense Francis
Fukuyama propuso que la historia había muerto y el capitalismo era el único
superviviente. Margaret Thatcher ya había advertido antes de que “no existía
alternativa” al libre mercado. Y el mundo caía hechizado bajo el relato del filósofo Mark
Fisher y su concepto de “realismo capitalista”.
Pero este capitalismo neoliberal de las últimas dos décadas no termina de funcionar.
Aunque a algunos la posibilidad de su muerte o de un cambio profundo le suene tan
fantasioso como los viajes a través del espacio-tiempo.
— ¿Muchos autores hablan de la muerte del capitalismo? ¿Es excesivo?, pregunta el
periodista.
— Es una pregunta tonta. No tengo comentarios.
Daniel Drezner, escritor, columnista en The Washington Post y profesor en la Escuela
de Leyes de la Universidad de Tufts en Boston (Estados Unidos), representa muy bien
ese pensamiento anglosajón de la dificultad de imaginar ningún otro sistema además
del capitalismo. Ni que decir tiene de su muerte. Quizá porque en lo más oscuro del
sueño americano lo opuesto a capitalismo es comunismo. Aunque tal vez se equivoca.
Una encuesta de Gallup revela que la mitad de los jóvenes adultos estadounidenses ya
prefieren algún tipo de socialismo al capitalismo.
Hace falta reformar el sistema económico. Se llame capitalismo progresista (Joseph
Stiglitz), socialismo participativo (Thomas Piketty), Green New Deal (Alexandria Ocasio-
Cortez) o democracia económica (Joe Guinan y Martin O’Neill). Ya acordaremos su
gramática. Lo que resulta innegable es que el sistema tiene fallos. En vez de
prosperidad para todos también ha traído bajos salarios, más trabajadores en la
pobreza, crisis bancarias, la mayor desigualdad de la historia, populismo y las cenizas
de la emergencia climática. “Además el sistema, lo ha advertido la OCDE, está
cercando a las clases medias, que es la base para medir una prosperidad bien
repartida”, alerta Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales
(AFI), quien recorrerá estos daños en su próximo libro, Excesos (Editorial Planeta). Sin
embargo, por el mundo discurre un insólito consenso de que danzamos ebrios sobre el
acantilado, tras décadas embebidos por una especie de anarcocapitalismo. Incluso Ray
Dalio, fundador del fondo especulativo más rentable del planeta, Bridgewater
Associates, ha sentido su particular epifanía. “Todas las cosas buenas llevadas al
extremo pueden ser autodestructivas y todo debe evolucionar o morir. Esto es ahora
cierto para el capitalismo”, advierte.
Hay que cambiar, y hacerlo antes —escribió Ernesto Sábato— de que llegue el fin.
Hasta el periódico conservador británico Financial Times abraza la ida. El 18 de
septiembre, miércoles, envolvía una publicidad con un titular que hizo que se le
atragantara la tostada a muchos de sus lectores: Capitalism. Time for a Reset. “Hablar
del final del capitalismo es un relato potente. En muchos aspectos, nunca hemos
estado en una posición tan débil. Desde luego hay un enorme apetito y ganas de
transformar la economía (sobre todo por las implicaciones en el cambio climático) pero
estamos históricamente bajos en términos de poder político y recursos”, matiza
Jonathan Gordon-Farleigh, cofundador de Stir to Action, una organización que quiere
construir una nueva economía basada en la “propiedad democrática”.
Esa historia es un recuento de días desperdiciados. Después del derrumbe del
comunismo soviético en 1989 y la entrada durante 2001 de China en la Organización
Mundial del Comercio (OMC) pareció que, durante un breve fogonazo de la existencia
humana, el planeta convergía hacia una política económica de libre mercado y
democracias liberales. Mera ilusión. “Mirando hacia el pasado, el tiempo desde la caída
del Muro de Berlín parece una oportunidad perdida”, narró en 2017 el novelista Kazuo
Ishiguro durante la aceptación del premio Nobel. “Se han permitido que crezcan
enormes desigualdades de riqueza y oportunidades. […] Y los largos años de políticas
de austeridad impuestas a la gente normal después del escandaloso crash de 2008 nos
han llevado a un presente en el que proliferan las ideologías de extrema derecha y los
nacionalismos tribales. El racismo está aumentando otra vez, revolviéndose debajo de
nuestras calles civilizadas como el despertar de un monstruo enterrado”. La amenaza
es cierta y sólo Kenzaburó Oé, otro Nobel, logra plantear la pregunta precisa al evocar
el título de uno de sus extraordinarios cuentos: Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura.
Aciertos y errores
El capitalismo busca su redención, escribir al mundo una narrativa nueva; y justa. La
sociedad reclama una economía más inclusiva, menos explotadora y menos destructiva
con el planeta. Es cierto que el sistema actual ha reducido la pobreza en la Tierra,
aumentado los índices de escolarización o proporcionado una base para conseguir una
vida mejor pero ha fracasado en lo innegociable: el reparto de la riqueza. “Pese a todo,
el capitalismo es el único sistema posible. No buscamos otro. Estamos en una situación
similar a la de los años treinta, el sistema tiene que generar soluciones para salvarse
así mismo”, reflexiona Federico Steinberg, investigador principal del Real Instituto El
Cano. Características de una exclusa que busca sus diques de contención sostenida
por sus propias metáforas. “El reto es suavizar sus efectos más destructivos igual que
se hace con las presas en los ríos. No se sustituye el sistema fluvial de la naturaleza
pero se controlan las crecidas para evitar las inundaciones y que en las sequías haya
agua que beber”, explica el economista José Carlos Díez.
Lejos de España, en la Gran Manzana, Branko Milanović no sueña con ovejas
eléctricas sino con tablas de datos. Con ellas, el economista, profesor de la Universidad
de Nueva York, analiza la desigualdad. No deja de ser paradójico que las cifras
cuenten hoy mejor que las palabras el relato de nuestra existencia. “Muchas personas
hablan de la ‘crisis del capitalismo’. Un error. Es justo lo contrario. Nunca ha tenido
tanto poder y prevalencia como ahora”, cuenta en una entrevista en Promarket, la
bitácora del Stigler Center de la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago.
“Hace falta, eso sí, un ‘capitalismo civilizado’. Pero el capitalismo perdurará como el
único modelo de producción posible porque no tenemos otra alternativa. Esto no
significa que no la tengamos dentro de 200 años”, avanza. Quizá no haya que esperar
tanto. “Vivimos en el tiempo del capitalismo. Su poder nos parece ineludible. Pero
también lo pareció el derecho divino de los reyes”, escribió en 2014 la poeta Ursula Le
Guin.
En su último libro, Capitalism, Alone, Milanović distingue dos tipos de sistemas que
compiten entre sí. Un capitalismo liberal y meritocrático —el Occidental— frente al
capitalismo autoritario de China. Este último es la expresión de una burocracia
eficiente, la ausencia del imperio de la ley y la autonomía del Estado. Mientras, el
capitalismo liberal, sirve, sobre todo, a la plutocracia. Ambos comparten tristes
vínculos: el aumento de la inequidad y la concentración del poder político y económico
en manos de una élite. Aunque quizá el hallazgo que desvela al experto, en ese contar
de ovejas, sea otro. Y resulta muy inquietante. “El reajuste económico del mundo no es
solo geográfico; también político. El éxito económico de China socava el mantra
Occidental de que existe un vínculo irrebatible entre capitalismo y democracia liberal”,
sostiene el economista.
Bajo este cielo de incertidumbres, un colega de Milanović, el premio Nobel de
Economía, Joseph Stiglitz, plantea un “capitalismo progresista”. Y no es un oxímoron.
Sino un pasar de páginas de su libro People, Power and Profits. Todo gravita sobre la
atracción de una idea central. “La visión de que el Gobierno es el problema, no la
solución, es un error. Al contrario. Muchos de los mayores desafíos de nuestra
sociedad como el exceso de contaminación, la inestabilidad financiera o la inequidad
han sido creados por los mercados”, denuncia Stiglitz. Los economistas, sobre todo de
izquierdas, buscan salidas al laberinto. El francés Thomas Piketty propone un
“socialismo participativo”. La propiedad se vuelve “temporal” y los “bienes y la fortuna
circulan de forma permanente”. Plantea que los supermillonarios deberían estar sujetos
a un tipo sobre el patrimonio de hasta el 90%, las empresas tendrían que manejarse en
términos de cogestión (los trabajadores compartirían el poder) y los jóvenes a los 25
años recibirían algo parecido a una herencia de 120.000 euros. Un derrocamiento del
derecho divino de los reyes. “Los planteamientos de Stiglitz buscan reequilibrar la
balanza, los de Piketty quieren cambiar la historia”, observa Carlos Martín, director del
gabinete Económico de Comisiones Obreras. “El economista francés persigue redefinir
el concepto básico del sistema capitalista: la propiedad privada. Aspira a transformarla
haciéndola temporal, elevando su rotación. Aplica al capital las mismas recetas que
éste le ha administrado al trabajo durante la hegemonía neoliberal. Parafraseando al
filósofo Zygmunt Bauman [1925-2017] hace líquido al capital para conseguir una
sociedad más sólida”. “Pero todo es igual, y tú lo sabes”, escribió el poeta Luis Rosales.
Piketty cree que no existen diferencias entre los titanes de las grandes tecnológicas y
los oligarcas rusos: ambos explotan los recursos de la sociedad.
Aunque si existen unas tierras que drenan esa riqueza son los paraísos fiscales y la
elusión de las grandes corporaciones. “Es la mayor amenaza a un capitalismo justo y
progresista”, admite Alex Cobham, consejero delegado de Tax Justice Network. Todos
los años, asegura, las multinacionales privan a los Gobiernos de unos ingresos de
500.000 millones de dólares. “Con ellos, habría suficiente para dar dos dólares diarios a
los 650 millones de seres humanos que viven por debajo del umbral de la pobreza,
situada en 1,90 dólares”, calcula el activista fiscal.
Pero el sistema acorrala la equidad. “La erosión de las bases imponibles y el traslado
de beneficios perpetúan un capitalismo desigual e injusto”, avisa Brad Setser,
economista del think tank neoyorkino Council on Foreign Relations. La organización
revela un dato que justificaría por sí solo una algarada: las corporaciones
estadounidenses comunican siete veces más beneficios en pequeños paraísos fiscales
(Bermuda, el Caribe Británico, Irlanda, Luxemburgo, Holanda, Singapur y Suiza) que en
seis grandes economías (China, Alemania, India, Francia, Italia y Japón).
Quizá el problema es que demasiadas veces la sociedad se comporta como un gas
inerte y vacío. Frederick Douglass (1818-1895), abolicionista estadounidense, advirtió:
“El poder no da nada sin exigírselo. Nunca lo ha hecho y nunca lo hará”. Hace falta
tensar el discurso, sentir el dolor de millones de personas y entender el planeta con la
ambición de cambiarlo. Una nueva generación de economistas y pensadores (Joe
Guinan, Martin O’Neill, Christine Berry) quiere redistribuir el poder económico. Al igual
que en una democracia sana se reparte entre todos el control político. Lo llaman
“democracia económica”. El resultado es una economía que se ajusta a la sociedad y
no —como ocurre ahora— una sociedad subordinada a la economía. “Esta nueva
economía en realidad no habla de economía sino de una visión distinta del mundo”,
concede Christine Berry en The Guardian.
Cambio de era
Estamos en medio de un cambio de era, los desafíos, como la emergencia climática, no
tienen parangón en la historia humana, y veremos si conducen a una nueva Ilustración
o al invierno de la Edad Media. En este tránsito, Jason W. Moore, historiador
medioambientalista, propone el término Capitalocene. “Una provocación” —admite—
“frente a los argumentos del popular Antropoceno. El conflicto entre la Humanidad y la
Naturaleza. Esta revisión medioambiental del capitalismo considera que el “crecimiento
económico”, “la dominación social y la desigualdad” son cómplices entre sí, y juntos
incendian la actual crisis planetaria. Entonces, ¿puede sobrevivir este sistema? “La
historia no es una bola cristal. Sin embargo, desde hace 3.000 años, los cambios
climáticos son desfavorables para las clases dominantes. Fue cierto en el famoso
colapso de la Edad de Bronce (siglo XII a.C) o durante la primera crisis climática del
capitalismo —de 1550 a 1715—, en la peor parte de la Pequeña Edad del Hielo (PEH).
La esclavitud y el recurso a la agricultura evitaron su muerte. Pero generó horribles
conflictos militares”, resume el historiador.
Sin embargo, el capitalismo hoy, entendido también como un sistema cultural y de
poder, sigue poniendo en peligro la existencia de la vida en la Tierra. El Green New
Deal, lanzado por la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, es un
movimiento de gente joven para salvar un planeta muy avejentado. Quiere generar en
diez años toda la electricidad de Estados Unidos a partir de fuentes limpias, actualizar
la red de energía, modernizar las infraestructuras de transporte y formar a los
trabajadores para que encuentren espacio en este paisaje verde. En hebreo se resume
con una palabra: Hineni. “Aquí estoy”. La respuesta que Abraham dio al Señor cuando
le pidió que sacrificara a su hijo Isaac. Pero que nadie espere hallar aquí a los humildes
y los mansos. En el mundo hay 40 billones de dólares en fondos de pensiones, si
volcaran parte de sus recursos sobre las energías limpias (y dieran la espalda a lo
fósil), las finanzas ayudarían a resolver un desastre del que algunos les acusan.
Porque la última década ha sido un viaje insoportable a través de una inmensa
desigualdad, un crecimiento mínimo de la productividad y una enorme crisis financiera.
El sistema no funciona y el dolor de muchas sociedades occidentales se parece a ese
caballo que grita en el Guernica de Picasso. Es el auge del “capitalismo rentista” —
según el escritor y columnista Martin Wolf— el que justifica esta imagen. “Una
economía en la cual el mercado y los poderes políticos permiten a individuos y
empresas privilegiadas extraer de los demás gran parte de esa renta”, describe en
Financial Times. Y remata: “Las finanzas liberalizadas tienden a metastatizar como un
cáncer”. El economista estadounidense Stephen Ceccehtti advierte de que el
“desarrollo financiero es bueno hasta cierto punto, a partir de ese límite se convierte en
un obstáculo para el crecimiento”. ¿Hace falta un nuevo sistema? “La solución” —
matiza por correo electrónico— “no es un sistema financiero diferente sino solo uno
más pequeño”. También más justo.
Las millonarias retribuciones de muchos directivos han servido al capitalismo para
“expoliar renta” de la sociedad, critica el economista británico independiente Andrew
Smithers. Unos salarios orgiásticos logrados, según este experto, a costa de la
inversión a largo plazo de las empresas. El resultado es una baja productividad y un
crecimiento económico lento. “Y el crecimiento supone una parte esencial de la
felicidad por dos razones: la pesadumbre producida por la caída de los ingresos resulta
mayor que la ocasionada por el aumento y, además, la esperanza de progreso
personal, pero también de nuestros hijos y nietos, es básica para nuestro bienestar”,
defiende Smithers.
Ese desequilibrio tiene una geografía interior, inmaterial, pero también física. Él éxito de
ciudades y territorios como la bahía de San Francisco, Los Ángeles, Nueva York o
Londres ha generado un efecto llamada de personas con talento y bien retribuidas. Su
llegada no solo dispara los precios inmobiliarios sino que crea escalones muy distintos
en los ingresos de la zona. Y sobre la tierra se acumula la desigualdad. De varias
maneras. “Absorbiendo talento de las regiones y de una forma más sutil a través de
una cultura del desdén hacia las provincias”, alerta el economista Paul Collier.
Pero lejos de la macroeconomía, las grandes tendencias que mueven el mundo o la
necesidad de desarrollar un mecanismo que responda a los retos de la era
postindustrial quizá todo sea más cercano, más sencillo. Necesitamos una “economía
del afecto”. Una que no ignore, por ejemplo, a la mayoría de la Humanidad: los niños y
las mujeres. Ni el trabajo esencial que éstas desempeñan. A veces sin ser retribuido, a
veces infrapagado. Un sistema que entienda que tal vez el único oficio real que existe
desde que el hombre aprendió a sentir es cuidar de sus seres queridos. El auténtico
capitalismo del siglo XXI.
EN BUSCA DE UN SISTEMA MÁS JUSTO
Dos voces. Un nuevo milenio. El capitalismo ha muerto. ¡Viva el capitalismo! El mundo
sorprendido en plena conversación con sus íntimos contrasentidos. Gar Alperovitz tiene
83 años. Es un prestigioso economista político y activista estadounidense. A veces algo
marginal. Recuerda a Noam Chomsky. No porque le escuchen pocos, sino por la
hondura de sus palabras. Desde los años sesenta ha presentado innovaciones
económicas que ponen por delante la sociedad frente a los beneficios. En 2000
cofundó, en la Universidad de Maryland (Estados Unidos), Democracia Colaborativa,
un centro de investigación para revitalizar las zonas más deprimidas del país. Sus
trabajos en Cleveland, una ciudad que, al igual que Detroit, vivió una pérdida inmensa
de empleos, fueron reveladores. Concibió un “sistema de generación de riqueza”
construyendo relaciones económicas locales, a pequeña escala; lejos de las grandes
cadenas de distribución; ajenas a las poderosas multinacionales. El capitalismo ha
muerto. ¡Viva el capitalismo! Branko Milanović, 65 años, economista de origen serbio
que trabaja en Estados Unidos, es imprescindible, junto con el francés Thomas Piketty,
para comprender la desigualdad del planeta. Dos voces. Un nuevo milenio. Si el
capitalismo actual ha muerto, ¿llega, entonces, una economía más democrática?
Gar Alperovitz siente, parafraseando al dramaturgo Bertolt Brecht, vivir en el principio
del comienzo. “Una nueva sociedad democrática no es una fantasía idealizada”,
reflexiona. “Es cierto que aún no estamos en una era de cambio sistémico. Sin
embargo, de manera constante pero segura, y en medio del dolor y las negativas
propuestas populistas, se están creando movimientos políticos, ambientales, raciales y
culturales, así como nuevos esfuerzos de estructura institucional, orientada a una
posible reconstrucción a largo plazo”. Vibra en el aire una necesidad de cambio.
Porque algunos peligros se conocen desde hace tiempo. “Los hombres no deberían ser
gobernados por ninguna autoridad que no puedan controlar”, advirtió en 1921 el teórico
socialista británico R. H. Tawney. El capitalismo de las últimas décadas ha sido el inútil
empeño de cabalgar un tifón. Y cientos de millones de seres humanos han sufrido.
“Una economía ideal”, observa Alperovitz, “debe partir de un fuerte compromiso de
construir comunidades saludables y equitativas basadas, desde sus cimientos, en
instituciones económicas democráticas”. Esa imagen la recoge Branko Milanović, la
lleva a su terreno, la baja al suelo: la injusticia, y, desde ahí, plantea su particular
comienzo. “Un sistema económico idóneo tiene que estar regido por una baja inequidad
de ingresos y riqueza, mismas oportunidades para prosperar y conseguir trabajo y una
relativa igualdad de influencia política”, desgrana el economista. Dos voces. Un nuevo
milenio. Hay otras, claro, muchas. Jonathan Gordon-Farleigh, cofundador de Stir to
Action, una institución que plantea una nueva economía basada en la “propiedad
democrática”, imagina un capitalismo trazado por una “economía plural que
democratice la propiedad dentro de los centros de trabajo y comunidades a través de
cooperativas y empresas donde los empleados sean dueños”. Mientras, James
Meadway, antiguo asesor de John McDonnell, el portavoz laborista en la sombra,
defiende algo tan evidente como lejano: “Una economía radicalmente más justa, más
democrática y más sostenible en la que la riqueza sea compartida por todos”. ¿El
capitalismo ha muerto? ¿Viva el capitalismo?
Como mínimo podemos señalar que algunas disfunciones sí que debe estar
presentando: según un estudio de referencia de la Fundación Edelman, un 56% de los
entrevistados afirmaban que el «capitalismo hace más mal que bien» y un 74%
consideraban que era injusto.1 También, en ese mismo estudio, en 22 de los 28 países
examinados, más de un 50% de los encuestados opinaban que el capitalismo era
dañino (un 60% en España). El cuestionamiento del capitalismo está, por tanto,
geográficamente muy extendido, pero, quizás, es especialmente relevante la
desafección que se está produciendo en EE. UU., sin duda el país que asociamos en
mayor medida con la economía de mercado.
Durante la actual carrera presidencial estadounidense, los medios de
comunicación han destacado que una parte del electorado apoyaba
posiciones «socialistas». Esa situación atípica seguramente explica
por qué uno de los candidatos del Partido Demócrata, Bernie
Sanders, fue capaz de mantenerse durante muchos meses como
posible nominado a pesar de unas propuestas que, en el contexto
norteamericano, podían considerarse más cercanas a los extremos
que al centro. El hecho de que a los ojos de un votante europeo
debamos traducir «socialista» por socialdemócrata para entender
mejor lo que Sanders proponía no exime de reflexionar sobre el fondo
del asunto: ¿está EE. UU., epicentro de la economía de mercado,
cuestionando el capitalismo?
Los datos sugieren que, como mínimo, el modelo económico se está
reevaluando en Norteamérica. Los estudios de opinión del Pew
Research Center avalan la tesis de que, año tras año, un porcentaje
significativo de estadounidenses tienden a mostrarse insatisfechos
con el capitalismo. Así, en 2019, un 33% de los encuestados
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afirmaban tener una visión negativa de este sistema económico y
social. Por supuesto, la desafección con la economía de mercado no
es homogénea, ya que varía en función de la ideología (mayor
insatisfacción entre los demócratas), nivel de renta (menos apoyo
cuantos menos ingresos) y edad (visión más crítica cuanto más joven
se es).
Una mirada más amplia: de la crisis del capitalismo a las crisis del capitalismo
La cuestión ahora es hasta qué punto se trata de un fenómeno reciente. No es algo
sencillo de responder, ya que la mayor parte de los estudios se ciñen a las últimas dos
décadas. Una de las pocas excepciones son los datos recopilados por Blasi y
Kruse, que proporcionan una visión sobre el grado de contestación que recibe el
capitalismo en EE. UU. desde 1938. Según este ejercicio, los niveles actuales de
desafección con el capitalismo, en contra de nuestra tendencia a leer el presente como
una época excepcional, no son extraordinarios, ya que en todas las grandes crisis
decae su apoyo. Así sucedió en la Gran Depresión de los años treinta, en la que un
38% de los encuestados manifestaban posiciones con elementos anticapitalistas; en
1975, en plena «crisis del petróleo», en la que este porcentaje era del 34%, o en 2010,
tras la Gran Recesión, en la que un 40% de los entrevistados manifestaban tener una
imagen negativa del capitalismo. En los periodos de bonanza, en cambio, la cifra de
críticos al sistema se situaba alrededor del 20%.
Capitalismo: un sistema adaptativo
Nuestra tesis es que estas diferencias entre capitalismos importan... y mucho. Aunque
la defensa de dicha tesis será el objetivo de los siguientes tres artículos, queremos
hacer un pequeño spoiler a nuestros lectores. La premisa básica es que, aunque existe
un núcleo duro de características compartidas por todas las economías capitalistas, en
la práctica se dan una serie de diferencias entre países (en puridad, entre grupos de
países), que acaban conformando una serie de variedades del capitalismo claramente
diferenciables y que dichas variedades funcionan mejor, o peor, según las
características del entorno o del momento histórico. Por ejemplo, y para mencionar una
preocupación actual de máxima relevancia, las capacidades para luchar contra
pandemias no van a ser las mismas en una variedad del capitalismo que en otra.
De hecho, la existencia de variedades del capitalismo entre países apunta a un rasgo
fundamental de este sistema económico, su capacidad de adaptación y de evolución.
Ante las críticas de aquellos que entienden el sistema capitalista como algo monolítico
e inmutable, una revisión histórica permite descartar esta visión tan estática, ya que,
como se defenderá en nuestro artículo final, el capitalismo actual y el de 1945
presentan muchas diferencias. Por ello, y para convencerle, estimado lector, le
pedimos que nos acompañe en los siguientes artículos del Dossier. Adentrémonos,
pues, en esta visión enriquecida del capitalismo (capitalismos, en realidad) a fin de
entender bien las causas y consecuencias de esta compleja interrelación entre
tendencias globales, sistemas económicos y prosperidad.