0% encontró este documento útil (0 votos)
67 vistas32 páginas

Moda y Juventud: Estilos en Lima

Cargado por

Daniela Orellana
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
67 vistas32 páginas

Moda y Juventud: Estilos en Lima

Cargado por

Daniela Orellana
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Dress Code: Lima.

Las jóvenes detrás de los outfits en tiempos digitales

Capítulo 1: La moda expresa, la moda condiciona

Fashionista de a pie

“¿Sabes qué odio de La Molina? Todo está lejos”, sentencia Angie mientras revisa Google
Maps en su iPhone 7. Luego abre Instagram para confirmar la dirección a la que se dirige.
Es domingo y el sol limeño la obliga a salir con un gorrito de pescador que condiciona las
vibes del resto de su outfit: jeans anchos y un top marrón. Desde su cuarto alquilado, en la
urbanización Santa Patricia, todo parece lejano, menos su universidad, la Universidad
Nacional Agraria de La Molina (UNALM). Es por eso que hoy sale del distrito molinero en
busca de ropa nueva. Más o menos.

Cat Closet es una de las cinco tiendas de ropa de segunda mano que realizan un pequeño
pop up frente al Óvalo Arriola en La Victoria. Angie, caserita del emprendimiento, se enteró
del evento, una especie de mini feria, a través de su página de Instagram. Luego de una
larga y calurosa búsqueda del lugar, aparece la fachada gris y raída con el número indicado.
La única evidencia de que se trata del evento es un pequeño flyer impreso en papel bond y
en tamaño A4, pegado en la entrada. Al subir por las estrechas escaleras, se escucha
música indie en inglés. El recibimiento es alegre, y pronto Angie desaparece tras los infinitos
colgadores de ropa.

El olorcito a naftalina y guardado es soportable porque las ofertas valen la pena. Polos y
pantalones a cinco y diez soles, bolsos de diseñador vintage, joyas únicas y abrigos de
cuero y peluche que parecen sacados de la película “El diablo viste a la moda”. Angie no ha
venido a jugar. Toma unas diez prendas en cada brazo lechoso. Muchas prendas de arriba,
pocas prendas de abajo. Lo más corto que ha agarrado es un vestido de algodón hasta la
rodilla.

Al igual que la mayoría, la mamá de Angie la vestía cuando niña. En una foto del 2008, se le
ve en los alrededores del Centro Cívico de Tacna, donde vivió en su infancia, luciendo un
conjuntito de denim y botitas negras. Lo que más destaca es su cerquillo negro mal cortado
(producto de cinco minutos sin supervisión parental). Años más tarde, la llegada de la
pubertad haría que empiece a refugiarse en ropa ancha, que constituía el 90% de su
armario durante el incomodísimo periodo de transición. Un día simplemente le aparecieron
caderas, y ni siquiera había tenido oportunidad de saberlas suyas antes de sentir la
imperiosa urgencia de ocultarlas.

A diferencia de Angie, Astrid Alejos nunca tuvo el deseo de ocultarse. O al menos así lo
recuerda. En una publicación de su Instagram del año 2015, se aprecia una fotografía de
unas piernas pintadas con plumón negro, en trazos irregulares que rezan: No me visto para
provocarte, mi vida no gira en torno a tu pene, supéralo. Si bien las piernas de la foto no le
pertenecen a Astrid, este sentir de rebeldía y oposición a la cultura machista representa a
su generación, la generación millennial.

La ahora psicóloga Astrid Alejos, pronta a cumplir los 28 años, afirma que la ropa es una de
las muchas herramientas para expresar la identidad, especialmente durante la
adolescencia. Pero esta expresión puede verse limitada cuando aún se está en formación.
Es así que las tendencias funcionan como puntos de referencia en esta etapa de la vida.
Pero, ¿qué o quién dictamina su inicio y su fin?

Biológicamente, la adolescencia empieza aproximadamente al término de la pubertad, que


puede variar en cada persona. Pero lo cierto es que, a nivel social, la adolescencia y la
juventud son conceptos relativamente nuevos. En “Moda y Juventud”, Mario Margulis y
Marcelo Urresti evidencian cómo su construcción histórica se remonta a principios del siglo
XX, donde la sociedad industrial moderna y la bonanza económica eran el escenario
perfecto para el desarrollo de los más jóvenes. Sin embargo, no es hasta mediados del siglo
que la figura del adolescente gana prominencia. Recién ahí, comienza a formar tribus,
caracterizadas muchas veces por su modo de vestir.

La psicóloga Alejos recuerda la influencia que tuvo la cultura punk al desarrollar su propio
estilo. Su género favorito era el rock, pues tenía un tío joven que le ponía las canciones de
Calamaro cuando salían a pasear. Se vestía de negro, aunque no se consideraba emo, pero
afirma que le encantaba sentirse parte de esa comunidad. “Mientras más sucias tenías las
Converse, más chévere eras” explica, divertida. De todos modos, no podía vestirse solo con
prendas oscuras. Su madre se mostraba en contra de las elecciones menos femeninas de
su única hija mujer.

Para Angie, el poder elegir sus propias prendas no significaba nada. La expresión de su
identidad dependía de poder adaptarse a su nueva apariencia. Tenía 12 años cuando llegó
el momento kafkiano de levantarse en un cuerpo que no era el suyo. Pero las implicancias
negativas de este cambio no fueron intempestivas. Siempre había admirado la belleza de su
madre, y esperaba algún día parecerse a ella. Cuando crezca, se decía. Y efectivamente,
creció. Heredó sus formas redondeadas y generosas. Esta suerte de metamorfosis era lo
que tanto había anhelado. Sin embargo, Angie se sentía una extraña. “Simplemente me
quería tapar”, cuenta.

Mientras ella seguía jugando Habbo en la computadora y copiando imágenes de anime en


papel, la imprudente naturaleza le había otorgado la responsabilidad de un sangrado
mensual y de habitar en el cuerpo de una ‘mujer mayor’. La contradicción de su mentalidad
pueril y sus sinuosas curvas no tardaría en desaparecer. Con su cambio físico, llegó la
pérdida parcial de su inocencia. Rápidamente tuvo que adaptar sus atuendos a la tarea de
cubrirse. Pronto, su vestimenta para toda ocasión incluía pantalones rasta holgados y
poleras de franela. El mensaje era claro: no me mires.

Tuvieron que pasar dos años para que Angie se atreviera a salir de su zona de confort. Esto
coincide con el regreso a Lima desde Tacna, ya convertida en una señorita. “Me di cuenta
de que acá (Lima) se vestían más a la moda”, explica. No es de extrañar que un entorno
más ‘fashionista’ la animase a buscar más allá de sus narices. El cambio, esta vez, fue
gradual. La primera compra que hizo ella sola fue un pantalón jean. No era apretadito, ni de
lejos, era más bien un ‘mom’ jean. Luego, sus tops ya eran algo más ajustados, mostrando
sus níveos brazos. A los 15 años, su ombligo ya había hecho su debut en sociedad.

En su libro “No quiero crecer”, la psicóloga chilena Pilar Sordo establece que las
transformaciones corporales de la adolescencia vienen acompañadas de situaciones
asociadas a la autoestima. Es así que los jóvenes, en especial las mujeres, sufren muchos
cambios emocionales respecto a su imagen. En esta parte del globo, los cánones de belleza
prevalecen en el mundo de la moda, tanto en las pasarelas como en las tiendas por
departamento, esas donde las jovencitas arrastran a sus madres para que les compren las
últimas zapatillas de moda.

A pesar de los grandes progresos en su estilo personal, existen cosas que, hasta hoy, Angie
no se atreve a usar en la calle. Ni siquiera en un incómodo probador, donde debe voltear
cada tanto por si se ve algo a través de los huecos que la cortina no tapa. Tampoco en la
intimidad de las paredes celestes de su cuarto, escoltada por la mirada de un Brad Pitt y
otras musas sin nombre pegadas con limpiatipo. Pero su temor más grande, el monstruo
que le quita el sueño, es nada más y nada menos que la minifalda.

Seis décadas antes, en plena liberación sexual, chicas comunes y corrientes como Angie,
alzaban o cortaban los dobladillos de sus faldones en las calles de París y Londres, dándole
origen a la minifalda. Historiadores de moda le atribuyen a Mary Quant y André Courrèges
su popularización. Eso sí, ninguno inventó nada. Ambos afirmaron haberse inspirado de
aquellas jóvenes anónimas y rebeldes.

Este símbolo de indocilidad y empoderamiento continúa siendo parte del armario de las
adolescentes, aunque también se ha extendido a mujeres de todas las edades. A pesar de
ello, Angie no concibe ponerse aquel pedazo de tela. La comodidad es un aspecto
importante para ella: estudia agronomía al aire libre, pero hay algo más allá. Siente que es
‘too much’. “Lo veo colgado y ya sé, no necesito probármela”, explica. Un episodio reciente
hizo que sea aún más consciente de su pronunciada curva por debajo de la espalda.
Mientras sembraba sandías, una compañera le tomó una foto agachada. Cuando la vio, a
Angie ya no le quedó duda de que una mini en ella sería algo simplemente escandaloso.

En el pop up del Óvalo Arriola, el probador consta de un salón sin puerta con un gran espejo
inclinado y tres cortinas individuales. Desnudarse es íntimo: ver cómo te queda lo que te
probaste tiene público. A Angie no parece encantarle esta idea: sale de su escondite, se
mira dos o tres veces y rápidamente vuelve al visillo con otra prenda. Mientras hago
guardia, llegan otras dos chicas de apariencia más joven. Ambas se prueban minifaldas.
“¡Devoraste!”, se dicen en forma de cumplido máximo. Angie sale con su última prenda, una
falda larga corrugada y de estampado floral. Mira a las chicas con una expresión de
curiosidad. Ella aún no está lista para una mini.

Las prendas de vestir que elige una mujer han sido históricamente asociadas con su
sexualidad. En el libro “Breve historia de la moda” de Giorgio Riello, menciona que en la
Edad Media se puede comenzar a hablar de la moda como la conocemos hoy: “En este
periodo se refuerza la diferenciación de género en la confección de la indumentaria. Esto
reafirmaba que hombres y mujeres no solo son biológicamente distintos, sino que reafirman
su diferencia física, psicológica y sexual a través de su ropa”. La última diferencia, la sexual,
es clave, porque la idea prevalecerá hasta nuestros tiempos.

Que si el largo de la falda era inapropiado, que si el escote era muy pronunciado, que si no
llevaba puesto el brasier. Estas frases se escuchan a menudo cuando se habla de un caso
de violencia sexual: la vestimenta de la víctima es una de las tantas maneras de justificar el
abuso. En el Perú, en 2023, la cifra de violencia sexual contra niñas y adolescentes
ascendió a 20 700. Y, entre enero y febrero del 2024 se reportaron 2831 casos de violencia
sexual hacia niñas y adolescentes, según datos del Centro de Emergencia Mujer.

Esto quiere decir que ni siquiera los tutús de arcoíris y polos con estampado de las
muñecas LOL están exentos de ser sexualizados. Un punto importante que menciona la
psicóloga Alejos es que cada vez más prendas para menores solo son versiones más
chiquitas de ropa para mujeres adultas, lo cual también es algo preocupante y que no debe
ser pasado por alto.

A pesar de que ya no es una niña, Angie nunca olvida el peligro que corre por el mero
hecho de ser una mujer. Lo siente al caminar por las desoladas cuadras que conectan su
nuevo hogar con la universidad. También al tomar el corredor de vuelta al Callao, donde aún
viven sus abuelos. Incluso al decidir gastar un poco más y tomar un taxi por aplicativo. Ya
es parte de su rutina mandar la ubicación en tiempo real a su grupo de amigas.

El top marrón sin tiras que se ha puesto no precisa de un sostén. Sin embargo, al probarse
una última prenda, un corset suelto con lazos lilas, explica que igual se pone papel higiénico
debajo para que nada se transparente y pueda andar tranquila. “Incluso si no hay mucho
que tapar”, ríe mientras se apresura a vestirse con su ropa. Ya lista, pregunta cuánto sale
todo. Ha gastado un total de 86 soles en prendas. Se va con el bolsillo vacío y los
sentimientos encontrados.

Moda y modestia

La talla de brasier de Melanie es 38C. Y lo ha sido desde que tiene 10 años. Cuando los
atributos de Melanie empezaban a brotar, ella estaba muy ocupada aprendiendo las
coreografías de Teen Beach Movie y las canciones de Violetta como para darle importancia.
Lo que sí le gustaba era expresarse por medio de su ropa. Desde pequeña, la dejaban
escoger sus prendas, y siempre optaba por el verde limón que contrastaba con su piel
lechosa y sus enmarañados rulos.

Ya en la pubertad, cambió ese color por tonos apastelados y neones, característicos de la


década. Los estampados florales, las faldas en corte A, los tops con tachas y las infaltables
zapatillas con tacón (wedges) formaban parte de las tendencias de la década del 2010, y
del armario de Melanie. Martina Stoessel (hoy Tini) era su ‘fashion icon’. En ese entonces,
ella no se fijaba en su cuerpo, solo se ponía lo que le gustaba. El concepto de ‘favorecedor’
le era totalmente ajeno.

Esta libertad se detuvo abruptamente a sus 12 años, cuando entró a la secundaria. Melanie
de pronto fue consciente de que los demás percibían su cuerpo, un cuerpo que no le
gustaba. La confusión respecto a cómo ‘debía’ de vestirlo la llevó a copiar lo normativo. Así,
sus atuendos incluían pantalones jean y polos de la sección ‘Basics’ en Saga Falabella.
“Intentaba ocultar mi cuerpo, y me ponía polos sueltos, porque según yo así no se me
notaban mucho”, dice mientras señala por debajo de su escote.

Melanie estudia Artes Escénicas. Su pasión por el teatro se ve reflejada en su histrionismo


al vestir, en todas las etapas de su vida (excepto la odiosa pubertad). “Cuando experimento
con un estilo, me comprometo”, dice probándose y quitándose accesorios. Su habitación es
casi toda rosada y blanca. Los perfumes, las brochas, sus libretas. Incluso su laptop.
Melanie la empaca en su mochila (rosada) y se da una última arreglada en el tocador. Tiene
el mueble de las estrellas, el que se usa en los camerinos, con bombillos eléctricos
alrededor del espejo.

La ocasión especial es la fiesta de bienvenida del Instituto de Religión Universitario (IRU).


Melanie pertenece a la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, cuyos miembros son
conocidos informalmente como ‘mormones’, y que en el Perú acumulan más de 624 mil
adeptos. Cuando finalmente está lista, usa InDriver para solicitar un taxi hasta el Templo de
Lima. Los templos son lugares sagrados en su religión, y tienen el fin de proveer
ordenanzas y ceremonias. Pero los mormones también saben divertirse, y bailar es
considerado una de las maneras de "poder enriquecer la vida, de edificarse, inspirarse e
incluso una de las maneras de poder acercarse al Padre Celestial". Eso sí, nada de
movimientos sensuales, cuerpos pegados o letras obscenas.

Bajo estos criterios, el pop coreano que Melanie tiene a todo volumen en su tele es
aceptable. Mientras espera la llegada del taxista que aceptó llevarla hasta el Templo por 24
soles, ella tararea e imita los pasos de BTS, la popular banda surcoreana. Nadie podría
sospechar que se ha levantado a las 5:30 de la mañana, como es su rutina.

Desde antes que el sol entre por sus desnudas ventanas (se ha mudado recientemente),
Melanie ya está duchada y preparada para una sesión de tres horas de maquillaje y
peinado. ''Y eso que antes me demoraba más. Ya tengo la técnica'', dice orgullosamente. En
el 2022, concluyó sus estudios en Maquillaje Profesional en Montalvo. Melanie comenta que
el look que usará en el día parte de cómo quiere llevar su rostro y su cabello. Para el
evento, se decide por algo sobrio: un top negro de mangas largas y ceñido al cuerpo, con
un par de jeans anchos y lustrosos mary jane's. Lista para edificar su espíritu.

Al llegar, decenas de jóvenes de entre 18 a 30 años se encuentran brincando al ritmo de


Danza Kuduro de Don Omar. Absolutamente nadie está sentado. Las sillas de plástico están
ocupadas por bolsos y mochilas de todo tamaño y color. De pronto, Melanie susurra que por
las puras ha venido tapada. Sin mucho disimulo, señala a dos chicas que llevan shorts y
faldas que no necesariamente serían considerados modestos. “Ah, pero si fuera yo… Ya me
hubiesen funado”, silba ella, cachosa. Lo cierto es que aquellas dos señoritas eran la
excepción a la regla: todas las demás vestían ropa más bien recatada a pesar del húmedo y
caliente clima de marzo.

Tal vez no exista un manual oficial del buen vestir para los mormones, pero la modestia ha
sido recomendada por casi todas las autoridades desde la fundación de su iglesia. Silvia
Alred, en su periodo como Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de
Socorro, escribió un artículo sobre la modestia. En él, ‘desaconsejaba’ el uso de shorts,
faldas muy cortas, ropa ajustada, polos que dejan descubierto el ombligo u otras prendas
‘atrevidas’. Asimismo, hacía énfasis en que las jovencitas cubran sus hombros y eviten los
escotes. Pero el tip más destacable es: “Al elegir tu vestimenta, hazte la siguiente pregunta:
‘¿Me sentiría cómodo o cómoda con mi apariencia si me encontrara en la presencia del
Señor?’”.

“Mi religión no juzga”, Melanie afirma. Toma su botella de agua y traga un buen sorbo.
Sentada en un saloncito contiguo a la enorme sala del evento, se desabrocha los zapatos
de tacón mientras descansa. El eco del coro de ‘Y como se mata el gusano' resuena bajito.
Tras sopesar su idea inicial, Melanie añade: “Como en todo lugar, hay personas que sí
(juzgan)”. En su caso particular, ella comenta que los hermanos (así se llaman entre
miembros) de mayor edad siempre han tenido opiniones sobre su forma de vestir.
Especialmente desde que comenzó a usar maquillaje y sentirse segura de sí misma.

En una oportunidad, cuando tenía 16 años, Melanie pudo sentir el prejuicio en su propia
comunidad. Era un jueves de mutual, una actividad recreativa entre miembros coetáneos. Al
llegar, la joven sudaba debido al largo trayecto a pie. Por ello, se quitó la casaca ploma que
llevaba ese día. Debajo, un verde crop top se asomaba. Cuando entró al baño, oyó que se
extendía la palabra sobre su atuendo. Y no exactamente cosas gentiles. Al salir, el entonces
obispo de su barrio le dijo sin mayores reparos: "Hermana, no se saque la casaca o va a
tener que retirarse”.

Episodios como este se han repetido una y otra vez, a pesar de que otras chicas en la
capilla usaban prendas similares. Melanie le atribuye esto a que ellas tenían una talla de
busto mucho más pequeña y, por tanto, menos escandalosa ante los ojos de sus hermanos
mormones. Desde entonces, cuando Melanie participa de las actividades de su iglesia,
procura vestir más ‘modestamente’.

Un martes, le doy el alcance en el paradero de la avenida Faucett con Venezuela para


tomar la línea 50. El destino es el IRU. Debe asistir a la primera clase del curso
Fundamentos de la restauración. Ella viene de una cita romántica, y luce un polo blanco
ceñido de manga corta con una skort de tono beige. En la puerta del instituto, los vuelos de
su falda son levantados por la brisa traicionera a lo Marilyn Monroe. Debido a la naturaleza
de la prenda, no hay mayores problemas, incluso el guardia ríe, sonrojado. Melanie empieza
a correr luego del percance. Llega al baño y de su mullida mochila saca una casaca crop
blanca y un buzo tipo palazzo a juego. Rápidamente, se los coloca encima de la ropa.
"Ahora sí, podemos entrar a la clase”, sonríe al espejo y coge su mochila.

Cuando Melanie estaba en el colegio, algunos compañeros la molestaban por tener una
figura más desarrollada que la de sus amigas. Los comentarios tenían un aire de mofa y
tintes de acoso. Todas las palabras hirientes contribuyeron a que Melanie se inhibiera más y
demorara en desarrollar su estilo personal. La psicóloga Pilar Sordo también advierte en su
libro “No quiero crecer” que en la adolescencia puede existir una disociación entre
mentalidad y cambios físicos. En el caso del pudor en la edad formativa, Sordo afirma que
es importante que la joven mantenga el recato para que más adelante pueda tener una
relación sana con su sexualidad.

Melanie siente que ha pasado por muchos estilos y considera que sigue descubriendo el
suyo. “Ahora sé qué funciona para mi cuerpo y qué no”, dice tocándose con los dedos el
palazzo blanco que lleva. Cuando pregunto a qué se refiere con eso, me dice con un tono
didáctico: “Ya sabes, la forma de mi cuerpo, yo soy triángulo invertido y me queda mejor lo
que me sume volumen de la cintura para abajo. Entonces me veo más proporcional y más
armónica”. Finjo ignorancia sobre el tema (soy rectángulo) y le pregunto que de dónde saca
eso, o cómo sabe que debe lucir así. Se queda pensativa y luego sonríe. Al notar a lo que
quiero llegar, responde finalmente: “Simplemente lo sé”.

Tal vez Melanie no lo sepa a consciencia, pero comparar los cuerpos femeninos con formas,
objetos, letras y hasta frutas es una manera de simplificar la singularidad de cada mujer. Un
artículo de la revista Vogue titulado “Conoce tu tipo de cuerpo para lucir tu figura al
máximo”, escrito por Chris Filio y publicado en abril del 2019, afirma que la figura en X es la
mejor. “Este tipo de cuerpo tiene las proporciones ideales: misma distancia de hombros y
cadera con cintura definida. Las prendas que marcan la cintura, y que están ajustadas en
esa área, te favorecen, aunque este tipo de cuerpo, en su peso, puede darse el lujo de usar
básicamente cualquier prenda”, se lee. No es de extrañar que las mujeres odien sus
cuerpos si estos no coinciden con las medidas consideradas como ‘superiores’, medidas
que ayudan a que incluso un saco de papas luzca de alta costura.

Gran parte de mujeres no podrían decir exactamente cómo saben que el plateado y el
dorado no van juntos, o que el negro combina con todo, o que las zapatillas deportivas no
deberían usarse con una blusa. Sin embargo, todas estas reglas tácitas están impregnadas
en su mente y modo de vestir. Las creencias sobre moda y belleza están tan arraigadas que
es complicado ‘desaprender’ algunas de ellas. En especial las que pueden ser dañinas.
Como hemos explorado, la moda es un reflejo de la sociedad. En “Modos de ver”, el escritor
John Berger afirma que “los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se miran a sí
mismas siendo miradas”.

La idea de Berger no es nueva, y se relaciona con el concepto del ‘male gaze' o mirada
masculina. La teórica británica del cine feminista Laura Mulvey lo introdujo en los setentas,
en su ensayo “Placer visual y cine narrativo”. Maulvey explica que, en el cine, “la mujer es
puesta como objeto de exhibición para ser contemplada”. En la moda este fenómeno
sucede también. Y, a su vez, en su cotidianeidad, la mujer puede verse a sí misma a través
del lente masculino. Este tipo de autocosificación se evidenciará en su vestimenta.

Melanie comenta que, desde que tiene un estilo más estereotípicamente femenino, el trato
que recibe de los hombres es más cordial. Son más atentos, aunque también la dejan
hablar menos. “Creo que ni siquiera ven tanto las prendas en sí, solo les gusta cómo me
queda”, dice con divertida frustración al término de la clase. A veces, ella preferiría que esta
no fuese la preferencia masculina, porque le ahorraría episodios indeseados en la calle.
Melanie ha vivido en distintas partes del Callao y no es ajena a las miradas lascivas, silbidos
obscenos y otras despreciables muestras de deseo unilateral y violento. Hoy debe tomar
una combi para llegar a su casa, y es una ruleta rusa saber si llegará sin mayores
percances o no.

De todos modos, Melanie admite que le gusta saberse bonita por los chicos de su edad.
Una prenda que la hace sentirse sexy son los tops con escotes en corte corazón. Los
complejos corporales que tenía los fue superando a base de amor propio, pero también con
la búsqueda de referentes, que convenientemente se han hecho más diversos. Ella opina
que, antes, la moda se basaba en una estética que todas debían copiar. “Ahora hay tantos
estilos que puedes buscar y quedarte con el que te sientas más cómoda, hasta modificarlo a
tu gusto”, dice. Recientemente, se atrevió a usar por primera vez un polo sin mangas. Un
pequeño paso para su estilo, un gran salto para su autoestima.

Mi propio pañuelo

Ariana surfea entre pilas de ropa sucia, ropa limpia y algunas en medio. Ayer fue su
cumpleaños número 21, y hoy está alistándose para la reunión con sus amigos. Su fiesta es
temática, y el dresscode es ‘Bridgerton realness’. La serie de Netflix, Bridgerton, está
ambientada en la Inglaterra de inicios de 1800, en el periodo de la Regencia. La moda de
esa época incluye corpiños ajustados, faldas amplias y con la cintura alta, así como tonos
pasteles y pañuelos a juego.

Ariana me dice que si sus amigos no siguen la temática, no les invitará tequeños. Acto
seguido, hurga en la gran pila y escoge un jean azul de corte ancho, a pesar de que la
popular prenda no apareció hasta cincuenta años después del término de la Regencia. Lo
que sí existía en la Regencia era la Venus de Botticelli. La pintura El nacimiento de Venus,
que data de 1480, ha sido reproducida y estampada en el corset que Ariana compró por
AliExpress, a cinco dólares. Al peinar sus rizos rojizos, batalla un poco. Las raíces oscuras
que se asoman evidencian su color castaño natural. Cuando logra una media cola, se
escucha el timbre: han llegado sus primeros invitados.

Ariana es una ‘baddie’. Aunque prefiere referirse a su estilo como ‘muñeque’, porque siente
que es una vibra y eso nunca va a pasar de moda. ‘Fashions fade, style is eternal’. Así
explicó el famoso diseñador Yves Saint Laurent la diferencia crucial entre moda y estilo.
Palabras más, palabras menos, el diseñador y la joven coinciden en que el último es una
construcción. ‘Encontrar’ no es el verbo ideal para definir el sinuoso viaje que representa
conocerte y lo que deseas poner sobre tu cuerpo.

Allá por el 2020, una tímida Ariana cogía cosas del ropero de su mamá. Solían compartir
ropa, lo cual acumulaba las tensiones entre ambas. En ese entonces, el cabello de Ariana
era ‘virgen’, no tenía el septum que ahora le baila en la nariz y tampoco tenía ni la mitad de
prendas en su closet. Un día de encierro pandémico decidió que necesitaba un cambio. Tal
vez fue el deseo de tener control sobre algo, o de introspección propia del aislamiento, pero
fue experimentando en su habitación. “Antes solo usaba lo que mi mamá decía”, recuerda,
no sin cierta vergüenza en su voz.

Con un tono totalmente opuesto, Ariana exclama al abrir la puerta: “Eeeeellos… ¡Se han
esforzado, ah!”. Por el umbral, aparecen los puntuales amigos de Ariana: Aaron y Mateo.
Ambos chicos lucen ropa semi formal. Aaron, alto y de rulos, se ha puesto un saco negro, y
Mateo, más bajito y de piel tostada, una camisa blanca. Los dos llevan pantalones negros y
zapatos de atar. Van sirviendo los tragos, han traído Smirnoff, un vodka sabor manzana, y lo
piensan combinar con gaseosa Sprite. Ariana les extiende un bowl de rectángulos
quemados, ha hecho los tequeños en la air fryer. Aaron le pregunta: “¿Y tu vestido?”. Ella
se ríe y hace un ‘shhh’ con el dedo índice en los labios.

Para ser más exactos, polivestidos eran lo que más usaba Ariana en la pubertad. También
muchos ‘skinny’ jeans y shorts denim. Ella y su mamá iban a comprar ropa al Mercado
Santa Rosa, en el Callao, luego de ir por las hortalizas y la carne. Estas visitas solían
finalizar con la moral de Ariana apabullada: siempre terminaba cediendo a los gustos de su
madre. “Nada de huachafadas”, le decía.

“Ahora me compro polos putones”, ríe Ariana, desmaquillándose, un mes antes de su fiesta
de cumpleaños. Hoy ha tenido turno en Cineplanet. Trabaja como cajera. Su empleo
part-time le ha permitido tener mayor potestad sobre sus prendas. Planea gastar su próxima
‘grati’ en una tote bag de Taylor Swift. Ya no le importa si pasa o no por el filtro de su mamá.
Gran parte de su nueva seguridad en sí misma se la debe al momento cuando empezó a
trabajar y a conocerse mejor.
En un artículo del 2013 de la BBC, titulado “¿Y si la adolescencia se prolonga hasta los 25
años?”, la psicóloga británica Laverne Antrobus afirma que la neurociencia ha demostrado
que el desarrollo cognitivo de los jóvenes continúa más allá de los 18 años. En esta etapa,
su madurez emocional, imagen personal y el propio juicio siguen mutando y viéndose
afectados por factores externos, hasta que la corteza prefrontal del cerebro se desarrolle
por completo.

“Llega un punto en tu vida en el que te da igual lo que digan”, suelta Ariana con aire
despreocupado. Adormilada, se quita las zapatillas de un puntapié, sin desanudarlas. “Yo he
ido a reuniones de trabajo con mi faldita, encima me subo a la naranja”, dice, refiriéndose al
ómnibus que la deja en la sede de Cineplanet ubicada en Plaza San Miguel. A simple vista,
no queda rastro de aquella Ariana adolescente que temía sublevarse en el probador. Su
seguridad parece inmune a cualquier burla, hostilidad o acoso. Sin embargo, sería mentira
decir que no se ha encontrado con obstáculos a la hora de ponerse lo que le da la gana.

Ariana se considera feminista, y muchas de sus elecciones de vestuario las ha hecho


pensando en lo que la hace sentirse bien, y por qué no, sexy. A pesar de ello, su atrevida
personalidad también ha flaqueado. Una prenda que aún no ha podido ponerse es el
bralette. “Hay unos topcitos, tipo bralette, que son mini mini mini, como los que usa la Doja
Cat. Me gustaría, pero siento que se me van a salir los rollos por acá”, dramatiza mientras
pone su dedo índice en los costados de su espalda y debajo de las axilas recién depiladas.

Pero Ariana no es la única que suele batallar con su imagen corporal. El ‘body positivity’ es
una de esos discursos que aún generan mucho debate en la comunidad de la moda. En la
década anterior, la inclusión de cuerpos no hegemónicos en la industria (hasta cierto punto
y con muchos peros) hizo que el movimiento del body positivity tomara fuerza.

En un artículo de la revista Vogue, titulado “Por feminismo y bienestar, no necesitas amar


tus ‘defectos’, sino empezar a pasar de ellos”, la experta en moda y belleza, Violeta Valdés,
explica que el body positivity surgió como reacción a las imposiciones sociales. “Pero con el
tiempo, han aflorado sus carencias, pues además de ser malinterpretado como una presión
extra sobre el físico femenino, ha llegado a mercantilizarse de forma errónea”, se lee en el
texto publicado en diciembre de 2022.

La psicóloga Astrid Alejos menciona que la mayoría de jóvenes que asisten a consultas
presentan indicios de dismorfia corporal, y no muchas son conscientes de que lo tienen.
“Se ven al espejo y no se reconocen. Se encuentran muy distintas a lo que el resto percibe,
o exageran sus ‘defectos’ que pueden o no existir”, explica sobre el trastorno. En efecto, el
trastorno dismórfico corporal es una enfermedad mental en la que no se puede dejar de
pensar en uno o más defectos percibidos en la apariencia, reales o no.

De momento, Ariana dice estar contenta con su físico. Hoy ve a su cuerpo como un todo, ya
no por fragmentos, como una muñeca desplegable. Recientemente, subió una foto en su
Instagram donde luce un top anaranjado, con un gran escote en V. No será ‘mini mini mini’
como los de la cantante Doja Cat, pero es un comienzo.

La idea de que puedes amarte sin amar necesariamente cada centímetro de tu cuerpo
debería ser sentido común, pero con la fiebre del positivismo corporal, las mujeres nos
sentimos presionadas a amar nuestra celulitis y estrías. E, irónicamente, lo dice la misma
industria que nos enseñó a odiarlas. Es así que nace el ‘body neutrality’, presentándose
como un concepto casi revolucionario.

En el ensayo académico “Developing a definition of body neutrality and strategies for an


intervention”, Mia Pellizzer y Tracey Wade explican que el ‘body neutrality’ reconoce que los
sentimientos sobre nuestro cuerpo cambian constantemente y que es mejor observarlos sin
juzgar. Asimismo, centrarnos en las funciones de nuestro cuerpo puede ayudar a que lo
respetemos y cuidemos más. A Ariana le ha servido el body neutrality, ya que su peso ha
fluctuado en los últimos años. Aprender a vestirlo en diferentes tallas no ha sido tarea
sencilla. A ello se le suma su baja estatura y el hecho de que no todas las marcas de ropa
comprenden las proporciones de la mujer peruana promedio.

“¿Dónde te has comprado ese jean? Nunca encuentro de mi talla’’, le pregunta a Ariana su
amiga Lolo, quien acaba de llegar a la reunión. Pide disculpas por su atuendo anacrónico.
No tuvo tiempo de cambiarse luego de su turno en Sodimac. Luis, que ha llegado hace diez
minutos luciendo un abrigo negro larguísimo, aprovecha para hacerle ‘cherry’ a su nuevo
empleo, y responde por su amiga Ariana: “Tienes que ir a Zara’’. Mientras Mateo la hace de
bartender, el grupo se enfrasca en un debate sobre la calidad de las prendas en Saga
Falabella y Ripley.

Luego de muchos vasos de vodka mal combinados y sin hielo, una decena de veinteañeros
bailan y cantan k-pop en la sala de Ariana, con los sillones rosas arrimados y otros objetos
de valor bien resguardados en la cocina. A las doce, Ariana ya se ha quitado las zapatillas
deportivas y se ha puesto sandalias, cual quinceañera cansada. Otros han perdido los
sacos, los chales, y algunas, los elegantes zapatos de tacón. A esta hora de la noche, la
temática de la fiesta podría tener una única condición: divertirse.

Capítulo 2: Estilos virtuales

Los referentes de un look

“Yo empecé con TikTok, en mi for you page había puro get ready with me”, dice Aixa en una
mezcla de terminologías propias del internet. Pinku (su nombre artístico) pertenece al grupo
universitario de kpop D’Paradox. Ella sigue este género de música desde el 2015. Los
muchachos asiáticos, sus ‘idols’, han estado presentes en su vida desde que tenía 10 años.
Y se nota. Si bien sus outfits constan de sencillos tops y buzos, sus accesorios lo llevan a
otro nivel. Botas negras estilo chunky, un grueso choker del mismo color y otros accesorios
dejan en evidencia las tendencias asociadas al estilo surcoreano mainstream.

A principios de la década de 1990, el k-pop era el resultado del fin de una era de restricción
y censura en el entretenimiento en Corea del Sur. Según estimaciones de Forbes, la
industria del k-pop aporta más de 10 millones de dólares anuales a la economía del país
surcoreano. Pero, además de conquistar el ámbito musical, esta industria también tiene una
gran influencia en la moda occidental. Aixa suele preferir prendas de este estilo, con buzos
y pantalones anchos que predominan en su armario. Con estas prendas puede realizar las
intrincadas coreografías que se sabe de memoria.

“De nada sirve la ropa si no te sientes cómoda, es por las puras”, dice luego de un rato de
reflexión, bajo una cortina de lisos mechones negros. Desparramada en el grass artificial,
tiene sentido lo que dice. Y es que Aixa siempre pone por delante el confort. Más tarde,
tiene ensayo con D’Paradox. Normalmente, el grupo se reúne al lado de uno de los
bebederos de agua, en una esquina. Allí, ponen la música en un pequeño parlante e incluso
graban tiktoks para ver su progreso. Las otras integrantes del grupo también lucen buzos y
tops que recuerdan a la vestimenta de las idols de moda, como Jennie o Lisa de Black Pink.

Aixa y el elenco de D’Paradox deben preparar una coreografía de pop surcoreano. Las
canciones elegidas son Ditto, del grupo NewJeans; Standing Next To You, de JungKook; y
Angels in Tibet, de Jam Republic. El término del semestre se acerca, y el grupo se
presentará en la clausura de fin de ciclo 2023-2. Todos los martes y jueves a las 5 de la
tarde, se reúnen para darle un repaso a sus movimientos y tener todo listo para la
presentación.

Otro día, sentada en la rotonda del campus de UPC en San Miguel, Aixa luce unos jeans
sueltos y un top negro de calaveras. El outfit es completado por una casaca de franela que
lleva amarrada a la cintura y unas gafas de sol con pedrería. Sin quitarse los lentes, Aixa
comenta que el verdadero punto de inflexión para el desarrollo de su estilo fue la pandemia.
Y, con ella, la llegada de un nuevo mundo fashionista en el cual sumergirse.

Al igual que Ariana, Aixa tuvo una epifanía al pasar infinitas horas de su tiempo frente a la
pantalla de su celular, donde se mostraban distintos estilos y prendas que jamás había
visto. En el artículo de Natalia Quiroz, “TikTok: la aplicación favorita durante el aislamiento”,
se evidencia que, en el primer trimestre de la crisis sanitaria, la aplicación fue descargada
315 millones de veces a nivel global. Lo cierto es que la app rápidamente se ha vuelto
predilecta entre los más jóvenes, y su impacto ha alcanzado muchas esferas, incluida la
moda.

Uno de los primeros vídeos relacionados a la moda que Aixa vio en redes fue el famoso
formato de ‘get ready with me’. Su traducción literal, ‘alístate conmigo’, da luces sobre el
contenido que ofrece. Si bien los clips incluyen rutina de skincare, maquillaje y peinado, el
outfit elegido es la cereza del pastel. Gracias a estos tiktoks, Aixa descubrió diferentes
estilos que poco a poco empezaría a probar en ella misma. “Al principio me sentía insegura,
entonces iba por lo que todos ya sabemos: el negro que combina con todo”, me dice con
aire solemne, como si afirmase una ley o un versículo bíblico.

Un martes de fines de octubre, encuentro a una Aixa vestida toda de negro, en el baño del
primer piso de la universidad. Su teléfono estaba apoyado contra el húmedo lavatorio.
Luego de verificar su atuendo en el espejo y en el celular, me ve entrar y me saluda. Va
disfrazada, pero mi nulo conocimiento de anime me impide que reconozca el personaje. De
todos modos, le digo que estaba bonito. Ella me contesta con un sonriente “Ayyy, gracias”, y
procede a acomodarse el top y el jogger negro que lleva. Las rayas del mismo color en su
rostro, abdomen y brazos le dan un aspecto intimidante a pesar de su metro cincuenta y
pocos. Más tarde descubriría, por un video en sus estados de WhatsApp, que se trataba de
Sukuna, de Jujutsu Kaizen. Si bien la suya era una interpretación mucho más libre, quedaba
claro la inspiración que había tenido la serie de anime en su disfraz. Ese mismo día, en el
auditorio, estaba previsto a el evento ‘Disfrázate UPC’, donde D’Paradox se presentaría con
un mashup del grupo BlackPink.
El boom de la cultura asiática en el mundo puede explicarse, a grosso modo, con la
globalización. Pero, si bien los medios y el internet les han otorgado mayor visibilidad, las
subculturas y tribus urbanas no son un fenómeno nuevo. En el ensayo de Antonio
Martín-Cabello, “El desarrollo histórico del sistema de la moda: una revisión teórica”, se
indica la importancia de la vestimenta en la consolidación de la identidad en la
adolescencia: “La expresión subculturas juveniles describe variaciones culturales propias de
ciertos grupos de jóvenes, habitualmente residentes en ámbitos urbanos, dentro de una
cultura más amplia. Suelen denominarse subculturas juveniles o tribus urbanas”.

Pensemos en las flappers, en los punks o en los hippies del siglo anterior. O, más
recientemente, en los emos o en los gamers. Aixa, primariamente, pertenece a la subcultura
de los k-popers. Y, a su vez, pertenece a la subcultura de los otakus. Y, además, el
ecosistema de ambas tribus se interseccionan. Y, como si no fuera suficiente, dentro de
ambas hay una diversidad inmensa. Por todo ello, la vestimenta de Aixa no refleja
solamente un estereotipo kpoper u otaku, pero sí que funciona como punto de partida.

Cuando Aixa comenzaba a experimentar, no solo se basaba en animes y mangas. También


buscaba inspiración de su época como colegial. Además de pasar su pubertad aprendiendo
coreografías de la banda Super Junior, ella también creció viendo series y películas de
Disney, como Hannah Montana o Freaky Friday. Las prendas que había soñado con usar no
eran comunes en los escaparates de las tiendas por departamento o los mercados próximos
a su casa. Las redes sociales la ayudaron a cumplir los deseos de su niña interior.

Hoy, Aixa viste como siempre quiso hacerlo. “Veía en la tele a la típica chica ‘cool’ y quería
parecerme a ellas”, dice apartándose un grueso mechón lacio, que le cubre medio rostro.
Las faldas a cuadros, las botas negras y las medias de red que usa son el reflejo de ese
arquetipo de genialidad juvenil. Al poner el canal 44, admiraba las prendas y accesorios,
cuanto más el peinado y maquillaje de las protagonistas, a las cuales tanto añoraba
parecerse. Una década más tarde, el estilo que le arroja el algoritmo en su TikTok es similar,
y ya no tiene que soñar despierta con ese look. Los términos que suelta por aquí y por allá
para describir esta estética son: y2k, indie y grunge. Cuando no está bailando, Aixa saca las
faldas jean, los collares largos y las casacas con tachas.

El 24 de noviembre, día de la presentación por el fin de ciclo, una veintena de jóvenes


hacen cola en el baño de la rotonda. Algunos tienen sus atuendos bajo el brazo, otros ya
están vestidos, solo les falta el maquillaje. Y un pequeño grupo ya está listo para bailar, pero
los nervios han aflojado sus vejigas. Aixa está en este último montón, luciendo un conjunto
de cuerina, chaqueta y pantalón negros a juego. Una gruesa cadena sobresale de su
cadera izquierda. Un top blanco, Converse negras de plataforma y un grueso choker
completan su look.

Cuando le toca el turno a D’Paradox, se escuchan gritos y silbidos por doquier. La emoción
y el barullo solo se incrementan cuando la música comienza. Ditto es la primera canción, y
las bailarinas tienen atuendos de colegiala coreana: faldas cortas, blusas blancas, corbatas
y medias hasta el muslo. Aplausos y vitoreos. La segunda canción es Angels in Tibet, con la
adición de chicos. El baile es más experimental, al igual que los atuendos: los jóvenes van
descalzos, con polos blancos y buzos negros. Más aplausos. El último número, con la
canción Next To You, es la cumbre de la emoción en la audiencia. ¡Wuuuuu! y ¡Eh, eh,
ehhhh! es lo único que se escucha, además del beat y el sonido del calzado golpeando la
madera del escenario. En medio, está Aixa, dándolo todo. Desde aquí, luce como una
auténtica idol, tanto en técnica como en estilo.

¿Identidad o estética?

Fabiana alisa su pantalón de sastre lo mejor que puede. Su reloj de pulsera dorado tintinea
al moverse. Arriba, lleva una caffarena verde sin mangas. Hoy, la joven ha salido desde
temprano para llegar al campus de la UPC ubicado en Monterrico. Antes de subirse a la
camioneta de su hermano, resbaló en la pista y ensució su blanquísimo pantalón. Los veinte
minutos iniciales del trayecto se la pasó hecha lágrimas. No había tiempo para volver y
cambiarse: tendría que seguir el día con un par de manchitas grises y un raspón rugoso en
el brazo.

Mientras pide su menú en un restaurante al frente del campus, Fabiana me muestra fotos
de sus outfits. Muchas de las locaciones son en Europa. Una torre Eiffel por aquí, un Museo
del Prado por allá. Y, siempre en primer plano, una Fabiana sonriente con labial rojo y los
rizos castaños siendo soplados por el viento. Las prendas van desde vestidos ceñidos
acompañados con blusas blancas (en verano) hasta abrigos combinados con pantalones de
cuero y botas empinadas (en invierno).

Fabiana pide una papa rellena y tallarines con milanesa. Mientras juega con los cubiertos,
menciona su intercambio académico en el año 2022. Previo al viaje a España, su estilo era
‘básico’. Para la joven de rulos rebeldes y cejas decididas, la palabra ‘básico’ es
intercambiable con lo feo, lo vulgar, lo ‘outdated’. Casi un insulto. Fabiana usaba jeans
focalizados o pitillos (un crimen de moda para la generación Z). “Mi madre me compraba
polos con perlitas o piedritas. Y los odiaba. Te juro que los odiaba. El color fucsia… También
lo odiaba”, cuenta con una expresión que hace bailar el lunar de su barbilla.

En lo mainstream, el término ‘básico’ lleva aproximadamente una década siendo utilizado


con el mismo tono despectivo. La palabra puede ser el rostro de muchas estéticas, pero el
factor común es la falta de originalidad. El efecto más nocivo del término ‘básico’ se da
cuando es usado para mofarse de lo femenino.

En las dos últimas décadas, se dio una demonización de la estética ultrafemenina, como el
color rosa, el maquillaje y los hobbies asociados a las adolescentes. El fenómeno ‘not like
the other girls’ se remonta a esta gran campaña de misoginia por parte de la cultura pop. En
los años 2000, las estrellas juveniles eran populares, celebridades que salían de fiesta y la
opulencia desbordaba por donde miraras, con bolsos de diseñador y tiaras de diamantes.

Ello, sumado a la tercera ola del feminismo en los 90s, incrementó la hostilidad hacia las
mujeres, siendo retratada en los medios. En su libro “Feminist Theory”, Rosalind Gill explica
que el postfeminismo surgió por la idea de que el movimiento feminista ya había alcanzado
todo lo que pretendía. Fabiana, como otras jóvenes de las generaciones Millenial y
Centennial, crecieron con este pensamiento flotando en el aire, cuyo eco resuena en los
memes en contra del rosa y los hashtags #BasicB.

Recién a los 15, Fabiana empieza a elegir su propia ropa, pero solo compraba lo que veía
en redes sociales. “Estaban de moda los pitillos. Se los veía a las famosas, junto con un
crop top: lo más básico del mundo”, dice, devorando ya su papa rellena. En esos tiempos
más sencillos, Fabiana usaba estas prendas, emulando lo que era visto como ‘trendy’,
independientemente de si le agradaba o no. Hoy cree que la fórmula pitillo + top + casaca
jean no favorece su silueta. Ella cree que, a esa edad, solo le importaba seguir la moda.

La psicóloga Astrid Alejos explicaba que la formación de la identidad se da a través de la


vestimenta. Sin embargo, no solo se busca encajar, sino también afirmar la originalidad.
Para diferenciarse del grupo, una joven puede adoptar conductas contrarias a las
tendencias o lo estereotípicamente femenino. Para Astrid, eso significaba rebelarse contra
la ropa rosada, los adornos como lazos o incluso cualquier zapato que no fuese una
zapatilla plana. Todo para dar la contra, hacer un statement.

En la tesis de Kira Means, titulada ““Not Like Other Girls”: Implicit and Explicit Dimensions of
Internalized Sexism and Behavioral Outcomes”, se explica este fenómeno de diferenciación
a través del sexismo interiorizado, al cual las mujeres están sujetas por medio de su
socialización con el género masculino. Esta búsqueda de validación del sexo opuesto se
incrementa durante los años de la adolescencia, cuando se descubre las ventajas que le
otorga una sociedad patriarcal.

Esta sociedad también ha obligado a Fabiana a tapar su cuerpo. Ella creció en San Martín
de Porres, un distrito con zonas peligrosas y altas tasas de criminalidad, Fabiana considera
que salir con un top y un short en su barrio siempre ha estado sujeto a recibir toda clase de
improperios. “Fue un choque sentirme tan segura en mi viaje a Europa. Caminar por calles
oscuras y que la gente sea respetuosa, ni te miran”, dice sobre su experiencia. Regresar a
Perú fue otro baldazo de agua fría: se dio cuenta lo mucho que aún nos falta. No solo en la
moda.

“No sé, me siento muy rara, no me hallo”, explica Fabiana, acabando sus tallarines. Se
siente como una extraña de vuelta en su país. Todo parece ajeno. Sus amigos han
avanzado, llevan otros cursos. Además, ahora compara todo en su país con los nuevos
lugares que conoció. Viajar le otorgó perspectiva. Es a partir de su Eurotrip que pudo saber
qué le gustaba exactamente, y lo más importante: empezó a usar las prendas que quería.

A sus 21 años, la joven considera que encontró su estilo un poco tarde. “Allá (Europa) tú te
puedes poner lo que quieras, no es como acá (Perú)”, dice Fabiana. Ella describe su estilo
actual como ‘old money’, en terminología tiktokiana. Una prenda que solo ha utilizado en
Europa es un abrigo de peluche al cual califica como ostentoso. Si se lo pusiera aquí, la
verían como un bicho raro. En especial saliendo de su distrito natal.

En una oportunidad, salía con su mamá para ir de compras. Fabiana estaba luciendo un
peinado conocido como ‘lamida de vaca’: un moño apretado y peinado cuidadosamente,
para que ni un solo cabello se escape. Mucho gel y crema para peinar son clave. Su madre,
extrañada por tanta elegancia, bromeó diciendo que no sabía que las habían invitado a un
‘matri’. Luego, Fabiana me confiesa que también llevaba unos aretes dorados estilo chunky
y una falda pegadita. Tal vez su mamá estaba justificada al tomarle el pelo.

Pero Fabiana discrepa, y opina que, en el Perú, tenemos una idea algo errónea sobre la
vestimenta. Arreglarse bonito solo es válido para ocasiones especiales. Fabiana observa
que el estilo en el país suele ser más casual: un polo, un buzo y listo. “No creo que esté
mal. Lo que sí está mal es mirar raro a alguien que viste distinto”, comenta con los ojos en
su monedero. Está sentada en la combi, buscando sencillo para el pasaje. La próxima
parada hoy es el Estudio 214, le esperan tres horas de clase de Edición.

Durante las semanas que Fabiana estudió en España, una de sus compañeras fue Paula
Marqués, influencer ecuatoriana radicada en Madrid. Fabiana no sabía quién era, pero le
intrigaba su estilo distinto y formal. “Ahora me acuerdo que yo iba con zapatillas colorinches
y mi pitillo, en frente de ella, qué roche”, cuenta riéndose, con las mejillas coloradas. Luego
de ver que las chicas de la universidad usaban ropa más elevada, Fabiana empezó a
comprar en Bershka, Stradivarius y Zara.

El ‘old money’ que usa Fabiana se refiere a un estilo en el que predomina lo clásico, los
colores neutros, la sutileza y la elegancia. También está asociado con la riqueza
generacional y un estilo de vida privilegiado. Algunas de las prendas infaltables para armar
esta estética son los jerséis, pantalones de pinza, mocasines, collares de perlas, polos y
blazers de cuadros. Todos encontrados en el carrete de Fabiana.

Pero la joven no siente que ‘pertenezca’ al estilo old money. La relación entre la estética y
sus gustos personales es disonante. Ella se considera alocada y divertida. Escucha rap y
reggaeton, como Tupac y Canserbero, leyendas que sigue desde pequeña y la han
influenciado más allá del vestido. “Las chicas de TikTok que también son old money ponen a
Lana del Rey. Están en esa onda”, comenta Fabiana en la combi. Ella no cree que esté en
esa onda, pero nada la detiene para usar conjuntos preppy, aunque se calce las
pantimedias con Rels B de fondo.

Diferentes estéticas han invadido las redes sociales. Previamente se mencionaron las
subculturas, adolescentes con cosas en común, que se rebelaban o retaban algún aspecto
de la sociedad. Sin embargo, gracias a los medios masivos, al surgimiento del internet, y
otros factores como el consumismo y el fast-fashion, las microtendencias y las estéticas
pasajeras (que terminan en -core o -girl) han venido a desplazar a las tribus urbanas.

En su artículo titulado “Fashion subcultures and youth identity”, la diseñadora española


Nuria Revuelta alega que “la accesibilidad de la ropa ha hecho que sea más difícil hacer
una declaración con lo que uno usa, y cada vez es más común que los crecientes
movimientos culturales se vean absorbidos (y monetizados) por las instituciones
dominantes”. Quienes se benefician de la necesidad de expresión de los jóvenes son los
gigantes de la industria de la moda, en colaboración siniestra con las redes sociales.

Ya en el Estudio 214, sede de la UPC donde los alumnos realizan prácticas de sus cursos
audiovisuales, Fabiana debe editar una secuencia de vídeo. Es un reportaje sobre el
escándalo de los relojes Rolex de la presidenta Dina Boluarte. “Qué loco, ¿no? Que por
unos accesorios ahora (Boluarte) esté fregada”, reflexiona Fabiana. No es tan descabellado.
La vestimenta de lujo no solo es una muestra de ostentación en sociedad, sino también una
reafirmación de poder y estatus. A pesar de que Carolina Herrera haya dicho que “la
elegancia no tiene nada que ver con el dinero”, es claro que, a veces, el estilo sí que puede
comprarse.

Para Fabiana, vestir bien se relaciona con celebrar la vida misma. No debe existir un motivo
para lucir como la mejor versión de ti mismo. La joven planea viajar nuevamente a España,
donde encontró el amor. Jaime, su novio, la llevará a pasear a mitad del año para disfrutar
del verano europeo. Al terminar la edición de su vídeo, Fabiana le muestra el avance a su
profesor, quien la felicita y le da el visto bueno. Ella se lo comunica en un audio, orgullosa, a
Jaime. Ya no importa que su outfit haya sido arruinado por el pavimento, el día ha
culminado con éxito.

Lo normativo está out

“Hoooola, reina”, saluda Analucía, dándome un ruidoso beso en la mejilla. La pecosa joven
se acomoda el short deportivo al sentarse en la banca del parque El Águila, en Bellavista.
Vive a pocos pasos. Lleva ropa de casa. Mientras le da scroll a su página de Facebook,
intenta recordar el momento donde comenzó a experimentar con su estilo. Parece coincidir
con sus primeros acercamientos al internet. A los 12, ya usaba Tumblr en su iPhone 6. “Ah,
y antes no existía Pinterest, era We Heart it”, explica, aunque no necesita hacerlo.

De hecho, Pinterest ya existía cuando We Heart it ganó popularidad, pero esta última era la
predilecta de las adolescentes allá por el 2015. En We Heart it, Analucía encontraba fotos
de Harry Styles. Ella era (y sigue siendo) una directioner. Además de estar pendiente de las
publicaciones de los jóvenes ingleses, lo que más le jalaba el ojo era la moda. En las
páginas de fandoms, chicas de su edad subían fotos de sus outfits. De pronto, Analucía
interrumpe sus relatos. Sus ojos parduzcos se iluminan ante la pantalla (hoy tiene el iPhone
13). Ha encontrado oro en los archivos del 2014: una foto de ella tomada con WebcamToy,
usando un polo con estampado de galaxia y lentes de marco negro. Bingo.

Los lentes hipster fueron un ‘fashion staple’ de la década anterior. Se combinaban


especialmente con blusas a cuadros, Vans y collares de mostacho. Sí, esa era una
tendencia. En el artículo “The Hipster in the Mirror”, Mark Greif compara al hipster con una
paradoja. Y es que, en sus orígenes, la idea del hipster estaba ligada al snobismo, una
posición anti-moda, de tintes bohemios y crítica a lo mainstream. Sin embargo, su figura se
volvió popular y pronto la palabra fue asociada con cierto estilo particular, que incluía las
características gafas de marco negro.

“Yo empecé a usar esos lentes por moda. No porque necesitaba” revela divertida a la par
que sigue buscando contenido para reírse un poco de su yo púber. Pero no todo es risible.
Llegó a un punto que aquellos lentes representaban su oxígeno. Tanto es así, que su estilo
dependía de ellos. Si no los usaba, se sentía fea. Hoy, Analucía tiene el cabello castaño,
con flequillo y hasta los hombros. Contra todo pronóstico, su cabello ha aguantado todas las
decoloraciones. Lo ha tenido verde, morado, azul, rubio. Y con muchos cortes. Ella no solo
experimenta con su peinado. Ha pasado por muchísimos estilos diferentes, radicalmente
distintos entre sí. Pero también ha habido épocas donde afirma haber tenido un estilo más
estandarizado.

Como muchas jóvenes, Analucía iba con sus amigas a ver ropa. Sin embargo, nunca confió
en el juicio de su grupo, porque sus opiniones eran, a su parecer, bastante superficiales. “Sé
que a mis amigas les iba a gustar algo muy básico: un top negro pegado o una falda bien
cortita”, explica ella, validando la experiencia de Fabiana y su terror a lo básico. Analucía
seguía la moda normativa, pero ha desarrollado un estilo mucho más experimental.
Desde el indie kid hasta el coquette, la pecosa joven lo ha probado casi todo. El indie kid fue
bastante popular al inicio de la pandemia. La saturación es el distintivo de esta
microtendencia, junto con patrones como flores psicodélicas y tablero de ajedrez,
estampado de cebras y muchos honguitos. Una cantidad escandalosa de chicas se tiñeron
dos mechones delanteros de cualquier color chillón. El look solo estaba completo con una
gruesa línea negra en los párpados. Sin embargo, a los pocos meses ya teníamos otras
microtendencias que ocuparon su lugar.

Lipovetsky, en su libro “El imperio de lo efímero”, decía que “la moda solo ha desarrollado
todo su potencial en la modernidad occidental, ya que su elemento definitorio consiste en
una temporalidad fugaz”. Es así que estéticas como that girl, bimbo core, ballet core, e-girl
vieron su alba y ocaso a una rapidez ridícula pero bastante rentable. La tendencia en boga
en el 2022 fue el estilo ‘coquette’, caracterizado por la feminidad estereotipada: suave,
romántica y delicada. Las prendas incluyen mucho encaje, faldas, colores pasteles, vestidos
floreados, lazos en el cabello y zapatos mary-jane. “El coquette no iba conmigo. Fue un
intento fallido. No soy para nada soft”, afirma Analucía confundida por sus elecciones
pasadas (aunque algo recientes).

Otro día, la encuentro en el paradero del puente Faucett. Está tomando un carro para ir al
campus de la UPC en San Miguel. Andalucía estudia Comunicación Audiovisual, y la
influencia de sus películas favoritas, como “Clueless” y “Scott Pilgrim vs. the world”, es clara
en sus outfits. Con su carnet de medio pasaje en la mano y un bolso de felpa en la otra, no
le alcanza con qué sostener el gorro tejido que está por caer. Lo cojo en el aire y observo el
resto de su vestimenta. Como sacada de un cuadro pop art, la paleta de colores funciona de
modo inesperado. Lleva una camiseta roja con un chaleco negro encima, además de la
falda verde oscura hasta las rodillas. Sus mocasines negros con medias blancas coronan el
atuendo.

Analucía define su estilo actual como kid-core meets blokette-core. El primero hace
referencia a la estética de un niño, literalmente, un arcoiris andante con muchas texturas. Y
el segundo se relaciona con las prendas deportivas en combinación con elementos más
tradicionalmente femeninos. Si miras en el desordenado ropero de Analucía, puedes
encontrar faldas blancas largas, polos oversize de segunda mano, camisetas a rayas,
casacas de peluche, faldas jean, corsés de encaje, chalecos, entre otras telas excéntricas y
juguetonas. Sus accesorios incluyen collares de ositos, corbatas y medias de colores.

Los accesorios son muy importantes para terminar de darle vida a sus outfits. Muchas de
sus prendas las adquiere de segunda mano, en ferias o eventos independientes. En el bus,
ella comenta sobre el doble rasero que existe con la comunidad fashionista de Lima.
Cuando se encuentra en esos espacios, sabe qué tipo de personas encontrará: gente que
se viste bien y experimenta con su ropa. “Por eso trato de planear mi outfit, porque también
van a juzgarte si te ves muy normie”, dice, riendo ante lo absurdo de la premisa, pero que
es una realidad en la esfera indie limeña.

Algo que le ha servido muchísimo a Analucía para sentirse mejor consigo misma es buscar
chicas parecidas a ella en Tiktok. Específicamente, con un tipo de cuerpo parecido. Así,
tiene una idea de lo que le puede favorecer o sencillamente identificarse, ya que su estilo es
experimental. Contrario a lo que cree, existe aún mucho estigma en relación a los aesthetics
y quién puede participar. Basta con ver videos en Tiktok de muchachas de piel oscura o de
contextura más gruesa con el cabello teñido, o con maquillaje llamativo y entrar a los
comentarios. “E-girl humilde”, “No queda”, “No es mi cuerpo, no opino” son algunas de las
palabras que se leen en la aplicación.

Analucía se considera mid size. Para ella, la representación importa. Desde el 2021, sube
vídeos de 'fitcheck' en su Tiktok, que consiste en mostrar sus prendas con una canción de
fondo. A la fecha, el hashtag #midsize tiene más de 370 mil videos en la plataforma. En un
artículo del 2022 en la revista online de Glamour, titulado “The Midsize Movement Is Taking
Over Fashion TikTok”, se habla sobre el fenómeno midsize, nacido en el lado fashionista de
la Tiktok. Esta talla o tipo de cuerpo femenino ha sido dejado de lado en la conversación
sobre inclusión y diversidad en la industria de la moda.

Afortunadamente para Analucía, el grupo de conocidos que tiene, tanto en redes como en la
vida real, sí valora su estilo personal en cualquier talla. Los comentarios que tiene en sus
tiktoks siempre son alguna jerga de aprobación como “Eeeella”, “Slayyy”, “ICONIC” o
simplemente la emojis de labios rojos alternados con corazones. Y, cuando sale a pasear
con sus amigos por el Parque Kennedy, siempre recibe cumplidos que halagan su sentido
de la moda único.

Pero no todos aman esta originalidad. Más bien, les incomoda. La familia de Analucía no ha
recibido su estilo con entusiasmo. De antaño, sus prendas eran más acordes a lo que se
esperaba de una joven de 15 años. Para ir a fiestas, sus infaltables eran una falda azul de
mezclilla y un top cualquiera de Saga Falabella o Ripley. Las lisonjas llegaban, pues se veía
linda de manera normativa. Sin embargo, todo cambió cuando subió de peso, en pandemia.

Con el tedio de la rutina y el encierro, comenzó a hurgar en su closet. Ponía la ropa en su


cama y jugaba a ser su propia muñeca de carne y hueso. Las combinaciones eran infinitas.
Pronto, descubrió que había un mundo más allá de las faldas jean y los polos de tiritas. Al
mismo tiempo, notaba zonas de su cuerpo con más volumen, algunas estrías blanquecinas
y la sorpresa de que muchos de sus shorts favoritos ya no le cerraban.

Mientras su estilo evolucionaba y su figura se transformaba, dejó de recibir la aprobación de


su mamá y sus tías. No recibía comentarios hostiles, pero sí muchas miradas de arriba a
abajo con carga pasivo-agresiva. “Lo he notado ahora que ya no tengo el cuerpo de una
niña”, afirma mirando su tatuaje de abeja en la pierna izquierda. Con la cabeza gacha,
balancea sus pies, que no llegan a tocar el suelo. Lleva crocs de color azul, decorados con
pines y stickers de goma.

Durante su transición de estilo, Analucía tenía algunos problemas con su imagen, pues
siempre había habitado en un cuerpo talla XS o S. Ya era algo complejo reconocer sus
nuevas curvas, pero tener que vestirlas representó un verdadero reto. Es así que comienza
a tomarse muchas fotos celebrando su cuerpo, mostrándolo en ropa interior para sus 'close
friends' en Instagram. Después de todo, ya tenía 18 y quería sentirse cómoda en su
feminidad.

Cuando era púber, Analucía se comparaba con chicas mayores que veía en Tumblr.
Buscaba copiar su estilo, comprando ropa parecida, pero algo no le terminaba de cuadrar.
Pensaba que, tal vez, el problema era su cuerpo, que era distinto al de las fotos que
guardaba en su carpeta de inspo. Le fue difícil dejar esas inseguridades y complejos de
lado, pero cada vez que sale a la calle con una pieza fuera de lo común, siente que ha
adquirido una pequeña victoria. “Ahora digo: si me están mirando, es porque algo estoy
haciendo bien”, afirma, mientras una señora pasa por delante de la banca. De inmediato, las
singulares crocs de la joven llaman su atención. Fija su mirada por segundos eternos.
Analucía le sonríe, satisfecha.

Lo alternativo en tiempos del fast fashion

Milo es una persona no binaria, pero se socializa como chica la mayor parte del tiempo.
Hoy, ha decidido usar un outfit completamente negro. Un polo oversize y un pantalón baggy.
“Como mi alma”, dice bromeando y quitándose los cascos inalámbricos. Su voz tiene un
timbre dulce, y hace juego con su cabello rosa brillante, cortado como honguito. Al notarlo
desordenado, lo peina como puede delante del espejo de Saga Falabella, en Plaza San
Miguel. Viene a pie desde el gimnasio SmartFit, hoy fue día de piernas.

De no ser por la rutina, Milo hubiese venido con una de sus muchas faldas largas, que
considera la mejor prenda del mundo. Su estilo es gótico, y a Milo le irrita sobremanera que
confundan el goth con otros estilos alternativos. Los siguientes diez minutos, los pasillos de
las marcas Sybilla e Index son testigos de su clase magistral sobre los inicios de esta
subcultura y por qué no es solo una manera de vestir.

Según Milo y diversos blogs de moda en internet, la subcultura gótica nace en la década de
los setentas, tras el movimiento punk de Inglaterra. Inicialmente, los góticos tomaron
prestados elementos del punk como el cuero, los accesorios de metal y el color negro. De
allí que se suela confundir ambas estéticas. Sin embargo, la influencia musical y artística
llega para diferenciar al goth de otros estilos. La moda gótica tal y como la conocemos
ahora toma inspiración en el arte del romanticismo, el victoriano, el medieval y el
eduardiano. Por ello pueden apreciarse prendas más vintage, como el corsé, o telas como
el encaje y el satín.

Milo contempla con admiración una blusa de encaje negra semitransparente. Es de la


marca Mossimo, que ha sacado una colección llamada “Romantic Lover”. La línea de
otoño-invierno incluye muchas prendas negras y asociadas al estilo que Milo ama. Luego,
coge una falda de la misma colección y con sus níveos dedos toca la tela satinada. Tras los
redondos lentes, sus ojos verduzcos buscan el precio. Se abren más de la cuenta al ver que
el precio es 119 soles. “Quizá si estuviese 90…”, empieza para sus adentros, pero luego
aclara que igual es demasiado caro.

Hace unos minutos, Milo despotricaba contra la moda rápida y la industria en general.
Considera que parte de ser gótico es no apoyar a las grandes corporaciones que se hacen
más y más ricas cada día. Mientras tararea la canción de Taylor Swift que pasan en la
tienda, dice que no comprende cómo tanta gente sigue comprando en Shein, a pesar de los
escándalos de explotación laboral y su fuerte impacto ambiental. Por ello, asiste a ferias de
segunda mano. Si no tiene tiempo, pues estudia y trabaja, compra sus prendas de manera
online, en Instagram.

Su viaje con la moda también comenzó con las redes sociales. A los 13 años, tuvo acceso
libre a internet. Rápidamente, Milo se topó con blogs emos y góticos, pero debido a su
edad, aun no podía emular lo que iba a aprendiendo. A los 16, ya podía elegir sus prendas y
el color se evaporó de su clóset. Todo era negro, salvo un par de rayitas blancas, rojas o
púrpuras. Su cabello era y sigue siendo lo único con pigmento. Al igual que Analucía, ha
gastado muchos botes de Oxigenta y empaques enteros de tinte fantasía. Lo ha tenido azul,
verde, naranja, rubio, rojo, pero, curiosamente, nunca negro. El rosa acaramelado que trae
ya empieza a descascararse, y sus cabellos de arriba dan una pista del castaño que tenía
cuando vino al mundo.

El estilo de su progenitora no podría ser más opuesto. La señora es una mamá soltera con
un sentido de la moda eternamente juvenil. Los leggins, camisetas deportivas, jeans de
pretina y tonos fucsia espantan a Milo, quien la lapida: “O sea, ya tiene una edad, y se viste
como chibola”. Definitivamente, no pueden compartir ropa, pero su madre sí que intentó
convertir a su hija en una mini versión de ella. Al vestirla de pequeña, solo le ponía polos de
fit regular. Mangas con pretina. Rojo con rosado. “Combinaciones horrorosas”, dice Milo con
la mirada perdida tras los lentes, mismo veterano de guerra al recordar el campo de batalla.

Es la misma mirada que tiene cuando recuerda la pandemia. A pesar de los momentos
donde su salud mental se veía afectada, Milo le agradece al coronavirus por ‘salvarle’ de las
prendas que usaba anteriormente. En aquel periodo, descubrió más a fondo el estilo
alternativo, que ya se encontraba en su radar. El estilo alternativo se volvió extremadamente
popular, y a Milo le llamó la atención microtendencias como el trad-goth, el fairy-core y el
edge-goth. Lo único que le molestaba es la poca representación de cuerpos como el suyo
en dichas microtendencias.

La falta de diversidad o inclusividad en la industria de la moda se extiende a las redes


sociales, como no podía ser otro el caso. El sociólogo Manuel Castells, autor del libro
Comunicación y Poder, habla sobre tres tipos de comunicación, siendo la más reciente la
‘autocomunicación de masas’. El término se refiere a la interacción que permiten las
plataformas de redes sociales, mediante la cual millones de personas se comunican entre sí
a través de nodos de decenas, cientos o miles de usuarios entre los que diseminan sus
mensajes.

Esta comunicación ha traído muchas cosas positivas, pero lo negativo puede llegar a
opacar las bondades y convertir al internet en un monstruo informático. El acoso cibernético
que pueden experimentar personas con cuerpos menos normativos suele afectar más a los
adolescentes y jóvenes. Según el portal SíSeve del Ministerio de Educación (Minedu), los
casos de ciberbullying registrados este año casi duplican los del 2022. De enero a julio del
2023 hubo 277 reportes de acoso cibernético contra menores en edad escolar, cifra que
supera a los 142 registrados en el 2022.

Al ser una persona ‘plus-size’, Milo ha encontrado mucha inspiración en algunos influencers,
pero critica que ellos mismos sigan perpetuando algunas inseguridades. El trend de las ‘hip
dips’ es traído a colación, puesto que muchos creadores de contenido comenzaron a dar
tips para ‘disimular’ el ‘defecto’. Muchas chicas comentaban o respondían en video que ni
siquiera habían pensado en esa parte de su cuerpo hasta ese momento, ni mucho menos
en cómo vestir para ocultar la supuesta deformidad. Milo también explica que ama comprar
secondhand, pero que resulta complicado encontrar ropa de su talla.
En su armario, casi todo consiste en vestidos de tul, faldas plisadas, corsés, pantys con
diseño, botas, chokers y crop tops. Al usarlos en público, Milo no se limita, pero es
consciente de que existen personas con la mirada de Medusa allí afuera. “A veces siento
que algunas prendas se me verían mejor si fuera una persona flaca. O que, si salgo a la
calle con algo de mi estilo, la gente me puede mirar feo. Pero no me importa, equis”, dice
con tono despreocupado, pero sus ojos verdes la traicionan.

Ya hemos recorrido cada esquina de Saga Falabella, y después de una sesión de ‘raje’
intenso, Milo se detiene frente a un panel publicitario. Se muestra entusiasmada, pero no
precisamente por la ropa. En el gran afiche, se aprecia una modelo rubicunda luciendo un
vestido tejido. La marca es una colaboración entre Saga y el diseñador peruano Jorge Luis
Salinas. El styling y la fotografía le prenden el foquito. “Eso podría hacer yo. Y me pagarían
bien”, comenta, maquinando. Milo estudia Diseño Gráfico en Toulouse Lautrec. Dentro de
sus razones para elegir la carrera, se encuentran su amor por el dibujo y la fotografía, que
hoy busca mezclar con la indumentaria.

Milo tiene muchos de sus outfits inmortalizados en su feed de Instagram, pues considera
que merecen ser vistos y admirados. Esto último, por supuesto, en forma de likes y
comentarios. La ensayista búlgara Maria Popova afirma en su ensayo “Aesthetic
Consumerism and the violence of photography”, que las imágenes validan que algo existe,
son evidencia indiscutible de ese viaje, que hubo diversión. Todas las fotografías son
memento mori. Esto la generación Z lo sabe. No es coincidencia que las microtendencias y
estéticas tengan éxito entre los centennials, que prefieren ‘alimentar’ a la cámara de sus
teléfonos antes de dar un bocado, o grabar un concierto entero antes de saltar al ritmo de la
música.

Antes de volar para su clase virtual, Milo aprovecha para comprar una dona de chocolate en
un puestito cerca de la entrada principal. Su casa está cerca pero necesita un poco de
combustible. La primera mordida le arranca más de una expresión facial. El veredicto final
es aceptable, pudo tener más relleno de fudge. Al terminar, se toma una foto desde arriba,
para que se note su outfit, y me anima a que aparezca también. A su lado, me siento
totalmente básica.

Capítulo 3: La nueva esfera fashion

El lado oscuro de la industria

Año 2007. En la pantalla, una foto tomada con alguna Canon de la época. Es la imagen de
una niña con cara de pocos amigos, usando un conjunto de buzo rojo de pies a cabeza. El
moño gigante con brillos rosados eclipsa sus ralos cabellos castaños. Lo veo y no lo creo,
se trata de Bianca, una modelo que ha sido la imagen de marcas de ropa juveniles y
actualmente estudia psicología.

Mientras me muestra la fotografía del terror, Bianca, ahora con el cabello teñido de rubio y
mechas platinadas, repiquetea la mesa de una cafetería ubicada en Miraflores, con sus
uñas rosadas, y mientras revisa la carta digital una vez más antes de hacer el pedido. Luce
un minivestido negro strapples en tela plush y sandalias de tacón. Su melena con baby
highlights está sujeta en una media cola. Antes de que saliera de su casa, su mamá la
barrió con la mirada y le preguntó: “¿Así vas a salir de día?”.

El estilo de su mamá no tiene nada que ver con el de Bianca, evidenciado en los numerosos
conjuntos sport que le compraba cuando iba a inicial. La pequeña solo quería que le
pusieran un vestidito como al resto de las niñas ‘normales’. El día de la foto, Bianca
protestó, a modo de rabieta, para que la cambiaran. No funcionó.

“Siempre he sido rebelde”, dice Bianca, ondeando las finísimas cejas oscuras. Los
destellos, corazoncitos y brillitos que tiene tatuados en el hombro derecho son solo una
parte de ella, porque también ha sido muy ‘darks’. De adolescente, toda su ropa era oscura.
Quería ser grunge, la chica tumblr. Se pintaba los mechones sin que nadie le diera permiso.

Cuando estaba en la secundaria, Arctic Monkeys y Lana del Rey estaban en su top de
artistas en Spotify. Nada de pop genérico. Hoy, Bianca conserva su inspiración alternativa, y
ama ir a Tacora, a unas cuadras de Gamarra, acompañada de su hermano. Allí, encuentran
prendas de segunda, tesoros a precio regalado. Eso sí, ella le añade toques de feminidad a
su estilo, como los zapatos de tacón.

“Estoy en mi ‘dark feminine era’”, declara Bianca sobre su atuendo. Si bien podría
considerarse ‘de fiesta’, para ella no hay reglas de estilo: luce un cat eye dramático al
mediodía, en una cafetería en Miraflores. Con voz angelical, Bianca le recita a la mesera
sus elecciones: una botella de agua, una trufa de chocolate y un pan ciabatta con pollo y
almendras sin mayonesa. Dice que la dieta no le importa, y que hace tiempo ya no va al
gimnasio. Pero Bianca no puede negar que la industria del modelaje promueve cierta
apariencia.

Alguna vez, la supermodelo británica Kate Moss dijo en una entrevista: “Nothing tastes as
good as skinny feels”. La infame frase caló en la mente de toda una generación. Un artículo
de la revista Elle escrito por la experta en moda Marita Alonso explica cómo, a lo largo de la
historia de la moda, distintas partes del cuerpo femenino han sido tendencia. En el
Renacimiento, los rollitos eran predilectos. En la época victoriana, la piel pálida era el
canon. En los años 50, los labios carnosos estaban en voga. Recientemente, resurgió el
‘heroin chic’ en las redes sociales. Esta estética de fines de los años 90 exalta un cuerpo
ultra delgado, los desórdenes alimenticios y el uso de drogas.

Kate Moss era talla cero, y, si bien ella nunca ha declarado públicamente haber tenido
anorexia, muchas de sus colegas sí han contado su experiencia con los trastornos
alimenticios. Bella Hadid, la modelo más famosa de nuestros tiempos, admitió haber tenido
anorexia. El almuerzo de la celebridad consistía en tres frambuesas y un palito de apio.
Bianca agradece no haber tenido enfermedades de conducta alimentaria, pero reconoce
que, de tener un carácter distinto, habría estado muy cerca: su trabajo de modelo es muy
competitivo.

Bianca incursionó en el modelaje a los 18 años. Un día, su amiga Coralí, estudiante de


Diseño de Modas, le dijo que necesitaba una modelo para su clase de Desarrollo de
Portafolio. La temática era moda de los 2000. Bianca, que nunca había hecho una sesión
profesional, quedó intrigada por la fotografía. Ella empezó a fotografiarse en su cuarto, con
su iPhone, y subía las fotos a sus redes sociales. Nada mal para una amateur. Pronto,
recibió propuestas para colaboraciones con fotógrafos emergentes. Mientras saborea su
minúscula trufa, cuenta que aprendió a posar, identificar sus mejores ángulos y ganar
mucha seguridad.

Recientemente, se separó de su agencia de modelaje. El factor decisivo fueron las


constantes limitaciones para modificar su apariencia. No podía teñirse el cabello sin avisar,
debía esconder sus piercings y evitar hacerse más tatuajes. Esto es habitual en el modelaje,
pero las prohibiciones para Bianca se extendían a sus redes sociales. No podía compartir
fotos o vídeos saliendo de fiesta o contenido ‘sugestivo’.

Tantas restricciones empujaron a Bianca a volverse independiente. Cuenta que también


sentía la presión de mantener un peso ‘ideal’ y los músculos definidos. En su agencia, le
recalcaban que se “cuidara” el cuerpo” y que “comiera ‘bien”. No tenían un tono agresivo,
pero el subtexto parecía ser: “O te acoplas o no te llamarán”.

La presión de tener el cuerpo idóneo no solo la sufren Bianca y sus colegas. En los últimos
cinco años, los trastornos alimenticios en menores de edad peruanas se han triplicado, de
acuerdo con un reportaje del diario El Comercio titulado “Crisis silenciosa en Perú”.
Además, según reportes del Ministerio de Salud (Minsa) y Essalud, los diagnósticos de
menores con trastornos de conducta alimentaria (TCA) como bulimia y anorexia ascienden
a más de 6 mil, y siguen aumentando. Nuevos trastornos también han tomado protagonismo
en los últimos años. El término ortorexia, acuñado en 1997 por el doctor Steven Bratman,
hace referencia a la obsesión por los hábitos ‘saludables’.

Antes de terminar su ciabatta sin miga, Bianca revela que su alimentación es sana por
decisión propia. Ha reemplazado el azúcar por la stevia, evita las grasas y frituras (su mejor
amiga es la airfryer), y come verduras y frutas de distintos colores y texturas. Pero también
ha realizado el ayuno intermitente. O ha entrenado más horas de lo habitual. Todo ello como
preparación, los ‘previos’ a sesiones importantes. En otras ocasiones, omitía el desayuno,
por algún shoot matutino, y se decía resignada: “Ya para qué, no tengo hambre. Comeré
cuando acabe”.

Bianca se recuesta sobre la silla blanca de la cafetería. Toca su vientre y sonríe satisfecha,
aunque realmente no se nota que ha terminado de comer. Sin dejar de hablar sobre su
trabajo, hace el ademán de escribir en el aire para pedir la cuenta. Luego de cancelar su
brunch, busca dentro de su billetera verde y le entrega la propina a la mesera con una
sonrisa tímida. “Los clientes valoran que trabajes con agencias porque ven que eres alguien
serio”, dice, y luego retoca su brillo labial. A pesar de que Bianca odiaba que su agencia le
imponga cómo debía lucir, extraña conseguir empleo rápido y remunerado.

Los contactos en la industria son importantes, pero existen peligros más allá de las
prohibiciones. Representantes, promotores de castings y diseñadores contactan por redes
sociales a modelos jóvenes con promesas azucaradas. Caminar en una pasarela o salir en
una campaña de renombre es el anzuelo perfecto. “Se pueden aprovechar, y, mayormente,
sucede. Algunas no se dejan, otras sí”, afirma abriendo sus grandes ojos tras las pestañas
rizadas. Es un secreto a voces en el círculo del modelaje, pero el miedo a ser ‘blacklisted’
les impide contar sus historias.
Otro problema de la industria que Bianca resalta es la falta de inclusividad. Para ella, ser
una modelo de contextura ligeramente más gruesa que el promedio no significa ser ‘plus
size’. En el artículo “Moda plus size. Una charla sobre la inclusión”, publicado en Luxiders
Magazine en el año 2021, se menciona que debido a la nueva visibilidad de cuerpos en la
moda, los diseñadores se están replanteando lo que quieren vender. Para Bianca, esto es
puro cuento.

La modelo solo ha notado cierta diversidad cuando no afecta el status quo de la industria.
Los tonos de piel y los rostros únicos son tendencia en las pasarelas mundiales, pero las
tallas grandes solo tienen cabida en el modelaje publicitario. En el Perú, ni eso: los anuncios
suelen mostrar el canon hegemónico de tez y cabellos claros, así como altura y delgadez.

La figura esbelta de Bianca se aleja mientras para un taxi, de vuelta a San Miguel. Debe
cambiarse el vestido negro por su uniforme azul de psicóloga. Se encuentra cursando el
noveno ciclo de la carrera y está cubriendo sus horas de práctica con un internado, en un
asilo de ancianos. Pero la joven asegura que volverá a modelar pronto. “Ya cuando acabe
volveré a los shoots, pero ahorita los abuelitos me necesitan”, se despide, cruzando en
dirección al auto que la espera como si la calle fuese su pasarela.

Lleve, lleve, casera

Alizeh revisa la hora en su iPhone. Infla sus cachetes, impaciente. Hoy, tiene dos pedidos
por entregar. En su rostro redondo, todo es colorido. Los ojos, despiertos con sombra azul;
la nariz, brillante por el iluminador; y, la boca, carmín por el tinte de labios. Se ha puesto un
top azul de su marca, un pantalón parachute y zapatillas Adidas blancas. Las joyas doradas
y una cartera celeste coronan su inmaculado look. También lleva tres bolsas lilas, con el
sticker del logo de su marca, ‘Brylas Store’.

Alizeh comenzó su negocio vendiendo una única talla, la estándar. Ahora, la joven
empresaria ofrece sus modelos en otras tallas a pedido. Así, satisface la necesidad de sus
clientas. A Alizeh le gustaría sacar su mercancía en diversas tallas, pero, al ser un negocio
pequeño, no puede calcular su rentabilidad. El molde de la talla estándar tiene un costo al
por mayor. Cuando saca otras tallas al por menor, debe pagar un precio más elevado.
“Igual, si me piden, lo dejo al mismo precio. No sería justo para mis clientas”, explica
mostrando sus diseños.

La mayoría son polos strapless, con pedrería y lazos. También vende faldas largas y cortas,
vestidos, poleras, pantalones, buzos y chalecos puffer. Su catálogo también depende del
impredecible clima limeño, que pone en jaque a tantas vendedoras de ropa. Según un
reportaje de Gestión, en el año 2023, el clima en el Perú afectó principalmente a los
comercios de Gamarra, el emporio textil ubicado en La Victoria, que habitualmente mueve al
año más de 6 mil millones de soles.

El Fenómeno de El Niño y El Niño Global fueron los causantes de que los empresarios
textiles no sepan qué tipo de ropa producir, si de invierno o de verano. En el mes de agosto
del 2023, el inusual calor provocó que la gente no comprara la mercancía. Los vendedores
se vieron obligados a rematar chalinas y chompas, provocando pérdidas en sus negocios.
Susana Saldaña, presidenta de la Asociación de Empresarios de Gamarra, explicó a la
agencia Andina que, durante el ciclón Yaku, la asistencia de público cayó en un 20% debido
a las lluvias.

Sin embargo, Alizeh no puede pausar su negocio. Siempre está planeando su próxima
colección y ama elegir los modelos. “Mi emprendimiento es mi bebé”, dice ella con el brillo
en la mirada. O tal vez sea el glitter en sus lagrimales. Brylas Store es el fruto de la relación
entre Alizeh y su novio Bryan, quienes combinaron su pasión por emprender y el interés por
la moda. Alizeh soñaba con abrir su boutique desde los 15 años, pero siendo menor de
edad era complicado. En 2022, su enamorado la incentivó para hacer realidad su idea de
negocio. Hoy, la pareja trabaja para que Brylas Store siga creciendo.

A las 3 y media de la tarde, la primera clienta de Alizeh llega a Plaza San Miguel. Ha
comprado dos prendas. Una de ellas es el modelo ‘Top Vale’, en rib grueso rojo. Y otra es el
modelo ‘Top Griego’, en tela suplex y nude. La vendedora y su clienta acuerdan verse fuera
de la librería Crisol. A lo lejos, Alizeh agudiza la vista y reconoce a una joven de lentes y
cabello hasta los hombros. Compara lo que ve con la foto de perfil en el WhatsApp y se
acerca sonriente. El intercambio es brevísimo pero simpático, y Alizeh le agradece a Tania
por su compra.

Las ventas por internet existen desde hace décadas y millonarias empresas como Amazon
construyeron su riqueza con este modelo de negocio. Pero, en el Perú, el comercio online
tomó impulso a raíz de la pandemia. Según la Cámara de Comercio de Lima, se estima que
durante el 2024 el e-Commerce en el país experimentará un crecimiento aproximado del 15
%, con transacciones que superen los 23 mil millones de dólares. El mismo informe
menciona que 50% de las compras en el Perú son de moda y accesorios, y que los
compradores son mayoritariamente jóvenes y adultos de 18 a 34 años.

Desde el colegio, a Alizeh le gustaba verse bien. Sin embargo, ha adaptado su estilo a
medida que crecía. “Ahora me visto más como señorita”, dice poniendo sus manos sobre su
top. Antes, al mínimo atisbo de un rayo solar, se hubiese puesto unos shorts cortos de
denim, un top y zapatillas chunky. Hoy, mantiene la ropa cómoda, pero más ‘elevada’. Tal
vez un jean sobrio o unas zapatillas clásicas. Pero sus tops son innegociables. Aún le
quedan un par de años para comprar blusas, como las que usa Natalia Merino, de
Cinnamon Style, su influencer favorita.

En las redes sociales, la moda florece. Instagram y Tiktok, por ejemplo, han sido
fundamentales para que Brylas Store salga a flote. Si bien el negocio creció por Instagram,
donde tiene mil seguidores, la verdadera mina de oro está en el gigante chino. Allí, acumula
más de 10 mil seguidoras. Alizeh, pronta a finalizar su carrera de Marketing, afirma que el
e-Commerce tiene ventajas y desventajas. No tener un local o tienda física le permite
ahorrar en costes de producción, pero a veces sus clientas quieren probarse las prendas
antes de adquirirlas.

Para Alizeh, la relación con sus clientas es importante. Ella se dio cuenta de que la clave de
la fidelización estaba en las interacciones, y tuvo la idea de hacer transmisiones en vivo en
TikTok. Los sábados, se para frente a la cámara y realiza una especie de probador virtual.
En este formato, usa las prendas de su marca, promocionándolas. Es un ‘lleve casera’
contemporáneo. Y funciona: la mayoría de sus ventas las realiza por esa aplicación.
Para mostrar lo fiel que es su audiencia tiktokera, saca el polito que le falta entregar y
prende la opción de Live. Parada en la terraza del patio de comidas de Plaza San Miguel,
Alizeh enseña el modelo y ofrece sus características: precio, colores disponibles y hasta
posibles combinaciones. Unas cien personas se unen al live y comentan pidiendo más
información. Otras más decididas, se adelantan y preguntan si Alizeh cuenta con Yape o
Plin. Ella brinda sus dos números y anuncia que chequeen los últimos posteos, porque se
vienen los modelos de invierno. Qué oportuna es la tecnología.

Pero no todo es positivo. Una de las críticas asociadas al rubro de las ventas es que en
Tiktok se promueve el consumo del fast fashion. Bajo el hashtag #sheinhaul hay cerca de
819 mil videos. A pesar de las denuncias públicas sobre labor infantil, explotación y daño
ambiental, la empresa china Shein no ha parado de producir ropa. Y las personas tampoco
han dejado de comprar. Incluso si a algunos creadores de contenido les ha costado la
‘cancelación’, esta indignación cibernauta fue momentánea. Pronto se volvió a normalizar
las compras en Shein. El imperio no tiene quién lo pare.

Alizeh, en cambio, no necesita un imperio. No tiene miles de trabajadores, solo necesita


una: la chica que le confecciona la ropa. La conoció en uno de sus primeros paseos
tentativos en Gamarra, donde buscaba potenciales partners. Alizeh sabe coser muy poquito,
pero tiene ojo para el diseño. Nayely, la genio detrás de Brylas Store, vio a una
desorientada Alizeh en medio de las infinitas galerías y la llamó con un silbido: “Chica, ¿qué
buscas?”. Alizeh se acercó vacilante y le explicó la situación. Luego de unos minutos, ya
eran socias. Desde ese entonces, Alizeh busca la inspiración para los moldes y manda sus
ideas a Nayely, quien hace la magia con su máquina de coser.

A Alizeh le hubiese gustado estudiar Diseño de Modas, pero no tiene destreza con las
manos. “Siempre me ha encantado la moda, y ese gusto viene de chiquita, por las Barbies”,
explica ella. Cuando era niña, iba al mercado y compraba vestidos para sus muñecas a solo
un sol. Taquitos y carteras también. Cambiaba de ropa a sus muñecas diariamente. Siempre
tenían looks distintos. Este styling prematuro contribuyó a la formación de su estilo y a la
identidad de su marca.

La última entrega del día es para Camila, quien ha pedido el top Emilia en color fucsia. El
diseño tiene un corazón de pedrería en medio del escote. Sentada fuera del Coney Park,
Alizeh pasa sus dedos por encima del top antes de entregarlo como una mamá dejando a
su niño en el kinder. Esta vez, Camila es la que se acerca, y le entrega a Alizeh un billete
arrugado de veinte soles y otro liso de diez. Alizeh le da su vuelto y se sonríen, cómplices.

Vístete verde

Mariafe Rojas llega al salón con el rostro bronceado y encendido. Lleva un vestido negro
pegado y unas sandalias bajas. Son las 4:07 de la tarde sabatina: hoy dictará la primera
clase del taller de Upcycling. Mariafe saluda tímidamente y pregunta a sus nuevas y
puntuales alumnas si también se mueren de calor. En el alto edificio de la Avenida Larco de
Miraflores, la profesora de Pralemy Fashion School se hace una coleta y se dirige
nuevamente a la clase: “Bueno, ¿les parece si comenzamos?”.

Pralemy Fashion School es un instituto que ofrece estudios en Marketing de Moda,


Lencería, Styling, entre otros. El curso de Upcycling está a cargo de Mariafe. Esta no es su
primera experiencia como profe, pues ya había enseñado inglés en un nido cerca a su casa.
Posteriormente, estudiaría tres ciclos de Comunicación Audiovisual, solo para darse cuenta
que su verdadera pasión siempre había sido el diseño.

Actualmente, Mariafe cursa su último ciclo de la carrera de Diseño y Gestión de Modas, en


la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, pionera en ofrecer una carrera profesional
en Moda. En uno de sus últimos proyectos, Mariafe presentó una colección inspirada en la
contaminación que afecta a las especies marinas. En las fotos, su modelo luce tiras de
denim teñidas, y está cubierta por medias de red negras, simulando las redes de pescar.
Para la joven diseñadora, es tarea de todos tener conciencia ambiental.

“Pero acá nadie quiere adoctrinarlas, por si acaso”, dice Mariafe luego de explicar el
concepto de upcycling a sus estudiantes. De acuerdo con un artículo del 2018, de la revista
Vogue México, el upcycling consiste en reutilizar prendas antiguas, creando nueva ropa o
accesorios. En el mismo artículo, se hace énfasis en la necesidad de un cambio real, en
oposición al greenwashing, estrategia de marketing usada por empresas para fingir
preocupación por el medio ambiente.

Mariafe suele adquirir ropa de segunda en ferias de Barranco, pero también opta por el
retail para comprar sus básicos. Saga Falabella, por ejemplo, es una cadena de fast fashion
que ha implementado estrategias sostenibles. La empresa chilena optó por organizar
trueques de ropa entre consumidores, teniendo éxito en su última ‘Feria Trueque’,
organizada en Plaza San Miguel en el 2023.

En el 2021, lanzaron la campaña ‘Viste + verde que ayer’. Según Perú Retail, los materiales
usados en los productos "+Verde" eran primariamente algodón y poliéster reciclados, así
como algodón orgánico y fibras certificadas de origen vegetal como el lino, modal o tencel.
Pero el denim quizá sea la tela más reutilizable. Por ello, Mariafe les ha pedido a sus
alumnas que traigan dos pantalones jean cada una, para el proyecto número uno. Durante
la primera y segunda clase, el logro es hacer una ruffle bag, una especie de bolso con
bobos.

“Traten las máquinas con amor, chicas”, nos advierte el segundo sábado, con esforzada
dulzura, pero el tinte de pánico aflora en su voz. Distribuidas en los pupitres de melamina,
están cuatro máquinas de coser en tonos pastel. Nos turnamos para usarlas, pero un par de
agujas rotas delatan nuestra inexperiencia. En su clase solo somos Sherlyn, ‘Peque’,
Claudia, Estefany, y ‘Cami’ (así me llama Mariafe, y yo no la he corregido). Estefany es la
‘chancona’ del curso. Ha ayudado en los proyectos de todas, enhebrando hilos, cortando
retazos y haciendo el punto hilván.

Mariafe consiente el entusiasmo de Estefany, pero cuando percibe que alguien flojea, sus
ojos marrones se tornan severos. Hasta ahora, los avances en clase han sido aprender a
hacer una ‘tráquea’ (una costura para asegurar los hilos) con la máquina y a coser
cremalleras en los bolsos. En la tercera y cuarta sesión, el segundo proyecto es terminar un
top fiestero reversible. Durante todas las sesiones, la profesora remarcará una y otra vez a
sus alumnas que es mejor tener prendas que puedan usarse y combinarse de distintas
maneras.
Mariafe no está exagerando. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas
(ONU), la industria textil es la segunda más contaminante del planeta. En el documental
titulado “La huella ambiental de la industria textil” de la Deutsche Welle, se evidencia que los
procesos de teñido y acabado gastan inmensas cantidades de agua, un recurso no
renovable y que escasea en algunas zonas del mundo. Reutilizar algo que dabas por
perdido de repente no suena tan trivial.

El tercer sábado, la clase se traslada al sótano. Mariafe lleva pitillo y top negro, una blusa
crop con animal print, de leopardo, y unas zapatillas Converse del mismo patrón. El animal
print nunca pasa de moda. Roberto Cavalli, fallecido recientemente, fue famoso por sus
diseños que imitaban la piel de los felinos, pero también de serpientes y cebras. El Italiano
solía decir que ‘Dios era el diseñador más fantástico’, y que por eso lo copiaba. Con ello,
hacía referencia a la creación de la naturaleza.

Pero el estampado animal también tiene sus detractores, entre veganos, antiespecistas y
clasistas. Estos grupos le han otorgado una connotación negativa a la tendencia. Sin
embargo, todo parece indicar que volverá a ponerse de moda. Las pasarelas de las
colecciones Primavera-Verano 2024 así lo sugieren.

“En la carrera (de Moda), casi nadie va fachosa”, explica Mariafe mientras el resto marca el
interior de sus vaqueros con tiza. Lo cierto es que cortar, coser y estampar no son
actividades fáciles de hacer apretadita y en tacos. Mariafe ayuda a ‘Peque’, quien se ha
rezagado con el bolso, a coser el forro interno. A pesar de que la máquina que usa es más
moderna y no necesita pedal, Mariafe levanta su pierna de manera mecánica, casi como un
tic. Sus alumnas lo notan y ríen.

El último día de clases, en el piso 2 del sótano, sólo se escuchan los shk shk de las gruesas
telas siendo cortadas y el trac trac de las máquinas de coser. De vez en cuando, algunos
susurros y risas cortan el ambiente de concentración. Todas están preocupadas por
terminar su top a tiempo. Si bien las clases terminan a las 6, Mariafe y sus alumnas suelen
quedarse media hora más para seguir cosiendo.

A las 7 de la noche, ya todas las aprendices se han ido. Algunas con su top puesto para
estrenarlo en alguna fiesta. Mariafe se pone a barrer y a recoger los retazos de denim más
grandes. Ella explica que toda esa tela le servirá para su última colección, con la cual
planea aprobar el curso de Proyecto Final y así graduarse.

Cuando llega la hora de despedirnos, le digo la verdad: mi nombre no es Cami, es Dani. Se


queda procesando, y luego exclama, llevándose las manos hacia el rostro: “¡No puede ser,
qué volada!”. Reflexiona otros segundos. “Bueno, tan lejos tampoco estaba”, ríe, mientras
termina de guardar las agujas y las tijeras. Unos minutos después, en el cruce de las
avenidas Larco y 28 de julio, Mariafe desaparece, arrastrando la bolsa de rafia llena de
sueños y soluciones.

La moda en picada

Al llegar al centro comercial El Polo para ver a Úrsula Castrat, espero encontrarme a una
amazona fashionista con miles de accesorios, y dudo de mi outfit casual. “Perdona las
fachas”, me recibe ella y propone ir a buscar una cafetería que venda agua con PH alcalino.
Úrsula lleva un inesperado atuendo: chompa de pelos en tonos marrones y cremas, jogger
gris y zapatillas Converse que, antaño, podrían haber sido blancas.

La ex editora de la revista Cosas Moda salió de su casa con la misión de mantenerse


abrigada, pues está con gripe. Su cerquillo castaño le baila en la frente pálida. Las ojeras
violáceas y la voz ligeramente ronca revelan que su sistema inmune le ha fallado. A pesar
de todo, luce en paz. Revela que para ella, lo que usamos es un reflejo de cómo nos
sentimos por dentro. Es algo sumamente psicológico, incluso si somos o no conscientes de
ello.

De acuerdo con un informe del 2018 publicado en el New York Times, la psicóloga
especialista en moda Dawnn Karen advierte sobre el rol que desempeña la vestimenta en
cómo nos sentimos. Para Karen, al seleccionar una prenda solemos emular nuestro estado
de ánimo o lo que queremos transmitir. Puede ser una decisión sesuda o también puede ser
mecánica, pero el efecto prevalece.

Úrsula no podría haberse presentado con zapatos stiletto de taco nueve, ni con un vestido
bodycon. Precisamente, esas eran sus elecciones cuando estaba en cuarto de secundaria y
la invitaban a quinceañeros. Del baúl de los recuerdos, saca una foto que la muestra a ella y
a un grupo de jovencitas desgarbadas pero estilosas en un salón elegantemente decorado.
El vestido que luce la Úrsula joven es ámbar, con bobos en el dobladillo y corset pegadito.
Los tacones pump negros lucen grandes para ella, pero de algún modo funcionan con el
corte del vestido. Recientemente, expertos en moda han predicho que el famoso ‘bubble
dress’ de principios de los 2010 volverá a estar en tendencia. Úrsula, quien guarda casi toda
su ropa, afirma que por allí debe estar ese vestido, hongueándose.

La chompa que lleva hoy también es vintage. Le perteneció a la abuela de su enamorado,


Maribel. Haciendo cálculos, la prenda podría tener más de 60 años. Y sigue enterita. Úrsula
dice que, en el Perú, aún existe mucho estigma asociado a usar ropa de segunda mano. “Es
entendible, la gente lo relaciona con la pobreza, con lo sucio. Pero vas a Europa y hay miles
de flee markets y es alucinante”, cuenta acomodándose en su silla.

De pronto, suena un tono de Nextel antiguo. Ella hurga en su bolso marca Tommy Hilfiger y
saca un auténtico ladrillo. Es un modelo de Nokia con tapa y teclado azules. Úrsula explica
que tiene ese teléfono por el bien de su salud mental, el número solo lo tiene su círculo más
cercano. Si la contactan por allí, significa que es algo realmente importante. Ve quién la
llama en la diminuta pantalla y lo ignora. Su teléfono principal no lo coge ni de chiste los
fines de semana. “Las redes sociales son un veneno”, dice escroleando Instagram en su
otro celular, un iPhone con carcasa transparente.

A través de las redes sociales, se ha democratizado un poco más la moda, según un


artículo de Vogue México del 2021, titulado “Cómo las redes sociales están revolucionando
una vez más a la industria de la moda”. Por ejemplo, con un click en las historias de una
celebridad que asiste a la Semana de la Moda, una persona común y corriente puede sentir
que está en primera fila del desfile. La autoridad ha pasado de las marcas de lujo y las
revistas de moda a cualquier persona con una opinión y una conexión a internet. Esta
cabida a los aficionados puede ser positiva o negativa, dependiendo a quién le preguntes.
Si interrogas a Úrsula, esta es su respuesta: “Son todos unos phonies”.
Úrsula cree que a la mayoría de creadoras de contenido solo les importa tener seguidores,
publicitar sus propias marcas y mostrar los outfits que copian a otras influencers. La falta de
originalidad la enerva, y no comprende por qué se sigue justificando la moda que no es
ética. “Han deformado lo que significa la moda”, afirma separándose las pestañas
meticulosamente, una por una. Para ella, las creadoras de contenido deben recordar la gran
responsabilidad que tienen con su audiencia. Úrsula muestra su menosprecio hacia las
influencers peruanas, y otro tanto hacia las fashion bloggers extranjeras. Considera que,
actualmente, ninguna figura de la moda online es respetable.

Pero por más que Úrsula reniegue del hecho, debe aceptar que las tendencias y estilos que
sigue la juventud de hoy han sido aprendidos de TikTok, Instagram o Pinterest. Después de
todo, no se puede tapar el sol con una pashmina. La evidencia está ahí, en las calles,
tangible. Los atuendos del Fashion Week son replicados en la vestimenta casual de las
jóvenes, y las jóvenes, a su vez, inspiran a los diseñadores que llegan al Fashion Week.
Esta retroalimentación lleva a que muchos expertos en moda se pregunten: ¿Qué fue
primero, el huevo o la gallina? ¿La moda popular o la de alta costura?

Lo cierto es que el mercado influencer está saturado. ¿Quién no quisiera pagos por reviews
y productos gratuitos por hablarle a la cámara? Los creadores de contenido pueden hacerse
virales de la noche a la mañana, pero eso no significa que la gente se fidelizará con su
cuenta o decidirá presionar el botón de ‘Follow’.

En la tesis de Murakami Nakama “La estrategia de influencer marketing y su relación en


cada etapa del proceso de compra de vestuario femenino de las jóvenes millennials
universitarias”, se evidencia que el secreto del ‘influenciador’ recae en su cercanía con el
‘influenciado’. A medida que comparten contenido atractivo (y aspectos de su vida personal)
atraen a un público que se siente su amigo o conocido, nutriéndose de las relaciones
parasociales. Una cuenta pequeña puede considerarse exitosa si medimos el ‘engagement’.
Como describía Alizeh, es importante mantener una presencia online activa y que despierte
el interés de tu público.

Al igual que la joven emprendedora, el amor de Úrsula por la moda empezó con el estilismo
de muñecas. En una foto de los años 90, se aprecia una casa de las Barbies rosada, con
todo y terraza incluida. Al lado, una pequeña niña de la misma altura. Usa jeans, saquito
azul y sandalias franciscanas. Se trata de Úrsula, sosteniendo una Barbie morena y
sonriendo pícaramente, con el mismo cerquillo negro.

Hoy, con una expresión más seria, la art dealer Úrsula Castrat revela que le encantaría
volver a ser editora de modas. Tiene nuevas ideas, un nuevo enfoque. Cree que, a través
de la moda, se puede cambiar el mundo. “Hay muchos buenos diseñadores, los ves
triunfando afuera”, dice ella, terminando su agua y sorbiendo un poquito por la nariz. La dejo
allí, sentada, hablando por ese pesado Nokia donde ningún influencer puede perturbarla.

El futuro es influencer

“Yo siempre fui coquette”, afirma Ale Trujillo, con sus ojos chiquitos entrecerrados. Este
también es el título de un vídeo suyo en Tiktok, donde explica la microtendencia y cómo ella
fue una precursora del estilo sin saberlo. Para su atuendo de hoy, ha combinado una
delicada chompa azul, con un jean clásico y zapatillas blanquísimas. Lleva su cabello
cobrizo en un moño, y aretes de perla adornan sus orejas.

Hoy Ale debe hacer algunas compras, y también buscará inspiración para sus próximos
proyectos musicales. La joven influencer es cantante, y pronto acabará la carrera de
Música, con mención en Teatro Musical. Desde niña, Ale Trujillo estaba determinada a ser
famosa. En el colegio, participaba de todas las presentaciones. Pero no fue hasta el 2018
que pensó que tal vez las redes la ayudarían a cumplir su cometido. Comenzó subiendo
covers a Youtube, y, en el 2020, subió su primer TikTok.

Cuatro años después, Ale cuenta con 4 mil seguidores en Instagram y 27 mil en Tiktok.
Todos orgánicos, según aclara, al igual que las verduras que busca en un Plaza Vea
ubicado en Surco, su distrito de residencia. Mientras husmea entre los rabanitos, comenta
que, a través de su contenido de moda, pudo recuperar su estilo femenino y encontrarse a
ella misma.

La fiebre coquette puede explicarse por el regreso a lo hiperfemenino, que ha tenido un


resurgimiento en la moda. En la Fashion Week de los últimos tres años, las ballerinas
hicieron su regreso a las pasarelas. Marcas como Miu Miu, Chanel o Dior sacaron
colecciones que incluían estos zapatos bajos en distintos modelos. Pronto, influencers como
Ale, ya los estaban incorporando a su armario, marcando tendencia.

Sin embargo, Ale hace énfasis en la importancia de desarrollar un estilo personal, incluso si
eres influencer. “No hay que dejarse llevar por las tendencias”, dice cuando llegamos al
centro comercial Caminos del Inca. La moda es cíclica, y eso Ale lo sabe. La joven cantante
sintió mucha nostalgia al ver el resurgimiento de la ropa que usaba de pequeña. Sin
pensarlo, corrió a comprarse unas ballerinas.

Pero Ale afirma que no importa que otro estilo se popularice de aquí a unos meses, pues
ella mantendrá su esencia romántica. En su feed de Instagram destacan mucho los rosas,
púrpuras, blancos y celestes. Los cortes princesa, las faldas para amarrar y las blusas con
volantes. También tiene looks más ‘sensualones’, donde incorpora pinceladas de negro,
prendas ajustadas, transaparencias y botas estilo Bratz.

“Yo tenía algo llamado polos sexys”, cuenta, riéndose en una tienda del segundo piso del
centro comercial. Se trataba de dos polos, uno rosa y otro lila, con bobos y lentejuelas.
Cuando tenía tres años, elegía uno y lo usaba por días, reacia a quitárselo. Su mamá tenía
que escabullirse en su habitación para arrebatarle la prenda y así poder lavarla. Cuando ya
estaba más grande e iban de compras, también fue libre de elegir sus prendas.

Pero la estética femenina de Ale no siempre ha sido bien recibida. La misoginia en décadas
pasadas y el desprecio hacia el rosa y lo ‘soft’ hicieron que Ale deje de lado sus faldas y
lazos durante la adolescencia. Es a partir de la pandemia que se ha empezado a reclamar
la feminidad en redes sociales. ‘Yes, I am exactly like the other girls’ es un trend de TikTok
que reivindica los gustos estereotípicamente femeninos, lejos de su habitual ridiculización.

En su ensayo “The aftermath of feminism: Gender, cultural and social change”, la socióloga
Angela McRobbie comenta que “Hay una fuerte sensación de que las mujeres jóvenes
quieren recuperar su feminidad. Estas jóvenes quieren ser niñas y disfrutar de todo tipo de
placeres femeninos tradicionales sin disculparse”. Es así que la influencer le hace homenaje
a la pequeña Ale que amaba que su madre le ate lazos en sus entonces castaños rulos.

Con 24 años, Ale ha aprendido a seguir su instinto, aunque sigue abierta a escuchar
consejos, en especial de su papá. Probablemente hoy solo vea ropa, pues no podría
comprar nada sin su visto bueno. Eso sí, Ale le deja claro que, si algo no le gusta, debe
prevalecer el respeto. La influencer tiene paciencia, pero es algo sensible a las críticas que
no son constructivas.

“O eres muy flaca o muy gorda. Nada es perfecto, ¿no?”, indica, tocando jeans en otra
tienda. Ale ha recibido algunos comentarios en sus redes, acerca de su apariencia. Si bien
no han sido ofensivos, ella decidió eliminarlos. En algunos, la comparaban con otra
influencer, con una talla más grande que la de ella, diciendo que era su ‘versión flaca’. “Eran
comentarios innecesarios”, dice Ale, quién hace puchero y entra a una tienda de vestidos de
fiesta. Está buscando algo abrigador pero refinado, pues todas sus presentaciones las hace
de gala.

En cualquier ámbito de la vida de Ale, el rol protagónico lo tiene su vestuario. En sus videos,
suele hacer fitchecks, que consiste en mostrar su outfit antes de salir. Además de su gusto
por la moda, Ale aprovecha que la ropa vende. #FashionTikTok es un hashtag con 89.3
billones de visualizaciones. Ella prefiere subir contenido a TikTok, que tiene un algoritmo
más amplio, mientras que Instagram es más personal y cercano. Pero, en sus inicios,
Instagram era la red social favorita para la moda.

Famosas contemporáneas como Cindy Kimberly, Joanna Kuchta y Sommer Ray


comenzaron su carrera como ‘ig models’. Todas ellas, con una estética y público distintos,
alcanzaron la fama por su estilo (y belleza). En el Perú, las estéticas también se han
diversificado, pero Ale no ha visto mucha originalidad al asistir a eventos de influencers.
“Hay un outfit estándar: el blazer, el topcito, y el pantalón sastre. Es como el starter pack”,
dice saliendo del centro comercial. Eso no va con ella.

Ale sueña con ir al Met Gala, un evento benéfico que recauda fondos para el Instituto del
Vestido, y que se realiza en el Museo Metropolitano de Arte en Nueva York. “Yo la
rompería”, dice, antes de subir al Uber que acaba de pedir. Las celebridades que asisten al
evento más importante y famoso de la moda deben ir vestidos bajo un riguroso dress code.
Sin embargo, muchos no lo respetan o interpretan la temática de manera obvia. Para Ale,
en el arte nada debe ser literal, todo tiene su razón de ser. Para los vídeos de su próximo
álbum, ya tiene pensada la escenografía, los colores, y, por supuesto, los outfits.

Una semana después, Ale está subida en un escenario cantando "No le digas a mamá" en
la obra Cabaret. Hace de Helga, y tiene un corset negro y una microfaldita rosada, con
pantimedias negras y kitten heels negros. También lleva dos colitas con lazos rosados. Solo
canta en dos momentos, pero se roba el show. La afinación y entonación pueden
aprenderse, pero Ale tiene ángel al cantar, con el que simplemente nació. Al término de la
obra, mientras escucha la ovación del público, se toma de las manos con sus compañeros
y se inclina. Sea en un escenario o tras una pantalla, para Ale el estrellato es el límite.

También podría gustarte