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Ambigüedades de la Sociología Marxista

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164 LAS ETAPAS DEL PENSAMIENTO SOCIOLÓGICO

cípulo de Marx en economía política y no ser materialista en el sentido meta-


físico del térm ino29; históricamente ha quedado establecida una especie de sín­
tesis entre una filosofía de tipo m aterialista y una visión histórica.

4. Las ambigüedades de la sociología marxista

Aún haciendo abstracción del trasfondo filosófico, la sociología marxista


encierra también ciertas ambigüedades.
La concepción de Marx del capitalismo y de la historia se atiene a la com ­
binación de los conceptos de fuerzas de producción, de relaciones de produc­
ción, de lucha de clases, de conciencia de clase, e incluso de infraestructura y
superestructura.
Estos conceptos son susceptibles de ser utilizados en todo análisis socio­
lógico. Cuando intento analizar una sociedad, sea soviética o norteamericana,
puedo partir si quiero del estado de la economía, e incluso del estado de las
fuerzas de producción, para pasar a las relaciones de producción, y luego a
las relaciones sociales. Es legítimo el uso crítico y metodológico de estas ideas
para com prender y explicar una sociedad moderna, y tal vez cualquier socie­
dad histórica.
Pero el mero uso de estos conceptos no garantiza la obtención de una fi­
losofía de la historia. Pues es posible descubrir que a un mismo grado de de­
sarrollo de las fuerzas productivas pueden corresponder relaciones de produc­
ción diferentes. La propiedad privada no excluye un gran desarrollo de las
fuerzas productivas; y a la inversa, con un desarrollo m enor de las fuerzas pro­
ductivas, es posible que aparezca ya la propiedad colectiva. Dicho en pocas pa­
labras: el uso crítico de las categorías marxistas no implica la interpretación
dogmática del curso de la historia.
Ahora bien, el marxismo supone una especie de paralelismo entre el desa­
rrollo de las fuerzas productivas, la transform ación de las relaciones de pro­
ducción, la intensificación de la lucha de clases y la marcha hacia la revolu­
ción. En su versión dogmática, implica que el factor decisivo está representado
por las fuerzas productivas, que el desarrollo de estas fuerzas marca el sentido
de la historia hum ana y que a los diferentes estados del desarrollo de las fuer­
zas productivas responden estados determinados de las relaciones de produc­
ción y de la lucha de clases. Si la lucha de clases queda atenuada con el desa­
rrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo, o incluso si existe propiedad
colectiva dentro de una economía poco desarrollada, el paralelismo entre es­
tos movimientos, que es indispensable para una filosofía dogmática de la his­
toria, queda roto.
Marx se propone com prender el conjunto de las sociedades a partir de su
infraestructura, es decir, a partir del estado de sus fuerzas productivas, de sus

29 En cambio, el ateísmo está vinculado con la esencia del m arxism o de Marx. Se puede ser
creyente y socialista, pero no creyente y fiel al m arxismo-leninismo.
KARL MARX 165

conocimientos científicos y técnicos, y de la industria y organización del tra­


bajo. Esta comprensión de las sociedades, sobre todo de las sociedades mo­
dernas, a partir de su organización económica, es totalmente legítima, y, en tanto
que método, tal vez pueda incluso afirm arse que es el mejor. Pero para pasar
de este análisis a una interpretación del movimiento histórico, es necesario ad­
mitir relaciones determinadas entre los diferentes sectores de la realidad.
Los intérpretes han considerado que, efectivamente, era difícil utilizar tér­
minos demasiado precisos, como el de determinación, para explicar por ejem ­
plo las relaciones entre las fuerzas de producción y el estado de la conciencia
social. Dado que los términos causalidad o determ inación parecían excesiva­
mente rígidos, o, por usar el vocabulario de esta corriente, mecanicistas y no
dialécticos, se reemplazó el término determinación por la palabra condiciona­
miento. Esta formulación es preferible sin duda, pero es excesivamente inde­
finida. En toda sociedad, cualquier sector condiciona a los restantes. Si tuvié­
semos otro régimen político, prevalecería probablemente otra organización
económica. Si Francia tuviese otra economía, probablemente prevalecería otro
régimen que el de la V República.
La determinación es demasiado rígida, el condicionamiento corre el riesgo
de ser demasiado flexible, y a tal punto incontestable que el alcance de la fór­
mula se torna dudoso.
Sería deseable hallar una formulación intermedia entre la determinación
del conjunto de la sociedad por la infraestructura — una propuesta que es re­
futable— y el condicionamiento que no tiene mayor significado. Como suele
ocurrir en casos semejantes, la solución milagrosa es la solución dialéctica. Se
califica de dialéctico al condicionamiento, y con ello se piensa haber dado un.
paso decisivo.
Aún aceptando que la sociología marxista equivale a un análisis dialéctico
de las relaciones entre las fuerzas productivas materiales, los modos de pro­
ducción, los marcos sociales y la conciencia de los hombres, en un momento
dado es necesario recuperar la idea esencial: la determinación del todo social.
A mi entender, el pensamiento de Marx no es dudoso. El creyó que un régimen
histórico estaba definido por ciertas características fundamentales, como el es­
tado de las fuerzas productivas, el modo de propiedad y las relaciones de los
trabajadores entre sí. Los diferentes tipos sociales están caracterizados por el
modo de relación que mantienen los trabajadores que lo forman. La esclavitud
ha sido un tipo social, el asalariado es otro. A partir de ese punto, es posible
establecer relaciones efectivamente flexibles y dialécticas entre los diferentes
sectores de la realidad, pero continúa siendo esencial la definición de un régi­
men social a partir de un reducido número de hechos considerados decisivos.
La dificultad está en que estos hechos diferentes, que para Marx son de­
cisivos y estrechamente ligados entre sí, aparecen hoy como hechos separables,
porque la historia los ha separado.
La visión coherente de Marx es la de un desarrollo de las fuerzas produc­
tivas que dificulta cada vez más el mantenimiento de las relaciones de pro­
ducción capitalistas y el funcionamiento de los mecanismos de este régimen,
determinando con ello que la lucha de clases sea cada vez más implacable.
166 LAS ETAPAS DEL PENSAM IENTO SOCIOLÓGICO

En realidad, el desarrollo de las fuerzas productivas ha tenido lugar en cier­


tos casos en el sector de la propiedad privada, en otros en el de la propiedad
pública; no ha habido revolución allí donde las fuerzas productivas estaban
más desarrolladas. Los hechos que sirvieron a Marx de punto de partida para
restablecer la totalidad social e histórica, han sido disociados por la historia.
El problema emanado de esta disociación admite dos soluciones: la interpre­
tación flexible y crítica que conserva una metodología de interpretación so­
ciológica e histórica aceptable para todo el mundo; y la interpretación dog­
mática, que mantiene el esquema del devenir histórico concebido por Marx en
una situación que desde ciertos puntos de vista es totalmente diferente. Esta
segunda interpretación es tenida hoy por ortodoxa, pues anuncia el fin de la
sociedad occidental en función del esquema de la contradicción intrínseca y
de la auto-destrucción del régim en capitalista. Pero, ¿es realmente esta visión
dogmática la sociología de Marx?
Otra ambigüedad de la sociología marxista es la que se desprende del aná­
lisis y discusión de sus conceptos esenciales, sobre todo el de las ideas de in­
fraestructura y superestructura. ¿Qué elementos de la realidad social pertene­
cen a la infraestructura? Y, ¿cuáles son los propios de la superestructura?
Hablando en térm inos generales, parece que el término infraestructura está
reservado a la economía, y sobre todo a las fuerzas productivas, esto es, al con­
junto del aparato técnico de una sociedad como tam bién a la organización del
trabajo. Pero el aparato técnico de una civilización es inseparable de los co­
nocimientos científicos de su época. Y estos conocimientos deben pertenecer
al dominio de las ideas o del saber, que, al parecer, tendrían que estar inte­
grados en la superestructura, por lo menos en la medida en que el saber cien­
tífico está íntimamente vinculado en la mayoría de las sociedades con los m o­
dos de pensamiento y la filosofía.
Dicho en pocas palabras, en la infraestructura definida como fuerzas pro­
ductivas aparecen ya elementos que deberían pertenecer a la superestructura.
El hecho mismo no implica que no sea posible analizar una sociedad consi­
derando alternativamente su estructura inferior y superior. Pero estos sencillos
ejemplos revelan las dificultades que salen al paso cuando se intenta separar
realmente lo que, según la definición, pertenece a una esfera y a la otra.
Asimismo, las fuerzas de producción dependen, no sólo del equipo técni­
co, sino de la organización del trabajo común, la cual a su vez depende de las
leyes de propiedad. Estas pertenecen al dominio jurídico. Ahora bien, por lo
menos de acuerdo con ciertos textos, el derecho es una parte de la realidad es­
tatal30 y el Estado pertenece a la superestructura. Otra vez comprobamos la di­
ficultad de separar realmente lo que es infra de lo que es superestructura.

30 En la introducción a la Crítica de la economía política, M arx escribe: «Las relaciones ju ­


rídicas, así com o las formas estatales, no pueden explicarse por sí m ismas ni por la pretendida
evolución general del espíritu humano; más aún, arraigan en las condiciones m ateriales de la vida»,
y m ás adelante: «El conjunto de las relaciones de producción forma la estructura económ ica de
la sociedad, el fundamento real sobre el que se eleva un edificio jurídico- político», o también:
«Las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas, filosóficas, en suma las form as ideológicas
KARL MARX 167

La discusión acerca de lo que pertenece a una o a otra esfera puede conti­


nuar indefinidamente. En tanto que simples instrumentos de análisis, estos dos
conceptos admiten, como cualquier otro concepto, una utilización legítima. La
presente objeción se refiere exclusivamente a la interpretación dogmática se­
gún la cual uno de los dos términos determinaría al otro.
De manera similar, no es fácil precisar la contradicción existente entre las
fuerzas y las relaciones de producción. Según una de las versiones más sim­
ples de esta dialéctica que juega un gran papel en el pensamiento de Marx y
los marxistas, a un cierto nivel del desarrollo de las fuerzas de producción, el
derecho individual a la propiedad representaría un grave obstáculo para el pro­
greso de las fuerzas productivas. En tal caso, nos hallaríamos ante una con­
tradicción entre el desarrollo de la técnica de producción y el mantenimiento
del derecho individual de propiedad.
A mi juicio, esta contradicción contiene una parte de verdad, pero la
contradicción no proviene esta vez de las interpretaciones dogm áticas. Si
consideram os el caso de las grandes em presas m odernas en Francia — C i­
troen, Renault o Péchiney— o en los Estados Unidos — Dupont de Nemours
o General M otors— podem os afirm ar, en efecto, que la am plitud de las
fuerzas de producción ha im posibilitado el m antenim iento del derecho in­
dividual de propiedad. Las fábricas Renault no pertenecen a nadie, puesto
que pertenecen al Estado (no puede afirm arse que el Estado sea nadie, pero
la propiedad del Estado es abstracta, y por así decirlo ficticia). Péchiney no
pertenece a nadie, aún antes de que se distribuyan las acciones entre los
obreros, porque Péchiney pertenece a m illares de accionistas que, aunque
son propietarios en el sentido jurídico del térm ino, ya no ejercen el derecho
tradicional e individual de propiedad. Del m ismo modo, Dupont de Na-
m ours o General M otors pertenecen a cientos de m iles de accionistas, que
m antienen la ficción jurídica de la propiedad pero no ejercen sus auténti­
cos privilegios.
Por su parte, Marx se refirió en El capital a las grandes sociedades por ac­
ciones para constatar que la propiedad individual estaba en trance de desapa­
recer y concluir que el capitalismo típico se transform aba31.

con que los hom bres cobran conciencia del conflicto y lo impulsan hasta el final». Los funda­
m entos de la critica de la economía política, A. C o r a z ó n , 1 9 7 2 .
Uno de los capítulos de La ideología alemana se titula: «Relaciones del Estado y el derecho
con la propiedad». En general, para Marx el Estado y el derecho surgen de las condiciones m ate­
riales de vida de los pueblos, y son expresión de la voluntad dom inante de la clase que detenta el
poder en el Estado.
31 He aquí el texto más significativo de Marx (El capital, t. III, pp. 415 y 417): «Creación de
sociedades anónimas. Y, como consecuencia de ello: 1,° Extensión en proporciones enorm es de la
escala de la producción y de las empresas que habrían sido inasequibles a los capitales indivi­
duales. Al mismo tiem po, se convierten en empresas sociales algunas em presas que antes eran gu­
bernamentales. 2 ° El capital, que descansa de por sí sobre un régim en social de producción y pre­
supone una concentración social de medios de producción y fuerzas de trabajo, adquiere así
directam ente la forma de capital de la sociedad (capital de individuos directam ente asociados) por
oposición al capital privado, y sus empresas aparecen como em presas sociales por oposición a las
empresas privadas. Es la supresión del capital como propiedad privada dentro de los lím ites del
168 LAS ETAPAS DEL PENSAM IENTO SOCIOLÓGICO

Así pues, puede afirmarse que Marx acertó al demostrar la contradicción


entre el desarrollo de las fuerzas de producción y el derecho individual de pro­
piedad, puesto que en el capitalismo moderno de las grandes sociedades por
acciones hay que admitir que hasta cierto punto el derecho de propiedad ha
desaparecido.
En cambio, si se considera que estas grandes sociedades son la esencia
m isma del capitalismo, se puede demostrar con igual facilidad que el desa­
rrollo de las fuerzas productivas no elimina en modo alguno el derecho de pro­
piedad, y que no existe ninguna contradicción teórica entre las fuerzas y las
relaciones de producción. El desarrollo de las fuerzas de producción exige la
aparición de formas nuevas de relaciones de producción, pero estas nuevas for­
mas no tienen por qué contradecir el derecho tradicional de propiedad.
Según una segunda interpretación de la contradicción entre 1as fuerzas y
las relaciones de producción, la distribución de los ingresos que provienen del
derecho individual de propiedad tiene caracteres tales que la sociedad capita­
lista es incapaz de absorber su propia producción. En este caso, la contradic­
ción -entre las fuerzas y las relaciones de producción— afectan al funciona­
miento mismo de la economía capitalista. El poder de compra distribuido entre
las masas populares sería constantemente inferior a las exigencias dé la eco­
nomía.
Esta versión continúa circulando desde hace casi siglo y medio. Desde en­
tonces, las fuerzas de producción de todos los países capitalistas se han desa­
rrollado prodigiosamente. La incapacidad de una economía fundada en la pro­
piedad privada para absorber su propia producción ya había sido denunciada
cuando la capacidad de producción era la quinta o la décima parte de lo que
es hoy; y probablemente ocurriría lo mismo si la capacidad de producción fuese
sea cinco o diez veces mayor que la actual. La contradicción no parece evi­
dente.
Dicho en otras palabras: ninguna de las dos versiones de la contradicción
entre fuerzas y relaciones de producción ha sido demostrada. La única versión
que contiene evidentemente una parte de verdad es la que no conduce a las
proposiciones políticas y mesiánicas más firm em ente sostenidas por los mar-
xistas.

m ismo régim en capitalista de producción. 3 ° Transform ación del capitalista realmente activo en
un simple gerente, adm inistrador del capital ajeno, y de los propietarios de capital en simples pro­
pietarios, en simples capitalistas financieros [...] Esto equivale a la supresión del m odo de pro­
ducción capitalista en el seno del propio m odo de producción capitalista, por lo tanto a una con­
tradicción que se anula a sí m ism a y aparece prim a fa c ie como simple fase de transición hacia
una nueva forma de producción. Su m odo de m anifestarse es tam bién el de una contradicción de
ese tipo. En ciertas esferas im planta el m onopolio y provoca, por tanto, la intervención del Esta­
do. Produce una nueva aristocracia financiera, una nueva clase de parásitos, en forma de proyec­
tistas, fundadores de sociedades y directores puramente nominales: todo un sistema de especula­
ción y de fraude con respecto a las fundaciones de sociedades y a la emisión y tráfico de acciones.
Es una especie de producción privada, pero sin el control de la propiedad privada». Evidentemente,
en Marx, el crítico — es decir, el panfletista— no está nunca lejos del analista económ ico y del
sociólogo.
KARL MARX 169

La sociología de Marx es una sociología de la lucha de clases. Esta con­


cepción incluye algunas proposiciones que son fundamentales. La sociedad ac­
tual es una sociedad desgarrada por antagonismos. Las clases son los actores
principales del drama histórico, sobre todo el del capitalismo, y de la historia
en general. La lucha de clases es el motor de la historia y conduce a una re­
volución que señalará el fin de la prehistoria y el advenimiento de una socie­
dad sin antagonismos.
Pero ¿qué es una clase social? Ya es tiempo de responder a la pregunta con
la que hubiera debido comenzar si hubiese desarrollado el pensamiento de un
profesor. Pero Marx no era un profesor.
En la obra de Marx hay un gran número de textos que permite a mi juicio
una división en tres grupos, al menos entre los principales.
En las últimas páginas del m anuscrito de El capital figura un texto clási­
co: el capítulo final publicado por Engels en el tercer libro de El capital, ti­
tulado «Las clases». Puesto que El capital es la principal obra científica de
Marx, es necesario referirse a este texto, lamentablemente incompleto. Marx
escribe en él: «Los propietarios de simple fuerza de trabajo, los propietarios
del capital y los propietarios de tierras, cuyas respectivas fuentes de ingresos
son el salario, la ganancia y la renta del suelo, es decir, los obreros asalaria­
dos, los capitalistas y los terratenientes, forman las tres clases de la sociedad
moderna, basada en el régimen capitalista de producción»32. (El capital, li­

32 E l capital, libro III, capítulo 52, pp. 817-818. Marx prosigue así: «Es en Inglaterra, indis­
cutiblemente, donde más desarrollada y en forma m ás clásica se halla la sociedad m oderna en su
estructuración económica. Sin embargo, ni siquiera aquí se presenta en toda su pureza esta divi­
sión de la sociedad en clases. También en la sociedad inglesa existen fases interm edias y de tran­
sición que oscurecen en todas partes (aunque en el cam po incom parablem ente menos que en las
ciudades) las líneas divisorias. Esto, sin em bargo, es indiferente para nuestra investigación. Ya he­
mos visto que es tendencia constante y ley de desarrollo del régimen capitalista de producción es­
tablecer un divorcio cada vez m ás profundo entre los medios de producción y el trabajo, y el ir
concentrando los medios de producción desperdigados en grupos cada vez mayores; es decir, el
convertir el trabajo en trabajo asalariado y los medios de producción en capital. Y a esta tenden­
cia corresponde, de otra parte, el divorcio de la propiedad territorial para form ar una potencia
aparte frente al capital y al trabajo, o sea, la transform ación de toda la propiedad del suelo para
adoptar la form a de la propiedad territorial que corresponde al régim en capitalista de producción.
El problema que inmediatam ente se plantea es éste: ¿qué es una clase? La contestación a esta
pregunta se desprende naturalm ente de la que demos a esta otra: ¿qué es lo que convierte a los
obreros asalariados, a los capitalistas y a los terratenientes en factores de las tres grandes clases
sociales?
A primera vista, es la identidad de sus rentas y fuentes de renta. Estam os ante tres grupos so­
ciales im portantes, cuyos m iembros, los individuos que los forman, viven respectivamente de un
salario, de la ganancia o de la renta del suelo, es decir de la explotación de su fuerza de trabajo,
de su capital o de su propiedad territorial.
Es cierto que desde este punto de vista, los médicos y los funcionarios, por ejemplo, forma­
rían dos clases, pues pertenecen a dos grupos sociales distintos, cuyos componentes viven de ren­
tas procedentes de la misma fuente en cada uno de ellos. Y lo m ismo podría decirse del infinito
desperdigamiento de intereses y posiciones en que la división del trabajo social separa tanto a los
obreros como a los capitalistas y a los terratenientes; y a estos últimos, por ejemplo, en propieta­
rios de viñedos, propietarios de tierras de labor, propietarios de bosques, propietarios de minas,
de pesquerías, etc.» (Al llegar aquí se interrum pe el manuscrito [Federico Engels]).
17 0 LAS ETAPAS DEL PENSAMIENTO SOCIOLÓGICO

bro III, p. 817). La distinción entre clases está basada aquí en la distinción,
por otra parte clásica, de los orígenes económicos de los ingresos: capital-ga­
nancia, suelo-renta agraria, trabajo-salario; es decir, en lo que se ha denomi­
nado la fórmula trinitaria que engloba todos los misterios del proceso social
de la producción.
La ganancia es la forma visible de la realidad esencial que es la plusvalía;
la renta agraria, a la cual Marx consagró un extenso análisis en este mismo li­
bro III de El capital, es una fracción de la plusvalía, el valor no distribuido en­
tre los trabajadores.
Esta interpretación de las clases según la estructura económica es la que
mejor responde a la intención científica de Marx, y la que permite deducir al­
gunas de las proposiciones esenciales de la teoría m arxista de las clases.
Ante todo, una clase social es un grupo que ocupa un lugar determinado
en el proceso de la producción, dando por sentado que ese lugar en el proceso
de la producción com porta un doble significado: lugar en el proceso técnico
de la producción, y lugar en el proceso jurídico superpuesto al proceso técni­
co.
El capitalista es a la vez el jefe de la organización del trabajo, y por tanto
el jefe del proceso técnico; por parte del lado jurídico, y debido a sü condi­
ción de propietario de los medios de producción, es también el que sustrae la
plusvalía a los productores asociados.
Por otra parte, es posible deducir de lo anterior que las relaciones entre las
clases tienden a simplificarse a medida que se desarrolla el capitalismo. Si hay
sólo dos fuentes de ingresos, prescindiendo de la renta agraria, cuya impor­
tancia disminuye a medida que avanza la industrialización, no hay más que dos
grandes clases: el proletariado, que está formado por los que sólo poseen su
fuerza de trabajo, y la burguesía capitalista, es decir, todos los que acaparan
una parte de la plusvalía.
Un segundo tipo de textos de Marx relacionados con las clases incluye los
estudios históricos como Las luchas de clases en Francia (1848-1850) o El 18
Brumario de Luis Bonaparte. En estos trabajos utiliza Marx la idea de clases,
pero no la convierte en teoría sistemática. La enumeración de las clases es aquí
más extensa y más precisa que en la distinción estructural de las clases que
acabamos de examinar33.
Así, en Las luchas de clases en Francia, Marx distingue las siguientes cla­
ses: burguesía financiera, burguesía industrial, clase burguesa comerciante, pe­
queña burguesía, clase campesina, clase proletaria, y, finalmente, lo que él 11a­

” Las luchas de clases en Francia (1848-1850). Redactado entre enero y octubre de 1850, este
texto, que no aparecería editado como folleto con el m ismo título hasta 1895, está form ado casi
exclusivamente por una serie de artículos que aparecieron en los cuatro prim eros núm eros de la
Neue Rheinische Zeitung, revista económ ica y política cuya publicación comenzó en Londres a
principios de m a rz o de 1850. Hay traducción francesa: K a r l M a r x , Les Luttes de classes en Frun­
ce. París, Éd. Sociales, 1952, 144 pp.
El 18 Brumario de Luis Bonaparte (Madrid: Espasa-Calpe, 1992). Redactado entre diciem ­
bre de 1851 y marzo de 1852, este texto fue publicado por primera vez en Nueva York el 20 de
mayo de 1852 por Weydemeyer y fue reeditado por Engels en 1885.
KARL MARX 171

ma el Lumpenproletariat, que corresponde aproximadamente a lo que noso­


tros denominamos sub-proletariado.
Esta enumeración no contradice la teoría de las clases esbozada en el últi­
mo capítulo de El capital. El problem a que plantea Marx en estos dos tipos de
textos no es el mismo. En un caso, procura determ inar cuáles son los grandes
agrupamientos, característicos de una economía capitalista; en otros, trata de
determ inar cuáles fueron, en circunstancias históricas particulares, los grupos
sociales que ejercieron influencia sobre los acontecimientos políticos.
En todo caso, es necesario superar una dificultad para pasar de la teoría
estructural de las clases, que se basa en la distinción de las fuentes de ingre­
so, a la observación histórica de los grupos sociales. En efecto, una clase no
constituye una unidad simplemente por el hecho de que el análisis económico
indique que los ingresos tienen una sola y misma fuente; sin duda es necesa­
rio agregar una cierta com unidad psicológica, y eventualmente una cierta con­
ciencia de unidad o aún una voluntad de acción común.
Esta observación conduce a una tercera categoría de textos marxistas. En
El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx explica por qué el hecho de que un
gran número de hombres desarrolle la misma actividad económica y lleve el
mismo tipo de vida, no representa sin embargo siempre una clase social:

«Los agricultores de parcelas arrendadas forman una m asa enorme, cuyos m iem ­
bros viven todos en la misma situación, pero que apenas si m antienen contactos con
sus compañeros. Su m odo de producción los aísla entre sí, en lugar de favorecer unas
relaciones recíprocas. Este aislam iento está agravado aún m ás por el habitual mal es­
tado de las comunicaciones con la capital y por la pobreza de los propios campesinos.
La explotación de la parcela no perm ite ninguna división de trabajo, ni la utilización
de m étodos científicos, y por tanto la m enor diversidad de desarrollo, o variedad de
talentos, o riqueza de relaciones sociales. Cada una de las familias cam pesinas se bas­
ta casi totalmente a sí misma, produce directam ente la mayor parte de lo que consume
y obtiene asi sus medios de subsistencia bastante m ás m ediante un intercambio con la
naturaleza que m ediante un intercam bio con la sociedad. La parcela, el cam pesino y
su familia; a su lado, otra parcela, otro campesino y otra familia. Un cierto número de
estas familias forma una aldea, y un cierto núm ero de aldeas, un pueblo o departa­
mento. De este modo, la gran masa de la nación francesa está constituida por una sim ­
ple suma de m agnitudes de la misma denominación, al igual que un saco lleno de pa­
tatas form a un saco lleno de patatas. En la medida en que m illones de familias
cam pesinas viven en condiciones económ icas que las separan entre sí, y su modo de
vida, sus intereses y su cultura son distintos de los de otras clases de la sociedad, es­
tos cam pesinos forman una clase. Pero no constituyen una clase en la medida en que
no existe entre ellos m ás que un vínculo local, y en que la sim ilitud de sus intereses
no es suficiente para crear entre ellos ninguna comunidad, ningún vínculo nacional y
ninguna organización política» (Éd. Sociales, pp. 97 y 98).

Dicho en otras palabras: la comunidad de actividad, de forma de pensar, y


de modo de vivir, es la condición necesaria de la realidad de una clase social,
pero no su condición suficiente. Para que haya clase, es necesario que exista
conciencia de unidad y sentimiento de separación de las otras clases sociales;
esto es, un sentimiento de hostilidad hacia las restantes clases sociales. En úl­
timo término, los individuos separados no forman una clase sino en la medida
en que estén dispuesto a entablar una lucha común contra otra clase.
172 LAS ETAPAS DEL PENSAM IENTO SOCIOLÓGICO

Si se atiene uno al conjunto formado por estos textos, se llega a mi pare­


cer no a una teoría completa y profesoral de las clases, sino a una teoría poli-
tico-sociológica, que además es bastante clara.
Marx partía de la idea de una contradicción fundamental de intereses en­
tre los asalariados y los capitalistas. Además, estaba convencido de que esta
oposición dominaba el conjunto de la sociedad capitalista, y de que adquiriría
una forma cada vez más simple en el curso de la evolución histórica.
Pero, por otra parte, como observador de la realidad histórica, comprobaba
con insuperable agudeza — propia del excelente observador que fue— la plu­
ralidad de los grupos sociales. Fue así com o llegó a la conclusión de que la
clase, en el sentido profundo del térm ino, no se confunde con un grupo so­
cial cualquiera. Una clase implica, más allá de la com unidad de existencia, la
toma de conciencia de esta com unidad en el plano nacional, y la voluntad de
una acción común en favor de una cierta organización de la colectividad.
A este nivel, es comprensible que para Marx no hayan existido en realidad
más que dos grandes clases; porque en la sociedad capitalista hay sólo dos gru­
pos que tengan realmente representaciones contradictorias de lo que debe ser
la sociedad que posean realmente, que cada uno de los grupos tenga a su vez
una voluntad política e histórica definida.
En el caso de los obreros, como en el de los propietarios de los medios de
producción, han sido confundidos los diferentes criterios que cabe imaginar u
observar. Los obreros de la industria tienen un modo determinado de existen­
cia, que está relacionada con la suerte que han de soportar en la sociedad ca­
pitalista. Tienen conciencia de su solidaridad y adquieren conciencia de su an­
tagonismo frente a otros grupos sociales. Por consiguiente, son una clase social
en el sentido cabal del término, una clase que se define política e históricamente
por una voluntad propia que los opone esencialmente a los capitalistas. Esto no
excluye la existencia de subgrupos en el seno de cada una de estas clases, como
tampoco la presencia de grupos que aún no han sido absorbidos en el campo
de uno u otro de los dos grandes actores del drama histórico. Pero estos grupos
externos o marginales — los comerciantes, los pequeños burgueses, los sobre­
vivientes de la antigua estructura social— se verán obligados en el curso de la
evolución histórica a incorporarse al campo del proletariado o al campo del ca­
pitalismo. Esta teoría contiene dos puntos ambiguos y discutibles.
Al inicio de su análisis, Marx asimila el ascenso de la burguesía al ascenso
del proletariado. Desde los primeros escritos, explica el advenimiento de un
cuarto estado como un fenómeno análogo al ascenso del tercero. La burgue­
sía ha desarrollado las fuerzas de producción en el seno de la sociedad feudal.
Del mismo modo, el proletariado está desarrollando las fuerzas de producción
en el seno de la sociedad capitalista. Ahora bien, a mi juicio esta asimilación
es errónea. Es necesario que haya pasión política, al mismo tiempo que genio,
para no advertir que los dos casos son radicalmente distintos.
Cuando la burguesía, comerciante o industrial, estaba creando fuerzas de
producción en el seno de la sociedad feudal, era realmente una clase social
nueva formada en el interior de la antigua. Pero como burguesía comerciante
o industrial, era una m inoría privilegiada y dominante.
KARL MARX 173

No formulo aquí ningún juicio acerca de los métodos respectivos de un ré­


gimen propio de la burguesía y de uno que se identifica con el proletariado. A
lo sumo, quiero establecer, porque tales son los hechos, según yo los veo, que
el ascenso del proletariado no puede ser asimilado, si no es mediante la m ito­
logía, al ascenso de la burguesía, y que ése es el evidente error fundamental,
cuyas consecuencias han sido inmensas, de toda la visión marxista de la his­
toria.
Marx pretendió definir de m anera unívoca un régimen económico, social
y político para la clase que ejerce el poder. Ahora bien, esta definición del ré­
gimen es insuficiente porque implica al parecer una reducción de la política a
la economía, o del Estado a la relación entre los grupos sociales.

5. Sociología y economía

M arx procuró com binar una teoría del funcionamiento de la economía con
una teoría del devenir de la economía capitalista. Esta síntesis de la teoría y
la historia im plica una doble dificultad intrínseca al principio y al final. Se­
gún lo describe Marx, el régim en capitalista no puede funcionar sino a con­
dición de que exista un grupo de individuos que disponga de capital, y que
por tanto puedan com prar la fuerza de trabajo de los que sólo poseen esta úl­
tima. ¿Cómo se ha formado históricamente este grupo? ¿Cuál ha sido el pro­
ceso de formación de la acumulación primitiva del capital, indispensable para
el buen funcionamiento del capitalismo? La violencia, la fuerza, la astucia, el
robo y otros procedimientos clásicos de la historia política explican sin difi­
cultad la formación de un grupo de capitalistas. Pero sería más difícil expli­
car mediante la economía la formación de este grupo. El análisis del funcio­
namiento del capitalismo supone en el punto de partida una serie de
fenómenos extraeconómicos a fin de crear las condiciones que propiciaran el
desarrollo del régimen.
Una dificultad de la misma naturaleza se perfila en el punto de llegada. En
El capital no hay ninguna demostración concluyente del momento en que el
capitalismo dejará de funcionar, ni tampoco del hecho de que en un momento
dado tendrá que dejar de funcionar. Para que pudiese demostrarse con argu­
mentos económicos la autodestrucción del capitalismo, sería necesario que el
economista estuviese en condiciones de poder decir: el capitalismo no puede
funcionar con una tasa de ganancia inferior a un determinado porcentaje; o
también: la distribución de los ingresos es de tal naturaleza, a partir de cierto
momento, que el régimen no puede absorber su propia producción. Pero de he­
cho, ninguna de estas dos demostraciones aparece en El capital. Marx ha ofre­
cido una serie de razones que inducen a creer que el régimen capitalista fun­
cionará cada vez peor, pero no ha demostrado en el terreno económico la
destrucción del capitalismo por sus contradicciones internas. Por consiguien­
te, nos vemos obligados a introducir al final del proceso, al igual que en el punto
de partida, un factor externo a la economía del capitalismo que es de orden
político.
174 LAS ETAPAS DEL PENSAMIENTO SOCIOLÓGICO

La teoría puramente económica del capitalism o en tanto que economía


de explotación implica igualmente una dificultad esencial. Esta teoría se funda
en la idea de la plusvalía, que es a su vez inseparable de la teoría del salario.
Ahora bien, toda econom ía m oderna es progresista, en el sentido de que tie­
ne que acum ular una parte de la producción anual para am pliar las fuerzas
productivas. Por tanto, si se define a la econom ía capitalista com o una eco­
nom ía de explotación, habrá que dem ostrar en qué sentido y en qué m e­
dida el m ecanism o capitalista de ahorro y de inversión es distinto del m e­
canism o de acum ulación que existe o existiría en una econom ía m oderna de
otro tipo.
A los ojos de Marx, la característica de la economía capitalista era una tasa
elevada de acumulación del capital. «Acumulad, acumulad, es la ley y los pro­
fetas» (El capital, libro I, tomo I)34.
Pero en una economía de tipo soviético, la acumulación del 25 por 100 de
la renta nacional anual ha sido considerada, durante muchos años, parte inte­
grante de su doctrina. Hoy, uno de los méritos que los apologistas de la econo­
mía soviética reivindican para ésta es la elevada tasa de formación de capital.
Un siglo después de Marx, la competencia ideológica entre los dos regí­
menes opuestos tiene como fin la tasa de acumulación practicada por el uno
y por el otro en la medida en que ésta determ ina la tasa de crecimiento. Por
tanto, lo que habría que averiguar es si el mecanismo capitalista de acumula­
ción es m ejor o peor que el mecanismo de acumulación del otro régimen (¿m e­
jo r o peor para quién?).
En su análisis del capitalismo, Marx consideró simultáneamente las ca­
racterísticas de toda economía y las características de una economía de tipo
capitalista, porque no conocía otra. Un siglo después, el verdadero problema
para un economista de tradición auténticamente marxista sería analizar las par­
ticularidades de una economía m oderna de otro tipo.
La teoría del salario, la teoría de la plusvalía y la teoría de la acumulación
ya no son de por sí totalmente satisfactorias. Representan más bien problemas
o puntos de partida del análisis que permiten diferenciar entre la explotación
capitalista y la explotación soviética o, por decirlo de manera más neutra, la
plusvalía capitalista de la plusvalía en el régim en soviético. En ningún régi­
men es posible que los trabajadores reciban la totalidad del valor que ellos pro­
ducen, porque es necesario reservar una parte para la acumulación colectiva.
Pero esto no excluye que haya diferencias sustanciales entre los dos m e­
canismos. En el régimen capitalista, el proceso de la acumulación se nutre de

34 M a r x escribe en el tomo I de E l capital: «¡Ahorrad, ahorrad; es decir esforzaos por con­


vertir nuevamente la mayor parte posible de plusvalía o producto excedente en capital! Acum ular
por acumular, producir por producir: en esta fórmula recoge y proclam a la econom ía clásica la
m isión histórica del período burgués. La econom ía jam ás ignoró los dolores del parto que cuesta
la riqueza, pero ¿de qué sirve quejarse contra lo que la necesidad histórica ordena? Para la eco­
nomía clásica, el proletariado no es m ás que una m áquina de producir plusvalía; en justa recipro­
cidad no ve tampoco en el capitalista m ás que una m áquina para transform ar esta plusvalía en ca­
pital excedente (pp. 501-502).
KARL MARX 17 5

las ganancias de los individuos y del mercado, y la distribución de los ingre­


sos no es paralela en los dos regímenes.
Estas observaciones, fáciles un siglo después de Marx, no suponen ninguna
pretensión de superioridad, que sin duda sería ridicula. Lo que yo deseo seña­
lar con ellas es sólo que, al observar los inicios del régimen capitalista, Marx
no podía aún distinguir con facilidad por una parte lo que hay implicado en un
régimen de propiedad privada, por otra lo que realmente había implicado en
la fase de desarrollo de una economía tal como la que Inglaterra atravesaba
cuando él realizaba sus observaciones, ni finalm ente lo que constituía la esen­
cia misma de cualquier economía industrial.
Actualmente, la tarea del análisis sociológico de una economía es precisa­
mente distinguir esos tres tipos de elementos: los caracteres propios de toda eco­
nomía moderna, los de un régimen particular de economía moderna, y final­
mente los caracteres vinculados con una fase del crecimiento de la economía.
Esta discriminación es difícil, pues todos estos caracteres están siempre
presentes en la realidad, y se entremezclan constantemente entre sí. Pero si se
pretende dar un juicio crítico, político o moral, acerca de cierto régimen, evi­
dentemente es necesario no atribuirle lo que es imputable a otros determinan-

La teoría de la acumulación y la de la plusvalía es un claro ejemplo de con­


fusión entre estos diferentes elementos. Toda economía m oderna implica acu­
mulación. La tasa de la acumulación es más o menos elevada, de acuerdo con
la fase del crecimiento, y también según las intenciones del gobierno de la so­
ciedad dada. Lo que varía, en cambio, es el mecanismo económico social de
la plusvalía, o incluso el modo en que circula el ahorro. Una economía de tipo
planificado posee un circuito de ahorro de corte relativamente simple, mien­
tras que una economía en la cual subsiste la propiedad privada de los medios
de producción se apoya en un mecanismo más complicado, que mezcla el m er­
cado libre y las deducciones impuestas por vía de autoridad. Este tipo de eco­
nomía no soporta fácilmente la determinación autoritaria de las dimensiones
del ahorro y de la tasa de formación del capital en relación con el producto
nacional.
Las relaciones entre el análisis económico y el análisis sociológico plan­
tean finalmente el problema de las relaciones entre los regímenes políticos y
los económicos. A mi entender, la sociología de Marx es en este aspecto par­
ticularmente vulnerable a la crítica.
En El capital, al igual que en las restantes obras de Marx, no hallamos
efectivamente acerca de este problema decisivo más que un reducido número
de ideas, por otra parte siempre las mismas.
El Estado es considerado esencialmente como instrumento de dominio de
una clase. De lo cual se deduce que un régimen político se define por la clase
que ejerce el poder. Los regímenes de democracia burguesa aparecen asim ila­
dos a los regímenes en los que la clase capitalista ejerce el poder, al mismo
tiempo que mantienen una fachada de instituciones libres. Por oposición al
régimen económico social formado por clases antagónicas y por el dominio
de una clase sobre las restantes, Marx ofrece la representación de un régimen
176 LAS ETAPAS DEL PENSAM IENTO SOCIOLÓGICO

economico-social donde ya no existiría el dominio de clase. A causa de este


hecho, y por así decirlo por definición, el Estado deberá desaparecer, pues
existe sólo en la medida en que una clase lo necesita para explotar a las res­
tantes.
Entre la sociedad desgarrada por antagonismos y la sociedad sin antago­
nismos del futuro se interpone lo que se denomina la dictadura del proletaria­
do, expresión que aparece sobre todo en un famoso texto de 1875, la Crítica
del programa del partido obrero alemán, o Crítica del programa de GothaiS.
La dictadura del proletariado es el fortalecimiento supremo del Estado antes
del momento crucial en que habrá de decaer. Antes de su desaparición, el Es­
tado adquirirá una fuerza particular.
La dictadura del proletariado aparecía definida con poca claridad en los
textos de Marx, en los que de hecho coexistían dos conceptos. Uno proveniente
de la tradición jacobina que asimilaba la dictadura del proletariado al poder
absoluto de un partido representante de las masas populares; el otro, casi con­
trario, le fue sugerido a Marx por la experiencia de la Comuna de París, que
tendía a la disolución del Estado centralizado.
Esta concepción de la política y de la desaparición del Estado en una so­
ciedad sin antagonismos me parece sin duda la concepción sociológica más fá­
cilmente refutable de toda la obra de Marx. Nadie niega que en toda sociedad,
y sobre todo en una sociedad moderna, haya funciones comunes de adminis­
tración y de autoridad que es necesario ejercer. Nadie puede pensar razona­
blemente que una sociedad industrial tan compleja como la nuestra puede pres­
cindir de una administración, que por otra parte en ciertos aspectos está
centralizada.
Por otra parte, si suponemos una planificación de la economía, es incon­
cebible que no existan organismos centralizados que adopten las decisiones
fundamentales implicadas por la idea misma de planificación. Ahora bien, es­
tas decisiones suponen funciones a las que corrientemente denominamos es­
tatales. Sin duda, a menos que imaginemos un estado de abundancia absolu­
ta, en el cual ya no existe el problema de la coordinación de la producción, un
régimen de economía planificada exige un refuerzo de las funciones adminis­
trativas y de dirección ejercidas por el poder central.

35 Esta es la frase de Marx: «Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista se sitúa el


período de transform ación revolucionaria de una en otra. A este período corresponde igualmente
una fase de transición política, en la cual el Estado no podría ser sino la dictadura revolucionaria
del proletariado» (OEuvres, t. 1, p. 1429). M a r x utiliza igualmente esta expresión en la carta ci­
tada en la nota 13, a Joseph Weydemeyer (5 de m arzo de 1852), y la idea, si no la palabra, apa­
rece ya en el M anifiesto del Partido Comunista: «El proletariado utilizará su hegemonía política
para despojar paultinam ente a la burguesía de todo su capital, para centralizar todos los instru­
mentos de producción en m anos del Estado, es decir, del proletariado organizado en clase dom i­
nante, y para incrementar lo m ás rápidamente posible la masa de las fuerzas productivas» (Mani­
fie sto comunista, Barcelona: Grijalbo, 1998, p. 66).
Acerca de la frecuencia del empleo de la expresión dictadura del proletariado por Marx y En­
gels, véase K a r l D r a p e r , M arx an the Dictatorship o f the Prolétariat, Cahiers de l ’I.S.E.A., se­
rie S, n.° 6, noviembre de 1962.
KARL M ARX 1/ /

En este sentido, las dos ideas de planificación de la economía y de diso­


lución del Estado son contradictorias para el futuro próxim o mientras lo que
importe sea producir todo lo posible, producir en función de las directivas del
plan y distribuir la producción entre las clases sociales de acuerdo con las ide­
as de los gobernantes.
Si se denomina Estado al conjunto de funciones administrativas y directi­
vas de la colectividad, el Estado no puede decaer en ninguna sociedad indus­
trial, y menos aún en una sociedad industrial planificada, pues por definición
la planificación central implica que el gobierno asume un número más elevado
de decisiones que en una economía capitalista, que se define particularmente
por la descentralización del poder de decisión.
Por consiguiente, la disolución del Estado sólo puede tener un sentido sim­
bólico. Lo que decae es el carácter de clase del Estado en cuestión. En efec­
to, podem os pensar que a partir del momento en que ya no hay rivalidad de
clases, las funciones administrativas y de dirección, en lugar de expresar la in­
tención egoísta de un grupo dado, son expresión de toda la sociedad. En este
sentido, podemos concebir efectivamente la desaparición del carácter de cla­
se, de dominio y de explotación, del Estado mismo.
Pero ¿puede ser definido esencialmente el Estado, en un régimen capita­
lista, por el poder de una clase dada?
La idea fundamental de Marx es que la sociedad capitalista está desgarrada
por antagonismos, y que las características esenciales de este régimen se ori­
ginan en dicho fenómeno. ¿Cómo sería posible tener una sociedad sin anta­
gonismos? La defensa de esta idea se apoya enteramente en la diferencia de
naturaleza que existe entre la clase burguesa que ejerce el poder cuando posee
los medios de producción, y el proletariado considerado como la clase que su­
cederá a la burguesía.
Decir que el proletariado es una clase universal que asume el poder no
puede tener por tanto más que un significado simbólico, pues la masa de obre­
ros de las fábricas no puede ser confundida con una minoría dominante que
ejerce el poder. La fórmula: «el proletariado al poder» no es más que una con­
signa para afirm ar el partido o el grupo de hombres que se apoya en la masa
popular.
En la sociedad en la que ya no existe la propiedad privada de los medios de
producción, tampoco existe por definición ningún antagonismo vinculado con
esta propiedad, pero hay hombres que ejercen el poder en nombre de las masas
populares. Por consiguiente, hay un Estado que cumple las funciones adminis­
trativas y de dirección que son indispensables en toda sociedad desarrollada.
Una sociedad de este tipo no implica los mismos antagonismos que una socie­
dad en la cual existe la propiedad privada de los medios de producción. Pero
una sociedad en la cual el Estado con sus decisiones económicas determina en
considerable medida la condición de todos y de cada uno de los gobernados,
puede suscitar evidentemente una serie de antagonismos entre los diversos gru­
pos, ya sea entre los grupos horizontales, los campesinos por una parte y los
obreros por otra, o entre los grupos verticales, que incluyen tanto a los que es­
tán situados en la base como a los que se encuentran en la cima de la jerarquía.
17 8 LAS ETAPAS DEL PENSAMIENTO SOCIOLÓGICO

En modo alguno estoy afirmando que en una sociedad en la cual la con­


dición de cada uno depende del plan y éste se encuentra determinado por el
Estado, hay necesariamente conflictos. Pero tampoco se puede deducir la cer­
teza de una sociedad sin antagonismos partiendo deí simple hecho de que la
propiedad privada de los medios de producción ha desaparecido de ella, y de
que la condición de cada uno depende de las decisiones del Estado. Si las de­
cisiones del Estado emanan de individuos que pertenecen a una minoría, esas
decisiones pueden corresponder a los intereses de unos o de otros. No hay una
armonía preestablecida entre los intereses de los diferentes grupos de una so­
ciedad planificada.
El poder del Estado no desaparece y no puede desaparecer en una socie­
dad tal. Sin duda, es posible que una sociedad planificada tenga un gobierno
equitativo, pero no hay ninguna garantía a priori de que los dirigentes del plan
vayan a adoptar decisiones que satisfagan los intereses generales, o los intere­
ses supremos de la colectividad, en la medida en que sea posible definir estos
últimos.
La desaparición efectiva de los antagonismos supondría o bien que las ri­
validades entre los grupos no tenían más origen que el de la propiedad privada
de los medios de producción, o bien que el Estado había desaparecido. Pero
ninguna de estas dos hipótesis es verosímil. No hay motivo para esperar que
todos los intereses de los miembros de una colectividad van a marchar al uní­
sono en cuanto los medios de producción dejen de ser objeto de apropiación
individual. Con esto desaparecería un tipo de antagonismo, pero no todos los
antagonismos posibles. Y mientras perduren las funciones administrativas o de
dirección, existe por definición el riesgo de que quienes ejercen esas funcio­
nes sean injustos, o estén mal informados, o se muestren irrazonables, y de que
los gobernados no se sientan satisfechos con las decisiones adoptadas por los
gobernantes.
Finalmente, más allá de estas observaciones, sigue en pie un problema fun­
damental: el de la reducción de la política en tanto que tal a la economía.
Al menos en su forma profética, la sociología de Marx supone la reduc­
ción del orden político al orden económico, es decir, el debilitamiento del Es­
tado a partir del momento en que se imponen la propiedad colectiva de los
medios de producción y la planificación. Pero el orden de la política es esen­
cialmente irreductible al orden de la economía. Sea cual fuere el régimen eco­
nómico y social, perdurará el problema político, porque éste consiste en de­
terminar quién gobierna, cómo se reclutan los gobernantes, cómo se ejerce el
poder, cuál es la relación de consentimiento o de rebelión entre gobernantes y
gobernados. El orden de lo político es tan esencial y autónomo como lo es el
orden de la economía. Las relaciones entre estos dos órdenes de gobierno son
recíprocas. La manera de organizar la producción o la distribución de los re­
cursos colectivos incluye el modo de resolver el problema de la autoridad e
inversamente el modo de resolver este último problema incluye el de resolver
el problema de la producción y la distribución de los recursos. Pero es falso
pensar que una determinada forma de organización de la producción y de la
distribución de los recursos resuelve automáticamente, suprimiéndolo, el pro-
KARL MARX 1 /y

blema del mando. El mito del decaimiento del Estado es el mito de que el Es­
tado existe únicamente para producir y distribuir los recursos, de modo que
una vez resuelto este problema ya no es necesario el Estado, es decir el m an­
do36.
Este mito es doblemente engañoso. Ante todo, la gestión planificada de la
economía implica un refuerzo del Estado. Y aunque la planificación no im­
plicase un refuerzo del Estado, perduraría siempre en la sociedad m oderna un
problem a de mando, es decir del modo de ejercitar la autoridad.
Dicho de otra manera, no es posible definir un régimen político sim ple­
mente por la clase que presuntamente ejerce el poder. No es posible definir el
régimen político del capitalismo por el poder de los monopolistas, del mismo
modo que no es posible definir el régimen político de una sociedad socialista
por el poder del proletariado. En el régimen capitalista los monopolistas no
ejercen personalmente el poder; y en el régimen socialista tampoco es el pro­
letariado mismo el que ejerce el poder. En los dos casos hay que determinar
quiénes son los hombres que ejercen las funciones políticas, de qué modo se
los recluta, cómo ejercen la autoridad, cuál es la relación entre los gobernan­
tes y los gobernados, etc.
La sociología de los regímenes políticos no se deja reducir a un simple
apéndice de la sociología de la economía o de las clases sociales.
M arx se refirió a menudo a las ideologías y procuró explicar los modos de
pensamiento o los sistemas intelectuales de acuerdo con el contexto social.
La interpretación de las ideas de acuerdo con la realidad social supone va­
rios métodos. Es posible explicar los modos de pensamiento según el modo de
producción o del estilo técnico de la sociedad dada. Pero la explicación mejor
acogida ha sido la que atribuye ideas determinadas a cierta clase social.
En general, Marx entiende por ideología la conciencia falsa o la represen­
tación falsa que una clase social se forja de su propia situación y de la socie­
dad en general. En una gran medida, cree que las teorías de los economistas

16 Esta devaluación del orden de lo político reducido a la econom ía, era compartida por Marx
con Saint-Simon y los liberales manchesterianos. S a in t - S im o n había escrito en L ’Organisateur
(vol. IV, pp. 197-198): «En una sociedad organizada para el fin positivo de trabajar en beneficio
de su propia prosperidad, m ediante las ciencias, las bellas artes y las artes y los oficios», por lo
tanto en oposición a las sociedades m ilitares y teológicas, «el acto m ás importante, el que con­
siste en fijar la dirección en la cual la sociedad debe marchar, ya no corresponde a los hombres
que cumplen funciones gubernam entales, lo ejerce el propio cuerpo social. Además, el fin y el
objeto de una organización semejante son tan claros, tan determ inados que ya no queda lugar para
la arbitrariedad de los hom bres, y ni aún para la de las leyes. En un orden tal de cosas, los ciuda­
danos encargados de diferentes funciones sociales, aún las más elevadas, no cumplen, desde cierto
punto de vísta, más que funciones subalternas, pues su función, sea cual fuere la importancia de
la misma, consiste ahora simplemente en m archar en una dirección que no fue elegida por ellos.
La acción de gobernar es entonces nula, o casi nula, en tanto que significa la acción de mandar»
(Texto citado por G. Gurvitch, en el Curso acerca de los fundadores de la sociología contem po­
ránea, «Saint-Sim on», p. 29).
Sobre el pensamiento político de Marx, véase: M a x im il ie n R u b e l , «Le concept de démocra-
tie chez Marx», en Le Contral social, julio-agosto de 1962; K o sta s P a pa io a n n o u , «Marx et l ’E-
tat moderne», en Le Contrat social, julio de 1960.
180 LAS ETAPAS DEL PENSAM IENTO SOCIOLÓGICO

burgueses son una ideología de clase. No tanto porque impute a los econo­
mistas burgueses la intención de engañar a sus lectores, o de ofrecer una in­
terpretación falsa de la realidad. Pero Marx tiene la tendencia a pensar que una
clase no puede ver al mundo más que en función de su propia situación. Como
diría Sartre, el burgués ve el mundo definido por los derechos que posee en
él. La imagen jurídica de un mundo de derechos y de obligaciones es la re­
presentación social en la cual el burgués expresa al mismo tiempo su ser y su
situación.
Esta teoría de la falsa conciencia, unida a la conciencia de clase, es apli­
cable a muchas ideas o sistemas intelectuales. Cuando se trata de doctrinas
económicas y sociales, puede considerarse en rigor que la ideología es una
conciencia falsa, y que el sujeto de esta falsa conciencia es la clase. Pero esta
visión de la ideología comporta dos dificultades.
Si una clase se forja en función de su situación una idea falsa del mundo,
si, por ejemplo, la clase burguesa no comprende el mecanismo de la plusva­
lía, o está aprisionada por la ilusión de las mercancías-fetiches, ¿cómo puede
un determinado individuo lograr liberarse de estas ilusiones, de esta falsa con­
ciencia?
Y, por otra parte, si todas las clases tienen un modo de pensamiento par­
cial y tendencioso, ya no existe ninguna verdad. ¿En qué aspecto puede una
ideología ser superior a otra, puesto que todas las ideologías son inseparables
de la clase que las concibe o las adopta? El pensamiento marxista se siente ten­
tado a responder que, entre las ideologías, hay una que es más valiosa que las
otras, porque hay una clase que puede pensar el m undo en su verdad.
En el mundo capitalista, es el proletariado y sólo el proletariado el que
piensa la verdad del mundo, porque sólo él puede pensar el futuro más allá de
la revolución.
Lukács, uno de los últimos grandes filósofos marxistas, en su obra Histo­
ria y conciencia de clase se ha esforzado así por dem ostrar que las ideologías
de clase no son equivalentes, y que la ideología de la clase proletaria es ver­
dadera, porque en la situación que le impone el capitalismo el proletariado es
capaz, y el único capaz, de pensar a la sociedad en su desarrollo, en su evolu­
ción hacia la revolución, y por lo tanto en su verdad37.
Así pues, una primera teoría de la ideología procura evitar el deslizamiento
hacia el relativismo integral, y mantiene a la vez el vínculo de las ideologías,
de la clase, y de la verdad con una de esas ideologías.
La dificultad de una formulación semejante está en la facilidad con que
puede ponerse en duda la verdad de esta ideología de clase, y en que los par­
tidarios de otras ideologías y de otras clases tienen derecho a afirm ar que to­
dos los investigadores están en el mismo plano. Si se supone que mi visión del
capitalismo está m ediatizada por mi interés de burgués, por la misma razón
vuestra visión proletaria está regida por vuestro interés de proletario. ¿Por qué
los intereses de los out, como se dice en inglés, tendrían que ser más valiosos

37G e o r g e L u k á c s , Historia y conciencia de clase, Madrid: Editorial Magisterio español.


KARL MARX 181

como tales que los intereses de los in? ¿Por qué los intereses de los que están
en el lado malo de la barrera valdrían, como tales, más que los intereses de los
que están en el lado bueno? Sobre todo teniendo en cuenta que las situaciones
pueden invertirse, y que en efecto lo hacen de tiempo en tiempo.
Este modo de argumentar sólo puede conducir a un escepticismo total, en
el que todas las ideologías son equivalentes, igualmente parciales, tendencio­
sas, interesadas y por lo tanto engañosas.
De aquí que se haya intentado buscar en otra dirección, preferible a mi pa­
recer: la dirección emprendida por la sociología del conocimiento, que esta­
blece distinciones entre los diferentes tipos de construcciones intelectuales.
Todo pensamiento está vinculado de una cierta manera con el medio social;
pero los lazos que vinculan a la pintura, la física, la matemática, la economía
política o las doctrinas políticas con la realidad social no son los mismos.
Conviene distinguir los modos de pensamiento o las teorías científicas que
están vinculados con la realidad social pero no dependen de ella, de las ideo­
logías o conciencias falsas, que son el resultado en la conciencia de los hom ­
bres de situaciones de clases que impiden ver la verdad.
Esta tarea es la misma que los distintos sociólogos del conocimiento, sean
marxistas o no, procuran cumplir para determ inar la verdad universal de cier­
tas ciencias y el valor universal de las obras de arte.
Tanto al marxista como al que no lo es, les importa no reducir a su conte­
nido de clase el significado de una obra científica o estética. Marx, que era un
gran admirador del arte griego, sabía tan bien como los sociólogos del cono­
cimiento que el significado de las creaciones humanas no se agota en su con­
tenido de clase. Las obras de arte valen y tienen significado aún para otras cla­
ses, y aún para otras épocas.
Sin negar en absoluto que el pensamiento esté vinculado con la realidad
social y que ciertas formas de pensamiento están relacionadas con la clase so­
cial, es necesario restablecer la discriminación entre las especies y afirm ar dos
proposiciones que me parecen indispensables para evitar el nihilismo:
Hay dominios en los cuales el pensador puede alcanzar una verdad válida
para todos, y no sólo una verdad de clase. Hay dominios en los cuales las cre­
aciones de las sociedades tienen valor y alcance para los hombres de otras so­
ciedades.

6. Conclusión

A lo largo del siglo xx se han registrado tres grandes crisis dentro del pen­
samiento m arxista38.
La primera fue la llamada crisis del revisionismo de la socialdemocracia
alemana en los primeros años del siglo. Sus dos protagonistas fueron Karl

38 Para un análisis m ás detallado, véase mi estudio «L’impact du m arxism e au x x ' siécle», Bu-
lletin S.E.D.E.I.S., Études, n.° 906, I de enero de 1965.
182 LAS ETAPAS DEL PENSAMIENTO SOCIOLÓGICO

Kautsky y Eduard Bernstein, y su tema esencial giraba en tom o a la pregun­


ta: ¿Está transformándose la economía capitalista de modo tal que la revolu­
ción que anunciamos y con la cual contamos se produzca de acuerdo con nues­
tras esperanzas? El revisionista Bernstein declaraba que los antagonismos de
clase no se estaban agudizando, que la concentración de capital no se produ­
cía tan veloz ni tan completamente como se había previsto, y que por tanto no
era probable que la dialéctica histórica se mostrase complacida en desencade­
nar la catástrofe de una revolución para dar paso a una sociedad sin antago­
nismos. La disputa Kautsky-Bernstein acabó con la victoria de Kautsky y la
derrota de los revisionistas en el Partido socialdemócrata alemán y en la Se­
gunda Internacional. La tesis ortodoxa fue mantenida.
La segunda crisis del pensamiento marxista fue la crisis del bolchevismo.
En Rusia tomó el poder un partido marxista, y como era de esperar definió su
victoria como la de una revolución proletaria. Pero una fracción de los mar-
xistas, los ortodoxos de la Segunda Internacional, la mayoría de los socialis­
tas alemanes y la mayoría de los socialistas occidentales m antenían otras opi­
niones. Entre 1917 y 1920 se desarrolló en los partidos adheridos al marxismo
una querella cuyo tema central podría resumirse en esta cuestión: ¿es el poder
soviético una dictadura del proletariado o una dictadura sobre el proletariado?
Ambas expresiones fueron utilizadas desde los años 1917-1918 por los dos
grandes protagonistas de esta segunda crisis, Lenin y Kautsky. En la primera
crisis del revisionismo, Kautsky estuvo del lado de los ortodoxos. En la crisis
del bolchevismo, siguió creyendo que permanecía en la misma ortodoxia, pero
ahora se había delineado una nueva.
La tesis de Lenin era simple: el partido bolchevique, que se define como
marxista y defensor del proletariado, representa al proletariado en el poder; el
poder del partido bolchevique es la dictadura del proletariado. Como, después
de todo, no se había sabido nunca con certeza en qué iba a consistir exacta­
mente la dictadura del proletariado, la hipótesis de que el poder del partido bol­
chevique era la dictadura del proletariado parecía seductora y nada impedía
sostenerla. Por añadidura, esto facilitaba las cosas, pues si el poder del partido
bolchevique era el poder del proletariado, el régimen soviético era un régimen
proletario, y de aquí se deducía la posibilidad de construcción del socialismo.
En cambio, si se aceptaba la tesis de Kautsky, según la cual una revolución en
un país no industrializado, en donde al ser la clase obrera muy minoritaria no
podía darse una revolución auténticamente socialista, la dictadura de un parti­
do, aun siendo marxista, no era una dictadura del proletariado, sino una dicta­
dura sobre el proletariado. Más tarde se perfilaron dos escuelas de pensamiento
marxista. Una que reconocía en el régimen de la Unión Soviética la realiza­
ción, con algunas modalidades imprevistas, de las previsiones de Marx; y otra
que consideraba que la esencia del pensamiento marxista había sido desfigu­
rada, porque el socialismo no implicaba únicamente la propiedad colectiva y
la planificación, sino también la democracia política. Pero, decía la segunda
escuela, una planificación socialista sin democracia no es socialismo.
Sería necesario además determinar cuál iba a ser el papel representado por
la ideología marxista en la construcción del socialismo soviético. Es evidente
KARL MARX 183

que la sociedad soviética no salió del cerebro de Marx totalmente organizada,


y de que en considerable medida fue producto de las circunstancias. Pero, tal
como la han interpretado los bolcheviques, la ideología marxista ha tenido
también un papel, y muy im portante por cierto.
La tercera crisis del pensamiento marxista es la que se observa hoy, des­
pués de la Segunda Guerra mundial, y que trata de determinar si, entre la ver­
sión bolchevique y la versión escandinavo-británica, por ejemplo, del socia­
lismo hay una forma intermedia.
En la actualidad se perfila claramente una de las modalidades posibles de
una sociedad socialista: la planificación central bajo la dirección de un Estado
más o menos total, que a su vez se confunde con un partido que se confiesa
socialista. Ésta es la versión soviética de la doctrina marxista. Pero hay tam ­
bién una segunda versión, la occidental, cuya forma más acabada es proba­
blemente la sociedad sueca, y en la cual se observa una mezcla de institucio­
nes privadas y públicas, una reducción de la desigualdad de los ingresos y la
eliminación de la mayoría de los fenómenos sociales que provocaban repulsa.
La planificación parcial y la propiedad mixta de los medios de producción se
conjugan aquí con las instituciones democráticas de Occidente, esto es: par­
tidos múltiples, elecciones libres, y libre discusión de las ideas y de las doc­
trinas.
Los marxistas ortodoxos son aquellos que no dudan que la sociedad so­
viética es la auténtica descendiente de Marx. Los socialistas occidentales, en
cambio, no dudan que la versión occidental es menos infiel al espíritu de Marx
que la versión soviética. Pero muchos intelectuales marxistas piensan que nin­
guna de las dos versiones es satisfactoria. Quisieran una sociedad que hasta
cierto punto fuese tan socialista y planificada como la soviética, y al mismo
tiempo tan liberal como una sociedad de tipo occidental.
Paso por alto el problema de determ inar si esta tercera forma puede exis­
tir fuera de la mente de los filósofos; pero después de todo, como decía Ham-
let a Horacio: «Hay más cosas en la tierra y en el cielo de las que tu filosofía
pueda soñar». Tal vez haya una tercera forma, pero por el momento el estado
actual de la discusión doctrinaria es la existencia de dos tipos ideales, defini­
bles de modo bastante claro, de dos sociedades que en mayor o en menor m e­
dida pueden adoptar el socialismo, pero de las cuales una no es liberal y la otra
es burguesa.
El cisma chino-soviético abre una nueva perspectiva: a los ojos de Mao
Tse-tung, el régimen y la sociedad soviética están en vías de aburguesamien­
to. Se califica de revisionistas a los dirigentes de Moscú, del mismo modo que
se había hecho a principios de siglo con Eduard Bernstein y los socialistas de
derechas.
¿De qué lado estaría el propio Marx? Es inútil interrogarse acerca de este
punto, porque Marx no concibió la diferenciación que el curso de la historia
ha ido introduciendo. A partir del momento en que nos vemos obligados a de­
cir que ciertos fenómenos criticados por Marx no son imputables al capitalis­
mo, sino a la sociedad industrial o a la fase de crecimiento que él mismo ob­
servó, entramos en un mecanismo de pensamiento que, por supuesto, Marx
184 LAS ETAPAS DEL PENSAM IENTO SOCIOLÓGICO

podía utilizar (pues era un gran hombre), pero que en todo caso le fue ajeno
mientras vivió. Es muy probable que Marx, que tenía un temperamento rebel­
de, no se hubiera entusiasmado con ninguna de las versiones, con ninguna de
las modalidades sociales que toman su nombre; ¿habría preferido una u otra?
Me parece imposible decidirlo, y en definitiva lo creo inútil. Si diera una res­
puesta, no sería otra cosa que la expresión de mis propias preferencias. Me pa­
rece más honesto decir cuáles son mis preferencias que atribuirlas a Marx, que
ya no puede em itir ninguna opinión.

APUNTE BIOGRAFICO

1818 5 de mayo. Nace Karl Marx en Tréveris, perteneciente entonces


a la Prusia renana. El segundo de ocho hijos del abogado Hein-
rich Marx, quien originario de una familia de rabinos, se había
convertido al protestantismo en 1816.
1830-1835 Estudios secundarios en el liceo de Tréveris.
1835-1836 Estudios de derecho en la Universidad de Bonn.
1836-1841 Estudios de derecho, de filosofía y de historia en Berlí[Link]
frecuenta a los jóvenes hegelianos del Doktor Club.
1841 Obtención del título de doctor en filosofía en la Universidad de
Jena.
1842 Marx se instala en Bonn y entra como colaborador y más tarde
como redactor del Rheinische Zeitung de Colonia.
1843 Decepcionado por la actitud que a él le parece timorata, de los
accionistas, abandona ese puesto.
Matrimonio con Jenny de Westfalia. Traslado a Francia. Marx co­
labora en los Anales franco-alemanes de A. Ruge. Publica el En­
sayo sobre la cuestión judia, y la Introducción a la Crítica de la
filosofía del derecho de Hegel.
1844-1845 Traslado a París. Marx frecuenta a Heine, Proudhon, y Bakunin.
Principio de sus estudios de economía política. Marx anota en va­
rios cuadernos manuscritos sus reflexiones filosóficas acerca de
la Economía y sobre la Fenomenología de Hegel. Entabla am is­
tad con Engels, La sagrada fam ilia es el prim er libro escrito en
colaboración con los dos.
1845 Expulsión de París, a petición del gobierno prusiano. Marx se
instala en Bruselas. Durante julio y agosto hace un viaje de es­
tudios a Inglaterra acompañado por Engels.
1845-1848 Estancia en Bruselas. Marx redacta, en colaboración con Engels
y Mores, un libro, La ideología alemana, que no será publicado.
Querella con Proudhon. Miseria de la filosofía (1847).
En noviembre de 1847 se celebra el segundo congreso de la Liga
Comunista y Marx se traslada a Londres junto con Engels. La
Liga les encarga la redacción de un Manifiesto. Publicación en
alemán del Manifiesto comunista en Londres, en febrero de 1848.
KARL MARX 185

1848 Marx es expulsado de Bruselas. Tras una breve estancia en Pa­


rís, se m archa a Colonia, donde obtiene el puesto de Redactor-
jefe del Neue Rheinische Zeitung. Desde este periódico dirige
una activa campaña para radicalizar al movimiento revoluciona­
rio en Alemania.
1849 Trabajo, salario y capital (aparecido en el Neue Rheinische Zei­
tung). Marx es expulsado de Renania. Tras una breve estancia en
París, parte para Londres, donde se establece definitivamente.
1850 Las luchas de clases en Francia.
1851 Marx se convierte en colaborador del New York Tribune.
1852 Disolución de la Liga Comunista. Proceso a los comunistas de
Colonia.
El 18 Brumario de Luis Bonaparte.
1852-1857 Marx tiene que abandonar sus estudios económicos para dedi­
carse a trabajos remunerados en el periodismo; soporta continuas
dificultades financieras.
1857 1858 Marx reemprende sus trabajos de economía. Redacta numerosas
notas, que no serán descubiertas hasta 1923.
1859 Crítica de la economía política, publicada en Berlín.
1860 Herr Vogt.
1861 Viaje a Holanda y Alemania. Marx visita a Lasalle en Berlín. Co­
laboración con el periódico Die Presse de Viena.
1862 Marx rompe con Lasalle. Debe interrum pir su colaboración con
el New York Tribune. Las dificultades financieras se agravan.
1864 Participa en la creación de la Asociación Internacional de los Tra­
bajadores, de la que redacta los estatutos y la alocución inau­
gural.
1865 Salario, Precio y Plusvalía. Reunión de la Internacional en Lon­
dres.
1867 Aparición del Libro I de El capital en Hamburgo.
1868 Marx comienza a interesarse por la comuna rural en Rusia y es­
tudia el ruso.
1869 Comienzo de la lucha contra Bakunin en el seno de la Interna­
cional. Engels le fija a Marx una renta anual.
1871 La guerra civil en Francia.
1875 Crítica del programa de Gotha.
Publicación de la traducción francesa del Libro I de El capital.
Marx ha brindado su colaboración personal al traductor J. Roy.
1880 Marx dicta a Guesde los considerandos del programa del Partido
obrero francés.
1881 Muerte de Jenny Marx. Correspondencia con Vera Zassoulitch.
1882 Viaje a Francia y a Suiza, estancia en Argel.
1883 14 de marzo. Muerte de Karl Marx.
1885 Publicación por Engels del libro II de El capital.
1894 Publicación por Engels del libro III de El capital.
1905-1910 Publicación por Kautsky de las Teorías sobre la plusvalía.
186 LAS ETAPAS DEL PENSAM IENTO SOCIOLÓGICO

1932 Publicación por Riazanov y Londshut y Meyer de las obras de ju ­


ventud.
1939-1941 Publicación de los Principios de la crítica de la economía polí­
tica.

BIBLIOGRAFÍA

O bras de K a rl M arx

L a bibliografía de las obras de M arx es en sí casi una ciencia autónom a, y no ten ­


dría lugar ofrecer en este anexo una lista co m p leta de las obras y ediciones de M arx.
B aste para ello rem itir al lector a las dos obras de M ax im ilien R ubel:
— B ibliographie des oeuvres d e K arl Marx, con un apéndice que incluye un re­
pertorio de las obras de F. E ngels, P arís, M arcel R iviére et C ié, 1956.
— Supplém ent á la bibliographie d es oeuvres d e K a rl Marx, París, M arcel R ivié­
re et C ié, 1960.

H ay en francés tres g randes ediciones de las obras de M arx:

I. OEuvres com pletes d e K arl Marx, París, C ostes.


Esta traducción com prende:

OEuvres philosophiques, 9 vols.;


M isére d e la philosophie, 1 vol.;
R évolution e t contre-revolution en Allemagne, 1 vol. (esta o b ra es atribuida hoy
a F. E ngels);
K arl M arx devant los ju r é s d e Cologne. R évélations sur le p ro cés des commu-
nistes, 1 vol.;
OEuvres politiqu es, 8 vols.;
H err Vogt et le 18-Brum aire d e Louis B onaparte, 3 vols.;
L e capital, 14 vols.; H istoire d es doctrin es économ iques, 8 vols.;
Correspondance K. Marx-F. Engels, 9 vols.

A p esar de su títu lo , esta ed ició n no es co m p leta. Por o tra p a rte, la tra­


d u cció n ha sido realizad a, co n cretam en te la de las o b ras filo só fic a s de j u ­
ventud, sobre tex to s alem an es in co m p leto s e inexactos. En c u a lq u ie r caso , en
la actu a lid ad está ag o tad a. Sin em bargo, sig u e sien d o un in stru m en to in d is­
p ensable de trab ajo , pues alg u n as o b ras, p o r e jem p lo la H istoire des d o c tr i­
nes écon om iqu es (o la Théorie su r la p lu s-va lu e), no se e n c u en tran trad u c i­
das m ás qu e aquí.

II. Karl M arx, OEuvres, B ibliothéque de la Pléiade, París, G allim ard. E sta edición,
preparada p o r M ax im ilien Rubel, consta de dos volúm enes. El p rim ero, ap are­
cido en 1963, co m prende, con una sola excepción, los siguientes textos p rep a­
rados por M arx m ism o:
M isere de la p h ilosoph ie (1847), el D iscours sur le Libre Exchange
(1848), el M anifeste com m uniste (1848), Travail, sa la rie et ca p ita l (1849), la
Introduction gen érale á la critique d e V econom ie p o litiq u e (1859), L Adres-
KARL MARX 187
se inauguróle et le Statuts de l ’A.I.T. (1864), Salaire. p rix et plu s-valu e (1865),
Le capital, 1. I (1867), la C ritique du program m e de G otha (1875).
L a traducción ad optada p ara el libro 1 de E l ca p ita l es la realizada en 1875
p o r Joseph Roy. M arx colaboró estrech am en te con él d urante m ucho tiem po
y en su nota al lecto r francés, escribió que aquella trad u cció n « poseia un va­
lor cien tífico independiente del que tu v iera el original, y debía ser consultada
incluso por los lectores fam iliarizados con la lengua alem ana».
El segundo volum en, ap arecido en 1968, contiene textos económ icos que
no fueron publicados p o r el pro p io M arx, com o É conom ie et p h ilosoph ie (los
escritos parisienses de 1844), Salaire (de las notas de 1847), los P rincipes d ’u-
ne critique de l ’é co n o m iep o litiq u e (redactados en 1857-1858), los M atériaux
p o u r 1’E conom ie (redactados en 1861-1865), y los libros II y III de E l capital.
En el apéndice se en cuentran las no tas y las cartas de M arx.
E sta edición es un m o num ento de erudición. El p rim er v o lum en contiene
una extensa cronología b ib lio g ráfica establecida por R ubel, el segundo, una
introducción de M axim ilian R ubel sobre la fo rm ación del p ensam iento eco­
n óm ico de M arx y la h istoria de los textos económ icos. M as en lo que res­
p ecta a los libros II y III de El capital, la elección de los textos y la p resen ­
tación difieren de la realizada p or E ngels, lo cual hace al libro poco utilizable.
E s de lam entar igu alm en te que M. R ubel haya creído p o d er m o d ificar la p re­
sentación del L ibro I de El capital, que sin em bargo había sido editado cuando
aún vivía M arx.
L as citas de las o bras que aparecen en el texto han sido extraídas de esta
edición.

OEuvres com pletes d e K arl Marx, París, E ditions Sociales.

En vías de publicación, com o la precedente, esta edición, cuyas trad u c­


ciones han sido realizad as según las ediciones del Instituto M arx-E ngels co n ­
tiene en la actualidad:

— L as grandes obras h istóricas de M arx: Les Luttes de classes en France


(1848-1850); L e 18-Brum aire de Louis B onaparte; La G uerre civile en Fran-

— Los tres libros de E l capital: libro I, tres volúm enes; libro II, dos v o lú ­
m enes; libro III, tres volúm enes.

L a traducción del libro I es la realizad a en 1875 p o r Joseph Roy. L a tra ­


ducción de los libros II y III, que se aju sta a la edición de E ngels, es nueva.
E sta edición de E l ca p ita l es p recio sa porque, contrariam ente a la de M. R u­
bel, contiene la totalidad de los prefacio s e introducciones de M arx y de E n­
gels.
C ontribution a la critique de l’économ ie politique,
Travail sa la rié et ca p ita l y Salaire, p rix et profit,
M isére de la philosophie,
L ’Idéologie allem ande (edición com pleta),
Les M anuscrits d e 1844 (edición com pleta),
M anifesté du Parti communiste.
C ritique des program m es d e G otha et d ’Erfurt,
Le N ouvelle G azette Rhénane, tom o I.
188 LAS ETAPAS DEL PENSAM IENTO SOCIOLÓGICO

L as citas de las obras de M arx no p ublicadas en la edición de la Pléiade


han sido tom adas de esta edición.

IV. Junto a estas ediciones generales, hay que in clu ir tres ediciones de textos p a r­
ticulares:

Karl M arx, La Question ju ive, coll. 10-18, París, U nion G énérale d 'É d itio n s,
1968.
K arl M arx, Fondements d e la critique de l'éco n o m iep o litiq u e, P arís, A nth-
ropos, t. I, 1967; t. II, 1968.
K a r l MARX, L ettres á Kugelman, París, A nthropos, 1967.

V E xisten num erosas antologías de las obras de M arx. C itarem os entre otras:

K arl M arx, Pages choisies p o u r une éthique socialiste, selección de M . Ru-


bel, París, R iviére, 1948.
K a r l M a r x , O euvres choisies, selección de N . G uterm an y H. L efebvre,
coll. Idées, París, G allim ard, t. I, 1963; t. II, 1966.
K a r l M a r x y F. E n g e l s , Études philosophiques, nueva ed. París, E d . Socia­
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K a r l M a r x y F. E n g e l s , Sur la litterature e t l ’art, París, Éd. Sociales, 1960.
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O bras d e M arx traducidas a l castellano

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Fundam entos d e la crítica d e la econom ía p o lítica , A. C orazón, 1972.
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KARL MARX

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capítulos sobre M arx están en el t. II, pp. 322-456).
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cap. 4 (pp. 102-35): «S om e com m ents on the sociology o f Karl M arx».
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S c h u m p e t e r , J., C apitalism e, socialism e et dém ocratie, París, Payot, 1950 (sólo la p ri­
m era p arte de este libro, titu lad a « L a do ctrin a m arxiste» se ocupa directam en te del
pensam iento de M arx, pp. 65-136).

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G iard et B riére, t. 1: 1902; t. e: 1903 (el capítulo sobre la teo ría m arx ista del valor
y de la explotación está en el t. II, pp. 70-136).
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Bóhm-Bawerk ’s criticism o f M arx p o r H ilferding; ju n tam en te con un ap éndice de
L. von B ortkiew icz, On the correction o /M a r x ’s F undam ental T h eoretical C ons-
truction in the T hird Volume o f Capital, N ueva York: A. M. Kelley, 1949. (E sta obra
contiene tres de los textos económ icos m ás im portantes suscitados p o r la teoria
m arxista del valor, hab ien d o sido el ensayo de B óhm -B aw erk publicado la p rim e­
ra vez bajo el título: «Z um A b sch luss des M arx 'sch e n S ystem s» en las Festgaben
fú r K arl K nies de B erlín en 1896. La R espuesta de H ilferding es de 1904.)
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W o l f s o n , M ., A R eapraisal o f M arxian Economics, N ueva York: C olum bia U niversity
Press, 1966. El núm ero de la Am erican Econom ic R eview de m ayo e 1967 co n tie­
ne, bajo el título general «D as K apital: a cen ten ary ap preciation» tres artícu lo s que
reproducen las co m u n icacio n es al C o n g rés de l’A m erican E conom ic A ssociation
de diciem bre de 1966: A. E hrlich, «N otes on m arxian m odel o f capital accum ula-
tion»; P. A. Sam uelson, « M arxian E conom ics as E conom ics»; M. B ronfenbrenner,
«M arxian influences in B ourgeois econom ics». L a revista É conom ie et Sociétés,
cuadernos de la L .S .E .A ., serie S, ju n io d e 1967, ha d edicado igualm ente un nú­
m ero especial al C entenario de El ca p ita l que contiene artícu lo s de M. R ubel, P.
M attick, y B. O llm an, com o tam bién inéditos de M arx y la reedición de un a rtícu ­
lo de O. Bauer.

O bras sobre e l m arxism o

R. A r o n , A . B. U l a m , B. D. W o l f e et a l., D e M arx á M ao Tsé-toung. Un siécle d'ín-


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