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Psicología de los Sueños y su Interpretación

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Capítulo VII: Psicología de los procesos oníricos

Entre los sueños que me han sido comunicados por otras personas se
encuentra uno que reclama ahora especialmente nuestra atención. Su
verdadera fuente me es desconocida, pues me fue relatado por una paciente,
que lo oyó, a su vez, en una conferencia sobre el sueño y a la que hizo tal
impresión que se apresuró a soñarlo por su cuenta; esto es, a repetir en sus
propios sueños algunos de sus elementos para expresar con esta transferencia
una coincidencia en un punto determinado. Los antecedentes de este sueño
prototípico son como sigue: un individuo había pasado varios días, sin un
instante de reposo, a la cabecera del lecho de su hijo, gravemente enfermo.
Muerto el niño, se acostó el padre en la habitación contigua a aquella en la que
se hallaba el cadáver y dejó abierta la puerta, por la que penetraba el
resplandor de los cirios. Un anciano, amigo suyo, quedó velando el cadáver.
Después de algunas horas de reposo soñó que su hijo se acercaba a la cama
en que se hallaba, le tocaba en el brazo y le murmuraba al oído, en tono de
amargo reproche: «Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?» A estas palabras
despierta sobresaltado, observa un gran resplandor que ilumina la habitación
vecina, corre a ella, encuentra dormido al anciano que velaba el cadáver de su
hijo y ve que uno de los cirios ha caído sobre el ataúd y ha prendido fuego a
una manga de la mortaja. La explicación de este sueño conmovedor es harto
sencilla y fue acertadamente desarrollada, según me comunica mi paciente, por
el conferenciante. El resplandor entró por la puerta abierta en la estancia donde
se hallaba reposando el sujeto, y al herir sus ojos, provocó la misma conclusión
que hubiera provocado en estado de vigilia; esto es, la de que la llama de un
cirio había producido un fuego en un lugar cercano al cadáver. Es también muy
posible que, antes de acostarse, pensara el padre en la posibilidad de tal
suceso, desconfiando de que el anciano encargado de velar al cadáver pudiera
pasar la noche sin pegar los ojos. Tampoco nosotros encontramos nada que
objetar a esta solución y nos limitaremos a agregar que el contenido del sueño
tiene que hallarse superdeterminado y que las palabras del niño habrán de
proceder de otras pronunciadas por él en la vida real y enlazadas a
circunstancias que hubieron de impresionar al padre. La queja «estoy
ardiendo» pudo muy bien ser pronunciada por el niño durante su enfermedad
bajo los efectos de la fiebre, y las palabras «¿no lo ves?» habrán de
corresponder a otra ocasión cualquiera ignorada por nosotros, pero
seguramente saturada de afecto. Una vez que hemos reconocido este sueño
como un proceso pleno de sentido y susceptible de ser incluido en la
coherencia de la actividad psíquica del sujeto, podemos dar libre curso a
nuestro asombro de que en tales circunstancias, en las que lo natural parecería
que el sujeto despertase en el acto, haya podido producirse un sueño. Esta
circunstancia nos lleva a observar que también en este sueño se da una
realización de deseos. El niño se conduce afectivamente en él como si aún
viviera y advierte por sí propio a su padre de lo sucedido, llegando hasta su

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lecho y tocándole en el brazo, como lo hizo probablemente en aquel recuerdo
del que el sueño toma la primera parte de sus palabras. Así, pues, si el padre
prolonga por un momento su reposo es en obsequio de esta realización de
deseos. El sueño quedó antepuesto aquí a la reflexión del pensamiento
despierto porque le era dado mostrar al niño nuevamente en vida. Si el padre
hubiera despertado primero y deducido después la conclusión que le hizo
acudir al lado del cadáver, hubiera abreviado la vida de su hijo en los breves
momentos que el sueño se le presentaba. Sobre la peculiaridad que en este
sueño atrae nuestro interés no puede caber la menor duda. Hasta ahora nos
hemos ocupado predominantemente de averiguar en qué consiste el sentido
oculto de los sueños, por qué camino nos es dado descubrirlo y cuáles son los
medios de que se ha servido la elaboración onírica para ocultarlos. Los
problemas de la interpretación de los sueños ocupaban hasta aquí el centro de
nuestro campo visual; pero en este punto tropezamos con el sueño antes
mencionado, que no plantea a la interpretación labor ninguna y cuyo sentido
aparece dado sin el menor disfraz; pero que, sin embargo, conserva los
caracteres esenciales que tan singularmente distinguen al fenómeno onírico de
nuestro pensamiento despierto. Una vez que hemos agotado todo lo referente
a la labor de interpretación, nos es dado observar cuán incompleta continúa
siendo nuestra psicología del sueño. Pero antes de dirigir nuestro pensamiento
por estos nuevos derroteros queremos hacer un alto y volver los ojos atrás con
objeto de comprobar si en nuestro camino hasta aquí no hemos dejado
inadvertido algo importante, pues no nos ocultaremos que hemos recorrido ya
la parte cómoda y andadera del mismo. Hasta ahora todos los senderos por los
que hubimos de avanzar nos han conducido, si no me equivoco mucho, a
lugares despejados, al esclarecimiento y a la comprensión total; pero desde el
momento en que queremos penetrar más profundamente en los procesos
anímicos que se desarrollan en el sueño, todas nuestras rutas desembocarán
en las tinieblas. Ha de sernos imposible esclarecer totalmente el sueño como
proceso psíquico, pues esclarecer una cosa significa referirla a otra conocida, y
por el momento no existe conocimiento psicológico ninguno al que podamos
subordinar aquellos datos que como base de una aclaración pudiéramos
deducir del examen psicológico del fenómeno onírico. Por el contrario, nos
veremos obligados a establecer una serie de nuevas hipótesis relativas a la
estructura del aparato anímico y al funcionamiento de las fuerzas que en él
actúan, hipótesis que no podemos desarrollar mucho más allá de su primera
conclusión lógica, so pena de ver perderse su valor en lo interminable. Aun
cuando no cometamos falta alguna en nuestros procesos deductivos y
tengamos en cuenta todas las posibilidades lógicamente resultantes, la
probable imperfección de la concatenación de los elementos amenazará echar
por tierra todos nuestros cálculos. La más minuciosa investigación del sueño o
de otra cualquier función aislada no es suficiente para proporcionarnos
deducción alguna sobre la construcción y el funcionamiento del instrumento
anímico, pues para lograr tal resultado habremos de acumular todo lo que un

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estudio comparativo de una serie de funciones psíquicas nos demuestre como
constantemente necesario. Así, pues, las hipótesis psicológicas que hemos
extraído del análisis de los procesos oníricos habrán de esperar hasta que
puedan ser agregados a los resultados de otras investigaciones encaminadas a
llegar al corazón del mismo problema partiendo de otros distintos puntos de
ataque.

1) El olvido de los sueños.


Dirigiremos en primer lugar nuestra atención a un tema del que se deriva
una objeción a la que hasta ahora no hemos atendido y que pudiera
parecer susceptible de echar por tierra los resultados de los esfuerzos
que hemos dedicado a la interpretación de los sueños. Desde diversos
sectores se nos ha objetado que, en realidad, desconocemos en
absoluto el sueño que queremos interpretar o, mejor dicho, que no
poseemos garantía ninguna de la exactitud de nuestro conocimiento del
sueño [véase el índice temático]. Aquello que del sueño recordamos, y a
lo que aplicamos nuestra técnica interpretadora, aparece, en primer
lugar, fragmentado por la infidelidad de nuestra memoria,
particularmente incapaz para la conservación del sueño, y ha perdido,
quizá, la parte más importante de su contenido. En efecto, cuando
comenzamos a conceder atención a nuestros sueños nos quejamos,
muchas veces, de no lograr recordar de todo un extenso sueño más que
un pequeñísimo fragmento, y aun éste, sin gran confianza en la
exactitud de nuestro recuerdo. En segundo lugar, todo nos hace suponer
que nuestro recuerdo del sueño no es solamente fragmentario, sino
también infiel. Lo mismo que dudamos de que lo soñado haya sido
realmente tan incoherente y borroso como en nuestra memoria aparece,
podemos poner en duda que el sueño fuera tan coherente como lo
relatamos, pues al intentar reproducirlo hemos podido llenar con nuevos
materiales, arbitrariamente elegidos, las lagunas dadas o producidas por
el olvido, adornando y perfeccionando el sueño hasta hacer imposible
determinar cuál fue su verdadero contenido. Así, hemos encontrado en
varios autores (Spitta, Foucauld, Tannery) la hipótesis de que todo lo
que en el sueño significa orden y coherencia ha sido introducido en él a
posteriori, al intentar recordarlo y reproducirlo en un relato. Vemos, pues,
que corremos el peligro de que nos sea arrebatado de la mano el objeto
mismo cuyo valor nos hemos propuesto determinar en estas
investigaciones. Hasta ahora hemos venido haciendo caso omiso de
esta advertencia en nuestras interpretaciones y hemos dedicado a los
elementos más insignificantes e inseguros del contenido manifiesto la
misma atención que a los más precisos y más seguramente recordados.
En el sueño de la inyección de Irma encontramos la frase siguiente: «Me
apresuro a llamar al doctor M.» y supusimos que este pequeño detalle
no hubiera llegado al sueño si no hubiera sido susceptible de una

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derivación especial. En efecto, el examen de este elemento nos llevó a
la historia de aquella desdichada paciente, a cuyo lado hice acudir con
toda premura a uno de mis colegas, más renombrado y antiguo que yo
en la profesión. En el sueño, aparentemente absurdo, que trata como
quantité negligéable la diferencia entre 51 y 56, aparecía mencionado
varias veces el número 51. En lugar de encontrar natural e indiferente
esta repetición, dedujimos de ella la existencia de una segunda serie de
pensamientos en el contenido latente, serie que había de llevar el
número 51, y persiguiendo sus huellas, llegamos a los temores que me
inspiraba la edad de cincuenta y un años, considerada por mí como un
momento peligroso para la vida del hombre, idea que se hallaba en
absoluta contradicción con la serie dominante que entrañaba un
orgulloso desprecio del tiempo. En el sueño non vixit hallé una
interpolación insignificante, que al principio dejé desatendida: «Viendo
que P. no le comprende, me pregunta Fl.», etc. Pero luego, cuando la
interpretación quedó detenida, volví sobre estas palabras y encontré en
ellas el punto de partida del camino que llevaba a una fantasía infantil
dada en las ideas latentes como foco intermedio. En este camino me
orientaron, además, los conocidos versos: «Pocas veces me habéis
comprendido,-pocas veces os he comprendido yo, -sólo cuando nos
encontramos en el fango- pudimos comprendernos en seguida.»
Cualquier análisis podría proporcionarnos ejemplos de cómo
precisamente los rasgos más insignificantes del sueño resultan
imprescindibles para la interpretación y del retraso que sufre el análisis
cuando los desatendemos al principio. Análoga atención minuciosa
hemos dedicado en la interpretación a los matices de la expresión oral
en la que el sueño nos era relatado, e incluso cuando esta expresión
resultaba insuficiente o desatinada, como si el sujeto no hubiese
conseguido construir la versión exacta de su sueño, la hemos aceptado
tal y como nos era ofrecida respetando todos sus defectos. Hemos
considerado, pues, como un texto sagrado e intangible algo que, en
opinión de los autores, no es más que una rápida y arbitraria
improvisación. Este contraste demanda un esclarecimiento. Pero este
esclarecimiento resulta favorable a nuestras opiniones, aunque sin quitar
la razón a los investigadores citados. Desde el punto de vista de
nuestros nuevos conocimientos sobre el nacimiento del sueño no existe
aquí, en efecto contradicción ninguna. Es cierto que deformamos el
sueño al intentar reproducirlo, pues llevamos a cabo un proceso análogo
al que describimos como una elaboración secundaria del sueño por la
instancia del pensamiento normal. Pero esta deformación no es, a su
vez, sino parte de la elaboración por la que pasan regularmente las
ideas latentes a consecuencia de la censura. Los investigadores han
sospechado u observado aquí la actuación manifiesta de la deformación
onírica; pero a nosotros no puede impresionarnos este fenómeno, pues

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conocemos otra más amplia deformación, menos fácilmente visible, que
ha actuado ya sobre el sueño en sus ideas latentes. La equivocación de
los autores reside únicamente en que consideran arbitraria y, por tanto,
no susceptible de solución ninguna, y muy apropiada para inspirarnos un
erróneo conocimiento del sueño, la modificación que el mismo
experimenta al ser recordado y traducido en palabras. Esta opinión
supone un desconocimiento de la amplitud que la determinación alcanza
en lo psíquico. No hay en tales modificaciones arbitrariedad ninguna. En
general, puede demostrarse que cuando una serie de ideas ha dejado
indeterminado un elemento, hay siempre otra que toma a su cargo tal
determinación. Así, cuando nos proponemos decir al azar un número
cualquiera, el que surge en nuestro pensamiento y parece constituir una
ocurrencia totalmente libre y espontánea se demuestra siempre
determinado en nosotros por ideas que pueden hallarse muy lejos de
nuestro propósito momentáneo. Pues bien, las modificaciones que el
sueño experimenta al ser recordado y traducido en la vigilia no son más
arbitrarias que tales números; esto es, no lo son en absoluto. Se hallan
asociativamente enlazadas con el contenido, al que sustituyen, y sirven
para mostrarnos el camino que conduce a este contenido, el cual puede
ser, a su vez, sustitución de otro. Al analizar los sueños de mis pacientes
suelo someter esta afirmación a una prueba que jamás me ha fallado.
Cuando el relato de un sueño me parece difícilmente comprensible,
ruego al sujeto que lo repita, y he podido observar que sólo rarísimas
veces lo hace con las mismas palabras. Pero los pasajes en los que
modifica la expresión revelan ser, por este mismo hecho, los puntos
débiles de la deformación de los sueños, o sea aquellos que menos
resistencia habrán de oponer a la penetración analítica. El sujeto
advierte por mi ruego que pienso esforzarme especialmente en la
solución de aquel sueño, y bajo la presión de la resistencia trata de
proteger los puntos débiles de la deformación onírica, sustituyendo una
expresión delatora por otra más lejana, pero de este modo me llama la
atención sobre la expresión suprimida, y por el esfuerzo que se opone a
la solución del sueño me es también posible deducir el cuidado con el
que el mismo ha tejido su trama. Más descaminados andan los autores
cuando adscriben tanta importancia a la duda que nuestro juicio opone
al relato del sueño. Esta duda echa de menos la existencia de una
garantía intelectual, aunque sabe muy bien que nuestra memoria no
conoce, en general, garantía ninguna, no obstante lo cual nos
sometemos, con frecuencia mucho mayor de la objetivamente
justificada, a la necesidad de dar fe a sus datos. La duda de la exacta
reproducción del sueño o de datos aislados del mismo es nuevamente
una derivación de la censura de la resistencia que se opone al acceso
de las ideas latentes a la conciencia, resistencia que no queda siempre
agotada con los desplazamientos y sustituciones por ella provocados y

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recae entonces, en forma de duda, sobre aquello cuyo paso ha
permitido. Esta duda nos oculta fácilmente su verdadero origen, pues
sigue la prudente conducta de no atacar nunca a elementos intensos del
sueño y sí, únicamente, a los más débiles y borrosos. Pero sabemos ya
que entre las ideas latentes y el sueño ha tenido efecto una total
transmutación de todos los valores psíquicos, transmutación necesaria
para la deformación, cuyos efectos se manifiestan predominantemente y
a veces exclusivamente en ella. Cuando un elemento del sueño, ya
borroso de por sí, se muestra, además, atacado por la duda, podemos
ver en ello una indicación de que constituye un derivado directo de una
de las ideas latentes proscritas. Sucede aquí lo que después de una
gran revolución sucedía en las repúblicas de la antigüedad o del
Renacimiento. Las familias nobles y poderosas, que antes ocupaban el
Poder, quedaban desterradas, y todos los puestos eran ocupados por
advenedizos, no tolerándose que permaneciera en la ciudad ningún
partidario de los caídos, salvo aquellos que por su falta de poder no
suponían peligro ninguno para los vencedores, y aun estos pocos
quedaban despojados de gran parte de sus derechos y eran vigilados
con desconfianza. En nuestro caso, esta desconfianza queda sustituida
por la duda. De este modo, al iniciar todo análisis, ruego al sujeto que
prescinda en absoluto de todo juicio sobre la precisión de su recuerdo y
considere con una absoluta convicción la más pequeña posibilidad de
que un elemento determinado haya intervenido en su sueño. Mientras
que en la persecución de un elemento onírico no nos decidamos a
renunciar a toda consideración de este género, permanece el análisis
estacionario. El desprecio de un elemento cualquiera trae consigo, en el
analizado, el efecto psíquico de impedir la emergencia de todas las
representaciones indeseadas que detrás del mismo se esconden. Este
efecto no tiene, en realidad, nada de lógico, pues no sería desatinado
que alguien dijese: «No sé con seguridad si este elemento se hallaba
contenido en el sueño; pero con respecto a él se me ocurre, de todos
modos, lo siguiente...» Mas el sujeto no dice nunca tal cosa, y
precisamente este efecto perturbador del análisis es lo que delata a la
duda como una derivación y un instrumento de la resistencia psíquica. El
psicoanálisis es justificadamente desconfiado. Una de sus reglas dice:
Todo aquello que interrumpe el progreso de la labor analítica es una
resistencia. También resulta imposible fundamentar el olvido de los
sueños mientras no lo referimos al poder de la censura psíquica. La
sensación de que hemos soñado mucho durante una noche y sólo muy
poco recordamos puede tener en una serie de casos un sentido
diferente, quizá el de que una amplia elaboración onírica no ha dejado
en toda la noche tras sí más que aquel solo sueño. Pero, salvo en estos
casos, no podemos dudar de que el sueño se nos va olvidando
paulatinamente a partir del momento en que despertamos. Lo olvidamos

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incluso en ocasiones en que realizamos los mayores esfuerzos para que
no se nos escape. Pero, a mi juicio, así como suele exagerarse la
amplitud de este olvido, se exagera también la de las lagunas que en el
sueño creemos encontrar. Todo aquello que el olvido ha suprimido del
contenido manifiesto puede ser reconstruido, con frecuencia, en el
análisis. En toda una serie de casos nos es dado descubrir, partiendo
del único fragmento recordado, no el sueño mismo, que tampoco es lo
importante, sino las ideas latentes en su totalidad. Esta labor reclama,
ciertamente, gran atención y gran dominio de sí mismo en el análisis, y
esta misma circunstancia nos muestra que en el olvido del sueño no ha
dejado de intervenir una intención hostil . El estudio, durante el análisis,
de un grado preliminar del olvido nos proporciona una prueba
convincente de la naturaleza tendenciosa del olvido del sueño, puesto al
servicio de la resistencia. Sucede muchas veces que en medio de la
labor de interpretación emerge un fragmento del sueño, que hasta el
momento se consideraba como olvidado. Este fenómeno onírico
arrancado del olvido resulta ser siempre el más importante y más
próximo a la solución del sueño, razón por la cual se hallaba más
expuestos que ningún otro a la resistencia. Entre los ejemplos de sueños
reproducidos en la presente obra hallamos uno de estos casos, en el
que hube de completar a posteriori un fragmento del contenido
manifiesto del sueño realizado. Me refiero al sueño en el que tomo
venganza de mis poco agradables compañeros de viaje, sueño que, por
su grosero contenido, he dejado casi sin interpretar. El fragmento
suprimido era el siguiente: Refiriéndome a un libro de Schiller, digo: It is
from...; pero dándome cuenta de mi error, rectifico al punto: It is by... El
joven advierte entonces a su hermano: «Lo ha dicho bien .» El hecho de
rectificarnos a nosotros mismos en el sueño, que tanta admiración ha
despertado en algunos autores, no merece analizarse extensamente.
Preferiremos, pues, mostrar el recuerdo que sirvió de modelo a este
error de expresión cometido en el sueño. A los diecinueve años hice mi
primer viaje a Inglaterra, y me hallaba un día a la orilla del Irish Sea,
dedicado a la pesca de los animales marinos que la marea iba dejando
al bajar sobre la playa, cuando en el momento en que recogía una
estrella de mar (Hollthurn y holoturias son de los primeros elementos
manifiestos de mi sueño) se me acercó una niña y me preguntó: Is it a
starfish? Is it alive?... Yo respondí: Yes; he is alive; pero dándome
cuenta de mi error, rectifiqué en seguida. Esta falta gramatical quedó
sustituida en el sueño por otra en la que los alemanes solemos incurrir
fácilmente. La frase «El libro de Schiller» debe traducirse empleando la
palabra from, como al principio lo hago. Después de todo lo que hemos
averiguado sobre las intenciones de la elaboración onírica y sobre su
falta de escrúpulos en la elección de medios, no puede ya asombrarnos
comprobar que si la elaboración ha llevado a cabo esta sustitución ha

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sido porque la similicadencia de la palabra from con el adjetivo alemán
form (piadoso) hace posible una enorme condensación. Pero ¿qué
significa este inocente recuerdo de mi estancia en una playa en
conexión con el sueño? Pronto lo descubrimos; el sueño se sirve de él
para demostrar con un ejemplo de carácter completamente inofensivo
que coloco el artículo -o sea lo sexual- en un lugar indebido
(Geschlechtswort, artículo, significa literalmente «palabra de género o de
sexo»; das Geschlechtiche = lo sexual). Es ésta una de las claves de
dicho sueño. Aquellos que conozcan la derivación del título del libro
'Matter and Motion y Moliere en Le Malade imaginaire': La matire est elle
laudable? (a motion of the bowels) podrán completar fácilmente la
interpretación. Por medio de una demostración ad oculos nos es posible
probar asimismo que el olvido del sueño es, en su mayor parte, un
efecto de la resistencia. Un paciente nos dice que ha soñado, pero que
ha olvidado por completo su sueño. Por tanto, me hago cuenta de que
no hubo tal sueño y continúo mi labor analítica. Pero de repente tropiezo
con una resistencia, y para vencerla desarrollo ante el paciente
determinada explicación y le ayudo a reconciliarse con una idea
displaciente. Apenas he conseguido esta reconciliación, exclama el
sujeto: «Ahora recuerdo ya lo que he soñado.» La resistencia que había
estorbado el desarrollo de su pensamiento despierto era la misma que
había provocado el olvido del sueño, y una vez vencida en la vigilia,
surgió libremente el recuerdo. En esta misma forma puede recordar el
paciente, al llegar a determinado punto del tratamiento, un sueño que
tuvo días antes y que hasta entonces reposaba en el olvido. La
experiencia psicoanalítica nos ha proporcionado otra prueba de que el
olvido del sueño depende mucho más de la resistencia que de la
diferencia entre el estado de vigilia y el de reposo, como los autores
suponen. Me sucede con frecuencia -y también a otros analíticos y a
algunos pacientes sometidos a este tratamiento- que, habiendo sido
despertado por un sueño, comienzo a interpretarlo inmediatamente, en
plena posesión de mi actividad mental. En tales casos no he
descansado hasta lograr la total comprensión del sueño, y, sin embargo,
me ha sucedido que luego, al despertar, había olvidado tan
completamente la labor de interpretación como el contenido manifiesto
del sueño, siendo mucho más frecuente la desaparición del sueño en el
olvido, arrastrando consigo la interpretación, que la conservación del
sueño en la memoria por la actividad intelectual desarrollada. Pero entre
la labor de interpretación y el pensamiento despierto no existe aquel
abismo psíquico con el que los autores quieren explicar exclusivamente
el olvido de los sueños. Cuando Morton Prince intenta refutar mi
explicación del olvido de los sueños alegando que no se trata sino de un
caso especial de la amnesia de los estados anímicos disociativos y
afirma que la imposibilidad de aplicar mi explicación de esta amnesia

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especial a los demás tipos de amnesia le hace también inadecuada para
llevar a cabo su más próximo propósito, recuerda con ello al lector que
en todas sus descripciones de estos estados disociativos no aparece ni
una sola tentativa de hallar la explicación dinámica de tales fenómenos.
De no ser así, hubiera tenido que descubrir que la represión (y
correlativamente la resistencia por ella creada) es la causa tanto de
estas disociaciones como de la amnesia del contenido psíquico de las
mismas. Un experimento realizado por mí mientras me hallaba
consagrado a la redacción de la presente obra me demostró que los
sueños no son objeto de un olvido mayor ni menor del que recae sobre
los demás actos psíquicos y que su adherencia a la memoria equivale
exactamente a la de las funciones anímicas restantes. En mis
anotaciones conservaba gran número de sueños propios que no había
sometido a análisis o cuya interpretación quedó interrumpida por
cualquier circunstancia. Entre estos últimos recogí algunos, soñados
más de dos años antes, e intenté su interpretación con objeto de
procurarme material para ilustrar mis afirmaciones. Los resultados de
este experimento fueron todos positivos, sin excepción alguna, e incluso
me siento inclinado a afirmar que esta interpretación, realizada al cabo
de tanto tiempo, tropezó con menos dificultades que la emprendida
recién soñados los sueños correspondientes, circunstancia explicable
por la desaparición, en el intervalo, de algunas de las resistencias que
entonces perturbaron la labor analítica. Comparando las interpretaciones
recientes con las realizadas al cabo de dos años, pude comprobar que
estas últimas revelaban mayor número de ideas latentes, pero que entre
ellas retornaban sin excepción ni modificación alguna todas las halladas
en la primera interpretación. Este descubrimiento no llegó a asombrarme
demasiado, pues recordé que desde mucho tiempo atrás seguía con mis
pacientes el procedimiento de interpretar aquellos sueños que
recordaban haber soñado en años anteriores, del mismo modo, que si
fueran sueños recientes, empleando en la labor analítica el mismo
procedimiento y obteniendo idénticos resultados. Cuando por vez
primera llevé a cabo esta tentativa, me proponía al emprenderla
comprobar mi sospecha de que el sueño se comportaba aquí en la
misma forma que los síntomas neuróticos, hipótesis que demostró ser
perfectamente exacta. En efecto, cuando someto al tratamiento
psicoanalítico a un psiconeurótico (un histérico, por ejemplo), me es
necesario esclarecer tanto los primeros síntomas de su enfermedad,
desaparecidos mucho tiempo antes, como los que de momento le
atormentan y le han movido a acudir a mi consulta, y siempre tropiezo
con menos dificultades en la solución de los primeros que en la de los
segundos. Ya en mis Estudios sobre la histeria publicado en 1895, pude
comunicar la solución de un primer ataque histérico de angustia
padecido por una mujer de cuarenta años (Cecilia M.) cuando sólo había

9
cumplido quince. Aquellos sueños que fueron soñados por el sujeto en
sus primeros años infantiles y que con gran frecuencia se conservan con
toda precisión en la memoria durante decenios enteros presentan casi
siempre gran importancia para la comprensión de la evolución y de la
neurosis del sujeto, pues su análisis protege al médico contra errores e
inseguridades que podrían confundirle. (Adición 1919.) Incluiré aquí,
aunque no se halle muy estrechamente ligada a la materia, una
observación relativa a la interpretación de los sueños que orientará,
quizá, al lector, deseoso de comprobar mis afirmaciones analizando los
suyos. No creo que espere nadie poder interpretar fácilmente y sin el
menor esfuerzo sus sueños. Ya para la percepción de fenómenos
endópticos y de otras sensaciones sustraídas generalmente a la
atención es preciso cierta práctica, aunque no existe ningún motivo
psíquico que se rebele contra este grupo de percepciones. Con mucho
mayor motivo ha de sernos más difícil apoderarnos de las
«representaciones involuntarias». Aquel que a ello aspire deberá seguir
fielmente las reglas analíticas que ya en diversas ocasiones hemos
indicado y reprimir durante su labor toda crítica, todo prejuicio y toda
parcialidad afectiva o intelectual. Su lema deberá ser el que Claude
Bernard escogió para el investigador en el laboratorio fisiológico:
Travailler comme une bête; esto es, con igual resistencia e igual
despreocupación de los resultados que pueden obtenerse. Aquellos que
sigan estas normas verán grandemente facilitada su labor. La
interpretación de un sueño no se consigue siempre al primer intento.
Muchas veces sentimos agotarse nuestra capacidad de rendimiento
después de seguir una concatenación de ocurrencias, y el sueño no nos
dice ya nada. En tales casos debemos interrumpir nuestra labor y dejarla
para el día siguiente. Al volver sobre ella atraerá nuestra atención otro
fragmento del contenido manifiesto y hallaremos acceso a una nueva
capa de ideas latentes. Este procedimiento puede ser calificado de
interpretación onírica «fraccionada». Lo más difícil es convencer al
principiante de que no debe considerar terminada una completa
interpretación del sueño que se le muestre coherente, llena de sentido y
explique todos los elementos del contenido manifiesto. En efecto,
además de esta interpretación, puede haber aún otra distinta que se le
ha escapado. No es, realmente, fácil hacerse una idea de la riqueza de
los procesos mentales inconscientes que en nuestro pensamiento
existen y demandan una expresión, ni tampoco de la habilidad que la
elaboración despliega para matar siete moscas de una vez, como el
sastre del cuento, hallando formas expresivas de múltiples sentidos.
Nuestros lectores tenderán siempre a reprocharnos un excesivo
derroche de ingenio; pero aquél que, analizando sus sueños, adquiera
cierto conocimiento de la materia tendrá que reconocer lo injusto y
equivocado de tal observación. En cambio, no puedo agregarme a la

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afirmación expresada por H. Silberer de que todos los sueños -o sólo
ciertos grupos de sueños- reclaman dos diversas interpretaciones, que
se hallan, además, íntimamente relacionadas entre sí. La primera de
estas interpretaciones, a la que califica de interpretación psicoanalítica,
daría al sueño un sentido cualquiera, generalmente de un carácter
sexual infantil; la segunda, más importante y designada por él con el
nombre de interpretación analógica, mostraría aquellas ideas más
fundamentales, y con frecuencia muy profundas, que la elaboración
onírica ha tomado como materia. Silberer no ha demostrado esta
afirmación con la comunicación de una serie de sueños analizados por
él en ambos sentidos. A mi juicio, se halla total y absolutamente
equivocado. La mayor parte de los sueños no reclaman segunda
interpretación ninguna y, sobre todo, no son susceptibles de una
interpretación analógica. En las teorías de Silberer, como en otros
estudios de estos últimos años, se transparenta el influjo de una
tendencia que quisiera velar las circunstancias fundamentales de la
formación de los sueños y desviar nuestra atención de sus raíces
instintivas. En algunos casos, en los que parecían confirmarse las
afirmaciones de Silberer, me demostró después el análisis que la
elaboración onírica había tenido que llevar a cabo la labor de
transformar en un sueño una serie de ideas muy abstractas y no
susceptibles de representación directa; labor que intentó solucionar
apoderándose de un material ideológico distinto, más fácilmente
representable, pero cuya relación con el primero era harto lejana,
pudiendo ser calificada de alegoría. La interpretación abstracta de un
sueño así formado es proporcionada siempre, directamente, por el
sujeto. En cambio, la interpretación exacta del material suplantado tiene
que ser buscada por los conocidos medios técnicos. La pregunta de si
todo sueño puede obtener una interpretación debe ser contestada en
sentido negativo. No debemos olvidar que aquellos poderes psíquicos
de los que depende la deformación de los sueños actúan siempre en
contra de la labor interpretadora. Se nos plantea, pues, el problema de si
con nuestro interés intelectual, nuestra capacidad para dominarnos,
nuestros conocimientos psicológicos y nuestra experiencia en la
interpretación de los sueños conseguiremos dominar la resistencia
interna. De todos modos, siempre lo conseguimos en grado suficiente
para convencernos de que el sueño es un producto que posee un
sentido propio e incluso para llegar a sospechar tal sentido. Un sueño
inmediatamente posterior nos permite muchas veces confirmar nuestra
primera interpretación y continuarla. Toda una serie de sueños que se
suceden a través de semanas o meses enteros reposan con frecuencia
sobre los mismos fundamentos y deben ser sometidos conjuntamente a
la interpretación. En los sueños sucesivos podemos observar muchas
veces que uno de ellos toma como centro aquello que en el otro sólo

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aparece indicado en la periferia, e inversamente, de manera que ambos
se completan recíprocamente para la interpretación. Ya hemos
demostrado en varios ejemplos que los sueños diferentes, soñados en la
misma noche, deben ser considerados siempre en el análisis como una
totalidad. En los sueños mejor interpretados solemos vernos obligados a
dejar en tinieblas determinado punto, pues advertimos que constituye un
foco de convergencia de las ideas latentes, un nudo imposible de
desatar, pero que por lo demás no ha aportado otros elementos al
contenido manifiesto. Esto es entonces lo que podemos considerar
como el ombligo del sueño, o sea el punto por el que se halla ligado a lo
desconocido. Las ideas latentes descubiertas en el análisis no llegan
nunca a un límite y tenemos que dejarlas perderse por todos lados en el
tejido reticular de nuestro mundo intelectual. De una parte más densa de
este tejido se eleva luego el deseo del sueño. Volvamos ahora a las
circunstancias del olvido del sueño. Observamos que hemos omitido
deducir de ellas una importante conclusión. Cuando la vida despierta
muestra la evidente intención de olvidar el sueño, formado durante la
noche, sea en su totalidad inmediatamente después de despertar o
fragmentariamente en el curso del día, y cuando reconocemos en la
resistencia anímica el factor principal de este olvido, factor que ya ha
actuado victoriosamente durante la noche, surge entre nosotros la
interrogación de qué es lo que ha hecho posible la formación de los
sueños, a pesar de tal resistencia. Tomemos el caso extremo, en el que
la vida despierta suprime por completo el sueño, como si jamás hubiese
existido. Teniendo en cuenta el funcionamiento de las fuerzas psíquicas,
hemos de decirnos que el sueño no se hubiera formado si la resistencia
hubiera regido durante la noche como en la vigilia. Nuestra conclusión
es que la resistencia pierde durante la noche una parte de su poder.
Sabemos que no desaparece por completo, pues hemos visto que la
deformación impuesta a los sueños dependía directamente de ella. Pero
se nos impone la posibilidad de que quede disminuida durante la noche
y que esta disminución de la resistencia sea lo que hace posible la
formación del sueño, siendo entonces perfectamente natural que al
hallar de nuevo, con el despertar, todas sus energías vuelva a suprimir
en el acto aquello que tuvo que aceptar mientras se hallaba debilitada.
La psicología descriptiva nos enseña que la condición principal de la
formación de los sueños es el estado de reposo del alma, afirmación a la
que por nuestra parte añadiremos, a título de esclarecimiento, que el
estado de reposo hace posible la formación de los sueños,
disminuyendo la censura endopsíquica. Nos inclinamos a considerar
esta conclusión como la única que es posible deducir de los hechos del
olvido del sueño y a desarrollar otras deducciones sobre las
circunstancias energéticas del reposo y de la vigilia, pero preferimos
dejar esta labor para más adelante. Una vez que hayamos profundizado

12
algo más en la psicología del sueño veremos que podemos
representarnos aún de otro modo distinto la creación de las condiciones
que hacen posible su formación. La resistencia opuesta al acceso de las
ideas latentes a la conciencia puede, quizá ser eludida sin necesidad de
una previa debilitación. Es también plausible que los dos factores
favorables a la formación de los sueños, o sea la debilitación y la
sustración a la censura, dependan simultáneamente del estado de
reposo. Interrumpiremos aquí estas consideraciones para reanudarlas
más adelante. Contra nuestro procedimiento de interpretación onírica
existe aún otra serie de objeciones, a la que dirigiremos ahora nuestra
atención. En la labor analítica procedemos suspendiendo aquellas
representaciones finales que en toda otra ocasión dominan el proceso
reflexivo, dirigiendo nuestra atención sobre un único elemento del sueño
y anotando después aquellas ideas involuntarias que con respecto al
mismo surgen espontáneamente en nosotros. A continuación tomamos
el elemento siguiente del contenido manifiesto, repetimos con él la
misma labor y nos dejamos llevar, sin que la dirección nos preocupe, por
tales ocurrencias asociativas espontáneas, con la esperanza de que al
final, y sin más esfuerzo por nuestra parte, llegaremos hasta las ideas
latentes de las que ha nacido el sueño. Contra esta conducta se
elevarán quizá las siguientes objeciones: nada tiene de extraño que,
partiendo de un elemento aislado del sueño, lleguemos a alguna parte. A
toda representación puede enlazarse asociativamente algo; lo único
notable es que esta concatenación arbitraria y exenta de todo fin lleve
precisamente a las ideas latentes. Los analíticos se engañan aquí de
buena fe siguen la cadena de asociaciones que parte de un elemento,
hasta que por un motivo cualquiera notan que se interrumpe. Luego, al
tomar un segundo elemento como punto de partida, es muy natural que
la asociación antes ilimitada, quede ya restringida, pues el recuerdo de
la concatenación anterior hará surgir en el análisis algunas ocurrencias
que presentarán puntos de contacto con las de dicha concatenación. Al
ver esto se imagina el psicoanalítico haber hallado una idea que
representa un enlace entre los elementos del sueño. Procediendo con
más absoluta libertad en lo relativo a la asociación de ideas, con la única
exclusión de aquellas transiciones de una representación a otra que
entran en vigor en nuestro pensamiento despierto, le resulta facilísimo
reunir una serie de ideas intermedias, a las que da el nombre de ideas
latentes y presenta sin garantía ninguna, como la sustitución psíquica
del sueño; pero todo esto no es sino una pura arbitrariedad y un
ingenioso aprovechamiento de la casualidad, y todo aquel que quiera
tomarse este trabajo inútil hallará para cualquier sueño la interpretación
que mejor le parezca. Si se nos hicieran realmente tales objeciones,
podríamos defendernos alegando la impresión que nuestras
interpretaciones producen. Las sorprendentes conexiones que el análisis

13
nos revela entre los elementos del sueño y la inverosimilitud de que algo
que coincide y aclara tan ampliamente el sueño, como una de nuestras
interpretaciones, pudiera conseguirse a no ser por el descubrimiento de
enlaces psíquicos preexistentes. Podríamos también alegar, para
justificarnos, que el procedimiento empleado en la interpretación de los
sueños es idéntico al que aplicamos a la solución de los síntomas
histéricos, sector en el que la exactitud del procedimiento queda
demostrada por la aparición y desaparición de dichos síntomas. Pero no
tenemos motivo ninguno para eludir el problema de cómo por la
persecución de una concatenación de ideas que se desarrolla de un
modo arbitrario y carente de fin puede llegarse a un fin preexistente,
pues si bien no podemos resolver este problema, sí no es dado
suprimirlo. En primer lugar, es inexacto que nos entreguemos a un curso
de representaciones falto de fin cuando, como sucede en la labor de
interpretación onírica, prescindimos de la reflexión y dejamos emerger
las representaciones involuntarias. No es difícil demostrar que podemos
renunciar a las representaciones finales conocidas y que con la creación
de estas representaciones surgen en el acto representaciones finales
desconocidas o, como decimos con expresión no del todo correcta,
inconscientes, que mantienen determinado el curso de las
representaciones involuntarias. No no es posible establecer, ejerciendo
una influencia sobre nuestra vida anímica, un pensamiento carente de
representaciones finales, y, en general, ignoro si existe algún estado de
perturbación psíquica en el que se dé tal pensamiento. Los psiquíatras
han renunciado aquí demasiado pronto a la solidez del ajuste psíquico.
Sé por experiencia que ni en la histeria ni en la paranoia se da un
pensamiento no regulado y exento de representaciones finales, como
tampoco en la formación o en la solución de los sueños. Igualmente
sucede quizá en las afecciones endógenas psíquicas, pues incluso los
delirios de los dementes presentan, según una ingeniosa hipótesis de
Leuret, un perfecto sentido, siendo únicamente algunas omisiones las
que los hacen resultar incomprensibles. Siempre que he tenido ocasión
de observar estos estados psíquicos he podido llegar a igual
convencimiento. Los delirios son la obra de una censura que no se toma
el trabajo de ocultar su actuación y que, en lugar de prestar su
colaboración a una transformación que no tropiece ya con objeciones de
ningún género, tacha sin consideraciones aquello que no le agrada, con
lo cual queda lo restante falto de toda coherencia. Esta censura se
conduce del mismo modo que la ejercida sobre la prensa extranjera en
la frontera rusa, censura que no deja llegar a los lectores sino periódicos
mutilados y surcados de negros tachones. El libre juego de las
representaciones conforme a una concatenación asociativa arbitraria se
da quizá en los procesos cerebrales orgánicos destructivos. Pero aquello
que en las psiconeurosis presenta tal carácter puede ser explicado

14
siempre por la actuación de la censura sobre una serie de ideas a la que
representaciones finales ocultas han hecho pasar a primer término. El
hecho de que las representaciones (o imágenes) emergentes aparezcan
ligadas entre sí por los lazos de las llamadas asociaciones superficiales -
asonancia, equívoco verbal o coincidencia temporal sin relación interior
de sentido-, esto es, por todas aquellas asociaciones que nos
permitimos emplear en el chiste y en el juego de palabras, ha sido
considerado como una señal evidente de la asociación exenta de
representaciones finales. De esta clase son las asociaciones que nos
llevan desde los elementos del contenido manifiesto a los elementos
colaterales y de éstos a las verdaderas ideas latentes. En muchos
análisis hemos encontrado ya ejemplos de este género, que despertaron
nuestra extrañeza. Toda asociación y todo chiste, por lejanos y forzados
que sean, pueden constituir el puente entre dos ideas. Pero no es difícil
comprender el motivo de esta indulgencia. Siempre que un elemento
psíquico se halla unido a otro por una asociación absurda superficial
existe al mismo tiempo entre ambos una conexión correcta y más
profunda, que ha sucumbido a la censura de la resistencia . La presión
de la censura, y no la supresión de las representaciones finales, es lo
que constituye la base real del predominio de las asociaciones
superficiales. Las asociaciones superficiales sustituyen en la
representación a las profundas cuando la censura cierra estos caminos
normales de enlace. Sucede en esto como cuando un obstáculo
cualquiera corta la circulación por una vía importante y tienen que
utilizarse los caminos de segundo orden. Podemos distinguir aquí dos
casos, que en realidad son uno solo: o la censura se dirige únicamente
contra la conexión de dos ideas, que se separan entonces con el fin de
eludir sus efectos y pasan sucesivamente a la conciencia, quedando
oculta su conexión y apareciendo, en cambio, entre ambos un enlace
superficial en el que no habíamos pensado, y que generalmente surge
de otro ángulo del complejo de representaciones, distinto de aquel del
que parte la conexión reprimida, pero esencial; o ambas ideas quedan
sometidas a la censura a causa de su contenido, y entonces surgen
ambas en una forma modificada y sustituida, y las dos ideas sustitutivas
son elegidas de manera que reproduzcan, por medio de una asociación
superficial, la asociación esencial en la que se hallan aquellas a las que
han venido a sustituir. Bajo la presión de la censura ha tenido efecto en
ambos casos un desplazamiento desde una asociación normal a otra
superficial y aparentemente absurda. El conocimiento que de estos
desplazamientos poseemos nos permite confiarnos, sin cuidado ninguno
en la interpretación de los sueños, a las asociaciones superficiales. Los
dos principios citados, esto es, el de que con la supresión de las
representaciones finales conscientes pasa el dominio del curso de las
representaciones a representaciones finales ocultas, y el de que las

15
asociaciones superficiales no son sino una sustitución desplazada de
asociaciones reprimidas más profundas, son ampliamente utilizados por
el psicoanálisis en las neurosis, pudiendo decirse que constituyen los
dos apoyos principales de su técnica. Cuando solicito de un paciente
que suprima toda reflexión y me comunique aquello que surja en su
cerebro, presupongo que no puede prescindir de las representaciones
finales relativas al tratamiento y me creo autorizado a concluir que todo
lo que puede comunicarme, por inocente o arbitrario que parezca, se
halla en conexión con su estado patológico. Otra representación final de
la que el paciente no sospecha nada es la relativa a mi persona. El
estudio completo y la completa demostración de estas explicaciones
pertenece, por tanto, a la exposición de la técnica psicoanalítica como
método terapéutico. Alcanzamos, pues, aquí uno de los puntos de
enlace en los que, según nos propusimos, hemos de abandonar el tema
de la interpretación de los sueños . Las especulaciones que anteceden
nos han permitido dejar firmemente establecido, a pesar de todas las
objeciones, un hecho importantísimo: el de que no necesitamos situar
también en la elaboración onírica todas las ocurrencias surgidas en la
labor de interpretación. En ésta seguimos un camino que va desde el
sueño manifiesto a las ideas latentes. La elaboración onírica ha seguido
el camino contrario, y no es nada verosímil que estos caminos sean
transitables en dirección inversa. Comprobamos más bien que en la
vigilia surgen nuevas asociaciones de ideas que van a encontrarse con
las ideas intermedias y las latentes en diferentes lugares y podemos ver,
en efecto. cómo el material reciente de ideas diurnas se interpola en las
series de ideas de la interpretación. Además la mayor intensidad de la
resistencia durante la vigilia impone, probablemente, nuevos y más
lejanos rodeos. Pero el número y la naturaleza de las ideas colaterales
que de este modo tejemos durante el día carece de toda importancia
psicológica, con tal que nos lleven a las ideas latentes buscadas. 2) La
regresión. Una vez que nos hemos precavido contra las objeciones, o
hemos indicado por lo menos, cuáles son las armas que para nuestra
defensa poseemos, no debemos aplazar por más tiempo la iniciación de
nuestras investigaciones psicológicas, para las que ya nos hallamos
preparados. Ante todo, reuniremos los resultados principales que hasta
ahora nos ha proporcionado nuestra investigación. El sueño es un acto
psíquico importante y completo. Su fuerza impulsora es siempre un
deseo por realizar. Su aspecto, en el que nos es imposible reconocer tal
deseo, y sus muchas singularidades y absurdidades proceden de la
influencia de la censura psíquica que ha actuado sobre él durante su
formación. A más de la necesidad de escapar a esta censura, han
colaborado en su formación una necesidad de condensar el material
psíquico, un cuidado de que fuera posible su representación por medio
de imágenes sensoriales y, además -aunque no regularmente-, el

16
cuidado de que el producto onírico total presentase un aspecto racional
e inteligente. De cada uno de estos principios parte un camino que
conduce a postulados e hipótesis de orden psicológico. Deberemos
investigar la relación recíproca existente entre el motivo optativo y las
cuatro condiciones indicadas, así como las de estas últimas entre sí. Por
último, habremos de incluir al sueño en la totalidad de la vida anímica. Al
principio del presente capítulo hemos expuesto un sueño que nos
plantea un enigma cuya solución no hemos emprendido todavía. La
interpretación de este sueño no nos opuso dificultad ninguna,
pareciéndome únicamente que había de ser completada. Nos
preguntamos por qué en este caso se producía un sueño en vez del
inmediato despertar el sujeto, y reconocimos como uno de los motivos
del primero el deseo de representar al niño en vida. Más adelante
veremos que en este sueño desempeña también un papel otro deseo
distinto; pero por lo pronto dejaremos establecido que fue para permitir
una realización de deseos por lo que el proceso mental del reposo
quedó convertido en un sueño. Fuera de la realización de deseos no hay
más que un solo carácter que separe en este caso los dos géneros de
actividad psíquica. La idea latente sería: «Veo un resplandor que viene
de la habitación en la que está el cadáver. Quizá haya caído una vela
sobre el ataúd y se esté quemando el niño.» El sueño reproduce sin
modificación alguna el resultado de esta reflexión, pero lo introduce en
una situación presente y percibida por los sentidos como un suceso de
la vigilia. Este es, como sabemos, el carácter psicológico más general y
evidente del sueño. Una idea, casi siempre la que entraña el deseo,
queda objetivizada en el sueño y representada en forma de escena
vivida. ¿Cómo podremos explicar esta peculiaridad característica de la
elaboración onírica, o, hablando más modestamente, cómo podremos
incluirla entre los procesos psíquicos? Un examen más detenido nos
hace observar que la forma aparente de este sueño nos muestra dos
caracteres casi independientes entre sí. El primero es la representación
en forma de situación presente, omitiendo el «quizá». El otro es la
transformación de la idea en imágenes visuales y en palabras. La
transformación que las ideas latentes experimentan por el hecho de
quedar representado en presente lo que ellas expresan en futuro no
resulta quizá muy evidente en este sueño, circunstancia que depende
del particular papel, realmente accesorio, que en él desempeña la
realización de deseos. Tomemos otro sueño en el que el deseo onírico
no se distinga de la continuación durante el reposo de los pensamientos
de la vigilia; por ejemplo, el sueño de la inyección de Irma. En este
sueño la idea latente que alcanza una representación aparece en
optativo: «¡Ojalá fuese Otto el culpable de la enfermedad de Irma!» El
sueño reprime el optativo y lo sustituye por un simple presente: «Sí; Otto
tiene la culpa de la enfermedad de Irma.» Es ésta, pues, la primera de

17
las transformaciones que todo sueño, incluso aquellos que aparecen
libres de deformación, lleva a cabo con las ideas latentes. Pero esta
primera singularidad del sueño no habrá de detenernos mucho y nos
bastará recordar la existencia de fantasías conscientes y de sueños
diurnos que proceden del mismo modo con su contenido de
representaciones. Cuando Mr. Joyeuse, el célebre personaje de Daudet,
vaga sin ocupación alguna a través de las calles de París para hacer
creer a sus hijas que tiene un destino y se halla desempeñándolo, sueña
con los acontencimientos que podrían proporcionarle un protector y una
colocación y se los imagina en presente. El fenómeno onírico utiliza, por
tanto, el presente en la misma forma y con el mismo derecho que el
sueño diurno. El presente es el tiempo en que el deseo es representado
como realizado. El segundo de los caracteres antes mencionados es, en
cambio, peculiar al sueño y lo diferencia de la ensoñación diurna. Este
carácter es el de que el contenido de representaciones no es pensado,
sino que queda transformado en imágenes sensoriales a las que
prestamos fe y que creemos vivir. Advertiremos desde luego que no
todos los sueños presentan esta transformación de representaciones en
imágenes sensoriales. Hay algunos que no se componen sino de ideas,
no obstante lo cual nos es imposible discutirles el carácter de sueños. Mi
sueño «autodidasker la fantasía diurna con el profesor N.» es uno de
éstos, en los que apenas intervienen elementos sensoriales, como si
hubiéramos pensado su contenido durante la vigilia. Asimismo hay en
todo sueño algo externo, elementos que no han quedado transformados
en imágenes sensoriales y que son simplemente pensados o sabidos del
mismo modo que en la vigilia. Recordemos, además, que tal
transformación de representaciones en imágenes sensoriales no es
exclusiva del sueño, sino que aparece también en la alucinación, esto
es, en aquellas visiones que constituyen un síntoma de la psiconeurosis
o surgen independientemente de todo estado patológico. La relación que
aquí investigamos no es pues, exclusiva del sueño, pero constituye de
todos modos su carácter más notable. Su comprensión exige que
ampliemos nuestras especulaciones. Entre todas las observaciones que
sobre la teoría de los sueños nos ofrecen las obras de los autores
ajenos al psicoanálisis hallamos una muy digna de atención. En su obra
Psicofísica (tomo II, pág. 526) influye el gran G. Th. Fechner la hipótesis
de que la escena en la que los sueños se desarrollan es distinta de
aquella en la que se desenvuelve la vida de representación despierta, y
añade que sólo esta hipótesis puede hacernos comprender las
singularidades de la vida onírica. La idea que así se nos ofrece es la de
una localidad psíquica. Vamos ahora a prescindir por completo de la
circunstancia de sernos conocido también anatómicamente el aparato
anímico de que aquí se trata y vamos a eludir asimismo toda posible
tentación de determinar en dicho sentido la localidad psíquica.

18
Permaneceremos, pues, en terreno psicológico y no pensaremos sino en
obedecer a la invitación de representarnos el instrumento puesto al
servicio de las funciones anímicas como un microscopio compuesto, un
aparato fotográfico o algo semejante. La localidad psíquica
corresponderá entonces a un lugar situado en el interior de este aparato,
en el que surge uno de los grados preliminares de la imagen. En el
microscopio y en el telescopio son estos lugares puntos ideales; esto es,
puntos en los que no se halla situado ningún elemento concreto del
aparato. Creo innecesario excusarme por la imperfección de estas
imágenes y otras que han de seguir. Estas comparaciones no tienen otro
objeto que el de auxiliarnos en una tentativa de llegar a la comprensión
de la complicada función psíquica total, dividiéndola y adscribiendo cada
una de sus funciones aisladas a uno de los elementos del aparato. La
tentativa de adivinar la composición del instrumento psíquico por medio
de tal división no ha sido emprendida todavía, que yo sepa. Por mi parte,
no encuentro nada que a ella pueda oponerse. Creo que nos es lícito
dejar libre curso a nuestras hipótesis, siempre que conservemos una
perfecta imparcialidad de juicio y no tomemos nuestra débil armazón por
un edificio de absoluta solidez. Como lo que necesitamos son
representaciones auxiliares que nos ayuden a conseguir una primera
aproximación a algo desconocido, nos serviremos del material más
práctico y concreto. Nos representamos, pues, el aparato anímico como
un instrumento compuesto a cuyos elementos damos el nombre de
instancias, o, para mayor plasticidad de sistemas. Hecho esto,
manifestamos nuestra sospecha de que tales sistemas presenten una
orientación especial constante entre sí, de un modo semejante a los
diversos sistemas de lentes del telescopio, los cuales se hallan situados
unos detrás de otros. En realidad no necesitamos establecer la hipótesis
de un orden verdaderamente especial de los sistemas psíquicos. Nos
basta con que exista un orden fijo de sucesión establecido por la
circunstancia de que en determinados procesos psíquicos la excitación
recorre los sistemas conforme a una sucesión temporal determinada.
Este orden de sucesión puede quedar modificado en otros procesos,
posibilidad que queremos dejar señalada, desde luego. De los
componentes del aparato hablaremos en adelante con el nombre del
«sistema Y». Lo primero que nos llama la atención es que este aparato
compuesto de sistema Y posee una dirección. Toda nuestra actividad
psíquica parte de estímulos (internos o externos) y termina en
inervaciones. De este modo adscribimos al aparato un extremo sensible
y un extremo motor. En el extremo sensible se encuentra un sistema que
recibe las percepciones, y en el motor, otro que abre las esclusas de la
motilidad. El proceso psíquico se desarrolla en general pasando desde
el extremo de percepción hasta el extremo de motilidad. Así, pues, el
esquema más general del aparato psíquico presentaría el siguiente

19
aspecto: Este esquema no es más que la realización de la hipótesis de
que el aparato psíquico tiene que hallarse construido como un aparato
reflector. El proceso de reflexión es también el modelo de todas las
funciones psíquicas. Introduciremos ahora fundadamente una primera
diferenciación en el extremo sensible. Las percepciones que llegan
hasta nosotros dejan en nuestro aparato psíquico una huella a la que
podemos dar el nombre de huella mnémica (Erinnerungsspur). La
función que a esta huella mnémica se refiere es la que denominamos
memoria. Continuando nuestro propósito de adscribir a diversos
sistemas los procesos psíquicos, observamos que la huella mnémica no
puede consistir sino en modificaciones permanentes de los elementos
del sistema. Ahora bien: como ya hemos indicado en otro lugar, el que
un mismo sistema haya de retener fielmente modificaciones de sus
elementos y conservar, sin embargo, una capacidad constante de
acoger nuevos motivos de modificación supone no pocas dificultades.
Siguiendo el principio que seguía nuestra tentativa, distribuiremos, pues,
estas dos funciones en sistemas distintos, suponiendo que los estímulos
de percepción son acogidos por un sistema anterior del aparato que no
conserva nada de ellos; esto es, que carece de toda memoria, y que
detrás de este sistema hay otro que transforma la momentánea
excitación del primero en huellas duraderas. La figura número 2
corresponde a este nuevo aspecto del aparato psíquico. Sabido es que
las percepciones que actúan sobre el sistema P perduran algo más que
su contenido. Nuestras percepciones demuestran hallarse también
enlazadas entre sí en la memoria, conforme, ante todo, a su primitiva
coincidencia en el tiempo. Este hecho es el que conocemos con el
nombre de asociación. Ahora bien: el sistema P no puede conservar las
huellas para la asociación, puesto que carece de memoria. Cada uno de
los elementos P quedaría insoportablemente obstruido en su función si
un resto de una asociación anterior se opusiera a una nueva percepción.
Habremos, pues, de suponer que los sistemas mnémicos constituyen la
base de la asociación. Esta consistirá entonces en que, siguiendo la
menor resistencia, se propagará la excitación preferentemente de un
primer elemento Hm a un segundo elemento, en lugar de saltar a otro
tercero. Un detenido examen nos muestra, pues, la necesidad de
aceptar la existencia de más de uno de estos sistemas Hm, en cada uno
de los cuales es objeto de una distinta fijación la excitación propagada
por los elementos P. El primero de estos sistemas Hm contendrá de
todos modos la fijación de la asociación por simultaneidad, y en los más
alejados quedará ordenado el mismo material de excitación según otros
distintos órdenes de coincidencia, de manera que estos sistemas
posteriores representarían, por ejemplo, las relaciones de analogía, etc.
Sería, naturalmente, ocioso querer describir la significación psíquica de
uno de estos sistemas. Su característica se hallaría en la intimidad de

20
sus relaciones con los elementos del material mnémico bruto; esto es, si
queremos aludir a una teoría más profunda, en los escalonamientos de
la resistencia conductora de estos elementos. Habremos de intercalar
aquí una observación de carácter general que entraña quizá una
importantísima indicación. El sistema P, que no posee capacidad para
conservar las modificaciones; esto es, que carece de memoria, aporta a
nuestra conciencia toda la variedad de las cualidades sensibles. Por el
contrario, nuestros recuerdos, sin excluir los más profundos y precisos,
son inconscientes en sí. Pueden devenir conscientes, pero no es posible
dudar que despliegan todos sus efectos en estado inconsciente. Aquello
que denominamos nuestro carácter reposa sobre las huellas mnémicas
de nuestras impresiones, y precisamente aquellas impresiones que han
actuado más intensamente sobre nosotros, o sea las de nuestra primera
juventud, son las que no se hacen conscientes casi nunca. Pero cuando
los recuerdos se hacen de nuevo conscientes no muestran cualidad
sensorial alguna o sólo muy pequeña, en comparación con las
percepciones. Si pudiéramos comprobar que la memoria y la cualidad
que caracteriza el devenir consciente se excluyen recíprocamente en los
sistemas Y, se nos ofrecería una prometedora visión de las condiciones
de la excitación de la neurona. Todo lo que hasta ahora hemos supuesto
sobre la composición del aparato psíquico en su extremo sensible ha
sido sin tener en cuenta para nada el sueño ni las explicaciones
psicológicas que de su estudio pueden deducirse. Este estudio nos
proporciona, en cambio, gran ayuda para el conocimiento de otro sector
del aparato. Hemos visto que nos era imposible explicar la formación de
los sueños si no nos decidíamos a aceptar la existencia de dos
instancias psíquicas, una de las cuales somete a una crítica la actividad
de la otra; crítica de la que resulta la exclusión de esta última de la
conciencia. La instancia crítica mantiene con la conciencia relaciones
más íntimas que la criticada, hallándose situada entre ésta y la
conciencia a manera de pantalla. Hemos encontrado, además, puntos
de apoyo para identificar la instancia crítica con aquello que dirige
nuestra vida despierta y decide sobre nuestra actividad voluntaria y
consciente. Si ahora sustituimos estas instancias por sistemas, quedará
situado el sistema crítico en el extremo motor del aparato psíquico
supuesto. Incluiremos, pues, ambos sistemas en nuestro esquema y les
daremos nombres que indiquen su relación con la conciencia. Al último
de los sistemas situados en el extremo motor le damos el nombre de
preconsciente para indicar que sus procesos de excitación pueden pasar
directamente a la conciencia siempre que aparezcan cumplidas
determinadas condiciones; por ejemplo, la de cierta intensidad y cierta
distribución de aquella función a la que damos el nombre de atención,
etc. Este sistema es también el que posee la llave del acceso a la
motilidad voluntaria. Al sistema que se halla detrás de él le damos el

21
nombre de inconsciente porque no comunica con la conciencia sino a
través de lo preconsciente, sistema que impone al proceso de
excitación, a manera de peaje, determinadas transformaciones. ¿En cuál
de estos sistemas situaremos ahora el estímulo de la formación de los
sueños? Para mayor sencillez, en el sistema Inc., aunque, como más
adelante explicaremos, no es esto rigurosamente exacto, pues la
formación de los sueños se halla forzada a enlazarse con ideas latentes
que pertenecen al sistema de lo preconsciente. Pero también
averiguaremos en otro lugar, al tratar del deseo onírico, que la fuerza
impulsora del sueño es proporcionada por el sistema Inc., y esta última
circunstancia nos mueve a aceptar el sistema inconsciente como el
punto de partida de la formación de los sueños. Este estímulo onírico
exteriorizará, como todos los demás productos mentales, la tendencia a
propagarse al sistema Prec. y pasar de éste a la conciencia. La
experiencia nos enseña que durante el día aparece desplazado por la
censura de la resistencia, y para las ideas latentes, este camino que
conduce a la conciencia a través de lo preconsciente. Durante la noche
se procuran dichas ideas el acceso a la conciencia, surgiendo aquí la
interrogación de por qué camino y merced a qué modificación lo
consiguen. Si el acceso de estas ideas latentes a la conciencia
dependiera de una disminución nocturna de la resistencia que vigila en
la frontera entre lo inconsciente y lo preconsciente, tendríamos sueños
que nos mostrarían el carácter alucinatorio que ahora nos interesa. El
relajamiento de la censura entre los dos sistemas Inc. y Prec. no puede
explicarnos por tanto, sino aquellos productos oníricos exentos de
imágenes sensoriales (recuérdese el ejemplo «autodidasker») y no
sueños como el detallado al principio del presente capítulo. Lo que en el
sueño alucinatorio sucede no podemos describirlo más que del modo
siguiente: la excitación toma un camino regresivo, en lugar de avanzar
hacia el extremo motor del aparato, se propaga hacia el extremo
sensible, y acaba por llegar al sistema de las percepciones. Si a la
dirección seguida en la vigilia por el procedimiento psíquico, que parte
de lo inconsciente, le damos el nombre de dirección progresiva,
podemos decir que el sueño posee un carácter regresivo. Esta regresión
es una de las más importantes peculiaridades psicológicas del proceso
onírico; pero no debemos olvidar que no es privativa de los sueños.
También el recordar voluntario, la reflexión y otros procesos parciales de
nuestro pensamiento normal corresponden a un retroceso, dentro del
aparato psíquico, desde cualquier acto complejo de representación al
material bruto de las huellas mnémicas en las que se halla basado. Pero
durante la vigilia no va nunca esta regresión más allá de las imágenes
mnémicas, y no llega a reavivar las imágenes de percepción,
convirtiéndolas en alucinaciones. ¿Por qué no sucede también esto en el
sueño? Al hablar de la condensación onírica hubimos de suponer que la

22
elaboración del sueño llevaba a cabo una total transmutación de todos
los valores psíquicos, despojando de su intensidad a unas
representaciones para transferirlas a otras. Esta modificación del
proceso psíquico acostumbrado es la que hace posible cargar el sistema
de las P hasta la completa vitalidad en una dirección inversa, o sea
partiendo de las ideas. No creo que nadie incurra en error sobre el
alcance de estas explicaciones. Hasta ahora no hemos hecho otra cosa
que dar un nombre a un fenómeno inexplicable. Hablamos de regresión
cuando la representación queda transformada, en el sueño, en aquella
imagen sensible de la que nació anteriormente. De todos modos,
también necesitamos justificar este paso, pues podría objetársenos la
inutilidad de una calificación que no ha de enseñarnos nada nuevo.
Pero, a nuestro juicio, ha de sernos muy útil este nombre de regresión
por enlazar un hecho que nos es conocido al esquema antes
desarrollado de un aparato psíquico; esquema cuyas ventajas vamos
ahora a comprobar por vez primera, pues con su sola ayuda, y sin
necesidad de nuevas reflexiones, hallaremos el esclarecimiento de una
de las peculiaridades de la formación de los sueños. Considerando el
proceso onírico como una regresión dentro del aparato anímico por
nosotros supuesto, hallamos la explicación de un hecho antes
empíricamente demostrado; esto es, el de que las relaciones
intelectuales de las ideas, latentes entre sí, desaparecen en la
elaboración del sueño o no encuentran sino muy trabajosamente una
expresión. Nos muestra, en efecto, nuestro esquema que estas
relaciones intelectuales no se hallan contenidas en los primeros
sistemas Hm, sino en otros anteriores a ellos, y tienen que perder su
expresión en el proceso regresivo hasta las imágenes de percepción. La
regresión descompone en su material bruto el ajuste de las ideas
latentes. Mas ¿por qué transformaciones resulta posible esta regresión,
imposible durante el día? Sospechamos que se trata de modificaciones
de las cargas de energía de cada uno de los sistemas; modificaciones
que los hacen más o menos transitables o intransitables para el curso de
la excitación. Pero dentro de cada uno de estos aparatos podía
producirse este mismo efecto por medio de modificaciones diferentes.
Pensamos, naturalmente, en seguida en el estado de reposo y en las
modificaciones de la carga psíquica que el mismo provoca en el extremo
sensible del aparato. Durante el día existe una corriente continua desde
el sistema Y de las P hasta la motilidad. Pero esta corriente cesa por la
noche, y no puede ya presentar obstáculo ninguno a la regresión de la
excitación. Esta circunstancia constituiría aquel «apartamiento del
mundo exterior» en el que algunos autores ven la explicación de los
caracteres psicológicos del sueño. Sin embargo, al explicar la regresión
del sueño habremos de tener en cuenta aquellas otras regresiones que
tienen efecto en los estados patológicos de la vigilia; regresiones a las

23
que nuestra anterior hipótesis resulta inaplicable, pues se desarrolla, a
pesar de no hallarse interrumpida la corriente sensible, en dirección
progresiva. Las alucinaciones de la histeria y de la paranoia y las
visiones de las personas normales corresponden, efectivamente, a
regresiones; esto es, son ideas transformadas en imágenes. Pero en
estos casos no experimentan tal transformación más que aquellas ideas
que se hallan en íntima conexión con recuerdos reprimidos o
inconscientes. Uno de los histéricos más jóvenes que he sometido a
tratamiento, un niño de doce años, no puede conciliar el reposo, porque
en cuanto lo intenta ve caras verdes con ojos encarnados, que le causan
espanto. La fuente de esta aparición es el recuerdo reprimido, pero
primitivamente consciente, de un muchacho, al que vio varias veces
hacía cuatro años, y que constituía un modelo de vicios infantiles; entre
ellos, el de la masturbación; vicio que también practicó el sujeto,
reprochándoselo ahora amargamente. Su madre había observado por
entonces que el vicioso niño tenía un color verdoso, y los ojos,
encarnados (los párpados, ribeteados). De este recuerdo procede, pues,
el fantasma que le impide conciliar el reposo y que está destinado
después a recordarle la predicción que le hizo su madre de que tales
niños se vuelven idiotas, no consiguen aprender nada en la escuela y
mueren jóvenes. Nuestro pequeño paciente demuestra la realización de
una parte de esta profecía, pues no avanza en sus estudios, y teniendo
conciencia de ello, le espanta que pueda también realizarse la segunda
parte. El tratamiento logró devolver en poco tiempo el reposo, hacerle
perder el miedo y terminar el año escolar con notas sobresalientes.
Agregaré aquí la solución de una visión que me fue relatada por una
histérica de cuarenta años; visión muy anterior a la enfermedad que le
llevaba a mi consulta. Al despertar una mañana vió ante sí a su hermano
mayor, que se hallaba recluído en un manicomio. Su hijo pequeño
dormía en la cama junto a ella, para evitar que se asustase y le diesen
convulsiones si veía a su tío, le tapó la cabeza con la colcha,
desvaneciéndose entonces la aparición. Esta visión no era sino la
elaboración de un recuerdo infantil, consciente, pero íntimamente
enlazado con todo el material inconsciente, dado en la vida anímica de
la sujeto. La niñera le había relatado que su madre, muerta cuando ella
tenía año y medio, había padecido convulsiones epilépticas o histéricas
desde un susto que le dió su hermano (el tío de la sujeto),
apareciéndosele a guisa de fantasma con una colcha sobre la cabeza.
La visión contiene los mismos elementos que el recuerdo: la aparición
del hermano, la colcha, el sobresalto y sus efectos; pero estos
elementos han sido ordenados en una forma distinta y transferidos a
otras personas. El motivo, harto transparente, de la visión; esto es, del
pensamiento por ella sustituido, es la preocupación de que su hijo
pequeño, que presenta un extraordinario parecido físico con su tío,

24
pueda tener igual desgraciado destino Los dos ejemplos que anteceden
no carecen de cierta relación con el estado de reposo, y son quizá, por
tanto, poco apropiados para la demostración que con ellos me proponía
alcanzar. Pero mi análisis de una paranoica alucinada , y los resultados
de mis estudios, aún no publicados, sobre la psicología de la neurosis
robustecen la afirmación de que en estos casos de transformación
represiva de las ideas hemos de tener en cuenta la influencia de un
recuerdo reprimido o inconsciente, infantil en la mayoría de los casos.
Este recuerdo arrastra consigo a la regresión; esto es, a la forma de
representación, en la que el mismo se halla dado psíquicamente, a las
ideas con él enlazadas y privadas de expresión por la censura.
Mencionaremos aquí como un resultado del estudio de la histeria el
hecho de que las escenas infantiles (trátese de recuerdos o de
fantasías) son vistas alucinatoriamente cuando se consiguen hacerlas
conscientes, y sólo después de explicar al paciente su sentido es
cuando pierden este carácter. Sabido es también que incluso en
personas que no poseen en alto grado la facultad de la reminiscencia
visual suelen conservar los recuerdos infantiles más tempranos un
carácter de vivacidad sensorial hasta los años más tardíos. Si
recordamos cuál es el papel que en las ideas latentes corresponde a los
sucesos infantiles o a las fantasías en ellos basadas; con cuánta
frecuencia emergen de nuevo fragmentos de los mismos en el contenido
latente, y cómo los mismos deseos del sueño aparecen muchas veces
derivados de ellos, no rechazaremos la probabilidad de que la
transformación de las ideas en imágenes visuales sea también en el
sueño la consecuencia de la atracción que el recuerdo, representado
visualmente, y que tiende a resucitar, ejerce sobre las ideas privadas de
conciencia, que aspiran a hallar una expresión. Según esta hipótesis,
podría también describirse el sueño como la sustitución de la escena
infantil, modificada por su transferencia a lo reciente. La escena infantil
no puede conseguir su renovación real y tiene que contentarse con
retornar a título de sueño. El descubrimiento de la importancia, hasta
cierto punto prototípica, de las escenas infantiles (o de sus repeticiones
fantásticas) para el contenido manifiesto del sueño hace que una de las
hipótesis de Scherner sobre las fuentes de estímulos interiores resulte
totalmente superflua. Supone Scherner que aquellos sueños que
presentan una especial vivacidad de sus elementos visuales, o una
particular riqueza en estos elementos, tienen por base una excitación
interna del órgano de la visión. Por nuestra parte, y sin entrar a discutir
esta hipótesis, admitiremos la existencia de tal estado de excitación en
el sistema perceptivo psíquico del órgano de la visión; pero haremos
constar que este estado de excitación ha sido creado por el recuerdo y
constituye la renovación de la excitación visual, experimentada en el
momento real al que corresponde. No poseo ningún ejemplo propio de

25
tal influencia de un recuerdo infantil. Mis sueños son generalmente
pobres en elementos sensoriales; pero en el más bello y animado que
he tenido durante estos últimos años me fue fácil referir la precisión
alucinatoria del contenido manifiesto a cualidades sensibles de
impresiones recientes. En páginas anteriores hemos citado un sueño, en
el que el profundo azul del agua, el negro de humo arrojado por las
chimeneas de los barcos y el rojo oscuro y el sepia de los edificios me
dejaron una profunda impresión. Si algún sueño puede ser referido a
una excitación visual, ninguno mejor que éste. Pero ¿qué es lo que la
había producido? Una impresión reciente, que vino a agregar a una serie
de impresiones anteriores. Los colores que vi en mi sueño eran, en
primer lugar, los de las piezas de una caja de construcción, con
las que mis hijos habían edificado el día inmediatamente anterior a mi
sueño un espléndido palacio. En las piezas de esta caja de construcción
podía encontrarse el mismo rojo oscuro, el mismo azul y el mismo negro
que en mi sueño veo. A esta impresión vinieron a agregarse las de mi
último viaje a Italia: el bello color cálido sepia de la tierra. La belleza
cromática del sueño no era, pues, sino una repetición de la que el
recuerdo me mostraba. Concretemos ahora todo lo que hemos
averiguado sobre aquella peculiaridad del sueño, que consiste en
transformar su contenido de representaciones en imágenes sensoriales.
No habremos esclarecido este carácter de la elaboración onírica
referiéndolo a leyes conocidas de la Psicología, pero lo hemos extraído
en condiciones desconocidas, y lo hemos caracterizado dándole el
nombre de carácter regresivo. Hemos opinado que esta regresión es
siempre un efecto de la resistencia, que se opone al avance de la idea
hasta la conciencia por el camino normal, y de la atracción simultánea
que los recuerdos sensoriales dados ejercen sobre ella. La regresión
sería hasta posible en el sueño por la cesación de la corriente diurna
progresiva de los órganos sensoriales; factor auxiliar que en las otras
formas de la regresión podía ser el que contribuyera al robustecimiento
de los demás motivos de la misma. No debemos tampoco olvidar que el
proceso de la transferencia de energía habrá de ser, tanto en estos
casos patológicos de regresión como en el sueño, muy distinto del que
se desarrolla en las regresiones de la vida anímica normal, puesto que
en los primeros hace posible una completa carga alucinatoria de los
sistemas de percepción. Aquello que en el análisis de la elaboración
onírica hemos descrito con el nombre de cuidado de la representabilidad
podría ser referido a la atracción selectora de las escenas visualmente
recordadas, enlazadas a las ideas latentes. En la teoría de la formación
de síntomas neuróticos desempeña la regresión un papel no menos
importante que en la de los sueños. Distinguimos aquí tres clases de
regresión: a) Una regresión tópica, en el sentido del esquema de los
sistemas Y. b) Una regresión temporal, en cuanto se trata de un retorno

26
a formaciones psíquicas anteriores. c) Una regresión formal cuando las
formas de expresión y representación acostumbradas quedan
sustituidas por formas correspondientes primitivas. Estas tres clases de
regresión son en el fondo una misma cosa, y coinciden en la mayoría de
los casos, pues lo más antiguo temporalmente es también lo primitivo en
el orden formal, y lo más cercano en la tópica psíquica al extremo de la
percepción. (Adición de 1914.) No podemos abandonar el tema de la
regresión en el sueño sin manifestar una impresión que se nos ha
impuesto ya varias veces, y que una vez que hayamos profundizado en
el estudio de las psiconeurosis retornará robustecida. Esta impresión es
la de que el acto de soñar es por sí una regresión a las más tempranas
circunstancias del soñador, una resurrección de su infancia, con todos
sus impulsos instintivos y sus formas expresivas. Detrás de esta infancia
individual se nos promete una visión de la infancia filogénica y del
desarrollo de la raza humana, desarrollo del cual no es el individual, sino
una reproducción abreviada e influida por las circunstancias accidentales
de la vida. Sospechamos ya cuán acertada es la opinión de Nietzsche
de que «el sueño continúa un estado primitivo de la Humanidad, al que
apenas podemos llegar por un camino directo», y esperamos que el
análisis de los sueños nos conduzca al conocimiento de la herencia
arcaica del hombre y nos permita descubrir en él lo anímicamente
innato. Parece como si el sueño y la neurosis nos hubieran conservado
una parte insospechada de las antigüedades anímicas, resultando así
que el psicoanálisis puede aspirar a un lugar importante entre las
ciencias que se esfuerzan en reconstruir las fases más antiguas y
oscuras de los comienzos de la Humanidad. (Adición de 1918.) Esta
primera parte de nuestra investigación psicológica del sueño no nos
llega a satisfacer por completo. Nos consolaremos pensando en que nos
vemos obligados a construir en las tinieblas. Además, si no nos
engañamos mucho, hemos de retornar muy pronto a estas mismas
regiones por un distinto camino, y quizá sepamos orientarnos mejor. 3)
La realización de deseos. El sueño con que iniciamos el presente
capítulo, o sea el del padre al que se le aparece su hijo muerto, nos da
ocasión para examinar determinadas dificultades, con las que tropieza la
teoría de la realización de deseos. Todos hemos extrañado que el sueño
no pueda ser sino una realización de deseos, y no sólo por la
contradicción que supone la existencia de sueños de angustia. Después
de comprobar por medio del análisis que el sueño entrañaba un sentido
y un valor psíquico, no esperábamos en modo alguno una tan limitada y
estricta determinación de tal sentido. Según la definición correcta, pero
insuficiente, de Aristóteles, el sueño no es sino la continuación del
pensamiento durante el estado de reposo. Pero si nuestro pensamiento
crea durante el día tan diversos actos psíquicos -juicios, conclusiones,
refutaciones, hipótesis, propósitos, etc.-, ¿cómo puede quedar obligado

27
luego, durante la noche, a limitarse única y exclusivamente a la
producción de deseos? ¿No habrá quizá gran número de sueños que
entrañen otro acto psíquico distinto; por ejemplo, una preocupación? ¿Y
no será éste realmente el caso del sueño antes expuesto, en el que del
resplandor que a través de sus párpados recibe durante el reposo
deduce el sujeto la conclusión de que una vela ha caído sobre al ataúd y
ha podido prender fuego al cadáver, y transforma esta conclusión en un
sueño, dándole la forma de una situación sensible y presente? ¿Qué
papel desempeña aquí la realización de deseos? ¿Es acaso posible
negar en este sueño el predominio de la idea, continuada desde la vigilia
o provocada por la nueva impresión sensorial? Todo esto es exacto, y
nos obliga a examinar más detenidamente el sueño desde los puntos de
vista de la realización de deseos y de la significación de los
pensamientos de la vigilia en él continuados. La realización de deseos
nos ha hecho ya dividir los sueños en dos grupos. Hemos hallado
sueños que mostraban francamente tal realización, y otros en los que no
nos era posible descubrirla sino después de un minucioso análisis. En
estos últimos sueños reconocimos la actuación de la censura onírica.
Los sueños no disfrazados demostraron ser característicos de los niños.
En los adultos parecían -quiero acentuar esta restricción-, parecían,
repito, presentarse también sueños optativos, breves y francos.
Podemos preguntarnos ahora de dónde procede en cada caso el deseo
que se realiza en el sueño. Pero ¿a qué antítesis o a qué diversidad
podemos referir este «de dónde»? A mi juicio, nos es posible referirlo a
la antítesis existente entre la vida diurna consciente y una actividad
psíquica inconsciente durante el día y que sólo a la noche puede
hacerse perceptible. Hallamos entonces tres posibles procedencias del
deseo: 1º Puede haber sido provocado durante el día y no haber hallado
satisfacción a causa de circunstancias exteriores, y entonces perdura
por la noche un deseo reconocido e insatisfecho. 2º Puede haber
surgido durante el día, pero haber sido rechazado, y entonces perdura
en nosotros un deseo insatisfecho, pero reprimido; y 3º Puede hallarse
exento de toda relación con la vida diurna y pertenecer a aquellos
deseos que sólo por la noche surgen en nosotros, emergiendo de lo
reprimido. Volviendo a nuestro esquema del aparato psíquico
localizaremos un deseo de la primera clase en el sistema Prec.; de los
de la segunda, supondremos que han sido obligados a retroceder desde
el sistema Prec. al sistema Inc., y que si se han conservado tienen que
haberse conservado en él. Por último, de los deseos pertenecientes a la
tercera clase, creemos que son totalmente incapaces de salir del
sistema Inc. ¿Habremos de suponer que sólo los deseos emanados de
estas diversas fuentes tienen el poder de provocar un sueño?
Examinados los sueños que pueden proporcionarnos datos para
contestar a esta pregunta, observamos en primer lugar la necesidad de

28
considerar como una cuarta fuente de deseos provocados de sueños los
impulsos optativos surgidos durante la noche (la sed, la necesidad
sexual, etc.), y nos inclinamos después a afirmar que la procedencia del
deseo no influye para nada en su capacidad de provocar un sueño.
Recordemos el sueño del niño que continúa la travesía interrumpida
aquella tarde y todos los demás ejemplos de este género que a su
tiempo expusimos. Todos estos sueños quedan explicados por un deseo
insatisfecho, pero no reprimido, del día. Los ejemplos de deseos
reprimidos que se exteriorizan en sueños son numerosísimos. Me
limitaré a exponer el más sencillo que de esta clase he podido encontrar.
La sujeto es una señora un tanto burlona. Durante el día le han
preguntado repetidas veces qué juicio le merecía el novio de una amiga
suya más joven que ella. Su verdadera opinión es que se trata de un
hombre adocenado, y la hubiera manifestado gustosa; pero en obsequio
a su amiga, la sustituye por grandes alabanzas. Aquella noche sueña
que le dirigen la misma pregunta y que responde diciendo: «Cuando en
la tienda saben ya de lo que se trata, basta con indicar el número.» Por
último, nos ha demostrado el análisis que en todos los sueños que han
pasado por una deformación procede el deseo de lo inconsciente y no
pudo ser observado durante el día. De este modo todos los deseos nos
parecen al principio equivalentes y de igual poder para la formación de
los sueños. No puedo demostrar aquí que en realidad suceden las cosas
de otro modo; pero me inclino mucho a suponer una más severa
condicionalidad del deseo onírico. Los sueños infantiles no permiten
dudar de que su estímulo es un deseo insatisfecho durante el día; pero
no debemos olvidar que se trata del deseo de un niño, con toda la
energía de los impulsos optativos infantiles. En cambio, no me parece
verosímil que un deseo insatisfecho pueda bastar para provocar un
sueño en un sujeto adulto. Opino más bien que el dominio progresivo de
nuestra vida instintiva por la actividad intelectual nos lleva a renunciar
cada vez más a la formación o conservación de deseos tan intensos
como los que el niño abriga. Claro es que dentro de esto puede haber
diferencias individuales y conservar unas personas el tipo infantil de los
procesos anímicos durante más tiempo que otras, diferencias que
observamos también en la debilitación de la representación visual,
originariamente muy precise. Pero, en general, creo que el deseo
insatisfecho durante el día no basta para crear un sueño en los adultos.
Concedo que el sentimiento optativo procedente de la conciencia puede
contribuir a provocar un sueño, pero nada más. El sueño no nacería si el
deseo preconsciente no quedase robustecido por otros factores. Estos
factores proceden de lo inconsciente. Imagino que el deseo consciente
sólo se constituye en estímulo del sueño cuando consigue despertar un
deseo inconsciente de efecto paralelo con el que reforzar su energía.
Conforme a los indicios deducidos del psicoanálisis de la neurosis,

29
considero que tales deseos inconscientes se hallan siempre en actividad
y dispuestos siempre a conseguir una expresión en cuanto se les ofrece
ocasión para aliarse con un sentimiento procedente de lo consciente y
transferirle su mayor intensidad. Parece entonces como si únicamente el
deseo consciente se hallara realizado en el sueño; pero una pequeña
singularidad en la estructura del mismo nos permitirá seguir las huellas
del poderoso auxiliar llegado de lo inconsciente. Estos deseos de
nuestro inconsciente, siempre en actividad y, por decirlo así, inmortales,
deseos que nos recuerdan a aquellos titanes de la leyenda sobre los
cuales pesan desde tiempo inmemorial inmensas montañas que fueron
arrojadas sobre ellos por los dioses vencedores y que aún tiemblan de
tiempo en tiempo, sacudidas por las convulsiones de sus miembros;
estos deseos reprimidos, repito, son también de procedencia infantil,
como nos lo ha demostrado la investigación psicológica de las neurosis.
Así, pues, retiraré mi afirmación anterior de que la procedencia del
deseo era una cuestión indiferente, y la sustituiré por la que sigue: El
deseo representado en el sueño tiene que ser un deseo infantil. En los
adultos procede entonces del Inc. En los niños, en los que no existe aún
la separación y la censura entre el Prec. y el Inc., o en los que comienza
a establecerse poco a poco, el deseo es un deseo insatisfecho, pero no
reprimido, de la vida despierta. Sé que estas afirmaciones no pueden
demostrarse en general; pero insisto en que pueden comprobarse
frecuentemente, aun en ocasiones en las que no lo sospechábamos. Los
sentimientos optativos procedentes de la vida despierta consciente
pasan, por tanto, a segundo término en la formación de los sueños, pues
no podemos atribuirles importancia mayor de la que atribuimos a las
sensaciones surgidas durante el reposo en la formación del contenido
manifiesto (véase anteriormente). Permaneciendo dentro de los límites
que el proceso mental que voy desarrollando me prescribe, dirigiré ahora
mi atención a los restantes estímulos psíquicos procedentes de la vida
diurna y que no poseen el carácter de deseos. Cuando decidimos
entregarnos al reposo podemos conseguir la cesación interina de las
cargas psíquicas de nuestro pensamiento despierto. Aquellas personas
que así lo logran con facilidad gozan de un tranquilo reposo. Dícese que
Napoleón I era un sorprendente ejemplo de este género. Pero no
siempre conseguimos tal cosa, y cuando la conseguimos, no siempre
por completo. Los problemas aún no solucionados, las preocupaciones
que nos atormentan y una multitud de impresiones diversas continúan la
actividad mental durante el reposo y mantienen el desarrollo de
procesos anímicos en el sistema que hemos calificado con el nombre de
preconsciente. Estos estímulos mentales que continúan durante el
reposo pueden ser divididos en los grupos siguientes: 1º Aquellos
procesos que durante el día no han podido llegar a tiempo por haber
quedado interrumpidos a causa de una circunstancia cualquiera. 2º

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Aquello que ha permanecido interminado o sin solución por paralización
de nuestra energía mental. 3º Aquello que hemos rechazado y reprimido
durante el día. A estos tres grupos se añade otro más importante,
formado por aquello que la labor diurna de lo preconsciente ha
estimulado en nuestro Inc. Por último, podemos agregar, como quinto
grupo, el formado por las impresiones diurnas indiferentes y, por tanto,
inderivadas. Las intensidades psíquicas que estos restos de la vida
diurna introducen en el estado de reposo, sobre todo las pertenecientes
al grupo de lo inderivado poseen mayor importancia de lo que pudiera
creerse, pues constituyen excitaciones que luchan durante la noche por
alcanzar una expresión, mientras que el estado de reposo imposibilita el
curso acostumbrado del proceso de excitación a través de lo
preconsciente y su término por el acceso a la conciencia. Mientras
tenemos conciencia de nuestros procesos mentales normales nos es
imposible, en efecto, conciliar el reposo. No puedo decir cuál es la
modificación que el estado de reposo provoca en el sistema Prec.; pero
es indudable que la característica psicológica del sueño ha de ser
buscada esencialmente en las modificaciones de la carga psíquica de
este sistema, que domina también el acceso a la motilidad, paralizada
durante el reposo. En cambio, no sé de ningún dato de la psicología del
sueño que pueda inclinarnos a admitir que el reposo introduce alguna
transformación en el sistema Inc., si no es secundariamente. La
excitación nocturna desarrollada en el Prec. no encuentra otro camino
que el seguido por las excitaciones optativas procedentes del Inc., y
tiene que buscar refuerzo en este último y dar los rodeos de las
excitaciones inconscientes. Pero ¿cuál es la significación de los restos
diurnos preconscientes con respecto al sueño? No cabe duda de que
penetran en gran número en él, utilizan su contenido manifiesto para
imponerse a la conciencia también durante la noche, llegando incluso a
dominar el contenido del sueño y a obligarle a continuar la labor diurna.
Es también indudable que los restos diurnos pueden tener el carácter de
deseos, del mismo modo que cualquier otro. Resulta muy instructivo y es
decisivo para la teoría de la realización de deseos observar cuáles son
las condiciones a las que se tienen que someter para hallar acogida en
el sueño. Recordemos uno de los ejemplos antes expuesto: el sueño
que me muestra a mi amigo Otto con los signos de la enfermedad de
Basedow. El mal aspecto de mi amigo me había preocupado durante el
día, y he de suponer que continuó preocupándome durante el reposo. Mi
pensamiento se esforzaba sin duda en descubrir qué era lo que podía
tener Otto. Esa preocupación halló por la noche una expresión en el
sueño citado, cuyo contenido es desatinado y no deja reconocer
realización ninguna de deseos. Pero investigando de dónde podía
proceder aquella desmesurada representación de mi preocupación
diurna, me reveló el análisis la conexión buscada, mostrándome que en

31
el sueño me identificaba con el profesor R. e identificaba a Otto con el
barón de L. Esta sustitución de las ideas diurnas no puede tener más
explicación que la siguiente: en mi inconsciente debo hallarme dispuesto
de continuo a identificarme con el profesor R., puesto que satisfago así
uno de los inmortales deseos infantiles, o sea el deseo de grandeza.
Determinadas ideas hostiles contra mi amigo Otto ideas censuradas y
que hubieran sido rechazadas en la vigilia, aprovecharon la ocasión para
alcanzar una forma expresiva, pero al mismo tiempo también mi
preocupación diurna a él relativa quedó expresada por medio de una
sustitución en el contenido manifiesto. La idea diurna, que no era un
deseo, sino por el contrario, una preocupación dolorosa, tuvo que
crearse una conexión con un deseo infantil y reprimido, que después de
prepararlos convenientemente hizo «nacer» en la conciencia. Cuanto
más dominante fuera esta preocupación, más poderoso podía ser el
enlace que había de ser creado. Entre el contenido del deseo y el de la
preocupación no necesitaba existir conexión ninguna, como, en efecto,
no existe en nuestro ejemplo. Creemos ha de ser muy útil dedicar ahora
nuestra atención al problema de cómo se conduce el sueño cuando
encuentra en las ideas latentes un material de naturaleza opuesta a la
realización de deseos, esto es, cuando dichas ideas entrañan una
preocupación, una reflexión dolorosa o un conocimiento penoso. En
estas circunstancias puede darse la alternativa siguiente: a) La
elaboración consigue sustituir todas las representaciones displacientes
por representaciones contrarias y reprimir los efectos displacientes que a
las primeras corresponden, y entonces resulta un puro sueño de
satisfacción, o sea una franca realización de deseos, en la que nada
tenemos que investigar. b) Las representaciones penosas pasan más o
menos transformadas, pero bien reconocibles, al contenido manifiesto.
Este es el caso que nos hace dudar de la exactitud de la teoría optativa
del sueño y precisa de una mayor investigación. Tales sueños de
contenido penoso pueden desarrollarse en medio de la mayor
indiferencia del sujeto, traer consigo afectos displacientes que parecen
justificados por su contenido de representaciones o conducir, por último,
a la interrupción del reposo mediante el desarrollo de angustia. (Adición
de 1919.) El análisis nos demuestra que también estos sueños
displacientes son realizaciones de deseos. Un deseo inconsciente y
reprimido, cuya satisfacción habría de ser sentida con displacer por el yo
del soñador, ha aprovechado la ocasión que le es ofrecida por la
conservación de la carga psíquica de los restos diurnos penosos y le ha
prestado su apoyo, haciéndolos susceptibles de provocar un sueño.
Pero mientras que en el caso a) coincida el deseo inconsciente con el
consciente, en el caso b) surge la discordia entre lo consciente y lo
inconsciente lo reprimido y el yo -y queda constituida la situación de la
fábula de los tres deseos cuya realización concede el hada al anciano

32
matrimonio (véase más adelante). La satisfacción producida por la
realización del deseo reprimido puede ser tan grande, que equilibre
todos los afectos penosos correspondientes a los restos diurnos, y el
sueño presentará entonces un matiz afectivo indiferente, aunque
constituye por un lado la realización de un deseo y por otro la realización
de algo temido. Pero también puede suceder que el yo dormido tome
una parte mayor en la formación del sueño y reaccione con una enérgica
indignación contra la satisfacción lograda por el deseo reprimido,
reacción que desencadenará afectos displacientes e incluso llegará a
poner fin al sueño, interrumpiendo el reposo con el desarrollo de
angustia. No es, pues, difícil reconocer que los sueños de angustia y los
displacientes son también, como los sueños de satisfacción,
realizaciones de deseos. Los sueños displacientes pueden ser asimismo
sueños punitivos. Hemos de conceder que al reconocerlo así agregamos
a la teoría del sueño algo nuevo en cierto sentido. Aquello que en ellos
queda realizado es igualmente un deseo inconsciente. El de un castigo
del soñador por un deseo ilícito reprimido. De este modo se adaptan
estos sueños a la ley de que la fuerza impulsora de la formación onírica
tiene que ser prestada por un deseo perteneciente a lo inconsciente. Un
análisis psicológico más útil nos permite reconocer la diferencia que los
separa de los demás sueños optativos. En los casos del grupo b), el
deseo inconsciente provocador del sueño pertenecía a lo reprimido. En
los sueños punitivos se trata también de un deseo inconsciente, pero al
que no podemos agregar ya a lo reprimido, sino al yo. Los sueños
punitivos indican, pues, la posibilidad de una más amplia participación
del yo en la formación de los sueños. El mecanismo de este proceso se
nos hace mucho más transparente en cuanto sustituimos la antítesis
entre lo «consciente» y lo «inconsciente» por la del yo y lo «reprimido».
Pero esta sustitución no puede ser llevada a efecto sin un previo
conocimiento de los procesos de la psiconeurosis. Me limitaré, pues, a
observar que los sueños punitivos no se hallan enlazados generalmente
a la condición de la existencia de restos diurnos penosos. Por el
contrario, surgen con mayor facilidad en circunstancias contrarias, esto
es, cuando los restos diurnos son ideas de naturaleza satisfactoria, pero
que expresan satisfacciones ilícitas. Partiendo de estas ideas, no llega
entonces al sueño manifiesto elemento ninguno que represente una
contradicción directa de las mismas, análogamente a como sucedía en
los sueños del grupo a). El carácter esencial de los sueños punitivos
sería el de que en ellos no es el deseo inconsciente procedente de lo
reprimido (del sistema Inc.) el que se constituye en formador del sueño,
sino el deseo que reacciona a él, procedente del yo, aunque también
inconsciente (esto es, preconsciente). Procuraré aclarar estas
afirmaciones con la exposición de un sueño propio, que muestra, sobre
todo, la forma en que la elaboración onírica procede con un resto diurno

33
de penosas preocupaciones: El principio es un tanto borroso: «Digo a mi
mujer que tengo que darle una noticia muy satisfactoria. Mi mujer se
asusta y no quiere oirme, pero le aseguro que es algo que ha de
regocijarla, y comienzo a contarle que el cuerpo de oficiales del Arma a
la que nuestro hijo pertenece ha mandado una cantidad de dinero
(¿5.000 coronas?)..., algo de reconocimiento..., distribución... Mientras
tanto, he entrado con mi mujer en un cuartito que parece ser una
despensa para sacar algo de él. De repente, veo a mi hijo. No viene de
uniforme, sino que trae un traje de sport muy ceñido (como la piel de una
foca) con una pequeña capita. Se sube sobre una cesta que hay al lado
de un cajón, como si quisiera colocar algo encima de este último. Le
llamo, pero no me responde. Me parece ver que trae la cara o la frente
vendada y que se ajusta algo en la boca introduciendo algo en ella. Sus
cabellos han encanecido. Pienso si estará muy agotado y si llevará
dientes postizos. Antes de haber podido llamarle por segunda vez
despierto sin sentir angustia, pero con palpitaciones. El reloj señala las
dos y media.» No siéndome posible comunicar un análisis completo de
este sueño, me limitaré a hacer resaltar algunos puntos decisivos. El
motivo del sueño estaba constituido por penosas preocupaciones del
día. Mi hijo se hallaba combatiendo en el frente y no teníamos noticias
suyas hacia ya más de una semana. En el contenido latente encuentra
expresión el convencimiento de que ha muerto o está herido. Al principio
del sueño, observamos un enérgico esfuerzo para sustituir las ideas
penosas por sus contrarias. Tengo que comunicar a mi mujer algo muy
satisfactorio, el envío de una cantidad, el reconocimiento, la distribución.
(La cantidad procede de un satisfactorio deseo real de mi práctica
médica e intenta, por tanto, desviar el tema.) Pero este esfuerzo fracasa
en absoluto. Mi mujer sospecha algo terrible y no me quiere oír. Los
disfraces bajo los que el sueño se presenta son en extremo
transparentes, y todos los elementos revelan su relación con aquello que
debe ser reprimido. Si mi hijo ha muerto, sus camaradas me remitirán
sus efectos y tendré que distribuir su herencia entre sus hermanos. De
los oficiales caídos en el campo de batalla se dice que han merecido el
reconocimiento de la Patria. El sueño tiende, pues, directamente a dar
expresión a aquello que al principio quería negar, proceso en el cual se
hace notar, a través de las deformaciones, la tendencia realizadora de
deseos. (El cambio de lugar durante el sueño puede ser interpretado,
quizá, en el sentido del simbolismo del umbral, establecido por Silberer.)
No sospechamos qué es lo que le presta la necesaria fuerza impulsora.
En la escena onírica no se nos muestra mi hijo como alguien que «cae»,
sino como alguien que «sube». En su juventud ha sido un intrépido
alpinista. (No se nos aparece de uniforme, sino vestido con un traje de
sport.) Esto es, el accidente que ahora tememos le haya sucedido ha
sido sustituido por otro anterior (una vez que se rompió una pierna

34
patinando). La hechura singular de su traje, con el que parece una foca,
nos recuerda a otro individuo, más joven, de nuestra familia, a nuestro
gracioso nietecito. El cabello gris alude al padre de este niño, nuestro
yerno, duramente castigado por la guerra. ¿Qué quiere esto decir? Pero
basta. El lugar en que el sueño se desarrolla -una despensa-, el cajón
del que mi hijo quiere coger algo (o sobre el que quiere colocar algo, en
el sueño), son indudables alusiones a un accidente que sufrí por mi
propia culpa. Teniendo unos dos o tres años quise alcanzar una golosina
de un armario de la despensa y me subí sobre una banqueta colocada
encima de una mesa, pero me caí y me di un golpe que pudo haberme
costado perder los dientes. Este elemento del sueño constituye un
reproche: «Te está bien empleado», equivalente a un sentimiento hostil
contra mi hijo. Profundizando en el análisis descubrí el sentimiento
oculto al que pudiera satisfacer la temida desgracia de mi hijo. Es la
envidia de la juventud, envidia que el hombre maduro siente siempre por
mucho que crea haberla dominado, y resulta indudable que
precisamente la dolorosísima emoción que habría de surgir si dicha
desgracia se confirmara es la que reanima, como atenuante, tal
realización reprimida de deseos. (Adición de 1919.) Podemos ya
precisar qué es lo que el deseo inconsciente significa para el sueño.
Concedo que existe una clase de sueños cuyo estímulo procede
predominante o hasta de un modo exclusivo de los restos de la vida
diurna, y opino que incluso mi deseo de recibir algún día el título de
profesor extraordinario me hubiera dejado dormir tranquilo aquella noche
si no hubiera perdurado aún en mí el cuidado que la salud de mi amigo
me inspiraba. Pero este cuidado no habría provocado, sin embargo,
sueño ninguno, pues la fuerza impulsora de que el sueño precisaba
tenía que ser reforzada por un deseo. Así, pues, para formar el sueño
tuvo mi preocupación que buscar tal deseo y aliarse con él. Trataremos
de aclarar estas circunstancias por medio de una comparación tomada
de la vida social. Es muy posible que la idea diurna represente en la
formación del sueño el papel de socio industrial: el socio industrial posee
una idea y quiere explotarla; pero no puede hacer nada sin capital y
necesita un socio capitalista que corra con los gastos. En el sueño el
capitalista que corre con el gasto psíquico necesario para la formación
del sueño es siempre, cualquiera que sea la idea diurna, un deseo de lo
inconsciente. Otras veces se reúnen ambos caracteres en una misma
persona, caso el más corriente en el sueño: la labor diurna ha provocado
un deseo inconsciente, y éste crea entonces el sueño. También para
todas las demás modificaciones posibles de la asociación económica
empleada aquí como ejemplo hallamos un paralelo en los procesos
oníricos. El socio industrial puede aportar una pequeña suma al capital;
varios socios industriales pueden dirigirse al mismo capitalista o varios
capitalistas reunir entre sí lo necesario para auxiliar al socio industrial.

35
Correlativamente, hay también sueños mantenidos por más de un
deseo. Podríamos continuar así hasta agotar todas las variantes de la
relación económica que hemos escogido como término de comparación;
pero no lo creernos necesario. Aquello que en estas especulaciones
sobre el deseo onírico haya quedado aún incompleto será completado
más adelante. El tertium comparationis del paralelo establecido, esto es,
la cantidad disponible, puede ser aún más sutilmente utilizado para el
esclarecimiento de la estructura del fenómeno onírico. En la mayoría de
los sueños hallamos un centro que posee una especial intensidad
sensorial. Este centro constituye regularmente la representación directa
de la realización de deseos, pues cuando deshacemos los
desplazamientos de la elaboración hallamos sustituida la intensidad
psíquica de los elementos de las ideas latentes por la intensidad
sensorial de los elementos del contenido manifiesto. Los elementos más
próximos a la realización de deseos pueden ser ajenos al sentido de la
misma y constituir ramificaciones de ideas displacientes contrarias al
deseo, que por medio de una conexión, artificialmente creada muchas
veces con los elementos centrales, han obtenido intensidad suficiente
para alcanzar una representación. La fuerza representadora de la
realización de deseos se extiende de este modo sobre una esfera de
conexiones, dentro de la cual todos los elementos, incluso aquellos que
de por sí carecen de medios, llegan a la representación. En aquellos
sueños que entrañan varios deseos impulsores resulta fácil delimitar las
esferas de cada una de las realizaciones de deseos y caracterizar como
zonas limítrofes las lagunas que el sueño presenta. Aunque la
importancia de los restos diurnos queda muy disminuida con las
observaciones que proceden, vale todavía la pena de concederles
alguna atención, pues deben de constituir un ingrediente necesario para
la formación onírica desde el momento en que todo sueño revela
siempre una conexión con una impresión diurna reciente y a veces
indiferente en absoluto. Hasta ahora no hemos logrado explicarnos
claramente la necesidad de tal agregación a la formación de los sueños.
Pero es que esta necesidad sólo nos revela su esencia cuando
descubrimos la misión del deseo inconsciente y la estudiamos en
conexión con la psicología de la neurosis. Vemos entonces que la
representación inconsciente es absolutamente incapaz, como tal, de
llegar a lo preconsciente. Lo único que puede hacer es exteriorizar en él
un efecto, enlazándose con una representación preconsciente no
censurable, a la que transfiere su intensidad y detrás de la cual se
oculta. Este hecho, al que damos el nombre de transferencia, contiene la
explicación de muchos singulares procesos de la vida anímica de los
neuróticos. La transferencia puede dejar intacta la representación
procedente de lo preconsciente, la cual alcanza entonces una gran
intensidad inmerecida o puede imponerle una modificación paralela al

36
contenido de la representación inconsciente. Ruego se me perdone mi
tendencia a buscar comparaciones de la vida cotidiana; pero no puedo
por menos de recordar que las circunstancias en las que se nos muestra
aquí la representación reprimida resultan muy análogas a las impuestas
en nuestro país a los dentistas americanos, los cuales no pueden ejercer
su profesión si no les sirve de escudo ante la ley un doctor en Medicina
cuyo título haya sido expedido por una universidad americana. Pero así
como no son precisamente los médicos de más clientela los que
consienten en tales alianzas con los dentistas, tampoco en lo psíquico
consienten en servir de encubrimiento a una representación reprimida
aquellas otras representaciones preconscientes o conscientes que han
atraído suficientemente sobre sí la atención activa de lo preconsciente.
Lo inconsciente se enlazará más bien con aquellas impresiones y
representaciones de lo preconsciente que han quedado desatendidas
por ser indiferentes o de las que la atención quedó retirada a causa de
haber sido condenadas y rechazadas. Por último, según un principio
experimentalmente comprobado de la teoría de las asociaciones,
aquellas representaciones que han constituido ya una intima conexión
en un sentido, parecen rechazar grupos enteros de nuevas conexiones.
En otro lugar hemos intentado utilizar este principio como base de una
teoría de las parálisis histéricas. Si aceptamos para el fenómeno onírico
esta necesidad de transferencia de las representaciones reprimidas,
descubierta en el análisis de las neurosis, hallaremos de una sola vez la
solución de dos de sus enigmas: el de que todo análisis revele la
intervención de una impresión reciente en la formación del sueño y el de
que este elemento sea muchas veces de carácter trivialísimo e
indiferente. Sabemos ya que si tales elementos recientes e indiferentes
pasan con tanta frecuencia al sueño como sustituciones de las ideas
latentes más antiguas es porque son las que menos tienen que temer
por parte de la censura de la resistencia. Pero mientras que la exención
de la censura no nos aclara más que la preferencia de que son objeto
los elementos triviales, la constancia de los elementos recientes deja
transparentar la necesidad de transferencia. Estos dos grupos de
impresiones bastan para satisfacer a lo inconsciente en su demanda de
material libre aún de asociaciones: las indiferentes, porque no han
ofrecido gran ocasión de amplias conexiones, y las recientes, porque no
han tenido tiempo de establecerlas. Vemos, pues, que si los restos
diurnos que participan en la formación del sueño toman algo del Inc.,
esto es, toman fuerza impulsora del deseo reprimido, también ofrecen a
su vez a lo inconsciente algo imprescindible: el objeto de la
transferencia. Si quisiéramos penetrar aquí más profundamente en los
procesos anímicos, tendríamos que iluminar antes con mayor intensidad
el juego de las excitaciones entre lo preconsciente y lo inconsciente.
Mas para esto habríamos de pasar al estudio de las neurosis, pues el

37
sueño no nos lo permite. Añadiremos aún una última observación sobre
los restos diurnos. Su actuación, y no la del sueño -que ejerce, por el
contrario, una acción protectora- es la que puede calificarse de
perturbadora. Más adelante volveremos sobre esta cuestión.
Investigando las características del deseo onírico, lo hemos derivado del
dominio del Inc., y hemos analizado su relación con los restos diurnos,
los cuales pueden ser, por su parte, deseos, impulsos psíquicos de
cualquier otro género o simplemente impresiones recientes. De este
modo hemos abierto campo libre a todas las hipótesis favorables a la
intervención de la actividad intelectual de la vigilia en la formación de los
sueños. No sería siquiera imposible que, fundándonos en los resultados
de las anteriores especulaciones, llegásemos a explicar aquellos casos
extremos en los que el sueño se constituye en continuador de la labor
diurna y lleva a feliz término un proceso mental que el pensamiento
despierto dejó pendiente; pero nos falta un ejemplo de este género en el
que pudiéramos descubrir, por medio del análisis, la fuente de deseos,
infantil o reprimida, cuya atracción hubiese reforzado con tanto éxito la
labor de la actividad preconsciente. En cambio, no nos hemos
aproximado un solo paso a la solución del problema de porqué lo
inconsciente no puede ofrecer durante el reposo otra cosa que la fuerza
impulsora para su realización de deseos. La solución de este enigma
tiene que arrojar viva luz sobre la naturaleza psíquica del desear. El
esquema del aparato psíquico antes establecido va ahora a ayudarnos a
conseguirla. Es indudable que para llegar a su perfección actual ha
tenido que pasar este aparato por una larga evolución. Podemos, pues,
representárnoslo en un estado anterior de su capacidad funcional.
Determinadas hipótesis nos dicen que el aparato aspiró primeramente a
mantenerse libre de estímulos en lo posible y adoptó con este fin, en su
primera estructura, el esquema del aparato de reflexión que le permita
derivar en el acto por caminos motores las excitaciones sensibles que
hasta él llegaban. Pero las ineludibles condiciones de la vida vinieron a
perturbar esta sencilla función, dando simultáneamente al aparato el
impulso que provocó su ulterior desarrollo. Los primeros estímulos que a
él llegaron fueron los correspondientes a las grandes necesidades
físicas. La excitación provocada por la necesidad interna buscará una
derivación en la motilidad derivación que podremos califica; de
«modificación interna» o de expresión de las emociones. El niño
hambriento grita y patalea, pero esto no modifica en nada su situación,
pues la excitación emanada de la necesidad no corresponde a una
energía de efecto momentáneo, sino a una energía de efecto
continuado. La situación continuará siendo la misma hasta que por un
medio cualquiera -en el caso del niño, por un auxilio ajeno- se llega al
conocimiento de la experiencia de satisfacción, que suprime la
excitación interior. La aparición de cierta percepción (el alimento en este

38
caso), cuya imagen mnémica queda asociada a partir de este momento
con la huella mnémica de la excitación emanada de la necesidad,
constituye un componente esencial de esta experiencia. En cuanto la
necesidad resurja, surgirá también, merced a la relación establecida, un
impulso psíquico que cargará de nuevo la imagen mnémica de dicha
percepción y provocará nuevamente esta última, esto es, que tenderá a
reconstituir la situación de la primera satisfacción. Tal impulso es lo que
calificamos de deseos. La reaparición de la percepción es la realización
del deseo, y la carga psíquica completa de la percepción, por la
excitación emanada de la necesidad, es el camino más corto para llegar
a dicha realización. Nada hay que nos impida aceptar un estado
primitivo del aparato psíquico en el que este camino quede recorrido de
tal manera que el deseo termine en una alucinación. Esta primera
actividad psíquica tiende, por tanto, a una identidad de percepción, o sea
a la repetición de aquella percepción que se halla enlazada con la
satisfacción de la necesidad. Una amarga experiencia de la vida ha
debido de modificar esta actividad mental primitiva, convirtiéndola en
una actividad mental secundaria más adecuada al fin. El establecimiento
de la identidad de percepción, por el breve camino regresivo en el
interior del aparato, no tiene en otro lugar la consecuencia que aparece
enlazada desde el exterior con la carga de la misma percepción. La
satisfacción no se verifica y la necesidad perdura. Para hacer
equivalente la carga interior a la exterior tendría que ser conservada ésta
constantemente, como sucede en las psicosis alucinatorias y en las
fantasías de hambre, fenómenos que agotan su función psíquica en la
conservación del objeto deseado. Para alcanzar un aprovechamiento
más adecuado de la energía psíquica será necesario detener la
regresión, de manera que no vaya más allá de la huella mnémica y
pueda buscar, partiendo de ella, otros caminos que la conduzcan al
establecimiento de la identidad deseada en el mundo exterior. Esta
coerción y la derivación consiguiente de la excitación constituyen la labor
de un segundo sistema, que domina la motilidad voluntaria; esto es, un
sistema en cuya función se agrega ahora el empleo de la motilidad para
fines antes recordados. Pero toda la complicada actividad mental que se
desarrolla desde la huella mnémica hasta la creación de la identidad de
percepción por el mundo exterior no representa sino un rodeo que la
experiencia ha demostrado necesario para llegar a la realización de
deseos. El acto de pensar no es otra cosa que la sustitución del deseo
alucinatorio. Resulta, pues, perfectamente lógico que el sueño sea una
realización de deseos, dado que sólo un deseo puede incitar al trabajo a
nuestro aparato anímico. Realizando sus deseos por un breve camino
regresivo, nos conserva el sueño una muestra del funcionamiento
primario del aparato psíquico, funcionamiento abandonado luego por
inadecuado fin. Aquello que dominaba en la vigilia, cuando la vida

39
psíquica era aún muy joven y poco trabajadora, aparece ahora confinado
en la vida nocturna, del mismo modo que las armas primitivas de la
Humanidad, el arco y la flecha, han pasado a ser juguetes de los niños.
El soñar es una parte de la vida anímica infantil superada. En las
psicosis se imponen de nuevo estos funcionamientos del aparato
psíquico, reprimidos durante la vigilia, y muestran su incapacidad para la
satisfacción de nuestras necesidades relacionadas con el mundo
exterior. Los impulsos optativos inconscientes tienden también a
imponerse durante el día, y tanto la transferencia como las psicosis nos
muestran que dichos impulsos quisieran llegar a la conciencia y al
dominio de la motilidad siguiendo los caminos que atraviesan el sistema
de lo preconsciente. En la censura entre Inc. y Prec., censura cuya
existencia nos ha sido revelada por el estudio del sueño, tenemos que
reconocer, por tanto, la instancia que vela por nuestra salud mental. ¿No
constituirá entonces una imprudencia de este vigilante el hecho de
disminuir por la noche su actividad, dejando alcanzar una expresión a
los impulsos reprimidos del Inc. y haciendo posible de nuevo la regresión
alucinatoria? No lo creo, pues cuando este guardián crítico se entrega al
reposo -y tenemos además la prueba de que su sueño no es nunca muy
profundo- cierra la puerta que conduce a la motilidad. Cualesquiera que
sean los impulsos del Inc., coartados en otra ocasión, que surjan ahora a
escena, podemos permitirles esa libertad pues siéndoles imposible
poner en movimiento el aparato motor, único que podría influir de una
manera modificadora sobre el mundo exterior, resultarán completamente
inofensivos. El estado de reposo garantiza la seguridad de la fortaleza,
cuya vigilancia ha descuidado la censura. El peligro es mayor cuando el
desplazamiento de energías no es provocado por el relajamiento
nocturno de la censura crítica, sino por una debilitación patológica de la
misma o por un robustecimiento patológico de las excitaciones
inconscientes, y tiene efecto hallándose cargado lo inconsciente y
abiertas las puertas de la motilidad. En este caso queda derrotado el
guardián; las excitaciones inconscientes logran subyugar a lo
preconsciente y dominan desde allí nuestras palabras y nuestros actos o
conquistan la regresión alucinatoria y dirigen el aparato psíquico, no
destinado a ellas, por medio de la atracción que las percepciones
ejercen sobre la distribución de nuestra energía psíquica. Este estado es
el que conocemos con el nombre de psicosis. Nos encontramos ahora
en buen camino para continuar edificando la armazón psicológica que
abandonamos después de incluir en ella los dos sistemas Inc. y Prec.
Pero tenemos todavía motivos suficientes para proseguir el estudio del
deseo como única fuerza impulsora del sueño. Hemos hallado la
explicación de que el sueño es siempre una realización de deseos, por
ser una función del sistema Inc., el cual no tiene otro fin que la
realización de deseos y no dispone de fuerzas distintas de los impulsos

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optativos. Si queremos conservar aún por algunos momentos nuestro
derecho a emprender tan amplias especulaciones psicológicas partiendo
de la interpretación de los sueños, estaremos obligados a demostrar que
tales especulaciones nos permiten llegar a incluir el fenómeno onírico en
una totalidad susceptible de entrañar otros productos psíquicos. Si es
cierto que existe un sistema inconsciente, no puede ser el sueño su
única manifestación. Todo sueño es, desde luego, una realización de
deseos, pero tiene que haber también otras formas de realizaciones
anormales de deseos distintas del sueño. Así es, en efecto, pues la
teoría de todos los síntomas psiconeuróticos culmina en el principio de
que también estos productos tienen que ser considerados como
realizaciones de deseos de lo inconsciente. Nuestros esclarecimientos
hacen del sueño el primer miembro de una serie importantísima para el
psiquíatra, pues su comprensión significa la solución de la parte
puramente psicológica de la labor psiquiátrica. De otros miembros de
esta serie de realizaciones de deseos (por ejemplo, de los síntomas
histéricos) conocemos un carácter esencial que aún echamos de menos
en los sueños. Por las investigaciones a las que tantas veces he aludido
en este estudio, he averiguado que para la formación de un síntoma
histérico tienen que colaborar las dos corrientes de nuestra vida anímica.
El síntoma no es simplemente la expresión de un deseo inconsciente
realizado pues para su formación tiene que concurrir además un deseo
preconsciente que halle también en él su realización, resultando así
doblemente determinado por lo menos, o sea una vez por cada uno de
los sistemas en conflicto. Como en el sueño queda aquí ilimitado el
número de superdeterminaciones. La determinación que no procede de
lo inconsciente es, a mi juicio, siempre un proceso de reacción contra el
deseo inconsciente; por ejemplo, un autocastigo. Puedo, por tanto,
afirmar, en general, que el síntoma histérico no nace sino cuando dos
realizaciones de deseos, contrarias y procedentes cada una de un
sistema psíquico distinto, pueden coincidir en una expresión. (Cf. mis
últimas explicaciones del nacimiento de síntomas histéricos en el estudio
Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad, publicado en la
segunda serie de la Colección de ensayos sobre una teoría de las
neurosis, 1909.) La exposición de ejemplos nos sería poco útil en esta
materia, pues sólo el completo esclarecimiento de su complicación es
susceptible de llevarnos a un convencimiento de la exactitud de lo
afirmado. Me limitaré, pues, a dejar consignado lo que antecede, y
simplemente a título de ilustración, mas no porque pueda poseer fuerza
probatoria alguna, expondré un ejemplo de síntoma histérico. En una
paciente demostraron ser los vómitos histéricos la realización de una
fantasía inconsciente de sus años de pubertad, esto es, la del deseo de
hallarse continuamente embarazada, tener muchísimos hijos y tenerlos
del mayor número posible de hombres. Contra este deseo se elevó

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naturalmente un poderoso impulso defensivo. Pero dado que los
continuos vómitos habían de desmejorar a la paciente, haciéndole
perder su belleza, de manera que no pudiera inspirar a los hombres
ningún deseo, resultaba que también el proceso mental punitivo hallaba
su realización en el síntoma. Aprobado así por ambos lados, podía éste
pasar a la realidad. Esta forma de realizar un deseo nos recuerda la
empleada por la reina de los parthos con el triunviro Craso. Suponiendo
que era el ansia de riquezas lo que le había llevado a declararle la
guerra, hizo verter oro fundido en la boca del cadáver de su enemigo,
diciéndole: «Toma; aquí tienes lo que deseabas.» Del sueño no
sabemos hasta ahora sino que expresa una realización de deseos de lo
inconsciente, y parece que el sistema dominante preconsciente permite
dicha realización después de imponerle determinadas deformaciones.
No nos es posible realmente demostrar, en general, la existencia de
pensamientos contrarios al deseo del sueño y que se realizaran también
en este último. Sólo en algunos casos nos han revelado los análisis
indicios de creaciones reactivas; por ejemplo, mi cariño hacia R, en el
sueño de mi tío. Pero esta agregación preconsciente que aquí echamos
de menos se nos muestra en un lugar distinto. El sueño puede dar
expresión a un deseo de lo inconsciente después de haberle impuesto
toda clase de deformaciones, mientras el sistema dominante se ha
entregado al deseo de reposar y lo realiza por la creación de las
modificaciones que le es posible introducir en la carga del aparato
psíquico, manteniéndolo realizado a través de toda la duración del
reposo. Este deseo de dormir, mantenido por lo preconsciente, ejerce,
en general, un efecto favorable a la formación del sueño. Recordemos el
sueño del padre al que el resplandor que llega desde la habitación
vecina induce a la conclusión de que el cadáver puede estarse
quemando. Una de las fuerzas psíquicas que provocan la deducción de
esta conclusión, en lugar del despertar del sujeto, es el deseo de
prolongar por un momento la vida del niño resucitado en el sueño. No
habiendo podido realizar el análisis de este caso, se nos escapan
probablemente otros deseos inconscientes en él contenidos. Como su
segunda fuerza impulsora podemos considerar la necesidad de reposo
del padre. El sueño prolonga al mismo tiempo la vida del niño y el
reposo del sujeto. El deseo de continuar durmiendo presta su ayuda en
todos los sueños al deseo inconsciente. En páginas anteriores hemos
hablado de sueños que se manifiestan francamente como sueños de
comodidad. En realidad, todos los sueños pueden recibir
justificadamente este nombre. En los sueños que elaboran el estímulo
exterior hasta hacerlo compatible con la continuación del reposo es en
los que resulta más fácilmente reconocible la actuación del deseo de
continuar durmiendo. Pero este deseo tiene que intervenir también en la
formación de todos los demás sueños, los cuales sólo desde el interior

42
pueden perturbar el reposo. Cuando el sueño resulta demasiado
perturbador advierte el Prec. a la conciencia: «Déjalo y sigue durmiendo.
No es más que un sueño.» Esta advertencia describe la conducta
general de nuestra actividad anímica dominante con respecto al sueño.
Concluiremos, pues, que durante todo el estado de reposo sabemos tan
seguramente que soñamos como que dormimos. No debemos conceder
importancia ninguna a la objeción de que nuestra conciencia no llega
nunca a la percepción de uno de estos conocimientos y a la del otro
únicamente en ocasiones determinadas, cuando la censura se siente
sorprendida. En cambio. hay personas que se dan perfecta cuenta de
que duermen y sueñan, poseyendo, por tanto, una capacidad consciente
de dirigir la vida onírica. Cuando uno de estos sujetos no se halla
conforme con el giro que toma un sueño, lo interrumpe sin despertar y lo
comienza de nuevo para continuarlo en una distinta forma. Otras veces,
cuando el sueño le ha colocado en una situación sexualmente excitante,
piensa sin despertar: «No quiero seguir soñando esto para acabar con
una polución; prefiero reservar mis fuerzas para una situación real.» El
marqués D'Hervey (Vaschidel, pág. 139) afirmaba haber logrado llegar a
tal dominio sobre sus sueños, que le era posible acelerar a voluntad su
curso y darles la dirección que mejor le parecía. El deseo de dormir
dejaba lugar aquí a otro deseo preconsciente, esto es, el de observar los
propios sueños y divertirse con ellos. El reposo es tan compatible con tal
propósito optativo como con el establecimiento de una determinada
condición de despertar (recuérdese el reposo de las nodrizas). Sabido
es también que el interés hacia los sueños eleva considerablemente en
todos los hombres el número de los recordados al despertar. Ferenczi
(1911), durante una discusión de otros aspectos acerca de la dirección
de los sueños, observaba: «Los sueños elaboran los pensamientos que
ocupan en ese momento la mente desde todos los ángulos, dejaran caer
una imagen onírica si ella amenaza el éxito de una realización de
deseos y experimentarán con una nueva solución, hasta finalmente
tener éxito en construir una realización de deseos que satisfaga ambas
entidades mentales en forma de un compromiso.» (Adición de 1914.) 4)
La interrupción del reposo por el sueño. La función del sueño. El sueño
de angustia. Desde que sabemos que lo preconsciente abriga durante la
noche el deseo de dormir, vemos más claramente el proceso del sueño
y podemos perseguir mejor su desarrollo. Pero antes de continuar esta
labor queremos resumir los conocimientos adquiridos hasta ahora.
Hemos visto que de la actividad del pensamiento durante la vigilia
pueden perdurar restos diurnos, a los que no se pudo despojar por
completo de su carga de energía psíquica. Dicha actividad puede
también haber despertado un deseo inconsciente. Por último, pueden
coincidir ambas circunstancias. Ya en el curso del día o luego, durante el
estado de reposo, se abre camino el deseo inconsciente hasta los restos

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diurnos y efectúa su transferencia a ellos. Surge entonces un deseo
transferido al material reciente o queda reanimado el deseo reprimido
reciente por un refuerzo emanado de lo inconsciente. Este deseo
quisiera ahora llegar a la conciencia por el camino normal de los
procesos normales a través del Prec., al que pertenece por uno de sus
componentes; pero tropieza con la censura aún vigilante y tiene que
someterse a su influencia. Tal encuentro le impone una deformación
iniciada ya en su transferencia a lo reciente. Hasta ahora no se halla
sino en camino de venir algo análogo a una representación obsesiva o
una idea delirante, esto es, una idea reforzada por transferencia y
deformada en su expresión por la censura. Pero el estado de reposo de
lo preconsciente no le permite continuar avanzando. Hemos de suponer
que el sistema se ha protegido contra su penetración, disminuyendo sus
excitaciones. El proceso onírico toma entonces el camino de la
regresión, camino que el estado de reposo deja abierto, y sigue al
hacerlo la atracción que sobre él ejercen grupos de recuerdos, dados en
parte como cargas visuales y no como traducción a la terminología de
los sistemas más tardíos. Por el camino de la regresión conquista la
representabilidad. Más adelante trataremos de la comprensión. Ha
dejado ya atrás la segunda parte de su curso, que presenta numerosos
cambios de dirección. La primera parte del mismo se desarrolló
progresivamente desde las escenas de fantasías inconscientes hasta lo
preconsciente, y la segunda tiende desde la frontera de la censura a las
percepciones. Pero al convertirse en un contenido de representaciones,
consigue el sueño eludir el obstáculo que la censura y el estado de
reposo le oponían en lo preconsciente y logra atraer sobre sí la atención
y ser advertido por la conciencia. La conciencia, que es como un órgano
sensorial destinado a la percepción de cualidades psíquicas, es
excitable durante la vida despierta desde dos puntos diferentes. En
primer lugar, desde la periferia de todo el aparato, especialmente desde
el sistema de la percepción, y además por las excitaciones placientes y
displacientes que emergen como única cualidad psíquica en las
transformaciones de energía desarrolladas en el interior del aparato. Los
procesos de los sistemas Y y también los del Prec. carecen de toda
cualidad psíquica y no son, por tanto, objeto de la conciencia, puesto
que no desarrollan placer ni displacer ninguno que puedan constituir
objeto de percepción. Habremos de decidirnos a suponer que estos
desarrollos de placer y displacer regulan automáticamente el curso de
los procesos de carga. Pero después hubo necesidad de hacer que el
curso de las representaciones resultara más independiente de los signos
de displacer para permitir funciones más sutiles. Con este fin precisaba
el sistema Prec. de cualidades propias que pudieran atraer a la
conciencia, y las recibió muy verosímilmente por el enlace de los
procesos preconscientes con el sistema mnémico, no desprovisto de

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cualidad, de los signos del idioma. Las cualidades de este sistema
convierten a la conciencia, que antes no era sino un órgano sensorial
para las percepciones, en órgano sensorial para una parte de nuestros
procesos mentales. Comprobamos ahora la existencia de dos
superficies sensoriales, orientada una hacia la percepción y la otra hacia
los procesos mentales conscientes. Hemos de admirar que la superficie
sensorial de la conciencia vuelta hacia el Prec. queda más
insensibilizada por el estado de reposo que la dirigida hacia los sistemas
P. La cesación del interés hacia los procesos mentales nocturnos es
también adecuada al fin. El pensamiento debe mantenerse libre de todo
estímulo, pues el Prec. demanda el reposo. Una vez que el sueño se ha
convertido en percepción, le es posible excitar la conciencia con las
cualidades conquistadas. Esta excitación sensorial produce aquello en lo
que consiste su función, haciendo recaer sobre el estímulo, a título de
atención, una parte de la carga de energía disponible en el Prec. De este
modo tenemos que conceder que el sueño produce siempre en cierto
sentido un despertar, puesto que convierte en actividad una parte de la
energía que reposa en el Prec. y recibe entonces de ella aquella
elaboración secundaria que tiende a hacerlo coherente y comprensible.
Quiere esto decir que el sueño es tratado por dicha actividad como otro
cualquier contenido de percepciones, siendo sometido a las mismas
representaciones de espera, en cuanto su material lo permite. La
dirección del curso de esta tercera parte del proceso del sueño es
nuevamente progresiva. Para evitar equivocaciones añadiremos aquí
unas palabras sobre las cualidades temporales de estos procesos
oníricos. Una hipótesis muy atractiva de Goblot, sugerida claramente por
el enigma del célebre sueño de Maury, intenta demostrar que el sueño
no ocupa más tiempo que el que transcurre en el período de transición
entre el reposo y el despertar. El despertar necesita tiempo, y durante
este intervalo es cuando se desarrolla el sueño. Creemos que la última
imagen del sueño era tan intensa que provocó el despertar; pero en
realidad debía precisamente su intensidad a la proximidad del mismo.
Un rêve c'est un réveil qui commence. Ya acentuó Dugas que Goblot
había tenido que prescindir de un gran número de hechos para
generalizar su tesis. Hay también sueños que no terminan con el
despertar; por ejemplo, algunos en los que soñamos que soñamos.
Nuestro conocimiento de la elaboración onírica nos hace imposible
admitir que no se extienda sino al período del despertar. Por el contrario,
es mucho más verosímil que la primera parte de la elaboración onírica
comience ya durante el día y bajo el dominio de lo preconsciente. Su
segunda parte, la transformación por la censura, la atracción por las
escenas inconscientes y el acceso a la percepción, se extiende
probablemente a través de toda la noche, circunstancia que justifica
nuestra frecuente sensación de que hemos soñado durante toda la

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noche, aunque no sabemos qué. No creo que sea necesario admitir que
los procesos oníricos observan realmente, hasta llegar a la conciencia,
la sucesión temporal que hemos descrito, o sea la siguiente: primero
existiría el deseo onírico transferido; luego tendría efecto la deformación
por la censura; a continuación se efectuaría el cambio regresivo de
dirección, etc. Para nuestra descripción resultaba obligado establecer tal
orden sucesivo; pero en realidad se trata probablemente más bien de un
simultáneo ensayo de varios caminos, esto es, de un ir y venir de la
excitación hasta que una de las agrupaciones queda mantenida por
resultar la más adecuada distribución. Conforme a una determinada
experiencia personal, me inclinaría a creer que la elaboración onírica
necesita muchas veces más de un día y una noche para producir su
resultado, caso en el que no tendremos ya por qué asombrarnos del arte
que demuestra en la construcción del sueño. El cuidado de la
comprensibilidad como proceso de percepción no puede, a mi juicio, ser
llevado a efecto antes de atraer el sueño la atención de la conciencia.
Desde este punto experimenta el proceso un aceleramiento, dado que el
sueño recibe ya el mismo trato que cualquier otra percepción. Resulta,
pues, algo semejante a una fiesta de fuegos de artificio, preparados
durante muchas horas y consumidos luego en pocos minutos. La
elaboración da al proceso onírico intensidad bastante para atraer sobre
sí la conciencia y despertar lo preconsciente independientemente del
tiempo y de la profundidad del reposo, o, por el contrario, no consigue
procurarle intensidad bastante, y entonces permanece preparado hasta
que inmediatamente antes de despertar sale a su encuentro la atención,
ya más movible. La mayoría de los sueños parecen laborar con
intensidades psíquicas pequeñas, pues esperan el momento del
despertar. Esto nos explica que siempre percibamos algo soñado
cuando nos despiertan repentinamente de un profundo reposo. Nuestra
primera mirada encuentra aquí, en el despertar espontáneo, el contenido
de percepciones creado por la elaboración onírica y luego la primera
impresión del exterior. Los sueños que resultan susceptibles de
despertarnos en medio del más profundo reposo nos inspiran un mayor
interés teórico. Hemos de pensar en la general adecuación al fin y
preguntarnos por qué el sueño, o sea el deseo inconsciente, no es
despojado del poder de perturbar el reposo, esto es, la realización del
deseo preconsciente. Quizá dependa esto de relaciones de energía que
nos son desconocidas. Si las descubriéramos, encontraríamos
probablemente que la aceptación del sueño y del gasto de cierta energía
destacada supone para él un ahorro de energía aplicable al caso de que
lo inconsciente no pudiera ser mantenido dentro de los límites debidos
como durante el día. Aun cuando lo interrumpa varias veces en la misma
noche, permanece el sueño enlazado al reposo; despertamos por un
momento y volvemos a dormirnos en seguida. Es como cuando

46
despertamos en el acto de espantar una mosca que nos molestaba. Al
volver a dormirnos hemos suprimido la perturbación. La realización del
deseo de dormir es compatible con cierto gasto de atención orientado en
determinado sentido. Recuérdense los ejemplos de la nodriza que
despierta al menor movimiento del niño, y el del molinero, que despierta
en cuanto el molino deja de funcionar. Expondremos aquí una objeción
basada en un mejor conocimiento de los procesos inconscientes. Hemos
dicho que los deseos inconscientes se hallaban siempre en actividad,
pero que, a pesar de ello, no poseían durante el día energía suficiente
para hacerse notar. Mas cuando surge el estado de reposo y el deseo
inconsciente muestra la energía suficiente para formar un sueño y
despertar con él a lo preconsciente, es extraño que esta energía
desaparezca después de haber llevado el sueño al conocimiento. ¿No
sería más bien posible que el sueño se renovase continuamente, del
mismo modo que la mosca suele tornar una y otra vez a molestarnos
después que la hemos espantado? ¿Con qué derecho hemos afirmado
que el sueño suprime la perturbación del reposo? Es perfectamente
exacto que los deseos inconscientes permanecen siempre en actividad.
Representan caminos siempre transitables en cuanto quiere servirse de
ellos un quantum de excitación. La indestructibilidad constituye una de
las singulares peculiaridades de los procesos de este género. Nada hay
que pueda ser llevado a término en lo inconsciente, donde no hay
tampoco nada pasado ni olvidado. El estudio de las neurosis,
especialmente de la histeria, nos da esta impresión con gran intensidad.
El camino mental inconsciente, cuya descarga produce el ataque, se
hace en seguida nuevamente transitable en cuanto se ha acumulado
suficiente energía. La impresión experimentada hace treinta años los
convierte en un instante, una vez que ha conseguido acceso a las
fuentes afectivas inconscientes. Cuantas veces es evocado su recuerdo
resucita y se muestra cargada de excitación, la cual se crea una
derivación motora en un ataque. Precisamente es éste el punto en el
que la psicoterapia inicia su actuación. La labor que encuentra ante sí es
la de crear un exutorio y un olvido para los procesos inconscientes.
Aquello que nos inclinamos a considerar perfectamente natural y como
una influencia primaria del tiempo sobre los restos mnémicos anímicos,
esto es, la supresión del recuerdo y la debilidad afectiva de las
impresiones no recientes, constituye en realidad transformaciones
secundarias establecidas con un penoso esfuerzo. Esta labor es dirigida
por lo preconsciente, y la psicoterapia no tiene otro camino que el de
someter al Inc. al dominio del Prec. El proceso de excitación
inconsciente puede tener dos destinos. Puede permanecer entregado a
sí mismo, y entonces logra emerger en cualquier punto y procura a su
excitación una derivación a la motilidad, y puede quedar sometido a la
influencia de lo preconsciente, quedando entonces ligada su excitación,

47
en lugar de ser derivada. Esto último es lo que sucede en el proceso del
sueño. La carga que desde lo preconsciente sale al encuentro del sueño
convertido en percepción, carga que ha sido guiada por la excitación de
la conciencia, liga la excitación inconsciente del sueño y lo hace
inofensivo. Cuando el soñador despierta por un momento ha espantado
realmente la mosca que perturbaba su reposo. Podemos ahora
sospechar que sería realmente mucho más sencillo y adecuado al fin
aceptar el deseo inconsciente y abrirle el camino de la regresión, para
que formara un sueño, y entonces ligar y suprimir este sueño por medio
de un pequeño gasto del trabajo preconsciente, en vez de mantener a
raya a lo inconsciente durante todo el tiempo del reposo. Era de esperar
que el sueño, aun no siendo primitivamente un proceso adecuado, se
hubiera apoderado de una función en el juego de fuerza de la vida
anímica. Vemos en seguida cuál es esta función. Ha tomado a su cargo
la labor de someter nuevamente al dominio de lo preconsciente la
excitación del Inc., que ha quedado libre, y al hacerlo así deriva la
excitación del Inc., sirviéndole de válvula, y garantiza al mismo tiempo el
reposo de lo preconsciente mediante un pequeño gasto de actividad
despierta. Constituye, pues, una transacción, como todos los demás
productos psíquicos de su serie; transacción que se halla
simultáneamente al servicio de los dos sistemas, realizando al mismo
tiempo ambos deseos en cuanto los mismos se muestran compatibles.
Por tanto, habremos de reconocer que la teoría de Robert es exacta en
lo que se refiere a la determinación de la función del sueño. En cambio,
no estamos conformes con este autor en lo relativo a los antecedentes
del proceso onírico y a la estimación del mismo como producto psíquico
. La restricción antes expresada y relativa a la compatibilidad de ambos
deseos alude a aquellos casos en los que la función del sueño fracasa
en absoluto. El proceso del sueño es aceptado al principio como
realización de deseos de lo inconsciente. Cuando esta realización
conmueve intensamente lo preconsciente, amenazando con interrumpir
su reposo, es que el sueño ha roto la transacción y no cumple ya la
segunda parte de su función. En este caso es interrumpido en el acto y
sustituido por el despertar. En realidad, tampoco podemos culpar aquí al
sueño de perturbar el reposo. No es éste el único caso en el que
funciones adecuadas se convierten en inadecuadas y perturbadoras, en
cuanto aparecen modificadas las condiciones de su nacimiento, y en
estas circunstancias sirve por lo menos la perturbación para revelar el
nuevo fin y la transformación acaecida, despertando los medios
reguladores del organismo. Me refiero, naturalmente, al sueño de
angustia, y para no dar a entender que eludo su testimonio, contrario a
la teoría de la realización de deseos, voy a aproximarme por lo menos a
su esclarecimiento con algunas indicaciones. El hecho de que un
proceso psíquico que desarrolla angustia pueda ser, sin embargo, una

48
realización de deseos no contiene ya para nosotros contradicción
ninguna. Nos explicamos este fenómeno diciendo que el deseo
pertenece a uno de los sistemas, el Inc., y que el otro, el Prec., lo ha
rechazado y reprimido . El sometimiento del Inc. por el Prec. no llega a
ser total ni aun en perfectos estados de salud psíquica. La medida de
este sometimiento nos revela el grado de nuestra normalidad psíquica.
La aparición de síntomas neuróticos constituye una indicación de que
ambos sistemas se hallan en conflicto, pues dichos síntomas constituyen
la transacción que de momento lo resuelve. Por una parte, dan al Inc. un
medio de descargar su excitación, sirviéndola de compuerta, y por otra,
proporcionan al Prec. la posibilidad de dominar, en cierto modo, al Inc.
Creemos que será muy instructivo exponer aquí algunos caracteres de
las fobias histéricas; por ejemplo, de una agorafobia. El enfermo es
incapaz de andar solo por las calles, incapacidad que consideramos,
naturalmente, como un síntoma. Podemos suprimir este síntoma
obligando al sujeto a realizar aquel mismo acto del que se cree incapaz;
pero entonces se presentará un ataque de angustia, del mismo modo
que es con frecuencia un ataque de angustia padecido en la calle lo que
motiva la aparición de la agorafobia. Asignamos así que el síntoma ha
sido creado precisamente para evitar el desarrollo de angustia. No
podemos continuar estas especulaciones sin entrar en el examen del
papel que los afectos desempeñan en estos procesos, cosa que no nos
es completamente posible por ahora. Me limitaré, pues, a sentar el
principio de que la represión del Inc. es necesaria, ante todo, porque el
curso de representaciones abandonado a sí mismo en el Inc.
desarrollaría un afecto que tuvo originariamente un carácter placiente,
pero que desde el proceso de la represión muestra el carácter opuesto.
La represión tiene por objeto suprimir este desarrollo de displacer y
recae sobre el contenido de representaciones del Inc., porque dicho
contenido de representaciones podía provocar el desarrollo del
displacer. Una hipótesis precisamente determinada sobre la naturaleza
del desarrollo de los afectos constituye la base de esta consecuencia. La
represión es considerada como una función motora o secretoria cuya
intervención depende de las representaciones del Inc. El dominio
ejercido por el Prec. coarta el desarrollo de afecto que estas
representaciones podían provocar. El peligro que surge cuando el Prec.
queda despojado de su carga psíquica consiste, pues, en que las
excitaciones inconscientes desarrollan un afecto que, a causa de la
represión anterior, no puede ser experimentado sino como displacer o
angustia. Este peligro es desencadenado por la tolerancia del proceso
onírico. Sus condiciones previas son las de que haya tenido afectos una
represión y que los impulsos optativos reprimidos sean suficientemente
intensos. Se hallan, pues, fuera de los límites psicológicos de la
formación de los sueños. Si nuestro tema no se enlazara por este factor

49
de la liberación de lo inconsciente durante el reposo con el tema del
desarrollo de angustia, podríamos ahorrarnos aquí el examen del sueño
de angustia con todas sus dificultades y oscuridades. La teoría del
sueño de angustia pertenece, como ya hemos indicado repetidamente, a
la psicología de las neurosis. Nos atreveríamos incluso a afirmar que el
problema de la angustia en el sueño se refiere exclusivamente a la
angustia y no al sueño. Una vez indicado su punto de contacto con el
tema de los procesos oníricos, nada podemos decir sobre ella. Lo único
que haremos será comprobar también en este sector nuestra afirmación
de que la angustia procede de fuentes sexuales analizando los sueños
de este género para descubrir en sus ideas latentes el material sexual.
Razones de gran peso me impiden reproducir aquí los ejemplos que han
puesto a mi disposición mis pacientes neuróticos y me impulsan a elegir
sueños de angustia soñados por personas jóvenes. Por mi parte, hace
mucho tiempo que no he tenido ningún verdadero sueño de angustia.
Pero recuerdo uno que soñé a los siete u ocho años y que sometí al
análisis cerca de treinta años después. En él vi que mi madre era traída
a casa y llevada a su cuarto por dos o tres personas con picos de pájaro,
que luego la tendían en el lecho. Su rostro mostraba una serena
expresión, como si se hallase dormida. Desperté llorando y gritando e
hice despertar a mis padres. Las largas figuras con picos de pájaro y
envueltas en singulares túnicas eran una reminiscencia de una
ilustración de la Biblia de Philippson y creo que correspondían a un
relieve egipcio que mostraba varios dioses con cabezas de águila. El
análisis hace surgir el recuerdo de un muchacho muy mal educado que
jugaba con nosotros en la pradera próxima a la casa y cuyo nombre era
Felipe. Me parece como si hubiera sido a este muchacho al que hubiese
oído por vez primera la palabra vulgar con la que se designa el comercio
sexual y que los hombres cultos han sustituido por una palabra latina
(coitieren). Dicha palabra vulgar (en alemán muy parecida a la palabra
«pájaro») queda representada claramente en el sueño por la elección de
los personajes con cabezas de ave. Sin duda adiviné la significación
sexual de aquel término por la expresión con que lo pronunció mi
ineducado maestro. La expresión que la fisonomía de mi madre
mostraba en el sueño correspondía a la de mi abuelo cuando le ví,
pocos días antes de morir, sumido en estado comatoso. La elaboración
secundaria debió de interpretar este sueño en el sentido de la muerte de
mi madre, circunstancia con la que se armoniza también la elección de
las figuras egipcias correspondientes a una estela funeraria. Lleno de
angustia desperté y no paré de llorar hasta despertar a mis padres.
Recuerdo que me tranquilicé de repente en cuanto vi a mi madre, como
si hubiera necesitado convencerme de que no había muerto. Pero esta
interpretación secundaria del sueño tuvo efecto bajo la influencia de la
angustia desarrollada. No es que me angustiara por haber soñado que

50
mi madre moría, sino que interpreté el sueño de este modo en la
elaboración secundaria porque me hallaba ya bajo el dominio de la
angustia. Por último, puede referirse esta angustia a un placer sexual
oscuramente adivinado que encontró una excelente expresión en el
contenido visual del sueño. Un hombre de veintisiete años, gravemente
enfermo desde un año atrás, tuvo, entre los once y los trece años,
repetidamente y con intenso desarrollo de angustia, el siguiente sueño:
Un hombre le persigue con un hacha. Quiere correr, pero se halla como
paralizado y no puede moverse. Es éste un buen ejemplo de sueño de
angustia muy corriente y desprovisto de toda apariencia sexual. En el
análisis recuerda el sujeto que su tío fue atacado una vez en la calle por
un individuo sospechoso y deduce de esta ocurrencia que en los días
inmediatos al sueño debió de oír relatar un suceso parecido. Con
respecto al hacha, recuerda que por aquella época se hirió una vez con
un instrumento semejante en ocasión de hallarse partiendo madera. A
continuación pasa sin transición alguna a sus relaciones con su hermano
menor, al que solía maltratar y despreciar, y recuerda especialmente una
vez que le tiró una bota a la cabeza, haciéndole sangre. En esta ocasión
dijo su madre: «Me da miedo de que en una de éstas le mates.» Luego
surge repentinamente en él un recuerdo de sus nueve años. Sus padres
habían llegado tarde a casa y, fingiéndose dormido, pudo observar una
escena sexual entre los mismos. Sus pensamientos siguientes muestran
que había establecido una analogía entre estas relaciones de sus
padres y su relación violenta con su hermano menor, subordinando la
escena nocturna al concepto de violencia y riña, y llegando de este
modo, como es muy frecuente en los niños, a una concepción sádica del
acto del coito. Esta concepción quedó reforzada un día en que advirtió
manchas de sangre en la cama de su madre. El hecho de que el
comercio sexual de los adultos es considerado por los niños como algo
violento y despierta angustia en ellos, puede ser comprobado
cotidianamente. Para esta angustia hemos hallado la explicación de que
se trata de una excitación sexual no dominada por su comprensión y que
es rechazada, además, por referirse a los padres, transformándose así
en angustia. En un período aún más temprano de la vida, el impulso
sexual relativo a la madre o al padre, según el sexo del sujeto, no
tropieza todavía con la represión y se manifiesta libremente, como ya lo
hemos indicado en otro lugar. Esta misma explicación puede aplicarse a
los ataques nocturnos de angustia con alucinaciones, tan frecuentes en
los niños (pavor nocturnus). En ellos no puede tratarse sino de impulsos
sexuales incomprendidos y rechazados, cuya aparición habría de
demostrar probablemente una periodicidad temporal, dado que la libido
sexual puede quedar incrementada, tanto por las impresiones excitantes
casuales como por los progresos sucesivos del desarrollo. No poseo el
necesario material de observaciones para llevar a cabo esta explicación

51
. En cambio, parecen ignorar los pedíatras el único punto de vista que
permite la comprensión de toda esta serle de fenómenos, tanto
somáticos como psíquicos. Citaré un cómico ejemplo de cómo puede
pasarse junto a estos fenómenos sin comprenderlos, cegado por la
venda de la mitología médica, ejemplo que he hallado en la tesis de
Debacker acerca del pavor nocturnus (1881, página 66). Un muchacho
de trece años y salud débil comenzó a dar claras muestras de angustia
padeciendo de insomnios y sufriendo, una vez por semana, un grave
ataque de angustia con alucinaciones. El recuerdo de estos sueños era
siempre muy preciso. Podía, pues, relatar que el diablo le gritaba: «¡Ya
eres nuestro; ya te hemos cogido!», y que después advertía un olor a
pez y azufre y se sentía arder. Este sueño le hacía siempre despertar
angustiado, hasta el punto de que le era imposible pronunciar palabra.
Luego, cuando recobraba la voz, se le oía decir claramente: «No, no; a
mí, no; yo no he hecho nada»; o «No, no lo haré más.» Otras veces
decía también: «Alberto no ha hecho eso.» En días ulteriores se negó a
desnudarse, alegando que el fuego no llegaba hasta él sino cuando
estaba desnudo. Estos sueños pusieron en peligro su salud y tuvo que
ser enviado al campo, donde se repuso en año y medio. Años después,
cuando ya había cumplido los quince, confesó: Je n'osais pas l'avouer,
mais j'éprouvais continuellement des picotements et des surexcitations
aux parties! No es difícil, realmente, adivinar: 1º Que el niño se
masturbaba en sus primeros años, habiéndolo negado, probablemente,
y habiendo sido amenazado si continuaba entregándose a tal vicio (su
confesión: «No lo haré más», y su negativa: «Alberto no ha hecho eso»).
2º Que bajo la presión de la pubertad surgió de nuevo la tentación de
masturbarse, manifestada en el cosquilleo que experimentaba en los
genitales. 3º Que entonces se desarrolló en él un combate de carácter
represivo, que reprimió la libido y lo transformó en angustia, la cual hizo
renacer los castigos con que en años anteriores se le había amenazado.
Veamos, en cambio, lo que nuestro autor deduce en su tesis. De esta
observación se deduce lo siguiente: 1º La influencia de la pubertad en
un niño de salud débil produce un estado de gran debilidad, que puede
llegar hasta una anemia cerebral muy considerable. 2º Esta anemia
cerebral crea una modificación del carácter, alucinaciones
demonomaníacas y estados de angustia nocturnos, y quizá diurnos, muy
violentos. 3º La demonomanía y los autorreproches del niño dependen
de las influencias de la educación religiosa que ha recibido. 4º Todos los
fenómenos han desaparecido después de una larga estancia en el
campo, durante la cual actuaron favorablemente el ejercicio físico y el
retorno de las fuerzas a la terminación de la pubertad. 5º Quizá
debamos atribuir a la herencia y a un padecimiento sifilítico del padre
una influencia que predispuso a la formación del citado estado mental
del niño. Conclusión final: Nous avons fait entrer cette observation dans

52
la cadre des délires apyrétiques d'inanition, car c'est à l'ischemie
cérébrale que nous rattachons cet état particulier. 5) El proceso primario
y el secundario. La represión. Acometiendo la tarea de penetrar más
profundamente en la psicología de los procesos oníricos, he echado
sobre mí una difícil labor, para la que no poseo siquiera el suficiente arte
expositivo. Resulta de una dificultad abrumadora describir
sucesivamente la simultaneidad de complicadísimos procesos. Pago de
este modo el no haber podido seguir en la exposición de la psicología de
los sueños el desarrollo histórico de mis conocimientos. Los
antecedentes de mi concepción de los sueños me fueron
proporcionados por trabajos anteriores sobre la psicología de la
neurosis, trabajos a los que no puedo referirme aquí y a los que, sin
embargo, tengo que referirme de continuo, mientras me esfuerzo en
proceder en dirección inversa y alcanzar el contacto con la psicología de
la neurosis, partiendo del estudio de los sueños. Veo muy bien todas las
dificultades que esto plantea al lector, pero no encuentro medio alguno
de evitarlas. Mi descontento ante este estado de cosas me hace
permanecer gustosamente en la consideración de otro punto de vista
que me parece recompensar mejor mis esfuerzos. Me hallé ante un
tema sobre el cual se mostraban los investigadores en perfecto
desacuerdo, como puede verse en el primer capítulo de esta obra.
Después de nuestro estudio de los problemas del sueño parecen haber
quedado conciliadas la mayoría de tales contradicciones. Sólo los de las
opiniones expuestas, o sea la de que el sueño es un proceso
desprovisto de sentido y la que le atribuye un carácter somático, han
tropezado con nuestra absoluta negativa. Fuera de esto hemos podido
dar la razón a todas las demás teorías, contradictorias entre sí, y hemos
podido demostrar que en todas ellas había algo de verdad. El
descubrimiento de las ideas latentes ocultas ha confirmado, en general,
que el sueño continúa los estímulos e intereses de la vida despierta.
Estas ideas latentes no se ocupan sino de aquello que no parece
importante y nos interesa poderosamente. El sueño no se ocupa nunca
de pequeñeces. Sin embargo, recoge los restos indiferentes del día y no
se puede apoderar de un gran interés diurno sino después que él mismo
se ha sustraído, en cierto modo, a la actividad de la vigilia. Esta última
circunstancia se nos demostró en el examen del contenido manifiesto, el
cual da a las ideas latentes una expresión modificada por
deformaciones. El proceso del sueño -dijimos- se apodera más
fácilmente, por razones referentes a la mecánica de las asociaciones,
del material de representaciones recientes o indiferentes, desatendido
por la actividad intelectual despierta; y por motivos dependientes de la
censura transfiere la intensidad psíquica de lo importante, pero
censurable, a lo indiferente. La hipermnesia del sueño y su dominio del
material infantil han pasado a constituir los dos principios fundamentales

53
de nuestra teoría. En ésta hemos adscrito al deseo procedente de lo
infantil el papel de motor imprescindible de la formación de los sueños.
Naturalmente, no podíamos abrigar duda ninguna de la importancia,
experimentalmente demostrada, de los estímulos sensibles exteriores
durante el reposo; pero hemos relacionado este material con el deseo
del sueño, del mismo modo que los restos de ideas que perduran de la
labor diurna. No necesitábamos discutir que el sueño interpreta en la
forma de una ilusión el estímulo sensorial objetivo, pero hemos
agregado el motivo de esta interpretación, que los autores habían dejado
indeterminado. Esta interpretación se lleva a cabo, de modo que el
objeto percibido quede hecho inofensivo para el reposo y utilizable para
la realización de deseos. El estado subjetivo de excitación de los
órganos sensoriales durante el reposo, estado demostrado por las
investigaciones de Trumbull Ladd, no nos parece constituir una fuente
onírica especial, pero lo hemos explicado por una resurrección regresiva
de los recuerdos que actúan detrás del sueño. También a las
sensaciones orgánicas interiores, que han sido tomadas muchas veces
como punto fundamental de la explicación de los sueños, les hemos
reconocido en nuestra teoría cierta importancia, aunque más modesta.
Representan para nosotros un material dispuesto en todo momento y del
que la elaboración onírica se sirve siempre que lo necesita para la
expresión de las ideas latentes. Con respecto a la percepción del sueño
ya formado por la conciencia, nos parece exacta la opinión de que el
proceso onírico es rápido y momentáneo. Asimismo nos parece posible
un curso más lento y vacilante de los estadios anteriores de dicho
proceso. Al esclarecimiento del enigma de la acumulación de un extenso
contenido en brevísimos instantes hemos contribuido con la hipótesis de
que se trata de una inclusión de productos ya formados de la vida
psíquica. Aceptamos igualmente que el sueño es fragmentario y
deformado por el recuerdo, pero vimos que esta deformación no era sino
el último estadio de los que actúan desde el principio del proceso
onírico. En la discusión sobre si la vida anímica dormía durante la noche
o disponía, como durante el día, de toda su capacidad funcional,
discusión tan empeñada y tan aparentemente poco susceptible de
reconciliación, hemos podido dar la razón a ambas partes, aunque a
ninguna por completo. En las ideas latentes encontramos la prueba de
una función intelectual altamente complicada y que labora con casi todos
los medios del aparato anímico, pero no pudimos negar que tales ideas
latentes han nacido durante el día. Asimismo hubimos de aceptar que
existe un estado de reposo de la vida anímica y de este modo
aceptamos también la teoría del reposo parcial, aunque no vimos la
característica del estado del reposo en la disgregación de las
conexiones anímicas, sino en el deseo de reposo del sistema psíquico,
dominante durante el día. La separación del mundo exterior conservó su

54
significación para nuestra teoría, pues contribuye, aunque no como
factor único, a la regresión de la representación onírica. Es indiscutible la
renuncia a la dirección voluntaria del curso de las representaciones; pero
la vida psíquica no queda por ello desprovista de todo fin, pues hemos
visto que después de la supresión de las representaciones finales
voluntarias surgen otras involuntarias. La lejana conexión de las
asociaciones en el sueño ha sido reconocida también por nosotros, e
incluso le hemos dado mayor amplitud de la que se podía sospechar;
pero hemos encontrado, en cambio que no es sino la sustitución forzada
de otra conexión correcta y plena de sentido. Reconocimos también la
absurdidad del sueño, pero vimos en numerosos ejemplos cuán grande
es su prudencia al tomar tal aspecto. De las funciones atribuidas al
sueño no hemos contradicho ninguna. El hecho de que el sueño
constituye para el alma una especie de válvula de seguridad y el de que
convierte todo lo peligroso en inofensivo han sido confirmados,
ampliados y esclarecidos por nuestra teoría de la doble realización de
deseos. El «retorno al punto embrional de la vida anímica en el sueño» y
la fórmula de H. Ellis: «Un mundo arcaico de vastas emociones y
pensamientos imperfectos», constituyen felices anticipaciones de
nuestra teoría de los funcionamientos primitivos durante el día y libres
durante la noche. Asimismo podíamos hacer nuestra por completo la
afirmación de Sully de que el sueño nos presenta nuevamente nuestras
personalidades anteriores sucesivamente desarrolladas, nuestro antiguo
modo de ver las cosas y aquellos impulsos y formas de reacción que nos
dominaron hace mucho tiempo. Como en la teoría de Delage, también
en la nuestra lo «reprimido» es la fuerza motora del sueño. Hemos
reconocido en su totalidad el papel que Scherner atribuye a la fantasía
onírica, así como las interpretaciones de este autor; pero hemos tenido
que señalarles un lugar distinto en el problema. Debemos a Scherner la
indicación de la fuente de las ideas latentes; pero casi todo lo que
atribuye a la elaboración onírica pertenece a la actividad de lo
inconsciente durante el día, actividad de la que parten los estímulos del
sueño y de los síntomas neuróticos. Hemos tenido que separar la
elaboración onírica de esta actividad, considerándola como algo
totalmente distinto y mucho más determinado. Por último, no hemos
negado la relación del sueño con las perturbaciones psíquicas; lo único
que hemos hecho ha sido colocar a ambos fenómenos en un nuevo
terreno más firme. Hallamos, pues, que nuestra teoría entraña en sí,
reuniéndolos y conciliándolos, los resultados más diversos de las
investigaciones anteriores, resultados que hemos agregado a nuestra
construcción, dando a algunos una forma distinta y no rechazando sino
muy pocos. Pero también esta nuestra construcción se nos muestra
incompleta. Aparte de las muchas oscuridades que hemos atraído sobre
ella, por nuestra incursión en las tinieblas de la Psicología, parece

55
entrañar una nueva contradicción. Por un lado, hemos hecho nacer a las
ideas latentes de una labor psíquica totalmente normal, y por otro,
hemos encontrado entre dichas ideas y partiendo de ellas hasta llegar al
contenido manifiesto una serie de procesos mentales absolutamente
anormales, que luego se repiten en la interpretación. Todo aquello que
constituye la elaboración onírica parece alejarse tan considerablemente
de los procesos psíquicos correctos conocidos que podríamos
inclinarnos a aceptar los más duros juicios de los autores sobre el
escaso valor del rendimiento psíquico del sueño. Una mayor
profundización puede proporcionarnos el esclarecimiento y la ayuda de
que precisamos. Examinaremos una de las constelaciones que llevan la
formación de los sueños: Hemos visto que el sueño constituye la
sustitución de ciertos número de ideas procedentes de nuestra vida
diurna y ajustadas de una manera perfectamente lógica. Es indudable
que estas ideas proceden de nuestra vida mental normal. Todas
aquellas cualidades que más altamente estimamos en nuestros
procesos mentales, y que los caracterizan de complicadas funciones de
un orden elevado, vuelven a mostrársenos en las ideas latentes. Pero no
hay necesidad de suponer que esta labor intelectual se desarrolla
durante el reposo, hipótesis opuesta a la representación que hasta ahora
venimos haciéndonos del estado de reposo psíquico. Tales ideas
pueden muy bien proceder de la vida diurna, haber continuado en
actividad después de ser rechazadas por ella y, sin que nuestra
conciencia lo haya advertido, llegar a término antes de conciliar el sujeto
el reposo. Si de este estado de cosas hemos de deducir alguna
conclusión, será, por lo demás, la prueba de que nos es posible
desarrollar las más complicadas funciones intelectuales sin intervención
ninguna de la conciencia, cosa que cualquier psicoanálisis de un
histérico o de una persona con representaciones obsesivas tenía que
demostrarnos igualmente. Pero estas ideas latentes no son de por sí
incapaces de conciencia, y si no han llegado a ella durante el día, ha
sido por impedírselo diversas circunstancias. El acceso a la conciencia
se halla enlazado con la atracción de determinada función psíquica -la
atención-, la cual sólo es gastada, según parece, en cantidades
determinadas, que en estos casos aparecerán desviadas de las ideas de
referencia. Tales series de ideas pueden también ser sustraídas a la
conciencia en la siguiente forma: por el ejemplo de nuestra reflexión
consciente sabemos que con una determinada aplicación de la atención
podemos recorrer cierto camino. Si por este camino llegamos a una
representación que no soporta la crítica, lo interrumpiremos y
suprimiremos la carga psíquica de la atención. Parece ser que la serie
de ideas comenzada y abandonada puede entonces continuar
desarrollándose sin que la atención vuelva a recaer sobre ella, a menos
que alcance una intensidad particularmente elevada. Una repulsa inicial,

56
quizá consciente del acto mental, fundada en el juicio de que dicho acto
es inexacto o inadecuado al fin que perseguimos, puede ser causa de
que dicho proceso mental continúe desarrollándose inadvertido por la
conciencia hasta el momento de conciliar el reposo. Estos procesos
mentales son los que denominamos «preconscientes», y los
consideramos como perfectamente correctos, pudiendo ser tanto
procesos simplemente descuidados como otros rechazados e
interrumpidos. Expondremos ahora en qué forma nos imaginamos el
curso de las representaciones. Creemos que determinada magnitud de
excitación, a la que damos el nombre de energía de carga psíquica, es
desplazada partiendo de una representación final a lo largo del camino
asociativo elegido por esta representación. Un proceso mental
descuidado no ha recibido tal carga, y los reprimidos o rechazados han
sido despojados de ella, quedándoles así únicamente sus propias
excitaciones. El proceso mental provisto de un fin llega a ser susceptible,
bajo determinadas condiciones, de atraer sobre sí la atención de la
conciencia y recibe entonces por su mediación una «sobrecarga». Más
adelante expondremos nuestras hipótesis sobre la naturaleza y la
función de la conciencia. Un proceso mental iniciado de este modo en lo
preconsciente puede extinguirse espontáneamente o conservarse. El
primer caso nos lo representamos suponiendo que su energía se difunde
por todas las direcciones asociativas que de ella emanan, provocando
en toda la concatenación de ideas un estado de excitación que se
mantiene durante algún tiempo, pero que después queda suprimido por
la transformación de la excitación necesitada de derivación en una carga
en reposo. Si esto sucede, el proceso carecerá ya de toda significación
para la formación de los sueños. Pero en nuestro preconsciente acechan
otras representaciones finales emanadas de nuestros deseos
inconscientes y continuamente en actividad. Estas representaciones se
apoderan entonces de la excitación del círculo de ideas abandonadas a
sí mismo, lo enlazan al deseo inconsciente y le transfieren la energía de
este último, resultando que, a partir de este momento, el proceso mental,
desatendido o reprimido, se halla en estado de conservarse, aunque no
recibe por este refuerzo derecho ninguno al acceso a la conciencia.
Podemos decir que el proceso mental, hasta el momento preconsciente,
ha sido atraído a lo inconsciente. Otras dos constelaciones para la
formación de los sueños se dan cuando el proceso mental preconsciente
se hallaba desde un principio en conexión con el deseo inconsciente y,
por tanto, fue objeto de la repulsa de la carga final dominante, o cuando
un deseo inconsciente, despertado por otras razones (quizá somáticas)
y sin el auxilio de una transferencia, busca los restos psíquicos no
cargados del Prec. Los tres casos expuestos coinciden, por último, en
que se trata de un proceso mental preconsciente, que ha sido despojado
de su carga psíquica preconsciente y ha encontrado otra, inconsciente,

57
procedente de un deseo. Desde este punto pasa el proceso mental por
una serie de transformaciones que no reconocemos ya como procesos
psíquicos normales y que nos dan un extraño resultado; esto es, un
producto psicopatológico. Vamos a examinar este producto. 1º Las
intensidades de las diversas representaciones se hacen, en su totalidad,
susceptibles de derivación y pasan de una representación a la otra,
formándose así algunas representaciones provistas de gran intensidad.
La repetición de este proceso puede reunir en un único elemento de
representación de la intensidad todo un proceso mental. Este hecho es
el que hemos calificado de comprensión o condensación al estudiar la
elaboración onírica. A él se debe, principalmente, la extraña impresión
que el sueño nos hace, pues nuestra vida onírica normal, accesible a la
conciencia, no nos ha mostrado nunca nada análogo. Hallamos también
aquí representaciones que poseen, a título de focos de convergencia o
de resultados finales de cadenas de asociaciones, gran importancia
psíquica; pero este valor no se exterioriza en un carácter sensible para
la percepción interna, y lo que en ellas queda representado no se hace
más intenso en modo alguno. En el proceso de condensación se
transforma toda la coherencia psíquica en intensidad del contenido de
representaciones. Sucede aquí como cuando hacemos imprimir en
negrillas o cursivas una palabra o una frase que queremos hacer
resaltar. Hablando, pronunciaremos dicha palabra o dicha frase en un
tono más alto y acentuándola especialmente. La primera comparación
nos conduce inmediatamente a uno de los ejemplos de sueños antes
expuestos (la trimetilamina, en el sueño de la inyección de Irma). Los
historiadores de arte nos llaman la atención sobre el hecho de que las
más antiguas esculturas históricas siguen un principio análogo,
expresando la importancia de las personas representadas por la
magnitud de su reproducción plástica. Así, el rey aparece representado
dos o tres veces mayor que las personas de su séquito o que el enemigo
vencido. La dirección en que las condensaciones del sueño se propagan
se halla determinada, en primer lugar, por las relaciones preconscientes
correctas de las ideas latentes, y, en segundo, por la atracción de los
recuerdos visuales dados en lo inconsciente. El resultado de la labor de
condensación consigue aquellas intensidades necesarias para el avance
hacia el sistema de percepción. 2º Por medio de la transferencia libre de
las intensidades y en favor de la condensación quedan constituidas
representaciones intermedias equivalentes a transacciones (cf. los
numerosos ejemplos expuestos). Esto es algo inaudito en el curso
normal de las representaciones, en el que se trata, sobre todo, de la
elección y conservación del verdadero elemento de representación. En
cambio, se constituyen formaciones mixtas y transacciones con
extraordinaria frecuencia cuando buscamos expresión verbal para las
ideas preconscientes, apareciendo como modos de la equivocación oral.

58
3º Las representaciones que se transfieren recíprocamente sus
intensidades se hallan en relaciones muy lejanas entre sí y están ligadas
por aquellas asociaciones que nuestro pensamiento despierto desprecia
y sólo emplea para producir un efecto chistoso. Las asociaciones por
similicadencia y sinonimia son aquí las preferidas. 4º Los pensamientos
contradictorios no tienden a sustituirse, sino que permanecen
yuxtapuestos y pasan juntos, como si no existiera contradicción alguna,
a constituirse en productos de condensación, o forman transacciones
que no perdonaríamos nunca a nuestro pensamiento despierto, aunque
muchas veces las aceptamos en nuestros actos. Estos serían algunos
de los más singulares procesos anormales a los que son sometidas, en
el curso de la elaboración onírica, las ideas latentes antes racionalmente
formadas. El carácter principal de los mismos es su tendencia a hacer
susceptible de derivación la energía de carga. El contenido y la
significación de los elementos psíquicos a los que estas cargas se
refieren pasan a constituir algo accesorio. Pudiera creerse todavía que la
condensación y la formación de transacciones se halla únicamente al
servicio de la regresión, que tiende a convertir las ideas en imágenes;
pero el análisis y, aún más claramente, la síntesis de los sueños
carentes de tal regresión nos muestran los mismos procesos de
desplazamiento y de condensación que todos los demás. No podemos,
pues, rechazar la hipótesis de que en la formación de los sueños
participan dos procesos psíquicos esencialmente diferentes. Uno de
ellos crea ideas latentes completamente correctas y de valor igual a los
productos del pensamiento normal; en cambio, el otro maneja tales
ideas de un modo extraño e incorrecto. Este último proceso es el que
hemos estudiado en nuestro capítulo 7) y constituye la verdadera
elaboración onírica. ¿Qué podemos decir ahora con respecto a su
derivación? No podríamos dar aquí respuesta alguna si no hubiéramos
penetrado en la psicología de las neurosis, especialmente en la de la
histeria. Hemos visto en ella que estos mismos procesos psíquicos
incorrectos -y otros muchos- presiden la producción de los síntomas
histéricos. También en la histeria encontramos al principio una serie de
ideas correctas y por completo equivalentes a las conscientes, ideas de
cuya existencia en esta forma no podemos tener, sin embargo, la menor
noticia, siendo reconstruidas a posteriori. Cuando tales ideas llegan a
nuestra percepción, vemos, por el análisis del síntoma formado, que han
pasado por un trato anormal y han sido llevadas a constituir el síntoma
por medio de la condensación la formación de transacciones, el paso por
asociaciones superficiales bajo el encubrimiento de las contradicciones
y, eventualmente, por el camino de la regresión. Dada esta total
identidad entre las peculiaridades de la elaboración onírica y las de la
actividad psíquica que termina en la creación de los síntomas
psiconeuróticos, creemos justificado transferir al sueño las conclusiones

59
a que nos obliga el estudio de la histeria. De la teoría de la histeria
tomaremos el principio de que esta elaboración psíquica anormal de un
proceso mental normal sólo tiene efecto cuando tal proceso ha devenido
la transferencia de un deseo inconsciente, procedente de lo infantil y
reprimido. Este principio ha sido el que nos ha llevado a construir la
teoría del sueño sobre la hipótesis de que el deseo onírico motor
procede siempre de lo inconsciente, cosa que, como hemos confesado
espontáneamente, no es posible demostrar en todo caso, aunque
tampoco sea posible refutarla. Pero para poder definir la represión, a la
que tantas veces hemos hecho intervenir en estas especulaciones,
tenemos que continuar construyendo nuestra armazón psicológica.
Hubimos de aceptar la ficción de un primitivo aparato psíquico, cuya
labor era regulada por la tendencia a evitar la acumulación de
excitaciones y a mantenerse libre en ella en lo posible. De este modo su
estructura respondía al esquema de un aparato de reflexión. La
motilidad, que fue al principio el camino conducente a modificaciones
interiores del cuerpo, era la ruta de derivación de la que podía disponer.
Discutimos después las consecuencias psíquicas de una experiencia de
satisfacción y pudimos establecer una segunda hipótesis, esto es, la de
que la acumulación de la excitación -conforme a modalidades de las que
no tenemos por qué ocuparnos- es sentida como displacer y pone
actividad al aparato para atraer nuevamente el suceso satisfactorio, en
el que la disminución de la excitación es sentida como placer. Tal
corriente, que parte del displacer y tiende hacia el placer, es lo que
denominamos un deseo, y hemos dicho que sólo un deseo podía ser
susceptible de poner en movimiento el aparato y que la derivación de la
excitación era regulada automáticamente en él por las percepciones de
placer y displacer. El primer deseo debió de ser una carga alucinatoria
del recuerdo de la satisfacción. Esta alucinación demostró que, cuando
no podía ser mantenida hasta agotarse, era incapaz para atraer la
supresión de la necesidad, o sea el placer ligado a la satisfacción. De
este modo se hizo necesaria una segunda actividad -en nuestro ejemplo,
la actividad de un segundo sistema-, destinada a no permitir que la
carga mnémica avanzara hacia la percepción y ligara desde allí las
fuerzas psíquicas, sino que dirigiera por un rodeo la excitación emanada
del estímulo de la necesidad, rodeo en el cual quedase el mundo
exterior modificado por la motilidad voluntaria, en forma que hiciese
posible la percepción real del objeto de satisfacción. Hasta aquí hemos
seguido fielmente el esquema del aparato psíquico; los dos sistemas
indicados son el germen de aquello que con la denominación de Inc. y
Prec. situamos en el aparato completamente desarrollado. Para que la
motilidad pueda modificar adecuadamente el mundo exterior es
necesario la acumulación de una gran cantidad de experiencias en los
sistemas mnémicos y una diversa fijación de las relaciones provocadas

60
en este material mnémico por distintas representaciones finales.
Continuaremos, pues, nuestras hipótesis. La actividad del segundo
sistema, del que emanan diversas cargas psíquicas, necesita disponer
libremente de todo el material mnémico; pero, por otro lado, sería un
gasto inútil el enviar grandes cantidades de carga psíquica por los
diversos caminos mentales, pues tales cargas se derivarían
inadecuadamente y disminuirían la cantidad necesaria para la
transformación del mundo exterior. Supondremos, pues, que dicho
sistema consigue mantener en reposo la mayor parte de su carga de
energía psíquica y sólo emplea una pequeña parte de la misma para
emplearla en el desplazamiento. La mecánica de estos procesos me es
totalmente desconocida. Aquellos que quisieran continuar esta ideación
tendrían que buscar analogías físicas y construir una representación
plástica del proceso de movimiento en la excitación de las neuronas. Por
mi parte, me limito a mantener la hipótesis de que la actividad del
primero de los sistemas Y tiende a una libre derivación de las cantidades
de excitación, y que el segundo sistema provoca, con las cargas que de
sí emanan, una coerción de dicha derivación y una transformación de la
misma en carga psíquica en reposo. Supongo, por tanto, que la
derivación de la excitación es sujeta por el segundo sistema a
condiciones mecánicas completamente distintas de las que regulaban su
curso bajo el dominio del primero. Cuando el segundo sistema ha
llevado a cabo su labor examinadora, levanta la coerción y el
estancamiento de las excitaciones y las deja fluir hasta la motilidad.
Dirigiendo nuestra atención hacia las relaciones de esta coerción de la
derivación por el segundo sistema, con la regulación por medio del
principio del displacer, hallamos una interesantísima concatenación de
ideas. Busquemos primero la contrapartida de la experiencia de
satisfacción primaria, o sea la experiencia de sobresalto exterior. Sobre
el aparato primitivo actuaría un estímulo de percepción que sería la
fuente de una excitación dolorosa. A esto seguirán entonces
desordenadas manifestaciones motoras, hasta que una de ellas
sustraiga al aparato la percepción y al mismo tiempo el dolor. Esta
manifestación motora que ha logrado suprimir el estímulo displaciente,
surgirá en adelante siempre que el mismo se renueve y no cesará hasta
conseguir otra vez su desaparición. Pero en este caso no perdurará
inclinación ninguna a cargar de nuevo alucinatoriamente, o en otra forma
cualquiera, la percepción de la fuente de dolor. Por el contrario, tenderá
el aparato primario a abandonar esta huella mnémica, penosa en cuanto
quede nuevamente despertada por algo, pues el curso de su excitación
hasta la percepción produciría displacer (o, más exactamente, comienza
a producir). La separación del recuerdo, separación que no es sino una
repetición de la fuga primitiva ante la percepción, queda facilitada por el
hecho de que el recuerdo no posee, como la percepción, cualidad

61
bastante para atraer la atención de la conciencia y procurarse de este
modo una nueva carga. Esta sencilla y regular exclusión de lo penoso
del proceso psíquico de la memoria nos da el modelo y el primer ejemplo
de la represión psíquica. A consecuencia del principio del displacer
resulta, pues, totalmente incapaz el primer sistema Y para incluir algo
desagradable en la coherencia mental. Este sistema no puede hacer
sino desear. Si esta situación se mantuviera, la actividad mental del
segundo sistema, que necesita disponer de todos los recuerdos que
reposan en la experiencia, quedaría obstruida. Por tanto, surgen aquí
dos nuevas posibilidades. La actividad del segundo sistema puede
libertarse por completo del principio del displacer y continuar su marcha
sin preocuparse del displacer del recuerdo, o puede también cargar de
tal manera el recuerdo displaciente que quede evitado el desarrollo de
displacer. La primera posibilidad no nos parece aceptable, pues el
principio del displacer es también lo que regula el curso de la excitación
del segundo sistema. Admitiremos, pues, la segunda, o sea la de que
dicho sistema carga de tal manera un recuerdo que la derivación queda
impedida; esto es, también la derivación queda comparable a una
inervación motora hasta el desarrollo de displacer. Dos son los puntos
de partida desde los que llegamos a la hipótesis de que la carga por el
segundo sistema representa, simultáneamente, una coerción de la
derivación de la excitación. Estos dos puntos de partida son el cuidado
de adaptarse al principio del displacer y el principio del menor gasto de
inervación. Resulta pues -y ello constituye la clave de la teoría de la
represión-, que el segundo sistema no puede cargar una representación
sino cuando se halla en estado de coartar el desarrollo de displacer que
de ella emana. Aquello que a esta coerción se sustrajera sería también
inaccesible para el segundo sistema y quedaría abandonado en seguida
en obediencia al principio del displacer. La coerción del displacer no
necesita, sin embargo, ser completa. Tiene que producirse siempre un
comienzo de tal efecto, que anuncie al segundo sistema la naturaleza
del recuerdo y quizá también su defectuosa capacidad para el fin
buscado por el pensamiento. Llamaremos proceso primario al único
proceso psíquico que puede desarrollarse en el primer sistema, y
proceso secundario al que se desarrolla bajo la coerción del segundo.
Puedo mostrar aún en otro lugar por qué el segundo sistema tiene que
corregir el proceso primario. El proceso primario aspira a la derivación
de la excitación para crear, con la cantidad de excitación así acumulada,
una identidad de percepción. El proceso secundario ha abandonado ya
este propósito y entraña en su lugar el de conseguir una identidad
mental. Todo el pensamiento no es sino un rodeo desde el recuerdo de
la satisfacción, tomado como representación final, hasta la carga
idéntica del mismo recuerdo, que ha de ser alcanzada por el camino que
pasa por los caminos que enlazan a las representaciones sin dejarse

62
incluir en error por las intensidades de las mismas. Pero vemos
claramente que las condensaciones de representaciones y las
formaciones intermediarias y transaccionales constituyen un estorbo
para alcanzar este fin de identidad; sustituyendo una representación a
otra, desvían del camino que partía de la primera. Por tanto, el
pensamiento secundario evita cuidadosamente tales procesos. No es
tampoco difícil ver que el principio del displacer, que ofrece importantes
puntos de apoyo al proceso intelectual, le estorba también en la
persecución de la identidad intelectual. La tendencia del pensamiento
tiene, pues, que orientarse a libertarse cada vez más de la regulación
exclusiva por medio del principio del displacer y a limitar a un mínimo
utilizable como premisa el desarrollo de afectos por la labor intelectual.
Este perfeccionamiento de la función debe ser conseguido mediante una
sobrecarga proporcionada por la conciencia. Pero sabemos que tal
perfeccionamiento sólo raras veces se consigue, aun en la vida anímica
más normal, y que nuestro pensamiento permanece siempre accesible a
la falsificación por la intervención del principio del displacer. Mas no es
ésta, sin embargo, la laguna de la función de nuestro aparato anímico,
que hace posible que los pensamientos que se presentan como
resultados de la labor intelectual secundaria sucumban al proceso
psíquico primario, fórmula con la cual podemos describir ahora la labor
que conduce al sueño y a los síntomas histéricos. La insuficiencia es
creada por la colaboración de dos factores de nuestra historia evolutiva,
uno de los cuales pertenece por completo al aparato anímico y ha
ejercido una influencia reguladora sobre la relación de los dos sistemas.
En cambio, el otro aparece en cantidades muy variables e introduce en
la vida anímica fuerzas impulsoras de origen orgánico. Ambos proceden
de la vida infantil y son un resto de la transformación que nuestro
organismo anímico y somático ha experimentado desde los tiempos
infantiles. Si a uno de los procesos psíquicos que se desarrollan en el
aparato anímico le damos el nombre de proceso primario, no lo hace
atendiendo únicamente a su mayor importancia y a su más amplia
capacidad funcional, sino también a las circunstancias temporales. No
sabemos que exista ningún aparato psíquico cuyo único proceso sea el
primario. Por tanto, el suponer su existencia es una pura ficción teórica.
Pero lo que sí constituye un hecho es que los procesos primarios se
hallarán dados en él desde un principio, mientras que los secundarios
van desarrollándose paulatinamente en el curso de la existencia,
coartando y sometiendo a los primarios hasta alcanzar su completo
dominio sobre ellos, quizá en el punto culminante de la vida. A causa de
este retraso de la aparición de los procesos secundarios continúa
constituido el nódulo de nuestro ser por impulsos optativos
inconscientes, incoercibles e inaprehensibles para los preconscientes,
cuya misión queda limitada de una vez para siempre a indicar a los

63
impulsos optativos procedentes de lo inconsciente los caminos más
adecuados. Estos deseos inconscientes representan para todas las
aspiraciones anímicas posteriores una coerción a la que tienen que
someterse, pudiendo esforzarse en derivarla y dirigirla hacia fines más
elevados. Un gran sector del material mnémico permanece también
inaccesible a la carga psíquica preconsciente a causa de este retraso.
Entre los impulsos optativos indestructibles e incoercibles procedentes
de lo infantil existen también algunos cuya realización resulta también
contraria a las representaciones finales del pensamiento secundario. La
realización de estos deseos no provocaría ya un afecto de placer, sino
displaciente, y precisamente esta trasformación de los afectos constituye
la esencia de aquello que denominamos «represión». La cuestión de por
qué caminos y mediante qué fuerzas puede tener efecto tal
transformación es lo que constituye el problema de la represión;
problema que no necesitamos examinar aquí sino superficialmente. Nos
bastará hacer constar que en el curso del desarrollo aparece una
transformación de los afectos (recuérdese la aparición de las
repugnancias de que al principio carece la vida infantil), transformación
que se halla ligada a la actividad del sistema secundario. Los recuerdos
de los que se sirve el deseo inconsciente para provocar la asociación de
afectos no fueron jamás accesibles para lo preconsciente, razón por la
cual no puede ser coartado su desarrollo de afecto. Este mismo
desarrollo de afecto hace que tampoco se pueda llegar ahora a estas
representaciones desde las ideas preconscientes a las que han
transferido su fuerza de deseos. Por el contrario, se impone el principio
del displacer y separa al Prec. de tales ideas de transferencia, las cuales
quedan entonces abandonadas a sí mismas -reprimidas-,
constituyéndose así en condición preliminar de la represión la existencia
de un acervo de recuerdos sustraído desde el principio del Prec. En el
caso más favorable termina el desarrollo de displacer en cuanto la idea
de transferencia preconsciente es despojada de su carga, y este
resultado nos muestra que la intervención del principio del displacer es
perfectamente adecuada. Otra cosa sucede, en cambio, cuando el
deseo inconsciente reprimido recibe un refuerzo orgánico que puede
prestar a sus ideas de transferencia, poniéndolas así en situación de
intentar exteriormente por medio de su excitación, aun cuando han sido
abandonadas por la carga del Prec. Surge entonces la lucha defensiva,
reforzando el Prec. la oposición contra las ideas reprimidas
(contracarga), y como una ulterior consecuencia, las ideas de
transferencia, portadoras del deseo inconsciente, logran abrirse camino
bajo una forma cualquiera de transacción por formación de síntomas.
Pero desde el momento en que las ideas reprimidas quedan
intensamente cargadas por la excitación optativa inconsciente y, en
cambio, abandonadas por la carga preconsciente, sucumben al proceso

64
psíquico primario y tienden únicamente a una derivación motora, o,
cuando el camino está libre, a una reanimación alucinatoria de la
identidad de percepción deseada. Hemos descubierto antes,
empíricamente, que los procesos incorrectos descritos se desarrollan tan
sólo con ideas reprimidas. Ahora conseguimos una más amplia visión de
este problema. Tales procesos incorrectos son los procesos primarios,
los cuales surgen siempre que las representaciones son abandonadas
por la carga preconsciente, quedando entregadas a sí mismas y
pudiendo realizarse con la energía no coartada de lo inconsciente, que
aspira a una derivación. Otras observaciones nos muestran que estos
procesos, llamados incorrectos, no son falsificaciones de los «errores
mentales» normales, sino las de funcionamientos psíquicos exentos de
coerción. Vemos, de este modo, que la transmisión de la excitación
preconsciente a la motilidad se desarrolla conforme a los mismos
procesos, y que el enlace de las representaciones inconscientes con
palabras muestra fácilmente aquellos mismos desplazamientos y
confusiones que suelen ser atribuidos a la falta de atención. Por último,
el incremento de trabajo impuesto por la coerción de estos procesos
primarios quedaría demostrado por el hecho de que cuando dejamos
penetrar en la conciencia estas formas del pensamiento conseguimos un
efecto cómico, o sea un exceso derivable por medio de la risa. La teoría
de las psiconeurosis afirma con absoluta seguridad que no pueden ser
sino impulsos sexuales procedentes de lo infantil, que han sucumbido a
la represión (transformación del afecto) en los períodos infantiles del
desarrollo, y luego, en períodos posteriores de la evolución, resultan
susceptibles de una renovación, bien a consecuencia de la constitución
sexual que surge de la bisexualidad primitiva, bien como resultado de
influencias desfavorables de la vida sexual, proporcionando entonces las
fuerzas impulsoras para todas las formaciones de síntomas
psiconeuróticos. Unicamente con la introducción de estas fuerzas
sexuales pueden llenarse las lagunas que aún encontramos en la teoría
de la represión. En este punto habré de abandonar la investigación del
sueño, pues con la hipótesis de que el deseo onírico procede siempre de
lo inconsciente ha traspasado ya los límites de lo demostrable. No quiero
tampoco continuar investigando en qué consiste la diferencia del
funcionamiento de las energías psíquicas en la formación de los sueños
y en la de los síntomas histéricos, pues nos falta el conocimiento de uno
de los miembros de la comparación. Pero hay un punto que me atrae
especialmente, y confesaré que sólo por él he emprendido aquí todas
estas especulaciones sobre los dos sistemas psíquicos, sus formas de
laborar y la represión. Nada importa ahora que mis especulaciones
psicológicas hayan sido acertadas o que entrañen graves errores, cosa
posible dada la dificultad del objeto. Cualesquiera que sean las
verdaderas circunstancias de la censura psíquica y de la elaboración

65
correcta y anormal del contenido del sueño, siempre queda el hecho
indiscutible de que tales procesos intervienen en la formación de los
sueños y muestran la mayor analogía con los descubrimientos en el
estudio de la formación de los síntomas histéricos. Pero el sueño no es
un fenómeno patológico y no tiene como antecedente una perturbación
del equilibrio psíquico, ni deja tras de sí una debilitación de la capacidad
funcional. La objeción de que mis sueños y los de mis pacientes
neuróticos no permiten deducir resultados aplicables a los sueños de los
hombres normales y sanos debería ser rechazada sin discusión ninguna.
Cuando del estudio de estos fenómenos deducimos sus fuerzas
impulsoras, reconocemos que el mecanismo psíquico de que se sirve la
neurosis no es creado por una perturbación patológica que ataca a la
vida anímica, sino que existe ya en la estructura normal del aparato
anímico. Los dos sistemas psíquicos, la censura situada entre ambos, la
coerción de una actividad por otra, las relaciones de ambas con la
conciencia -o todo aquello que en lugar de esto pueda resultar de una
más exacta interpretación de las circunstancias efectivas-, todo ello
pertenece a la estructura normal de nuestro instrumento anímico, y el
sueño constituye uno de los caminos que llevan al conocimiento de
dicha estructura. Si queremos contentarnos con un mínimo de
conocimientos absolutamente garantizados, diremos que el sueño nos
demuestra que lo reprimido perdura también en los hombres normales y
puede desarrollar funciones psíquicas. El sueño es una de las
manifestaciones de lo reprimido, según la teoría, en todos los casos, y
según la experiencia palpable, por lo menos en un gran número. Lo
reprimido que fue estorbado en su expresión y separado de la
percepción interna encuentra en la vida nocturna y bajo el dominio de las
formaciones transaccionales medios y caminos de llegar a la conciencia.
Flectere si nequeo superos acheronta movebo. (Cita de Virgilio.) Pero la
interpretación onírica es la vía regia para el conocimiento de lo
inconsciente en la vida anímica. Persiguiendo el análisis del sueño,
llegamos a un conocimiento de la composición de este instrumento, el
más maravilloso y enigmático de todos. A un conocimiento muy limitado,
es cierto, pero que da el primer impulso para llegar al corazón del
problema, partiendo de otros productos de carácter patológico. La
enfermedad -por lo menos la llamada justificadamente funcional- no
tiene como antecedente necesario la ruina de dicho aparato y la
creación en su interior de nuevas disociaciones. Debe explicarse
dinámicamente, por modificaciones de las energías psíquicas. En otro
lugar podría también demostrarse cómo la composición del aparato por
las dos instancias da a la función normal una sutileza que a una
instancia no le sería dado alcanzar. 6) Lo inconsciente y la conciencia.
La realidad. Bien mirado, no es la existencia de dos sistemas cerca del
extremo motor del aparato, sino la de dos procesos o modos de la

66
derivación de la excitación, lo que ha quedado explicado con las
especulaciones psicológicas del apartado que precede. Pero esto no nos
conturba en absoluto, pues debemos hallarnos dispuestos a prescindir
de nuestras representaciones auxiliares en cuanto creamos haber
llegado a una posibilidad de sustituirlas por otra cosa más aproximada a
la realidad desconocida. Intentaremos ahora rectificar algunas opiniones
que pudieron ser equivocadamente interpretadas mientras tuvimos ante
la vista los dos sistemas, como dos localidades dentro del aparato
psíquico. Cuando decimos que una idea inconsciente aspira a una
traducción a lo preconsciente, para después emerger en la conciencia,
no queremos decir que deba ser formada una segunda idea en un nuevo
lugar. Asimismo queremos también separar cuidadosamente de la
emergencia en la conciencia toda idea de un cambio de localidad.
Cuando decimos que una idea preconsciente queda reprimida y acogida
después por lo inconsciente, podían incitarnos estas imágenes a creer
que realmente queda disuelta en una de las dos localidades psíquicas
una ordenación y sustituida por otra nueva en la otra localidad. En lugar
de esto, diremos ahora, en forma que corresponde mejor al verdadero
estado de cosas, que una carga de energía es transferida o retirada de
una ordenación determinada, de manera que el producto psíquico queda
situado bajo el dominio de una instancia o sustraído al mismo.
Sustituimos aquí, nuevamente, una representación tópica por una
representación dinámica; lo que nos aparece dotado de movimiento no
es el producto psíquico, sino su inervación. Sin embargo, creo adecuado
y justificado continuar empleando la representación plástica de los
sistemas. Evitaremos todo abuso de esta forma de exposición
recordando que las representaciones, las ideas y los productos
psíquicos en general no deben ser localizados en elementos orgánicos
del sistema nervioso, sino, por decirlo así, entre ellos. Todo aquello que
puede devenir objeto de nuestra percepción interior, es virtual, como la
imagen producida por la entrada de los rayos luminosos en el anteojo.
Los sistemas, que no son en sí nada psíquicos y no resultan nunca
accesibles a nuestra percepción psíquica, pueden ser comparados a las
lentes del anteojo, las cuales proyectan la imagen. Continuando esta
comparación, correspondería la censura situada entre dos sistemas a la
refracción de los rayos al pasar a un medio nuevo. Hasta ahora hemos
hecho psicología por nuestra propia cuenta; pero es ya tiempo de que
volvamos nuestros ojos a las opiniones teóricas de la psicología actual
para compararlas con nuestros resultados. El problema de lo
inconsciente en la psicología es, según las rotundas palabras de Lipps,
menos un problema psicológico que el problema de la psicología.
Mientras que la psicología se limitaba a resolver este problema con la
explicación de que lo psíquico era precisamente lo consciente, y que la
expresión «procesos psíquicos inconscientes» constituía un

67
contrasentido palpable, quedaba excluido todo aprovechamiento
psicológico de las observaciones que el médico podía efectuar en los
estados anímicos anormales. El médico y el filósofo sólo se encuentran
cuando reconocen ambos que los procesos psíquicos inconscientes
constituyen la expresión adecuada y perfectamente justificada de un
hecho incontrovertible. El médico no puede sino rechazar con un
encogimiento de hombros la afirmación de que la conciencia es el
carácter imprescindible de lo psíquico, o si su respeto a las
manifestaciones de los filósofos es aún lo bastante fuerte, suponer que
no tratan el mismo objeto ni ejercen la misma ciencia. Pero también una
sola observación, comprensiva de la vida anímica de un neurótico, o un
solo análisis onírico, tienen que imponerle la convicción indestructible de
que los procesos intelectuales más complicados y correctos, a los que
no es posible negar el nombre de procesos psíquicos, pueden
desarrollarse sin intervención de la conciencia del individuo . El médico
no advierte, ciertamente, estos procesos inconscientes hasta que los
mismos han ejercido un efecto susceptible de comunicaciones o de
observación sobre la conciencia; pero este efecto de conciencia puede
mostrar un carácter psíquico completamente distinto del proceso
preconsciente, de manera que la percepción interior no pueda reconocer
en él una sustitución del mismo. El médico tiene que reservarse el
derecho de penetrar inductivamente desde el efecto de la conciencia
hasta el proceso psíquico inconsciente. Obrando así descubrirá que el
efecto de conciencia no es más que un lejano efecto psíquico del
proceso inconsciente y que este último no ha devenido consciente como
tal, habiendo existido y actuado sin delatarse en modo alguno a la
conciencia. Para llegar a un exacto conocimiento del proceso psíquico
es condición imprescindible dar a la conciencia su verdadero valor, tan
distinto del que ha venido atribuyéndosele con exageración manifiesta.
En lo inconsciente tenemos que ver, como afirma Lipps, la base general
de la vida psíquica. Lo inconsciente es el círculo más amplio en el que
se halla inscrito el de lo consciente. Todo lo consciente tiene un grado
preliminar inconsciente, mientras que lo inconsciente puede permanecer
en este grado y aspirar, sin embargo, al valor completo de una función
psíquica. Lo inconsciente es lo psíquico verdaderamente real: su
naturaleza interna nos es tan desconocida como la realidad del mundo
exterior y nos es dado por el testimonio de nuestra conciencia tan
incompletamente como el mundo exterior por el de nuestros órganos
sensoriales. Una vez que la antigua antítesis de vida consciente y vida
onírica ha quedado despojada de toda significación por el
reconocimiento del verdadero valor de lo psíquico inconsciente,
desaparece toda una serie de problemas oníricos que preocuparon
intensamente a los investigadores anteriores. Así, muchas funciones
cuyo desarrollo en el sueño resultaba desconcertante, no deben ser ya

68
atribuidas a este fenómeno, sino a la actividad diurna del pensamiento
inconsciente. Cuando Scherner nos descubre en el sueño una
representación simbólica del cuerpo, sabemos que se trata del
rendimiento de determinadas fantasías inconscientes, que obedecen,
probablemente, a impulsos sexuales y que no se manifiestan
únicamente en él, sino también en las fobias histéricas y en otros
síntomas. Cuando el sueño continúa labores intelectuales diurnas,
solucionándolas e incluso extrayendo a la luz ocurrencias valiosísimas,
hemos de ver en dichas labores un rendimiento de las mismas fuerzas
que las realizan durante la vigilia. Lo único que corresponderá a la
elaboración onírica y podrá ser considerado como una intervención de
oscuros poderes de los más profundos estratos del alma será el disfraz
de sueño con el que la función intelectual se nos presenta. Nos
inclinamos asimismo a una exagerada estimación del carácter
consciente de la producción intelectual y artística. Por las
comunicaciones de algunos hombres altamente productivos, como
Goethe y Helmholtz, sabemos que lo más importante y original de sus
creaciones surgió en ellos en forma de ocurrencia espontánea, siendo
percibido casi siempre como una totalidad perfecta y terminada. El
auxilio de la actividad consciente tiene el privilegio de encubrir a todas
las que simultáneamente actúan. No merece la pena plantearnos el
examen de la significación histórica de los sueños como un tema
especial. Aquellos casos en que un guerrero fue impelido por un sueño a
acometer una osada empresa cuyo resultado transformó la Historia, no
constituyen un nuevo problema, sino mientras que consideramos al
sueño como un poder ajeno a las demás fuerzas anímicas que nos son
más familiares y no como una forma expresiva de impulsos coartados
durante el día por una resistencia y reforzados nocturnamente por
excitaciones emanadas de fuentes más profundas. El respeto que el
sueño mereció a los pueblos antiguos se hallaba fundado en una exacta
estimación psicológica de lo indestructible e indomable existente en el
alma humana; esto es, de lo demoníaco, dado en nuestro inconsciente y
reproducido por el sueño. No sin intención digo nuestro inconsciente,
pues aquello que con este nombre designamos no coincide con lo
inconsciente de los filósofos ni tampoco con lo inconsciente de Lipps.
Los filósofos lo consideran únicamente como la antítesis de lo
consciente, y la teoría de que, además de los procesos conscientes, hay
también procesos inconscientes, es una de las que más empeñadas
discusiones han provocado. Lipps nos muestra un principio de mayor
alcance, afirmando que todo lo psíquico se encuentra dado
inconscientemente y algo de ello también conscientemente. Pero no es
para demostrar este principio por lo que hemos estudiado los fenómenos
del sueño y de la formación de los síntomas histéricos. La observación
de la vida diurna normal es suficiente para protegerlo contra toda duda.

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Los nuevos conocimientos que nos ha procurado el análisis de los
productos psicopatológicos y, entre ellos, el del sueño, consisten en que
lo inconsciente -esto es, lo psíquico- aparece como función de dos
síntomas separados y surge ya así en la vida anímica normal. Hay,
pues, dos clases de inconsciente, diferenciación que no ha sido
realizada aún por los psicólogos. Ambas caen dentro de lo que la
psicología considera como lo inconsciente, pero desde nuestro punto de
vista, es una de ellas, la que hemos denominado Inc., incapaz de
conciencia, mientras que la otra, o sea el Prec., ha recibido de nosotros
este nombre porque sus excitaciones pueden llegar a la conciencia,
aunque también adaptándose a determinadas reglas y quizá después de
vencer una nueva censura, pero de todos modos sin relación ninguna
con el sistema Inc. El hecho de que para llegar a la conciencia tengan
que pasar las excitaciones por una sucesión invariable; esto es, por una
serie de instancias, hecho que nos fue revelado por las transformaciones
que la censura les impone, nos sirvió para establecer una comparación
especial. Describimos las relaciones de ambos sistemas entre sí y con la
conciencia, diciendo que el sistema Prec. aparecía como una pantalla
entre el sistema Inc. y la conciencia. El sistema Prec. no sólo cerraba el
acceso a la conciencia, sino que dominaba también el acceso a la
motilidad voluntaria y disponía de la emisión de una carga de energía
psíquica móvil, de la que no es familiar una parte a título de atención .
También debemos mantenernos alejados de la diferenciación de
conciencia superior y subconciencia, tan gustada por la moderna
literatura de la psiconeurosis, pues parece acentuar la equivalencia de lo
psíquico y lo consciente. ¿Qué misión queda, pues, en nuestra
representación, a la conciencia, antes omnipotente y que todo lo
encubría? Sencillamente la de un órgano sensorial para la percepción de
cualidades psíquicas. Según la idea fundamental de nuestro esquema,
no podemos considerar la percepción por la conciencia más que como la
función propia de un sistema especial, al que designaremos como
sistema Cc. Este sistema nos lo representamos compuesto por
caracteres mecánicos, análogamente al sistema de percepción P; esto
es, excitable por cualidades e incapaz de conservar la huella de las
modificaciones, o sea carente de memoria. El aparato psíquico, que se
halla orientado hacia el mundo exterior con el órgano sensorial de los
sistemas P, es, a su vez, mundo exterior para el órgano sensorial de los
sistemas Cc. cuya justificación teleológica reposa en esta circunstancia.
El principio de la serie de instancias, que parece dominar la estructura
del aparato, nos sale aquí nuevamente al encuentro. El material de
excitaciones afluye al órgano sensorial Cc. desde dos partes diferentes;
esto es, desde el sistema P, cuya excitación condicionada por
cualidades pasa probablemente por una nueva elaboración hasta que se
convierte en sensación consciente, y desde el interior del aparato

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mismo, cuyos procesos cuantitativos son sentidos como una serie de
cualidades de placer y displacer cuando han llegado a ciertas
transformaciones. Los físicos, que han sospechado la posibilidad de
formaciones intelectuales correctas y altamente complicadas sin
intervención de la conciencia, han considerado luego muy difícil señalar
a esta última una misión, pues se les mostraba como un reflejo superfluo
del proceso psíquico terminado. La analogía de nuestro sistema Cc. con
el sistema de las percepciones nos ahorra esta dificultad. Vemos que la
percepción por nuestros órganos sensoriales trae consigo la
consecuencia de dirigir una carga de energía por los caminos por los
que se difunde la excitación sensorial afluyente. La excitación cualitativa
del sistema P sirve para regular el curso de la cantidad móvil en el
aparato psíquico. Esta misma misión puede ser atribuida al órgano
sensorial del sistema Cc. Al percibir nuevas cualidades rinde una nueva
aportación a la dirección y distribución de las cargas móviles de energía.
Por medio de la percepción de placer y displacer influye sobre el curso
de las cargas dentro del aparato psíquico, que fuera de esto se mantiene
inconsciente y labora por medio de desplazamientos de cantidad. Es
verosímil que el principio del displacer regule inicialmente los
desplazamientos de la carga de un modo automático, pero es muy
posible que la conciencia lleve a cabo una segunda regulación más sutil
de estas cualidades, regulación que puede incluso oponerse a la primera
y que completa y perfecciona la capacidad funcional del aparato,
modificando su disposición primitiva para permitirle someter a la carga
de energía psíquica y a la elaboración aquello que se halla enlazado con
desarrollos de displacer. La psicología de la neurosis nos enseña que
esta regulación por la excitación cualitativa del órgano sensorial
desempeña un importantísimo papel en la actividad funcional del
aparato. El dominio automático del principio primario de displacer y la
subsiguiente limitación de la capacidad funcional quedan suprimidos por
las regulaciones sensibles, las cuales son nuevamente, de por sí,
automatismos. Vemos que la represión adecuada al principio termina en
una renuncia perjudicial a la coerción y al dominio anímico, recayendo
mucho más fácilmente sobre los recuerdos que sobre las percepciones,
pues los primeros carecen del incremento de carga provocado por la
excitación del órgano sensorial psíquico. Las ideas rechazables no se
hacen conscientes unas veces por haber sucumbido a la represión; pero
otras pueden no hallarse reprimidas, sino haber sido sustraídas a la
conciencia por otras causas. Estos son los indicios de que la terapia se
sirve para solucionar las represiones. El valor de la sobrecarga
provocada por la influencia reguladora del órgano sensorial Cc. sobre la
cantidad móvil queda representado en una conexión teleológica por la
creación de nuevas series de cualidades y con ello de una nueva
regulación, que pertenece, quizá, a las prerrogativas concedidas al

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hombre sobre los animales. Los procesos intelectuales carecen en sí de
calidad, salvo en lo que respecta a las excitaciones placientes y
displacientes concomitantes, que deben ser mantenidas a raya, como
posibles perturbaciones del pensamiento. Para prestarles una cualidad
quedan asociados en el 359 hombre con recuerdos verbales, cuyos
restos cualitativos bastan para atraer sobre ellas la atención de la
conciencia. La diversidad de los problemas de la conciencia se nos
muestra en su totalidad en el análisis de los procesos mentales
histéricos. Experimentamos entonces la impresión de que también el
paso de lo preconsciente a la carga de la conciencia se halla ligado a
una censura análoga a la existente entre Inc. y Prec. También esta
censura comienza a partir de cierto límite cuantitativo, quedando
sustraídos a ella los productos mentales poco intensos. Todos los casos
posibles de inaccesibilidad a la conciencia, así como los de penetración
a la misma bajo ciertas restricciones, aparecen reunidos en el cuadro de
los fenómenos psiconeuróticos, y todos estos fenómenos indican la
íntima y recíproca conexión existente entre la censura y la conciencia.
Con la comunicación de dos casos de este género daremos por
terminadas estas especulaciones psicológicas. En una ocasión fuí
llamado a consulta para examinar a una muchacha de aspecto
inteligente y decidido. Su toilette me llamó inmediatamente la atención,
pues contra todas las costumbres femeninas, llevaba colgando una
media y desabrochados los botones de la blusa. Se quejaba de dolores
en una pierna, y sin que yo le hiciera indicación alguna, se quitó la media
y me mostró la pantorrilla. Su queja principal es la siguiente, que
reproduzco aquí con sus mismas palabras: siente como si tuviera dentro
del vientre algo que se moviera de aquí para allá, sensación que le
produce profundas emociones. A veces es como si todo su cuerpo se
pusiera rígido. Al oir estas palabras, el colega que me había llamado a
consulta me miró significativamente. No eran, en efecto, nada
equívocas. Lo extraño es que la madre de la sujeto no sospechase su
sentido, a pesar de que debía de haberse hallado repetidamente en la
situación que con ellas describía su hija. Esta no tiene idea ninguna del
alcance de sus palabras, pues si la tuviera no las pronunciaría. Se ha
conseguido, por tanto, en este caso cegar de tal manera a la censura,
que una fantasía que permanece generalmente en lo preconsciente ha
sido acogida en la conciencia bajo el disfraz de una queja y como
absolutamente inocente. Otro ejemplo. Comienzo el tratamiento
psicoanalítico de un niño de catorce años que padece de «tic»
convulsivo, vómitos histéricos, dolores de cabeza, etcétera, etc.
Asegurándole que cerrando los ojos vería imágenes o se le ocurrirían
cosas que debería comunicarme, el paciente me responde en imágenes.
La última impresión recibida por él antes de venir a verme vive
visualmente en su recuerdo. Había estado jugando a las damas con su

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tío y ve ahora el tablero ante sí. Discute y me explica determinadas
posiciones que son favorables o desfavorables y ciertas jugadas que no
deben hacerse. Después ve sobre el tablero un puñal, que no es de su
tío, sino de su padre, pero que traslada a casa de su tío, colocándolo
sobre el tablero. Luego aparece en el mismo lugar una hoz y luego una
guadaña, acabando por componerse la imagen de un viejo labrador que
siega la hierba. Después de algunos días llegué a la comprensión de
esta yuxtaposición de imágenes. El niño vive en medio de circunstancias
familiares que le han excitado: un padre colérico y severo, en perpetua
guerra con la madre y cuyo único medio educativo era una constante
amenaza; la separación de los cónyuges y el alejamiento de la madre,
cariñosa y débil, y el nuevo matrimonio del padre, que apareció una
tarde en su casa con una mujer joven y dijo al niño que aquella era su
nueva mamá. Pocos días después de este suceso fue cuando el niño
comenzó a enfermar. Su cólera retenida con el padre es lo que ha
reunido las imágenes referidas en alusiones fácilmente comprensibles.
El material ha sido proporcionado por una reminiscencia de la mitología.
La hoz es el arma con que Zeus castró a su padre, y la guadaña y la
imagen del segador describen a Cronos, el violento anciano que devora
a sus hijos, y del que Zeus toma una venganza tan poco infantil. El
matrimonio del padre constituyó una ocasión para devolver los
reproches y amenazas que el niño hubo de oír en una ocasión en que
fue sorprendido jugando con sus genitales (el tablero, las jugadas
prohibidas, el puñal con el que se puede matar). En este caso se
introducen furtivamente en la conciencia, fingiéndose imágenes
aparentemente faltas de sentido, recuerdos ha largo tiempo reprimidos,
cuyas ramificaciones han permanecido inconscientes. Así, pues, el valor
teórico del estudio de los sucesos consistiría en sus aportaciones al
conocimiento psicológico y en una preparación a la comprensión de la
psiconeurosis. ¿Quién puede sospechar hasta dónde puede elevarse
aún y qué importancia puede adquirir un conocimiento fundamental de la
estructura y las funciones del aparato anímico, cuando ya el estado
actual de nuestro conocimiento permite ejercer una influencia
terapéutica sobre las formas curables de psiconeurosis? ¡Cuál puede ser
ahora me oigo preguntar el valor práctico de estos estudios para el
conocimiento del alma y el descubrimiento de las cualidades ocultas del
carácter individual? Estos impulsos inconscientes que el sueño revela,
¿no tienen, quizá, el valor de poderes reales en la vida anímica? ¿Qué
importancia ética hemos de dar a los deseos reprimidos, que así como
crean sueños, pueden crear algún día otros productos? No me creo
autorizado para contestar a estas preguntas. Mis pensamientos no han
perseguido más allá esta faceta del problema del sueño. Opino
únicamente que aquel emperador romano que hizo ejecutar a uno de
sus súbditos por haber éste soñado que le asesinaba, no estaba en lo

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cierto. Debía haberse preocupado antes de lo que el sueño significaba,
pues muy probablemente no era aquello que su contenido manifiesto
revelaba, y aun cuando un sueño distinto hubiese tenido esta
significación criminal, hubiera debido pensar en las palabras de Platón,
de que el hombre virtuoso se contenta con soñar lo que el perverso
realiza en la vida. Por tanto, creo que debemos absolver al sueño. No
puedo decir en pocas palabras si hemos de reconocer realidad a los
deseos inconscientes y en qué sentido. Desde luego, habremos de
negársela a todas las ideas de transición o de mediación. Una vez que
hemos conducido a los deseos inconscientes a su última y más
verdadera expresión, vemos que la realidad psíquica es una forma
especial de existencia que no debe ser confundida con la realidad
material. Parece entonces injustificado que los hombres se resistan a
aceptar la responsabilidad de la inmoralidad de sus sueños. El estudio
del funcionamiento del aparato anímico y el conocimiento de la relación
entre lo consciente y lo inconsciente hacen desaparecer aquello que
nuestros sueños presentan contrario a la moral. «Al buscar ahora en la
conciencia las relaciones que el sueño mostraba con el presente (la
realidad), no deberemos extrañarnos si lo que creímos un monstruo al
verlo con el cristal de aumento del análisis, se nos muestra ser un
infusorio» (H. Sachs). Para la necesidad práctica de la estimación del
carácter del hombre bastan en la mayoría de los casos, sus
manifestaciones conscientes. Ante todo, hemos de colocar en primer
término el hecho de que muchos impulsos que han penetrado en la
conciencia son suprimidos por poderes reales en la vida anímica antes
de su llegada al acto. Si alguna vez no encuentran obstáculo psíquico
ninguno en su camino es porque lo inconsciente está seguro de que
serán estorbados en otro lugar. De todos modos, siempre es muy
instructivo ver el removido suelo sobre el que se alzan, orgullosas,
nuestras virtudes. La complicación dinámica de un carácter humano no
resulta ya explicable por medio de una simple alternativa, como lo quería
nuestra vieja teoría moral. ¿Y el valor del sueño para el conocimiento del
porvenir? En esto no hay, naturalmente, que pensar . Por gustosos que
saludemos, como investigadores modestos y exentos de prejuicios, la
tendencia a incluir los fenómenos ocultos en el círculo de la
investigación científica, mantenemos nuestra convicción de que dichos
estudios no llegarán nunca a procurarnos ni la demostración de una
segunda existencia en el más allá ni el conocimiento del porvenir.
Diríamos, en cambio, que el sueño nos revela el pasado, pues procede
de él en todos sentidos. Sin embargo, la antigua creencia de que el
sueño nos muestra el porvenir no carece por completo de verdad.
Representándonos un deseo como realizado, nos lleva realmente al
porvenir; pero este porvenir que el soñador toma como presente está

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formado por el deseo indestructible conforme al modelo de dicho
pasado.

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