Cuatros momentos en los estudios sobre la democracia en América Latina:
1. Desde la década de 1960 hasta la segunda mitad de la década de 1970, estuvo dominado por trabajos que se
interrogaban sobre las estructuras de poder, el dominio de clase —la dominación oligárquica—, el cambio social
y los factores que generaron los regímenes autoritarios. La democracia era vista desde una perspectiva crítica.
Se trató de una época en la cual el subcontinente se vio afectado por dictaduras o serias limitaciones
democráticas.
2. Desde comienzos de la década de 1980 hasta mediados de los noventa. Fue una etapa de transiciones de las
dictaduras a las democracias, hubo una revaloración de la democracia y muchas expectativas e incertidumbres
sobre ella.
Muchas preguntas surgieron respecto a las condiciones institucionales, económicas y culturales más adecuadas
para que las resurgidas democracias pudieran consolidarse.
3. El tercer momento implicó el paso de los estudios sobre los procesos de transición a los esfuerzos por
caracterizar las democracias latinoamericanas, centrándose en sus especificidades y lo que se denominó
inicialmente la consolidación, luego la duración y estabilidad de las democracias. En este periodo de
postransición democrática hubo diversos estudios sobre partidos, democracia, presidencialismo y una variedad
de temas muy influenciados ya por el neoinstitucionalismo, asimismo se empezaron a hacer trabajos
comparados que comprendían a los países latinoamericanos en diversas tipologías. También se incluyó el
cuestionamiento de concepto de consolidación.
4. El cuarto momento cubre la “democracia entre siglos” especialmente en la última década, y ha tenido como dos
de sus ejes centrales las caracterizaciones en perspectiva comparada y nuevas tipologías a partir de amplias
bases de datos de diversas instituciones y fundaciones, y el tema de la calidad de la democracia es cada vez más
recurrente.
Guillermo O’Donnell durante su intensa actividad académica hizo contribuciones centrales en cada uno de estos
momentos, los cuales han tenido una amplia repercusión en la comunidad académica. Sus conceptos buscaban siempre
estructurar una teoría de la democracia que permitiera comprender los regímenes políticos, incluyendo las
particularidades de las nuevas democracias como las de América Latina.
Primera etapa:
Realizo estudios sobre los estados burocrático autoritarios y los patrones de dominación.
Cuestionó los fundamentos de la teoría de la modernización y del desarrollo político, la “tesis optimista” (que
partía de considerar que entre mejor va un país en su economía, tiene más probabilidades de mantener un
gobierno democrático), anteponiendo una “tesis pesimista”, inversa (el desarrollo económico y la
modernización puede conducir a lo contrario, a las limitaciones de las libertades y a la instauración de regímenes
autoritarios).
Segunda etapa: Analisis sobre democratización y transiciones desde un gobierno autoritario.
Tercera etapa:
Tras los inicios de las nuevas democracias en algunos países de América Latina y de la continuidad en otros,
con serias limitaciones en su funcionalidad, sus aportes se concretaron especialmente en la conceptualización y
discusión de la democratización y el papel del Estado en la democracia.
Empezó a señalar la necesidad de formular una teoría de la democracia que diera cuenta no sólo de las
democracias institucionalizadas europeo- occidentales, sino también de las nuevas democracias que presentaban
notorias diferencias respecto a las primeras.
Cuarta etapa:
Sus aportes giraron especialmente en torno a los conceptos de Accountability —rendición de cuentas— en el
marco acerca de la calidad de la democracia, y “democraticidad”, el grado de democracia del régimen político,
el Estado y la sociedad.
Sus reflexiones respecto a la ciudadanía política, ciudadanía activa o de alta intensidad.
Adiciones al concepto de poliarquía
Lleva adelante este trabajo con el objetivo de implementar una revisión del concepto de democracia, y propuso adiciones
que harían de éste un criterio de análisis más útil para el análisis de los regímenes democráticos.
No obstante, dado que el número de países en los cuales se han establecido democracias políticas se expandió más allá
de los países con democracias consolidadas, muchos aspectos que se creían claramente establecidos no lo eran tanto,
por lo cual se requería clarificarlos, hacerlos explícitos y someterlos a un examen crítico, con el horizonte de una teoría
con suficiente alcance y fundamento empírico. Por ello propuso complementar la poliarquía con algunas adiciones:
1. Que quienes ocupen las posiciones más altas (autoridades electas, y aun algunas designadas) puedan cumplir
sus periodos sin que éstos sean interrumpidos antes del plazo legalmente establecido.
2. Que las autoridades electas no estén sujetas a restricciones severas, ni vetos, ni ser excluidas de ciertos ámbitos
de decisión por parte de actores no electos, especialmente las fuerzas armadas. Los militares no deben contar
con poderes tutelares en ningún ámbito de la vida pública.
3. La existencia de instituciones formales e informales, y estas últimas serían una especificidad de las democracias
nuevas de América Latina, que mostrarían la existencia de un camino distinto al que llevaron las democracias
consolidadas. Representa una crítica a las visiones teleológicas que presuponen que las nuevas democracias
seguirán (y deberían seguir) las mismas trayectorias que las viejas, lo que sería su consolidación. Su posición
es que existe también “otra institucionalización”, es decir, que estas democracias latinoamericanas no
constituían casos “estancados” en el proceso, sino casos especiales con presencia de instituciones informales
como el clientelismo y el particularismo en la representación, más que el universalismo y la ciudadanía plena.
A partir de las consideraciones que distinguen la institucionalización formal e informal, O’Donnell hace un llamado a
tener en cuenta las especificidades de las democracias de América Latina y retoma los conceptos de Accountability que
van a ser centrales respecto a la calidad de la democracia, en el marco de las consideraciones de su concepto de
democracia.
La adición respecto a que en las democracias deben ser cumplidos los mandatos de los gobernantes legalmente
establecidos no es muy clara. Aunque este criterio apunta a considerar que una democracia debe ser estable en sus reglas,
respetados los resultados y las autoridades no deben estar sujetas a presiones indebidas que conduzcan a dejar el mando,
ni ser sometidas mediante la fuerza por actores armados o civiles, puede asumirse que el requisito de que existan
elecciones libres, limpias, correctas y periódicas implican que sus resultados sean respetados. La periodicidad significa
que deben ser regularmente realizadas, y no lo serían si se presentan interrupciones indebidas de los mandatos. Parecería
redundante el argumento.
Por otra parte, como lo ha analizado en algunos casos de América del sur Aníbal Pérez Liñán,20 no toda suspensión de
un mandato popular atenta contra la estabilidad y contra la democracia. Hay casos de juicios a los presidentes y hasta
renuncias, que han conducido a la suspensión del mandato ya sea por presiones “desde la calle”, por movimientos
sociales, o por coaliciones en los congresos o situaciones especialmente críticas, y que no han conducido a quiebres
democráticos. Se ha dado una sucesión sin problemas de gobiernos civiles. Hay diversos casos de crisis presidenciales
en las cuales se suspenden los mandatos y no se afectó la democracia, ni se produjo un quiebre a ésta. Los diseños
institucionales le han dado cabida a procedimientos como el juicio y la destitución en casos de corrupción o de
situaciones especialmente críticas de contestación social en las que los presidentes han renunciado. Se han suspendido
los mandatos, sin quiebres democráticos. En el caso de autoridades designadas, se presupone la separación y autonomía
de poderes, considerada constitucionalmente, lo cual implica que acciones que la afecten y rompan el equilibrio y la
lógica de pesos y contrapesos implica una fractura en la democracia.
Respecto al segundo punto, O’Donnell retoma el planteamiento de Philippe Schmitter y Karl Terry Lynn,21 quienes
habían propuesto —en un ejercicio similar— adicionar también dos criterios a los propuesto por Dahl: los funcionarios
de elección popular deben ser capaces de ejercer sus poderes constitucionalmente, sin estar sometidos a una oposición
avasalladora de los funcionarios no electos, especialmente las fuerzas militares, y deben ser capaces de actuar sin
constreñimientos de actores externos, deben ser autónomos respecto a fuerzas extraterritoriales. Hay una clara y
justificada prevención respecto a la posible injerencia de los militares y de otros actores externos en el ejercicio del
poder.
En cuanto a la institucionalización de las elecciones, éste es un aporte de O’Donnell. Aquí hay un factor adicional al
considerar las tres dimensiones de la institucionalización de las reglas: que sean conocidas, acatadas y aplicadas. De tal
forma que realza el hecho de que en las democracias las elecciones deben estar institucionalizadas, esto es, que todos
los actores políticos dan por sentado que se seguirán realizando elecciones limpias durante un periodo indeterminado,
ya sea en fechas establecidas legalmente o según circunstancias también legalmente establecidas, asimismo, se da por
entendido y se asume que las libertades continúan vigentes.
Con esta adición queda el atributo de la democracia referido a elecciones reformulado: deben ser libres, competitivas,
periódicas, limpias e institucionalizadas.
En la ciencia política contemporánea hay consenso sobre las condiciones que deben cumplirse para que el acceso al
gobierno de un Estado pueda considerarse democrático: (1) autoridades públicas electas, (2) elecciones libres y limpias,
(3) sufragio universal, (4) derecho a competir por los cargos públicos, (5) libertad de expresión, (6) acceso a información
alternativa, (7) libertad de asociación, (8) respeto por la extensión de los mandatos, según plazos constitucionalmente
establecidos, (9) un territorio que define claramente el demos votante, (10) la expectativa generalizada de que el proceso
electoral y las libertades contextuales se mantendrán en un futuro indefinido.25
Pero O’Donnell va más lejos. Considera que la democracia no se restringe al régimen político y que se requiere también
la existencia del Estado, más allá de su formalidad jurídica. Plantea la necesidad de que éste garantice la “soberanía
interior”, en el clásico sentido weberiano del monopolio del uso legal de la fuerza y de la legitimidad, el consentimiento
de la población derivada de sus políticas. Este poder efectivo estatal refiere al imperio de la ley, que exista el apego en
condiciones de igualdad a la ley y que esto sea garantizado. Espera se asegure la misma clase de decisiones en situaciones
equivalentes, y cuando no ocurra así, que otra autoridad habilitada para ello sancione al transgresor e intente rectificar
las consecuencias.
Para él un régimen democrático (o democracia política o poliarquía) presupone: a) un Estado territorialmente establecido
que delimita a quienes son considerados ciudadanos/as políticos/as, y b) un sistema legal de ese mismo Estado que,
dentro de su territorio, asigna la ciudadanía política sobre bases (limitadamente) universalistas. Si esto no ocurre hay
una “estatalidad trunca”, la cual impide o afecta la concreción de la democracia. A partir de estas consideraciones y sus
adiciones mediante una propuesta amplia de indicadores plantea que podemos diferenciar diversos grados de
democracia.
Sus reflexiones apuntan a que el grado de democraticidad está relacionado directamente con la concreción de un Estado
efectivo, el cual no sólo implica la dimensión interinstitucional, sino también que ninguna institución estatal escape al
control de legalidad de sus acciones, que el sistema legal se extienda de forma homogénea a través de todo el territorio
y que los derechos se apliquen de forma universal, con independencia de los atributos [Link] último incluye la
concepción del ciudadano como agente, portador de derechos legalmente asignados sobre bases universalistas. Las
instituciones del Estado pueden ser consideradas más o menos democráticas según el grado en que reconocen estos
derechos.30 En cuanto a la tercera dimensión, el contexto social, O’Donnell hace alusión a la existencia del pluralismo
y de las condiciones que garanticen la Accountability social, es decir, las garantías para la actuación de las
organizaciones sociales y de los grupos organizados.