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Ese aire de mágico aislamiento:


Herman Melville y la construcción de
Latinoamérica en el siglo XIX
Roberto Marcos Ramírez Paredes

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Ese aire de mágico aislamiento:

Herman Melville y la construcción de Latinoamérica

en el siglo XIX

TESIS DOCTORAL PRESENTADA POR

ROBERTO MARCOS RAMÍREZ PAREDES

Director y tutor: Dr. Rodrigo Andrés

Programa: Estudios lingüísticos, literarios y culturales

Línea: Construcción y representación de identidades culturales

Facultad de Filología y Comunicación

Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas y de Estudios Ingleses

Universidad de Barcelona

2021
Pero el viajero moderno, sabedor del carácter de las estas islas como hoy se

conoce, se verá inclinado a imaginar que la concesión de este nombre podría

haberse originado en parte a ese aire de mágico aislamiento que es tan

peculiar en las islas.

Herman Melville, Las Encantadas, “Boceto primero”

En todas las cosas está oculto siempre un significado: de lo contrario, poco

valdrían, y el mundo mismo no sería más que una cifra vacía, sin utilidad

más que las colinas en torno a Boston, que se venden por carradas para

rellenar alguna ciénaga de la Vía Láctea.

Herman Melville, Moby Dick, “Capítulo 99”

2
Índice

Resumen, abstract 6

Presentación 8

Agradecimientos (que son reconocimientos) y una dedicatoria 11

Introducción 13

Capítulo primero:

El Otro que no es latinoamericano: Taipí y Omú 33

1. El temor a priori al nativo 34

2. El foráneo, el verdadero salvaje 37

3. El salvaje, lo verdaderamente bello 42

4. El narrador fiel 45

5. El narrador infiel 49

Capítulo segundo

El espacio latinoamericano entre el cielo y el infierno: Las Encantadas 63

1. Infierno 69

2. Tiempo 87

3. Utopía 97

4. El exotismo como exacerbación 112

3
Capítulo tercero

El sujeto latinoamericano en el globo melviliano:

Las Encantadas, Benito Cereno y Moby Dick 132

1. El exotismo como arma expansionista 133

2. La tapada limeña como símbolo de la mascarada 146

3. Una cuestión de raza y lengua 155

4. ¿Por qué, de súbito, decide bajarse en Lima? 167

Capítulo cuarto

El objeto latinoamericano por excelencia, el doblón de Ahab:

Moby Dick y “La veranda” (“The Piazza”) 178

1. Un libro llamado Moby Dick y otro llamado La ballena 180

2. ¿Qué vemos cuando vemos el doblón de Ahab? 184

a) El doblón literario 184

b) El doblón histórico (y por ende real) 185

3. ¿Melville vio el doblón cuando visitó Latinoamérica?

Un recuento minucioso de su viaje por la región 197

a) Sobre el encuentro entre Herman Melville y Manuela Sáenz 206

4. Los performances en el Pequod que anuncian el evangelio 215

a) El ritual de Ahab en la cubierta 216

b) Las múltiples miradas del doblón 220

5. Lo ecuatoriano y lo ecuatorial en Moby Dick 232

a) “La veranda” (“The Piazza”) como llave de la mitad del mundo 245

6. Doblón local, Melville global 251


4
Conclusiones 261

Bibliografía 283

Índice de figuras

Figura 1. Apariencia de un habitante de Nukuhiva 50

Figura 2. Imágenes de Roca Redonda 125-6

Figura 3. The Heart of the Andes (1859), de Frederich Church 136

Figura 4. Fotografía de la tapada limeña, circa 1860 148

Figura 5. Doblón ocho escudos (anverso, reverso y canto) 187-8

Figura 6. Alejamiento del Acushnet de tierras latinoamericanas 202

Figura 7. Escudo de armas de Ecuador (1836) 226

Índice de tablas

Tabla 1. Identificación general del doblón ocho escudos 185

Tabla 2. Especificaciones del Libro mayor 186

Tabla 3. Interpretaciones del doblón 221-4

5
Resumen

La tesis doctoral propone un recorrido por la prosa de ficción y de viaje de Herman


Melville, en la que construye imaginarios regionales de identidad latinoamericana. La
investigación inicia con el análisis de las ficciones Taipí y Omú, ambientadas en islas “no
civilizadas”, para contrastarlas con los tres textos literarios que versan sobre o se
desarrollan en América Latina: Las Encantadas, Benito Cereno y Moby Dick, además de
otros textos más cortos de su acervo, como el cuento “La veranda”, que dialogan sobre todo
de ámbitos peruanos y ecuatorianos.

En las tres ficciones mencionadas se develan los motivos que Melville erige sobre
Latinoamérica: se trata de una tierra que encarna el exotismo de los Cronistas de Indias,
pero atravesada por las corrientes científicas y naturalistas de los siglos XVIII y XIX. La
región buscaba afianzar su identidad tras la independencia del Imperio español, mientras
era seguida de cerca, con intereses expansionistas, por otra potencia que se consolidaba en
el mapa geopolítico decimonónico: Estados Unidos. Esto es claro sobre todo en el análisis
de las Islas Galápagos creadas por Melville.

Asimismo, se propone una reflexión sobre personajes latinoamericanos, que aparecen en las
ficciones como una conexión globalizante del país del norte con las regiones del sur: la
tapada limeña, la viuda chola, el ermitaño Oberlus, el criollo cubano, etc. En este sentido se
propone también el estudio del uso de los términos de tratamiento en la región, el sistema
de blanqueamiento, el uso del español en ámbitos anglófonos, entre otros aspectos. Por
último, se estudia todo lo que implica la incursión de un doblón ecuatoriano de oro en el
negocio ballenero: la historia real de dicha moneda y cómo esta une Moby Dick con
Ecuador, Estados Unidos con la Vieja España y Latinoamérica, en la historia del siglo XIX.

Abstract

This dissertation examines those works of fiction and travel writing by Herman Melville in
which the author constructs regional imaginaries of a Latin-American identity. The research
starts with an analysis of the novels Typee and Omoo, which take place in ‘uncivilized’
6
islands, and contrast their depictions with those of three texts that deal with Latin America:
The Encantadas, Benito Cereno, and Moby-Dick, as well as with other shorter texts such as
“The Piazza”, always focusing on Peruvian or Ecuadorian themes.

All three longer pieces display the motives of Melville’s vision of Latin America as a land
that epitomizes the exoticism of the Indian Chroniclers, and whose depiction is also
permeated by the scientific and naturalist inquiries of the 18th and 19th centuries. The region
is presented as seeking its own identity after achieving its independence from the Spanish
empire, while being closely haunted by the expansionist interests of another consolidating
power in the nineteenth-century geopolitical map: the United States. This is especially the
case in Melville’s presentation of the Galápagos islands.

The dissertation also provides an analysis of the Melville’s Latin-American characters that
are presented as a globalizing connection of the U.S. with its southern neighbors, and which
include figures such as the ‘tapada’ from Lima, the chola widow, the hermit Oberlus, the
Cuban creole, etc. The study also analyzes aspects such as the modes of address in the
region, the system of whitening, and the use of Spanish in Anglophone contexts. Finally,
the thesis provides a case study of a specific feature: the Ecuadorian gold doubloon in the
context of the whale industry, offering an account of the real history of the coin and of how
it connects Moby-Dick with Ecuador, the United States, Old Spain, and Latin America
within the history of the nineteenth century.

7
Presentación

El estudio presente titulado “Ese aire de mágico aislamiento: Herman Melville y la

construcción de Latinoamérica en el siglo XIX” surge del mismo lugar en el que todo

escritor quisiera siempre encontrarse con sus lectores: la curiosidad levantada por una obra

literaria. En mi caso, cuando era niño, en la biblioteca de mi casa había un libro llamado Mi

primer Moby Dick (sic), ilustrado por Hieronimus Fromm. Aún conservo el libro, que está

muy maltratado por el tiempo y mi mano: tiene mis dibujos sobre las ilustraciones e incluso

la palabra “Fin” de mi puño y letra, que para mí era solo grafías sin sentido que aparecían al

final del los libros, pues las hice cuando aún no sabía leer ni escribir. Me intrigaban y

fascinaban, sobre todo, el agua pintada de verde del océano, esa ballena furiosa

arremetiendo contra un barco y la imagen de un hombre flotando en el mar, sobre una caja,

despidiéndose de un barco que aparece al fondo —años después entendí que no se estaba

despidiendo, sino que Ismael estaba tratando de ser visible al barco que venía en su

rescate—.

Muchos años después, mientras estudiaba la maestría en Barcelona, finalmente pude

comprar, con el dinero que me envió mi madre por mi cumpleaños, una bonita edición

completa de Moby Dick.1 La lectura —que venía cargada de cierto prejuicio, pues había

oído decir que era una novela aburrida— fluyó como el mismo Pequod sobre las aguas de

la mitad del mundo. Como lector ecuatoriano, de pronto me vi entusiasmado porque los

marineros del Pequod bebían chicha y pisco, hablaban de Quito, de Lima y de las Islas

1
Si bien el título de la novela Moby-Dick lleva originalmente guion según así lo creara Herman
Melville, las traducciones al español omiten este signo, así que así se citará de aquí en adelante, con
excepción de los casos debidamente señalados.

8
Galápagos, incluso un marinero dice de Ahab que está cortado por una línea equinoccial

como la isla Albemarle de las Galápagos, y yo, que había nacido y vivido toda mi vida

sobre esta línea imaginaria me sentí identificado, como si Herman Melville me dejaba

pequeñas pistas para que no abandonara nunca la lectura. Y después, ya pasada la mitad de

la novela, llegó aquello que me sacudió como ninguna otra referencia: Ahab promete al

primer marinero que aviste una ballena blanca una moneda de oro de Quito, mi ciudad.

¿Por qué este escritor viajero, de pronto, había incluído en su ficción un doblón que,

de hecho, se puede visitar en el Museo Numismático de la capital, famoso precisamente por

dicha mención? ¿Por qué del país donde había nacido y no de otro? Aquello me pareció

muy extraño y a la vez apasionante. Para encontrar respuestas, hice un diorama del

encuentro final entre Moby Dick y Ahab, también escribí una novela sobre el impacto que

tiene esta obra en la vida de sus protagonistas —y por ende en la mía—, luego continué con

otras lecturas de Melville en busca de respuestas y descubrí que aquello no era un hecho

aislado: Melville tenía más referencias a mi país y a zonas de Latinoamérica con las que me

sentía hermanado. Además, había escrito todo un libro sobre las Galápagos, islas que en mi

imaginario eran el paraíso, pues tal era el discurso estatal y cultural que se tejía sobre ellas

desde que yo era niño; el mote que le daban, las Islas Encantadas, siempre lo atribuí a que

su belleza embrujaba a los visitantes —y, de cierta forma, no me equivoqué—. Leer Las

Encantadas me permitió entender, al menos en parte, por qué este libro siempre fue una

especie de best-seller ecuatoriano, ya que se lo hallaba en primera línea en los locales del

aeropuerto, en las tiendas de regalo de los museos y en las mesas de novedades turísticas de

las librerías, incluso en las agencias de viaje y ediciones económicas que se vendían en

puestos de revistas o con el pago de la energía eléctrica, casi siempre con una portada en la

9
que aparecía una iguana o el Solitario George, el último macho de la especie de tortugas

gigantes Chelonoidis abingdonii y un símbolo patrio tan importante para el Ecuador como

el cóndor, que incluso aparecía en el billete de 5000 sucres.

Pero esto no respondía mi pregunta: ¿por qué Ecuador, por qué Latinoamérica? ¿Por

qué ese autor estadounidense había escrito sobre nosotros, de esa manera? En mi

imaginario, solo otro latinoamericano tenía “derecho” de hacerlo así. Esta intriga me

motivó a buscar respuestas de forma académica y en el interés del Dr. Rodrigo Andrés

encontré al secuaz perfecto, pues le apasionaba tanto Herman Melville que aún recuerdo

con felicidad el entusiasmo que le provocó que yo quisiera dedicarle mi tesis doctoral a las

representaciones de indentidad latinoamericana en la prosa de ese marinero que pudo ver a

Latinoamérica como una región hermana, justo cuando el espíritu de la época más bien la

veía como una región de la que se podía sacar partido y que aún es vista así en pleno siglo

XXI. Y más allá de estas razones, que se originan en mi profunda infancia, yace la bella

idea de que un escritor fallecido hace 129 años, a través de sus palabras, puede despertar

curiosidad y pasión en los lectores que él, en vida, trató de asombrar para ganarse la vida y

ganarse un poco de inmortalidad, la cual, aunque él no lo haya sabido, la consiguió con

creces, pues Moby Dick es uno de los pilares fundamentales de la literatura universal y toda

su obra se sigue estudiando en el mundo entero. Espero que esta investigación, aunque sea

en una pequeña fracción, ayude a entender el porqué de su importancia.

10
Agradecimientos (que son reconocimientos) y una dedicatoria

“Fue el mejor y el peor de los tiempos; la era de la sensatez y de la necedad; la época de la

fe y de la incredulidad; la hora de la luz y de las tinieblas”. Valgan las palabras de otro gran

escritor decimonómico para definir el periodo que viví durante el desarrollo de esta tesis,

que empezó con entusiasmo y finalizó en medio de una pandemia mundial. Sin embargo, a

pesar de las pérdidas personales, siempre transité el camino con una fuerte sensación de

avanzar, con la mirada fija en la esperanza que da aprendizaje del mundo y entender lo que

sucede en el interior de uno.

Este trabajo no se podría haber realizado sin la colaboración de Malena Bedoya,

Miguel Romero, Verónica Jarrín, Tui de Roy y Carlos Lanzázuri, quienes, de una u otra

forma, ayudaron con conocimiento, fotografías, trámites, documentos y libros. Estoy en

deuda con la ayuda e interés del personal del Museo Numismático del Banco Central del

Ecuador, por la información brindada: Lorena Rosero, Mayra Guzmán y Christian Balseca.

Agradezco los debates y la información proporcionada por Emilio Irigoyen, Antonio

Barrenechea y Yoshiaki Furui, a quienes conocí en el encuentro “Melville’s Origins: 12th

International Melville Society Conference”, que se llevó a cabo en junio de 2019, en Nueva

York.

Estoy en eterna deuda por el apoyo moral e interés mostrado por Rosa Padilla,

María Patricia Ordóñez, Alejandra Ochoa y mi familia: Marco, Irma, Patricia, Daniel y mi

sobrino Tomás (quien nació el mismo día que Herman Melville, pero 191 años después).

Reconozco la valiosa compañía y amor que me brinadron mis perros Cafú al inicio y

11
después Shéxpir y Nina: ellos, más que ninguno, estuvieron a mi lado durante las

incontables horas de lectura y escritura frente al computador o en el escritorio. También

reconozco la deuda que tengo con el guía de esta tesis, quien, como Virgilio para Dante,

supo darle forma, entender y motivar: el Dr. Rodrigo Andrés. Si de algo sirve esta

investigación, si algún valor o novedad puede aportar, a todos los mencionados en este

párrafo va dedicada con mucho cariño y gratitud, al igual que al propio Herman Melville:

incomprendido en su época, pero cuyo espíritu sigue revoloteando en la actualidad.

12
Introducción

La presente investigación busca responder las siguientes preguntas: ¿cómo construye

Herman Melville su prosa de ficción cuando trata temas propios de Latinoamérica o habla

de ella? ¿Cuál es su mirada al momento de narrar acontecimientos que se desarrollan en la

región, hablar con personas de allí y su interacción con objetos hispanoamericanos? ¿Lo

hace desde un punto de vista objetivo, como un marinero que ha estado en contacto directo

con su fuente, o desde el prejuicio del exotismo como era lo usual a mediados del siglo

XIX? ¿Cómo ha influido en su representación el hecho de que en aquel momento

Latinoamérica haya buscado y conseguido su independencia del Imperio español pero, al

mismo tiempo, se haya visto bajo la influencia del imperio que empezaba a consolidarse en

el mapa geopolítico global: el estadounidense?

Herman Melville vivió, viajó y escribió en un siglo de fuertes turbulencias para la

región latinoamericana, con guerras independentistas, revueltas esclavas, invasiones

filibusteras del norte, entre otros acontecimientos, mientras, al mismo tiempo, las naciones

intentaban crear una identidad propia que se alejara lo suficiente de España, quizá sin

conseguirlo realmente en una primera instancia, por medio de alianzas que luego

fracasaron, como la Gran Colombia. Melville estuvo al tanto de todo esto y lo plasmó en su

literatura de viaje, siempre desde un lado humanístico porque, y esto hay que aclararlo

desde el inicio, él fue alguien que creía que, por naturaleza, “todos los hombres se parecían

13
enormemente y por ello confiaba en la posibilidad de que existiera un mundo en que todos

los hombres fueran iguales”,2 a decir de José de Onís.

Y más allá de Latinoamérica, Melville vivió en una época muy agitada en Estados

Unidos: a decir de Peter Gibian, en “Cosmopolitanism and Traveling Culture”, la carrera

literaria de Melville cursó con la época de oro del viaje estadounidense, que es un

importante momento de transición en el que el interés continuo en la exploración global

coincidió con una fascinación popular generalizada por las formas emergentes de viajes

turísticos de ocio; es decir, el Grand Tour de los aristócratas estaba evolucionando hacia el

moderno turismo de masas. Por esta razón, es natural que haya proliferado el auge en la

escritura de viajes: el boom de esta literatura de exploración jugó un rol crucial en el

ascenso de la cultura occidental, que es una identidad construida en base a la oposición al

contacto y contraste con el extranjero, los no-occidentales, el Otro.3

A través de sus escritos, Melville intentaba comprender doblemente al Otro dentro

de un ejercicio artístico y simbólico de representación del ser que era “diferente”: primero,

a sus “vecinos” directos, los latinoamericanos, que en el imaginario estadounidense eran los

herederos de lo peor del Imperio español que estaba apagándose en el siglo XIX, tras varios

siglos de dominación geopolítica en el planeta. Segundo, a los Otros que compartían su

mismo suelo, el indio nativo americano y el africano, cuya exterminación y esclavitud,

respectivamente, estaban justificadas por una supuesta misión más grande, resumida en el

“Destino manifiesto”, el cual, además, promovía la expansión de Estados Unidos hacia el

sur. Melville escribía con este trasfondo y lo hacía urgido por batallar en la guerra que

2
José De Onís, Melville y el mundo hispánico (Barcelona: Universidad de Puerto Rico, Editorial
Universitaria, 1974), XII.
3
Peter Gibian, “Cosmopolitanism and Traveling Culture”, en A Companion to Herman Melville, ed.
Wyn Kelley (Malden, Estados Unidos: Blackwell Publishing, 2006), 21-2. Traducción y paráfrasis propias.

14
estaba por librarse en su país, en el que se jugaba su alma, disfrazada en la perpetuidad o no

de la esclavitud.

Su abogacía literaria no se entendió en su tiempo, de ahí que ninguno de sus libros

se reimprimiera en vida y que se lo haya olvidado, de hecho mientras vivía. Su literatura

fue comprendida más de tres décadas después de su muerte en 1891, cuando se asentó la

polvareda levantada por la Primera Guerra Mundial. A decir de Eric Aronoff, el

renacimiento de Melville “sigue siendo uno de los ejemplos más sorprendentes de reforma

del canon en la historia literaria estadounidense”.4 Aunque otros autores del período se

reevaluaron, ninguna “canonización de otro autor se asemeja tanto al desarrollo e

institucionalización de los estudios literarios estadounidenses en la academia, y por lo tanto,

registra las complejidades de los debates ideológicos que la rodean”.5 Y es que desde su

redescubrimiento a la actualidad, Herman Melville no ha dejado de ser estudiado desde

todas las aristas posibles e imaginables, no obstante, no son amplios los estudios que lo

relacionan con Latinoamérica, al menos de la región per se, pues mayormente han sido

críticas sobre la otredad racial, étnica, política y de género, como indica Emilio Irigoyen, 6

quizá con los académicos Wyn Kelley y (sobre todo) Rodrigo Lazo como los mayores

pensadores del Melville latinoamericano. Por ello, esta es una de las motivaciones del

presente trabajo: es imperativa una reflexión que nazca desde Latinoamérica y desde el

idioma español, que parta desde lo hispanófono y lo ecuatoriano que el escritor supo

representar con maestría. Es una deuda que esta obra pretende saldar.

4
Eric Aronoff, “The Melville Revival”, en Herman Melville in Context, ed. Kevin J. Hayes (Cambridge:
Cambridge University Press, 2018), 296. Traducción propia.
5
Ibíd.
6
Emilio Irigoyen, “Follow your leader: Lo hispanófono como otro cultural en Moby Dick y Benito
Cereno”, en Melville, Conrad: Imaginarios y Américas. Reflexiones desde Montevideo, coord. Lindsey Cordey
y Beatriz Vegh (Montevideo: Universidad de la República, Facultad de Humanidades y Ciencias de la
Educación, Departamento de Letras Modernas, 2006), 113.

15
Asimismo, al escribir de Latinoamérica, Melville se estaba inscribiendo dentro de

una larga y rica tradición literaria que inició en 1492, con la llegada de Cristóbal Colón al

Caribe, Hernán Cortés a México y Francisco Pizarro a Perú y Ecuador, en un periodo de 40

años, como indica Estuardo Núñez en “Lo latinoamericano en otras literaturas”. 7 Los viajes

y la escritura de los europeos pronto convirtieron a esta en una tierra prometida, una suerte

de paraíso terrenal donde la leyenda de El Dorado era una creencia consolidada,

elucubración propia de las fantasías del Renacimiento, época que creó las Crónicas de

Indias como un género literario en el que el exotismo se construía con tremendismos que

buscaban satisfacer la curiosidad y justificar la inversión de los mecenas que financiaban

los viajes al Nuevo Mundo. Melville, aunque escribe casi tres siglos después de este

encuentro, hereda esta tradición de hipérboles y prosopopeyas, que son los tropos con los

que construye su obra al momento de hablar de Latinoamérica, como se verá a lo largo de

esta investigación.

Al hablar o escribir influenciado por la idea del hallazgo de una región nueva y

exótica, Melville se emparenta con Thomas More, Michel de Montaigne, William

Shakespeare, Daniel Defoe, entre otros, desde lo literario; y se aúna todavía más con una

larguísima lista de escritores viajeros que pretenden retratar al Otro con cierta objetividad,

sin lograrlo realmente, que van desde historiadores hasta viajeros. Esto se debe, además, a

que Melville es heredero, quizá sin saberlo, de esas Crónicas de Indias y a la vez del

discurso científico que empezó a ganar terreno desde el siglo XVII, quizá con La

Condamine como el primero que pisó tierras latinoamericanas con la idea saltarse la

descripción pintoresca de la zona, para verla desde un punto de vista antropológico y


7
Estuardo Núñez, “Lo latinoamericano en otras literaturas”, en América Latina en su literatura,
coord. César Fernández Moreno (Ciudad de México: Siglo XXI Editores / Gabriel Manera 65 / Unesco, 1972),
93.

16
científico, por lo tanto, más humano. A él le siguieron varios pensadores, pero entre los más

importantes están Alexander von Humboldt y Charles Darwin: el primero abrió una nueva

era de observación de la realidad americana y el segundo encontró sustento para su teoría

de la evolución de las especies tras observar el comportamiento animal en las Islas

Galápagos.

Este pensamiento científico produjo que, en el siglo XIX, se expandiera la imagen

que se tiene de América Latina en el resto del mundo, sobre todo en Estados Unidos, donde

lo “latinoamericano” empezaba a tener vigencia en un sector de la literatura de ese país,

como indica Núñez. En esta cantera de nuevos creadores se encuentra Herman Melville,

“quien encuentra caracteres de sugestión y vigor entre las gentes del sur y ambientes de

contenido espectacular entre Juan Fernández y las Galápagos y en las costas de Chile, Perú

y Ecuador”.8 Sus relatos responden a la novela de aventuras y de viajes que se

corresponden con el interés del ser humano por las regiones desconocidas y lejanas, que

tienen su punto de partida en la Iluminación y exacerbación durante el Romanticismo. Para

escribirlos, Melville recorrió las zonas de las que habla, ya que él formó parte de la ola de

escritores estadounidenses cuya primera formación literaria fue viajar.9

Con este trasfondo, la presente investigación propone un recorrido por las

representaciones de identidad latinoamericana en la prosa de Melville, a través de tres ejes

temáticos, distribuidos en cuatro capítulos y con dos de sus libros más populares como

fuentes primarias: Las Encantadas (1854) y Moby Dick (1851), y otros como fuentes

secundarias: Benito Cereno y el cuento “La veranda” (“The Piazza”), ambos de 1856. Los

mencionados ejes son: el espacio, el sujeto y el objeto. Así, el primer capítulo de esta obra,

8
Ibíd., 112.
9
Ibíd.

17
titulado “El Otro que no es latinoamericano”, funciona como una introducción a la obra de

Melville y su visión del Otro contenida en sus dos primeras novelas: Taipí (1846) y Omú

(1847). Las dos novelas forman un díptico que retrata su visión del Otro, en este caso, el

“salvaje” de los Mares del Sur, cuya región no ha sido conquistada por el blanco en el caso

de Taipí y las zonas donde ya se ha adentrado la influencia occidental en el caso de Omú. A

través del estudio de la figura del Otro, que en este caso es además caníbal, Melville

despliega un aparato crítico y, a la vez, exótico que enuncia la superioridad de este frente a

la clase de vida que impone la civilización occidental. Aunque el narrador de Melville —

que casi siempre será un trasunto suyo— la enaltezca, al final la fusión total será imposible.

Este capítulo, dado que es en esencia una introducción, ayudará a crear una imagen del

Otro que sirva de contraste con el Otro latinoamericano, en miras diferenciar por qué este

no es como ningún otro en la prosa de Melville.

El segundo capítulo, que se llama “El espacio latinoamericano entre el cielo y el

infierno”, supone ya una inmersión directa y profunda en la visión que el escritor

neoyorquino tiene de América Latina, en este caso, de las Islas Galápagos, pertenecientes al

Ecuador, a través de su libro Las Encantadas, que son diez bocetos dedicados por entero a

ellas. Es un estudio del espacio. Aquí se analiza el discurso de Melville al construir sus

relatos: ¿cómo es la identidad representada? Los relatos se erigen sobre tres grandes

simbolismos: el imaginario sobre el infierno, el tiempo y la utopía, que crean y conforman

uno más grande: el discurso del exotismo como exacerbación de las regiones lejanas y

desconocidas para el lector promedio del siglo XIX. Este apartado deja claro que Melville

es, ante todo, un escritor del exotismo estadounidense, interesado en las regiones

18
latinoamericanas como reflejo de su propia sociedad, en la que, en ese momento, bogaba

entre el trascendentalismo y los escritos en contra y a favor de la guerra.

El capítulo tercero, llamado “El sujeto latinoamericano en el globo melviliano”, es

una amplia discusión que parte sobre lo tratado al final del apartado anterior, cómo se

construye el discurso exótico, para indagar más allá de lo evidente: el exotismo usado como

arma expansionista. Es decir, cómo mientras los escritos de Melville abogaban por retratar

y proteger las regiones que eran diferentes a las de Estados Unidos, o sea, el espacio del

Otro, en el discurso geopolítico se usaba al exotismo para señalar las regiones a las que se

podía acceder y conquistar mediante tretas políticas y sociales en las que los artistas se

armaban con ficciones para advertir sobre los peligros del expansionismo. Este capítulo de

debate histórico-teórico permite dialogar lo estudiado de Melville sobre la región

latinoamericana, sobre todo de la mano de Lazo, con la historia del expansionismo y

filibusterismo de Estados Unidos en la región (México, Cuba, Ecuador, etc.); es un

recuento histórico que se articula con las ideas abolicionistas de Frederick Douglass y las

pinturas exóticas de los nevados ecuatorianos de Frederich Church.

Esta discusión histórico-teórica permite adentrarse en los textos de Melville que

tienen referencias a Latinoamérica, con el sujeto como eje: dado que se trata de un barco

español en aguas chilenas, la nouvelle Benito Cereno es el pretexto idóneo para entender la

presencia de la mujer sudamericana —o la ausencia de ella— revestida de la saya y manto,

una prenda de vestir muy popular en el Virreinato del Perú, que Melville seguramente vio

en su visita a la capital peruana y que luego usa como pretexto para representar la

mascarada a bordo del barco Santo Domingo. Además, se analiza la complejidad racial

propia de Hispanoamérica, a través de cómo en la mezcla de etnias se adquiere más estatus

19
a medida que es más evidente el blanqueamiento; cómo Melville utiliza los títulos

nobiliarios como “don”, el hecho de que se hable un falso español en la novela corta —

Melville leía en español y portugués—10 y la rica carga cultural que tienen las

denominaciones chola y criollo, que aparecen tanto en Benito Cereno como en Las

Encantadas, y cómo ser de o estar en la región latinoamericana modifica la idiosincrasia y

las decisiones de los sujetos. Para finalizar, se inicia el análisis de Moby Dick: se propone

una reflexión de por qué Melville hace que su narrador Ismael “se baje” del Pequod para

contar la “Historia del Town-Ho”, que es un relato de venganza en la que lo más importante

es que el recuento sucede afuera de un hotel en Lima.

Al último capítulo, titulado “El objeto latinoamericano por excelencia, el doblón de

Ahab”, puede tomárselo, si se desea, como el clímax de esta investigación, el cual está

dedicado por completo al que es quizá el objeto más valioso dentro de toda la prosa

melviliana: la onza de oro que el capitán Ahab promete regalar al primer marinero que

aviste a la ballena blanca. Huelga decir que el análisis de la moneda parte del hecho de que

esa es ecuatoriana, de Quito específicamente. El análisis inicia con el enfrentamiento del

doblón literario, es decir, el relatado por Melville, con el real: la moneda ocho escudos.

Aquí se da un pormenorizado análisis histórico de por qué tiene esa forma la imagen que

ven los tripulantes del Pequod. Se inicia entonces un breve recorrido por la historia del

Ecuador como nación independiente del Reino español desde 1822, pasando por las

esperanzas de formar parte de una coalición de naciones junto con Colombia y Venezuela,

10
Hershel Parker —y otros teóricos como Rodrigo Lazo y Antonio Barrenechea (que serán
ampliamente citados a medida que avance esta investigación)— da por sentado que Herman Melville leía en
español y portugués. Parker difunde esta información en base a la investigación del académico Merton
Sealts, quien señala que las ediciones de de los dramas de Pedro Calderón de la Barca y de los poemas de
del portugués Luis de Camões contenían pasajes marcados en inglés y español, de puño y letra de Melville.
El texto al que aluden estos tres teóricos como fuente es el siguiente: Merton Sealts, Melville’s Reading: A
Check-List of Books Owned and Borrowed (Madison: University of Wisconsin Press, 1966).

20
hasta la conformación de una idea de nación individual desde 1830. Este repaso incluye la

construcción del Estado mediante la conformación de los símbolos nacionales para crear

una imagen e identidad propias, de la que el primer escudo de Ecuador de 1836 es el

resultado de la imaginación de los primeros presidentes Juan José Flores y Vicente

Rocafuerte de lo que debía ser una nación sudamericana, y que a la final es lo que Melville

usa al describir el doblón ecuatoriano.

La investigación continúa con el análisis de las posibilidades que Melville tuvo de

ver in situ el doblón, durante su viaje por Latinoamérica, a bordo del ballenero Acushnet y

el United States de la Marina de su país. Los años de su viaje coinciden con la acuñación

del doblón ocho escudos, por lo tanto, se hace un recorrido pormenorizado de las ciudades

y puertos que visitó de la región, según los registros portuarios, de diarios y coordenadas de

bitácoras, con la esperanza de responder dicha interrogante. Dentro de este apartado del

viaje, a modo de adenda, aparece un breve estudio que es urgente y necesario dentro de la

historia y la literatura de Latinoamérica: la verdad sobre el encuentro entre Herman

Melville y Manuela Sáez, la mujer quiteña que luchó en las guerras independentistas de

Sudamérica, al lado del Libertador Simón Bolívar. La figura de Sáez es muy importante

para la historiografía de la región, pues ella destaca como una rara avis en las luchas

tradicionalmente atribuidas a hombres, la cual, además, por desgracia, ha sido romantizada

por parte de historiadores que se consideran serios, aquellos que escriben la historia oficial,

tal vez porque no solo le salvó la vida a Bolívar, sino que además fue su amante y tenían

una amplia correspondencia amorosa. Con estos ingredientes, en el discurso oficial

histórico y literario se transmite como una certeza el encuentro de Sáenz con Melville en

Paita, Perú, en algún punto de los años 1840 —cuyo itinerario se detallará en el capítulo

21
cuarto—. Esta adenda brindará información respaldada sobre el caso e intentará zanjar, de

una vez por todas, la verdad sobre este asunto.

El capítulo cuarto continúa con un análisis de los performances que se suceden a

bordo del Pequod, que aparecen para conformar la idea de que Moby Dick está construido

como un moderno evangelio, como paso previo a entender las representaciones de lo

ecuatoriano y lo ecuatorial en la novela11 —de lo que se hace una larga lista, que se analiza

y debate—. Dichas menciones de ecuatorianidad, atravesadas por el exotismo visto ya en

Las Encantadas, refuerzan la idea de que las zonas atravesadas por la línea que divide al

globo son míticas y mitológicas, por lo que necesariamente los objetos que provengan de

ahí deberán ser igual de especiales, como el doblón. Para entender a cabalidad esta

representación de ecuatoriana —y por ende latinoamericana—, se echa mano del análisis de

un cuento de Melville llamado “La veranda”, cuyo título original en inglés es “The Piazza”,

para entender que hay una línea “mágica” que atraviesa toda la producción literaria de

Melville cuando se refiere a esta región. Para finalizar, “La veranda” dará paso a la

discusión final de Moby Dick y Latinoamérica: la idea de que un doblón producido

localmente por un país recién independizado dé cuenta de un mundo construido con una

historia global, en la que es preciso reparar; es decir, una moneda privada da paso a una

economía e historias universales.

Si bien, como se dijo, el análisis propone un estudio del espacio, el sujeto y el objeto

latinoamericanos en sendos capítulos, lo cierto es, que dado lo intricado de la prosa de

Melville, estos fluctúan dentro de los apartados y se mueven a voluntad según lo analizado,

11
En la presente investigación se usará el adjetivo ecuatorial para calificar a aquello atravesado por
la línea equinoccial en todo el mundo, mientras que el patronímico ecuatoriano se usará para aquello venido
del país Ecuador, tanto como continente como isla.

22
sin embargo, sí conservan cierto orden. Lo mismo sucede con las obras estudiadas. Es

evidente que las dos fuentes primarias de esta investigación son Las Encantadas y Moby

Dick, seguidas de Benito Cereno y el cuento “La veranda” como secundarias, pues arrojan

luz sobre las regiones latinoamericanas para su cabal entendimiento en el contexto

melviliano; tras estas aparecen Taipí, Omú y otras que tienen menciones relámpago a

contexto regionales como White-Jacket, El timador (The Confidence-Man), Pierre o las

ambigüedades, etc, es decir, las obras que tiene alusiones a lo latinoamericano: serán

abordadas a lo largo del estudio o bien profundizadas en el apartado reservado a las

conclusiones, donde se las aúna.

Ya que el afán de esta investigación es proponer un estudio de la obra melviliana

desde la misma región retratada, se ha optado por leer las obras traducidas en español según

el profesionalismo de las traducciones, la disponibilidad de estas y la necesidad de lo

analizado. Como se hará latente, hay momentos en los que será necesario recurrir a la prosa

en inglés original, casos que serán debidamente anotados. Lo mismo sucede con la

metodología usada: como la gran mayoría de los estudios culturales sobre Herman Melville

están en inglés, se puede decir que se trata del 99 por ciento, este trabajo saltará de ese

idioma al español y viceversa, con citas textuales o bien citas traducidas, por lo que no

deberá de extrañar el cambio de idiomas.

Asimismo, es urgente señalar que metodológicamente esta tesis se ancla en los

estudios culturales propuestos de forma global sobre la obra de Herman Melville, de los

que es producto la monumental biografía en dos volúmenes de Hershel Parker sobre el

escritor neoyorquino, la cual este trabajo toma como la brújula que apunta al norte para

entender la vida de Melville y su devenir en el global turn actual. Asimismo, esta

23
investigación se enmarca en los encuentros periódicos que se realizan alrededor del mundo

para estudiar la obra de Melville, como la cita “Melville in a Global Context: The Tenth

International Melville Conference”, que se realizó en 2015 en Tokio, pero más importante

aun es “Melville’s Origins: 12th International Melville Society Conference”, que se llevó a

cabo del lunes 17 de junio al viernes 21, de 2019, en Nueva York, Estados Unidos. La

importancia de esta conferencia en invaluable, pues se trató de cuatro días de ponencias

dedicadas a analizar la obra de Melville, en el mismo estado que lo vio nacer y

precisamente en el bicentenario de su nacimiento, junto con actividades recreacionales de

gran interés, como visitar in situ su lugar de origen en Manhattan, caminar las calles donde

su Bartleby prefirió no hacerlo, conocer desde adentro la física de un ballenero real en el

Mystic Seaport Museum, etc.

Asistir a esta conferencia me permitió delimitar de forma precisa la metodología de

esta investigación, ya que pude compartir y debatir con académicos de altísimo nivel,

muchos de los cuales están citados en estas páginas, como Rodrigo Lazo, Wyn Kelley o

John Bryant, quienes, junto con otros concurrentes, publican en revistas académicas que

estudian las representaciones de Melville, como la Leviathan, que es materia prima

metodológica de este trabajo. Además, presencié la mesa redonda más importante para mis

intereses: “Melville and Spanish America”, llevada a cabo de 3:30 a 5:00 del jueves 18 de

junio, en las instalaciones de la Universidad de Nueva York (NYU), cuyo moderador fue el

mismo Lazo. Esta contó con académicos con los que pude debatir sobre mi trabajo, incluso

años después, y aprender del suyo, incluso logré hacer buenas migas y usar sus ponencias

en estas hojas, como el caso de Antonio Barrenechea, Brenna Casey, Yoshiaki Furui y

Emilio Irigoyen. Nótese que dentro de las 41 mesas redondas de la conferencia “Melville’s

24
Originis”, esta fue la única dedicada por entero al estudio de Hispanoamérica en Melville,

lo cual revela, quizá involuntariamente, lo escaso de los estudios sobre esta región en la

prosa del escritor neoyorquino, en favor de temas más concernientes al ámbito anglosajón.

Esto evidencia, por lo tanto, que Latinoamérica como tema de estudio lleva una desventaja

de 40 a 1: quiero creer que este trabajo ayudará a equilibrar un poco esa balanza hecha de

historia y tiempo.12

Antes de finalizar, es válido mencionar que el aparato crítico está referenciado con

el sistema Chicago-Deusto (notas-bibliografía) y que una de las motivaciones finales de

esta investigación es la universalización de la obra melviliana, por lo que este trabajo, en la

medida de lo posible, está narrado con un lenguaje sencillo y explicativo para evitar

neologismos y hermetismos innecesarios, estilos que suelen atribuirse a la prosa académica

y que la vuelven oscura e impermeable. Eso es lo último que se desea para este trabajo: la

simpleza de su índice es uno de sus ejemplos tempranos. Creer que una obra de este calibre

se puede universalizar es, sin duda, uno de los deseos que Herman Melville tuvo para su

obra, que no se dio durante su vida sino mucho después, por lo que hay que ser consecuente

con sus deseos, receptarlos y cumplirlos alegremente. La prosa de Melville es una

celebración de la vida y de la otredad, el testimonio de un hombre atrapado en su tiempo,

pero que supo mirar de frente al futuro, más allá incluso, para relatar el camino de lo que

habría de venir. Su prosa es, sobre todo, la celebración de la especie humana en su

interacción entre diferentes.

12
Nótese incluso la forma en que las cronologías y resúmenes biográficos abordan el paso de
Melville por Latinoamérica: generalmente de la partida del Acushnet pasan directo a su deserción en
Nukuhiva, de ahí se menciona que aborda el United States y regresa a su país.

25
Para finalizar este capítulo introductorio, es necesario reflejar aquí, de la forma más

abreviada posible, una semblanza biográfica del escritor, que sirva como trasfondo de lo

que está por venir. Herman Melville nació en Manhattan, Nueva York, el 1 de agosto de

1819, fue el tercer hijo del mercader Allan Melvill y Maria Gansevoort Melvill, hija del

general héroe Peter Gansevoort. Sus hermanos y hermanas fueron: Gansevoort (1815–46),

Helen Maria (1817–88), Augusta (1821–76), Allan (1823–72), Catherine (1825–1905),

Frances Priscilla (1827–85) y Thomas (1830–84). La precaria situación económica de los

Melvill hace que, en 1830, se tengan que mudar a Albany y que Herman deba abandonar la

New-York Male High School, a la que había ingresado cinco años antes con Ganservoort,

en favor de la Albany Academy, de la que, otra vez, debe retirase en 1831 por la misma

razón. El 28 de enero de 1832, sumido en deudas y afiebrado, Allan fallece y deja a la

familia en una difícil posición económica y social, por lo que, en algún momento entre

1832 y 1834, Maria agrega la “e” al final del apellido, se supone, para distanciarse y

escapar de los acreedores.13

Tras la muerte de su padre, Herman empieza a trabajar en el banco estatal de Nueva

York, con lo que da inicio a una serie de trabajos remunerados que, al igual que sucedió

con el patriarca, serán fallidos y lo sumirán en constantes problemas económicos: al

finalizar el trabajo bancario en 1834, empieza a laborar con su hermano Gansevoort hasta

que el negocio quiebra en 1837. Al año siguiente publica comentarios satíricos en los

clubes de debate, en la edición de marzo del Albany Microscope; en noviembre la familia se

ve forzada a una nueva mudanza en Albany y Herman ingresa en la Lansingburgh

Academy, donde estudia topografía e ingeniería. En 1839, bajo el seudónimo L. A. V.,


13
La breve biografía de Melville es una paráfrasis del siguiente texto: Robert S. Levine, “Chronology
of Melville’s life”, en The New Cambridge Companion to Herman Melville, ed. Robert S. Levine (Cambridge:
Cambridge University Press 2014), XV-XVIII. Traducción propia.

26
publica “Fragments from a Writing Desk” en la edición de mayo de Democratic Press y del

Lansingburgh Advertiser.

El 4 de junio de ese año se enrola en el barco mercante St. Lawrence, que zarpa de

Nueva York a Liverpool y regresa el 1 de octubre; trabaja de docente en la Greenbush and

Schodack Academy de Nueva York, a la que renuncia por la falta de paga. A finales de

1840 en enlista en el ballenero Acushnet de Nueva Bedford, que zarpa el 3 de enero de

1841 con destino a los Mares del Sur. Recorre las costas de América Latina y deserta el 9

de julio de 1842, junto con su compañero Richard Tobias Greene, en la bahía de Nukahiva,

en las Islas Marquesas, donde vive entre los isleños del valle de Taipí durante cuatro

semanas, antes de enrolarse y partir en el ballenero australiano Lucy Ann. En Tahití, lo

envían a tierra y es encarcelado por amotinamiento, pero escapa en octubre con John B.

Troy y se registra en el ballenero de Nantucket llamado Charles and Henry, en noviembre

de 1842, del que se da de baja en mayo de 1843, en las islas de Hawái, donde ejerce varios

trabajos. Se enlista en la fragata de la Marina United States y recorre de nuevo las costas

latinoamericanas desde el 20 de agosto de 1843 hasta el 3 de octubre de 1844, cuando ancla

en Boston y se reúne con su familia en Lansingburgh.

Es aquí cuando inicia la carrera literaria de Melville. Escribe sus aventuras entre los

caníbales de Taipí, que son rechazadas por Harper & Brothers en mayo de 1845. Su

hermano Gansevoort, tras obtener un mejor trabajo, le ayuda a mover el manuscrito de

Taipí, que se publica en la prestigiosa “Colonial and Home Library” de John Murray, en

febrero de 1846, y en marzo aparece en Wiley & Putnam de su ciudad natal. Gansevoort

fallece en mayo de ese año, en Londres. Al año siguiente, Omú se publica en la misma casa

de Murray de la capital británica y en la Harper & Brothers de Nueva York, en mayo. El 4

27
de agosto Herman Melville se casa con Elizabeth Shaw, con quien se va de luna de miel a

New Hampshire y Canadá, y luego se mudan a una casa grande en Manhattan, comprada

con la ayuda de su suegro Lemuel Shaw. Ahí, el joven matrimonio vive con su hermano

Allan y su esposa, las cuatro hermanas de Herman, su madre Maria y a veces su hermano

Tom. En esta época escribe para las publicaciones periódicas Literary World y Yankee

Doodle.

En 1849, al tiempo que nace su hijo Malcolm, Murray rechaza el manuscrito de

Mardi, que lo publica en Londres Richard Bentley, en marzo, y al mes siguiente aparece en

Harper en Nueva York. Su siguiente novela Redburn sigue el patrón: aparece en octubre de

la mano de Bentley y en noviembre con Harper; lo mismo sucede con su novela White-

Jacket en 1850: en enero en Londres con Bentley y en marzo con Harper en Estados

Unidos. En agosto de ese año, mientras vacaciona en Pittsfield, conoce a Natahiel

Hawthorne y se hacen buenos amigos, luego publica “Hawthorne and His Mosses” en

Literary World. En 1851, Bentley publica una versión alterada de Moby Dick llamada The

Whale, una versión de Moby Dick más apegada a la final aparece en Nueva York en

noviembre de ese año, de la mano de Harper; a la par que en octubre nace su segundo hijo,

Satnwix. Al año siguiente, Bentley se niega a publicar Pierre, que termina apareciendo en

Sampson Low en noviembre y hace lo propio meses antes en Nueva York, de nuevo bajo el

sello de Harper.

Entre 1853 y 1856, Melville publica un total de catorce cuentos y bocetos en la

Putnam’s Monthly Magazine y la Harper’s New Monthly Magazine, entre ellos The

Enchanted (Las Encantadas). En mayo de 1853, nace su hija Elizabeth; hay evidencia de

que ese año completa el manuscrito The Isle of the Cross, que Harper se niega a publicar y

28
luego se pierde. En 1855, la novela Israel Potter, que se había serializado en la Putnam’s,

se publica en marzo en Nueva York y en mayo en Londres, en la editorial de George

Routledge. En marzo de ese año nace su segunda hija Frances. En 1856, aparece The Piazza

Tales bajo el sello Dix & Edwards, una antología de cinco textos publicados en la Putnam’s

que incluye “Bartleby el escribiente”, Benito Cereno y Las Encantadas, que en Londres es

distribuida por Sampson Low. Preocupado porque la salud de Melville se va deteriorando,

su suegro le financia un viaje a Europa y Tierra Santa: se va desde octubre de 1856 hasta

mayo del año siguiente, tiene la oportunidad de visitar a Hawthorne en Liverpool, en

noviembre de 1856. En abril de 1857, Dix & Edwards publica en Nueva York The

Confidence-Man y luego, en abril, aparece en Londres con Longman.

Entre 1857 y 1860, Melville inicia una serie de lecturas de ponencias que lo hace

viajar: “Statues in Rome” (1857-58), “The South Seas” (1858-59) y “Traveling” (1859-60).

En 1860, un fallido intento de publicar un manuscrito de poesía hace que se embarque con

su hermano Thomas, quien va al timón del barco Meteor, en un viaje hasta California, el

cual, al dar la vuelta por el Cabo de Hornos, demuestra ser peligroso, de manera que

Melville regresa vía Panamá sin su hermano. A partir de este punto, Melville no logra

conseguir de Washington, por segunda ocasión, un consulado en Europa (1861) y su suegro

fallece en marzo. En 1866, consigue publicar cuatro poemas sobre la Guerra Civil en la

Harper’s, denominados Battle-Pieces and Aspects of the War, que en agosto se publican

como libro. En diciembre de ese año acepta trabajar como inspector de aduanas en el puerto

de Nueva York. Al año siguiente, infeliz y temerosa de su matrimonio, Elizabeth Melville

conversa con el ministro Henry Bellows sobre la posibilidad de una separación legal; este le

propone una suerte de ardid que incluye fingir un secuestro para obtener un salvoconducto

29
que le permita ir con sus parientes en Boston, pero al final ella rechaza la opción. En

septiembre de ese año, su hijo Malcolm comete suicidio; su madre Maria fallece en 1872.

En 1872, el tío de Melville, Peter Gansevoort costea la publicación de Clarel, que

aparece en Nueva York en la Putnam, en junio. En 1885, casi veinte años después de haber

tomado el trabajo, Melville renuncia a su puesto de inspector de aduanas, y al año siguiente,

en febrero, muere su hijo Stanwix. En 1888, publica de forma discreta John Marr and

Other Sailors, en una edición de 25 ejemplares, tras recibir un legado monetario de su

hermana Frances Priscilla; repite el procedimiento en 1891 con Timoleon, con similar tiraje.

Finalmente, muere el 28 de septiembre de ese año: en el cajón se quedan tres inéditos: el

volumen de poemas Weeds and Wildings Chiefly, el boceto “Daniel Orme” y Billy Budd.

Wyn Kelley señala que aunque la ambición literaria acompañó a Melville desde la

adolescencia hasta su muerte, siempre estuvo obligado a buscar trabajos para mantener a su

familia. Los problemas económicos fueron una constante con la que luchó siempre: el

esfuerzo de mantener a su familia con ingresos decrecientes y préstamos cada vez más

onerosos lo agotaron, ejemplo de ello es el momento en que termina The Confidence-Man

en 1856 y su suegro le financia un viaje a Europa, para que trate de recobrar su salud, la

cual tenía constantes altos y bajos desde el inicio de esa década. Estos factores empeoraban

con su abuso de la bebida: el plan de su esposa Elizabeth de separarse tras fingir un

secuestro es producto de querer alejarse de los salvajes cambios de humor provocados por

el alcoholismo del escritor. Y a esto se le suma la muerte de dos de sus hijos, uno de ellos

por suicidio. Herman Melville fue ampliamente alabado por sus dos primeras novelas, Taipí

y Omú, que eran las que él menos tenía en consideración, pero a partir de ahí las críticas

fueron negativas y nunca ningún libro suyo se reimprimió en vida, por lo que él vivió lo

30
suficiente para entender que nunca ganaría el reconocimiento por sus logros, menos incluso

por su poesía, que él atesoraba más que prosa.14

Según cuenta Eric Aronoff, pocos años antes de su muerte, los círculos literarios de

Inglaterra ya empezaban a notar la grandeza de la prosa de Melville, sobre todo de Moby

Dick, tanto que en 1892 se reimprimieron algunas de sus novelas. No obstante, el verdadero

redescubrimiento tuvo lugar hacia 1919, en el centenario del nacimiento de Melville que

coincidió con el fin de la Primera Guerra Mundial, momento en el que en Estados Unidos

se estaba abogando por estudiar su literatura de forma académica, en escuelas, colegios y

universidades, como una forma de patriotismo derivado de las victorias bélicas. Esto

produjo una proliferación de disertaciones sobre la literatura de ese país, la escritura de

libros para estudiantes y la creación de cátedras. Esta profesionalización académica sienta

las bases para el redescubrimiento de Herman Melville. Con este contexto cultural e

institucional, una clave para el renacimiento fue la inclusión de Melville en la enciclopedia

Cambridge History of American Literature (1917), de Carl Van Doren, en la que el autor

hacía una evaluación de la obra de Melville en cuatro páginas, casi de forma tangencial,

pues formaba parte del capítulo titulado “Contemporaries of Cooper”.

Tras él, Raymond Weaver fue quien dio el más importante puntapié inicial en el

redescubrimiento, pues publicó un artículo en The Nation, en el que alababa su estilo que

buscaba verdades oscuras mientras luchaba contra el mercado editorial, el cual dio el marco

referencial para los demás estudiosos del autor neoyorquino; después, accedió a

documentos personales de Melville a través del contacto con su nieta, Eleanor, que resultó

en la aparición de la primera biografía del autor, Herman Melville: Mariner and Mystic

14
Wyn Kelley, Herman Melville. An Introduction (Malden, Estados Unidos: Blackwell Publishing,
2008), 3-11. Traducción y paráfrasis propias.

31
(1921), la cual cimentó su lugar en el canon de la literatura estadounidense, además de que

su investigación resultó en la publicación de una de sus ficciones más importantes que

había quedado inédita: Billy Budd, en 1924.15

A partir del espaldarazo de Weaver hasta mediados de los años 50, precisa Kelley,

continuaron los estudios sobre la obra de Melville por parte de reconocidos críticos y

escritores como D. H. Lawrence, Lewis Mumford, Charles Roberts Anderson, Stanley

Williams, entre muchos otros, incluso el mismo Hershel Parker —citado ampliamente en

esta investigación— es parte de ellos. Este cuerpo de estudio crítico y académico colocó a

Melville en el centro del llamado Renacimiento estadounidense, una suerte de canon en el

que Moby Dick aparecía en el centro con los poemas de Emily Dickinson, los ensayos de

Emerson, The Scarlet Letter de Hawthorne, Walden de Thoreau y The Adventures of

Huckleberry Finn de Twain. Se redescubrió y revaloró su ficción corta y sus obras menos

apreciadas, como Pierre y The Confidence-Man. A partir de 1960, temas de raza, género,

clase y religión se desprendieron de las lecturas de Benito Cereno, “Bartleby el

escribiente”, etc.; además, cobraron relevancia las actitudes de Melville hacia la esclavitud

y la abolición. Entre otros desarrollos recientes, el creciente interés en la poesía de Melville

y en la producción de su carrera posterior, aparentemente privada, ha planteado nuevas

preguntas sobre este complejo cuerpo de trabajo y sobre los textos y la textualidad en un

autor.16 El presente estudio pretende instalarse en esta larga y rica tradición.

15
Aronoff, “The Melville Revival”, 296-301. Traducción y paráfrasis propias.
16
Kelley, Herman Melville. An Introduction, 10-1. Traducción y paráfrasis propias.

32
Capítulo primero

El Otro que no es latinoamericano: Taipí y Omú

Fruto de sus viajes por los Mares del Sur, Herman Melville publicó en 1846 su ópera prima

llamada Taipí: una mirada a la vida polinesia (Typee: A Peep at Polynesian Life, el título

original en inglés).17 Esta obra hizo de Melville una figura famosa en Estados Unidos e

Inglaterra, a pesar de que hoy sea una de las obras menos conocidas a favor de Moby Dick.

Taipí es un ejercicio narrativo que mezcla verdad y mentira, a la usanza de la Comedia de

Dante o A sangre fría de Truman Capote: un ejemplo tempranero de esta práctica literaria

tan común en la actualidad. La trama de la novela parte de la experiencia que vivió Herman

Melville en las Islas Marquesas, en la Polinesia francesa, en 1842, tras desertar del

ballenero Acushnet: el narrador de la novela es un trasunto del autor a quien los nativos

llaman Tommo. Aquí un brevísimo resumen de la obra: trata sobre un barco ballenero que

decide reabastecerse en las Islas Marquesas, donde el narrador encuentra la oportunidad

perfecta para escapar de la tiranía del capitán. Huye junto con Toby, otro marinero

insatisfecho, y juntos se adentran en la isla, a las regiones no exploradas por el hombre de

Occidente: ahí se encuentran con una tribu nativa, los taipí, que se han hecho una

reputación de hostiles caníbales entre los blancos occidentales.

Taipí aúna sobre todo dos géneros literarios con los que se promocionó en su

tiempo: es literatura de viajes y de aventuras, que siempre han comulgado perfectamente

para brindar al lector una experiencia sensorial lo más completa posible sobre una cultura

17
Taipí es la castellanización de Typee. A menos que se indique, se usarán los títulos y otros
nombres de esta forma, en el presente trabajo.

33
que desconoce y se le antoja exótica en extremo, en una época en la que el turismo de

masas no existía ni siquiera como concepto y el hombre de Occidente todavía batallaba por

conquistar territorios que no le pertenecían.

Si por aventuras se refiere a los acontecimientos extraordinarios que ponen en

riesgo la vida de los personajes principales, sí, hay aventuras en Taipí, pero estas no son el

eje que conduce la trama de la novela. Melville considera que aquello no es vital para

narrar lo que se ha propuesto. El autor neoyorquino es fiel a lo que el subtítulo de la novela

enuncia: “Un vistazo a la vida polinesia”. Por ello, el relato dista mucho de tener grandes

artificios para enganchar al lector, elipsis que prolonguen el clímax o narraciones de

enfrentamientos entre tribus. No es que no las haya, sí las hay, pero son más pasivas,

además de que en contadas ocasiones el narrador —el trasunto de Melville— corre riesgo

de muerte. Se podría decir que las aventuras de Taipí son frías, porque estas se ven

infradimensionadas por el trabajo de un antropólogo que redacta un informe para quienes

no han visitado las islas o desean tener una idea más clara. En este sentido, el narrador de

Melville funciona como un cronista de Indias, pues crea una visión propia. Para entender

mejor cómo funciona Taipí y su contenido, que seguirá con el análisis de Omú, es preciso

entender cuál es la visión del narrador. Para ello se dividirá el análisis en cinco partes.

1. El temor a priori al nativo

Taipí es el largo recuento del narrador que presencia la vida de la tribu homónima, que es

temida: “el temor a los nativos, basado en el recuerdo de la horrible suerte que corrieron

muchos blancos caídos en sus manos, ha desalentado a sus tripulaciones a mezclarse lo

34
suficiente con la población para conocer bien sus peculiares costumbres”.18 Asimismo, el

temor también es provocado por el desconocimiento general de las tribus de las Islas

Marquesas y de estas en general: “[…] todo lo que sabemos de ellas proviene de algunas

narraciones generales”.19 El narrador, en un afán ensayístico, menciona tres fuentes

científicas sobre la ignorancia que se tiene de las islas:

• El capitán James Cook (1728-1779) apenas rozó las islas en sus múltiples

circunvalaciones al globo —el navegante inglés recaló las islas brevemente en

1774—.

• El narrador menciona el libro de David Porter Journal of a Cruise Made to the

Pacific Ocean in the U.S. Frigate “Essex” in 1812-13-14, publicado en 1815, en

Filadelfia, en dos tomos. No obstante, el personaje se sincera y confiesa que nunca

he tenido este libro en sus manos, pero que, “según se dice”, contiene algunos

detalles interesantes sobre los habitantes de las islas”.20

• La tercera fuente que el narrador de Melville cita es Stewart, el capellán de la

corbeta americana Vincennes. Se refiere al libro de C. S. Stewart A Visit to the

South Seas, in the U.S. Ship “Vincennes” during the Years 1829 and 1830,

publicado en dos volúmenes en 1831, en Nueva York. El barco, que estuvo visitó la

bahía de Taipí, estuvo bajo el comando de William Bolton Finch y uno de los

guardamarinas fue Thomas Melville, primo del autor, por lo que Herman

18
Herman Melville, Typee (Buenos Aires: Ediciones Del Sol, 1995), 13.
19
Ibíd., 12.
20
Ibíd.

35
indudablemente escuchó varios relatos de las Marquesas de primera mano de su

pariente, antes de embarcarse en su propio viaje a los Mares del Sur.21

Hershel Parker, probablemente el más importante y riguroso biógrafo de Herman

Melville, también hace eco del miedo que sentían los marineros de la embarcación

Acushnet, en 1842, antes de atracar en el puerto del valle de Taipí: “As they sailed for the

Marquesas the men had ample occasion to recite horrific tales of ferocity of some of the

habitants of the Marquesas Islands, particulary the Typee tribe”.22

A su vez, Parker replica la forma en que los marineros se contaban esas historias de

terror —era terrorífico en la medida que les podía pasar a ellos—, citando al libro de 1841,

Incidents on a Whaling Voyage, en el que su autor Francis Allyn Olmsted reporta la historia

del capitán Brown, del barco Catherina de Nantucket, que zarpó en 1839 y regresó en 1843.

Mientras estuvieron de viaje, Brown le advirtió a Olmsted de la “personalidad traicionera”

de los nativos de las islas polinesias. El capitán Brown se acercó a las orillas de la bahía

Nukuheva, la isla más grande de la Polinesia, para hacer un pacto con los nativos. Ellos

prometieron no hacer daño a nadie mientras durara el negocio, pues el capitán buscaba

abastecerse de frutas para el viaje, entonces Olmsted menciona: “The Tiapiis, the name of

this tribe, are very ferocious, and to gratify their cannibal appetites, they are not very

scrupulous in making choice of their victims”.23

21
Ibíd., 13. Esta información se provee en los pies de página de la mencionada edición; si bien no se
especifica quién es el estudioso, la colección está dirigida por Adolfo Colombres. La presencia de Thomas
Melville en el Vincennes es secundada por Hershel Parker, biógrafo de Herman Melville.
22
Hershel Parker, Herman Melville: A Biografphy: Volume 1, 1819-1851 (Baltimore: The John
Hopkins University Press, 1996), 209.
23
Francis Allyn Olmsted, citado por Parker, Melville 1, 210. “Los taipís, el nombre de esta tribu, son
muy feroces, y para satisfacer sus apetitos caníbales, no son muy escrupulosos al escoger sus víctimas”.
Traducción propia.

36
El relato continúa: apenas el capitán puso un pie en la arena, los nativos lo rodearon

y lo tomaron cautivo con horribles gritos de triunfo. Enseguida demandaron mosquetes y

pólvora a cambio de su vida, pero cuando no se pudo cumplir las demandas, Brown vio a

los nativos recolectar pilas de madera seca y cavar hoyos en la arena con el fin de crear los

hornos que se usarían al día siguiente. Cuando llegó la noche, el capitán Brown aprovechó

el sueño de los salvajes para escapar y, una vez en el barco, a salvo, dio cuenta del horrible

destino que acababa de sortear.

Los mitos sobre los taipí se levantan sobre la polvareda que deja la realidad.

Tampoco hay que olvidar que estas historias que se contaban en las embarcaciones a modo

de entretenimiento también tenían una función aleccionadora, como la función social que

tienen las leyendas —de hecho, lo son también—, que beneficiaba sobre todo al capitán y

al bienestar general del barco: evitar posibles desertores. Como señala Parker, era saludable

que los marineros supieran que si en las Marquesas tenían sexo gratuito y festines de frutas,

podrían terminar capturados y comidos por los caníbales.24 Esto demuestra que las historias

de altamar tienen la misma función social de las leyendas: autorregulan el comportamiento

de las masas y advierten a los posibles infractores.

2. El foráneo, el verdadero salvaje

El narrador ha pasado incontables días en altamar, encerrado con hombres que cuando no

están planeando algo, discuten y pelean como forma de desfogarse y entretenerse. La vida

en una embarcación, para el narrador, no es placentera, al menos no la que está teniendo en

el Acushnet. Preso de una suerte de modorra existencial, el desembarco en Nukuhiva

24
Ibíd.

37
supone un renacimiento, una nueva oportunidad para disfrutar, al fin, de la naturaleza; no

obstante, el bello espectáculo es interrumpido:

No hay palabras que hagan justicia a su belleza… pero mis ojos no pudieron apreciarla, solo
vi la bandera tricolor de Francia ondeando en el pabellón de seis naves, cuyos negros cascos
y erizados costados proclamaban su belicosidad. Ahí estaban, flotando en esa adorable
bahía; las verdes eminencias de la costa las miraban quedamente como rechazando la
severidad de su porte. A mis ojos nada podía desentonar más que esos barcos.25

La belleza del paraíso de las Islas Marquesas termina cuando el asentamiento

francés se hace latente, y aunque no se puede negar que aquí yace una perorata específica

en contra de Francia, esta funciona como una sinécdoque: Francia representa a la Europa

blanca que ha recorrido el mundo y se ha asentado en lugares y los ha hecho colonias. En

este caso en particular, Melville presenció el asentamiento galo del contraalmirante Abel

Du Petit Thouars, quien comenzó la anexión de las Islas Marquesas en Tauata, el primer día

de mayo de 1842.26 Esta es, sin duda, la primera manifestación del narrador en contra del

foráneo en las colonias de Occidente.

A partir de este momento el narrador de Melville subvierte la lógica de lo que se

podía esperar de una novela de aventuras de mediados del XIX que tratase del salvaje

foráneo, y la desplaza, por gran parte de la novela, hacia nuevos dominios que hacen pensar

al lector que, de alguna forma, está leyendo el testimonio del único marinero ilustrado —

por denominarlo de alguna forma—, quien, como un vocero de primicias, está encargado de

revelar la verdad: el conquistador es el verdadero malo. El capítulo V de Taipí es

especialmente revelador sobre este asunto: en él, el narrador reflexiona sobre la naturaleza

de la palabra salvaje y cómo esta es una forma de denominar, en primera instancia, al que

hace daño al occidental:

25
Meville, Typee, 20-1.
26
Ibíd., 21.

38
Las atrocidades perpetradas en los Mares del Sur a algunos de los inofensivos isleños son
casi increíbles. Estos atropellos no se conocen en muchos de nuestros hogares; suceden en
los confines de la tierra; se hacen con apuro y no hay nadie que los revele. Pero sí hay
muchos barquitos mercantes que han navegado por el Pacífico, cuyo rastro de isla en isla
puede seguirse por una serie de robos, secuestros y asesinatos a sangre fría y cuya iniquidad
puede bastar para hundir sus culpables maderos en el fondo del océano.27

Tras la lectura de estas líneas y de toda la novela, podría entenderse que la misión del

narrador —y por ende de Melville— es la de denunciar estas atrocidades que no se conocen

en los continentes, sino que se comenten y se callan en ultramar.

Si por una parte se callan o no son tan conocidas las atrocidades cometidas en los

Mares del Sur, por el otro, a renglón seguido, el narrador señala lo detallados y

sanguinarios que son los relatos —que sí llegan al continente— de las masacres perpetradas

en contra de los occidentales por parte de los isleños, y cita el caso de lo sucedido con la

tripulación del Hobomak a manos de los fidjianos: “cuánto simpatizamos con las infelices

víctimas y con qué horror miramos a los diabólicos paganos que, después de todo,

solamente vengaban las injustificadas heridas recibidas”.28

A medida de que el narrador va descubriendo la vida de los taipís, se da cuenta de

que no se trata del salvaje por naturaleza, por falta de cristianismo o de civilización, es

salvaje porque primero ha recibido una provocación sin causa, un ataque mortal, por parte

de invasores blancos en su territorio. Son salvajes porque se están defendiendo, pero

comúnmente esto no lo ve ni reconoce Occidente. Para Occidente todo mal trato está

justificado mientras se busque sacar al otro de su desdichada naturaleza primaria, de su

ignorancia, de su falta de alma. Tómese en cuenta la siguiente reflexión del narrador:

El desvalido que tiembla bajo el cielo frío y vive hambriento en la inhospitalaria Tierra de
Fuego, ciertamente podría beneficiarse con la civilización, pues ella aliviaría sus

27
Ibid., 36.
28
Ibíd.

39
necesidades físicas. Pero el indígena voluptuoso, con todos su deseos satisfechos, a quien la
Providencia le ha suministrado abundantemente todas las fuentes de disfrute natural y puro,
y a quien no lo aquejan muchos de los males de y las penalidades de la vida, ¿qué le
reportaría estar a merced de la civilización? Podría “cultivar el intelecto”… “elevar sus
pensamientos”… según creo son las frases establecidas, ¿pero sería feliz? Dejemos que las
sonrientes y populosas islas hawaianas, con sus nativos ahora enfermos, hambreados y
moribundos, respondan a esta pregunta. Los misioneros pueden intentar disfrazar el asunto
como quieran, pero los hechos son incontrovertibles; y el cristiano más devoto que visite
este grupo de islas con una mente imparcial, se marcharía angustiado preguntándose:
—¡Ay, son estos los frutos de veinticinco años de civilización!29

De esta forma, Melville va estableciendo sinónimos para la palabra civilización:

hambruna, enfermedad y muerte. Entonces, en este punto, el narrador muestra sin tapujos ni

secretos su posición con respecto al Otro, el maltratado, con elocuentes palabras:

¡Cuántas veces se aplica incorrectamente el término “salvajes”! Nadie que realmente lo


merezca ha sido descubierto por navegantes o viajeros. Han encontrado a paganos y a
bárbaros a quienes, por las horribles crueldades, han desesperado y convertido en salvajes.
Puede afirmarse sin temor a equivocarse que en todos los casos de ultrajes cometidos por
los polinesios, los europeos en algún momento u otro han sido los agresores y que la cruel y
sanguinaria disposición de algunos isleños se debe principalmente a la influencia de esos
ejemplos.30

Esta revelación será esencial para entender el pensamiento del narrador de la novela,

del mismo Herman Melville como hombre producto de su siglo, el de la expansión

capitalista de Estados Unidos por el mundo. Esta cita se refuerza con la denuncia que hace

el narrador, dos capítulos antes, sobre el comportamiento lascivo y desordenado de la

tripulación al llegar a puerto, la califica de “vergonzosa” y se lamenta por los pobres

“salvajes” que están expuestos a la contaminación de los “civilizadores europeos”: “Tres

veces felices son aquellos que, por habitar alguna isla no descubierta en medio del océano,

no han entrado en contacto nocivo con el hombre blanco”.31 El proceso de inversión que

29
Ibíd., 138.
30
Ibíd., 36-7.
31
Ibíd., 24.

40
aquí realiza Melville tiene eco en las palabras de Malini Johar Schueller, en su ensayo

“Colonialism and Melville’s South Seas Journey”:

If the colonial world is, as Franz Fanon describes it, a “Manichean” one in wich the settler
physically delimits the place of the native and “paints as a sort of quintessense of evil”,
Melville’s narrative seems to subvert this colonial ideology. The narrator, the source of
authority, is not a misionary, oficial, or settler, but one who himself has chosen to transgress
“civilized” laws.32

Al contrario de la narrativa tradicional del cautiverio occidental-salvaje, en la que se

refuerza la buena moral del captivo y la brutalidad del antagonista salvaje, el narrador

empieza a descubrir la superioridad del mundo civilizado de la tribu polinesia sobre la

civilización occidental. El personaje se revela como un marinero benevolente y más

ilustrado de lo que se podría pensar de los trabajadores de los balleneros, al menos de sus

compañeros. Y más allá de este prejuicio, se solidariza abiertamente con el punto de vista

de los colonizados, en oposición y abierto rechazo al comportamiento de los colonizadores

en general, en cualquier parte del mundo no blanco-occidental.

El pensamiento subvertido por Melville —que tuvo un gran avance académico con

la publicación en 1978 de Orientalismo, de Edward Said, en la deconstrucción de los

simbolismos del otro y del discurso colonial— es una herencia propia de la ideología

colonial establecida, para Schueller, por la retórica estadounidense que justificaba los

medios para levantar un imperio:

Post-bellum America freed itself legally from slavery and entered into an aggressive phase
of imperialism, justifying territorial conquest by an assumed Euro-American cultural
primacy, America’s divine mission, and the need to “civilize” the savages. In this context,

32
Malini Johar Schueller, “Colonialism and Melville’s South Seas Journey”, Studies in American
Fiction 22, n.° 1 (1994): 6-7, https://bit.ly/2zXhPvD. “Si el mundo colonial es, como lo describe Franz Fanon,
un mundo "maniqueo" en el que el colono delimita físicamente el lugar del nativo y "pinta al nativo como la
quintaesencia del mal", la narrativa de Melville subvierte esta ideología colonial. El narrador, la fuente de la
autoridad, no es un misionero, oficial o colono, sino un hombre que ha elegido transgredir leyes
"civilizadas". Traducción propia.

41
references to Eastern and African cultures, narratives of journeys to “exotic” lands, and
philosophical meditations on racial Otherness in american literature become much more tan
simply symbolic.33

La subversión de la narrativa colonial por parte de la ficción de Melville da pie para

analizar la tercera parte de este capítulo.

3. El salvaje, lo verdaderamente bello

Ahora es preciso regresar unos pasos para entender una de las motivaciones del narrador de

Taipí y la consecuente metamorfosis que sufre a lo largo de la novela. Para ello, hay que

recordar que este escapa junto con Toby por la tiranía del capitán de la embarcación —el

barco es una representación movible de la ideología colonizadora—, con un plan apenas

elaborado en mente: esconderse en las islas hasta que zarpe el barco y con algo de suerte

embarcarse en otro que pase pronto por las inmediaciones. Parte del esbozo de plan es ser

acogidos por la tribu de los happars, conocidos por su buena predisposición con los

occidentales, todo lo contrario de los taipí, a quienes se les atribuyen los rumores de

salvajismo y canibalismo que el narrador oyó en el barco.

Los desertores, perseguidos por los hombres del ballenero, se internan dentro de la

naturaleza descontrolada de la isla, donde sufren una serie de aventuras propias de la

barbarie: altísimas pendientes que sortear, lluvias atronadoras, árboles que los lastiman, etc.

En cierto punto se ven obligados a reptar como serpientes durante más de una hora: este

movimiento corporal además funge como umbral descoloniazdor, es el rito de paso que

“rebaja” al hombre occidental a comportarse como un animal, precisamente el animal que

es sinónimo de engaño y traición según la mitología del Antiguo Testamento. No es casual

33
Ibíd., 4.

42
que Melville señale que cuando se produce el abrazo entre las dos culturas, el europeo

acoge “en su seno a las víboras cuya mordida está destinada a envenenar todas sus

alegrías”.34 La fama del reptil es el puente que relaciona los dos extremos: imitar a una

serpiente una hora para deshacerse de las costumbre occidentales, de manera que la unión

con los nativos pueda ser pura, sincera.35

Finalmente el narrador y Toby son capturados por una de las dos tribus, pero no

saben cuál, y en ese misterio se les va la vida. A pesar del miedo, los captores no dan

muestras de violencia ni de canibalismo, al contrario, los agasajan, por lo que suponen que

han sido capturados por los benevolentes happars. Es en este puto cuando inicia el cuerpo

de la novela: las observaciones del narrador de la vida en las polinesias. A medida que el

narrador cataloga la vida del salvaje —lo bien que la pasan en cautiverio, por decirlo de

alguna forma—, se revela la sorpresa: han sido capturados por la tribu no contactada de los

taipís. Podría decirse que esta es una pequeña vuelta de tuerca en la trama: descubrir que

los más sanguinarios son, de hecho, hospitalarios. En esta parte de la novela se disparan las

impresiones del narrador sobre la cultura taipí, las cuales son todo lo opuesto de las

impresiones que tiene de la cultura occidental —“que lo afea todo”—; valga el siguiente

símil que hace una comparación directa entre las dos culturas, denostando una y

enalteciendo la otra, a través de la ropa y su opuesto, la desnudez:

34
Melville, Typee, 36.
35
El simbolismo de la serpiente, para las culturas americanas y europeas antes de Cristo —o antes
del contacto con el cristianismo—, se relaciona con conceptos como pensamiento, sabiduría, ritual de paso,
etc. Es a raíz del cristianismo, religión y filosofía en la que se encuentra anclada la novela y sus personajes, a
través de los misioneros y las conversiones forzosas, que la serpiente se relaciona con el diablo, con lo
impuro —porque repta y al reptar el cuerpo se ensucia— y con la traición y el engaño —fue una serpiente
que engañó a Eva en el Jardín del Edén, lo que conllevó a la expulsión del ser humano. Sin duda, cuando el
narrador y Toby reptan hacia lo desconocido, imitan a una serpiente que simboliza un ritual de paso; y
cuando un occidental abraza a un nativo, tiene víboras que dan cuenta de su engaño e hipocresía. De esta
forma Melville usa los simbolismos; de hecho, la figura de la serpiente seguirá presente en Las Encantadas.

43
Cuando recuerdo que estos isleños no resaltan su belleza con vestidos, sino que aparecían
en toda su sencilla desnudez, no puedo evitar compararlos con las finas damas y caballeros
que pasean sus figuras nada excepcionales por nuestras frecuentadas alamedas.
Desprovistos de los hábiles artificios del modisto y presentados en la ropa del Edén, ¡qué
triste conjunto de pajes con hombreras, patas largas y cuellos de jirafa parecían los hombres
civilizados! Sus rellenos trajes cortados a la medida no les bonificarían en nada y el efecto
sería realmente deplorable.36

La cita es de gran elocuencia, pues exacerba la belleza física del nativo de las islas frente a

la del hombre occidental, quien para alcanzar un poco de beldad no puede más que aspirar a

la elegante ropa; de esta manera, invalida miles de años de tradición de vestir en pro de una

vida más simple.

Llama poderosamente la atención que incluso antes de ser capturado por los taipís,

ante los ojos del narrador, los salvajes sean exuberantemente hermosos. No pierde tiempo

en calificar como “ninfa” o “sirena” a las mujeres; los hombres son gallardos, fuertes, de

dientes blanquísimos. Las siguientes son solo algunas de las varias descripciones

calificativas que el narrador hace de los nativos: “En la belleza de sus formas superaban

todo lo que había visto antes. […] todos los individuos parecían libres de estos defectos que

a veces estropean el efecto de una figura de otra manera perfecta. Pero su perfección física

no consistía meramente en estar exentos de estos males; casi todos los individuos podían

tomarse por modelos de escultor”.37 “A mis ojos, Feyawey era indiscutiblemente la mujer

más adorable que había en Taipí; no obstante, mi descripción de su persona en alguna

medida servirá para tener una idea de todas las muchachas jóvenes del valle. Luego juzgue

usted, amigo lector, la belleza de tales criaturas”.38

36
Melville, Typee, 196.
37
Ibíd., 195-6.
38
Ibíd., 100.

44
La novela también deja en claro que la belleza de los salvajes se debe mucho a la

salud, lozanía y felicidad que proyectan sus cuerpos —es bien sabido que el afán

reproductivo siempre tiende a buscar parejas que denoten salud, de manera que una

probable descendencia tenga también esta característica vital para la evolución humana—.

Para el narrador, la salud es algo inherente a lo no occidental: aquello que no ha sido

contaminado del germen civilizador, es decir, que no ha sido conquistado, se mantiene

prístino y por ende inmaculado y no-enfermo: los moradores de Taipí están libres todavía

de la influencia y el mal extranjero:

[…] y ojalá sigan así por mucho tiempo. Es mejor para ellos seguir siendo felices e
inocentes paganos y bárbaros como ahora que, como los infelices habitantes de las Islas
Sandwich, disfrutar del simple nombre de cristianos sin experimentar ninguna de las
operaciones vitales de la verdadera religión; y mientras que, al mismo tiempo, son víctimas
de los peores vicios y males de la vida civilizada.39

Hasta el momento, es más que clara hacia dónde se inclina la balanza del narrador

de Melville en la dicotomía blanco-salvaje, al punto que, como señala Malini Johar

Schueller, en el mencionado ensayo: “This overt content level is so persuasive that many

critics have read Typee simply as an inversión of Eurocentric values. But such a reading

assumes the ideologies work only in a primitive manner—overtly and by repression”.40

Dicha sumisión no funciona solo por su primitivismo y por represión, sino que fluctúa,

como se verá más adelante. Antes es necesario analizar el cuarto punto.

4. El narrador fiel

Hasta el momento, el narrador ha demostrado:

39
Ibíd., 197.
40
Schueller, “Colonialism”, 5.

45
• Tener un pensamiento lo suficientemente progresista para no perpetuar la imagen

del salvaje del discurso colonial, mentalidad en la que se publicó la novela de

Melville.

• Denostar al blanco y la civilización occidental, y asociarlos con las representaciones

que se tiene de fealdad y enfermedad.

• Alabar al nativo salvaje —su belleza, sus paisajes y sus costumbres—, quien

siempre será más saludable y feliz mientras más alejado del blanco esté.

Con estas características en mente, no es sorpresa para el lector lo que sucederá a

continuación, a medida que el comportamiento antropológico del narrador haga mella en sí

mismo: el personaje principal empieza un proceso de “taipización”. Mientras se adentra en

las vidas de los otros, va adoptando ese estilo de vida: pronto se deshace de sus vestimentas

occidentales y adopta la tappa (un taparrabos), se alimenta de poi-poi y bebe líquidos en

recipientes hechos de cocos y, a veces, de cráneos humanos. Se le designa un servidor,

Kory-Kory, una suerte de fiel mayordomo que le ayudará incluso a pasar terrenos

complicados sobre su espalda; tiene frecuentes visitas de Feyaway, una bella nativa cuya

relación con el narrador es ambigua, pues Melville se ha encargado de velar las referencias

sexuales directas; también es “adoptado” por Marhevo, el padre de Kory-Kory; tiene

reuniones frecuentes con Mehevi, un jefe de los taipí. También prueba sus medicinas y

asiste a sus rituales para curar el cuerpo.

En este punto, narrativamente hablando —lo que repercute en la transmisión de la

ideología—, es claro que la novela de Melville está construida para simpatizar con el

narrador y, por ende, con los taipís. A decir de Schueller, el narrador participa en modo

descriptivo-antropológico de la vida de los nativos y maneja la alteridad de estos

46
imponiendo regularidad, predictibilidad y estasis en su cultura.41 Lejos de mostrarse como

un conquistador-colonizador que descubre una tierra exótica de salvajes y le saca provecho

como un Indiana Jones civilizador, el narrador se mezcla en la cultura de los taipís para dar

cuenta de la verdad sobre ella, para sentirse como uno más, pues de esta manera es recibido

y tratado.

Aunque el narrador sea un transgresor de la ley —ha escapado de su barco—,

recuérdese que no es un colono ni un misionero, que son las figuras “autorizadas” para

cambiar la cultura de los salvajes, para civilizar, y tampoco no es un conquistador que se

apropia de las cosas al nombrarlas; por el contrario, es a él a quien los salvajes bautizan

como Tommo. Sin embargo, si el narrador registra la vida de los taipís y se va convirtiendo

en uno de ellos, es precisamente porque ellos se lo permiten, porque no lo han asesinado y

porque desde un inicio le han manifestado su interés de que nunca se marche —es también,

en resumidas cuentas, un cautivo que fluctúa de la tiranía de un capital en un ballenero

occidental a la enmascarada tiranía en un valle de nativos—.

De esta forma hay una primera instancia del ciclo del poder y su sumisión: al

narrador se le permite la “taipización” porque así lo quiere la tribu pero, al mismo tiempo,

el narrador —que es y siempre será un blanco occidental, pero la narración de Melville está

programada para hacer olvidar este detalle— ejerce un poder que ni siquiera otros

pobladores de Taipí tienen: su relación directa con la realeza del valle. En otras palabras, de

entrada el narrador accedió al olimpo de las castas sociales, nunca tuvo que ganarse la

confianza o subir de peldaño en peldaño, a base de servilismo, para ser considerado con

semejante honor. Y una vez en ese sitial, mientras da cuenta de la vida de los salvajes,

41
Ibíd., 9.

47
ejerce una nueva posición de poder que es inherente en él por el mismo hecho de ser

occidental: sus pertenecías y conocimientos civilizatorios son altamente apetecidos por los

salvajes. Esto queda claro cuando, en el capítulo XIX, sin mayor entusiasmo, fabrica una

cerbatana para un niño de seis años que vio jugando con una caña; al poco tiempo, se ve

rodeado de una ruidosa multitud que le extiende trozos de caña y exige ser atendida.

A este conocimiento del mundo occidental se le suman las pertenecías con las que

llegó al valle de los taipís, que guardó —no sin pensar en lo que podría salir mal— en caso

de que tuviera que volver a la civilización. Entre estas destaca la camiseta que se usa en

rituales importantes —los salvajes le confieren una importancia altísima solo por el hecho

de ser del hombre blanco— y los zapatos que desecha luego son modificados y reutilizados

por el jefe Merhevi. “Cualquier artículo que me perteneciese, a pesar de lo trivial, parecía

sagrado para los nativos”.42 A decir de Schueller:

Such possessions, in colonial-imperial discourse, are always signifiers ofthe power over the
native. The native’s delight at the mundane artifacts of culture and the incongruity between
the savage’s actions and civilized things emphasize the superiority of the Westerner and the
inferiority ofthe savage. The Typees’ interaction with Western artifacts typifies this
hierarchical relationship.43

De esta forma, mediante los objetos, el narrador puede dar cuenta de la vida de los

salvajes desde una posición de poder, pues quien observa y narra los hábitos de los

“primitivos”, tiene poder sobre el otro. El salvaje no viaja a Occidente a tomar nota de la

vida de los blancos, para luego regresar a su tierra y contar lo que ha visto. El poder, en este

caso, se da en una sola vía, y es el blanco quien lo ostenta precisamente por su condición de

42
Melville, Typee, 159.
43
Schueller, “Colonialism”, 10. “Tales posesiones, en el discurso colonial-imperial, son siempre
significantes del poder sobre el nativo. El deleite del nativo en los mundanos artefactos de la cultura y la
incongruencia entre las acciones del salvaje y las cosas civilizadas enfatizan la superioridad del occidental y
la inferioridad del salvaje. La interacción de los taipís con los artefactos occidentales tipifica esta relación
jerárquica”. Traducción propia.

48
blanco, de poseer objetos que a los ojos de los salvajes son sagrados. En este sentido, la

teoría del poder del filósofo francés Michel Foucault se aplica a la perfección:

Tener bien presente que el poder […] no es algo que se reparte entre quienes lo tienen y lo
poseen en exclusividad y quienes no lo tienen y lo sufren. El poder, creo, debe analizarse
como algo que circula o, mejor, como algo que sólo funciona en cadena. Nunca se localiza
aquí o allá, nunca está en las manos de algunos, nunca se apropia como una riqueza o un
bien. El poder funciona. El poder se ejerce en red y, en ella, los individuos no sólo circulan,
sino que están siempre en situación de sufrirlo y también de ejercerlo. Nunca son el blanco
inerte o consintiente del poder, siempre son sus relevos. En otras palabras, el poder transita
por los individuos, no se aplica a ellos.44

El discurso del poder de Foucault parece embonar bastante bien con el discurso del

colonialismo y de la construcción de los imperios —entiéndase estos como las potencias

del momento: Inglaterra, Francia y Estados Unidos—, por lo que es fácil reconocer en

Typee que el poder fluctúa entre la tribu caníbal, pues es quien mantiene cautivo al narrador

—aunque dé la impresión de que este es libre—, y el personaje principal, quien mantiene

cativos a los pobladores con sus objetos occidentales y su sola presencia por el hecho de ser

foráneo, occidental; es un toma y daca entre los taipís que le permiten ser parte de su vida y

el narrador al dar cuenta de ella como un antropólogo. Foucault señala, además, que la

circulación del poder produce placer, que es algo latente en Tommo, quien disfruta mucho

en el valle, hasta que recibe una amenaza que cambiará todo, que es lo que se analiza a

continuación.

5. El narrador infiel

Aunque Melville mismo vivió las experiencias que le delega a su narrador, al punto de que

al volver de su periplo por los Mares del Sur se le conoció como “el hombre que vivió entre

44
Michel Foucault, Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976) (Buenos Aires:
Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2000), 38.

49
caníbales”, no hay que olvidar que Taipí es una novela construida de una forma particular:

está ideada para pensar que el clímax que anhela el narrador será alcanzar la “taipización”

total, que el blanco al final logre convertirse en uno más de la tribu —la cual, no hay que

olvidar, no le dejará irse nunca, con lo que el personaje principal parece estar de acuerdo: el

sometimiento al poder—, es decir, la mimetización.

A medida que la novela llega a su final, el idilio con los salvajes y la falsa asunción

del narrador de una nueva identidad no occidental desaparecen de golpe, no por el

constante dolor en la pierna —y su consecuente necesidad de medicina occidental—, por la

misteriosa desaparición de su amigo Toby o por haber presenciado el canibalismo de forma

indirecta, que deberían ser causas decisivas. No. El evento que detona su partida de Taipí es

que los salvajes desean tatuarle el cuerpo y, sobre todo, la cara para que sea uno de ellos

por completo, como muestra la figura 1:

Figura 1. Apariencia de un habitante de Nukuhiva

Fuente: Parker, Melville 1, páginas centrales.

50
Ante esto, el narrador reflexiona que, además del dolor, qué será de él si alguna vez

debe volver a la civilización con los rasgos imborrables del salvaje en su cara. Es claro que

ama a los salvajes y se halla viviendo dentro de una civilización que considera superior,

pero, después de todo, no puede dejar de lado su tradición de blanco occidental, aunque

infiel con los de su clase. Al rechazar los tatuajes, el narrador se adentra en un limbo que lo

deja sin patria ni identidad: ha dejado de ser blanco occidental por denostar su cultura a lo

largo de toda la novela y tampoco es un taipí, aunque ame sus costumbres, porque no quiere

someterse a un procedimiento que lo descubra como uno de ellos perennemente. Para evitar

ser tatuado, el narrador corre hacia el mar y nada hacia un barco que navegaba cerca, con

los salvajes persiguiéndolo para matarlo o bien recapturarlo. Así de abrupta y necesaria es

la expulsión del paraíso que él fabricó en su mente, después de haber participado de un

proceso de conversión y desconversión, como lo señala el académico Henry Hughes:

[…] the theme of conversion is dominated by Melville’s unflinching criticism of Christian


projects to convert heathens, But conversion is also examined through Polynesian practices
— tattooing, dress, eating, and lovemaking — aimed at bringing select outsiders, including
white sailors like Melville and his narrator, into the island communities. Although Typee’s
narrator, Tommo, participates sartorially, gastronomically, and sexually in Marquesan life,
he fears complete conversion, refuses to be tattooed […] and ultimately flees the island.45
Debe recordarse que el tatuaje es, para Alejandra Walzer, un medio usado para

inscribir a un individuo en una trama cultural más amplia, uno de sus objetivos principales

es aportar cohesión e identificación mutua dentro de un grupo, ya que “explica las

condiciones de su nacimiento, su posición social, su trayectoria y sus acciones”. 46 Para Lars

Krutak, el “hecho de que un tatuaje sea un texto simbólico de carácter colectivo lo

45
Henry Hughes, “Fish, Sex and Cannibalism: Appetites for Conversion in Melville’s Typee”,
Leviathan 6, n.° 2 (2004): 3, https://muse.jhu.edu/article/492727/pdf.
46
Alejandra Walzer, “Tatuaje y significado: En torno al tatuaje contemporáneo”, Revista de
humanidades 24 (2015): 196, https://bit.ly/2Zqiuym.

51
convierte en un elemento capaz de expresar y mostrar el «ethos» de una determinada

cultura expresado de forma sensible y externa a través del simbolismo social”.47

Si el narrador aceptara ser tatuado de pies a cabeza, su cuerpo se convertiría en un

texto ambulante que revele por siempre su “nacimiento” o renacimiento dentro de una

comunidad salvaje, sin lugar a enmiendas o borrones que le permitan echarse para atrás. La

perennidad del tatuaje aparece como una amenaza a su —hasta este momento—

adormecida “occidentalidad”, pues ¿qué sería de él si algún día decide salir de Taipí y

reinsertarse en las filas de la sociedad blanca que lo vio nacer y crecer, que lo formó a fin

de cuentas? Sin duda, sería rechazado en esta o, cuando menos, señalado y visto como una

atracción de feria —de la misma forma que eran vistos los salvajes cuando eran llevado a

Occidente como novedades de carnaval, quizá más aun, pues su piel blanca haría suponer

que se trata de una anomalía: el blanco “salvajizado”—.

Michel Thévoz señala que la “marca establece, por tanto, una distancia con la

naturaleza y diferencia al hombre de todo aquello que no sea él mismo: los animales, otros

hombres que no pertenecen al clan o aquellos que aun siendo miembros del clan tienen otro

sexo, otra jerarquía u otra edad”.48 En este caso específico, tatuarse el rostro sería la

desacralización que le impediría regresar a su sociedad y ser aceptado como un individuo

más, cultura a la cual, por lo visto, sí tenía pensado volver a pesar de todas las alabanzas a

la sociedad salvaje de Taipí que hacían suponer lo contrario. El problema para el narrador

es lo perenne del tatuaje.

Esto demuestra la imposibilidad de la mimetización total por más que se desee —

que, después de todo, no es del todo sincera—. Aunque el narrador es sincero al enunciar su
47
Krutak, citado por Walzer, “Tatuaje y significado”, 197.
48
Thévoz, citado por Walzer, “Tatuaje y significado”, 167

52
creencia de que la vida simple de los salvajes es superior en muchos aspectos a la

civilización occidental, su deseo de convertirse en uno —o el hacer creer eso al lector— no

es sincero desde un inicio. Este engaño al que somete Melville al lector da cuenta de que la

ideología que maneja el narrador es de un progresismo condicionado, que alaba y se

reconoce como superior al otro, pero no se desea pertenecer del todo él. “Melville asserted

the inherent moral superiority of the savage, but only as long as the latter remained an

identifiable savage”,49 lo cual se extiende al narrador: se adapta a la cultura de los taipís, se

sumerge en ella y da la impresión de querer ser uno más, siempre y cuando pueda continuar

siendo identificable como un blanco occidental. “Despite his reflections on the felicity of

the Islanders’ lifestyle, Tommo cannot submit to tattooing, the permanet visible impress of

the Other on his whiteness. In Omoo, the White sailor who has willingly submitted to

tattooing is therefore profoundly disturbing. His presence questions the assumed superiority

of Euro-American values”.50

Esta suerte de progresismo solapado parecería confirmarse con Omú, la segunda

novela de Herman Melville, que publicó en 1847, y que es una secuela de Taipí, pues inicia

donde esta termina: la vida del narrador apenas ha abordado la embarcación que lo ha

liberado de los salvajes polinesios. Aunque es la segunda parte, lo es circunstancialmente,

pues se trata de la continuación de los acontecimientos, pero no del espíritu e ideología de

Taipí: acá hay una notabilísima reducción del espíritu crítico del narrador, de su visión de la

supremacía del otro frente a la civilización occidental —que no desaparece del todo, como

se verá a continuación—, en beneficio de construir una novela más anecdótica para el lector

decimonónico, con menos contenido crítico-antropológico y más acción. De hecho,

49
Schueller, “Colonialism”, 11.
50
Ibíd., 13.

53
Melville advierte ya en el prólogo cuál será el humor de su segunda novela: el título de la

obra, Omú, está tomado del dialecto que hablan en las Islas Marquesas, el cual, entre otras

acepciones, significa “vagabundo” o “persona que vaga de una isla a otra”. 51 Por lo tanto,

de entrada el lector sabe que esta novela emanará un encanto más apegado, por poner un

ejemplo, al flâneur de Charles Baudelaire.

El afán de Melville de escribir un libro más “familiar” se deja entrever desde las

primeras páginas, cuando el narrador al que el lector estaba acostumbrado, aquel que

denostaba el supuesto progreso que traen los imperios en el mundo, se dice a sí mismo que

es un “mortal civilizado” cuando lo afeitan y cortan el cabello. 52 Es decir, este nuevo

bautizo deja atrás —al menos por breves espacios— los beneficios que presentaba darse

desnudo al mundo y sin la preocupación de mantener una apariencia correcta entre gente de

sociedad, como un caballero.

Si Taipí mostraba cómo puede ser una sociedad sin la contaminación —palabra de

Melville— de Occidente, Omú, por el contrario, muestra cómo son los salvajes una vez que

la colonización se ha asentado, como en este caso en particular, tras dos generaciones en

Tahití y las Islas Sociedad, sin dejar de lado, por supuesto, exponer que el blanco occidental

prosigue en su papel de agresor. Tal el caso de los relatos del capítulo VI, en el que se

cuenta la crueldad de algunos capitanes que rozan las orillas de las islas únicamente para

disparar a los nativos, por mera diversión, con la idea colonial de que estos carecen de

humanidad: “Es casi increíble la forma en que muchos marineros miran a esos salvajes

desnudos. Apenas si los consideran humanos. Pero es muy curioso y cierto que, cuanto más

51
Herman Melville, Omú: Un relato de aventuras en los Mares del Sur (Barcelona: Alba Editorial,
1999), 17. El título original en inglés es Ommo: A Narrative of Adventures in the South Seas.
52
Ibíd, 26.

54
ignorantes sean y más degradados estén esos hombres, mayor es el desprecio con que

consideran a los que creen inferiores”.53

Como esta novela ya se desarrolla en lugares colonizados, aparece en Melville la

figura del salvaje útil, quien en su afán de sobrevivir y adaptarse a las nuevas circunstancias

que imponen los conquistadores, modifica su maneras y se alía con el que, en cierto

momento, llegó a considerarse su enemigo —recuérdese que el narrador de Omú toma

contacto con la gente nativa dos generaciones después del acercamiento primigenio con los

occidentales—. En este aspecto destaca el Capitán Bob, que es un tahitiano que ejerce, sin

título oficial, el puesto de carcelero del cónsul inglés. Él será el encargado hacer cumplir la

condena impuesta a los amotinados del barco Julia, entre los que se encuentra el narrador,

en tierra.

Capitán Bob o viejo Bob es una figura respetada en la comunidad, tanto por los

nativos como por los propios ingleses, que sirve de puente entre los lados opuestos: la

comunidad tahitiana que ha sido colonizada y los recién llegados a la isla, quienes no saben

cómo se desarrollan los eventos ni las jerarquías. Es corpulento, de buenas maneras y

emprendedor: posee una pequeña empresa de labranza, lo que le hace dueño de varios

bosquecillos del árbol del pan; además, es políglota. Uno de sus principales rasgos es la

benevolencia, al punto que “[…] En ese momento estábamos solos con él, y habría sido lo

más fácil de mundo escabullirnos, pero parecía que a él ni se le había ocurrido semejante

cosa; nos trataba con tanta franqueza y cordialidad que, incluso de haber tenido la idea de

huir, nos habríamos sentido avergonzados de intentarlo”.54

53
Ibíd., 51-2.
54
Ibíd., 175-6.

55
Así como Bob, Omú propone un desfile de nativos medianamente occidentalizados,

es decir, que han adaptado su condición de “conquistados” para servir a los colonizadores,

en beneficio de la supervivencia propia. Jim es otro ejemplo: se trata de un nativo

autodenominado así, con nombre occidental, que guía a las naves al puerto de Tahití, por lo

que recibe dinero, cerca de cinco dólares por cada una. En su proceder exige respeto y su

trabajo no es negociable: quien atraque en el puerto, deberá lidiar con él y “someterse” a

sus servicios:

Jim resultó ser el práctico habitual del puerto, un puesto que, es bueno saberlo, brindaba no
poco beneficio, y a sus ojos, al menos, revestía de una enorme importancia. Por lo tanto,
nuestra poca ceremoniosa entrada se veía como un acto muy insultante, que a un tiempo
restaba valor a la dignidad y al carácter lucrativo de su oficio. […]
En síntesis, Jim el práctico es todo un personaje a su manera, y nadie que visite Tahití deja
de oír algún relato curioso de él.55

Bembo es un marinero más del barco Julia cuando los tripulantes hacen el motín;

resultado de este, Bembo el maorí se convierte en el capitán interino de la embarcación.

“Ese oscuro y taciturno salvaje despertaba en todos, exceptuando el maestre, desconfianza

y temor”.56 Es respetado por lo que se rumorea de él: tiene una proclividad hereditaria a

matar hombres y comérselos; es tan valiente que al momento de cazar una ballena, cuando

esta ya está arponeada, Bembo se lanza sobre ella para dar la estocada final. El recuento de

las características útiles de este salvaje hace que el narrador diga de él que “no era

precisamente uno de esos bárbaros afeminados”.57

Poky es un nativo joven y atractivo que siempre piensa que no ha hecho lo

suficiente por el narrador; Kulú, un lechuguino nativo, también atractivo ante los ojos del

personaje principal, asegura que su amor por este es profundo, no obstante, a pesar de esto,

55
Ibíd., 152-3.
56
Ibíd., 112.
57
Ibíd.

56
“termina” su relación con el narrador abruptamente porque llega a Tahití un marinero

adinerado, a quien le confiere sus favores por la conveniencia. Esto demuestra que los

nativos no son ingenuos y que se han adaptado a su condición para sobrevivir, como lo

hace el Capitán Bob, quien relata continuamente la historia de la amistad de su padre con el

Capitán Cook, pues este “comportamiento se deriva tan solo de sus deseo de agradar, muy

sabedores de que no se puede elegir un tema que resulte más grato a un hombre blanco”.58

A estos personajes siguen dos ejemplos que dan cuenta del inicio de la situación

colonizadora en las Islas Sándwich (actualmente Hawaii) . El primero tiene que ver con el

plan que Inglaterra tenía para sus islas: las escogieron por “el aire suave de sus modales,

una gran ingenuidad y una gran docilidad” de sus habitantes, lo que les hacía, ante los ojos

occidentales, como los candidatos perfectos para la conversión a través del trabajo de los

misioneros. Estas características de los tahitianos “confundieron, al principio, porque en

realidad no eran sino el simple complemento de la indolencia, tanto física como mental, de

una voluptuosidad constitutiva y de una honda aversión a las restricciones. Todas estas

características, aunque adecuadas a la condición lujuriosa de la naturaleza tropical, son los

mayores estorbos posibles para la estricta moral cristiana”.59 Por lo tanto, no fue nada

sencillo adoctrinar a los nativos en el cristianismo ni en las maneras inglesas, a punto que

en esta aversión por las reglas, los nativos no bajan la cabeza y reclaman abiertamente a los

misioneros porque las palabras no curan las enfermedades traídas por los europeos:

Los nativos, trastornados por aquel sufrimiento, llevaban a sus enfermos a la presencia de
los misioneros cuando predicaban para gritarles:
—¡Mentiras, mentiras! Nos habláis de salvación y, miradnos, estamos muriendo. No
queremos más salvación que la de vivir en este mundo. ¿Quién se ha salvado por vuestras

58
Ibíd., 177.
59
Ibíd., 251.

57
palabras? Pomaré ha muerto, y todos estamos muriendo por vuestras malditas
enfermedades. ¿Cuándo desistiréis?60

Mientras que este aspecto tiene mucho que ver con los inicios colonizadores en las

Islas Sándwich —lo que además crea un mestizaje al momento de bautizar a los nativos,

pues empiezan a tener dos nombres, uno pagano y otro cristiano, como Jeremiah Po-Po,

que significa “Jeremías en la oscuridad”, lo cual, ante los ojos del narrador, constituye una

práctica ridícula—, el segundo versa sobre la cultura inglesa ya afianzada a través del

tiempo, en la hawaina y, de hecho, mezclada con esta, lo que crea la mezcolanza legislativa

que se narra en el capítulo LXXIX.

En cierta ocasión, la tripulación del Leviathan —barco de Omú— armó un tumulto

que los nativos lo consideraron un insulto a sus leyes, quienes, indignados, lograron

aplacarlo y llevaron a los revoltosos ante el tribunal nativo, que fue instaurado según el

modelo inglés. De entre todos, se consideró que el capitán Crash fue el promotor del

desorden. Es aquí donde empiezan las variaciones de los sistemas penales de la Polinesia y

de Occidente. Mientras se esperaba la llegada de su señoría, se presentaron muchos otros

cargos en contra del capitán, la mayoría por parte de mujeres viejas, de manera que para el

momento del juicio, el cargo principal era su desliz con una jovencita local.

El juicio se realizó en una casa-escuela, ante la presencia de unos quinientos

nativos, quienes tienen algo que decir en contra del acusado y lo dicen todos al mismo

tiempo. El juez es un anciano de buen venir y aire benévolo, que está sentado “sobre una

pequeña plataforma, con las piernas cruzadas, en apariencia cristianamente resignado a

60
Ibíd., 274-5.

58
soportar el tumulto”.61 Los acusados estaban mezclados con el tribunal y todos tienen el

derecho de acusar. Al inicio del juicio, no se tomó juramento a los testigos ni hubo un

verdadero jurado. “De vez en cuando, alguien se ponía de pie y gritaba algo que podía ser

una prueba; entre tanto, los demás parloteaban sin cesar. Al cabo de un rato también el juez

se excitó, se puso de pie, se mezcló con el gentío y empleó su lengua con tanta fuerza como

el que más”.62

Finalmente, la jovencita del desliz fue condenada a fabricar seis esteras para la

reina; por su parte, el capitán Crash, debido a sus múltiples faltas, fue considerado

incorregible63 y fue desterrado de la isla. Llama la atención que el veredicto haya salido de

la batahola generalizada pero, a fin de cuentas, aprobado por la autoridad de su señoría.

Para aplicar la tarifa penal, el juez recurre a un libro entregado por los misioneros en el que

los castigos están enlistados alfabéticamente, lo que facilita —y hasta le da un aire

didáctico al sistema legal nativo— las cosas: “Por ejemplo, se prueba que ha habido un

crimen de, digamos, bigamia; se busca la letra B, y allí está: «Bigamia, cuarenta días en la

Carretera de la Escoba y veinte esteras para la reina». Se lee el pasaje en voz alta y ya está

pronunciada la sentencia”.64

61
Ibíd., 413. El juez, según señala Melville, es además jefe hereditario de esa zona de la isla y juez
vitalicio en el distrito de Partoowye; por lo tanto, no se trata de un personaje cualquiera, sino de alguien que
se ha ganado —o heredado— su derecho de estar ahí para usar su sabiduría, la tenga o no, lo cual recuerda
en gran medida a la realeza; según Foucault: “[…] en las sociedades occidentales, y esto es así desde la Edad
Media, la elaboración del pensamiento jurídico se hace esencialmente en torno del poder real. El edificio
jurídico de nuestras sociedades se construyó a pedido del poder real y también en su beneficio, para servirle
de instrumento o de justificación. En Occidente, el derecho es un derecho de encargo real”. Foucault,
Defender la sociedad, 34-5. Un remedo de sistema jurídico levantado a imitación de uno occidental, con el
poder real como trasfondo, parecería explicar el porqué de la fantochada que sigue.
62
Ibíd.
63
Tómese en cuenta que no se le juzga por un crimen, sino por varios, los que salieron del griterío,
y se lo condena no solo por lo que fue apresado en primera instancia.
64
Melville, Omú, 414.

59
Los actos de colonialismo —sobre todo los dos últimos, que son de naturaleza

abstracta— son un ejemplo de lo que Homi K. Bhabha denomina estrategia de negación:

“«the discourse of cultural colonialism» does not operate through a simple discrimination

between the colonial and colonized cultures. Rather, the discourse is «produced through the

strategy of disavowal» where «the trace of what is disavowed is not repressed but repeated

as something different»”.65 En esta línea, Schueller señala que los relatos de Melville en los

Mares del Sur están repletos de rechazos frontales de la prerrogativa colonial de Europa y

Estados Unidos, pero al mismo tiempo repiten el colonialismo cultural a través de

estrategias de diferencia, al crear situaciones de límites raciales y describir a los nativos a

través de los esquemas científicos de clasificación.66

Tras exponer estos hechos de Taipí y Omú, es claro que, primero, en las narraciones

de Herman Melville los salvajes de los Mares del Sur varían su comportamiento

dependiendo del grado de contacto con el hombre blanco occidental: desde la aparente

libertad sin contaminación que muestran en la primera novela, hasta su adaptabilidad para

convertirse en seres útiles y de “provecho”, en aras de su supervivencia más básica, en la

segunda narración mencionada. En ambos casos, el nativo no puede deshacerse de su fama

de caníbal, libertino y, pues, salvaje: en Taipí es lo que les define y en Omú es lo que tratan

de aplacar o esconder sin conseguirlo en tu totalidad, después de todo, les conviene ser

temidos por el blanco.

En segundo lugar, e igual de importante para los objetivos del presente trabajo, está

la visión que el narrador de las dos obras tiene del salvaje: en Taipí, por su poco contacto

directo con el blanco, el otro tiene más dominio de su destino —por el momento—, se

65
Bhabha, citado por Schueller, “Colonialism”, 4.
66
Schueller, “Colonialism”, 4.

60
muestra libre para crear su propia versión de civilización, para la que el narrador no

escatima en alabanzas, ya que para él es una especie de paraíso: los paisajes son hermosos,

las personas son hermosas y por ende saludables, su construcción social supera con creces a

la occidental, de hecho, su cultura y ciudadanos son, por el contrario, lo opuesto: feos,

enfermos, agresores. El narrador continúa con esta mentalidad en Omú, pero deja de ser

enfático como lo fue en Taipí, pues la intención narrativa es otra, para dar parte de las

aventuras y descripciones de cómo es el salvaje que ya ha sido colonizado hace décadas.

Es latente que a lo largo de las novelas, Melville, desdoblado en sus personajes, ha

abogado y hecho parte a favor del pequeño, del subyugado, del esclavizado, en una época

en la que el mundo se despertaba a la Revolución Industrial y las tribus no contactadas eran

o aliados para conseguir lo que se deseaba o bien intrusos, a los que se debía poner un alto.

El narrador de Melville quiere pertenecer a esa sociedad pero no le es posible porque,

primero, es y siempre será un blanco occidental ante los ojos de los salvajes y, segundo,

porque a pesar de las vindicaciones y supremacías de esta cultura frente a la occidental, de

cuánto demuestra querer pertenecer a las culturas de los Mares del Sur, en el fondo no lo

desea con sinceridad, de ahí el abrupto escape en Taipí y el cambio de observaciones en

Omú.

Las dos novelas, que forman un díptico de la vida en los Mares del Sur según la

visión del blanco occidental, se componen de lo que Schueller llama situaciones límite o

transgresivas, que son numerosas en las colonias: el nativo que, como Calibán, aprende el

idioma del opresor y por lo tanto tiene el poder para modificarlo y así se apropia de los

poderes de los significantes coloniales; el colono que se “hace nativo” y participa

61
activamente en ambas culturas.67 Ejemplos del primer factor se hallan en Omú y aquí se han

enumerado algunos; de lo segundo es Taipí.

No hay duda que hay una primera instancia de progresismo en el narrador de

Melville, trasunto suyo, que valientemente intenta alterar la jerarquía binaria que privilegia

al blanco sobre nativo. Y ponerse a favor del colonizado en dos novelas de mediados del

XIX —1846 y 1847— no era lo usual. Ideológicamente, Taipí y Omú son una vindicación

del colonizado, sin importar donde se encuentre: en las Polinesias, América Latina o África.

Esta idea será central para analizar al otro de las regiones latinoamericanas, uno de los

objetivos de este trabajo, para lo que, sin duda, analizar al otro polinesio es el camino de

entrada perfecto, pues da cuenta del inicio de la narrativa de largo aliento de Melville.

Analizar la figura del narrador occidental frente a la cultura del otro, la del salvaje,

es la forma de iniciar este presente trabajo que pretende entender al otro latinoamericano, y

la perfecta puerta de entrada han sido las dos primeras ficciones de Melville, en las cuales,

como señala Schueller, el autor estadounidense intentó escribir alternativas a las narrativas

clásicas de “civilizar al salvaje”, propias de la represión colonial. Sería ingenuo no ver uno

de los trasfondos detrás de las dos ficciones: un país que se acerca a un gran

confrontamiento bélico, la Guerra Civil (1861-1865), en la que el país se jugaría su

economía, estructura política y social, y su propia alma sobre el problema de los esclavos

afrodescendientes en su tierra. Sin ser moralista, Herman Melville adoctrina a sus

compatriotas y lectores sobre la forma de ver y tratar al afroamericano, al otro que vive en

su misma tierra, cuya sangre, ante los ojos del escritor neoyorquino, es tan roja como la del

polinesio, la del mestizo o la del blanco.

67
Ibíd., 11-2.

62
Capítulo segundo

El espacio latinoamericano entre el cielo y el infierno: Las Encantadas

Después del primer capítulo, que sirve a modo de introducción porque nos presenta

los dos primeros libros de Herman Melville y los conceptos de otredad, entre otros, que se

usarán a lo largo del presente trabajo, es momento de analizar el primero de los tres textos

que se consideran fuentes primarias: Las Encantadas o The Encantadas, que es una serie de

diez bocetos de las Islas Galápagos, producto de la impresión que le produjo al autor el

lugar, cuando lo visitó durante su travesía por los mares del mundo a bordo del Acushnet.

Antes de profundizar en el análisis de las representaciones de identidad latinoamericana en

el libro, es imperativo hacer un breve recuento de las circunstancias de su escritura y

publicación.

Como se dijo, Las Encantadas es producto de la visita que Herman Melville hizo al

archipiélago. En una reconstrucción meticulosa, el estudioso Hershel Parker hace un

recuento de la visita, con la mayor cantidad de datos que se pueden obtener por medios

oficiales: el ballenero avistó el norte de la isla Albemarle —hoy Isla Isabela— el 30 de

octubre de 1841, tras aproximadamente cinco meses de haberse lanzado al mar desde la

costa de Nantucket.68 En el “Boceto tercero” se habla de Roca Redonda (Rock Rodondo),

cuya visita tuvo lugar alrededor del siguiente día; se sabe esto porque consta en los

registros del barco Phoenix de Nantucket, cuando este contactó al Acushnet en el paralelo

0°18’N, 91°50’O.

68
Parker, Melville 1, 200-2. El sumario de la visita a las Galápagos proviene de estas páginas.

63
Para el 2 de noviembre, el Acushnet era uno de los cuatro balleneros de Estados

Unidos que estaban cazando en la zona de las Galápagos; lo otros eran el Richard Mitchell

y Henry Astor de Nantucket, y el Hobomock de Falmouth. Con esto en mente, es claro que

Melville multiplicó el número de embarcaciones a treinta en el “Boceto cuarto”,

probablemente para que su prosa fuese más impactante:

El día siguiente después de pescar en la base de esa torre redonda, tuvimos un viento
propicio y tras rodear a toda velocidad el cabo norte, de repente divisamos una flota de
treinta veleros, todos barloventeando como un escuadrón en línea: un espectáculo magnífico
como el que nunca ha visto el hombre. La más armoniosa concordancia de surcadoras
quillas. Sus treinta sobrequillas zumbaban como treinta cuerdas de arpa y parecían igual de
rectas al dejar sus estelas paralelas en el mar. Pero resultaron ser demasiados cazadores para
la partida. La flota se dispersó quedando fuera de mi vista y dejando a mi propio barco y a
dos elegantes caballeros londinenses. Estos últimos, sin encontrar tampoco fortuna alguna,
se desvanecieron de la misma manera, y Lee Bay, con todos sus aditamentos y sin rival,
quedó para nosotros.69

Si se compara este con el pasaje real que presenció Melville demuestra que hay un afán

grandilocuente y una deliberada manipulación de la realidad, que es un factor que sucede

muy a menudo en este texto, tema que se desarrollará en este capítulo.

Después de la visita a Roca Redonda, Parker anota un detalle de la estadía del

Acushnet en las Galápagos mediante los registros de otros barcos: el 3 de noviembre lo

avista el Rousseau de New Bedford, el cual señala que tiene 700 barriles y que hay cinco

naves más en las inmediaciones; el 10, el Mary de Edgartown hace lo propio; el 12, el

Massachusetts de New Bedford; el 19, el Columbus de Nantucket indica que el Acushnet

bajó el ancla en Chatmam —actual Isla de San Cristóbal—. El 25 de ese mes, el ballenero

inicia su salida del archipiélago, en camino hacia el sur; finalmente el 30 de noviembre,

gracias al buen clima, avista cachalotes y recolecta 70 barriles antes de entrar en la costa

del Perú.

69
Herman Melville, Las Encantadas. Diario de Viaje por Europa y Oriente (Madrid: Valdemar, 2011),
62.

64
Las impresiones de las Galápagos acompañarían a Herman Melville el resto del

viaje en el ballenero y el resto de sus días, no obstante, tendrían que pasar trece años para

que las plasmara por escrito, según lo relata Hershel Parker en el segundo volumen de la

titánica biografía del escritor neoyorkino.70 Melville envió, el 6 de febrero de 1854, una

carta a George P. Putnam en la que adjuntaba 75 páginas “adaptadas” para la revista. Aquí

la palabra “adaptada” es foco de atención pues, como señala Parker, “‘Adapted’ may

indicate that Melville had altered material meant for his book so it would be suitable for a

magazine, but by using that word he may have meant merely that the material was in his

opinion suited to magazine use”.71 Se retomará el asunto de las modificaciones en breve.

Putnam y el equipo de su revista mensual Putnam’s Magazine quedaron tan

encantados con los diez bocetos que decidieron desplazar contenido que ya estaba

programado para el número de marzo, de manera que Las Encantadas pudieran encontrar

su público lo más rápido posible. Del texto, el editor dijo “inusual prosa, fascinante tema”.

Los relatos se publicaron de marzo a mayo de 1854, bajo el seudónimo de Salvator R.

Tarnmor, para evocar en los lectores las escenas calabresas pintadas por Salvator Rosa y los

ambientes góticos de Edgar Allan Poe. Por cada una de las tres apariciones, el autor cobró

50 dólares.

Las Encantadas tuvo buena recepción entre el público y los críticos, los cuales

estaban ya desilusionados de Melville tras los fracasos de Moby Dick y Pierre o las

ambigüedades. Vale destacar que la prensa señaló que los bocetos permiten “perdonar” los

excesos cometidos en sus anteriores obras y que su nueva narrativa recuerda a los mejores

70
Hershel Parker, Herman Melville: A Biography: Volume 2, 1851-1891 (Baltimore: The John
Hopkins University Press, 1996), 210-8.
71
Parker, Melville 2, 210.

65
pasajes de sus obras más celebradas, Taipí y Omú —que sí fueron bien recibidas cuando

aparecieron—; asimismo, se recalcó que su prosa había madurado por la experiencia, el

estudio y el trabajo de años, además de que esta, por su calidad de inusual, permitiría

descubrir a los melvilianos, es decir, amantes fieles del escritor. Quizá el único reproche

que se le hizo fue su corta extensión, lo cual no deja de ser una buena crítica.

Posteriormente, Las Encantadas fue publicada, junto con otros cuentos, en la colección The

Piazza Tales en 1856. En lo sucesivo, ninguno de los dos textos se volvieron a reimprimir

durante la vida del autor.

Antes de adentrarse en el análisis, es preciso indicar aquello que en líneas anteriores

ya se ha mencionado: el afán modificatorio en Las Encantadas. Que Herman Melville haya

pintado un pasaje más grandilocuente del que realmente vio en las Galápagos, en el que de

cinco balleneros se pasó a treinta, se debe a un afán de crear un texto épico, exótico, que

fuera atractivo para el público y así pudiera tener acogida y, por ende, recibir la paga que

Melville tanto necesitaba. Al pasaje de los barcos se le suma que el autor le haya dicho a

Putnam que le enviaba los bocetos “adaptados” para la revista: en este sentido, el biógrafo

Parker considera que podría tratarse de que el material no es que había sido adaptado para

que cumpliera con los formatos de la revista, sino que su procedencia originalmente haya

sido la de un libro que nunca se llegó a publicar. Parker no pudo zanjar esta disyuntiva y no

es importante para esta investigación.

En este sentido, es propio señalar que para Las Encantadas Herman Melville no

solo usó sus impresiones para la redacción, sino que también echó mano de varios textos de

marineros, de los que se apoderó de sus historias para crear un producto propio. En el

“Boceto quinto”, el autor revela a estos testigos oculares, a quienes él considera honorables

66
—y por lo tanto confiables, lo que le otorga la verosimilitud necesaria a su obra—:

“Cowley, el bucanero (1684); Colnet, el explorador y cazador de ballenas (1798); Porter, el

capitán de navío (1813)”. José Rafael Hernández señala que Melville se refiere a A Voyage

to the South Atlantic and Round Cape Horn into the Pacific Ocean (1798), de James

Colnett; Journal of a cruise made to the Pacific Ocean, by Captain David Porter, in the

United States frigate Essex, in the years 1812, 1813, and 1814 (1822), de David Porter; y

Voyage Around the Globe (1699), del capitán William Ambrose Cowley, quien se dedicó a

rebautizar a las islas de las Galápagos con nombres de camaradas suyos y de la familia real

inglesa.72

Para finalizar la cuestión de la adaptación o modificación, debe mencionarse que los

diez bocetos de Las Encantadas están precedidos por epígrafes que Melville tomó de dos

textos de Edmund Spenser, The Faerie Queene73 (circa 1590) y Visions of the Worlds

Vanitie (1591), textos de fantasía o alegoría moral; además usó, según Hernández,

fragmentos de Fletcher, Beaumont y otros poetas.74 María Teresa Gramuglio, en “Viajar y

escribir. Tres visiones sobre las islas Encantadas”, señala que el texto de Melville es un

patchwork de “fragmentos corregidos y entrecruzados con citas ocultas, a veces

reelaboradas como Chatterton y William Collins (Poems, Londres, 1807), siempre sin

72
Hernández también indica que Melville usó como otras fuentes importantes a Chronological
History of the Discoveries in the South Pacific Ocean (1803-1817), de James Burney; A Narrative of Voyages
and Travels in the Northern and Southern Hemispheres, Comprising Three Voyages Round the World (1817),
del capitán Amasa Delano —que será la materia prima de la nouvelle Benito Cereno, que se analizará en el
siguiente capítulo—; y Narrative of the Surveying Voyages of His Majesty’s Ships Andveture and Beagle
(1839), compuesto por tres volúmenes, de los cuales el más famoso es el último, pues es obra de Charles
Darwin. Hernández, en Melville, Las Encantadas, 71.
73
The Faerie Queene fue un texto que tuvo profundo impacto en la formación vivencial y
profesional de Melville. El ejemplar que poseía tenía muchas anotaciones de su puño. Probablemente fue en
el verano de 1832 cuando su padre se lo legó como un bien preciado y como un ritual de paso a la pubertad
de Herman. Parker, Melville 1, 73.
74
José Rafael Hernández, “Prólogo”, en Melville, Las Encantadas, 14-5.

67
mencionar la procedencia de los textos”.75 Usar epígrafes es una costumbre extendidísima y

no debería extrañar a nadie, sin embargo, Melville deliberadamente modificó palabras y

cambió pasajes del material primitivo para convertirlo en una introducción que sirviera más

a sus propósitos, que son los del verdadero artista: crear una obra que impacte, que sacuda.

“Con estos a modo de introitos se auspicia la sensación de lo numinoso y se alienta la

lectura alegórica y simbólica”,76 sentencia el prologuista. Se volverá a retomar el tema de

los epígrafes modificados a medida que avance el análisis.

Las Encantadas es un libro tan corto como inusual, escapa de ser catalogado como

un texto de ficción, aunque sí la tiene en cierta medida, y tampoco se puede decir de él que

se trate de un libro de viajes per se, pues aunque las reflexiones son producto de un viaje,

estas son, por decirlo de alguna forma, estáticas, ya que nacen de la profunda observación

de un lugar y la abstracción de sus características. Gramuglio indica que el “resultado

puede considerarse correlativo de la transfiguración del paisaje y de los elementos de la

naturaleza que realiza su mirada. En ellos no se debe buscar ni la objetividad del naturalista

ni el realismo del viajero, ya que Melville era, por sus cualidades mitopoéticas, un poeta, en

el sentido cabal de la palabra”.77 Por ello la mejor forma de definirlo sea la que le dio

Melville: sketches, lo que alude a la pintura: el artista que, armado de caballete, óleo y

lienzo, se sienta en un parque y dibuja un boceto de ese preciso instante. Es decir, se trata

de plasmar un fragmento del tiempo, irrepetible, de forma gráfica. Melville hace lo propio a

través de las palabras.

75
María Teresa Gramuglio, “Viajar y escribir. Tres visiones sobre las islas Encantadas”, en Melville y
Conrad: Imaginarios y Américas. Reflexiones desde Montevideo, coord. Lindsey Cordery y Beatriz Vergh
(Montevideo: Universidad de la República, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación,
Departamento de Letras Modernas, 2006), 36-7.
76
Ibíd., 15.
77
Gramuglio, “Viajar y escribir”, 37.

68
La palabra clave aquí es tiempo: esta es una de las claves para entender cómo el

padre de Moby Dick ha construido su representación de identidad cultural latinoamericana

en Las Encantadas, islas que se formaron hace cinco millones de años como resultado de la

actividad tectónica en el fondo marino —se puede decir que son unas islas jóvenes en la

cronología de la formación terráquea—. Fueron descubiertas por casualidad por fray Tomás

de Berlanga en 1535. Fueron propiedad del Perú desde entonces, hasta que en 1832 fueron

anexadas al Ecuador.

La identidad latinoamericana creada por Melville en Las Encantadas responde a tres

factores —o leitmotivs— que se repiten constantemente en los diez bocetos, que dan a luz a

un cuarto, que también puede estar junto a sus tres hermanos en cuestión jerárquica. Se

dejará el último para analizar al final, por lo pronto los tres mencionados son: 1) infierno, 2)

tiempo y 3) utopía, que se los analizará pormenorizadamente a continuación.

1. Infierno

El primer boceto abre con un epígrafe tomado de The Faerie Queene de Edmund Spenser,

que Melville ha modificado —omitiendo palabras y alterando estructuras del canto 9 del

libro I y del canto 12 del libro II—,78 con la finalidad de advertir al lector —prepararlo,

podría decirse— que ante sí tiene un texto que le desplegará un catálogo de aberraciones de

múltiples índoles, pero que llaman poderosamente la atención las que tiene que ver con la

escatología: “No puede ser, dijo el barquero, / que estemos abocados a una muerte fortuita

[…] Evitadlas siempre [a las Islas Encantadas]; / a muchas almas han llevado / a infortunios

78
Ibíd., 25.

69
y peligros mortales; / quienquiera que haya puesto su pie / aunque sea solo una vez, jamás

caminará seguro, / errará con paso vacilante y extraviado”.79

Es imposible pasar por alto la triangulación de tres ideas clave en el inicio del

epígrafe: barquero, muerte y maldición. No es azaroso, en primer lugar, que se haga una

alusión directa a un barquero, no a un capitán u otra figura más propia de la navegación que

puede trabajar en un ballenero o un navío de exploración. El barquero —Ferryman en el

inglés original—80 por antonomasia es Caronte, quien era el encargado de transportar a esas

especies de sombras en las que mutaban las personas al morir, de un lado a otro del río

Aqueronte, en el Hades de la mitología griega. Se debe evadir Las Encantadas para evitar

una “muerte fortuita” o, en su defecto, la perdición; no obstante, sin importar cuánto tiempo

se las pise, jamás se volverá a estar bien, pues el caminante ha sido maldito y por siempre

“errará con paso vacilante y extraviado”.

Luego señala, en la segunda parte del extracto, “oscura, lúgubre, triste, como una

tumba ávida / de carroñas y osamentas / allí mora el búho espectral / con su ominoso grito, /

que ahuyenta a todos los alegres pájaros. / Mientras, fantasmas vagan aullando y

gimiendo”.81 Aquí son clave los conceptos que remiten, como en el extracto anterior, a la

muerte de forma directa, la consecuencia del fin de la vida: tumba, carroña, osamenta; pero

luego Melville cierra la cita —no hay que olvidar que apropiarse y modificar textos ajenos

es una reescritura— volviendo al inicio de esta: la alusión al barquero mediante la

enunciación de la vida después de la muerte: fantasmas que penan mediante aullidos y

gemidos, imagen propia de la escatología, religiones, mitologías y el folclor.

79
Ibíd.
80
Herman Melville, Billy Budd, Sailor and Other Stories (S. l.: Penguin Books, 1986), 69.
81
Melville, Las Encantadas, 25.

70
Con la modificación de las palabras de Spenser, Melville advierte, por lo tanto, que

el espacio que describirá en sus bocetos —para transportar allá al lector— es un infierno o,

más acertado, una especie de infierno real, que se puede visitar si así lo desea el lector; en

otras palabras, el autor verdaderamente ha descendido al infierno y ha regresado de él,

como un héroe de las mitologías grecolatinas o judeocristianas, para traer la primicia a los

lectores que han sido educados mayormente dentro de las leyes de las dos mitologías

mencionadas. Melville, al inicio del “Boceto primero” se confiesa como un nuevo Dante

Alighieri: el epígrafe toma la forma de la advertencia que el poeta florentino halla en la

entrada del Infierno, en el canto III de la Comedia: “Por mí se entra en la ciudad doliente, /

por mí se entra en el dolor eterno, por mí se llega a la perdida gente. / […] Dejar toda

esperanza los que entráis”.82 De esta forma, Melville no solo confiesa ser Dante, sino que,

por extensión, también cobrará el papel que Virgilio tiene en el poema, es decir, será el guía

del lector que acepte seguir su camino a través de lo que está a punto de narrar. Todas las

imágenes infernales que se detallarán a continuación no harán más que reforzar esta idea.

En la mitología judeocristiana apoyada en la Biblia, las costumbres medievales y el

impacto cultural que supuso la Comedia de Dante, se caracteriza al infierno como un lugar

hecho de fuego para el perenne castigo de los pecados. Consciente de su labor como

escritor, Melville escoge la palabra conflagración para resumir la descripción de las islas

con la que se abre el primer boceto: “Más que con islas nos encontramos con un grupo de

volcanes extintos, cuyo aspecto sería parecido al del mundo tras soportar el castigo de una

82
Dante Alighieri, Comedia (Barcelona: Acantilado, 2018), 61.

71
conflagración”.83 Aunque en desuso, esta palabra hace alusión a un incendio grande, que

causa conmoción violenta y repentina en un lugar.

A medida que los bocetos se suceden, se dejan atrás los símiles y la isla se convierte

en un infierno literal —lo es— por medio del nombramiento directo, es decir, de la

apropiación cultural, como lo hacía el narrador de Taipí al calificar la vida de los habitantes

caníbales, según lo visto en el capítulo anterior. Así, el rebelde Oberlus, en el “Boceto

noveno”, para convencer a una damisela de irse a vivir con él en las islas, las “describió

como un paraíso de flores y no como un Tártaro de escoria”;84 allí las aves son capaces de

hacer un “demoníaco alboroto”;85 “las masas de roca vítrea y oscura […] ofrecen una

imagen de lo más plutónica”, donde, en las orillas, la marea deposita restos de la playa que

han florado desde “las islas palmerales situadas al este y al sur: toda una travesía desde el

Paraíso hasta el Tártaro”.86

En la misma descripción que se acaba de citar, que pertenece al “Boceto primero”,

se dice que hay partes de las orillas “libres del fuego” y que en ocasiones se encuentran

“fragmentos de madera carbonizada”; páginas antes se dice que las islas, “como ya están

reducidas a cenizas por el fuego, poco más puede afectarles la destrucción”.87 Estas tres

menciones se relacionan con la simbología infernal. Debe tenerse presente que la formación

del archipiélago de las Galápagos es volcánica, por lo tanto, su génesis es literalmente un

bautizo de fuego que sale del centro de la Tierra y que al contacto con las aguas del

Pacífico se evapora y crea la imagen de humaredas. Muchas de sus islas son picos de

83
Melville, Las Encantadas, 27. Énfasis añadido.
84
Ibíd., 130. Énfasis añadido.
85
Ibíd., 47. Énfasis añadido.
86
Ibíd., 30. Énfasis añadido.
87
Ibíd., 28.

72
volcanes y la actividad continúa hasta hoy. Las Encantadas encierran, por su misma

naturaleza, una gran imagen infernal.

Herman Melville, que ha dormido en este “suelo maldito”,88 al describir la fauna

que rodea a la Roca Redonda, en el “Boceto tercero”, de la misma forma que hace con los

epígrafes ajenos para mostrar un punto, o sea, transmitir una sensación, realiza con

consciencia de causa un movimiento ascendente-descendente: de describir a varias aves, su

forma de volar y habitar las partes superiores del gran promontorio rocoso, pasa a relatar lo

que acontece abajo del mismo lugar: la vida de los peces únicos. “La vida nubosa y ventosa

de Redonda tiene su contrapartida en los huéspedes portadores de aletas que pueblan las

aguas de su base”.89 Mientras que arriba es posible encontrar “una criatura angélica, blanca

como la nieve”,90 abajo en cambio habitan los peces confiados que se arrojan a la muerte,

sin saberlo, representada en las cañas de pescar de los marineros: “Pues en cuanto los

anzuelos tocaban el agua, cientos de apasionados se disputaban el honor de ser capturados.

¡Pobres peces de Redonda!, víctimas de vuestra abnegada confianza, pertenecéis a aquellos

que, sin consideración y no entendiéndola, se fían de la naturaleza humana”.91

Es clara la imagen que Melville aquí pinta: un movimiento consciente de arriba

hacia abajo, orgánico, en el que arriba se hallan objetos blancos y puros, que están en

constante libertad; en otras palabras, criaturas celestiales que pululan el cielo o el Paraíso,

sitios mitológicos que tradicionalmente se ubican arriba, adonde hay que ascender para

alcanzarlos —y el ascenso implica sacrificio—. Para recalcar lo opuesto y complementarse,

el movimiento vertical continúa con un descenso hacia lo profundo: el agua, aquello que

88
Ibíd., 34.
89
Ibíd., 50.
90
Ibíd.
91
Ibíd., 51.

73
está “debajo de la superficie, la peña se asemeja a un panal de grutas que ofrecen

laberínticos escondrijos”,92 lugares perfectos para que el ser humano pueda engañar a los

ingenuos —los peces— y darles muerte. Abajo se halla lo intrincado y la perdición de los

laberintos y el consecuente fallecimiento como castigo a una naturaleza que no ha

aprendido a desconfiar.

Para transmitir su idea de las Galápagos como un lugar infernal, en el “Boceto

primero”, Melville recurre a la misma Biblia:

Los chaparrones refrescan los desiertos; pero en estas islas no llueve nunca. Como
calabazas sirias secadas al sol, se resquebrajan por una sequía sempiterna bajo un cielo
tórrido. “Apiadaos de mí”, parece gritar el alma gemidora de las Encantadas, “y envía a
Lázaro para que moje en el agua la yema de su dedo y refresque mi lengua, pues estas
llamas me atormentan”.93

Al personificar a las islas y darles voz y por ende deseo, Melville las hace gemir de

malestar por la sequedad, que se opone a las llamas que las atormentan. Las islas son un

infierno y ellas mismo lo padecen, toman consciencia de ello por la prosopopeya y por la

cita de Lucas 16, 24, en la cual un rico, al ser castigado en el infierno, le pide a Abraham

que envíe a Lázaro por agua para refrescarlo, pero este le contesta:

Abraham respondió: “Hijo, acuérdate de que recibiste ya tus bienes durante la vida, lo
mismo que Lázaro recibió males. Ahora él aquí encuentra consuelo y tú, en cambio,
tormentos. Sepas que por estos lados se ha establecido un abismo entre ustedes y nosotros,
para que los que quieran pasar de aquí para allá no puedan hacerlo, y que no atraviesen
tampoco de allá hacia nosotros.94

Al hacer el paralelismo entre el rico y las islas, que encarnan según Melville un

mismo sentimiento, la continuación de la historia bíblica da cuenta de que el infierno

siempre será el infierno, inmutable, del que no hay posible salvación. Para reforzar esta

92
Ibíd., 50.
93
Ibíd., 28.
94
Lucas 16, 25-7. Este pasaje bíblico aparece también en Moby Dick, por lo que se analizará en
detalle en el cuarto capítulo de esta investigación.

74
idea de castigo, a párrafo seguido, el narrador enuncia: “Estas islas también se caracterizan

por ser del todo inhabitables. Se suele considerar la presencia del chacal en las ruinas de

una Babilonia cubierta de maleza como el símbolo de la más absoluta desolación”.95 Esta es

una paráfrasis del libro de Jeremías: “Babilonia se convertirá en un montón de piedra, una

guarida de chacales, que cause horror y desprecio, sin un solo habitante”.96 En ambos casos,

hay la transmisión de ideas de destrucción (ruinas), tormento (soledad) y desolación

(horror), campo semántico que se ve reforzado por un valioso detalle que no es

coincidencia: en los versículos anteriores al citado 37, el narrador bíblico, como el autor

neoyorquino hizo con las islas, personifica a dos poblaciones y les da voz, de manera que

en el versículo 34 el pueblo de Sión dice: “Me comió y me chupó el rey de Babilonia; me

dejó como un plato vacío, me tragó igual que un dragón, repletó su estómago con mis

mejores presas”, y en el 35 Jerusalén dice: “¡Caigan sobre Babilonia mi humillación y mis

sufrimientos! ¡Y mi sangre sobre los habitantes de Caldea!”.

Al darle la voz a espacios, exclusivamente para lamentarse, Melville absorbe y

reinterpreta la tradición judeocristiana de la visión del infierno y le da un trasfondo bíblico

y, por lo tanto, mitológico y auténtico, pues es de esta forma que se toman las escrituras

para los fieles que siguen las enseñanzas de Jesucristo; así, Melville construye una verdad

por antonomasia, la certificación literaria —y por ende simbólica— de que Las Encantadas

son verdaderamente el infierno. Esta idea pronto se verá reforzada por dos ideas principales

que versan sobre el castigo, que yacen en este texto, y que son las hipótesis más

importantes sobre el tema de lo infernal.

95
Melville, Las Encantadas, 28.
96
Jeremías 51, 37.

75
Si se considera al infierno como el lugar del castigo perenne, es ineludible

preguntarse en qué consiste dicho castigo. Herman Melville da dos respuestas que se

articulan en un mismo fenómeno: la repetición. Repetir un acto es una actividad

memorística que funciona como un escarmiento cuando se tiene conciencia de ella, lo cual

va desde lo más mundano, como el alumno que repite una palabra o una oración hasta que

entienda cómo debe hacerlo para que sea correcto, hasta ser un ejemplo del pensamiento

humano, pues esta ha sido estudiada a profundidad por el psicoanálisis, con exponentes de

la talla de Sigmund Freud y Jacques Lacan, y por la filosofía, como expone Manuel

Álvarez Huitrayao, con pensadores como Søren Kierkegaard (que vio a la repetición como

una novedad), Karl Marx (la historia se repite como tragedia y farsa), Friedrich Nietzsche

(con su concepto del eterno retorno) y Gilles Deleuze (quien alude a su dimensión singular

y la cuestión del tiempo).97

Quizá una de las primeras imágenes que viene a la mente cuando se habla de castigo

y repetición sea la del mito de Sísifo. Según Robert Graves, en su afamado libro Los mitos

griegos, Sísifo fundó la ciudad de Efira, que luego se conoció como Corinto, cuyo trono le

fue usurpado por su hermano Salmoneo. Para vengarse, el oráculo le indicó que tuviera

hijos con su sobrina, quienes se encargarían de vengarlo. Cuando Tiro, la hija de Salmoneo,

descubrió la treta, mató a su prole, pero Sísifo se adelantó y llevó los cadáveres al mercado

de Larisa, donde acusó a su hermano de incesto y asesinato, y ordenó que lo expulsaran de

la ciudad. Además de esto, Zeus ordenó enviar a Sísifo al Tártaro por haber revelado un

secreto divino —que el monarca del Olimpo fue el autor del secuestro de Egina—, pero

para escapar Sísifo engañó y esposó a Hades en su palacio —tiempo en el que nadie pudo
97
Manuel Álvarez Huitrayao, “La repetición, una interpretación psicoanalítica: Freud y Lacan” (tesis
doctoral, Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Filosofía, 2016), 29,
https://eprints.ucm.es/38287/1/T37457.pdf.

76
morir, ni siquiera aquellos que habían sido decapitados—, y luego engañó a Perséfone para

regresar a la tierra de los vivos. Finalmente fue apresado Hermes y llevado a la fuerza al

infierno griego.98 Más allá de si fue por el agravio contra Salmoneo, por poner en evidencia

a Zeus o porque, como menciona Graves, había vivido robando y asesinando

frecuentemente a viajeros, a Sísifo se le otorgó un castigo ejemplar:

Los Jueces de los Muertos le mostraron un enorme bloque de piedra […] y le ordenaron que
llevarlo rodando cuesta arriba hasta la cima de una montaña y soltarlo cuesta abajo en la
otra ladera. Hasta ahora no ha conseguido hacerlo. Cada vez que está a punto de llegar a la
cima, el peso de la desvergonzada piedra le obliga a retroceder, y la mole vuelve una vez
más a la misma base. Allí la vuelve a tomar pesadamente y debe empezar de nuevo, a pesar
de que el sudor empapa sus miembros y una nube de polvo se alza sobre su cabeza.99

El mito de Sísifo le valió un capítulo aparte en la amplia bibliografía del escritor y

francés Albert Camus, en el texto filosófico homónimo en el que analiza al detalle si el

absurdo de la vida puede tener otra salida que no sea el suicidio y repasa sobre Sísifo como

ese héroe absurdo, para quien los dioses “habían pensado con algún fundamento que no hay

castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”.100 La misma línea de

pensamiento presenta José Luis Lillo en su paper “Sísifo, la repetición y el psicoanálisis”:

Una idea queda clara: la repetición aparece como castigo, inútil y sin esperanza, no
acabando nada, repitiéndolo interminablemente. Es el infierno de la repetición sin concluir
nada. No hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. El suplicio indecible
donde todo su ser se emplea en no acabar nada. Este castigo queda ejemplificado en las
torturas que infligían los nazis en los campos de concentración: obligando a efectuar tareas
sin sentido, deshaciendo lo que se había realizado para volver a comenzar desde el
principio, y así interminablemente. Pero también la repetición aparece como actividad
diaria en nuestras vidas. La repetición tiene presencia en nuestro quehacer vivencial diario.
Todos repetimos y lo que nos diferencia es lo que repetimos.101

98
Robert Graves, Los mitos griegos (S. l.: RBA Coleccionables S. A., 2009), 239-41.
99
Ibíd., 241.
100
Albert Camus, El mito de Sísifo (Buenos Aires: Losada, 1985), 59, https://bit.ly/398Akdz.
101
José Luis Lillo, “Sísifo, la repetición y el psicoanálisis”, Temas de psicoanálisis 11 (2016): 3,
https://bit.ly/2OzK1IK.

77
En Las Encantadas de Melville, hay dos formas de castigo que tienen el estigma de

la repetición en su naturaleza intrínseca. El primero tiene que ver con las mareas: el autor

neoyorquino recalca en el “Boceto primero”:

Por muy calmado que esté el mar lejos de la costa, ni las olas ni las rocas conocen el
descanso; azotan y son azotadas cuando el océano se encuentra en paz consigo mismo. En
los días opresivos y nublados, como son característicos en estas aguas ecuatoriales, las
masas de roca vítrea y oscura —muchas de ellas alzándose entre blancos remolinos y
rompientes en lugares apartados y peligrosos a lo largo de la costa— ofrecen una imagen
plutónica. Tan solo en un mundo caído podría darse semejante paraje.102

Melville habla de una suerte de eterno retorno que incluye el castigo de la

repetición: olas y rocas que se golpean y son golpeadas entre sí, violencia que es natural en

aquel lugar, propia de las aguas del ecuador. Ahora bien, Camus dice: “Si este mito es

trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia”.103 Recuérdese que líneas antes se ha

explicado que Melville le otorga voz a las islas, por lo tanto, les dota de conciencia para

que lo primero que digan sea una queja, un gemido. En otras palabras, la figura retórica de

la personificación, que no es casual, permite que estás tengan conocimiento pleno de su

tortura, de su infierno, la cual es reforzada en este párrafo por el premeditado campo

semántico —sin descanso, azotamientos, opresión, niebla, oscuridad, peligro, Plutón— que

evoca en el lector las imágenes más comunes de la iconografía infernal.

La segunda forma de castigo es más larga de explicar, pero más rica en contenido:

tiene que ver con la animalidad, la metamorfosis de los cuerpos y el canibalismo. Para

introducir el fin del primer relato y presentar el siguiente, Melville habla de una maldición

tan “espantosa como grotesca”: “Creen con toda sinceridad que los oficiales malvados, en

especial los comodoros y los capitanes, se transforman con su muerte (y, en algunos casos,

antes de su muerte) en tortugas; y a partir de entonces habitan esos yermos ardientes, como
102
Melville, Las Encantadas, 29-30.
103
Camus, El mito de Sísifo, 60.

78
los únicos señores del Asfalto”.104 A párrafo seguido, el narrador, que en este caso sería el

mismo Melville, acota que esta idea solo puede darse en el “sombrío paisaje” y en

particular en las tortugas, a las que les dedica por entero el “Boceto segundo”, por razones

que van más allá de su evidente y peculiar fisonomía.

Aquí es preciso comprender la forma de infierno literal que nos describe Melville:

habla de una doctrina escatológica de vida después de la muerte, de un desafortunado

marinero que se ha transfigurado en tortuga y ahora es un ser animal que recuerda el

“autosacrificio”, la “tristeza constante y la desesperanza penitente”. 105 Aquí no hay

equívocos: este campo semántico parecería estar describiendo al mismísimo Sísifo. Los

marineros han sido convertidos en tortugas por su comportamiento reprobable, lo que sigue

la norma universal de la mayoría de religiones y mitologías: transgresión-castigo. Una vez

convertidos en tortugas, estos otrora humanos tienen un comportamiento inusual: cumplen

a rajatabla con la penitencia de la repetición absurda. En el “Boceto segundo”, Melville

cuenta sus observaciones cuando llevan tres tortugas a la cubierta del ballenero:

Aquella noche, cuando yacía en mi hamaca, escuché por encima de mí el paso lento y
pesado de los tres voluminosos huéspedes que caminaban por la atestada cubierta. Tan
grande era la estupidez o la resolución de esas criaturas que no se desviaban ante ningún
obstáculo. Una de ellas dejó de moverse poco antes de la guardia de medianoche. Al
amanecer la encontré empotrada como un ariete en la base inamovible del palo mayor y
todavía afanándose por abrirse paso, con unas y dientes, por ese imposible pasaje. La
creencia de que esas tortugas son las víctimas de una maldición, de un hechizo maligno o
tal vez diabólico, parece confirmarse con esa extraña obsesión y en ese desesperado afán
que con tanta frecuencia las domina. Las he visto durante sus desplazamientos oponerse
heroicamente a las rocas, permanecer allí largo tiempo empujando, retorciéndose, haciendo
palanca con su propio cuerpo con la intención de moverlas y mantener su inflexible curso,
su mayor maldición reside en su ahínco por seguir avanzando en línea recta en un mundo
lleno de impedimentos.106

104
Melville, Las Encantadas, 32-33.
105
Ibíd., 33.
106
Ibíd., 40-1.

79
Es difícil imaginar una tarea más inútil y sin sentido que querer pasar a través de un

obstáculo en lugar de vadearlo. El comportamiento testarudo de las tortugas —que antes

han sido personas, no se olvide— recuerda al de Sísifo por la desesperante absurdidad;

puede funcionar, de hecho, como una reinterpretación moderna casi literal de él. Esto pone

en evidencia el carácter infernal que Melville le otorga a Las Encantadas: las tortugas son,

en sí, seres humanos purgando culpas: es un infierno dentro del infierno.

En este punto es preciso ahondar en las otras dos características restantes: la

metamorfosis y el canibalismo. En cuanto a la primera, esta implica abandonar las

características que hacen humano a un ser y abrazar las de un animal, es decir, perder el

alma, y recuérdese que el alma es lo más sagrado para los colonizadores, es la razón de unir

al Viejo con el Nuevo Continente: para cristianizar y dotarle de humanidad, la cual le era

negada antes pues no conocía a Dios. La transformación del ser humano en animal, cuando

no es consentida, aparece como un castigo en incontables religiones y mitologías, otras

pocas veces como una recompensa. Valga mencionar dos casos afamados en Occidente:

todo el texto de Ovidio Las metamorfosis es una larga y bella glosa sobre este fenómeno de

causa y efecto, y los compañeros de Odiseo cuando, por encantamiento, Circe los convierte

en cerdos al traspasar sus dominios. De hecho, consciente de esta alusión, Melville retoma

los simbolismos de esta historia para describir a su personaje Oberlus, en el “Boceto

noveno”: “parecía haber bebido de la copa de Circe; era como una bestia”.107

La lógica que plantea Camus —la repetición con conciencia como una forma de

castigo— retoma la visión homérica de la involución que supone transformarse en animal,

pero conservando el raciocinio para entender el suceso y vivirlo como una prisión. Es

107
Ibíd., 117.

80
explícito cuando, en la Odisea, Circe transforma a los marineros en animales: “Una vez se

lo dio, lo bebieron de un sorbo y, al punto, / les pegó con su vara y llevólos allá a las

zahúrdas: / ya tenía la cabeza y la voz y los pelos de cerdos / y aun la entera figura,

guardando su mente de hombres”.108 Bruno Lantero Moreno considera que simbólicamente

los animales “son seres limítrofes y fronterizos porque “anticipan con la metamorfosis la

expresión de un tránsito, de un cambio de categoría, brutal, a veces irreversible”.109 Los

navegantes que se han convertido en tortugas funcionan como una extensión de la

transformación homérica, ya que, para Carlos Goñi, “representan la humanidad desvalida,

irreflexiva, que vive todavía en ‘la auto-culpable minoría de edad’ de la que hablara

Kant”,110 por lo cual deben ser castigados.

Por último, se debe reparar en el último aspecto que convierte a Las Encantadas en

un infierno: el canibalismo. Esta práctica, común en ciertas tribus, ha sido y es un tabú para

las sociedades occidentales. Los marineros de Taipí y Omú encuentran execrable esta

actividad y la consideran la peor de todas las suertes que puede acaecer a un navegante,

quien prefiere perder la vida de cualquier otra forma para asegurarse que su cuerpo sea

sepultado, incluso olvidado, pero no devorado por otros seres humanos. Cuando escapa del

ballenero en los Mares del Sur, Tommo, el narrador de Taipí, teme caer en manos de la

tribu que da nombre a la novela, más que por su ferocidad, por su costumbre de comer a los

enemigos; y cuando ya sabe que está entre ellos y es bien tratado, alaba sus costumbres, los

considera superiores a las del blanco occidental, pero siempre haciéndose de la vista gorda

al canibalismo que él sabe practican en rituales.

108
Homero, Odisea (Madrid: Editorial Gredos, 2000), 156.
109
Bruno Lantero Moreno, “La relación hombre-animal en la mitología griega”, Naturaleza y
libertad 10 (2018): 179, https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/6487113.pdf.
110
Carlos Goñi, citado en Ibíd., 186.

81
Ahora es momento de hacer un breve vistazo al canibalismo como una práctica

infernal, lo que servirá para demostrar después cómo es que esta contribuye a crear un

imaginario del infierno en Las Encantadas. El teórico Francisco Franco (sic), en su texto

“El 'otro' como caníbal. Un acercamiento a los indios Caribes. Estudio sobre el origen del

mito de la antropofagia de Julio César Salas”, parafrasea el pensamiento de Laënnec

Hurbon y señala que “todos, incluyendo los especialistas, califican al canibalismo como la

aberración máxima de la condición humana, supone la disolución de los límites entre lo

humano y la bestialidad, entre la naturaleza y la cultura; este despreciado hábito,

frecuentemente, es asociado a otras ‘perversiones culturales’ como el incesto, la brujería o

la práctica de ‘religiones diabólicas’”.111

Por su parte, y siguiendo esta línea, en “El nacimiento de un caníbal: Un debate

conceptual”, Yobenj Aucardo Chicangana-Bayona enfatiza que, siempre desde la

perspectiva occidental, el canibalismo resulta útil para denominar a los pueblos llamados

inferiores, al relacionar a su gente como bárbaros, bellacos, fieras, etc., pues esta situación

en nada se diferencia a lo que hace un animal carroñero, por lo tanto, aquel que lo práctica

está por debajo de un nivel humano.112 Este hábito justificó el proceso de evangelización

que los españoles emprendieron en el Nuevo Continente: como los indios son seres sin

alma, sus actividades se relacionan directamente con el infierno, entendiéndose a este como

el lugar sin ley —porque se irrespeta la regla de no comer humanos—, como escribió

Bernal Díaz del Castillo en su obra de 1575 Historia verdadera de la conquista de la Nueva

España, según lo resume Raúl Aguilera Calderón: “este explorador llegó a la conclusión

111
Francisco Franco, “El 'otro' como caníbal. Un acercamiento a los indios Caribes. Estudio sobre el
origen del mito de la antropofagia de Julio César Salas”, Fermentum: Revista venezolana de sociología y
antropología 18, n.° 51 (2008): 40, https://www.redalyc.org/pdf/705/70517459004.pdf.
112
Yobenj Aucardo Chicangana-Bayona, “El nacimiento de un caníbal: Un debate conceptual”,
Historia crítica 36 (2008): 161-2, https://www.redalyc.org/pdf/811/81111930009.pdf.

82
que el sacrificio humano y la ingesta del cuerpo es una actividad relacionada con el

infierno”,113 refiriéndose a los sacrificios mexicas-tenochcas, más conocidos como aztecas.

Para Caleb Crain, en su fantástico estudio melviliano “Lovers of Human Flesh:

Homosexuality and Cannibalism in Melville's Novels”, el canibalismo marca la pauta del

inicio de la civilización occidental, pero también supone su final del cuerpo y del alma, la

muerte, la cual tiene tradicionalmente acogida en el infierno:

In myth and religion, cannibalism often marks the advent of civilization. Thyestes' curse on
the House of Atreus drives the Oresteia tragedy cycle; the crime of cannibalism is only a
generation earlier than Homer's songs, the mythic origin of Greek culture. Cannibalism is
suggested in the Christian rite of communion. […] A myth or memory of cannibalism may
found civilization, but only the uncivilized are cannibals. Cannibalism marks the beginning
but also the end of civilization. The Typees are savages. One side of cannibalism would
destroy Tommo's body, and the other would destroy his soul.114

Con el problema del canibalismo explicado, es preciso entender que de la misma

manera que las islas tienen conciencia de su tormento, los marineros saben que están

cometiendo canibalismo implícito al comerse a las tortugas, pues ellas son sus lejanos

colegas transmutados —incluso podrían ser amigos, familiares o conocidos—, pero, como

el narrador de Taipí, prefieren evadir esa realidad y, “por extraño que parezca, me senté con

mis camaradas y comí con ellos filetes y guiso de tortuga; y una vez concluida la cena,

saqué el cuchillo y ayudé a convertir los tres poderosos caparazones vacíos en tres curiosas

soperas y pulí los tres amarillentos plastrones hasta convertirlos en tres espléndidas

bandejas”.115

113
Raúl Aguilera Calderón, “La antropofagia en el Nuevo Mundo. De lo global a lo local en las
crónicas del siglo XVI”, Historia 2.0 V, n.° 9 (2015): 19,
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5156320.
114
Caleb Crain, “Lovers of Human Flesh: Homosexuality and Cannibalism in Melville's Novels”,
American Literature 66, n.° 1 (1994): 38, http://www.jstor.org/stable/2927432.
115
Ibíd., 42.

83
Siguiendo esta misma línea, el académico Tomoyuki Zettsu, en su investigación

titulada “Cannibal Connections: A Buddhist Reading of ‘The Encantadas’”, cita a Hannah

Adams, quien sostiene: “When vicious souls have expiated their crimes, they are sent back

to animate such vile animals as resembled them in their former state of existence”. A

renglón seguido, Zettsu potencia la idea con sus propias palabras: “Moreover, vital here is

the fact that the narrator of ‘The Encantadas’, who acknowledges the myth of

transmigration, enjoys ‘tortoise steaks and tortoise stews’ […], a repast from a supposedly

transformed human being, thereby enacting—at least subliminally—a symbolic ritual of

cannibalism”.116

Allende del canibalismo de los marineros, hay dos alusiones más al infierno: la

primera tiene que ver, de nuevo, con la escatología. Las tortugas, por medio de la mano

humana, tienen utilidad después del fallecimiento, es decir, tienen vida después de la

muerte, esta vez vista como “utilidad”: sirven como herramientas para comer y servir. La

segunda se refiere al hecho de ser masticado en vida: esto remite directamente al peor

castigo del infierno dantesco: Judas, Bruto y Casio son devorados en las fauces de Lucifer,

en el último círculo, por el pecado más grave de todos: traición. Los navegantes-tortuga,

como “dueños del Asfalto”, viven y vuelven a vivir el peor de los infiernos.

En esta instancia es necesario retomar a profundidad el tema del canibalismo como

una forma de infierno terrestre, según la teoría de Zettsu. El académico japonés inicia su

analogía señalando que, según el diccionario Oxford, las primeras letras de la palabra

inglesa cannibal sugiere a la especie canine (canina, él recalca en las lenguas romance) y

116
Tomoyuki Zettsu, “Cannibal Connections: A Buddhist Reading of ‘The Encantadas’”, Leviathan 8,
n.° 3 (2006): 43-4, https://muse.jhu.edu/article/492770/summary.

84
que esta tiene asociaciones folclóricas y etimológicas con el perro (dog).117 Entre los

variados temas que trasmite el “Boceto octavo”, el más poético de todos, está la figura del

perro, representada en las mascotas de Hunilla, la chola viuda del Perú que pierde a su

esposo y hermano mientras cumple la tarea de extraer aceite de las tortugas, en la isla

Norfolk.

El narrador del boceto sabe de la historia de primera mano, cuando el ballenero en

el que él viaja la rescata. No obstante, el narrador y Hunilla se abstienen de contar dos

episodios específicos quizá por un acto de pudor: “Aquí omitiré la mitad. Aquellos dos

sucesos silenciados que le ocurrieron a Hunilla en esa isla, dejémoslos entre ella y su Dios.

En la naturaleza, como ante la ley, puede ser infamante decir la verdad”. 118 ¿Qué puede ser

tan atroz que ella y el narrador deciden callar? Los críticos y lectores de Melville, señala

Zettsu, apuestan que se trata de las constantes violaciones de las que Hunilla fue objeto por

parte de los marineros que se acercaban a la isla, huelga decir que sin rescatarla. Si se

acepta esta verdad, ¿en qué consiste el segundo acto innombrable?

Para sobrevivir, una vez que ha asimilado el dolor de la perdida, Hunilla lleva

estricta cuenta de las provisiones que se hace día a día, entre las cuales no consta la comida

de los diez perros que viven con ella, producto de los dos originales que trajo con ella de

Paita, en Perú. ¿De qué podrían haberse alimentado los perros que, sin duda, vivían

famélicos por la inhóspita hostilidad de la isla? Zettsu señala que el estado de la cruz

cristiana —que ella construyó y colocó sobre la tumba de su esposo, que cavó con sus

propias manos— funciona como una metáfora del ultraje al que el cadáver ha sido

sometido: “En su cabecera estaba la cruz de ramas secas, cuya corteza se estaba

117
Ibíd., 44.
118
Melville, Las Encantadas, 105.

85
desprendiendo; su miembro transversal estaba atado con una cuerda y colgaba algo suelto

en el aire silencioso”. Cristiandad ultrajada, y para esta religión el canibalismo es una de las

peores formas de lograrlo. En este sentido, Zettsu, señala:

[I]t is not unreasonable to hypothesize that the starving dogs dug open the grave of
Hunilla’s husband, only provisionally made by the widow’s frail hands, and fed themselves
on the human body or at least the human bones lying there. To endorse the possibility of
such an “unnamed event,” the narrator underlines Hunilla’s inattention to her dogs. […]
The possible presence of canine man-eaters accounts for the widow’s ambivalent attitude
toward her dogs near the end of the sketch, her facial expression “set in a stern dusky calm”
at the very moment of parting with her fellow animal survivors. An unspeakable secret
“between her and her God,” then, may actually exist between her and her dogs (canines):
creatures of the cannibal kind whose Latin name subtly evokes the unnamed
transgression.119

Es preciso recordar que mucha de la belleza de este boceto que versa sobre lo que se

puede denominar una pena latinoamericana —que será analizada en el próximo capítulo de

esta investigación— yace en el abandono de los perros, ocho para ser exactos, en la isla, a

su suerte. En el imaginario, la figura canina para el ser humano es de compañía: la

evolución del humano ha sido solo posible gracias a la presencia del perro, de ahí que se lo

considere como uno más de la familia; de manera que al abandonar a los perros, en realidad

lo que hace Hunilla es abandonar a una prole de hijos transgresores, que han desacralizado

el cadáver de su padre. Aquí es válido recordar que cuando se los abandona en la playa, los

perros corren al lado de la embarcación, tratan de subir a ella pero la proa es muy alta, ante

lo cual sonó “un clamor de quejidos agónicos, No aullaban, ni gemían: ¡hablaban!”.120 Aquí

Melville deja claro que no se discute sobre perros ni animales: “Si hubieran sido seres

humanos, no habrían podido inspirar más vívidamente la sensación de abandono”.121 O sea,

los perros, que hablan, han reclamado su humanidad y han sido reconstruidos a través de la

119
Zettsu, “Cannibal Connections”, 46.
120
Melville, Las Encantadas, 113.
121
Ibíd.

86
personificación —como las islas que gimen y las tortugas que se empeñan en ir en línea

recta—, pero a los que finalmente se abandona porque son caníbales: su madre los castiga a

perecer por siempre en ese infierno.122 No es casual que los dos perros que Hunilla salva de

la perdición sean Teeta y Tomoteeta, nombres gráfica y fonéticamente similares a Tommo,

el nombre que le dieron en el valle de Taipí al narrador, mientras este vivía ahí; en otras

palabras, el nombre alude al que vive con los caníbales —que es una de las formas en que

se conoció a Melville a su regreso a Nueva York—. “Tommo is not a cannibal; he is a man

who kills cannibals”,123 de la misma forma que Hunilla no es caníbal, es una mujer que

mata (kills) caníbales (a los perros).

Richard H. Fogle, en su ensayo “The Unity of Melville's The Encantadas”, resume

brillantemente lo expuesto en este apartado:

They are a hell, inhabited solely by the damned, to whom alone they present attractions.
Their lord, however, is not Satan, the figure of eternal defiance, but the huge Galapagos
tortoise, the emblem of eternal hopeless endurance.
In the opening sketches Melville works as in the Moby-Dick chapter on "The Whiteness of
the Whale" to define the essential evil and quality. The horror of whiteness resides in its
ambiguity, for white is all colors and no color at once. The horror of the Encantadas is
comprised in their quality of absoluteness, which is like the whiteness of the whale.124

2. Tiempo

Son sobradas las formas en las que Herman Melville crea un espacio y hace de unas islas en

el océano Pacífico un infierno. Este fue el primer punto de cuatro sobre cómo Las

Encantadas funcionan como un espacio mágico. Ahora es momento de adentrarse en el

122
En su paper, Tomoyuki Zettsu continúa su teoría aquí expuesta al citar a Carolyn L. Karcher,
quien mantiene la hipótesis de que los perros en la isla melviliana representan a los esclavos africanos
llevados a la fuerza a Estados Unidos, para morir trabajando. Aunque esta imagen refuerza la idea de que los
perros tienen equivalencia humana, se ha preferido no ahondar aquí en ello.
123
Crain, “Lovers of Human Flesh”, 33.
124
Richard H. Fogle, “The Unity of Melville's The Encantadas”, University of California Press,
accedido 4 de agosto de 2020, 36, https://bit.ly/3gsP8qv.

87
segundo, que tiene que ver con la particular visión del tiempo que el escritor construye en

este texto, el cual no transcurre como en otros lugares como, por ejemplo, las Islas

Marquesas, según lo propuesto en los dos textos analizados en el primer capítulo de esta

investigación: Taipí y Omú.

Para empezar, primero hay que reconocer un factor que se está omitiendo en el

apartado anterior para analizarlo por separado: el archipiélago de las Galápagos es un

infierno porque, como se demostró, hay castigo, pero para que exista la noción de castigo

debe haber una noción de tiempo. Cuando se dice que las rocas y las olas azotan y son

azotadas, Melville da a entender que esta es una actividad incesante, perenne. Lo mismo

ocurre con la transmutación de los cuerpos — de humanos a tortugas— y su consecuente

testarudez de caminar en línea recta: se entiende que es un castigo porque, al igual que

Sísifo, se deduce que la condena radica en que no hay descanso nunca, sino que es una

tarea que se la debe hacer por siempre. Esta idea se refuerza con la concepción de la infinita

reencarnación que se sufre en Las Encantadas: los capitanes son abandonados en las islas,

donde, como castigo a sus pecados, se convierten en tortugas, las cuales, incluso después de

ser asesinadas y servidas en banquetes para otros marineros, no hallan descanso, pues la

vida continúa como menaje de cocina o utensilios para el hogar.

Si en las islas de los Mares del Sur el tiempo transcurre con una regularidad que se

podría calificar como normal —según lo expuesto en Taipí y Omú, el tiempo se representa

en la narrativa antropológica de los protagonistas: los personajes devienen en el tiempo en

la medida en que analizan su entorno, se mimetizan con él y luego lo rechazan, es decir, el

devenir los atraviesa cronológicamente—, en Las Encantadas el tiempo es cíclico y, por lo

tanto, eterno. Esta metempsicosis infinita, para la que ni la muerte permite obtener un

88
descanso, se refuerza con la primera irregularidad a la que pide Melville poner atención:

dado que las islas se ubican en el Ecuador, estas “no conocen ni el otoño ni la

primavera”,125 por lo que se puede hablar de un ciclo anual inusual o irregular para los

habitantes de los hemisferios norte y sur, que son la mayoría en el mundo. Las Galápagos,

al igual que los países atravesados por la línea ecuatorial, tienen solo dos estaciones: seis

meses de calor y seis meses de frío. Tras esta anomalía temporal que da el puntapié

iniciático, es necesario analizar con detalle las dos principales figuras que connotan el

tiempo en Las Encantadas: las tortugas y la locura.

La figura de las tortugas se repite constantemente en los diez bocetos del libro, una

de estas representaciones se corresponde con la noción de que estos reptiles son cárceles de

navegantes malvados donde estos repiten una actividad absurda. Por esta razón, estos

animales funcionan también como perfecto espejo del tiempo, uno que lo registra todo y, a

la vez, como los espejos de las ferias, deforma todo aquello que se refleja en él. Melville le

dedica en su totalidad un boceto, el segundo, para que el lector se haga una idea de la

imposibilidad de semejantes animales.

El epígrafe construido por Herman Melville para el “Boceto primero” tiene un

carácter tremendista para presentar al lector, de forma general, las islas; el segundo hace lo

propio pero con las tortugas: son animales de “formas repugnantes, horribles apariencias”,

cuya deformidad es producto de un error de la naturaleza, que ha dejado “escapar de su

hábil mano / obra tan defectuosa”. Se advierte que todo lo que el lector considere temible,

no será más que pequeños insectos para asustar a los niños si se los compara con las

criaturas que moran en las islas. Sin embargo, Melville le cede la voz a un “avisado

125
Melville, Las Encantadas, 28.

89
peregrino” para pedir al lector que no tema, pues “estos monstruos en realidad no están allí,

/ sino seres disfrazados de esas terribles formas”,126 lo que advierte el juego ya analizado:

no son verdaderos animales, son prisiones.

Por una parte, hay una redoblada intención de asustar al lector, en un principio, pero

luego se intenta “calmarlo” con una segunda hipótesis que en realidad maravilla: se trata de

puro encantamiento en un sentido quijotesco. El “Boceto segundo” sigue esta fórmula: se

dice que las tortugas son animales de luz y oscuridad, lo que es una cualidad que remite al

bien y el mal inherente a los humanos, y enseguida opta por enfocarse en el bien, en la luz

—ya que la sola imagen de una tortuga es ya representante de lo opuesto—. Empieza

entonces por llamar la atención sobre el pleto amarillo: “pues hasta la tortuga, por muy

sombrío y melancólico que sea su lomo, posee una parte clara; su plastrón o pleto presenta

a veces un tenue matiz amarillento o dorado”.127 Este breve atisbo de esperanza da pie a la

narración del episodio en el que suben tres tortugas al ballenero en el que navega el

narrador: “Se arrojaron cabos por encima de la borda y tras tirar con gran esfuerzo tres

tortugas enormes de un aspecto antediluviano aterrizaron sobre la cubierta”.128 Se retomará

el análisis del adjetivo antediluviano después de lo que sigue.

“La sensación más profunda que inspiraban esas criaturas era la de la edad: una

duración indefinida e inmemorial. Y no estoy dispuesto a creer que haya otra criatura que

pueda vivir y respirar tanto tiempo como la tortuga de las Encantadas”. 129 La larga

descripción de Melville, contenida en los dos primeros bocetos, se encamina a demostrar

ese carácter atemporal de las tortugas, de ahí que sean animales que pueden vivir sin comer

126
Ibíd., 35.
127
Ibíd., 37.
128
Ibíd., 38.
129
Ibíd., 40.

90
más de un año y que están cubiertos de un musgo verde oscuro —el hecho de que crezca

una planta sobre un objeto movible trasmite la impresión de que este dura mucho tiempo—.

“La tristeza constante y la desesperanza penitente no se expresan en ninguna otra especie

animal de una manera tan conmovedora como en la de ellas, mientras el recuerdo de su

maravillosa longevidad lo único que logra es reforzar esa impresión”.130

El estudioso japonés Yoshiaki Furui, en su ponencia titulada “The Great Nation of

Uncertain Futurity: Non-Human Time in ‘The Encantadas’”, indica que la tortuga es un

símbolo de estasis —la estabilidad en el proceso evolutivo de las especies—, cuyo

hallmark is a dislocation from the human sense of temporality. The narrator finds himself
awestruck by these time-resisting tortoises. They defy human time by living at an extremely
slow pace. In the first two sketches, the Galapagos archipelago represents nonhuman time
as its unique characteristic—nonhuman in the sense that it is removed from the increasing
modernization that Americans were undergoing at the time.131

Es preciso detenerse un momento para hacer hincapié en cómo funcionan el tiempo

humano y no humano en Las Encantadas: el primero responde a la historia, a la cronología,

a los acontecimientos, de la manera en que, por ejemplo, se relatan los hechos en Taipí y

Omú —lo que se retomará esta idea más adelante: el devenir histórico—. El segundo es un

tiempo detenido, fuera de la historia, cíclico, milenario, embrujado —encantado sería el

adjetivo idóneo—. La idea de un tiempo mítico, es decir, un tiempo fuera del tiempo, se

refuerza por el uso, ya dicho, del calificativo antediluviano para referirse a la tortuga: se

trata de una criatura que data de antes del diluvio universal, es decir, es antiquísima. La

noción de una gran lluvia y consecuente inundación que cubrió toda la Tierra, provocada

130
Ibíd., 33.
131
Yoshiaki Furui, “The Great Nation of Uncertain Futurity: Non-Human Time in ‘The Encantadas’”
(ponencia, 12th International Melville Society Conference, Nueva York, 18 de junio de 2019). Texto provisto
por el autor para esta investigación.

91
por Dios, está presente en muchas mitologías y religiones, pero quizá la más conocida sea

la versión bíblica contenida en el libro del Génesis, al menos en Occidente.

No es casual la asociación de las tortugas con la mitología, pues Melville, a partir

del adjetivo mencionado, alude a la tortuga como creadora o ayudante en la creación del

mundo: “Era como si se las acabase de arrancar de las entrañas del mundo. Más aún,

parecían ser las mismas tortugas que, según los hindúes, constituyen los pilares del

universo”,132 lo que es una mención directa el importante papel simbólico que desempeña

en algunas mitologías orientales, donde es considerada imagen del universo: en la India es

el soporte del trono divino; para los brahmanes es la misma creación. Vistas como los

productores que propician la creación de todo, pues al ser eternas han estado en el inicio de

los tiempos, son dignas de ser veneradas, ya que sus cicatrices las hermanan con “árboles

venerables”,133 otro símbolo de longevidad; esto les faculta, como a un dios, para ser

rezadas, como sucede en el segundo relato: “¡Oh, vosotras, les dije, las más viejas

habitantes de esta y cualquier otra isla, os ruego que me liberéis de vuestras ciudades

amuralladas!”.134

La mención de una ciudad amurallada permite reflexionar, ahora sí, del otro lado de

este tiempo de Las Encantadas, es decir, del tiempo humano, el que sí transcurre y se

convierte en histórico. Cuando se menciona ciudad amurallada se remite directamente a

Ilión, famosa sobre todo por la Guerra de Troya; a esta alusión le precede la mención de la

tortuga como un animal que vive dentro de una ciudad, dentro de una armadura

impenetrable: “¿Qué criatura viviente posee una ciudadela así para resistir los asaltos del

132
Melville, Las Encantadas, 39.
133
Ibíd., 40.
134
Ibíd., 39.

92
tiempo?”.135 A esta enunciación le sigue quizá la más importante: “Yo no veía tres tortugas.

Se agrandaron, se transfiguraron. Me pareció ver tres coliseos romanos en magnífica

decadencia”.136

Yoshiaki Furui sugiere que esta mención a la decadencia del Imperio romano indica

que todo poder imperial pasa por ese proceso cíclico —o sea histórico— de nacimiento,

auge y ocaso, y menciona el romano como ejemplo del pasado y al español como ejemplo

del presente —del presente que Melville conoció en el siglo XIX—. “In midcentury

America, the Roman decline offered a historical lesson: imperial desire inevitably leads to

degeneration of the republic into an imperial tyranny and depravity”.137 Mientras que las

islas viven su tiempo cíclico y no humano, continúa Furui, afuera de ellas, en el continente,

se sucede el tiempo lineal y es uno bastante turbulento: el narrador lo menciona en el

“Boceto séptimo”: se trata de las guerras de independencia que se dan en América del Sur

para librarse del gobierno y opresión del Imperio español, entre 1808 y 1825, que terminan

siendo exitosas y suceden medio siglo antes de la Guerra de Secesión de Estados Unidos.

Within a space of half a century, the Western Hemisphere saw a repetition of the great
political upheaval that superseded European imperial powers, namely Britain and Spain.
Located not so far from the South American continent, the Galapagos archipelago was
greatly affected by the political turbulence. This sense of repetition, in which political
power of the Old World is superseded by another of the New World, gestures to the idea of
cyclical time that conflicts with the linear.138

Mientras el libro Las Encantadas reflexiona sobre las revoluciones latinoamericanas

contra el Imperio español, lo hace con un ojo en el presente en que fue escrito: con la

consciencia de que Estados Unidos se está erigiendo como el nuevo imperio de Occidente,

por lo que para distanciarse de los británicos y españoles muestra un interés creciente en

135
Ibíd., 40.
136
Ibíd., 39.
137
Furui, “The Great Nation”.
138
Ibíd.

93
Latinoamérica con la firma de la Doctrina Monroe en 1823. Dicho documento se ve

respaldado, continúa Furui, por el sentir popular: un año antes de que apareciera Las

Encantadas, la revista Putnam’s Monthly publicó un artículo anónimo titulado simplemente

“Cuba”, en el que se describe a España como

“a weak nation, tottering toward ruin”, the anonymous author argues for the United States’
need to annex Cuba in order to save it from Spanish impotent political rule. The author also
maintains that, for the United States, the annexation of Cuba is “the philanthropic mission
of their country”, implying that its expansionist interest is different from that of European
empires because of its benevolent motive.139

Por supuesto, el tiempo no humano que gobierna en las islas Galápagos, propuesto

por Melville, recuerda que el tiempo es cíclico, por lo tanto, el reemplazo de un imperio por

otro marcará un auge y su consecuente decadencia. El autor refuerza fuertemente esta idea

con una imagen en la que hace tesón en el “Boceto primero”: una vez que ya ha concluido

el viaje, muchos años después, cuando el narrador se encuentra ya en la civilización —

dentro del tiempo histórico y lineal—, paseando en medio de la naturaleza, “aún

expandiéndome al riesgo de que se me acuse de creer en encantamientos”,140 recuerda de

forma repentina a las tortugas, con sus cuellos largos y arrugados, con sus capazones

polvorientos. Las visiones lo atacan en reuniones sociales donde, a pesar de estar rodeado

de gente y en un ambiente eminentemente citadino, se transporta a las islas, donde “me

parecía ver, emergiendo lentamente de esas soledades imaginadas y arrastrándose con

pesadez por el suelo, el fantasma de una tortuga gigante, en cuyo lomo se leía, escrita en

letras ardientes, la palabra Memento *****”.141 El narrador se ha ido encantado de las islas.

La frase latina memento mori significa “recuerda que morirás”: no puede haber

declaración más directa y contundente sobre el paso del tiempo y el final de las cosas, que
139
Ibíd.
140
Melville, Las Encantadas, 33.
141
Ibíd., 34.

94
reafirma la mortalidad del ser humano y, en este caso, de los imperios; dicha frase le viene

a la mente al narrador cuando es parte, precisamente, del tiempo humano, del tiempo lineal,

es decir, cuando ya está fuera de las islas Galápagos. Sin embargo, mientras está en ellas, la

sensación temporal es la opuesta: un tiempo eterno, que no fluye y, por ende, no termina ni

empieza, representada en las tortugas, seres mitológicos, creadores como dios y dignos de

recibir peticiones en forma de rezos.

No se puede finalizar el apartado dedicado al tiempo sin hablar de una simbología

que, aunque es menor que el de la representación de la tortuga y el tiempo lineal y el

cíclico, está presente en Las Encantadas y expuesta de forma altamente poética. Tiene que

ver con la noción del tiempo a través del filtro de la locura, según lo representa Herman

Melville en el “Boceto octavo”, en la historia de la chola viuda del Perú, de quien ya se

detalló los pormenores en el análisis del infierno.

Hunilla, su esposo y hermano llegan a la isla Nordfolk para cazar tortugas y extraer

sus aceites; tienen completa noción del tiempo lineal, pues calculan cuánto producto podrán

obtener hasta que el galeón francés regrese a recogerlos. Entonces, con ese calendario

trabajan, hasta que se sucede la tragedia: los dos hombres fallecen en un accidente y a

Hunilla la destroza la pena, el dolor y la locura.

Pero no le trajeron nada [las olas] salvo un canto fúnebre y se volvió loca pensando que los
asesinos lloraban a los muertos. Cuando pasó el tiempo, y estas cosas vinieron a su mente
con un halo menos onírico, su firme fe romana, que da una especial importancia a las urnas
consagradas, la impulsó a reanudar con sobria vigilia la piadosa búsqueda que antes
comenzara como sonámbula. Recorrió la playa cenicienta día tras día, semana tras semana,
hasta que por fin un doble motivo aguzó sus ansiosas miradas. Con igual anhelo buscaba
ahora al vivo y al muerto; al hermano y al capitán; los dos que se habían desvanecido para
no regresar más. Hunilla había prestado poca atención al tiempo, embargada por tales
emociones como las suyas, y poco, aparte de ella misma, le serviría de calendario o
cuadrante.142

142
Ibíd., 101. Las palabras en cursiva (propias) señalan los rasgos temporales de la cita textual.

95
No es un motivo extraño a la literatura lo que hace aquí Melville: el ser que al

perder el amor, pierde la cordura. Hunilla, de paso, pierde el tiempo o, mejor dicho, se

pierde en él: el tiempo deja de ser lineal y pasa a ser cíclico, aquel inherente a Las

Encantadas, uno en el que no es posible mantener registro certero, a pesar de que hay

señales narrativas de que sí transcurre para el lector —las palabras en cursiva en el

extracto—, que siempre lo lee ubicado desde la cronología. En su absurda búsqueda de los

seres queridos —que ya están muertos, pero el dolor la hace emprender semejante tarea

absurda, que tiene mucho de castigo infernal—, ella se convierte en un ente que pena, de

los que suelen conformar las historias folclóricas o las leyendas, como La Llorona en

México o María Angula en Ecuador. Estos seres fantásticos viven fuera del tiempo porque

para ellos este no transcurre, sino que viven dentro del castigo de carecer de aquellos a

quienes aman.

Seres de este tipo están perdidos en el tiempo y poco de lo que les rodea puede

sacarles de su cotidianidad de penitente: para Hunilla es el aullido de los perros —debe

recordarse que los perros funcionan como una extensión humana, lo que se explicó por qué

ellos comenten canibalismo al comer de la carne del esposo; además, el narrador dice que

los sonidos son recurrentes en la isla, así como los aullidos, “ya humanos, ya humanizados

por su dulce comunión con el hombre”143—. Entonces el narrador resume lo que sucede:

“El tiempo se había convertido en un laberinto en el que Hunilla se había perdido”. Y

aunque los perros podrían servir como brújula para regresar a la cordura, es precisamente el

tiempo lineal el que viene a exorcizar al circular: pasa el tiempo y Hunilla ha logrado

143
Ibíd.

96
asimilar el dolor, no ha desaparecido, se ha convertido uno con él, y esta metamorfosis le

permite ver adelante.

Recurre a un junco a modo de calendario, en el que marca la rutina que va

adquiriendo para revivir lentamente. “En el primero estaban marcados los días, cada diez

con una muesca más profunda; en el segundo estaba marcado con el número de huevos de

aves marinas para su mantenimiento […]; el quinto, cuántos días de sol; el sexto, cuántos

días nublados […]. Largas noches de fatigoso recuento, matemáticas de la miseria […]”.144

El cálculo arroja un falso positivo: se cuenta el día ciento ochenta pero desde que Hunilla

recuperó la noción del tiempo lineal, o sea, es imposible saber cuánto tiempo realmente

pasó en la isla, por lo tanto, el tiempo en la isla engaña; además, la misma Hunilla, en

conversación con el capitán, se niega a revelar por qué no marcó aquellos días de locura.

Esto demuestra que el tiempo nunca se recuperó en realidad para Hunilla, ni para el

narrador ni el lector de este boceto, quienes deben conformarse con una cronología

truncada y falsa, un simulacro que no puede dar cuenta de cómo realmente suceden los

acontecimientos. El dolor de Hunilla revela un tiempo borroso, tan nublado como los días

registrados en la sexta marca en el junco de bambú, el cual es posible porque se da en una

isla de Las Encantadas, fenómeno que, por el contrario, no transcurre de esa forma en las

Islas Marquesas, donde el tiempo sí deviene con la linealidad de la historia, con la

preocupación del registro histórico que emprende Tommo.

3. Utopía

144
Ibíd., 104.

97
El tercer apartado del análisis de Las Encantadas se centrará en la imposibilidad del hacer,

para lo cual antes será necesario esclarecer la tradición literaria a la que pertenece este texto

de Herman Melville, probablemente el último que recibió elogios durante la vida del autor.

Es claro que los diez bocetos, como lo expuso María Teresa Gramuglio, difícilmente tienen

la objetividad del naturalista o el realismo del viajero, por lo tanto, amalgaman lo mejor de

la literatura de viajes y, al mismo tiempo, la libertad que provee la ficción literaria, que son

los dos géneros que contribuyen enormemente en su formación: el primero provee de la

materia prima y del nicho comercial, y el segundo permite connotar valores sumamente

simbólicos, como los aquí analizados, que un diario o un registro náutico no permitiría.

Es esta mixtura la que permite colocar a Las Encantadas dentro de una tradición

literaria que la alimenta y le confiere una identidad: la literatura isleña, por llamarla de

alguna forma. Esta es una tradición rica sobre todo en Occidente, en la que se mezcla

ensayo, filosofía y ficción, cuyo punto de partida puede datarse con la mención que Platón

hace en La república de la Atlántida: una isla modélica en la que se instala una sociedad

perfecta. Ya en el Renacimiento, en Elogio de la locura (1511), Erasmo de Rotterdam sitúa

el nacimiento de la locura en las islas Afortunadas, donde “todo crece espontáneamente y

sin labor. Allí no hay ni trabajo, ni vejez, ni enfermedad […] por doquier los ojos y la nariz

se deleitan con el ajo áureo, la pance, la nepente, la mejorana, la artemisa, el loto, la rosa, la

violeta y el jacinto, cual otro jardín de Adonis”.145

Cinco años después, su amigo Thomas More publica Utopía: un diálogo político y

económico y la narración de la vida de unos personajes que viven en una isla llamada

Utopía, que tiene un sistema basado en valores cristianos y de la Antigüedad, donde reina la

145
Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, accedido 23 de
julio de 2020, https://bit.ly/3fZYDx6.

98
paz y el valor común, y sus autoridades son elegidas por una suerte de votación popular,

más propias de las democracias del siglo XX. Para esta narración, que retoma elementos de

La república de Platón, More inventó la palabra utopía, que hoy significa “plan, proyecto,

doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización” y “representación

imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”.146

Después de estos tres ejemplos canónicos, la literatura occidental se sigue

alimentando de islas: la Ínsula Barataria, en la que al fin Sancho Panza ve consumado su

deseo de ser gobernante de una región, lo cual termina siendo un espejismo, en la segunda

parte de Don Quijote de la Mancha (1615), de Miguel de Cervantes; Robinson Crusoe

(1719), considerada la primera novela en lengua inglesa, es una narración de aventuras en

la que un náufrago intenta erigir una nueva sociedad en una isla desierta, desligada del

colonialismo británico —sin conseguirlo realmente—; en Los viajes de Gulliver (1726),

Johnathan Swift habla de Laputa, una isla que puede volar y ser controlada por sus

habitantes, quienes han construido una sociedad perfecta por sus avances en el arte y las

matemáticas, pero que no pueden ser aplicadas de forma normal en la vida cotidiana.

La tradición occidental de islas literarias continúa con exponentes como Jules Verne

(20 000 lenguas de viaje submarino y La isla misteriosa), Robert Louis Stevenson (La isla

del tesoro, La isla de las voces y otros ejemplos), H. G. Wells (La isla del doctor Moreau)

y William Golding (El señor de las moscas). Estas obras mencionadas, al igual que las

anteriores, tienen el común denominador de presentar ambiciosos proyectos truncados por

diversas causas, como las sociedades perfectas comandadas por animales antropomorfos o

niños, según las ficciones de Wells y Golding, o el lugar donde se puede producir ácido

146
Real Academia Española, “Definición de utopía”, Real Academia Española, accedido 23 de julio
de 2020, https://dle.rae.es/utop%C3%ADa?m=form.

99
sulfúrico o ser morada de un legendario botín, como escribieron Verne y Stevenson. En

cuanto a esta tradición en Latinoamérica, se puede decir que el primer gran ejemplo es La

invención de Morel (1940), la novela del argentino Adolfo Bioy Casares, que Jorge Luis

Borges calificó como perfecta, en la que el amor se convierte en la promesa de vida eterna

para el protagonista. Blas Matamoro, al referirse a la obra de Bioy, confirma lo expuesto en

estas líneas, que la literatura anglosajona tiene una larga tradición hablando de utopías: “se

instala en una doble tradición: la anglosajona, pródiga en utopías, y la hispánica (española y

argentina), pobre en ellas”.147

La utopía es esperanza en el futuro y esta se puede montar —o intentar levantar,

como un proyecto— en una isla: este parece ser el sitio ideal para borrar la influencia e

historia de las que están hechos los continentes, un lugar donde empezar de cero, porque no

está conectada a los continentes y el agua —que la oculta a la vista— parece tener un efecto

purificador, de olvido. Elisabeth Frenzel describe así la peculiaridad de las islas literarias:

La vida en una isla es siempre una extraña existencia, despierta en la conciencia la idea de
una oposición entre dentro y fuera, proporciona un sentimiento de actualidad permanente,
de continuidad en el cambio; el tiempo se contrae, puesto que su transcurso solo determina
el ciclo de la vegetación y no se destaca ni el pasado ni el futuro, mientras que el exterior se
le aparece al habitante de la isla como movido, fugaz, perecedero.148

Esta imposibilidad de pasado y futuro permite crear un presente que, en primera

instancia, sea prometedor, pues ha anulado la historia. Matamoro señala que Robinson

Crusoe también necesita de una isla, pues, de algún modo, “repite la historia problemática

de Colón, o sea la fundación de la ley en un lugar sin historia”.149 Empezar en un lugar

fresco propicia “una sociedad que se repite a sí misma: no proviene de la historia y carece

147
Blas Matamoro, “Archipiélago”, en Adolfo Bioy Casares. Premio “Miguel de Cervantes” 1990, VV.
AA. (Barcelona: Anthropos, 1991), 92.
148
Elisabeth Frenzel, Diccionario de motivos de la literatura universal (Madrid: Gredos, 1980), 376.
149
Matamoro, “Archipiélago”, 84.

100
de historia. Vive en una suerte de momento reiterado hasta la saciedad pero sin hartazgo.

En lugar de tener lo que se desea, se desea lo que se tiene. He allí la clave de la armonía

social”.150

El ensayista y crítico literario Dieter Oelker, en “La locura nace en las islas

Afortunadas”, hace un análisis de la risa y la utopía en las islas de Rotterdam, More y

Rabelais —esta última la contenida en Abadía de Thélème, al final de Gargantúa— y hace

eco de la definición de Arnhelm Neusüss de la intención utópica como “la negación crítica

de la época en nombre de un futuro feliz, que puede ser imaginado de las más diversas

maneras. Claro está que en esta concepción de lo utópico interesa, antes que la presentación

de un modelo de un mundo mejor, la percepción reprobatoria a la vez que esperanzada de la

realidad real”.151 A esta definición es imperativo agregar, según lo expuesto en los ejemplos

de literatura isleña mencionados, que todo proyecto que se levante en una isla, por noble o

descabellado que sea, termina en fracaso, de una u otra manera, y si no fracasa del todo,

será un triunfo a medias, un mero simulacro de lo que pudo ser pero no se consiguió.

Este valor simbólico de utopía se cumple a rajatabla en Las Encantadas de Melville,

pero ¿cómo se representa esta incapacidad de llegar a la meta? Dado que para entender la

noción de fracaso se requiere de consciencia, aquí se está hablando de un terreno netamente

humano,152 por ello, el siguiente análisis se centrará en los tres únicos bocetos que son

protagonizados por seres humanos, es decir, cuyas “aventuras” se centran enteramente en la

condición humana: el séptimo, el octavo y el noveno.

150
Ibíd., 83.
151
Dieter Oelker, “La locura nace en las islas Afortunadas”, Atenea 492 (2005): 27,
https://scielo.conicyt.cl/pdf/atenea/n492/02.pdf.
152
No obstante, como se demostró en los apartados anteriores, en Las Encantadas hay espacios (las
islas) y animales (las tortugas) con conciencia.

101
Tras un recuento de la geografía y demás peculiaridades de las Galápagos, Herman

Melville da un giro en su trabajo para dar cuenta de temas más humanos: el “Boceto

séptimo” es el primero en estar protagonizado por una persona. El autor califica a esta

historia como real, pues le fue referida por un “camarada buen conocedor de todas las

costumbres extranjeras”,153 es decir, alguien de confianza se la dijo, por lo tanto, tiene que

ser verdad; de entrada aquí es patente el artificio que usa Melville: le confiere la veracidad

que pueden tener las leyendas, que no por incomprobables dejan de ser reales. El

protagonista es un criollo cubano al que como recompensa por su participación en la guerra

de independencia del Perú, se le permite escoger una isla de las Galápagos, que en el

momento de la lucha, hasta 1832, pertenecían a la mencionada nación.154 Después de un

breve reconocimiento, el criollo aceptó la Isla de Charles, actual Santa María, con la

condición de que esta fuera independiente de la soberanía peruana.

Con un plan en mente, el criollo hizo un llamamiento a hombres y mujeres que

quieran vivir en la isla: ochenta personas respondieron y se embarcaron con él como “su

señor y patrón”,155 además de una “disciplinada compañía de perros grandes y torvos”,156

153
Melville, Las Encantadas, 83.
154
Aquí es preciso hablar de un error histórico que comete Herman Melville. Las guerras de
independencia del Perú se desarrollaron sobre todo durante cinco años, de 1821 a 1826. Ahora bien, al
inicio del “Boceto séptimo”, Melville menciona: “Así que le dijeron que tomara su parte de las Islas
Encantadas, que era por entonces, como lo siguen siendo ahora, dependencia nominal del Perú”, ibíd., 83.
Es fácil suponer que en algún punto de 1826 u algún año posterior pero cercano se le ofreció al criollo
cubano una isla como recompensa por su participación en la contienda, pero el problema surge con la frase
“como lo siguen siendo ahora”, ya que Melville conoció las Galápagos en 1841, cuando estas ya habían sido
anexadas al Ecuador, el 12 de febrero de 1832, y escribió los bocetos en algún punto de 1854, meses antes
de su publicación. En otras palabras, el presente histórico desde el que Melville concibió este boceto,
Ecuador ya era una república consolidada con las islas Galápagos como una de sus provincias, sin embargo,
niega este hecho histórico. No queda clara la razón y es difícil suponer que un intelectual como él no supiera
de este detalle, en el peor de los casos, en el momento previo a la publicación de los bocetos en la Putnam’s
Monthly Magazine. Sin embargo, se puede aventurar un porqué relacionado con los estereotipos, que se
tratará en el siguiente capítulo.
155
Melville, Las Encantadas, 85.
156
Ibíd., 84.

102
que rechazaban mezclarse con la gente. Una vez en la isla, se hicieron trabajos de

agricultura e infraestructura para que esta sea más habitable. Consciente de que en esta

nueva nación habría problemas sociales, el criollo creó un cuerpo de infantería que estaba

subordinado al cuerpo de perros leales. Al comprobar que la pena de muerte diezmaba muy

rápido a sus “compatriotas”, se quedó con los perros como única protección, lo cual, no

obstante, tampoco contribuyó al crecimiento de la población. Entonces empezó a engañar a

los navegantes que anclaban en su isla y los convencía de que se quedaran a vivir ahí.

Como el criollo trataba con mano de hierro a los recién llegados, estos, junto con los

“nativos”, armaron un motín; para defenderse, el criollo solo tuvo a sus perros. Se armó una

mortal batalla en la playa. El resultado fue trece perros y tres hombres muertos, además de

que el criollo fue obligado a huir al exilio con los canes restantes, y aunque propuso un

tratado de paz, sus exsúbditos se negaron y el criollo no tuvo más remedio que regresar al

Perú en el primer barco que llegó a la isla.

Lo último que Melville refiere del criollo cubano es que este sigue con atención las

noticias de su isla, “para oír de la caída de la república, del consiguiente castigo de los

rebeldes y de la petición para que volviera a ocupar su trono”. 157 Pero no solo ninguna de

estas ensoñaciones sucedió, sino que la nación se fortaleció con la incorporación de muchos

nuevos marineros que desertaron de sus naciones y sus barcos, ya sea porque huían de la

ley o porque se habían hartado de su vida anterior, curiosos de ver cómo fracasaba este

experimento de república que, dice el narrador, no solo no fracasó, sino que “los rebeldes se

habían confederado en una democracia que no era griega, ni romana, ni americana. En

realidad no era ninguna democracia, sino una permanente ‘rebelocracia’, que se

157
Ibíd., 88.

103
vanagloriaba no solo de carecer de leyes, sino también de su anarquía”. 158 Para finalizar el

boceto, Melville le da más credibilidad al unir su historia personal con esta suerte de

leyenda, al relatar que su ballenero tenía la intención de atracar en la Isla de Charles al ver

una luz de bienvenida o de auxilio en ella, pero el capitán, sabedor de la fama de esta

república, advierte que debe ser una trampa y aconseja siempre evadir a Charles, a

cualquier costo.

El “Boceto séptimo” presenta una doble utopía: por un lado, el intento de erigir una

nación por parte del criollo, en la que si bien nunca tiene claras sus bases, sí deja sentado

que él será el rey de esa flamante comunidad; para él es un experimento que no tiene la

opción de fracaso, aunque al final la ruina lo alcanza y aniquila. El sueño de construir una

nación en la que el criollo sea venerado y respetado queda truncado precisamente por sus

políticas frente a sus “ciudadanos”: por la pena de muerte, los engaños a los navegantes

para que engrosen las filas, la deferencia ante los nuevos y por colocar a los perros en un

orden jerárquico superior; no obstante, lo agreste de la isla, que es lo opuesto a lo que se

hubiera esperado, también influye en el descontento. Como sucedió con la realeza francesa

antes de la Revolución de 1789, los excesos terminaron cortándole la cabeza, lo que le

condujo a una etapa final de su vida en la que lo único que añoraba era enterarse que lo

necesitaban de nuevo en su isla utópica.

Por otro lado, la segunda utopía es la que se va erigiendo a medida que la primera

fracasa: la nación que había imaginado el criollo se convierte en la “rebelocracia”, una

república para prófugos y criminales donde estos puedan ser defendidos por los suyos y

vivir en paz, una paz entendida como la lejanía de las leyes que rigen en las sociedades

158
Ibíd.

104
continentales y sus representaciones movibles en altamar: los balleneros. Y si bien en

primera instancia este anárquico país puede aparentar ser un triunfo, pues “cada lobo de

mar fugado fue aclamado como un mártir por la causa de la libertad y se convirtió de

inmediato en un ciudadano harapiento de esa nación universal”,159 se sobreentiende que

esta dejará de recibir más gente porque los foráneos ya están al tanto de lo que allí sucede y

la evitan a toda costa, so pena de los verdaderos náufragos y prisioneros que anhelen la

libertad que allí moren. En otras palabras, la misma naturaleza de esta república

malhechora, que es rechazar las leyes humanas que rigen la vida de los seres humanos en

los continentes, es la que condiciona el crecimiento de sus habitantes y les impone un límite

malthusiano que, tarde o temprano, provocará su propia extinción.

“La historia del rey de la Isla de Charles nos proporciona otro ejemplo sobre la

dificultad de colonizar las islas desiertas e improductivas con colonos sin principios”.160 No

es coincidencia que Melville evoque esta utopía precisamente en una época histórica —en

el tiempo lineal— en la que precisamente en Latinoamérica el pensamiento utópico era lo

que motivaba sus actos geopolíticos: la creencia de que se podía vivir independiente del

Reino español y para lo cual se entablaron guerras cruentas y planes —como los del criollo

pero a gran escala— para erigir naciones lejos del control del rey. Se retomará el tema de la

utopía de la construcción del Estado y la historia al finalizar este apartado.

El “Boceto octavo” ya ha sido tratado con anterioridad —y se lo seguirá estudiando

en capítulos posteriores—, por lo que aquí no se ofrecerá un análisis extenso, sino que se

limitará a decir que en la historia de la chola viuda se presencia la utopía del amor,

leitmotiv de amplia tradición en la literatura universal, que es más personal que social.

159
Ibíd., 89.
160
Ibíd., 88.

105
Emocionados por su reciente matrimonio y esperanzados en un futuro por el negocio de

extraer aceite de tortuga en la isla Norfolk, Hunilla debe enfrentarse de golpe a su nueva

realidad: su esposo y hermano han muerto en un accidente y, tras la locura inicial, debe

apelar al regreso de su cordura para intentar sobrevivir a la isla, a la soledad y al dolor.

Aunque el boceto enmarca una utopía, en este apartado es mejor centrarse en las expuestas

en el boceto anterior y en el siguiente.

Por último, el “Boceto noveno” —al que el narrador también le otorga legitimidad

mediante el pedido al lector de, si tiene dudas de su veracidad, consulte el segundo

volumen de El viaje por el Pacífico de Porter— trata sobre un personaje peculiar cuyo

accionar es solo posible en una isla, o sea, en un sitio privado de la historia y de las leyes

humanas, en términos de Blas Matamoro. El protagonista es Oberlus, un ermitaño que se ha

instalado en la isla de Hood, para alejarse de la humanidad. Oberlus cumple con los

estereotipos del misántropo ermitaño que ha referido la historia y la literatura: tiene aspecto

grotesco, semejante al de un animal; comportamiento huraño y reticente. Malvive en la isla

de Hood cosechando algunas hortalizas que luego vende o cambia a navegantes que atracan

en su isla, a los que previamente ha impactado por su apariencia anormal y tratos severos.

En este boceto, que no está exento de humor, Melville dota de una profundidad

psicológica a su personaje, a pesar de saberse un eremita: “Parece increíble que un ser así

pudiera tener semejante vanidad; que un misántropo fuera tan engreído; pero realmente

poseía una elevada opinión de mismo, y con motivo de esta seguridad se daba importancia

incluso ante capitanes”.161 Además, haciendo gala de una narrativa irónica, el autor le dota

de una motivación que nunca queda del todo clara, lo que es ideal para el ánimo del boceto:

161
Ibíd., 119.

106
“lo que vamos a revelar tal vez mostrará que la ambición egoísta, las ansias de poder, lejos

de ser la debilidad peculiar de mentes nobles, es compartida por seres que carecen por

completo de mente”.162 En otras palabras, la isla de Hood le ofrece a Oberlus la posibilidad

de instalar un régimen que si bien no está claro ni para él mismo en primera instancia o su

posible ejecución, tiene que ver con el deseo de poder: “anhelaba la oportunidad de

manifestar su poder sobre el primer espécimen humano que cayera inerme en sus

manos”.163

Para caracterizar a Oberlus, Melville recure al protagonista del “Boceto séptimo”, el

criollo cubano, señalando que este quizás actuó motivado por motivos no del todo indignos,

como “los que llevan a otros espíritus aventureros a conducir colonos a distantes regiones y

a asumir una preeminencia política sobre ellos”.164 Con este antecedente, el autor encuentra

relativamente justificable que el criollo haya ejecutado peruanos y haya defendido su reino

armado de sus bravos canes, sin embargo, para “este rey Oberlus, y lo que siguió en breve,

no se puede encontrar atenuante alguno. Actuó por mero placer tiránico y por mera

crueldad, en virtud de una cualidad heredada de Sycorax, su madre”. 165 Armado con un

trabuco defectuoso que encontró en su isla, cierto día avista a un afrodescendiente que

realiza tareas en la isla; se hace pasar como alguien que quiere ayudarlo, pero apenas se

descuida, lo secuestra para hacerlo su esclavo, pero el prisionero aprovecha un momento de

distracción y revierte la situación: apresa a Oberlus y lo conduce al galeón al que pertenece

162
Ibíd., 120.
163
Ibíd., 121.
164
Ibíd.
165
Ibíd. Nótese que Melville le otorga a su personaje real una ascendencia literaria real: Sycorax es
una bruja y madre de Próspero, el protagonista de La tempestad (1610-1), de William Shakespeare. Al igual
que Oberlus, Próspero también habita en una isla. Shakespeare, además de ser padre de un isleño, también
lo es de otro famoso ermitaño: Timón de Atenas, de la obra homónima de 1605-6.

107
y allí recibe azotes y luego le roban las pocas pertenencias que tiene hasta que, también por

un descuido, logra escapar a las montañas.

Con la sensación de fracaso, “el ofendido misántropo meditó ahora sobre una

ejemplar venganza contra la humanidad”,166 así que disfraza sus intenciones y se hace pasar

por un amable comerciante de hortalizas ante los navíos que se detienen en su isla. En una

de estas visitas, ofrece hospitalidad a cuatro marineros, a los que embriaga y amordaza

hasta que el barco los abandona. Asustados por el cambio en sus maneras y por el extraño

trabuco, estos “se alistaron voluntariamente bajo su bandera y se convirtieron en sus

humildes esclavos, y Oberlus en el más increíble de los tiranos”.167 Tanto por su actitud

despótica como por su habilidad para convencer a los demás, el ermitaño utilizaba a sus

prisioneros “como criaturas de una raza inferior”, en suma, armó a sus cuatro animales y

los convirtió en asesinos; de cobardes a perfecto bravucones”.168

Aparte de lavar el cerebro de su nuevo ejército, “con vistas a alcanzar la gloria”,169

los arma con machetes oxidados que les quita por las noches, cuando los ata de manos y

pies para dormir, para que no vayan a levantarse en contra de él. Ellos se lo permiten, que

es lo más curioso del asunto. No obstante, su logro más grande —y también más mediocre,

hay que reconocerlo— consiste en engañar a un ballenero que había atracado cerca para

hacerse con hortalizas, del cual destrozan tres botes y se roban uno para huir, como

menciona él en una carta, a las Islas Fidji. En la misma misiva también indica que es un

incomprendido y pide no matar a su gallina —que era en realidad un gallo muerto de

hambre—. El narrador especifica que el bote, obviamente, nunca llegó a las Fidji, sino a

166
Ibíd., 123-4.
167
Ibíd., 124.
168
Ibíd., 125.
169
Ibíd.

108
Guayaquil, en Ecuador, y que lo más probable es que en la travesía Oberlus haya arrojado

por la borda a sus cuatro subordinados cuando el agua dulce empezó a escasear. De ahí

siguió su camino a Paita, en Perú, donde, por ese “embrujo peculiar de algunas de las

criaturas más feas”,170 se ganó el afecto de una mujer a quien convenció para irse a vivir de

regreso a su isla en Las Encantadas, pero el plan no se consuma porque “el aspecto

estrafalario y diabólico de Oberlus hizo que en Paita se le considerase un personaje

sumamente sospechoso. Así, al encontrársele una noche escondido con cerillas en su

bolsillo, bajo el casco de un pequeño velero preso a salir a la mar, fue detenido y arrojado

en la prisión”.171 En narrador da a entender que ese fue su fin, una triste y lúgubre prisión

sudamericana.

Llama muchísimo la atención este boceto bajo la luz de la utopía, pues el lector

atento se hace la siguiente lectura: ¿qué clase de proyecto imposible es el que acabo de

leer? No queda claro por qué Melville disfraza la búsqueda de Oberlus de un patetismo que

es capaz de provocar tanta lástima y vergüenza ajena que el lector pierde la noción de la

utopía. En la isla, Oberlus tiene la posibilidad de vivir sin las leyes de los hombres y, sobre

todo, sin ellos, para erigirse una sociedad de una persona que responda únicamente a sus

necesidades. Esta es la utopía. Pero esta fracasa por la misma naturaleza que Oberlus no

puede negar: su humana necesidad de poder, de ejercerlo sin posibilidad de que este circule

jerárquicamente como lo plantea Foucault. El poder es único y él quiere poseerlo, aunque

no tenga claro cómo, por ello sus planes fracasan, primero, cuando el afrodescendiente

termina apresándolo a él y, segundo, cuando usa su ejército de cuatro soldados para hacerse

con un bote para huir sin saber verdaderamente de qué ni por qué, sin un puerto físico u

170
Ibíd., 130.
171
Ibíd.

109
objetivo que seguir, incluso desgasta todos los esfuerzos invertidos en crear su compañía de

guardianes al ahogarlos en el Pacífico.

Para aunar lo expuesto hasta el momento en este apartado dedicado a la utopía, hay

que mencionar el brillante texto del profesor Iván Jaksić llamado Ven conmigo a la España

lejana: Los intelectuales norteamericanos ante el mundo hispano, 1820-1880, en el cual

hace un extenso recuento de los pensadores y escritores de Estados Unidos que, en el siglo

XIX, decidieron recorrer y pensar América Latina como un territorio que iba más allá de

una provincia del Imperio español que llegaba al ocaso; entre los casos que analiza están

los de Washington Irving, George Ticknor, Henry Wadsworth Longfellow, Mary Peadoby

Mann y William H. Prescott, pero también le dedica un aparte a Herman Melville.

Pero más allá de hablar de Benito Cereno —obra que se será analizada en el

capítulo tercero de este trabajo—, es necesario entender que la tesis que mantiene Jaksić

versa sobre que los escritos de los historiadores enlistados en el párrafo anterior

modificaron la forma de ver de los intelectuales y del público general norteamericano con

respecto a la Vieja España y su representación trasatlántica del mundo hispano, y lo que

decían del Imperio español no era nada laudatorio, todo lo contrario: si en el siglo XIX,

Estados Unidos se estaba erigiendo como una potencia democrática e innovadora, la

España de aquel entonces era la antítesis:

El país ibérico era un país corrupto sin remedio, con glorias pasadas, sí, pero perdidas en la
nebulosa del tiempo. La razón de fondo para su triste decadencia era la intolerancia
religiosa combinada con el despotismo: caló tan hondo en el alma del país que ya no había
posibilidad de recuperación. A partir de este supuesto fundamental, una serie de otros
estereotipos quedaron incrustados en el imaginario norteamericano: el pueblo hispano no
tenía el espíritu de empresa, era flojo, desobedecía ciegamente a sus sacerdotes, perdía su
tiempo en sangrientos espectáculos taurinos; su música podía ser agradable, pero no
aportaba nada al bienestar del país, o el propio; no respetaba el horario, no hacía planes con
anticipación. En fin, se iba a la tumba sin haber logrado ni dejado nada.

110
El caso de Hispanoamérica no era muy diferente. Todas las características negativas
adjudicadas a España fueron simplemente trasplantadas al otro lado del Atlántico, en donde
el elemento racial sirvió para añadir otras más.172

Teniendo en cuenta que Herman Melville se formó con esta visión —la de

contemplar cómo un imperio de tres siglos llegaba a su final y que otro, el que lo vio nacer,

se estaba levantando como la nueva potencia—, no resulta descabellado pensar que la

utopía que estaba terminando para España se plasmase metafóricamente en Las

Encantadas: de la misma manera en que para el criollo sus sueños de una república en la

que él reine se vienen abajo y para Oberlus que anhela llevar el cetro de poder aunque no

tenga claro para qué, Melville enmarca la utopía y fracaso de las Encantadas dentro de la

utopía y fracaso de un proyecto más grande: el Nuevo Mundo como esperanza y las guerras

de independencia como caída de ese sueño español. Así, las islas Galápagos funcionan

como la sinécdoque simbólica de un ideal político, económico y cultural que alimentó al

país ibérico durante varios siglos, pero del que no pudieron obtener réditos a perpetuidad

por las razones expuestas por Jaksić. No es coincidencia que América Latina sea la sede de

una de las utopías más conocidas en Occidente: el mito de El Dorado.

Hilando más fino, en su libro Melville y el mundo hispánico, José De Onís se

aventura a teorizar sobre el símbolo central de Las Encantadas, la tortuga —la cual es

símbolo, además, en dos de los tres apartados de este análisis—, como una representación

de España. En el “Boceto segundo”, Melville indica que estos reptiles tienen dos lados, uno

oscuro y uno claro, en los que De Onís ve alegorías imprecisas, pero no indiscernibles.

Estos podrían sugerir la ambivalencia de España y el Mundo Hispánico tal y como la


entienden los norteamericanos. El negro quizá haga alusión a los aspectos misteriosos de la
cultura hispánica: la fe católica, la inquisición y todos los elementos que directamente
incluyeron los norteamericanos en la “Leyenda Negra”. Lo claro podría referirse al lado

172
Iván Jaksić, Ven conmigo a la España lejana: Los intelectuales norteamericanos ante el mundo
hispano, 1820-1880 (Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica, 2007), 26.

111
romántico, a los elementos deslumbrantes de la cultura hispánica tales como la riqueza y la
vida de alegre corrupción en ciudades como La Habana, Lima, México o Sevilla. […] La
decadencia hispánica que contrasta con su propia cultura guarda para el norteamericano un
encanto peculiar, tanto más cuanto más misterioso sea ese pasado.173

En una isla, el primer drama humano refiere a la imposibilidad de la fundación de una

nueva república y de lo vacuo de la colonización en terreno infértil; el segundo da cuenta de

los escollos que propone una isla cuando esta se desea ver como el cielo del amor infinito;

y el tercero relata los inconvenientes de alcanzar y ejercer el poder total sobre otros, más

aún cuando no se tiene un plan de ejecución acertado. Gramuglio acierta al decir que

gracias a su humor negro y proyecciones simbólicas, estas “no solamente eluden cualquier

utopía de islas paradisíacas tropicales, [sino que] también condensan los aspectos que

sitúan a The Encantadas más cerca de Moby Dick que cualquier otra narrativa de viaje

tradicional”.174 En este sentido, y a manera de sumario de este apartado, José Rafael

Hernández, en el prólogo de Las Encantadas, replica las palabras de John Gillis:

Islas y continentes son construcciones culturales, un producto de la historia antes que de la


naturaleza. En nuestra cultura la isla ha servido de recurso simbólico para expresar las ideas
más variadas, su fuerza metafórica sigue incólume y con ella hemos visualizado el Infierno
y el Paraíso, Estados utópicos y las virtudes y defectos de la naturaleza humana. Escenario
de mundos ficticios, situadas en geografías míticas, las islas forman parte de la imaginación
occidental, son instrumentos para aprehender realidades existenciales, y en su doble
vertiente, positiva y negativa, fascinadora y repulsiva, nos ayudan a encontrarnos y a
comprendernos a nosotros mismos.175

4. El exotismo como exacerbación

Al inicio de este capítulo, después del breve apartado de la historia de escritura, fuentes

consultadas del autor y publicación de Las Encantadas, se especificó que el análisis de este

trabajo se dividiría en tres apartados, los cuales confluían en un cuarto que los aunaba. 1)

173
De Onís, Melville y el mundo hispánico, 109.
174
Gramuglio, “Viajar y escribir”, 39.
175
Hernández, en Melville, Las Encantadas, 15-6.

112
Las visiones de un infierno terrestre, con el castigo absurdo y eterno, con la transmutación

de los cuerpos humanos en animales y el consecuente canibalismo como muestras del

poderío simbólico de esta región escatológica; 2) el devenir del tiempo como cronología y

linealidad que responden a un marco histórico, y como un apartado cíclico que se repite

fuera del mismo, un tiempo no humano y estático cuyo representante visual más llamativo

es la tortuga gigante de las Galápagos; 3) la confirmación de Las Encantadas como una

utopía porque se ancla en una tradición literaria occidental donde las islas son sinónimo del

anhelo de completitud y su consecuente imposibilidad, utopía representada en el fracaso

humano de erigir una república libre de las repúblicas continentales y el ansia de poder y

control de los demás, que sea a la vez espejo de una misma Latinoamérica como modelo

utópico de un Imperio español que llega al ocaso de su poderío. Cada uno de estos tres

factores son las robustas patas de un trípode que sostiene, en su cima, al exotismo como

representación de identidad latinoamericana para Herman Melville en Las Encantadas.

Es latente el exotismo de las tierras latinoamericanas en los escritos de los cronistas

de Indias de los siglos XV-XVII y los relatos de los anglosajones que dan vuelta al globo

del XVIII-XIX. Lindsey Cordey y Beatriz Vegh, en la “Introducción” de Melville, Conrad:

Imaginarios y Américas. Reflexiones desde Montevideo, señalan que hay una suerte de

“ficcionalización” de la realidad del Nuevo Mundo en el continente americano, según la

óptica de Beatriz Pastor. “Mientras a Asia se representa como una mujer voluptuosa,

América es una joven virgen pasible de ser poseída (violada, estragada) como la Tierra de

Canaán”.176 Así, de acuerdo a las catedráticas, noticias de este nuevo espacio iban a los

176
Lindsey Cordey y Beatriz Vegh, “Introducción”, en Melville, Conrad: Imaginarios y Américas.
Reflexiones desde Montevideo, coord. Lindsey Cordey y Beatriz Vegh (Montevideo: Universidad de la
República, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Departamento de Letras Modernas, 2006),
9.

113
lugares de origen de los viajeros y daban cuenta de un sitio maravilloso, y esa maravilla

envalentonó a nuevos exploradores y conquistadores y alimentó la creación de cartografías,

historias, crónicas y relatos que crearon un imaginario sobre América en la mente de los

europeos y norteamericanos, que respondían a las expectativas del Viejo Continente. “Con

el tiempo, lo ‘maravilloso’ va a ceder ante lo ‘exótico’. Como factor homogenizante de

lugares y personas que hace invisible la realidad y la envuelve en un manto de

‘ficcionalización’, lo exótico, más nivelador, más accesible, va a ir definiendo de algún

modo la otredad del sujeto y las tierras americanas”.177

Sin embargo, con la llegada del siglo XIX entraron en juego nuevos discursos,

ligados por completo a los ámbitos naturalistas y científicos, influyentes en toda regla en

todos los estratos de la sociedad, de la mano del inglés Charles Darwin (1802-1882), del

galés Alfred Russel Wallace (1823-1913) y el prusiano Alexander Von Humboldt (1769-

1859), cuyas propuestas empiezan a condicionar la “percepción y la mirada hacia

Sudamérica por muchos años”.178 A la par, concluyen las teóricas, la narrativa encuentra su

público y se consolida al igual que el discurso naturalista y científico, se hace tan poderosa

como estos, y a través de novelas y relatos que recorren todo Occidente y el siglo XIX,

expanden “la visión que, en base a esas percepciones, esos textos y esos discursos, se tenía

del mundo y en particular de Sudamérica, en los grandes lugares de poder que eran Europa

y Estados Unidos”.179 Es preciso ahora recordar la razón de ser de Las Encantadas, para

esto Richard H. Fogle acota:

Its immediate purpose is the purpose of many travel books: to interest its audience by
exhibiting the exotic and the strange; and for this end the geographical unity of the locality

177
Ibíd., 10.
178
Ibíd.
179
Ibíd.

114
in question is usually considered sufficient. The Encantadas, however, is a travel book plus,
in which the Galapagos Islands have been recreated in Melville's imagination, and
assimilated into his total vision of reality.180

De este modo, Melville ha construido una representación del Sur en Las Encantadas

que va de la mano con la idea de América Latina en el discurso social del Norte, que

históricamente ha sido encubierto “por los preconceptos construidos por el discurso social

europeo y estadounidense”, como aclara Cristina Elgue-Martini en su ensayo “La

construcción del ‘otro’ sudamericano en el discurso social estadounidense de los siglos XIX

y XX: Benito Cereno de Herman Melville e Imagining Argentina de Lawrence Thorton”. Y

entiéndase por discurso social al que, según la mencionada, enuncia el canadiense Marc

Angenot, como “todo lo que se dice y se escribe en un estado de sociedad; todo lo que se

imprime, todo lo que se habla públicamente o se representa hoy en los medios electrónicos,

todo lo que se narra y argumenta”.181

Antes de continuar, aquí es imperativo hacer una aclaración sobre los conceptos de

Norte/Sur expuestos en el párrafo anterior. Se refieren estos, según Mirian Carballo, a la

oposición civilización-barbarie, que constituyen un discurso construido dentro del discurso

histórico para “denominar el grado de avance y progreso de una cultura, nación o

territorio”,182 el cual avanza o retrocede en el tiempo y varía según la cultura, además de

que se circunscriben a espacios geográficos que están asociados con el poder o la ausencia

de este, que remite directamente a las civilizaciones “barbáricas” que amenazaban desde

afuera al Imperio romano. Actualmente,

180
Fogle, “The Unity of Melville's The Encantadas”, 34. Énfasis añadido.
181
Cristina Elgue-Martini, “La construcción del ‘otro’ sudamericano en el discurso social
estadounidense de los siglos XIX y XX: Benito Cereno de Herman Melville e Imagining Argentina de Lawrence
Thorton”, en Cordey y Vegh, coords., Melville, Conrad: Imaginarios y Américas, 65.
182
Mirian Carballo, “Repensando la barbarie y la civilización en Las invasiones bárbaras de Denys
Arcand”, en Cordey y Vegh, coords., Melville, Conrad: Imaginarios y Américas, 24.

115
[…] en relación a nuestro continente podríamos afirmar que la denominación Norte/Sur
deriva del par civilización/barbarie, imperio/barbarie o centro/margen, metrópoli/periferia,
delimitando dos zonas bien diferenciadas, de acuerdo a idea de progreso como desarrollo
económico, jurídico-institucional, burocrático y tecnológico. En el norte se ubican lo que
este discurso de progreso entiende por naciones civilizadas o desarrolladas y en el sur las
naciones que no han alcanzado este desarrollo.183

Aclarado esto, se puede retomar la idea del discurso exótico en Las Encantadas. Al

igual que tantos historiadores, críticos y estudiosos del tema, Cristina Elgue-Martini apunta

que esta perspectiva o “encubrimientos” de América Latina inició con el primer texto que

“da cuenta de esta realidad nueva inmediatamente después del Descubrimiento: [… el]

Diario de Colón”.184 Si bien el documento hace énfasis del oro encontrado —lo que deja

entrever la necesidad del Colón de satisfacer las expectativas económicas de quienes

financiaron su viaje—, también incorpora un “importante ingrediente de exotismo” que

distorsiona la realidad. Por ejemplo, continúa Elgue-Martini, en su diario Colón anota el 8

de enero que un almirante, en una zona que había denominado Monte-Cristo, descubrió un

“río muy grande y hondo” con arena “llena de oro”. Dos días después, Colón reporta que el

mismo almirante al ir al “río del Oro, dijo que vió [sic] tres sirenas que salieron bien alto de

la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de

hombre en la cara. Dijo que otras veces vió [sic] algunas en Guinea, en la costa de

Manegueta”.185

Sin duda, el discurso de Cristóbal Colón estaba fabricado —más allá de satisfacer la

curiosidad, intelecto y financiamiento de sus mecenas— por unas hipérboles tremendistas

con miras a provocar una determinada reacción cuya último objetivo sería transmitir la

“verdad” objetiva de una nueva realidad. Este mecanismo es el mismo aplicado por Herman

183
Ibíd., 25.
184
Elgue-Martini, “La construcción del ‘otro’ sudamericano”, 65.
185
Ibíd., 66.

116
Melville en Las Encantadas: baste reflexionar sobre todo en los epígrafes de los dos

primeros bocetos —que fueron modificados y alterados por él, no se olvide— para irradiar

la misma sensación de exageración de la realidad de un mundo que el lector promedio del

XIX desconocía. Las hipérboles de Melville simbolizan, como ya se ha analizado, las islas

como un infierno y una utopía que poseen un tiempo detenido, en virtud de transmitir un

exotismo propio de los viajeros anglosajones del XIX. Más allá de este fenómeno, el autor

neoyorquino se hace con otros engranajes para lograr este cometido, casi todos basados en

hipérboles —las cuales construyen casi en su totalidad varios bocetos, sobre todo el

cuarto—, que tienen que ver con el nombramiento de las islas, la construcción mítica de

Roca Redonda, las conversiones de los marineros y las decisiones de dos personajes, que se

analizarán pormenorizadamente en el siguiente capítulo.

Llama mucho la atención —ya que establece a priori su misión hiperbólica— que

Herman Melville haga eco de la razón del nombre de Las Encantadas, en lugar de

investigar y transmitir hechos científicos —como demandaría el discurso naturalista— del

porqué se podrían producir ciertos fenómenos climáticos que den pauta a los “embrujos”

que suceden en las islas. Simplemente no le conviene: Melville sabía su oficio y sabía de la

pasión de la gente por historias fantásticas, exóticas. Aquí no hay que dar más vueltas a las

razones; lo importante es señalar que su nombre responde, como indica en el primer boceto,

por lo impredecible y “mágico” y “encantado” de estas: se refiere aquí a la peculiaridad de

las corrientes y los vientos que, en cierto momento, llevaron a creer a los navegantes que

[…] en el paralelo de las Encantadas, había dos grupos distintos de islas, separados por una
distancia de unas cien leguas. Esta fue la opinión de sus primeros visitantes, los bucaneros;
y aún en 1750 los mapas de la zona del Pacífico reproducían ese extraño error. Y es muy

117
probable que ese aparente carácter irreal y huidizo de la situación de las islas fuera la razón
por la cual los españoles las llamaran las Encantadas o Archipiélago Encantado.186

Es decir, un grupo de islas que por encantamiento se desplazaban de un lugar a otro

sobre el mar, como botes a la deriva, por lo cual era difícil asentarlos con veracidad en el

punto correcto en los mapas cartográficos de la época. Y esta denominación se sobrepone a

la puesta originalmente por los balleneros: Tierra Encantada.187 Si bien el nombre se

mantiene hasta hoy como un epíteto de las Islas Galápagos, los nombres de las islas

individuales denominados por los españoles, especifica Melville, “por regla general fueron

borrados en las cartas náuticas inglesas por los bucaneros, quienes los sustituyeron a

mediados del siglo XVII por nombres de nobles y reyes”,188 que no perduraron hasta la

actualidad.

El encantamiento de Las Encantadas —la redundancia es premeditada— se debe a

lo errático de las corrientes marinas y el viento. “Y lo impredecible de las corrientes de aire

rivaliza con las del mar. El ninguna parte el viento es tan ligero, tan desconcertante e

incierto en cualquier sentido, ni tan dado a inexplicables calmas como en las

Encantadas”.189 Para que el lector crea en este tremendismo, a renglón seguido, Melville da

tres ejemplos: el caso de un barco que necesitó de un mes para ir de una isla a otra, a pesar

de que entre las dos había solo noventa millas de distancia; las ocasiones en las que a los

veleros les resulta imposible acercarse a las islas desde altamar, a menos que previamente

se haya calculado con mucho margen la deriva antes de tenerlas a la vista; y las corrientes

que arrastran a los veleros de paso.

186
Melville, Las Encantadas, 31.
187
Ibíd.
188
Ibíd., 64.
189
Ibíd., 30.

118
En efecto, hay temporadas en las que prevalecen corrientes enteramente impredecibles y a
una gran distancia en torno al archipiélago, y son tan fuertes e irregulares como para
cambiar el curso de un velero, inutilizando el timón, aunque se esté navegando a una media
de cuatro o cinco millas por hora. Las diferencias que se producen por esta causa en el
cálculo de los navegantes, a lo que se añaden los vientos ligeros y variables, alimentaron la
creencia de que, en el paralelo de las Encantadas, había dos grupos distintos de islas […]190

En el “Boceto cuarto”, en el que hace una descripción detallada de las principales

islas, Melville enfatiza en lo peculiar que es navegar en el archipiélago, en especial para

atracar en la isla Narborough, actual Isla Fernandina:

La manera de navegar aquí es la siguiente. Se ha de permanecer en un lugar a la entrada de


la bahía, penetrar de repente con un golpe de mar y volver a salir. Pero a veces —no
siempre, como sucede en otras partes del archipiélago— una corriente atraviesa su boca
como si fuera un caballo de carreras. De ahí que se tenga que largar velas y virar
cuidadosamente. Cuántas veces, permaneciendo en lo alto del mástil al amanecer, con
nuestra paciente proa apuntando entre esas islas, contemplé aquella tierra, que aunque no
tenía barro sino escorias, que no tenía corrientes de agua cristaliza sino torrentes de lava
atormentada.191

El segundo aspecto que compete al exotismo —que en realidad es el quinto al

contar con infierno, utopía, tiempo y nombre— corresponde a lo mencionado páginas atrás:

el afán hiperbólico que domina a Melville al momento de caracterizar a Las Encantadas,

que se concentra en los bocetos tercero y cuarto, que giran alrededor de la Roca Redonda o

Peña Redonda —Rock Redondo o Round Rock en el inglés original—.192 Para describirla,

Melville ya no recurre a metáforas o símiles, deja atrás el sentido figurado y de frente lo

dice: esta “torre vigía” está encantada, pues cuando

[…] se la divisa por primera vez de lejos se la confunde de manera invariable con un velero;
vista a una distancia de cuatro leguas, en un mediodía dorado y brumoso, parece un buque
insignia español que navega deslumbrante con todas las velas desplegadas. ¡Vela a la vista!
¡Vela a la vista! ¡Vela a la vista!, se grita desde los tres mástiles. Pero al aproximarse a la
fragata embrujada se transforma rápidamente en una escarpada fortaleza.193

190
Ibíd., 31.
191
Ibíd., 62-3.
192
Melville, Billy Budd and Other Stories, 80.
193
Melville, Las Encantadas, 45-6. Énfasis añadido.

119
Roca Redonda presenta dos elementos que serán analizados. El primero, que rige la

narrativa del “Boceto tercereo”, tiene que ver con la magia que esta evoca según la hora del

día cuando se la observa. Así, el narrador indica que el mejor momento para que esto

suceda es durante el ocaso. “Esta era la hora propicia para contemplar Redonda con su

mejor aspecto. La luz crepuscular bastaba para revelar cada uno de sus rasgos esenciales,

sin privarla de su halo mágico”.194 Melville realza el hecho de que, en ese momento,

Redonda se convierte en albergue de una infinidad de aves marinas, tan peculiares como las

islas mismas: la torre es el único punto de reunión de las aves acuáticas en cuatrocientas

leguas a la redonda, y “no obstante, aunque Redonda es tierra firme, ningún ave sedentaria

se ha asentado en ella”.195

El narrador reconoce que no hay lugar mejor para estudiar la historia natural de las

aves marinas más extrañas, que es precisamente una de las acciones que hizo Charles

Darwin para postular su tesis central de El origen de las especies (1859). Señalar esta

peculiaridad de Redonda es abrir el catálogo que sigue a continuación: “Es el aviario del

océano. En él se posan los pájaros que nunca han tocado un mástil o un árbol; pájaros

ermitaños que siempre vuelan solos; pájaros de las nubes, familiarizados con zonas aéreas

inexploradas”.196 Entonces Melville inaugura un freak show solo posible en ese espacio,

poblado por las aves más raras del mundo, con el pingüino como estandarte y monumento,

cuya descripción, por bella, ingeniosa y caracterizadora de lo exótico, es preciso atender

por completo:

Erguidas como seres humanos, pero carentes de simetría de proporciones, permanecen de


pie alrededor de la roca como cariátides esculpidas que sustentas las siguientes cornisas.

194
Ibíd., 46. Énfasis añadido.
195
Ibíd., 47.
196
Ibíd., 48.

120
Sus cuerpos son de una deformidad grotesca y sus picos cortos; sus dedos parecen no tener
patas; mientras que sus miembros laterales no son ni aletas ni alas ni brazos. Y, ciertamente,
el pingüino no es ni pescado, ni carne ni ave; y como comestible no pertenece al Carnaval
ni a la Cuaresma; sin excepción alguna se la puede considerar la criatura más ambigua y
con menos gracia descubierta hasta ahora por el hombre. Aunque se mueve en los tres
elementos y, en efecto, posee una cualidad rudimentaria para todos, el pingüino no se siente
bien en ninguno de ellos. En la tierra anadea; en el agua cingla y en el aire se desploma.
Como si se avergonzara de su error, la Naturaleza esconde a este hizo desgarbado muy
lejos, en los confines de la tierra, en el estrecho de Magallanes y en la degradante cornisa
inferior de la Redonda.197

No es casual llamar freak show a la Redonda al ocaso, pues la narración de Melville

adopta un nuevo tono, semejante al de un anfitrión de circo, que llama la atención de los

espectadores sobre el espectáculo de los fenómenos: “pero, mirad, ¿qué son esos abatidos

regimientos que se alinean en la cornisa inmediatamente superior? ¿Qué franciscanos

marinos? Son pelícanos”.198 Continúa la descripción señalando su aspecto lúgubre, dice que

son una raza pensativa, pues permanecen horas juntos sin moverse, etc. “En verdad, un

pájaro penitente, muy bien adaptado a las costas pedregosas de las Encantadas, donde el

atormentado Job en persona muy bien podría haberse sentado para rascarse con lascas”.199

El espectáculo continúa con la participación del Gony o albatros gris, que es “un

pájaro feo y prosaico”, todo lo contrario de su “legendario pariente, el níveo fantasma de

los hechizados cabos de Buena Esperanza y de Hornos”. A medida que se ascienden las

cornisas, salen al paso, en orden de tamaño, “alcatraces, pardelas negras y moteadas,

arrendajos, araos, aves afectas al cachalote, gaviotas de todas las variedades: tronos,

principados, potestades […] en actitud senatorial”.200 Por encima de todos estos, un ave casi

tan llamativa como el pingüino: se trata del petrel de las tormentas o la gallina Madre Cary,

por cuyos colores brillantes y fugaz vivacidad podría pasar por el colibrí del océano o por

197
Ibíd.
198
Ibíd., 48-9.
199
Ibíd., 49.
200
Ibíd.

121
una mariposa; no obstante, su chirrido repetido en la popa de las embarcaciones, como una

alarma, es de mal agüero para los marineros. “El hecho de que su morada preferida esté en

las Encantadas contribuye no poco, en la mente del marinero, a su sombría fascinación”.201

El espectáculo sigue en lo profundo: del cielo baja a los laberintos formados bajo el

agua, que acogen a “numerosos peces fantásticos. Todos son raros, muchos sumamente

bellos; y habrían servido para adornar las peceras más lujosas en las que se exhiben peces

de colores. Nada es más asombroso que la completa originalidad de muchos individuos de

esa multitud. Aquí se pueden ver colores aún no pintados y formas por esculpir”. 202 Sin

embargo, la característica que más destaca a los peces no son sus formas, sino su actitud: se

fían de la naturaleza humana. Cuando los navegantes lanzan un anzuelo al agua con la

esperanza de capturar alguno de los grandes, enseguida saltan los peces multicolores y

luchan por el “privilegio” de ser capturados. Aquí termina el freak show de Melville, pues

apunta que el amanecer ha dado paso al día en su plenitud, lo que haría pensar que se acabó

la magia y que se trataba de un encantamiento propio del ocaso, pero no es así: “En ese

momento, sin duda, en el que nosotros sabemos que es una peña pedregosa y desértica,

otros viajeros juran que es una nave alegre y de numerosa tripulación”;203 por lo tanto, se

habla de un encanto eterno, que fluctúa de observador en observador.

El “Boceto cuarto” es un relato construido con base en grandes hipérboles, de

hecho, el subtítulo que da pie al epígrafe —“Una visión de Pisga desde la peña”— ya

contiene una: es una mención al monte Pisga, al cual Dios pidió Moisés subir, según se

relata en el libro del Deuteronomio 34, 1: “Moisés subió de los llanos estériles de Moab al

201
Ibíd., 50.
202
Ibíd., 50-1.
203
Ibíd., 51.

122
cerro de Nebo, a la cumbre de Pisga, frente a Jericó, y Yavé le mostró toda la tierra”. En

este punto, arriba de todo, Moisés se convierte en un Aleph en sentido borgiano, pues capaz

de verlo todo.204 La misma simetría se puede extender al narrador de Melville al trepar la

Roca Redonda, que será analizado dentro de poco, antes es conveniente continuar en orden

y reparar en la primera hipérbole del exotismo, con la que se abre el boceto: lo que se

necesita pata poder escalar Roca Redonda:

Si quieres escalar la peña Redonda, acepta los siguientes consejos. Viaja tres veces
alrededor del mundo como vigía en el palo de la fragata más alta que exista; sirve a
continuación un año o dos como aprendiz de los guías que conducen a extranjeros hasta el
Pico de Tenerife; y otros tantos respetivamente como un funámbulo, un malabarista indio y
como una gamuza. Hecho esto, ven y serás recompensado con la vista de nuestra torre.205

En otras palabras, muy pocos o de plano nadie, muchos menos el lector promedio de

Las Encantadas en el XIX, quizá ni el mismo Melville, estaba calificado para escalar el

peñón galapaguense con estas condiciones, que son el equivalente al letrero “Usted necesita

esta altura para poder subirse a esta atracción” de los parques de diversiones, que bien

podrían ubicarse al lado del freak show. Claro, es muy probable que el autor lo haya subido

por lo que relata Hershel Parker en el primer volumen biográfico, que se resumió al inicio

de este capítulo, no obstante, la exageración es evidente en su propósito.

Es aquí donde empieza la segunda y más grande hipérbole de todas, la cual puede

verse como una atracción de feria o como un verdadero Aleph, aquel punto diminuto desde

el que el narrador de Jorge Luis Borges podía ver todos los espacios de la Tierra al mismo

tiempo, porque, pues, Roca Redonda es un Aleph, esta es la caracterización que Melville le

otorga. Esta, asimismo, tiene su origen en el momento en que Dante, en el último canto de

la Comedia, presencia la eternidad y todo se vuelve inefable, en instante en el que une su

204
Deuteronomio 34, 2-3.
205
Ibíd., 55.

123
“vista con el infinito” y en “su profundidad vi que se encierra, / cosido con amor en un

volumen, / todo lo que despliega el universo”.206 Roca Redonda es el Aleph borgiano y

Dantesco de Melville:

Hecho esto, ven y serás recompensado con la vista desde nuestra torre. Solo nosotros
sabremos cómo llegar hasta allí. Si intentamos explicárselo a otros, ¿qué van a entender?
Basta con que estemos tú y yo aquí en la cumbre. ¿Un aeronauta o un hombre que mirara
desde la luna tendría una vista más amplia que la nuestra? Desde este lugar uno se imagina
estar viendo el universo de las almenas celestiales de Milton. Un Kentucky marítimo e
ilimitado. Aquí un Daniel Boone habría resistido satisfecho.207

Desde la altura de la Redonda-Aleph-universo, Melville propone el juego

hiperbólico de ver todo el mundo: en segunda persona, le dice al lector qué ver y hacia

dónde ver, pero antes le pide que no vea nada de las Islas Encantadas, le pide que las ignore

y repare en “ciertos objetos interesantes en el vasto mar, el cual, besando la base de esta

torre, vemos cómo se despliega hasta la Antártida”.208 El viaje hipotético continúa

imaginando la línea ecuatorial; sobre esta, a seiscientas millas, está el continente, está

Quito. El narrador le especifica al lector que está en uno de los tres puntos que, “de una

manera peculiar, delimitan el carácter territorial sudamericano”; 209 los otros dos son las

islas San Félix y San Ambrosio, y las islas chilenas Juan Fernández y Massafuero. Tras un

largo interludio histórico, el viaje continúa al sudoeste de Redonda, donde “se encuentra la

Polinesia, a cientos de leguas de distancia; pero directamente hacia el oeste, en la línea

exacta de su paralelo, no emerge tierra alguna hasta que tu quilla toca las Kingsmill, en una

pequeña y simpática travesía de, digamos, 5000 millas”.210

206
Dante, Comedia, 806.
207
Melville, Las Encantadas, 55.
208
Ibíd.
209
Ibíd., 56. Énfasis añadido. Repárese en cómo Melville califica de peculiar a la geografía
sudamericana.
210
Ibíd., 59. Se refiere a las Islas Gilbert, que pertenecen actualmente a la República de Kiribati, en
la zona central oeste del océano Pacífico, al noreste de Australia.

124
En otras palabras, desde la cima de la peña se puede ver el mundo completo, pero,

cosa curiosa, como por encantamiento, “desde donde estamos, en Redonda, no podemos ver

el resto de islas”.211 Esta capacidad desmedida de ver todo el globo terráqueo, pero no las

islas colindantes que conforman Las Encantadas, se debe a la naturaleza inherente del

lugar, de la “magia” que se desprende de la línea ecuatorial: “¿Has puesto alguna vez la

mirada en el real y genuino ecuador? ¿Has pisado alguna vez la línea, en el sentido más

amplio?”.212 Las preguntas retóricas se refieren a la singularidad de la zona que hace exudar

un exotismo innato de la naturaleza; es decir, esta da material que puede ser trabajado por

el ojo observador del viajero que lo hará mediante hipérboles, como Colón, como los

cronistas de Indias, como Melville, como aquel que escriba del Sur desde el Norte.213

Figura 2. Imágenes de Roca Redonda

211
Ibíd., 63.
212
Ibíd., 59-60.
213
Aunar en un punto geográfico lugares tan distantes y tan disímiles es propio del discurso del
exotismo y del tremendismo, es un artilugio que Melville usa repetidamente, no solo en Las Encantadas,
sino también en Benito Cereno y Moby Dick, sobre todo en el doblón de Ahab; estos son temas que serán
desmenuzados en los dos siguientes capítulos.

125
Fotografías cortesía de Tui de Roy, tomadas del 14 de diciembre de 2016. En las dos primeras se
puede apreciar a Roca Redonda desde los lados; en esencia, es la misma estructura que vio Melville
en 1841; en la última fotografía, una muestra de la fauna que toma el sol en las grutas.

Hay otras dos muestras de exotismo que no pueden dejar de mencionarse para cerrar

este apartado: la primera tiene que ver con algo que se ha denominado conversiones y la

segunda con dos decisiones humanas. Todo lo narrado en Las Encantadas por Melville está

configurado como una premeditada exageración para connotar lo exótico de estas tierras

latinoamericanas, para explicar que lo que ahí pasa es único por lo peculiar de su naturaleza

propia. Por su geografía, el archipiélago provee de numerosos lugares para esconderse, por

lo que durante siglos fue usado como refugio de piratas, bucaneros y navegantes que huían

de la ley en los continentes; también fue utilizado, como ya se mencionó, como una suerte

126
de prisión a la que arrojaban los capitanes a sus marineros más revoltosos, donde lo agreste

del paisaje se encargaría de hacer el ajuste de cuentas.214

Quizá sea por el prejuicio, pero en el imaginario colectivo no se tiene al criminal

como un sujeto capaz de la reflexión, de la poesía y de la contemplación, pero Las

Encantadas son capaces de hacer brillar ese lado humano. En el “Boceto cuarto”, cuando el

narrador cuenta sobre uno de los tantos bautizos de la Isla de James por parte del capitán

William Ambrose Cowley, a la que llamó Isla Encantada de Cowley: “Que Cowley

vinculara su nombre con esta isla mutante y burlona sugiere la posibilidad de que le

impulsara a realizar algunas reflexiones sobre sí mismo. Al menos […] la precisión no

parecía injustificada; pues lo que se evidencia en el bautizo de esa isla es algo que corre por

la sangre y se puede encontrar tanto en piratas como en poetas”. 215 O sea, las Galápagos

propenden a hermanar la alto y lo bajo, el bien y el mal.

El “Boceto sexto” es una oda a esta conversión. Al describir la isla de Barrington,

actual Santa Fe, Melville hace un repaso por su historia: por los años 1600 ya era refugio de

la famosa facción de los bucaneros de las Indias Occidentales. Luego sigue un recuento de

cómo los “bucaneros, sin ser molestados, encontraron allí esa tranquilidad que ellos

negaban con tanta ferocidad a todo puerto civilizado”.216 Acá venían a descansar los que

habían sido azotados por alguna tempestad, a recuperarse de las heridas infringidas por

enemigos o a esconderse y ocultar algún botín de oro. Sea por la razón que fuere, aquellos

214
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, contienda en la que las Islas Galápagos sirvieron como
base militar para los Aliados, el presidente del Ecuador José María Velasco Ibarra oficializó una cárcel a cielo
abierto en la Isla Isabela, en 1946. La cárcel duró trece años y fue instaurada para desatorar el sistema
carcelario del Ecuador continental; además de esta razón, la investigadora Paola Rodas señala que eligió
abrir una cárcel porque en aquel entonces Las Encantadas "eran dentro del imaginario ecuatoriano como un
sitio de destierro y un lugar de piratas". Paúl Mena, “La isla de Galápagos que alguna vez fue cárcel”, BBC
Mundo, 25 de noviembre de 2013, https://bbc.in/3hSMmLp.
215
Melville, Las Encantadas, 65.
216
Ibíd., 75.

127
que huyen encontraban en esta isla fauna, flora, vientos y mareas más favorables que en el

resto de islas, además de un paisaje que cautivaba (o encantaba), así lo demuestran los

vestigios que enumera el narrador:

Asientos que bien podrían haber servido a brahmanes y a presidentes de sociedades por la
paz. Viejas ruinas refinadas de lo que alguna vez habían sido canapés simétricos
construidos con piedra y paja, todos ellos presentaban la huella de la edad y de la mano
artesana del hombre y provenían, sin duda, de los bucaneros. Uno de ellos habría sido un
largo sofá, con respaldo y brazos, un sofá en el que el poeta Gray se habría estirado
encantado, con un Crébillon, en sus manos.217

Nótese cómo nuevamente Melville relaciona lo alto con lo bajo, gracias a la

facilidad que le prestan Las Encantadas: sillones construidos por villanos que son aptos

para los seres más respetables de la sociedad, un poeta (Gray) que se sienta en ellos para

leer una selección de cuentos libidinosos (los del escritor Claude Prosper Jolyot de

Crébillon, 1707-1777). El recuento continúa con la aclaración de que solo halló asientos,

nunca casas o viviendas de cualquier tipo, pues incluso los truhanes sabían que parte de la

belleza del lugar radicaba en contemplar la naturaleza de paso, nunca permanecer ahí

mucho tiempo: el exotismo radicaba en la temporalidad, nunca en el asentamiento. Este

fenómeno provoca una última reflexión muy elocuente: “¿Podría ser posible que robaran y

asesinaran un día, se divirtieran en el siguiente y descansaran en el tercero convirtiéndose

en filósofos reflexivos, en poetas pastoriles o en fabricantes de asientos?”. 218 Tal

conversión es producto de Las Encantadas.

El último punto tiene que ver con dos decisiones que hacen ciertos personajes,

motivados no por la razón, sino por una suerte de susurro propio de la naturaleza de las

islas. El primero tiene que ver con Hunilla, la chola viuda de “Boceto séptimo”. Este relato

empieza con el ballenero del narrador rescatando a la mujer, la cual tuvo que sobrepasar
217
Ibíd., 77.
218
Ibíd., 78.

128
varias pruebas físicas difíciles para hacerse “visible” a los marineros incapaces de atracar

en la isla. Es más, Hunilla ni siquiera estaba cerca ni había visto a la embarcación:

Hunilla, que asociaba, naturalmente, la posible llegada de barcos con su propia parte de la
isla, hasta el final podría haber permanecido ignorante de las presencia de nuestro navío, si
no hubiese sido por un misterioso presentimiento, implantado en ella, según declararon
nuestros marineros, por el aire hechizado de la isla. La viuda tampoco desmintió esta
opinión de su respuesta.
—¿Cómo es que atravesaste la isla esta mañana, Hunilla? —preguntó nuestro capitán.
—Señor, algo vino hacia mí. Tocó mi mejilla, mi corazón, señor.
—¿Qué dices, Hunilla?
—He dicho, señor, que algo vino a mí por el aire.219

Ni el narrador, los marineros, el capitán, ni siquiera la propia Hunilla, protagonista

de la experiencia, son capaces de precisar quién o qué le dijo a la viuda que había un barco

del otro lado de la isla, el cual podría ser su salvación, pero queda sentado que todos creen

firmemente en ese misterio y no lo cuestionan, pues el hecho sobrenatural proviene de un

espacio también sobrenatural, por lo que resulta obvio, para los personajes y el lector, que

así sucedió y no se puede cuestionar lo que no se entiende, que es la misma lógica que se

aplica a las deidades, religiones y mitologías. Además, recuérdese que la isla, como se

demostró en los anteriores apartados, atravesó una personificación, está viva y consciente,

por lo que no sería descabellado atribuirle a ella el soplo de vida.

La segunda decisión aparece en el “Boceto noveno”, en la historia de Oberlus, hacia

el final. El misántropo y sus cuatro seguidores engañan a dos barcos que pasan cerca de la

isla y confunden a los marineros que bajaron a reconocer la zona, para destrozar tres botes

y robar un cuarto, en el cual, según indica en una carta, parte hacia las Islas Fidji, pero no

llega más allá de Guayaquil, tras haber arrojado por la borda sus seguidores. Ante tan

irracional acto, “sorprendidos por la traición de Oberlus, los dos capitanes, temerosos de

219
Ibíd., 106. Énfasis añadido.

129
nuevas atrocidades y aún más misteriosas —y, en efecto, atribuyendo en parte esos

extraños sucesos a los encantamientos asociados con esas islas—, no encontraron

garantizada su seguridad salvo en la huida inmediata”.220 En otras palabras, no se pueden

cuestionar ciertas razones dado que estas nacen de la profunda creencia en el encantamiento

de las islas, en la veracidad del embrujo; por lo tanto, lo que ocurra estará acorde con esta

anomalía que no se puede cuestionar, solo aceptar, como sucede con el exotismo.

Antes de finalizar, es necesario hacer una comparación para responder una pregunta

que puede surgir del análisis presentado: ¿qué diferencia hay entre Las Encantadas con

otras islas melvilianas, como las presentadas en Taipí y Omú? ¿Es posible que estas últimas

reproduzcan los patrones de exotismo expuestos? La respuesta estricta es no. Las Islas

Marquesas de Taipí, sin duda, tienen exotismo, como lo expone el narrador de Melville, el

infiel Tommo, pero de fondo funcionan como una sociedad bien establecida desde antes de

su contacto con el hombre occidental: tienen jerarquías, castas y costumbres bien

delimitadas, que el narrador admira, registra como un antropólogo y a las que se entrega

apasionado y por entero como a un amante —siempre y cuando no lo marquen de por vida

y borren sus indicios de hombre blanco civilizado, como amenaza el ser tatuado—. Las

Islas Sándwich de Omú son el repaso de cómo Occidente ha corrompido las culturas

subyugadas del Sur, por lo tanto, son impuras, como denotan las imágenes del “buen

salvaje” y el remedo de juicio en los capítulos finales.

Existe exotismo en las islas de Taipí y Omú, pero se trata de un exotismo que surge

del confrontamiento con el Otro, el cual no trae a la vida a una isla que debería ser un

espacio muerto: las islas de las dos primeras novelas de Melville no son una representación

220
Ibíd., 127-8. Énfasis añadido.

130
del infierno en la tierra y no tienen vida mediante una prosopopeya; es más, son paraíso sin

dilaciones; su tiempo es lineal e histórico, todo lo opuesto al tiempo no humano y detenido

de Las Encantadas; si hay utopía, los nativos no la sufren porque es su hogar, hay utopía en

el hecho de que Tommo quiere pertenecer a los taipí pero en el fondo no lo desea, no se

trata de utopías irrealizables por el susurro del viento encantado. Por esto, Las Encantadas

son el espacio de lo imposible, idea que refuerza Richard H. Fogle:

So Melville lends dignity to the Encantadas by framing them in what they cannot be,
because it is in some way better: "old cities by piecemeal tumbling to their ruin," the Dead
Sea, the great forests of the north, the Greenland icefields, "the clear air of a fine Polar day."
All these, from human associations or because they have the possibility of change, possess
their attractions, of which the Encantadas illogically partake.221

Melville construye esta “ficcionalización” de lo exótico sobre las Galápagos a pesar

de que para otros ojos estas no eran más que islas que no causaban gran impresión, lo que

no sucede en Taipí y Omú. A Melville, como dice Fogle, los extremos y los absolutos le

fascinan, y Las Encantadas tienen el encanto de lo desconocido y las tentaciones del

peligro. “Su atmósfera de aflicción tiene su propia dignidad, desde su propia desesperanza

de cambio o mejora. Las islas áridas tienen, de hecho, su propio pathos y belleza”. Estas

cualidades acercan más a Las Encantadas a los desiertos de Palestina contenidos en Clarel

que a las de sus primeras novelas. “Las Encantadas están dignificadas por las últimas

realidades del mar que las encarcela, donde nada falso puede sobrevivir, donde toda acción

es de emergencia”.222

221
Fogle, “The Unity of Melville's The Encantadas”, 37.
222
Ibíd., 37-8. Traducción propia.

131
Capítulo tercero

El sujeto latinoamericano en el globo melviliano:

Las Encantadas, Benito Cereno y Moby Dick

Como se mencionó en la introducción, tras el estudio del espacio latinoamericano en el

capítulo anterior, el tercero estará dedicado al análisis de los sujetos. Entiéndase por sujeto

a las personas hispanoamericanas, latinoamericanas o que habitan esta región —y las de

otras zonas que tienen interacción con ellas— y su significación a través de los objetos,

espacios, la forma en la que la cultura determina sus decisiones y pensamientos. Para esto,

se retomarán motivos de Las Encantadas que se quedaron en carpeta porque es más

acertado analizarlos en este capítulo y luego se avanzará con Moby Dick y su historia del

ballenero Town-Ho, pero por sobre estas obras la que vertebra el discurso es la nouvelle

Benito Cereno.

Este capítulo se encauza como una discusión necesaria que propone un examen

histórico de fondo, pues se trata de la época en que Latinoamérica buscaba afianzar una

identidad propia con las guerras de independencia, para alejarse, de una vez por todas, de la

influencia geopolítica del Imperio español, el cual, en ese momento, daba sus últimas

patadas de ahogado después de más de trescientos años de control. Al mismo tiempo es la

época en que Estados Unidos empieza a levantarse como potencia imperial, para tomar la

batuta de España. Así, en este capítulo se examinará de cerca el trasfondo político y cultural

de la región, con relación a España y, por supuesto, Estados Unidos, que es la realidad

132
desde la que escribe Melville; se lo hará de la mano de Rodrigo Lazo, probablemente el

académico que más ha reflexionado sobre el escritor neoyorquino desde esta región.

1. El exotismo como arma expansionista

El capítulo anterior, sobre todo su último apartado, reflexionó sobre el exotismo como un

discurso exacerbado, construido a base de hipérboles que inflan una realidad para hacerla

más vistosa, atractiva, poética si se quiere. Esa es una cara de lo exótico, la otra es el

expansionismo imperial. El segundo capítulo demostró cómo la creación de la imaginería

de las Islas Galápagos sigue patrones antagónicos, propios de esa exacerbación: a modo de

sumario, Steven Frye, en “Bakhtin, Dialogics, and the Aesthetics of Ambiguity in The

Piazza Tales”, afirma que la “narrativa [en Las Encantadas] implica un emparejamiento

deliberado de patrones pintorescos: claro y oscuro, angelical y demoníaco. A primera vista,

las imágenes infernales parecen dominar, y Melville hace uso de imágenes arquetípicas y

tipológicas que reflejan la influencia del cristianismo […]. Pero después […] desmantela

deliberadamente las imágenes que ha evocado”.223 Este discurso es peligroso porque es un

catálogo que, a su vez, enlista la riqueza de regiones débiles económica y políticamente

(Sur), para que una potencia superior (Norte) la domine.

En el brillante ensayo “The Ends of Enchanment: Douglass, Melville, and U.S.

Expansionism in the Americas”,224 Rodrigo Lazo señala estos peligros al establecer una

relación entre Melville y el escritor y orador Frederick Douglass, a través de su


223
Steven Frye, “Bakhtin, Dialogics, and the Aesthetics of Ambiguity in The Piazza Tales”, Leviathan
1, n.° 2 (1999): 50, https://muse.jhu.edu/article/491489/summary. Traducción propia.
224
Rodrigo Lazo, “The Ends of Enchanment: Douglass, Melville, and U.S. Expansionism in the
Americas”, en Frederick Douglass & Herman Melville: Essays in Relation, ed. Robert S. Levine y Samuel Otter
(Carolina del Norte: The University of North Carolina Press, 2008). Los conceptos aquí expuestos que
relacionan a los dos escritores son una paráfrasis de las páginas 207-17.

133
pensamiento antiexpansionista. En 1861, Douglass’ Monthly publicó un artículo en el que

el abolicionista explicaba que cancelaba su viaje a Haití por el estallido de la Guerra Civil.

El viaje quería demostrar que la nación caribeña podía gobernarse como una república

independiente, lo que era un ataque directo al statu quo estadounidense con su visión de la

esclavitud afrodescendiente. Douglass, asimismo, en su artículo decía que iba a una tierra

donde “la naturaleza está vestida de gala, y presenta sus encantos en todo su primor”, pero

hacía hincapié en que no iba a disfrutar de su “clima ligero y relajante”, no iba para

descansar “a la sombra de sus majestuosas palmeras, ni para deleitarse de sus deliciosas

frutas y sus gloriosas flores”. Años antes, en 1854, la Putnam’s Monthly Magazine publicó

un artículo de autor desconocido en el que se describía a Haití en forma similar a la de

Douglass, con el uso de palabras similares, como ligero, deleitarse, etc. Al usar estas

palabras, continúa Lazo, lo que Douglass hacía era replicar el lenguaje que impregnaba

libros y publicaciones periódicas de la época al hablar de islas como Cuba y Haití y de otras

regiones como América Central y del Sur y el Amazonas. Aunque buscaba hacer un relato

de primera mano de Haití, Douglass también estaba desafiando e intentando ir más allá del

discurso del exotismo o, como Lazo lo llama, del encantamiento.225

Por su parte, en el mismo año, Herman Melville publicó en la misma revista Las

Encantadas, como una forma de continuar este discurso de lo exótico al ofrecer una

autocrítica a la tendencia de los escritores de preguerra de recurrir al romanticismo al

momento de describir las islas de América Latina, tan diferentes y tan distantes de la

sociedad estadounidense. En el caso de Melville y Douglass, hay un verídico interés en

“examinar los efectos ideológicos de representar los territorios del Caribe y otras partes de

225
Ibíd., 208. Traducción y paráfrasis propias.

134
las Américas como encantadores”, exóticos, pues los dos “están conscientes en que hay

placer en el desconocimiento mágico y en cómo el encantamiento puede mistificar las

realidades sociales y políticas al ofrecer imágenes fantásticas que apelan a las

emociones”.226 Los escritores anteriores a la Guerra Civil acentuaban el discurso exótico

para recalcar las diferencias económicas, culturales y raciales entre los Estados Unidos y

los vecinos del sur, pero como una celebración del contraste y del Otro. Douglass sabía que

el exotismo facilita que la ideología expansionista de los Estados Unidos se oculte en la

noción de que ese país es un defensor de la libertad; Melville, por su parte, utiliza a Las

Encantadas como una forma de denunciar los reiterados intentos de apropiación de las islas

por parte de naciones, imperios e individuos.227

El encantamiento o exotismo hace que un espacio pueda ser cielo e infierno al

mismo tiempo, una amalgama donde los opuestos conviven sin ningún cuestionamiento,

que es como Melville también tejió el delicado entramado dual en los diez bocetos sobre las

Islas Galápagos y que continuó manteniendo en toda su extensa obra. Dado que es arte, su

razón es, pues, encantar, sacudir los sentimientos. En este punto, para continuar con la

exposición sobre el exotismo, la expansión de Estados Unidos en las Américas y Herman

Melville, es preciso recurrir a un pintor estadounidense del XIX, Frederic Edwin Church,

según lo expuesto en el revelador ensayo de Deborah Poole llamado “Landscape and the

226
Ibíd. Traducción propia.
227
El anónimo escritor del artículo sobre Haití en la Putnam’s, para calificar a la isla, usa el adjetivo
spellbound, que se traduce como hechizado o mágico; el adjetivo es de amplio uso dentro del discurso
exótico porque, pues, hechiza o encanta; lo usaron también Douglass y Melville. El neoyorquino, de hecho,
lo usa para describir a las Galápagos: “that air of spell-bound desertness” (Melville, Billy Budd, 73), que es
precisamente el título de esta investigación. Los escritores de preguerra estadounidense, Douglass y Melville
entre ellos, tendían a usar el discurso del encantamiento al hablar de los territorios del sur de América, con
la figura de las islas como un sitio convincente de tal ideología, pues las islas ofrecían la atracción de un
paraíso tropical, dentro de un territorio encerrado que podía ser controlado. Lazo, ““The Ends of
Enchanment”, 209.

135
Imperial Subject: U.S. Images of the Andes, 1859-1930”. En este, la académica relata que

en 1859 se llevó a cabo una exposición pictórica en Manhattan, en la que, apenas el

visitante ingresaba, un cuadro titulado The Heart of the Andes causó mareos, vértigo y otros

síntomas. “Muchos de ellos describirán más tarde la sensación de estar inmersos o

absorbidos por esta pintura, cuyas dimensiones, presentación y tema hablan del poder

divino de la naturaleza. Como comentó un crítico después de ver la pintura: ‘El observador

siente que el lienzo tiene profundidad y que está mirando con los ojos abiertos, hacia la

naturaleza misma’”.228 En las tres primeras semanas de su apertura, la exposición de

Frederich Church atrajo a más de 12 000 personas, con algunos días con más de 2400

observadores.

Figura 3. The Heart of the Andes (1859), de Frederich Church

Fuente: Museo Metropolitano (MET) de Nueva York,229 https://bit.ly/3lkchgK.

228
Deborah Poole, “Landscape and the Imperial Subject: U.S. Images of the Andes, 1859-1930”, en
Close Encounters of Empire: Writing the Cultural History of U.S.-Latin American Relations, ed. Gilbert M.
Joseph, Catherine C. LeGrand y Ricardo D. Salvatore (Durham: Duke University Press, 1998), 107.
229
En la descripción que el MET de esta pintura —— dice: “El corazón de los Andes es una síntesis
de múltiples bocetos en lápiz y óleo ejecutados en Ecuador. Describe todos los climas observados por

136
En el cuadro, dice Poole, Church yuxtapone colinas redondeadas y estanques

relucientes con montañas escarpadas, árboles rugosos, caminos en zigzag u otras formas

diagonales. En otra pintura, View of Cotopaxi (1857), Church coloca al volcán ecuatoriano

de fondo, mientras que en primer plano se presenta una cascada que termina en un lago, con

palmeras que dan cocos en la orilla; Cotopaxi, cuadro de 1862, presenta una imagen similar

a la anterior, pero este tiene la novedad de que el fondo está dominado por el color rojo, lo

que evoca una imagen infernal. Este discurso estético de incorporar en una sola imagen

elementos representativos disímiles fue parte del trascendentalismo propuesto por Ralph

Waldo Emerson, movimiento que se erigía como una corriente artística y filosófica

netamente estadounidense. Aunque se concebía “en el lenguaje universal del

individualismo liberal, […estaba] profundamente arraigado en el contexto y los intereses

nacionales de Estados Unidos. Específicamente, Emerson propuso que los intelectuales y

artistas deberían celebrar dos principios: la autonomía del individuo y las formas en que la

naturaleza les enseñó a los individuos a ignorar tanto la historia como la tradición”.230

La vanguardia de Emerson ayudó a forjar la estética y el lenguaje de mediados del

siglo XIX en pintores como Church y escritores como Melville, pero ante todo, “alimentó

un creciente interés público en el paisaje como vehículo para fusionar la experiencia

religiosa con la emoción patriótica”.231 Para crear su obra, Church viajó a los Andes a

mediados de los 50, donde observó los Andes de Ecuador y Colombia. Sus expediciones

Humboldt en los Andes ecuatoriales, desde el tropical al frígido, pasando por el templado. Church expuso el
cuadro con un marco ancho parecido a una ventana, y recomendó a los numerosos visitantes que utilizaran
binóculos de teatro para poder apreciar los maravillosos detalles botánicos y la gran extensión continental
representada”.
230
Poole, “Landscape and the Imperial Subject”, 111. Traducción propia.
231
Ibíd. Traducción propia.

137
coincidieron con el periodo de interés político y comercial de Estados Unidos en las nuevas

repúblicas Sudamericanas: el Gobierno del Norte había emprendido filibusterismo en

América Central y quería hacerse con los recursos y con los ríos de Brasil, Perú y Bolivia.

“Church describió a Riobamba como un ‘desierto sin caminos’ donde experimentó la

‘reducción del hombre civilizado a la mera subsistencia’. En otra parte de los Andes

ecuatorianos, se describió a sí mismo como “a toda velocidad, en un carro de roca; a través

de páramos aireados más allá del alcance de la gravitación, sin más ley que mi propia

voluntad”.232

El discurso de Church tiene dos precedentes, que eran los mismos referentes que

Estados Unidos tenía de Sudamérica en el XIX: las expediciones de Alexander von

Humboldt a los Andes colombianos y ecuatorianos, quien describió a la cadena montañosa

como un microcosmos del mundo donde uno puede observar todos los climas y vegetación

conocidos por la humanidad. El segundo referente fue el historiador estadounidense

William Hickling Prescott, cuyos libros sobre las conquistas de México y Perú las

describían como hechos trágicos pero, al a vez, divinamente ordenados, “en virtud del cual

los pueblos andinos fueron privados de su soberanía y acercados a un estado de civilización

cristiana”, además de que sugerían que el “siguiente paso divinamente ordenado en la

marcha progresiva de América del Sur hacia la civilización sería la caída del catolicismo

español y el posterior ascenso del protestantismo”. Humboldt y Prescott eran las dos

fuentes primarias de información que obtenía la gente que entraba a la exposición de

Church en 1859.233

232
Ibíd., 114. Traducción propia.
233
Ibíd., 112-4. Traducción propia.

138
El discurso trascendentalista, que usaba las hipérboles del exotismo, que era por

ende filosófico y artístico, brindó las herramientas necesarias para que la naturaleza se

trasformara en propiedad. Poole indica que “el espacio material de la ‘naturaleza’ se

transformó en ‘propiedad’ mediante un proceso en el que el individuo transfirió alguna

esencia o ‘propiedad’ elemental del yo al mundo material que lo rodeaba”.234 No es

complicado establecer la relación entre este discurso con los intereses políticos e

ideológicos propuestos por el “Destino manifiesto”, el cual justificaba de forma divina el

expansionismo de Estados Unidos, el cual

[…] se basó de manera obvia en esta capacidad de borrar las líneas de propiedad (y títulos
de propiedad) del espacio real. A medida que el imperio se expandió, también llegó a
depender cada vez más de la capacidad de los “súbditos imperiales” individuales para
imaginar un reclamo personal o un derecho a ese espacio. Los acalorados debates sobre la
propiedad y los derechos a la tierra que se desarrollaron en los Estados Unidos durante la
propia vida de la Iglesia ciertamente dependieron de ese sentido colectivo o nacional de
derecho individual. También lo hicieron los diversos proyectos de colonización e inversión
que los banqueros de Nueva York, los comerciantes de Boston, los políticos de Washington,
los asediados propietarios de esclavos del Sur y los filibusteros imaginaron para la América
del Sur andina. Lo que quiero sugerir aquí es que los proyectos estéticos tanto de Emerson
como de Church formaron una parte muy real de este proyecto más amplio que tan
fácilmente reconocemos como el imperialismo del siglo XIX. Proporcionaron el aparato
visual o la disciplina mediante la cual tales afirmaciones imperiosas no solo podían ser
imaginadas, sino recreadas diariamente como un componente esencial del yo físico y
espiritual de cada persona.235

En sus cuadros sobre los Andes, a pesar de que él los observó en vivo, Church hizo

de forma literal lo que Humboldt describió: todos los climas y toda la vegetación del

mundo en un solo lugar, aunque sea incongruente en la vida real. Al pie del volcán

Cotopaxi no hay lagos, cascadas ni rápidos, mucho menos palmeras con cocos, que son

árboles propios del trópico y por ende exóticos para el lector decimonónico de Estados

Unidos: eso es encantamiento. Ver en las Galápagos al Tártaro y al Paraíso al mismo

tiempo, escalar Roca Redonda y desde ahí ver todo el mundo excepto las mismas Islas

234
Ibíd., 115. Traducción propia.
235
Ibíd., 116. Traducción propia.

139
Galápagos, etc.: eso es exotismo. Melville toma el discurso estético de su tiempo, que es

prejuicioso, hiperbólico, atractivo y científico a la vez, para crear un estilo que, alineado

con la ideología de la Putnam’s Magazine, quiere maravillar pero también denunciar

porque los espacios descritos, las razas admiradas y los objetos fantásticos son propios y

libres en su individualismo, no obstante, la fascinación que estos provocan, como el vértigo

y los mareos ante las pinturas de Church, también descubren aquello que se puede poseer

por derecho divino.236

Por eso Melville escribe desde los estereotipos pero también intenta escapar de ellos

al exponer los conflictos de los narradores sobre los espacios, sujetos y objetos, sobre todo

en el caso latinoamericano, al aunar lugares tan dispares como islas en el Pacífico que los

marineros juran que están encantadas o una moneda de oro salida de una ciudad metida en

lo alto de los Andes, con el público lector antibelicista de la revista Putnam’s o bien los

aficionados a historias de aventuras en sitios paradisíacos. El discurso exótico de los artistas

estadounidenses el XIX también está influenciado, sin saberlo en ese momento, por

narrativas que disfrazadas como literatura de viajes escondían agendas expansionistas del

Gobierno de Estados Unidos, como los seis volúmenes de Narrative of the United States

Exploring Expedition during the Years 1838, 1839, 1840, 1841, 1842, publicados en 1845,

del capitán Charles Wilkes.

El libro —que Melville usó frecuentemente como fuente de consulta de, al menos,

Moby Dick y The Confidence-Man, y que compró en 1847 a la exorbitante cifra de 21

dólares—237 narra el viaje de los seis barcos con más de 650 hombres, como indica Rodrigo

236
Melville es trascendentalista, pero también escapa a estas concepciones, como se verá en el
siguiente capítulo, dedicado al estudio del doblón ecuatoriano de Ahab.
237
Parker, Melville 1, 499.

140
Lazo en “‘So Spanishly Poetic’: Moby-Dick’s Doubloon and Latin America”, entre ellos un

botánico, un mineralogista, un taxidermista, un naturalista, un filólogo y un artista. La

expedición partió de Norfolk, se detuvo en Río de Janeiro, el área antártica, Valparaíso y

Lima, luego se trasladó al Pacífico Sur a través de las Islas Fiji y Hawai antes de viajar de

regreso a California y nuevamente a Japón. La comisión fue encargada y financiada por el

Congreso de los Estados Unidos para tener “en cuenta los importantes intereses de nuestro

comercio embarcados en la pesca de ballenas” y determinar “la existencia de todas las islas

y bajíos dudosos, [para] descubrir y fijar con precisión la posición de aquellos que se

encuentran en o cerca de la pista de nuestros barcos en ese cuadrante y pueden haber

escapado del observación de navegantes científicos”.238

Antonio Barrenechea coincide con Lazo al decir que la narrativa de Wilkes, junto

con A Visit to the South Seas, in the US Ship Vincennes, During the Year 1829 and 1830,

with Notices of Brazil, Peru, Manilla, the Cape of Good Hope, and St. Helena (1831), de

Charles Stewart —del que se habló en el capítulo primero de esta investigación—, fueron

“informes de reconocimiento ordenados por el Congreso para facilitar la expansión de

Estados Unidos en una arena pacífica que antes estaba controlada por Francia y España”.239

Es claro, hasta el momento, cómo el discurso del exotismo y la otredad han servido para los

intereses expansionistas de Estados Unidos en el XIX. “Como Douglass y Melville

supieron entender”, continúa Lazo en “The Ends of Enchanment”, “el conflicto y el deseo

238
Rodrigo Lazo, “‘So Spanishly Poetic’: Moby-Dick’s Doubloon and Latin America”, en “Ungraspable
Phantom”: Essays on Moby-Dick, ed. John Bryant, Mary K. Bercaw Edwards y Timothy Marr (Kent: The Kent
State University Press, 2006), párr. 7, edición para Kindle. Traducción propia.
239
Antonio Barrenechea, “Conquistadors, Monsters, and Maps: Moby-Dick in a New World
Context”, Comparative American Studies 7, n.° 1 (2009): 22, https://doi.org/10.1179/147757009X417206.
Traducción propia.

141
del imperio van de la mano con el encantamiento”.240 Para este país, Cuba figuraba como

un sitio estratégico para la tenencia de esclavos, por lo que se debatía pelear por la isla en

contra de España; México y América Central eran lugares a conquistar para los que decían

en el Destino manifiesto se debía extender hacia el sur.

Con la escritura de Las Encantadas y su publicación en la Putnam’s, una revista que

forjaba una imagen nacional de los Estados Unidos y sus escritores a través del contraste

con otros territorios,241 Melville se metía en el mapa de la discusión geopolítica al hablar de

las Galápagos, territorio de alto interés político desde el contacto del Viejo y el Nuevo

continente en 1492. Lazo hace un breve recuento: en la década de 1850, Estados Unidos

estaba interesado en las islas porque proveían de agua y carne de tortuga a la industria

ballenera de Nueva Inglaterra, además de que eran un sitio estratégico de caza de

cachalotes. En el mismo año que aparecieron Las Encantadas, una expedición filibustera

comandada por Juluis de Brissot fue a las Galápagos para extraer guano; el Gobierno del

Ecuador presentó una queja diplomática a los Estados Unidos; este respondió tratando de

evadir las acciones de Brissot y más bien intentó asegurar los derechos de explotación en

beneficio propio. Philo White, ministro estadounidense en Ecuador,242 envió a William L.

Marcy, secretario de Estado, el siguiente mensaje: “He concluido una convención con este

Gobierno para asegurar importantes privilegios para nuestros ciudadanos sobre el comercio

de guano en las Islas Galápagos… Ellos no escucharían ofertas con respecto a la compra de

las islas”. El Departamento de Estado ofreció proveer “protección obligatoria a las

240
Lazo, “The Ends of Enchanment”, 212. Traducción propia.
241
Ibíd., 215. Traducción propia. Préstese mucha atención al uso de la construcción de identidad
nacional, mas no nacionalista: los artículos de la Putnam’s, en publicación desde 1853, reflejaban la
popularidad que los artículos de viaje tenía en el público.
242
United States Department of State, “Philo White (1796-1874)”, United States Department of
State, accedido 25 de agosto de 2020, https://bit.ly/2IaBdsW.

142
Galápagos” a cambio de los derechos en el comercio de guano. El historiador Charles

Brown, replica Lazo, señala que este fue una de muchas expediciones filibusteras a las islas

durante este período.243

Melville y Douglass toman aproximaciones complementarias para resistir los

esfuerzos expansionistas de imperativo exótico y la ideología estadounidense de

dominación hemisférica, del XIX. “La ficción de Melville sugiere el disparate de los

imperios de controlar lugares lejanos […]. En un movimiento astuto que sugiere la

dificultad de trascender de tales prácticas, Melville hace uso de un narrador irónico y

autorreflexivo que reconoce su propia propensión a caer en una ensoñación imaginativa al

pensar en las Galápagos”,244 concluye Lazo. Por eso presenta a las islas como un lugar de

continuo cambio, que oscila entre la salvación y la perdición, el cielo y el infierno, aunando

imágenes tan dispares cuya oposición solo se explica por esa tendencia irónica que llama la

atención por lo ilusorio de su propuesta, como cuando el narrador no puede concentrarse en

su vida en Estados Unidos porque, de súbito, la imagen de las tortugas se le cruzan por la

mente, o con el estereotipo sobre las cárceles sudamericanas —amén del prejuicio del final

sobre los misántropos—, contenido en el siguiente extracto del “Boceto noveno”:

Las cárceles en la mayoría de las ciudades sudamericanas son, por lo general, de lo más
insalubres. Construidas con grandes ladrillos cocidos al sol, y contendiendo una sola
habitación, sin ventanas y sin patio, y una sola puerta de pesados barrotes de madera,
presentan un aspecto, tanto interno como externo, de lo más siniestro. Al ser edificios
públicos, están situados visiblemente en la calurosa y polvorienta plaza, ofreciendo a la
mirada, a través de los barrotes, a sus viles y desesperanzados reclusos, morando en esa
madriguera de trágica, mugre. Y aquí se vio, durante mucho tiempo, a Oberlus, el cabecilla
de una banda de perros asesinos; una criatura a la que es piadoso detestar, puesto que es
filantrópico odiar al misántropo.245

243
Lazo, “The Ends of Enchanment”, 212. Traducción propia.
244
Ibíd., 213. Traducción propia.
245
Melville, Las Encantadas, 130.

143
Con base en lo expuesto hasta el momento en este capítulo, se analizarán más

ejemplos de Las Encantadas, Benito Cereno y Moby Dick, y se continuará el debate del

expansionismo con la obra de Melville como un hecho global que denuncia o da pistas a

través de lo individual. Para ello es necesario reparar en un aspecto fundamental: su ficción

se ancla precisamente en una de las industrias estadounidenses de más prosperidad y

expansión, la caza de ballenas, porque él fue un viajero que respondió a su tiempo.

Quiérase o no, su ficción se instala en el corazón de esta práctica, que promovía la

construcción —y expansión— del Estado como lo hacen, a la final, todos los negocios

globalizados de todas las naciones del mundo. Muchos pasajes de Moby Dick reflejan este

sentido, como el capítulo XXIV (24), “El abogado”, en el que Ismael habla de la influencia

de Estados Unidos en Hispanoamérica a través de la industria ballenera, que no se

fundamenta en la sumisión imperial —como lo ha venido haciendo Europa hasta el XIX—,

sino en el intercambio comercial: “Fueron los balleneros los primeros en abrir una brecha

en la celosa política que la corona española mantenía con esas colonias; y si el espacio lo

permitiera, podría demostrarse claramente que gracias a los balleneros se logró al fin la

liberación de Perú, Chile y Bolivia del yugo de la vieja España, y se estableció la

democracia eterna en eso países”.246

Si el cambio de un imperio por otro, con el consecuente paso del yugo al comercio,

pareciera beneficioso, al menos como aquí lo pinta Ismael, queda desmentido hacia el final

en el violento hundimiento del Pequod. Antonio Barrenechea dice: “Melville advierte

contra la destrucción inevitable que aguarda la expansión de Estados Unidos al imaginarla

como el impulso de muerte unilateral de Ahab, un aspirante a conquistador del siglo XIX,

246
Herman Melville, Moby Dick, trad. Enrique Pezzoni (Barcelona: Random House Mondadori,
2008), 162.

144
que perece al cruzar de cabeza al cuerpo no cartografiado del cachalote”.247 Con esta

perspectiva es posible establecer nuevas lecturas interpretativas de Benito Cereno, que

vayan más allá del evidente encuentro del Otro, la raza y la esclavitud, que han sido

ampliamente tratadas. El narrador de la nouvelle, sobre el estado del capitán Cereno, dice:

“Su actitud en tales ocasiones era, en su nivel, similar a la que se podría suponer que había

sido la de su compatriota imperial, Carlos V, justo antes del retiro ascético de aquel

monarca al dejar el trono”;248 luego, hacia el final, el informe legal del caso revela que, en

efecto, destrozado física y mentalmente, Cereno se ha retirado a un monasterio a vivir sus

últimos días. El parangón entre el rey español y Cereno, con finales iguales, se da sobre

aguas hispanoamericanas, donde el capitán estadunidense Delano se esfuerza por entender

lo que está pasando: Melville representa el ocaso de un imperio y el amanecer de otro que

no entiende nada de los territorios que desea y poseerá. Pero ahora que se ha abierto el

debate, es momento de continuarlo a través del estudio de los sujetos hispanoamericanos.

El punto de partida de la reflexión sobre el sujeto latinoamericano melviliano es

Benito Cereno, la novela corta en la que Melville toma a un personaje real, el capitán

Amasa Delano, y lo ficcionaliza con propósitos literarios. Para su nouvelle, según

especifica Hershel Parker en el segundo volumen de su monumental biografía, Melville usó

el capítulo 18 (“Particulars of the Capture of the Spanish Ship Tryal, at the Island of Santa

Maria; with the Documents relating to that Affair”) del libro A Narrative of Voyages and

Travles, in the Northern and Southtern Hemispheres: Comprising Three Voyages Round

the World, Together with a Voyage of Survey and Discovery in te Pacific Ocean and

Oriental Islands, escrito por Delano y publicado en Boston en 1817. Parker señala que

247
Barrenechea, “Conquistadors, Monsters, and Maps”, 29. Traducción propia.
248
Herman Melville, Bartleby, el escribiente. Benito Cereno. Billy Budd (Madrid: Cátedra, 1993), 129.

145
Melville no poseía una copia de este libro, por lo que es muy probable que lo haya leído en

la casa de algún familiar, como su tío John D’Wolf o su abuelo Melvill.249 Como sucedió

con Las Encantadas, Benito Cereno se publicó en tres entregas en la Putnam’s Magazine

en 1855 y al año siguiente formó parte de la colección de relatos The Piazza Tales.

Como indagar en los valores de verdad frente a la ficción no es uno de los motores

de esta investigación, baste con decir que la novela corta trata sobre el avistamiento del

ballenero español Santo Domingo (San Dominick), por parte de Amasa Delano, capitán del

Deleite del Soltero (Bachelor’s Delight), de Duxbury, Massachusetts, Estados Unidos. El

año es 1799 y la acción narrativa se desarrolla en aproximadamente once horas —sin contar

los documentos históricos del final, que aparecen para explicar el misterio y tienen lugar

meses después—. El encuentro se produce en tierras sudamericanas: en el “puerto de Santa

María, una pequeña isla desierta y deshabitada, en dirección al extremo sur de la larga costa

de Chile. Se había detenido allí [el Santo Domingo] para hacer aguada”.250 Tras abordar, y

a lo largo de toda la novela, la narración en tercera persona gira en torno a las anomalías

que presencia Delano en el Santo Domingo —embarcación que trasporta esclavos

africanos— y las consecuentes sospechas y la anulación de estas en la mente del capitán,

que le impiden entender lo que en realidad sucede. Todo se maneja bajo una máscara de

hipócrita hospitalidad, sobre todo por parte de Benito Cereno, el capitán del barco español,

a quien parece quedarle grande el rango por su juventud, precaria salud y pusilanimidad.

2. La tapada limeña como símbolo de la mascarada

249
Parker, Melville 2, 235.
250
Melville, Benito Cereno, 119.

146
Como sucede en Taipí, Omú y Moby Dick, en Benito Cereno Melville también le atribuye

de cualidades femeninas a las embarcaciones, los barcos son mujeres, así describe al Santo

Domingo cuando Delano lo avista por primera vez:

With no small interest, Captain Delano continued to watch her—a proceeding not much
facilitated by the vapours partly mantling the hull, through which the far matin light from
her cabin streamed equivocally enough; much like the sun—by this time crescented on the
rim of the horizon, and apparently, in company with the strange ship, entering the harbor—
which, wimpled by the same low, creeping clouds, showed not unlike a Lima intriguante’s
one sinister eye peering across the Plaza from the Indian loop-hole of her dusk saya-y-
manta.251

La catedrática Brenna M. Cassey, en su ensayo “Peering Across the Plaza: The

Shrouded Women of Benito Cereno”, señala que la feminización va más allá de los

estándares históricos, comunes en las lenguas romances, para referirse a las embarcaciones

románticamente (¿irónicamente?) como un ente femenino. Lo que aquí sucede es que

Melville hace del barco un sujeto necesariamente femenino porque lo recubre como con

una saya-y-manta (saya y manto, en realidad, en español), que era una clase de vestido

bastante popular entre la élite en el Vicerreinato del Perú, durante la Colonia. De esta

forma, tan solo para describir cómo el Santo Domingo está cubierto, Melville conjura esta

prenda de vestir que recubría todo el cuerpo femenino y solo dejaba un ojo a la vista, es

decir, invoca la figura de la dama tapada de Lima, lo que adhiere atributos de género y raza,

mediante el avistamiento con el monóculo, que hace el capitán Delano.252

Con esta descripción, Melville detiene cualquier equívoco al determinar el género y

la raza del Santo Domingo, y lo llamativo y útil para esta investigación es que sea una

251
Melville, Billy Budd, 162. Para esta cita se remite al inglés original, en la edición ya citada
previamente de Penguin Books. La razón se debe al género de la embarcación: en inglés es femenina, pero
en las traducciones al español es necesariamente masculina, pues sujetos como barco, ballenero, etc., lo
son. Se retomará la edición de Cátedra cuando esta distinción de género no sea primordial. Saya-y-manta
aparece en español original.
252
Brenna M. Cassey, “Peering Across the Plaza: The Shrouded Women of Benito Cereno”,
Leviathan 20, n.° 1 (2018): 1-2, https://doi.org/10.1353/lvn.2018.0000.

147
mujer latinoamericana. La saya y manto, también conocida como la limeña tapada, para

Casey, es el emblema de la imposibilidad del reconocimiento pero, al mismo tiempo, de

una moda móvil bajo la restricción social. La limeña tapada se compone, precisamente, de

una saya y un manto: la primera es una falda destinada a cubrir el cuerpo de la mujer justo

por debajo de la cintura alta; el segundo es un velo de tela negra que se usa como capucha

para cubrir toda la cabeza, excepto un ojo. Este conjunto fue popular durante más de

trescientos años, aproximadamente desde 1540 hasta 1840, porque podía ocultar la

identidad de la usuaria.253

The costume is associated predominantly with the elite Creole class, those women of
Spanish descent born within the colonial bounds of the Americas. While wearing the
tapada, women could eschew the constraints of patriarchal domestic life and circulate
unrecognized in public. The anxieties produced by these limited freedoms were vast. The
potential for women’s mobility, as well as the possibility for women of other races and
classes to travel under the guise of this elite costuming, became a flashpoint of colonial
discord in Latin America.254

Figura 4. Fotografía de la tapada limeña, circa 1860

Autor desconocido. Fuente: Cassey, “Peering Across the Plaza”, 3.

253
Ibíd., 2-4.
254
Ibíd., 4.

148
Aunque Melville vio in situ mujeres usando la saya y manto, en la plaza y en la

catedral de Lima en el Año Nuevo de 1844, cuando se le concedió 48 horas de permiso

como parte de su servicio en el barco United States,255 él termina siendo impreciso porque

generaliza diciendo india a toda mujer que use saya y manto, probablemente porque su

motivo ulterior era crear fascinación en el lector, no educar: “[…] revestido por las mismas

nubes bajas y reptantes, [el barco] aparecía como el ojo único y siniestro de un intrigante de

Lima atravesando la Plaza con la mirada desde la arpillera india de su sombría saya-y-

manto”.256 Sin embargo, Cassey especifica que las mujeres que usaban la saya y manto eran

las criollas —que no es del todo cierto, como se verá dentro de poco—, que para la

terminología de la época se refería a las mujeres nacidas en suelo latinoamericano pero de

padres españoles. En otras palabras, si bien por nacimiento las criollas son habitantes de las

provincias del Imperio español, para el autor neoyorquino no dejan de ser indias porque

nacieron allí independientemente de su ascendencia, es decir, son habitantes originarios de

América, por lo que anula su cualquier rasgo de abolengo.

El criollo o criolla seguía siendo considerado un español por ser descendiente

directo de estos en tierras de la Nueva España y gozaba de sus mismos derechos y

beneficios sociales; no obstante, perdía otros frente a las autoridades del Viejo Continente,

que las veían como vástagos que no pertenecían la “metrópoli”. De esta forma, los criollos

vivían en una suerte de perpetuo limbo en el que no eran del todo españoles para los

españoles y tampoco eran nativos para los nativos, no obstante, eran vistos como blancos.

255
El paso de Melville por Lima, al igual que el resto de lugares de Latinoamérica que visitó o avistó
desde las embarcaciones, se detallará en el siguiente capítulo, el cuarto, como parte del estudio del doblón
ecuatoriano que Ahab ofrece a quien aviste a la ballena blanca.
256
Melville, Benito Cereno, 120.

149
Es importante mencionar que, como dice Norma Rosas Mayén en “La tapada limeña y su

traza moruna: Un análisis histórico e iconográfico desde una perspectiva rizomática”, si

bien en “la época colonial la palabra criollo designa al español nacido en América, tras el

movimiento de independencia el vocablo sufre un cambio semántico para referir al

hispanismo nacionalizado. Como bien observan Majluf and Burke: ‘Desde México hasta

Argentina, la imagen costumbrista sirvió para reproducir imaginarios nacionales bajo

esquemas compartidos de representación’”.257

Los criollos son parte de los tres grupos sociales básicos que se conformaron en

América a partir de 1492 y se ubican dentro de los blancos; los otros dos son los indios

(habitantes originarios de América) y los negros (esclavos traídos de África). Con el

tiempo, la mezcla de estos tres grupos sociales dio paso a una clasificación de las personas

según su linaje, sus progenitores y su lugar en la sociedad. Hilderman Cardona Rodas, en

su ensayo “Colonialidad del poder y biopolítica etnoracial”, reconoce dieciséis castas

principales —encabezadas por el mestizo, castizo, español, mulato, etc.—,258 aunque la

lista puede ser mucho más extensa. La saya y manto, como señala Rosas Mayén, tuvo

fuerte oposición por parte de la Corona española y las reformas borbónicas, ya que las

tapadas perturbaban y despertaban la curiosidad de los hombres en festividades religiosas

públicas en las misas en las iglesias, “cuya atención al culto religioso se desviaba hacia un

juego de ocultación, coquetería y seducción”. Sin embargo, las tapadas estuvieron presentes

en Lima durante trescientos años y fueron reemplazadas por las modas francesas a

257
Norma Rosas Mayén, “La tapada limeña y su traza moruna: Un análisis histórico e iconográfico
desde una perspectiva rizomática”, Delaware Review of Latin American Studies 17, n.° 3 (2016): 4,
https://bit.ly/3iHLGsO.
258
Hilderman Cardona Rodas, “Colonialidad del poder y biopolítica etnoracial: Virreinato de Nueva
Granada en el contexto de las Reformas Borbónicas”, Boletim do Museu Paraense Emílio Goeldi. Ciências
Humanas 12, n.° 2 (2017): 576, https://bit.ly/315TQoO.

150
mediados del siglo XIX. A partir de 1855, año de la publicación de Benito Cereno, el

modelo costumbrista —que plasma los modelos de vida populares y criollos— designa a la

tapada limeña como parte del discurso de identidad peruano.259

Aunque en primera instancia se asocie a la clase criolla —y por ende blanca— con

el uso de la saya y manto, el uso de este era muy extendido en la Ciudad de los Reyes por

todas las clases sociales, como precisa Sara Talledo Hernández en su texto “Manto, saya y

libertad. Sincretismo cultural en la mujer tapada limeña”: “Las tapadas eran mujeres

pertenecientes a todas las clases sociales llamadas así por el particular traje que vestían

fuera de casa”.260 De lo que se deduce que la prenda de vestir no era exclusiva de una etnia

dominante, sino que aunaba a todas las mujeres por igual, lo que confirma la misma autora

páginas adelante:

Es necesario puntualizar que, en su mayoría, las tapadas eran mujeres provenientes de


Europa y/o sus descendientes, y mestizas hijas de europeos con indígenas. Con respecto de
las extranjeras, una vez en Perú estas asimilaban ese aire libertario ínsito en la cultura
andina que a pesar de todo llegó a subsistir en la nueva sociedad peruana debido al
inevitable proceso de transculturación que se dio con la conquista española. Dicho esto, se
puede afirmar que las nativas no eran solamente parejas de europeos o sirvientas, sino que
eran también modelos femeninos a seguir.261

Cassey y Rosas Mayén coinciden con Talledo en señalar que, dentro de los límites

patriarcales de la Colonia, la tapada limeña era una figura de libertad absoluta:

Con un ojo al viento, las tapadas cogían calle y cuando encontraban a sus maridos por
casualidad, estos no las identificaban. Coquetonas, dialogaban con quienes querían sin
ninguna forma de prejuicio; gracias al manto podían flirtear por doquier. Estas damas
frecuentaban solo lugares públicos como las asambleas públicas, el teatro, las corridas de
toros; iban solas a los bailes, a la iglesia y a pasear. Les agradaba jugar, montar a caballo
[…]; les gustaban las reuniones sociales, ir a la playa, escuchar música, etc. […] Eran más
libres e independientes que los hombres. El traje era económico y muy fácil de conservar, y

259
Rosas Mayén en “La tapada limeña”, 3-4.
260
Sara Talledo Hernández, “Manto, saya y libertad. Sincretismo cultural en la mujer tapada
limeña”, Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada, accedido 1 de
agosto de 2020, 118, https://bit.ly/3hcpsio.
261
Ibíd., 123.

151
servía de disfraz a aquellas mujeres que deseaban esconderse aun más por motivos propios,
poniéndose una saya deshilachada para pasar desapercibida del todo.262

El libertinaje, que era posible gracias a lo incognoscible de la saya y manto, era una

amenaza muy seria para los hombres de la época, pues, según Modesto Lafuente, en su

texto histórico de 1883, las tapadas limeñas son una ofensa hacia Dios y producen un gran

daño a la república porque el padre no puede reconocer a la hija, el esposo a la esposa, ni el

hermano a la hermana.263 Más allá de las evidentes denotaciones machistas que no eran

notorias en la época, Brenna M. Cassey acota que bajo la libertad de las tapadas no solo

subyace la amenaza de violación e incesto que podían ocurrir cuando los hombres no

reconocen a sus familiares, sino que además existía el temor latente de que con el coito,

consensuado o no, se pueda comprometer la ascendencia familiar con una descendencia que

no tenga la pureza racial necesaria para sostener el abolengo.264

Aunque existen algunas teorías sobre el origen del vestido femenino limeño, entre

las cuales una propone que es original de esa ciudad, es muy aceptada la idea de que la saya

y el manto eran originarios del sur de España, de las ciudades que tenían gran influencia

morisca, pues el rostro cubierto de las mujeres de Lima recuerda sin equívoco al manto

musulmán. En esto coinciden Cassey, Rosas Mayén y Talledo: la primera académica apunta

que se sospecha que el vestido fue importado, al menos una parte, de Sevilla en la década

de 1560. Por lo tanto, en el vestido hay un traspaso cultural de una colonia a otra, que

relaciona directamente a la tapada limeña con el orientalismo. Cassey continúa su reflexión

haciendo eco de la crítica posestructuralista de Edward Said, al decir que prácticamente

todos los escritores anglófonos del XIX plantearon relatos problemáticos y orientalizados

262
Ibíd.
263
Lafuente, citado por Cassey, “Peering Across the Plaza”, 8-9.
264
Cassey, “Peering Across the Plaza”, 9.

152
del mundo no occidental, de manera que se orientaliza a individuos de otras latitudes, como

África y América. Con base en esto, remata con la idea de Timothy Marr contenida en

“Circassian Longings: Melville’s Orientalization of Eden”: “Melville was deeply aware of

and ‘invested in the multivalent conventions of nineteenth century Islamic orientalism’

[…]. While others reproduced flawed interpretations of the Orient throughout colonial

elsewhere, Melville’s directed reading allowed him to identify these conflated interpretive

conventions”.265

Primero como viajero y después como ávido lector de libros de viajes —de los que

tomaba información “prestada”—, Melville crea con consciencia de causa la metáfora del

Santo Domingo visto como el único ojo visible de una india ataviada con saya y manto. Al

barco —que en inglés tiene la mitad de su nombre en español: San— del falso capitán

Benito Cereno le dota de las cualidades de misticismo oriental e identidad latinoamericana

de la tapada limeña: sensualidad; raza, abolengo y clase social; imposibilidad de

identificación que puede acarrear sorpresa: posible incesto o impureza racial en el caso de

los hombres, o mascarada, farsa y engaño en el caso del Santo Domingo ante los ingenuos

ojos de Amasa Delano. El mecanismo del engaño se corrobora páginas adelante con dos

poderosas imágenes: la primera aparece cuando el capitán estadounidense recorre el barco e

imagina “los tiempos en los que en aquella cabina y el balconcito habían oído las voces de

los oficiales y reyes de España, mientras las figuras de las hijas del virrey de Lima se

asomaban quizá donde él estaba ahora”.266 Quizá Delano no lo sepa —Melville sí—, pero

las aludidas hijas del Virrey que imagina serían, precisamente, las criollas que paseaban por

las calles de Lima cubiertas con saya y manto, atrayendo a los hombres a sus engaños.

265
Ibíd., 16.
266
Melville, Benito Cereno, 155-6.

153
La segunda imagen tiene una fortísima y estrecha relación con la imagen inicial que

Melville hace del Santo Domingo y, además, demuestra la maestría literaria del autor: si lo

primero que “hace” el barco, gracias a la metáfora, es echar un vistazo en derredor a través

de la pequeña abertura para el ojo que le provee la saya y manto, como una verdadera

tapada limeña, hacia el final de la novela tiene lugar un segundo vistazo: Babo, el gestor de

la revuelta de los esclavos en el Santo Domingo y quien se hacía pasar por fidelísimo

sirviente del falso Benito Cereno, termina sus días atado a la cola de una mula y antes de

que su cuerpo fuera incinerado

[…] durante muchos días, la cabeza, aquella colmena de astucia, clavada en una estaca en la
Plaza, se enfrentó, orgullosa, a la mirada contemplativa de los blancos; y, más allá de la
Plaza, miró a la iglesia de San Bartolomé, en cuya cripta dormían entonces, y duermen
ahora, los huesos recuperados de Aranda; y al otro lado del puente de Rimac miró hacia el
monasterio del Monte Agonía, fuera de la ciudad, donde, tres meses después de ser
despedido por el Tribunal, Benito Cereno, llevado en su ataúd, siguió, en efecto, a su jefe.267

A pesar de ser un cierre redondo, el final de la novela es lo suficientemente ambiguo

para dejar cavilando a lectores y críticos, sobre todo por la naturaleza postraumática del

miedo de Cereno, encerrado en la figura de “The negro”, como lo enuncia misteriosamente

poco antes del fin. Más allá de esto, lo que interesa a esta investigación es que la novela

empieza con un vistazo a través de una mirilla, el de una mujer encubierta que, gracias a

una prenda de vestir de Latinoamérica, puede moverse con libertad para seducir y engañar

si así lo desea, por las calles de Lima, por la plaza; es un barrido que registra la vida y

quiere ser vida —la cópula y el engaño son también vida, son movimiento—, posibilitado

por una tradición étnica, cultural y de género. Y termina la obra literaria con otro vistazo,

uno opuesto: el barrido de un muerto que mira con odio a sus captores, los observa y juzga

en la plaza, en la iglesia y el monasterio, podría verlos moverse adonde fuere, incluso su

267
Ibíd., 208.

154
vista es posible que se toque con la de las tapadas limeñas que paseaban en esa misma

plaza, pues la visión del muerto tiene esa capacidad, la de maldecir a aquellos que

provocaron su mal y, a fin de cuentas, dirigieron sus actos. Esta imagen recuerda mucho a

la de otro hombre de color en sus momentos finales: la de Aaron en Tito Andrónico, de

William Shakespeare.

3. Una cuestión de raza y lengua

La afeitada de Benito Cereno por parte de Babo es un momento de gran tensión narrativa en

la novela corta; tras esta, los dos capitanes caminan por la cubierta. Delano reflexiona para

sus adentros sobre el breve desacuerdo entre Cereno y Babo por el corte y la actitud del

africano, y lo atribuye a las pasiones violentas que despierta la esclavitud y lo tacha de una

pelea de enamorados. Enseguida el mayordomo anuncia que es hora del almuerzo en la

cabina: se trata de “un muchacho alto con aspecto de rajá, ataviado a lo oriental, con un

turbante en forma de pagoda formado por tres o cuatro pañuelos de Madrás alrededor de la

cabeza”.268 Delano alaba el aspecto de Francesco, tal es el nombre del mulato, porque posee

“un rostro regular europeo”, lo cual, para el estadounidense, según le dijo un plantador,

refuta la extendida creencia —y cruel prejuicio— de que ante tales hombres se debe tener

cuidado porque son diablos. El capitán, evidentemente curioso, pregunta si siempre ha sido

“un hombre honrado y bueno”, a lo que Cereno responde que “Francesco es un buen

hombre”. Delano continúa:

—Ah, ya lo suponía. Pues sería extraño, en verdad, y poco halagador para nosotros los
blancos, si un poco de nuestra sangre, mezclada con la africana, en vez de mejorar esta

268
Ibíd., 174.

155
última, tuviese el triste efecto de verter ácido vitriólico en caldo negro, mejorando el tono
quizá, pero no la condición saludable.
—Sin duda, sin duda, señor, pero… —echando un vistazo a Babo— para no hablar de los
negros, la observación de ese plantador la he oído aplicada a las mezclas de españoles e
indios en nuestras provincias.269

Esta es, sin duda, una de las muestras de racismo más impactantes que se puede

hallar en todos los textos de Herman Melville, no porque él lo haya sido, todo lo contrario,

sino porque, en este caso, el escritor intenta replicar el pensamiento colonial imperante en

el siglo XIX desde el punto de vista de dos potencias, una que se levanta y otra que

termina: la estadounidense y la española. Aquí Melville solamente hace del escriba que

transcribe lo que comúnmente se creía de la mezcla de etnias con la dominante, la blanca,

como punto de referencia. Este ejercicio permite levantar una reflexión sobre las jerarquías

con inflexión racial en Sudamérica, como señala el estudioso de Melville Rodrigo Lazo, en

su ensayo “Dons and Cholos”, pues estas atraen especialmente a los narradores melvilianos

porque ofrecen un panorama de terminología que enmarca la etnicidad en relación con los

supuestos sociales.270

Como se mencionó, Melville llama india a la portadora de la saya y manto, que es

una simplificación que también acarrea prejuicio, pues él pudo haber evitado la

generalización si, por ejemplo, usaba el sustantivo mujer: es menos preciso pero más

seguro. Sin duda, al lector promedio de la Putnam’s de mediados del XIX le resultaba más

exótico leer que una india usaba semejante prenda que una mujer —pues la segunda hay en

todas partes, pero la primera mayormente en colonias—, así que aquí es claro que Melville

sigue haciendo su labor de escritor, ni más ni menos, en beneficio del exotismo que es

común en su estilo, explicado en el capítulo anterior. Sin embargo, este prejuicio sobre el
269
Ibíd., 175.
270
Rodrigo Lazo, “Dons and Cholos”, en Herman Melville in Context, ed. Kevin J. Hayes (Cambridge:
Cambridge University Press, 2018), 118. Traducción propia.

156
Otro, porque el exotismo es un prejuicio —que Melville hace parte de su estilo, como otros

escritores del XIX— permite levantar una discusión sobre cómo el escritor concibe la

diferencia racial en Latinoamérica, cuyas sociedades están jerarquizadas con muchos más

matices, pues la raza y la clase se aúnan para crear nuevas categorías de abolengo, lo

opuesto de lo que pasa en el Estados Unidos decimonónico. Al reparar en este fenómeno,

Lazo invoca la figura de la interseccionalidad, propuesta en 1989 por la académica

afroestadounidense Kimberlé Williams Crenshaw, en boga en la actualidad por los estudios

feministas y de género que buscan, con justicia, la reivindicación de la figura femenina y de

las minorías.

Para definir la interseccionalidad, Raquel Platero Méndez replica lo propuesto por

Crenshaw y señala que esta teoría “hace consciente cómo diferentes fuentes estructurales de

desigualdad […] mantienen relaciones recíprocas. Es un enfoque que subraya que el

género, la etnia, la clase u orientación sexual, como otras categorías sociales, lejos de ser

‘naturales’ o ‘biológicas’, son construidas y están interrelacionadas”. La interseccionalidad

es también un estudio de las relaciones de poder, que permite “teorizar el privilegio y cómo

los grupos dominantes organizan estrategias de poder (conscientes o no) para preservar su

posición de supremacía”.271 Para ejemplificar, Carmen Valiña propone la siguiente imagen:

“¿la experiencia de dos mujeres negras es idéntica por el hecho de tener el mismo color de

piel? Evidentemente no. Poco tendrán que ver las oportunidades de una abogada negra,

residente en un barrio de clase alta de Nueva York, con la de otra inmigrante en España que

271
Raquel Platero Méndez, “Metáforas y articulaciones para una pedagogía crítica sobre la
interseccionalidad”, Quaderns de Psicologia 16, n.° 1 (2014): 56,
http://dx.doi.org/10.5565/rev/qpsicologia.1219.

157
ha llegado de forma ilegal y no puede desempeñar ningún tipo de empleo justamente

remunerado”.272

Con este trasfondo interseccional, en la Sudamérica de Melville hay una clara

muestra de los problemas sociales que surgen cuando se mezcla la raza y la clase —y el

género en menor medida, al menos en Benito Cereno, aunque la ausencia de mujeres o su

escasa presencia es también una manifestación de este fenómeno—. Lazo señala: “En lugar

de ofrecer una descripción políticamente sensible de las poblaciones, Melville reconoce la

dinámica de las sociedades sudamericanas y desafía las conclusiones cognitivas fáciles

sobre las personas en una región de creciente importancia geopolítica para los Estados

Unidos a mediados del siglo XIX”.273 Aunque en altamar las embarcaciones tienen la

“obligación” de prestarse ayuda o cuando menos reportar con efectividad el problema, es el

capitán estadounidense quien se sube al Santo Domingo y no Benito Cereno al Deleite del

Soltero, quien examina de cerca la situación y juzga (mal) lo que sucede, y no viceversa.

“Las jerarquías con inflexiones raciales de América del Sur atraen a los narradores de

Melville porque ofrecen un panorama de terminología que enmarca la etnicidad en relación

con los supuestos sociales”.274

Lazo cita a Aníbal Quijano e Immanuel Wallerstein al decir que el sistema-mundo

del capitalismo moderno surgió por la colonización de las Américas y creó la idea de

etnicidad como un conjunto de fronteras coloniales: “Sin embargo, todas las categorías

principales en las que nos dividimos étnicamente hoy en día en América y el mundo

(nativos americanos o ‘indios’, negros […], blancos o ‘criollos / europeos’, mestizos u

272
Carmen Valiña, “Interseccionalidad: Definición y orígenes”, Periféricas.es, accedido 1 de octubre
de 2020, https://bit.ly/2Gv4kGG.
273
Lazo, “Dons and Cholos”, 116. Traducción propia.
274
Ibíd., 118. Traducción propia.

158
otros nombres dados a un llamado categoría ‘mixta’) no existían antes de la sistema

mundial moderno”.275 Esta categorización se queda corta cuando se trata de hacer un

recuento de la lista jerárquica de etnias durante la Colonia —y que, de una u otra forma,

sigue presente hasta hoy en Hispanoamérica con su carga de racismo y prejuicio—, según

se expone en el citado ensayo de Cardona Rodas, “Colonialidad del poder”, en el cual se

explica, de forma trágicamente didáctica, las relaciones:

De español e india, mestizo


De mestizo y española, castizo
De castizo y española, español
De español y negra, mulato
De mulato y española, morisco
De morisco y española, chino
De chino e india, salta atrás
De salta atrás y mulata, lobo
De lobo y china, jíbaro
De jíbaro y mulata, albarazado
De albarazado y negra, cambujo
De cambujo e india, zambaigo
De zambaigo y loba, calpamulato
De calpamulato y cambuja, tente en el aire
De tente en el aire y mulata, no te entiendo
De no te entiendo e india, torna atrás276

A partir de esta jerarquización étnica y social, que nace de los tres tipos básicos

(español, indio y negro), Cardona Rodas cita a Santiago Castro-Gómez para “constituir una

serie de subtipos a los que correspondía un nivel más o menos alto de discriminación

étnica”. Por ejemplo: las categorías “salta atrás” y “torna atrás” delimitan que si se casaba

275
Aníbal Quijano e Immanuel Wallerstein, citado en ibíd.
276
Cardona Rodas, “Colonialidad del poder”, 576. Este ensayo contiene en sus páginas una de las
pinturas más populares entender visualmente cómo funcionaba el sistema de castas en América Latina, la
cual se puede apreciar en el siguiente enlace: https://bit.ly/37cqZCG.

159
con una india, un mestizo descendiente de negros retrocedía en el proceso de

blanqueamiento. “Tente en el aire”, por su parte, significaba que ya no había adelanto

posible, ya que la unión entre calpamulato y cambuja, cuya sangre se obtenía por la mezcla

de las tres razas, hacía que se encuentre “a igual distancia relativa del blanco y del indio”.

Asimismo, la categorización también se asignaba en base a características físicas o

lingüísticas: “chino” era una persona de cabello rizado que no era negra; el “no te entiendo”

era el descendiente mezclado de personas que no hablaban bien castellano; por último,

“categorías como lobo, albarazado, barcino y cambujo eran tomadas, despectivamente, de

la nomenclatura usada comúnmente en el cruce de animales”.277

Esta es la lista de jerarquías coloniales a las que —sin saberlo— alude Benito

Cereno cuando comenta que la observación de Delano la ha oído aplicada a las mezclas de

españoles e indios en las provincias españolas en las Américas. Como se manifiesta, la

interseccionalidad colonial de América Latina es larga y compleja, por lo que la apreciación

del capitán Delano apenas roza la punta del iceberg cuando expresa su temor de que al

mezclarse la sangre blanca con la afrodescendiente no vaya a producir una mejoría, física ni

moral, reflexión que nace al ver que el mulato Franceso tiene rasgos europeos. Presentar

esta verdad, de la que los dos capitanes tienen una vaga idea o una bastante primitiva,

permite ver atrás y examinar en detalle dos personajes de Las Encantadas: el criollo del

“Boceto séptimo” y la viuda chola Hunilla del octavo, en miras a continuar con la

discusión, posteriormente, del exotismo.

Los bocetos de Las Encantadas son cuadros paisajísticos que se centran en las islas

y su encantamiento exótico, como se estudió en el capítulo anterior; la visión del

277
Castro-Gómez, citado en íbid.

160
archipiélago como un territorio celestial e infernal es propio del discurso del exotismo del

XIX, atravesado ya por las corrientes naturalistas y científicas. Con este trasfondo vale

preguntarse lo siguiente: ¿qué es lo que pasa entonces con los seres creados o salidos de

estos territorios que están atravesados por el exotismo de la línea ecuatorial?; y si estos, en

efecto, tienen algo de particular, ¿qué pasa con sus decisiones?, ¿están condicionadas por la

tierra? El “Boceto séptimo” se centra en la isla de Charles —actual Santa María— y su

peculiar ocupante, según expone el narrador, Salvador R. Tarnmoor:

Durante la exitosa rebelión de las provincias españolas contra la vieja España, a favor de
Perú combatió cierto criollo aventurero procedente de Cuba, quien, por su valentía y buena
fortuna, terminó por ascender a un rango elevado en el ejército patriota. Una vez terminada
la guerra, Perú se encontró con muchos caballeros valerosos, libre e independientemente,
pero con las arcas vacías. En otras palabras, Perú no tenía con qué pagar a sus tropas. Pero
el criollo —he olvidado su nombre— se mostró dispuesto a aceptar su paga en tierras. Así
que le dijeron que tomara su parte de las Islas Encantadas, que eran por entonces, como lo
siguen siendo ahora, dependencia nominal del Perú.278

Tras la adjudicación —el narrador, en una nota a pie de página, certifica que es una

costumbre extendida de los gobiernos hispanoamericanos la de regalar islas a “personas

meritorias”—, el criollo hace un llamado general para poblar la isla, así que con ochenta

personas, entre hombre y mujeres, y un ejército de perros protectores, el criollo intenta

levantar un reino en el que quiere erigirse como amo absoluto. Pero nada sucede como

hubiese querido por un doble fracaso: primero, es depuesto como un rey y obligado a

exiliarse con los perros que quedaron vivos después de la revolución sobre la arena del mar;

segundo, con él fuera, se instala una nueva sociedad que, en miras a mejorar, termina

siendo una “rebelocracia” (riotocracy en inglés), que descuella por su falta de leyes y

anarquía, y a la que todo capitán de navío evita a toda costa. A decir de Rodrigo Lazo, en su

ensayo “The Ends of Enchanment: Douglass, Melville, and U.S. Expansionism in the

278
Melville, Las Encantadas, 83.

161
Americas”, aquí Melville dibuja los estereotipos del XIX sobre la incapacidad de los

latinoamericanos de gobernarse a sí mismos, pues la mayoría de los personajes de las islas

están sujetos al sarcasmo del narrador, con el experimento del rey de los perros

desenmarañado por las tendencias monárquicas y la falta de principios.279

Llama mucho la atención que en un libro que intenta transmitir la idea de que todo

lo escrito es real, pues Melville, en un afán memorístico, no escatima esfuerzos en recordar

al lector que si duda de algo, hay muchos libros que garantizan que sus palabras son verdad,

el autor olvide el nombre del protagonista del mencionado boceto y opte por simplemente

llamarlo de la forma más genérica posible: un criollo de Cuba. Así de simple, así de

conveniente. ¿Por qué? Esto se debe sin duda a que es más importante su procedencia que

su verdadera identidad. Dado que es un criollo, se asume que se trata de un hijo de

españoles nacido en las Américas. ¿Por qué Cuba? ¿Por qué no Argentina, Chile o Costa

Rica? ¿No sería más sensato que fuera un criollo peruano que combatió en las guerras de su

país? Es un desvío narrativo que parece gratuito, pero con Melville, como se ha visto,

nunca nada es gratuito. Cuando se publicó Las Encantadas en la revista Putnam’s (1854),

sobre la mesa de la geopolítica estadounidense se estaba debatiendo la posibilidad de

anexar la isla de Cuba como un nuevo estado de Estados Unidos.

Lazo hace eco de una arriesgada interpretación del historiador Victor Wolfgang von

Hagen, quien fue el primero en señalar que el rey de los perros cubano fue en la vida real el

general José de Villamil, un criollo nacido en Louisiana, Nueva Orleans, cuando esta zona

era parte del Imperio español. Villamil, amigo de Simón Bolívar, fue uno de los líderes de

la Revolución de Guayaquil de octubre de 1820, que finalizó con la independencia de esa

279
Lazo, “The Ends of Enchanment”, 216.

162
provincia de España. A partir de la declaración de Ecuador como república independiente

en 1830, usó sus influencias en el gobierno del presidente Juan José Flores para declarar la

soberanía ecuatoriana sobre las Islas Galápagos —que pasó en 1832—, pues su sueño era

colonizarlas, para lo cual gastó parte de su fortuna personal, hasta que consiguió ser

gobernador de ellas (no dueño como el criollo del boceto ocho).280

Arriba se ha dicho arriesgada interpretación porque en el siguiente capítulo de esta

obra se refutará un libro de Hagen, su famosa biografía sobre Manuela Sáenz, por lo que

hay que tomar con pinzas lo que de él provenga. No obstante, en este caso, Lazo se limita a

señalar que Melville le da, en parte, el pasado de Villamil al criollo, su afán por poseer las

Galápagos, pero enseguida da dos nombres para justificar el uso de Cuba en esta ecuación:

Narciso López (criollo nacido en Caracas en 1797) y John L. O’Sullivan (estadounidense

nacido en 1813).281 Al primero se le conoce sobre todo por ser el creador de la bandera y el

escudo de Cuba, y al segundo como agudo columnista; pero, en sí, ambos figuran en la

prosa de Melville porque, de una u otra manera, promovieron el expansionismo de Estados

Unidos a través de la divulgación del Destino manifiesto, lo que justificaba las guerras para

anexar Texas y el condado de Oregon a sus territorios, con Cuba como posible sitio de

interés, para lo cual alentaban el filibusterismo a la isla caribeña. Al final de boceto,

Melville es tajante al advertir sobre los peligros de anexar Cuba a los Estados Unidos: “La

isla se convirtió en un lugar proscrito, en una Alsatia de la mar, en la guarida inexpugnable

280
Daniel W. Burson, “Jose Maria Villamil: Soldier, Statesman of the Americas” (tesis doctoral,
Louisiana State University and Agricultural and Mechanical College, Department of Latin American Studies,
1976), ix, https://bit.ly/2StMSor.
281
Lazo, “The Ends of Enchanment”, 216-7.

163
de toda índole de malhechores, que en nombre de la libertad hacían todo lo que les daba la

gana”.282

Es momento de continuar con el “Boceto octavo” de Las Encantadas. En “Dons y

Cholos”, Lazo menciona que el lenguaje de la etnicidad y clase que usa Melville para

referirse a Sudamérica brinda una importante dimensión para su interpretación social: cómo

se leen unas personas a otras. Melville está al tanto de que las palabras cholo y chola, y su

plural cholos, se refieren a la descendencia de un español e indio y sus repercusiones de

clase y estatus.283 En el boceto, se indica que Hunilla es una “chola, india mestiza de Paita;

Perú”, su hermano Truxil debe forzosamente compartir su etnicidad; por su parte, su esposo

Felipe es “de pura sangre castellana”,284 es decir, es un blanco nacido en la vieja España —

ni siquiera es criollo—. Es claro cómo funciona aquí la interseccionalidad entre un blanco y

dos cholos que han llegado a la isla de Norfolk de Galápagos para obtener aceite de tortuga:

a un cholo o cualquier persona nativa de Latinoamérica nunca se le ocurriría llamar cholo al

español Felipe, pero el narrador de Melville sí lo hace, dos veces, mete en un mismo saco a

los tres: “Los cholos creían poder conseguirlo después de realizar su propio trabajo […]” y

“ningún pensamiento turbó la mente ocupada de los cholos”.285

Sobre esto, Lazo resalta que “cholo”, por ende, es una inflexión social, pues no se

trata de una categoría fija sino de una etiqueta maleable, como sucede en la actualidad en

algunas partes de América de Sur, donde el término se aplica a una persona que es parte de

282
Melville, Las Encantadas, 89.
283
Lazo, “Dons and Cholos”, 118. Traducción y paráfrasis propias.
284
Melville, Las Encantadas, 95.
285
Ibíd., 96 y 97.

164
una clase social baja racializada.286 Lazo afirma que si bien la palabra criollo era habitual

en el discurso del XIX en Estados Unidos, no fue así el término cholo, por lo que se trata de

un compromiso de Melville con el español sudamericano. José Varallanos, en El cholo y el

Perú, según cita Lazo, señala que cholo también funcionó en el XIX como sinónimo de

perro y de huérfano (específicamente un joven sin familia, abandonado, que ha sido

tomado por una familia para el servicio). Hunilla, la mujer rodeada de perros, es la paria

racial y social por excelencia: su raza la condena, además, ha sido abandonada por su

familia (que ha muerto) y por el galeón francés (que nunca vino a rescatarla); es una paria

social porque es una viuda, lo que implica que se ha quedado sin pareja, lo cual se relaciona

con la imposibilidad de la felicidad, que es, per se, una utopía isleña. En síntesis, su

separación de la sociedad tradicional se da por vía racial, de clase y género.287 A esta se le

puede agregar la religiosa, porque ante los ojos de Dios también se ha quedado sola sin su

amor y la doctrina cristiana verá con ojos réprobos que ella consiga un nuevo interés

amoroso, en lugar de penar a su difunto esposo lo que le resta de vida.

Tras perder a su familia, enloquecer y recuperar la cordura, quedarse sola en la isla

y ser rescatada por el navío en el que viaja el narrador, la chola viuda muta profundamente.

Pero no solo se trata de un cambio en la personalidad debido a una lección de vida provista

por la adversidad, es algo mucho más profundo, más elemental: es una pena idiosincrática,

la única de esta clase en todo el texto de Melville. Cuando Hunilla ve la cruz donde yace

sepultado su esposo, el narrador enfatiza: “Miré en sus ojos, pero no vi ninguna lágrima.

Había algo en su gesto que parecía extrañamente arrogante y, no obstante, era un gesto de

286
Lazo, “Dons and Cholos”, 119; traducción y paráfrasis propias. Una precisión: al momento de la
escritura de esta investigación, en Quito la palabra cholo se usa para determinar, además de una condición
racial en conjunción con una clase social baja, una actitud vulgar o de mal gusto. Similar uso tiene en Perú.
287
Ibíd.

165
infortunio. Una pena española e india, que no se manifestaba visiblemente. Un orgullo que

no se puede doblegar en el tormento; el orgullo de la naturaleza que supera la tortura de la

naturaleza”.288 No se trata únicamente de una tristeza por la muerte del ser querido, sino

que es una pena chola, mestiza, propia por lo tanto de los descendientes de españoles e

indios en las Américas; en otras palabras, es una pena que nadie más podrá tener en estas

tierras a menos que haya nacido allí, que tenga ese código genético.

Esta pena idiosincrática le permite abandonar a los perros, su única compañía,

porque el capitán le permite llevar solo los que tienen en los brazos. A medida que el barco

se marcha, Hunilla no titubea a pesar de los ladridos que parecen gritos humanos de los

animales, a pesar de que estos corren junto a las olas, desesperados porque “la sagacidad de

su raza” les permite entender que los están abandonando, de la misma forma que la vida

abandonó a la viuda en esa isla. Se sienta y no mira atrás. “Ella parecería una persona que

ha padecido los peores dolores en esta tierra y que ahora se siente satisfecha de ir

desprendiéndose una a una de todas sus fibras sensibles. Para Hunilla el dolor había sido

tan consustancial que era capaz de soportar el dolor de otras criaturas, aunque compartido

por ella con amor y simpatía, sin ninguna queja. Un corazón anhelante por el frío que

procede del cielo”.289

Hay una palabra clave que decodifica el enigma racial de la pena de la viuda, que es

la que acertadamente utiliza el traductor para reflejar el dolor compartido: consustancial.

Su primera acepción es que pertenece a la propia naturaleza de alguien o es inseparable de

ella. La pena de la viuda es irrepetible porque es mestiza: como una extensión de Melville,

ella entiende lo que significa descender de una etnia violada, explotada y asesinada durante

288
Melville, Las Encantadas, 111. Énfasis añadido.
289
Ibíd., 113.

166
siglos por una potencia más fuerte y en nombre del poder más alto que se conozca: Dios. La

segunda acepción cierra perfectamente el relato, de forma redonda, y explica el aspecto

religioso en el que también se halla anclado el tema racial de América del Sur:

consustancial también alude, en la mitología católica, a la sustancia que comparten las tres

personas divinas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), representados en la cruz que contempla

estoica la chola en la tumba de su esposo, antes de marcharse, y la cruz que ve al final,

cuando ya está “a salvo”, en Perú: “La última vez que vi a Hunilla estaba de camino a Paita,

a lomos de un pequeño asno gris; y ante ella, sobre los hombros del asno, contemplaba en

la articulación la cruz heráldica del animal”.290 En ninguna otra parte de la prosa de

Melville se encuentra una pena de esta clase, tan definida como arraigada en la sangre, que

parte de ella y que resulta tan poética que más allá de la crudeza no deja de ser un

homenaje: ni en las tierras colonizadas de Taipí y Omú, tampoco en las extensiones

continentales que son los barcos, ni mucho menos en las tierras de los imperios

colonizadores que le son menos atractivas a Melville.

4. ¿Por qué, de súbito, decide bajarse en Lima?

Si bien la novela Moby Dick será analizada a fondo en el siguiente capítulo, que está

dedicado en exclusiva al mítico doblón de oro de Ahab, en este compete entender un aparte

que descuella por lo llamativo de su tema: el capítulo LIV (54), “Historia del Town-Ho”,

que apareció publicada de forma independiente en la edición de octubre de 1951 de la

Harper’s New Monthly Magazine, a modo de abrebocas de la novela que el “señor

Melville” estaba por regalar al mundo. Como es sabido, Moby Dick narra la historia del

290
Ibíd.

167
capitán Ahab, quien busca venganza en contra de la ballena que le cercenó la pierna, pero

su búsqueda por los mares del mundo trasciende de ser una mera novela de aventuras: es

una búsqueda metafísica del conocimiento, de la divinidad. Además de los capítulos

narrativos, se le considera un manual de navegación y una enciclopedia sobre cetología, ya

que en su afán de crear la novela total, Melville se aseguró de presentar todas las aristas del

negocio ballenero de Estados Unidos en el XIX.

De la misma forma que Don Quijote de la Mancha, el magnun opus de Melville

también tiene historias que se desvían de la trama principal o que, a primera vista, parecen

no tener una conexión real con el resto del entramado. El ejemplo más llamativo de esto es

el capítulo 54, “Historia del Town-Ho”, que narra la revancha de dos marineros de Estados

Unidos, Radney y Steelkilt, tripulantes del Town-Ho, barco con el que el Pequod se

encuentra en altamar. Esta historia resulta de mucho interés para los tripulantes del Pequod,

que la tratan como un secreto. De hecho, el narrador empieza a contar esta historia al lector

con la siguiente aclaración: “Permítaseme el rasgo de humor de conservar el estilo con que

la conté una vez en Lima, en un círculo ocioso de amigos españoles, en la víspera de un día

santo, mientras fumábamos sobre las gruesas baldosas doradas de la galería de la Hostería

del Oro”.291 La narración de Ismael, mientras la chicha viene y va,292 se ve interrumpida en

varias ocasiones por dos de sus amigos, los jóvenes don Pedro y don Sebastián. Al final, en

un auto de fe improvisado, Ismael jura sobre los evangelios y ante un sacerdote que todo lo

relatado es real.

291
Herman Melville, Moby Dick, trad. Enrique Pezzoni (Barcelona: Random House Mondadori,
2008), 315.
292
La chicha es una bebida alcohólica que se obtiene al fermentar maíz en agua azucarada, que se
sigue consumiendo en la actualidad en Perú y Ecuador.

168
Al terminar de leer el capítulo, surgen inmediatamente varias preguntas: ¿cuál era la

necesidad de Melville de ubicar la historia en Lima, afuera de una hostería (Golden-Inn),

frente a un grupo de españoles? ¿Por qué simplemente no la relató a bordo del Pequod,

como se hicieron antes con otras historias y se continúan haciendo después de este

capítulo? ¿Por qué Lima y no otra ciudad del amplio mundo? Las repuestas tienen dos

aristas: el espacio y el idioma. En primer lugar, Lima no es extraña a la prosa de Melville:

como se ha dicho en este capítulo, con el vistazo de Lima, desde adentro de la saya y manto

de la tapada limeña, se intenta advertir al lector de Benito Cereno y al mismo Amasa

Delano del elaborado engaño que está a punto de presenciar; al final, otro vistazo, desde

adentro de la cabeza decapitada de Babo, hace un recorrido que va desde la plaza central

hasta el monasterio donde finalmente Cereno fallece.

John Cyril Barton, en su ensayo “An Unquestionable Source? Melville’s ‘The

Town-Ho’s Story’, the Inquisition, and W. B. Stevenson’s Twenty Years’ Residence in

South America”, hace un breve recuento: ya sea como ciudad o su país, Lima aparece en

Pierre o las ambigüedades (1852), se alude a la conquista del Perú por parte de Francisco

Pizarro en el final de The Confidence-Man (1857, traducido al español como El timador en

1976 y El estafador y sus disfraces en 2011), se habla de los terremotos de Lima en el

poema Clarel (1876) y en “The Haglets” (1888).293 Herman Melville caminó por Lima los

primeros días de 1844294 y quedó impresionado con lo que vio, tanto que, como se

menciona, la ciudad continuó apareciendo en su producción literaria muchos años después.

293
John Cyril Barton, “An Unquestionable Source? Melville’s ‘The Town-Ho’s Story’, the Inquisition,
and W. B. Stevenson’s Twenty Years’ Residence in South America”, Nineteenth-Century Literature 8, n.° 2
(2013): 145, https://www.jstor.org/stable/10.1525/ncl.2013.68.2.145. Este ensayo, además de proponer
una lectura de la Inquisición para interpretar Moby Dick, propone que una de las inspiraciones para el
personaje de Jack Chase de White Jacket fue William Bennet Stevenson.
294
La visita de Melville a Lima, así como el resto de países hispanoamericanos, se analizará con
detenimiento en el siguiente capítulo.

169
A decir de Hershel Parker, ninguna otra ciudad en la Américas, ni Boston, Manhattan ni

Quebec capturaron y encantaron su imaginación de la forma en que lo hizo Lima.295 De

hecho, en uno de los capítulos más importantes y estudiados de Moby Dick, el XLII (42),

“La blancura de la ballena”, Melville —a través de las reflexiones de Ismael—, crea un

bello retrato de la capital peruana al emparentarla por su blancura —nótese que Lima es el

único referente con carga geopolítica en una lista de accidentes geográficos—:

Y no es el recuerdo de sus terremotos destructores de catedrales, ni el desborde de su mar


enloquecido, ni la crueldad de sus áridos cielos que nunca llueven, ni la vista de su inmenso
campo de chapiteles inclinados, cúpulas torcidas, cruces en ángulo (como los mástiles
oblicuos de las flotas ancladas), ni sus calles suburbanas, donde las paredes se precipitan
unas sobre otras como un mazo de cartas desparramado, no es nada de esto lo que hace de
Lima, la ciudad sin lágrimas, la más triste, la más extraña que pueda verse. Porque Lima se
ha cubierto con el velo blanco y hay en esta blancura de su dolor un horror más grande.
Antigua como Pizarro, esta blancura mantiene eternamente nuevas las ruinas de Lima: no
deja que penetre en ellas el verde alegre de la ruina absoluta y esparce sobre sus rotos
bastiones la rígida palidez de un cuerpo apoplético que inmoviliza sus propias
distorsiones.296

En su ensayo, Barton repara en algunos detalles que usualmente no se toman en

cuenta al momento de decodificar la “Historia del Town-Ho”. Esta inicia como un chisme

en la cubierta del Pequod, porque a Tashtego —a quien la tripulación del Town-Ho le

confió la historia con “recomendaciones papales de que guardara el secreto” 297— se le

escapan detalles mientras duerme, de manera que no tiene más remedio que contársela a

pocos compañeros del Pequod. El relato de la historia por parte de Ismael tiene mucho de

confesión, pues es a la vez cuestionado por Pedro y Sebastián, los cavaliers que tienen

muchas dudas y no escatiman en formulárselas. La historia finaliza con las paródicas prisas

de los personajes, alcoholizados ya, para encontrar un monje con un evangelio del “mayor

295
Parker, Melville 1, 281.
296
Melville, Moby Dick, 258.
297
Ibíd., 314.

170
tamaño que le sea posible”,298 para jurar sobre él que todo lo contado ha sido verdad.

Barton recoge la observación de Wyn Kelley sobre el extraño estatus de Ismael en esta

historia: se trata de un marinero estadounidense con posición social entre dones españoles

en Lima; Kelley, al igual que Parker, ven en esta configuración una oportunidad para el

lector de buscar conexiones más profundas.299

La historia recoge, por lo tanto, secretismo “papal”, confesiones y juramentos

forzados frente a los ojos de Dios, lo que indica, para Barton, que Melville estaba

consciente de las actividades de la Inquisición católica en el mundo y en especial en Lima.

Dicha institución primero se estableció en Roma y a partir de 1478 se inició en España, con

la idea de combatir la herejía y unificar a la Iglesia, pero pronto se convirtió en una práctica

nefasta estatal de tortura y uso de violencia para obtener confesiones y eliminar herejes en

Europa. En España, a mediados del siglo XVI, se usó para erradicar la influencia judía,

islámica y protestante en sus tierras, hasta que finalmente fue abolida en 1834 de España y

sus provincias en las Américas, solo siete años antes de que Melville visitara Lima. Barton

indica que el juramento de Ismael —él le indica al monje dónde pararse y qué hacer, y no al

revés— y su pedido de una Biblia más grande está dispuesto para ridiculizar el catolicismo

español, con la ilusa idea de que a mayor tamaño, más cerca se estará de Dios.300

Para continuar con el análisis de este capítulo tan especial de Moby Dick, es preciso

reparar en el humor, al que apela Ismael desde el inicio. Es claro que don Pedro y don

298
Ibíd., 337.
299
Barton, “An Unquestionable Source?”, 167.
300
Ibíd., 161-7. Se dijo ya que la “Historia del Town-Ho” se publicó en octubre de 1851 en la
Putnam’s, como una adelanto de Moby Dick, que se publicaría al mes siguiente. Barton cuenta que en
aquella edición, la revista también publicó un ensayo, de autor desconocido, llamado “Lima and the
Limanians”, en el que se ofrecía un vistazo de la ciudad y sus habitantes, enfocándose en la historia cultural
de Lima, sus prácticas sociales e instituciones políticas. Ibíd., 151. Con este dato, la aparición de la “Historia
del Town-Ho” no solo adquiere tintes promocionales para Melville, sino también para la misma revista y sus
demás artículos, los cuales, a la larga, repercutirían en publicidad para Moby Dick.

171
Sebastián son dos mecanismos narrativos que están ahí para activar la comicidad, con

preguntas que desnudan su ignorancia y su indiferencia hacia ella. Ismael, como es un

marinero que proviene del Norte geopolítico, asume que sus contertulios del Sur sabrán qué

es un canaleño (canaller en inglés), a lo que don Pedro replica: “No, señor; en esta tierra

amodorrada y cálida de tradición y pereza sabemos muy poco de su vigoroso norte”.301

Otro contertulio, en base a lo dicho por Ismael, le agradece la delicadeza de haber

reemplazado Lima por Venecia al referirse al tema de la corrupción: “‘Corrompido como

Lima’. Esa frase no hace más que confirmar sus palabras: hay más iglesias que salas de

billar, y sin embargo… Corrompido como Lima. Lo mismo ocurre con Venecia”.302

Finalmente, don Pedro, mientras se derrama chicha, precisa: “No se necesita viajar. Todo el

mundo es Lima. Creía que en su apacible norte las generaciones eran frías y virtuosas como

las colinas…”.303 Esta historia limeña está construida con base en los prejuicios a los que

Melville ha sabido sacarle partido y que rondan toda su obra, pues aquí la generalización se

extiende como un axioma transitivo: si Lima es un lugar perezoso y corrupto, y el mundo es

Lima, por lo tanto, el mundo es perezoso y corrupto también.

Rodrigo Lazo, en su estudio breve “‘So Spanishly Poetic’: Moby-Dick’s Doubloon

and Latin America”, toca rápidamente la “Historia del Town-Ho” para indicar que esta

presenta la diferencia al jugar con los estereotipos, los cuales permiten plantear preguntas

sobre ellos. Aquí Melville se mofa del catolicismo y, de paso, también de algunos

habitantes de América del Sur al pintarlos de esa forma, pero aun así, precisa Lazo, no está

cerca de aproximarse a las descripciones ofensivas de los manuales imperialistas de

Richard Henry Dana Two Years Before the Mast (1840) y To Cuba and Back: A Vacation
301
Melville, Moby Dick, 322.
302
Ibíd., 323.
303
Ibíd., 324.

172
Voyage (1859). Incluso así, don Pedro crea una brecha entre el Norte y el Sur al hermanar

las costumbres y convenciones de ambos hemisferios (“Creía que en su apacible norte las

generaciones eran frías y virtuosas”). Aquí don Pedro, continúa Lazo, cuestiona dos

representaciones que circulaban en los Estados Unidos a mediados del siglo XIX:

[…] una que asocia a los españoles con la corrupción católica y otra que conecta el clima en
las regiones del sur con las disposiciones físicas. Por ejemplo, en su visita a La Habana,
William Cullen Bryant escribe: “Que hay algo en un clima tropical que lo indispone a un
esfuerzo vigoroso, lo puedo creer, por lo que experimento en mí mismo y lo que veo a mi
alrededor”. Al proclamar que el mundo es Lima, Pedro llama la atención sobre su ironía
anterior al describir a la gente de la región como vaga. Esto demuestra una estrategia clásica
de los narradores de Melville: establecer el estereotipo y luego obligar al narrador y/o lector
a reconocer los problemas de su propia aceptación de esos puntos de vista al estilo de
Delano.304

Siguiendo con Lazo, pero de vuelta a su ensayo “Dons and Cholos”, la incursión de

Ismael en Lima y la mención de varios lugares de América Latina —al igual que el doblón

de oro ecuatoriano— son un ejemplo de cómo Melville extiende su narración por todo el

globo, además de que forman parte de su visión de la caza de ballenas como un proceso

imperial que navega todos los océanos. Melville vuelve a abordar dilemas interseccionales

en la “Historia del Town-Ho”, al cuestionar la clase y el estatus en la región, pero ahora

desde el título don, el cual remite forzosamente a Don Quijote de la Mancha, un personaje

extravagante que con solo ser un hidalgo se apropia del don, que está reservado a la alta

nobleza, lo que aúpa a un noble inferior hacia un caballero de rango superior sin la

mediación honorífica que debería acaecerle antes. Por eso es que Ismael se encuentra

rodeado de un círculo de caballeros (cavaliers) que son a la vez caballeros (gentlemen),305

pero son también “un círculo ocioso de amigos españoles”.306 El término “don” aparece

ambivalente por el comportamiento cómico de los interlocutores, que debieran ser más

304
Lazo, “‘So Spanishly Poetic’”, párr. 5. Traducción y paráfrasis propias.
305
Lazo, “Dons and Cholos”, 120.
306
Melville, Moby Dick, 315.

173
políticos y que deberían saber de los canales del estado de Nueva York pero desconocen,

solo han oído de los de Venecia.

A diferencia de Hunilla, los dones bromean sobre el catolicismo y hasta arrastran un

monje para poder jurar la veracidad de la historia: aquí, la figura de la cruz no tiene la

solemnidad que le impregna la chola viuda para iniciar y terminar su viaje final. Semejantes

dudas sobre la veracidad, continúa Lazo, se extienden a Pedro y Sebastián: ¿en realidad

tienen el título de don por nobleza o simplemente lo obtuvieron como parte de la

camaradería irónica de los amigos? Esta pregunta es válida por la facilidad que se mezcla el

don con caballero (sir), como hace Ismael al momento de negarse a contar la historia de

Moby Dick ante la insistencia de los presentes: ““Nay, Dons, Dons – nay, nay! I cannot

rehearse that now. Let me get more into the air, Sirs”.307 Esta fluidez entre don y caballero

(sir) remite al momento en que el capitán Amasa Delano duda de que Benito Cereno sea un

“don”, pues no actúa como un hombre de su estatura ni de su apellido, el cual “conocían los

capitanes y sobrecargos que navegaban por la costa española, como perteneciente a una de

la familias mercantiles más emprendedoras […], con varios títulos de nobleza […]: una

especie de Rothschild castellano, con un hermano o un primo noble en cada ciudad

comercial de Sudamérica”.308 Acto seguido de que el abolengo muestra su valía, Delano lo

denomina “presunto Don Benito”.

Para Delano, si la descortesía de Cereno no le hace merecedor del título de don o al

menos le permite dudar de su valía, el capitán estadounidense enseguida se convence de

307
Herman Melville, Moby Dick or The Whale (Londres: Wordsworth Editions, 2002), 215. Se cita la
versión en el inglés original porque la traducción no permite diferenciar entre don y caballero. En adelante,
cuando se cite la versión en inglés, se la denominará Moby Dick or The Whale, la otra corresponde a la
versión en español traducida por Enrique Pezzoni. En ciertos casos, se especificará cuando se cite la edición
escaneada del original de 1851.
308
Melville, Benito Cereno, 144.

174
que sí es digno por su aspecto físico: su silueta lo impresiona, que le “ennoblecía en el

mentón por la barba. ¡Fuera sospechas! Era una auténtico vástago de un verdadero hidalgo

Cereno”.309 Por lo tanto, concluye Lazo, Delano se ha “contagiado” de la frenología y el

aire social de América del Sur, donde, como se han demostrado en este capítulo, el aspecto

físico de una persona también implica estatus, pues hay una estrecha relación entre

abolengo y clase que tiene que ver con la sangre, la apariencia y el comportamiento.310

Nada se dice del aspecto de los dones ni si vienen de familias nobiliarias de España, pero su

comportamiento al escuchar la historia de Ismael poco tiene que ver con alguien merecedor

del título de don: saben poco del mundo, se reconocen perezosos, no le ven el sentido a

viajar si ya viven en una metrópoli corrupta, beben y riegan chicha, insisten en cambiar de

una historia a la mitad de otra, se mofan de lo sagrado del catolicismo, etc. Sin duda, ellos

adquirieron el “don” en una taberna gracias a la flexibilidad del título y su ironía social

fuera de los ambientes nobles o más serios. Esto demuestra que Melville estaba al tanto de

las formas de relacionarse en Hispanoamérica y supo sacarle provecho a través de la

ficción, ya sea de forma solemne o bien como ironía.

Para finalizar, luego de entender cómo funciona Lima y los títulos nobiliarios en la

prosa de Melville, se debe reflexionar sobre el lenguaje. La forma en que los narradores

usan el título de don en el capitán Cereno y don Pedro y don Sebastián emparentan a Benito

Cereno y Moby Dick, pero más fuerte que esto es el uso del idioma español y la ubicación

de la historias, pues estos factores hermanan las dos obras de forma más contundente.

Emilio Irigoyen, en su ensayo “Follow your leader: Lo hispanófono como otro cultural en

Moby Dick y Benito Cereno”, repara de forma brillante en un detalle que frecuentemente se

309
Ibíd.
310
Lazo, “Dons and Cholos”, 120-2.

175
pasa por alto: “si en la posada limeña un marino estadounidense cuenta muy teatralmente a

un público hispanohablante una historia en inglés, en las costas de Chile una tripulación

hispanohablante representa para un capitán estadounidense una historia en español”.311 El

inglés hablado afuera de la hostería limeña Golden-Inn de la “Historia del Town-Ho” se

opone al español impostado que se usa en Benito Cereno, pues incluso antes de sospechar

de las anomalías que suceden a bordo del Santo Domingo, el primer equívoco o misreading

es asumir que la comunicación entre Delano y Cereno es el “diálogo de alguien que se

expresa en su propia lengua […], con alguien que lo hace en una lengua extranjera (cosa

que el lector conoce desde un primer momento)”.312

Para probar que este equívoco es un fenómeno real, Irigoyen propone dos ejemplos.

El primero tiene que ver con el lema que ostenta la embarcación de Cereno, en español

original: “Seguid vuestro jefe”. Si Delano conociera un poco mejor el idioma español,

repararía en que esta frase es un calco tan literal como ingenuo del inglés “Follow your

leader”; es decir, a la primera le hace falta la preposición “a”: “Seguid a vuestro jefe”. Por

ende, la frase en español que la novela propone sería en realidad una frase formulada

primero en inglés que luego se tradujo al español, por un traductor poco capaz. Mientras

Delano intenta descifrar qué es real a bordo del Santo Domingo, “el lector anglófono se ve

enfrentado a un problema similar ante la impostura de un texto en legua extranjera […].

Visto así, podría decirse que el relato intenta engañarnos en términos similares a aquellos

en que los tripulantes del San Dominick intentan engañar a Delano”. 313 Esto deviene, según

Irigoyen, en la falsa facilidad con la que Delano se comunica con los hispanohablantes sin

311
Irigoyen, “Follow your leader”, 112.
312
Ibíd., 113.
313
Ibíd., 114.

176
tener nunca que pedir aclaraciones —la repetición de frases o palabras—, ni solicitar

definiciones, cosa que sí hacen los contertulios de Ismael en Lima.

El segundo ejemplo se relaciona con la posibilidad de confusión del título. Irigoyen

llama la atención en el contraste escogido por Melville para el apellido Cereno y la falta de

serenidad del personaje portador de este, estado de ánimo que es, a fin de cuentas, el que

permite levantar sospechas sobre lo que sucede en verdad en el barco. La contradicción

entre el apellido y estado de ánimo se manifiesta en la escritura y en su oralidad: para el

paso del adjetivo sereno al patronímico Cereno solo basta con cambiar la s por la C.

Aunque la tripulación es de España —pero también de África—, dado que se hallan en

territorio hispanoamericano, es razonable suponer que el habla del barco carece de ceceo, y

más allá de esto, es fácil suponer que Delano no nota la diferencia entre sereno y Cereno

porque ha aprendido español en Sudamérica. Desplazamientos similares ocurren en Las

Encantadas, donde en su idioma original Roca Redonda es Rock Rodondo —apenas una

letra que hace una mala traducción del español al inglés—, el desierto de Atacama es

Aracama; no se olvide que el barco San Dominick está traducido a medias. Para concluir

con esta forma lingüística de engaño de Melville, Irigoyen señala: “Para decirlo en la

magistral fórmula acuñada por Bhabha para referirse a la otredad racial-colonial, ambos son

‘almost the same, but not quite’. Una fórmula que, como observa Bhabha, solo puede

entenderse de la mano de la otra, que hace pareja indisoluble con ella: ‘almost the same, but

not white’”.314

314
Ibíd., 116-7.

177
Capítulo cuarto

El objeto latinoamericano por excelencia, el doblón de Ahab:

Moby Dick y “La veranda” (“The Piazza”)

El presente capítulo busca entender cómo Herman Melville visualiza y representa los

objetos latinoamericanos y la interacción que estos provocan con los personajes, a través

del objeto que ha despertado mayor interés para los melvilianos, estudiosos de Moby Dick y

público conocedor en general: el doblón de oro del capitán Ahab. Al igual que sucede en la

novela, hay todo un proceso que es necesario analizar para comprenderlo a cabalidad, por

ello, este será un recorrido histórico, simbólico, artístico y analítico de todo lo que abarca,

probablemente, la moneda más famosa de la literatura universal.

El doblón aparece por primera vez en el capítulo XXXVI (36) de Moby Dick,

titulado “El alcázar”. En este, el capitán del ballenero Pequod, Ahab, promete regalar “una

onza española de oro”315 al marinero que aviste primero a la gran ballena blanca, Moby

Dick. Para demostrar que su promesa es real, clava la moneda en el palo mayor de la nave,

ante la vista de toda la tripulación, que se relame de codicia. Este capítulo, además, es

importante porque es el primero en el que la presencia física de Ahab se deja sentir y

porque confiesa que su intención real es Moby Dick, ballena que en un enfrentamiento

previo le arrancó la pierna, razón por la que usa una pata artificial hecha de hueso de ese

mamífero; por lo tanto, recién en este apartado se nombra el motor narrativo de la novela.

Más adelante, en el capítulo XCIX (99), titulado precisamente “El doblón”, el lector

se entera que la moneda es ecuatoriana, la cual logra despertar infinitas pasiones en toda la
315
Melville, Moby Dick, 220.

178
tripulación en general y en los personajes principales en particular, como se verá más

adelante. La pregunta a la tesis de este capítulo la hace el propio Herman Melville, a través

de su personaje Stubb, a quien se le cede ahora la voz: “He visto doblones durante mis

viajes: los de la vieja España, y los doblones del Perú, los doblones de Chile, los doblones

de Bolivia, los doblones de Popayán, y también infinitos miodoros y pistolas de oro y reales

y medios reales y cuartos de reales. ¿Qué tendrá, pues, este doblón de Ecuador, que lo hace

tan milagroso?”.316 En efecto, ¿por qué es especial la moneda ecuatoriana y no la de otros

países de la misma región latinoamericana?

Para responder la pregunta, antes es preciso erigir los elementos que entrarán en

debate en este capítulo, necesarios para comprender la dimensión simbólica que Herman

Melville realiza en Moby Dick: 1. se inicia con un breve contexto de la novela, sobre su

escritura, fuentes, influencia y recepción, en el que no es necesario detenerse demasiado; 2.

luego continúa con la exposición literaria del doblón en la novela y su contraparte en la

realidad, el ocho escudos de Ecuador (y su explicación histórica),317 en el que Melville se

basa para la novela; 3. se continúa con un análisis de las posibilidades que tuvo Melville de

haber visto el doblón en Latinoamérica, con un recuento del viaje que hizo por estas tierras

y aguas, con una mención del supuesto encuentro con Manuela Sáenz, prócer de las

independencias sudamericanas; 4. se estudian los performances que suceden en la cubierta

del Pequod, relacionados con el doblón, como una forma de presentar el evangelio de la

novela; 5. se hace un recuento de las alusiones a lo ecuatorial y ecuatoriano en la novela,

como precedente a sus valores religiosos y mitológicos, seguido del análisis del cuento “La

316
Ibíd., 254.
317
Aunque ya se mencionó en la “Introducción” de este trabajo, se recuerda aquí el uso de los
gentilicios: ecuatorial se refiere a la línea ecuatorial y ecuatoriano al país, ya sea en su versión continental o
insular (las Islas Galápagos).

179
veranda” (“The Piazza”), como una clave para decodificar Moby Dick; 6. para finalizar, se

reflexiona sobre el papel que tiene el doblón, un objeto local, en el contexto global.

1. Un libro llamado Moby Dick y otro llamado La ballena

Moby Dick apareció en 1851, no sin antes sortear problemas que continuaron incluso

después de la publicación. En Londres apareció el 18 de octubre, bajo el sello del editor

Richard Bentley, quien había publicado antes otros libros de Melville, ahí lo hizo bajo el

título de The Whale (La ballena), en una edición de tres volúmenes que era diferente a la

versión estadounidense por dos factores, según G. Thomas Tanselle: en primer lugar,

después de que Melville enviara el manuscrito a Bentley, en el verano de 1851, el escritor

siguió trabajándolo —es decir, modificando— para la versión que aparecería en su país,

aunque en ese momento no tenía aún editor. La segunda razón se rige por las políticas de

publicación de Inglaterra: Bentley alteró Moby Dick para que fuera correctamente

apreciado en Inglaterra, bajo su criterio y el de lectores que le daban consejos para

“mejorar” los manuscritos. Por esta razón, la versión británica difiere de la estadounidense

por muchos errores, miles de diferencias en la puntuación y más de seiscientas diferencias

en la redacción.318

En Estados Unidos, vio la luz el 14 de noviembre del mismo año, de la mano de

Harper & Brothers. Antes, a modo de aperitivo, los lectores de ese país pudieron leer el

capítulo LIV (54), “Historia del Town-Ho” (“The Town-Ho’s Story”), según se publicó en

la edición de octubre de la Harper’s New Monthly Magazine, como una muestra de lo

318
G. Thomas Tanselle, “Note on the Texts”, en Melville: Redburn, White-Jacket, Moby-Dick,
Herman Melville (Nueva York: The Library of America, 1984), 1416-7.

180
nuevo que el señor Melville estaba preparando para el público en su más reciente novela. 319

Huelga decir que, en lo sucesivo —después de la Primera Guerra Mundial, cuando se

redescubrió la narrativa de este autor— la edición definitiva de Moby Dick parte de las

modificaciones de Herman Melville a la edición estadounidense. Para el 22 de noviembre

de 1851, la editorial registró una venta de 1535 copias, que equivalió, junto con otros

libros, a 422,85 dólares, que se le envió a Melville; el balance demostraba que las primeras

críticas de Moby Dick, que habían sido positivas, no habían estimulado las ventas para

igualar a las de Redburn o White-Jacket.320 Por su parte, Bentley nunca recuperó el adelanto

de 150 libras que le hizo al autor.

Aunque hubo algunas reseñas positivas al inicio en la prensa, la recepción de Moby

Dick fue mayormente negativa. Según Hershel Parker, se debió a que en Gran Bretaña

había una industria profesional de reseñas de libros en revistas y publicaciones semanales y

mensuales, pero en Estados Unidos solo había un puñado de personas a los que se podía

llamar críticos; por esta razón, casi siempre los editores de diarios se remitían y hacían eco

de lo que decían sus colegas al otro lado del Atlántico. Las circunstancias quisieron que la

novela La ballena se publicara primero en Inglaterra, donde una pronta reseña apareció en

el Athenaeum de Londres, que era el medio más respetado en cuanto a crítica literaria a los

dos lados del océano, y esta fue demoledora. Tómese en cuenta que la revista londinense

leyó la versión modificada por Bentley, por razones de censura sexual, blasfemias, etc.,

además de adaptarla al gusto de ese país; asimismo, no se explican muchos cambios hechos

a la novela, como la falta del “Epílogo” al final, entre otros que seguramente modificaron la

percepción del reseñador.

319
Parker, Melville 1, 866.
320
Parker, Melville 2, 30.

181
La crítica del Athenaeum aparecida en octubre, continuando con Parker, tuvo tiempo

suficiente para viajar a Norteamérica e influenciar a los periódicos que recién podían

hacerse con una copia de Moby Dick. El Post de Boston copió y parafraseó la crítica de la

revista londinense, el 20 de noviembre, y entre el poco material propio que ofreció fue la

queja de tener que pagar una cantidad exorbitante de dinero (1,50 dólares), ya que las

editoriales parecerían estar cambiando el modelo de imprimir buenos libros a precios

económicos, a uno de libros malos a un costo alto; el reseñista lapida su texto diciendo que

25 centavos sería una cifra justa para pagar por Moby Dick. La gente que no leyó esta

crítica pudo hacerlo en la reimpresión que se hizo, dos días después, en el Statesman de

Boston. A finales de noviembre, apareció la edición de diciembre de la International

Magazine de Nueva York, la cual replicó la reseña del Spectator, también de Londres y

también negativa, que calificaba a la novela como una “catástrofe que invalidaba toda

regla” (literaria). Al menos el texto del Spectator le permitió entender a Herman Melville

que algo había pasado con el final de novela en la edición británica y que, por lo tanto, al

menos eso no era su culpa.321

Para cerrar este breve apartado sobre el proceso de creación de la novela, debe

decirse que en una carta de Melville, de mayo de 1850, este ya habla sobre la escritura de

su libro ballenero, por lo que se cree que la labor inició en febrero. En agosto de ese año se

presume que ya tenía la mitad del libro, para el momento en que conoció al admirado

escritor Nathaniel Hawthorne; la parte más intensa de trabajo fue en el invierno de 1850-

1851. Cuando escribió la carta en el que le ofrecía el texto a Richard Bentley, Melville

aseguró que estaría listo para el otoño, época en la que sí lo envió a Londres aunque seguía

321
Ibíd., 17-21.

182
modificándolo para la futura edición estadounidense. Es vital la influencia que tuvo en la

escritura su vida en altamar, de 1841 a 1844, primero a bordo del Acushnet (1841-1842),

luego en el Lucy Ann (1842), después en el Charles and Henry (1842-1843) y al final en el

United States (1843-1844), de la marina de su país. Sobre esto, Parker indica que Melville,

como ballenero,

[…] participó en uno de los más notables fenómenos literarios de su tiempo, el


entrenamiento de frontera de los escritores no instruidos, en el cual estadounidenses
comunes […] enfrentaron maravillas y horrores de la naturaleza, lejos de casa, y luego
regresaron, si fueron afortunados, para contar las aberturas sobre sus experiencias, para
contar aventuras verídicas tan extraordinarias que la gente que se quedaba en casa quizá las
tomaba como falsas.322

Más allá de sus viajes por los Mares del Sur, como se dijo en el capítulo de esta

investigación sobre Las Encantadas, Melville era un ávido lector que obtenía datos de

múltiples libros y otras publicaciones. Para Moby Dick, fue esencial la edición de mayo de

1839 —antes de que el escritor viajara a Liverpool— de la revista neoyorquina

Knickerbocker, en la que apareció un artículo titulado “Mocha Dick: or The White Whale

of the Pacific: A Leaf from a Manuscript Jourrnal”, de J. N. Reynolds, sobre el hombre que

cazó a Mocha Dick, la ballena que había hundido embarcaciones en ese océano. 323 Otra

gran influencia fue el libro Narrative of the Most Extraordinary and Distressing Shipwreck

of the Whale-Ship Essex (1821), escrito por Owen Chase, quien fue uno de los marineros

sobrevivientes de la tragedia de la embarcación Essex, que fue hundida por una ballena en

los Mares del Sur.324

A pesar de que estos dos textos permiten suponer mucho de la trama de Moby Dick,

fue el libro The Whale and his Captors; or, The Whalemen’s Adventures, and the Whale’s

322
Parker, Melville 1, 694. Traducción propia.
323
Ibíd., 695.
324
Ibíd., 696.

183
Biography, as Gathered on the Homeward Cruise of the “Commodore Preble” (1849), del

reverendo Henry T. Cheever, el cual le permitió a Melville tener una visión plausible de

dos eventos específicos: la confirmación de que un capitán que buscara a una ballena

específica sí tendría la oportunidad de encontrarla y la reconfirmación de que una ballena sí

podía hundir un barco.325 En cuanto a las influencias más literarias, Parker señala las obras

de Shakespeare, sobre todo El rey Lear, los libros de Jonás y Job de la Biblia, el Paraíso

perdido de Milton, el Doctor Fausto de Marlowe y el Fausto de Goethe, la Anatomía de la

melancolía de Robert Burton, Tristam Shandy de Laurence Steren, las Confesiones de De

Quincey, entre otros.326

2. ¿Qué vemos cuando vemos el doblón de Ahab?

a) El doblón literario

El 99 es un capítulo clave dentro de Moby Dick: en él se hace una descripción del doblón

que Ahab clavó en el mástil, en el capítulo 36. Este apartado será, por lo tanto, mayormente

denotativo, pues presentará la transcripción de aquella secuencia narrativa, en oposición al

doblón real de Ecuador; se omiten los componentes teatrales y rituales, la interacción de la

moneda con el entorno y sujetos, y las interpretaciones personales de los personajes que se

hacen en este capítulo y el 36, para analizarlas más adelante. Esta es, por lo tanto, la mera

descripción del doblón según las palabras de Melville:

Ahora bien: ese doblón era del oro más puro y virginal, extraído del corazón de alguna
maravillosa colina donde, a oriente y a occidente, corren sobre arenas de oro las aguas

325
Ibíd., 723-4. Para una lista detallada de los libros académicos y de viaje que Melville consultó e
influyeron en la redacción de la novela, se puede consultar, sobre todo, el capítulo 33 del primer volumen de
la biografía de Hershel Parker: ibíd., 688-701.
326
Ibíd., 699-700.

184
sugerentes de muchos Pactolos. Y aunque ahora estaba clavado entre la herrumbre de los
tornillos y el verdín de los pernos de cobre, aún conservaba su brillo de Quito, intangible,
inmaculado. […]
Esas nobles medallas de oro de Sudamérica son como medallas del sol y símbolos del
trópico. En ellas aparecen grabados en rica profusión palmeras, alpacas y volcanes; discos
del sol y estrellas; elípticas, cuernos de la abundancia y suntuosas banderas. De modo que
del precioso oro parecen venir una riqueza ulterior, una gloria excelsa que pasa por esos
troqueles fantasiosos, tan hispánicamente poéticos.
El doblón del Pequod era un rico ejemplo de todo eso. En su borde circular llevaba la
inscripción: REPÚBLICA DEL ECUADOR: QUITO. Así, la reluciente moneda venía de
un país situado en medio del mundo, y había sido fundida en medio de los Andes, en ese
clima invariable, que no conoce otoños. Rodeada por esas letras, se veía en ella la imagen
de tres cumbres andinas y, en la primera, una llama; en la segunda, una torre; en la tercera,
un gallo que cacareaba. Sobre todo ello se enmarcaba un fragmento del zodíaco con los
signos representados según su habitual sentido cabalístico, y el sol, clave en todos ellos, en
el momento de entrar en el equinoccio, en Libra.327

b) El doblón histórico (y por ende real)

La descripción literaria de Melville es de la moneda real que existió en Ecuador, y aún

existe, pues se expone en el Museo Numismático del Banco Central del Ecuador,

coloquialmente se la conoce como “Moneda Moby Dick”, pero su nombre real es ocho

escudos y forma parte del patrimonio cultural del país. Para entender a profundidad el

objeto que Ahab y los demás marineros observan, analizan e interpretan, es necesario hacer

un breve recuento del objeto en sí y de la historia del Ecuador. Las siguientes son las

especificaciones de la moneda según el Registro de bienes culturales:

Tabla 1. Identificación general del doblón ocho escudos

Denominación ocho escudos


Fecha de acuñación 1838-1843
Ceca y emisor Casa de la Moneda de Quito

327
Melville, Moby Dick, 522-3.

185
País Ecuador
Materiales Oro
Diámetro 36 mm
Espesor 2 mm
Peso 27 g
Acuñación A volante
Ensayador Santiago Taylor (S.T.)
Grabador Eduardo Coronel
Canto A manera de cccc
Borde En forma de punta de diamante
Fuente: Banco Central del Ecuador.328 Elaboración propia.

Por su parte, el Libro mayor de la Tesorería de la Casa de Moneda de Quito, de

1838,329 señala las siguientes como las características de la moneda en su momento de

creación:

Tabla 2. Especificaciones del Libro mayor

Metal Oro 21 quilates (0,825 milésimos)


Peso 27 gramos de promedio
Diámetro 34,5 milímetros de promedio
Ensayador Santiago Taylor

328
Banco Central del Ecuador, “Ficha técnica: Registro de bienes culturales; 8 escudos 1838 Quito,
moneda predecimal”, Museo Numismático del BCE, 27 de agosto de 2020, 1-2. Este documento fue
elaborado por los trabajadores del museo, a pedido del autor de esta investigación, en base a la información
disponible en esa entidad pública y los archivos históricos consultados.
329
La información de esta tabla salida del Libro mayor de la Tesorería de la Casa de Moneda de
Quito —que también se encuentra en la “Ficha técnica: Registro de bienes” ya mencionada y que es de
donde se cita— tiene como fuente original el Archivo Nacional de Historia, “Tesorería de la Casa de la
Moneda, copiadores”, Quito, 1838, pág. 61.

186
Grabador Eduardo Coronel
Cuños Uno o más cuños
Número de piezas Indeterminado
Fuente y elaboración: Banco Central del Ecuador.330

La información del Libro mayor (tabla 2), de 1838, coincide con la actual levantada

por el Museo Numismático para el registro de bienes (tabla 1). Una vez provistos estos

datos generales, es momento de observar el doblón descrito por Ahab:

Figura 5. Doblón ocho escudos (anverso, reverso y canto)

a) Anverso

330
Banco Central del Ecuador, “Ficha técnica: Registro”, 5. Las especificaciones de las dos tablas son
de la primera moneda ocho escudos de la historia, la del ensayador Santiago Taylor, que es la que en mejor
estado de conservación posee el Museo Numismático, cuya calificación es EF (extrafino); dicha entidad
posee una moneda por cada año, de 1838 a 1843, excepto la de 1842.

187
b) Reverso

c) Canto

Fuente: Colección Museo Numismático del BCE. Fotografías: Santiago Palma.

Herman Melville no está interesado en mostrar las dos facetas del doblón,

probablemente porque al ser clavado en el mástil, el reverso se anula. Se enfoca, a través de

sus personajes, en el anverso, el cual tiene muchísimos más elementos llamativos que, para

la lógica de un escritor, dan más “material” de qué hablar o, en este caso, interpretar y

simbolizar. En el documento mencionado, preparado por el museo para esta investigación,

al momento de describir el anverso del doblón, se dice:

188
En la parte inferior central se encuentra el primer escudo del Ecuador. En el listel, la
leyenda en caracteres de letra imprenta: "REPÚBLICA DEL ECUADOR", el nombre de la
ceca de acuñación: "QUITO" y las iniciales del ensayador "S.T." (Santiago Taylor). El
nombre de la casa acuñadora y las iniciales del ensayador se encuentran separadas de la
leyenda por dos representaciones fitomorfas.
ANÁLISIS HERÁLDICO
El primer escudo de armas del Ecuador está representado por las tres elevaciones más
importantes de la ciudad de Quito: Panecillo, Longuí y Volcán Pichincha en erupción, sobre
el primer cerro se observa un castillo sobre el cual está un ave (cóndor) y al frente otra. En
la parte superior central, el sol (antropomorfo) a medio día y la faja del zodiaco con los
signos de Leo, Virgo, Libra y Escorpio; hacia arriba siete estrellas de cinco puntas que
simbolizan las siete primeras provincias del Ecuador.
Castillo: Denota grandeza y poder, empleado en defender a los amigos y aliados, resistiendo
invencible al enemigo.331

Esta descripción heráldica es muy cercana a la literaria hecha en el capítulo 99 de

Moby Dick. Para entenderla a cabalidad, es precio ampliar el contexto histórico según lo

expuesto por Carlos Ortuño en Historia numismática del Ecuador. La idea de crear una

casa de amonedación en Quito fue de Simón Bolívar, quien lo ordenó en el Decreto

Ejecutivo del 28 de julio de 1823,332 mientras el sueño de la Gran Colombia seguía en pie,

no obstante, el mandato no se cristalizó por razones desconocidas.333 Ecuador se creó como

república independiente el 13 de mayo de 1830 y su primer presidente, el general

venezolano Juan José Flores, acogió el decreto de Bolívar, que seguía vigente. Así, el 26 de

octubre de 1831 Flores comunicó al Congreso la resolución de crear una casa de

amonedación en Quito y además le solicitaba al Legislativo que determinara el valor, peso,

tipo y denominación de las futuras monedas. El Congreso atendió el pedido del Ejecutivo y,

el 8 de noviembre de ese año, emitió la ley correspondiente —refrendada por el Ejecutivo

al día siguiente— que contemplaba en el artículo 1:

331
Ibíd., 1. La descripción de las montañas no es correcta del todo, como se verá a medida que
progrese el análisis histórico.
332
Más de un año después de la liberación definitiva del Ecuador de España, hecho que se consolidó
en con la Batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822.
333
Carlos Ortuño, Historia numismática del Ecuador (Quito: Banco Central del Ecuador, 1977), 62.

189
“En la casa de la moneda que se establezca en esta capital, se acuñarán por ahora doblones
de cuatro (escudos), escudos (sencillos) y medios escudos de oro; pesetas (monedas de dos
reales), reales, medios y cuartillos de plata”. Y en el 2.°: “El tipo, peso y ley de estas
monedas serán exactamente igual a lo que ya se observa en las que se acuñan en la casa de
la moneda de Popayán”.334

Ortuño llama la atención sobre este hecho: cuando Ecuador tuvo la oportunidad de

crear identidad propia a través de sus monedas, no lo hizo, al contrario, al acoger la ley de

Popayán, se garantizó la creación de monedas con los mismo tipos y caracteres de la

moneda colombiana; de hecho, desde las primeras creaciones hasta 1835, la leyenda que

figuraba en estas era “El Ecuador en Colombia”. Carlos Ortuño indica que esto se debió,

probablemente, a que en los legisladores aún se mantenía la idea de pertenecer a la gran

confederación soñada por Bolívar. Más allá de esto, la adopción de la ley de moneda de

Popayán permitía la continuidad del sistema octogesimal monetario de España, lo cual

resulta contradictorio; incluso en 1832, Flores permitió que se admitiera en circulación toda

moneda española para frenar la rampante falsificación y la mala calidad de la moneda

ecuatoriana.335

En este punto es preciso comprender que en los primeros años de la década de 1830,

Ecuador es una nación que intenta levantarse: lleva pocos años libre de España después de

más de tres siglos de opresión, aún cree que la posibilidad de formar parte de la Gran

Colombia, hay muchos juegos de poder en carpeta, etc. La construcción de Estado, con la

carga burocrática que implica, no especifica los límites de los símbolos patrios, por ello, la

creación del escudo de armas de la nación se entreteje con la acuñación de las monedas en

formas ambiguas. Inexplicablemente, el presidente Flores hace caso omiso de la Ley de

Monedas de emitida por el Congreso el 8 de noviembre de 1831 y, tiempo después, el 12 de

334
Ibíd., 63.
335
Ibíd.

190
enero de 1833, emite un nuevo Decreto Ejecutivo en el que determinaba el tipo de monedas

de oro y plata a acuñarse en Quito, además de que ya describía la forma que estas deberían

presentar —con lo cual iba tomando forma la imagen del doblón de Ahab—:

El tipo de las monedas del Ecuador será orbicular, con cordón al canto y gráfila alrededor
de los planos; en el anverso de ellos se grabarán las armas del Estado, compuestas de dos
cerritos que se reúnen por sus faldas, sobre cada uno de ellos aparecerá un águila, y el sol
llenará el fondo del plano; en el lado izquierdo de este plano, y al lado del sol, se verá en las
pesetas el número 2; y en la derecha una R (inicial de la palabra real) […]. En la
circunferencia se escribirá este mote: EL PODER EN LA CONSTITUCIÓN; al pie de los
dos cerritos el milésimo de año de acuñación y en seguida las iniciales del ensayador […].
En el reverso se grabarán las armas de Colombia, y en su circunferencia estas palabras: EL
ECUADOR EN COLOMBIA, Y QUITO AL PIE DE LAS ARMAS […]. En el reveso se
grabará el busto de una india con el cabello ceñido por una cinta, en el cual estará inscrito el
mote: LIBERTAD”.336

Rex Sosa, en El escudo de armas del Ecuador y el proyecto nacional, precisa que

esa es la “más temprana descripción configurativa del nuevo escudo”. Los dos cerros que se

reúnen en sus faldas representan a los Andes y apelan la unidad nacional; no se sabe por

qué Flores incluyó águilas cuando el cóndor era un ave endémica de los Andes y símbolo

de identidad desde un escudo neogranadino —el cóndor aparecerá en los siguientes escudos

hasta el actual—, pero se sobreentiende que dicha ave es muy utilizada en la heráldica

general desde el siglo XII. “Y por último, ‘y el sol llenará el fondo del plano’. Ratificación

que se hacía al dios aborigen de nuestros ancestros por tener la incisión de una cara

humana”.

Sosa indica que además de usar la moneda para transmitir la idea de unión de la

nación a través de los símbolos, el escudo se imprimió también en la papelería oficial del

Estado. Asimismo, entre el Decreto de 1833 y 1835, se aumentaron otros elementos al

escudo, como las siete estrellas que representaban a las provincias que el país tenía hasta

336
Ibíd., 76-7.

191
ese momento. “Estos elementos ya se hallan enmarcados dentro de un blasón y todos

aluden a la unidad. Y aunque no se cuente con un decreto o resolución, su temprano uso en

el papel sellado ha sido atribuido a la creatividad política de Flores, de ahí que la literatura

histórica ecuatoriana ha dado en llamarlo el escudo floreano”.337

Además de las estrellas que representan a las provincias, en medio de la elíptica, el

sol ocupa la parte central para formar un “conjunto astronómico que representa la

centralidad de la que goza el país en el globo terrestre. Pese a que el decreto de acuñación

de monedas de 1833 no exprese nada respecto de los signos zodiacales Aries, Tauro,

Géminis y Cáncer, estos ya aparecen en este escudo representando a los meses de marzo,

abril, mayo y junio que forman parte de la primera estación del año”.338 En su descripción,

Sosa comete un error: los signos del Zodíaco del escudo floreano no son los que él

menciona, sino Leo, Virgo, Libra y Escorpio, que son los que observan Ahab y su

tripulación y constan en el registro de bienes del Banco Central;339 sin embargo, en lo que

sí está en lo correcto, y que es lo que a fin de cuentas importa a esta investigación, es que,

en efecto, no hay ningún documento oficial que justifique por qué se usan esos signos, pero

se cree que están relacionados con la revolución del 9 de octubre de 1820, que liberó a la

provincia de Guayaquil del Imperio español. Coincidencia o no, uno de los cabecillas de

esta revuelta libertaria fue el general José de Villamil, el criollo nacido en Nueva Orleans,

337
Rex Sosa, El escudo de armas del Ecuador y el proyecto nacional (Quito: Universidad Andina
Simón Bolívar / Corporación Editora Nacional, 2014), 36-8, https://bit.ly/3nJZqq8.
338
Ibíd., 39.
339
Basta observar la página 38 del libro de Sosa para corroborar su error: en esta, aparece el escudo
floreano impreso en papel sellado de 1835, en el que figuran los signos de Leo, Virgo, Libra y Escorpio. Lo
más probable es que el error de Sosa se deba a que los confundió con los que están en el actual escudo de
armas del Ecuador, oficial desde 1900, y que aluden a la Batalla de Pichincha.

192
quien sería la verdadera identidad detrás del criollo cubano del boceto de Las Encantadas,

según lo expuesto en el capítulo anterior.340

El segundo impulso a la conformación de la “Moneda Moby Dick” vino con la

segunda Convención Nacional reunida en Ambato desde el 22 de junio de 1835, la cual

elaboró una Constitución más apegada a la realidad nacional, en la que ya se visualizaba el

fin de toda esperanza de anexión una confederación con Colombia y Venezuela, además de

que proclamó como presidente del Ecuador a Vicente Rocafuerte, el sucesor de Flores. Este

cambio político hizo que a partir de 1836 se acuñaran monedas en las que la leyenda “El

Ecuador en Colombia” se reemplazara con “República del Ecuador: Quito”, aunque en

honor al país vecino se mantenía el escudo de armas de ese país (pero el nuevo escudo sí

figuraba en las monedas de cuatro escudos). Este cambio respondió al Decreto Ejecutivo

del 14 de julio de 1836, refrendado por el ministro de Hacienda Manuel López y

Escobar:341

En el anverso tendrá todo el plano de enfrente, y a una elevación correspondiente al sol el


zodíaco o elíptica, perpendicular a la línea equinoccial, indicando el Ecuador. Sobre el sol,
y a una distancia proporcionada, se manifestarán siete estrellas que forman la república:
Quito, Chimborazo, Imbabura, Guayaquil, Manabí, Cuenca y Loja. A la derecha estarán los
dos cerros principales que hacen nudo en la cordillera de Pichincha; en el primer punto, el
Guagua Pichincha, sobre el cual reposará un cóndor, y en el segundo el Ruco Pichincha
volcán. A la izquierda del escudo se grabará un risco, sobre una torre y sobre esta se
colocará otro cóndor que haga frente al que está sobre el cerro de la derecha. La inscripción
será REPÚBLICA DEL ECUADOR-QUITO, colocada perpendicularmente bajo el sol; y a
la derecha de Quito las iniciales del ensayador. En el reverso: el busto de la Libertad que
llene el plano, cuya cabeza estará ceñida de una cinta con la inscripción: LIBERTAD.

340
En su página web, el Museo Numismático señala: “En el primer plano de la impronta se
encuentra el sol al mediodía con la faja del zodíaco y los signos de Leo, Virgo, Libra y Escorpio, meses de
iniciación del Ecuador como república independiente”. Museo Numismático, “Impronta cobijada del sol
equinoccial”, Museo Numismático, accedido 31 de agosto de 2020, https://bit.ly/3m5XJ5s; redacción
original. El museo dice verdad sobre los signos del escudo floreano, pero se equivoca al atribuirlos a los
meses de creación del Ecuador como república independiente, dado que este se inició el 13 de mayo de
1830, por lo tanto, el primer signo zodiacal de la serie debería ser Tauro (del 20 de abril al 20 de mayo),
seguido de Géminis, Cáncer y Leo. Como se muestra, el porqué de los símbolos zodiacales del escudo
floreano es aún un debate abierto.
341
Ortuño, Historia numismática del Ecuador, 79-81.

193
En la circunferencia llevará esta otra: EL PODER EN LA CONSTITUCIÓN. Debajo del
busto se fijará el año de la emisión con el número de quilates a la izquierda, en esta forma:
21 Qs; y a la derecha del milésimo el valor de la media onza indicado con el número y la
letra siguiente: 4-E, que son cuatro escudos. La grafía y el cordón lo mismo que en los
escudos y doblones de a cuatro formado con ccc entrelazados que forman unas conchitas.342

Ortuño finaliza el recuento al mencionar que a partir de 1838 se acuñaron, con las

mismas características señaladas, onzas o monedas de ocho escudos, que eran las piezas de

mayor denominación en el mercado ecuatoriano.343 Al hacer una comparación entre los dos

escudos propuestos en los decretos ejecutivos de 1833 y 1836, es claro que a Vicente

Rocafuerte no le interesaba cambiar la esencia del escudo floreano, pues solo se limitó a

agregar una montaña más, con una torre, cambió las águilas por cóndores, etc.; no reveló

qué significaban los signos del zodíaco, solo los mantuvo a ambos lados del sol; además, el

documento ejecutivo revela que dos montes son el Guagua Pichincha y el Ruco Pichincha,

no se dice cuál es el nuevo, lo que refuta la información del documento de registro de

bienes del Banco Central al decir que se tratan del Panecillo y el Longuí. El escudo del

presidente Rocafuerte de las monedas de 1836 es el primer escudo de armas del Ecuador

como república independiente y es la imagen que tomó Melville para su ficción.

Tras la orden ejecutiva de crear doblones de ocho escudos en 1838, la ceca de Quito

contó con el trabajo del grabador Eduardo Coronel y dos ensayadores, Santiago Taylor y

Miguel Vergara —cuyas siglas, S.T. y M.V., se pueden apreciar en el anverso de la

moneda—: el primero hizo su labor para la primera moneda, la de 1838, y el segundo en las

sucesivas, desde octubre de ese año hasta 1843, último año de acuñación del doblón.

Vergara fue discípulo de Taylor y lo reemplazó desde 1839. 344 Es necesario especificar que

si bien el grabador era “encargado de la elaboración de los cuños y por tanto del diseño

342
Ibíd., 81-2.
343
Ibíd., 84.
344
Banco Central del Ecuador, “Ficha técnica: Registro”, 3 y 5.

194
artístico de las monedas”,345 el papel del ensayador se consideraba crucial porque este, que

era un aprendiz de químico o su equivalente de la época, sin profesionalización, por

supuesto, era el “responsable de que las monedas cumplan con las características señaladas

en sus respectivos decretos de emisión, especialmente en lo referente a su diseño, módulo,

peso y calidad del metal”.346 Por lo tanto, las iniciales del ensayador figuraban en la

moneda como una firma que avalaba su tasación, y en caso de demostrarse que esto no

fuera así, en contra del ensayador se podían levantar argumentos, quejas y demandas. Que

sus iniciales figuren en la moneda y no las del grabador denota en dónde radicaba la mayor

preocupación al momento de la acuñación en la flamante República del Ecuador.

Para la investigadora numismática Mayra Guzmán, la dificultad de contar con oro y

plata para la fabricación de monedas, desde la misma creación de la ceca quiteña, se debe

sobre todo a que cerca de la capital ecuatoriana no había minas ni canteras de donde

obtener el material, ya que estas se obtenían de la región hoy conocida como El Oro,347

provincia ubicada hacia el sur del Ecuador, en la frontera con Perú, fundada en 1884 y que

está a más o menos 500 kilómetros de distancia de Quito, y que, en aquella época, era

mucho más lejana por la muy difícil geografía que dividía a la costa de la sierra del

Ecuador. Un viaje de Quito a El Oro —o sus regiones mineras aledañas como Zaruma—,

en caballo o burro, podía tomar entre dos y tres semanas, tiempo en que el que era muy

común que los asaltantes desvalijaran el valioso contenido que necesitaba la ceca.

345
Ramiro Reyes, Numismática ecuatoriana: Evolución y coleccionismo de nuestra moneda (Quito:
Instituto Metropolitano de Patrimonio, 2011), 12. Es apropiado definir cuño: “Dispositivo integrante de la
prensa de acuñación que lleva el grabado de una de las caras de la moneda, en imagen espejo y relieve
inverso. Al colocar el disco metálico pulido entre los cuños y someterlo a la presión adecuada, queda
grabado el diseño del anverso y reverso de la pieza. Existen también troqueles para grabar el diseño del
borde o canto de las monedas”. Ibíd.
346
Ibíd.
347
Mayra Guzmán, entrevistada por el autor de esta investigación, en Quito, 9 de septiembre de
2020.

195
Se han perdido los datos de la Casa de la Moneda de Quito que indicaban la

cantidad de monedas ocho escudos acuñadas durante sus seis años de recorrido; la

información del Museo Numismático indica de los doblones de Santiago Taylor “se

considera una cantidad apreciable, ya que su acuñación se realiza durante siete meses”,

mientras que para las de Miguel Vergara “el período de tiempo de su acuñación es muy

reducido”.348 Eso es todo. Por esta falta de información es imposible saber exactamente

cuántos doblones se acuñaron durante esos seis años, pero para la experta Mayra Guzmán

la producción fue “limitada” por la dificultad de conseguir el oro. Además, la moneda de

ocho escudos fue la primera de alta denominación dentro del sistema monetario

octogesimal español hecha por la ceca quiteña, que hasta ese momento se había dedicado a

fabricar monedas mayormente de baja denominación. Estas dos razones hacen que la ocho

escudos, “por esas complicaciones de la historia, sea muy valuada y requerida”, a lo que

posteriormente se suma la mención en Moby Dick.

La falta de materia prima se debe también a que, según Ramiro Reyes en su texto

Numismática ecuatoriana, de 1838 a 1841 la circulación de moneda falsa alcanzó el nivel

más alto en la historia de la recién creada nación. Durante los cuatro años de este período,

la falsificación alcanzó tal magnitud que, para evitar un colapso económico, el Gobierno no

tuvo otra salida que legalizar la moneda falsa y, dos años después, dictaminar la pena de

muerte para los falsificadores, aunque sea contradictorio; estas medidas extremas trataban

de evitar un colapso económico. La razón fue que, en 1835, los comerciantes mineros de

Cuenca —ciudad cuya provincia, Azuay, colinda con El Oro— fueron apoyados por el

Estado para la extracción de minerales, por lo que la zona fue próspera rápidamente. Este

348
Banco Central del Ecuador, “Ficha técnica: Registro”, 6.

196
desarrollo económico hizo que escaseara circulante en el resto del país. Como la ceca de

Quito tenía problemas con los pagos, se acomodaron talleres de amonedación en las minas,

con el mismo diseño de las monedas legítimas. Si bien las “monedas de mina” estaban

permitidas en Cuenca, pronto los falsificadores entraron en juego e hicieron las monedas

más realistas, pero con menos cantidad de plata.349

La moneda ocho escudos es bastante cotizada en el entorno numismático actual por

los motivos referidos en los párrafos anteriores. La biblia mundial del coleccionismo de

monedas, Standard catalog of world coins, más conocido como el Catálogo Krause, en su

primera edición de monedas del siglo XIX, publicado en 1996, señala que los precios del

doblón ocho escudos de 1838-1841 va desde los 550 a 5000 dólares, dependiendo del año,

del ensayador y, sobre todo, de su estado de preservación.350 La octava edición del

catálogo, de 2015, indica que el precio del doblón de 1838-1843, según las especificaciones

ya referidas, puede fluctuar entre 1250 y 10 000 dólares. El catálogo también provee

información sobre los exorbitantes precios que han alcanzado en subastas: se han vendido

por 9200, 16 100, 27 600, 39 100 y 42 000 dólares.351

3. ¿Melville vio el doblón cuando visitó Latinoamérica? Un recuento minucioso de su

viaje por la región

Estos desorbitados precios en subastas conllevan la necesaria pregunta que pone en

movimiento a esta investigación: ¿cuál era el valor corriente de la moneda en la época de

349
Reyes, Numismática ecuatoriana, 81.
350
Chester L. Krause y Clifford Mishler, Standard Catalog of World Coins: 19th Century Edition 1801-
1900, 1.a edición (s. l., Estados Unidos: Krause Publications Inc., 1996), 282.
351
Thomas Michael, ed., Standard Catalog of World Coins: 1801-1900, 8.a edición (s. l., Estados
Unidos: Krause Publications Inc., 2015), 285-6.

197
acuñación, es decir, cuando Herman Melville debió haberla visto? Mayra Guzmán pone un

ejemplo grosso modo: en aquella época tener esta moneda equivalía a poseer un billete de

mil dólares en la actualidad, no en cuanto a valor monetario del oro, sino simbólico; es

decir, aunque circulaba, no era una moneda de uso corriente y mucho menos estaba en

manos del común de los mortales de la época; al contrario, quien la poseía, la guardaba bajo

candado y solo la sacaba cuando iba a comprar bienes muy costosos, como un terreno, una

casa, etc.

En el siglo XIX, las monedas de uso cotidiano eran las de plata de ¼ de real, ½ real,

1, 2, 4 y 8 reales; mientras que las de oro de 1, 2, 4 y 8 escudos, por su valor, tenían énfasis

en el comercio y el ahorro. “Y la gente no sale a la calle con billetes de mil dólares, ni

siquiera con billetes de cien”, señala Guzmán. Asimismo, como la moneda ocho escudos

estaba hecha con el sistema monetario español, esta equivalía en oro los quilates que

afirmaba poseer, por lo tanto, se la podía recibir en cualquier país y del mundo, que es algo

que ya no pasa en la actualidad por el sistema monetario actual, en el que las monedas y

billetes son las representaciones simbólicas del patrón oro que cada país atesora con recelo

en bóvedas.

La comparación arroja dos preguntas más: ¿Herman Melville vio con sus propios

ojos el doblón ocho escudos? Si es así, ¿cuándo tuvo contacto con él? La minuciosa

descripción que el escritor realiza del anverso del doblón hace pensar que alguna vez, en

efecto, vio la moneda y estuvo alerta del valor monetario y social que tenía, que lo

trasplanta al doblón de la ficción al decir que es una “pieza de dieciséis dólares”,352 lo que

despierta la codicia de la tripulación. Pero también cabe la posibilidad de que Melville

352
Melville, Moby Dick, 220.

198
nunca hubiera visto en vivo la moneda, sino que solo supiera de buena fuente de ella, y con

estos conocimientos en mente, lo único que hizo fue describir el primer escudo de armas

del Ecuador. Melville era un hombre recursivo, que tomaba prestado material de todo libro

o experiencia —propia o ajena— que le sirviera, por lo que no es descabellado pensar que

podría haber recurrido a semejante artilugio literario. Esta idea pudiera sustentarse en la

directa omisión de las iniciales S.T. o M.V. de los ensayadores que se ve en el anverso y de

las que Melville no dice nada, de hecho, es de los pocos elementos constitutivos del

anverso de los que no habla —el otro es el borde en forma de punta de diamante—.

Asimismo, el escritor neoyorquino guarda un silencio campal sobre el reverso de la

moneda, lado que no solo es llamativo per se —tiene el busto de una mujer, habla de la

Constitución y la libertad—, sino que en esta se certifica el valor monetario mediante la

leyenda “21 Qs”, es decir, 21 quilates de oro. Por estas razones se podría pensar que, con

conocimiento previo de la existencia, imagen y valor de la moneda, al no tener acceso a

ella, Melville se limitó a describir el escudo nacional del Ecuador.

A lo largo de los dos tomos de la biografía, Hershel Parker no menciona nada sobre

un posible encuentro de Melville con el doblón, ni la literatura académica y la divulgativa

periodística mencionan nada de esto, y no es de extrañar: simplemente se asume que el

escritor vio la moneda y punto, y si se lo analiza fríamente, no es un asunto importante,

pues la haya visto o no, la descripción minuciosa consta en la novela. Como dilucidar esta

razón no es uno de los objetivos de esta investigación, se asumirá que en algún momento la

vio. La pregunta ahora es ¿cuándo sucedió? Lo más lógico es suponer que fue cuando

Melville estuvo en el Ecuador o cerca del país. Esto pasó dos veces en su vida, mientras

recorría los Mares del Sur, primero a bordo del Acushnet en 1841 y luego en el barco de la

199
Marina llamado United States en 1843. Los años coinciden: su viaje y la acuñación y

circulación del doblón ocho escudos.

Según la minuciosa biografía de Parker,353 Herman Melville zarpó a inicios de enero

de 1841, de New Bedford, a bordo del Acushnet; para marzo, 150 barriles de aceite fueron

enviados a Estados Unidos desde Río de Janeiro, en Brasil. El 15 de abril rodearon el Cabo

de Hornos y tomaron el océano Pacífico con dirección hacia Chile, pero la bitácora del

Acushnet no especifica si fue la isla Massafuero o la Juan Hernández la que vio en mayo de

1841 —las dos islas son mencionadas en el libro Las Encantadas—, pero el registro del

barco William Wirt de Fairhaven ubica al Acushnet, el 7 de mayo, al sur de la Juan

Fernández y señala que lleva cuatro meses fuera de sus país y carga ya 160 barriles. El 23

de junio, el Acushnet ancló en el puerto de Santa, ciudad del Perú; no había tocado tierra

desde Río de Janeiro, tres meses antes.354 No hay reportes de las actividades en Santa, si las

hubo, pues para los balleneros atracar en un puerto no era sinónimo obligado de

desembarcar, al contrario, más bien la regla era quedarse a bordo, a menos que el capitán

ordenara lo contrario o decidiera dar días libres a sus marineros, siempre en grupos

pequeños y de a pocos a la vez. Anclados en esa ciudad, Melville y el resto de la tripulación

tuvieron la oportunidad de hacer buenas migas con los marineros de otros balleneros que

también estaban en Santa, pero desde el mar, haciendo gam.355

353
Para un detallado recuento del viaje que cambió la vida de Melville, remitirse del capítulo 10 al
14 del primer volumen biográfico. Parker, Melville 1, 181-288. La grandeza de los textos de Parker se debe a
que en esta etapa en la vida de Melville, Parker la recreó en base a las bitácoras oficiales del Acushnet y el
Estados Unidos y otros diarios de viaje, además de las bitácoras de viaje de los barcos que avistaron a los dos
ya mencionados y los reportes de los puertos donde atracaron. Los barcos tenían la obligación de reportar la
trayectoria que seguían, la mayor parte de veces mediante coordenadas, el cargamento, novedades, las
naves avistadas y su cargamento, etc.
354
Parker, Melville 1, 193.
355
Melville define esta palabra así: “GAM. Sustantivo. Encuentro social de dos (o más) naves
balleneras, por lo común en las zonas de caza, cuando, después de intercambiar saludos, los tripulantes se

200
Desde ese momento, el Acushnet se permitió salir de pesca, acompañado de otras

naves estadounidenses, por las rutas con más tráfico y trabajo para los balleneros en el

Pacífico, cerca de la línea ecuatorial.356 El 23 de julio de 1841, el Acushnet hizo gam con el

barco llamado Lima de Nantucket, en las aguas del océano, y aquí fue cuando

probablemente conoció a William Henry Chase, el hijo de Owen Chase, quien le extendió

una copia del libro de su padre sobre el hundimiento del barco Essex, cuya lectura e

impresión acompañaron a Melville durante ese y el siguiente año, y que finalmente sirvió

como preciosa materia prima para Moby Dick.357 Se hallaban cerca de la zona en la que la

ballena hundió al Essex: al oeste de la isla Charles de Galápagos, al sur de la línea

equinoccial, a 119 grados longitud oeste.358 Por esta razón era habitual contar historias de

hundimientos allí. En esos meses, el Acushnet hizo gam en esa zona y fue avistado y

reportado por otros barcos, hasta que el 30 de octubre avistó la isla Albemarle de las

Galápagos (actual Isabela), el 31 tuvo lugar el episodio de Roca Redonda relatado en Las

Encantadas, del 2 al 10 de noviembre hay reportes del Acushnet por parte de otros barcos,

el 19 ancló en la isla Chatham (actual San Cristóbal), el 25 se puso en movimiento para

salir de las Galápagos y el 30 hizo 70 barriles de aceite antes de zarpar para la costa del

Perú.359 El episodio del paso de Melville por las Galápagos se narra con más detalle en el

capítulo segundo de esta investigación.

El Acushnet ancló en Tumbes, Perú, el 2 de diciembre de 1841, donde se presume

que los marineros tuvieron una breve licencia en tierra y todo marchó bien hasta el fin de

visitan empleando sus botes y en el ínterin los capitanes permanecen a bordo de una de las naves, y los dos
primeros oficiales en la otra”. Melville, Moby Dick, 312.
356
Ibíd., 193-4.
357
Parker, Melville 1, 196-7.
358
Ibíd., 194.
359
Ibíd., 200-1.

201
ese año. Nada más se sabe sobre esto. La bitácora del Acushnet registra que, desde el mar,

avistaron Cabo Blanco (Perú) el 27 de diciembre y Punta Santa Elena (Ecuador) al

siguiente día. A partir de este punto, la embarcación se empieza a alejar definitivamente de

la costa latinoamericana, dirección oeste, cerca siempre de la línea ecuatorial: las

coordenadas registradas en la bitácora permiten ubicar el trayecto en el motor de ubicación

geográfica Google Maps, como se muestra a continuación:

Figura 6. Alejamiento del Acushnet de tierras latinoamericanas

c
d b a

Fuente: Google Maps. Elaboración propia.

Punto Fecha Latitud


a 13 de febrero de 1842 5°31’S, 102°41’O
b 16 de febrero de 1842 5°28’S, 103°25’O
c 3 de marzo de 1842 4°47’S, 105°54’O
d 9 de marzo de 1842 5°35’S, 109°17’O
Fuente: Parker, Melville 1, 204. Elaboración propia.

202
Parker brinda más coordenadas para la ubicación del Acushnet desde inicios de

1842 —después de avistar Cabo Blanco y Punta Santa Elena, estas son las primeras

cuatro—, pero solo las cuatro especificadas en la figura 6 bastan para transmitir la idea de

que el escritor dejaba Latinoamérica o sus aguas para adentrarse en Oceanía. Por fin, el 23

de junio de 1842 el ballenero alcanzó las Islas Marquesas y ancló en Nukuhiva, donde

Melville desertó del Acushnet, episodio que le valió la inspiración para su primera novela,

Taipí, evento tratado en el capítulo primero de esta obra. Como los episodios vivenciales a

partir de este momento no tienen mayor repercusión con lo estudiado en este acápite, se

retoma la narración con el viaje de regreso hacia su país que Melville hace en el barco

llamado United States.

Como miembro de la Marina de su país, Melville se enroló el 17 de agosto de 1843,

para un viaje de tres años; tres días después, zarpó de Honolulu (actual Hawái) con

dirección a las Islas Marquesas y luego a Taití. El 21 de octubre el barco se dirigió a

Valparaíso, en Chile; el 20 de noviembre avistó la isla Juan Fernández, que Melville vio en

mayo de 1841; dos días después, avistó el cerro La Campana, de la cordillera de los Andes,

y la Punta Ángeles. Ancló en Valparaíso, donde intercambió saludos con los barcos

ingleses y franceses. Ahí permaneció dos semanas: el 5 de diciembre partió para Callao, en

Perú, adonde llegaron diez días después, tras avistar un pico sin identificar de los Andes, el

Morro Solar y la isla San Lorenzo.360

Recién el Año Nuevo de 1844, Melville pudo conocer Callao desde la orilla, gracias

al permiso de 48 horas que se le concedió junto con otros tres hombres, hasta las 8 de la

360
Ibíd., 276-8.

203
mañana del 3 de enero. Callao estaba separada de la gran capital, Lima, por poco menos de

13 kilómetros, por lo que Melville y sus amigos viajaron allá a lomo de caballo. Durante

esta licencia es muy probable que Melville haya visto la Plaza Mayor y la Catedral de la

ciudad, haya tenido contacto con la gente y haya visto la saya y manto de las tapadas

limeñas, experiencias que le dieron material para ubicar a su Ismael dentro de la “Historia

del Town-Ho” de Moby Dick y el final de Benito Cereno y otras referencias en la nouvelle

y en su obra en general.

El 24 de febrero, el United States fue enviado a Mazatlán, en México, para obtener

dólares mexicanos de plata, los cuales eran más aceptados en las costas que los

estadounidenses. Después de 33 días en el mar, el barco arribó a Mazatlán el 28 de marzo y

se permaneció ahí 19 días; el 16 de abril la embarcación partió de nuevo hacia el Callao.

Durante el viaje, el barco avistó varios puntos de interés; ya cerca del Perú, la Isla de los

Pescadores y San Lorenzo de nuevo. El 6 de junio atracó en el puerto del Callao y se quedó

ahí 31 días más. El 6 de julio dejó para siempre la ciudad peruana en dirección sur, rodeó el

Cabo de Hornos y el 16 de agosto avistó el morro Pan de Azúcar, en Río de Janeiro, ya en

el océano Atlántico; aquí Melville no desembarcó, al contrario de su escala ahí en 1841.

Permaneció en Río unos días y zarpó el 24 de agosto, con dirección norte. El 3 de octubre

de 1844, el United States ancló en el río Charles,361 en Massachusetts, lo que puso fin a la

aventura náutica de Herman Melville, que duró casi cuatro años y que tanto le ayudaría a

escribir su futura obra literaria.

En poco más de tres páginas se ha resumido probablemente uno de los períodos de

vida más importantes de Herman Melville, haciendo énfasis en los momentos en los que

361
Ibíd., 279-89.

204
pisó tierras y bogó por aguas latinoamericanas. De todo este recuento, realizado con base en

los registros de bitácora del Acushnet y el United States, levantados por Hershel Parker, se

puede concluir que los territorios por los que caminó son Río de Janerio en Brasil;

Valparaíso en Chile; Santa, Tumbes, Callao y Lima en Perú; las Islas Galápagos en

Ecuador; y Mazatlán en México. Si vio o tuvo contacto de alguna forma con el doblón ocho

escudos, lo más probable es que haya sido durante estas visitas, más que ninguna cuando

estuvo en Galápagos por poco más de un mes, de octubre a noviembre de 1841, después de

todo, en las islas los locales realizaban comercio con los balleneros que atracaban cerca,

esto lo recoge él mismo en Las Encantadas. Melville nunca pisó el Ecuador continental, a

lo sumo se cuenta como el mayor contacto el avistamiento de Punta Santa Elena el 28 de

diciembre de 1841; por ello queda sin sustento la afirmación del escritor y ensayista

ecuatoriano Vladimiro Rivas Iturralde cuando dice, en su texto “El doblón ecuatoriano de

Melville”, que la visita a islas de Ecuador tuvo una “probable escala en Guayaquil, [donde]

Melville entró en contacto con la moneda, que luego pondría en las manos ficticias del

capitán Ahab”.362

Por su cercanía en términos geográficos —pero no prácticos, pues viajar entre

países en el siglo XIX era costoso y tomaba mucho tiempo—, suponer que Melville vio el

doblón en Perú sería la segunda teoría más acertada: algún comerciante lo llevaría hasta

allá; después de todo, el escritor estuvo en Santa, Tumbes, Callao y Lima, ciudad capital

que era una metrópoli económica, política y social desde que estaba bajo el dominio

español y tras la Independencia, es una ciudad que Wyn Kelley identifica como un sitio

362
Vladimiro Rivas Iturralde, “El doblón ecuatoriano de Melville”, Casa del tiempo V, n.° 60 (2020):
26, https://bit.ly/3bMZ7p8.

205
imperial tenso en el contexto de Moby Dick.363 Pero afirmar esto es un tiro al aire, pues

como el doblón es de oro, asumiendo que salió de Ecuador, con esta lógica, bien podría

bien haberlo visto en cualquier parte del mundo, en las demás regiones latinoamericanas

que conoció o incluso en su natal Estados Unidos, pues, como señala Antonio Barrenechea,

en este país “la moneda nacional se usó indistintamente con la moneda de curso legal de

Europa y América española. Este circuito internacional continuó sin cesar hasta que el

Congreso de los Estados Unidos aprobó la primera Ley Bancaria Nacional para estandarizar

la moneda de curso legal en 1863”.364 Desgraciadamente, recrear el momento exacto en el

que un marinero vio una determinada moneda, en un pequeño período de su vida, es una

tarea complejísima, tan ardua que la ficción aparece para salvar las naves en forma de

pronta respuesta, ya sea a través de las leyendas urbanas o bien en la misma literatura.

a) Sobre el encuentro entre Herman Melville y Manuela Sáenz

A modo de colofón de este tema, se analizará brevemente el posible encuentro entre

Herman Melville y Manuela Sáenz, de quien se dice recibió o le mostró el doblón cuando el

escritor habría visitado a la mujer en Paita, Perú. Manuela Sáenz nació en la Real

Audiencia de Quito en 1797 y murió en Paita en 1856, estuvo involucrada en las guerras

independentistas de Ecuador, Colombia y Perú, hoy se la considera héroe e ícono de la

valía de la mujer latinoamericana y del feminismo moderno; además, se la llamó la

“Libertadora del Libertador” porque salvó la vida de Simón Bolívar en un atentado. La

teoría de que Melville tuvo una entrevista con Sáenz es ampliamente extendida y en

363
Wyn Kelley, citado por Cassey, “Peering Across the Plaza”, 8.
364
Antonio Barrenechea, America Unbound. Encyclopedic Literature and Hemispheric Studies
(Albuquerque: University of New Mexico Press, 2016), 12.

206
muchos casos se la toma como una verdad incuestionable, y cuando no, el rumor por lo

menos se esparce como el fuego en el bosque seco: así lo hace, por ejemplo, el artículo del

diario La Vanguardia de España, “Manuela Sáenz, la libertadora apasionada”,365 que afirma

el encuentro pero no da detalles; una historiadora peruana, en el periódico costarricense

Nación, en “El último refugio de la libertadora”, dice tajante que el encuentro tuvo lugar en

Paita en 1841;366 Mauricio Maldonado, en el editorial “Bolívar”, al menos antepone el

“según se dice” antes de hablar del encuentro;367 el académico Jorge Luis Serrano, en “El

doblón de Ahab”, dice que “se sabe que el barco Aculisnet [sic] pasó por Paita;368 hasta la

página en inglés de Wikipedia recoge la entrevista sin ofrecer fuentes.369 Hay incluso

biografías sobre Sáenz que refieren el hecho en términos muy vagos, como la de Galo René

Pérez Sin temores ni llantos:

Atraídos precisamente por el resplandor de aquella celebridad fueron a buscar a Manuelita,


en el polvoriento villorrio de Paita, personalidades cuyo renombre ha recogido también la
historia.
Transcurría entonces el decenio comprendido entre el 46 y el 56. Solamente uno de sus
singulares visitantes estuvo a conocerla antes. Hacia 1845, más o menos. Mientras
navegaba las aguas del Pacífico, captando imágenes, referencias e impresiones para sus
páginas narrativas. Se trata del escritor estadounidense Herman Melville, que después de
este viaje compuso una de las novelas más conocidas en el mundo entero: Moby-Dick. La
publicó efectivamente en 1851, cargada del espíritu del mar y de ficción e historia. Ni la
fama del autor ni la lectura de esa obra han sido derogadas hasta ahora.370

Para resumir este rumor, se cita el texto del investigador Jaime Marchán, “Sobre

Herman Melville y el Ecuador: Travesía y ficción”, quien hace a la vez eco de un texto

365
Francisco Martínez, “Manuela Sáenz, la libertadora apasionada”, La Vanguardia, 9 de agosto de
2019, https://bit.ly/3hoSsm0.
366
Sara Beatriz Guardia, “El último refugio de la libertadora”, Nación, 11 de noviembre de 2007,
https://bit.ly/3hmNUwF.
367
Mauricio Maldonado, “Bolívar”, El Telégrafo, 17 de septiembre de 2019, https://bit.ly/2Rj1GFY.
368
Jorge Luis Serrano, “El doblón de Ahab”, Academia.edu, accedido 1 de agosto de 2020,
https://bit.ly/306EoI6.
369
Wikipedia, “Manuela Sáenz”, Wikipedia, accedido 1 de agosto de 2020, https://bit.ly/3ioFhmD.
370
Galo René Pérez, Sin temores ni llantos. Vida de Manuelita Sáenz (Quito: Comisión Nacional
Permanente de Conmemoraciones Cívicas, 2005), 456-7, https://bit.ly/2Sjt7jh.

207
bastante estudiado en el ámbito de la literatura latinoamericana: América Latina en su

literatura (1972), coordinado por César Fernández Moreno:

Recientes estudios de historia de la literatura —como América Latina en su literatura, de la


prestigiosa editorial Siglo Veintinuno—, han constatado que el eximio navegante de los
mares del sur, “antes de volcarse en una experiencia literaria (…) recorrió las costas de
Chile, Perú y Ecuador”, acumulando “vivencias en Lima, el Callao, Paita y las Islas
Galápagos”. Se sabe que enrolado en la fragata norteamericana United States, hizo varios
recorridos por esas costas en enero de 1844.
Finalmente, existen registros de que Melville pasó por Paita en 1845. No es extraño
entonces que, al encontrarse ahí, el escritor hubiera se hubiera enterado de la existencia de
Manuela Sáenz, compañera sentimental del Libertador Bolívar, y que, al igual que
Guiseppe Garibaldi en 1851, se hubiera entrevistado con ella.371

Aquí hay varios puntos que aclarar: 1. Marchán reproduce la información del texto

de estudios literarios, que no es del todo incorrecta, pues Melville sí pasó por esas zonas a

inicios de 1844, pero no estuvo en Paita, ni siquiera tres años antes. Un examen más

detenido a América Latina en su literatura permite descubrir que el ensayo al que hace

referencia Marchán se llama “Lo latinoamericano en otras literaturas”, que es bastante

bueno, escrito por el historiador peruano Estuardo Núñez, quien, en efecto, dice que

Melville estuvo en esas zonas del Perú,372 pero no detalla mayor cosa sobre su itinerario o

bitácoras del puerto o del Acushnet; en la bibliografía, con respecto a las fuentes de esta

información —se asume— solamente remite a dos textos escritos por el mismo historiador,

el libro Autores ingleses y norteamericanos en el Perú (1956) y el ensayo “Herman

Melville en el Perú” (1954),373 los cuales, por desgracia, no han podido ser ubicados.

2. Más allá de lo que expone Núñez, para su ensayo Jaime Marchán tampoco detalla

si el libro aquí citado provee registros de bitácoras que detallen el asunto ni lo sustenta con

más fuentes; 3. la frase “existen registros de que Melville pasó por Paita en 1845” es de una

371
Jaime Marchán, “Sobre Herman Melville y el Ecuador: Travesía y ficción”, Afese 57 (s. f.): 172-7,
https://bit.ly/3gORbV5.
372
Núñez, “Lo latinoamericano en otras literaturas”, 112.
373
Ibíd., 474.

208
ambigüedad y una falsedad alarmantes, pues ¿a qué registros se refiere?, esto no lo dice.

Para 1845 Melville ya estaba bien enraizado en su tierra natal, ya que su viaje terminó en

octubre de 1844: esto está ampliamente documentado.

Se puede desmenuzar más aún este mito literario-histórico: 4. Manuela Sáenz era

respetada y bastante conocida en Paita, donde estaba exiliada por Vicente Rocafuerte —el

mismo presidente que dictaminó que se acuñe el doblón ocho escudos— y sí recibía a

“celebridades”, por decirlo de alguna forma, pero hay que tomar en cuenta que Herman

Melville no era una en 1841 ni en 1844, de hecho, la breve celebridad que le reportó Taipí y

Omú le valieron una fama que difícilmente habría llegado a Sudamérica, lo que habría sido

su boleto de admisión a la casa de Manuela. Melville es únicamente considerado un pilar

fundamental de la literatura universal tras la Primera Guerra Mundial, por lo tanto, no era

una “celebridad”.

5. Como se mencionó, según los registros del Acushnet y el United States, Melville

nunca estuvo en Paita, lo más cercano fue Tumbes, ciudad donde ancló el 2 de diciembre de

1841: ahí se presume que los marineros tuvieron licencia en tierra, pero es altamente

improbable que haya viajado de Tumbes a Paita, pues las ciudades están separadas por más

de 260 kilómetros. Tómese en cuenta que cuando se le dio licencia en el Callao, esta fue de

dos solo días, por lo que no hay motivos para suponer que se le hubiera otorgado una de

más tiempo, eso no era lo regular en la disciplina de los balleneros; además, en aquellos dos

días de asueto viajó a una distancia corta, a Lima, a casi 13 kilómetros, por lo que 260

kilómetros suena desproporcionado.

Hershel Parker ha rastreado la primera fuente que documenta este encuentro: se trata

del libro de 1952 The Four Seasons of Manuela: A Biography. The Love Story of Manuela

209
Sáenz and Simón Bolívar, del historiador estadounidense Victor Wolfgang von Hagen, el

cual se refiere al encuentro en los siguientes términos:

La desterrada fué de gran ayuda cuando el cónsul tuvo el conflicto del Acushnet, un
ballenero de 358 toneladas procedente de New Bedford. Echó el ancla en Paita a mediados
de noviembre de 1841 y, antes de que las velas fueran recogidas, la mayoría de sus
veintiséis tripulantes desembarcaron en actitud levantisca y se dirigieron al consulado. Eran
cosas de su capitán, un lobo de mar ordenancista que los trataba como criminales. A todas
las quejas y protestas replicaba con el pasador de hierro, administrado generosa y
convincentemente.
Fueron tres días muy agitados; hubo peleas en las calles con intervención de los serenos. El
segundo oficial desertó y el capitán reclamó exasperado protección legal para las
pertenencias del barco. Manuela Sáenz, con su experiencia de cárceles y encarcelamientos,
fué invitada a ayudar en la redacción de los documentos legales por parte de las autoridades
locales. A la temblorosa luz de una vela, con los alados termes describiendo erráticos
círculos en torno a la llama. Manuela fué vertiendo al español el salobre inglés de los
marineros del Acushnet.
Uno de los últimos en prestar testimonio fué un joven callado y de ojos grises. Tenía
veintidós años, y su nombre, cuando fue consignado en el documento, no dijo a Manuela
más de lo que dijo a los compañeros: Herman Melville. Pero después, mucho después,
cuando la fama lo cortejó y luego lo abandonó, se acordó de Manuela. “Humanidad, recio
ser, te admiro, no en el vencedor coronado de laureles, sino en el vencido.” Y pensó en el
gris opaco de Paita y en Manuela montada en los cuartos traseros de un burro: “…entraba
en Payta-town montada en un borriquillo gris con la mirada fija en las paletillas, en el juego
la cruz heráldica de la bestia…”.374

La biografía de Hagen fue un éxito en su momento —su traducción al español se

publicó en el año siguiente en México— y continúa leyéndose en la actualidad. Una lectura

alejada de los humores románticos que precisamente se han erigido alrededor de la figura

de Manuela Sáenz, quizá por haber sido la amante de Bolívar, revela que, aunque tenga

rigor histórico, el texto de Hagen adolece de lugares comunes, impulsados por una narrativa

literaria que buscar conmover al lector más que informar, frases como las siguientes delatan

este propósito:

374
Victor W. von Hagen, Las cuatro estaciones de Manuela. Los amores de Manuela Sáez y Simón
Bolívar (Buenos Aires: Sudamericana, 1989), 312.

210
• “Manuela Sáenz había envejecido repentinamente”,375 cuando se le niega la

herencia de su esposo.

• “La carta cayó de la mano de Manuela. Una ráfaga la tomó y la arrastró en giros

a lo largo de la ribera del cenagoso río”,376 cuando se entera de la muerte de

Bolívar.

• “Los años asaltaban a Manuela en vano; parecía sin edad, como la misma Paita.

Su esbelto y sinuoso cuerpo, al que había hecho duro y firme una vida activa,

mantenía a distancia los asaltos del tiempo. Su piel conservaba la blancura del

alabastro, la carne seguía firme y los ojos negros lleno [sic] de brillo”.377

Se pueden transcribir más ejemplos, pues la biografía está plagada de ellos, pero con

estos es claro: para el autor de esta investigación, la biografía de Hagen está tan llena de

tópicos y pasajes que buscan la sorpresa inmediata que no pueden ser tomados con seriedad

por un investigador serio que busque información veraz sobre Sáenz. Incluso existe un libro

llamado Refutación a Las cuatro estaciones de Manuela: los amores de Manuela Sáenz y

Simón Bolívar, escrito por Gonzalo Humberto Mata y publicado en Cuenca en 1959,378 seis

años después de la publicación de la primera traducción al español. Si bien el texto de

Mata, de 156 páginas, denota un evidente odio desmedido por la biografía de Hagen, al cual

contradice uno por uno los hechos históricos como cree él que sucedieron, citando fuentes,

se trata de un referente de que también había cierto malestar o inconformidad con la

mencionada biografía desde sus años iniciales. Pero más allá de estas últimas evidencias

expuestas, vale analizar el encuentro de Melville y Sáenz según lo expuesto por Hagen.
375
Ibíd., 325.
376
Ibíd., 308.
377
Ibíd., 322.
378
Gonzalo Humberto Mata, Refutación a Las cuatro estaciones de Manuela: los amores de
Manuela Sáenz y Simón Bolívar (Cuenca: Imprenta D. Toral L., 1959).

211
Par empezar, como se dijo, no hay registros de que el Acushnet haya anclado alguna

vez en Paita; es más, los registros indican que a mediados de noviembre de 1841, como se

ha dicho en esta investigación, el ballenero de Melville estaba en las Islas Galápagos.

Parker hace un registro de los desertores del Acushnet y hasta noviembre de 1841 señala

que dos personas desertaron antes de que el barco saliera de Farihaven; una persona

llamada David o Daniel Smith desertó en Santa, Perú, y luego cometió suicidio; de hecho,

la cuarta persona en abandonar el Acushnet fue el mismo Melville, en Nukahiva, en julio de

1842, junto con Richard Tobias Greene.379 Por lo tanto, queda sin sustento la afirmación de

Hagen al decir que el segundo oficial desertó en Paita (este nunca abandonó el Acushnet),

tampoco hay pruebas de que el capitán haya sido cruel.

Es verdad que Manuela vivía, entre otras actividades como preparar dulces y vender

tabacos, de traducir textos al español del inglés, de manera que interpretaría, según Hagen,

el testimonio de un Melville de “ojos grises”. Los ojos de Melville eran azules. Para

concluir el caso, y esto es lo más preocupante en una biografía que desea dar un rigor

histórico basado en la seriedad y veracidad, Hagen hace suyo un texto de Melville para

recrear cómo él supuestamente la recordaría años después, es notoria la mezcla de su prosa

con el final del “Boceto ocho” de Las Encantadas, cuando la chola Hunilla se aleja vía

Paita sobre el lomo de un asno. Esta es una jugada que pone en tela de duda la materia

prima de la biografía pero, claro, tiene un efecto estético contundente, como es propio de

los discursos del exotismo. Y como mezclar fantasía y realidad es propio de Hagen, no

sería de extrañar que la supuesta crueldad del capitán del Acushnet en realidad sea también

379
Parker, Melville 1, 188-9.

212
ficticia y que la haya sacado de la del capitán del ballenero de Taipí, barco que, según la

analogía, sería el trasunto del Acushnet.

Las cuatro estaciones de Manuela tiene un aparato bibliográfico de siete hojas:380

ninguna de las fuentes enlistadas alude al encuentro entre Melville y Sáenz, ni una sola,

cuando debería estar presente el documento legal para el que fue llamada Manuela y que a

Hager le permite afirmar “Uno de los últimos en prestar testimonio fué un joven callado y

de ojos grises”: esto da a entender debe haber un texto judicial con los testimonios, pero

Hagen guarda silencio sobre él. Para los casos de información faltante, que el encuentro

sería el caso, el biógrafo dice: “La enumeración que sigue no pretende ser una bibliografía

formal, que puede ser hallada en el detallado estudio del autor ‘La Historia Documentaria

de Manuela Sáenz’ (Boletín de Historia y Antigüedades, Academia Colombiana de

Historia, Bogotá, febrero de 1952)”.381 Sobre este redireccionamiento de Hagen, Hershel

Parker indica que Adolfo Gómez, en 1996, accedió al boletín y no encontró mención ni de

Melville ni de Manuela382 (tampoco explica quién es el tal Gómez). Por estas razones, a

modo de veredicto en este caso, el autor de esta investigación coincide con Parker: no hay

ni una sola prueba fehaciente de que Melville haya estado en Paita, dentro de un gran viaje

que, paradójicamente, sí tiene el registro detallado de todo lo demás visitado; mucho menos

hay pruebas de que se haya encontrado con Manuela Sáenz. Mientras no se pueda probar

que, en efecto, aquello sucedió, aquel encuentro tendrá que permanecer en los albores de la

ficción. Y quizá sea la ficción literaria la que, sin culpa, se haya encargado de encender la

mecha de la imaginación colectiva que ha aunado a Melville y Sáenz durante décadas.

380
De la página 337 a la 349.
381
Hagen, Las cuatro estaciones de Manuela, 343.
382
Parker, Melville 1, 203.

213
Es muy probable que el (falso) encuentro relatado por Hagen haya sido el germen

que motivó al escritor Gabriel García Márquez para plasmarlo en su novela sobre Simón

Bolívar El general en el laberinto, publicada en 1989, porque es, después de todo,

pintoresco. Dada la popularidad del Nobel colombiano en todo el mundo, sobre todo en

Latinoamérica, ante los ojos no preparados, su narración podría haber saltado de la ficción

y volverse realidad: “Tres visitas memorables la consolaron de su abandono [a Manuela]: la

del maestro Simón Rodríguez, con quien compartió las cenizas de la gloria; la de Giuseppe

Garibaldi, el patriota italiano que regresaba de luchar contra la dictadura de Rosas en

Argentina, y la del novelista Herman Melville, que andaba por las aguas del mundo

documentándose para Moby Dick”.383 Las dos primeras visitas sí sucedieron, pero la del

escritor es altamente improbable por las razones relatadas.

El Nobel chileno Pablo Neruda también homenajeó a Manuela Sáenz en los versos

de su poema “La insepulta de Paita”, al igual que el venezolano Edmundo Aray en “Versos

de Paita”, en los que el yo poético toma la visión de Manuela y exclama: “Por aquí pasó

Melville / Dice conocer / el vasto corazón de los héroes / Como tú / navega enormes

distancias”,384 y luego increpa a Bolívar en segunda persona. El encuentro se retoma en la

película Manuela Sáenz: la Libertadora del Libertador (2000), del director Diego Rísquez,

quien desde un inicio presenta a un joven marinero llamado Herman Melville en su arribo a

Paita, en 1856, donde busca conocer a Manuela; ella le cuenta su historia a modo de

flashback. Quizá la mención más reciente de este encuentro se puede hallar en la novela de

Juan Gabriel Vázquez, Historia secreta de Costaguana (2007), dedicada a otro escritor

marinero, angloparlante y aventurero: Joseph Conrad:


383
Gabriel García Márquez, El general en su laberinto (Buenos Aires: Sudamericana, 2015), 265.
384
Edmundo Aray, “Versos de Paita”, en Manuela Sáenz. El tiempo me justificará, ed. Raúl Serrano
Sánchez (Quito: Ministerio de Educación del Ecuador-Colección Memoria de la Patria, 2010), 139.

214
La mente genera asociaciones que la pluma no puede aceptar. Ahora, mientras escribo,
recuerdo una de las últimas cosas que me contó mi padre. Poco antes de morir en Paita,
Manuela Sáenz recibió la visita de un gringo medio loco que estaba de paso por el Perú. El
gringo, sin siquiera quitarse el sombrero de ala ancha, le explicó que estaba escribiendo una
novela sobre ballenas. ¿Se podían ver ballenas por allí? Manuela Sáenz no supo qué
contestar. Murió el 23 de noviembre de 1856, pensando no en Simón Bolívar, sino en las
ballenas blancas de un pobre novelista fracasado.385

En resumen: el doblón de ficción existe en la realidad y tiene un profundo trasfondo

histórico; hasta el momento se ha aportado con suficiente información de los momentos en

los que Herman Melville pudo haber entrado en contacto en América Latina con el doblón

ecuatoriano —sin conclusiones directas, imposible darlas, por supuesto—; además, no hay

evidencia sólida de que Melville haya estado en Paita y que se hubiera entrevistado alguna

vez con Manuela Sáenz. En este caso, que es un juicio a la historia, con la ficción y la

realidad acusándose desde los banquillos, quizá el veredicto sea lo que bien acaba de

afirmar Vázquez: la mente genera asociaciones que la pluma no puede aceptar.

4. Los performances en el Pequod que anuncian el evangelio

Un breve examen de los objetos de las islas de Taipí y Omú revelan que estos no

son especiales, ni ante los ojos del narrador Tommo ni a los de los polinesios; al contrario,

son los objetos del occidental los que funcionan como poderosos imanes y los que tienen la

capacidad de maravillar a los nativos, pues, como se dijo en el capítulo primero de esta

investigación, es el extranjero quien analiza al Otro y no viceversa. Pero no sucede lo

mismo con el doblón de oro, es más, acontece lo opuesto: es un objeto fabricado por el Otro

que tiene la capacidad de deslumbrar a los nativos del Pequod, los cuales funcionan como

sinécdoque del mundo, ya que el Pequod es una miniatura de todas las naciones del mundo

385
Juan Gabriel Vázquez, Historia secreta de Costaguana (Madrid: Alfaguara, 2007), 58.

215
y de todas las secciones de la sociedad,386 según las palabras de C. L. R. James en su

influyente libro Mariners, Renegades and Castaways: The Story of Herman Melville and

the World we Live in. Aquí sucede lo diametralmente opuesto. Entonces, para retomar las

palabras de Stubb, ¿por qué es especial este doblón ecuatoriano? Para empezar, el doblón

crea dos tipos de performance en el Pequod: a) el de Ahab en la cubierta —que embruja a

los marineros—y b) las interpretaciones que los personajes hacen del doblón, las cuales se

pormenorizarán a continuación:

a) El ritual de Ahab en la cubierta

Desde el inicio de Moby Dick hasta el capítulo 35, Ahab funciona como un rumor que está

en boca de todos los marineros del Pequod, quienes elucubran sobre él, con pocas certezas,

para que, en la mente del lector, se configure un personaje con un halo de misterio que,

incluso hasta el final, se mantendrá en cierta medida. Es en el capítulo 36, “El alcázar”,

cuando se ve por primera vez a Ahab interactuar con la tripulación de forma tan abierta y

directa, pero antes de ello cumple con algunos actos: para empezar, Ismael indica que de la

cabina sale a la cubierta para caminar, a la hora del desayuno, como suelen hacerlo los

capitanes en sus barcos y los señores rurales en sus jardines.

Ismael da a entender que Ahab ya ha tenido antes esta actitud, pero que en esta en

particular hay una intensidad mayor en los movimientos del personaje principal, pues si

bien la marca que producen las venas en la frente es señal de cavilación, en esta

oportunidad “las marcas parecían más profundas”. Ahab se mueve constantemente de la

386
C. L. R. James, Mariners, Renegades and Castaways: The story of Herman Melville and the world
we live in (Nueva York: Allison & Busby, 1985), 7.

216
bitácora al palo mayor y del palo mayor a la bitácora, “y casi podía verse que el

pensamiento se volvía y caminaba con él: se había adueñado de él hasta tal punto que

parecía la forma interior de cada movimiento externo”.387 La prosopopeya —que el

pensamiento camine— es una alerta en el caso de Melville, quien ha recurrido antes a esta

figura retórica, como se mencionó en el capítulo dedicado a Las Encantadas.

La caminata repetitiva, que recuerda a Sísifo empujando la roca, llama la atención

de los demás marineros: Stubb le dice a Flask que el “pollito que lleva dentro picotea la

cáscara”.388 Este paseo frenético se repite por horas hasta que Ahab se retira a su cabina,

pero después vuelve a salir para repetir el mismo performance que va llamando la atención

de los demás marineros. Así pasa hasta que llega la noche, por lo tanto, en este oficio pasó

entre el desayuno y el ocaso, lo que bien podrían ser diez o doce horas. Finalmente, Ahab le

pide a Starbuck que convoque rápido a todos los hombres a cubierta, orden que llama la

atención del narrador porque esto solo se da en casos muy excepcionales. A pesar del

pedido, el mismo Ahab ordena que todos vengan a cubierta, vigías incluidos.

Una vez reunidos, los hombres lo miran con temor —“porque de algún modo el

capitán recordaba al horizonte cuando se acerca la tempestad”389—. En lugar de hablar,

Ahab retoma la teatralidad y, como si estuviera solo, reinicia los paseos sobre la cubierta.

La tripulación empieza a murmurar, al punto que Flask cree que Ahab los convocó solo

para que lo vieran hacer esa tarea pedestre. De pronto rompe el silencio con preguntas

retóricas sobre qué se hace cuando se avista una ballena, a lo que los hombres responden en

coro, entusiasmados. Esta lógica es tan básica e infantil que incluso recuerda a las

387
Melville, Moby Dick, 218.
388
Ibíd.
389
Ibíd., 219.

217
preguntas que un docente hace a los niños de su clase para llamar la atención, y de hecho,

funciona: los hombres se ven a sí mismos, “perplejos”, respondiendo semejantes

obviedades pero entusiasmados por hacerlo. Entonces pregunta: “¿Ven esta onza española

de oro? […] Es una pieza de dieciséis dólares, marineros. ¿La ven ustedes?”. 390 Y luego

replica: “¡Aquel de ustedes que me anuncie una ballena de cabeza blanca, frente rugosa y

mandíbula torcida; aquel de ustedes que me anuncie esa ballena blanca, con tres agujeros

abiertos en la aleta derecha de la cola… atención, aquel de ustedes que me anuncie esta

ballena, y no otra, recibirá esta onza de oro, muchachos!”.391

Para reforzar la misión, para entusiasmar y convencer a los marineros, Ahab invoca

tres veces al sujeto de la oración (“aquel de ustedes”) y el pedido es de una elocuencia tal

que es latente el uso de las funciones del lenguaje descrito por Roman Jackobson: las

palabras del capitán se recargan sobre todo de las funciones emotiva, fática, apelativa y

poética. Sin duda, una muestra del genio literario de Melville. Enseguida sigue con la

arenga, destinada a no soltar la atención de ninguno de los hombres: se dan las

características de Moby Dick y así se presenta “formalmente”, aunque sea en palabra, al

objetivo de Ahab. Se revela que la ballena blanca fue la que le arrancó la pierna, con lo que

el resto de marineros pueden identificarse y aceptar la misión de venganza; solo uno

entiende lo insensato que es buscar revancha en contra de un animal excepto de raciocinio,

Starbuck, quien además le recuerda a su capitán que su misión principal es llenar los

barriles de aceite de cachalote. Ante esto, Ahab replica con un simbolismo que explica su

odio metafísico:

390
Ibíd., 220.
391
Ibíd.

218
Para mí, la ballena blanca es ese muro que me aprisiona. A veces pienso que no hay nada
más allá de él. Pero es bastante para mí. Me obsesiona, me desborda: veo en la ballena una
fuerza atroz poseída de una perversidad inescrutable. Ese algo inescrutable es lo que odio
por encima de todo: sea la ballena el mero agente, sea la ballena blanca el amo ordenador,
contra ella descargaré mi odio.392

La explicación provoca en Starbuck la sensación de un mal augurio para todo el

Pequod e invoca la piedad de Dios. La nefasta profecía se deja sentir en el viento en el

cordaje y en el batir de las velas, enuncia el narrador. Con la tripulación cautivada, Ahab

pide al despensero que traiga ron. El licor fluye y Ahab hace que todos beban sorbos cortos

y lentos, pide que los marineros rodeen a los tres misteriosos arponeros, que mantienen las

lanzas en alto. Ahab toma las puntas entrecruzadas de las lanzas y las sacude bruscamente,

mientras observa una y otra vez a sus tres oficiales, Starbuck, Stubb y Flask, quienes,

presas del temor por lo que observan, no pueden sino sentirse incómodos y rehuir la mirada

de su capitán. A ellos les pide que se conviertan en servidores de los arponeros, aunque esto

contradiga las jerarquías de los barcos en altamar. El ritual alcanza su cénit cuando ordena a

los arponeros que den la vuelta a las lanzas y beban licor que ha sido escanciado en la parte

cóncava de estas, lo hacen mientras se oyen imprecaciones contra la ballena blanca. El ron

da una vuelta más entre la tripulación enardecida, luego Ahab los dispersa con un ademán y

se retira a su cabina.

Es mucho más difícil no darse cuenta lo que aquí está sucediendo a nivel

connotativo que tratar de eludir la acción denotativa: Ahab performa un ritual muy similar,

en forma y fondo, al sacramento cristiano de la eucaristía, el cual consiste, en primera

instancia, en las lecturas del día de la Biblia y la homilía, y después se consagra el pan y el

vino, que se distribuye entre los fieles. Melville realiza la conversión de elementos casi

como un calco: a) enuncia el evangelio diario a través de preguntas retóricas sobre la caza

392
Ibíd., 223.

219
de las ballenas y cuál debe ser el comportamiento de los marineros al avistar una; b) a

manera de homilía se ofrece la onza española de oro a quien aviste primero a la ballena

blanca; c) la moneda funge como la hostia que representa el cuerpo de Cristo, accesible

solo a aquellos que verdaderamente se lo merezcan, los dignos; y por último d) el vino que

representa a la sangre de Cristo, accesible solo para el cura, no para los fieles, sufre una

inversión que hace pagana la ceremonia cristiana y la aleja de sus valores para dotar de

otros de connotación negativa: a diferencia de lo que sucede en misa, en la cubierta del

Pequod todos pueden saciar su vicio con el ron, pero solo los elegidos —los arponeros, que

no son cristianos sino paganos, en la novela— beben en copas invertidas, propias de ese

ritual pagano, que antes han sido santificadas por un representante terreno de la deidad,

quien encarna lo opuesto de los valores de Jesucristo: se trata de Ahab, el mismo ser que se

ve reflejado en los picos del volcán del doblón, cuyos picos son “soberbios como

Lucifer”.393 Se retomará y continuará este análisis una vez que se explicado la segunda

parte del ritual.

b) Las múltiples miradas del doblón

El capítulo 99, titulado “El doblón”, se conecta desde el inicio con el 36 mediante el

recuerdo de la costumbre de Ahab de pasearse de la bitácora al palo mayor, la diferencia es

que ahora el narrador detalla que al visitar la primera, la vista del capitán se posa en la

aguja de la brújula y “su mirada dardeaba como una jabalina con la aguda intensidad de su

propósito; y cuando reanudaba la marcha para detenerse ante el palo mayor, mientras su

mirada se posaba en la moneda de oro clavada en él, conservaba el mismo aspecto de férrea

393
Ibíd., 523.

220
resolución, solo matizada por una especie de ansiedad, si no de esperanza”. 394 La

descripción del narrador no es objetiva aunque debe considerarse así, como una suerte

oficial, ya que le preceden las demás interpretaciones, Ahab lee el doblón y luego de él

otros personajes (en este orden: Starbuck, Stubb, Flask, el viejo de Man, Queequeg,

Fedallah y Pip). Las interpretaciones se resumen en la siguiente tabla:

Tabla 3. Interpretaciones del doblón

Personaje Lectura

Ahab Señala que las cumbres y las torres, como las cosas sublimes, tienen algo de

egoísta. Picos soberbios como Lucifer. Ahab se reconoce a sí mismo en la

torre, en el volcán y en el ave. La moneda como sinécdoque del mundo en el

que se refleja quien lo ve. Ve un rostro “rubicundo” en el sol que recorre el

zodíaco, que va de tempestad en tempestad: esto le parece bien porque

considera que el hombre debe vivir del dolor.

Starbuck El oficial tiene una lectura atravesada de las creencias cristianas: en los picos

ve la Santísima Trinidad y abajo ve un valle de Muerte, símbolo de la vida

terrenal del ser humano. El sol arriba, metáfora de Dios, da justicia y

esperanza, pero también se oculta en la noche; por lo tanto, la vida, como él

dice, está llena de dulzura y verdad, pero también de tristeza.

Stubb Esta es la lectura más larga de todas y más propensa a la comicidad: un

marinero que, al reconocerse iletrado, fuerza un significado para no quedarse

394
Ibíd., 522.

221
atrás de los otros lectores. Stubb se pregunta por qué el doblón ecuatoriano

es especial y único, a diferencia de otros, y para responder acude a un libro

de cartografía, el Zodíaco de Bodwitch, en el que reconoce a los signos de

Aries, Taurus y Géminis, que no constan en la moneda. Al no reconocerlos,

menosprecia el libro y se aventura a una interpretación propia: en el doblón

reconoce el camino del ser humano durante su transitar en la Tierra, desde

que nace hasta que muere. Aries lo engendra, Taurus da la primera cornada

(alusión a los golpes de la vida) y Géminis presenta la virtud y el vicio; se

intenta seguir al primero de estos, pero Cáncer lo hace retroceder; luego Leo

da “feroces dentelladas” en el mismo plan de Taurus y, al huir del vicio y los

golpes, aparece el primer amor representado en Virgo (la virgen); tras un

tiempo de calma con ella, aparece Libra, la balanza, para sopesar felicidad y

dictaminar que es insuficiente; a partir de este punto, para Stubb la felicidad

abandona para siempre al ser humano, pues viene el picotazo de Scorpio

[sic], junto a la lluvia de flechas de Sagitario, que hace padecer al ser

humano solo por diversión, luego el ariete de Capricornio golpea y sale

disparado de cabeza; para concluir la tragedia de la vida —que es comedia

en realidad— el aguatero de Acuario lo inunda todo y, al final, se termina

durmiendo con los peces, en Piscis. No obstante, en el valle de lágrimas que

significa la vida para Stubb, este personaje logra alegrarse y relucir de

optimismo cuando ve que el sol del doblón, arriba, “siempre sale sano y

lleno de ánimo […], sigue girando alegremente entre dolores y afanes”, tanto

en la moneda como en la vida real.

222
Flask De todas las lecturas, la de Flask es la más pragmática: reconoce que es una

moneda de oro, por lo tanto, tiene un valor económico. Tras un breve

cálculo, deduce que los dieciséis dólares que vale, con el precio del cigarro a

dos céntimos, el doblón le reportaría 960 cigarros. Al final no se decide si es

un objeto estúpido con apariencia inteligente o viceversa, pues está inseguro

de su propia interpretación o de si está a la altura de las otras.

Viejo de Este habitante de la Isla de Man, que aparece en el capítulo 40, augura que el

Man Pequod avistará a la ballena blanca dentro de un mes, cuando el sol esté en

Leo. Llega a esta conclusión porque en el otro lado del mástil hay una

herradura y “el león es el signo de la herradura”. Tiembla al pensar en el

destino de la embarcación. Llama la atención que el viejo de Man haya

aprendido a leer la suerte de una vieja de Copenhague hace cuarenta años

(momento exacto en el que Ahab hirió su primera ballena: el capitán evoca y

recrea ese momento de gloria justo antes de enfrentarse a Moby Dick).

Queequeg La interpretación de Queequeg no se escucha, en su lugar el lector accede a

ella a través del filtro de Stubb: ve al polinesio comparar el contenido del

doblón con su cuerpo, él parece “los signos del Zodíaco en persona”; busca

el sol en su cuerpo, pero no lo halla. No sabe qué deducir de la moneda, “lo

toma por un viejo botón de los pantalones de algún rey” y se retira.

Fedallah Tampoco se oye lo que el pagano arponero dice, Stubb ve que se acerca y

“hace un signo al signo”: se inclina. Supone es un adorador del sol, de ahí la

reverencia.

223
Pip Stubb recalca que, al igual que él, Pip ha visto a todos observar el doblón.

Señala la locura y la mirada perdida de Pip, quien parece desvariar ante el

doblón. Pip dice dos veces: “Yo miro, tú miras, él mira, nosotros miramos,

vosotros miráis, ellos miran”. Stubb atribuye a que ha estado estudiando

gramática. Termina su intervención desvariando aún más e indica que el

doblón es el ombligo de la nave y pregunta qué es lo que sucede con aquel

que ose arrancarse el ombligo.

Fuente: Melville, Moby Dick, 523-8. Elaboración propia.

Como el doblón es un signo cargado de significado y significante, es preciso

detenerse en sus componentes más importantes: primero, el sol. Está presente en la

descripción “objetiva” de Ismael —que se analizará en su momento—, antes de las

interpretaciones, y luego es mencionado por Ahab, para quien es “rubicundo” que entra en

la época de las tempestades; Starbuck considera que, como Dios, da los componentes de la

vida pero también se oculta, que es cuando aparece el sufrimiento; para Stubb es símbolo

de bienestar en una vida colmada de tragedias; Queequeg no halla el sol en su cuerpo y

Fedallah se muestra respetuoso ante el astro. Los personajes —y por lo tanto el lector—

quedan tan maravillados con la imagen del sol en la moneda que olvidan que es irreal, es

solo un simulacro del sol real que está arriba. Como señala Christopher Sten, en su ensayo

“Threading the Labyrinth: Moby-Dick as Epic”, “el doblón, una imagen grabada del sol, es

una versión falsa de la luz verdadera […], el doblón compite con el sol por la atención y el

tributo de la tripulación. Sin embargo, en lugar de generar luz, la refleja, sea cual sea la

224
fuente, verdadera o falsa. Es un espejo, no una lámpara”.395 De ahí que la moneda funcione

como un espejo que devela los anhelos de quien lo observa: es un pozo de la verdad. Sten

concluye con la idea de que el doblón, “como un símbolo, revela que cualquier objeto, por

pequeño o insignificante que sea, está abierto al espíritu y puede ser un lugar de

conocimiento especial y poder”.396

El otro gran símbolo de la moneda es el zodíaco, que tiene en el doblón la misma

función que se le atribuye desde tiempos inmemoriales: la adivinación. Ismael y Ahab

indican que el sol está entrando en Libra (♎), por lo tanto, para el capitán, que proviene del

hemisferio norte, se trata del equinoccio de otoño (paso de verano a otoño). Precisa que seis

meses antes ha salido de Aries, por lo tanto, ha dejado del equinoccio de verano. Se deduce

que al entrar en Libra, en el doblón debe aparecer este signo y el anterior, Virgo (♍); el

viejo de Man augura que la tragedia acaecerá al Pequod al entrar en el signo de la

herradura, que es Leo (♌), que ve en la moneda. Estos tres signos zodiacales, además de

Escorpio (♏), que no es mencionado, aparecen en la moneda ocho escudos y corresponden

al escudo de armas del Ecuador de 1835. En el símbolo patrio, no queda claro por qué están

ahí, como se indicó páginas atrás, pero se cree que representan la Revolución del 9 octubre

de 1820, que produjo la independencia de la provincia de Guayaquil del Imperio español. Si

fuese así, el primero debería ser Libra (del 23 de septiembre al 22 de octubre); además, se

considera que la revolución que inició la independencia del Ecuador de España fue el

Primer Grito de la Independencia, el 10 de agosto de 1809, y la que selló definitivamente la

libertad fue la Batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822. Cualquiera de estas dos últimas
395
Christopher Sten, “Threading the Labyrinth: Moby-Dick as Epic”, en A Companion to Herman
Melville, ed. Wyn Kelley (Malden, Estados Unidos: Blackwell Publishing, 2006) 417. Traducción propia.
396
Ibíd., 418. Traducción propia.

225
fechas tendría más sentido patriótico. Más allá de la falta de consenso histórico, lo cierto es

que Ahab, Stubb y el viejo de Man ven en el zodíaco la inminencia de tormentas y

tragedias, que finalmente es lo que ocurre en aguas ecuatoriales, bajo el signo de Leo (del

23 de julio al 22 de agosto), según el viejo de Man. Donde hay malos augurios literarios, en

realidad subyacen referentes históricos ecuatorianos.

Figura 7. Escudo de armas de Ecuador (1836)

Fuente: Wikimedia Commons, https://bit.ly/3hXP0zi.

Aquí es imperativo acotar una precisión muy importante: los doblones de cuatro y

ocho escudos son los únicos que reproducen este escudo con la leyenda “República del

Ecuador: Quito” en el anverso, son los únicos creados así por encargo directo del Ejecutivo;

además, tuvieron el mismo grabador (Eduardo Coronel) y los mismos ensayadores

(Santiago Taylor y Miguel Vergara);397 esto hace que las dos monedas sean visual e

históricamente idénticas. Teniendo estas consideraciones surge la pregunta: ¿por qué la

moneda ocho escudos es considerada la de Moby Dick y no la de cuatro? La respuesta la da

397
El doblón de cuatro escudos tuvo un ensayador más: Felicísimo Pardo.

226
Melville. Ahab puntualiza al presentarla a la tripulación: dice que es una onza de oro.

Según el sistema octogesimal español, una onza equivale a ocho escudos, por lo que si

hubiese sido el doblón cuatro escudos, tendría que haberlo presentado como media onza.

Precisiones aparte —y a pesar de la falsa literalidad de Flask, pues ver 960 cigarros

en un doblón es también una transacción simbólica—, el sol, el zodíaco y las cumbres son

signos, como apunta Maurice S. Lee, en el ensayo “The Language of Moby-Dick: ‘Read It

If You Can’”, que “se cargan tanto de referentes al punto que impiden cualquier

entendimiento compartido”.398 Estos referentes son los que permiten a Samuel Otter, en su

libro Melville’s Anatomies, trazar una elaborada coreografía de miradas sobre el doblón que

se oponen a las miradas que cierran la novela.399 El capítulo 99 inicia con la mirada de

Ismael sobre el doblón, luego mira a Ahab quien mira el doblón, luego mira a Starbuck

mirar la moneda, luego Ismael mira a Stubb quien a su vez mira a Flask, al viejo de Man,

Queequeg, Fedallah y Pip, quienes también miran la moneda, y a su vez Pip ha mirado a

todos hacer lo propio. Este patrón de miradas en “El doblón”,

points forward to the elaborate choreography of balked access in the last section of the
book, when Ahab finds no image in the "vacant pupils" of Pip's eyes (522); is locked in
fixed gazes with Fedallah (537-38); seeks the "magic glass" of human comfort in Starbuck's
eye, but averts his sight and then finds that Starbuck has fled and that he is looking into the
reflection of Fedallah's eyes (544-45); and, finally, fatally, sees Moby Dick (547).400

Pero sin necesidad de irse hasta las miradas del final de la novela, el capítulo 99

finaliza con la intervención de Pip que para Stubb no es más que los desvaríos de alguien

que ha perdido la cordura, pero difícilmente es así cuando se trata de un escritor como

Herman Melville. Aludiendo al trauma y locura que le produjo haber sido abandonado en el

398
Maurice S. Lee, “The Language of Moby-Dick: ‘Read It If You Can’”, en Kelley, ed., A Companion
to Herman Melville, 402. Traducción propia.
399
Samuel Otter, Melville's Anatomies (Los Ángeles: University of California Press, 1999), 169,
edición para Kindle.
400
Ibíd., 169-70.

227
océano, Pip finaliza la coreografía tal como todo inició: con la mirada. “Yo miro, tú miras,

él mira…”, dice. Con este discurso gramático, para Maurice S. Lee, Melville problematiza

la perspectiva, que es latente desde los niveles más básicos del lenguaje, además de que

“los esfuerzos por imponer un control sistemático no pueden sofocar el subjetivismo

balbuceante de Pip”.401 En la morfología de personaje, que ha mirado a todos, incluyendo a

Stubb —quien cree que Pip ha estado leyendo la gramática de Murray—, el verbo mirar

“puede tomar diferentes formas, pero los actos de mirar están unidos”.402 La elección de Pip

del verbo mirar sugiere, además, que él puede ver más allá, que es, a la final, lo que hace y

lo revela en su discurso: “Este doblón es el ombligo de la nave y todos arden en deseos de

arrancarlo. Pero arránquense ustedes el ombligo ¿y qué sucederá?”. 403 No da la respuesta,

claro, pero se sabe que es un augurio; Otter, por su parte, sí la da: “Your ass falls off”.404

Las miradas sopbre el doblón, las miradas de los personajes sobre otros personajes y

la mirada de la clarividencia —como Casandra, también enloquecida, al advertir a los

troyanos que se debe temer a los griegos aunque traigan dones— es b) la coreografía que

conforma la segunda parte del performance que inició con el ritual del Ahab, que es, per se,

a) una misa pagana que invierte los valores cristianos de la eucaristía, con el doblón como

la figura central, el objeto del deseo. Al aunar los dos actos histriónicos de los capítulos 36

y 99 se erige la columna vertebral del pensamiento religioso construido alrededor de la

figura del doblón ecuatoriano de oro, este concepto se transmite también como pensamiento

mitológico —e incluso narrativo—, como ha sido estudiado por Mircea Eliade y Joseph

Campbell, expertos investigadores que han logrado aunar las verdades que mantienen unido

401
Lee, “The Language of Moby-Dick”, 396. Traducción propia.
402
Otter, Melville’s Anatomies, 170.
403
Melville, Moby Dick, 528.
404
Otter, Melville’s Anatomies, 169.

228
al pensamiento religioso y mitológico, a través de la recopilación y análisis mitos y mitos

fundacionales alrededor de todo el mundo.

Hay dos momentos en los que Melville diluye el simbolismo y da pie directamente

al pensamiento mítico, al nombrar, sin metáforas, los objetos por lo que son: en el primero,

llama talismán a la moneda —que se diseccionará más adelante—; en el segundo, el autor

advierte que los extractos de la novela “no han de tomarse, por lo menos invariablemente,

como el último evangelio de le cetología”.405 Al mencionar que no se puede tomarlo como

el evangelio definitivo, también deja sentado que es uno, sin posibilidad de negación. Esto

no es casual para la experta en el escritor neoyorquino Wyn Kelley, quien, en su estudio

Herman Melville. An Introduction, señala que así el autor afirma que la novela “es una

nueva Biblia, un libro de la verdad. A lo largo de sus primeras novelas, Melville oscila

entre la crítica y la reverencia por las Sagradas Escrituras, pero en Moby-Dick y Pierre

afirma una nueva convicción de su capacidad para escribir un evangelio propio”.406

Para lograr ello, continúa Kelley, Melville trató de encontrar una nueva forma

literaria para representar el pathos y la profundidad de los temas, para lo cual experimentó

con todos los géneros posibles, por eso Moby Dick es alta tragedia, comedia, farsa y épica

heroica407 mientras, al mismo tiempo, no deja de llamarse evangelio verdadero. “En cierto

sentido, entonces, estaba inventando una Biblia propia”.408 Es obvio que al tratarse de un

evangelio de cetología, la figura divina alrededor de la que se elaboran todas las parábolas

será la ballena, la cual, por esta razón, adquiere estatus de divinidad y, al mismo tiempo, el

405
Melville, Moby Dick, 19.
406
Wyn Kelley, Herman Melville. An Introduction (Malden, Estados Unidos: Blackwell Publishing,
2008), 58. Traducción propia.
407
Idea que también comparte con Christopher Sten, en su ensayo citado en estas páginas, el cual
desglosa en detalle el tema de Moby Dick como una épica.
408
Kelley, Herman Melville. An Introduction, 59. Traducción propia.

229
mensaje divino que transmite es la malignidad del mar. Esta idea le surge a Wyn Kelley de

la correspondencia entre el escritor y Nathaniel Hawthrone. “The malignity of the sea” es la

frase textual de Melville. “Considérese la peculiaridad de la frase […]. La ‘malignidad del

mar’ no sugiere que el mar sea simplemente indiferente o insondable. Indica que el mar, o

el poder que representa, es maligno y tiene la intención de hacer daño”.409 Vista de otra

forma, la propuesta de Kelley es en sí una personificación, idea que no es ajena a esta

investigación, pues ya se demostró, en el capítulo segundo, que en la vida que adquieren las

Islas Galápagos hay una prosopopeya de tintes melvilianos.

Para finalizar con Kelley, la académica menciona que en la misma correspondencia

con Hawthorne, Melville habla de objetos tributarios, a los que define como detalles, ideas

y símbolos que él coleccionó en sus viajes y que pensó le ayudaría a darle sentido a su

ficción. Como tributario también significa aquello que fluye de un río a otro, se puede

pensar que lo tributario en Moby Dick son los elementos secundarios que dan sentido al

conjunto, como los capítulos dedicados a la cetología y la caza de ballenas, que suelen

considerarse menos importantes en beneficio de las partes más narrativas —las primeras

suelen suprimirse para las versiones abreviadas de la novela—. Pero Wyn Kelley propone

un segundo concepto de tributario: el homenaje a un poder asombroso.410 Por esta razón el

doblón es un tributo para la divinidad, es el puente que conecta al ser humano con el Dios-

ballena, es un objeto, como señala Christopher Stern, que sirve para alcanzar la forma más

alta de iluminación espiritual.411

Minted in Ecuador, a country named for its proximity to the sun, and bearing in its
inscription a segment of the zodiac, with the “keystone sun” entering Libra, or the scales

409
Kelley, Herman Melville. An Introduction, 60. Traducción propia.
410
Ibíd., 75. Paráfrasis y traducción propias.
411
Sten, “Threading the Labyrinth”, 417.

230
(sign of judgment), the gold coin is presented as having powerful affinities with the sun. It
is what Ishmael terms a “medal of the sun”, a symbol of the source of all life.412

Por último, en su afán de demostrar que Moby Dick es una épica híbrida, Sten

puntualiza que la épica es una forma históricamente masculina,413 lo cual justifica por qué

la presencia femenina está exiliada de la novela, más allá de que la caza de ballenas

también haya sido una tarea conformada ampliamente por hombres. A esta idea se puede

agregar el completo destierro que hace Melville —y por ende sus personajes— del reverso

de la moneda ocho escudos, que nunca se menciona ni por error, el cual presenta un busto

femenino, en cuya cabeza aparece una cinta con la palabra Libertad, y además ostenta el

valor real monetario del objeto: 21 quilates (21 Qs) y ocho escudos (8.E.), que sin duda es

información prioritaria para los que anhelan el doblón por el valor monetario. No hay que

olvidar que ante todo Melville era un artista, por lo tanto, para cumplir su cometido con su

ficción se valía de todas las artimañas del oficio —y vaya que él era recursivo—: quizá por

esto entendió que un paisaje daba más interpretaciones posibles que una representación de

una mujer hispanoamericana. Así es cómo lo hizo y así es cómo procede el análisis.

Hasta el momento es inquebrantable el caso que se ha erigido: el doblón ocho

escudos es un objeto especial en grado superlativo porque es un tributo a la divinidad

cetácea —es capaz de ser sol y reflejar su luz, ser espejo de las ambiciones humanas y

brújula narrativa y moral de los personajes, cábala de eventos fututos—, dentro de un

evangelio que predica la mala nueva de un ser maligno: el mar; Ahab es quien predica la

palabra y sus misas son pérfidas, paganas, porque él es también Lucifer y los que crean en

él están condenados; Ismael se salvará no porque sea especial, sino porque alguien tenía

que “escapar para darte la nueva”. El doblón es un objeto venerado: todos lo desean pero

412
Ibíd., 417-8.
413
Ibíd., 421.

231
nadie se atreve a robarlo porque ninguno es digno; es el “talismán de la ballena blanca”.414

Sí, es un objeto tan poderoso como divino, pero eso no explica aún por qué sucede solo con

esta moneda de Ecuador. Para entenderlo, ahora es necesario ir de cacería dentro de la

novela de las representaciones de identidad ecuatoriana y ecuatorial, pues en aquella zona

del planeta yace el secreto de Herman Melville.

5. Lo ecuatoriano y lo ecuatorial en Moby Dick

El doblón tiene un poder simbólico para Ahab y los marineros del Pequod, que lo percibe el

lector, pero ¿quién o qué entidad le concede dicho poder? Para entenderlo, es imperativo

comprender su lugar de procedencia: el espacio atravesado por la línea ecuatorial, del que

ya se habló en el capítulo dedicado a Las Encantadas, que se retomará aquí. Como experto

escritor, Melville desperdiga un rastro de migas ecuatoriales a lo largo de toda la novela,

que es necesario enlistar y analizar —ya sea del país Ecuador, sus partes (como Quito y los

Andes) o de la región atravesada por esta línea imaginaria que divide a la Tierra en dos

latitudes— para comprender cómo se fabrica este dispositivo narrativo y, por ende,

simbólico. Así se da inicio a un viaje similar al del Pequod, paralelo si se quiere, pero por

todas pistas que expliquen por qué el doblón ecuatoriano es, como dice Stubb, milagroso o

“so killing wonderful”,415 como reza en el inglés original.

(a) En el capítulo XXIX (29), “Entra Ahab, después Stubb”, el Pequod dejó atrás

“los hielos y témpanos” y “siguió avanzando hacia la luminosa primavera de Quito que

414
Melville, Moby Dick, 522.
415
Melville, Moby Dick or The Whale, 357.

232
reina en el mar casi perpetuamente, en los umbrales del eterno agosto del trópico”. 416 En el

capítulo XLIV (54), “El mapa”, (b) Melville propone ya un concepto y su definición;

encaminado hacia una venganza, Ahab sabe de las regiones del mar donde Moby Dick

podría estar, que es lo que pretende recorrer: las Seychelles, el océano Índico, la Bahía del

Volcán, la costa de Japón, etc., pero todas estas zonas parecen probabilidades, dentro de las

cuales destaca como única la denominada Estación del Ecuador, que es un punto en el

espacio-tiempo “en que toda posibilidad pudiera convertirse de veras en probabilidad y —

como ansiaba Ahab— cada probabilidad en una certeza. Ese tiempo y ese lugar

determinados se fundían en una frase técnica: la Estación del Ecuador”.417 La razón es que

[…] durante varios años consecutivos, habían visto a Moby Dick detenerse periódicamente,
así como el sol, en su revolución anual, se detiene durante un intervalo ya calculado en cada
uno de los signos del Zodíaco. Allí, por otra parte, habían ocurrido casi todos los encuentros
mortales con la Ballena Blanca; allí las olas contenían la historia de sus hazañas; allí estaba
el trágico lugar donde el viejo monomaníaco había encontrado el territorio móvil de su
venganza.418

De lo expuesto en el apartado 54 cabe resaltar lo siguiente: el adjetivo técnica, que

califica el término Estación del Ecuador, aparece aquí en un afán de añadir un grado

elevado de cientificidad, de credibilidad naturalista bajo la que escribió Herman Melville; a

este concepto abstracto se le suma el rigor histórico, al que Ahab se aferra ciegamente, pues

encontrar una determinada ballena en los mares del mundo es una tarea que no solo

demanda conocimiento científico, sino también fe, aunque esta última no entre en el radar

del capitán, que la rechaza, como se evidencia en la conversación que él sostiene con el

carpintero, a quien le reprocha: “¿Fe? ¿Qué es eso?”.419 Por lo tanto, Ahab apela al devenir

de la historia, el tiempo que fluye, para coincidir en tiempo y espacio con la ballena blanca;

416
Melville, Moby Dick, 178.
417
Ibíd., 266. Énfasis añadido.
418
Ibíd.
419
Ibíd., 626.

233
se aferra a este para lograr su infernal cometido, ya que “el Pequod había zarpado desde

Nantucket al iniciarse la Estación del Ecuador. Ningún esfuerzo posible podía poner al

comandante en condiciones de […] llegar al Pacífico ecuatorial a tiempo para cruzarlo”. 420

Confía en que la historia le permita la venganza, en el espacio-tiempo de la certeza.

En el capítulo LXXXVII (87), “La gran armada”, (c) el ballenero atraviesa unos

estrechos para acceder al mar de Java y de ahí a las islas Filipinas y luego a la costa del

Japón, así “el circunnavegante Pequod recorrería todas las zonas de caza balleneras del

mundo, antes de bajar hacia el Ecuador, en el Pacífico”. En ese sitio, “Ahab pensaba que

presentaría batalla Moby Dick, en el mar más frecuentado por el monstruo, según se sabía,

y en una estación durante la cual era razonable alimentar la esperanza de encontrarlo”.421

La ballena es definida, en el capítulo LXXXVIII (88), “Escuelas y maestros”, como un ser

caballeroso y curioso (d):

Como los mundanos, siempre están en ociosa búsqueda de novedades. Se los encuentra en
el Ecuador, a tiempo para la temporada de alimentación, quizá recién llegados de los mares
del norte, donde han ido para huir del hastío y el desagradable calor del verano. Y cuando
se han paseado durante un tiempo por la zona del Ecuador, zarpan hacia aguas orientales,
ante la inminencia de la estación fresca que empezará allí; de este modo evitan durante todo
el año las temperaturas excesivas.422

Al relatar las incesantes labores de aseo, en el capítulo XCVIII (98), llamado

“Estiba y limpieza”, (e) se menciona que los marineros, “recién salidos del bote donde se

les ha hinchado las muñecas a fuerza de remar el día entero sobre la línea del Ecuador”,

pueden permanecer más de noventa y seis horas, en las labores de la faena de la ballena y la

consecuente limpieza extenuante de la cubierta, para que enseguida, “cuando están bañados

420
Ibíd., 166.
421
Ibíd., 467.
422
Ibíd., 481.

234
en sudor y se someten de nuevo al humo y los fuegos combinados del sol ecuatorial”,423

vuelven a aparecer nuevas ballenas y es necesario reiniciar otra vez el trabajo. En el

capítulo C (100), “Pierna y brazo”, el Pequod de Nantucket se encuentra con el Samuel

Enderby de Londres, en altamar: los capitanes sostienen una conversación en la que Ahab

está muy interesado porque sospecha que el capitán inglés tiene información de la ballena

blanca; en efecto, no se equivoca: (f) vio a Moby Dick la temporada pasada, en el Ecuador,

de hecho, esa fue la primera vez que atravesó la línea, donde la ballena lo mutiló: le arrancó

el brazo, de la misma forma en que a Ahab la pierna.

El encuentro con el Samuel Enderby permite a Ismael y otros marineros, en el

siguiente capítulo titulado “El botellón”, celebrar de los excesos en el comer y el beber, a

costa de la generosidad del barco inglés, pues “la excesiva alegría de estos balleneros

ingleses es materia de investigación histórica”.424 Y esto es precisamente el tema de este

capítulo, el CI (101). Ismael señala que en la caza de ballenas, los marineros de Inglaterra

son descendientes, ya de varios siglos, de los holandeses; entonces hace un breve recuento

histórico de los barriles de cerveza y ron del barco de Holanda llamado Dan Coopmann. (g)

Hace énfasis en que el lector podría imaginar que los arponeros, “tan borrachos como uno

pueda imaginar”, no acertaban a las ballenas fugitivas, pero no es así, lo hacían y con gran

precisión; pero no sucedía lo mismo en “el Ecuador, en nuestra pesca austral, [pues] la

cerveza servía para hacer dormir a los arponeros en las cofas y nublarles la cabeza en los

botes, con las consiguientes pérdidas dolorosas para Nantucket y Nueva Bedford”.425

423
Ibíd., 520-1.
424
Ibíd., 539.
425
Ibíd., 541.

235
El capítulo CV (105), “¿La ballena disminuye de tamaño? ¿Se extinguirá?”, por

medio de hipérboles, (h) es una apología hacia la longevidad de la ballena como especie,

mas no como individuos, los cuales sí perecen. Señala que su longevidad es una suerte de

afrenta al creador: “si alguna vez el mundo debiera sumergirse como los países bajos para

librarse de las ratas, la eterna ballena sobreviviría y elevándose en la cresta más alta de la

ola ecuatorial, arrojaría su espumoso desafío a los cielos”.426 De esta forma, el territorio

ecuatorial se confirma como la zona de las posibilidades y las certezas: pasa de ser la zona

donde se encontrará a la ballena blanca a ser el sitio donde es posible desafiar a dios —y su

consecuente castigo por tal afrenta—.

“El cuadrante”, nombre del capítulo CXVIIII (118), empieza así (i):

Por fin se acercaba la temporada de caza en el Ecuador; todos los días, cuando Ahab alzaba
los ojos al salir de la cabina, el timonel vigilante asía la barra y los marineros ansiosos
corrían veloces hacia las vergas y así se detenían, con los ojos fijos en el doblón clavado,
esperando con impaciencia la orden de poner proa hacia el Ecuador. La orden llegó en su
momento. Era casi medio día y Ahab, sentado en la proa de su bote izado, hacía su
observación cotidiana del sol para determinar su latitud.427

Acto seguido, Ahab pierde la paciencia, maldice el cuadrante con el que estaba

calculando su posición con respecto a la Tierra. Maldice el aparato: en este punto, considera

fatuos los intentos del ser humano y su ciencia cuando está tan cerca el encuentro, por ello

da la señal y todos los marineros ponen en marcha al Pequod para que abandone las aguas

japonesas y se adentre en las ecuatoriales. Téngase en cuenta que al mediodía en el Ecuador

es difícil esconderse del sol porque sus rayos caen perpendiculares sobre la mitad del

mundo. Ahab vuelve a maldecir el cuadrante y todos los objetos humanos que hacen que el

hombre deba volver sus ojos hacia “ese cielo cuyo resplandor puede quemarlos, como a

426
Ibíd., 558.
427
Ibíd., 596-7.

236
estos viejos ojos míos, ardidos por tu luz, oh sol”.428 Lanza al suelo el aparato y lo aplasta

con su pie y pata de hueso de ballena. En la rabieta, que sucede al mismo tiempo que el

barco se encamina hacia la línea equinoccial, Stubb ve un augurio de perdición.

Los capítulos CXXVI (126) y CXXVII (127), respectivamente “El salvavidas” y

“La cubierta”, forman un díptico narrativo que refuerza la potencia del Ecuador en la trama

simbólica, en base a un mismo acontecimiento: la pérdida de un salvavidas. Esto sucede (j)

“dirigiéndose ahora hacia el sur, con la ayuda de la aguja nivelada de Ahab, y con su

avance determinado tan solo por la barquilla y la línea de Ahab, el Pequod seguía su rumbo

hacia el Ecuador”. La nave pierde un salvavidas “cuando la nave se acercó a los bordes, por

así decirlo, de la zona de caza ecuatorial”.429 Se propone para reemplazarlo que el

carpintero clave el ataúd de Queequeg para que este flote —que será el artificio que permita

finalmente que Ismael sobreviva para contar la historia—, entonces una imagen muy

peculiar viene a la mente del narrador: “Si la nave se hunde, habrá treinta muchachos bien

fuertes luchando por un solo ataúd: ¡un espectáculo que no se ve todos los días bajo el

sol!”.430

En el capítulo CXXXII (132), “La sinfonía”, (k) se dice que en la “línea del

horizonte, un movimiento blando y trémulo —que se ve especialmente en el Ecuador—

revelaba la fe apasionada y palpitante, los temores amorosos con que la tímida desposada

entregaba su pecho”.431 El mar ecuatorial se presenta como el momento inequívoco de los

anhelos de un hombre que solo desea encontrar una ansiada venganza, incluso una lágrima

suya cae al mar y “el Pacífico nunca contuvo tanta riqueza como esa única gota de

428
Ibíd., 597.
429
Ibíd., 621.
430
Ibíd., 625.
431
Ibíd., 640.

237
dolor”.432 Ahab sabe que la ballena blanca está cerca, presiente que el momento final se

aproxima porque el “viento dulce” y el “cielo dulcísimo” se repiten: en un día así, cuando

tenía dieciocho años, hirió a su primera ballena. Por la tanto, la secuencia climática, es

decir, la misma historia humana se instala otra vez de la misma forma, casi como un

conjuro hecho cuarenta años después —dos veces exactas la cantidad de tiempo que Odiseo

estuvo fuera del hogar tratando de volver, por ello su periplo es el doble de largo y pesado

que el del eterno nostálgico de Ítaca—. A partir de este instante, en la novela se despliegan

los tres últimos capítulos, cada uno correspondientes a un día de caza, al final de la cual

hallan el destino conocido para Ahab, Moby Dick, el Pequod, Ismael y los demás

marineros, todo esto sobre el Pacífico sur, en aguas ecuatoriales.

Estas once menciones a la zona ecuatorial aparecen dentro de este evangelio que

adquiere tintes de sinfonía —la última alusión es el capítulo llamado así, de hecho—, ya

que, según Kevin J. Hayes, quien hace eco de los estudios melvilianos, Moby Dick está

conformado por tres grandes movimientos narrativos: el primero va hasta el capítulo 36,

“El alcázar”, el segundo comprende los acontecimientos siguientes hasta que el tercer

movimiento inicia en el capítulo 99, “El doblón”.433 Es decir, los dos cambios de

movimientos se marcan por la aparición del doblón ocho escudos. La moneda ecuatoriana

es una gran mención que se suma por fuerza propia a las once establecidas que varían en

detalles, pero que a la final transmiten el mismo sentido: la zona ecuatorial es una región de

prodigios, pues ahí, respectivamente, sucede lo siguiente:

a) a Quito se toma como la parte por el todo para referirse a la zona ecuatorial;

432
Ibíd., 641.
433
Kevin J. Hayes, The Cambridge Introduction to Herman Melville (Cambridge: Cambridge
University Press, 2007), 53.

238
b) se crea zona técnica llamada la Estación del Ecuador;

c) se desea bajar hacia el ecuador, zona del encuentro;

d) es la zona donde las ballenas pueden ser “mundanas”: van allá para comer y huir

del calor;

e) se hinchan las muñecas de los marineros al remar en esa zona, donde limpian la

cubierta de los desperdicios de la ballena cazada, bajo el humo y el fuego

ecuatorial;

f) es el sitio de los desmembramientos, donde la temporada pasada el capitán del

Samuel Enderby perdió el brazo y Ahab la pierna;

g) es donde los arponeros y vigías sí se embriagan con cerveza, fenómeno que no

sucede en otras latitudes, donde el licor no los vence; por lo tanto, esta zona

demanda sobriedad, rechaza los vicios;

h) las ballenas son eternas sobre las olas de esta zona;

i) los marineros esperan ansiosos la orden para remar al ecuador, lo que significa

la inminencia del encuentro ansiado;

j) se pierde un salvavidas, lo que da pie para que se fabrique uno con el ataúd de

Queequeg, esto permite que Ismael se salve al final; y

k) la línea del horizonte de esta zona revela una fe apasionante, donde se recrea el

día y el lugar donde a los dieciocho años Ahab cazó su primera ballena y

posteriormente perdió la pierna; ahí se da el encuentro final con Moby Dick y se

hunde el Pequod, en algún punto al oeste de las Islas Galápagos, vía Japón.

Prodigios de esta clase, como se analizó en el capítulo primero, no suceden en las

zonas exóticas de Taipí y Omú, pero sí en Las Encantadas, tratadas en el capítulo segundo,

239
porque estas islas sí que están atravesadas por la imaginaria línea ecuatorial, que no es una

región como cualquier otra. Es diferente, especial, porque está anclada en lo profundo del

pensamiento humano y dentro del pensamiento filosófico ayuda a explicar el mundo. En su

valioso estudio sobre cómo funcionan la religión y la mitología —que sirve para entender

también cómo opera la narrativa—, El héroe de las mil caras, Joseph Campbell indica que

cuando el héroe ha concluido su viaje de forma triunfal, el efecto inmediato es que se libera

sobre él y la sociedad una ola de bienestar, se desencadena “de nuevo el fluir de la vida en

el cuerpo del mundo”. Esta suerte de milagro puede tener términos físicos (la circulación

del alimento), dinámicos (una corriente energética) y espirituales (la manifestación de la

gracia). En sí, es una fuerza vital que en las religiones y mitologías —lo que no es una

coincidencia— proviene del “ombligo del mundo”,434 que es exactamente como Pip llama

al doblón (el ombligo del Pequod), que ha sido acuñado en un país que también está en el

ombligo del mundo, cuya embarcación navega por la mitad del mundo y tendrá su

encuentro final, es decir, alcanzará su fatal destino sobre la misma zona: el centro.

Al analizar el pensamiento mitológico, Campbell concluye que la fuente de este

torrente de bonanza es el centro del círculo simbólico del universo, alrededor del cual el

mundo gira. En cuanto a su imagen, se la relaciona con el árbol de la vida:

está enraizado en la oscuridad que lo sostiene, el dorado pájaro del sol vive en su copa, un
arroyo, la fuente inagotable bulle a sus pies. La figura puede ser también la de una montaña
cósmica, con la ciudad de los dioses, como un loto de luz, sobre su cumbre […]. O bien la
figura puede ser la del hombre o la mujer cósmicos […].
El Ombligo del Mundo es ubicuo. Y como es la fuente de toda la existencia, produce la
plenitud mundial del bien y del mal. La fealdad y la belleza, el pecado y la virtud, el placer
y el dolor, son igualmente producidos por él. “Para el dios, todo es bello, y bueno y justo —
dice Heráclito—, los hombres, por el contrario, tienen unas cosas por justas y otras por

434
Joseph Campbell, El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito (Ciudad de México: Fondo de
Cultura Económica, 1972), 30.

240
injustas”. De aquí que las figuras a que se rinde culto en los templos del mundo no sean de
ninguna manera siempre bellas, siempre benignas o ni siquiera necesariamente virtuosas.435

Las palabras de Campbell son lapidarias: el doblón de Ahab contiene un ave, una

montaña, el análisis de Starbuck emparenta el grabado con una ciudad de dioses, hay la luz

del sol; aunque no se mencionada nada sobre el reverso, no hay que olvidar que este

presenta una figura femenina, de tienes cósmicos porque es la encarnación de la mujer india

de la nueva República de Ecuador, que es una representación de la nueva Latinoamérica

libre y mestiza. Asimismo, el doblón es ubicuo: a pesar de su escaso tamaño, se lo puede

ver resplandecer desde cualquier parte del Pequod porque encarna la ambición de cada

marinero, la cual guía su vista y permite sentir al objeto; además, se le rinde culto a pesar

de no ser un cuerpo benigno ni virtuoso, ya que representa la venganza metafísica de Ahab,

es decir, es un desvío de la misión principal del Pequod, que es llenar los barriles con aceite

de todas las ballenas que puedan cazar, no con la de Moby Dick, como lo señala Starbuck:

“¡Cuántos barriles te reportará tu venganza, aun en el caso de que puedas tomártela,

capitán? No te rendirá mucho en el mercado de Nantucket”.436

A nivel histórico, el doblón tiene semejante iconografía porque representa los

esfuerzos por sobresalir de una nación recientemente independizada de una potencia

geopolítica que la dominó durante más de tres siglos; es una nación que trata de salir a flote

con una economía en contra, en la que el doblón fue su moneda más cara y valiosa, hecha

de un oro que escaseaba. A nivel simbólico, semejante objeto adquiere los poderes propios

de la región fantástica que es la mitad del mundo, no solo para Meville, sino para el

pensamiento humano. Mircea Eliade, en su influyente estudio Lo sagrado y lo profano,

435
Ibíd., 30, 32.
436
Melville, Moby Dick, 222.

241
sobre cómo funciona el pensamiento mítico y religioso, considera que la montaña es un

símbolo que une el Cielo con la Tierra, que son dos de los tres espacios (el último son las

regiones infernales) que solo pueden ubicarse en el centro del mundo. Estos tres niveles

cósmicos se comunican a través de una columna universal, Axis mundi, que además los une.

“Columna cósmica de semejante índole tan solo puede situarse en el centro mismo del

Universo, ya que la totalidad del mundo habitable se extiende alrededor suyo”.437

En base al análisis de un número considerable de creencias, mitos y ritos de

alrededor del mundo, Eliade indica que existe un encadenamiento de conceptos religiosos e

imágenes cosmológicas que permiten la articulación de un “sistema”, al que denomina

“sistema del mundo”, que permite obtener las cuatro características esenciales de la mitad

del mundo:

a) un lugar sagrado constituye una ruptura en la homogeneidad del espacio; b) simboliza


esta ruptura una «abertura», merced a la cual se posibilita el tránsito de una región cósmica
a otra (del Cielo a la Tierra, y viceversa: de la Tierra al mundo inferior); c) la comunicación
con el Cielo se expresa indiferentemente por cierto número de imágenes relativas en su
totalidad al Axis mundi: pilar (cf. la universalis columna), escala (cf. la escala de Jacob),
montaña, árbol, liana, etc.; d) alrededor de este eje cósmico se extiende el «Mundo» (=
«nuestro mundo»); por consiguiente, el eje se encuentra en el «medio», en el «ombligo de la
Tierra», es el Centro del Mundo.438

En este sentido, a) Melville sin duda plantea la ruptura del espacio cotidiano en la

línea ecuatorial, los once registros mencionados son prueba de ello; b) la línea ecuatorial, la

Estación del Ecuador, es la puerta que permite el tránsito de Ahab con su destino y, por

ende, el tránsito de todos los personajes de su vida terrena a la escatológica, sea Cielo o

Infierno; c) las montañas del doblón son el símbolo escogido para representar el Axis mundi

de Moby Dick, pero también es necesario mencionar que la moneda tiene un sagrario: el

palo mayor del Pequod, que a su vez está hecho de madera de árbol, cuya forma final sigue

437
Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano (s. l.: Guadarrama / Punto Omega, 1981), 24.
438
Ibíd.

242
representando, después de la “vida”, a un árbol mitológico; d) en su navegación, el Pequod

recorre el ombligo de la Tierra, espacio que es sagrado no solo por los prodigios relatados

en la novela, sino porque en Las Encantadas, como se mencionó en el capítulo segundo,

ocurre lo mismo: desde Roca Redonda se puede ver todo el planeta.

Como si esta evidencia no fuera suficiente, hay tres menciones más dentro de Moby

Dick a la mitad del mundo439 y lo que representa, pero esta vez, más allá de usarlas para

resignificar un lugar sagrado, sirven además para caracterizar a dos personajes, por esta

razón no se las colocó en la lista oficial. En el capítulo IV (4) se dice (l): “Pero ¿quién

podría mostrar una mejilla como Queequeg? Animada por los matices más diversos,

parecía la ladera occidental de los Andes, que reúnen en un mismo paisaje los climas más

opuestos, zona tras zona”.440 Aquí Melville alude al clima cambiante de las montañas de los

Andes ecuatorianos. Con este símil, Melville hace lo mismo que Friederich Church hizo en

sus pinturas de volcanes ecuatorianos: dibuja todos los climas del mundo contenidos en los

Andes y, por analogía, en la mejilla de Queequeg. Por estas razones, y por los ecos a los

estudios naturalistas de Humboldt, este símil tiene poderosas connotaciones, además de que

revela mucho de su estilo de escritura, que aúna lo exótico y lo trascendentalista.

La segunda mención aparece en el capítulo 127, cuando Ahab cuestiona la tarea del

carpintero al hacer de un ataúd un salvavidas; exclama, de forma nefasta, los simbolismos

que tal tarea puede acarrear. En este capítulo, además, Ahab desconoce la fe, que se ha

citado páginas antes. Al final, el capitán se marcha y deja al carpintero reflexionando para

sus adentros y esto es lo que piensa a modo de soliloquio shakespereano (m): “He oído

439
Las dos menciones más, (l) y (m), se suman a las once originales (a-k), enlistadas con detalle
anteriormente; la última (n), que se refiere a Lázaro, está páginas más adelante porque se necesita entender
un cuento de Melville para decodificarla.
440
Melville, Moby Dick, 71.

243
decir que las isla de Albemarle, en las Galápagos, está cortada justo en el medio por el

Ecuador. Se me ocurre que una especie de Ecuador corta en medio a ese viejo. ¡Siempre

está en el Ecuador! ¡En un calor que abrasa, lo digo yo!”.441 Recién en este punto de la

novela, ocho capítulos antes del final, Ahab es calificado como un Ecuador antropomorfo,

que es la línea equinoccial y a la vez está en ella, por lo tanto, se hace un desplazamiento de

los atributos de la línea al capitán, que en su caso refuerzan las imágenes de él como una

deidad demoníaca —el carpintero alude al calor que abrasa como una alusión infernal—.

Brian R. Pellar, en su libro Moby-Dick and Melville’s Anti-Slavery Allegory, declara

que este simbolismo ha pasado de calificar a una nación dividida por la mitad —y que

seguido usaba palabras como “caliente” o “ardiente” para describir el clima político entre el

Norte y el Sur— a adjetivar al capitán: que Ahab esté “divido” por un Ecuador es relevante

porque es un comentario dirigido a los lectores que hacían lecturas profundas en 1851.

“Melville repite este vínculo entre Ahab y el fuego varias veces, con una dimensión

adicional que parece hablar de un tema más amplio que el fuego obvio de la rabia o de la

venganza, que normalmente se asocia con tales palabras”.442 Ahab es el centro y está en él,

posee una onza de oro hecha en la mitad del mundo y la promete a quien aviste a la ballena

blanca, encuentro posible solo en el ombligo del planeta, en la Estación del Ecuador, que es

la estación del fuego. Moby Dick, como una matrioshka, es un círculo concéntrico que viaja

infinitamente a su centro, una caja china que no sabe detenerse.443

441
Ibíd., 626.
442
Brian R. Pellar, Moby-Dick and Melville’s Anti-Slavery Allegory (Boston: Palgrave Macmillan,
2017), 94-5. Traducción propia.
443
El Pequod se dirige a la mitad del mundo porque Melville crea en esa zona una atmósfera capaz
de crear objetos fantásticos como el doblón porque, en la vida real, el ecuador obra sus “milagros” también:
en efecto, como dice en Las Encantadas y Moby Dick, no existe primavera ni otoño en la mitad del mundo;
además, la línea equinoccial funciona como una especie de “imán” para la biodiversidad del planeta —el
Ecuador es el país más biodiverso del planeta—, teorías ya esbozadas en el siglo XIX por Alexander von

244
a) “La veranda” (“The Piazza”) como llave de la mitad del mundo

El segundo capítulo de esta investigación expuso los prodigios exóticos que suceden en Las

Encantadas por estar atravesadas por la línea ecuatorial, pero en la literatura corta de

Herman Melville hay otra poderosa mención al centro del mundo que pasa bastante

desapercibida por lo fugaz de su mención. Se trata del cuento “La veranda”, que en inglés

es el popular “The Piazza”, el relato que dio nombre a la recolección de bocetos, cuentos y

novelas cortas que el autor había publicado con anterioridad en revistas. El libro, que vio la

luz en mayo de 1856, originalmente iba a llamarse Benito Cereno and Other Scketches,

pero finalizó con el título que se conoce hasta hoy, The Piazza Tales, porque la editorial del

libro, Dix & Edwards, sugirió que la recopilación debería tener algo nuevo tras leer la

selección hecha por Melville. Este acogió la sugerencia y a inicios de febrero de ese año

escribió “La veranda”, que luego envió a los editores, Joshua Dix y George W. Curtis: entre

los tres escogieron el mejor orden de los cuentos y finalmente Melville decidió que “La

veranda” era una introducción satisfactoria para el volumen, así que cambió el nombre del

conjunto y le agregó el Tales para dar una sensación de unidad a tan dispares relatos.444

En “La veranda”, el narrador es un hombre retirado —se deduce que es marinero—

que se asienta, como Melville, en una casa de campo en Massachusetts, cuyo dilema es

Humboldt y Charles Darwin, quienes vivieron en el Ecuador para erigir sus propuestas naturalistas. Las aguas
ecuatorianas son un buen sitio para avistar ballenas (y para cazarlas), sobre todo en julio y agosto (el
encuentro final tiene lugar bajo el signo de Leo), que es cuando estas huyen de los fríos árticos.
Debe indicarse también que la misión geodésica francesa se llevó a cabo en los territorios de la Real
Audiencia de Quito, en el siglo XVIII, para medir la distancia equivalente a un grado de latitud en el Ecuador
terrestre. Finalmente, como la Tierra está achatada en los polos, esto hace que las zonas altas de los Andes
estén más cerca del sol; de hecho, el punto más cercano a este, medido desde la circunferencia del planeta,
es la cima del volcán Chimborazo (6263 msnm), en la provincia de Riobamba, en el centro del Ecuador, y no
la cima del monte Everest (8848 msnm), como comúnmente se cree.
444
Parker, Melville 2, 272-5.

245
hacia qué punto cardinal debe orientar la veranda que planea construir. Cada lugar propone

ventajas y desventajas, pero al final se decide hacerlo con la vista hacia el norte, donde

puede observar a Carlomagno, que es como llama al monte Greylock, el punto más alto de

ese estado, con 1605 metros.445 Con el paso de las estaciones, a lo lejos, en la montaña

puede observar una casa que, para él, es el lugar donde viven las hadas. Un día decide

encaminarse hacia allá y descubre que ahí vive una joven, Marianna, con su hermano,

abandonados a su suerte. Ella también ha observado a la distancia la casa y la veranda del

narrador, y como este, también se hace ensoñaciones sobre sus habitantes. Al final el

protagonista regresa a su porche, sin Marianna, y promete jamás regresar. De esta manera,

todo romanticismo se termina de golpe, incluyendo el del lector, quien ha sido engañado al

creer que la niña sería rescatada de su soledad por el narrador.

Este cuento de Melville, publicado tan solo cinco años después de Moby Dick, es un

importante mecanismo narrativo que permite decodificar la novela en su estudio de lo

ecuatoriano, ecuatorial y latinoamericano. En el narrador, que para Klaus Poenicke en “A

View from the Piazza: Herman Melville and the Legacy of the European Sublime”, es el

mismo Melville apenas escondido detrás de una persona ligeramente excéntrica,446

destacan dos aspectos: el primero tiene que ver con la obsesión con aquel lugar mágico que

él cree ver en la montaña, lo que demuestra lo propenso que está a las fantasías; y el

segundo y más importante, su forma de ubicarse geográficamente en el mundo. Como

445
No es la primera vez que el monte Greylock aparece en la literatura de Melville: cuatro años
antes, en Pierre o las ambigüedades, al monte le dedicó la novela. En la dedicatoria, el escritor habla de la
antigua costumbre de dedicar una obra a la realeza: él hace lo mismo, y lo dice, pues llama al Greylock
“Majestad Imperial Púrpura”, “mi más inmediato rey y señor”, “más excelente majestad”, entre otros
epítetos. Herman Melville, Pierre o las ambigüedades, ed. Hershel Parker (Madrid: Alfaguara, 2002), 53.
446
Klaus Poenicke, “A View from the Piazza: Herman Melville and the Legacy of the European
Sublime”, Comparative Literature Studies 4, n.° 3 (1967): 267,
https://www.jstor.org/stable/40467697?seq=1. Aquí la palabra persona aparece como personaje.

246
Moby Dick, “La veranda” es un relato que permite trazar un punto exacto en el planeta, que

lo ancla además en el tiempo, desde donde el narrador actúa. Este trasunto de Melville se

asegura de demostrarle al lector que sabe de lo que habla, ya que el cuento está plagado de

referencias a Shakespeare, la Biblia, mitología en general y las constelaciones.

Así, por el cuento desfilan referencias a Orión, Damocles, Moisés, Lucifer, Don

Quijote, las Pléyades y las Híades, Carlomagno; Macbeth, Sueño de una noche de verano,

Cimbelino y Hamlet, de William Shakespeare; incluso es autorreferencial al usar un autor y

un texto que ya manipuló con anterioridad para crear una mitología propia: The Queenie

Faire, de Edmund Spenser, que alteró para crear los epígrafes de Las Encantadas. Steven

Frye, en el ensayo “Bakhtin, Dialogics, and the Aesthetics of Ambiguity in The Piazza

Tales”, indica que el narrador “interpreta el paisaje de una manera muy diferente a la de sus

vecinos. Pero su proceso interpretativo es un testimonio de la intertextualidad, demostrando

el proceso por el cual la heteroglosia influye en la imaginación”.447

La heteroglosia del cuento, concepto propuesto por el ruso Mijail Bajtin, puede

emparentarse con la presente en el capítulo del doblón, que es, precisamente, una

celebración de la múltiples interpretaciones que puede tener un único objeto, quizá la

coexistencia de distintas verdades por antonomasia dentro de Moby Dick. Asimismo, de la

misma forma que la novela está construida con una base mitológica, “La veranda” repite

los mismos patrones al decir que la casa también reside en un centro, pues la tallaron en “el

corazón de las montañas calizas la Kaaba, o Piedra Santa, a la que, cada Día de Acción de

Gracias, solían acudir los peregrinos a hacer vida social”; los constructores devastaron la

naturaleza para edificarla: “De aquel frondoso bosque no queda más que un superviviente:

447
Frye, “Bakhtin, Dialogics”, 44. Traducción propia.

247
un olmo obstinado y solitario”.448 Por lo tanto, Melville construye una casa en un centro,

donde se eleva un solo árbol sobreviviente: sin duda, este cuadro remite a la imaginería del

Axis mundi y, por ende, a la del doblón ocho escudos, lo cual se refuerza por la mención a

Quito en “La veranda”, pero esto será analizado después, ya que desencadenará una

reflexión sobre la moneda fuera de la novela; por ello, antes es preciso centrarse en la

siguiente referencia.

Cuando el trasunto de Melville decide construir la veranda mirando al norte, al

Greylock, menciona que sus vecinos, los Dives, se burlan del él porque eso le garantiza que

de marzo a agosto el porche se congelará, pero para el narrador “marzo no dura

eternamente, solo hace falta un poco de paciencia y llega agosto”. 449 Aquí el escritor alude

directamente a la interpretación que Ahab hace del doblón cuando dice: “Me parece que

este sol acuñado tiene un rostro rubicundo; ¡pero mira!, ¡sí, entra en el signo de las

tempestades, el equinoccio! ¡Y hace apenas seis meses que ha salido de otro equinoccio, en

Aries! ¡De tempestad en tempestad! Pues que así sea”.450 En el doblón, el sol está entre

Virgo (agosto-septiembre) y Libra (septiembre-octubre) y antes, hace seis meses, ha estado

en el otro equinoccio, el de Aries (marzo-abril), que son los meses de frío en “La veranda”.

La simetría es perfecta. Entonces al iniciar agosto, en el cuento, “en el fresco Elíseo de mi

módico porche, yo, Lázaro en el regazo de Abraham, miro con lástima a los pobres Dives

atormentados en el purgatorio de su veranda orientada al sur”.451

448
Herman Melville, Cuentos completos, trad. Miguel Temprano García (Barcelona: Random House
Mondadori, 2008), 225-6.
449
Ibíd., 228-9.
450
Melville, Moby Dick, 523.
451
Melville, Cuentos completos, 229.

248
Aquí Melville alude a la parábola bíblica del rico y el mendigo Lázaro, en la que,

por boca de Jesús, en el evangelio de Lucas (16, 19-31), narra cómo tras la muerte Lázaro

fue llevado al seno de Abraham para recibir su recompensa tras una vida de privaciones y

sufrimiento, mientras que el rico es atormentado en el Hades, pues el primero siempre yació

en la puerta del segundo y nunca recibió ayuda. Se considera que Lázaro es el único

nombre propio usado en las parábolas bíblicas, pero durante la Edad Media la palabra rico

en latín fue usada de similar manera para nombrar a la contraparte. Rico en latín es dives.452

No es coincidencia que Melville decidiera llamar así al vecino de “La veranda”. Asimismo,

recuérdese que la misma parábola, como se dijo en el segundo capítulo de esta

investigación, se usa para hacer hablar a las Islas Galápagos en Las Encantadas: el motivo

bíblico para construir una prosopopeya. Es en este punto que se establece una simetría más

en la larga lista de menciones a la mitad del mundo en Moby Dick, precisamente la que

quedaba por especificar.

En el capítulo II de la novela, con una noche libre antes de ir a Nantucket, Ismael

decide recorrer las calles de Nueva Bedford para buscar donde comer y dormir. Sopesa

varios locales y al final se decide por la ruinosa posada El chorro de la ballena (Spouter-

Inn). Para describir la decadencia del lugar, echa mano de la tempestad que destrozó la

barca de San Pablo, Euroclidón, según lo narrado en Hechos de los apóstoles 27, 13-44, en

la Biblia, pero luego agrega (n):

Pobre Lázaro, que castañea los dientes en el cordón de la acera que le sirve de almohada y
al tiritar sacude sus harapos: aunque se tapara las orejas con trapos viejos y se metiera en la
boca una mazorca, no lograría tener a raya al tempestuoso Euroclidón. ¡Euroclidón!, dice el
viejo Dives en su única túnica de seda roja (después tuvo otra aún más roja). ¡Qué hermosa
noche de helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Qué aurora boreal! “¡Bah, bah! Que la gente hable

452
Wendell Reilly, “Dives”, New Advent, accedido 20 de septiembre de 2020,
https://bit.ly/2Sf2X1m.

249
de sus climas estivales, en los países de Oriente, semejantes a eternos invernaderos; a mí
resérvenme el privilegio de crearme mi propio verano con mis carbones”.
Pero ¿qué piensa Lázaro? ¿Puede calentarse las manos tendiéndolas hacia las grandes
estrellas boreales? ¿No preferiría estar en Sumatra? ¿No preferiría acostarse a lo largo de la
línea del Ecuador? ¡Sí, oh Dioses! ¿No preferiría hundirse en el terrible corazón de la tierra
para quitarse el hielo de encima?453

Las simetrías entre los dos textos melvilianos son tan lapidarias y contundentes que

cuesta creer que no se hayan señalado antes. Es necesario recapitular: en “La veranda”, hay

una casa ubicada en la mitad de un bosque, donde se levanta un único árbol: Axis mundi;

dicho porche se congela en los meses en los que Ahab desea tempestades al observar el

doblón de oro; los vecinos, los Dives, se burlan del narrador durante aquel periodo, pero a

partir de agosto, él se encuentra como Lázaro en el regazo de Abraham. La mención de

Lázaro permite saltar a Moby Dick: la posada El chorro de la ballena está tan derruida que

Ismael imagina que afuera de esta yace Lázaro, siendo rechazado por el rico Dives; la

tempestad que azotó a Pablo crea una heteroglosia: a Lázaro le congela y al rico le abriga.

Ante esto, entonces, Ismael se pone en los zapatos del pobre y se pregunta si para calentarse

no preferiría estar acostado en la línea del Ecuador, “hundirse en el terrible corazón de la

tierra”, que es una mención más a lo ecuatorial en la novela, una de las más importantes.

Ya que la división de Lázaro por el ecuador es una imagen que no tiene precedentes

bíblicos, Brian R. Pellar ve en ella una inequívoca alegoría sobre la esclavitud en Estados

Unidos, que por la época de aparición de Moby Dick se preparaba ya para una cruenta

guerra civil entre el Norte y el Sur: “Lazarus as a poor man is symbolically seen as the poor

black man (with blue or colored hands) looking to the Northern lights for salvation but

finding none in the frozen ‘tempestuous Euroclydon’ of the Fugitive Slave Laws that had

453
Melville, Moby Dick, 47.

250
just blown in from the Compromise of 1850”.454 En este sentido, Brian Pellar reflexiona si

Ahab y Lázaro, al estar divididos en dos por una línea imaginaria, pueden sobrevivir. La

respuesta es tajante: no. Esta lógica se extiende a toda situación: una casa, un barco como el

Pequod, un país y un reino. Cuando Salomón se apartó de Dios, Israel se dividió en dos

reinos; El rey Lear de Shakespeare fue escrito en un momento en el que el orden terrestre y

eclesiástico de Gran Bretaña también amenazaba con dividirse. Lo mismo sucede en los

Estados Unidos de 1850, en el que los cazados y esclavizados creaban un país lisiado,

dividido.455

Por lo expuesto, además, “La veranda” podría resistir una lectura como la

continuación de Moby Dick, un verdadero epílogo que explique qué fue de Ismael tras el

hundimiento salvaje del Pequod: se retira al campo para buscar paz, pero lo vivido en el

Pequod le hace fabricar historias de hadas donde no hay, una suerte de estrés postraumático

o locura, como aconteció realmente con los sobrevivientes del Essex. Asimismo, los

paisajes del cuento y del doblón son similares y los dos provocan ensoñaciones que

terminan con el golpe de la realidad. Al final, con el abandono de Marianna, el narrador

“expresa las deficiencias de su paisaje cuando ya no puede mitificarlo, y su ‘vida’ se altera

significativamente.456 Una lectura interesante y necesaria, sin duda, pero apropiada para una

futura investigación.

6. Doblón local, Melville global

454
Pellar, Moby-Dick and Melville’s Anti-Slavery Allegory, 96.
455
Ibíd., 97-8. Traducción y paráfrasis propias.
456
Frye, “Bakhtin, Dialogics”, 45. Traducción propia.

251
Ahora, aprovechando que las ideas de Brian Pellar han trasladado la reflexión del plano

literario y filológico al histórico, es momento de continuar con la alusión más poderosa a la

mitad del mundo que aparece en el cuento, la cual, asimismo, dará inició al último tramo de

este capítulo, ahora enfocado ya en lo histórico global que envuelve al doblón. Así, en “La

veranda” llama poderosamente la atención cómo el narrador empieza a reflexionar sobre a

qué punto cardinal debiera mirar el porche: “Hacia el este, el largo campo de las montañas

calizas que se desvanecían a lo lejos en dirección a Quito”.457 Dos páginas después, con la

construcción finalizada y mirando hacia el Greylock, menciona:

También en verano, sentado allí, como Canuto, recuerda uno con frecuencia el mar. No solo
las largas ondas recorren los inclinados trigales mientras pequeñas olas de hierba rompen
contra la veranda como en la playa, y la blanca pelusa de los dientes de león se eleva como
la espuma, y el púrpura de las montañas se parece al púrpura de las olas, y un tranquilo
mediodía de agosto planea sobre profundos prados como una calma en el Ecuador; sino que
la inmensidad y la soledad, y el silencio y la monotonía son tan oceánicos, que vislumbrar
de pronto una extraña casa que asoma detrás de los árboles es como divisar una vela
desconocida en la costa de Berbería.458

Emilio Irigoyen, en “Quito, Massachusetts: South America y Melville’s Mapping of

Home”, precisa que “aunque el narrador tiene la tendencia de mezclar realidades con

memorias y fantasías, él está relativamente en lo cierto cuando se trata de referencias

geográficas y topográficas; sin embargo, no hay registro en el área de un lugar llamado

como la capital del Ecuador”.459 Es una mención fugaz de una ciudad que para Melville

tiene grandes connotaciones: ha usado otra vez la imaginería construida alrededor del

Ecuador. En el cuento, continúa Irigoyen, Quito es un fragmento, una figura aislada que

parece imposible incorporar dentro de un análisis comprensivo, no obstante, juega un rol

457
Melville, Cuentos completos, 227.
458
Ibíd., 229. Énfasis añadido.
459
Emilio Irigoyen, “Quito, Massachusetts: South America in Melville’s Mapping of Home”
(ponencia presentada en la 12th International Melville Society Conference, Nueva York, 18 de junio de
2019), 3. Traducción propia.

252
importante al momento de mapear el lugar de origen del narrador, su hogar.460 Es decir,

para ubicarse particularmente recurre a lo general, de lo local pasa a lo global.

Así, en “La veranda”, las menciones textuales al Ecuador y a Quito se usan en el

mismo sentido que usa las minas de Potosí y el Cabo de Hornos, regiones de América

Latina;461 más adelante, cuando el narrador está en casa de Marianna, sobre esta se desliza

una “vasta sombra que parecía arrojada por un cóndor gigantesco”462 —la unión del cuento

y el doblón continúa: Ahab no lo sabe, pero el ave que califica de “valiente, intrépida y

victoriosa”, en la que se ve a sí mismo, es un cóndor—. En Las Encantadas, es preciso

volver a recodar, sucede lo mismo con la capital del Ecuador: al escalar Roca Redonda, el

narrador dice: “estamos ahora a diez millas del ecuador. Más allá, al este, a unas seiscientas

millas, se encuentra el continente; esta Peña está situada más o menos en el mismo paralelo

que Quito”.463 En esta categoría entra la “aparición” del gobernador inca en el río

Mississippi, al inicio de El timador, la novela de Melville llamada en inglés The

Confidence-Man: “En el amanecer de un primero de abril apareció allí, súbitamente, como

Manco Cápac en el Lago Titicaca, un hombre vestido con colores cremas, en la costa de la

ciudad de San Luis”.464 Los Berkshires, donde acontece la acción del cuento, no está nada

cerca del Ecuador, sin embargo, Quito está ahí como “un punto de referencia

aparentemente desviado en la cartografía del hogar y un marcador que se ubica en un

contexto transhemisférico Norte-Sur.465

460
Ibíd., 5. Traducción y paráfrasis propias.
461
Melville, Cuentos completos, 232 y 229.
462
Ibíd., 242.
463
Melville, Las Encantadas, 55-6.
464
Herman Melville, El timador (Madrid: Fundamentos, 1974), 7.
465
Irigoyen, “Quito, Massachusetts”, 5.

253
Por lo tanto, con un objeto local como el doblón, Melville se vuelve global. Aquí

necesariamente se emparenta con los escritores trascendentalistas, cuya filosofía estuvo en

boga del 30 al 60 del siglo XIX, en Estados Unidos, y que proponía que el alma individual

equivalía al alma del mundo.466 Local-global, particular-universal, Quito-Massachusetts,

Ecuador-mundo. Pero a diferencia de los trascendentalistas, según el ensayo “We Are Not a

Nation, So Much as a World: Melville's Global Consciousness” de Charles Waugh,

Melville “usa” al mundo de una forma meramente retórica o filosófica.

Habiendo visto Nueva York y las Marquesas, Pittsfield y Tierra del Fuego, así como una
gran riqueza y una gran pobreza, entre ellos quizás [Melville] era el más indicado para
respaldar el tipo de metáforas globalizadoras que definen el movimiento con experiencia
real. Su compromiso con la totalidad del mundo físico real lo hace destacar entre ellos no
solo por hacer una declaración teórica sobre la relación trascendental entre los humanos y la
naturaleza: en realidad demuestra cómo el trascendentalismo, una filosofía sobre las
conexiones ocultas entre los humanos y las cosas, en la práctica se convierte en
globalización, un proceso en el que las personas, la producción, los viajes, la naturaleza y el
comercio están cada vez más interconectados.467

Según Irigoyen, Melville con frecuencia une lugares que aparentemente son

contradictorios dentro de una única imagen espacial de dos formas: 1. ya sea como Gesa

Mackenthun indica, creando sitios geográficos imaginarios al mezclar elementos de

diferentes geografías reales, y/o 2. al sobreponer paisajes de diferentes lugares y tiempos,

como indica Tim Wood.468 Este ejercicio literario, que puede parecer inocente o común en

el oficio artístico, tiene profundas raíces sociales, históricas, geopolíticas y filosóficas, pues

al proponer un objeto local para contemplar lo global —en este caso todo lo relacionado

con el oro, y por lo tanto el comercio—, las distancias se acortan y se puede entender y

466
Donna Campbell, “American Transcendentalism”, Washington State University, accedido 20 de
septiembre de 2020, https://bit.ly/33ixqSs.
467
Charles Waugh, “We Are Not a Nation, So Much as a World: Melville's Global Consciousness”,
Studies in American Fiction 33, n.° 2 (2005): 208, https://muse.jhu.edu/article/439888. Traducción propia.
468
Irigoyen, “Quito, Massachusetts”, 8. Los trabajos que Irigoyen cita son: Gesa Mackenthun,
Fictions of the Black Atlantic in American Foundational Literature (Routledge, 2004); y Tim Wood, “Paradiso
Terrestre: America’s Displaced Wilderness in Melville’s Clarel”, Leviathan 13, n.° 3 (2011): 85-97.

254
analizar el conjunto por la parte. En este sentido, Antonio Barrenechea, en su libro America

Unbound. Encyclopedic Literature and Hemispheric Studies, dice que dentro de la historia

panatlántica, el doblón conecta Moby Dick y los Estados Unidos con el Imperio español en

el Nuevo Mundo y también une a Melville con el Ecuador y las nuevas repúblicas

hispánicas fundadas veinticinco años antes de la publicación de la novela.469

Brian R. Pellar indica que más allá de la obvia alusión al mito de Narciso,

descifrado en los personajes viéndose y viendo lo que desean en el doblón, todo se sienten

atraídos por “su individualismo superficial, su brillo, su superficie dorada y su mero valor

monetario. De ahí el simbolismo: el oro es un símbolo del cegador, motivo de lucro de la

caza. Es decir, en el nivel subtextual, es el afán de lucro de la institución de la esclavitud lo

que separa, divide e individualiza tanto al perceptor como al percibido”. 470 Pellar relaciona

la ambición del oro con la necesidad de capital, lo que justifica, en Estados Unidos, lo

lucrativa que resultaba la esclavitud de afrodescendientes y la caza de esclavos fugados, ya

que a partir de 1850, mientras Melville escribía Moby Dick, las leyes hicieron rentable la

cacería (Fugitive Slave Laws), lo que hacía más beneficioso regresar los esclavos al Sur

estadounidense que liberarlos.471

Rodrigo Lazo, en “‘So Spanishly Poetic’: Moby-Dick’s Doubloon and Latin

America”, menciona que si bien el doblón es interpretado por hombres de distintas

procedencias, lo que agrega lecturas desde el raza y la etnia —haciendo eco de las palabras

de Samuel Otter—, hay otra clase de diferencia que provee el doblón: una entre regiones,

469
Barrenechea, America Unbound, 12.
470
Pellar, Moby-Dick and Melville’s Anti-Slavery Allegory, 98.
471
Ibíd., 99.

255
que acarrea lo territorial y lo cultural, pues antes de que se describa el grabado, es un objeto

que ha salido de Quito, tal como lo define Ismael:472

Ese doblón era del oro más puro y virginal, extraído del corazón de alguna maravillosa
colina donde, a oriente y occidente, corren sobre arenas de oro las aguas surgentes de
muchos Pactolos. Y aunque ahora estaba clavado entre le herrumbre de los tornillos y el
verdín de los pernos de cobre, aún conservaba el brillo de Quito, intangible, inmaculado
[…].
Esas nobles monedas de oro de Sudamérica son como medallas del sol y símbolos del
trópico. En ellas aparecen grabados en rica profusión palmeras, alpacas y volcanes; discos
del sol y estrellas; elípticas, cuernos de la abundancia y suntuosas banderas. De modo que
del preciso oro parecen provenir una riqueza ulterior, una gloria excelsa que pasa por esos
troqueles fantasiosos, tan hispanamente poéticos.473

Por el hecho de salir de Quito, para Lazo, el oro es capaz de resistir la herrumbre del

Pequod y conservar su brillo. “El tiempo cambia al Pequod y a su tripulación, pero no al

doblón, al menos no antes del hundimiento del barco. Cada amanecer se ve la moneda

donde se dejó antes, como si la tripulación no quisiera o no pudiera tocarla”.474 Los

elementos enumerados por Ismael, que se hallan en las monedas de oro, enmarcan al

doblón en un contexto continental, que es parte de la producción sudamericana relacionada

con el sol y los trópicos. Si bien las alpacas y los volcanes refieren a Sudamérica, estos

últimos también pueden referir a los montes que hay desde Centroamérica hasta México y

las palmeras son mayormente caribeñas. Esta amalgama de símbolos crea una “profusión

exuberante” que le da un valor añadido al oro de Quito, que ha sido acuñado en “troqueles

fantasiosos” (fancy mints475 en inglés), que son “tan hispanamente poéticos” (so Spanishly

poetic en idioma original). “Para Ismael, al menos al principio, esas glorias enaltecedoras

son el efecto del estilo poético de la América española”.476

472
Lazo, “‘So Spanishly Poetic’”, párr. 12. Traducción y paráfrasis propias.
473
Melville, Moby Dick, 522-3.
474
Lazo, “‘So Spanishly Poetic’”, párr. 12. Traducción y paráfrasis propias.
475
Melville, Moby Dick or The Whale, 356.
476
Lazo, “‘So Spanishly Poetic’”, párr. 13. Traducción y paráfrasis propias.

256
“Spanishly poetic” has numerous connotations. On the one hand, Spanish America is an
operative term for the region in the mid-nineteenth century, so “Spanishly” can be taken as
a regional reference. Melville’s texts sometimes interchange the more generic “Spanish” or
“Spaniard” for a specific place or national affiliation. But “Spanish” has cultural
connotations, and thus the doubloon can be read as a cultural object. “Poetic” could refer to
the poetry or poetic sounds of the Spanish language […]. Saying that something is
Spanishly poetic after referring to palm trees, alpacas, and other southern markers imbues
the doubloon with an exotic sense. For readers in New England in the 1850s, a palm tree is
an exotic plant. 477

Dentro de un mismo saco, Melville ha metido varios elementos dispares si se los ve

con ojos locales, ojos latinoamericanos, pero Melville es estadounidense, él proviene del

país que está empezando a erigirse como potencial mundial. Por esta razón vuelve a recurrir

al exotismo al momento de describir al doblón, de la misma forma que hizo con las Islas

Galápagos, analizadas en el segundo capítulo de esta investigación, y en el mismo sentido

del exotismo o encantamiento visto en el capítulo anterior: como un discurso que atrae y

repele. Y en el caso de Sudamérica, como coincidieron Frederick Douglass y Herman

Melville en el capítulo tercero, el exotismo es un discurso que facilitó la conquista de los

vecinos del Sur y promovió la expansión de la ideología estadounidense en el siglo XIX. El

exotismo llama la atención sobre todo lo bello que se puede encontrar en las tierras

paradisíacas pero, como a la vez es infernal, debe ser conquistadas. Sin duda, un caso más

en el que el discurso literario es mal interpretado por la geopolítica.

Por eso es que cuando habla del doblón —y de Hispanoamérica en general—,

Melville lo hace desde el exotismo y, por lo tanto, desde el prejuicio, como una forma de

alertar de la Otredad, aquello que no debería tocarse. Para él, las Islas Galápagos eran y

siguen siendo propiedad del Perú,478 aun cuando ya eran ecuatorianas desde que Melville

tenía trece años (1832), eran ecuatorianas cuando él las pisó en noviembre de 1841 y lo

477
Ibíd., párr. 14.
478
Melville, Las Encantadas, 83.

257
siguieron siendo cuando escribió y publicó Las Encantadas en 1854. De hecho, una de las

siete estrellas que yacen en el doblón representa a la provincia de Guayaquil, a la que

estaban adscritas las Galápagos. Como es imposible que un hombre tan leído y viajado

como Melville no supiera eso, es sin duda una decisión consciente hecha para alertar que lo

particular está amenazado por lo global. Esto explica también por qué el doblón es

observado y analizado por un representante de cada etnia del mundo o, si se quiere, de cada

continente, excepto por alguien de Sudamérica o en su defecto de Hispanoamérica, quien

estaría en capacidad de entender más que ninguno los símbolos apelmazados en él.

Quien más se acerca a la realidad es Stubb: es el único que puede reconocer la

diferencia territorial, política y cultural entre los distintos países sudamericanos que se

separaron del Imperio español. Él está consciente de las guerras de independencia, por lo

tanto, sabe que el doblón es ecuatoriano. Ismael también está consciente, pues sabe que el

doblón es de Quito, y aunque sabe que los países latinoamericanos se han independizado,

hecho que además atribuye a los balleneros,479 considera que la moneda sigue siendo

“hispanamente poética”, o sea, sigue afiliada a España, aunque cruentas guerras se hayan

llevado a cabo para terminar con esa relación subyugante de tres siglos. Pero no es culpa de

él, después de todo, Ismael analiza una moneda que es producto de una flamante nación que

está tan desesperada por dejar atrás su pasado español y construir una identidad propia que

no puede hacerlo sin su referente inmediato: aunque el doblón se acuñó cuando Ecuador ya

era una república independiente, sigue usando el sistema monetario español, por lo que para

cualquier ciudadano del Pequod que no sepa mayor cosa sobre historia hispanoamericana

479
Ismael dice: “Fueron los balleneros los primeros en abrir una brecha en la celosa política que la
corona española mantenía con esas colonias; y si el espacio lo permitiera, podría demostrarse claramente
que gracias a los balleneros se logró al fin la liberación de Perú, Chile y Bolivia del yugo de la vieja España, y
se estableció la democracia eterna en eso países”. Melville, Moby Dick, 162 (capítulo XXIV, “El abogado”).
Esta cita también consta en el capítulo tercero.

258
del XIX, en efecto, habrá creído que el doblón venía de España —Ahab lo presenta como

una onza española de oro— y, a la final, no están equivocados del todo.

Asimismo, Ismael dota a la moneda de una carga poética porque su oro viene de

Quito, pero, como se ha demostrado en este trabajo, aquello responde nuevamente al

prejuicio del exotismo, ya que en la capital del Ecuador no había oro ni plata, sino que se

traía de las regiones del sur del país, como Cuenca, El Oro y Zaruma, y con mucha

dificultad. De hecho, instalar la Casa de la Moneda en Quito fue un error propuesto por

Simón Bolívar, legitimado por Juan José Flores, el primer presidente del Ecuador, y

continuado por su sucesor Vicente Rocafuerte, ya que la distancia entre la capital y las

minas provocó escasez, falsificación, contradicción en la aplicación de la ley, contrabando,

etc. En la decisión seguro intercedieron hegemonías políticas relacionadas por la reputación

que tienen las capitales.

Cuando Melville probablemente vio la moneda (en sus viajes de 1841 a 1844),

cuando se sentó a escribir Moby Dick (1850-1851), Ecuador llevaba veintiocho años libre

de España, desde 1822, tras la Batalla de Pichincha —efectuada precisamente sobre los

montes que figuran en el doblón—, con dos revoluciones exitosas que la precedieron: el

Primer Grito de la Independencia (1809) y la de Guayaquil independiente (octubre de

1820), cuyo registro aparentemente es el que se puede leer en los signos del zodíaco que

aparecen en el doblón. La historia de Ecuador e Hispanoamérica estaba ahí, en el doblón,

literal y figuradamente frente a sus ojos, grabada en oro, pero sus personajes, en cambio,

supieron dar una lectura diferente porque esa es precisamente la función de la literatura, la

hibridación: es ficción, una profusión de ideas que replican los mecanismos en los que la

Historia es enaltecida al mismo tiempo que herida con fechas. Como sucede con las

259
pinturas de Frederich Church, los viajes de Melville, ya sean reales o imaginarios, entre

pueblos no europeos, con marineros comunes y corrientes, y acompañado también por

trabajadores de una amplia gama de culturas o naciones, a decir de Peter Gibian, “prueban

y exponen los límites de las concepciones dominantes sobre mediados de viajes del siglo

XIX o escritura de viajes”.480 Escapar a un determinado periódico histórico es imposible

para el ser humano y para su obra, pero eso precisamente enriquece el resultado porque le

da infinitas capas que no se agotarán mientras existan diferentes lecturas, que es

exactamente lo que sucede con el doblón, que es un pedazo de historia local que resalta las

maquinaciones globales y predice el levantamiento de un nuevo imperio en el XIX, que

todavía trata de entender cómo es que viven y se relacionan los caribeños y los andinos, que

dentro del exotismo viven en el mismo nivel. Como el doblón, la literatura de Melville es

una celebración de la interpretación, de la historia y del tiempo, por lo tanto, es una

celebración de la vida.

480
Gibian, “Cosmopolitanism and Traveling Culture”, 21.

260
Conclusiones

Herman Melville fue un artista superdotado: con el pretexto de bogar en la novela de

aventuras y de viaje, fue capaz de doblegar la realidad a su voluntad para transformarla en

ficción, una tan potente que, casi a 175 años de iniciada, es capaz de, además de entretener,

dar cuenta de su tiempo e iluminar el camino y guiar al lector como una brújula en el

proceso de entender el siglo XIX; va más allá de eso: su obra es crítica con su tiempo. Los

múltiples temas y las aristas con las que plasmó su visión del mundo no solo evocan el

placer estético con el que se debe escribir toda literaria, sino ser el espejo de la misma alma

del ser humano.

Melville reflejó su época porque fue esclavo de ella. Escribió desde un tiempo en el

que Estados Unidos, su país de origen, se afianzaba con determinación en el mapa de la

geopolítica mundial, demostraba sin reparos sus ansias de convertirse en un moderno

imperio, uno ya anclado en el capitalismo y los nuevos conceptos propuestos por Karl

Marx, al aprovechar que el Reino español estaba llegado a su declive con la continua

pérdida de sus terrenos trasatlánticos en la Nueva España. La cacería de cachalotes para

energizar el país, estandarte de Estados Unidos en el XIX, es el equivalente a la fiebre del

petróleo del siglo XX: es adentro de este próspero negocio donde Melville se desenvolvió,

con este pretexto viajó y escribió sobre ello, y lo hizo con tal maestría que años después de

su muerte, la literatura estadounidense, bastante avergonzada por haberlo ignorado, tuvo

que reformar su canon para incluirlo dentro de su Olimpo, con su Moby Dick como clave

para entender el espíritu humano, retratado en la literatura universal.

261
A partir de su redescubrimiento, cuando se asentó la polvareda levantada por la

Primera Guerra Mundial, no se lo ha dejado de estudiar, y ya en 2021 se podría decir, casi

sin temor a equivocarse, que no hay faceta que no se haya analizado de Melville. No

obstante, como sucede con los ídolos dentro de los cánones, casi siempre se los estudia

desde una región que satisface sus propias necesidades de conocimiento, en este caso, la

anglosajona, la cual intenta ver al escritor desde todas las facetas posibles. Esto ha creado

una gran brecha entre los estudios que hablan de la región estadounidense y los que tratan

de temas del mundo, en los que se incluye Latinoamérica, ya sea como objeto de estudio o

como región que produce la investigación. Este trabajo de titulación doctoral agrega su

grano de arena —su ladrillo dentro de un gran muro, si se quiere— para resolver esta

injusta carencia.

De la misma forma que este trabajo investigativo-interpretativo se inserta en esta

tradición melviliana, el propio Melville, al escribir sobre Latinoamérica, se insertó, quizá

sin saberlo, en una gran tradición mundial: escribir sobre esta región desde el punto de vista

del Otro, en este caso del conquistador, del blanco: primero fue a modo de crónica

exuberante y novedosa, con las Crónicas de Indias como el mejor ejemplo, relatos que

exacerbaban la realidad a niveles poco vistos antes por la gran cantidad de relatos que se

produjeron durante la ocupación de España en la región latinoamericana, desde 1492 hasta

las primeras décadas del siglo XIX. Asimismo, Melville también escribe de esta región ya

atravesado, además, por las corrientes decimonónicas que buscaban sino derrocar, al menos

sacudir la percepción de la región como un producto maravilloso. Dichas corrientes son el

pensamiento científico-naturalista, con los estudios de La Condamine, Alexander von

Humboldt y Charles Darwin a la cabeza, cuyas ideas son vigentes hasta la actualidad.

262
Desde esta planicie hecha de historia, ciencia y mitología, elementos que conforman

el discurso exótico, Melville escribió una obra que retrata al ser humano y su mundo en

general, pero que describe y conforma en especial al alma latinoamericana, a través de sus

espacios o lugares, sus sujetos o personas, y sus objetos. No se tiene registro fehaciente de

las opiniones de Melville sobre Latinoamérica, pero sus ficciones reflejan la admiración

que le tenía a la región, denotan que se sentía entre hermanos cuando estaba al lado de los

hijos de estas tierras y que sabía tanto de su historia que, de alguna forma, la divulgaba al

exagerarla y, otras veces, al omitirla adrede. Este hecho es innegable. No hay duda de que

el escritor se sintió a gusto y como uno más cuando navegó por sus aguas y caminó por las

tierras, cuando conversó con su gente y se dejó llevar gratamente en sus costumbres. Esto

no solo le produjo placer, sino que le proveyó de material interesante para convertirlo en

ficción, con la que intentó ganarse la vida y darle sentido a la suya.

La primera ficción que es materia prima de esta investigación es Las Encantadas

(1854), que es un híbrido entre crónica, historia, anécdota, literatura de viaje y poesía; en sí,

son diez bocetos sobre la vida en las Islas Galápagos, producto de la visita que el escritor

hizo al archipiélago en noviembre de 1841. En el texto, la identidad latinoamericana se

construye con base en la reintegración de tres motivos que alumbran a un cuarto; estos son:

el infierno, el tiempo, la utopía y el exotismo.

Para conformar una idea global de las Galápagos como un infierno terrestre, el autor

se vale de múltiples recursos, que inician con la manipulación de los extractos que toma

prestados como epígrafes y que reajusta para lograr un efecto determinado; en este caso, los

cambia para dar cuenta de una escatología: muerte, vida después de la muerte, el barquero

que transporta las almas, fantasmas, almas en pena, carroña, etc. Este campo semántico se

263
intensifica al usar términos como Tártaro, demoníaco, plutónica; se dice que las islas son

fragmentos de madera carbonizada, donde hay fuego y cenizas, etc. Esta idea se refuerza

porque las islas son de origen volcánico, por lo tanto, es lava ardiente que surgió de las

entrañas de la Tierra: no puede haber imagen más infernal propuesta por la naturaleza al ojo

humano. Además de reforzar esta idea por la mención de antónimos (ángel, Paraíso, etc.),

echa mano de la hiperbolización, que es muy común en su prosa cuando se trata del

exotismo: crea prosopopeyas en las que las islas adquieren voz y se quejan, piden piedad y

alivio de las llamas. Las prosopopeyas aluden directamente al infierno judeo-cristiano, en

citas bíblicas cuyos ecos se dejarán oír hasta Moby Dick. Así crea una mitología propia de

su texto.

El infierno en Las Encantadas se afianza con la idea del castigo, a través de dos

ejemplos que tienen que ver con la repetición. En el primero, las islas siempre son azotadas

por las olas y el clima que también se repite eternamente. Aquí hay una noción de castigo

porque, como en el mito de Sísifo, analizado por Camus, hay consciencia de causa: se está

al tanto de que una tarea inútil se repite por siempre. En el segundo ejemplo, el narrador de

Melville transmite una idea tan espantosa como grotesca: los marineros malvados, sin

importar su rango, se convierten en tortugas cuando mueren, pero también especifica que él

y sus colegas cazan tortugas, las cocinan y se las comen, y con los restos del cuerpo hacen

utensilios de cocina. Por lo tanto, los otrora humanos no tienen descanso ni con la muerte,

pues esta, en las Galápagos, significa cambio, transformación, no necesariamente para

mejor. Se refuerza la idea del infierno con la noción de la conversión del ser humano en

animal y con el canibalismo (de los marineros que comen a sus “colegas”, de los perros

264
humanoides que comen al esposo de la chola viuda, etc.), que es una de la aberraciones que

Occidente condena con férula.

El segundo motivo recurrente de Las Encantadas es el tiempo, el idiosincrático

paso de este, que es único en las islas. La noción de tiempo se desprende directamente del

castigo expuesto en el apartado anterior, ya que para que las islas sean azotadas por las

mareas perennemente, debe existir la noción de tiempo. Los castigos se sienten como tal

porque duran en el tiempo. Melville, asimismo, se vale de otros recursos que son propios de

la línea ecuatorial, como el hecho de que en la zona no exista otoño ni primavera, lo que a

los ojos del foráneo ya convierte a las islas en algo inusual. Quizá en lo que más se ancla el

autor para significar el tiempo es en la figura de las tortugas: más allá de lo raras y

llamativas que son, las tortugas transmiten al lector la sensación de ser criaturas congeladas

en el tiempo, creadas antes de este y que vivirán por siempre. La palabra que mejor las

define es longevidad.

El narrador de Melville deja claro que en Las Encantadas hay dos clases de tiempo:

el humano, que responde a la historia y la cronología; y el segundo, que es no humano y

está fuera de la historia, es cíclico y está embrujado. Si afuera de las islas se puede sentir

que los acontecimientos históricos se suceden, que el siglo XIX está trayendo cambios

importantes, el tiempo no humano hace de las Galápagos un lugar estático, capaz de

albergar a criaturas antediluvianas, como califica a las tortugas, animal que está relacionado

con los mitos de la creación en varias mitologías. En estos reptiles, Melville erige la

metáfora de un imperio que está apagándose (el español) y uno que surge (el

estadounidense); incluso en el capazón de una tortuga encuentra la frase “memento mori”,

que le recuerda el paso del tiempo. Por su parte, Hunilla, la chola viuda, en la locura

265
encuentra una forma de detener el tiempo y perder rastro de él, lo vuelve no humano:

Melville deja claro que recupera la cordura cuando ha configurado un plan para salir de las

islas y volver a los continentes, reinos del tiempo cronológico.

El tercer motivo de Las Encantadas es que estas islas son propicias para la utopía.

En este sentido, Herman Melville se emparenta y se coloca a la cola dentro de una gran

tradición de escritores que han reflexionado sobre la isla y sus posibilidades como utopía:

Platón, Erasmo de Rotterdam, Thomas More, Miguel de Cervantes, Johnathan Swift, etc.

En estos autores, como en Melville, la distancia del continente anula la historia y el peso de

las leyes, porque en las islas se pueden proponer proyectos grandiosos en miras a alcanzar

una mejor calidad de vida o una de ensueño; sin embargo, los planes nunca llegan a buen

puerto, fracasan, se vuelven utopía. Para representar esto, Melville se vale de dos bocetos

específicamente: en el séptimo, el criollo intenta convertirse en amo y señor de una isla, a la

que lleva a ochenta personas, entre hombres y mujeres, y un séquito de protección

conformado por perros. A medida que el criollo empieza a imponer reglas más severas, el

proyecto se le escapa de las manos, la gente se rebela y debe salir exiliado de su isla, que

termina convirtiéndose en un paraíso para los trúhanes y desertores.

En el boceto ocho, la chola viuda y su esposo español intentan levantar la utopía del

amor en una isla de las Galápagos, donde han sido conducidos para extraer aceite de las

tortugas, pero todo fracasa cuando el esposo y el hermano fallecen en un accidente.

Entonces ella pierde la cordura y se condena a una vida de soledad, acompañada solo por

sus perros, hasta que la rescatan. En el penúltimo boceto, el misántropo Oberlus intenta

erigir un proyecto que nunca tiene claro desde el inicio, pero que tiene relación con el

poder, la necesidad de sentirse superior, como un rey. Para alcanzar su ambigua meta,

266
secuestra a un marinero, luego es capturado, finge servir a otros balleneros que pasan por su

isla, hasta que roba un bote y escapa a Paita, donde termina sus días en prisión. En la

representación de estas utopías, Melville ha querido ver la utopía del Imperio español, que

se erigió como el más grande a partir del siglo XV y que en el XIX daba ya sus últimos

coletazos, y también la utopía de la región latinoamericana que se estaba levantando libre

de España, con ansias de un futuro mejor.

Al aunarse estos tres motivos, se produce el cuatro: el exotismo. El volumen Las

Encantadas es el heredero del discurso exacerbado de las Crónicas de Indias, que creaba

una ficción sobre lo maravilloso y exótico, características inherentes a esta región. Para el

siglo XIX, este discurso se mezcló con los discursos naturalistas y científicos, producto de

las investigaciones in situ de Charles Darwin, Alfred Russel Wallace y Alexander von

Humbodlt, y produjo una ficción sobre Latinoamérica en la que lo maravilloso permite

explicar la naturaleza y los seres de esta región; es entonces que una aproximación desde el

punto de vista de la ciencia modifica la perfección sobre todo de las regiones del Norte. El

nuevo discurso social se instauró en el debate de la civilización y la barbarie, en el cual se

enmarca la publicación de Las Encantadas.

En primera instancia, el libro de Melville, como el diario de Cristóbal Colón, infla la

realidad en miras a sorprender al lector: lo hace con base en hipérboles que serán una

constante en su obra, en la que, por ejemplo, se opta por “culpar” a lo “mágico” y

“encantado” de las islas al hecho de que se den ciertos fenómenos que fuera de

Latinoamérica serían imposibles, como la explicación del nombre de las islas, lo errático de

las corrientes y el viento, la dificultad que tienen los barcos para atracar o viajar entre las

islas, etc.

267
Lo hiperbólico también obra milagros geográficos en las Islas Galápagos: Roca

Redonda es un lugar idóneo para espejismos que confunden al observador, lo cual es

exótico, pero también se afilia al lado naturalista cuando indica que en este peñón es

posible estudiar la historia natural de las aves marinas, debido a la gran cantidad que se

posan en sus múltiples recovecos. El narrador de Melville se convierte en el anfitrión de un

freak show y describe a las aves y su comportamiento. El recuento continúa con la mención

de los peces, que mueren por confiados, por no aprender que la mano del ser humano es

peligrosa. El autor continúa haciendo gala de las hipérboles, ahora con la ayuda de

imágenes bíblicas y dantescas, para convertir a Roca Redonda en un Aleph: un sitio desde

el que se puede ver todo el planeta: nombra a la Antártida, las islas San Félix, San

Ambrosio, Juan Fernández y Massafuero, la Polinesia, Quito, etc.; se ve todo excepto,

curiosamente, las mismas islas.

El conteo del exotismo de Las Encantadas continúa con las conversiones que

atraviesan los seres que pisan las islas: los bucaneros salvajes vienen a las islas a

esconderse y descansar, pero la flora y la fauna del lugar los convierte en filósofos,

carpinteros y poetas. Asimismo, lo exótico tiene que ver con las decisiones que toman los

personajes: Hunilla, la chola viuda del séptimo boceto, se entera de que un barco está en las

inmediaciones de su isla no porque lo haya visto, sino porque algo en el aire viajó hasta

ella, tocó su mejilla y su corazón. Nadie es capaz de precisar de qué se trata, pero están de

acuerdo en que es algo propio que solo puede pasar en esas islas. El ermitaño Oberlus

comete “misteriosas” atrocidades motivado, antes los ojos de los demás, a los

“encantamientos asociados con estas islas”. La razón no se puede cuestionar: lo pasa así

porque lo dictamina el peculiar aire de las islas.

268
En las islas de Taipí y Omú, las dos primeras regiones “no civilizadas” analizadas

por Melville, hay exotismo pero no el mismo presente en Las Encantadas: en las

Marquesas y las Sándwich, el autor neoyorquino no crea imágenes del cielo y el infierno

para resignificarlas; el tiempo es histórico y, por lo tanto, es cronológico, transcurre junto

con el devenir de los acontecimientos; la utopía yace en el narrador Tommo —que alaba las

islas por sobre la cultura occidental, pero es incapaz de bautizarse como un taipí más—,

pero no en las islas propiamente. El exotismo de Las Encantadas es propio y exclusivo de

estas islas, no sucede en ninguna otra de la geografía creada por Melville. Esto es cuanto se

puede concluir sobre el espacio, dedicado casi en su totalidad a las Islas Galápagos.

Si bien una cara del exotismo es crear una hipérbole descontrolada de la realidad

para hacerla más atractiva y poética, la otra faceta es el expansionismo imperial. Herman

Melville y su contemporáneo Frederick Douglass estaban conscientes del poder del

discurso exótico que se elaboraba desde las élites culturales y políticas, muy en boga en

esos momentos de álgido debate geopolítico: el primero escribió Las Encantadas como

una crítica a los escritores estadounidenses que echando mano de las técnicas del

romanticismo europeo, trazaban una línea que diferenciaba abismalmente su sociedad y las

del sur; el abolicionista, por su parte, quería demostrar que una nación de afrodescendientes

libres como Haití podía gobernarse a sí misma, para señalar el camino a seguir de Estados

Unidos, que estaba a las puertas de la Guerra Civil. Los dos, al igual que los intelectuales

antibelicistas, para lograr su cometido, utilizaron las técnicas poéticas del lenguaje del

exotismo para celebrar las diferencias con el Otro, pero lo cierto es que para los lobbies

políticos, el discurso exótico facilita una lista de las regiones que pueden ser conquistadas y

269
anexadas a la potencia imperial. El “Destino manifiesto” encomienda esta misión, por lo

tanto, es sagrada.

Debe recalcarse que el discurso poético e ideológico de Melville, como el de la

mayoría de artistas de aquel entonces, está incrustado en lo que Ralph Waldo Emerson

denominó como trascendentalismo: la corriente artística y filosófica de Estados Unidos que

celebraba el espíritu individual de los individuos del universo. Lo hacía, claro, mediante el

exotismo, por lo tanto, una pintura de los Andes de Frederich Church al igual que la prosa

de Melville, ambas atravesadas por Humboldt, estaban construidas con base en hipérboles

que hablaban de zonas tan ignotas como bellas, en una época en la que el país del norte

continuaba con expediciones filibusteras para apropiarse de aquello que se relataba tan

poéticamente.

El trascendentalismo brindó las herramientas, sin quererlo, para que la naturaleza

narrada se transformara en propiedad. Melville, quizá sin saberlo, utilizó como fuente para

sus libros a los textos de Charles Wilkes, que eran avanzadas expansionistas para tantear

qué provecho se podía extraer de las regiones recientemente independizadas de España.

Más allá del placer estético que pueda reportar el discurso exótico, para el imperio que se

erige, este es una cuestión de conflicto y deseo. Melville escribió Las Encantadas no solo

como un artista que desea crear algo bello, sino para alertar sobre las ansias de conquista de

los Estados Unidos de las Galápagos, a través de expediciones ilegales que provocaron

fricciones con el Gobierno del Ecuador. Por supuesto, las islas eran solo una pequeña

región que deseaban, también querían hacerse con los recursos de Cuba, América Central,

el Amazonas, los ríos de Brasil, Perú… Al parecer, querían todo el Sur.

270
Desde sus escritos, Melville —también Douglass y otros escritores de la época—

intentan resistir el afán expansionista de los Estados Unidos: el narrador de Las

Encantadas es un inteligente mecanismo creado para reparar en este asunto, pues no se

puede justificar de otra manera que su voz afirme una y otra vez sobre la veracidad de lo

narrado, amparado en volúmenes respetables y gente de confiar, pero al mismo tiempo no

pueda evitar crear hipérboles que contradigan lo expuesto en pro del exotismo. Es un

narrador que intenta aplicar el método científico al artístico, pero se pierde en la ensoñación

de lo maravilloso, y, por ende, se pierde en datos históricos y prolonga los estereotipos de

los lugares y los sujetos de la región. Inteligente como era, el autor de Nueva York escoge

la industria de más prosperidad y de más ínfulas globalizantes del XIX para describir al

mundo: la caza de ballenas. Es desde el corazón de esta industria que Melville,

enmascarado como sus tantos narradores, menciona en Moby Dick que la industria

ballenera ayudó a traer democracia a las regiones de la Vieja España: una afirmación osada,

tal vez exagerada, material para otro trabajo de investigación.

Más allá de Las Encantadas, Herman Melville se valió de Benito Cereno para

retratar la intriga que sentía un capitán estadounidense por el mal estado de su homólogo

español sobre aguas chilenas: esta es, en sí, la sinopsis de la nouvelle y una metáfora del

XIX. En esta, se centra en los sujetos latinoamericanos o los sujetos y sus decisiones al

habitar esta región, como la tapada limeña que aparece como metáfora del Santo Domingo,

el barco de Cereno, que aparece oculto y misterioso en el horizonte, como este peculiar

personaje peruano de la Colonia. A través de la vestimenta que recubría todo menos un solo

ojo, la tapada significaba la imposibilidad del reconocimiento, pero también la posibilidad

de moverse dentro de las restricciones sociales para las mujeres. Melville, que las vio en

271
Lima, dice que son indias, pero la verdad es que también las criollas se ataviaban así; los

criollos son descendientes de españoles nacidos en tierras latinas, pero Melville insiste,

desde el prejuicio exótico, en denominarlas indias.

De esta forma, Benito Cereno reflexiona sobre estas mujeres que intentan

desenvolverse socialmente en una época a todas luces machista y opresora: la Corona y la

Iglesia católica prohibieron en repetidas ocasiones la saya y el manto, porque perturbaban a

los hombres que asistían a misa y otras celebraciones religiosas; su libertad absoluta

molestaba no solo por estas razones, sino porque era una amenaza a la posible

descendencia: al no reconocer quién es la mujer detrás de la mascarada, los hombres, al

violarlas —más allá de este execrable acto—, podían comprometer a las futuras

generaciones con un posible incesto que implicara la mezcla de genes blancos con indios.

La tapada limeña, como el Santo Domingo, comprometía la pureza racial, la cual no solo se

debate con este personaje real, sino con las charlas que sostienen Amasa Delano y Benito

Cereno.

Si Melville usó la palabra india para denominar a la portadora de la saya y manto, lo

hizo a sabiendas de que esto era mucho más interesante para el lector que leer las palabras

mujer o criolla, junto con la explicación de este último término. Es un escritor del exotismo,

sin duda, que refleja la interseccionalidad presente en el Santo Domingo y, por ello, en

Latinoamérica, cuando se mezclan los conceptos de raza y clase, que son muchísimo más

complejos en esta región que en Estados Unidos o la España continental. Esta mezcla crea

jerarquías que no existían antes de la creación del sistema mundial moderno, que deja

precarias las dicotomías de blancos, negros, indios, criollos, mixtos, etc., ya que en

América Latina el estatus de un individuo dependía (depende hasta hoy, hay que

272
reconocerlo) del producto de la mezcla. Por ello, un mestizo (hijo de español e india) tenía

más oportunidades sociales que un jíbaro (lobo y china), que un calpamulato (cambujo y

loba) o un torna atrás (de no te entiendo e india). La discriminación étnica iba de arriba

abajo en la pirámide racial, mientras fuera menos evidente el proceso de blanqueamiento.

A este sistema de discriminación aluden Delano y Cereno mientras comen, nefasta

ideología que también está presente en Las Encantadas: en el “Boceto séptimo”, al criollo

de Cuba, como agradecimiento por combatir en las guerras de independencia del Perú, se le

regala una isla de las Galápagos, en la cual intenta levantar un reino consigo mismo como

rey, pero nada de esto sucede como esperaba; al contrario, él termina exiliado y su isla

convertida en una anarquía, lugar ideal de escondite de trúhanes del mar. Así, Melville

juega con los prejuicios de lo que se escuchaba de esta zona: la imposibilidad de

autogobernarse que se creía inherente a Latinoamérica. En el siguiente boceto, se dice de

Hunilla que es una chola, india mestiza de Perú, y que su esposo (que es español) y su

hermano (que debe ser cholo también) son criollos: aquí el narrador de Las Encantadas no

teme hacer una generalización sobre sus etnias y estatus. Cuando se queda sola en la isla,

enloquece, recupera la cordura y es rescatada, se dice de Hunilla que posee una pena

española e india, por lo tanto, una pena mestiza y única, que es la que le permitió

sobrevivir; aquí Melville recalca que alguien que no tuviera este tipo de pena —es decir,

que no fuera latinoamericano— no podría haberlo logrado. Esto no sucede así con las

mezclas de otras regiones exóticas de Melville, como las descritas en Taipí y Omú.

Melville resalta estas cuestiones raciales, étnicas y sociales en Benito Cereno, y

también lo hace en Moby Dick, concretamente en el capítulo 54, “Historia del Town-Ho”,

en el que para relatar la historia de una venganza, su narrador, Ismael, recrea como la contó

273
afuera de una hostería en Lima. Esto no solo es curioso narrativamente, sino que trasciende

hasta a lo anecdótico, ya que cuál es la razón para algo que, a primeras luces, parece muy

arbitrario y caprichoso. Para contarle esta historia al lector, Ismael advierte que la repite

para usar el rasgo de humor que usó ya en Perú. No solo se debe al explícito cariño que

Melville le tenía a Lima, al punto de que aparece en varias de sus obras literarias, sino que

se vale del uso de esta región para reflexionar los complejos entramados sociales que se

establecen entre estadounidenses (el narrador), sus contertulios españoles y las conexiones

que se logran por medio de los términos de tratamiento.

El retrato que hace Melville juega con los prejuicios de la gente ignorante del Sur —

o los prejuicios de los del Norte al asumir que los de Sur van a estar al tanto de todo con

respecto a sus vidas—, de la corrupción galopante de Lima que se equipara a las de otras

ciudades europeas y la gente latinoamericana como paradigma de la pereza. Melville juega

con los estereotipos, sí, pero está lejos de ser tan insultante como los textos de viaje de

marineros estadounidenses y europeos, manuales imperialistas en sí. Asimismo, el capítulo

cuestiona la clase y el estatus en la región, mediante el uso del apelativo don, en las figuras

de don Pedro y don Sebastián. Si bien se trata de un título nobiliario de alta alcurnia, aquí

se lo usa de forma más cercana al que ostenta Don Quijote de la Mancha, o sea, sin

otorgamiento real o meritorio, sino irónico. Los contertulios deberían estar a la altura del

don, pero la verdad es que ignoran mucho del mundo, son caóticos por la ingesta de chicha

y hablan mal de la tradición católica, incluso parodian la misa cuando le hacen jurar a

Ismael sobre una Biblia. Por otra parte, en la nouvelle, el capitán Amasa Delano también

duda de si es meritorio o no el título de don de Benito Cereno: se comporta como un

274
pusilánime, pero sus rasgos físicos sí denotan nobleza; por esto, Delano pasa de no creer a

creer en la nobleza de Cereno.

Más allá del evidente y prejuicioso uso de la frenología por parte de Delano, está el

hecho del idioma: en Moby Dick, en una hostería limeña, un estadounidense cuenta una

historia en inglés; en Benito Cereno, en el mar chileno, un estadounidense presencia una

historia contada en un falso español. El problema de la comunicación idiomática en Benito

Cereno se evidencia cuando la frase “Follow your leader” se traduce como “Seguid vuestro

jefe”, que adolece de la falta de la preposición a: una traducción pésima que anticipa, para

los atentos, el engaño en el Santo Domingo; y con la similitud que tienen los vocablos

Cereno y sereno, de altísimo valor irónico, que pasa imperceptible fonéticamente para un

oído angloparlante —e ingenuo— como el de Delano. Melville replica adrede estos

“errores al decir Rock Rodondo (en lugar de Rock Redonda) o Aracama (en lugar de

Atacama). Si Melville da la impresión de fallar es porque lo hace con consciencia de causa

para llamar la atención sobre algo que merece reflexión.

La última gran reflexión que propone esta investigación sobre la prosa de Melville

se centra exclusivamente en un objeto: el doblón de oro que el capitán Ahab promete al

primer marinero que aviste la ballena blanca, en la novela Moby Dick. Stubb es quien

enuncia la pregunta que conduce lo expuesto en este capítulo: ¿por qué esta moneda

ecuatoriana y no otra es especial? Hay muchas aristas que resumir para obtener una

respuesta y entenderla a cabalidad. La moneda es un doblón de oro español: la descripción

minuciosa de Melville la emparenta inequívocamente con una moneda real de Ecuador, la

ocho escudos, acuñada de 1838 a 1843, expuesta actualmente en el Museo Numismático

del Banco Central del Ecuador, en Quito. La creación de la casa de amonedación en esta

275
ciudad fue del mismísimo Simón Bolívar en 1823, orden que ejecutó en 1831 el general

Juan José Flores, el primer presidente de la recién creada nación de Ecuador, en 1830.

Si bien la creación de moneda propia suponía una forma de crear identidad nacional

tras la separación de España, no sucedió así, pues la nueva moneda ecuatoriana usaba el

sistema octogesimal español. Las primeras monedas recreaban un “paisaje” propuesto por

Flores, que fue variando a través de la papelería oficial del Estado, hasta que el dibujo se

convirtió eventualmente en el primer escudo de armas del Ecuador, en 1836. El segundo

presidente del Ecuador, Vicente Rocafuerte, afianzó esta imagen en las nuevas monedas

que pidió acuñar a la Hacienda, en las cuales, además, se terminaba para siempre toda

esperanza de pertenecer a la Gran Colombia. Así, en 1838 se ordena la acuñación de la

moneda ocho escudos, la moneda de más alta denominación de aquel entonces en Ecuador,

con un gramaje de 21 quilates de oro puro. Esta moneda, muy apetecida por coleccionistas

alrededor del mundo, es en esencia la moneda con la que Ahab tienta a sus marineros.

La descripción del doblón ocho escudos por parte de Melville hace pensar que, en

efecto, pudo haberla visto durante sus viajes por los mares del mundo (1841-1844), en los

que, además, recorrió las costas de Latinoamérica y caminó por su tierra en los años de

acuñación de la moneda, a bordo del Acushnet y de la fragata United States de la Marina de

su país. Entre 1841 y 1842, Melville, enrolado en el primer barco mencionado, pasó por las

Bahamas y por Río de Janeiro, en Brasil; cruzó el Cabo de Hornos, vio islas chilenas; ancló

en Santa, ciudad peruana, hizo gam en aguas latinoamericanas; cerca de la mitad del

mundo, pasó un mes en las Islas Galápagos; después ancló en Tumbes (Perú); a finales de

1841 abandona estas tierras y empieza su lento alejamiento hacia los Mares del Sur, a

inicios de 1842.

276
Su viaje de regreso, ahora a bordo del United States, inició en agosto de 1843, con

dirección a Valparaíso, en Chile; desde el mar apreció la geografía de los Andes y luego

atracó en Callao, en Perú, donde, en el Año Nuevo de 1844, tuvo dos días de licencia, en

los que aprovechó para visitar Lima, donde estuvo en contacto con la tapada, la Plaza

Mayor y la Catedral, etc., elementos que reaparecerán en su obra. En febrero fue enviado a

Mazatlán, en México; regresa a Callao y luego gira en el Cabo de Hornos, avista por última

vez el cerro Pan de Azúcar, en Brasil, y continúa hacia Estados Unidos, por el océano

Atlántico, hasta que finaliza el 3 de octubre de 1844, en el río Charles, en Massachusetts.

Para resumir, Melville visitó Río de Janeiro en Brasil; Valparaíso en Chile; Santa,

Tumbes, Callao y Lima en Perú; las Islas Galápagos en Ecuador; y Mazatlán en México.

Nada más de sus tierras, solo sus aguas, en un largo viaje que está bien documentado, como

era lo usual en el negocio ballenero y en las actas gubernamentales de la Marina

estadounidense. Si el escritor de Nueva York vio alguna vez el doblón, debe suponerse que

fue en este trayecto, pero no es una aseveración que pueda grabarse en piedra, pues no hay

registros de ello —cómo podrían existir registros de cuando un hombre vio una

determinada moneda durante su vida—. Si se trata de precisar más, se diría que la vio

durante su estadía en las Galápagos; si no ahí, cuando estuvo en Lima, que era un hervidero

político, económico y cultural de la Nueva España. Recuérdese que el doblón valía lo

mismo que contenía: 21 quilates de oro, por lo que la moneda se podía aceptar como pago

en cualquier región, incluso en Estados Unidos, donde podía circular libremente hasta

1863; así que quizá la vio al regresar. Esto es muy difícil de comprobar, incluso si no la vio,

dado que Melville era un hombre recursivo, quizá solo supo de ella, de su historia y valor, y

277
sabiendo de qué se trataba lo que tenía grabado, simplemente se limitó a describir el escudo

del Ecuador.

El recorrido de Melville por Latinoamérica ha dado paso a que se levante una

leyenda sobre el posible encuentro entre él y Manuela Sáenz (héroe de las guerras de

independencia) en Paita, Perú, cuando esta cumplía el exilio político al que fue sometida

tras la muerte de Simón Bolívar. Sobre esto, sobre la cantidad ingente con la que medios

oficiales (como biografías y periódicos) han replicado el rumor, la presente investigación es

tajante: dicho encuentro nunca sucedió. Los textos que indican que se vieron en Paita no

detallan las fuentes de dicha afirmación; se cree que Manuela podría haberle dado

audiencia porque ella acostumbraba a recibir “celebridades” del momento, pero Melville

era un marinero desconocido, ni siquiera en vida gozó de una fama que le permitiera ser

recibido por la prócer. El registro de lugares y fechas indican que Melville nunca pisó Paita.

Si hay un texto al que puede atribuirse el inicio de la falsedad es The Four Seasons of

Manuela: A Biography. The Love Story of Manuela Sáenz and Simón Bolívar (1852), de

Victor Wolfgang von Hagen: se trata de una biografía tendenciosa que debería tomarse más

como un texto literario que como uno histórico. La fama que este tuvo y tiene fue el punto

de partida de semejante aseveración, de ahí que encontrara terreno fértil en historiadores de

Manuela Sáez (que también hacían biografías exuberantes porque fue amante de Bolívar) y

en la literatura, al ser replicado por Gabriel García Márquez en su novela El general en su

laberinto. Semejante encuentro es propicio para que se esparza como el fuego en la ficción

y se convierta en la versión oficial.

Para continuar con el análisis del doblón, debe mencionarse que los objetos de las

islas de Taipí y Omú no son especiales para el narrador, al contrario: son los objetos de

278
Tommo los que tienen gran valor para los nativos. No sucede así con el doblón ecuatoriano

de Moby Dick. Para empezar, es especial —como dijo Stubb— porque su aparición provoca

un ritual de Ahab en la cubierta del Pequod: en el capítulo 36, Ahab empieza un paseo

frenético por la cubierta, en círculos, que llama la atención de los demás marineros, que lo

ven pensativo. Mientras más lo hace, más intriga. La repetición de su ritual recuerda a

Sísifo cargando la roca. Una vez que todos, por su orden, se han congregado en la cubierta,

el capitán especifica que el doblón es para quien aviste primero a Moby Dick. Luego, Ahab

realiza una suerte de misa en la que invierte los valores de la misa católica, porque la suya

es pagana, con evidente burla y sacrilegio hacia la eucaristía.

En el capítulo 99 de la novela se describe el doblón no solo por parte del narrador

Ismael, sino que varios personajes dan su interpretación personal sobre lo que ven, dado

que no saben cómo leer correctamente una moneda que proviene de un país desconocido y

a la vez exótico para ellos. Como factor común puede decirse que más allá de lo que ven a

un nivel denotativo (montañas, torres, aves, cielo, sol, signos zodiacales, etc.), a nivel

connotativo las imágenes —que son el escudo del Ecuador, no se olvide— replican ideas

del castigo divino, del tortuoso caminar del ser humano por la vida, etc. El ritual aquí radica

en las interpretaciones y en que el lector accede a ellas de segunda y tercera mano, pues son

los personajes que se ven unos a otros al observar el doblón, a veces oyéndose y otras

suponiendo lo que piensan. Al aunar este performance con el ritual de Ahab sobresalen,

para el lector, las ideas de Moby Dick como el evangelio de la cetología, con la moneda

como objeto tributario para la divinidad, que es la ballena, Ahab como el cura pagano que

oficializa la misa y que predice, como la Biblia, el final de los tiempos, del que solo

escapará uno (Ismael) para dar la buena nueva.

279
Este primer entramado religioso da pie al entendimiento de lo siguiente: en la

novela, hay trece menciones directas a lo ecuatorial (de la línea de la mitad del mundo) y lo

ecuatoriano (del país, ya sea continental o insular), las cuales crean nuevamente una gran

hipérbole sobre la zona ecuatorial como un lugar de prodigios, donde suceden

acontecimientos que se podrían calificar de maravillosos y que no suceden en ningún otro

lugar del globo melviliano, mucho menos en las regiones también exóticas de Taipí y Omú.

Esta zona es diferente porque replica el pensamiento humano y filosófico que explica el

mundo: teóricos sobre el pensamiento religioso y mitológico como Joseph Campbell y

Mircea Eliade entienden que existe una fuerza vital que proviene del ombligo del mundo,

del centro, que se conecta con el cielo y el infierno por medio de un árbol o de montañas y

aves. En este punto central es donde gira y se balancea el universo: Axis mundi. No es

casual que el marinero Pip se refiera al Pequod como el ombligo del mundo y que la

iconografía del doblón —cuya acuñación y oro provienen del centro del mundo: del país

llamado Ecuador— remitan al Axis mundi. Recuérdese que el Pequod recorre los mares de

la mitad del mundo, tratando de recrear la Estación del Ecuador, que es un punto exacto del

espacio y el tiempo en que será posible coincidir con la gran ballena blanca.

Una décimo cuarta mención a lo ecuatorial y ecuatoriano se sucede para resignificar

a Moby Dick, pero esta sucede fuera de la novela, sucede en el cuento “La veranda” (“The

Piazza”), el cual cuenta la historia de un marinero retirado que decide instalar una veranda

al pie del monte Greylock. Como sucedió en Las Encantadas, el trasunto de Melville trata

de ubicarse en la zona y para ello usa como referencia a Quito, la capital del Ecuador, como

si fuera un punto visible en Massachusetts. Esto responde al trascendentalismo exótico de la

prosa de Melville, de la misma forma en que desde Roca Redonda se podía ver todo el

280
planeta excepto las mismas islas. Esto es llamativo, sin duda. Luego, la descripción de la

casa del narrador y del paisaje que lo rodea recuerda mucho la imaginería del Axis mundi.

Después, para decidirse a qué lado dirigir la veranda, utiliza las estaciones del año, usa la

misma porción de tiempo que Ahab menciona al ver los signos zodiacales en el doblón. Su

vecino se llama Dives, que es una alusión directa al pasaje bíblico de Lázaro y el rico (dives

en latín), que se menciona en Moby Dick para describir la pobreza del Spouter-Inn, en la

que se dice que Lázaro está acostado en la mitad del mundo. Son simetrías muy perfectas

como para que fueran casuales, por ello es factible pensar en el narrador de “La veranda”

como un Ismael tras el hundimiento del Pequod, víctima del estrés postraumático. El hecho

de que Melville cambiara el nombre del volumen de 1856 en el que se publicó este cuento

—más allá de la sugerencia de los editores—, de Benito Cereno and Other Scketches a The

Piazza Tales, podría sugerir que el escritor quería llamar la atención sobre esta pieza corta,

más que titularla de forma que a los lectores les fuera fácil identificar el contenido —que

también tenía Las Encantadas y Bartleby— y, por ende, adquirirlo. Denominarlo The

Piazza Tales era oscurecer a las demás obras —bien recibidas por el público— en favor de

resaltar el relato desconocido, por alguna razón.

Hay que tener claro que Melville, al mencionar a Quito para entender la

geolocalización en el monte Greylock y la casa en las cercanías, recurre a lo global para

ubicarse en lo particular. Aquí, como trascendentalista, su alma particular equivale al alma

universal, pues en su prosa es común que cree sitios geográficos mezclando elementos de

diferentes geografías reales y sobreponga paisajes de diferentes lugares y tiempos. Así,

Melville propone un objeto local para contemplar lo global: el doblón ecuatoriano a cambio

del oro y todo lo relacionado con el comercio; así las distancias se acortan: Moby Dick y los

281
Estados Unidos se conectan con España y el Nuevo Mundo que ha renunciado al imperio,

se conecta a Melville con Ecuador y las nuevas repúblicas.

El doblón es también exótico porque su oro ha salido de una región exótica, Quito,

lo que no permite que se oxide, embruja a los marineros porque ha sido acuñado en

“troqueles fantasiosos” que son “hispanamente poéticos”. El doblón es especial porque ha

salido de una región que es única, donde suceden prodigios impensables en otras partes del

globo. El doblón, como las islas, está construido con exotismo: en Quito no había oro y las

Galápagos eran de Ecuador, aunque el narrador de Las Encantadas afirmara lo contrario.

De esta manera, con estos aparentes “errores” —que en realidad son hipérboles exóticas—,

Melville alerta que lo particular está siendo amenazado por lo global, en una época en la

que una potencia da paso a otra, mientras pequeñas naciones intentan tomar en sus manos

su destino, aunque al principio den palazos de ciego y no sepan realmente cómo hacerlo

porque, pues, siempre serán naciones presionadas por las grandes potencias, como lo son

también en la actualidad. La prosa de Melville aboga para que estos países diminutos, que

él visitó y amó, puedan escoger algún día su camino propio, que puedan construir la

historia de sus triunfos y sus guerras más allá de ser un recuento del filibusterismo del

Norte, que parece nunca acabar.

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