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Análisis de obras culturales y cinematográficas

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16/11/2024

Daniel Padilla González

II Momento cultural

The Golden Rush (1925), de Charles Chaplin


Es una película donde se enmascara la tragedia, la cruda realidad, a través del
particular tono de humor de Charlot, los rostros histriónicos y las caídas absurdas. Me
sorprende lo bien que conjugan ambos elementos y cómo se juega entre el dramatismo y la
carcajada para impactar en el espectador: El hambre se soluciona con una alpargata cocinada,
el canibalismo toma forma de gallina enorme, la soledad en Año Nuevo se oculta bajo la
alfombra del ruido de la taberna y la aparición de un burro en escena…
En realidad, Charlot es un personaje patético, me remito al origen primitivo de la
palabra, que sobrevive gracias al favor o la inocencia del resto. Se hace millonario no por su
lucidez, sino porque el otro hombre se quedó amnésico y no recordaba dónde estaba la
cabaña; consigue a la chica, cuando parecía haber tirado la toalla y demás ejemplos.
También destaco la idea de supervivencia, es decir, Charlot no es un héroe inocente
con aspecto de papanatas, es más pillo de lo que parece, de ahí que se quede con la casa del
explorador o, lo más importante, se vuelva multimillonario.
Para ser sinceros, creía que la película iba terminar de otra forma: Abatido y pobre, el
bueno de Charlot ha de regresar a tierras civilizadas, pero ocurre todo lo contrario (salvo lo
de regresar). Triunfa donde otros perecieron, pero imagino que así fue la realidad, golpes de
suerte que solo tuvieron unos pocos. Todo sea dicho, quizá esta idea de querer o pensar que
iba a terminar mal se deba a la influencia que generó en mí la película de Paul Thomas
Anderson, There will be blood, donde se sustituye el oro, por el oro negro.

Sherlock, Jr (1924), de Buster Keaton


Brillante. La película tiene un frescor sorprendente, un ritmo enérgico que te engancha
desde el minuto cero. Hay escenas donde me he partido la caja, como cuando intentan matar
al Sherlock Jr o cuando va por la carretera él solo con la moto. Pienso que la película se ha
construido con una inteligencia soberbia, pese a que el humor de Keaton pueda resultar
absurdo o un sinsentido, que a mi modo de ver, no hace sino resaltar los puntos fuertes de la
película.
Ya se introdujo en clase, la forma en la que se han montado las escenas da sensación
de modernidad y quizá de ahí el frescor y ritmo que mencionaba con anterioridad. Los planos
detalle como los cuatro dólares (tanto del regalo como el ticket de la casa de empeños), los

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Daniel Padilla González

lugares oscurecidos que nos obligan a fijarnos en una sola cosa: que si cartel, que si rostro,
que si… Pero sobre todo hay tres escenas que destacaría por encima de todo: Una vez Keaton
se queda dormido y como si de un viaje astral se tratase, sale de su cuerpo; luego la escena en
la que el protagonista se mete en la pantalla de cine y comienza a saltar de escenario en
escenario (esta parte me parece tremenda); y por último la escena en la que el prota salta por
la ventana y la pared del lugar donde todos estaban reunidos desaparece para el espectador,
pero mantiene su corporeidad dentro del plano ficcional.

El Albaicín (1905-1909), de Isaac Albéniz


Esta canción me trae muchos recuerdos. Soy de Granada y como dirían los gallegos,
me entra morriña el mero hecho de imaginarme paseando por las calles empedradas del
Albaicín. La conocía de antes. Tuve la suerte de escucharla en el Anfiteatro Manuel de Falla,
no solo la música de Isaac Albéniz, sino también la de Ángel Barrios o la de Manuel de Falla.
La canción juega con los altos y los bajos (siento que mi terminología musical no sea
mejor), dando la sensación de representar un camino escarpado. Esa irregularidad, que a
veces se estabiliza, crea una panorámica perfecta del barrio granadino, donde se entrelazan
las callejuelas unipersonales con los amplios miradores que apuntan a la Alhambra. Es ahí,
pienso yo, que reside la gracia de que la canción se intensifique: Has estado subiendo una
pendiente insoportable, dejándote las alpargatas en ello, para terminar observando el Palacio
de Carlos V, la Torre de la Vela, vislumbrar el Paseo de los Tristes que acompaña al antiguo
foso que rodeaba la fortaleza roja.

Tema del traidor y del héroe (1944), de Jorge Luis Borges


Antes de nada, quisiese decir que yo me gradué, justo este año, en Filología Hispánica
y agradezco que en la carrera, al menos en la parte literaria, hubiese una asignatura dedicada
a los cuentos de autores latinoamericanos, siendo la joya de la corona, Borges.
Previo a abordar el cuento, propiamente dicho, habría que destacar el prefacio: Un
fragmento de la obra del celebérrimo William B. Yeats. Para ser exactos, habría que detenerse
en los dos últimos versos; hermosos, poco más que decir: «All men are dancers and their
thread/Goes to the barbarous clangour of a gong». Creo que introduce a la perfección la idea
del cuento: las personas nos distraemos con facilidad por el “ruido”, por el “clangor” del
gong, mientras, como si de una obra de teatro se tratase, detrás del telón ocurre lo mágico.
Todo sea dicho, la elección de Yeats y el hecho de que el protagonista sea irlandés,
tampoco me parece casualidad.

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Daniel Padilla González

Pero lo relevante del Tema del traidor y del héroe es el desfile de creatividad del que
rebosa el autor. Fue el propio Borges quien afirmó que todo ya estaba inventado, pero que era
a través del juego de la perspectiva (el fascinante mundo poliédrico de Borges), de cambiar
pequeñas pinceladas, de copiar de allí y allá para darle la vuelta a lo ya hecho, la manera de
crear, sino algo nuevo, algo que aspirase a ser diferente.
Cómo no, el brevísimo cuento rezuma cultura, yéndose a los clásicos para articular su
argumento, su What if. También aparecen los conceptos del laberinto o del doble (a veces
materializado como en El otro, o de forma psicológica como en este cuento o en La memoria
de Shakespeare).

Las Meninas (1656), de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez


Son varias cosas las que me llama la atención del cuadro:
Primero habría que destacar los términos y cómo se desenvuelven entre ellos.
Tenemos el primero con tres personajes (una cortesana, una niña y un perro), luego las tres
niñas que son las que realmente llaman la atención (así lo demuestra el pintor con el juego de
luces), tras ellas tenemos del lado izquierdo al propio Velázquez, que inmortaliza su firma
con su rostro, y del lado derecho a lo que parece ser una monja y algún consejero; detrás del
todo tenemos a un señor pillado de improvisto en las escalares y el reflejo de los reyes de
España.
El juego con el reflejo me parece fascinante, pues podría haberse pintado a la familia
completamente, pero se perdería la esencia del cuadro y el foco de interés se movería de la
niña a, lo más probable, el rey (a no ser que seas Goya y uses precisamente el retrato de la
familia real para burlarte de todos ellos).
Otro detalle a destacar es la composición de la sala. Pareciera estar conformada y
planificada al milímetro: Da la sensación de orden, estabilidad y autoridad.
Lo que me pregunto es: ¿Habría quedado igual o mejor si hubiese recortado parte del
techo? Imagino que no, porque entonces perdería la esencia de magnitud.
Y simplemente una última cosa, me fascina cómo ha jugado con la perspectiva. El
introducir no solo al pintor sino también al propio lienzo creo que es una genialidad. Siento
como si en realidad Velázquez estuviese pintando al espectador, más que a las propias
meninas.

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