BIBLIOTECA de LA NACIÓN
CARLOS M.a OCANTOS
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QUILITO
BUENOS AIRES 1913
Derechos reservados.
Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires
Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X
I
Pampa se había quedado dormida, acurrucada en el umbral.
Envuelta sumonstruosa cabeza en el refajo de bayeta amarilla,
que había levantadopor detrás al sentarse; un pie montado sobre
el otro, como paraprestarse mutuo calor, calzados ambos en
gruesos zapatos claveteados;las manos debajo del delantal
blanco, dormía sobre la dura piedra, comosobre un cómodo
colchón de muelles. ¡Pobre Pampa! Cansada del fregoteode
platos, del bruñido de cuchillos y del lavado de vasos, de traer
yllevar, de bajar y subir, de salir y de entrar, había obtenido
lapromesa de acompañar a la señora a una visita de intimidad
aquel día, loque le serviría de pretexto, para ver las calles y
quizá la plaza de laVictoria; pues con ser 25 de Mayo, fiesta
patria, había Tedéum, rifa,parada militar y qué sé yo. Soñaba la
india en las lindas cosas quevería: tanta bandera; tanta gente
endomingada; los niños, con traje deterciopelo, muy orondos,
agarrotados los dedos por los guantes; lasniñas, de blanco, unas
con banda azul y otras no; las personas que seagolpaban a las
ventanas del Cabildo, donde el transeunte es asaltadopor una,
dos o tres señoritas, que le meten por las narices, como sidieran
a oler una pastilla, la cedulita de la rifa, y le marean y lecercan,
y le siguen y le persiguen, repitiendo:
—¡Caballero! ¿una cedulita? ¿una cedulita, caballero?—como
muletillade mendigo.
Detrás de la reja, majestuosa y cómodamente sentadas, dos
matronas, tangordas, que casi no caben las dos de frente, con las
costas repletas depapelillos en la falda, despachan su mercancía,
echando de vez en cuandopor aquella boca un ¡Caballero! que
más parece un bostezo, que unllamado. Luego, los vendedores
de naranjas, de silbatos y de globos; lacorriente humana que no
cesa de circular, engrosada por los torrentesque cada bocacalle
vomita sobre la plaza; los soldados, tan marciales,en fila, los
ojos sobre el jefe, que recorre la línea a caballo, dejandoondear
al viento su penacho azul y blanco; las músicas, que tocan;
elcañón, que truena; los cohetes, que estallan; las campanas, que
vibran,y por último, el Presidente, que pasa, a pie, camino de la
Catedral, enmedio de los acordes graves y solemnes del himno
nacional, precedido,rodeado y seguido de brillante cortejo.
Pampa hacía sonar, con fruición, en el bolsillo de su vestido de
lananuevo, los centavos que le diera el patrón para la rifa,
cuandoalguien la llamó.
—¡Pampa! que tienes que lavar las medias del niño, y traer
azúcar delalmacén y limpiar el espejo de la sala, que está
perdido de moscas.
Y vuelta al trajín, sin una queja, encerrada en su mutismo de
salvaje,no desbastada aún. Y las medias quedaron lavadas, y se
trajo el azúcar yse limpió el espejo; pero, entonces, faltaron
fósforos y hubo que ponerun remiendo.
En el patio de la cocina, el último de la casa, tan frío que la
humedadtrazaba verdosos arabescos en la pared sin cal,
trabajaba la chicafebrilmente. Un apetitoso olor de guisado salía
de la cocina abierta,donde una genovesa cerril movía espátulas y
zarandeaba cacerolas,envuelta en el humo espeso del asado, que
chirriaba sobre las parrillas;en las habitaciones altas, las del
niño, se oía el chasquido delcepillo.
—¡Pampa!—chilló allá arriba una voz atiplada.
Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo salió
disparado delas alturas y, rebotando contra los peldaños de la
escalera, vino a caeren medio del patio.
—¡Voy, niño, voy!—- dijo la india sin asustarse, como
acostumbrada aaquella singular forma de llamamiento.
—A ver si te mueves, ¡china salvaje!—chilló de nuevo la voz
atiplada.
Y cayó otro proyectil, un frasco vacío, que explotó como una
bomba. Lamuchacha echó a correr escalera arriba, a tiempo que
salía del comedormisia Casilda, con su cara de muñeca sin
expresión, tan rosada ylustrosa que de porcelana parecía, y el
pelo partido al medio y recogidodetrás de las orejas,
ennegrecido y pegado a la frente por el cosmético.
—¿Qué hay? ¿qué escándalo es éste? La cocinera se mostró en
la puertade su santuario, limpiando sus manazas en el sucio
delantal.
—¡Pues el niño, señora!—dijo en su jerga endiablada.
Ya la india bajaba la escalera, con un cubo en la mano.
Naturalmente,¿quién había de ser sino ella? Siempre que el niño
llama, ha deincomodársele. En concluyendo de servirle, a poner
la mesa, que ya estarde, y la salida queda para otro día.
Está bien; ¡ya no saldría Pampa! Entró en el comedor, sin
chistar, ypuso la mesa con el orden y simetría de siempre: en la
cabecera, elcubierto de don Pablo Aquiles; en el lado de la
derecha, el de misiaCasilda, y a la izquierda, el del niño; luego,
los vasos, el pan, laservilleta... nada olvidaba, y si, por acaso,
cometía una torpeza, allíestaba la muñeca de porcelana,
vigilante en el sofá. Entretanto, habíaobscurecido ya; se
encendió luz, y el comedor apareció tan pobre, tanfrío y
desmantelado, que más hubiera valido no encenderla: la calva
dedon Pablo Aquiles, sentado delante de la apagada chimenea,
resplandeciócomo bruñida patena, y las frutas, aves y peces de
los cromos queadornaban las paredes, se animaron con la
crudeza de sus colorines. Dabala chica la última mano a su
tarea, cuando sonó, de nuevo, la vozatiplada en las alturas.
—¡Voy, niño, voy!—repitió maquinalmente Pampa.
Y escabullóse del comedor y subió a saltos la escalera del
patinillo yvolvió a bajar y a subir con los zapatos del niño y la
ropa del niño yla camisa del niño... El cielo estaba obscuro y a
intervalos los cohetesestallaban con alegre estampido, trazando
en el espacio un reguero defuego y deshaciéndose en fantástica
lluvia de colores.
Pampa salió a la puerta de la calle y se sentó en el umbral.
¿Ladejarían tranquila, ahora? El niño acababa de vestirse, los
señorescharlaban en el comedor; la mesa estaba puesta; ya que
no la plaza, nilas niñas de banda azul, ni las señoras de la rifa, ni
tanto detallecurioso del animadísimo cuadro que ofrece aquel
día de las fiestaspatrias, vería los cohetes desde la puerta; y era
mucho, si la dejaban.La casa era de estas bajas, trazada según el
patrón antiguo, que lapiqueta del progreso va ahuyentando del
centro de la ciudad: una puertay dos ventanas a la calle; el
zaguán recto hasta el fondo, cortado pordos patios
embaldosados y el comedor abriendo sus puertas sobre ambos;
ya la derecha, cuatro o seis habitaciones en fila; plantas y aljibe
en elprimer patio, la escalerilla de las piezas altas en el segundo,
cuyomaderamen pintado de verde se ve desde la calle. Las
pinturas muralesdel zaguán; los figurones de las cornisas; el
caprichoso enrejado de lasventanas; el alegre color del frente, ya
azul, ya verde, ya rosa, en sunota más tenue y apagada, da un
aire coquetón al conjunto, que seconvierte en interesante y
misterioso, si el transeunte esimpresionable y ve, detrás del
visillo alzado de la sala, dos ojoscriollos, que ven sin mirar y
hablan sin voz. Desgraciadamente, en estacasita de la calle de
Moreno, en cuyo umbral se había sentado Pampa, nose veía tras
los visillos más que la figura acartonada de misia Casilda,en las
tardes de los días festivos... La calle, con ser central y lahora
temprana, estaba desierta; el frío era crudísimo. Miraba al
cielola pequeña india, como en éxtasis; los cohetes subían tan
alto, queparecía iban a agujerear la negra bóveda. El chico del
almacén saliópara un recado, y al pasar echó la zarpa a los pelos
ásperos de lamuchacha, verdadera diadema de cerda, y la
obsequió con un tirón, aguisa de saludo.
—¡Malo!—dijo ella.
—¡India!—dijo él.
Y se alejó, sacando la lengua. Al rato volvió.
—¡India, Pampa, china fea!—dijo adelantando la zarpa de
nuevo.
Ella le pidió castañas; él la dió un puntapié. Y se marchó,
soplándoselos dedos: tanto frío hacía. La muchacha acabó por
sentirlo: abrigósecomo pudo, pegada a la pared, y cerró los ojos,
para contemplar mejorlas cosas lindas de la plaza: tanta bandera,
tanta gente endomingada,los globos, la música y los cohetes...
La fatiga del trabajo diario lavenció y quedó dormida, en el
umbral, dando al olvido el servicio de lamesa. Y como siempre
que soñaba, veía a su madre, perdida, como sushermanos, en la
gran ciudad, la odiosa escena de la Boca se reprodujocon
fidelidad pasmosa: el buque atracado al muelle; el muelle
atestadode curiosos; sobre la cubierta el montón de indios
sucios, desgreñados,hediondos, como piara de cerdos que se
lleva al mercado, cohibidos ytemblando, por lo que ven y lo que
temen; las mujeres, cerca del marido;las madres, apretando a los
hijos junto a los senos escuálidos ytratando de ocultar a los más
grandes bajo sus andrajos... Y unmilitarote, que arrastra su sable
con arrogancia, procede al repartoentre conocidos y
recomendados, separando violentamente a la mujer delmarido,
al hermano de la hermana, y lo que es más monstruoso,
másinhumano, más salvaje, al hijo de la madre. Todo en nombre
de lacivilización. Porque aquella turba miserable es el botín de
la últimabatida en la frontera...
Detrás de los cristales de la puerta del comedor, apareció una
sombra:la señora Casilda escudriñaba en la obscuridad; pero
estaba la chica tanarrebujada, tan perfectamente escondida
dentro de su refajo y enroscada,por así decirlo, sobre el umbral,
que era difícil distinguirla. Laseñora repiqueteó con los dedos
sobre el cristal y Pampa dió un salto,despertada bruscamente por
este llamamiento, que ella conocía bien.
—¡Voy, niño, voy!—barbotó medio dormida.
Ambos puños en los ojos, entró sin darse mayor prisa.
¡Vamos! no ladejarían tranquila nunca.
En el comedor, don Pablo Aquiles ocupaba todavía el sillón y
misiaCasilda había vuelto a sentarse en el sofá, sus manos de
ceraextendidas sobre la falda negra; se esperaba al niño, a
Quilito, quehabía subido a su cuarto y nunca acababa de bajar a
comer. La cocineraasomó dos o tres veces su cara encendida.
—Espere usted que el niño baje—decía la señora con su voz
de flauta.
Entretanto, don Pablo Aquiles volvía al tema que tanto le
preocupaba: suinasistencia al Tedéum. ¿Cómo presentarse a la
luz del día con un fracdescolorido, deshilachado y remendado?
¿y la galera color decucaracha, con golpes de grasa
atornasolados? ¿y el pantalón, conrodilleras y flequillo? ¿y las
botas, con puertas y ventanas, paracomodidad de los dedos y
recreo del calcetín? ¡Siquiera fuese permitidoir a tales
solemnidades en traje de paisano, con chaqué o
chaqueta,pantalón a cuadros y sombrero hongo! Pero su traje de
ceremonia estabaverdaderamente indecente, más gastado por el
tiempo y la polilla, que dehaberle llevado a cuestas; la chistera
no sufría ya la plancha, porquehabía perdido el pelo y las botas
estaban en manos del remendón de laesquina, por más que decía
Quilito, y era peritísimo en la materia, queel becerro no sienta al
frac y el charol, de no ser nuevo, no sirve paramaldita la cosa. Y
vaya un modesto empleado de ochenta pesos al mes, quetiene
que sostener una familia, y dar carrera al hijo único, que,
portratarse con lo más granadito de la sociedad, está obligado
apresentarse con decencia; vaya, digo, un empleadillo de éstos,
amandarse hacer un frac cada dos carnavales y a gastarse la
asignaciónmensual para cigarrillos del niño en botas de charol,
con que poder ira cortejos oficiales. En el Ministerio, habíale
recomendado el jefe queno faltara.
—Vargas, que no deje usted de venir. Vargas, que ya sabe
usted que a S.E. le complace que vengan todos los empleados.
Prometió ir, pero no fué. No fué, porque no pudo; porque los
ochentapesos de su sueldo no le alcanzaban para comer, pagar la
casa... y lascuentas de Quilito, la esperanza y el orgullo de la
familia. ¿Qué lediría el jefe al día siguiente? Iba a entrar en la
oficina sin hacerruido, tratando de no llamar la atención, y sin
chistar se sentaría ensu despacho y trabajaría hasta las seis, sin
levantar cabeza. Y si a lahora del te, en que pasan los negros con
las bandejas repletas de tazas,venía el jefe, como de costumbre,
a liar un cigarro y echar un párrafo,le daría cualquier excusa,
porque él era hombre tan estricto en elcumplimiento de sus
deberes, que consideraba falta grave haberle dichoque iría y no
haber ido. Volviéndose a su hermana, más atenta a susmanos
que a su discurso, exclamó:
—¿Quién diría que un Vargas, Casilda...?
No concluyó la frase, pero sobrada elocuencia tenía el
movimientomelancólico de su cabeza. Cuando se ha tenido y ya
no se tiene, el pannegro se hace más amargo y el blanco más
deseado, y los Vargas lo habíancomido sobre manteles de
holanda...
—Ese Quilito que no baja—dijo impaciente la tía.
—Estará acicalándose para la función de gala—contestó don
PabloAquiles,—ya que no ha podido ir su padre al Tedéum, que
luzca elniño su frac nuevo en Colón.
El día anterior lo había pagado, juntando algunos picos
sobrantes demeses atrasados, retardando la cuenta del almacén y
del carnicero ypellizcando en la caja del Ministerio, gracias a la
complacencia delhabilitado y correspondiente recibo por
adelantado de sueldos. PorqueQuilito, un Vargas, no podía
andar vestido de cualquier manera, sinocomo correspondía a su
origen, y a sus relaciones y a su porvenir. Queen la chimenea
faltara leña y carne en el puchero; pero la camisa deQuilito, el
sombrero de Quilito, las botas de Quilito y el traje deQuilito,
habían de ser de la más irreprochable elegancia y novedad. Y
nose sufragaban sus gastos de coche y palco, porque lo
proporcionaban susamigos, hijos de millonarios todos, y por
ende, riquísimos. ¡VálgameDios! pensar que Quilito fuera a
apolillarse en una oficina, seembruteciera en una estancia o se
degradara en el comercio... ¡UnVargas! El niño estudiaba leyes
y sería abogado, y estamparía su títulosobre plancha de bronce,
en la puerta de calle, como muestra desacamuelas. Y esto tenía
que ser el punto de partida de sus brillantesdestinos. Lo que no
sabía el padre, ni lo sabía la tía, que le mimabacomo no lo
hubiera hecho su propia madre, es que el niño no parecía porla
Facultad y seguía estudios menos académicos en aulas más
favorecidas.
Siempre que don Pablo Aquiles volvía de la oficina, éste era el
temafavorito de conversación con su hermana; sentado al lado
de la lumbre,cuando había leña, y mirando melancólicamente
los pajarracos de lapantalla de chimenea, cuando ésta estaba
apagada. Pero en esta noche del25 de Mayo, no era sólo su falta
en el cortejo lo que le preocupaba:había tenido un encuentro
aquel día, ¡y qué encuentro! en la calleFlorida, en el sitio más
frecuentado, cuando iba él más distraído;¡cataplúm! la gente esa,
la familia de Esteven, frente a frente, a pie,en la misma acera; la
mamá y las dos niñas, tan esponjadas y orgullosas,que
rebosaban de la acera. Aquí misia Casilda dejó de mirar sus
manos, yse puso pálida, muy pálida.
—Y ¿qué hiciste?—preguntó ansiosa;—cruzarías la calle, sin
mirarlas.
—Me quedé plantado—contestó don Pablo Aquiles.
La señora protestó. Siempre había de ser el mismo. Haberse
hecho elindiferente, y seguir su camino, como si tal cosa,
canturriando algopara darse aplomo; que, al fin y al cabo, quien
debiera perderlo eraella, Gregoria, como mujer y casi cómplice
del picaronazo de su marido.Pues ¡qué! no era la primera vez
que ella se las había encontrado, no enla calle, frente a frente,
sino en tiendas, lado a lado, viendo telas yregateando con el
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