CLÁSICOS UNIVERSALES CLÁSICOS UNIVERSALES
LA ODISEA HOMERO
HOMERO LA ODISEA
LA ODISEA HOMERO
Una vez terminada la guerra de Troya, Ulises emprende el regreso
ADAPTACIÓN
a Ítaca, su patria, donde lo esperan su hijo Telémaco y su fiel es- DE RAFAEL MAMMOS
posa Penélope. Pero el viaje se convierte en una larga peripecia de
diez interminables años, durante los cuales el héroe griego y sus
compañeros sufren toda suerte de penalidades y desventuras. La
astucia es la única arma de Ulises para llegar sano y salvo a Ítaca.
Homero es el nombre del autor al que se han atribuido La Odisea y
La Ilíada, dos de los grandes poemas épicos de la literatura clásica
griega, que no se fijaron por escrito hasta el siglo vi aC. El misterio
de la identidad y la procedencia de este rapsoda se conoce como
la «cuestión homérica».
Títulos de la colección:
1 Edgar Allan Poe 7M
olière
El universo de Poe El enfermo imaginario
2 Robert Louis Stevenson 8 Mark Twain
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde Las aventuras de Tom Sawyer
3 Oscar Wilde 9 Jane Austen
El crimen de lord Arthur Savile y otros Orgullo y prejuicio
relatos
10 Charles Dickens
4 Arthur Conan Doyle Cuento de Navidad
El Valle del Miedo
11 Homero
5 Jack London La Odisea
Amor a la vida y otros relatos
12 William Shakespeare
6 Ernst Theodor Amadeus Hoffmann Romeo y Julieta
El magnetizador
11
Ilustraciones de Pep Montserrat
Cuaderno documental de Rafael Mammos
16 mm
Editorial Bambú
es un sello de Editorial Casals, SA
© 2009, de la adaptación, Rafael Mammos
© 2009, de las ilustraciones, Pep Montserrat
© 2014, de esta edición, Editorial Casals, SA
Casp, 79 — 08013 Barcelona
Tel.: 902 107 007
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Coordinación de la colección: Jordi Martín Lloret
Diseño de la colección: Liliana Palau / Enric Jardí
Imágenes del cuaderno documental: © Aisa,
© Album/akg-images, © Corbis/Cordon Press.
Cuarta edición: enero de 2019
ISBN: 978-84-8343-311-9
Depósito legal: B-1777-2014
Printed in Spain
Impreso en Índice SL
Fluvià, 81-87 — 08019 Barcelona
Cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública o transformación de esta
obra solo puede ser realizada con la autorización
de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
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LA GUERRA DE TROYA
Era Troya una ciudad rica y poderosa de la costa del Asia
Menor. La gobernaba el rey Príamo, un hombre sabio y
justo, querido por sus súbditos. Tenía muchos hijos, entre
ellos Héctor, un guerrero bueno y valiente, y Paris, un joven
risueño y atractivo que finalmente fue la ruina de su pa-
tria. Los oráculos, que predecían los sucesos futuros, ya lo
advirtieron cuando Paris nació: aquel niño sería como una
antorcha que incendiaría la ciudad. Por eso, Príamo prefirió
la muerte de uno solo de sus hijos a la perdición de todo el
reino, y abandonó al recién nacido en el desierto, para que
muriera de hambre. Pero nada se puede hacer contra el
destino, que ya había predicho la suerte de Paris y de Troya
entera. Así sucedió que unos pastores encontraron al niño
abandonado y decidieron criarlo como a un hijo. A partir
de ese día, Paris creció entre los pastores sin saber que por
sus venas corría sangre de reyes.
Pero al cabo de muchos años, cuando Paris era ya un
hombre joven, sus padres adoptivos le revelaron la verdad
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sobre su origen. Paris, al saber de quién era hijo, se fue a
Troya a ver al rey Príamo, su verdadero padre, para que lo re-
conociera como hijo legítimo. Y el viejo Príamo no tuvo más
remedio que aceptar a Paris. Sin embargo, el rey recordaba
todavía la predicción de los oráculos, según la cual el joven
traería la ruina a su ciudad. Por eso, decidió enviarlo a Gre-
cia, con la idea de tenerlo lo más alejado posible de Troya.
Por aquel tiempo, Grecia era un conjunto de ciudades
independientes y cada una tenía su propio rey. Paris, viajan-
do por aquellos lugares, fue a parar a la ciudad de Esparta,
a la corte del rey Menelao. Se decía que la esposa de este
rey, la reina Helena, era la mujer más hermosa del mundo,
y que su belleza era comparable a la belleza de las diosas.
Cuando Paris llegó, pues, a Esparta, fue amablemente aco-
gido por Menelao, como le corresponde a un rey que recibe
a un extranjero. Pero el joven mal le pagó su favor: Paris
se enamoró ciegamente de Helena, y se olvidó del respeto
que debía a su anfitrión. De manera que un día la secuestró
y se la llevó de Esparta, aprovechando la ausencia del rey
Menelao. Los amantes corrieron a refugiarse a Troya, para
desesperación del viejo Príamo, que veía cómo empezaba
a cumplirse la predicción.
Una ofensa tan grande a un rey tan poderoso no podía
quedar sin castigo. Menelao tenía un hermano, Agamenón,
el hombre más influyente y rico de Grecia: los dos jura-
ron recuperar a Helena y destruir la ciudad de Troya, que
había acogido a los amantes furtivos. Con su autoridad,
Menelao y Agamenón convocaron a los reyes y príncipes
de otras ciudades para unirse en una gran alianza y formar
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una expedición militar contra Troya. Así, tras reunir un
gran ejército, las naves de Grecia partieron y se dirigieron
hacia las playas de Troya. Junto a Menelao y su hermano
Agamenón viajaban también los mejores guerreros del país,
como Aquiles, el mejor luchador griego, hombre casi invul-
nerable, hijo de una diosa; estaba también Áyax, un soldado
lleno de furor, de corazón implacable; el sabio Néstor, cuyos
consejos salvaron más de una vez a los suyos; y Ulises, un
hombre valiente y, sobre todo, astuto, a quien nadie supe-
raba en ingenio.
Ulises, rey de la isla de Ítaca y de otras pequeñas islas de
los alrededores, era respetado en su tierra y muy querido
en su casa. Su esposa era la bella Penélope; poco antes de
partir hacia Troya, ambos tuvieron un hijo, de nombre Te-
lémaco. Aunque Ulises intentó librarse de acudir a la guerra
sirviéndose de diversas tretas, al final no tuvo más remedio
que acompañar al resto de los griegos en la expedición. Con
gran pesar, se vio obligado a dejar a su esposa en la flor de
la edad y a su hijo, que era un niño de cuna. Durante todo
el tiempo que Ulises estuvo combatiendo lejos de su hogar,
jamás se olvidó de su familia ni de su hogar, la tierra de Íta-
ca, a la que estaba decidido a regresar algún día. Con todo,
fue precisamente gracias a él que Troya fue destruida.
Durante los diez años que duró la guerra ante las mu-
rallas de Troya, los combates se sucedían uno tras otro sin
que hubiera un claro vencedor: troyanos y griegos ganaban
y perdían según Zeus alternaba las suertes de la batalla. De
ambos lados se perdieron muchos buenos guerreros. En el
bando troyano, Héctor, el más valiente defensor de la ciudad,
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murió a manos del implacable Aquiles; más tarde, el mismo
Aquiles cayó por un disparo de Paris, que le clavó una flecha
en el talón, su único punto débil; y Paris a su vez fue muerto
por otros combatientes griegos. Al final, todos aquellos gran-
des guerreros mordieron el polvo en plena batalla.
Era el décimo año de la guerra, y ningún ejército podía
superar al otro. Sin embargo, los griegos entendieron que,
con la mera fuerza de las armas, nunca lograrían vencer a los
troyanos y entrar en la ciudad. Entonces fue cuando Ulises,
el rey de Ítaca, tuvo la idea que puso fin al conflicto y otor-
gó la victoria a su bando. Siguiendo sus instrucciones, los
griegos construyeron un caballo de madera gigantesco y lo
dejaron abandonado en la playa, a la vista de los habitantes
de Troya. Luego, fingieron rendirse y embarcaron como si
se retirasen de la lucha y volvieran a su país, cansados de
luchar. Pero en realidad era todo teatro: en lugar de surcar
el mar, se habían escondido en unos islotes que había muy
cerca de la ciudad, esperando el momento justo para atacar.
Los troyanos observaron con gran alegría cómo las barcas
griegas se alejaban mar adentro: pensaban que la guerra por
fin había acabado. Al ver el gran caballo de madera en mitad
de la playa, creyeron que se trataba de una ofrenda a Posei-
dón, rey de las aguas, ofrecida por los griegos para que el dios
les fuera favorable en el viaje de regreso. Decidieron arrastrar
el caballo dentro de sus murallas, sin sospechar que en su
vientre hueco se escondían Ulises, Menelao y otros guerre-
ros griegos, quietos y en silencio, preparando la emboscada.
Aquella noche, en Troya, fue toda de celebraciones y
fiestas. Todos los ciudadanos salieron a las calles a festejar el
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fin de la guerra, sin saber que el destino de su ciudad estaba
por cumplirse. Cuando ya el último habitante de Troya dor-
mía, rendido por el cansancio y el vino, los héroes griegos
salieron silenciosamente del vientre del caballo. Sin que
nadie se diera cuenta, abrieron las puertas de la ciudad para
que penetrara el resto del ejército, que ya había vuelto de
su escondite en las islas y estaba preparado para el ataque.
De esta forma, se precipitaron todos los guerreros griegos
a través de la muralla, dispuestos a sembrar la destrucción
de sus enemigos.
Aquello fue la ruina de Troya. Los griegos atacaron sin
piedad y no dejaron a ningún hombre vivo en la ciudad; se
llevaron a las mujeres jóvenes como esclavas, saquearon
todas las riquezas, vaciando casas y palacios. Finalmente,
incendiaron la ciudad, que poco a poco se hundió en cenizas
bajo aquella noche sin estrellas, llena de fuego. Menelao re-
cuperó por fin a su mujer Helena, que había sido el motivo
de toda la guerra, y se la llevó de vuelta a Esparta, de donde
la había secuestrado el traidor Paris.
Para los guerreros griegos que todavía vivían era el mo-
mento del retorno a sus casas paternas, tras diez años de
ausencia. Con las riquezas que habían obtenido del saqueo
de Troya, partieron cada uno a su tierra, sabiendo que su
gloria, desde entonces, sería casi infinita; la guerra era ya
solamente un recuerdo que los poetas futuros convertirían
en música y canto.
Pero en este retorno tan deseado, la suerte de unos y
otros fue desigual. Agamenón, el poderoso comandante del
ejército griego, llegó rápidamente a su hogar, pero encontró
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solo desgracia y muerte; Menelao, su hermano, tardó años
en llegar, retenido en costas extranjeras contra su voluntad.
Pero quien más penas sufrió fue Ulises, el rey de Ítaca. Pro-
tegido por Atenea, odiado por Poseidón, él nunca se olvidó
de regresar a su patria, donde lo esperaba su hijo Telémaco,
convertido en hombre, y su esposa Penélope, que pasaba los
días tejiendo y destejiendo en el telar. Todavía tardó nuestro
héroe diez años más en volver, diez años llenos de mar, de
monstruos y de cielos revueltos; pero jamás lo abandonaron
la constancia y el deseo de volver a su hogar.
Y esta historia que empieza es la odisea del héroe Ulises,
rico en ingenios.
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I.
LOS CICONES
Con la esperanza de volver a su patria, tan querida, Ulises y
sus compañeros aqueos prepararon las naves para la partida.
Subieron a bordo todas las riquezas que habían saqueado de
Troya como botín de guerra. Izadas las velas y recogidas las
anclas, se embarcaron en las naves de lisa proa y surcaron
las olas mar adentro. Tras tantos años de lucha, Ulises por
fin tomaba el camino a su hogar, en la isla de Ítaca, donde
le esperaba su esposa Penélope y su hijo, que era un niño
cuando él se marchó.
Pero ya en alta mar, los vientos, quizás por voluntad di-
vina —que a menudo es cambiante y oscura—, no les fueron
nada favorables; soplando con fuerza, desviaron las naves
de Ulises de su ruta y las llevaron hasta Ísmaros, donde
habitaba el pueblo de los cicones; allí fue donde Ulises y los
suyos desembarcaron. Según la costumbre de entonces, fe-
roz y sangrienta, los hombres de Ulises destruyeron a todos
los cicones que opusieron resistencia y luego saquearon la
ciudad, sin sentir pena. Los cicones que habían sobrevivido
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huyeron hacia las afueras y los griegos, contentos con el
botín logrado, no se hicieron a la mar, sino que prefirieron
celebrar un gran banquete en el que no faltaron carneros
abundantes para cocinar a fuego lento, bien regados con
vino oscuro del mejor. No obstante, el prudente Ulises qui-
so huir con el botín que habían conseguido, pues creía que
aquella imprudencia les saldría muy cara; pero, por mucho
que insistió, nadie le hizo caso. Y ocurrió lo inevitable.
Los cicones que habían escapado de la matanza corrieron
a las montañas de las afueras, donde habitaban otros grupos
de cicones, incontables. Y cuando supieron del ataque y el
saqueo de los griegos, se reunieron y, bien armados y con-
ducidos por nuevos capitanes, se presentaron en la ciudad,
donde los hombres de Ulises pensaban solo en comer, beber
y gozar sin pausa. Nunca hubieran imaginado que les caería
encima una nube de cicones, tan numerosos como las hojas
y las flores de los árboles cuando llega la primavera. Se de-
fendieron a duras penas, bajo la guía de su rey, el valiente
Ulises. Después de algunos violentos combates, consiguieron
embarcarse de nuevo y huir mar adentro, pero sin los com-
pañeros que yacían en tierra, sin vida: tal había sido la furia
vengativa de los cicones.
Consternados por el devastador contraataque que habían
sufrido, Ulises y los suyos retomaron rumbo hacia Ítaca, con
la esperanza de no verse obligados a detenerse otra vez; pero,
una vez pasado el cabo de Malea, un viento de mistral bravo
y violento se los llevó más allá de la isla de Citera. Y durante
nueve días seguidos las naves de Ulises fueron juguete de los
vientos desatados, que les hacían trizas las velas y desarma-
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ban el maderaje del navío. ¡Pobres marineros, que en el mar
negro y en el cielo creían ver un monstruo amenazante sobre
ellos! Ya pensaban que jamás vislumbrarían su casa natal.
Pero, pasados esos nueve días, el tiempo se calmó y Ulises
y los suyos avistaron una tierra desconocida. Tras desembar-
car, pudieron sacar agua fresca de unos pozos, y comer así sin
preocupaciones. Entonces Ulises ordenó a tres de sus hom-
bres que se adentraran en aquella tierra para ver a qué país
habían llegado, qué frutos daba el suelo y qué raza de gente
albergaba. Resultó que se trataba del país de los lotófagos, es
decir, los comedores de la flor de loto, una flor dulce como la
miel, pero que provoca a quien la come el olvido de la patria,
de tal modo que, por mucho que uno ame y añore su casa, ya
no quiere marcharse de esa tierra tan amena y agradable, en
la que nace esta flor tan especial y que tan bien sabe.
Los tres exploradores de Ulises se presentaron ante los
lotófagos, que eran gente hospitalaria. Y ellos les invitaron
a probar de aquel manjar misterioso y extraordinario que
regalaba la tierra.
—Probad, probad, a ver qué os parece —les animaban los
lotófagos sin mala intención.
Y los tres infelices así lo hicieron: probaron la flor de loto
y la encontraron exquisita de verdad. Y, olvidándose de la
tierra de Ítaca, con sus montes poblados de viñas y olivos,
declararon que vivirían por siempre jamás en aquel lugar
tan maravilloso.
Cuando Ulises se enteró de que no querían embarcarse
para proseguir el viaje, se compadeció de ellos; aun así, los
cogió por la fuerza y los arrastró hasta las naves, sin hacer
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caso de sus llantos y quejas. Y en seguida dio orden a sus
marineros de zarpar y abandonar aquella tierra, acogedora
y alegre, pero donde se corría el peligro de olvidar la casa
propia y todo lo que en ella se había dejado. Y, tras partir
del país de los lotófagos, las naves del rey Ulises tomaron el
rumbo de tramontana.
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II.
EL CÍCLOPE
Lejos ya del país de los lotófagos, las naves de Ulises avan-
zaban lentas, ya que el mar estaba en calma; no había ni un
soplo de viento y tenían que empujar los bajíos a fuerza de
remos. Y así anduvieron hasta que, tras mucho navegar,
llegaron al país de los cíclopes.
Los cíclopes son gigantes terribles. Miran con un solo
ojo, que tienen en mitad de la frente: su aspecto infunde
gran terror. Son gente salvaje que ha habitado siempre la
misma isla, de donde no se moverán jamás. Allí, su tiempo
pasa sin leyes, normas ni respeto, y cada uno de ellos pro-
cura solo de sí.
Hay otra isla justo en frente de esta, más pequeña, cu-
bierta de frondosos bosques y rica en cabras salvajes; pero
está deshabitada, porque los cíclopes no conocen la nave-
gación y no hubieran podido llegar a ella aunque quisieran.
Allí fue donde el rey Ulises fondeó las naves y las situó, al
amparo de una cala oculta. Y entonces habló así a sus com-
pañeros:
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—Quedaos aquí, amigos, mientras mis hombres y yo con
mi nave investigamos qué hombres viven en estos parajes, si
son arrogantes y violentos o, por el contrario, gente de bien.
Y así Ulises dirigió su nave hasta la isla más grande, de
donde se alzaban nubes de humo de las hogueras hechas,
seguramente, por los que allí habitaban.
Cuando sus hombres y él desembarcaron, vieron una cue-
va no muy lejos de la playa, en mitad de una colina riscosa,
mirando hacia el mar. Ulises y los demás entraron en ella,
encendieron un buen fuego y cenaron. Llevaban consigo una
cesta de pan y en la cueva encontraron enormes trozos de que-
so; tenían, además, un vino oscuro, dulce bebida divina, que
tiempo atrás habían regalado a Ulises. Después de comer tan
bien, se acurrucaron todos alrededor del fuego. Pero al caer
la tarde, se presentó el amo de la cueva, el terrible Polifemo,
el más alto y fuerte de los cíclopes, y también el más temido,
porque era hijo de Poseidón, el dios de las aguas y los mares.
Venía con su pequeño rebaño de ovejas, a las que había llevado
a pastar todo el día. Las ovejas eran gigantescas, como propor-
cionadas a la altura colosal de su dueño. Y cuando el cíclope
las hubo reunido en un rincón, cerró la entrada con una roca
inmensa, que solo un gigante como él sería capaz de mover.
Polifemo vio entonces a Ulises y a los suyos, y preguntó:
—Forasteros, ¿quiénes sois? —su voz retumbó por las
huecas paredes de roca.
—Somos unos aqueos que venimos de Troya, donde com-
batimos a las órdenes del gran Agamenón, pastor de hom-
bres —respondió Ulises—. Buscamos el camino de nuestro
hogar añorado, por el que tanto suspiramos; pero los vientos
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nos han llevado por otras sendas. Ahora nos ponemos a
tus rodillas para pedirte hospitalidad, en nombre de Zeus
todopoderoso, el gran dios protector de los desvalidos y
peregrinos sin techo.
—Debes de haber perdido la cabeza, forastero —respon-
dió el implacable Polifemo—, si crees que por algún asomo
nosotros, los cíclopes, tenemos que preocuparnos de Zeus,
que lleva la égida, y de todos los demás dioses. Nosotros va-
lemos mucho más que ellos. Y no dejaré de hacer lo que me
venga en gana para tenerlos contentos. Pero antes que nada,
quiero que me digas en qué lugar de la isla habéis dejado la
nave que hasta aquí os ha traído.
Ulises, desconfiando con acierto de los propósitos del
cíclope, le respondió con medidas palabras:
—El gran dios Poseidón, en su furia divina, ha destrozado
mi nave y la ha hecho añicos al lanzarla con fuerza suprema
contra los riscos de tu región. Solamente los compañeros
que están aquí y yo hemos podido sobrevivir a una suerte
tan oscura.
Pero Polifemo no dijo nada más y, alargando su mano
poderosa, cogió por los pies a dos compañeros de Ulises, los
golpeó contra el suelo, les aplastó la cabeza y se los comió tal
cual, crudos, sin dejar resto ninguno, ni tan siquiera el hueso
más pequeño. Ulises y los demás se espantaron, suplicando con
las manos al cielo. El gigante, después de haber vaciado una
buena jarra de leche para hacer bajar la vianda, se acostó
con su enorme panza hacia arriba y se quedó dormido.
Ulises, lleno de rabia y dolor, tuvo el impulso de hundirle
la espada en el hígado, pero, como hombre prudente que era,
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meditó las consecuencias y se contuvo, porque sabía muy
bien que ellos solos no podrían mover la enorme roca que
impedía salir de la cueva. Y con el corazón lleno de suspiros,
esperó a que se hiciera de día.
Cuando, con sus dedos de rosa, llegó la Aurora, el mons-
truo se despertó y ordeñó a sus ovejas. Luego, cogió a otros
dos hombres del grupo de Ulises y los engulló como desa-
yuno, bien remojados en la leche acabada de ordeñar. Muy
satisfecho, movió la roca de la entrada para hacer salir a sus
ovejas y se las llevó a pastar, después de haber cerrado de
nuevo la boca de la cueva, dejando encerrados a Ulises y a
sus compañeros.
El rey de Ítaca reflexionaba sobre cómo podrían escapar
de aquel mal trago tan doloroso. Al ver que en un rincón de
la cueva estaba el gran bastón del cíclope, que era tan largo
como el mástil de una nave, lo tomó y le arrancó un buen
trozo. Lo afiló hasta que le dejó una aguda punta y luego lo
endureció al fuego. Decidió esconderlo bajo las heces de las
ovejas para que el horrible Polifemo no lo viera.
Al anochecer, Polifemo volvió con sus ovejas, que recogió
al fondo de la cueva. Las ordeñó y para la cena devoró a dos
más de los pobres marineros. Cuando se disponía a remojar
la comida con una jarra de leche, Ulises se le acercó con
una bota de vino; aquel vino era de lo mejor que llevaban
en las naves.
—Ten, cíclope —le dijo Ulises, tendiéndole la bota—.
Bebe este sorbo digno de los dioses y ya verás que no hay
leche que se le pueda comparar. Este era el presente que te
habíamos reservado, como justo agradecimiento a la hospi-
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talidad que nos atrevíamos a esperar de ti. Bebe, y ya sabrás
decirme si no es la mejor bebida del mundo.
Polifemo se lamió los labios, tomó la bota y la apuró hasta
el poso. En seguida quiso repetir y dijo:
—¡Forastero, dame más de esto! En la isla hay muchas
viñas, con cepas que dan uvas dulces y gustosas, y las llu-
vias de Zeus las hacen crecer, pero este vino, te lo digo, es
como una bebida divina, incomparable, gotas de néctar en
mi boca.
Y se bebió con mucho gusto la siguiente ronda a la que
le invitó el astuto Ulises, y la siguiente también. Así, el te-
rrible cíclope se puso de buen humor, casi amable, y dijo a
Ulises que tenía intención de ser considerado con él, para
agradecerle el don de aquella bebida de tan buen beber.
—Tú —le prometió—, tú serás el último a quien comeré.
Por eso quiero saber cómo te llamas.
Ulises, a pesar del miedo que sentía, tuvo una mordaz
idea y le contestó:
—Yo me llamo Nadie, cíclope. Ese es mi nombre y así me
llama todo el mundo.
—Pues te prometo que Nadie será el último al que me
coma —respondió Polifemo.
Y después de esto, bajo el dulce sopor del vino que se
había bebido, se echó en el suelo y se quedó dormido. Sus
ronquidos resonaban por toda la cueva. Entonces llegó el
momento: Ulises y los suyos cogieron el tronco puntiagudo
que tenían escondido y, con todas sus fuerzas, se lo clavaron
al monstruo en su ojo único y redondo, justo en mitad de
la frente. Mientras los demás aguantaban el tronco, Ulises
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lo giraba y lo volvía a girar, para que hiciera más efecto. El
cíclope se despertó —el dolor había sido terrible— y se puso
a dar gritos desesperadamente, gritos que debieron de lle-
gar a todos los rincones de la isla. Todos los demás cíclopes
levantaron la cabeza al oír el estruendo y se reunieron ante
la entrada de la cueva de Polifemo. Alzando la voz, para que
se les pudiera oír desde dentro, preguntaron:
—Polifemo, ¿qué te pasa? ¿Por qué exclamas de esa ma-
nera, con esos aullidos de bestia herida, que rasgan el silen-
cio de la noche oscura y nos quitan el sueño? ¿Es que hay
alguien por ahí que te quiere robar el rebaño o que te hace
daño con astucia malvada?
—Compañeros —les respondió Polifemo desde el interior
de la cueva—. Nadie me mata, no con la fuerza, sino más
bien con la astucia.
Al oír esta respuesta, los cíclopes no supieron qué pensar.
Quizás al pobre Polifemo se le había apagado alguna luz en
la cabeza y se quejaba sin ningún motivo.
—Si nadie te mata y te quejas de esta manera, será que
Zeus todopoderoso te ha enviado algún mal al cerebro —le
dijeron—. Ánimo, tómatelo con calma y duerme, que ma-
ñana será otro día.
Y como todos tenían bastante sueño, se volvieron a dor-
mir sin dar más vueltas al asunto.
Llegó de nuevo la Aurora, que deja el cielo lleno de nubes
rosadas. Polifemo, aunque dolorido por la herida y ciego, se
levantó y se acordó de sus queridas ovejas, que no tenían
ninguna culpa de lo ocurrido y tenían que salir a pastar,
como todos los días. A tientas, retiró la roca y se colocó él
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mismo en la entrada de la cueva. Y para evitar que los mari-
neros huyeran con el rebaño, iba palpando una a una las ove-
jas mientras salían. Pero el astuto Ulises se abrazó al vientre
de un enorme cordero y ordenó a los suyos que hicieran lo
mismo. Así pudieron salir todos de aquella cueva siniestra,
en la que habían pasado unas horas tan negras. Aunque Poli-
femo estuvo atento para que no se le escaparan de las manos
aquellos prisioneros malditos que lo habían privado de la
vista, no pudo evitar el éxito de aquella evasión, porque no
pensó que a los griegos se les ocurriría aquella estratagema.
Y es que el deseo de libertad aguza el ingenio.
Ulises y sus compañeros volvieron corriendo a las naves
que habían dejado escondidas en la cala de la otra isla. Se
proveyeron de agua y comida y, veloces, se hicieron a la
mar. Al pasar bajo un risco, vieron que en su cima estaba el
terrible y cruel Polifemo. Por una vez, Ulises olvidó su pro-
verbial prudencia y no pudo contener su lengua, de modo
que dirigió al monstruo estas palabras vengativas:
—¡Polifemo! Si alguna vez alguien te pregunta quién te
ha vaciado el ojo, puedes responder que lo ha hecho Ulises,
rey de Ítaca; Ulises, el destructor de Troya.
Rabioso hasta el extremo, Polifemo cogió una roca desco-
munal y la lanzó contra las naves de los griegos. Como no veía,
no pudo apuntar; se dejó guiar por el instinto y a punto estuvo
de alcanzar una de las naves. Y los griegos, sin más preocupa-
ción, se dieron prisa por alejarse de aquellos peligrosos parajes.
Entonces Polifemo recordó que mucho tiempo atrás le
habían predicho su desgracia: un tal Ulises de Ítaca le da-
ñaría el ojo y lo reduciría a la ceguera.
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—¡Ay, quién iba a decir que aquel renacuajo sería el te-
mible Ulises de Ítaca! —se lamentaba amargamente Polife-
mo—. Y yo que me imaginaba que sería un gigante poderoso,
indestructible...
Y puesto que era hijo de Poseidón, señor de las aguas, le
dirigió esta plegaria, vehemente y dolida:
—Te suplico, padre mío, que este Ulises maldito, que tanto
daño me ha causado, no vuelva jamás a su patria. Pero si es
cosa del destino que regrese a Ítaca, entonces, haz que llegue
tarde, sin sus compañeros, en el navío de otro y que encuentre
penas en su casa.
Y el dios que el tridente empuña, poderoso y severo,
atendió la plegaria desesperada de su hijo.
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