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Orígenes de la Sociología Moderna

Introducción a la Sociología UBA

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Introducción a la Sociología.

Ubicamos como mojón histórico el siglo VI antes de Cristo, como el momento en el


que se inicia el pensamiento griego antiguo y con él una historia de reflexión que
desemboca en la conformación de la ciencia moderna en el siglo XVII. Nace
asociada a precisos acontecimientos políticos y sociales que caracterizan la Grecia
antigua y la conformación de la polis.

Estamos afirmando que hubo reflexión, pensamiento, conocimiento pero es recién


entrado el siglo XVII que dicho conocimiento toma determinadas características y se
constituye en pensamiento científico como tal. Dicho nacimiento no se produjo por
salto ni espontáneamente, es el resultado también de diversas determinaciones
filosóficas, políticas y sociales. En términos filosóficos “se trata de la sustitución del
teocentrismo medieval por el punto de vista humano; de la sustitución del problema
metafísico, y también del problema religioso, por el problema moral; del punto de
vista de la salvación por el de la acción.

Galileo Galilei y René Descartes. El primero es sumamente relevante porque se


considera que la física moderna nace con él y acaba con Albert Einstein. y el
segundo, Descartes, es el filósofo que permite, a partir de su razonamiento, la
inauguración de la ciencia misma.

Descartes es un filósofo que propone el famoso cogito, denominado justamente


cogito cartesiano (dubito, ergo cogito, ergo sum, léase: dudo, luego pienso, luego
existo) y que trata de fundamentar el conocimiento en la exclusiva operación
racional.
Todo el mundo, todos los conocimientos, pueden ser puestos en “duda” pero de lo
único que no se dudará es de que se está justamente “dudando”, es decir,
pensando. He allí la certeza del pensamiento independiente de cualquier instancia
que es necesaria para la formulación de un cuerpo teórico racional y científico y, por
ende, para el establecimiento de la cadena demostrativa de la ciencia.

La física, la astronomía, la matemática y luego la biología son ciencias que se


constituyen en esta época y cuya consideración es ineludible a la hora de entender
la especificidad con que nacen las teorías sociales en el siglo XVIII y las ciencias
sociales en el siglo XIX.
El Iluminismo (siglo XVIII) y el surgimiento de la teoría
social.
En el siglo XVIII se inicia la crisis del orden absolutista, lo cual conllevará el
surgimiento del moderno pensamiento político y social, pero fuertemente marcado
por la influencia de las nuevas ciencias en auge, las ciencias naturales. Al siglo del
racionalismo, lo sucede el Siglo de las Luces bajo el signo de una corriente de
pensamiento conocido como Ilustración o Iluminismo.

El Iluminismo partía de una fe absoluta en la razón y la observación científica, y


denunciaba las verdades inspiradas en la autoridad establecida, la revelación divina
o la mera tradición. La razón y la ciencia aportaban los elementos fundamentales
para que los hombres alcanzaran niveles de libertad y perfectibilidad ilimitados; los
progresos de las luces allanaban entonces el camino para que los hombres en
constante proceso de mejoramiento fueran felices, es decir, libres de las tinieblas de
la ignorancia y la opresión.

Un impacto de enorme trascendencia causó la publicación, en 1735, del libro de


Carl Linneo. En él, el botánico sueco estableció una sistematización y clasificación,
según criterios racionales, de todas las especies vegetales conocidas hasta el
momento, a la cual posteriormente sumó el reino animal. Al Fundar una moderna
nomenclatura botánica normalizada, Linneo ofreció un método ordenador que no
tardaron en imitar los demás sabios y que fue tenida muy en cuenta por los filósofos
y economistas que reflexionaban sobre el origen y desarrollo de las sociedades y los
regímenes políticos.
La naturaleza aparecía como un caos, era necesario entonces ordenar ese caos a
través de la clasificación, presupuesto para su conocimiento. Una de las premisas
del Iluminismo fue la de “dominar la naturaleza”, pero dominio entendido en el
sentido de conocer sus leyes; y este conocimiento a su vez, redundaría en beneficio
del hombre. Se hizo evidente la necesidad de conocer, asimismo, las leyes que
regían el surgimiento, desarrollo y caída de sociedades y estados para poder
contribuir al establecimiento de un orden social basado en principios racionales que
permitiera el libre desarrollo del progreso (concepto que procede del Iluminismo,
así como el de civilización) y las potencialidades humanas.

Los naturalistas viajeros no sólo descubrieron y clasificaron un enorme cúmulo de


especies animales, vegetales, minerales y fenómenos climáticos, volcánicos y
geográficos, sino que también aportaron una gran cantidad de observaciones sobre
culturas y pueblos, costumbres y formas de organización hasta entonces
desconocidas para el público europeo. En estas culturas consideradas como
inferiores o incivilizadas se creyó ver, sin embargo, algo así como la infancia de la
humanidad. Pero, a gusto con la época, se consideró a estas culturas primitivas
como más cercanas a la naturaleza, lo que intensificó aún más el interés sobre
ellas.
John Locke, sostuvo que “en el principio, todo el mundo era América”, con lo cual
quiso expresar la importancia que tenía la observación de las sociedades primitivas
para la comprensión de los orígenes de la vida social. El criterio de clasificación y
comprensión del desarrollo de las sociedades por estadios sucesivos, fue entonces
establecido a partir de la manera en que los hombres se agrupan para obtener
alimento y subsistir. Lo que el historiador escocés William Robertson denominó
modos de subsistencia que es claramente la prehistoria del concepto modo de
producción de tan fructífera utilización por parte de Marx en el siglo siguiente.

Los contractualistas, filósofos políticos, sostenían que el origen del Estado se


encontraba en una suerte de pacto originario que los hombres hacían para
defenderse entre sí. Este contrato social sacaba a los hombres del estado de
naturaleza y los arrojaba de lleno a la vida social. Todos los autores contractualistas
coincidían en la hipótesis de un contrato fundante no sólo del Estado, sino, también
y simultáneamente, de la propia sociedad. La sociedad era entonces una ruptura
con el orden natural y esto era necesario para la propia existencia de la humanidad
según sostenía Thomas Hobbes. En un sentido inverso, para el ginebrino
Jean-Jacques Rousseau, la sociedad, corrompía y degradaba al hombre. Según
Charles Louis de Montesquieu, el clima y la topografía determinaban el carácter
de los pueblos y, por lo tanto, las características de sus instituciones, o más bien, las
instituciones y las leyes debían adaptarse a ese carácter y a esa determinación
natural.

El siglo XIX y el nacimiento de la Sociología.


Las últimas décadas del siglo XVIII y la primeras del XIX estarán signadas por lo
que el historiador británico Eric Hobsbawm llamó la “doble revolución”, que en
realidad, son dos revoluciones casi simultáneas, una de corte
económico-tecnológico y otra político-social: la Revolución Industrial Inglesa y la
Gran Revolución Francesa. Ambos movimientos barrieron con las supervivencias
del feudalismo en Europa y crearon las condiciones para la consolidación del
capitalismo y su posterior expansión hacia todos los rincones del planeta.

Estos cambios tan acelerados y abruptos, fundacionales del mundo moderno,


conllevaron un profundo trastocamiento de los estilos de vida tradicionales y sus
valores asociados, las relaciones sociales y las formas de dominación. Nuevas
clases sociales, nuevas ideologías y nuevos conflictos implicaron un renovado
desafío intelectual. La necesidad de explicar el nuevo orden, de justificarlo o
cuestionarlo según los casos, marcaron el nacimiento de una nueva ciencia, la
ciencia de la sociedad o sociología.

El primer exponente de esta nueva ciencia el francés Claude-Henri de Saint-


Simon. Saint-Simon no entiende por industriales solamente a los propietarios de
industrias, sino que incluye en esa categoría tanto a capitalistas como a obreros y a
todos los que participan de actividades productivas.
La preocupación saintsimoniana por el orden social cobrará un perfil netamente más
conservador en la obra de su discípulo Auguste Comte quien acuñó, precisamente,
el término sociología. Comte postulará un “método positivo”: el desarrollo humano
es resultado de una evolución intelectual plasmado en la ciencia o “espíritu positivo”
que supera los estadios anteriores, el reordenamiento necesario de la sociedad
presupone un reordenamiento intelectual, inspirado en los avances de la ciencias
naturales y físicas. La sociología, a la que ocasionalmente llama “física social”, tiene
el papel de predecir, subordinándose a la observación objetiva, para prevenir el
desorden. El análisis de clases sociales se diluye en el planteo comtiano; todos los
seres vivos presentan dos órdenes de fenómenos distintos. Persiste entonces, el
rechazo a toda distinción metodológica entre ciencias naturales y ciencias humanas
o sociales.

Herbert Spencer tomó la teoría de la evolución de Charles Darwin y, sobre todo,


las ideas de “supervivencia de los más aptos” y “selección natural”, para conformar
una sociología de fundamentos fuertemente biológicos; básicamente, lo que luego
se conoció como “darwinismo social”.

De este modo, el modelo naturalista aplicado a la teoría social, que había tenido un
sentido revolucionario en la época del antiguo régimen, devino en un recurso
claramente conservador en la primera etapa de consolidación del nuevo orden
capitalista.

El paradigma de la vida cotidiana.


A grandes rasgos, la sociología se propone el estudio de las relaciones sociales, la
forma en cómo se regulan dichas relaciones entre los hombres y el modo en cómo
se fundan las normas, las instituciones y las formas organizacionales.
Ahora bien, dicho estudio puede abordarse desde diferentes perspectivas.

Ubicar a la vida cotidiana como objeto de estudio de la Sociología es un


acontecimiento relativamente reciente. Podemos decir que es en tiempo de la
posguerra que se instala como objeto de preocupación para los investigadores
sociales la esfera de la vida privada de los hombres, vale decir, la vida cotidiana.

Nos dice Norberto Lechner que la vida cotidiana es: “una existencia inferior
respecto del mundo público, la polis”.
Será el cristianismo quien ofrezca una visión de la vida cotidiana como “la existencia
carnal-materialista del hombre, es decir, el ámbito del pecado”.
En el marco de los estudios actuales la vida cotidiana se sitúa “[...] en el cruce de
dos relaciones. Por un lado, la relación entre procesos macro y microsociales. En
lugar de reducir los procesos microsociales al plano del individuo en contraposición
a la sociedad, habría que visualizar la vida cotidiana como una cristalización de las
contradicciones sociales que nos permiten explorar en la ‘textura celular’ de la
sociedad algunos elementos constitutivos de los procesos macrosociales. Desde
este punto de vista, la vida cotidiana es fundamentalmente el campo de análisis de
los contextos en los cuales diferentes experiencias particulares van a reconocerse
en identidades colectivas. Ello remite, por otro lado, a la relación entre la práctica
concreta de los hombres y su objetivación en determinadas condiciones de vida”.

La vida cotidiana entonces, entendida como un sedimento de determinaciones


sociales, políticas e ideológicas que aparecen “ocultas”, mientras el hombre vive
condicionado por los límites del “sentido común” y que se hacen “visibles” cuando la
reflexión científica puede discernir la génesis y el horizonte de dichas
determinaciones.

Partimos de nombrar como vida cotidiana al conjunto de acciones, motivaciones,


pensamientos del hombre concreto, tal como se manifiestan en la singularidad e
irrepetibilidad que le son propias. Decimos que son acciones y pensamientos que el
hombre realiza sin percatarse plenamente de ellas, sin percibir acabadamente el
horizonte de determinaciones que opera “detrás” de su realización. Es justamente
ese carácter “irreflexivo” lo que caracteriza al hombre que vive su vida cotidiana.

La vida cotidiana es “[...] el conjunto de actividades que caracterizan la reproducción


de los hombres particulares, los cuales, a su vez, crean la posibilidad de la
reproducción social”.

Cuadro sinóptico.
Sociología y vida cotidiana.
El conocido sociólogo británico Anthony Giddens afirma que “la sociología es el
estudio de la vida social humana, de grupos y sociedades”. No obstante, la
expresión “vida social”, que puede sonar acaso un poco enigmática, requiere de un
tratamiento previo. Vida social presupone existencia de seres humanos en
interrelación con otros seres humanos.

Joseph Vincent Marqués, el primer movimiento que debe realizar una mirada
sociológica es el de la desnaturalización. En primer lugar y fundamentalmente,
significa señalar que existe una diferencia radical entre el orden de la naturaleza y lo
social. El ser humano es un ser biológico y social a la vez. Estas formas de
agruparse y organizarse para satisfacer las necesidades no están determinadas por
la estructura biológica o instintiva, sino que responden a una lógica propia y ésa es
la lógica de lo social. A las necesidades que responden a un origen estrictamente
biológico, se les suman una serie de necesidades construidas socialmente.
No podemos prescindir de lo biológico que se nos presenta como un algo ineludible
para seguir viviendo, pero satisfacemos esas necesidades biológicas en
interrelación con otros humanos y en gran medida, condicionados por esa
interrelación. No podemos prescindir tampoco de lo social en tanto que nos
definimos como seres humanos. Repetimos entonces, “el ser humano es por
definición, biológico y social”.

En el caso del ser humano, su capacidad de adaptación es aún mayor, ya que al


instinto se le suma la conciencia y la cultura, o sea que la abstracción y el sentido
que les atribuimos a nuestras acciones abren una gama de posibilidades,
aparentemente, nunca agotadas; es decir, la posibilidad de imaginar y ensayar
alternativas así como la adaptación a diversos climas y lugares.

Otro de los rasgos distintivos del ser humano es el trabajo, la acción consciente para
modificar nuestro entorno, cambiar de forma la materia y transformar la naturaleza,
actividades todas que requieren de un grado significativo de abstracción, de
ejercicio intelectual. Es una tarea por lo tanto, que, si bien puede tener como objeto
la satisfacción de necesidades naturales, se lleva adelante desde un plano no
instintivo; por eso mismo adquiere formas variables e históricamente determinadas.

La segunda parte de la paradoja consiste en desentrañar las razones por las cuales
naturalizamos. La naturalización, la falta de ejercicio de esa cualidad mental que
Charles Wright Mills llama imaginación sociológica o la cosificación en Norbert
Elías, son no solamente un obstáculo para esa transmisión, sino que también el
sociólogo, o el científico social en sentido más amplio está sujeto al mismo
fenómeno en tanto su vida cotidiana es la de todos los hombres. En la vida cotidiana
es donde internalizamos las normas que rigen nuestra vida social y adquirimos las
habilidades imprescindibles para la misma.
El obstáculo al que hacemos referencia no es a una debilidad mental o un
desinterés intrínseco para la mayoría de los seres humanos, sino que responde a
las características en que se desarrolla la vida cotidiana y a partir de la cual se
producen las categorías de pensamiento con las que esos mismos seres humanos
orientan sus acciones y les dan sentido a las mismas (y a la propia vida): el llamado
“sentido común”.
El sentido común, como lo dado, como lo que “es así” y no se cuestiona, se
transforma en el obstáculo al que varias veces hicimos referencia. Imponiendo un
repliegue sobre lo individual, impide comprender entonces, nuestra vinculación con
circuitos más amplios que lo inmediato; el mundo social se nos presenta como ajeno
o extraño o cosificado.

Thomas Luckmann, Peter Berger y Ágnes Heller intentan explicarnos las


condiciones y los elementos sociales y psicosociales de este proceso que constituye
acaso, el desafío más complejo de la moderna sociología.

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