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ASAMBLEA APOSTOLICA DE LA FE EN CRISTO JESUS


República Argentina

19
PRINCIPIOS DOCTRINALES

Enero 2024

Publicado por Secretaria de Educación Cristiana

2
19
PRINCIPIOS DOCTRINALES DE LA IGLESIA

1. LA BIBLIA 13
2. LA IGLESIA 13
3. HAY UN SOLO DIOS 13
4. JESUCRISTO 13
5. EL ESPÍRITU SANTO 13
6. EL BAUTISMO EN AGUA 13
7. LA CENA DEL SEÑOR 13
8. LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO 13
9. LA RESURRECCIÓN DE JUSTOS E INJUSTOS 13
10. EL RECOGIMIENTO DE LA IGLESIA Y EL MILENIO 13
11. EL JUICIO FINAL 13
12. LA SANIDAD DIVINA 13
13. LA SANTIDAD 13
14. EL MATRIMONIO 13
15. EL ESTADO Y LA IGLESIA 13
16. EL SERVICIO MILITAR 13
17. EL PECADO DE MUERTE 14
18. EL SISTEMA ECONÓMICO DE LA IGLESIA 14
19. EL CUERPO MINISTERIAL 14

3
LOS 19 PRINCIPIOS DOCTRINALES
DE LA ASAMBLEA APOSTÓLICA DE LA FE EN CRISTO JESÚS

1. LA BIBLIA
“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo,” (Efesios 2:20). La Asamblea Apostólica desde sus inicios ha creído que “nuestro
credo y disciplina, dirección, orden y doctrina están en la palabra de Dios”. Creemos que la palabra
de Dios, la Biblia, es divinamente inspirada (2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20-21), y perfecta (Salmo
19:7), y que ella es nuestra máxima y final autoridad (Mateo 24:35; Salmo 119:89; Romanos 3:4).

Creemos que los 66 libros de la Santa Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, son el canon
completo de las Sagradas Escrituras. Creemos que Dios preserva su palabra a través de los siglos
para la salvación y edificación de su iglesia en todo el mundo. “Dios, habiendo hablado muchas veces
y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha
hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo”
(Hebreos 1:1-2).

2. LA IGLESIA
Creemos que la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo es una, universal e indivisible, formada por todos
los hombres, sin distinción de nacionalidad, idioma, color o costumbres; que hayan aceptado a
nuestro Señor Jesucristo como su Salvador y hayan sido bautizados en el cuerpo por el Espíritu Santo
(1 Corintios 12:13). Los vínculos que unen a los miembros de la Iglesia son el amor y la fe común y
su estandarte o bandera es el Nombre de Jesucristo, ante cuyo emblema marcha gallardamente la
Iglesia, imponente como ejércitos en orden (Cantares 6:10).

3. HAY UN SOLO DIOS


Creemos que hay un sólo Dios que se ha manifestado al mundo en distintas formas a través de las
edades y que especialmente se ha revelado como Padre en la creación del Universo, como Hijo en
la redención de la humanidad, y como Espíritu Santo derramándose en los corazones de los
creyentes.

Este Dios es el creador de todo lo que existe, sea visible o invisible. Es eterno, infinito en poder,
santo en su naturaleza, atributos y propósitos. Él posee una Divinidad absoluta e indivisible; es
infinito en su inmensidad, inconcebible en su modo de ser e indescriptible en su esencia; conocido
completamente sólo por sí mismo, porque una mente infinita sólo se puede comprender por sí
misma. No tiene cuerpo ni partes y por tanto está libre de todas las limitaciones. “El primer
mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Marcos 12:29,
Deuteronomio 6:4). “Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios...” (1 Corintios 8:6).

4. JESUCRISTO
Creemos que Jesucristo nació milagrosamente del vientre de la virgen María, por obra del Espíritu
Santo y que al mismo tiempo es el único y verdadero Dios (Romanos 9:5; 1 Juan 5:20). El mismo Dios
del Antiguo Testamento tomó forma humana (Isaías 60:1-3). “Y aquel Verbo fue hecho carne, y
habitó entre nosotros...” (Juan 1:14). “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios
fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles,
creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16).

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Creemos que en Jesucristo se mezclaron en una forma perfecta e incomprensible los atributos
divinos y la naturaleza humana. Por parte de María, en cuyo vientre tomó forma de hombre, era
humano; por parte del Espíritu Santo, que fue el que lo engendró en María, era divino; por eso se
llama Hijo de Dios e Hijo del Hombre.

Por tanto, creemos que Jesucristo es Dios, “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de
la Deidad” (Colosenses 2:9). Y creemos que la Biblia da a conocer todos sus atributos. Es Padre
Eterno y a la vez es un niño que nos es nacido (Isaías 9:6). Es creador de todo (Colosenses 1:16-17;
Isaías 45:18). Es omnipresente (Juan 3:13; Deuteronomio 4:39). Hacía maravillas como Dios
Todopoderoso (Lucas 5:24-26; Salmos 86:10). Tiene potestad sobre el mar (Marcos 4:37-39; Salmos
107:29-30). Es el mismo siempre (Hebreos 13:8; Salmos 102:27).

5. EL ESPÍRITU SANTO
Creemos en el bautismo del Espíritu Santo, prometido por Dios en el Antiguo Testamento y
derramado después de la glorificación del Señor Jesucristo, que es quien lo envía (Joel 2:28-29; Juan
7:37-39; 14:16-26; Hechos 2:1-4,16-18). Creemos, además, que la demostración de que una persona
ha sido bautizada con el Espíritu Santo, son las nuevas lenguas o idiomas en que el creyente puede
hablar y que esta señal es también para nuestro tiempo.

Creemos también que el Espíritu Santo es potencia que permite testificar de Cristo (Hechos 1:8) y
que sirve para la formación de un carácter cristiano más agradable a Dios (Gálatas 5:22-25). El
mismo Espíritu da dones a los hombres, que sirven para la edificación de la Iglesia (Romanos 12:6-
8; 1 Corintios 12:1-12; Efesios 4:7-13). No aceptamos que haya en ningún hombre la facultad de
impartir a otro algún don, pues “todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a
cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11). “Pero a cada uno de nosotros fue dada
la gracia conforme a la medida del don de Cristo” (Efesios 4:7).

Todos los miembros de la Asamblea Apostólica de la Fe en Cristo Jesús deben buscar el Espíritu
Santo y tratar de vivir constantemente en el Espíritu, como lo recomienda Romanos 8:5-16; Efesios
5:18 y Colosenses 3:5.

6. EL BAUTISMO EN AGUA
Creemos en el bautismo en agua por inmersión y en el nombre de Jesucristo, el cual debe ser
administrado por un ministro ordenado. El bautismo debe ser por inmersión, porque sólo así
representa la muerte del hombre al pecado, que debe ser semejante a la muerte de Cristo (Romanos
6:1-5). Y en el nombre de Jesucristo, porque ésta es la forma en que los apóstoles y ministros
bautizaron en la edad primitiva de la Iglesia, según lo prueban las Sagradas Escrituras (Hechos 2:38;
8:16; 10:48; 19:6; 22:16).

7. LA CENA DEL SEÑOR


Creemos en la práctica literal de la Cena del Señor que él mismo instituyó (Mateo 26:26-29; Marcos
14:22-25; Lucas 22:15-20; 1 Corintios 11:23-26). En esta ordenanza se debe usar pan sin levadura,
que representa el cuerpo sin pecado de nuestro Señor Jesucristo, y vino sin fermentar, que
representa la Sangre de Cristo, que consumó nuestra redención. El objeto de esta ceremonia es
conmemorar la muerte de nuestro

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Señor Jesucristo y anunciar el día en que regresará al mundo, y al mismo tiempo para dar testimonio
de la comunión que existe entre los creyentes. Ninguna persona debe participar de este acto si no
es miembro fiel de la Iglesia y está en plena comunión, pues al hacerlo sin cumplir estas condiciones,
no podrá discernir el cuerpo del Señor (1 Corintios 10:15-17; 11:27-28; 2 Corintios 13:5).

El Señor, al terminar de tomar una cena con sus apóstoles, celebró un acto que de momento los
maravilló y que fue el lavatorio de pies. Al terminar este acto, el Maestro explicó a sus discípulos el
significado de él, y les recomendó que se lavasen los pies los unos a los otros. La Iglesia practica este
acto en combinación con la Cena del Señor o indistintamente como un acto de humildad y
confraternidad cristiana (1 Timoteo 5:10).

8. LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO
Creemos en la resurrección literal de nuestro Señor Jesucristo que se efectuó al tercer día de su
muerte, como lo relatan los evangelistas (Mateo 27:60-64; Marcos 16:1-20; Lucas 24:1-12, 36-44;
Juan 20:12-20). Esta resurrección había sido anunciada por los profetas (Isaías 53:12) y es necesaria
para nuestra esperanza y justificación (1 Corintios 15:20; Romanos 4:25).

9. LA RESURRECCIÓN DE JUSTOS E INJUSTOS


Creemos que habrá una resurrección literal de los muertos en el Señor, en la cual serán cubiertos
con un cuerpo glorificado y espiritual, con el cual vivirán para siempre en la presencia del Señor
(Juan 5:29; Hechos 24:15; 1 Tesalonicenses 4:16; Job 19:25-27; (Salmos 17:15; 1 Corintios 15:35-54).
Los cristianos que estén en pie en el momento en que el Señor recoja a su Iglesia serán igualmente
transformados, y así irán a estar con el Señor para siempre en gloria (1 Tesalonicenses 4:18; 1
Corintios 15:51-52).

Creemos también que habrá resurrección de injustos, pero estos despertarán del sueño de la tumba
sólo para ser juzgados y oír la dura sentencia que los hará herederos del fuego eterno (Mateo 25:26;
Juan 5:29; Apocalipsis 20:12-15; Marcos 9:44; Daniel 12:2).

10. EL RECOGIMIENTO DE LA IGLESIA Y EL MILENIO


Creemos que la Iglesia, compuesta por los muertos en el Señor y los fieles que estén sobre la tierra
en el momento del rapto, será levantada para ir a encontrar a su Señor en los aires y participar en
las Bodas del Cordero. Después vendrá con el Señor a la tierra para hacer el juicio de las naciones y
reinar con Cristo mil años.

Este período será precedido por la Gran Tribulación y la Batalla del Armagedón, a la cual dará fin el
Señor cuando descienda sobre el Monte de los Olivos con todos sus santos (1 Tesalonicenses 4:13-
17; 1 Corintios 15:51-54; Filipenses 3:20,21; Isaías 65:17-25; Daniel 7:27; Miqueas 4:1-3; Zacarías
14:1-16; Mateo 5:5; Romanos 11:25-27; Apocalipsis 20:1-5).

11. EL JUICIO FINAL


Creemos que hay un juicio preparado en el cual participarán todos los hombres que hayan muerto
sin Cristo y los que estén sobre la tierra en el tiempo de su verificación. Este juicio se efectuará al
final del milenio y también se conoce con el nombre de Juicio del Trono Blanco. La Iglesia no será
juzgada en esta ocasión, sino que ella misma intervendrá en el juicio que se haga a todos los
hombres de acuerdo con lo que está escrito en los libros que Dios tiene preparados.

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Al terminarse este juicio, los cielos y la tierra que hoy existen serán renovados por fuego y los fieles
habitarán en la Nueva Jerusalén. La dispensación cristiana habrá terminado y entonces Dios volverá
a ser todas las cosas en todos (Daniel 7:8-10,14,18; 1 Corintios 6:2-3; Romanos 2:16; 14:10; 1
Corintios 5:10; Apocalipsis 20:5-15; 21:1-6).

12. LA SANIDAD DIVINA


Creemos que Dios tiene poder para sanar todas nuestras dolencias físicas, si así es su voluntad y que
la Sanidad Divina es un resultado del sacrificio de Cristo; pues Él llevó nuestras enfermedades y
sufrió nuestros dolores (Isaías 53:4). La sanidad del cuerpo se efectúa por una combinación de la fe
del creyente y del poder del Nombre de Jesucristo que se invoca sobre el enfermo. El Señor
Jesucristo prometió que los que creyeran en su Nombre pondrían las manos sobre los enfermos y
éstos sanarían (Marcos 16:18).

Los enfermos deben ser ungidos con aceite en el Nombre de Jesucristo por ministros ordenados
para que el Señor cumpla sus promesas (Juan 14:13; Salmos 103:1-4; Lucas 9:1-3; 1 Corintios 12:9;
Santiago 5:14-16).

Creemos que la Sanidad Divina se obtiene por la fe y que en caso de que algún hermano tenga
necesidad de someterse a los cuidados y ministraciones de la ciencia médica, los demás no deben
criticarlo, sino considerarse a sí mismos y guardarse de encontrar condenación con lo que ellos
mismos aprueban (Romanos 14:22).

Recomendamos que los miembros y ministros de nuestra Iglesia se abstengan de lanzar críticas
indebidas a la ciencia médica, cuyos adelantos nadie puede negar y que se originan en la habilidad
que Dios ha dado a los hombres para ir descubriendo los secretos del funcionamiento del organismo
humano. Al mismo tiempo, los exhortamos a que no se opongan a las campañas de higiene,
vacunación y limpieza que sean iniciadas por el gobierno, sino que, por lo contrario, colaboren
decididamente en los lugares donde sea posible.

13. LA SANTIDAD
Creemos que todos los miembros del cuerpo de Cristo deben ser santos, es decir, apartados de todo
pecado y consagrados al servicio de Dios. Por esta razón, deben abstenerse de toda clase de
prácticas, diversiones e inmundicias de carne y de espíritu (Levítico 19:2; 2 Corintios 7:1; Efesios
5:26,27; 1 Tesalonicenses 4:3,4; 2 Timoteo 2:21; Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16).

Sin embargo, en la práctica de la santidad, creemos que debe evitarse toda clase de extremismos,
ascetismos y privaciones que tienen cierta reputación de sabiduría, en culto voluntario y humildad
y en duro trato de la carne, la cual es sombra de lo por venir, mas el cuerpo es de Cristo (Colosenses
2:17,23). En lo que respecta a alimentos, sabiendo que “todo lo que Dios creó es bueno, y nada es
de desecharse, si se toma con acción de gracias” (1 Timoteo 4:4).

14. MATRIMONIO
Creemos que el matrimonio es sagrado, pues fue establecido desde el principio y es honroso en
todos (Génesis 2:21-24; Mateo 19:1-5; Hebreos 13:4). Los matrimonios deben verificarse de acuerdo
con las leyes de los países respectivos y luego solemnizarse en la Iglesia según la práctica aprobada.
Las parejas que no hayan legalizado su unión y deseen bautizarse, deben cumplir primeramente con
los requisitos de las leyes civiles.

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Creemos que el matrimonio es una unión que debe perdurar mientras viven los dos cónyuges. Al
morir uno de ellos, el otro está libre para casarse y no peca si lo hace en el Señor (Romanos 7:1-3; 1
Corintios 7:39). Creemos, además, que los matrimonios deben verificarse exclusivamente entre
miembros fieles. Ningún ministro deberá casar a un miembro de la iglesia con una persona
inconversa. Los miembros que estando en plena comunión se casaren con una persona inconversa,
deberán ser juzgados por los pastores.

15. EL ESTADO Y LA IGLESIA


Creemos en la separación del Estado y la Iglesia y que ninguno debe intervenir en los asuntos del
otro, pues aquí se cumple el precepto bíblico de dar lo que es de César a César y lo que es de Dios a
Dios (Marcos 12:17). Los cristianos deben tomar participación en actividades cívicas de acuerdo con
su capacidad e inclinaciones políticas, pero siempre reflejando sus ideas personales y no las de la
Iglesia.

La Asamblea Apostólica siempre es neutral y tiene cabida para los hombres de todos los credos
políticos. Al mismo tiempo, todos los cristianos deben obedecer a las autoridades civiles y todas las
leyes y disposiciones que de ellas emanen, siempre que no contradigan sus principios religiosos o
los obliguen a hacer cosas en contra de su conciencia (Romanos 13:1-7).

16. SERVICIO MILITAR


La Asamblea Apostólica de la Fe en Cristo Jesús reconoce al gobierno humano como de ordenación
Divina (Romanos 13:1-2) y al hacerlo así, exhorta a sus miembros a que afirmen su lealtad a su patria.
Siendo discípulos del Señor Jesucristo, es deber de todo cristiano obedecer sus preceptos y
mandamientos que enseñan como sigue: “No resistáis al que es malo” (Mateo 5:39). “Seguid la paz
con todos” (Hebreos 12:14). También (Romanos 12:19; Mateo 26:52; Santiago 5:6; Apocalipsis
13:10). Por estas Escrituras, se cree y se interpreta que los seguidores de nuestro Señor Jesucristo
no deben destruir propiedades ajenas o quitar vidas humanas.

Se considera un pecado, que después de haber recibido el conocimiento de la verdad, haber sido
hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús, participar en acciones o actos diferentes a aquellos
recomendados por la Divina Palabra de Dios (Hebreos 6:4-9; 10:26-27).

Por lo tanto, se aconseja a todos los miembros que, de acuerdo al dictamen de su conciencia, sirvan
libremente a su patria, en tiempo de paz o de guerra, y prestar servicio, no importando cuán duro
o peligroso sea en todas las capacidades no combatientes. La Doctrina enseña que se ore porque
tengamos siempre hombres de Dios como gobernantes y orar por ellos para que tengan siempre
guía Divina y para que, como nación, seamos guardados fuera de la guerra, con honor y vivir en paz
continuamente (1 Timoteo 2:1-3).

17. PECADO DE MUERTE


Creemos, a la luz de la Palabra de Dios, que hay pecado de muerte y que, si este es cometido en los
términos que expresa la misma Biblia, se pierde el derecho a la salvación (Mateo 12:31-32; Romanos
6:23; Hebreos 10:26-27; 1 Juan 5:16-17). Por tanto, recomendamos que todos los fieles se
abstengan de dar oído a doctrinas en que se promete seguridad eterna al cristiano sin importar su
conducta, y la idea de que “una vez salvo, siempre salvo,” pues la Biblia enseña que es posible ser
reprobado y se necesita permanecer fiel hasta el fin (Romanos 2:6-10; 1 Corintios 9:26-27).

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18. SISTEMA ECONÓMICO DE LA IGLESIA
Creemos que el sistema que la Biblia enseña para la obtención de fondos necesarios para el
cumplimiento de la obra es el de diezmos y ofrendas y que debe ser practicado por ministros y
creyentes igualmente (Génesis 28:22; Malaquías 3:10; Mateo 23:23; Lucas 6:38; Hechos 11:27,30;
1 Corintios 9:3-14; 16:1-2; 2 Corintios 8:1-16; 9:6-12; 11:7-9; 1 Timoteo 5:17,18; 6:17-19; Gálatas
6:6-10; Filipenses 4:10-12,15-19; Hebreos 13:16).

Sabiendo que la obra de Dios no tan sólo tiene aspecto espiritual, sino también material, creemos
que es necesario reglamentar la manera en que se adquieran y distribuyan los fondos necesarios
para responder a las necesidades materiales de la obra.

19. EL CUERPO MINISTERIAL


Creemos que el ministerio es un llamamiento de Dios y que el Espíritu Santo confiere a cada ministro
la facultad de servir a la Iglesia en distintas capacidades y con distintos dones, cuyas manifestaciones
son todas para edificación del Cuerpo de Cristo (Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:5-11; Efesios
4:11,12).

Creemos también que, aunque el llamamiento al ministerio es de origen Divino, la Palabra de Dios
contiene suficientes enseñanzas sobre los requisitos que debe llenar la persona que vaya a servir en
el ministerio y que corresponde a los gobiernos eclesiásticos debidamente organizados examinar a
los candidatos al ministerio y determinar cuándo son dignos de aprobación, y la tarea a que se deben
dedicar (Hechos 1:23-26; 6:1-3; 1 Timoteo 3:1-10; 4:14; 5:22; Tito 1:5-9).

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