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Intención

Implicarse como futuro docente comprende no solo adquirir habilidades técnicas y


pedagógicas, sino también desarrollar una sensibilidad profunda hacia el contexto
socioemocional en el que se desenvuelven los estudiantes. Esto conlleva la responsabilidad
de estar en constante autoevaluación, así como reflexión, reconociendo que la enseñanza es
un proceso dinámico, siempre sujeto a transformaciones.

En este sentido, la práctica docente demanda un compromiso de actualización


continua, tanto en conocimientos como en competencias sugerentes, con el objetivo de estar
cabalmente preparado para abordar las necesidades emergentes de los alumnos dentro del
contexto educativo en el que se desenvuelven.

Principiando el diseño de planeaciones didácticas, aplicando conocimientos


pedagógicos y disciplinares para responder a la necesidades del contexto en el marco del plan
y programa de estudio de la educación básica, haciendo énfasis a la forma de trabajo presente
en la Nueva Escuela Mexicana (NEM), considerándose otra imprescindible competencia
profesional en el currículo de formación docente por el hecho de que Secretaria de
Educación Pública (SEP) argumenta que maestras y maestros tienen el saber indispensable
para repensar y modelar las estrategias que pondrán en juego en el salón de clase. (2019)

Con ello se constituye una mejora real en la práctica profesional, es necesario asumir
compromisos claros. En primer lugar, comprometerse a mantener una práctica introspectiva,
la cual supone analizar críticamente las estrategias utilizadas en el aula, revisando los
resultados para ajustar las metodologías según sea necesario.

Aunado a ello de brinda la pauta no solo mejorar el rendimiento académico de los


estudiantes, sino también crear un ambiente de aprendizaje factible, donde cada alumno se
sienta valorado y respetado, considerando que esto es el principal objetivo de los nuevos
lineamientos tanto escolares, como sociales.

En concreto, actualizarse en las tendencias educativas venideras, dado que es


indispensable para mantenerse relevante en un sistema educativo en constante evolución. En
ese sentido incluye la incorporación de nuevas tecnologías como parte de enfoques
innovadores que favorezcan tanto el desarrollo cognitivo como emocional de los alumnos.
Por otra parte, resulta crucial asumir el compromiso de desarrollar habilidades
socioemocionales. De modo que gestionar un aula requiere más que conocimiento
académico; se necesita la capacidad de mediar en conflictos, fomentar la empatía y promover
la sana convivencia entre los estudiantes, ya que como lo dice Goleman (1995), “Las
competencias emocionales son fundamentales en el proceso de enseñanza, ya que una mayor
capacidad de empatía y manejo emocional contribuye directamente al ambiente de
aprendizaje.”

En consecuencia, se vuelve particularmente relevante en un entorno donde las


emociones influyen directamente en el proceso de aprendizaje. Priorizar estos procesos de
aprendizaje permitirá no solo mejorar el clima escolar, sino también formar estudiantes
integrales, capaces de relacionarse positivamente con sus pares y enfrentar los desafíos que se
presenten en su vida diaria.

Presentándose en el perfil de egreso del docente en formación como pensamiento


crítico y creativo para la solución de problemas y la toma de decisiones pues hoy en día, es
considerado como el eje para transformar o cambiar a la sociedad. Para lograr este propósito
es relevante enfrentarse a situaciones retadoras, a cuestionarse y analizar críticamente los
problemas de la sociedad para proponer alternativas de solución; pero esto no es así
(Zambrano, 2015),

Sin embargo, a lo largo de la práctica docente, surgen inevitables conflictos y


ambigüedades. Uno de los retos más comunes es el equilibrio entre las demandas
administrativas en relación con el currículum, así como la atención a las necesidades de los
pupilos.

A menudo, la presión por cumplir con los objetivos curriculares puede entrar en
conflicto con la necesidad de dedicar tiempo a gestionar la transmisión de conocimiento
dentro del aula. Este tipo de situaciones genera un dilema que obliga a tomar decisiones sobre
cómo gestionar el tiempo partiendo de los recursos de manera equilibrada. Además, surgen
incertidumbres sobre la implementación de estrategias pedagógicas innovadoras dentro de un
sistema educativo que en muchos casos sigue enfoques tradicionales.
Ante estas ambigüedades, se hace necesario desarrollar resiliencia, además de
flexibilidad. Como resultado surge la capacidad de adaptarse a los cambios y de enfrentar los
desafíos con una actitud constructiva es un componente fundamental para la mejora de la
práctica docente. En pocas palabras el reconocer que no siempre se tendrá el control total
sobre todas las variables que influyen en el aula es clave para mantener una actitud abierta al
aprendizaje continuo. Por lo tanto, incluye la disposición para aprender de los errores, para
ajustarse a las situaciones imprevistas y para buscar el apoyo de colegas o expertos cuando
sea necesario.

En última instancia, el compromiso hacia la mejora profesional no debe limitarse


únicamente al plano académico. Formar futuros ciudadanos requiere una visión integral que
incluya tanto el desarrollo cognitivo como el emocional y social de los estudiantes. Esto
implica trabajar no solo en la transmisión de conocimientos, sino también en la formación de
valores, habilidades interpersonales y competencias emocionales. Así, el docente se convierte
en un agente de cambio, capaz de influir positivamente en la vida de sus estudiantes y, por
ende, en la sociedad en su conjunto.

Asumir este compromiso conlleva aceptar que el camino hacia la mejora profesional
estará lleno de retos, conflictos y ambigüedades. Sin embargo, con una actitud reflexiva,
resiliente y abierta al cambio, es posible enfrentar estos desafíos con éxito, siempre con la
mirada puesta en la formación integral de los alumnos, aunado a el deseo de la mejora
continua como profesional de la educación.

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