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LAS VÍRGENES SUICIDAS
Jeffrey Eugenides
Parecería cruel tachar de divertida una novela donde mueren 5 adolescentes, sin embargo esta
novela lo es.
El narrador está constituido por un grupo de adolescentes que presenciaron el suicidio de las
jóvenes, y que años después buscan reconstruir y tratar de comprender los hechos. La forma en
que está estructurada la narración tiene una doble función: por un lado permite al lector el
convertirse en juez y detective, al igual que los jóvenes, y por otro lado convierte a este grupo de
jóvenes en un ente único que vive y transmite, como una sola conciencia, los hechos. Esto es de
suma importancia, ya que de esa forma serán percibidos por las chicas Lisbon.
A pesar de la larga investigación y de todas las suposiciones, nunca se logra encontrar a un
culpable o se llega a una conclusión determinante sobre los suicidios. De forma contraria a la
mayoría de las novelas policiacas, aquí no hay lógica que valga. Toda suposición, como en la vida
real, es factible. No existen buenos ni malos y los hechos terminan por ser inexplicables.
Sin importar el uso de pruebas “oficiales y numeradas”, hay momentos en que los
acontecimientos no pasan de ser chismes y no podemos verlos como hechos, lo cual también
representa una gran diferencia en cuanto a la policiaca clásica.
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No existe forma de entender lo que ha sucedido, y sin embargo no es importante. La novela
nos mantiene siempre en suspenso y no nos desilusiona por no tener solución. En realidad nos abre
una gran gama de posibilidades y nos permite entrar al medio norteamericano clase media de los
años setenta. Un mundo que, al parecer, está en vías de perder su inocencia.
Las hermanas Lisbon parecen ser, hasta cierto punto, las profetizas de aquello que sobrevendrá
en el tranquilo vecindario: los árboles, al igual que la individualidad, desaparecerán.
El uso de la ironía es constante y se muestra desde las formas más sutiles como en las
descripciones de los vecinos, hasta en las formas mas grotescas, como en los nombres que suelen
ser una especie de caricatura (El psicólogo se llama Hornikcer).
Los elementos románticos y góticos saltan a través de toda la novela, presentandonos a una
juventud enajenada y educada en un mundo de novelas e ideas cursis. Por un lado están los
jóvenes que admiran a las Lisbon como si fueran algo más que humanas. Todo lo que provenga de
ellas es casi celestial y perfecto –hasta la mancha en el tampón es artística-. Por otro lado se
encuentran las hermanas que representan, e intentan vivir, distintas facetas del ideal femenino:
Cecilia es la novia eterna, Therese la mística, Lux la sensual, Mary la sofisticada y Bonnie la
intelectual. El problema es que, a pesar de estas particularidades, no tienen una identidad propia,
las cinco juntas conforman una masa y cada una es tan sólo la imagen de lo que aparenta ser.
En este mundo, donde a los afiebrados ojos de los adolescentes, las Lisbon aparecen como
ninfas, no es de extrañar que las mismas Lisbon vean el suicidio como un romántico acto de
heroísmo y que tal vez, sólo tal vez, Cecilia se sienta la digna virgen llevada al altar en sacrificio.
Claro que las visiones románticas de los adolescentes no deberían ser suficientes para explicar
un suicidio múltiple, es por eso que el autor nos da también una madre fanática represora y un
padre pusilánime. Tenemos de donde escoger para crear la teoría que mejor nos parezca.
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Como elementos góticos, hay detalles como la abuela griega con sus extraños presentimientos,
o la nube que, en un momento dado del relato, parece haberse posado permanentemente sobre la
casa de las Lisbon.
Dentro del relato hay una burla implícita a una sociedad que de pronto confía ciegamente en los
psicólogos, quienes, al igual que uno, parecen guiarse por la moda teórica del momento y son
incapaces de explicar el aumento de suicidios entre los jóvenes. Mismos jóvenes que precisan de la
música de moda para expresar sus sentimientos y que de alguna forma se nos presentan tan
ridículos como Wherter el de Goethe. Lo patético del asunto es que uno no puede evitar
identificarse con ellos, con su momento y con la música que les mueve.
Aunque a menor escala que Puig, Eugenides también hace uso de múltiples lenguajes, como la
música, el de la novela policiaca, el de la televisión y el de las novelas románticas: “parecía
Cleopatra llevada por dos esclavos...”
Esta es una novela que presenta un nuevo aspecto de las novelas de misterio y nos muestran la
visión romántica de los adolescentes, que sin importar la época sigue apareciendo y repitiéndose
desde el romanticismo.
Así pues Eugenides nos brinda una nueva mezcla entre lo policiaco y lo romántico, que en
última instancia, y gracias a la ironía, es una profunda crítica social.
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LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR
Mario Vargas Llosa
La novela contiene básicamente dos historias: los amores de “Varguitas” y la tía Julia y Pedro
Camacho, el escribidor, y sus radionovelas.
Al parecer, el autor intenta establecer una comparación entre la vida real y la ficción,
presentando por un lado su propia historia, supuesta realidad, y por el otro los radioteatros del
escribidor.
Sin embargo, la historia de amor con Julia se parece más a una novela rosa que cualquiera de
los dramas presentados. Comienza estableciendo esta historia como una autobiografía, pero poco a
poco se va pareciendo a la historia de Pedro Camacho; inclusive va presentando pequeñas
narraciones intercaladas que intenta convertir en cuentos. Al final, llega un momento en que la
propia historia de Mario y Julia parece ser uno mas de los radiodramas que escribe Pedro.
Es la historia cursi de un amor imposible, que la ironía salva de caer en lo empalagoso. Y al
mismo tiempo que sirve como contrapunto a las historias y fantasías de Camacho, también
funciona como crítica a este mundo emotivo que ha perdido los límites entre la realidad y el
drama.
Por su parte, la historia paralela de Pedro Camacho, parece ir a la inversa: es una historia
formada por las diferentes novelas que aparecen en la radio y que poco a poco parecen irse
adueñando de la realidad de su autor. Lo simpático es que las novelas casi no tocan el tema del
amor romántico, abarcan temas como el incesto, las fobias, la violación, la locura, la soltería...
Parecería que el romance de Julia complementaría la amplia gama de historias.
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Los temas, aunque pueden llegar a ser de profundo interés, tan sólo son tocados por encima, de
manera que no pasan de ser una anécdota morbosa que, por lo mismo, logra captar la atención de
todos. En realidad, uno no puede sustraerse al encanto de las historias contadas por Pedro,
convirtiéndonos así en cómplices de un mundo donde las emociones son educadas por el drama y
la fantasía y la realidad se mezclan de forma irreparable.
Los lugares comunes abundan en las novelas de Camacho: “dientes de perla, ojos como
luceros, cabellos de trigo”1. Los personajes en un principio son los prototípicos: el policía valiente,
el juez honorable, el médico integro; sin embargo, poco a poco comienzan a derivar en seres no
tan comunes: el que atropella a la niña y su extraña psicóloga, el loco asesino, el ratafóbico y
demás seres extraños. A medida en que Pedro va perdiendo contacto con la realidad sus personajes
van siendo más extraños.
Pero las situaciones clisés también se dan de forma continúa en la vida de Mario: la historia del
viudo que era impotente, la propia historia de los novios que huyen para poder consumar su amor
o el malvado padre que vengará su honor a tiros. De hecho parecen ser más las situaciones clisé
dentro de la supuesta realidad que en los novelones de la radio.
En ambas historias, abundan los distintos tipos de lenguajes, como el policial, el del juzgado
y el de la calle.
Finalmente Pedro, aquel que representaba lo fantástico y quien siempre se proponía, a sí
mismo, como el héroe de sus novelas, termina viviendo una terrible realidad, mientras que Mario
termina haciendo realidad todos sus sueños, como en un cuento de hadas.
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Lo interesante de la novela es que al enfrentar de forma continua la vida real con la fantasía,
nos muestra lo poco claros que pueden terminar por ser los límites entre uno y otro mundo. Nos
presenta a nosotros mismos, lectores, como seres que vivimos lo fantástico como real y nuestras
propias vidas como novelas.
En conclusión, Vargas Llosa, nos muestra de manera sumamente divertida, lo cursi que pueden
ser nuestras propias vidas y se burla sin piedad de la fibra romántica y novelesca que todos
llevamos dentro.
1
Vargas Llosa, Mario, La Tía Julia y el Escribidor, Alfaguara, Méx., 2000, P.38