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Bad Seed - Rye Hart

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Esta traducción fue realizada sin fines de lucro por lo cual no tiene costo alguno.

Es una traducción hecha por fans y para fans.

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Sinopsis Capítulo 20
Capítulo 1 Capítulo 21
Capítulo 2 Capítulo 22
Capítulo 3 Capítulo 23
Capítulo 4 Capítulo 24
Capítulo 5 Capítulo 25
Capítulo 6 Capítulo 26
Capítulo 7 Capítulo 27
Capítulo 8 Capítulo 28
Capítulo 9 Capítulo 29
Capítulo 10 Capítulo 30
Capítulo 11 Capítulo 31
Capítulo 12 Capítulo 32
Capítulo 13 Capítulo 33
Capítulo 14 Capítulo 34
Capítulo 15 Epílogo
Capítulo 16 Sobre la
Capítulo 17 Autora

Capítulo 18 Créditos

Capítulo 19
O
veja negra. Temerario. Salvaje.

Nunca le dije cuánto lo quería.

Ahora el mejor amigo de mi hermano está de vuelta en la


ciudad.

Y las cosas están a punto de volverse realmente locas…

Me fui de la ciudad hace once años.

Dejé el infierno atrás y juré que nunca volvería.

Luego recibí un correo electrónico que me sacudió hasta lo más profundo.

“Theresa está en problemas”.

Eso es todo lo que necesitaba saber.

Cuando finalmente la vi me maldije a mí mismo por irme.

Una zorra con labios tan llenos y curvas que podrían matar.

El peligro la acecha. Por suerte para mí, me gusta el peligro.

El bastardo que quiere hacerle daño tiene ganas de morir.

Theresa ahora es mía. Y siempre protejo lo que es mío.


Hace once años

Traducido por Ale Grigori, Flochi y Bella’


Corregido por Vickyra

—T
heresa, noticias del chico malo.

—No es un mal tipo, Jane. Solo ha tenido


una vida difícil. Es por eso que mis padres lo
acogieron —dije.

—Bien, pero todavía no puedo creer que estés fantaseando con el mejor
amigo de tu hermano.

—Prefiero hablar de tu interés amoroso. ¿En serio lo besaste? —le pregunté.

—¿A quién? —preguntó Jane.

—¿Tengo que especificar?

—Vamos —dijo Jane mientras se reía—. ¿De quién estás hablando?

—Ya sabes. Chance. ¿El capitán del equipo de fútbol? No puedes decirme
que no lo besaste después del partido de anoche.

—Tal vez —dijo Jane con una sonrisa.

—¡Pequeña coqueta! ¡Lo sabía! Y me estás haciendo pasar un mal rato por
mi inocente capricho por Grant. Estás chupándole la cara al mariscal de campo de
la escuela. ¿Por qué no puede ser este mi momento milagroso? —pregunté.
—¿Estás diciendo que el que Chance me bese es un milagro? —preguntó,
con el rostro ligeramente rojo.

—Jane, eso no es lo que estoy diciendo.

—Eso es lo que parece que estás diciendo.

—Mira, no quiero discutir ¿de acuerdo? Quiero saber cómo fue. —Sonreí.

El rostro de Jane se animó de nuevo.

—Fue asombroso. Sus labios estaban todos cálidos y acababa de ponerse


bálsamo labial para que se sintieran agradables y suaves. Y su lengua…

—¿Usó lengua? —pregunté—. ¿Alguna vez habías hecho eso antes?

—No hasta él, pero no necesitaba saber eso. La confianza es clave, Theresa.
Proyecta confianza y pensará que sabes lo que estás haciendo —dijo.

—Eres tan afortunada, Jane. Todavía no he besado a nadie.

—Y si dejas de soñar despierta con el mejor amigo de tu hermano, tal vez


verás que Ike está loco por ti.

—Uf ¿Ike?

—Sí. ¿No lo ves mirándote todos los días en la clase de ciencias? Incluso yo
puedo verlo, Theresa.

—Pero Ike es… Ike —dije.

—Claro, no usa una chaqueta de cuero, pero es inteligente como tú. Y si


miras más allá de sus camisas holgadas, tiene algunos músculos debajo.

—No, no los tiene. Ike lleva gafas y lee libros.

—Como tú —dijo.

—Pero no quiero a alguien como yo. Quiero….

—¿A Grant? —preguntó.

—Sí. Quiero a Grant. Aunque lo sé, no puedo tenerlo.

—Sabes que es raro —dijo Jane.

—Sí, sé que es raro. Pero eso no me impide pensar en eso.

—Confía en mí, lo sé —dijo—. Hablas de eso cada vez que vengo a visitarte.
—Lo siento.

—No lo sientas. Solo quiero que recibas tu primer beso para que podamos
hablar, comparar y hacer todas esas cosas divertidas. Pero tal vez deberías mirar a
alguien a quien ya le gustas en lugar de a alguien que no puedes tener.

—Como Ike —dije haciendo una mueca.

—Exactamente —dijo con una sonrisa—. Realmente no es un mal tipo. Y


está loco por ti. Puedo verlo. Siempre te hace ojitos y te observa caminar por el
pasillo. Está muy enamorado. Podrías fácilmente tener tu primer beso con él.

—Sí, supongo —le dije—. Pero…

—Pero ¿qué, Theresa?

—¿Crees que hay una posibilidad de que Grant también me quiera?

—¿Importaría? —preguntó.

—Creo que sí. Quiero decir, no tiene sentido que tenga un flechazo por
alguien a quien no le gusto. Pero si le gusto, tal vez podría ser algo de una sola vez.
Como contigo y Chance.

—Chance y yo no somos una cosa de una sola vez.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Te pidió salir?

—Sí, lo hizo. ¡Voy a tener mi primera cita!

Abracé a mi mejor amiga mientras dábamos saltos. Estaba tan emocionada


por ella. Había estado enamorada de Chance Fuller por casi un año e iba a tener
una cita con él.

Pero una parte de mí estaba celosa de que estuviera consiguiendo al chico


de sus sueños.

También quería al chico de mis sueños.

—¿Cuándo? ¿A dónde va a llevarte? ¿Sabes que vas a ponerte? —


pregunté—. Por favor, dime que puedo ayudarte a elegir tu ropa.

—Claro que puedes. ¿Quién más lo haría? —preguntó Jane—. Vamos a salir
este sábado por la noche si mis padres me dejan.

—Oh, Dios mío, ¿y si no te dejan? —pregunté.


—Me escaparé —dijo, encogiéndose de hombros.

—¡Jane! No puedes hacer eso.

—¿Por qué no? ¿Puedes besar al chico que tus padres dejaron que se
mudase con ustedes, pero yo no puedo escaparme de casa para ir a mi primera
cita? Incluso podría dejar que me toque un pecho.

—Espera, ¿por encima o por debajo de la camiseta? —pregunté.

—Debajo —sonrió.

—¡No lo harías! Jane, eso es como una invitación abierta para tener sexo.

—Sí. ¿Y?

Miré boquiabierta a mi mejor amiga mientras caminaba por mi cuarto.

—No podría pensar en nadie mejor para perder mi virginidad. Y sería


perfecto. ¿Mi primer beso, mi primera cita y mi primera vez? ¿En la misma semana?
¡Sería perfecto!

—Jane, no puedes tener sexo con Chance.

—¿Y por qué no? —preguntó—. ¿Es porque no puedes tener sexo con
Grant? —Sentí a mis mejillas ruborizarse cuando Jane se sentó en la cama a mi
lado—. Si te hace sentir mejor, creo que a Grant le gustas —dijo.

—Espera, ¿qué? —pregunté—. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Dijo algo?

—No, no realmente. A veces me pregunta cómo estás.

—¿En serio? ¿Por qué te preguntaría a ti?

—No lo sé. Es raro, pero a veces lo atrapo mirándote.

—¿Qué? ¿Por qué no me dijiste? Esto es importante.

—Son solo miradas. Ni de lejos el mismo tipo de mirada que Ike te da —


dijo.

—Pero Grant no es como Ike. No muestra sus emociones. Grant es


misterioso. Y callado. Y salvaje.

Sentí una sonrisa aparecer en mis mejillas mientras suspiraba.

—Lo tienes mal por él —dijo Jane.


—Así es. No me estás tomando el pelo con esto, ¿verdad?

—No. Pero me preocupa que te rompan el corazón. Sabes que tus padres
no lo permitirán.

—¿Y? Estás a punto a escapar de tu casa e ir a tu primera cita. ¿Por qué no


podría esconder algo así de mis padres?

—Por un lado, los dos viven allí —dijo.

—Podemos manejarnos alrededor de eso, sabes. Decir que estamos


enfermos para no asistir a la noche familiar de películas. Quedarnos hasta tarde
hablando en el piso de abajo. Sentarnos en el porche. Pasear juntos en el auto.

—Vaya. En verdad has pensado esto.

—Lo he hecho —dije con una sonrisa.

—Hollis tendría un ataque —dijo.

—Podríamos tener una cita doble. Ya sabes, si las cosas no funcionan con
Chance.

Observé a las mejillas de Jane teñirse de rojo mientras sacudía la cabeza.

—Oh, vamos, Jane. Sé que piensas que mi hermano es caliente.

—No tengo un enamoramiento con tu hermano —dijo—. E incluso si lo


hiciera, está fuera de los límites.

—¿Por qué? —pregunté.

—¡Porque es tu hermano, Theresa!

—¡Te dejaría salir con él! Aunque la idea de ustedes besándose es rara.

Hice un reflejo de arcadas juguetonamente y Jane empujó mi hombro.

—Eres tan grosera.

—Y es por eso que me amas —dije con una sonrisa—. Hollis es un dolor en
el culo, pero sé que te gusta. Lo miras con esos ojos enamorados y te sonrojas
cada vez que él te sonríe. Está en el libro.

Siempre disfrutaba estas inocentes pláticas con mi mejor amiga. Poco sabía
yo que esa noche cambiaría mi vida para siempre. Jane y yo nos sentamos en mi
cama, riendo sobre besar chicos y planeando con quiénes perderíamos nuestra
virginidad.

No descubriría hasta más tarde que mi madre estuvo escuchando nuestra


conversación.

Ella había estado parada justo allí en la puerta de su propio dormitorio


mientras que Jane y yo reíamos durante nuestra pijamada. Pasamos la noche
oyendo música, viendo películas y comiendo porquerías que compró en la estación
antes de desmayarnos en mi cama.

Y cuando desperté, mi madre estaba tocando la puerta.

—Jane, estoy lista para llevarte a casa cuando tú lo estés —dijo mi madre.

—Está bien, señora Peterson —respondió.

—Cinco minutos más, mamá —dije.

—No se tarden mucho. Tengo algunos recados que hacer.

Suspiré y puse los ojos en blanco hacia Jane y salí a tientas de la cama. Ella
se vistió mientras yo metía todos los envoltorios de dulces en el bote de basura.
Miré a mi mejor amiga mientras se pasaba los dedos por su cabello enredado y la
envidié. Envidié cuán pequeño era su cuerpo y cómo cada pieza de ropa que usaba
parecía encajarle perfectamente. Yo era pequeña pero más rellenita, aunque mis
pechos no habían crecido todavía junto al resto de mí. Mi cabello era salvaje y
rizado y mis anteojos eran gruesos. Ella había sido mi mejor amiga desde que
éramos pequeñas y yo tenía en mi cabeza que debido a que éramos tan cercanas,
seríamos iguales.

Pero Jane era bonita de una manera que yo nunca he creído que seré, así
que no había razón para pensar que a Grant le gustaría alguna vez.

Aunque yo lo quisiera también.

—¿Theresa? —preguntó Jane.

—¿Sí?

—Tu papá suena enojado. ¿No puedes escucharlo? —me preguntó.

Fruncí el ceño mientras caminaba por el pasillo. Ella tenía razón. Papá estaba
discutiendo con alguien. De inmediato asumí que Hollis había sido atrapado
entrando a hurtadillas a la casa. Él siempre estaba haciendo algo estúpido como
eso; salir a hurtadillas con amigos y conducir hasta altas horas de la mañana. Pero
mi padre no estaba discutiendo con Hollis.

Él discutía con Grant.

—¿Papá? —pregunté—. ¿Qué está pasando?

—Quédate fuera de esto —me dijo.

—No le hable así. No está pasando nada, lo juro —dijo Grant.

—¿Qué está hablando? —pregunté—. ¿Qué pasa?

—Laura, sácala de aquí —dijo mi padre.

—Vamos, cariño. Llevemos a Jane a casa —me dijo mi madre.

—No. Esperen un segundo. ¿Qué está pasando? ¿Por qué papá está molesto
con Grant? —pregunté.

—¿La tocaste? —preguntó mi padre.

—No, señor Peterson. Lo juro. Nunca la tocaría —dijo Grant.

—Es mejor que me digas la verdad.

—¡Papá! ¡Detente! ¿De qué estás hablando?

—Theresa, realmente deberíamos irnos —dijo Jane.

Mi madre estaba jalándome y Jane me empujaba por la puerta. Quería llegar


a Grant, defenderlo contra mi padre. ¿Por qué estaba tan enojado y preguntándole
si me había tocado? Sentí el pánico subiendo en mi pecho a medida que mi madre
y mi mejor amiga me empujaban hacia el auto.

—¡Deja de gritarle! —exclamé—. Mamá, ¿qué pasa?

—Tenemos que llevar a Jane a casa —dijo.

Me zafé de ellas y apunté un dedo hacia el rostro de mi madre.

—Dime ahora mismo por qué mi papá está gritándole a Grant —dije.

Mi madre suspiró cuando la puerta principal se abrió. Me giré rápidamente y


escuché la escandalosa voz de mi padre mientras que Grant salía furiosamente de
la casa. Mi padre estaba señalando y gritando, su rostro rojo por la ira. Los ojos de
Grant me miraron, llenos de confusión y preguntas. Me estiré hacia él, pero me
pasó de largo, tratando de alejarse rápidamente.
Las lágrimas se acumularon en mis ojos cuando lo vi marcharse y oí aterrizar
algo en el patio. Mi padre, con ira en sus ojos y un sonido de siseo, estaba
arrojando las cosas de Grant en el césped delantero.

—¡Papá! ¿Qué estás haciendo? —pregunté.

—Vamos, corazón. Jane tiene que ir a casa —dijo mi madre.

—¡No hasta que alguien me responda!

—Theresa, no te debemos ninguna explicación. Somos tus padres. Ahora


entra en el auto —me contestó mamá.

—No.

—Entra —dijo, su voz tomando un tono de frustración.

—Vamos, Theresa. Entra —prácticamente rogó Jane, queriendo obviamente


alejarse de cualquier infierno que estuviera sucediendo.

—Harás lo que dice tu madre —ordenó mi papá.

Me di la vuelta y lo vi parado detrás de mí. Miré más allá de él y vi a Grant


recogiendo sus cosas del césped. Las metió en una bolsa para basura antes de
colgarla sobre su hombro. Sus ojos fueron a los míos y pude ver el miedo y la
incertidumbre en su rostro. Se paró y rodó sus hombros, sus ojos bloqueados en
los míos por última vez.

Luego giró sobre sus talones y se marchó por el camino cargando sus únicas
posesiones con él.

—Te odio —dije, furiosa.

—No sé qué te hizo ese chico, pero no nos hablarás a tu madre y a mí así —
dijo mi padre.

—¡Él no me hizo nada! —exclamé.

—¡Entra en el auto! —rugió papá.

—¡No!

Las lágrimas se derramaban por mis mejillas cuando me alejé corriendo de


mis padres. Quería correr tras Grant, pero sabía que eso simplemente los haría
enojar más. Corrí hacia el lado contrario del final del camino, esperando rodearlo y
alcanzar a Grant mientras dejaba el vecindario. No sabía a dónde iba o por qué
pasó todo esto, pero quería alcanzarlo.

Yo no sabía de qué demonios hablaba mi padre.

Jadeaba y estaba sin aliento mientras hice mi camino alrededor del


vecindario. Las lágrimas se deslizaban por mi cuello al mismo tiempo que mis ojos
buscaban alrededor por él. Caminé a través del bosque. Preguntándome si tal vez
tomó un atajo. Sabía que mi hermano y él tenían un tipo de casa de árbol o
caserón abandonado en el bosque al que siempre iban cuando las cosas se volvían
demasiado. Tal vez él estaba ahí, ofreciéndoles su tiempo hasta que mis padres le
permitieran volver.

Ellos no podían realmente echarlo.

No después de lo que sus propios padres le hicieron.

Pero entre más caminaba, más se hundía mi corazón. Cuando volví a casa,
mi madre se apresuró para alcanzarme. Mi padre me estaba fulminado con la
mirada y las lágrimas seguían cayendo de mis ojos.

Ya no me importaba lo que ellos pensaban.

Mi corazón estaba roto.

Mi madre me sentó en la mesa de la cocina y yo me quedé mirando por la


ventana hacia afuera. Estaba enojada con mi padre. Lo odiaba, de hecho. Mi madre
puso algo de agua frente a mí, pero lo alejé. No quería agua. O comida. O aire.

Quería a Grant.

Solamente a Grant.

Pero él se había ido y no había nada que pudiera hacer al respecto.


Traducido por Carib y Bella’
Corregido por Vickyra

—H
ollis. Piso de arriba.

—¿Qué? —preguntó Hollis.

—Ve arriba, cariño —dijo Laura.

—¿Qué está pasando? —preguntó Hollis.

—Haz lo que dice tu madre —dijo Glen.

Me levanté para salir de la habitación, pero Glen extendió su mano y la


colocó contra mi pecho.

—Te quedarás aquí —dijo.

Miré a Hollis. Frunció el ceño. No estaba seguro de lo que estaba pasando,


pero sabía que no era bueno. ¿Habían descubierto que nos escapamos hace un par
de noches? Fue solo una estúpida fiesta. Ni siquiera había cerveza. Los putos
padres de la chica habían estado arriba todo el maldito tiempo. Fue patético.

Justo el tipo de fiesta en la que Laura y Glen nos hubieran querido.

—Ahora voy a hacerte una pregunta y espero que la respondas —dijo Glen.

—Sí señor.

—¿Estás dándole falsas esperanzas a Theresa? —preguntó Glen.

—Esperé, ¿qué? —pregunté, genuinamente confundido.


—¿Has tocado a nuestra hija? —preguntó Laura.

Me enfrenté a la mujer antes de comenzar a reír.

—No puedes hablar en serio. ¿Theresa?

—¡Sí! —bramó Glen—. ¡Theresa! ¡Mi hija!

—Espere, espere, espere. Cálmese.

—No me digas que me calme, muchacho. Ahora dime, ¿has tocado a


nuestra hija de alguna manera? ¿Le has puesto las manos encima?

—No, señor Glen. Nunca le haría eso a ella. O a usted —dije.

—Me estás mintiendo.

—No señor. No estoy mintiendo. Nunca he tocado a Theresa.

—¿Le crees? —preguntó Glen mientras miraba a su esposa.

La miré y vi la vacilación en sus ojos. ¿Qué está pasando? ¿Había pasado


algo? Quiero decir, sabía que le echaba una miraba de vez en cuando.

Theresa era una chica especial. Una gran personalidad y una sonrisa asesina,
a pesar de toda su incómoda adolescencia. ¿Pero después de lo que habían hecho
por mí? Acogiéndome después de que mis padres me echaron.

Nunca traicionaría su confianza así.

—Miren, ustedes tienen que creerme. No sé lo que está pasando, pero


ustedes han sido mi jodida gracia salvadora.

—Lenguaje —dijo Laura.

—Lo siento. Lo siento. Nunca le haría eso a Theresa —dije—. Y nunca


rompería su confianza así, señor Glen. Tiene que creerme.

—Tal vez malinterpreté lo que dijo, Glen —dijo Laura.

Moví mis ojos en su dirección. ¿Theresa había dicho que le había hecho
algo?

—No soy un mal tipo, señor Glen. Trataría a Theresa con respeto como se
merece.

—Entonces lo admites. Sientes algo por mi hija —dijo.


—No, no lo hago. Pero lo está haciendo sonar como si fuera una especie de
depredador.

—¿Papá? —preguntó Theresa, entrando en la habitación, con una expresión


de horror en su rostro—. ¿Qué está pasando?

—No te metas en esto —dijo Glen.

—No le hables así. No pasa nada, lo juro —dije.

—¿De qué está hablando? —preguntó Theresa— ¿Qué está pasando?

—Laura, sácala de aquí —dijo Glen.

—Vamos cariño. Llevemos a Jane a casa —dijo Laura.

—No. Espera un segundo. ¿Qué está pasando? ¿Por qué está papá enojado
con Grant? —preguntó Theresa.

Podía escuchar el pánico en su voz mientras giraba mi mirada hacia ella. El


cabello de Theresa estaba despeinado por el sueño y sus lentes parecían ojos de
gallo en su rostro. Llevaba la misma ropa de ayer.

Pero odiaba la mirada de miedo en sus ojos.

—¿La tocaste? —Glen me preguntó de nuevo.

Laura y Jane la estaban sacando de la casa. Tratando de sacarla del peligro.


Sentí que este argumento iba por un camino muy oscuro y no estaba seguro de
poder encontrar una salida.

—¿Papá? ¿Qué está pasando? —preguntó Hollis.

—Vuelve a tu habitación —dijo Glen.

—No. Ahora escuché esta explicación desde arriba y puedo decirte con
certeza que Grant nunca ha puesto un dedo sobre Theresa. Si lo hiciera, estaría
muerto. Porque lo mataría —dijo Hollis.

—Tiene razón —le dije—. Tu hijo me mataría por eso.

—Me importa un demonio quién tiene razón y quién está equivocado. No


puedo tener tu tipo de influencia sobre mi hija tal como está. Mi esposa se paró en
su puerta anoche y la escuchó a ella y a Jane reírse de todo tipo de cosas que una
chica de quince años nunca debería contemplar cuando se trata de un chico de
dieciocho años.
Me quedé parada ahí asombrado por sus palabras. ¿Theresa había estado
hablando sobre mí de manera sexual?

—Te quiero fuera de esta casa —dijo Glen.

Las palabras fueron como un golpe en mi pecho.

—Papá, no puedes echarlo. No tiene ningún sitio dónde ir —dijo Hollis.

—Tú no te metas en esto. Grant, te quiero fuera de esta casa ahora —dijo
otra vez Glen.

—¡Le dije que nunca la toqué!

—Papá, détente —dijo Hollis—. No puedes echar a Grant. Esto es una


locura.

—Puedo y lo haré. Ambos sabemos el potencial que tiene tu hermana. Y lo


que sea que haya hecho para tomar ventaja de ella, se detiene ahora —dijo Glen.

—Vete a la mierda —gruñí. Estaba molesto de que pensaran que le haría


algo a Theresa y estaba cansado de tratar de defenderme por ello.

Glen Peterson podía irse directo al infierno.

Observé a Glen marchar por el pasillo mientras yo salía de la casa.


Necesitaba respirar. Necesitaba recomponerme. Una parte de mí quería salvar la
situación, pero parte de mí no lo quería. Yo tenía dieciocho. Podía ir y hacer lo que
me plazca. Habían intentado meterme la universidad por la garganta y ya me había
culpado por la falta de ganas de Hollis de ir a la universidad.

Estaba más que claro que pensaban que era una oveja negra, empeñado en
corromper a sus hijos.

Pude oír la voz de Theresa emanando de la entrada a medida que caminaba


por la acera. Me giré y vi a Glen arrojando mis cosas por la maldita puerta y por un
momento, vi a mi padre; la ira en sus ojos y la dureza de sus movimientos.

Vi a mi padre en el rostro de Glen y supe entonces que me iría.

Dejaría todo atrás para ir por mi cuenta.

Theresa siguió discutiendo y desafiando a sus padres. Nunca había visto a


Theresa así de agresiva y una parte de mí sonrió con orgullo. Ella era fuerte.
Siempre supe que lo era. Escondida detrás de esa ropa holgada, acomplejada por
su cuerpo. Metida detrás de esos anteojos y sus libros y su torpe andar.

Pero lo sabía. Sabía que crecería en una inteligente, notable y hermosa


joven.

Qué mal que no estaría cerca para verlo.

Agarré una bolsa de basura del costado del camino y la vacié. Fui y metí
toda la ropa que Glen había arrojado al césped. La arrojé sobre mi hombro y me
dirigí al camino, yendo al cobertizo en el que Hollis y yo a veces pasábamos el rato.

Caminé por el bosque hasta llegar a la estructura abandonada. Abrí las


puertas con fuerza, haciendo inventario del camión que había dentro. Era un
proyecto que Glen y yo habíamos asumido cuando aprendí a conducir. No podían
permitirse el lujo de conseguirme un auto, así que le dije a Glen que conseguiría un
trabajo a tiempo parcial para pagar las piezas para reparar un camión viejo que
había encontrado que quería. Quinientos por adelantado más el costo de todos los
arreglos y cuatro mil dólares después tenía una camioneta en marcha que podía
llamar mía.

Tiré mi bolsa de basura llena de ropa en la parte de atrás, saqué las llaves de
la parte superior de la llanta y salté al asiento delantero.

No tenía mucho a mi nombre; unos pocos miles que había ahorrado de


trabajar los veranos en la ciudad. No estaba seguro de adónde iba, pero sabía que
no podía quedarme allí. Encendí el camión y chisporroteó, pero después de un par
de intentos, conseguí que acelerara. Lentamente lo conduje fuera del bosque y
hacia la carretera principal y tomé Main Street fuera de Bar Harbor y me dirigí hacia
el sur.

Por un momento, sonreí. Sonreí ante los recuerdos que había hecho con
Glen mientras intentaba arreglar esta maldita cosa, así que funcionó. Las cosas que
él había hecho en los últimos cinco años que me convencieron de que le
importaba. Y ahora me había tirado como a un pedazo de basura. Me uní a la
autopista en dirección a Massachusetts, sin saber lo que me deparaba el futuro.

Conduje toda la noche hasta que llegué a la frontera de Massachusetts,


luego me detuve en una parada de descanso y me preparé para dormir un poco.

Incliné el respaldo del asiento y crucé los brazos sobre mi pecho. Cerré los
ojos y sonreí cuando el rostro de Theresa apareció en mi visión. Sus inocentes ojos
color avellana y su grueso cabello castaño. Esa linda sonrisita con esas mejillas
regordetas. Nunca se lo admitiría a Glen, pero sí sentía algo por su hija. Era
inocente, inteligente y curvilínea en todos los lugares correctos. Lo que ahora
parecía grasa de bebé, se alisaría en muslos maravillosamente gruesos y un culo en
el que querría hundir mis dientes algún día.

Diablos no, nunca la toqué. Y no tenía ningún plan para hacerlo. Pero
mierda, eso no impidió que su inocencia me llamara. Era un ángel escondido bajo
capas de inseguridades y mis manos anhelaban despojarla de ellas, exponiéndola
completamente a mí después de pelar cada capa antes de mostrarle cómo un
hombre de verdad trataba a su chica.

Nunca la habría tocado hasta que cumpliera dieciocho años. Respetaba


demasiado a Glen y lo que había hecho por mí. Pero era algo que ya no pasaría. La
gente buena y honrada nunca se preocupaba realmente por las ovejas negras
como yo. Niños que venían de hogares pobres y tenían agujeros en sus zapatos. Se
preocupaban hasta que era demasiado duro para preocuparse. Se preocupaban
hasta que eso afectaba cómo crecían sus perfectos hijitos. Si supieran todos los líos
en los que Hollis y yo nos hemos metido a lo largo de los años, se volverían locos.

Pero ya no importaba.

Nada lo hacía.

Esa noche me quedé dormido con Theresa en mi mente. Necesitaba


descubrir cuál sería mi próximo puto movimiento, dónde iba a vivir y cómo iba a
conseguir dinero para valerme por mí mismo. Pero no podía olvidar su sonrisa. O
su risa. O la forma en que sus ojos se iluminaban cuando leía un libro que le
gustaba.

Tampoco podía olvidar su desafío; la forma en que sus ojos habían ardido
con ira cuando bajó las escaleras esa mañana. No podía olvidarme la forma en que
ella gritó por mí. Le gritó a su padre que parara. Lástima que fuese la primera y
última vez que viese ese lado de Theresa.

Me di la vuelta y respiré hondo. Podía dormir unas horas antes de tener que
buscar una gasolinera y volver a la carretera.

Cuanto más me alejara de Bar Harbor, Maine, mejor estaría.


Actualmente

Traducido por Bella’ y Ashtoash


Corregido por Vickyra

M
e paseé a través de los vestidos en mi armario mientras debatía
sobre si alguno valía la pena. El banquete dental de mi padre era
esta noche y quería que yo fuera su “acompañante”. Desde que
mamá murió, ese era mi papel en su vida. Si no salía con Ike, salía con mi padre,
cumpliendo con los roles sociales que mi madre solía hacer. Sabía que era
simplemente porque era un buen partido y no quería que ninguna otra mujer con
ideas se acercara demasiado. Yo era, más o menos, su perro guardián.

Nunca volvió a ser el mismo después de que ella muriera.

Tomé un vestido amarillo de mi armario y lo sostuve contra mi cuerpo. Me


encantaba el vestido, pero Ike no era fanático de él. No a menos que estuviera
conmigo. Sabía que, si me ponía algo demasiado revelador, se enfadaría porque
iba a ir sin él. No importaba que solo fuese a ir con mi padre a un aburrido
banquete dental.

Ike se estaba quedando conmigo mientras fumigaban en su complejo de


apartamentos. Finalmente me había derrumbado y le había dado una oportunidad
durante nuestro último año de secundaria. Durante la mayor parte del tiempo que
estuvimos juntos, disfruté de su compañía, aunque nunca estuve contenta. Me
volvía loca porque yo tenía un deseo persistente de más. Intenté seguir adelante
como si todo estuviera bien, pero sabía que, al final, me estaba estableciendo.
Últimamente, se había vuelto un poco más posesivo de lo que me gustaba.

Normalmente me burlaba de su ridículo comportamiento, pero esta noche


estaba cansada y no quería lidiar con ello. Devolví el vestido amarillo y busqué uno
azul marino en la parte de atrás del armario. No llevaba mangas, pero tenía el
escote alto y me caía justo debajo de las rodillas. Además, razoné, iba a ir a un
evento con mi padre. ¿Por qué necesitaba verme sexy? Agarré mi chal blanco de
encaje de la percha y lo tiré sobre mis hombros.

Satisfecha, entré en la sala de estar.

—¿Cómo me veo? —le pregunté.

Ike levantó la vista de su libro en el sofá y vi cómo sus ojos bailaban sobre
mí. Estaba esperando esa sonrisa que me había atraído, especialmente una vez que
se había deshecho de los frenos y se había deshecho de sus gafas.

Pero en vez de sonreír, arrugó la nariz con asco.

—¿Tú elegiste ese vestido?

—¿No te gusta? —le pregunté.

—¿No es un vestido sin tirantes?

—Por eso llevo puesto el chal. ¿Ves?

—Sí, eso se ve bien. Pero ¿no te dará calor y te quitarás el chal?

—Oh, por el amor, Ike. Voy a un banquete dental con mi padre. No es un


mercado de carne.

Ike asintió mientras escuchaba mis palabras antes de que sus ojos volvieran
a su libro.

—Diviértete —dijo—. Pero no demasiado.

Puse los ojos en blanco y tomé mi bolso antes de salir por la puerta.
Subiendo a mi auto, me pregunté en qué clase de problemas pensaba Ike que
podía meterme en un banquete de odontología. Agité la cabeza y encendí el auto.
Estaba decidida a ser agradable por el bien de mi padre, así que empujé el
comportamiento irritante de Ike hasta el fondo de mi mente.

Conduje hasta la casa de mi padre y me detuve en la entrada. Lo vi parado


en el porche esperándome con las manos en los bolsillos. Ahora estaba de pie con
los hombros un poco encorvados. Cuando era adolescente, pensaba tanto de él.
Pensé que era el mejor y el hombre más fuerte del mundo. Pero pasaron algunas
cosas que me hicieron verlo de otra manera y cuando mamá murió, sacudió su
mundo.

Nunca se volvió a erguir después de esa noche.

Salí del auto y le sonreí, pero sus ojos estaban al otro lado de la calle. Me di
la vuelta y miré a la casa de mi hermano y vi un auto extraño estacionado en la
entrada. Era negro y pulido, con cristales tintados y detalles cromados. Era un auto
muy caro; uno que sabía que no pertenecía a Hollis.

Siempre pensé que era raro que mi hermano hubiera comprado la casa de
enfrente. Pero después de que mamá murió, me alegré de que lo hubiera hecho.
Estaba allí para ver a papá unas cuantas veces a la semana y eso le daba a papá un
familiar cercano si alguna vez decidía ponerse en contacto con uno de nosotros.
Nunca lo hacía, pero la opción estaba ahí.

—Bonito auto —dijo mi padre.

—¿Sabes de quién es? —le pregunté.

—Grant ha vuelto —me dijo sin rodeos.

Sentí que mi mundo se inclinaba mientras sus palabras impregnaban mi


mente. Lo dijo con tanta calma, como si ese horrible día de hace tantos años no
hubiera ocurrido. Como si no hubiera echado a Grant de nuestra casa para valerse
por sí mismo después de tratarlo como basura.

Tomé una respiración profunda e intenté actuar como si las palabras de mi


padre no me hubieran afectado.

Traté de lucir como si no hubiese pensado en Grant casi todos los malditos
días desde que se fue de nuestras vidas. Traté de lucir como si no me hubiese
preguntado sin cesar dónde había ido, qué había estado haciendo y si alguna vez
había pensado en mí. Lo intenté y fracasé miserablemente.

Mi padre me entrecerró los ojos y yo me encogí de hombros.

—Bueno, ¿estás listo para irte? —pregunté, queriendo alejarme todo lo


posible de la casa de mi hermano.

Toda la noche fue un ejercicio de control. Mi padre insistió en conducir y


resistí el impulso de hacer las preguntas que tenía en la punta de mi lengua. Pero la
pregunta más importante de todas era la que sabía que generaría una discusión
entre nosotros.

Todavía guardaba algo de resentimiento hacia mi padre por echar a Grant


hace tantos años después de acusarlo falsamente de estar involucrado conmigo.
Hoy no era la noche para mencionar todo eso.

Sin embargo, no me impidió pensar en eso.

—Te ves muy bonita esta noche —dijo mi padre, rompiendo mi


ensimismamiento.

—Gracias, papá.

—¿Ike y tú se están llevando bien?

—Lo estamos. Está en mi apartamento mientras fumigan el suyo.

—Se está quedando en la habitación de invitados, ¿verdad? —preguntó.

—Papá.

—Cariño, eres mi niña.

—No, no lo soy. Tengo veintiséis años y vivo mi propia vida.

Evité su mirada mientras continuábamos bailando al ritmo de la música.

—Sé que no te llevas bien con Ike.

—No, no lo hago —dijo mi padre.

—Pero él es un chico agradable.

—Agradable, pero no bueno.

—¿Hay alguna diferencia? —pregunté.

—La hay, cariño. Un tipo agradable aparenta serlo. Un buen tipo no tiene
que hacerlo —dijo.

—¿Y qué estaría Ike aparentando ser?

—Es demasiado controlador. La forma en que te habla me deja un mal sabor


de boca.

—No es diferente a cómo solías hablarle a la gente cuando te enojabas —


dije.
—Y trato de cuidar mi tono y no permitir que ahora se salga de control.

—Todo lo que digo es que todos tienen sus fallos. Ike también tiene buenas
cualidades.

—Mmm. ¿Cómo es que nunca las he visto? —preguntó.

—Tienes que dejar de pelear conmigo por esto. Ike es un buen hombre.
Hemos estado juntos mucho tiempo.

—No significa que sea el adecuado para ti.

Quería mencionarle a Grant, pero me mordí la lengua. Tenía mucho descaro


despreciando a Ike así. Había tenido un hombre “bueno” en mi vida. Tenía lo que
quería justo debajo del techo de nuestra casa y lo echó como si no significara nada.
¿Y para qué? Pensó que Grant y yo estábamos de alguna manera tonteando a sus
espaldas. Entonces, para tratar de controlarme, echó a Grant. Si él quisiera hablar
sobre alguien tratando de controlarme, debería mirar un maldito espejo.

No me pelearía con él. Sus acciones dejaron mucho que desear, pero seguía
siendo mi padre. Eso y, el hecho de que desde el fallecimiento de mi madre vivió
solo, me hizo sentir pena por él más que nunca.

—Creo que necesito usar el baño —dije.

Me abrí paso hacia el baño y saqué mi teléfono. Fui y me senté en un


compartimiento y le escribí furiosamente un mensaje de texto a Jane.

Grant ha vuelto. Está en casa de mi hermano. Me acabo de enterar.

Envié el mensaje de texto y esperé su respuesta.

Justo a tiempo. Deja a Ike, salta sobre Grant.

Suspiré mientras sacudía mi cabeza ante el mensaje.

No voy a dejar a mi novio por un chico que se ha olvidado de mí.

Presioné mi dedo contra el botón “enviar” mientras me levantaba. Entonces,


mi teléfono vibró en mi mano.

Esta es tu oportunidad. No la desperdicies.

Puse los ojos en blanco mientras salía del compartimiento. Debería haber
sabido lo que Jane diría. A pesar de ser la que me empujó hacia Ike en primer
maldito lugar, a ella le había empezado a caer bastante mal en estos últimos dos
años. Al principio, había hecho bromas sobre su comportamiento posesivo, luego
comenzó a decirme que lo dejara.

No era que no veía lo que ella, o lo que mi padre, ya que estamos en el


tema, veían. Simplemente conocía a Ike mejor que ellos. Sabía cómo podía ser
cuando estábamos solos. ¿Y se suponía que debía tirar lo que teníamos para tener
la oportunidad de un chico con el que no tenía posibilidad?

Ella era una terrible influencia. Pero la amaba de todos modos.

Puse mi teléfono nuevamente en mi bolsillo y sentí que mi cuerpo se


relajaba. Me eché un poco de agua en el rostro antes de volver a aplicarme el poco
de maquillaje que había logrado ponerme, luego moví los hombros hacia atrás.

Todavía tenía dos horas de este banquete que tenía que superar.

Y necesitaba hacerlo con aplomo.


Traducido por Bella’ y Tori
Corregido por Vickyra

—¿Q
ué carajo?

—Sorpresa —dije.

—¡¿Qué carajo?!

—¿Es todo lo que puedes decir? —le pregunté.

—Ven aquí —dijo Hollis.

Me metió en su casa, con los ojos llenos de asombro. Me abrazó y me dio


una palmada en la espalda y yo hice lo mismo. Había extrañado a mi mejor amigo.
Había extrañado hablar con él a lo largo de los años. La última vez que vine fue
para el funeral de Laura. Me quedé lo suficiente para despedirme de Laura, abrazar
a Hollis mientras se desmoronaba y luego me fui.

Sin siquiera saludar a nadie más.

Me dolía volver a este lugar. Glen había hecho mucho más daño del que
incluso yo estaba dispuesto a admitir. Mi padre me echó porque no tenía agallas,
pero Glen me echó porque no confió en mí. Después de todo lo que hice para
intentar probarme a mí mismo, él todavía pensó que me aprovecharía de su hija.

Me había enojado y yo albergué ese enojo durante mucho tiempo.

—No te he visto el culo desde el funeral —dijo Hollis.

—Esta no es un área que yo elija frecuentar —dije.

—Y por una buena razón. Entra aquí y toma una maldita cerveza.
—Eso me suena bien —dije.

—Me alegro de verte. Los correos electrónicos no son suficientes hoy en día.

—Es lo que tengo con una compañía que dirigir —dije.

—¿Cómo va esa mierda?

—La construcción es así. Ha sido bueno para mí, pero la compañía está un
poco alterada.

—¿Cómo es eso?

—Ojalá pudiera hablar de ello. Pero estoy en la ciudad para tratar de


olvidarlo.

—¿Tienes dónde quedarte? —preguntó.

—Aún no. El viaje fue improvisado.

—Entonces, quédate aquí. Sé que mi padre está al otro lado de la calle, pero
no ha sido el mismo desde que mamá murió.

—¿Por qué diablos vives enfrente de tu padre? —le pregunté.

—Soy sádico, supongo —dijo.

Sabía que Hollis y su padre habían tenido un gran problema después de que
Glen me echara. Su relación nunca había sido la misma por eso, pero Glen seguía
siendo su padre. Siempre admiré el compromiso de Hollis con la familia.

—¿Te vas a quedar o qué? —me preguntó.

—Depende. ¿Cuánta cerveza tienes a mano? —le pregunté.

—Toda la que necesites —dijo, quitando la tapa de una botella y


dándomela. Me reí mientras tomaba un sorbo de mi cerveza. Si Hollis averiguaba la
verdad sobre por qué estaba aquí, iba a ser un problema. Me alegré de que Hollis
me hubiera ofrecido quedarme en su casa porque pensé que mi visita no iba a
terminar bien. Y necesitaría mitigar la ira y la hostilidad tanto como fuera posible, lo
que no podría hacer desde una maldita habitación de hotel. Me llevé la cerveza a
los labios y me concentré en Hollis mientras pensaba en el plan.

Mierda. Realmente esperaba que no se enojara conmigo después de que


todo estuviera dicho y hecho.
—Así que, viviendo enfrente de tu padre. ¿Compraste este lugar justo
después de que Laura muriera? —le pregunté.

—No. Un par de años después. Compré el lugar por una cadena de correos
electrónicos.

—Correos.

—Sí. De la gente de la comunidad. Estaban preocupados por papá. Dijeron


que estaba siendo un recluso y un holgazán en su negocio. Sentándose en
restaurantes y solo mirando. Volví a casa para vigilarlo. Lo que es bueno, porque
también estoy vigilando a Ike.

—¿E Ike es?

—Oh, mierda. Sí. Ike es el novio de mierda de Theresa. Es un idiota.

Allá vamos. Eso era en lo que tenía que centrarme. Lo recordaba del funeral
de Laura, pero no podía dejar que Hollis supiera que ya sabía quién era ese tal Ike.

—¿No te gusta el tipo o algo así? —le pregunté.

—No lo sé. Es muy amable cuando está cerca de otras personas, pero sé que
todo es una actuación. Era un mierdecilla nerd en la secundaria, pero en los últimos
dos años, realmente cree que es muy bueno. Veo la forma en que trata a mi
hermana cuando piensa que nadie está mirando y apenas puedo controlarme para
no darle una paliza en el jardín delantero.

—¿Le está pegando? —le pregunté. Sentí mi sangre hirviendo por la mera
idea de que alguien le pusiera las manos encima a Theresa.

—¿Crees que aún estaría respirando si lo hiciera? —preguntó Hollis.

Asentí en comprensión.

—¿Le has dicho lo que sientes por este tipo? —intenté.

—Lo hice y no se lo tomó bien. Ella…

Mi frente se arrugó en confusión mientras Hollis escogía sus palabras.

—Pasó por una verdadera fase rebelde. Su último año fue duro y luego la
muerte de mamá la golpeó. Se lo comenté y eso la enfureció aún más y no
hablamos por un tiempo. Por eso acepté un trabajo en el otro extremo del estado.
Hasta que empecé a recibir esos malditos correos.
—Así que volviste para cuidar a tu padre y empezaste a cuidar de Theresa.

—Sí. Pero se enfadaría si se enterara. Así que le dije que volví para vigilar a
papá y para buscar mejores oportunidades en el departamento.

Sacudí mi cabeza y me reí entre dientes.

—Aún no puedo creer que seas policía, tío. ¿Después de toda la mierda que
tú y yo hicimos mientras crecíamos?

Hollis también se rio.

—Lo sé ¿verdad? Después de que mamá murió, pensé que debería arreglar
mi mierda. De hecho, me encanta ser policía.

—Me alegra oírlo, hombre. Estoy seguro de que no querría estar al otro lado
de tu porra —me reí—. Entonces ¿qué se supone que debes hacer con ese imbécil
de Ike?

—Ese hijo de puta vuelve a hacer un movimiento equivocado y le pondré las


esposas tan rápido que no sabrá qué está pasando.

Asentí y tomé otro trago de mi cerveza.

—Bueno, hablando de Theresa, ¿qué está haciendo estos días? — pregunté,


tratando de parecer indiferente.

—Ah, es la recepcionista de papá.

—¿Ella es qué? —pregunté.

—Lo sé ¿verdad? Sigo diciéndole que se vaya y consiga otro maldito trabajo.
La chica fue a la universidad y obtuvo un jodido título en negocios y está
encorvada frente a una computadora programando la limpieza de los dientes de
los pacientes del viejo.

—Siempre me pregunté qué iba a ser cuando creciera. ¿Dijiste un título en


negocios? —pregunté.

—Oh sí. Estaba empeñada en comenzar su propio negocio en línea o lo que


sea. Pero mamá murió y estudió muy duro para graduarse pronto. Papá le ofreció
el trabajo, así que lo aceptó. Dijo que era para pagar sus préstamos estudiantiles,
pero creo que eso fue solo una excusa porque tenía miedo de fallar en lo que
realmente quería hacer. No creo que sea saludable para ninguno de ellos.
Pensé en el correo electrónico anónimo que recibí que me había traído de
regreso. Si Hollis supiera que alguien me ha enviado ese correo electrónico, estaría
furioso porque yo estaba en la ciudad para cuidar a su hermana, también. Él
siempre fue protector con ella, pero parecía que eso solo había aumentado más
con los años.

Todavía podía ver esas palabras en el correo electrónico.

Theresa te necesita. Está en problemas. Por favor, ven a casa y ayúdala.

—¿Por qué no es saludable para ellos? —pregunté.

—Se ha aferrado mucho a ella desde que murió mamá. Como esta noche.
Ella es la “acompañante” de papá para un banquete. Bailarán, comerán y beberán y
él dirá que es una noche de padre e hija, pero creo que es porque no quiere ir solo
y está tratando de evitar cualquier interés de otras mujeres disponibles.

—Eso es jodido

—Lo es y sé que Theresa lo sabe, pero no puedo lograr que dibuje ese
límite. Creo que se siente culpable porque ella y mis padres apenas hablaban
cuando mamá murió. Es como si pensara que esta es su penitencia. Pero no tiene
nada de qué sentirse culpable —dijo Hollis.

Pensé nuevamente en el correo electrónico. Tal vez no fue todo sobre Ike.
Tal vez esta persona sabía que Theresa también necesitaba salvarse de sí misma.

—¿Por qué crees que se queda con este chico Ike?

Hollis se encogió de hombros.

—No tengo ni la más mínima idea, hombre. Quizás porque es más fácil
porque llevan tanto tiempo juntos. No puedo pensar en ninguna otra razón por la
que haya aguantado a ese imbécil.

—Y pensar que Glen pensó que yo era la oveja negra —murmuré.

—¿Sabes que finalmente me dijo que te echó porque pensó que estabas
follando con Theresa?

—¿Hablas jodidamente en serio? —le pregunté incrédulo—. ¡No hay manera


en el infierno que hubiera hecho eso!

—¡Maldita sea, eso es lo que dije! —estuvo de acuerdo Hollis.


—¿Qué demonios lo hizo pensar eso? —pregunté.

—Según mamá, escuchó a Jane y Theresa riéndose de ti una noche o algo


así. Dijo que mi hermana estaba hablando de besarte. Ella tenía un jodido flechazo
adolescente y mi papá perdió su mierda por eso.

Por alguna razón, la idea de que Theresa fantaseara con besarme incluso
hace tantos años, hizo que se me pusiera la piel de gallina. Había sido una niña
torpe, pero todavía había algo sobre ella; algo que me dijo que sería un bombón
cuando creciera.

Sacudí mi cabeza y dejé escapar un suspiro.

—Bueno, me fue bastante bien por mi cuenta. No hay razón para


preocuparse por mí ahora —dije.

—Sí, ese auto ahí afuera me dice que lo estás haciendo bien.

—¿No te gusta estacionado junto a tu Ford Focus? —le pregunté con una
sonrisa.

—Hace que mi polla se vea muy pequeña, sí. ¿Quieres otra cerveza?

—Con gusto. Y compraré la siguiente ronda.

—¡Y deberás traer de la costosa, maldito ricachón!

Me reí entre dientes y arrojé mi botella vacía a Hollis. Giré la cabeza y miré al
otro lado de la carretera justo a tiempo para ver un auto detenerse. Ladeé mi
cuerpo y coloqué mi brazo sobre el sofá, observando cómo una pierna con curvas
salía del auto, seguida de una hermosa cabeza de cabello castaño y rizado, muslos
gruesos y una delantera que me hizo salivar.

Theresa.

Mierda había crecido. Y había estado en lo cierto.

Ella era jodidamente hermosa.

—Atrapa —dijo Hollis.

Me di la vuelta y agarré la botella con la mano antes de volver a sentarme en


el sofá.

—¿Qué hay para cenar? —pregunté, haciendo todo lo posible para no


pensar en cuánto me gustaría hacer que Theresa sea mi comida.
Traducido por Carib y Bella’
Corregido por Vickyra

M
e merecía un maldito premio de paz.

Mi moderación en el banquete fue hercúlea.

Mi padre estaba hablando de todo tipo de cosas que


no me importaban y viajar a casa con él solo para estar a
pasos de Grant fue suficiente para hacer que mi cabeza explotara. Vi su auto
todavía en el camino de entrada y me tomó todo lo que tenía para entrar en mi
propio auto y conducir.

Me desperté a la mañana siguiente y me di una ducha extra larga. Ike se fue


a trabajar y era el último día que se quedaría conmigo. Me sequé y me puse un par
de jeans ajustados y una blusa que mostraba los pechos talle D que finalmente
habían aparecido en mi último año de secundaria, luego me puse un poco de
maquillaje para complementar mis ojos. Bajé las escaleras y tomé un plato para
guisado que tenía la intención de regresar a Hollis de todos modos. Pensé que era
una excusa perfecta para ir a su casa. Actuaría sorprendida cuando viera a Grant,
solo para que se lo creyera. Lo último que necesitaba era que mi hermano supiera
que solo estaba allí para ver a su mejor amigo. Nunca oiría el final.

El plato me llevaría a la puerta y a echarle una mirada a Grant.

Solo un vistazo. Eso era todo lo que quería.


Me estacioné en el camino de entrada y no vi el auto de Hollis allí, pero
supuse que probablemente estaba en el garaje. Sin embargo, el auto de Grant
estaba estacionado justo donde había estado ayer, el sol rebotaba en su impecable
trabajo de cera.

Llamé a la puerta y esperé a que mi hermano abriera. Me moví de un pie a


otro, preguntándome cuán mala era esta idea. Estaba saliendo con Ike y allí estaba,
ansiando echar un vistazo a un chico del que estaba enamorada estúpidamente en
la escuela secundaria.

Pero sobre todo necesitaba un cierre.

Necesitaba saber que el que mi padre lo echara no había obstaculizado el


éxito que sabía que tendría en la vida. Aunque su auto podría haberme dicho eso.

Y una parte tonta de mí rezó para que no se pareciera en nada a lo que


recordaba. Tal vez un par de kilos extra alrededor de sus abdominales una vez
cincelados. Y, si tenía suerte, el cabello algo ralo en su cabeza.

Estaba empezando a pensar que era una mala idea estar allí. Me di la vuelta
y volví a mi auto cuando escuché que la puerta se abría detrás de mí. Me di la
vuelta y sonreí, lista para darle el plato a mi hermano.

Pero no fue Hollis quien se paró frente a mí, fue Grant.

Y estaba sin camisa.

Moví el plato de vidrio en mi mano mientras mis ojos se posaban en su


pecho. Su pecho maravillosamente cincelado que estaba decorado con tatuajes. No
pude apartar mi mirada de él. Estaba hipnotizada, parada allí como una idiota, mi
boca abriéndose y cerrándose, pero no salió ningún sonido.

Era hermoso y su magnificencia me hizo balancearme sobre mis pies.

—Yo um… traje esto para…

Mis ojos lentamente se acercaron a su rostro mientras lo observaba, con sus


ojos color ámbar y su espeso cabello castaño a un lado y perfectamente colocado
en su lugar. Los lados de su cabeza estaban afeitados y sus brazos estaban
abultados de músculos. Había crecido otros cinco centímetros desde la última vez
que lo vi, ahora media más de metro ochenta de altura y sus hombros eran anchos
y esculpidos. Cerré los ojos y respiré hondo.

Santo infierno.
Abrí los ojos y vi a Grant sonriendo. Mierda. ¿Qué me pasaba? Miré el plato
en mis manos y lo empujé contra su cuerpo, observando cómo sus manos se
curvaban alrededor de la ofrenda.

—Solo dáselo a Hollis —dije, finalmente encontrando mi voz.

Me di la vuelta rápidamente para dirigirme a mi auto, pero su voz me llamó.

—Deberías entrar y esperarlo. Volverá en un momento.

Mis ojos se cerraron mientras el tono de su voz bailaba a lo largo de mi piel.


Sentí los cabellos en la parte posterior de mi cuello cosquillear con su aliento. Lo
escuché dar un paso hacia mí, su calor corporal irradiando contra mi espalda.
Mantuve mis ojos cerrados, disfrutando el momento.

Era lo más cerca que había estado de él. Y me odiaba por amarlo.

Asentí, pero no me moví. No pude. Estaba paralizada. Congelada por el


miedo, la necesidad, la lujuria y la vergüenza. Podía sentir mis mejillas teñirse de
pesar. Sentí que se movía cuando el pulso de su respiración se acercaba y pronto
sus labios se cernían junto a mi oído.

Me estremecí ante la sensación.

—¿Vas a venir? —preguntó Grant, su voz baja y varonil.

Mis rodillas casi se doblaron ante su pregunta.

Quería darme la vuelta, empujarlo a la casa y destrozarlo como había


soñado durante casi nueve malditos años.

Pero no pude.

Tenía novio y nada de esto estaba bien.

—No —dije sin aliento.

Me obligué a poner un pie delante del otro y caminar hacia mi auto. Abrí la
puerta y miré hacia arriba, encontrando a Grant todavía parado en la puerta. Sus
músculos brillaban con belleza, como su auto. Sus abdominales estaban separados
con líneas gruesas que quería trazar con mi lengua y sus caderas se estrechaban en
una V que desaparecía debajo de su cintura y señalaba el camino hacia la tierra
prometida.
Me subí a mi auto, arranqué el motor y salí como un murciélago del infierno.
No podía alejarme de él lo suficientemente rápido.

Presioné mis muslos para tratar de calmar el dolor que me causó ver a Grant
en carne y hueso, pero la presión solo empeoró las cosas. Mis bragas estaban
húmedas y mi corazón palpitaba en mis oídos. Iba a tener que permanecer lejos de
Hollis hasta que Grant estuviera fuera de la ciudad si no quería parecer una loca
enamorada adolescente idiota delante de él otra vez.

Entré en el estacionamiento y apagué el auto, respirando hondo mientras


intentaba estabilizar mi pulso acelerado. Cerré los ojos, pero todo lo que vi detrás
de mis párpados fue el pecho ancho y tatuado de Grant y el flujo de calor entre mis
piernas comenzó de nuevo. Maldita sea, necesitaba controlarme.

Me bajé del auto y subí las escaleras hasta mi casa. En mi neblina para
sacudir a Grant de mi mente, no vi el auto de Ike frente a mi apartamento. En mi
deseo de subir y tomar una ducha fría para calmarme, ni siquiera me di cuenta de
que la puerta ya estaba abierta. Caminé por el apartamento y me dirigí
directamente a mi habitación, pero una voz descendió a mis oídos.

—¿Dónde diablos estabas?

Me di la vuelta y vi a Ike de pie en el pasillo, con sus ojos que recorrían mi


cuerpo.

—¡Jesús Ike, me has dado un susto de muerte! —dije, con mi mano sobre mi
corazón acelerado.

—¿Por qué? ¿acaso esperabas a otra persona? —preguntó.

Agité la cabeza.

—Uh, no. Esperaba estar sola. ¿No deberías estar en el trabajo? —le
pregunté.

—Tuve un descanso entre clientes, así que pensé en pasar y sorprenderte.


Parece que lo he conseguido. ¿Dónde estabas? —preguntó de nuevo.

—Fui a ver a mi hermano —le dije.

—No, no lo hiciste —dijo Ike—. Inténtalo de nuevo.

Lo miré fijamente, preguntándome por un minuto si de alguna manera me


había visto en el porche con un Grant medio desnudo.
—Sí, lo hice. Fui a casa de mi hermano a devolverle algunos platos.

—¿Entonces por qué estás vestida así?

—No lo estoy. Llevo jeans y una blusa, por el amor de Dios.

—¿Y el maquillaje?

—¿Qué tiene de malo que lleve maquillaje? Me pongo maquillaje todos los
malditos días.

—Para mí, sí. Para el trabajo, sí. No para vagabundear en público. ¿Y por qué
tu blusa es tan escotada?

Molesta, puse mi mano en mi cadera y lo miré desafiantemente.

—Porque me gusta que sea así —le dije.

—Bueno, a mí no. Te hace ver como si estuvieras buscando atención.

—Por el amor de Dios, estás siendo ridículo —dije, cada vez más enojada.

—¿Dónde estabas? —preguntó de nuevo—. Te conozco. Te conozco desde


que éramos niños. No te vistes bien a menos que tengas una razón.

—No estoy “bien vestida”. Solo fui a devolverle algunas cosas a mi hermano
—dije de nuevo, lentamente para que me escuchara esta vez.

A pesar de mis esfuerzos para mantenerlas a raya, se me llenaron los ojos de


lágrimas. Estaba cansada de las peleas, de las acusaciones, de las insinuaciones;
pero más que eso, estaba cansada de que Ike tratara de controlarme. Él no había
sido así en los primeros años de nuestra relación, pero últimamente se estaba
poniendo cada vez peor. Y ya casi había terminado.

—No te vestirías así para ir a ver a Hollis —dijo Ike.

—¡No estoy vestida como nada! Llevo jeans y una puta blusa. No llevo
minifalda, ni camiseta de tirantes, ni bikini. Estás siendo ridículo —dije, mi voz
elevándose con cada palabra.

Ike se adelantó y me puso un dedo en la cara.

—No sé a quién crees que engañas, pero seguro que no a mí.

Lancé mis manos al aire con exasperación.


—He terminado, Ike. No puedo seguir haciendo esto. No sé por qué
cambiaron las cosas o cuándo exactamente, pero no soy de tu propiedad para ser
manejada. Soy tu novia. Y si no puedes tratarme con el respeto que merezco,
entonces ya no te quiero cerca.

Los ojos de Ike se entrecerraron y sus puños se cerraron a los costados.

—¿Crees que puedes hacerlo mejor que yo? ¿Con ese culo grande y esos
muslos gordos? —escupió.

Di involuntario un paso atrás y casi se me salen los ojos de la cabeza. Nunca


en todo el tiempo que habíamos estado juntos Ike había comentado algo
negativamente sobre mi cuerpo. Siempre me dijo que le encantaban mis curvas.

Mis ojos finalmente estaban completamente abiertos y lo veía como el idiota


manipulador que realmente era. Ahora podía ver que no era el chico que había
llegado a amar. Era un miserable y egoísta hijo de perra y no iba a aguantarlo más.

—Vete —dije.

—Con mucho gusto. Ya ni siquiera sé lo que estoy haciendo contigo. Ni


siquiera te quiero —dijo con una mueca de desprecio.

—¡Fuera! —rugí.

Ike agarró sus llaves y salió de mi apartamento. Estaba temblando de rabia,


pero, aun así, me sentía libre. Era más fácil respirar y el silencio era reconfortante.
Ike y yo estábamos entrelazados financieramente y no estaba segura de lo que iba
a hacer al respecto. Tendría que encontrar un lugar más barato, más cerca del
trabajo y separar mi vida de la suya de una vez por todas.

Pero incluso cuando las lágrimas fluyeron, sentí que se me quitaba un peso
de los hombros.

Finalmente era libre.


Traducido por Ashtoash
Corregido por Vickyra

N
o me sentía bien al quedarme con Hollis y no hacer nada, así que
me dispuse a arreglar las escaleras en su porche trasero. Estaban
tambaleantes y cediendo y eran un maldito accidente esperando
suceder. Fui a la ferretería de la ciudad y recogí algunas cosas antes de conseguir
algo de madera del aserradero y luego me dispuse a darle unas escaleras decentes.

Solo podía estar fuera del trabajo durante unos días sin que las cosas se
fueran a la mierda y no tenía idea de cómo ejecutar ninguno de mis planes.
Demonios, Theresa ni siquiera quiso venir a hablar conmigo ayer, lo que arruinó las
cosas. Todos estos jodidos años después y ella seguía siendo la única chica que
había tocado mi corazón. Había sobrevivido de sueños con ella y las pocas fotos de
la familia que Hollis me enviaba por correo electrónico antes de que Laura muriera.

Pero tenerla en ese maldito porche, escuchar la forma en que su voz se


había asentado en un tono sensual y observar cuán femeninas se habían vuelto sus
curvas, había sido jodidamente frustrante, no poder alcanzarla y jodidamente
tocarla.

Y la forma en que me miraba. Oh, esa dulce pequeña todavía me quería. Esa
adolescente rebelde dentro de ella todavía me deseaba como lo había hecho hace
tantos años. Era un bombón a sus ojos y no podía tener suficiente de mí y aunque
mi ego estaba bien, me había dado un estímulo. Saber que Theresa todavía estaba
entusiasmada con la idea de mí me dio esperanza de que mi plan funcionara. Me
dio la esperanza de que podría tener la vida que siempre había deseado, incluso si
molestaba a las personas que la rodeaban.

Había disfrutado la forma en que sus ojos recorrieron mi pecho. Trabajaba


duro en mi cuerpo y no estaba avergonzado de ese hecho. ¿Y los tatuajes? Los
tatuajes fueron mi intento de canalizar mi ira hacia algo productivo. Una manera de
distraerme de lo jodidamente aburrida que había sido la universidad comunitaria. Y
cuando me cubrí el pecho, la espalda y los hombros con tatuajes, comencé mi
negocio.

Tiré toda mi ira en mi negocio y eso me hizo muy rico.

Escuché un auto que avanzaba por el camino de entrada, así que me asomé
por la esquina de la casa. La patrulla de Hollis estaba llegando, así que comencé a
guardar las herramientas. Estaba casi listo para arrancar las escaleras e instalar las
nuevas que había hecho. Necesitaba lijar y terminar algunas piezas más y todo
estaría listo.

—¡Yo invito a las cervezas! —dijo Hollis mientras caminaba hacia la parte de
atrás.

—¿Finalmente tuviste sexo? —pregunté con una sonrisa.

—Siempre estoy teniendo sexo. Eso es lo bueno del uniforme. Pero tengo
mejores noticias.

—¿Qué podría ser mejor que tener sexo? ¿Ganaste la lotería o algo así? —
dije.

Hollis me dio una palmada en el hombro, con una sonrisa enorme en su


rostro.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunté

—Theresa rompió con ese imbécil sin carácter —dijo Hollis.

—¿Ella qué? —pregunté.

—Pateó a ese imbécil por la puerta. Finalmente está libre de todos esos años
de manipulación y mierdas que Ike le hizo pasar —dijo.

—Bueno, bien por ella —dije—. ¿Qué pasó? ¿Tienes detalles?


—No necesito los malditos detalles. Todo lo que necesitaba era que ese
idiota se fuera. Y se ha ido, cariño. Muy, muy ido. Voy a buscar algo de beber
porque estamos celebrando.

—Estaré allí tan pronto como termine de limpiar aquí.

No lo podía creer. Theresa estaba soltera de nuevo y por lo que parecía, eso
era algo bueno. Me alegré de que finalmente se hubiera enfrentado a él y lo echara
a patadas. Una parte de mí quería hablar con ella, pero no estaba seguro de si eso
estropearía algo. La mitad de mi plan ya había funcionado sin ninguna intervención
personal de mi parte.

Y si Hollis supiera que estaba aquí por un correo electrónico que decía que
ella me necesitaba, él me quitaría la maldita cabeza.

Había comenzado en el funeral de Laura. Ike estaba allí con Theresa y algo
se sintió mal. La abrazó con demasiada fuerza y trató de llevarla a donde quería
que fuera en lugar de a donde ella quería ir. Siempre la mantenía cerca y su mano
siempre estaba sobre ella, como si fuera un titiritero tirando de sus cuerdas. Todos
estaban tan angustiados que no podían verlo, pero yo sí.

Ike era un bastardo controlador y manipulador. Y no había nadie cuidando a


Theresa.

Más que nunca, sabía que él era la razón detrás de ese correo electrónico.
Ese correo electrónico anónimo con esa jodida línea rogándome que viniera y la
ayudara. Ahora sabía de lo que estaba hablando esa persona. Y si tuviera algo que
hacer o decir al respecto, ella se olvidaría de ese patético pedazo de mierda para el
momento en que me fuera de la ciudad.

Theresa merecía algo mejor, incluso si no pudiera tenerla.

Cuando llegué, me prometí a mí mismo que haría todo lo que estuviera a mi


alcance para asegurarme de que estaba a salvo antes de irme a casa.

Pero ahora que Theresa estaba soltera y lejos de él, podía volver a Boston y
regresar a trabajar. Disfrutaba ensuciarme las manos en el trabajo. Disfrutaba
levantando las paredes de los hogares y negocios de las personas. Cada vez que
sentía la necesidad de golpear algo, eso era lo que hacía. Construir en lugar de
destruir. Era una salida productiva para mi ira y me impedía quedarme sin piel para
tatuarme.

No me podía quedar.
Aunque algo dentro de mí quería hacerlo.

—¡Entra aquí y abre la maldita cerveza, Grant!

—Ya voy, Hollis. Espera —dije.

—Y necesitas tomar una maldita ducha. Saldremos con unas chicas esta
noche.

Fruncí el ceño mientras subía a la terraza de Hollis.

—¿Chicas? —pregunté mientras tomaba la cerveza del mostrador de la


cocina.

—¡Jane!

—¿Finalmente vas a follarla como querías hacerlo? —pregunté.

—Uno nunca sabe. Ella también podría tener algo por los uniformes —dijo—
. Así que toma esa maldita cerveza, báñate y vamos a averiguarlo.

Me di una ducha rápida y me cambié antes que Hollis y yo saliéramos. Nos


subimos a mi Jaguar oscuro y nos dirigimos al bar. Era el lugar que Hollis y yo
siempre solíamos frecuentar en nuestra adolescencia. Cuando éramos más jóvenes,
eran conocidos por servir a chicos menores de edad. Parecía que se habían puesto
más estrictos a lo largo de los años, pero los recuerdos seguían siendo dulces.

Perdí mi virginidad en el baño de este maldito lugar.

—¿Listo? —preguntó Hollis.

—¿Solo nos vamos a encontrar con Jane?

—Sé que ella estará aquí y eso es todo lo que me importa. Pero no te
preocupes, chico Granty. Te encontraremos a alguien.

Me dio unas palmaditas en el hombro y sacudí la cabeza antes de salir del


auto. Mis ojos recorrieron el pavimento y una sonrisa se extendió por mi rostro
cuando las vi. Estaba Jane, con su forma esbelta y sus largas piernas y su fino
cabello rojo. Y de pie a su lado estaba Theresa. Mirándome boquiabierta cuando
salí del auto.

La sonrisa que Jane tenía en su rostro me hizo mirarla dos veces antes de
que mis ojos volvieran a dirigirse a Theresa. Hollis se acercó a Jane y la observé
inmediatamente dirigir su atención al hombre. Él deslizó su brazo alrededor de su
cuello y la condujo adentro y vi la forma en que Jane se derritió en él.

Oh, sí.

Ellos iban a follar.

—Theresa —dije.

—Grant —dijo sin aliento.

—¿Todavía no puedes encontrar esa voz tuya?

La vi sonrojarse antes de extender mi mano. Se dio la vuelta y caminó frente


a mí hacia el bar y sostuve la puerta para ella. Mis ojos se posaron en su culo
balanceándose, haciendo que las venas de mi pene palpitaran. Respiré hondo,
tratando de controlarme lo mejor que pude.

Tendré suerte si puedo pasar la noche con mis manos limpias.


Traducido por Ale Grigori, Carib y Bella’
Corregido por Vickyra

N
o podía creer que Hollis trajera a Grant. ¿Estaba loco? Llamé a Hollis
y a Jane para que pudieran venir y celebrar mi renovada libertad.
Quería tomar unas copas y olvidarme de mi terrible día de ayer ¿y
Hollis trajo a Grant? ¿Qué demonios estaba pensando? No quería hablar sobre mi
ruptura con Ike delante de Grant. Pensaría que soy débil. Estúpida. Idiota por
aferrarme a un hombre así por tanto tiempo.

No quería que Grant me viera bajo ese tipo de enfoque.

Traté de dejarlo atrás. Sí, había soportado el comportamiento ridículo y


posesivo de Ike durante demasiado tiempo, pero finalmente había puesto un
límite. No importaba que lo que dijo sobre mi figura me hubiera herido más de lo
que me hubiera gustado admitir. Traté de decirme a mí misma que era solo otra de
sus tácticas de manipulación: hacer que pareciera que la ruptura era toda mi culpa.

Pero, aun así, una parte de mí era consciente de ello ahora. No quería poner
eso delante de alguien como Grant.

Caminamos hacia una mesa donde Hollis ordenó cuatro tragos y se giró
para repartirlos entre nosotros.

—Por nuevos comienzos —dijo Hollis.

—Por empezar de nuevo —dijo Jane.

—Por hombres que te merecen —dijo Grant.


Mis ojos se encontraron con los suyos mientras sostenía mi vaso.

—Sí —dije—. Por todo eso.

Chocamos los vasos y mis ojos se posaron en mi bebida. Estaba nerviosa con
Grant estando allí. No quería hablar de esto con él cerca. Sabía que Jane y Hollis
estaban esperando que los llenara de todos los detalles, pero me sentía aturdida.
Mi corazón estaba golpeando demasiado fuerte contra mi pecho. Sentía que iba a
vomitar a pesar de que no había comido desde el desayuno.

—¿Y? —preguntó Jane—. ¿Qué pasó?

—Finalmente me cansé de su mierda —dije—. Le dije que todo había


terminado.

—¿Qué dijo? —preguntó Hollis.

De ninguna manera iba a responder esa pregunta.

—¿Importa? —pregunté—. Lo que importa es que ya no somos nada.

—¿Qué te dijo? —preguntó Jane, con los ojos entrecerrados. A veces era
molesto lo bien que podía leerme.

—No es importante, ¿de acuerdo?

Levanté mis ojos a Grant rápidamente antes de tomar un sorbo de la bebida


que Jane me había entregado.

—¿Quieres saber cómo se veía desde afuera? —preguntó Hollis.

—No. Pero tengo la sensación de que me vas a decir de todos modos —dije.

—Era manipulador y controlador, Theresa. Siempre diciéndote qué ponerte y


vigilando dónde estabas todo el maldito tiempo. Ni siquiera podías venir a mi casa
durante una hora sin que él te estuviese enviando mensajes de texto cinco o seis
veces en momentos diferentes.

—Lo sé —dije.

—¿Y recuerdas aquella vez en que finalmente te saqué del apartamento? —


preguntó Jane—. ¿Cuándo fuimos a bailar esa noche en el estudio?

—Sí —dije.
—Sí. Ike te hizo cambiar tu atuendo tres veces porque no le gustaba lo que
llevabas puesto y ni siquiera nos iba a acompañar, Theresa. Era una locura.

—¿Hizo eso? —preguntó Grant.

Gemí mientras bebía el resto de mi bebida.

—No fue lo que él me hizo, sino que yo no quería pelear por eso —dije,
odiando lo patético que sonaba todo.

—Es abusivo y me alegro de que finalmente estés lejos de él —dijo Hollis.

—Sí, bueno. Voy a tener que encontrar un nuevo lugar para quedarme. Y
tendré que separar nuestras facturas telefónicas y repartir las deudas de las tarjetas
de crédito. Estuvimos juntos por ocho años. Nuestras vidas estaban entrelazadas —
dije.

—Y te ayudaremos con todo eso —dijo Jane.

—Sí y si es necesario, puedes mudarte conmigo —me ofreció Hollis.

—Ustedes deben pensar que soy completamente incompetente cuando se


trata de cuidarme —dije.

—No, pero te quedaste con un hombre que abiertamente te manipuló y te


controló durante ocho años —dijo Jane.

—Y si no recuerdo mal, estuviste de su lado durante toda la secundaria —


dije con amargura.

—Porque él no era un imbécil en la secundaria —dijo Jane.

—¿Podemos parar? Mira, lo siento. Grant, es genial que hayas vuelto a la


ciudad. Pero no sabía que vendrías a nuestra pequeña asamblea. Y no estoy…

La camarera puso otro trago delante de mí. Lo bebí antes de que ella dejara
la mesa.

—Entonces, ¿podemos hablar de otra cosa? ¿Algo más? —pregunté—. Me


siento como una idiota por no hacer algo al respecto antes. Y como Grant está
aquí, deberíamos averiguar qué ha estado sucediendo en su vida desde que papá
lo echó de nuestra casa.

Sabía que la amargura pesaba en mi voz, pero no me importaba. El alcohol


me estaba aflojando los labios y no tenía intenciones de minimizar lo bueno que
era estar en presencia de Grant nuevamente. Si este era un nuevo comienzo,
entonces quería seguir avanzando.

—¿Por qué estás aquí de todos modos? —preguntó Jane.

—Hollis me invitó —dijo Grant.

—No, quiero decir, ¿por qué estás de vuelta en la ciudad?

—Necesitaba un descanso de su negocio —dijo Hollis—. Aparentemente,


administrar tu propio conglomerado de construcción de mil millones de dólares se
vuelve difícil.

Mis ojos se movieron hacia los de Grant y él dirigió su mirada hacia la mía.

—¿Tienes tu propio negocio? —pregunté.

—Lo hago.

—¿Cómo se llama?

—Construcciones Segundo Aliento —dijo.

—¿Alguien necesita otra cerveza? Necesito otra cerveza —dijo Hollis.

—Podría con otra —dijo Grant.

—Yo también —dijo Jane.

Bebí mi tercer trago y le entregué el vaso a Hollis. Me miró cuidadosamente


antes de encogerse de hombros, luego desapareció entre la creciente multitud.
Podía sentir el calor del alcohol inundando mis venas y de repente me di cuenta de
la forma en que Grant me estaba mirando.

Evité su mirada, pero también sentí que algo se me acercaba debajo de la


mesa.

—Está bien, ahora que se ha ido. ¿Por qué estás realmente aquí? —preguntó
Jane.

—Él te dijo. Mi negocio es…

—Podría parecer tonta, pero no lo soy —dijo Jane.

—Jane, cálmate —le dije.

—Quiero saber por qué Grant volvió a aparecer en el radar. ¿Por qué no
puedo saber eso?
—Porque siempre piensas que hay una historia cuando no la hay. Es la
periodista que llevas dentro.

—¿Entonces eres escritora? —preguntó Grant.

—Sí. Trabajo para el periódico del pueblo. Tiempo completo.

—Impresionante. ¿Haces trabajo de relaciones públicas?

—Puedo —dijo.

—Estoy buscando un representante de relaciones públicas para mi empresa.


¿Quieres enviarme tu currículum? —preguntó Grant.

—¿Quieres decirme por qué estás realmente en la ciudad? —preguntó Jane.

—Necesitaba alejarme un poco y decidí contactarme con algunas personas.


¿Es tan difícil de creer? —preguntó Grant.

Observé a Jane entrecerrar los ojos cuando Hollis regresó a la mesa.

—Tres cervezas y otro appletini para la mujer recién soltera.

—Gracias, creo —le dije.

—Lo tomaré por ahora —dijo Jane.

—¿Qué? ¿La cerveza? —preguntó Hollis.

—No. Tú —dijo ella con una sonrisa.

—¿Pueden ustedes dos no hacer eso frente a mí? —pregunté.

—¿Podemos hacerlo detrás de ti? —preguntó Jane.

—Estoy sinceramente sorprendido de que aún no lo hayas hecho. Quiero


decir, lo has querido desde que éramos adolescentes —le dije con una sonrisa.

—Espera. ¿Adolescentes? —preguntó Hollis, sus cejas se alzaron hasta la


línea del cabello.

Jane me fulminó con la mirada mientras tomaba mi cuarto trago.

—Vaya ¿dije eso en voz alta?

Intercambiamos sillas para que Jane pudiera acurrucarse con Hollis. Los dos
hablaban en voz baja y era dolorosamente consciente de lo cerca que Grant y yo
estábamos en la cabina. Hollis arrastró a Jane para hablar con uno de sus amigos
policías, lo que me dejó sola con Grant y aunque no hablamos, pude sentir sus ojos
en mi cuerpo.

Mirándome con su mirada seductora.

Cuando terminé mi cuarto trago, prácticamente me estaba apoyando en él.


El alcohol con el estómago vacío no era una buena idea. Estaba sudando y mi
mano comenzaba a serpentear. Sin darme cuenta de lo que estaba haciendo, mis
dedos trazaron diseños en la parte superior de la pierna de Grant y pude sentir la
fuerza cincelada de su muslo.

También me di cuenta de que no estaba haciendo ningún movimiento para


detenerme.

Podía escuchar los sonidos del bar a nuestro alrededor, pero todo en lo que
estaba enfocada era en la forma en que Grant deslizó su brazo alrededor de mi
cintura. Las puntas de sus dedos trazaron líneas a lo largo de mis caderas mientras
me inclinaba más en su cuerpo. Presioné mi mejilla contra su pecho esculpido y
disfruté de cómo me sostenía.

No me controló.

Él simplemente me acunó.

Mis ojos estaban casi cerrados cuando escuché la voz de Jane en la


distancia. Le estaba diciendo a Grant que me llevara a casa. Se iba con Hollis, pero
no me importaba. Mi mejor amiga había estado enamorada de mi hermano
durante años y ya era hora de que finalmente pudiera dejar de escuchar sobre su
deseo por él.

—Vamos —dijo Grant en mi oído—Vamos a llevarte a casa.

Me levantó sin esfuerzo en sus brazos y me deslicé contra su pecho. Envolví


mis brazos alrededor de su cuello y me aferré a él mientras me llevaba a su auto.
Me sumergió en el asiento trasero y bajé la cabeza, mirando cómo el mundo giraba
a mi alrededor. Dije mi dirección y me dormí, pero con cada segundo que pasaba,
podía sentirme más sobria.

Era soltera, recién soltera, por primera vez en ocho años y quería celebrarlo.
Quería disfrutarlo. Quería ser una soltera imprudente de veintiséis años y extender
mis alas y hacer recuerdos que disfrutaría en el futuro. Quería borrar todos los
argumentos y todos los gritos y entrar en la carne placentera de lo que significaba
ser un adulto de veintitantos años en estos tiempos.
Y quería eso con Grant.

Se detuvo en mi complejo de apartamentos y me ayudó a subir los


escalones. Estaba mucho más sobria que cuando dejamos el bar, pero también
tenía más confianza. Metí mi llave en la cerradura y abrí la puerta, luego miré los
ojos marrones y centelleantes de Grant.

—¿Necesitas ayuda para entrar? —me preguntó—. ¿O es aquí donde nos


despedimos?

Y sin decir una palabra más, me lancé sobre él.

Nuestros labios chocaron y le rodeé el cuello con mis brazos. Esperaba que
me recogiera y me acompañara a mi apartamento. Para presionarme contra la
pared con sus músculos tensos y arrancarme la ropa del cuerpo. Mis labios
ondulaban contra los suyos y mi lengua se deslizaba por sus labios. Pero en vez de
que sus manos cayeran sobre mis caderas o sus labios se abrieran para la lengua,
se quedó allí.

Inamovible.

Me sentí como una idiota. Todos esos turbulentos sueños adolescentes se


detuvieron por completo. Aparté mis labios de él y me puse de pie mientras la
vergüenza caía en cascada sobre mi cuerpo. ¿En qué demonios había estado
pensando? Claramente había malinterpretado cualquier señal que pensé que él
había estado emitiendo en el bar. Miré mis pies antes de colgar mi bolso sobre mi
hombro y luego me di vuelta para entrar en mi apartamento.

—Lo siento mucho —dije, sin volverme hacia él—. No debería haber hecho
eso.

—¿Estás borracha?

Su pregunta me detuvo en seco cuando di un paso justo a un lado de la


puerta de mi apartamento.

—¿Qué? —le pregunté.

—¿Estás borracha? —repitió.

Me volví y levanté los ojos a los de Grant. Pude ver el conflicto corriendo
detrás de ellos. ¿Eso era lo que temía? ¿Que se estaba aprovechando de mí?
—No —dije—. El aire fresco del viaje en auto me despejó. Gracias por eso,
por cierto. Por traerme a casa.

—De acuerdo —dijo—. De nada.

Asentí y alcancé la puerta, pero se abrió de golpe y me tomó desprevenida.


Las manos de Grant agarraron mis caderas y me levantaron, luego estrellaron mi
espalda contra la pared. Un grito ahogado cayó de mis labios; uno que tragó
mientras cubría su boca con la mía. Mis ojos se cerraron y mis piernas envolvieron
su cintura y pude sentir sus manos clavarse en la carne de mi cuerpo.

Me quitó de la pared antes de volver y cerró la puerta de un portazo. Luego


me puso en contra de esta y empezó a tirar de mi ropa. Sus labios eran eléctricos,
acariciando mi cuello mientras sus manos deslizaban mi vestido fuera de mi
cuerpo. Yo estaba jadeando. Gimiendo. Doliendo por él entre mis piernas. Me dejó
en el suelo y tiré de sus pantalones antes de liberar su polla. Estaba goteando.
Pulsando. Calentando la palma de mi mano.

Entonces Grant me dio la vuelta de golpe y me presionó a la puerta.

Separó mis piernas con las suyas antes de que sus labios cayeran a mi cuello,
mordiendo y chupando mientras sus manos corrían a lo largo de las curvas de mi
cuerpo. Desenganchó mi sostén con una mano y permití que lo deslizara por mis
brazos mientras acunaba mis tetas y me acariciaba los pezones hasta volverlos
picos. Podía sentir sus caderas chocando contra las mías. Podía sentir su polla
deslizándose entre los pliegues de mi palpitante coño. Sus manos agarraron mi
trasero y me masajearon la piel, luego sentí que una de ellas desaparecía detrás de
mí.

—¿Debería conseguirnos algo de protección? —preguntó Grant.

—Estoy en control de natalidad —dije sin aliento.

—Bien —dijo calurosamente.

Su polla se hundió en mí por detrás y mis piernas cedieron. Su brazo se


enganchó a mi alrededor y me sostuvo mientras enterraba cada centímetro en mi
palpitante vagina. Nuestros jugos goteaban y mi cuerpo temblaba. Estaba
presionada entre su cuerpo tenso y la fuerza fría de la puerta. Se deslizó sin
esfuerzo, cubriéndose de mi excitación antes de volver a salir.

Luego se estrelló contra mí una y otra vez, dejándome sin aliento contra la
puerta.
Sus manos agarraron mis caderas mientras yo me estiraba hacia atrás
buscando su cabello. Me arqueé sobre él, pasando mis manos a través de sus
suaves rizos. Se agachó y rodó dentro de mí, penetrando mi núcleo mientras un
fuego estallaba en los dedos de mis pies. La electricidad estaba zumbando a través
de mi cerebro, dejándome sin sentido mientras mi cuerpo saltaba con empuje tras
empuje. Me quedé de puntillas, rogándole que me diera más. Podía sentir su polla
latiendo dentro de mí, creciendo y temblando y filtrándose profundamente en mi
cuerpo.

—Grant. Estoy tan cerca. No te detengas. Por favor.

Un gruñido emanó de su garganta y puso la piel de gallina en cascada en mi


cuerpo.

Mi agarre sobre su cabello se apretó mientras me lanzaba al borde de un


orgasmo. Mi cuerpo cayó de nuevo contra la puerta mientras mis manos se
apoyaban en la madera fresca. Sentí que sus manos se movían por mis brazos,
buscando mis dedos mientras los unía. Estaba presionado contra mí, mi cuerpo
desnudo contra el suyo y su polla me llenó de él hasta que nuestros jugos
entremezclados gotearon por la parte interior de mis muslos.

Agarró con fuerza mis manos mientras sus labios caían sobre mi cuello,
besando mi piel. Mi cabeza cayó a un lado, abriéndose más para él mientras
besaba mi vena palpitante. Mi mandíbula. Mi mejilla. El lóbulo de mi oreja. Me
estremecí contra él. Mi cuerpo estaba débil contra el suyo. Estaba jadeando por las
réplicas de mi placer y gemí mientras su polla se deslizaba entre mis piernas.

Colapsé y me agarró en sus abultados brazos. Me dio la vuelta y mi rostro se


levantó para encontrarse con el suyo y nuestros labios se conectaron de nuevo. Un
beso dulce, sensual y cálido que llenó mi cuerpo con lo que había deseado sentir
durante tantos años.

Me sentí querida en los brazos de mi primer amor.


Traducido por Tori
Corregido por Bella’

S
us malditas curvas. No me cansaría de ellas. Mientras la tenía en mis
brazos, en todo lo que podía pensar era en tomar más. En tener más
de ella. Mi semen goteando de su coño. Su cuerpo empapado de
sudor. Fue demasiado de todo y mi pene volvió a endurecerse. Estrellé mis labios
en los suyos sintiendo la manera en que su cuerpo se amoldaba a mi dureza. Había
esperado años por esto. Años para saber cómo se sentía. A qué sabía. Cómo
sonaba.

Y todavía no estaba listo para terminar con ella.

La recosté en el suelo de madera de la entrada de su apartamento. Su olor


era embriagador y aún podía saborear sus jugos en la punta de mi lengua. Me
deslicé por su cuerpo, sintiéndola jadear y gemir cuando mis labios presionaron
beso tras beso en sus curvas. Sus pechos. Sus picos hinchados. La suavidad de su
estómago y la caída en su cintura. Recorrí con mi lengua su silueta, sintiendo como
su cuerpo me rogaba por más. Se presionó contra mis labios y tembló a medida
que sus piernas se separaban con lujuria.

Ver cómo mi semen se derramaba de su cuerpo me hizo querer más.

Más de ella.

La recogí en mis brazos cuando mi pene pidió atención. Me acomodé contra


su escalera y la puse sobre mi cuerpo. Mi mano empuñó su cabello cuando se
abrió para mí, sentándose a horcajadas sobre mis doloridas piernas mientras mi
polla palpitaba. Mierda. Ya podía sentir mis bolas llenándose con más. Llenándose
con la necesidad de estar en su interior otra vez. Su coño caliente empapó mi eje
con su humedad y sus ojos estaban oscurecidos por la lujuria. Nuestros labios se
juntaron y mi mano bajó por su espalda, apretando sus nalgas y moviéndola sobre
mi polla.

Me introduje en ella y gimió contra mis labios.

Establecí un ritmo implacable. Ya no iba a contenerme. Había querido esto


por años. Apreciar sus curvas y sentirlas en las palmas de mis manos. Mi polla se
hundió en ella cuando sus brazos se cerraron alrededor de mi cuello, agarrándose
de mí a medida que la penetraba. El borde de las escaleras se estaba clavando en
mi espalda, pero su cálido aliento en mi cuello cuando gimió alejó el dolor de mi
mente. Sus palabras fueron calientes. Sin filtro. Necesitadas.

Y quería escucharlas todas.

—Fóllame, Grant. Oh Dios mío. Te sientes muy bien. Por favor. Necesito más.
Dame más, Grant.

Palabras tan sucias de una mujer tan inocente y mi cabeza dio vueltas. Su
coño apretaba mi polla y se estremeció contra mi pecho. Theresa mordisqueó y
chupó mi cuello, haciendo palpitar mi polla contra sus paredes con el calor de la
punta de su lengua. Enterré las yemas de mis dedos en las mejillas de su culo y me
estrellé contra ella, balanceando su cuerpo contra mí mientras sus tetas frotaban
mi piel.

—Sí, Grant. Sí. Me estoy corriendo. Me estoy corriendo. Me estoy…

Me levanté cuando su coño se apretó alrededor de mi pene. Mis dedos de


los pies se curvaron y mis piernas temblaron mientras su cuerpo temblaba contra el
mío. Sus jugos se deslizaron por mis bolas cuando la levanté, tropezando hacia la
puerta antes de corregir mi postura. Nos llevé a su sala de estar mientras ella se
ponía flácida contra mí, luego caí en el sofá con su cuerpo.

Puse sus brazos sobre su cabeza y chupé su labio inferior, arrastrando mis
dientes a través de su delicioso puchero.

Sus ojos estaban medio abiertos por el placer y mis venas estaban
rebosantes. Mi polla creció más contra ella, rogando entrar a medida que abría las
piernas para mí. Sus muslos se sacudían con cada empuje mientras la embestía
rápidamente. Presioné mis caderas contra las suyas, rociando mi piel con nuestro
aroma. Su mandíbula estaba abierta en silencioso placer y atrapé una de sus
enormes tetas entre mis dientes. Tiré juguetonamente, escuchando cómo gemía y
lloriqueaba por mi atención.

Tuve años para pensar en esto. Sobre cómo apreciaría su cuerpo si alguna
vez tenía la oportunidad. Y no iba a detenerme después de uno o dos orgasmos
miserables. Esta mujer había ido y regresado del infierno. La había perdido una vez
y no estaba renunciando a la oportunidad de tenerla debajo de mí. Theresa se
retorcía con una encantadora expresión en su rostro cuando sus labios se
fruncieron. Pude sentir su coño palpitando sin control. Sus piernas se deslizaron a
mi espalda mientras yo entrelazaba nuestros dedos, sujetándola al sofá con el
sudor goteando de mi frente.

Planté mi rostro en el hueco de su cuello, besando y mordisqueando su piel.


Sentí su escalofrío contra mis labios. Mi nariz. Mi frente. Estalló en ellos mientras su
cuerpo se tensaba. Sus piernas se cerraron a mi alrededor, empujándome aún más
profundamente a su interior. Sentí su clítoris hinchado sobresaliendo entre sus
pliegues empapados. Buscando cualquier tipo de fricción Se sacudió contra mí,
levantando sus caderas para golpear las mías, encontrándome empuje tras empuje.
Theresa era salvaje. Natural. Estaba llena de energía sexual acumulada. Ese ex
imbécil suyo no sabía cómo tratar a una mujer como ella en la cama.

Pero yo sí.

Durante años había sabido cómo trataría a Theresa en la cama.

Me arrodillé contra ella, apretándome contra su clítoris mientras jadeaba.


Una y otra vez, a medida que su piel se enrojecía frente a mis ojos. Ella se sacudió.
Meneó. Maniobró. Se corrió mientras sus manos estaban sujetas por las mías. Mis
rodillas se hundieron en el cojín empapado mientras gotas de sudor caían justo en
su pecho. Las vi rodar por el valle de sus senos y encontrar su muerte a lo largo de
la dulce inmersión en su cintura.

—Grant. Yo… es… por favor…

—Córrete en mí, Theresa —dije acaloradamente—. Toma lo que quieres.

—¡Grant!

Su espalda se arqueó y sus piernas se tensaron cuando mis labios se


estrellaron contra los suyos. Me tragué cada gemido. Cada gruñido. Cada quejido
de éxtasis que se desprendió de su garganta. Sus tetas me presionaron y solté sus
manos, sintiendo la forma en que se aferró a mí automáticamente. Sus uñas se
clavaron en mi espalda mientras mi brazo se deslizaba debajo de su cuerpo,
sosteniéndola cerca de mí. Su coño ordeñó mi polla. Chupó cada gota de esperma
que tuve para darle de nuevo mientras mi cuerpo temblaba. Bombeé en su interior,
pintando sus paredes con mi marca mientras Theresa jadeaba por aire en la curva
de mi cuello.

Mierda. Olía a mí. Y ese fue el regalo más glorioso que pude haber recibido.

No podía recordar quedarme dormido. El sol que inundaba las ventanas de


la sala me despertó. Había mantas y almohadas apiladas en el suelo y algo cálido y
suave en mis brazos. Me obligué a abrir los ojos y vi a Theresa envuelta en mí, su
cabeza contra mi pecho y su jugosa pierna colgada sobre mis caderas. Estaba
sonriendo levemente mientras dormía y mi cabeza palpitaba por la necesidad de
agua.

No podía creer que lo hubiera hecho.

Había perdido el control con ella. Demonios, perdí todo mi maldito control a
su alrededor. Lo único que mantuvo la barrera entre nosotros anoche había sido el
hecho de que estaba borracha. Pero cuando me besó, pude sentirlo. Supe que no
lo estaba. Y tampoco podía permitirle que se fuera de mi lado sin que supiera
cuánto la quería.

Un beso rápido, se suponía que solo sería eso. Pero cuando me miró y me
dijo que no estaba borracha, el animal en mi interior estalló. Cada sueño
adolescente. Cada maldita vez que desperté y mi pene goteaba por ella y tuve que
satisfacerme. Tomar lo que siempre había sido mío y mostrarle a Theresa cómo
trataba a su mujer un verdadero hombre.

Y aunque fue bueno y fue jodidamente bueno, tenía que irme. No podía
quedarme aquí más tiempo porque las cosas iban a volverse incómodas. Y lo
último que necesitaba era a Hollis haciendo preguntas sobre anoche. Estaba
completamente seguro de que Jane y él habían follado, lo que significaba que se
estaría preguntando cómo llegó a casa su hermana.

Y la verdadera respuesta a esa pregunta no era una que necesitara en la


punta de mi lengua.

Me aparté de sus brazos y la observé enroscarse en las sábanas. Se acurrucó


en mi almohada y la observé inhalar mi aroma. Me obligué a darme la vuelta. Me
obligué a dejar de mirar sus voluptuosas curvas. Fui en busca de mis ropas y me
puse los pantalones, pero mi corazón se detuvo cuando alguien llamó a la puerta.

Demonios, ¿era Hollis viniendo a comprobar a su hermana?

Le eché un vistazo a Theresa, pero no se movió. Siempre había sido de


sueño pesado, por lo que no me sorprendió que el sonido no la despertara. Pero
cuando volvieron a llamar a la puerta, fue más pesado esa vez.

Y supe en ese instante que no era Hollis.

Escuché mientras una llave se deslizaba en la cerradura. Me subí la


cremallera de mis pantalones y alcancé el picaporte, luego abrí. Ike estaba de pie
frente a mí con una expresión completamente atónita en el rostro.

—¿Quién demonios eres? —preguntó Ike.

—No es de tu maldita incumbencia. ¿Qué estás haciendo aquí? —le


pregunté.

Estudié al hombre y vi su mirada viendo mis tatuajes. Yo era unos doce


centímetros más alto que él y lo superaba en unos veintisiete kilos. Pude verlo
darse cuenta que no sería capaz de derribarme físicamente. Entonces, abrió su
maldita boca y comenzó a gritar.

—¡Theresa! ¿Dónde demonios estás?

—Mantén la voz baja, hay gente durmiendo —ordené.

—Sal de mi jodido camino —dijo Ike.

Intentó pasar a mi lado, pero su empujón fue como el puñetazo de una


chica pequeña. Ni siquiera me moví y sus ojos estaban montando en cólera. Pude
escuchar a Theresa arrastrándose por el piso, miré hacia atrás y vi el miedo en sus
ojos.

Lo que hizo que me enojara más.

—Pequeña puta. ¿Es este a quién estuviste viendo el otro día? —le preguntó
Ike.

—Ya es suficiente —dije.

Di un paso atrás y cerré la puerta en la cara del hombre, escuchándolo


maldecir cuando cayó al suelo. Sabía que atraparía la parte superior de su rodilla en
el impacto y no me importó. Miré hacia atrás y vi a Theresa intentando cubrirse,
buscando su ropa con desesperación a la vez que sus ojos se abrían de par en par.

Estaba poniéndose su vestido y pateando su ropa interior en la cocina


cuando una llave volvió a deslizarse en la cerradura y apreté los dientes mientras
me daba vuelta hacia la puerta.

—Tengo una maldita llave. Vas a hablar conmigo, ¡pequeña hipócrita


mentirosa!

Juro que no podía entender qué demonios había visto Theresa en este
monstruo.

—Déjalo entrar —dijo Theresa.

Lentamente regresé mi mirada a ella mientras mi mano se alargaba para


mantener la puerta cerrada.

—¿Qué? —pregunté.

—Déjalo entrar, Grant. Estoy decente —dijo.

—No voy a dejar entrar a ese imbécil demente en tu casa —dije.

—Técnicamente, es su casa también. Tiene llave y me está ayudando a pagar


el alquiler.

—¿Su nombre está en el contrato de arrendamiento?

—Lo está.

—Aun así, no voy a dejarlo entrar. No luego de saber el tipo de hombre que
es.

—Fue un error.

Sentí que mi corazón se detenía en mi pecho mientras sus manos


suavizaban la parte delantera de su vestido.

—Debes saberlo, ¿verdad? —preguntó Theresa sin aliento.

—Obviamente no estás hablando de anoche —dije.

—Lo estoy.

—No fue un error, Theresa.


—Lo fue. Ir a verte mientras seguía en una relación fue un error y pensar que
podía borrar ocho años de locura con una noche de sexo fue un error también.
Ahora, déjalo entrar, Grant. Este es el lío que me toca limpiar.

Me mordí la lengua y sacudí la cabeza. No podía estar hablando en serio.


Volví a mirarla una última vez, viendo la dureza en su mirada. Se estaba preparando
para otra pelea y todo lo que yo deseaba era salvarla de ella. Quería llevármela y
mostrarle todas las cosas que Ike nunca podría darle.

Pero no podía hacer eso sin su permiso.

Y no lo tenía.

Retiré la mano de la puerta e Ike entró al apartamento, cayendo sobre sus


manos y rodillas mientras yo recogía mi camiseta del suelo. Theresa tembló cuando
esa patética excusa de hombre se apuró a levantarse del maldito suelo como el
roedor que era.

Tomé mis llaves del suelo y miré a Theresa una última vez. Si me quedaba
por más tiempo, mis demonios interiores iban a atacar. Iba a golpear el rostro de
Ike hasta que su mandíbula se rompiera y su nariz sangrara y no deseaba que
Theresa atestiguara eso. Podía ver la fuerza en su resolución. Tenía que confiar en
que, en alguna parte, en el fondo, esa fuerte adolescente que se rebeló contra sus
padres ese día todavía existía.

Por lo que salí del apartamento y cerré de un portazo detrás de mí.

Salí de su complejo arrojando rocas con mis llantas. Mi mente estaba


nadando a mil kilómetros por segundo y necesité encontrar la paz en alguna parte.
Salí de Bar Harbor y me dirigí al este, manejando a la costa. Era mi parte favorita de
la zona y siempre tenía una manera de relajarme cuando no sabía a dónde más ir.

Y en este momento, necesitaba tanta paz como pudiera conseguir, porque


mi corazón se sentía como si estuviera siendo presionado en un torno.
Traducido por Ashtoash
Corregido por Bella’

—¿Q
ué demonios está mal contigo?

La puerta se cerró de golpe detrás de Ike, e


hice lo mejor que pude para no saltar.

—¿De verdad crees que abrir las piernas


para algún tipo va a borrar toda la mierda que me hiciste pasar, Theresa? ¿Que de
alguna manera podrías comenzar de nuevo un día después de que nos separamos?

—Ike, respira —dije.

—¿Respira? Entro en un departamento que técnicamente sigo alquilando


para encontrarte follando con otro tipo menos de un día después de que
rompimos, ¿y se supone que debo estar tranquilo?

—¿Qué esperabas que hiciera? Te dije que lo nuestro había terminado y lo


dije en serio. ¿Se suponía que debía llorar por nuestra relación de mierda? —
pregunté.

—¿Relación de mierda? ¡Te di ocho malditos años de mi vida, Theresa! Te di


todo lo que tenía.

—Lo que me diste fue un maldito dolor de cabeza. ¿Sabes lo agotador que
fue discutir contigo todo el maldito tiempo en estos últimos años? Ya terminé con
eso, Ike. Y he terminado contigo —le dije.

Se quedó ahí, luciendo incrédulo frente a mí.


—¿Y qué hay de mí? ¿Qué pasa con lo que siento acerca de todo esto? —me
preguntó.

—No importa lo que pienses, Ike. Lo que importa es que hemos terminado.

—¿Terminado? ¿Crees que es tan fácil deshacerse de mí, Theresa? —gritó.

—Funcionó ayer, ¿no? —escupí—. Te dije que te largaras y te fuiste. Me


gustaría intentar eso de nuevo.

La cara de Ike se puso roja de ira y de repente me encontré deseando no


haberle dicho a Grant que se fuera.

—Eres egoísta, ¿lo sabes? Y estúpida. Y no puedo creer que haya


desperdiciado los últimos ocho años de mi vida contigo. ¿Si quiera respetaste
nuestra relación? ¿Un día y medio y, por el olor, un poco de alcohol fue todo lo que
se necesitó para tirar abajo tus estándares con el primer tipo que te ofreció su
pene? Te apoyé durante la escuela, te ayudé con la muerte de tu madre, he pagado
tu puta renta durante años ¿y así es como me tratas?

Bloqueé su voz de mi mente y lo dejé seguir su retahíla. Si lo dejaba sacarlo


de su sistema, tal vez no regresaría. Pero sabía que mi primera prioridad tenía que
ser salir de este lugar y encontrar algo que pudiera pagar, incluso si eso significaba
volver a vivir con mi padre o aceptar la oferta de Hollis. No era ideal, pero era
mejor que esto. Era mejor a que Ike sintiera que tenía derecho sobre este lugar
porque pagaba doscientos de los novecientos dólares de alquiler.

Me permití revivir mi noche con Grant. Había sido asombrosa. Y alucinante.


Y reveladora. Nunca me habían tratado así. Nunca antes había experimentado ese
tipo de sensaciones con alguien. La forma en que me ordenó, para luego
tranquilizarme rápidamente con el suave toque de sus labios. La manera en que sus
piernas golpearon mi cuerpo para abrirlo antes de presionarse contra mi espalda.
Cómo me había recogido sin esfuerzo en sus brazos después de que terminamos
de temblar uno contra el otro.

El modo en que nuestros dedos se entrelazaron y nuestros cuerpos se


unieron como si estuvieran hechos para encajar.

Había sido maravilloso y deseé poder retirar mi comentario. Estar con Grant
no había sido un error. Escuchar a Ike gritarme solo servía como prueba. Con
mucho gusto trataría con Ike gritándome todas las mañanas durante el resto de mi
vida si eso significara que podía estar con Grant.
Pero Grant no era para mí.

Nunca lo había sido.

Y no podía ir por ese camino otra vez. El dolor de mi corazón por lo que mi
padre le hizo a Grant fue lo que me llevó a los brazos de Ike. Y no podía permitirme
ser debilitada por un hombre como él por más tiempo. Tenía que levantarme y
resolver mi vida por mí misma, no depender de otro chico por más bueno que
fuera, para afrontar la vida. Sabía que podía hacerlo, e imaginar una vida con Grant
solo interrumpiría lo que yo sabía que tenía que hacer.

Pero él no era un error.

Nunca podría ser un error.

Y me maldije a mí misma por llamarlo de esa forma.

De cualquier manera, no merecía lo que Ike me estaba haciendo. No merecía


los gritos, los regaños y el constante reproche de cosas de su parte. Ambos
teníamos nuestros defectos. Pero ya habíamos terminado.

—¿Ike?

—¿Qué?

—¿Ya terminaste? —le pregunté.

—¿En serio? ¿No escuchaste una palabra de lo que dije? —preguntó.

—Si te digo que sí ¿te callaras? —quise saber.

—¿Disculpa?

—¿Por qué estás aquí, Ike? Hablé perfectamente claro ayer y de nuevo hace
unos minutos.

—Te iba a dar la oportunidad de cambiar de opinión. De arrepentirte de lo


que dijiste ayer después de darte cuenta del gran error que fue dejarme ir. Y estoy
aquí porque un amigo me dijo que te vio con un tipo anoche. Y le dije que no
podía ser verdad. No mi Theresa. Ella no era ese tipo de chica. ¡No se
emborracharía e iría a casa con el primer imbécil que la tocó en un maldito bar!

—No era solo un tipo, era el que realmente he querido todos estos años —
dije claramente.

Su mandíbula cayó al suelo y me aparté de la pared.


—¡Me hiciste parecer un tonto, Theresa! ¡Como un maldito tonto! —Ike
hervía en ira.

—No, Ike, te hiciste eso a ti mismo. ¿Alguna vez te has detenido a pensar
que si me hubieras tratado de la forma en que yo merecía ser tratada, no habría
tenido que buscar a un hombre de verdad? ¿Un hombre que sabe lo que significa
tratar a una mujer correctamente?

El rostro de Ike se estaba poniendo alarmantemente rojo, pero ya no me


importaba. Estaba cansada de él y su actitud de mierda.

—Ahora lo único que veo cuando te miro, Ike, es un bastardo abusivo y


manipulador que me ha tenido atrapada por demasiado tiempo. Te dejé
intimidarme durante demasiado tiempo y ya no voy a dejarte hacerlo. ¿Sabes por
qué? Porque merezco algo mejor. Merezco algo mejor que tú y voy a encontrar
algo mejor que tú. Entonces, bésame el trasero, Ike.

—Tu madre habría estado tan decepcionada de ti —dijo, lanzando el único


insulto que sabía que todavía podía lastimarme.

Me sentí explotar. ¿Cómo se atrevía esta pequeña cucaracha a decirme lo


que mi madre hubiera pensado de mí? Le lancé un montón de palabrotas mientras
mis manos y puños golpeaban su cabeza, pecho y hombros. Gruñí y clavé los
talones y encontré la fuerza que necesitaba para empujarlo hacia la puerta.

—¡Eres la excusa de hombre más triste que he conocido!

Abrí de golpe la puerta mientras sus ojos se ampliaban en estado de shock.

—¡No te quería en la secundaria y no te quiero ahora!

Agarré su brazo y lo empujé por la puerta, mirándolo tropezar.

—¡Y si alguna vez vuelves aquí otra vez, Hollis te tendrá esposado tan rápido
que ni siquiera te darás cuenta de lo que está sucediendo!

Luego di un portazo en su cara, puse la cerradura con fuerza y presioné mi


espalda contra ella.

Escuché los pasos de Ike pisoteando por las escaleras mientras yo suspiraba.
Me caí a cuatro patas y pensé que iba a vomitar en el piso. Mi cuerpo temblaba y la
adrenalina corría por mis venas. Tragué saliva y me permití acostarme en el suelo
frente a la puerta con la mejilla presionada contra el frío suelo de madera.
Me sentí simultáneamente viva y vacía. Elevándome entre las nubes con un
peso aún atado alrededor de mi cuello. Las lágrimas llenaron mis ojos, pero me
negué a derramarlas. Había llorado lo suficiente como para llenar el Nilo durante
los últimos años y ya no iba a llorar más.

Mis ojos se movieron hacia el reloj y gemí. Estaba a punto de llegar tarde al
trabajo. No tenía tiempo para ducharme y sabía que tendría que lidiar con las
miradas de mi padre cuando llegara. Me levanté del piso y fui a mi habitación para
tratar de acomodarme lo mejor que pudiera. Enrollé mi cabello y lo sujeté a mi
cabeza, luego encontré ropa interior limpia para ponerme. Me puse un vestido
nuevo y deslicé una chaqueta sobre mis hombros. Me puse un poco de maquillaje
para tratar de cubrir el enrojecimiento de mi rostro, luego agarré un café helado de
mi refrigerador y me lo tomé rápidamente.

Tenía que evitar desmoronarme en el trabajo. No necesitaba que mi padre


hiciera preguntas. No podía saber nada de esto, ni de Ike ni de nuestra pelea ni de
lo que la provocó. Porque si él supiera que he estado con Grant, si él o mi hermano
se enteraran, Grant sería echado nuevamente.

Y sabía que si eso sucedía, nunca tendría otra oportunidad de verlo.

Nunca.
Traducido por Carib y Tori
Corregido por Bella’

C
uando estacioné en el camino de entrada de Hollis, suspiré con alivio.
Lo último que necesitaba era responder preguntas sobre en dónde
estuve anoche. No estaba listo para el aluvión de curiosidad ni estaba
preparado para ninguna historia sobre cómo se folló a la mejor amiga de Theresa.

Todo lo que quería hacer era golpear algo. Cómo podía dejar Theresa que
ese sapo le hablara así, nunca lo entendería. Salí corriendo hacia la parte trasera y
tomé una palanca, luego comencé a arrancar las escaleras del porche de Hollis.
Estaba furioso. Mi sangre estaba hirviendo hasta el punto en que pensé que podría
tener un infarto allí mismo. ¿Qué demonios estaba mal con Theresa? ¿Un error?
¿Realmente creía que lo que habíamos compartido era un error? Estaba
convencido de que la pasión cruda la había asustado. Demonios, era seguro que
no había experimentado algo así durante toda su maldita relación con ese
pequeño roedor.

¿Pero un error?

Demonios, no. Nada de lo que pasó o podía pasar entre nosotros era un
error.

Arranqué los escalones y vi cómo se desmoronaban hasta el suelo. Una


lamentable excusa de un trabajo de construcción, si se me pide mi opinión
profesional. Desgarré la madera y la tiré a un lado con el frío metal en mi mano,
permitiendo que mi ira inundara mis venas. Theresa no era mía. No era mía para
defender o mía para regañar o mía para arreglar. Pero yo quería. Más que nada en
el mundo. Y me había llamado un error.

Ya no significaba nada para ella. Hubo una vez, pero ya no. Fui nada más
que una aventura, algo que ella deseó no haber hecho nunca. Y por mucho que
odiara admitirlo, eso me había atravesado. Cortó hasta mi núcleo. En un lugar que
todavía no estaba marcado con tejido grueso. Sangraba por dentro a medida que
golpeaba la palanca contra la madera. Estaba sufriendo y no sabía cómo detenerlo.

Todo lo que sabía hacer era potenciarlo.

Puse toda mi energía en el porche. Armé los escalones y martillé los clavos a
la manera antigua. Me liberé de la ira a golpes mientras el sudor goteaba por mi
rostro. Tabla tras tabla. Paso tras paso. El sol colgaba pesadamente en el cielo y
podía sentir que mi necesidad de agua se apoderaba del resto de mis sentidos.

Pero cuando entré para hidratarme, mi visión todavía estaba roja.

Entonces, en lugar de hacer agujeros nuevos en el pasillo de Hollis, desarmé


la barandilla en el porche trasero. También estaba podrido porque la madera no
estaba sellada correctamente y me dio otra cosa que hacer. Comencé a forjar parte
del exceso de madera en una barandilla resistente, luego empecé a lijarla. Para
cuando había terminado de lijar todas las piezas, el sol se ponía debajo de los
árboles. Estaba refrescando y eso hizo que se me pusiera la piel de gallina.

Había trabajado todo el día en mi pequeña zona, pero aún me dolía el


pecho.

Un teléfono sonando dentro llamó mi atención, así que dejé el pincel. Subí
los escalones recién renovados y sonreí cuando no crujieron bajo mi peso. Entré y
levanté mi playera para limpiarme la frente, luego tomé el teléfono del mostrador
de la cocina.

¿Este bastardo todavía tenía un teléfono fijo?

—¿Hola?

—Necesito tu maldito número de celular.

—Hola, Hollis. ¿Qué pasa?

—Quería hacerte saber que no volveré esta noche. Me tomaron para un


turno doble y estoy a punto de tomar una siesta antes de volver a salir.
—Está bien. Instalé tus escalones y puedo o no estar rehaciendo la
barandilla también.

—Entonces parece que no me extrañarás demasiado —dijo—. Gracias


hombre.

—Es lo mínimo que puedo hacer, ¿verdad?

—Nos vemos en la mañana —dijo.

—Sí.

Colgué el teléfono y volví a mirar hacia el patio. Esta noche iba a tener
mucho tiempo para mí, así que pensé que podría ser productivo. Saqué el teléfono
celular de mi bolsillo y puse música, luego comencé a salir. Si me diera unas horas
más, podría instalar la barandilla y ver cómo reemplazar las tablas desgastadas en
el porche principal.

La música llenó el patio trasero y meneé la cabeza. Volví a lijar y recubrir las
piezas terminadas con imprimación para que pudiera soportar los veranos e
inviernos erráticos de Bar Harbor. Me tomé mi tiempo alineando las piezas de la
barandilla antes de pegarlas en su lugar.

El porche estaba yendo muy bien y sonreí cuando la música se desvaneció.

Me limpié el sudor de la frente y me puse de pie para examinar el porche


cuando una figura solitaria me llamó la atención. Theresa estaba de pie frente a mí,
retorciéndose las manos. Había estado tan absorto en lo que hacía que ni siquiera
la había escuchado detenerse.

Se quedó allí, hermosa como siempre, luciendo como si tuviera algo que
decir, pero no estuviera segura de cómo empezar. No iba a ayudarla. Por mucho
que quisiera comunicarme con ella y hacer que todo estuviera bien, me había
lastimado más de lo que inicialmente había estado dispuesto a admitir esta
mañana.

Mis ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo, buscando cualquier signo de


que Ike le hubiera puesto las manos encima. La vi sentarse en una silla en el porche
y subí los escalones, con mi antebrazo limpiando el resto del sudor de mi rostro.
Me paré frente a ella, mi mirada nunca abandonó su rostro mientras ella luchaba
por las palabras.

—Lo siento —dijo finalmente, con voz tan baja que apenas la escuché.
—¿Por qué? —le pregunté. Necesitaba escucharla decirlo.

—No fue un error. Tú, Grant, no fuiste un error. Nunca podrías serlo.

Vi las lágrimas formarse en sus ojos y quise extender la mano y apartarlas


antes de que se derramaran por sus mejillas, pero mi terco orgullo se interpuso en
el camino.

Así que, me puse de pie y me apoyé en la barandilla que acababa de instalar.

—Hemos terminado de verdad. Volvió a “darme la oportunidad de cambiar


de opinión”, pero le dije que me besara el trasero.

Gruñí y asentí mientras miraba al horizonte brillante. No tenía nada bueno


que decir sobre ese patético roedor. La noche pronto estaría sobre nosotros y haría
frío. Theresa no parecía que estuviera vestida para las bajas temperaturas. No
estaba seguro de si iba a ser capaz de resistirme a envolverla en mis brazos una vez
que el frío empezara si comenzaba a temblar.

Y estábamos en la casa de su hermano.

Al otro lado de la calle de su padre.

Esta era una muy mala combinación y ella ya había tenido suficiente.

—Entonces, supongo que solo quería decir eso —dijo Theresa.

Asentí y vi cómo se levantaba de la silla.

Aunque estaba alterada, caminó erguida. No miraba hacia sus pies y sus
hombros estaban un poco hacia atrás. El más leve tirón de sonrisa se asomó en mi
mejilla mientras la veía alejarse y de repente me di cuenta.

La única pregunta que quería hacerle.

—¿Qué significa? —le pregunté.

—¿Qué?

Theresa giró sobre sus talones para mirarme, una pregunta en sus ojos.

—El tatuaje en tu muslo. El pequeño lirio.

—Viste eso —dijo con un suspiro.

Anoche vi todo. Lo vi y lo memoricé.

Observé sus mejillas sonrojarse y reprimí la sonrisa tratando de escapar.


—Es por mi mamá. Los lirios eran su flor favorita —me respondió Theresa.

Luego se volvió y bajó los escalones de la entrada.

Me quedé allí en silencio mientras escuchaba su auto salir de la entrada. Mi


estómago estaba hecho un nudo y mi mente giraba confundida. Esta mujer me
tenía atado en malditos nudos. El trabajo estaba hecho. Había venido aquí para
asegurarme de que estaba bien. Para asegurarme de que Theresa fuera feliz y que
la trataran como merecía ser tratada. Verla recuperarse y ser la mujer que siempre
supe que se convertiría. Ya no estaba con la mierda abusiva y estaba convencido
de que estaría bien. Verla caminar más alto y con más confianza solo solidificó la
idea de que iba a estar bien después de todo esto.

Tenía trabajo acumulándose en casa y una empresa que me necesitaba. Mis


capataces estaban explotando mi teléfono y los inversores en un nuevo proyecto
que mi compañía estaba a punto de comenzar amenazaban con abandonarme si
no volvía a Boston para reunirme con ellos lo antes posible.

Entonces, ¿por qué seguía aquí? ¿Por qué estaba arraigado a un lugar que
me había causado tanto dolor?

Sabía por qué.

Estaba aquí por ella.


Traducido por Walezuca Segundo
Corregido por Bella’

M
e senté frente a mi computadora en la oficina de odontología de
mi papá y suspiré. De lunes a viernes, de ocho de la mañana a
cinco de la tarde. Una hora de descanso para almorzar a las doce
y media y a las seis ir a casa para la cena. Esa era mi vida, mi aburrida y rutinaria
vida. Había sido así durante los últimos cuatro años y no mostraba ningún signo de
detenerse. Revisé a los clientes y los puse al día con las facturas. Me aseguraba de
que a la gente se le pagara a tiempo y tomaba llamadas telefónicas con respecto a
todo, desde entregas hasta nuevos clientes en el área que trataban de encontrar un
dentista. No era glamuroso, pero pagaba las cuentas. No era lo que necesitaba
para vivir la vida que realmente quería, pero era un comienzo.

Un comienzo que se había vuelto más permanente de lo que quería.

Los últimos días habían sido demasiado y quería hablar con Jane y obtener
su opinión sobre las cosas. Quería reclutarla para que me ayudara a encontrar un
nuevo lugar. Quería contarle lo que pasó con Grant y conmigo y pedirle consejo
sobre la situación.

También quería encontrar a Grant y no hablar en absoluto.

De cualquier manera, quería hacer algo, cualquier cosa fuera de lo ordinario.


Cualquier cosa para romper la monotonía que había venido a definir mi vida. Todo
el mundo esperaba que me adaptara a una persona en particular y lo había hecho
durante mucho tiempo. Mi padre esperaba que fuera la chica inteligente e inocente
de la familia. Esperaba que obtuviera un título en negocios y lo ayudara con su
clínica. Esperaba que me quedara cerca y viviera en la ciudad por el resto de mi
vida para poder controlarme. ¿Y mi hermano? Esperaba que fuera su hermana
pequeña. Hablar siempre con él de todo y permanecer siempre virgen para que no
tuviera que sentir la necesidad de patearle el trasero a nadie por obligación
fraternal.

Incluso Jane esperaba que cayera en una línea específica. Era su mejor
amiga, su confidente. Escuché todas sus historias de todas sus aventuras salvajes y
le ofrecí mi hombro cuando su última mala decisión explotó en su rostro. Ese era
mi trabajo.

Nadie parecía querer a la verdadero yo. Y en parte porque no estaba segura


de quién era “yo”. La vi cuando me enfrenté a Ike. Cuando finalmente le dije lo que
sentía, lo rechacé y lo eché. Vislumbré a la mujer fuerte que sabía que estaba
adentro, pero no estaba segura de a dónde ir desde allí. No estaba segura de cuál
sería el siguiente paso.

Pero sabía que tipear en una computadora en el consultorio de mi padre no


lo era.

Quería hacer algo que nadie esperase de mí. Como el tatuaje que me había
hecho con Jane. Después de que mi madre murió, pasé por una fase imprudente.
Tuve una similar en la secundaria cuando mi padre echó a Grant de la casa. Estaba
tomando malas decisiones y lanzando la precaución al viento y Jane estuvo justo a
mi lado, asegurándose de que no me hiciera daño en el proceso. Un viaje en auto a
un bar que servía a chicas menores de edad me llevó a un salón de tatuajes donde
me tatuaron la flor favorita de mi madre, un lirio en la parte exterior de mi muslo.
Era una manera de conmemorarla, de trabajar a través de mi dolor y de cumplir un
deseo dentro de mí de hacer algo totalmente inesperado.

Pero después de que lo conseguí, lo escondí.

Las únicas dos personas que lo habían visto eran Jane e Ike. Y ahora, sabía
que Grant también lo había visto. Jane estuvo encantada de que me hubiera hecho
un tatuaje y, por supuesto, Ike estuvo furioso. Pensó que era basura y no quiso
mirarlo, pero después de un tiempo, dejó de quejarse. ¿Pero Grant? Por supuesto,
él sería el que preguntaría por ello. Claro, me conocería lo suficientemente bien
como para saber que no haría algo así sin una buena razón.
Y algo sobre el hecho de que se había tomado el tiempo para realmente
estudiar mi cuerpo durante nuestra noche juntos me llenó de todo tipo de
sensaciones cálidas y de hormigueos. Miré la pantalla de la computadora hasta las
cinco de la tarde y luego me fui sin despedirme de mi papá. Esa solía ser mi rutina.
Meter mi cabeza en su oficina y despedirme. Pero hoy no quise hacerlo. Quería
salir y vagar por ahí y ser libre por un tiempo. Quería complacer a esta parte de mí
que estaba levantando la cabeza de nuevo.

Quería hacer algo emocionante.

Me subí al auto y saqué el teléfono, pero Jane no estaba disponible. Seguía


trabajando y por lo que se oía, no saldría hasta dentro de unas horas, lo que
apestaba, porque quería compartir este momento con ella.

Una parte de mí se debatió sobre pedirle a Grant que viniera conmigo, pero
no tenía su número. Y no podía simplemente ir a la casa de Hollis y pedirle que
saliéramos. Mi hermano pondría nuestras cabezas en una maldita bandeja si
pensara que había algo entre nosotros. Así que, estaba por mi cuenta. Arranqué el
auto y tiré el teléfono en el asiento del pasajero. Luego salí del estacionamiento y
corrí a la carretera principal.

Bajé las ventanillas y dejé que la brisa llenara mi auto. Cerré los ojos en cada
semáforo y respiré profundamente el refrescante aroma del mundo. Corrí de vuelta
a mi apartamento y subí las escaleras, luego abrí la puerta principal y empecé a
cambiarme. Dejé un rastro de ropa detrás de mí, una acción que habría molestado
a Ike y me puse unos pantalones cortos, una camiseta sin mangas y unas sandalias.
Corrí a la nevera y tomé la última botella de vino que había y luego regresé a mi
auto.

Sabía exactamente hacia dónde me dirigía.

Hollis tenía un hermoso arroyo detrás de su casa. Estaba como a dos


kilómetros dentro del bosque, corriendo directamente a través de un hermoso y
soleado claro. Tenía una toalla y algunas otras cosas en el maletero de mi auto, así
que me aferré a la botella de vino y me fui a ese lado de la ciudad. Era uno de mis
lugares favoritos. Era conocido por muy poca gente, así que no había mucho
tráfico peatonal y el sonido del arroyo era uno de los más relajantes que jamás
había encontrado en esta área.

Se sentía como el lugar perfecto para estar cuando era necesario un


descanso en mi rutina.
Puse mi auto en la entrada vacía de una propiedad embargada y saqué todo
lo que había en el maletero. El vino. La toalla. El cargador portátil para mi teléfono.
Recogí todo en mis brazos y lo enrollé todo y luego empecé a caminar hacia el
bosque. Crucé el patio trasero de Hollis y no pude evitar dirigir mi mirada hacia la
parte trasera de su casa. Había madera y herramientas y un montón de otras cosas
puestas en su césped, pero no había nadie afuera.

Y me sentí un poco decepcionada.

Respiré profundo y aparté los ojos de la casa. No podía ir a buscar a Grant.


Eso nos causaría problemas a los dos. Además, no era mío para buscarlo. Nunca lo
fue. Respiré profundamente y obligué a mi cuerpo a empezar a caminar y encontré
el áspero camino que conducía directamente al arroyo. Y después de medio
kilómetro de caminata, pude escuchar los débiles sonidos del agua corriendo.

Troté un poco y me dirigí hacia el borde del arroyo. Levanté la mano y solté
mi cabello, dejándolo flotar con la brisa. Ya me sentía más libre, mejor de lo que
me había sentido en días. Me detuve en el claro y giré mi rostro hacia el cielo,
tomando el sol que golpeaba mi rostro.

Era perfecto.

Todo este momento era perfecto.

Caminé un poco y saqué la toalla. Puse mi teléfono a un lado y abrí la


botella de vino para poder tomar unos sorbos. El alcohol me estaba llenando el
estómago e invadía mi cabeza. Me aflojó lo suficiente como para hacerme actuar
sobre las ideas que pasaban por mi mente.

Cavé un espacio para que la botella de vino se asentara y luego me tapé la


cabeza con la camiseta sin mangas. Mis pechos desnudos estaban arrugados por la
ligera brisa mientras me acostaba sobre mi toalla. Me quité las sandalias y colgué
los pies sobre la orilla del arroyo, permitiendo que el agua tibia goteara sobre mis
dedos de los pies. El sol estaba brillante y pleno y ya podía sentir mi cuerpo
relajándose bajo el golpeteo de sus rayos calientes.

Esto era lo que necesitaba.

Un momento para estar libre de cada pequeña cosa y de cada minuto de


expectativa.

Cerré los ojos y asimilé el momento. El sonido de los pájaros batiendo sus
alas y llamando a sus compañeros. El sonido de ciervos caminando sobre ramas
que crujían bajo sus cascos. El sonido del viento rozando la hierba y moviéndola
con la brisa.

Sentí que mis ojos se volvían pesados con el sueño.

Mi cabeza cayó a un lado mientras mis brazos se deslizaban de mi cuerpo.


Intentaba capturar la mayor cantidad de sol posible. Mi piel picaba y el arroyo se
precipitaba y mi corazón latía con fuerza. Nunca me había sentido tan viva. Debatí
sobre si quitarme los shorts. Tumbarme desnuda bajo el sol y comulgar con la
tierra que me rodea.

Pero antes de poder beber suficiente vino para ayudar en esa decisión, oí
pasos.

Agarré mi camiseta sin mangas y la tiré sobre mi cuerpo. Mierda. Hollis


debió haberme visto caminando hacia aquí. Me apresuré a tratar de cubrir mi
pecho prominente mientras trataba de despertarme lo suficiente para abordar lo
que estaba sucediendo. Ya podía sentir el rubor de la vergüenza cubriendo mi piel.

—No es que no lo haya visto todo antes.

Esa voz. Su voz. Envió escalofríos por mi columna. Mi blusa colgaba al azar
sobre mi cuerpo y yo estaba apoyada sobre mis antebrazos. Su voz, como la
mantequilla derretida corriendo sobre una galleta caliente, golpeó mis oídos a
medida que las pisadas se acercaban. Podía sentir su presencia cerrando la
distancia, lentamente acechando hacia mí como la presa que era.

—No tienes que cubrirte —dijo Grant—. La belleza de la naturaleza debe ser
apreciada, después de todo.

Podía sentirlo parado detrás de mí. Pude ver su reflejo entrecortado en el


arroyo. Estaba parado sobre mí. Su forma alta estaba proyectando una sombra
sobre mis piernas. Lo vi agacharse, su enorme cuerpo moviéndose en el ondulante
reflejo del arroyo en el que mis pies estaban atrapados.

Me senté y él se instaló detrás de mí. Sentí sus manos deslizándose a lo


largo de mis brazos. Se me puso la piel de gallina mientras mis pezones se fruncían
por la necesidad.

Su toque era eléctrico.

Me relajé en su regazo mientras mi cabeza caía a un lado. Apartó la camiseta


de mi cuerpo, revelando mis pechos desnudos. El sol se sentía tan bien y sus
piernas eran tan fuertes alrededor de mi cuerpo y sus manos delicadas en la
manera en que acariciaban mis brazos. Apoyé mi cabeza contra su pecho,
permitiendo que mi cuello se descubriera ante él.

Quería ser imprudente, así que esta era mi oportunidad.

Tumbada medio desnuda bajo el sol caluroso con un hombre cuya mera
presencia empapaba mis bragas.

Cerré los ojos y disfruté el modo en que sus dedos bailaban por mi piel.
Arriba y abajo de mis brazos. A lo largo de mi cuello. Corriendo por mi cabello. La
brisa se levantó y sopló mis pendientes, haciéndome reír mientras me hacían
cosquillas en la nariz.

Luego sus manos acariciaron mi rostro, rozando mi cabello antes de que su


pulgar trazara mi labio inferior.

Y los abrí para recibir su pulgar, mordiéndolo suavemente.


Traducido por Walezuca Segundo
Corregido por Flochi

M
ierda. Esta mujer iba a ser mi muerte. La había visto por la ventana
trasera cruzando el borde de la propiedad. La había visto con esos
pantalones cortos apretados y su diminuta camiseta sin mangas,
llevando esa maldita botella de vino en la mano. Si Hollis la hubiera visto, se habría
puesto furioso. Pero afortunadamente, pude escaparme de él, decirle que me iba a
dar un paseo para despejar mi mente.

Todo en lo que podía concentrarme ahora era en su piel sedosa.

Su cabello apenas cubría sus pechos, pero sabía cómo eran. Lo bien que se
sentían en las palmas de mis manos, sus pezones fruncidos entre mis dientes. Se
necesitó mucha fuerza de voluntad para acercarse a ella lentamente. Para alertarla
de que estaba allí en lugar de retener el elemento sorpresa. Estaba sentado detrás
de ella, viendo sus pechos fruncidos brillar al sol con su cuerpo extendido y su
cabeza sobre mi pecho.

La fuerza de voluntad que tenía me había sorprendido incluso a mí mismo,


porque quería hundir cada centímetro en ella y hacer lo que quisiera con ella.

Le acaricié la piel con la punta de los dedos, mirando cómo se calentaba


debajo de mi tacto. La piel de gallina que apareció provocó una sonrisa contra mis
mejillas. Miré su hermoso rostro antes de que mis ojos se posaran en su cuerpo.
Contemplando su forma prácticamente desnuda a medida que sus piernas se
abrían más para atrapar el sol en sus muslos. Maldita sea. Quería estar entre esos
muslos, bebiendo sus jugos y mordisqueando el pequeño y apretado capullo que
le daría tanto placer.

Acaricié con mi pulgar a lo largo de su labio inferior y la vi tirar lentamente


de él entre sus labios.

Santo cielo, esta mujer iba a matarme.

—Entonces, ¿qué te hizo venir aquí y desnudarte? —pregunté.

Sus ojos revolotearon hacia los míos y pude sentir cómo mi pene saltaba a la
vida.

—Solo quería comunicarme con la naturaleza —dijo con una sonrisa.

Pero no me pareció gracioso. Que yaciera aquí desnuda y vulnerable a


cualquiera que pasara no era gracioso para mí. Cualquiera podría haberla
encontrado aquí. Tuvo suerte de que la viera cruzar el maldito patio trasero y no
Hollis o Ike.

Theresa movió su cuerpo para mirarme y rozó mi polla. Se posicionó para


poder mirarme y me mordí la lengua. Vi esa mirada en sus ojos. Esa mirada
lujuriosa y oscura que había visto la noche anterior. Me deseaba. Sabía que lo
hacía. Y la ligera dificultad en su respiración cuando la toqué confirmó mis
sospechas. Sus ojos cayeron a mi regazo y supe que vio mi polla haciendo una
tienda en mis pantalones cortos.

—¿Quieres la verdad? —preguntó Theresa.

—Siempre —dije.

—Quería ser imprudente.

—¿Estás aquí desnuda al sol porque querías ser temeraria?

—Sí.

Me reí y negué con la cabeza mientras su cuerpo se acercaba al mío.

—Entonces lo tienes —dije—. Porque el que yo esté a solas contigo es


completamente temerario.

Mis ojos se posaron en los suyos mientras se arrastraba más cerca de mi


cuerpo. Quería pervertirla de todas las maneras posibles. Despeinar su cabello y
follarla contra el arroyo y deslizarme en el agua con ella y tomarla como se
merecía. Pero mantuve las manos firmes en el suelo. Mientras ponía sus manos
junto a mis caderas y se arrodillaba para sentarse a la altura de mis ojos, me
mantuve bajo control.

Mantuve al animal enjaulado.

—No deberías estar aquí —dije—. Cualquiera podría haber pasado.

—Casi nadie conoce este lugar.

—Hollis sí. Y sabes que te habría matado si te hubiera visto de la forma en la


que yo te veo ahora.

—Tal vez es hora de que deje de permitir que Hollis y mi padre controlen
quién debo ser.

—No es cuestión de quién deberías ser. Es cuestión de que te mantengas a


salvo.

—¿Y crees que puedes mantenerme a salvo? —preguntó.

Sé que puedo mantenerte a salvo.

—Como dije, cualquiera podría haber caminado por aquí.

—¿Qué? ¿Debería preocuparme por el gran lobo feroz?

Las imágenes bombardearon mi mente. Escenas de Theresa en encaje rojo y


atada a una cama. Abierta para mí y lista para el festín. Sentí una sonrisa voraz
cruzar mis mejillas mientras la electricidad chispeaba detrás de sus ojos. Imágenes
sucias mientras me conducía dentro de su cuerpo asaltaron mi mente. Cegándome
al palpitar de mi polla mientras sus manos caían sobre mi pecho. Me estaba
matando, sin tocarla. Me estaba matando. Mi mente corría con la necesidad de ella
mientras sus tetas se acercaban peligrosamente a mi pecho.

No sería lo suficientemente fuerte para resistirme si me presionaba.

No sería lo suficientemente fuerte para mantener al animal enjaulado si me


dejaba tomarla.

Estaba listo para devorarla. Cerré los ojos y me vi sumergiéndome entre sus
muslos. Arrancando ese maldito encaje rojo de su cuerpo y tragando sus dulces
jugos. Me vi mordisqueando sus tetas hasta que se cubrieran con mis marcas. Mía.
Mía. Mía. Cantaba mientras la penetraba. Llenándola con mi polla mientras se
movía y se retorcía contra las ataduras de cuero rojo que la ataban a mi cama.
A mi cuerpo.

A mi corazón.

Abrí los ojos cuando mi corazón se estrelló contra mi caja torácica.

—En serio, Theresa, no fue una buena idea que estuvieras aquí sola —dije.

—Realmente sabes cómo arruinar el momento, ¿no? —preguntó.

Gruñó y puso los ojos en blanco al disiparse el momento. Se sentó sobre sus
talones antes de darme la espalda. Dobló las rodillas contra su pecho y colocó su
barbilla encima de ellas y sentí que la frustración brotaba dentro de mí. Mi polla
dolía y mis pelotas colgaban bajas con la necesidad de liberarse. Todo mi cuerpo
me gritaba que la abrazara. Que tomara lo que era mío, dejándola sin aliento,
sudando y cubierta de mi semen. Negué con la cabeza mientras ella suspiraba
pesadamente y me levanté solo para poner un poco más de distancia entre
nosotros dos.

—Vaya diversión que eres —murmuró.

—Tu hermano no lo verá así si viene a buscarme —dije.

Se rio y negó con la cabeza mientras buscaba su camiseta sin mangas. Se la


puso sobre su cabeza, sus movimientos contando la ira que sentía por la situación.
Yo también estaba enojado. La deseaba. La deseaba más de lo que nunca había
querido a ninguna mujer en mi vida y no podía tenerla. No debería tenerla. Me
alejé de la toalla mientras ella se levantaba, recogiendo la tela del suelo antes de
arrebatar la botella de vino.

—Lo creas o no, Grant, puedo cuidarme sola.

La vi tomar otro largo trago de la botella de vino antes de que se agachara


para agarrar su teléfono.

—¿Vas a manejar? —pregunté.

—¿Por qué diablos te importa?

—Porque eres la hermana de Hollis y no quiero que te pase nada.

Por eso vine a la ciudad en primer lugar.

—¿De verdad? —preguntó Theresa mientras giraba—. ¿Es por eso que te
preocupas? ¿Esa es la única razón? ¿Porque soy la hermana de Hollis?
Sus ojos estaban calientes, llenos de ira mientras su pecho se agitaba.
Agarraba con fuerza todo lo que tenía en las manos, con los nudillos blancos y
amenazaba con romper la botella de vidrio que tenía en la palma de la mano. Metí
las manos en los bolsillos, forzándome a no alcanzarla y tirar de ella hacia mí, a
presionar mis labios contra los de ella, a despojarla de la miserable tela que se
aferraba a su cuerpo y a cubrirla con una diatriba sudorosa de deseo voraz.

Pero en vez de eso, me mordí la lengua para no responder.

Su mirada pasó de la ira a la tristeza y casi me rompe.

Se alejó de mí y no pude soportarlo más. Extendí la mano y le agarré el


brazo. La hice girar de nuevo hacia mis brazos y chilló, su cuerpo presionando
fuertemente contra el mío. Me miró desde debajo de esas largas pestañas y sentí
que mi corazón se detenía.

¿Qué demonios me había hecho esta mujer?

—Estoy preocupado por ti —dije—. Eso es todo.

Y tan rápido como había cambiado la primera vez, sus inocentes ojos de
cierva se entrecerraron a rendijas mientras me empujaba.

—Soy una chica grande y puedo cuidarme sola. No te necesito a ti, ni a mi


padre, ni a Hollis tratando de organizar y manipular cada uno de mis movimientos
—dijo.

—Esto no se trata de intentar controlarte, Theresa.

—Lo es. Siempre se ha tratado de eso. Mi padre esperaba algo de mí e hizo


lo que pudo para conseguirlo. Esperaba que su hija fuera a la escuela, obtuviera un
título en administración de empresas y trabajara para él. Y eso fue lo que hice
porque no me dieron otra opción. Te echó de la casa porque pensó que eras una
distracción, ¿verdad?

Apreté los dientes para no confirmar su pregunta.

—¿Verdad? Mi padre te echó porque pensó que estábamos tonteando y


que de alguna manera arruinaría mis posibilidades de entrar a la universidad, ¿no
es así? Y es una locura, ¿lo sabes? Que mi padre haya manipulado descaradamente
la situación porque pensaba que sabía lo que era mejor para mí.

Le salieron lágrimas en los ojos y sentí la ira burbujeando en mis tripas.


—Y Hollis no es mejor. Diciéndome con quién debo salir y con quién no.
Quiere que me mude con él porque cree que no soy capaz de cuidar de mí misma.
¡Tengo veintiséis malditos años! —dijo.

Me mordí el interior de la mejilla para no decirle que sus propias acciones


fueron lo que hizo que Hollis se sintiera así. Que si no hubiera desperdiciado ocho
años de su vida en un idiota verbalmente abusivo y controlador, Hollis no pensaría
que necesitaba ser salvada. Ninguno de nosotros lo haría.

—¿Pero tú? —preguntó con una risa severa—. Tú, el hombre con los
tatuajes, la terrible vida hogareña y el negocio que es todo tuyo. Tú, que tienes
todo lo que tienes ahora, rompiendo las reglas y viviendo la vida por tus propios
medios y con tu propio dinero. Vienes aquí y me dices que no debería estar aquí
explorando el temerario abandono que siento tan profundamente en mi cuerpo
esperando para estallar y reclamar una vida que nunca tuve la oportunidad de
llevar. ¿Y tratas de enmarcarlo en el contexto de que te importo? Si te importaba
tanto, ¿por qué te quedaste tanto tiempo lejos?

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Sus palabras fueron como
un puñetazo en el pecho. Me importaba, más de lo que sabía. Vi a una mujer fuerte
luchando frente a mis ojos y quise mejorarlo. Pensé que si venía a la ciudad y la
ayudaba a escapar de Ike, de alguna manera, las cosas mejorarían.

Pero eso había empeorado las cosas. Y ahora me di cuenta de que sentía
que la había abandonado. Pensar en ello casi me deja sin aliento.

—No lo hagas —dijo Theresa—. Tú no. No puedo… no puedo soportarlo de


ti. Estoy acostumbrada a esto por parte de todos los demás. Pero tú no, Grant.

La vi girar sobre sus talones mientras empezaba a caminar por el claro.


Resistí el impulso monumental de correr tras ella. Había estado viendo todo este
proceso a través de una lente muy sesgada. Pensé que Ike era el problema. Pensé
que Ike era la razón por la que Theresa se había retirado a este patético cascarón
de existencia. Pero todo esto había empezado mucho antes de que Ike llegara. Sus
años de formación, que se suponía que debían pasar luchando por encontrar un
equilibrio entre lo que se esperaba de ella y lo que quería de sí misma, fueron
utilizados por otros para manipularla y convertirla en lo que sentían que necesitaba
ser.

Y de alguna manera, yo no había sido diferente.


Ike no era bueno para ella y nunca me disculparía por intervenir como lo
hice. Pero fue manipulador y fui yo quien asumió que sabía lo que era mejor para
ella en lugar de que decidiera por sí misma. Pero había estado con ese bastardo
durante años y no estaba seguro si alguna vez se habría ido por su cuenta.

Ya no estaba seguro de nada.

La vi caminar al bosque y ni siquiera se molestó en mirar atrás. Estaba


enojada y herida y con toda razón. El sol comenzaba a ponerse lentamente y un
frío se arrastraba desde el arroyo detrás de mí. Si Hollis viera a Theresa saliendo del
bosque conmigo siguiéndola, solo empeoraría las cosas.

Así que me quedé hasta que oscureció antes de volver a la casa.


Traducido por Walezuca Segundo
Corregido por Bella’

D
esde mi viaje al arroyo y mi imprudente vuelco emocional con Grant
en el bosque, había estado deseando algo más. Algo más grandioso.
Más grande. Algo aún más imprudente que lo anterior. No estaba
segura de lo que me había poseído, pero mi corazón latía con fuerza por ello. Mi
alma gritaba por ello. Mi cuerpo me lo pedía a gritos. Quería hacer algo tan fuera
de lo común que hasta mi mejor amiga se sorprendería. Quería experimentar.
Viajar. Ir a beber unos tragos usando un top sin que me importe el hecho de no
tener el vientre perfectamente plano. Quería ir a algún lugar y comer comida
exótica o correr desnuda por las calles y tratar de escapar de la policía.

Quería sentirme viva.

—¿Realmente tomaste sol en topless en ese maldito arroyo? —preguntó


Jane.

—Lo hice. Durante dos horas seguidas. Una botella de vino a mi lado y nada
más que los animales y yo —respondí.

—Mierda. Ahora estoy enojada por no faltar al trabajo para ir contigo.


¡Suena increíble! ¿Qué demonios te hizo hacer algo así?

—Me siento… libre. Como si ya no estuviera debajo del pulgar de alguien.

—¿Quieres decir el pulgar de Ike?

—Es una locura, la mierda que le aguanté.


—Vaya, nunca pensé que te oiría admitirlo en voz alta. Cada vez me gusta
más esta nueva Theresa —dijo.

—Pero en realidad. He soportado muchas cosas. No puedo creer que me


convencí de que vivir la vida que llevaba con Ike era normal. ¿Qué diablos me
pasaba?

—Theresa, el hecho de que puedas admitir que Ike te estaba controlando y


suprimiendo dice mucho de la mentalidad clara que tienes. Sé que te enfurece y sé
que es difícil de ver ahora que estás parada en el exterior. Pero usa esto para
fortalecerte. Eres libre del hombre que te encadenó. Quien esperaba que fueras
alguien que no eras. Diablos, Theresa. Supervisaba tu maldita ropa. ¡Puedes
ponerte lo que quieras ahora!

—Podría apretar mis manos en el cuello de ese bastardo.

—Mejor no consideremos el asesinato como nuestra aventura imprudente.


¿De acuerdo? No creo que Hollis lo aprecie —dijo.

—Hablando de Hollis, tú y yo no hemos hablado desde el bar esa noche.


¿Qué pasó?

—Chica, absolutamente nada.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir con “nada”? —le pregunté.

—Condujimos y hablamos. Me llevó a atender un llamado.

—¿Qué?

—Sí. Me llevó a atender un maldito llamado. Supongo que pensó que


estaba siendo genial o algo así. Luego fuimos a un lugar apartado cerca de la playa,
nos besamos un rato y me llevó a casa.

—Eso no suena como Hollis en absoluto.

—Prácticamente me lancé sobre él. No sé qué pasó, Theresa. En realidad, sí


sé lo que pasó. ¡Nada!

Eché la cabeza hacia atrás y me reí mientras caía de nuevo sobre mi cama.

—Bueno, tal vez Hollis es uno de esos tipos que trata de respetar a una
mujer que realmente le gusta.

—Quería que me follara como un loco.


—¿Podemos tener en cuenta que estamos hablando de mi hermano? —
pregunté.

—Lo siento. Pero sí, de todos modos. ¡Es fin de semana! ¿En qué nos
estamos metiendo?

Me debatí sobre si contarle a Jane lo que pasó entre Grant y yo. Ni siquiera
se le ocurrió que pudo haber pasado algo más que él llevándome a casa. Y esa
interacción me abrió los ojos. No quería ser esa mujer. Ya no quería seguir siendo
la vieja Theresa. Quería ser misteriosa. Fuerte. Capaz de vivir la vida que quería y ser
la persona que siempre quise ser. Audaz. Descarada. Testaruda y en control de su
vida.

Dejé que Ike me controlara por demasiado tiempo y terminé con estar
enojada por algo que ya era el pasado.

—No lo sé —le respondí—. Pero estoy lista para soltarme.

—¿Tienes algo especial en mente? —quise saber Jane.

—No lo sé, pero siempre he sentido que me he estado conteniendo.


Primero con mis padres, luego con Ike. Hollis, también. Siento que si trato de ser yo
misma, de alguna manera no lo aceptarán.

—Pero siempre me tendrás a mí y defenderé tu derecho a ser tú misma


hasta mi último aliento —dijo.

—¿Sabías que nunca consideré vivir en otro lugar que no fuese Bar Harbor?

—¿Qué quieres decir?

—Siempre se esperó que me quedara y ayudara a mi padre con su clínica.


Así que nunca pensé en vivir en otro lugar. Como no era el caso, no pensé que
estuviera en las cartas para mí. Simplemente estaba permitiendo que las personas a
mi alrededor dictaran lo que era apropiado para mi vida —dije.

—¿Quieres mudarte o algo así?

—Ahora que tengo que buscar un nuevo lugar, lo estoy considerando.


Podría ir a cualquier parte. Hacer cualquier cosa. Ser cualquiera. Nada me encadena
a este lugar.

—Excepto tu trabajo.
—Puedo encontrar un trabajo en cualquier parte. Tengo cuatro años de
experiencia en la clínica de mi padre y un título en administración de empresas.
Siempre quise abrir mi propio negocio. Pero dejé que Ike arruinara ese sueño como
arruinó todo lo demás.

—Entonces ¿quieres empezar un negocio este fin de semana? —me


preguntó.

—Muy graciosa. Solo estoy desahogándome en este momento.

—Y para eso estoy aquí, chica. Soy tu mejor amiga y apoyo todos y cada
uno de los esfuerzos mientras pueda ser parte de ellos.

—Como mi tatuaje.

—Oh, es una buena idea. ¿Quieres otro? —preguntó.

—Todo lo que sé es que estoy cansada de ser una chica buena todo el
tiempo. ¿Y sabes lo que hacen las chicas malas una vez que terminan con alguien?

—Oh, claro que sí, lo sé. Vamos a encontrarte un maldito rebote.

—Quiero un maldito rebote.

Lo que no le dije es que no era un rebote por Ike. Era un rebote por Grant. Si
se esforzó tanto en el arroyo esa tarde para mantenerse alejado de mí, entonces
era obvio que ya no me deseaba. Ya había probado lo que creyó había querido
todos esos años atrás y lo había sacado de su sistema. Entonces, que se joda. Yo
era una chica grande y podía manejar esa mierda. Le dije mi parte de frente y me
sentía bien con la forma en que yo había dejado las cosas entre nosotros.

Pero era hora de encontrarme un tipo que borrara a todos esos imbéciles y
siguiera adelante.

—¿Tienes un atuendo que puedas usar esta noche? ¿Uno que muestre esas
locas curvas que tienes? —preguntó Jane.

Sonreí al teléfono mientras corría por el pasillo hacia mi habitación.

—Tengo el atuendo perfecto.

—¡Entonces te recogeré a las nueve, chica!

Me metí en mi armario y saqué el vestido. Se ajustaba en todos los lugares


correctos y me llegaba justo debajo de las rodillas. Era un vestido que
originalmente había comprado para tratar de seducir a Ike y volver a encarrilar
nuestra vida amorosa a donde solía estar. ¿Pero ahora? Iba a ser un símbolo de mi
capacidad para recuperar mi vida. Era rojo carmesí, de hombros caídos y se
aferraba a todas las curvas que tenía. Me puse un conjunto de bragas y sostén de
encaje rojo a juego que había comprado hace años y que nunca había usado y
pasé la apretada tela por mi cabeza, bajándolo por mi cuerpo.

Me veía fantástica.

Me arreglé el cabello y usé un labial a juego con el vestido. Me puse


máscara de pestañas, coloqué rubor en mis mejillas y luego acomodé mis pechos
para que lucieran bonitos, llenos y asomándose un poco en la parte superior del
vestido. Me puse un par de tacones negros con suelas rojas y me miré en el espejo,
quedando muy contenta con lo que vi.

Iba a ser una noche infernal.

—¡Oh. Dios. Mío!

Jane soltó un chillido mientras corría hacia el porche y tomaba mi mano.

—Vamos a encontrarte al hombre más sexy que al follarte ponga tu mundo


al revés —dijo—. ¡Ese vestido te queda fabuloso! ¿De dónde lo sacaste? ¿Cuándo
lo conseguiste?

—No importa y no me importa. Todo lo que me importa es pasar página


esta noche. Ahora vamos a tomar algo.

Jane y yo entramos en el bar y todos los ojos estuvieron puestos en mí. Los
hombres se quedaron boquiabiertos y las mujeres se pusieron celosas de que sus
hombres me miraran.

Nos acercamos a la barra y pedimos nuestras bebidas; opté por un Long


Island Iced Tea. Así pude envolver mis labios en la pajita mientras atrapada las
miradas de los hombres alrededor de la habitación en lugar de arruinar mi lápiz
labial en un vaso de Martini.

Entonces, la música comenzó.

La gente despejó el lugar en medio de la habitación y arrastré a Jane


conmigo. Todas esas clases de baile que mi madre me obligó a tomar cuando era
más joven serían finalmente aprovechadas. Giré mis caderas y moví las piernas,
meneando el trasero y viendo como los ojos de los hombres se ampliaban a
nuestro alrededor. Incluso Jane quedó impresionada cuando una sonrisa se
extendió por sus mejillas. Lo que comenzó con nosotras acaparando la pista se
convirtió en hombres que se abrían paso entre la multitud para llegar a nosotras.

Para llegar a mí.

Me encantaba. Lo deseaba. El poder. La sensualidad. Tenía las manos de un


hombre en mis caderas y a otro hombre delante de mí con sus manos acariciando
mis muslos. Dos hombres más estaban a mis lados, en cuyos cuellos colgué mis
brazos. Giré mis caderas y bailé en mis tacones, presionando mi trasero en uno
antes de retorcer mis pechos en otro.

Y Jane estaba pasando el mejor momento de su vida con los hombres que la
habían rodeado. Hollis iba a lamentar no follarla cuando tuvo la oportunidad.

Nunca me había sentido tan poderosa y deseada antes, excepto cuando


había estado con Grant. Pero todo eso estaba en el pasado y estaba decidida a
concentrarme en el presente. Concentrarme en las manos de los hombres en mis
caderas y agarrando mis muslos y suplicando para probar el delicioso alcohol
pintado en mis labios.

Sus ojos me bebieron y supe que tendría mi elección de hombres para


llevarme y devorar.

Grant había dejado muy claro que yo solo era una obligación para él.
Alguien a quien tenía que cuidar y mantener protegida. Y eso estaba muy lejos de
la verdad. Podía cuidarme sola. Había encontrado mi fuerza interior para echar a
Ike del apartamento. Para plantarme a ese hombre abusivo y decirle que ya no era
bienvenido. Sabía que lo tenía en mí. El poder de protegerme, defenderme y
hacerme mi propio camino. No necesitaba a Grant y la carga que creía que yo era
para él.

No era una carga.

Era una mujer buscada, a juzgar por las miradas de los hombres que me
rodeaban.

—¡Date la vuelta! —exclamó Jane—. ¡Mira quién acaba de entrar!

Giré las caderas y me volví hacia el tipo que estaba detrás de mí mientras
mis ojos espiaban sobre su hombro. Sonreí ante el grupo de hombres entrando al
bar. Por supuesto, todos estarían aquí. Hollis, Grant y Jim. Los tres habían sido
inseparables en la escuela secundaria, así que no me sorprendía que Jim supiera
que Grant estaba en la ciudad. Todos entraron por las puertas del bar y sus ojos
miraron la pista de baile, tratando de ver por qué tanto alboroto.

Y cuando los ojos de Grant se conectaron con los míos, su expresión cayó.

Su rostro se endureció, sus ojos se oscurecieron y le quedó muy claro. Tuvo


su maldita oportunidad y la desperdició al tratarme como a la hermanita de Hollis
que necesitaba un guardaespaldas. Giré mis caderas profundamente hacia el
hombre que estaba detrás de mí antes de terminar mi trago, tener uno nuevo
inmediatamente en mi mano.

El rostro de Grant estaba hirviendo de ira cuando los ojos de Hollis se


conectaron con Jane.

—Oh, están enojados —dijo Jane.

—Bien. Deberían estarlo —dije—. Muéstrale a Hollis lo que se perdió.

—Y muéstrale a Grant lo que pudo haber tenido si hubiera dejado de hacer


el tonto mientras estaba en la ciudad.

Sonreí ante el pequeño secreto que tenía dentro de mí mientras me


inclinaba hacia adelante. Me puse a horcajadas sobre la pierna del hombre que
tenía en frente y le rodeé el cuello con mis brazos. Sus manos cayeron de mi
cintura, apretando mi trasero mientras otro hombre molía su polla contra mi culo.
Vi los puños de Grant cerrándose a sus costados. Vi la forma en que su mandíbula
se apretó con ira. Parecía que quería matar a alguien. Lo miré y sonreí, haciéndole
saber que yo tenía el control total y absoluto de lo que estaba sucediendo.

Entonces mi atención volvió al tipo que tenía en frente.

El tipo que olía demasiado a cerveza y nada como a Grant.


Traducido por Flochi y Ale Grigori
Corregido por Bella’

M
aldita sea. Ella se movía como un milagro. Llena de gracia y
fluyendo de energía sexual. No deseaba más que acercarme hasta
allí, arrojar a esa mujer sobre mi hombro, darle una palmada en el
trasero y llevarla a casa. ¿Qué demonios estaba haciendo frotándose contra todos
esos hombres? La estaban manoseando como perros en maldito celo. Tocándola
mal y dejando sin tocar todas sus mejores partes. El tipo frente a Theresa no podía
quitar sus ojos de sus tetas y el tipo de atrás, estaba listo para empujar su pequeño
pene por su culo. Y la mirada en los ojos de ella… esa miradita traviesa.

Quería verla cuando me mirara con mi pene entre esos labios carmesíes.

Pero no podía. Estaba con Jim y Hollis y tenía que mantenerme a raya. Me
había encontrado con Jim en la ferretería cuando estaba recogiendo las últimas
cosas que necesitaba para terminar con el porche trasero de Hollis. Había decidido
remover los cimientos actuales y reemplazar toda la cosa para que nadie cayera
entre los malditos listones de madera y se matara.

Había sido bueno ver a Jim y pareció correcto pedirle que viniera con
nosotros esta noche.

Luego de que Theresa había salido del bosque ese día, me había dicho que
no necesitaba quedarme más tiempo. Ella iba a estar bien y no deseaba que yo
permaneciera cerca. Pero había comenzado un proyecto con el porche de Hollis y
no iba a abandonarlo cuando se encontraba a la mitad. No es así como manejaba
mi negocio y tampoco como trataba a un amigo. Pero en cuanto el porche
estuviera terminado, regresaría a Boston.

Al menos, eso era lo que me estaba diciendo. No seguía aquí debido a la


chica de la pista de baile, con sus tetas suaves, su abundante trasero y sus
atractivas piernas que temblaban con sus orgasmos. No era debido a ella. Eso
significaría que me estaba volviendo loco. Y las mujeres no me volvían loco.

Las mujeres no me afectaban.

Yo las afectaba a ellas.

—Entonces, ¿cuánto tiempo te quedarás en la ciudad? —me preguntó Jim.

—Hasta que termine el porche trasero de Hollis. Esa cosa era un asco —
respondí, finalmente alejando mis ojos de la escena en la pista de baile.

—No estaba tan mal —dijo Hollis.

—No, esa cosa es bastante insegura —dijo Jim—. Me alegra que alguien
finalmente lo esté derribando.

—Porque todos sabemos que no puedes —dije con una sonrisa.

—No lo haré. No puedo. Construí yo mismo ese porche la primera vez —dijo
Hollis.

—Y es por eso que no estaba ni lijado ni terminado ni preparado en general


—dije.

—Escucharía al gurú de la construcción si fuera tú —comentó Jim.

Los dos hombres comenzaron a hablar de los viejos tiempos y a recordar


nuestros días de mierda en la preparatoria. Pero yo estaba centrado en Theresa. El
tipo frente a ella se estaba poniendo demasiado toquetón en mi opinión y eso
alimentó mi necesidad de ir hasta allí y romper el calor sexual acumulándose en
esa maldita pista de baile.

—Santo cielo, Hollis. ¿Esa es Theresa? —preguntó Jim.

—¿Qué? ¿Eh? —preguntó Hollis.

—Demasiado ocupado mirando a Jane, ya veo —le dije con una sonrisa.

—Tiene como cinco hombres bailando sobre ella —dijo Hollis.


—¿Estás hablando de Jane o de tu hermana? —preguntó Jim.

—Para responder a tu pregunta, Jim, sí. La chica del vestido rojo es Theresa
—dije.

—¿Qué mierda? ¿Qué demonios está haciendo mi hermana? —preguntó


Hollis.

—Me parece que está siendo manoseada —dijo Jim.

Miré a Hollis con cuidado, intentando ver lo que Theresa había estado
hablando esa tarde en el arroyo. El lado controlador e impulsivo de su hermano
que intentaba dictar sus acciones. Pero la declaración de Jim hizo que mi mirada
regresara a la pista de baile y él tenía razón. El tipo detrás de ella estaba con la
mano rodeándola y descaradamente agarrándole las tetas.

Y nada de esa mierda iba a suceder esta noche.

Con los instintos apoderándose de mí completamente, coloqué mi cerveza


en la barra y caminé hacia la pista de baile. Agarré la parte trasera de la camiseta
del sujeto y lo aparté de Theresa. Escuché a Jane llamarme y decirme que me
detuviera, pero estaba cegado por la furia. Nadie tocaba a Theresa de esa manera y
también estaba demasiado borracha para decidir lo que sucedía.

Me puse delante del tipo todavía estando con ella y lo fulminé con la
mirada. Era un patético punk comparado conmigo y en el momento en que vio
nuestra diferencia de tamaños, retrocedió. Escuché los tacones de Theresa
tropezando detrás de mí, sonando en el suelo antes de que sus manos se plantaran
en mi espalda.

Me di la vuelta y la fulminé con la mirada, contemplando su estado de


embriaguez.

—¿Qué demonios? —me preguntó—. ¿Por qué fue eso?

—Vamos —le dije mientras deslizaba mi brazo alrededor de su cintura—. Te


estás comportando como una idiota.

La saqué de la pista de baile mientras Jane seguía entreteniendo a los chicos


alrededor de ella. Vi a Hollis observarme cuidadosamente antes de ir a salvar a Jane
del mismo maldito destino. Jim estaba sacando sujetos de ella mientras Hollis la
llevaba a un lado y observé cuando giró su mirada para comprobar a su hermana.
Le mostré un pulgar arriba y le grité a Jim que lo alcanzaría luego. Me
descartó con un gesto de su mano antes de regresar su atención a Hollis y suspiré
de alivio cuando arrastró a Jane a una esquina para espabilarla. La gente estaba
mirando y no de buena manera. Y los chicos que estaban bailando en la pista se
estaban inquietando porque les habíamos cortado la diversión. Todos estaban allí
de pie con las bolas azules y estaba a punto de ponerse feo. Saqué a Theresa del
bar y la arrastré a mi auto, luego ayudé a su cuerpo tambaleante a caer en el
asiento del pasajero.

Ella refunfuñaba cuando cerré de un portazo, su cabeza cayendo contra el


vidrio.

—¿Qué demonios estabas pensando? —le pregunté cuando me subí al auto.

—Me estaba divirtiendo —dijo Theresa.

—Sí, porque el abuso sexual es divertido. Estabas muy cerca allí y ni siquiera
lo sabías.

—No hay abuso sexual si disfrutas de la atención —dijo.

—¿En serio, Theresa? ¿Esta es tu idea de cuidarte?

—Tenía la situación bajo control, Pie Grande.

—Insultar. Realmente adulto.

—Oye, no te pedí que intervinieras en la situación. Estaba disfrutando la


atención. Estaba pasando un buen rato. Tomando unas copas con mi mejor amiga.

—Y cuál era tu objetivo final, ¿eh? ¿Llevar a uno de esos imbéciles a casa?

—¡De hecho, sí!

Giré mi cabeza hacia ella y encontré sus ojos clavados en los míos. Hablaba
jodidamente en serio. ¿Iba a llevar a uno de esos patéticos idiotas a su casa y hacer
qué? ¿Follarlos? ¿Entregarse a ellos? ¿Eso es lo que quiso decir con imprudente?
¿Invitar a un extraño a su casa y dejar que se saliera con la suya o algo peor? ¿Qué
demonios pensaba Theresa?

—Te llevaré a casa —le informé mientras encendía el auto.

—¿Me vas a dejar ahí o también me vas a follar esta vez? —me preguntó
Theresa.
Mis fosas nasales se dilataron ante el furioso calor de sus palabras. ¿Cuál era
el problema real aquí?

—Estabas a dos segundos de que uno de esos hombres te arrastrara de la


pista de baile y te violara en el maldito baño —dije—. Y claramente no estás lo
suficientemente sobria para protegerte.

—Estoy bien sola —dijo—. No necesito que tú ni nadie más se preocupe por
mí.

—Bueno, si tú y tu mejor amiga van a hacer una tontería como esta,


entonces sí.

—No, no lo necesito. Odio el hecho de que te preocupes. Odio que todos se


preocupen por la pobre y débil Theresa. No soy débil. Soy una mujer fuerte e
independiente. Siempre lo he sido. Pero ninguno de ustedes imbéciles me dará la
oportunidad de extender mis malditas alas y volar como sé que puedo.

—No creo que seas débil, Theresa, nunca lo he hecho. Solo que no te he
visto tomar las mejores decisiones últimamente —dije.

Se acurrucó tan contra la puerta como pudo y observó mientras pasábamos


todo. El resto del viaje de regreso a su casa fue en silencio. Su respiración se estaba
volviendo más suave y me di cuenta de que la velocidad constante y rítmica de mi
Jaguar la obligó a quedarse dormida. Bueno. Necesitaba dormir para sacar el
maldito alcohol en su sistema. Pero mierda, se veía increíble en su atuendo.

Demasiado increíble.

Theresa estaba desmayada para cuando volvimos a su casa. Rebusqué en su


bolso y encontré sus llaves, luego la recogí en mis brazos. Subí los escalones y abrí
la puerta, luego procedí a asomar la cabeza en las habitaciones hasta que encontré
la suya. La acosté en su cama y le quité los zapatos, arrojando los tacones de aguja
de plataforma roja a la esquina.

Ni siquiera sabía que tenía zapatos como esos.

La deslicé bajo de las sábanas y sus ojos se abrieron. Acerqué el edredón


hasta su barbilla, pero se movió a la velocidad del rayo. Me agarró del brazo y me
jaló hacia ella, desestabilizándome así que le caí encima. Nuestros labios se
juntaron y su lengua se abrió paso entre mis labios y vacilé.

Por un segundo, gemí, permitiéndome saborear la dulzura de su cuerpo.


Las venas en mi ingle latían y mis manos chispeaban con fuego. Cuando su
lengua masajeó el techo de mi boca y corrió sobre mis dientes, gemí fuertemente
en ella. Quería acostarme con ella, quitarle la tela apretada y ver cómo se
derramaban sus curvas sobre los bordes de mi cuerpo.

Pero estaba borracha y probablemente lo lamentaría.

Como la última vez.

No quería ser su error. Y lo que es peor, no la quería sintiendo que tenía que
disculparse por ello. Me aparté de su beso y la miré a los ojos, memorizando la
forma nebulosa en que me miraba. Había admiración, confusión y mucho deseo.
Memoricé cómo se veía eso en sus hermosos orbes de corderito. Estiré la mano y
desenrosqué su brazo de mi cuello y la acomodé de nuevo en la cama, viendo
como la desilusión ardiente llenaba sus ojos de lágrimas.

Se acurrucó sobre su costado cuando me alejé y escuchar su sollozo hizo


que mi corazón cayera.

Me acerqué a su puerta y me detuve. Me volví hacia ella y vi sus hombros


temblar. Estaba llorando y cada parte de mí quería besar sus lágrimas. No quería
que llorara por mí. Quería que suplicara, gimiera y gritara mi nombre.

—Por favor, quédate, Grant.

Fue el más leve de los susurros. Como el seguimiento de una oración al


borde de una tormenta que se aproxima. Mi estómago cayó al suelo cuando
extendí la mano hacia el pomo de la puerta. Si tan solo pudiera.

Si tan solo lo dijera en serio.

Salí y cerré la puerta antes de caminar por el pasillo. Giré el pomo de la


puerta principal, colgando antes sus llaves en un estante en la pared. Cerré detrás
de mí y me dirigí hacia el auto mientras mis manos se apretaban en puños.

A la mierda todo esto.

Necesitaba salir de esta puta ciudad.


Traducido por Tori y Ashtoash
Corregido por Flochi

S
anto infierno, me dolía la cabeza. Golpeaba contra mi cráneo mientras
mis ojos se forzaban a abrirse. Miré el reloj y vi que casi era la hora del
almuerzo.

Había dormido todo ese tiempo.

Unos golpes furiosos llegaban desde la puerta y gemí. ¿Quién en el mundo


estaba tratando de derribar mi maldita puerta? Sabía que no era Ike. Ike habría
usado su llave para irrumpir aquí e ir directo a la habitación. Y Grant no tendría las
agallas para llamar a mi puerta así. No tenía motivos para enojarse. Él fue quien me
había rechazado.

¿Pero Hollis?

Mierda. Probablemente era Hollis.

Me deslicé de la cama y agarré mi bata, atándola alrededor de mi cintura.


Me aparté el cabello del rostro. Los golpes eran implacables y solo se sumaron a la
ira que sentía por dentro. La cosa estaba prácticamente temblando sobre sus
goznes cuando abrí la puerta.

—¿Qué? —pregunté.

Me tendió un juego de llaves y las dejó caer en mi mano.

—Tengo tu maldito auto en casa. Grant dijo que necesitaba traerlo —dijo.
—¿Quieres una propina? —pregunté.

—¿Qué demonios te pasa? ¿Qué estabas pensando anoche? —me preguntó


Hollis, con ira y preocupación en su rostro.

—Estaba pensando, ¡caramba! ¡Lo estoy pasando muy bien! ¿Por qué me lo
están arruinando estos imbéciles?

—Podrían haber sido violadas.

—Ahórrate el discurso. Grant me lo dio anoche —dije.

—Y tiene toda la razón. ¿Qué demonios les pasaba a ustedes dos? ¿Qué tan
irresponsables son Jane y tú todo el tiempo?

—¿Todo el tiempo? ¿Irresponsable? Para tu información, Hollis, he estado de


acuerdo con todo lo que todos esperaban de mí. Desde papá, que quiso que vaya
a la universidad y me especialice en negocios para ayudarlo, a interpretar a la
pequeña hermana perfecta para que no tengas que sentir la necesidad de vigilar
cada jodido segundo de mi existencia. ¿Y sabes en lo que eso los convierte a los
dos?

—¿Qué? —Hollis se enfureció.

—En iguales a Ike —le dije.

—No te atrevas a ir allí. Te estamos cuidando.

—Y maldita sea, soy una chica grande, Hollis. Y si quiero ponerme un vestido
ajustado, tomar unas bebidas y traer a un chico a casa para follarlo hasta el olvido,
entonces esa es mi decisión. No es tuya.

—¿Fue esa tu intención? —preguntó Hollis—. ¿Era esa la intención de Jane


también?

—No es mi culpa que no la follaras cuando tuviste la oportunidad. Ella ha


seguido adelante y tú también deberías. No puedes venir aquí, golpear mi puerta,
irritar mi resaca, decir que soy irresponsable cuando todo lo que haces es trabajar,
beber y follar. ¿Por qué es tan inapropiado para mí, pero no para ti?

—Porque eres mi hermana pequeña, ¡maldita sea! Quiero algo mejor para ti.

—Entonces escúchame, hermano mayor, porque solo lo voy a decir una


última vez. Soy una maldita adulta. ¿Y tú, papá, Ike y Grant? Ninguno de ustedes
tiene voz en lo que hago. Ya no. Su instrucción, manipulación y sus constantes
quejas cuando me salgo de la línea, me convirtieron en la secretaria encorvada
sobre los negocios de papá, pero no quiero esa vida. No lo he hecho por mucho
tiempo. Y si no quieres alinearte con mi autodescubrimiento, entonces sal de mi
camino.

Los ojos de Hollis estaban muy abiertos y sus fosas nasales estaban
ensanchadas. Le cerré la puerta en la cara y eché el cerrojo. Golpeó sus puños
contra la barrera entre nosotros y salté cuando mi dolor de cabeza se convirtió en
una migraña. Tuve náuseas. Me acerqué a la ventana y vi cómo se subía al
patrullero policial que conducía su compañero.

Por supuesto, Grant le diría a mi maldito hermano que trajera mi puto auto a
casa. Lo que significaba que probablemente le dijo a Hollis que estaba demasiado
borracha o alguna mierda así que ni siquiera podía meterme en la cama. ¿Quién
demonios se creía que era? No tenía derecho a hablar con mi hermano sobre nada
de esta mierda. Estaba temblando de ira mientras me alejaba por el pasillo y me
quitaba la ropa.

Necesitaba una maldita ducha.

Me limpié y tomé algunos medicamentos para la migraña antes de vestirme


con un cómodo par de jeans y una camisa con el cabello recogido detrás de la
cabeza. Grant no iba a venir a la ciudad, joderme y luego joderme la vida. De todas
las personas en mi vida, pensé que sería mejor que eso. Que él sería el que me
vería por quien realmente era.

Era una adulta y me trataría como tal.

Agarré las llaves de mi auto y conduje hacia la casa de Hollis. Si Grant


todavía estaba en la ciudad, estaría solo en la casa, lo cual era algo bueno, porque
los dos necesitábamos hablar. Caminé por el camino de entrada y corrí hacia la
puerta principal y golpeé furiosamente hasta que se abrió la puerta.

Y, por supuesto, Grant estaba parado allí en nada más que un jodido par de
pantalones cortos.

—Por supuesto, estás prácticamente desnudo —dije—. ¿Alguna vez usas


ropa?

Antes que me pudiera dar una respuesta inteligente, fui directo al punto.

—¿Por qué sigues aquí? —pregunté.


—No entiendo.

—¿Por qué diablos sigues en la ciudad cuando supuestamente tienes un


negocio que administrar?

Sus ojos conectaron con los míos y no pude leer lo que bailaba detrás de
ellos.

—Porque en este momento, parece que tu único propósito es hacerme la


vida más difícil —dije.

—¿Cómo estoy haciendo tu vida más difícil? —preguntó Grant.

—Vienes a la ciudad y me follas hasta dejarme tonta, luego me alejas


cuando sé que me deseabas tanto como yo a ti. Dices ser mi protector cuando
todo lo que estás haciendo es arruinar mi diversión y cuando sucede un momento
entre nosotros dos, me rechazas. Ya lo has hecho. Dos veces. ¿Ese es tu objetivo?

—Espera, espera, espera, detente un maldito minuto. ¿Te rechacé? Fuiste tú


quien llamó a esa noche un error, no yo, ¿recuerdas? Y sobre anoche, estabas
borracha y no hay manera en el infierno que me aprovecharía de ti en ese estado.
Pensé que me conocías mejor que eso —dijo Grant, su voz elevándose
ligeramente.

—¡Me disculpé por llamarlo un error! —prácticamente le grité—. No fue un


error, ¿de acuerdo? Y en cuanto a anoche, ¡sabía exactamente lo que estaba
haciendo! Te pedí que te quedaras y te volteaste y te fuiste sin decir una palabra.
¡No necesito un maldito protector, Grant!

—¡Sí, claro que lo necesitas! —gritó de regreso—. Si no hubiera intervenido


cuando lo hice en el bar, cantarías una melodía diferente esta mañana, pequeña.

—¡No soy una pequeña! —grité—. Si no me deseas, simplemente admítelo


en lugar de actuar como si fueras un maldito santo por protegerme.

Golpeé su pecho con mi dedo para dejar claro mi punto y sus ojos se
posaron en la conexión. Estaba viendo rojo. Goteando con una ira que no pude
disminuir. Estaba temblando. Hirviendo en el porche de mi hermano mientras los
ojos de Grant lentamente se arrastraban hacia los míos. Había una oscuridad en
ellos que me hizo tambalear y me quitó la fuerza en mis huesos. Sentí que mi
resolución se derretía con cada segundo que pasaba cuando sus ojos continuaron
mirándome y salió al porche.
Sus músculos brillaban a la luz del sol y mis ojos cayeron sobre su pecho y
los tatuajes que cubrían los músculos abultados. Maldita sea, ¿por qué tenía que
verse tan bien? Sentí que mi ira se reemplazaba lentamente por el deseo. Una
llama lenta lamió mi vientre y mis nervios estaban en alerta máxima.

Sentí su mano agarrar mi barbilla y levantó mi mirada hacia la suya. Jadeé


cuando nuestros ojos se conectaron y vi un fuego animal detrás de ellos. Mi
interior se encendió con su toque y mi coño se inundó de calor.

—¿Es eso lo que piensas? —preguntó Grant.

—¿Qué?

—¿Crees que no te deseo? ¿Porque no me aproveché mientras estabas


borracha?

No podía dar marcha atrás.

Ahora no.

—Sí, —dije—. Es exactamente lo que pienso.

Sus dedos se apretaron alrededor de mi barbilla y dio un paso atrás. Su otra


mano agarró mi brazo, empujando mi cuerpo hacia la casa. Me dio la vuelta y me
tropecé cuando la puerta principal se cerró de golpe. Su brazo se deslizó alrededor
de mi cintura y atrajo mis labios a los suyos, estrellándonos mientras mis manos se
aferraban a él, envolviéndole la espalda y apretando sus músculos tensos mientras
su lengua se abría paso.

Oh, no.

Oh, no.

Oh, sí.
Traducido por Carib y Umiangel
Corregido por Flochi

C
erré de golpe la puerta principal detrás de ella mientras mi lengua
exploraba su boca, rozando su paladar mientras presionaba sus
gloriosas curvas contra mi cuerpo. Mis manos cayeron sobre su
trasero y lo apreté con fuerza, sintiendo cómo se presionaba contra mis caderas. La
levanté, sonriendo cuando sentí que sus piernas me rodeaban.

Perfecto.

Jodidamente perfecto.

La presioné contra la puerta y alcancé la cerradura. Sus labios estaban


hinchados contra los míos cuando el clic del cerrojo alivió mi mente. Lo último que
necesitábamos era a su maldito hermano entrometiéndose en el último minuto.

Porque quería apreciar su cuerpo como sabía que ella deseaba y merecía.

La abracé mientras mis labios viajaban por su cuello. Mordisqueé su piel


mientras me pasaba las manos por el cabello y mordisqueaba su pulso. La sentí
girando contra mí mientras mi polla palpitaba contra mis pantalones cortos. La
quité de la puerta principal y la llevé escaleras arriba, conduciéndonos a la
habitación en la que dormía. La arrojé a la cama y dejé que mi mirada recorriera su
cuerpo, observando la forma en que se movía.

La forma en que su cabello revoloteaba.

La forma en que sus tetas rebotaban.


Me quité la ropa a la vez que sus ojos viajaron a mi polla. Podía sentirla
gotear mientras anhelaba estar enterrado en su calor. Sus mejillas se sonrojaron
cuando me arrojé sobre ella, rasgando su ropa hasta que estuvo desnuda debajo
de mí. La tela se rasgó y los botones volaron por la habitación. Le quité el sostén
sobre la cabeza antes de arrancarle las bragas del cuerpo. No iba a parar hasta que
mis manos estuvieran en su piel. Hasta que pudiera sentir su calor contra mi cuerpo
y deleitarme con lo apretada y cálida que se sentiría envuelta a mi alrededor.

Besé su pecho, mis manos ahuecaron sus senos. Sus dedos estaban
enredados en mi cabello cuando caí entre sus piernas. Su coño estaba mojando mi
piel cuando dejé un rastro de humedad en mi camino. Podía sentir sus pezones
hinchados palpitando contra mi toque mientras suspiraba.

Ese pequeño sonido hermoso que me dijo todo lo que ella quería.

Mis ojos se posaron en los suyos y la encontré mirándome, observando cada


uno de mis movimientos mientras su piel se enrojecía con mi contacto. Cerní mis
labios sobre su hermoso pecho y sonreí, observando la forma en que su ceño se
frunció con deseo. Con frustración. Con la confusión de por qué no iba más lejos.

—Te deseo —le dije—. Más de lo que siempre he deseado a otra mujer.

—También te deseo —dijo sin aliento.

—Tampoco quiero ser un error. O un rebote.

La vi tragar con fuerza mientras asentía.

—Si realmente quieres esto —le dije—, debes estar segura. Tienes que estar
segura que esto es algo que deseas. Porque no dejaré que me alejes de nuevo.

Su lengua salió para lamer sus labios antes de respirar profundamente.

—Nunca podrías ser un error —dijo Theresa—. Esto es lo que quiero.

—Bien —dije.

Sus ojos se agrandaron cuando cerré la boca alrededor de su seno. Chupé


su pezón endurecido, observando cómo se le formaba piel de gallina en la piel. Se
retorció debajo de mí cuando su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada, su
cabello extendiéndose sobre la cama. Lamí su otro pezón y cerré mis dientes sobre
él, tirando ligeramente y vi como su cuerpo se arqueaba contra el mío. Mi mano se
deslizó por su costado, memorizando cada curva. Deslicé mi mano por su cuerpo
hasta que encontré su rodilla, luego permití que mis labios siguieran el rastro que
había dejado atrás.

Un rastro que me llevó directamente a su brillante coño.

Lamí el río de jugos y la observé saltar. Gimió de placer absoluto y me envió


escalofríos por la espalda. Deslicé mi lengua entre sus gruesos muslos y me puse a
trabajar, sintiendo su lucha contra mis manos. Presioné sus rodillas para abrirlas y
la expuse completamente mientras mi lengua recorría su apertura. Chupé y
chasqué mi lengua. Presioné contra su entrada y sentí su esencia rodar sobre mi
rostro. Cubrió mi piel, de mejilla a mejilla y no pude tener suficiente de ella.

—Grant. Sí. Oh, Dios mío, Dios mío. No te detengas. Justo ahí. No te muevas.
Es justo ahí, Grant. Es justo ahí. ¡Por favor! ¡Oh, por favor!

Gruñí en su coño cuando me rogó que no parara. Lamí desde su trasero


hasta su clítoris y la presioné profundamente, sintiéndola temblar cuando sus
dientes comenzaron a castañear. Todo su cuerpo se sacudió debajo de mí cuando
su coño comenzó a latir, empujando más jugos en mi lengua cuando acepté su
ofrenda. Tenía las manos en las sábanas y su cuerpo estaba doblado por la mitad
hacia mí y podía escucharla jadear mientras tragaba todos sus jugos.

Pero si pensaba que iba a darle la oportunidad de respirar, estaba


equivocada.

Me precipité sobre su cuerpo y choqué nuestros labios. Sus manos se


envolvieron alrededor de mi cuello cuando mi polla presionó contra su entrada.
Empujé contra ella, luchando por la forma en que su coño palpitaba y se hinchaba
mientras me enterraba entre sus piernas. Su cuerpo estaba fuera de control. Sus
manos rastrillaban mi cabello y su lengua lamía su sabor de mi piel. Me incliné y
arrojé su pierna sobre mi hombro, mirando cuando sus ojos se agrandaron.

Sonreí hacia su rostro mientras me levantaba, mis manos cayendo sobre sus
caderas.

—Espera —le dije.

La tomé fuertemente y la follé con abandono. Sus senos saltaban y su boca


se fruncía cuando sílabas sin sentido salieron de sus labios. Maldición, Theresa se
sentía increíble. Su coño palpitaba a mi alrededor y mis bolas goteaban con sus
jugos. Era un río de sensaciones para mí. Yacía allí como la bella princesa que era y
permitió que mis manos la controlaran. Empujé profundamente dentro de ella una
y otra vez mientras jugaba con sus tetas.

Mierda. La escena era encantadora.

Salí de su interior y la volteé. Sus caderas se elevaron hacia mí en el aire y


juguetonamente meneó su trasero. Gruñí mientras tomaba sus nalgas,
masajeándolas y clavando los dedos en ellas mientras pateaba sus rodillas para
separarlas. Me deslicé entre sus piernas y enterré mi polla en ella, observando
cómo su cuerpo entero temblaba.

Observando cómo mis caderas se hundían contra su trasero.

—¿Te gusta eso? —pregunté—. ¿Te gusta entregarte a mí?

—Siempre —dijo Theresa sin aliento—. Siempre me gustará.

Sus palabras encendieron una furia animal en mí. Me sumergí en su cuerpo


mientras mi polla palpitaba contra sus paredes. Gemía y lloriqueaba cuando sus
manos empujaron su cuerpo hacia arriba de la cama. Alcanzó la cabecera cuando la
follé más cerca de ahí. Presionó sus manos y se volvió hacia mí, encontrándose con
cada empuje que le daba a su cuerpo. Mis bolas golpeaban contra su clítoris y
pude sentir su cuerpo saltar. Vi la piel de gallina inundar su espalda y un hermoso
sonrojo tiñó su piel cuando su coño se cerró sobre mí.

—Grant. Grant. Sí. Oh. Mierda. Estoy cerca de venirme. Es tan ardiente. No
puedo…

—Sí, puedes, nena, espera por mí —le dije.

Sabía que tenía uno más para mí.

Y lo arrancaría de su ser.

Alargué mi mano y la envolví en los mechones de su cabello. La puse en


posición vertical contra mi cuerpo y nos estrellamos de regreso a la cama. Su
espalda se presionó contra mí mientras la sostenía con fuerza, mis talones
apoyados en la cama. Mi polla se hundió en su cuerpo desde atrás cuando ambos
miramos al techo y pude sentir su excitación corriendo por mis muslos, cubriendo
la cama debajo de mí cuando se encontró con su final.

—Sí, Grant. Me vengo. ¡Demonios, me vengo! ¡No te detengas!


Los sonidos de mi polla entrando y saliendo de sus profundidades llenaron
la habitación mientras su coño explotaba. La follé a través de su orgasmo antes de
enterrarme en ella hasta la empuñadura. Mis dientes se hundieron en su hombro y
mis manos masajearon sus tetas, pasando mis pulgares sobre sus hermosos picos
mientras me corría. Descarga tras descarga de esperma cubrió sus paredes
mientras se derrumbaba contra mí. Su cabeza cayó en la curva de mi cuello
mientras el latido de su coño presionaba mi polla entre sus piernas.

Rodé hacia un lado y la llevé conmigo, luego la abracé mientras ella


temblaba contra mi cuerpo.

Ella jadeaba. Resoplaba. Sus manos encontraron las mías y entrelazó


nuestros dedos. Deslizó su pierna entre mis muslos y las enredé, mi cuerpo incapaz
de dejarla ir.

Pero a medida que mi respiración comenzó a disminuir y mis pensamientos


se volvieron más coherentes, se me ocurrió una idea que casi me dejó sin aliento.

¿Le estaba dando falsas esperanzas?

Yo no vivía aquí. Mi vida no se hallaba aquí. Eso fue hace años, pero ya no. Y
su vida se encontraba únicamente aquí. Sin mencionar que mi mejor amigo era su
hermano y si Hollis se enteraba alguna vez, me mataría. Su padre también. Mierda,
su padre probablemente me mataría y colgaría mi cuerpo de una asta como señal
de victoria.

Pero, ¿realmente me importaba? Para ser honesto conmigo mismo, no. No


importaba. Hollis era mi mejor amigo, sí, pero Theresa era más. Ella significaba más
para mí que cualquier otra persona. No podía dejarla ir. Ni por otra persona ni por
otra cosa. Hollis, Glen y todos los demás no importaban. No podía dejar ir a
Theresa. Se sentía como estar en casa, como la parte de mí faltante durante años.
Por primera vez desde que vine a la ciudad, ya no me sentía enojado. Mientras se
acurrucaba contra mi cuerpo, moviendo ese hermoso trasero suyo hasta que la
acuné más cerca, respiré su aroma. Sentí que mis ojos se cerraban mientras mis
dedos bailaban a lo largo de sus hermosos senos, volviendo a llamar la atención de
sus tetas mientras se reía.

—Si no tienes cuidado, nos volveremos a meter en problemas —dijo


Theresa.

—¿Hay algún problema con eso? —pregunté.


—¿Además del hecho de que no estamos en mi casa?

Le di un último apretón a su seno antes de darle un beso en el hombro.

—Tengo que volver a Boston por unos días.

Theresa se dio la vuelta en mis brazos y extrañé su pierna entre las mías.

—¿Es ahí donde vives ahora? —preguntó.

—Sí. Mi compañía tiene su sede allí.

—¿Te gusta?

—Me conviene —le dije.

—¿Cuándo tienes que irte?

—Sinceramente, tan pronto como pueda. He pospuesto mucho trabajo


pendiente y si no regreso y lo hago, podría enfrentar un grave desastre cuando
decida regresar.

—¿Volverás? —preguntó.

Pude ver el miedo en sus ojos mientras esperaba mi respuesta. Me agaché y


presioné mis labios contra los de ella, sintiendo su suspiro contra mí. Se relajó
contra mí cuando mi brazo se enroscó alrededor de su cintura y la acerqué lo más
cerca que pude.

—Volveré en unos días —le dije.

—¿Lo prometes? —preguntó Theresa.

—Si. Solo son unos días. Además, Hollis ha trabajado demasiado durante mi
estadía aquí. Me debe un par de días libres.

Pasé la punta de mi dedo por el borde de su frente antes de apartar un


mechón de cabello de sus ojos. Ojos que mostraron vacilación en creerme. Me
incliné y le di un beso en la punta de la nariz.

—Te lo prometo, Theresa, volveré. Siempre volveré por ti —dije.

Me miró fijamente a los ojos y me estudió por un momento antes de asentir


con la cabeza.

—Bien, entonces. Te esperaré.


Traducido por Tori, Umiangel y âmenoire
Corregido por Flochi

E
staba emocionada de finalmente tener algo de tiempo con Jane. Grant
se había ido a Boston y yo estaba en vilo por su regreso. Quería
confiar en su promesa. A pesar de haber sido decepcionada por los
hombres en mi vida una y otra vez, sabía que Grant sería diferente.

Me encontré ansiosamente esperando que volviera.

—Entonces, ¿cuáles son las grandes noticias? —preguntó Jane.

Abracé a mi mejor amiga fuera de nuestra tienda habitual de donas.

—¿Por qué tiene que haber grandes noticias? —pregunté.

—Porque siempre venimos a este lugar a conseguir donas cuando las hay.

—Corrección. Siempre me traes a este lugar cuando las hay.

—Aun así, el precedente se ha establecido. Entonces, sea lo que sea, quiero


todos los detalles.

—¿Quieres el momento clave o toda la historia? —le pregunté.

—Sabes cómo funciono. Momento clave, déjame procesarlo, luego la


historia.

—Excelente. ¿Lista? —pregunté.

—Golpéame con eso.


—Grant y yo follamos dos veces y ahora ha prometido volver de Boston en
unos días para verme.

La expresión de su rostro no tenía precio.

Sus ojos se agrandaron y su mandíbula cayó al pavimento. Un chillido que


hizo temblar la tierra surgió de su garganta cuando me abrazó. Me hizo girar en
círculos antes de retroceder, luego levantó las manos y comenzar a aplaudir.

—Gracias. Gracias. Estoy aquí toda la noche —le dije con una sonrisa.

—¿Te follaste a Grant? ¿Dos veces? —preguntó.

—Vamos. Donas y café, luego las historias.

Las dos hicimos nuestro pedido, luego fuimos a sentarnos en un reservado


en la esquina. Mi familia era conocida en el área y lo último que necesitaba era que
alguien nos escuchara a Jane y a mí hablar. Si las cosas llegaran a los oídos de mi
padre, o peor, Hollis, no sería bueno.

Y quería que las cosas siguieran bien. Sabía que averiguarían sobre nosotros
tarde o temprano, pero todavía no estaba lista para esa pelea.

—Está bien, comienza con el primer encuentro —dijo Jane.

—¿Recuerdas la primera noche que fuimos a beber? ¿Cuándo Ike y yo


rompimos y Hollis nos sorprendió trayendo a Grant?

—No lo hiciste. ¡Le dije a ese hombre que te llevara a casa porque estabas
borracha!

—No te preocupes, me puse sobria en su auto. Incluso me preguntó si


estaba lo suficientemente sobria como para tomar la decisión. Y luego,
simplemente sucedió.

—Nunca simplemente sucede, Theresa. Detalles, chica. Detalles.

—Fue maravilloso. Jane, él me levantó y me colocó en la pared. Como si no


pesara nada.

—¿Has visto los músculos del cuerpo de ese hombre? Esa es una pregunta
estúpida. No importa.

Sonreí mientras tomaba un bocado de mi comida.

—Entonces, ¿cómo estuvo? ¿Esa primera vez?


—Fascinante. Fantástico. Ike nunca me hizo sentir así. Nunca. No tenía
control sobre la situación y, sin embargo, confiaba inherentemente en él con todo
mi ser. Sabía que Grant no me haría daño —dije.

—¿Qué pasó después? —preguntó—. ¿Se quedó?

—Nos quedamos dormidos en el piso juntos, sí. ¿Y adivina quién apareció a


la mañana siguiente?

—Mierda. ¿Lo sabe Hollis?

—No estaría viviendo si Hollis lo supiera. No, fue Ike.

—Espera, ¿te refieres a esa diatriba que dijo sobre quererte de vuelta?

—Sí. Esa discusión. Fue a la mañana siguiente. Grant abrió la puerta y todo.
Fue realmente malo, Jane.

—Oh, mierda —dijo ella, riendo—. Eso habrá sido desagradablemente


desastroso.

—Lo fue. Al principio, Grant quería intervenir, pero le dije que se fuera y que
lo manejaría. Al principio no quería irse, pero lo saqué de allí y luego manejé a Ike
de una vez por todas.

—Bueno, una buena follada te dará todo tipo de confianza. —Sonrió.

—Supongo que fue parte de eso. Pero creo que el hecho de que Grant me
tratara como quería y merecía ser tratada fue lo que me empujó. Finalmente me di
cuenta de que mi fuerza estaba allí todo el tiempo, solo tenía que usarla.

—Y usarlo fue lo que hiciste. Todavía desearía haber estado allí cuando
físicamente echaste a ese imbécil —dijo Jane.

—Fue bastante épico —estuve de acuerdo.

—Bien, entonces dijiste “un par de veces”, ¿cuándo fue la segunda vez? Oh,
espera, ¿fue cuando Hollis y él nos agarraron en el bar esa noche? —preguntó.

—No. Esa noche no me tocó porque estaba demasiado borracha. Me


desperté a la mañana siguiente enojada y fui a lo de Hollis para decirle lo que
pienso. Fue entonces cuando sucedió —dije.

—Espera, ¿sucedió en la casa de Hollis? ¿Te follaste al mejor amigo de tu


hermano en su propia casa?
—Sí, supongo que sí —le dije, sonriendo. La mandíbula de Jane golpeó el
suelo y me eché a reír.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi Theresa?

—Lo sé, ¿verdad? Quiero decir, ¿en quién demonios me estoy convirtiendo?

—¿Te gusta? —preguntó ella—. ¿Este nuevo espíritu rebelde?

—Sí —dije—. Me siento más libre. Menos restringida. Más en control de mi


vida.

—Eso es bueno. Eso es algo realmente bueno. Pero sabes lo que quiero.

—Detalles. Sí. Bueno, me hizo entrar a la casa y me llevó a la habitación de


invitados. Supongo que allí se quedaba. Y fue…

Suspiré cuando tomé el último bocado de mi dona.

—Más que bien, ¿no?

—No tienes idea. Ni siquiera puedo explicarlo. Me sentí como si estuviera en


otro planeta.

—Maldición. Ese chico debe tener una gran polla.

—Y una lengua muy hábil —dije, suspirando.

Jane y yo nos reímos mientras bebíamos nuestro café.

—Todavía no puedo creerlo a veces —le dije.

—¿Creer qué? —preguntó Jane.

—He querido estar con Grant desde que tenía quince años. ¿Y ahora? Estuve
con él dos veces y prometió volver y verme. Es como un cuento de hadas.

—Entonces, ¿por qué pareces estar en pánico?

Sentí mi rostro ensombrecerse mientras miraba mi taza.

—¿Qué pasa si él no regresa? —pregunté.

—Lo hará, Theresa. Regresó después de todos estos años.

—Para ver a Hollis. No a mí.


—No te hagas esto. Lo haces todo el tiempo. Algo bueno sucede y
encuentras una manera de ponerlo en duda. Esto es algo muy bueno, Theresa. ¿A
dónde fue la nueva Theresa?

—Pero, ¿qué tal si…

—Olvida el qué tal si. Dale la bienvenida a lo que está sucediendo en tu vida.
Disfrútalo. Abrázalo. Incluso si esto no es para siempre, ¿te ha dado algún indicio
de que mentiría sobre algo así? —preguntó.

—No —contesté.

—Entonces no dudes de él ahora. Grant no es Ike.

Suspiré y asentí con la cabeza. Sabía que tenía razón. Comparaba a Grant
con Ike y él era mucho mejor que eso. Le sonreí a Jane y ella se relajó en su silla
antes de que sus ojos miraran a su reloj.

—Mierda. Llegaremos tarde.

—¿Qué hora es? —pregunté.

—Casi las dos.

—Mierda. Llegaré muy tarde —dije.

—Vamos. Te llevaré de vuelta al trabajo.

—Gracias, casi olvido que caminé hasta aquí —le dije.

Jane me llevó de vuelta a la oficina de mi padre no sin antes sostenerme la


muñeca. Mis ojos se volvieron hacia ella y supe que podía ver a través de mí. Me
acerqué y la abracé, sabiendo que mi padre me regañaría cuando entrase.

—Si él dijo que volvería, volverá.

—Gracias —dije, susurrando.

Salí del auto con mi café en la mano y me despedí de Jane, luego respiré
hondo y me dirigí a mi escritorio. Había una fila de personas esperando registrarse
y sentí mis mejillas calentarse de vergüenza.

Mi padre estaría furioso.

Siempre ha sido estricto y meticuloso cuando llegaba a su oficina. No le


gustaba que sus pacientes esperaran más de lo que era absolutamente necesario y
se esforzaba mucho por el personal de su oficina. Aunque se ablandó un poco
desde la muerte de mamá, eso era algo que nunca cambió. Mi trasero ni siquiera
golpeó el asiento antes de escuchar su voz.

—¿Theresa? ¿Podrías venir un momento?

Miré a la fila de personas que esperaban para registrarse y deslicé un


portapapeles en su dirección. Podrían anotar su información y yo los registraría
para sus citas tan pronto como volviera. Me disculpé y luego me dirigí a ver a mi
padre. Se encontraba sentado de espaldas a mí en la silla de su oficina.

—Entra y cierra la puerta.

Su voz estaba llena de decepción y mi estómago se revolvió.

—¿Por qué has tenido tan mal comportamiento últimamente?

Fruncí el ceño ante su pregunta.

—No estoy segura de lo que quieres decir —le dije.

—Lo haces, así que guarda el teatro porque llegas tarde del almuerzo y
tienes trabajo que hacer. Te preguntaré de nuevo. ¿Por qué has tenido mal
comportamiento?

Giró su silla hacia mí mientras sus ojos se conectaban con los míos.

—¿Necesitas ejemplos?

—Para definir lo que quieres decir con “mal comportamiento”, sí —dije.

—Emborracharte en público con Jane. Necesitar que tu hermano te quite


hombres de encima en el bar. Regresar tarde de la hora del almuerzo. Sé que sabes
cómo todo esto se refleja en mí y en mi negocio. Así que ¿por qué lo estás
haciendo?

Apreté mi mandíbula mientras enlazaba mis manos detrás de mi espalda.

—Soy una adulta responsable —dije.

—No estás actuando como una.

—¿Porque no estoy siguiendo tus reglas? No vivo contigo, papá. Eres mi


jefe. Y un jefe no tendría por qué opinar en lo que sus empleados hagan durante su
tiempo libre.
—A menos que se refleje de mala manera en su compañía. Y tus acciones se
reflejan de mala manera en mi negocio.

—Porque soy tu hija. Pero si fuera una empleada que no tuviera una relación
contigo, esto no sería un problema. Ni siquiera te importaría.

—Tienes razón. No lo haría. Pero me importa porque eres mi hija, así que
exijo una respuesta. ¿Qué demonios está mal contigo?

—Pago mis facturas y nunca falto al trabajo. Esta es la primera vez que he
llegado tarde en los cuatro años que he estado trabajando para ti. Ni siquiera tomo
vacaciones a menos que sea para las vacaciones familiares y no vivo contigo. No lo
he hecho durante años. No estoy amarrada a ti financieramente de ninguna otra
manera más que como un empleado lo estaría con su jefe.

—Pero no eres simplemente mi empleada, eres mi hija.

—Soy tu hija, sí. Pero soy una mujer adulta que no necesita que papá le diga
cómo vivir su vida —dije.

—Tu madre hubiera estado avergonzada de tus acciones. Su niña pequeña


emborrachándose en un bar alrededor de un montón de hombres que no querían
nada más que manosearte.

—Vaya, papá. Es bastante bajo sacar a mamá respecto a esto. Veo que tú y
Hollis han estado hablando, así que ahorraré el resto de esta pelea. ¿Necesito
encontrar un nuevo trabajo?

—Depende. ¿Tus acciones van a cambiar?

—No —dije.

Mis ojos se quedaron fijos en los de mi padre mientras se reclinaba en su


silla. Lucía cansado. Deteriorado. Demacrado. Pero no iba a ser buena con él
durante más tiempo. No me había enfrentado a él y a Hollis lo suficientemente
pronto y ahora tenía que pelear por la poca libertad que todavía tenía en mi vida. Y
si eso significaba tener que buscar otro trabajo, entonces eso es lo que tendría que
hacer.

Ya había negociado una renta más baja con mi arrendador, así que no
tendría que mudarme. Encontrar otro trabajo sería pan comido comparado con esa
conversación.
Observé a mi padre sacudir su cabeza antes de que se girara de vuelta hacia
su computadora. Pero no estaba segura de si quería quedarme. Trabajar con mi
padre conllevaba seguridad con respecto al trabajo, pero ¿a qué costo? ¿Íbamos a
tener estas peleas cada vez que Hollis decidiera que mis acciones eran dignas de
que mi padre las supiera? ¿Iba a tener que caminar con mucho cuidado en mi lugar
de trabajo por cosas que nada tenían que ver con el negocio?

Tal vez era momento de encontrar otro trabajo.

Trabajé a lo largo del resto del día y me quedé una media hora extra para
reponer el tiempo que había perdido en el almuerzo. Registré mi salida a las cinco
y media y caminé hacia la oficina de mi padre, pero su puerta estaba cerrada y
bloqueada. La luz estaba prendida por debajo, así que sabía que estaba ahí, pero
me imaginé que no quería ser molestado.

Esperaría hasta el final de la semana antes de dar mi aviso de renuncia. Me


fui a casa y encontré un sobre manila pegado en mi puerta delantera. Lo despegué
y encontré una nota de mi arrendador diciéndome que el nombre de Ike
oficialmente había sido retirado del acuerdo del alquiler. Saqué el nuevo acuerdo y
sonreí cuando no vi nada más que mi nombre y un lugar para firmar. Revisé dos
veces para asegurarme que la renta mensual más baja estuviera incorporada en el
acuerdo, luego entré a mi departamento y firmé los papeles. Sentía una gran carga
siendo levantada de mis hombros. Este apartamento era solamente mío. Todo lo
que necesitaba era pedirle a Ike las llaves de repuesto y esa parte de mi vida se
habría terminado.

Metí de nuevo el acuerdo en el sobre y lo llevé hacia la cocina. Lo dejaría


con mi arrendador en el primer momento que pudiera hacerlo en la mañana.
Estaba un paso más cerca de reclamar mi vida y mientras me quitaba la ropa y me
metía a la cama, mi mente regresó rápidamente hacia Grant.

Prometió que me llamaría esta noche cuando hubiera terminado con una
reunión.

Miré mi teléfono celular y noté que casi eran las ocho en punto. ¿Qué
reunión terminaría tan tarde en el mundo de la construcción? Reinicié mi teléfono
para ver si estaba trabado o algo así, pero cuando no hubo llamados perdidas o
mensajes de voz, lancé mi teléfono hacia un costado.

Pero mi cuerpo se estaba calentando.


No podía sacarlo de mi mente. Sus tatuajes. Sus músculos. La forma en que
su piel se estiraba alrededor de su fuerza. Sentí que mis pezones se endurecían
mientras mis piernas comenzaban a separarse y lentamente mi mano se estaba
deslizando por mi estómago. Por mis caderas. Hasta llegar entre mis piernas.

Mi mano libre se estiró y jaló de mis pezones mientras las puntas de mis
dedos rodeaban mi clítoris. Mis ojos se cerraron y pude verlo. Todo él. Su furiosa
polla goteando por mí y sus bolas colgando bajo, ansiosas por estar en mi boca.
Sentí sus labios en mi cuello mientras sus dientes mordisqueaban mi piel. Metí dos
dedos en lo profundo de mi coño y levanté mis caderas de mi cama. Mis talones se
hundieron en el colchón mientras deslizaba dos dedos hacia mi calor suave y
húmedo.

—Mierda. Grant. No te detengas.

Lo vi levantar la mirada desde más allá de mis piernas. Sus ojos diabólicos
reclamando mi mirada mientras su lengua se deslizaba a lo largo de mi abertura.
Acuné mi coño, masajeándolo por todos lados como lo hacía con sus labios cada
vez que me lamía hasta dejarme limpia.

Estaba jadeando. Gimiendo. Rodando mis caderas profundo contra mis


manos cuando mi teléfono sonó.

Sin aire, me estiré por mi teléfono con mis dedos entre los pliegues de mi
coño. Miré para ver quien estaba llamando y gemí cuando vi su nombre. Miré hacia
mi mano y lentamente saqué mis dedos de mi coño, mis piernas temblaron cuando
lo hice.

Respiré hondo, esperando que mi voz pudiera regularse antes de responder


el teléfono.

—¿Hola? —pregunté.

Lo entrecortado de mi voz me delató y hubo un silencio muerto. Mi clítoris


estaba punzando entre mis piernas y mis rodillas estaban abiertas hacia mis
costados. Los fluidos estaban goteando lentamente por mi piel y mis pechos dolían
por ser tocados. Intenté regular mi respiración. Hacer que mi mente pensara en
algo más.

Pero no podía concentrarme y sentía que mi respiración comenzaba a


agitarse de nuevo.
Traducido por Flochi y Umiangel
Corregido por Imma Marques

—¿H
ola?

Su voz sin aliento hizo que mi pene pegara


un brinco cuando lo entrecortado de su voz la
delató. Había memorizado cada uno de sus
sonidos y sonreí mientras me relajaba en la cama. Escuché su respiración
acelerándose e imaginé a su pecho jadeando, sus tetas rebotando con sus
respiraciones superficiales mientras mi mano acariciaba mi creciente pene.

—Buenas noches —dije—. ¿Te estás divirtiendo?

—Solo estoy aquí acostada —dijo Theresa.

—¿Mhm? ¿Cómo está yendo eso para ti?

Se rio sin aliento y el sonido envió escalofríos por mi ingle.

—¿Qué estás haciendo, chica traviesa?

Un pequeño gemido escapó de sus labios a la vez que sacaba mi pene de


mis pantalones.

—¿Honestamente? —preguntó Theresa.

—Honestamente —dije.

—Estaba muy cerca de tener un orgasmo pensando en ti. Luego lo


arruinaste.
Mi pene rebotó contra mi cuerpo cuando la punta comenzó a gotear.

—Suenas frustrada —dije.

—Mucho.

—Entonces déjame ayudarte con eso.

—¿Qué? —preguntó.

—¿Por qué no tomas esos preciosos deditos tuyos y los regresas a ese
jugoso coño? —pedí.

Me acaricié el pene, permitiendo que mi líquido pre seminal corriera a lo


largo de mi piel cuando la escuché gemir.

—Eso es —dije—. ¿Tu clítoris está palpitando por mí?

—Mucho —dijo, susurrando—. Mucho, Grant.

—Bien. ¿Por qué no lo presionas? Gira tus caderas contra esa mano e
imagina que es mi lengua.

—Mierda, ojalá fuera tu lengua. Tu lengua es tan buena —dijo.

Me mordí mi labio inferior a la vez que mi pene palpitaba contra mi palma.

—¿Eso es lo que te gusta? —pregunté—. ¿Te gusta cuando lamo tu


exquisita vagina?

—Oh, sí.

—¿Te gusta cuando deslizo mi lengua en ese coñito apretado?

—Sí, Grant. Me gusta. En verdad, mucho.

—¿Te gusta cuando te atraigo cerca de mis labios y succiono ese hermoso
clítoris entre mis dientes?

—Oh.

Su gemido fue música para mis oídos mientras me acariciaba más rápido.

—¿Sabes lo que me gusta? —pregunté.

—¿Qué? ¿Qué te… gusta?


—Me gusta cuando me entierro dentro de ti. Cuando mi pene te está
llenando y tu boca queda abierta. Me gusta la sensación de tu cuerpo tenso
cediendo ante mí.

—Mierda, Grant. Estoy tan cerca.

—Ralentiza esos dedos, hermosa. No he acabado contigo todavía.

Sonreí cuando gimió en mi oído.

—Amo estrellarme contra tu cuerpo. Ver tus jugos empapar mi pene y bolas.
Amo ver a mi cuerpo desaparecer dentro de ti mientras ese codicioso clítoris tuyo
se asoma buscando más.

—Eres tan grande. No puedo… es demasiado…

—¿Y esas oraciones entrecortadas? —pregunté mientras me acariciaba con


más rapidez—. Es música para mis oídos. Mi pene está sin palabras y ni siquiera
está allí dentro. Pero, ¿sabes lo que voy a hacerte cuando regrese?

—Dime. Dime, por favor. Por favor, Grant. Por favor. Dime que vas a
hacerme.

—Voy a presionar mi lengua contra ese clítoris codicioso hasta que te


tiemblen las piernas. Mis dedos se deslizarán en tu coño y te follarán hasta que no
puedas respirar. Luego, cuando creas que casi terminaste de venirte en mi cara, voy
a deslizarte un dedo en tu culo apretado y veré tus ojos abrirse de par en par.

—¡Sí, Grant! ¡Sí! ¡Sigue adelante! ¡Estoy por venirme!

—Entonces te veré explotar mientras cada orificio de tu cuerpo se enrosca a


mi alrededor. Seré dueño de todos. Voy a tenerte toda. ¿Me oyes, Theresa?

Mis talones se clavaron en la cama y mis caderas saltaron contra mi mano.


Mis bolas se enroscaron en mi cuerpo y pude sentir mi placer estrellándose sobre
mí. Sus gemidos y gritos de éxtasis con mi nombre saliendo de sus labios eran
demasiado. La idea de poseer todo su cuerpo me llevó al límite. podría ver sus
curvas balanceándose para mí mientras mi polla se corría, disparando hilos de
esperma hasta mi pecho.

—Grant. Grant. Sí. Soy tuya. Tómalo todo. Mucho de eso. Soy tuya. Tuya. Oh,
tuya.
Mi cabeza cayó contra cabecero mientras mis piernas temblaban. Sus
palabras se vertieron sobre mis oídos con una furia ardiente que me hizo querer
llegar hacia ella. Entrar en mi puto auto y acelerar toda la noche hasta detenerme
frente a su departamento y reclamar todos los agujeros que tenía.

Mía.

Theresa era mía.

Escuché mientras sus jadeos intensos se transformaban lentamente en


respiraciones regulares. Me acerqué a mi mesita de noche y saqué unos pañuelos
de la caja. Esta no era la primera vez que me complacía al pensar en su cuerpo.
Pero nunca en mi vida pensé que sería capaz de escuchar mi nombre siendo
gritado por ella al otro lado de la línea.

Lo único que lo mejoraría sería si ella estuviera a mi lado ahora. Viendo lo


que realmente me hizo.

—¿Sigues ahí? —preguntó Theresa.

Su voz era seca. Desgastada por los gritos de placer que había soltado hace
unos momentos.

—Sí —dije.

—¿Como estuvo la reunión?

Me reí entre dientes cuando terminé de limpiarme.

—Larga. Pero cumplió su propósito y coloca a mi compañía en un buen


lugar.

—Eso es bueno —dijo—. Eso es realmente bueno.

Pero fueron las palabras no dichas las que más me golpearon. Mi compañía
se hallaba bien en Boston, lo que significaba que no podía quedarme en Maine. No
podía reubicarme allí y no estaba seguro de cómo tomaría la idea de reubicarse
aquí. Finalmente se estaba descubriendo a sí misma y no sabía si podía pedirle que
tomara decisiones basadas en mis sentimientos. Theresa no habló y supe que
pensaba lo mismo, pero ninguno de nosotros quería mencionarlo.

—¿De qué trató la reunión? —preguntó Theresa, tratando de alejar la


conversación de nuestra incómoda pausa.
—Clientes nuevos. Cualquier proyecto que genere un beneficio neto de más
de ochocientos mil dólares debe ser discutido y aprobado por todos —dije.

—Guau. Eso es mucho dinero.

—Yo también lo pensé al principio.

—Entonces, tienes nuevos clientes. Eso es bueno para los negocios, ¿verdad?

Sí. Pero no era bueno para nosotros.

—Lo es —dije—. Es muy bueno para los negocios.

—Bueno, se está haciendo tarde y estoy un poco cansada. Puedes contarme


más sobre eso cuando vuelvas —dijo, su voz sonando cualquier cosa menos
cansada.

—Claro —dije—. Tengo muchas ganas de verte.

—Yo también —dijo.

Dijimos nuestras buenas noches y mi cabeza se recostó contra la cabecera.

Odiaba la forma en que su voz cambió. Qué débil y derrotada sonaba.


Colgué el teléfono y lo tiré a un lado antes de levantarme de la cama. Tiré los
pañuelos a la basura y me dirigí al baño, luego encendí la luz y me miré bien.

Sabía que esto volvería y mordería mi culo. Sabía que esto me iba a joder. A
ambos. Pero estaba atado. No quería admitirlo y no estoy seguro de cómo sucedió,
pero me volví a unir a Theresa. Como había sido de adolescente. Y sabía que
volvería. Sabía que la tomaría en mis brazos, la besaría profundamente y me
hundiría en su cuerpo tantas veces como me dejara.

Sabía que con mucho gusto nos jodería a los dos, incluso si supiera que esto
era temporal.

Y no estaba seguro de qué tipo de hombre me hacía.


Traducido por âmenoire y Ashtoash
Corregido por Flochi

M
ientras estoy ahí acostada en mi cama pensando en el fin de
semana, me emociono cada vez más. Grant iba a regresar el
sábado y no podía esperar para verlo. Hemos estado hablando
todas las noches después de llegar a casa del trabajo y vivo por esas llamadas.
Espero ansiosamente sus mensajes matutinos y disfruto de nuestras
conversaciones antes de quedarme dormida. Y no estaba dispuesta a pensar sobre
el hecho de que sabía que no podría quedarse. Tenía una vida en Boston a la que
no podía renunciar. Todo lo que quería era esperar por su presencia y estar
envuelta en sus brazos de nuevo.

Todo lo que quería eran sus manos en mi cuerpo de nuevo.

Estaba ahí acostada con mis ojos cerrados mientras me reía de su recuerdo.
La vez que me atrapó tomando el sol en el arroyo era mi favorita. Recordando,
podía ver la batalla en sus ojos. El animal que estaba intentando mantener
enjaulado. Lo que originalmente tomé como rechazo simplemente era que estaba
intentando pelear contra sí mismo. Intentando no lanzarme hacia el suelo y
follarme hasta el olvido. Sentí a mi pecho calentarse mientras mi mano comenzaba
a moverse hacia mi pecho y permití que mi cuerpo montara la ola.

Hasta que escuché un gruñido emanar desde el marco de mi puerta.

—Perra.
Moví mi cabeza rápidamente hacia la voz, pero una mano ya estaba
alrededor de mi garganta. El rostro de Ike apareció mientras me aferraba a su
muñeca, tratando de zafarme de su agarre. Sus ojos estaban sobresaliendo por el
enojo. Sus fosas nasales ensanchadas. Estaba en un ataque ciego de rabia con sus
pupilas dilatadas y sus manos cerrándose alrededor de mi cuello.

Era difícil respirar y pateé mis piernas intentado quitarlo de encima de mí.

—¿Ike? ¿Qué estás…?

—¿Realmente pensaste que podrías alejarte de mí? —preguntó.

Me arrastró de la cama mientras intentaba hablar a pesar de la palma de su


mano.

—¿Pensaste que dejaría que ocho años de mi vida se me resbalaran entre


los dedos y te observaría pintarte como una puta y desfilar por los bares buscando
a tu próxima follada?

Me arrastró para ponerme de pie, sosteniéndome del cuello. Lágrimas


bajaban por mis mejillas mientras mi corazón latía fuertemente contra mi pecho.
Mis ojos se movieron rápidamente hacia mi mesita de noche. Tenía que conseguir
mi teléfono.

Pero antes de que pudiera estirarme para tomarlo, Ike me estrelló contra la
pared.

—¡Ike! ¡Me estás lastimando! —dije ahogadamente.

—¿Creíste que no me enteraría? ¿Eh? ¿Creíste que no sabría que estabas


abriendo tus piernas de nuevo para él? ¿Cuántas veces, Theresa? ¿Cuántas veces te
has deshonrado con él?

Me lanzó contra la otra pared mientras mi brazo rozaba el costado de la


mesa. Mi teléfono se balanceó en el borde y cayó sobre mi regazo mientras la voz
de Ike se volvía más fuerte.

—¿Pensaste que no me enteraría? ¿De tu pequeño espectáculo en el bar esa


noche, vestida como una prostituta? ¿Pensaste que no descubriría que lo trajiste a
casa contigo de nuevo? ¿Al hogar por el que ayudé a pagar?

Moví torpemente mi teléfono en mis manos, pero me tomó del cabello y me


jaló para ponerme de pie.
—¡Detente! ¡Por favor!

—Apuesto a que te gusta rudo, ¿cierto? —preguntó Ike mientras me


empujaba de nuevo contra la pared, esta vez con mi espalda hacia él—. Apuesto a
que disfrutas cuando un hombre toma lo que quiere de ti y te desecha como a la
basura.

Su mano estaba en la parte posterior de mi cuello mientras su rodilla se


hundía en mi espalda baja.

—Por favor, detente —dije sin aire.

Su mano estaba demasiado apretada alrededor de mi cuello y mi visión


comenzó a nublarse. Miré alrededor buscando cualquier cosa que pudiera
ayudarme, cualquier cosa que pudiera utilizar para poder salir de esta situación.
Estiré mi mano y tomé mi lámpara de la mesita de noche, luego la moví
rápidamente hacia detrás de mí.

Chocó con la cabeza de Ike y se tambaleó hacia atrás con sus pantalones
alrededor de sus tobillos.

La imagen me hizo sentirme enferma y tomé mi teléfono antes de dirigirme


hacia la puerta.

—Estúpida perra. ¡Regresa aquí, Theresa! ¡Todavía no he terminado contigo!

Me moví rápidamente para salir de mi dormitorio y corrí por el pasillo hacia


la puerta de mi apartamento. Abrí mi teléfono y marqué el número de Hollis,
agachándome en el espacio entre mi sillón y la pared mientras escuchaba a Ike
venir por el pasillo hacia mí. Estaba intentando controlar mis sollozos mientras el
teléfono seguía sonando y sonando y por un segundo, pensé que no iba a
responder.

—¿Qué pasa?

—¡Hollis! ¡Ayúdame!

—Theresa, ¿qué está mal? ¿¡Dónde estás!?

—¿A dónde diablos fuiste, perra?

—¿Ese es Ike?

—Hollis, está aquí. Él está aquí y él está… ¡Ike, para!


—¡Espera, Theresa, ya voy!

Mi teléfono cayó al suelo cuando Ike empujó el sofá hacia la esquina. Me


agarró por el cuello nuevamente y comencé a toser. Me lanzó contra la pared y me
dejó sin aliento, pero cuando presionó sus labios contra los míos me llené de una
ira que nunca antes había sentido.

Mordí su labio inferior con tanta fuerza que le saqué sangre y él echó la
cabeza hacia atrás. Apreté mi mano alrededor de su muñeca. Lo empujé tan fuerte
como pude y me dirigí a la cocina, pero él tomó mi cabello y me tiró hacia atrás.
Tropecé en el suelo mientras él caía sobre mí, sus rodillas presionaron mis muslos
con tanta fuerza que me hizo llorar.

—¡Hollis! ¡Ayuda!

—Nadie puede ayudarte ahora —dijo Ike—. Solo yo puedo. Lo hice durante
ocho años, ¿y así es como me pagas? Si te gustaba duro, deberías haberme dicho.
Podrías haber sido mi pequeña puta en lugar de la suya.

Puse mis brazos entre mi cuerpo y el suyo, pero no importaba lo que hiciera,
no podía liberar mis piernas. Las lágrimas corrían por mi rostro mientras las sirenas
sonaban en la distancia y tenía miedo de que Hollis no fuera a llegar a tiempo.

Entonces, de repente, la puerta de mi apartamento se abrió con un


estruendoso golpe. Un chillido salió de mis labios cuando Ike me tapó la boca con
la mano. Pero antes de que pudiera llegar más lejos, escuché pasos doblando la
esquina hacia donde estábamos.

—Hijo de puta —dijo Hollis.

Vi a mi hermano chocar contra Ike mientras su compañera me ayudaba a


levantarme del piso. Estaba sollozando. Me dolían las piernas, me dolía la espalda y
me costaba tragar. La compañera de Hollis estaba tratando de hacer que la mirase
a los ojos, pero todo lo que quería hacer era llegar hasta mi teléfono que estaba
sonando.

La aparté y corrí hacia el sofá antes de levantar el dispositivo.

Grant estaba llamando, pero sabía que no podía atender la llamada.


Entonces, en cambio, envíe un mensaje de texto. Las lágrimas caían sobre el
teléfono. No tenía idea de qué decir.

Honestidad.
Siempre era la mejor opción con Grant.

Te necesito.

Envié el mensaje de texto antes de que un par de manos descendieran sobre


las mías. Salté y grité, luego me di la vuelta y vi a mi hermano. Sus ojos estaban
muy abiertos, rebosando con ira cuando su mirada cayó sobre mi cuello. Levantó la
punta de los dedos para sentir los moretones que sabía que estaban marcando mi
piel.

—¿Él te…?

Sacudí la cabeza mientras mi rostro se arrugaba.

—Ven aquí —dijo sin aliento—. Te tengo.

Caí en el abrazo de mi hermano y me recogió en sus brazos. Me cargó fuera


de mi departamento y bajó las escaleras, luego me colocó en el borde de la parte
trasera de una ambulancia. La gente me miraba y luces brillaban en mis ojos
mientras narraba lo sucedido. Vi a su compañera entrar a mi departamento con
personas que sostenían cámaras, bolsas de plástico y todo tipo de cosas.

—Están recolectando evidencia —dijo Hollis cuando notó que estaba


mirando—. Solo comienza desde el principio.

Relate lo que pasó y Hollis casi no pudo contenerse. Su cabeza giró hacia
donde Ike estaba sentado en la parte trasera de un auto de policía con las manos
esposadas a la espalda. Me estaba observando con esa mirada enojada en sus ojos
y Hollis gritó que lo sacaran de aquí.

Aunque no usó palabras tan amables para ello.

—Tienes que ir al hospital —dijo Hollis—. Terminaré tan pronto como


pueda.

—No tengo que ir. No terminó lo que estaba tratando de hacerme —dije.

—No importa. Si estás herida, los médicos tienen que registrar dónde estás
herida y compararlo con tu testimonio. Evita que tengas que ir a la corte y
proporciona más evidencia de lo que sucedió.

—No quiero ir, Hollis.


—Lo sé —dijo mientras su frente caía sobre la mía—. Sé que no. Pero tienes
que hacerlo. Sé que apesta, pero tienes que hacerlo. Y lo juro, en el momento en
que pueda salir, estaré allí.

Miré y vi el auto de policía alejarse con Ike. Echó la cabeza hacia atrás para
continuar mirándome y lo vi desaparecer. Sabía que iba a ir a la cárcel. Sabía que
no podría llegar a mí otra vez. Pero todavía no me sentía segura.

Todavía quería a Grant.

—Ve con los paramédicos, Theresa. Confía en mí. No te hace débil y este no
soy yo controlándote.

—Está bien —dije—. Iré.


Traducido por Carib y Umiangel
Corregido por Flochi

L
lamé repetidamente a Theresa para ver dónde estaba. No podía
esperar otra noche para verla. Tenía que verla ahora. Acorté mi jornada
laboral y salté a la carretera al segundo que pude y llegué a Maine al
caer la noche. No podía esperar para ver la expresión de sorpresa en su rostro
cuando me presentara en su departamento, hablando con ella como si todavía
estuviera en Boston y luego llamando a su puerta.

Pero su teléfono seguía sonando y no contestaba.

Colgué para intentar llamarla de nuevo, pero luego su mensaje llegó. Te


necesito. Oh, mierda. Estaba lista para eso esta noche. Aceleré mientras
serpenteaba por la ciudad, ansioso por abrazarla y poner mi lengua entre sus
piernas.

Sin embargo, intenté llamarla nuevamente y cuando no contestó esa vez,


comencé a preocuparme.

¿Y si ese no fuese un texto sexy? ¿Qué tal si algo andaba mal? Mi felicidad se
convirtió en temor y terminé la llamada. Me desplacé hasta el nombre de Hollis y
me detuve a un lado de la carretera cuando mis ojos comenzaron a moverse.

¿Qué demonios estaba pasando?

—¿Grant?

—Hollis. ¿Dónde estás? —pregunté.


—Estoy en el departamento de Theresa. ¿Por qué? ¿Dónde estás?

—Te dije que volvería a la ciudad y no estás en casa. ¿Qué es lo que sucede?

Mierda, me había vuelto demasiado bueno mintiéndole a mi mejor amigo.

—Ike—dijo Hollis— Eso es lo que sucede.

—¿Qué demonios hizo? —le pregunté.

—Atacó a Theresa en su departamento. Mira, no puedo entrar en detalles…

—¿Dónde está ella?

—¿Qué?

—¿En qué hospital está ella?

—MDI —dijo—. Está en el MDI.

Colgué el teléfono antes de que dijera algo más. Theresa me había


necesitado y no estuve allí para protegerla. Si ese hijo de puta la hubiera lastimado,
nunca me lo perdonaría.

Giré mi auto y rompí todos los límites de velocidad que pude para llegar a
ese maldito lugar. Aceleré a través de las luces rojas y salté las restricciones para
entrar en un carril de giro más rápido. Si ese hijo de puta hubiera dejado un
rasguño en el cuerpo de mi mujer, lo iba a matar. Lo cazaría y haría de su vida una
maldita pesadilla de aquí en adelante. Pasé más allá de los radares de velocidad y
perdí policías en las carreteras secundarias antes de acelerar al estacionamiento del
hospital y vi la patrulla de Hollis detenida en el estacionamiento de la esquina.

Su auto todavía chirriaba enfriándose cuando me detuve a su lado.

Salté de mi auto y corrí a través de las puertas del hospital. Atravesé el


vestíbulo central y tomé los escalones de tres en tres. Ingresé en el área de
emergencia del hospital y encontré a Hollis de pie en el escritorio de la enfermera.

Ya no me importaba nada. Todo lo que necesitaba era ver a Theresa.

—¿Dónde está ella?

Los ojos de Hollis se abrieron cuando giró su cuerpo hacia mí.

—¿Cómo diablos estás…?

—Dije, ¿dónde está ella? —pregunté.


Lo vi abrir la boca como si estuviera a punto de decir algo antes de cerrarla
rápidamente. Mis ojos se clavaron en los suyos. Di un paso hacia él y se acercó
hacia mí. Estaba listo para tirar todas las cartas de mi jodido arsenal para que me
dijera dónde estaba.

—Habitación 402. Al final del pasillo, tercera puerta a la derecha.

Salí corriendo a toda velocidad por el pasillo. Conté las puertas antes de
agarrar el lateral y atravesar la puerta. Mis ojos se posaron en la cama del hospital
colocada en la esquina y sentí que me quedaba helado.

Theresa parecía tan frágil acostada en esa cama.

Estaba mirando por la ventana, pero no por mucho tiempo. Su rostro se


inclinó hacia mí y una pequeña sonrisa logró adornar sus mejillas. Me acerqué a
medida que su sonrisa crecía y me senté en la cama a su lado. La miré y sentí que
se apoyaba ligeramente en mi cuerpo.

—Estás aquí —dijo.

—Claro que lo estoy. Nunca estaría en ningún otro lugar —dije.

Quería tomar su mano, pero mis ojos no se podían apartar de su rostro.


Estaba mirando los moretones alrededor de su garganta y el enrojecimiento de sus
mejillas. Mi sangre estaba hirviendo y mis puños se apretaron en mi regazo. Su
nariz estaba un poco hinchada y su frente tenía esta mancha rojo intenso justo en
el medio.

Ese hijo de puta moriría si tenía la oportunidad de alcanzarlo.

—¿Cómo es que llegaste tan rápido? —preguntó.

—Iba a sorprenderte.

Vi temblar los labios de Theresa y se inclinó hacia mí. Envolví mis brazos
alrededor de ella y la puse en mi regazo, moviéndome en su cama de hospital. Abrí
mi pierna y sentí que todo su cuerpo se movía en su lugar mientras su mejilla se
presionaba contra mi pecho y sus sollozos se volvían audibles.

Le acaricié los brazos y la sostuve lo más cerca que pude sin lastimarla más.

—Estaba tan asustada. Pensé que él iba a… a… —No pudo terminar la


oración.
—Shhh —le dije—. Estás a salvo ahora. Nadie volverá a lastimarte mientras
estés conmigo.

—Estoy tan contenta de que estés aquí —dijo contra mi pecho.

—Y nunca te dejaré de nuevo.

Pasé mis dedos por su cabello mientras ella lloraba en mis brazos. Sus
lágrimas empaparon mi camisa y mis entrañas se enfurecieron. La idea de que Ike
pudiera poner sus manos sobre ella me enfermó. Golpearlo repetidamente en la
cara hasta que sus huesos se rompieran debajo de mis puños sonaba como una
muy buena idea. Presioné un beso en la parte superior de su cabeza y ella se
acurrucó debajo de mi barbilla.

Respiré hondo antes de que las palabras salieran de mis labios.

—Necesitas que alguien se preocupe por ti —le dije—. Pero eso no te hace
débil. Todas las mujeres poderosas de la historia tenían a alguien que se
preocupaba por ella.

Pero ella solo lloró más fuerte.

—Ese bastardo nunca te va a tocar otra vez —le dije—. Estoy aquí y no te
dejaré sola de nuevo.

Su rostro se inclinó hacia el mío y sollozó. Levanté el pulgar hacia su mejilla


y le sequé las lágrimas. Quería curar su dolor y asegurarme de que nunca más
volviera a ser herida. Y llevaría a cabo cada palabra. No la dejaría de nuevo. No
sabía cómo iba a resolverlo o cómo diablos iba a resultar todo, pero la protegería
de ahora en adelante.

Como ella se lo merecía.

Mis labios cayeron a su rostro y besé sus lágrimas. Puse un beso en cada
uno de sus ojos antes de llegar a su nariz. Presioné uno en la punta y vi como una
pequeña sonrisa cruzó sus mejillas. Pasé el dedo por su labio inferior y sentí su
suspiro contra mí, luego presioné mis labios contra los suyos y permití que el amor
que sentía por ella se vertiera en nuestro beso.

—¿Qué carajo?

La voz de Hollis hizo que Theresa se sacudiera, pero la sostuve firmemente


contra mi cuerpo.
—Recuerda —dije, susurrando—. No te dejaré de nuevo. Está bien. Todo va
a estar bien.

Podía sentirla temblar contra mí cuando mis ojos se posaron en Hollis.

—¿Podría hablar contigo afuera por un segundo? —preguntó, con la


mandíbula apretada.

—No —dijo Theresa.

Mis cejas se alzaron hasta el borde del cabello mientras la miraba a la cara.
Ya no tenía ojos temerosos y labios temblorosos. La fuerza que estaba enterrada
profundamente dentro de ella brillaba a través de sus ojos y la línea apretada de su
boca. Tenía los ojos fijos en su hermano, su cuerpo preparado para luchar. Ya no
era débil contra mí, sino que estaba alerta y lista para cualquier cosa que se le
presentara.

—Necesito hablar con Grant —dijo Hollis.

—No te metas —dijo Theresa—. Él no está aquí para pelear contigo. Él está
aquí para consolarme.

Una sonrisa se extendió por mis mejillas cuando mis ojos volvieron a su
hermano. Nos fulminaba con la mirada a los dos, sus ojos se moviéndose de un
lado a otro. Se apartó del marco de la puerta y entró en la habitación, con los
brazos cruzados sobre el pecho. Sabía que se encontraba enojado y me importaba
una mierda. No se trataba de él, ni de nosotros, ni de Theresa y yo, ni de una
amistad o un beso. Estaba sentado con Theresa y haciéndole promesas que tenía
que encontrar una manera de cumplir y lo último que necesitaba era discutir con
su arrogante hermano.

—Quería hacerle saber que Ike no saldrá de la cárcel —dijo Hollis—. El juez
es amigo de papá y prometió que no pondría una fianza. Esperará allí hasta su
juicio.

—Bien —dijo Theresa—. No merece ver la luz del día.

La fuerza en su voz trajo una sonrisa a mi rostro. La chica luchadora que


surgió por primera vez cuando su padre me echó hace tantos años regresó. Y
nunca dejaría que la enterraran de nuevo.

—Sí. Pero no pienses que no hablaremos de esto —dijo Hollis.

Me señaló con el dedo cuando Theresa se recostó contra mi cuerpo.


—Lo que tengas que decir, puedes decirnos a los dos —dijo Theresa—.
Porque este fin de semana, él es mío. No tuyo.

Hubiera besado a esa mujer allí mismo en los labios si no estuviera


demasiado ocupado tratando de sofocar la risa ascendente en mi garganta. La
expresión del rostro de Hollis no tenía precio y se dio la vuelta y salió de la
habitación. Me recosté en el soporte de la cama del hospital y acerqué a Theresa a
mí, luego la sentí soltar un profundo suspiro.

—Intenta descansar un poco —le dije—. Estaré aquí cuando te despiertes.

—Lo sé —dijo—. Sé que así será.

Y mi corazón se elevó con orgullo al saber que podía confiar en mí.


Traducido por Tori, Ale Grigori y Flochi
Corregido por Bella’

I
ntenté sonreír, pero me dolía la cabeza. No quería estar en el hospital.
Quería estar en casa. O en un hotel. O en algún lugar, solo Grant y yo.
Estar en esta habitación hospital me convertía en un blanco para
cualquier ira que viniera de Hollis. Y sabía que vendría. Sabía cómo trabajaba mi
hermano. Probablemente estaba hablando por teléfono con mi padre diciéndole lo
que vio, lo que significaba que podía esperar sufrir la ira de ambos.

Esperaba que me dejaran recuperarme un poco antes de bombardearme


con sus opiniones no deseadas. Casi sentí pena por Grant, pero sabía que él podría
contenerse y que lo haría. La noche anterior me había dicho que aunque Hollis era
su mejor y más viejo amigo, no me iba a dejar, aunque eso significara que la
amistad había terminado.

Despertar en los brazos de Grant había sido la sensación más sorprendente.


Respiré hondo antes de hacer una mueca por el dolor en mi cabeza. Las yemas de
los dedos de Grant comenzaron a acariciar mi cabello nuevamente y casi
haciéndome dormitar.

Casi.

—Solo vengo a revisar algunos signos vitales —dijo alguien.

Sentí que la sonda intravenosa se movía.

—¿Cuándo puedo irme a casa? —pregunté.


Mis ojos finalmente se abrieron para ver a la enfermera mirándome con
curiosidad.

—Bueno, has sufrido una conmoción cerebral importante, por lo que el


médico te quiere aquí un poco más de tiempo para poder vigilarte. ¿Experimenta
alguna visión doble o dolor de cabeza? —me preguntó.

—Está bien —le dije mientras me empujaba más arriba en el cuerpo de


Grant—. Estoy bien.

—No, no lo estás —dijo Grant—. Sí, ella está sufriendo. ¿Hay algo que pueda
darle?

—Lo hay. Déjame ir a solicitarlo. Regresaré en unos minutos. Es mejor que te


sientas cómoda porque no vas a ir a ningún lado pronto —dijo con una mirada
firme.

—Genial —murmuré.

Los dedos de Grant acariciaron mi cabello, arrullándome. Pero cuando la


oscuridad me alcanzó, todo lo que vi fue a Ike. Vi la ira en sus ojos y pude escuchar
el asco en su voz. Zorra. Puta. Todos los nombres que me llamó. Me sentí atrapada
contra la pared y pude escuchar su hebilla sonando detrás de mí. Podía sentir su
mano apretando mi garganta y cortando mi suministro de aire.

Me desperté de golpe y sentí un par de brazos fuertes a mi alrededor. Traté


de alejarlos mientras me sentaba en la cama. Ya no me latía la cabeza, pero aún me
sentía mal del estómago. La bilis se arrastraba por mi garganta cuando alguien se
deslizó de mi cama de hospital.

—Theresa. Abre tus ojos. Soy yo.

Grant.

Podía escuchar su voz.

Sentí sus manos sobre las mías, tratando de calmarme. Lentamente abrí mis
ojos. Mi visión era borrosa y la luz brillante me hizo cerrarlos con fuerza otra vez,
pero allí estaba. Grant. El chico grande y malo que era tan tierno conmigo.

—Mírame —dijo—. Estás a salvo.

Abrí los ojos de nuevo y alcancé su camisa y lo atraje hacia mí. Mi espalda
cayó sobre la cama del hospital e insté al cuerpo de Grant a que me cubriera. Ya no
quería ver a Ike. No quería seguir pensando en él por más tiempo. Todo lo que
quería era a Grant. Su voz. Su toque. Su sonrisa. Su protección. Quería que sus
músculos me cubrieran, su voz en mi oído y su presencia rodeándome todo el
tiempo posible.

Por el tiempo que él pudiera prometer.

—Está bien. Ven acá. Estoy aquí, Theresa. No voy a ninguna parte.

Su voz era baja y envió escalofríos por mi columna. Envolví su cuello con mis
brazos y él pasó los suyos por detrás de mi espalda. Pude sentir sus músculos
temblar, cubriéndome mientras se sentaba a un lado de mi cama nuevamente.
Enterré mi rostro en el hueco de su cuello y sollocé, tratando de mantener mis
lágrimas a raya.

—Por favor, quédate conmigo —dije sin aliento.

—Tendrían que sacarme de aquí encadenado —dijo Grant.

Puse mi mejilla en su hombro mientras acunaba mi cuerpo. Los sonidos


rítmicos de los monitores sonando eran los únicos sonidos llenando el cuarto.
Abracé a Grant tan fuerte como pude y me comprometí a memorizar la sensación
de él. Así era como un hombre debía tratar a una mujer.

No quería dejarlo ir nunca.

De repente, pasos rápidos resonaron en el pasillo. Dirigí mi mirada hacia la


puerta y vi una figura alta aparecer en la puerta. Sentí que Grant se tensaba a mi
lado cuando levanté la cabeza y parpadeé para tratar de despejar mis ojos.

Pero cuando escuché su voz, la ira brotó en mi interior.

Iba a matar a Hollis.

—¿No te dije una vez que te mantuvieras alejado de mi hija?

—¿Papá? ¿Qué demonios estás haciendo? —pregunté.

Mi garganta ardió con cada palabra que dije. La hinchazón alrededor de mi


cuello y garganta me causaba dolor cada vez que tragaba. Mi voz se sentía como
un susurro y sonaba como papel de lija.

—No te metas en esto. Claramente no eres capaz de tomar decisiones


decentes sobre los hombres —dijo mi padre.
—Dice el tipo que aprobó a Ike durante años —le dije.

—Sabía que los últimos años con él fueron difíciles y lo hice saber. ¡Y ahora
estás en el hospital aferrándote a otro hombre que no merece tú tiempo!

Mi visión se aclaró cuando mi padre se acercó a la cama, la ira evidente en


su rostro casi me hizo sudar. Se acercó a Grant y lo señaló con un dedo.

—Hasta acá tu promesa de que nunca tocaste a mi hija —dijo en voz baja.

—Y no lo hice en ese entonces —dijo Grant.

—Aléjate de mi hija.

—Hace años tomaste decisiones por ella, pero no las tomarás ahora. Theresa
me quiere aquí, así que aquí es donde me quedo.

—Te alejé una vez y te alejaré de nuevo. Eras terrible para mi hija entonces y
eres terrible para ella ahora. ¡Y no quiero que arruines lo que sea que le quede de
futuro!

Sentí las lágrimas corriendo por mi rostro con cada palabra que papá decía.
El dolor se precipitó en mi pecho y me estaba costando respirar. Me solté de Grant
y él se levantó de la cama con los puños apretados a los costados. Estaba parado
cara a cara con mi padre y se preparaban para enfrentarse. Podía escuchar a Grant
respirar por la nariz mientras trataba de mantener su temperamento bajo control.

Y la ira en mí se desbordó.

Esto ya no iba a suceder. Estaba haciendo mi elección ahora y si mi padre y


Hollis no lo entendían, no serían parte de mi vida. Era una mujer adulta y había
terminado de permitir que alguien me dijera qué y quién iba a ser, ni siquiera mi
padre o mi hermano.

—Nunca haría nada para poner en peligro el futuro de Theresa —dijo Grant.

—Entonces, pruébalo. Sal de aquí y déjala en paz. Ella necesita fuerza y


estabilidad, no un playboy deambulante —dijo mi padre.

Grant se echó a reír y dio otro paso hacia mi padre.

—Eso demuestra que no sabes una mierda sobre mí, Glen. Puede que haya
sido un niño rudo y agresivo, pero me he esforzado por hacer algo de mí mismo,
sin la ayuda de nadie, gracias a ti —dijo Grant, su voz se alzó con ira y teñida de
dolor.
Extendí mi brazo y golpeé la mesa a mi lado. La placa metálica de encima se
estrelló en el suelo, repiqueteando por toda la habitación. No podía gritar por
encima de ellos y estaba cansada de lidiar con el forcejeo. Estaba cansada de las
peleas, las disputas y la constante necesidad de control. Me dolía, tanto por dentro
como por fuera.

Estaba lista para decir lo que pensaba.

—¿Pueden ambos callarse? —pregunté.

Mi padre volvió su mirada hacia mí mientras Grant volvía a sentarse al borde


de la cama.

Hollis eligió un momento horrible para entrar en la habitación.

—Tu ira no es con Grant, papá. Es con Ike. Ike es el que me puso en este
hospital.

—Theresa… —comenzó mi padre antes de que levantara mi mano para


detenerlo.

—¿En cuánto alejar a Grant en ese entonces? No estoy segura de que alguna
vez pueda perdonarte por eso. Ese día casi me arruina, papá. Caminé por toda la
cuadra cuatro veces tratando de encontrarlo para poder convencerlo de que
volviera. Lo echaste en el momento en que pensaste que arruinaría tus planes para
mí. Pero no era preocupación por mí lo que provocó tus acciones. Era la posibilidad
de que no pudieras controlar mi futuro.

—Eso no está cerca de lo que yo…

—Cállate —gruñí.

Mi padre se quedó en silencio y vi que las cejas de Hollis se alzaban. Me


obligué a continuar.

—Soy una maldita adulta. Tengo mi propio apartamento, pago mis propias
facturas y tomo mis propias decisiones. Si a ti y a Hollis no les gustan las elecciones
que hago, que así sea. Pero no puedes controlarme. Ike no pudo controlarme y
ninguno de ustedes tampoco podrá.

—No te atrevas a compararnos con ese perdedor —intervino Hollis.

—Theresa, no tienes idea de lo que estás diciendo ahora mismo —agregó


mi padre.
Una pequeña sonrisa apareció en mis labios mientras los miraba fijamente.

—Salgan —dije.

—No voy a dejarte sola.

—No estaré sola. Estaré aquí con Grant. Pero, ¿tú y Hollis? Se van. Ahora.

Y antes de que mi padre pudiera contradecirme, una enfermera lo pasó y


entró a la habitación con más medicamentos. Enroscó el émbolo en mi tubo de la
intravenosa y me dio algo para ayudarme con la garganta. Luego procedió a
recoger la tabla que había golpeado al intentar llamar su atención. Estiré la mano
hacia Grant y cerré mi puño en su camisa, intentando aferrarme a él y la calidez
consoladora de su cuerpo.

—Caballeros, mi paciente necesita descansar. No creo que tenga que


recordarles que ha pasado por una experiencia dura y tiene un traumatismo
bastante importante. Debería estar durmiendo, no peleándose con todos ustedes.
Ahora, uno puede quedarse a pasar la noche con ella, pero el resto tiene que irse.

—Me quedaré —le dijo mi padre.

—No, no te quedarás —le informé—. Grant lo hará.

Los ojos de mi padre se endurecen al mirarme cuando mi mano se deslizó


dentro de la de Grant. Lo sentí doblar sus dedos con los míos mientras me miraba.
No iba a dar marcha atrás. No me importaba lo mucho que les doliera. Mi padre y
hermano no podían seguir presionándome. Sabía que pensaban que estaban
protegiéndome en su manera equivocada, pero ya no se los permitiría. Iba a vivir
mi vida como creyera que era adecuado, comenzando ahora. Comenzando con
mantenerme firme en este maldito cuarto de hospital.

Todos nos miramos fijamente mientras la enfermera respiraba hondo.

—Muy bien. Le buscaré algo para que se ponga cómodo. Mientras tanto,
¿ustedes dos? Fuera.

—No voy a dejarla con él —dijo mi padre.

—Y yo voy a quedarme en la sala de espera —dijo Hollis.

—A menos que los dos quieran ser escoltados por la seguridad del hospital,
se irán y no regresarán hasta que las horas de visita se reanuden mañana a las diez
de la mañana —dijo la enfermera.
—El cartel dice a las ocho —dijo mi padre.

—Bueno, yo dije diez. Después de todo, mi paciente necesita su descanso.

Mis ojos se encontraron con mi hermano y lo desafié por primera vez en mi


vida. Sus ojos estaban fulminando a los de Grant y pude sentir la tensión
aumentando en el cuarto.

—Esto es una locura. Grant, ella es mi hermanita —le dijo Hollis—. Eres mi
amigo.

—Fuera —dijo otra vez la enfermera.

—Esto no se trata de tú y yo, Hollis. Nuestra amistad no tiene nada que ver
con esto. Me importa tu hermana, siempre me ha importado. Y me importas
mucho también. No quiero que esto arruine nuestra amistad, pero no voy a dejarla.
Ni siquiera por ti —le dijo Grant.

Hollis se quedó perplejo mientras la enfermera llamaba a seguridad.

Mi padre alzó la mano y empujó a Hollis por la puerta.

—Nos iremos. Pero esto no ha acabado —dijo, señalando a Grant.

Finalmente, los dos se marcharon y Grant soltó el aliento.

Volví a acostarme en mi cama y deslicé mi mano de la de Grant. Me puse de


costado y subí la manta hasta mi barbilla. Estaba aterrada, tenía dolor y estaba
enojada. Sabía que sería una lucha para que Grant y yo estuviéramos juntos y
esperaba que al final encontrara que yo valía la pena. Se movió sobre la cama y
colocó su mano sobre mi cadera y comenzó a acariciar lentamente mi pierna.

—Lo siento —le dije.

—¿Por qué?

—Por ellos. Por todas las cosas terribles que mi padre dijo de ti. Otra vez.

Lo sentí levantarse de la cama y caminar a la silla en el rincón. Cerré los ojos


y deseé que todo desapareciera. Cada parte de ello. El hospital. Ike. Mi familia.
Quería despertarme en mi propio departamento, en mi propia cama, esperando a
que Grant viniera a verme.

Estaba lista para que esta pesadilla acabara.


—No tienes que disculparte por ellos. Mira, sé que te están volviendo loca,
pero te aman. Mucho. Solo que no saben cómo demostrarlo. Soy un chico grande,
puedo manejar cualquier cosa que me arrojen si eso significa estar contigo.

Me giré sobre la cama y evalué a Grant. Estaba sentado con las rodillas
abiertas mientras se encorvaba en la silla. Tenía el codo apoyado en el brazo de
esta y sus dedos estaban acariciando la barba incipiente en su rostro. Se veía
increíble, rebelde y sexy al mismo tiempo.

Me mordí el labio inferior mientras una risita se le escapaba.

—Cuando estés mejor —dijo, leyendo mis pensamientos con una sonrisa—.
En este momento, tienes que descansar.

No tuve problemas en seguir su ejemplo. Porque yo sabía que todo lo que él


quería era lo mejor para mí.
Traducido por Leah Hunter y âmenoire
Corregido por Luna PR

L
a silla me destrozaba la espalda, pero no me importaba. Me escogió.
Theresa me eligió por sobre todos los demás. Se enfrentó a su padre y
hermano, me sentía jodidamente orgulloso de ella. Sabía que le dolía y
que no se sentía bien y aun así decidió permanecer firme en lugar de rendirse. Era
una mujer maravillosa y nunca dejaba de sorprenderme.

Y no permitiría que una estúpida silla se interpusiera en mi forma de apoyar


su decisión.

La observé dormir antes de que mis ojos se deslizaran hacia su cuello. Los
moretones se teñían de colores horribles y deseaba asesinar a alguien. Mi visión se
tornó roja mientras apretaba los puños. Ike sería hombre muerto si alguna vez salía
de prisión. Lo estaría esperando y me daría el placer de destruirle el rostro hasta
que dejara de respirar.

Los tipos que golpeaban a las mujeres no eran más que jodidos cobardes. La
escoria de la tierra. Excusas baratas de hombres.

Con cada moretón que le aparecía en el cuerpo en el transcurso de su


estadía en el hospital, me ponía más irascible. La parte interna de sus muslos tenían
círculos negros gigantes y casi me subía por las paredes. Ni siquiera la cárcel lo
mantendría a salvo si se hubiera aprovechado así de ella.

No tenía ganas de dormir. La observé durante toda la noche, con los oídos
atentos a cualquier sonido fuera de lugar. Si su padre o Hollis regresaban, los
detendría en la maldita puerta. Necesitaba descansar sin interrupciones y me
aseguraría de que así fuera.

Sin importar lo que me costara.

Dormité unas cuantas ocasiones, pero despertaba cada vez que alguna
enfermera entraba para comprobar sus signos vitales. Su ritmo cordíaco se
mantenía estable y su presión arterial se encontraba normal, pero hubo un par de
ocasiones en los que comenzó a temblar. Deteniéndose tan pronto como
empezaba, lo que solo sirvió para enfadarme más. Aparte del dolor, los moretones
y la contusión, sufría de pesadillas.

Quería meterme en la cama y abrazarla, pero no sabía si eso mejoraría las


cosas.

La luz de la mañana se coló a través de una de las ventanas de la habitación


del hospital, iluminando su rostro. Comenzó a moverse y una sonrisa se plasmó en
sus mejillas cuando me vio sentado en la esquina. Mi corazón se expandió ante la
mirada en sus ojos y el júbilo al verme. Creí que mi pecho estallaría con la luz que
llenaba su interior. Estaba irrevocablemente dedicado a Theresa, enganchado y
adicto a ella como nunca lo estuve por otra mujer.

La amaba.

En ese mismo instante, supe que estaba enamorado.

Siempre lo estuve, desde la distancia. En mis sueños. En mis recuerdos de


ella. Su risa, sus anteojos, su cabello hermoso y salvaje. Pero no tenía nada que
ofrecerle en ese entonces. Luchaba con la universidad y vivía de deudas, tratando
que mi negocio despegara. No tenía nada para demostrarle que valía su tiempo o
afecto. Sin embargo, mientras permanecía en mi asiento y observaba sus ojos fijos
en los míos, sabía que podía darle lo que se merecía ahora.

Con mi compañía en un buen lugar y su elección hecha, comprendí que


podría darle la vida que merecía.

Trabajaría hasta el cansancio para darle a esta mujer lo que deseara por el
tiempo que me quisiera. Esperaba, con total ilusión, que fuera por mucho tiempo.

Me levanté y caminé a su lado. Noté que todavía le costaba tragar. Le tomé


la mano y me incliné, presionando un beso contra su frente. Sus dedos se
envolvieron alrededor de mi mano mientras me acariciaba la piel con el pulgar,
enviando descargas eléctricas a través de mis venas.
—¿Necesitas algo? —pregunté.

—Quiero ir a casa —dijo.

—No puedes. Aún se considera la escena del crimen.

—¿Cómo lo sabes?

—Hollis me envió un mensaje.

Frunció el ceño y besé su frente.

—Quería que te trasmitiera esa información —le dije.

—Ya no quiero estar aquí —dijo sin aliento.

—Lo sé. Pero tenemos que cerciorarnos de que estés bien. No podemos
sacarte de aquí hasta que la inflamación esté bajo control.

—¿Y qué si mi departamento todavía no está listo? —preguntó.

—Tengo una respuesta a eso.

—No me voy a quedar con Hollis —dijo rotundamente.

—¿Y crees que yo sí lo haré? Me alojaré en una habitación de hotel por un


tiempo. Me imaginé que te podría llevar conmigo si quieres.

La sonrisa que apareció en su rostro hizo que mi corazón se estremeciera en


mi pecho. Aparté algo de cabello de su rostro mientras sus ojos conectaban con los
míos. Tomó mi mano y la llevó hacia sus labios, entonces besó mis nudillos uno por
uno.

—Eso me gustaría.

—Entonces lo prepararé todo. Tan pronto como los doctores te lo permitan,


te llevaré lejos de aquí —dije.

Justo en ese momento, un golpe sonó en la puerta.

—Knock-knock. Momento para nuestra revisión matutina —anunció el


doctor.

Solté la mano de Theresa y fui a sentarme en mi silla. Mientras el doctor


ordenaba exámenes, programaba un escaneo de cabeza y le indicaba a la
enfermera que le extrajese sangre, saqué mi teléfono y reservé un hotel para
nosotros. Una agradable suite con una enorme cama, televisión de pantalla plana y
una pequeña cocina. Quería que se sintiera cómoda y segura. Pero más que todo,
deseaba que se quedara conmigo. Quería que nunca se fuera de mi lado. Mostrarle
lo que podría proporcionarle sin pensarlo dos veces.

Entonces llamé a mi segundo al mando.

—¿Cómo va el fin de semana? —preguntó Matt.

—Voy a estar aquí un poco más de tiempo de lo que pensé —dije.

—Con la forma en que saliste corriendo necesitando ver a tu chica, me


imaginé que no regresarías demasiado pronto. ¿Necesitas algo?

—Necesito que mantengas las cosas en orden. Hemos aprobado seis nuevos
proyectos que comienzan este mes.

—¿No regresarás antes de que termine el mes?

Miré hacia Theresa mientras seguía el dedo del médico. Observé su cabeza
moverse de lado a lado y al doctor parecer complacido con el resultado. No sabía
sobre qué hablaban, pero lo que sea que fuera, la hizo feliz. Sus ojos se llenaron de
alegría y parecía como si estuviera a punto de saltar de la maldita cama.

—Quizás no, así que quiero prepararme para cualquier posibilidad —dije.

—¿Está todo bien? —preguntó.

—Lo estará.

—De acuerdo. ¿Seguro que no necesitas nada? —Matt se había vuelto muy
bueno en leer el tono de mi voz con el paso de los años.

—Necesito que te asegures de que estos proyectos marchen bien. Los


esquemas están muy detallados y los planos están en mi escritorio. Solo abre el
cajón inferior y toma las seis carpetas. Eso permitirá que comiencen.

—Claro que sí. Avísame si requieres de algo más. Te llamaré si te


necesitamos —dijo.

—Estoy seguro de eso. Comprobaré con el portátil tanto como pueda. Lo he


sincronizado con mi computadora principal, así que asegúrate de tener todo
actualizado.

—Entonces te dejaré el papeleo.


—Suena bien. Mantente en contacto e intenta no joder demasiado las cosas,
—me reí.

—¿Qué te parece esto? No te relegues a un marco de tiempo. Lidiaré con la


mierda en el lugar y con los capataces y tú encárgate del papeleo y los correos
electrónicos. Si surge alguna reunión, estaré preparado para tratar con ellos porque
me encuentro en las trincheras, además de que puedes conectarte por video
llamada si es necesario. De esa manera, continúas siendo el contacto principal, pero
puedes quedarte donde estás y encargarte de lo que sea que suceda.

—Sabía que te contraté por una razón —dije.

Colgué y observé como la enfermera regresaba con los papeles para el alta.
Fruncí mi ceño mientras Theresa los tomaba, con una enorme sonrisa en su rostro.
Me levanté de la silla y caminé hacia su lado, entonces coloqué mi mano en su
espinilla.

—¿Qué sucede? —pregunté.

—Sus análisis de sangre son geniales y pasó todas sus pruebas con
sobresaliente. Tiene completa movilidad de su cabeza, no presenta náuseas y el
fluido acumulado en la base del cráneo ha desaparecido —comentó la enfermera.

—Si el escáner que obtenga en unos minutos resulta limpio, estos son mis
papeles de salida.

Theresa me los entregó y los miré.

—¿Cuándo es el examen? —le pregunté.

—Ahora —dijo un técnico mientras entraba—. Me la llevaré, será rápido y


tendré los resultados en poco tiempo. Deberían saber dentro de la próxima hora si
ya se puede ir o no.

—Me parece bien —dije—. Tengo un lugar reservado para nosotros cuando
ella tenga el visto bueno.

Le devolví los documentos a la enfermera antes de mirar a Theresa.

—No te portes mal con los técnicos —dije.

—De ninguna manera, quiero salir de aquí tan pronto como sea posible —
dijo.
Le sonreí y me incliné para darle un beso rápido en la mejilla, luego me
quedé ahí parado mientras se la llevaban. En una hora, estaría bajo mi cuidado. En
una hora, sería capaz de mostrarle lo que puedo hacer por ella.

En una hora, la tendría en un lugar donde su padre y hermano no pudieran


encontrarla.

Y esa era la mejor manera de terminar su recuperación.


Traducido por Umiangel y Ashtoash
Corregido por Luna PR

M
is exámenes salieron bien y ya podía irme con Grant. No pude
salir de allí lo suficientemente rápido. Me llevó a su auto y me
ayudó a entrar, sin embargo, mi jaqueca regresaba lentamente. El
médico dijo que los dolores de cabeza esporádicos serían normales durante la
próxima semana, pero si me daban náuseas o si persistían por más de unos días,
necesitaba volver para que pudieran revisarme. Después de que Grant abrochara
mi cinturón, me recliné, lista y entusiasmada por ir con él al lugar que nos reservó.

Pero cuando llegamos al hotel y me acompañó a la habitación, las cosas se


pusieron incómodas.

Él no hizo nada, pero pensé que me sentiría más cómoda de lo que lo hacía.
La puerta se abrió mostrando una hermosa suite, pero una vez que me ayudó a
entrar, mi corazón comenzó a latir contra mi pecho. Me alejé un paso de Grant y di
la vuelta para ver dónde estaba y por alguna razón tuve esta sensación de miedo
llenando mis pulmones.

No me gustó

Sin decirnos una palabra, me ayudó a acostarme. La cama era extra grande y
cómoda, las sábanas se sentían sedosas y suaves contra mi piel. Las almohadas
eran esponjosas y gemí, recostándome en ellas. Miré la mesita de noche y vi un
menú, así que lo tomé y comencé a mirarlo.

—¿Tienes hambre? —preguntó.


Salté al escuchar su voz y mi corazón comenzó a golpear contra mi pecho
nuevamente.

—Si, un poco —dije.

—¿Qué te gustaría? —preguntó.

Lo vi levantar el teléfono junto a la cama mientras sus ojos se dirigían a los


míos. Abrí el menú para desviar mi atención. Se sentía incómodo estar sola en este
lugar con él y no entendía por qué. Sabía que me encontraba a salvo. Quería estar
a su lado. Pero había algo extraño en todo el asunto.

Desearía que Jane estuviera allí para hablar. Pero estaba en una conferencia
de escritura al otro lado del país.

—Algo de sopa suena bien —dije.

—También te pediré un poco de pan, en caso de que tengas más hambre.


Sí, quisiera pedir algo de comida. Suite mil doscientos nueve. Me gustaría un plato
de su sopa del día, una orden de panecillos de levadura con miel, dos sándwiches
de carne, una ración doble de papas fritas, una jarra de agua y otra de jugo de
naranja.

Mis ojos se abrieron ante la orden y Grant me guiñó un ojo.

Me acosté mientras él se sentaba en la silla de la esquina. Casi sentí como si


otra vez nos encontráramos en el hospital, pero esta vez era dolorosamente
consciente del hecho de que estábamos solos. Hubo un momento en que la
incomodidad se atenuó cuando llegó la comida y había otra persona con nosotros.
Pero una vez que se fue el servicio, el inquietante silencio se instaló a nuestro
alrededor nuevamente.

¿Por qué sucedía esto?

—Vamos a sentarte para que puedas comer —dijo.

—Yo puedo —le dije—. Puedo sentarme.

Le alejé la mano y me observó mientras luchaba por levantarme. No trató de


intervenir de ninguna manera, aunque sabía que podía ver que estaba teniendo
problemas para levantarme. Finalmente quedé sentada con algunas almohadas
detrás de mi espalda, pero acabé jadeando.

Me sonrió al entregarme la sopa.


—¿Te sientes mejor? —cuestionó.

—¿Qué?

—¿Ya sacaste esa racha obstinada de tu sistema? —preguntó.

—Sí. Lo hice —dije con una sonrisa en mi rostro.

Se acomodó en el borde de mi cama y acercó la mesa rodante plateada.


Pidió una gran cantidad de comida, pero no debería sorprenderme. Era un hombre
musculoso y supuse que su cuerpo requería las calorías para mantenerse al día.
Comimos en silencio y me estaba matando.

¿Posiblemente fue el hecho de que hacíamos algo monótono y normal lo


que lo hacía más extraño? Nuestros otros encuentros incluyeron algún tipo de
drama: una pelea, sexo loco, mi ataque. Tal vez me preocupaba no ser lo
suficientemente interesante como para que se quedara después de que toda la
emoción se calmara.

—Entonces, ¿ibas a sorprenderme? —pregunté.

Dejó de comer y me miró antes de dejar su sándwich.

—Sí —respondió—. Me encontraba a media hora de tu casa.

—Me alegra que lo hicieras —le dije.

—No mentiré, cuando recibí tu mensaje diciéndome que me necesitabas,


pensé que querías sexo. Casi me salgo del maldito camino. Fue cuando no
contestaste el teléfono que me preocupé.

—Lo siento mucho —le dije—. No quise asustarte.

—No. No debes disculparte por lo que ese pedazo de mierda te hizo. Me


alegra que no haya sido peor.

—Yo también.

—¿Quieres hablar de ello?

Reflexioné sobre la pregunta mientras terminaba mi sopa.

—En realidad no —dije, bostezando—. Me estoy agotando.

—Bien. Necesitas descansar lo más posible.


Tomó el tazón de mi regazo y me deslicé debajo de las sábanas con el olor a
sándwiches de carne en mi nariz. Dormí profundo y bastante. Agradecía no haber
tenido pesadillas esta vez. Desperté con mi cuerpo acurrucado en el edredón y mi
rostro enterrado entre dos almohadas, el sonido de bolsas de plástico me llamó la
atención.

Giré la cabeza y vi que Grant colocaba algunas cosas sobre la mesa, lo que
me hizo sentarme.

—¿Qué es todo eso? —pregunté. Se volvió para mirarme mientras me


sentaba en la cama—. ¿A dónde fuiste?

—A un par de lugares. Fui al hospital y conseguí tu bolso. Usé tus llaves para
abrir tu maletero. Tomé tu teléfono. Cargador. Ese tipo de cosas. También traje tu
auto al hotel, así que lo tendrás aquí en caso de que lo necesites.

—No tenías que hacer eso —dije.

—También fui a algunas tiendas y te conseguí algunas cosas: artículos de


tocador para que te bañes, ropa limpia. Pasé por tu apartamento, pero aún está
restringido por la investigación, así que no pude entrar.

—¿Compraste cosas para mí? —pregunté—. No debiste hacer eso.

—No iré a la quiebra por conseguírtelas. No necesitas preocuparte.

Acerqué las rodillas a mi pecho y apoyé mi barbilla sobre ellas. Mi visión


estaba enfocada y vi la gran cantidad de bolsas en la mesa. No compró algunas
cosas, había comprado muchas cosas. Estaba agradecida, e incluso un poco
impresionada, pero la idea de que él gastara tanto dinero me hizo sentir extraña.

—No es gran cosa —dijo Grant mientras se giraba para mirarme—. Supuse
que querrías quitarte la ropa que usas en este momento.

Asentí, pero no podía quitar la vista de las bolsas.

—¿Cuánto costó? —pregunté.

Se acercó a mí y se sentó al borde de la cama, luego tomó mi mano entre las


suyas.

—Theresa, deja de preocuparte. Sé que los últimos días han sido un


torbellino de sucesos terribles, pero aquí estás bien. Puedes tomar una ducha o un
baño caliente y colocarte ropa limpia. O puedes quedarte aquí durante la próxima
semana usando exactamente lo que llevas puesto. Lo que quieras hacer.

—Lo siento. Supongo que estar con Ike todo ese tiempo hizo más daño de
lo que pensaba.

—Deja de disculparte y déjame ayudarte. Nunca intentaré controlarte como


él lo hacía. Nunca —dijo.

Asentí, sabiendo en el fondo que decía la verdad. Una ducha caliente sonaba
bien.

Tomé su mano y salí de la cama. Seguía inestable, pero apoyarme en Grant


fue más fácil de lo que imaginaba. Sostuvo una de mis manos y envolvió su brazo
libre alrededor de mi cintura. Me estabilizó, pero no me encaminó. Esperó a ver en
qué dirección me movería antes de estabilizar mis movimientos.

Se sintió bien estar a cargo de mi vida.

Me apoyó contra el borde del mostrador de la cocina para ir en busca de los


artículos de tocador que compró para mí. Respiré profundamente antes de
levantarme, dirigiéndome al baño. Era hermoso. Una ducha enorme con una
regadera extraíble y rieles para estabilizarme en caso de que me desequilibrara.
Había agujeros con pequeños inyectores en las paredes y pasé los dedos sobre
ellos para tratar de descubrir que eran.

—La ducha se convierte en una sauna de vapor —dijo.

Salté al oír su voz y mi equilibrio vaciló. Extendió la mano para estabilizarme


antes de moverse para abrir el agua por mí. Odiaba sentirme tan nerviosa, pero
sabía que me tomaría un tiempo calmar mis nervios con todo lo que había pasado.

Me tendió la bolsa de artículos de tocador y silbé cuando miré dentro. No


me había comprado cosas de farmacia, no, me compró cosas de alta gama de las
que usan en los salones de belleza. Levanté mis ojos a los suyos y sonreí.

—No era necesario.

—Te lo mereces después de lo que has pasado. En la esquina de la ducha,


hay un banco para que te sientes por si quieres usar el vapor después de tu baño.
Tomate tu tiempo. No tienes prisa por estar en ningún lado. Y cuando salgas,
podemos elegir algo para cenar del menú y encontrar algo en la televisión.
—No sé por qué me siento tan rara. Todo eso suena maravilloso, pero siento
esto…

Mi mano se levantó y se frotó contra mi pecho cuando mis ojos comenzaron


a llenarse de agua.

—Theresa, mírame.

—No puedo…

—Por favor, mírame —dijo.

Mis ojos se movieron hacia los suyos cuando una lágrima bajó por mi
mejilla.

—Con todo lo que pasaste a manos de alguien en quien confiabas, se te


permite sentirte así. Es totalmente normal. Todo lo que pido es que te relajes con
una ducha caliente. Eso es todo. Y lo que quieras tener cuando salgas, lo tendrás.

Asentí, incapaz de hablar cuando mis emociones se acumulaban alrededor


de mi garganta. Besó mi frente antes de dejarme sola en el baño y me di vuelta
para tocar las boquillas de la ducha. Me quité la ropa de esa noche y la tiré a la
basura. Nunca quería volver a verla. Luego tomé las cosas que Grant me compró y
me metí en la corriente de agua caliente que caía sobre mi cuerpo maltratado y
lavé los recuerdos de los últimos dos días.
Traducido por Flochi y Umiangel
Corregido por Luna PR

T
heresa estaba dormida, acurrucada en mi brazo. Casi era la una de la
mañana y no podía dormirme. Ella se quedó dormida durante la
película que veíamos en la televisión, pero fui dolorosamente
consciente de su disposición emocional hacia mí. Odiaba verla tan insegura de las
cosas. Detestaba la distancia creciendo entre nosotros. Había sido tan fuerte y
segura ante su familia, pero ahora que solo éramos nosotros dos, ella
reconsideraba todo. Pero le hice una promesa. Le prometí que no la abandonaría
otra vez y lo dije en serio. Aunque sabía que necesitaba tiempo para procesar lo
sucedido antes de poder seguir adelante, no abandonaría su lado. La amaba
mucho.

Se duchó durante una hora antes de convertir la cosa en una sesión de


sauna. Para cuando finalmente salió del baño, las arrugas de su piel eran tan
profundas que proyectaban sombras. Cenamos en una mezcla de silencio y
conversación incómoda y la película no fue más sencilla. Ella comenzó en el otro
extremo de la cama lejos de mí y a medida que se iba cansando, se fue acercando.

Ahora, roncaba suavemente contra mi pecho con su pierna sobre mis


caderas.

—Mmmm. ¿Qué?

Fruncí el ceño a la vez que bajaba la mirada hacia Theresa. Comenzaba a


agitarse contra mí, pero sus ojos no estaban abiertos. Sentí que su cuerpo se
tensaba sobre mí y me preparé para el impacto. Creí que estaba por tener otra
pesadilla y quería que supiera que yo me encontraba allí con ella.

—¿Grant?

—Aquí estoy —dije, acariciando su cabello.

—Grant, por favor.

La desesperación en su voz fue como un puñetazo al estómago.

—Grant. Ayúdame. ¿Grant?

—Shhh —dije a la vez que le frotaba el brazo—. Está bien. Soy yo. Aquí
estoy.

La acerqué más y sus ojos se abrieron. Pareció confundida al principio.


Aturdida. Y no estaba seguro si se debía a que seguía dormida o no. Me miró,
observé a sus ojos enfocarse poco a poco y con la misma rapidez que se había
apartado de mí, se acurrucó profundamente. Me incliné y le besé la frente,
susurrándole palabras tranquilizadoras al oído. “Todo va a estar bien”, “aquí estoy”
y “soy yo… estás a salvo”. Lo que fuera para conseguir que el temblor de su cuerpo
disminuyera para que pudiera volver a dormir.

Con cada caricia de mi mano contra su piel, sentí mi ingle crecer. Las venas
en mis piernas latiendo. Mi pene la necesitaba. Necesitaba alivio, acurrucada tan
cerca con sus curvas presionadas contra mí. Pero aparté esos pensamientos y quise
que mi polla se calmara. No me importaba lo que necesitaba. Lo único que
importaba era lo que Theresa requería. Necesitaba ternura. No sexo. Necesitaba a
alguien en quien apoyarse. No follar.

Pero mi pene no se calmaba, así que dejé de acariciarle el brazo.

Me vio con esos grandes ojos de gacela y contuve un gemido. Se levantó de


la cama y me miró, sus ojos pasando de mi mirada a mi boca. No. Eso no iba a
pasar. No ahora. Estaba vulnerable y rota, necesitaba que alguien la protegiera.

¿Qué tipo de hombre sería si no la protegiera en su momento más


vulnerable?

Montó a horcajadas mi regazo y mis manos cayeron a sus piernas. Su


camisón subió por sus piernas, revelando los moretones circulares todavía
desvaneciéndose contra su piel. Deslicé mis dedos por sus pantorrillas, intentando
apartar mis manos del calor irradiando entre sus piernas.
Sentí sus manos acunar mis mejillas mientras alzaba mi mirada y pronto sus
labios se abrieron paso en los míos.

Traté de luchar contra ello, pero no pude. Su lengua era cálida en mis labios
y se frotaba contra mí. Percibía su respiración acelerándose. Podía sentir mi pene
presionándose en mis pantalones. Mis manos bajaron lentamente por sus piernas,
haciendo que gimiera con satisfacción. Las deslicé sobre su camiseta y sujeté sus
caderas en tanto nuestras lenguas luchaban. Probé su dulzura, bebí de su
desesperación.

Pero seguía cuerdo así que tomé la parte superior de sus brazos y la aparté
de mi cuerpo.

Sus ojos estaban llenos de confusión y nublados por la lujuria. Anhelaba


enterrarme en su interior, pero tenía que estar seguro. Esta no era una buena
situación y no me aprovecharía de ella. No sería ese sujeto.

—Theresa —dije—. No sé si esto sea una buena idea para ti.

—Por favor.

—¿Qué? —pregunté.

—Por favor, déjame tenerte —respondió.

—¿Estás segura? Has pasado por mucho —dije.

Sus ojos bailaron con los míos mientras mis manos liberaban su cuerpo. Se
hundió en mis caderas, rozándose contra mi pene endurecido. Sabía que podía
sentirlo y ella sabía que yo podía sentirla. La necesidad apoderándose de su cuerpo
teñía su piel de rojo y lucía demasiado hermosa.

—Necesito esto, Grant. Te necesito —dijo.

—¿Estás segura? —pregunté.

Se inclinó hacia adelante y presionó sus labios suavemente contra los míos a
la vez que mis manos la rodeaban.

—Estoy segura —dijo, susurrando—. Te necesito dentro de mí.

A pesar de que seguía teniendo mis reservas, cedí. Me empujé hacia


adelante contra Theresa y reclamé sus labios como míos. Mis manos se enredaron
en los suaves mechones de su cabello mientras la recostaba, mis dientes rozándose
contra su labio inferior. Se meneó debajo de mí y extendió las piernas tanto como
pudo. Nunca se lo negaría. Siempre le daría lo que necesitara. Theresa era mi
debilidad. La única cosa en mi vida a la que no podía decirle que “no”.

Y a medida que mis labios bajaban por su cuello, la sentí rendirse ante mí.

Rodeé con mis labios primero un pezón y luego el otro. Los lamí mientras se
fruncían bajo mi cálido aliento. Sus manos aferraban mi cabello, empujándome
hacia abajo a donde en verdad me deseaba. Estaba temblando y con la
desesperada necesidad de liberarse y yo no le negaría nada.

Ella tenía el control y seguiría cada uno de sus movimientos.

Me deslicé entre sus piernas y lamí su coño desnudo. Sujeté sus piernas
alrededor de mis mejillas para no tener que mirar esos repugnantes moretones.
Cada vez que los veías, me enfurecían, me encontraba sediento de sangre de
alguien y listo para pelear. Y lo que Theresa necesitaba era amor y ternura.

Y sabía que podía dárselo.

Todo eso.

Mi lengua presionó su clítoris y se arremolinó. Respiraciones superficiales


salieron de sus labios mientras me acercaba más.

Me hundí en ella. Bebí cada milímetro de excitación que brotaba de entre


sus piernas. Chupé su botón entre mis labios y deslicé mi lengua por él. Entrelacé
nuestros dedos y tiré de sus brazos, arqueando sus caderas más cerca de mi rostro.
Presioné mi rastrojo entre sus pliegues y la escuché cantar mi nombre como una
oración desesperada.

—Grant. Grant. No te detengas. Grant. Por favor. Si. Mierda, Grant. Así.

Aceleré mis atenciones a medida que sus jugos se filtraban por mi barbilla.
Le temblaban las piernas y sus muslos convulsionaban. Sus manos se apretaron
fuertemente contra las mías y pude sentir su cuerpo listo para explotar. Presioné mi
lengua firmemente contra su clítoris y la vi caer al borde. Sacudiéndome y
moviéndome con mis labios unidos a ella, monté su orgasmo y le pasé la lengua
por el coño. Abrí la boca y cubrí toda su hendidura, inhalando calor y observando
cómo la piel de gallina le subía por el estómago.

Sus pezones se fruncieron más por mí y los besé antes de prestarles la


atención merecida.
Sus piernas estaban inservibles a mis costados mientras mi lengua le hacía
cosquillas a sus pezones hinchados. Ella gemía y lloraba, sus ojos entrecerrados
llenos de placer. Sus manos continuaban subiendo y bajando por mis brazos y mi
polla goteaba en mis pantalones. Chupé sus senos perfectos y tiré de ellos,
observándola retorcerse debajo de mí.

Era hermosa, el epítome de la perfección.

Y me encontraba en un montón de problemas.

Me apartó y, por un segundo, creí que todo había terminado. Pensé que
había recuperado el sentido, pero en cambio, sentí sus manos en mis pantalones.
Me los quitó antes de exponer mi pene, la punta brillando para ella.

Miré hacia arriba y la encontré a desplazándose entre mis piernas antes de


que sus labios se hundieran alrededor de mi polla.

Fue un movimiento fluido que no esperaba de su parte y me dejó sin


palabras. Ella me llevó de vuelta a su garganta y eso hizo que los dedos de mis pies
se curvaran. Mierda. Estaba muy cálida y tenía la garganta tan apretada. Resistí el
impulso de agarrarla por el cabello y presionarla hasta el fondo.

Enrosqué mis puños en la cama al clavar los talones en el colchón.

—Theresa. Santo infierno.

Sonrió alrededor de mi eje mientras me apoyaba en mis antebrazos. Sus


grandes y hermosos ojos me miraban, llenos de una inocencia que no estaba
seguro de que alguna vez desapareciera. Vi su garganta expandirse con la
circunferencia de mi miembro cada vez que me tragaba y sentí mi estómago
revolverse. Sentí mis abdominales tensarse y mis bolas encogiéndose en mi cuerpo.
Si no tenía cuidado, explotaría en su garganta.

Y no era ahí donde quería acabar.

Aparté mis caderas de su rostro y escuché cuando mi polla salió de su boca.


Miré sus labios hinchados y escuché sus jadeos, pero no perdió el fuego en sus
ojos. Se arrojó hacia mí y la atrapé en mis brazos, luego nos dio la vuelta mientras
sus piernas se cerraban a mi alrededor. Tomé mi pene y lo presioné contra su
entrada, mirando como su boca se abría de placer.

Mis ojos se encontraron con los suyos cuando me acomodé en sus caderas y
encontré una chispa de algo salvaje detrás de ellos.
—Fóllame, Grant.

Ladeé la cabeza cuando se levantó y besó mis labios.

—Duro —susurró.

Eché las caderas hacia atrás y me estrellé contra ella, mirando su espalda
arquearse. Me arañaba mientras yo marcaba un ritmo implacable. Me cerní sobre
ella, golpeando su dulce coño mientras sus piernas me agarraban con fuerza. Sus
suaves muslos eran flexibles contra mis músculos temblorosos y sus tetas
rebotaban salvajemente debajo de su camiseta. Se la subí hasta la barbilla para
poder ver el espectáculo, follándola con fuerza. El sonido de piel contra piel llenaba
la habitación mientras gritos de placer y necesidad salían de los labios de Theresa.

—¡Si! Grant… así. No te detengas. ¡No pares! ¡Más fuerte, por favor!

Con cada impulso salvaje, ella se deslizaba por la cama. Tan lejos que estaba
a punto de caerse. Me levanté y desenrollé sus piernas de mi cuerpo, luego las
coloqué sobre mis hombros. Agarré sus caderas y la atraje hacia mí, entonces usé
su cuerpo como palanca mientras empujaba una y otra vez. La impacté contra mi
cuerpo, observando las ondas de nuestra conexión vibrar sobre sus preciosas
curvas. Yo gruñía y rugía mientras el sudor goteaba por mi frente y Theresa se
masajeaba las tetas, tirando de sus pezones.

Ella estaba fuera de control, sin embargo, completamente en dominio y era


embriagador verla.

Sentí su coño ordeñarme. Sentí su cuerpo llevarme al borde. Mis bolas


estaban listas para explotar y mi polla palpitaba contra sus paredes. Podía sentir
sus jugos gotear por mi piel, empapando mis muslos para que coincidieran con los
de ella. Las piernas de Theresa se cerraron y sus caderas se arquearon en la cama,
apreté su trasero y la sostuve allí mientras la penetraba por última vez.

—¡Si! ¡Grant! ¡Mierda!

Sus jugos hicieron que mi pulgar se resbalara, atravesando así, el agujero


fruncido que se apretaba entre sus hermosas mejillas y la vi estremecerse. Todo su
cuerpo se contrajo cuando mi polla se derramó en ella, llenándola de mi semen
caliente mientras su coño se volvía codicioso. Hambriento. Rogando por más.

Entonces, escuché salir de sus labios un deseo sin aliento.

—Muévelo —dijo—. Por favor.


Torcí el pulgar y gimió. Lo deslicé lentamente y lo empujé hacia adentro
mientras su orgasmo continuaba. Theresa temblaba, sus músculos trabajaban a
marcha forzada. Mi polla se encontraba clavada en su interior, incapaz de moverse
cuando mi pulgar acariciaba su trasero. Ella palpitaba por mí, sin palabras por el
placer que recorría su sistema. Lentamente le follé el culo con el pulgar mientras la
sostenía en el aire, mirando su cabeza colgar del borde de la cama aferrándose a
las sábanas.

Jadeaba al mismo tiempo que su cuerpo se empapaba de sudor. Su coño


me liberó lentamente y me deslicé antes de sostenerla en mis brazos. Mi pulgar
resbaló de su trasero. Se hallaba agitada por aire. Jadeando y tosiendo, como si no
hubiera tenido agua en días.

La sostuve cerca de mí, meciéndola. Las réplicas de su clímax manteniéndola


en un constante estado tembloroso. Me dejé caer contra la cama y la llevé
conmigo, agarré la manta y la deslicé sobre nuestros cuerpos. Su rostro se
presionaba en el hueco de mi cuello mientras recuperaba el aliento, sus manos se
extendían hacia las mías.

Entrelazó nuestros dedos mientras nuestros jugos mezclados goteaban


entre sus piernas y corrían sobre mi piel. Pero no me importó.

Lo único que me interesaba era el dulce sueño en el que cayó y lo suave que
se sentía contra mi cuerpo.

Aquí era donde siempre estuve destinado a estar.


Traducido por Leah Hunter y âmenoire
Corregido por Luna PR

C
uando desperté a la mañana siguiente, mi cuerpo era un adolorido
desastre. Pero mi cabeza no punzaba y una sonrisa cruzó mis mejillas.
El sol se alzaba en el cielo y todavía podía sentir la presencia de
Grant. Recuerdos de la noche anterior me llenaron la mente y me volteé para
encontrarlo.

Pero no estaba allí.

Me senté en la cama, mirando alrededor y luego sonreí ante la sensación. Ya


no me dolía tanto el cuello, lo que me recordó que mi cuerpo sanaba, que iba
mejorando. Estaría bien, sin importar lo que sucediera.

Bajé de la cama y envolví la sábana alrededor de mi cuerpo antes de ir en


busca de Grant.

Era la primera vez que obtenía un vistazo decente de la habitación de hotel.


La pequeña cocina. Los sofás y sillas de felpa. La alfombra suave bajo mis pies. Pero
no fue hasta que di la vuelta y vi el balcón, que noté lo que hacía especial al lugar.

Se encontraba frente a la playa.

Saqué la sábana de la cama y salí. Grant se encontraba sentado en una silla,


con las piernas extendidas y vistiendo únicamente un par de bóxer. El viento salado
azotaba, levantando arena mientras las olas chocaban en la costa. Levantó la
mirada hacia mí y sonrió; me acerqué y me senté en su regazo.
—Buenos días —dijo, su brazo envolviéndome.

—Buenos días —dije.

Solté una risa mientras me revolvía el cabello.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Oh, sí —respondí, sin aliento.

—Qué bien. —Rio.

—Gracias por traerme. Por ya sabes, darme este tiempo para sanar.

—Por supuesto. No lo habría hecho de otro modo.

—Sin embargo, sabes que no podemos quedarnos aquí.

Observé su rostro ponerse sombrío mientras se volteaba hacia el océano.

—Lo sé —dijo.

—Tendré que hablar con mi familia eventualmente.

—Lo sé.

—Y esa charla podría resultar mejor si no estás allí —dije.

Su mirada regresó a mí y noté la confusión en sus ojos. Vi la preocupación y


sentí su agarre tensarse. Pero me recliné contra él, intentando relajarlo. No debía
ponerse así. Podía protegerme, pero no controlarme. Esa era una línea muy fina y
no permitiría que la cruzara.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó.

Fue mi turno de voltear hacia el mar. Observé la marea y el flujo de las olas
del océano al golpear las suaves y arenosas costas. Me recordaban un montón a
Grant y a mí. Yo, con mis bordes suaves e inamovibles y él, con su temperamento,
movimiento constante y sus aguas turbias. Era la metáfora perfecta para las dos
personas sentadas en un balcón de hotel, tratando de descifrar qué diablos sucedía
y cómo iban a superarlo.

Pero no tenía una respuesta clara para él.

Sentí sus dedos agarrar mi barbilla mientras me volteaba lentamente hacia


él. Escogió un lugar agradable donde quedarnos y una parte de mí quería
permanecer allí para siempre: actuar como si el mundo exterior no existiera y
dormir en los brazos del otro todas las noches. Pero si quería controlar mi vida,
entonces debía madurar y enfrentar las cosas como correspondía.

Lo que significaba hablar con mi familia.

Su boca rozó la mía y su mano se deslizó para cubrir mi mejilla. Me derretí


contra él, encantada con las atenciones de su lengua. Sus labios se sentían cálidos y
suaves en los míos y mis manos se plantaron sobre su pecho desnudo. Nuestras
frentes se unieron, nuestros labios se desconectaron y lo encontré mirándome
cuando abrí los ojos.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó de nuevo, susurrando.

—No lo sé —dije—. Realmente no lo sé.

Me incliné hacia delante y respiré profundamente. El viento se alborotó y


agitó la sábana contra mi cuerpo. Me aferré a ella con fuerza, así no se caía,
mientras sus ojos se dirigían al océano.

—Me gusta estar contigo, Grant. Me haces sentir cosas que nunca antes
sentí. La mayoría de ellas son buenas, pero supongo que solo tengo miedo —
admití.

—¿De mí? —preguntó, había dolor en sus ojos.

Negué con la cabeza y alargué una mano para tocar su mejilla.

—No. Nunca podría estar asustada de ti. Me aterra perderme en ti cuando


finalmente comienzo a comprender quién soy y qué deseo de la vida. He pasado
tantos años haciendo lo que los demás han querido que haga y necesito averiguar
qué es lo que yo deseo.

—Nunca te detendría, Theresa —dijo.

—Sé que no lo harías. No eres tú quien me preocupa. Nada me haría más


feliz que caer en la cama contigo y quedarme allí un año entero. Pero, ¿entonces
qué? ¿Qué sucedería después de eso? Tú tienes una empresa exitosa en Boston.
Tampoco quiero contenerte —dije.

Lo vi encogerse de hombros cuando sus ojos regresaron a mí. Pasé mi


pulgar a lo largo de la barba incipiente que crecía en su mandíbula. Era áspera.
Rasposa. Como sus rasgos amenazantes y su esculpida forma.
Recordé la razón por la que tenía su exitoso negocio y comencé a
enfadarme de nuevo. Envolví mis brazos alrededor de él y lo abracé a medida que
la ira hacia mi padre explotaba en mi pecho.

—Odio a mi padre por lo que te hizo —dije.

—Hacía lo que creía correcto para ti —comentó.

—Bueno, no lo fue. Me preocupaba por ti, Grant. Eras parte de nuestra


familia.

—Pero es un poco extraño si lo piensas. —Rio.

—No me importa. No lo hizo en ese momento y no lo hace ahora.

—Sé que no, ni antes ni ahora. ¿Realmente no lo sabías?

—¿Saber qué? —pregunté.

—¿Que me gustabas?

—Espera, ¿qué? —cuestioné, enderezándome y mirándolo incrédula—. ¿Te


gustaba? ¿Con mis enormes anteojos y sin pechos?

Se rio y el sonido fue música para mis oídos.

—Eras hermosa. Tenías una luz contigo, eras lista, divertida y tu sonrisa
iluminaba una habitación.

Sacudí mi cabeza.

—No tenía idea.

Sonrió mientras su mano caía hasta mi cadera. Acariciaba mi piel con el


pulgar enviando electricidad por mi columna. Un simple toque suyo era todo lo
que se necesitaba para enloquecer mi cuerpo.

Ningún hombre antes me provocó algo así.

—Supongo que lo oculté mejor que tú —dijo, sonriendo.

—Lo que hizo mi padre estuvo mal, Grant.

—Lo fue. Especialmente después de que me acogieron de la forma en la que


lo hicieron. No habría actuado de acuerdo a mi flechazo. Los respetaba demasiado
como para hacer algo así bajo su techo. Y me imaginé que, con el tiempo, tu
enamoramiento se desvanecería.
Sus ojos se perdieron en la distancia mientras apoyaba mi cabeza sobre su
hombro.

—No quería molestar a tus padres. Eran todo para mí en ese momento. ¿Me
alejaron de mis padres? Les debía la vida por ello.

—Pero ahora ya no les debes nada —dije.

—No quiero que odies a tu padre por echarme de la casa.

—Esa no es decisión tuya.

—No me dejaste terminar.

Levanté la cabeza y encontré su mirada al acomodarme sobre sus caderas.


Sus manos se aferraban a mi cintura y me sostuvo fijamente mientras sus ojos se
clavaban en los míos. Nunca lo había visto tan serio cerca de mí. Comenzaba a
preocuparme por lo que vendría después.

—No quiero que odies a tu padre por echarme. Pero sí quiero que estés
enojada con él por intentar controlarte. De eso se trata todo esto. Tu padre no me
botó de la casa porque pensara que tonteaba alrededor de su hija.

—¿No lo hizo? —pregunté.

—No. Lo hizo porque creyó que me convertiría en una distracción para ti y


dijo que no podía permitirte eso.

Sacudí mi cabeza con enojo.

—Tu padre me corrió de la casa ese día no porque pensara que estábamos
juntos, sino porque consideraba que la idea de tu enamoramiento podría sacarte
del camino que estaba determinado a que siguieras.

Si no me sintiera tan cansada de estar tan jodidamente enojada con mi


familia, lo hubiera llamado en ese preciso momento. Pero mi cuerpo estaba
exhausto y podía decir que Grant solo quería que lo escuchara.

Así que, eso hice.

—Enfádate por eso. Pero no lo odies. El odio te controla. Y después de un


tiempo, también lo hace la ira. Eres una mujer fuerte, Theresa y cualquier cosa que
elijas hacer de ahora en adelante, te apoyaré. Pero no sucumbas ante otro factor
que te controle. No dejes que tu enojo y tu odio manipulen la conversación y las
decisiones que tomes. Si deseas ser libre, verdaderamente libre, entonces
encuentra la forma de seguir adelante y superarlo.

—¿Eso es lo que hiciste? —pregunté.

Sus ojos cayeron a mi pecho antes de jalarme de nuevo contra él. Me


envolvió con sus brazos y presionó mi cabeza contra el hueco de su cuello. Acarició
mi cabello y besó mi mejilla, permitiendo que los sonidos, aromas y sensaciones
del océano se extendieran en nuestros cuerpos.

—No lo suficientemente —dijo Grant, murmurando—. Hay una cosa que


simplemente nunca pude dejar ir.

Entonces besó mi mejilla una vez más y sentí lo que intentaba comunicarme.

Grant nunca me superó.

Y supongo que, de alguna manera yo tampoco lo había superado.

Pero eso no alteraba lo que necesitaba hacer a continuación.

No cambiaba la batalla que sabía que se aproximaba.


Traducido por Ale Grigori
Corregido por Luna PR

N
o podía creer que le hubiera admitido eso. Era una locura lo
especial que Theresa me hacía sentir. Me hacía sentir vivo,
importante. Como si tuviera algo que algo que aportar y contribuir.
Fui un niño malcriado que había mentido, engañado y robado para sobrevivir hasta
que caí en la construcción. Para muchas personas, era un idiota sin cerebro que
siempre estaba enojado, pero ella me veía como algo mucho mejor que eso.

Pasé mis dedos por su cabello y masajeé su cuero cabelludo. Sentía su calor
irradiar contra mi cuerpo. Sus piernas estaban a horcajadas sobre mí mientras su
rostro acariciaba mi cuello. Miraba al océano sosteniendo mi regalo más preciado
contra mi pecho. Deslicé la mano sobre su pierna, envolví mi brazo a su alrededor,
acercándola más y voluntariamente se derritió contra mí.

Nunca me acostumbraría a ese sentimiento.

Enredé mi mano en su cabello y acerqué su rostro al mío antes de que mis


labios se conectaran con los suyos. Pero no fue el amoroso y tierno beso que le di
antes. Era urgente. Apasionado. Mi lengua lamió sus labios y exigió la entrada y me
la dio sin dudarlo. Su cabeza se inclinó hacia un lado y cayó directamente en la
palma de mi mano. Su cabello fluyó alrededor de nuestros rostros, ocultándonos
del mundo mientras nuestras lenguas bailaban. Mi polla crecía, palpitando y
cobrando vida con ella rodando sus caderas sobre mi cuerpo.

Theresa quería dejar atrás el pasado anoche.


Y ahora era mi turno.

Con cada golpe de mi lengua en su paladar, enterraba el pasado. Dejé al


enfadado y solitario chico de dieciocho años donde necesitaba estar y me permití
ser el hombre fuerte y exitoso en el que me había convertido. Mis manos cayeron
sobre su trasero y ahuequé sus lujosas mejillas antes de levantarla en el aire. Se rio
en mis labios. Una dulce y sensual melodía cuando la sábana comenzó a caer de su
cuerpo. Sentí sus pechos desnudos balanceándose contra mí mientras sus manos
recorrían mi cabello.

La senté en el borde de la barandilla y deslicé mi mano hacia arriba para


palmear su carnoso globo.

—Dame un día más —dije—. Un día más antes de que la realidad nos
invada. Un perfecto día más contigo, Theresa y ¿dónde sea que vayamos desde
aquí? Lo aceptaré.

Mis ojos se posaron en los suyos al acariciar su pezón hinchado con mi


pulgar. Vi sus ojos cerrarse mientras su cabeza se inclinaba hacia atrás. Besé su
cuello, mordisqueando la piel lechosa que se mezclaba con la arena debajo. No
había nada, nadie excepto nosotros dos. Ningún sonido, solo sus gemidos y el
choque de las olas contra la costa arenosa. Me incliné y con la lengua lamí sus
pezones fruncidos, sintiéndola temblar al abrazarla.

—Solo uno más —susurré—. Dame eso.

—De acuerdo —dijo—. Un día más.

Choqué nuestros labios mientras ella apretaba sus piernas a mí alrededor. La


recogí de la barandilla y la llevé adentro. Mis rodillas golpearon el borde de la
cama y caímos mientras la brisa del océano entraba por la puerta abierta del
balcón. La desenredé de la sábana y examiné mi premio. Un regalo envuelto
únicamente para mí y solo para que mis ojos lo contemplen. Me deslicé entre sus
piernas y besé su pecho.

Pasamos todo el día en la cama, abrazados, compartiendo infinitas


cantidades de éxtasis. Era mi desayuno, mi almuerzo y mi cena. Besé cada parte de
ella, bebí cada milígramo suyo, la besé, la follé y la inmovilicé hasta que su cuerpo
ansió que me detuviera. Yo era insaciable.

Cuando me vine temprano al día siguiente, nuestros cuerpos eran un lío de


miembros enredados. El rostro de Theresa se estrelló en mi cuello, su pierna cayó
sobre mi cintura. Mi brazo se acomodó bajo su cuello y mis piernas se abrieron,
acomodándola mientras se subía lentamente a mi regazo mientras dormía. La
puerta del balcón aún seguía abierta y los sonidos matutinos de las olas del océano
llenaron la habitación con un frío salado. Acerqué las mantas a nuestros cuerpos y
acaricié su cabello hasta que se agitó.

Suspiré, pensando en todas las cosas a las que tendría que volver.

En Boston se encontraba mi vida, mi compañía y eventualmente me


necesitarían. Aunque Matt y yo teníamos un acuerdo que me permitía quedarme
hasta nuevo aviso, eso todavía significaba que tenía que regresar en algún
momento. Pero, ¿Theresa vendría conmigo cuando todo estuviera dicho y hecho?

No quería que tuviera que enfrentarse a su padre y a su hermano. Era fuerte,


pero no me gustó el comportamiento de Hollis o el de su padre en el hospital.
Sabía que creían que la estaban cuidando, pero no podían ver que solo intentaban
controlarla como lo había hecho Ike. Quizás no eran abusivos y no tenían malas
intenciones, sin embargo, eran controladores. Theresa me estaba demostrando que
era fuerte, pero se sentía mal dejar que lo manejara sola. Deseaba estar allí para
ella si las cosas iban cuesta abajo, pararme en su esquina y levantarla cuando
trataran de arrasarla. Ya no merecía ese tipo de tratamiento por parte de ellos.
Vivió bajo los pulgares de la gente el tiempo suficiente.

Pero si fuera en contra de sus deseos y me quedara, no sería mejor que ellos
ante sus ojos.

Deseaba que la vida fuera más simple. Ojalá fuera como la habitación en la
que yacíamos. Donde follamos tanto como quisimos, comimos cosas que no
tuvimos que preparar y nos despertamos desnudos uno al lado del otro con el
sonido del océano afuera. Quería alejarla y ser irresponsables juntos; comprar una
cabaña en el bosque o una casa en la cima de la montaña y estar con ella durante
meses. Quería decirle que podía dejar el patético trabajo de recepcionista en el que
trabajaba y venir conmigo. Podríamos viajar y disfrutar de cualquier aventura
temeraria que ella quisiera. Le daría cualquier cosa. Y todo.

Pero una vez que volviera a Boston, ¿se daría cuenta de que yo había sido su
aventura temeraria? ¿Que dormir conmigo, desafiar a su padre y cabrear a su
hermano mayor había sido suficiente? ¿Realmente dejaría la seguridad de su
trabajo, su mejor amiga y la única ciudad que conocía, solo para estar conmigo?
¿Podría de verdad darle todo lo que necesitaba?
La idea de que se diera cuenta de que no quería estar conmigo causó un
dolor en mi pecho que aumentó en intensidad cada vez que respiraba. No quería
dejarla, deseaba quedarme y defender mi caso. Pero eso no era lo que ella quería.
Quería que me fuera a casa y la dejara lidiar con su familia como era necesario. En
sus propios términos. Por su cuenta. Punto. Miré el reloj y vi que ya eran las diez de
la mañana. Theresa aún dormía profundamente contra mí, pero sabía que querría
levantarse y salir de allí. Mi mano se deslizó de su cabello hacia su espalda y
masajeé sus músculos hasta que lentamente despertó de su sueño. Gruñó y se
estiró, su cuerpo se presionó peligrosamente cerca del mío mientras me agarraba
con fuerza y vi que sus ojos se abrían lentamente.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—Diez —dije.

—Vaya. No puedo creer que durmiera tanto tiempo.

—Yo sí —comenté, sonriendo.

Juguetonamente me dio una palmada en el pecho antes de pasar las yemas


de los dedos por la hendidura de mis músculos.

—Necesito ir a limpiarme.

—Los dos lo necesitamos —dije—. Pero puedes ir primero.

—¿Estás seguro?

Incliné mi cabeza hacia ella y besé la suya antes de sentarme.

—Sí. Estoy seguro. Tú primero, luego yo.

Me di vuelta y vi como su cuerpo hermosamente desnudo caminaba al


baño. Su piel tenía varias marcas nuevas, pero ninguna de ellas fue dejada por el
odio o la violencia. Fueron plasmadas en la lujuria, la pasión, el amor.

Me levanté y cerré la puerta del balcón, pero no antes de tomar una última
bocanada de aire salado. Theresa tarareaba en la ducha, completamente ajena a la
tensión que llenaba la habitación. O tal vez esa era su forma de intentar disiparlo.
No lo sabía. Pero cuanto más se prolongaba su baño, más rápido quería escapar de
allí.

Era más fácil arrancar una tirita que retirarla lentamente.


Me metí en la ducha después de ella y estuve dentro menos de cinco
minutos. Me lavé rápidamente, luego me sequé el cabello y me vestí para poder
salir de allí. No era bueno con las despedidas. No me gustaban en absoluto. No
quería decirle adiós a Theresa. Deseaba empacar sus cosas y llevarla conmigo.
Quería estar a su lado para siempre.

Pero tenía que jugar a su manera o no llegaría a ninguna parte.


Traducido por âmenoire y Flochi
Corregido por Luna PR

B
esé a Grant frente al hotel y me dirigí a mi auto. No quería verlo
marchar. Sería demasiado doloroso. Dolió la primera vez que pasó,
pero esta era peor. Sabía que hacía lo correcto al hacerlo abandonar
la ciudad. Tenía que prepararme para lo peor con mi hermano y papá. No quería
que recibiera ninguna consecuencia de esto porque era mi pelea con ellos. Estaban
utilizando a Grant como un chivo expiatorio para los problemas que sumergían a la
superficie.

Subí a mi vehículo y arranqué antes de tener la oportunidad de mirar atrás.


El hotel era hermoso, pero no podía quedarme. No podíamos quedarnos. No era la
realidad y los adultos no hacían esto. Podríamos escaparnos durante un fin de
semana, pero ¿para toda la vida? No era posible. Ese era el accionar de un
adolescente y entendía por qué Grant se sentía de tal manera. Su infancia tenía
mucho que ver con su necesidad de escapar de vez en cuando. Sin embargo,
necesitaba tomar las riendas de mi vida y manejar mis asuntos de una vez por
todas.

Por tal motivo me dirigía hacia la casa de mi padre.

Me detuve en su entrada y respiré profundamente. La conversación entre


nosotros fue postergada durante demasiado tiempo y sin importar lo que tuviera
que hacer, esto terminaría hoy. Cualquiera que fuera el problema de control que
tenía conmigo, terminaría ahora. Logré cortarlo de raíz con Ike, pero necesité ocho
años y una contusión para lograrlo. Grant me concedió unos días fabulosos para
recuperarme, recomponerme y ahora tenía que asegurarme de que sus esfuerzos
no terminaran en la basura.

Entré directamente en la casa sin tocar la puerta. No quería darle ninguna


oportunidad para defenderse. Caminé alrededor del primer piso y lo encontré en la
cocina, encorvado sobre algo de papeleo con su cabeza en las manos.

Aclaré mi garganta y levantó la mirada, pareciendo extrañado de que


alguien estuviera allí.

—¿Theresa?

—Hola, papá.

Se notaba sorprendido, pero su rostro inmediatamente cambió. Sabía que


estaba a punto de darme un sermón, sobre irme del hospital con Grant, por
besarlo, por brincar de un tipo a otro o lo que fuera que hubiera estado gestando
en esa cabeza suya. Pero no recibiría nada de eso. En esta ocasión no tendría la
mano ganadora. Mi voz regresó y él me escucharía.

Le gustara o no.

—Antes de que comiences, tengo algo que decir. Y no me interrumpas hasta


que haya terminado de hablar.

Lo vi asentir y di un paso al interior de la cocina.

—Lo que le hiciste a Grant estuvo mal —dije—. Completa y deliberadamente


equivocado. Nos necesitaba. Ese adolescente con padres que no daban una mierda
por él nos necesitaba, papá. Y a la primera señal de él arruinando cualquier plan
que tenías para mí vida, lo echaste a la calle como si no significara nada. Grant los
amaba, los respetaba a ti y a mamá. Nunca habría actuado ante algún
enamoramiento que yo pudiera tener por él cuando era joven. Nunca.

Tomé una profunda respiración y di otro paso hacia adelante.

—¿Y esa pequeña escena que tú y Hollis hicieron en el hospital? Totalmente


injustificada. Ike me atacó. Casi me violó en mi propio maldito apartamento y ¿te
enojaste porque Grant estaba ahí consolándome? Jamás me lastimaría. Creíste que
me superó y eso me demuestra que nunca diste ni una mierda por conocerlo. Al
verdadero Grant. Porque a pesar de que lo botaste como si fuera basura, hizo algo
de sí mismo. Hizo algo jodidamente grande para él. Comenzó su propia compañía
multimillonaria de construcción sin la ayuda de nadie. ¿Sabía eso? No, no lo sabías,
porque no dabas una mierda por nadie más que tú mismo. Y no intentes decirme
que hacías lo que era mejor para mí. Hiciste lo que pensabas que te haría lucir
como un buen padre honorable.

Vi a mi padre marchitarse un poco y supe que finalmente él me estaba


entendiendo.

—Desde ahora yo tomo las decisiones en mi vida. Tengo veintiséis años y


soy capaz de triunfar o fracasar por mí misma. ¿Hollis y tú? ¿Esta cosa sobre
controlarme que han estado haciendo? Se termina. Esa descarada muestra de ira
en el hospital no te hizo ver mejor que Ike. Y no sé si esto sale a relucir porque no
asimilaste bien la muerte de mamá o porque Hollis y yo crecimos y no puedes
manejarlo o por cualquier otra loca razón que posiblemente sea la causa de esto.
Pero puedo decirte una cosa. Te sacaré de mi vida antes de dejarte seguir
controlándome.

Estaba jadeando, temblando, mi mandíbula tensa por la abrumadora


emoción y mis ojos lo taladraban. Sus ojos se llenaron de culpa cuando se levantó
de la silla y vi la mirada cansada que mostraban. Las bolsas debajo de ellos. Los
círculos oscuros que salieron a la luz mientras atravesaba la cocina. Extendió los
brazos y me envolvió en un enorme abrazo de oso, me tomó algunos segundos
digerir lo que sucedía.

No fue la reacción que esperaba.

Abracé a mi padre y lo sostuve fuertemente. No me había dado cuenta hasta


ese momento lo mucho que extrañaba su cercanía. Cuando era pequeña, mi padre
me cargaba sobre sus hombros y me llevaba por todos lados sin descanso. Pero a
medida que crecía se alejó, convirtiéndose en el estricto disciplinario seguidor de
las reglas y dejó de ser el padre que recordaba. Se sentía bien hacerle notar que
alguna parte de ese hombre aún estaba en su interior.

—Tienes razón.

Fruncí el ceño ante su declaración. No creí escuchar correctamente.

—¿Qué dijiste? —pregunté.

—Dije que tienes razón —respondió.

Me aparté de su abrazo y lo miré a los ojos.


—Grant nunca te habría tocado de ninguna manera. Era un buen chico,
simplemente mal encaminado. Era una buena influencia para Hollis, a pesar de las
travesuras que cometían de vez en cuando y sigo atribuyéndole el que tu hermano
deseara ser policía.

—¿En serio? —pregunté sin emoción.

—Me he sentido culpable desde hace tanto tiempo por lo que le sucedió a
Grant. La pelea. Lo que hice. La forma en que se fue. Me carcomió por años. A tu
madre también. Se sentía culpable por no intervenir y anteponerse a lo que
sucedió ese día.

—No fue culpa de mamá —dije—. Fue tuya. Y espero que le dijeras eso.

—Lo hice. Varias veces. Me pregunté durante años lo que estaría haciendo
Grant. Si se encontraba bien, superándose y haciendo una vida por sí mismo. Sabía
que no eras la única con un enamoramiento hace años. Noté la manera en que te
miraba algunas veces. Al menos, sabía que disfrutaba estar cerca de ti. Pero no
hasta qué punto.

—No había ningún punto, papá.

—Lo sé. Ahora sé eso y de alguna forma, lo comprendí en ese entonces. Sin
embargo, tienes razón. Me preocupaba tu futuro, que te perdieras en tus
sentimientos por él de la manera en que Jane siempre lo hizo y entré en pánico. No
es excusa, pero es lo que invadía mi cabeza en ese momento.

—Grant es un buen hombre.

—Lo sé. Por eso le envié ese correo electrónico —dijo.

Fruncí el ceño de nuevo e incliné la cabeza.

—¿Correo electrónico? —cuestioné.

—Tengo algo que admitir, Theresa. Y sé que te enfadarás, pero escúchame.


¿De acuerdo?

—¿Qué hiciste, papá?

—Cuando las cosas comenzaron a irse a pique contigo y con Ike hace unos
años, le pedí a Hollis que te vigilara.

—¿De verdad? —pregunté.


—Hollis me contó sobre esa vez que Ike arruinó algo entre ustedes en el
estacionamiento de un restaurante o como sea y pensé que eso bastaría para
sacarte de esa situación. Pero siguió cerca de ti. Y luego se habló de él que se
mudaría contigo. Y supe que no era bueno para ti, princesa. Algo cambió en él.
Todos lo vimos.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—Le envié un correo a Grant.

—¿Tú qué?

—Simplemente sucedió. Tu hermano se había estado enviando correos con


él por años. Un día estuve en casa de Hollis mirando por encima de su hombro y vi
el correo de Grant. Y pensé que si Hollis y yo no podíamos hacerte entrar en razón,
quizás él sí.

—Espera, ¿me estás diciendo que esa es la razón por la que estaba en la
ciudad?

—Le dije que lo necesitabas. Eso es todo. Y sabía que cuando llegara a la
ciudad descubriría por qué.

—¿Le dijiste que lo necesitaba?

Retrocedí del mostrador de la cocina y puse mis manos en el borde.

—Era consciente que Grant vendría a ayudar y sabía que lo escucharías. Pero
no pensé que las cosas avanzarían tanto. No creí que él… que seguiría interesado
en ti. No pensé que las cosas se desarrollarían como lo hicieron y volví a sentir
pánico. Su vida está en Boston y temía que huyeras con él y te perdiera como perdí
a tu mamá.

—Pero papá, no soy tu esposa, soy tu hija. Y mamá está muerta, se fue para
siempre. Si me mudara a Boston, es un viaje de cinco horas, no un retiro
permanente de tu vida. Se supone que debo crecer, mudarme y vivir mi propia
vida.

Asintió con tristeza.

—Lo sé, cariño y lamento haber intentado retenerte por tanto tiempo.

Todavía no podía creer que él fuera la razón por la que Grant vino a la
ciudad. Y que Grant me mintiera al respecto. Que estuvo aquí para alejarme de Ike
y no fue sincero conmigo. Simplemente otro hombre tratando de empujarme en la
dirección que deseaba que fuera.

—Sé que intenté controlar ciertos aspectos de tu vida y por eso lo siento,
pero no me disculparé por hacer lo que sea para alejarte de Ike definitivamente.
Nunca me disculparé por eso.

Mi cabeza daba vueltas con toda la información que recibía.

—Encontraré a Grant y me disculparé con él. Sé que quieres que lo haga y se


lo merece. Merece conocer que no pensaba que era basura para tirar.

Sentí los brazos de mi padre rodearme una última vez y lo abracé


estrechamente. Mis costillas y los moretones en mis piernas aún dolían. Contuve las
lágrimas, no queriendo llorar en su pecho. Vine aquí fuerte y me marcharía fuerte.

Pero quería caer de rodillas y llorar.

—Te amo, princesa.

—También te amo, papá.

—Y cuanto tengas esta conversación con Hollis, no seas dura con él. Solo te
vi en el hospital, pero él vio a ese hombre encima de ti. Le tomará un tiempo
superar ver a su hermana de esa manera.

Asentí antes de apartarme. Pero mis prioridades habían cambiado. Grant me


ocultó algo y necesitaba saber por qué. Le eché un vistazo al reloj y observé que
todavía no era mediodía. Existía una posibilidad de que siguiera en el hotel.

—¿Quieres ir a almorzar o hacer otra cosa? —preguntó mi padre.

—¿Qué tal suena cenar esta noche? Tengo un lugar al que necesito ir
primero —dije.

—Lo que desees por mí está bien. Pero sería bueno sentarme y conseguir
una agradable conversación con mi hija.

Le sonreí antes de dirigirme a la puerta principal, sintiéndome más cómoda


en su presencia que en muchos años.

—Anótame para las seis esta noche. Pero tú pagas —dije.

—¡Entonces saldremos por un buen filete! —gritó a mis espaldas.


Cerré la puerta detrás de mí, pero aún no me quitaba el peso de los
hombros. Una carga había reemplazado a otra y estaba muy molesta. Me mintió
sobre la razón para estar en la ciudad. Podía entender por qué no querría
decírmelo al principio. Hollis intentó que abandonara a Ike antes y me volví en su
contra. Probablemente no escucharía a Grant de todas maneras, especialmente
porque había pasado demasiado tiempo desde que lo vi. Pero luego de lo que
compartimos, después de admitir lo que sentíamos el uno por el otro, ¿por qué no
me lo contó? ¿Pensó que me enojaría y le diría que se marchara? Probablemente,
pero eso no justifica nada. Sabía que estaba cansada de la gente controlando mi
vida. ¿Por qué no se sinceró y se enfrentó a las consecuencias conmigo?

Iba a encontrarlo y hacerle todas esas preguntas.

Y más le valía que esta vez me dijera la verdad.


Traducido por Tori y Ashtoash
Corregido por Luna PR

D
ecidí quedarme un día más en caso de que Theresa llamara y
quisiera hablar. Pero ese no era el único motivo. Aún no me sentía
listo para regresar a Boston, porque sabía que cuando lo hiciera, no
sería capaz de escaparme de nuevo. Y si existía la oportunidad de volver a
encontrarme con ella, debía ser ésta. Una vez que regresara, el trabajo me
consumiría más que nunca y transcurrirían semanas, posiblemente meses, antes de
que fuera capaz de regresar.

Si es que alguien quisiera que lo hiciera.

Me senté en la mesa con vista al mar y revisé algunos documentos. Ciertos


problemas financieros hicieron que Matt me llamara minutos después de que
Theresa se fuera. Cuando me propuse crear mi propia compañía de construcción,
trabajaba como capataz, aprendiendo lo básico, superándome día a día. Quería
saber lo que era trabajar en el negocio, así podría comprender a aquellos que
eventualmente contrataría. Me hice amigo del dueño, que luego se convertiría en
mi mentor, el hombre que me ayudó a comenzar mi propia empresa en Boston. Me
enseñó todo lo que sabía y a cambio, formamos equipo en algunos proyectos que
reforzaron nuestra reputación.

Matt había recibido un correo de él y no era bueno.

Mi maestro estaba muriendo. Lo había sabido por un tiempo. Nadie sale


ileso al respirar aislante flotante y polvo durante los años que él lo hizo. Pero se
contactaba porque deseaba saber si me encontraba interesado en comprar su
empresa. Nunca se casó, no tenía hijos ni nadie a quien dejársela. Me daba la
opción de adquirirla y crear un conglomerado masivo.

Y lo estaba considerando.

Tenía toda la información financiera para ver si podíamos permitirnos algo


así. Sería un gran paso en la dirección correcta para nosotros, pero también tenía
que ser al precio justo. Quería hacer lo correcto por este hombre. Era la otra figura
masculina en mi vida que consideraba remotamente paternal y quería asegurarme
de que muriera en paz, sabiendo que alguien se encargaría de su legado.

Si lo hacía, ese sería el motivo del por qué no podría regresar aquí.
Necesitaría estar allí para la fusión, la adquisición de nuevos clientes y los
proyectos que todavía se encontraban en progreso. Tendría que volver a capacitar
a varios empleados y probablemente construir nuevas sedes que pudieran albergar
a todas las personas y equipos que adquiriéramos.

No podía estar en Bar Harbor persiguiendo a la mujer de la que me


enamoré.

La única mujer que he amado, en realidad.

Pero una llamada en la puerta de mi habitación me distrajo de esos


pensamientos. El golpe fue rápido y firme, e hizo que se me erizaran los vellos del
cuello. Me imaginé que era Hollis usando sus habilidades policíacas para
rastrearme y darme una paliza. Sin embargo, estaba listo. Sabía que entre más me
quedara, más posibilidades había de que me encontrara con él.

Y si creía que me echaría atrás porque era mi amigo, se equivocaba.

Me levanté y abrí la puerta, preparado y listo para batallar con mi mejor


amigo. Pero en lugar de Hollis, me encontré a Theresa.

Y lucía enojada.

—Todavía estás aquí —dijo.

—Sí.

—Bien. Tenemos que hablar.


Pasó de largo y mis ojos la siguieron. Tenía fuego en la mirada y poder en su
postura. Deduje por su comportamiento que las cosas no resultaron bien con su
padre. O Hollis. O con quién demonios haya decidido hablar primero.

No fue hasta que volteó a mirarme que noté su ira dirigida a mí.

—¿Por qué regresaste, Grant?

Fruncí el ceño mientras cerraba la puerta.

—Porque planeamos pasar el fin de semana juntos —dije.

—No juegues conmigo, no ahora —dijo Theresa—. La primera vez. Cuando


Ike y yo estábamos juntos. ¿Por qué volviste?

—Estaba de visita. Necesitaba un descanso.

—¿Aún sigues con esa historia?

—¿Has oído otra? —pregunté, comenzando a entrar en pánico, pero


intentando no demostrarlo.

—¿Te suena sobre un correo electrónico?

Entrecerré los ojos mientras daba un paso en su dirección.

—Un correo —dije.

—Detente. Porque si me mientes un segundo más, lo que sea que exista


entre nosotros termina.

—Theresa, ¿qué diablos intentas preguntarme?

—El maldito correo electrónico, Grant. Mi padre me lo contó.

—¿De qué correo hablas? —Aunque ya tenía una idea bastante clara de a
cuál se refería. Pero, ¿cómo lo sabría Glen? A menos que…

—El que te envió. Sobre cómo, aparentemente, necesitaba que me salvaras.


Que me rescataras. Como alguna patética damisela en apuros.

Entrecerré los ojos mientras la evaluaba. Los puños apretados. Los hombros
tensos. Las respiraciones superficiales. No solo estaba furiosa, sino que decía la
verdad.

—¿Tu papá me envió un correo electrónico? —pregunté, la conmoción


extendiéndose por mi sistema.
—Deja de hacerte el estúpido, Grant.

—Te juro que no me hago el estúpido Theresa. ¡No tenía idea de quién lo
envió!

—Así que es cierto. Sí recibiste un correo.

—Lo hice. Breve y conciso. Decía que me necesitabas, así que empaqué mi
mierda, subí a mi auto y conduje.

—¿Así como así? —cuestionó— ¿Sin conocer de qué demonios necesitaba


ser salvada?

—Perdón, ¿hay alguna acusación por aquí?

—Me mentiste, Grant. Acerca de todo. Por qué estabas en la ciudad. Por qué
pasabas todo ese tiempo conmigo. No viniste de visita o a ver a Hollis. No estabas
a mi alrededor porque quisieras. Era una misión para ti.

—Ni de cerca —dije—. No sabía quién envió ese correo, pero en el


momento en que alguien me dijo que estabas en problemas, ya me encontraba en
mi auto y en camino hacia aquí. Sin hacer preguntas.

—No te necesitaba.

—Lo siento, Theresa. Pero estabas siendo manipulada por un imbécil


abusivo y lame-pollas. Sí. Necesitabas a alguien que te hiciera entrar en razón.

—Y luego rompimos. Y nos mantuvimos separados. Lo que significaba que


ya no eras necesario. Así que, esta es la parte donde me convences de que te
quedaste para protegerme de algún ataque que simplemente sabías que vendría.

—Tengo una pregunta —dije.

—Este no es tu interrogatorio.

—Aun así. ¿Por qué en el mundo me enviaría tu padre ese correo? No confía
en mí. ¡Demonios, ni siquiera le agrado! Me echó con una patada en el trasero a los
dieciocho y me dijo que nunca más volviera. ¿Por qué él, de entre todas las
personas, sería el que acudiera a mí?

Observé su rostro suavizarse mientras daba un respiro profundo. No tenía


sentido. Su padre no pudo enviarme ese correo. En todo caso, esperaba que Hollis
se responsabilizara de la maldita cosa.
¿Pero Glen?

Theresa se me acercó y tomó mis manos entre las suyas. Un marcado


contraste con los gritos que recién lanzaba en mi dirección. Me arrastró hasta el
balcón, nos sentó en la mesa de hierro forjado del balcón y las palabras que
salieron de su boca fueron impactantes.

—Cuando hablé con papá esta mañana, le dije todo. Cuán decepcionada
estaba por la forma en que manejó las cosas contigo y cómo nunca me habrías
tocado de esa manera cuando eras adolescente. Simplemente no eras capaz de
hacerlo. ¿Y sabes lo que dijo?

—No lo sabría.

—Dijo que se sentía culpable por lo sucedido.

—Y debería —dije.

—Mamá también.

Mi corazón se detuvo en mi pecho con esas dos palabras.

—Nada de esto fue culpa de Laura —dije con amargura.

—Papá se ha estado castigando durante años por esto. Aparentemente,


mamá lo hizo pasar un infierno por ello. Culpándose en parte por no intervenir. Él
me contó que odiaba cómo dejó las cosas. Cómo permitió que todo se saliera de
control y le creo. Dijo…

Vi a Theresa dejarse caer en su silla mientras volvía la vista hacia el océano.

—Dijo que te escribió porque estaba desesperado por ayudarme y sabía que
vendrías y lo intentarías —relató.

—Desearía haber sabido eso en el funeral de Laura —dije, murmurando.

—¿Qué fue eso? —preguntó Theresa.

Dirigí mi mirada hacia la suya y descubrí sus ojos abriéndose ampliamente.

—Nada —dije.

—No, dijiste algo. ¿Qué fue?

—No importa. Está en el pasado.

—Por el amor de Dios, Grant. ¿Qué has dicho? —preguntó.


Clavaría mi propio maldito ataúd con lo que estaba a punto de decir, pero
no existía manera de evitarlo. Theresa desconocía que me presenté en el funeral de
su madre. Me mantuve fuera de su vista por una maldita razón. En parte porque no
deseaba encontrarme con Glen y en parte porque la vi con Ike y no me gustó lo
que noté Y sabía que si volvía a conectar con ella, le diría exactamente lo que
pensaba de ese hombre.

En retrospectiva, tal vez debí mencionar algo en esa ocasión.

Quizá esas contusiones alrededor de su cuello nunca hubieran sucedido si lo


hubiera manejado como un hombre.

Planté mi antebrazo sobre la mesa y observé cómo sus ojos se abrieron más.
Ella me escuchó. Me di cuenta por la expresión en su rostro. Pero trataba de
convencerse a sí misma de que no.

—Dije: “Desearía haber sabido eso en el funeral de Laura”.

Y vi cómo se filtraban las lágrimas en los ojos de Theresa.


Traducido por âmenoire y Leah Hunter

—¿
Corregido por Imma Marques

Estuviste ahí? —pregunté

Mi voz era débil. Podía escucharla. Intenté


parpadear para contener las lágrimas, pero en
cambio, se fueron en el sentido equivocadas.
Obligadas a caer por mis mejillas en lugar de detrás de mis ojos.

—Lo estaba —dijo Grant.

—Por supuesto, estabas ahí. Hablaste con Hollis, ¿cierto? Con Hollis, ¿pero
no conmigo?

—Lo hice.

—¿Qué demonios está mal contigo?

No podía creerlo. Me levanté de la silla en el balcón y pasé junto a él. No


quería estar sentada ahí con él durante otro segundo. Estuvo en el funeral de mi
madre. Estuvo ahí durante el día más oscuro de mi vida y habló con Hollis, sin
hablar conmigo. Se sintió como si un cuchillo hubiera perforado mi vientre. Sentí a
mi corazón quebrándose en el interior de mi pecho. Si hubiera sabido que Grant
había estado ahí, tal vez las cosas hubieran resultado de manera diferente. Si
hubiera reaparecido durante ese tiempo, tal vez las cosas con Ike podrían haber
sido evitadas. Podríamos haber recomenzado en ese entonces, en lugar de
atravesar toda la mierda, las mentiras y los engaños solo para llegar al momento en
el que estábamos.

Pude haber tenido años con él. Años de felicidad y amor. Años de mi vida
donde pude haber florecido hacia la mujer fuerte en la que finalmente sentía que
me estaba convirtiendo. Podía haber evitado años de dolor, tristeza y manipulación
si me hubiera dicho que estuvo ahí. Si hubiera envuelto sus brazos alrededor mío
en el funeral de mi madre.

Pero no lo hizo.

Y nunca sabremos en lo que podríamos habernos convertido.

—Theresa, por favor no lo hagas.

Sin pensarlo, me giré y estrellé mi mano contra la mejilla de Grant. Su


cabeza voló hacia un costado y observé a su mandíbula apretarse con furia. Mis
lágrimas de tristeza y arrepentimiento se convirtieron en lágrimas de enojo y
frustración.

—Deberías habérmelo dicho —dije.

Lentamente Grant volvió su mirada hacía la mía y observé como crecía en


estatura, cerniéndose sobre mí con sus ojos estoicos enganchados en los míos.

—Todavía estaba batallando en ese entonces, Theresa. No tenía nada para


ofrecerte.

—¡Me importa una mierda lo que tengas para ofrecer, Grant! ¿Qué, piensas
que necesito este hotel y alguna vista hacia el océano para estar contigo? ¿Tú…
crees que necesito dinero? ¿Eh? ¿Eso es lo que piensas?

—No —dijo.

—¿Eso es todo para lo que cuento? ¿Una interesada hambrienta por el


dinero que no puede estar con el hombre a quien ama sin que esté derrochando
dinero? ¿Eh? ¿Eso es lo que piensas?

Los ojos de Grant se agrandaron de manera salvaje a medida que mi diatriba


continuaba.

—¿Crees que necesitaba algo de ti en ese entonces además de que cuidaras


de mí? ¿Qué reconocieras que no era un simple patito feo que adulaba al chico
malo en chaqueta de cuero? ¿Todavía soy esa estúpida niña pequeña para ti,
Grant?

—Todavía era un niño hace cinco años, Theresa. Un niño que apenas tenía
una olla para mear. Pero ahora puedo darte lo que mereces.

Mi puño cayó contra su pecho.

—¿Qué? ¿La verdad? Ni siquiera pudiste contarme por qué demonios


estabas en la ciudad realmente. ¡No pudiste decir que estuviste en el funeral de mi
madre! ¡Estaba muriendo por dentro, Grant! ¡Ike ni siquiera me dejó quedarme
para la maldita recepción!

Golpeé su pecho de nuevo con mis dos puños mientras él retrocedía un


paso.

—Me arrastró desde el auto y me dijo que dejara de llorar —dije mientras
las lágrimas se deslizaban por mis mejillas—. Me dijo que me aguantara porque mi
madre merecía mi fuerza.

Lo sentí tomar mis muñecas para detener mis puños de golpear contra sus
músculos.

—Y estuviste ahí —dije sin aire—. Pudiste haber hecho algo cuando estaba
demasiado débil para hacerlo yo.

—Lo siento —dijo Grant.

—Podríamos haber tenido años, Grant. Años. Ike solo fue un lamentable
sustituto porque no podía tenerte. Eras el único a quién he querido toda la vida.

Mi cabeza cayó contra su pecho mientras las lágrimas fluían libremente.


Grant soltó mis muñecas y lloré contra su camiseta. Envolvió sus brazos a mi
alrededor y no pude manejarlo. Planté mis manos en su estómago y me empujé
hacia atrás, tambaleándome antes de apoyarme en la parte trasera de una silla.

—Te merezco —dije—. Siempre has sido tú, Grant. Tú. Solo tú.

Sentía mis piernas colapsar desde debajo de mí y caí hacia el suelo. Pero
antes de que pudiera llegar al suelo, un par de fuertes brazos atraparon mi cuerpo.
Levanté la mirada hacia los ojos de Grant y vi esa mirada estoica que había llegado
a amar tanto. Llena con un poco de preocupación y con un trasfondo de la única
cosa que había querido ver durante todos estos años.
Amor.

Me aferré a su camiseta y empujé mis labios contra los suyos. Mis brazos
subieron por su cuerpo y se envolvieron apretadamente alrededor de su cuello. Sus
brazos me levantaron sin esfuerzo mientras comenzaba a llevarnos hacia la cama.
Estaba jadeando. Mi lengua estaba controlando a la suya. Caímos sobre la cama y
me monté a horcajadas sobre él, estremeciéndome mientras sus manos se dirigían
a mis caderas. Me froté profundamente contra su creciente polla. Mis manos
quitando su ropa torpemente hasta que tuve su piel debajo de las puntas de mis
dedos. Arranqué los pantalones de su cuerpo y me hundí entre sus piernas,
tomando su pulsante polla entre mis labios.

Y observé mientras su cabeza caía hacia atrás contra la almohada

Lo tragué, atragantándome mientras su contorno pulsaba contra las paredes


de mi garganta. Mis manos subieron por su cuerpo rápidamente, pasando por sus
marcados abdominales y encontrando sus manos. Entrelacé nuestros dedos
mientras él follaba mi boca, sus caderas levantándose de la cama mientras gruñía y
jadeaba.

—Maldito infierno, Theresa. Esa boca pecaminosa.

Pude saborear su líquido pre seminal goteando en la punta de mi lengua


antes de que él sacara su polla de entre mis labios.

Cerró su puño en mi cabello y me jaló hacia la cama donde me desnudó. Sus


labios estaban por todos lados, colocando besos contra mi piel caliente. Sus manos
se aferraban a mi cintura. Mis caderas. Mis muslos. Su lengua pasó alrededor de
mis pezones y los chupó hasta que los jugos de mi coño gotearon sobre la cama
debajo de nosotros. Mis talones se presionaron contra el colchón y su boca se
deslizó por mi cuerpo, viajando hacia el lugar donde más lo deseaba.

Pero estaba desesperada por él y no estaba dispuesta a esperar.

Lo tomé del cabello como tomó el mío y lo llevé hacia mis labios. Sus
músculos se envolvieron alrededor de mis curvas y me moldearon contra él. Sonrió
contra mis labios cuando mis piernas se envolvieron rodeándolo y me froté contra
su goteante polla mientras se alineaba conmigo.

Entonces se deslizó dentro, centímetro a centímetro hasta que ya nada más


nos separó.

—Grant. Mierda.
—No te preocupes. Apenas estoy comenzado —dijo.

Retrocedió y entró en mí de golpe, provocando que me arqueara contra él.


Mis manos se aferraron a sus brazos, dejando marcas en forma de media luna en
su piel. Mis gemidos llenaban la habitación mientras su polla me penetraba el
coño, llenándome y disparando cargas de electricidad a través de mi cuerpo.
Levanté las caderas y lo encontré en cada embestida, clamando por más mientras
me retorcía debajo de él. Envolví las piernas a su alrededor lo mejor que pude y lo
empujé con toda la fuerza, moviéndonos hasta que Grant estuvo recostado sobre
su espalda.

Entonces me senté a horcajadas sobre su cuerpo ancho y salté sobre su


regazo.

—Así, Theresa. Cabálgame la polla. Maldición, eres tan hermosa.

Mis manos se plantaron sobre su pecho y lo cabalgué con un abandono


salvaje. Levantó la cabeza y me besó las tetas, chupándome los pezones entre los
dientes. Gemí su nombre y sus ojos se oscurecieron. Sentí sus manos
masajeándome el trasero. Me acercó todavía más, hasta que me encontraba sobre
él, aferrándome mientras levantaba las caderas para follarme.

Podía sentir mis jugos deslizándose por su circunferencia. Podía sentir mi


deseo humedeciendo sus muslos. Le besé el cuello y le mordí el hombro,
arrancándole gruñidos de la garganta. Marqué su piel, igual que él la mía,
sonriendo ante los verdugones que dejaba atrás. Mis labios capturaron los suyos y
mientras nuestras lenguas se tocaban, nos volteó de nuevo.

Lanzó mis piernas sobre sus hombros y me dobló por la mitad. Mi boca se
abrió y mis ojos se ampliaron mientras su polla chocaba con un lugar que nunca
había sentido antes. Se hundió en mi interior, moviendo las caderas mientras sus
bolas húmedas chocaban con mi trasero.

Mi visión se nublaba del placer y estrellas explotaban en lugares que ni


conocía.

—¡Grant! Mierda, sí. ¡Dios!

—No te contengas, Theresa. No te atrevas.

Alcancé su rostro y ahuequé sus mejillas. Atraje su rostro hacia el mío y le


chupé el labio inferior entre los dientes. Un gruñido emanó desde su garganta,
sacudiéndome el cuerpo y pronto, sentí su pene creciendo en mi coño,
presionándose contra mis paredes ondeantes mientras sus rizos recortados
comenzaban a frotarse contra mi clítoris.

Maldición.

No podía dejar de temblar.

Con cada toque de sus rizos, mis pies se flexionaban. Mi cuerpo se tensaba.
Mi coño se hinchaba. No podía apartar los ojos de Grant, de la mirada prístina en
sus ojos. Era un animal y amaba cada parte de él. El sudor que le caía desde la
frente. La polla que se sacudía dentro de mi cuerpo. La forma en que me movía por
la cama como una muñeca de trapo antes de hacerme sentir como una reina.

—Grant. Oh, Dios. Ya. ¡Voy a correrme!

—Déjalo ir —dijo—. Córrete alrededor de mi polla.

Mi espalda se arqueó y mis pies se curvaron y de repente, caía por un


agujero infinito y dulce mientras zumbidos bajos resonaban desde mi garganta.
Todo mi cuerpo se convulsionaba y mi coño se cerraba alrededor de su polla. Me
embestía, corcoveándose salvajemente contra mí. Podía sentir sus músculos
tensándose mientras sus caderas comenzaban a temblar.

Arqueó las caderas contra mí una vez más antes de que nuestros labios
hicieran contacto de nuevo.

Nuestro beso mojado era lo único que podíamos escuchar. Su polla


bombeaba en mi cuerpo chorros dulces de semen que podía sentir pintándome las
paredes. Lo atrapé en mi interior, aferrándome a él mientras mi coño seguía
temblando a su alrededor. Mis piernas se deslizaron desde sus hombros y colapsé
sobre la cama, envolviendo los brazos alrededor de su cuello y lo acerqué a mí.

Más cerca.

Aún más cerca.

Hasta que su cuerpo enorme yacía sobre el mío.

Su aliento cálido chocaba con la curva de mi hombro mientras ambos


jadeábamos por aire. Mi vagina enfundaba su pene y no quería que se moviera.
Mis manos se movían de arriba hacia abajo por su espalda sudorosa, trazando las
líneas de sus músculos esculpidos. Nuestros fluidos entremezclados se deslizaban
desde mis piernas cuando Grant se apartó de mí; sin embargo, no pasó mucho
antes de que se acercara y me atrajera hacia sus brazos.
Enredamos nuestros cuerpos en las sábanas de la cama mientras me
recostaba en la curva de su cuerpo.

—¿Grant?

—¿Hmm?

—Me gusta cuando me traes a la cama.

Bajó la mirada hacia mí y sonrió antes de acercarme todavía más a su pecho.

—Lo haré cada noche si me lo permites —dijo.

Una sonrisa suave me cruzó las mejillas y no quise decir nada más. No
quería arruinar el momento. Tanto había sido arruinado por malas decisiones
hechas desde situaciones inseguras y ya no quería detenerme en ello por más
tiempo. No quería estar molesta por las mentiras y el engaño y las oportunidades
perdidas. El estar enojada no cambiaría nada. Me acurruqué más cerca de él y
deslicé una pierna entre las suyas. Y mientras suspiraba contra su pecho, sus dedos
encontraron mi cabello y comenzaron a deslizarse entre mis rizos enredados.

Me encantaba cuando lo hacía.

Me sentía feliz por el momento, pero preocupada por lo que traería el


mañana. Mi padre se había puesto de mi lado, o así parecía. Pero Hollis era
completamente otra bestia. Era ferozmente protector y peor: el mejor amigo de
Grant.

Y me sentiría horrible si al final terminara ayudando a arruinar su amistad de


toda la vida.
Traducido por Doncella de Lorde
Corregido por Imma Marques

M
iré a Theresa durmiendo en la cama y sonreí. Ver sus pechos
desnudos elevarse y descender con su respiración era
tranquilizador para mí. Los moretones en su cuello finalmente
estaban comenzando a desaparecer y las contusiones en sus muslos también.
Pronto, los rastros de ese bastardo ya no serían evidentes y las únicas marcas en su
cuerpo serían las que dejé con mi boca.

La única clase de marcas que se merecía.

Separé mi vista de ella y la volví hacia todos los correos electrónicos que
tenía. Necesitaba volver a Boston. Nuestras finanzas estaban en excelentes
condiciones para hacerse cargo de la compañía de mi mentor, pero tendría que
estar allí para firmar el papeleo. Matt no tenía las credenciales para orquestar algo
así, lo que significaba que tendría que irme.

Y la idea de dejar a Theresa de nuevo me enfermaba.

No podría dirigir mi compañía desde una habitación de hotel, pero no


quería dejarla. No quería arriesgarme a que saliera lastimada de nuevo porque yo
no estaba cerca. No podía pedirle que se levantara y se mudara por mí. Que
empacara su vida y viniera conmigo. Nunca lo haría. Un fin de semana, seguro. Eso
era algo arriesgado pero con fecha límite, que era lo que Theresa disfrutaba. La
amaba más de lo que podía soportar. Mi corazón se llenó de alegría ante la mera
perspectiva de ver su hermoso rostro. Habíamos susurrado toda la noche promesas
a medias de vacaciones exóticas sin más preocupaciones y un largo futuro lleno de
aventuras y orgasmos que nos dejaran sin palabras.

¿Pero en la fría luz del día? Este lugar no era mi hogar.

No lo había sido desde que tenía dieciocho.

Tecleé algunas respuestas para los correos de Matt y le dije que estaba de
regreso, que para la cena de esta noche estaría en casa para hacerme cargo de esta
adquisición. Le dije que organizara la reunión, para que pudiéramos no solo
sentarnos y redactar un documento de compra formal, sino también asegurarnos
de tener en cuenta todos los deseos de mi mentor para su empresa. No quería
desmantelar lo que él había construido. Por el contrario, me había moldeado a mí
mismo de acuerdo a lo que él había realizado. No quería cambiar su visión o
dirección de su compañía simplemente porque estaba enfermo. No era esa clase
de hombre de negocios.

Quería hacerlo bien para el único hombre que vio más allá del salvaje y
enfurecido muchacho que había contratado para trabajar para él.

Envié el correo electrónico justo cuando Theresa comenzó a moverse. Sus


gruñidos y bostezos eran un sonido que me había acostumbrado a escuchar. Me
volví hacia ella y sonreí cuando se sentó al borde de la cama. Sus senos colgaban
contra su hermoso cuerpo y sus curvas me hicieron palpitar la ingle. Su cabello
estaba revuelto por el sexo, sus ojos nublados por el sueño y nunca se había visto
tan hermosa como en esos primeros momentos. Cuando su mente no estaba
despejada y lo único que guiaba sus acciones era la rutina que estaba arraigada en
sí misma.

Entonces, sus ojos conectaron con los míos.

Envolvió la sábana alrededor de su cuerpo y la maldije por cubrirlo. Si fuese


mía, la animaría a caminar desnuda. Para dejarme ver esas curvas mientras hacía
todas esas tareas mundanas que los hombres consideran idiotas. Se me acercó y
separé las piernas, acomodando sus tonificados músculos llenos y deliciosos
mientras se sentaba contra mi muslo. Envolví mi brazo a su alrededor y lo puse
sobre su cadera y su cabeza cayó sobre mi pecho.

Quería besarla. Quería acariciarla. Quería deslizar lentamente esa sábana por
su piel sedosa y sacar mi pene solamente para ella. Para comer, montar y chupar a
través de su comida matinal hasta que suplicara por su propia liberación.
Pero no podía.

Sin importar cuánto lo quería, sabía que estaba a punto de romper su


corazón.

—Buenos días —dijo contra mi piel.

—¿Dormiste bien? —pregunté.

—Contigo, siempre.

Apreté la mandíbula y traté de permanecer tan fuerte como pudiera.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Theresa.

—Simplemente mandando algunos correos.

—¿Tu compañía ya se está desmoronando sin ti?

Moví mi cabeza lejos de ella y eso hizo que me mirara. La alegría murió en
sus ojos y vi surgir la preocupación en su lugar. Mierda. En serio iba a hacer esto.
Renunciaría a la cosa que quería y atesoraba más que a mi maldita vida.

Pero la amaba demasiado para hacer elegir entre su hogar y el mío.

—Me necesitan de regreso en Boston —dije.

—¿Qué está mal? ¿Sucedió algo?

—Sí, pero nada malo. Estoy haciendo progresos para comprar otra
compañía constructora en el área y fusionarla con la mía. Tengo que estar allí para
ayudar con la transición y asegurarme de que todo vaya bien.

—Grant, eso es increíble —dijo con una sonrisa—. Empacaré mis cosas.

La miré sin comprender, mis ojos parpadearon cuando su sonrisa se deslizó


por sus mejillas.

—Tendremos que ir a mi departamento —dijo Theresa—. No tengo


suficiente ropa aquí.

Mi ceño se frunció en confusión mientras me acomodaba en mi asiento.

—Empacarás —dije.

—Eso es lo que tengo que hacer si nos dirigimos a Boston. No puedo


caminar desnuda alrededor de la ciudad.
Abrí mi boca para hablar, pero la cubrió con la suya antes de que pudiera
decir algo. Su lengua se abrió paso a través de mis dientes y gruñí. Mi mano voló a
su cabello, agarrando sus rizos enredados y tirando de ella hacia un lado. Cayó en
mi regazo y mis brazos se envolvieron alrededor de su espalda mientras deslizaba
sus suaves brazos alrededor de mi cuello. Nuestros labios bailaron juntos, nuestras
lenguas se entremezclaron y el lánguido beso envío suaves llamas corriendo por mi
piel.

Me separé y la encontré sonriéndome mientras las yemas de sus dedos


bailaban por la línea de mi mandíbula.

—No puedo pedirte que hagas eso —le dije.

—No lo pediste —me dijo.

—Pero este es tu hogar. Tu familia, amigos, trabajo y tu vida están aquí.

Vi un fuego crecer en sus ojos cuando se levantó de mi regazo. Me dio la


espalda y se alejó, sus pies cayendo con fuerza contra la alfombra. Se giró y me
señaló con el dedo, luego volvió la espalda nuevamente y gimió. Dio vueltas con el
puño en el aire y me preparé para lo que fuera que me tuviera que dar. Lo hizo una
y otra vez, volviéndose y conteniéndose antes de acercarse de nuevo hasta mí.

Me mató verla luchar con esto tanto como ella.

—¿Realmente eres tan torpe?

La miré a los ojos, sin saber qué decir.

—¿De verdad crees que te dejaría ir después de recuperarte? —preguntó


Theresa—. Esperé once años, Grant. Once. Once años de tratar de convertir a
alguien más en algo que no era. Once años de soñar que volverías, me tomarías en
tus brazos y me llevarías lejos. Once años de preguntarme si algún día te volvería a
ver. ¡O si simplemente estaba destinada a amar a este producto de mi imaginación
por el resto de mi vida!

Mis ojos se clavaron en su rostro enojado y vi su piel enrojecerse. Estaba


jadeando. Hirviendo con una ira con la cual no sabía qué hacer.

Entonces caminó hacia mí y me golpeó en el brazo.

—Eres un idiota, Grant Hooper. Pero no te librarás de mí tan fácilmente —


dijo.
—No estoy tratando de librarme de ti.

—Sí, lo estás haciendo. Si crees que sabes lo que es mejor para mí y tratas
de forzarme a quedarme, no eres mejor que Ike. O mi hermano. O mi padre. De
hecho, serías peor que mi padre, porque al menos él admitió lo que estaba
haciendo.

Me froté el brazo donde ella me había golpeado mientras me sentaba en mi


silla.

—Pero si te importara mi opinión y lo que quiero para mi vida, entonces me


darías la opción. No me dirías qué hacer como tantos otros lo han hecho a lo largo
de mi vida. Me dirías cuáles son mis opciones y me dejarías decidir.

Y tenía razón.

—Está bien —dije—. Aquí están tus opciones. Puedes venir conmigo y
quedarte en mi casa mientras trabajo hasta la muerte tratando de lograr que estas
dos compañías se fusionen. O puedes quedarte aquí con tu familia, rodeada por la
comunidad donde creciste y encontrar alguien con quien compartirla. Haz tu
elección.

Los ojos de Theresa se encontraron con los míos mientras me ponía en pie
de mi silla. Con los brazos colgando a los lados y un bulto en mi garganta, me
acerqué lentamente a ella. La vi pararse firme y estirar el cuello hacia atrás para
mantener mi rostro a la vista mientras llegaba hasta ella.

Entonces, hice la única pregunta que nadie más le había hecho a Theresa en
su vida.

—¿Qué quieres?

—¿Estás escuchando? Porque solamente voy a decir esto una vez —dijo.

—Soy todo oídos.

—Me llevarás de vuelta a mi apartamento para que pueda empacar. Y luego


nos subiremos en tu auto e iremos a Boston. Hay cosas de mi casa que necesito y
que no están aquí y no me iré hasta que la tenga.

—¿Qué hay de tu trabajo?

—Tengo un maldito título en negocios, Grant. Puedo trabajar donde sea —


dijo.
—¿Qué sucede con tu apartamento?

—Tomaré el dinero de mis ahorros para romper el contrato de


arrendamiento.

—¿Y tu auto?

—Un montón de chatarra. No llegará a Boston. Lo venderé a un depósito de


chatarra o algo así.

—¿Qué hay de tu familia?

Se detuvo, sus ojos bailando entre los míos antes de respirar


profundamente.

—Tienen sus propios autos. Si quieren verme, pueden venir de visita.

Me reí entre dientes y sacudí la cabeza mientras miraba hacia el océano.


Sentí la sonrisa de Theresa calentando mi cuerpo mientras contemplaba la vista.
Esta hermosa mujer, que era más baja que yo por al menos treinta centímetros, me
estaba diciendo qué hacer. Y tenía que admitirlo, me gustaba su plan. Sacudí la
cabeza y la miré de nuevo, encontrando su sonrisa tan amplia que estaba casi
cerrando los ojos.

—Te amo. ¿Lo sabes? —pregunté.

Asintió mientras su sonrisa se desvanecía y luego su mano acunó mi mejilla.

—Si vuelves a pensar alguna vez en hacerte el mártir conmigo, te


arrepentirás —dijo.

Luego de su puso de puntillas, acercó sus labios a los míos y calentó mi


cuerpo con el suyo mientras la sábana caía al suelo a sus pies.
Traducido por Carib, Doncella de Lorde y Leah Hunter
Corregido por Imma Marques

L
lamé a Jane desde el auto mientras nos dirigíamos hacia mi
departamento. Tenía tanto que contarle que era una locura. Este viaje
de negocios le había llevado mucho más tiempo de lo que pensé y la
parte kármica de todo esto fue que estaría de camino a Boston para cuando ella
volviera.

Necesitaba al menos saber que no iba a estar aquí.

—Lo juro, voy a reprender a mi jefe por no conseguirme un mejor plan


telefónico —dijo Jane.

—Entonces realmente te enojarás cuando te diga lo que tengo que decirte


—le dije.

Miré a Grant y lo encontré sonriendo mientras su brazo colgaba por la


ventana de su auto.

—¿Quieres que empiece con lo bueno o lo malo? —Le pregunté.

—Dime lo que sea que me haya perdido de comienzo a fin.

—Bueno, sabes que Grant y yo estábamos follando.

Grant levantó una ceja y me hizo reír.

—Sí, sé todo eso. ¿Con quién te ríes?

—Grant —dije.
—Espera, ¿estás con Grant en este momento? —preguntó.

—Solo escucha. Ike regresó al departamento.

—¿Qué demonios dijo ese imbécil?

—No fue tanto lo que dijo como lo que hizo.

El silencio al otro lado de la línea me puso nerviosa.

—¿Jane?

—Estoy agarrando mi bate. ¿Dónde diablos está ese hijo de puta?

—Jane, tranquilízate.

—¿Te puso una mano encima?

—Manos y rodillas y todo tipo de otras cosas. Jane, él está en la cárcel. Y no


va a salir bajo fianza —le dije.

—Voy a matar a ese hijo de puta.

—Bueno, no voy a estar aquí para presenciarlo —dije.

—¿Qué demonios significa eso? —preguntó ella.

—Voy a Boston con Grant.

Hubo otra breve pausa, pero esta vez no fue tan tensa.

—Boston.

—Sí —dije.

—Con Grant.

—Sí.

—Oh. Santa Mierda. ¿Tu papá lo sabe? Jódeme, ¿lo sabe Hollis?

—No y no y no es asunto de ellos.

—¿Quién eres y qué has hecho con Theresa? —preguntó.

—¿Estás lista para dejar de hacer preguntas y escuchar? —pregunté.

—Voy a morder el trasero avaro de mi jefe por este estúpido plan telefónico
—dijo.
—Cuando terminé en el hospital debido a lo que Ike hizo, vino Grant. Hollis
vio que Grant me besaba.

—Bueno, estoy segura de que todo salió bien.

—Y por bien estoy segura de que te refieres a absolutamente terrible. Y, por


supuesto, a la “estupenda manera” de Hollis, llamó a mi padre.

—¿Quién entonces intentó darle una paliza a Grant?

—Sí. Pero los eché de la habitación del hospital.

—No lo hiciste —dijo.

—Lo hice.

—Mierda, Theresa. Me hubiera encantado haber sido una mosca en la pared


para ver eso.

—Ni siquiera les dije cuando salí del hospital. Mi apartamento todavía era
una escena del crimen cuando me liberaron, por lo que Grant nos reservó una suite
frente al mar.

—Y estoy segura de que te hizo sentir mucho mejor —dijo Jane.

—Oh, es mejor que creas que lo hizo. Después de un par de días ahí, fui a
hablar con mi padre. Y le expuse todo.

—¿Qué quieres decir cuando dices todo?

—Todo. Cuán decepcionada estaba de él por echar a Grant. Lo enojada que


estaba con él por ser hipócrita y atacar a Ike cuando él y Hollis hacen lo mismo.

—Oh, mierda. Lo hiciste.

—Lo hice. ¿Y sabes lo que me dijo?

—¿Qué?

—Que fue él quien le envió un correo electrónico a Grant para que viniera
por mí a la ciudad.

—No te estoy siguiendo. ¿Me perdí algo? —preguntó.

—En pocas palabras, Grant originalmente vino a la ciudad por un correo que
recibió de alguien. Un correo que decía que yo lo necesitaba.

—Y tu padre lo envió.
—Lo hizo.

—¿Estás segura que no tuvo un derrame?

—Estoy segura. Mi papá me dijo que sabía que Grant era la única persona a
la que yo aun remotamente escucharía —dije—. Y tengo que admitir que me
cabreó.

—Um, sí. Puedo imaginarlo.

—Pero lo hablamos.

—¿Es así cómo vamos a llamarlo? —preguntó Grant.

Lo miré y sonreí mientras Jane chillaba en mi oído.

—¡Escuché eso! ¡Escuché todo eso!

Me reí mientras estacionábamos en la entrada de mi edificio.

—Grant me dijo que me ama —dije mientras lo miraba.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo antes de alcanzar mi mano. La envolvió en la


suya y la llevó a sus labios para un beso y sentí mis mejillas sonrojarse.

—No puedo creer esto. ¡Me pierdo todo! —exclamó Jane—. ¿Lo dijiste de
regreso?

—Estoy en el auto yendo a Boston con él ¿o no? —pregunté.

—Díselo de vuelta, Theresa. Te conozco. Esperas demasiado en esta clase de


cosas. Si lo sientes, que se vaya a la mierda lo que has pasado. Al diablo con Ike y
su culo carcelero. A la mierda Hollis y cualquier cosa que crea que es suya para
enojarse al respecto. Ya es la maldita hora de que vivas tu vida bajo tus propias
reglas.

Miré a los ojos de Grant mientras sus palabras descendían a mis oídos.

—¿Cuándo te irás a Boston? —preguntó Jane.

—Estoy a punto de empacar, luego estaremos en camino.

—Entonces, sabes que iré a verte pronto, ¿verdad? Y por pronto, quiero
decir todo el maldito tiempo.

—Lo sé —dijo Grant.

—¿Él puede escucharme?


—Probablemente toda la Costa Este puede escucharte —dije.

—Bueno maldita sea. ¿No eres toda una descarada ahora? —dijo.

—¿Cuándo volverás? —pregunté.

—Todavía estaré aquí por un par de días más. Quiero decir, es una licencia
pagada y tengo una remuneración diaria, pero estoy lista para que termine esta
aburrida conferencia. Estoy lista para escribir alguna mierda.

Sacudí la cabeza mientras mis ojos miraban hacia mi apartamento. La cinta


policial había desaparecido y la puerta parecía reparada, pero todavía sentí mi
corazón palpitando en mi pecho. Tragué saliva cuando las imágenes de esa noche
vinieron a mi mente y sentí que mi mano temblaba en la de Grant.

—Tengo que ir a empacar —dije.

—Me llamas tan pronto como Grant y tú lleguen a Boston, ¿de acuerdo?

—Lo haré, Jane. Lo prometo.

—¿Y Theresa?

—¿Sí?

—Estoy tan feliz por ti. Saldremos a celebrar cuando llegue a Boston.

—Lo espero con ansias —le dije con una sonrisa.

Colgué el teléfono y miré a Grant y me encontré con nada más que simpatía
en sus ojos.

—¿En serio quieres hacer esto? —preguntó.

—Sí. Será rápido. Lo prometo.

—Entonces vamos.

Nos dirigimos a mi apartamento y la puerta se encontraba desbloqueada.


Todo había sido limpiado y los muebles rotos tirados. Pero el tener a Grant junto a
mí hizo que el recorrido por el departamento fuera menos doloroso. Vi mi conjunto
de llaves en el comedor, con una nota del dueño y la tomé, absorbiendo las
palabras.

Theresa,
Si todavía quieres quedarte, aquí están las llaves. Si no, llámame. Ya
llegaremos a una solución.

Corto. Dulce. Y al punto.

Le mostré la carta a Grant y sacó inmediatamente el teléfono. Marcó el


número del dueño que se hallaba en la esquina de la página y caminé por el
pasillo. Mis manos temblaban y mi respiración se hizo corta y jadeante. Cuanto
antes saliera de allí, mejor me sentiría. La voz de Grant se perdió por el pasillo
mientras sacaba un par de bolsos y me detuve para escuchar lo que decía.

—¿Theresa?

—¿Sí?

—¿Estarás bien por unos minutos? El propietario estuvo de acuerdo en que


hablara con él.

—Ve. Terminaré de empacar. Ya casi termino.

—Le llevaré las llaves. Dijo que solo bloquearas la puerta cuando salieras.

—¿Grant?

—¿Sí?

—Gracias —dije.

—Regresaré pronto.

Respiré profundamente cuando la puerta se cerró detrás de él y seguí


empacando. Metía cada prenda de ropa que podía en las bolsas. Vestidos con las
etiquetas todavía puestas porque a Ike no le gustaban. Zapatos que nunca había
utilizado porque Ike no los aprobaba. Suéteres y pantalones y calcetines y ropa
interior. Tantas cosas que disfrutaría ponerme en las calles de Boston, junto a
Grant.

Y lo siguiente que supe era que despertaba en la oscuridad.

No podía recordar lo que había sucedido. Lo último que recordaba era


tomar un par de tacones rosados del fondo del armario.

Mi cuerpo rodó en el estrecho espacio que estaba abarrotado y rápidamente


descubrí dónde estaba.

En el maletero de un auto.
Lágrimas fluían desde mis ojos y el pánico me arrebató el aliento. Jadeaba
en busca de aire y mis piernas latían de dolor. Me dolían las costillas de nuevo y las
lágrimas me cegaban la poca visión que tenía en la oscuridad del auto en
movimiento.

Pero fue el movimiento de algo en mi bolsillo lo que me llamó la atención.

Vibraba y me apresuré a sacarlo mientras el auto pasaba por un bache.


Cuando choqué con la puerta del maletero, traté de no gemir. Tomé el teléfono e
intenté encontrar mi voz, pero el pánico de Grant se sobrepuso a mi necesidad.

—Theresa. ¿Dónde estás?

—No lo sé, Grant. No lo sé. Estoy en un…

Dimos contra otro bache y mi hombro chocó con el techo del auto. Se me
cayó el teléfono de las manos y me esforcé por tomarlo. Grant era mi única
conexión con el mundo exterior y mi batería estaba muriendo. El auto volaba por la
carretera y las lágrimas se deslizaban por mis mejillas y apenas podía respirar lo
suficiente como para hablar.

—Estás en un auto —dijo Grant—. ¿Hay algo que puedas ver u oír?

—No. Grant. Vamos demasiado rápido. Hay demasiados baches. Ayúdame.


Encuéntrame, por favor. No… no sé qué…

Pasamos por otro maldito bache, pero esta vez quedé contra la parte trasera
del auto. Me di contra el metal y me tomó todo lo que tenía para no gritar. Todo
mi cuerpo gritaba de dolor. Sollocé en mi brazo para silenciar los sonidos mientras
me aferraba inútilmente al teléfono en mi mano.

¿Qué se suponía que hiciera ahora?

—¿Theresa? ¡Theresa!

Me puse el teléfono en el oído mientras el auto entraba en una cuesta.

—Vamos cuesta abajo. Ayúdame, Grant. ¡Por favor, encuéntrame!


¡Apresúrate!

—Escúchame. Voy a encontrarte, Theresa. Llamaré a Hollis y te iremos a


buscar, ¿sí? Mantén el teléfono encendido. Escóndelo. Lo que sea que hagas, no lo
apagues.

—Apresúrate. Por favor. Me duele todo, Grant.


La llamada terminó y me rompió el corazón en pedacitos.

Abrí la conversación de textos y me las arreglé para enviarle un mensaje a


Hollis. Le dije que me encontraba en un auto y que no sabía dónde estaba y que lo
necesitaba. Necesitaba a mi hermano. Justo cuando envié el mensaje, el auto se
detuvo de golpe. Con las manos temblorosas, puse el teléfono en silencio y lo metí
en mi bolsillo; un momento después, el maletero del auto se abrió y el sol me cegó
los ojos.

—Ven aquí.

Y reconocí la voz instantáneamente.

Ike me agarró del cabello y me sacó del maletero. Me lanzó al suelo y oí el


seguro de una pistola. La sensación fría del metal se presionó contra mi cabeza y
comencé a llorar. Lágrimas caían sobre la tierra bajo mis pies mientras me sujetaba
el brazo para intentar bloquear su ataque.

—Por favor. Ike. No lo hagas —dije sin aliento.

Mis ojos finalmente se ajustaron a la luz a mi alrededor y la mirada en sus


ojos me hizo jadear. Era la mirada enojada y enloquecida de un hombre que había
perdido el control de su vida. Me hizo vomitar sobre el suelo. Sentí su mano en mi
brazo y me levantó, despotricando sobre lo asquerosa que me había puesto. Cómo
el que me hubiera amado estaba más allá de su comprensión. Sobre el desperdicio
de espacio que era y que no iba a conseguir arruinarle la vida.

Di un traspié junto a él y un edificio abandonado entró en mi visión. No


tenía idea de dónde me encontraba. Ni idea. Escupí en el suelo para tratar de
eliminarme de la boca el sabor horrible, e Ike me golpeó en la mejilla. Traté de
apartarme de él, pero era inútil. Su agarre era tan firme que podía sentir los
moretones formándose y sabía que me hallaba en problemas.

Sinceramente, no sabía si alguien me encontraría. ¿Cómo demonios se había


escapado de la cárcel?

Ike seguía vociferando mientras abría la puerta del edificio abandonado. Me


lanzó en el interior, tropecé y me caí al suelo. El piso se sentía frío y estaba cubierto
de moho e inmediatamente comencé a toser y a respirar con dificultad.

Entonces, sentí la pistola en la parte trasera de mi cabeza.


Traducido por Doncella de Lorde y Tori
Corregido por Imma Marques

M
i corazón latía a toda prisa mientras manejaba a través de la
ciudad. Únicamente había una persona que podría haberse
llevado a Theresa, e iba a desmembrarlo extremidad por jodida
extremidad. Cómo demonios salió de la cárcel estaba más allá de mi
entendimiento, pero no me importaba. Había prometido que la mantendría a salvo
y había fallado. Cuando regresé de tratar con su arrendatario para encontrar la
puerta de entrada abierta de par en par, su ropa desparramada en el suelo y nadie
a la vista, había entrado en modo de pánico inmediato.

Entonces, desbloqueé mi teléfono, introduje su número en una aplicación de


rastreo por la que pagaba una buena cantidad de dinero y la dejé correr.

Ella estaba al lado de una fábrica de acero abandonada en el otro maldito


lado de la ciudad. Llamé a Hollis y le dije lo que sucedía y me dijo que había
recibido un extraño mensaje de Theresa. En el momento en que el nombre de Ike
salió de mis labios, lo escuché estrellarse a través de un par de puertas de su lado y
la llamada se cortó.

Las sirenas en la distancia me dijeron que él también venía en camino, pero


yo iba a llegar primero.

Y cuando lo hiciera, Ike estaría muerto.

Las sirenas rugían tras de mí en el centro de la ciudad mientras viajaba a


través de los bosques espesos, sobre baches y vías de tren y cemento agrietado
con maleza creciendo a través de las grietas. Como Ike. Una maldita maleza que
debía matar. Siempre encuentran la forma de volver a crecer, sin importar lo que
hagas.

A menos que las hayas sacado de raíz.

Y estaba a punto de arrancar a Ike de la tierra como la pequeña mala hierba


que era.

Aparqué en el lugar más cercano junto al punto en la pantalla de mi


teléfono y vi un auto con el maletero abierto. Estaba en el lugar correcto. Salté
fuera de mi auto y metí el teléfono en mi bolsillo, luego miré hacia el almacén
abandonado.

Fui hacia la puerta principal, ya sin intentar permanecer en silencio.

Mi mujer estaba ahí. Y estaba herida.

Empujé el hombro contra la puerta y me precipité en la habitación. Ike me


miró con ojos salvajes y un gruñido en los labios, pero lo único que vi fue el arma
con la que apuntaba a Theresa.

Corrí hacia él mientras me apuntó con el arma y disparó. Theresa estaba


gritando y acurrucándose más en la esquina cuando la bala pasó a mi lado. Mi
mano salió disparada y agarré a Ike del cuello y sin pensarlo, lo levanté en el aire.

—¿Esto se siente bien para ti? —pregunté.

Lo estrellé contra el piso antes de colocar mi rodilla justo contra su muslo.


Su gemido fue tan satisfactorio que elevé mi puño en el aire.

—¿Qué hay de eso? —pregunté—. ¿Se siente bien? ¿Bien en tu pierna?

—¡Quítate de encima! —gritó Ike.

Bajé el puño contra su mandíbula antes de que comenzara a buscar su arma.


Lo desarmé fácilmente y retiré el cargador de la pistola. Lo estrellé contra su rostro
antes de lanzarlo a través de la habitación, justo contra una maldita ventana que se
hizo añicos.

Theresa estaba llorando y nada me detendría de matar a este hombre que


tenía sujeto bajo mis rodillas.

Alcé el puño al aire y apreté los dientes. Lo lancé con fuerza contra su cara,
enviándola hacia un lado. Puñetazo tras puñetazo. Golpe tras golpe. Y sus huesos
comenzaron a ceder. Crujiendo bajo mis puños. Mi visión era negra. El patético
pedazo de excremento gimió mientras mi puño continuaba lanzando golpe tras
golpe hasta dejarlo apenas reconocible.

Entonces, un sonido atravesó mi niebla de rabia y sentí un par de manos


envolviendo mi brazo.

—¡Grant! ¡Detente! ¡Lo vas a matar!

Mis fosas nasales se dilataron y el olor a sangre era potente. Theresa estaba
tirando de mi brazo, rogándome que me detuviera. Me apartó de Ike y él se quedó
ahí, inmóvil en el suelo mohoso del almacén. Me di la vuelta y tomé el cuerpo
tembloroso de Theresa en mis brazos, pasando del pedazo de mierda como ella
quería para poder abrazarla. Enrosqué mis brazos a su alrededor y tapé su visión
con mi pecho. Corrí los dedos a través de su cabello y la mecí. Estaba agarrando mi
camisa con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Sollozando tan fuerte
que tosía y daba arcadas. Planté beso tras beso en la parte superior de su cabeza,
mi mente regresando lentamente a medida que las sirenas se acercaban.

Theresa volvió su rostro hacia mí, e inmediatamente coloqué los labios sobre
su piel. Besando sus ojos hinchados y mejillas enrojecidas. Limpiando a besos sus
lágrimas y abrazándola más cerca que nunca. Rocé mi nariz contra la suya y colocó
sus brazos a mi alrededor, sus labios presionando contra los míos una y otra vez.

—Nunca más volverás a alejarte de mí vista. ¿Me oyes? —pregunté—.


Nunca.

—Estás aquí. ¿Cómo me encontraste?

—Con métodos que estoy seguro que tu lado obstinado no aprobaría. Pero
haría cualquier cosa para encontrarte. Mi corazón no puede soportar la idea de
perderte.

Sus ojos se encontraron con los míos y mis labios se posaron en los suyos
otra vez.

—Te amo tanto, Theresa.

Susurré contra sus labios. Sentí su asentimiento, nuestras frentes se


movieron juntas mientras la policía entraba de golpe al edificio. Abracé a Theresa
tan cerca que podía sentir su corazón palpitando contra mi pecho y continué
meciéndola mientras una luz se encendía parpadeando en la esquina.
Iluminó la habitación y me aseguré que Theresa no estuviera viendo nada de
eso.

Giré la cabeza y vi a Hollis y sus ojos eran estoicos. Sostenía su arma, listo
para disparar y apuntaba al cuerpo inmóvil de Ike en el suelo, pero sus ojos
estaban en mí.

En nosotros.

La policía rodeó el cuerpo y los paramédicos se apresuraron a la escena.


Hollis enfundó su arma y caminó hacia nosotros. Estaba listo, preparado para
cualquier cosa que viniera en mi dirección.

Pero en cambio, Hollis arrancó a Theresa de mis brazos y la tomó en sus


propios brazos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Ahora lo estoy—dijo Theresa sin aliento.

—¿Te lastimó? ¿Qué pasó?

—No lo sé. No puedo recordar, Hollis. Un minuto estaba empacando y al


siguiente…

—¿Cómo demonios salió? —le pregunté.

—Aparentemente, su abogado fue lo suficientemente inteligente como para


solicitar una evaluación psicológica que el juez concedió. Estaba siendo
transportado a la sala psiquiátrica de MDI para su cita cuando escapó de la
custodia. Debió haber ido directamente a Theresa después de robar un automóvil
porque nos acababan de notificar que se había liberado.

—Bueno, él no se escapará de nuevo. Me aseguré de eso.

—¿Estás herida, nena? —le pregunté a Theresa, sintiendo a Hollis ponerse a


mi lado.

Mis ojos se dispararon hacia Hollis y él me fulminó con la mirada.

—Me duelen los brazos y los hombros de estrellarme en el maletero— dijo


Theresa.

—Entonces dejemos que los paramédicos te observen —dijo Hollis.


Los seguí mientras Hollis la guiaba hacia la ambulancia. Mis ojos se posaron
en mi puño ensangrentado cuando uno de los muchachos comenzó a limpiarlo.
Hollis le estaba quitando el cabello del rostro a su hermana y ocasionalmente me
observaba y no estaba seguro de lo que iba a pasar después.

Hasta que vi a Hollis caminando hacia mí.

—Así que… —dijo.

—Así que.

Hollis me miró peligrosamente y sacudí la cabeza. Ya no estaba jugando el


juego de medir la polla. Sacudí mi cabeza, luego pasé junto a ellos mientras se
preparaban para cargar a Theresa en la ambulancia. Me estaba preparando para
entrar e ir con ellos, pero la mano de Hollis cayó sobre mi hombro y me dio la
vuelta.

Mis fosas nasales se dilataron cuando mi mirada enojada se encontró con la


suya.

—¿Qué?

—Te dije que tú y yo íbamos a hablar de esto— dijo Hollis.

—¿Y ustedes dos imbéciles piensan que es el momento de hacer eso? —


sonó una voz a unos metros de distancia.

Mis ojos volaron hacia Theresa y la vi levantarse de la camilla. Extendió su


mano hacia la mía y la tomé sin dudarlo. Me acerqué a ella y me incliné hacia su
frente, besándola con ternura antes de acunar su cabeza. Se le notaban hematomas
severos en el brazo y me enfermó de ira. Vi a Hollis acercándose a nosotros por el
rabillo del ojo.

Levanté mi mano para detenerlo y sus ojos se abrieron de par en par.

—Esa es mi maldita hermana —dijo.

—Entonces comienza a actuar como un hermano apropiado.

—¿Qué demonios crees que estoy haciendo ahora?

—Cuestionando sus elecciones de vida —le dije.

—Hollis, dale un descanso, ¿de acuerdo? —pidió Theresa.

—¿Qué descanso?
Theresa sacudió la cabeza cuando un gran suspiro abandonó sus labios.

—¿Grant?

—¿Sí?

Observé una sonrisa en su rostro y me llenó el corazón de tanta alegría.

—Te amo—dijo.

Todos se volvieron para mirarnos mientras su mano se acercaba a mi mejilla.

—Te amo más que al aire. O al agua. O tomar el sol en topless junto a un
arroyo.

—¿Qué? —preguntó Hollis.

—Te amo más que al vino. O a Jane. O los lirios en la tumba de mi madre. Te
amo más que la nieve, las tormentas eléctricas o las vistas frente al mar desde
lujosas habitaciones de hotel.

—¿Qué demonios está pasando? —Preguntó Hollis.

—¿Pero sobre todo?

Guio mi rostro hacia sus labios y se detuvo, permitiendo que su aliento


latiera contra mi piel. Luego, agarró mi camisa y atrajo mi cuerpo y atención
mientras todos los policías y los técnicos de emergencias se volvían para mirarnos.

—Te amo más que a Hollis —dijo, susurrando.

—Ahora eso es una mierda —dijo Hollis.

Ella me atrajo hacia ella y nuestros labios se juntaron. Nuestras lenguas


lucharon mientras exploraba su sabor. Su brazo se deslizó a mí alrededor,
agarrándome con tanta fuerza que pensé que los técnicos de emergencias médicas
tendrían que sacarla de mí con una palanca.

Pero no me importaba.

Lo que sea que Theresa quisiera, lo conseguiría.


Traducido por Doncella de Lorde y Leah Hunter
Corregido por Imma Marques

—T
odavía no puedo creer que tu papá le dijese a Hollis que
se callara —dijo Grant—. Parecía que lo decía en serio.

—Iba en serio con muchas cosas que dijo en el


hospital. Como en su disculpa para ti.

—¿Estás segura que no quieres quedarte otra noche antes de irnos?

—Estoy segura —dije—. Quiero llegar a Boston. Quiero ver tu casa. Quiero
aprender acerca de la vida que creaste para ti.

—Bueno, ya hablé con un doctor que irá a revisarte en unos días. Solo para
estar seguros.

—Siempre preocupándote. —Sonreí.

—¿Por ti? Siempre.

Mientras Grant y yo conducíamos por la carretera y avanzábamos hacia


Boston, mi mente volvió al hospital. Con los dedos entrelazados y su palma
descansando sobre mi muslo, finalmente me estaba embarcando en una nueva
aventura. Renuncié a mi trabajo en la clínica dental de mi padre y aceptó mi
renuncia con una sonrisa en su rostro. Hollis todavía estaba juntando las piezas,
pero, al final, me dejó ir con un abrazo y una sonrisa.

Y la promesa de que lo llamaría una vez que llegáramos a casa de Grant.


Tuvimos que quedarnos en Maine unos cuantos días más. El protocolo para
conmoción cerebral se activó en el momento en el que volví a entrar por esas
puertas dobles. Afortunadamente, no había conmoción cerebral. En cambio, tenía
una mandíbula adolorida y algunas costillas golpeadas, pero tener a Grant
sosteniendo mi mano toda la noche y quedándose junto a mí me ayudó a aliviar
gran parte del miedo que todavía estaba experimentando.

Al final, mi papá admitió que Grant era perfecto para mí. A Hollis no le gustó
la forma en que esa declaración sonaba, pero también lo sabía. Vio cómo Grant se
preocupaba por mí y cuánto lo amaba y al final le dio a Grant “la charla”. La que
sonó algo así como: “Si lastimas a mi hermana, te mataré”.

¿La respuesta de Grant? No te preocupes. Si alguien lastima a tu hermana,


también los mataré.

Ike iría a prisión por mucho tiempo. Una vez que saliera de la unidad de
cuidados intensivos, por supuesto. No se levantaron cargos penales contra Grant
basados únicamente en el hecho de que estaba actuando para salvar mi vida. Lo
cual era maravilloso, aunque estoy bastante segura que Hollis forzó a algunas
personas para que no interviniesen.

Era una de las únicas maneras que él conocía para demostrarme que
realmente quería que yo fuera feliz, incluso si eso significaba convivir con su mejor
amigo. Me dormí algunas veces en el auto hasta que sentí cómo se detenía
lentamente. Abrí los ojos, vi la hermosa casa frente a mí y jadeé. Las estrellas
titilaban sobre la increíble casa que estaba mirando y me quedé boquiabierta
mientras mis ojos se volvieron hacia Grant.

—¿Aquí es donde vives?

—La construí yo mismo. ¿Qué piensas?

La hermosa casa de dos plantas era de color gris pálido con adornos blancos
en el exterior. Había un porche que le daba vuelta completa alrededor con
contrastes de piedra que lo estabilizaban en los cimientos. El césped era de un
verde exuberante bajo la pálida luz de la luna y los árboles y las hermosas flores
que rodeaban la casa le daban toques de color que me recordaban a los tatuajes
de Grant. La mampostería había sido colocada a mano, había sillas con mesas en
medio colocadas en todo el porche y un columpio de porche vigilaba la propiedad
entera desde una de las esquinas.

—¿Quieres echarle un vistazo al interior? —preguntó Grant.


—Oh sí —dije sin aliento.

Dejamos mis maletas en el auto y caminé al porche de entrada. Abrió la


puerta y me escoltó adentro y el lugar entero cobró vida. Con un chasquido de su
muñeca, una luz tenue iluminó la casa entera, bañando los pisos de caoba con un
brillo decadente.

Directamente a mi izquierda había una sala de estar con una chimenea, una
escalera contra la pared a mi derecha y más hacia dentro de la casa había un cuarto
de entretenimiento, así como la cocina. Entré hasta el centro de la casa y miré hacia
el ático mientras mis ojos bailaban sobre los artefactos de madera pintados que
casi parecían tallados a mano.

—¿Construiste todo esto tú solo?

—Sí, yo y mi equipo. Yo lo diseñé.

—¿Lo diseñaste? —pregunté.

—¿Cuál creíste que era mi trabajo? —preguntó Grant.

—No lo sé. ¿Sentarse y dar órdenes?

Se rio mientras envolvía los brazos alrededor de mi cintura.

—¿Quieres ver el piso de arriba? —preguntó.

—Si por “el piso de arriba” ¿te refieres a tu habitación? Entonces, sí.

Sus cejas se elevaron cuando me giré entre sus brazos.

—Han pasado días desde que me tocaste —dije—. No me hagas esperar


más tiempo.

—Ese es un problema que puedo solucionar fácilmente.

Me levantó en sus brazos y me cargó por las escaleras. Las impresionantes


paredes de color azul claro nos condujeron por el pasillo hasta la última puerta a la
izquierda. Había una cama gigante con dosel y un balcón de dos puertas con vista
al increíble patio trasero de su propiedad y jadeé de nuevo. Su jardín tenía
frondosos árboles y hermosas plantas y rosales que florecían en todos los colores.
Era como si sus tatuajes hubieran cobrado vida en su propiedad y cuando me
tumbó en la cama, mis ojos volvieron a encontrarse con los suyos.

—Nunca habría esperado que estuvieras en un lugar como este.


—¿Por qué? —preguntó Grant, mientras se quitaba la camisa.

En lugar de responder, pasé las yemas de los dedos sobre los colores
brillantes de los diseños tatuados sobre su cuerpo mientras sus manos subían por
mis piernas. Enganchó los dedos en mis bragas y las deslizó hacia abajo, quitando
la tela empapada de mi cuerpo. Se puso de pie, sus ojos maravillándose de mí
mientras se quitaba el resto de la ropa y se paraba en toda su gloria frente a mí.

Su silueta cincelada se encontraba desnuda y cada músculo rebosaba de una


acalorada intención.

Cayó sobre mi cuerpo y nuestros labios colisionaron. Pasé las manos por su
cabello, aferrándome con fuerza a sus rizos. Me sacó el vestido por la cabeza y me
arrancó el sujetador del cuerpo y me reí cuando lanzó la tela a través de la
habitación. Sus brazos se envolvieron a mi alrededor y me atrajeron hacia él. Mis
caderas se deslizaron con las suyas y sentí su polla elevarse ante la ocasión.
Rezumaba contra mi piel. Mis manos recorrieron su espalda, agarrando cada
músculo y sintiendo cada parte de él tensarse del deseo.

Sus labios se deslizaron por mi cuerpo, prestando una atención especial a


mis pechos. Me lamió y chupó los pezones hasta que el deseo me goteaba desde
el interior de los muslos. Su cama se sentía suave contra mi piel y sus manos
exploraban mis curvas. Aferrándolas y masajeándolas mientras mis piernas se
abrían más para él, acomodando su cuerpo ancho mientras mis manos lo
empujaban hacia donde más lo necesitaba.

No perdió tiempo en darme lo que quería. Sus labios me chuparon el clítoris


hasta que me retorcí en la cama. Electricidad se disparaba por mis venas y fuego
ardía en las puntas de mis dedos mientras me acercaba más a su cara. Se arrodilló
en el suelo, con los brazos envueltos alrededor de mis muslos y la lengua enterrada
profundamente en mi coño.

Me retorcía contra su rostro, cubriendo sus mejillas con jugos hechos solo
para él.

—Grant. Oh, mierda. Voy a… me corro. ¡Me corro!

Mi espalda se arqueó sobre la cama y mis talones se enterraron en su


espalda. Gruñó encima de mi coño mojado y su lengua atrapó cada gota que tenía
para ofrecerle. Podía oírlo tragando. Bebiéndome y lamiéndome el clítoris. Temblé
y me sacudí y sonrió contra mí.
Entonces me tomó de las caderas y me volteó antes de levantar mi trasero
en el aire.

Guio su polla pulsante entre mis pliegues y gemí. Cada centímetro que
hundía en mi interior se sentía como otra descarga de electricidad que se
disparaba a través de mí. Mis ojos rodaron hacia atrás de mi cabeza mientras él
marcaba un ritmo implacable, embistiendo contra mi cuerpo y golpeándome el
trasero con la mano. Sentía mi piel enrojeciéndose mientras me masajeaba las
nalgas, sus bolas rebotando contra mi sensible clítoris. Envolví las piernas a su
alrededor, enterré los pies en el colchón y comencé a moverme al ritmo de sus
fuertes caderas.

—Theresa. Mierda. No tienes idea de lo que me haces.

Me levanté y envolvió un brazo alrededor de mi cintura. Me aferré a su


cabello y atraje su rostro hacia mi cuello. Sus manos me palmearon las tetas,
tirando de mis pezones mientras me retorcía contra él. Su polla enorme crecía
contra mis paredes, goteando con mis jugos y tensa con la necesidad de liberarse.
Volteé la cabeza y capturé sus labios, probándome en él. Mi deseo y su sudor,
entremezclados en la piel donde se sentía su barba de varios días. No había nada
que se le comparara. Nada que se sintiera igual. Todo se sentía nuevo y lo estaba
experimentando con Grant.

Como siempre quise.

Me aparté de su cuerpo y me volteé rápidamente. Envolví los brazos


alrededor de su cuello y lo atraje hacia la cama. Se subió encima de mi cuerpo,
acechándome como si fuera su presa mientras sus ojos se conectaban con los
míos. Me atrapó los labios y sonreí, riéndome contra él. Caímos sobre la cama y se
deslizó en mi interior sin esfuerzo mientras la luna iluminaba nuestra piel con un
brillo iridiscente.

—Te amo —le dije sin aliento.

Su polla pulsó dentro de mí mientras nuestros ojos se conectaban. Vi ese


animal alzarse en su mirada. Ese ser encerrado rogando ser liberado. Envolví las
piernas en su cintura, le ahuequé la mejilla y le besé la punta de la nariz.

—Fóllame —le dije—. Y hazlo bien.

Con un gruñido, embistió contra mi cuerpo. Toda la cama se movió y mi


cuerpo bulló de placer. Embestida tras embestida. Estocada tras estocada. Hasta
que los únicos sonidos que se oían eran mis gemidos y el choque de piel contra
piel. Jugos cubrían mi trasero y sus bolas chocaban con mi piel. Gruñó contra mi
cuello y me mordió la piel, dejando marcas en mi cuerpo que sabía que amaría.

Marcas que querría ver cada mañana por el resto de mi vida.

La cama se sacudió y mis tetas saltaron. Su cuerpo chocó con el mío y mi


coño lo devoró. Sentí la sensación creciendo. Sentí mi cuerpo acercándose al
borde. Nuestros ojos nunca se abandonaban y mi agarre nunca lo soltaba y en el
momento en que mis pies comenzaron a curvarse, chocó su boca contra la mía.

Se tragó mis quejidos y gemidos mientras me corría alrededor de su polla,


mi vagina tragándolo más profundamente y manteniéndolo con su agarre.

Nuestros cuerpos colapsaron sobre la cama y tembló sobre mí. Su polla se


vació en mi cuerpo, llenándome con hilos de semen que se dispararon desde su
punta. Lo abracé. Me aferré a él. Le mordí el hombro y me retorcí cuando otro
orgasmo me sacudió el cuerpo. No podía acercarlo más. No podía sentirlo más
adentro. Mi coño le ordeñó el pene hasta que no quedaba nada más que su frente
sudando en la curva de mi cuello y mis manos enterrándose en su espalda.

—Te amo —le dije en un susurro, presionando besos sobre su hombro.

—Yo también te amo, Theresa.

—Te amo —le dije mientras le besaba la mejilla—. Te amo —le dije mientras
le besaba la nariz—. Te amo —le dije mientras lo besaba en los labios.

Repetí la frase hasta que había llenado cada parte de su cuerpo. Cada parte
de sus músculos esculpidos y cada fisura de su figura cincelada. Repetí la frase
hasta que su cuerpo se sacudió, sus labios temblando de necesidad por mí. Lo dije
mientras envolvía los labios alrededor de su polla y lo chupaba hasta que latió
contra mis dientes. Lo repetí mientras me follaba por detrás, presionándome contra
el vidrio de las puertas de su balcón privado. Lo repetí mientras me corría
alrededor de su pene dos veces más esa noche, con nada más que el sonido de su
gruñido en mi oído.

Y lo dije mientras yacíamos en la cama, enredados en las sábanas, con la


mejilla presionada sobre su corazón. Sabía que estaba finalmente en casa.
Traducido por Doncella de Lorde y âmenoire
Corregido por Flochi

A
l día siguiente, mientras conducía a Theresa alrededor de la ciudad
para que contemplara las vistas de Boston, mantuve estrecha
vigilancia de mi teléfono. Cada vez que se iluminaba con un mensaje
de texto, intentaba ocultárselo. Sostuve su mano y caminé alrededor de la ciudad
que me acogió cuando nadie más lo hizo y le mostré todos mis lugares favoritos. El
bar que frecuentaba. La esquina donde me sentaba con Matt cada vez que
necesitaba despejar mi cabeza del trabajo. Manejé hacia algunos de nuestros
proyectos más recientes y le hablé a Theresa lo básico sobre lo que mi compañía
hacía. En su mayoría mierda que hacía a la gente bostezar.

Pero no a Theresa.

Ella estaba llena de preguntas.

—¿Por qué la esquina de la casa está en ese ángulo?

—¿Por qué colocar una viga de soporte si no es necesaria?

—¿Qué es una fachada en placas?

—¿Por qué no hacer un garaje para dos autos en lugar de dos garajes
individuales?

Disfruté responder cada una de las preguntas, pero estaba listo para
regresar a casa. Tenía una sorpresa enorme para ella y estaba lista. Theresa quería
detenerse y entrar en una boutique que pensó que era linda y terminé
comprándole un vestido que se le veía fabuloso. Se quejó de que era demasiado
dinero para gastar en algo como eso, pero un vestido de verano que se veía así de
fenomenal sobre sus curvas nunca sería demasiado caro para mi billetera. Se
cambió y se lo colocó ahí mismo en el lugar y no podía creer lo perfecto que era
para el momento en el que estábamos a punto de entrar.

Era blanco y rosa pálido, con líneas amarillo claro pintadas libremente por
todo el diseño.

Nos conduje hasta la casa y estuve aliviado cuando no vi automóviles en la


entrada. Eso significaba que todos me escucharon. Entrelacé mis dedos con los de
Theresa y la guie adentro de la casa y ni siquiera llegamos hasta el pasillo antes de
que todos salieran de un salto.

—¡Sorpresa!

Theresa gritó antes de comenzar a reírse histéricamente. Jane corrió y la


abrazó fuerte antes de que Hollis la siguiera. Glen estaba ahí y abrió sus brazos
hacia ella mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Sostenían copas de champán
con las cuales esperaba que todos brindaran después de lo que haría. Mantuvieron
ocupada a Theresa cuando metí la mano en el bolsillo, saqué la pequeña caja y me
puse de rodillas.

Y cuando ella se dio la vuelta, su alegre risa se convirtió en un asombro


silencioso.

Abrí la pequeña caja y revelé el brillante anillo que había visto en la vitrina
de la tienda el primer día que viajé a Boston sin ella. Pasé por el escaparate y los
colores del anillo llamaron mi atención, pero en el momento en que lo vi fui
transportado a nuestro primer encuentro. En su apartamento. Contra su pared.
Meciéndome contra su dulce cuerpo como había querido sentir por años. Nos
quedamos dormidos en el piso y me desperté con su cabeza en mi pecho y lo
supe, justo en ese momento, que ella era la única mujer para mí. La única mujer a
la que amaría y la única con la que podría soñar compartir mi vida.

Sostuve para ella el brillante diamante amarillo mientras las gemas rosadas
que cubrían la banda de oro rosa resplandecían.

—Theresa, eres, sin lugar a dudas, la mujer más confusa que he conocido.

La habitación estalló en risas mientras una sonrisa llorosa se deslizó por sus
mejillas.
—Eres espontánea y temeraria. Haces zag antes de hacer zig y me dejas
constantemente adivinando qué harás a continuación. Un minuto estás molesta y al
siguiente estás en mis brazos y no hubo nunca un momento en el que pensara que
te tenía descifrada por completo. Excepto uno.

Saqué el anillo de la caja y me puse de pie, tomando su mano izquierda en


la mía.

—Cuando entré a ese apartamento después de hablar con tu arrendador,


pude sentir tu pánico. Nuestros corazones estaban conectados y sabía exactamente
lo que había pasado. E incluso antes de rastrearte, tuve una idea de hacia dónde ir.
Y cuando entré en esa bodega y lo vi encima de ti…

Respiré profundo cuando vi una lágrima correr por la mejilla de Theresa.

—Supe que, si él te alejaba de mí, no tendría nada. ¿Esta vida que construí?
La construí en tu memoria. Bajo la premisa de que, algún día, tendría algo que
ofrecerte de lo cual podrías estar orgullosa de tomar. La construí con la idea de que
un día, podría ofrecértela y la aceptarías con gusto. Y supe que, si alguien o algo te
arrancaban de mí, nada de eso importaría. El negocio. La construcción. Esta casa.
Nada de eso habría significado nada porque siempre te habría extrañado. Siempre.

Alcé la mano y limpié las lágrimas de Theresa con mi pulgar.

—Siempre te he amado, Theresa. Y no soy nada sin ti.

Miré hacia el anillo en mi mano y lo sostuve para colocarlo frente a su dedo.


Mi pulgar trazó círculos en la parte superior de su piel mientras mi mente giraba
con cosas por decir. Pero no tenía nada más que decir.

Solo una pregunta por hacer.

—Theresa Peterson, amor de mi vida, ¿te casarías conmigo?

Con un rápido movimiento, deslizó su dedo a través del anillo y envolvió su


brazo alrededor de mi cuello. Llevó mis labios a los suyos y la abracé, haciéndola
retroceder mientras nuestras lenguas conectaban. Todos irrumpieron en aplausos y
escuché una botella de champaña abriéndose en el fondo y pude sentir la sonrisa
de Theresa creciendo contra mis labios.

—Un brindis por la pareja feliz —dijo Glen.

Ayudé a Theresa a ponerse de pie mientras ambos tomábamos una copa de


champaña de su agarre.
—Por un nuevo y brillante futuro. Solo para que sepan, los estaré visitando
mucho.

Me reí y levanté mi copa en el aire, chocándola con la de Glen antes de


presionar un beso contra la cabeza de Theresa.

—¡Por la feliz pareja! —exclamó Jane—. Estoy a cargo de la despedida de


soltera.

—¿Eso significa que me toca la despedida de soltero? —preguntó Hollis.

—Sin desnudistas —dijo Theresa.

—¿Podemos tener desnudistas? —preguntó Jane.

—¿Esta es una conversación de la que debería formar parte? —preguntó


Glen.

—Si vas a venir a la despedida de soltero, sí —dijo Hollis.

La fiesta empezó y todos estaban hablando mientras tomaban de su


champaña. Eché un vistazo y vi a Jim parado en la esquina, el silencioso pescador
con su forma imponente de más de dos metros. Jane estaba apoyada contra él con
esa sonrisa suya en su rostro y pude decir que Jim estaba disfrutando del
momento. Me di cuenta de que estaba equivocado respecto a Hollis. Supongo que
no pudo arreglar las cosas con Jane después de todo.

Pero mientras miraba a Theresa y la observaba hablando con su padre, supe


que lo único que importaba es que hubiera está en lo correcto respecto a esto.

Había conseguido mi final feliz.

Bebimos, comimos y hablamos hasta entrada la noche, luego todos


comenzaron a irse. Jane se fue con Jim y Hollis y Glen fueron por otro trago a la
ciudad. Puse mi copa de champaña en el lavabo de la cocina y la escuché
tambalearse por todos lados, pero no pasó mucho tiempo antes de que un cuerpo
entrara rápidamente en mi visión.

—¡Atrápame! —exclamó Theresa.

La atrapé sin esfuerzo en mis brazos y la balanceé por todos lados. Su


cabello ondeando alrededor de sus hombros y su sonrisa era tan grande que
cerraba sus ojos. El calor del alcohol hacía que su sonrojada piel brillase y su
vestido nuevo revoloteaba alrededor de su cuerpo y cuando la llevé hacia la sala de
estar, la sostuve fuertemente contra mi pecho.

Nos senté en el sillón y Theresa acarició con su nariz debajo de mi mentón


mientras miraba por la ventana hacia el patio.

Estaba jodidamente contento de haberme tomado el tiempo para ordenar


mi vida. Que Glen me hubiese echado había sido lo peor que me había sucedido
en la vida, pero más tarde había resultado ser lo mejor para mí. Cada momento,
cada error y cada discusión me habían traído hasta este punto, con Theresa en mis
brazos y mi anillo alrededor de su dedo. Estaba contento de haberme tomado el
tiempo para ser un mejor hombre para ella porque era la mejor mujer que existía.

Y era toda mía.

—Te amo, Theresa Peterson Hooper.

Se enderezó en mi regazo y se montó a horcajadas sobre mis piernas, sus


manos quitando mi camisa por encima de mi cabeza. Pasó su suave toque por
encima de mis hombros, tomando mis brazos antes de acariciar con sus palmas mi
pecho. Sus ojos resplandecían con la oscuridad del cielo y la inocencia de las
estrellas y tomé su mentón así podía hacer que levantara su mirada hacia la mía.

—También te amo, Grant Hooper.

Entonces guie sus labios a los míos para un beso antes de quitar el vestido
de su cuerpo.
Seis meses después

Traducido por Ale Grigori y Leah Hunter


Corregido por Imma Marques

A
parte de regresar a Bar Harbor para testificar en el juicio de Ike,
Grant y yo nos habíamos quedado en Boston. Celebramos nuestro
compromiso y me mudé. Redecoramos un poco y pasamos tiempo
juntos. Ayudé a Grant con la fusión de la empresa de construcción que compró y
aprendí por qué era tan importante para él. Me mostró otro lado suyo que se
preocupaba más de lo que yo creía posible, lo que me hizo querer casarme con él
incluso más.

Siempre había sido mi sueño casarme en las playas de mi casa y Grant


estaba más que de acuerdo con ese plan. Después de seis meses de planificación,
estábamos de vuelta a Bar Harbor y me estaba preparando con Jane en la suite
nupcial. Estaba colocando el velo en mi cabello y dando los últimos toques a mi
maquillaje, pero había una parte de mí que todavía no podía creer que estaba
sucediendo.

Me estaba casando con Grant Hooper.

—Te ves hermosa —dijo Jane—. Este vestido es impresionante.

—¿No crees que es demasiado encaje? —Pregunté.

—¿De verdad? ¿Te has visto en esto? Grant tendrá una maldita erección
durante toda la boda.
—¡Jane!

—Bueno, ¡lo hará! Quiero decir, míralo. La forma en que se aferra a tu


cintura. La forma en que las mangas de encaje se caen de tus hombros. La forma
en que se balancea alrededor de las piernas cuando caminas. Y tienes ese sujetador
con realce que te compré, así que tu escote es perfecto. No demasiado, pero lo
suficiente como para impacientarlo durante la recepción. ¿Tienes puestas las
medias?

—Sí —dije mientras rodaba los ojos.

—¿Y están unidas a las bragas?

—Jane, sí. Tengo la lencería que estabas empeñada en comprarme.

—Bueno. Porque es tu maldita noche de bodas. Si hay alguna noche para


que Grant no te quite las manos de encima, es esta noche.

Me di vuelta y examiné a mi amiga, mis ojos cayeron sobre su vientre.


Todavía no lo podía creer. Ella y Jim. ¿Quién lo hubiera pensado?

—Estoy bien —dijo Jane—. De verdad.

—Dijiste que tenías náuseas esta mañana. Sabes que no me enojaré si te


sientas durante la ceremonia.

—Solo llevo nueve semanas. No es gran cosa —dijo.

—Nueve semanas llevando el bebé de Jim son cinco meses para cualquier
otra persona. El hombre mide más de dos metros de alto.

—Él es mi dulce gigante —dijo, sonriendo.

—¿Estás contenta con él?

Observé bien los ojos de Jane con lágrimas y la abracé fuertemente. Nunca
había visto a mi mejor amiga tan feliz. Le froté la espalda y la escuché sollozar, lo
que me hizo abrazarla más fuerte.

—Estoy tan feliz por ti —dije sin aliento.

—Y estoy feliz por ti —dijo—. Ahora, necesitamos que marches por el


pasillo. Si llegamos más tarde, Grant pensará que no vas a ir.

Las dos caminamos hacia la playa y me detuve justo antes de que las
sombras del edificio desaparecieran. Observé a Hollis escoltar a Jane por el pasillo
y les sonreí a los dos. Esa fue otra sorpresa que había llegado en la cena de ensayo.
Todos pensamos que Hollis terminaría con Jane. Después de todo, mi hermano
había estaba enamorado de ella cuando era niña. Hollis era un aficionado a las citas
en serie con las mujeres, las llevaba constantemente a la cama, pero nunca se
comprometía con ninguna de ellas.

Pero cuando se presentó a la cena de ensayo con su novio, todo cayó


lentamente en su lugar.

La conmoción en el rostro de Grant no tuvo precio, pero no podía decir que


no fuera un poco curioso. Hollis siempre se jactaba de las mujeres con las que
dormía, pero nunca habíamos conocido a ninguna de ellas. Se jactaba de las
mujeres con las que salía, pero nunca las había llevado a casa. Y cuando Jane me
dijo que Hollis la tuvo a solas y no hizo nada, hizo que mis engranajes giraran.

Hollis parecía casi orgulloso de sí mismo por ser capaz de guardar tal
secreto, pero nunca lo había visto más feliz.

Vi a Hollis mirar a su novio desde el pasillo antes de irse y pararse al lado de


Grant. Jane caminó hacia su lugar a mi lado del altar y luego sentí que alguien se
acercaba a mi lado. Miré hacia arriba y al rostro del único hombre que podía ver
caminando por el pasillo.

Y mi padre me devolvió la sonrisa antes de ofrecerme su brazo.

—¿Estás lista? —preguntó.

Uní mi brazo al suyo y me acurruqué cerca.

—He estado lista por años, papi.

La música comenzó y todos se levantaron de sus asientos. Mi padre marcó el


ritmo y juntos avanzamos lentamente por el pasillo. La arena era lisa bajo mis pies
descalzos y las olas rompían en el fondo. El sol colgaba alto en el cielo y cuando
miré más allá, pude ver la habitación del hotel frente al mar.

La habitación donde Grant me había profesado su amor.

Mis ojos se conectaron con los suyos y pude ver el fuego en ellos. La forma
en que sus ojos recorrían mi cuerpo de arriba a abajo mientras me acercaba al
frente de la multitud. Pero no fue la forma en que se lamió los labios o la forma en
que sonrió, ni siquiera la forma en que se veía con sus pantalones de lino y su
camisa abotonada.
Fue la forma en que me ofreció su mano cuando mi padre y yo llegamos al
final del pasillo.

—Trátala bien, Grant.

—Tienes mi palabra, Glen.

Mi padre me dio un último abrazo y luego puse mi mano en la mano del


hombre que estaba a punto de convertirse en mi esposo.

Cuando nos paramos frente a la multitud y recitamos nuestros votos, noté


algo. Todos tuvieron su final feliz. Jane había encontrado a Jim y esperaba un
hermoso regalo de alegría. Hollis finalmente nos había presentado a un hombre
que le robó el corazón. Y yo estaba parada allí con Grant. El chico del que me había
enamorado a los quince años y el hombre con el que me estaba comprometiendo
por el resto de mi vida. Agarré sus manos e intercambiamos anillos y una vez que
los votos terminaron, sus manos me quitaron el velo del rostro.

Y mientras sellábamos nuestro amor con un beso que me sumergió hasta la


arena, la multitud estalló en aplausos cuando sonreí en los labios de Grant.

Era oficialmente la señora de Grant Hooper.

Nos volteamos hacia la multitud antes de que Grant me levantara en sus


brazos. El velo cayó sobre el suelo y lancé el ramo de flores hacia la multitud. Me
acompañó por el pasillo, sobre las suaves dunas de arena y de regreso al edificio
donde nos habíamos preparado. Me estrechó más cerca de su pecho amplio y
pude sentir el ritmo reconfortante de su corazón. Mis brazos se envolvieron
alrededor de su cuello y los anillos que me había comprado brillaron bajo la luz del
sol.

Pero todavía tenía una sorpresa para él.

—¿Grant?

—¿Mmh? —preguntó mientras me llevaba hacia el auto.

—¿Te emociona lo de Jane y Jim?

Alargó la mano y abrió la puerta del auto antes de depositarme en el asiento


del pasajero.

—Sí —dijo—. Puedo decir que están muy entusiasmados con su próximo
paso.
—¿Alguna vez te has preguntado si seremos padres?

Sus ojos se entrelazaron con los míos mientras sus dedos bailaban alrededor
de mis anillos de boda.

—No puedo decir que no lo he pensado. Pero no es algo con lo que quiera
presionarte demasiado pronto.

—Así que, ¿quieres hijos?

—¿Alguna vez te he dado la impresión contraria?

Le sonreí mientras le tomaba la mano y la ponía sobre mi vientre.

—Entonces supongo que es tiempo de que te lo diga.

Sus ojos se alzaron de golpe hacia los míos y frunció el ceño.

—¿En serio? —preguntó.

—En serio —dije.

—¿Lo estás?

—Sí —dije.

—¿Vamos a serlo?

—Sí.

Su ceño se relajó y una sonrisa se extendió lentamente por sus mejillas.

Sus brazos se envolvieron a mi alrededor y me sacó del auto. Sus labios


chocaron con los míos y entrelacé los brazos alrededor de su figura masiva. El
viento se alzó a nuestro alrededor, levantando la tela del vestido y los extremos de
su pantalón de lino blanco. Nuestras lenguas danzaron, mis labios se hincharon
contra los suyos y me presionó contra el auto mientras el sol brillaba sobre
nosotros.

Su mano se posó sobre mi vientre, ahuecándolo con cariño mientras


apartaba los labios. Nuestras frentes se unieron y nuestros ojos entraron en
contacto y por un segundo, nada más existió.

Solo él, yo y nuestro hijo no nacido.

—Voy a ser padre —dijo Grant.

—Y vas a ser uno genial.


Sin embargo, podía ver la preocupación en sus ojos y levanté las manos para
ahuecar sus mejillas.

—Lo serás. Grant, nuestro hijo tendrá suerte de tenerte como padre.

Tomó mi mejilla mientras pasaba el pulgar por mi labio inferior.

—Y tú serás una madre increíble, Theresa.

Sonreí y lo tomé por la camisa, atrayendo sus labios hacia otro beso.

—¡Vamos ustedes dos! ¡Muévanse!

Me reí en sus labios mientras oía a Hollis gritándonos.

—Un novio —dijo Grant con un susurro.

Incliné la cabeza hacia atrás y me reí, dándole un golpe juguetón en el


pecho.

—Tienes que admitirlo: era raro que ninguno de nosotros hubiera conocido
a las “novias” de Hollis.

—Mientras sea feliz, me importa una mierda —dijo.

—La verdad es que a mí tampoco. Me alegra que también viva su cuento de


hadas.

Grant me ayudó a entrar al auto antes de subirse en su lado. Bajé la ventana,


dejando que la brisa de la playa fluyera por mi cabello. Mientras conducíamos por
la carretera hacia la recepción en la cabaña de la playa, pensé en nuestro futuro. En
cómo mi cuerpo crecería y cambiaría. En cómo nuestras vidas se compondrían
pronto de noches sin dormir, desayunos tempranos y pañales sucios. Puse una
mano sobre mi vientre antes de sentir a Grant envolviéndola con la suya y levanté
la mirada hacia él mientras nos deteníamos en una luz roja.

—Te amo —dijo.

La fiereza en sus ojos y la fuerza de su agarre eran reconfortantes.


Tranquilizaban el nerviosismo en aumento y el remolino de mis pensamientos. Le
sonreí con suavidad y me incliné hacia él, apoyando la mejilla sobre su hombro.

—Yo también te amo —le dije—. Para siempre.


escribe sobre poderosas mujeres sexys y calientes chicos alfa

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Los libros de Rye están llenos de apasionado amor caliente y finales donde
todos vivieron felices para siempre.
Moderadoras
Amatista21 Lusya Tessa_skady

Traductoras
Ale Grigori Flochi

âmenoire Leah Hunter

Ashtoash Tori

Bella' Umiangel

Carib Walezuca Segundo

Doncella De Lorde

Correctoras
Bella' Luna PR

Flochi Vickyra

Imma Marques

Recopilación y revisión
Indiehope

Diseño
Tolola

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