HEGEL o la visión idealista de la historia.
5.1 La filosofía de la historia en el sistema hegeliano
(REALE/ANTISERI III, 108,143,148)
1. Idea en sí ,logos,Lógica
[Link] fuera de si, naturaleza, Fil. naturaleza
[Link] que re-torna a sí, idea en sí y para sí espíritu
Filosofía del espíritu
3.1. Espíritu subjetivo (acaba con la manifes-tación del espíritu libre)
3.2. Espíritu objetivo
Derecho
Moralidad
Eticidad
3.3. Espíritu absoluto
5.2 Ortega y Gasset
Desde las primeras lecciones que componen este libro, Hegel ataca a los filólogos, considerándolos,
con sorprendente clarividencia, como los enemigos de la Historia. No se deja aterrorizar por «el
llamado estudio de las fuentes» (pág. 8) que blanden con ingenua agresividad los historiadores de
profesión. Un siglo más tarde, por fuerza hemos de darle la razón: con tanta fuente se ha
empantanado el área de la Historia. Es incalculable la cantidad de esfuerzo que la filología ha hecho
perder al hombre europeo en los cien años que lleva de ejercicio. Sin ton ni son se ha derrochado
trabajo sobre toneladas de documentos, con un rendimiento histórico tan escaso que en ningún
orden de la inteligencia cabría, como en éste, hablar de bancarrota. Es preciso, ante todo, por alta
exigencia de la disciplina intelectual, negarse a reconocer el título de científico a un hombre que
simplemente es laborio-so y se afana en los archivos sobre los códices. El filólogo, solícito como la
abeja, suele ser, como ella, torpe. No sabe a qué va todo su ajetreo. So-nambúlicamente acumula
citas que no sirven para nada apreciable, porque no responden a la clara conciencia de los
problemas históricos. Es inacep-table en la historiografía y filología actuales el desnivel existente
entre la precisión usada al obtener o manejar los datos y la imprecisión, más aún, la miseria
intelectual en el uso de las ideas constructivas.
• Reacción (y reaccionarios) ante la Revolución francesa en Alemania
o Algunos manifiestan pronto sus dudas, vg. SCHILLER: «será nece-sario comenzar por crear
ciudadanos para la constitución antes de poder dar una constitución a los ciudadanos»
o Los alemanes no estaban en condiciones de una revolución como la francesa. De hecho, allí surge
una reacción fuerte contra el pensamiento ilustrado.
o Ante la invasión napoleónica, muchos pensadores alemanes tie-nen una reacción nacionalista y
romántica
W. von Humboldt: niega la racionalidad a la historia, por-que el sujeto (hombre) es imprevisible.
Pero sí hay una armonía de la historia, la actuación de unas tendencias na-turales
• Hegel como Ilustrado
o Hegel no es parte de esta reacción: él es un burgués progresista, cuyas ideas no se conocían en
público, pero sí la policía (D’Hondt).
o Varias ideas de Hegel derivan del pensamiento ilustrado:
universalismo, idea del progreso por etapas... (174)
sentido de tiempo e historicidad, en el surco abierto por la tradición judeo-cristiana
providencia como instancia determinante del acontecer histórico pero leída por una mirada
profana
Providencialismo = progresismo, y el progreso como motor de la historia
Confianza en una razón ilustrada, que acaba materializándose y ontolo-gizándose
En el caos de las apariencias y antagonismos, reconoce una retícula de ardi-des de una razón
superior, que está más allá de las voluntades individuales.
• Duplicidad de la filosofía de la historia hegeliana
o Hegel hace dos cosas a la vez: 1) filosofía especulativa de la his-toria; 2) reflexión metateórica
sobre la historia
o Interpretaciones sobre esta duplicidad
COLLINGWOOD: detecta la dualidad, pero no percibe que Hegel los une: la interpretación
idealista de la historia le sirve a Hegel para su interpretación metateórica, para dar una lectura
coherente a los hechos históricos
ORTEGA Y GASSET:
• Hegel hace una «historiología» (teoría de la historia) para poder hacer una lectura filosófica de la
historia.
• Los historiadores profesionales han perdido mucho tiempo acumulando citas que no sirve para
nada y no responden a la clara conciencia de los problemas históricos.
o En Hegel, hay una precedencia del pensar y lo racional sobre la historia
«La historia universal transcurre racionalmente... porque la razón rige el mundo»
«Quien mira racionalmente el mundo, lo ve racional. Am-bas cosas se determinan mutuamente»
«Sólo los ojos del concepto, de la razón... atraviesan la su-perficie y penetran allende la
intrincada maraña de los acontecimientos»
La historia, según Hegel interpretado por Ortega, ha de ser «construcción» y no mero
aglomerado/agregado de datos
Solamente desde un núcleo conceptual teórico-metodológico... cabe hacer historia.
La FH = condición pensante de la historia: «En vez de defi-nir por anticipado lo histórico como
una pura tesis de puros azares (...) determinar lo que hay de constante y lo que hay de azaroso»
(Ortega).
o Las dos tesis se llaman mutuamente
Tesis metodológico-histórica: sólo la razón penetra la ma-raña de los acontecimientos
Tesis filosófico-histórica: la razón domina el mundo.
o Historia = proceso/progreso evolutivo que se rige por la ley de la dialéctica.
• Pensamiento = lo único verdadero
o La razón rige el mundo, una razón eterna que ha determinado las grandes revoluciones de la
historia.
o FH se convierte en teodicea, en un conocimiento de lo afirmati-vo, en el que lo negativo
desaparece como algo subordinado y superado mediante la conciencia de lo que es en verdad el fin
último del mundo.
• Historia universal = desenvolvimiento y explicitación del Espíritu en el mundo → Idea de
Libertad humana (187s = 192s)
o Orientales: no son libres porque no saben qué es ser libre
[Individualidad sin libertad]
o Griegos, libres, pero manteniendo esclavos
[Expansión del Espíritu en conciencia de libertad]
o Germanos: en el cristianismo llegan a la idea de que ser hombre = ser libre. Esa es su naturaleza
[ascensión a la pura universalidad de la libertad La historia de la humanidad = progreso en la
conciencia de libertad
o Este progreso es (a la vez) 1) conciencia y 2) realización de la li-bertad. La unión de ambos
elementos es la quintaesencia del hegelianismo.
• Esta es la base conceptual de la historia filosófica que propone H.
o Hay cuatro tipos de H. reflexiva: 1) h. general; 2) h. pragmática; 3) h. crítica; 4) h. especial de un
pueblo, en que se entronca con la universalidad.
o La historia universal filosófica entronca con esta cuarta
No es abstracta, sino que detecta en lo concreto el espíritu de la historia, su Mercurio, guía de los
pueblos y el mundo
o Esta historia debe tener en cuenta
Individuos históricos
Pero también a los Pueblos, entendidos como unidades es-pirituales.
o De ahí, la importancia de hallar el Volksgeist (espíritu del pueblo) (191-192)
• CRÍTICA: El presente como culminación de la historia
• el procesualismo de Hegel contrasta con su insistencia en que su presente es fase última de la
historia.
a. En la época cristiana, espíritu objetivo y subjetivo se han reconciliado.
b. Esta culminación cristiana de la historia constituye el a priori de la historia.
• Contemporaneidad de toda historia: el mundo y forma presentes del espíritu y su actual conciencia
de sí comprende todas las fases de la historia.
• El Estado como Orbe moral concretado (textos p. 195)
a. Apunta al Estado democrático, con libertad racional.
b. Burguesía como clase universal (la que se rebela contra el Antiguo Régimen en la Revolución
francesa)
c. De ahí que racionalice el mal moral por una «razón superior»
• Hegel será el último pensamiento de totalidad (al estilo de un Platón, Spinoza)... Desde él,
fragmentación y descomposición.
En FH: 1) consolidación de la H como ciencia; 2) surgimiento de una FH después de Hegel entre
teoría (historiología) y metateoría de los métodos históricos.
2.3. LA DIALÉCTICA DE LA HISTORIA EN HEGEL (TEÓFILO URDÁNOZ)
Para muchos constituye otra nueva culminación del sistema y testamento espiritual de Hegel las
famosas Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, tenidas en Berlín a partir de
1822−1823 y recogidas en su obra póstuma. Ya se ha dicho que el ápice del Espíritu absoluto era la
filosofía, como saber absoluto o autoconciencia perfecta de sí. En el sistema de la Enciclopedia, la
filosofía de la historia estaba encuadrada dentro del Espí-ritu objetivo, donde había expuesto un
esbozo de la misma como prolon-gación histórica de la doctrina del Estado. Pero en estas lecciones
obtiene la historia una perspectiva más universal, desorbitando sustancialmente el sistema. El
proceso histórico aparece como el auténtico y pleno desarrollo del espíritu, ante al cual parece
subordinado el despliegue de las mismas categorías de la filosofía del espíritu.
Tal superación, al menos extensiva, está, sin embargo, en la línea del pensamiento de Hegel. Su
principio fundamental de la identidad de la razón y la realidad le ha llevado a unir en todos los
campos el desarrollo cronológico de la realidad con el devenir absoluto de la idea. Los estadios
sucesivos en la historia temporal del arte, la religión y la filosofía eran reco-nocidos como las
formas eternas y momentos necesarios del espíritu absoluto. Ahora, las Lecciones de la filosofía de
la historia se proponen demostrar la total racionalidad de la historia, como la plena manifestación
del es-píritu universal, que engloba en sí todas sus particulares manifestaciones; y recapitulan en
cierto modo todo el pensamiento de Hegel, que se revela como esencialmente historicista.
Visión de la historia universal.—La obra de Hegel es, en sustancia, una historia general del mundo,
documentada con erudita recopilación de datos y precedida de notables páginas sobre los
fundamentos geográficos de la misma o la repartición geográfica de las civilizaciones. Pero es
además una filosofía de la misma, o historia penetrada de su propia visión filosófica y sistematizada
con arreglo a ella. En la Introducción especial distingue Hegel tres tipos de historiografía o tres
maneras de considerar la misma: 1) Hay, primero, una historia original o inmediata, que es la
descripción de los acontecimientos de una época particular, de ordinario vividos por el es-critor, que
así les da «duración inmortal»; de este género son las historias antiguas de Herodoto, Tucídides, etc.
2) Hay, en segundo lugar, la historia reflexiva, cuyo «carácter consiste en trascender del presente» la
ex-posición de hechos no con referencia al tiempo particular, sino al espíritu. Se divide en varias
ramas, según los varios métodos, como la historia general de un pueblo o del mundo; la historia
pragmática, escrita con fines didácticos o moralizantes; la historia crítica, de que hacen gala los
alemanes, y, por fin, la historia especial del arte, la cultura, el derecho, que trata esas distintas
esferas de la vida de un pueblo en un nexo de universalidad. 3) El tercer tipo es la historia universal
filosófica, donde el punto de vista es lo universal del espíritu, que es «el alma que dirige el proceso
histórico». Tal es la visión filosófica que va a tratar Hegel.
En la célebre Introducción general, Hegel expone esta visión racional del proceso dialéctico de la
historia, su principio animador y los elementos que le impulsan. La consideración filosófica de la
historia tiene por objeto mostrar que todos los acontecimientos en ella han transcurrido
racionalmente, que «la razón rige el mundo» y todo el curso de su historia. Tal será el re-sultado de
toda la historia universal. Ello no significa que la historia haya de proceder a priori; el investigador
debe recoger fielmente los hechos. «Hemos de tomar la historia tal como es; hemos de proceder
histórica, empírica-mente». Pero el resultado de los hechos hará ver aquello de que la filosofía tiene
ya convicción: Que el Espíritu, la Idea, se desenvuelve en el desarrollo de la historia. Se trata del
espíritu divino, inmanente en el acontecer histórico como «espíritu del mundo» o espíritu universal.
No niega Hegel que la historia pueda aparecer como un tejido de los hechos contingentes y
mudables, y, por tanto, falta de todo plan racional o divino y dominada por un espíritu de miseria,
de destrucción y mal. Pero éste será el punto de vista del intelecto común del individuo, que mide la
historia por el rasero de sus ideales individuales y no se eleva al punto de vista especulativo de la
razón absoluta. En realidad, «el gran contenido de la historia universal es racional y tiene que ser
racional; una voluntad divina rige poderosa el mundo, y no es tan impotente que no pueda deter-
minar este gran contenido». Hegel identifica esta verdad con la creencia religiosa de todos los
tiempos, sobre todo de la fe cristiana, de que la Providencia divina gobierna el mundo, lo cual
supone la racionalidad de la historia. Pero esta fe a menudo se parapeta detrás de la incapacidad hu-
mana para comprender los designios providenciales. Debe ser sustraída esta limitación y llevada a
la forma de un saber filosófico que reconozca los caminos de la divina Providencia y sea capaz de
determinar el fin y los modos de la racionalidad de la historia.
Este fin de la historia universal es que «el espíritu llegue a saber lo que es verdaderamente y
objetive este saber, lo realice en el mundo presente y se manifieste objetivamente a sí mismo». Mas
«la sustancia del espíritu es la libertad». Tal es la gran conquista del cristianismo, y el principio
cristiano por excelencia, llegar a la conciencia de ser libre, porque «la libertad del espíritu
constituye la más propia naturaleza». De ahí que «la historia uni-versal es el progreso en la
conciencia de la libertad» y que «el fin último del mundo es que el espíritu tenga conciencia de su
libertad y que de este modo su libertad se realice». La historia del mundo constituye, por tanto, el
proceso por el cual el espíritu llega a la conciencia de sí como libre. «La historia universal es el
desenvolvimiento, la explicitación del espíritu en el tiempo, del mismo modo que la idea se
despliega en el espacio como natu-raleza».
Este espíritu que se manifiesta y realiza en el curso de la historia, es el espíritu universal o espíritu
del mundo (Weltgeist), que obtiene plena au-toconciencia de sí en la conciencia humana como
espíritu absoluto o divino. Pero el espíritu universal se encarna en el espíritu nacional de cada
pueblo (Volkgeist), que sucede en la marcha de la historia. Estos espíritus nacionales son los
diversos momentos en que se actualiza el espíritu universal en su desenvolvimiento histórico: «Los
principios de los espíritus de los pueblos, en una necesaria y gradual sucesión, son los momentos
del espíritu universal único, que, mediante ellos, se eleva en la historia a una totalidad
autocomprensiva». El espíritu universal vive en la conciencia del propio pueblo, constituyendo esta
conciencia nacional, que comprende el conjunto de sus manifestaciones: su religión, moralidad,
cultura, arte, etc. Todos estos elementos entran en la conciencia del espíritu de un pueblo y forman
su sustancia, de tal manera que a cada pueblo histórico corres-ponde un modo propio de religión, de
arte, etc.; así, la religión cristiana no podría ser la de los pueblos griegos. Por otra parte, el espíritu
de un pueblo puede perecer, porque «su realización es a la vez su decadencia, y ésta, la aparición de
un nuevo estadio, de un nuevo espíritu. El espíritu de un pue-blo se realiza sirviendo de tránsito al
principio de otro pueblo...; los principios de los pueblos se suceden, surgen y desaparecen». Pero
cada uno «es un miembro de la cadena que constituye el curso del espíritu universal, y este espíritu
universal no puede perecer».
Los medios e instrumentos de este impulso infinito del espíritu uni-versal hacia su plena realización
autoconsciente, y, por tanto, de la historia del mundo, son los individuos, como sujetos de la
actividad histórica. Son los portadores del Weltgeist en la medida en que participan en la totalidad
más limitada, que es el Volksgeist. Mas los individuos son considerados como realizadores del
destino de los pueblos a través de sus grandes impulsos de acción que son las pasiones. Hegel no
condena o excluye las pasiones, antes bien reconoce en ellas «el lado subjetivo y formal de la
energía de la volun-tad y de la actividad». «Debemos decir que nada grande se ha hecho en el
mundo sin pasión». Pero las pasiones son simples medios de que se sirve el espíritu universal para
conducir el curso de la historia. «Pues, aunque sin conciencia de ello, el fin universal reside en los
fines particulares y se cumple mediante éstos... Los hombres satisfacen su interés; pero al hacerlo
pro-ducen algo más, que estaba en lo que hacen, pero que no estaba en su conciencia ni en su
intención».
Hegel exalta así las grandes individualidades (Alejandro, César, Na-poleón), quienes, creyendo
obrar para satisfacer sus propios intereses y ambición, han hecho avanzar la historia como
instrumentos incons-cientes del espíritu universal. «Estos son los grandes hombres de la historia, los
que se proponen fines particulares que contienen lo sustancial, la vo-luntad del espíritu universal...
Los pueblos se reúnen en torno a la bandera de esos hombres que muestran y realizan lo que es su
propio impulso in-manente». A estos «hombres históricos hay que llamarlos héroes». Sola-mente a
ellos reconoce Hegel el derecho de oponerse a las estructuras presentes y de abrirse nuevos cauces
hacia el porvenir. La señal de su destino excepcional es el éxito; resistirles es cosa vana. Su
justificación la encuentran en el instinto o impulso interior del espíritu, que pugna por crear nuevas
formas de existencia. «Han sacado de sí mismos lo universal que han realizado; pero éste no ha sido
inventado por ellos, sino que existe eternamente y se realiza mediante ellos». «Aquellos grandes
hombres parecen seguir sólo su pasión, sólo su albedrío; pero lo que quieren es lo universal» —
aunque no lo saben—. Gomo, en sus obras, el interés particular de la pasión se hace inseparable de
la realización de lo universal, Hegel lo ex-plica por la astucia, o el ardid de la razón, que se vale de
los individuos y de sus pasiones como medios para alcanzar sus fines. A este mismo fin universal
son sacrificados dichos hombres históricos, los cuales perecen y son llevados a la ruina al alcanzar
su éxito.
La función del Estado es todavía más exaltada por Hegel en esta evolución de la historia regida por
el espíritu universal. El fin último de la historia del mundo era la realización de la libertad. Pero «el
Estado es la realidad en la cual el individuo tiene y goza de su libertad... El Estado es, por tanto, el
centro de los restantes aspectos concretos: derecho, arte, costumbres... En el Estado, la libertad se
hace objetiva y se realiza positi-vamente... Sólo en el Estado tiene el hombre existencia racional...
El hombre debe cuanto es al Estado. Sólo en éste tiene su esencia. Todo el valor que el hombre
tiene, toda su realidad espiritual, la tiene mediante el Estado... Podría decirse que el Estado es el fin,
y los ciudadanos son sus medios... Lo divino del Estado es la idea, tal como existe sobre la tierra. La
esencia del Estado es la vida moral. Esta consiste en la unificación de la voluntad general y la
voluntad subjetiva» —suponemos que Hegel no podía imaginar que este «Dios−Estado» acabaría
dando lugar a los Estados totalitarios del siglo XX—. Después de esta glorificación o divinización
del Estado, en que quedan ab-sorbidos los individuos como en un todo orgánico, no es extraño que
Hegel proclame: «El Estado es, por tanto, el objeto inmediato de la historia universal», ya que en él
se encarna y se realiza el espíritu de un pueblo, y el individuo sólo dentro de él obra según una
voluntad universal». Por eso, sólo en el Estado pueden existir el arte, la religión y la filosofía. Estas
formas del espíritu absoluto expresan el mismo contenido racional que se realiza en la existencia
histórica del Estado. Quedan, por lo tanto, subordinadas a la constitución de los Estados y al devenir
de la his-toria estas esferas supremas de la vida del espíritu, que sólo tienen su realización objetiva
dentro de la vida de los pueblos, como Hegel parece explicar en lo siguiente.
Las tres fases de la historia universal.—Hegel termina su introduc-ción sobre la «Razón en la
historia» presentando el desenvolvimiento y curso de la historia universal bajo la idea de una
evolución continua y pro-gresiva de los hombres y de los pueblos hacia una conciencia y libertad
superiores, según el principio inmanente de ese espíritu universal que se pluraliza y prolonga en la
sucesión de los espíritus nacionales. «La historia universal representa la evolución de la conciencia
que el espíritu tiene de su libertad, y también la evolución de la realización que ésta obtiene por
medio de tal conciencia». Dicha evolución se verifica por sucesivas fases, que son los elementos
evolutivos de un devenir absoluto, y se manifiesta en la sucesión de las formas estatales y de
civilización de los pueblos. Y, natu-ralmente, los grandes momentos del devenir de la historia han
de seguir el ritmo dialéctico de la idea, que en este caso es el devenir de la libertad. La división de
la historia universal y toda la descriptiva y acopio de datos que Hegel hace de ella se hace, pues,
según el esquema de tres grandes períodos:
a) El período primero es el del mundo oriental. Representa la infancia de la humanidad y se
caracteriza por la ausencia de la libertad. «Los orientales sólo han sabido que uno es libre». Es la
fase del despotismo, en que el poder del Estado se concentra en un solo individuo. Su forma de
gobierno es la monarquía absoluta. Pero el déspota tampoco es verda-deramente libre, porque «esa
libertad es sólo capricho, barbarie y hosquedad de la pasión». Son descritos en este período los
pueblos y civilizaciones de China, India, Persia, Asia Menor —fenicios, sirios, israelitas— y
Egipto.
b) El segundo período contiene la historia del mundo greco−romano, que Hegel subdivide en dos
partes, narrando por separado la historia y civi-lización griegas y la de los romanos. Es la etapa de
la adolescencia en el surgir de la libertad que ha aparecido entre los griegos. Pero griegos y romanos
sólo sabían que algunos hombres eran libres, no que el hombre como tal era libre. Platón y
Aristóteles sólo supieron eso. Por eso «los griegos no sólo tuvieron esclavos y estuvo su hermosa
libertad vinculada a la esclavitud, sino que esa libertad fue sólo un producto accidental, imper-fecto
y efímero». Hegel describe con especial interés el mundo romano como período de virilidad o
robustecimiento estatal con la universalidad de su imperio. Pero a la vez engendró el despotismo y
la decadencia del mismo.
c) El tercer período es denominado del mundo germánico, que se prolonga desde el advenimiento
del cristianismo hasta la época actual (del filósofo). Es, por lo tanto, puesto bajo el signo de las
«naciones germá-nicas», ya que «sólo ellas han llegado, desde el cristianismo, a la con-ciencia de
que el hombre es libre como hombre, de que la libertad del espíritu constituye su más propia
naturaleza». Pero, si bien esta conciencia ha surgido con la religión cristiana, no llegó a tener
inmediata expresión en las leyes, instituciones y constitución de los Estados, pues con el triunfo
cristiano todavía perduró la esclavitud. Ha sido necesario un largo proceso de organización y
desenvolvimiento de los pueblos antes del reconocimiento explícito de dicho principio de la libertad
en la realidad del espíritu y de la vida.
Hegel recorre en su descriptiva las distintas formas de este período: desde el imperio bizantino, las
migraciones de los pueblos germánicos, el feudalismo, la organización de la Iglesia y el Estado en
la Edad Media, el tránsito a la Edad Moderna, la Reforma, las monarquías constitucionales y el
sistema de Estados europeos y la Ilustración, hasta la Revolución francesa y las guerras
napoleónicas, terminando con un análisis de los Estados europeos en «la actualidad».
La exposición hace resaltar la superioridad de los pueblos ger-mánicos, y, dentro de ellos, de la
Alemania prusiana, acusando siempre el mismo matiz racista. Asimismo, reafirma su criterio de la
superioridad de la Reforma protestante sobre la Iglesia católica, y, en consecuencia, de los pueblos
germánicos, que han abrazado la Reforma, sobre las naciones latinas, que han permanecido fieles al
catolicismo, y de las naciones es-lavas, que también se mantuvieron al margen de la Reforma.
Lutero (1843−1956) es el que ha proclamado el doble principio de la libertad y de la interioridad de
la religión cristiana como religión del espíritu. Y la raza germánica es, por lo tanto, la elegida final
del espíritu del mundo gracias a su afinidad con este espíritu cristiano. La pura interioridad de la
nación germánica ha sido el terreno apto para la liberación del espíritu. Las naciones latinas, por el
contrario, han conservado en el fondo del alma un desdobla-miento; procedentes de una mezcla de
sangre latina y sangre germánica, conservan un germen de heterogeneidad, la ausencia de síntesis
del es-píritu y el sentimiento, sin percibir la profundidad del espíritu. La superioridad definitiva del
germanismo es, pues, una superioridad espiritual, que le per-mite recibir la más alta revelación del
Espíritu