Odisea
(Canto VIII, Versos 484 a 534)
Traducción de Carlos García Gual
A los ricos manjares dispuestos lanzaron sus manos
y, una vez que tuvieron saciados su sed y apetito,
dirigióse a Demódoco Ulises, el rico en ingenios:
«¡Oh Demódoco! Téngote en más que a ningún otro
[hombre,
ya te haya enseñado la Musa nacida de Zeus
o ya Apolo, pues cantas tan bien lo ocurrido a los dánaos,
sus trabajos, sus penas, su largo afanar, cual si hubieras
encontrádote allí o escuchado a un testigo. Mas, ¡ea!,
cambia ya de canción y celebra el ardid del caballo
de madera, que Epeo fabricó con la ayudla de Atena
y que Ulises divino llevó con engaño al alcázar
tras llenarlo de hombres que luego asolaron a Troya.
Si refieres aquello del modo que fue, yo al momento
ante todos habré de afirmar que algún dios favorable
te ha otorgado la gracia del canto divino.» Así dijo
y el aedo, movido del dios, modulaba su canto
desde el punto en que aquellos argivos, después de dar
[fuego
a las tiendas, se hicieron al mar en las sólidas naves.
Del caballo en la entraña escondidos, los otros en torno
se agrupaban de Ulises ya en medio de Troya; los teucros
por sí mismos lo habían arrastrado al alcázar y, erguido
en mitad, discutían a su pie y en confuso alboroto.
Tres sentencias allí se escuchaban: romper con el bronce
implacable la hueca madera, llevarllo arrastrando
a la cima y dejarlo caer por las rocas, guardarlo
como ofrenda preciosa a los dioses. Y fue esta postrera
la que luego se había de cumplir, pues conforme al destino
la ciudad debería perecer una vez que albergase
al caballo de tablas ingente en que estaban los dánaos
más ardidos tramando a los teucros matanza y ruina.
Y contaba despues el saqueo que aquéllos hicieron
tras fluir del caballo dejando su hueca emboscada:
cada cual por un lado pillaba el alcázar excelso,
pero Ulises, dijérase Ares, marchó hacia las casas
de Deífobo; al lado llevaba al sin par Menelao.
Allí -dijo- empeñó su más duro combate, mas pronto
la victoria inclinó a su favor la magnánima Atena.
Tales cosas contaba aquel ínclito aedo y Ulises
consumíase dejando ir el llanto por ambas mejillas.
Como llora la esposa estrechando en el suelo al esposo
que en la lucha cayó ante los muros a vista del pueblo
por salvar de ruina a su patria e hijos; le mira
que se agita perdiendo el respiro con bascas de muerte
y abrazada con él grita y gime; la hueste contraria
le golpea por detrás con las lanzas los hombros y, al cabo,
se la lleva cautiva a vivir en miseria y en pena
con el rostro marchito de tanto dolor; así Ulises
dejaba caer de su rostro un misérrimo llanto. Alcínoo
solamente, al hallarse más cerca lo estaba observando;
diose cuenta de todo al oír sus profundos suspiros
(...)