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Tipología del Militarismo en América Latina

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REGÍMENES MILITARES: MODELOS Y MECANISMOS DEL MILITARISMO

CONTEMPORÁNEO Si bien todos los regímenes militares se parecen, aunque sea


solamente por la naturaleza de la institución que usurpa el poder, los regímenes
militares latinoamericanos del período comprendido entre los años treinta y ochenta
eran, de hecho, muy diversos. No obstante, es posible elaborar una útil tipología de los
regímenes militares, atendiendo a un reducido número de criterios clave, que tal vez
nos ayude a orientarnos en medio del gran número de casos empíricamente
singulares. Al elaborar dicha tipología, dejaremos a un lado las dictaduras
patrimoniales o sultánicas de América Central y el Caribe durante el período de
entreguerras, ya que su naturaleza militar es como mínimo discutible. Aunque el
primer Somoza, Trujillo y Batista dependieran de las guardias pretorianas bajo su
mando para instaurar sus dictaduras personales, el origen militar de su poder no
bastaba para conferirle una naturaleza rigurosamente militar. Los regímenes
dominicano y nicaragüense en particular, con su práctica del «gangsterismo de
estado» y el enriquecimiento familiar, están más cerca del caudillismo tradicional que
del militarismo moderno. A efectos del análisis, podemos distinguir entre militarismo
reiterado, casi institucionalizado, y autoritarismo llamado «cataclísmico» o «de
ruptura», así como entre regímenes militares con proyectos socioeconómicos
conservadores o contrarrevolucionarios y ciertas formas de militarismo reformista o
progresista. Estas distinciones nos permiten discernir tres modos dominantes de poder
militar en la América Latina contemporánea. La primera forma, que es sin duda la más
característica, la constituye una tutela militar virtualmente permanente, aunque no
estable, en la cual la excepción en términos constitucionales se ha convertido, de
hecho, en la regla. Bajo una forma u otra, existieron repúblicas pretorianas de esta
clase en Argentina y Brasil, así como en El Salvador y Guatemala, hasta mediados del
decenio de 1980. En segundo lugar, Uruguay y Chile después de 1973 fueron
ejemplos del «militarismo catastrófico», en el cual unos militares que antes respetaban
una tradición democrática arraigada trataron de fundar un estado
contrarrevolucionario. Finalmente, en el decenio de 1970, se intentó hacer
revoluciones militares que abarcaban una amplia serie de actitudes reformistas y
nacionalistas, sin participación de las masas pero no sin connotaciones populistas, en
Perú, Bolivia y Panamá en particular, pero también, hasta cierto punto, en Ecuador y
Honduras. 294 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA Repúblicas pretorianas: Argentina y
Brasil El militarismo latinoamericano contemporáneo se ha caracterizado por el
dominio estable que los militares han ejercido sobre el estado más que por golpes de
estado aislados y devastadores. La hegemonía militar duradera, donde ha existido,
databa en su mayor parte de los años treinta. La tutela militar, que duró medio siglo,
quedó prácticamente institucionalizada y el «factor militar» consiguió la categoría de
socio político casi legítimo. Este papel militar recurrente transformó tanto el estado
como las fuerzas armadas y éstas, cuya participación ya era cosa corriente,
constituían fuerzas verdaderamente políticas. Esta clase de institucionalización no
necesitaba seguir, como ocurrió en El Salvador después de 1948, el modelo canónico
de «partido de los coroneles» que dominase la política y legitimase las ambiciones
corporativistas de los militares. Incluso era posible que los militares no ejercieran el
poder directamente, como en Brasil antes de 1964, o que periódicamente devolvieran
el gobierno a los civiles, como en Argentina entre 1930 y 1983. En Argentina, la
hegemonía militar adoptó muchas formas diferentes. El poder militar que tan
brutalmente se instauró en marzo de 1976 no tuvo más de accidente imprevisible o
infracción excepcional de las reglas que las dictaduras más benévolas que lo
precedieron en 1943, 1955, 1962 y 1966. De los veintitrés presidentes, elegidos o no
elegidos, que gobernaron Argentina entre 1930 y 1983, quince eran militares. Sólo dos
presidentes elegidos concluyeron su mandato legal y ambos eran generales que jamás
habrían alcanzado la presidencia de no haber sido por un oportuno golpe de estado: el
general Agustín Pedro Justo, elegido en noviembre de 1931, después de que el golpe
de estado del 6 de septiembre de 1930 derrocara al presidente radical Hipólito
Yrigoyen; y el general Juan Domingo Perón, que fue elegido constitucionalmente en
febrero de 1946 con el respaldo del movimiento obrero, pero que ya era el hombre
fuerte del régimen militar instaurado por la «revolución» del 4 de junio de 1943. En
todo este período ningún presidente elegido en el marco de una sucesión normal logró
jamás llegar hasta el final de su mandato. La estabilidad de las autoridades legalmente
constituidas en Argentina estaba condicionada por el apoyo que recibían de los
militares, entre otros factores. Pero el recurso constante a las fuerzas armadas produjo
una fragilidad crónica del poder civil. Por su parte, los militares, especialmente al
proscribir a los que ganaban (o hubieran ganado) las elecciones, convirtieron
Argentina en un país ingobernable. De 1930 a 1943 el Partido Radical fue víctima de
prohibiciones o fraude electorales. A partir de entonces el peronismo, que salió
victorioso de las elecciones presidenciales de 1946 y 1951, estuvo prohibido desde
1955, el año del golpe de estado «liberador» que derrocó a Perón, hasta 1973. La
consecuencia de estos anatemas militares fue una serie de golpes de estado y una
sucesión de jefes ejecutivos no elegidos o elegidos falsamente. Además, los
presidentes minoritarios que tomaron posesión del cargo estuvieron sometidos a la
vigilancia rigurosa de unas fuerzas armadas divididas en grupos con decididas
afinidades civiles. Por que no sólo llamaban los civiles a la puerta de los cuarteles con
el fin de resolver sus conflictos, sino que también los militares buscaban aliados civiles
con el objeto de no ceder terreno en las luchas intestinas del «partido militar». LOS
MILITARES EN LA POLÍTICA DESDE 1930 295 Las relaciones entre civiles y militares
en Argentina, al menos hasta 1983, se concebían de forma totalmente distinta, y
despertaron una serie profundamente distinta de expectativas, de las que predominan
en los sistemas representativos, estables y pluralistas. Si la intervención militar en
política no era legítima, al menos era legitimada por amplios sectores de la opinión
pública. Lejos de provocar una santa alianza de toda la clase política o de fuerzas
cívicas organizadas en defensa de instituciones representativas, cada levantamiento
militar recibía el apoyo público o privado de los que se oponían a los que estaban en el
poder. Los llamamientos a los militares no eran sólo un medio de venganza política al
alcance de sectores minoritarios. El militarismo no perdonaba a ningún partido. En las
afirmaciones de la clase política las fuerzas armadas, a pesar de sus tendencias
manifiestamente conservadoras y su histórico anticomunismo, no eran presentadas (ni
siquiera después de 1976) como partidarias, por definición o por naturaleza, de un
sector ideológico o social concreto y exclusivo. No fueron sólo los peronistas de
derechas y de izquierdas quienes cortejaron a los militares, sino que el propio Partido
Comunista y casi todas las facciones de la extrema izquierda no violenta aspiraban a
una alianza con «oficiales patrióticos y progresistas» y continuaron albergando la
esperanza de que se produjera una improbable «revolución nasserista». Por tanto, las
fuerzas armadas argentinas, cuando intervenían, nunca eran condenadas de manera
unánime como peligro para el libre desenvolvimiento de la vida política o simple
«instrumento de las clases dominantes». Más bien se percibía a los militares como
socios difíciles, imprevisibles grandes electores en un complejo juego de astucia en el
cual nada podía hacerse contra ellos ni sin ellos. En Brasil, las fuerzas armadas
tuvieron el poder durante veintiún años después del golpe de estado de 1964. Pero, a
diferencia de Argentina, esta situación fue excepcional, ya que, de hecho, nunca se
había producido desde la caída del imperio en 1889. No obstante, la novedad radical
de la actuación de los militares brasileños en términos institucionales fue acompañada
de ideas y medidas más tradicionales en los terrenos económico y político, lo cual
contradecía el concepto de una ruptura total con el pasado. A decir verdad, si
consideramos las seis intervenciones militares habidas en Brasil desde 1930 (las cinco
anteriores a 1964 no dieron lugar a una toma directa del poder), vemos que las fuerzas
armadas intervinieron cuatro veces contra la democracia pluralista (en 1937, 1954,
1961 y 1964), y sólo dos veces para garantizar la legalidad constitucional (en 1945 y
1955). Dos intervenciones anteriores a la de 1964 (las de 1954 y 1961) pueden
considerarse igualmente favorables a proyectos de desarrollo antinacionalistas y
liberales desde el punto de vista económico. Ciertos observadores incluso han dicho
de estas intervenciones que fueron «golpes de estado de prueba» contra el sistema
político establecido. Esta secuencia de presiones e intervenciones reguladoras, en
direcciones alternas, ha apoyado la tesis de que hasta 1964 las fuerzas armadas
brasileñas ejercieron un «poder moderador» que habían heredado del emperador.
Pero reducir los militares a este modelo atribuye a su comportamiento una coherencia
política y una unidad de puntos de vista de las que carecía por completo. Las fuerzas
armadas no intervenían en la vida pública porque estuviesen más unidas y fueran más
eficaces o más capaces de mantener la continuidad en la política nacional. Más bien
parece que ocurría lo contrario. Aunque, después de 1930, los militares brasileños en
general, y el ejército en particular, constituyeron una autoridad 296 HISTORIA DE
AMÉRICA LATINA por encima de las autoridades legales y contra la cual era
imposible gobernar, entre 1930 y 1964 las fuerzas armadas, profundamente
politizadas o por lo menos «ideologizadas», estuvieron divididas en dos tendencias
principales cuyos enfrentamientos públicos interrumpían la vida política. Las mayorías
cambiantes o, mejor dicho, los cambios de los grupos dominantes en el seno de las
fuerzas armadas, unas veces favorables a una política populista y nacionalista que
estaba cerca de la de Vargas y sus herederos, y otras veces cerca de las posturas de
los liberales conservadores, fijaban los límites y las garantías de la autonomía
gubernamental. No sólo ocurría que el sector hegemónico dentro de las fuerzas
armadas sancionaba y ratificaba los resultados electorales, sino que, además, todos
los gobiernos tenían que neutralizar a sus adversarios en las fuerzas armadas con el
fin de tener libertad de acción. Sin tal «dispositivo militar», expresión semioficial que se
refería a lo que era virtualmente una institución, la estabilidad política era inalcanzable.
Por otra parte, las actividades de los partidos y grupos políticos se extendieron a las
fuerzas armadas, de manera más o menos institucionalizada. El partido conservador,
la Uniáo Democrática Nacional (UDN), tenía su equivalente en la cruzada democrática,
llamada a veces «la UDN militar», cuyos líderes se hicieron con el poder en 1964. A la
inversa, los líderes de las fuerzas armadas organizaban clientelas y alianzas civiles y
los oficiales pasaban constantemente de la actividades militares a la política. En las
elecciones presidenciales de 1945, por ejemplo, los abanderados de los dos bandos
opuestos eran generales: el mayor general Eduardo Gomes por la UDN y el general
Eurico Dutra por los getulistas del Partido Social Democrático (PSD). De acuerdo con
la lógica pretoriana, cada uno de los grupos políticos se esforzaba por obtener apoyo
de los militares con el fin de incrementar su propio poder. Y tampoco disminuía el
ardor militarista de los perdedores cuando sus adversarios conseguían el favor de los
militares. Bajo el Estado Novo los liberales siguieron confiando en que los militares
restaurasen la democracia,8 e incluso después del golpe de estado de 1964 parte de
la izquierda continuó proclamando su fe en el espíritu popular y democrático de las
fuerzas armadas nacionales. Algunos observadores se han preguntado por qué, en
1964, las fuerzas armadas brasileñas no se limitaron a efectuar una simple
intervención correctiva, como en ocasiones anteriores. Dejando aparte las
justificaciones oficiales o semioficiales que han presentado tanto civiles como militares,
parece ser que los factores determinantes de los acontecimientos de 1964, en el clima
de guerra fría que imperaba en América Latina, fueron complejísimos. La «crisis del
estado populista» —que era atribuible al agotamiento de su proyecto de desarrollo
nacional y a la inversión de su relación con los trabajadores (que antes estaban bajo
un control paternalista y ahora empezaban a ejercer fuertes presiones sobre él— fue,
de hecho, una crisis del estado en general. La «revolución» de 1964 fue en cierto
sentido un «golpe para el estado», esto es, una fractura institucional cuyo propósito
era reconstituir, sobre nuevos cimientos, una organización estatal reforzada. 8. Este
fue el caso, por ejemplo, de Armando de Salles Oliveira, el principal candidato de la
oposición en la fallida campaña para las elecciones presidenciales de 1937, que fue
obligado a exiliarse poco después. Véase Thomas E. Skidmore, Politics in Brazil,
1930-1964: An Experiment in Democracy, Londres, 1967, pp. 57-59. LOS MILITARES
EN LA POLÍTICA DESDE 1930 297 En la esfera militar la corriente nacionalista
también había perdido terreno ante la ofensiva ideológica de la tendencia llamada
«democrática», que estaba estrechamente vinculada a las fuerzas armadas de los
Estados Unidos. La guerra fría y la iniciación de una nueva fase de desarrollo industrial
que llevaba aparejada una modificación del modelo de distribución de la renta
fortalecieron la posición de los «atlantistas» liberales, entre los cuales predominaban
antiguos miembros del cuerpo expedicionario brasileño (FEB) que había participado en
la segunda guerra mundial. Estos oficiales brasileños, que habían combatido al lado
del cuarto cuerpo de ejército norteamericano en la campaña de Italia, eran
antigetulistas y partidarios de la libre empresa. Habían desempeñado un papel
importante en la formulación, en la Escola Superior de Guerra, de la doctrina de la
seguranza nacional, que vinculaba el desarrollo y la seguridad y, al asignar a los
militares la función de definir «los objetivos nacionales permanentes», justificaba sus
usurpaciones políticas en nombre de los valores de la guerra fría. Sin embargo, en
1964 el general Castello Branco, el líder de la «revolución», no pensaba instaurar una
verdadera dictadura militar. Los vencedores de abril eran liberales autoritarios que
pretendían reforzar y proteger al estado purificando —y no aboliendo^ el sistema
democrático existente. Para ellos se trataba de defender las instituciones heredadas
de la Constitución de 1946 proscribiendo a sus supuestos adversarios, los líderes de la
izquierda y los políticos populistas. No tardó en verse que este proyecto «moderado»
para una democracia supervisada no era factible, dada la fuerza de los partidos
tradicionales y las presiones de los sectores duros de las fuerzas armadas y a
consecuencia también de las medidas económicas elegidas y del descontento popular
que provocaban. A raíz de varios reveses electorales y de una peligrosa movilización
de las masas contra las limitaciones impuestas a la democracia, la Ley Institucional n.°
5 de diciembre de 1968, que daba al presidente poderes dictatoriales, sancionó la
evolución hacia un régimen autoritario que, no obstante, conservó una fachada
parlamentaria. Así pues, el sistema dominado por los militares pasó de una
«democracia manipulada» a una forma de estado autoritario y modernizador en el cual
la tolerancia de la competencia política marginal suponía la consagración popular de
un régimen de emergencia. En las repúblicas pretorianas, las fuerzas armadas, una
vez en el poder, tendían a invadir el estado, sin que importase el respeto que sus
líderes siguieran concediendo a las instituciones representativas. En Brasil, el régimen,
siempre dispuesto a modificar las reglas del juego cuando quiera que no le fuesen
favorables, no titubeó en concentrar en el ejecutivo los atributos de los demás
poderes. De forma parecida, las instituciones burocrático-militares o
predominantemente militares florecieron como lugares donde residía la autoridad
ejecutiva y se tomaban decisiones. Entre ellas podemos señalar el alto mando del
ejército, el Servico Nacional de Informacoes (SNI) y el Consejo Nacional de Seguridad.
El SNI llegó a constituir una especie de «gobierno invisible» y en las manos de su
director se concentraban recursos políticos tan grandes, que el cargo se convirtió en el
camino a la presidencia. En cuanto al Consejo Nacional de Seguridad, cuya creación
por decreto-ley no tuvo lugar hasta 1968, la reforma constitucional de 1969 le confió
nada menos que la tarea de «fijar los objetivos y las bases permanentes de la política
nacional». 298 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA En Argentina, donde las
intervenciones militares suspendieron por completo los procedimientos
representativos, la militarización era todavía más patente, pero tomó formas variables
bajo diferentes regímenes militares. Las instituciones burocrático-políticas que se
instauraron después del golpe de estado de 1966 no eran las mismas, por ejemplo,
que las instauradas tras el golpe de 1976. En el primero de los dos regímenes, el
general-presidente, Juan Carlos Onganía, asumió todo el poder. Las fuerzas armadas
como tales no gobernaban. Esto no quería decir que no hubiera intereses militares en
las orientaciones del régimen y de sus instituciones. El ejecutivo monárquico que creo
el general Onganía fue legitimado en términos de la defensa nacional y la inspiración
de las nuevas leyes que se promulgaron fueron las hipótesis estratégicas del estado
mayor y los requisitos nacionales tal como el mismo los definía. El poder militar más
allá de las paredes de los cuarteles también era visible en las amplias prerrogativas
que se asignaron al CONASE (Consejo Nacional de Seguridad) y al SIDE (Servicio de
Inteligencia del Estado). No obstante, hasta la caída de Onganía en junio de 1971, las
fuerzas armadas propiamente dichas no estuvieron en el poder y los oficiales
ejercieron un número relativamente limitado de funciones ejecutivas. La situación fue
totalmente distinta tras el golpe de estado de 1976. La experiencia de los militares bajo
Onganía y, sobre todo, los requisitos y las consecuencias de la «guerra sucia» contra
la subversión dieron lugar a una inversión en la relación entre el presidente y la junta
de comandantes en jefe. La monarquía militar fue sustituida por un cuerpo colegiado.
Esta nueva estructuración del poder reflejaba la decisión de los militares de gobernar
durante un período largo, su deseo de llevar siempre la iniciativa en sus relaciones con
los civiles y su interés en asegurar la continuidad sin que surgieran discordias en el
seno de las propias fuerzas armadas. El objetivo crucial era evitar los conflictos
intramilitares o por lo menos institucionalizarlos. El autoritarismo entraña
invariablemente una expansión de la burocracia política responsable de la vigilancia y
la represión de los disidentes y los adversarios. Pero la inclinación natural de los
tecnócratas uniformados, sean cuales sean los objetivos y la ideología que proclamen,
hace que, además, en la mayoría de los casos, sean partidarios del aumento de la
planificación gubernamental y de la expansión del papel económico del estado. La
colonización del aparato del estado por parte de los militares es uno de los rasgos más
destacados de las repúblicas pretorianas de América Latina. En Argentina, y en este
sentido, el estado fue militarizado pronto. Los militares argentinos, preocupados por la
«crítica dependencia estratégica» de un país agrícola y no industrializado,
manifestaron interés por la industria desde principios de siglo y desempeñaron el papel
de grupo de presión favorable a la industrialización frente a una burguesía que estaba
convencida de la excelencia del laissez-faire y de la permanencia de las ventajas
relativas de su país. El nacionalismo militar se manifestó en la persona del general
Enrique Mosconi y en la del general Alonso Baldrich, que insistían en que el país tenía
que explotar sus propios recursos petroleros, y del general Manuel S. Savio, que
abogaba por la creación de una industria siderúrgica argentina que, sin embargo, tardó
muchos años en hacerse realidad. No obstante, en 1927 el general Justo, que a la
sazón era ministro de la Guerra en la administración Alvear, inauguró una fábrica de
aviones en Córdoba que durante el año siguiente empezó a producir en pequeña
escala LOS MILITARES EN LA POLÍTICA DESDE 1930 299 bajo licencia europea. La
fecha clave, sin embargo, fue 1941, durante la segunda guerra mundial, año en que se
creó por ley la Dirección General de Fabricaciones Militares (DGFM), entidad
autónoma dentro del Ministerio de la Guerra. Según los definía la ley, sus objetivos
iban mucho más allá de la simple producción de armas y municiones. La DGFM
también debía encargarse de compensar las deficiencias de la industria privada en el
«campo de la producción industrial para el consumo civil». Aunque provocaron una
grave desindustrialización del aparato productivo, el liberalismo sin control que
caracterizó al régimen presidido por el general Videla a partir de 1976 y la filosofía
antiestatista de José A. Martínez de la Hoz, su ministro de Economía, virtualmente no
surtieron ningún efecto en las responsabilidades económicas del estado y, en
particular, en las de Fabricaciones Militares. Parece que el tratamiento de choque
monetarista y la ideología ultraliberal toparon con el comportamiento estatista de los
militares, pero también con sus intereses creados, que habían aumentado a
consecuencia de la reciente colonización del estado. En Brasil, el régimen que se
instauró después del golpe de estado de 1964 propuso ideas ultraliberales en los
asuntos económicos. Con todo, uno de sus rasgos destacados fue la expansión del
sector público y del capitalismo de estado. El crecimiento del sector industrial estatal,
en particular, fue uno de los rasgos más paradójicos de Brasil bajo los militares. Si el
control del ahorro y la distribución dio al estado su enorme poder, su papel en la
producción, que databa de mucho antes de 1964, le confirió una preponderancia
aparentemente abrumadora. De las cien empresas más poderosas del país, en 1970
cuarenta eran de propiedad pública —cuarenta y seis en 1972—, y de las cerca de
seiscientas empresas que el estado controlaba en 1980, aproximadamente doscientas
se habían fundado después de abril

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liberales impenitentes llegaron al extremo de acusar a la administración del general


Ernesto Geisel (1974-1979) ¡de ser «socialista»! Las actividades estatistas y
centralizadoras de las fuerzas armadas brasileñas son una realidad histórica que se
remonta sin interrupción hasta los presidentes militares de los primeros tiempos de la
Primera República. Pero no pueden pasarse por alto las numerosas manifestaciones
de un comportamiento estatista parecido en otros estados militarizados

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