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El Mal Querer

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EL MAL QUERER

Se dice que el paso por el infierno se divide en once partes, once fases del lugar mas perturbador en
el que una persona se puede sumergir. El augurio, donde ese sentimiento de incertidumbre y mal
presentimiento te quema el cuerpo como un cigarrillo encendido que empieza por una papelera y
acaba por destruir un edificio entero. La boda, la unión de cuerpos y almas que en lugar de crear un
vínculo creará una cárcel de la que no se podrá salir. Los celos, la desconfianza, el miedo a
perderla,el pánico a la soledad, el aislamiento que provocas a tu amada cuando sientes que todo se
la podría llevar y quitarte lo mas preciado que te pertenece. La disputa, la desesperación y la furia
de una mujer que lo único que quiere es libertad, escapar de la cárcel en la que se la encerró, una
mujer que hará lo que sea necesario para salir del inframundo en el que se encuentra. El lamento,
que no es mas que esa rabia ardiente convertida en lágrimas que corren por sus mejillas como una
cascada que cae rozando las rocas húmedas de la montaña. La clausura, el cierre de puertas a los
últimos trazos de esperanza que daban color a un cuadro gris, que inicialmente era blanco. La
liturgia, ese grito de ayuda a alguien más, la ilusión de que un barco te rescate de ahogarte. El
éxtasis, el placer de un alma con la espalda llena de marcas y cicatrices aun abiertas hechas por las
garras del monstruo que la arrastró al infierno. La concepción, el nacer de un niño que llevará a su
madre otra vez a la superficie, que la salvará de convertirse en las cenizas de una mujer asesinada
por su marido. La cordura, el momento en el que la encarcelada rompe los barrotes de la jaula que
contenía su alma, el instante en el que el corazón envía ordenes al cerebro y no viceversa y en que
las consecuencias de sus actos se vuelven invisibles para ella. Y con el infierno ya dejado atrás,
llega el poder, la redención de un alma que deja el dolor atrás, un dolor que no desaparecerá, pero
que se marcará en su piel como un tatuaje del que no se podrá deshacer, porque abandonar y olvidar
no son sinónimos. Porque el querer te va a llegar, sea buena o malamente.
----------------

Quien me hubiera dicho que la mano del hombre que conocí en una discoteca cuando el suelo
temblaba al ritmo de es musica electrónica que resonaba por todo el barrio sería la misma que me
hundiría y me llevara hasta las profundidades del inframundo. Eran las 4 de la mañana, estaba hasta
las trancas y lo vi, al mismo diablo, al hombre que haría que mi vida entera se derrumbara sin
control, y sentí que mi corazón ardía, pero no supe que esas mismas llamas de llevarían por delante
a mi cuerpo entero, porque él me iba a destruir, pero yo no era consciente. No sé si fue su pelo
rizado y brillante, sus ojos marrones que, a pesar de casuales, eran espectaculares. También
pudieron haber sido las pecas que cubrían su rostro o esa mandíbula marcada que me atrajo tanto.
Lo que si sé es que nunca me había sentido tan locamente enamorada a primera vista.
Me acerqué.
- Hola. - le dije con vergüenza
-Hola, que tal? - me contestó, extrañado
- Que estaba por allí – señalé a mis amigas- , te he visto y me has parecido mono. ¿Me das tu
teléfono?
- Claro -contestó rápidamente – y me dictó.
- Gracias – le dije alargando la ese-
- Bueno, hasta luego – dijo él, sacando una sutil sonrisa-
Y ahí empezó todo, ahí empezó el principio de mi fin.
Empezamos a salir, y cada día nos gustábamos mas, soñaba con él, me imaginaba una vida con él,
supongo que al final la tuve, a pesar de no ser la que imaginé. Yo me quería independizar, así que
nos alquilamos un piso en el centro de Madrid, tenia la vida que quería, pero no me pude hacer una
idea de las consecuencias que eso tendría. Y llegó el día, fuimos a una pequeña casa preciosa en una
cala perdida de la Costa Brava para pasar el verano y una mañana cualquiera, dando un paseo, me
sorprendió.
- Cariño – dijo suavemente-
Cogió aire y se arrodilló:
- ¿Quieres casarte conmigo? - dijo mientras me mostraba el anillo más bonito que he llegado a ver
nunca.
Una brisa extrañamente fría recorrió mi espalda, sentí un escalofrío y en ese instante una pregunta
se me clavó en la frente como una flecha. “¿Estoy segura?”, “¿Debería aceptar?”, “¿Estoy
haciendo lo correcto?”, pensé. Empecé a dudar, sabia que mi respuesta podría cambiar mi vida por
completo. Pero no hice caso, y me lancé, y no me arrepiento de nada más en mi vida que de eso.

Y finalmente llegó la boda, estábamos los dos en el altar, ella llevaba un vestido espléndido,
inmaculado, sus ojos brillaban como las hojas de un cuchillo y me reflejaban la suerte que tuve en
encontrarla. Los invitados observaban alegres y con ilusión. Yo solo quería que vieran el sol, la luz,
y que no saliera la luna. Porque yo sabia que la noche iba a llegar, y nadie llegó a ni siquiera
pensarlo por un segundo. Porque la luz en el rostro de la novia los cegaba tanto que nadie se
imaginó lo que estaba por venir para ella. Y ya estábamos juntos, ya la tenía, ya la había encerrado
en la jaula que nadie habría logrado ver. Pasaron los días, las semanas, y todo iba bien, hasta que
ella quiso salir con sus amigas.
- Mi vida, voy a salir a cenar. -dijo alegremente -
- ¿Con quien? - respondí yo, extrañado. Ella no salía con nadie más que conmigo. -
- Pues con mis amigas, con mis amigas, ¿Con quien voy a salir sino? - me contestó
Recapacité, se merecía una oportunidad, quería confiar en ella.
-Vale, me parece bien– le dije -
Se arregló, me dio un beso y se despidió. En el momento en que la puerta se cerró me di cuenta de
mi error. La estaba dejando a merced de cualquiera. “¿Y si se enamora de otro y me deja?, “¿Y si
me quedo solo? Le tenía pánico a la soledad, ella era todo lo que tenia. Y no iba a permitir que me
lo quitaran. Me senté entre el silencio y la penumbra de una habitación que ya se había oscurecido y
que esperaba a que encendiera la luz. Y empecé a pensar. Me imaginé toda la gente que pasaba
observando boquiabiertos la belleza de sus hoyuelos, al aire moviendo su pelo,el oro que la vestía
rozando su piel, el agua que bebía por mojar sus labios y la luna y el cielo siendo apreciados por sus
resplandecientes ojos. Sentí su mirada clavada en mi pecho como una bala, y como el perro que no
quiere que su dueño lo abandone, tuve miedo. Pensé que cuando salia por la puerta no iba a volver
nunca y que si no la agarraba fuerte seria mi culpa.

-----------------

Llegué a casa a las 2 de la mañana, la sobremesa de la cena se alargó. Entré en casa y lo vi allí,
sentado mirando la televisión y supe que me había estado esperando.
-¿Que estabas haciendo? - preguntó, con un tono seco-
- Cenar, ¿Porque? - respondí, no tenia nada que ocultar -
- Pues porque no quiero que salgas mas.
Dudé si lo había escuchado bien.
- ¿Perdón? - pregunté.
Empezamos a discutir.

No me podía creer su respuesta. A mi, al que lo daba todo por ella, al que se preocupaba por su
seguridad y la cuidaba, a mi me estaba respondiendo. No podía soportar que fuera tan
desagradecida, se pensaba que a mi no me dolía la situación. A mi me hacía mucho más daño que a
ella. La abofeteé, marcando territorio, para que se diera cuneta de quien mandaba sobre quien. Pero
no me pareció suficiente. Le volví a pegar, sabía que dolía, pero sabia que era necesario. Y seguí
golpeándola, golpe tras golpe. Ella lloraba y me rogaba que parara, pero yo no podía, tal vez no
quise, pero no paré. Tras unos minutos de placer para mí y dolor para ella. Nos rodeó el amargo
silencio de aquel comedor con una mujer prácticamente inconsciente tirada en el suelo.
No supe que había pasado hasta la mañana siguiente, cuando al levantarme me sentí destrozada, me
acordaba de alguna bofetada de la noche anterior, pero de nada más, por lo que ese exagerado dolor
me hizo extrañarme. Me levanté, caminé hacia el baño y encendí la luz. Me encontré con decenas
de moratones esparcidos por toda mi piel, como nubes cubriendo un día soleado. Grité aterrorizada,
“¡¿Cómo había acabado con tantos moratones?!”, pensé. Y ahí me di cuenta de que lo de la noche
anterior no fueron solo unas cuantas bofetadas. Empecé a llorar, sentía que me ahogaba. Llegó la
pena, llegó la duda, llegó el arrepentimiento y sobretodo, llegó el lamento. Me arrepentí de haber
salido a cenar y aunque no fuera culpa mía, yo estaba convencida de que yo era la culpable. Esa fue
la última vez que salí con alguien que no fuera él, le temía al hecho de pensar que se podría repetir,
que podría volver a despertarme con más golpes. Y ahí, en ese instante, decidí que me dejaría
encerrar, como el delincuente que va él mismo a comisaria para que le detengan. Preferí
encarcelarme a que me siguiera maltratando. Pero él siguió, y yo me dejé golpear. Dejé que la mano
me arrastrara a cambio de que no me matara. Y así, por voluntad propia, me hice presa de aquel
demonio. Al día siguiente, aprovechando que él no estaba, salí a la calle. Caminé por las calles
húmedas y oscuras de una ciudad que ya había sido consumida por la noche. Empecé a caminar,
caminé y caminé sin rumbo con la ilusión de llegar a algún lugar donde nunca me hubiera casado
con ese monstruo. Al poco tiempo me sentí exhausta, decidí sentarme en el primer bordillo que
encontré. Era la entrada de una discoteca. Me senté, y empecé a notar el contraste de la música y los
gritos de alegría, de euforia o tal vez de horror de una gran masa de adolescentes. Comencé a
centrarme cada vez más en la canción que sonaba, yo la había escuchado en algún sitio. Me di
cuenta, aunque no quisiera aceptarlo, esa era la canción que sonaba en el instante en el que lo
conocí. Empecé a llorar, me dio igual que la gente observara mis ojos rojos y cansados inundarse,
yo no podía más. Ahí supe que solo una cuerda lanzada desde un barco podría hacerme flotar hasta
la superficie, que no podría llegar nadando por mi misma. “¿Pero a quien pido ayuda?”, pensé. Solo
pude pensar en una sola persona. Empecé a rezar, recé con todas mis fuerzas. Puse toda mi energía
en que alguien me oyera y quisiese ayudarme. No conseguí hablar con nadie, pero tuve la seguridad
de que alguien me escuchó.

Estuve bailando toda la noche, fue la mejor juerga de mi vida. Bebí, y mucho, pero podía caminar y
pensar como de costumbre. Estaba saliendo de la discoteca y la vi. No supe que era, si un ángel o
una mujer. Lo que sí supe fue que estaba herida, como una nube que cae en forma de gotas y moja a
toda una ciudad, como una paloma blanca que no puede volar más y cae en picado hacia el suelo.
No importaba lo que fuera, solo me importaba ayudarla.

Mis ojos se empezaron a secar, y lo vi. Tenia un pelo negro y liso, sus ojos brillaban como una roca
de amatista a la luz del sol, pero eran oscuros como un bosque a la luz de la luna. Era alto, delgado,
y podría tener la apariencia más agradable y acogedora que jamás habré visto. Me vio llorar y al
momento se sentó a mi lado. No necesitábamos palabras, nos entendimos con los ojos, sabía que él
quería ayudarme, que no podía permitirse dejarme allí y seguir viendo el suelo manchado con más
lágrimas.
-Dime, ¿que ha pasado? - preguntó, preocupado-
- Estoy cansada, y no puedo más – respondí-
-Ven conmigo, ya estás a salvo – aseguró-
Me fui con él, me llevó a su casa. Llegamos a un piso limpio y cálido, echaba de menos ese calor.
Nos sentamos en su sofá y entre la comodidad y el cariño le empecé a explicar mi historia. Mi dolor
se le clavó a él en su pecho y la lástima le secó el corazón. Comenzó a llorar y me abrazó, y así hice
yo. En ese momento no eramos más que dos almas que se tocaban traspasando los músculos y la
piel de sus recipientes. Cada segundo que pasaba nos uníamos más y más hasta que vi se oscureció
la habitación. Sentí mi como mi dolor y sufrimiento se convertían en placer. Lo noté
introduciéndose en mi cuerpo y saliendo repetidamente y entre gemidos, lágrimas de gozo y amor
llegó la mañana. Después de dos semanas reuniones clandestinas y éxtasis bajo sabanas blancas
quise asegurarme de que no surgió nada más que una relación de esas noches. Compré un test de
embarazo en la farmacia más cercana y corrí hasta su casa. Piqué a su puerta y me abrió, le saludé
con un beso y volé hasta el baño. Realicé la prueba y salí del baño. Dejé el test en la encimera y
esperé un cuarto de hora hasta que diera los resultados. En ese plazo de tiempo le explique de donde
venía y mis intenciones. Con todo explicado, fui a la cocina. No tenia miedo, era incertidumbre.
Miré si se había teñido de rosa, y así fue, estaba embarazada. Quien me iba a decir que la persona
que había conocido en la salida de una discoteca sería el padre de mi hijo. Al principio del
embarazo todo iba bien, mi marido no se daba cuenta de mi cercana concepción y yo seguía
saliendo con mi amante cuando él se iba. Hasta que pasaron 3 meses, llegué a mi casa después de
otra noche con él y me encontré a mi demonio de pie en frente de la puerta, esperándome.
- ¿Que haces aquí?- pregunté, sorprendida y asustada a la vez -
- ¿De dónde vienes? - saltó repentinamente-
- De… - me quedé en blanco en el peor momento -
- Ya sé de donde vienes. – afirmó - ¿Cuanto llevas saliendo con ese subnormal?
Nos quedamos en silencio. Bajó la cabeza ligeramente, lo suficiente como para observar mi barriga
con detalle. Y silencio , me miró a los ojos fijamente, clavándome su mirada en la mía. Se dio
cuenta. Y más silencio que se hizo interminable.
- ¡¿Estás embarazada?! - exaltó, agresivo - ¡¿Quien te ha dejado embarazada?! ¡Sabes que yo nunca
he querido tener hijos!
El león se abalanzó sobre su presa, la cual cerró los ojos con todas sus fuerzas, cómo si eso la fuera
proteger de una muerte dolorosa. Me empezó a golpear y a gritar, la película se volvía a repetir y
llegó la rabia, la ira y por delante de todo, la cordura.

-----------------

“Esto no va a seguir así”, me dije a mí misma, tras varios minutos de pura angustia. La presa le
devolvió el puñetazo al león, y aprovechando la confusión del depredador, corrió hacia la cocina a
por un cuchillo. No pensaba, en ese momento era la marioneta de un corazón que había abandonado
al cerebro y que solo quería escapar de aquel matadero. Sin analizar la situación, abrí el primer
cajón de la cocina y cogí en cuchillo más afilado que encontré. Con un cuchillo en la mano, la presa
intercambió papeles con el león que, en ese momento, era la presa indefensa. Le apuñaló en el
corazón, y al ver que cada puñalada que daba rompía un barrote de la prisión en la que estaba
encerrada, siguió. Puñalada tras puñalada, grito tras grito, y barra tras barra, la prisionera escapó del
infierno. Vio como las descomunales garras que la sostenían en el fondo del inframundo la soltaban.
Y como su cuero, desgarrado y herido, nadaba hacia la superficie y, finalmente, tras años de dolor y
encierro, vino el poder, y yo llegaba a la superficie. Finalmente, tras toda una odisea, logré escapar
del infierno.

Ya sintiendo el aire que tanto anhelaba, convertí todo mi sufrimiento pasado en un tatuaje en mi piel
herida. Porque abandonar no es sinónimo de olvidar. Y jamás olvidaré lo que me hizo ese demonio.

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