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Atributos y Santidad de Dios

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CONOCIENDO A DIOS

Los Atributos de Dios


1. La omnisciencia de Dios *“No existe cosa creada que no sea manifiesta en su presencia.
Más bien, todas están desnudas y expuestas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”. (Heb. 4:13).
2. La omnipresencia de Dios
3. La soberanía de Dios
4. La supremacía de Dios Para manifestar su supremacía, hizo que los cuervos llevaran comida
a Elías (1Rey. 17),que el hierro nadara sobre el agua (2Rey. 6), cerró la boca de los leones cuando Daniel fue
arrojado al foso, e hizo que el fuego no quemara cuando los tres jóvenes hebreos fueron echados a las llamas
5. La inmutabilidad de Dios- dios no cambia es. Él mismo ayer..

LA SANTIDAD DE DIOS
“¿Quién no te temerá, oh Señor, y engrandecerá tu nombre? Porque tú sólo
eres santo” (Apoc. 15:4).

Sólo El es infinito, independientemente e inmutablemente santo. Con


frecuencia Dios es llamado “El Santo” en la Escritura; y lo es porque en él
se halla la suma de todas las excelencias morales.

Es pureza absoluta, sin la más leve sombra de pecado. “Dios es luz, y en él


no hay ningunas tinieblas” (1Juan. 1:5).

La santidad es la misma excelencia de la naturaleza divina: el gran Dios es


“magnífico en santidad” (Ex. 15:11).

Por eso leemos: “muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el
agravio” (Hab. 1:13).

De la misma manera que el poder de Dios es lo opuesto a debilidad natural


de la criatura, y su sabiduría contrasta completamente con el menor
defecto de entendimiento, su santidad es la antítesis de todo defecto o
imperfección moral.
En la antigüedad, Dios instituyó algunos “que cantasen a Jehová y
alabasen en la hermosura de su santidad”. (2Crón.. 20:21).

El poder es la mano y el brazo de Dios, la omnisciencia sus ojos, la


misericordia su entraña, la eternidad su duración, pero “la santidad es su
hermosura”. Es esta hermosura lo que le hace deleitoso para aquellos que
han sido liberados del dominio del pecado.

A esta perfección divina se le da un énfasis especial. “Se llama santo a


Dios más veces que todopoderoso, y se presenta esta parte de su dignidad
más que ninguna otra. Esta cualidad va como calificativo junto a su
nombre más que ninguna otra.

Nunca se nos habla de Su poderoso nombre, o su sabio nombre, sino su


grande nombre, y, sobre todo, su santo nombre. Este es su mayor título de
honor; en ésta resalta toda la majestad y respetabilidad de su nombre.”

Esta perfección, como ninguna otra, es celebrada ante el trono del cielo
por los serafines que claman:
“Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos” (Isa. 6:3).

Dios mismo destaca esta perfección: “Una vez he jurado por mi santidad”
(Sal. 89:35).

Dios jura por su santidad porque ésta es la expresión más plena de sí


mismo. Por ella nos exhorta: “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y
celebrad la memoria de su santidad” (Sal.30:4). “Podemos llamar a éste un
atributo trascendental; es como si penetrara en los demás atributos y les
diera lustre” (J. Howe 1670). Por ello leemos de la “hermosura del Señor”
(Sal. 27:4), la cual no es otra que la “hermosura de su santidad”
(Sal. 110:3).

“Esta excelencia destacada por encima de sus otras perfecciones, es la


gloria de éstas; es cada una de las perfecciones de la deidad; así como su
poder es el vigor de sus otras perfecciones, su santidad es la hermosura de
las mismas; de la manera que sin omnipotencia todo sería débil, sin
santidad todo sería desagradable. Si ésta fuera manchada, el resto perdería
su honra.

Esto sería como si el sol perdiera su luz: perdería al instante su calor, su


poder y sus virtudes generadoras y vivificadoras. Así como en el cristiano
la sinceridad es el brillo de todas las gracias, la pureza en Dios es el
resplandor de todos los atributos de la divinidad. Su justicia es santa, su
sabiduría santa, su brazo poderoso es un santo brazo (Sal. 98:1).

Su verdad o palabra es una Santa Palabra (Sal. 105:42).

Su nombre, que expresa todos sus atributos juntos, es un Santo Nombre


(Sal. 103:1)”

La santidad de Dios se manifiesta en sus obras. Nada que no sea excelente


puede proceder de El. La santidad es regla de todas sus acciones. En el
principio declaró todo lo que había hecho “bueno en gran manera”
(Gen. 1:31), lo cual no hubiera podido hacer si hubiera habido algo
imperfecto o impuro.

Al hombre lo hizo “recto” (Ecl. 7:29), a imagen y semejanza de su


creador. Los ángeles que cayeron fueron creados santos, ya que, según
leemos, “dejaron su habitación” (Judas. 6).
De Satanás está escrito: “perfecto eras en todos tus caminos desde el día
que fuiste creado hasta que se halló en ti maldad” (Eze. 28:15).

La santidad de Dios se manifiesta en su ley. Esa ley prohíbe el pecado en


todas sus variantes: en las formas más refinadas así como en las más
groseras, la intención de la mente como la de contaminación del cuerpo, el
deseo secreto como el acto abierto.
Por ello leemos: “la ley a la verdad es santa y el mandamiento santo y
justo, y bueno” (Rom. 7:12).

Sí, “el precepto de Jehová es puro que alumbra a los ojos. El temor de
Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son
verdad, todos justos” (Sal.19:8,9).

La santidad de Dios que se manifiesta en la cruz. La expiación pone de


manifiesto de la manera más admirable, y a la vez solemne la santidad
infinita de Dios y su odio al pecado. ¡Cuán detestable había de serle este
cuando lo castigó hasta el límite de su culpabilidad al imputarlo a su hijo!
“los juicios que han sido o que serán vertidos sobre el mundo impío, la
llama ardiente de la conciencia pecadora, la sentencia irrevocable dictada
contra los demonios rebeldes, y los gemidos de las criaturas condenadas,
nos demuestran tan palpablemente el odio de Dios hacia el pecado como la
ira del Padre desatada sobre el Hijo.

La santidad divina jamás apareció más atractiva y hermosa que cuando la


faz del salvador estaba más desfigurada por los gemidos de la muerte. El
mismo lo declara en el Salmo 22.

Cuando Dios esconde de Cristo su faz sonriente y le hunde su afilado


cuchillo en el corazón haciéndole exclamar Dios mío, Dios mío, ¿porqué
me has abandonado?, Cristo adora esa perfección divina: “pero tu eres
santo, v. 3”.
2 parte….
DIOS ODIA TODO PECADO PORQUE EL ES SANTO.
El ama todo lo que es conforme a sus leyes y aborrece todo lo que es
contrario a las mismas. Su palabra lo expresa claramente: “el perverso es
abominado de Jehová” (Prov. 3:32).

Y otra vez: “abominación son a Jehová los pensamientos del malo”


(Prov. 15:26).
De ello se desprende que él, necesariamente ha de castigar el pecado.

EL PECADO NO PUEDE ESCAPAR A SU CASTIGO PORQUE DIOS LO


ABORRECE.
Dios ha perdonado a menudo a los pecadores, pero jamás perdona el
pecado; el pecador sólo puede ser perdonado a causa de que otro ha
llevado su castigo, porque “sin derramamiento de sangre no se hace
remisión”
(He. 9:22).
Por eso se nos dice que “Jehová se venga de sus adversarios, y guarda
enojo para sus enemigos” (Nah. 1:2).

A CAUSA DE UN PECADO DIOS DESTERRÓ A NUESTROS


PRIMEROS PADRES DEL EDÉN.
Por un pecado toda la descendencia de Cam cayó bajo una maldición que
todavía perdura.
Moisés fue excluido de Canaán a causa de un pecado.
Y por un pecado el criado de Eliseo fue castigado con lepra.
Y Ananías y Safira fueron separados de la tierra de los vivientes.

EN ESO TENEMOS PRUEBAS DE LA INSPIRACIÓN DIVINA DE


LAS ESCRITURAS.
El alma no regenerada no cree realmente en la santidad de Dios, tienen un
concepto parcial de su carácter.
Esperan que su misericordia superara todo lo demás.
“Pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21), es la acusación de
Dios a los tales.
Piensan en un dios cortado según el patrón de sus propios corazones
malos.
De ahí su persistencia en una carrera de locura.
La santidad atribuida en las Escrituras a la naturaleza y carácter divinos es
tal, que demuestra claramente el origen sobrenatural de estas.

¡Los descendientes caídos de Adán jamás podían idear un Dios de


santidad que aborrece totalmente todo pecado! En realidad, nada pone más
de manifiesto la terrible depravación del corazón humano y su enemistad
con el Dios viviente que la presencia del que es infinita e inmutablemente
sabio.

La idea humana del pecado está prácticamente limitada a lo que el mundo


llama “crimen”. Lo que no llega a tal gravedad, el hombre lo llama
“defectos”, “equivocaciones”, “enfermedad”, etc. E incluso cuando se
reconoce la existencia del pecado, se buscan excusas y atenuantes. El
“dios” que la inmensa mayoría de los que profesan ser cristianos “aman”
es como un anciano indulgente, quien, aunque no las comparta disimula
benignamente las “imprudencias” juveniles.

Pero la Palabra de Dios dice: “Aborreces a todos los que hacen iniquidad”
(Sal. 5:5), y “Dios está airado todos los días contra el impío” (Sal. 7:11).

Pero los hombres se niegan a creer en este Dios, y rechinan los dientes
cuando se les habla fielmente de como odia al pecado. No, el hombre
pecaminoso no podía imaginar un Dios santo, como tampoco crear el lago
de fuego en el que será atormentado para siempre.

Porque Dios es santo, es completamente imposible que acepte a las


criaturas sobre la base de sus propias obras.

Una criatura caída podría más fácilmente crear un mundo que hacer algo
que mereciera la aprobación del que es infinitamente puro.
¿Pueden las tinieblas habitar con la luz? ¿Puede el inmaculado deleitarse
con los “trapos de inmundicia”? (Isa. 64:6).

LO MEJOR QUE EL HOMBRE PECADOR PUEDE PRESENTAR


ESTÁ CONTAMINADO.
Un árbol corrompido no puede producir buen fruto, si Dios considerara
justo y santo aquello que no lo es, se negaría a sí mismo y envilecería sus
perfecciones; y no hay nada justo ni santo si tiene la menor mancha
contraria a la naturaleza de Dios.

Pero bendito sea su nombre, porque lo que su santidad exigió, lo proveyó


su gracia en Cristo Jesús, Señor nuestro cada pobre pecador que se haya
refugiado en él es “acepto en el amado” (Efe. 1:6). ¡Aleluya!.

PORQUE DIOS ES SANTO, DEBEMOS ACERCARNOS A ÉL CON


LA MÁXIMA REVERENCIA.
“Dios terrible en la grande congregación de los santos y formidable sobre
todos cuantos están alrededor suyo” (Sal. 89:7).

“Ensalzad a Jehová nuestro Dios, e inclinaos al estrado de sus pies: él es


santo” (Sal. 99:5). Sí, “Al estrado”, en la postura más humilde, postrados
ante él.

Cuando Moisés se acercaba a la zarza ardiendo, Dios le dijo: “quita tus


zapatos de tus pies” (Exo. 3:5).

A él hay que servirle “con temor” (Sal. 2:11). Al pueblo de Israel dijo: “En
mis allegados me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré
glorificado” (Lev. 10:3).

Cuando más temerosos nos sintamos ante su santidad inefable, más


aceptables seremos al acercarnos a él.
Porque Dios es santo, deberíamos desear ser hechos conformes a él. Su
mandamiento es: “Sed santos, porque yo soy santo” (1Ped. 1:16).

No se nos manda ser omnipotentes u omniscientes como Dios, sino santos,


y eso “en toda conversación” (1Ped. 1:15).

este es el mejor medio para agradarle. No glorificamos a Dios tanto con


nuestra admiración ni con expresiones elocuentes o servicio ostentoso,
como con nuestra aspiración a conversar con El con espíritu limpio, y a
vivir para El viviendo como El”.

Así pues, por cuanto solo Dios es la fuente y manantial de la santidad,


busquemos la santidad en él; que nuestra oración diaria sea que “El Dios
de paz os santifique en todo; para que vuestro espíritu y alma y cuerpo sea
guardado entero sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo”
( 1Tes. 5:23).

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