0% encontró este documento útil (0 votos)
17 vistas15 páginas

Capitulo IV Libro Adrian Aranda

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
17 vistas15 páginas

Capitulo IV Libro Adrian Aranda

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Desafíos del hombre contemporáneo

Enfermedades
mentales
¡Impuro! ¡Impuro!… Así debían identificarse los leprosos en el antiguo
Israel según el libro de Levítico, dado el peligro de contagio que ellos
significaban. También eran obligados a usar campanas colgadas o a
vestir colores que los identificaran, y vivían en las afueras de la ciudad,
aislados del resto de la población. Y en la Edad Media se construyeron los
leprosarios, donde eran depositados y vivían en comunidad.
En el siglo V a.C, en Grecia, surge la visión naturalista que postulaba que el
cuerpo humano estaba compuesto de «humores» —la bilis negra, la bilis
amarilla, la flema o pituita y la sangre— y, por lo tanto, las enfermedades
mentales tenían origen en un desequilibrio de estas sustancias en el
cerebro. Esta visión se vio enfrentada con la visión predominante de la
época que atribuía el origen de las enfermedades mentales a la posesión
demoníaca. En el siglo II d.C, Galeno clasificaba las enfermedades
mentales en dos tipos: la manía y la melancolía. La primera se produciría
por un exceso del humor de la sangre o de la bilis amarilla, causando
alucinaciones, y la segunda por un exceso de bilis negra, provocando
depresión. A partir del siglo IV se oficializó el cristianismo, y la visión
naturalista y la cristiana, que atribuía las enfermedades a la soberanía
divina, van a enfrentarse durante toda la Edad Media.
Foucault, en Historia de la locura en la época clásica, relata que con
el advenimiento del Renacimiento y el fin de la lepra como pandemia,
los leprosarios comenzaron a vaciarse, y la clase burguesa de la época
que controlaba el mercantilismo, en busca de dejar la ciudad más
«pura» y «virtuosa», depositó en esos lugares vacantes a todo tipo de
asociales: criminales, pobres, vagabundos, locos, enfermos de espíritu,
melancólicos y portadores de enfermedades venéreas¹. Es así como las

61
Adrian Aranda

personas que padecían enfermedades «mentales» se mezclaron en una


masa homogénea junto con criminales y vagabundos, a los cuales no se
los veía como víctimas de un mal ajeno a ellos, sino como responsables
de su propio mal debido a la falta de moral o ética. Mientras se disolvía el
espíritu del Renacimiento, durante los siglos XVII y XVIII el enfermo mental
empieza a ser juzgado como responsable de su propio mal, debido a su
«debilidad de espíritu», «terquedad», falta de «moral», y será sometido
a todo tipo de torturas y aislamiento, a fin de corregirlo y de que proceda
al arrepentimiento para sanarse. No será sino hasta la modernidad del
siglo XIX que empezarán a contemplarse los problemas mentales como
enfermedad en la que el paciente queda exento de responsabilidad,
entendiendo que el cerebro y la psique estaban involucrados de manera
involuntaria, y, por tanto, al paciente de «salud mental» debía tratársele
diferente a como se trata a un criminal. Sin embargo, esta conducta de
atribuirle al enfermo la responsabilidad y la culpa por su enfermedad nos
acompaña hasta nuestros días, ya no quizá en el ámbito de la ciencia
médica, pero sí en el pensamiento popular.
Hoy en día, la incomprensión médica de la época de los tiempos
premodernos, se ha transformado en incomprensión popular. Los
enfermos «mentales», hoy, sufren más por la incomprensión de su familia
y la de la sociedad, que por la enfermedad en sí misma. Las antiguas
torturas empleadas para «curar» al loco, hoy toman la forma de palabras
y conductas prejuiciadas. Las enfermedades «mentales» son la epidemia
silenciosa del siglo XXI. En la sociedad actual, consumista, materialista
y superficial, el ritmo y estilo de vida de las personas, enraizado a la
competencia y a la búsqueda constante del éxito, ha deteriorado las
relaciones interpersonales. Ha debilitado los vínculos y convertido las
relaciones de los seres humanos en relaciones superficiales y basadas
en las apariencias. El hombre contemporáneo tiene pocas —o no tiene—
personas en las que pueda confiar al cien por ciento sus sentimientos y
pensamientos más profundos. La moral capitalista e individualista está
basada en la competencia. Mi semejante es un competidor más que busca
alcanzar la «dicha» del éxito material al igual que yo, por lo que contarle
mis problemas sería como revelarle mis debilidades a un rival. No hay
lugar para la sinceridad en una sociedad basada en la competencia. Solo

62
Desafíos del hombre contemporáneo

hay lugar para las apariencias, la falsedad y el engaño.


El sociólogo Zygmunt Bauman analiza de manera brillante esta patología
en la familia de la siguiente manera:
A medida que disminuye la capacidad de conversar y buscar puntos
de entendimiento, lo que solía ser un desafío que debía enfrentarse
y resolverse de inmediato, se convierte cada vez en un pretexto para
interrumpir la comunicación, escapar y quemar los puentes. Cada vez
más ocupados en ganar más para comprar las cosas que sienten que
necesitan para ser felices, hombres y mujeres cuentan con menos
tiempo para la empatía mutua y para intensas, tortuosas y dolorosas
negociaciones, siempre prolongadas y agotadoras, por no hablar de la
posibilidad de resolver sus desacuerdos y malentendidos. Esto genera
otro círculo vicioso: cuánto más consiguen «materializar» su relación
amorosa (tal como los insta a hacer el constante flujo de mensajes
publicitarios), menos oportunidades quedan para la mutua comprensión
y empatía que requiere la conocida ambigüedad dominio/protección
típica del amor. Los miembros de la familia sienten la tentación de
evitar el conflicto y buscan respiro (o, mejor aún, refugio permanente)
de las peleas domésticas; y entonces el impulso de «materializar» el
amor y la amorosa protección adquiere aún mayor ímpetu a medida
que las alternativas más desgastantes y que insumen mayor tiempo se
tornan menos alcanzables en el momento en que más se las necesita
para aplacar rencores y resolver desacuerdos² (p. 164).
Hoy en día, las personas se han retraído y aislado del resto de sus
semejantes, para poder vivir una vida «bajo protección» utilizando las
armas de defensa de la superficialidad. Las mujeres que sufren violencia
doméstica esconden sus moretones tras unas gafas y maquillaje, el joven
adicto esconde su adicción de sus compañeros de trabajo diciendo que
tuvo una mala noche. Falsas sonrisas, frases armadas que pretenden
dar una imagen de estabilidad, pero que, en el fondo, son un grito de
desesperación, son la regla. Al debilitarse las relaciones profundas entre
las personas, el sentimiento de vacío existencial, la soledad, la angustia y
el temor crecen y toman posesión de la vida cotidiana.

63
Adrian Aranda

Erich Fromm llama a esta «distancia» emocional que tenemos con el


prójimo «separatidad» y analiza al respecto:
La vivencia de la separatidad provoca angustia; es, por cierto, la fuente
de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad
alguna para utilizar mis poderes humanos. De ahí que estar separado
signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo —las
cosas y las personas— activamente; significa que el mundo puede
invadirme sin que yo pueda reaccionar. Así, pues, la separatidad es
la fuente de una intensa angustia. Por otra parte, produce vergüenza
y un sentimiento de culpa… La necesidad más profunda del hombre
es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la
prisión de su soledad. El fracaso absoluto en el logro de tal finalidad
significa la locura, porque el pánico del aislamiento total solo puede
vencerse por medio de un retraimiento tan radical del mundo exterior
que el sentimiento de separación se desvanece —porque el mundo
exterior, del cual se está separado, ha desaparecido—³ (p. 20).
Hay una necesidad profunda e intrínseca en los seres humanos y es la
de conocer y ser conocidos. Las redes sociales han puesto de manifiesto
esta realidad. Muchas personas viven y alimentan su estima con los
«me gusta» y visualizaciones que reciben en sus publicaciones, o con la
cantidad de amigos y seguidores que tienen. Pareciera que el hecho de
hacer pública nuestra vida nos genera cierta satisfacción porque estamos
siendo conocidos. La fama es algo que casi todos sueñan alcanzar, y no
necesariamente por un rédito económico, sino por una necesidad interior.
La realidad es que esa necesidad no es una necesidad de ser conocido
de manera masiva y superficial, sino de manera individual y profunda.
Nuestra necesidad de socialización se satisface más cuando encontramos
una persona a la que podamos conocer y por quien podamos ser conocidos
profundamente que cuando somos conocidos de manera multitudinaria y
superficial.
El problema es que no es fácil encontrar y desarrollar relaciones profundas
en la sociedad actual, por lo que la mayoría de nosotros terminamos
optando por la multitud y la superficialidad. Esa extraña e indescriptible
sensación que tenemos en nuestro interior cuando alguien que hasta hace

64
Desafíos del hombre contemporáneo

segundos era un desconocido pasa a ser un conocido escasea en nuestro


diario vivir. Esa barrera que se rompe y que debiéramos estar rompiendo
constantemente con nuestros semejantes, hoy, más que romperla, cada
vez la hacemos más grande y fuerte para mantenernos a salvo.
Nuestro afán por la vida pública y nuestro exhibicionismo actual nos hace
creer que somos personas mas transparentes que quienes vivieron durante
la modernidad, cuando temas como el sexo, la droga y las emociones se
ocultaban detrás de cierta diplomacia establecida que generaba que estos
fueran tabúes en la sociedad. Pero esto no es más que un autoengaño.
Nuestras esencias siguen reservadas en el ámbito de lo personal y
privado. Lo que mostramos en el mundo virtual es lo que queremos
mostrar. Creamos un «personaje» público desde el cual simulamos ser
nosotros, cuando en realidad ese personaje solamente posee nuestra
superficialidad, y a través de esta es que nos relacionamos con los demás.
Es este engaño el que hace que nuestra esencia hoy quede relegada y
oculta en lo profundo de nuestro ser, causando uno de los grandes males
de nuestra sociedad actual: la soledad. Recientemente (2016), Bauman
afirmó en una entrevista a El País de Madrid:
Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus
horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas
de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde
lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy
útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa4.
Damos por sentado que las ciudades son como deberían de ser, pero si
las analizamos fríamente, desde su arquitectura hasta sus carreteras y
autopistas, nos hablan de que lo dominantes que son la ansiedad y el
temor en el ser humano actual. La ansiedad de alcanzar el éxito nos lleva
a construir carreteras de vía rápida para cumplir con el horario laboral;
el temor nos lleva a refugiarnos durante la noche en nuestras «casas-
búnker» para recuperarnos y recobrar fuerzas y así volver al «campo de
batalla» al día siguiente. Sin duda es duro admitirlo, pero nuestras ciudades
se han convertido en pequeñas zonas de guerra. Somos «soldados»
protegiéndonos de nuestros «enemigos», que están allí afuera, en algún
lado. Nos protegemos bajo llave, con alarmas, botones de pánico, armas,

65
Adrian Aranda

etcétera. El hombre se ha vuelto la única especie en la tierra que tiene


miedo de los de su misma especie. El temor al extraño es la regla y no la
excepción.
El aislamiento forma parte de nuestro diario vivir. La soledad es algo que
portamos con mucha intensidad los seres humanos del siglo XXI. Vivimos
conectados, pero no tenemos conexión con el prójimo. Las redes sociales
se han vuelto los intermediarios de las relaciones humanas. Virtualmente,
estamos más cerca que nunca, podemos interactuar con alguien del otro
lado del mundo en cuestión de segundos, pero, humanamente, estamos
muy lejos los unos de los otros. No nos entendemos, cuestionamos nuestra
propia naturaleza. Vemos a diario en las noticias que seres de la misma
especie que nosotros hacen cosas atroces: violaciones, ejecuciones,
torturas... No nos identificamos con ese hombre. Pero, al mismo tiempo,
sabemos que ese hombre está ahí afuera. Puede ser cualquiera de los
que andan libremente por la calle a diario. Por eso nos encerramos y
creamos un círculo de «protección». Pero ese círculo, al mismo tiempo,
nos termina aislando de gente que sí necesitamos y con la cual nos es
imprescindible conectarnos, pero no de una manera superficial y efímera.
Nuestra angustia y soledad existencial solo pueden ser subsanadas
conectándonos profundamente con nuestros semejantes, dejando de
lado superficialidades y proyectando una conexión de alguna manera de
espíritu a espíritu.
La tecnología es hoy un arma de doble filo. Nos aporta herramientas muy
útiles y productivas, pero también es una herramienta para alienarnos
cada vez más. Consecuentemente, vivimos en tiempos paradójicos.
Por una parte, nuestra vida se disuelve en una masa homogénea de
información producto de la globalización. Las opiniones, moda, noticias
y eventos trascendentes son los mismos en todo el mundo. Formamos
parte de una gran masa, pero, al mismo tiempo, esa masa nos enseña,
a través del consumismo y la apología del éxito material, a ser cada vez
más individualistas como seres humanos. Dos panoramas contradictorios
de nuestra era. Una llamada «aldea global» que nos hace pensar que
formamos parte de una gran comunidad humana interconectada gracias
a la tecnología y, por otro lado, una deficiencia en las relaciones humanas

66
Desafíos del hombre contemporáneo

que nos hace darnos cuenta de que estamos cada vez más lejos los unos de
los otros. Nuestra vida natural nos dice a gritos que debemos reformular
y profundizar nuestras relaciones humanas, pero la ignoramos y huimos
a través de los smartphones y las redes sociales hacia vínculos efímeros y
superficiales que nos hacen creer que tenemos muchos «amigos» y gente
que nos aprecia de alguna forma.
Nuestra vida se ha vuelto cuasi paranoica, y nuestro cerebro ha comenzado
a sufrir los daños. El cerebro ha sido siempre el órgano humano menos
conocido por la ciencia. En la antigüedad, los enfermos «mentales» no
tenían más tratamiento que el mero encierro y, a lo sumo, el intento de
exorcismo. En el siglo XX, la neurociencia ha avanzado notablemente y
han aparecido medicamentos y tratamientos de todo tipo. A pesar de
ello, este órgano de apenas 1500 gramos en un adulto sigue siendo el
órgano menos comprendido por la medicina y el más estigmatizado por
la sociedad. Si una persona excusa su ausencia al trabajo por malestar
estomacal, gripe, fiebre o cualquier otra afección nadie objetará nada; sin
embargo, si intenta justificarla por depresión o trastornos de ansiedad,
la mayoría de las veces se le tildará de holgazán. Si una persona creyente
tiene un problema en su columna se la mandará al médico y quizá se rece
por ella, pero si tiene depresión o algún trastorno mental, en la mayoría
de las iglesias convencionales se le dirá que tiene un demonio. ¿Por qué
es tan difícil comprender que el cerebro es un órgano como cualquier otro
de la anatomía humana y puede encontrarse enfermo?
En todas las sociedades que habitaron la tierra a lo largo de la historia
humana existieron cosas que produjeron estigmatización y prejuicios, y
sobre las que el ciudadano común ha opinado con base en las creencias
populares y la ignorancia, más que en el conocimiento exacto. Durante
la Edad Media fueron los temas religiosos; durante la modernidad, la
sexualidad y las adicciones. En la era posmoderna, parecería que lo son las
enfermedades mentales.
Según datos y cifras de la OMS del 2012 con respecto a la depresión:
• La depresión es un trastorno mental frecuente que
afecta a más de 350 millones de personas en el mundo.

67
Adrian Aranda

• La depresión es la principal causa mundial de


discapacidad y contribuye de forma muy importante a la
carga mundial de morbilidad.
• La depresión afecta más a la mujer que al hombre.
• En el peor de los casos, la depresión puede llevar al suicidio.
• Hay tratamientos eficaces para la depresión5.
La realidad es que, hoy en día, la ciencia ha avanzado notablemente en
cuanto a salud mental, y existen tratamientos y medicación efectiva;
sin embargo, solo un 25% de quienes padecen depresión están bajo
tratamiento médico, y, de ese 25%, solo la mitad recibe el tratamiento
adecuado. Según la OMS, esto se debe a que «[…] Entre los obstáculos
a una atención eficaz se encuentran la falta de recursos y de personal
sanitario capacitado, además de la estigmatización de los trastornos
mentales y la evaluación clínica inexacta» (cursiva añadida por el autor).
Según otro importante informe presentado por la OMS en 2011 sobre los
Riesgos para la salud de los jóvenes:
En un año cualquiera, aproximadamente el 20% de los adolescentes
padece un problema de salud mental, como depresión o ansiedad.
El riesgo se incrementa cuando concurren experiencias de violencia,
humillación, disminución de la estima y pobreza, y el suicidio es
una de las principales causas de muerte entre los jóvenes. Propiciar
el desarrollo de aptitudes para la vida en los niños y adolescentes y
ofrecerles apoyo psicosocial en la escuela y otros entornos de la
comunidad son medidas que pueden ayudar a promover su salud
mental. Si surgen problemas, deben ser detectados y manejados por
trabajadores sanitarios competentes y con empatía6.

68
Desafíos del hombre contemporáneo

ESTIGMA SOCIAL Y AUTOESTIGMA

La legendaria discrepancia entre la psiquiatría y la psicología sigue


impidiendo llegar a un consenso al momento de tratar con los pacientes,
generando —en algunos casos— errores de diagnóstico de un lado y del
otro y la vigencia de los estigmas. Esta discrepancia tiene sus orígenes en
el siglo XIX, según Foucault, cuando surge la neurología, específicamente
la neuropatología, y comienzan a disociarse de la locura algunos trastornos
que empezaron a atribuirse netamente a lesiones cerebrales, mientras
otros seguían sin tener un diagnóstico en la anatomía, y sin causa aparente7
(p. 227). Generalmente, los psicólogos acusan a los psiquiatras de caer
en la medicalización, es decir, a tratar con medicación problemas que no
son de índole médica, sino social, cultural, familiar, etcétera. Mientras que
los psiquiatras denuncian que los psicólogos caen en el voluntarismo y
el determinismo, pretendiendo mediante la terapia solucionar problemas
que tienen su origen en desequilibrios biológicos. La cuestión es que
ambas disciplinas tratan el mismo mal, pero de distinta forma. Cuando
analizamos las enfermedades mentales, podemos distinguir dos orígenes
de las mismas. La psicología trata el origen existencial. Es decir, aquella
enfermedad o síntoma que se genera cuando hay un conflicto individuo-
realidad. En otras palabras, cuando la realidad choca con la psique del
individuo —sea este consciente de esto o no—, generando deficiencias
psicológicas. Por otro lado, la psiquiatría trata el origen biológico, causado
por desbalances o alteraciones químicas en el cerebro. (Claro que la psique
es afectada por esto, pero no es el origen.)
El buen diagnóstico por parte de los profesionales es elemental para la
recuperación del paciente. Un paciente con una enfermedad de carácter
existencial que llegue al consultorio de un psiquiatra y este no lo derive
a un psicólogo, sino que le recete medicación, solo aplacará los síntomas
y mantendrá el origen de su mal oculto y sin resolver. Mientras que un
paciente con un problema de carácter biológico que acuda a un psicólogo
y no sea derivado a un psiquiatra, se topará con la frustración de no

69
Adrian Aranda

comprender su problema y con la idea de que es irresoluble.


La persona promedio, que no tiene conocimientos acerca de lo que son
los trastornos mentales, los concibe de manera homogénea, como un
todo, que existe y afecta a algunas personas, las cuales pierden la calidad
de persona e individuo. Acudir por ayuda al psicólogo o al psiquiatra no
suele ser visto como algo meritorio. Si bien en los últimos años de nuestra
posmodernidad muchos prejuicios han perdido vigor, aún la terapia
y los psicofármacos se conciben como algo para personas especiales,
determinadas, y la idea de que nadie es inmune a sufrir un problema
de carácter mental todavía es lejana. Estas ideas que predominan en el
colectivo imaginario, y que de alguna manera menoscaban la dignidad de
los pacientes de salud mental, cobran más poder cuando se interiorizan
en el mismo paciente, lo que se denomina autoestigma. El autoestigma
trae un sufrimiento agregado al ya padecido a causa del mismo trastorno,
y suele ser peor que este último. Es un sufrimiento por sufrir, se sufre
por estar sufriendo. El problema aquí surge del hecho de que desde la
objetividad de un tercero, sea un familiar, amigo o pariente, existe la
tendencia a minimizar el padecimiento del que sufre el trastorno, mientras
que, desde la subjetividad del enfermo, su trastorno es enorme, se
convierte en su todo y en el máximo impedimento para poder desarrollar
una vida normal. Por ejemplo, tomemos el caso de las fobias, que las
hay en diversidad: ablutofobia (miedo a lavarse o bañarse, al menos en
agua); acrofobia (horror o vértigo a las alturas); agateofobia (miedo a
la locura); agorafobia (sensación anormal de angustia ante los espacios
abiertos y, especialmente, en calles y plazas amplias); aicmofobia (miedo
a las agujas); ailurofobia (miedo a los gatos); androfobia (aversión anormal
al sexo masculino); atazagorafobia (miedo al olvido); barofobia (miedo a
la gravedad); bibliofobia (miedo a los libros); bromidrosifobia (miedo al
olor corporal); claustrofobia (aversión patológica a los espacios cerrados
o temor experimentado al encontrarse en ellos); cainolofobia (miedo a
la novedad); caliginefobia (miedo a las mujeres hermosas); clerofobia
(aversión apasionada contra el clero); dendrofobia (miedo a los árboles);
dinofobia (miedo al vértigo); ergofobia (miedo a ir a trabajar); eritrofobia
(temor patológico a ruborizarse); falacrofobia (miedo a la calvicie);
francofobia (rechazo hacia Francia o hacia lo francés); filofobia (miedo

70
Desafíos del hombre contemporáneo

al amor); fobia social (miedo a ser juzgado negativamente); fotofobia


(aversión a la luz, acompañada de espasmo de los párpados, causada por
intolerancia del ojo); glosofobia (miedo irracional a hablar en público);
hematofobia (miedo a la sangre y a las heridas); homofobia (aversión hacia
los homosexuales); ictiofobia (miedo a los peces); isopterofobia (miedo a
las termitas); lacanofobia (miedo a las verduras); linonofobia (miedo a las
cuerdas); metrofobia (miedo a la poesía); micofobia (miedo a las setas);
musofobia (miedo a los ratones); necrofobia (fobia a la muerte y a los
muertos); neofobia (miedo a lo nuevo); nictofobia (fobia a la noche o a la
oscuridad); oenofobia (miedo al vino); olfactofobia (miedo a los olores);
pediofobia (miedo a las muñecas); peniafobia (miedo a la pobreza);
psicrofobia (miedo al frío); quetofobia (miedo al pelo); ritifobia (miedo
a las arrugas); rupofobia (miedo a la suciedad); selacofobia (miedo a los
tiburones); selenofobia (miedo a la luna); tafiofobia (miedo a ser enterrado
vivo); teofobia (miedo a los dioses o a la religión); verminofobia (miedo
a los gérmenes); xenofobia (desprecio hacia los extranjeros); xilofobia
(miedo a los objetos de madera)8. La mayoría de estas fobias, por no decir
todas, resultan irracionales e incoherentes para alguien que no las padece
ni nunca las ha padecido. Esto genera una incomprensión entre el que
padece y el que mira desde una perspectiva objetiva, incomprensión que
levanta muros: muros llamados estigmas. Es imposible entender a pleno la
subjetividad de alguien que sufre un trastorno si nunca se ha sufrido uno,
pero es pertinente entender que, para su subjetividad, el problema es real,
no es pequeño, le causa sufrimiento y debe ser tomado en consideración
como si se tratara de cualquier otra enfermedad orgánica.
Según un excelente artículo de El País (2007) de España:
La percepción social de la enfermedad mental está sesgada por el
desconocimiento y la desinformación, e influye en el aislamiento de las
personas que la padecen, haciéndoles creer que su enfermedad es una
losa demasiado pesada de la que no podrán sobreponerse, y poniendo
barreras a su recuperación. Nos referimos al estigma de la enfermedad
mental, sustentado en prejuicios y causante de discriminación social,
que se debe combatir por injusta, cruel y por no tener base científica.
La estigmatización es casi siempre inconsciente, basada en erróneas

71
Adrian Aranda

concepciones sociales, arraigadas en la percepción colectiva.


Por ejemplo, que una persona con esquizofrenia es violenta e
impredecible y no podrá nunca trabajar o vivir fuera de una
institución ni tener una vida social. Que una persona con depresión es
débil de carácter. Que no puede casarse ni tener hijos e hijas. Que la
enfermedad mental no tiene esperanza de curación. Que es imposible
ayudarle.
El mismo artículo señala el meollo del problema del estigma social:
El estigma de la enfermedad mental viene heredado de siglos de
incomprensión, de una mentalidad proclive a encerrar al loco y alejarlo
en lugar de ayudarlo desde una perspectiva de salud e integración.
Hace ya más de 20 años que se inició la reforma psiquiátrica, se
desmantelaron los psiquiátricos y el loco pasó a ser un ciudadano.
Pero desmantelar el estigma de la conciencia colectiva parece una
tarea mucho más difícil. Las barreras de los antiguos manicomios han
dejado paso a otros muros, invisibles, que mantienen el aislamiento e
impiden la total recuperación de los pacientes, mediante prejuicios y
tópicos que los encierran en su enfermedad9.
En Occidente, los estigmas provienen de relacionar a las personas con
problemas de salud mental a los estereotipos de «su peligrosidad y relación
con actos violentos; su responsabilidad, ya sea sobre el padecimiento de
la enfermedad o por no haber sido capaz de ponerle remedio mediante
tratamiento; su debilidad de carácter; su incompetencia e incapacidad para
tareas básicas como pueden ser las de autocuidado; la impredecibilidad
de su carácter y sus reacciones, y la falta de control»10 (p. 13).

ESO QUE NADIE QUIERE SER


Destruir las estructuras que permiten a los estigmas construidos sobre
mitos sobrevivir, es el desafío de la civilización del siglo XXI para mejorar

72
Desafíos del hombre contemporáneo

la calidad de la «salud mental». Así como replantearnos si queremos ser


el tipo de seres humanos en que nos está convirtiendo nuestra sociedad
globalizada. Quizá una de las causas por las cuales la sociedad no enfrenta
el problema de las enfermedades mentales sea la conducta de negación
que acompaña a los seres humanos siempre que deben enfrentarse a algo
que temen. Somos nuestra conciencia. Nuestra conciencia es nuestro ser.
Cuando nuestro cerebro se ve afectado —independientemente de las
discusiones metafísicas de si el cerebro y el alma son lo mismo o no—,
nuestra conciencia también. Todos tememos llegar a ancianos y perder
nuestro juicio por alguna enfermedad como el mal de Alzheimer. Perder
nuestro juicio es perder nuestro ser. Y estar en contacto con aquellos que
tienen su ser afectado nos aterra.
El mismo hecho de hacer la distinción de «Salud Mental» habla por sí solo.
La salud es integral, y la distinción antes mencionada hace referencia a
la separación que existe entre Salud y Salud Mental en el pensamiento
colectivo de la sociedad y en el discurso médico.
En la sociedad occidental, influenciada por la filosofía helénica y por el
judeocristianismo, hemos concebido desde nuestros inicios al ser humano
como un individuo dual: alma y cuerpo. Platón fue uno de los primeros
en analizar este dualismo, señalando que existían dos mundos paralelos:
el mundo inteligible, metafísico, real, inmaterial y trascendente, donde
se encontraban las ideas, y el mundo sensible, físico, material, que era
el reflejo del mundo inteligible. En este dualismo, Platón entendía el
alma humana como trascendental, eterna, pura, la cual reencarnaba en
diferentes cuerpos. El cuerpo, para Platón, representaba lo corruptible, lo
mortal y una especie de vehículo para el alma. Lo relevante de la filosofía
platónica era que el ser humano era explicado como un ser compuesto por
alma y cuerpo unidos, pero no en su esencia, sino unidos accidentalmente,
por lo que al momento de la muerte había una separación de ambos,
siendo el ser mismo el alma. Entre los siglos I y V, el platonismo medio y
el neoplatonismo, esto es, las corrientes platónicas de la época, tuvieron
una importante influencia en los Padres de la Iglesia, los apologistas y los
teólogos que sentaron las primeras bases teológicas del cristianismo en
cuanto al alma, el hombre y Dios. San Agustín, uno de los teólogos más

73
Adrian Aranda

influyentes de la doctrina cristiana, tomando los aportes del neoplatonismo,


sentó las bases teológicas de la fe cristiana en cuanto al alma, sosteniendo
la misma dualidad «cuerpo-alma» que sostenía Platón. San Agustín explicó
el pecado de Adán como el pecado original que corrompió al ser humano
y propició la caída de su ser, es decir, de su alma y su cuerpo. No obstante,
mediante la salvación, se podía redimir el alma, dejando al cuerpo en un
estado de corrupción que no tenía reparo.
Con la venida de la modernidad, fue Descartes quien volvió a tomar
esta dicotomía «alma-cuerpo» como «mente y cuerpo». En la filosofía
cartesiana existen dos sustancias que componen al ser humano: el res
cogitans, que es la mente, es decir, la capacidad de pensamiento, y el
res extensa, que es el cuerpo, compuesto de una sustancia opuesta a la
mente. Este dualismo sigue siendo sostenido durante los siglos XVII y
XVII en la medicina de la mente, cuando al loco se le trataba mediante
la corrección de creencias erróneas. Se creaban situaciones ficticias para
que el loco se encontrara con la idea de que su delirio era real y, de esta
manera, encerrarlo en un laberinto donde ya no había justificaciones para
sus conductas delirantes.
Sin embargo, al analizar la teología cristiana de los Evangelios y las
epístolas paulinas, la dicotomía alma-cuerpo no resulta evidente, sino que
se plantea al ser humano como un individuo indisoluble, en el cual tanto
el alma como el cuerpo son el Yo, y no solo el alma como lo plantea la
filosofía platónica. Jesús, muchas veces hablando de la muerte, no hacía
alusión alguna a una separación del cuerpo y el alma; por lo contrario,
mencionaba características tanto corporales como almáticas presentes en
la eternidad:
[…] porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que
todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. (Mateo 5:29)
Y gritando, dijo: «Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a
Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi
lengua, pues estoy en agonía en esta llama» (Lucas 16:24)
Por su parte, san Pablo, hablando de la eternidad, afirma:

74
Desafíos del hombre contemporáneo

Él tomará nuestro débil cuerpo mortal y lo transformará en un cuerpo


glorioso, igual al de él… (Filipenses 3:21)
Esta dicotomía, sostenida hasta nuestros días por la rama imperante de
la teología cristiana y por algunas ramas de la medicina, ha alimentado
de forma relevante el estigma y el autoestigma en personas que sufren
enfermedades mentales. Cuando el cuerpo es concebido como algo no
esencial del ser humano, sino como un depósito del alma, al enfermarse
este, no es el individuo el que se enferma, sino su cuerpo. Sin embargo,
cuando el alma, hoy entendida como la psique, se enferma, es el individuo
mismo el que está enfermo; si el alma porta enfermedad, el individuo es
enfermedad. Y la enfermedad debe ser excluida, aislada y alejada del resto
de las almas sanas. Claro ejemplo de esto es que la norma en los hospitales
es tener el área de Salud Mental apartada del resto de la institución, sea
tercerizando el servicio o asignando un edificio aparte para dicha actividad.
La ciencia contemporánea ha demostrado que las enfermedades mentales
tienen un origen tanto biológico como psíquico. Las enfermedades
psicosomáticas son un claro ejemplo de esto. Una patología mental
puede expresarse tanto en desequilibrios químicos en el cerebro como
en daños psíquicos causados por factores tanto externos como internos.
El aislamiento del alma-ser enfermo debería cesar en la política clínica
del siglo XXI, pues la misma alimenta el estigma, el autoestigma y la
incomprensión familiar que sufre el paciente, no resultando nada positivo
de esto para su recuperación y reinserción en la vida cotidiana o su mejora
de la calidad de vida. De hecho, la clínica psiquiátrica moderna surge a
principios del siglo XIX como la «contracara de la familia»11 (p. 110), es
decir, como una respuesta a la deficiencia de la familia para tratar con
uno de sus miembros cuando este se salía de las normas de la «soberanía
familiar», según Foucault..
Las normas de la familia del siglo XIX, eran las normas típicas de una
familia en plena modernidad: disciplinamiento, autoritarismo, rigidez y
un enfoque en la preparación escolar para poder ser útil al capitalismo
industrial que se encontraba en su auge. Nuestros tiempos requieren
individuos consumistas, que busquen la satisfacción inmediata. ¿Serán las
enfermedades mentales la contracara de esto?

75

También podría gustarte