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Palomas Blancas y Garzas Morenas

El amor imposible.

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Palomas blancas y garzas morenas

Poeta, periodista y diplomático nicaragüense, Rubén Darío (1867-1916) es


considerado el máximo representante del modernismo literario en lengua
española.

Mientras lees, toma nota de las emociones que expresa el narrador a lo largo
del cuento.

Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos, desde muy niños, en
casa de la buena abuelita que nos amaba mucho y nos hacía vernos como
hermanos, vigilándonos cuidadosamente, viendo que no riñésemos. ¡Adorable la
viejecita, con sus trajes a grandes flores, y sus cabellos crespos y recogidos, como
una vieja marquesa de Boucher!

Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que ella; y
comprendía — lo recuerdo muy bien — lo que ella recitaba de memoria,
maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba delante del niño Jesús,
la hermosa María y el señor San José; todo con el gozo de las sencillas personas
mayores de la familia, que reían con risa de miel, alabando el talento de la
actrizuela.

Inés crecía. Yo también; pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un colegio, un
internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos estudios del bachillerato, a
comer los platos clásicos de los estudiantes, a no ver el mundo — ¡mi mundo de
mozo!

— y mi casa, mi abuela, mi gato — un excelente romano que se restregaba


cariñosamente en mis piernas y me llenaba los trajes negros de pelos blancos.

Partí.

[5]Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo.

Mi voz tomó timbres aflautados y roncos; llegué al periodo ridículo del niño que
pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme de mi
profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo comprendiese el
binomio de Newton, pensé — todavía vaga y misteriosamente — en Inés.

Tiempo.

Leí Pablo y Virginia.

Llegó un fin de año escolar y salí, en vacaciones, rápido como una saeta,

camino de mi casa.

¡Libertad!

Yo delante de Inés me hallaba como avergonzado, un tanto serio. Cuando me


dirigía la palabra, me ponía a sonreírle con una sonrisa simple.

Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera, dorada y luminosa al sol, era un
tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una creación murillesca,

si se veía de frente. A veces, contemplando su perfil, pensaba en una soberbia


medalla siracusana, en un rostro de princesa. El traje, corto antes, había
descendido. La voz era clara y vibrante, las pupilas azules, inefables,

la boca llena de fragancia de vida y de color de púrpura. ¡Sana primavera!

La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a abrazarme, me


tendió la mano. Después no me atrevía a invitarla a los juegos de antes. Me sentía
tímido. ¡Y qué! Ella debía sentir algo de lo que yo. ¡Yo amaba a Inés!

Inés, los domingos, iba con la abuela a misa, muy de mañana.

Mi dormitorio estaba vecino al de ellas. Cuando cantaban los campanarios su


sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.

[15]Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta veía salir la
pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el frufrú

de las polleras

antiguas de mi abuela y del traje de Inés.


¡Oh, Eros!

***

—Inés...

—¿...?

Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella luna de
aquellas del país de Nicaragua!

[20]Le dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las palabras, ya
rápidas, ya contenidas, febril

y temeroso. ¡Sí! Se lo dije todo; las agitaciones sordas y extrañas que en mí


experimentaba cerca de ella; el amor, el ansia, los tristes insomnios del deseo; mis
ideas fijas en ella allá en mis meditaciones del colegio; y repetía como una oración
sagrada la gran palabra: el amor. ¡Oh, ella debía recibir gozosa mi adoración!
Creceríamos más. Seríamos marido y mujer...

Esperé.

La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba perfumes tibios
que a mí se me imaginaban propicios para los fogosos amores. ¡Cabellos áureos,

ojos paradisiacos!

De repente, y con un mohín:

—¡Ve! La tontería...

[25]Y corrió como una gata alegre a donde se hallaba la buena abuela, rezando a
la callada sus rosarios y responsorios.

Con risa descocada

de educanda maliciosa, con aire de locuela:

—¡Eh, abuelita, ya me dijo!...

¡Ellas, pues, sabían que yo debía decir...!


Con su reír interrumpía el rezo de la anciana, que se quedó pensativa acariciando
las cuentas de su camándula.

¡Y yo que todo lo veía, a la husma, de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas,
las primeras de mis desengaños de hombres!

Los cambios fisiológicos que en mí se sucedían, y las agitaciones de mi espíritu,


me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta como me
creía, al comenzarme el bozo,

sentía llenos de ilusiones la cabeza, de versos los labios. ¿Cuándo llegaría el


momento soberano en que alumbraría una celeste mirada al fondo de mi ser, y
aquel en que se rasgaría el velo del enigma atrayente?

Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín regando trigo, entre los arbustos y las
flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas,

arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba un traje


— siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo — gris azulado, de
anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados brazos
alabastrinos;

los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el vello alborotado. Las aves
andaban a su alrededor, e imprimían en el suelo oscuro la estrella acarminada de
sus patas.

Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La devoraba
con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite! Me vio trémulo,

enrojecida la faz, en mis ojos una llama viva y rara y acariante, y se puso a reír
cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! ¡Oh, aquello no era posible! Me lancé con
rapidez frente a ella. Audaz, formidable debía estar, cuando ella retrocedió, como
asustada, un paso.

—¡Te amo!
Entonces tornó a reír. Una paloma voló a uno de sus brazos. Me acerqué más. Mi
rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos rodeaban... Me turbaba el
cerebro una onda invisible y fuerte de aroma femenil. ¡Se me antojaba Inés una
paloma hermosa y humana, blanca y sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de
ardor, un tesoro de dichas! No dije más. La tomé la cabeza y la di un beso en una
mejilla, un beso rápido, quemante de pasión furiosa. Ella, un tanto enojada, salió
en fuga. Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo, formando un opaco ruido de
alas sobre los arbustos temblorosos. Yo, abrumado, quedé inmóvil

Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había, ¡ay!,
mostrado a mis ojos el soñado paraíso del misterioso deleite.

***

¡Musa

ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la graciosa, la alegre,
ella fue el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca, que murmuró por primera vez
cerca de mí las inefables palabras!

Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un lago
encantador, lleno de islas floridas con pájaros de colores.

Los dos, solos, estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo muelle,
debajo del cual el agua glauca

y oscura chapoteaba musicalmente. Había un crepúsculo acariciador, de aquellos


que son la delicia de los enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una
diafanidad apacible que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta oscuro, por
la parte del oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro sonrosado en el horizonte
profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y desfallecientes los últimos rayos
solares. Arrastrada por el deseo, me miraba la adorada mía y nuestros ojos se
decían cosas ardorosas y extrañas. En el fondo de nuestras almas cantaban un
unísono embriagador como dos invisibles y divinas filomelas.
Yo veía a la mujer tierna; con su cabellera castaña que acariciaba con mis manos,
su rostro color de canela y rosa, su boca cleopatrina,

su cuerpo gallardo; y oía su voz, queda, muy queda, que me decía frases
cariñosas, tan bajo, como que sólo eran para mí, temerosa quizás de que se las
llevase el viento vespertino. Fija en mí, me inundaban de felicidad sus ojos de
Minerva, ojos verdes, ojos que deben siempre gustar a los poetas. Luego erraban
nuestras miradas por el lago, todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla se
detuvo un gran grupo de garzas. Garzas blancas, garzas morenas, de esas que
cuando el día calienta, llegan a las riberas a espantar a los cocodrilos, que con las
anchas mandíbulas abiertas beben sol sobre las rocas negras. ¡Bellas garzas!
Algunas ocultaban los largos cuellos en la onda o bajo el ala, y semejaban
grandes manchas de flores vivas y sonrosadas, móviles y apacibles. A veces una,
sobre una pata, se alisaba con el pico las plumas, o permanecía inmóvil, escultural
y hieráticamente, o varias daban un corto vuelo, formando en el fondo de la ribera
llena de verde, o en el cielo, caprichosos dibujos, como las bandadas de grullas de
un parasol chino

Me imaginaba, junto a mi amada, que de aquel país de la altura me traerían las


garzas muchos versos desconocidos y soñadores. A las garzas blancas las
encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la paloma y la
voluptuosidad del cisne; garridas, con sus cuellos reales, parecidos a los de las
damas inglesas que junto a los pajecillos rizados se ven en aquel cuadro en que
Shakespeare recita en la corte de Londres. Sus alas, delicadas y albas, hacen
pensar en desfallecientes sueños nupciales; todas — bien dice un poeta — como
cinceladas en jaspe.

¡Ah, pero las otras tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se me
antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa, gallarda y
gentil.

Ya el sol desaparecía arrastrando toda su púrpura opulenta de rey oriental. Yo


había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y frases melifluas
y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido

dúo de pasión inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores,
consagrados místicamente uno a otro.

De pronto y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento inexplicable,


nos besamos la boca, todos trémulos, con un beso para mí sacratísimo

y supremo: el primer beso recibido de labios de mujer. ¡Oh Salomón, bíblico y real
poeta! Tú lo dijiste como nadie: Mel et lac sub lingua tua.

***

¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes, en los recuerdos


que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal.

[45]Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas en el inefable primer


instante de amor.

Notas

Todo Definiciones Notas a pie de página

1. Francois Boucher fue un pintor francés del siglo XVIII que pintó varios
retratos de Jeanne-Antoinette Poisson, duquesa-marquesa de Pompadour y
marquesa de Menars.

2. persona que está en el período de la vida entre la niñez y la edad adulta

3. En este novela de Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre publicada en


1787, los protagonistas (Pablo y Virginia) son dos amigos de la infancia que
se enamoran pero terminan muriendo de forma trágica cuando naufraga el
barco en el que viajan.

4. flecha

5. Bartolomé Esteban Murillo fue un pintor barroco español del siglo XVII, sus
obras son reconocidas en España y todo el mundo.
6. medallas originarias de la ciudad de Siracusa en Sicilia Italia, algunas de
estas medallas se caracterizaban por tener grabados los perfiles de los
rostros de personajes importantes de la Roma antigua

7. Inefable (adjetivo) : que no se puede explicar con palabras

8. ruido que producen algunas telas cuando se rozan

9. faldas

10. En la mitología griega, Eros es el dios responsable del amor.

11. Febril (adjetivo) : que tiene fiebre o muestra signos de una temperatura
corporal elevada

12. Áureo (adjetivo) : que es de oro o tiene alguna de las características del
oro, como el color amarillo brillante o su brillo

13. gesto del rostro con el que se expresa desagrado o enfado, especialmente
el que se hace con los labios

14. oración de la liturgia católica

15. que habla o actúa con excesiva desenvoltura y descaro

16. Malicioso (adjetivo) : que habla o actúa con intención encubierta para
beneficiarse o perjudicar a alguien

17. modo y tono particular de hablar de cada persona

18. astucia para conseguir algo

19. acción y resultado de husmear o tratar de averiguar cosas a escondidas

20. pequeño bigote fino y suave

21. período que transcurre desde que aparece en el horizonte la luz del sol
hasta que sale el sol y se hace de día

22. que tiene una blancura semejante a la de la nieve


23. El alabastro es una piedra blanca y translúcida, parecida al mármol, que se
trabaja fácilmente y se usa en escultura y decoración.

24. tembloroso

25. En la mitología griega, las musas son, según los escritores más antiguos,
las divinidades inspiradoras de las Artes.

26. que es verde claro, como el agua del mar

27. Crepúsculo (sustantivo) : claridad de la luz al salir o ponerse el sol,


especialmente la del anochecer

28. que tiene un color entre blanco y azulado

29. que deja pasar la luz a través de sí casi en su totalidad

30. ruiseñor

31. Cleopatra fue una reina de Egipto, era famosa por su belleza e inteligencia.

32. En la mitología romana Minerva es la diosa de la sabiduría, las artes, la


estrategia militar, además de la protectora de Roma y la patrona de los
artesanos.

33. La escritura hierática, término proveniente del griego, permitía a los


escribas del Antiguo Egipto escribir de forma rápida, simplificando los
jeroglíficos cuando lo hacían en papiros, y estaba íntimamente relacionada
con la escritura jeroglífica.

34. que es elegante y proporcionado

35. piedra de grano fino, opaca, que generalmente forma vetas de diversos
colores; es apreciada en joyería y como material ornamental

36. Melifluo (adjetivo) : excesivamente dulce, suave y delicado

37. Lánguido (adjetivo) : que carece de fuerza o vigor

38. sagrado
39. Esta frase forma parte del Cantar de los Cantares 4:11, el libro bíblico que
se atribuye al Rey Salomón. El verso completo dice: “favus distillans labia
tus, mel et lac sub lingua tua” que se puede traducir como “tus labios
destilan néctar, miel y leche bajo tu lengua”.

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