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Análisis del Libro de Números en la Biblia

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NUMEROS

Los israelitas habían abandonado Egipto el décimo quinto día del primer mes (Nm. 33:3;
cf. Ex. 12:2, 5) y habían llegado al desierto de Sinaí el primer día (luna nueva) del tercer
mes (Ex. 19:1). El tercer día, Dios se reveló en el monte (v. 16). El tabernáculo se erigió el
primer día del primer mes del segundo año (40:17). El libro de Números comienza con un
mandamiento de Yahvéh a Moisés en el primer día del segundo mes del segundo año. El
vigésimo día del mismo mes «la nube se alzó del tabernáculo del testimonio. Y partieron
los hijos de Israel del desierto de Sinaí» (Nm. 10:11s.). Deuteronomio comienza con una
referencia al primer día del undécimo mes del cuadragésimo año, o sea, alrededor de
treinta y ocho años, ocho meses y diez días después de la partida de Sinaí. En otras
palabras, Números abarca un período de treinta y ocho años y nueve meses, llamado el
período del peregrinaje por el desierto.
Una razón obvia para la inclusión del libro es abarcar el período desde el Exodo y la
revelación de Sinaí hasta los preparativos en Moab para ingresar en la tierra prometida.
Sin embargo, si se observa con más detenimiento hay otras razones que la justifican. El
viaje de Sinaí a Cades-barnea vía el Golfo de Acaba sólo duraba once días (Dt. 1:2), como
lo demostró Y. Aharoni. La ruta directa llevaría tan sólo unos días menos y por Edom y
Moab apenas algo más de dos semanas.3 En Números se señala claramente que el período
de treinta y ocho años era un castigo por la falta de fe, por lo cual ninguno de la
generación de incrédulos entraría en la tierra (cf. Dt. 1:35s.). Números, pues, no es una
sección más de historia, sino otro relato de los actos de Yahvéh. Es una historia compleja
de infidelidad, rebelión, apostasía y frustración, en contraste con la constante fidelidad y
paciencia de Dios.
Título. «Números» es un título extraño para un libro de esta naturaleza. El título en la
Biblia hebrea, tomado de las palabras del primer versículo, es «En el desierto de [Sinaí]».
Este título resulta muy adecuado. Los traductores de la Septuaginta le dieron el nombre
de «Números» por las listas de números que constan en el libro, y ese título perduró a
través de la Vulgata.
Resumen. El libro puede dividirse en tres secciones principales, separadas por los
relatos de los viajes de los israelitas. Al final aparece una sección de material diverso sin
una estricta cohesión.
En Sinaí: Preparativos para la partida (1:1–10:10)
Primer censo (1:1–54)
Campamentos y jefes de las tribus (2:1–34)
Número de levitas y sus deberes (3:1–4:49)
Leyes diversas (5:1–31)
El voto nazareo (6:1–27)
Ofrenda de la dedicación (7:1–8:26)
Pascua suplementaria (9:1–14)
La nube de guía para el pueblo (9:15–10:10)
Viaje de Sinaí a Cades (10:11–12:16)
Partida de Sinaí (10:11–36)
Incidentes en el camino (11:1–12:16)
En Cades, en el desierto de Parán (13:1–20:13)
Misión e informe de los espías (13:1–33)
La decisión del pueblo y el juicio de Dios (14:1–45)
Leyes diversas (15:1–41)
La rebelión de Coré (16:1–50)
Historia de la vara de Aarón (17:1–13)
Porciones de los sacerdotes (18:1–32)
Purificación de los inmundos (19:1–22)
Ultimos acontecimientos en Cades (20:1–13)
Viaje desde Cades hasta los llanos de Moab (20:14–22:1)
Oposición de Edom (20:14–21)
Muerte de Aarón; victoria sobre los adversarios (20:22–22:1)
En los llanos de Moab (22:2–32:42)
Balaam y Balac (22:2–24:25)
Apostasía en Peor y la plaga (25:1–18)
Segundo censo (26:1–65)
Las hijas de Zelofehad, los derechos de la mujer (27:1–11)
Designación de Josué como sucesor de Moisés (27:12–23)
Ofrendas en las fiestas (28:1–30:16)
Venganza contra Madián (31:1–54)
Reparto de tierras a las tribus de Transjordania (32:1–42)
Asuntos diversos (33:1–36:13)
Reseña del viaje desde Egipto (33:1–56)
Límites de Israel en la tierra (34:1–29)
Ciudades de los levitas (35:1–34)
Las hijas de Zelofehad y la herencia de las mujeres (36:1–13)
Problema de crítica literaria. En una época se creía que Moisés escribió tanto Números
como el resto del Pentateuco. Con el surgimiento de la crítica literaria, se señalaron los
problemas de esta teoría. Desde la postura extrema, la crítica rechazaba toda validez
histórica del libro. En la actualidad, en cambio, tiene bastante adhesión la teoría que
sostiene que Números incorpora un gran caudal de material histórico, aunque transmitido
en diversas formas y con considerables modificaciones. Los siguientes son algunos de los
elementos del problema:
1) No se menciona el autor del libro. Números 33:2 señala que «Moisés escribió sus
salidas conforme a sus jornadas por mandato de Jehová», pero ésta es la única referencia
a la actividad literaria de Moisés. A lo largo de todo el libro se lo menciona en tercera
persona. Podría alegarse (como, en efecto, se ha hecho) que Moisés, como César, pudo
haber escrito de sí mismo en tercera persona. Si se compara Números con Deuteronomio,
parecería más probable que Moisés haya sido el autor de buena parte de Deuteronomio y
que no haya escrito Números. No obstante, es la figura central de Números y buena parte
del contenido del libro procede de anotaciones de Moisés o de uno de sus
contemporáneos, quizá Josué.
2) En Números se encuentra una buena cantidad de material primitivo. A la vez, se
presentan numerosos problemas para desentrañar las correlaciones en el material, en
particular de ciertas leyes, ordenanzas y prácticas religiosas. En algunos casos, los eruditos
concluyen que se reflejan prácticas posteriores. Pero no existe consenso al respecto. Por
ejemplo, J. Arthur Thompson sugiere que
estas instituciones ya tuvieron una estructura básica en los días de Moisés, y
que, aunque conservaran el espíritu y los elementos esenciales de las formas
primitivas, hubo modificaciones en las distintas épocas de los siglos en uso, por
lo que la forma manifiesta en Números representa, precisamente, el uso en el
tiempo de la última compilación de los materiales de las fuentes.
El material antiguo presenta un conocimiento profundo del desierto, del pueblo
israelita, de su actitud hacia Moisés y de sus constantes quejas, así como mucho material
descriptivo sobre Moisés mismo. Algunos ritos antiguos, cuya práctica o significado al
parecer después se perdió, se conservan en 5:11–22 y 19:1–22. Las citas del «Libro de las
batallas de Jehová» (21:14s., 17s., 27–30) aparentemente también proceden de una
fuente antigua. En particular, varios pasajes poéticos (tales como las palabras de Balaam
en los caps. 23–24), según opinan los eruditos, están escritos en hebreo muy antiguo, es
decir, del siglo XIII o XII a.C. Los detalles geográficos y las alusiones históricas de estos
poemas, en especial de 24:23s., quizá señalarían la época de la invasión de los «pueblos
del mar», ca. 1190.

Ubicación tradicional de Elim, oasis donde los israelitas acamparon antes de cruzar el Mar
Rojo (Nm. 33:9s.). (A.D. Baly)
Los números en Números. De acuerdo con 1:45s., «Y todos los contados de los hijos de
Israel por las casas de sus padres, de veinte años arriba, todos los que podían salir a la
guerra en Israel» eran en total seiscientos tres mil quinientos cincuenta. Esto refleja el
primer censo, efectuado en Sinaí «en el día primero del mes segundo, en el segundo año
de su salida de la tierra de Egipto» (v. 1). Si la proporción de hombres en edad militar se
estima en un veinte a un veinticinco por ciento de la población—sobre la base de datos de
otros pueblos—el total de la población israelita habría sido de dos millones y medio a tres
millones. Cualquiera sea el cálculo que se utilice, el número no descendería de dos
millones.
Esa es una cifra enorme y los problemas que suscita son muy diversos. Si los hebreos
llevaron consigo «ovejas y muchísimo ganado» (Ex. 12:38), ¿cómo pudo mantenerse en
algún grado de disciplina una multitud de esas características para salir de Egipto? ¿Cómo
sobrevivieron en el desierto, con los reducidos pastizales y la escasez de agua? ¿Y cómo
habría sido que los setenta israelitas que originalmente fueron a Egipto se hayan
multiplicado a más de dos millones en cuatro a siete, o hasta diez generaciones?

CIFRAS DE LOS CENSOS EN NUMEROS 1 Y 26


Tribu Citas Cifras «A» «M» Citas Cifras «A» «M»

Rubén 1:20s. 46.500 46 500 26:5ss. 43.730 43 730

Simeón 1:22s. 59.300 59 300 26:12ss. 22.200 22 200

Gad 1:24s. 45.650 45 650 26:15ss. 40.500 40 500

Judá 1:26s. 74.600 74 600 26:19ss. 76.500 76 500

Isacar 1:28s. 54.400 54 400 26:23ss. 64.300 64 300

Zabulón 1:30s. 57.400 57 400 26:26s. 60.500 60 500

Efraín 1:32s. 40.500 40 500 26:35ss. 32.500 32 500

Manasés 1:34s. 32.200 32 200 26:28ss. 52.700 52 700

Benjamín 1:36s. 35.400 35 400 26:38ss. 45.600 45 600

Dan 1:38s. 62.700 62 700 26:42s. 64.400 64 400

Aser 1:40s. 41.500 41 500 26:44ss. 53.400 53 400

Neftalí 1:42s. 53.400 53 400 26:48ss. 45.400 45 400

Totales 603.550 598 5.550 601.730 596 5.730

A favor 50.296 49,8 462,5 50.144 49,7 477,5

Alta 74.600 7432 700 76.500 76 730

Baja 32.200 200 22.200 22 200

Incremento superior: Manasés (20.500)

Disminución superior: Simeón (37.100)


Este cuadro incluye los censos de Números 1 y 26. Las cifras se vierten como
comúnmente se traducen en los textos bíblicos: Los siguientes elementos se subdividen
en los «miles» (clanes, jefes de tribus) y «cientos» (posiblemente los totales reales).

Hay cuatro enfoques básicos a los que puede someterse el problema de los números,
que pueden aplicarse a otros pasajes del Antiguo Testamento así como al libro de
Números. Estas sugerencias son las siguientes:
1) Los números deben tomarse en forma literal. Para la defensa de esta interpretación
se recurre a varias afirmaciones de las Escrituras. Los descendientes de Israel
«fructificaron y se multiplicaron … y se llenó de ellos la tierra» (Ex. 1:7). Fue esta explosión
de la población la que preocupó a faraón (vv. 9–12) y lo llevó a ordenar que mataran a
todos los varones recién nacidos de los hebreos (v. 22). En cuanto a los problemas del
viaje, los israelitas estaban organizados en grupos más pequeños, que podían manejarse
por medio del liderazgo tribal. Los alimentos y el agua fueron provistos milagrosamente
según las necesidades; a veces se sugiere que el desierto era más fértil entonces que
ahora, de allí que pudiera mantener a más personas y ganado.
Sin embargo, este enfoque no considera el problema en su totalidad, ni incluye toda la
información bíblica. Los pueblos de Canaán se describen como «siete naciones mayores y
más poderosas que tú» (Dt. 7:1), Yahvéh dijo: «No por ser vosotros más que todos los
pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante
de todos los pueblos» (Dt. 7:7; cf. Ex. 23:29). Si los datos de Números se interpretan en el
sentido de que la población hebrea era de dos millones quinientos mil, es necesario
concluir que la población de aquel tiempo igualaba a la que se encuentra en la misma
región (Israel y las demás zonas de Cisjordania) en la actualidad; sin olvidar que además
sumaban menos que cada una de las demás naciones que ya se encontraban en esas
tierras. Esta teoría es muy improbable. Algunas cifras de la antigüedad sirven para
establecer una comparación. Por ejemplo, el rey asirio Salmanasar III enfrentó en la
batalla de Carcar (853) a una coalición de naciones que incluía a Hadad-ezer de Damasco,
Irhuleni de Hamat, Acab de Israel y ocho reinos más. De acuerdo con la inscripción de
Salmanasar, Acab contribuyó con dos mil carros de guerra y diez mil soldados, de un total
de tres mil carros de guerra y setenta mil hombres de combate; y esto en la cúspide de las
diez tribus del norte. En vista de que estaba en juego nada menos que la supervivencia de
su reino, es muy probable que Acab no haya retenido una parte demasiado importante de
sus fuerzas. Cuando Sargón II capturó Samaria, informó que había «tomado como botín a
veintisiete mil doscientos noventa habitantes de aquella» (supuestamente la ciudad de
Samaria) además de los cincuenta carros de guerra. Cuando Senaquerib invadió Judá (701)
y encerró a Ezequías «como a pájaro en una jaula», sitió cuarenta y seis ciudades y llevó
cautivas doscientos mil ciento cincuenta personas, «jóvenes y viejos, hombres y
mujeres».13 Toda la evidencia disponible, bíblica y extrabíblica, al parecer nos disuade de
una interpretación literal de los números de Números.
2) Las cifras de Números constituyen una lista «traspapelada» aquí de un censo que
data del tiempo de la monarquía. Con esta teoría no se resuelve el problema básico, sino
que sólo se lo traslada a una época posterior. Sin embargo, es cierto que elimina
problemas tales como la rápida multiplicación de los israelitas y la posibilidad de que en el
desierto pudiera sobrevivir una cantidad tan grande de personas y animales.
3) La palabra traducida «miles» puede traducirse también «tribus», o con una ligera
variante, «jefe de tribu». W.M.F. Petrie16 sugirió este intento de resolver el problema sin
violentar el texto, y G.E. Mendenhall lo sometió al cierta revisión a la luz de los
descubrimientos arqueológicos.
Esta teoría es atractiva, porque puede trasladarse a los problemas similares de las
grandes cifras de la época de la monarquía y de los reinos divididos ([Link]., 1 S. 6:19; 1 R.
20:30; 2 Cr. 17) y porque requiere una enmienda mínima del texto hebreo. Sin embargo,
no está exenta de problemas. Parecería que no existe relación alguna entre la cantidad de
«tribus», «clanes» y el total de cada grupo.19 Es más, resulta muy extraño que un censo en
el que nunca se manejan cifras superiores a setecientos presente todas las cifras en
centenas exactas. Otro posible problema es la relación entre la cantidad de «miles» y de
hombres que integraban cada «mil», generalmente menos de diez por «mil», lo cual (si se
usa la razón de 1 a 5) indicaría una población total de sólo unas cincuenta personas por
«clan».
La dificultad más seria se relaciona con la cantidad de primogénitos varones de Israel.
Según Números 3:43, sumaban veintidós mil doscientos setenta y tres. Los levitas, a
quienes no se les requería que proveyeran soldados, debían servir como sustitutos de los
primogénitos (vv. 44s.). Los levitas eran veintidós mil. Esta disposición sólo tiene sentido si
veintidós mil es una cifra y no veintidós «miles».
4) Los números forman parte del estilo épico de la narración, que tiene como
propósito expresar la majestad y el milagro de la liberación de Egipto. R.K. Harrison, por
ejemplo, considera que no «deben tomarse ni en forma estrictamente literal ni como una
corrupción del texto». Thompson se contenta con decir:
El censo representa una antigua tradición, de tipo tribal, consistente en la
determinación del cupo de hombres aptos para la guerra, de suerte que los
términos en cuestión significaban unidades militares de algún tipo … El valor
cuantitativo exacto de los términos es desconocido. Algunos estudiosos de la
Biblia no consideran que ésta sea una solución, sino una evasión del problema.
Otros piensan que se reconoce así que, aunque el texto se tome seriamente,
no puede suponerse que podrán resolverse todos los problemas con el
limitado conocimiento disponible.24

TEOLOGIA
Presencia. Por algún medio prodigioso que excede a nuestra comprensión, el Señor
manifestó visualmente su presencia a los israelitas:
El día que el tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la
tienda del testimonio; y a la tarde había sobre el tabernáculo como una
apariencia de fuego, hasta la mañana. (9:15)
Cuando la nube se levantaba, el pueblo emprendía la marcha; cuando la nube paraba,
acampaba. Mientras la nube se mantenía detenida sobre el tabernáculo, los israelitas
permanecían acampados. (vv. 17–23)
Cierta vez, cuando María y Aarón se enojaron con su hermano Moisés «a causa de la
mujer cusita que había tomado» (12:1), el Señor llamó a los tres a encontrarse en el
«tabernáculo de reunión» (v. 4). «Entonces Jehová descendió en la columna de la nube» y
pronunció estas palabras solemnes:
Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en
sueños hablaré con él. No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa.
Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la apariencia
de Jehová. ¿Por qué, pues, no tuviste temor de hablar contra mi siervo Moisés?
(vv. 6–8)
De ésta manera y de otras, el Señor manifestó su presencia. Las historias de esta presencia
permanente a lo largo de toda la época del desierto deben de haber sido relatadas una y
otra vez por generaciones, pues este tema reaparece siglos después en el mensaje de los
profetas.
La providencia de Yahvéh. Además de ser un período de enseñanza práctica de la
presencia del Señor, la etapa del desierto fue también una constante demostración de la
provisión de Dios a las necesidades del pueblo. Proporcionó «maná» al pueblo para
comer; cuando se aburrieron de esta dieta vegetariana, le envió codornices (Ex. 16). Esta
historia se desarrolla más en detalle en Números 11, donde se observa el cuidado
providencial del Señor con las murmuraciones y quejas del pueblo como fondo. La
provisión de codornices parecería temporaria; pero la de maná continuó durante todo el
viaje, y sólo cesó una vez que los israelitas llegaron a Canaán (Jos. 5:12). Cuando Moisés
recuerda las experiencias del desierto, no sólo menciona la provisión milagrosa de
alimentos (Dt. 8:3): «Tu vestido nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado en
estos cuarenta años» (v. 4). Cuando el pueblo no tuvo agua y se quejó a Moisés, Dios
mandó a Moisés y Aarón que reunieran a toda la congregación, y dijo a Moisés: «hablad a
la peña a vista de ellos; y ella dará su agua» (Nm. 20:8). Moisés se irritó por las quejas
infundadas del pueblo y, en un momento de indignación, golpeó la roca dos veces (v. 20).
Por esta causa se le dijo que no entraría en Canaán (v. 12). En todo el Antiguo Testamento
se recuerda una y otra vez el cuidado providencial de Dios, a menudo ilustrado por la
evocación de la etapa de la historia de Israel que transcurrió en el desierto.
La paciencia. Una verdad central de la teología israelita es que el Señor tiene una gran
tolerancia. Números ofrece varios incidentes que forman la base de esta creencia. Dios
fue paciente con Moisés, tanto en el llamado en Sinaí, cuando Moisés intentó evadirse de
la tarea, como luego en el desierto. Moisés mismo por lo general era paciente con el
pueblo; la actitud asumida al golpear la roca en Meriba era rara en él.
Números está plagado de relatos en los que los israelitas rezongan y se quejan. Se
quejaban de su desgracia (11:1). Añoraban el pescado, los pepinos, melones, puerros, las
cebollas y el ajo de Egipto (v. 5), como si hubiesen olvidado la terrible opresión de la
esclavitud. Cuando el Señor les envió codornices, se quejaron (v. 33, cf. Ex. 16). María y
Aarón murmuraron contra la mujer de Moisés (12:1) y su enojo se desbordó de tal forma
que llegaron a sentir celos de Moisés (v. 2). Cuando los espías regresaron de Canaán con
historias de gigantes y grandes ciudades amuralladas, el pueblo quiso escoger un capitán
para regresar a Egipto (14:4). En esta ocasión, la paciencia del Señor llegó a su límite y
declaró que ningún miembro de aquella generación entraría en la tierra excepto Caleb y
Josué, los dos espías que habían animado al pueblo a proseguir y poseer la tierra. Pero
aún en esa situación, el plan de redención de Dios prevaleció y Dios extendió la promesa
para que incluyera a los hijos de aquellos que rehusaron confiar en él. A pesar de las
rebeliones, siguió proveyendo alimento y agua.
Intercesión. En Levítico, se subraya la santidad de Yahvéh y se plantea el interrogante:
«¿Cómo puede un pueblo pecaminoso tener comunión con un Dios santo?». La respuesta
bíblica introduce la intercesión de alguien entre ambos. Como se vio en Levítico, el
sacerdocio y el sistema de sacrificios proporcionaban un medio de intercesión. Números
ofrece varios ejemplos de intercesión personal.
Una de las numerosas afirmaciones del Antiguo Testamento en la que Dios está
caracterizado en términos humanos se relaciona con los celos de María y Aarón de su
hermano Moisés: «la ira de Jehová se encendió contra ellos; y se fue». Repentinamente
María se cubrió de lepra y Aarón exclamó a Moisés: «¡Ah! señor mío, no pongas ahora
sobre nosotros este pecado; porque locamente hemos actuado, y hemos pecado». Moisés
intercedió: «Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora». Y Dios la sanó, pero sólo después de
un castigo simbólico, la expulsión del campamento durante siete días (12:9–15).
Cuando el pueblo se rebeló contra el informe de los espías y quiso destituir a Moisés
para regresar a Egipto, Dios amenazó herirlos con una peste y desheredarlos (14:4–12).
Moisés sostuvo que los egipcios podían enterarse y decir: «Por cuanto no pudo Jehová
meter este pueblo en la tierra de la cual les había jurado, los mató en el desierto» (vv. 13–
16). Razonando sobre la base de su confianza en que el Señor es «tardo para la ira y
grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión», Moisés oró a Jehová
pidiéndole que perdonara la iniquidad del pueblo. El Señor así lo hizo, pero se negó a dejar
que esa generación incrédula entrara en Canaán (vv. 20–23). A partir de tales experiencias
los israelitas desarrollaron una fuerte creencia en el poder de la intercesión de un hombre
justo a favor de los pecadores. Como muchas otras verdades de su fe, ésta se basaba en
hechos históricos de Yahvéh, no sólo en un concepto teológico. Esta intercesión no estaba
reservada a la función sacerdotal sino que formaba parte del ministerio de Moisés como
profeta (cf. Gn. 20:7; Am. 7:2–5).
Yahvéh y las naciones. La creencia de que el Señor reina sobre todas las naciones no se
expresa plenamente hasta la última parte de Isaías; pero, como otros principios de la
teología del Antiguo Testamento, se fundó en la experiencia. El Señor había demostrado
en el Exodo que él era más fuerte que los dioses de los egipcios. Cuando el pueblo rehusó
aceptar el informe de minoría que ofrecieron los doce espías, perdió una oportunidad de
aprender que Yahvéh era más fuerte que los dioses de Canaán. Aunque quizá la lección
más gráfica se encuentre en la historia de Balac y Balaam.
Los israelitas tenían prohibido cruzar la tierra de Edom, y por lo tanto la habían
rodeado (21:4). Debían pasar por territorio amorreo y pidieron permiso para hacerlo en
forma pacífica, pero Sehón, rey de los amorreos, les negó el permiso. Los israelitas lo
derrotaron a él y a su pueblo y tomaron su tierra (vv. 21–25). Luego entraron en Moab, la
última región que debían cruzar antes de llegar a Canaán. Preocupado, Balac, rey de
Moab, requirió el apoyo de Balaam, un profeta mesopotámico conocido por su poder para
pronunciar maldiciones eficaces (22:6). La historia incluye un episodio en el que Dios
disuade a Balaam de maldecir a Israel. Cuando Balac presiona a Balaam, Dios advierte a
Balaam que sólo pronuncie las palabras que él le diría. Balaam aparejó su asna y partió
con los príncipes de Moab. El ángel de Jehová se puso en medio del camino y cuando
Balaam azotó al asna para que avanzara, el asna le habló. Luego el ángel indujo a Balaam a
ir con los moabitas, pero para bendecir a Israel en vez de maldecirlo. El relato es
encantador y debe de haber sido favorito en las tiendas y alrededor del fogón. Pero
ademas de la historia del asna que habla, encierra una verdad profunda. El Señor de Israel
tiene dominio sobre las personas; aun el profeta mesopotámico, al enfrentar a Yahvéh,
sólo puede decir lo que el Señor pone en su boca.
Pero la historia continúa. Balaam—probablemente la misma persona, ya que se lo
llama «Balaam hijo de Beor» en ambos relatos (22:5; 31:8)—al parecer se unió a los
madianitas y sedujo a los israelitas a cometer pecados abominables contra Yahvéh en el
culto a Baal-peor (31:16; cf. 25:1–3). Es muy probable que éste incluyera la prostitución
ritual (25:6) y que fuera el inicio de la prostitución—tanto espiritual como física—que
plagara a Israel durante todo el período de los profetas hasta el exilio. El Señor ordenó a
Moisés que castigara a los madianitas; en una guerra breve, Balaam murió (31:8).
Profecía del cetro y la estrella. Después que Balaam bendijo a Israel por segunda vez,
el Espíritu de Dios vino sobre él y pronunció un oráculo que contiene una profecía muy
citada:
Dijo Balaam hijo de Beor,
Dijo el varón de ojos abiertos;
Dijo el que oyó los dichos de Jehová,
Y el que sabe la ciencia del Altísimo,
El que vio la visión del Omnipotente;
Caído, pero abiertos los ojos:
Lo veré, mas no ahora;
Lo miraré, mas no de cerca:
Saldrá ESTRELLA de Jacob,
Y se levantará cetro de Israel,
Y herirá las sienes de Moab,
Y destruirá a todos los hijos de Set.
Será tomada Edom,
Será también tomada Seir por sus enemigos,
E Israel se portará varonilmente.
De Jacob saldrá el dominador,
Y destruirá lo que quedare de la ciudad.
24:15–19
La profecía es notable por la referencia al dominio de Jacob, pero con más frecuencia
se cita el pasaje que habla de la estrella y el cetro. Muchos la han tomado como una
profecía mesiánica. Se interpretaba en tal sentido en Qumrán; se la cita en los rollos del
Mar Muerto. En su contexto, la profecía no dice nada sobre un Mesías y no hay ni el
menor indicio del comienzo de la era mesiánica. «Estrella» y «cetro» son símbolos de
reinado,30 de modo que la profecía hace alusión a un rey que surgirá de Israel para
conquistar a los enemigos de las cercanías. De esta pequeña chispa finalmente se
desarrolló un fuego ardiente de esperanza en un Mesías que reinaría sobre todas las
naciones con justicia y paz.1

1
William Sanford LaSor, David Allan Hubbard, y Frederic William Bush, Panorama del Antiguo
Testamento: Mensaje, forma y trasfondo del Antiguo Testamento (Grand Rapids MI: Libros
Desafío, 2004), 162–173.

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