Mi narrativa.
Una experiencia de vida, para compartir
Inicio mi narrativa advirtiendo que se trata de una experiencia real a la que se ha
sumado percepciones, sentimientos e interpretaciones de lo vivido en una familia al
momento de enfrentar una situación tan difícil como es el diagnóstico de esquizofrenia
en uno de los integrantes. Trataré de relatar a través de los recuerdos y las memorias de
la familia sus experiencias y quebrantos, además de describir e interpretar con base en la
propuesta del Corine Pelluchon las manifestaciones de su vulnerabilidad. Es importante
aclarar que cuento con la autorización de cada uno de los integrantes de la familia para
realizar el siguiente relato, aunque sus nombres han sido cambiados.
“Su hija no es normal”. Fue la frase que mi madre Soledad escuchó de una auxiliar
de enfermería con quien compartía la vivienda refiriéndose al comportamiento de mi
primera hermana, Victoria, cuando ella apenas tenía tres años. Mi madre se negó a esta
realidad.
¿Una persona con capacidades especiales?
Victoria, nació en un pueblo, en un parto prolongado, traumático atendido por
partera. Mi madre comenta: “Ella nació moradita y con la cabeza alargada”, cuando fue
creciendo se demoró para caminar y también para hablar. Durante unas vacaciones, ella
cayó desde el segundo piso de la casa, sufriendo un trauma craneoencefálico severo, por
el que debe permanecer hospitalizada y en aislamiento por casi un mes. Desde que salió
del hospital y por quince años más continuó tomando medicamentos.
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Mi madre recuerda que después del golpe, el comportamiento cambió, era muy
inquieta y cuando estaban en público la gente la miraba mal. Para iniciar la escolaridad
acudió al bienestar familiar, en donde una trabajadora social le explicó que la niña “no
era normal”, y que debía recibir educación especial. Después de adelantar algunos
trámites fue aceptada en una institución de educación especial de la ciudad, en donde se
ocuparon de ella y apoyaron a la familia brindando educación relacionada con su
discapacidad, el trato que debíamos entregar en casa, la administración de los
medicamentos, como facilitar su independencia, su capacidad de aprendizaje, etc.
Durante muchos años, Victoria es una persona independiente, que ejerce su autocuidado
y manifiesta sus deseos y necesidades. Se comunica fácilmente. Desempeña un rol
familiar importante porque con supervisión cuida diariamente de mis dos sobrinas.
Psicosis
Transcurrió el tiempo y mi hermana gozaba de buena salud y su esfera mental sin
deterioro; pero el jueves 30 de junio de 2016, mientras preparábamos las maletas para
viajar y visitar a mi hermana menor, quien nos esperaba con el hermoso sueño de
comprar su vestido de novia; sucede lo impensable; mi madre quien se encontraba
lavando platos en la cocina, grita varias veces mi nombre con voz desesperada. Yo, que
estaba en mi cuarto, dejé la ropa en la cama y apresurada bajo las escaleras. Encuentro a
Victoria sosteniendo con fuerza la puerta que separa la sala del hall, mi padre la miraba
paralizado, mi madre lloraba, y le preguntó: ¿qué tienes? ¿qué pasa?
Ella, responde a mi voz, pero no me mira, continúa sosteniendo la puerta, su rostro es
pálido, su piel fría, su mirada opaca, perdida y vacía, la comisura de sus labios caída,
respira rápido con la boca abierta, está asustada, tiene miedo, no me reconoce, no
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reconoce a mis padres; sólo sostiene la puerta con fuerza y me dice: no salgas, no
salgan, ellos me están llamando, ellos me quieren matar, ¿los escuchas? ¿Los ves? allí
están, me hablan por el pensamiento, se burlan de mí. Mi padre que es un hombre alto,
corpulento y fuerte intenta hacer que suelte la puerta, pero no lo logra.
Ella es muy fuerte. Tomé su cara con mis manos, le dije: ¡mírame! Soy tu hermana,
nosotros siempre te vamos a cuidar. Tienes que dejarnos salir, la abracé. Soltó la puerta.
Le pedí que se escondiera en su cuarto mientras salíamos con mi padre a ver a las
personas que la estaban llamando para pedirles que se vayan. Mi madre, quien lloraba y
rezaba, la acompañó. Salimos y, en la calle sólo había automóviles y personas que
transitaban.
Regresamos a la casa, ella estaba con mi madre en el cuarto, su semblante no cambia,
su mirada sigue pérdida, mirando a la nada, mirando al vacío. Camina en círculos, entra
y sale de la habitación, se dirige a la sala, fija la mirada en algo y sonríe. No habla. Se
asusta de nuevo, ¡me llaman! ¿Escuchas?, y ahora sé lo que escuchaba, eran los pitos de
las motos o los autos que pasan. Cada pito reanuda su miedo, detesto ese ruido. No
sabemos qué hacer. Nunca había pasado esto.
La urgencia psiquiátrica
Llega mi hermano. Ella no lo saluda, no lo reconoce, pero no huye de él. Él se sienta
en las gradas y llora. Pregunta: ¿Qué le pasa? ¿Por qué está así? ¿Por qué no me
conoce? Y llora. No lo sé, respondo. Hay que llevarla al hospital, dice. Él tiene la razón,
pero pienso y les explicó: no nos van a atender, aunque está alucinando y tiene miedo
no es una urgencia psiquiátrica porque no se agrede ni agrede a los demás. Conozco
muy bien esa definición, trabajo en un hospital. Además, la aseguradora a la que
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estamos afiliados no tiene convenio con ningún hospital psiquiátrico. ¿Y entonces qué
hacemos?, preguntó: esperar a mañana y a primera hora llevarla a consulta prioritaria
por psiquiatría. Esa noche, parecía por momentos recuperar la conciencia y aunque no
hablaba mucho, sí nos permitió ayudarla.
Le dimos aromática para los nervios y unas gotas de valeriana que ella misma contó
y tomó, usó su ropa de dormir y se acostó, pero no durmió, nadie lo hizo, ella estaba
agitada, nerviosa, ansiosa, temblorosa, subía y bajaba las escaleras, entro en mi
habitación varias veces y aunque dijo que a mirarme yo sentía miedo. Por fin amaneció,
se arregló, desayunó, no habló, continuaba con su mirada vacía, le dijimos que
debíamos ir al médico y nos acompañó sin resistencia, llegamos al psiquiátrico, ella
entra con calma, nosotros estamos asustados, no sabemos qué va a pasar. Necesitamos
una cita prioritaria, le digo a la recepcionista, no tenemos para el día de hoy, responde.
Pero por fortuna, un paciente acaba de cancelar. Después de adelantar los trámites
administrativos, y de confirmar que la aseguradora no tiene contrato con el hospital,
somos atendidos de manera particular, el psiquiatra, un hombre joven, de la costa,
amable, nos pregunta ¿qué pasa? Le contamos lo sucedido. El, se dirige a ella. Le hace
algunas preguntas. Ella pobremente contesta algunas. No sabe su nombre, desconoce la
fecha, no sabe en qué lugar nos encontramos, el psiquiatra debe hacer mucho esfuerzo
para llamar su atención y obtener algún tipo de respuesta, parece no escuchar, no
recuerda muchas cosas. Después de un largo interrogatorio, el doctor habla en sus
términos de un trastorno psicótico agudo, pero desconoce la causa, ordena algunos
exámenes, medicamentos e internación parcial para seguimiento estricto del caso. Habla
de las alucinaciones, el cambio de comportamiento, porque no habla y su falta de
expresión de emociones. Le preguntamos si es prudente hacer un viaje que tenemos
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pendiente, nos responde que es buena idea, y que con el medicamento que ordenó ella
estará bien. El control para establecer el tratamiento se realizará con el resultado de los
exámenes ordenados.
¿De qué está hablando? El desconcierto del diagnóstico
Salimos del consultorio, desconcertados, tristes, tratando de asimilar toda la
información entregada por el médico y sin respuesta clara de la enfermedad.
Fuera del consultorio nos espera un auxiliar de enfermería para entregarnos la
documentación, historia clínica y órdenes médicas. Leo la historia, en la impresión
diagnóstica aparece como primer diagnóstico trastorno psicótico agudo de tipo
esquizofrénico, otros trastornos mentales debido a lesión o disfunción cerebral y a
enfermedad física y como tercero retraso mental moderado: deterioro del
comportamiento de grado no especificado. La auxiliar es clara debemos contar con las
autorizaciones de la EPS para continuar con el tratamiento en “hospital día” de lo
contrario no es posible y el control debe hacerse con el resultado de los estudios
solicitados.
El hospital cuenta con un hermoso jardín, hay unas bancas en las cuales decidimos
sentarnos para respirar, tranquilizarnos, tomar algunas decisiones. En relación al
medicamento no había nada que decidir, debíamos comprarlo en ese momento y
comenzar a administrarlo, no podíamos esperar el trámite de la aseguradora, es un
medicamento no cubierto por el plan de beneficios, lo que quiere decir que pueden
demorar entre ocho y quince días para entregarlo, y no íbamos a permitir que ella
continuará con miedo durante todo ese tiempo. En relación a los exámenes, hago
algunas llamadas, la aseguradora no cuenta con red para tomarlos, y en los hospitales en
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donde los toman, las citas están a más de quince días e incluso un mes. Pero tengo
algunos amigos, les envió las solicitudes y órdenes médicas esperando su ayuda. Logro
obtener las citas rápidamente.
Teniendo en cuenta las órdenes médicas y las fechas de las citas asignadas para los
exámenes, iniciamos sin cuestionamiento alguno la administración del medicamento y
viajamos para cambiar de ambiente y encontrarnos con mi hermana menor. El
medicamento funcionó, ella está tranquila, lo que nos ayuda a todos, ahora
lastimosamente permanece somnolienta y distante, muy poco emotiva, su mirada
perdida y habla lo necesario.
La incertidumbre del diagnóstico
Durante el viaje, está tranquila, pero nosotros permanecemos atentos a cualquier tipo
de movimiento o gesto, en especial mi padre quien desde ese momento se convierte en
una especie de protector que no la pierde de vista. Llegamos, mi hermana menor nos
recibe con los brazos abiertos, pero está nerviosa y tiene miedo, y aunque sabe lo
sucedido, esperaba encontrarla normal. Relata: cuando entró a la casa la miré
transformada, no parecía ella, la mirada estaba perdida y su rostro inexpresivo, quería
cuidarla, encargarme de ella, pero no sabía qué hacer ni qué esperar. Pensaba que en
cualquier momento podría hacerse daño o hacernos daño. Sentí angustia y
preocupación, porque además de ver su estado, los demás sufrían mucho dolor y notaba
su sentimiento de impotencia. Recuerda con gran claridad que, durante un almuerzo,
ella se levantó de la mesa, se dirigió al parqueadero, se colocó las manos en la cabeza y
dijo estar comunicándose con algunas personas a través del pensamiento. Sintió que el
corazón se le partía, se congeló, no pudo reaccionar, lloró.
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Meses antes mi hermana menor y Victoria, habían hablado mucho acerca de la
compra del vestido de novia para el día de la boda. Pero, llegado el momento, mi
hermana menor relata, que debido a su estado, fue su peor experiencia. El vestido no se
compró, y la boda se aplazó hasta que ella mejoró notoriamente; cinco meses después.
Algo que mi hermana menor menciona, es que miraba que todos estábamos perdidos
y yo les generaba seguridad en medio de la incertidumbre. “Te mire preocupada, tal vez
angustiada, pero sabías que hacer” dice. Y yo pienso que no sé de dónde obtuve el valor
para no quebrarme, porque finalmente, estaba como ellos en un mundo de enfermedad
mental completamente desconocido, y aunque soy enfermera de profesión, en toda mi
vida siempre había evitado el acercamiento con los trabajos en los hospitales mentales o
instituciones gerontológicas, porque en ellos se puede encontrar personas con pérdida
total de la identidad y tal vez ese es mi más profundo miedo. Pero, finalmente, alguien
tiene que mantener la cabeza fría en estas circunstancias, sin embargo, dos meses
después necesite ayuda para poder superar este episodio doloroso de mi vida.
Del desconocimiento a la autorización de un tratamiento
Regresamos a la ciudad, y después de insistir y presionar legalmente (tutela) a la
aseguradora logramos obtener las autorizaciones para el tratamiento de internación día.
La acompaño a la valoración inicial, nos espera el mismo psiquiatra quien le pregunta
cómo ha estado, pobremente responde, no ha presentado ansiedad, ni ha estado triste,
ella dice no tener ideas delirantes, sin embargo manifiesta ideas de prejuicio en los
miembros de la comunidad. (tomado de la historia clínica). Continúa con el mismo
medicamento que al parecer evita la aparición de síntomas. Después de esta valoración,
nos orientan hacia la oficina de la trabajadora social quien rápidamente nos cuenta en
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qué consiste el programa de hospital día, y nos solicita la firma en algunos documentos
que son: un acta de compromiso de internación parcial en el hospital y un acta de
compromiso para la administración de medicamentos. Hoy que los reviso, aunque los
encuentro firmados por Victoria y yo, no creo que ella haya entendido su contenido. En
estos documentos se describen las condiciones que la familia debe cumplir para que la
paciente permanezca en el programa.
El día del ingreso al programa, la acompañamos mi padre y yo, y se cristaliza mi
mayor miedo, ingresarla a una institución mental dejándola al cuidado de terceros. Ella
llora, me dice que no la deje, yo entro en ansiedad y la trabajadora social me retira
manifestando que soy un obstáculo para el inicio de tratamiento. Mi padre, quien no
entiende ni acepta la enfermedad, ahora se ha convertido en su protector y ha ajustado
su horario y su día a día para transportarla y recogerla en el hospital.
Un nuevo episodio y el estigma
Mientras los días pasan y esperamos la consulta de control, se empieza a notar que
tiene dificultades para prestar atención, se aísla nuevamente y no puede permanecer
quieta o en un solo lugar. Se levanta muy frecuentemente de la silla, camina en círculos,
alrededor de la sala, entra y sale de la casa.
En uno de esos días, mientras me encontraba trabajando, recibo una llamada de mi
padre angustiado; ella alucinó nuevamente, ahora, salió de la casa, gritó en la calle,
pidió ayuda, manifestó que le querían hacer daño, se sostuvo fuertemente del ante
jardín. Llegó la policía, a quienes se les explicó la situación y se retiran. Rápidamente
salí del hospital. Al llegar a casa, la encontré, con miedo, agitada, desorientada; y como
habían sido las indicaciones del psiquiatra aumenté la dosis del medicamento. De este
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día recuerdo dos aspectos muy importantes, uno, que los vecinos habían notado el
cambio en Victoria y que algunos en su desconocimiento dijeron que estaba loca, lo que
nos hirió profundamente.
El segundo, tiene que ver con mi trabajo, sin darme cuenta, mi rendimiento laboral
había disminuido, me habían notado triste y desconcentrada, razón por la que fui
llamada a gerencia y en una conversación bastante comprensiva la gerente y el
subgerente me permiten contarles lo que estaba sucediendo. De esa conversación
recuerdo, que hubiese querido encontrar el apoyo de mis amigos, pero, hablaron de lo
que se podía esperar de la enfermedad, de su evolución y pronóstico. Al salir, sentí una
gran sensación de soledad, vacío, desconsuelo y opresión en el pecho, sólo podía llorar,
llego mi momento, me sentí quebrada. El único sitio en donde encontré consuelo es en
la capilla en donde permanecí no sé por cuánto tiempo, pidiendo fortaleza para
continuar y hasta negociando con Dios. Me encontraba en franca desesperación. Hablé
con un psicólogo quien me escuchó atentamente y trato de fortalecer mis pensamientos,
pero les aseguro, no funciona.
El desafío del diario vivir del cuidador
Durante casi dos años, Victoria por alguna razón no quería estar cerca de mis
sobrinas, las rechaza, le molestaba su presencia, lo que nos llevó a solicitarle a mi
hermano, que para favorecer la tranquilidad y la evolución de la enfermedad, dejará de
llevar a las niñas a la casa; lo que generó gran tristeza en mi madre y molestia en mi
padre quien finalmente manifestó que debido a la enfermedad de ella y al cuidado que le
tenemos en casa dejó de recibir visitas de la familia, dejó de salir con sus amigos,
cambia su horario de descanso, levantándose temprano porque debe llevarla y recogerla
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en el hospital, vigila sus pasos y además debe dejar de ver a sus nietas. Por su parte, mi
hermano, con tristeza, entendió la situación, aunque su preocupación aumenta al tener
que dejar en manos de un extraño el cuidado de las niñas.
Mi padre se obsesiona, y persiste en seguir su comportamiento. La sigue en cada uno
de sus pasos, creo que, con el ánimo de protegerla, aunque le decíamos que no era
necesario. Además, en muchas ocasiones manifestaba su frustración y se comportaba
intolerante, malhumorado y exigente con ella, le llama la atención, la grita. Creo que
jamás aceptó y entendió la enfermedad. Recuerdo que, en una ocasión, me dijo que
alguien de la familia le había sugerido suspender el medicamento, porque era lo que le
ocasiona comportamientos raros; y él estaba de acuerdo con retirarlos. Esta insinuación
nos parece desconcertante, y terminamos en otra de las tantas discusiones ocasionadas
por la falta de conocimiento y las creencias populares. En otra oportunidad, mencionó
que ella era muy consciente de todo lo que hacía y que estaba mejor que nosotros. No lo
sé, tal vez mi padre nunca aceptó la enfermedad, se encontraba cansado de estar
diariamente el cuidado de mi hermana y trataba de descargar su frustración asegurando
que ella estaba bien. Alguna vez mencionó que él la conocía más que el psiquiatra y que
esa era la razón por la cual no necesitaba asistir a las consultas. Estas actitudes, hacen
que mi madre se entristeciera y mis hermanos y yo reaccionamos con enojo hacia él, en
su defensa. Hubo un momento, en el que él, se convirtió en el detonante de tensión para
Victoria y la familia. Las discusiones y la tensión entre él y mi madre eran muy
frecuentes. En muchas ocasiones nos sentimos mejor cuando salía de la casa por largos
periodos de tiempo y a veces le pedimos que se fuera.
Mi madre, quien siempre había tomado las decisiones en casa y quien con su carácter
daba pautas de orden y disciplina, ahora se encuentra completamente insegura, pregunta
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el por qué de cada cambio en Victoria y se asegura de buscar la aprobación de alguno de
nosotros antes de realizar alguna acción. Mi madre, sin estímulo ni ganas de levantarse
de la cama, se ve obligada a cuidarla y, entre las discusiones con mi padre por su
intolerancia y el tener que aceptar los comportamientos raros, diferentes y ausentes de
su hija, desfallece, se ve y siente frágil, insegura, no es capaz de tomar ninguna
decisión, debemos hacerlo por ella y orientar las actividades que debe hacer en casa
para que mejore. Se sumerge en una gran tristeza que termina en depresión; haciendo
más difícil la situación, porque ahora son dos las personas que requieren cuidado. Su
único refugio era la iglesia en donde dice encontrar la fortaleza para continuar.
Yo, me encuentro en medio de la enfermedad de mi hermana, la intolerancia, el
desconocimiento y la falta de aceptación de mi padre hacía la enfermedad; la tristeza de
mi madre que la sume en depresión y se convierte en alguien para cuidar, la distancia de
mis hermanos quienes, aunque están al pendiente de la situación viven lejos de casa.
Hago todo lo posible para facilitarle un ambiente que la favorezca, trato de mantenerme
fortalecida para todos, pero la impotencia, la lentitud de la recuperación, la falta de
armonía en casa y la tristeza me quiebran.
Pandemia
En el año 2020, con la declaración de la emergencia sanitaria y la exigencia de
recluirnos en casa, el hospital decidió que debía trabajar desde mi hogar. Y comenzaron
a agudizarse los problemas. Hacer que Victoria entendiera que no podía salir a la calle
con tanta frecuencia como quisiera no fue posible, el uso del tapabocas y lavado de las
manos al entrar a casa fue una odisea. La frustración de mi padre aumentó, siendo un
adulto mayor era imposible que saliera a la calle y con esto perdía de vista a mi
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hermana. Tratamos de llevar la situación lo mejor que pudimos, sin embargo como era
de esperar, ella presentó otros síntomas, lloraba con más frecuencia, tenía dificultades
para levantarse de la silla y comenzó a arrastrar los pies para caminar, situación que fue
manifestada al psiquiatra en consulta de control a través de videollamada, él dijo que
puede ser un efecto del uso prolongado de la risperidona, por ello adiciona un
medicamento para contrarrestar estos síntomas, pero los mentales reaparecen y es
necesario retirarlo.
En un nuevo control, una nueva psiquiatra, realiza valoración por videollamada le
comentamos las dificultades con el nuevo medicamento, confirma que la rigidez se debe
al uso prolongado de la risperidona y que la envía a consulta por neurología para ser
valorada y tratada. Además, confirma que con el tiempo su estado, se va a deteriorar,
ahora aparte de la esquizofrenia se diagnóstica Parkinsonismo secundario al uso de
medicamentos. No podíamos creerlo, en esa videollamada estábamos presentes mi
padre, mi madre y yo. Mi Madre hizo muchas preguntas, ¿se va a curar algún día?, fue
una de ellas, ante la cual el psiquiatra con toda la prudencia respondió que debemos
esperar lo que diga neurología, pero que con el paso del tiempo los pacientes con
esquizofrenia se deterioran, no sé si mi madre entendió, pero no quise causarle más
dolor.
Benevolencia y familia
Estamos en pandemia, y pienso que la valoración por neurología debe ser presencial,
él debe mirar cómo está caminando. Atención presencial en pandemia, otra de las
situaciones que profundizó el problema, porque debimos esperar casi un mes para
encontrar este tipo de atención. Finalmente, en su valoración, la neuróloga, una mujer
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joven, costeña, muy amable que la trata con mucho cariño y hace un examen completo,
confirma que es Parkinsonismo medicamentos y que ella no establecerá ningún
tratamiento, porque es psiquiatría quien debe utilizar una nueva generación de
medicamentos para tratar este tipo de enfermedades. Recuerdo claramente que dijo: “la
risperidona era el medicamento de elección hace muchos años, la ciencia ha avanzado
mucho, hoy existen nuevos medicamentos para el manejo de la esquizofrenia, solamente
debes encontrar un psiquiatra de vanguardia que se arriesgue a cambiar la medicación.
Si continua con risperidona, en unos años estará postrada y su esfera mental seguirá
deteriorándose, ella es muy joven, puede tener una mejor calidad de vida”. Y ordena
una nueva resonancia y otros exámenes. Salgo de la consulta pensando: un psiquiatra de
vanguardia que se arriesgue a cambiar el medicamento, y pienso, ¿seré capaz de aprobar
el cambio de este medicamento? Y, además, toma de exámenes en la pandemia, esto era
demasiado. Un psiquiatra de vanguardia……
Regresó a consulta con psiquiatría a través de video llamada, con el concepto de
neurología, la psiquiatra acepta la recomendación, pero dice que para hacer este cambio
de medicamento se debe realizar bajo hospitalización pues se debe supervisar de forma
estrecha su reacción. Me envían las órdenes a través del correo electrónico, adelantó los
trámites administrativos con calma, mientras pienso en los riesgos del cambio de
medicamento, habló con algunos amigos químicos farmacéuticos, y finalmente
acudimos a la valoración por el psiquiatra que tiene bajo su responsabilidad la
hospitalización en esta nueva institución. Y nos enfrentamos a un nuevo desafío, una
hospitalización supervisada para el cambio de un medicamento durante la pandemia y
sin la existencia de una vacuna para el SARS-CoV-2.
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Sorpresivamente, en la consulta de ingreso al hospital día, me encuentro con un
hombre joven, amable, le pregunta qué le pasa, ella responde pobremente, ahora se
dirige a mí y me pregunta qué sucede. Le cuento lo que sucede, y con gran confianza
dice estar completamente de acuerdo con la neuróloga, lo mejor es el cambio del
medicamento; por mi parte estoy ansiosa, creo que me nota nerviosa, me permite hacer
todas las preguntas que se me ocurren, aclara todas mis dudas, con una expresión de
sonrisa me dice, todo va estar bien, ella va a mejorar. Sólo hay una cosa, por pandemia
el seguimiento presencial se hace de manera inter diaria, los días que no asiste se hace a
través de video llamada. Y me asegura nuevamente que ella va a estar mejor. Y con una
expresión sincera manifiesta que le satisface ver familias responsables de pacientes con
este tipo de patologías porque en muchas ocasiones los abandonan. Ordena el nuevo
medicamento: olanzapina y agrega uno más para la depresión mayor. No sé por qué,
pero el comportamiento, la cercanía y la actitud del psiquiatra, me dieron la confianza
necesaria para arriesgarnos a realizar el cambio de medicamento. Encontré al psiquiatra
de vanguardia.
El despertar de un mal sueño
Victoria acepta, aunque creo que no entiende el riesgo que corre. Iniciamos con el
nuevo medicamento, la tensión en casa durante la primera semana era impresionante,
pero está bien, tolera el medicamento. Y casi dos meses después, es otra persona, los
signos de Parkinsonismo medicamentoso han desaparecido y su esfera mental es buena,
tiene pensamiento lógico, se comunica con normalidad, participa en las actividades del
hogar, no tiene alucinaciones ni tampoco miedo. Es responsable con la administración
de sus medicamentos, su higiene y su alimentación. Participa en las decisiones que se
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toman alrededor de ella, manifiesta que le gusta y quiere continuar en el hospital día,
aunque la acompañamos durante las consultas ahora es ella directamente la que
interactúa con el psiquiatra brindándole toda la información.
Lentamente la familia se reorganiza, aunque estamos expectantes y mi padre sigue
siendo muy cuidadoso; la tensión ha disminuido. Las visitas familiares volvieron, mis
sobrinas nos visitan diariamente, Victoria las cuida y juega con ellas. Mi padre sale con
frecuencia a visitar amigos y familiares, le gustan los partidos de fútbol y voleibol. Ya
que ella se encuentra en una fundación para personas con capacidades especiales, mi
madre se ocupa de sí misma, continúa su tratamiento para la depresión, se dedica a leer,
visita la iglesia y a sus hermanas, no ocupa tanto tiempo en Victoria. Mis hermanos y yo
respondemos a sus necesidades, las consultas de control y sus medicamentos. Se puede
decir que aunque es una enfermedad crónica tuvimos la suerte de encontrar al psiquiatra
que además de contar con capacidades técnicas y científicas fue empático y ofreció un
tratamiento que favoreció la recuperación de la paciente y familia.
Pensamientos
Después de todo el tiempo que ha pasado, pienso que debido a que soy personal de
salud, a que conozco cómo funciona el sistema y que cuento con amistades dimos inicio
inmediato a su tratamiento y los exámenes pudieron tomarse en un tiempo prudente;
porque he observado que pueden pasar meses sin la entrega de un medicamento que
puede ser vital o sin la práctica de unos exámenes que son básicos para la toma de
decisiones médicas y el establecimiento de tratamientos.
No sé lo que piensa ella de las decisiones que tomamos durante su enfermedad, no sé
si finalmente estaba de acuerdo con lo que hacíamos, pero ahora está tranquila y aunque
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la pandemia nos afectó mucho, agradezco haber permanecido en casa durante esos días
porque me permitió ver sus cambios y actuar cuando lo necesitaba.
Durante el tiempo, del cambio de medicamento y de asistencia al hospital día,
reflexioné sobre algunas cosas, hay muchas personas con diagnóstico de esquizofrenia
en tratamiento con risperidona. ¿Es acaso este medicamento el que lleva a los pacientes
a tener estos comportamientos raros como le llama mi padre? Tal vez no es el
medicamento para todos los pacientes, tal vez no era el medicamento para mi hermana.
En mi hogar adelantamos todas las diligencias posibles para tratar de hacer que lleve
una mejor calidad de vida, pero observe como los tratamientos de algunos de sus
compañeros, se interrumpen por la falta de los medicamentos, por la entrega inoportuna
de las autorizaciones para continuar con el programa del hospital día - que estoy
convencida nos favorece -, o porque no contaban con los recursos económicos para
pagar el copago o trasladarse hacia el hospital.
Pero hubo una cosa en particular que llama la atención, durante estos 4 años ninguna
institución y ningún psiquiatra ha ordenado para la familia o alguno de sus integrantes la
valoración por psicología o terapia de familia y tampoco se ha generado por parte del
personal de salud el entrenamiento para ser una buena familia cuidadora. Hemos ido
aprendiendo a ser cuidadores y a tratar con esta enfermedad día tras día, nos hemos ido
adaptando a ella. Hoy, cuando alguien se acerca y nos cuenta que tiene este tipo de
personas en su casa podemos compartir nuestra experiencia, tal vez, se puede hacer más
fácil su realidad. Lo cierto es, que cuando se ha vivido esta enfermedad se necesita
hablar con personas que la comprendan porque el estigma y la soledad en la que se
encuentran las familias es permanente.
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