1.
Una libra de mantequilla
Hace mucho tiempo vivía un granjero que vendía mantequilla en
un pueblo muy pequeño. El panadero era uno de sus clientes más
fieles, pero un día empezó a sospechar que la barra de
mantequilla pesaba menos que la libra que estaba pagando.
Así, decidió pesarla en su negocio y descubrió que sus temores no
eran infundados. Reunió a varios pobladores como testigos y se
encaminó a los tribunales para demandar al granjero. Una vez allí,
el juez le preguntó al granjero si usaba una medida para vender las
libras de mantequilla.
Con una voz segura y con mucho temple el acusado respondió que,
al trabajar con instrumentos primitivos, no tenía un mecanismo
para pesar su mercancía. Sin embargo, sí tenía un método que
usaba como escala. Los testigos, el panadero y el juez inclinaron el
cuerpo para escuchar mejor la defensa del granjero:
“Señor juez, mucho antes de que el panadero empezara a
comprarme mantequilla yo le he comprado una libra de pan todos
los días. Él me lo trae temprano por la mañana, y lo que hago
es ponerlo en una balanza y le doy la misma cantidad de
mantequilla por el peso que él me da de pan”
Todos reclinaron el cuerpo hacia atrás y miraron de forma
despectiva al panadero. Este decidió retirar los cargos y nunca más
se quejó al respecto del peso de la mantequilla. Sin duda uno de
los mejores cuentos cortos para pensar, uno cuyas enseñanzas
puedes aplicar en tu día a día.
2. El anciano del pueblo
Había una vez un anciano que vivía en un pueblo. Todos los
habitantes lo evitaban, ya que tenía la mala fama de estar siempre
de mal humor. Los niños temían pasar por el frente de su casa, e
incluso los adultos recelaban al desearle los buenos días.
Los habitantes más longevos del pueblo aseguraban que desde
siempre mantuvo esta actitud. Su amargura, odio y resentimiento
superaba su carácter; ya que su casa, su césped e incluso sus
vecinos también asimilaban este tono lúgubre.
Lo cierto es que un buen día, aquel en el que el anciano celebraba
nueve décadas de vida, se empezó a esparcir el rumor de que el
anciano estaba feliz. De repente su casa ya no se veía oscura, los
vecinos habían recuperado su jovialidad y su césped era el más
verde de todo el pueblo.
Todos rodearon su casa en espera de lo que había sucedido, a lo
que el anciano los recibió con una gran sonrisa y emoción. Uno de
los habitantes se atrevió con voz tartamuda preguntar por qué
estaba tan feliz. La respuesta del anciano fue: “Nada en especial.
He vivido noventa años buscando la felicidad y fue inútil. Hoy
decidí dejar de buscarla y amanecí más feliz que en toda mi vida”.
3. El sabio de la montaña
En una montaña vivía un sabio que respondía a todas las
preguntas, dudas e inconvenientes que tenían las personas. Miles
acudían a él a diario para consultarle acerca de sus problemas. Un
día, al percatarse de la dependencia que se estaba creando en
torno a sus consejos, decidió reunirlos a todos alrededor de su
gruta.
Allí, con miles y miles a su alrededor, les contó una anécdota
graciosa que hizo soltar carcajadas a todos los presentes. Al
terminarla esperó un minuto en silencio y empezó de nuevo a
contar la anécdota. Esta vez solo unos pocos se rieron y muchos
asumieron un temple de confusión.
El sabio hizo lo propio una tercera vez, solo que en esta ocasión
nadie se rió de la historia. Uno de sus mayores admiradores se
acercó y le preguntó cuál era el sentido de la dinámica. A lo que el
sabio respondió: “No pueden reírse del mismo chiste una y
otra vez, pero sí pueden quejarse y llorar una y otra vez por
los mismos problemas. ¿No es acaso paradójico?”.
Todos aquellos que lo rodeaban bajaron la cabeza avergonzados y
se retiraron poco a poco de la montaña. Desde entonces, solo
recibe un par de consultas al día; todas estas relacionadas con
cosas estrictamente importantes.
4. El peso del vaso
En una clase sobre el manejo del estrés, un profesor no encontraba
la manera de que sus estudiantes asimilaran sus enseñanzas.
Decidió, justo antes de terminar, coger un vaso de agua, levantarlo
al frente de todos y preguntarles con seriedad: “¿Cuánto pesa
este vaso?”.
Poco a poco todos empezaron a dar sus conjeturas acerca del peso,
hasta que no quedó un solo estudiante presente sin que intentara
acertar la respuesta. Cuando llegó este momento, el profesor
respondió: “A mi parecer, el peso de este vaso es irrelevante. Todo
depende de la cantidad de tiempo que lo sostenga”. El salón
permaneció en silencio y el profesor continuó:
“Si lo sostengo durante un minuto me parecerá que es un vaso
muy ligero. Si lo hago durante horas mi brazo creerá que pesa
varios kilos. Finalmente, si sostengo el vaso durante un día mi
brazo se entumecerá y sentiré que pesa varias toneladas”.
Ante la mirada confundida de sus alumnos el profesor expuso: “El
peso del vaso no cambia, por supuesto, pero cuanto mayor es el
tiempo que decido sostenerlo mayor sentiré que es su peso. Lo
mismo sucede con las preocupaciones de la vida: piensa en ellas
durante un minuto y te parecerán sencillas. Hazlo durante
unas horas y empezarás a preocuparte. Llévalas contigo
todo el día y te dejarán paralizado“.
Los estudiantes asintieron con el rostro y el profesor puso el vaso
sobre la mesa. Con esta dinámica pudo enseñarle más que todo
aquello que había expuesto durante la clase. Convendrás que es
uno de los mejores cuentos cortos para pensar. Si te gustó, lee
también el cuento de “La llave de la felicidad”.
5. El recipiente roto
Un anciano granjero de un pueblo de China tenía que hacer una
larga caminata para llevar agua del arrollo hasta su granja. Para
ello usaba un tronco en su cuello con dos recipientes grandes en
sus extremos. Sin embargo, uno de estos tenía una grieta por
la que se perdía un poco de agua.
Todos los días el anciano debía hacer varias caminatas de media
hora para buscar agua. El recipiente con la grieta, a pesar de
llenarlo por completo en el río, llegaba solo con la mitad del agua.
Por supuesto, el intacto lo hacía sin perder una sola gota.
Así transcurrió la vida del granjero durante dos años, yendo y
viniendo varias veces al día con sus recipientes. Un día, al
inclinarse para recoger agua en el arrollo, notó que el recipiente
agrietado estaba triste. Con una preocupación genuina interrogó
los motivos, a lo cual este respondió:
“Estoy muy avergonzado contigo. Desde hace dos años mi grieta
impide cumplir mi función. Te hago trabajar más por menos, así
que ya no soy eficiente. Deberías reemplazarme por un recipiente
que no filtre agua”. El granjero calló, recogió agua e inició el
camino de regreso.
A la mitad del trayecto el anciano respondió: “¿Notas todos estos
árboles frutales y flores que crecen a tu lado? Bueno, están ahí
gracias a ti. Planté semillas al percatarme de tu grieta y durante
dos años has sido tú quien ha hecho que crezcan”. A partir de
ese día el recipiente recuperó su confianza y cumplió su
labor con solemnidad.
6. El secreto del éxito
Una vez un discípulo le preguntó a su maestro acerca del secreto
del éxito. El maestro, luego de reflexionar en silencio, le pidió que
lo esperase al amanecer en la orilla del río para darle la respuesta.
Al siguiente, justo antes del amanecer, el discípulo encontró a su
maestro en frente de la orilla del río. Sin mediar palabra, salvo un
pequeño ademán de que lo siguiera, empezó a adentrarse poco a
poco en el río.
El agua empezó a subir de los tobillos a la rodilla, de esta a la
cadera y finalmente hasta el pecho. Justo cuando estaba por
cubrirle el rostro, su maestro lo tomó y lo hundió con vehemencia
bajo el agua. Empezó así una lucha feroz por emerger a la
superficie, pero la fuerza de su maestro era tal que se lo impedía.
Finalmente, luego de varios segundos, este dejó que subiera por
una bocanada de aire. Lo llevó a la orilla y le preguntó: “¿Qué era
lo que más deseabas al estar sumergido”? “¡Respirar!”, contestó el
joven discípulo. A lo que este contestó: “Allí tienes el secreto
del éxito. Deséalo tanto como deseabas respirar aire el día
de hoy. Cuando lo hagas, lo obtendrás”.
7. El inverno más frío
Concluimos nuestra selección de relatos cortos para pensar con
esta reflexión tomada de la parábola del erizo de Schopenhauer.
Sucedió en uno de los inviernos más fríos que asoló al planeta.
Miles de animales morían y ya no quedaban grutas disponibles
para salvaguardarse de la temperatura y la ventisca.
Varios erizos, al ver que morirían si no hacían algo,
decidieron agruparse para mantenerse calientes. Parecía una
gran idea, hasta que las púas de cada uno herían a sus
compañeros más cercanos. Al no poder soportar el dolor, varios
erizos se separaron y al poco tiempo murieron de frío.
El grupo de erizos debió tomar entonces una difícil decisión:
permanecer juntos a pesar de las heridas para tener calor, o
distanciarse y morir de frío. Aquellos que aprendieron a convivir
con el dolor sobrevivieron al invierno, mientras que los que no
resistieron murieron solos en la nieve.
¿Qué te ha parecido estos cuentos cortos para pensar? Todos
tienen más de una interpretación, de manera que puedes recoger
más de una enseñanza si reflexionas con atención. No dejes de
compartirlos y de memorizar aquellos que más te han gustado.